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Ocampo silvio-bioy-casares-adolfo-los-que-aman-odian

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Ocampo silvio-bioy-casares-adolfo-los-que-aman-odian

  1. 1. Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares Los que amOn, odian emecé editores ·- -- ----·- -
  2. 2. © Emecé Editores, S. A., Argentina, 1946 Primera edic~Ón en·esta col~cció'n: febrero de 2002 Emecé Editores, España, 2002 Proven~. 26o, o8oo8 Barcelona (España) Depósito Legal: B. 3-s8s-2oo2 ISBN 84-95908-oS-s Composición: Foto Informática, S. A. Impresión: A&M Grafic, S. L. Encuadernación: Lorac Pon, S. L. Printed in Spain -Impreso en España © Reimpresión de Editorial Planeta, S. A., 2oo2 Córsega, 273-279, o8oo8 Barcelona (España) Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados. • 1 j Se disuelven eri mi boca, insípidamente, reconfortan'" temente, los últimos.glóbulos de-arsénico.(ar.senicum album). Amiizquierda, enla.mesa de trabajo, tengo un ejemplar:. en hermoso Bodoni, del Satyricón, de Cayo' Petronio. A mi derecha, la fragante bandeja del té, con sus delica-das porcelanas y sus frascos·nutritivos.Diría- se que las·páginas del libro están.gastadas por lecturas innumerables~ el té ·es de China; las. tostadas son que- bradizasy.tenues;h miel es de abejas·que han libado flo-, res de acacias, de favoritas y de-lilas. Así, en este limita- do paraíso, empezaré·aescribirJa·historia del asesinato de Bosque del Mar. Desde mi punto de vista, el primer capítulo trans- curre en urr salón comedor, en el tren nocturno a Sali- nas. Compartíanmimesa.uhmatrimo'nio amigo -dile- tantes en liter.atuta y •afortunados.en ganadería- y una innominada señorita. Estimulado ·por el•consom- mé, les detallé. mis propósitos: en busca de una de- leitable y fecunda soledad -es decir, en·busca de rní. mismo- yo me dirigía a ese nuevo balneario que ha- bíamos descubierto los más refinados entusiastas de lavida juntoala naturaleza: Bosque del Mar. Desde haáa tiemp_o acariciaba yo ese proyecto, pero las exigencias del-consultorio -pertenezco·, debo confesarlo, ala co- fradía de Hipócrátes-· postergaban mis vacaciones. El
  3. 3. 6 Introducción matrimonio asimiló con interés mi franca declaración:. aunque yo era un médico respetable -sigo invaria- blemente los pasos de Hahnemann- escribía con va- riada fortuna argumentos para el cinematógrafo. Aho- ra la Gaucho Film Inc., me encarga la adaptación, a la época actual y a la escena argentina, del tumultuoso libro de Petronio. Una reclusión en la playa era impres- cindible. Nos retiramos anuestros compartimientos. Un rato después, .envuelto enlas espesas frazadas ferrov.iarias, todavía entonabami espíritula grata,sensación.de haber sido comprendido. Una·súbita inquietudéatemperó esa dicha: ¿no había obrado temerariamente? ¿No había puesto yo mismo en manos de esa,pareja,inexperta los elementos necesarios para que me arrebataran mis:ideas? Comprendí que era inútil cavilar. Mi espíritu, siempre dócil, buscó·un asilo en la anticipadacom:emplación de los árboles junto al océano.Vano esfuerzo. Todavía esta- ba en la víspera de esos pinares... Como Betteredge.con Robinson Crusoe, recurrí a mi Petronio. Con renovada admiración leí el párrafo Creo que nuestros muchachos son tan ~tontos porque· en las escuelas no les hablan dehechos reales, sino depira- tas emboscados, con cadenas, en la ribera; de tiranospre- parando edictos que condenan a los hijos a decapitar a sus propios padres, de oráculos,. consultados en tiempos de.epidemias, que ordenan la inmolación de tres.o más vírgenes... El consejo es, todavía hoy, oportuno. ¿Cuándo renun- ciaremos· a la novela policial, a la novela fantástica y a todo ese fecundo, variadory ambicioso campo de la lite:.. ratura que.se alimenta de irrealidades? ¿Cuándo volve" -·' Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 7 remos nuestros pasos a la picaresca saludable y al ame- no cuadro de costumbres? Ya el aire de mar penetrabaporlaventanilla. La cerré. Me dormí.
  4. 4. 11 '" '. Cumpliendo estiictamente mis órdenes, elcamarero me despertó a las seis.de la mañana."Ejecuté unas breves~ abluciones con el resto de la media Villavicencio que había pedido antes de acostarme,tomé"diez glóbulos de arsénico, me vestí y pasé·atcomedor. Mi.desayuno con- sistió enuna fuente de frutas y dos tazas de café conleche (no hay que olvidarlo: en los trenes elté es"de Céylán). Lamenté no poder"explicarala pareja que IJle.había acom- pañado durante la cena de la víspera.algunos detalles de·laJey de•propiedad intelectual; -iban mucho:más allá de Salinas (hoy Coronel Faustino Tambussi), ysin.duda intoxicados por los productos de la farmacopea alopá"" tica, dedicaban·alsueño.esas horas liminares de la maña- na.que son, por nuestraincuria, la propiedad exclusiva delhombre de campo. . ·condiecinueve minutos de atraso-alas sietey dos-·"' el tren llegó a Salinas. Nadie me ayudó a bajar las male- tas. El jefe de la estación -por lo que pude apreciar la única persona·despierta en el pueblo- estaba dema- siado interesado enun canje de pueriles aros de mimbre cop el maquinista para. socorrer a un viajero ~olitario, apremiado por el.tiempo y los·equipajes·. Ácabó por fin el hombre sus tratos·con el maquinista y se encaminó hacia donde yo estaba. No soy rencoroso, y ya se abría miboca enuna sonrisa éordialy lamano buscaba el som-
  5. 5. 10 Los que omon, odian brero, cuando el jefe se encaró, como un demente, co~ la puerta del furgón. La abrió, se precipitó adentro, y vi caer, amontonadas en el andén, cinco estrepitosas jau- las de aves. Me ahogó la indignación. Para salvarlas de tantaviolencia, debuenaganame hubiera ofrecido acar- gar con las gallinas. Me consolé pensando que manos más piadosas habían lidiado con mis maletas. Velozmente me dirigí al patio trasero, para averiguar si el automóvil del hotel había llegado. No había llega- do. Sin dilaciones decidí interrogaral'jefe. Después de buscarlo un rato, lo encontré sentado~enla sala de1es-.. pera. -" ¿Busca algo? -me preguntó. No disimulé i:niimpaciencia. -,Lo busco a usted. ,· -AquLme.tie'ne, entonces. '-'- --Estoy esperando el automóvil del' Hotel Central,. de Bosque del Mar. ~ • .J -Si nole:molestala compañfa,1e aconsejo que tome asiento. Aquí,.siquiera, córre aire ~onsultó,su reloj-'-'-'-. Son las~siete y catorce, y mire que hace·calor.Le·soyver-:. dadero: estova a acabar en.una.tormenta. Sacó del bolsillo un pequeño cortaplumas de nácar y empezó a limpiarse las uñas. Le-pregunté si .tarda- ría mucho en llegar e}automóvil del hotebMe.respbn- dió: -Mis pronósticos no cubren.ese punto. Siguió absorto en-su tarea con el cortaplumas. -¿Dónde está.la oficinadexorreos? --interrogué. -Vaya hasta la bomba de agua, más allá_de los vago" nes que.están enl(,l.vía muerta. Deje asu derecha el árbol, doble en ángulo.recto, crucé frente a la casa de.Zudeida y no se detenga hasta llegar a la panadería. La casilla de chapas es el correo.-En el airemi informante seguía .. J. Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 11 con las manos el minucioso trayecto. Después agregó-: Si encuentra despierto al jefe, le doy un premio. Le indiqué dónde quedaban mis equipajes, le rogué que no dejara partir sin mí al automóvil delhotel y avan- cé por ese dédalo abierto, bajo un sol absoluto.
  6. 6. i"'"" 111 Aliviado podas instrucciones precisas que habíaimpar- tido -toda correspondencia a mi nombre debía remi- tirse afhotel-, ePlprendí efregreso. Me detuve junto a labombay, después de enérgicosesfuerzo·s, logré enga- ña¡; la sed y mojarme la cabeza con dos o tres chorros de agua tibia. Con paso vacilante llegué a la estación. En el patio había un viejo·Rickenbacket cargado con las jaulas de-las galli'nas. ¿Hasta cuándo tendría yo que ésperar en ese infierno el automóvil.del hotel? En la sala de espera encontré al jefe conversando ton~ufi.hombre abrigado con una gruesa campera. Éste me preguntó: -¿El doctor Humberto Huberman? Asentí. El.jefe me.dijo: -Ya cargamos su equipaje: _ Es increíble la felicidad que estas palabras me pro- dujeron. Sin mayor dificultadlogré intercalarme entre las játilas. Iniciamos el viajehada Bosque del Mar. El camino, dürante las primeras cinco leguas, con.:. sistióen una sucesión de pantanos; el progreso.del meri- torio RickenbackerJue lento y azaroso. Yo buscaba el mar, como-un griego del Anabasis:ninguna pureza en el aire parecíaanunciarlo.Entorno aunbebedero,unamaja- da inmóvil creíaguarecerse enlas endebles rayas de som- ~ bra que proyectaba un molino. Mis compañeros de via-
  7. 7. 14 los que aman, odian jese agitaban en sus jaulas. Cuando elautomóvil se dete- nía en las tranqueras, diríase que un polvillo de plumas, como un polen de flores, se propagaba en el ambiente, y una efí~era sensación olfativa traía a mi memoria un feliz episodio de la infancia, con mis padres, en los galli- neros de mi tío, en Burzaco. ¿Confesaré que durante algu- nos minutos logré refugiarme, enmedio de los sacudones y del calor, en la prístina visión de un huevo pasado por agua, en una taza de porcelana blanca? Llegamos, porfiñ, a una cadena-de médanos.Divisé a la distancia uha franja cristalina. ~aludé al·mar:- Tha- lassa!... Thalassa!... Se trataba de un espejism~. Cuaren- ta minu~os después divisé -una mancha violeta. Grité para mis·adentros:.EpioinopapontQn! Me dirÍgí al cha_uj feur. ' . r -Esta vez no me équivoco, Ahí está·el mar. · -·Es flor morada·~ontéstó el hombre. Al rato sentí·que los1baches habían·~esaqo. El chauf- feur me dijo:. - , -.Tenemos que andadigero. La marea sube dentro de unas horas. · - .. Miré a mi alrededor~ Avanzábamos Jentam~nte por unos tablones, en medio de una.extensiónele arena. Entre los médanos de la derecha aparecía, lejano, el mar: Pre- gunté¡ . ~ -_._Entonces, ¿por qué~anda tan despacio? · · -- ' -Si una rueda se._desvía-de los tablone~, no.slent~- rramos en la arena. • No quise pensar enJo que pasaría si nos .~n~o~trá­ .bamos con otro automóvil. Estaba demasiado cansado -para preocuparme. Ni siquiera a_dvertí la frescura marí- tima. Logré-articular la pregunta: -¿Falta mucho? -··No -contestó-. Ocho legu~s. IV Me desperté enlap.enumbra. No sabía·dónde estabani siquiera qu_é horé era. Hice un esfuerzo, co~o.quien tra- tade orientarse. Recordé: estabaen micuarto;·en el Hotél Central. Enton.ces oí él roar. · . ~ Encendí la luz. Vi en mi cronógrafo"'-que yacía jun- to alos volúmep~s ele Chiróh, deXent, de Jahr, de Allen y de Hering, sobre la mesita de pino:...!.-! que eran las cin- co de la tarde. Pesadamente empecé a vestirme:¡Qué des_canso verme libre de la-rigurosa indumentaria que nos importen los convencionalismos de la vida urbana! Como un evadido.ae la ropa,.me enfundé en mi camisa escocesa, en.mi pantalón de franela, en mi saco de brin: crudo,-en el plegadizo panan;tá, en los viejos zapatones amarillos y en el bastón con empuñadura en cabeza de perro. Agaché l1 cabe~a, con no disiriui~adá. satisfac.., ción examiné en el espejo mi abultadafrente de pensa- dor, y c;>tra vez convine con tanto observador impar- cial: la similitud entre mis facciones y las de Goetbe es auténtica. Por lo demás·, no soy un hombre··a:lto; para decirlo con·uq vocablo sugestivo, soy menudo -mis humores, mis reacciones y mis pensamientos no se ex- tenúan ni·se embotan a lo largo de una dilatada geogra" fía-. Me precio de tener una cabellera agradable a la vista y al tacto, de poseer unas.manos pequeñas y her- mosas de ser breve.en las muñecas, enlos tobillos, en- ' ' . - .~~- - ~ ~
