Successfully reported this slideshow.
We use your LinkedIn profile and activity data to personalize ads and to show you more relevant ads. You can change your ad preferences anytime.

HAY UN MILAGRO EN TU BOCA- Don Gossett

474 views

Published on

Published in: Spiritual
  • Be the first to comment

HAY UN MILAGRO EN TU BOCA- Don Gossett

  1. 1. Todas las citas de la escritura han sido tomadas de la versión Santa Biblia, Reina-Valera 1960 © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Usado con permiso. Traduccion al espanol realizada por: Belmonte Traductores Manuel de Falla, 2 28300 Aranjuez Madrid, ESPAÑA www.belmontetraductores.com Hay un Milagro en Tu Boca Publicado originalmente en inglés bajo el título: There’s a Miracle in Your Mouth Don Gossett P.O. Box 2 Blaine, Washington 98231 www.dongossett.com ISBN: 978-1-60374-193-4 Impreso en los Estados Unidos de América © 2010 por Don Gossett Whitaker House 1030 Hunt Valley Circle New Kensington, PA 15068 www.whitakerhouse.com Para comentarios sobre este libro o para información acerca de otros libros publicados por Whitaker House, favor de escribir via Internet a: publisher@whitakerhouse.com. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de ninguna manera o por ningún medio, electrónico o mecánico— fotocopiado, grabado, o por ningún sistema de almacenamiento y recuperación (o reproducción) de información—sin permiso por escrito de la casa editora. Por favor para cualquier pregunta dirigirse a: permissionseditor@whitakerhouse.com. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 16 15 1 4 13 12 11 10
  2. 2. Nota: Los escritos de Kenyon en este libro están protegidos por los derechos de autor. Todos los derechos literarios y de copyright de las palabras de E. W. Kenyon son propie- dad de Kenyon’s Gospel Publishing Society, P.O. Box 973, Lynnwood, Washington 98048, Estados Unidos de América. Los escritos están usados con permiso de Kenyon’s Gospel Publishing Society. Ninguna parte de los escritos de Kenyon puede ser reproducida sin el expreso permiso por escrito de la anterior dirección.
  3. 3. Contenido Introducción.................................................8 El poder de la confesión hablada 1. Creer y confesar la Palabra.........................................10 2. Palabras que ganan......................................................14 3. Confesiones correctas..................................................16 4. Podemos decir confiadamente..................................21 5. Confesión negativa......................................................28 6. Confesiones incorrectas.............................................31 7. Creer...............................................................................39 8. Grandes confesiones....................................................43 9. El valor de testificar.....................................................48 Fe atrevida 10. Confianza....................................................................52 11. El poder de la línea de sangre.................................56 12. Nuestro frente sólido en Cristo...............................61 13. Cómo se edifica la fe.................................................65 14. Confiado como un león............................................70 15. Caminar en fe.............................................................76 16. Una vida bíblica confiada.........................................81 17. Las leyes del éxito.......................................................87 18. Cómo recibir guía de Dios.......................................91 Milagros y sanidad 19. ¿Qué es un milagro?..................................................96 20. Cómo puedes ser sanado........................................102 21. El origen de la enfermedad...................................109 22. El remedio de Dios para tus afanes......................114 23. Se le puede tocar......................................................118 24. ¿Son los milagros para nosotros hoy?...................123 25. Enfermedad, salud y sanidad................................129 26. La voluntad de Dios y tu sanidad..........................133
  4. 4. 27. Sanarán......................................................................139 28. Unos cuantos milagros...........................................150 Venciendo el temor y la dificultad 29. El temor no tiene lugar en mi corazón...............159 30. Dios te librará...........................................................163 31. Protección de día y de noche................................168 32. Jesús no tenía limitaciones....................................177 33. El temor provoca desastre en tu hogar................184 34. Amor y temor............................................................194 35. El temor produce más temor.................................196 36. Ser independiente de las circunstancias............201 37. Al que venciere.........................................................205 38. La conquista del temor y la preocupación..........211 Finanzas y mayordomía 39. Una carta abierta para proveedores de la familia..219 40. ¿Eres un mayordomo fiel?......................................222 41. ¿Cómo puedo salir adelante económicamente?...225 42. El elevado costo del temor.....................................230 43. Diezmar.....................................................................237 44. Generosidad al dar.................................................240 45. Dar es la base para recibir.....................................251 46. Seguridad económica............................................253 Alabanza, amor y oración 47. Alabanza, palabra clave para la bendición.........256 48. Cómo actúa el amor...............................................258 49. Prueba un poco de misericordia..........................264 50. El ministerio de los creyentes...............................267 51. La victoria del canto................................................271 52. Canción de amor de fe...........................................280 Acerca de los autores................................285
