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De mis-cosechas

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De mis-cosechas

  1. 1. TENEMOS VISITA................................................................................................1EL VIAJE DE LAURA..........................................................................................6HISTORIA DE UN LIBRO..................................................................................21EL REENCUENTRO...........................................................................................24ESOS OJOS.......................................................................................................31LAS HORAS MUERTAS....................................................................................35EL FIN DEL MUNDO..........................................................................................41A UNA MADRE...................................................................................................50CONSEJOS PARA IR A LA FERIA....................................................................53Tenemos visita. A los que hemos abandonado este mundo se nos permite, por concesión divina y sólouna vez, retornar durante un día a nuestro país. Transcurridos casi dos siglos de mimuerte, al fin me llegó la ocasión de disfrutar porbreves horas de mi villa natal. Así, sin más, volví a la vida en el cerro de Santa Catalina: gran sorpresa, indescriptiblegozo al ver cuánto había medrado mi pueblín. El paisaje de fondo no había variado endemasía: el monte de Deva, el Alto de la Madera, el Areo y, por debajo de estos, el paísmás feliz y feraz que mente humana pueda imaginar. Pero aquel caserío que dominaba totalmente desde la atalaya del cerro, había crecidoen estatura y en carnes. En el mismo cerro ya no estaba la vetusta capilla, y en su lugar viuna extraña construcción, un torreón circular con una gran puerta al mar. ¿Qué obra seríaesta? ¿Cuál su fin? 1 de 56
  2. 2. Bajé del cerro por el costado de levante y desde mi privilegiada posición admiré miplaya de San Lorenzo, esa en cuya arena los rapazucos del Instituto hacían dibujos ycuentas. Llamó mi atención el gran número de carros en las calles; supongo que movidospor una máquina de vapor o similar, porque ninguno tenía caballos ni enganche para losmismos. Por una pendiente calle llegué a San Pedro, pero no el mismo de antes: aunquesimilar en el exterior, aparentaba menos antigüedad que la iglesia donde recibí elbautismo. Curioso como soy, pregunté a un anciano quien, amable y sorprendido a la vez,respondió esto: - - ¡Ay, fíu, eso fue cosa de la guerra! Una cosa muy triste, hijos contra padres, hermanos contra hermanos, vecinos contra vecinos... ¡La guerra! Palabra terrible, más aún si es entre parientes... Recuerdo otra guerra, muylejana ya, contra el invasor francés: las idas y venidas a Gijón, la huida y la última paradaen Puerto de Vega... Dolor, frío, miedo... Abusé un poco más de la amabilidad del hombre y le pregunté por varios edificios ylugares que podía divisar desde el Campo Valdés: el Ayuntamiento, la Pescadería, LaArena... - ¿Y aquel gran monte del fondo? ¿Es un coto? ¿Acaso son los jardines de un palacio? - ¡Quita p allá! ¡Jardines! ¡Ye el parque de Isabel La Católica! Ahí llevo mucho al nietu, pa que vea los pavos... ¿ Ud. ye de fuera, verdad? - No, soy de Gijón, nacido en el Barrio Alto, pero hace años que no piso mi tierra. - ¡Yo diría que hay siglos! ¡Mira que no conocer el parque! ¿No será Ud. 2 de 56
  3. 3. carbayón? Despedí agradecido al buen hombre, y caminé bajo los balcones de la Casa de Valdéshasta la plazoleta donde vi mis primeras luces. Allí estaba la casa donde fundamos elInstituto, y el solar de mis mayores, pero no los árboles que amorosamente planté en ellugar, sustituidos por plátanos, ni el hórreo. Junto a la puerta principal leí lo siguiente: Museo Casa Natal de Jovellanos. He aquí,pues, que mis vecinos, mis hijos, no me habían olvidado. Impaciente por averiguar cuálesde mis recuerdos pervivían dentro de aquellos muros, atravesé el umbral y llegué al patio:¡oh, cuanto había cambiado! No quedaba allí nada de mi antigua posesión. Interrogué auna hermosa moza que parecía estar al frente de aquello, y me explicó que hacía unostreinta años que se había restaurado la casa, respetando sólo las paredes exteriores. Que sehabía dedicado a Museo Municipal. Que tenía una notable colección de pinturas yesculturas, propias y procedentes de legados particulares, así como libros y otrosrecuerdos del ilustre Patricio (es decir, mios). Abandoné el lugar con sentimientoscontrapuestos: agradecido al pueblo de Gijón por haber mantenido vivo mi recuerdo, ya lavez un tanto disconforme con las obras hechas en mi solar. Alcancé a ver el Ayuntamientoy su agradable plaza. El palacio del Marqués de San Esteban, también Museo. En elinterior bien poco restaba de sus moradores: de las paredes colgaban extrañas pinturas yen la Colegiata, según me dijo un alguacil dan conciertos. ¡Museos, música! ¡Señal deque mi pueblo es rico en cultura, que es el mayor tesoro de las naciones! El pozo de La Barquera y unas casas altísimas en el solar de la capilla. La dársenahabía sido rellenada en parte para asentar unos jardines. Había muchas barcas y navíos eincontables carros a ambos lados de la calle: todos de metal; las ruedas ya no eran demadera; tenían grandes ventanales y las butacas del interior aparentaban ser muycómodas. Por el número de ellos que había visto hasta entonces, supuse que todos los 3 de 56
  4. 4. gijoneses debían tener al menos uno de estos carros. ¡Otra señal de gran prosperidad demi pueblo! Aunque había gran riesgo de ser arrollado por una de estas máquinas... En un ameno paseo, ornado con arbolillos, entablé conversación con un joven, quedijo ser bachiller y estudiante de Economía. Me comentó que la región, y la villa enparticular (él dijo "ciudad") habían pasado largos años de decadencia: el comercio, lasmanufacturas, los oficios. se arruinaban. Afirmó que ya había una tímida recuperación,pero que tenían más facilidad para encontrar trabajo los artesanos y obreros que losestudiantes. El amable joven se rió cuando le pregunté que "dónde anclaban ahora losgrandes barcos”: - - Este puerto sólo se usa para barcos de recreo. Los grandes, y los pesqueros recalan en El Musel. Estos días hay muchas discusiones sobre si se debe ampliar o no, parece que la obra va a tener bastante repercusión en la naturaleza... Me despedí cortésmente del joven. Advertí que los gijoneses no habían perdido esabondad que les hace acoger a los forasteros (ya los retornados como y yo) con los brazosabiertos. Pasmé ante la visión de] Musel y los enormes barcos (¿de vapor?), algunosaguardando en el exterior su turno. ¡Qué bella visión de progreso! Más, ¡cuanto cuidadohabrán de tener los gobernantes del país, a la hora de decidir el modo de mejorar elpuerto, conciliando las necesidades de la industria y el bienestar de los ciudadanos! Volví la vista, y hallé un populoso barrio sobre lo que fuera la playa de Pando.Infinidad de tejados, ya lo lejos la visión de altas torres, unas anchas, otras esbeltas,algunas vomitando columnas de humo. ¡Qué distinto te veo, Gijón! ¡A cuantas metas queen su día soñé para ti habrás llegado! ¡Cuantas otras ilusiones habrán quedado ya en elcamino, o serán inalcanzables! 4 de 56
  5. 5. ¡Qué más puedo decir, sino que el día no bastó para conocer todas las novedades de lavilla! A grandes carreras recorrí la calle Corrida, en obras, conocí el monumento que mishijos habían erigido en la vieja plaza del Infante, lloré la pérdida de la hermosa Puerta dela Villa, me alegré al ver mi Instituto intacto, ampliado y dedicado a menesteresculturales, paseé por el monte de Begoña, admiré los grandes edificios de la nuevaciudad... Ante tanta novedad... ¿ Qué puedo hacer, sino esperar que la benevolencia delAltísimo me conceda el honor de otra visita? 5 de 56
  6. 6. EL VIAJE DE LAURA I Pocas horas pasaron desde que Laura llegó por vez primera a Los Alcázares. Un brevepaseo por la playa despejó las dudas y temores arrastrados durante todo el viaje y le hizoolvidar el enfado de su familia ante su inesperada decisión: ir sola de vacaciones. Cuando Laura era joven quería ser mayor para tener autonomía y no sufrir la férreadisciplina de sus padres, propia de una época donde la gran mayoría de las familias seorganizaban y vivían conforme a una norma no escrita de absoluta sumisión al cabeza defamilia. Ahora que peinaba canas y tenía todo el tiempo del mundo para si, con los hijoscriando canas y los nietos criados y el pobre Pablo (Q.E.P.D.) reposando en el cementeriode San Esteban, ahora que tenía experiencia de la vida y raciocinio bastante para cuidarsepor si misma, resultaba que su propia familia no había entendido su decisión, tachándolapoco menos que de loca. A pesar de que el siglo XX acababa de expirar, en muchos lugares de su Asturias natal,especialmente en zonas rurales como su parroquia, pervivían comportamientos ypensamientos anticuados, verdaderas rémoras del pasado. Uno de ellas era la consideración de la mujer como algo secundario frente al hombre,ya fuese padre, hermano o marido. En cualquiera de aquellos pueblos de postal, perdidosen las laderas de la cordillera Cantábrica, la hembra nacía para ayudar desde muy pequeñaen las tareas del hogar materno, para ser cortejada por algún vecino o pariente de totalconfianza de la familia (más valorado cuanto más cercano era su pueblo de origen), paraadministrar el hogar conyugal mientras el esposo ganaba el jornal en la mina o atendía la 6 de 56
  7. 7. modesta hacienda, para sufrir varios abortos (en los que algo tenía que ver,probablemente, el agotador trabajo diario, sumado a la deficiente alimentación) y criarvarios hijos, y después de estos, los nietos, y finalmente para cuidar al marido, que porsufrir desde muy joven la esclavitud del campo y de la mina solía enfermar y abandonareste mundo antes que su mujer. La labor diaria de personas como Laura era fundamental en el hogar, pero por ser algoque se consideraba implícito en la condición femenina, no era nada valorada por losdemás. La gente de su entorno creía y quería hacerle creer que su papel en la vida sereducía únicamente a mantener el puchero caliente, la ropa limpia y el coño disponible(con perdón) según el capricho de su esposo. Poco habíamos avanzado desde los tiempos de la abuela Felipa, aquella que habíaparido nueve hijos y que cada vez que bajaba a la Villa los días de mercado, tenía queaguantar el chiste fácil de Eduardo, su cónyuge: "Aquí venimos diez y la ponedora". Laponedora. Como si fuese una gallina, como si su único valor fuese el traer niños almundo... Menudo imbécil. Pero claro, la mujer podía hacer de todo menos pensar y decir más de la cuenta, así quecuando en el corrillo que se formaba al caer la tarde en la plaza del pueblo, alguien(generalmente del sexo masculino) contaba anécdotas como la anterior, las mujeresesbozaban una sonrisa cómplice, como ignorando el desprecio hacia ellas que latía en elinterior de aquellas historias, surgidas de las más profundas cavernas del machismodominante en la aldea. Otro ejemplo de esa rancia forma de pensar era el rechazo a lo que con los años sellamaría "la liberación de la mujer": así, en el valle se tenía noticia de que en las ciudades,sobre todo de la América, había mujeres que fumaban, que intentaban competir con elhombre en oficios masculinos y hasta osaban separarse si el hombre no las trataba bien. 7 de 56
