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  • 1. Los sueños de América
  • 2. Eduardo González Viaña Los sueños de América
  • 3. {logo alfaguara} Eduardo González Viaña De esta edición:2000, Santillana S.A.Avenida San Felipe 731, Jesús MaríaLima, PerúTel. 460 0510Grupo Santillana de Ediciones, S.A.Torrelaguna 60, 28043 Madrid, EspañaAguilar Mexicana de Ediciones S.A. de C.V.Av. Universidad 767, Colonia del Valle,México D.F. 03100Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S.A.Beazley 3860. 1437 Buenos AiresAguilar Chilena de Ediciones, Ltda.Dr. Aníbal Ariztía 1444, Providencia, Santiago de ChileEditorial Santillana, S.A. (ROU)Javier de Viana 2350, (11200) Montevideo, UruguaySantillana S.A.Prócer Carlos Argüello 228, Asunción, ParaguaySantillana de Ediciones S.A.Av. Arce 2333, entre Rosendo Gutiérrez y Belisario Salinas,La Paz, BoliviaISBN:Depósito legal:Impreso en el PerúCubierta: Sandro GuerreroTodos los derechos reservados.Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte,ni registrada en o transmitida por,un sistema de recuperación de información, en ninguna formani por ningún medio, sea mecánico,fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia,o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.
  • 4. A Sarita Colonia, amparo del caminante y Maria del Pilar, mi hermana: ellas saben por qué.
  • 5. ÍndiceEl libro de Porfirio ........................................................... 11La mujer de la frontera .................................................... 29Confesión de Florcita ....................................................... 75La muerte se confiesa ....................................................... 81Hello, this is Susan in hot line .......................................... 87Claudia en el mundo......................................................... 98La duración de la eternidad ........................................... 106Esta carta se contesta en el cielo .................................... 116Las sombras y las mujeres ............................................. 130Página final en el Oeste .................................................. 145La invención de París ..................................................... 153Las nubes y la gente ....................................................... 159Tango .............................................................................. 165¡América, América! ........................................................ 171Siete noches en California .............................................. 191Santa Bárbara navega hacia Miami .............................. 209Usted estuvo en San Diego ............................................. 231El programa de Dios....................................................... 239Esta es tu vida ................................................................. 255
  • 6. El libro de Porfirio Cada vez que pensamos en Porfirio, nosabemos qué pensar. Unos dicen que entró a losEstados Unidos por la playa, otros aseguran que por loscerros como la mayoría de nosotros, y hay por finquienes lo quieren ver volando. Lo ven flotar sobre loscerros de Tijuana. Lo ven esquivar los puestos de radary tramontar las luces infrarrojas. Lo ven elevarse,ingrávido, por encima de los helicópteros de losgringos. Y lo sienten por fin posarse en tierra a laentrada de San Diego como se posan los ángeles, y asílo ven porque Porfirio es pequeño, peludo, suave, burropor dentro y por fuera y, por más burro que sea, aéreo yleve, tan leve y aéreo que cuando trota va comoafirmándose en el suelo, como si se amarrara a la tierra,como si temiera que se lo llevara el viento, y siempre seva, se va, siempre se lo lleva el viento. Un vecino de la familia Espino nos informa quea Porfirio lo hicieron pasar la línea durante unatormenta de arena un día en que sopló tanto viento quevarios cerros mexicanos pasaron la frontera sin exhibirpapeles y una fugitiva pareja de novios se perdió sinamparo en los cielos abundantes de California. Pero esono puede ser cierto porque ni siquiera Dios puedeesconder las orejas de don Porfirio cuando Porfirio sepone nervioso, o terco como una mula, o burro comoun burro, y avanza por en medio de una tormenta a losEstados Unidos, invisible, transparente, incorpóreo,silencioso, filosófico, pero burro como siempre, y
  • 7. 12delante de él van sus orejas suaves, peludas y enormesde burro fugitivo. O tal vez pasaron durante una noche de eclipse.La luna debe haber estado rebotando de un lado al otrolado del cielo hasta meterse por fin dentro de unagujero rojizo, y allí fue cuando ellos aprovecharon paraentrar. Los gringos de la aduana tenían los bigotesdorados por el eclipse, y también el pelo, las cejas y laspestañas, y por todo eso, si vieron pasar las orejas dePorfirio, las vieron bermejas y doradas, y como sivolaran, y deben haberlas tomado por mariposas. Por fin, nada de esto es importante. Loimportante es saber cómo fue que a los Espino se lesocurrió entrar a este país cargando con un burrocuando todos sabemos cuánto pesan el miedo y lapobreza que traemos del otro lado. La verdad es quetodos hubiéramos querido traernos el burro, la casa, elreloj público, la cantina y los amigos, pero venir a estepaís es como morirse, y hay que traer solamente lo quese tiene puesto, además de las esperanzas y las penas. Quizás fue porque era lo único que tenían losEspino, además del niño Manuel, que debe haberestado de cinco años y no ha de haber queridodesprenderse del asno. Acaso sentían o sabían que sinun animal, la familia humana no es buena ni completacomo lo dice Dios en la Biblia cuando habla de un talseñor Noé que venteó la tormenta llevándose, ademásde su mujer y sus hijas, a sus pavos, sus patos, suschanchitos, sus carneros, sus sueños, el tigre, el león, lamariposa y un elefante que había en el pueblo. Tal vezsea como algunos dicen que los animales dan consejosa los hombres sin que estos se den cuenta, pero en
  • 8. 13todo caso, en este recuerdo siempre hay una tardeamarilla e incandescente, y caminando por delante deese color las siluetas de un hombre, una mujer, unniño y Porfirio, a punto de entrar en los EstadosUnidos. Y por eso fue que anduvieron con Porfirio, enlas buenas y las malas, los buenos y los malos tiemposde San Diego y Los Ángeles, Paso Robles y San José,San Francisco y Sacramento, Independence y Salem, yen todos estos lugares habrá de suponerse que el burroandaría, como sus patrones, escondido, ilegal y sinpapeles. Seguro que en toda esa época el padre y lamadre trabajarían desde la madrugada, él en la cosechade pinos, ella en la fábrica de conservas, hasta que por lanoche una luna haragana se los tragaba y los volvíainvisibles. Invisibles tenemos que hacernos todos cuandollegan a visitarnos los agentes de la migra, pero lo difíciles imaginar cómo harían los Espino para hacer invisiblea Porfirio cuando todos sabemos que la carne de burrono es transparente y, aunque así lo fuera, hay quecalcular lo denso que es el miedo y cómo brillan en lanoche, hasta delatarse, los ojos de los hombres tristes yde los animales asustados. Hay que preguntarse cómo hace una familiainvisible para vivir en los Estados Unidos y qué papeltiene el burro en todo este cuento, y cuando pensamosen eso, se nos ocurre que un burro es útil porque puedecuidar a un niño mientras los padres trabajan. Entoncesviene la cuestión de cómo se hace para esconder a unburro en un país donde las computadoras saben todo loque usted anda haciendo con su vida, pero cuando
  • 9. 14pensamos en eso, recordamos que a los Espino, Diosles dio la casa más grande que pudo encontrar en estacomarca. Se la encontraron allí, junto al río Willamette,por el lado donde descansan cada año los gansossalvajes, y era una casa tan vieja y tan vacía que parecíahaber sido abandonada desde los días del DiluvioUniversal, y la tomaron porque un abogado defensor deinmigrantes les dijo que en Oregon es legal tomarposesión de las casas abandonadas. En ella, Mario Joséy María del Pilar ocuparon el cuarto que da a la ventanadel oeste, y al Niño le dieron la del oriente. Por su parte,Porfirio, aunque pasara las horas de sol comiendo lagrama, dormía, filosofaba y jugaba con Manuelito en uncuarto anexo a la residencia que tal vez en sus buenostiempos había sido una biblioteca, porque estabarepleto de almanaques y libros acerca de la crianza depollos. Allí no irían a buscarlo ni la migra ni lasautoridades municipales porque nunca, ni siquiera entierra de gringos, se ha hablado de burros bibliotecarios. Debemos suponer que más tarde, cuando losEspino consiguieron la visa de residencia en los EstadosUnidos, también la obtuvo Porfirio que, en vez deanimal clandestino, pasó a ser pet, como llaman aquí alos animales de la casa. Eso ocurrió hace dos años,cuando se dio la amnistía para inmigrantes ilegales, y,por un milagro de la Virgen, según dijo Mario, la ley losalcanzó a ellos también, quizás porque la Virgen estabacansada de que sólo cosas feas les ocurrieran. Y labuena suerte les llegó justo en el momento en que elniño Manuel ya se estaba pasando la edad de aprenderlas primeras letras, o sea que se salvó de ser analfabeto
  • 10. 15para toda la vida como ha estado ocurriendo con losniños que nacen en California y para su mala suerte, sonhijos de mojados. Y seguro que la escuela le gustó tanto queManuelito volvió a casa dispuesto a enseñar a leer a suamigo el burro, lo cual no es raro porque las niñas dande comer a sus muñecas, aunque sí resulta peligrosoque los animales aprendan, y parece que ese fue el caso.Por fin, el caso tampoco es extraño si se tiene en cuentaque los burros no pueden escribir porque no tienenmanos, ni tampoco hablar porque rebuznan, aunque nohay ley que les impida leer. Además, aquí nadie está proclamando que elburro realmente aprendiera, pero eso es lo queManuelito decía, y sus padres fingían creerlo y lotomaban como un juego inocente; y por eso, todos losdías al volver a casa, el niño se metía en el cuarto dePorfirio, abría el libro en la lección que le habíaenseñado la maestra e iba componiendo palabras, frasesy obsesiones, y repetía que esta palabra significa“elefante” y no la vas a olvidar porque la “efe” es unaletra alta y jorobada, ni más ni menos que los elefantesen la selva y en la tarde, y la que sigue es “mundo”porque la letra “o” es profunda y alegrona, y estapalabra es “nubes” por oscura y porque parece quesiempre se estuviera yendo, y no vas a olvidar la palabra“mar” porque la “eme” se parece a las olas que vienen ya las que van, y la “memoria” se parece al mar y a maríaque moría por ver el mar… Y esas palabras, al volver lapágina, enseñaban a leer, y conducían por la ría delamor sin amparo, de la mar maría que allá arriba de la
  • 11. 16mar te espero, sin amparo, por la mar, maría. Mamáama a Manuelito. Al otro día, Manuelito enseñaba que “luna” esuna palabra alargada, y se puede leer y pensar, pero nopronunciar muy a menudo, y mañana te enseñaré queeste es el número 2 porque yo siempre he querido quehubiera dos lunas en el cielo y dos campanas en laiglesia, y si te fijas bien, los elefantes se van volando porlas nubes y la casa se transforma en barco, y losenamorados pierden la memoria y se pierden en laluna… y Manuelito ama a su mamá, y el humo inundalas páginas que vamos a leer mañana. Convengamos en que los burros no hablan niescriben, pero no vemos por qué leer no puede ser unade sus gracias como las que tienen los animales quemanejan motocicleta y esos otros que recogen elperiódico, pero a los Espino eso les parecía imposible yfingían creerle a Manuelito cuando les hablaba de losavances de su alumno y, como para seguir el juego delniño, fueron un día con él a llamar la atención dePorfirio por no haber estudiado las lecciones con elempeño que se requiere, y lo amenazaron con ponerleorejas de burro si eso volvía a ocurrir y se fueron de labiblioteca sonrientes y cómplices, y tan solo se sintieronun poco sorprendidos y un tanto incómodos cuando, ala semana siguiente, su pet acudió solícito a recoger elperiódico de la casa del vecino y se quedó mirándolouna buena media hora como si lo estuviera leyendo. A todo esto, hay que suponer que Porfiriotampoco compartía las ilusiones de su joven profesor,pero no se lo decía porque los burros no hablan, ustedque fuera, y porque no es propio de un pollino bien
  • 12. 17educado decepcionar a un niño, y por esa razón, asumióla postura de quien está escuchando la clase sin hacercomentarios y se aprendió una mirada seria como la quetienen las personas que, o bien no entienden nada, obien no aguantan la risa. Si llegó a aprender, él mismo tuvo que ser elprimer sorprendido al descubrir que las letras eranrealmente las cosas, y no que solamente lasrepresentaban, y María se volvía mar y los barcosnavegaban sin amparo por la luna. Pero miraba el libro que el niño había dejadojunto al pienso, y no podía creer que las palabrashablaran y quisieran hablar con él para contarle que losbarcos descendían por el norte y el sur, y ascendían porel oeste y el oriente. No lo pudo creer hasta queencontró la palabra “casa” y, sin que estuviera sumaestro, la identificó con la casa de los Espino, tan bienpuestecita y arreglada por la señora Espino, y luego lapalabra “niño” y, por supuesto, era idéntica aManuelito, y por fin encontró, observó, olisqueó laspalabras “adiós”, “cerros” y “fronteras” y se le ocurrióque debían estar junto con otras como “origen”,“tierra”, “pesar”, “nostalgia”, “amor” y “falta deamparo”. Pero además allí estaba esa graciosa palabra“horizonte”, larga, curva, lejana, y le pareció que eraidéntica a la línea azul que se veía allá donde comienzael cielo, al fondo de Salem. Y por fin descubrió que “pienso” era unvocablo delicioso. Una ilustración le mostraba el verdemanjar que recibía cada mañana y que volvía a saborear
  • 13. 18en la pradera después de jugar con Manuelito. “Pienso”,“pasto”, “pastura”, “hierba”, “forraje” eran palabrasque variaban del verde al amarillo, pero nunca dejabande ser deliciosas, y fundamentales. “Pienso” es lapalabra más agradable del idioma, tal vez se dijo, y fueese el momento, en que Porfirio agrandó los ojos, susenormes orejas se erizaron y pudo formular su primerafrase completa, o quizás tan sólo la pensó, pero fue eseel momento en que se dijo: “Pienso… pienso… luegoexisto”. Algunas personas opinan que Manuelito ledejaba mensajes como “Ahora te toca leer de la páginaquince a la dieciocho” o “Cuando vuelva de la escuela,hazme acordar de cortar el gras y regar las plantas”, y sesupone que cuando Mario Espino leyó esos mensajes ledijo a su esposa: “Tal vez sea bueno que nos libremosdel burro, o que lo sacrifiquemos. Le está metiendoideas raras al niño”. Se ha llegado a decir, por fin, que Manuelito ledejaba a su alumno tareas escolares similares a las suyas,sólo que adaptadas a la familia cuadrúpeda, y por eso,cuando le enseñaba el sistema decimal, Porfirio teníaque dar un número de coces sobre el suelo equivalentesal signo que el niño escribía en una pequeña pizarra.Con la pata izquierda llegaba hasta el cinco, o sea quedos coces con la derecha hacían el siete. Hasta allí sepuede creer; lo inaceptable es suponer que le llegó aenseñar los quebrados, y que para representarlos,Porfirio debía caminar fingiéndose rengo de la pataderecha. Eso no tiene ni pies ni cabeza. “Esto no tiene ni pies ni cabeza”, censuró elpadre cuando descubrió que su hijo y el asno
  • 14. 19intercambiaban mensajes, y que Manuelito dejaba notasque decían “Hoy, léete de la página cinco a la diez”, o“Solamente después de la tarea, vas a poder tomar unasiesta”, y Mario Espino descubría que, efectivamente, elasno estaba durmiendo porque allá afuera, en el pasto,debajo del pino más alto, de pie, muy señor y muygrave, el animal cerraba los ojos, y dos pajaritos rojosdaban vueltas en torno de su cabeza, la señal más clarade que estaba soñando. “Esto no tiene pies ni cabeza”, reiteró Mario, yse enojó mucho, pero no porque el animal hubieraaprendido a leer, sino por la posibilidad de que estuvierahaciendo las tareas escolares asignadas al niño Manuel, yeso no lo debe ni lo puede tolerar un padre que cuida lasalud espiritual de su hijo. “¡Pero, qué cosas estás diciendo! ¡Serénate,Mario! Nuestro hijo es todo un caballerito, y de ningunaforma permitiría que Porfirio le hiciera las tareas, pormás amigos que sean. Y además, no tiene nada de raroque el burro se pase las horas frente al libro y quemueva las páginas, como dices que parece que estabahaciendo, porque esos libros a colores son sumamenteatractivos, y si a nosotros nos hubieran enseñado así noandaríamos en este país patas arriba”. Por supuesto que estas son solamenteconjeturas. Si Porfirio llegó a leer, no se lo contó anadie, y menos a su profesor para no hacerlo sentirseculpable. Condescendiente y sabio como sólo puedenser los asnos, quizás prefirió callar para no confesarle aManuelito que, gracias a él, ya había recibido el don dela sabiduría, y la sabiduría es casi siempre triste porque¿qué pasa cuando un burro, o una persona cualquiera,
  • 15. 20lee por primera vez palabras como “soledad” y“muerte”? ¿Qué piensa usted que hace el burro? ¿Quéharía usted en ese caso? Creo que esa fue la época en que a Porfirio se levio solo y dorado vagando por los campos, trotandocomo trotan y seguro se deslizan frente al horizonte loscaballos de los muertos. Creo que fue entonces cuandocomenzó a parecer diferente de los otros animales de suespecie. Tiene que haber sido en ese tiempo cuando losgallos de la madrugada lo confundieron no sé si con unfantasma o con un demonio, y comenzaron aquiquiriquiar como si hubiera llegado el fin del mundo.Creo que ese fue el momento en que Porfirio se hizohumo. Y de eso es justamente de lo que estamoshablando. Pero no estamos hablando justamente de esosino de la cara que debe haber puesto Manuelito aldespertarse el sábado muy temprano, y no encontrar asu amigo por ningún lado de la casa, o de la que pusoPorfirio al subir por alguna montaña de la cordillera delas Cascadas y descubrir cuán inmenso y ajeno era eluniverso y cuánta falta le iban hacer los Espino en esemundo de asnos y caballos salvajes al que habíadecidido huir. Todo eso poniéndonos en el caso de querealmente se le dio por escapar, aunque la verdad es quelo primero que todos pensamos es que Mario se habíalibrado de él vendiéndolo a un restaurante fast food y,como para desmentirnos, el aludido pidió permiso en eltrabajo para irse con Manuelito en busca del fugitivo.Lo buscaron en los bosques de todo el condado,rastrearon el cerro de Mary‟s Peak que es el más alto de
  • 16. 21todos estos lugares y fueron hasta la desembocadura delrío Willamette pensando en que a lo mejor, a lo peor, sehabía caído allí por accidente, y tal vez ya estaba su almaremontando los senderos de la muerte. A propósito, ¿los burros tienen o no tienenalma? ¿Qué piensa usted? Porque resulta que esa fueuna de las preguntas que se plantearon en la radiohispana de Oregon, La Campeona, cuando Marioanunció que daría una recompensa al que hallara aPorfirio. Me parece que ese fue el momento en quePorfirio comenzó a aparecerse en uno y otro lugar almismo tiempo de la misma forma que lo hacen lossantos. Me acuerdo que Efraín Díaz Horna llamó porteléfono a la radio para avisar que había visto al animalescalando la ladera de Mount Angel, y que quiso pasarlela voz pero el animal siguió su propio camino muyorondo y muy seguro como si supiera exactamentehacia dónde se dirigía, tierra adentro, en el oriente másremoto. Pero una mujer de voz dolorosa que no quisodar su nombre lo había visto a la misma hora en elpunto opuesto, en el mar, “y me pareció que se ibatriste, a paso lento, pero seguro y ya estaba como paracruzar la línea del horizonte, en la bahía de Lincoln City,y me acuerdo que era un caballito negro, negrísimo…” Entonces el locutor la interrumpió para corregirque no era un caballo lo que se había perdido, sino unburrito de pelaje blanco, pequeño, peludo, suave, peroburro por dentro y por fuera, y la mujer pidió queprimero se le permitiera enviar un saludo a todos susamigos de Michoacán, México, para después rectificarque “caballo y burro dan lo mismo en esos andares
  • 17. 22donde yo lo vi porque, como ya sabrá usted, allá en elcielo, el tamaño no es precisamente lo que importa”. Eso fue lo que me animó a llamar a la radio parapreguntar si los asnos también van al cielo, y mediahora más tarde me contestó un pastor evangélico parareprenderme por ignorante, pero sólo lo estabainsinuando cuando me preguntó, por su parte, queadónde me imaginaba que podían estar el burrito delDomingo de Ramos y ese otro que acompañó a laSagrada Familia en la huida a Egipto. Lo que me salvó de hacer el ridículo fue lallamada de un tal Martín Rodríguez, quien primeropidió que le pusieran un disco de La Vengadora delNorte, y después contó que estaba trabajando en lacosecha de grama cuando vio a un burrito detenido enla intersección de caminos que parecía estar leyendo lossignos y los nombres de las distintas ciudades antes dedecidirse a tomar uno de los rumbos. El asuntoempeoró cuando llamó Elqui Burgos, nacido en elmero Michoacán según dijo, para contar que había vistoal mismo animalito pero frente a una manada de suscongéneres, y aseguró que el asno rebuznaba y susamigos repetían maa, mee, mii, moo, muu y despuésbla, ble, bli, blo, blu como si estuvieran frente a undirector de orquesta o a un maestro de escuela. Fue entonces cuando intervino un presumidoprofesor de la universidad para rogar a la distinguidaaudiencia hispana que diera muestras de sindéresisporque los burros jamás podrían aprender a leer niescribir y nos hizo recordar que vivíamos en el país dela modernidad, y no en una lamentable aldea ruralcomo aquella de la que ustedes salieron, pero cuando
  • 18. 23iba a continuar su perorata, el locutor lo interrumpiópara pasar un corrido de los Errantes de Jalisco en elque los cantantes narraban cómo se habían ido por elmundo por culpa de un amor sin fondo ni esperanza aperderse en las tierras ajenas y en las dunas amarillas deldesierto, parecido al desierto que seguramente en esemomento estaba cruzando Porfirio con los ojoscerrados y las ganas de olvidar todo lo que habíaaprendido. Y esa es la misma forma en que iba a la escuelael niño Manuelito, cerrando los ojos, repasando laspalabras y las frases y las letras, y tal vez diciéndolas alrevés como si las fuera borrando, o como si de repentehubiera aprendido que es verdad que el conocimiento yel dolor son una misma cosa. Ser hombre es saber queuno se va a morir, y aguantarlo, y en eso nosdiferenciamos de los animales; y esto último no lo dijoni el locutor. Lo digo yo porque estoy convencido de loque digo, y no tengo cuándo terminar de contar estahistoria, ni cuándo terminar de creerla, aunque eso sí noconvengo con Manuelito y creo que si usted les enseñaa leer a los animales, los hará infelices cuando vean quela muerte existe y aprendan que ellos ni siquierapertenecen al reino de los hombres. No ha faltado quien diga que Porfirio se fue deSalem volando, y que voló hacia los desiertos del estadode Utah para juntarse con una manada de asnos salvajesque vive en esas lejanías. Creo que quien lo dijo fue unadivino de esos que hablan por la radio, y fue él quiensentenció algo así como que el animal había aprendidoen los libros que siempre es mejor vivir con los suyoscomo si leer hiciera falta para comprender que hace
  • 19. 24falta nuestra gente y que en este país ajeno sóloparamos andando patas arriba, pero como dice micompadre Eleodoro, con penas y todo siempre somosfelices. Volar es como andar, sólo que sin moverse,aunque para mí que Porfirio no estaba a esas horasvolando sobre las montañas ni sumergiéndose en elhorizonte del mar de Oregon, y más bien, lo que elpobre hacía en esos momentos era deshacer el caminoque hay entre el desierto, o donde fuera que lo hubieranllevado, y su casa en Salem, y tenía que hacerlocojeando, eludiendo los puentes, bordeando lasautopistas y evaporándose en los centros pobladosporque la mera verdad es que los muchachos de lapandilla de los Juniors Bienaventurados lo habíanmetido en una camioneta con el ánimo de venderlo abuen precio en California, donde dicen que hay buenmercado para la venta de conejos que bailan, loritosbilingües y perros que recogen el periódico, yprobablemente para escapar de sus captores, el burrosaltó al camino en Ashland, y se lisió al caer a lacarretera, pero en esas condiciones, continuó trotandohacia la casa de sus patrones. ¿Que cuánto tiempo se hace desde Ashlandhasta Salem? Usted dirá que menos de un día, pero ¿seha preguntado cuánto le tomaría hacer ese caminotrotando…? Para mí que ya había llegado aIndependence, o sea que ya estaba a unas horas de sucasa, cuando el sheriff de ese pueblo lo detuvo por faltade documentos y lo metió a la cárcel hasta queapareciera su dueño, y tiene que haberse pasado allí porlo menos una semana desesperado mientras María del
  • 20. 25Pilar Espino limpiaba el color de muerte que se habíaprendido de la cara del niño Manuelito, y murmurabaque, al final de todo, ese asno era un redomado ingratoque se había ido dejando a un lado un albergue caliente,una familia querendona y un futuro prometedor,además de la amistad de Manuelito quien ya por esetiempo no podía ir a la escuela. Cuando lo llevaban , sequedaba dormido, y era como si una luna amarilla yenorme se le hubiera metido en el alma y como si deveras hubiera comenzado a borrar de su corazón todaslas letras y las palabras que había aprendido. Tiene que haber sido así porque justamentecuando andábamos escuchando la Hora de la Raza, quees el mejor programa de la radio, un recluso telefoneópara comunicar a la comunidad que aquella noche habíadormido en la cuadra de los muchachos hispanos unburrito pequeño, nervioso, terco y algo rengo queparecía un doctor. A esa hora, quisimos llamar paraaclarar quién era ese doctor, pero la línea estabacongestionada, y el locutor interrumpió al amigo preso: “Espérese un momento, amigo, y dígame dedónde se reporta. Usted ha dicho de la cárcel pública,pero no ha dicho de dónde. Pero, en todo caso, ¿cómose escucha la Campeona por esos andurriales? ¿Y quédisco quiere que le ponga?”. “Pues como que la Campeona se escucha muybien entre la raza de aquí adentro, pero sería bueno queme pusiera un corrido de los Ilegales de Guanajuato,ese que comienza diciendo que preso estoy y estoycumpliendo mi condena”.
  • 21. 26 “Se lo voy a conseguir, amiguito, para dentro deuna hora, ¿y para quién va su saludo?”. El saludo iba dirigido a todas las mujerestapatías de Guadalajara, y también a toda la raza deCholula, y sólo cuando pronunciaba esa palabra, entróla llamada de Mario Espino para preguntar de quécárcel pública estaban hablando, pero el amigo reclusoya había cortado, o quizás se le había gastado la bateríadel celular. Cuando uno vive perseguido, nada lo detiene.Puede uno encontrase con la muerte en el camino o seratravesado por un relámpago púrpura y continuarcaminando como si no se hubiera dado cuenta. Eso eslo que nos han dicho, y eso es lo que sé, y por eso meimagino que, incluso de la cárcel, logró escapar Porfirio,y que de mucho le sirvieron los trucos que habíaaprendido cuando los Espino entraron a este país yademás todo el tiempo que se pasaron huyendo de lamigra, y pienso que desde allí se escapó de noche, perohizo en pocas horas el camino que le quedaba parallegar hasta la casa de su familia. En los tiempos oscuros, los ojos aprenden a very entonces es más fácil reunirse con la propia sombra, ydebe ser por eso que la luna entró por la ventana de losEspino mientras el burro se hacía camino por la puertahacia la sala de visitas un sábado por la noche, como sinada hubiera pasado, y como si no hubiera leído elcartelito que recomendaba limpiarse los pies antes deentrar, ni aquel que le rogaba anunciarse, ni muchomenos aquel que había colocado el niño Manuel y quedecía “Bienvenido, Porfirio”.
  • 22. 27 Sobre este final hay distintas opiniones e inclusohay quienes se atreven a decir que nada bueno ocurrió,pero que se abrió el cielo y el burro Porfirio, muerto enesas aventuras, los saludó desde allá arriba; y otrospiensan que cuando regresó ya había terminado deolvidar lo que tenía que olvidar forzosamente y que poreso, aunque rengo, avanzó alegremente, sin leer loscarteles, y nadie llegó a saber si había estado en la vida oen la muerte, y es por eso que cada vez que pensamosen Porfirio, no sabemos qué pensar.
  • 23. La mujer de la frontera He puesto delante de ti la vida y la muerte, labendición y la maldición... En consecuencia, escoge lavida. Deuteronomio 30:19 Caminan y caminan desde anoche, pero todavíano han llegado a la cumbre. Caminando en la forma quecaminan, podrían ser alcanzados por un rayo y seguircaminando sin saberlo. Todos los que partieron conellos se encuentran ya al otro lado desde hace variashoras, pero el hombre y la mujer avanzan con muchadificultad, y a veces se quedan inmovilizados en la arenasin poder dar un paso más cuando ya está a punto deamanecer sobre la frontera sur de los Estados Unidos. –Ya no doy más –dice él. –Anda, ya estamos a punto de llegar. Ya faltapoco. –Es que no puedo sacar la pierna de aquí. Estoparece arena movediza. –Tú sabes que solamente es un cerrito. Elúltimo cerrito de México. ¿Te acuerdas de anoche? Laprimera en pasarlo fue una señora embarazada.Después ha pasado todo el mundo. Incluso muchosniños. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de cuando
  • 24. 30partimos?... Anda, no es hora de echarse para atrás. Medijiste que te ibas a portar bien. –Pero usted sabe que yo no puedo, que ya nodoy más. –Descansa un ratito, y después seguimos lamarcha. –Es que no puedo sacar la pierna del hoyodonde la he metido. Este cerro me está devorando. –Deja que yo te voy a jalar, y cuando ya estésafuera, te echarás sobre mi manta, y dormirás un ratohasta que tomes fuerzas... Arriba se borran lentamente los luceros, y entrauna luna amarilla que se va después como si se fuerapara siempre, y por fin, cuando el sol comienza a volarsobre la última montaña de México, su luz descubre aesta pareja sobre la cumbre. Ahora ya es posibledistinguir que la mujer, una anciana enjuta peroenérgica, quizás cercana a los ochenta años, tiene de unbrazo al hombre, aparentemente enfermo, y lo llevaarrastrando hacia el otro lado de la colina, por elcostado donde se encuentran los Estados Unidos deAmérica. –Vas a ver que cuando lleguemos allá, te vas asentir bien. Y te vas a curar de todos tus males. Vas aser otro. El hombre parece animarse, y da algunos pasosmás resueltos. Advierte que han pasado la cima y ya seencuentran descendiendo el otro lado de la montaña dearena. Entonces salta y comienza a correr hacia alláabajo como si fuera un niño. Al choque del viento, está
  • 25. 31a punto de volar la venda blanca que le cubre la frente,pero el tipo se la asegura y continúa el feliz descenso.Un rato más tarde se detiene y bruscamente se quedainmovilizado como si estuviera viendo en el horizonte aun ángel con una trompeta. Cuando la dama llega hastaél y lo toma del brazo, sacude la cabeza con desaliento. –Ya no me sostenga, mamá. Creo que ya no esnecesario –dice mientras señala un punto en elhorizonte. Allá abajo se divisa un grupo humano al quetodavía no puede distinguir completamente, de modoque igual podrían ser los agentes norteamericanos o loscoyotes a quienes pagaron para que los ayudaran acruzar la frontera. Manuel Doroteo Silveira Martínez, enGuatemala, acababa de cumplir cincuenta años cuandotuvo el primero de aquellos inaguantables dolores decabeza. Le duró un día, pensó que se trataba de unaperseguidora, y se propuso no beber nunca más como lohabía hecho el día de su cumpleaños. El segundo losorprendió en la oficina donde trabajaba comocontador, y esa vez lo llevaron en una ambulancia alhospital. Pasada la emergencia, el médico que lo habíaatendido lo convenció de quedarse en el hospital paraque se le hiciera un chequeo completo. Viudo y sin hijos, inmensamente solo en eluniverso, Doroteo tenía que avisar a su madre que iba ainternarse en el hospital. En otra ocasión, habría evitadodarle a conocer la mala nueva, pero esta vez eranecesario decírselo porque de otra forma notaría suausencia: solía visitarla cada tarde en el otro lado de laciudad de Guatemala, donde ella vivía acompañando a
  • 26. 32una nieta casada, y por eso una repentina ausencia delhijo la habría aterrado. Esa fue la razón por la cual doña AsunciónMartínez de Silveira lo acompañó al hospital. Conocióal médico, hizo amistad con aquel y con las enfermerasy supo, a través de los sucesivos diagnósticos que elmédico le fue revelando, lo que el paciente nuncallegaría a saber: “Un tumor en el cerebro... No se sabequé clase de tumor... Tendríamos que operarlo, pero nosabemos lo que pasaría”. Y ese fue también el motivopor el que doña Asunción abandonó a la familia con laque vivía, y se fue a cuidar a su hijo. –Pobre muchacho. No puedo dejarlo soloporque me necesita –dijo, y a lo mejor agregó que ellano podía darse el lujo de continuar envejeciendo ahora,en aquellas circunstancias. –Por favor, comprendan, voy a tener quedejarlos para cuidar a Doroteo. Los nietos no querían dejarla partir, pero nopudieron impedirlo cuando la vieron salir dispuesta aluchar por la vida de su hijo, olvidada de la vejez,vestida toda de blanco, erguida y silenciosa comocaminan las almas. “Morirse y estar muriéndose no da lo mismo”.Doroteo no supo nunca quién había dicho eso porquela frase se le coló en el oído en los pasillos del hospital.Después, pensó que era una expresión carente desentido. Al final, se dijo que en todo caso no le estabadirigida porque él todavía no había pensado en que
  • 27. 33podía morir. En realidad, no podía enterarse de laverdadera naturaleza de su mal porque en AméricaLatina no se suele comunicar ese tipo de diagnóstico alos pacientes terminales, sino a algún familiarautorizado. Alguna vez, alguien le informó que setrataba probablemente de un tumor benigno, pero no lehabló más del asunto. Al cabo de dos años y luego depenosas radiaciones, el médico supo que no había nadamás que hacer y que, probablemente, ya había pasadosu turno. –Ya puede irse del hospital. Allá afuera, se va asentir mejor –le dijo a Doroteo–. Ahora puede ustedhacer lo que quiera con su vida –añadió, pero no leinformó que le quedaba poco tiempo. A doña Asunción sí se lo dijo. “Le doy tres ocuatro semanas, y a lo mejor durante ese tiempo va asentirse perfecto, como si estuviera sano, porque así esla enfermedad y así también es la muerte. A veces le daánimos al enfermo para morirse despacio, sinimpaciencia”. Ella lo escuchó pero no le creyó porque,noche tras noche, mientras cuidaba los sueños deDoroteo, se había dado tiempo para leer, en los pasillosdel hospital, algunas revistas populares en las que sehablaba de curas prodigiosas. Al final, Selecciones delReaders Digest y su propia decisión de creer en la vida laconvencieron de que la única forma de salvar a su hijoera llevarlo a los Estados Unidos. Cuando el paciente salió del hospital, brillaba enél ese aire saludable que suele dar la muerte a suspróximos huéspedes para que vivan felices el tiempo
  • 28. 34que les resta. La enfermedad parecía haberse ido, y sólouna completa calvicie, fruto de las radiaciones, podíadelatar su estado, pero Doroteo se sentía animado ydispuesto a bromear. –Realmente estoy guapo. Debe ser que me voya morir –dijo en son de broma, aunque no le salió esetono, sino uno como de miedo, y bruscamente supoque si no hacía algo, iba a caer en cama otra vez. Perono tuvo tiempo de deprimirse porque doña AsunciónMartínez de Silveira ya tenía preparado el programa detodo lo que debían hacer a partir de ese momento paralograr la curación definitiva, y la receta era sencilla:viajarían a los Estados Unidos. Por lo tanto, no teníanun minuto que perder, y lo primero que iban a hacer eraconseguir los pasaportes e ir a la embajada paraconseguir la visa de ingreso. Renuente al comienzo, pero obediente después,y por último seguro, Doroteo siguió de un lado a otro asu madre y comenzó a vivir los últimos días que lequedaban, como si toda la vida no hubiera poseído otrobien que la esperanza. –Pero aféitate, hijo. Tienes que ponerte buenmozo para que les gustes a las gringas. ¡No sabes cómome gustaría tener una nuera güerita! El consulado dijo que no. Pero madre e hijo noperdieron el tiempo. Les había tomado cinco horasentrar al edificio diplomático, hacer algunas colas y, alfin, luego de la entrevista, recibir la negativa. Saliendode allí, en solamente una hora, ya habían comprado dospasaportes mexicanos falsos que les permitirían entrarsin problemas en ese país.
  • 29. 35 Dos semanas más tarde estaban en MéxicoD.F., y al final de la tercera llegaban a Tijuana. Despuésde haber viajado cinco mil kilómetros en diferentesautobuses, ya se sabían de memoria el olor y el color delos caminos de México. En la frontera, contratar uncoyote había sido una tarea sencilla, pero iniciar eltránsito no lo era. Todos los contrabandistas de genteya estaban comprometidos con otros y les pedíanesperar un mes, pero un mes era demasiado. Un mesequivale a un mes para una persona adulta y sana, nopara una anciana ni para su hijo condenado a muerte.Pagaron más, y al cabo de solamente dos semanasestaban atravesando la frontera por el lado que da a SanIsidro. Y justamente allí estaban cuando Doroteo logrópasar de la cima y avistó un grupo de gente extraña. Cuando Doroteo divisó al grupo humano en laplaya, ya hacía largo rato que su madre los estabaviendo pero no le había dicho nada a fin de nopreocuparlo. En vez de hacer eso, ella rezaba unaoración al Espíritu Santo, gracias a cuyo poder habíanlogrado llegar a la cima y avanzar hacia el otro lado delcerro. En ese momento, un hombre, de los que estabanabajo, comenzó a llamarlos agitando los brazos. Su voztodavía no llegaba hasta esa altura, pero susmovimientos enérgicos implicaban una orden de que sedieran prisa en bajar. Madre e hijo se comenzaron a mirar entonces,el uno al otro, como lo habían hecho durante una épocaya lejana, la infancia de Doroteo, en que las palabrasquizás todavía no habían sido inventadas.
  • 30. 36 –Tiene usted razón, mamá. No tenemos de quéasustarnos. A ver si a lo mejor resultan ser las ánimasdel Purgatorio que han venido a ayudarnos. Durante el par de kilómetros que les faltabapara llegar hasta la gente, el enfermo caminó conagilidad como si nunca se hubiera sentido mal, eimaginó que los agentes federales eran comprensivos yamables, y los devolverían a Guatemala sin llamarles laatención. Por su parte, doña Asunción comenzó apensar que el próximo intento para entrar en losEstados Unidos sería más sencillo: tomarían un avióndirecto hacia Canadá y de allí nomás pasarían a NuevaYork. ¿Cuánto costaría un pasaje, o más bien dos,desde Guatemala hasta Montreal? ¿Y desde allí, luego?¿Cómo serían los hoteles en la Tijuana del Canadá? ¿Ylos cerros de esa frontera? ¿Serían tan arenosos ydesérticos como este que acababan de pasar? ¿Sería fácilencontrar allí unos coyotes? ¿Y cuánto cobrarían esoscaballeros? Calculó que en esos momentos lesquedaban doscientos ochenta y cuatro dólares concincuenta centavos y prefirió pensar en la moneda de supaís, porque así resultaban con más dinero. Además, sedio cuenta de que todavía no era necesario preocuparsepor esas nimiedades. Venían huyendo de la muerte, y yala habían dejado bien atrás. Después de haberla visto con tanta frecuenciaen sus vecindades, la muerte ya le resultaba bastantefamiliar. La anciana la había sorprendido conversandocon algunos viejos conocidos suyos, la presentíavolando por los dormitorios y las iglesias, la sabíagobernando con sabiduría su inmenso reino de sueños.
  • 31. 37Lo que no podía entender de ella era ese afán de quererllevarse al muchacho. La próxima vez, la encararía demujer a mujer, pero no estaba muy segura de queaquello fuera a ocurrir muy pronto. “La pobre debeestar muy lejos: todavía debe andar preguntando pornosotros en Guatemala”. “Pero eso sí, si me encontrara con ella la atajaríapara decirle: póngase usted en mi caso, señora, porqueusted también debe tener hijos. Recuerde usted que sonlos hijos los que generalmente entierran a los padres, yno al revés. Así que no me ponga en el trajín de llevar alcementerio al único hijo que tengo. Y, por otra parte, siquiere usted cambiar de difunto, hágalo. Lléveme a míporque más bien va resultando que ya es mi turno, peroeso sí, déle un poco de tiempo al muchacho para que sereponga. Que si no el pobre no va a tener cuerpo parami velorio”. Por supuesto que le diría eso, y seguro que lamuerte le daría la razón y acaso hasta enmendaría laequivocación que había estado a punto de cometer, y lepediría mil disculpas y le echaría la culpa de sus erroresa la naturaleza de su trabajo y a lo solita que andaba poresas inmensidades del cielo, pero doña Asuncióntendría el tacto de evitarle tantas excusas y le cerraría laboca con algún comentario apropiado sobre lo bonitasque son, vestidas de negro, las mujeres pálidas de pelolargo. Vencido y resignado pero casi feliz, Doroteoseguía caminando hacia el grupo de extraños. Serenacomo un espíritu, su madre no terminaba de pensar en
  • 32. 38la muerte cuando advirtió que uno de los hombres, elque parecía ser el jefe, se adelantaba al resto y avanzabahacia ellos. Ya estaba a unos cien metros de distancia y,a contraluz, no era posible ver su rostro, pero sí lashuellas que sus pies iban dejando sobre la arena caliente.Entonces la mujer advirtió que esas huellas avanzabanen dirección de Doroteo, y corrió a interponerse entrelos dos hombres. Pero el gesto no fue necesario porqueuna voz amistosa comenzó a decir en cristiano: –Ustedes son los de Guatemala, y los estamosesperando desde anoche. No, qué remolones habíanresultado ser los de Guatemala... Y usted debe ser donDoroteo, pero se nota a la legua que le falta un tequilapara ponerse en forma. Nosotros estamos aquí parallevarlos la ciudad... ¿Cómo que no sabe quiénessomos? Nosotros somos los coyotes del otro lado. Lo dijo así, de costado, como si no dijera nada.Ya eran las seis de la mañana, y había tanta luz sobre latierra que Doroteo y su madre conversaban mirandohacia el cielo como cegados por la felicidad. –¿Y nos puede decir, más o menos, comocuánto camino falta para llegar a los Estados Unidos? –¿Cuánto camino? ¿Cómo que cuánto camino?Fíjese bien en la tierra y aprenda a diferenciarla por elcolor, porque no todas las tierras son iguales. Ustedesya están caminando sobre tierra de los Estados Unidos. Lo supo por boca del coyote, y allí nomáscomenzó a mejorar Doroteo. Y también allí nomás seescuchó la pregunta de su madre:
  • 33. 39 –¿Y sabe usted, por si acaso, dónde vive elmejor doctor de los Estados Unidos? Luisa Lane acababa de morir y Clark Kent nosabía qué hacer, débil y casi humano, frente a lainflexibilidad del destino. En un cine de Los Ángeles, aldía siguiente de llegar, Doroteo y doña Asuncióncompartían el mismo silencio dolido con un corpulentoacompañante, el coyote que los había guiado desde lafrontera y que se había empeñado en ofrecerlesalbergue en su casa. Su nombre completo era GabrielÁngeles, pero sus amigos lo llamaban el Ángel Gabriel. –No, qué ocurrencia, guárdese el dinero –lehabía dicho a la anciana–. Ya otros pagarán, y, másbien, ustedes tienen que venir a quedarse en mi casa enLos Ángeles porque de ninguna manera voy a permitirque se vayan. Además, no sabe usted cuánto se parece ami abuela que fue la que me crió y que debe estar ahoramismo revoloteando, con el mismo pelo blanco y lasmismas manos largas de usted, allá arriba en el reino delos cielos. El Ángel Gabriel era soltero, pesaba unasdoscientas cincuenta libras y había nacido enGuanajuato. Muy niño había perdido a sus padres en unaccidente y, más tarde, a la muerte de su abuela, habíapartido hacia el norte para probar suerte: de eso hacíaquince años y ahora, de treinta, no se podía quejarporque hablaba con fluidez el inglés, tenía la green card eincluso podía pedir la ciudadanía. Pero se sentía muysolo, y estaba pensando que a lo mejor regresaba aMéxico para casarse con alguna bella mujer y paratrabajar en negocios de turismo. La profesión de coyote
  • 34. 40no era muy bien vista, y ya comenzaba a causarleproblemas. Les ofreció la casa, y la señora Martínez deSilveira aceptó porque, entre otras cosas, tambiénestaba habituada a ofrecer hospedaje a toda la genteamiga que pasaba por Ciudad de Guatemala, pero esosí, puso una condición: la comida la prepararía ella ycontendría mucha cola de res que es buena paracomponer la sangre, y ajo porque le habían dicho queera santo remedio contra toda clase de enfermedades eincluso contra la mala suerte. La búsqueda del médico tuvo que esperar unpar de días porque habían llegado el viernes por lanoche, justo cuando se había terminado la semana detrabajo, de modo que madre e hijo se pasaron todo elsábado observando a Gabriel mientras armaba en eljardín un automóvil que era mitad Ford y mitadVolkswagen. El domingo, el carro funcionó y en élhabían salido de compras y, ahora, mientras caía latarde, estaban viendo Superman en un cine del barrio. El fornido coyote no pudo soportar la muertede Luisa Lane y rompió a llorar sin consuelo. Aunquetrataba de ser discreto, no podía soportar la desgraciairremisible que era capaz de tocar incluso a unpersonaje inmortal, y comenzó a gritar: –Vuela, vuela. Anda, tienes que salvarla. Es laúnica forma. Lo sabía porque ya había visto la película variasveces. Y lo decía con tanto dolor que posiblemente fueescuchado.
  • 35. 41 –Anda, tienes que salvarla. Clark Kent, que hasta entonces no había sabidoqué hacer, corrió hasta una cabina de teléfonos paradespojarse de su ropa y convertirse en Superman y,antes de que pasara un minuto, alzó vuelo en formavertical hasta llegar a la estratosfera, y, una vez allí, tomóaliento, todo el aliento que tan sólo puede tomar unhombre enamorado, y comenzó a volar en círculo entorno de la Tierra una, dos, tres y muchas veces hastasuperar la velocidad de rotación del planeta; y voló tanveloz, con tanto amor y con tanta tristeza que tambiénsuperó al tiempo, se le adelantó y pudo descender enpicada cinco minutos antes de la muerte de Luisa, loque le permitiría librarla, sana y salva, del peligro. Cuando el hombre de acero y su novia, en suavedescenso, se posaban sobre el tejado del Empire StateBuilding tal vez pudieron escuchar los aplausosfrenéticos de una ancianita de pelo plateado, un fornidocoyote y un hombre calvo con la cabeza vendada. Apartir de entonces, Manuel Doroteo Silveira Martínezviviría en Estados Unidos mucho tiempo más de lo queel médico había predicho, y a veces fue muy feliz, peroraramente lo fue tanto como cuando Superman salvó aLuisa Lane. El día lunes y muchos días después, el carrode Gabriel daría vueltas y más vueltas alrededor de LosÁngeles en busca del mejor médico de los EstadosUnidos, pero no lo encontraron. No es que no encontraran al mejor, sino que nollegaron a ver a ninguno. La primera vez que llegaron aun hospital, Gabriel hizo todo lo que pudo comotraductor para explicarle a la recepcionista que estabanbuscando al mejor médico de los Estados Unidos para
  • 36. 42que atendiera al señor calvo, “ese de la venda, que estásentado allá al fondo, y esta señora es su madre quequiere ser la primera en hablar con el médico para queDoroteo no se entere, porque da la casualidad de que éltiene un cáncer en el interior del cerebro, y el médico deGuatemala solamente le da tres semanas de vida, y esosi contamos a partir de hoy, y dice la señora que eso noes posible porque el señor es su hijo y siempre ha sidoun hombre muy bueno”. “¿Cómo dijo? No, señorita Comprenda que nole puedo hablar más fuerte porque no quiero que seentere ni por casualidad que la muerte lo andabuscando”. “Espere un instante, señorita, que la señora meestá explicando algo más. Gracias por esperar, lo que laseñora me dice es que quiere saber si los médicos deeste hospital están aplicando ya un invento que ella leyóen Selecciones, que consiste en un agua muy clara que vapasando a través de todo el cuerpo sin que el hombre losepa y sin que sea de veras agua...... y aquella agua queno era agua, era capaz de borrar la enfermedad, ladesdicha, el fracaso, la adversidad, la desesperación, elmiedo, la tristeza, el terror, el dolor, el sufrimiento, laslágrimas, la fatalidad, la rabia, la melancolía, laimpotencia, el furor, la ansiedad…”. …y aquella agua, no pasaba por el cuerpo sinopor la vida... ... y se abría camino a través del destino y de lailusión... …y era capaz de curar la pesadilla, la duda, ladecepción, la fatiga, la incertidumbre, el desencanto...