  5. 5. 8 Introducción E l cristianismo a menudo se denomina “la gran confesión”. Todas las cosas en Cristo— salvación, sanidad, liberación—dependen de que confesemos con nuestros labios el señorío de Jesucristo. Pablo le dijo a Timoteo: “Habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos” (1 Timoteo 6:12). A lo largo de este libro, encontrarás grandes con- fesiones que Dios honra. Con el fin de maximizar los resultados al aplicar los principios de este libro a tu vida, quizá quieras leer estas grandes confesiones en voz alta. Cuando lo hagas, personaliza los ver- sículos leyéndolos en primera persona, aplicándo- los directamente a las circunstancias de tu vida. Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios. (Romanos 10:17)
  6. 6. El poder de la confesión hablada
  7. 7. 10 Creer y confesar la Palabra V ivir en el poder de Dios significa vivir en el espíritu de fe. ¿Qué es el espíritu de fe? El apóstol Pablo definió el espíritu de fe con una cita del Salmo 116:10: “Creí; por tanto hablé”, diciendo: “Pero teniendo el mismo espíritu de fe, con- forme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también habla- mos” (2 Corintios 4:13). El espíritu de fe es algo que tenemos, algo que poseemos. Somos hombres y mujeres de fe. La Biblia establece claramente que Dios nos ha dado a todos “una medida de fe” (Romanos 12:3). Como cristianos, no somos una multitud de escépticos, sino que hemos nacido de nuevo en “la familia de la fe” (Gálatas 6:10). El espíritu de fe es similar a la palabra de fe, como se define en Romanos 10:8: “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos”. La verdadera vida de fe es una experiencia de la boca y del corazón. Es creer la Pa- labra en tu corazón y hablar o confesar la Palabra con tu boca. 1 DG
  8. 8. 11 Ejercita el espíritu de fe Invariablemente, todos hablamos lo que cree- mos, ya sea bueno o malo. Jesús dijo: “De la abun- dancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). Cuando ejercitamos el verdadero espíritu de fe, creemos la Palabra y luego hablamos esa Palabra. Creemos la Palabra en Efesios 1:7: “En quien ten- emos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia”; por tanto decimos: “soy redimido del reino de las tinieblas a través de la preciosa sangre de Jesús”. Creemos la Palabra en 1 Juan 2:25: “Y esta es la promesa que él nos hizo, la vida eterna”; por tanto dec- imos: “tengo vida eterna según Su gran promesa”. Creemos la Palabra en Mateo 28:20: “Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”; por tanto decimos: “el Señor está siempre conmigo, incluso hasta el final del viaje de mi vida”. Creemos la Palabra en Hebreos 11:16: “Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha pre- parado una ciudad”; por tanto decimos: “Dios es mi Dios, y ha preparado una bonita ciudad para mí”. Creemos la Palabra en Proverbios 11:25: “El alma generosa será prosperada; Y el que saciare, él tam- bién será saciado”; por tanto decimos, “el Señor está prosperando y saciando mi vida, ya que por Su gra- cia soy un dador alegre y generoso”. Creemos la Palabra en Judas 24: “Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría”; por
  9. 9. 12 tanto decimos: “el Señor me guardará de caer y me presentará sin falta ante su presencia”. La persona con el espíritu de fe tiene la con- fesión: “Tengo el espíritu de fe. Creo la Palabra; por tanto, cuando la declaro, soy miembro de la fa- milia de Dios. Dios me ha dado una ‘medida de fe’. Nunca hablo con dudas, porque soy un creyente. La Palabra está cercana a mí, en mi corazón y en mi boca. A través de la palabra de fe, soy un vencedor, ¡porque la fe es la victoria!”. Declara éxito, y no fracaso Declara la nueva creación, no la vieja. Decláralo: “SoyunanuevacriaturaenCristoJesús;lascosasviejas pasaron, y todas las cosas son hechas nuevas”. (Véase 2 Corintios 5:17). Declara tu justicia en Cristo, no indignidad. Afír- malo: “Soy la justicia de Dios en Cristo Jesús”. (Véase 2 Corintios 5:21). Declara el lenguaje del nuevo reino del amado Hijo de Dios en el que ahora vives, no el viejo reino de oscuridad del que has sido salvado. Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los san- tos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. (Colosenses 1:12–14) Declara que eres un heredero de Dios y co- heredero con Jesucristo, no tu vieja identidad como
  10. 10. 13 cautivo del pecado y de Satanás. Testifícalo: “Tengo una sustanciosa herencia. Estoy bendecido con to- das las bendiciones espirituales. El Padre mismo me ama”. (Véase Efesios 1:3; Romanos 8:17). Declara que tienes la vida de Dios en tu cuerpo mortal, no el viejo espíritu de inferioridad, fracaso y frustración. En Cristo, “vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:28). Declara sanidad y salud, no lo enfermo que es- tás. Isaías 33:24 nos predice un tiempo futuro en el que “no dirá el morador: Estoy enfermo”. Esta es una buena práctica en la vida del reino. No digas: “estoy enfermo”, antes bien proclama la Palabra que sana: “Por su llaga he sido sanado”. (Véase Isaías 53:5). Declara éxito en las finanzas, no pobreza y mis- eria. Declara éxito matrimonial, no fracaso en el matrimonio. “Porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:8).
