Palabras Que Mueven Montañas- Don Gossett

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Palabras Que Mueven Montañas- Don Gossett

  1. 1. ISBN 978-1-60374-190-3 Religión / Vida Cristiana / Crecimiento Espiritual Religion / Christian Life / Spiritual Growth “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre”. —Juan 14:12 Mediante las palabras y el ministerio de Kenyon y Gossett, descubrirás lo que sucedió en sus vidas, y también lo que puede suceder en tu propia vida. Descubre cómo puedes… • Caminar en salud y fortaleza divina. • Vencer el poder del mal. • Experimentar el poder de Dios en tu vida. • Hacer los milagros que Cristo hizo. • Ver lo “incurable” sanado. • Guiar a los perdidos a Cristo. • Ministrar en la unción de Dios. Aquí descubrirás cómo puedes recibir personalmente el toque sanador de Dios y cómo Dios puede usarte para llevar sanidad a otros.
  2. 2. A menos que se indique lo contrario, todas las citas de la escritura han sido tomadas de la versión Santa Biblia, Reina-Valera 1960 © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Usado con permiso. Las citas de la escritura marcadas (nvi) son tomadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional, nvi® © 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional. Usadas con permiso. Todos los derechos reservados. Traduccion al espanol realizada por: Belmonte Traductores Manuel de Falla, 2 28300 Aranjuez Madrid, ESPAÑA www.belmontetraductores.com Palabras Que Mueven Montañas Publicado originalmente en inglés bajo el título: Words That Move Mountains Don Gossett P.O. Box 2 Blaine, Washington 9823l www.dongossett.com ISBN: 978-1-60374-190-3 Impreso en los Estados Unidos de América © 2010 por Don Gossett Whitaker House 1030 Hunt Valley Circle New Kensington, PA 15068 www.whitakerhouse.com Para comentarios sobre este libro o para información acerca de otros libros publicados por Whitaker House, favor de escribir via Internet a: publisher@whitakerhouse.com. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de ninguna manera o por ningún medio, electrónico o mecánico—fotocopiado, grabado, o por ningún sistema de almacenamiento y recuperación (o reproducción) de información—sin permiso por escrito de la casa editora. Por favor para cualquier pregunta dirigirse a: permissionseditor@whitakerhouse.com. 1  2  3  4  5  6  7  8  9  10       16  15  14  13  12  11  10
  3. 3. Reconocimientos P ermíteme presentarte a varias personas que son ejem- plo del verdadero espíritu de generosidad. En primer lugar, y de manera especial, está el Dr. E. W. Kenyon. La pasión de su vida fue compartir con otros lo que Dios le había enseñado a través de la Palabra, y se dedi- có diligentemente a escribir dieciséis libros, editar cientos de revistas y crear cursos de estudio bíblico y tratados evangelís- ticos. ¡Qué corazón tan generoso demostró tener! En segundo lugar, antes de que muriera el Dr. Kenyon en 1948, le pidió a su hija Ruth que siguiera con el trabajo. Durante cincuenta años, Ruth lo hizo fielmente. Compartió muchas veces conmigo lo gratificante que era ver y conocer la efectividad de los escritos de su padre, literalmente por todo el mundo. A continuación, tengo el gusto de elogiar el excelente tra- bajo del pastor Joe McIntyre, que ahora es el presidente de Kenyon’s Gospel Publishing Society. Cuando se publicaron
  4. 4. libros presentando unos ataques “injustos y muy poco erudi- tos” sobre los escritos del Dr. Kenyon, Joe sintió la necesidad de escribir una tesis apologética, la cual presentó a su iglesia. Admiro a Joe McIntyre por su labor de amor al inver- tir cientos de horas de investigación y escribir el libro E. W. Kenyon and His Message of Faith: The True Story. Por último, Charisma House, propiedad de mi querido amigo Stephen Strang, tuvo mucha generosidad al darme permiso para incluir materiales del antes mencionado libro del pastor McIntyre en Palabras Que Mueven Montañas. Mi agradecimiento especial es para el Dr. T. L. Osborn, Tulsa, Oklahoma, por sus contribuciones para este libro. También le debo mi agradecimiento al pastor Don Cox, Waterloo, Iowa, por cosas que ha compartido conmigo. —Don Gossett
  5. 5. Introducción............................................................................. 13 Parte I: Principios de afirmación 1. Extenderse y tocar en fe.................................................19 2. Para que seamos sanados.............................................. 27 3. Confesión........................................................................ 29 4. Vencemos a través de la confesión................................35 5. Afirmaciones diarias......................................................39 6. Mis afirmaciones espirituales........................................43 7. El poder de las afirmaciones......................................... 49 8. El corazón que cree y la boca que confiesa...................51 9. El poder de las palabras pronunciadas.........................55 10. La Palabra en nuestros labios........................................59 11. El poder del pensamiento y la confesión......................61 Contenido
  6. 6. 12. El poder del Espíritu de Cristo.....................................63 13. “Oh señor, ¿no es Dios maravilloso?”.......................... 65 Parte II: El poder en tus palabras 14. El valor de las palabras...................................................71 15. Pon lo mejor de ti en tus palabras.................................75 16. Ordenar correctamente nuestras conversaciones........79 17. El complejo de inferioridad...........................................83 18. Palabras de autodesaprobación.................................... 87 19. No vaciles en ser usado por Dios................................. 89 20. Palabrerías...................................................................... 93 21. “¡No me aplastes con palabras!”................................... 95 22. Las palabras pueden meter la pata............................... 99 23. Con el corazón, el hombre cree para justicia............ 103 24. Sólo una palabra de aviso............................................ 107 25. Lamentarse y fracasar van de la mano...................... 109 26. El Jesús “ahora”............................................................. 113 27. Sé humilde o te caerás................................................. 115 Parte III: Los frutos de la fe declarada 28. Di con valentía lo que Dios dice................................. 125 29. Tenemos victoria en el nombre de Jesús................... 135 30. En lo secreto de Su presencia..................................... 137
  7. 7. 31. Algunos datos sobre sanidad.......................................141 32. La fe del centurión........................................................143 33. Las afirmaciones de Jesús.............................................147 34. Por tus palabras............................................................151 35. Declara sólo la Palabra................................................ 155 36. Cómo lo encontré......................................................... 165 37. Mi confesión..................................................................171 Epílogo.....................................................................................175 Tributo a E. W. Kenyon....................................................... 179 Tributo a Don Gossett..........................................................181 Acerca de E. W. Kenyon....................................................... 185 Acerca de Don Gossett......................................................... 187
  8. 8. 13 Introducción Escrito está: “Creí, y por eso hablé.” Con ese mismo espíritu de fe también nosotros creemos, y por eso hablamos. —2 Corintios 4:13 (nvi) E n 1952 me dieron un ejemplar de The Wonderful Name of Jesus, por el Dr. E. W. Kenyon. Mi estudio de este libro lo mejoró el hecho de que justamente un año antes, en un altar de oración, recibí una revelación ines- perada sobre la autoridad del nombre de Jesús. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Filipenses 2:9–11) La revelación del Dr. Kenyon del nombre de Jesús en- cendió mi alma. Yo estaba ministrando en reuniones en una carpa en Fresno y Modesto, California, en ese entonces.
  9. 9. 14 Palabras Que Mueven Montañas Diariamente realizaba programas de radio matutinos en es- taciones en Lodi y Modesto. Al conducir desde cada ciudad, sentía un enorme aprecio de la majestad del nombre. Una y otra vez, cantaba canciones y coros sobre el precioso nombre. Pronto fui capaz de contactar con Ruth Kenyon, hija del Dr. Kenyon y jefa de Kenyon’s Gospel Publishing Society. Durante mi primera conversación telefónica con Ruth, me informó de que el Dr. Kenyon había dejado dieciséis li- bros para la posteridad, los cuales pidió para mí. También me explicó que el libro del Dr. Kenyon, In His Presence, era el libro que Dios estaba usando más en aquel entonces. Cuando recibí el envío de los dieciséis libros del Dr. Kenyon, los estudié y devoré con avidez. Sabiendo la bendi- ción que había supuesto para mí The Wonderful Name of Jesus en California, esperaba que In His Presence igualmente en- cendiera mi corazón. Sin embargo, mi primera lectura del libro no me produ- jo lo mismo. Unos meses después, mientras estaba en unas reuniones en Kansas City, volví a leer In His Presence, y esta vez llegó una revelación a mi espíritu. Quedé tan atrapado en Su presencia, que sentía que estaba caminando sobre las esponjosas nubes mientras iba de mi hotel a la iglesia donde estaba ministrando. Entonces me di cuenta de que era necesario que el Espíritu Santo me diera una revelación para entender lo que el Dr. Kenyon había escrito. En mi celo juvenil, una vez les dije a mis amigos: “Me gusta tanto lo que los libros del Dr. Kenyon han hecho por mí, que creo que casi me gustaría cambiarme el nombre a ‘Don Kenyon’ para poder ser identificado rápidamente con su
  10. 10. Introducción 15 maravilloso ministerio”. (Claro, no llegué a hacer el cambio, y sigo siendo Don Gossett). En 1954 estaba de nuevo en el sur de California en unas reuniones, y en ese entonces las oficinas de Kenyon’s Gospel Publishing Society estaban en Fullerton, no muy lejos de Los Ángeles, donde yo estaba ministrando. Un día, concerté una cita para ir a Fullerton y reunirme con Ruth y su madre. Fue una experiencia inolvidable. Le dije a Ruth: “He sido un ávido lector y estudiante de muchos libros escritos por au- tores evangélicos y pentecostales. ¿Por qué tu padre tenía la capacidad de abrir la Biblia con una autoridad tan peculiar?”. Ruth me respondió: “Don, si hubieras crecido en casa de mi padre, quizá lo entenderías. En cada rincón de nuestra casa había una Biblia abierta. “Una de las experiencias más dulces de mi juventud era pasar al lado del baño donde mi padre se solía afeitar con la puerta entreabierta. Estaba vestido del todo, salvo la cami- sa. Su cara estaba llena de espuma para prepararse para el afeitado, pero al lado del lavabo había una Biblia abierta. No podía apartar sus ojos de la Palabra. Le oía regocijarse, llorar y alabar a Dios por alguna pepita de verdad que había leído en las Escrituras”. Pocos años después, Ruth trasladó las oficinas de Kenyon’s Gospel Publishing Society de nuevo a Lynnwood, Washington, a menos de cien millas de mi casa en Surrey. Me invitó a ser un colaborador habitual de Kenyon’s Herald of Life, un periódico que publicaba. Tras la muerte del esposo de Ruth, el Sr. Iams, escribí un artículo titulado: “De nuevo vuelve a estar sola”. En él, enfati- zaba cómo el Dr. Kenyon había elegido a Ruth para continuar
  11. 11. 16 Palabras Que Mueven Montañas su ministerio el mismo día en que supo que el Señor le estaba llamando a Su presencia. La esposa del Dr. Kenyon se había unido a Ruth en el ministerio hasta que el Señor la llamó también a Su presencia. Ahora, al faltarle su madre y su pa- dre, la muerte del Sr. Iams volvía a dejar sola a Ruth. El reverendo Norman Houseworth al noreste de Alberta, Canadá, leyó el artículo que escribí. Su esposa había muerto hacía unos años, y el Señor usó mi artículo para darle un co- dazo. Fue a visitar a Ruth con la posibilidad de poder casarse con ella, y eso es exactamente lo que ocurrió. En 1972, pedí y obtuve el permiso de Ruth para usar los escritos de Kenyon en mi libro, El Poder de Tus Palabras. (Este libro también está disponible a través de Whitaker House). El libro hablaba de la confesión de la Palabra y combinaba los excelentes materiales del Dr. Kenyon sobre este tema con mis propios pensamientos. Cuando Ruth partió con el Señor hace unos años, el equipo de Kenyon le dio a Joe McIntyre acceso a los libros del Dr. Kenyon que nunca se habían publicado. El pastor McIntyre hizo una investigación excelente y escribió su libro, E. W. Kenyon and His Message of Faith: The True Story. He incluido citas y porciones del libro de Joe McIntyre en este libro, Palabras Que Mueven Montañas. Palabras Que Mueven Montañas tiene el mismo formato que El Poder de Tus Palabras. El autor de cada capítulo está identificado debajo del título de ese capítulo. Mi oración es que este libro te bendiga y te aliente a darte cuenta del poder de tus palabras pronunciadas en fe.