  • 37. 43 “Y déjeme explicarle, señorita, que esta señoracree haber leído en el mismo artículo pero no estásegura de que fue allí de que las enfermedadesterminales tienen origen en el alma y no en el cuerpo, ypor lo tanto el doctor no tendrá que trabajar muchoporque le bastará hacer algunos arreglos en elcuerpo...”. “¿Cómo dice, señorita? Un momento, perdón,que ahora la traduzco. Mire usted, doña Asunción, laseñorita quiere saber si hizo usted una cita con eldoctor, si lo llamó o le escribió desde Guatemala”. “No, dice que no, pero que el doctorcomprenderá cuando usted le cuente que Doroteosiempre fue un buen hijo”. “Y la señorita quiere saber también si ustedestienen seguro, y qué clase de seguro tienen”. “La señora no sabe a qué se refiere usted”. “La señorita dice que en ese caso la primeraconsulta costará setecientos noventa dólares, más losimpuestos, y además le pregunta si usted no tiene algúnotro compromiso para el 19 de enero del próximo añoa las diez y quince de la mañana. Caramba, eso es deaquí a siete meses, porque dice que para ese día puedeprogramarle la cita”. “La señora pregunta si el doctor la podría recibirhoy mismo por la tarde. Dice, también, que por favorusted le pregunte si estaría dispuesto a aceptarle, en vezde los setecientos noventa dólares unas joyitas de oroque tiene, y este que aquí le paso es su anillo dematrimonio. Levántelo para que sienta cuánto pesa”.
  • 38. 44 “Señorita, por favor, no me interrumpa quesolamente le estoy traduciendo lo que dice la señora”. “No, doña Asunción, parece que la gringuita nome escucha. Me da la impresión de que tiene algúnproblema en el oído e incluso parece que ni siquierapuede vernos. Ahora se ha ido y nos ha cerrado laventanilla. Si usted quiere, esperamos a que abra otravez”. Durante ciento cuatro días recorrieron setenta ysiete clínicas, hospitales y consultorios privados.Muchas veces prefirieron dejar al paciente en la casapara que no se incomodara mientras Gabriel y doñaAsunción se lanzaban al vértigo de las autopistas en elextraño carro del coyote. Nunca, desde hacía muchosaños, se había sentido tanto calor en Los Ángeles, ytanto la ciudad como los edificios y los veloces carrosparecían flotar sobre un vaho caliente de color naranja. Así fueron esos días para ellos, pero las nochesfueron diferentes: llegada a casa, la madre se revestía deun optimismo tan contagioso que se lo pasaba al coyotey al enfermo, y tal vez se lo hubiera comunicado acualquier persona que estuviera hasta a veinticincometros de ella. “Nada ocurre en la tierra que noprovenga de la voluntad de Dios, y si este doctor nonos ha querido atender debe ser porque no es el mejormédico de los Estados Unidos, y Dios nos estácuidando para que lo encontremos uno de estos días”. “Y ese doctor hará que nunca más vuelvas ausar esa odiosa venda, y después de que todo esto hayapasado, si no te importa, Gabriel, nos iremos contigo aGuatemala y compraremos una gran finca de cultivo
  • 39. 45que tú administrarás, y de esa manera no tendremos queir nunca a las ciudades porque es allí donde nos andanesperando el demonio y las enfermedades”. En esos momentos, el enfermo tocaba unaguitarra que el Ángel Gabriel había comprado enGuadalajara, y a veces incluso reclamaba una copita detequila para aclarar la garganta. Era como si en esa casase acabara de inventar la alegría, y a la segunda copa. Lavoz de Doroteo se hacía tan intensa que era como si lamuerte hubiera llegado a casa para emborracharse conél. Gabriel, por su parte, aseguraba que era buena idea lade irse a trabajar en el campo “porque lo que es aquí, lavida ya no me está gustando, con esta gente de la migrapisándonos los talones, a uno ya no lo dejan trabajarhonradamente”. Y la conversación se repetía cadanoche como si fuera un sueño que cada uno de los tresprotagonistas debería soñar hasta el fin de los tiempos. De esa manera, sin que lo advirtieran, Doroteoexcedió largamente el tiempo que, según la ciencia, lequedaba sobre la tierra, pero a su madre no le bastabacon eso: estaba dispuesta a lograr que se curaradefinitivamente y estaba segura de que lo lograría.Además, una noche tuvo un sueño en el que no habíaimágenes sino tan sólo la voz de un arcángel que lerevelaba que el reino de Dios no estaba en loshospitales ni entre los médicos de Los Ángeles. A lamañana siguiente, ella comenzó a hacer las maletas.Irían a la famosa universidad de Berkeley donde, segúnhabía leído, habían inventado una bomba atómica de unmilímetro y medio de espesor que podía ser utilizadaventajosamente en la lucha contra el cáncer: era tanefectiva que al estallar en la mesa de noche del paciente,
  • 40. 46volatilizaba el humor de las enfermedades y lo convertíaen perfume. A Berkeley no pudo acompañarlos Gabriel,pero los dejó en contacto con una familia peruana deapellido León: “Don Adriano y doña Gloria son buenagente, como su apellido lo indica. Siempre me hantratado como un hijo desde que nos conocimos en unmercado de las pulgas donde trabajamos juntos. Dígalesque estoy bien, y que a ver si se animan a venir aquedarse un tiempo en mi casa. Dígales que sueñenconmigo. Dígales que a veces en sueños me veovisitándolos”. Los León eran los primeros peruanos que laseñora Martínez de Silveira conocía, y le llamó laatención la manera tan graciosa como pronunciaban elcastellano. “El canto puede variar de gente a gente perose nota que todos somos la misma gente”, se dijodespués de que ellos fueran a recibirlos en el paraderodel Greyhound, y los llevaran hasta una casa en la quevivían junto con sus dos hijas solteras y un nietopequeño. “La casa es chica, el corazón es lo que vale.Ustedes se quedan aquí hasta que don Doroteo se hayacurado completamente, o hasta cuando ustedes quieran.No se preocupen por nada”. El otro peruano a quien doña Asunciónconoció fue un escritor que trabajaba como profesorvisitante en la universidad, y que había publicado librossobre brujos y santos. Poco o nada sabía de él, peroescuchó que escribía sobre los santos como si hablaracon ellos, y sobre las personas reales como si lasestuviera soñando. No le pareció gran cosa.
  • 41. 47 Pero fue a buscarlo porque quería pedirle que laayudara a conectarse con el sabio que, en esa univer-sidad, había descubierto el remedio atómico contra elcáncer, y el peruano la escuchó con admiración, con losojos fijos en ella, como si estuviera copiando su vida ocomo si los dos fueran personajes ficticios. Después,mientras la llevaba a pasear por el campus, le fuedejando caer, tratando de amortiguarla, la informaciónque ella necesitaba. Y las noticias no eran precisamentebuenas: Berkeley no tenía facultad de Medicina.Además, al parecer, todavía faltaba un poco para que seinventara la cura contra el cáncer. “¿Quiere decir ustedque esta revista está equivocada? ¿Y, exactamente,como cuántos días faltan para que se cure el cáncer?”. El amigo peruano no lo sabía o tal vez no se loquiso decir, y con respecto de la revista, no, no estabaequivocada. Lo que ocurría es que se trataba de unejemplar de hacía treinta años. Allí se hablaba sobre las,entonces, futuras aplicaciones de la energía atómica enla medicina y sobre los experimentos que durante esaépoca se hacían en los laboratorios atómicos deLawrence, un anexo de la universidad de Berkeley. Pero ella no se iba a dejar intimidar por aquelnuevo fracaso. Para entonces, madre e hijo ya estaban apunto de cumplir un año y un mes fuera de Guatemala,o sea que el enfermo había excedido en un año eltiempo de vida que el doctor había predicho para él. Ysin embargo, empeñada en lograr la curación definitivade Doroteo, doña Asunción de ninguna forma iba aregresarse a su país ahora, como algunas veces su hijose lo sugería.
  • 42. 48 Además, estaba claro que la muerte había sidoburlada, pero no vencida. A todo esto, ¿cómo sería lamuerte? Se la imaginó bella y triste, como dolida poralgún amor imposible. Se le ocurrió que hacía las cosascontra su voluntad, y que llevarse a Doroteo no habíasalido de ella. Quizás la muerte permanecía enGuatemala o acaso estaría en ese momento, como antesellos, tomándose fotos de tamaño pasaporte, haciendocolas interminables y buscando una visa en elconsulado. O tal vez le habían negado la entrada a losEstados Unidos y ahora remontaba un cerro de arena ycaminaba y caminaba para llegar cuanto antes. De todas maneras, la señora pensó que ya habíaconseguido algo. El escritor le había presentado porteléfono a una amiga suya, también peruana, que eratrabajadora social en un hospital de la zona y que haríatodo lo posible, y también lo imposible, para queDoroteo fuera atendido por los médicosnorteamericanos. Y así fue. Lo que había buscado por más de unaño , Diana se lo consiguió en quince minutos. Trabajóun rato con la computadora de la oficina de admisiones,tecleó el nombre de Doroteo muchas veces y luego dealgún suspenso, la impresora comenzó a lanzar unpequeño cartón. –Este es el seguro de su hijo y con él lo van aatender gratuitamente. La cita es para el lunes a las diezy media de la mañana. Traiga a su hijo ese día y lleguenuna media hora antes. Por favor, no responda aninguna pregunta que le hagan. En todo caso, venga averme y no se preocupe más, porque yo los voy a
  • 43. 49acompañar todo el tiempo, seré su intérprete y hablarépor ustedes. “Aunque no lo parezca, esta joven sabe haciadónde camina”, se dijo doña Asunción mientras recibíael carné y miraba a su interlocutora. Aquella tenía unosojos tan intensamente oscuros que parecía quesolamente había caminado de noche. Y seríanprecisamente aquellos ojos los que le dirían la dolorosaverdad. Fue luego de dos semanas de hospitalización ypasados muchos y muy prolongados exámenes. –El doctor le dice que quizás Doroteo ya notenga cura. Perdón, un momento... “Sí, doctor, eso es loque le estoy diciendó. Lo que ocurre es que el castellanoes más sintético, y además la señora no necesita conoceresos detalles...”. El doctor está asombrado de queDoroteo pueda caminar en el estado en que seencuentra y quiere saber qué le ha estado dando, y quémédico lo ha visto durante estos últimos meses. “... Sí, doctor, eso es lo que dice la señora, que ledio en la comida mucho ajo y cola de res...”. –Y dígale, Diana, que también le di sesos devaca en forma de tortilla, pero dejé de dárselos porquetodos los que comían sesos comenzaban a perder lamemoria, o soñaban que la memoria los llevaba haciauna pradera verde e infinita... –Perdone, señora, pero el doctor quiere saber sile ha estado dando alguna medicina... “Sí, doctor,hierbabuena, lo que la señora está respondiendo es quele dio hierba buena por agua del tiempo y que tambiénse la ataba en la frente para bajarle la hinchazón... Y diceademás que no han visto a ningún médico desde que
  • 44. 50salieron de Guatemala... Y la señora quiere saber qué eslo que le ve de raro en su hijo... ¿Cómo dice, doctor?No, doctor, perdone pero eso no se lo puedo repetir.Recuerde que ella es una anciana”. Pero la anciana leyó en los ojos de Diana lo quepretendía ocultarle. Los análisis de sangre, los rayosequis, las sondas eléctricas, los ecos del ultrasonido sehabían internado profundamente en el cerebro deDoroteo, pero no habían encontrado nada sano. Nada,la nada absoluta. “¿Cómo dice, doctor? ¿Que ya no podrá seguiratendiéndolo? ¿Que puede, pero que de nada serviría?¿Que a lo más le quedan tres o cuatro semanas devida?”. Nada, lo que se llama nada. Ya no había nadadentro de él. Si la enfermedad no avanzaba más, eraporque no tenía más que destruir, y si la muerte novenía por lo que quedaba de Doroteo, era porque talvez, engañada, se había pasado de largo. Lo asombrosoera que este hombre seguía caminando, y lo hacía de lamano de su madre anciana, y caminaba ya sin sombrapor en medio de un país que no era el suyo. Nada, nohabía materia viva en el interior de ese cuerpo, y lo quela ciencia demostraba era lo que cualquier persona sabe:que los hombres estamos hechos de esperanza y debarro, pero más de esperanza. Nada, pero nada. No había forma de rebelarsecontra el destino. Esa fue la única vez en que la señorapareció demostrar que era un ser humano como otrocualquiera: apenas el doctor se hubo marchado, sedesmayó y no volvió en sí sino después de varias horas.
  • 45. 51 Lo que se llama nada. A lo mejor todo era así. Alo mejor, las personas y las cosas no eran de verdad. Alo mejor, el mundo nunca había dado vueltas, y todohabía sido una ilusión... Pero allí estaba Diana, y también Marcela León,para atenderla, y además el desmayo se había producidoen una sala del hospital. A ella la vio otro médico, untejano muy gordo que hablaba español y que reía comoPapá Noel. –La abuelita se va a poner bien. Por ahoraestamos tratando de controlar su presión arterial. Loque ha tenido es un ataque de hipertensión propio de suedad y de algún estado emocional. ¿Le dieron algunamala noticia? Pero, “¿habráse visto, Asunción? ¿Ella, asícomo así iba a dejarse vencer por una mala noticia? Lascosas que se ven en este mundo”. Iba a tener que abrirlos ojos pronto para que estas chicas tan bonitas nocontinuaran preocupándose. Pero los mantuvo cerradosporque quería seguir llamándose la atención por haberflaqueado en ese momento. –No se preocupen –dijo el médico tejano, unashoras más tarde–. Ya lo logramos. La señora ya está ensu presión normal. Ahora debe estar durmiendo.Comprendan que es una viejita. “¿Una viejita, ella? Ya vería este gordo lo que leiba a decir cuando abriera los ojos. Pero, si ya estabasana como decía el doctor, ¿para qué abrir los ojos? Seven cosas tan bonitas así, con los ojos cerrados”.
  • 46. 52 –Cuando despierte, la vamos a dar de alta. Sitiene algún problema, llámenme a cualquier hora, y nose preocupen por nada. Soy el doctor Ramón de León.Pero eso sí, que descanse y que se cuide en la comida.Nada de sal, por supuesto. ¿Cuidarse en la comida?... Pero si era ella quienla preparaba, y los León estaban encantados con lacocina guatemalteca. No señor, ya vería ese gordofacineroso del doctor lo que iba a decirle cuandodespertara. Pero siguió descansando, los ojos cerrados yextrañamente feliz. Quizás en ese momento estabaenterándose de algo que diría después y que había leídoen alguna parte: que Dios está dentro de nosotrosmismos más adentro de lo que nosotros estamosdentro de nosotros mismos. “Pues sí. Eso. El problema es que creo que élmismo no lo sabe. Que si lo supiera, ya habría curado ami muchacho. Pues no. Claro que no”. Despertó bien y más segura que nunca de quelos médicos se habían equivocado. Era una desilusiónque también ocurriera eso en los Estados Unidos, peroen todo caso, su hijo no los había necesitado durantetodo un año pues ninguno de aquellos horribles doloresde cabeza se había repetido. A lo mejor, el cambio deaires y la hierbabuena habían sido su remedio. Pero esosí, ahora ya era bueno despedirse para evitar ser unacarga. ¿Irse de la casa? ¿Se imaginaba lo que estabadiciendo? ¿Irse hacia dónde?... Pero si aquí estaba bien...No, de ninguna manera. Doña Gloria y don Adriano,Marcela y Pilar, las hijas que vivían en casa, y también
  • 47. 53los otros hijos que vivían cerca de allí: todos seopusieron a la pretensión de la abuelita. De ningunamanera permitirían que se fueran. Y por último, ellosno eran ninguna carga. Además de ayudar en la cocina,doña Asunción se pasaba el día cuidando de los bebésde la familia. Sus padres pasaban un rato por la casa ylos dejaban con ella todas las mañanas. ¿Y Doroteo? ¿Acaso no ayudaba en la comprade objetos para el mercado de las pulgas? Además, suformación de auxiliar de Contador le había permitidoasesorar a la familia y a muchos inmigrantes amigos enla elaboración de la declaración de impuestos... Deninguna forma, ellos no representaban ninguna carga, eiban a tener que quedarse en la casa porque ya eranparte de la familia. Así se fueron pasando muy lentos, uno trasotro, los meses en California: era como si el tiempotambién se hubiera olvidado de correr, y por su parte lamuerte no se atrevía siquiera a tocar la puerta de la casasobre la que Marcelita había pegado una estampa deSan Jorge derrotando al dragón. Los únicos síntomaspatológicos de Doroteo consistían en repentinosataques de estupor que le duraban varias horas, peroque no causaban alarma. En esos momentos, hablabacon los demás pero no se escuchaba hablar, pensabaque no pensaba, soñaba que ya era difunto y circulabapor la casa con los ojos cerrados como si estuvierasiendo guiado por su ángel de la guarda. “Doroteo se haido a caminar un rato por los cielos”, decían. Cuandovolvía en sí, era como si estuviera recuperando sucuerpo, como si se lo pusiera de nuevo: algo había en élque no era de este mundo.
  • 48. 54 Y doña Asunción cavilaba. Si los médicos delpaís más avanzado del mundo no podían curar aDoroteo, entonces la ciencia no servía para nada. Loshombres estaban viajando a las estrellas, pero no habíaun médico que curara, por ejemplo, el mal de ojos, latorcedura de espíritu ni el dolor de los amoresimposibles, y no se sabía ni siquiera de qué materiaestán hechos los sueños ni en qué lugar del cuerpohumano está situada el alma. Para nada. La ciencia noservía para nada. Si lo hubiera sabido antes, se habríaquedado en Guatemala: un buen maestro curandero allíle habría quitado al muchacho ese terrible dolor decabeza. ¿Pero, volverse ahora? De ninguna manera. Noaguantaría ese viaje el pobrecito. Un momento... ¿nohabría acá curanderos como aquellos que allá enGuatemala llamaban arjunes y que nacían con una rayacruzada sobre la frente en forma de cruz? No, arjunes, no. Pero de los otros sí los había yeran muchos. Pilar León había oído hablar de unmaestro ecuatoriano que tenía su consultorio enMission, un barrio de San Francisco donde vivenmuchos hispanos, y por supuesto se ofreció aacompañarla. No, no era necesario que Doroteo fueracon ellas. Bastaba con llevar una prenda suya: tal vez unpañuelo. ¿Cuándo la llevaría? Ahora ya era viernes porla tarde. El próximo lunes, con toda seguridad, iríanjuntas a Mission. ¿Esperar hasta el lunes? “No, hijita, no estamospara darle tiempo al tiempo. Ese hombre va a curar aDoroteo, como que me llamo Asunción”. Laconvenció, y partieron. Dos horas más tarde, despuésde haber cruzado el Bay Bridge a más de la velocidad
  • 49. 55tolerada y de haberse perdido largo rato en callessospechosas, arribaron al tercer piso de un hoteluchoinfame y lograron entrevistarse con don Manuelito, elmaestro ecuatoriano. –Pero, qué lástima, ¿no? –Les explicó que noiba a poder atenderlas ese día porque lamentablementehabían llegado tarde. –La señora viene desde Guatemala, tiene a suhijo muy malito. Ande, don Manuelito, no se fije tantoen la hora. Ni que fuera gringo. No, no se trataba de eso. Si por él fuera... Si porél fuera, pero tenía órdenes muy estrictas. Órdenes dearriba. En cambio, el lunes sí. Ese día tendrían prioridadsobre los otros pacientes, y ni siquiera tendrían quepagar por la consulta. ¿Pero qué órdenes de arriba podían ser tanpoderosas para no atenderlas ahora mismo? Se lo reveló. Don Manuelito curaba a susenfermos asesorado por tres médicos difuntos queexaminaban al paciente y deliberaban en el cielo. –¿Qué hora tiene usted en su reloj? Las cinco ycuarto, ¿no? Como en el mío. Lo que pasa es que ellosatienden nomás hasta las cinco. A estas horas ya hancerrado su consultorio. Claro que esperarían hasta el lunes. –No te preocupes tanto, Pilarcita –le rogó doñaAsunción y le aseguró que pensándolo bien, no habíatanto apuro porque Doroteo ya estaba recuperándose.Su único problema era que se escapaba del mundo porminutos.
  • 50. 56 Pero no sabía que le esperaba una sorpresa.Doña Asunción había cumplido setenta y nueve añosen Los Ángeles y llegaría a los ochenta en Berkeley. Alllegar a casa, luego de la fallida visita al curandero, seencontró con una fiesta que los León habíanorganizado en su honor y que habría de congregar unpoco más de ochenta personas. En la reunión, la señora se encontrónuevamente con el catedrático peruano y le aconsejóque se protegiera contra el mal de sombras: unaenfermedad que atacaba a los escritores y que consisteen sufrir un repentino ataque de pánico en los caminos,resultado de entrar y salir con demasiada prisa delmundo de sus criaturas. A veces a uno podía partírsele la sombra.Fueron interrumpidos por un cantante argentino que sehacía llamar El Chansonnier de las Américas. “Sombrita,vuélvete pronto. Vuelve que te voy a extrañar”, cantabacon una voz que había diseñado y modulado para queaparentara el olor y el sabor de una insalvable distancia. –Cuando la gente habla de la sombra, habla delnagual. El que piensa en sombras lo hace porque andaextrañando a su nagual –dijo de pronto doña Asuncióny su interlocutor no quiso preguntarle qué era unnagual, porque se dio cuenta de que ella estabahablando consigo misma, con su alma, como hablan lasmujeres cuando están planchando. –¿Cómo que no sabe lo que es un nagual? Es unpedazo de la sombra. Es un pedazo de nuestra sombraque se nos ha escapado.
  • 51. 57 Cualquiera podía darse cuenta de que la señoraestaba hablándose y probablemente convenciéndose así misma. Hablaba como si de pronto hubieraencontrado algo perdido. –Le explicaré mejor para que usted mecomprenda: el mismo día y a la misma hora en queviene al mundo un hombre, nace en el bosque unanimalito que será su doble y, desde ese momento, lavida de uno y la del otro quedan atadas para siempre.Ese animal es su nagual. Su salud y su destino estánatados a él. Y sí quería saber desde cuándo, también se locontó: los hombres y las bestias estaban atados desde laépoca del pecado de Adán, y estarían así hasta el fin delmundo. Sí, claro, por supuesto, eso significaba que lasalud de un hombre dependía de la de su nagual. –¿En el Perú no le han enseñado eso? Eso losabe cualquier niño en Guatemala. En fin... Ahora,quisiera que usted me despeje una duda. ¿Sabe usted enqué parte de los Estados Unidos podría hallar unbosque tan grande, pero tan grande que puedan vivir enél todas las especies animales de hoy y también las queno existen ahora, pero que ya estamos viendo ensueños? El escritor le respondió que, sin lugar a dudas,ese lugar era Oregon, el estado que se encuentra alnorte de California, y añadió que, según un informecientífico, cada primavera aparecían allí árboles quetodavía no habían sido soñados.
  • 52. 58 –Entonces, ese es lugar que estoy buscando.Allá podrá curarse mi hijo. Bastará con queencontremos a su nagual... Pero ella no podía seguir pensando en un nuevoviaje ni en un tipo diferente de curación. No por elmomento porque inmediatamente después de la fiesta,el sábado, la desdicha anunciada por los médicoscomenzó. Luego de tres sucesivos ataquesespasmódicos, Doroteo había caído en un letargo tanprofundo que no había forma de despertarlo. Norespondió a los llamados de su madre para que tomarala sopa, ni al olor del agua florida que le acercaron paraque oliera ni a las gotas de agua bendita que dejaroncaer sobre su frente. A las seis de la tarde, llegó eldoctor. Era Ramón de León, el simpático gordo tejanoque reía como Papá Noel. Pero esta vez estaba silencioso y reservado.Luego de auscultar al paciente con muchodetenimiento, como si estuviera atendiendo a un niño,se encaró con doña Asunción, ya no era necesario nisiquiera hacerle exámenes de laboratorio. Ahora estabaclaro que Doroteo estaba muriendo dulcemente. Ha durado más de un año desde que lepronosticaron el fin. No ha tenido dolores durante todoese tiempo. Eso, sinceramente, señora, es un milagro.Ahora tampoco va a sufrir porque de un momento aotro se encontrará en sueños con la muerte. ¿Cuánto tiempo más iba a durar? Eso no losabía con precisión. Ya había cesado el funcionamientodel cerebro. Ahora sólo faltaba que el corazón sufrieraun colapso. Eso podría producirse en unas horas.
  • 53. 59 Instaló el suero intravenoso con muy pocaconvicción de que aquello sirviera para algo, y antes demarcharse: “Este hombre está agonizando y le quedanpocas horas de vida. Quizás tres. Horas más, horasmenos, pero no llega al domingo”, pronosticó. Llamado por los León, un sacerdote llegó alrato. Era el padre Mark, Marquitos para sus feligreseshispanohablantes, y tenía su parroquia enIndependence, Oregon, pero se hallaba en Berkeleyacudiendo a un cursillo de Teología de la Liberación.Impuso los Santos Óleos al durmiente y comenzó arezar una oración larga y triste, que se iba elevandocomo el humo hacia un cielo muy alto. Allá arriba,seguramente los ángeles entonaban himnos de gloria,tocaban clarines y hacían sonar campanas mientras seaprestaban a esperar a Doroteo. Cuando cesó el rezo, todo quedó en silencio ytodos se miraron como si ya estuvieran muertos. Por suparte, Doroteo tenía una sonrisa plácida y los párpadosentrecerrados. Estaba, pero ya no estaba. Acaso yahabía terminado de perder la sombra. Era evidente quehabía comenzado a habitar los dominios de la muerte. –Recemos para que nuestro hermano Doroteoalcance la paz y la luz de los bienaventurados muypronto. “No tan pronto. No vaya tan rápido, padre”. Lopensó, pero no lo dijo, de puro bien educada doñaAsunción. “Y de puro bien educada no le pregunté quecómo era posible que los sacerdotes de hoy no creyeranen los milagros”. Cuando el sacerdote y el médico sehubieron marchado, anunció sus propósitos a la familia
  • 54. 60con un tono que no dejaba lugar a réplica: defi-nitivamente, no confiaba en el diagnóstico del médicolejano y, en cuanto a lo dicho por el padre Mark, ellarezaría, sí, pero de ninguna forma iba a pedir queaceptaran a su hijo ahora mismo en el cielo. Todavía no era el momento. Ahora iba a rezar aDios para implorarle que de una vez por todas curara almuchacho, y que corrigiera a tiempo la grave injusticiaque iba a cometer llevándose prematuramente a unhombre que siempre había sido un buen hijo y uncristiano excelente. Gloria de León la acompañó en el rezo de unrosario de quince misterios, y después la dejó sola en suplática con Dios. Aquella era una conversación en laque Dios no llevaba la mejor parte: doña Asunción leincrepaba lo injusto que era y le hacía recordar lo gentily noblecito que había sido Doroteo y lo lindo que se lehabía visto el día de su primera comunión cuandoapenas tenía diez años. Y Dios no la dejaría mentircuando ella decía que este joven había sido unciudadano modelo y un esposo ejemplar, que habíasufrido, como debió sufrir Nuestro Señor en el Montede los Olivos, cuando su esposa murió en el trance delparto, y que no se había vuelto a casar porque queríapermanecer fiel a ese recuerdo, y había sido durantetoda su madurez el sostén de su madre anciana y elejemplo de toda su familia. ¿Era justo que así como asíse lo llevara? “No, Diosito, parece que aquí sí teequivocaste”.
  • 55. 61 Quienes comenzaron a equivocarse fueron elmédico, la ciencia y la propia naturaleza porque elhombre, clínicamente muerto, sobrevivió al sábado yllegó al domingo, y también a la tarde del domingo allado de una madre que había pasado de increpar a Diosa darle buenos consejos como si también fuera su hijo.Al final, cuando llegó el lunes, Doroteo seguía viviendo,lo que ya era un prodigio, aunque doña Asunción losintiera completamente normal, como el alba o la luz,como el amor o los árboles, como son de normales losmilagros. Muy temprano, el lunes, le rogó a Pilar Leónque la llevara a ver a don Manuelito: “Tenemos una citapara ahora, no te olvides, y por mi Doroteo no te aflijas.A él lo cuida Dios, y allí estará esperándonos hasta lavuelta. Y vamos ya que no quiero llegar tarde alconsultorio otra vez”. Llegaron a la hora, y fueron recibidas de maneramuy cariñosa por el maestro quien se puso deinmediato a auscultar el pañuelo que le habían llevado, ycon el cual habían secado la cara del enfermo. Contuvo en la boca un sorbo de agua florida, yluego lo escupió sobre la tela, pero nada extraordinarioocurrió. Entonces repitió la operación mientras rezabaentre dientes una oración secreta y, sin embargo, elpañuelo continuó siendo pañuelo, y nada quizás cambióen el universo. Entonces, muy preocupado, puso eloído sobre el pañuelo y sólo atinó a escuchar una viejacanción ranchera que se había perdido en el otromundo. Pero no olió ni vio el alma de Doroteo.
  • 56. 62 –No, esto no es posible. No, de ningunamanera. Este hombre ya no está aquí. Lo siento, peroya no está en esta vida. No se conformó con su propio diagnóstico:tenía que confirmarlo con la opinión de los médicosinvisibles. Los llamó con urgencia, pero aquellos noacudieron. Cuando al fin pudo ubicarlos cerca delPurgatorio, le dijeron que desgraciadamente ya nadapodía hacerse, y cuando don Manuelito insistió, ellosdale con que ya no podían hacer nada, le dijeron queno, que ya habían visto al espíritu de Doroteo dandovueltas por diversos lugares del cielo. De regreso a casa, doña Asunción le explicó aPilar la causa por la cual creía que, incluso, aqueldiagnóstico sobrenatural también estaba equivocado. –Aunque estén en el otro mundo, no dejan deser médicos. Y cuando llegaron, por cierto que Doroteoseguía viviendo. Y también al día siguiente y en los díasque completaban la semana. Aquello convenció a losLeón de que los milagros eran algo más cotidiano de loque antes habían supuesto, y se entregaron porcompleto a la tarea de apoyar a la anciana con laseguridad de que Dios atendía las veinticuatro horas,solía hacer la siesta en las casas de los pobres y eracapaz de aceptar, sin ofenderse, las críticas y losreproches de una madre anciana. En los días que siguieron, doña Asunciónrecorrió Berkeley, OakIand, San Francisco y
  • 57. 63prácticamente toda el área de la Bahía acompañada poralguno de los miembros de la familia, a veces porDiana, El Chansonnier de las Américas, el escéptico médicotejano o cualquiera de los amigos que había conocidoen la casa de los León. Uno tras de otro, visitaroncuranderos, parapsicólogos, rezadores, lamas, brujos,naturistas, acupunturistas, quiroprácticos, espiritistas,homeópatas, yogas y herbolarios con la seguridad deque en algún momento encontrarían el remedio.Mientras tanto, el estado del enfermo permanecíaestacionado en un coma tan portentoso como infinito. Mariano y Josefina, “primeros mentalistas deprestigio mundial”, recibieron la llamada de doñaAsunción con más asombro que alegría porque noestaban acostumbrados a esa clase de clientes.Usualmente tenían una hora de emisión en una radio enespañol, y allí leían cartas de supuestos clientesagradecidos por su capacidad para hacer frente a laenvidia y solucionar problemas en el trabajo, paraconjurar novias con mal aliento y apagar ensalmos demagia negra o para ubicar y devolver esposas fugitivas yobjetos robados, y por lo tanto, sus clientes eranjóvenes hispanas suspirantes, parejas mal avenidas ocomerciantes con mucho dinero y poca suerte, o alrevés. Pero no precisamente una anciana empecinadaen mantener vivo a su hijo. No la hubieran recibidojamás si no hubiera sido porque su voz se metió en elaire en la hora de mayor sintonía. “¿Cómo dijo que se llama? ¿Asunción? Dijousted que se llamaba... Asunción, ¡qué hermosonombre! ¿Y de dónde se reporta?... Señoras y señores,nos están llamando desde Berkeley, California. Nada
  • 58. 64menos que desde California por las ondas del éter, hastael estudio de su radio amiga en Oregon. ¿Y en qué se lapuede servir, señora?”. “¿Cómo dijo? ¿Que si podemos sacare del comaa un joven que siempre ha sido respetuoso con suspadres y que permanece en coma sin morirse debido aun milagro de la Virgen? …¿Esto es una broma? Oye,Josefina, esta no es ninguna de las grabaciones queteníamos preparadas…”. “Cállate, que estamos saliendo al aire… Pronto,mete la cortina musical”. (Sonido de gong. Acordes de la QuintaSinfonía.) Por el teléfono interno, en confidencia y fuerade la emisión, hablaron con doña Asunción y ella les ex-plicó su problema, pero los primeros mentalistas deprestigio mundial no tuvieron alma para engañarla, y selimitaron a decirle que le enviarían por correo una copiadel Cristo Afortunado y otra del Escapulario de los TresDeseos, milagrosísimas reliquias que ellos acababan detraer de Tierra Santa, y de las que justamente ahoraestaban haciendo una promoción a través de las ondasde su radio amiga. Pero no cesó allí la búsqueda del remedio. “Yaestoy vieja. No me queda mucho tiempo para cansarmeni para deprimirme”. El Chansonnier de las Américas lallevó a ver a un grupo religioso oriental cuyosmiembros curaban de una manera prodigiosa.Mantenían las palmas de las manos a menos de un
  • 59. 65metro del paciente al tiempo que recitaban oraciones enjaponés antiguo. El servicio era gratuito y la mayoría delos practicantes eran hispanos voluntarios que podíanrezar, sin cansarse, una oración que duraba dos horas yque ellos no comprendían. Y, por último, el templo enel que curaban era una pagoda que había sido traída porlos cielos desde el Japón hasta San Francisco. No pudieron curar al paciente, peroencontraron la explicación de sus males, la cual erasencilla: en una calle de Guatemala, un día Doroteohabía estado comiendo una manzana. Cuando sólo lequedó el centro, en vez de guardarlo para llevarlo a undepósito de basura, lo tiró sobre un jardín. Allí habíacaído sobre la cabeza de un duende famoso por su malgenio y por ser muy cuidadoso de las buenas maneras.Lo que, en esos momentos, debería haber hechoDoroteo era recitar una oración en japonés antiguo,pero no se sabía ninguna, y el duende enfurecido semetió dentro de su cabeza. Ahora ya había pasadomucho tiempo y había desaparecido la posibilidad desalvarlo. El problema, sencillo al principio, se habíatornado insoluble. Ni más ni menos de la forma comouna gripe mal curada puede convertirse en tuberculosis. Diana conocía otro lugar de curacionesprodigiosas: el centro taoísta. Antes de ir allí, ella solíatomar vitamina B para no pelearse con su enamorado.Ahora, gracias a la ciencia del Tao, ya no era necesario...Las atendió el maestro Si Fu, un venerable ancianooriental cuyo método de diagnóstico era la toma delpulso. Asía de la muñeca al paciente, pero en vez decontar los latidos, trataba de ver si hacían música: comosobre un plano, iba tocando: Do, re, mi, fa, sol, la, si. Si,
  • 60. 66la, sol, fa, mi, re, do. En caso positivo, si los latidos eranrítmicos, la persona gozaba de buena salud. De otramanera, el maestro tenía que afinar al paciente. Pero las venas de Doroteo no daban el Yin ni elYan: hacía tiempo, la música se había escapado de sucuerpo. Desesperado, el maestro aplicó el oído a lamuñeca, y sólo pudo oír las notas de un piano muylejano que probablemente estaba siendo tocado, en lasalturas, por un ángel del cielo. El enfermo había cumplido catorce días enestado de inconsciencia, mientras su madre transitabacada día del fracaso a una nueva esperanza. Pero eso nosignificaba que dejara de atenderlo personalmente. Deregreso a casa, por la noche, le cambiaba el suero yrezaba a su lado como cuando él era un niño y le pedíaque repitiera, aunque fuera en sueños, una larga oraciónque terminaba rogando a Dios por los pobres, por losenfermos, por los que sufren injusticias, por los que sehan perdido en el mar. Y, por supuesto, también porlos niños obedientes. ¿Faltaba alguien por visitar? ¿Nadie? ¿Cómo quenadie? ¿Y quién es La Dama Mágica del Caribe?” –No, de ninguna manera. Eso jamás –ElChansonnier de las Américas se opuso terminantemente aesa visita, pero omitió las razones de su negativa. Dehombre a hombre, le confió a don Adriano que setrataba de una venezolana cuyo verdadero nombre eraRosa Granadillo. Cantaba en un casino. Curaba del malde arrugas, con aplicaciones de ginseng y miel de abeja.Conocía la ciencia de leer en la palma de la mano y su
  • 61. 67poder era grande, tan grande como sus celos porque sepasaba la noche leyendo la mano de su esposo. ¿Y cómo sabía tanto acerca de ella?... Muysencillo. Cantaban en los mismos restaurantes hispanosy ella era su más tenaz competidora. Pero esa no era larazón para que se opusiera a que la vieran. Lo hacíaporque no consideraba correcto que una dama comodoña Asunción se entrevistara con la Granadillo... Másdetalles: hacía delirar a los hombres, y los conducía alextravío y la locura con tan sólo cantar en una nota muyespecial. El Chansonnier habló como si no hablara,susurró, por temor de ser escuchado. Pero sus ojos ysus manos hablaron, y doña Asunción escuchó. –¿Dónde dices que vive?... Iremos a verlainmediatamente. Cuando la encontraron, La Dama Mágica delCaribe se hallaba solucionando el problema de unmexicano que no tenía los papeles en regla. “Ya está.Ponte este perfume al salir de tu casa hacia el trabajo. Siun envidioso te denuncia, se le caerá la lengua. Y los dela migra no te verán, y si te ven no podrán perseguirteporque de pronto los envolverá la música y comenzarána bailar merengue”. Atendió a la anciana con cariño, pero ellatampoco podía ayudarla, y se lo dijo. Sus poderesalcanzaban para escuchar conversaciones que seestaban produciendo en otro lado del planeta o para vera los barcos que habían zarpado del puerto hacía tressemanas, pero no servían para volver a encender uncirio que ya se había apagado en el otro mundo. Muertey muerte, lo único que vio fue muerte.
  • 62. 68 –¿Y quién es esta Madame Divah? ¿Unaadivina? Vamos pronto a verla que es la última quefalta. No nos queda mucho tiempo. La mujer barajó, partió el mazo en dosmontones y le pidió a doña Asunción que descubrierasiete cartas que resultaron malas. Pésimas cartas: el Rey de Copas se alejabacorriendo, la Princesa de Bastos estaba vestida deenfermera, la Reina Curandera guiñaba un ojo sin decirni que sí ni que no, la Carta del Maestro no teníamensajes porque el Maestro estaba muy ocupadoreconstruyendo el destino de una pareja infortunada.Las otras tres cartas eran el Candado, la Tranca y laMuerte. Barajó otra vez, y nada: no había personas nimucho menos mensajes, era como si el tiempo y losdestinos de todos los habitantes del planeta se hubieranevaporado de repente. Para salvar al planeta de unaposible catástrofe universal, cambió de baraja ylentamente volvieron a aparecer las cartas habladoras.Entonces, Madame Divah leyó en una carta la historiade miles de hombres, mujeres y niños que subíancerros, cruzaban la frontera, trabajaban como peonesagrícolas y, después de muertos, se iban caminandodebajo de la tierra para descansar en su patria del Sur. Yen otra carta, no había historia alguna sino una campanamuerta cuyo sonido se desparramaba sobre la redondezde la tierra. Y en otra carta, había un grupo de mujerescaminando y caminando: “Es la carta de las madresancianas. Como puede usted fijarse, tienen la mitad delalma en el Paraíso”.
  • 63. 69 Que, por favor, ubicara pronto la carta deDoroteo. “¿Cuál dice usted que es?... ¿Esa? ... Pero, esano es un hombre. No, no lo era. Era una mujer de mirada larga yde dulces ojos que por ratos eran negros y por largosmomentos, azules. –Bonita, ¿no? Pues, vea usted. Esa gringuita esla Muerte, y resulta que anda buscando a Doroteo. Cuando se acabó la lista de curanderos mágicos,ya era el día trigésimo tercero del coma, y a la señora nole quedaba otra ocupación que permanecer en casa,cambiar el suero del paciente, mantenerlo aseado yfragante, y rogarle de vez en cuando que de una vez portodas despertara “porque lo que es yo, hijito, ya estoycomenzando a preocuparme”. Aquella misma tarde,recibieron una visita inesperada. Era nada menos queGabriel, el Ángel Gabriel como lo llamaban, el amigode Los Ángeles, el coyote que los había ayudado aentrar en los Estados Unidos y en cuya casa habían sidotan felices. –Ex coyote. Si me hace el favor, abuelita –corrigió el Ángel Gabriel. Y le contó que muchas cosashabían cambiado en su vida desde el tiempo en que nose veían. En primer lugar, había cambiado de profesión:en vista de que tenía la facultad de resucitar carrosviejos, se había dedicado a la mecánica. Había puestoun taller y su negocio era próspero. En segundo lugar: “Sorpresa: asómese a laventana, y lo verá”. Lo que vio la señora no lo terminóde ver porque era una interminable casa rodante –compuesta de varios vagones– que daba la vuelta a la
  • 64. 70esquina y había sido construida, al igual que el vehículoanterior, con restos de carros diferentes y material dedesecho. Desde la ventana hasta la esquina, podíanverse dos dormitorios. “Y no sabe usted lo que vienedespués”. Los colores de la bandera mexicana pintados enondas sobre cada vagón le conferían unidad alconjunto: “No. Usted no sabe lo que viene después”. Primero estaba la cabina del chofer y la sala. Elotro vagón era el dormitorio principal y la cocina. Leseguía el vagón de huéspedes. “Los dos que vienen acontinuación serán ocupados por usted y Doroteo.Porque ustedes se vienen a vivir con nosotros”,anunció. ¿Nosotros? Gabriel se había casado con unalinda chica mexicana, “legal, sin problemas”. “Se llama Elisa, ¿sabe?, ¿y sabe usted lo quesignifica llamarse Elisa?”. Elisa llegaría esa tarde poravión y estaba encantada “de saber que va a vivir conusted, porque, sabe usted, ella nunca conoció a suabuelita”. Ahora se estaban dirigiendo a Oregon. –¿Dónde dices? –A Oregon, claro que a Oregon. –¿Un país colmado de bosques? –Correcto. Allí mismo.
  • 65. 71 –¿Donde crecen árboles que nunca han sidosoñados? –Pues la verdad que no lo sé. Pero sí, creo quesí. –¿Y entre los árboles hay miles de naguales? –Pues mire que no lo sé. Pero si usted lo dice... Hacía un tiempo, Gabriel había comenzado unexcelente negocio de compra y venta de árboles deNavidad. Ahora viajaba al lugar donde crecían ypensaba establecerse en un pueblo llamadoIndependence donde también se dedicaría a lamecánica, y le habían contado que cerca de allí habíauna universidad excelente. –Me han dicho que se llama Western, y a lomejor me doy tiempo para continuar estudiando. Para lograr todo eso, iba a ser necesario eimprescindible que doña Asunción y Doroteo viajarancon ellos: “Ni Elisita ni yo podemos manejar una casasin la experiencia de una persona como usted”. Y llegando nomás, los León le habían venidocon la noticia de que Doroteo no se quería levantar dela cama. No, no le habían contado más. No habíantenido tiempo porque él había entrado corriendo abuscar a la abuelita. ¿Cómo que no se quería levantar?¿Había salido de parranda la noche, anterior? ¿Se habíapasado de tragos? No, que don Doroteo, pero eso nospasa a todos los hombres. No es para que usted seenoje, abuelita. ¿Cómo que no era cuestión de tragos?¿Se estaba portando mal Doroteo? No, eso ni pensarlo.
  • 66. 72 Pero doña Asunción no respondió a ninguna desus preguntas porque estaba transfigurada. De repente,preguntó: –¿Estás realmente hablando de Oregon? ¿Delos bosques de Oregon? ¿De Oregon Oregon? –Pues sí. Le estoy, hablando de OregonOregon, y si usted quiere Oregon Oregon Oregon. Allí solamente había árboles y gente. Allíterminaban la vida y la muerte. Allí comenzaba unaeternidad de pinos y gansos salvajes, águilas y cedros,golondrinas y sicomoros, osos y halcones. De allí lossalmones zarpaban hacia el Japón, conocían el Asia y. seregresaban al rincón donde habían nacido. Por su costapasaban las ballenas entonando un canto a los amoreslejanos. Y allí continuaba otra eternidad de mapaches ypavos reales, picaflores y cuervos, pumas y sauces,olmos, llamas, truchas, patos, zarigüeyas y salmones. –Y también naguales –aseguró doña Asunción. –¿Cómo dijo? –preguntó Gabriel–. Oh, sínaguales. Pues qué mala suerte que Doroteo no sequiera levantar porque eso nos va a retardar un poquito.Lo que pensaba era ir con ustedes al aeropuerto, recibira Elisa y seguir el viaje de allí nomás hacia Oregon. –Espérate un momento –dicen que dijo doñaAsunción. Todo lo que se sabe es eso, pero nadie estáseguro. –Anda arrancando esa máquina– aseguran otrosque dijo, y que entró en el cuarto de su hijo. ¿Qué lediría? No se sabe. ¿Cuánto tiempo hablaría? ¿Hablarían?No se puede decir. Algunos comentan que lo amenazó
  • 67. 73con castigarlo. Otros sostienen que le habló de losbosques de Oregon donde la gente encontraba sunagual y su sombra, donde el espacio entre árbol y árbolcomenzaba a ser ocupado por el amor. Otros aseguran que no fue así: dicen que lamuerte llegó por fin a Berkeley y tocó la puerta, y que laseñora Asunción le salió al frente, de mujer a mujer, demuerte a muerte, y que un pájaro comenzó a cantar,muy seguro de sí mismo, sobre un árbol de enfrentehasta que la muerte se fue y el árbol se convirtió ensombra y en olvido. La verdad es que se fueron con el ÁngelGabriel. Por lo menos eso es lo que dicen que dijo donAdriano León quien vio a la madre y al hijo salircorriendo, lentos y seguros, como en cámara lenta eingresar en la casa rodante. De lo que todos estánseguros es que, mucho tiempo después de que el carrose hubo hundido en el horizonte, un resplandor demuchos colores los siguió flotando sobre el camino. Loque otras personas dicen es que se los llevó un ángel, ypunto.