  11. 11. 14 Palabras que ganan A lguien me dijo una vez: “Lo único que me queda son palabras, palabras vacías, pa- labras muertas. Estoy destrozado. Lo he perdido todo”. Le miré y le dije: “¿Cómo ganabas el dinero?”. “Vendía diferentes artículos”. “¿Acaso no tienes las mismas palabras ahora que tenías antes?”, le pregunté. Él me dijo: “Tengo las mismas palabras, pero ya no contienen nada”. “¿Qué tenían tus palabras que eras capaz de con- vertirlas en dinero?”. “Tenían fuego; tenían juventud; tenían am- bición”. “¿Y has perdido todo eso?”. “Sí, eso y más”. Luego le dije: “¿Alguna vez conociste a un hom- bre llamado Jesús?”. “Nunca, señor”, me respondió. 2 EWK
  12. 12. 15 “¿Entonces no sabes nada acerca de Él?”. “He oído hablar sobre Él a predicadores. La otra noche, oí a alguien en la calle hablando de Él”. “Pero si te dijera en este instante que este Jesús podría volver a poner en ti el fuego y el celo que has perdido, darte amor y un lugar en el mundo me- jor que el que perdiste, ¿no te haría esto interesarte por Él?”. “Si Él pudiera hacer eso por mí, me cruzaría el país de rodillas”. “No es necesario. Él está aquí en la habitación, y me ha oído hablar sobre Él, y ha oído lo que tú has dicho. Si le recibes como tu Salvador y Señor, volverás a tener la victoria. Él rejuvenece la esper- anza muerta y gastada. Él restaura la fe perdida. Él hace que la voz vuelva a vibrar. Él restaura la salud perdida. Él crea nuevas oportunidades. Él da la ca- pacidad de tener éxito. ¿Quieres recibirle?”. “Vale la pena probar, no tengo nada que perder. Sólo puedo ganar. ¡Le recibo!”.
