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La residenciadeestudiantes

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La residenciadeestudiantes

  1. 1. Asesinado por el cielo Un enredo colectivo (Generación del 27 y Surrealismo) Un enredo poético I. Muerte II. Amor III. Paisajes
  2. 2. I. Muerte Asesinado por el cielo, entre las formas que van hacia la sierpe y las formas que buscan el cristal, dejaré crecer mis cabellos. No aquél que a sus cabellos ató la muerte. Si mi voz muriera en tierra llevadla al nivel del mar y dejadla en la ribera. Con el árbol de muñones que no canta y el niño con el blanco rostro de huevo. Con los animalitos de cabeza rota y el agua harapienta de los pies secos. Con todo lo que tiene cansancio sordomudo y mariposa ahogada en el tintero. Tropezando con mi rostro distinto de cada día. ¡Asesinado por el cielo! Pero el hombre se agita en todas direcciones, Sueña con libertades, compite con el viento, Hasta que un día la quemadura se borra, Volviendo a ser piedra en el camino de nadie. En Viena hay diez muchachas, un hombro donde solloza la muerte y un bosque de palomas disecadas. Ese hombre está muerto
  3. 3. y no lo sabe. Quiere asaltar la banca, robar nubes, estrellas, cometas de oro, comprar lo más difícil: el cielo. Y ese hombre está muerto. Muerto se quedó en la calle con un puñal en el pecho. No lo conocía nadie. ¡Cómo temblaba el farol! Madre. ¡Cómo temblaba el farolito de la calle! Era madrugada. Nadie pudo asomarse a sus ojos abiertos al duro aire. Que muerto se quedó en la calle que con un puñal en el pecho y que no lo conocía nadie. se le vio, caminando entre fusiles por una calle larga, Si muero, dejad el balcón abierto. He cerrado mi balcón porque no quiero oír el llanto, pero por detrás de los grises muros no se oye otra cosa que el llanto. Todos cerraron los ojos;
  4. 4. rezaron: ¡ni Dios te salva! «ya es de noche». La noche donde yo estoy ahora, donde tú estás junto a mí tan dormida y tan sin sol Al dnetrieeeaá qeeieu deoaiae sy, lá od emn s fn u xg n uñ mgn ua Smted aor vd s vd, oeino ta ia u ia Snmshrzneqeorsoo fet afet. i á oiot u to js rne rne Dnepnsydca n sa msqenmrs od ea ihs o en á u obe, Ceoyter ntvse trod u rced; il ira aio n on e n euro Dnea fnqeelbesnsbroy mso od l i ud ir i ael o im, Dset e nel,asni, iulo n iba ueca Asni lv cm cred nñ. ueca ee oo an e io Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco, sin cielo azul y plácido… Y se quedarán los pájaros cantando. Pero si la ira, el ultraje, el oprobio y la muerte, Ávidos dientes sin carne todavía, Amenazan abriendo sus torrentes, De otro lado vosotros, placeres prohibidos, Bronce de orgullo, blasfemia que nada precipita, Tendéis en una mano el misterio. Sabor que ninguna amargura corrompe, Cielos, cielos relampagueantes que aniquilan. Abajo, estatuas anónimas, Las estatuas sufren por los ojos con la oscuridad de los ataúdes, pero sufren mucho más por el agua que no desemboca. Que no desemboca. Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla; Una chispa de aquellos placeres Brilla en la hora vengativa. ¡Pronto! ¡Los bordes! ¡Deprisa! Y croaban las estrellas tiernas. ...que no desemboca.
  5. 5. Su fulgor puede destruir vuestro mundo. El pueblo corría por las almenas rompiendo las cañas de los pescadores. ¡Qué débil el latido de tu corazón leve y qué hondo y qué fuerte su secreto! ¡Qué breve el cuerpo delicado que lo envuelve de rosas, y qué lejos, desde cualquiera parte tuya -y qué no hechoel centro de tu alma! ¿Quién sacude en mi almohada reinados de yel y sangre, cielos de azufre, mares de vinagre? ¿Qué voz difunta los manda? Contra mí, mundos enteros, contra mí, dormido, maniatado, indefenso. Nieblas de a pie y a caballo, nieblas regidas por humos que yo conozco en mí enterrados, van a borrarme. Y era yo entre la niebla quien oía, quien veía mucho más y todo esto. Nueva York, Wall Street, banca de sangre,
  6. 6. áureo pulmón comido de gangrena, araña de tentáculos que hilan fríamente la muerte de otros pueblos. Yo estaba en la terraza luchando con la luna. Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche. En mis ojos bebían las dulces vacas de los cielos. Y las brisas de largos remos golpeaban los cenicientos cristales de Broadway. La gota de sangre buscaba la luz de la yema del astro para fingir una muerta semilla de manzana. El aire de la llanura, empujado por los pastores, temblaba con un miedo de molusco sin concha. Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba, lame el suelo buscando difuntos; la muerte está en la escoba, en la lengua de la muerte buscando muertos, es la aguja de la muerte buscando hilo. Así como en la roca nunca vemos La clara flor abrirse, Entre un pueblo hosco y duro No brilla hermosamente El fresco y alto ornato de la vida. Pero la vida sólo la aprendemos, y placer y dolor se ofrecen siempre tal mundo virgen para cada hombre. Así mi pena inculta es nueva ahora. Por esto te mataron, porque eras Verdor en nuestra tierra árida Y azul en nuestro oscuro aire.
  7. 7. Estoy cansado de estar vivo, Aunque más cansado sería el estar muerto; Estoy cansado del estar cansado Aunque sólo sea una esperanza porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe. Para morir basta un ruidillo, el de otro corazón al callarse, o ese regazo ajeno que en la tierra es un navío dorado para los pelos rubios. Miro al fondo la luz, y creo a solas. A solas pues que existes. Existir es vivir con ciencia a ciegas. Pues oscura te acercas y en mis ojos más luces siéntense sin mirar que en ellos brillen. Por tus blancos ojos cruzan ondas y peces dormidos. Pájaros y mariposas japonizan en los míos. No brillan, pues supieron. ¿Saber es conocer? No te conozco y supe. Saber es alentar con los ojos abiertos. ¿Dudar...? Quien duda existe. Sólo morir es ciencia. No es el vómito de los húsares sobre los pechos de la prostituta, ni el vómito del gato que se tragó una rana por descuido. Son los muertos que arañan con sus manos de tierra las puertas de pedernal donde se pudren nublos y postres.     Sometiendo a otra vida su vida,     Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
  8. 8.     Donde penas y dichas no sean más que nombres,     Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;     Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,     Disuelto en niebla, ausencia,     Ausencia leve como carne de niño. El otoño vendrá con caracolas, uva de niebla y montes agrupados, pero nadie querrá mirar tus ojos porque te has muerto para siempre. ¡Ay, ay, ay, ay! Toma este vals con la boca cerrada. Este vals, este vals, este vals, de sí, de muerte y de coñac que moja su cola en el mar. Porque te has muerto para siempre, como todos los muertos de la Tierra, como todos los muertos que se olvidan en un montón de perros apagados. Quien habla ya a los muertos, Mudo le hallan los que viven. Ciega, por un túnel de oro, de espejos malos, con la muerte darás en un subterráneo. Tú allí sola, con la muerte, en un subterráneo.