  • 68. Confesión de Florcita Solamente la mano de Dios podrá detenerme. Yeso si es que a Dios se le ocurre bajar a la tierra, entraren mi casa, meterse de tercero, comprarse este pleito yrogarme de rodillas que lo piense bonito, que noabandone este hogar cristiano y que no me separe deese maldito de Santiago por la simple razón de que loque Dios ha unido no lo separe nadie y con la firmepromesa de darnos allá arriba, cuando seamos difuntos,una casa más decente que esta. Como si a Santiago legustara de veras vivir en una casa. Y ahora que lopienso, no sería raro que le agarre el gusto a morirseaunque sea nomás por conocer otros aires, remontaresas nubes altas y rosadas, mariposear por los caminosque hay detrás de la luna y llegar contento al reino delos cielos donde, según me han informado, los ángelesse pasan la vida cantando, y para las benditas ánimas nohay más trabajo que adular a Dios, tocar el arpa, y sabeDios qué diversiones más habrá allá arriba, dondetambién me han contado que todo es caminar. No, amigo, gracias por el buen consejo porqueya lo adivino aunque todavía no me lo haya dado.Solamente la mano de Dios podrá deshacer estasmaletas, devolver mis trapos al ropero, hacer que mispies vuelvan hasta la cocina y que mis manos preparensu plato favorito y que mi corazón palpite por la alegríade esperarlo y que mi boca esté lista para decirle sindecirle que comprendo sus dos días de ausencia y quecomprendo la borrachera en que seguramente va a
  • 69. 76llegar, porque eso de no encontrar un empleo adecuadoocasiona traumas psicológicos en una persona tansensible como Santiago, según él mismo lo dice, y comole digo, por fin, solamente la mano de Dios hará queluego mis oídos estén atentos para escuchar lo que medirá, o sea que a él no le importa que yo comprenda loque tengo que comprender, y que si esta situación nome gusta ya sé lo que tengo que hacer, porque lamaldición de los hombres son las malditas mujeres, yaquí se acaba la historia si esos son tus pareceres. Si Dios me quita la vida antes que a él, y si porrazón de haber sufrido tanto en la tierra se le ocurreadmitirme en el Paraíso, voy a pedirle a San Pedro queme dé licencia por algunas horitas para bajar al infiernoy entrevistarme con el diablo a fin de enterarlo, por siacaso no lo supiera, de todas las cosas que me ha hechoSantiago, de cómo me sedujo con palabras bonitas y havivido conmigo doce años, de los cuales uno o dostrabajó, si es que eso se llama trabajar, y el resto vivió delo que me dejaron mis padres y de lo poco que a él ledejaron los suyos, de la generosidad de sus amigos y demi costura para señoras y señoritas decentes, es decir delas pocas que han seguido siendo mis clientes durantetodo este tiempo, porque lo que es las otras seasustaron de tan sólo sentirlo llegar cuando estaba apunto de entrar a la casa y ya podían distinguirlo por suolor agrio de tabaco, por los incendios que veníagritando y por el ruido de las botellas vacías al caersobre las veredas, y otras más bien no lo aguantaronnada más al descubrir que había dispuesto variosespejos, cada uno enfrente del otro desde el probadorhasta el dormitorio, para ver qué es lo que hacían allínada más que por curiosidad científica, según me dijo.
  • 70. 77 Y le contaré también de las madrugadas en quese metía dentro de mis sueños para ordenarme que des-pertara y que preparara un caldo de gallina de patanegra para él y para sus amigos que venían llegando deun compromiso social muy importante. Y cuando yocomenzaba a protestar por su haraganería, por la malavida que me daba, por el sabor de soledad que esta casatenía y por la envidia que ya les iba sintiendo a losmuertitos por haber pasado a mejor vida, cuántas vecesno me dijo delante de sus amigos, y usted no me dejarámentir porque estaba entre ellos, que haragán no erasino que nunca había tenido suerte, y que los empleosque le ofrecían no guardaban correspondencia con suorigen social, y que yo no tenía de qué quejarme porquesi no hubiera sido por él me habría quedado en ellodazal donde nací, entre gente sin alcurnia ni modales,y que de qué me quejaba si toda la culpa era mía porqueno había sabido cumplir con ese sabio consejo quesiempre dan las abuelas de que una mujer casada debeser una señora en la calle y una puta en su casa, y que dequé me quejaba si él había venido a mejorarme la raza, yque de qué me quejaba porque si no me la había llegadoa mejorar era porque yo no sabía tener hijos nifructificar su semilla, ni más ni menos como las gallinashueras. Y cuando yo le cuente todas estas noticiasaldemonio, y el demonio en gratitud me diga: “Gracias,hijita, por haberme ayudado a condenar a un alma, ycuenta conmigo, y pídeme la gracia que quieras, porquete la doy ahora mismo”, allí mismito le pediría la graciade que me dejara una ventanita para mirar a Santiago suprimer día y su primera noche en el infierno, y derodillas le rogaría que no le diera fuego ardiente nicarbón molido ni mucho menos trabajos forzados a mi
  • 71. 78querido consorte sino más bien una casa bonita y ca-liente donde compartir la existencia, que allá será eterna,con una mujer de su misma clase y de un apellido tanilustre como el suyo, que nomás al verlo llegar alinfierno le diga: “Qué horas son estas de llegar, querido,lávate la cara que pareces muerto, y qué olor deaguardiente traes si parece que hubieras venido de unvelorio de pobres, y qué tienes, por qué pones esa carade fantasma, da la impresión de que no te gustan misruleros, y a ver cuéntame cómo es eso de que no traesnada de dinero, tú crees que yo me creo esas historiasde que nadie se lleva nada a la otra vida. Claro, al señorSantiago no le importa el qué dirán, y por eso no se haplanchado los pantalones, y lleva el terno que pareceuna mortaja. Cómo se ve, querido, que no sabes lo quees la vida”. Pero Santiago tendrá bastante tiempo parasaber lo que es la vida porque la vida será eterna para ély su nueva esposa. Y yo tan sólo me contento con teneruna ventanilla para mirar su felicidad conyugal un día yuna noche, o sea solamente veinticuatro horas, perotodo el mundo sabe que veinticuatro horas paranuestros relojes equivalen a veinticuatro mil siglos paralos condenados al infierno. Por todo eso, ya le digo, amigo, que solamentela mano de Dios podrá detenerme ahora que hedecidido irme de la casa. Y le pido mil disculpas a ustedpor no hacerlo pasar y rogarle que esperemos aSantiago juntos. Y le vuelvo a suplicar que me disculpepor no aceptar su buen consejo de perdonar a Santiago,esperar su sincero dolor de corazón, aceptar supropósito de enmienda, olvidar rencores, disipar malos
  • 72. 79entendimientos e iniciar con él una nueva vida...Aunque pensándolo bien, clarito ahora veo que ustedtiene razón por lo menos en una parte de su discursocuando me dice que, antes de irme, espere a Santiagopara decirle adiós, y yo creo que eso es lo que voy ahacer, y cuando él llegue, verá primero mi maleta, y lavida al revés, y la soledad que lo espera, y vendrá hastamí que lo estaré esperando, fría, desdeñosa, inapetente,y me dirá con palabras dulces y bonitas: “¿Dónde estás,mujer, que ya no estás dentro de ti? ¿Dónde estás queestás helada y que parece que te hubieras alejado delmundo, y una sombra hay en ti como si te hubierantragado las sombras, y una ausencia inminente brota enti como si ya te hubieras ido de esta casa, en una balsarumbo al mar o en un mar rumbo a la vida?”. Y yoseguiré allí, altiva, fría y desdeñosa: firme en mivoluntad de irme, ajena a sus promesas mentirosas,elegante como él cuando me dice que no trabaja porquees de mal gusto, bien vestida, arreglada como siempredebería haber estado y con una sonrisa que nada dice,pero que mata con el puñal de un antiguo desprecio.No, señor, yo me iré, y así se lo voy a decir, y por esoahora mismo voy a secarme las lágrimas y amaquillarme para que me recuerde soñadora y ardientecomo deben ser las mujeres, y para que se lamenteeternamente por lo que ha perdido, y una vez que hayaterminado de arreglarme, me sentaré en esta silla paraesperarlo, para conversar con él cuando llegue, parapedirle que comprenda, para que sepa que no voy avolver con él, para suplicarle que se ponga tranquilo yque no llore porque los hombres no lloran, para hacerleentender que para decir adiós sólo basta con decirlo, ypara decirle por fin que debemos quedar como buenos
  • 73. 80amigos. Para todo esto, lo estoy esperando, pero, Diosmío, ojalá que llegue pronto antes de que se me vaya apasar esta cólera.
  • 74. La muerte se confiesa Ahora ya sé cómo es la muerte. Es toda unadama. De pura casualidad la vi ayer por la tarde en eljardín, mientras ella se andaba abanicando como haceahora todo el mundo con estos calores. No sé si almismo tiempo se miraba en un espejo o tan sóloobservaba el aire para encontrar allí algún recuerdo quese le había perdido; lo cierto es que parecía que eserecuerdo la andaba esquivando. Pensé que no me había visto e hice un rodeopara no pasar junto a ella, y eso no porque no queríaque me viera sino porque me parecía incorrectomolestarla. “Gracias por tu gentileza, hijito, se nota queeres realmente un caballero”, me dijo una voz queclarito era su voz, pero que parecía estar dentro de mínaciendo. Ya sé que lo haces por cortesía, y haces bienporque tú todavía no tienes que preocuparte: no es tuhora. Más bien, pasé por aquí porque voy a visitar a tuvecino, y quise descansar un rato; además, me encantala mecedora blanca que tienes aquí. ¿La tienes desdehace mucho tiempo? Caramba, ahora sí parece que meestoy poniendo vieja, pero claro si fue de tu abuelita quete la dejó en herencia, y me acuerdo perfectamente de lavez en que vine por ella, y hacía un calor de losdemonios, de modo que me senté a descansar mientrasle dejaba tiempo al cura para darle los últimossacramentos; y tu abuelita: no vaya tan rápido, padre, ledijo al cura; deje que descanse un poco esa señora. ¿Aqué señora te refieres, hijita? A la muerte, dijo tu
  • 75. 82abuelita, que acaba de llegar, y está balanceándose en lamecedora. Pobrecita, debe de estar muy cansada, a versi le ofrecemos un refresco. ¡Qué mujer tu abuelita! ¡No, de ella te viene queme caigas tan simpático! Otra vez, usted, con susfantasías, cómo que está viendo a la muerte, si todos sa-bemos que la muerte es esencia, pero no es forma; ¡Ay,padre!, déjese de metafísicas, y ofrézcale un traguito deesos que están en la despensa escondidos para mivelorio. A ver, háblele en latín. A lo mejor ella locomprende. Y el cura dale con que la muerte no existe,doña Filomena, por lo menos en su forma física, esdecir, como usted y yo nos vemos. Aguante un rato,padre, que parece que mientras hablábamos, la señoraesa que usted dice que no es la muerte se ha quedadodormida. Y yo que fingía dormir para darle tiempo a tuabuelita para que se pusiera en forma. Ah, qué mujertan simpática. A propósito, hijo, ¿sabes qué ha sido delpadre Fernando?, porque ese hombre ya debe estarmuy viejo, y no recuerdo haberlo visto en ninguna demis listas. ¿No se me estará pasando? Pero, claro. Esees el que faltaba. Ayer estuve haciendo cuentas, y nocuadraban. A ver, claro, es uno que debió morir en1965, o sea que se ha pasado más de treinta años. Pero¡qué bárbaro!, este hombre debe de tener ahora cientoquince, y el pobre debe estar loco por verme llegarcuanto antes. ¡Ay, hijo!, lo que es a mí este trabajo ya nome está gustando, y a veces siento unas ganasinaguantables de dejarlo, sobre todo en esta épocaterrible. Porque como sabrás, hijo, una puede ser todolo que tú quieras, menos clandestina, y ese es el trabajoque me están dando en tu país. ¡Cómo que no sabes loque significa para mí andar de clandestina! ¿De veras no
  • 76. 83lo sabes? Bueno, pues te lo explicaré en palabrassencillas, como para que tú me comprendas: la cuestiónes que de un tiempo a esta parte, los militares y lapolicía han inventado un estado especial que no es lamuerte; pero tampoco es la vida, y están metiendo allí amucha gente, tantos que ya resulta difícil contarlos, yademás una se confunde. A un hombre cualquiera loesperan a la salida de su trabajo o van a buscarlo amedianoche en su casa, echan la puerta abajo, loobligan a levantarse, lo separan de los suyos, lo llevan acualquier cuartel o comisaría, y allí se pasan la nochecon él demandándole que se declare culpable, culpablede qué, pregunta él, y a lo mejor es tan sólo culpable dehaber nacido, y el tiempo se va corriendo asustado parano ver lo que le hacen. Y por la mañana ya a ese hombre no lo puedescontar en el registro de los seres vivos. Pero tampocoen el de los muertos porque la policía y el ejército ya sehabrán encargado de decir que no pudo haber muertoporque tal vez jamás había existido, y si ustedes quieren,entren al cuartel, aquí nunca estuvo ni volverá a estar. Yentonces, ¿qué haces tú si eres la muerte? Nada, hijo,trabajar de clandestina, llevártelo sin llevarlo, cargarlopero con duda, qué alma va a tener una para hacer esetrabajo. Ay no, hijo, felizmente que ya falta poco paraque se acabe el tiempo. Pero estábamos hablando de la vez en que vinepor tu abuelita. Mejor dicho yo te estaba contando quecuando tu abuelita me creyó dormida sobre lamecedora: acérquese padre, porque voy a hablarle de unpecadito, le pidió al padre, al padre... Caramba, otra vezse me fue su nombre. Pero, doña Filomena, a su edad,
  • 77. 84de qué pecaditos me va a hablar. En todo caso, déjemecontarle un secreto, le dijo en un tono muy bajo, y yosabía que lo estaba haciendo de puro considerada,como para que yo pudiera echarme esa siesta. Y meparece que hasta allí nada más la escuchó, porquegracias a tu abuelita pude dormirme más o menos unamedia hora. Cuando desperté, ya se había ido el cura, y yaestaba la viejita esperándome. Ya estoy lista, me pasó lavoz, se nota de lejos que viene usted muy cansada y mealegra que haya podido reposar en mi casa. No, ¡qué,usted, doña Filomena, es usted muy fina! Ojalá siempretuviera que tratar con gente como usted, le dije mientrasle arreglaba el pelo y la tornaba joven y ligerita para quepudiera acompañarme por esos andares del cielo. Ah,qué dama tan simpática y tan conversadora. Durantetodo el camino, me habló de sus amistades y de sufamilia, incluso me dio algunas recetas de cocina y selamentó de no tener papel y lapicero para apuntar losingredientes. Es que usted se va a olvidar, me advirtió,porque se nota que es usted muy distraída, tiene usted elaire típico de los artistas y los intelectuales, y ese vestidonegro es muy elegante, siguió diciendo para halagarme.Conozco algunos escritores, sabe, y tengo un nieto quea lo mejor escribe una historia sobre este encuentroentre nosotras. Y cuando ya volábamos lejísimos deltalán talán de su sepelio y estábamos a punto de llegar alParaíso, me hizo prometerle que siempre que pasarajunto a su casa, me detuviera un instante a descansar enla mecedora. ¡Qué falta de confianza!, con lo bien quese la ve a usted después de la siesta. Prometido, doñaFilomena, eso es lo que haré, pero no se lo vaya acontar a nadie, le respondí. ¡Ay, por favor, señora!, eso
  • 78. 85está descontado. Eso sí, quisiera pedirle un favor si esque fuera de su voluntad cumplirlo. Pero por supuestoque lo cumpliré, y gracias por la oportunidad que me dade servir a una persona como usted. Entonces, le pidoque si alguna vez se encuentra con mi nieto, dígale queconserve siempre la mecedora, que no la vaya a regalarni vender y que no se olvide que era mi silla favorita, ytodo lo que le hablé sobre ese mueble la última vez quenos vimos. Se lo prometí, y mire qué casualidad, ahoraestoy cumpliendo con mi promesa, y ya que estamos enconfianza, haga como si no me hubiera visto, déjemetomar una siesta, me pidió la muerte mientras se lecerraban los ojos. Y mientras la señora muerte dormía, entré enmi casa y en mis recuerdos, y clarito comencé aentender el mensaje de mi abuela. Me acordé de quecuando vine a visitarla, unos meses antes de su partida,ella también había estado gozando de la mecedora: estoes lo que he aprendido de la vida, me dijo. Cuando aalguien ya le toca irse, debe comerse la memoria, irborrando poco a poco el rastro de los años, y por esolos viejos nos sentamos aquí a olvidar, y a olvidarnos. Yme contó que después de cada siesta la mecedora lecomía el recuerdo de un rostro, de una voz o de algúnnombre: se me va, se me borra, se hace aire. Justo enese momento, entendí por qué la muerte se había ol-vidado del padre Fernando, y comencé a adivinar suspróximos olvidos, y supe que el humor y el amor mevienen de familia, y sentí que alguien me sonreía desdeel cielo, y un pájaro se hizo aire y olvido, y entonces elpájaro se fue volando y escuché el murmullo de unaapacible siesta en la mecedora, y comencé a pensar lo
  • 79. 86que le estoy diciendo: por fin he conocido a la muerte, yes toda una dama.
  • 80. Hello, this is Susan in hot line Puedes creer que mi nombre es un nombrelánguido y pálido, y puede ser el nombre de un sueño, ycomo dices parece el nombre de una mujer que nuncahubiera salido a la calle. Y es exactamente como te loimaginas. Soy rubia y delgada, y mis piernas son largas ylánguidas, y el color de mi cuerpo se parece al color demi vida. Y el color de mi vida se parece al color de estahabitación de donde nunca he salido, y por eso micarne tan sólo ha sido calentada por la luz de la luna, ycuando la luna entra en mi cuarto, me desnudo y lemuestro todos mis rincones, y me acuesto y me miro yme toco y me huelo y me enrosco y, me abro hasta elinfinito, hasta que la humedad forma caminos en mispiernas, hasta que todo mi cuerpo es un desiertosilencioso y hambriento, hasta que mi silencio seconvierte en un gemido, y mis piernas largas, mismuslos dolorosos, mi cadera redonda, mi cinturaestrecha, mis senos duros, mis labios abiertos y mis ojosiluminados: toda yo soy un cuerpo solitario, una playaolorosa, una cueva profunda, una herida que palpita, unpensamiento enfermizo y una voz como un aullido querepite tu nombre hasta que le sobra el amor y, le falta lavida. Si quieres, dame tu nombre. Dame un nombrecualquiera, y te comenzaré a llamar y a reclamar en estacelda donde tan sólo hay una cama caliente y una mujersolitaria. Dime cómo te llamas o cómo quieres que tellame, y te traeré a mis sábanas y a mis sueños. Y
  • 81. 88mencionaré tu nombre muchas veces cuando rezodesnuda, de rodillas sobre la almohada. Y te rezaré y tetraeré a mi vida. Y podrás olerme, y podré tocarte. Yprimero nos miraremos con una mirada fría como elfrío que, en este instante, eriza mis vellos y mi carne. Yprimero estaremos a un metro de distancia. Y primeronos miraremos como dos animales bellos. Y primeronos desearemos como dos caníbales. Y primero semojarán nuestras lenguas y nuestros labios. Y primeroestaremos llorando de hambre. Y primero nuestros ojosbrillarán como brilla el infierno. Y nunca habrá despuésporque cuando nuestros cuerpos se encuentren serásiempre primero antes de después. Ese nombre que me das ya lo conozco. Lo hegritado con hambre contra la pared de piedra del cuartodonde, si esto es vivir, vivo encerrada. Lo he sobadocontra mi cuerpo para no sentir más frío. Lo he usadopara revolcarme con tu recuerdo en el suelo. Lo hedicho cien veces con el deseo de que se gastara tunombre y apareciera tu cuerpo. Lo he repetido conpedidos de que no invadas mi vida. Lo he vuelto a usarpara rogarte que entres y para solicitarte que no entres,o para rogarte que salgas para que vuelvas a entrar. Y lorepito vencida cuando tú te declaras vencido, y tresveces repites mi nombre. Es cierto, ese es mi nombre, y ya sé cuál es eltuyo, y no sé por qué dices que no te recuerdo. Porfavor, claro que me acuerdo de que me llamaste elsábado. Y antes de que hables, te puedo decir algo más:era la segunda vez que me llamabas. La primera ocurriócuando te separaste de tu esposa, y fue cuando mepreguntaste cómo me parece a mí que es la soledad. Y
  • 82. 89fue entonces cuando yo no supe qué contestarte, y túescuchaste mi duda. Y fue también entonces cuando lacentral nos interrumpió para decir que habías dado conequivocación el número de tu tarjeta de crédito. Y fueese el momento en que dijiste que lo que pasaba era queel banco te había pasado de una tarjeta de plata a una deoro. Y allí fue cuando los de administración te pidierondisculpas. Y también fue cuando una voz grabada tedijo que tenías derecho a quince minutos de hot line conun quince por ciento de descuento. Y allí ocurriótambién que me impresionó tu manera de decir que esono te importaba, y que ordenabas que otra vez tepasaran con mi nombre, con mi soledad, con mipresencia, con mi voz, con mi vida. ¡Qué cosas dices, querido Xavier! ¡Te adviertoque no te creo! ¡Te advierto que no voy a creerte! Peroadmito que es cierto. Es cierto que me has llamadodurante dos horas la segunda vez, y que hoy vamos yapor las tres horas. Y es verdad también que ayer lla-maste a la central para que me llamaran, y no pudieronhallarme. Te ruego que me comprendas: es que mehallaba en la graduación de mi hija menor. No tienespor qué ponerte celoso. Ya te he contado que soy unadivorciada, solita, treintona y con dos hijas. ¡Qué cosastienes, Xavier querido! ¡Cómo! ¿Qué dices?... ¿Enamorado de mí? Perosi no me conoces. ¿Mi voz? Pero ¡qué tiene que ver mivoz con mi existencia! ¡Ay, por favor, no puede serverdad lo que me dices, Xavier de mi vida! Y, sinembargo, lo dices, y estás hablando más que yo, y sesupone que debería ser al contrario. Por favor, no tienesderecho a engatusarme. Sí, es verdad que tengo una voz
  • 83. 90pastosa, pero no te creo que ella te permita adivinar elresto de mí, mi cuerpo desnudo en el espacio transpa-rente. No, por favor, no hables más de esa forma por-que voy a terminar por creerte. Mira que voy a terminarcreyendo que para ti soy mucho más que una voz y unalínea telefónica y una tarjeta de crédito y una historiainventada porque soy un secreto que tú has descubierto,porque soy una muerta que tú has resucitado, porquesoy de verdad y porque soy la verdad de tu vida. Y además de eso, se te ocurre jurarme que no teimporta mi cuerpo si mi voz es pastosa, y que mi ayerno te importa porque te basta mi vida. Y no me dejashablar porque quieres mi silencio para poder escu-charme y porque necesitas mi silencio para poder to-carme. Y ahora nada más al levantar el teléfono, hascomenzado diciendo que te casarías conmigo si yotambién creyera en tu voz, si yo creyera en el milagro, siyo creyera a nuestras propias voces cuando proclamanque el amor existe, si yo te aceptara de inmediato comose acepta el aire y como se acepta la luz del sol, como seacepta la tarde y como se acepta el misterio, como seacepta la dicha y como se acepta la muerte. Y yo acepto, Xavier. Y ya no aguanto las ganasde decirte que te acepto como tú me aceptas, cuandome dices que me quieres sin que me hayas visto y queme aceptas como soy desde antes que yo fuera, desdeantes de esta vida, desde lo increado, desde la otramargen, desde siempre. Y te he creído cuando por el mismo teléfonome pediste que brindara por nuestro inicial encuentrotelefónico y por nuestro futuro encuentro en cuerpo yen alma y en vida perdurable y en carne y en resurrec-
  • 84. 91ción de la carne. Y te he dicho: salud, mi amor, cuandohiciste escuchar el tintineo de la copa de cristalchocando con el fono y cuando brindaste por nuestroamor en amor, en locura, en gravedad y en matrimonioinminente. Salud, salud mi amor. Y te creo cuando me apremias a que te revelemi nombre real, y otra vez me juras que no te importa siyo soy diferente de lo que te he contado, porque no teimporta mi cuerpo en el espacio sino el espacio de mivida. Y otra vez juras que no te interesa mi edad porquela edad solamente es un estado del espíritu, y que tuespíritu me presiente desde una vida anterior en la queno terminamos de hacernos el amor porque el amor notermina. Y por esa razón insistes en que me casecontigo o porque mi voz y mi vida son lo que teinteresa de mí para toda la vida como la sed, como elensueño, como el sudor, como el llanto, como elsilencio, como la sombra, como el olvido, como micarne blanquísima, como mis ojos cuando los cierropara renunciar a resistir para no resistirme a sabercuánto te quiero. ...¿Me escuchaste? El nombre que te acabo dedar es mi nombre de verdad, y si te lo digo en castellanoes porque esa es mi lengua de verdad, y no voy a decirque el nombre gringo me lo pusieron los de laadministración porque no quiero mentirte, porque melo puse yo mismo y porque aspiro a triunfar en este paístan diferente del mío. Y el color original de mi pelo noes un rubio luminoso, pero es un castaño que yo aclarotodos los días para que también brille bajo el sol de estecielo extranjero. ¿De veras? ¿De veras quieres saberalgo más? ¿De veras, mi vida, que no te importa?
  • 85. 92 Gracias, Xavier, por lo que acabas de decir y portu pedido de que deje a un lado los vestidos falsos.Gracias por insistir en tu declaración de amor y en tupetición de matrimonio. Gracias por hacerme ver que sinos vamos a ver esta misma noche, es absurdo quedisfrace mi verdadero aspecto. Te lo voy a decir y te lodigo ahora mismo, pero antes te digo que no sonsolamente los administradores de esta “línea caliente”los que me han obligado a cambiarme de cuerpo, ainundar de espacio, a trastornar la verdad, y a disimularel peso, la amplitud y la rotunda verdad de mi pecho, demi vientre y de la redonda sombra que me sigue. Es mi miedo, Xavier, y son los hombres. Unose llama Bill y el último se llama Antonio. Con Bill mecasé en mi país cuando él servía en los Cuerpos de Pazy tuvimos dos hijas. Cuando los Cuerpos de Paz tuvie-ron que dejar mi tierra, nos vinimos a los EstadosUnidos, y aquí me sentí mejor que allá porque adoro elprogreso, porque tiro para blanca aunque mi sangre seamestiza, porque no me gustan los indios ni los paísesatrasados y porque me había casado con Bill paramejorar la raza, aunque debido al amor nunca llegue adecírselo. Y por eso, desde que nacieron, tan sólo eninglés hablé con las chicas, y protegí sus sueños paraque la nostalgia de la otra patria no se les metiera, ycubrí los ojos de Bill con mis manos amorosas paradecirle: ¿Quién soy? ¿Sabes quién soy? ¿Lo adivinas?...No, mi amor, te equivocaste, ya no me llamo así. Ahoraya tengo un nombre en tu idioma. Y Bill abrió los ojos cuando retiré las manos, yno pudo creerme porque allí estaba yo, pero ya no erayo, y porque además mis lentes de contacto eran verdes
  • 86. 93y porque mi peinado rubio hacía centellas en la soledadde nuestra casa y porque desde ese momento midocumento de identidad proclamaba, para mí, un nuevonombre, el apellido anglosajón de Bill y la edad que yohabía tenido diez años antes cuando todavía eradiferente de como de veras soy. Y en ese momento,cuando retiré mis manos de sus ojos, no entendí deltodo cuando él me decía que ahora sí, de veras, estabaabriendo los ojos. Y hasta ahora no entiendo el motivo por el cual,a partir de entonces, mi marido se fue tornando frío yajeno, rápido y expeditivo, silencioso y ausente, como sicontinuara jugando todo el tiempo una partida deajedrez perdida hace un siglo, y un día cualquiera, a tresaños de vivir en California, levantó los ojos del tableropara declarar que nuestro matrimonio no funcionaba,que nosotros ya no éramos los mismos, y que ya habíahecho los arreglos para mudarse de casa, y cuándo yo lepregunté en inglés desde cuándo había dejado defuncionar nuestra unión, él me respondió en perfectoespañol: Adivina, querida, adivina. Antonio es el último hombre que ha entrado enmi vida. Nos encontramos en el aeropuerto de Limahace un año, y hacía veinte que no lo veía, y me alegróel encuentro porque me dijo que el tiempo no pasa pormí, a pesar de que soy mayor que él cuatro años, y mealegró también porque hace diez años de mi divorcio yno hay muchos hombres atractivos con quienes pasar elrato, pero el rato era breve porque yo estaba partiendode regreso a California y él reside en Lima, aunque yaestaba por venir a trabajar aquí, y justo a California.Entonces, me dio una tarjeta y un beso de despedida y
  • 87. 94repitió que los años no pasan, y yo me vine pensandoque la vida tampoco pasa, que mi destino acaso ya teníaun nombre, y quizás también un número de teléfono. Y una vez aquí me dije que la diferencia de edadera mínima y que la proximidad de origen era lo queimportaba, y pensé que sólo a un gringo tonto puedehaberle molestado que yo me quitara esa facha de latina,y llegué a estar segura de que Antonio se sentiría segurocon una mujer segura, maduro con una mujer madura ycapaz de incorporarse al mundo de acá con una, mujerque habla bien el inglés, que ha traducido a Ezra Poundy que tiene el pelo corto pero repartido en lonjasdoradas para hacer juego con un cuerpo generoso, conunos brazos abundantes y con una sombra rosada quese reparte en lonjas para llenar la calzada. Y lo llamé por teléfono al Perú y le dije que,cuando viniera, él y yo podríamos hacer una buenapareja, y él me respondió que ya hablaríamos cuandollegara, y yo entendí que su timidez le impedía hacer unadeclaración delirante y continué telefoneándole parahacerlo entrar en confianza, y nunca llegó la declaracióndelirante y un año entero lo llamé todas las noches,adivina conejito, quién te llama pajarito, hasta que llegóel día en que fui a esperarlo en el aeropuerto de SanFrancisco. No te preocupes porque todo está arreglado, ledije al recibirlo, y no tienes por qué ir al hotel porqueserás mi huésped, y no te impacientes por la privacidadporque he mandado a mis hijas de viaje a Europa, y encasa tan sólo estaremos los dos solos, al fin solos, todala vida solos, y sube tus maletas a mi carro porqueahora mismo te llevo hacia la soledad, pero no era del
  • 88. 95todo la soledad la que yo le iba a ofrecer, por lo menosno al comienzo porque yo había conversado con micírculo de amigos durante todo el año, y porque leshabía contado que Antonio traía consigo la declaraciónen regla, las buenas intenciones, el beso impecable, elaro de oro blanco, la rodilla en tierra y la petición dematrimonio, y ellos ya sabían la hora de la llegada, lasdos horas que se tardan para llegar hasta el pueblodonde vivo, y la hora que tardaríamos en arreglarnos ven desarreglarnos, en hablarnos y en callar. Y yo leshabía dicho antes que no estuvieran mucho rato porqueél llegaba cansado, pero que era conveniente que lehicieran la fiesta para incorporarlo a nuestro círculo yque brindaran con él por nuestra felicidad para que él secomprometiera ante los ojos de la sociedad, y son esosojos los que ahora pueden decir que así fue como fue. Y si así fue como fue, no entiendo hasta ahorasus ojos asombrados ni su silencio empecinado ni sumirada que nos recorría a mis amigos y a mí, comoquien está viendo en el cine una historia de Kafka conpersonajes de Fellini, cuando vio el letrero debienvenido el novio y que vivan los futuros cónyuges. Ysi así fue como fue, no entendí su pedido de quehabláramos después de que se hubiera ido la gente ni suafán de hacerme entender que la historia de nuestroamor era tan sólo mi invento. Y si así fue como fue, nohe de comprender jamás por qué Antonio no aceptó misugerencia de que descansara un poco porque estaba unpoco confundido, y tampoco hizo gran caso de mipropuesta de vivir juntos hasta que poco a poco nuestraunión se hiciera sólida, y un día fuéramos uno en latierra y en el cielo, en esta vida y en la vida venidera, porlos siglos de los siglos.
  • 89. 96 No entiendo por qué me falló Antonio despuésde un año de llamarlo a larga distancia y de una vida dehaberlo estado esperando. Nomás, al día siguiente dehaber llegado, me dijo que debía irse de nuevo a SanFrancisco porque su trabajo lo estaba esperando, y queme agradecía por el recibimiento pero que no creíamerecer la fiesta de novios ni la amistad de mis amigos,y que me estaba reconocido por mi lecho pero queprefería dormir en la sala, y que me agradecía por mivida pero que él no había venido a llevársela, y por micuerpo pero que prefería no tocarlo, y que me agradecíapor el jamón pero que no tomaría desayuno y que meestaba reconocido por el jamón, por mi vientre, por misfrutas, por los melones gigantescos, pero que estaba dedieta y no aceptaba el amor su corazón perezoso. Es Antonio y es Bill. Son los hombres,Xaviercito querido, los que me han obligado a disfrazarmi vientre que es hermoso como un mundo, paraaparentar una cintura breve y negar los kilos, loscentímetros y todo el peso de mi amor para declararpor teléfono la levedad injusta de esos cuerpos demuñeca que se pueden ir flotando por el aire. Y teagradezco a ti que me hayas llamado a tu vida porqueeso me permite liberarme de este corsé y aflojarme lasmallas y desceñirme los cinturones de la rigidez y delmiedo, y saber que soy bella por las cosas que digo yporque los hombres sensatos como tú prefieren unamujer como yo, hermosa por abundante, rubia aunquesea de mentiras y a la vez racional y perfecta para viviren este mundo en vez de esas sirenas locas de vocescon voces de olor de almeja, de besos con gusto aresurrección y de ojos oscuros como la perdicióneterna.
  • 90. 97 Y no te vas a arrepentir, Xavier de mi vida.Nunca tendrás tiempo de hacerlo porque mi cuerpo ymi vida te rodearán todo el tiempo, y será nuestro unsitio en la sociedad norteamericana, y tuya será siempreuna manzana golosa que devorarás todo el tiempoaunque el tiempo se haya estado pasando de frentemientras conversábamos, y ya casi no tengo tiempo deprepararme para la cita de esta noche que te propongoque sea a las ocho en punto en un restaurante de la calleBroadway. ¿Tienes papel y lápiz para que apuntes ladirección?... Está bien, supongo que has ido a buscarlos. Y ya verás cómo verás a esta mujer que sólo hasentido el calor de la luna, y que te ha esperado sola enuna playa dolorosa y en una cama caliente, y si quieres,podremos bromear juntos con eso de que soy rubia ydelgada, y mis piernas son largas y lánguidas y el colorde mi cuerpo se parece al color de mi vida y mi voz esun gemido que pronuncia tu nombre todo el tiempo,pero ya no nos queda tiempo. Te he preguntado sitienes papel y lápiz para que sepas el lugar donde vamosa encontrarnos. Y te pregunto de nuevo: ¿te has ido aotro planeta a buscarlos? ¿Tienes lápiz y papel? ¿Porqué no me respondes?
  • 91. Claudia en el mundo Una de estas noches va a dibujarse en el umbralde mi puerta la silueta delgada y silenciosa de unhombre que no pronunciará palabra alguna porque noserá necesario y porque no habrá siquiera saludos. Ni élni yo llegaremos a saber nunca cómo se llama el otro nia calcular el tamaño de la tristeza porque, rápido, comosi calzara los zapatos de la muerte, ese hombre se irácon Claudia. Alto, como de la talla de la muerte, y mássigiloso que la alameda que conduce hasta mi casa, estehombre esta caminando desde hace años hacia mi vidapara anunciarme el fin de mi vida con Claudia y acasotambién el fin del mundo. Despacioso y preciso,atravesará la alameda y luego el breve jardín para,después, sin mirar la ventana y sin tocar la puerta,aparecer frente a nosotros y decir, sin decirlo, que havenido por Claudia. Por eso es que si llegamos amirarnos lo haremos de la misma forma como se mira alos ausentes. Lo sé porque Claudia me lo ha anunciado desdeque empezó nuestra historia. O más bien, desde quecomenzó a comenzar y también a terminar. Ella entrórepentinamente en mi vida a las once horas y treinta ycinco minutos de hace bastante tiempo más veintinuevedías con siete horas y cuarenta y cinco minutos; todaella, con su mirada lejana, sus ojos azules y sus dientesde conejo, miró su reloj, y quizás supuso que ya erahora de iniciar nuestra relación y me dio un beso para
  • 92. 99después asegurar que me amaba pero que no meamaba. O mejor dicho que me quería pero que noestaba enamorada de mí. Y me anunció a ese hombreque un día de estos empujará la puerta y, en dos pasos,estará frente a mi puerta. Claudia me explicó, al día siguiente de comenzarnuestra historia, que yo no debía pensar en un romanceeterno. Su figura tendría que desvanecerse, y el finalhabría de ser como el comienzo: sucinto. Amaba, medijo, a un ser imposible, y ese imposible no era yo;además, lo amaba desde siempre, acaso sin necesidad deconocerlo. Y yo acepté la explicación como quien acepta,sin condiciones ni pactos previos, la vida o el sol, el solo la muerte. Por todo esto, no podía amarme sino intensa yraramente. Como tampoco había podido amar a sudifunto marido. A él también se lo había advertido. Ysupongo que José María anduvo esperando la llegada deaquel que siempre se hizo esperar, y cuyos pasosacercándose creyó sentir toda la vida junto a lainterminable imagen de la puerta que se abre. Algunavez estuvo seguro de haberlo escuchado llegar y le dijoa Claudia que no permitiría el ingreso del fantasma. Ellasonreiría. Quizás comenzó a despreciarlo. Quién sabe. Una mañana, José María tuvo la certeza dehaber escuchado una voz y un timbrazo, y quisoadelantarse. Corrió hacia la puerta antes que Claudia.Recordó el discurso que había esbozado durante lospacientes años de su matrimonio y de su amor. Buscó lapalabra con la que debía comenzar, pero no llegó
  • 93. 100siquiera a decirla. Antes de que abriera la puerta, alguienentró en su casa. Pero no era el desconocido: era lamuerte. Tan alta como aquel, José María la habíaconfundido. Quiso decirle: “Llega usted a destiempo.Mi mujer ya lo ha olvidado”, o “Usted nunca existiópara ella”. Pero no se encontró con el intruso sino conuna sonrisa maravillosa que a todos nos vendrá abuscar: era la muerte, y se fue con José María. –Tú sabes que no estoy hablando de la muerte,sino del amor. Quise recordarle que daba lo mismo, pero no selo dije. Y Claudia insistió en que deberíamos separarnoscuanto antes, a menos que me resignara a esperar conella el tiempo en que los pasos del desconocidoavanzaran hasta nuestra puerta. Tal vez ella estaba equivocada: no fue porresignación que acepté esa relación crepuscular yviolenta. Lo hice porque la primavera y la tierra ensombras tienen la misma raíz al igual que el amor y laseparación que nos estaba predestinada. También formaba parte del destino nuestroencuentro, con posibilidades de desarrollo que hasta esemomento desconocíamos, un destino urdido concuidado desde el comienzo de los tiempos, acaso desdeantes que esos pasos comenzaran a encaminarse haciala casa. –Todavía te quiero –le dije en diversas épocasde nuestra vida en común–. Y no me importa eldesconocido: él no viene por mí. Sé que es inútil ponerestorbos en su camino porque, de todas formas, va a
  • 94. 101llegar, pero mientras tanto y también después demientras tanto, te amo. Puede ser que ella respondiera: –Creo que amé a José María porque estuvotodo el tiempo mirando hacia la puerta; en cierta forma,me ayudó a esperar. A ti no podré amarte porque notemes. Te aborrezco porque no te importa que él lleguealguna vez. Y porque a pesar de todo lo que te heanunciado, te empecinas en quererme y trastornas elorden natural de las cosas. –No reconozco en mí un poder tan mágico –ledije, o tal vez lo pensé, ya no recuerdo. Ella no advertía cuánto me interesaba esa formasuya de asumir el amor como un problema, una virtudo un vicio individual en el que no importa si elaguardado camina o no hacia nuestra puerta: importasolamente esperar; amar inclusive la ausencia, eldesamor. No se lo dije nunca, pero Claudia adivinó loque yo estaba pensando. –De acuerdo –dijo– pero cuando ese hombrellegue, me levantaré y avanzaré hacia él. Entre nosotros,no habrá despedida porque no podría mirarte. Creo que retuve las ganas de gritar o de llamar aldesconocido para que viniera de una vez. Busqué den-tro de mí la clave de un precario equilibrio. Lotranquilizante del equilibrio es que dos que se estánmirando, siguen mirándose y juegan a no mover losojos y nada se mueve. Lo abrumador es que basta unsoplo para que todo se mueva.
  • 95. 102 O, en vez de un soplo, la llegada de alguien. Yosabía que ella caminaría hacia aquel sin volver la vista yque yo no le insinuaría que lo hiciera: no fuera aconvertirse en una estatua de sal. De todas formas, Claudia y yo nos despedimosen un aeropuerto para un viaje que no sabía si me iba adurar diez días o diez años. Tan sólo una carta de ellapodía interrumpir mis vuelos y navegaciones, una cartaque declarara la inexistencia del fantasma o la fragilidadde su invento. Una carta que inventara otra vez la luna y queme preguntara: “¿Puedes ver la luna?”, para que yopudiera responder: “No la veo, pero acaso puedo ver suausencia”. Pero la carta no llegó jamás, y seguínavegando hacia una luna negra. Por eso caminé comoborrando historias: ya que no podía clausurar el ciclo deClaudia, clausuraría mi pasado, me despojaría de todoslos recuerdos anteriores. Cuando las palabras son raras, raramente segastan en vano. Por eso no se gastaron durante mi viajey no llegué a explicarle a nadie la única escena con laque mi patria lejana me perseguía: esa forma absurda deamar. Y nadie me pidió explicaciones, me dejarontranquilo con mi recuerdo: un hombre y una mujeresperando la llegada de un desconocido tan alto comola muerte. Me dejaron tranquilo y mirando fijamentehacia donde debe estar el mar, como lo hacen siemprelos animales heridos. Llegué de regreso a Lima una madrugada deverano no sé cuánto tiempo, pero bastante después de
  • 96. 103haber partido hacia Canadá en un viaje queevidentemente se prolongó. Pero no he vuelto al Perú para buscarla. Ya noes necesario ni posible. Además, aunque lo intentara,toda búsqueda sería inútil. El vaho de un veranoparticularmente caluroso envuelve los edificios, y losparques parecen haber dejado de existir. Toda Lima consus monumentos y su gente están como suspendidos enel aire a un poco más de un metro de altura y losvehículos transitan sobre una delgada y verdosa cinta deasfalto a la velocidad en que suelen verse los filmes decámara lenta. El efluvio de una corriente marina ha desatadoesta ola de calor y este sabor de fin del mundo. Me hepaseado como un autómata por los lugares, acaso ahorainexistentes, donde ella alguna vez irrumpió en mi vidacon su mirada lenta, sus ojos azules y sus dientes deconejo para anunciar el inicio de un sentimiento quenunca me abandonaría: como una suerte de nuevadimensión de mí mismo. Ella y yo somos ahora dos seres invisibles:quizás comenzamos a desaparecer el uno para el otrodesde el mismo día en que comenzó nuestra relación.Quizás ese día, cuando me miraba para decirme que mequería pero que no me quería, yo le pedí que siempreme estuviera mirando, aun cuando yo fuera un ausente:Mírame siempre. Mírame porque estoy desapareciendo, mírameporque algún día seré el aire, mírame porque el aire ocupará undía la forma de mi cuerpo. ¿Cómo vivir ahora? Ahora que es aire Claudia, yaires de ayer un jadear y unos sollozos que en noches
  • 97. 104antiguas le pertenecieron, así como una explosión deplenitud y de santidad que fueron mías cuando nuestravida en común todavía no se había desvanecido. ¿Cómovivir ahora? Ahora que sólo somos un par de miradasausentes y el aire ocupa el lugar que ayer ocuparon labatalla inicial y la final serenidad de nuestros cuerpos. Me alojé en un hotel y no intenté siquiera dar unvistazo a la casa donde antes vivimos juntos. Sin planes,vagabundeé un poco por esta ciudad que emergía, ya lohe dicho, de un vaho infernal y de un triste fin delmundo. En algunos pueblos del norte del Perú, cuandoun extraño cruza la aldea y, de noche, se detiene frente aalguna posada, le preguntan: “¿Eres de esta comarca ode la otra?”, o también, “¿A qué vida perteneces?”. Sime lo hubieran preguntado, yo no habría sabidoresponder. Y esta noche, a diez días de mi arribo, supongoque tomaré nuevamente un avión, pues ya nada tengoque hacer aquí. ¿Por qué se me ha ocurrido, sinembargo, encaminarme, por la avenida que conduce ami antigua casa?, ¿y por qué imagino que estoycaminando hacia ella desde hace años? Atravieso laalameda y después el breve jardín para luego, sin mirarpor la ventana, detenerme frente a la puerta. Que, porcierto, se abre, sin que yo dé un timbrazo. Y aquí estoy,de nuevo dibujándome en el umbral de mi casa,silencioso y preciso como una silueta. Y mientras mevoy dibujando ya dentro de casa, Claudia que estásentada frente a mí no hace el menor gesto de asombro.Parece que hubiera estado allí esperándome toda lavida.
  • 98. 105 Se levanta para ir hacia mi encuentro y, antes debesarme, mira su reloj, como si fuera el reloj del señorconejo en el País de las Maravillas, sonríe mientras haceun gesto reprobatorio como si me dijera “has tardadoun poco”. Y viene hacia mí, y otra vez mis brazospertenecen a su cuerpo, y mi vida a su mirada lenta, susojos azules y sus dientes de conejo.
  • 99. La duración de la eternidad Siempre he querido saber cuál es la duración dela eternidad, y eso es lo que me preguntaba cuandosolamente me faltaban dos señoras y un interminablepelirrojo para llegar hasta la cajera del Safeway, elsupermercado, pero en ese momento sentí contra elmío el impacto del carrito de compras que venía detrás. “Siempre he querido saber cuál es la duraciónde la eternidad y es lo que me pregunto ahora al saberque no nos veremos más en esta vida”. Eso era lo queSimón le había dicho a Amparo en el capítulo delviernes pasado, no se me ocurría qué escribir paracontinuar la historia. Mientras me inclinaba a recogertodas las manzanas que habían salido disparadas por elchoque, pensé que tal vez nunca sabría la respuesta. Y también me pregunté si los autores detelenovelas como yo, podríamos aspirar al Paraísodespués de haber condenado tantas ficticias vidashumanas a un interminable sufrir tan sólo interrumpidopor un breve y resbaloso final feliz. Pero no podíaseguir pensando en eso porque tenía que hacer frente alproblema de recoger todas mis compras regadas por elsuelo luego del choque accidental del carrito trasero. La dueña de aquel era una dama de edadindistinguible, estaba vestida toda de lila, era dueña deun paraguas de ese color y todavía no había hechoningún ademán de pedir disculpas. Para ahorrárselas, encuanto estuve de pie, le dirigí una sonrisa comprensiva
  • 100. 107cuyo significado era que a todos nos puede pasar lomismo. Pero ella no dio muestra de ningúnarrepentimiento, y más bien siguió inexpresiva eincomprensible como una antigua fotografía en blancoy negro. Sólo hubo un momento en que levantó losojos para tal vez mirarme, y durante el tiempo que lossostuvo sobre mí sentí como si una luz muy lejana seestuviera internando en mi cuerpo y en mi vida. Por fin, su mirada terminó de pasar a través demí sin que ella me dirigiera una sola palabra, y yo quiseimaginarme que no se había dado cuenta de nada de loocurrido, y volví a mi lugar en la cola en la quesolamente faltaba el pelirrojo alto quien había resultadoser fanático del yogurt y consumidor voraz de alimentosorgánicos pobres en colesterol, en sodio y en otrasalegrías de la vida. La máquina registradora del supermercado erasumamente indiscreta. Bastaba con que la cajera aplicarael sensor sobre una betarraga, una zanahoria o unacrema de afeitar fabricada con sábila, para que unacomputadora indicara a todo el mundo, además delprecio del producto, la cantidad de grasa que esehombre iba a consumir, los carbohidratos que estabacargando, las calorías, el potasio, la fibra y otros detallesreveladores de lo que ingresaba diariamente en elorganismo. El resultado de todo aquello era uncuarentón bastante feo y probablemente dedicado aasuntos de iglesia, pero dueño de una sonrisa confiadaque invitaba a toda la gente a probar las excelencias dela comida vegetariana.
