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DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 1
DOCENTES QUE DEJAN HUELLA
Docentes que dejan huella
Edita:
Junta de Andalucía
Consejería de Educación
Delegación Provincial de Málaga
Depósito Legal...
índice
Prólogo ..............................................................................................................
La profesión de la Enseñanza hecha carne....................................................................54
Gratitud......
Prólogo
Se ha escrito mucho acerca de la importancia de la Educación y de
la relevancia de la tarea educativa, pero quizás...
DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 7
Docentes que dejan huella
Docentes que dejan huella es una iniciativa de la Delegación Provi...
8 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA
Estas historias que se han ido exponiendo en la web, adoptan ahora la forma
de libro gracias...
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No pudimos acabar nuestro curso con ella, pero guardamos su recuerdo.
¡Gracias María Victori...
10 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA
En 7º se fraguó nuestro vínculo, siendo él mi tutor y yo el delegado de
clase, y en esos do...
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aprender y de disfrutar de verdad yendo al Colegio. Y todo aquello se lo
debo a muchos de e...
12 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA
Aquella estirpe de grandes maestros la conformaban otros excelentes:
don Ramón Arcas, don C...
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Mi admiración hacia tantos docentes, de ayer y de hoy, que dan lo mejor
de sí mismos para q...
14 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA
puesto, creo que los personajes son algunos de mis compañeros de clase
de entonces. Lo teng...
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acceso a la cultura, en la ediƥcación de los andamiajes necesarios para
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me retorcía la patilla mientras decía aquello de “pedazo de tocinito de
tu mamá” hasta que ...
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uno de ellos nos dijo el primer día de clase: “llamadme Juan José, sin
don”). Algo estaba c...
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mánticos explicados por Jesús Majada. Las tímidas clases de Biología que
nos daba Maribel…
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que crecí, como consiguieron encauzarme por caminos que me han lleva-
do a ser la persona q...
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Quiero que estas líneas sirvan para mostrar mi más sincero reconocimien-
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No es cierto, en todo caso, que no sea indispensable organizar el enseñar.
De ahí no se ded...
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tado, por supuesto el conocimiento, también la dignidad, la humanidad
y el porvenir.
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corta. El sentimiento de ridículo le hizo reaccionar bruscamente y respon-
dió: - ¡los que ...
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de servicio de traumatología craneal en un importante hospital de Es-
tados Unidos.
Ángel E...
26 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA
Josep Tello
El 17 de diciembre de 2011 se inauguró un bajorrelieve
escultórico en una de la...
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Hace ya de aquello 30 años
Un grupo de la clase con el profesor de ƥ-
losofía Paco, no me a...
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pertenecía al Movimiento, en esa época en la que el colegio se llamaba
“Carmen Polo de Fran...
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Ahora, en la distancia del tiempo,
los sentimientos solapan las sen-
saciones y la memoria ...
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Hacíamos “excursiones” a un patio anexo a nuestra clase de 5º donde
nos mostraba las distin...
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emocional. Saber dar en la tecla del “on” continuamente. Con él se acabó
el miedo a la cali...
32 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA
y personalidad de poeta: Miguel Hernández) y el padre Modesto y sus
sabios y oportunos capo...
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constantes fue, quizás, un gran acierto. Y podría decir que aquel resultó el
lugar y el mom...
34 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA
La Alicia paya en el país de Los Asperones
En el año 89 el agua inundaba Málaga
ahogándola ...
DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 35
Tuve la suerte de ir, una vez y otra y otra….y siempre la misma sensación al
entrar en el b...
36 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA
No hay dos sin tres
Empezaba a ser mayor, entraba en el segundo ciclo de E.G.B. Caí en 6º B...
DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 37
aprendan a amar una lengua extranjera a través de los magníƥcos escrito-
res que la lengua ...
38 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA
Cuando con trece años llegué al Co-
legio San Estanislao de Málaga los
Jesuitas alabaron a ...
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alumnado un sentido del trabajo cotidiano que no era sino su propia
ƥlosofía.
No hay mayor ...
40 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA
Doña María Luisa nos despertaba
la ilusión por aprender. A mí me
gustaba tener todo bien. N...
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transmitido mi agradecimiento, admiración y cariño. Por mucho que yo le
haya dicho, nunca s...
42 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA
Imposible elegir uno
Bueno, por ƥn encontré un modo de agradecer a mis profesores todo lo
q...
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Así que no me queda más que decir GRACIAS MAESTROS. Pese los años
que han pasado, seguís co...
Docentes que dejan huella.
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Delegación Provincial de la Consejería de Educación en Málaga
Junta de Andalucía
España
Basada en www.docentesquedejanhuella.es.
Coordinación y diseño: Antonio Manuel Escámez Pastrana, Juan Antonio Gallego Arrufat y Ángel Rueda Muñoz.
Fotografía de portada proporcionada por María Teresa Cobos Urbano.
"Se ha escrito mucho acerca de la importancia de la Educación y de la relevancia de la tarea educativa, pero quizás no tanto acerca del recuerdo y la impronta que dejan en el alumnado las personas que la encarnan, los docentes que dejan huellas muy positivas para la vida."

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Docentes que dejan huella.

  1. 1. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 1
  2. 2. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA
  3. 3. Docentes que dejan huella Edita: Junta de Andalucía Consejería de Educación Delegación Provincial de Málaga Depósito Legal: MA-1497-2012 Docentes que dejan huella se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 3.0 Unported. Basada en www.docentesquedejanhuella.es. Coordinaciónydiseño:AntonioManuelEscámezPastrana, Juan Antonio Gallego Arrufat y Ángel Rueda Muñoz. Fotografía de portada proporcionada por María Teresa Cobos Urbano.
  4. 4. índice Prólogo ...................................................................................................................................................5 Docentes que dejan huella.........................................................................................................7 Aire fresco en las aulas..................................................................................................................8 Regalos para la vida........................................................................................................................9 Docentes que me dejaron huella.........................................................................................10 La historia de un dibujo.............................................................................................................13 Amalia Mas, un encanto de “Seño” .....................................................................................14 La huella docente… La huella decente..............................................................................15 Maestros de vida, de creatividad y de libertad............................................................18 Más que una profesión...............................................................................................................20 Bécquer y la Momia......................................................................................................................23 Eres pequeña aunque llegarás alto.....................................................................................25 Josep Tello.........................................................................................................................................26 Hace ya de aquello 30 años....................................................................................................27 Doña Eloísa.......................................................................................................................................27 El colegio de la Estación del Palo.........................................................................................28 El profesor que le dio al “on”..................................................................................................30 Docentes que me dejaron huella.........................................................................................31 La angustia y el remedio en el mismo frasco................................................................32 La Alicia paya en el país de Los Asperones....................................................................34 No hay dos sin tres.......................................................................................................................36 Para Elena ..........................................................................................................................................36 Ronda, ciudad soñada.................................................................................................................37 El profesor de Ciencias Naturales........................................................................................38 Mi maestro Emilio..........................................................................................................................39 Mi Maestra.........................................................................................................................................39 Don Julián..........................................................................................................................................41 Imposible elegir uno....................................................................................................................42 Carta al claustro de profesores del IES Reyes Católicos de Vélez Málaga....43 En EGB y en FP................................................................................................................................44 Gracias, querida Carmen...........................................................................................................45 Un colegio que deja huella......................................................................................................46 La hada Ana y el Cole encantando......................................................................................47 También los valores .....................................................................................................................49 A mi Señorita, Ana Vico..............................................................................................................49 Mi maestro, Antonio Trujillo ....................................................................................................50 El hermano Rafael.........................................................................................................................52 Blanca Baranco, Yunquera........................................................................................................53
  5. 5. La profesión de la Enseñanza hecha carne....................................................................54 Gratitud...............................................................................................................................................56 Un profesor especial ...................................................................................................................57 El compañero más entregado.................................................................................................58 Personas que dejan una estela brillante..........................................................................58 Una huella imborrable................................................................................................................59 Don Juan y don Ricardo: Dos estilos con un mismo objetivo..............................62 Perseidas en el ƥrmamento de la Educación................................................................63 Un maestro más allá de lo que exige el deber.............................................................65 Gloria....................................................................................................................................................65 Recordando a Gloria....................................................................................................................67 A María Gràcia, una maestra que me dejó huella .......................................................69 Don José me enseñó a leer poesía.....................................................................................70 For a good teacher........................................................................................................................71 El paso atrás, ni para coger impulso...................................................................................72 Eslabones en la cadena de la gratitud ..............................................................................74 Mi profe de “Mates”.....................................................................................................................75 Las clases de Julio Calviño.......................................................................................................76 Una profesora ejemplar.............................................................................................................77 Siempre será don Alfonso........................................................................................................78 Historias de una profe de Historia.......................................................................................79 Pequeño homenaje a un gran maestro.............................................................................80 El buen maestrito..........................................................................................................................82 La seño Pepa....................................................................................................................................84 Pues llámala tía María.................................................................................................................85 El colegio de mi abuelo .............................................................................................................86 Un matrimonio docente.............................................................................................................88 Loli, mi mejor maestra................................................................................................................89 El colegio Ardira .............................................................................................................................91 La huella imperecedera.............................................................................................................91 Enseñar a amar la lectura..........................................................................................................92 Don Víctor..........................................................................................................................................93 Luces que nunca se apagan....................................................................................................94 Dando un poco más cada día.................................................................................................95 Gracias por abrirme las puertas del futuro.....................................................................97 Me ayudaste a salir de un camino en el que no debía entrar..............................97 El profe Pedro..................................................................................................................................98 Carta a don Manuel...................................................................................................................100 Guillermina y Manolita............................................................................................................101 Madre e hija...................................................................................................................................102 Una gran maestra........................................................................................................................103
  6. 6. Prólogo Se ha escrito mucho acerca de la importancia de la Educación y de la relevancia de la tarea educativa, pero quizás no tanto acerca del recuerdo y la impronta que dejan en el alumnado las personas que la encarnan, los docentes que dejan huellas muy positivas para la vida. En palabras del Ʋlósofo Fernando Savater, los maestros y las maes- tras son los primeros adultos que no forman parte de la familia que toman contacto con los niños y constituyen por tanto prácticamente su primera relación social. Por ello tienen la responsabilidad de pro- porcionar, además de conocimientos, modelos de vida. De este modo siembran valores que tarde o temprano van a fructiƲcar. De las decenas de profesores y profesoras que nos imparten clase a lo largo de nuestra permanencia en el sistema educativo algunos perduran en nuestra memoria y no se difumina su recuerdo por más que pase el tiempo. Son aquéllos que consiguen la conexión mágica entre docente y dis- cente, los que nos tocan la Ʋbra sensible, los que ven más allá de nuestra apariencia, los que con la palabra justa y el ejemplo ade- cuado canalizan nuestro talento y sin los cuales no seríamos lo que somos. Todos llevamos la huella de un docente en nuestra vida. En mi caso, la más profunda es la de Elisa Marín Caracuel que, en la segunda mitad de los años 70, en el Instituto Martín Halaja de La Carolina (Jaén), hizo de sus magistrales clases de historia un ejercicio de de- mocracia y activismo cívico, en plena transición. Elisa Marín, con su poderosa personalidad, sembró en mí una forma diferente de asomarme al pasado para encontrar certezas de futuro, un interés por la historia que nunca he abandonado, consolidó mi temprano interés por el humanismo y la política, convirtió sus clases en un taller de crecimiento personal. Gracias a Elisa y a tantas y tantos “maestros” a los que este libro quiere honrar, la Educación ha seguido siendo el gran espacio vital en el que los seres humanos recibimos y entregamos el testigo de la civilización. Enhorabuena a los autores y autoras de esta iniciativa. María del Mar Moreno Ruiz Consejera de Educación de la Junta de Andalucía
  7. 7. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 7 Docentes que dejan huella Docentes que dejan huella es una iniciativa de la Delegación Provincial de la Consejería de Educación en Málaga que pretende reconocer el tra- bajo del profesorado y la gran importancia que los maestros y maestras tienen en la vida de cualquier persona, a través de las historias perso- nales, de los recuerdos, los sentimientos y las emociones de quienes han deseado participar en la propuesta con sus aportaciones en la web www.docentesquedejanhuella.es Se recuerdan aquí a la maestra o al maestro que nos enseñó a leer o a sumar con especial esmero, al profesor que nos tendió una mano cuando lo necesitábamos, aquél que nos corrigió cuando íbamos por un camino que no llegaba a ninguna parte o quien supo ver en nosotros cualidades que ni siquiera conocíamos. También a quienes nos dedicaron su atención y su tiempo fuera de su horario lectivo para ayudarnos a superar alguna diƥcultad académica o personal y a los profesores y profesoras que con su consejo o con su ejemplo nos indicaron un camino profesional o vocacional, que ƥnalmen- te hemos seguido. El alumnado es quien ha tomado la palabra. Antiguos alumnos y tam- bién alumnos actuales han querido saldar su pequeña o gran deuda con su maestro o su maestra, su profesor o su profesora que les dio ánimo en el momento que más lo necesitaban, que les encauzó para su futura vida laboral, que les abrió los ojos al maravilloso mundo de los libros y del conocimiento, que tanto contribuyeron a su crecimiento como persona. En estos textos breves podemos sentir la evolución, paralela como no po- día ser de otra forma, al cambio social que ha experimentado la escuela y por tanto los docentes. Podemos observar por ejemplo cómo hemos pa- sado en pocos años de la escolarización precaria y prioritariamente mas- culina a la universal y con presencia igualitaria de alumnos y alumnas en los centros educativos. Pero sobre todo podemos ver cómo cristaliza la Educación día a día en personas concretas. Cómo tiene nombre y apellidos que es posible que no retengamos con precisión pero que con seguridad nunca olvidaremos algo importante: su ejemplo. En deƥnitiva son pequeñas historias que, todas juntas, nos ayudan a com- prender la que posiblemente sea la Educación más trascendente, la edu- cación de las emociones y de los sentimientos.