  8. 8. Noticias como estas, conocidas por boca de los emigrantes retornados con la escasafortuna de enormes baúles llenos de chucherías y algo de calderilla en los bolsos, hacíansantiguarse a los mas viejos, lamentando el rumbo de los nuevos tiempos que, sin duda,habría de llevar a una catástrofe de la civilización. II Esa era la norma desde que el caballero García había expulsado las huestes moras delas tierras del valle, allá por los primeros años de la Reconquista, tal y como contaban losviejos una y otra vez junto al fuego del invierno. Laura había visto la primera luz del solen una pequeña aldea del sur de Asturias, rodeada de grandes bosques de castaños yrobles, en un valle cerrado por una formidable peña que ocultaba los pasos de montaña ala vecina Castilla. Su familia se dedicaba a la labranza y la ganadería, trabajando algunas huertas yprados en su mayor parte arrendados por el señor de un pueblo cercano, poderosopropietario al que los vecinos del valle conocían por el descriptivo nombre de "el amo",quien residía la mayor parte del año en Madrid, pasando algunas temporadas en su casasolariega, en compañía de su hermano y su anciana madre. La infancia había sido breve: el recuerdo más frecuente era la sensación de abandonopor parte de los padres, y su imagen imborrable el encierro de todos los hermanos (ocho)en un cuarto de la casa mientras los progenitores laboraban en el campo. Muchas veces serepitió el mismo cuadro, con el fondo invariable de una ventana enrejada, única salida a lalibertad de la calle, y el molesto olor a orines o heces cuando los más pequeños se lohacían encima. Luego siguió la rudimentaria instrucción en la pequeña escuela habilitada en uncuartucho de la iglesia parroquial, impartida por un maestro que esporádicamente (cuando 8 de 56
  9. 9. el cura no lo veía) intentaba sembrar en las mentes infantiles la semilla delrepublicanismo, el laicismo y la justicia social. En las horas en que no asistía a la escuela(que eran las más), Laura ayudaba a las tareas domésticas: atender los animales, lavar ycoser la ropa, amasar y cocer el pan, cocinar, cuidar a los hermanos pequeños... Endeterminadas épocas los trabajos se multiplicaban: por el verano, se segaba y recogía lahierba de los prados y se subían las vacas a los pastos de las montañas; en el otoño, serecogían las avellanas, las manzanas y las castañas y se bajaba el ganado a los pueblos;por el invierno, se tejía diariamente al calor del lar y se atendía a los animales en lascuadras; en la primavera, se sembraban los huertos de hortalizas que se recogerían yaavanzado el verano, casi en septiembre. La vida era muy dura porque en cada casa había una familia numerosa que mantener,lo que obligaba a roturar nuevos terrenos de cultivo en los montes comunales o en lossitios más inverosímiles e improductivos y a buscar el complemento de un miserablesalario por doce horas de jornada en alguna de las minas que empezaban a poblar el valle. Muy pocas eran las diversiones en aquellos días de trabajo de sol a sol: las fiestaspatronales, bien fuese la de San Pelayo, allá por mayo, en una pequeña ermita aislada enel monte, o el Corpus, San Antonio, el Rosario o San Esteban, en el marco más imponentede la sólida y vetusta iglesia parroquial. Allí se asistía a la misa, con el cura recitandoincomprensibles latines ante la cara de sorpresa de los santos del retablo; se subastabanlos panes de escanda y bollos dulces donados por algunos vecinos (sencilla forma definanciar los gastos de la romería); las familias merendaban en el soleado prado y seorganizaba el baile, a veces con gaita y tambor, a veces con acordeonista o violinista, perosiempre a la sombra de los enormes acacias que custodiaban el templo. No obstante, los padres se preocupaban mucho de la rectitud del camino de susretoños, y aunque estos volvieran de la romería a las tantas de la noche (que nunca solían 9 de 56
  10. 10. ser más de las dos o las tres), no dejaban de despertarlos a las cinco o seis de la mañana,como todos los días, para atender el cumplimiento de los deberes inexcusables de cadajornada. Otra forma de escape a la monotonía de los trabajos eran las reuniones con las amigascada tarde, pero aquí, como en tantas otras cosas, llevaban los varones más ventaja,porque estos, una vez atendidas sus respectivas haciendas, podían reunirse a fumar y jugaren la bolera, pero las mujeres, amén de coadyuvar en el sustento de la economía familiar,tenían que cumplir con las interminables tareas domésticas, de las que los hombresestaban exentos en virtud de una norma no escrita y de ignoto origen. Al final, solorestaba una hora o dos para el solaz diario, y eso cuando no era interrumpido por lasvoces desaforadas de la madre reclamando el cumplimiento de alguna tarea imprevista yurgente. Las riñas, por supuesto, se multiplicaban si el destinatario era una mujer y en nopocas ocasiones causaban el severo castigo de no salir ala calle ese día. En aquellas plácidas reuniones las chicas intercambiaban inocentes confidencias,improvisaban cantares de enamorados y miraban de reojo a los chicos que fumaban yplaticaban orgullosamente apoyados en la pared de un pajar. A veces se comentaban lasnoticias recientes, como el nacimiento de algún hijo de soltera en la vecindad (sucesonada infrecuente, para disgusto de los abuelos maternos), la marcha de un joven alservicio militar (casi siempre a Marruecos), a la América (para eludir lo anterior) o atrabajar en las cercanas minas, entonces prósperas y abundantes. Era una época de transición entre el viejo mundo - el del Antiguo Régimen tuteladopor los últimos vástagos de la nobleza local, propietarios de casi todas las tierras de valordel valle, y los paternalistas párrocos, recelosos ante las nuevas ideas traídas por elprogreso - y el nuevo mundo, el de la industria y su nueva explotación del hombre, perotambién el de la búsqueda de la justicia y la satisfacción de las preocupaciones sociales. 10 de 56
  11. 11. Laura pocas veces había salido del valle, pero en esas ocasiones, con motivo detrabajar las tierras de algún labriego acomodado de los pueblos bajos del concejo, habíatenido la oportunidad de escuchar el discurso de ciertos revolucionarios locales queempezaban a organizar a sus partidarios bajo novedosos principios como la libertad, laigualdad, la justicia, el socialismo. Las nuevas ideas recorrieron el valle de Norte a Sur, deEste a Oeste, y prendieron en las mentes de los jóvenes que machacaban sus cuerpos yperdían la salud en el inhumano trabajo de las minas, y en las de los miserablescampesinos que llegaban a la vejez tan pobres como habían nacido, trabajando de sol asol en las tierras de la nobleza local, o en las de algún usurero local enriquecido gracias alos embargos sobre las tierras de los más pobres. Pronto llegó el encontronazo entre los nuevos vientos de igualdad y libertad y las ideasque pervivían en la mente de los más maduros. Estos veían con preocupación elentusiasmo de sus hijos por las revolucionarias ideas, opuestas a la tradición que siemprehabía regido la vida en el valle, y no cesaban de repetir que de aquellos cambios no podíavenir nada bueno, todo era cuestión de tiempo. Sin embargo la catástrofe tardó en llegar a la aldea. La revolución de octubre no causótrastornos en la plácida vida del concejo, y los ecos de los combates en las cuencasmineras y en Oviedo quedaron muy, muy lejos. El hecho más relevante del que fue testigoLaura ocurrió al año siguiente, cuando uno de sus amigos recibió una brutal paliza en elpuesto de la Guardia Civil por disfrazarse de número de la Benemérita durante elantroxu1, que por entonces estaba terminantemente prohibido. Pero las desgracias pronosticadas por los mayores de la aldea llegaron poco despuéscon la guerra. Las mujeres, Laura entre ellas, asumieron el mando de sus haciendas,porque los varones fueron reclamados por las autoridades republicanas y las1 Carnaval en bable. 11 de 56
  12. 12. organizaciones de trabajadores para servir en el combate contra los rebeldes. Alguno deellos quedó para siempre enterrado en las trincheras de Oviedo. Aquel fue un tiempo extraño, en el que el clima se contagió de la locura de loshombres, y la lluvia dejó de caer y fue reemplazada por un sol inclemente que causótremendas sequías y arruinó las cosechas. A esto se añadió la dificultad de adquirircomestibles, racionados debido a su escasez, transacción que requería necesariamente elvale del sindicato o de la gestora municipal. Hasta el dinero de siempre habíadesaparecido, y los viejos refunfuñaban al ver el papel barato que hacía las veces demoneda oficial en la región. Pronto la suerte de la guerra cambió, y los rebeldes que inicialmente iban a serpulverizados en pocos meses, se tornaron en amenaza real para la supervivencia del Norteleal a la República. Hasta las mujeres fueron movilizadas para ayudar a fortificar lascumbres del puerto Ventana e impedir el paso por él de los facciosos. Laura subió contenta al puerto, llevando de ramal al burrito que portaba los pesadosrollos de alambre de espino, ya que la inesperada visita a aquellas alturas era unainmejorable ocasión para ver a Pablo, del que se había hecho novia poco antes de estallarla guerra. Allí encontró a su amado, también a uno de sus hermanos y a más vecinos de la aldea,pero estaban irreconocibles con aquellas enormes y descuidadas barbas, los rostrosquemados por el aire y el sol de los puertos y los monos sucios por tumbarse todo el díaen las embarradas trincheras. Y en las montañas de caliza, entre los matorrales y rocas, Laura entregó por primeravez su cuerpo a Pablo, vencida su resistencia inicial por los constantes ruegos y elforcejeo casi violento de aquel hombre ansioso de escapar de alguna forma a las tensiones 12 de 56
  13. 13. y el cansancio de los interminables meses en las alturas. Fue un momento breve cuyorecuerdo, más que placentero, fue la sensación de que algo en ella había cambiado, de quesu cuerpo virginal había sido manoseado por unas manos sucias de barro, sus labioscarnosos besados por una boca con regusto de vino y aliento de tabaco, y de algo queentraba en ella y la dominaba de una forma casi brutal, puramente instintiva. Aquellatarde descubrió que durante el resto de su vida estaría bajo el dominio de Pablo, sería sucriada durante el día y un mero cuerpo para utilizar durante la noche. En unas pocas horasdescubrió el sentido de su existencia, lo que el destino le tenía deparado desde que habíanacido hembra. Sabía que él la quería, pero el amor que le ofrecía de palabra y de obraconvivía con la sensación de ser un objeto al servicio de su hombre, sin voz ni voto. A la noche retornó a la aldea sintiéndose en cierta forma mancillada, casi violada,pensando que las miradas de la gente descubrirían su pecado. Para mayor incomodidad laregla, esa hemorragia vergonzosa de la que todos hablaban en voz baja o coneufemismos, se retrasó bastante aquel mes, así que a la sensación de ser un objeto usadose unió el temor de estar embarazada a consecuencia de su desliz. Finalmente el frente norte cayó en manos de los nacionales, y los viejos recordaronuna vez más que todo aquello era consecuencia de las locas ideas de los jóvenes, quehabían pretendido alterar unas costumbres y formas de vida antiquísimas, y aconsecuencia de aquellas locuras y ciertos desmanes derivados (muertes de sacerdotes,incendio de la parroquial de la Villa, asesinatos de gentes de derechas) venían ahoraterribles castigos para todos. "No se podía cambiar la naturaleza de las cosas", repetían aquien quisiera escuchar. III En Los Alcázares Laura se sentó cuidadosamente en el borde de la cama y contemplóun instante su Documento de Identidad posado en la mesilla. Le recordaba su primer 13 de 56
