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Cuento regional.

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El médico chiquito

  1. 1. El médico chiquito.<br />Me llamo Lucio y me dicen “el quelites”.<br />Tengo 11 años; soy flaco, pero recio y fuerte como la vara de un cedro blanco; mi pelo es lacio y necio, a veces el remolino de la coronilla amenaza con escapar de mi cabeza; mi´amá dice que mis dientes son como los granos de una mazorca en tiempos de buena cosecha; mi piel es color “prieto” como dicen aquí, o del color de la tierra como dice mi´amá. No soy ni alto ni chaparro; cuando me pongo mis huaraches soy de los primeros de la fila y cuando uso zapatos me forman entre los medianos. <br />Terminé el sexto grado en una escuela de mi comunidad. Llegué a la ciudad con mi’amá y mis dos hermanitos un día después de recibir mi certificado de primaria, y seis meses después de la muerte de mi’apá. <br />Mi´apá fue un gran curandero, con sus manos era capaz de quitar cualquier dolencia: malestar de cuerpo y cabeza, torceduras de huesos, cansancio de alma y cuerpo, fiebres, vómitos y diarreas. Recuerdo muy bien que sacaba del morral su frasquito con aceite y masajeaba la parte lastimada rezando sin parar. Conocía todas las plantas que curaban, las que crecían en el campo, los arroyos y los montes; si eran calientes o frías; si la parte curativa eran las hojas, los tallos o las raíces. ¡Cómo me gustaba mirar curar a mi´apá!; sentado frente a él, esperaba pacientemente a que me indicara cuál sería el remedio. Salía corriendo sin parar hacia la huerta; ¡nuestra huerta!, ¡la botica más grande del pueblo!: sauco, alueuenoj, mirtos, mosot, manzanilla, sábila, árnica, y muchas plantas más llenaban de vida nuestro solar.<br />Como mi´apá siempre fue médico nunca tuvimos tierra; él no sembraba maíz, otro era su oficio. Cuando murió, mi´amá no encontró trabajo y no teníamos ni un pedacito de campo para sembrar; así es que nos venimos pa´ la ciudad. <br />Cargamos lo que teníamos: nuestra ropa, sarapes, trastes para cocinar y comer; yo no vi dónde pero mi´ama les dijo a mis abuelos que también llevábamos nuestra dignidad, y bien puesta nuestra identidad.<br />¡La ciudad!, mucha gente que viene y va; muchos ruidos desconocidos; casas, edificios y, en algún lugar, una esperanza para mi´ama. <br />Fuimos a dar a un barrio donde había mucha gente de mi comunidad. Apenitas nos acomodamos y mi´amá buscó la escuela secundaria donde tendría que estudiar. <br />El primer día de clases todos los niños y niñas del grupo nos presentamos en público, ¡nipinaua! pero ni modo. Dije que nací en Tzinacapan, y con emoción les conté que era un lugar de cerros altos y hermosos, cascadas de agua clara y abundante, y además con plantas y quelites por doquier; mis compañeros reían y platicaban mucho, por eso es que pocos me escucharon, así es que cuando la maestra preguntó cómo me llamaba algunos de ellos sólo gritaron lo que oyeron o recordaron de mi persona. A pesar de que ella repitió mi nombre, desde ese día mis compañeros me apodaron “el quelites”. <br />Son muchos los niños y las niñas aquí. Aunque la maestra dice que somos iguales, la verdad es que somos diferentes. Muchas veces, cuando me he puesto mis huaraches, además de “quelites” me han dicho “paisano”, aunque no sé lo qué significa esa palabra, mi´amá dice que no la usan para ofenderme, sino para señalar que soy provinciano, “que no eres como ellos, hijo; que eres de un pueblo, pues.”<br />Hablo poco porque me tardo en comprender todas las palabras que escucho. A veces quisiera levantar la mano y gritar la respuesta correcta a las preguntas que lanza la maestra, pero me aguanto porque creo que al hablar y escucharme les dará risa, ¡nipinaua!. Poco a poco me voy atreviendo, el mes pasado, en la clase de Ciencias, pude explicar a todos que un ejote es la vaina de la planta tierna del frijol, ¡cuánto asombro al enterarse!, abrí uno ojos grandototes porque no podía creer que algo tan natural no lo supieran porque nunca lo habían visto. Así de a poquito he entrado en confianza. Soy de los mejores en la clase de Educación Física; aguanto mucho haciendo lagartijas y soy bueno para correr, ¡mis compañeros me cargaron sobre sus hombros pues gané la medalla en las carreras de los 100 metros planos!, ¡Uy, uy, uy, si supieran que puedo ser más veloz corriendo descalzo!