  8. 8. 8 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA Estas historias que se han ido exponiendo en la web, adoptan ahora la forma de libro gracias a la colaboración de UNICAJA que participa en su edición. Agradecemos también la participación de todas las personas colaborado- ras en esta iniciativa de reconocimiento y gratitud al profesorado, en la que se puede seguir participando a través de la web. Y agradecemos igualmente la inestimable presencia y apoyo desintere- sado de Carlos Álvarez, Alicia Alonso, Domi del Postigo, Ernesto Gómez, Pilar Triguero, José Francisco Murillo y Ángel Idígoras durante la presen- tación pública y la grabación de un vídeo con sus intervenciones. “Docentes que dejan huella” continúa abierto a cualquier persona que desee compartir su recuerdo entrañable de aquel profesor o profesora que le inƦuyó positivamente y a la par constituye un humilde homenaje a todos esos docentes a quienes debemos tanto, a quienes quisimos agra- decerles su trabajo y entrega personal y a quienes quizá no tuvimos la oportunidad de poder expresárselo. Nunca es tarde para poder hacerlo. Antonio M. Escámez Pastrana Delegado provincial de la Consejería de Educación en Málaga Aire fresco en las aulas Decidirse por quién ha sido el docente que ha dejado su huella durante nuestra etapa educativa no es una tarea fácil. Han sido tantas las horas de nuestra vida pasadas en las aulas y tantos los docentes con los que hemos compartidos esos años que los recuerdos se amontonan diƥcul- tando la decisión. Puestos a hacerlo, quiero recordar a dos que corresponden a dos momen- tos bien diferentes de mi vida. La primera, al menos en el tiempo, fue una joven profesora que murió en el ejercicio de su profesión. María Victoria Zambrana impartía His- toria en el Instituto Nuestra Sra. de la Victoria. Junto con un reducido grupo de colegas constituían el sector juvenil de aquel centro, al que trajeron un aire fresco, renovador. Nos enseñó una Historia distinta en unos años en los que era una materia memorística hasta el hartazgo. Con su forma de enseñar nos animaba a pensar, a analizar, a reƦexionar, a mirar la vida desde otro prisma. Un desgraciado accidente truncó su vida junto con la de otro compañero y varios alumnos cuando visitaban la Cueva de la Pileta.
  9. 9. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 9 No pudimos acabar nuestro curso con ella, pero guardamos su recuerdo. ¡Gracias María Victoria! La segunda profesora es bien distinta, en el tiempo y en las circunstancias. Fue la “seño” de una de mis hijas. Eran otros tiempos, otros escenarios escolares. Desde mi perspectiva de padre de alumna pude constatar su compromiso, entrega y dedicación a su alumnado. Todas las promociones que han pa- sado por sus manos guardan un recuerdo cariñoso, alegre, tierno. Su buen hacer profesional unido a un profundo conocimiento le permitían afrontar fácilmente las situaciones por difíciles que fueran. Le servían para ayudar a su alumnado a hacerse personas equilibradas, repletas de valores, res- petuosas, solidarias. Como padre, quiero recordar a una maestra en el más amplio sentido de la palabra. ¡Gracias “seño” Paca! Ernesto Gómez Rodríguez. Presidente del Consejo Escolar de Andalucía. Regalos para la vida Nuestra relación creo que fue, como mu- chas otras situaciones de mi vida, resulta- do del consenso: la satisfacción de poder ser útil, aprehendiendo, por el camino, el hábito del esfuerzo y del servicio. Ahí estaba yo, codo con codo con un hom- bre tenaz, exigente consigo mismo (y, de paso, con los que le han rodeado, ya fueran profesores o alumnos), dispuesto siempre, gran organizador y nunca ase- quible al desaliento (con todos los años que lleva en la brecha…). Lo conocí cuando todavía algunas cuitas educativas se solucionaban en clase no sólo con el convencimiento razonado sino que la ósmosis hemoli- teraria* estaba todavía a la orden del día y los profesores tenían el apoyo incondicional de los padres; el segundo ciclo de la EGB nos pilló en el Colegio Gibraljaire de 1978, a él dando Ciencias (yo creo que haciendo honor a la incredulidad asociada a su nombre) y a mí, con 12 años, ávido de saber y en actitud receptiva. *La letra con sangre entra (aforismo)
  10. 10. 10 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA En 7º se fraguó nuestro vínculo, siendo él mi tutor y yo el delegado de clase, y en esos dos últimos años de la infancia conocí y conviví con el instructor recto, con el “factotum” inagotable, con el hombre sentimental hasta la lágrima que es, huella indeleble en mi formación tanto académica como personal; muchas horas juntos organizando viajes de ƥn de estu- dios y sus correspondientes actividades: cine, sorteos, venta de dulces de navidad (sí, conƥeso nuestra culpabilidad y responsabilidad con las promociones futuras), supervisiones de listas y de cuentas, y un largo et- cétera de regalos para la vida entre los que destaco la capacidad de saber delegar, el apoyo ante la necesidad y la conƥanza en la responsabilidad y el esfuerzo. Cuando volví de mi semana de viaje de Portugal, a punto de cumplir 14, mi madre no me reconoció al bajar del autocar: me había convertido, desde ese momento, en el que soy. Hasta donde sé, Tomás Blanco Aroca, pues ese es el nombre de mi maes- tro, sigue estando relacionado, ahora con otras responsabilidades, a la co- munidad educativa del Colegio Gibraljaire. Mi reconocimiento y mi afecto al que, como él bien sabe, considero mi amigo. Nota del autor: Carlos Álvarez aún debe 5000 pesetas (30 €) de un présta- mo fortuito. No hay dinero posible para pagarte, Tomás. Carlos Álvarez Rodríguez Cantante lírico Docentes que me dejaron huella Sé que al principio mi madre me llevaba de la mano al Colegio y que los primeros cinco minutos eran de llanto contenido. Pucheros que no llegan a explotar aunque te ahogan. Pero recuerdo sobre todo como al poco iba yo solo paseando cada día, algo impensable hoy, con mi cartera de cuero cuyo olor tan es- pecial sigo teniendo grabado, como el de los lápices recién aƥlados, el de aquellas gomas de borrar de nata y el del Colegio, con su aire saturado de polvo de tiza y de proyectos de vida que se estaban comenzando a dibujar. Esa infantil congoja en Parvulitos, se tornó en poco tiempo en un disfrute indescriptible, con la piel de gallina y el vello erizado ante la sabiduría de aquellos maestros y maestras. Serios, rigurosos, exigentes, pero tiernamente humanos. Tuve la suerte de quedarme embobado ante aquellos maestros, de sentir la emoción de
  11. 11. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 11 aprender y de disfrutar de verdad yendo al Colegio. Y todo aquello se lo debo a muchos de ellos. Supongo que me dejaron huella. Seguro que to- dos. Pero la huella de algunos fue tan especial que aún pervive y a veces, ante esos envites con los que te sacude la vida, resurge como referencia imprescindible, como norte en el que no perderse. Doña Encarnita Sainz me enseñó a leer. Sería el año 68. ¡Qué año más im- presionante para aprender a leer! Si dulce era su voz, que acababa embe- lesándote, creo que más su letra tan espléndidamente escrita en la pizarra con un esmero que aún hoy me parece imposible superar. Hace poco, y por esos milagros que nos regalan los nuevos inventos tecnológicos, me he reencontrado con ella, una encantadora y entrañable ancianita, nada menos que a través de las redes sociales en Internet. Recuerdo intensa la Educación General Básica. Las rodillas de “líquido co- lorao” tan rojas como mis moƦetes y mis orejas al salir a la pizarra o dar la lección. También la regla era una “arma” para el aprendizaje. De madera y contra la mano o el cachete. Roja ella, rojo él. Fue real, sí, pero probable- mente no tan dramático como lo que de persuasivo tuvo. Don Julián Millán, mi tutor en 5º y 6º era un auténtico gent- leman. Sus poses, sus maneras, su elegancia, e incluso su bigoti- llo, me recordaban a aquel actor inglés David Niven, aunque mi maestro era calvo. Nos enseñó las Ciencias Naturales con una capacidad de síntesis y abstrac- ción de lo complejo en ideas y conceptos simples, que creo de- bió estar el origen de toda la ca- pacidad de estudio que tuve después. Me acercó con pasión a las ciencias y, no se si conscientemente o no, me dejó ver algo interior e íntimo pero grandioso: cómo amaba aquel hombre el conocimiento. Conocer más, pero sobre todo conocer mejor. También nos enseñó francés. Según parece él estuvo algunos años en la zona francófona del Protectorado de Marruecos y tanto su forma de enseñarnos la lengua francesa como su pronunciación eran exquisitas. Con 12 ó 13 años aquel maestro forjó en mí una base fran- camente sólida. Ahora siento la deuda de no haber seguido perfeccionan- do aquel magníƥco francés inicial. Claro que sí estudié Biología años des- pués. Casi con seguridad por la inƦuencia de las enseñanzas de don Julián. Aún conservo mis libretas de entonces y me gusta ojearlas de vez en cuan- do. Papel milimetrado francés en unas libretas marroquíes que compraba en las tiendas del barrio, forradas con los restos del papel de empapelar de casa cuando mi padre decidió que era la mejor solución para disimular los halos de humedad que nunca desaparecían de las gruesas paredes. Tutoría de D. Julián. Curso 1975-76
  12. 12. 12 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA Aquella estirpe de grandes maestros la conformaban otros excelentes: don Ramón Arcas, don Cristóbal Macías, don Juan Manuel Ramírez, don José Pérez, doña Gloria, doña Virtudes, doña Celia, doña Ana... El director don José Gambero Rueda fue un docente adelantado a su tiempo. Innovador, comprometido y que ya en los años 70 exploraba interesantísimos caminos en la Educación, desde la ex- presión a través de la creatividad gráƥca y plástica, hasta el teatro como fórmula para aprender, participar y convivir. Su “Quijote de la Mancha” con molinos de viento vivos -yo fui uno de ellos- y los demás personajes del clásico español de todos los tiempos, no sólo nos per- mitió conocer a Cervantes y a su obra, sino que el disfrute cultural, educativo y lúdico que experimentamos con la historia del ingenioso hidalgo, difícil- mente podría imaginármelo sin aquella aventura de don José. De nuevo Inter- net y las redes sociales nos reunió el año pasado a antiguos alumnos y alumnas, donde surgió la propuesta de que don José fuese nombrado hijo predilecto de Melilla, como así fue ƥnalmente. El paseo de algunos cientos de metros hasta el Colegio pasó a ser de varios kilómetros hasta el Instituto. También impensable para los estudiantes de hoy en día. Pero seguía siendo un paseo agradable, silbando, con los com- pañeros, lanzando piedras por los cañaverales que jalonaban la carretera y, al menos yo, rememorando muchas de las cosas que había oído aquella ma- ñana de los nuevos profesores del Instituto. Uno fue especial. Bueno lo fue para generaciones de alumnos. don José María Antón, de Lengua española y Literatura. Enseñaba bien y exigía lo que enseñaba. Pero también sabía dar aire a la libre capacidad de expresarse. No he conocido mejor método para desarrollar una de las principales herramientas para desenvolverse en la vida: la expresión escrita, que indudablemente va de la mano de la lectu- ra y la comprensión lectora. Primero de Bachillerato Uniƥcado Polivalente (BUP). Había que tener un cuaderno de clase para entregar a ƥnal de curso. Tapas de cartón duro. Tamaño cuartilla. Y rayado milimetrado francés en mi caso. En él tenían cabida los apuntes y ejercicios. Los análisis morfológicos y sintácticos. Los comentarios de texto. Y la libertad de expresión. Descubrí la libertad y el placer de escribir. También la ansiosa desesperación ante el papel en blanco en el que no acaba de crecer una historia. Les debo tanto, todo, a todos aquellos docentes que me dejaron huella. Mi vida volcada con la Educación. Mi dedicación a la enseñanza de la Biología. Don José Gambero, de pie, y don José María Antón