  14. 14. D.N.I., o cédula de identidad, o como quiera que se llamase, el que tuvo que solicitarinmediatamente después de la entrada de los nacionales en el valle. La primera medidaque adoptaron los vencedores fue identificar a todos los vecinos del concejo y detectar sufiliación política para depurar los elementos perniciosos para la sociedad. Muchos jóvenesy no tan jóvenes, temiendo delaciones y represalias, se ocultaron en recónditas cabañas oestablos, hasta que se calmara la situación o pudieran pasarse a la zona aún controlada porla República. Otros, y Pablo con ellos, se echaron literalmente al monte, con unas pocasarmas, para evitar ser capturados y fusilados, malviviendo ocultos en cuevas y bosques,con la amenaza constante de una emboscada de la Guardia Civil o de la brigada que sededicaba a cazar rojos y que, irónicamente, estaba comandada por un tío político deLaura, deseoso de vengar la persecución que había sufrido en sus carnes meses antes porcausa de sus ideas conservadoras. Fueron tiempos tan duros como los de la guerra, o incluso más. Aparte de seguirsosteniendo los hogares, ya que la mayoría de los hombres se habían echado al monte,eran prisioneros de los nacionales o servían como soldados forzosos en el ejército deFranco, las mujeres tenían que resistir la constante presión de los soldados y guardias quequerían averiguar el paradero de los fugaos2, y soportar sus constantes groserías, sobretodo si se trataba de una joven guapa como Laura. Un día particularmente nefasto fue cuando el pueblo en pleno recibió la orden depresentarse en una aldea vecina, en casa de aquel amo que naturalmente ocupabainfluyentes cargos en la improvisada burocracia de los nacionales, después de escaparmilagrosamente de la persecución de los rojos. Y allá se encaminaron todos, ancianos,mujeres, niños y los pocos hombres presentes, la mayor parte descalzos, caminandodurante tres kilómetros por una senda embarrada, hasta llegar a la orgullosa casona, anteel imponente soportal donde aparecieron unos soldados gallegos, sonrientes, borrachos,2 En bable, guerrillero o maquis, generalmente oculto en el monte. 14 de 56
  15. 15. cantando y tocando la gaita. Tras unas cuantas burlas y crueldades, uno de ellos,blandiendo unas tijeras, gritó a los vencidos la frase más humillante que oirían en su vida:"Asturianos, os vamos a cortar el pelo al cero". Laura siempre tendría un nudo en el estómago al recordar todo el pueblo atemorizadollorando ante las crueles burlas de un puñado de soldados que eran tan pobres como ellos.Lo verdaderamente penoso era ver que unos y otros no eran más que marionetasmanejadas por poderosos, ya se llamaran curas, terratenientes, políticos o revolucionarios.Todos, gallegos y no gallegos, eran unos desgraciados en ese momento y probablementelo seguirían siendo el resto de sus vidas. Acostada en la cama del hotel de Murcia, el frescor de las sábanas limpias recordó aLaura una situación muy distinta: las penosas condiciones de los catres de los detenidosen el campo de prisioneros de Avilés, donde estaba confinado Pablo después de entregarsea la Guardia Civil. Pocos meses habían bastado a los fugaos para darse cuenta de que su lucha era inútil,que nada podían hacer ocultándose para siempre en el monte, como no fuera truncarirremisiblemente sus últimas esperanzas y sus vidas. Por mediación del Roxu3, un militarfranquista que era pariente lejano de la familia de Laura, los derrotados pudieron pactaruna rendición en un lugar señalado con garantías de no terminar ante el pelotón defusilamiento, hecho que dio lugar a otra emotiva escena cuando las mujeres del pueblovieron pasar en la lejanía, por la carretera del monte, la camioneta que llevaba a losdetenidos: niñas, jóvenes y ancianas, arrodilladas en lo más alto de la aldea, extendían susbrazos hacia el monte, como queriendo coger la camioneta, ridículamente pequeña en ladistancia, con sus manos, para liberar a sus seres queridos, entre lamentos y lágrimas.Cuanta desgracia, cuanta pena habían visto los ojos de Laura en tan pocos años, como si3 Rojo, pelirrojo, en bable. 15 de 56
  16. 16. todo en su vida fuesen calamidades, las desgracias y penurias que los agoreros ancianosrecordaban a diario, reprochando a los jóvenes su temeridad, su desafío a las reglas queregían el mundo, con las que nunca había pasado nada así. Por fin, tras un juicio rápido, un veredicto de culpabilidad conocido de antemano yunos años de purga de los pecados ideológicos en un campo de trabajo de Andalucía,Pablo retornó a su aldea natal con el firme propósito de dedicar el resto de su vida atrabajar, a fundar una familia y a no meterse en política, por lo menos mientras viviese elcaudillo. Así, poco tiempo después Laura y Pablo se casaban en la vieja parroquial, conlas bendiciones de Don José, el cura que volvía a sus dominios espirituales tras elterrorífico paréntesis de la guerra, que había dejado en el templo el rastro de algún santodescabezado o tuerto. Los años que siguieron discurrieron conforme a los cánones tradicionales que regían elvalle desde siempre: Pablo trabajaba las huertas y atendía el ganado, con la ayuda de sumujer, y mientras él picaba carbón en la mina, Laura asumía las labores de la casa, comohabía aprendido desde niña. Pronto llegaron los hijos, dos niñas y un niño, que supusieronnuevos agobios económicos para la joven pareja, aunque en contrapartida sirvieron paraque Laura dejara de sentirse un mero objeto ante las demandas sexuales de su marido: lavisión de aquellos pequeños seres nacidos de su interior apaciguaba las connotaciones desumisión de la vida conyugal con Pablo, al que nadie había educado para saber amar auna mujer, sino para poseerla simplemente, como otro bien más. Por ello Laura envidiabamucho la libertad e igualdad entre ambos sexos lograda posteriormente, sobre todo apartir de los años setenta. Pero aún quedaba mucho camino por recorrer, y más en unazona rural como la suya. Después de una juventud accidentada y una posguerra de penurias, la vida pasórápidamente para Laura. Los años transcurrían conforme al mismo esquema repetido 16 de 56
  17. 17. desde tiempo atrás, según el ritmo de las estaciones y los trabajos agrícolas y ganaderos.El concepto "vacaciones" aún no se había llegado a aquellos valles, teniendo en cuentaque los pocos días libres que disfrutaban los mineros tenían que emplearse forzosamenteen el trabajo de la modesta explotación familiar. Los hijos crecieron rápidamente y emprendieron su propio camino en compañía de losvecinos o vecinas que un día compartieron sus juegos en la aldea. El valle empezó adespoblarse lentamente, al compás que marcaba la prosperidad de otros lugares comoGijón o las cuencas mineras. En las últimas décadas del siglo XX el vecindariopermanente se limitó a los jubilados y unos pocos niños que pronto levantarían el vuelo azonas más dinámicas. La única animación era la que traían los coches de los visitantes defin de semana o vacaciones, en busca de la tranquilidad desconocida en los inmensosbloques de cemento. A pesar de estar la casa vacía de hijos y la hacienda familiar reducida al mínimo, yaque Pablo se había jubilado por enfermedad, Laura no tenía oportunidad de disfrutar deun descanso: tenía que proseguir con el buen gobierno de su casa y el cuidado de sumarido, en delicado estado de salud. Los últimos años fueron, si cabe, más trabajosos,porque el estado del hombre empeoró y exigía un cuidado y presencia constante a su lado.Laura estaba acostumbrada, como hemos visto, al trabajo constante para los demás, pero aveces su resistencia llegaba al límite y no podía reprimir las lágrimas al pensar que nuncapodría tener al menos un día para ella misma, sin agobios ni preocupaciones. Una mañana del último verano Pablo le dijo a Laura que presentía que su final estabacerca y que no quería verla convertida en una viuda triste y llorona el resto de sus días. Lepidió, le rogó casi, desde el lecho donde reposaba su cuerpo debilitado por la enfermedady la vejez, que intentara distraerse, dedicarse a si misma, porque él era consciente enaquel momento de todas las renuncias y sacrificios que ella había asumido por el bien de 17 de 56
  18. 18. él y sus hijos. Y en cierto modo se disculpó, de forma implícita, por no haberle dado unavida mejor. Laura sabía bien que, detrás de toda aquella vida de privaciones, de trabajos, deobediencia, latía un gran amor, el que existía entre ellos dos. Y ese amor, ese afecto tanprofundo, aunque materializado tan solo en los hijos y en algún esporádico regalo odetalle recibido de su marido, la compensaba de cualesquiera renuncias hechas en su vida."Con bien poco me conformaba", pensaba Laura, convencida de que el verdadero amorser resumía en una sola frase: dar sin esperar nada a cambio. IV Llegó el tiempo de la viudedad y la sensación de vacío, de soledad, a pesar de lasfrecuentes visitas al pueblo de los hijos y nietos. Transcurrido un tiempo prudencial,suficiente para evitar las críticas por pretender solazarse un poco teniendo aún el cadáverde Pablo aún caliente en su fosa, Laura decidió marchar de vacaciones a Murcia, dondevivía una antigua vecina con su marido, minero jubilado. Pero nunca hubiera osadoproponer tal idea, para ella inocente, justificada y más que lógica, si hubiera sabido deantemano la reacción de su familia. La respuesta de sus hijos fue una rotunda negativa. Para ellos, lo que debía hacerdurante sus últimos años era vivir como una viuda al uso, sentada en el portal de la viejacasa tejiendo jerseys y permitiéndose de vez en cuando el gran lujo de pasear hasta elcementerio para ver la sepultura de Pablo. Eso era lo normal. Atreverse a viajar sola tanlejos, a sus años, era una locura y un riesgo. Y sería la semilla de innumerablescomentarios, chascarrillos y comidillas en el seno de la aburrida población del valle.¿Cuándo se había visto que una viuda se dedicase a andar de pendón por el sur deEspaña? 18 de 56
  19. 19. Incluso sus propios nietos, que por edad y educación debían ser menos cerrados demollera, no entendían, o no querían entender, su inesperado empeño: estaban demasiadoacostumbrados (mal acostumbrados) a verla únicamente como una abuela, alguien cuyaexistencia sólo se justificaba en función de sus obligaciones respecto a la familia. Huyendo de las riñas de sus hijos y las burlas e ironías de los yernos, Laura consultó elasunto donde y con quien mejor lo podía hacer: en su casa y con la almohada. Laconclusión final, tras una noche de dar vueltas en la cama y exprimirse las neuronas, fueque por una vez en la vida iba a decidir ella misma. Había sido campesina y ganadera por nacimiento. Había sufrido una guerra y sus consecuencias, por el capricho de unos militareslevantiscos y sus anárquicos oponentes. Había sostenido un hogar y criado tres hijos, día y noche. Había desempeñado el papel de fiel esposa hasta la muerte de su marido, y aún el deenfermera forzosa en los últimos meses de su vida. Se le acababa la vida y no le restaría tiempo para su propio disfrute. La decisión estaba tomada: bastaba un aviso a una vecina de confianza para atender lasgallinas y gatos y custodiar la llave de la casa, una llamada al Montepío4 para reservar elalojamiento en Murcia y otra a la familia para despedirse con un escuetohastaluegoquemevoydevacaciones . V4 Asociación de mineros y pensionistas de la minería, que gestiona unosalojamientos turísticos en Murcia. 19 de 56