  12. 12. Parte I: Principios de afirmación
  13. 13. 19 1 E xtenderse en fe tiene como resultado el toque más significativo de todos: el toque de Dios. En octubre de 1960, mi familia y yo nos mudamos de Tulsa, Oklahoma, a Vancouver, British Columbia, para comenzar un nuevo ministerio. Durante un año recorrimos las llanuras canadienses y realizamos reuniones evangelísticas en iglesias. Durante esos doce meses, viajamos sin realmente tener un lugar que considerásemos nuestro hogar. Mis cinco hijos recuerdan ese periodo como una de las épocas más aventureras de sus vidas, pero no fue fácil para ellos. Michael y Judy dormían en el asiento de atrás de nues- tro antiguo Buick de 1956. Jeanne y Donnie dormían en el piso del auto, y nuestra bebé, Marisa, dormía entre Joyce y yo en los asientos delanteros. No nos fue nada bien en asuntos de negocios (perdimos la casa que teníamos), pero, por la gracia de Dios, le sacamos partido a esa situación y salimos adelante. Durante aquellos meses, les enseñé a mis hijos a memo- rizar muchos versículos de la Palabra de Dios, y todos ellos por Don Gossett Extenderse y tocar en fe
  14. 14. 20 Palabras Que Mueven Montañas disfrutaban de las historias bíblicas que les enseñaba. Michael dice que memorizó más de cien versículos de la Biblia durante ese tiempo. Matriculamos a los niños en edad escolar en la escue- la por correspondencia British Columbia Correspondence School, y mi esposa Joyce les enseñaba cuando íbamos de via- je por la carretera. En 1961, decidimos asentarnos en un pequeño motel en Victoria para poder meter a los niños a la escuela. Las cosas no nos iban especialmente bien, teniendo que vivir los siete en dos habitaciones. Apiñados es una buena palabra para descri- bir esta época de nuestras vidas. Durante cinco semanas de ese otoño llevé a cabo reunio- nes con el pastor Jim Nichols en una iglesia en Longview, Washington. Recibía una ofrenda de amor para mi ministe- rio cada semana, pero aunque había mucho amor, no había mucha ofrenda. Un lunes, tuve un problema serio con el auto de camino a casa y tuve que emplear la mayor parte de mi ofrenda de amor para pagar la reparación del auto. No que- daba suficiente para pagar los treinta dólares de la renta de nuestra habitación del motel. La vergüenza de no poder pagar la renta, junto con la in- apropiada ropa y la provisión para mis hijos, empezó a ser más de lo que podía soportar. Hice los arreglos necesarios para posponer el pago de la renta una semana más, le dejé a Joyce el dinero que tenía para que hiciera la compra semanal de comida y volví a mis reunio- nes en Longview. Le hice a Dios muchas preguntas. “¿Por qué tenemos tan- ta necesidad económicamente?”; “¿Por qué perdimos nuestra casa?”.
  15. 15. Extenderse y tocar en fe 21 Durante ese tiempo leí un libro maravilloso de Vernon Howard titulado Word Power. Dios usó el mensaje de ese libro para ayudarme a entender de una forma fresca el poder de mis palabras, y me dio este versículo: “¿Andarán dos jun- tos, si no estuvieren de acuerdo?” (Amós 3:3). Dios me estaba preguntando: “¿Quieres caminar conmigo? Entonces debes estar de acuerdo conmigo. Puedes hacerlo diciendo lo que dice Mi Palabra, y hasta ahora no has estado de acuerdo conmigo al declarar carencia, enfermedad, temor, derrota e incapacidad. Si quieres caminar conmigo, debes estar de acuerdo conmigo”. Cuando este principio se hizo real en mí, le pedí que me perdonara por mi falta de acuerdo con Él y con Su Palabra. No me puedo marchar precipitadamente del principio de Amós 3:3. Está en el corazón de todos los cristianos since- ros querer caminar de cerca con el Señor. La Biblia cuenta el testimonio de Enoc: “Caminó, pues, Enoc con Dios” (Génesis 5:24). Enoc no fue la única persona que pudo caminar con Dios; tú y yo también podemos caminar con Él. Hebreos 11:5 dice que Enoc “agradó a Dios” al estar de acuerdo en fe con Dios. Podemos caminar tan cerca de Dios como lo hizo Enoc si decidimos estar de acuerdo con Él en fe. ¿Cómo nos ponemos de acuerdo con Dios? Cuando deci- mos lo que Dios dice estamos de acuerdo con Él, y a la vez en desacuerdo con el malvado y mentiroso diablo. (¡Aleluya por esta dinámica verdad!). Como resultado de darme cuenta de esto, comencé a es- tar de acuerdo con Dios como nunca antes lo había hecho. El Espíritu Santo comenzó a enseñarme algunos versículos clave: “Habéis hecho cansar a Jehová con vuestras palabras. Y decís: ¿En qué le hemos cansado?” (Malaquías 2:17).
  16. 16. 22 Palabras Que Mueven Montañas Dios puso su dedo en las formas en que yo le había cansa- do con mis palabras, al expresar mis preocupaciones y frustra- ciones con relación a mi “falta de dinero”. “Vuestras palabras contra mí han sido violentas, dice Jehová. Y dijisteis: ¿Qué hemos hablado contra ti?” (Malaquías 3:13). Yo clamé protestando: “Señor, ¡yo nunca hablaría contra Ti! Te amo con todo mi corazón. Oh, Señor, ¡yo nunca, nun- ca hablaría contra Ti!”. Tiernamente, el Señor trató conmigo. “Vuestras palabras contra mi han sido violentas”. Han sido fuertes y defensivas contra Mí porque no han estado en armonía con Mi Palabra. Has declarado palabras muy por debajo del estándar de Mi Palabra. Tienes que disciplinar tus labios para que nuestras palabras guarden armonía”. Mientras meditaba en este extraordinario encuentro con el Dios viviente, escribí doce afirmaciones que se convertirían en mi disciplina diaria. Le llamé a esta lista de afirmaciones “Mi lista de nunca más”. La gente a menudo me pregunta: “¿Por qué hiciste esa lis- ta?”. La escribí porque era un hombre desesperado buscando las maneras de Dios de vencer todas las adversidades, fraca- sos económicos, derrotas y ataduras que había experimentado durante algún tiempo. No lo escribí para impresionar a nadie con mi capacidad de redacción, sino como una disciplina de mi propio corazón para que la Palabra de Dios prevaleciese, como dice Hechos 19:20: “Así crecía y prevalecía poderosamen- te la palabra del Señor”. Estas doce afirmaciones se convirtieron en la consigna de mi nuevo caminar con Dios. Se convirtieron en mi cartilla de notas por la que podía comprobar mi vida. La Palabra de Dios en estas doce afirmaciones se convirtió en el terreno
  17. 17. Extenderse y tocar en fe 23 sólido sobre el que me plantaba; fueron el ancla que me impedía hundirme en un mar de fracaso, temor y opresión satánica. Podría usar muchas palabras para describir el impacto que estas doce afirmaciones han tenido sobre mi vida, pala- bras como “transformadoras” e “increíbles”. Cuando escribí “Mi lista de nunca más”, no estaba pensando en los millones de personas que finalmente leerían esta poderosa disciplina y experimentarían su propia transformación, sino que la escribí como un paso más en mi búsqueda de Dios. Jesús dijo que somos sus discípulos; un discípulo es al- guien que se disciplina a sí mismo. Esta lista de afirmaciones nunca ha sido una fórmula mágica, sino una disciplina clara y concisa. Es poner Amós 3:3 en práctica y estar de acuerdo con Dios en todas las áreas de la vida. Siempre alabaré a Dios por dirigirme a escribir esta lis- ta de afirmaciones. Si nadie más hubiera sido bendecido con ella, yo seguiría alabando al Señor; pero, además de bendecir- me a mí, ha sido publicada en muchos idiomas y distribuida por el mundo entero. Dios la ha usado para ministrar literal- mente a millones de personas; personas que la han leído y la han puesto en práctica. La lista está basada en un pasaje de Romanos: Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y cre- yeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. (Romanos 10:8–10)
  18. 18. 24 Palabras Que Mueven Montañas También está en armonía con el espíritu de fe, como está revelado en 2 Corintios: Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros tam- bién creemos, por lo cual también hablamos. (2 Corintios 4:13) “Mi lista de nunca más” Nunca más confesaré “no puedo” porque• “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Nunca más confesaré carencia, porque• “Mi Dios, pues, su- plirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19). Nunca más confesaré temor, porque• “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). Nunca más confesaré duda o falta de fe, porque• “conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Romanos 12:3). Nunca más confesaré debilidad, porque• “Jehová es la forta- leza de mi vida” (Salmos 27:1) y “mas el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará” (Daniel 11:32). Nunca más confesaré la supremacía de Satanás sobre mi• vida, “porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4). Nunca más confesaré derrota, porque• “Dios…nos lleva siempre en triunfo en Cristo” (2 Corintios 2:14). Nunca más confesaré falta de sabiduría, porque• “Cristo Jesús…ha hecho nuestra sabiduría” (1 Corintios 1:30, nvi).
  19. 19. Extenderse y tocar en fe 25 Nunca más confesaré el dominio de la enfermedad so-• bre mi vida, porque “por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). Nunca más confesaré preocupaciones y frustraciones, por-• que estoy “echando toda [mi] ansiedad sobre él, porque él tie- ne cuidado de [mí]” (1 Pedro 5:7). En Cristo estoy “libre de preocupaciones”. Nunca más confesaré atadura, porque la Escritura dice:• “dondeestáelEspíritudelSeñor,allíhaylibertad”(2Corintios 3:17). Mi cuerpo es el templo del Espíritu Santo. Nunca más confesaré condenación, porque• “ninguna con- denación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1). Estoy en Cristo; por tanto, soy libre de condenación.
  20. 20. 27 2 V i los primeros milagros de sanidad en mi ministe- rio en la iglesia Free Baptist Church en Springville, Nueva York, donde yo era pastor. Antes de esto, siempre había mirado con suspicacia a cualquiera que dijera que sus oraciones de sanidad eran respondidas.…Pensaba que teníamos doctores, cirujanos y personal médico para encargarse de eso. ¿Por qué íbamos a necesitar algo más? En ese tiempo, creía firmemente que Dios nos había dado médicos y otros métodos de sanidad. No sabía nada acerca del nombre de Jesús o que la sani- dad fuera parte del plan de redención, pero mi corazón estaba muy hambriento, y estaba estudiando la Palabra diligente- mente. Acababa de recibir al Espíritu Santo. La Palabra se había convertido en algo vivo. Yo había despertado fe en mu- chos corazones a través del amor que acababa de descubrir por la Palabra. Un día, el recepcionista de nuestra iglesia…me preguntó si podía orar por su esposa, la cual llevaba enferma muchos meses. Nunca olvidaré cómo me encogí, pero tenía que ir. Ella por E. W. Kenyon Para que seamos sanados
  21. 21. 28 Palabras Que Mueven Montañas estaba tumbada en cama, y oré por ella lo mejor que sabía. No entendía nada sobre el nombre de Jesús, pero Dios en su gran gracia me honró, y ella fue sanada al instante. Esa noche vino a la iglesia y dio su testimonio, el cual creó una gran sensación y algunas críticas, ya que algunos dijeron que, de todas ma- neras, ya era su momento de ponerse bien. Sólo unos pocos reconocieron lo que realmente había sucedido. Una mujer joven de una ciudad vecina fue sanada des- pués. Estaba incapacitada, pues no podía caminar. Si recuer- do bien, había sufrido una operación, y se había quedado en una terrible condición. Oré por ella, y se sanó al instante; se levantó y se puso a trabajar. Ahora está en nuestra lista de correspondencia. Desde ese día en adelante se produjeron sanidades, aun- que no muchas, porque no eran muchos los que pedían ora- ción. Mientras teníamos las reuniones en Massachusetts, las sanidades fueron más frecuentes. Un día, descubrí el uso del nombre de Jesús, y entonces, los milagros comenzaron a ser algo de todos los días. En nuestro trabajo en el tabernáculo yo no enseñaba so- bre sanidad salvo de una forma muy reservada, pero a medida que la gente comenzó a obedecer la Palabra y a probar sus promesas, las sanidades y otras señales comenzaron a llegar, y no pude suprimir la verdad. ¿Acaso tenía yo algún derecho de aplacar la verdad por miedo a una persecución o una mala interpretación cuando sabía que Dios podía sanar, y de hecho estaba sanando, a los enfermos? El texto de Para que seamos sanados está extraído de “His Name on Our Lips Brings Healing”, Kenyon’s Herald of Life, 1 de julio de 1941, como está citado en E. W. Kenyon and His Message of Faith: The True Story por Joe McIntyre (Lake Mary, FL: Charisma House, 1997), pp. 62–63.
