El ermitaño

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Lobsang Rampa: "El ermitaño"

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El ermitaño

  1. 1. Capítulo primeroAfuera, brillaba el sol. Vívido, iluminaba los árboles, pro-y ect and o n eg ra s so mb ras de tr ás d e l as d es ta cad as ro cas y, d erechazo, mandando miríadas de puntos resplandecientes desdeel azul del lago. Aquí, en el frío reparo de la cueva de la viejaermita, la luz se filtraba a través de las ramas colgantes ylleg aba verdosa, suave, a lo s o jos cansado s d e una exposiciónal sol relumbroso. El joven, respetuosamente, acataba al eremita flaco, sentado erguido sobre una piedra gastada por los años. «He venidoa Ti p ar a se r i n stru ido , oh V en e rab le» , le d ijo el s an to va ró ncon voz sumisa.«Siéntate», ordenaba el más anciano de los dos. El jovenmonje, de vestiduras color rojo-ladrillo, se inclinó de nuevoy se sentaba con las piernas cruzadas sobre el suelo apiso-nado, cerca del maestro.El vi ejo er emi t a gua rd ab a sil en cio , co mo s í conte mp las e u nainfinidad de cosas pasadas, pero con las cuencas de los ojosvacías.Muchos, pero muchos años atrás, siendo él un joven lama,h a b í a c a í d o e n m a n o s d e u n o s o fi c i a l e s d e l a s t r o p a s c h i n a s ,en Lhasa, y privado de sus ojos, por no revelar secretos deEstado, que él desconocía. Torturado, lisiado y cegado deambos ojos, había caminado de aquí para allá, con amarguray decepción, huyendo de la ciudad. Viajando por la noche,an du vo h ast a l ejo s de ell a, casi en loq ue cid o po r el d olo r y elhorror; evitando la compañía de los hombres. Pensaba, pen-saba; no le abandonaban sus pensamientos.Subiendo siempre a mayor altura, viviendo del césped o delas hierbas que hallaba por su camino; guiado hacia dondehallar de qué beber por el rumor de los arroyos de la monta-ñ a , c o n s e r v ó u n e c o d e u n a ch i s p a d e v i d a . P o c o a p o c o , s u speores lesiones fueron sanando; las cuencas de sus ojos de-jaron de supurar. Pero siempre buscaba subir más arriba, le- 9
  2. 2. jos de una humanidad que torturaba a los hombres ferozmen- te y sin motivo. El aire se fue haciendo cada vez más ligero. Desaparecieron los árboles, con cuya corteza podía sustentarse. No podía extender la mano y arrancar planta o yerba alguna. Entonces, le era preciso arrastrarse sobre las manos y las rodillas, vagando de una parte a otra, esforzándose, esperando hacer lo bastante para poder alejar los tormentos del hambre. El aire se hizo más frío, los dientes del viento más penetran- tes; pero aún se afanaba más hacia arriba, siempre más arri- ba, como conducido por un impulso interior. Unas semanas antes, al comienzo de su viaje, había encontrado una fuerte rama, que empleaba como bastón para buscar su camino. De pronto, su bastón de ciego se encontró enfrente a una pared y no pudo hallar camino que le condujese más adelante. El joven monje miró fijamente al anciano. No se observaba en él signo alguno de movimiento. «Así debía ser», pensó el joven, y se consoló pensando que los «Venerables Ancianos» vivían en el mundo del pasado y jamás alteraban su modo de ser por nadie. Echó una ojeada curiosa a su alrededor, en la cueva desnuda. Y lo era completamente. A uno de los lados, se observaba un amarillento montón de paja — la cama del eremita —. Al lado de ésta, un tazón. De un saliente de la roca, colgaba una mugrienta túnica color de azafrán, triste y como consciente de estar descolorida por el sol. Y nada más. Nada. Aquel viejo reflexionaba su pasado cuando fue torturado, mutilado y cegado. Cuando él era un joven, como aquél que tenía sentado delante suyo. En un arranque de frustración, con su palo golpeó la extraña barrera que tenía enfrente. Vanamente, se esforzó por ver a través de los cuencos vacíos de sus ojos. Finalmente, rendi- do por la intensidad de sus emociones, cayó desvanecido al pie de aquella barrera misteriosa. El aire enrarecido se cola- ba a través de sus vestiduras, robando lentamente al debilitado cuerpo el calor y la vida. Largos momentos pasaron. Finalmente, los pasos de unos10
  3. 3. p ies calzados reson aron sob re el suelo pedregoso. Se escucha-ron palabras murmuradas en una lengua incomprensible y eldébil cuerpo de aquel lama fue levantado y conducido lejos.S e e s c u c h ó u n « i c l a n g ! » m e t á l i c o y u n b u it r e q u e e s t a b a a l l íal acecho, considerándose defraudado de su comida, se remontópesadamente.El vi ejo ana co re ta e mp ezó a re cord ar. To do aqu e llo pasó mu -cho tiempo atrás. Ahora tenía que instruir al joven monjeque tenía enfrente y que era como él fue — ¿Cuántos añosh ací a? ¿Ses en t a? ¿S et ent a? ¿ Ta l ve z más ? —. No i mp o rt ab a ,t o d o h a b í a q u ed a d o a t r á s , p e r d i d o e n l a s ni e b l a s d e l p a s a d o .¿Qu é s i g n i fi ca n l o s año s d e l a v ida de un ho mb re, cu and o élconoce los que tiene el mundo?Parecí a co mo s i el t iempo s e h ub ies e det en i d o. H ast a el vi en tod ébil , qu e su s urraba a trav é s de las ho j as , h ab í a ce sado sumurmullo. En el aire, flotaba u na expectación temerosa, mien-tras e l jov en mon j e agu a rda ba qu e el v i ej o ere mi ta emp ez asesu discurso. Por fin, cuando la tensión se iba haciendo ina-guantable para el joven, el Venerable inició sus palabras.« Tú has sido env iado a mí — d ijo —, porque se te ha destinadouna gr an trab aj o en esta V ida y yo tengo que instrui rt e de todocuanto son mis cono cimiento s, de forma que tendrás queenterarte hasta cierto pun to de tu prop io des tino» . El viejo seencaraba en dirección del joven, que se movía confuso. Erad ifí ci l, p ensab a, t r ata r con ciego s; « m ir an » sin v er; pe ro u notien e la sensación de que lo v en todo. No se sabe cómo tratarcon ellos.La voz seca y desacostumbrada a expresarse del viejo conti-nuó: «Cuando yo era joven me encontré con varias experien-cias, experiencias dolorosas. Abandoné nuestra gran ciudadde Lhasa y vagué, ciego, a través de las soledades. Debilita-do, enfermo e inconsciente, fui arrebatado no sé adónde yallí fui instruido en preparación de este día de hoy. Cuandomi conocimiento haya pasado a ti, el trabajo de mi vidah ab rá terminado y pod ré ir en paz a los C amp os C elestiales.»Diciendo estas palabras, un resplandor beatífico iluminó lasmejillas caídas y apergaminadas de aquel anciano, que dio 11
  4. 4. inconscientemente más velocidad a su Molino de Plegarias. En el exterior, las sombras, lentas, se arrastraban por el suelo. El viento s e había hecho más fuerte y empujab a el polvo seco de color de hueso, formando pequeños torbellinos a ras del suelo. A intervalos, un pájaro lanzaba una llamada urgente. De un modo casi imperceptible, la luz del día se apagaba y las sombras se iban alargando. Dentro de la caverna, ahora fran ca mente a o scuras , e l jo v en mo n je se ap re tab a fu ertemen t e el cuerpo, esperando de esta forma reprimir los ronquidos de s u h a m b r e c r e c i e n t e . H a m b r e . « E s t u d i o y h a m b r e » , p e n s ab a «siempre van juntos.» Hambre y estudio. Una pasajera sonrisa cruzó por el rostro del ermitaño. «¡Ah! —exclamó-- la información era exacta. El joven se siente hambriento. Su v ient r e semeja por el ru id o u n timb al hu eco . El q u e me in for - mó me dio este d etalle. Y también el remedio .» Len ta, penosa- mente, con lo s crujidos propios de la edad , se puso en pie sin t i t u b e o a v a n z a d o h a c i a u n a pa r t e o c u l t a d e l a c u e v a . A s u r e - greso entregó al joven monje un pequeño paquete. «De parte de tu Honorable Guía», explicó; «Él me ha dicho que quiere hacer más dulces tus estudios.» Tortas dulces de la India. Y una poca de leche de cabra, para cambiar el agua como ú n i c a b e b i d a . « ¡ N o , n o ! » , e x c l a mó e l v i e j o e r m i t a ñ o , c u a n d o fue invitado a compartir aquel alimento. «Me doy cuenta de las necesidades de la juventud; sob re tod o d e l o s q u e h ab it an , lejos del mundo, más allá de las montañas. Come y disfruta. Yo, insignificante persona, intento seguir en mi humilde senda al gracioso señor Buda y vivir de la metafórica semilla de mostaza. Pero tú, come y duerme; porque me doy cuenta de que la noche se nos ha venido encima.» Diciendo estas palabras el anciano había vuelto al interior oculto de la cueva. El joven se dirigió a la entrada de la cueva, que ahora era u n ó v alo g r is con t ra la o s cur id ad d el in t e ri o r. Lo s alto s p i cos de la montaña parecían recortes negros contra el rojizo espa- cio que les rodeaba. De pronto se produjo un creciente res- plandor plateado de luz por el pasaje de unas oscuras nubes solitarias, como si la mano de un dios apartase las cortinas12
  5. 5. q u e o c u lt ab a n a l a q u e l o s h o mb res llaman «la Reina de l Cie-lo». Pero el joven monje no se entretuvo; su cena era fru-galísima y no la habría resistido ningún joven occidental.En segu id a r eg resó a la cu ev a y , ex cav ando u na dep re sión enl a a r e n a d e l s u elo d o n d e r e p o s a r su c ad e r a, cay ó en u n sue ñ oprofundo.Los primeros albores de la luz le hallaron agitándose incó-modamente. Se levantó de un solo impulso y, puesto de pie,miró como avergonzado a su alrededor. En este momento elv i e j o a n a c o r e t a . e n t r a b a c a m in a n d o i n c i e r t a m e n t e d e n t r o d e lv estíbulo d e la cu ev a. « ¡Oh, v en erab le — ex clamab a el jov enmonje nerviosamente —, he dormido más de la cuenta y nome he acordado de los oficios nocturnos!» Entonces se diocompleta cuenta de dónde se hallaba.«No temas, joven amigo — dijo sonriendo el ermitaño —.Aquí no hay oficios. El hombre, una vez evolucionado, tendrá suoficio dentro de su propia alma, por todas partes y siempre, s i nque tenga que ser reducido a rebaño y congregado como losyaks, que no tienen una mente. Pero hazte tu tsampa (*) ycome; porque hoy tengo que contarte muchas cosas, y tútien es q ue acord arte de todas ellas.» Diciendo estas p alabras, elsanto varón, se encaminó hacia el naciente día.Una hora más tarde, el joven estaba sentado enfrente del an-ciano escuchando la relación de éste, tan apasionante comoextraña. Una histo ria que abarcab a to das las religion es, todaslas historias sobrenaturales y leyendas del mundo entero. Unahistoria que había sido reprimida por todos los sacerdotessedientos de poder y los «científicos» desde los primerostiempos tribales.Rayo s d e so l s e filt raban a t r av és d el fo ll aj e d e l a b oc a d e lacueva y daban brillo a las fibras metálicas de las rocas. Elai re , l ige ramen te c al ien te, y u n a lig era n eb li na flot ab a so b r e ellag o . Uno s cu an tos p ajarillo s ch arlaban ruido samen te y sepreparaban para su tarea inacabable de buscar comida sufi-ciente en una región de vegetación escasa. En las alturas, un(*) Agua hervida con harina tostada. 13
