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Cara a cara con Dios, una historia real, por Jim Maxim

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Cara a cara con Dios, una historia real, por Jim Maxim

  1. 1. Lo que dice la gente de Jim Maxim y Cara a Cara con Dios Jim Maxim es un testimonio vivo del poder de Dios para redimir. Su viaje le inspirará a confiar en el Creador para la liberación de su cautividad. —Dr. Jack Hayford Jack Hayford Ministries Pastor fundador, The Church On The Way Van Nuys, California Este libro es lectura obligada. La vida de Jim es una reivindicación de esperanza y fe en el implacable amor de Dios. Este libro contiene un cofre de verdades teológicas y bíblicas que no requieren un profesor de teología para ser reveladas. —Dr. Herbert H. Lusk II Pastor, Greater Exodus Baptist Church Philadelphia, Pennsylvania Anterior running back [corredor], Philadelphia Eagles equipo de fútbol americano ¿Cree en los milagros y en el poder de la oración? Lo hará después de leer la historia del encuentro de Jim Maxim con Dios. —Reverendo Randy Carroll Anterior pastor por cincuenta años Findlay, Ohio La historia de la increíble gracia de Dios en la vida de Jim Maxim es un testimonio del amor soberano, milagroso y salvador de Dios. Lea este libro y reciba bendición. Comparta su mensaje de esperanza con otros que hayan perdido el rumbo. Vuelva a ver cómo el evangelio de Jesucristo hace que vidas rotas rebosen de fortaleza y de gozo. —Dr. Peter A. Lillback Presidente, Westminster Theological Seminary Philadelphia, Pennsylvania Una cosa es leer sobre la obra de Dios en un hombre; otra distinta es verla en la práctica. Por diez años yo he tenido ese privilegio. La historia de Jim Maxim de una vida transformada es una historia de gran apologética por la creencia en el Dios cristiano. Léala y vuelva a descubrir lo que significa la gracia.
  2. 2. —Pastor Bob Guaglione Calvary Chapel of Delaware County Chadds Ford, Pennsylvania Desde el primer encuentro que Jim tuvo con Cristo, él ha sido fiel a la sagrada confianza de permanecer “cara a cara” con Dios en el lugar secreto de la oración. Él y su esposa, Cathy, han proporcionado un oasis para los quebrantados, desde los barrios pobres del centro de Filadelfia hasta los pobres en Nepal. La increíble historia personal de gracia de Jim lleva esperanza a los desesperanzados situándoles “cara a cara” con Aquel que más les ama. —Tom Lofton Fundador, 12.12, The Annual Global Day of Prayer for the Poor and Suffering Springfield, Missouri La vida está llena de dificultades y pruebas, pero Jim Maxim ha aprendido a vivir triunfante debido a su caminar con Dios. He conocido a Jim por más de treinta años y he comprobado que él es un amigo genuino, un hombre de integridad que causa impacto para Dios en el mundo de los negocios, en su vida familiar y en todo el mundo con su pasión por las almas. Le admiro por su valentía y coherencia en su testimonio para Cristo. —Pastor James Leake Acts 20:24 Ministry Pastor Emérito, Monroeville Assembly of God Monroeville, Pennsylvania Jim Maxim es un pilar de fortaleza para el reino de Dios, y vive su fe de manera práctica. Recomiendo esta poderosa historia de desesperación transformada en redención. —Dr. Keith Phillips Presidente, World Impact, Inc. Los Angeles, California Jesús mostró su pasión, compasión y resolución una y otra vez durante su viaje terrenal. Jim Maxim, con un respeto por el Señor inspirador y lleno de oración, ha descubierto el poder de esas mismas emociones al seguir la guía del Espíritu como un testigo cristiano en su propio viaje. Los lectores de este libro serán inspirados a seguir de modo similar. —David R. Black, Ph.D. Presidente, Eastern University St. Davids, Pennsylvania
  3. 3. A menos que se indique lo contrario, todas las citas de la Escritura han sido tomadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional®, nvi®, © 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional. Usadas con permiso. Todos los derechos reservados. Las citas de la Escritura marcadas (rvr) son tomadas de la versión Santa Biblia, Reina-Valera 1960, © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Usadas con permiso. Las citas de la Escritura marcadas (ntv) son tomadas de la Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente, © 2008, 2009 por Tyndale House Foundation. Usadas con permiso de Tyndale House Publishers, Inc., Wheaton, Illinois 60189. Todos los derechos reservados. La letra negrita en las citas bíblicas indica el énfasis del autor. Traducción al español realizada por: Belmonte Traductores Manuel de Falla, 2 28300 Aranjuez Madrid, ESPAÑA www.belmontetraductores.com Cara a Cara con Dios: Una historia real de rebelión y restauración Publicado originalmente en inglés bajo el título: Face-to-Face with God: A True Story of Rebellion and Restoration Jim Maxim Acts413 P.O. Box 628 Southeastern, PA 19399 www.acts413.net ISBN: 978-1-60374-519-2 © 2012 por Jim Maxim Whitaker House 1030 Hunt Valley Circle New Kensington, PA 15068 www.whitakerhouse.com Por favor, envíe comentarios o sugerencias para hacer mejoras a este libro a: comentarios@whitakerhouse.com. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de ninguna manera o por ningún medio, electrónico o mecánico—fotocopiado, grabado, o por ningún sistema de almacenamiento y recuperación (o reproducción) de información—sin permiso por escrito de la casa editorial. Por favor para cualquier pregunta dirigirse a:
  4. 4. permissionseditor@whitakerhouse.com.
  5. 5. Reconocimientos A Cathy, mi esposa durante treinta y cinco años: me gustaría darte las gracias por todos los años de haber sido mi seguidora número uno. Solamente tú conoces el canto de mi corazón y, muchas veces me lo repetiste cuando yo me olvidé de las palabras. No sería el hombre que soy sin ti. Tú tienes un caminar personal con Dios que yo he visto de cerca, y me ha inspirado profundamente. Te quiero con todo mi corazón. A mis hijos, Jim John y Jordan; mis nueras, Alison, Lauri y Jesica; y a mis nietos, Lucy, James y Dylan. Mi deseo más profundo para ustedes es que caminen humildemente con Dios y le pongan a Él en primer lugar en sus vidas, siempre. Les quiero. A Vicki Mlinar, mi amiga, mi cuñada y mi hermana en Cristo, y también mi editora: gracias por mantenerme en curso con esta historia y asegurarte de que mantuviéramos a Jesús y su amor por los partidos como su principal enfoque. Vicki, eres verdaderamente una mujer de Dios, y verte confiar en Dios y caminar con Él del modo en que lo haces es increíble. Siempre has buscado honrar a Dios, y sé que haces que Él esté orgulloso de ti. A Bob Whitaker Jr., de Whitaker House: tu deseo de alcanzar a los perdidos y mantener la aguja de tu brújula señalando hacia Cristo continuarán avanzando el reino de Dios. Sé que se dirá de ti: “Bien hecho, siervo bueno y fiel. Entra en el gozo de tu Señor”. Bob, siempre fuiste ejemplar. Gracias. A Lois Puglisi, mi hermana en Cristo y editora final: sin tu paciencia y tu amable insistencia para que yo meditase bien todo, esta historia no se habría completado. Tu deseo por la excelencia para darle a Dios lo mejor me ha inspirado profundamente y ha hecho que esta historia de redención sea más eficaz para que Dios la utilice para alcanzar a los perdidos y alentar a su pueblo. Lois, siempre le has dado lo mejor a Dios, y eso se ve en todo lo que haces. Gracias.
  6. 6. Prólogo Cuando conocí a Jim Maxim, ¡sentí que teníamos un espíritu afín! Sin embargo, tuve la impresión de que ya le había conocido anteriormente al revisar su manuscrito. Es una poderosa y absorbente historia. La recomiendo encarecidamente. En varios aspectos, el testimonio de Jim es como otros de los que he sido testigo en más de cincuenta años de ministerio a la población adicta por medio de Teen Challenge, fundado por mi hermano David Wilkerson, donde he ministrado durante toda mi vida adulta. Comenzando con la conversión de Nicky Cruz, he visto literalmente miles de milagros de vidas cambiadas de modo dramático. Jim tuvo un encuentro con Dios similar. El alcohol casi le destruyó; sin embargo, por la gracia soberana de Dios, Jesús se le reveló cuando era joven. Jim fue levantado de una cama del hospital con puntos que cubrían toda su cara después de haber sido lanzado contra un parabrisas durante un accidente de tráfico, y tuvo lugar en él una sanidad física, emocional y espiritual. En la actualidad, es un exitoso hombre de negocios que relata su historia de redención en los Estados Unidos y en el extranjero. Estoy agradecido de que Jim haya relatado ahora su historia en las páginas siguientes. Recomiendo regalar este libro a los que yo denomino “acomodados” al igual que a los “arruinados” que son tocados por algún problema grave que controla sus vidas. Y si es usted padre o cónyuge de alguien que está viviendo un estilo de vida destructivo, lea el relato de Jim de pasar de estar a un metro del infierno a una nueva vida increíble; le dará esperanza. —Don Wilkerson Presidente, Teen Challenge, Inc.
  7. 7. Prefacio Aunque mi mamá, Isobel Maxim, tenía una estatura de sólo 1,57 metros, era sin lugar a dudas uno de los gigantes de Dios en la esfera espiritual. Ella conocía a Dios íntimamente y, debido a eso, batallaba en oración contra los “espíritus de maldad en las regiones celestes” por sus ocho hijos. Ella sabía lo que era pelear por las vidas de sus hijos en la esfera espiritual porque su Señor le había enseñado que todas las cosas son posibles mediante el poder del Dios Todopoderoso. Amigos míos que habían escuchado de su ministerio de oración y la visitaban decían con frecuencia: “Desde el momento que entramos, la presencia de Dios era tan poderosa que parecía que estábamos en un lugar santo”. Hay una escena en el libro de Apocalipsis, capítulo 5, que describe la actitud de su corazón, lo cual es lo que causaba que las potestades de las tinieblas liberasen la atadura que tenían sobre mí. Dice lo siguiente: Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Los cuatro seres vivientes decían: Amén; y los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron al que vive por los siglos de los siglos.(Apocalipsis 5:11–14, rvr) Si usted o un ser querido está en una situación difícil y, en lo natural, parece casi imposible que pueda salir ningún bien de ella, mi mamá le diría: “Este libro es para usted”. Es mi oración que usted entre en el lugar secreto de la oración y en la presencia misma de Dios, porque es allí donde todas las victorias se ganan, sin importar las probabilidades que haya contra usted. Yo soy prueba viva de esta realidad.