  22. 22. 29 C reer depende totalmente de la confesión. Creer es acción, es el verbo de la vida de fe. Es alzar las com- puertas y dejar que el río fluya. Creer es actuar de acuerdo a la Palabra que Dios ha de- clarado. No se cree si no se actúa. Podría ser un asentir al hecho, pero la creencia bíblica demanda acción; demanda que actuemos antes de que Dios actúe. Creer no es actuar después de que Dios actúe para con- firmar su Palabra. Creer y actuar antes de que Dios haya ac- tuado es el sentido bíblico de creer. La fe es algo que viene después haber actuado. La rela- ción entre creer y fe para confesar se cumple totalmente. Cuando decimos “confesión”, no nos referimos a la confe- sión del pecado, sino confesión de nuestra fe. Confesamos lo que ya hemos creído. La fe, pues, no es fe hasta que se produce la confesión con los labios. Es una aprobación mental, pero la aprobación mental se convierte en fe a través de la acción, o confesión. La 3 por E. W. Kenyon Confesión
  23. 23. 30 Palabras Que Mueven Montañas mayoría de lo que llamamos “fe” es una aprobación mental de los fundamentos básicos de la Palabra. La fe verdadera es una fuerza viva y en movimiento. Confesar a Cristo como Salvador y Señor es creer. Confesar ante el mundo que Él puede suplir todas tus nece- sidades conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús, eso es creer. (Véase Filipenses 4:19). Puedes ver que no se puede creer en Cristo como Salvador y Señor sin una confesión de labios. (Véase Romanos 10:10). No hay una fe aceptada por Dios que no se manifieste a través de la confesión. Recientemente he visto con claridad el infinito valor de la afirmación continua, no sólo para el hombre interior (el alma y el espíritu), sino también para el mundo. Nuestras vidas espirituales dependen de nuestra cons- tante afirmación de lo que Dios ha declarado, lo que Dios es en Cristo, y de lo que nosotros somos para el Padre en Cristo. La confesión es la confirmación de la fe. Afirmar constantemente las cosas que Dios es para ti y tú para Dios, y las cosas que eres en Cristo y lo que Cristo es en ti, es darle alas a la fe para que alcance nuevas alturas en las experien- cias espirituales. Por ejemplo, el metodismo fue poderoso en sus primeros días, y los que se involucraron en el movimiento practicaban una confesión continua de las cosas que creía John Wesley. Cuando dejaron esta confesión verbal, la fe dejó de crecer, y actuar de acuerdo a las promesas de la Palabra de Dios se hizo cada vez más difícil. Sería algo de mucho valor para nosotros si pudiéramos pensar ahora en unas cuantas frases conmovedoras de la Palabra.
  24. 24. Confesión 31 En Colosenses 2:10, Pablo dijo: “y vosotros estáis completos en él”. Su corazón repite este estribillo. “Estoy completo en mi espíritu. Soy partícipe de Su ple- nitud, de Su llenura; Su llenura hace posible que yo pueda es- tar en Su presencia sin ser condenado y sin temor. Su llenura me empareja a cualquier situación que pueda venir sobre mí. Estoy completo en Su vida resucitada. Todo lo que el Padre vio en Él, lo ve también en mí hoy. Soy la obra de Dios, creado en Cristo Jesús”. Dilo otra vez en tu corazón: “Estoy completo en Él”. Puede que tengas debilidades físicas, pero entiende que la ley de la fe es que confieses para ti mismo que lo que Dios dice de ti es cierto. No tienes que sentir nada al respecto o ex- perimentar ningún síntoma. El hecho es que si hubieras sido sanado antes de confesarlo, no hubiera sido una afirmación, sino sólo una confirmación, ya que simplemente estarías con- firmando lo que Dios había hecho. Pero ahora, antes de que ocurra, puedes decir: “por su lla- ga [yo estoy] curado” (Isaías 53:5); no “quizá esté” o “voy a ser”, sino “estoy”. Esto es creer, esto es un acto de fe verdadera. Por la fe, ahora estás completo en Él. Lo que para ti es fe para Él es un hecho. Estás gozoso, le alabas, le adoras por ello, estás completo en Él, y tu gozo está completo en Él, tu descanso está comple- to en Él y tu paz está completa en Él. Declara: “Jehová es la fortaleza de mi vida, ¿de quién he de atemorizarme?” (Salmos 27:1). Di: “Él es la fortaleza de mi cuerpo, así que puedo hacer lo que Él quiera que yo haga”. Ya no hablas de tu enfermedad y fracaso porque Él es la fuerza de tu vida.
  25. 25. 32 Palabras Que Mueven Montañas La vida, en este caso, significa vida física. Dios es la fuer- za de tus brazos y piernas, de tu estómago e intestinos. Él es la salud de tu ombligo, el centro de tus nervios. Donde el temor haya llegado con gran fuerza y te tenga atado, Él lo ha hecho desvanecerse y se ha convertido en tu fuerza. Él es la fortaleza de tu mente, porque tienes la mente de Cristo. Él es la fuerza de tu espíritu, porque tu espíritu es el lu- gar donde el coraje es poder, donde la fe se levanta y domina el alma, y donde la paz encuentra su hogar y se difunde por las fa- cultades del alma. Descanso, paz, fe, amor y esperanza encuen- tran su hogar en el espíritu, y Él es la fuerza de tu espíritu. El gran Cristo está sentado ahí, ese es su trono, bendito sea su nombre. Ahora, ya no vas a temer a las circunstancias, ni vas a tener miedo de nada, porque Él es la fortaleza de tu vida. Él es tu justicia. Desearía que todos pudieran entender verdaderamente lo que esto significa. Es Dios mismo, Su santidad, Su eterna justicia, Su mente. Él nos absorbe, nos traga, nos inunda, nos sumerge en Él mismo. Igual que el Espíritu Santo llegó a ese aposento alto el día de Pentecostés, lo llenó y sumergió en Él a cada discípulo, así la justicia de Dios nos sumerge. Como el Espíritu Santo entró en cada uno de ellos el día de Pentecostés e hizo de sus cuer- pos Su morada, así Dios, por el nuevo nacimiento, la nueva creación, nos hace Su justicia en Cristo Jesús. Podemos decir sin temor o ningún sentido de indigni- dad: “Dios es mi justicia”. Te glorías en Su justicia, te gozas en Su justicia, presumes, te levantas y proclamas Su justicia.
  26. 26. Confesión 33 Luego, tu corazón se tranquiliza. “Al que no conoció peca- do, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos he- chos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). Ahora sabes no sólo que Él es tu justicia, sino que tú tam- bién eres Su justicia. Él dijo: “a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:26). Tú tienes fe en Jesús; Él es tu justicia, y, milagro de milagros, tú eres la de Él. Estás completo en Él. Él es la fuerza de tu ser. Tu cuerpo se ha convertido en Su hogar, y Él mora en ti. Como dijo Pablo: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20, nvi).
  27. 27. 35 4 L a fe es la fuerza creativa en Dios y en la nueva crea- ción. La fe es la capacidad creativa que se expresa a sí misma sólo por la confesión. Dios se atrevió a decir: “Haya lumbreras en la expansión de los cielos…” (Génesis 1:14). Y cuando lo dijo, el universo comenzó a existir. Jesús se atrevió a pedir pan cuando una multitud ham- brienta de miles de personas le rodeaban. Sus discípulos dije- ron: “cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?” (Juan 6:9). Jesús no respondió a su incredulidad basado en el sentido del conocimiento, sino que miró al Padre y le dio gracias. La capacidad creativa que estaba en Jesús es la naturaleza de Dios mismo. Tú tienes la naturaleza de Dios en tu interior a través de la vida eterna. Tú eres participante de la natura- leza divina (véase 2 Pedro 1:4); esa misma capacidad creativa está en ti, pero debe ser manifestada a través de la confesión. Jesús dominaba las leyes de la naturaleza, y Su palabra era la palabra de fe. Si Jesús se hubiera callado, los milagros por E. W. Kenyon Vencemos a través de la confesión
  28. 28. 36 Palabras Que Mueven Montañas no hubieran ocurrido. Jesús dijo: “Lázaro, sal fuera” (Juan 11:43), y en presencia de una gran multitud, Lázaro obedeció. Nunca antes se había producido una resurrección como esa. El hombre llevaba muerto cuatro días, y su cuerpo estaba en estado de descomposición. Jesús dominaba todas las leyes de la naturaleza, y puso a un lado cada una de ellas. Estas leyes naturales negativas comenzaron a existir cuando el hombre se convirtió en un súbdito del diablo. Jesús actuó como si estas leyes nunca hubieran existido. ¿Sabes que Dios nos ha levantado a todos los que estamos en Cristo so- bre estas leyes que comenzaron a existir cuando el hombre fue hecho el súbdito de Satanás? Podemos decir: “Todo lo puedo en Cristo que me fortale- ce” (Filipenses 4:13); “Yo puedo suplir cualquier emergencia”. Leemos y creemos 2 Corintios 2:14: “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús”. Pero quizá pienses: “Cuando Pablo escribió eso, ¿no ha- bía estado en prisión varias veces?”. Sí, pero él siempre era el señor de la prisión. ¿Te acuerdas cuando él y Silas estaban en la cárcel en Filipos? Ellos eran señores antes de que el sol saliese. ¿Te acuerdas de la historia de Pedro, cuando fue liberado de la cárcel por un ángel? Él era señor, aunque no entendía su señorío porque la revelación de eso aún no había sido dada, pero nosotros la tenemos ahora en las Epístolas paulinas. Sabemos quiénes somos, y sabemos que podemos vencer al adversario con palabras. Esa verdad nos emociona. Recuerda que Jesús dijo: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38). Él declaró: “Porque yo no he hablado por mi propia
  29. 29. Vencemos a través de la confesión 37 cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar” (Juan 12:49). ¿Puedes declarar la Palabra de Dios a Satanás? Entonces toma tu lugar y atrévete a afrontar sin miedo al enemigo. Él no puede hacerte frente, porque los ángeles están de tu lado, Dios está de tu lado, y la Palabra viva está en tus labios. Úsala. Tú eres un vencedor.