  20. 20. Pocas horas pasaron desde que Laura llegó por vez primera a Los Alcázares. Un brevepaseo por la playa despejó las dudas y temores arrastrados durante todo el viaje y le hizoolvidar el enfado de su familia ante su inesperada decisión: ir sola de vacaciones... A la media tarde del siguiente día llegó la familia de Laura para hacerse cargo de sucadáver. Había fallecido de muerte natural durante la noche. Tuvo un final plácido,probablemente ni se había dado cuenta, pues debía estar durmiendo. Ella sonreía. 20 de 56
  21. 21. Historia de un libro. Hoy os contaré la historia de un libro, es decir, los avatares de su existencia desde quesalió de la imprenta hasta este instante en que lo sostengo en mis manos, mientras regateosu precio al vendedor del rastro. La otra historia, la que contienen las manoseadas páginasdel volumen, no nos interesa ahora; quien tenga curiosidad por ella, que compre el libro y,a ser posible, que lo lea. Un siglo largo de vida ha dejado sus huellas en él: los colores de sus dibujos estándesvaídos; las hojas amarillean; hay leves marcas de fuego en una cantonera... Pero, apesar de las heridas y mutilaciones, aún presenta un porte imponente, atractivo, y parecedecirnos: "tienes que abrir mis tapas, ya verás como merece la pena". En su portada lucelas medallas de un veterano de guerra: una dedicatoria, las firmas de sus sucesivospropietarios, los sellos de las bibliotecas que lo tuvieron en sus fondos; en fin, los hitos deuna extensa biografía, si aceptamos que los libros tienen vida propia (yo pienso que sí). En un lejano 1892 esta obra vino al mundo en la principal imprenta de una ciudad muyantigua, de piedras oscurecidas por el humo y el orbayo, en la que el tiempo se medía porel tañido de las campanas de sus numerosas iglesias y sólo alborotaba las calles el paso dealgún coche de caballos. Durante algún tiempo el libro descansó junto con sus hermanosgemelos en la trastienda de una librería perdida en las retorcidas calles del barrio antiguo,hasta que una tarde cualquiera un viandante, huyendo quizá de las inclemencias deltiempo, entró al interior del establecimiento y aprovechó para husmear entre lasmercancías, reparando en un volumen ricamente encuadernado, con hermosos grabadosen la portada. El hombre pensó que sería un buen regalo para su amada y sin pensarlomucho se lo llevó bajo el brazo a cambio de un par de monedas de plata; cuando llegó asu casa fue derecho al escritorio, sacó una estilográfica de un cajón y, tras meditar uninstante, escribió una dedicatoria en la primera página. 21 de 56
  22. 22. El siguiente destino del libro fue un anaquel en el salón de un gran piso del ensanchede la población; allí pasaba horas y horas acompañado por un artístico jarrón siemprelleno de flores y el retrato de un hermoso joven. De vez en cuando, una mano femeninacogía cuidadosamente el volumen y se acomodaba en el mirador de la casa, pasandolentamente las hojas mientras lanzaba algunas miradas furtivas al alboroto de la calle; aveces el joven de la foto se sentaba en el mirador junto a la chica para compartir aquellasinterminables tardes, contemplando en silencio los lujosos palacetes que rodeaban elparque o conversando con ella mientras intentaba cogerle discretamente la mano. Pasó el inflexible tiempo y hubo una nueva mudanza a otra vivienda recién construida,no muy lejos de la anterior; el libro ocupaba una esquina de la biblioteca del joven, que sehabía dejado crecer un enorme mostacho, al uso de la época. Unas manos infantilesrevolvían diariamente los trastos del padre, hasta que casualmente hallaron el gruesovolumen y tomaron posesión de él; entonces nació una duradera amistad, gracias a la cualel niño aprendió a soñar y a vivir. Y un día, cuando se convirtió en un mozo de buenaplanta, estampó con orgullo su firma debajo de la vieja dedicatoria de sus padres y asíconvirtió al libro en su más preciado tesoro, del que no se separaba ni siquiera en loslargos paseos que daba con su novia en otra ciudad cercana perfumada por la sal del mar. Cuando los dos jóvenes se casaron fueron a vivir, junto con su fiel amigo inanimado, ala ciudad costera, donde compartieron muchas caminatas por la playa o excursiones en elflamante automóvil, pero a los pocos años un desgraciado accidente se llevó al hombre ysu esposa no pudo resistir los recuerdos que la rodeaban, así que vendió la casa y todo sucontenido y se marchó lejos de allí, tanto que pareció desaparecer de la faz de la tierra. Ellibro acabó en el almacén de un trapero, donde lo hubieran vendido al peso de no serporque el azar, disfrazado de obrero, lo rescató del infame destino; una asociación, una detantas que procuraba entonces educar a sus afiliados, acogió en su biblioteca al huérfano,que así comenzó una segunda vida con multitud de nuevas amistades. 22 de 56
  23. 23. Pero aquellos eran años difíciles; en el interior de muchas casas se rumiaban rencoresque en las calles se trocaban en peleas, y tanto se acumularon y crecieron que al final vinouna guerra. La gente estaba triste, con tantos bombardeos, muertes y privaciones apenastenía tiempo ni ganas de leer, así que el libro acumuló mucho polvo y suciedad en laoscura estantería del ateneo, hasta que una mañana alguien abrió las puertas del local yentró a raudales la luz del sol, como anunciando el retorno de los buenos tiempos. Sinembargo, aquello fue un espejismo porque lo que en realidad esperaba a los folletos,enciclopedias y libros de aquella biblioteca no era el calor de unas manos amistosas, sinouna abrasadora hoguera que consumió la mayor parte del contenido del edificio, aexcepción de nuestro libro al que la fortuna nuevamente quiso prorrogar su existencia.Uno de aquellos soldados que presenciaba la quema de la biblioteca escondiódiscretamente el volumen entre los pliegues de su capote; el motivo de su acción no estámuy claro, aunque lo más probable es que hubiese leído alguna vez aquellas páginas y enagradecimiento por todo lo que obtuvo de ellas las salvara del fuego. Tras licenciarse delejército el hombre retornó a su pueblo natal, perdido entre las montañas, recuperó suoficio de campesino y, cuando el ministerio edificó una escuela nueva, donódesinteresadamente el libro, para que sus hijos y los hijos de sus vecinos aprendierantambién a soñar en sus manoseadas hojas. Muchos años más tarde la escuela cerró porque casi no quedaban niños en el pueblo;uno de los jóvenes que emigraba a la ciudad quiso llevarse un recuerdo de la infancia ycogió el libro que dormitaba olvidado en una estantería del aula. Y así el juguetón destinohizo que retornara a la ciudad costera de antaño, casi irreconocible por su desordenadocrecimiento, a la orilla del mismo mar cuyos sonidos parecían repetir los ecos de antiguasvoces. Un día, el hombre, ya jubilado, regresó a su pueblo y vendió todo lo que tenía en laciudad. Así, la suerte quiso que el libro fuera a parar a mis manos para que yo, porsupuesto, le diese una nueva oportunidad. 23 de 56
  24. 24. El reencuentro. La fiesta. El vecindario se agrupa ante la puerta de la minúscula ermita: rumorcontinuo de saludos, risas y amables pláticas. Reencuentros y remembranzas. El eco delos cohetes recorre las vaguadas, prados y bosques. Un sentimiento de alegría invade elvalle: el cielo despejado, el intenso sol que multiplica las tonalidades del verde de losárboles y de las tierras, el anárquico canto de los pájaros, son los regalos que la naturalezaha reservado a los hombres en el día de su patrona. Del pórtico salen ordenadamente losgaiteros, el párroco y la imagen de la santa a hombros de cuatro orondas mujeres.Entonces, por encima de los cohetes, las conversaciones, la música y las plegarias, seescucha un timbre chillón. ¿Un timbre? El del despertador. Juan se despereza lentamente porque a sus sesenta ypocos ya no tiene prisa para nada. Tras un instante de vacilación, abandona presto elcómodo y tentador calor de las sábanas y cobertores porque sabe que si sucumbe a lapereza ya no se levantará en todo el día y se dedicará a pensar y pensar hasta sentir en elcuerpo el cansancio invencible y la infinita tristeza en el alma. Para evitar taldesagradable experiencia lo mejor es despabilarse cuanto antes. Así que Juan se incorporay abre un postigo de la ventana para examinar el día: la monótona nada de la niebla y elllanto incansable del orbayu5 sobre los cuarenta tejados de la aldea. El hombre entra en el cuarto de baño para hacer su acostumbrado aseo, se viste lospantalones de pana, la camisa de cuadros y la americana mahón y desciende los peldañosde castaño que conducen a la ennegrecida cocina. Rebusca en una vieja caja de fruta ycon las astillas y papeles arrugados que encuentra enciende la cocina de carbón. Despuéscalienta el café con leche y lo bebe acompañado de un mendrugo de pan del día anteriormientras Radio Nacional repasa las últimas novedades económicas y políticas: el país vabien, los ciudadanos se pelean por una hipoteca vitalicia para adquirir un modesto piso y5 Lluvia mansa, en asturiano. 24 de 56
  25. 25. se suicidan felices en las autovías durante su retorno de las atestadas playas. Losobstinados subsaharianos cruzan el peligroso estrecho para intentar alcanzar la felicidadde los prósperos subpirenaicos. Terminado el frugal desayuno, Juan friega los cacharros y sube a la habitación paracomponer la cama. Ha heredado de su difunta madre el gusto por la limpieza y el orden,afición a menudo abandonada por aquellos que viven solos. Hace no demasiado tiempotenía una vecina al lado, viuda y sin hijos, que ya no hacía la cama por las mañanas nifregaba la cocina en la que campaban por sus respetos decenas de gatos. Juan no podíaevitar el gesto de desagrado cuando, por tener que hacer alguna reparación o auxilio apetición de la mujer, traspasaba el umbral de aquella vivienda que era un desorden deescudillas, latas, macetas, platos por doquier, de polvo en las esquinas, con un ambientecargado del olor gatuno. Bajo aquellas sensaciones físicas se percibía una honda yopresiva tristeza que emanaba de los suelos y paredes de la casa y había desterrado lasrisas y voces de antaño. Una tristeza que perduró mucho después de que unos parientesmuy lejanos se llevaran a la anciana a morir al asilo y la casa quedara cerrada, saqueada,vacía y en venta. Una vez arreglada y ventilada la estancia, Juan abre la puerta principal y sale alcamino. Mira a izquierda y derecha: las demás viviendas están en silencio, solointerrumpido por el rumor de la fuente y el lejano canto del arroyo. El hombre se calzaunas botas de agua y entra en la cuadra aneja: las ovejas se arremolinan en la puerta,ansiosas por catar el tierno pasto entre los bosques. Este rebaño es el único vestigio queconserva de su casi medio siglo de ganadero, pues ya va para dos años que se deshizo delas últimas vacas. No tenía ánimo para seguir subiendo en el verano a los puertos, ni parasegar y recoger la hierba imprescindible para mantener el vacuno en las cuadras durante elfrío invierno. Ni siquiera le gustaban ya los mercados donde coincidía con viejosconocidos, ganaderos o tratantes que rara vez se negaban a comprarle alguna res. El fajo 25 de 56