  9. 9. Y alguien detrás, a tu espalda, siempre. Para unos vivir es pisar cristales con los pies desnudos; para otros vivir es mirar el sol frente a frente. La playa cuenta días y horas por cada niño que muere. Una flor se abre, una torre se hunde. Una orilla impasible donde rompen cuerpos u ondas mares, o la frente. Vivir, vivir, el sol cruje invisible, besos o pájaros, tarde o pronto o nunca. Para morir basta un ruidillo, el de otro corazón al callarse, o ese regazo ajeno que en la tierra es un navío dorado para los pelos rubios. Se le vio caminar... Labrad, amigos, de piedra y sueño en el Alhambra, un túmulo al poeta, sobre una fuente donde llore el agua, y eternamente diga: el crimen fue en Granada, ¡en su Granada! Tres golpes de sangre tuvo y se murió de perfil. Viva moneda que nunca se volverá a repetir. Un ángel marchoso pone
  10. 10. su cabeza en un cojín. Otros de rubor cansado, encendieron un candil. Y cuando los cuatro primos llegan a Benamejí, voces de muerte cesaron cerca del Guadalquivir. Cuando me dijeron que te habías marchado Adonde no se vuelve Adonde nadie Sabe nada de nadie. Adonde acaba el mundo. Amargos son los días De la vida, viviendo Sólo una larga espera A fuerza de recuerdos. Un día, tú ya libre De la mentira de ellos, Me buscarás. Entonces ¿Qué ha de decir un muerto? Lo primero que lamenté fue no haberte abrazado más veces Muchas más Muchas más veces muchas más La muerte te llevó y me dejó Tan solo
  11. 11. Tan solo Tan muerto yo también. ¿o u epríprsepe Prqét ed o imr E qel ad lr? naulatrecaa Cne ro emñnsqen at o lábld uoe u ocna ye iocne lnorsr eheo  lnñ o lbac otod uv. Cnlsaiaio ecbz oa o o nmltsd aeart ye gahrpet elspe eo.  lau aainad o isscs Hym eh sársc o ipcoet eeo Cm n srlaaaaa oouaetel pgd. Como un golpe de viento Que deshace la sombra, Caí en lo negro, En el mundo insaciable. Porque te has muerto para siempre, como todos los muertos de la Tierra, Adiós, adiós, manojos de gracias y donaires, Que yo pronto he de irme, confiado, Adonde, anudado el roto hilo, diga y haga Lo que aquí falta, lo que a tiempo decir y hacer aquí no supe. Adiós, adiós, compañeros imposibles. Que ya tan sólo aprendo A morir, deseando Veros de nuevo, hermosos igualmente En alguna otra vida.
  12. 12. Donde habite el olvido, En los vastos jardines sin aurora; Donde yo sólo sea Memoria de una piedra sepultada entre ortigas Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. Donde mi nombre deje al cuerpo que designa en brazos de los siglos, donde el deseo no exista. La alegría vivaz que vierten en las venas rubia es también, idéntica a la piel que asoman; no les dejéis marchar porque sonríen como la libertad sonríe, luz cegadora erguida sobre el mar. Oh esa luz sin espinas que acaricia la postrer ignorancia que es la muerte. Llevadla al nivel del mar y nombradla capitana de un blanco bajel de guerra. Si mi voz muriera en tierra llevadla al nivel del mar y dejadla en la ribera. Si muero, dejad el balcón abierto. El niño come naranjas. (Desde mi balcón lo veo.)
  13. 13. Tan luminosa, que mis horas perdidas, yo mismo, quedamos redimidos de la sombra, para no ser ya más que memoria de luz; de luz que vi cruzarme, seda, agua o árbol, un momento. Quisiera saber por qué esta muerte al verte, adolescente rumoroso, mar dormido bajo los astros ciegos, aún constelado por escamas de sirenas, o seda que despliegan cambiante de fuegos nocturnos y acordes palpitantes, rubio igual que la lluvia, sombrío igual que la vida es a veces. Sigue, sigue adelante y no regreses, fiel hasta el fin del camino y tu vida, no eches de menos un destino más fácil, Muerte como el puñado de arena, como el agua que en el hoyo queda solitaria, como la gaviota que en medio de la noche tiene un color de sangre sobre el mar que no existe Tres golpes de sangre tuvo y se murió de perfil. Viva moneda que nunca se volverá a repetir. Un ángel marchoso pone su cabeza en un cojín. Otros de rubor cansado, encendieron un candil. Y cuando los cuatro primos
  14. 14. llegan a Benamejí, voces de muerte cesaron cerca del Guadalquivir. No te conoce el toro ni la higuera, ni caballos ni hormigas de tu casa. No te conoce tu recuerdo mudo porque te has muerto para siempre. Allá, allá lejos; donde habite el olvido. muero de amor por todos ellos; les doy mi cuerpo para que lo pisen, aunque les lleve a una ambición o a una nube, sin que ninguno comprenda que ambiciones o nubes no valen un amor que se entrega. No te conoce el lomo de la piedra, ni el raso negro donde te destrozas. No te conoce tu recuerdo mudo porque te has muerto para siempre. Desfiladeros de cal aprisionaban un cielo vacío donde sonaban las voces de los que mueren bajo el guano. Un cielo mondado y puro, idéntico a sí mismo, con el bozo y lirio agudo de sus montañas invisibles, acabó con los más leves tallitos del canto y se fue al diluvio empaquetado de la savia, a través del descanso de los últimos desfiles, levantando con el rabo pedazos de espejo. Buscad, buscadlos: debajo de la gota de cera que sepulta la palabra de un libro o la firma de uno de esos rincones de cartas que trae rodando el polvo.