  13. 13. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 13 Mi admiración hacia tantos docentes, de ayer y de hoy, que dan lo mejor de sí mismos para que su alumnado sea capaz de alcanzar su mejor futuro. Por siempre Gracias. Antonio Manuel Escámez Pastrana Colegio Nacional Real (hoy Colegio Público Real). Melilla. 1967-1977 e Instituto Nacional de Bachillerato nº 2 (hoy IES Enrique Nieto). Melilla. 1977-1981 La historia de un dibujo Quiero contar la historia de este dibujo. Lo hice cuando yo tenía ocho años y era alumno del Cole- gio León XIII, en Málaga, bastante cerca de mi pueblo, Rincón. Sería el curso 70-71. Mi profe de 4º de E.G.B. (eso era lo que estudiábamos los niños de ocho años entonces), se llamaba José Luis Guerrero. Bueno, todavía se llama José Luis, no ha cambiado de nombre en toda su vida. Recuerdo que jugábamos a algo parecido a un programa de la tele de entonces que se llamaba “Cesta y Puntos” para pre- guntarnos las lecciones y que todos los niños le teníamos mucho cariño. El caso es que el profe José Luis, como sabía que a mí me encantaba di- bujar (le bastaba para ello con echar un vistazo a los márgenes de mis libros, todos abarrotados de monigotes), me encargó que le pintara unos cuantos pósters o carteles para decorar la clase y que, a la vez, sirvieran para que los alumnos hiciéramos un poco menos el bestia. Recuerdo que dibujé un cartel sobre cómo cuidar los árboles, otro sobre como ordenar la clase, etc. A los 11 años mis padres tuvieron la ocurrencia de irse del pueblo y vivir en Málaga. No sé cómo pasó, pero el caso es que en la mudanza desapa- recieron todos los dibujos que había conservado hasta entonces. No tenía ninguno de mi “época rinconera”. Además, me cambié de colegio. Muuuuchos años después, y cuando digo muchos digo como treinta y tan- tos, un día, paseando por el parque de Málaga, me encontré a mi profe José Luis. Le reconocí y me reconoció a pesar de que cuando era niño no tenía barba como ahora. Hablamos de nuestras cosas y le saqué en la conversación el asunto de los carteles que dibujaba para la clase. ¡¡¡¡Los conservaba!!!! ¡Era increíble, había estado todo ese tiempo guardando mis dibujos! Le pedí uno para mí, si era posible, y me lo regaló. Es éste que he
  14. 14. 14 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA puesto, creo que los personajes son algunos de mis compañeros de clase de entonces. Lo tengo colgado en la pared de mi estudio. Hace un par de semanas, AVOI (Asociación de Voluntarios de Oncología Infantil) organizaba un curso para los nuevos voluntarios y me tocó dar una charlita. Cuando llegué, Juan, el presidente de AVOI, me dijo que iba a tener escuchándome a un antiguo profesor mío, futuro voluntario del hospital. “Seguro que es José Luis”, pensé. Y acerté. Lo primero que hice, antes de hablar de otra cosa fue contar esta historia y pedir un aplauso para él, por dos razones. Por haber guardado mis dibujos durante más de tres décadas, y por haber sido tan buen profe, un profe capaz de hacer que cada alumno pudiera sacar lo mejor de sí, capaz de hacer sentir a cada alumno único, capaz de hacerle a todos un guiño para que mostrásemos lo mejor que teníamos. Ángel Idígoras Dibujante Amalia Mas, un encanto de “Seño” Ver corretear esos a niños y a esa niñas, de entre tres y cinco años, en torno a aquella maestra orientó mi vida desde los años más mozos. Algún tiempo des- pués también decidí ser maestro. Aquellos “locos bajitos”, que diría nuestro inefable Serrat, en sus correteos desorientados se prendían una y otra vez de su falda mientras le espetaban ca- riñosos piropos a media lengua. Nunca llegué a comprender bien de donde salía ese derroche de ener- gía para atender con tanto cariño a cada uno y a cada una de aquella chiquillería bulliciosa, que hubiera llevado a cualquier otro al borde del colapso nervioso. Aquella maestra, comprometida radicalmente con la felicidad de sus alumnos y de sus alumnas, era a la vez que educadora, actriz, cantante, ventrílocua, dibujante, cartelista, Ángel de la Guarda o guarda espaldas -según creencias-, enfermera cualiƥcada, solvente manipuladora de ali- mentos y excelente trabajadora social. No había leído a Piaget, ni las revisiones que Brown y Desforges hicie- ron de su trabajo. Tampoco conocía a Vygotski y no había oído hablar de la psicología del desarrollo o de la psicología histórico-cultural, pero ahí estaba ella enredada en la crucial tarea de facilitar a su alumnado el
  15. 15. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 15 acceso a la cultura, en la ediƥcación de los andamiajes necesarios para que su chiquillada fuese construyendo aquellos signiƥcados esenciales para el desarrollo humano en general y para la evolución de la autonomía personal en particular. Desde muy pronto entendí, gracias a ella, qué signiƥcaba trabajar por una Educación comprometida con los afectos y las emociones, con el desarro- llo intelectual y moral, con la atención a la diversidad, en deƥnitiva, con la plena dignidad del ser humano. Sirvan estas palabras de homenaje a una gran maestra, mi madre para más señas, y también como la expresión más sincera de consideración, respeto y elogio a todas las parvulistas de entonces, ahora maestras de Educación Infantil, a quienes jamás seremos capaces, por más que lo intentemos, de transmitirles el reconocimiento que merecen por la relevante, difícil y callada labor que realizan día a día. Espero, amables lectores, que me hayan perdonado la licencia de haber utilizado en este caso el femenino como genérico, al referirme a una profesión en la que ellas siempre fueron abrumadora mayoría. José Francisco Murillo Mas Decano de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga La huella docente… La huella decente Piso de nuevo mi infancia con las suelas algo gastadas del recuerdo. Lo hago impelido por una iniciati- va tan sencilla como contundente de la Delegación de Educación de mi provincia, Málaga. Se trata de recordar a mis maestros de la in- fancia y la adolescencia, rastrear en la memoria sensorial la huella de su docencia y que quepa en un folio y medio. Málaga es la ciudad donde fui alumno durante los años de aquello que se llamó Educación General Básica, Bachillerato Uniƥcado Polivalente y Curso de Orientación Universitaria, o sea, de la EGB, del BUP y el COU, también acrónimos que sólo viven en el pasado reciente de este país que lleva ya seis leyes orgánicas de Educación en poco más de 30 años de democracia… Aquellos maestros que tuve entonces se emplearon en mi educación con las tres virtudes teologales que Manuel Alcántara enumeraría como: Fe, Esperanza y Claridad. Alguno, incluso, lo hizo con demasiada fe cuando
  16. 16. 16 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA me retorcía la patilla mientras decía aquello de “pedazo de tocinito de tu mamá” hasta que casi me despegaba del suelo. Aquello ocurría en el colegio infantil María Auxiliadora -en aquel tiempo los centros escolares tenían o el nombre de Franco o el de alguna advocación religiosa-, en la calle La Unión. De otro maestro del aquel colegio, don Antonio Benítez, guardo mucho mejor recuerdo. Nos daba palmetazos en la mano abierta con asombrosa habilidad, hasta el punto de que conseguía acertar de lleno a pesar de que el temor al leñazo nos hacía quitarla una y otra vez. Recuerdo que una tar- de fui con mi madre a verle al colegio y él la convenció para que yo cursara segundo y tercero en un solo año, para que no perdiera el tiempo. Aquello hizo que mis padres, haciendo un esfuerzo colosal, le pagaran aparte unas “permanencias” (clases particulares). Aún siento vívida la extraña sensa- ción que tuve cuando el maestro entró por primera vez en mi casa con una carpeta bajo el brazo, desarmado de su palmeta habitual, y sin la pizarra como telón de fondo. Don Antonio fue ya para mí el maestro que me dio el primer gran espal- darazo en la vida, aunque más tarde ese año de adelanto sólo me sirvió para verme envuelto en un conƦicto administrativo cuando terminé 8º en mi siguiente colegio. Lo llamábamos “el grupo escolar”, aunque en la puerta del centro ponía: Colegio Nacional Mixto Generalísimo. Lo de mixto se encargaba de con- tradecirlo el alto muro que separaba el patio de los niños del de las niñas, y las aulas separadas. El colegio estaba y está en la calle Horacio Lengo, aunque hoy se llama Doctor Fleming. “El grupo” era un mundo nuevo que transitar, de largos y antiguos pasillos, con enormes clases para nuestros pequeños tamaños. En cada una de ellas nos sentábamos 40 alumnos en viejos pupitres de madera que conservaban el hueco del tintero. Cientos de niños de distintos cursos bramábamos a la hora del recreo. Cuando éste terminaba formábamos en el patio de manera pseudomilitar antes de volver a entrar en las aulas. El primer maestro que tuve allí fue el entrañable don Enrique, que siem- pre pareció viejito y al que saludé años después en la calle y se le salta- ron las lágrimas porque, según me dijo, nunca creía que de tantos niños que pasaban tan pequeños por su clase alguno pudiera acordarse de aquel pobre maestro cuando ya fuera un hombre… Después tuve a don Manuel Acosta (siempre se les llamaba de don), a don Miguel Olalla, a don Juan Infantes Zurita (llamado “el chichonequi” porque tenía un bulto en lo alto de la calva cocorota), y así hasta llegar al director, don Evaristo Morcillo Herrera y su eterna secretaria, la señorita Mari Car- men, a quien me chocaba llamar señorita porque era mayor como para llamarla señora. En 7º llegaron algunos profesores nuevos, más jóvenes, distintos, vestidos de manera informal y con más pelo. Recuerdo que
  17. 17. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 17 uno de ellos nos dijo el primer día de clase: “llamadme Juan José, sin don”). Algo estaba cambiando a nuestro alrededor en el mundo de los adultos, lo que visto hoy en la distancia tenía muchas cosas mejores y otras no tanto… Y por ƥn llegó el instituto. Los dos primeros años iba y venía en mi bici- cleta Torrox color butano, con los libros amarrados en la parte de atrás con un pulpo de goma, desde mi casa en el Paseo de los Tilos hasta el Instituto Nuestra Señora de la Victoria, “Martiricos”, en la otra punta de Málaga. Crecí mucho en ese intervalo, y los recuerdos de entonces son tan emocionantes como oscuros… Los baratos bocadillos de “la vieja” en la covacha del pasillo común don- de hacíamos cola con la esperanza de que, tras pasarle el cuchillo una y otra vez al pan, cuando terminaba no hubiera más foiegras dentro de la lata que cuando empezó a hacer el bocadillo. Las vueltas y más vueltas al patio en clase de gimnasia con Antonio Guadamuro, quien había sido el locutor de “El búho musical”, un programa muy popular en nuestra prime- ra adolescencia. Lo emitía Radio Popular, y hasta la emisora nos acercába- mos a dejar notitas que por la noche esperábamos que fueran leídas, ima- ginando la cara de la chica a la que le dedicábamos aquellas canciones. Las clases de matemáticas con el pobre Emilio López Gali, apodado cruel- mente el sapo, un hombre ya mayor al que me daba pena que le tiraran trozos de tiza cuando se quedaba adormecido en plena clase con la len- gua entre los labios. Las novedosas clases de religión y los grupos de convivencia con los curas Alfonso y José Luis Linares. La ƥgura de Juan Antonio Lacomba, las clases de latín de la aparente- mente rígida Ana María Alises, o las últimas visitas de los descerebrados muchachos de “Fuerza Nueva” cargados con sus cadenas, en ƥn… En tercero inauguré un instituto más cercano a casa, el “Polígono de Cárta- ma”, hoy Salvador Rueda… Allí profesores más jóvenes, paredes nuevas, la multicopia a mano y el empeño en editar la revista del centro, que llamé con intención critica “Piedras”, algunos de cuyos ejemplares aún están en casa de mi madre. Una doméstica publicación que dio a mis humildes padres injustas preocupaciones ya que se convirtió en una afrenta para la dirección del centro. Allí la primera obra de teatro escolar, dirigida por el profesor Jesús García Castrillo, “En la ardiente oscuridad” de Buero Vallejo, tan cargada de me- táforas políticas. Los primeros recitales de poesía, “qué piensan los poe- tas, poetas andaluces de ahora…” Por ahí andará aquella cinta de cassette donde se grabó lo que hicimos en el salón de actos. Allí los viajeros ro-