  30. 30. 39 5 A firmar es hacer firme. Una afirmación es una decla- ración de una verdad que se hace firme a través de la repetición. “y en estas cosas quiero que insistas con firmeza” (Tito 3:8). “Mantengamos firme la esperanza que pro- fesamos, porque fiel es el que hizo la promesa” (Hebreos 10:23, nvi). Tu fe se hace efectiva reconociendo cada cosa buena que hay en ti en Cristo Jesús. (Véase Filemón 6). La Biblia incluye cientos de pasajes que hablan del poder de las palabras. Te reto a proclamar las veinticinco afirmacio- nes que he enumerado. Serán más eficaces si las declaras en voz alta, con sentimiento, convicción y entusiasmo. Las pala- bras dichas de forma débil tienen mínimos resultados. Te animo a decir algunas de estas afirmaciones de tres a cinco veces al día. Jesús es nuestro principal ejemplo de cómo vivir la vida cristiana, y en Mateo 26:44: “[Jesús] oró por ter- cera vez, diciendo las mismas palabras”. Declara en voz alta las siguientes afirmaciones durante la primera hora de tu día: por Don Gossett Afirmaciones diarias
  31. 31. 40 Palabras Que Mueven Montañas “Éste es el día en que el• Señor actuó; regocijémonos y alegré- monos en él” (Salmos 118:24, nvi). Hoy decido amar en vez de temer. Decido la paz en vez del• conflicto. Decido buscar el amor en vez de la falta, y decido dar amor en vez de buscar amor. “Bendeciré a Jehová en todo tiempo; Su alabanza estará de• continuo en mi boca” (Salmos 34:1). “Diga el débil: Fuerte soy”• (Joel 3:10). (¡Nota que es el débil, y no el fuerte, el que tiene que afirmar esto!). Soy un hombre/mujer de Dios. Él me ha limpiado con la• sangre de Cristo. Mi Padre me ha llenado con su Espíritu, así que estoy dedicado/a al Señor Jesús, y soy fuerte y poderoso/a en Él. Le adoro y le sirvo con toda la energía divina que Él pone dentro de mí. “Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo”• (1 Juan 4:4). Soy humilde, fuerte, valiente, estoy lleno de fe y soy pode-• roso en el Señor. (Repítalo tres veces). “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”• (Romanos 8:31). Soy un hijo de Dios. Mi Padre me ha adoptado en su fa-• milia. Me ha sacado de la oscuridad a la luz de Su reino. El escudo protector de Dios está sobre mí, y Él provee para cada necesidad de mi vida. “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que• [me] falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19). Cada día, en todos los aspectos, por la gracia de Dios, es-• toy mejorando más y más a través de una actitud positiva, palabras dichas en fe y acciones disciplinadas.
  32. 32. Afirmaciones diarias 41 “• Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). Dios me ha perdonado, y yo también me perdono.• La unción del Santo habita dentro de mí. (Véase 1 Juan• 2:27). Mi generoso Padre me ha bendecido con vida abundante.• Estoy agradecido por ello, y disfruto dando de mi tiempo, talentos, dinero y amor a otros. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nues-• tros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). Dios me ama con un amor incondicional, así que yo le amo• con todo mi corazón, alma y mente. Soy libre para amar- me, y esto me permite amar a mi prójimo. “Y• [nosotros] le [hemos] vencido [a Satanás] por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio [nues- tro], y [menospreciamos nuestras] vidas hasta la muerte” (Apocalipsis 12:11). Le pertenezco a Jesús, así que soy amigable, fuerte, feliz y• victorioso. Todo está bien. “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!”• (Filipenses 4:4). Dios me ha dado un cuerpo fuerte y un buen cerebro, y me• ha llenado con Su Espíritu Santo, lo cual me hace tener ta- lento, dones, persistencia y poder trabajar duro. Alcanzaré mis metas. “Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizar-• me?” (Salmos 27:1).
  33. 33. 42 Palabras Que Mueven Montañas Dios me ama, así que yo le amo, creo en Él y confío mi vida• a su cuidado. ¡Le serviré fielmente! “• [Deposito] en él toda ansiedad, porque él cuida de [mí]” (1 Pedro 5:7, nvi). Me siento sano. Me siento feliz. ¡Me siento muy bien!• “Jehová es la fortaleza de mi vida” (Salmos 27:1). Dios es mi Padre amoroso. Él me ha dado un Salvador, Su• Espíritu Santo, un cuerpo sano, una mente cuerda, abun- dancia material, un mundo hermoso y muchos amigos. ¡Estoy agradecido! ¡Estoy agradecido! ¡Estoy agradecido!
  34. 34. 43 U na afirmación es una confesión de fe; es el corazón cantando su himno de la libertad. “Dios es mi justicia”. ¿Quién es mi justicia? Romanos 3:26 dice: “a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús”. Cristo Jesús mismo es justo, y es la justicia de todo aquel que cree. Esta es la realidad del sueño de Dios para la humanidad. Si Dios es mi justicia, ¿quién me puede condenar? ¿Quién puede ponerme bajo condenación? ¿Quién puede robarme mi comunión? (Véase Romanos 8:34–37). Dios ha declarado: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1). “Estoy en Cristo Jesús”. Jesús fue hecho justicia para nosotros. Si Jesús fue hecho mi justicia, estoy tan fortalecido, tan rodeado y tan protegido, que ningún ser en el universo puede decir nada contra mí, porque Dios me ha declarado justo. 6 por E. W. Kenyon Mis afirmaciones espirituales
  35. 35. 44 Palabras Que Mueven Montañas Pero Él no se detuvo ahí; 2 Corintios 5:21 dice que Dios “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado…” Dios hizo que Jesús fuera pecado. ¿Por qué? “…para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Así que, por el nuevo nacimiento, ahora soy la justicia de Dios en Él. Me glorío. Alzo mi bandera. Aquí levanto mi Ebenezer. (Véase 1 Samuel 7:12). Aquí me siento en presencia de mis enemigos y como sin temor. (Véase Salmoss 23:5). Aquí me planto, alzo mi bandera y canto mis canciones de alabanza. Ese viejo complejo de inferioridad se va; el anterior sen- timiento de indignidad ha sido tragado por la dignidad de mi Señor. El viejo sentimiento de debilidad ha desaparecido, y estoy completo en toda Su plenitud. “He sido resucitado con Cristo”. Esto significa que cuando Cristo fue resucitado de la muerte, yo fui resucitado con Él. Cuando Cristo fue justifi- cado, yo fui justificado. Cuando Cristo nació de nuevo, yo nací de nuevo. Cuando Cristo fue sanado de mis enfermedades, las cuales fueron puestas sobre Él, yo fui sanado con Su sanidad. Cuando Él fue fortalecido tras haber llevado mis debilidades, yo fui for- talecido con Su fuerza. Su justicia es mía; Su sanidad es mía. Su redención, Su vida y Su resurrección son todas mías. Yo soy resucitado jun- tamente con Él. “Reinaré con Jesús”. ¡Pero escucha! Efesios 2:6 dice: “asimismo nos hizo sentar [reinar] en los lugares celestiales con Cristo Jesús”. ¿Qué significa
  36. 36. Mis afirmaciones espirituales 45 esto? Él está sentado en el lugar más alto de autoridad y en el lugar de honor más alto del universo. Yo estoy sentado con Él. Mi voz cada vez es más baja; mi corazón retrocede asom- brado y maravillado. Puedo entender cómo puedo vencer al diablo. Puedo entender cómo convertirme en la justicia de Dios en Él. Puedo entender un amor así, pero cuando Él dice que estoy sentado con Él, no me atrevo a susurrar igualdad, aunque eso es lo que significa. No puedo entender ese tipo de gracia. Yo era un pecador, un hijo de Satanás. Yo era pecado; era injusto. Era todo eso y más. Ahora soy la justicia de Dios en Él. Estoy unido a Él, soy parte de Él. Mi cuerpo es un miembro de Su cuerpo. Mi vida está escondida con Cristo en Dios (véase Colosenses 3:3); es- toy sentado con Él. Soy uno con Él en el trono. Oh Satanás, ¿dónde está tu victoria? Oh muerte, ¿dón- de está tu espantoso y estridente temor? (Véase 1 Corintios 15:54–56). Mi Señor, en Su lugar, descendió y me llevó a Su lado en el trono. Yo reino con Cristo. Todas las cosas han sido puestas bajo Sus pies, y bajo mis pies. Él es cabeza sobre todas las cosas, y yo estoy en Él. Como la novia es para el esposo, así la iglesia es para Cristo. (Véase Efesios 5:25–27). ¡Oh, novio mío! ¡Oh, Señor de mi vida! Por la fe, me libero de la esclavitud del viejo temor y estoy completo en Él, mi Señor. (Véase Colosenses 2:10). “Soy como Cristo en este mundo”. “Como él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17). Subo bordeando este versículo como lo haría en una gran
  37. 37. 46 Palabras Que Mueven Montañas montaña, miro al cielo azul donde atraviesa incluso hasta el trono de Dios, y susurro a través de unos labios que apenas pueden articular: “Señor, ¿lo dices en serio? Como Tú eres, ¿así somos nosotros en este mundo? Tú eres santo”. “Pero tú eres santo con Mi santidad”. “Tú eres el Hijo de Dios”. “Pero ustedes son los hijos de Dios. ¿Acaso no les ha honrado el Padre? ¿Acaso no ha dado testimonio el Espíritu del Padre en sus espíritus de que son hijos de Dios? (Véase Romanos 8:16). Sube y siéntate a la mesa con los hijos de Dios”. Deja de vivir una vida de siervo; sal de ahí, y entra en los privilegios que tienes por ser hijo, y ocupa el lugar que el hijo tiene en el corazón amoroso del Padre. Siéntate a la mesa y celebra con Él. “Soy un vencedor en este mundo”. ¿Vencedores? Oh, “somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:37). El corazón apenas se atreve a viajar en esta atmósfera; es algo nuevo, completamen- te extraordinario. Como Él está cercano al corazón del Padre, como Él está en los consejos del Padre, como Él está en la confianza del Padre, como Él disfruta del amor del Padre, así también no- sotros lo hacemos aquí. Nosotros no lo sabíamos. Nos lo dijeron desde el púlpito, y nos dijeron en los bancos que éramos pobres, débiles, in- dignos, incapaces e inmundos. No nos atrevíamos a levantar nuestro rostro o ni tan siquiera nuestros ojos para mirar a las codiciadas cosas y los codiciados tesoros de los que son hijos.
  38. 38. Mis afirmaciones espirituales 47 Ahora, de un solo golpe, Dios ha barrido las falsas ideas, los temores de los clérigos, y los credos. Estamos completos en Él en la plenitud de Su maravillosa gracia, hijos e hijas de Dios libres para siempre de la debilidad, del temor y del fracaso. “Ahora nadie puede condenarme”. Estamos completos. Vuelvo a leer: “Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará?” (Romanos 8:33–34). Oigo condenación en cada lado. Oigo las discordantes notas del temor. Oigo las querellas, los escándalos y las recri- minaciones al caer de unos labios amargados, pero Él susurra en las profundidades de mi corazón: “¿Quién es el que conde- na al que yo he justificado?”. Mi corazón canta su solo hasta que finalmente alcanza el gran coro de los redimidos. Me convierto en un miembro de ese coro redimido, y canto mi parte en el oratorio de gracia y amor y alabo a mi Padre, que me ha declarado justo en medio de todos mis enemigos.