  13. 13. 16 Confesiones correctas J esús dijo: “Porque por tus palabras serás jus- tificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12:37). Palabras que justifican y palabras que condenan Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios dice: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Salmo 103:12). Pero eres condenado si dices: “El Señor retiene el pecado de mi juventud contra mí”. Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios: “No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada” (Salmo 91:10). Pero eres condenado si dic- es: “Me da miedo, no me siento a salvo”. Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios: “Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4). Pero eres condenado si dices: “El poder del diablo es demasiado para mí”. Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios: “sobre los enfermos pondrán sus manos, y 3 DG
  14. 14. 17 sanarán” (Marcos 16:18). Pero eres condenado si dices: “Me estoy poniendo peor”. Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios: “Lo saciaré de larga vida” (Salmo 91:16). Pero eres condenado si dices: “Voy a morir; no vi- viré mucho”. Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios: “Bendice, alma mía, a Jehová…El que sana todas tus dolencias” (Salmo 103:2–3). Pero eres con- denado si dices: “No puedo recibir la sanidad para algunas de mis enfermedades”. Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios: “Y tu salvación se dejará ver pronto” (Isaías 58:8). Pero eres condenado si dices: “No puedo disfrutar de la bendición de la salud divina”. Podemos condenarnos a nosotros mismos con nuestras propias palabras, y las consecuencias de ello no son agradables, pero como dice la Escritu- ra: “Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba” (Romanos 14:22). Si no estamos bajo condenación, entonces podemos tener una gran confianza en Dios. Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él. (1 Juan 3:21–22)
  15. 15. 18 Caminando con Dios al ponernos de acuerdo con Él No podemos caminar verdaderamente con Dios a menos que estemos de acuerdo con Él. “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” (Amós 3:3). Estar de acuerdo con Dios es decir lo mismo que Dios dice en Su Palabra sobre la salvación, la sani- dad, la oración y vivir una vida de victoria. En primer lugar, estamos de acuerdo con Dios al decir que somos quien Dios dice que somos: Sus hijos, nuevas criaturas en Cristo. También decimos que somos “más que vencedores” por medio de Cristo (Romanos 8:37). Diferimos del diablo, que intenta convencernos de que no somos buenos, de que so- mos débiles y unos fracasados. ¿Cómo es posible caminar con Dios en poder, bendición, y utilidad? Estando de acuerdo con Dios en que tenemos lo que Él dice que tenemos: Su nombre, Su naturaleza, Su poder, Su autoridad y Su amor. Estamos de acuerdo en que tenemos lo que Dios dice en su Palabra que tenemos. Al igual que Enoc “caminó con Dios” (Génesis 5:22), nosotros podemos caminar con Dios estando de acuer- do en que hemos recibido la capacidad de hacer lo que Él dice que podemos hacer: testificar con poder, echar fuera demonios y ministrar Su poder sanador. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Esta- mos de acuerdo con que podemos hacer lo que Dios dice en Su Palabra que podemos hacer.
  16. 16. 19 Si decimos sólo lo que nos dictan nuestros senti- dos, no estaremos de acuerdo con Dios. Es por medio de declarar la Palabra como nos ponemos de acu- erdo con Dios. Es la confesión de fe lo que es nues- tra victoria. Para caminar con Dios, debemos diferir del diablo, como lo hizo Jesús, declarando con valor: “Está escrito que Él resistió al diablo. Yo también puedo”. (Véase, por ejemplo, Mateo 4:1–11). Puedes caminar con Dios diariamente estando de acuerdo con Él y con Su Palabra. Como Él lo ha dicho, nosotros también podemos decirlo con osadía. (Véase Hebreos 13:5–6). Poseerás lo que confiesas Tu confesión de fe precede a tu posesión de lo que buscas y deseas. Confiesa a Jesucristo como Señor (véase Romanos 10:9–10), y poseerás salvación. Confiesa que “por su llaga fuimos nosotros cura- dos” (Isaías 53:5), y poseerás sanidad. Confiesa que el Hijo te ha hecho libre (véase Juan 8:36), y poseerás una libertad absoluta. Confiesa que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Romanos 5:5), y poseerás la capacidad de amar a todos. Confiesa que “el justo está confiado como un león” (Proverbios 28:1), y poseerás la valentía de un león en la guerra espiritual.
  17. 17. 20 Confiesa que Dios “no te dejará ni te desamparará” (Hebreos 13:5), y poseerás la presencia de Dios con cada paso que des. Confiesa que eres el redimido del Señor (véase Salmo 107:2; Apocalipsis 5:9), y poseerás beneficios de la redención cada día. Confiesa que “la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros” (1 Juan 2:27), y tu “yugo se pudrirá a causa de la unción” (Isaías 10:27). Confiesa que en el nombre de Jesús puedes echar fuera demonios (véase Marcos 16:17), y poseerás lib- eraciones dinámicas sobre el poder de Satanás. Confiesa que “sobre los enfermos pondrán sus ma- nos, y sanarán” (Marcos 16:18), y poseerás sanidades para los oprimidos. Confiesa que eres un pámpano de la Vid viva (vé- ase Juan 15:5), y poseerás vida de la Vid dondequi- era que vayas. Confiesa que eres “la justicia de Dios en Él” (2 Corintios 5:21), y poseerás la capacidad de per- manecer libremente en la santa presencia de Dios, y en presencia de Satanás, como un vencedor. Confiesa que eres “el templo del Dios viviente” (2 Corintios 6:16), y poseerás la realidad de Dios morando en ti y caminando en ti. Confiesa que “Dios suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19), y poseerás la provisión de Dios para todas tus necesidades.