  26. 26. de billetes en el bolsillo después de una sustanciosa venta en el mercado ha perdido suhechizo: lo mismo le da gastarlo en caprichos inútiles, ingresarlo en la cuenta del banco oesconderlo en un arca o en un calcetín. No tiene familiares directos a quienes legar susahorros así que ¿para qué guardar tanto? Con su pensión de la minería le basta para viviry aún le sobra el dinero dado el mínimo gasto de su hogar. El mastín azuza al rebaño que ágil desciende el camino principal de la aldea, el que vadesde la arruinada ermita hasta donde muere la carretera. Unos pasos detrás de losanimales avanza Juan, apoyado en una larga vara de avellano, mirando a un lado y al otro.Es una costumbre que no puede evitar porque muchas mañanas, desde los días de lainfancia, los vecinos se asomaban a las puertas y ventanas para darle los buenos días.Ahora solo ve telarañas y suciedad en los postigos, portones y ventanas que no se abren, ola terrorífica oscuridad de una casa abandonada a las lluvias y los vientos. En algunas, lasmenos, persisten las macetas con flores en el alféizar o en la galería y las puertasmuestran el brillo de la pintura reciente: son las pocas viviendas a las que retornan susantiguos pobladores en el verano o algunos fines de semana, pero en un lunes de unasemana cualquiera solo las habita el silencio. A veces la luz que se cuela entre las nubes, oun rayo de sol, causa reflejos, dibuja cuerpos y formas en los cristales de las ventanas. Unespejismo de manos que apartan cortinas, de cabezas que saludan con un gesto el paso deJuan, de ojos observando el exterior. Imágenes que hacen dudar: pueden ser reales,pueden ser travesuras de la luz en el vidrio, o ilusiones creadas por la mente a partir de losrecuerdos, o quizás los últimos retazos que guardan las casas de los cuerpos y las almasque antaño las poblaron. O a lo mejor no es verdad que está solo y sus vecinos le están gastando una broma yestán agazapados detrás de los postigos y los niños y niñas hacen sus cuentas en laescuela bajo la férrea vigilancia del maestro y en cuanto Juan abandone la aldea todosellos invadirán los caminos, los corrales, los huertos, haciendo chanzas y chascarrillos a 26 de 56
  27. 27. costa de su inocencia, y cuando retorne al pueblo se ocultarán de nuevo y guardarán unsilencio mortal al pasar frente a sus casas. O quizás el silencio y la soledad le están mermando el juicio paulatinamente. Sonmuchas horas al día, demasiadas para pretender llenarlas escuchando la radio o siguiendola programación televisiva que no le entusiasma nada. Excesivo tiempo para vivir sinexperimentar los pequeños placeres cotidianos: el encuentro con los vecinos en la calle, laespontánea tertulia del atardecer o la partida de cartas en el chigre6 que un día lo fue. Más de una vez un antiguo amigo o vecino emigrado le aconsejó comprar un piso ymudarse a Oviedo, o al menos trasladarse a la capital del concejo, una diminuta villa entreel río y la carretera comarcal. Pero Juan nunca ha sido devoto de las pobladas y ruidosascalles y plazas de una ciudad en constante crecimiento, ni envidia a los jubilados de lavilla, siempre rondando los cuatro bares de costumbre o tomando el sol frente alAyuntamiento, o esparciendo los últimos bulos y calumnias que alimentan la mediocrevida del lugar. Prefiere vivir y morir en el mismo lugar que sus ancestros, aunque ello supongasoportar la soledad la mayor parte del año e irse a la cama sin hablar con nadie y sentircierto temor a quedarse mudo por no practicar el lenguaje. Mientras camina por el sendero en pos del rebaño, bajo las copas de los castaños queempiezan a florecer con la incipiente primavera, Juan tararea una canción del país, un sonque le trae recuerdos de entretenidas reuniones nocturnas en las brañas del verano, o juntoal reconfortante fuego del hogar en los inviernos:...Yo nun dependo del Rey/ nin pago contribución/ sólo me lleva el ferreiru/ cuatro perrespel azadón...76 Bar, taberna (asturiano).7 “Yo no dependo del Rey/ ni pago contribución/ sólo me lleva el herrero/ cuatro perraspor el azadón” (canción asturiana). 27 de 56
  28. 28. Desde el camino, por entre las ramas de los árboles, puede ver el pueblo encaramado ala sólida peña que le dio el cimiento y el ser. Allá, a los pies, están las casas de lacarretera, más cuidadas por sus dueños debido a su fácil acceso; por el medio sevislumbra la cúbica mole de la escuela y la plazoleta con el banco de piedra que añora laspláticas del pasado en las pausas de las faenas agrícolas; en lo alto, su casa, acompañadade otra docena más en lamentables condiciones y los vestigios de la capilla. Rodeando el caserío, las antiguas tierras de legumbres, maíz o patatas, hoy dedicadas apasto o a zarzal; alrededor de estas los prados y cuadras diseminadas por el monte, y losbosques que cada año se hacen más espesos y misteriosos, como si quisieran recuperar losdominios que ocuparon en épocas legendarias en las quelos habitaban duendes y ninfas. La mansa lluvia ha cesado y los rayos del sol atraviesan tímidamente la bóveda denubes cuando Juan alcanza el prado donde apacienta las ovejas. Una vez encerradas estasen la finca, el hombre se sienta a contemplar el valle a los pies de un gran castaño cuyaforma y volumen no parecen haber variado durante el último medio siglo. Es un buenlugar para pasar parte de la mañana antes de continuar las tareas pendientes: sacar lasgallinas a la calle y preparar la comida del mediodía. Allá, al sur, la enorme peña que oculta los tiernos pastos del puerto y las solitariassendas a Castilla. Debajo, la serpenteante carretera que bordea el río oculto por alisos,avellanos silvestres y fresnos. Al oeste, castañares, prados y tierras y el pueblo vecino, tangrande en tamaño como escaso en moradores. A sus pies la espaciosa iglesia parroquialque guarda las descoloridas imágenes, los polvorientos retablos y el eco de las olvidadascanciones litúrgicas, con su cementerio adosado y los nombres que ya nadie pronunciaconservados en el frío mármol. Y compitiendo en altura con la espadaña de la parroquial,un viejo árbol testigo de dos siglos de nieves, lluvias, soles y vendavales, de alegrías yduelos. Al norte continúa su curso el río, se expande el valle, hacia horizontes másprósperos, ajenos al abandono y la desesperanza. 28 de 56
  29. 29. Juan deja de soñar despierto y se pone en pie. Para regresar al pueblo decide seguir uncamino diferente, más elevado, que atraviesa el arroyo a la altura del molino abandonado;le apetece pasar por aquel lugar y quiere caminar un rato más porque el reposo bajo elcastaño le ha enfriado todo el cuerpo. Cuando lleva un tiempo caminando se percata deque el mastín no le ha seguido pero no se preocupa porque el animal sabe volver solo a laaldea. Parece que con el ejercicio su cuerpo adquiere una extraña fuerza, como si flotara y noprecisara poner los pies en el suelo para avanzar. Las cuestas se le hacen más favorablesque de costumbre y en un momento alcanza el arroyo y la presa del molino. Allí reposa unrato sobre una gran piedra. El riachuelo baja muy crecido por el deshielo y en su repetidacanción se adivinan las palabras y risas de las lavanderas y los molineros, conservadaspara siempre entre los avellanos de las orillas. Juan recuerda un remedio casero de suabuela para combatir la melancolía: escuchar la canción de las aguas sobre el lecho depiedras, dejándose llevar por la armonía de su sonido, olvidando todo el mundo dealrededor. En esto, como en tantas otras cosas, los más viejos tenían razón. De vuelta a casa y tras abrir a las gallinas la puerta del corral, Juan vuelve a notar eldesasosiego y el extraño frío en las entrañas. A pesar de estar avanzado el día, no tieneganas de comer ni de beber, ni siente debilidad por ello. ¡Qué extraño! De repente, un ladrido quejumbroso le reclama desde el exterior. Al asomarse a lapuerta encuentra la mirada de infinita tristeza del mastín, que parece traspasar su cuerpo eir mucho más allá, hacia un horizonte inalcanzable y desconocido. El perro no responde asus llamadas y parece ignorarle, tal es así que empieza a dar vueltas por el caminoaullando lastimeramente. ¿Qué está pasando? El animal vuelve sobre sus pasos y atraviesa la aldea en dirección al prado dondepacen las ovejas, ajenas a todo. ¿Le ha pasado algo al rebaño? Juan camina y camina, dapasos cada vez más largos hasta casi flotar sobre los barrizales y empedrados... Ya puede 29 de 56
  30. 30. ver al fondo el viejo castaño, y las ovejas agrupadas detrás de la portilla de la finca,lanzando a los cuatro vientos un concierto de balidos. Al pie del árbol hay un cuerpotendido en el suelo: es un hombre que viste igual que Juan, calza sus mismas botas, cubresu cabeza con una boina similar. Tal es el espanto que recorre a Juan de pies a cabeza queapenas reacciona ni acierta a decir nada. No puede creer que aquel cuerpo yacente sea el suyo, que aquella persona con susmismo rasgos por cuya boca entreabierta avanza una fila de hormigas, sea él. No entiendenada, no puede ser verdad lo que está viendo. Aterrorizado desanda su camino sin atreverse a inspeccionar a fondo el cuerpo. Tieneque ser una alucinación, un mal sueño, eso es. Quizás se ha quedado dormido al pie delárbol, o a la vera del arroyo, o a lo mejor no se ha levantado aún de la cama y todo loacontecido hasta ese momento es una ficción y cuando despierte volverá a ver la realidad.Cuando llegue al pueblo se sentará un rato en el portal de la casa, respirará hondo ycalmará sus nervios antes de retornar donde las ovejas. Entonces ya no encontrará elcadáver, ya no podrá estar bajo el castaño porque nunca ha estado allí. En el pueblo los rayos del sol tamizados por las nubes producen una extrañaluminosidad que transforma los colores y dibuja nítidamente los perfiles y detalles de lascosas, lo que permite a Juan adivinar los rostros de sus antiguos vecinos detrás de lossucios cristales o en la oscuridad de las ventanas sin postigo. El hombre corre y corre,cada vez más asustado, pero a cada paso descubre más y más rostros observándolo desdelas rendijas de las puertas, desde las ventanas, balcones y galerías desvencijadas o losportales en penumbra. Y allá en lo alto, en la galería de madera de su casa, descubre elinconfundible perfil de su madre que, apoyada la barandilla, observa todos susmovimientos y parece aguardarle impaciente para darle una explicación que Juan ya nonecesita porque, para bien o para mal, lo ha comprendido todo. 30 de 56