  8. 8. '' 1 r 1 1.6 Los que aman, odian la cintura. Mis pies, «frívolos viajeros», ni cuando duer- mo descansan. L_a piel es blancay rosada; el apetito, per- fecto. Me apresuré. Quería aprovechar el primer día de playa. Como esos recuerdos de-viaje que se borran de la memori¡¡ y que luego encont;;ramos en el álbum de foto- grafías, en el momento de aflojarlas correas de mi male- ta vi -¿por primera vez?-las escenas de mi llegada al hotel. E},edifido, blanco y moderno, me pareció pinto- rescamente enclavado en la arena: como un buque en ·~1 mar, "o un oasis en el desierto. La falta de árboles esta- ba compensada por unas manchas verdes capricho- $!1JP.ente distribuidaª ---=dientes de león, que parecían avanzar como un.reptil múltiple·, y·rumorosas'estacas de tamarisco-. Hacia el fondo del paisaje l}abía dos Q tres casasy algun~ choza. ~ Ya]l_oestaba cansado. Sentí como un éxtasis de júbi- lo.Yo, eldoctot Humberto Huberman, había descubierto el paratso del hombre de letras. En dos meses de traba- jo en-esta soledad terminarla mi adapta~ión de Petronio. Yentonces... Un nuevo corazón, un hombre nuevo. Ha- qpa,·por fin, sonado la hora de buscar otros autores, de renovar el espíritu. Furtivamente avancé por oscuros pasadizos. Quería evitarun posible diálogo con los dueños del hotel-leja- nos parientes míos-que hubiera demorado mi encuen- trocon el mar. La $Uerte, favorable, me permitió salir sin servisto e jniciarmi paseo porlaarena. Éste fue.unadura peregrinación. La vida en la ciudad nos debilita y.nos enervade tal modoque, en elshockdel primermomen- to,-los sencillos placere$ del campo nos abru:tnan como torturas. La naturaleza no tardó en persuadirme de lo inadecuada que era mi indumentaria. Con una mano yo Silvina Ocampo· .A:dolfo Bioy Casares •17 me ·hu.ndía·el sqmbíéro en la cabeza para que no .me lo arrebatara el viento, y con la otra hundía en la arena el bastón, buscandO.inútilmente él apoyo de unos tablo- nes que aflorabande trecho entrecho, jalonando el cami- no. Los z~patortes, rellenos de arena, eran otras· tantas rémoras en mi marcha. Fi_nalmertte entré ert una zona de arena más· firme. A uno·s ochenta metros,.hada la derecha, un velero gris yacía vqlcado en la playa; vi que·una escalera.de cuer- das pendía de la cubierta y me dije que en uno dé•mis próximos paseosJa escalaría y visitaría el barcn. Ya cei.: ca del mar, junto a un grupo de· tamariscos, tremolaban dos sombrillas anaranjadas. Contra'un.fondo de res"'" plandores inverosímiles, hecho de mar·y cielo. surgie- ron, nítidas como a través de un lente, las figura·s:de dos muchachas en traje.de baño y de un hombre de-azul con gorra de capitán y pantalones remangados·. No había otro sitio_donde resggardarse del viento, Decidíatercarme, pordetrás deJassombrillas,·alos tama- riscos. Me saqué los zapatones, las medias yme arrojé en-la arena. 'La sen~adón de placer fue perfecta. Casi:perfec., ta: lamoderabalaprevisión·inevitabledel regreso al hotel. Paraevitar cualquier intromisión de losvecinos.-ade- más·de los mencionados había un hombre oculto pot una sombrilla..,...,. apelé a mi Petronio.yfingí engolfarme en la lectura. Pero mi única lectura en· esos momentos de-irremisible abandono fue, como la de los augures, el blanco vuelo de unas gaviotas contra el cielo plomizo. Lo que yo no había previsto cuando me acerqué a las sombrillas era que sus ocupantes hablaran. Hablaban sin ninguna consideración hacialabelleza de la tarde ni hacia el fatigado vecino que procuraba envano abstraer- se enla lectura. LasvocE;s, que hasta entontes se tonfun-
  9. 9. --~--~~-------------~.........................18 Los· qul! aman, odian dían con el coro.del mar y el grito de las gaviotas, se pre- cisaron con,desagradable_energía. Me pareció.reconocer por lo menos-a una de las voces femeninas. Movido por una naturalcuriosidad,.me volví hacia el grupo_. N o vi~e:r:t seguida a la muchacha cuya voz creí reconocer; la tapaba una sombrilla. Su·c_ompañera esta·- ba.dé pie; era al~a, rubia, ¿me atreveré a· decirlo?, muy hermosa, con una piel de impresionante blancura, con manchas rosadas («color de salmónxrudo», según dic- taminaría.después el doctor Manning). Su cuerpo era demasiado atlétiCo para mi gusto y·en ella se advertía, tomo una tácita_presencia, una animalidad que atrae_ a ciertos hombres sobre cuyas_aficiones prefiero no opinar. Después d,e escuchar unos minutos·la conversación~ reuní los siguientes datos: la muchacha rubia, una peli:- grosa melómana,~se1lamaba Emilia. La otra, Mary, tra- ducía o corregía.novelas policiale~ para una.editorial de prestigio. Las. acomp~ñabandos hombres. Uno·de. ellos -el de gorra azul- era un do.ctbr Cornejo; me impre- sionó por sus rasgos bondadosos·y por su íntimo co- nocimiento del mar. y de la meteorología. Tendría unos cincuenta años; su·cabello gris y sus _ojos pensadores le conferían una expresión romántica, 1;10 desprovi_sta de vigor. El otro eraun hombre másjoven,.amulatado. A des- pecho de cierta:vulgaridad en el-hablary de una aparien- ciaque recorqabaloscartelones del «tangoenParís»=-pelo negro, l<~do, ojos vivos, nariz.aguileña·- fue pareció que ejercía sobre sus c_ompañeros_-náda brillantes, por lo demás-· alguna superioridad intelectual. Descubrí qué se llamaba Enrique Atuel y.que era el novio de.Emilia. -·Mary, ya es tarde para que se bañe -dijo Atuel; con una voz cadehc_iosa-. Además, el mar está bravoy usted no descuella en.la resistencia. Alegremente resonó la v_oz que me era.familiar:; Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 19 -¡Yo $OY lJna niña qt!e "ª a e:nttar en el·ftgua_! -Sosuna malcriada-r~plicó Emilia, afectuosamen"" te-. ¿Querés $Uicidarte o querés rnatar:uos de mied.o? El novio de-Emilia insis_tió: -Co~ esa corriente no se bañe, MªJ'Y· Serfu.Yn dis- parate. Cornejo consultó su reloj[dej::mlsera. --La.marea ~stá.subiendo -sentenci~. No haynin"' gúnpeligro. Si promete no aleHírse;tiene ~i_c;:QQsenti­ miento. Atuel se-dirigió a la muchacha: -Si_no puede volver, de poco le·valdrásu consenti- miento. Hágame caso y no se pañe.. · -¡Al agu~a.t -gritó Mary, joyi~lment~' Saltaba, se ajustaba la gorra de báño·y repetia: -¡Soy una pjp_~ c;oJ;l ~las! ¡Soy una niña con alas! --·Entonces estoy de más -dijo Atuel-: Me retiro, -No seas ne~i9 -le dijo EmUia. Atuel se alejaba sin escucharla. Pero antes de irse des-' cubrió mi presencia y lile miró c;:o:o. severidªcl.... Pm: mi parte, confieso que la grácil figura:de Mary reclamaba.mi atención. En verdad,era urta niña con ªlas_, Al encuep- tro de ~.ada ola agitaba los-brazos en.alto como jugando con el cielo. , «¿M~ry? ¿La señorita María Gutiérrez?», me pregunté. Es tan difícil reconocer á las personas entraje de baño... ¿La muchacha que me visitó este año en el con~ultorio y a quien le recomendé. vacaciones en Bosque del Mar? Sí, estaba seguro. La muchacha delicadamente pe:rdid!l en el ¡¡.p:rigo de pie,les. Ahí e_staban los ojos t:enegridos, ora pícaros, ora soñadores. Ahí estaba el accrochecoeur sobre la frente. Recordé qQe yo· ~e b9.bía cUcho, honda- doso: «Somos almas hermanas». Era, como yo, un caso de arsénico. Ahí estaba, saltando juntoal mar, la eíifer-
  10. 10. ~~r 1 - ; ¡1 1 'rl 1 1 1 1 20 Los que aman, odian ma que este inVierno yada inerte en los cómodos sillo'- nes de mi consultorio. ¡Otra-cura maravillos·a del doc- tor Huberrrian! Unas inquietas exclamaciones me despertaron de este·ensueño. En efectO,Ia eximianadadora sehabía ale- jado con prodigiosa facilidad. -Se ha alejado nadando en gfáfi-estilo -protestaba, tranquilizador,Cornejü----'". No corre peligro. Volverá. -Se alejó porque lallevó la comente-declaró Emilia. Unos gritos me hicieron mirar hacia otro lado. -¡No puede volver! - EraAtuel, que llegaba:gesticulando. Se encaró con el doctor Cornejo y le arrostró: > -¿Consiguió lo que quería? No-puede volver. Juzgué que había llegado la hora de intervenir. Se pre- sentaba, en efecto, una ocasión favorable para practicar las enseñanzas.de crawlstroke ysaltfatnéñtó -tan sus- ceptibles de olvido-que elprofesor Chimmara de Obras Sanitarias me había inculcado. .-Señores-dijeresueltamente-, si alguien me-pres- ta un traje de baño la rescataré.- --Es un honor quetné reservo -declaró Cornejo-. ·Pero tal vez p·odriamos inditarlé a esta niña queavance en sesgo, en dirección noreste-suroeste... Atuello interrumpió: -¡Qué sesgo ni qué pavadas! La muchacha se-está ahogando. Un movimiento instintivo, o el deSeó deno presen- ciarüña disputa, medesvióla mirada en direcciónalbar- co. Vi a un niño·que bajaba por la escalera de cuerdas, que corría hacia rtoSotío$. Atuel se desvestía. Cornejo y yo nos disputábamos un pantalón de baño. Elniño gritaba: Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 21 -¡Emilia! ¡Emilia! Ante nuestros ojos atónitos, Emilia corría porla pla- ya, nadaba hacia Mary, regresaba con Mary. Rodeamos, jubilosos, a las nadadoras. Ligeramente pálida, Mary me pareció más bella aún. Dijo con forza- da naturalidad: -Son unos alarmistas. Es lo que son: unos alar- mistas. El doctor Cornejo intentó persuadida: -Usted debió evitar que el agua levantada por el viento le golpeara enh cara. El niño seguía llorando. Mary, para consolarlo, lo estrechó entre sus hermosos brazos mojados. Le decía tiernamente: -¿(:reíste que me ahogaba, Miguel? Yo soy la niña del mar y tengo un secreto con las olas. Mary demostraba, como siempre, su gracia exquisi- ta, pero demostraba tambiénesaoscuravanidadyesafatal ingratitud de los nadadores, que nunca reconocen haber estado en peligro y que re:t}iegan de quienes los salvan. Entre los personajes de ese episodio hubo uno que me impresionó vivª-.m~nte. Fue el.niño, unhijo de una hermana de Andrea, la dueña del hoteL Parecía tener once o doce años. Su expresión era tan noble; las líneas de surostro eranregular_es y definidas; sinembargo, había en él u,pa IJl~zcla de madurez y de inocencia que me disgustó; -¡El dQctor Huberman! -exclamó, sorprendida, Mary. Me había reconocido. Conversando amistosamente.emprendimos nuestro regreso. Miré hacia el hotel. Era un pequeño cubo blan- co, contra uncielo de nubes grises, desgarradas y retor- cida~. Recor.<J~ una estampa del catecismo de mi.niñez, titulada «La ira divina».
  11. 11. V ¡Con.qué admirable docilidad-reacciona un organismo no violado potla medicina alopática! Unsimple vas9 de cacao frío disipó nii cansancio. Me'sentí reconforta- do, dispuesto a hacer frente a todas.las vicisitudes que pusit~taen:mi caminolavida.Tuve urrmomento de vaci- lación. ¿No convendñatomarde aliadaalarutinay émpe" zar, ahí'mismo, m.is.tareas literarias?·¿O podíaconsagrar íntegramente esa primera tarde de vacaciones~al ocio reparador? Mis manos·respetuosas acariciaronunos ins.. tantes el •ibro de.Petrohio; lo miré con nostalgia.y lo deposité en la fuesa de.luz. - - 1 Antes de salir quise1abrir.la ventana para que.entrara araudales, en mi cuarto, elaire·dela·tarde. Empuñéresuel- tamente el picaporte, lo hice,girary di el tirón necesa- rio... Me fuj contra la ventana. Abrirla era imposible, Este gracioso incidente evocó_enmi memorialas con- sabidas excentricidades de mi·tía Carlota. Ella.también tenía una propiedad al borde del mar, en Necochea, y temía tanto el efecto del aire marirlo~sobre los.metales, que había hecho construir la casa conventana·s falsas y-, cuando no había huéspedes, todo lo envolvía en.espi- rales de·papel, desdelamanija delfonógrafo hastala.cade.. na del water closet. Por lovisto se trataba de una maJ:lÍa deJamilia, que se había extendido hasta-las ramas más lejanas y desacreditadas, Pero yo estaba resuelto a--que
  12. 12. ,r¡¡ 1' 1 24 Los que aman, odian abrieran la ventana -con útiles de carpintería, si era indispensable- y a que se renovara ese aire viciado. Ya sentía un principio de cefalalgia. Tenía que hablar con los dueños del hotel. Avancé a tientas por la oscuridad de los corredores, donde el aire era tan denso como en mi habitación, y llegué auna esca- lera de cemento gris. Dudé entre bajar o subir. Seguí mi primer impulso: bajé. El aire se hizo aún más irres- pirable. Me encontré enun sótanoasombroso: había una especie dehall, con un mostrador y un.fichero para.lla- ves; había, .másallá de una puerta: vidriera, una sala en la que se acumulaban comestibles, botellas de vino. y enseres ·de limpieza; en una delas paredes, un enorme fresco representaba una escena misteriosamente paté.... tica: en una habitación decorada con palmas, frente aun ancho ventanal, abierto de par en par, por-donde el sol derramaba torrentes de esplendor, un niño,.que p~recía un pequeño paje, se inclinaba levemente sóbre un lecho donde yacía una niña muerta. Me pregunté quién sería el pintor anónimo: en el rostro.de la niña resplandecía una belleza•angelicalry en el del niño, convocados por facultades ·que parecían ajen~s al arte. plástica,.había mucha inteligenciay mucho dolor..Pero tal vez me equi- vaque; no soy un crítico.de pintura (aunque todo lo cultural, cuando no sofocalavida, es de miincumbencia). Quise abrir la puertavidriera; estaba cerrada con lla- ve... En ese momento oí unos gritos. :M,e pareciÓ. que venían.del otro piso. Movido poruna incontrolable curio- sidad, subí corriendo. Me detuve; anhelante,.en el des- canso de la escalera; volví aoíilosgritos,.hacia la izquier., da:,haciael fondo del corredor. Me deslicécautelm¡amente. Algo amorfo y veloz salió a mi encuentro y me rozó un brazo. Temblando (tenía laimpresión de habersido em- bestido.por un gato fantasmagórico), seguí·con los ojos Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 25 la sombra que se alejaba; la incierta luz del vano de la escalerame reservabauna revelación: ¡elpequeño curio- so era Miguel, el niño que había conocido a la tarde en la playa! En la primera oportunidad lo reprendería. Me encaminé hacia mi habitación -en el extremo opues- to del corredor-, pero ya eraimposible no oírlasvoces. Involuntariamente me esforcé enreconocerlas. Eranlas voces de la playa. ¡Emilia y Mary se insultaban con una violencia que me anonadó! Oí apenas. Me alejé con un profundo desagrado en el alma. Volví ami cuarto (todavía cerr~do), abrí mibotiquín, resplandeciente de etiquetas blancas y.de tubos pardos y de tubos verdes, puse en uná pulcra hoja de papel los diez glóbulos de arsénico y los dejé caer sobre la len- gua. Falt:aba, exactamente, un cuarto dehora parala cena.