  18. 18. 18 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA mánticos explicados por Jesús Majada. Las tímidas clases de Biología que nos daba Maribel… Allí las clases de Física de Eduardo Martín Delgado, siempre tan serio en sentido literal y en el mejor de los sentidos. Un andarín imparable mien- tras explicaba la materia, lo que provocó que un día intentáramos jugárse- la colocando en círculo los pupitres. Él, con sobriedad británica y sin dejar de hablar, separó uno de ellos, se metió en el círculo, y siguió andando por dentro hasta que terminó la clase. Cómo olvidarlo… Cómo perder de la memoria el pelo de Rocío, aquella chica que nos daba matemáticas aunque no le tocaba, creo, con una cabellera negra que se derramaba hasta las piernas bamboleándose con un efecto narcótico cuando escribía en la pizarra… Y Lala, aquella “profe” de francés. De ella estuve sencillamente enamora- do. Me preocupaba que Amadeo, un alumno mayor que yo de físico im- pactante y melena rubia, alegre y provocón, me hiciera sombra cuando ella entraba en clase. Aún la recuerdo con sus pantalones ceñidos de color morado… - Después de tantos años, y como la recordé en el vídeo que gra- bamos para la página web de Educación, he recibido un email de ella. Di un bote cuando vi que ponía “Lala” en el asunto. Me decía que alguien le había enviado el enlace del vídeo de Educación donde yo la mencionaba, pero que no recordaba que aquel pantalón que aún produce estragos en mi memoria fuera morado. Me cuenta que se casó, que no había tenido hijos y que hoy vive felizmente en Alicante y que alguna vez, cruzando Despeñaperros, me había escuchado en la radio.- Aquellos docentes dispares me dejaron su huella. Aquí sólo cuento una parte y a todos no nombro por falta de espacio. Pero sí quiero dejar cons- tancia de que todos coinciden en mi memoria en una única enseñanza fundamental: su decencia… A todos mis maestros… Gracias. Domi del Postigo Periodista Maestros de vida, de creatividad y de libertad Echando la vista atrás, de los recuerdos de mi infancia siempre emerge la ƥgura de alguna de mis maestras, con quienes siempre tendré pendiente una deuda de gratitud. Es posible que todos nosotros tardemos mucho en darnos cuenta de su gran inƦuencia, y muy probablemente, muchas de ellas ya han desaparecido; sin embargo es indeleble la huella que dejaron en mí, como sirvieron de enlace entre mi propia familia y la sociedad en
  19. 19. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 19 que crecí, como consiguieron encauzarme por caminos que me han lleva- do a ser la persona que soy hoy en día. Estas líneas pretender rendirles, a ellas y a todos los docentes, un peque- ño homenaje que además puede servirme para pagar esta deuda de gra- titud. Porque todos ellos forman parte de los recuerdos imborrables de la historia española, y el inmenso papel que han desempeñado los maestros desde los tiempos de la República en el largo proceso de alfabetizar Espa- ña y esta Andalucía nuestra, ha signiƥcado el abrir las puertas al progreso y la civilización. Educar es avanzar hacia la libertad y hacia la igualdad. Un buen sistema educativo debe ser la base en que se asiente una sociedad democrática, igualitaria y justa. Y esto lo saben muy bien nuestros maestros y profeso- res, desde la enseñanza infantil a la universitaria. En nuestros centros educativos, especialmente en los que se han educado mis hijos, Federico y Sonia, el CEIP Las Cañadas y el IES Sierra de Mijas, he tenido la oportunidad a lo largo de estos años de ver cómo muchos do- centes, que han seguido ese espíritu que se encuentra en la base de toda la educación, se han implicado de forma personal en la formación de su alumnado yendo en muchos casos más allá de lo meramente profesional, haciendo incluso un seguimiento de la evolución de sus alumnos y alum- nas a todos los niveles. He conocido a docentes a los que no les importa dedicar su tiempo li- bre a realizar miles de actividades complementarias y extraescolares, he visto cómo inventan mil excusas para atraer la atención hacia los libros y la lectura, cómo llevan a su alumnado a visitar todo aquello que pue- de servir para orientarles en su vida, cómo organizan viajes educativos de varios días dedicándose a sus alumnos las 24 horas… y lo que se ha quedado grabado a fondo en mi retina: cómo disfrutan descubriendo los progresos de sus alumnos y alumnas, cómo se emocionan al oír esas re- presentaciones de teatro, ese recitar poesías o bailar esa canción tantas veces ensayada o esa orla que recogen al acabar sus estudios en ese centro educativo. Y todo esto, hecho desde la voluntariedad y la entrega más generosa. Estos maestros, como a mí me gusta llamarlos independientemente del nivel educativo que impartan, distinguen claramente la instrucción de la educa- ción, saben que una formación positivista, basada exclusivamente en la for- mación académica, podrá permitir que se adquieran muchos conocimientos, pero nunca despertará el entusiasmo de la creatividad, de la imaginación y, por tanto, de la investigación y la invención, son aquellos que creen en edu- car entre todos, y hacen suya la frase que decía Giner de los Ríos “el papel de educador debe recaer tanto en el maestro como en los padres”.
  20. 20. 20 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA Quiero que estas líneas sirvan para mostrar mi más sincero reconocimien- to a la labor callada y digna que han hecho, hacen y harán miles de docen- tes en nuestra provincia y en nuestra Comunidad Andaluza. Su labor está impregnando de libertad y sentido crítico la realidad que nos rodea y en ese espíritu debemos seguir alimentándonos todos. Un niño o una niña educados no serán nunca racistas, ni insultarán, ni serán violentos. La educación es, sin duda, el pilar de la igualdad social, de la justicia y de la libertad; por eso, la apuesta por la educación es la apuesta por el futu- ro, por el progreso y por la libertad. Y esa educación en muchos centros educativos funciona, y funciona bien, por esa voluntariedad, esa entrega y esa dedicación de nuestros docentes. Los docentes que vienen a la memoria han jugado ese papel importante, dentro del proceso formativo de nuestros hijos e hijas como seres hu- manos y han funcionado como agentes transformadores de la sociedad, han sido guías, orientadores, facilitadores, investigadores, motivadores y creadores de oportunidades para fomentar el proceso de educación de su alumnado a lo largo de todos sus años de ejercicio profesional. Por todo ello, muchas gracias. Pilar Triguero Vilreales Más que una profesión Profesan su profesión. Ejercen lo que enseñan. Tienen nombre propio y en su tarea diaria están con aquellos de los que proclamamos una y otra vez que son nuestro porvenir. Los profe- sores, quienes supuestamente están bien considerados, no sienten que ello siempre se corresponda con lo que vi- ven. Hay cosas que hemos aprendido, pero hay otras que nos han tenido que enseñar para que las aprendamos. Hay cosas que no se pueden enseñar, pero se pueden aprender. Y a veces, a pe- sar del enseñar, nos cuesta aprender. La misteriosa relación entre el enseñar y el aprender no se agota en la simple voluntad o decisión de quien, de cual- quier modo, “a cualquier precio”, se im- pone, confundiendo la enseñanza con el adiestramiento. Exige personas con dedicación y entrega. Y las hay.
  21. 21. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 21 No es cierto, en todo caso, que no sea indispensable organizar el enseñar. De ahí no se deduce que lo que aprendemos se limite a esta enseñanza. Ni siquiera se reduce a lo que enseñamos, ya que, como tantas veces seña- lamos, el contagio y la ósmosis juegan aquí su papel. Dicho de otro modo, no se puede aprender aislado, ni aunque uno esté solo cuando aprende. Se aprende con otros, desde otros, por otros. Siempre de una u otra mane- ra, la creación y la innovación son decisivas, y también eso lo aprendemos gracias a alguien, de él, con él. Y para ello se requiere formación y alguna forma de presencia. Que pueda ser más o menos directa, no excluye que sea indispensable. El conocimiento siempre vive y crece en algún proceso de comunicación. Y cuando tiene que ver con el aprender, enseñar es un acto de relación, una transmisión, un encuentro más o menos explícito, como los sentimientos, como los afectos, como la palabra. Con indepen- dencia de los formatos, de los instrumentos, de los mecanismos, de los procedimientos, de los métodos, aprender, incluso cuando parece más in- mediato, es una acción y un gesto de mediación. Y es una tarea, una labor, un hermoso trabajo, sí, pero un trabajo, y no poco exigente. Por ello, cuando se insiste, con razón, que para ense- ñar hay que saber, hemos de subrayar que ha de sa- berse asimismo aprender con otros y eso es tarea de una vida. Se puede tratar de enseñar sin que nadie ƥnalmente aprenda, pero no se puede aprender sin que de algún modo alguien nos enseñe. Hasta las for- mas más supuestamente rudimentarias de ser autodidacta son exquisitas maneras de relación. Por supuesto, consigo mismo, pero no sólo. El conoci- miento tiene, como el logos, que es palabra y acción, una raíz común. Aquí también crecemos juntos. Ello ni excluye la singularidad, ni la genialidad, ni la legítima rareza. Sólo que incluso para ser y resultar único es indispen- sable serlo en el seno de una comunidad. El mejor de los cientíƥcos lo es por y para una comunidad cientíƥca. La investigación y la ciencia Ʀorecen en una tarea colectiva. La calidad no es un simple parámetro individual, sino un resultado conmensurable, comparable, compartible. Todo para aƥrmar que el maestro, el profesor, la maestra, la profesora, son indispensables para aprender, para generar y transmitir conocimiento. Y en cierto modo de ello dependerá y depende la sociedad que seamos, la sociedad que somos, y concretamente quiénes y cómo seamos. Cuando no hay magisterio, irrumpen otras enseñanzas, en ocasiones de valores que no nos satisfacen en absoluto, que preconizan el itinerario indivi- dual, aislado, desvinculado y, si se tercia, insolidario. Y no sólo se ve afec-
  22. 22. 22 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA tado, por supuesto el conocimiento, también la dignidad, la humanidad y el porvenir. Entonces, sabemos me- nos, se debilitan los procesos civilizatorios, somos menos humanos. Cuando un profesor es menos profesor, cuando a un profesor se le hace de menos, todo cuan- to tiene valor y valía se empobrece. Sin duda, la educación y la cultura, pero no sólo. Aprende- mos menos, con menos alcance y sentido, pero apreciamos también menos lo que merece la pena. Un buen profesor, un buen maestro es un regalo, un don de la vida, que vincula el conocimiento con la mejora personal y colectiva. Por eso, preci- samente, es social y económicamente provechoso para los bienes y para los valores. Su desaliento vendría a ser el nuestro. Y no siempre se dan las mejores situaciones y los mejores hábitos para ejercer y enseñar. Crear las condiciones públicas para lograrlo es la mejor tarea de consideración y de reconocimiento, de generación de conƥanza y de valoración social. De lo contrario, los necesarios discursos sobre la formación, la selección y la evaluación mostrarán ser más gestos de des- conƥanza que de estímulo. Llegar a la atención de la singu- laridad y de la diferencia de cada estudiante, reclamar dedicación y paciencia, cuando nosotros mis- mos no somos capaces ni parece- mos dispuestos a propiciarlos, es mucho exigir. No hay educación sin educadores, no hay forma- ción permanente sin un compro- miso social serio, riguroso, públi- co, constante y compartido por los maestros, los profesores, las maestras, las profesoras. No nos costará dar con profesores a veces demasiado solos, que infre- cuentemente oyen palabras que sean un estímulo con contenido, un acicate, un aliciente y que, además, desarrollan su labor en un contexto complejo, incluso difícil. De ahí que con razón se reclamen más políti-
  23. 23. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 23 cas especíƥcas al respecto. Ante la necesidad de sentirnos todos copar- tícipes, unos más que otros, sin eludir la responsabilidad personal, y de afrontar una situación que conjuntamente hemos de mejorar, parece ser que, en general, encontramos más prudente el silencio, para no vernos contestados, para no vernos afectados por lo que hemos y habríamos de hacer. Pero ni siquiera desde esta comodidad y ese temor hemos de aca- llar esta palabra necesaria, esta palabra reivindicativa de reconocimiento para con los profesores. Ángel Gabilondo Pujol Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación. Texto extraído, con permiso del autor, del blog “El salto del ángel” Bécquer y la Momia Conchita de la Cuesta era la profeso- ra de Ciencias Naturales del Instituto. Era una señora de avanzada edad, alta y delgada. Los gruesos cristales de sus gafas resaltaban unos ojos saltones, aun más inquietantes por su pelo reco- gido en un gran moño. Su voz era muy grave y con un fuerte acento castellano. Evidentemente por todos estos atribu- tos se le había apodado desde hacía muchos años con el fácil mote de “la momia”, y con ello se había forjado toda una leyenda que nos hacía temblar des- de los nueve años en preparatoria hasta los diecisiete cuando preparábamos el acceso a la Universidad. Cuando doña Concha nos sacaba a la palestra todos temblábamos. Ni Ar- turito Aguirre, el empollón, ni Luis Gálvez “el chapas”, líder de todas las travesuras, se libraban del mal de san Vito cuando ante la pizarra la profe- sora de Ciencias les interrogaba. Muchos sufrimos lecciones de humildad descomponiéndonos ante ella y ante toda la clase. Ese fue el caso de Ra- món Lupiáñez, más conocido por “el berraco”, un fortachón que a los trece años ya pesaba más de setenta kilos y del que sufríamos sus collejas, además de comerse nuestros bocadillos y chocolatinas. Cuando doña Concha dijo su nombre, toda la clase se sonrió. Y cuando le preguntó por los huesos del cráneo, la carcajada fue colectiva aunque