  18. 18. 21 Podemos decir confiadamente A l lanzarnos a una vida bíblica atrevida, aprendiendo a confesar la Palabra de Dios en medio de todas nuestras situaciones, tenemos que ver exactamente por qué tenemos derecho a hacer estas confesiones. Sabemos que tenemos el derecho de confesar con valentía la Palabra de Dios debido a Hebreos 13:5–6: “Porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré, de man- era que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador”. Observa que es por lo que “Él dijo” que “podemos decir confiadamente”. Como Él dijo: “yo soy Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26), podemos decir confiadamente: “Sí Señor, tengo salud porque Tú eres el Señor que me sana”. Como Él dijo: “El que sacrifica alabanza me hon- rará” (Salmo 50:23), podemos decir confiadamente: “Estoy honrando a mi Creador cuando le alabo”. Como Él dijo: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” 4 DG
  19. 19. 22 (Mateo 4:4), podemos decir confiadamente: “He es- timado Tu Palabra más que mi comida necesaria”. (Véase Job 23:12). No dejes que more en tu mente ningún pen- samiento que contradiga lo que Él ha dicho. Tan sólo di confiadamente lo mismo. Dios dice de Su propia Palabra: “Yo Jehová hablaré, y se cumplirá la palabra que yo hable…la palabra que yo hable se cumplirá” (Ezequiel 12:25, 28). Puedes contar con que la Palabra de Dios es buena. No puede fallar sin que Dios falle. El Señor también ha dicho: Así será mi palabra que sale de mi boca; no volv- erá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié. (Isaías 55:11) Las siguientes secciones son todas partes de la Palabra de Dios, la cual Él ha enviado para lograr Sus propósitos. Como Él ha dicho estas cosas, no- sotros podemos decirlas confiadamente, sabiendo que el Señor hará lo que Él quiera con Su Palabra. Como Él ha hablado, sabemos que podemos decla- rarlo confiadamente. Será como Él ha dicho porque “ninguna palabra de todas sus promesas que expresó por Moisés su siervo, ha faltado” (1 Reyes 8:56). Podemos decir confiadamente: “Dios es por nosotros”. Como Él ha dicho: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10), podemos decir confiadamente: “Yo tengo esa vida
  20. 20. 23 abundante en mí ahora porque he recibido a Jesu- cristo como Señor”. Como Él ha dicho: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8:31), podemos decir confiadamente: “Dios es por mí, y nadie puede ten- er éxito yendo contra mí”. Cómo Él ha dicho: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10:32), podemos decir confiadamente: “Jesús me está confe- sando ahora mismo delante del Padre porque yo es- toy confesándole delante de los hombres”. Como Él ha dicho: “Porque vendrá el enemigo como río, mas el Espíritu de Jehová levantará bandera con- tra él” (Isaías 59:19), podemos decir confiadamente: “El Espíritu de Dios está levantando una bandera de defensa por mí justamente cuando el enemigo esté presionándome; gloria al Señor, mi caso es Suyo”. Como Él ha dicho: “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo” (Daniel 3:17), podemos decir confiadamente: “Dios es mi Libertador en cada caso porque le sirvo con- stantemente”. Como Él ha dicho: “Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras” (Salmo 145:18), podemos decir confiadamente: “El Señor está cercano a mí ahora porque clamo a Él en verdad”. Como Él ha dicho: “Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos” (Éxodo 14:14), podemos
  21. 21. 24 decir confiadamente: “Sé que Dios está luchando por mí porque tengo paz; he encomendado esta batalla en Sus manos”. Como Él ha dicho: “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús” (2 Corintios 2:14), podemos decir confiadamente: “Soy más que vencedor por medio de Cristo que me ama”. (Véase Romanos 8:37). Como Él ha dicho: “No quitará el bien a los que an- dan en integridad” (Salmo 84:11), podemos decir con- fiadamente: “El Señor no me está quitando el bien porque estoy caminando rectamente delante de Él”. Como Él ha dicho: “Ahora, pues, ninguna con- denación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro- manos 8:1), podemos decir confiadamente: “No tengo condenación porque estoy en Cristo”. Como Él ha dicho: “Echando toda vuestra an- siedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7), podemos decir confiadamente: “Es- toy libre de ansiedad porque he echado toda mi ansiedad sobre el Señor”. Como Él ha dicho: “Y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37), podemos decir confiadamente: “He venido con mis pecados, cargas y fracasos y el Señor me ha recibido”. Como Él ha dicho: “Encomienda a Jehová tu cami- no, y confía en él; y él hará” (Salmo 37:5), podemos decir confiadamente: “El Señor está llevando a cabo cada detalle de mi vida porque se lo he entregado todo a Él, y estoy confiando plenamente en Él”.