  39. 39. 49 7 U na vez dudé de la eficacia de las afirmaciones, pero cuando leí en los primeros cinco libros de Moisés la expresión “Yo soy Jehová” que se repetía más de ciento veinticinco veces, entonces comprendí el valor de afir- mar, reiterar y confesar la plenitud de Jesucristo y de Su obra terminada en presencia de mis debilidades; en presencia de mis enemigos; en presencia del infierno. Sugeriría que el lector afirmara constantemente a su propia alma los grandes e increíbles hechos de la redención. Puede que no signifiquen mucho la primera vez que los repi- tas, pero reafírmalos constantemente. Enseguida, el Espíritu los iluminará, y tu alma será inundada de luz y gozo. Cada vez que yo repito lo que Dios ha dicho sobre la igle- sia, sobre Sí mismo, y sobre mí como individuo, estas verda- des tocan el fondo de mi interior con fuerza, gozo y victoria. Hace muy poco que he visto con claridad el infinito va- lor de afirmar continuamente no sólo a nuestro hombre inte- rior—nuestrapropiaalmayespíritu—sinotambiénalmundo. Nuestras vidas espirituales dependen de nuestra constante por E. W. Kenyon El poder de las afirmaciones
  40. 40. 50 Palabras Que Mueven Montañas afirmación de lo que Dios ha declarado, lo que Dios es en Cristo, y lo que nosotros somos ante el Padre en Cristo. Lo que hizo al metodismo ser tan poderoso en sus co- mienzos fue una confesión continua de las cosas que creía John Wesley. Cuando dejaron de afirmar, la fe dejó de crecer, y creer o actuar en base a la Palabra se convirtió en algo cada vez más difícil. Mantén tu testimonio Me acuerdo cuando no me atrevía a confesar lo que Dios dice que soy, y mi fe se hundía hasta el nivel de mi confesión. Si no me atrevía a decir que era la justicia de Dios, Satanás se aprovechaba de mi confesión. Si no me atrevía a decir que mi cuerpo estaba perfecta- mente bien y que Satanás no tenía ningún dominio sobre él, la enfermedad y el dolor seguían a mi negación. Desde que he aprendido a conocer a Cristo y a conocer Su capacidad redentora, así como a conocer nuestra capaci- dad en Cristo, he sido capaz de mantener un testimonio, una confesión de la plenitud de la obra terminada de Cristo, de la total realidad del nuevo nacimiento. El texto de El poder de las afirmaciones está extraido de “Dare You Confess That You Are What God Says You Are?” Kenyon’s Herald of Life, julio de 1941, p. 2; “The Potency of Affirming What God Says,” Living Messages, febrero 1930, p. 30; y “Confession,” Living Messages, abril 1930, p. 45, como aparece en E. W. Kenyon and His Message of Faith: The True Story by Joe McIntyre (Lake Mary, FL: Charisma House, 1997), pp. 260–262.
  41. 41. 51 L a confesión, o el testimonio, ocupan un lugar de ma- yor prominencia en el teatro de la redención del que la iglesia les ha otorgado. Cuando la Palabra nos dice que “retengamos nuestra profesión” (Hebreos 4:14), significa que tenemos que retener el testimonio de lo que Él ha hecho por nosotros: lo que ha hecho en el pasado y lo que está ha- ciendo ahora en nosotros. Si el Señor te sana, debes contarlo; si el Señor sana tu es- píritu, debes contarlo. Ve a casa y cuenta las cosas maravillo- sas que ha realizado el Señor. Si temes contarlo, perderás la bendición que te pertenece. Si los hombres pueden asustarte para que no des tu testimonio, en breve no tendrás ningún testimonio que dar. La confesión pública (dar tu testimo- nio) y la fe están íntimamente relacionadas, de manera que si pierdes tu testimonio, tu fe muere inmediatamente. Cuando guardas tu testimonio claro dándolo en tu espíritu constan- temente, tu fe crecerá a saltos. 8 por E. W. Kenyon El corazón que cree y la boca que confiesa
  42. 42. 52 Palabras Que Mueven Montañas Valentía en el testimonio Muchas veces nos sentamos en reuniones de oración y oí- mos a personas dar lo que llamamos un testimonio cuando no están dando testimonio de Cristo. Están dando testimonio de sus propias dudas y temores, o quizá de sus propias fantasías o aficiones, en lugar de dar testimonio del poder salvador de la obra de Cristo y del gozo que tienen en la comunión y la amis- tad con el Padre a través del Espíritu. Sólo unas palabras en relación con dar testimonio (la palabra testificar nos da una idea). Estamos en el banco de los testigos y vamos a decir algo que glorificará a nuestro Señor; queremos ganar el caso para Él. Queremos que los no creyentes que escuchan le acepten como su Salvador, y deseamos que las palabras que hablamos animen a los cre- yentes más débiles para que se abandonen más plenamente a Su cuidado. No creo que debamos testificar porque es nuestra obliga- ción, sino que nuestro testimonio debería fluir de corazones llenos de un deseo de hacerlo porque Él ha sido bueno con nosotros. No deberíamos elogiarnos a nosotros, sino a Él, de quien damos testimonio. Recientemente estaba en una reunión en la que testifica- ron unos recién convertidos. Uno tras otro, subían con Biblias o Nuevos Testamentos en su mano y leían algún versículo apropiado en relación con el tema sobre el que el líder había hablado. Al dar sus testimonios o experiencias con respecto a esas palabras, dejaron una impresión muy inspiradora. El Señor tuvo la oportunidad de obrar a través de Su pro- pia Palabra, y los obreros dieron sus testimonios y experiencias
  43. 43. El corazón que cree y la boca que confiesa 53 y también proclamaron la Palabra que “no volverá a mí vacía” (Isaías 55:11). Desarrollando poder espiritual Sí,debemosdartestimoniodeÉlprimeroconnuestrasvi- das, pero debemos dar testimonio de Él también con nuestra boca, porque “con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10). También Jesús prometió: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10:32). Si quieres desarrollar el poder espiritual que está en ti, ha- bla lo que tengas que decir. Te hará mayor bien dar tu propio testimonio titubeando y a trozos que leer lo más florido que ningún hombre haya escrito jamás. La gente quiere oír testi- monios reales de hijos de Dios que están encendidos para Él. La gente dice de mí que soy tranquilo hasta que comienzo a hablar de mis amigos, y entonces dicen que tiendo a ser un poco entusiasta. Ten ese espíritu al hablar de tu Padre y tu Salvador, y nunca tendrás ningún problema a la hora de dar tu propio testimonio, uno que sea vivo y que tanto Dios como los hombres quieran escuchar. Dios quiere que demos testimonio en nuestra vida co- tidiana con los hombres, diciéndoles lo bueno y real que Él es para nosotros. Él desea que, a través de una simple confe- sión en reuniones de oración, digamos que somos cristianos. Él desea que hablemos bien de Él, y que le glorifiquemos en nuestro testimonio. El texto de El corazón que cree y la boca que confiesa está extraído de “Testifying or Witnessing,” Reality, diciembre 1904, pp. 44–45, como aparece en E. W. Kenyon and His Message of Faith: The True Story by Joe McIntyre (Lake Mary, FL: Charisma House, 1997), pp. 51, 246–247.
  44. 44. 55 9 H e puesto mis dedos en los oídos de cientos de per- sonas que estaban totalmente sordas. Muchos de ellos ni siquiera tenían tímpano. Poniendo mis de- dos en esos oídos, he declarado las palabras: “En el nombre de Jesús, ordeno al espíritu de sordera que se vaya de estos oídos. En el nombre poderoso de Jesús, ordeno que la audición sea fuerte y normal”. Los resultados han sido milagrosos. La mayoría de las personas han sido sanadas completamente, ¡pudiendo oír in- cluso el susurro más bajo o el tictac de un reloj de pulsera! ¡Me desborda cuando considero la maravilla de esto! Sólo al hablar palabras de autoridad, en el nombre de Jesús, pue- den ocurrir milagros de regeneración. La sustancia física se crea en un momento, mientras se declaran las palabras. Esto no debería ser para nosotros algo tan extraño como parece, porque fue por Sus palabras que Dios creó el mun- do. Es por Su Palabra que somos recreados en Cristo Jesús. Así que nosotros mismos somos productos de Su Palabra, los productos de la propia, maravillosa y omnipotente Palabra por Don Gossett El poder de las palabras pronunciadas
  45. 45. 56 Palabras Que Mueven Montañas de Dios. Ahora bien, cuando hablamos Sus palabras, sim- plemente estamos actuando en la autoridad que Dios nos ha dado. Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. (Marcos 11:23) La Palabra de Dios nos enseña: “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” (Hebreos 10:23). Al mantener la profesión de la Palabra, tenemos que “in- sistir con firmeza” (Tito 3:8) en estas cosas que Dios nos ha revelado. ¿Pero qué es la confesión? ¿Es simplemente cuando ad- mitimos que hemos hecho algo mal? En la Biblia, un sentido de la palabra confesión es decir o afirmar lo que Dios ha dicho en Su Palabra sobre algo. Es estar de acuerdo con Dios. Es decir lo mismo que dicen las Escrituras. Mantener la profe- sión es decir una y otra vez lo que Dios ha dicho hasta que lo que deseamos en nuestro corazón y esté prometido en la Palabra se manifieste del todo. No existe la posesión sin la confesión. Cuando descubrimos los derechos que tenemos en Cristo, que se nos dan a través de toda la Biblia, tenemos que afirmarlos constantemente, testificar de ellos y ser testigos de esos hechos tremendos de la Biblia. El apóstol Pablo dijo: Para que la participación de tu fe sea eficaz en el cono- cimiento de todo el bien que está en vosotros por Cristo Jesús. (Filemón 1:6)
  46. 46. El poder de las palabras pronunciadas 57 Por tanto, nuestra fe será efectiva sólo cuando confese- mos con nuestra boca todas las cosas buenas que son nuestras porque le pertenecemos a Jesús. En el libro de los Salmos dice: “Díganlo los redimidos de Jehová” (Salmos 107:2), y nuevamente: “Y digan siempre los que aman tu salvación: Engrandecido sea Dios” (Salmos 70:4). Sabemos que en Jesucristo hemos recibido salvación, no sólo para nuestras almas, sino también para nuestros cuer- pos, en nuestra salud, nuestras finanzas, nuestra paz mental, y nuestra libertad de la esclavitud y el temor. Hay cientos de afirmaciones poderosas para hacer constantemente mientras hablamos el lenguaje de la Escritura. Por ejemplo: Dios es quien Él dice que es. Yo soy quien Dios dice que soy. Dios puede hacer lo que Él dice que puede hacer. Yo puedo hacer lo que Dios dice que puedo hacer. Dios tiene lo que Él dice que tiene. Yo tengo lo que Dios dice que tengo. Las afirmaciones de estas verdades deberían salir de nues- tros labios continuamente. Se nos dice que las mantengamos sin vacilar. El castigo por vacilar en nuestra confesión es que nos denegamos a nosotros mismos las promesas de Dios y el desarrollo de las mismas. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. (Santiago 1:6–7)
  47. 47. 58 Palabras Que Mueven Montañas Al cristianismo se la llama la Gran Confesión. Todas las cosas en Cristo—salvación, sanidad y liberación—dependen de nuestra confesión del señorío de Jesús con nuestros labios. Pablo le dijo a Timoteo: “habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos” (1 Timoteo 6:12).
  48. 48. 59 J esús quiere usar nuestros labios. Los nuestros son los úni- cos labios que tiene, y es Su Palabra en nuestros labios lo que cuenta. Él dijo: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros” (Juan 15:7). La Palabra habita en mis labios y en mi conversación. Predico Su Palabra. Su Palabra se hace poderosa y viva en los labios de Sus testigos. Juan 14:13 dice: “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo”. Yo vi ese versículo en los labios de Pedro en Hechos 3:6, cuando le dijo al hombre cojo: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. Las palabras de Jesús se hicieron sanidad y ayuda para ese hombre. Vi la Palabra en los labios de Pablo en Hechos 16:18, cuando le dijo a la niña poseída por un demonio: “Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella”. Y la niña fue sanada. En nuestro ministerio en Seattle, la Palabra de Dios en mis labios ha llevado sanidad a cientos de personas. Cánceres 10 por E. W. Kenyon La Palabra en nuestros labios
  49. 49. 60 Palabras Que Mueven Montañas fueron sanados tras cuatro años de actividad. Corazones des- animados y rotos fueron fortalecidos y llenos de gozo. Miles han sido salvos. Este ministerio ha sido la Palabra de Dios en los labios de hombres y mujeres. Es Jesús usando nuestros labios. Apocalipsis 12:11 dice: “Y ellos le han vencido [a Satanás] por…la palabra del testimonio de ellos”. La “palabra” es logos. Vencieron a Satanás por el “logos” que había en su testimo- nio. Tú vences hoy al diablo por el “logos” de tu testimonio, que es Jesús hablando a través de tus labios. Cuando veo las maravillas que se pueden hacer con las palabras, siento decirles a mis labios: “Nunca tienen que decir otra cosa que no sea bendición y ayuda”. Es cuando la creencia se traduce en lenguaje cuando se hace realidad. Lo que pienso es bueno, pero lo que digo es poderoso. Nuestras palabras deberían ser palabras llenas de Dios, llenas de logos. Nuestras palabras se convierten en las pala- bras de Dios, y Sus palabras se convierten en nuestras pala- bras, hasta que la vida que hay en Su Palabra se convierta en algo vivo en nuestras palabras, hasta que el poder y la virtud sanadora de Sus palabras se conviertan en realidad en nues- tras palabras. Es Dios, viviendo en mí, hablando a través de mis labios, bendiciendo y salvando a los hombres.