  15. 15. Cerca del casco perdido de una botella, de una suela extraviada en la nieve, de una navaja de afeitar abandonada al borde de un precipicio. Unas claras palabras, mientras duermo en tu seno. Suena el agua en la piedra. Mientras, quieto, estoy muerto. Mañana me hallarán ahorcado en el nudo celeste de tus venas La angustia se abre paso entre los huesos, remonta por las venas hasta abrirse en la piel, Mas los niños no saben, ni tampoco las manos llueven como dicen; así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños, invoca los bolsillos que abandonan arena, arena de las flores, Nueva como lo fuese al primer hombre, que cayó con su amor del paraíso cuando viera, tal cielo ya vencido por sombra, envejecer el cuerpo amado. para que un día decoren su semblante de muerto.  Así la muerte es flotar sobre un recuerdo no vida sobre ese azul postrero hecho de lágrimas oídas de ese laberinto de hilos que como manos muertas ponen una azucena como un mundo ciñendo.
  16. 16. II. Amor Ifen yprío niro aas lscemsau,cnneto ats o rao qí o usrs co dnee ao ye oi boa jno, od l mr l do rtn uts aiad e vvr Yy n qir nmno l ii. o o ueo vd e l ca y t n tna pre ia n a ul a ú o egs at: ovd d t,s,msn inrni ty. lio e i í á o goaca ua Ven, mi amor, en la tarde de Aniene y siéntate conmigo a ver el viento. Aunque no estés, ese resplandor que aun de día se siente si te acercas, ese resplandor contagioso que me queda en las manos, ese río luminoso en que hundo mis brazos, en el que casi no me atrevo a beber, por temor después a ya una dura vida de lucero, mi solo pensamiento es ver contigo el viento que va y viene. soplaba el viento en la llamita azul de la mañana Infladas las mejillas Su cuerpo en sombra, oscuro, se le enciende, y gladiadora, como un ascua impura,   entre Amaranta y su amador se tiende. Pero así no me basta: más allá de la vida, quiero decírtelo con la muerte; más allá del amor, quiero decírtelo con el olvido. Ven, ven, amor mío; ven, hermética frente, redondez casi rodante
  17. 17. que luces como una órbita que va a morir en mis brazos; ven como dos ojos o dos profundas soledades, dos imperiosas llamadas de una hondura que no conozco. Dejaré mi boca entre tus piernas, mi alma en fotografías y azucenas, y en las ondas oscuras de tu andar quiero, amor mío, amor mío, dejar, violín y sepulcro, las cintas del vals. Bien puedes amarme aquí, que la luna yo encendí, tú, por ti, sí, tú, por ti. Sí, ​ por mí. Bien puedes besarme aquí, ​ faro, farol farolera, la más álgida que vi. Bueno, sí. ​ Bien puedes matarme aquí, ​ gélida novia lunera del faro farolerí. Ten. ¿Te di? ​ Tú justificas mi existencia: si no te conozco, no he vivido; si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido. Pero me encontré un tiburón en forma de cariñoso no: en forma de tiburón amado deseo sobre torres de espanto escualo limpio, Su fulgor puede destruir vuestro mundo, corazón extensible, Ávidos dientes sin carne todavía, ardor o crimen deliciosa posesión que consiste en el mar. Abajo, estatuas anónimas, Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla En Viena bailaré contigo con un disfraz que tenga cabeza de río. Dejaré mi boca entre tus piernas, pero tú no te acerques. Tu frente destellante, carbón encendido que me arrebata a la propia conciencia,
  18. 18. entre su arranque y mi mano. Bien ceñida queda así Su intención de ser lejano. Porque voy en un corcel A la maravilla fiel: Inmóvil con todo brío. ¡Y a fuerza de cuánta calma Tengo en bronce toda el alma, Clara en el cielo del frío! mi alma en fotografías y azucenas, Ya que el azar le hizo abrir los ojos bajo una luz tan alta, Adonde no llegan realidades vacías, Leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes derruidos. No sabía los límites impuestos, Límites de metal o papel, Tú no te vas, porque mi amor te tiene. Yo no me iré, pues junto a ti me siento más vida de mi sangre, más tu aliento, con sus labios no sabe decir sino palabras; palabras hacia el techo, palabras hacia el suelo, y sus brazos son nubes que transforman la vida en aire navegable. ¡Oh qué clamor bajo del seno breve; qué palma al aire el solitario aliento, más luz del corazón que me sostiene. Era mi voz antigua ignorante de los densos jugos amargos. La adivino lamiendo mis pies bajo los frágiles helechos mojados. Donde habite el olvido, en los vastos jardines sin aurora; Si el hombre pudiera decir lo que ama, si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz; donde yo solo sea memoria de una piedra sepultada entre ortigas sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. Donde mi nombre deje... ¡Ay voz antigua de mi amor! ¡Ay voz de mi verdad!
  19. 19. ¡Ay voz de mi abierto costado, cuando todas las rosas manaban de mi lengua y el césped no conocía la impasible dentadura del caballo! A través de los siglos por la nada del mundo, yo, sin sueño, buscándote. ¿Volver? Vuelva el que tenga, tras largos años, tras un largo viaje, cansancio del camino y la codicia de su tierra, su casa, sus amigos, del amor que al regreso fiel le espere. Vino el que yo quería el que yo llamaba. No aquél que barre cielos sin defensas, luceros sin cabañas, lunas sin patria, nieves. Tras de mí, imperceptible, sin rozarme los hombros, mi ángel muerto, vigía. Vino el que yo quería el que yo llamaba. Sintiendo todavía los pulsos de ese afán, yo, el más enamorado, en las orillas del amor, sin que una luz me vea definitivamente muerto o vivo, contemplo sus olas y quisiera anegarme, deseando perdidamente descender, como los ángeles aquellos por la escala de espuma, hasta el fondo del mismo amor que ningún hombre ha visto. Tú justificas mi existencia: si no te conozco, no he vivido; si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.