  8. 8. Primera parte
  9. 9. A un metro del infierno
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  11. 11. En la oscuridad Estaba yo sentado detrás del volante de mi Oldsmobile Dynamic 88 de 1962. Era el día 27 de diciembre de 1971, así que el vehículo ya había pasado por algunos años de arañazos y profundos cortes. Y yo también. A los dieciocho años de edad, con la secundaria solamente a seis meses de antigüedad, yo era un alborotador muy conocido, siempre listo para una fiesta o una pelea. Aquella noche había bebido más de unos cuantos tragos con mis amigotes en una fiesta, y pensaba que me sentía perfectamente. Detenido en un semáforo en rojo, saqué la cinta de mi reproductor de ocho pistas. Estaba listo para una canción nueva, y extendí mi brazo a la guantera para sacar una cinta distinta. The Chicago Transit Authority sería perfecta para el zumbido que yo sentía. La cinta se me escurrió entre los dedos y cayó al piso del auto. Yo estaba tan bebido que cuando me incliné para recogerla me desmayé, y mi cabeza comenzó a caer hacia el asiento del auto. Al recuperarme durante un breve segundo, levanté la vista y vi un auto que se dirigía en dirección a mí. ¡Va a chocar conmigo!, grité en silencio, y después me desmayé otra vez. El auto que se acercaba no chocó conmigo; de algún modo yo había movido el volante hacia la izquierda y me había apartado de su camino. Fuera de control, mi Olds cayó por un terraplén y fue hacia abajo a toda velocidad. La parte frontal de mi auto se empotró con un horrible crujido contra un oscuro poste telefónico. Atravesar el parabrisas Mi cara golpeó el salpicadero y mi mandíbula se rompió. Me choqué contra el parabrisas como si fuese una bala y atravesé el cristal. Yo era un tipo bastante corpulento, incluso a esa edad medía más de 1,80 de altura, así que cuando mis hombros golpearon el parabrisas, eran demasiado anchos para atravesar la rotura, y evitaron que mi cuerpo saliera despedido desde el auto. Pero lo que sucedió después fue la peor parte de la pesadilla. El auto se detuvo en seco, y el peso de mi cuerpo me impulsó hacia atrás dentro del vehículo con venganza. Cuando mi cabeza se movió hacia atrás atravesando el parabrisas, los bordes afilados del cristal roto hicieron grandes cortes en toda mi cara. Fui lanzado el piso del auto en el lado del pasajero, con sangre fluyendo libremente desde docenas de profundos cortes en mi cabeza. El primer policía que llegó a la escena arrancó la puerta del pasajero para poder llegar hasta donde yo estaba. La sangre de mi cara comenzó a caer sobre su zapato. “Creo que ya está muerto”, gritó el policía a su compañero. “Es demasiado tarde. ¡Está muerto!” Una de las últimas cosas que recuerdo aquella noche era sangre y cristales volando alrededor de mí. Levanté la vista, y al otro lado de la calle vi la funeraria local. ¿Es esa mi siguiente parada?, me pregunté… después no recordaba nada más. Fueron necesarios relatos combinados de la policía, los médicos, las enfermeras y mi
  12. 12. madre y mis hermanas para reunir todas las piezas del rompecabezas para mí con respecto a lo que sucedió durante las siguientes horas y días. La ambulancia llegó a urgencias del hospital Columbia a altas horas aquella noche. Un policía abrió la puerta trasera de la ambulancia, me echó una mirada y exclamó a su compañero: “Olvídalo; es demasiado tarde. ¡Está muerto!”. “Sigo estando aquí” “No, sigo estando aquí”, musité yo a la vez que miraba desde mi camilla. ¡Ellos se sorprendieron al oírme hablar! Me llevaron enseguida a urgencias. Era la época navideña, y no había cirujanos de servicio. El joven interno que llegó a mi habitación del hospital se detuvo casi horrorizado. Cuando vio el sangriento desastre que había en mi cabeza y mi cara, apenas supo por dónde comenzar. Frenéticamente, intentó detener la hemorragia mientras evaluaba el daño causado a mi cráneo. El corte en la parte de arriba de mi cabeza era profundo, y por eso su primera preocupación era el grado del daño cerebral causado. Entonces, me miró a los ojos y se dio cuenta de que los bordes del cristal habían hecho cortes en mis dos ojos cuando mi cuerpo fue impulsado hacia atrás dentro del vehículo. A medida que la hemorragia se fue deteniendo, el conmocionado interno comenzó el proceso de quitar pedazos de cristales de mis ojos tan rápidamente como fuese posible, a la vez que esperaba ansiosamente a que llegase el cirujano. Cuando se hizo obvio que nadie con más experiencia llegaría para ayudar pronto, el interno comenzó a coser los peores cortes en mi cara. Al no ser un cirujano plástico, sencillamente me cosió, haciendo todo lo posible para salvar mi frágil vida. Yo entraba y salía del estado de conciencia. Cuando llegué al hospital, había seguido susurrando a la policía: “¿Están bien todos los demás?”. Aquello les hizo sentir un pánico momentáneo. ¿Habían pasado por alto a alguna otra persona que hubiera sido lanzada desde el auto? Les oí hablar mientras seguían preguntándome si había alguna otra persona conmigo. Y después me desvanecí… hacia la oscuridad.
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  14. 14. Perdido sin esperanza La noche de diciembre del accidente era fría y nevada en Pittsburgh, Pennsylvania. Yo estaba en la fiesta de Navidad para empleados del club de campo. Yo había sido caddie en ese club desde quinto grado, y ahora tenía el “prestigioso” trabajo de dar lustre a los zapatos en el vestuario de los hombres. La fiesta era estupenda porque yo podía beber todas sus bebidas exclusivas gratis, y me sentía bien. Me encantaba la ginebra Gilbey’s y Beefeater. Era muy suave, y no se podía oler con mucha facilidad, lo cual hacía que estuviese bien beber casi en cualquier momento. La fiesta navideña era maravillosa, pero cuando terminó yo estaba demasiado borracho para conducir hasta mi casa. Mi amigo Barry me llevó en mi auto, y su novia nos siguió en su propio auto. Yo era lo bastante necio para pensar que no había tenido suficiente diversión. Mientras pudiera seguir caminando, podría seguir de fiesta. Ellos cometieron el gran error de darme las llaves de mi auto cuando me dejaron. En lugar de entrar por la puerta, me escondí a un lado de la casa de mis padres hasta que Barry y su novia se alejaron. Entonces, rápidamente me metí otra vez en mi auto y conduje en la dirección opuesta. Quería pasar unos cuantos minutos más con el Sr. Gilbey. ¿Qué daño podía hacer?, pensaba yo. Atrapado por la adicción Yo era muy joven cuando comencé a beber. Todo comenzó un día después de la escuela en octavo grado cuando estaba en la casa mi amigo. Su padre y su madre trabajaban, así que teníamos el lugar para nosotros solos durante algunas horas. Ellos tenían botellas de bebidas alcohólicas en su casa, así que nos preguntamos por qué no podríamos beber algunos tragos. Ellos nunca se darían cuenta. Y, después de todo, no estábamos haciendo daño a nadie más; ¿qué podría haber de malo en unos cuantos tragos? Bien, después de haber probado lo bien que me sentía, me preguntaba qué otras cosas habría. Mientras nadie más resultase herido, parecía bien seguir probando cosas nuevas. Durante los cinco años siguientes yo exploré todas las maneras que pude para estar colocado. Mis amigos como caddie y algunos otros amigos me presentaron unos nuevos “amigos”: mariguana, hachís, metanfetaminas, y la que era verdaderamente “buena”: mescalina. Entre las pastillas y las bebidas, yo había comenzado un viaje que llegaría a lamentar. Pero cuando era adolescente, creía que sencillamente “me estaba divirtiendo” al colocarme. Aquello también hacía que cualquier problema que yo tuviera desapareciera, al menos durante un rato. El impacto de Big Jack en mí Mi papá, Jack Maxim, era dueño de un bar llamado Big Jack’s Bar… ¡famoso por nada! Su personalidad encajaba: 1,92 metros de estatura, 129 kilos de músculo, con manos tan grandes como las de un gigante. ¡Nadie quería molestarle! Su bar estaba cerca de la esquina donde yo salía con mis compañeros de copas. Una noche, uno de los amigos de Big Jack pasó caminando por nuestra esquina. Recuerdo claramente que todos saludamos al hombre; él iba tan borracho que no le molestamos. Pero
  15. 15. eso no fue lo que le dijo a mi papá. Aproximadamente quince minutos después, oímos cierta conmoción que provenía del Big Jack’s Bar. La farola de la calle no brillaba mucho, pero yo supe enseguida quién se dirigía rápidamente hacia nosotros. Era el hombre borracho, con Big Jack a su lado. Sinceramente, no le habíamos dicho ninguna otra cosa excepto hola, pero él le dijo a Big Jack que unos punks en la esquina le habían dado algunos golpes. Éramos unos diez, y estaba bastante oscuro en el estacionamiento trasero donde estábamos. Cualquier otra persona podría haber sido intimidada, pero Big Jack se puso en medio del grupo y gritó a su amigo: “¡Pon tu espalda contra la mía!”. Él miró alrededor con intención y después gritó: “Muy bien, punks. Creyeron que fueron duros con un tipo; ¡ahora es su oportunidad de ver lo duros que son realmente!”. Yo bajé mi cabeza, esperando que mi papá no me reconociese en la oscuridad. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba a punto de suceder, y que uno de mis amigos podría resultar herido, tuve que hablar. Sólo había pronunciado unas pocas palabras: “Papá, no le hicimos nada a ese tipo”, y antes de darme cuenta, aquella mano gigante me dio una bofetada en la cara y me impulsó hacia atrás. No era el momento adecuado para tener una charla entre padre e hijo, así que él simplemente me dijo que me fuese a mi casa y que hablaría conmigo después. En aquel momento, él quería demostrar otra cosa a los muchachos que había en la esquina. Lentamente, yo fui caminando a mi casa, y prevalecieron las cabezas más frías, pero eso le dará una vislumbre de Big Jack. La vida era difícil a veces, y beber era una manera de hacer que sus dificultades se desvanecieran. Olvidar el dolor Al principio, yo me colocaba solamente para divertirme un poco, pero no pasó mucho tiempo antes de que colocarme se convirtiera en el principal enfoque de mi vida. Nunca me di cuenta de que las drogas y el alcohol se estaban convirtiendo rápidamente en un estilo de vida para mí. Cuando uno es un muchacho, nunca piensa en poder llegar a ser totalmente dependiente del alcohol. La idea de ser alcohólico era ridícula. Yo no sabía que cinco de los ocho hijos en mi familia sufrían alcoholismo, tendrían que ir a rehabilitación y experimentar continuos fracasos en la vida, o que la disfunción gobernaría nuestras vidas durante un largo período de tiempo. El alcohol es muy astuto; te dice que no tienes ningún problema, que tan sólo te estás divirtiendo un poco. La idea de que te estás destruyendo lentamente, por no mencionar el causar dolor continuamente a las personas que te rodean, no se te ocurre pensarla. La idea de que yo tuviera un “problema” con el alcohol sencillamente no parecía ser real. Yo sabía que me encantaba beber, ¿y por qué no? Repito: yo no hacía daño a nadie, ¿verdad? Bueno, eso comenzó a cambiar cuanto más tiempo seguía bebiendo. A esas alturas, muchos de mis amigos habían comenzado a pincharse agujas en sus brazos, y yo creía que el alcohol era diferente. Pensaba: Yo no soy un yonqui. Yo no voy a ser así. Puede que no me estuviera agujereado las venas con agujas, pero sin duda las estaba llenando, sólo que era una droga diferente. Era la droga que yo había escogido. No sabía que ya era un adicto. La mayoría de alcohólicos no lo sabe hasta que llega un día para todos ellos: el día en que tocan fondo. Es solamente cuestión de tiempo, porque sin duda va a suceder. La única pregunta es: ¿cuánto daño va a infligir, y seguirás estando con vida cuando eso suceda?