  31. 31. Esos ojos. Es un día importante para Miguel: su retorno a los ruedos después de dos años deretiro. Una tentadora oferta económica de un empresario taurino, el cariño de la afición ysu propia nostalgia del albero, son motivos suficientes para retomar su profesión detorero, una decisión que no todos entienden: la primera, su esposa, que recuerda lasinterminables esperas al lado del teléfono en los días de festejos taurinos. Pero Miguel noes persona que cambie sus resoluciones sin más, así que abandona el sosegado cortijollevando en su equipaje el más hermoso traje de luces, aquel de adornos más ricos, elestoque de sus mejores gestas y el capote de un rojo profundo, como sangre de toro,sangre de mujer, sangre de su sangre. Se despide con un prolongado abrazo de su esposa,que le susurra al oído palabras de enamorada fiel y sincera y le suplica que vuelvaindemne de su combate con el bravo animal; uno de sus ayudantes le espera junto alcoche, sujetando la puerta abierta; a los pies de esta, el fiel Ney, un hermoso perrorottweiler, grande como un oso, que quiere a sus amos con locura. Hoy está cabizbajo ysu mirada transmite una sensación de profunda tristeza, como augurando quien sabe quéinfortunio. Cosas de animales, él tampoco comparte mi decisión, lo mismo que mi mujer.Querrían verme envejecer en esta casa, ocupando mi tiempo en criar a los hijos, cuidarde la hacienda, pasear a caballo y, de tarde en tarde, asistir a uno de esos actos socialesque tan poco me gustan. Soy demasiado joven para vivir un destierro dorado, necesito laemoción y la gloria de las tardes en el coso; sin esto, acabaré muriendo de aburrimiento,gordo como una vaca, o me pegaré un tiro como Belmonte; si de verdad los míos mequieren tanto como dicen, comprenderán mis razones para volver a torear. El diestro acaricia la enorme cabeza del perro, que empieza a gemir lastimeramente.Éste permanece un buen rato sentado observando el portón de la finca por donde hapartido el coche del torero, dejando un rastro de polvo que los rayos del sol encienden 31 de 56
  32. 32. como ascuas. Después yergue su enorme cuerpo y se esfuma por alguno de los numerososescondrijos y rincones que existen entre los edificios de la enorme posesión. Pocas horas más tarde, en una lujosa habitación del principal hotel de la ciudad,Miguel contempla en el espejo su figura vestida de luces. El recargado traje le da aspectode príncipe renacentista y realza su varonil belleza que a tantas mujeres quita el sueño;brillan en el cristal sus ojos de un negro misterioso y profundo, reflejo de su personalidadbien cimentada. De repente, los ojos del espejo ya no son los suyos; son ojos de animalpoderoso: ojos de toro. Pero no es mirada que manifieste esa bravura que tanto alaban losentendidos y teóricos de la Fiesta Nacional; por el contrario, es la mirada de un ser que vela proximidad de una muerte absurda e injustificada y quiere defenderse de ella. En ellahay odio, pero también miedo, pena y resignación, y quizá una pregunta que nadieentiende ni contesta: ¿por qué? Puede que los ojos de Ney guarden el mismo interrogante, pero no hay tiempo queperder interpretando los gestos de seres irracionales: el triunfo le espera en la plaza. Loscuriosos se agolpan a la entrada del edificio; aduladores y amigos de última horaestrechan la mano del diestro y le abruman con sus halagos. Abren la puerta y los diestrossalen al redondel entre los vítores y aplausos de la multitud; no queda espacio libre en lostendidos, palcos y andanadas. En su primer toro, Miguel no decepciona a sus seguidoresque reconocen en sus verónicas y pases la maestría de sus mejores faenas de antaño.Según avanza la tarde el público está más y más hipnotizado ante la visión de los enormescadáveres sobre la arena; las hermosas muchachas, vestidas con las mejores galas, regalanal torero sus sonrisas de carmín y el misterio de sus ojos oscuros. Sin embargo, porencima del bullicio y la vida que desbordan los tendidos, el maestro percibe un aromaextraño, nunca antes conocido por él: el inconfundible olor de la muerte. ¿Qué es esto?La inquietante pregunta se repite una y otra vez en su cabeza. ¿Me va a ocurrir algunadesgracia en el último toro? Miguel pide amparo a la Virgen de sus devociones mientras 32 de 56
  33. 33. aguarda el inicio de su segunda faena, la que decidirá la gloria o el fracaso de sureaparición en los ruedos. Por el toril sale la formidable res; el sol arranca plateados reflejos de su negra piel.Después de los primeros pases, cuando el picador y el banderillero ya han hecho brotarsin piedad la sangre, el toro comprende ya cual es su papel y su destino en la lucha de laque es forzado partícipe: su mirada ha pasado del desconcierto inicial al miedo y latensión de quien se siente acorralado frente a un enemigo artero que juega con ventaja.Miguel, confiado en su experiencia y su arte, culmina el tercio de muleta saboreandoanticipadamente la dulce victoria, imaginando los aplausos del público, las miradas deintenso arrobamiento de las muchachas. Pero cuando llega el instante crucial, la suertesuprema, el diestro tiene una inesperada visión: el enorme animal, de plateado negro, hamudado su apariencia de toro por la de un perro, un gran rottweiler; su perro; su Ney.Miguel no puede creer lo que ven sus ojos; entorna los párpados, mira al cielo teñido porel atardecer de leve rosa, al público expectante ante el desenlace de la faena, pero esinútil: el perro sigue allí, con su mirada resignada y triste. No puede ser, no es verdad loque estoy viendo; es una alucinación, producida por los nervios o el cansancio. No puedorendirme ahora, tengo que salir por la puerta grande. El torero apunta el estoque hacia la testuz del animal, que inicia un rápido movimientohacia él; la espada tropieza en hueso y sale despedida hacia atrás; el perro, o el toro, o loque sea, clava sus pupilas en Miguel, que siente los nervios y la rabia por suimperdonable error; el exigente público empieza a abuchear al maestro. Un segundointento también resulta fallido, y el tercero, y el cuarto. La sangre mancha el cuerpomalherido, la arena a sus pies, el rico traje del torero. El animal sigue mirando a suverdugo, que no puede soportar más la visión de esos ojos mostrando el atroz sufrimiento;tampoco el público, cuyas protestas suben de tono: un clamor recorre toda la plaza. Alfinal es la puntilla la que resuelve la insoportable situación y el animal cae fulminado a 33 de 56
  34. 34. los pies del torero que, presa de la histeria y el aturdimiento, no se atreve a mirar elcadáver. Cuando se decide y dirige sus ojos hacia él, descubre aliviado el cuerpo inmóvily ensangrentado del toro; pero ya le da igual porque la faena ha sido un desastre y sureaparición un fracaso. La muchedumbre es el juez y su veredicto es claro: aplauden eldolor, la sangre y el sufrimiento, pero no hasta esos extremos; no hay puerta grande, nigloria para Miguel. El torero abandona rápidamente el recinto, escoltado por su cuadrilla. Quiererefugiarse de los aficionados, de los críticos, de los periodistas, en el discreto retiro de sufinca, donde podrá reflexionar con calma sobre lo que ha pasado. Cuando llega al cortijo,le aguardan en la entrada su mujer y algunos empleados; sus rostros serios dicen bienclaro que las malas noticias han ganado la carrera al automóvil del diestro. Pero no es sóloel fracaso en la plaza lo que aflige a la chica; con lágrimas en los ojos, enseña a su maridolo que ha aparecido hace pocas horas en uno de los corrales: el cuerpo ensangrentado desu querido perro Ney, desgarrado y apuñalado repetidas veces con un fino estoque. Unode los empleados trata de consolar al patrón: - Sea quien sea, encontraremos al hijo de puta que ha hecho esto. Miguel se arrodilla junto al animal; acaricia su noble cabeza, observando horrorizadola espantosa herida en la nuca. Después pide que le dejen solo, junto al buen Ney; allí sequeda toda la noche, velando a su amigo, pensando en cosas en las que nunca antes habíareparado. 34 de 56
  35. 35. Las horas muertas A las ocho de la mañana Carlos termina su turno. Es vigilante nocturno en un centrocomercial, un trabajo que le deja pocas horas para estar con la novia y la familia y unmodesto sueldo con el que la compra de una vivienda parece un sueño inalcanzable. ACarlos lo releva Fran, un chico más joven y afortunado porque recientemente se mudó alpiso concedido por el Ayuntamiento, iniciando así un modesto ensayo de vidaindependiente con su novia. Aunque ambos se llevan bien, Carlos siempre advierte en sucompañero cierto aire de superioridad, acentuado desde lo del piso; le molestaespecialmente esa mirada de conmiseración que gente como Fran, que abandonó elInstituto para ponerse a trabajar, suele dedicar a quienes, como él, alcanzaron el mismodestino pero con el cómodo intervalo de cursar una carrera universitaria. Carlos completa y firma el parte de la noche en el que, como de costumbre, noaparecen incidencias destacables; luego se cambia de ropa en el servicio. Al salir hacia elaparcamiento saluda cariñosamente a las mujeres de la limpieza y se marcha en elpequeño utilitario que aún no ha terminado de pagar. El coche desaparece en las nuevascalles ornamentadas con pretenciosas farolas. Las señoras de la limpieza son tres, de distintas edades. Una acaba de casarse y en susojos se ve toda la ilusión de su nueva vida, la única riqueza que tiene; la de mediana edadsobrelleva como puede (alcohol y tranquilizantes) la soledad del reciente divorcio de unmarido violento que no le pasa la pensión; la mayor de todas, viuda, aguarda impacientela jubilación para cuidar todo el día de sus hijos desempleados, uno drogadicto y el otroesquizofrénico; vive por vivir porque no tiene metas que alcanzar, más que seguirmalviviendo, y teme por la suerte de sus hijos cuando ella falte. A estas horas las tresmujeres han dejado los baños como una patena; es el momento de parar a tomar un caféen el bar donde trabaja Marta. 35 de 56
  36. 36. Aún es temprano para abrir pero la chica amablemente atiende a sus compañeras,aunque al jefe no le agrada mucho tal dedicación para unas simples limpiadoras. Martaahorra hasta el último céntimo y guarda como una joya el bote de las propinas; le faltapoco para acabar Empresariales y aprobar el Inglés en la Escuela de Idiomas y ya sueñacon trabajar en algo relacionado con el Marketing, sin vestir uniformes ridículos nisoportar un jefe que no piensa más que en tocarle el culo; mientras llega ese añoradomomento, Marta calla y trabaja con resignación. Recuerda con tristeza el último amor quela abandonó al terminar el verano; él era un chico de buena familia, vestido con estudiadodescuido, con esa falsa bohemia costeada por la cartera de los papás; se parecía mucho auno de los chicos que entran ahora por la puerta principal. Acaban de abrir al público el centro y Jairo y sus amigos entran ansiosos poraprovechar el último día de vacaciones. Entre playeros, jeans, camisetas o camisas,colonias, móviles y relojes, duplican con creces el sueldo de la chica del bar de tapas, a laque ni miran; solo les interesa algún escaparate de ropa juvenil, las muchachas que paseanpor la calle central del establecimiento y la sala de juegos que está al fondo. Entre risascomentan las anécdotas del verano: el camping en una villa costera; los días de molicie enlas estrechas callejuelas con olor a orines, sal y sidra agriada; las noches de fiesta, músicatechno, alcohol, pastillas y sexo en la playa o en un coche aparcado en un discreto rincón;sensaciones, sabores de un falso y fugaz amor que pronto se olvida. Ninguno se acuerdade estudiar para septiembre; tiempo habrá para preparar las chuletas de los exámenes. Y siles catean da igual, los viejos nunca dejarán de darles pasta y satisfacer sus caprichos:para eso están, si no, que pasen de tener hijos. A Jairo y sus amigos les resbala el mundode los adultos, ellos solo quieren divertirse, apurar la juventud. No importa lo que vienedespués, ni importan los demás. Solo importa la peña. Pasan de largo por delante de la librería del centro y alcanzan la sala de juegos, dondelas variadas máquinas y los ordenadores ayudan a evadir con sus equívocos colorines el 36 de 56