  6. 6. buitre solitario se alzaba, sostenido por una corriente ascen- d e n t e d e a i r e , s u b i e n d o y b a ja n d o c o n l a s a l a s e x t e n d i d a s , i n - móviles, mientras con sus ojos perspicaces buscaba sobre el suelo desnudo algún cuerpo muerto o muriéndose. Convencido de que no había nada para su provecho, se desplazó a otros cielos con un graznido malhumorádo y huyó en busca de mejores venturas. El viejo ermitaño estaba sentado, erecto e inmóvil, con su f i g u r a d e s c a r n a d a e s c a s a m e n t e cu b i e r t a p o r l o s r e s t o s d e s u vestidura dorada. «Dorada», ya no lo era, sino descolorida por el sol y convertida en unos harapos terrosos con unas tiras amarillas, donde los pliegues habían hecho disminuir en parte la decoloración por la luz solar. La piel era apergaminada, sobre sus pómulos agudos, y con ese color de cera, blan- q u e c i n o , f r e c u e n t e e n t r e l o s q u e e s t á n p r i v a d o s d e l a v is t a . Iba descalzo y los objetos de su propiedad se limitaban a unas pocas cosas: un cuenco, un Molinillo de Plegarias, y ú n i c a m e n t e u n a r o p a d e r e c a mb i o , t a n d e s t e ñ i d a y m a n c h a d a como la que llevaba puesta. Nada más, absolutamente nada más en el mundo entero. Sentado enfrente al eremita, el joven monje meditaba. Cuanto mayor es la espiritualidad de un hombre, menos son sus bienes terrenales. Los grandes abades, con sus hábitos de oro, s u s r i q u e z a s y a b u n d a n c i a d e ma n j a r e s , s i e m p r e e s t a b a n e n lucha para alcanzar poder político y vivían para el momento presente, mientras reverenciaban de labios afuera las Escri- turas. «Joven amigo», empezó la voz anciana. «Mis días casi tocan a su acabamiento. Tengo que transmitirte mis conocimientos; después de lo cual, mi espíritu será libre para irse a los Cam- pos Celestiales. Tú, a tu vez, transmitirás estos conocimientos a los demás. Escucha, pues, y almacena todo cuanto te diré en tu memoria sin fallo alguno.» « ¡ A p r e n d e e s t o , e s t u d i a a q u e l l o !» , p e n s ó e l j o v e n m o n j e . « La vida ahora no es más que un rudo trabajo incesante. Adiós cometas, zancos y...» Pero el ermitaño continuó: «Ya sabes cómo me trataron los14
  7. 7. chinos, y cómo fui vagando por las soledades y llegué final-mente hasta donde me ocurrió un gran prodigio. Un milagro,porque un instinto secreto me condujo hasta las mismas puer-tas del Santuario de la Sabiduría. Te lo quiero contar. Mis a b i d u r í a s e r á t u y a , t a l c o mo a m í m e f u e m o s t r a d a , y a q u e , apesar de estar privado de la vista, lo vi todo».El joven monje asintió con la cabeza, olvidándose de que elanciano no le podía ver; entonces, dándose cuenta, le dijo:«Estoy escuchando, Venerable Maestro, y estoy capacitadopor mi formación a recordarlo todo». Mientras decía estaspalabras, él hizo una reverencia y se volvió a sentar, aguar-dando un rato.El anciano sonrió y continuó su relato: «Lo primero que re-cuerdo es que estaba acostado muy cómodamente en un lechoblando. Naturalmente, yo entonces era joven, por el estilo delo que eres tú, y creía haber sido transportado a los CamposC e l e s t i a l e s . P e r o n o p o d í a ve r y m e p a r e c í a q u e s i e l s i t i odonde me hallaba era el otro lado de la vida habría recobradomi vista. De manera que estaba allí acostado y esperando. Alcabo de un largo rato, unos pasos muy silenciosos se acer-caron y se detuvieron a mi lado. Yo, estaba inmóvil, no sa-b i e n d o q u é e sp e r a r . " ¡ A h ! " , e x c l a m ó u n a v o z q u e m e p a r e c i óser en cierto modo distinta de las nuestras. "¡Ah!, veo quehabéis recobrado la conciencia. ¿Os encontráis bien?".»Vaya una pregunta necia, pensé entre mí. ¿Cómo puedoencontrarme bien, si me estoy muriendo de hambre? ¿Eracierto? En realidad ya no sentía hambre alguna. Me encon-traba bien, muy bien. Con precaución, moví mis dedos, sentímis brazos sin rastro alguno de agujetas. Me había recobradoy me notaba normal; sólo que no tenía ojos. "Sí, si, me sientobien, gracias por la pregunta", le contesté. La Voz dijoentonces: "Hubiéramos querido restaurar vuestra vista; peroo s h a b í a n q u i t a d o l o s o j o s y n o n o s f u e p os i b l e . R e p o s a d u nrato, y luego hablaremos con Vos detalladamente".»Reposé; no tenía otra solución. No tardé en dormirme denuevo. Lo que dormí, no lo supe; pero un dulce sonido d e c a m p a n a s ,casualmente, me desveló; tañido más dulce y 15
  8. 8. apacible que los más delicados gongs, y mejor que las antiguas ca mp an as de p lat a, má s so no ro qu e l as tro mp eta s d e l templo . Me incorporé y miré a mi alrededor, como si pudiese forzar la visión de mis órbitas sin ojos. Un brazo amistoso se deslizó alredor de mi espalda, y una voz me dijo: "Levántate y sígueme. Yo te conduciré".» El joven religioso permanecía sentado y experimentaba una fascinación, extrañándose que no le hubiesen sobrevenido nunc a aventuras semejantes; ignorando que, en su día, le llegarí a el turno. «Te lo ruego, continúa, Venerable Maestro», exclamó. El viejo maestro sonrió complacido por el interés que mostraba el joven. « Me con dujo hasta una habitación esp aciosa, al parecer, llena de gente; yo escuchaba el rumor de su respiración y el roce de sus vestiduras. Mi guía me dijo "Sentaos", y un extraño i n g e n i o f u e e m p u j a d o h a s t a mi p e r s o n a . E s p e r a n d o s e n t a r m e en el suelo, como tod as las personas educadas, estuve a punto de caerme al choque con aquel artefacto.» El anciano anacoreta hizo una breve pausa y una seca risita escapó d e su boca al relatar aqu ella escena pasada. «Me senté con todo cuidado — continuó — y aquel objeto me pareció b lando, si bien sólido. Me sentía sostenido sob re cuatro p atas y por la parte de atrás había una cosa que me impedía echar atrás mi espalda. De momento, pensé que me creían demasiado débil para sentarme sin alguna protección; después capté se- ñales de divertida y reprimida so rpresa entre los presentes, ya que, por lo visto, aquélla era la manera de sentarse de toda aquella gente, y, francamente, quedé colgado tristemente de aquella plataforma almohadillada.» El joven monje intentó imaginarse lo que podía ser una pla- ta fo r m a p ar a s en ta rs e . ¿ Po r q u é ex ist ían s e mej an t es o b je to s? ¿Por qué se tienen que inventar cosas inútiles? No, decidió; el suelo era suficiente para él; más seguro, sin riesgos de caerse. Y, ¿quién es tan débil que necesita tener su espalda aguantada? Pero el anciano estaba otra vez hablando — sus pulmones era resistentes — al joven monje. «"Os extrañáis de nosotros — la voz continuó —, os maravi-16
  9. 9. liáis de qu iénes somos, de por qu é os sen tís tan bien. Siéntatecon tod a co mod id ad , porque tenemos que contarte muchascosas".»"Muy Ilustre Seño r", dije disculpándome. "Estoy ciego, hesido privado de mi v ista y d ecís qu e ten éis mucho q ue contarmey qu e mos trarme. ¿Có mo pued e ser, esto ?" "Tranquilízate —dijo la Voz —, porque todo será claro para ti, con tiempo yp acien cia.» La parte posterior de mis piernas emp ezaba ado lerme, co lgadas en aquella extraña po stu ra, de modo qu e lasen cogí, intentando p ermanecer en la postura del loto sobre lap equeña plataforma d e madera aguantad a sob re cuatro p atas ycon aquel estorbo en la espalda. Así, me sen tía más a misan chas, si b ien, no v iendo, podía perder el equilib rio sinqu erer.» "Somos los Jardinero s d e la Tierra", p rosigu ió la Voz. "Via-jamos por los universos, situando s eres humanos y animales porlos mundos distintos. Vo sotros, los hijos de la Tierra, poseéisleyend as so bre nosotros, llamándono s d ioses celestiales yh ab lan do de nuestros carros de fuego . Ahora vamos a d arte unain formación sobre el o rigen de la Vid a en la Tierra, de maneraqu e pued as trans mitir tus conocimientos a otro que vendrád espués al mundo y escribirá s ob re estas co sas, porqu e ya esho ra de que la gen te conozca la Verdad de su s Dios es, an tes deiniciar el segundo p eríodo ."»"Aquí hay cierta confusión", exclamé con desánimo. "No soymás que un pobre monje que sub ió a estas altu ras sin sabercó mo."» "Nosotro s, con nuestro sab er, te guiamo s — mu rmu ró la Voz—, te hemo s escog ido por tu memoria extraordinaria, que aúnreforzaremos. C onocemos todo lo qu e se refiere a ti. Po r eso teh emos con ducido h asta noso tros."»Fuera de la cu eva, a la luz, ahora brillante, del día, la nota delcanto de un pájaro se elevó aguda y penetran te con súbitaalarma. Un chillido de una av e ag reso ra y el pájaro s e escapód e aquellos parajes p recipitadamente. El v iejo ermitaño levantós u c ab e za u n mo men to , d i ciendo: « No es nad a; p ro bablementeun pájaro vo lando en la altura h a lanzado un 17
  10. 10. ataqu e» . E l jov en monje encon tró d esag radable el v erse d is- traído d e la narración d e la vieja ed ad , una ed ad que — cas o extraño — no encontraba difícil de visualizar. A la orilla del lago los sauces cabeceab an con indolencia sólo inquietados por las brisas errantes q ue remo vían sus ho jas y las hacían p rotestar contra la invasión d e su reposo. Actualmen te, los p rimeros rayos de sol h abían abandonado la en trada de la cueva y en ella reinaba el frío , con la luz teñida de color verdoso. El v iejo eremita se estremeció ligeramente, arregló sus abigarrad as v estidu ras y con tinuó: « Estaba asu stado, muy asustado . ¿Qu é sabía yo d e aqu ello s Jardin eros de la Tierra? Yo , no era jardin ero. No sabía nada de plantas, y de universos, mucho menos. Necesitaba no marcharme de allí. Mien tras estaba pens ando esas cosas, pu se mis p ies sobre el bo rde de mi plataforma-asiento y me puse de pie. Manos cariñosas, pero firmes me v olvieron a sentar en aqu ella rara forma, con mis p ies colg ando y mi esp ald a apoyada sob re algo qu e estaba detrás mío. "La planta, no debe dictar órdenes al jard in ero ", murmu ró una v oz. "Te h an condu cido aqu í, y aqu í tien es que aprender." » A mi alred edor, mientras me vo lvía a sentar, aturdid o, pero también irritado , comenzó una gran discu sión en una lengua p ara mí desconocida. Voces. Voces. Algu nas agudas y d elga- d as, co mo saliendo d e u nos g aznates de enanos. Otras, pro - fundas, resonan tes, sono ras, co mo toro s o yaks en los p eríodo s d e celo, mug iendo a través del pais aje. Fuesen quien es fuesen, p ensé, no auguran nada bu eno para mí, p ersona díscola, cautivo involuntario. Estuv e escuchando con temor e in certidumbre todo el rato que duró la d iscusión p ara mí incomp ren sible. Aquellos pitidos y estruendos co mo d e una trompeta resonando en un desfiladero . ¿Qué gen te era ésa?, p ensab a yo, ¿pu ed en los g aznates hu mano s presentar esa multitud de tonos, supertonos y semitonos? ¿Dónd e me en contrab a? Tal v ez me h allab a y o en p eo res manos qu e cu ando era p risionero de los chinos. ¡Oh, qu ién tuviera ojos! Ojos para ver lo que ahora me era ved ado. ¿Se hab ría desvanecido acaso el misterio a la luz de la mirada? P ero n o, como co mprendí lu ego, el18
  11. 11. misterio se habría hecho más profundo. Permanecí sentado,lleno de aprensión y muy asustado. Las to rturas qu e habíaexp erimen tado en mano s de lo s chinos me habían acobardado,me h acían temer qu e no podría soportar más, de ningunamanera. Mejor hubiera sido qu e los Nuev e Drago nes hubiesenllegado y me consumiesen de una vez que lo que me tocaría sopo rtar po rob ra de lo Descono cido. Así es qu e permanecí sentado , ya queno hab ía nada que h acer.» Altas voces me hicieron temer por mi suerte. De hab er tenidoojos para ver, hubiera realizado un desesperado esfuerzo parahu ir; pero aquel qu e se encuentra sin ellos está concretamentesin esperanzas, a la merced d e todo . La piedra lan zada, lapu erta cerrad a, las amen azas crecientes que se me p resentab an,amenazadoras, op resivas y siempre temerosas. El estrépitoexp erimen tó un cres cendo. Los g ritos chillab an en los más altosregistros, como un es tru endo de toro s en lu ch a. Temía unav iolencia sob re mi p ersona, golp es que llegasen hasta mip erson a a través d e mis tin ieb las eternas. Agarré fu ertemente elborde de mi asiento, y lo solté en seguida, p ensando qu e ungo lpe podría dejarme sin sentidos, mientras q ue si noen contraba resistencia el ch oqu e sería más leve.» "No temas", me dijo la Vo z, ahora para mí familiar. "Se trataún icamente de un a reun ión del Consejo. Ningún daño pu edeseguirse para ti. Precisamente estamos d iscutiendo la mejormanera de instru irte."» "Alto Señor", repliqué algo confu so . "Estoy sorprendido, env erdad, escu chando cómo los Grand es lanzan sus voces a se-mejanza de los más humildes pastores de yaks en la montaña."Un d ivertido ru mor de risas celebró mi comentario. Miaud itorio , s egún parecía, no estab a disgustado por mi tal vezalgo loca franqu eza.»"Recu erda eso siempre", replicó el Jardinero. "No importa loqu e se alza la voz; siempre hay u na razón , u na discrepancia.S iemp re una o pinió n que se separa de lo que afirman los demás.C ad a cu al tiene que discutir, argumentar y, fo rzosamen te,sostener la p ropia opin ión, si no se quiere ser un mero esclavo ,un autó mata, siempre a pun to d e aceptar los dictados d e 19