  20. 20. Amor de mis entrañas, viva muerte, tu justificas mi existencia: si no te conozco, no he vivido; si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido, en vano espero tu palabra escrita y pienso, con la flor que se marchita, que si vivo sin mí quiero perderte. Su perfección sin porfía serenaba al ruiseñor, A esa, a la que yo quiero, no es a la que se da rindiéndose, a la que se entrega cayendo, de fatiga, Amor, deja que me vaya, déjame morir, amor. Mañana dejo mi casa, Dejo los bueyes y el pueblo. ¡Salud! ¿Adónde vas, dime? Yo no sé si me has comprendido Es mucho más triste de lo que tú supones Esta música sapiencia del oído no me interrumpas sin amor que muero voy a vivir no cantes voy estaba. Amar amar y siempre amar haber amado haber de amar Mas el mar se cansaba de esperar las ciudades. Allí su amor tan sólo era un pretexto vago miradme. Vestido como en el mundo,
  21. 21. con sonrisa de antaño, ya no se me ven las alas. Nadie sabe cómo fui. No me conocen, ignorado de todos. Y con sueño de nuevo se volvió lentamente adonde nadie sabe de nadie. Adonde acaba el mundo. Sangre o sol que se funden en el feroz encuentro, cuando el amor destella a un choque silencioso, cuando amar es luchar con una forma impura, un duro acero vivo que nos refleja siempre. más allá de la vida quiero decírtelo con la muerte, más allá del amor quiero decírtelo con el olvido. Tú justificas mi existencia: si no te conozco, no he vivido; si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido. ¡Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero! Un roce al paso, una mirada fugaz entre las sombras, bastan para que el cuerpo se abra en dos, El tiempo, insinuándose en tu cuerpo, tal la nube de polvo en fuente pura, aquella gracia antigua desordena y clava en mí una pena silenciosa. ávido de recibir en sí mismo otro cuerpo que sueñe; mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne, iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo. Se querían de amor entre la madrugada, ni tú ni yo estamos
  22. 22. en disposición de encontrarnos, Tú… por lo que ya sabes. ¡Yo la he querido tanto! Sigue esa veredita entre las duras piedras cerradas de la noche, duras como los cuerpos helados por las horas, duras como los besos de diente a diente sólo. Ym uroyeprt ltne ucep  síiu  icep  síiufoa ns uroyeprt Cm eo eddsqee a ng  eat oolñsprio u lmraeaolvna Lbeet,cnl ietddlao, irmne o albra e mr L nc ietdqem xla aúialbra u eeat, L nc ietdpru ur. aúialbra oqemeo T utfcsm xseca újsiia ieitni: S ot ooc,n evvd in ecnzo oh iio S ur i ooet,n ur,pru oh iio imeosncncre omeo oqen evvd. Te amo, sueño del viento; confluyes con mis dedos olvidado del norte en las dulces mañanas del mundo cabeza abajo cuando es fácil sonreír porque la lluvia es blanda. libremente, con la libertad del amor, la única libertad que me exalta, la única libertad por que muero. El aire es inmortal. La piedra inerte ni conoce la sombra ni la evita. Corazón interior no necesita la miel helada que la luna vierte. No es el amor quien muere, somos nosotros mismos. Inocencia primera Abolida en deseo, Olvido de sí mismo en otro olvido, Ramas entrelazadas, ¿Por qué vivir si desaparecéis un día? Sólo vive quien mira Siempre ante sí los ojos de su aurora, Sólo vive quien besa
  23. 23. Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara. ¡Nostalgia de los arcángeles! Yo era… Miradme. Cuando te vi, señero, dulce, firme, Lejana como oscura corza herida Dulce como un sollozo en la nevada ¡Lejana y dulce en tuétano metida! qué ansiedades sentí de diluirme y ascender como tú, El día no quiere venir para que tú no vengas, ni yo pueda ir. Seriamente, en tus ojos era la mar dos niños que me espiaban, temerosos de lazos y palabras duras. Dos niños de la noche, terribles, expulsados del cielo, cuya infancia era un robo de barcos y un crimen de soles y de lunas. Duérmete. Ciérralos. Tú eres el mar y la playa. Amor. Los marineros son las alas del amor, son los espejos del amor, el mar les acompaña, y sus ojos son rubios lo mismo que el amor rubio es también, igual que son sus ojos. Amor, déjame la vida, no dejes que muera, amor. Tú eres mi luz escondida. Amor. Amor, déjame quererte. Abre las fuentes, amor. Mis labios quieren beberte. Amor. Amor, está anocheciendo.
  24. 24. Duermen las flores, amor, y tú estás amaneciendo. Amor. Pero él con sus labios, con sus labios no sabe sino decir palabras; Palabras hacia el techo, palabras hacia el suelo, y sus brazos son nubes que transforman la vida en aire navegable. Yo no quiero más que esa mano para los diarios aceites y la sábana blanca de mi agonía. Yo no quiero más que esa mano para tener un ala de mi muerte. Lo demás todo pasa. El amor era sol. Entonces, mediodía, Un pájaro sumió Su cantar en el viento Con tal adoración Que se sintió cantada Bajo el viento la flor Crecida entre las mieses, Más altas. Era yo, Centro en aquel instante… Le dije que iba a besarla; bajó, serena, los ojos y me ofreció sus mejillas como quien pierde un tesoro. Se querían como las flores a las espinas hondas, a esa amorosa gema del amarillo nuevo, cuando los rostros giran melancólicamente, gira lunas que brillan recibiendo aquel beso.
  25. 25. La soledad destella en el mundo sin amor. La vida es una vívida corteza, una rugosa piel inmóvil, donde el hombre no puede encontrar su descanso, por más que aplique su sueño contra un astro apagado. A solas y soñando ya han sido los amantes posibles, inminentes, en visión, de la dama. Tal desnudez real ahora los inflama que los viejos se asoman, tímidos estudiantes Los marineros son las alas del amor, son los espejos del amor, el mar les acompaña, y sus ojos son rubios lo mismo que el amor rubio es también, igual que son sus ojos. Ven, ven, amor mío; ven, hermética frente, redondez casi rodante que luces como una órbita que va a morir en mis brazos; ven como dos ojos o dos profundas soledades, dos imperiosas llamadas de una hondura que no conozco. Dentro, en tus ojos, donde calla y duerme un palpitar de acuario submarino, quisiera - licor tenue al difumino hundirme, decantarme, adormecerme. Dentro del pecho se abren corredores anchos, largos, que sorben todas las mares. Vidrieras, que alumbran todas las calles. Miradores, que acercan todas las torres. Ciudades deshabitadas se pueblan, de pronto. Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
  26. 26. Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío ; Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina , Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu Como leños perdidos que el mar anega o levanta Libremente, con la libertad del amor, La única libertad que me exalta, La única libertad porque muero. no les dejéis marchar porque sonríen como la libertad sonríe, luz cegadora erguida sobre el mar. El viejo de las manos traslúcidas dirá: Amor, amor, amor, aclamado por millones de moribundos. Dirá: amor, amor, amor, entre el tisú estremecido de ternura; dirá: paz, paz, paz entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita. Dirá: amor, amor, amor, hasta que se le pongan de plata los labios. Una boca imponente como una fruta bestial como un puñal que de la arena amenaza el amor un mordisco que abarcase toda el agua o la noche un nombre que resuena como un bramido rodante todo lo que musitan unos labios que adoro. No te acerques. Tu frente, tu ardiente frente, tu encendida frente, las huellas de unos besos, ese resplandor que aun de día se siente si te acercas, ese resplandor contagioso que me queda en las manos, ese río luminoso en que hundo mis brazos, en el que casi no me atrevo a beber, por temor después a ya una dura vida de lucero. Silencio. Más silencio. Inmóviles los pulsos del sinfín de la noche.