  16. 16. Una noche, iba yo conduciendo por el estacionamiento hacia el centro de Pittsburgh con mi amigo Dave. Estábamos pasando un rato como siempre. Teníamos un enfriador de bebidas en el asiento trasero lleno de cerveza y vino, acabábamos de fumarnos algunos porros e íbamos volando. Yo comencé a acelerar para adelantar a la persona que estaba delante, y me golpeé con el costado de su auto. La peor parte de todo aquello fue que ni siquiera me di cuenta. Dave me miró y me dijo: “Oye, amigo, acabas de golpear el auto de ese tipo”. Mi respuesta en aquel momento le demostrará mi estado mental cuando yo estaba borracho o drogado. Le miré y le dije: “¿Y qué? Nunca me agarrará”, y seguí avanzando por el estacionamiento. Yo no tenía consideración alguna por las personas que iban en el auto que golpeé, y sin duda ni siquiera pensaba en lo borracho que yo estaba y en cómo lo que estaba a punto de suceder podría matar a algunas personas, sin mencionar a Dave o a mí mismo. Después de irnos, yo pensé que aquello pondría fin al asunto. No sabía que el tipo al que había golpeado era un oficial de policía de Pittsburgh que estaba fuera de servicio. No sólo eso, sino que también su esposa iba con él en el auto, y estaba embarazada de siete meses. Cuando pisé el pedal del acelerador, sencillamente supuse que unos minutos después todo aquello habría terminado, y que sencillamente podríamos continuar donde lo habíamos dejado y seguir con nuestra fiesta. Pero el policía tenía ideas diferentes. Miré por el retrovisor y no podía creer lo que veía. Aquel tipo en realidad tuvo las agallas de perseguirme, así que pensé que le haría recorrer el viaje de su vida, y que sólo pasarían unos minutos antes de que él fuese historia. Repito: lo único que yo no sabía era que él era policía, un policía muy enojado, un policía motivado que llevaba a su esposa embarazada en el auto con él. Al final del estacionamiento hay que elegir si seguir recto hacia el centro de la ciudad o cruzar uno de los muchos puentes que hay en Pittsburgh. Nos dirigíamos al otro lado de la ciudad, así que teníamos que cruzar un puente en particular. Hay una fila de semáforos justamente antes de ese puente, pero yo me los salté todos y pensé, una vez más, que esa sería la última vez que le vería. A medida que me acercaba al puente, Dave comenzó a gritarme para que me situara en el carril derecho porque iba conduciendo por el carril del sentido contrario y me dirigía al lado equivocado del túnel al final del puente. Pasé al carril correcto, pero cuando entramos en el túnel, el tráfico era más lento, y Dave dijo: “Él está ahí”. El policía se había situado a distancia de dos autos de nosotros, y llevaba su placa en la mano, sacándola por la ventanilla y gritando: “¡Deténgase! ¡Policía!”. Yo le miré y vi la expresión de enojo en su cara. Entonces, el tráfico comenzó a avanzar, y yo decidí sencillamente acelerar de nuevo. Le perdí de vista tras unos minutos, o eso creía yo. Como me enteraría más adelante, él era mucho más inteligente que yo. Había apuntado el número de mi matrícula mientras estábamos en la retención de tráfico en el túnel, así que aquella no sería la última vez que yo vería de nuevo aquella enojada cara. Un breve aplazamiento El auto que yo conducía aquella noche estaba registrado a nombre de mi papá. No recuerdo por qué, pero yo no estaba viviendo en casa durante algunos días después de ese incidente, y cuando regresé y entré en mi casa, mi mamá me dijo: “Jim, ¡han arrestado a tu papá!”. Yo le
  17. 17. miré y dije: “Bueno, ¿qué ha hecho ahora?”. Ella tenía esa expresión en su rostro que decía: ¿Es que alguna vez te vas a enmendar? Entonces dijo: “Jim, no creo que él hiciera nada, porque la policía de Pittsburgh vino aquí y se lo llevó arrestado por haber golpeado un auto de un oficial de policía de Pittsburgh y haber huido, ¡y su esposa embarazada iba en el auto!”. Yo sabía que me habían agarrado, y solamente podía imaginar lo que iba a ser cuando viese a Big Jack cara a cara. Mi mente comenzó a ir en un millón de direcciones, intentando pensar cómo podría salir de aquella situación, pero no podía imaginarme ninguna vía de escape. Big Jack y yo solucionamos aquello, y él no estaba seguro de qué hacer conmigo porque, después de todo, le encantaba beber y también él tenía sus retos con el alcohol. Con otros cinco o seis muchachos que aún vivían en casa y los policías que llegaron para arrestarle, la situación era un desastre, pero de algún modo salimos de aquello, como todas las demás veces. Él fue al tribunal conmigo y se reunió con el juez y los oficiales de policía en privado, y de alguna manera consiguió que me dejasen libre. Él fue allí y presentó mi caso por mí y luchó por su hijo, a pesar de lo desastre que yo era. Cuando regresamos al auto para ir a casa, tuvimos unos de esos momentos entre padre e hijo. Él amaba a su familia y sólo quería lo mejor para nosotros, pero cuando el alcohol domina la existencia misma es imposible ser la persona que uno quiere ser verdaderamente. El alcohol no toma prisioneros; destruirá todo lo que se encuentre en el camino. Es implacable. Estoy seguro de que ambos nos sentíamos mal por lo que sucedió, y sabíamos que algo tenía que cambiar, ¿pero qué? La respuesta obvia era “madurar, dejar de beber y cambiar el estilo de vida”, ¿no? Estoy seguro de que yo dije todas las cosas que dice un alcohólico: “Hasta aquí; no voy a volver a hacerlo. Realmente voy a vigilar lo que bebo. Voy a beber sólo una o dos copas y dejarlo ahí. Quizá fumaré uno o dos porros, pero ninguna locura más”, etc., etc. Me hice a mí mismo todas las promesas, pero el hecho es que mientras estuviera dispuesto a beber una copa más, no podía ser nunca libre de ese capataz: el viejo alcohol. A menos que diese los pasos adecuados para poner fin a mi relación con el alcohol, era sólo cuestión de tiempo antes de que otra persona, o yo mismo, resultase herido otra vez. Fuera de control Quería compartir el anterior incidente para darle un destello del estado mental que yo había desarrollado. Cuando bebía, era solamente algo social para mí, incluso a los dieciocho años de edad. El alcohol ciertamente me controlaba siempre que yo me entregaba a él. Recuerdo veces en que conducía por ahí yo solo y me emborrachaba. Nunca me sentía solo porque, después de todo, le hablaba a la botella. Hay un poema sobre el alcohol escrito por un autor anónimo que realmente resume lo astuto que es cuando juega en las mentes de las personas: Soy más poderoso que todos los ejércitos combinados del mundo. He destruido más hombres que todas las guerras de todas las naciones. He causado millones de accidentes y he destruido más hogares que todas las inundaciones, tornados y huracanes juntos. Soy el ladrón más ingenioso del mundo; robo miles de millones de dólares al año.
  18. 18. Encuentro a mis víctimas entre los ricos y los pobres igualmente. Soy implacable, insidioso, impredecible. Llevo conmigo enfermedad, pobreza y muerte. No doy nada y lo tomo todo. Yo soy tu peor enemigo. Soy el alcohol. Al mirar atrás ahora, no puedo recordar una vez en que fuese a ningún lugar con mis amigos y que no nos emborrachásemos o nos drogásemos. Mire, cuando uno es alcohólico, no bebe sólo por beber. Bebe hasta el punto en que ya no puede reconocerse a usted mismo. En lo profundo del corazón, sabe que esa es la razón por la que bebe en un principio. Para olvidar quién es usted y el fracaso en que se ha convertido. Antes de darse cuenta, hay demonios de alcoholismo y adicción que controlan su misma alma. Está atrapado; no puede lograrlo en la vida estando sereno o siendo quien realmente es usted. Estar drogado podría no ser tan estupendo, pero es mejor que enfrentarse a la realidad de la vida. Las drogas, el alcohol: es su manera de manejar todo eso. Puede enterrar el dolor de la persona que le mira desde el espejo. Sin embargo, en lo profundo de mi mente siempre hubo un sentimiento de inquietud de que mi vida estaba fuera de control. A veces, tenía el sentimiento de estar en una vía de ferrocarril siendo empujado, y no podía detenerme ni escapar. Solamente esperaba que no llegase un tren en dirección contraria. Aquella noche de diciembre, en la angustia del accidente, me choqué de frente con mi tren, tal como yo había temido.
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  20. 20. Esas temibles palabras Eran las dos en punto de la madrugada, y la tranquilidad de la casa fue interrumpida por el penetrante sonido del teléfono. Mi hermana Jane respondió al teléfono con cautela, pensando ya: Oh, no, ¿de qué se va a tratar? ¿Cuál de mis hermanos tiene problemas ahora? La voz al otro lado de la línea dijo: “Llamo desde el hospital Columbia. ¿Es la Sra. Maxim?”. A la vez que su corazón desmayaba, Jane dijo: “No, es su hija”. Entonces la mujer, que era una enfermera, preguntó: “¿Cuántos años tienes?”. Jane le dijo que tenía veintiún años, y preguntó de qué se trataba. La enfermera le dijo que era sobre su hermano Jim, que había sufrido un accidente. Sólo puedo imaginarme los pensamientos que pasaron por la mente de Jane. Ella conocía mi estilo de vida. La enfermera entonces preguntó si su madre estaba en casa, y Jane le pidió que esperase un momento porque su madre estaba durmiendo, pero la despertaría. El temor se aferró a ella mientras se apresuraba al cuarto de mamá para hablarle de la llamada telefónica y que desde el hospital estaban esperando para hablar con ella sobre su hijo. Mi madre respondió al teléfono con su corazón lleno de temor. Ella susurró en la noche: “¡Que no sea demasiado malo, Señor! Que todo salga bien”. “¿Es la Sra. Maxim?”, le preguntaba una tranquila voz de mujer desde el otro lado de la línea. Al instante, el corazón de mamá también desfalleció. Ella había oído otras veces tonos similares en las voces de personas. Cuando la voz de un extraño es amable y educada, consoladora, uno inmediatamente se pone en alerta. Las noticias que está a punto de escuchar no son en absoluto las que quiere oír. El tono de voz pone los nervios de punta, y se siente en el estómago una familiar sensación de náusea. Como un jarro de agua fría, un temor a lo desconocido ensordece todo a tu alrededor. Mamá se preparó para lo peor, orando en silencio para que pudiera oír lo mejor. Por favor, Señor, ¡que no escuche la palabra “muerto”! “Sra. Maxim, su hijo Jim ha tenido un accidente de auto. Necesitamos que acuda al hospital cuanto antes”. Para mi madre, era una pesadilla que de repente se hizo realidad. Ella quería desesperadamente creer que se despertaría, que en realidad no estaba escuchando aquellas temidas palabras. Mamá sabía que tenía que ir de inmediato, pero su mente estaba abrumada por pensamientos de temor y frenéticas emociones. Aún no quería saber hasta qué punto era malo. A medida que batallaba contra el temor, tan sólo podía menear su cabeza en incredulidad. Pensaba: Otra vez no. Llamadas de teléfono en la noche se habían producido muchas veces antes. ¿Hasta qué punto era malo esa vez? ¿Estará vivo? ¿Estará paralizado, o algo peor? ¿Hirió o mató a alguien más en el accidente? Los temores saqueaban su conciencia. ¿Qué iba a hacer ella ahora? “¿Puedo esperar e ir por la mañana?”, preguntó a la enfermera esperanzada. “Me temo que sería mejor que viniera enseguida”, fue la única respuesta de la mujer.
  21. 21. El mundo de mamá se derrumbaba. Ella sabía que había sido un grave accidente, pero también sabía que la enfermera no le decía algunos detalles a propósito. Ella quería hacer más preguntas, y a la vez no quería. De algún modo, no era momento para palabras. Era momento de salir, ir a ver a su hijo, ir a ver si él seguía con vida. Era momento de enfrentarse a su mayor temor. Despertó a Big Jack y le dio la noticia. Mis padres llegaron al hospital cuando el interno me estaba dando puntos en la cara. Amablemente, las enfermeras les apartaron a un lado y les explicaron que no tenían idea de si yo perdería mi ojo izquierdo o no, pues era el que estaba más dañado por los pedazos de cristal que aún estaban clavados. Les explicaron que tenía lesiones en mi cabeza y que había la posibilidad de daño cerebral. Pasaría algún tiempo antes de que supieran nada con seguridad. Lo único que podían hacer en ese momento era esperar a que llegase el cirujano y me llevase al quirófano para buscar respuestas. Enfrentarse al temor ¿Por qué temía mamá especialmente recibir llamadas durante la noche? Porque tenía ocho hijos de los que ocuparse, y sus hijos mayores parecían estar inclinados hacia una sola cosa: meterse en problemas. Mi papá no estaba mucho tiempo a su lado para ayudarle con nuestra educación, así que mi madre hacía todo lo que podía para guiarnos en la dirección correcta. Mi hermano mayor tenía unos veinticuatro años cuando se produjo mi accidente, y el más pequeño tenía sólo ocho. Yo era el cuarto, después de mis dos hermanas mayores. Cada día, mi mamá se pasaba horas en la cocina preparando las comidas y limpiando cuando nosotros terminábamos. Fielmente, estaba de pie en el fregadero y oraba por nosotros. Ella puso ocho cuentas en un hilo blanco y lo colgó de uno al otro lado de la ventana de la cocina; cada cuenta representaba a uno de sus hijos. Cuando ella oraba por nosotros por nombre, movía “nuestra” cuenta al otro lado de la ventana. Ella quería a sus hijos con un amor muy ferviente y quería una vida pacífica y feliz para ellos. Día tras día, era fiel en la oración porque creía en un Dios que era fiel para responder. Cuando era una muchacha, mi mamá había recorrido el pasillo de su iglesia con su hermana, Nancy, y había entregado su vida a Jesús. Solía hablarnos acerca de su Dios y el amor que Él tiene por nosotros, y que Él quería ser nuestro amigo y cuidarnos y amarnos. Sin embargo, cuando yo era adolescente, lleno de mis propias ideas sobre la vida, ninguna de aquellas charlas sobre Dios calaba en mí. Yo pensaba que mi mamá sencillamente estaba fuera de contacto con la realidad. Mamá solía decirme que Dios podía hacer cualquier cosa, que nada era imposible para Él. Lo que ella decía no me importaba, a excepción de una vez en que yo necesitaba ayuda extra. Estaba de pie delante de un juez algunos meses antes del accidente, enfrentándome a una posible sentencia corta en la cárcel, ¡y entonces sí que oré! “¡Dios, si me sacas de este lío, me enmendaré!”. Ahora bien, ¡esa es una oración que hacen millones de personas desesperadas! Bien, Él me respondió, y la sentencia quedó suspendida. Por tanto, yo hice lo que la mayoría de personas hacen… regresé de nuevo a mi estilo de vida. Mamá me recordó mi oración y después siguió orando por mí. Ella tenía mucha confianza en cuanto a su relación con Dios y la capacidad de Él para hacer lo imposible.