  12. 12. o t r o . E s p r e c i s o d i s c u t i r , r a z o n ar . La l i b r e d i s c u s i ó n s i e m p r e se interpreta por el observador incomprensivo como el pre- l u d i o d e u n a vi o l e n c i a f í s i c a . " To c ó m i s h o m b r o s p a r a t r a n - q u i l i z a r m e y c o n t i n u ó : "T e n e m o s a q u í p e r s o n a s n o s o l a m e n t e de distintas razas, sino de varios mundos. Algunos, son de nuestra galaxia. Otros proceden de galaxias de más allá. Al- gunos de ellos, a ti te parecerían pequeños enanos, al paso que otros son verdaderos gigantes, seis veces más altos que los que están dotados de menores estaturas". Escuché sus pasos cuando se alejaba para reunirse con el grupo de los demás. »"Otras galaxias" ¿Qué significaba todo aquello? Gigantes, bueno, igual que los que había oído mencionar en los cuentos maravillosos. Enanos, parecidos a los que se veían a veces en las comedias. Moví mi cabeza; todo aquello estaba más allá d e m i c o m p r e n s i ó n . L a V o z m e h a b í a d i c h o q u e n o s u fr i r í a ningún mal, que se trataba únicamente de una discusión. Pero n o s i e mp r e l o s m e r c a d e r e s d e l a I n d i a q u e p a s a n p o r l a c i u d a d de Lhasa arman esos barullos, trompeteos y voces. Decidí permanecer sentado y aguardar en qué paraba todo aquello. ¡Después de todo, no podía hacer otra cosa!» Dentro de la fría caverna del ermitaño el joven monje perma- necía absorto, embebido escuchando la historia de los extra- ños seres. Pero no lo estaba tanto que no se percibiese el r u mo r d e s u s i n t e s t i n o s . C o m i d a , c o m i d a u r g e n t e , a h o r a u r g í a por completo. El viejo ermitaño cesó de pronto su relato y murmuró: «Sí, precisa un desayuno. Prepara tu alimento. Vol- veré luego». Diciendo estas palabras, se puso en pie y se encaminó lentamente a su retiro. El joven monje se apresuró a salir al aire libre. Por unos ins- tantes estuvo contemplando el paisaje; seguidamente se diri- gió hasta la orilla del lago, donde la arena fina, de color terroso, brillaba como invitando. De sus vestiduras sacó el c u e n c o d e ma d e r a y l o l a v ó d e n t r o d e l a g u a . L l e n á n d o l o y meneándolo, estuvo lavado. Tomando un pequeño saco lleno de cebada, que llevaba en el interior de sus hábitos, echó un p e q u e ñ o p u ñ a do e n e l c u e n c o y l u e g o l l e n ó d e a g u a d e l l a g o la cavidad de su mano. Dentro del cuenco fue amasando la20
  13. 13. p a s t a f o r ma d a , y c o n d o s d e d o s d e l a m a n o d e r e c h a , a m o d od e cuch ara, se sirv ió aquel manjar con to da lentitud y ningúnentusiasmo.Una vez hubo acabado de comer, lavó el cuenco en el aguadel lago y luego tomó un puñado de aquella arena fina. En-tonces frotó enérgicamente aquella vasija por dentro y porfuera y, todavía húmeda, la metió en el seno de su hábito.L u ego se arrodilló y extendió el bord e de su túnica y recogióarena hasta que no cupo más. Poniéndose de pie, regresó ala cueva. Una vez estuvo en ella echó la arena al suelo e in-mediatamente salió en busca de alguna rama caída que tu-viese algunos pequeños brotes. Volviendo a la cueva, barrióla arena compacta antes de ech ar en cima una capa d e la aren aacabada de traer. Con una capa no hubo bastante; hastadespués de echar siete de ellas no estuvo satisfecho y pudosentarse, con una clara conciencia, sobre su sábana de lanade yak.No poseía ninguna vajilla a la moda de ningún país. Su hábitocolorado era todo su atavío. Raído y desgastado en algunospedazos casi hasta la transparencia, no protegía contra losvientos fríos. No poseía sandalias ni ropa interior alguna.Nada más que esa túnica solitaria, que se quitaba por lanoche, cuando se envolvía dentro de la sábana. Como utensi-lio, únicamente contaba con aquel cuenco, el pequeño sacode cebada y una vieja y estropeada Caja Mágica, desde muchotiempo sustituida por otra, en la que conservaba un sencillotalismán. No poseía Molino de Plegarías alguno. Esto era paraotros más ricos. Llevaba afeitado el cráneo y señalado con lasM a r c a s d e l a V i r i l i d a d , q u e m ad u r a s q u e a t e s t i g u a b a n q u e h a -bía soportado las candelas de incienso ardiendo sobre su ca-beza para dar testimonio de su capacidad de meditación alsentirse in mune d el dolor y el olor de carne qu emad a. Ahora,habiendo sido elegido para una misión especial, había viajadolejos, hasta la cueva del ermitaño. Pero ahora el día habíacaminado, con las sombras cada vez más alargadas y el en fria-miento progresivo del aire. Se sentó y aguardó que aparecieseel eremita. 21
  14. 14. Al cabo de una breve espera se escucharon los pasos arras- trados, los golpes del largo bastón y la respiración fatigada del viejo. El joven monje lo miró con renovada reverencia; ¡cuántas experiencias tenía! ¡Cuántos sufrimientos! ¡Qué s a b i o l e p a r e c í a ! E l v i e j o c o m p a r e c i ó y s e s e n t ó . En a q u e l mismo instante, una bocanada de aire y una inmensa y peluda criatura, saltó dentro de la entrada de la cueva. El joven monje, se puso de pie de un salto y se preparó a buscar la muerte protegiendo al viejo ermitaño. Agarrando dos puñados de tierra del suelo arenoso, se preparaba a lanzarlos a los ojos del intruso, cuando le detuvo y le tranquilizó la voz del recién venido. «¡Salud, salud, Santo ermitaño!», gritó como si estuviese diri- giéndose a una persona distante una milla. «Pido vuestra ben- d i c i ó n , v u e s t r a b e n d i c i ó n p o r e s t a n o c h e , q u e a c a mp a mo s a l a orilla del lago. Aquí — bramó — he traído para vos té y ce- bada. ¡Vuestra bendición, ermitaño, vuestra bendición!» Po- n i é n d o s e e n m o v i mi e n t o d e u n b r i n c o , n o s i n r e n o v a r l a s a l a r - m a s d e l j o v e n m o n j e , s e p r e ci p i t ó d e l a n t e d e l e r m i t a ñ o y s e prosternó sobre la arena acabada de arreglar. «Té, cebada, a q u í , a c e p t a d l a . » S a l i e n d o f u e ra , t r a j o d o s s a c o s q u e p u s o ante el ermitaño. «Mercader, mercader — respondió humildemente el eremita — , e s t á i s a l a r m a n d o a u n a nc i a n o e n f e r m o c o n v u e s t r a v i o - l e n c i a . La p a z s e a c o n v o s . P u e d e n l a s B e n d i c i o n e s d e G a u t a - ma reinar sobre vos y habitar dentro de vos. Pueda vuestro viaje ser rápido y vuestro negocio próspero.» «Y, ¿quién sois vos, joven gallito?», voceó el mercader. «¡Ah!», exclamó el buen hombre, «mis excusas, joven reve- rendo padre, por culpa de la oscuridad de esta cueva no he visto de momento que sois uno de los del hábito.» «¿Y qué nuevas nos traéis, mercader?», preguntó el ermitaño con su voz seca y cascada. «¿Nuevas?», respondió el mercader. «El prestamista indio fue apaleado y robado; cuando fue a los procuradores, volvió a serlo, por haberse descarado con ellos. El precio de los yaks ha bajado; el de la mantequilla ha subido. Los reverendos de22
  15. 15. la Frontera han subido sus tarifas. El gran Lama ha viajadohasta el Palacio de las Joyas. ¡Oh!, santo eremita, no haynoticias. Esta noche acampamos al lado del lago, y mañana se-guimos nuestro viaje hasta Kalimpong. El tiempo es bueno.Buda nos ha protegido y los diablos nos han dejado en paz.Y vos, ¿necesitáis acaso que os traigan agua, o arena seca parael suelo de vuestra cueva, o bien ese joven padre ya procurapor vuestras necesidades?»Mientras las sombras viajaban hacia las tinieblas de la no-che, el ermitaño y el comerciante hablaban y cambiaban no-ticias de Lhasa, del Tíbet, de la India y más lejos, allá delos Himalayas. Al final, el comerciante se puso en pie y ob-servó con temor la oscuridad creciente. «¡Adiós!, joven santopadre. No puedo ir solo en la oscuridad, los demonios measa lt ar ían . ¿Po déis a co mpañ a r me h as ta e l c a mpa m en to?» , im -ploró.«Estoy a las órdenes del Venerable Ermitaño», contestó eljoven monje. «Iré, si el me lo permite. Mis hábitos me pro-tegerán de los peligros de la noche.» El viejo eremita, risueño,le dio el permiso. El delgado monje joven guió el caminofue ra de l a cue va. El en orme gig an t e, el me rcad er, ape st an doa lana de yak y peor, iba tras el joven lama. A la entradami s ma e stu v o a p u n to d e d a r co n tra un a r a ma llen a de ho jas .S e e s c u c h ó u n g r a z n i d o y u n p áj a ro a s u s t ad o s e e s c ap ó d e l arama. El mercader profirió un chillido de terror y se desplo-mó, como desvanecido, a los pies del joven monje.«¡Uf!, santo padre», suspiró el mercader. «Pensaba que losdiablos me habían hecho prisionero. Pensé, aunque no deltodo conv encido, que deb ía devolver los dineros qu e tomé enpréstamo del usurero indio. Vo s me habéis salvado, habéis do-minado a los diablos. Acompañadme hasta el campamento yos regalaré medio ladrillo de té y un saco lleno de tsampa.»La oferta era demasiado buena para dejarla escapar; así es queel joven monje puso un especial cuidado, recitando las Ple-garias de los Muertos, la Exhortación a los Espíritus Inquie-tos y el Cántico a los Guardianes del Camino. El ruido re-sultante — puesto que el joven monje no era nada músico — 23
  16. 16. rechazó a todas las criaturas que rondaban por la noche, por donde pueden pasearse los diablos. Llegaron, por fin, hasta las hogueras del campamento, donde los compañeros del mercader estaban cantando y tañendo instrumentos musicales, mientras las mujeres tostaban ladri- llos de té y echaban los mismos en un caldero de agua bur- bujeando. Un saco entero de cebada bien molida se tiró al caldero y una vieja, con su mano parecida a una garra, extrajo de un saco un puñado lleno de manteca de yak. Luego echó otro y otro en el caldero, hasta que una capa de grasa se extendía y burbujeaba en la superficie. El resplandor de las hogueras invitaba, y aquella alegría era contagiosa. El joven monje se arropó decorosamente y con toda calma se sentó en el suelo. Una vieja arrugada, cuya barbilla se tocaba con la nariz, le ofreció hospitalariamente algo que tenía en la mano; pero el monje, decorosamente, presentó el cuenco y un generoso tributo de té y tsampa le fue depositado. En aquel aire ligero de la montaña, el agua hervía a menos de cien grados centígrados — o doscientos doce Farenheith —; pero era soportable para los labios. La reunión transcurrió agradablemente y pronto se formó una procesión hasta las aguas del lago, para que el cuenco pudiese lavarse y frotarse con la fina arena de la orilla. Esa arena era de las más finas de la montaña y muchas veces contenía alguna partícula de oro. La reunión era alegre. Las narraciones de los mercaderes, la música y los cantos amenizaron la velada y la ex istencia, más bien aburrida, del joven monje. Pero, mientras tanto, la luna ascendía cada vez más, iluminando aquel desolado paisaje y dibujando sombras de una firme realidad. Cesaron las chis- pas de las hogueras, y se apagaron las llamas. El monje se puso de pie de mala gana y con las gracias y las reverencias debida s ac eptó los dones del mercad er, que est aba seguro d e que aquel joven le había salvado de la perdición. Por fin , ca rg ado de pequeño s p a q u e t e s , c a m i n ó a l r e d e d o r d e l lago, encaminándose al bosquecillo de sauces donde se ha- llaba la boca, tenebrosa y amenazadora, de la cueva. Un mo-24
  17. 17. mento, se detuvo el joven y miró hacia las estrellas. Arriba,muy arriba, como próxima a la Morada de los Dioses, unachispa brillante navegaba silenciosamente por los cielos. ¿ElCarro de los Dioses, acaso? El joven monje se lo preguntóbrevemente a sí mismo, y luego entró a la cueva.