  22. 22. 25 Podemos decir confiadamente: “La sanidad es nuestra”. Como Él ha dicho: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3 Juan 2), podemos decir confiadamente: “Tengo el derecho a la prosperidad y la salud porque mi alma está prosperando”. Como Él ha dicho: “El mismo tomó nuestras enferme- dades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17), podem- os decir confiadamente: “Estoy libre de enfermedades y dolencias porque Jesucristo las llevó todas por mí”. Como Él ha dicho: “El que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Romanos 8:11), podemos decir confiadamente: “Dios le está dando vida a mi cuerpo mortal ahora por el mismo Espíritu que levantó a Jesús de los muertos, porque Su Espíri- tu mora en mí; por eso estoy libre de enfermedad y debilidad”. Como Él ha dicho: “Sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:18), cuando ponemos las manos sobre los enfermos podemos decir confiadamente: “Se pondrá bien porque estoy actuando sobre Su Palabra”. Como Él ha dicho: “Mas a Jehová vuestro Dios ser- viréis, y él bendecirá tu pan y tus aguas; y yo quitaré toda enfermedad de en medio de ti” (Éxodo 23:25), podemos decir confiadamente: “La enfermedad fue quitada de mí, y mi pan y mi agua han sido bendeci- dos porque estoy sirviendo al Señor mi Dios”.
  23. 23. 26 Como Él ha dicho: “Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas tra- erá salvación” (Malaquías 4:2), podemos decir confi- adamente: “El Señor se está levantando con sanidad para mí ahora porque temo Su nombre”. Como Él ha dicho: “Envió su palabra, y los sanó” (Salmo 107:20), podemos decir confiadamente: “Aho- ra la sanidad es mía; el Señor me sana a través de Su Palabra porque he recibido Su Palabra en mi vida”. Podemos decir confiadamente: “Nuestras oraciones son contestadas”. Como Él ha dicho: “Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído” (Isaías 65:24), podemos decir confiadamente: “El Señor está re- spondiendo mi oración al mismo tiempo que estoy orando. De hecho, ya estaba obrando en la respuesta desde antes de que yo orase”. Como Él ha dicho: “Clama a mí, y yo te respond- eré, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces” (Jeremías 33:3), podemos decir confiada- mente: “El Señor está respondiéndome y mostrán- dome grandes cosas porque estoy clamando a Él”. Como Él ha dicho: “Y todo lo que pidiereis al Pa- dre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glo- rificado en el Hijo” (Juan 14:13), podemos decir con- fiadamente: “El Padre está siendo glorificado en el Hijo porque Jesús está haciendo grandes cosas por mí cuando pido en Su nombre”.
  24. 24. 27 Como Él ha dicho: “Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón” (Salmo 37:4), podemos decir confiadamente: “El Señor me está con- cediendo los deseos de mi corazón porque me estoy deleitando en Él”. Como Él ha dicho: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7), podemos decir confiadamente: “Permanezco en Cristo, Él vive en mí, y está respondiendo mis peticiones”. Como Él ha dicho: “pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido” (Juan 16:24), podemos decir confiadamente: “Estoy lleno de gozo porque estoy pidiendo y recibiendo en el nombre de Jesús”. Como Él ha dicho: “Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24), podemos decir confiadamente: “Tendré lo que he pedido porque he orado por ello y creo que ya me pertenece”. Como Él ha dicho: “Porque todo aquel que pide, re- cibe” (Mateo 7:8), podemos decir confiadamente: “Sé que estoy recibiendo porque he pedido; ‘todo aquel’ significa sin excepciones, y eso me incluye a mí”.