  13. 13. VI Mi apetito era plenamente satisfactorio. <;::inco minutos antes de la cena juzgué'Oportuno acetcarme'a la zona del comedor, para que eltoque delgong no- me.tomara des- prevenido. Atareados en.la distribución de ,las·servilletas y de las·qnástas·delos panes, encontréamisparientes,los dueños. Decidíencararsinmástrámite elasunto delaven:- tana. Yo no pagaba en el hotel-mis parientes me de- bían, desde tiempos inmemoriales, una sumade·dirtero-, pero no ~staba.dispuestó aser tratado comoquien recib~ favores. Mi pri:rp.o, un hombre prematuramente canoso, nada !?anguíneo, de gr~ndes ojos absortos,yde expresión cansada, oíaconecuanimidad, casicorrdulzura, mis órde,... nes de desclavar.en el acto la ventana. Un solícito silen- cio fue su·única reacción. Andrea;su mujer, lo interpeló: -Yate decía, Esteban; aquí nos sepultamos·enla are., na. Para donde uno vaya hay arena, una cosa infinita. Un súbito entusiasmo se apoderó de Esteban. -No·es cierto, Andrea. Al sur estánlos cangrejos. El 23 de octubre del año pasado, no, fue el24, el caballo del farmacéutico se metió en el pajonal; ante nuestros propios ojos desapareció en el barro. -.A mí me.gustaba ese lote en Claromecó -prosi- guió Andrea, con sórdido resentimiento-. Pero Este- ban no.quería ni que le hablara. Y aquí nos tienés, con deudas, en este hoteLque sólo.da·gastos.
  14. 14. 28 Los que aman, odian Andrea era joven, sana, de ojos movedizos y faccio.,. nes regulares, pero no agraciada. Tenía un intermina- ble resentimiento que se manifestaba en una laboriosa y agresiva amabilidad. Esteban dijo: -Cuando nosotros llegamos no había nada; una casi- lla de chapas, el mar y la arena. Ahora está nuestro ho- tel, el Hotel Nuevo Ostende, la farmacia. Las estacas de tamarisco han prendido por fin. Reconozco que esta temporada.es pobre, pero el año pasadotodos los cuar- tos estaban·ocupados. El lugarprogresa. -- . -:Talvez no me he expresado claramente-dije con Iroma-. Lo que yo quiero es q"ue_·abran mi ventana. --Imposible·-·respondió Andrea conirritante tran,. quilidad--. Pregúntale a Esteban. ¿CuáLes el progreso? Hace dos años_ teníamos la recepción.en la planta baja;· ahora tenemos allí el sótano.La arena sube todo el tiem- po.Si abriéramos tuventana senos:inundaría la casa de arena. - • El asunto de la ventana estaba perdi<;lo. Soy--porlo menos e:Q apariencia-- un buen perdedor. Para cam-, biar de conversación rogué a.mis primos que me canta"". ran lo que supiesen de ese velero encallado en la arena que yo había visto en mi paseo de la tarde. Estebanres~ pondió:' -Es el]oséph K. Lo trajo la.marea.una noche. Cuan- do nosotros nos establecimos había otro barco en la cos- ta, pero sobrevino una tormenta-ydeJa noche.ala maña- na el mar se lo llevó. · . -Mi sobrino -afirmó Andrea-· se pasa las horas Jugando enese·barco. Para mí es un misterio que no se aburra. ¿Qué hará allí, solo, todo el día? -Para mí no es·un misterio~-respondió Esteban-. Ese barco me da gan~s de ser chico. Silvina: Ocampo Ado,lfo Bioy Casares 29 El gong interrumpió nue§tra t<;m:veJ§ª-~WD.... L? gol- peaba afanosamente unaanciana obes~,~que sonreia con puerilidad. Me dijeron que erala g~c~lografª. . 'La gente no tardó en ll~gar. Nos sentamos arnnco-· nadas en el extremo de una mesa excesiv¡lfuente largª'' Me presentaron a la única persona que todavía yo no conocía: el doctor Manning. Era pequeño, rosado, arru- gado, in~omunicado. Estabavestido de pescadory_:enía permanentemente una pipa en la boca, que lQ cubna de ceniza. Una_silla estaba vacía: faltab;:t Emilia. Andrea, ayudada porunacriada:, servíalamesa. Este- ban comía desganadamente. Habíamos tomado la sopa de arvejas cuando se.levantó con extrerri:~a sua~ida~, fue hacia·la radio, se puso·los-lentes, movio los diales Y nos ensordeció con un progra,ma de boleros. y~:c~nalguna insistencia,,dirigía ~iradas·dea~mo'L nición y de reproche al nLño Migu~l, .Este me,rehma lps ojos y miraba, con simulado interés, a Mary. El doctor Cornejo también la miraba. , . -¡Qué anillos más hermosos! -exclamo_ CorneJo, tomando con ademán seguro la mano de lamuchacha-. El.brazalete es d~ oro catorce y los rubíes son perfectos; -Sí no son malas estas joyas-.contestó Mary-. Las her~dé. Mi madre ponía todo _su dinero en alhajas. Confieso que enelprimermomento las joyasde M.ary me parecieronmás fastuosas que genuin~s. Ha!,porcie~­ to entre las fantasías modernas y las mejoresJOyasanti- ~as una analogía -el color de ~as piedras:Ja_comple-, jidad de los engarces, el s¡mbohsmo del diseno= que desorienta al observador casual. Mi prima, la hotelera, no,.pafecía compartir esas dudas. La codicia brillaba en sus ojos. . . _ Subiendo excesivamente el registro de mi voz -el
  15. 15. 30· Los que aman, odian aparato de radio nosaturdía- pregunté aMaryqué libros interesantes había leído en este último tiempo·. -¡Ay! -r~spondió-·.Los únicos libros que leo son los que traduzco..Le prevengo"que forman una biblio- teca·respetable. -NoJa creía tan trabajadora.-comenté. " --,-Sino me cree, vaya a mi cuarto -dijo en un tono sarcástico-·.Ahí-tengo todoslos.libros que he traduc~­ do. ¿Porqué será que:no puedo separarme de mis cosas?. ¡Las quiero tanto!... ¡Guardo también los manuscritos deJas traducciones ylos borradores de"los manuscritos! Ya estábamos·comiendo el segundo plato-UÍlas aves un poéo tiernas.para mi gusto.- cuando llegó Emilia. Teriía los.ojos brillantes y enrojecidos, como·si acabara de llorar. Tenía ese frágil y solemne aislamiento.de las personas que hanllorado..H1,1bo un malestargeneral, no disminuido porlos esfuerzos que hacíacadauno de noso- tros para disimularlo. Mary nos interrogó:. -¿No los molesto si apago la radio? -Se lo agradeceremos -dije, cortésmente. El silencio fue·un alivio, pero.no·un alivio duradero. Callada la música, ya no teníamos donde ocultarnos y cada uno era un impúdico testigo de la incomodidad de los demás y de·la tragedia de Emilia. ¿Qué secreta ene.,. mistad·ardía en.el corazón de estamuchacha? Haytoda- vía un tratado por escribir sobre el llanto delas mujeres; lo que uno cree una expresión de·ternura·es aveces.una expresión de odio, y las más sinceras lágrimas suelen ser derramadas por mujeres que sólo se conmueven ante sí mismas. Con excelente ánimo, el doctor Cornejo trató de rea- nimar la conversación. Ayudándose con diagramas que trazaba con el tenedor en el mantel, nos explicó el sis- Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 31 tema completo. de las mareas en1la costa sudatlántica. Luego, ante la creciente alarma de mis primos, procedió aproyectardos improbables éspigones:paranuestra pla- ya. A continuación habló de los cangrejales y·con todo realismo-adoptó las posturas· que los circunstantes de- bían ensayar en caso de caer en un cangreja!. Empezábamos, porfin, aolvidarnosde Emilia..Mary intervino: -¡Ay, yo tengoJas preocupaciones-de Santa.Lucía! La-arena le ha puesto a Emilia lo.s ojos como si 4ubiera llorado.·-Se dirigió a su hermana-: Pasa luego por·mi cuarto y te prestaré unas gotas. Era admirable la delicadeza con que Mary quería di- simular el llanto de su hermana. Ésta ni siquiera con- testó. Pero·Mary pensaba en todo. A diferenciade·media humanidad,.recordó.que rece- tar ante un médico -aun recetar unas gotas.de Aqua fontis- era ofensivo. Exclamó con su gracia.habitual: -¡Qué torpeza la mía, coh un doctor adelante!·¿Por qué no la atiende un poco.a mi hertnana,.que.buena fal- ta le hace? Me puse las gafas y miré a Emilia fijamente. Le pre- gunté con deferencia: · ~Después de leer, ¿tiene dolores de cabeza? ¿Sien- te que sus,bellos.ojitos le queman, cómo dos globos de fuego? ¿Ve moscas que no existen? ¿Ve en torno alaluz, de noche, un halo verde? Expuesto al aire, ¿sulagrimal se dilata? Interpreté el silencio de Emilia como una respuesta afirmativa. Dictaminé en el acto: -Rutafoetida, mil. Diez.glóbulos al despertarse. Tengo en mi botiquín algunos frasquitos. Le daré uno, si me permite. - ------- ------- ~-
  16. 16. 32 Los que amah, odiar] -Gracias, doctor. No me hace fa.lta -re~popdió Emilia. Parecía no advertir mi atención. Cont:in11ó: -No es la arena lo que me hizo llorar. Estas palabras no contribuyeron a consolidar la ani.., mación de los·circunstantes. Ese esforzado voluntario, el do<;to:r Cornejo, inter- vino: -Ha.ce vei'nte años que verane_ó junto al mar, de los cuales ocho, sucesivos, .en Quequén. Y bien, señores, puedo asegurarles que ningun<l play;;t ofr~<;e tantos atrae-, tivos como ésta para el estudios_o de los desplazamien- tos de la a:r~na. Acontinuaciónlevantólosplanos, enelmantel,_deuna f1,1tura plantacióndestinadaafijar los médanos. Antelos resueltos trazos del tenedor,_mi·prima_se estremecía,. Con las últimas uvas, el doctor,Manning se retiró a una mesa apartada. Lo vi sacar del bolsillo diminutas barajas yjugar solitario tras solitario. - ----·- .. - -··No pued.o pasar.un día_sjn oh: músil:(},-dijo Mary. Y miró extrañamente a suhermana. -¿Quiere que ponga la radio? -inquirió At11el." -¿Cómo? ¿Con-una concertista? -exclamó Mary, dando l)ueva~ pruebas de su exqui~it<l sensibilidad. Des- pués se acercó a su hermana y, tománd_ola del br_azo,-le rogó con un cariñoso mohín-.. Toca alg'o de tu r.eper... torio, Emilia. Ésta replicó: -No tep.go ganas. -Noseas así:, Emilia-laalentó su novi~. L.Qs seño- res quieren oírte. Juzgué op·ortuno mediar. -Estoy seguro-dije pausadamente-que la seño'" rita no nos privará del honor de escucharla.__ Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 33 Finalmente Emilia:tuvo que acceder. Con mal disi- mulada·contrariedad:se acercaba al piano, cuando Mary la detuvo. -·Emilia-dijp-, vas atocarnos elVals olvidado, de Liszt. .La·pianista se, quedó mirando rígidamente a Mary. Creí descubrir en sus ojos, celestes y diá(anos, la frjal-· dad del odio. Luego, súbitamente, sus-facciones se tran~ quilizaron. -No .estoy·con~áhimo de. ejecutarpiezas tan ale.: gres -respondió con indiferencia-._PreJe:riria elClaro de luna de Debussy.. . - -El Clar:o.de luna no conv.iene.a tu.sensibilidad. Tus manos lo tocan, pero el alma está ausente.·El vals,-Emi- lia, el vals. -¡El vals! .,.,..,..exclamé_con:g<i:lantería. No me considero experto en cuestiones·musicales·,. pero comprendí que era de buen tonoapoyar la·moción deMary. Atuel intervino: -¡Pobre Emilia! No la dejan tocar lo que quiere.- Esta frase era·una injustificada agre_sión COilt!"(l PlÍ. La dejé p(lsar. Vi que Emiliamiraba aAtuel con lágrimas en los ojos. Maryinsistió erisupedido. Emilia se encogió de hom- bros, se sentó al piano, recapacitó d11iante algunos ins'" tantes y empezó atocar. El fallo de Mary había sido justo: en Emilia la técnica.era más notable que eialma. La eje- cución fue, parcialmente, correcta; pero se advertían' peiJ.osas vacilaciones, como si la pianista hubiera olvi- dado, o conociera poco, la obra que nos ofreCía. Todos aplaudimos. Con una ternura que me conmovió, Mary besó a su hermana. En seguida exclamó: · -¡Cómo interpretaba este vals Adriana St1cre!