  22. 22. “¿Dónde está ese gran Dios ahora?” Ahora bien, la noche del accidente la fe de mamá fue severamente probada. Ella escuchaba aturdida mientras las enfermeras le explicaban que yo había entrado en coma y que sería mejor si ella y mi padre se iban a casa y regresaban a la mañana siguiente. De camino a casa desde el hospital, ella lloró amargamente por las vidas de sus hijos mayores. ¡Parecía que todo lo que ellos hacían era malo! ¿Por qué sucedía eso? Las drogas, el alcohol, los problemas; ¿cuándo se detendría? ¿Tenía ella la culpa? ¿Había hecho ella algo mal? ¿Dónde estaba Dios ahora? El enemigo de su alma, Satanás, también llamado el diablo, que lucha contra Dios y contra su obra en este mundo, era implacable, y proclamaba el poder que él tenía sobre su esposo y sus hijos. Era como si ella pudiera oírle decir: ¿Dónde está ese gran Dios ahora? ¿Dónde está ese poder que Él afirma tener? ¿Por qué las cosas sólo parecen empeorar para ti y para tus hijos? La fea voz continuaba: Ahora, tu hijo Jim está tan mal que no sabes si volverá a tener vista en su ojo izquierdo. ¡No sabes si tiene daño cerebral permanente! Su cara está totalmente cortada, y nunca tendrá el mismo aspecto. ¿Dónde está ese Dios amoroso al que tú afirmas servir? ¿Por qué te sucede esto una y otra vez? Cuando mis padres llegaron de nuevo a la casa, mamá se fue a su cuarto y se arrodilló al lado de su cama. Quería que la voz del enemigo se detuviera; quería oír la voz de su Dios. En el mismo lugar donde había pasado tantas horas orando por su familia, ella clamó al Señor: “Dios, por favor no dejes que Jim se quede ciego. Por favor, Jesús, tócale”. Al principio, su temor y su sentimiento de desesperación amenazaban con detener sus oraciones. Ella sabía en lo profundo de su corazón que Dios podía hacer cualquier cosa, pero el peso que había sobre sus hombros sencillamente parecía demasiado para poder soportarlo. Estaba esa voz del enemigo que le decía que incluso la oración era inútil en ese momento. Ella sabía que Dios no podía fallar en nada, pero se preguntaba cuánto más podría soportar. Clamó: “Ayúdame, Señor”. Imagino que ella estaba sintiendo lo que el rey David expresó en uno de los salmos en la Biblia; Jesús mismo citó esa primera estrofa cuando estaba en la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? Dios mío, clamo de día, y no respondes; y de noche, y no hay para mí reposo. (Salmos 22:1–2, rvr) Pero, lentamente, mamá sintió que la presencia de Dios llenaba el cuarto. Mientras ella oraba, sintió que el peso de su dolor y su temor era quitado de sus hombros. De repente, se encontró en un maravilloso estado de alabanza y adoración. Su fe estaba siendo renovada por la presencia y el poder del Espíritu Santo. Él es quien está con nosotros para ser nuestro Consolador y nuestro Guía. Él estaba renovando la fortaleza y la fe de mamá mientras ella clamaba en oración. ¿Qué había sucedido? ¿Qué marcó la diferencia para ella, y qué puede marcar la diferencia para todos nosotros? Es la verdad que se encuentra en los siguientes versículos del Salmos 22:
  23. 23. Sin embargo, tú eres santo, estás entronizado en las alabanzas de Israel. Nuestros antepasados confiaron en ti, y los rescataste. Clamaron a ti, y los salvaste; confiaron en ti y nunca fueron avergonzados. (versículos 3–5, ntv) En otras palabras, Dios estaba esperando su alabanza, y casi puedo verle derramar su Espíritu Santo sobre ella para equiparle para adorarle, porque Él está entronizado en las alabanzas de su pueblo, o Él las “habita”, como dice la versión de la Santa Biblia Reina-Valera 1960. La palabra “entronizado” en el hebreo original significa “sentarse y observar” o “estar absorto con”. Es como si Dios estuviese esperando la situación imposible en la cual su pueblo le necesite realmente, y que solamente Dios pueda enderezar. Él tan sólo quiere nuestra alabanza y confianza, y entonces Él interviene con todo su poder, y nada puede competir con su presencia. Esta es una verdad que nos permite trascender a toda preocupación; nos lleva más allá de la incredulidad y el temor. La alabanza es un arma que puede derribar maldad espiritual en lugares celestiales. La alabanza es un componente clave de nuestras victorias en la vida. Cuando decimos las palabras “pero tú eres santo”, ¡introducimos a quien puede cambiar el juego! Esas palabras no necesariamente significan que aquello que necesitamos aparecerá de inmediato. Lo que sí muestran es que sabemos que Dios es santo y que, debido ese conocimiento, descansamos seguros de que Él está peleando nuestras batallas por nosotros y que podemos confiar en Él. Cuando alabamos a Dios, Él está absorto con nosotros y muy orgulloso de nosotros; Él puede ver todo el temor, la duda y la incredulidad que Satanás nos ha lanzado, y sin embargo Él ve que nosotros ofrecemos sacrificios de alabanza a su nombre, incluso antes de ver la manifestación de nuestras oraciones respondidas. Dios siempre busca personas que le alaben de esa manera, porque confían en Él. Y eso es lo que Él hizo por mi mamá aquella terrible noche. De repente, la chispa de esperanza que Dios puso en su corazón comenzó a avivarse y convertirse en un fuego mayor de fe. Fue como si el Espíritu Santo estuviera proclamándole a ella las promesas de Dios. Ella podía ver versículos de la Biblia que había leído muchas veces, como si estuvieran en una pantalla de cine: He aquí que yo soy Jehová, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí? (Jeremías 32:27, rvr) Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan? (Mateo 7:11, rvr) Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Mateo 7:7–8, rvr) E invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás. (Salmos 50:15, rvr) Una vez más, Dios se había mostrado poderosamente para alentar a mi mamá. Ella no iba a darle la espalda a Él, a las fieles promesas de la Biblia, ni a mí. ¡Comenzó a alabar al Señor por quién es Él y lo que había hecho por ella! No le insultó con ninguna queja; comenzó a
  24. 24. adorarle y a proclamar su santidad y su poder. A medida que cantaba sus alabanzas, ella supo que el Espíritu Santo estaba renovando su fe. Cuanto más le alababa, más fuerte se hacía. A pesar de lo que ella veía en lo natural, su Dios, el Dios Todopoderoso, como ella le llamaba, ¡tenía el control total de su vida y de la mía!
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  26. 26. Aterrado por la oscuridad La oscuridad me rodeaba, y yo estaba cayendo. Intenté agarrar algo para interrumpir la caída pero no había nada allí. Repito: yo medía más de 1,80 de altura, era un tipo bastante grande. Estaba acostumbrado a arreglármelas para salir de la mayoría de situaciones, pero esta vez había ido demasiado lejos. La situación estaba fuera de mi control. Yo estaba en algún lugar extraño. Dondequiera que estuviese, yo sabía que no debía estar allí. Sabía que el Dios del que mi madre hablaba tampoco quería que yo estuviese allí. ¿Dónde estaba? Ese lugar no estaba en mi liga… ¡y yo estaba asustado! Dos semanas antes de aquello, salía yo del estacionamiento de la tienda Mister Donut en mi ciudad natal, y había sentido la mano de Dios sobre mi hombro izquierdo, diciéndome que redujese la velocidad porque me iba a matar. Yo sencillamente no había querido oírlo, así que le dije que se apartase y me dejase en paz; yo quería vivir la vida a mi manera. Tenía un par de dosis en mi visera, un litro de cerveza entre mis piernas, y quién sabe qué en la guantera, y no quería escuchar nada de nadie. En este momento, ¡me gustaría haber hecho caso! El sentimiento de caer se detuvo, pero seguía estando en oscuridad. Giré mi cabeza y miré a mi izquierda. Pude ver algo semejante a una sombra de pie a mi lado en la casi oscuridad total. Lentamente, me di cuenta de que había dos cosas parecidas a criaturas que me miraban, fijas en mí amenazadoramente. Fuesen lo que fuesen, parecían estar riéndose de mí con una presencia muy malvada alrededor de ellas. En ese momento me di cuenta de que querían tenerme; querían abrumarme con su poder. Y ahí estaba yo, incapaz de detenerlas. Todo mi cuerpo se puso en tensión por el miedo. Yo nunca antes había visto demonios, pero había oído a mi mamá hablar de ellos muchas veces. Ellos estaban alineados con Satanás. Supongo que me habría reído sencillamente de pensar en ellos, incluso en la actualidad, si no los hubiera visto por mí mismo. En aquel momento estaban a mi lado, y tuve que tomar una decisión con rapidez. ¿Qué iba a hacer yo? Desde la oscuridad era como si pudiera oír a mi mamá recordándome el poder de la oración. “Jimmy, Dios es el Dios de lo imposible”, parecía decirme. Ya no me sonaba a necedad. Pero ¿era demasiado tarde para mí? Hasta ese punto, yo siempre había creído que podía seguir de fiesta hasta que fuese viejo, quizá hasta los ochenta años. Entonces, admitiría mis pecados a Dios, enmendaría todo y me iría directamente al cielo. Nunca quería escuchar ninguna de las cosas que mi mamá decía sobre Dios. Yo quería vivir la vida según mis normas hasta el final… pero a dónde me había conducido. Yo sabía en mi alma que estaba a punto de obtener todo lo que me merecía en aquel momento. No conocía este versículo de la Biblia entonces, pero me describía perfectamente: Los lazos de la muerte me envolvieron; los torrentes destructores me abrumaron. Me enredaron los lazos del sepulcro, y me encontré ante las trampas de la muerte. En mi angustia invoqué al Señor; clamé a mi Dios, y él me escuchó desde su templo; ¡mi clamor llegó a sus oídos!… Me libró de mi enemigo poderoso, de aquellos que me odiaban y eran más fuertes que yo. En el día de mi desgracia me salieron al encuentro, pero mi apoyo fue el Señor. Me sacó a un amplio espacio; me libró porque se agradó de mí. (Salmos 18:4–6, 17–19)