  37. 37. hastío de las horas libres. Jairo es el rey de la máquina más difícil: tiene infinidad demuertos y pantallas; la vida sin ella no sería lo mismo. Es más, lo ideal es que la vida separezca lo más posible a un juego, con carreras de coches, violencia, buenos y malos; poreso todo este grupo quiere vivir deprisa, superando los límites que dicta la prudencia, quees palabra de cobardes, de empollones, de maricas. Ellos demuestran que no lo son,circulando como locos en sus motos y coches, desafiando la amenaza de desparramar sussesos en una cuneta, entre placas de matrícula retorcidas y fragmentos de faros de colornaranja. De vez en cuando los chicos apartan la mirada de la brillante pantalla para echar unaojeada al personal: una quinceañera cuya niñez apenas puede ocultar el excesivomaquillaje, las botas de enorme tacón y la breve minifalda, desfila delante de ellos,manipulando distraída su teléfono móvil. La chica está terminando una conversación enun chat con un desconocido, un supuesto culturista moreno de 28 años, muy bien dotado...A Leticia le aburre la conversación y corta la charla con el rijoso desconocido,memorizando su apodo para la próxima ocasión. Fuera, en la plaza, le esperan los colegas del "botellón". Nadie en el grupo pasa de losdieciséis; forman un apretado círculo alrededor de las bolsas de plástico repletas debotellas de vino, güisqui, refresco y agua con las que pretenden celebrar el final de lasvacaciones; flota en el aire el inconfundible aroma del porro que pasa de unos a otros. Lasamas de casa y los escasos varones jubilados que van de compras pasan deprisa haciendocomo que no ven lo que de sobra conocen y en su fuero interno repudian. También pasa una pareja de novios, Lara y Matías; ambos están a punto de terminarsus estudios y aprovechan el día para evadirse de la ansiedad de preparar los exámenes deseptiembre. Al ver a los adolescentes, unos críos, engullendo insaciablemente litros ylitros de alcohol barato, recuerdan sus primeras salidas en la pubertad, hace años;entonces todo parecía más inocente, aunque se bebía pero no de forma tan exagerada; lo 37 de 56
  38. 38. de ahora les parece excesivo y les preocupa hacia donde puede llegar esta gente. La jovenpareja pasa delante de Fran, el guarda de seguridad al que conocen de vista porque lo vendía tras día en el centro comercial, y llegan al bar de tapas donde han quedado con Esthery Julián, una pareja de amigos. Amigos... Bueno, realmente ella es una compañera de facultad de Matías, una chicamaja que a Lara le parece demasiado pija y que insistió mucho en quedar para charlar ytomar algo. Marta, la camarera del bar, revolotea entre las mesas de la terraza, pendientede la llegada y las peticiones de los clientes; cualquier cosa es mejor que estar en lacocina al lado del baboso del jefe, cuyo comportamiento, a pesar de todo, no logradesterrar la encantadora sonrisa con la que la chica sirve los cafés a las dos parejas. Lara yMatías acuden a la cita con la ingenua esperanza de encontrar al fin otra pareja similarcon la que compartir excursiones, paseos, cenas y salidas nocturnas, pero a la media horade conversación se dan cuenta de su error: no existe química alguna entre ellos. Elencuentro comienza con los esperados comentarios sobre la universidad, prosigue con eltrabajo de Julián (que es un asesor fiscal algo resabido), las anécdotas de las vacaciones,las bromas y chistes con risas de compromiso... Al final llegan las molestas pausas en laconversación, los silencios prolongados, las miradas de soslayo al reloj, las promesas defuturas citas que quedarán en nada; tras la despedida, Lara y su novio sienten cierto alivioal salir del centro comercial y volver a sus casas, a la conocida rutina del estudio semanal,a la cómoda soledad de una pareja. Marta recoge la mesa que acaban de abandonar las parejas y luego atiende a unafamilia que descansa de su periplo por el supermercado; la madre, Ana, disfruta cadasegundo de la compañía de su esposo y sus dos hijas; las más de las veces viene sola conlas niñas, sobre todo en invierno cuando llueve a diario. No le gusta demasiado el centro,preferiría otra forma de ocio para sus hijas, más libre, más en contacto con la calle, conotros niños... Pero las cosas no son igual que en su infancia: en la calle hay demasiados 38 de 56
  39. 39. coches y peligros, y ella no vive en una de esas urbanizaciones que egoístamente ocultanfrondosos edenes para el exclusivo disfrute de los niños de la comunidad. En casa lascrías apenas se están quietas, se cansan pronto de los juguetes y no saben usar laimaginación para llenar las horas muertas; la televisión apesta y encima su marido esGuardia Civil y apenas para en casa. Por eso en los largos otoños e inviernos Ana se rindeal engañoso encanto de las luces de neón, los colores, los ruidos del centro comercial, enbusca de una fingida felicidad, de un leve maquillaje consumista que disimule las heridasdel alma. A veces rememora la infancia en el pueblo, entre prados y vacas, rodeado deniños y niñas de los que nunca más supo; hace años que no va, desde la muerte de suabuela, aquel ser que tanto quería y que para las niñas no es más que una cara extrañarepetida en las viejas fotografías. Perdido mundo de las cosas sencillas que sus hijas,criadas en el decorado de cartón piedra de una ciudad excesivamente crecida, desconocen,como seguramente ignoran los misterios que se ocultan en la hierba de los prados o en laespesura de un bosque; a pesar de todo Ana disfruta de este pequeño regalo que es lareunión familiar, porque sabe que la mayoría de las veces vendrá ella sola con las niñas aescapar del tedio de los días sin sol, perdiéndose entre la muchedumbre sonámbula quepuebla los pasillos del centro comercial. A veces se siente triste y tiene ganas de llorarpero finge que es feliz para que las niñas no sufran. La madre acompaña a una de las niñas al servicio; allí encuentran a Leticia vomitandoen el lavabo; no ha tenido tiempo de alcanzar la taza del baño. O no ha querido, quiénsabe. Se marcha tambaleándose un tanto avergonzada, con el maquillaje deshecho por laslágrimas, sin dar tiempo a que Ana se interese por su estado; Leticia sabe disimular biensus indisposiciones para que no la descubran en casa, no en vano vomita muy a menudo lacomida porque no quiere estar gorda. Ana se mira en el espejo mientras la niña termina enel baño, preguntándose si su hija se divertirá de esta forma el día de mañana. 39 de 56
  40. 40. Cuando abandonan el baño, encuentran a Fran el guarda supervisando las puertas dealgunos comercios porque se acerca la hora del cierre, aunque la sala de juegos, los cinesy algún bar echarán el cerrojo un poco más tarde. Los clientes abandonan el centrocargados de bolsas y cajas con las que esperan llevar a sus hogares un poco de la felicidadque sienten entre las acristaladas paredes del comercio. Al poco Fran es reemplazado por Carlos, el otro vigilante que ha dormido poco trasemplear gran parte de la tarde en rebuscar chollos por las agencias inmobiliarias; se hatraído un libro de historia para soportar la larga noche, un objeto que Fran contempla concierto desdén porque no le encuentra la más mínima utilidad: todo el mundo sabe que laHistoria no sirve para nada. Las limpiadoras vuelven a la faena, dispuestas a dejar como los chorros del oro lossuelos embarrados, a adecentar los baños, a vaciar las papeleras repletas. Poco a poco se apagan las luces y los chicos de la sala de juegos abandonan el centro.A Jairo le llama la atención Leticia; mejor dicho, primero se fija en las largas piernas y enla corta falda, para a continuación reparar en el hermoso rostro que se recupera de laborrachera al aire fresco que corre en la plaza. Jairo memoriza las facciones porque estapuede ser una buena presa para el próximo sábado. Una vez hecha la ronda por el centro, Carlos el guarda retorna a la cabina acristaladadonde se adormecerá leyendo el libro de historia; sabe que no le descubrirán nunca enpleno sueño porque aún faltan unas horas para que lleguen los trabajadores delsupermercado, los primeros de la mañana. Mientras tanto, no hay nada mejor que soñarcon una casa con jardín para que jueguen los niños y un modesto pero digno trabajo deprofesor en cualquier instituto de una ciudad de provincias. 40 de 56
  41. 41. El fin del mundo Tengo frío, mucho frío, aunque reposo en un sillón cubierto de mantas junto a lachimenea en la que un gran fuego devora los troncos de roble. Es el tacto de la muerte queme ronda estos últimos días. Aquí estoy, solo en esta sala en la que tantas veces me reí, en la que seduje a las bellasmujeres que compartieron mi lecho, en la que recibí en orgullosa audiencia a quienesvenían a solicitar alguna merced o cumplir una obligación: colonos que pagaban susrentas, vecinos en pos de recomendaciones o un trabajo cómodo, curas recabando auxiliopara reparar sus parroquias u organizar las romerías... Tanta, tanta gente estuvo entre estas cuatro paredes y, sin embargo, cuán solo, débil ydesamparado estoy ahora, únicamente consolado por la santa de Eulalia, fiel criada detantos años, siempre atenta para preparar el caldo que reanima mi maltrecho organismo,componer los cobertores que me protegen del frío (del exterior, porque del otro no haymanta que me resguarde), administrar las medicinas... Otras personas que seguramente me acompañarían en esta agonía, si pudieran, seríanmi madre y mi pobre hermano Eladio; pero ya no están en este mundo. Sin ellos, no tengomás familia que algunos primos lejanos, verdaderas aves carroñeras que esperan miúltimo suspiro para abalanzarse, asistidos por sus codiciosos abogados, sobre la herencia:la mejor casa y tierra de todo el concejo de Penasca. Mi madre, otra santa como Eulalia. Se llamaba Presentación y había nacido en estamisma casa el año que empezaba a reinar Don Alfonso XII en este desdichado país.Nuestra familia poseía además otra casa en el Oviedo antiguo, concretamente en la calleMon, donde nacimos mi hermano y yo, hijos legítimos del matrimonio de don IsaacValdés, natural de Gijón, abogado y catedrático de Derecho Civil en la Universidad, ydoña Presentación Peón, heredera de la más ilustre familia del concejo de Penasca. 41 de 56
  42. 42. Desde bien pequeños nuestra madre nos inculcó el amor a nuestro solar, a la tierra, anuestro origen noble, y la conciencia de nuestra autoridad, poder y superioridad. Siemprerepetía una frase: "Los aristócratas somos los depositarios de la más pura tradición, guíasy ejemplo para el pueblo llano". Su apego al orden tradicional, a la religión, la hizohorrorizarse ante sucesos lamentables como los de la Semana Trágica en Barcelona, o losposteriores crímenes cometidos por los rojos durante la pasada Guerra de Liberación, olas fechorías de los bandidos que se echaron al monte para escapar de su justo castigo trasser derrotados por la verdadera España. Mi padre, por contra, era de mente más abierta, seguramente por proceder de unaimportante familia de comerciantes gijoneses. Nos animaba constantemente a disfrutar dela juventud, alentaba las lecturas más diversas, el seguimiento apasionado de la políticanacional e internacional, el acercamiento al mundo de los obreros y sus problemas y laamenaza que suponía para nuestra sociedad el movimiento organizado de los trabajadores.Fue un hombre que, sin dejar de ser muy conservador, pretendía hacer de nosotros unaspersonas del siglo XX, no meros terratenientes de una aldea asturiana. Constituía así elcontrapunto adecuado a la tradición y el ferviente catolicismo representado por mi madre. ¡Ah, otra vez la molesta tos! Esta tos seca irrita mis gastadas vísceras... ¿Hasta cuandoseguiré así? ¿Moriré en este sillón, frente a la tabla que representa las armas del linaje?¿O acostado en la cama? ¿Veré el rostro de la muerte acercándose en la noche? Ciertamente en una ocasión lo vi. Era el verano del 36. Mi padre había fallecido año y medio antes, a consecuencia delmiedo y la fuerte impresión que le produjo la ocupación de la casa de Oviedo por losmineros rebeldes de octubre. Acababa de empezar la hierba, así se llama a la faena desegar, amontonar, recoger y almacenar el heno de los prados. De esa tarea se ocupaban loscriados de la casa ayudados por numerosos jornaleros venidos de las aldeas de todo elvalle, que de esta forma saldaban sus deudas conmigo por impago de rentas, préstamos o 42 de 56