  17. 17. 34 los que aman, odian Tal vez con el propósito de~borrar la malaimpresión causada, Emiliaacometió conlúcido·entusiasmo los cris- talinos acordes del Vals melancólico. Pero sólo la ancia- nadactilógrafalaescuchaba. Nosotros preferíamos seguir las deliciosas anécdotas de niñez que venturosamente la m'úsica inspiraba en Mary, Puedo jurar que las dos pequeñas;biografías orales que Mary nos delineó -la suya, consentida y adorable; la de Emilia, más irónica, pero igualmente cariñosa- eran obras de arte compa- rables, en su género, alas deliszt. Emilia·acabó de tocar: Mary·le gritó: ,.. -¡Les hablaba a estos señores de laprediÍección que siempremostraba.por ti nuestra madré! Cuando llegaba alguno de tus novios le pedía a la profesora que tocara el pial).o; después les hacía creer que eras tú la que había tocado. Hoy, para el Vals olvidado, te hubiera conveni- do la estratagema. -Tenés.razón-contestó Emilia-:,pero no te olvi=- des que yo no quería tocarlo. Además, no sé por qué estás tan agresiva conmigo. Mary gritó patéticamente: -·¡Mala! ¡Eso.eslo que eres: unamala! -Echó allorar. Atuel se dirigió a Emilia: -Es cierto. No tenés corazón -le dijo. Todos rodeamos a Mary (salvo el doctor Mamling, que seguía, monótono y preocupado, perdiendo .solí-· tarios}. Mary lloraba como 'una niña, como una prince- sita. (según observó Cornejo). Verla tan apenada y tan hermosa me sirvió -lo digo con egoísmo-. para com- probar que yo sí tenía corazón. Estábamos muy ocupa- dos con Mary; nadie advirtió que Emilia se retiraba, o tal. vez1lo advirtiera el pequeño Miguel, que nos miraba sub.,. yugada, como si representáramos una escena de gran guiñol. Silvina Üé:dmpo Adolfo Bioy Casares 35 El doctor Cornejo, ep quien'empecé anotar una'mar'" cada inclinación aentrometerse en asuntos ajenos, pro- pUso qtie·algtino de :Q.osotros fuera en:busca de1Emilia. -·No -dijo Atuel con insólitobuen sentido~. A las mujeres histéricas hay que dejarlas solas.¿No es verdad, doctor? Le concedí mi aprobación. Afuera aullaban alternadamente:los perros·..La anda- na que hacíalas veces de dactilógrafa se¡lcercó él-unaven- tana. Sonriendo inexpresivamente exclamó: -¡Qué noche! ¡Qué pettos! Ladraba_n así cuando falleció abuelito..Estábamos como ahora en.un herma,.. so,balneario. · " Seguía moviendo la cabeza, como si todavía oyera música. · De· pronto, el ªullido de los perros se.perdió en un aullido inmenso; eratomo síunperro gigantescoy sobt~­ natural gimiera por las desiertas playas todo el dolor de la tierra. El viento se había levantado, -Una tormenta de viento. Hay que cerrar las puer- tas y las ventanas -declaró.mi primo. Un golpeteo como de lluvia azotaoa las-paredes·. -·· Aquí las 'lluvias· son de arena -observó--mi pri=- ma. Después agregó:,._,: CotHal que.no quedemos en- terrados~... • · Á:"gilmente laobesa dactilógrafa tetraha lasventanas. Nos miraba Sonriendo y repetía: -:¡Estanoche-va~a: ocuuir algo! ¡Estanoche.:Va: a úcti- rrir algo! Sin duda estas·palabras'Ínconsultas•conmovieron el alm:a impresionable de Mary. -¿Dónde estaráEmilia?-dijo olvidando todo resen- timiento-. Exijo que.alguien vaya abuscarla: ·-=Paso por alto la-exigencia, para que no digan que
  18. 18. 36 Los que qman, odia_n soydelicado -concedió Atuel-. Talvez el doctor Cor- nejo quiera acompañarme... Había un contraste entre el urgente ulular del vien- to, áfuera, y el aire inmóvily escaso de ese interior don- de nos sofocábamos en torno de una lámpara impávida·. La espera p.os pareció interminable. Finalmente, los hombres regresaron. -Lahemos bus<:;ado por toda_s partes-afirmó Cor- nejo--. Ha desaparecido. Mary ttivo un nuevo-ataque. de Ital).to. Decidirn_os aprestarnos para. una expedición de rescate. Cada-uno corrió asu habitac:ión, ~n busc:a d~ abrigos. Yo me.inclui en un gorro de lana, en un sacón a cuadros y en unos guantes peludos. Enrosqué alredeQ.or de mi !;'!.le!lo una bufanda escocesa. No olvidé la linterna sorda. Ya salía, cuando reparé enmibótiqtiín..'{gméun fras- quito de Rutafoetida. Fue...una inspiraciónde hombre.de mundo. -Tome -le dije a Mary, cuando volví al salón"""""_. Mañana se lo da a su hermana. El efecto que e~ta se·dante:declaración operó sobre Mary fue radical. Demasiado radical, e11 mi opinión: minutos después, cu¡¡pdo :me d_irigía hacia la salida del hotel, vi, contra la blancuradel muro, dos sombras que se besaban. Eran Atuel y Mary. Pero quiero adílr.arlo: Atuel se resistía; Mary lo asediaba apasionadamente. «¿Qué somos)), murmuré, «sino-osamentas besadás por los dioses?)). Con el alma-apesadumbrada, seguí mi camino. Algo aulló enlapenumbra. Era elniño. Yo había tropezado con él. Me miró ~n instante -¿qué había en su expresion: desprecio, odio, terror?--; después huyó. Cuatro hombres, forcejeando,apenas pudieron abrir la puerta. Nos encontramos-en la noche de afuera. El Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 37 viento quería derribarnos y la arena nos golpeaba en el rostro y nos cegaba. -Esto va a durar -vaticinó mi primo. Partimos en busca de la muchacha extraviada.
  19. 19. VIl A la mañanasiguiente Mary estaba muerta.Poco antest de fas ócho me habían·de"spertado unqs ruidos.desapa- cibles: era ~ndrea.que· nie .llamaba, pidiendo alixi.lio. Encendí la hlz;.tápidamentesalté de la cama,:con pulso· firme deposité los diez glóbulos de·arsénicosobre el papel y déahí los pasé a mi'!engua,:me envolví en mi r.obe de chambre morada, abrí la·puerta..Andrea me miró con ojos de llanto;como disponiéndose aecharse enmisbra- zos:Resueltamente dejé las mano~ en los bolsillós. Muy pronto supe lo ocurrido. Mientras la seguía porlos cQrredorés del hotel; mi prirp.a me dijoque Emi- lia acababa de encontrar muerta a su·hermana. Dé· una espesa trama de sollozos y gemidos entresaqué la infor- mación. Tuve un presentimiento !Jlelanéólico. Recordé mis prometidas vacaciones, la·tarea literaria.·Musité: «Adiós, Petronio)), y penetré en el aposento de.la tragedia. La primera impresión qué tuve fue de .dulzura. La lámpara.iluminaba lacabezade Emilia contraunafila de libros. Emilialloraba silenciosamente, y me pareció des- cubrir en la her.mosura de su rostro una placidez que antes no había advertido. Sobre la mesa vi un alto de manuscritos y de pruebas de imprenta; un tibio impul- so de simpatía palpitó en mi pecho. La muerta estaba en la cama: y,·a primera vista, parecía tranquila y dormi-
  20. 20. 1 1 1. ir'1 1 .1 1 1' 1 1111 ,¡, 1" ¡1'' 1 ¡,:11 1~ 1 1 : 1 40 Los que aman, odian da. La miré con alguna detención: presentaba los sig- nos de envenenamiento por estricnina. Con una voz en que parecía sollozar la esperanza, Emilia preguntó: -¿No será un ataque de epilepsia? Hubiera querido contestar afirmativamente. Dejé que el silencio contestara por mí. -¿Un síncope? -interrogó Andrea. Atuel entró en la habitación. Los demás -desde mi primo Esteban-hastala dactilógrafa, incluidos.Manning y·Cornejo-. se agolpaban junto'a la puerta. ' Juzgué.que. el d,eceso ,había ocurrido dentro de las. últimas dos horas. Contesté a la pregunt?-~de An'drea: -Murió envenenada. . -Yo me _fijo en la comid,a que 1es doy -replfcq Andrea, ofendida-. SiJuera· por_ algún alimento, esta- ríamos todos... -No digo que hayaingeridounalimento enmalesta-' do. Ingirió veneno. El-doctor Cornejo .entró enla habitación, abrió los brazos y me dijo impetuosamente:. · -Pero, señor doctor, ¿qué insinúa? ¿Cómo se an:e~ ve, delante de la señorita Emilia...? Me ajusté los anteojos y miré al doctor Cornejo con impasible desdén. Su afectada_cortesía, que erá sólo un pretexto para entrometerse, empezaba a impacientar- me. Además, con su exaltación y sus ademanes, respi- raba como un gimnasta. Faltaba aire en el cuarto. Respondí secamente: --El dilema es claro: suicidio o·asesinato. La impresión que'produjeróii mis palabras fue pro- funda. Continué: -Pero, en definitiva, no soyyo elmédico que exten- Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 41 der~ la partida de defunción... Es a otro a quien deberán convencer de que se trata de un suicidio. Probablementeyo me hubiera dejado convencermuy pronto. Pero mis palabras eranhijas de la pasión: me di- vertíamolestaraCornejo.Además, coneseplural-<<debe- rán convencen>- ponía bajo la sospecha de asesinato a todos los presentes. Eso también me divertía. -Temo que el doctorHuberman tenga razón-afir- mó Atuel, y yo recordé su sombra y la de Mary. Conti- nuÓ--=-'-: Aquí está.el frasco de los glóbulos que tomaba todas las mañanas; el corcho está en el suelo... Si el ve- neno estaba escondido ahí, nos encontramos ante un crimen. Era el último toque, ya no podríamos librarnos de la policía. Pensé que, en lo futuro, debía dominar mis impulsos. El doctor Cornejo decla_ró: -No olviden que estamos entre caballeros. Me nie- go a aceptar sus conclusiones. Un grito desgarrador, elemental, interrumpió mi cavilación. Después-oí unos pasos precipitados que se alejaban. -¿Qué-es eso? -pregunté.. -Miguel--<;:o:n.testaron. Sentí que esa destemplada intervención era como un reproche a todos nosotros por haber condescendido a pequ~ñeces y mezquindades ante el definitivo milagro de la muerte.
  21. 21. 1 1 -¡ VIII La·tormenta había-amainado. Mandamos el Rickenbac:- ker a Salinas. Durante la- m~ñana Emilia y Atuel acompañaron a la muerta. Los demás pensionistas nos turnábamos, con discreción, en ese diste deber. Andrea.casi no apareció por el cuarto. Que una persona hubiera fallecido en el hotel la contrariaba; recibir ahora a·la policía, y afi'ontar una investigación, era. algo. que excédía,su .compren.-~ sión·y su tolerancia:. En eLtrato con:.Atuel y con.Emilia se·permitía desatenciones. Cuap.do·hablaba de la muer- ta no disimulaba su rencor, A las once en punto me allegué a la cocina y le pedí aAndrea-que me preparara-mi inveterado caldo con:tos- tadás. Tuve una desagradable imprésión:Andrea estaba páliday.un temblor en la mandíbula anunciaba la inrrii- néncia deF llanto. Dominando apenas mi impaciencia, consideré que una demora en lallegada del caldo era casi inevitable, Me pareció.pr.udente no hablar.hasta que lo sirvieran. Estoy dispuesto areconocer muchos defectos-en mi prima,,pero·afirmo.que.esunaexcelente·cocinera.'Elcal- do que me trajo era superior, tal·vez, al que me prepa-· ran eh el consultorio mis dos ~nanos correntinos. Sentado ahorcajadas enelbanquito de carpintero, con la bandeja delante, me resigné a escuchar.a Andrea.
  22. 22. 44 los que aman, odian -Estoypreocupada conMiguel-me aseguró enu~ tono que parecía monopolizar para nosotros dos elbuen sentido y la ecuanimidad-. Esas mujeres no recuer- dan que es un chico y no se esconden para pelearse ni para estar con el novio. Laanciana dactilógrafa pasó ágilmente con un mata- moscas en la mano. Retrospectivamente oí los monó- tonos golpes que la cazadora venía descargando contra las paredes y los muebles. Como la tormenta impedía abrir.las ventanas, .el hotel éstaba lleno de moscas. El ambiente estaba pesado. -·Te olvidas que üna de «esas mujeres» ha muerto -dijo prosiguiendo·la conversación con.Andrea. No solamente el caldo merecía elogios: Las tostadas eran eximias. -Con esnacabaron de enloquecerlo. Estoy preocu- pada·,. Humbertd. Miguel ha t~nido una infancia triste. Es'anémico, estámaldesarrollado. Es muychico:para su edad. Cavilatodo eltiempo.:Mihermano creía que elmar podía fortalecerlo... Está en su cuarto·Uorando._Me gus:- taría qtie:lo vieras. .La crueldad de mi primaconlamuerta·no debía ofus- carme; lo que había dieho sobre·el niño era atinado. -Las primeras impresiones dejan en el alma un eéo que resúe., na a lo-largo de la vida. Incumbe a la responsabilidad de. todos los hombres que eseeco no sea ominoso. No.debía olvidar, sinembargo, lafeaactitud de Miguel, escuchando las íntimas discusiones de Emilia y de Mary. Seguí a Andrea hasta las profundidad~s de la casa, hasta elcuarto debaúles, donde le h~bían puesto.lacama a Miguel. Mientras vanamente· palpaba las paredes en busca de la llave.de la luz, Andrea·-encendió un fósforo. Después prendió unresto de vela enun candelero celes- te, sobre urí baúl.· Silvino Ocompo Adolf 8. eo 10y osares 45 El niño no estaba. Clavada en la pared h b' , . , . . a Ia una pagma recortada de ~Gráfi;ob.el equt~o ~e primera división de Ferrocarril este. o re un diano extendido como un s b b ,1 , • a carpeta o re un au ' habla un frasco de gomina vac¡'o . ' ne ·u d , un pei- 1 'uLn cept o e dientes y un atado de cigarrillos Barri- ete. a cama estaba revuelta.