  • 101. 108 Cuando llegué hasta la cajera y le respondí a suscortesías mecánicamente asegurándole que estaba bien,gracias, y que sí, el día había sido bonito, mis ojosasombrados no podían separarse del resplandor verdeque emitía el sensor de la caja registradora, y mepreguntaba si después, en sobrias letras de cómputo, serevelarían la espesura de mis pensamientos y ladimensión de mis cotidianas preguntas sobre el alma, elcielo y la fatalidad del amor. Pero no tuve tiempo de saberlo porque unnuevo golpe del coche trasero contra el mío me sacó dela contemplación. Esta vez, era claro que se trataba deuna acción consciente y adrede porque sorprendí a ladama en el momento en que regresaba el carro hacia suposición inicial luego de haber empujado al mío. Comola vez anterior, no me pidió disculpas sino que más bienme lanzó una mirada que aceptaba la culpa pero conaire de desafío. Entonces la quedé mirando, interesado porsaber si a lo mejor nos conocíamos y ella me estabajugando una broma, o si ella era una personadesequilibrada que había amanecido dispuesta aembestir contra el mundo, pero no se trataba de lo unoni de lo otro. No me parecía haberla visto nunca, y porotro lado su ropa como sus compras guardaban elorden riguroso de una mujer a la cual no se sueleconsiderar una lunática, por lo tanto esperé queempezara a disculparse, pero en vez de hacerlo, ellalanzó sobre mí el resplandor helado de su mirada, unresplandor que ya me resultaba imposible tolerar. En vista de eso quise creer que se trataba dealguna de mis sufridas telespectadoras. Una de las
  • 102. 109consecuencias de escribir guiones para las novelas de latelevisión en español es que recibo diariamentecentenares de cartas, algunas suplicantes, otrasamenazadoras, para que cambie la suerte de losprotagonistas. Pero tampoco podía tratarse de aquello:los escritores somos seres invisibles. Se puede conocerde inmediato a los actores, pero ni siquiera se conoce elrostro de quienes los han creado. How are you doing today? How are you doing today?, lacajera insistía en saber cómo me estaba yendo, y yo noterminaba de decirle que bien y que gracias, perotodavía no había puesto frente a ella lo que estabacomprando, y además no había terminado de recogerlas manzanas, y no sabía qué iba a hacer, pero la jovenfue simpática y me permitió, sin apremio alguno, quesiguiera poniendo todas mis compras enfrente de la cajaregistradora. Anything else? Y fue tan amable como parapreguntarme si quería comprar algo más a pesar de queyo todavía no le había mostrado lo que quería comprar,y de que me faltaba recoger del suelo algunas de lasmanzanas que habían volado con el impacto delchoque. Cuando estaba por pedirle que me esperara unmomento, la dama se me acercó. “Yo te he conocido antes”, me dijo. Quise pasar junto a la cajera como si nadaestuviera ocurriendo, pero eso no era posible porque nisiquiera podía levantar una manzana cuando ya seestaba escuchando de nuevo esa voz.
  • 103. 110 “Yo te he conocido antes”, insistió en uncastellano en el que resultaba imposible precisar elacento. “Yo te he conocido antes”. Entonces me decidí a enfrentarla y la miré defrente. Le dije que así era en verdad o que posiblementeasí era, que a mí también me sonaba pero no sabía quéme sonaba, ni de dónde me llegaba el recuerdo de surostro, y añadí que, de todos modos, un encuentroentre conocidos no tenía por qué ser tan chocante, yque me había dado mucho gusto volverla a ver, perotenía cierta prisa y que esperaba tener alguna otraoportunidad para hablar sobre nuestros comunesrecuerdos. Se lo dije a sabiendas de que no la recordabaen absoluto, pero con el ánimo de borrarla cuanto antesde mi camino. “Tú crees que no lo sabes, pero en el fondosabes que me has visto. Lo que no sabes es dónde fue,pero muy pronto te lo voy a decir”. No podía esperar a que me lo dijera, y noquería. No sé si alcancé a levantar todas las manzanas,ni a cuánto ascendió la cuenta, ni qué fue lo que compréporque todos mis actos desde ese momento fuerontornándose inconscientes. La cajera me dijo queesperaba verme otra vez al tiempo que me entregabauna bolsa de papel con mis compras. Entonces, yoaceleré mi salida de la tienda. Wait a moment, please. Dont forget your bag!, gritabala cajera. A su lado una voz inconmovible aseguró: “Quieres irte, pero no te irás”.
  • 104. 111 Lo decía absolutamente confiada, y se meantojó que aquel era el tono de voz con el que todoshablaremos al final de los tiempos. “Tú sabes que nos hemos visto en la otra vida”. Creo que añadió “... en la otra vida” y la frase sedeslizó por el aire, o se quedó allí suspendida como sihubiera llegado del fondo del tiempo o como si acabarade ser dicha en el cielo. “Tú lo sabes”. No hice caso a la cajera, y abandoné mis cosas yla tienda a toda prisa. Tenía que llegar hasta mi carrocuanto antes, y debía aprovechar el tiempo que laextraña mujer tardara en pagar por su compra que habíasido abundante, y así fue: no me tomó más de unossegundos hacerlo, y además, encontré inmediatamentelas llaves en mi bolsillo derecho, así que tan sólo mefaltaba abrir la puerta del conductor para culminar miescape. Mientras lo hacía, calculé que la dama vestida delila se tardaría por lo menos unos largos cinco minutosen esperar que la cajera hiciera la cuenta y después enhacer el cheque y pagar porque tenía el coche repleto,de modo que llevaba todo ese tiempo como ventaja.Aliviado, abrí la puerta de mi auto con más paciencia, ycomencé a pensar en la relatividad del tiempo, y encómo es posible desenvolver un segundo e irlocolmando de reflexiones y recuerdos hasta tornarloinfinito.
  • 105. 112 Ya tenía la llave en el arranque, y pensé quedebía hacerla girar con suavidad, ya que antes de unminuto estaría alejándome de la mujer que recordabahaberme conocido antes. Dentro de un minuto ya notendría de qué preocuparme, sino tan sólo de misreflexiones y de mis recuerdos. Entonces volví a miobsesión cotidiana: no sabía cómo darle desenlace a lanovela que escribo actualmente. En la pantalla, llevadiez meses que, sin embargo, representan unosveinticinco años de vida real. Se trata de una pareja deenamorados que viven un amor imposible. La primera vez que se ven, ella tiene quinceaños y él, veinticinco. No se les permite amarse por unimpedimento imputado por él. Se ven por segunda vezcuando ya han pasado veinticinco años, y ahora laimpedida es ella pero se aman como si únicamentehubieran nacido para eso. A gritos se escuchan y sehuelen a pesar de que se encuentran distantes y habitanciudades lejanas e incomprensibles, y mientras vapasando el tiempo se miran con los ojos de los que sehan perdido en el mar. Hice girar la llave ciento ochenta grados a laderecha y sonó un clic. Ella le dice a él que lo ama y queno van a tener que esperar otros veinticinco años paraser felices, pero una semana después se arrepiente. Sonóel clic, pero el auto no arrancó. Él le dice a ella quevenga pronto con él, que deben romper cuanto antescon ese círculo encantado. Y ella acepta. Eso fue el mespasado. Definitivamente, esa no era la llave: la habíaconfundido con la de la puerta. Por fin introduje la llavecorrecta y, mientras la hacía girar, me pregunté si nohabría sido bueno recoger mi bolsa ya que había pagado
  • 106. 113la cuenta, e incluso ayudar a la dama que suponíahaberme visto. En ese momento, el motor arrancó. La semana pasada, cuando la historia estaba apunto de agotarse, ella lo llamó por teléfono paradecirle que debían olvidarse del amor otra vez, y unaviso comercial interrumpió sus vidas. Un día después,él porfía que venga de una vez y le pide que caminenpara siempre juntos de espalda a la muerte. Pero ellainsiste en que lamentablemente debe renunciar porotros veinticinco años a su felicidad. Él le responde quela próxima vez será en la otra vida, y ella le jura queseguirá amándolo. No se sabe si hablan por teléfono o si puedenescucharse a través de las distancias, el tiempo, lasmontañas y las aves como dos animales enfermos deamor. Pero lamentablemente mientras se hablan ya seestá cumpliendo el tiempo que se les ha concedidocomo segunda oportunidad para encontrarse. “Yo te he visto, y tú sabes dónde”. Pensé, que toda la vida me la había pasadoescribiendo historias de amores desdichados, y que meiba a resultar imposible encontrar otro desenlace paraeste. Me dije que a lo mejor lo imposible era parteinherente de mi destino y una manera de ser de lacondición humana y, sin un final maravilloso para“Amparo, Amparo”, se me ocurrió pensar que en estosmomentos la tienda Safeway, las casas de enfrente, losárboles, América, el mundo y los astros sigilosos, todose había comenzado a reducir y pronto no tendríamayor dimensión que la de unas manzanas tiradas porel suelo o desparramadas en la aurora.
  • 107. 114 Entonces supuse que no habría final feliz para lahistoria, y que el desenlace solamente tenía dosopciones: la primera consistía en suponer que él y ella sevolvieran a encontrar en la otra vida, aunque tal vez allíno se reconocieran; la otra opción es más triste, peroacaso más real: en vez de encontrarse con Amparo, élse encuentra con la muerte y se va con ella hacia el paísde nunca jamás. Y esto tendría que ocurrir porque loshombres estamos hechos de fe y de tristeza, pero latristeza es más densa. Entonces comencé a entender que la duraciónde la eternidad es el amor, y pensé que sería una buenaidea escribir o leer un cuento para congelar el tiempo yencontrarnos en la eternidad. Oprimí suavemente el acelerador y, mientras elauto iniciaba la marcha, decidí olvidar aquella historia y,para lograrlo, decidí que en la novela, el planeta tendríaque detenerse, lo que giraría sería la muerte, y asíaprenderíamos a esperarla y a aceptar maravillados sumano cuando viniera a recogernos. Ya estaba lejos de latienda cuando me pregunté otra vez cuál sería laduración de la eternidad y me di cuenta de que ya losabía. De soslayo vi a mi lado un paquete repleto decompras hechas en el Safeway junto con un paraguas decolor lila. No eran míos. Del asiento de atrás comenzó aescucharse una voz distante: “Conduce derecho por esta calle y, por favor, davuelta a la derecha cuando lleguemos al Kentucky. Túsabes que yo te he visto antes y también sabes a dóndevamos”.
  • 108. 115
  • 109. Esta carta se contesta en el cielo Como te iba diciendo, la carta estaba cerrada, ysiempre había estado así. La descubrí cuando era niño, yrecuerdo que se hallaba sobre la cómoda, en la casa demis abuelos. Año tras año, palideció, enrojeció desúbito, se tornó morada y, por fin, se fue perdiendo enotros colores viejos hasta adquirir este definitivo ymemorable ámbar que también es el color de las cartasque contienen amores sin remedio. Muchas veces, durante mi adolescencia, laexaminé y, todo el tiempo, comprobé que nunca hablasido abierta. Mi abuela me cambió la conversacióncuando le pregunté por ella, y mis tías no me quisierondar razón sobre su contenido. “Ten cuidado con las cartas porque hay algunasque se contestan en el cielo”, me advirtió mi tía Isela. Por su parte, mi madre me recomendó que nome metiera en cosas de antes porque podía agarrarmeun mal viento o un soplo de antes, o de antes de antes. Si aquel sobre ocultaba algún secreto de familia,lo normal habría sido que mis parientes lo guardaran enla caja de caudales o se deshicieran de él. El hecho deque lo conservaran intacto y en un lugar tan visiblehacía nacer un misterio al que acaso se rendía un cultodoloroso y secreto. Eso es lo que recuerdo de entonces. No sé si tehe contado que cuando murió mi abuela, una tíamodernizadora puso de cabeza la casa familiar, pero lacarta no se perdió sino que, de alguna manera, fue a
  • 110. 117parar junto a una espada toledana, el retrato delbisabuelo y el supuesto escudo de la familia, dentro deuna biblioteca cuyas puertas siempre estaban cerradascon llave. Unos diez años más tarde, quizás más, quizásmenos, abrieron la vitrina para limpiar los libros y,como la carta se cayera al suelo, la metieron dentro deun ejemplar de La divina comedia. Fue entonces cuandosupe que la misteriosa misiva algún día llegaría a mismanos: espere que primero pasara el olvido sobre ella, ytodavía más años después, abrí la biblioteca, saqué ellibro delante de mis tías y, mientras recitaba lainscripción que hallara Dante en la puerta del infierno,dejé que la carta se deslizara hacia mi bolsillo, y mequedé con ella. Por supuesto que no la abrí, y esa es la carta queviste, María Elena, una vez sobre mi mesa de trabajo.Recuerdo tu asombro al advertir que nunca había sidoabierta, así como al conocer la antigüedad de lasestampillas peruanas y al enterarte del lugar y la fechaque marcaba el sello de recepción: París, 13 denoviembre de 1936. El destinatario era José María, untío que yo nunca conocí porque había fallecidobastantes años antes de mi nacimiento. En la letra se revelaba la nerviosa feminidad deuna autora que había preferido firmar con las inicialesMAZ. El correr de sesenta años había dejado aldescubierto que la decisión original de aquella habíasido identificarse como remitente con su primernombre, acaso María. ¿María?... Sí, quedemos en quefue María, una María llena de miedos que, acaso al llegaral correo, arrepentida de haber puesto su nombre real,
  • 111. 118lo borró y prefirió sobreponer sus iniciales sobre lashuellas del nombre más bello del mundo. Pero lo había hecho con un segundo lápiz que,mucho tiempo después, al evaporarse, borró las inicialese hizo emerger otra vez aquel nombre cuya caligrafíame permitiría prefigurar una María bonita, indecisa yasustada, acaso con los ojos brillantes, como si siemprehubiera estado buscando en la ventana el brillo de algúnamor imposible. Imaginé su mirada y su cabello largo, y sentíque, en el correr indolente de su pluma sobre el papelamarillento, había tratado de disimular una lejaníapermanente o tal vez una permanente esperanza, ypensé que esta era una entre las muchas cartas quehabía sido el lenguaje y la única comunicación entreMaría y José María. Se me ocurrió que la remitente y eldestinatario padecían de algún amor difícil, que habíansido separados primero por algún incomprensibledestino y después por una geografía torpe, pero quecon el tiempo, ella y él se habían convertido en papelesque el correo llevaba una y otra vez a dar la vuelta almundo desde el corazón más salvaje de la América, enalguna triste ciudad de los Andes, hasta la capital delmundo, luego de haber atravesado el Atlántico. No sé si me vas a creer, pero todo lo heimaginado. Imaginé a María sentada junto a unescritorio duro y oscuro, por lo tanto de ébano; la viluciendo una blusa de seda negra; la adiviné yendo hastala puerta para verificar si estaba herméticamentecerrada. La soñé empuñando la pluma una y otra vezsobre un papel en blanco y, por fin, la vi mirar al cielo
  • 112. 119como quien busca ideas y tan sólo encuentra ángeles yanimales azules, o quizás lágrimas. Y después de verla así, me pregunté de quién seescondía en el momento de escribir la carta. Y se meocurrió que de un padre vigilante y receloso, quien talvez le había aconsejado que terminara su relación con elausente porque solamente un temperamento bohemio einconstante es presumible en el tipo de los hombresque viven en París. O quizás cumplía, en contra de suvoluntad, las órdenes paternas y le estaba escribiendo aliluminado de la Ciudad Luz que su relación terminaba,pero no para siempre, porque habría de continuarsecuando ambos renacieran en una encarnación diferente. Y, a lo mejor, le estaba pidiendo que por favor,conservara el mismo rostro en la otra vida o quizás,asumiendo un optimismo repentino, le decía que detodas maneras allí, en el otro tiempo que les tocara vivir,habría de reconocerlo, y él a ella, porque todosconservamos para siempre la misma sombra y la mismatristeza que nos fueron dados el día primero de lafundación del universo. Conforme fueron pasando los años sobre lacarta cerrada, mi conjetura resultó modificada poralgunos descubrimientos ulteriores. Me enteré de que eldestinatario, mi tío José María, había vivido en Franciapor espacio de quince años, y había vuelto al Perú sola-mente una vez, en 1936, el mismo año en que estabaescrita la carta, y también el año de su desaparición enEspaña. Eso cambió la conjetura. Pensé que quince añosde separación eran bastante tiempo como para que
  • 113. 120María, en vez de la quinceañera antes imaginada, fueramás bien una mujer casada, y así la vi, mayor que antes,más atractiva, más triste, escribiendo de prisa como si elcorazón se le estuviera yendo, y mirando hacia todos loslados, sobre todo mirando asustada hacia el tiempo enque había unido su vida a la de un hombremisteriosamente vulgar ¿Por qué y con quién se habíacasado ella? Nada en el sobre podía ayudarme asuponerlo. Se me ocurrió pensar que, por su parte, elmarido lo había hecho para ocultar alguna tristeanomalía de la conducta y que, acaso, cuando ellaadvirtió que su marido no era aquel que ella habíacreído, o tal vez era lo que ella no había creído quefuera, decidió separarse pero ya era tarde porque, paralas leyes peruanas, si uno de los cónyuges se opone aldivorcio, el matrimonio es eterno. O quizás me equivocaba y lo único cierto eraque ella había escogido como esposo a ese tipo dehombre para no olvidar jamás al ausente e imposibleJosé María. Y se me ocurrió imaginar a María declarándoleal marido su desamor. Pensé que se lo había confesadoun día sábado por la tarde, y vi cómo sus palabrasrebotaban contra la espalda de un hombre que preferíacomo siempre, la siesta a la vida conyugal. La imaginédiciéndole que nunca lo había querido o que en todocaso el amor se le había gastado por falta de uso. Laescuché asegurándole que había que terminar sin ruidosni estridencias, que por su parte no deseaba compartirlos bienes conyugales y que, en consecuencia, él bienpodría quedarse con todo porque lo único que a ella leimportaba era su libertad.
  • 114. 121 Y no necesité conjeturar demasiado paraadivinar lo que posiblemente el hombre habíarespondido: “Mírate las manos y mira las mías, y piensacómo se van a ver juntas, las unas con las otras, horatras hora y día tras día, porque envejeceremos juntos yporque vamos a entrar en el valle de la muerte, tomadosde la mano”. “Y vuelve a mirar mis manos para que sepasque ellas nunca van a firmar el mutuo disenso, y biensabes que sin mi firma no hay divorcio, no hayseparación, no se rompe la santidad de la familia. Yvuelve a mirar tus manos, y piensa cómo van a sercuando sólo sean huesos y arena porque, desengáñate,moriremos juntos”. “Y mírame a los ojos para que me reconozcascuando pertenezca al barro, porque nos enterraránjuntos y vamos a ser dos rostros de arena que se van aestar mirando para siempre, o unas manos de barro quevan a deshacerse juntas, junto a dos anillos de oro, añotras año, por los siglos de los siglos en la tierra que notiene fin”. La pensé mirándose las manos y rebelándosecontra el tiempo y la muerte. Se me ocurrió que tomabauna pluma e iniciaba un intercambio de cartas mágico, ya veces doloroso, con José María, un diálogo al amparode barcos oscuros y travesías lentas por un mar sin fin,y razoné que, al pasar de los años, en una carta escritacon tinta azul oscura, color del océano Atlántico, elhombre que vivía en París, le había propuesto la fuga. Me entenderás que fue entonces cuando penséque, puesta a escoger entre la libertad y el miedo, ella
  • 115. 122había escogido el amor y la libertad: lo deduje así por elfirme trazo de su letra en la carta sin tocar, y enconsecuencia de eso, lo vi a él volviendo al Perú abuscarla, lo adiviné arribando al Cusco de noche, sinprisa, caminando como lo hacen los que estáncumpliendo su destino. El color naranja de la caligrafía me sugirió unafelicidad temible, escondida en el sobre por sus ganasde durar hasta el fin del mundo, y por eso, imaginé queMaría y José María habían sido tan felices en suencuentro como deben ser en el cielo dos almas cuandose encuentran, y son las almas de una mujer y unhombre que han vivido toda una vida locos porencontrarse en la muerte. ¿Puedes creerme que los vi preparando su fuga?Basta con mirar otra vez el sobre cerrado para estarseguros de que, antes de la fecha fijada, fueroninmensamente felices por unos días o por acaso tansólo unas horas, pero todos sabemos que las horas y losdías de amor no tienen equivalencia en ningún lugar deluniverso, y que pueden retardar la llegada del sol por lomenos hasta un día más allá del día siguiente. ¿Qué pasó después? Lo único que nos puededecir el sobre es que no se fueron juntos. Una cartacuyo destinatario no llegó a abrir presupone undesentendimiento o una fatalidad. Además, ella habíapegado los sellos postales con el rigor y la perfecciónque suelen tener las personas que no se atreven a unalocura, o que se atreven a una locura, pero no a unafuga.
  • 116. 123 O tal vez todo había ocurrido entre sueños. Enmedio de la noche, el marido le había apuntado a losojos con una linterna eléctrica: “Estás soñando con unbosque”, le había dicho: “Eso significa que te vas”. “¿Te vas, de veras? ¿Te estás escapando?”. Yluego había apuntado con la luz a su propio rostro: “Mírame. No olvides que te casaste conmigo yque estás condenada a verme por toda la eternidad”. Y ella lo había visto tal cual lo vería todos losdías hasta que la eternidad se acabase, como un bultoazul, con su cara y sus pesados brazos muertos, espe-rándola para recorrer en la lenta noche eterna el caminohacia alguna vaga estrella oscura. Y fascinada por el terror, quizás se había dichoque todo lo había soñado, y había bajado hasta la calledonde la esperaba José María para decirle: “Tengo que ser prudente, amor mío”. Y se meocurre que añadió: “Mi familia me ha aconsejado quesea prudente. Entiende que no podemos hacer las cosasde esta manera”. Y hay que pensar que José María le haría verque lamentablemente no había otro camino que el de lafuga. Supongo que ella le respondería: “Sí, es cierto, tú tienes razón, han pasado losaños y él no acepta el divorcio, pero ahora sí tendrá quehacerlo. Déjame unos meses, por favor, amorcito, y yaverás. Se lo pediré bonito, y él entenderá”.
  • 117. 124 Y lo vi a él, y la vi a ella, los vi mirándose porúltima vez como se miran los que solamente van avolver a verse cuando ya hayan pasado por debajo deltiempo y las aguas de la muerte. Me parece que sesonrieron antes de que él tomara el camino que loalejaría del Cusco y del Perú. O probablemente, los doscreyeron que todo se iba a arreglar de esa manera, y sedieron un beso que se habrá de repetir la noche en queacabe el día largo del Juicio Final, y las almas de los quese amaron vuelvan a la tierra volando a toda prisa. Locierto es que lo vi a él alejándose del Cusco,hundiéndose en el camino mientras la luna crecía ycrecía hasta abarcar las tres cuartas partes del cieloconocido. Quizás antes de que José María se marchara, ellay él supieron, al mismo tiempo, que su adiós era unadiós verdadero porque no se verían sino hasta eltiempo en que Dios haya de bajar otra vez a la tierra,pero prefirieron engañarse y se dieron un beso y lohicieron con los ojos cerrados para no enterarse que lamuerte puede ser más ligera que el amor, y la tristeza esmucho más densa. Y es posible que la noche siguiente de la fallidafuga, el esposo se haya acercado a María para decirle:“Sé que te has quedado aquí por miedo, pero no meimporta. Sé que toda la vida has estado mirando haciaotro lado y sé que tienes la esperanza de durar más queyo, pero eso no va a ser así porque no quiero dejartesolita. Voy a vivir más que ustedes dos y vas a quedarteconmigo mirándome las manos y los dedos porque tanpronto como te lleguen la noche y la muerte, yo tecerraré los ojos”.
  • 118. 125 Dime si todo esto no es verdad. En todo caso,una carta es más ligera que todas estas reflexiones, perotarda más en llegar. Seguro que María la escribió cuandoel enamorado apenas había partido para, quizás,repetirle que todo era imposible ahora, pero que detodas maneras se verían en la otra vida. Tal vez pensóque era mejor acabar con la esperanza porque laesperanza ocupa mucho espacio en el reino de loscielos. Pero más que todo, debe haber sido por miedo yobediencia al hombre que vivía con ella que se decidió aescribir la carta, aunque ella creyera que lo hacía porrazones diferentes. Hay que presumir que la carta rompía parasiempre el ciclo del amor infortunado, y declaraba queya era mejor no esperar. La esperanza vuela muchomás, pero la carta suele ser más ligera que la esperanza,o acaso más persistente. Apenas él había salido delCusco y se hallaba en camino hacia Lima cuando ya loestaba persiguiendo esa carta. Los dos tenían a Paríscomo destino, pero en el camino había que llegar aLima, y llegaron juntos, él y la carta. Naturalmente, él no lo sabía, y no hizo nada porevitarlo, pero se quedó un tiempo en Lima, o loretuvieron sus amigos y familiares. A la carta, por suparte, la hicieron esperar los trámites interminables de laaduana y el control político usual. Al cabo de dosmeses, la carta y el hombre partieron a Europa, a lomejor el mismo día pero en distinto barco. O quizásviajaron juntos, pero como les suele ocurrir a losenamorados, José María viajaba invisible. La carta cerrada tiene una dirección: 33, GeorgeMandel. París 75016. Hay que suponer que allí la recibió
  • 119. 126la concierge del edificio, alguna rolliza bretona aficionada alos cigarrillos Gauloise, al Tarot profético y alcomunismo. Y también debemos pensar que seentusiasmó por los sellos postales, y que los reclamó alinquilino del septiéme étage, luego de repetirle algún viejodicho de la Bretaña según el cual las cartas de amorocupan un lugar que está en el paraíso y en el infierno,al mismo tiempo. “A veces las cartas se contestan en el cielo”,supuestamente le dijo, y le explicó, a lo mejor, que losdados mágicos le habían contado que el amordesdichado se repite de manera idéntica, por contagio, yque por eso no vale retener cartas antiguas. Como podrás advertir, María Elena, todas estasson conjeturas, pero no hay que ser adivino para pensarque José María, además de sospechar el contenido, sedio cuenta de que la carta lo había venido siguiendo porel océano y de que ambos habían desembarcado juntosen el puerto de El Havre, y entendió que esascoincidencias tan sólo ocurren en las cartas dedespedida. Probablemente, le ofreció los sellos a la concierge,pero no pensó jamás en cumplir con ese ofrecimiento, yes posible que subiese luego a toda prisa los siete pisosque lo separaban de su pequeño departamento, pero noleyó la carta, ni siquiera la abrió, y aquella se quedóreposando sobre una mesa, tirada allí, sin moverse,exactamente como lo hace un perro consentido o comonos espera, junto a nuestra cama, la muerte. Te he contado varias veces lo poco que sé de lasuerte corrida por mi tío, el destinatario, pero hace un
  • 120. 127tiempo me enteré que a fines del 36, abandonó elcuarto que ocupaba en la rue George Mandel, queposiblemente dejó sus pertenencias en una custodia yque entregó dos libros, algunas fotografías y una cartasin leer a un tal Burgos, uno de sus amigos máscercanos. Me preguntarás qué pasó después con JoséMaría y, como de costumbre, bromearás conmigopreguntándome si el tipo de estampillas escogidas porMaría podría darme una respuesta. No necesariamente.Pero este verano lo supe. Después de visitarte en el Cusco, viajé al nortedel Perú y visité la casa de mis abuelos, ahora tan sóloocupada por dos hermanas de mi madre. A mi tíaHilda, una de ellas, le confesé que era yo quien habíaescondido aquella carta hacía diez años y le juré que laguardaba sin abrir. “¿La carta?, ¿qué carta?”, me preguntó antes deque le siguiera hablando. Y yo se lo dije, pero ella no dio señas derecordarla. Le hablé varias veces de la carta cerrada queyacía sobre la cómoda y que mi abuela velaba a los piesde San Sebastián, pero eso no le decía nada. Entoncesme olvidé de hablarle de la carta, y le conté la razón porla cual yo había viajado desde el Canadá. Le dije que enVancouver, donde resido, los gansos salvajes se pasan lamitad del año volando hacia el Sur, y que acaso aquellotambién estaba ocurriendo con mi alma. Le conté que, a veces, me daba ganas deponerme piedras en el bolsillo para no irme volando alPerú, y por fin, María Elena, le narré la historia de
  • 121. 128nuestro enamoramiento cuando estabas en la escuelasecundaria, y de las situaciones que desde haceveinticinco años convierten lo nuestro en un imposibleamor. Pero mi tía no daba la sensación de estarescuchándome, y tal vez sin advertir que yo estaba a sulado, me habló del tío José María. Entre otras cosas, mecontó que aquel se había mudado de Francia a España afines del 36 a poco de llegado del Perú, y cuando yallevaba medio año de iniciado el levantamiento deFranco. “Parece que se fue para allá decidido a morirporque lo perseguía una obsesión”. Le pregunté si esa obsesión era una mujer quehabitaba en el Cusco y que le había escrito aquella carta,pero esta vez mi tía ni siquiera dio señas de habermeescuchado. “Todo lo que sabemos es que peleó junto a losanarquistas de Buenaventura Dorriti, y después nada.Tal vez se lo llevó una ráfaga, o tal vez fue unaobsesión”. Lo único que había regresado de él eran unoscuantos libros, y dentro de uno de ellos venía la carta.Ni mí tía ni el resto de la familia sabían lo que aquelladecía, pero la habían guardado sin abrir porque, segúnellos, no se debería abrir las reliquias, los sepulcros, lascartas ni los libros secretos. Como te seguía diciendo, amor mío, el mundose repite y, sin consultarnos, nos toma como actores. Ydebe ser por eso que he decidido no abrir tampoco la
  • 122. 129carta que acabo de recibir de ti, y que voy a depositar enmi escritorio al lado de la antigua. No voy a leer lo queme escribes porque intuyo cuál es la resolución que hastomado, ya sé que no vendrás conmigo y sospecho quees inútil rebelarse contra el destino. Se me ocurre ahoraque el destino de los hombres ya está escrito desde elcomienzo de los tiempos en un conjunto de cartas sinabrir que Dios, en su infinita misericordia, deja cerradasy hace que se repitan bajo nuestros ojos. Y debe ser por eso también que mi tía dijo quela historia se repite cuando le conté que tú y yo noshemos hecho la promesa de sobrevivir al hombre queestá casado contigo, y, si eso no es posible, de aspirarbastante aire cuando nos toque morir para no morircuando estemos muertos.
  • 123. Las sombras y las mujeres ¡Atención, señoras y señores. Vengan pronto aver lo que nunca han visto y lo que nunca más sus ojosvolverán a ver. Vengan a ver cómo una bella mujerdesaparece en las sombras del universo. Vengan a vercómo trabaja mágicamente Salomé Navarrete, el primermentalista de las Américas, con estudios en Guadalajaray doctorado en la India. Vengan a escuchar laportentosa historia de su infancia pobre en Jalisco, desus treinta años de meditación en el Oriente, y de suingreso triunfal en los Estados Unidos. Vengan aconocer el destino de ustedes, pobres y ricos, ignorantesy sabihondos, castos y malvivientes, distinguido públicode esta ciudad que me honra con su presencia, y venganpor fin a ver cómo se materializa la doncella que haceun rato se volvió invisible, cómo emerge de las sombrasy cómo vuelve a aparecer convertida en la más bellamujer del universo! Eso es lo que yo me desgañitaba gritandoanoche y eso es lo que ahora nadie quiere entender.Pero usted sí tiene que ayudarme. Por favor, dígales que se están equivocandoconmigo, y que deben dejarme en libertad. Hágales verque mi problema se debe a un simple error en el cielo.Explíqueles que sólo soy un modesto astrólogo yhágales entender que, reteniéndome aquí, estánponiendo en peligro el equilibrio universal de losplanetas, los hombres, los vientos, los pájaros, los pecesy las aguas.
  • 124. 131 Si yo supiera hablar inglés, ya le habría contadotoda mi historia a la policía, y hace rato que estaría libreporque toda mi vida, así los buenos como los malostiempos, no ha sido otra cosa que un fiel cumplimientode las leyes de los hombres y de los astros, y lo queahora hay de problemas en mi vida se debe solamente aalgunas imperfecciones del zodíaco. A usted sí quiero contarle, para que metraduzca, que he nacido en Guadalajara porque esa es latierra más adecuada que se podría haber escogido parami nacimiento si tiene usted en cuenta que nací bajo elsegundo decanato del signo de Capricornio, y que losnativos de este signo tenemos una vida muy mezclada, ysolamente conocemos extremos, o bien la fama y lafortuna o bien la desdicha y la ingratitud de las mujeres. “Perderás la fortuna, pero la fortuna volverá atus manos. En cambio cuídate de los eclipses porque alas mujeres con quienes vivas siempre se las llevará lasombra”, dice mi mapa zodiacal, y así ha sido siempre. Debe ser por eso que no me preocupédemasiado y me dije que todo estaba planeado en elcielo cuando me comenzó a llegar el desastre. Creo queya le he contado que yo era comerciante y que vendíarepuestos para carros allá en mi tierra, y la verdad es queno tenía de qué quejarme cuando, el día menospensado, mi mujer me llamó a la tienda para decirmeque tenía urgencia de hablar conmigo para informarmeque nunca me había querido y que si había disimuladosu desamor era porque no quería que yo me olvidara delpan de nuestra hijita, pero ahora que la pequeña habíacumplido veinte años, eso ya le parecía innecesario.
  • 125. 132 “Eres una típica Escorpión”, le dije, y añadí queera absurdo que me dejara ahora cuando justamentetodo estaba andando bien y yo andaba en camino a serun rey del mundo. Además, le leí el Tarot y allí se veíana su lado para siempre la silueta elegante, la prósperapancita y los bigotes varoniles de un caballero en la florde la edad, la cincuentena, que no podía ser otro másque yo. Así que me concedió una tregua, y durante esetiempo comencé a darle lo que nunca le había ofrecido,todo lo que una mujer inteligente necesita para ser feliz.Le obsequié joyas, hice que se comprara ropa fina y lallevé de viaje a Miami donde compré a su nombre unapartamento. Además, cuando regresamos aGuadalajara, la animé a matricularse en un gimnasio y atomar lecciones de baile. Pero la suerte estaba echada:un buen día, no regresó de las clases y por más que labusqué, no la volví a encontrar, y solamente pude saberde ella cuando, algunos meses después, me mandó unacarta dándome a saber que se había ido a vivir no sédónde con su profesor de danzón, y agradeciéndomeporque los mensajes del Tarot la habían ayudado adescubrir que el bailarín, un morocho de bigotes, era elhombre de sus sueños. Al principio, pensé en recurrir a la policía paraque me devolvieran a mi esposa legítima, pero al finalme di cuenta de que nada iba a poder hacer paraencontrarla: tal como lo anunciaban las cartasinexorables de la profecía, el día de su fuga, un eclipsede sol había dejado en penumbras a Guadalajara, aJalisco y quizás a todo el universo. Sólo faltaba perder mi negocio para que ladesgracia fuera completa, y así fue: una mañana fue a
  • 126. 133visitarme un jefe de la policía judicial mexicana parahacerme saber que estaba muy interesado encomprarme mi tienda, y que pensaba darme unpequeño adelanto por ella e irme pagando el resto encómodas cuotas mensuales que yo recibiría en mi casa. “Sentado en su casa, y sin mover un dedo. ustedya se merece un descanso, don Salomé”. No podía discutir con él porque de todosmodos sabía que iba a perder, y no únicamente porcausa de mi horóscopo sino porque es muy difícildecirle que no a un policía. Además, el comandantenecesitaba mi tienda para lavar sus dólares porque todoel mundo sabía que se ganaba la vida con elcontrabando de drogas. “Jefe, usted sabe que este negocio es mi vida”,me atreví a decirle, pero el hombre era lacónico yexpeditivo: “Volveremos a hablar el lunes”, me dijo. “Yapara entonces, estoy seguro de que habrás cambiado deidea”. Y así fue. El lunes, al mediodía, me hizocomparecer en su despacho y allí me habló con enterasinceridad. Sacó del escritorio un pequeño paquete y melo mostró: “Uno de mis agentes dice que encontró estepaquete en tu tienda, y está dispuesto a jurarlo en casode que tú lo niegues. Es cocaína, y de la buena, pero novoy a detenerte porque tú eres un hombre razonable”. Quise decirle que eso no podía ser cierto, peroyo solamente era un simple ciudadano y él era todo unseñor policía, con excelentes vinculaciones en el
  • 127. 134gobierno. “Quiero hablarte con el corazón –me dijo–,tienes dos caminos para escoger: el primero es queniegues que este paquetito es tuyo, y en ese caso, tepasamos a los policías de narcóticos, quienes sonespecialistas en hacer hablar a los mudos”. “Y luego, está el segundo que es más inteligente.Te das por vencido, y todo queda entre amigos: yo note he visto nunca y tú escapaste antes de quellegáramos, pero eso sí, tienes que firmarme estecontrato de venta de la tienda, y a lo mejor hastadispongo que alguno de mis muchachos te haga pasar,por Tijuana, a los Estados Unidos”. Como sé que es inútil luchar contra la ley ycontra las leyes del universo, acepté, y fue así comollegué a este país, si quiere usted saberlo, pero no meapremie a que termine la historia, por favor. Déjemeque le cuente el resto para que comprenda laimportancia que los astros tienen en mi vida porquehabrá usted de saber que nosotros, los que venimos deAmérica Latina, somos como animalitos atados por lacola a un destino muy glorioso, según algunos autores. Y déjeme que le explique el resto de la historiapara que sepa cómo fue que conocí a Moonie y por quéla hice mi mujer. Así le será a usted más fácil hacerlesentender a los gringos que soy inocente de todo lo queellos sospechan. Así pues le seguiré contando que, en LosÁngeles, un pariente mío me invitó a vivir con él y consu familia todo el tiempo que quisiera hasta que misuerte comenzara a cambiar. Me ofreció, además,conseguirme una visa con la que podría trabajar
  • 128. 135honestamente, y así podría haber sido todo si nohubiera sido porque todavía seguían mirándome desdeel cielo las mismas estrellas que, por entonces, hace hoyjustamente tres años, habían formado una conjunciónfatídica sobre el destino de los nativos de Capricornio. Los agentes de Inmigraciones que tocaron lapuerta de esa casa no preguntaron por mí sino por miprimo, y, sin darle tiempo para que comenzara aexplicarse, se lo llevaron. Al parecer, según supimosdespués, estaban profundamente admirados por sushabilidades artísticas para fabricar visas de residencia enNorteamérica, y lo mandaron de regreso a México paraque no siguiera repartiéndolas entre losindocumentados de aquí. A Oregon vine a vivir porque también teníaunos conocidos y porque en Los Ángeles ya no valía lapena: la casa de mi pariente estaba siempre rodeada porla policía, y las estrellas parecían estar allí decididas aque yo me batiera como gato patas arriba. Además, eltiempo de las cosechas había comenzado aquí, yrecogiendo manzanas pude ganar algunos dólares. Le he dicho que soy astrólogo, pero a lo mejorno he sido del todo preciso porque la verdad es quenunca antes me había ganado la vida de esa manera. Elsaber consultar con los astros es solamente una graciaque Dios me ha dado, pero en lo que he trabajado todoel tiempo ha sido en el comercio y, como le repito, deeso no puedo quejarme porque en México habíaamasado una regular fortuna y, cuando mi mujer medejó, ya estaba en camino a ser un rey.
  • 129. 136 Lo malo es que no puedo decirle que, condinero o sin dinero, yo hago siempre lo que quiero,como dice la canción, porque al acabarse la cosecha defrutas, tuve que ir a pararme en la esquina de las callesCommercial y Rural, en Salem, donde, como ustedsabe, hay que estar esperando hasta que alguien pase yle ofrezca algún trabajo. Allí, generalmente, me pasaba el día sin quenadie me considerara elegible para una faena física. Losaños pesan, sabe usted, y por eso me veía obligadosiempre a aceptar lo primero que me propusieran y atrabajar en todo, aunque en todo me fuera mal. Cuandotrabajé de jardinero, el jardín se llenó de garrapatas ycuando fui ayudante de cocina, el cocinero se suicidódespués de leer un libro sobre amores imposibles. Después pasé a trabajar en un restaurante cuyosdueños ofrecían platos mexicanos desde las seis hastalas nueve de la noche, pero de entonces hasta lamedianoche, cambiaban de giro, ponían música de Lasmil y una noches y me obligaban a vestirme de camareroárabe, pero el restaurante tuvo que cerrar por culpa deun malentendido. ¿Se acuerda usted de la bomba queuna secta de árabes puso en un edificio de Nueva York?Bueno, debido a eso, nuestros clientes dejaron de llegar,y el dueño comenzó a recibir llamadas amenazanteshasta que cerró el negocio. Mejor no le cuento todos los oficios que hetenido. En todo caso, el asunto es que me durabanpoco, o bien me echaban al descubrir que era ilegal, ojustamente por eso me pagaban una miseria. En esasandaba, cuando un amigo del signo de Libra, que es elde los buenos amigos, se decidió a abrirme los ojos.
  • 130. 137“Salomé –me dijo–, tú nunca vas a encontrar un trabajopermanente si sigues de ilegal. Aquí lo que tienes quehacer es encontrar una gringa para que te cases con ella,te hagas ciudadano de este país y arreglesdefinitivamente tus papeles”. La idea era buena, y no solamente para noseguir sintiéndome como un delincuente sin papeles deidentidad, sino también para acabar con una soledad ala que no estaba acostumbrado, de modo que tiré lascartas y clarito allí se veía: mi carta era la del rey decorazones. Sobre mi cabeza había una mujer rubia ysobre la suya aparecía la luna. Me pregunté, si Luna erasu nombre. Pero, ¿cómo encontrarla? Mi amigo me mostróuna cantina donde los hispanos se reunían,especialmente durante los días de pago. Como nuestragente es muy generosa, el lugar se había hecho muyconocido para algunas mujeres que iban allí a buscarquién les pagara un trago. Con el tiempo, se le habíadado al bar una utilidad adicional: la de centro paraconcertar matrimonios. Si está usted interesado, vaya al bar CielitoLindo, y allí le explicarán lo que debe hacer. El asuntoconsiste en sentarse en una mesa especial a la quetambién van otros candidatos al amor, y pasarse allí lanoche esperando a que una dama lo escoja a ustedcomo pareja. Si las cosas salen bien, uno puede resultarcasado rápidamente y apto para conseguir el permiso detrabajo o la visa permanente en los Estados Unidos. Encaso contrario, la gente se separa sin resentimientos, ycada uno sigue su propio rumbo.
  • 131. 138 Parece fácil, pero no lo es tanto. Mi amigo mehabía hecho ver que había que arreglarse un poco paraser escogido, y la carrera para convertirme en unhombre atractivo estaba llena de dificultades. Mis pocashoras libres me las pasaba buscando ropa barata en lastiendas de segunda mano, e incluso fui a una peluqueríapara que me pintaran las canas, con tan mala suerte queel tinte me cambió de color de pelo y resulté pelirrojo. Y lo peor de todo es que pese a eso, y a quellegaba al bar antes que todos, me pasaba horas ynoches sin que apareciera mi princesa azul. “Esehombre me gusta”, “A este me lo llevo yo”, ibangritando las mujeres, y cuando una decía: “Yo quiero alde bigotes”, todos volteábamos al mismo tiempo hastaque, al fin, la gringa se llevaba de la mano a alguno demis compañeros quien, mientras era arrastrado, melanzaba una mirada plena de buenos deseos. Pero nadade nada, oiga usted, la edad atada al sufrimiento y altrabajo duro conspiraban contra mi buena apariencia, yal final de la noche tenía que levantarme de la mesa eirme a dormir solo, y eso me hacía sentir como si fuerauna prostituta jubilada. Hasta que una de esas noches, sentí que eraobjeto de un examen detenido y silencioso. La mujerque me observaba se fue acercando a la mesa, y yopreferí no mirarla ni moverme: fuera a torcerse otra vezmi suerte, pero no se torció. La mujer avanzó hastaquedar a mi lado y, entonces, me pidió que abriera laboca. “Tienes una dentadura bellísima”, me dijo. “Tela había visto de lejos, y pensé que tenía que serpostiza”. Y se alejó. Con ella se iba mi última esperanza
  • 132. 139de la noche de modo que cerré los ojos, pero cuandoprobablemente ella ya había llegado a la puerta, gritó: “¿Quieres venir conmigo?” Y sin esperarrespuesta, añadió: Come here. Y yo la seguí como se sigue al sol o ala luna, porque es necesario o porque así es la vida, oporque sí simplemente. Y en esto también se cumplía elTarot porque, cuando le pregunté su nombre, me dijoque se llamaba Moon, que en castellano significa luna,como la luna que había aparecido al tirar los naipes.“Pero puedes llamarme Moonie”, me dijo mientras meconducía a su casa. Solamente a la mañana siguiente me pude darcuenta de que se trataba de una mujer rechoncha ybastante maltratada por el tiempo, pero me fui a vivircon ella en su apartamento porque no era el momentode hacer reparos ni tenía yo alternativas. Moonie hablaba un poco de castellano debido aque, de joven, había vivido en México, según me contó.No me dijo en qué ciudad ni en qué había consistido sutrabajo, pero a mí no me interesaba hacerle preguntas.Lo que yo deseaba era nuestro pronto matrimonio,pero esperaba que ella me lo propusiera. Sin embargo, ya pesar de que el primer mes fue el único bueno denuestra relación, Moonie no me habló de boda, demanera que fui yo quien tuvo que tocar el tema, perotan sólo pude comenzar. “Cállate. Te ordeno que no hables de eso. Esoes lo único que quieren los hombres”. Y comenzó a dar
  • 133. 140vueltas por el dormitorio mientras mascullaba que losmexicanos eran sucios y que deberían largarse del país.Al final, pareció pensarlo con más calma y me dijo quehabía que esperar un año hasta que viéramos si de verasnos comprendíamos y si éramos el uno para el otro. Me pregunta usted por qué no me fui de su casaesa misma noche. ¿Y a dónde, si se puede saber? ¿Alcuarto que había dejado unas semanas antes? ¿A unhotel con los bolsillos vacíos? ¿A México, donde meestaba esperando la policía para acusarme denarcotraficante? ¿Qué haría usted si también fuera,como yo, un hispano indocumentado en los EstadosUnidos? Nada de eso podía hacer porque ella, cada mes,me exigía que le entregara mi cheque de pago a cambiode no sé qué, tal vez de su compañía, tal vez de laesperanza de casarnos alguna vez. Lo cierto es que ellano trabajaba y que, además, su estado de ánimo erabastante variable. Un día me dijo que yo era lo máslindo que le había ocurrido en la vida, y que pronto secasaría conmigo. Pero una tarde, llegando del trabajo, encontré elapartamento en completo desorden, y a Moonie queestaba muy furiosa y que parecía haber tenido algunariña con alguien que había estado allí un poco antes. “¿Qué pasa?”, le pregunté, “¿qué pasa?”,pensando que habían entrado los ladrones, pero laúnica respuesta que obtuve fueron sus gritos cada vezmás destemplados y sus uñas contra mi cara mientrasme gritaba que todos los hombres eran una basura.