  43. 43. la devolución de algún favor. Sin embargo, una vez conocida la noticia del Alzamiento,los aldeanos dejaron de acudir a mis fincas. Eulalia y mi madre me aconsejaron ocultarmehasta que pudiera pasar a una zona más segura, ya que el valle de Penasca había sidocontaminado en los últimos decenios por las ideas socialistas llegadas a la par que laindustria y la minería del carbón. Por toda la aldea corrían rumores de que los mineros seconcentraban en la Villa para recorrer después todo el concejo a fin de ajustar las cuentasa las personas de derechas. Mientras tanto, mi pobre Eladio estaba atrapado en Oviedo,población sitiada por los efectivos rojos. Una noche salí de la casona vestido con harapos de mujer y acompañado por mi fielcriado Pedro. El pueblo estaba completamente a oscuras, presagiando los negros días quenos esperaban. Bajé rápidamente por el camino empedrado entre mi casa y la iglesiaparroquial y me perdí entre los espesos castañares, hasta alcanzar las ruinas de la ermitade San Juan, en cuyo presbiterio me oculté. Pasé varios días de verdadero terror en aquellugar, sentado en el húmedo suelo, atento al más mínimo ruido o voz, sin poder hacer unfuego para cocinar o calentar los pies. El buen Pedro se las ingeniaba a diario para traerme comida y algunas noticias. Alparecer los rojos habían llegado al pueblo preguntando por mí. En casa les hicieron creerque había logrado escapar hacia la zona nacional, pero ellos por si acaso registraron lacasa de arriba a abajo y se bebieron el vino de la bodega, aunque afortunadamente no seatrevieron a molestar a mi madre. Rabiosos por no encontrarme allí, rociaron con gasolinae incendiaron el retablo principal de la iglesia pero al intentar hacer lo mismo con el queguardaba la imagen del Cristo en nuestra capilla particular, las llamas milagrosamenterespetaron la efigie. El Cristo. Un antepasado lejano encargó a un prestigioso escultor del setecientos unaimagen de nuestro Redentor atado a la columna. Según la tradición el artista quedó tanextasiado por la perfección de su obra que exclamó en alta voz: "¡tan bien te hice que 43 de 56
  44. 44. morir quisiera a tus pies!". A esto respondió la imagen: "¿dónde me viste que tan bien mehiciste?". Dicen que se cumplió el deseo del escultor, ya que murió poco después... Estashistorias definen bien al pueblo tradicional de estos valles: campesinos ahorradores,austeros, creyentes, discretos, obedientes, trabajadores... Cualidades que ahora vemosperderse poco a poco. Otra tos. ¡Qué cruz la mía! Vuelvo a mi escondrijo en las ruinas de San Juan. Unanoche aparecieron por allí varios milicianos armados. Parecían perros de caza rastreandomi presencia. ¿Me habría traicionado alguien? Uno de ellos entró en la ermita,alumbrando con un farol todos los rincones del edificio. Se acercó al presbiterio yentonces dio un respingo. Me había visto, sin duda. Lentamente llegó a la esquina dondeyo me acurrucaba, iluminando mi rostro demacrado, con barba de varios días y mesusurró unas palabras que recuerdo muy bien: "¿me reconoce, camarada? ¿Me reconoce?"Miré fijamente su cara: era el hijo de unos colonos nuestros de una aldea cercana, a trescuartos de hora caminando desde allí. Asentí con un gesto y él dijo, sin dejar de mirarme:"pues espero que me recuerde cuando todo esto termine". Y sin más, se volvió sobre suspasos y se fue, gritando a sus compañeros: "esto está limpio, camaradas, no hay más queescombros y ortigas". Aquel día supe que gran parte de nuestros adversarios políticos eran personas sencillasque se habían dejado embaucar por tentadoras y equivocadas ideas. Quizás nosotros, laclase dirigente, teníamos la culpa por no haber protegido y alejado a esta gente del cáncerde las ideas subversivas, por no solucionar sus problemas cuando lo pudimos hacerpacíficamente. Tras aquella angustiosa experiencia pude abandonar el concejo clandestinamenteatravesando las formidables montañas que lo separan de Castilla, para unirme a nuestroglorioso ejército, con el cual regresé meses después a Penasca tras la derrota de los rojosen Asturias. 44 de 56
  45. 45. De vuelta a casa y a la normalidad, no olvidé al muchacho que había salvado mi vida,quien junto a varios de sus compañeros se había echado al monte para escapar de nuestrastropas. Intercedí por ellos cuando se entregaron a las autoridades, de forma que trocaronel casi seguro fusilamiento por unos años de trabajos forzados en Andalucía, castigo quefue duro igualmente para ellos pero que al menos les permitió retornar a sus haciendas, aganar el pan con el sudor de su frente, igual que sus padres y abuelos, escaldados de lapolítica y sus males. Años después aquel muchacho, ya un hombre hecho y derecho,reunió el capital necesario para adquirir las tierras que arrendaba su familia desde tiempoinmemorial y yo gustosamente se las vendí. ¿Quién dirá que no soy un verdaderorevolucionario? La tierra para quien la trabaja. Terminada la contienda mejore mi posición personal. Mucho antes, allá por los felicesaños veinte, me había licenciado en Derecho y aconsejado por mi progenitor abrídespacho profesional en Oviedo. Mi hermano Eladio, más delicado de salud y temple,barajó el ordenarse sacerdote (cosa que no desagradaba a nuestra madre) pero al final selicenció en Filosofía y Letras, ganando con relativa facilidad en la posguerra una plaza deprofesor de Instituto, gracias a las numerosas vacantes por expulsión de indeseables de ladocencia. En mi caso, los méritos de guerra me ayudaron a reabrir mi despacho en Oviedo yabrir una delegación en Madrid, a la vez que obtenía un importante cargo directivo en elInstituto Nacional de Previsión, a consecuencia del cual se multiplicaron las audiencias alvecindario en mi casona: todo aquel que deseaba cambiar o eludir la labranza o la minapor un cómodo trabajo en cualquier hospital, o quien buscaba una cómoda jubilación porenfermedad o accidente sabía muy bien adonde debía ir. ¡Cuantos ordenanzas coloqué enMinisterios y hospitales! Gentes que iniciaron una nueva e inimaginable vida en Oviedo,Barcelona, Madrid y que cada verano acudían puntualmente a estas viejas tierras parapagar el favor obtenido trabajando gratis en mis fincas. 45 de 56
  46. 46. Conozco más de un enchufado que respirará tranquilo el día que me muera, sabiendoque no tendrá que venir más a sudar la gota gorda en mis posesiones. Porque esto seacaba: la mayoría de los jóvenes de estos pueblos emigran a la ciudad para trabajar en laconstrucción, la minería y la siderurgia. Con gran esfuerzo logran comprar un piso, untelevisor, se casan y a los pocos años vuelven a la aldea a pasar unos días de vacaciones,guiando orgullosos un seiscientos o un ochocientos cincuenta, aprovechando para ayudara su familia en las tareas del campo, aunque cada vez se trabaja menos la tierra: solo lamás cercana y favorable y preferentemente la propia. Casi nadie quiere ya trabajar para unseñor ni ser su arrendatario ni afrontar rentas en dinero o en especie. ¡Qué gran ironía! El mismo régimen por el que combatí a los rojos, el que defendía elorden tradicional de nuestras vidas, ha sido el causante del colapso del antiguo mundoagrario: el desarrollo, la industria, las mejora de las comunicaciones, deja mis camposhuérfanos de brazos útiles para laborar. La estructura tradicional camina hacia un fin delque no seré testigo, porque si sobreviviera a esta enfermedad no me quedaría más opciónque vender la mayor parte de mi patrimonio o intentar explotarlo contratando jornaleros(con seguro social, por supuesto) o arrendarlo a alguno de estos nuevos ganaderos quepaulatinamente incrementan sus propiedades. En la casona ya no se oirían las voces de loscolonos y sirvientes y sólo quedaría el silencio y los ecos de tiempos mejores. Voy a levantarme un rato. ¡Uff! Casi no me sostienen las piernas. Cómo estorban elpaso de un enfermo estos pesados y viejos muebles: alacenas, armarios, mesas, sillasfrailunas, de castaño, nogal y roble. Puertas y cajones que se abren y cierran desde hacemás de dos siglos. ¿Qué será de vosotros? ¿Os repartirán los codiciosos herederos? ¿Oserán los propios vecinos, cuando el tejado no resista más heladas y nieves y la casaquede abierta al saqueo? A través de los cristales empañados de la ventana veo el patio de la casa: Eulalia apilaastillas de roble delante de la puerta; Pedro, el fiel criado para todo, revisa las ruedas del 46 de 56
  47. 47. auto aparcado bajo la gran panera, ignorando que este ha sido mi último viaje y que nuncamás utilizaré el enorme Cadillac negro. Cuando salimos de Madrid, hará unos quince días, yo sabía que me marchaba paramorir, pero no lo dije a nadie: ni a la criada que cuida de mi piso en el barrio deSalamanca, ni a los ayudantes y pasantes del despacho, ni a Ramonita, mi fiel compañeraen estos últimos años. Hubo varias mujeres en mi vida. Una fue mi esposa Elena. Hace años que no tengonoticias suyas, apenas sale de San Sebastián. Nuestro matrimonio fue un apaño entre dosfamilias deseosas de emparentar. Ella, hija de militares y rentistas castellanos, nuncaencajó bien con mi carácter, con Asturias ni mucho menos con el pueblo. Para colmo, nopudo darme un heredero para mi solar y aunque siempre mantuvimos una relacióneducada y respetuosa, pronto comenzamos a distanciarnos, a dormir en diferentes camas yhabitaciones, hasta que decidimos separarnos de forma civilizada y discreta, cuando yahabían fallecido nuestros respectivos padres, a los que ahorramos este disgusto. Para entonces yo había vuelto a las licenciosas costumbres de mis tiemposuniversitarios, cuando frecuentaba los burdeles y cafés - cantantes de la capital. EnPenasca se hicieron famosas mis frecuentes juergas con actrices, coristas y cupletistas alas que invitaba a pasar unos días en la casona, para escándalo de las beatas y el cura delpueblo. A mi no me preocupaban los comentarios porque yo era el amo y eso bastaba. Nohubo por estos lares alcalde, cura, empresario o guardia que osara contradecirme olevantarme la voz. Al hilo de esto recuerdo una anécdota graciosa. Hará unos veinte años había un criadoen esta casa llamado Matías, que un día de mercado se emborrachó y empezó a dar vivasa Rusia y mueras al ejército en plena plaza de la Villa. Los guardias le dieron unasoberana paliza y lo encerraron en el calabozo. Enseguida se enteró Eulalia de lo sucedidoy no tardó en avisarme a Madrid. Furioso por el trato sufrido por un sirviente de mi casa, 47 de 56

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