  27. 27. Ahora bien, ese es el milagro del amor, la misericordia y la gracia de Dios: ¡Él nos libra porque se agrada de nosotros! ¡Él nos ama cuando menos lo merecemos! Esa es la definición de su gracia. Él no nos da lo que nos merecemos; nos da su gracia, su amor, lo mejor: su Hijo, Jesucristo. En mi caso, Él también me dio una madre ferviente que oraba. Ella estaba en casa orando por mí de rodillas mientras yo estaba experimentando el momento más aterrador de mi vida. Seguros de que me había llegado el momento de morir Para el personal del hospital, yo estaba inconsciente, tumbado en aquella cama en el hospital mientras enfermeras y doctores supervisaban cada latido de mi corazón. Pero en el interior de mi mente, estaba plenamente despierto y enfrentándome a dos de las criaturas más feas que se pueda imaginar. Repito, yo sabía que las criaturas negras que tenía delante eran dos demonios. Años después, Dios me explicó que esos demonios estaban viviendo en mí en aquel momento. Eran los demonios de alcohol y las drogas. Estaban allí porque habían llegado a reclamar su propiedad. Estaban seguros de que me había llegado el momento de morir. En aquel preciso momento, cuando parecía que todo estaba perdido, Jesús vino hasta mí. Él apareció, ¡y yo le vi! Yo sabía que era Jesús pero, en cierto modo, no puedo describirle (ya sabe lo diferentes que pueden ser las cosas en nuestra mente subconsciente de las cosas en el mundo físico). Cuando Jesús me miró en mi penoso y herido estado, me dijo: “Jim, has estado viviendo tu vida a tu manera el tiempo suficiente. ¿Quieres continuar de esa manera?”. Yo le miré y respondí: “Jesús, ¿qué quieres que haga? He intentado muchas veces enderezar las cosas pero he fracasado muchas veces. Parece no haber esperanza. ¿Qué tengo que hacer? ¿Hacerme sacerdote o monje? ¿Encerrarme en una habitación y solamente leer la Biblia durante el resto de mi vida?”. Yo sabía que era culpa mía que mi vida fuese tal desastre. No era culpa de Jesús; yo era el culpable. Pero no entendía que no se trataba de lo que yo tenía que hacer para arreglar mi situación y hacer las paces con Dios. Se trataba de lo que Él ya había hecho en la cruz del Calvario. Cuando miré a Jesús en ese momento, lo único que vi fue su perdón y el abrumador conocimiento de que Él se interesaba realmente por mí, con compasión y una bondad que no podían negarse. Aunque Él no habló en ese momento, yo podía sentir su amor por mí derramándose desde su corazón. Él no iba a dejarme; estaba allí para ayudarme en las profundidades de la cárcel que yo había creado para mí mismo. Nunca antes había sentido una presencia así. Cuando Él habló otra vez, una lluvia de paz y de gozo cayó sobre mí. Supe en un instante que Jesucristo era real y que cualquier cosa que Él me dijese sería verdad. Incluso antes de que Él hablase, era como si yo pudiera oír sus palabras en lo profundo de mi corazón, mi alma y mi mente. Cuando Jesús me miró, sencillamente dijo: “Jim, si me pides que te limpie y te perdone, lo haré. Nunca te dejaré ni te abandonaré. Te daré el poder para vencer las drogas y el alcohol. Caminaré contigo y seré tu Amigo”. Yo estaba sorprendido. Sabía cuál era mi peso en la balanza de pecado y bondad. Sin
  28. 28. embargo, Jesús había llegado para ayudarme. Él gustosamente se acercó a mí en mi estado tan indigno. En su amor, Él miró por encima de todas las cosas feas e indignas que yo había sentido sobre mí mismo durante todos aquellos años, y me amó. Su interés genuino por mí era hermoso, tan real y verdadero que yo sabía que Él decía de verdad cada palabra que pronunciaba. Apenas sabía qué decir como respuesta. Mirando los amorosos ojos de Jesús, dije: “Jesús, por favor perdóname; por favor perdóname. Sé que soy pecador. Sé que lo he estropeado otra vez, y sé que necesito tu ayuda”. En el momento en que dije esas palabras y pedí a Jesús que me ayudase, ¡aquellos dos demonios que estaban a mi lado se desvanecieron! Una gran paz me inundó. Yo no sabía lo que significaba todo aquello, pero sí sabía una cosa: ¡había sido liberado! Pero tú, Señor, eres Dios clemente y compasivo, lento para la ira, y grande en amor y verdad. Vuélvete hacia mí, y tenme compasión; concédele tu fuerza a este siervo tuyo. (Salmos 86:15–16) Y le diste la espalda a mis pecados. (Isaías 38:17) Nunca más ciego Mientras mi madre estaba en casa, de rodillas, clamando a Dios por su ayuda durante los momentos más cruciales de mi vida, vio algo que le produjo una gran paz. Más adelante, en el hospital, me habló al respecto: “Jim, cuando estaba orando por ti, le pedía a Dios que tocase tus ojos para que no te quedarás ciego. En mis oraciones, vi la mano de Dios que se acercaba a ti y con su dedo índice tocaba tu ojo izquierdo. Cuando vi eso, supe que Dios te había sanado y que no perderías la vista. En ese momento, supe que todo saldría bien”. Lo que ella no sabía era que en aquel preciso momento, Jesús había arreglado las cosas en cada parte de mi vida. Yo no sería ciego nunca más. Mis ojos espirituales iban a ser finalmente abiertos. Como escribí anteriormente, mientras estaba teniendo la visión de Jesús estaba tumbado en el quirófano. El equipo que me operaba sacaba más pedazos de cristal de mis ojos y de mi cara; y durante más de seis horas, el cirujano plástico estuvo trabajando conmigo. Necesité más de trescientos puntos en mi cara y mi cabeza solamente para comenzar el proceso de coserme para volver a situar todas las partes en su sitio. Al mismo tiempo, estaban operando mi mandíbula. El hueso de mi mandíbula estaba roto, así que tuvieron que repararlo y dejar mi boca cerrada con alambres. Esos alambres mantendrían junta mi mandíbula durante las seis semanas siguientes. Después de la operación, estuve en coma por varios días. Mi hermana Jane trabajaba con nuestra vecina, Pat, como voluntaria en el hospital. Cuando llegó al hospital el día después del accidente y vio a Pat, le preguntó: “¿Has visto a Jim?”. Pat dijo que no y se quedó pensando de qué hablaba Jane. Ella dijo: “El único hombre que hay aquí está en la habitación más adelante en el pasillo”. Cuando Jane dijo: “Tiene que ser él”, Pat la miró con una expresión que decía: Espero que no sea Jim. Jane entró en la habitación y me vio tumbado completamente quieto y envuelto como si fuese una momia. Se sintió totalmente paralizada cuando me miró. Los vendajes de gasa que cubrían mi cabeza tenían sangre seca en ellos. El personal médico había dejado solamente una diminuta apertura en los vendajes para mi boca, para así poder
  29. 29. poner un tubo, y dos diminutas aperturas para mi nariz, con tubos en ellas también. “Fue horrendo. Quedé completamente abrumada”, me dijo Jane más adelante. Cuando finalmente recuperé la conciencia en la unidad de cuidados intensivos, agarré las sábanas de mi cama porque no sabía dónde estaba. Mi cabeza seguía estando vendada, con los vendajes que protegían los puntos que había en mi cara y mi cabeza. Una enfermera estaba de pie cerca de mí mirándome con preocupación. Me dijo que se llamaba Toni, pero entonces yo me desvanecí otra vez. Me desperté el tiempo suficiente para ver que me habían trasladado a otra habitación. Supongo que como ya no estaba en coma, no tenía que estar más tiempo en cuidados intensivos. La siguiente vez que me desperté, mi mamá y mi papá estaban de pie al lado de mi cama. Yo no podía ver ni realmente hablar con nadie porque los vendajes cubrían toda mi cabeza, incluyendo mi cara, y mi mandíbula estaba cerrada con alambre. De cualquier manera, tenía que contarle a mi madre lo que me había sucedido mientras me estaban operando. Las primeras palabras que intenté musitar con mi mandíbula rota sorprendieron a mis padres: “Mamá, ¡Jesús está aquí! ¡Jesús está aquí!”. Mi dulce madre me dijo más adelante que me miró con sorpresa, con sus ojos llenos de lágrimas. Dios no sólo me había salvado la vida, ¡sino que también se estaba produciendo un milagro! Fue verdaderamente la respuesta a sus oraciones. Ella había sabido desde la noche del accidente cuando clamó al Señor que Él la había escuchado. Allí estaba yo, con sangre seca por toda mi cara y mi cabeza. Cinco tubos en mi cuerpo me alimentaban y me drenaban. Y tenía por delante un largo camino de mucha cirugía plástica. Sin embargo, en cierto modo, en todo aquello mi mamá tenía paz. Ella había vencido aquella noche y había entrado en la presencia de Dios en oración. Aprendió una vez más que nada era imposible para el Dios al que ella servía. Este era el Dios sobre quien, pronto, yo iba a aprender mucho.
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  31. 31. Más de trescientos puntos Durante las dos semanas siguientes, permanecí en mi cama del hospital preguntándome qué me había sucedido durante aquella cirugía. Debería haber estado asustado, pero tenía una increíble paz en lo profundo de mi ser. Una mañana, los doctores entraron en mi habitación y me dijeron que me quitarían los vendajes en los próximos días. Uno de los doctores advirtió: “Jim, me temo que deberías esperar lo peor. Recuerda que tuvimos que darte más de trescientos puntos en la cara y la cabeza”. Extrañamente, todo el tiempo en que le estaba escuchando, seguía estando lleno de paz con respecto a todo. Los daños en mi cara, la cuestión de mi vista: nada de eso parecía importar. Los doctores estaban esperando una reacción emocional, de temor o enojo, pero no podían explicar la paz que había en mi alma. ¡Yo no podía realmente decir mucho teniendo la mandíbula cerrada con alambres! Por tanto, simplemente les aseguré que estaba bien. Cuando mi hermano pequeño, Bill, entró para verme, fue muy similar. Primero, él asomó su cabeza en la habitación, pero cuando me miró con todos aquellos vendajes, envuelto como si fuese una momia, se fue porque pensó que se había equivocado de habitación. Cuando fue a la zona de enfermeras y se enteró de que era la habitación correcta, quedó bastante conmocionado. Bill y yo estábamos cerca en edad y también estábamos cerca como hermanos, a pesar de que teníamos las peleas típicas entre hermanos. Cuando miré la cara de Bill, finalmente me di cuenta de lo grave que era el accidente para todos: mis daños faciales, los cristales en mis ojos, el posible daño en mi cerebro. Sin embargo, la paz seguía sin dejarme. Lo único que pude decirle a Bill era que realmente iba a ponerme bien. Una mañana temprano entraron los doctores en mi habitación, listos para quitarme los vendajes. Habían pedido a mis padres que estuviesen presentes como apoyo cuando yo viese por primera vez mi cara dañada. Recuerdo mirar sus expresiones de ansiedad; ellos estaban seguros de que yo iba a tener una reacción terrible a mis heridas. Lo que ellos no entendían era lo agradecido que yo estaba simplemente por estar vivo. El hecho de que Dios me hubiera dado una segunda oportunidad se había vuelto tan real para mí que sabía que podía manejar todo lo que llegase a continuación. “¡Vaya, sí que eres feo!” El doctor comenzó a quitarme suavemente la fina gasa blanca de mi cara y mi cabeza. La gasa estaba pegada a los puntos y la sangre seca, y por eso era un proceso muy lento. Cuando él quitó la última venda, se quedó sentado en silencio sobre la cama cerca de mí y examinó lentamente mis cortes uno por uno, limpiándolos con alcohol para limpiar mi cara lo mejor que podía. Mirándome a los ojos, el doctor me recordó el aspecto que tendría mi cara con los hilos de los trescientos puntos, y entonces me dio un pequeño espejo. Yo me quedé sentado durante un momento mirando fijamente al espejo con muchos pensamientos corriendo por mi mente. ¿Cómo debía reaccionar a aquello? ¿Debía estar angustiado?