  23. 23. 1 11 1 11 IX Andrea pretendía que la ayudara en la,busca de Miguel; conseguí librarme de ella. l;:ntré en_, el cuarto de Mary a tiempo para evitar que la dactilógrafa -esa'atareada encarnación de Muscarius, el dios que alejaba las mos- . cas de los altares- cometiera un error. irrep~rable. En efecto, ya había arreglado los papeles que había so.bre la mesa; ahora se.disponía a ordenar la mesa de luz·. -.¡No toque nada! =:;-grité-. Va a confundir las im- presiones digitales. Miré severamente.a Cornejo y_a Atuel. Me pareció que este último solre~a.con velada malida, _ _ Mis palabras no perturbaron ala dactilógrafa. Empu- ñó elmatamoscas; unbrillo alegre y sibilino apareció en su mirada; exclamó: «Ya les decíaqueIba aocurriralgo>>; y dando golpes·en las paredes se alejó-velozmente, Cuandó sonó el gong del almuerzo, Emilia.dijo que no iba a subir. Con más impertinenda que galantería·, (;ornejo se empeñó en reemplazarla. -Simpatizo con usted, Emilia. Pero créame, noso- tros también nos sentimos responsables ante una tra- gedia-tan horrible....Sus nendos están destrozados. Debe alimentarse. Aquí todos formámos una pequeña fami.,. lia. Yo soy el más viejo, y reclamo.el honor de acompa- ñar a su hermana. Ejemplo típico de falsa cortesía: importunar a todas
  24. 24. lllw ·~1 111 :11"1 1 : 11111 1' ' " 48 Los que aman, odian las personas para ser amable con una. ¿A mí me había consultado? Sin embargo, me ponía en eltrance de ofre- cerme de plañidera y quedar sin almuerzo. Además, él mismo había sugerido que Emilia debía sentirse res- ponsable de la muerte de su hermana. Era natural que quisiera pasar un rato a solas con ella antes de que lle- garan los funcionarios y la policía. Atuel se acercó a Emilia y le habló paternalmente: -Vos harás lo que quieras, Emilia -le acarició un brazo:-"-.,Sivas aalmorzar,.mequedaré yo, natqralmen- te,. Sit10, decime siquerés.que te acompañe o si,querés quedarte sola. Hacélo que yos quieras. < «El estilo·es elhombre>>, pensé.,El.estilo delAlma que canta empezaba a exasperarme. Emilia.insistió en quedarse. U. miré con una mezcla de admiración y de gratitud que seltimos los hombres -hijos de,mujeres, al fin- ante los más altos ejemplos del alma femenina. Cuando me retiraba advertí-, sin ,embargo, qu'e Emilia había encontrado, en medió de su dolor, ánimo.paramudarse de ropa-y aderezar su coque.. tería. Duranteel-almuerzo,elruido deloscubiertosy.elzum- bido de los moscardones predominaban extrañamen- te. Apenas hablábamos, Manni~g casipareció locuaz... Eshorrible decirlo, pero «lapequeñafamilia» se,mira- bá·Con desconfianza. Nadie se acordó de Miguel. Salvo Andrea. Cuando nos levantamos, me llevó aparte. -.No lo hemos encontrado -me anunció-. Estará llorando en elbarco. O ~nla arena. O enlos cangrejales·. Seguiremos la busca. Cuando.tenga noptias te avisaré. ¿Por qué me avisaría a mí? Me i,rritaba que-metoma,.. ra de cómplice en esas preocupaciones seudomaternales. X Sentí lifi ines-pérado bienestar en la compañía de Emf'- lia, y me aventuro a creer que mi presencia, no le desa·- gtadaba. Estábamos en ese caserón.cerrado·con,::to en un bar- có en.el fondo del mar~-O; ·más exactamente: como en -un submarino que se ha ido a pique. Yo tenía la impre- sión de que el airedisminuía angustiosamente. En todas partes me encontraba incómodo y no:lo estaría más en· el cuarto de la muerta.:Acompañar a·Emilia era un acto de piedad·. En esa: casa hasta la conducta del tiempo era anó- mala. Haoía·horª-sfugacésyhoras1entas, y cuando miré el reloj, poco antes de entrar en el cuarto de Mary, eran las dos de la tarde; yb había imaginado.que serían las cinco. Estábamos solos en elcuarto. Emilia·me·preguntó si yo conocía-mucho a su hermana. -No,_,:¡e dije-. Enmicalidad de médico solamente. Estuvo dos o tres veces en el consultorio. -Añadíuna mentira b·enévola-: Creo que en alguna ocasión me habló de usted. -Nos queríamos mucho-comentó Emilia-. Mary me trataba con tanta dulzura...Cuando murió mi madre tomó su lugar en la casa. Ahora me dej<rsola. -Lo tiene a Atuel-sugerí•con hipocresía.
  25. 25. 50 Los que aman, odian Apesarmío vila escena de lanoche anterior, viaMary besándolo. -El pobre la sentirá casi tanto como yo -de~!aró Emilia, y un fulgor de nobleza iluminó su rostro-. Era- mos muy compañeros los tres. Me invadió una profunda desazón. -Pero, ¿se van acasarpronto?-pregunté pormera curiosidad. -Creo que sí. Pero esto ha sido tan inesperado... Por ahóra quiero solamente_pensarehMa.ry, refugiarm~ con ella en los recuerdos de la infancia, enTre.s Arroyos. La experienc~a me ha enseñado que personas sinnin- guna culturay normalmente incapaces de con~tíuir una frase, urgidas porel dolor dicen frases p¡¡téticas. M~ pre- gunté cómose desempeñaría Huinberto Hubermán-, co~ toda su erudic:ión, en circunstancia~ análogas. Emilia continuó: . --. Yahor;¡ viene la policía. Lo peQr es que no qy.ieto saber la verdad. -Las lágrimas le corrían por la: car.a-"-"-. Después de lo ocurrido sólo tengo unaprofunda,ternura hada Mary.. No ·puedo resignélrme. a que 1~:·martiricer:t ·con la autopsia.; ,. ' 1 _Esto no me paredó razonable. Se lo dije con·tqdª franqueza. -.tarde o temprano haría lo mismo el proceso de la disolución. Pero la verdad nos-inter.esa.a todos, Emilia. Además, ahora Mary vive en su--recuerdo. De ahí no se la podrán sacar. La dactilógrafa-ent:¡;ó con un ramo de vieja:; marga- ritas de género. Lo depositó a los pies dé la cam~. - -··Sontodas las flores que había en el hotel-.dijo. La vimos irse-. Emilia tal vez murmuró «gracial)». Ya no podíamos hablar, Para rómper el silencio_pregunté: Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 51 -¿Dónde estuvo anoche, cuando salió? -Muy cerca -respondió con nerviosidad. Precipi- tadamente, continuó-: Recostada contra una de las paredes de la casa. El viento no me dejaba alejarme. Vol- ví muy pronto. Me abrió Andrea. Ustedes habían salido. Las sillas crujían al menor movimiento. Éstos eran indispensables y continuos. Nuestra fisiología adquiría una súbita preponderancia. Suspirábamos, estornudá- bamos, tosíamos. Por primera vez en su biografía, Andrea fue opor- tuna. Apareció en el marco de la puerta y me llamó. Miguel había regresado.
  26. 26. XI En la vacilante luz de la,vela el cutis ceroso; la mirada intensa.y lacarade:lauchade Miguelme impresionaron. Vertiginosamente registré una sensación insólita en mi experiencia y por démás desagradable: yo perdíael aplomo. En efecto, agazapado en la penumbra del cuar.,. to de baúles, Miguel parecía.resuelto·a defender.su mis- terio. Mi nervio~a imaginación evocóimágenes de peque- ños y feroces animales acorralados. Elniño me mirabaenlos ojos..Espontáneamente elu- dí esa obstinada expresión-y, con ostensible tranquili-. dad, me dediqué amirarlosbaúles, lamesa deluz~ el des.!. vencijado catre, las paredes. Reparé·enla fotografía.del equipo defootball. Tuve una inspiración·genial. -Veo, mi amiguito, que usted también es un entu,- siasta de Ferrocarril Oeste. Ningunaluz de simpatíailuminó elrostro:de Miguel. -·¿Haestado en el Club Atlético de Quilmes?-aña- dí-. ¿Vio el trozo de valla rota porun pelotazo de Eli- ' seo.Brown? Ahora Miguel sonreía. Pero mis.conocimientos de los «histpriales delfootballí> hábían llegado•a su térmi- no. Mi próxima intervención en el diálogo combinaría. astutain~~te.los caracteres de la retirada y del ataque. -¿Dónde pasó latarde?-pregunté conun tono;dis-, traído-. A usted no le asustala tormenta.
  27. 27. 1" j 1 11 1: 54 Los que aman, odian Recordé el velero abandonado, creí que hablaría-~ mos de temas navales, consulté mis recuerdos de Con- rad. Bruscamente Miguel contestó: -Fui a casa de Paulino Rocha. -¿Quién es Paulino Rocha? Miguel estaba sorprendido. -El boticario -explicó. Yo había recuperado el aplomo. Continué el interro- gatorio. -·¿Yq'ijé.hacías en casa del boticario? --Fuiapedirle queme enseñaraa conservarlas algas. Sacó de abajo del·catre'una lata de nafta, con los bor"" des mal recortados; la inclinó; flotaban en el agua, unas. tiras rojasy verdes. Vi claramente en el alma de mi pequeño interloéu:- tor. Son los niños un.haz· de. v:a:¡;jadas posibilidades. Miguel participaba delpescador, del filatélico, defnatu" ralista. De una trama de circunstanéias dependía- -tal vez de mí dependía- que siguieraJos fáeiles.méandros del coleccionista o delsportsmano que se aventurara por· las·desafpradasavenidas dela ciencia. Pero no debía permitirme·esas consideraciones, por fecundas y oportUnas quefueran; debíaproseguir; incan- sable, mi actividad policial. -¿La.querías·mucho a la:señorita Mary? ComprendÍ'en seguida que•alformular esa· pregunta había cometido un error. Miguel miraba intensamente· la lata de nafta, el agua oscura, las algas. Estaba de·nue, vo defendiendo su misterio. Ernarde para:retroceder. Traté de averiguarqué sabía el chico de las relaciones de•ladifunta, de Atuety qe Emi- lia. En ese sentido, nada lograron mis.investigadones. Tampoco su contribución a mi con-ocimiento.dé Este- ban y de Andrea fue generosa. IQ, Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 55 Bajé los ojos. De pronto me quedé mirando unas manchas de sangre en el suelo. Aparté un poco dos baú- les. Resonó un grito ahogado. Sentí un vivo dolor en el rostro -las uñas de ese chico debían de estar envene- nadas; todavía llevo las marcas-. Me quedé solo. En el suelo, entre los dos baúles, había un enorme pájaro blan- co, ensangrentado.
  28. 28. XII Yo abrigaba.seric;>s temores.. Miré hacia afuera, a través de la ventana del hall. La tormenta había recrudecido. Mis planes eran precisos: tomar el té; visitar a Emi.,. lia antes de la llegada de la policía; recibir a la policía. La inútil demora de mi priiiJa en·preparar, receta en mano, unos scones que aspiraban a.remedar los justamente, famosos dela·tía Carlota, significaría,taLvez, eLderrum,.. bede ese razonable proyecto..Miré de n'!J.evo por laven- tana. Me sentíreconfortado. Como oleadas de agua negra azotapah.Jos vidrios; -era· la arena. Después, en relám- pagos de claridad, podía entreverse un paisaje infernal; el suelo en disgregado y raudo movimiento, levantán., dose en~remolinosiracundos y en trorhbas.l Por fin teso!).Ó el gong. La dactilógrafa lo golpeaba acompanándose conblandosváivenes de cabeza. Todos, salvo Emilia, nos congregamos en ekomedor, entorno. a la bandeja del té..Mientras saboreaba un scone juicio-. samente dorado consideré que los hechos -cardinales -los nacimientos, las despedidas, las conspiraciones, los diplomas, las bodas, las muertes- nos convocan alrededor del lino planchado y de lavajilla inmemorial; recordé también que para los persas un,paisaje hermo- so era un estímulo para el apetito, y, ampliando la.idea, juzgué que para unhombre perfecto todos los·acciden.. tes de la vida debían servirde estímulo.