  • 134. 141 Me metí al baño para no participar en la pelea,pero no sabía que ella en esos momentos estaballamando al 911, el teléfono de emergencias. Unosminutos más tarde, cuatro policías gigantescosirrumpieron en el apartamento y alguien echó abajo lapuerta del baño de una patada, y después de eso, no sélo que pasó. Uno de los custodios, el doble de, mí enlargo y en ancho, me alzó por el cuello y me dijo algoque no entendí. Moonie, llorando, probablemente lescontó que yo la había atacado. Eso es lo que yoentendía de los gestos que hacía mientras hablaba, y yono pude defenderme de la acusación porque, como yale he contado, lo único que sé decir en inglés es goodmorning, my queen. No quiero que se canse con mi historia, así quela voy a hacer breve. Después de pasar una semana enla cárcel, recibí la visita de Moonie, quien estaba muyarrepentida e iba a llevarme de regreso a casa. Untiempo después me enteré que ella tenía una relaciónparalela y que, cuando se peleaba con el otro, era yo lavíctima propiciatoria. Ya sé lo que va a decir usted, perole repito: ¿qué haría usted si fuera un hispano sindocumentos en los Estados Unidos? Ya le he dicho que no la voy a hacer larga. Noscasamos a los dos años de conocernos, y después deque ella me hubo puesto muchas veces en la cárcel.¿Que por qué se decidió? Por una razón muy sencillaque determinó un cambio de fortuna en mi vida: no sési le he contado que mi padre era ilusionista. EnGuadalajara lo llamaban El Fakir y de él aprendíalgunos trucos de magia que, en los raros momentos deocio, solía practicar. De un momento a otro, comencé a
  • 135. 142trabajar en público ante pequeñas audiencias demexicanos que me pagaban por ello y, a la vez, merogaban que les leyera su destino. Y, pronto, comencé arecibir ganancias tan apetitosas que confirmaban laprofecía de mi signo según la cual perdería la fortuna,pero la fortuna volvería siempre a mis manos. Y entonces fue cuando Moonie, convertida yaen una Lunita cariñosa, me dijo que yo era el hombrede su vida y que no tenía ya por qué pensarlo tanto yme llevó al altar, que no fue un altar sino la oficina deun juez gringo quien nos preguntó si habíamos tenidotiempo para pensar en el paso que estábamos dando. Imagínate qué pasaría si no nos casamos ahora”,me dijo Lunita. Y añadió: “A lo mejor otra mujer terapta”, aunque estaba segura de que no podía ser asíporque yo le he dado pruebas suficientes de fidelidad ypaciencia, aunque no sé, en verdad, si estabacompletamente segura porque comenzó a seguirme a lamayor parte de los lugares en los que actuaba, y a vecesme obligaba a despedir a alguna de mis ayudantes en elcaso de que fuera joven y le pareciera muy guapa. Fue por entonces cuando los acontecimientosmágicos empezaron a ocurrir rápidamente porquequizás se aproximaba una conjunción estelar fatídica oporque acaso estaba cerca el tiempo del eclipse. Parahacer mi papel de mago, había ido a comprar unsmoking de segunda mano en una tienda del Ejército deSalvación cuando hallé este bastón al lado del vestido.Me dije que podía servir como varita mágica y queademás se parecía extrañamente a la que usaba mipadre, así que no dudé en pagar los dos dólares quepedían por ella y, efectivamente, de entonces hasta
  • 136. 143ahora ha comenzado a servirme en la mayoría de misactuaciones. Uno de mis números preferidos consistía enhacer desaparecer a Patti, una gringa bonita queaparecía en escena vestida de reina francesa. Después deconversar con ella, le pasaba la vara por la cabeza, y lachica se volvía invisible. Un rato más tarde, luego derezar un Padre Nuestro al revés y de pronunciar laspalabras mágicas, Patti aparecía en otro lado de la sala,apenas vestida con un breve bikini. Pero anoche justamente, me cayó la censura. Enel momento en que charlaba con mi ayudante sobre lavida en el mundo invisible, apareció en la escenaMoonie, mi esposa, con aire de estar enfurecida. Hizo aun lado a Patti y se puso de pie sobre el círculo mágicodonde aquella había estado: “Distinguido público –anunció–, un mago que se respete trabaja siempre allado de su legítima esposa, y eso es lo que ahora va ahacer Salomé Navarrete, el Fakir de Guadalajara”. Y eso es justamente lo que les estoy diciendoque ha pasado, pero nadie me quiere comprender.Acepté con paciencia que Luna echara a un lado a miayudante, y comencé a ejecutar los pases mágicos conesta varita mágica sobre su cabeza. Al séptimo pase, ellase había vuelto invisible. Todos se quedaron perplejos y si usted quieresaber la verdad, también yo estaba asombrado porquenunca le había explicado el truco a Lunita. Durantemedia hora, el público no cesaba de hacer preguntas yde felicitarme. Alguien comentó incluso que hacerdesaparecer a la delgada Patricia nunca había podido ser
  • 137. 144tan prodigioso como meter en la nada, en el bolsillonegro del universo, los ciento veinte kilos de mi esposa,y muchos dijeron que pagarían lo que yo quisiera porver el acto de nuevo. Una señora me preguntó si Lunita iba aaparecer entre el público tan escasa de ropa como lohacía Patti, pero yo no le podía responder porque no losabía, y porque ya me estaba cansando de hacer pasescon la varita mágica sin que mi mujer apareciera y yahabía pasado más de una hora desde el momento de sudesaparición. “Atención, señoras y señores, vengan aver cómo una distinguida dama entra y vuelve a salir delas sombras del universo”. Eso es lo que yo medesgañitaba repitiendo hasta que me di cuenta de quetodo estaba consumado. Fue entonces cuando recordéque anoche había habido eclipse total de luna y supeque mi suerte estaba echada. Moonie no ha vuelto aaparecer y es como si se hubiera ido a conocer la nada.La policía llegó a medianoche y hasta ahora me estánpidiendo que me declare culpable. Por eso es buenoque usted me escuche y me traduzca, y les explique quetodo esto no es más que una conjunción astralequivocada o un mero error del cielo. Dígales usted esoporque yo no puedo ni siquiera comenzar a contar estahistoria: cuando comienzo a hablar en inglés todos sematan de risa.
  • 138. Página final en el Oeste Al salir del cine Gloria, Cayo Cabrejos proclamóque la mejor película en toda la historia del mundo erala de Flash Gordon contra el planeta Mongo y yo le porfiéque Jinetes en las nubes, con Roy Rogers, era la mejor deluniverso y de todos los tiempos, y que nunca se podríacomparar las películas del espacio con las del Far West.La verdad es que ninguno de nosotros dos teníasuficiente autoridad para hacer este tipo deafirmaciones, porque uno y otro apenas llegábamos alos nueve años de edad, y todavía mi vecino no erapiloto de jet ni yo había salido siquiera cien kilómetrosmás allá de nuestro pueblo. La acción de Jinetes en las nubes transcurría en unaaldea del Oeste llamada Corvallis, Oregon, donde sietevaqueros eran asesinados misteriosamente sin que sumuerte fuera vengada o se descubriera al criminal. Erael año de 1899, Roy Rogers, el héroe vagabundo quehabía llegado de Arizona cantando, callaba,desmontaba, ataba su caballo a un poste, dejaba suspistolas en la puerta del saloon, pedía allí un vaso descotch, se sentaba cerca del piano y volvía a cantar; y deforma milagrosa, su canción comenzaba a aclarar todoslos enigmas. Lo primero en ser descubierto, y además loextraordinario, era la hermosa dentadura dorada deRogers en la que sobresalían cuatro incisivos que habíansido hechos con balas de oro. Luego de escucharse unos falsetes, la cámarapasaba de la cara del vaquero al paisaje circundante,
  • 139. 146colmado de pinos y montañas, para después subir a uncielo intensamente azul en el que se veía a los sietejinetes muertos cabalgando sobre las nubes mientras lacanción de Roy Rogers iba revelando el nombre y lastrazas del asesino. El malvado aparecía en la cantina, enese momento. Era un hombre de bigote y pelo negroque, al ser descubierto, invitaba al joven a matarse convalentía y reciprocidad, lo cual era respetuosa ysilenciosamente aceptado. Se batían en un claro delbosque, a la salida de Corvallis, y aquello era increíble.Comenzaban a dispararse uno enfrente del otro, perolas balas chocaban certeramente la una contra la otra enel espacio. Entonces el bandido daba un salto y se leveía disparando desde la copa de un árbol muy alto,pero el tiro disparado al corazón de Roy perdíavelocidad antes de llegar al blanco. Por la noche, los siete jinetes muertos bajabande las nubes a nuestro mundo para presenciar la pelea,pero una bala del malvado hería a uno de los fantasmas,quien era llevado por sus compañeros otra vez al cielopara que no muriera por segunda vez. Salía el sol y seponía varias veces, y los combatientes continuaban allísin cansarse. El desenlace acontecía cuando una baladisparada varios días antes regresaba de dar la vuelta almundo y se hundía en el corazón maldito. Entonces Roy, el vengador, silbaba hacia elcielo, y desde allí descendía un caballo blanco hacia elclaro del bosque. Era el suyo y, montado sobre él, sedespedía de Corvallis porque los héroes no se quedan avivir en un lugar sino que siempre están viajando deloriente hacia el oeste, y de allí otra vez hacia el oriente.
  • 140. 147 Había estado recordando algo de esto desde millegada a Oregon, porque hace siete años vine a trabajaren una universidad de aquí, y compré una casa en elpueblo más cercano al campus que, por casualidad, esCorvallis. Me pareció, lo repito, una casualidad quenada tenía ver con el filme visto en mi infancia, puestoque las razones para escoger este pueblo fueron dos:una, el hecho de que en Monmouth, la sede de launiversidad, nadie se puede beber un vaso de vinoporque hay ley seca desde el siglo pasado; y la otra, queel nombre de la ciudad donde ahora vivo significa, enlatín, „corazón del valle‟, o sea que he venido aquí a viviren el centro del mundo y acaso también en el de mipropia vida. La luna que se ve en estos cielos probablementetambién está sembrada de pinos, como lo están todo elespacio y los cuatro horizontes. El cielo es otro cielo; envez de cielo se parece al océano Atlántico en laintensidad de su azul y en la lentitud de los recuerdosque trae. Las cuatro carreteras que desembocan aquíhan llegado desafiando hondonadas y subiendo montesy a veces cruzando por el medio de gruesos secoyas.Son caminos que parecen diseñados especialmente paracaminar sobre nuestros viejos pasos. La tierra se hunde al dejar Corvallis, y luego elcamino se levanta como si quisiera llevar al viajero haciaun cielo del sur. A cinco millas del pueblo ya se puededivisar una breve cordillera sobre la cual se verá unacolumna de gansos migratorios detenidos en el mismopunto del cielo para siempre. Pero, saliendo del pueblo y yendo de vueltahacia nuestra infancia, ¿qué es lo que Cayo apreciaba
  • 141. 148más en su película preferida? ¿Acaso los poderes delemperador Ming, quien estaba decidido a destruirnuestro planeta con un rayo verde? ¿Tal vez la bellezade la princesa Charlene, cuyo cuello era tan blanco ytraslúcido que dejaba ver el paso rojo de una copa devino? ¿Probablemente el lento vuelo de los dragoneshacia una laguna estelar durante las primaveras deMongo? Nada de eso. Lo que lo atraía era la forma comoFlash Gordon, encargado de salvar la Tierra, habíallegado hasta la superficie del asteroide enemigo. Ellohabría sido imposible de realizar en una nave, pues lamás veloz, la que navegaba a la velocidad de la luz,habría tardado mil años en vencer la oscura distancia ysobrepasar los abismos del universo. La solución había consistido en desmaterializaral héroe terráqueo y en transmitirlo por las ondas de laradio hasta la distante fulguración de Mongo, en uno decuyos bosques los fragmentos del hombre se juntaban,al igual que los pensamientos y la memoria, parareconstruir al salvador de los humanos, el valerosoGordon, quien se tomaba unos minutos para vestirsecon un uniforme celeste antes de avanzar hacia elcastillo perverso de Ming. Mi vecino y yo coincidíamos en sentirnosfascinados por el instante en que el héroe entra en lacámara del viaje. Una vez allí, se sentaba en la silladesmaterializadora, tomaba el timón de mando, oprimíael arrancador y todo se colmaba de un espeso color azulque invadía el cine y llegaba hasta nuestras butacas. Enese instante se podían apreciar millares de minúsculos
  • 142. 149planetas gravitando en la habitación a oscuras dondeFlash Gordon comenzaba a atravesar el cosmos. En esa habitación, en medio de las estrellasdiminutas y de la vida derramándose por el infinito,Flash, o acaso únicamente su imagen, permanecía unlargo, despacioso instante hasta que toda su persona sedesvanecía en nuestro mundo y se rehacía en el distanteMongo, mil años más tarde. Eso me hizo pensar quealguna vez se podría viajar no sólo a una estrella de losconfines, sino también a una época cualquiera deldistante futuro. Quizás se podía volar desde el día y elaño en que vivíamos, un día dudoso de la década de los50, hasta aquel lejano año 2000 en que serían posiblestodas las maravillas. Cayo me dijo que quería ser pilotointerplanetario, y que la felicidad de su vida futuraestaría cifrada en el momento en que atravesara laregión de los millares de astros enanos y recogiera deallí al comandante Flash Gordon. A mí me pareció queesa era una aspiración muy infantil, puesto que losaviones ya habrían pasado de moda, y bastaría convariar nuestro estado de conciencia para cambiar deespacio y de tiempo. “En el año 2000, se sabrá que eltiempo y el espacio son únicamente estados de nuestraconciencia”, le dije. “Yo prefiero viajar al año 2000 –añadí–. Oquizás a 1999, para recibir el 2000 en una región denuestro propio planeta en la que haya una llanura y unbosque infinitos. Allí aprenderé a ir y venir por eltiempo, y también a venir de rato en rato a Pacasmayopara ver una función cinematográfica con Roy Rogers y
  • 143. 150conversar contigo en la época en que éramos, somos ovolveremos a ser niños”. La verdad es que no recuerdo lo que Cayorespondió porque toda la memoria de esos días estáinundada por una agua verde, y además no he vuelto aevocar este diálogo desde hace más de cuarenta años.Supongo que mi amigo también lo olvidó, pero algodentro de él, o del destino, ha estado trabajando paraque parezca que nuestros sueños infantiles se cumplen,puesto que, terminada la secundaria, ingresó a la fuerzaaérea, piloteó jets y es ahora un amable general a quientambién le gustará, como en un juego, volver a estoscuriosos recuerdos. Por mi parte, no me he acordado de RoyRogers ni de Flash Gordon durante toda mi vida deadulto, y sólo los nombro cuando compruebo que vivoen la colina más alta de Corvallis desde hace siete años,y que ahora, en mayo de 1999, frente a mí hay unaventana desde donde podría divisar el claro del bosqueen el que Roy Rogers se batió con el bandido. A pesar de estar aquí, tan en lo alto, casi en elcielo de Oregon, no se pueden ver las casas de la ciudadpuesto que todas son mansiones victorianas de maderade no más de dos pisos y un ático. Más altos que reales,más vivos que las casas, verdean los pinos, los arces ylos cerezos. Los pinos cubren las casas. Los arcescambian de color y son dorados, azules o índigos, segúnlas horas y las luces del día. Los cerezos, en este mes,luego de la floración de abril, lanzan su polen hacia lascuatro direcciones, y la vida está flotando en el aire.
  • 144. 151 La vida navega hacia el norte y el sur, el oeste yel oriente, arriba y abajo, el pasado y el futuro, en laforma de estrellas diminutas, y parece que estuviera enla habitación donde Flash Gordon volaba hacia ellejano planeta Mongo. Entonces mis ojos se van alcamino que hay frente a la ventana, se van volandosobre los bosques, se van al pasado permanente, y ya nosé si estoy en mi infancia o ya han comenzado para mílos tiempos de la añoranza. Tal vez todo esto sea, comolo pensaba de niño, solamente un estado de laconciencia. En el cielo probablemente hay planetassilenciosos y dragones que navegan sobre una lagunaestelar. Pero eso se debe ver en las noches. Ahora estodavía la tarde, y frente a mi ventana, cuando aguzo lavista, comienza a precisarse una imagen más concisa, yentonces veo un hombre que viene caminando desde elclaro del bosque, y de pronto tal vez silba hacia el cieloy, de allí, quizás, parece descender hacia Corvallis uncaballo blanco que es el suyo. Se van hacia lo que estámás lejos, hacia el oeste. Como cuando se canta en laoscuridad, y la historia es infinita
  • 145. La invención de París París, tal cual hoy lo conocemos, fue inventadopor mi amigo Juan Morillo Ganoza en Trujillo duranteun lento y exasperante invierno de los años sesenta que,por lo que se ve, fue para él muy constructivo y pródigoen mano de obra. No lo podemos encomiar ni culpar por losresultados de su esfuerzo toda vez que probablementenos respondería con estudiada modestia: “¿De qué mefelicitan? ... Es mi trabajo. Solamente he cumplido conmis obligaciones”. No me acuerdo bien, pero me parece queMorillo comenzó con la catedral de Notre Dame y quele llevó dos noches terminar de poner en orden lastorres, la gran nave, las imágenes de los apóstoles, losvitrales, los turistas, los grifos y los monstruos que lacuidan, pero su mayor problema fue dónde colocarla.Obviamente, tenía que estar en el corazón de la ciudady mirar al Sena por sus dos costados, pero ellosignificaba ponerla sobre una isla y no podía decidirentre la Ile de la Cité y la de Saint Louis. Al final, creoque tiró una moneda al aire, y se quedó con la primera. Serio y formal como todo intelectualcomprometido, diseñó un plan de trabajo y lo colocóen un pizarrín frente a su vieja pero veloz máquinaRemington que lo ayudaría a desarrollar los objetivospropuestos. Después de la gran catedral, pasaría alboceto de los edificios y los museos, el invento de losjardines y los cafés, la creación de los restaurantes y losamantes, el esbozo de los pintores y las aves, la
  • 146. 154descripción de policías y los urinarios públicos, y porfin, el mapa de los hoteles y las estaciones del tren quedebía de correr bajo la gran urbe. Para evitar que todo eso se fuera al caos y aldescalabro, se le ocurrió dividir “El Plan” en nuevepaseos, a saber: 1) de Orsay a St. Germain; 2) del Arcodel Triunfo al Louvre; 3) de la Tour Eiffel al Puente delAlma; 4) Montmartre; 5) Montparnasse; 6) el FaubourgSt–Honoré; 7) los Grand Boulevards; 8) las islas y elBarrio Latino; 9) el Marais y la Bastille. ... Me parece queel trabajo completo le tomó un poco más de tres mesesy le significó una paga nada despreciable para unestudiante universitario de aquella época, aunque algodesproporcionada con la magnitud de la empresa,trescientos cincuenta dólares y varias opíparas cenas enun chifa trujillano. Este pago era solamente una pequeña parte delo que el –llamémoslo– contratista de la obra habíarecibido por ejecutarla. Unos meses atrás, un periodistade la sección deportes del diario Norte apellidado Rocahabía resultado premiado por una empresa europea quehacía trabajos en Salaverry, con un pasaje a la CiudadLuz y una generosa bolsa de viaje. Eso sí, su obligacióna la vuelta consistía en escribir una serie de artículossobre la urbe que había conocido, publicarlos en superiódico y entregarlos a sus benefactores paracomponer un libro. Todo anduvo de manera excelente: el vuelo deLima hasta Point a Pitre, el cruce del Atlántico, y al finalOrly y la obligada visita al Museo del Louvre durante elprimer día, pero después el esperable inesperadoencuentro con una joven francesa que lo libró de las
  • 147. 155garras de sus guías implacables y le hizo conocer lasoscuridades y las luces de una chambre de bonne en unseptieme etage que junto al pequeño bistrot de la esquinaserían su único panorama durante cinco semanas. Toutle rest... tendría que ser imaginación, literatura. Pero Roca no era precisamente la roca sobre lacual se edifican iglesias eternas ni aquella que cincela elartífice para crear una obra de arte. Servía sí parapresenciar partidos de fútbol y enfrentar a los árbitroscon su mirada de roca, pero para la literatura, eratambién una roca, una pared, y me parece incluso quese apellidaba Roca Paredes. Aunque la verdad es quetampoco era una roca dura de roer porque tuvo la ideaextraordinaria de compartir sus dólares con Morillo yencargarle a aquel la redacción del libro lo cual, si nosimaginamos que ni siquiera se contaba con una guíaturística, constituía efectivamente una invención deParís. Juan Morillo Ganoza fue por eso el primerescritor comprometido que conocí; y tiempo más tarde,en las discusiones sobre arte puro o arte comprometido,cuando le oí mencionar las Conclusiones del Foro deYenán y sostener que el artista tenía un encargo, creíentender rápidamente a qué clase de encargo aludía. Varias y bastante inusuales fueron las fuentesque Juan usó para elaborar París. No me acuerdo si la“descripción de París a vuelo de pájaro” se encuentraen El hombre que ríe o en El jorobado de Notre Dame, perouna de las dos novelas se constituyó en la primerapiedra, o la roca, sobre la cual habría de volver a edificarla ciudad que los galos conocieron con el nombre deLutecia. Es de notar que la obra en referencia se
  • 148. 156escribió antes de que el barón Haussmann remodelarala urbe y por eso, en el París de Morillo hay todavíacallejuelas y arrabales que conoció Víctor Hugo, peroque no llegó a ver Brigitte Bardot. Su prodigiosa imaginación habría de suplir concreces cualquier carencia. En un sueño que tuvoentonces, vio a nuestro querido amigo TeodoroRivero–Ayllón bebiendo ajenjo con Pierre Loti y variospoetas malditos; entonces Juan, hablando sobrecostumbres locales, escribió que aquella era la bebidacotidiana de los franceses. Un valse limeño le sirvió paracompletar el retrato: “En Francia hay un París/ y en él se rinde cultoal Dios/ Amor./... Esa es la tierra del placer/ dondereina la mujer/ con todo su esplendor./ En un café/ enun salón/ cuando se oyen las notas de un vals.../ alparisién/ allí se le ve/ seguir el ritmo/ convoluptuosidad”. Después, sus amigos seríamos las víctimas desus extrañas preguntas: “¿Qué te parece que debería irencima de la Tour Eiffel? ¿Crees que se podría construiralgo sobre sus estructuras?”, me interrogó en ciertaocasión, y mi flaquísima fantasía me impidió colaborar.Esa debe ser la razón por la cual la famosa torre escomo es hoy, solamente acero y formas piramidales, yda la impresión como que le faltara algo. Una década después y durante varios años, yoviviría en París, en la rue Georges Mandel, que comienzaen la plaza Trocadero, y sería vecino de Edith Piaf y deCatherine Deneuve, con quien a veces me encontraba ala hora de comprar el pan, pero siempre me asaltó un
  • 149. 157temor extraño. Ni la plaza ni mi calle existían en el Parísde Juan Morillo, y ello podía significar mi propiainexistencia o la falta absoluta de una razón de ser. Elqui Burgos, Alfredo Pita y RodolfoHinostroza quizás en vez de ser los excelentes autoresque son, tan sólo provienen de mi fantasía porque elParís morillesco borró del mapa a la Gare de SaintLazare donde aquellos habitaban, y mi amiga españolaMarisa Nuño se convirtió en solamente una ilusióncuando se mudó de Amiens, donde residía, a una casapróxima al museo Rodin que, en el famoso librotrujillano, ha sido descartado y sustituido porL‟Hermitage que yo siempre había supuesto en SanPetersburgo. Para dejar a salvo la honorabilidad deMorillo, hay que aclarar que ese enroque de museos sedebe a una corrección final hecha por Roca. En Estados Unidos se llama ghost writer, o seaescritor fantasma, al que escribe por encargo de otro, locual es un trabajo completamente legal y con ciertaprestancia, pero casos como el que recuerdo –lainvención de una ciudad– no se dan todos los días.Además, al elegir un lugar donde pasar mis vacaciones,París me intimida cuando pienso que un escritor podríaborrarlo durante mi permanencia, aunque eso tambiénpodría ocurrir con otras ciudades que amo y en dondehe vivido como Trujillo, San Francisco y Madrid, ydebe ser por ello que un intercambio de bromas conuno de mis mejores amigos oculta la espaciosa tristezade no estar esta tarde en alguna de ellas. Vivo en el estado de Oregon, en el lejano Oeste,sobre cuya existencia real la gente tiene algunas dudasde la misma forma como se vacila en creer por
  • 150. 158completo si el tiempo de la adolescencia es una verdado una invención, y justamente eso me hace recordarque, allá por los 60, vimos una película de vaqueros conJohn Wayne. “Un día te vas a dar cuenta de que todoesto es solamente una ilusión...”, comenzó a decir Juana la salida del cine. Después de eso, no me acuerdo denada.
  • 151. Las nubes y la gente Me ocurre todo el tiempo. Basta que suba a unavión para que una historia se acerque hasta mí y meruegue que la cuente. Una historia es un personaje, y unpersonaje en este caso es un pasajero que estará sentadoa mi lado, y que, luego de hacer algunos comentariossobre el tiempo, se presentará y me contará el motivode su viaje o el drama de su vida: “Oiga usted, señor, mivida es un calvario desde que la mujer amada dijosimplemente que no”, y escucharé un estrépito decalabazas todo el tiempo durante las seis primeras horasde mi viaje a los Estados Unidos. Y entre calabazasterminara el sueño de gozar de un reparador sueñodurante toda esa etapa. La última vez que viajé ocurrió exactamente lomismo. A mi costado, al lado de la ventanilla, uncaballero de más o menos sesenta años me saludó conuna inclinación de cabeza, y luego se volvió paraobservar las nubes que se nos cruzaban durante más omenos una media hora. ¡Qué alegría! Eso me hizopensar que, por fin, me había topado con un tiposilencioso, capaz de guardar sus secretos para sí mismoy permitir que su vecino se tomara una siesta, demanera que extendí la silla hasta el máximo y traté deponerme un antifaz oscuro. Casi pensé en agradecerlepor ser tan hermético, pero me estaba apresurando. Pasada la primera media hora, el señor tiró lapersiana de la ventanilla y volteó hacia mí para mirarme.Dos lágrimas le bajaban por la cara. ¡Oh, no! La tristehistoria estaba a punto de ser revelada. Hice el ademán
  • 152. 160de mirar hacia otro lado para no invadir su privacidad,pero ya estaba él entrando en la mía. ¿Cree usted que ya estamos pasando la fronterade la patria? ¿Piensa usted en volver al país alguna vez?¿Sabe usted lo que es despedirse para no retornar? ¿Legusta escuchar al dúo Pimpinela? Fingí estar sordo para no responder a ningunade estas preguntas porque ya sé que la gente las hace,no para escucharnos, sino para que oigamos sus propiasrespuestas. Pero el hombre parecía determinado aconvertirse en mi personaje, y, a pesar de que mis ojosestaban fijos en el espacio como los de un filósofo o losde un edecán, continuó su discurso imperturbable ycomenzó a decir que sí, que ya cruzábamos la líneademarcatoria de frontera y que el no la volvería jamás acruzar de vuelta. Mientras tanto, yo pretendía cerrar los ojos ydormir, pero la curiosidad pudo mas que mi cansancio.Cuando se acercó la camarera a nuestro asiento, le pedíun par de vasos de whisky y le extendí uno a mi vecino: –Está bien. Usted gana. Voy a escucharlo.Dígame lo que quiere contarme. La historia comenzaba hace cuatro años enLima. Un joven abogado sin estudio y su esposaconversaban sobre sus problemas económicos y laposibilidad de que un viaje a Estados Unidos les abrieranuevos rumbos. –¿Qué te parece si yo viajo primero? –dijo ella–.Me han dicho que para una mujer es más fácilencontrar trabajo cuidando bebes o sacando a pasear
  • 153. 161ancianos. Me voy, permanezco unos seis meses, meabro camino y tu vienes después. ¿Qué te parece? A él la idea le pareció excelente. Cuando llegues a Nueva York, te puedes quedaren la casa de mi tío, el hermano de mi padre, que viveallí desde hace veinticinco años. Él y su esposa notendrán inconvenientes en recibirte porque siempre mehan estado invitando. La joven esposa –llamémosla Juanita– partehacia la Gran Manzana, y todo comienza a sucedercomo lo había pensado. Es recibida con gran simpatíay, antes del fin de semana, ha conseguido un carné falsodel Seguro Social por sólo ochenta dólares. Unos díasmás tarde cuida a los bebes de una pareja simpática ymuy acomodada que le paga en efectivo para que notenga problemas con la entidad tributaria. –Me pagan casi dos mil dólares y no necesitohacer ningún gasto. ¡Dos mil dólares, Jorgito! Si lascosas siguen así, tú vas a poder venir antes de lo quehabíamos pensado –cuenta Juanita que llama porteléfono a Jorgito una vez por semana. Y agrega: –Tan sólo hay un problema. La esposa de tu tíose ha ido de la casa y ha pedido el divorcio. ¡Pobrecito!Este fin de semana lo voy a invitar a una pena de latinospara que se divierta. Voy a tratar de divertirlo un poco.¿No te parece, Jorgito? A Jorgito, eso le parece muy bien. Pero alsegundo mes, algo raro comienza a ocurrir. Lasllamadas escasean y ya no llegan a Lima esas preciosas
  • 154. 162tarjetas que ella antes le mandaba :I miss you. I miss you,honey! El tercer mes no hay llamadas, y Jorge tiene quehacer una, a pesar de las tarifas de la Telefónica. Noencuentra a nadie, y deja un mensaje grabado, peronadie le devuelve la llamada. Lo intenta varias veces,hasta que un día, a una hora inusitada, ella levanta elfono. La explicación es sencilla: –¡Cómo piensas que te voy a olvidar, honey! Loque ocurre es que perdí la agenda y allí estaban nuestradirección y nuestro número de teléfono. Y ahora tetengo que colgar porque tu tío me está esperando en lapuerta para ir al cine. ¡Pobrecito! ¡Está tan triste! Jorge cuelga pensando que el trabajo excesivoestá haciendo que su sacrificada esposa se vuelva unpoco amnésica. Pero el tiempo pasa. Juanita y el tíocambian de dirección y de número telefónico, y sesuspende toda comunicación con Lima. Supongo que alcabo de dos años, el marido entiende. Después de ese tiempo, el tío, que ya es parejade Juanita, hace un viaje a Lima y, sin quererlo, seencuentra con Jorgito en una fiesta familiar. Sinembargo, la temida confrontación resulta muyagradable. –Qué ocurrencia, tío. Por supuesto quecomprendo. Salúdela de mi parte, y si ustedes quierenarreglar su situación, yo no hago problema. Dígale aJuanita que me mande un poder, o viaje a Lima, parahacer los papeles del divorcio.
  • 155. 163 Cuando la historia llega a este punto, el hombrevuelve a abrir las persianas y la ventanilla nos deja verun cielo espléndido, colmado de nubes blancas, rojas yamarillas. Las nubes son como la gente. Están ávidas decontar historias. Caminan silenciosas por el firmamentoy nos dicen que vivir es ver pasar. Dibujan rostrosamados en el azul perpetuo. Se van después connuestros sueños y con nuestra esperanza, con nuestrosmenudos dramas y con nuestra pregunta eterna sobre elsentido de todo esto. Son como nosotros. Como diríaAzorín, son inestables, pero también son eternas. Sevan al país de Nunca Jamás y nos dejan sin amparo ysin historias. Sin historias, no. El caballero sigue relatando lasuya. “Me impresionó Jorgito. ¡Qué inteligente es esemuchacho y qué moderno! Creo que le viene de familia.Tal vez sea bueno que viajes a Lima, y arregles lo deldivorcio. Hazlo, Juanita, yo te estaré esperando”. Y Juanita hace el viaje. Al día siguiente, ya le estátelefoneando: –Tienes razón. Me ha entendidocompletamente y el lunes vamos a presentar lademanda del divorcio. Pero este fin de semana, vamos airnos a Chaclacayo para ponernos de acuerdo sobre lapropiedad de la casa y quién va a quedarse con el perro.Te llamaré para decirte cuándo viajo de regreso. Paraque me recibas, honey. La verdad es que no sé qué es lo que pasódespués de eso. Pasaron dos semanas, y como Juanitano me llamaba, pensé que no habían llegado a ponersede acuerdo.
  • 156. 164 Pero sí se habían puesto de acuerdo, y sequedaron a vivir en Chaclacayo. Y recién lo comprobóel tío esta semana después de un viaje relámpago alPerú de donde está regresando a los Estados Unidos.Entonces, le ofrezco otro whisky para evitarme elespectáculo que ofrece un hombre maduro llorando. Yme doy cuenta de que las historias me persiguen, y deque no voy a poder huir jamás de mis personajes. Elavión se mete en una nube gigantesca como aquella enla que vivimos todos, rodeados por historias.
  • 157. Tango Estoy casi seguro de que conocí a ÁlvaroCardoso en un viejo almacén de la calle Colón, enBuenos Aires, pero la memoria me puede traicionar demodo que prefiero omitir fechas exactas o referenciastajantes. Además, temo recibir una carta suyadesautorizando mi recuerdo o dándome una cita paraaclarar situaciones de hombre a hombre porque deboconfesar que, desde el primer momento, el tipo mepareció un malevo o un atravesado. Se hacía llamar Álvaro Cardoso, pero no sellamaba así exactamente. Creo que Cargoso era suverdadero apellido y, a pesar de ser homónimo de unexcelente escritor brasilero, no era brasilero sinoperuano, y no quería ser ni lo uno ni lo otro sinoargentino. Debo aclarar que, en mi generación, todoslos amigos que escribían obras de teatro querían serargentinos y, de rato en rato, hablaban en un lunfardoque habían leído en Borges, o escuchado a Porcel. Cardoso no. Para que su aprendizaje del almaargentina fuera completo, había viajado en tren aBuenos Aires, caminaba sin mover el brazo derechocomo si escondiera un puñal rencoroso bajo la correa,bebía hierba mate a borbotones, usaba un sombreroinclinado a lo Gardel, sollozaba escuchando milongas yvivía un amor sistemáticamente apasionado. Además,erraba inconsolable por Palermo y acudía a citas conintelectuales en un café entre Viamonte y Florida, y alfinal de la tarde, tan solitario y desgraciado como Martín
  • 158. 166Fierro, se refugiaba en un viejo almacén de la calleColón donde van los que tienen perdida la fe. Ese no era mi caso. Si se me permite unaconfesión personal adicional, todavía yo no habíaperdido la fe cuando llegué al viejo almacén. Enrealidad, me hallaba en Buenos Aires para lapresentación de mi libro Batalla de Felipe que habíapublicado la editorial Losada y deambulaba comoturista por las calles de la gran ciudad. Creo que entré alviejo almacén, por casualidad o por error, acasopreguntando por chompas de cachemira, y me encontrécon el malevo quien, extrañamente en esta clase deespíritus, me sonrió y me invitó a su mesa. –Lo conocí a usted en el Perú –me dijo.Añadió–: En esa época, creo que me hacía llamar JorgeHerrera, o algo así. Los seudónimos son obligatorios,usted sabe, entre la gente que se dedica al teatro o quetiene cuentas con la justicia. Pero, ahora usted debellamarme Álvaro Cardoso. Espero que usted mereconozca como Álvaro Cardoso y me acepte un tragode manzanilla. Me di cuenta de que no tenía alternativa y quedebía de postergar para otro día mis compras desouvenirs, y mientras paladeábamos el trago, Álvaro,como es obligatorio en estas historias, bajó aun más elala del chambergo, para confiarme que el nombre de lamujer amada era Milagros de Diego y que era una actrizde teatro de ascendencia gallega. Ambos se habíanconocido en Trujillo, Perú, donde ella daba clases deteatro y él escribía obras de cierta consistenciadramática.
  • 159. 167 En esos momentos, ella estaba de vacaciones ensu tierra natal, y él la había acompañado para conocer aquienes podían ser algún día sus suegros. “Gente buena,sabe usted. Al viejo le caí simpático de inmediato, ybebimos mucho vino. En medio de los tragos, me dijoque estaba encantado de que la piba hubiera conocido aun hombre como yo. ¿Y sabe usted lo que me dijo? Medijo: Che, la piba es algo difícil, pero es buena. Che, queréla, quela piba es buena”. Eso ocurrió en los años setenta . Con Álvaro, otal vez Jorge, Cardoso, me volví a ver anoche en unaparrillería de Miami. Tenía que ser él aunque se hubieraquitado ya la prescindible barba que lo acompañaba ensus tiempos de bohemio, y su alma estuviera más agusto dentro de un abundante cuerpo de argentinoapasionado de los bifes. También él me reconoció, yvino hasta mi mesa para saludarme. El restaurante se llamaba Che, Queréla, y donJuan Carlos, el dueño, era nada menos que el amigoCardoso metido dentro de un nuevo nombre, o quizásde una diferente encarnación. Frente a un enormepóster de Gardel, asomaba una pianola. Los mozos, dosmorenos procedentes de La Habana –“chico, de LaHabana”–, estaban vestidos de gauchos y de rato enrato hablaban en lunfardo. Tuve que aceptarlo a mi mesa y aceptar sutarjeta de visita “Juan Carlos Cardoso – RestauranteChe, Queréla.” No tuve por qué preguntarle el motivodel cambio de nombre toda vez que la mayoría de losargentinos se llaman así. “Me hice ciudadano argentino,¿sabe?... pero el teatro no daba para vivir. Desde haceuna década vivo en Miami y, mal que bien, el negocio
  • 160. 168da para algo”. Me lo dijo gesticulando con la manoderecha con todos los dedos recogidos. Está claro que me persiguen las historias, y estano fue la excepción. Cuando intentaba despedirme,luego de terminada la botella de vino, tuve la malaocurrencia de preguntarle por doña Milagros... ¿Habíacontinuado ella su prometedora carrera en las tablas?¿Se habían casado en Buenos Aires? ¿Cuántos hijostenían? Reconozco ahora que fue una idea pésima. Elahora corpulento exdramaturgo se comenzó a hacerpequeño y cada vez más pequeño. Gruesas lágrimas leasomaron y dos botellas de un excelente Riojaaparecieron para acompañar la confidencia que ya fluía. El idilio se había truncado en el Perú, un añodespués de volver de Buenos Aires. “Ella continuóenseñando teatro en Trujillo mientras yo trabajaba enun colegio del interior, y la veía durante los fines desemana”. En una de sus visitas, notó que la piba estabaun poco cambiada: “Che, Álvaro, vos me habías dicho que losgringos del Cuerpo de Paz eran agentes de la CIA, perocreo que andás equivocado. Che, Álvaro, no todos losgringos son malos”. Y semanas más tarde: “Che, Álvaro, creo que se está produciendoentre nosotros una crisis de pareja, un conflicto, y... a lomejor... si nos viéramos, mejor, dentro de un año...” “Me la birló un gringo, ¿sabe?... Un tal Bill”.
  • 161. 169 Como todos los gringos llamados Bill, este Billmedía dos metros, y era muy simpático. Sobre todo, a élno le gustaban los conflictos. Simpáticamente conquistóa la piba y tiempo después se casó con ella. Por su partey también tiempo después, el despechado Álvaro viajó aBuenos Aires para dedicarse por entero al teatro yconvertir su desgarradora historia en algún dramaextraordinario, pero nunca llegó a terminarlo y, másbien, otro tiempo después, se dedicó a la compra–ventade carnes y al negocio de la parrilla que habría determinar por traerlo a los Estados Unidos. Anoche, mientras los camareros limpiaban lasúltimas mesas y volvían a ser cubanos, Juan Carlos notenía cuándo terminar su historia: “Esa misma noche se presentó en mi casa el talBill. Me dijo que Milagros le había hablado mucho demí, que no había motivo para estar enojados y queestaba loco por ser amigo mío. Traía consigo dosargumentos irresistibles: un disco de Carlos Gardel ydos botellas de whisky. Tomamos hasta muy tarde. Mecayó simpático el gringo, aunque quizás fuera agente dela CIA. En medio de los tragos, le dije que estabaencantado de que la piba hubiera conocido un espíacomo él. Y, ¿sabe usted lo que le dije? Le dije: Che, lapiba es algo difícil, pero es buena. Che, queréla, que lapiba es buena”.
  • 162. ¡América, América! Cuando me di cuenta de que el viejo Patrickhabía preparado personalmente las tarjetas de invitaciónpara su funeral, no dudé en asistir porque sabía que sehabía pasado los últimos diez años cuidando losmínimos detalles del gran acontecimiento, y porqueademás nunca me ha parecido dable desairar a undifunto. Se notaba que las esquelas tenían varios años deimpresas, pero los nombres de los invitados habían sidoescritos hacía poco con esa caligrafía tan primorosa, tansuya y tan propia de las personas que aprendieron aescribir a comienzos del siglo. En mi esquela, debajo dela letra impresa, había añadido de su puño y letra:“Estoy seguro de que vendrás a San Francisco. No vasa poder con tu curiosidad, Eddy”. Y no se equivocaba porque su personalidadsiempre había sido para mí un misterio insoluble que nosé si alguna vez descifraré, y ese misterio que a él leencantaba cultivar, me había hecho suponerlo, unasveces, agente de la CIA y otras, miembro de la KGB,aunque también lo había creído terrorista irlandés o talvez científico ruso pasado al enemigo y obligado a usaruna identidad diferente. Con el tiempo, fui desechandouna a una todas esas posibilidades, pero nunca pudesaber en qué punto de sus relatos se terminaba laverdad y comenzaba la fábula.
  • 163. 172 El Patrick que conocí a fines de los añosochenta era o aparentaba ser un comunista gringo,ochentón, que cultivaba el recuerdo de habercombatido contra el fascismo en las brigadasinternacionales durante la guerra civil española y nos lonarraba en historias cuyas fechas ypersonajescambiaban sospechosamente en cada versión. Tal vezya se acercaba a los noventa, pero el viejo no parecíahecho para la muerte porque, cuando aquella viniera allevárselo tendría que cargar el peso excesivo de susmuchas, vehementes y vastas ilusiones. A la salida de un café de Berkeley, que ambosfrecuentábamos, un día le había escuchado silbar LaInternacional, y al principio se me antojó que, a pesarde su edad, era un hombre de la CIA en busca deincautos que silbaran la estrofa final y le preguntaran:“¿Qué hace usted por acá, camarada?”. “¿Qué hace usted por acá, camarada?”, fue élquien me lo dijo en perfecto castellano y eso meinfundió la seguridad de que me hallaba ante un bienentrenado agente encargado en cazar comunistasextranjeros en la levantisca y sospechosa universidadcaliforniana. Aquel año, eso era aún posible porquetodavía no había caído el muro de Berlín, y la guerra fríano estaba oficialmente terminada. “Vamos, hombre. En este caso, la palabra„camarada‟ no tiene connotación política. Si usted no escomunista, no se preocupe porque algún día va a serlo,pero mientras tanto podemos ser amigos”. Decidí seguirle la corriente, aunque nocomprendía qué interés podía tener el servicio secreto
  • 164. 173de la nación más poderosa del mundo en un profesoruniversitario cuyo pasado era fácil de conocer sin tenerque recurrir a los sofisticados medios del espionajemoderno. Y sin embargo, a pesar de mis reticencias, variashoras más tarde, no parábamos de conversar en un caféde la calle Telegraph, a la vera del campus. HablabaPatrick de su tema favorito, la guerra de España, y en suanimada descripción, la batalla de Teruel no terminaba,al Puente de los Franceses no lo pasaba nadie, losmoros llevados por Franco se ahogaban en el mar, enlos puentes se hundían las banderas italianas y a laVirgen del Pilar la querían hacer fascista, pero ella decíaser militante comunista. Y Patrick, héroe supuesto en lahistoria que relataba, salía ileso en todas las batallas,pedía un vaso de vino y palmoteaba sobre la mesa quemare, mare, mare, vaya usted cantando. Creo que en ese momento, se me borró lasospecha de que el gringo fuera un agente de la CIA,pero nunca terminé de creer la historia de que hubierapeleado en España. De todas formas, justifiqué sumentira pensando que en la lejanía y en la soledad, loshombres se inventan pasados que terminan por ser tanverídicos y tan suyos como los propios hechos reales.Además, agente secreto o voluntario de las brigadasLincoln, no importaba quién fuera o dónde hubieraestado, el viejo Patrick me ofrecía una amistadfascinante que acepté desde ese primer momento, yunas semanas más tarde era obligado asistente de latertulia que él congregaba en el café de los beatniks,entre la avenida Columbus y la calle Jack Kerouac deSan Francisco.
  • 165. 174 Los más asiduos eran un cubano anticastrista,un sacerdote católico colombiano, una gringuitafeminista, un espiritista argentino y un lingüista brasileropropagandista del esperanto. La cita era los jueves y,aunque a veces me parecía que todos nos mirábamoscon cierto recelo, era obvio que nos reuníamos debido ala irresistible simpatía del gringo Patrick. Por eso, anoche, cuando el avión planeaba ya endescenso sobre San Francisco, me sentía muy feliz dever de nuevo a quienes no había saludado en siete añosdesde que me ausenté de California, y estabacompletamente seguro de que ahora sí descubriría laauténtica identidad de Patrick. Al salir del túnel que uneal avión con el aeropuerto, me encontré con Santiago, elcubano, que estaba allí vestido como un dandy tropicaldel siglo diecinueve. Aunque el chaleco no le entraba,todo él parecía sacado de un daguerrotipo, y me hizopensar que el mismo José Martí, aunque un poco másviejo y más gordo, había ido a recibirme. Por supuesto, Patrick no se llamaba Patrick, ySantiago no es necesariamente Santiago, pero los estoymencionando así por respeto a su voluntad de sersecretos y de acaso realizar tareas clandestinas, o de serfantasiosos y de vivir la maravilla de sus propios sueños.El gringo era el mayor de los dos, tal vez por diez oquince años; era el viejo. Por su raíz hispana y susgestos solemnes, Santiago era el antiguo. “Imagino cómo te sientes”. Santiago me puso elbrazo sobre el hombro y me condujo hasta su carro, ymientras avanzábamos hacia la ciudad, su conversaciónmezcló todo el tiempo los avances arquitectónicos del
  • 166. 175área de la bahía con los últimos momentos de nuestroamigo: “El médico se lo dijo hace un mes, y desdeentonces no ha parado de hacer los preparativos: lasesquelas, la música de fondo, el orden de oradores en elcementerio… Incluso le ha pedido a América quevenga de Madrid al sepelio, y ella ha aceptado. Y, apesar de su edad, va a venir sola. Sabes, por supuesto,quién es América, ¿no es cierto?”. Claro que yo lo sabía, pero no pude responderque no creía en su existencia. Durante los años denuestra amistad, Patrick solía rematar sus historias de laguerra de España con el nombre de una muchacha de laAlcarria, el pelo color azabache y los labios tan rojoscomo el infierno, que lo había acompañado en lasandanzas de la guerra, hasta el día funesto en que lasbrigadas internacionales tuvieron que marcharse deEspaña. Por amor a él, había cambiado su nombre queera Marisa por el de América, y ese era el seudónimoque utilizaría en la lucha clandestina contra los nazis enla Francia ocupada. Llegada la paz, se escribieronalgunas cartas. No se verían más en esta vida. La verdad es que América me parecía unartificio literario en las supuestas historias españolas dePatrick, o una muestra de su adicción por la literatura deHemingway. Claro que si ella aparecía en los funerales,su presencia habría de confirmar todas las fantasías delviejo bolchevique, pero ese hecho yo lo consideraba tanremoto como la insurrección de los proletarios que miamigo no se había cansado jamás de profetizar.
  • 167. 176 “Si todavía no eres comunista, no tepreocupes”, me solía decir, “algún día tendrás queserlo”. Y ello, según el gringo, acontecería, cuando lasbrigadas rojas, dueñas del poder en los Estados Unidos,comenzaran a llamar a todas las “personas honestas,incluidos los intelectuales pequeño–burgueses como túporque vamos a necesitarlos a todos ustedes paratransformar este país”. En la futura administración socialista, a todosnos había ofrecido puestos que acogíamos en silenciocomo para no espantar sus sueños. Tan sólo elsacerdote colombiano declinó irrevocablemente ladignidad de vicario de la futura Iglesia Popular de SanFrancisco, pero creo que todos, incluido el cubano,fingíamos por embeleso ante las historias de Patrick opor respeto al envejecer de un hombre en quien noenvejecían las ilusiones. Por mi parte, yo aparentaba aceptar el futurocargo de Comisario de Cultura de California para que elviejo no se sintiera desdeñado, pero de vez en cuando leponía problemas políticos para hacerlo volver a larealidad, como cuando le dije que la Norteamérica Rojaque él anunciaba tal vez iba a ser una nación muysolitaria, toda vez que la Unión Soviética de Gorbachovya estaba dando los pasos de regreso al capitalismo. “Gorbachov es el más grande revolucionario deeste siglo”, me respondió, “además, la perestroika y elglaznost son maniobras para que los capitalistas nosospechen que es su propio sistema el que se estáhundiendo”.