  32. 32. Mi cara tenía el aspecto de una estación de trenes porque había muchos puntos por todas partes. Los puntos que rodeaban mis ojos y mi frente parecían ir en la misma dirección. Mi cara estaba hinchada debido a los cortes. Se podía ver dónde había penetrado el parabrisas en mi mejilla derecha cuando fui impulsado de nuevo dentro del auto. Había un largo corte que atravesaba mi nariz y bajaba hasta mi labio inferior, y hacía que mi boca pareciera distorsionada. Se podía decir que el interno había hecho todo lo posible, pero que no era un cirujano plástico. La parte derecha de mi barbilla era probablemente la peor, debido a la fractura compuesta. Todo el lado derecho de mi cara estaba hacia abajo debido al número de puntos en esa zona que llegaban hasta mi barbilla. Mi papá intentó suavizar la atmósfera diciendo: “Vaya, ¡sí que eres feo!”. A él siempre le gustaba tener el control del momento diciendo algo divertido, y sólo quería ayudarme a asimilar aquello. Todos esperaban a que yo hablase, observando cuál sería mi reacción a todos los hilos que había en mi cara. Yo miré con atención cada parte de mi cara; ¿qué podía decir? Sencillamente estaba tan agradecido por tener vida que no podía estar angustiado. Aunque no podía explicarle a nadie lo importante que había sido para mí la visita de Jesús cuando estaba inconsciente, no importaba. Sabía que yo era el único que había causado ese desastre y, al mismo tiempo, sabía que era perdonado. En cierto modo, todo iba a salir bien. Mientras estaba en aquella cama en el hospital, lo único en que podía pensar era el modo en que Jesús había acudido a mí y cómo habían huido los demonios. ¡Estaba muy agradecido al Dios del universo por haberme dado otra oportunidad en la vida! “Te has golpeado la cabeza con demasiada dureza, amigo” Si me hubieran hecho alguna pregunta religiosa como: “¿Eres nacido de nuevo?”, o “¿Has sido salvo?”, sinceramente no habría sabido de lo que me hablaban. Yo nunca había leído la Biblia; nunca había asistido a ningún tipo de reunión de oración o a ninguna reunión en la que Jesús hubiera sido el tema principal de conversación. Recuerde que, hasta ahora, mi concepto del cristianismo era ir de fiesta todo lo que pudiera y más adelante arreglar las cosas con Dios. Lo más cerca que había estado nunca de una Biblia era al ver una en un estante en algún lugar. Cuando estaba allí con tubos que me alimentaban y me drenaban, no podía evitar preguntarme cómo iba a cambiar mi vida. No pensé en qué decirles a mis amigos hasta que llegaron a visitarme unos días después. Ellos llevaron vino y me dijeron que me llevarían algunas drogas si yo quería algo de “alivio”. Recuerdo decirles que ya no necesitaba esas cosas, que había tenido un encuentro con Dios y que estaría bien. Primero, se miraron los unos a los otros, y después volvieron a mirarme. “Te has golpeado en la cabeza con demasiada dureza, amigo”, dijo uno de ellos. “¡Estarás bien dentro de poco!”. Yo no sabía de qué otro modo explicar lo que me había sucedido. Ellos menearon sus cabezas, y seguimos hablando de otras cosas. Esa profunda paz que yo tenía por primera vez en mi vida parecía sobrepasar a toda emoción que comenzaba a surgir en mi interior. La paz permanecía siempre que yo pensaba
  33. 33. en mi cara, en lo que iba a hacer después, en cómo iba a seguir saliendo con mis amigos, y en lo que iba a hacer con respecto a los Marines. ¿Qué de los Marines? Repito, era el año 1971. Estados Unidos había estado participando en la guerra en Vietnam desde principios de los años sesenta. Yo me había alistado en los Cuerpos de Marines pocas semanas antes del accidente. Esa era otra razón por la que había estado tanto de fiesta. Quería divertirme todo lo que pudiera porque pensaba que me iría a Vietnam. Mi hermano mayor, Jack, acababa de regresar de Vietnam, y por todo lo que él describía yo sabía que allí no había ninguna fiesta, ¡así que era mejor que me divirtiese antes de irme! Me educaron para creer que tenía la obligación de servir a mi país. Desde que tenía diez años de edad, yo sabía que llegaría a ser un marine. Cualquier cosa que tuviera que hacer para llegar a ser un buen marine, yo estaba dispuesto a pagar el precio porque había sido educado para amar Estados Unidos. A la edad de dieciocho años yo era totalmente ignorante de la grave situación que había en el sudeste de Asia. Solamente quería defender a Estados Unidos y hacer mi parte. Sabía que podía hacer eso, ¿y qué mejor lugar que en los Marines de Estados Unidos? El reclutador de los Marines llegó al hospital para verme en cuanto recuperé la conciencia. Él estaba muy preocupado y nos dijo que podían librarme debido a los daños físicos que yo había sufrido. Yo pensé en eso durante medio segundo, pero sabía que llegar a ser un marine no era solamente algo que yo quería hacer; era algo que tenía que hacer. Además de todo eso, entendía que necesitaba alejarme de mis amigos y del escenario de drogas que se había vuelto tan importante para mí. Necesitaba un respiro de todo eso, y los Marines de Estados Unidos y Vietnam parecían ser el lugar donde yo me dirigía.
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  35. 35. Salida del hospital Después de haber estado en el hospital por más de dos semanas, me dijeron que me darían el alta al día siguiente, pero mi papá llegó alrededor de las 10:00 la noche antes y me dijo que recogiese mis cosas. “Nos vamos ahora”, me dijo ásperamente. Yo le dije que tenía que irme en la mañana, pero él repitió de nuevo que nos íbamos en aquel momento. Recuerde: Big Jack medía 1,92 metros y pesaba 129 kilos. Había bebido unas copas, y uno sencillamente no discutía con él. Por tanto, reuní todas mis cosas y nos fuimos. Mi papá era un tipo estupendo, y yo realmente le quería, ¡pero odiaba verle borracho! Cuando no había bebida involucrada, él era increíble. Era un hombre hecho y derecho, y yo había estado muy orgulloso de él cuando era pequeño. Pero a medida que había crecido y había visto el modo en que el alcohol le destruía a él y a mi familia, el modo en que hacía daño a mi mamá, había jurado que yo nunca sería como él. Lo cierto era que terminé amando la bebida tanto como él, y estar colgado se convirtió en mi pasatiempo favorito. Por tanto, cuando íbamos a casa de regreso del hospital aquella noche, yo tenía muchos pensamientos contradictorios. Sabía que por mí mismo no podía mantenerme sereno; necesitaba que Jesús quitase todo ese conflicto y me ayudase a comenzar mi vida de nuevo. Yo no entendía que había comenzado mi vida de nuevo en el momento en que pedí a Jesús que me perdonase mientras estaba tumbado en el quirófano. En aquel preciso momento, yo había nacido de nuevo. De camino a casa, pasamos por el club de campo donde había sido la fiesta la noche del accidente. Nuestra casa estaba cerca, así que normalmente hacíamos un giro a la derecha allí y seguíamos por Long Road hasta nuestra casa. Aquella vez, le dije a mi papá que siguiera conduciendo recto por la carretera hasta nuestra iglesia familiar. “¿Por qué quieres ir allí? Es tarde, y estará cerrada. No habrá nadie ahora”, me dijo él. Con mi mandíbula rota y con alambres, musité otra vez: “Por favor, Papá, llévame allí ahora”. Él entendió que yo lo decía en serio, y condujo hasta la iglesia. Cuando entramos en el estacionamiento, le dije que se quedase allí y que yo regresaría enseguida. En aquel entonces, dejaban las iglesias abiertas toda la noche. Empujé la pesada puerta de madera y entré en el oscuro santuario. Me hice camino lentamente hasta el altar y me arrodillé. Levanté mi vista a la cruz con una suave luz que resplandecía desde la ventana, y le dije a Jesucristo lo agradecido que estaba de que Él se hubiera acercado a mí, y le di las gracias por darme una segunda oportunidad. Le dije que sabía lo que Él había hecho por mí cuando yo estaba inconsciente, y que Él me había defendido contra aquellas dos criaturas. Yo sabía que Él me había dado su amor y su perdón. Sabía que me había prometido que Él nunca me abandonaría ni me dejaría. Pero le dije que no tenía idea alguna de qué hacer a continuación. Yo no sabía en qué se convertiría mi vida o cómo manejar la vida cotidiana porque todo era diferente en mi interior. Realmente necesitaba su ayuda para solucionar todo aquello. No podía culpar a mis amigos por drogarse y meterse en problemas porque, unas semanas antes, yo había estado con ellos. Sabía que no iba a volver a hacer esas cosas, pero ¿dónde iba a ir yo? ¿Quién estaría a mi lado? ¿Cómo emplearía mi tiempo? ¿Qué esperaba Dios de mí ahora?
  36. 36. Repito: yo nunca había leído la Biblia, así que no tenía idea alguna de cómo Dios intervenía en una vida. ¿Y qué tenía que hacer con la noticia del modo en que Jesús había acudido a mí? ¿Cómo podría explicar a nadie, aparte de mi mamá, lo que había visto mientras estaba inconsciente? ¿Cómo podría encontrar las palabras para decirles a mis amigos que Jesús me había liberado, y que Él me amaba a mí y a ellos? ¿Entenderían ellos que Él realmente quería que yo fuese su amigo y que Él quería ser mi Amigo? Aquella noche en la oscurecida iglesia, sencillamente oré y le pedí a Dios que me ayudase con todas aquellas abrumadoras preguntas. Era demasiado para que yo pudiera manejarlo, y sabía que no podía hacerlo por mí mismo; pero supuse que ya que Él me había liberado de aquel lugar oscuro con aquellos terribles demonios, no había nada que Él no pudiese manejar. Sintiendo su paz de nuevo, me levanté el altar y me fui caminando para reunirme con mi papá. Encuentro con familiares y amigos Después de la parada en la iglesia, condujimos hasta nuestra casa. Cuando llegamos a la entrada, yo sabía que mi mamá estaba esperando para verme; ella sólo quería que yo estuviese en casa. La mayoría de mis familiares estaban allí, y vi la expresión en sus ojos cuando vieron mi cara. El equipo de cirujanos había tenido que afeitar gran parte de mi cabello, las heridas estaban aún muy enrojecidas, el corte en mi cabeza era muy grande, y no podía afeitarme la cara. Mi cara seguía estando hinchada a causa del accidente, la cirugía y el haberme quitado muchos de los puntos. El doctor no había podido quitarme todos los puntos de una vez porque había muchos, ¡así que yo seguía llevando algunos puntos en la cara! Sin duda, lo obvio que decirme era: “¡Realmente lo has estropeado está vez, Jim! ¿Ahora qué vas a hacer?”. En lugar de decir eso, mi familia sencillamente me mostró amor. Teníamos mucha disfunción, como la mayoría de familias. Nuestra vida familiar era muy difícil debido al modo en que el alcohol dominaba nuestra existencia. Pero si hacíamos algo correctamente, era recuperarnos los unos en torno a los otros durante los momentos difíciles. Intentábamos estar al lado de los demás a pesar de las dificultades. Cuando las cosas iban mal, yo siempre sabía que mis siete hermanos y hermanas estarían a mi lado. Todos ellos se derrumbaron y lloraron, y tuvieron que salir de la habitación después de verme porque pensaban que nunca volvería a tener el mismo aspecto de antes. Pero debido a su apoyo, no tengo ni una sola fotografía de mi cara después del accidente. Ellos no querían que yo recordase lo mal que se me veía. De regreso al Red Flame Ya que yo no sabía qué hacer a continuación, fueron necesarias algunas semanas para sanar. Entonces, con las cicatrices en mi cara como recordatorio constante de lo que me había sucedido, me dirigí de nuevo a mi bar favorito, el Red Flame, para reunirme con mis amigos. Después de todo, no podía quedarme en casa para siempre, ¿y a qué otro lugar iba a ir? Todos me saludaron con gritos y golpecitos en la espalda, y entonces entramos en el auto de un amigo y comenzamos a conducir por ahí. Sucedió lo usual: alguien encendió un porro, y otra persona abrió la botella. Todos eran muy amables conmigo y se sentían mal por lo que había sucedido; todos querían que yo me colocase y pasase un buen tiempo para olvidarme de todo el dolor.