  27. 27. ¡Paraíso perdido! Perdido por buscarte, yo, sin luz para siempre. ¡Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero! Por tu amor me duele el aire, el corazón y el sombrero ¿Cómo nació el amor? fue ya en otoño. Maduro el mundo, no te aguardaba ya. Llegaste alegre, ligeramente rubia, resbalando en lo blando del tiempo. Y te miré. ¡Qué hermosa me pareciste aún, sonriente, vívida, frente a la luna aún niña, prematura en la tarde, sin luz, graciosa en aires dorados; como tú, que llegabas sobre el azul, sin beso, pero con dientes claros, con impaciente amor! Mediodía perfecto, se querían tan íntimos, mar altísimo y joven, intimidad extensa, soledad de lo vivo, horizontes remotos ligados como cuerpos en soledad cantando. Amando. Se querían como la luna lúcida, como ese mar redondo que se aplica a ese rostro, dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida, donde los peces rojos van y vienen sin música. Te quiero, te quiero, te quiero, con la butaca y el libro muerto, por el melancólico pasillo, en el oscuro desván del lirio, en nuestra cama de la luna
  28. 28. y en la danza que sueña la tortuga. ¡Ay, ay, ay , ay! Toma este vals de quebrada cintura. Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea. Unas pocas palabras, mientras alguien callase; las del viento en las hojas, mientras beso tus labios. La garganta estridente, el corazón maduro y desnuda la frente ávida de futuro. Yo, que no soy piedra, sino camino que cruzan al pasar los pies desnudos, muero de amor por todos ellos; les doy mi cuerpo para que lo pisen, aunque les lleve a una ambición o a una nube, sin que ninguno comprenda que ambiciones o nubes no valen un amor que se entrega. Si el hombre pudiera decir lo que ama, Unas pocas palabras, mientras alguien callase; las del viento en las hojas, mientras beso tus labios. Unas claras palabras, mientras duermo en tu seno. Suena el agua en la piedra. Mientras, quieto, estoy muerto. si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz;
  29. 29. Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría amarte, amarte como nadie supo jamás! Morir y todavía amarte más. Y todavía amarte más y más. Ven, ven, amor mío; ven, hermética frente, redondez casi rodante que luces como una órbita que va a morir en mis brazos; ven como dos ojos o dos profundas soledades, dos imperiosas llamadas de una hondura que no conozco. Pero así no me basta: más allá de la vida, quiero decírtelo con la muerte; más allá del amor, quiero decírtelo con el olvido. Porque te quiero, te quiero, amor mío, en el desván donde juegan los niños, soñando viejas luces de Hungría por los rumores de la tarde tibia, viendo ovejas y lirios de nieve por el silencio oscuro de tu frente Se querían como las flores a las espinas hondas, a esa amorosa gema del amarillo nuevo, cuando los rostros giran melancólicamente, gira lunas que brillan recibiendo aquel beso. Te lo he dicho con el viento, jugueteando como animalillo en la arena o iracundo como órgano impetuoso
  30. 30. Tú justificas mi existencia: Si no te conozco, no he vivido Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido. Al decirte a ti: <<única>>, no es porque no haya otras rosas junto a las rosas, olivas muchas en el árbol, no es porque te vi sólo al verte a ti. La rosa se llama todavía hoy rosa, y la memoria de su tránsito, prisa, prisa de vivir más. Yo vi la rosa: clausura primera de la armonía, tranquilamente futura. Su perfección sin porfía serenaba al ruiseñor, y pienso, con la flor que se marchita, que si vivo sin mí quiero perderte. Donde habite el olvido, en los vastos jardines sin aurora; donde yo sólo sea memoria de una piedra sepultada entre ortigas sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. Unos cuerpos son como flores, otros como puñales, otros como cintas de agua; ...que no desemboca. No, que no desemboca. Agua fija en un punto,
  31. 31. respirando con todos sus violines sin cuerdas en la escala de las heridas y los edificios deshabitados. ¡Agua que no desemboca! Quítate ya los trajes, las señas, los retratos; yo no te quiero así, disfrazada de otra una mirada fugaz entre las sombras, bastan para que el cuerpo se abra en dos, ávido de recibir en sí mismo otro cuerpo que sueñe; mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne, iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo Por él he de ir a ti, como la luz de los montes, como la brisa del mar, como el olor de las flores. Esa ladera oculta esa montaña inmensa acaso el corazón está creciendo acaso se ha escapado como un ave dejando lejanía como un beso. Vino el que yo queria el que yo llamaba Y cuando me preguntes quién es el que te llama, el que te quiere suya, enterraré los nombres, los rótulos, la historia Tú y tu desnudo sueño. No lo sabes. Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo, y tú, inocente, duermes bajo el cielo. Tú por tu sueño, y por el mar las naves. Un día comprendió cómo sus brazos eran Solamente de nubes; Imposible con nubes estrechar hasta el fondo
  32. 32. Un cuerpo, una fortuna. La fortuna es redonda y cuenta lentamente Estrellas del estío. Hacen falta unos brazos seguros como el viento, Y como el mar un beso. Hoy tu nombre está aquí. No decirlo, no decirlo jamás, como un beso que nadie daría, como nadie daría los labios a otro amor sino al suyo. La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira mira. El niño la está mirando. En el aire conmovido mueve la luna sus brazos y enseña, lúbrica y pura, sus senos de duro estaño. Porque te quiero, te quiero, amor mío, ¿Quién me quiere? ¿Quién dice que el amor es un hacha doblada, un cansancio que parte por la cintura el cuerpo, un arco doloroso por donde pasa la luz ligeramente sin tocar nunca a nadie? más allá de la vida quiero decírtelo con la muerte, más allá del amor quiero decírtelo con el olvido. Te lo he dicho con el viento, jugueteando como animalillo en la arena o iracundo como órgano impetuoso; Te lo he dicho con el sol, que dora desnudos cuerpos juveniles y sonríe en todas las cosas inocentes; Te lo he dicho con las nubes, frentes melancólicas que sostienen el cielo, tristezas fugitivas; ¡Ay tus manos cargadas de rosas! Son más puras tus manos que las rosas. Y entre las hojas blancas, surgen lo mismo que pedazos de luceros, que alas de mariposas albas, que sedas cándidas. ¡Brazos de amor, en cruz, sobre la helada blandeja de la noche; senos fríos,