  50. 50. 61 L os delincuentes no son delincuentes por accidente. Sus propios pensamientos los llevan a hacer el mal. Llevan pensando en el delito durante tanto tiempo, que pierden el sentimiento de su maldad. Cada acto de maldad es el producto de una secuencia de pensamiento erróneo. Puede que un hombre tarde años en convertirse en un asesino, pero puede hacerlo. Es soñar con hacer algo que, en un principio, impacta y horroriza, pero después se convierte en un compañero familiar lo que hace a un criminal. Lo mismo ocurre en cada área de la vida. Un gran músi- co tiene que vivir en una esfera mental de música para poder producirla. El artista debe vivir en la esfera de las grandes pinturas y retratos. Al principio, sueña con su cuadro; lue- go, lo pinta en su imaginación. Un gran arquitecto construye mentalmente su puente años antes de tan siquiera recibir un encargo. Un gran novelista primero es un soñador que luego pone su sueño sobre el papel. Nos convertimos en aquello en lo que intencionadamente pensamos que somos. 11 por E. W. Kenyon El poder del pensamiento y la confesión
  51. 51. 62 Palabras Que Mueven Montañas El amor es, en gran parte, la obra del espíritu a través de la imaginación. Un hombre ama a una mujer y sueña con ella hasta que se convierte en una parte de sus sueños. Después, es duro vivir sin ella. Tú sueñas con la riqueza hasta que, des- pués de un tiempo, tu entorno se convierte en algo desagra- dable para ti, e intentas hacer casi cualquier cosa que te dé aquello con lo que has estado soñando. Es un imperativo, si deseas ascender a la esfera llamada éxito, que recuerdes dominar tus sueños. Debes gobernar ab- solutamente tus sueños. Debes poner tu maquinaria para so- ñar a funcionar en el tejido adecuado. Si tu imaginación tiene que tejer, hazla tejer un tipo de ropa que sea vendible. De tus sueños saldrá la personalidad magistral, o la per- sonalidad débil y vacilante. Si quieres ser uno de los grandes hombres o mujeres del futuro, puedes hacerlo. Tu carrera será moldeada por las cosas con que sueñas. Alguien va a ser el gran músico, el gran hombre de estado, el gran abogado, el gran doctor o el gran arquitecto del futuro. ¿Por qué no puedes ser tú? Casi todos los hombres y mujeres verdaderamente gran- des se labraron su futuro a partir de sus sueños, aun cuando estaban rodeados de pobreza y adversidad. Este es el poder de tu confesión.
  52. 52. 63 E l testimonio personal de Pablo me emociona: “Porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12). Como ves, eso pone un sentimiento de dominio en el es- píritu del hombre donde la razón no puede llegar, porque el camino es oscuro. El espíritu tiene una luz interna, y esa luz interna está brillando sobre la Palabra que no le puede fallar. Recuerda lo que dijo Jesús: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:23). Eso no significa que Él vaya a vivir sólo en tu casa, sino que va a vivir en tu corazón. El Padre y Jesús son tus promotores, tus proveedores y tus patrocinadores. Jesús fue hecho para mí sabiduría de Dios. (Véase 1 Corintios 1:30). Tengo más sabiduría que cualquiera de mis enemigos, y tengo más capacidad. Eso me ocurrió cuando recibí en mi espíritu Su naturaleza y Su vida. Ahora estoy dejando que esa naturaleza me domine. 12 por E. W. Kenyon El poder del Espíritu de Cristo
  53. 53. 64 Palabras Que Mueven Montañas Tengo un amor que me hace ser un amo y un conquis- tador. Su propia naturaleza de amor me ha levantado de los celos amargos y del egoísmo. Me ha dado un nuevo ser: Su ser; una nueva naturaleza: Su naturaleza; y nuevas capacida- des: Sus propias capacidades. Éstas me han absorbido, y me dominan en Cristo. Unhombreprimeroesgolpeadoensuespíritu,yluegosus facultades racionales se llenan de temor. Es como un ejército que ha perdido a sus oficiales. El pánico les atrapa. Cuando ese hombre interior, el espíritu interior, está en unión con Dios, las facultades racionales puede que pierdan su equilibrio y se llenen de pánico, pero el espíritu sigue dominando. Aunque estemos llenos de temor por fuera, hay un valor interno que nos lleva a la victoria. Cuántos soldados me han dicho: “Sí, te- nía miedo; estaba aterrorizado, y a la vez había en mi espíritu un sentimiento de victoria, y eso era cierto”. Por tanto, en todas estas cosas, somos más que vence- dores. (Véase Romanos 8:37). Puede que veamos a hombres derrotados y caídos a nuestro alrededor, pero no podemos ser vencidos. Vuelve a decirlo una y otra vez: “Yo no puedo ser vencido porque Dios está en mí, y nada puede vencer a Dios”.
  54. 54. 65 J ohnny Lake era un cristiano comprometido de quince años de edad que vivía en una ciudad en la parte norte de British Columbia. No muy lejos de Johnny, vivía el Dr. Riley, que había inmigrado a Canadá desde Irlanda. Era ateo y había sufrido a consecuencia del reúma en una cade- ra durante años, pero en el área tenía fama de ser un buen doctor. El Dr. Riley le agarró cariño al joven Johnny Lake, y a menudo se llevaba a Johnny con él a las visitas a domicilio. Una noche, estaban en casa de la familia Owens, donde la pequeña de siete años Cathy Owens yacía aquejada de una pulmonía doble. El Dr. Riley escuchó a la niña jadear en casi cada respiración, y luego cerró su bolsa negra. Dirigiéndose a los padres de Cathy, el Dr. Riley anunció tristemente: “Lo siento, pero Cathy no pasará de esta noche. Debo marcharme ahora para atender a otras llamadas, pero regresaré después. Entretanto, dejaré a Johnny aquí sentado al lado de Cathy”. 13 por Don Gossett “Oh señor, ¿no es Dios maravilloso?”
  55. 55. 66 Palabras Que Mueven Montañas Cuando el Dr. Riley salió de la casa, Johnny se puso de rodillas para poder susurrarle a Cathy al oído: “Dios te ama, Cathy, y Dios te va a sanar”. Johnny susurraba: “Respira, Cathy, respira; oh Dios, ayuda a Cathy a respirar”. Johnny continuó: “Cathy, pronto será primavera. Saldremos a la hierba, y agarraremos remolinos y margaritas. Respira Cathy, respira; oh Dios, ayuda a Cathy a respirar. “Después, Cathy, iremos a ver los agujeros de las ardillas, y quizá veremos a un hada de las ardillas. Respira Cathy, res- pira; ¡oh Dios, ayuda a Cathy a respirar! “Luego, Cathy, iremos al puente y veremos los pececillos en el río mientras cruzan los vagones. Respira Cathy, ¡respira! Gracias Dios, ¡porque estás ayudando a Cathy a respirar!”. Pasaron unas dos horas antes de que el Dr. Riley regresa- ra a casa de los Owens. En ese momento, Johnny ya no estaba hablando con susurros, sino con vigor y emoción. “¿Cuánto tiempo han estado así?”, preguntó el Dr. Riley a los padres de Cathy. “Desde que se fue, doctor”, respondieron. “Había veces en que pensamos que Cathy estaba dando su último suspiro, pero ahora parece que está mejor”. El Dr. Riley sacó su estetoscopio, se inclinó y examinó a Cathy. No dijo ni una palabra, pero una lenta sonrisa cruzó su rostro. Johnny saltó y exclamó: “Dios ha sanado a Cathy! Oh señor, ¿no es Dios maravilloso?” El Dr. Riley respondió lentamente mientras se levanta- ba para recuperar su posición de a pie, y poniendo su mano sobre su propia cadera afectada, clamó al nombre de Aquel a quien había odiado durante tanto tiempo, “Sí, Johnny, ¡Dios es maravilloso!”.
  56. 56. “Oh señor, ¿no es Dios maravilloso?” 67 En ese mismo momento, el severo dolor desapareció de la cadera del Dr. Riley. Cathy Owens fue sanada milagrosamente de doble neu- monía, el Dr. Riley fue totalmente sanado de su cadera reu- mática, y lo mejor de todo, el Dr. Riley se convirtió en un profundo creyente en el Cristo vivo como su Salvador y Señor, todo por el poder de las palabras declaradas en fe. Proverbios 18:21 dice: “La muerte y la vida están en poder de la lengua”. Otra traducción de la Biblia en inglés dice así: Las palabras matan, las palabras dan vida; o bien son veneno, o son frutos—usted escoge. Johnny Lake declaró palabras de vida y fe, palabras de sa- nidad y bendición. Cuando el Dr. Riley rompió con toda una vida de rebelión alabando a Dios, él también declaró palabras de sanidad, sanidad para su cadera reumática. Su reconoci- miento de Jesús como Señor de su vida le trajo salvación. Di en este momento: “La muerte y la vida están en el po- der de mi lengua”. Dios preguntó: “¿[Cómo] andarán dos juntos, si no estuvie- ren de acuerdo?” (Amós 3:3). Tus palabras o bien producen vida, o muerte, porque cuando escoges estar de acuerdo con Dios declarando Su Palabra, Él camina contigo en cada área de tu vida. Jesús es Señor de nuestras afirmaciones. Él es el Autor y Consumador de nuestra fe. (Véase Hebreos 12:2). Él es el Sumo Sacerdote de nuestra confesión. (Véase Hebreos 3:1).
  57. 57. Parte II: El poder en tus palabras
  58. 58. 71 14 L as palabras nunca mienten. Viven para bendecir o para maldecir. A menudo vuelven a nosotros en forma de bendición o con juicio. ¡Deberíamos darnos cuenta del valor eterno de las palabras! Las palabras del apóstol Pablo son para nosotros a veces como una llama que quema, y otras como ungüento sanador que calma las heridas y lleva el corazón a una comunión con el cielo. Las palabras que Jesús habló aún están verdes y frescas, dando esperanza, y gozo, y victoria a las multitudes. La na- rración de las cosas que hizo aún nos emociona. “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida”, dijo el Maestro (Juan 6:63). Ahora, quiero que veas el efecto de tus palabras sobre ti mismo. Tus palabras pueden traer desánimo y derrota a tu vida. Yo pregunto: “¿Cómo te van las cosas?”. Tú respondes: “Todo ha salido mal. Es como si el fondo de la caja se hubiera por E. W. Kenyon El valor de las palabras
  59. 59. 72 Palabras Que Mueven Montañas roto en todas las cosas. No sé qué pasa, pero parece que no soy capaz de terminar nada”. Eso es una confesión. ¿Cuál es su impacto sobre ti? Instantáneamente te llenas de autocompasión y un senti- miento de derrota. Te quedas sin poder, sin iniciativa y sin la capacidad de recoger los platos rotos y volverlos a unir en victoria. Te ves incapaz de hacerlo. ¿Por qué? Tu confesión te ha desconcertado y hundido. Lo mismo ocurre cuando tienes problemas con tu cónyu- ge o con otra persona, y hablas de ellos una y otra vez. Cada vez que lo haces, lloras y pasas por una profunda agonía. Si no lo hubieras confesado, hubieras sido mucho más fuerte. Tus palabras pueden ser como el veneno para tu propio sistema. Tus palabras a veces son mortales. Cuando dices: “No creo que me vaya a recuperar nunca de esto”, estás be- biendo veneno. No hay antídoto para ello excepto que rompas el poder de ese tipo de confesión, que comiences a hablar las palabras correctas y que hagas una buena confesión. Si piensas y hablas fracaso, descenderás a ese nivel. Tus palabras crearán una atmósfera que te dañará y partirá. Hay tres clases de palabras. La primera son las palabras neutrales, sin color, vacías y sin alma. Estas constituyen la con- versación en general de la mayoría de la gente. Son sólo pala- bras vacías en monotono. Algunas veces oyes a un predicador hablar en monotono; no hay color, ni alma, ni poder y no hay vida en sus palabras, tan sólo sonidos lanzados al aire. La segunda clase de palabras comprende palabras de construcción, palabras que edifican fortaleza, palabras de sanidad y palabras de inspiración. Estas son palabras emo- cionantes, poderosas y dominantes, y están preñadas de es- peranza, amor y victoria.