  18. 18. Capítulo segundo E l b ramido de los y ak s y los g rito s agitados de los h ombres y las mujeres despertaron al joven monje. Soñoliento, se puso e n p i e , a r reg la n d o s us v est id uras a su al red edo r y en cami n án- dose a la boca de la cueva, para no perder ni un solo detalle del espectáculo. En la orilla, unos estaban ordeñando, otros intentando enjaezar los yaks que permanecían dentro del agua y no se dejaban p ersu adir a abandonarla. Finalmente, perdiend o la paciencia, un joven mercader se lanzó al agua, tropezando con una raíz su mergida. Con los brazos extend idos dio de cara contra la superficie recibiendo un fuerte golpe. Gruesas gotas de agua se levantaron, y los yaks, asustados, huyeron a l a o r i l l a . E l j o v e n m e r c a d e r , c u b i e r t o d e u n l o d o cenag oso , y en suc iad o có m i ca men te , sa lió del b a rro en tr e la s carcajadas de sus compañeros. R á p i d a m e n t e , l a s t i e n d a s f u e ro n e n r o l l a d a s , y l o s u t e n s i l i o s de cocina, después de haber sido frotados con arena, fueron envueltos y la caravana de aquellos mercaderes se marchó lentamente, entre el monótono crujido de los arneses y los gritos de las personas que intentaban vanamente dar prisa a las ro bu st as b e stia s de carg a. T ris temente l os co nt emp l ab a el joven monje, protegiéndose con las manos del sol naciente. T r i s t e m e n t e e s t u v o e n p i e t o d o e l r a t o , h a s t a q u e l o s r u i d o s se perdieron en la lontananza. « ¡ O h ! — p e n s a b a — , ¿ p o r q u é n o h e s i d o c o m e r c i a n t e y v i a ja r h ast a ti erras l ejan as ?» ¿ Por q ué ten ía qu e pas arse la vida estudiando cosas que parecía que nadie más debía estudiar? Le hubiera gustado ser un mercader, o un barquero de la Ri- v era F eli z . N e ces it aba mo v erse d e u n a po bl ación a o t ra y v er cosas. Poco podía pen sar que vería «sitios y cosas» , hasta que su cuerpo le p idiese reposo y su espíritu suspirase por la paz. Ignoraba que su destino sería vagar por la superficie de la Tierra y sufrir increíbles tormentos. En aquellos momentos, necesitaba únicamente ser un mercader o un barquero — cual-26
  19. 19. quier cosa, menos lo que era —. Lentamente, cabizbajo,cogió una rama del suelo y regresó a la cueva, a barrer elsuelo y extender arena nueva.El viejo eremita, lentamente, se presentó. Incluso para lainexperta mirada del joven, decaía a ojos vistas. Jadeando, sesentó y dijo con una voz ronca: «Se acerca mi tiempo; masno puedo marcharme sin transmitirte antes mi sabiduría. Aquíhay unas especiales gotas de yerbas que me proporcionó mifamoso Guía para tales casos; aun en el caso de que me des-mayase, introduce seis gotas en mi boca y al instante volveréa vivir. Tengo prohibido abandonar mi cuerpo hasta que nohaya cumplido mi misión». Buscó entre sus vestiduras y en-tregó al joven un pequeño frasco de piedra que el monje tomócon especial cuidado. «Ahora, continuaremos», dijo elanciano. «Podremos comer cuando yo me sienta cansado ytambién reposar. Ahora escucha bien y pon especial cuidadoen recordar. No dejes escapar tu atención porque estas cosasson mucho más importantes que mi vida y tu vida. Es unsaber que tiene que ser preservado y transmitido cuando llegala plenitud de los tiempos.»Después de un breve reposo, pareció recobrar fuerzas y algode color subió a sus mejillas. Sintiéndose más restablecido,continuó: «Habrás recordado que yo te he explicado todo losucedido hasta cierto momento. Vamos, pues, a continuar. Ladiscusión se prolongó y era, en mi opinión, muy acalorada;pero llegó un instante en que se terminó aquel debate. Seprodujo el ruido de varios pies que se arrastraban; despuéspasos, pasos ligeros como de algún pájaro saltando sobre layerba, otros lentos como el caminar de un yak cargadopesadamente. Sonido de pasos que me intrigaron profunda-mente porque algunos de ellos me parecían no proceder deseres humanos parecidos a los que yo había conocido. Peromis meditaciones sobre las diferentes maneras de caminar seacabaron súbitamente. Otra mano agarró mi brazo y una vozordenó: "Ven con nosotros". Otra mano cogió mi otra y fuiconducido a un pasillo que mis pies desnudos sintieron comosi fuese pavimentado de metal. La ceguera desarrolla los de- 27
  20. 20. más sentidos; noté que caminábamos a lo largo de una especie de tubo metálico, si bien me fue imposible imaginar de qué se trataba concretamente». El anciano se detuvo como para imaginar aquella inolvidable experiencia; luego continuó: «Pronto llegamos a una área más espaciosa, a juzgar por los ecos que sentía. Allí escucha- ba un sonido metálico, deslizándose ante de mí, y uno de los que me acompañaban habló respetuosamente a un personaje que evidentemente era un superior. Lo que dijo no podía comprenderlo, puesto que se trataba de un lenguaje compues- to de chillidos y chirridos. En respuesta vino lo que sin duda era una orden y me sentí empujado hacia adelante, mientras una materia metálica se cerraba con un ruido atenuado detrás de mi persona. Permanecía yo allí sintiendo que alguien me estaba mirando con fuerza. Se sintió un rumor y un crujido semejantes a los que se produjeron cuando, antes, me senté, así me lo pareció. Seguidamente, una mano delgada y huesu- da, tomó mi mano derecha y me guió hacia adelante». El ermitaño hizo una breve pausa, sonriendo. «¿Puedes ima- ginar mis sensaciones? Yo era un milagro viviente; no sabía lo que tenía delante y tenía que obedecer sin dilación a los que me conducían. Mi acompañante, al final, habló en mi propio lenguaje. "Siéntate", me ordenó, mientras me empu- jaba para que me sentase. Abrí la boca asustado; a los dos lados había como unos brazos, probablemente para no caerse si uno se dormía por culpa de aquella blandura extraña. La persona que yo tenía enfrente, me pareció que se divertía mu- cho con mis reacciones; diría que se trataba de una risa mal reprimida. Muchos, parece que se divierten viendo como se toman las cosas aquellos que no pueden ver. »"Me parece que os sentís extraño y asustado", dijo la voz de aquella persona que yo tenía enfrente. ¡Por fin, llegaba un reconocimiento! "No te alarmes" — continuó la voz —, por que no recibirás daño alguno. Las pruebas que de ti tenemos, muestran que tenéis una gran memoria eidética, de manera que vamos a comunicaros información — que jamás olvida- réis — y que más tarde transmitiréis a otro que pasará por28
  21. 21. vuestro camino." Todo eso me parecía misterioso y muyalarmante, pese a las seguridades que se me daban. No dijenada, pero permanecí sin moverme, aguardando nuevasexplicaciones, que no tardaron en llegar.»"Ahora vas a ver — continuó la voz —, a todo el pasado, elnacimiento de nuestro mundo, el origen de los dioses y, porqué razón carros de fuego cruzan el firmamento y nosinfunden temor." Respetado Señor — yo exclamé —, usáis lapalabra "ver"; pero mis ojos han sido vaciados y estoy ciegodel todo. Entonces escuché una reprimida exclamación deenojo y la réplica más bien áspera: "Conocemos todo cuantose refiere a ti, más que tú mismo sabes. Tus ojos han sidosuprimidos; pero el nervio óptico aún permanece. Connuestra ciencia conectaremos con el nervio óptico y tú veráslo que te sea preciso ver".»"¿Significa esto, que volveré a ver por el resto de mivida?", pregunté.»"No, no podrá ser", me contestaron. "Empleamos tupersona para un fin determinado. Concederte el don de lavista permanentemente, significaría dejarte mover sobre estemundo con un saber muy adelantado para nuestros tiempos;y esto no es lícito. Ahora, basta de conversación; voy aadvertir a mis ayudante."»Inmediatamente se produjo un respetuoso sonido como dellamar a una puerta, seguido por un deslizarse de un objetometálico. Se entabló una conversación; evidentemente, dospersonajes habían entrado. Noté que mi silla se movía e in-tenté encaramarme; pero, con horror, me sentí inmovilizado.No podía mover ni un solo dedo. Con plena conciencia pormi parte, me notaba movido de una parte a la otra, sobreesta extraña silla. Seguíamos corredores, cuyos ecos meproporcionaban raras sensaciones. Después de unapronunciada curva, curiosos olores asaltaron las encogidasventanas de mis narices. Nos detuvimos a una voz de mando,sólo murmurada, y unas manos me cogieron por las piernas ypor los sobacos. Con facilidad, fui trasladado, arriba, allado, hacia abajo. Estaba yo alarmado; más exactamente,aterrorizado. El terror 29
  22. 22. subió de punto cuando una venda gruesa fue colocada alre- dedor de mi brazo derecho exactamente sobre el codo. La presión fue en aumento hasta que noté como si se hinchase mi antebrazo. Luego vino un pinchazo en mi tobillo izquierdo y una rara sensación como si algo se hubiese infiltrado dentro de mí. Otro aparato, a una voz de mando, fue aplicado a mis sienes y entonces sentí como dos discos de hielo en aquella parte de mi cuerpo. Reinaba un ruido como el zumbido de abejas en la lejanía, y sentía que mi conciencia me abandonaba. »Centellas brillantes de luz, parpadearon ante mi visión. Franjas de colores verdes, rojas, moradas y de todos los colores. Entonces exclamé: «No veo nada, debo de estar en el País de los Diablos y deben de estar preparando tormentos para mi persona." Un agudo y doloroso pinchazo — como de un alfiler — aumentaba mi terror. ¡No podía más! Una voz me habló en mi lengua: "No te asustes, no queremos hacerte daño; estamos arreglando las cosas para que puedas ver. ¿Qué color ves ahora?" De este modo, me olvidé de mis temores y fui explicando cuando yo veía rojo, verde y otros colores. Luego lancé un grito de sorpresa. Podía ver; pero cuanto veía era para mí tan raro, que apenas podía comprender nada. »¿Quién puede describir lo indescriptible? ¿Cómo se puede explicar una escena a otro, cuando no existen, en la lengua, palabras apropiadas, ni conceptos que puedan aplicarse? ¿Sólo puedo decir que veía? Aquí, en el Tíbet, estamos bien provistos de palabras y frases apropiadas para los dioses y los demonios; pero cuando se trata de las obras de los dioses y de los demonios, no sé ni lo que se ve, ni lo que se debe hacer, ni describir. Sólo podía decir que yo veía. Pero mi visión no se hallaba situada en mi cuerpo y así podía verme a mí mismo. Era una experiencia enervante; que no tenía ganas de volver a experimentar. Pero déjame explicar por orden, desde el comienzo. »Una de las voces, me preguntó si veía el color rojo, cuándo el verde y cuándo los demás colores, y entonces dio comienzo a la impresionante experiencia, con esta maravillosa luz blan-30