  33. 33. de donde surte, yerta, la alborada; o piernas como dos celestes rios, Malva-luna-de-yelo. amortajada bajo los mares de los ojos mios! Quisiera saber por qué esta muerte al verte, adolescente rumoroso, mar dormido bajo los astros ciegos, aún constelado por escamas de sirenas, o seda que despliegan cambiante de fuegos nocturnos y acordes palpitantes, rubio igual que la lluvia, sombrío igual que la vida es a veces. ¡Qué débil el latido de tu corazón leve y qué hondo y qué fuerte su secreto! ¡Qué breve el cuerpo delicado que lo envuelve de rosas, y qué lejos, desde cualquiera parte tuya -y qué no hechoel centro de tu alma! Cbz ooia insd r,slqev  oes; aeadlrd,see eoo o u aapnre au nl obaseocnu í, qíe asmr uñ o nro jno evresnr u hr ae ucsd ed ageqeaoanc, seoaoaoe iclrovd. uñ pyd nt ao  ia Como el cansancio se abandona al sueño así mi vida a ti se confiaba... Cuando estaba en tus brazos, dulce sueño, te quería dejar ... y no acababa... Los marineros son las alas del amor, son los espejos del amor, el mar les acompaña, y sus ojos son rubios lo mismo que el amor rubio es también, igual que son sus ojos. Pero aún así diría. Pues mis ojos repiten lo que copian: tu belleza, tu nombre, el son del río, el bosque, el alma a solas. Todo lo vio y lo tienen. Eso dicen los ojos
  34. 34. Se entró mi corazón en esta nada, como aquel pajarillo, que, volando de los niños, se entró, ciego y temblando, en la sombría sala abandonada. No decía palabras, acercaba tan sólo un cuerpo interrogante, porque ignoraba que el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe, una hoja cuya rama no existe, un mundo cuyo cielo no existe.
  35. 35. III. Paisajes Caían las hojas muertas, en el jardín silencioso, y en el aire erraba aún un perfume de heliotropos Aoa lpnet oaod atre hr,a oinemrd el ad, E lry o anlo oao erco nfo alsmgoismjdsd oí, Psraula als inrscee aa qelscle,meta rc L uapre ie eásñrdsiro aln o lar,sr oa epet Salto del trampolín. De la rima en la rama brincar hasta el confín de un nuevo panorama. Enhiesto surtidor de sombra y sueño que acongojas el cielo con tu lanza. Chorro que a las estrellas casi alcanza devanado a sí mismo en loco empeño. ¡Sombra, a los picos, sombra, de la verdad del aire, del aire, aire, aire! Río Duero, río Duero, nadie a acompañarte baja, nadie se detiene a oír tu eterna estrofa de agua. Por tus blancos ojos cruzan ondas y peces dormidos.
  36. 36. Las ranas, ¡qué listas son! En el silencio crece el viento con su hoja única y su flor golpeada, y la arena que tiene sólo tacto y silencio, no es nada, es una sombra, una pisada de caballo vago, no es nada sino una ola que el tiempo ha recibido, porque todas las aguas van a los ojos fríos del tiempo que debajo del océano mira. Ni sol, luna, ni estrellas, ni el repentino verde del rayo y el relámpago, ni el aire. Sólo nieblas. Bajo la noche el mundo silencioso naufraga; Bajo la noche rostros fijos, muertos, se pierden. Sólo esas sombras blancas, oh blancas, sí, tan blancas. La luz también da sombras, pero sombras azules. La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno y un huracán de negras palomas que chapotean las aguas podridas. Sentado en el columpio el ángelus dormita Enmudecen los astros y los frutos Y los hombres heridos pasean sus surtidores como delfines líricos Otros más agobiados con los ríos al hombro peregrinan sin llamar en las posadas La vida es un único verso interminable Otros antes que yo vieron un' día, y otros luego verán, cómo decir la amada forma esbelta, recordando
  37. 37. de cuánta gloria es cifra un cuerpo hermoso. La aurora de Nueva York gime por las inmensasa escaleras buscando entre las aristas nardos de angustia dibujada. La aurora llega y nadie la recibe en su boca porque allí no hay mañana ni esperanza posible: A veces las monedas en enjambres furiosos taladran y devoran abandonados niños. Los primeros que salen comprenden con sus huesos que no habrá paraíso ni amores deshojados: saben que van al cieno de números y leyes, a los juegos sin arte, a sudores sin fruto. La luz es sepultada por cadenas y ruidos en impúdico reto de ciencia sin raíces. Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes como recién salidas de un naufragio de sangre. En Viena hay diez muchachas, un hombro donde solloza la muerte y un bosque de palomas disecadas. Hay un fragmento de la mañana en el museo de la escarcha. Hay un salón con mil ventanas Con tal vehemencia el viento viene del mar, que sus sones elementales contagian el silencio de la noche. Solo en tu cama le escuchas insistente en los cristales tocar, llorando y llamando
  38. 38. como perdido sin nadie. Mas no es él quien en desvelo te tiene, sino otra fuerza de que tu cuerpo es hoy cárcel, fue viento libre, y recuerda. Es la tarde gris y triste. Siento huir bajo el otoño Viste el mar de terciopelo y el cielo profundo viste de duelo. El mar. La mar. Bajo tormentas la playa será soledad de arena El mar. ¡Sólo la mar! ¿Por qué me trajiste, padre, a la ciudad? ¿Por qué me desenterraste del mar? ¡Oh mi voz condecorada con la insignia marinera: sobre el corazón un ancla y sobre el ancla una estrella y sobre la estrella el viento y sobre el viento la vela! Por la costa del sur, sobre una roca alta junto a la mar, el cementerio aquel descansa en codiciable olvido, y el agua arrulla el sueño del pasado. Los chopos niños recitan La cartilla. Es el maestro
  39. 39. Un chopo antiguo que mueve Tranquilo sus brazos viejos. Ahora en el monte lejano jugarán todos los muertos a la baraja. ¡Es tan triste la vida en el cementerio. Quizá mis lentos ojos no verán más el sur de ligeros paisajes dormidos en el aire, con cuerpos a la sombra de ramas como flores o huyendo en un galope de caballos furiosos. Miro una lenta piel de toro desollado, Sola, descuartizada, Sosteniendo cadáveres de voces conocidas, Sombra abajo, hacia el mar, hacia una mar sin barcas. Mis ventanas Ya no dan a los álamos y los ríos de España. Veía el horizonte cerrado por colinas oscuras, coronadas de robles y de encinas; desnudos peñascales, algún humilde prado donde el merino pace y el toro, arrodillado sobre la hierba, rumia; las márgenes de río lucir sus verdes álamos al claro sol de estío, y, silenciosamente, lejanos pasajeros, ¡tan diminutos! ?carros, jinetes y arrieros?, cruzar el largo puente, y bajo las arcadas de piedra ensombrecerse las aguas plateadas del Duero. Siento huir bajo el otoño pálidas aguas sin fuerza, mientras se olvidan los árboles de las hojas que desertan