  • 168. 177 La noche de la caída del Muro encontré al viejosentado en la sala de su casa, frente a la televisión,arrellanado en un sillón de donde no se había movidoen veinticuatro horas, y pensé que se iba a morir depena, pero no hizo un gesto mientras, allá en la pantalla,la multitud brindaba con cerveza por la unificación deAlemania y la destrucción del comunismo. Una hora lovi así, sin atreverme a pedirle una opinión porquepresentí que lloraba, y así era. Estaba llorando y volteóhacia mí con los ojos brillantes como los de quien estáviendo el fin del mundo: “¡Cómo los hemos engañado!... Ahora vamos ajuntar a las dos Alemanias en un solo puño”. Y poco tiempo después, cuando fueroncayendo los regímenes de Checoslovaquia, Bulgaria y lapropia URSS, Patrick no hizo comentario alguno, peroel día de Navidad en que morían ejecutados los espososCeaucescu, dejó caer la frase que había estadopreparando todo el tiempo: “Señores: el socialismo ha caído. Ahoracomienza el comunismo”. “Te recordaba todo el tiempo y el mismo día enque el doctor le dio la noticia de que se iba a morir,apenas comenzó a escribir las esquelas, créeme, elprimer invitado en quien pensó fuiste tú. El siempredecía que tú escribirías la verdadera historia denosotros. Decía que esa era tu misión, y lo es”. “Pero, ¿qué te parece este nuevo puente? Tú nolo habías dejado... El progreso no tiene cuándodetenerse en este país. En cambio, en mi pobre Cuba...
  • 169. 178Tú sabrás ya las últimas noticias, por supuesto.¿Oíste?”. Metido dentro de un terno negro, con levita,bastón y una rosa blanca en el ojal, Santiago no separecía demasiado al contertulio de antes. Él y Patrickvestían todo el tiempo ardorosas ropas de batalla. A lasbotas, los pantalones comando o blue jean se añadía, enlos dos casos, una vieja casaca que evocaba un ciertopasado militar, aunque el cubano había sido unmelancólico notario de La Habana y había llegado a losEstados Unidos, con su esposa y sus dos hijos, enforma pacífica durante las primeras olas de laemigración. La relación excelente entre los dos ancianos eratambién difícil de entender puesto que ambossustentaban opuestos puntos de vista. Sin embargo,cuando los veía juntos, parecían desmentir el axioma deque los caminos paralelos nunca llegan a juntarse. “Ahora hay dos caminos paralelos para llegarhasta la ciudad. Vamos a tomar el más lento, pero estambién el que mejor paisaje ofrece”. Mientras iba manejando por la autopista caminoa la gran urbe, los gestos del cubano me hicieronrecordar la única vez que llegó tarde a la tertulia y seencontró con la mirada reprobatoria del gringo que noadmitía inexactitudes y que había impuesto una suertede disciplina de partido a lo que supuestamente era unatertulia de café. “La noticia que les traigo es importante. Me hetardado porque he estado en contacto con las bases enla isla durante varias horas por la radio clandestina, pero
  • 170. 179tengo el honor de anunciarles que la tiranía cae. Essolamente cosa de días, tal vez semanas. No puedodecirles más. Ustedes comprenderán...”. Pero los días, las semanas y los meses pasaban, ySantiago nos explicaba que la invasión había tenido quepostergarse para no agudizar las tensionesinternacionales o acaso por mediación del Papa quiendeseaba que todo se arreglase pacíficamente. “Ese hombre es un santo. Hemos tenido queceder ante una invocación suya. Pero nos hemos dadoun plazo”. Una noche después de la tertulia, Santiago meinvitó a su casa porque “tú sabes, chico, Caridad, miesposa, te quiere como a un hijo”, y allí en su sala, bajoun enorme cuadro de la Virgen de la Caridad del Cobrey luego de muchos mojitos, me rogó que le guardara unsecreto: “Sé que tú no compartes necesariamente mispuntos de vista, pero también sé que no eres undelator”. Y luego, mirándome con los ojos brillantes,había hablado quedo, tan quedo que tuvo que repetirvarias veces el secreto: era el líder de La Rosa Blanca, unaorganización revolucionaria del exilio cubano y acababade decidirse que cuando fuera llegado el gran momento,iba a reemplazar a Fidel Castro en el gobierno de la isla. “Las bases me lo han pedido, y ya tenemos listonuestro plan de gobierno desde hace varios años”. Las supuestas “bases” estaban dispersas poruno y otro lado de los Estados Unidos. Eran,
  • 171. 180probablemente, abuelos cariñosos y jubilados felices,pero celebraban periódicas reuniones en Miami paraelaborar planes militares sobre la inminente invasión, yen una de esas reuniones se había designado alreemplazante. “Tuvieron que desechar a Arredondoporque ya está muy viejo. Fui elegido por aclamación”. Por la propia naturaleza de la noticia, no podíapedirle detalles y, además, me incomodaba ser eldepositario de un secreto de esa trascendencia, demodo que traté de cambiar la conversación y le solicitéque me diera noticias sobre sus dos hijos residentes enMiami: “El trabajo, los negocios, el éxito, todo hahecho que los muchachos olviden un poco la luchacontra la tiranía. Carlitos, el mayor, me ha llegado ainsinuar que la insurrección y la política son cosa degeneraciones pasadas, pero no va a pensar así todo eltiempo. Un día, él y su hermano cambiarán porque lollevan en la sangre”. “Santiago lleva en la sangre su amor por elcombate y es como sus ancestros, como todos losespañoles que conocí en la guerra, y que peleaban hastaquedarse sin sombra”, comentó Patrick cuando le pedíque me explicara su relación con una persona tandistante de sus ideas. “Somos amigos porque ambos somos honestosy nos sabemos respetar, pero esto no es tan sóloamistad, también es una alianza estratégica. Cuando loscomunistas lleguemos al poder en los Estados Unidos,queremos tener una buena relación con quien sea queesté en esos momentos gobernando Cuba”.
  • 172. 181 En largos paseos por la bahía de San Francisco,los dos ancianos se habían hecho mutuas concesiones.Estaba convenido que La Rosa Blanca respetaría la vidade Fidel Castro, a quien solamente enviarían al exilio.Por el otro lado, los Estados Unidos Socialistas nointervendrían en los asuntos de la isla vecina, y ambasnaciones podrían trabajar en algunos proyectoseconómicos conjuntos. Santiago había estado insistiendo en el asuntode la libertad de ejercer un culto religioso, hasta que seconvenció de que ese derecho estaría completamenteasegurado. En secreto, me confió que Patrick era hijode una irlandesa y que, aunque no profesaba un cultoen particular, se llevaba de lo más bien con los católicosy solía llegar a las iglesias después de la misa, a la horade la comunidad, para darse atracones de donuts queeran su manjar predilecto. Lo que a mí más me fascinaba de estos amigoseran las asombrosas batallas de Patrick en España y lasconspiratorias andanzas de Santiago, pero acudía a latertulia y permanecía en ella hasta el momento en quemás allá de eso, se discutían los destinos del mundo. Enuna de esas ocasiones, Milón Cepeda, el lingüistabrasilero nos invitó a brindar con champagne por elesperanto que tanto Patrick como Santiago habíanaceptado incluir como idioma oficial de la futuraOrganización de Naciones Unidas. El gringo nos había pedido sugerencias sobre elrostro que debería aparecer en el futuro billete de veintedólares, el que más corre por las manos del pueblonorteamericano. “Tenemos que romper las tradiciones,y poner la foto de un hombre joven y popular, tal vez
  • 173. 182un artista de cine”, dijo y los latinoamericanos nosquedamos callados para no tener injerencia en asuntosque no nos correspondían. Pero una semana más tarde, nos hizo conocersu decisión: “Me parece que será Warren Beatty, por supapel en la película Rojos”. Fue entonces cuando empezó la polémica quepudo terminar con la vida de nuestra tertulia. MaureenDolan, una socióloga feminista, se quejó amargamentede que, para tan trascendentales proyectos, únicamentese pensara en los hombres. “Si estamos siguiendo el criterio de buscarestrellas del cine, creo que por su trayectoria progresistatiene que ser Jane Fonda”. La dama ofrecía clases de Estudios de Géneroen Berkeley y había sido autora de una propuesta paracambiar el nombre de esa ciudad. “Berkeley era blanco,y además, hombre. Mejor deberíamos llamarla SisterCity”. Por fin, en lo que era una dura crítica de nuestratertulia, dijo que a ella no le merecían mucho respeto“tertulias en las que no están presentes personas decolor, y solamente hay gente de los dos sexostradicionales”. Felizmente la sangre no llegó al río. Patricktransigió en que el asunto se discutiese cuando suscamaradas ya estuvieran en el poder, pero aseguró quenos tenía una sorpresa que también sería del agrado deMaureen.
  • 174. 183 Despacioso, abrió un cuaderno de dibujo en elque se hallaba el arte final de la futura estampilla detreinta y tres centavos, la más usada en el correo de losEstados Unidos. Era una bailarina a cuerpo entero.Tenía el pelo negro como el azabache y los labios rojoscomo el infierno. Un abanico se mecía en su mano.Quizás había estado bailando flamenco. Quizás habíaestado bailando toda la vida. “El baile es la expresión dela lucha de clases, y ella misma es la personificación delinternacionalismo proletario. Es la belleza del tiempofuturo. Tiene el mismo nombre que muchos le dan aeste país. Es la mujer revolucionaria. Es América”. “Los funerales son mañana, pero quiero queesta noche, o sea dentro de dos horas, pases por mi casapara tomar unos tragos”, me dijo Santiago cuando yame dejaba en el hotel. “No habrá muchos. Será una reunión de petitcomité, ¿entiendes?... Además, allí tendrás oportunidadde conocer a doña América que está alojada connosotros, y ha hecho grandes migas con mi esposa”. Santiago había dado en el clavo.Deliberadamente, dejaba para el final el gran misterio yme obligaba a pasar las dos horas más ansiosas de mivida. Si de veras existía doña América, entoncesciertamente Patrick era un héroe de la batalla de Teruely había peleado al lado del comandante Lobo en lasbrigadas Lincoln. Todo e incluidos dentro de todo, elfuturo de Estados Unidos y el de Cuba, la universalidaddel esperanto y los acuerdos de los dos viejos asumíanuna nueva dimensión, acaso un cierto color de realidad.
  • 175. 184 Llegué antes de la hora y me encontré con losbrazos abiertos de mis anfitriones, unas ramitas dehierbabuena sobre los mojitos servidos en la mesa de lasala y dos enormes álbumes de fotografías. “Te hasperdido casi siete años”, me dijo doña Caridad, “ahoravas a conocer a mis nietos y vas a ver en estas fotos laspillerías que hacen en Miami”. Por su parte, Santiago me explicó que suhuésped española no tardaría en llegar puesto que habíasalido por la tarde a visitar a algunas amistades. “¡Qué raro! Pensaba que ella nunca había estadoaquí”. Lo pensé, pero no sé si lo llegué a decir. Tal vezme contuve para no aguar la fiesta con alguna dudainjustificada y, después de dos horas, cuando se abría lasegunda botella de un ron nostálgico, la esperada hizosu aparición. ¡Increíble! Era la dama de la estampilla, labailarina que emergía de una España del pasado y cuyomaquillaje hacía indescifrables sus presumiblesochentas. Doña América era más española de lo que lasespañolas suelen ser. “Quizás las españolas eran másespañolas hace sesenta años”, pensé y me costó trabajolevantarme para saludarla, no tanto por los mojitoscomo por sentir que me estaba metiendo dentro de unlibro y que, desde ese momento, a excepción de mí quehabía pasado a ser una ficción, todo comenzaba a seratrozmente real. Sus enormes pendientes hacían un inquietanteequilibrio mientras caminaba. Sus zapatos de bailarinase acercaron hacia mí. Me saludó condescendiente, perocon algún interés. “Usted es el escritor, el que va a
  • 176. 185escribir la historia. Patrick me había hablado mucho deusted”. ¿En qué momento?, quise preguntar, pero no lohice. “Me dijo que usted era toda una promesa paraBrasil... quiero decir para el Perú”. Se corrigió otra vezcuando me calificó de lingüista de nota y dramaturgoconnotado, y de allí pasé a ser periodista de vanguardiay cronista de la revolución. Me cayó simpática aunque me parecía haberlavisto antes en cierta ilustración del libro de WashingtonIrving o en alguna versión hollywoodesca de El Zorro.Tal vez me parecía demasiado literaria con su pelonegro recogido de lado por una peineta y sus ojos en losque brillaba el fulgor de alguna vieja estrella negra. Porun buen rato, lo único visible de ella eran sus dedos enlos que bailaba una docena de anillos y sus manos queno parecían haber estado quietas jamás. Quizás anteshabían servido para agitar una pandereta, golpear doscastañuelas o sacudir un abanico. Ahora, no dejaban debalancear el vaso de whisky que había preferido en vezde los mojitos. No sé por qué me dije: “Aquí comienzala verdadera historia”. De las manos regresé a la peineta que eraescandalosamente grande y real. Hasta entonces,solamente había visto peinetas en las descripciones delas españoles castizas y creía que tanto esas peinetascomo esas españolas eran un invento de los gringos. Talvez me detuve demasiado tiempo en la observación dela peineta: “Se asombra usted de la negrura de mi pelo.Claro que ahora el tinte es la respuesta, pero en losbuenos tiempos, cuando conocí al gringo, era del colordel azabache”.
  • 177. 186 Se me ocurrió pedirle que nos contara algunaanécdota de su trabajo insurreccional, o quizás de la vezen que el Gringo y ella habían entrado disfrazados enuna prisión para rescatar a un líder catalán. “Aquí comienza la verdadera historia”, me dijecuando doña América empuñó otro vaso de whisky yentornó los ojos para recordar sus aventurasrevolucionarias, pero de repente los dirigió haciaSantiago como si le pidiera permiso, o tal vez auxilio. “No creo que sea el momento de que ellarecuerde esas historias. El viaje desde Madrid, lasemociones intensas, el ver al gringo otra vez peromuerto, la violencia de los recuerdos… No, la verdad,sugiero que hablemos de otras cosas”, dijo el viejocubano. Entonces le llegó el turno a él mismo de contarcómo había huido de Cuba hacía casi cuarenta años.No, no había sido por el mar. ¡Qué va! Eso era fácil encomparación con las que había tenido que pasar.Primero, había tratado de dar un golpe de estado contraFidel Castro, pero el golpe había fallado en el últimomomento por delación. Luego se había convertido en elhombre más perseguido de Cuba, y el que más disfraceshabía usado, hasta que por fin había subido a un aviónoficial haciéndose pasar por el embajador ruso. Me pareció un poco cambiada esa versión, perosupuse que tal vez Santiago había entrado y salido variasveces en secreto de la isla. Además, todos estábamos yamareados, y los tragos nos hacían saber que el presenteera más importante que los recuerdos aunque estossean más densos, acaso más manipulables.
  • 178. 187 “Lo que es yo, voy a poner algo de flamenco. Eldifunto lo adoraba”. La mujer de la estampilla avanzó hacia eltocadiscos y colocó l un disco compacto que llevaba enel bolso, y creí que solamente iba a escucharlo. Perootra era su decisión. A mitad del camino de regresohacia el sofá se detuvo. Luego se inmovilizó con lacabeza tendida hacia atrás y las palmas de las manos enalto. Cuando la música comenzó a salir en oleadas, laaguardó como un torero espera a la fiera, y ese fue elmomento en que ella comenzó a ser de verdad ella,quizás a recuperar su cuerpo. Cuando hay música, unabailarina es la única persona de verdad, me dije y volví apensar “aquí está comenzando la historia”. “Una bailarina es más que sangre y recuerdos. Aveces es, solamente, ojos”. Lo pensé cuando la mujervieja vencía a la música y se convertía en un furiosomovimiento de pies. “Una bailarina es la única personade cuya existencia podemos estar completamenteseguros”, volví a pensar. De una pieza de flamenco pasaba a otra altiempo que nos explicaba la misteriosa historia de esebaile y reclamaba otro vaso. Ahora, ya eracompletamente ella como tal vez no lo había sido en suvida, y me dio la impresión de que su acento para hablarel castellano había variado. Estaba pasando delmadrileño a un castellano con ritmo tropical, tal vezcubano. “Ven acá, chico”, me dijo cuando huboterminado de recuperar su cuerpo, “¿tú sabes que elflamenco y las danzas cubanas tienen mucho en
  • 179. 188común?”. Yo no sabía nada en esos momentos: tansolo sabía buscarla en la danza cubana que ahorainiciaba y buscarle la sombra que por ratos se quedabaatrás, y recogérsela como le recogí la peineta una vez yluego el pañuelo rojo que llevaba sobre la cabeza comose supone que lo llevan las gitanas. Al final, se le cayóuna pequeña agenda que contenía sus presumiblestarjetas de visita, y decidí quedarme con una de ellas.Me la guardé en el saco, y seguí presenciando latransformación de la dama revolucionaria en bailarinade flamenco, y luego de salsa y de merengue. Al final, yano hablaba otra lengua que un castellano cubano y secomunicaba a gritos con Santiago como si seconocieran desde siempre. La música me arrulla como lo hacía mi madreen mi infancia, y debe ser por eso que me comencé aquedar dormido. En mi sueño se alternaban Patrick,Santiago, América y dos negritas que cantaban: “Seacabó el jabón... qué vamos a hacer!... Yo tengo unmeneíto para lavar la ropa....” Después me parecióescuchar una discusión sobre honorarios profesionales:“En Cuba o aquí, un artista profesional debe ser bienremunerado”, me pareció que decía doña América, perolas negritas no cesaban de interrumpir: “Yo tengo unmeneíto para lavar la ropa...!”. “¡Duerme bien! No tienes por qué levantartetemprano porque el entierro será por la tarde”, me diríadespués Santiago cuando un taxista fue a recogerme, yluego añadiría: “Pero tienes que estar bien porque tútienes que escribir la verdadera historia. Esa es tu tarea”. Me puse a escribirla a la mañana siguiente antesde salir del hotel, pero cuando trataba de encontrar un
  • 180. 189papel en el que había apuntado algunas ideas, unatarjeta cayó al suelo. Era la de América, y decía: “Maríadel Rosario: la dama cubana de la danza: Academia deflamenco y danzas cubanas”. Seguía una dirección enMiami. Tomé un taxi y me dirigí al cementerio dondecomienza para mí la verdadera historia. El resto de esterecuerdo no tiene palabras, sólo imágenes como sueleocurrir en los sueños. Me veo caminando por unhermoso camposanto de San Francisco. Veo a doñaAmérica, a Santiago y a mí mismo usando severosanteojos negros. A pesar de los anteojos, ella parecehaber llorado toda la vida y algunos amigos la vansosteniendo. No recuerdo nada del propio funeral. Enmi recuerdo, quizás en vez de ser cremado, Patrick sehace invisible. Después, veo al cubano dando undiscurso que es seguido por Milón, posiblemente enesperanto. Al final, Santiago quizás le dice al público quevoy a hablar y que deben creerme y me guiña el ojo, yyo miro los ojos de doña América, y comienzo a deciralgo que es probablemente la verdadera historia de todoeste tiempo, mientras el milenio se acaba yposiblemente el sol ha desaparecido del universo y lascenizas de Patrick se van esparcidas por los vientos portodo lo redondo del mundo y lo que queda del tiempo.
  • 181. Siete noches en California La víspera de Corpus Christi, Leonor soñó quesaltaba vallas perseguida por un toro de color dorado, ya la mañana siguiente se alegró mucho porque esosignificaba que llegaría a cruzar la frontera de losEstados Unidos. Por extraña casualidad, aquella noche, su maridotuvo el mismo sueño con la pequeña diferencia de queel toro era él, pero de todas maneras se sintió contentoporque durante toda la noche no había cesado deescuchar los halagos de los espectadores sobre su regiaplanta, su lomo dorado y su gigante cornamenta. Siete noches anduvo la pareja metida en esosextraños sueños compartidos, pero ninguno de los dosllegó a saber que los compartía porque hacía diez añosque no se hablaban. Ese mismo tiempo hacía desde laprimera vez que ella le había pedido el divorcio, peroLeonidas se había negado enfurecido a firmar lospapeles del mutuo disenso debido, según le explicó, asus profundas convicciones religiosas y al amor queprofesaba por sus hijos, todo lo cual no había sidoimpedimento para encerrar a la madre y a la hija mayorcon candado cada vez que él salía de viaje, ni paragritarle a Leonor que era una puta cuando insistía en elasunto del divorcio, ni para hipotecar la casa que erabien propio de la esposa, herencia de sus padres, previafalsificación de su firma, ni para andarle gritando que lasmujeres decentes no trabajan y, sin embargo, habersequedado con el dinero de la indemnización laboralcuando ella tuvo que renunciar, ni para mostrarla en
  • 182. 192público como su señora legítima, de angora, e irse porallí preciándose de ser hombre para otras regiasconcubinas y de que toda mujer temblaba frente a élporque Guadalajara es un llano, México es una laguna yme he de comer esa tuna aunque me espine la mano, nipara ser íntimo amigo de algunos amiguitos raros quedecían fo a las mujeres, ni para caminar por allí diciendoen bares, burdeles y clubes sociales supuestamenteexclusivos que casándose con ella le había hecho unfavor porque los Montes de Oca le daban nobleza y florde sangre a una García y le mejoraban la raza, aunqueLeonor se pasara los tardes haciendo suyo un bolero enel que una mujer proclamaba que no quería ser niprincesa ni esclava, sino simplemente mujer. La mañana de Corpus no se hablaron pero nofue solamente porque nunca se hablaban, sino porqueella no estuvo por allí para compartir el compartidodesayuno ni para entregarle su cuerpo dos horas antes, alas seis de la mañana, porque dio la casualidad de queuna hora antes de antes se había escondido en uno desus sueños y se había fugado, según algunos, en un trende sueños y, según otros, en un ómnibus veloz y habíallegado a tierras que, aunque el marido no lo supiera,estaban ya cerca de la frontera. Aquella mañana, Leonidas se levantó algo tardeporque no había querido despertar del hermoso sueñoen el cual él era un toro y la gente le gritaba “olé”, “olé”,y en tanto que él se complacía agradeciendo al público,su mujer también en sueños arribaba a Tijuana, laciudad de la frontera y vencía el último escollo parallegar a los Estados Unidos. Cuando Leonor pisó tierranorteamericana, Leonidas abrió los ojos sonriente y
  • 183. 193feliz de haber soñado con personas que aplaudíanextasiadas su traje de luces, y olé, olé. “Olé, olé y olé”, sintió Leonidas que un coro deángeles le cantaba desde el cielo apenas comprobó ladesaparición de Leonor, y a pesar de los halagoscelestiales se sintió rabioso y se dijo que el niño deambos no había resultado suficientemente efectivo paraimpedir una fuga largamente anunciada. Le enseñé adecir: “Mamita, si te alejas de papá yo me mato”, peroaun a pesar de eso, ella tomó a la hija mayor y se habíaido muy lejos y ya le llevaba varios centenares dekilómetros de carretera y muchos más de sueños. Detodas maneras, Leonidas se echó sus sueños a laespalda, cargó su pistola Smith & Wesson, se puso en elbolsillo su partida de matrimonio y algunos fajos debilletes verdes y llenó con joyas un pequeño cofre. Lossueños le ayudarían a ubicarla, la partida de matrimoniole serviría para acreditar propiedad sobre la mujer quehuía de él, los dólares estaban destinados a recompensaral policía que lo ayudara a capturar a su propiedadlegítima, la cajita de joyas iba con él para decirle que sí,mi reina, ahora sí que todo va a ir bien entre nosotros yla pistola le vendría bien entre las manos para hacerlever a todo el mundo que era mejor no vérselas con él asolas porque, como decía su fama, era hombre malo,malo y mal averiguado, de corazón colorado. Las malas lenguas andan diciendo que, lavíspera de salir a buscarla, Leonidas se emborrachócomo los bravos y que de pura furia se puso a repartir
  • 184. 194balazos: disparó sobre el sauce porque había sido elúnico amigo y confidente de la pálida fugada, disparósobre el perro porque no ladró en el instante en queaquella hacía las maletas, disparó hacia la luna porhaberle metido ideas románticas, disparó hacía elcostado del cielo donde navega la constelación deEscorpión porque allí suelen esconderse los amoresprohibidos, disparó hacia la proa del universo porquecomo todos lo saben el universo viaja a la velocidad dela luz, y no termina de moverse, y así la bala viajaría luztras luz y siglo tras de siglos hasta dar certeramente en elcorazón de aquel que le estaba robando el corazón desu esposa legítima, si es que aquel existía, y dejó dedisparar porque había que guardar balas para el tipo quela estuviera acompañando si es que había uno, serepitió, pero no, eso no era posible, porque en primerlugar, su esposa era una mujer decente y después dehaberlo conocido a él como varón no habría podidoencontrarle el sabor a otro y en segundo lugar, porquese había tocado muchas veces la frente sin que leaparecieran señas de que iba a nacerle allí un prodigio, yotra vez en primer lugar porque ella, con esoscuarentidós años a cuestas, no podría encontrar otrogalán que la menopausia o los galanes de las novelasque escondía en la mesa de noche y que deberíahabérselas quemado, sí señor, pero una tarde tuvo lasensatez de revisarlas cuando ella estaba ausente y sóloencontró zonceras, la historia de un amor imposibleque revive treinta años después cuando el marido de laprotagonista muere, ja, para eso faltaba mucho, peroqué ganas iba a tener ella de uno de esos hombres depapel si tenía en frente al verdadero hombre y ademáslo había tenido diez años sin ver a nadie más interesante
  • 185. 195que él cuando él la llevó a vivir en la hacienda donde nohabía más hombres que esos indios marrones y el únicoblanco, alto, buen mozo y de buena familia, de losMontes de Oca, con ramas en México, Perú y Españasoy yo. Pero qué ganas de hombre iba a tener ella si nohabía sabido ser hembra para el real hombre que lahabía guarecido tanto tiempo, y ya habían pasado diezaños sin que ni siquiera un beso con los labios lehubiera correspondido, y peor en lo otro, si se echabaen la cama como una vaca recién laceada sin moverse nioponer resistencia y sin decirle qué rico eres a él quesabía lo macho que era. No, mañas no eran ni otrohombre lo que la había empujado a la fuga sino la puramenopausia, y en eso sí que fallé porque debí curarla, sesintió un poco culpable porque, cuando ella andabarespondona, otra medicina había debido darle, como lavez en que le hinché los ojos y le rogué de rodillas queme perdonara y las veces en que solía encerrarla en elbaño con un candado para que escuchara su charlacientífica sobre las mujeres malas pero debí seguir elconsejo de mi santa hermana y agarrarla a baldazos deagua helada para que se le fuera el demonio de lacalentura, sí señor. Aunque algo hice por ella cuandoordené trabar las llaves de agua caliente de la casa paraque el agua heladita de la sierra la hiciera entrar en saludy la convirtiera en una regia hembra en vez de esa mujertemblorosa a la cual le saltaba la ceja izquierda encuanto él se le acercaba, y luego todo el cuerpo, comoen forma de tercianas cuando él iba a cumplir con susdeberes conyugales, y por supuesto que él había sabidoser paciente y solamente la tomaba cuando a ella se lehabía pasado la tembladera y ahora a bañarse mi reina,
  • 186. 196en agua bien friecita para que se te vayan los malospensamientos, y para que se acabe de una vez por todasesta pequeña contrariedad que hay entre nosotros y quees sólo una pequeña crisis de la relación conyugaldebido a lo mal que me ha estado yendo en losnegocios, y todas las parejas tienen problemas y todoesto pasará pronto, mi reina, porque con dinero o sindinero yo hago siempre lo que quiero y yo sigo siendoel rey. Claro que la cosa se ponía un poco difícil ahorasi ella ya había llegado a los Estados Unidos porque alos gringos se les había dado con la bendita historia delos derechos humanos y al calzonazos del presidente lomandaba su mujer, y no sería raro que dieran una ley deasilo contra la violencia doméstica como le advirtió suabogado. Si ella había entrado en territorio americano,la cosa se ponía brava porque allí no iba a poderlespagar a los policías ni a los jueces, como la había hechoantes las tres veces en que ella se había fugado con losdos niños y la vez en que la acusó de secuestro, ycuando el juez le preguntó a él: “¿La encerramos,ingeniero?”, de puro magnánimo, dijo que no y laperdonó cristianamente con la condición de que deahora en adelante te muevas en la cama, y vendrás avivir en la hacienda, y al bebé lo cuidará mi hermana ensu casa y a la niña mayor podrás criarla tú allá en elrancho grande siempre y cuando no me la conviertas enuna romántica. Todas las mujeres son ingratas y ahora,a los veinte años de matrimonio, Leonor se habíaescapado llevándose a Patricita de dieciocho años que la
  • 187. 197siguió porque sabe que es una consentidora y queaceptará que se case con cualquier pelagatos y no con elhijo de mi socio que yo le tenía reservado, y la muydesnaturalizada me ha dejado al bebe porque no quisoseguirla, para que yo lo amamante, olvidándose laingrata de los veinte años de felicidad que le he dado yde los principios espirituales que rigen a la familiacristiana. Quiso preguntarse por qué, pero no pudoresponderse debido a que, de forma increíble en unhombre tan bravo, dos lágrimas comenzaron a cerrarlelos ojos, y se quiso decir que los valientes tambiénlloran, pero no alcanzó a musitarlo, y se quedó a lamitad de la frase, dormido, y vio en sueños que unpotro emergía del océano, y se dijo que eso era unsueño, pero el potro lentamente sacó primero del agualas orejas y después los ojos amarillos y dorados, y porfin el lomo y la cola que habían estado guardados milaños en el fondo de los mares, entre pulpos y estrellas, yse deslizó suavemente trotando hacia la curva del cielo,y sobre el lomo llevaba montadas a Leonor y a Patricita.Se las llevaba hacia la Vía Láctea. Lo que no sabía Leonidas es que sus lágrimasno eran lágrimas y lo que él había tomado por la VíaLáctea tampoco lo era. Era brujería el agua de laslágrimas y también lo era el color jabonoso del cielo quepor unos instantes le habían impedido ver al mundo y alas silenciosas fugitivas, y todo aquello le había sidoenviado desde lejos gracias a un excelente trabajo demagia roja, la magia del amor, que había sido operado adistancia por doña Elsa Vicuña a pedido de Leonor.“Ayúdeme”, le había solicitado. “Ayúdeme”, había
  • 188. 198clamado al ver que no había nada ni nadie sobre la tierracapaz de apoyarla. “Ayúdeme, por favor”, le habíarogado desde lejos, incluso sin conversar con doñaElsa, cada vez que bajo la máquina brutal del marido, alsaciarse él, ella le rogaba con espanto: “Ya estás saciado.Ahora déjame ir”, a lo que él invariablementerespondía, tal vez ya medio dormido: “Te vas, te puedesir ahora mismo, pero te vas sola. A mi hijo varón me lodejas”. Y ella había averiguado con un abogado de lospocos en que se fiaba que, efectivamente así era, que sise llevaba al niño podía ser acusada incluso del delito desecuestro. “Pero, licenciado dígame entonces: ¿quépuedo hacer?”. “Lo más sensato es que ustedes doslleguen a una amigable disolución del matrimonio conel mutuo disenso”. “Entonces plantéele el divorcio porla causal de violencia moral y física”, le respondía elabogado con la certeza de que le estaba mintiendoporque los jueces y la corte de la ciudad siempreestarían de parte del rey del mundo, de LeonidasMontes de Oca, que solía dar fiestas exclusivamentepara hombres y que había sabido honrar el prestigiosoblasón de su familia con el éxito total en los negocios,en los negocios honrados y en los que no lo eran tanto,y de quien incluso se decía que había logrado hacerle latrampa a un famoso narcotraficante después de haberlorepresentado y haber sido su socio. No había un podersobre la tierra capaz de hacerle frente a un hombre queera algo así como hermano del jefe supremo de lapolicía del estado: “Conque ya lo sabes. Así te fueras aParís o a Venus, el comandante Marroquín, mihermano del alma, te haría rastrear con sus sabuesos yte encontraría en el fondo de la tierra y te pondría en laprimera comisaría en lo más alto de los cielos como
  • 189. 199para ti mi reina, y te hallaría en el fondo pardo de losocéanos y en los caminos que hay entre estrella yestrella, y abajo, más abajo de abajo, te ubicaría inclusoen el fondo de los infiernos, porque eso sí, mi reina, alcielo ni siquiera pienses en ir porque allí no podrásrecurrir a Dios, quien ya te debe haber cerrado elingreso a su santísima casa por el pecado infame detratar de romper el lazo sacrosanto del matrimonioporque lo que Dios ha unido no lo separe nadie. Nadie,mi reina. Y allí mismo en la puerta del cielo, cuando SanPedro te diga que no, mi reina, que habrías debidopensarlo antes de atreverte a pisar la santa casa de Diosporque allí no se admite a la gente que no cree en elsantísimo matrimonio, allí mismo, mientras le llores aSan Pedro y forcejees con los guachimanes del cielo, allíaparecerá mi compadre, el comandante Marroquín, conórdenes firmadas y refrendadas por la autoridadcompetente para decirle a San Pedro que con la veniade usted, vengo por esta mujer de parte de su legítimodueño y señor don Leonidas Montes de Oca, y me lallevocon la venia y la bendición de usted y también la deSan Antonio, que es el Santo de los matrimonios, paraconducirla directamente al dormitorio de don Leonidasdonde debe cumplir con los deberes del santísimomatrimonio. Y así habrá de ser, mi reina, hasta que lamuerte nos separe, y que no se te ocurra morirte antesporque te hago sacar de la muerte con la fuerza de miamor y la fuerza pública del comandante Marroquín,pero no te apures que de todas maneras morirás, perodespués de mí, y allí también nos veremos porquemorirás como toda una Montes de Oca y te enterraránen el sepulcro de piedra negra que guarda los huesos ylas almas de mis antepasados, y para toda la eternidad,
  • 190. 200reposarás amorosamente a mi costado y junto al cuerpoinmaculado y la olorosa santidad de mi tía abuela doñaCarmen Adelaida Victoria Larrañaga y Montes de Ocacuyo espíritu nos acompañará toda la vida o toda lamuerte hasta que vengan a sacar sus restos parallevarlos al Vaticano donde el Papa la canonizará deinmediato”. Y por todo esto, porque Leonardo le habíademostrado que no había poder en el universo capaz dedevolverle la libertad, ni la paciencia, ni siquiera la dulceespera de la muerte, por todo esto Leonor le habíarogado a doña Elsita Vicuña que le volviera a leer lasuerte, pero que ahora la ayudara a corregir la carta delos destinos. Así lo hizo doña Elsita, y apenas Leonorpartió el mazo volvieron a aparecer los dos naipes de suobsesión: en el primero, estaba ella, triste y bellísima,vestida de reina española; sobre su cabeza cayó el naipemás importante, el de un rey todopoderoso con cuatropares de ojos que le permitían mirar al mismo tiempo alnorte, al sur, al este y al poniente. Como siempre: enesas condiciones cualquier intento de fuga eraimposible. Como siempre, sólo que esta vez hubo unapequeña variante: apenas apareció la carta del rey, lasdos mujeres, según lo tenían planeado, la metieron enuna tinaja colmada por las lágrimas que Leonor habíavertido la noche anterior bajo la luz dudosa de la luna ylos rayos luminosos de la Vía Láctea, y así le velaronmágicamente los ojos a Leonidas para que durante sietedías, los únicos de toda su vida, no mirara hacia lascuatro direcciones, no sospechara, no espiara, no fisgaralas puertas ni los sueños y para que sus ojos atisbaran elfirmamento y únicamente alcanzaran a ver la lechederramada por la Vía Láctea y para que todas la cosas leparecieran un sueño como cuando vio que un antiguo
  • 191. 201caballo emergía de los mares, y montadas sobre él seiban Leonor y Patricita, y tan sólo atinó a decirle ensueños a la cama vacía de Leonor: “Qué raro, soñé quete ibas en un caballo por el río sin fin de la Vía Láctea”.Lo que no sabía Leonidas es que ese río avanza hacia elnorte, y fue por eso, que pasados los siete días de suceguera mágica, la fugada y su hija ya habían atravesadolas plateadas montañas de México y estabandescendiendo suavemente sobre las tierras deCalifornia, aromadas de frutas y libertad. Por su parte, lo que no sabía Leonor es queLeonidas también iba a acudir a la brujería, peromientas que ella usaba de la magia roja, él contrató a unmaestro de magia negra, don Filemón Castañeda, brujopor herencia familiar, de quien se sabía que al morir supadre, igualmente brujo, le había cortado la cabeza paraque le sirviera de consejera durante las operacionesmágicas, y precisamente fue esa cabeza la que, entradaya la medianoche, abrió la boca vacía y le preguntó aLeonidas: “Patrón, ¿canto?” “Canta, pues”, le ordenó,“pero no creas que creo en brujerías”. “Entonces,patrón tengo que aconsejarle que no la siga buscandoporque lo que es ella ya ha llegado a Los Ángeles”. Esoera lo bravo porque allí sí que no podía contar connadie, a menos que el compadre Marroquín pudierahacer un contacto con la Interpol, pero eso no eraposible en aquel momento, porque Marroquín andabaun poco escurridizo con esos caballeros “por una nada,compadre. Los gringos suponen que tuve algo que veren la muerte de un agente antinarcóticos y usted sabe,
  • 192. 202compadre, que usted tampoco podría entrar en losEstados Unidos porque los gringos suponen quetambién tuvo usted arte y parte en esa muerte”. Allí fuecuando Montes de Oca comenzó a gritar que todo esoera una mentira, que la brujería no existía y que todoseran unos cobardes: el comandante, el brujo Filemón yla cabeza muerta que sólo sabía hablar sandeces yprofetizar asuntos que ya habían ocurrido, y le ordenó ala cabeza que se mordiera la lengua inexistente, y depuro obediente, la cabeza lo hizo, lo cual lo alivió unpoco de su gran pesadumbre porque le hizo sentir algoseñor en los señoríos de la muerte. Entonces pidió que mataran al amante. “Peroresulta que no, don Leonidas, con su perdón pero aquíla veo sola y no veo hombre alguno a quien matar”, dijola cabeza del muerto y añadió que no había visto ningúntriángulo amoroso, “sino que el problema es que ella nolo puede aguantar a usted, patrón”, y para estar másseguros se había metido dentro de su corazón y le habíaborrado todos los boleros y otras canciones de amor asícomo el recuerdo de los enamorados que hubieratenido antes de conocerlo a usted, don Leonidas,incluso en alguna encarnación anterior”. “Entonces, inventen algún modo de traerla. Sino quiere ni por la buena ni por mala, hay que lograrque se regrese por su propia cuenta”. “Ahora sí estamoshablando en serio, patrón”, dijeron al mismo tiempo elbrujo y la cabeza encantada, y después de varias horasde indagar en los infiernos, volvieron de allí con larespuesta de que podían lograrlo. Para ello servían laspesadillas. Colmarían las noches de la fugada consueños de pesadumbre, harían que los remordimientos
  • 193. 203la desbordaran y que la frialdad de la muerte seescondiera debajo de su almohada hasta que, harta detanta pesadilla, Leonor desandara el camino que la habíallevado a los Estados Unidos, diera gracias a la familiaque le había ofrecido alojamiento, renunciara al trabajoque le habían conseguido y encaminara sus pies hacia lafrontera donde también daría las gracias a la patrulla defrontera y les prometería no pisar otra vez el país dondeno había sido invitada, y luego avanzaría, plena deamor, como en cámara lenta, hacia el lado mexicano,donde estaría esperándola el recio pero magnánimo donLeonidas Montes de Oca, “usted, patrón, vestido todode negro como ranchero, con luz de miles de estrellas ymúsica de pasodoble que es como lo estoy viendo”. Y por eso fueron siete las pesadillas que lacabeza muerta le envió a la fugada. Los siete sueñosnegros salieron de Guadalajara, uno cada viernes, yatravesaron cumplidamente la frontera, volaron sobrelas supercarreteras, entraron en Los Ángeles,esquivaron los rascacielos y, uno tras de otro, viernestras viernes, entraron por la ventana de Maple 247,séptimo piso, donde dormía Leonor, y se metieron ensu sueño, o más bien se convirtieron en sus sueños,pero no lograron lo que se proponían. No los seisprimeros sueños; sí el último. Durante la primera pesadilla, se le apareció elalma de una mujer condenada al infierno por haberdesobedecido a su marido, y le mostró los castigos quele esperaban, pero Leonor le agradeció la información yle respondió que nada podía compararse con la inmensalibertad que ahora sentía, y que después de muerta sería
  • 194. 204muy feliz recordando esa libertad aunque se hallara enlos infiernos. Un ángel verde, con alas fosforescentes, se leapareció en el segundo sueño, y le mostró los deleitesdel paraíso que volverían a ser suyos si dejaba deobedecer a su necio orgullo, y antes de que pudierareaccionar se la llevó volando al cielo y la hizo pasearpor las calles del paraíso donde viven las mujeresbuenas. “¿Viven solas?”, preguntó Leonor. “Todo locontrario”, le respondió el ángel. “Viven acompañadaspor su amado esposo durante toda la eternidad”.“Entonces, prefiero el infierno”, replicó Leonor, y elhermoso sueño huyó espantado por la ventana. El tercero no fue un sueño sino una aparición.A pedido de Montes de Oca, el brujo hizo que el ánimabendita del padre de Leonor, traído desde el purgatorio,se materializara sentado a los pies de la cama para darlebuenos consejos y decirle que las mujeres buenasobedecen primero a su padre y luego a su marido, y porfin, al hijo mayor si, por desgracia, llegaban a enviudar. “Y por eso es necesario, hijita, que obedezcas aLeonidas que es tu dueño y señor”. Ese fue el momento en que la fugitiva pudohaber cedido porque siempre había adorado a su padre,y sabía que era un hombre muy prudente. Pero, para sufortuna, su mágica aliada, dona Elsita Vicuña, no lahabía abandonado. Aunque su ciencia le servíasolamente para hacer el bien, tiró las cartas y se enteróde que el marido estaba usando de las malas artes delterrible Filemón Castañeda. Una lectora del Tarotcomún y corriente se habría desanimado frente a ese
  • 195. 205enemigo, de quien se sabía que había hecho sudoctorado de brujería en el infierno, pero doña Elsita,en vez de intimidarse, lo retó a batallar. Y así fue como, en el momento en el que elbrujo y la cabeza mágica lanzaban los sueños desdeGuadalajara, apareció en el cielo mexicano una imagende doña Elsita armada tan sólo del santo rosario. Y sesabe que cuando el brujo decía “uno”, la dama lotraducía al idioma sagrado y en latín decía “une” ydespués “due” y a continuación “trini” y “mili”, y conlas palabras benditas iba apagando las llamas delinfierno. Y por eso fue que las pesadillas, hasta la sexta,perdieron fuerza, y Leonor resistió. Durante el cuarto, el quinto y el sexto sueño,emisarios del paraíso y los infiernos se turnaron en laalmohada de Leonor ora para amenazarla con lacondenación eterna ora para ofrecerle los goces queestán reservados a los bienaventurados a cambio dedesandar lo andado, volver los ojos a la tierra lejana ycaminar de prisa hacia los brazos de su amado consorteque cambiaba de ropa en los sueños y trocaba la deranchero mexicano por la de gamonal en los Andes deSudamérica, aunque a veces parecía también llegarcomo bailarín de flamenco, pero no abandonaba lamúsica de pasodoble que siempre lo estaba siguiendocomo la música que rodea a los toros de lidia en lastardes de corrida, ni los olés y olés que festejaban suplanta de toro recio, pero nada de eso ni siquiera lascampanas celestiales ni mucho menos esa hermosura deLeonidas que ya no era hermosura de hombre, nada ninadie fueron capaces de siquiera hacerla pensar en elretorno a Guadalajara, convencida como estaba de que
  • 196. 206hasta los ángeles ambiguos eran más hombres que elhombre que la reclamaba. El séptimo sueño no fue sueño y, sin embargo,la determinó a retornar. En vez de ver imágenes,escuchó los acordes tristes de una canción de su tierra.Era una canción sin palabras, pero la cantaba un corode niños sin madre, como de la edad del suyo, que nopodían decir palabras, pero que iban murmurando conlos ojos una súplica, como un regresa pronto, a lamadre ausente. Entonces ocurrió lo extraordinario: “Acérquese,patrón”, dijo la cabeza, “y mire lo que estoy viendo enla bola de cristal. Allí donde le digo, detrás de ese árbol,cerca de ese río, mire quién viene”. Y por supuesto que era ella quien regresaba. Através de los cristales y por el curso de los ríos del aire,se fue dibujando la silueta de la arrepentida queavanzaba de norte a sur, de Los Ángeles a Guadalajara,hacia el encuentro del hombre generoso y magnánimoque, como las otras veces, la estaba esperando paraperdonarla. Cuando Leonidas alargó sus brazos en forma decruz, todavía tuvo que esperar un poco porque la bellafugada se tardaba en llegar hasta él. “Se lo dije, patrón.Le dije que se la traería, y allí la tiene. Es toda suya, y siquiere, revísela para que vea que viene completa”.Ahora, el cielo estaba más claro, y Leonidas no tuvoque auscultar la bola de cristal porque la dama ya estabafrente a él, a tan sólo unos metros de distancia, y losríos del aire la habían traído completa, con sus ojoslargos y lejanos, el flotante pelo negro y los labios
  • 197. 207intensamente rojos. Sin mover los pies, como levitando,había alzado vuelo desde las calles anaranjadas de losEstados Unidos y, más bonita que antes, por vencida ypor triste, había cruzado la frontera y dentro de unosminutos llegaría hasta sus brazos. Pero no venía con las manos vacías. Ya estaba asólo un metro de él, la distancia de un abrazo, cuandoLeonidas advirtió que ella sostenía algo entre las manos,y antes de que atinara a escapar, se dio cuenta de queella lo estaba apuntando mientras ya rastrillaba el arma.Quiso reclamar la ayuda del brujo o de la cabeza, peroya no estaban a su lado, quizás ya volaban por el cielo olos infiernos, y entonces recordó que ella había estadopresente todas las veces que él instruía a Leoniditas enel manejo de las armas, y que más de una vez le habíadado muestra de su pericia, y ya no supo qué hacer. Sele ocurrió pedirle de rodillas que lo perdonara, por elamor de nuestros hijos, por ellos hazlo, pero ella no ledisparó sino que pasó junto a él, se pasó de frente, sinque nadie gritara olé ni olé y llegó hasta el lecho de suhijito que la estaba esperando, y con él se fue de regresohacia el norte mientras en una mesa sin clavos, doñaElsita Vicuña limpiaba los naipes, satisfecha de lajugada, y tomando un sorbo de agua florida escupíahacia el norte y el sur, el este y el poniente a fin de quese fueran para siempre los tiempos malos.