  23. 23. ca y me encontré con que estaba contemplando — es la pa-labra más apropiada una escena completamente distinta detodo cuanto antes había visto. Estaba recostado, medio ten-dido, medio sentado, apoyado sobre lo que parecía una pla-taforma metálica. Parecía que ésta se aguantaba sobre unpilar solitario, y tenía miedo de que toda la estructura seviniese abajo de un momento a otro, y yo junto con ella. Laatmósfera del conjunto era de una limpieza jamás vista. Lasparedes, fabricadas de un material resplandeciente, nopresentaban ni una mancha; eran de un tinte verdoso, muyagradable y suave a la vista. Sobre esa extraña habitación,que era como un salón inmenso, según mi concepto de lasproporciones, se veían piezas de maquinaria que no puedoexplicar, ya que no existen palabras para describirte surareza.»Pero las personas que se hallaban en esta habitación meprodujeron extrañeza y miedo, hasta el punto de que estuvea pique de proferir gritos de alarma y llegué a pensar que setrataba de algún truco de óptica. Había un hombre al lado deuna máquina. Su talla sería el doble de un hombre de losllamados buenos mozos. Mediría cerca de unos cuatrometros de altura y su cabeza presentaba una forma cónica,terminando en punta como el cabo más agudo de un huevo.No se le veía cabello y era enorme. Parecía ir vestido de unpaño verdoso que le llegaba del cuello a los tobillos y, cosaextraordinaria, le cubría los brazos hasta las muñecas. Mehorrorizó el ver que llevaba una piel que le cubría lasmanos. Pensé qué significación religiosa podía tener eso, obien que me consideraban impuro y tenían algo queocultarme.»Mis miradas se alejaron de este gigante; había dos másque, por su silueta, juzgué que debían de ser mujeres. Unade ellas tenía el cabello negro y ensortijado, mientras laotra lo tenía blanco y lacio. Pero debido a mi falta deexperiencia en lo referente al sexo femenino, dejemos esosdetalles aparte, que no interesan.»Las dos mujeres miraban hacia mi persona y, entonces, unade ellas señaló con la mano en una dirección que yo nohabía observado. Allí vi a un ser extraordinario, un enano,un gno- 31
  24. 24. mo, una figura diminuta, cuyo cuerpo era comparable al de un niño de unos cinco años, según pensé. Pero, lo que es su cabeza, era descomunal; un cráneo como una inmensa bóveda, sin nada de pelo, ni rastros en todo cuanto se veía sobre el personaje. Las mejillas eran pequeñas, muy pequeñas, y los labios no eran tales como los tenemos nosotros, sino que parecían más bien un orificio triangular. La nariz era chica, no tanto una protuberancia como un pellizco. Era, claramente, la persona más importante de todas, ya que los demás le contemplaban con reverente actitud, dirigiéndose a su persona. »Pero entonces, aquella mujer movió su mano de nuevo, y la voz de una persona a quien yo no había antes prestado aten- ción, me habló en mi propia lengua diciendo: "Mira delante de tus ojos; ¿ves algo?" Con esas palabras mi interlocutor se presentó ante mi campo visual. Parecía ser el más normal, a mis ojos. Semejaba — quiero decir vestido como se presen- taba — tal vez un marchante indio, de manera que puedes imaginarte lo que era normal. Avanzó hacia mí y señaló hacia una sustancia brillante. Miré en su dirección (así lo supongo; pero mi mirada, estaba fuera de mi cuerpo). Yo no tenía ojos ¿dónde, en realidad, puso el objeto que él veía por mi cuenta? Y, cuando yo miré, sobre la pequeña plataforma que estaba unida al extraño banco de metal donde me hallaba yo recostado, vi la forma de una caja. Estaba yo reflexionando cómo podía yo ver aquel objeto, si era aquel gracias al cual yo estaba viendo, cuando se me ocurrió que el objeto de enfrente, aquella cosa brillante, era una especie de reflector; entonces, el ser más normal movió el reflector ligeramente, alteró su ángulo de incidencia y entonces grité con horror y consternación, al verme a mí mismo, yaciendo sobre la plataforma. Me había visto antes de que me arrancasen los ojos. De vez en cuando había llegado al borde del agua para beber y había contemplado mi imagen reflejada en la tranquila corriente; así es que podía reconocerme a mí mismo. Pero ahora, en esta superficie sobre la cual se reflejaba, vi un rostro enjuto que parecía estar al borde de la muerte. Llevaba una venda alre-32
  25. 25. dedor de un brazo y otra alrededor de un tobillo. Extrañostubos salían de esas vendas hacia no sabía dónde. Pero untubo salía de uno de los agujeros de mi nariz y estaba co-nectado con una botella transparente, ligada a una varilla demetal, que se encontraba a mi lado.»Pero, ¡la cabeza!, ¡la cabeza! Sólo con recordarlo vuelve miagitación. De mi cabeza, exactamente de mi frente, surgíanuna gran cantidad de piezas metálicas que parecían emergerdel interior. Las cuerdas metálicas iban a parar, casi todas, ala caja que yo había visto ya sobre la pequeña plataforma queestaba a mi lado. Pensé que se trataba de una extensión de minervio óptico que conducía a la cámara oscura; pero sumirada me causaba un horror creciente y quise arrancar,todos aquellos objetos, de mi persona; pero me di cuenta deque no podía mover ni un solo dedo. Sólo me era posibleestar allí acostado contemplando las cosas extrañas que meocurrían.»El hombre de apariencia normal alargó su mano hacia lacámara oscura y si me hubiese sido permitido movermehabría reaccionado vivamente. Pensé que introducía losdedos en mis ojos — ¡la ilusión era tan completa! —. Pero,en vez de ello, movió de sitio ligeramente la caja y entoncestuve otras perspectivas. Podía ver del lado de atrás de laplataforma donde me hallaba tendido. Pude ver otraspersonas. Su aspecto era del todo normal: uno era blanco, elotro amarillo, como un mongol. Estaban mirándome sinpestañear, sin darse cuenta de mi persona. Parecían más bienfastidiados por todo aquello, y me acuerdo haber pensado quede haber estado en mi lugar no se habrían sentido fatigados.La voz volvió a escucharse, diciendo: "Bien; por una brevetiempo, ésta es tu vista. Esos tubos te alimentan deimágenes; otros tubos hay que te aligeran y atienden a otrasfunciones. Por ahora, no puedes moverte, porque tememosmucho que, si pudieses, en tu nerviosismo, te harías daño atu persona. Es para tu propia protección, que te hallasinmovilizado. Pero no tengas miedo, nada de malo tiene quepasarte. Cuando hayamos acabado nuestra tarea, podrásvolver a otra parte del Tíbet con tu salud restablecida, y tesentirás normal ex- 33
  26. 26. cepto por lo que se refiere a tu vista; porque seguirás pri- vado de tus oj os. Ten por en tendid o que no podrás ma rch arte llevando esta cámara oscura". Entonces, sonrió ligeramente en mi dirección y se retiró hacia atrás, fuera del campo de mi visión. »La gente se movía por allí, examinando varios objetos. Se v eían un a cantidad d e objetos redondos parecidos a pequ eñas v en tan as, cubiertas con cristales finísimos. Pero detrás de lo s cristales parecía no haber nada importante, excepto una pe- qu eña aguja que se mov ía y señalaba ciertas extrañas marcas. Todo ello, para mí, no tenía sentido alguno. Recorrí el con- junto con la mirada; pero estaba todo fuera de mi compren- sión y dejé de prestar mi atención a todo aquello, que se encontraba más bien lejos de mi alcance. »Pasó un tiempo, y yo me encontraba acostado, ni descansado n i cansado, pero como en éxtasis, más bien sin sentimiento alguno. Ciertamente, no su fría n i sentía inqu ietud algun a. Me parecía experimentar un cambio sutil en la composición quí- mica de mi cuerpo, y entonces en el borde visual de la cá- mara oscura vi que un individuo iba dando la vuelta a unos g ri fo s q u e s al í an d e u n a s e r i e d e t u b o s d e v i d ri o f i jo s e n u n a armazón de metal. A medida que el individuo en cuestión d ab a vu eltas a esas llaves, detrás de las ventanillas d e cristal se marcab an d ife ren tes pu ntos . E l p e r s o n a j e m á s p eq u e ñ o , e l mismo que yo había tomado por un enano, pero que, por lo visto, era uno de los jefes, dijo algunas palabras. Entonces, dentro de mi campo visual entró un personaje que me habló en mi propia lengua, y me dijo que en aquel momento iba a ponerme dentro de un estado de sueño, a fin de que yo me restaurase, y entonces, una vez yo me hubiese alimentado y conciliado el sueño, se me explicaría lo que debía serme ex- plicado. »Apenas acabó su discurso, recobré mi conciencia, como se me había interrumpido. Más tarde, comprendí que las co- sas, en efecto, marchaban así; tenían un instrumental ins- tan t áneo e in o fen s ivo , qu e m e su mí a en l a incon s cien ci a sólo mediante la presión de un dedo.34
  27. 27. » C uánto dormí, n o tengo la menor id ea, ni medios para saberlo;pudo ser tan to un a hora, co mo un día entero. Mi despertar fuetan instantáneo como había sido el dormirme anterio rmente; porun instan te, estuve inconsciente, mas, al momen to, me sentíad espierto d el todo . Muy a pesar mío , mi nuevo sen tido d e lav ista no funcion aba. Era ciego co mo antes. Raros sonidos measaltaban — el "cling" del metal contra el metal, el vibrar delvidrio —. Lu ego, unos pasos rápidos alejándo se. Me llegó a lo soídos el ruido de un deslizarse metálico y todo perman eció enla quietud por unos mo mentos. Yo estaba allí, acostado,maravillándome d e lo s extraño s acontecimientos que habíantraído un trastorno semejante en mi vid a. Dentro d el mismoinstante en que el temo r y la ansiedad b rotaban intensamen te enmí, llegó algo que retuvo mi atención .» Unos p asos co mo de pies calzados con chinelas, b reves y d es-tacados, me llegaron a los oídos. Eran dos personas, acom-p añ adas p or un ru ido lejano de vo ces. El ruido fue creciendo yse d irigió a mi habitación . De nu evo, aquel deslizarse de uncu erpo metálico , y los dos seres femeninos — porqu e asíd etermin é que eran — se acercaron h ab lando en sus agudoschillidos nerv iosos. Hablaban las do s a la vez, o así me lop arecía. Se d etuv ieron , cada un a a uno de mis ambos lado s y ,ho rro r de horrores , me desnud aron d e mi capa — únicacob ertura de mi cu erpo —. Nada pude hacer po r remediarlo . Notenía fuerzas ni pod ía moverme. Me encon traba en poder deaqu ellas mujeres d esconocidas. Yo, u n monje, qu e nada sabíad e las mujeres — que no tengo inconvenien te alguno enconfesarlo —; sentía horror a las mujeres.»El viejo ermitaño se calló . El joven mon je lo con templaba,p ensand o con horror en la terrible afrenta que representabaaqu el su ceso. En la fren te del ermitaño, un tenue hilo d e sudo rhu med ecía la piel broncead a, como si reviviese aquello sinstantes horrib les. Con manos temblorosas ag arró su cu en co,lleno de agua. Bebió unos pocos sorbos y lo d epositó con todocuidad o detrás de su persona.« Mas alg o peo r sucedió luego — p rosigu ió con voz v acilan - 35