  29. 29. 58 los que aman, odian Desde los profundos veneros de la meditación; :el diálogo de los demás se confundía enmi oído con elzum- bar de las moscas. No me hubiera asombrado -no me hubiera contrariado- oír de pronto el golpe seco de la pantalla de la dactilógrafa... (nuestro amigo Muscarius). Como quienreconstruye, fragmento por fragmento, un rompecabezas, juntando esos fragmentos de conversa- ción descubrí un grupo de personas temerosas, disi- mulando su temor, secretamente arrepentidas de haber llamado ala.p.olicía, confesadamente esperanzadas énla muralla de arena que la tormenta levantaba en:torno·del hotel. · Bajé a confortar a Emilia. La-encontré conelhermoso y apacible:rostro -recor.,. daba, talvez, al de la Proserpina de Dante Gabriel Ro.s- setti-reclinado sobreunamano que sosteníaúnpañue- lo lila; la misma postura en que.yo.lahabíadejado.horas antes. Nuestra conversadónnoJue sustancial..Medecla- ró, eso sí, que el doctor Cornejo había.insistido en:pasar un rato a solas conJa.muerta. Emili~ no había cbnsen" tido. Volví al hall: Cornejo; rígidamente sentado en una. sillamoderna, estudiaba, con anteojos, papely lápiz, un copioso volumen:Cuando enéuentro a·alguien leyendo,. mi primer-impulso es arrebatarle el libro de las manás; Propongo.al curioso el examen de .este sentimiento: ¿atracciónporloslibros oimpaciencia de verme despla- zado del foco·de la:atenciónT Me resigné a-preguntarle qué leía.. -Unlibro·deverdad--'Contest~. Unaguía de férro-, carriles. Llevo estructuradoenlamente unplano delpaís (limitado a la red ferroviaria, por supuesto) que aspira a englobar las localidades·más. insignificantes, con sus distancias respectivas y las horas de·viaje... Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 59 -A usted le interesa la cuarta dimensión. El espa- cio-tiempo -declaré. Manning observó enigmáticamente: -La literatura de evasión, diría yo. Atuel miraba porlaventana. Nos llamó. Entre un lívi- do ciclón de arena vimos llegaral Rickenbacker. Por pri- mera vez en el día me reí. Lo confieso: la comicidad de la escena que se desarrolló con cinematográfica diligen- ciaera apremiante. Del automóvilbajaronuna, dos, tres, cuatro, hasta seis personas. Se agolparon contra una de las·portezuelas traseras. Laboriosamente extrajeron un objeto largo y oscuro. Luchando y zarandeándose en el viento, deformes, por efecto del vidrio sobre nuestras miradas oblicuas, a tientas, como en la rioche, trape~ zando en la arena, los vi-empañados los ojos porelllan- to de la risa- acerc~rse al hotel. Traían el ataúd.
  30. 30. XIII Con un bitter, bocadillos de queso y aceitunas, dimos la bi.enyenida al' comisario Raimunqo Aubryy al doc- tor;Cecilio Montes, médico de lapolicía. Mientras.tan- to, Esteban, el chauffeur, dos gendarmes y un hombre de traje claro y hrazal negro-.«eJ,qu_eño de las p9ropasn, según me explicaron-bajaban.el ataúd!ll sótano. Muy pronto·iba a arrepentirme de esa copa de b.itter que yo mismo había servjdo al do~tor Mont.es. Yo no había descubierto aún-que una copª d.e más nunca podría alterarelesJado de wijoveru:oleg~. El doctorestaba ebrio; .había.llegado ebr_io..· Cedlio Montes era:de estatura mediana y frágil.de cuerpo..Tenía elc;,~bello oscuro y bnchdado, los ojos gra_n- des, su. te..z•era.muy blanca, :rouy pálida,.el.rostro fino y la nariz recta, Vestíª un traje de ca:z;ador, bien cortado, en un chetJiot verdoso, que h~bía sido de nil!y buena calidad. La camisa, de-~eda, estaba sucia. Los signos ge- nerales-de su aspecto eran el clesq,seo, la negligencia, la rujna·-una ruina que dejab.a·entrever esplendor.es pre- ·téritos-. Me pregunté cómo este personaje,. escapado de una novela rusa, aparecía en nuestra campaña; encon- tré inesperadas analogías entre. el campo-argentino y el ruso, yentrelas almas de sugente; imaginé la llegada del jovenfacultativo a Salinas, su fe enJas <;:aus_as nobles y en la civilización, y su paulatino deterioro entre la mez-
  31. 31. 62 los que aman, odian quindad y la penuria esenciales de la vida del pueblp. favais calais mon Oblomov. Lo miré con toda simpatía. En cambio, él parecía carecer hasta de aquella sim- patía, rudimentaria y mínima, que en la soledad in- venciblemente nos reúne a quienes pertenecemos aun mismo gremio o a una misma profesión. Apenas con- testaba a mis palabras, y si las contestaba lo hacía con indiferencia o con agresividad. Recordé, con éxito, que Montes estaba borracho y que, en ocasiones anterio- res, cuand-o esa misma-espontánea simpatía me había ace'rcado a mis colegas, sólo en<rontré espíritus mar:. chitos pót las supersticiones del positivismocientífico ·del siglo XIX. 'El comisario Aubryera un hombre alto, rubicundo; con la piel tostada por el sol y-conuna perpetua expre- ·sión de a·sombro en los ojos celestes. Sobre éstos~quie­ ro detenerme, poíqüe eráii el rasgo principal del hótii,. bré. No etanexcesivaménte-grapdes, ni de los llamados magnéticos,-agudoso penetrantes~ pero sediría éftié en ellos vibraba la vida entera del comisario y que a. través de ellos e$cuchabaY'Pensaba. El interlocutor empezaba a hablar,y ya los ojos del comisario lo-miraban eón tal intensidad de atención y,de expectativa, que lasideasse malograbany las palabras-morían en balbuceos. -No lo duden; es un:caso de envéhéñamiento·por estricnina-afirmé co·n gravedad. ~Habrá que verlo, estimado coteg·a~ habrá que·ver- lo -dijo Montes; me dio:la espalday se dirigió al comi- sario-. Tome-nota,: sospéchoso intento de imponer un diagnóstico. -Caballero-repliqUé;eligiendo involuntariarneñ- te un -término tan falso -como la situación-, si usted no estuviera borracho no le permitiría esas palabr-as in- sensatas. Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 63 -Hayquienes para decirpalabras insensatas no nece- sitan estarborrachos -contestó Montes. Yo me disponía a formular una respuesta que exter- minara al alcoholista, cuando el comisario intervino. -Señores-dijo, buscándome con sus ojos inevita- bies-, ¿podríanconducirnos hasta lapieza de la difunta? Con perfecta compostura los conduje hacia abajo. Cuando llegaron frente a la puerta del dormitorio de Mary, laabríy me hice aunlado paraque entrarael comi- sario. Entró el doctor Montes, empuñando su pequeña valija de fibra. Tal vez por las asociaciones que me.trajo esta valija, murmuré: -El alma de Mary ya no necesita de parteras.
  32. 32. 1: XIV.. Contrariando susmásíntimas esperanzas, el doctor Mon- tes debió coincidirconmigo en eldiagnóstico. Maryhabía muerto por_.envenenamiento de estricnina. Repos<~:do y autoritario, el comisario ordenó a lo·s gendarmes que lo siguieran. -Con su permiso,_nos dijo--,vamos aprocederal registro de las habitaciones de todos 1,1sted~s. Aprobé la medida..El coinisario.se dirigió hada mí: -Empezaremos por la suya, doctor. A menos que alguno de los presentes declare la posesiónde la,estric- nina. r • Nadie respondió. Ni siquierayo.mismo. Las palabras del comisario me habían_anonadado.Jamás imaginé que mihabitación sería registrada. _: • •-No me-compliquen en_esto -articulé por fin-. Soy,un'médieo... Exijo que.se me respete. '-Lo·siento ~respondió el-comisario-....Pata todos la misma vara. Creó que su intención eFa sugerir que esa vara no era metafórica. A pesármío los conduje, o mejordicho, los seguí has- ta mi cuarto. Allí me esperaba un calvario, y también la satisfacción dé comprobar el dominio perfecto que ten- go sobre mis nervios. Ímpotente, como si me hubieran inyectado curare enel organismo, debí tolerar que esas
  33. 33. 66 Los que omon, odion manos groseras profanaran los interiores de mi valija y, lo que es inauditó, que abrieran uno por uno los tubos del botiquín, sensibles y delicados como vírgenes. -¡Cuidado, señores! -exclamé sin poder conte- nerme-. Se trata de dosis infinitesimales; ¿entienden? ¡Cuidado! Todo olor, todo contacto puede malograr las virtudes de estos medicamentos. Logré lo que me proponía. Con saña renovada, los hombres se dedicaron al botiquín. Me deslicé entre los profanadores y lamesa deluz..La-mimo derecha,.casual.,. menteapoyada en el mármol, rescató:el tubo de arséni:. co.Yo estaba dispuesto apadecertodo vejamen; no aque me estropearan esos glóbulos que eran el pilar de mi salud. Cuando los policías acabaron, finalmente,.la ins- pección del botiquín, dejé caer entre los otros tubos el de arsénico. Me creía salvado, pero el destino me reser- vaba nuevas zozobras. Con frío.en_el alma, oí esta afir- mación_del comisario: -Procederemos después al análisis de las píldoras. Penetré sus palabras igna,ras: se refería a.mis~gfóbu­ los. Supuse, como era_natural, que los requisaría en el acto. Pero elcomisario Aubry, col).unafalta-de lógica sólo comparable a suJalta de cortesía, pasó a.la.habitación de Cornejo, dejándome.plenalibertad de tomar las pre~ cauciones-que la prudencia me recomendaba. ' ' 1 r XV No vacilo en afirmar que las habitaciones de los demás pensionistas no merecieron del comisario A.ubry la pro- longada minuciosidad que.dedicó alas del doctorHum- berta Hube:rman. Mientras la comitiva policial continuaba la.inspe·c- cióndel hotel, yo no estaba inactivo. Después de poner en orden mi cuarto inicié, por mi cuenta, la investiga-' ción... Salía] corredor..¡Cuálnq sería mi sorpresa al des- cubrir que ningúngendarmevigilaba ellugardel crimen! Me aposté en la sombra, en el mismo sitio en que, la tarde anterior, Miguethabía.escuchado·las disputas de Emiliay de Mary. Inmediatamente recordé cómoyo había sorprendido a Miguel y, con súbito pavor, pensé que a mí también podían sorprenderme. Me disponía a huir, cuando unos pasos me contu- vieron. Eran los de la dactilógrafa. Yo empezaba a reco- nocer, urlo á uno, los elementos de esa tasa hermética de ese.mundo limitado (como elpresidiario reconoce la~ ratas de la cárcel y el enfermo los diseños del empape- lado o las molduras del cielo raso). Blandiendo su pan- talla, la cazadora apareció en la penumbra. Rondó peli- grosamente, siguiendo el vuelo de las moscas. Luego se perdió en la oscuridad de los cotredores~ Esperé ufi poco más. No era grave que me sorpren- diera lá dactilógrafa; convenía, sin embargo, que nadie
  34. 34. 1 1 1 '111 i 1 '1' il 68 Los que o_mgn, odian supiera que yo había estad9 escondido en las inmedia:.. cione~ del cuarto de Mary. Esperé demasiado. Atu.elbaja- ba lentamente la escalera. Avanzaba con una mezcla de cautela y de firmeza que me paralizó, como la bru!?ca revelación de un po~~r qiminal enun hombre que has- ta entonces yo había mirado con indiferencia, Ent:;r(> en el cuarto de Mary. Sacó ~na valija que había debajo de la cama; la abrió, hurgó un-rato en ella. Revisó, de$pués, los papeles que habí.a sQbre la mesa. Parecíabuscar algo. Su.extraordinaria compostura no era natural; recQrdé a los buenos actores, q-q~ saben que tienen público y lo desdeñan..:Unsudorfrío me perlabala frente. Atuel dejó los papeles; tomó del estante un libro rojo (lo reconoCí: erauna novela en inglés, conun emblema enla·tapá, con máscaras y pistolas superpuestas); guardó el libro en el bolsillo; caminó hasta la puerta; l.Jli:ró hacia uno y otro lado; dio unos pasos largos y silenciosos; de nuevo se detuvo; lo vi subir los escalones, de cuatro en cuatro. Salí por fin. Si me quedo unos minutos más, me sor- prende la policía. Le ordep_é a mi prima que me.prepa- rara un candial. XVI El comisario nos reunió en el comedor. -Señores--exclamócon"estentóreagraved~d-, es- pero que estén dispuestos a declarar..Me instalaré en el despacho del patrórryustedespasarán en turno, como ovejas por el bañadero. -¿Le falta el sentido del humor? ¿Por qué n9 serie? -me preguntó Montes. Me disponía a replicar debidamente, pero las vaha- radas alcohólicas me hicieron retroceder. Empezó el interrogatorio. Fui llamado entre los pri- meros·. Aunque no me presionaron, dije cuanto sabía, sin omitir ningún rayo de luz que pudiera orientar la. investigación. Comounbenévolo novelista policial, me· limité adistribuirlos énfasis. Confiaba quebajomiféru- la aun la·modesta mentalidad de Aubry llegaría a des-· cl,lbrir eFmisterio. Alsalir del escritorio advertí que un olvido esencial malograba mi exposición. Quise volver. No me admi- tieron. Debí esperar que los otros testigos depusieran sus prolijos balbuceos. El purgatorio nunca es breve. No será ocioso, tal vez, registrar en esta crónica un detalle -que Aubry me comunicó en conversaciones ulteriores- de la declaración de Andrea. Parece que esa noche mi prima, como de costumbre, había puesto una taza de chocolate en la mesa de luz de Mary. Ahora