  24. 24. 24 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA corta. El sentimiento de ridículo le hizo reaccionar bruscamente y respon- dió: - ¡los que le voy a partir a cada uno de esos capullos!. doña Concha se transformó en Momia y el silencio se hizo sepulcral, para dar paso a una de las mayores broncas que he oído en mi vida. El Berraco empezó a tem- blar y a sudar, con tics nerviosos en su cara, hasta que no pudo contener sus esfínteres y salió corriendo para los lavabos. Después de una semana de baja, Ramón volvió. Dejó de ser El Berraco. Se volvió afable y respetuoso, y hasta protector, especialmente conmigo que era el más pequeño de la clase, y eso ya se sabe tiene algunos inconve- nientes. Y es que por un error en la Secretaría del Instituto, cuando ingresé me colocaron dos cursos por delante de lo que me correspondía. Y a muy duras penas, con varias asignaturas pendientes cada verano, fui sacando cada uno de los cursos. Sentía como los profesores no confiaban en mí y aquello era muy duro. Todos los años me quedaba para septiembre Religión, así que don Ser- gio llamó a mi padre para comunicarle que no servía para estudiar y que lo mejor sería que cuando aquel año terminara cuarto de bachiller, me llevara al Taller de Marmolería, y que continuara con la tradición familiar. Cuando mi padre me trasladó aquellas palabras sentí tanta rabia que de golpe me volví anticlerical, y además odié las bellas artes a las que siempre tanto he venerado. Reaccioné esforzándome todo lo que pude, y me encontré especialmente a gusto en el libro de Ciencias Naturales. Un día mientras entrábamos en clase, en la puerta conversaban doña Concha con don José Joya, profesor de Lengua. Me miraban y sentí como hablaban de mí, me agradó que por fin me reconociese algún profesor, aunque me inquietaba lo que podían estar diciendo. La clase con don José fue con normalidad, hasta que al final repartió la eva- luación de unos comentarios de textos libres. Yo había escogido una pequeña leyenda de Bécquer, las Hojas secas, que desde muy pequeño siempre me sustrajo hacía la imaginación, releyéndola decenas y de- cenas de veces. Cuando me acerqué a la mesa y don José me sonrió, no supe entender hasta que vi que era una felicitación por aquel sobresaliente. Mi primer sobresaliente. Pero debajo de la nota había un texto que aún me llenó de más alegría: “tiene dotes para el análisis y la investigación”. Pero las bue- nas noticias no acabarían ahí, a la salida me estaba esperando doña Con- cha: - Sabe usted que en aquella Sierra han descubierto unos helechos muy interesantes, ¿por qué no hace un trabajo sobre ellos? Cuando diez años más tarde leía mi Tesis Doctoral sobre los Helechos de Andalucía, recordé que hay momias que hacen milagros. Y si no que se lo pregunten a Ramón Lupiáñez, el Berraco, que acabó siendo jefe
  25. 25. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 25 de servicio de traumatología craneal en un importante hospital de Es- tados Unidos. Ángel Enrique Salvo Tierra Doctor en Ciencias y profesor titular de la Universidad de Málaga Eres pequeña aunque llegarás alto Yo vivía en un barrio muy humilde de Málaga llamado La Palma y como era en esa época muy nuevo no había colegios para las niñas de mi edad. Había uno en la Palmilla donde entré en el año 1977, en plena transición, un colegio público de la antigua Caja de ahorros de Ronda. Mis recuerdos de lo que se consideraba segunda etapa (6º, 7º y 8º de EGB con 12, 13 y 14 años) es que tenía 3 maestras cada una dando Ciencias Naturales, Lenguaje e Inglés y Ciencias Sociales. Me acuerdo muy bien de las maestras la señorita Mª Ángeles, la señorita Mercedes y la señorita Mayte. Todas dando clase en un colegio de un barrio marginal. Me acuerdo bien de sus caras y las recuerdo con mucho cariño. La señorita Mayte nos enseñaba en el recreo sevillanas, verdiales y muchos otros bailes regionales, para bailar en las ƥestas de ƥn de curso. La señorita Mª Ángeles nos hablaba de la Autonomía Andaluza, fue en la época en la que se formó. Nos hablaba de Blas Infante, era una andaluza de los pies a la cabeza. Era la directora del colegio y una gran persona. La señorita Mercedes era la maestra de Ciencias Naturales, me daba Matemá- ticas y Ciencias, me encantaban ambas asignaturas y no olvidaré cuando nos despedimos del colegio que me escribió una dedicatoria “eres peque- ña aunque llegaras alto”. En aquel momento no sabía qué quería decir, yo no era la mejor estu- diante, era de notables, pero sí fui la única de la clase y de las pocas que se graduaron en ese colegio, que estudió BUP, COU, Ciencias Biológicas y ƥnalmente me doctoré en Biología. En los agradecimientos de mi tesis doctoral aparece: “A mis maestras del Colegio 26 de Febrero, Mª Ángeles y Mayte que tanto me enseñaron sobre la vida y a mi maestra de Ciencias Naturales, señorita Mercedes, siempre con la esperanza de que sus esfuerzos por enseñarnos sirvieran para algo en el futuro… eres pequeña aunque llegarás alto”. Gracias por todo Colegio Público “26 de febrero” Barriada 26 de Febrero-Palmilla Años desde 1977-1985 (1º hasta 8º de EGB) Lara Jiménez Bermúdez
  26. 26. 26 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA Josep Tello El 17 de diciembre de 2011 se inauguró un bajorrelieve escultórico en una de las fachadas del Instituto Luis Barahona de Soto de Archidona. Su autor es Jo- sep Tello, nacido en 1932 en el barrio de Ruzafa de Valencia. Su etapa como docente más larga y fecunda la tuvo en Archidona. El 27 de abril de 1959 se traslada al Instituto Técnico de Enseñanza Media Luis Barahona de Soto como profesor de dibujo; este periodo duró 16 años, duran- te los cuales creó escuela entre su alumnado. Son muchos los alumnos que le reconocen como maestro, actualmente son ingenieros, arquitectos, artistas plásticos, etc. Realizó la Virgen de Gracia que preside el patio de doña Leonor del Ins- tituto. Obtiene por oposición la cátedra en 1970. Entre ese año y 1974, proyectó y talló el trono de la Virgen de los Dolores de la Cofradía de la Humildad. Su relación con Archidona nunca la pierde, en el año 2006 vuel- ve a acoger una exposición suya de dibujos, grabados y esculturas en la Sala Municipal. Desde 2007 a 2011 ha estado trabajan- do en su opus 175: “Alegoría al estudio y las enseñanzas”, un relieve mural para la fachada del Instituto Luis Barahona de Soto. Tras la remodelación del ediƥ- cio del antiguo Colegio Escolapio en el año 2005, los arquitectos diseñaron una portada funcional a base de paramen- tos de hormigón y cristal, sin pretender mimetizar la labor de los alarifes barro- cos del siglo XVIII; ello ha permitido que este muro sirva de soporte para un re- lieve escultórico policromado de 4x3,4 metros, más otro menor en forma circular de 1,4 m. de diámetro. La obra consta de ocho relieves temáticos: Luis Barahona de Soto, El Colegio, las Ciencias, las Lenguas, Las Artes, las Ciencias Naturales, la Filosofía, la Educación Física. Isidoro Otero Cabrera Profesor de Historia del Instituto Luis Barahona de Soto
  27. 27. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 27 Hace ya de aquello 30 años Un grupo de la clase con el profesor de ƥ- losofía Paco, no me acuerdo muy bien del apellido, así que no lo pongo. Pues hace ya de aquello 30 años. Guardo muy buen recuerdo del instituto, aunque los comienzos fueron duros. Pero sobre todo me acuerdo del profe de Filosofía que me hizo comprender, aprender y que- rer la materia, que nos hizo reƦexionar con los autores antiguos sobre problemáticas actuales, que la participación que pedía en sus clases era la de presentar premisas fundamentadas… Que nos pedía colaboración para corregir los exámenes como método para entender mejor la Filosofía y la pedagogía que él empleaba para en- señárnosla era un trato cordial, de persona a persona, con respeto. Que trasmitía ilusión por su profesión y sus métodos de enseñanza. Ahora entiendo que todo aquello que hizo no sólo era por ser una buena persona y un buen profesional, que ya es bastante mérito, sino que tam- bién formó parte de la historia haciendo posible una tranquila transición, participando activamente en el cambio democrático de la organización de los institutos: comisiones de profesoras y profesores, asistencia del alum- nado a los claustros, a las evaluaciones, asociaciones de madres y padres, etc. Iba abriendo brecha para un nuevo concepto de enseñanza. Con ese espíritu innovador y luchador es el que me quedo…Tal vez esa fue la semillita de mi profesión. Me apunto a esta iniciativa de “docentes que dejan huella” para agradecer a Paco, y a todo aquel profesorado que como él, optó por una enseñanza pública de CALIDAD. Lorena Gámez Coín Doña Eloísa Doña Eloísa era maestra en esa época en la que las alumnas nombraban con el doña delante a sus profesoras, en esa época en la que el colegio era masculino o femenino, en esa época en la que se entraba a clase con el “Cara al sol” después de realizar el acto del izado de la bandera y de los vivas a España y Franco, en esa época en la que la directora del colegio IES Cánovas del Castillo, 3º de BUP. Málaga curso 80/81
  28. 28. 28 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA pertenecía al Movimiento, en esa época en la que el colegio se llamaba “Carmen Polo de Franco”. También siguió siendo maestra en la época posterior en la que el colegio ya era mixto, al profesorado se le llamaba por su nombre sin el don, y ya se respiraban aires democráticos, entre otras cosas en la elección del direc- tor y el colegio cambió su nombre por el de “Ciudad de Popayán”. Yo la conocí en ambas, una como alumna y otra como estudiante de Magisterio en prácticas y nunca hablé con ella de esos cambios produ- cidos en el país y en la escuela. Ahora me arrepiento porque me hubiera gustado conocer su opinión. Seguro que hubiera aprendido de su sabi- duría asentada en su sentido común y su honestidad con ella misma y su profesión. Mi recuerdo de ella como maestra es tierno, sensible, muy emocional. Aprendí, sí, pero sobre todo disfruté a su lado. Yo era de esos casos raros de niña que le gustaba ir al colegio, que se emocionaba el día antes de empezar el cole en septiembre con el olor del uniforme recién planchado y de los materiales nuevos. Pero sobre todo lo que más recuerdo de ella es que me animó a que fuera maestra; ella vio en mí un potencial que más tarde desarrollé. Hoy en día soy maestra, entre otras cosas, por la huella que dejó en mí doña Eloísa. Tengo una deuda pendiente con ella. Hace unos años y de forma casual leí en un periódico de Málaga una carta de una maestra que se despedía de sus alumnos actuales y pasados, de los padres y madres que habían compartido con ella la misión de educar a sus hijos y de los compañeros y compañeras que había conocido en su dilatada carrera profesional. Se despedía porque se iba a someter a un duro tratamiento para vencer un tumor cerebral, y ya estaba mayor. Era doña Eloísa. Quise localizarla, pero entre el poco tiempo con el que contamos y que no sabía dónde estaba, ni recordaba su apellido, lo fui dejando, pero siempre me quedó esa espinita que gracias a esta iniciativa espero resarcir. Lola Gregori Maestra de Primaria El colegio de la Estación del Palo Estas letras son un pequeño homenaje a la memoria de las personas que llevaban en sus hombros la difícil tarea de enseñar, harto difícil en los años 60. En concreto a las maestras del Colegio María Auxiliadora, popu- larmente llamado el Colegio de la Estación.