  28. 28. te —. Aquellas mu jeres jóvenes acostaron sobre uno de mis flan cos mi cuerpo y, po r fuerza, in trodu jeron un tubo d en tro de un a parte inmencionable de mi cuerpo. Me entró aquel líquido y cuidé reventar. La mod estia me exime de explicar cuánto ocurrió por obra de aquellas mujeres. Pero aquello era sólo un comienzo: me lavaron mi cuerpo desnudo de arriba abajo y mostraron la más vergon zosa familiarid ad con las p artes p rivadas de mis órganos mascu linos . Me rubo ricé d e pies a cabeza y todo yo me sen tí cub ierto d e la mayor confusión. Agudas v arillas de metal fueron introducidas en mi cuerpo y el tubo, que se hallaba en los agujero s de mi nariz, fue quitado y o tro me fue colo cado forzadamente. Entonces, se me co locó u na sábana que me cub ría de los pies a la cabeza. Pero aún no h ab ían terminado; en tonces padecí un dolo roso afeitado de mi crán eo y varias cosas inexplicables sucedieron hasta que se me aplicó un a sustancia muy pegajosa e irritante sob re la parte afeitad a. Durante todo el tiempo, las dos jóv en es estuvieron ch arlando y bromeando co mo si los diablos les hubiesen sorbido los seso s. » Después de un larg o rato, se escuchó de nu evo el deslizarse de la pu erta metálica y unos paso s más p esado s se acercaron, mientras la charla de aquellas mujeres se interrumpía. La Voz qu e h ablaba en mi lengua, me dijo amablemente: "¿Cóm o se en cuentra?" » "¡Terriblemente mal!", repliqu é vivamen te. "Vuestras mujeres me d ejaron en cuero s y abusaron de mi cuerpo en forma increíble." Mí resp uesta, pareció d ivertirles eno rmemente. Dicho con todo mi candor, se perecieron de ris a viendo qu e no h ice nada para d isimular mis reaccio nes. » "Nos era indisp ensab le lavarte — dijo —, debes tener tu cuerpo limpio de escorias y tenernos también que hacer lo pro- pio con los aparatos qu e te ap licamos. P or eso , vario s tubo s y con exiones eléctricas tienen qu e ser reemplazados po r otros esterilizados. La incisión en tu cráneo tiene qu e ser inspeccio- n ad a y pu esta en cond iciones de nu evo. Só lo tien en que que- d arte unas pocas cicatrices ligeras cuando te march es de aquí." El v iejo eremita bajó su cabeza hacia el joven mo nje. «Mira36
  29. 29. — le dijo — aquí, sobre mi cabeza, hay cinco señales.» Eljoven monje se puso de pie y contempló con profundo inte-rés el cráneo del ermitaño. Las señales estaban allí; cada unatendría dos dedos de anchura y mostraba una depresión deco lo r blan qu ecin o. ¡ Qu é t e me ro s o — p e n só e l jo v e n mo n j e —s e r ía u n a e x p e ri m e n t o se me j a n t e , a d m i n i s t r a d o p o r mu j e r e s !Involuntariamente se sentó, como si temiese al ataque de unenemigo desconocido.El eremita continuó: «No me sentí calmado por las palabrasdel reci én ven i do, sino que p regun té : "¿P e ro fui manipu ladopor mujeres? ¿No hay hombres, si un tratamiento de estanaturaleza era imperativo?".»El que me tenía cautivo — ya que así lo consideraba — serió de nuevo y replicó: "Querido amigo, no seas tontamentep ú d i c o . T u c u e r p o d e s n u d o — t a l c o mo s e h a l l a — n o s i g -nifica nada para ellas. Aquí vamos todos desnudos la mayorparte d el tie mp o, en nuest ras horas de gua rd ia . Nuestro cu er-p o es el T e mp l o d el Su p e r -y o y es en abso l u to p uro. Los qu esienten escrúpulos es que tienen pensamientos que les in-q uiet an . Po r lo qu e se refiere a l as muj er es q ue cu id an d e ti,son enfermeras y están instruidas en este trabajo.» "Pero, no p uedo moverme, ¿po r qué? — p regun té —. Y ¿po rq u é r a z ó n n o s e m e p e r m i t e v e r ? ¡ E s t o e s u n a t o r t u r a ! " »"Note puedes mover" — me dijo —, porqu e pu ed es tirar de l o se l e c t r o d o s y c a u s a r t e d a ñ o . O p u e d e s c a u s a r l o a l e q u i p o qu eest á a tu al r ed e d or. No p e rmit imo s q u e te aco stu mbr es a ver,porque cuando te marches serás ciego, y cuanto más hagasservir el sentido de la vista, olvidarás más el sentido del tacto,que los ciegos desarrollan. Sería para ti un tormento si tepermitimos la vista hasta que te marches, porque entonceste sentirías desamparado. Tú estás aquí no por placer, sinop ara v e r y escu cha r y s e r el d e p ositario d e u n co no ci mi ento ,ya que otro tiene que venir y adquirir de ti esta sabiduría.Normal m ent e, est e sab er t ien e qu e se r es crit o ; p ero t e me mo sdesencadenar otra furia de «Libros Sagrados», o semejantesfór m ulas. So b r e el sab e r q u e t ú aho ra ab so rb er ás y más t ard etransmitirás, se escribirá acerca de él. Mientras tanto, no oh 37
  30. 30. vides que estás aquí, no para tus propósitos, sino para los nuestros."» En la cueva, reinaba el silencio; el viejo eremita hizo una pausa, antes de continuar. «Déjame descansar por ahora. Ne- cesito reposarme un rato. Tú puedes traer agua y limpiar la cueva. Hay que moler la cebada.» «¿Tengo que limpiar el interior de vuestra cueva, Venerable padre?» preguntó el joven monje. «No; lo haré yo mismo, cuando haya descansado; pero tráeme arena para mí, y déjala en este sitio.» Diciendo esto, buscó sin prisas en un pequeño rincón de las paredes de piedra. «Después de haber comido tsampa y sólo tsampa por más de ochenta años — dijo con cierta animación —, siento ganas de probar otros manjares, precisamente ahora que estoy a punto de no necesitar nada.» Movió su anciana cabeza blanca y añadió: «Probablemente, el choque de un alimento diferente me matará.» Después de esto, el anciano entró en su habitación privada, que el joven monje desconocía. El joven monje trajo una gruesa rama, desgajada en la entrada de la cueva, y empezó a rascar el suelo. A fuerza de ir rascando, barrió todo lo que había en el suelo y lo distribuyó de manera que no obstruyese la entrada. Cargado con el ma- terial que trajo del lago en el regazo de su capa, extendió la arena por el suelo y la fue apisonando. Con seis idas y venidas suplementarias trajo la arena suficiente para el anciano anacoreta. En el extremo interior de la cueva se veía una roca cuya parte superior era lisa, con una depresión formada por el agua, muchos años atrás. Dentro de esta depresión puso dos puñados de cebada. La piedra, pesada y redonda, que se hallaba cerca era sin duda el instrumento adecuado al propósito. Levantándola con algún esfuerzo, el joven monje se sorprendió pensando que un anciano como era el ermitaño, ciego y debilitado por los ayunos, pudiese manejarla. Pero la cebada — completamente tostada -- debía ser molida. Pegando con la piedra con un ruido resonante, le imprimió una semi-rotación y volvió a elevarla para un nuevo golpe. Monótona-38
  31. 31. mente, continuó machacando la cebada, imprimiendo mediavuelta a la piedra, para moler los granos más finos, recogiendola harina que se iba formando y reponiendo el grano molido.¡Turn! ¡Tum! ¡Tum! Por fin, con los brazos y la espalda do-loridos, quedó satisfecho con el montón de lo molido. Luego,después de haber frotado la roca y la piedra con arena, paralimpiar cualquier residuo de grano que hubiese resultado ad-herido, puso cuidadosamente la harina en la vieja caja queestaba allí a este propósito y se encaminó, cansado, a la entradade la cueva.La tarde, ya avanzada, aún resplandecía y se calentaba al sol.El joven monje se recostó sobre una piedra y revolvió pere-zosamente su tsampa con la punta de un dedo para mezclarla.En una rama, un pajarilla, encaramado en ella, con la cabezainclinada, observaba esas operaciones con elocuente confianza.Por el lado de las aguas, un pez de buen tamaño saltó, con elintento coronado por el éxito de zamparse un insecto quevolaba muy bajo. Muy cerca, un roedor se aplicaba a sus tareas,en la base de un árbol, plenamente olvidado de la presencia deljoven monje. Una nube oscureció el calor de los rayos de sol, yal joven le entró un temblor súbito. Poniéndose de pie de unsalto, lavó su cuenco y lo frotó con arena. El pájaro se escapóvolando con un chillido de alarma y el roedor se escapóalrededor del tronco del árbol y se puso en guardia con los ojosbien abiertos y brillantes. Metiendo el cuenco en el seno de sutúnica, el joven monje se apresuró a volver hacia la cueva.En la cueva se hallaba sentado el viejo eremita; mas no ergui-do, sino apoyado contra una pared. «Me gustaría sentir el calordel fuego sobre mi persona — dijo —, porque no he podidoencenderlo para mí en todos los sesenta o más años pasados.¿Querrías encender una hoguera para mí, y así los dospodríamos sentarnos a la boca de la cueva?»«Con mucho gusto», respondió el joven monje. «¿Tenéis pe-dernal o yesca?»«No, no poseo más que mi cuenco, mi caja de cebada y mi parde vestiduras. No tengo ni tan siquiera una sábana.» Así 39
  32. 32. es que el joven monje puso su propia sábana harapienta al- rededor de los hombros del anciano y salió fuera de aquella caverna. No muy lejos, la caída de una roca había sembrado el suelo d e p e q u e ñ o s p ed a z o s d e l a m i s ma . A l l í , e l j o v e n m o n je p u d o hallar dos pedazos de pedernal que se adaptaban muy bien a las pa lmas de sus mano s. A mod o de expe rimento , golp eó un guijarro contra el otro con un movimiento de frote; con eso obtuvo una pequeña corriente de chispitas al primer intento. Puso las dos piedras en el seno de su vestidura y luego se dirigió a un árbol muerto, cuyo tronco sin duda había sido alc anz ado po r un rayo d esd e h ací a l a rgo ti empo . En el hu eco de su interior, buscó y halló un puñado de pedazos secos de mad e ra , d e co l o r d e h u eso , p o d r i d o s y p o l v o r i e n t o s . C o n c u i - dado los fue poniendo entre sus vestiduras; después recogió ramas secas y quebradizas que se hallaban dispersas alrededor del árbol. Cargado hasta el límite de sus fuerzas se dirigió a la cueva y satisfecho descargó todos esos objetos en la parte exterior de la entrada, en un sitio bien abrigado del viento dominante, de forma que después la cueva no pudiese verse invadida por el humo. En el sue lo a re no so, con la ra m a q ue le serv ía de es co ba , t ra- zó u n a l i g e r a d ep r e s i ó n y c o n e l p a r d e ped e rn a les a su l ad o , construyó un montoncito de troncos reducidos a pedazos y los cubrió con madera podrida que, a fuerza de enrollarla con sus dedos, quedó convertida en u n polvo como de h arin a. Entonces, con expresión aplicada, cogió los pedazos de pe- dern al , u no en cad a mano , y los hi zo ch oc ar el u no co n t ra el otro, procurando que la escasa corriente de chispas, pudiese caer sobre aquel polvillo d e madera. Repitió much as veces la operación, hasta que consiguió que apareciese una partícula de llama. Inclinándose entonces, hasta tocar con el pecho al suelo, con todo cuidado, fue soplando aquella preciosa cen- tella. Po co a poco, cada vez se fu e h aciendo más brillante. La pequ eñ a chi sp i ta c r eció más y más, h as ta q ue el jov en mo nje pud o apart ar u n a mano y co l o car a lg un os b ro t es se cos al rede - dor, junto con algo que hacía de puente de la pequeña man-40