  25. 25. 28 Confesión negativa P ocos de nosotros somos conscientes del poder que nuestras propias palabras ejercen sobre nuestro espíritu. Si confieso que no me siento bien, no sé si seré capaz de aguantar de pie todo el día. Mi cuerpo en- tero comienza a perder fuerza. Mi espíritu se levanta contra esa confesión negativa, pero es conquistado, y decaigo espiritual y mentalmente hasta el nivel de mi confesión. Sin embargo, si confieso que todo lo puedo en Cristo, Él se convierte en el nivel de mi confesión. Cuando confieso que todo lo puedo en Cristo, Él se convierte en la fuerza de mi vida. Por tanto, con- fieso que tengo la capacidad de parte de Dios de hacer las cosas que Él desea que haga. Él quiere que llame a esa persona que está en- ferma y que le abra las Escrituras. Supongamos que nunca he hecho algo así, pero me acuerdo de las palabras de Isaías 53:4–5: Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por 5 EWK
  26. 26. 29 azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. El Espíritu me recuerda ese pasaje. Ahora, sé que puedo explicar esos versículos al enfermo. ¡No te imaginas la emoción que siento! Llego a su casa y le saludo como a un vencedor. Sé que la Palabra va a obrar tan eficazmente en él como ha obrado en mí. Mi fe aumenta hasta el nivel de mi confesión. La capacidad de Dios en mí se levanta para suplir la necesidad de mi confesión. Tengo la capacidad de hacer cualquier cosa que Él desee hacer. Él es mi fuerza, mi suficiencia, mi plenitud; Él es todo lo que yo necesito. Olvidando ciertas palabras Hay ciertas palabras en nuestros vocabularios que deberían ser tabú, deberíamos olvidarlas. No deberían estar nunca permitidas en nuestros labios. Si nos negamos a decirlas, después de un tiempo los pensamientos morirán sin haber sido desvelados. Debemos dejar de usar la palabra temor hasta que el temor muera y el valor se haga grande y robusto en su lugar. No tenemos espacio para palabras como vergüenza, odio, celos, amargura, incredulidad y duda, o para expresiones como “Yo soy un Tomás incrédulo”. Al usar esas palabras, le estamos diciendo a Dios Padre que no tenemos fe en Él, igual que un niño le diría a su padre: “Padre, no tengo fe en ti. Me
  27. 27. 30 gustaría poder tenerla”. Es como una esposa dicien- do a su marido: “No tengo fe en ti”. Las anteriores son expresiones que debieran morir. Debieran ser enterradas sin funeral. Debiéra- mos avergonzarnos tanto de ellas que nunca permi- tamos que se mencionen delante de nosotros. Hay ciertas palabras que nunca se dicen salvo en la privacidad de nuestras propias vidas interiores. Esas palabras nunca se deberían decir, ni siquiera ahí dentro. Llamémoslas malas palabras, palabras muertas. Encontremos palabras vivas que ocupen su lugar, palabras de amor, palabras saludables, pa- labras de victoria. Estas palabras nuevas las encon- tramos en la Biblia.
  28. 28. 31 Confesiones incorrectas D el mismo modo que las confesiones correc- tas de fe producirán resultados positivos en tu vida, una confesión incorrecta producirá resultados negativos. La Biblia dice: “La muerte y la vida están en poder de la lengua” (Proverbios 18:21). La derrota o la victoria, la enfermedad o la salud, están en el poder de la lengua. Jesús dijo: “lo que diga le será hecho” (Marcos 11:23). Mira estos ejemplos de confesiones correctas e incorrectas. Confesión incorrecta: “Siempre me pongo peor de mi sinusitis en esta época del año”. Confesión correcta: “Nunca espero experiencias negativas en ninguna época del año. No soy un cristiano en la prosperidad, sino que vivo confiada- mente por la Palabra de Dios. Mi gozo está cumpli- do por lo que el Señor está haciendo por mí. Él dijo: ‘Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumpli- do’ (Juan 16:24). Mi gozo está cumplido: invierno, primavera, verano y otoño, porque le pido y recibo de Él. La capacidad del Señor para guardarme en buena salud no está limitada a ciertas estaciones del 6 DG