  37. 37. Ellos no tenían intención de causar daño, y si no hubiera sido por mi experiencia con Jesús, yo habría sido el que estaba listo para comenzar la fiesta. Cuando me pasaron la droga, les dije que no quería, y sencillamente la pasé al siguiente muchacho. “Vaya, ¿qué te pasa?”, preguntó mi amigo. Yo respondí sencillamente: “Realmente ya no la necesito”. Eso comenzó muchas preguntas. Yo estaba muy nervioso e inseguro sobre qué decir. Quería contarles cómo Dios me había tocado y me había ayudado, cómo su presencia y mi oración habían hecho huir a los demonios. Quería describir la paz que tenía en el hospital y cuando oré a Jesús en la iglesia de camino a casa. Pero verdaderamente, no quería que ellos pensaran que yo era extraño. Yo sabía lo que pensábamos de aquellos tipos fanáticos religiosos. “Bichos raros nacidos de nuevo”, “recitadores de Hare Krishna”; todos ellos serán iguales para nosotros: perdedores, fanáticos, ¡vendiendo flores en los aeropuertos! ¿Qué iba a decir yo? Aún no conocía ningún versículo. Mientras estaba allí sentado preguntándome qué hacer, el humo llenó el auto, y todos comenzaban a sentirse bastante colocados. Yo tenía que decir algo; no iba a beber, ni a fumar la droga, ni a fumar en la pipa. Todos querían oír algo de mí en ese momento. Y, con los alambres aún en mi mandíbula, yo ni siquiera podía hablar con claridad. Lo único que recuerdo que les dije aquella noche era que Dios me había dado otra oportunidad, y que no iba a regresar. Les dije que ya lo había estropeado lo suficiente, y que le había pedido a Dios que me ayudase. Ellos conocían sobre mi vida durante los últimos seis meses: casi fui a la cárcel, fui perseguido por policías, me metí en peleas, tuve el accidente, mi cara. Ellos estuvieron bastante conformes con todo aquello. Alguien dijo entre risas: “Estarás bien, Jim; sencillamente será necesario un poco de tiempo para que regreses a la normalidad”. Entonces, uno de mis mejores amigos dijo: “Vamos, hombre, déjale en paz; ya ha pasado lo suficiente”. Aquello puso fin a la conversación con respecto a mí por esa noche; pero yo sabía que realmente sólo era el comienzo. Puede que yo necesitas un poco de tiempo, pero tenía mucho que decir, y tendría que encontrar alguna manera de decirlo. Cuando regresamos al bar, me dirigí a casa y comencé a pensar en lo que acababa de ocurrir. Realmente yo había rechazado las drogas, y no había bebido nada. Yo, Jim Maxim, acababa de decirle a un grupo de muchachos cómo Dios me había tocado. Vaya, yo era diferente. Creo que me sorprendí a mí mismo. Sabía que no podía mantener el paso de aquella escena; en cambio, era momento de centrarme en los Marines. Era bueno para mí irme de la ciudad. Estaba programado que me fuese aproximadamente en sesenta días, y necesitaba estar tan preparado como pudiera. Por tanto, comencé a hacer más ejercicio, a correr mucho y a prepararme para Parris Island, en Carolina del Sur, y para el campamento de entrenamiento de los Cuerpos de Marines.
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  39. 39. Los pocos… los orgullosos… Mi papá me dejó en la estación de autobuses en el centro de Pittsburgh para hacer el viaje al aeropuerto. Él estaba contento de que yo me fuese porque sabía que tenía que alejarme del viejo ambiente. El que yo quisiera servir a mi país hacía que Big Jack estuviese muy orgulloso. Él no entendía los asuntos espirituales, pero sabía que de algún modo las cosas iban mejor conmigo. Uno no pensaría que su vida pudiera cambiar solamente esperando un autobús, pero la mía cambió aquel día. Encontré un pequeño Nuevo Testamento con los Salmos en una pequeña mesa que había al lado de mi asiento. Los Gedeones, un grupo de hombres de negocios cristianos, habían puesto varios por la terminal. ¡Supongo que la estación de autobús era conocida como un lugar para personas con necesidad! Yo no había leído la Biblia aún y no tenía ni idea de lo que había realmente en su interior. Agarré aquel ejemplar, la abrí en las primeras páginas introductorias, y leí algo parecido a lo siguiente: “Cuando tenga problemas, vaya a la página 100”, o “Cuando necesite dirección, vaya a la página 200”. La que recuerdo con mayor claridad decía: “Cuando se haya ido de casa o se sienta solo, vaya a la página ____”. Cuando comencé a leer la Biblia, era como si estuvieran echando agua de una manguera en lo profundo de mi corazón. ¡Las palabras saltaban de las páginas de este pequeño libro! Yo no podía leer lo suficientemente rápido, y quería de algún modo comerme las páginas y hacer que se quedaran en mi interior donde nunca las perderían o las olvidaría. Con cada página, recibía fortaleza y consuelo. Aunque las palabras eran nuevas para mí, todas ellas parecían tener mucho sentido. Palabras como: “Nunca te dejaré; jamás te abandonaré” (Hebreos 13:5), “Él me invocará, y yo le responderé” (Salmos 91:15), y “Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15). El versículo de la Biblia que sacudió mi alma fue: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). Era una invitación personal de Jesús. Era el mismo Jesús que había acudido a mí cuando yo estaba inconsciente, y ahora yo le observaba acudir a las personas en el Nuevo Testamento, tocarlas, sanarlas, amarlas. Él se acercaba a los “marginados”, los pobres, los oprimidos y los necesitados. Él estaba con pecadores, sencillamente siendo su Amigo. Él se identificaba con las personas que más necesitaban su ayuda, al igual que había hecho conmigo. Fui hasta el autobús y me senté, leyendo página tras página. Encontré un versículo que decía: “Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Otro versículo decía que Jesús no vino para las personas sanas, ¡sino para las enfermas y necesitadas! (Véase Marcos 2:17). ¡Ese libro tenía un poder verdadero! Lo agarré con fuerza y lo acerqué a mi pecho, sencillamente queriendo que las palabras penetrasen en mi interior. Por primera vez en mi vida, entendí que tenía un mapa de ruta al que acudir en busca de dirección. ¡Las respuestas a mis preguntas estaban en ese libro! No podía creerlo. Estaba siendo vigorizado con la misma presencia que había estado
  40. 40. conmigo cuando yo estaba inconsciente. Era como si estuviera sucediendo otra vez. ¿Por qué no había leído yo nunca ese libro? Incluso en la actualidad, cuando comparto de Jesús con otros y ellos quieren discutir conmigo o decirme que soy un ingenuo, les pregunto si han leído alguna vez la Biblia. La mayoría de personas dice que no, pero creen que saben lo que contiene. Qué necio es rechazar algo si nunca se ha leído. Ellos no entienden que la Biblia contiene palabras que están vivas y tienen el poder de producir cambios drásticos en las personas que la leen con fe. Parris Island Llegamos a Carolina del Sur y nos recibió una pareja de sargentos del Cuerpo de Marines que esperaba a reclutas que llegaban de todas las partes del país. Les dimos nuestros nombres y subimos a un autobús que nos llevaría a Parris Island. Era más de la medianoche, y el viaje desde el aeropuerto atravesaba profundos bosques y después los pantanos de Carolina del Sur. ¿Cómo iba a ser aquel lugar? Atravesamos las puertas y nos detuvimos. Un instructor militar subió al autobús y dijo algo al conductor. Yo vi al conductor solamente agachar su cabeza, y entonces… comenzó. El instructor comenzó a gritar todo lo que uno pueda imaginar para hacer que bajásemos rápidamente de ese autobús. Lo primero que él gritó fue: “¡Mejor que hayan entregado su alma a Dios porque su ____ es mío!”. ¡No fue la referencia a Dios que yo había esperado! De repente, había cinco instructores militares gritando e intentando hacer todo lo posible por intimidarnos y hacernos saber que, durante las siguientes catorce semanas, les pertenecíamos a ellos. Cuando entramos en el primer edificio para comenzar nuestra transformación de vivir como civiles a vivir en los Marines, pasamos por debajo de una señal que decía: “Por este portal pasan candidatos para la fuerza de lucha mejor del mundo: los Marines de Estados Unidos”. Yo me preguntaba por qué había escrita la palabra candidatos; ¿acaso no se convertía en marine cada uno de los que pasaban por debajo de esa señal? A la mañana siguiente comenzaría a descubrir por qué. Eran las 5:00 de la mañana. A mí me parecía que acababa de cerrar los ojos, pero los instructores militares nos gritaban para que nos levantásemos de la cama y bajásemos al piso inferior. Nunca había visto a tantos muchachos moverse tan rápidamente en toda mi vida; nadie quería ser el último en bajar las escaleras. Nos situaron en fila a ambos lados de una mesa con pequeñas separaciones sobre ella. Nos ordenaron vaciar nuestros bolsillos y poner todo lo que tuviéramos en el espacio que teníamos delante. Nudillos de acero, cuchillos y cualquier otro objeto imaginable salieron de aquellos bolsillos. Obviamente, ¡aquellos instructores militares sabían lo que buscaban! A medida que siguieron gritando órdenes, un muchacho corpulento se hacía el duro. El instructor militar le dijo que se acercase, y el muchacho avanzó hacia él con cierto aire de tipo duro. Ese instructor agarró al recluta por la nuez y le levantó contra una de las columnas hasta que sus piernas no tocaban el piso. Él pateaba y buscaba el aire, mientras el sargento le gritaba sin descanso, diciéndole que era un “gusano inútil” y un “desperdicio de carne humana”. Finalmente, empujó al gran muchacho hacia el otro lado de la sala y le dijo que regresara a la fila.
  41. 41. Se podía oír caer una pluma en aquella sala. Nadie se atrevía a pronunciar palabra ni a mover un músculo. Aquellos instructores militares eran endurecidos veteranos de combate, y no iban a permitir que ningún candidato punk llegase a ser un marine o llevase el uniforme de los Marines de Estados Unidos, un uniforme por el que muchos hombres habían pagado el precio definitivo mientras defendían a su país, si no era el tipo correcto de hombre. Yo solía pensar que mi hermano Jack había exagerado sobre Parris Island y cómo eran los instructores militares, pero después de aquel discurso de bienvenida a “nuestra Isla”, decidí que seguiría el programa durante las siguientes catorce semanas y haría lo que me dijesen y cuando me lo dijesen, ¡sin hacer preguntas!
  42. 42. Jim sirviendo en los Marines de E.U., Carolina del Norte, 1972
  43. 43. En el desierto Mojave para entrenamiento con los Marines, 1972
  44. 44. Jim y Cathy, día de la boda, junio de 1975
  45. 45. Educando a sus hijos cerca de Pittsburgh, Pennsylvania
  46. 46. Jim y Cathy en una recaudación de fondos para el orfanato en Nepal donde Cathy ayuda como amiga misionera.