  40. 40. . La llama tuerce su hastío, sola su viva presencia, y la lámpara ya duerme sobre mis ojos en vela. Quién pudiera como tú, a la vez quieto y en marcha cantar siempre el mismo verso pero con distinta agua. Estribillo Estribillo Estribillo El canto más perfecto es el canto del grillo Río Duero, río Duero, Paso a paso Se asciende hasta el Parnaso Yo no quiero las alas de Pegaso Dejadme auscultar Estribillo Estribillo Estribillo El canto más perfecto es el canto del grillo nadie a acompañarte baja, nadie se detiene a oír tu eterna estrofa de agua. En lo hondo hay una rosa y en la rosa hay otro río. ¡Mira aquel pájaro! ¡Mira aquel pájaro amarillo! Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio y le dejan divinas heridas de diamante. mientras se olvidan los árboles de las hojas que desertan. Son poetas del agua que han visto y que meditan lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.
  41. 41. Otoños hay con cimas y ráfagas de abriles ¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos, lluvia mansa y serena de esquila y luz suave, lluvia buena y pacifica que eres la verdadera, la que llorosa y triste sobre las cosas caes! Por la ventana abierta Muestra el destino su silencio; Sólo nubes con nubes, siempre nubes ¡Mira aquel pájaro! ¡Mira aquel pájaro amarillo! Los castillos, ermitas, Cortijos y conventos, La vida con la historia, Tan dulces al recuerdo. Las floridas espaldas ya en la nieve, y los cabellos de marfil al viento. Agua muerta en la sien, el pensamiento color halo de luna cuando llueve. El ángelus ha fallecido Con la guadaña ensangrentada Un segador cantando se alejaba Indiferente o cobarde la ciudad vuelve la espalda Madrugada. La luz, muerta en las esquinas y en las casas. Los hombres y las mujeres ya no estaban.
  42. 42. Del abismo se levanta la queja amarga y sonora La onda, cuando el viento canta, llora, Se riza el aire gris. Los olivos, están cargados de gritos. Una bandada de pájaros cautivos, que mueven sus larguísimas colas en lo sombrío. Sobre el monte pelado un calvario. Agua clara y olivos centenarios. Se equivocó la paloma, se equivocaba. Por ir al norte fue al sur, creyó que el trigo era el agua. Creyó que el mar era el cielo que la noche la mañana. Que las estrellas rocío, que la calor la nevada. Que tu falda era tu blusa, que tu corazón su casa. El sur es un desierto que llora mientras canta, y esa voz no se extingue como pájaro muerto; hacia el mar encamina sus deseos amargos
  43. 43. abriendo un eco débil que vive lentamente. Viento del Sur, moreno, ardiente, llegas sobre mi carne, trayéndome semilla de brillantes miradas, empapado de azahares. Verdor nuevo los espinos tienen ya por la colina, toda de púrpura y nieve en el aire estremecida. Quizá mis lentos ojos no verán más el sur de ligeros paisajes dormidos en el aire, con cuerpos a la sombra de ramas como flores o huyendo en un galope de caballos furiosos. La angustia se abre paso entre los huesos, remonta por las venas hasta abrirse en la piel, surtidores de sueño hechos carne en interrogación y vuelta a las nubes. Yo, que no soy piedra, sino camino que cruzan al pasar los pies desnudos ¡Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero! Te quiero, te quiero, te quiero, Te lo he dicho con las plantas Te lo he dicho con el agua
  44. 44. Pero así no me basta: más allá de la vida, quiero decírtelo con el olvido. En esa gran región donde el amor, ángel terrible, no esconda como acero. Allá, allá lejos; donde habite el olvido Ni tú ni yo estamos en disposición de encontrarnos El día no quiere venir para que tú no vengas, ni yo pueda ir. No te acerques, No quiero que vivas en mí como vive la luz. La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta; su niebla misma ríe, risa blanca en el viento. Su oscuridad, su luz son bellezas iguales. Amigo, Las veinticuatro horas cogidas de la mano levántate para que oigas aullar al perro asirio. Los campanarios con las alas abiertas bajo el cielo combado Las tres ninfas del cáncer han estado bailando, hijo mío. bailan en medio de la plaza Trajeron unas montañas de lacre rojo y unas sábanas duras donde estaba el cáncer dormido. El caballo tenía un ojo en el cuello y la luna estaba en un cielo tan frío que tuvo que desgarrarse su monte de Venus y ahogar en sangre y ceniza los cementerios antiguos.
  45. 45. Quizá mis lentos ojos no verán más el sur de ligeros paisajes dormidos en el aire, con cuerpos a la sombra de ramas como flores o huyendo en un galope de caballos furiosos. El sur es un desierto que llora mientras canta, y esa voz no se extingue como pájaro muerto; hacia el mar encamina sus deseos amargos abriendo un eco débil que vive lentamente. En el sur tan distante quiero estar confundido. La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta; su niebla misma ríe, risa blanca en el viento. Su oscuridad, su luz son bellezas iguales. Amigo, despierta, que los montes todavía no respiran y las hierbas de mí corazón están en otro sitio. No importa que estés lleno de agua de mar. Yo amé mucho tiempo a un niño que tenía una plumilla en la lengua y vivimos cien años dentro de un cuchillo. Despierta. Calla. Escucha. Incorpórate un poco. El aullido es una larga lengua morada que deja hormigas de espanto y licor de lirios. Ya vienen hacia la roca. ¡No alargues tus raíces! Se acerca. Gime. No solloces en sueños, amigo. ¿Volver? Vuelva el que tenga, Tras largos años, tras un largo viaje, Cansancio del camino y la codicia De su tierra, su casa, sus amigos, Del amor que al regreso fiel le espere. Mas ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas, Sino seguir libre adelante, Los destructores siempre van delante, Cada día con más poder y saña, Sin enemigo ya que los espante. Triunfa el secuestro con olor de hazaña, Que pone en haz la hez del bicho humano. Ni el más iluso al fin la historia engaña.