  29. 29. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 29 Ahora, en la distancia del tiempo, los sentimientos solapan las sen- saciones y la memoria de los pri- meros años del colegio. Muchos son los detalles que se borran por la lejanía y el desgaste de los días pasados que nos parecen tan distantes, pero que sentaron las bases para que ahora seamos me- jores personas. Los primeros miedos invocaban a las mariposillas revoloteando en la boca del estómago ante la novedad de entrar por primera vez al cole- gio, el olor de nata de las gomas de borrar, los lápices recién aƥlados, el olor a nuevo de los libros en la mochila heredada. El ediƥcio que al prin- cipio se antojaba enorme y que se iba empequeñeciendo según íbamos creciendo. Viene a mi olvidadiza memoria su entrada, un patio en forma de rectángu- lo con un naranjo a cada lado como soldados custodiando las grandes y antiguas puertas de madera que abrían y cerraban el universo escolar en el que aprendimos a ser un poco mejores ayudadas por nuestras profe- soras: doña Aurora hermana de doña Eduarda, ambas con mucho carácter y preocupadas porque aprendiéramos a leer y a escribir, daban mucho pábulo al dicho «la letra con sangre entra». Recuerdo como anécdota que doña Eduarda, siempre tomaba una tónica después del almuerzo que le traía el solícito conserje, debido a las conti- nuas indigestiones que sufría; a doña Pepita la recuerdo recta y ceñida a su discurso pedagógico; la directora era una mujer atolondrada y nerviosa, con un eterno cigarrillo asomando en los labios y siempre alerta; doña Mari, joven, fresca y con otras ideas de enseñar, era mucho más transgre- sora y la última en incorporarse; doña Adriana, sexagenaria y de mente abierta, nos enseñó que, además del encorsetado y trasnochado currículo que debíamos aprender, más allá, estaba la naturaleza de nuestros pro- pios cuerpos cambiantes con sus hormonas díscolas; nos mostró que las personas con síndrome de Down podían integrarse. De hecho su hija asistía a nuestra clase como una más. La recuerdo como un sol de cariñosa, besucona, bromista, porque su madre había luchado para que brillara por sí misma y a nadie le importaba que fuera síndrome de Down. El marido de doña Adriana era pintor y antes de irnos de vacaciones de Navidad nos pintaba en la pizarra el Misterio para el deleite de todas las niñas del cole, que hacían cola para ver la obra maestra.
  30. 30. 30 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA Hacíamos “excursiones” a un patio anexo a nuestra clase de 5º donde nos mostraba las distintas plantas y Ʀores como complemento a Ciencias Naturales y, de forma consentida por nuestra profesora, esquilmábamos los jazmines con nuestras inocentes manos. Siempre recordaré a doña Adriana como la mujer que, sin quererlo o sin saberlo, asumió la faceta que nuestras madres no supieron comprometer- se, acercándose a nosotras como personas y llegando a nuestro corazón con inƥnita humildad y dulzura. Le estaré siempre agradecida. Inma Caparrós Vida El profesor que le dio al “on” Ahora que andamos con los centros TIC y las pizarras digitales, me permito usar la metáfora tecnológica para poner en valor a un maestro a la antigua que, sin conocer los medios de los que hoy dispone el colectivo docente, supo darle al “on” de quien esto escribe. Fue en el curso 81/82. Entrábamos en Tercero de EGB. Nos “tocó” don Mi- guel Racero. Hasta ese curso yo era más bien tímido. Digamos que aún no había salido del “cascarón” psicológico, esa luz que se enciende en cual- quier niño si se dan las circunstancias adecuadas y que le permite mostrar lo mejor de sí mismo. El talento casi siempre se esconde en la infancia detrás de los clichés y, en ocasiones, los complejos. Aquel era mi caso. Me solía sentar en las ƥlas de atrás y desde allí combatía el miedo a una caligrafía horrorosa y unas matemáticas que se me atrancaban. Bueno, en realidad eso me ocurrió hasta el ƥnal del bachillerato. El caso es que tenía una devoción especial por la música que, a esas eda- des, no terminaba de estar bien vista. Me gustaba más que el fútbol. Y eso, en los primeros ochenta en segundo o tercero de EGB, era sinónimo de ser un “marica”. Mi bicicleta y los vinilos que andaban por casa completaban mis pasiones. Pero hasta eso me costaba mostrarlo. Pues don Miguel arrancó el curso con una rueda de presentaciones. Cuan- do me tocó a mí, temblaba. Me preguntó: “¿Y a usted qué deporte le gus- ta?”. Allí estaba yo de pie, sin apenas aliento, interrogado por el maestro y por las miradas de los compis. “El ciclismo, pero lo que más me gusta del mundo es la música”. Empezó a irrumpir una carcajada colectiva que don Miguel Racero cortó en seco: “¿Algún problema? A mí lo que más me gusta del mundo es la música también”. El silencio dominó el aula. Aquella fue la primera de las puertas que me abrió. A partir de ahí hubo más. En realidad, don Miguel Racero aplicaba, sin saberlo, una continua pedagogía de eso que hoy llaman inteligencia
  31. 31. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 31 emocional. Saber dar en la tecla del “on” continuamente. Con él se acabó el miedo a la caligrafía y las matemáticas, se fugaron los fantasmas in- ternos y empezó el aprendizaje del esfuerzo. De la superación diaria, del poner la inteligencia por delante del miedo ante cualquier obstáculo. A partir de ahí, todo fue en realidad coser y cantar. O casi. A don Miguel Racero no lo volví a ver después de aquel curso. Se marchó de mi colegio, el Cerrado de Calderón. Pero ya había sembrado la semilla del aprendizaje. Ya le había dado al “on”. Su labor la completaron otros maestros: vinieron don Jesús, don Sebas- tián, doña Amalia, don Juan o doña Carmen Ramos. Y luego, en el bachi- llerato, cuando ya le quitas el don al maestro, estuvieron Pedro Hormigo, Amparo, María Luisa, don Augusto (el profe de latín, el único que con- servó el “don” por su edad), Juan Cristóbal, Pilar la de Literatura, María Dolores… y tantos otros. Me dejaré alguno, seguro. Pero ninguno de ellos fue menos importante. Quizá don Miguel fue el primero. Hoy tengo tres hijos. Manejan tabletas y digitan sobre pantallas táctiles. Ellos saben darle al “on”. Y parece que al mismo que a su padre le mostró don Miguel Racero. Colegio Cerrado de Calderón Curso: 3º de EGB, curso 1981/82 Antonio Ortín Delgado Periodista de Diario Sur Docentes que me dejaron huella La semana pasada, la Delegación Educación presentaba una entrañable actividad que llenó mi cabeza de buenos recuerdos. “Docentes que dejan huella” es una iniciativa del propio delegado que pretende reconocer el trabajo del profesorado y la gran importancia que los maestros tienen en la vida de cualquier persona. Mientras escuchaba y tomaba notas, como en cualquier rueda de prensa, fue inevitable que no me acordara de esos maestros que, sin duda, participaron de forma deƥnitiva en que sea como soy. Durante los trece años que estudié en el colegio Los Olivos, de los agustinos, algo de lo que me siento profundamente orgulloso, fueron quienes me modelaron como si fuera barro y me hicieron persona. Porque no sólo se preocupaban por enseñar o inculcar el deseo por aprender. Y yo sin darme cuenta. No sé si entonces ya se lo agradecía. Puede que sí, porque siempre fui un niño aplicado y estudioso. O eso dicen. Forman parte de mi vida, y seguro que de la de muchos de mis compañe- ros de entonces, maestros como la señorita Rosita Posadas, que fue mi tutora desde primero a cuarto de EGB. El padre Miguel (que tenía nombre
  32. 32. 32 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA y personalidad de poeta: Miguel Hernández) y el padre Modesto y sus sabios y oportunos capones. O Paco Gavilán, un docente muy cercano, un profe guay que, sin embargo, conservaba su autoridad y todos le guardá- bamos el debido respeto. Fue fundamental para que no perdiera el curso en un año muy difícil. O Manuel Devolx, director de una revista trimestral que se llamaba El Superior, en la que los alumnos de ese ciclo podíamos publicar nuestras redacciones, poemas, chistes o dibujos. ¡Qué gran idea! ¿Se dan cuenta? Yo soy periodista por eso. Cada vez lo tengo más claro. Ahí podía escribir historias y compartirlas con los demás. Y ya en BUP, cuando había que elegir entre Ciencias o Letras (reconozco que yo me decanté por las mixtas más raras del mundo: Latín y Dibu- jo Técnico) contribuyeron de forma decisiva a abrirme y elegir camino profesores como Joaquín Rosales o María Victoria García Berlanga, que además de conseguir que me gustara leer hasta Cinco horas con Mario, me ayudó también a vencer mi timidez al participar en la obra de teatro en las ƥestas patronales de ese año 1995: Usted tiene ojos de mujer fatal, del gran Jardiel Poncela, en la que yo hacía de Reginaldo de Pantecosti. Con esa representación aprendí también a dar un paso adelante y echarle un poquito de cara a la vida, pero con estilo, consideración y cortesía. Algo fundamental en esta profesión. Y sobre todo, aprendí a reírme de mí mismo. El día de la función me quedé afónico, por cierto. ¿Serían los nervios? Más nerviosos creo que se pusieron Mariví y el resto del reparto. Y cómo olvidarme del padre Manrique y su ƥlosóƥca forma de impartir Filosofía. Por sus ojos han pasado muchos más alumnos que profesores por los míos. Pero los recuerdo. Como si fuera ayer. Con mucho cariño y emoción. Y aho- ra que estoy a punto de ser padre, no dudaría ni un instante en poner la educación de mi hija Paz en sus manos. Son los maestros que me dejaron huella. Yo soy quien soy por ellos. Gracias. Ignacio A. Castillo Periodista de La Opinión de Málaga La angustia y el remedio en el mismo frasco Mi madre se empeñó en que sus hijas fuesen educadas en el colegio Nuestra Señora del Pilar, en Ciudad Jardín. Las siervas de San José guiaban este centro de persianas verdes, grandes patios y una capilla con lumino- sas vidrieras que nos encantaba a todas. Más de una soñó un futuro en el espectáculo en su salón de actos, con ese olor a madera, a escenario, tras las pesadas cortinas en las que aguar- dábamos el inicio de la función. Fui muy feliz entre sus muros. Para una niña fantasiosa como yo, despertar su imaginación a base de redacciones