  60. 60. El valor de las palabras 73 La tercera clase está compuesta de palabras destructivas llenas de odio y escándalo, celos y virus mortales. Vienen de un corazón lleno de amargura y son enviadas para herir, arruinar y maldecir. ¡Qué lugar tan tremendo ocupan nuestras palabras! Con esto puedes ver lo que puedes hacer con las palabras: puedes cambiar vidas, puedes bendecir, edificar y animar a otros, y puedes dirigir a los hombres a logros magistrales.
  61. 61. 75 15 L as palabras vacías no tienen mayor interés que los nidos delospájarosdelañopasado.Cuandollenamosnuestras palabras de nosotros mismos y somos honestos, nues- tras palabras serán honestas. Otros llegan a confiar en ellas. Conozco a un joven cuyas palabras están llenas de amor y desinterés y un deseo de ayudar a la gente. Siempre que habla en compañía de otros, éstos le escuchan. En ningún otro lugar las palabras tienen un efecto tan dramático como en un mensaje de radio. El ministro que ha- bla en antena con una voz muerta y fría obtendrá una res- puesta muerta y fría. No importa lo hermosos que sean sus pensamientos o lo bien que los vista, si las palabras no están llenas de amor y de fe, no vivirán. La fe se construye con las palabras. Las obras tienen su lugar, pero las obras son los hijos de las palabras, en una gran medida. Tú hablas, y yo veo tu acción. Es tu mensaje lo que capta mi atención. por E. W. Kenyon Pon lo mejor de ti en tus palabras
  62. 62. 76 Palabras Que Mueven Montañas Tus obras tienen su lugar, y te damos el crédito por ellas, pero son tus palabras las que nos encienden. Puedes llenar tus palabras con lo que desees. Puedes lle- narlas con temor hasta que el aire alrededor vibre de duda e inquietud. Puedes llenar tus palabras con gérmenes de temor, y me infectarás con temor de enfermedad y desastre. Tus palabras pueden llenarse de signos de interrogación, con una sensa- ción de carencia, con hambre y querencia. O puedes venir a mí con tus palabras llenas de fe. Tus palabras de fe me remueven en lo más hondo, y me pregunto por qué dudé. Tus palabras me envuelven. Tus palabras son como la luz del sol, como entrar a una habitación cálida cuando fuera hay una atmósfera fría y escarchada. Tus palabras recogen mi es- píritu caído y quebrado y lo llenan de confianza para salir y volver a luchar. Son palabras de fe, palabras maravillosas. La razón por la cual las palabras de Jesús tenían una in- fluencia tan grande era que eran palabras de fe. Cuando Él le dijo al mar: “Calla, enmudece” (Marcos 4:39), el mar se calmó, y los vientos silenciaron su ruido para oír las palabras de fe de los labios del Hombre. Los sordos pudieron oír sus palabras de fe. Los cojos y quebrantados pudieron levantarse y caminar y correr por Sus palabras de fe. Había algo en Sus palabras que quitaba la en- fermedad, y el dolor del cuerpo, y el temor del corazón. Puedo oír a Juan el discípulo diciendo: “Yo usé exacta- mente las mismas palabras y ese niño no se sanó. Ahora el Maestro toma las palabras de mis labios y las llena de algo, y al oírlas, el niño se sanó”.
  63. 63. Pon lo mejor de ti en tus palabras 77 ¿Qué puso Jesús en Sus palabras para tener ese poder sa- nador? Él no sólo habló las palabras como un fonógrafo, sino que puso una fe viva, interés y amor en Sus palabras, y, por tanto, Él obtuvo resultados. El texto de Pon lo mejor de ti en tus palabras está tomado de Signposts on the Road to Success por E. W. Kenyon (Kenyon’s Gospel Publishing Society, 1999), pp. 59–61.
  64. 64. 79 16 S i nos diéramos cuenta del poder que hay en nuestras palabras, nuestras vidas serían muy distintas. Se dice: “La pluma es más poderosa que la espada”. ¡Las pa- labras de nuestra pluma y de nuestra boca son mucho más poderosas cuando nuestras palabras son la Palabra de Dios! Dios declara: “El que sacrifica alabanza me honrará; Y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios” (Salmos 50:23). Consideremos las palabras que usamos en nuestras con- versaciones, y escojamos palabras que obren milagros. Palabras de confesión de la Palabra de Dios Laconfesiónsiempreprecedealaposesión.Atréveteadecir exactamente lo que Dios dice en Su Palabra. Ponte de acuerdo con Dios hablando Su Palabra en todas las circunstancias. Cuando ordenamos correctamente nuestras palabras, Dios manifiesta los beneficios de Su gran salvación. “Con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10). por Don Gossett Ordenar correctamente nuestras conversaciones
  65. 65. 80 Palabras Que Mueven Montañas Recuerda que cuando confesamos para salvación, incluye sanidad, liberación y todo tipo de bendición espiritual y física provista para nosotros en la expiación de Cristo. Palabras de alabanza “Bendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca” (Salmos 34:1). Decídete a ser un “alaba- dor” valiente. Como alabador, alaba a Dios, no tanto por los dones que de Él has recibido, sino para magnificar al maravi- lloso Dador por quién es Él. Palabras de edificación y gracia Decide ordenar tus conversaciones correctamente: Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. (Efesios 4:29) Palabras de salud Las palabras tienen un gran impacto sobre nuestra salud. Las personas esclavizadas por la enfermedad tienen tenden- cia a decir: “Me estoy resfriando”, o “Me estoy viniendo abajo con la gripe”, o “Hoy no me siento bien”. Por otro lado, las personas que caminan en salud divina proclaman: “Raramente me enfermo porque los gérmenes no pueden alcanzarme”, y “Me niego a caer enfermo”. Palabras llenas de fe El momento para hablar en fe es cuando tienes buena sa- lud y te sientes bien. No esperes a sentirte mal para comenzar
  66. 66. Ordenar correctamente nuestras conversaciones 81 a declarar palabras de salud y vitalidad sobre tu cuerpo. Estas son palabras que puedes declarar todos los días: Gracias, Señor Jesús, por ser mi Sanador. Cada ór- gano, músculo y fibra de mi cuerpo funciona como Tú lo planeaste. Mi juventud se renueva como la del águila. Mi vida ha sido redimida de la destrucción. Tengo energía para lograr lo que me has llamado a hacer. Las palabras de autoridad vencen el poder de Satanás Yelloslehanvencido[aSatanás]pormediodelasangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos. (Apocalipsis 12:11) Jesús ordenó: “Sobre los enfermos pondrán sus manos, y sa- narán” (Marcos 16:18). Tú pones las manos; ¡el Señor Jesús provee la sanidad! Enfatiza Sus seguras promesas, porque “son vida a los que las hallan, y medicina a todo su cuerpo” (Proverbios 4:22).
  67. 67. 83 17 L a iglesia siempre ha enseñado la conciencia de pecado en vez de la conciencia de la justicia. Nos han ense- ñado que somos débiles, pecadores e indignos, hasta el punto de que nuestras oraciones son: “Dios, oh Dios, ten misericordia de mi pobre alma”. Todo esto es anti-Cristo, y no lo sabíamos; es anti-reden- ción, y no nos dimos cuenta de que cuando un hombre se con- vierte en hijo de Dios, tiene la naturaleza de Dios, la misma vida de Dios, en él. Esa naturaleza y vida le dan una posición con el Padre. “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1). Y Pablo clamaba: “¿Quién acusa- rá a los escogidos de Dios?” (Romanos 8:33). Es Dios quien te ha declarado justo y justificado. Sin darnos cuenta, los predicadores hemos hecho un gran perjuicio a la causa de Cristo. Nuestros mejores sermones son los que ponen a los hombres y mujeres bajo condenación, los que les hacen correr al altar, implorando perdón, aunque por E. W. Kenyon El complejo de inferioridad
  68. 68. 84 Palabras Que Mueven Montañas hayan caminado con Dios durante años. En cambio, debería- mos haberles mostrado lo que son en Cristo. Les quitamos de sus verdaderos lugares en la familia de Dios y les colocamos entre los no regenerados. Usamos el mensaje de reprobación de Dios a Israel a través de los pro- fetas contra la iglesia en vez de levantar a la iglesia y mostrar a los creyentes lo que son en Cristo para que puedan conver- tirse en un cuerpo vencedor. Les atacamos con una amarga y fuerte crítica. Es como apalear a una oveja que ha estado en un de- sierto donde no había hierba; la apaleamos porque es po- bre, débil y enfermiza. Que los ministros abran la Palabra y alimenten a los creyentes con la comida del poderoso, y se harán fuertes. Hemos pensado que la confesión de nuestro pecado era una prueba de nuestra bondad, y por eso hemos confesado nuestros defectos y errores; cada uno de nuestros testimo- nios ha sido de nuestra falta, nuestras querencias y nuestra debilidad. Nunca hemos dicho: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que [me] falta” (Filipenses 4:19), ni “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13), ni “Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre” (Salmos 73:26), ni “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13). Si Dios no ha provisto algo por lo que podamos vivir sin condenación, entonces ha fallado en la redención. Si la reden- ción no nos saca del domino de Satanás y el nuevo nacimiento no quita la naturaleza del diablo de nosotros, entonces Dios ha fallado, y no es culpa nuestra.
  69. 69. El complejo de inferioridad 85 Pero Él dice: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Tenemos una nueva naturaleza, tenemos una nueva relación, somos los hijos de Dios; tene- mos un nuevo Padre, el Dios Padre. Estamos completos en Su plenitud, y estamos llenos de Su llenura; somos miembros de Su cuerpo mismo. Somos los hijos e hijas del Dios Todopoderoso. Hemos sido recreados por Él, a través de Su propia Palabra, y esta- mos en Su plenitud.
  70. 70. 87 18 H ay algunos que siempre dicen: “Es que yo no tengo fe. Soy un Tomás dubitativo. Soy pobre y débil”. ¿Cuál es el efecto de estas palabras sobre ti? Si eres dubitativo, dudarás más. Si eres débil, las palabras te han hecho más débil. Si no has hecho nada para Dios, ahora podrás hacer menos porque las palabras hacen que te sea más difícil ser algo diferente de lo que has dicho. Al final, nuestras palabras son parte de nosotros mismos; son nosotros mismos. Si tus palabras están llenas de amor, y paz, y fidelidad, han nacido de la vida de tu corazón. Si tus palabras están cargadas de malicia amarga y sarcasmo, es porque hay una tinaja dentro de ti que está llena de este tipo de material. Tú creas una condición mental con tus palabras. Tus pa- labras salen al aire para emocionar y dar punzadas a los cora- zones de los que escuchan. La vida está hecha principalmente de palabras. Amamos con palabras, declaramos la guerra con palabras, los divorcios por E. W. Kenyon Palabras de autodesaprobación
  71. 71. 88 Palabras Que Mueven Montañas se hacen con palabras, y los hijos se convierten en lo que las palabras les dicen. Cuando miro a un niño, puedo sentir las punzadas de las palabras que han penetrado en su conciencia antes de dejar su casa. Las palabras de ánimo y consuelo de su madre hacen al niño ser lo que es. Me aventuro a decir que las niñas y niños que se vienen abajo en la escuela por el estrés de estudiar y trabajar son el resultado de una mala atmósfera mental en sus hogares. Esas atmósferas son atmósferas de palabras. Tengamos cuidado con las palabras. Pongamos en ellas las cosas mejores y más grandes. Pongamos palabras ricas y grandes en las cartas y artículos que escribimos. Llenemos nuestras palabras de un amor maravilloso y fresco del cora- zón del Padre.