  35. 35. 1 ' : 1 '1 il 1 70 Los que aman, odian faltaba la taza. Andreaafirmaba no haberadv~rtido inme'" diatamente esa falta y aducía, a manera de explicación, el estado de sus nervios. Llegó, po~.fin, el candial que yo había pedido. Mi espi- ritu se reanimó. Cuando;mellamaron, no melevanté como quien obe- dece una orden, sino como quien pers,tg'Ue un desquite. Al entrar en el escritorio murmuré latradicional esttofa: Un pájaro, alfin, cruzó. De entre la niebla·salió. Lo saludé con la mano como sifuera un cristiano. Miré en silencio al comisario. Después anuncié dra- máticamente: -En el cuarto.de up·niño, en el sótano de esta casa, escondido entre:baúles, hay un pájaro muerto. Un alba.., tros. Lo encontré hoy ala tarde, con el pecho abierto, sin vísceras. -Hice una pausa. Continué-·: Quizás unas horas después, cuando el doctor·Montes examinaba el cadáver de-la muchacha, en el sótano unas manos soli- tarias embalsaii}.aban.eLalbatros. ¿Qué pensar de estas situaciones simétricas? Elveneno que mata ala mucha-: cha, en el pájaro conserva el simulacro de la vid'a. XVII - T Esa·misma noche mi revelación dio sus primeros fru- tos. Sin encontrar resistencia, conla silenciosa natura- lidad de lo necesario, pasé del grupo de los sospecho- sos algrupo de losinvestigadores. En efecto, enun aparte con'fidencial, prolongamos con el col)lisario Aubry y con el doctor Montes unas tazas de·café y unos guin- dados, hasta que la madrugada clareó entre los are- nal~s. Mi colega quería hablarde mujeres; el comisario gra- tifi<;ó IJ.uestro espírituhablando de libros. Era un asiduo del Conde Kostia; admitía a Fabiola y desaprobaba a~en Hut; pero su ljbro favorito ~ra El.hombrequeríe. Sus ojos azules me miraron con intensa gravedad. -.¿No ctee·-m~ preguntó- que el momento·más enorme de la lit~ratura es·aquel·en que Hugb nos habla de ese lord inglés afiCionado a las·riñ¡¡s de gallos y que ·en..un club hace bailar sobre•las manos a dos mujeres? A una, que era soltera, le dio uná dote y·al m~rido de la otro lo nombró capellán. Yo estaba agradablemente perplejo ante el fervor lite- rario de Aubry, incómodamente perplejo ante su pre- gunta. Por una generosidad del destino, la frase que me permitió sortear la situación era-, a su vez, un s:;onsejo útil. Le recomendé obras modernas: traté de que leyera La Montaña mágica, de Thomas Mann, novela de lec-
  36. 36. 72 Los que aman, odian tura oportuna en nuestras circun·stancias y de lá ~ue no teníamos en el hotel ni un solo ejemplar. Me escuchó éon reverencia y avidez. Parecía que sus ojos celestes se clavaban-en mi~ palabras.·Quizá los cla- vaba en su memoria. Mis labios todavía pronunciaban «Thomas Mann», cuando él dijo laboriosamente, como quien se afana «por la oscura región del olvido» en bus- ca de uno-s versos: -«Hardquanonne dice: existe una probidad en el in- fierho.>> Frases·como ésta revelan al gran receptor; des- tacan, -entre los talentos, algenio. Toda·mi vida es un encontrarme con estós·amigos· frustrados: q1ientras·piensan abstractamentenos enten- demos; dan un ejemploy surgelaincompatibilidad. Con un cálido impulso.de simpatía, cuyaautenticidad no·exa::- minábamos, seguimos hablando de literaturahasta.que el doctor Montes interrumpió suhosco silencio parapre- guntar. -¿A qué conclusiones ha llegado en.la investiga- ción? Sus ojos, curvosy atentos, se:fijaronprimero enMon- tes, después enmí; suboca, moviéndose como la de un .rumiante, paladeó el guindado. Ya dispuesto a repro- charme deficiencias de ·cordialidad, me pregunté hasta dónde había progresado enla confianza del hombre..No tenía una fe ilimitada en la·explicación del misterio.que daría.Aubry~ Quería'"oírla. -Desde~1principiocowprendíquién~.r<l culpable-afir- mó el comisariq, inclinando qmfidencialm~pte·el bus- toy escud1iñándonos cqmo si estuvi~r,amos en el.hori- ZOI}te-. La ulterjqr investiga~!(>p..y los i~terroga~orios· c.onfirmar<;m mi sospec4¡¡. . . _ Me sentí dispü,esto acreerle. Los crímenes <;omplica- dos eran propios de la liter~tura; la realidad-era más pobre (recordé a Petroni(> y a sus piraqs encadenad-os en la playa). Ade:má$, presumil;>l~mente· Aub1:y tendría cierta exper~encia e!lla mª.teria. En las novelas·(para volver a laliteratura) los funcionarios pqliciales ~on personasinfa- liblem~:n..~e equivocag~s. E]). la realicad. son algo il).ucho peor, pero su~lep. no fracasar, porque el delj~p, como la locura, es un-fruto de la s.implificacióp_y pe la deficienda. -Señores -articuló confqsamente el qoctor Mon-. tes-, ¿ni~ permiten urt brindis? -¿En honor de qué? -preguntó el comisario. -De las verdades mar~villosas que vamos a oír. S~c;retamente me alegró la respuesta. ¿Qué podía esperarse.de u,:p. _investigado¡; que-escuchal;>a los desati- nos de U:Q borracho? El c,omisario prosiguió: -Empecemos _por l9s motivos. A lo que sabemQs, hay dos personas conmotivos_per;rnanentes para come" ter el crimen.
  37. 37. Los que aman, odian 74 -Sidice «alo que sabemos» -interrumpió elbp_r:ra- cho, conmenos oportunidad que lógica-, reconoce que hay algo que no sabe y toda la solución se derrumba. -En cuantoa los motivos, repito, hay dos personas que merecen nuestraatención-continuó el comisario, como si no hubiera oído la impertinencia de Montes-; la señorita hermana de la víctima y el señor Atuel. Me sentí consternado. Desde ese instante,lo confie- so, debíesforzarmepara seguirlas e~licaciones de Aubry. Miimaginaciónsedesviaba hacia una sueíte de espec- táculo cinematográfico; las escenas ocurrían en orden inverso-··primero,'misúltimasconversaciones ton Emi- lia; finalmente, el episodio,de la playa-y la interpre-· tacióntambién habíacambiado; ahora, al reVisarlas dis- putas entrelashermanas,lamuchachabuena eraEm~lia. Pensé enMaryy me tlije quela conductade loshomóres tiene un curso, con fluctuaciones ycambios, más alláde la muerte. Pensé en Emilia·y me pregunté si no empe.::. zaba a quererla. Hubo en la·«explicación11 de Aubry algún alarde téc- nico; trataré de repetirla consus mismas palabras. .-Clasifiquemoslos·motivos en permanentesy oca- sionales -·dijo ton expres~ón adusta-·. En el·presente caso, los primeros són de orden económico y de orden pasional. EstamuertebeneficiaalaseñoritaEmilia Gutié- rrez y a1 señor Atuel. La señorita Emilia heredará a su hermana. Recibirá unas alhajas que no treo exagerado éalificardevaliosas,Y, aestar eiimisinformes,los novios postergaban elmatrimonio enrazón de dificultades eco- nómicas. En cuanto al señor Atuel, por ese matrimonio llega abeneficiarse conlamuerte. Los motivo~ pasiona- les apuntanalasmismas personas. Pareceunhecho com- probado-que la difunta andaba eh amores con el novid de la señorita Emilia. Así tenemos los celos, el cataliza- Silvina .Ocampo Adolfo Bioy Casares 75 dor de la tragedia. Este factor es.netamente femenino ' ¡malo para·Emilia! Pero el enredo entre el novio y la víct:iin~ debe consider(rse comoun ferme'ntario de pasio- nesviol~ntas, que señala también al primero de los nom- brados. Pasemos, ahora, a los..motivos ocasionales. Las últimas.peleas ocurren entre las.señoritas,·conla exclu- siónparcial del novio. ¡Malasunto para la señorita Emi- lia! -F.inalmente.pasemos delos motivos alaocasión. Al llegar aestafrase, Atuel queda descartado:;cuando ocu- ríió la defunción no estaba en la casa·. Viv.e en el Hotel Nuevo Ostende.las dos hermanas se alojan en cuartos contiguos. Como ustedes recordarán, én la noche;ae la tragedia'la señoritaEmiliarbaja sola asu cuarto. besp'ués echa b estricnina.en el·chocolate;· espeta que el veneno obre; hace desa,l'arecer la taza (tal vez arrojándola pór una v'ehtana; cuando·pase latormentahabrá que remo- verla arena). Conclusión: si el d,iablo:nola ayuda, ¿dón- de encontrará salida la señorita? Sospeché.que en la trama lógica de• estos argumen- tos había.imperfecciones, pero•estaba demasiado eon- fuso y demasiado apesadumbradopara descubrirlas..Ati"' né a protestar: -Su. explicación-es psicológiaamente imposible. Usted me recuerda a esos-novelistas que se concentran ,en la aeción y·descuidan los personajes. No olvide que ,sin el factor humano. no hay obra duradera. ¿Ha pensa- do en Emilia? Me niego a aceptar que una muchacha tan sana·-un.poco pelirroja, concedo-· haya. cometi- do este crimen. Yo pretendía demasiado: que una mera improvisa- ción emotiva reemplazara a una crítica lógica. El coini- sariodijo: -Victor Hugo le responderá: «La ansiedad con- vierte.en'tenazas los dedos de una.mujer; una niña que
  38. 38. 76 Los que·•aman, odiar tiene miedo clavaría sus rosadas uñasren. una baúa de hierrO.>> El doctor Montes pareció despertar de su letargo.· -Si yo no estuviera tan borracho, le diría que todo su caso está fundado en presunciones-le explicó afec- tuosamente al comisario-. tlsted.·no tiene una sola prueba. -Eso no.me alarma-contestó Aubry-·.Tendré to- das las.pruebas que quie.ra .cuando la hagamos hablar en la comisaría. Miré con iptomprensión.a ese hombre que razona-: ba'con-vulgaridad,perocon eficaciá, que sentíauna ardo- rosa afición porla literatur¡¡, que se conmovía.con Hugo, y que sinvacilacion,és sedisponíaatorturarauna mucha: cha y a condenarla,tal vez,,injustameJlte. Me sorprendímirando.aMontes con simpatía. Había mucho que perdonarle, pero.talvez.dos médicos formá'- ramos un buen abogado. ¿Y qué significaba ~ste misterioso poder. de Emilia? Yo, que.soyesencialmente·vindicativo, porella meincli- naba a: fraternizar con un colega.qu~ me·había insulta- do. En ese momento encontré larespuesta·auna pregun- ta que me había·planteado un rato antes. No era amor lo que sentía: era un ambiguo sentimiento de culpabili- dad. Yo era, en ese limitado mundo de Bosque del Mar, •la inteligencia· dominante, y mis declaraciones habían .orientado lainvestigación..Repetirme que había cumpli- do con mideber era insuficiente, aun como consuelo. -Una medida elemental-opinó Montes- sería vincular el veneno con alguien;.averiguar, por ejemplo, quién compró estricnina en la farmacia... -No he omitidó esa providencia -respondió con autoridad Aubry-. Mandé uno de mis hombres conins- trucciones preci~as: preguntarle al farmacéutico a quién Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 77 oaquiénes habíavendido estricninaen los últimos meses. La respuesta fue terminante: a nadie. Con fingida naturalidad interrogué: -¿Cuál es su plan, comisario? -¿Mi plan? No decirle una palabra a la muchacha hasta que pase la tormenta. Después la detengo y me la llevo. Les pido que no se inquieten. No podrá huir. Tam- poco destruirá las pruebas: mis pruebas, como ustedes saben, aparecen en el interrogatorio. Nuestra misión, ahora, es quedarnos quietos;·esperar que pasé la tor- menta. Me lex,anté impaciente. Miré por la ventana. Una aurora parda, arenosa, se insinuaba entre el vendaval. El mundo parecía los restos de un incendio amarillo. Sobre oscuros postes caídos se levantaba en espirales la arena, como un humo furioso. Me pregunté, sin embar- go, si elímpetu de la tormentacontinuabacon igualinten- sidad y, con miedo en el corazón, busqué los signos de una próxima calma. Apoyé una mano, después la otra, después la frente, en el vidrio. Sentí su frescura, como si tuviera fiebre.
  39. 39. 1 1 1 11 ,,1 1 '111 11 i¡ i ' ,- . •' XIX El sueño es nuestra· t:otidianá práctica de locura. En el momento· de enloquecer diremos: «Este mundo me es familiar. Lo he visitado en casi toqas las noches·de mi vida.>> Por eso, cuando creemos ·soñar y estamos·des- piertos, sentimos un vértigo eh la faZóil. Yo·oía en un piano elVals olvidado,-de·Liszt, el.mismo vals que EmiliahabíatOcádo lanothe·anteriot. ¿Estábamos todavíaencerrados enelhotel,enmedio de latormentade arena, con.la muchacha muerta ensu cuartO? ¿O inexpli- cablemente yo me había perdido y desandaba camino en el tiempo? Esa mañana me desperté con etahogo y la ciegayangustiadanecesidaddesalirquealgunosenfermos experimentan en el sueño de la anestesia. No podía abrit la ventana, pero con un frene¿í de esperanza me dispo- níaasalirdel cuarto. Abrí la puerta: ningún alivio, la mis- ma pesadezy la mente absorta oyendo el Vals olvidado. Lentamente subí las escaleras. Ahora, como atdes- pertar de un sueño, las cosas r~ales·me asombraban y la música persistía como una última reliquia de la locura. Yo iba a su encuentro, receloso de perderla, con nostal- gias, ya, del milagro. Entré en el comedor. Junto al aparato de rádio, que transmitía el Vals olvidado, Manning jugaba solitarios. ~¿No le parece que en esta ocasión no es oportuna la música? -le pregunté.