<br />Hace unas semanas fui el alumno más destacado en la clase de Español; el nombre del tema me pareció muy difícil “los prestamos lingüísticos”, quién hubiera pensado que cuando la maestra pidió un ejemplo, empecé hablar y hablar, y no podía dejar de hacerlo; ¡de plano acaparé la atención de mis compañeros y entusiasmé mucho a la maestra!, ¡canica, maestra, también mitote, apapachar, cogote, mecate, macana, pepenar, titipuchal, chichinar y otras muchas palabras que ustedes dicen, y que cuando las oigo creo que sus abuelos o sus mayores sabían hablar como yo!. La maestra se asombró tanto, se acercó despacito y me preguntó ¿tú hablas otra lengua Lucio?, “¡¡si, maestra!! y ustedes hablan un poquito también: chipote, tocayo, chicle, tejocote, itacate, son palabras que ustedes usan y que son prestadas de mi lengua”. La clase duró un poquito más de lo normal pues mis compañeros se interesaron en saber más. Llegué a mi casa muy orgulloso a platicarle a mi´amá. <br />La clase que más me gusta es la de Ciencias, si, definitivamente esa es; me tardé casi una semana preparando mi proyecto, ¡cómo quisiera que me hubiera ayudado mi´apá! Afortunadamente aquí en el barrio es como estar en mi pueblo, varias familias tienen sus huertas y al igual que mi´amá cultivan muchas de las plantas de nuestro pueblo. Llegué tempranito a la escuela cargando en mi mochila todo lo necesario para esperar el momento en el que ¡Lucio, más conocido como “el quelites”, mostraría su proyecto!<br />Extendí sobre un plástico blanco las hojitas, tallitos y raíces que me cortó mi´amá, y frente a todo mi grupo expliqué los prodigios de nuestra madre naturaleza; les conté cómo había plantitas con propiedades curativas y señores y señoras que las usaban para curar dolencias. Me llené de valor y se me quitó la pena, con gran alegría gritaba mis recetas:<br />- ¿Para el empacho? ¡¡¡ nada hay como el epazot !!! ; <br />- ¿Le duele su riñón? ¡¡¡ hierva matalin y tome en pequeña porción !!!; <br />- ¿Tiene usted una herida? ¡¡¡el mosot para coagular y que deje de sangrar!!! <br />- ¿tienes barros en la cara?, ¡¡ pues lávala con baba de sábila !! .<br />Y así, mis compañeros poco a poco se levantaban de sus asientos y rodearon la mesa donde tenía mi exposición; con gran curiosidad tomaban las plantitas, las miraban y olían. Yo seguía repitiendo las dolencias y su remedio: “éste que yo llamo alueluenoj y ustedes hierbabuena es para el dolor de barriga; sauco y albahacar para el susto”. Aproveché para decirles que en mi pueblo, mi´apá y muchas gentes como él conocen las plantas y las usan aprovechando sus propiedades curativas; les dije también que la medicina de mi pueblo también es sabiduría aunque no la llamen ciencia, que mi´apá fue un gran médico aunque siempre lo llamaron curandero, y que así como a mi´apá le enseñó su pá yo también enseñaré a mis hijos.<br />Hubo mucho silencio y después de un largo rato una gran lluvia de aplausos. Yo no sé lo que pensaron mis compañeros, pero si sé lo qué sintieron: tepinautij, o sea, vergüenza; por primera vez me apreciaron, me valoraron; si todavía alguno pensaba que yo era tonto porque hablaba muy poco, en ese momento cambiaron de opinión. <br />Tuve necesidad de contarles que mucha gente de mi pueblo y de otros pueblos está viniendo a la ciudad, y que para poder seguir adelante se buscan unos y otros para darse apoyo y acompañarse. En mi barrio cada familia se siente pariente de las otras; no queremos olvidar nuestras costumbres, nuestra lengua, nuestras leyendas. ¡Claro que extrañamos el pueblo que nos vio nacer!, sus olores a tierra húmeda, gardenias y azares; los campos pintados de amarillo cuando crece el cempoalxochit y el cielo azul claro surcado por golondrinas; el escándalo de las urracas al atardecer y las dulces melodías de los grillos; ¿Cómo olvidar Tzinacapan?, sabemos que de ahí venimos y que como decía mi´apá ahí están nuestras raíces. <br />El ruido del timbre anunciando la hora de salida de la escuela, obligó a terminar nuestra plática. Tomé mi mochila y salimos todos juntos hacia nuestras casas. Por la tardecita, le di en silencio las gracias a mi´apá por ayudarme a encontrar esa parte del equipaje que traje de Tzinacapan, y que mi´amá se aseguró de empacar bien para que la cargue toda la vida a donde sea que vaya: mi identidad. <br />

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