  47. 47. Jim y Cathy con (de izquierda a derecha) sus nietos Lucy, James, y Dylan La familia Maxim Fila superior desde la izquierda: hijo Jim, agarrando a Dylan; hijo Jordan; Jim, agarrando a James; hijo John Fila inferior desde la izquierda: nuera Alison; Cathy; nuera Lauri, agarrando a Lucy; nuera Jesica
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  49. 49. “El soldado cree en Dios, señor” En cada oportunidad que tenía, abría aquella pequeña Biblia de la estación de autobús. Iba al libro de Salmos y leía algo como esto: Pero tú, Señor, me rodeas cual escudo; tú eres mi gloria; ¡tú mantienes en alto mi cabeza. Clamo al Señor a voz en cuello, y desde su monte santo él me responde. Yo me acuesto, me duermo y vuelvo a despertar, porque el Señor me sostiene. No me asustan los numerosos escuadrones que me acosan por doquier.(Salmos 3:3–6) Siempre que necesitaba fortaleza para vivir el día, tan sólo abría ese librito y las palabras parecían saltar de las páginas y llegar a mi corazón. Un instructor militar me preguntó por qué llevaba esa pequeña Biblia en mi bolsillo. Me preguntó: “¿Es usted predicador, Maxim?”. Yo respondí: “No, señor, el soldado cree en Dios, señor”. El sargento miraba mi cara con cicatrices y comenzó su diatriba: “Maxim, parece que fue usted a una pelea con hacha ¡y se dejó el hacha en su casa!”; “Parece que intentó besar a un mercancías”, etc., etc. Nada de aquello ni siquiera me molestaba; era solamente un recordatorio de lo que me había sucedido cuando vi a Jesús. Mi cara marcada también me daba muchas oportunidades de hablar sobre mi fe recién hallada. Naturalmente, la mayoría de los muchachos me preguntaban que me había sucedido, y sus preguntas me abrían la puerta para hablarles acerca del accidente y de cómo había sido mi estilo de vida en ese momento. La mayoría de ellos se identificaban conmigo enseguida; podríamos haber sido amigos en la fiesta de Navidad aquella noche. Cuando escuchaban que me había desmayado al volante, me hacían miles de preguntas, como: “¿Golpeaste al otro?”, “¿Ibas colocado en aquel momento?”, y “¿Cómo pudieron llegar a arreglarte con toda aquella sangre?”. Todas sus preguntas hacían que mi fe en Jesucristo fuese mucho más real cuando les hablaba del modo en que había estado en grandes problemas y Dios me habían sacado del lío. Entonces, relataba todos los detalles de cuando Jesús se me apareció mientras estaba en el quirófano. Todo tenía perfecto sentido para ellos. Cuando me veían leyendo la Biblia, y después miraban mi cara, recordaban lo que había sucedido cuando yo estaba inconsciente. Ellos aceptaban mi historia; les parecía muy real. Habíamos hecho amistad, y ellos confiaban en lo que yo decía; sabían que yo era sincero en mi historia. Incluso en la actualidad, cuando hablo de mi amor por Jesucristo, busco solamente ser el amigo de alguien, ser genuino con esa persona. No puedo hacer que nadie se trague la Biblia, así que, ¿por qué intentarlo? Jesús vino a mí porque me amaba y quería ayudarme. Él quería que supiera que Él me amaba lo suficiente para aparecer en mi vida cuando yo más le necesitaba. Jesús siempre busca ayudar a alguien. Cuando la persona ve y siente que uno está siendo genuino con ella, y que en realidad quiere entender en qué momento de su vida está, entonces Jesús también se hace real para esa persona. Las catorce semanas de campamento fueron algunos de los días más difíciles de mi vida. Ningún marine podría olvidarlos jamás, y aún así, la experiencia del campamento es algo que atesorará durante toda la vida. Ese rito de pasaje, el privilegio de ponerse ese uniforme,
  50. 50. conlleva cierta dignidad y orgullo que esta nación ha admirado por más de doscientos veinticinco años, y que sus enemigos han temido. Y yo tuve el privilegio de experimentar aquellos difíciles días con la ayuda de mi recién hallada fe. Había llegado el momento de avanzar. Fe salvadora… ¡literalmente! Mientras estaba en los Marines, Dios quiso mostrarme lo mucho que se interesaba por los detalles de mi vida. Incluso en la actualidad, cuando pienso en aquellos tiempos en los Cuerpos de Marines, su amor me sigue sorprendiendo. Después de Parris Island, me destinaron a Camp Lejeune en Carolina del Norte. Mi cara estaba extrañamente desproporcionada debido a la inexperiencia del interno que me había cosido. Tenía bultos de piel en mi rostro y barbilla. Donde mi mandíbula había estado rota, me quedó una cicatriz muy grande, y el lugar donde mi nariz había recibido el primer golpe contra el parabrisas apenas era otra cosa que piel. Y repito: el cristal roto había dejado una cicatriz que comenzaba debajo de mi ojo derecho y recorría toda mi cara. Aun así, yo nunca pensaba mucho en ello hasta que alguien se quedaba mirándome fijamente o me preguntaba qué había sucedido. Un día, mi capitán se acercó a mí y ordenó: “Maxim, ¡vaya al hospital y haga que le arreglen la cara!”. Yo dije: “Sí, señor”, fui al hospital, me acerqué al mostrador y pregunté: “¿A quién debería ver para qué me arreglen la cara?”. El personal del hospital me dijo que un cirujano plástico viajaba hasta allí desde el hospital naval en Portsmouth, Virginia, una vez al mes, y que debería preguntar entonces. Aquello se debía a que muchos de los muchachos que regresaban de Vietnam habían sido heridos y necesitaban cirugía plástica, y por eso diferentes cirujanos acudían mensualmente para ocuparse de ellos. Regresé más adelante ese mismo mes y le dije al cirujano que mi capitán quería que me arreglasen la cara. Su respuesta fue: “Lo siento, hijo, no realizamos cirugía cosmética a marines”. Yo dije: “Bien”, y entonces me fui. Pero mi capitán no quedó contento con esa respuesta. Me dijo que tenía que regresar al mes siguiente para hablar otra vez con el cirujano. El siguiente cirujano me dio la misma respuesta al mes siguiente, y una vez más yo dije: “Bien”, y entonces me fui. Cuando regresé a mi capitán y le expliqué la respuesta una vez más, él respondió decididamente de la misma manera: “Regrese el próximo mes”. Aquello ya me resultaba divertido. También estaba aprendiendo una valiosa lección que me beneficiaría durante el resto de mi vida. La persistencia siempre da sus resultados en todo lo que uno hace. Llegó el mes número tres, y yo regresé. Aquella vez, el cirujano de Portsmouth era un coronel “pleno” (coronel en lugar de un teniente coronel, como habían sido los otros), y él me preguntó por qué estaba yo allí. A esas alturas yo estaba comenzando a divertirme con aquello, ¡porque sabía lo que saldría de su boca a continuación! Por tanto, repetí lo que había dicho en las dos últimas veces que había estado allí: “Mi capitán me dijo que viviese para qué me arreglasen la cara, señor”. Le miré fijamente a los ojos, esperando la respuesta que yo pensaba que llegaría. Efectivamente, él me miró con una expresión de perplejidad y después
  51. 51. me dijo que ellos no realizaban cirugía cosmética a marines. Casi comencé a reírme mientras respondía: “Bien, señor”, y entonces comencé a dirigirme hacia la puerta. Me había alejado algunos pasos cuando, de repente, él dijo: “Un momento. Siéntese por un momento, hijo”. Empezó a examinar mi cara con detalle a la vez que me preguntaba qué había sucedido. Yo le expliqué que había atravesado el parabrisas y después fui impulsado hacia atrás atravesando otra vez el cristal roto. “Está bastante mal”, respondió él mientras seguía examinando mi piel. Tenía una extraña expresión en su rostro, y yo me di cuenta de que quería ayudarme. Las siguientes palabras que salieron de su boca me asombraron. “Voy a enviarle a Portsmouth, hijo. Creo que puedo arreglar su cara”. Yo me quedé mirando sorprendido. ¡Los Marines realmente iban a arreglar mi cara! Yo estaba muy agradecido. ¡La fidelidad de Dios puede ser abrumadora! Él había intervenido una vez más para ayudarme. Aquello fue un recordatorio de que Él tenía el control de mi vida, y no el ejército de Estados Unidos, no la Marina de Guerra, y ni siquiera los Marines. Hasta el día de hoy, no he olvidado lo que Él me enseñó aquel día hace tanto tiempo. Cuando algo es su voluntad para la vida de usted, y usted permanece abierto y humilde, no hay ninguna puerta que pueda permanecer cerrada para usted. Usted es su hijo, y Él quiere cuidar de usted. Cuando regresé a mi unidad, mi capitán me preguntó qué había dicho el cirujano. “Van a arreglarme la cara, señor”, respondí con una gran sonrisa. Él se levantó con una sonrisa como respuesta y me dio la mano enérgicamente. No sé si mi capitán era cristiano o no, pero, repito: él me enseñó una lección sobre persistencia que siempre he recordado. En cuestión de días fui transferido a Portsmouth, Virginia, concretamente para la cirugía. Debido a la extensión de los daños, tuvieron que hacerme múltiples operaciones durante seis meses. Cuando terminaron, volví a recuperar mi viejo rostro. Los equipos médicos cortaron de nuevo las cicatrices y eliminaron el tejido dañado, y después cerraron los cortes con hilo más fino. Realizaron dermoabrasión, lijando mi frente y el costado de mi ojo para eliminar los bultos y suavizar la piel. Cortaron y después suavizaron un bulto de piel a un lado de mi boca. Realizaron cirugía Z-plastia en la herida más profunda, que estaba debajo de mi ojo derecho. En esta operación, básicamente cortan de nuevo las cicatrices, eliminan el tejido cicatrizado y después elevan la piel hacia arriba en forma de una Z, de modo que quedó estirada y casi al mismo nivel de la superficie. También pasaron gran cantidad de tiempo intentando estrechar la cicatriz más grande, que era donde mi mandíbula había atravesado la piel con la fractura compuesta. Al final, quedaron aún algunas cicatrices más ligeras, pero estaba bien. Aquellas cicatrices servían para recordarme el gran cambio que Jesús había realizado en mi vida cuando Él me liberó de la cautividad del pecado. ¡Dios había utilizado a mi capitán y a los equipos médicos para darme una de las mayores bendiciones de mi vida! Aprender a confiar en Dios Ya era el año 1973. Los Acuerdos de Paz de París fueron firmados entre Estados Unidos, Vietnam del Norte, Vietnam del Sur y el Viet Cong. Las tropas estadounidenses comenzaron su retirada de Vietnam del Sur, y muchos prisioneros de guerra fueron finalmente enviados a sus casas. Como resultado, yo nunca tuve que ir a Vietnam. Durante el tiempo que me quedaba serví en Portsmouth como seguridad con la policía militar. Un año después, en marzo de 1974,
  52. 52. quedó completado mi servicio con los Cuerpos de Marines de Estados Unidos. Recibí un licenciamiento honroso y regresé a casa.
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  54. 54. Comenzar todo nuevo Todo había cambiado. Mi tiempo lejos de casa y del antiguo ambiente, y los períodos que había pasado a solas leyendo la Palabra de Dios, habían alterado mi vida para siempre. Mi rostro había sido reconstruido; mi alma había sido reparada, mi mente había comenzado a ser renovada. Los dos años anteriores de mi vida me había dado el fundamento de un estupendo nuevo comienzo. Ya estaba de camino a casa para comenzar todo nuevo. El tiempo que había pasado en los Marines fue importante porque fue allí donde aprendí a confiar en Dios siendo un joven cristiano. Conocer y estudiar la Palabra de Dios y pasar tiempo con Él fueron vitalmente importantes para mí entonces, al igual que lo son ahora. Dios me enseñó muchas lecciones personales, aunque yo nunca había tenido a nadie que me enseñase la Biblia mientras era un marine. Aun así, Él se aseguró de que yo caminase cerca de Él. Hubo momentos durante aquellos años en que yo no viví como cristiano, pero Jesús rápidamente me atrajo de nuevo a Él mismo. Yo pedí perdón, y Él me perdonó. Encontré algunos pasajes de la Escritura nuevos, como: “Vengan, pongamos las cosas en claro—dice el Señor—. ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve!” (Isaías 1:18). Dios me mostró que Él es un Padre amoroso, y nunca permitió que me alejase de su mano protectora, incluso cuando mi corazón pudo haber querido otra cosa. Si usted nunca le ha pedido a Jesús que entre en su vida, o si es usted cristiano que ha hecho algunas cosas que lamentar, Dios está esperando en este mismo momento con brazos abiertos, y simplemente le pide que regrese a casa. Si usted clama a Él y le pide que le perdone, Él le estrechará en sus brazos, le lavará con la sangre de Cristo y hará que todo (¡sí, todo!) sea completamente nuevo una vez más. Ese es el tipo de Padre celestial amoroso que usted tiene. A Dios mismo le encanta amarle. Dele esa oportunidad. Comenzar de nuevo, como civil Cuando fui licenciado de los Cuerpos de Marines, el país estaba debatiendo el caso de la guerra en Vietnam, incluso mientras terminaba. La desaprobación pública de la guerra, o “conflicto”, como era conocido entonces, era muy elevada. El hecho de que alguien fuese un veterano, hubiera luchado realmente en Vietnam o no, no producía el respeto que los veteranos de nuestras anteriores guerras habían recibido. En ese momento, nuestra nación no sabía distinguir entre los políticos y los hombres y las mujeres que estaban entregando sus vidas por nuestro país, tal como lo hacemos ahora. Fueron necesarios muchos años para que nuestra nación se sobrepusiera a la guerra de Vietnam y diera a nuestros veteranos las gracias que se merecían. Por tanto, cuando muchas de las personas que estaban en contra de la guerra veían a un hombre con uniforme, con mucha frecuencia le decían cosas negativas, en contraste con el agradecimiento que vemos expresado por muchas personas en la actualidad siempre que ven a nuestros hombres y mujeres con uniforme militar en un aeropuerto o en otro lugar público. Era casi como si todos quisieran olvidarse de lo que había sucedido en el sureste de Asia, aparte de protestar al respecto. Siempre que surgía el tema de Vietnam, las personas normalmente utilizaban frases como “asesinos de niños” o mencionaban las protestas anti guerra que se habían producido en la Universidad Estatal Kent unos años antes, en 1970,

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