  40. 40. 80 los que oman, odian Me miró como si fuera él quien despertara. -¿Música?... Perdón... No la oía. Puse la radio par~ oír las noticias. Empecé a jugar y me olvidé. Cerré el contacto. -Usted es el tigre de los solitarios -le dije. -No lo crea -respondió-. Un amigo afirmó que de mil partidas se ganan setentay cinco. Me pareció exa- gerado. ~¿Haciendo la prueba? Advertí que en mi trato con Manning yo empleaba un desacostumbrado tono de protección. Manning .era inusitadamente pequeño. Mientras él trataba de explicarme algo sobre el cál- culo de probabilidades', me acerqué alaventana. Parecía increíble que detrás de nuestro Cielo opaco hubiera otros cielos con sol, Sentíascopor eso_s interminablesvientos d_earepa. Enun ángulo de la ventana había una araña. -A esta.hora traen mala suerte -declaré. Tomé-un diario para 9-plastarla. -No la mat.e -me rogó Manning-. Salió porque había música. La puse en ese_rincón hace dos o tres-días y mire la tela qu~ ha tejido. Mir~. Habíauna s_uciedad, de telas y una mosca hueca. -.Huberman-resonó una voz-. Lo necesitamos. Era Cornejo. Estabavestido con.unpantalómblaiico, de franela, y una camisaspor.t. Había en su tono.algo que hacía pensar en el capitán de un-barco; tomando lasúlti- mas provid~n.cias en medio de un naufragio. -Venga al escritorio -prosiguió-. Van a cerrar el cajón. Aconipáñela a Emilia. Reconforta sj~mpre encontrar·personas capaces· de valo_rar las cualidades de conductor espiritual que hay en mí. Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares 81 En el escritorio, Atuel, Montes y el comisario acom- pañaban a Emilia. -Voyabajar-declaró Cornejo; y partió conperfec- ta compostura. Con un cálido sentimiento de responsabilidad traté de acercarme a Emilia. Atuel y Montes conversaban con ella. Mientras yo discutía con el comisario sobre las pro- babilidades del tiempo, los miraba; los hombres, natu- rales y borrosos; Emilia, incómoda en la silla, rígida, con esa actitud de actor en el escenario, que tienen las per- sonas que sufren. Imprevisiblemente me pregunté si Cornejo me habíallevado al escritorio porque Emilia me necesitaba o porque él necesitaba que yo no estuviera en otra parte. Un vecino rumor de porc·elanasy de cubiertos anun- ció la proximidad del desayuno. No pude menos que desechar las ideas ingratas. En efecto, en la diaria cere- monia del primeralimento veo los caracteres de la emo- ción poética, que inviolable y Prístina renace a través de las repeticiones. Extraje-del bolsillo el tubo del arsé- nico y deposité en la palma de lamano izquierdalos diez glóbulos necesarios. Cu9-ndo los llevé a rn,i boca entreví un brillo de sorpresa en los honestos ojos del comisa- rio Aubry. Me ruboricé como up niño. Cornejo apareció en el marco de la puerta. Estaba pálido, terrosamente pálido, como si una súbitavejez lo hubiera abrumado. Se apoyó sobre la mesa. -Tengo que hablarle, comisario-dijo con una voz cansada. El comisario y yo nos acercamos. Atuel pareció inte- resarse en el impenetrable paisaje de la ventan9-. Emilia se retiró, indiscretamente seguida por Montes.
  41. 41. i '! 1 1! 1 1! 1 ·• 1 11 ¡ 1 ' ' " XX 'J r EP.el cuadro de Alonso Canola muerte deposita un beso helado en los labios de un'niño dormido. Al salir del escritorio, Cornejo se había dirigido al cuarto de Mary. Quería que alguien....,..-además del hom- bre de las pompas fúQebres-y de-algún. previsible gen: darme-despidiera ala muchachamuerta: enel moíñen- to de ser encerrada en elataúd. En el trayecto se encontró con el hombre; éste le dijo que iba al piso bajo, a buscar unas herramienta~.. Alpasar por·el corredor, Cornejo arrancó tres hojas del calendario de las alpargatas mar- ca Langosta parapone:r;l(> al día (enumero minuciosa- mente estos detalles, comb si tuyieran importancia para el relato; qui~á la tuvieran para el relator o, simplemen- te, le sirvieran para no distraerse, como los·planos que la otranoche había trazado en elmantel)..Despué.s·entró en el cuarto de Mary. Al llegar a este punto Cornejo se calló, tuvo un estremecimiento, se enjugó laJrente con t,m pajíuelo y creímos que iba a desvanecerse. Lo que habíapresenciado era atroz, y las experiencias que tene- mos a solas, cuando por vez primera las comunicamos, alcanzan el apogeo de intensidad. Lo que vio (aseguró Cornejo) fue tan horrible, que desde entonces la puer- ta de ese cuarto sería para él, en los recuerdos y en los sueños, un lugar terrorífico. En la soledad central de ese cuarto, en el corazón del silencio y de la quietud
  42. 42. 84 Los que aman, odian de esa casa enterrada en la arena, vio en lavacilante luz de los cirios, que parecía proyectar la sombra de un follaje invisible, al niño Miguel besar en los labios a la muerta. El comisario preguntó: -Cuando lo vio a usted, ¿qué hizo el chico? -Huyó -respondió Cornejo, después de una pausa. -¿Quién se quedó en el cuarto de la difunta? -Cuando yo salí entró la dactilógrafa. Habría que interrogar en seguida a ese chico. -No me:parece conveniente-opinó Aubry-. Ten- dríamos un disgusto con la tía. Aprobé. .-Los niñosson muysensibles--dije-. Podríamos impresionarla, dejarlo marcado para el resto de la vida. E~ doctor Cornejo me miró como si no. compren~ diera el castellano. -Si le hablamos tan-pronto -observó el comisa-- rio-, podemos obligarlo a mentir. Yusted lo sabe-muy bien, una:vez que se empieza con las mentiras... Yo ibaa decir algo..Elcomisario Il)écoptuvo. =-=No hable-me pidió-. Noagregue nadaalo que ha dicho. Lo que·ha dicho es admirable. Me recu~rda aque- llafrase en que Hugo afirma que las experiencias duras-, cuando llegan demasiado pronto, levantan en el alma de los niños una especie de formidable balanza en la que éstos pesan a Oios. XXI·rl .. sin duda en la mente <!el comisario· Emilia tenía, toda- ví.a, iiilpórtanda. Los otros pensaban úii.icamente en Miguel; talvez.efi Miguel y en Cornejo. Parecía qqe.los démás personajes·quedábamos excluido·s del drama. s·enttuna u.rge:iJ.té hece·sidad de hablar, de cpmuni- car las confidencias de Aubry. Yo sabía que Emilia esta- ba en peligro de set detenida y tatvez torturada. Yo con- fiaba eñsúinocencia.Yo estabaconvencido de que alguna táctica defensiva era imprescindible. Si no apróvechá,. baínos, e·n el acto;mis conocimientos, después' quizá fuera tard~. Me abrumaba la.responsabilidad. Una grave incertidumbre postergaba mi resolución. Primero h~bía pensado hablar con Emilia.. En general, ·me entiend,o mejor conlas mujeres que con los hombres (es verdadqueErnilia era una mujerjoven y la sociedad que yo prefiero es la de·mujeres maduras).'Por otra par- te, mis noticias·podían asustarla. Consideré que no era prudente confiarentina persona perturbada porel terror secretos cuyarevelación m·e perjudicaría. Me decidí por Atuel. La entrevistasetía menos agradable, pero la pres- tigiaban los méritos de la seguridad y de la cordura, tan gratos aquienes pretendemos que un austero equilibrio informe nuestras vidas. Juzgué quelosvínculos de Atuel con Emilia excluían, para mí, todo riesgo ulterior. Lo busqué en el cuarto de Mary, en el de Emilia, en
  43. 43. 1 ,, 86 Los que aman, odian el comedor, en el escritorio, en el sótano. Metódicamen~~ emprendí una gira porlas habitaciones del hotel. Aubry me dijo que no lo había visto; Andrea me miró coh des- confianza; Montes me echó de su cuarto y me amena- zó co'n un pleito por violación de domicilio; la dactiló- grafa, abstraída y apresurada, me respondió: -Está eh la pieza del doctor Manning. Los encontré apoltronados en sillones, imperdona- blemente hundidos en la más inconcebible frivolidad. M_anning leía la novela.ingles(! que Atud hªbíél :c.obado del cuarto de Maty. Atu~ll.eíaouna de esas novelas,de té!Pa arlequine,sca, que Mary había tradticldo._En,una, mesa interpuesta entie lós lectores había papeles con anota-, dones y lápices. ¡Redactaban apostillas y no~$ él t_e,xtos policiales! Si Atuel condes.c.endía a..estas puerilidades, de,bia de ignorarlas intenciones del comisario. Me convencí de la Iiecesid;:¡d de prevenirlo inmediatamente.:-_No sin ;J,lgtl.- na satisfacciónpensé en 1;!1 ªuepentimiento que sentiría elpobrehombre cuando s:upieraelpeligro enq!e s~ bªJla- ba.Bu_novia. Confiéso que.toda,vía me. esperaban sorpiend~JJ.tes d_esilusiones, cuyashuellas-ahoraqo_r_r¡tda,s, porcierto- nocicatrizarontanprontocomoyo hubieradeseado. C1,1;,t[l- do declaré:.«Tengo algo importante qye decJrle», me par.e- dó menos eVidente enAtuel el interés por oírme.que el disgusto d,e interrumpir la-indecorosa lectura. Sin omi¡ tir detalle le. comuniqlé la.s noticias. Me escuchó con visible,deferencia,_me dio las gracias y ¿qué fue lp pri- mero que hizo sino retornar a Stl novela? "1 . '. El comisario.Aubryempuñaba elenorme albatros embal-. samado. Atadaalpescuezo del pájaro conuna cintaye_rde, col- gaba una fotografía del·niño, con la inscripción. A mis. queridos padres, recuerdo de Migu~l. En Ja plancura: del. pecho vi·agolpada todaJa nostalg¡a de los.días en que la 1lz, «sombrad~ los diq_ses», ihurüna ctista.liP.amente al mundo junto al mar; días -que, para nosotros, parecían definitivamente sepultados.baj<;>la·tormeri.ta·de arena. En el mismo baúl, en un papel de·diario, encontra-1 mosunapequeñacantidad de arsénico.'Desdehacíatinos veinte minutos·, el comisario·Aubry, Andrea y yo regis..:r trábamos el cuarto de Migue( El comisario preguntó. a Andrea: ,. =¿Cree usted que Miguel, sin-ayuda de-nadie, pudo embalsamar el pájaro? · -,Creo que sí -respondió la mujer-. Se ha pasado la vida: ... -¿Qué motivos habrá tenido para esconderlo?-in- tetrumpió Aubry. -Sabía que me disgustaba. Mientras estuviera en casa, no podíamartirizaranimales. Se lo habíamos prohi- bido. Yo creo.que hay que reprimir la crueldad en los niños. Aubry le mostró el paquete de arsép.ico.
  44. 44. 88 Los que aman, odian -¿Usted sabía.que el chico tenía este veneno? Andrea lo ignoraba. Ignoraba también que el ve~e­ no _se empleara en la taxidermia y en la conservación de las algas. El comisario le dijo que podía retirarse. Nos queda- mos solos, considerando las posibles vinculaciones de nuestros hallazgos con lamuerte de Mary. Pero en larela- ción de causa y efecto que intentamos establecer había una cesura fatal. No eraarsénico elveneno que había ma- tadoaMary. Fue necesario que el doctor Cornejo presenciara-el beso atroz del niño para que Aubry tomara en cuenta mi denuncia referente.al pájaro embalsamado. A partir de ese momento se·me dio el lugar que yo merecía. Aubry me consultaba para todo. Tal vez pueda obJetarse esta, manera de conducir una investigación. ¿Por qué Aubry, no buscaba impresiones digitales?.¿Por qué·no ordena,..· baque se hiciera la autopsiadel cadáver? Sólo un detec.:- tive :de pueblo de campo -se añadirá- elegiría como confidente aundesconocido. -Pero no es difícil contes- tara estos reparos. Con las impresiones·digitales no se adelantaría mucho (aparecerían, sin duda, las de todos nosotros); laautopsia probaríalo que nadie ignoraba (que el envenenamiento·era por estricnina);- finalmente, yo no soyun desconocido, y esta manera d~ llevarlas cosas como en familia tiene sus ventaj_as; la confianza se pro- paga, el sospechoso paulatinamente olvida la cautela. Con ridícula timidez Manninggolpeóla·puerta. Tenía algo importante-se atrevió apronunciadapalabra «im- portante>>- que dedarar. Con.a_gtado oí esta réplica del comis.ario: -Le ruego que difiera la revelación hasta después del té. XXIII l Tod·os se- retiráron del comedor después del té, salvo Atuel, Aubry, Montes y yo. -Vamos averqué tiene que decirnos el doctor Man- ning aquí presente. -La hipótesis que voy a proponer ya la he discuti- db con el señor inspector Atwell. Primero me pareció que yo había oído mal; después, que porvirtud de esa frase el mundo se transformabá y lo familiar se volvía desconocido y peligroso. Contuve apenas mi irritación. Yo tépetía: «Atuel, Atwell». Mañning explicaba: -No tengo ningún mérito. Fue obra de la casuali- dad. Cóinó ustédés saben, ayer a la máñahá pasé un-lar- go rato eh el cuarto de la señorita Mary.=La mesa estaba cubiétta de papeles. Dé pfóhto, eh una hojá-de blockleí una frase que me llamó la atención. Quizá le di,excesi- va impor-tancia; la copié. Cuando subimos al cóniédor se la·tomuniqué a Atwell. El comisario Aubryapagó contra el cenicero ~m cigá- r_rillo que acababa ae encender. ' -No estfen mi ánimo hacerle reproches, inspec- tor-declaró-,peto·¿potqüé no me dijo nadá? En cuan- to supe quién era usted, le pedí su colaboración. -¿Cómo iba a molestarlo con úna sugerencia en la queyo mismo no creía? Pero no nos detengamos encues- 1 1 1 1 -·-'

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