  46. 46. El infierno al alcance de la mano. Disponible por siempre, mozo o viejo, Sin hijo que te busque, como Ulises, Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope. Sigue, sigue adelante y no regreses, Fiel hasta el fin del camino y tu vida, No eches de menos un destino más fácil, Tus pies sobre la tierra antes no hollada, Tus ojos frente a lo antes nunca visto. ¡Amigo! Levántate para que oigas aullar al perro asirio. El campo de olivos se abre y se cierra como un abanico. Sobre el olivar hay un cielo hundido y una lluvia oscura de luceros fríos. Tiembla junco y penumbra a la orilla del río. Se riza el aire gris. Los olivos, están cargados de gritos. Una bandada de pájaros cautivos, que mueven sus larguísimas colas en lo sombrío. Ya en la mitad de mis días espigo esta verdad con frescura de flor: la vida es oro y dulzura de trigo, es breve el odio e inmenso el amor. Mudemos ya por el verso sonriente aquel listado de sangre con hiel. La vida es un único verso interminable Nadie llegó a su fin Nadie sabe que el cielo es un jardín Abren violetas divinas, y el viento desprende al valle un aliento de miel.
  47. 47. Ahora no sólo comprendo al que reza; ahora comprendo al que rompe a cantar. La sed es larga, la cuesta es aviesa; pero en un lirio se enreda el mirar. Grávidos van nuestros ojos de llanto y un arroyuelo nos hace sonreír; por una alondra que erige su canto nos olvidamos que es duro morir. No hay nada ya que mis carnes taladre. Con el amor acabóse el hervir. Aún me apacienta el mirar de mi madre. ¡Siento que Dios me va haciendo dormir! Por el campo tranquilo de septiembre, del álamo amarillo alguna hoja, como una estrella rota, girando al suelo viene. Enredada en la luz una estrella gemía rezagada Si así el alma inconsciente, Señor de las estrellas y las hojas, fuese, encendida sombra, de la vida a la muerte. El sur es un desierto que llora mientras canta, y esa voz no se extingue como pájaro muerto; hacia el mar encamina sus deseos amargos abriendo un eco débil que vive lentamente. Quizá mis lentos ojos no verán más el sur de ligeros paisajes dormidos en el aire, con cuerpos a la sombra de ramas como flores o huyendo en un galope de caballos furiosos. Donde habite el olvido, En los vastos jardines sin aurora; Donde yo sólo sea Memoria de una piedra sepultada entre ortigas Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. Donde mi nombre deje
  48. 48. Al cuerpo que designa en brazos de los siglos, Donde el deseo no exista. ¿Mi tierra? Mi tierra eres tú. ¿Mi gente? Mi gente eres tú. El destierro y la muerte para mi están adonde no estés tú. ¿Y mi vida? Dime, mi vida, ¿qué es, si no eres tú? Como una vela sobre el mar resume ese azulado afán que se levanta hasta las estrellas futuras, hecho escala de olas por donde pies divinos descienden al abismo, Por la llanura navegaban las colinas Y los árboles prófugos volaban encendidos como globos también tu forma misma, ángel, demonio, sueño de un amor soñado, resume en mí un afán que en otro tiempo levantaba hasta las nubes sus olas melancólicas. Tus ojos son de donde la nieve no ha manchado la luz, y entre las palmas el aire invisible es de claro. Tu deseo es de donde a los cuerpos se alía lo animal con la gracia secreta de mirada y sonrisa.
  49. 49. Tu existir es de donde percibe el pensamiento, por la arena de mares amigos, la eternidad en tiempo. Tu voz regó la duna de mi pecho en la dulce cabina de madera. Por el sur de mis pies fue primavera y al norte de mi frente flor de helecho. Te quiero pura, libre,  irreductible: tú. Sé que cuando te llame  entre todas las gentes  del mundo, sólo tú serás tú. Porque te veo ahora mientras no te me quites del amor. Porque no te veré ya nunca más el día que te vayas, tú. La noche no quiere venir para que tú no vengas, ni yo pueda ir. ¡Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero! Por tu amor me duele el aire, el corazón y el sombrero. Pero así no me basta: más allá de la vida, quiero decírtelo con la muerte;  más allá del amor,
  50. 50. quiero decírtelo con el olvido. Tu nombre suave, apenas pasado delicadamente por mi labio.  Pasa, se detiene, en el borde un instante se queda y luego vuela ligero, ¿quién lo creyera?, hecho puro sonido. Se querían como las flores a las espinas hondas, a esa amorosa gema del amarillo nuevo, cuando los rostros giran melancólicamente, gira lunas que brillan recibiendo aquel beso. Entre lo que me quieres y te quiero aire de estrellas y temblor de planta espesura de anémonas levanta con oscuro gemir un año entero. A esa, a la que yo quiero, no es a la que se da rindiéndose,  a la que se entrega cayendo,  de fatiga, de peso muerto,  como el agua por ley de lluvia. hacia abajo, presa segura de la tumba vaga del suelo. No aquél que barre cielos sin defensas. luceros sin cabañas, lunas sin patria, nieves. Nieves de esas caídas de una mano, un nombre, un sueño, una frente. Yo vi la rosa: clausura primera de la armonía, tranquilamente futura. Su perfección sin porfía serenaba el ruiseñor, cruel en el esplendor espiral del gorgorito.
  51. 51. Y al aire ciñó el espacio con plenitud de palacio, y fue ya imposible el grito. Tras de tanto camino es la primera vez que miro brotar la primavera, dije, y después, declamatoriamente: ¿¡Cuán tarde ya para la dicha mía!? Y luego, al caminar, como quien siente alas de otra ilusión: ¿Y todavía, ¡yo alcanzaré mi juventud un día!? Segundo de Bachillerato IES Nazarí 2013

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