  33. 33. cha de fuego. Fue soplando continuamente, y, finalmente, tuvola satisfacción de ver una verdadera llama de fuego exten-diéndose a lo largo de las ramas.Ninguna madre cuida tanto a su recién nacido como aqueljoven se dedicaba con toda su atención a la llama naciente.Ella, gradualmente, crecía cada vez más brillante. Luego, final-men te , t riun fan do, añ adió t r o nco s cad a v e z má s g ru e so s a l ahoguera, que empezaba ya a brillar francamente. El jovenmonje, entonces, entró en la cueva y fue hasta donde se ha-llaba el viejo ermitaño. «Venerable padre — dijo el joven monje—, el fuego ya está a punto; ¿puedo acompañaros?» Luego,puso un palo robusto en la mano del anacoreta, y, ayudándolecon toda lentitud a ponerse en pie, le acompañó delicada-mente hasta la vera del fuego, del lado por donde no pasabael humo. «Me voy a buscar más leña para la noche», dijoel joven monje. «Pero antes voy a poner los pedernales y layesca dentro de la cueva, para que se conserven secos.» Di-ciend o e sas pa lab ras , rea just ó la sáb an a sob re l a esp a lda delanciano; le puso agua a su lado y depositó el pedernal y layesca al lado de la caja de la cebada.Dejando la cueva, el joven monje cuidó de añadir más leñaal fuego y se aseguró de que el anciano no corría ningún pe-ligro de ser alcanzado por las llamas; después, se marchó yse dirigió hacia donde se hallaba el campamento donde estu-v ieron h ací a p oco aqu el lo s mer cad e res . Po dían h ab e r dej ad oalg o d e l eñ a , p en só . P ero , n o habían dejado leña a lguna . Me-jor aún, se habían olvidado de un recipiente de metal. Evi-d entemen t e, s e les hab í a ca íd o sin q ue ellos se d ies en cuen taal c a rga r los y ak s, o tal v e z al ma r cha rs e. Po día ser t a mb iénque otro yak hubiese dado con una pata al utensilio, y éstehubiese ido a rodar detrás de una piedra. Ahora, para eljoven monje, esto era un tesoro. Un grueso clavo se hallabaal lado del recipiente, por algún motivo que se escapaba almonje; pero que iba a prestar algún servicio, estaba seguro.Buscando con toda la diligencia por aquellos parajes alrededordel bosquecillo de árboles, no tardó en reunir una pila demadera muy satisfactoria. Yendo y viniendo de la cueva, al- 41
  34. 34. ma c e n ó e n e l l a t o d a a q u e l l a l e ñ a d e n t r o d e l a c a v e r n a . N a d adijo al viejo ermitaño de aquellos hallazgos. Quería darle unaag radab le sorpres a y tener el placer de contemp lar la satisfac-ció n de l an ci a no al p od e r b e ber té cal ien te. Ya t en í an t é, po r-que el mercader les trajo alguno; pero carecían de medios paracalentar el agua, hasta entonces.La última carga de leña, había sido ya depositada y, sin hacernada, se hubiera perdido aquella jornada. El joven monjevagaba de un lado a otro, buscando procurarse una rama dedimensiones convenientes. En un soto a orillas del lago, viode pronto un montón de harapos. Quién los había llevadohasta allí, lo ignoraba. Mas, la extrañeza dio paso al deseo.Avanzó para levantar del suelo aquellos harapos y, de pronto,pegó un brinco , al escu cha r q u e un llanto s a lía de aque l mon-tón de trapos. Inclinándose, se dio cuenta de que aquellos«harapos» eran un cuerpo humano; un hombre flaco lo in-creíble. Alrededor de su cuello, llevaba una tanga (*). Unatabla de madera, cuya long itud sería en total d e cerca de más demetro y medio. Dicha tabla, abierta por enmedio a lo largo,tenía como una charnela y, por el otro, un candado cerrado. Elc e n t r o d e l m a d e r o e s t a b a f o r m a d o d e m a n e r a q u e s e a j u s tabaal red ed or d el cue llo d e l a víct i ma . Aqu el ho mb re e ra unesqueleto viviente.El joven monje, arrodillándose, dejó en el suelo las ramasdel bosquecillo que llevaba encima; luego, poniéndose en pie,co rrió al agua y llen ó su cuen co. Con toda prisa, volvió hastaaquel hombre caído e introdujo el agua por su boca ligeramenteen t r e a b i e r t a . A q u e l h o mb r e s e estremec ió y ab rió lo s ojos.«Quise beber — musitó —, y me caí al agua. Gracias a esatabla floté, casi a punto de hundirme. Estuve días en el aguay , a h o ra mi s m o , h e p o d i d o r e mo n ta r la o r illa» . Y se calló , ex -hausto. El joven monje le trajo más agua, y luego agua mez-clada con harina. «¿Puedes quitarme esto de encima?», pre-gun tó el ho mb re . « Peg an do c on d os p ied ras est a c e rradu ra, l apodrás abrir.»(*) Instrumento chino de suplicio. (N. del T.)42
  35. 35. E l m o n j e s e p u s o e n p i e y fu e a l a o r i l l a d e l l a g o , b u s c a n d olas piedras idóneas. Cuando estuvo de vuelta puso la mayorde las dos piedras bajo uno de los extremos de la tabla, ypegó fuerte con la otra pied ra. «Intenta por el otro lado — dij oaquel hombre —, y pega sobre el pitón que atraviesa departe a parte. Húndelo con todas tus fuerzas.» Con todocuidado, el monje puso en su debida posición el madero ypegó con toda su alma. Apretando luego, después un fuertecrujido, la cerradura cayó po r su lado. Enton ces pudo ab rir eli n s t r u m e n t o d e t o r t u r a y d e j a r l i b r e e l c u e l l o d e a q u e l h o m breque, en su esfuerzo, se había ensangrentado.« Ir á a pa r ar a l fueg o — d ijo e l jov en monj e —, s er ía un a lá s-tima que se perdiese.»
  36. 36. Capítulo tercero Duran t e u n l argo rato, el jo v en mon je est u vo sent ad o e n el su elo , acun and o la cab eza del en fe rmo e i ntent an do al i m en- t a rlo c o n p eq u e ñ a s c an t i d ad e s d e t s a mp a. F i n a l m e n te , s e d e - tu v o y d i j o en t r e sí : « T e n d ré q u e ll ev aron a la cu ev a d el er- mitaño» . Di cie ndo esto , l eva ntó el cu erpo d e aqu el ho mb re y p ro cu ró co locá rselo s ob re un h omb ro , con la cara h a ci a ab ajo y p legado co mo u na s áb an a arrollad a. Co n p a so v a cil an t e p o r la ca rga , d i rig ió sus p asos h as t a el b o sq u e cil lo , y d e all í a la cu ev a. Po r fin , d espu é s d e l o qu e p a recí a un vi aj e in te rmi - n able, lleg ó a la v era del fue g o . A ll í d e p o s itó d e l i c a d a m e n te aq uel h o mb re s ob re el su elo . « Ven erab l e — dijo al e r mi ta ño -- , en con tré a este h o mb re en u n soto cerca del lago . Ll evab a u n a c an g a a lr e d ed o r d el cu el lo y e s t á mu y g r a v e . L e q u i t é l a can g a y lo be t ra íd o a q u í . » Con u na ra ma , el jov en mo nj e reav ivó el fu ego de man e ra qu e se el evó u n e nja mb re d e ch ispas y el a ire se l lenó d e un ag radab le o lo r a mad e ra q u emad a. Det en i én dose sólo p ara a p a re j a r m á s l e ñ a , s e v o lv i ó de esp a lda s al viejo eremi ta. «¿Un a canga ?» , dijo és te. «Si gni fi c a q ue s e tr at a de un p resi- d ia rio ; p ero , ¿ q u é h ac e u n p r esidi a rio aqu í? No impo rta lo que h a y a h e c h o ; s i e s tá e n f e r mo , debemos hace r cu anto podamos p or él . T al v e z pu ede hab la r. . . » « Sí , V ene rab le », mu r mu ró a qu el h o mb re c o n u n a v o z d é bil. « He ido d e ma s iad o a ll á p a ra p oder s e r auxiliado fís ica me nte. Neces ito u n a uxilio espi ri tu al , p a ra mo rir en paz. ¿Pu edo hablaros ?» « Co n tod a ce rt ez a» , rep l icó e l v iejo e r m itañ o . « H ab la , q u e t e escu ch amo s.» E l en f e r mo h u m e d e c i ó s u s l a b i o s c o n a g u a q u e l e p ro p o rc io n ó el jo v en mon j e , ac la ró s u g a r g anta , y d i jo : « Fu i u n a fo rtu n ad o p lat e ro d e la ciu d ad d e Lh a sa. L o s n e g o c i o s m e m a r c h a b a n muy b i en; sie mp re, d e los c onv entos , me lleg ab an en carg os. Enton ces , ¡oh , bendic ión d e la s b e n d i c io n e s ! , ll e g a ro n me r c a -44
  37. 37. deres de la India, cargados de mercancías baratas, por el estilod e lo s b a za r es d el p a ís d e aq u éllo s . Ll a mab an a tod o aq u e llo"producción en masas". Cosa inferior, calidad falsificada. Géne-ros que yo no quería tocar de ningún modo. Mis negociosfueron cayendo. Mi mujer no pudo sufrir la adversidad y semarchó al lecho de otro hombre. Un comerciante adineradoq ue la h ab í a p re ten d ido ant es d e q ue ell a se cas ase co n mig o.Se t ra tab a de u n comerci an t e al cu al n o le af ect aba l a co mp e-tencia de aquellos indios. No tenía yo nadie que me ayudase yse p reocupase po r mí; ni tampo co n adie po r quien yo pudiesepreocuparme.»Se detuvo, el hombre, anonadado por aquellos sus amargosrecuerdos.El v iejo ermit año y el jov en mon j e pe rman ecí an en sil en c io,esperando que se re cobr ase. Po r fin, aque l ho mb r e c o n t i n u ó :«La competencia fue creciendo; llegó un hombre, éste de laChina, trayendo género aún más barato, a lomos de unos yaks.Mi negocio tuvo que cerrarse. No me quedaba nada, exceptomis pobres enseres, que nadie quería. Finalmente, llegó unco me rc ian te in dio , qu e m e o f re ció un p re ci o insu l tan te m e n tebajo por mi casa y todo cuanto había en ella. Yo me neguéy entonces él en tono de burla me dijo que pronto tendríatodo lo mío de balde. Yo entonces, hambriento y miserablecomo me sentía, perdí el dominio de mí mismo y le eché demi casa. Dio de cabeza y se rompió una sien contra una pie-dra que por casualidad allí se encontraba».Volvió a callarse aquel hombre, y los demás, a permanecer ensilencio hasta que no reanudase su historia. «La gente searremolinó a mi alrededor», siguió diciendo. «Unos me res-pondían, otros se ponían en mi favor. No tardé a ser lle-v a d o a p r e s e n c i a d e l m a g i s t r a d o y s e o y ó la e x p l i c a c i ó n d e lcaso. Unos hablaban en mi favor; otros, en contra. El magis-trado deliberó brevemente y, por fin, me sentenció a llevarla canga por un año. Trajeron el aparato y lo pusieron alre-dedor de mi cuello. Con él, no podía alimentarme, ni beber,antes bien dependía exclusivamente de la buena voluntad delos demás. No podía trabajar, sólo podía dedicarme a ir pi- 45