  • 198. Santa Bárbara navega hacia Miami De algún lado del universo salió un rayo que envez de evaporarse al instante se posó sobre el cielo deMiami a medianoche y estuvo brillando durante casiuna hora. Dicen que de ese rayo salió una nube tannegra como debe ser el infierno, y de ella salió el viento,salieron las palomas negras, salió el silencio, salió el frío,salió la muerte, salieron las pesadillas, salió el recuerdo,salió el olvido, salió varias veces el miedo, y del miedosalió otro rayo que venía del sur e incendiaba sin fin loscielos negros de la Florida. Los que se atrevieron a mirar hacia las nubes aesa hora dicen que de allí salió la tempestad, aseguranque entró por los Cayos y juran que corrió a través de laciudad como corre la muerte, sin que nadie le vea lacara ni las manos. A su paso, se desataron muchasembarcaciones en la bahía y, en toda la ciudad deMiami, se inclinaron, casi se acostaron las palmeras,temblaron las puertas, se estremecieron las ventanas, sefueron al cielo los tejados que habían sido pintados derojo, y, finalmente, un autobús estacionado en elextremo sur de la península resultó viajando en sentidocontrario y sin piloto por la carretera que va al estado deCarolina del Sur. Después comenzaron a sonar la campanas entodas las iglesias, sin sacristán ni campanero, como siquisieran anunciar que había llegado la hora de la hora,pero antes de que se cumpliera una hora, todo retornó asu lugar, los tejados rojos volvieron a las casas que les
  • 199. 210correspondían, el rayo regresó a la nube, y la nube alsur, y en el sur la nube terminó por desvanecerseporque no era una nube de verdad , y todavía no era elhuracán que iba a ser. Era solamente un anuncio. Se dice que lo único que sintió Iván fue quetocaban su puerta durante la medianoche, pero no salióa abrir porque tenía mucho sueño y porque su mujer lehabía hecho notar que no esperaban a nadie, y que encaso de no ser asaltantes los que hacían ese ruido tanextraño, tenía que tratarse de la muerte. Todo eso lepareció exagerado, pero terminó por creerlo porque losgolpes contra la puerta no cesaban durante más de unahora y porque durante ese lapso no cesaron de bailarsobre su techo una danza africana, los vientos o losdemonios, y cuando terminó de irse la tormenta dejósobre su casa un rastro de cumbias y vallenatos. A la mañana siguiente, la radio, la televisión y laprensa informaron a la población de la Florida que elextraño fenómeno no era sino el anuncio del máspavoroso huracán del que hubiera memoria en elCaribe. Bonita, como lo habían llamado losmeteorólogos, había seguido hasta ese momento untrayecto muy extraño. Nacido en el Golfo de México, elhuracán había enfilado violentamente hacia el Atlánticooriental; de pronto, se había detenido –transformado enun tirabuzón– sobre un islote y se había pasado allícomo una semana pensando. Cuando el islote se huboconvertido en un profundo foso, Bonita había decididovolver al continente y, desde hacía dos semanas, estabaavanzando con tanta lentitud como seguridad hacia lapenínsula de la Florida. Todo lo que viniera antes no erael huracán, eran solamente sus anuncios.
  • 200. 211 El viento no era todavía un viento de verdad.Había hecho doblar las campanas, había golpeado laspuertas, había arrancado los techos rojos, se habíallevado un bus de uno a otro extremo de la península,había bailado danzas caribeñas sobre el techo de Iván,pero no era todavía el verdadero viento, y el mar no eratodavía el mar, el verdadero, aunque hubiera volteadoalgunas embarcaciones y encrespado olas gigantescas.Tan sólo eran anuncios de Bonita que todavía erabonita, pero no tardaría en ponerse tan bonita como lamuerte. Eso fue justamente lo que anunció el hombrede la televisión el otro día. El huracán que llegaba a laFlorida no tenía precedentes en la historia. Floyd, quehabía arrasado la ciudad el 24 de agosto de 1992, eracomo un ratón frente a un elefante en comparación contodo lo que se venía. Sus vientos habían desarrolladouna velocidad de doscientos cuarenta kilómetros porhora en tanto que los de Bonita venían a novecientos.Sin embargo, Floyd había barrido setenta y seis milcasas y había dejado una parte de la ciudad, aquella pordonde había pasado, convertida en algo parecido alcráter de un volcán. Se calculaba que el mar iba a alzarsea la altura de un edificio de ciento veinte pisos, y unasola ola sería suficiente para cambiar la geografía de losEstados Unidos. Lo primero que hizo Iván fue preguntarsecómo lo había sabido Wálter Mercado, su adivinofavorito que la noche anterior, desde la pantalla detelevisión, le había dicho: –Acuario, Acuario. Una bonita viene hacia ti,pero cuídate. Está como loca...
  • 201. 212 E Iván había visto cómo relampagueaban losojos del famoso Wálter, quien ya lo estaba señalandocon el dedo: –Sí, a ti me estoy refiriendo, sinvergüenza. Ay,Acuario, ¡cuándo vas a cambiar!... Ten cuidado, es unarelación tormentosa que puede inundar tu vida. Pero yasabes lo que yo siempre te recomiendo: amor y másamor, mi querido Acuario. ¡Cuándo voy a cambiar! ¡Cuándo va a cambiarmi suerte! –se lamentó frente a su esposa que tambiénescuchaba en esos momentos al hombre del tiempo–.Hace siete años que Floyd se llevó nuestra casa y elrestaurante que habíamos abierto. ¡Qué va a pasarahora! En los ochenta, algunos cubanos nostálgicosdecían que en el Moros y Cristianos se servía el mejordaiquiri de los Estados Unidos, e incluso muchas bodasse habían realizado en su espaciosa sala porque elestablecimiento de Iván ya era un restaurante-barcubano de primera cuando el huracán se lo llevó. Lacatástrofe ni siquiera lo había dejado en el suelo; se lohabía llevado por los cielos, lo había convertido en aire. Por supuesto que a Iván, ese acontecimiento lohabía dejado en la bancarrota, pero de allí se había idolevantando poco a poco, y ahora, en el año final delmilenio, el Moros y Cristianos # 2 tenía un local másespacioso y estaba situado en un barrio de mayorprestigio social, al norte de Miami Beach. Levantó los ojos para fijarse en los de su esposa,pero ella parecía no haberlo escuchado. María del Pilarmiraba hacia el techo como si estuviera tratando de
  • 202. 213recordar algo. Cuando lo recordó por completo,comenzó a sonreír: –Eso ya estaba anunciado. Hace rato que yo losabía... Iván la miró sorprendido: –¿Lo sabías? ¿Se lo escuchaste a WálterMercado? –Lo sabía, pero no de esa manera, sino porqueme lo anunció tu mamá. –Recuerdo que hablamos con ella por teléfonoen Navidad, pero no me acuerdo de que nos hayahablado de este huracán. –En primer lugar, no hemos hablado con ella.La he soñado el sábado, y cuando se sueña con lasuegra el sábado significa que habrá tormenta...Además, en el sueño la vi pasearse cerca de la catedralde La Habana, y parecía muy preocupada... Doña Luisa Mercedes no le había dicho nada.Se había limitado a mirarla con cariño y después sehabía metido en la catedral. De esa misma forma lahabían soñado en los ochenta, cuando habían queridosacarla de Cuba en un vuelo directo y ella no habíaaceptado con el pretexto de que ya estaba muy vieja yno quería ser un estorbo. La mayoría de sus hijosestaban viviendo en los Estados Unidos, pero Iván erael único que residía en Miami, y tal vez la cercaníageográfica era la razón de que les resultara más fácilcomunicarse en sueños. –Tal vez quiso decirme algo, pero se arrepintióporque no quería meterme susto.
  • 203. 214 –Tal vez sería bueno que la llamemos porteléfono –propuso Iván, pero su esposa no aplaudió laidea porque a través del teléfono las personas nopueden decir las mismas cosas que dicen en medio delos sueños y porque, además, la comunicacióntelefónica con Cuba se había puesto muy difícil. De todas formas la intentaron, y resultóimposible. Cada vez que hacían un intento, una voz eninglés les decía que el número al que llamaban noexistía. Por fin le pidieron a una operadora que hicierala llamada, y ella les respondió que lo intentaría, peroque no les prometía nada, y que a lo mejor iban a tenerque esperar algunas horas. Los sueños con doña Luisa Mercedes veníanacompañados de victrolas de la RCA Víctor y el perritoque escucha música, de los boleros del despecho y deNico Membiela, de Barbarito Diez y el TríoMatamoros, de Blanca Rosa Gil y de Olga Guillot, delos ojos cerrados de ella y de don Mariano, el padre deIván, mientras bailaban el danzón; y la música con ellosse quedaba en el pasado, es decir en Cuba, porque Cubaes, en verdad, música y ritmo y comunicación de lossueños, pero si quieres salir para abrirte paso, chico,“toma chocolate y paga lo que debes”. ¿Tanto costabatomar chocolate? ¿Tanto costaba la libertad? “Toma chocolate”... A la mañana siguiente,supieron que el huracán avanzaba en zigzag y estabaamenazando, hora tras hora, Cuba, Puerto Rico y SantoDomingo. La cámara de televisión mostró después unbarrio de Miami en el que los vecinos clavaban tablonesde madera sobre las ventanas de las casas. Otroscomenzaban a cargar el automóvil con ropa y comida, y
  • 204. 215declaraban al locutor que se iban a marchar hacia elnorte, todo lo más lejos que pudieran estar de Bonita. Después se vio en la pantalla una imagen delhuracán captada desde un satélite. Sobre el mar verdedel Caribe, Bonita era una gigante estrella roja queavanzaba arrojando destellos a uno y otro lado, peromarchaba con lentitud y colmaba el cielo con unintenso color amarillo, el color de los recuerdos. Tampoco ese día ni los siguientes pudieroncomunicarse con doña Lucha, pero el sábado, como aeso de la medianoche, ambos la soñaron: –Gracias, hijitos, por tratar de hablar conmigo.Ya ven, soy muy vieja para esas novelerías del teléfono,noventa años a cuestas ya es algo, pero no se preocupenpor mí que estoy bien, y por aquí no está pasando nada.En realidad, no creo que vaya a pasar nada. Y por allá,tal vez las desgracias puedan evitarse... ¿Evitarse?... Iván conocía desde pequeño eltremendo optimismo de su madre. Entre otras cosas,por ejemplo, había prometido a sus hijos llegar vivahasta el nuevo milenio, y en ese momento, a más de lamitad del año 99, estaba cumpliendo con su palabra,pero evitar que el huracán llegara a la Florida... eso eraya un exceso de optimismo. –No es optimismo –dijo la señora arqueando lascejas–. Es seguridad, hijito. Hay algo que has olvidado apesar de que hace años te lo he venido pidiendo...¿Acaso no recuerdas lo que te recomendé que hicierascuando abriste tu primer restaurante?
  • 205. 216 No, Iván no recordaba, pero comenzaba a darsecuenta de que en ese momento estaba desobedeciendoa su médico, un gringo de muy malas pulgas que lehabía prohibido hablar en sueños con su madre. “Estáusted padeciendo de una depresión enmascarada”, lehabía dicho mientras le recetaba Prozac y lerecomendaba que cuando comenzara uno de esossueños, tratara de despertarse de inmediato. –No te hagas el que no me escucha, ni trates dedespertar –siguió doña Lucha–. Te dije que debíasponer en tu restaurante una imagen de Santa Bárbara,pero no me has obedecido. ¿A quién se le ocurre abrirun restaurante y no ponerlo bajo la protección de SantaBárbara? ¿A quién se le ocurre salir de Cuba sin llevarsepor lo menos una barbarita?... Pero no te preocupes,hijito, que para eso tienes a tu madre. Tanto me haspedido que viaje a Estados Unidos que lo voy a hacer.Yo misma me voy a ir allá llevándote una barbarita. Iván y María del Pilar conocían los poderes deSanta Bárbara para aplacar las tempestades, desviar losvientos y auxiliar a los navegantes, porque habíannacido y crecido en Santa Clara, una región de Cubadonde la veneración principal está dirigida hacia ella.Como todo el mundo sabe, aunque algunos dicen queno, Santa Bárbara es Orishá Shangó, un espíritu de latierra que protege y a veces también castiga a susdevotos, pero que sobre todo está con ellos en mediode las dificultades. Una torre y una espada son sussignos. Las personas que le están consagradas usancollares de cuentas de vidrio color púrpura. El vierneses el día de la semana en que suele manifestarse.
  • 206. 217 –¿Cómo dijo, mamá?... No, eso no. Eso ni ensueños se lo voy a aceptar... Usted no va a venir aquí.Recuerde que la quisimos traer en uno de los vuelos dela libertad y usted no aceptó. Ahora, ¿en qué va a venir?,¿en balsa? ... Usted ya está muy vieja para esos trotes... yahora menos, con la tempestad que se acerca... Pilar se unió a su esposo en rogarle a la ancianadama que resistiera la tentación de viajar, pero ellainsistió y les dijo de cierta forma enigmática que ya veríala mejor forma de hacer la travesía. Santa Bárbara no es Santa Bárbara. Es decir, noes una santa, no es una mujer. Es el nombre que losesclavos le pusieron a Orishá Shangó, el dios llegado delÁfrica, para poder invocarlo en América sin molestar alos españoles. Por eso, en sus fiestas, hay que poner asus pies mucho licor y tabaco e irse bailando detrás delEguá, el alma que va delante abriendo los caminos. Todos lo sabemos, pero no lo decimos, ymucho menos en Estados Unidos, este país donde nohay santos ni mucho menos espíritus. Y sabemostambién que, aunque a Fidel Castro no le guste, éltambién es hijo de un espíritu, casualmente de Yemayá,y lo sabemos porque apenas bajado de Sierra Maestra,cuando hablaba desde la Plaza de la Revolución, unapaloma blanca se posó sobre sus manos, y ese es elpoder que lo mantiene en el poder por tanto tiempo, unpoder que puede ser usado para bien o para mal. Y poreso es que le dicen “Caballo”, no por alto sino porqueYemayá aparece siempre sobre un caballo. Todos sabemos que Oxalá es el Señor del BuenFin, que Iemanjá es la Virgen María, que Ogum es San
  • 207. 218Antonio y Omolú es San Lázaro, pero tambiénreconocemos que Ogum es el dios del rayo, del hierro yde los guerreros, y por eso a nadie le extraña que aveces un rayo se pose sobre Miami y no se apaguedurante una hora porque acaso está buscando a quienesle están consagrados. Pero lo que el primero de setiembre emergió delrayo era una nube tan negra como el infierno, y de allísalieron las palomas negras, la muerte y las pesadillas, ypor eso Iván sabía que no tenía más remedio que huiruna vez más junto con su esposa y dejar abandonado elrestaurante con el que al fin se estaba abriendo caminoen los Estados Unidos. Y mientras la gente tapiabaventanas, el hombre del tiempo, en la televisión, sedesgañitaba diciendo que la primera ola en llegar a laFlorida, cuando Bonita de veras llegase, iba a tener elalto de los edificios más altos de los Estados Unidos. –Te imaginas, Pilar. Eso significa que losrefugios subterráneos no van a servir para nada.Además de que el viento va a llevarse a Miami para otroestado, nuestro suelo va a ser inundado. Creo quedebemos irnos cuanto antes. –Tu madre nos ha enviado un mensaje. Cuandollegue Santa Barbarita, estaremos a salvo. No sólonosotros, toda la gente en Miami, y sería bueno quepasaras la voz. –Me creerían loco. En todo caso, ¿cómo creesque llegaría la santa? ¿Se te ocurre que mi madre va avenir en balsa para traerla? Ese mismo día, a la 1:30 de la tarde, el Centrode Predicción de Tormentas del Servicio Meteorológico
  • 208. 219de los Estados Unidos emitió el aviso definitivo: sí,ahora era completamente cierto. El monstruo estaballegando a casa. Se encontraba a 150 millas, y su avanceera en línea recta hacia la Florida. Los científicos teníanun mapa exacto de su trayectoria y podían calcular conexactitud qué calles de Miami serían su camino, pero loúnico que no podían decir era la hora de su llegada. –Es extraño. Ya debería estar aquí –dijo por latelevisión un hombre que se identificó como KentBuys, coordinador de operaciones de emergencia. –En su camino, adquiere velocidades de hasta900 kilómetros por hora, pero se ha detenido variasveces. Ahora lo tenemos detenido exactamente frente aMiami. Luego posiblemente dé un salto de cincuentakilómetros, o tal vez más. No sabemos a qué hora va allegar hasta nosotros. Lo único que podemos hacer esevacuar cuanto antes. Se trataba de un huracán, pero avanzabaacompañado de súbitos tornados. Hay una grandiferencia entre ambos fenómenos. La mayoría de loshuracanes comienzan a gestarse frente a las costas deÁfrica y, por lo tanto, su camino es predecible. Se lesrastrea por medio de satélites; los meteorólogosanalizan los datos con computadora y la información setransmite a intervalos de una hora en los noticiarios demanera que no toman a nadie por sorpresa. No pasa lo mismo con los tornados. Sin quenadie lo adivine, bajan repentinamente de las nubescomo animales hambrientos y destruyen todo lo queencuentran. Dentro del torbellino que forman, el vientopuede alcanzar 500 kilómetros por hora y tal es su
  • 209. 220fuerza que pueden levantar un tren y dejarlo caer a cienmetros de distancia. Es asombroso que ambos monstruos se junten,pero eso es lo que estaba ocurriendo con Bonita y sussorpresivos acompañantes. Y de repente se detuvodurante una semana a 150 kilómetros de distancia.Quizás durante toda esa semana, Miami estuvo habitadatan sólo por Kent Buys, bajo su refugio de acero, porIván y María del Pilar y algún otro millar de locos. El día 12 de setiembre, los tornados bajaronsobre todas partes, pero la tormenta no entró en Miami.En los estados vecinos, en vez de nubes, el cielo era unsolo aguacero, y día y noche caían torrentes de granizodel tamaño de una pelota de béisbol. Ese mismo día,una tormenta que no tenía nada que ver con la que seesperaba y que nadie supo de dónde había llegado,entró en North Carolina. Con el estrépito de mil trenes,se asomaba sobre un pueblo, aullaba, lo estremecía yseguía su camino, pero aquello era incomprensibleporque todavía no era la verdadera tormenta. El 14 de setiembre, a las diez de la mañana, sehizo de noche sobre Miami. Una nube inmensa tapó elsol como si quisiera apagarlo, y durante más de unasemana los días se convirtieron en noches. En esemomento, Pilar e Iván se habían convencido de quenada ni nadie, ni siquiera Santa Barbarita podía salvarlosy ya estaban cargando el carro para marcharse cuandose hizo la noche. Pero no era precisamente una noche detormenta. Mientras las bestias del cielo bajaban a lasCarolinas, Alabama y Georgia, y en todas partes se
  • 210. 221anunciaba el fin del mundo, en Miami, a la diez de lamañana se inauguraba una noche que no tenía cuándoterminar, una noche clara, serena, olorosa, romántica,repleta de recuerdos y de música del trópico. Durantevarios días que fueron una sola noche, las aguas negrasdel Atlántico se adormecían y el mar se convertía enuna inmensa laguna mientras que los viejos boleros delos Panchos, vivos otra vez, se mecían suavementesobre las aguas, y la gente olvidada de la futuracatástrofe se iba caminando por la vereda tropical, lanoche plena de quietud, con su perfume matinal. Y mientras esa noche seguía cubriendo laciudad, Toña la Negra, bajada del cielo, cantaba una yotra vez que se acabó el jabón, qué vamos a hacer, yotengo un tumbaíto para lavar la ropa, y todos queríamosbailar un vals sobre las olas, y la luna se había puestoinmensa y amarilla. Luna, dile que la espero y dile queregrese a la orilla del mar. Esa noche comenzó a durar ydurar, y estaba durando ya semana y media hasta elpunto de que algunas personas comenzaron a volver aMiami, y la tormenta empezó a convertirse en unrecuerdo suave color concho de vino. Lluvia, lluvia ylluvia sobre el resto del mundo, pero no sobre Miami.Sobre Miami, luna llena. Una luna tan inmensa comoaquella que se mece en la dulzura de la caña... ¡Cuba,que linda es Cuba!... Entonces fue cuando ocurrió lo que ocurrió. Enel silencio de aquella noche eterna, mientras algunasparejas bailaban entrelazadas en el Café Nostalgia y enel Moros y Cristianos # 2, la luna se posó al ras del marsobre el horizonte, y en medio del satélite hacia abajo,en el lugar donde si la luna fuera un reloj serían las seis,
  • 211. 222allí apareció un punto que parecía ir creciendo como sise aproximara la península. Los primeros en verlo fueron Jody Harris yChuck, su amigo de la noche, que charlaban en el barJimmy‟s. Allí no había recuerdos, ni boleros, nicubanos, sino tan solo un billar, un videopocker y unescenario para bailar con luces intermitentes, así comohumo de cigarrillos y olor de cerveza rancia, perotambién un balcón que miraba al Atlántico, y allí fue adar la pareja: –Parece una balsa de cubanos que viniera haciaaquí, pero eso no puede ser. Nadie sería tan loco paraarriesgarse a ser tragado por la tempestad. Ni siquieralos cubanos... Una hora más tarde, la mayoría de losparroquianos del Café Nostalgia observaba, frente alpuente, el extraño punto que se había cruzado en elcamino de la luna. –Chico!... Si parece que fuera una balsa... Perono, no puede ser. Tiene que ser una ilusión óptica. Los últimos en enterarse fueron Iván y Maríadel Pilar que habían devuelto los enseres a la casa yestaban atendiendo gente en su negocio. –Te dije que tu madre vendría. Que nos traeríauna imagen de la barbarita. ¿Oíste? –No te olvides que eso solamente ocurre ensueños, y ahora como siempre solamente estamossoñando. Lo mismo hicieron los otros cubanos. Creyeronque estaban soñando y decidieron no mirar más hacia la
  • 212. 223luna. Pero Chuck, el gringo del bar Jimmy‟s hizo algodiferente. Llamó al coordinador de las acciones deemergencia y le contó lo que estaba viendo. Después lepreguntó si habría alguna recompensa por su reporte. Por su parte, el funcionario llamó al Servicio deInmigración, pero una voz grabada le contestó quellamara en otro momento. Lo que pasaba era que lamayoría de los que trabajaban allí ya conducían por lacarretera hacia las Carolinas. Entonces llamó a laOficina Federal de Defensa de los Estados Unidos, yallí sí tuvo acogida. Lo malo era que no había buques guardacostasporque, en ese momento, todos navegaban hacia elnorte en previsión de la pavorosa tormenta. No erannecesarios puesto que todas las previsiones en el mar yahabían sido tomadas. En vista de que Bonita se habíaanunciado desde hacía varias semanas y se sabía que susproporciones eran apocalípticas, la alerta máxima habíasido puesta en práctica, y no había una solaembarcación particular o de pesca navegando en lazona. Pero el Sistema de Defensa Estratégica de losEstados Unidos trabaja todas las horas durante los sietedías de la semana y no descansa jamás aunque la GuerraFría ya sea cosa del pasado. De modo que cuando KentBuys tocó esas puertas, toda la maravillosa maquinariade la defensa norteamericana comenzó a desplegarse. Primero, por supuesto, hicieron lacomprobación necesaria para saber si de veras Buys erael coordinador de las acciones de emergencia de Floriday luego para saber si estaba en sus cabales. Una
  • 213. 224computadora les dio todos sus datos personales. Habíaestudiado en Berkeley, era dos veces divorciado, teníados hijos y había vivido largo tiempo en Europa antesde ingresar al servicio, pero ninguna enfermedad mentalse le reportaba. Y sin embargo, sonaba insano quereportara una pequeña embarcación, o tal vez unproyectil casero, navegando sobre la boca de latormenta. Aquello resultaba insólito, pero era necesariodescartarlo. Arriesgados pilotos comenzaron a confluir haciael extraño lugar del horizonte, pero no podían acercarsemucho porque aquello estaba demasiado cerca delpunto donde la tormenta se convertía en un tirabuzóninfernal presto a tragarse todo lo que se acercara. Luegolos radares se volvieron locos como si en vez de unaembarcación procedente de Cuba, estuvieran viendo unobjeto volador no identificado. Pero nada ni nadie, nisiquiera los satélites más tarde pudieron acertar con lanaturaleza del objeto que se veía en el horizonte. Lo único que se sabe de esos momentos sehalla en una grabación que de alguna forma llegó hastael Nuevo Herald. Según la misma, uno de los pilotos dehelicóptero se comunicó con la base: –La tengo. La tengo. ¿Me copian? –Copiado, Capitán Stone. Repórtese. Se trataba del capitán Robert Stone, a quiennadie ha podido localizar después para pedirle mayoresinformaciones sobre lo que vio. En febrero del añosiguiente, cuando se le buscaba para escribir esta
  • 214. 225historia, se supo que Stone había sido relevado de susfunciones y enviado a un cómodo reposo en Suiza. –Estoy pasando encima del objeto que navegasobre una ola inmensa. No me van a creer. ¡Es unabalsa! –No estamos para bromas, capitán. Este no esel mejor momento. ¿Quiere usted tener la bondad decortar? –Hay una sola persona en ella. Parece unamujer. Sí, es una viejita, y parece no darse cuenta delenredo en que se encuentra. Me da la impresión de queestá tejiendo. Sí, es una viejita tejiendo... –Lo mejor es que vuelva cuanto antes a la base,Bob. Usted está delirando. Jim Robertson, el piloto del otro helicóptero,también la vio tejiendo: –Ahora me hace saludos con la mano derecha...Con el índice de la derecha, apunta su muñecaizquierda. Parece que me estuviera preguntando lahora... Aunque los periódicos de esas fechas solamenteinforman de la cercanía del huracán Bonita, lo cierto es,y recién se sabe hoy, que también hubo emergencia deguerra. El Miami Herald y el Nuevo Herald mostraron enprimera página durante toda una semana bellísimasimágenes de una bola roja circundada de rayos violetasque nunca terminaba de llegar a su destino, pero nohablaron sobre lo que era evidente. Había inminenciade un grave conflicto. De ello tan sólo se ha sabido
  • 215. 226algún tiempo después por noticias que se filtraron encírculos diplomáticos de Washington. El Presidente Clinton fue informado en lamadrugada del 17 de setiembre que un extraño proyectilinvisible a los radares, pero controlado en dirección yvelocidad desde una posible base cubana, estabaacercándose a Miami. No, no era una broma deHalloween. Todavía faltaba un mes para eso. Unestratega del Pentágono sugería que, acaso, Fidel Castroestaba tratando de aprovechar la tormenta para destruirla base de los exilados cubanos o quizás trataba deprovocar un conflicto de proporciones, un nuevoVietnam, que echara una cortina de humo sobre ladesastrosa economía de la isla y tal vez modificara lacorrelación de fuerzas y alianzas militares en el mundo. –Te dije, Iván, que doña Lucha vendría atraernos la barbarita. No puede ser otra que ella. –En vez de la barbarita, parece que el propioOrishá Shangó viniera en pie de guerra. Pero lo quemás convendría es que dejes de soñar. El mundo, en esos momentos, estaba pintadode diferentes colores. Negro-noche tropical en toda laFlorida, plomo-desgracia en los estados colindantes,rojo-fatalidad en el camino del huracán. El pequeñopunto que avanzaba era más bien color de sueño. PeroFidel Castro no lo veía así. También, él había sidoinformado por sus asesores militares del extraño objeto.Se le veía avanzar hacia Miami, pero no teníacontextura. En las condiciones del huracán, no podíatratarse de una balsa.
  • 216. 227 Había estado trabajando con la gente deRelaciones Exteriores en un comunicado que defendíaa una dictadura sudamericana contra unpronunciamiento del Congreso de los Estados Unidos,pero cuando le llegaron las noticias de que un extrañoproyectil teleguiado avanzaba hacia la Florida no pudocontenerse: –Es una provocación de los gringos. Hay queponer en pie de guerra al pueblo contra el imperialismoyanqui. Por su parte, Bonita, que parecía haber perdidocierta importancia, decidió volver a ganarprotagonismo. A la noche que había durando siete días,sucedieron en Miami un día claro y un viento tristónque se abatía sobre las casas y las calles desiertas y quehacía bramar a las olas. Repuesta del descanso, Bonitahabía vuelto a avanzar tan monumental como antes,acaso más poderosa, pero a una velocidad quesolamente alcanzaba los diez kilómetros por hora. Enlínea recta hacia Miami, se calculaba que en menos dequince horas estaría allí frente. Sus olas de la altura devarios rascacielos juntos podrían entonces realmentecambiar la geografía de los Estados Unidos. Pero el asunto de la extraña embarcación oproyectil, aunque en el mayor de los secretos, seguíaacaparando la atención de los líderes del mundo. A lasseis de la mañana del mismo día 30, Koffi Annan, elSecretario General de las Naciones Unidas, se trasladóvelozmente a su despacho en Nueva York, y comenzóa llamar personalmente, primero a Clinton y Castro, losgobernantes involucrados, y luego al Papa y a diversosjefes de Estado del planeta. A toda costa, era necesario
  • 217. 228evitar un conflicto que podía convertirse en unaconflagración espantosa, pero nadie sabía cómo. –Lo único que puede salvarlos de la tempestades la ayuda de Santa Bárbara. Te lo he dicho variasveces, hijita, pero ya no te preocupes porque justamenteahora se la estoy llevando. Dentro de unas horas la vasa tener contigo. –No me diga, doña Lucha, que es usted la queviene por el horizonte. –No hagas cálculos, hijita. Y no le cuentes aIván que estás soñando conmigo. Ya sabes que todoesto es solamente un sueño... ¿Oíste? A las seis de la tarde, el Gobierno de losEstados Unidos ya no sabía cuál era el mayor peligro, sila tormenta que se hallaba a cuatro kilómetros de MiamiBeach o el extraño punto pegado al horizonte quejugaba con sus pantallas de radar y enloquecía a suspilotos. En todo caso, la evacuación de la ciudad era yaun hecho. De sus cuatro millones de habitantes,solamente quedaban en ella algunos cuantos centenaresde empecinados que resistían los consejos de laprudencia, y entre ellos se encontraban los espososGanoza, la gente del bar Jimmy‟s y los parroquianos deuna pequeña iglesia protestante llamada El valle deJosafat. A las siete de la tarde ocurrieron variasacontecimientos que tal vez solamente se dan en lasvísperas de un nuevo milenio. En primer lugar, elextraño punto se desvaneció como si hubiera sido unsueño y ni siquiera los satélites de observación fueroncapaces de rastrear su posible regreso a una base
  • 218. 229cubana. Nada, sencillamente no estaba allí ni enninguna parte, como si nunca jamás hubiera estado.Clinton y Castro tuvieron que disolver las reunionesque sostenían con sus asesores militares porque ya nohubo tema de conversación, y porque a nadie se leocurría pensar que una viejecita armada de dos palos detejer hubiera desafiado a los poderes del mundo. Esosolamente ocurre en los sueños. En segundo lugar, el monstruo pasó junto a losCayos sin tocarlos y se detuvo frente a Miami Beach,exactamente a cien metros. Allí estuvo durante unahora bramando y relinchando. La ola que entonces sealzó superó en altura a todas las que antes hayanaparecido desde la formación del continente. Fue tanalta que podía verse desde mucho más allá de los límitesdel estado de Florida, y su altura tapó el cielo, escondióel universo. De esa ola, como estaba previsto, salió elviento, salieron las palomas negras, salió el silencio, salióel frío, salió la muerte, salieron las pesadillas, salió elúltimo recuerdo, salió el olvido y el olvido del olvido,pero luego de todo aquello también se desvaneció. Tal vez Bonita miró a Miami con un ciertodesprecio e, inmediatamente después, cambió su rumboen noventa grados, y en vez de continuar su marchahacia tierra firme, viró hacia el norte y se fue aullando,paralela a las costas de los Estados Unidos, por loscallejones del cielo, hacia el norte del norte, hacia másallá de Canadá, hacia posiblemente más allá de esteplaneta, hasta desaparecer. Al menos, eso es lo que podemos hallar en losperiódicos que hablan sobre el huracán de Miami en susediciones de setiembre de 1999. El resto no es
  • 219. 230completamente digno de creerse. Lo cuenta la gentecomo si andara dormida, y es difícil saber con quéhistoria quedarse. Lo cierto es que cuando la vidanormal se restableció en la ciudad una semana después,Pilar e Iván hallaron en la caja de su correo un sobreancho y cuadrado que les llegaba desde Cuba. Laremitente era doña Luis Mercedes Quevedo de Ganoza.En vez de abrir el sobre, los esposos se fueroninmediatamente a buscar un vidriero mientras discutíanen qué lugar del restaurante entronizarían a la SantaBárbara que había tardado un mundo en llegar.
  • 220. Usted estuvo en San Diego Usted estuvo allí, ¿se acuerda? Era una de esastardes gloriosas del otoño en las que un color rojoinvade lentamente el mundo. Había hojas rojas yamarillas en el cielo y en la tierra, y el ómnibus avanzabaindolente por las calles de San Diego, en la Californiapúrpura y soñolienta de octubre. Era como una tour através del otoño. El carro iba lento como flotando paraque los turistas observaran el vuelo de las hojas,exploraran recuerdos en el aire y se extraviaranbuscando el sentido de sus propias vidas. Usted estuvo allí. No diga que no. El otoño esuna estación de la memoria, aquí y allá y en cualquierparte, bien sea en un París amarillo de los setenta, en unSan Francisco de fin de siglo, en algún puerto delPacífico en Sudamérica, en un pueblo cercano alEscorial, en una estancia próxima a Buenos Aires, o sino estuvo en ninguno de esos lugares, aun en una casasin ventanas donde de todas formas se cuelan lasevocaciones y el otoño. Por eso, de todas maneras,usted tiene que recordar. Para Hortensia Sierra, aquel era el día másresplandeciente de su vida. Había llegado esa mismamañana a California, y después de mucho tiempopensaba que era feliz. Era un día que la hacía sentirseleve y libre como cuando uno es niño, o como cuandouno se va a morir, aunque tan sólo se tengan 26 años.Cuando entraba en una de las calles principales de laciudad, el bus súbitamente se detuvo y la puerta
  • 221. 232inmediata al chofer se abrió para dejar pasar a un grupode seis individuos uniformados. Eran gente del Servicio de Inmigración, yandaban buscando extranjeros ilegales –Todo el mundo saque sus papeles. Sus papeles,por favor –dijo el que parecía ser el jefe, pero tuvo quereiterar la orden porque el chicle entre los dientes habíatornado incomprensible su fonética castellana. Resultaba fácil reconocer a los foráneos porqueeran los mejor vestidos. Las señoras se habían hechopeinados de moda y los caballeros se habían compradoropa nueva para confundir a los “americanos” quienessuponen siempre que los “hispanos” son sucios ypobres. Pero los agentes sabían esto y, aunque el carroestaba colmado de personas de pelo negro, únicamentesolicitaban documentos a los mejor vestidos y a los queposaban los pies en el suelo. Por su forma de sentarse,los que lo hacían a la manera de yogas con los piessobre el asiento, o apoyándolos contra el respaldardelantero, podían ser chicanos o latinos poseedores deuna visa legal que ya estaban adecuados a los modalesde los gringos, y no había por qué molestarlos. Por otraparte, de acuerdo con los reglamentos, los hombres dela migra tenían que recitar exactamente el texto de susmanuales, y decirlo con cierta cortesía: –Sus papeles, por favor. Por favor, señor. Un señor, carente de documentos, no teníacuándo levantarse. Estaba solo en un asiento para dospersonas y aducía que se le habían perdido los anteojos.
  • 222. 233 –Muévete de una vez. Anteojos, ¿para quéquieres anteojos?, ¿no les basta con el bigote a losmexicanos?, ¿también tienen sitio en la cara paraanteojos? El jefe reprendió con una seña al agente quehabía querido ser bromista, lo hizo salir del bus y leordenó que controlase desde afuera la salida ordenadade los ilegales y su ingreso a un camión verdeestacionado junto al ómnibus. No había razón paraexcederse porque los buscados aceptaban las órdenescon mansedumbre. Cuando llegaron a los asientos delcentro, los agentes ya habían descubierto a dosmuchachos y a una familia entera conformada por sietemiembros que aparentemente llegaban de Jalisco. Usted dirá que no estuvo allí porque no conoceSan Diego, porque no es mexicano ni antimexicano yporque los acontecimientos ocurrieron muy lejos de alládonde usted vive, pero no se olvide que la mayoría delos norteamericanos dispone de una geografía diferentea la que se usa en otras partes. Si usted es gringo, esnormal; de lo contrario, es étnico, aunque haya nacidoen Europa o Brasil. En muchos colegios yuniversidades, los estudiantes creen que su país se llama“América” y limita por el sur con una nación llamadaMéxico de la cual provienen los hispanos. BuenosAires, Montevideo, Lima, Bogotá y Quito, según eso,están en México... Pero, en cuanto a usted se refiere, detodas formas, venga de donde viniera, nosotrostenemos pruebas de que ese día usted estuvo en SanDiego. Los policías no habían llegado todavía hastaHortensia, y no podían notar que la muchacha estaba
  • 223. 234temblando y que las lágrimas se le salían sin que pudieracontenerse, pero el caballero sentado junto a ella sí loadvirtió. La miró un instante extrañado, pero no sedecidió a preguntarle por qué lloraba. No la habría creído ilegal porque la chica erarubia y desafiaba el estereotipo norteamericano según elcual todos los hispanos son “personas de color”.Además, en el caso improbable de adivinar que estabaen problemas y de querer ayudarla, eso le habríaresultado peligroso. Por su parte, cuando Hortensia fueraaprehendida no iba a ser enviada solamente a su tierra,sino a encontrarse con su destino. La muerte iba arecibirla agitando pañuelos y tomándole fotos en loscorredores del aeropuerto. Como una madre cariñosa,la muerte iba a decirle “ven hijita querida, hace rato quete andaba esperando”. La muerte estaba cerca de ellapor motivos que ahora desfilaban velozmente por sumemoria. Los motivos de la muerte y los recuerdos semezclaban en la calle con las hojas rojas y amarillas queinundaban el cielo y la tierra, y estaban sepultando alautobús. Unos meses atrás, en su país, un pelotón desoldados había forzado la puerta de su casa amedianoche. Buscaban a un terrorista, según dijerondespués, pero la verdad era que estaban interesados enrepartirse la bien surtida tienda que la Hortensia y suesposo poseían. Se acercaba Navidad y los militaresquerían llevar algunos regalos a sus familias. El maridofue asesinado de un balazo, pero a la muchacha no lavieron al comienzo. Cuando terminaban de desvalijar
  • 224. 235todo lo que encontraron, movieron un mueble yapareció la joven: –¿Y esta gringuita? ¿de dónde ha salido?... Noestaba en el inventario, pero no está nadita mal. Vamosa tirar una moneda al aire para ver a quién le tocaprimero. En su desesperación por escapar, Hortensiahabía levantado el fierro de la puerta y había dado conél en la cabeza del comandante que cayó pesadamente...Después, todo en su vida había sido correr yesconderse, y esconderse y correr a lo largo de uncontinente largo y colmado de fronteras, arruinado,espacioso y maldito. Había llegado a México condocumentos falsos, pero en la última ciudad de ese país,la más próxima a Estados Unidos, tiró a un basurero lospapeles y pasó hacia una calle de San Diego, vestida conblusa y jeans y parecida a cualquier otra joven de suedad nacida en el norte. En la esquina de las callesMaple y Main, abordó el bus y fue a sentarse cerca deusted. No, por favor, no diga usted que las autoridadesde los Estados Unidos iban a darle asilo. Los gringospiden pruebas. Necesitan papeles del país de origen enlos que el gobierno diga que persigue a esa mujer pordisidente, o quieren ver la sentencia exculpatoria de unjuez, pero cualquier juez de su país de origen, a ojoscerrados, la habría declarado terrorista. Los únicos quepueden conseguir papeles correctos de disidenteperseguido, en ese caso, son los soldados encargados deperseguir a Hortensia a través de las fronteras.
  • 225. 236 Pero la joven seguía llorando, y el señor sentadoa su costado no pudo contener la pregunta sobre suestado de salud. –No es eso. Lo que pasa es que no tengopapeles. Soy ilegal, y los agentes van a detenerme. –¿Qué hizo usted entonces? Buena pregunta,¿no? Usted sabe que según las leyes de inmigración, alos ilegales se les envía a su país de origen, pero quieneslos ayudan pueden ser considerados contrabandistas deseres humanos y podrían ser enviados a prisión poralgunos años. El hombre miró alternativamente a los soldadosy a la mujer que estaba a su lado, y luego no pudocontenerse. Una mueca de cólera se dibujó en su cara.Se puso extrañamente rojo, tan rojo como aquella tardede otoño en San Diego. –¡Y qué piensas, estúpida! ¡Qué estás pensando,perra! ¡Cómo se te ocurre seguir sentada a mi lado! Tal vez me equivoco y de veras usted que melee no estuvo allí. Quizás tampoco yo estuve. Es posibleque esta historia la haya leído en alguna parte, lejos deaquí, pero no la estoy inventando. Creo que escuchéalgo similar sobre la Alemania de Hitler a un viejorabino en la escuela judía de Teología, frente a la de losjesuitas, que yo solía frecuentar cuando era profesorvisitante de la universidad de Berkeley. Pero usted y yoestábamos en ese bus, aunque tratemos de negarlo. Cuando usted va hacia algún lado, no tiene porqué preocuparse porque no pertenece a ninguno de losgrupos humanos que sufren o han sufrido persecución
  • 226. 237y odio. Y, sin embargo, usted comparte el mismomundo, o acaso el mismo bus, y hay siempre unaopción o una tarea que lo está esperando. A veces la tarea requiere sacrificio personal yriesgo, y entonces usted camina hacia adelante y seencuentra con su destino, lo cual no significa que ustedtenga que asumirlo. Significa solamente que usted va asaber exactamente en qué mundo está viviendo y quiénes usted de veras. Creo recordar que el rabino de Berkeley nosdecía que uno no ejercita la libertad solamente haciendolo que uno quiere. La cobardía, por ejemplo, no es unejercicio de la libertad. Pero cuando usted acepta latarea que el destino le ha puesto delante, entonces ustedse convierte en una persona libre. Quizás esa sea laúnica forma de ejercer la libertad Puede ocurrir enMunich, en Santiago de Chile, en Buenos Aires, enLima, en Arkansas, en Miami, en cualquier lado ymomento en que por cualquier motivo se odie o setorture, se maltrate o se viole, se insulte o se persiga, seencarcele o se asesine a alguien que viene al costado deusted, sentado dentro del mismo mundo. ¡Estúpida!...! ¡Y se te ocurre decírmelo a estashoras! El hombre no podía contener la ira, y cuandolos agentes de Inmigración se acercaron a preguntarlepor qué armaba tanto escándalo, levantó sus papeles deidentidad norteamericana con la mano derecha mientrasseguía gritando: ¡Llévensela! Mi mujer ha olvidado sus papelesotra vez... y otra vez vamos a perder el tiempo en la
  • 227. 238oficina de ustedes... y yo estoy que me muero dehambre. Ella siempre hace esto... ¡Ustedes deberíanllevársela para que yo vuelva a ser soltero! Los agentes rieron, hicieron una broma,mascaron más chicles y bajaron del carro. Añosdespués, en Oregon, Hortensia Sierra contaba quenunca había vuelto a ver a su benefactor. Ni siquierasupo alguna vez su nombre. Se lo contó a alguien queme relató la historia con algunos detalles adicionales, ypor eso conozco algunos secretos de usted, y lepregunto de nuevo: ¿está seguro de que nunca haestado en San Diego?
  • 228. El programa de Dios “El Señor es mi pastor; y nada me faltará”.Siempre me ha gustado el Salmo 23, pero repetir este ylos otros en voz alta, y volverlos a leer muchas vecesdurante varias horas, no me parecía nada agradable.Además, “La Luz en el Camino” es una iglesita sinventilación, parecida en el tamaño a una torta de novia,y en ella se estaban hacinando cerca de noventapersonas. Por si todo esto fuera poco, afuera comenzóa llover, y la temperatura en el templo se hizoinsoportable. –Voy a leer uno tras otro los salmos, y ustedtiene que repetir conmigo –me había pedido uno de losfieles de la congregación, y desde hacía más de una horaestábamos dedicados a eso. Cada vez que leíamos unsalmo, la gente coreaba –:¡Gloria a Dios! –y frente anosotros, sentada sobre una silla de ruedas, una mujerinmóvil nos miraba con ojos que expresaban asombro ymiedo. Francamente, a veces no recuerdo qué fue loque nos obligó a asistir a ese culto religioso aqueldomingo. El profesor Maya y yo habíamos sidoinvitados a esa iglesia muchas veces, pero siempreencontrábamos una excusa razonable. No había sido tan fácil porque el pastorAbraham Cabanillas es un hombre sencillo, a quiennadie quisiera hacer víctima de un desaire. Noshabíamos conocido en el campus de la universidad
  • 229. 240donde tanto Salomón Maya como yo somoscatedráticos. Don Abraham, inmigrante mexicano, consesenta años de edad que su flacura disimula muy bien,se dedica a tareas manuales, y nuestra amistad provinode que solíamos encontrarnos en el campus después delas horas de clase, o los sábados, mientras él pasaba laaspiradora por los pasillos o acarreaba bultos de unaoficina a otra. Un día nos había preguntado de qué lugar deMéxico proveníamos porque la mayoría de losinmigrantes de Oregon proceden de ese país, pero alenterarse de que Salomón era colombiano y yo,peruano, se había dedicado a recitar uno por uno losnombres de los equipos de fútbol que participan en loscampeonatos de nuestros países, y que nosotroslamentablemente desconocíamos. Después nos llevó a su casa a cenar, y nospresentó ante doña Paulina, su mujer, como “dosdoctores que prestigian a los latinos de Oregon”. DonAbraham y sus padres habían llegado en los añoscincuenta a los Estados Unidos. Hombres del campo,los Cabanillas viajaron de estado en estado trabajandoen las cosechas hasta que se quedaron a residir enOregon donde el pequeño Abraham estudió y culminóla escuela elemental, y decidió continuar la secundaria. –Quería estudiar High School para después llegara la universidad, hacer estudios de Teología, y por finllegar a ser pastor. No pude hacerlo, pero ya ve usted,cuando se cierra una puerta, Dios nos abre la ventana. “No malgastamos el dinero de loscontribuyentes en educar a los mexicanos”, había
  • 230. 241respondido el director del colegio, y el joven Cabanillasinsistió en su empeño cada año hasta que tuvodieciocho, pero la respuesta fue siempre la misma. –Entiendan, por favor. Las escuelas públicas noreciben suficiente dinero del Estado. Bastante es queofrezcamos educación primaria a los jóvenes deMéxico, pero no tendríamos dónde ponerlo ensecundaria. No hay clases para gente de color. –Repita por favor: “Me guiará por sendas dejusticia” –y yo repetía el salmo mientras me asaba decalor y me preguntaba por qué había venido esta vez, yseguía recordando la historia del pastor. En los años sesenta, el joven Cabanillas tuvoque dedicarse, como su padre, a los trabajos del campoy satisfacer sus aspiraciones culturales haciéndoseautodidacta, lector de la Biblia y de Selecciones del Reader’sDigest. Ahora, hacía veinte años que era conserje enWestern Oregon University, y eso, en cierta forma, lepermitía cumplir con algunos de sus sueños porque eltrabajo tenía horas libres y, durante ellas, podía leer enla biblioteca. Aparte de eso, Salomón y yo lo habíamosinvitado a escuchar nuestras clases sin el requisito dematricularse. –Hacen mal en permitir en sus clases a personasque no han pagado. La universidad pierde dinero de esamanera, y eso puede ser muy mal visto aquí, –nos habíaadvertido un colega norteamericano. –Repita: “Me guiará por sendas de justicia” –yyo repetía aunque el calor me achicharraba, y se me
  • 231. 242cruzaba el mal pensamiento de que, a lo mejor, en vezde hallarme dentro de una iglesia, me encontraba en elcamino que baja hacia el infierno. Tiempo atrás y ya como trabajador demantenimiento, Cabanillas había conocido a otrosmexicanos pobres como él y, por igual, desarraigadosde su tierra y de sus costumbres, y les había propuestofundar un templo evangelista. Con el aporte de todos,que no era muy grande, alquilaron un billar abandonadoy lo convirtieron en iglesia. Allí se reunían dos nochespor semana y el domingo durante toda la mañana paraleer la Biblia y escuchar las prédicas de don Abraham. –Para predicar la palabra de Dios, no se necesitaun título universitario. Basta con abrir el oído y tratar deescucharla –aseguraba el improvisado pastor, pero detodas maneras estaba siguiendo estudios formales dereligión por correspondencia. Las limosnas de los fieles apenas servían parapagar el arrendamiento del local, pero aun así durantelas pláticas dominicales la comunidad elaboraba planesmuy ambiciosos. Alguna vez, soñaban, iban a comprarel local y lo reconstruirían por completo. Se llegaría aparecer a la famosa Catedral de Cristal de California quehabían visto en la televisión. Dios tiene un programapara cada persona y para cada grupo de personas que sereúnan en su nombre, aseguraban. Reconstruir el viejoedificio estaba en el programa de Dios, y ese programa–como todo el mundo lo sabe– tiene que cumplirseporque es como un sueño que todos estamos soñandoa la vez.