  33. 33. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 33 constantes fue, quizás, un gran acierto. Y podría decir que aquel resultó el lugar y el momento en el que nació mi vocación. Pero el itinerario hacia la adolescencia no fue del todo fácil. Después de sufrir las exigencias de la madre Petra desde tercero hasta quinto de la EGB, dulce cuando quería pero sin olvidar la rigidez que imponían sus años, sus métodos un poco obsoletos y su hábito de monja, llegó el último ciclo. Con el cambio, las niñas del grupo A ansiábamos respirar tranquilas. Ves- tida de seglar llegó la madre Encarna. Alta, morena y con grandes gafas, siempre usaba su bata blanca de médica. Era nueva en el colegio y parecía traer aire fresco. Le asignaron nuestra tutoría. Sin embargo, había pasado diez años como misionera en Zaire y sus tremendas experiencias en un lugar de extrema pobreza le hacían difícil la adaptación de nuevo a una sociedad con ciertas comodidades. Después de ver cómo los niños caminaban descalzos por la selva kilóme- tros y kilómetros para no gastar sus zapatos antes de entrar al colegio, le enfurecía que unas niñas pudiéramos malgastar nuestra oportunidad. No consentía medias tintas en sus pupitres. Nos pedía un rendimiento máxi- mo y nos asustaba con exámenes sorpresa. Nos enseñó muchas Ciencias, aunque al mismo tiempo nos produjo tanto agobio que creímos oportuno recurrir a otra profesora. Siempre pensé que su nombre había sido providencial. La “señorita” María Angustias de los Remedios escuchaba nuestros pesares y parecía comprendernos con una facilidad que no tenían las religiosas. Ella mante- nía la calma y nos pedía, igualmente, paciencia. Envidiábamos a aquellas que la tenía de tutora. ¡Era tan guay! Nos ayudó a limar asperezas y a com- prender los distintos puntos de vista, nos animó a tener la mente abierta, a ser tolerantes y acogedoras. Ella podía asumir la angustia y proponer el remedio. Fue una buena guía. La señorita Angustias y otros docentes como la Madre Concepción, una de las monjas más modernas y enrolladas, con su pelo blanco reluciente en las clases de Música, la madre Dolores, empeñada en el buen uso de la Lengua, don Nicolás, con fama de duro pero que conmigo compartió su pa- sión por la Geología, o “la catalana”, me hicieron disfrutar de sus historias y estudiar con gusto las asignaturas. Siempre me encantaron los libros, pero ellos me enseñaron mucho más. Gracias a ellos supe que una vida a la que no se le echa corazón siempre será más oscura, más vacía. Cristina Fernández Redactora del periódico Málaga hoy
  34. 34. 34 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA La Alicia paya en el país de Los Asperones En el año 89 el agua inundaba Málaga ahogándola durante días en sorbos de lluvia. Pero otra inundación muy distin- ta llegaría a Los Asperones, la del ciclón Alicia, una paya vivaracha y comprome- tida que no sólo llegó para quedarse sino para, dándolo todo, hacer que las cosas cambiaran, muy poquito a poco, pero siempre a mejor. La Alicia es la maestra paya que ha dejado huella en Los Asperones, en las familias gitanas que allí han vivido en los últimos 22 años, pero muy especialmente en todos y cada uno de sus alumnos. Esas niñas que ya no querían ser princesas, porque con frecuencia se casaban y eran madres con 15 ó 16 años y se enfrentaban a la vida con toda su crudeza prácti- camente desde la niñez. Y a esos niños que les daba por perseguir el mar dentro de un vaso de lo que fuese, o dando vueltas en un ciclomotor o en un coche tuneado, cuando la obra o la chatarra daban dinero. Y se iban tragando la vida a caladas. ¿Que había resentimiento? Ella regalaba ternu- ra. ¿Si la incomprensión ponía barreras? Puentes de cercanía tendidos con roce y empatía. ¿Ante la ignorancia que impide cualquier avance? Mu- cha sabiduría de La Alicia para superarla y más ¿Con voces elevadas y la ley del más fuerte? Para solucionar las cosas hablar, diálogo y la ley del sentido común ¿Robos y destrozos materiales? Manos a la obra para arreglarlo, con furia conte- nida claro, pero con la comprensión indulgente y empática que todo lo cura. Hacía tiempo que había oído hablar de la maestra paya de Los Asperones que contra viento y marea estaba sacando adelante el diƥcilísimo proyec- to de un colegio consolidado en un enclave tan real como imposible, pero que sobre todo estaba haciendo que allí creciera una comunidad educati- va de verdad y así hasta hoy. Hace unos cuatro años ya, cuando sí la vi de cerca. A ella, como la gran matriarca que es, le gustaba reunir a su gente alrededor de una buena comida, de unas papas, un potaje o un puchero. Las viandas eran lo de menos, lo de más tanto afecto y tanta gente de toda calaña que año tras año ha ido a Los Asperones a ese formidable encuentro con La Alicia y su gente en Los Asperones.
  35. 35. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 35 Tuve la suerte de ir, una vez y otra y otra….y siempre la misma sensación al entrar en el barrio, un mundo como roto que aunque es real no lo parece y al fondo un oasis vivo, un gueto, sí, pero de paz y de convivencia, el Co- legio María de la O. Y siempre la misma admiración por esa masajista de emociones desboca- das, domadora de vientos a cien (o de los que se ponen a cien por el vien- to), esa embaucadora de sensaciones por descubrir que los niños jamás llegarían a imaginar sin la magia de La Alicia. Esa es ella y esa es su huella. La estela dulce en el sórdido paisaje. “Tú si que vales”, le dicen a La Alicia. Y también se lo han dicho formal e institucionalmente con reconocimientos personales (Medalla al Mérito en la Educación en Andalucía, Reconocimiento al Mérito Educativo en la provincia de Málaga, Premio Educación Ciudad de Málaga) y premios y galardones a su colegio. Pero sobre todo se lo han dicho a diario en esos niños que faltaban al colegio más que iban, que empezaron a ir porque se desayunaba y comía, que siguieron yendo porque allí los acariciaban con palabras suaves y afecto, que continuaron yendo porque se vieron capaces de aprender, de superarse por sí mismos, de crecer como personas, por mucho que tantas y tantas toallas se hayan ido arrojando claudicadas ante la descarnada realidad de ahí fuera. Y es que sigue haciendo frío fuera. Demasiado frío, bastante viento. Pero en el colegio siempre está ese calor encendido para quien quiera recibirlo. Y para quien no quiera también. Ellos lo saben y eso es mucho. Por eso ahora también te lo decimos Alicia. Yo también, maestra, porque me has dejado una hermosa huella de la que he aprendido y que no pienso olvidar. Gracias. Salud y suerte. Te aves baxtalo (que tengas fortuna). Antonio M. Escámez Pastrana Delegado provincial de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía en Málaga
  36. 36. 36 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA No hay dos sin tres Empezaba a ser mayor, entraba en el segundo ciclo de E.G.B. Caí en 6º B, pero luego me cambiaron a 6º A. Allí me encontré a don José España, con su disciplina pero también ayudando al alumno cuando lo necesitaba. Lo recuerdo el día después del golpe de estado junto a don Rafael y a la señorita Marilyn preocupados por los acontecimientos del Congreso. Gracias a él transité por Macondo y viajé junto a Aureliano Buendía. Nos encargó un comentario de texto del libro que quisiéramos y ni corto ni pe- rezoso lo que yo hice fue resumir el libro a la mitad. Si eran 600 páginas, yo entregué 300. Me miró de arriba abajo y sonrió. Cuando llegué a Martiricos y caí en 1º F, mi tutor fue Vicente Cabello. Aprendí de él la curiosidad por conocer y también la seriedad en el traba- jo y el gusto por las cosas bien hechas. Daba Biología, pero hacía las clases amenas y tenía mucho interés en que aprovecháramos el tiempo. En 2º BUP entré el colegio León XIII; allí don Joaquín Carranza nos daba clases magistrales sobre el Arte, sobre sus viajes por los museos de toda Europa y también sobre como escudriñar un texto y sacarle el jugo, lo que me valió para aprobar selectividad. Lástima que no supe o no quise aprovechar todo este bagaje en mi corta vida en la Universidad, pero sin lugar a dudas la huella y la ense- ñanza que me dejaron la intento transmitir a mis hijas para que no co- metan los errores que yo cometí y de los que estoy tan profundamente arrepentido. D. José España. Colegio Luis Pasteur. Curso 80-81. D. Vicente Cabello. Instituto Martiricos. 83-84. D. Joaquín Carranza. Colegio León XIII. 88-89. Juan Andrés Álvarez Martín Para Elena La idea de la página me parece maravillosa y sobre todo poder permitir- me dar las gracias a Elena Imberlón, mi profesora de lengua y literatura en 3º de BUP del Instituto Santa Rosa de Lima (Argentea) en el curso 79-80. Mi nombre es Concepción Muñoz. Ella creyó en mí desde el principio, me enseñó a amar los libros, a sus autores, a saborear lo que ellos encierran. En una palabra, me enseñó a LEER, y eso es lo que ahora yo intento ha- cer con mis alumnos de literatura, que, aunque no españoles, logro que
  37. 37. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 37 aprendan a amar una lengua extranjera a través de los magníƥcos escrito- res que la lengua de Cervantes ha dado. Mil gracias Elena. Concepción Muñoz Ronda, ciudad soñada Llegan a mi memoria en tropel los nombres de mis compañeros de clase, como si salieran al patio del Colegio Nacional Juan de la Rosa: Gazaba, Chaves, León, Ayala, Antonio Jiménez Maldonado, Salvador Núñez, Carlos María Parés, Juan Carlos Cabrera, Ayala Vela, Galván, Tapia, Crisanto, Emilio Martín, Blas García Peralta, Domingo, Juan Antonio Burgos,… Sosegadamente me llega el recuerdo de don Carlos Gracia, paciencia inƥnita y pionero del ciclismo, don Diego Narváez con su altura, partiéndome la carne, la morcilla y el tocino del cocido que pre- paraba Jerónima, don Juan Martín Pin- zón “las agudas acabadas en vocal, “n” o “s”, como portón y camión”, don Manuel del Río y sus láminas “electriƥcadas” de Ciencias Naturales, don Pedro que nos leía literatura y con el que hice mi primera poesía, un joven don Juan Sanz dando matemáticas y el director don Manuel Diz Costa. Pero cuando tengo que recordar a uno solo mis recuerdos se llenan, no sé por qué, de don Dionisio: don Dionisio Tapia. Seguro que él sabe por qué. Me enseñaron a leer, escribir, sumar, multiplicar…, pero también a no re- nunciar a la ortografía, al gusto por la caligrafía, el amor por las cosas bien hechas y mucho más: integridad, honestidad y esfuerzo, como valores no como cargas.