  38. 38. diendo limosna. No me podía tender; me veía obligado a permanecer de pie o sentado.» El hombre empalideció y pareció que iba a sufrir un desvane- cimiento. El joven monje, exclamó: «Venerable: encontré un caldero en el campamento de los mercaderes del otro día. Lo voy a traer y podremos hacer té». Poniéndose en pie, corrió hasta donde había hallado el caldero, y cerca de éste encontró un gancho que evidentemente le correspondía. Después de haberlo llenado de agua, habiéndolo antes limpiado con arena, se dirigió de nuevo a la cueva, llevando el caldero, el gancho, el clavo y la canga. Pronto estuvo de regreso en la cueva y, con toda alegría, metió la canga al fuego. Chispas y humo surgieron y en el centro de aquel instrumento de tortura una robusta llama surgió de pronto. El joven monje fue corriendo hacia el interior de la cueva y trajo los paquetes que le había dado recientemente aquel marchante. Un ladrillo de té. Una grande y sólida torta de manteca de yak, polvorienta, un punto enranciada; pero to- davía identificable como mantequilla. Cosa curiosa, un sa- quito de azúcar moreno En el exterior de la cueva, él deslizó cuidadosamente un palo bien liso a través del asa y colocó la tetera en el centro del brillante fuego. Entonces quitó suave- mente el palo y lo puso a un lado cuidadosamente. Luego hizo a trozos el ladrillo de té, echando los más pequeños a la tetera, cuya agua empezaba a estar bien caliente. Cortó luego una cuarta parte de la mantequilla, ayudándose con una piedra de bordes afilados. Luego introdujo esa mantequilla en la tetera que empezaba a hervir y pronto se formó en su superficie una capa grasosa. Después añadió un pequeño pu- ñado de bórax para dar buen gusto al té y, por fin, un gran puñado de azúcar moreno. Con una pequeña ramita acabada de pelar, el joven monje agitó el conjunto vigorosamente. Ahora, la superficie de la bebida estaba oscurecida por el va- por. Con el palo, cogiendo el asa, levantó el caldero del fuego. El viejo ermitaño había ido siguiendo todo el curso de la ebullición del té con el mayor interés. Por medio de los ruidos, había seguido cada una de las fases de la operación.46
  39. 39. Ahora, sin que se le advirtiese, levantaba su propio cuenco.El joven monje lo tomó y, apartando la espuma de impu-re zas , ra mit as y broza, l lenó el cu en co h ast a la mi tad y s e lodevolvió con todo cuidado. El presidiario murmuró que poseíaun cuenco entre sus harapos. Presentándolo, se le llenó deltodo, ya que go zando d e su vista no se le perdería ni una solagota. El joven monje llenó su propia taza y se sentó descan-sadamente a beberla, con aquel suspiro de satisfacción quesale de uno cuando ha trabajado intensamente para lograralgo. Por un tiempo reinó un silencio total, mientras cadacu al d e los presentes seguía el cu rso d e su s pens amientos . Detanto e n tan to , el jov en mon je se lev antaba a llen ar de nuevo lastazas de sus compañeros y su propia taza.Se oscureció el atardecer. Un viento frío hizo que las hojasd e los árboles susurrasen a manera de cantos de protes ta. Lasag uas d el lado se ag it aron y ll en aron d e a r ru g as y crep i tab an ysusurraban entre los guijarros de la orilla. El joven monjeacompañó solícitamente al viejo ermitaño hasta el interior,ahora oscuro, de la cueva; luego, volvió adonde se encontrabael enfermo. El joven monje lo trasladó al interior de lacaverna y labró una depresión para su cadera, al paso que lesirviese de cabecera. «He de hablarle — dijo el hombre —porque me queda muy poco tiempo de vida.» El monje salióunos momentos para proteger el fuego con un montón dear ena y p re serv arlo ado r meci d o po r l a no ch e. Po r la mañ a n a,las cenizas todavía se conservarían rojas y sería fácil reavivaruna llama vigorosa.Estando allí los tres hombres — uno acercándose a la edadviril, otro de media edad y el tercero, anciano — sentados oa c o s t a d o s e l u n o c e r c a d e l o t r o , e l p r i s i o n e r o v o l v i ó a ha c e ru so de la palabra. «Mis horas se están acabando», d ijo. «Sientoqu e mis antepas ados están a punto de acog erme y darme labienvenida. Durante un año entero, he sufrido y me he con-s u m i d o . H e e st a d o v a g a n d o e nt r e Lh as a y P hari, y end o y vol-viendo en busca de comida y auxilio. Afanándome. He en-contrado grandes lamas que me han rechazado y otros que hansido buenos conmigo. He visto personas humildes que me 47
  40. 40. ciab an d e co mer, y el los se q uedab an en ayu nas. Po r u n añ o, h e c o r r i d o d e u n l a d o a o t r o , c o mo e l ú l t i m o d e l o s v a g a b u n - dos. Me he peleado con los perros para quitarles sus men- drugos y luego he visto que no podía comérmelos.» Se detuvo entonces para tomar un trago de té frío, que tenía al lado, ahora con la mantequilla congelada. «¿Cómo pudiste llegar hasta nosotros?», preguntó el viejo eremita con su voz cascada. « Me ab alancé sobre el agua, al ot ro lado del lago , para beber y por culpa de la canga, con su balance, me caí en el agua. Un fuerte viento me llevó a través de las aguas, de manera que vi un día y una noche, más otro día y otra noche, y el día siguiente. Algunos pájaros se posaban sobre mi canga e intentaban picar mis ojos; pero yo gritaba y ellos se asustaban y huían. Sin parar, fui desplazándome hasta que perdí con- ciencia y no me enteré de cómo iba desplazándome. Por últi- mo, mis pies tocaron el suelo del lago y me pude sustentar. Sobre mi cabeza daba vueltas un buitre, de manera que me esforcé y me fui arrastrando hasta que llegué al soto donde e s t e j o v e n p a d r e me e n c o n t r ó . M e s i e n t o s o b r e f a t i g a d o , m i s fuerzas me abandonan y pronto debo ir a los Campos Ce- lestiales.» « Rep osa du ran te la n och e», d ijo el an ci ano ere mi ta . «Los Es - píritus de la Noche están velando. Tenemos que hacer nues- tros v iaj es p o r el as tral ant es de q ue se n os hag a t ard e.» Con la ayuda de su bastón, se puso en pie y se fue, renqueando, hacia el interior de la cueva. El joven monje dio un poco de tsampa al enfermo y luego se acostó p ensando en lo s sucesos de aquel día hasta que estuvo dormido. La luna ascendió hasta su mayor altura y, majestuosamente, siguió su curso por la otra parte del cielo. Los ruidos nocturnos cambiaban según avanzaban las horas. Diferentes insectos zumbaban y vibraban, en lontananza se escuchaba el asustado chillido de una ave nocturna. En la montaña se oían crujidos de las rocas, según se contraían bajo el frío de la noche. No lejos, como truenos espaciados, rodaban piedras y rocas por unas pendientes, dejando sembrados unos trazos sobre el suelo.48
  41. 41. Algún roedor nocturno llamaba angustiosamente a su pareja ycosas desconocidas se arrastraban y murmuraban en las are-nas susurrantes. Gradualmente, las estrellas palidecieron ylos primeros rayos anunciadores del día cruzaron el cielo.De súbito, como percutido por una corriente eléctrica, el jo-v e n m o n j e s e i n c o r p o r ó . Es t a b a d e s p i e r t o d e l t o d o , i n t e n t a n -do, en vano, atravesar la intensa oscuridad de la cueva.Aguantando su respiración, con toda atención, escuchaba a sualrededor. No podía tratarse de ladrones — pensó —. Todoel mu nd o s ab í a q ue el v iejo ere mi ta no po s eía n ad a . ¿ Est ab aac aso, el v iejo , en fermo ?, s e p reg un tó el jo ven . Al zánd os e yy endo con todo cu idado hacia el interior de la cu eva, pregun-taba: «Venerable padre, ¿os encontráis bien?»El viejo, se movía: «Sí, ¿acaso se trata de nuestro hués-ped?» El joven monje se aturulló. Había olvidado del todola presencia del preso. Volviendo apresuradamente hacia laboca de la cueva, percibió como una borrosa mancha gris.Sí , el fu ego, b i en pro teg id o , n o era de l todo mu erto. Cog ien d ouna rama el monje la hundió e n l a h o g u e r a y s o p l ó f u e r t e -mente. Apareció una llama y él amonto nó varias ramas sobreel fueg o naciente. De mo mento el palo estaba b ien encendidopor un cabo. Lo cogió y volvió a meterse en la cueva.La astilla ardiente proyectaba sombras fantásticas que dan-zaban locamente sobre las paredes. Cuando el joven monjeentró, una figura prisionera del resplandor de aquella antorchaapareció desde el fondo de la cueva. Era el viejo ermitaño.A los pies del joven monje, el forastero yacía acurrucado, conlas piernas encogidas sobre el pecho. La antorcha se reflejabaen sus ojos muy abiertos y daba la impresión de que pesta-ñeaban. Tenía la boca abierta y un hilillo de sangre seca lesalía de la comisura de los labios y formaba unos grumos ala altura de los oídos. De pron to se prod ujo un ronco estertory el cuerpo se contorsionó espasmódicamente y formó unar co tenso y s e relajó s egu id ame n t e , c o n u n s u s p i r o fin al . E lcuerpo crujió y se percibió un rumor de fluidos. Los miem-bros, por fin, se distendieron y las facciones se aflojaron.El viejo ermitaño y el joven monje rezaron las Plegarias para 49
  42. 42. la P az de lo s Esp í ri tus Qu e Se V an , y se esfo rzaron p ar a dar in st ruc cio n es t elep át icas p a ra ayud ar el pas o d el al ma del d i- funto a los Camp os Celestiales. Los pájaros empezaron a cantar al naciente día; pero, en aquel suelo, estaba la muerte. «Tienes ahora que llevarte el cuerpo», dijo el viejo ermita- ño. «Tienes que desmembrarlo y sacarle las entrañas para que los buitres puedan darle una sepultura adecuada en los aires.» «No tengo cuchillo alguno», replicó el joven monje. «Tengo un cuchillo», le contestó el ermitaño. «Lo guardo para que mí propia muerte sea conducida como es debido. Ahí l o t i e n e s . H a z t u d e b e r , y l u e g o m e l o d e v u e l v e s . » De no muy buena gana, el joven monje levantó el cadáver y se lo l l e v ó f u e r a d e l a c u e v a . C e r c a d e l p r e c i p i c i o d e l a s r o cas hab ía una p ied ra plan a. Con mucho s esfuerzos levantó el cuerpo hasta depositarlo sobre la piedra y lo despojó de los viejos y sucios harapos. En lo alto, sobre su cabeza se oía un pes ant e al et eo ; h abí an ap arecido lo s p ri m eros b uit res, lla - mados por el olor del muerto. Con un estremecimiento, el jov en plan tó la punta del cuchillo en el delgado abdo men d el d i fu n t o y l o v o lv ió a s a c a r . P or la he rid a ab ierta , los in tes ti - nos comenzaron a salir. Rápidamente agarró aquellas flacas entrañ as y las tiró hacia afuera. Sob re la ro ca, esparció el co- razón, el hígado, los riñones y el estómago. A golpes y tirones, c o r t ó d el t r o n c o a m b o s b ra zo s y p ierna s. Lu eg o, con el cue r p o desnudo cubierto de sangre, se fue corriendo de la tre- menda escena y se precipitó en las aguas del lago. Dentro del agua , se r as có y li mp ió co n p u ñado s d e f in a ar en a . C on to d o cuidad o, limpió el cu chillo del viejo ermitaño y lo fro tó b ien frotado, con arena. Temblaba del frío y de la impresión recibida. El viento, gla- cial, soplaba sobre la piel desnuda del joven monje. El agua parecía caerle encima como si los dedos de la muerte trazasen líneas sobre su cuerpo. Vivamente saltó fuera del agua y se est re m eció co mo un p e rro . Corri end o, lo g ró co mu n ic a r algún calor a su cuerpo. Al lado de la boca de la cueva, recogió y se vistió sus ropas, apartando todo aquello que pudiera ha- berse impurificado por su contacto con el cadáver. Mas,50

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