  • 232. 243 –“Oye, oh Dios, mi clamor. Escucha mioración”. Ahora le toca a usted. Repita, por favor. Pero antes de que “La Luz en el Camino”llegara a parecerse a la Catedral de Cristal, había queaceptar algunas pruebas e inclemencias. La primeraconsistía en subsanar un problema con las tejas que secaían de puro viejas y, por ello, con mucha frecuencia seproducían goteras. Entonces, uno de los miembros de la grey,Martín Rodríguez, que trabajaba como auxiliar enconstrucción de casas, ofreció su apoyo para edificar untecho nuevo. Claro que para ello había necesidad dehacer algunos sacrificios, como dejar de compraralgunos bienes no indispensables y destinar el ahorropersonal para el templo. A esa tarea estuvo dedicada lacomunidad durante todo un semestre y, al final, con elapoyo de todos, se terminó de adquirir las tejas y elmaterial de construcción que eran necesarios. Después de eso y trabajando sin ayudantesencima del templo, a Martín le habían bastado cuatrosemanas para terminar la obra que aparentemente habíaresultado un éxito. Con las paredes pintadas de blanco yun techo nuevo y rojísimo, la pequeña casa de oraciónfulguraba a la distancia y quizás su presencia iluminabala noche y llamaba a los parroquianos y a los ángeles.Nunca las estrellas habían brillado con tanta luz en elpueblo de Independence, Oregon. –Con el apoyo del Señor, tendrán que pasar cienaños antes de que se vuelvan a producir goteras –dijoMartín al final de su tarea. El joven era soltero, habíallegado de Guanajuato y había aprendido a leer y
  • 233. 244escribir en la misma iglesia con el apoyo de algunoshermanos catequistas. Quizás Martín había trabajado sin ayudantesporque era tiempo de cosechas y no quería obligar a susamigos a dejar las tareas del campo para apoyarlo; talarpinos era para ellos la única fuente de recursos. O talvez no era así, y se había pasado todo el tiempoencaramado sobre el templo para convertirse en unsolitario héroe de la comunidad. El albañil era muypequeño de estatura y, posiblemente, quería parecerse alestereotipo del mexicano. Debido a eso se había dejadocrecer bigotes, pero le habían salido ralos y amarillos, ypor todo ello sus amigos lo llamaban gato techero. Ahora que hago memoria, la inauguración deltecho fue la razón por la que acudimos al templo aqueldomingo. Con dos semanas de anticipación, donAbraham nos había dicho que deseaba tenernos en laceremonia. Estábamos buscando una excusa, pero dos díasantes del domingo, un nuevo motivo, esta vez muytriste, nos obligó a acudir. –Tómelo como un favor personal –me dijo porteléfono el pastor, quien también había hablado con elprofesor Maya–. Ahora ya no se trata solamente de lainauguración del techo. Paulina, mi esposa, va a serinternada el lunes en el hospital, y la comunidad quieredarle una despedida. No sabemos lo que venga después.Los médicos no son muy optimistas, y me han dichoque tal vez va a estar un buen tiempo internada, opuede ser que ya no vuelva a casa... Será lo que el Señordisponga. A ella la vamos a llevar al templo en silla de
  • 234. 245ruedas. No se moverá, pero podrá escucharnos.¿Verdad que usted vendrá también? Conocía a Paulina, y siempre me había parecidojoven y saludable. La primera vez que don Abrahamnos llevó a su casa, esa había sido mi impresión. Enrealidad, cenando juntos los cuatro éramos un extrañoconjunto. Salomón Maya era profesionalmente doctoren Historia de las Religiones, culturalmente judío y,religiosamente, descreído. Por mi parte, soy católicopracticante, y no me siento muy feliz cuando algúnprotestante fanático intenta “convertirme” alcristianismo. Lo que no sabíamos era que en materiareligiosa la pareja no estaba completamente de acuerdo;al parecer, doña Paulina se proclamaba atea. Veinte años menor que su marido, ella tenía unorigen bastante diferente. Había hecho estudiosuniversitarios en la ciudad de México, tenía ideas deizquierda y había llegado a los Estados Unidos con laesperanza de triunfar en el canto lírico e incluso de serprofesora de música, pero la falta de una visa deinmigrante y de un certificado de estudiosnorteamericano le habían impedido cumplir con sussueños y había tenido que dedicarse a cuidar niños yancianos. –Repita: “Porque él me esconderá en sutabernáculo en día de mal. Me ocultará en lo reservadode su morada. Sobre una roca me pondrá en lo alto”. –¡Gloria a Dios! Además de eso, la entidad recaudadora habíacaído sobre ella, y le habían exigido el pago deimpuestos adeudados desde su llegada al país. Por
  • 235. 246último, había tenido que optar por la solución másadecuada para resolver sus problemas legales, queconsistía en casarse con un ciudadano de este país, yaquel, por supuesto, le había cobrado una buenacantidad de dinero por darle el sí frente a un juez. Pero allí terminarían sus desgracias. El“ciudadano”, había desaparecido súbitamente, y un díaPaulina leyó en un periódico que había muerto en unapelea entre dos bandas de traficantes de drogas. El hecho había ocurrido cuando se cumplíandos años de la boda, y en consecuencia la señora podíasolicitar la ciudadanía, pero sin la presencia del esposoaquello se tornaba casi imposible. Es más, podía serenvuelta por la policía en las acusaciones que ya existíancontra su marido. ¿Qué alegar en esas circunstancias?¿Que no era su marido de verdad? ¿Que se habíancasado para engañar al Estado? –“El Señor es mi luz y salvación. ¿De quiéntemeré?”. Repita, por favor. En esos momentos, había aparecido AbrahamCabanillas en su vida. Se habían conocido en launiversidad casualmente; habían trabado unaconversación de circunstancias motivada por el hechode que procedían del mismo pueblo de Jalisco, y por finel pastor la había invitado al templo. –Mire usted, Abraham. Le agradezco por lainvitación, pero voy a decirle la verdad. Nací católica y,en la universidad, me hice atea. Por otra parte, en estosmomentos me siento terriblemente mal. No creo quemi presencia pueda servir de algo en su iglesia...
  • 236. 247 Eso se lo había dicho hacía diez años. En eltiempo en que los conocí, ambos estaban casados y notenían hijos. Además, ella podía asistir a la universidad,trabajar en un periódico en castellano y cantar en laiglesia, pero según confesaba de vez en cuando, a pesarde su gran amor por don Abraham, sentía quecontinuaba siendo atea. Ahora, daba la impresión de que doña Paulinaestaba realmente muy enferma y acaso no iba a durarhasta que se cumpliera el programa de Dios, y por esoacepté de inmediato la invitación aunque don Abrahamno supiera darme el nombre ni los detalles del mal quese iba a llevar a su esposa. Vagamente me explicó que setrataba de una afección al cerebro, y que los cirujanosiban a tener que operarla. No le prometían nada. Enesos momentos, la señora se encontraba por completoparalizada, y no se sabía si ello le ocurría debido a laenfermedad o tal vez a un miedo muy intenso. Así la había llevado a la iglesia y así habíacomenzado todo. Tanto el profesor Maya como yollegamos un cuarto de hora antes de que comenzara elculto. Eso nos permitió conversar con el pastor y tratarde saludar a la enferma quien tan sólo nos respondiócon un nervioso guiño de ojos. –Voy a ser excesivo pidiéndoles favores, perodeseo que usted, doctor Maya, hable de su experienciareligiosa. Usted, doctor, lo hará en otra ocasión. ¿No esverdad? Un breve silencio había seguido a la propuesta,y luego el anuncio:
  • 237. 248 –Queridos hermanos, el profesor Maya se va areferir hoy a los poderes de la oración. Le vamos a pedirque nos diga qué es lo que le está dado al hombre pediry qué es lo que puede alcanzar, cómo le llega al Señornuestra señal y a qué ángeles les encomienda ayudarnos.Creo que usted enseña eso en sus clases en launiversidad, ¿no es cierto? Quizás Maya iba a aclarar una vez más que eraun académico, y que ofrecía una historia de la religióncon fines antropológicos pero sin una normatividadacerca de la oración, y sin embargo se contuvo. Tal vezla visión de la enferma inmovilizada y la atención que lagente le dedicaba a él mismo se lo impidieron. Vacilóun instante, corrigió un inicial ronquido en su voz, ycomenzó a hablar. Primero, el profesor leyó a los oyentes algunaspáginas que contenían la bibliografía. Después, como esobligatorio entre los oradores gringos, tenía que haceruna broma: –¿Qué les parece si comenzamos hablandosobre la clásica discusión teológica entre Striedman ySchloesberger? –preguntó, y añadió–: Discutieron diezaños sobre la existencia de Dios, y terminaron pordudar de su propia existencia, tal vez por anularla, yahora ya no existen. Ja, ja, ¿qué les parece, no? Pero nadie hizo coro al ja, ja, porque no habíaen el auditorio quién conociera a los autoresmencionados. El profesor sabía por supuesto que la mayorparte de la congregación estaba constituida portrabajadores del campo que apenas habían terminado
  • 238. 249los estudios primarios, y que casi la mitad de elloshabían sido recientemente alfabetizados, perolamentablemente los académicos hablan un soloidioma, o una jerga que apenas les sirve paracomunicarse entre ellos en congresos. De todas formas,democráticamente preguntó: –¿Sobre cuál de estos teólogos quieren que meocupe primero? –A mí me gustaría, hermano, que nos explicaracuántas veces se debe rezar al día y a qué horas y qué eslo que se puede pedir al Señor y qué es lo que no hayque pedir. Desconcertado, el doctor Maya se refirióentonces al significado del texto sagrado y a lainterpretación hasídica sobre el mismo. El calor estaba apunto de derretir las paredes del templo en esosmomentos, pero el orador entusiasmado por suspropias palabras parecía alejado por completo de larealidad ambiente. –¡Gloria a Dios! El hombre estaba tan enamorado de su propiodiscurso que ya no se fastidiaba cuando lo interrumpíanen cada final de frase dando glorias al Señor. DonAbraham, serenísimo, parecía seguir el discurso concierta perplejidad. Además, como un gesto de cortesíapara el doctor Maya, se rascaba la cabeza con frecuenciapara dar la impresión de que estaba digiriendo eldiscurso. Solamente Martín Rodríguez asumía otraactitud. El constructor no tenía por qué disimular que
  • 239. 250no entendía ni una sola palabra. Haber terminado eltecho lo convertía en un personaje muy importante.Solamente sonreía. Se sabía el héroe de la jornada. Sepavoneaba. Cuando el orador llegó a la media hora deexplicación científica, Martín comenzó a pasearse por elauditorio mirando atentamente al techo como si temieraque se fuera a desplomar de súbito. No sé qué pensaría doña Paulina. Habíancolocado su silla de ruedas en el centro del templo, y sele podía distinguir desde cualquier lugar, pero no se lehubiera podido descubrir un rictus de tristeza sino decuriosidad. Alternativamente miraba al orador y casi sinmover la cabeza seguía con los ojos el paseo de Martínpor la iglesia. Se le veía muy pálida. Parecía haber estadoenterrada ya. Tal vez su alma ya no estaba dentro de ellao quizás pugnaba por salir. Me pareció que quizás habíasido una imprudencia llevarla al templo, o acaso un actosabio y generoso para que falleciera al lado de los suyos,y no entre las paredes grises de un hospital, y por elsilencio de la comunidad, era posible que todosestuviéramos pensando en lo mismo. Todos, menos elprofesor de historia de las religiones y Martín. Era ostensible que Martín estaba repleto deoronda alegría hasta más no poder. Hubo un momentoen que ya no se pudo contener, y empujó los labioshacia adelante hasta formar una trompa que le servíapara mostrar a quien lo mirara la magnificencia deltecho. Estaba nuevecito. Iba a durar cien años, acasomil, tal vez hasta el día del Juicio. Ese fue justamente elmomento en que me pareció sentir que una gota deagua caliente caía sobre mi cabeza. Tal vez aquella era la
  • 240. 251sensación del Pentecostés, o del Espíritu Santoaleteando sobre mí. El orador explicaba en ese momento que, deacuerdo con las tradiciones hasídicas, un texto sagradono solamente describe, sino que contiene el evento querelata. Si uno lo lee con devoción, el acontecimientopuede ser llamado otra vez y otra vez devuelto a laexistencia. –¡Gloria a Dios! –¿Quiere usted decir que podemos escucharotra vez a los profetas, y verlos, y rogarles que recencon nosotros? El único que se sentía capaz de hablar eraMartín, y fue él quién le pidió al Dr. Maya su opinión,pero el profesor prefirió no entrar en diálogo con elpúblico y terminó secamente su intervenciónacadémica. Ese fue el momento que Martín no podía dejarescapar: –Si eso es así, no comprendo por qué razónvamos a dejar que doña Paulina siga sufriendo, o que sela lleven los médicos. Voy a pedirle al otro doctor quevenga conmigo a leer los salmos frente a ella. Estoyseguro de que la hermana va a curarse si le leemos todoel libro de salmos. –¡Gloria a Dios! Creo que ese pedido había sido hecho a las diezde la mañana. Ahora ya era la una de la tarde, y yocontinuaba leyendo al compás de Martín:
  • 241. 252 –Repita otra vez: “No temerás el terrornocturno. Ni saeta que vuele de día. Ni pestilencia queande en oscuridad. Ni mortandad que en medio del díadestruya. Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra,mas a ti no llegará”. La monótona repetición me había sumergido enuna suerte de éxtasis. Era la primera vez que acudía aaquella iglesia, y tenía que aceptar sus formas depracticar el culto, pero de repente algo parecido a unasegunda gota de agua caliente me hizo volver alrecuerdo. ¿Era acaso una revelación del Espíritu Santo?Algo me hizo pensar que, en vez de un milagro comoaquel, la gota provenía del techo recientementecambiado, había sobrepasado las tejas destinadas adurar un siglo y traía la caliente temperatura de afuera. Pero también podía ser una falsa sensacióntérmica. El vaso de agua con que me ayudaba arefrescar la garganta y evitar la ronquera estabahorriblemente caliente. –“Pues a sus ángeles mandará cerca de ti”. En ese momento, me pareció que doña Paulinahabía sonreído. Imposible que lo hiciera con el calorque soportamos y su estado de nervios, pensé, peroocurrió algo más: del lado donde se hallaba la enferma,comenzó a brotar un ronquido que me parecía el de lamuerte y que luego se convirtió en algo así como unquejido, que por fin no era un quejido sino una risaincontenible y contagiosa. La hermana Paulina reía, y nopodía dejar de hacerlo. La observé mirar alternativamente el techo y micabeza. Entonces comprendí. Desde una gotera surgida
  • 242. 253en el indestructible techo construido por Martín, lalluvia trataba de entrar en la iglesia, y una tras de otra,las gotas habían estado cayendo sobre la calva superficiede mi cabeza. Tampoco yo pude contener la risa. La señoraCabanillas se reía ahora a mandíbula batiente, y llorabade risa. No pudo aguantar ese estado, y se levantó de lasilla, dio unos pasos y fue a abrazar a su esposo, donAbraham: –Siquiera préstale un sombrero a don Eduardo. Los hermanos tampoco podían contenerse. Losúnicos que no reían eran don Abraham y Martín, el gatotechero. Nadie comentó el hecho de que doña Paulinapodía ahora caminar y reír, y hasta burlarse de mi calva,y acaso comenzar a creer en la Palabra. Al pastorCabanillas, nada de eso le pareció asombroso ni siquieraque su mujer dejara la silla de ruedas y saliera corriendodel templo a llorar de risa en la calle. Acaso tampoco sedio cuenta de que aquella tarde, los pájaros volabantransparentes en Oregon, y todo se tornaba misterioso,los aires verdes, la luz purísima, las montañas cristalinas,los árboles dorados, los cielos rojos y las rojas tejas de“La Luz en el Camino”. Lo cierto es que, al día siguiente, el médico noencontró razón para que la paciente se internara, y hastaahora sigue extrañado e interesado en saber qué ocurriócon el infarto cerebral que había diagnosticado y que no
  • 243. 254apareció más en ninguno de los nuevos exámenes queordenó practicar. Lo único que recuerdo es que al final de laceremonia, don Abraham llamó severamente laatención al gato techero por ser un pésimo constructor,y le ordenó hacer oración todas las noches, cambiar sumaterial y tomar lecciones de matemáticas en la escuelade adultos. Sé que doña Paulina sigue cantando en la iglesia,y por mi parte repito de rato en rato “El Señor es mipastor; y nada me faltará”. Generalmente lo hagocuando me falla la fe y me falta amparo en esta vida.“El Señor es mi pastor”, repito y piensoconstantemente que el texto llama a losacontecimientos. Por fin, ayer escuché una gentil ofertade Martín para arreglar mi tejado. Lo encontré a lasalida de la universidad. “Ya debe de cambiarlo porqueestá un poco viejo. Usted solamente tendría que ponerel material” –me dijo. –No, gracias –le contesté.
  • 244. Esta es tu vida “Me vas a tener que contar tu vida para saber loque has estado haciendo todo este tiempo. Tienes unpoco menos de pelo y algunos surcos verticales en lafrente, pero, Dante, no has cambiado nada. Eres elmismo chiquillo que se sentaba en el último asiento demi clase y aprovechaba de algún descuido mío paralanzar aviones de papel contra los chicos de adelante”. Busqué en todo el escenario para descubrir dedónde venía la voz, aunque parecía llegar de todas laspartes y continuaba describiéndome: “Tiene gracia... Recuerdo que una vez tú y tuamigo Cayito Cabrejos juraron ser los primeroshombres que viajarían a la luna, y vinieron acomunicármelo. “Tendrán que ser aviadores”, les dije,pero tú respondiste que emplearían la técnica de FlashGordon, es decir que se desmaterializarían. ¿Te hasdesmaterializado ya, Dante? Sin proponérmelo, me había puesto de pie y, enesa posición, me veía en un teatro enorme rodeado degente que me observaba con atención y que tambiéndirigía la vista hacia las ventanas y hacia el cielo tratandode ubicar de dónde procedía esa voz. Increíble. Era la voz de mi maestro de primaria.Marino era su nombre, pero nosotros lo llamábamos,sin que él nos escuchara, malo, marino, maligno, maldito,malhechor, canalla y verdugo cuando nos castigaba por nosaber la lección o, sencillamente, cuando de una sola
  • 245. 256mirada adivinaba lo que estábamos pensando, o cuandoparecía estar en todas partes a la vez y sabía por quérazón no teníamos lista la tarea y qué habíamos estadohaciendo durante el fin de semana. El maestro de ceremonias levantó una cortinaroja y debajo de ella apareció don Marino, mucho másdelgado de lo que había sido antes, pero igual de ágil yveloz. En unos cuantos pasos, llegó hasta el sitio dondeyo me encontraba como cuando corría hasta mi asientopara castigarme, pero lo único que hizo fue extendersus brazos hacia mí, y entonces lo vi, añoso, acabado,viejecito, caduco y dueño de una mirada que porprimera vez era dulce. Nos encontrábamos mucho después decuarenta años y en un país completamente ajeno alnuestro, y no sabíamos qué vendría después. Supongoque la gente aplaudía y no terminaba de aplaudirmientras nosotros nos abrazábamos, y probablementeuno de los dos dejó caer algunas lágrimas. –“Esta es tu vida”, el más humano programa dela televisión en español, está presentando, como todoslos domingos, otro episodio lleno de sensibilidad yamor que será presenciado por cien millones detelevidentes en todo el mundo. En nuestros estudios deMiami, acabamos de reunir a Dante León con sumaestro, don Marino Rojas, quien ha aceptado venirdesde Valparaíso para encontrarse con su discípulo.Este es su primer encuentro con Dante en muchotiempo y, a sus ochentitantos años, es la primera vezque viene a los Estados Unidos. Como ustedes estánleyendo en la pantalla, Dante es todo un orgullo latino.Comenzó desde abajo, y hoy es el vicepresidente de una
  • 246. 257gran empresa de publicidad de este país. Ahora mismo,sus parientes en Chile, sus amigos en Miami y millonesde televidentes van a enterarse de cómo ha llevado suvida. Porque, señoras y señores, de eso se trata. Dantese va a encontrar con algunas personas que ama, perotambién va a conversar con nosotros, y nos va aexplicar algunos de sus aciertos y sus errores, susvirtudes y sus flaquezas; y todos ustedes, incluso los quenos están viendo desde lejos, tendrán opción depreguntarle qué se hace para llegar a ser un latino deéxito en los Estados Unidos. Pero mientras tanto,escucharemos algunos interesantes mensajes denuestros auspiciadores. Miré hacia mis acompañantes y me encontrécon varias sonrisas cómplices. La gente de mi oficiname había traído al auditorio del Canal Hispano deTelevisión con el pretexto de que iban a presentar un“especial” sobre la publicidad en castellano, y mehabían hecho creer que nuestra empresa estaba invitadaa participar. Ese era el truco para darme esta sorpresaque, a lo mejor, iba a ser sumamente importante en micarrera hacia la presidencia de La Creación S.A. Les devolví la sonrisa y volví la mirada hacia elmonitor. La pantalla estaba mostrando a una mujergorda transformada en un sillón rojo con lunaresnegros. Su cabeza preocupada emergía del mueblemientras una voz en off decía que la dieta es la mejordecisión de nuestra vida. Después, un grupo de gringos,desprovistos de cubiertos, devoraron con las manosunas pizzas que chorreaban grasa sobre sus ropas, y lamodelo mostró un detergente que servía para sacar la
  • 247. 258grasa y proteger así las mejores tradiciones americanasde la comida en familia. Entonces, comenzaron mis temores. ¿Quiénhabía acordado con el Canal Hispano mi participaciónen el programa, y para qué?... Claro que erarelativamente fácil conseguir que me invitaran porquenuestra empresa le da a la tevé millones en publicidadcada mes, pero ¿quién lo había hecho? Podía tratarse deHugo Valcárcel, el cubano de Relaciones Públicas quesiempre me había sido leal, y estaba tratando deapoyarme en mi ascenso, pero esta también podía seruna jugada de Jimmy Bezzant, el vicepresidente de laempresa en Canadá, que al igual que yo estaba encarrera por la dirección general de nuestra Creación. Había visto en alguna ocasión el famosoprograma, y recordé que aquel no consistía únicamenteen reunir al personaje con sus seres queridos sino que,además, ponía en discusión asuntos de su vida privada.La revelación de un romance o un divorcio daba paso aun inmediato y acalorado debate con el público. Hacíande moderadores un monumental maestro deceremonias y una centroamericana de pelo rubiopintado que decía haber estudiado Psicología en launiversidad de la vida. ¿Iba a ser sometido a semejante escrutinio?...Miré hacia el público y encontré a los tipos que siempreacompañan esta suerte de programas y que,probablemente, iban a ser mis inquisidores. Al fondo,vestidas de traje sastre, tres señoras redondas parecíanvenir en nombre de la moral pública y las buenascostumbres. Adelante, un hombre calvo con cola decaballo y dos señoras gringas vestidas de pioneras
  • 248. 259representaban la opinión de los ciudadanospolíticamente correctos, y ellos probablemente me ibana inquirir si todas las razas estaban representadas en miempresa. Por su parte, al extremo izquierdo, doscaballeritos con tatuajes me preguntarían si alguna vezhabía montado una motocicleta, y un profesor conanteojitos redondos de pervertido, sentado en lasbancas de adelante, daría un discurso sobre lasconnotaciones sexuales del programa. Solamente me parecieron simpáticas unasquince chiquillas con blusas blancas y falditas cortas queseguramente iban a gritar “guauuuuuuuuu” cada vezque se produjera un hecho sorprendente. Pero todavíael gran salón auditorio no estaba colmado, y losconserjes hacían pasar a los que llegaban tarde. Creídivisar algunos rostros conocidos entre los reciénllegados. Y, mientras tanto, una vez más apareció elsillón con cabeza de mujer, pero ahora, por medio deun truco televisivo, adelgazó repentinamente, y en vezdel mueble apareció una dama de mediana edad querevelaba haber perdido “cuarenta libras de peso” graciasa un sensacional tratamiento. Lo confesaba entresollozos y añadía llorando que ahora se habíaconvertido en una sensación erótica y que tenía queandar huyendo de los ojos libertinos de su esposo. Entonces el maestro de ceremonias hizo unaprofunda reverencia y declaró que, aparte de laaparición de don Marino, el programa me reservaba tressorpresas detrás de las tres puertas que estaban cerradasen el escenario. –Están ustedes viendo que la puerta de laizquierda tiene grabado el dibujo de un caballete de
  • 249. 260pintura. La flor impresa en la del centro es un copihue.Lo que se ve en la tercera puerta es, por supuesto, laestatua de la Libertad de Nueva York. Vamos a abrir lastres puertas, pero en orden, y será Dante León quiendecida dónde quiere entrar primero. Los símbolos eran muy obvios como para queyo no comprendiese adónde iba todo esto. Alcomienzo, me endulzarían la noche con recuerdoshermosos. El caballete de pintura y el copihue, la flornacional de Chile, servirían para mostrar, tras la primeray la segunda puerta, escenas de mi larga y desgarbadapatria. La gente me haría preguntas sobre Antofagasta yel salitre, las gaviotas y las olas, el desierto y los cielos deChile. –¿Lo está pensando todavía? Recuerde quelamentablemente no podemos esperarlo mucho. Latiranía del tiempo, usted sabe. Antes de que el maestro de ceremoniasinsistiera, señalé el copihue. Entonces dos señoritasrubias, dueñas de unas piernas pecosas y de rodillasmuy pálidas, fueron hasta mi butaca y me tomaron cadauna de un brazo para encaminarme hacia la puertaseñalada. Me sentía como un borracho al que lo llevan delos brazos, pero los aplausos me reanimaron y dialgunos pasos seguros. Me permití piropear a una de lasmodelos y, sin hacerme de rogar, abrí la puerta delcopihue. Como lo había presentido, dentro había otrapuerta, y sobre ella el mapa delgado de mi patria. Un
  • 250. 261botón encendido señalaba el nombre de mi pueblo,Antofagasta. ¿Se atreve a oprimir ese botón? Claro que me atrevía, y lo hice. Entonces cayó elresto del escenario y me encontré en el desierto, solofrente a la tierra susurrante y junto a una foto gigantescade la casa de mis padres. El público me vio entrar allí,pero les daba la espalda y no percibieron que cerrabalos ojos para saber algo acerca de mis padres. Cerré los ojos, y supe dónde se encontrabanrealmente y desde dónde me estaban mirando. Vi a mipadre, en su bufete de abogado, devolviéndole la paz yla alegría a un cliente triste. Vi a mi madre dándomevitaminas para que creciera sano y fuerte. Los viavanzando hacia mí desde el mar, donde un díahabremos de reunirnos. Una luna inmensa estaba detrásde ellos, pero ellos no vivían en la luna, y sin embargo,observando cómo llenaba el cielo la luna solitaria,entendí cómo era el cielo y sentí que quería quedarmeallí con mis padres. –No se deje atrapar por los recuerdos –meadvirtió el maestro de ceremonias– porque ahora vieneotra de las grandes sorpresas de la noche. Mire quiénesestán sentados enfrente de usted. No se demore en irhacia ellos porque ellos lo han estado esperandodurante todo este tiempo... Mis hermanos también habían llegado.... Loshabían traído los organizadores del famoso programa, yyo me dije que cualquier cosa que después me esperaraen la vida, o en el escenario, bien valía la pena vivirla si
  • 251. 262alguna vez había sido niño y había crecido en unafamilia tan maravillosa. Casi no hablamos, pero la voz meliflua dellocutor explicó a la audiencia que la familia León habíallegado en diferentes vuelos. Rafaela vive enMontevideo y Manuel en Buenos Aires. Por su parte,Teresa trabaja en una escuela cercana a Valparaíso,mientras que Adriana y Pilar residen en el Perú. Ante una probable seña del animador, el corode las chicas gritó:“¡¡¡Guauuuuuuuuuu!!!”, y el programasufrió un breve intervalo comercial para mostrar a uncaballero que se acostaba calvo y amanecía pelirrojo, ydeclaraba agradecido que eso se lo debía a unas cápsulasde gingseng rojo. Entonces, uno de los caballeritos con tatuajespreguntó: –¿Y los hermanos de Dante, por qué están entodas esas ciudades? ¿Por qué no viven todos enAmérica? –No seas imbécil! Todas esas ciudades quedanen América –replicó un señor de anteojos que parecíaperpetuamente enojado. –Esta bien, señor culto. Pero, ¿por qué no losha traído a América?...Él ya ha conseguido la ciudadaníade este país, y pudo haberlos pedido. Con el pedido deun ciudadano, la familia consigue la visa de inmediato. Entonces le tocó el turno a una mujer de pelocortado muy pequeño que venía con los amigos de sexomás o menos indefinido:
  • 252. 263 –Los latinos son en su mayoría racistas yhomofóbicos –dijo–. Y por eso las familias se dividen.Probablemente, la mayor parte de la familia Leónprefirió continuar viviendo en países con tradicionespatriarcales. En cambio Dante se vino a vivir enAmérica, y esa es la razón por la que ha triunfado en lavida. Quise intervenir para decir que no compartíaninguno de esos puntos de vista, pero antes decomenzar ya me estaba interrumpiendo el locutor.Apuntando con el dedo a mi hermana Adriana, lepreguntó: –¿Y qué se siente de tener a un hermano tanfamoso que aparece en la televisión, y a quien, en estemismo momento, todo el mundo lo está viendo? –No es nada nuevo –respondió Adriana, quiensiempre ha sacado la cara en nombre de los míos–.También en nuestro país Dante era famoso, y en algoque vale más que la publicidad. Dante era un excelentepintor, y a los 24 años de edad , ya había ganado elPremio Nacional de las Artes. –¡¡¡Guauuuuuuu!!!... ¡¡¡Guauuuuuuuuuu!!!... Esta vez las chicas me salvaron de otraspreguntas idiotas. El locutor dijo que, justamente, eso lehabía dado la idea de pedir que se abriera la puertadonde se veían el pincel y el caballete. –Pero antes, unos consejos de los auspiciadores. La mujer que había salido del sillón se levantó ypaseó por todo el escenario mientras un monitorgigante mostraba que las arrugas habían desaparecido
  • 253. 264de su rostro. Luego se levantó las faldas y enseñó unosmuslos lisos que, según explicaba un hombre vestido dedoctor, habían estado antes “algo encarrujados”. Todoello había sido posible gracias a la crema limpia-arrugasde la Farmacia Santo Remedio. Tal vez por el temor de volver a convertirse ensillón, la dama que había sido sillón no quería ir asentarse, y continuaba dando vueltas por el escenariomientras se escuchaba un vals parecido al DanubioAzul. De pronto me miró fijamente hasta asustarme: alo mejor, o a lo peor, esa mujer pensaba sacarme abailar, y yo no iba a poder impedirlo. Pero no, era imposible que los operadores delCanal Hispano quisieran hacerme una broma de esecalibre. No podían ser insolentes con alguien como yoque había llegado a la cúspide de la empresa dondetrabajaba. Éramos tres vicepresidentes colegiados, unopor Canadá, otro por Estados Unidos, el último porAmérica Latina, y ese era mi puesto. Por eso meconsideraban un “orgullo latino”. Nuestra empresahacía los comerciales de automóviles, bancos, gasolinas,bebidas gaseosas y hoteles líderes del mercado. No, no,una broma era imposible. Más bien, podían deslizar unarevelación incómoda sobre un secreto bien guardado demi vida. Pero, ¿qué tal si el gordo, el untuoso, el romoJimmy Bezzant hubiera sido el organizador de todo estetinglado para ponerme en ridículo y lograr que yoperdiera la presidencia de Creación? Sospechosamente,la mujer que había sido un sillón seguía avanzandohacia mí. Pero el reloj me salvó. Se habían cumplido losminutos de los comerciales, y las dos jóvenes de las
  • 254. 265rodillas pálidas vinieron a llevarme hasta mi nuevodestino, la puerta del caballete y el pincel. Aquella seabrió ante mí y me dejó pasar hacia un nuevo escenario:una pintura gigantesca de un paisaje marino. Era unatela que había pintado yo hacía treinta años. De espaldas al público y frente a la tela, sentíque otra vez, como hacía treinta años, me encontrabade pie sobre un acantilado de la costa mientras pintabaen el lienzo las olas de un mar tenebroso, y dentro delmar, una isla, y dentro de la isla, un poblado, y dentrodel poblado una iglesia, y en la puerta de la iglesiadebería aparecer la imagen de una muchacha, pero sólose dibujaba la sombra blanca de su cuerpo. Me acordé de la joven que había posado para ellienzo, pero su imagen había desaparecido. Treinta añosatrás, le había rogado esperarme durante un año o dosen Antofagasta mientras yo me abría camino en losEstados Unidos, pero me había tardado mucho másque eso. Le escribí durante algún tiempo hasta que miscartas perdieron convicción, después no me considerédigno de ella y por fin dejé que pasaran los años.... Peroyo recordaba haberla pintado y, ahora ni siquiera suimagen aparecía en el lienzo desvaído. No aparecíaBeatriz para guiarme por los cielos. No aparecería más,pensé, y comprendí que sin ella me había quedado soloen el planeta. Solo, desierto, sin amparo. –Todo hombre elige su destino, y a veces hastalo pinta –gritaba a voz en cuello una voz que podía serla de un ángel funesto o la del maestro de ceremonias. –La encontramos en subasta en una oficina denotario en Viña del Mar. Estaban vendiendo los bienes
  • 255. 266del difunto, y pagamos menos de cinco dólares por estatela que Dante León estaba pintando cuando se marchóde Antofagasta. –¡¡¡Guauuuuu!!! Ahora, los millones de televidentes aprenderíanalgo de lo que había hecho para vivir en los EstadosUnidos. Había renunciado a ser un artista para llegar aser un “orgullo latino”. Por supuesto que en la empresapublicitaria donde trabajaba había ocultado celosamentemi vocación por la pintura. Los gerentes no la habríanentendido porque los gringos están acostumbrados aque uno sea una sola cosa a la vez, y si alguien espolifacético, los confunde. Ven el currículum y lojuzgan un hombre poco serio, insensato, indigno detrabajar en un país donde todos son especialistas. Varias cartas malditas me habían estadollegando por ese motivo al trabajo desde mi primerascenso. En todas ellas, venía la foto de uno de miscuadros y la fotocopia del catálogo de una exposiciónen la que había participado. “¿Qué pasaría si tus jefessupieran que has sido un pintor, y como todos losartistas de tu país, tal vez un bohemio, un antisocial, uncomunista?”. Pero no me exigían dinero; parecían tansólo empeñados en hacerme vivir en el miedo. “Wet back. O, si no entiendes el inglés, espaldamojada. Vuélvete a tu país”, y yo reconocía cada día quetodos los inmigrantes podemos ser sujetos de chantaje,desde el campesino pobre, que ha entrado con unospapeles falsos y se aviene a recibir menos paga debido aello, hasta un alto ejecutivo como yo que había tenido
  • 256. 267que falsear su vida e ir renunciando poco a poco a loque más amaba para alcanzar el éxito. Entonces entendí cuál era el truco del concurso.La estatua de la Libertad es el símbolo universal de lainmigración a los Estados Unidos. Cuando se abrieraesa puerta, la tercera, una pantalla gigante mostraría almundo el carné del Seguro Social que yo había utilizadodurante mis primeros años en este país. Alguien me lohabía vendido por cincuenta dólares cuando llegué, y senotaba fácilmente que era falso, pero me había servidopara conseguir un empleo en la cocina de un KentuckyFried Chicken. Después de eso, había aparecido Brenda en mivida, y con ella la legalidad. Ella era voluminosa, inculta,rojiza, mayor que yo y algo más que aficionada a lacopa, pero había aceptado casarse conmigo para que yopudiera convertirme en ciudadano americano. Sinembargo, no podíamos descasarnos de inmediatoporque las autoridades de Inmigración podían descubrirel truco, y echarme del país. Por eso teníamos que hacer vida de casadosfelices, y poner un enmarcado retrato matrimonial en lapequeña sala al lado de la foto de un equipo de béisboly de una pequeña bandera de los Estados Unidos. Nohabía dificultades entre nosotros porque el trato entreambos era sencillo, y consistía en que yo le daba lamitad de mi sueldo mensual y ella me ofrecía un espacioalgo reducido en su casa y en su vida. Además, meayudaba a practicar mi inglés y me enseñaba a decirgroserías en ese idioma, y aseguraba que eso podríaservirme en mi examen de ciudadanía.
  • 257. 268 Apenas quedaba sitio para mí en el lecho, tanabundante era Brenda, pero yo no descansaba allí todaslas noches. Luego de catorce horas de trabajo, regresabaextenuado y mi esposa solamente me ofrecía sitio en lacama en el caso de que estuviera listo para cumplir conmis obligaciones conyugales. Si estaba demasiadocansado para eso, me mandaba a dormir en el carro, unviejo Ford rojo que también le pertenecía. Nos divorciamos en paz, años más tarde, y yacomo ciudadano pude desempeñarme en algo más quetrabajos manuales. La educación recibida en Chile y mishabilidades artísticas me habían abierto paso en lapublicidad hasta llegar al lugar al que había llegado. Porsu parte, Brenda nunca había aparecido por la empresapara recordarme ciertos detalles de mi pasado. Además, ella vivía en San Diego, en tanto quelas oficinas centrales de La Creación se encontraban enMiami, al otro lado de los Estados Unidos. Mi casaestaba situada en una exclusiva zona de Key West, y misrelaciones sociales incluían solamente gente de primernivel. Sobre mi primer matrimonio, había dejadodeslizar la leyenda de una viudez repentina. Después deeso, no había vuelto a casarme. No se me pasaba por la mente, siquiera, que ennuestro edificio, poblado por lánguidas modelos yejecutivas elegantes, apareciera de repente su amorfafigura. Pero, ¿qué pasaría si esta noche apareciera en elset del Canal Hispano? En el caso de que alguien –¿eleunuco Bezzant?– hubiera querido ponerme enproblemas, habría bastado con ir a buscarla en un barde San Diego y ofrecerle unos cuantos dólares y undivertido week-end en Florida. Justamente, en el
  • 258. 269momento en que la recordaba, me pareció advertir quelos acomodadores llevaban hasta los asientos delanterosa una mujer colorada y regordeta. Me dio la impresiónde que llevaba anteojos oscuros y de que me hacía señascon la mano derecha. Contrariamente a lo que yo había supuesto, laexhibición de mi antigua pintura ampliada sobre unapantalla gigante había sido todo un éxito. Lo hizo notarel maestro de ceremonias: Tienen ustedes razón. Además de hombre denegocios, Dante pudo ser un artista excepcional. La telaque pintó hace treinta años es tan real que provocameterse dentro de ese paisaje. Pero no apaguen eltelevisor porque todavía tenemos una sorpresa para elpersonaje de esta noche. Le damos una clave: se trata dealgo que se mueve...y muy rápido. Y todavía hay más... Claro que Brenda se movía. Cuando estababorracha se le daba por bailar el swing, y probablementelo haría ahora. ¿Y todavía había más sorpresas? Ademásdel carné falso, del matrimonio con truco y de la ex-esposa alcohólica, ¿qué otra cosa iban a exhibir?... Seme ocurrió que el maestro de ceremonias explicaría quelos “grandes hombres latinos” también habían tenidoalguna debilidad al llegar a este país. Estaba imaginandocómo se iba a referir a lo que una vez me ocurrió enuna tienda de Chicago. “Je, je, como verán en lapantalla, un tal Dante León fue multado hace treintaaños por robar una camisa en Sears. ¿Qué les parece?¿Qué le parece a usted, Dante? ¿Se trata de unhomónimo, verdad?”.
  • 259. 270 Pero no lo dijo. En vez de hacerlo, anunció otrabreve interrupción, pero esta vez no eran comerciales. –Se trata de un adelanto del programa quenuestro adivino favorito, Wálter Machado, ha grabadopara esta noche después de nuestro programa. Señorasy señores, con ustedes el quiromántico de las Américas: –Sagitario, Sagitario: Ten cuidado con la puertaque tocas hoy –proclamó con voz azucarada unhombre rubio y repolludo, vestido de reina de la baraja,o tal vez de diosa del sistema solar. Lo encontréparecido a Bezzant. –Ay, Sagitario: Has debido ser más selectivo entus amistades. No culpes a nada ni a nadie por tusproblemas actuales. Haz un examen de concienciaporque hoy vas a tener toda tu vida frente a ti, y ya túverás lo que haces. Se despidió mandando besitos volados a todoslos sagitarios y anunciando su presentación de las diezde la noche. ¿Qué otras historias mías habrían descubierto?¿Quizás mi amistad con los hermanos Vera deGuadalajara? Nos habíamos tratado como parientesaunque no lo éramos, e incluso me pidieron que fuerapadrino de bautismo del hijo de Rigoberto. Pero nuncasospeché que mi compadre llegara a ser uno de losprimeros hombres de la mafia. En todo caso, eso habíaocurrido hacía veintitantos años cuando trabajábamosen la cocina del Kentucky‟s, y desde entonces, no noshabíamos vuelto a ver.
  • 260. 271 Se me ocurrió pensar que al cabo de tantotiempo, yo había dado un paso en falso y que, como lessucede muchas veces a los latinos que llegan alto, mehabía llegado la hora de caer. Tal vez ya había perdido lapresidencia de La Creación y mi propia permanencia enel puesto que ocupaba. Pero eso no era lo más importante del mundo.Que me dañaran no me preocupaba ya. Ahora queríasaber si mis renuncias habían tenido sentido. Habíarenunciado a mi patria, a la mujer que amaba, a mipropia dignidad, a una forma de vivir y, en cierta forma,a todo lo que hacía mi identidad personal. Y también atodo lo que me parecía perfecto en este planeta. Esdecir, a todo lo que ahora estaba viendo en el cuadropintado: una mujer que todavía no tenía rostro en lapuerta de una iglesia que estaba dentro de un pobladoque se hallaba en medio del desierto que estaba en unaisla larga y desgarbada que se extendía a lo largo delmar. Miré con más fijeza el cuadro y la mujer tuvo enmi recuerdo un rostro y un nombre. Era Beatriz, ycuando la pinté, un poco antes de partir, tenía quinceaños; ahora, estará por los cuarenta y cinco y debe teneruno o dos hilos blancos, pero estará igual de bonita.Cuando nos conocimos, ambos éramos tanasombrosos que creíamos haber venido de una estrella,pero no fue la estrella de la felicidad. Su familia prohibióel romance por varias razones y, entre ellas, porque yosolamente era dueño de un hato de promesas. Por esome marché a los Estados Unidos. Pasados los tiempos de las papas fritas delKentucky‟s, del reino ominoso de Brenda y de mi
  • 261. 272sensación de indignidad, volví a escribirle a Beatriz perola carta me fue devuelta porque ni siquiera existía ahorala calle donde había vivido. Boyante hombre denegocios después viajé muchas veces por Chile, y másde una vez creí verla en una calle de Viña del Mar, enun parque de Santiago, en un bosque de Concepción.Pero también en Lima, en Cusco, en Bogotá y enMadrid, en todas las ciudades del planeta por dondepasara flotando un rostro bello y una mirada muy larga. Dibujé su rostro en varios afiches publicitariosque se exhibían en todo el continente, pero nadie medijo haber visto a una mujer parecida. Entonces medediqué a soñar con ella. En mi sueño, ella estabacasada pero no era feliz, y también soñaba conmigo. En nuestros sueños, nos escribíamos, nosllamábamos, nos mirábamos desde lejos, pero luego deuna década imposible, ella me había rogado en sueñosque fuéramos más comedidos y que hiciéramos caso ala luz del entendimiento. “Nuestros sueños son muyevidentes, ayúdame a no tener sobresaltos, necesito pazen mi corazón porque aún tengo que vivir”, me habíadicho, y en eso quedamos. Quedamos en querernossensatamente. En no soñar el uno con el otro condemasiada frecuencia. En no morir de amor. En nomorir. Miré más atentamente el cuadro y me dio laimpresión de que su figura no había desaparecido deltodo. Es más, a medida que pasaba el tiempo, setornaba más nítida, y parecía invitarme a entrar en elcuadro. Traté de continuar mirando, pero una luz mecegó. Eran los poderosos reflectores del estudio que lemostraban al mundo mi vida secreta, y la voz del
  • 262. 273maestro de ceremonias que se desgañitabaadvirtiéndome que ya era hora de pasar a la tercerapuerta. Otra vez fuimos interrumpidos por una tandade comerciales, pero yo no tenía la posibilidad de verlosporque mi espíritu se había quedado en la puertaanterior. El maestro de ceremonias insistía en que ahoradebíamos abrir la puerta de la estatua de la Libertad, yesta vez, en lugar de las modelos de rodillas tristes,envió a dos ángeles en mi busca. Eran dos muchachasque hacían propaganda de alimentos para las aves, yquizás no habían tenido tiempo de quitarse las alas. Pero advertí después que no llevaban solideo,esa aureola dorada que distingue a las personassobrenaturales, y que llevaban el pelo cortado al rape, ycomprendí que, en vez de ángeles, eran policías quevenían a hacerme pagar mis pasadas cuentas: mi ingresoilegal al país, el uso de un documento falso, el hurto enla tienda, mi antigua vinculación con personas asociadasa la mafia. No había nada que hacer. Extendí los brazospara que me esposaran y cerré los ojos mientrasesperaba, y los minutos se hicieron muy largos; eltiempo normal volvió a ser anulado. Antes de quellegaran los ángeles o los policías, quise echar una últimamirada al cuadro, y ahora la vi completamente. EraBeatriz. Ella estaba en el cuadro y me esperaba paracaminar juntos como lo habremos de hacer al final detodo esto, cuando nos haya llegado la hora. Pero tal vezla hora ya había llegado y, juntos, huyendo del infierno,ascendimos por caminos circulares y llegamos hasta lacima de una colina donde parecía terminar la vida.
  • 263. 274 Entonces entendí que por todo lo que durara lavida, de noche ella vendría hacia mí secretamente, acasosin saberlo, acaso dormida, y yo caminaría con ella, talvez dormido, tal vez sin saberlo, por todos los largoscaminos de la noche y que, al revés de otras parejas, novamos a estar juntos hasta que la muerte nos separe,sino a partir de entonces. Llegamos a una cima, y en ese lugar, que eratambién un cementerio, nos detuvimos y pasamosquizás horas, quizás años mirándonos. Nos pasamos latarde observando las bandadas de ángeles que, de horaen hora, llegaban en busca de almas, y después, ruegapor nosotros los pecadores, María, madre nuestra, ydanos amparo, nos acostamos sobre el pasto a dormirmil años mientras nos iban cubriendo las entreveradasaguas de la memoria. Tal vez fue así o tal vez el médico que se hallabaentre el público explicó a los presentes que me estabahaciendo un examen de fondo de ojos con una linternaeléctrica, pero que quizás solamente me había quedadodormido. Junto al médico se hallaba Valcárcel, el mejorjefe de relaciones públicas del mundo. Estaba radiante: –El gringo Bezzant se va a morir cuandotermine de ver este programa. No sabe que lo hemospreparado íntegramente del principio al final para daruna imagen humana de usted. Es indudable que eldirectorio de La Creación ya tiene en usted unpresidente. Oiga, me encantó el detalle de que sedesmayara en medio de la función. ¿Se desmayó
  • 264. 275realmente? A propósito, ¿qué estaba pensando en esemomento? Mientras tanto, el maestro de ceremonias no sepudo contener y corrió a abrir la puerta de la estatua dela Libertad. –Esto es lo que lo ha estado esperando, Dante –gritó–. Aquí tiene un elegante Mercedes 2000, fullequipo de calidad Liberty. Es suyo desde ahora, y aquítiene las llaves para que pasee con los suyos por lasplayas de Miami. Prendan otra vez los faros del Libertyy apunten a los ojos de Dante para que no se quededormido, para que no se desmaterialice y para que tengatiempo de contar a los que van con él toda su vida ymilagros en los Estados Unidos.