  72. 72. 89 E n 1979 el Señor de la cosecha me envió a la India. Ese fue el comienzo de un ministerio prolongado que ha dado como resultado cientos de miles de personas maravillosas que han recibido a Cristo como su Salvador per- sonal y le han confesado como Señor de sus vidas. La clave de este ministerio de milagros es el poder de la fe hablada. Los escritos ungidos del Dr. Kenyon me motivaron a enumerar doce afirmaciones en la solapa de mi Biblia. Antes de cada reunión, a la que asisten multitudes, confieso y creo estas verdades. Si tienes hambre de ser usado por el Señor en un ministerio eficaz, haz tuyas estas afirmaciones dinámicas. ¡Decláralas con confianza y serás enormemente bendecido! Al usar el nombre de Jesús conforme a la Palabra, en el po-• der del Espíritu, tengo el secreto que usaron los apóstoles para sacudir el mundo. Jesús dijo: “Tú te encargas de pedir y yo de hacer”. (Véase Juan 14:14). Si no oro o pido en Su nombre, no le doy la oportunidad de manifestar Su poder. Su nombre en mis labios es igual que si Jesús estuviera pre- sente y obrando. 19 por Don Gossett No vaciles en ser usado por Dios
  73. 73. 90 Palabras Que Mueven Montañas Si• retrocedo, Dios no se agrada de mí. (Véase Hebreos 10:38). Esta verdad me ha espoleado en muchos lugares difíciles. Dios puede actuar a través de mí. Dios ha pues- to Su poder en mis manos y dice: “Usa Mi nombre, Mi Palabra y Mi poder, según Mi voluntad”. Puede que piense que la necesidad es demasiado grande,• que la enfermedad es insuperable, y que mi fe es dema- siado pequeña, y puede que todo esto sea verdad, pero yo tengo confianza en el nombre de Jesús, no en mi propia fe. En el gran nombre, ordeno a la enfermedad que se vaya. Le digo: “En el nombre de Jesús, te ordeno que te vayas”. Satanás no se atreve a enfrentarse a un guerrero que está vestido con la justicia de Cristo y que conoce el poder de ese poderoso nombre. La integridad de Dios, Su omnipo- tencia y el ilimitado poder de Cristo respaldan mi orden y todas están a mi disposición. Uso el nombre de Jesús, aunque tiemble al hacerlo. No es• que yo sea grande, sino que Su nombre es grande. No ne- cesito sentir Su poder, lo conozco. Todo debe postrarse ante el nombre de Jesús que todo lo puede. Lo que la vara era en las manos de Moisés, así el nombre de Cristo es en mi boca. Moisés no era grande; el poder de Dios en la vara era lo grande. La única pregunta es:• ¿Entiendo lo que Dios quiere decir al dejarme usar Su nombre? Para poder usar el nombre de Jesús no se necesita una fe extraordinaria, porque Su nom- bre me pertenece. Él no ha puesto ninguna limitación en su uso. “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, ha- cedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Colosenses 3:17).
  74. 74. No vaciles en ser usado por Dios 91 Suelto el incomparable nombre de Jesús contra las huestes• del infierno, y huyen confundidas. Camino entre hombres como un hombre de Dios. El enemigo quizá sea terco y me resista, pero mi voluntad es firme. Voy a ganar, y literal- mente cargo contra el enemigo en ese nombre que todo lo puede. Me niego a abandonar mi confesión: que el nombre de Jesús es superior a todos los demás nombres o cosas. “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre…en los cielos, y en la tie- rra, y debajo de la tierra” (Filipenses 2:9–10). En este gran nombre, ordeno a la montaña que se vaya. Se irá. ¡Se tiene que ir! Dios me ha dado la moneda del reino invisible. Uso Su• nombre con un audaz abandono que es absolutamen- te emocionante. Vivo y camino en la esfera de lo sobre- natural. “Ese nombre no ha perdido nada del poder del Hombre que lo llevaba”1 . El Padre le entregó el nombre más alto del universo. Al echar demonios en Su nombre, me sorprendo de la ex-• traña reverencia que viene sobre mí cuando ejercito, con una simple orden, este maravilloso poder, al ser testigo de muchos resultados pasmosos. No puedo concebir cómo se puede hacer algún trabajo con éxito hoy día, o cómo podría estar en un lugar de victoria continua sobre los es- píritus de las tinieblas, sin el nombre de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. “Cuanto más rápido reconozca que el mismo aire que nos• rodea está lleno de fuerzas hostiles, que están intentan- do destruir nuestra comunión con el Padre y privarnos de nuestra efectividad en el servicio del Maestro, mejor será para mí”2 . Todo el poder está en el nombre del Cristo Jesús
  75. 75. 92 Palabras Que Mueven Montañas resucitado que está sentado a la diestra del Padre en las alturas. No puedo usar el nombre de Jesús con eficacia sin estar en• comunión con Dios. Es vitalmente importante que esté en total comunión en cada momento. Si pierdo mi iniciativa espiritual, pierdo algo que me hará pasar por los lugares difíciles. No puedo permitirme tener una actitud negativa hacia la• Palabra. Si lo hago, podría perder mi santa valentía, y mi corazón no dirá: “Todo lo puedo en Cristo que me fortale- ce” (Filipenses 4:13); y cuando mi iniciativa espiritual esté baja, no podré decir: “Mayor es Él que están en mí que las fuerzas que me rodean”. (Véase 1 Juan 4:4). Si mi corazón pierde su valentía e intrepidez al actuar según la Palabra, estaré en peligro. Tomaré mi lugar permanente y habitaré donde pueda dis-• frutar de la plenitud de Su maravilloso poder. Mi confe- sión debe estar en acuerdo total con la Palabra. Cuando he orado u ordenado en el nombre de Jesús, me aferro a mi confesión. Es fácil destruir el efecto de mi oración con una confesión negativa. Seguiré confesando que, cuando pronuncio el nombre de Jesús, es lo mismo que si Jesús estuviera hablando. Pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. (Hechos 3:6) 1 Kenyon, E. W., The Wonderful Name of Jesus (Kenyon’s Gospel Publishing Society, 1998), p. 11. 2 Ibid., p. 19.
  76. 76. 93 H ablar de forma descuidada es un mal hábito. Cuando uno comprende que sus palabras son la moneda de su reino y que sus palabras pueden ser o bien una mala influencia o una bendición, aprenderá a valo- rar el don del habla. Controla tu lengua, o ella te controlará a ti. A menudo di- cen los hombres: “Digo lo que pienso”. Eso está bien si se tie- ne una mente buena, pero si tu mente está envenenada, no es bueno. Una palabra vana declarada en voz alta puede caer en la tierra del corazón de otra persona y envenenar toda su vida. ¡Qué bendición es una buena conversación y qué maldi- ción es lo contrario! Haz que tu lengua siempre sea una bendición, y nun- ca una maldición. Una persona es juzgada por su conversa- ción. Tus palabras te harán ser o bien una bendición o una maldición. Tus palabras pueden llevar en ellas una fortuna. Aprende a dominar tu conversación. El texto de Palabrerías está extraído de Signposts on the Road to Success por E. W. Kenyon (Kenyon’s Gospel Publishing Society, 1999), p. 32. 20 por E. W. Kenyon Palabrerías
  77. 77. 95 21 N o me aplasten con palabras!”. Ese fue el clamor de Job hacia sus amigos. (Véase Job 19:2). Ellos llega- ron para consolar, y se pusieron a atormentar. Las palabras sanan y las palabras aplastan; las palabras destruyen y las palabras hacen que la vida sea como la tene- mos hoy. Las palabras nos sanan y las palabras nos enferman. Las palabras nos bendicen y nos maldicen. Las palabras que acabo de oír me acompañarán el resto del día. Qué poco se da cuenta una mujer de que una palabra cor- tante y mordaz por la mañana le robará a su marido la eficacia durante todo un día. Una palabra amorosa, tierna y bonita, una pequeña oración, le llenará de una música que le llevará a la victoria. Necesitamos la música de la fe que sólo nuestros seres queridos nos pueden dar. Qué poco hemos apreciado el tremendo poder de las pa- labras: palabras escritas, palabras habladas, palabras que son letra de una melodía. por E. W. Kenyon “¡No me aplastes con palabras!”
  78. 78. 96 Palabras Que Mueven Montañas Tras la Guerra Civil, un oficial del sur le dijo a un amigo del norte: “Si hubiéramos tenido sus canciones, les hubiéra- mos vencido”. Un político dijo: “Ganaron las elecciones porque tenían mejores oradores que nosotros. Nosotros teníamos más dine- ro, pero no teníamos palabras bien articuladas”. Miren, un estudio de las palabras es uno de los bienes más valiosos de la vida. Aprende a hacer que las palabras trabajen para ti. Aprende cómo hacer que las palabras ardan. Aprende a llenar las palabras con un poder que no se puede resistir. Durante la Segunda Guerra Mundial, Mussolini tuvo a Italia en sus manos gracias al poder de sus palabras. Austria fue conquistada por Hitler con palabras, no con pólvora, ni gas venenoso, ni bayonetas, sino sólo palabras. Cómo esperamos un mensaje hecho de palabras. El se- creto para avanzar en la vida reside en la capacidad de decir las palabras correctas. Mi ministerio de radio es un ministe- rio de palabras. Yo las lleno de amor; le pido a Dios que las llene de Él mismo, y las envío para bendecir y animar. Madres, la atmósfera de su hogar es un producto de las palabras. Tu hijo o hija puede que fracase debido a las malas palabras que se dicen y a las buenas que no se dicen. ¿Por qué algunos niños crecen tan limpios y fuertes, se abren paso hasta la universidad y despegan en el viaje de la vida y triunfan? Es porque en el hogar se pronunciaron el tipo correcto de palabras. Las palabras hacen que una niña ame la educación. Las palabras llevan a un chico a la iglesia o le alejan de ella. Piensa en algo de infinita importancia y aprende a ele- gir las palabras adecuadas para expresarlo. Luego, envía las
  79. 79. “¡No me aplastes con palabras!” 97 palabras con un bolígrafo o con la lengua. La forma en que las dices tiene un peso enorme. Todas las personas que hablan en público deberían hacer un estudio de las palabras, el tipo de palabras que cuentan. Luego, antes de dejar su estudio, deberían llenar su mente de Dios y de la capacidad de Dios para que, cuando estén delante de la gente, esa capacidad llene sus palabras hasta que la gente se emocione. Deberían hacer de su oratoria un estudio, un arte, debe- rían llenar todas sus palabras con ternura y amor. Prueba palabras en tu propia casa para ver cómo funcio- nan. Llena tus labios con buenas palabras, palabras hermosas, hasta que los hombres anhelen estar contigo y oírte hablar. Recuerda que las palabras son manzanas de oro con figuras de plata. (Véase Proverbios 25:11). El texto de ¡No me aplastes con palabras! está extraído de Signposts on the Road to Success por E. W. Kenyon (Kenyon’s Gospel Publishing Society, 1999), pp. 64–66.
  80. 80. 99 22 L as palabras pueden hacer milagros, ¡pero también pueden hacer meteduras de pata! ¿Te das cuenta de que multitud de personas fracasan en la vida porque declaran fracaso? Temen fallar y permiten que su temor su- pere a su fe. Lo que dices te localiza. No te levantarás, no puedes, por encima de tus propias palabras. Si declaras derrota, fracaso, ansiedad, enfermedad e incredulidad, vivirás en ese nivel. Ni tú ni nadie, no importa lo inteligente que sea, vivirá jamás por encima del estándar de su conversación. Este principio espiritual es inalterable. Si tu conversación es necia, frívola, nada práctica o des- organizada, tu vida invariablemente será igual. Con tus pa- labras, pintas constantemente un dibujo público de tu ser interior. Jesús dijo: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). Si miras atrás, probablemente estarás de acuerdo en que la mayoría de tus problemas han sido provocados por la por Don Gossett Las palabras pueden meter la pata

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