  38. 38. 38 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA Cuando con trece años llegué al Co- legio San Estanislao de Málaga los Jesuitas alabaron a mis padres la ex- celente preparación que traía. Estupendos profesores del Colegio de El Palo e inmensos profesores y catedráticos de la Escuela de Ingenieros de Sevilla siguieron modelando sobre las sólidas bases que pusieron aquellos MAESTROS, así, con mayús- culas, hace ya cuarenta años. Colegio: Juan de la Rosa (Ronda) EGB Años 1968 a 1975 Ignacio J. Huelin Bejarano El profesor de Ciencias Naturales Caminaba hacia el instituto, sobrado de tiem- po siempre, recorriendo la calle Carreterías con paso seguro, la cartera en la mano derecha y la mirada atenta al paisaje matutino. Así, desde el año 42 en que llegó a Málaga, hasta el 79 en que se jubiló, cumplidos los setenta. Clemente Fernández Ruiz, don Clemente para sus alumnas, era profesor durante todo el día. En el Instituto Femenino, en la rebotica de su farmacia, en la Delegación de Educación o en su casa, era profesor y siempre tenía algo que en- señarnos a las personas de su cercanía. Formida- ble conversador, su dicción castellana, su léxico inconfundible, sus expresiones cargadas de ocurrentes referencias y de ironía inteligente hacían de él una persona inolvidable una vez que se le trataba. Como profesor, sabía que ninguna actitud mejor que el ejemplo y la exi- gencia. El ejemplo en la puntualidad, en la asistencia diaria a clase, en el trabajo y en la pulcritud didáctica. La exigencia, en esperar de su alum- nado lo mejor que podía dar de sí, obteniendo su respeto y su cariño. Su apariencia rotunda y su fuerte carácter mantenían mal escondido un corazón tremendamente humano y amistoso. Su infancia un tanto nómada, en la que su madre, joven viuda, fue tras- ladando a la familia de pueblo y de ciudad en función de los estudios de sus hijos, su paso como joven catedrático por los institutos de Li- nares, Pamplona y Manresa, su terrible vivencia de la Guerra Civil en Madrid, curtieron a Clemente Fernández permitiéndole transmitir a su
  39. 39. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 39 alumnado un sentido del trabajo cotidiano que no era sino su propia ƥlosofía. No hay mayor satisfacción para un profesor que ser recordado por sus alumnos, oír referirse a él, sin excepción, en términos elogiosos, encon- trárselos doquiera que vaya y saludarlo con aprecio y reconocimiento. Durante largos años y después de jubilarse, Clemente Fernández siguió encontrándose antiguas alumnas del Vicente Espinel, mal llamado Gaona, que lo saludaban con el afecto con que se saluda al viejo profesor, queri- do y respetado, que para ellas fue mi padre. Arturo C. Fernández Sanmartín Director del IES Politécnico Jesús Marín de Málaga Mi maestro Emilio Recuerdo cuando estaba en 5º de EGB , allá por el año 1983, que en el colegio Graduada Hogarsol de Málaga, un maestro de Almería con los ojos claros y sonrisa jovial nos animaba constantemente y nos enseñaba de muchas formas lo bonito que era aprender. Era un hombre cariñoso, paciente y con unas ganas de enseñar que con- tagiaban. Me acuerdo mucho de él, de lo importante que fue, de todo lo bueno que nos dio, de su hablar de Almería y que al otro año se fue. En mi corazón dejó una huella profunda y un montón de alegría; esa mis- ma que hoy trato de transmitir a mis alumnos y alumnas. Si algún día lo volviera a ver, le daría un fuerte abrazo y le diría GRACIAS A TI, YO TAMBIÉN SOY MAESTRO. Gracias Emilio. Antonio María Hernández Profesor de secundaria Mi Maestra Yo estudié en escuela pública, en un pueblo de Toledo llamado Gálvez. Tuve varias maestras pero sólo voy a mencionar a la que me inƦuyó para bien. Después de unos cursos sin pena ni gloria, llegó a nuestra escuela doña María Luisa Hernández Sonseca, nuestra tutora hasta ƥnal de nuestro pe- riodo escolar.
  40. 40. 40 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA Doña María Luisa nos despertaba la ilusión por aprender. A mí me gustaba tener todo bien. Nos ponía exámenes y según el resultado así ocupábamos los pupitres: el primer puesto, el segundo, etc. Otra chica y yo siempre ocupába- mos el primer o segundo puesto, éramos sus ayudantes: ayudábamos a las niñas que les costaba más tra- bajo; hacíamos dibujos artísticos en la pizarra para que lo copiasen las demás alumnas; ayudábamos a enseñar labores; etc. Pero ella no paraba, aprovechaba nuestra colaboración para atender a otras niñas. Es que los niños y las niñas estábamos en diferentes escuelas. Recuerdo que cuando tenía que ir a Toledo capital por algún asunto, nos dejaba la llave de la clase y el trabajo preparado para que nosotras, Ra- quel y yo, diésemos la clase. ¡Éramos más importantes y felices..! Con ella se me despertó el gusanillo de ser maestra y, a pesar de que la vida me lo puso muy difícil, gracias a Dios, pude ver mi sueño realizado: terminar magisterio y aprobar oposiciones. Yo quería ser maestra como doña María Luisa, pero es que además quería ser soltera como ella para así poder dedicarme en cuerpo y alma a ello. Bueno, he conseguido ser maestra, pero me casé, tengo hijos… y nietos, lo que no me ha impedido trabajar con toda ilusión y con toda mi alma. Siempre he recordado a “mi maestra”. Yo pensaba qué sería de ella. Me hubiese gustado saber si vivía, cómo estaba, contarle lo importante que fue en mi vida. Pero… En agosto de 2011 preparamos un viaje a Toledo para que mis nietos co- nociesen donde viví de joven. A este viaje fuimos mi hija mayor y sus hijos, mi nuera y los suyos y yo. En una de las visitas guiadas por la ciudad, trabé amistad con otra mujer que, mira por donde, también era maestra. Derivó la conversación hacia nuestros primeros estudios, ella me dijo dónde había estudiado y cuando comenté que yo lo había hecho en Gálvez ella me dijo que una tía suya fue maestra en este pueblo. A mi me dio un vuelco el corazón y efectivamente, su tía era doña María Luisa. Me contó que vivía, que estaba en una residen- cia en el mismo Toledo y que la podía visitar. De todas formas me dio el te- léfono de la residencia. No fui a verla porque no lo vi prudente. Hice bien. En cuanto llegué a Málaga la llamé. Se puso muy contenta. Espero haberle
  41. 41. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 41 transmitido mi agradecimiento, admiración y cariño. Por mucho que yo le haya dicho, nunca sabrá todo lo importante que fue en mi vida. Mi Maestra: Doña María Hernández Sonseca. Época: entre 1950 y 1960. Lugar: Gálvez, Toledo. Estudios: equivalentes a Primaria. Mª del Carmen Sáez de Lafuente Gómez Don Julián “Docentes que dejan huella”. Cuando leí el título de esta iniciativa me vino inmediatamente a la cabeza la ƥgura de mi padre, Julián del Amo Villar. Sí, mi padre. Profesor de EGB, maestro y Licenciado en Ciencias Exactas, dedicado toda su vida (40 años) a la enseñanza, a la dirección de Centros educativos, a su vocación. Padre de 8 hijos, nos dedicamos a diversas tareas, pero yo, siguiendo su ejemplo y admirada por su labor, me hice maestra también. Mi padre ha trabajado en muchos centros educativos y en muchas etapas, fuera de An- dalucía y los últimos años en Andalucía, en Cádiz, en el CEIP Santa Teresa. ¿Por qué me ha dejado huella? Probablemente mi visión sea diferente a todas las visiones de las personas que escriban en este espacio. Es evi- dente que todo lo que sé sobre docencia hoy en día, sobre lo que más valor tiene, sobre el amor y la dedicación por la enseñanza lo aprendí de él, pero no sólo en las aulas, también en casa. Él me mostraba cada día como se pasaba horas preparando clases, corri- giendo cuadernos, exámenes, actividades, etc… como hablaba con cariño de sus alumnos y alumnas, yo le escuchaba boquiabierta y siempre le de- cía: yo cuando sea mayor quiero ser “profe” como tú…. Y pasaron los años y a eso me dedico, a mi pasión, heredada de ese gran maestro, al menos para mí, que fue y es mi padre, LA EDUCACIÓN. Don Julián, como a él le llamaban parecía un profe duro y serio, y lo era, pero también era un maestro dedicado y comprensivo y aún hoy en día, a pesar de tener que haberse jubilado por una grave enfermedad, y a sus 74 años sigue ayudando de forma altruista a muchos y muchas niños y ni- ñas a superar sus problemas con las matemáticas, su otra pasión. ¡Gracias profe, gracias papá! Mª Gracia del Amo Pérez Maestra de lengua extranjera Inglés Málaga
  42. 42. 42 ‚ DOCENTES QUE DEJAN HUELLA Imposible elegir uno Bueno, por ƥn encontré un modo de agradecer a mis profesores todo lo que hicieron por mí, cada uno a su manera... lo que soy ahora, poco o mu- cho, se lo debo a todos ellos, y también a mis padres. De mi etapa en San Manuel (1972-1980), destacaré a tres profesoras: la señorita Remedios, que me dio clase en cuarto de EGB. Nada más verla en el patio el primer día deseé que esa fuera la señorita que me tocara… a mis nueve años lo primero que pensé es que era muy guapa pero luego resultó que era más guapa por dentro que por fuera. También mi agradecimiento a la señorita María Antonia, que me dio ma- temáticas en los tres últimos cursos de EGB. Creo que ella y Ana Ceres, del instituto Gaona, comparten la responsabilidad de que yo hoy en día sea matemática también. La señorita Ana Mari no fue mi profesora, pero mi hermana guardó un caramelo de coco que les repartió el último día como despedida… durante años y años. Igual aún lo tiene. Del paso por el instituto Vicente Espinel (1980-1984), son tantos los pro- fesores que me marcaron que de antemano pido disculpas si me olvido alguno. Además de la ya mencionada Ana Ceres, excelente profesora y una de las personas más dulces que he conocido en mi vida, hay otros muchos que dejaron en mí recuerdos imborrables. Antonio González, el único profesor que ha sido capaz de hacer que me guste, me interese y me motive estudiar Historia. Ana Rosa Cartes, la ma- dre de todos los alumnos, hasta nos daba dinero para desayunar si nos veía faltos de energía, y junto con Cristina Escarcena se quedaban todos los días sin recreo para atender la biblioteca del centro. Joaquín Deblas, profesor de ƥlosofía, qué decir de Joaquín, simplemen- te lo adorábamos. José Berenguer, Juan Vizcaíno y Mari Carmen Díaz, de Biología, Física y Química, impresionantes profesores los tres. Y por último Rafael Bordón, que aunque oƥcialmente nunca fue mi profesor, dejaba “colarme” para disfrutar de sus excelentes clases sobre el cuer- po humano. Un poco más y me desvía la vocación a Medicina. Por último, Vicky de inglés, que es un poco como las tortugas, dura por fuera pero blandita y adorable por dentro. Hoy en día yo también soy pro- fesora. Y siempre digo que mi estilo docente es como un puzzle que he ido construyendo con los años, basado en los recuerdos que tengo de cada uno de ellos.
  43. 43. DOCENTES QUE DEJAN HUELLA ‚ 43 Así que no me queda más que decir GRACIAS MAESTROS. Pese los años que han pasado, seguís conmigo todos los días. Eva Millán Carta al claustro de profesores del IES Reyes Católicos de Vélez Málaga Había pensado dedicar estas palabras a algún profesor o profesora en concreto de este centro de la Axarquía, pero acto seguido pensé en lo injusto de sería dejar de lado a otros profesores y profesoras que me de- jaron una huella imborrable a través de los años. Era por los años 82 al 86 cuando empecé a cursar mis estudios de Bachiller en lo que entonces se conocía como BUP y posterior COU. La llegada a un nuevo centro des- pués de ocho años de Educación General Básica y el consiguiente miedo hacia algo completamente nuevo, y que además coincidía con una serie de transformaciones en mi voz y en todo mi cuerpo, me aterrorizaba bas- tante. Estaba, como el resto de mis compañeros del colegio, acostumbrado a un trato muy paternal por parte de mis maestros y maestras de la escuela y tenía mis serias dudas de cómo iban a ser esos nuevos profesores y profe- soras que parecían, a priori, mucho más distantes. Recuerdo aquel primer día en que nos recibió Rosario Cuadrado Barquero, Charo en lo sucesivo, profesora de Francés y a día de hoy una gran amiga con la que compartí momentos esenciales de mi vida y que hoy día, casi 26 años después, cuando el ajetreo de la vida me lo permite, nos tomamos un café y nos ponemos al día. Charo Cuadrado, Consuelo García, José Antonio Esquivel, Carmen Bán- cora, Daniel Martínez, Carmen Rueda, José María Serrano, Carmen Maestre, Víctor del Valle, Isabel Pascual, Carmen Villoslada, Antonio Abad, José Polo, Antonio Martí, Ramón Bazaga, Francisco del Pino, Luci- la Lois, Camilo Valverde, Miguel Rico, Diego Olmedo, Adela Martín, y a muchos otros, a los que si sigo nombrando no acabo, GRACIAS. GRACIAS en mayúsculas porque sin vuestro esfuerzo personal, vuestra entrega al saber y a la trasmisión del mismo, yo, al igual que el resto de compañeros y compañeras que cursaron sus estudios conmigo, no seríamos hoy quie- nes somos, personas formadas en el sentido del deber, de la justicia, de la solidaridad, del esfuerzo y de tantos otros valores que engrandecen al ser humano. GRACIAS por la conƥanza puesta en aquella generación de transición, no siempre fácil de llevar como suele ocurrir con los adolescentes. GRACIAS por haber hecho de vuestra profesión la mía. GRACIAS por la paciencia

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