  29. 29. 32 año, porque Él ‘es el mismo ayer, hoy y por los siglos’ (Hebreos 13:8). El Señor hará por mí lo mismo cual- quier día del año”. Confesión incorrecta: “No puedo hablar en públi- co porque siempre me pongo muy nervioso y no puedo testificar”. Confesión correcta: “Me niego a darle lugar al te- mor, porque eso es darle lugar al diablo, que es el autor del temor. ‘Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio pro- pio’ (2 Timoteo 1:7). Estoy absolutamente libre de todo temor, incluso del temor de hablar en público. Dios ha dicho: ‘No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios’ (Isaías 41:10). Ya no me da miedo testificar en público, porque Dios está conmigo. Es el enemigo el que no quiere que hable del Señor. ‘Porque vendrá el enemigo como río, mas el Espíritu de Jehová levantará bandera contra él’ (Isaías 59:19). Cuando el enemigo ejerza su presión sobre mí, alabaré al Señor porque mi caso es Suyo. Él me dará libertad del temor y el nerviosismo sa- tánico. Dios me da confianza diciendo: ‘Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar’ (Éxodo 4:12). Dios está realmente con mi boca para guiarme en lo que digo en público sobre Él. Por tanto, triunfo en Su capacidad”. Confesión incorrecta: “Bueno, he conseguido lle- gar al trabajo, pero es todo lo que puedo decir. Según me siento, no espero poder hacer mucho hoy”. Confesión correcta: “Me niego a dar lugar a una confesión pesimista que atrape mi alma por
  30. 30. 33 completo. ‘Te has enlazado con las palabras de tu boca’ (Proverbios 6:2). Sirvo a Dios continuamente, así que tengo segura la liberación de esa actitud pesimista que aplasta mi espíritu y abate mi alma. ‘El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre’ (Daniel 6:16). Dios es mi Libertador en cada situación, porque le sirvo constantemente. ‘Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús’ (2 Corintios 2:14). En mi trabajo, en mi hogar, en mi servicio al Señor (en todo lo que haga) soy más que vencedor por medio de Cristo que me ama. (Véase Romanos 8:37). Rechazo la actitud que me deja casi incapaz de sacar mi cabeza del agua. Dios me está mostrando cosas grandes y poderosas en la vida, porque así lo ha prometido: ‘Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces’ (Jeremías 33:3). Yo clamo a Él; Él me está respondiendo y me está mostrando cosas grandes y poderosas”. Confesión incorrecta: “No he sido capaz de con- seguir ese ascenso que esperaba, pero ya me lo imaginaba, porque nunca me salen bien las cosas”. Confesión correcta: “No creo que las fuerzas adver- sas estén arruinando el trabajo que Dios está hacien- do en mi favor. El Señor está obrando en las respues- tas antes incluso de que yo ore: ‘Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído’ (Isaías 65:24). No espero fracasar, sino tener éxito. Jesús no vino para darme una vida mediocre, sino que dijo: ‘yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia’ (Juan 10:10). Como
  31. 31. 34 he recibido a Jesucristo como mi Señor y Salvador, tengo esa vida abundante en mí ahora. Sé que Dios está prosperando mi vida: ‘Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma’ (3 Juan 2). Tengo derecho a la prosperidad y la salud, y estoy prosperando en mi alma. Dios ha prometido bendecirme abundante- mente porque soy un dador: ‘Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo’ (Lucas 6:38). Sí, el Señor está amontonando mis bendiciones, porque estoy dando para Él y para Su obra. Estoy bendecido”. Confesión incorrecta: “No me siento muy bien. Creo que voy a tener la gripe”. Confesión correcta: “Gloria a Dios que no vivo por mis sentimientos, que cambian como el tiempo, sino que vivo por fe, que es vivir por la Palabra de Dios. ¿Por qué iría yo a tener la gripe cuando Jesús mismo llevó mis enfermedades y dolencias? (Véase Mateo 8:17). No voy a tener nada malo, porque Jesús sufrió todo por mí. Me resistiré a tener nada que el diablo quiera poner sobre mí. Viviré en la victoria del sac- rificio sustitutorio de Jesús. Él es la sustitución de mi pecado y de mi enfermedad. Alabo Su nombre por lo que ha hecho en mí”. Confesión incorrecta: “Me pregunto si me volveré a sentir bien algún día”. Confesión correcta: “Independientemente de mi ac- tual condición, sé que el Señor me restaurará la salud, porque esta es Su promesa en Jeremías 30:17: ‘Mas yo haré venir sanidad para ti’. No me preocupo por
  32. 32. 35 ello. Dios vela para que se cumpla Su Palabra (véase Jeremías 1:12), y ‘Dios no es hombre, para que mienta’ (Números 23:19). Sé que me sentiré mejor, no porque así lo espere o lo desee, sino por Su Palabra para mí. ‘Envió su palabra, y los sanó’ (Salmo 107:20). He reci- bido Su Palabra sanadora, y le alabo porque Su Pa- labra es segura. Jesús dijo que según mis expectativas o mi fe, así me sería hecho. (Véase Mateo 9:29). Es- pero totalmente sentirme mejor porque Su Palabra prevalece en mi vida”. Confesiónincorrecta:“Nosécómoloharéeconómi- camente. El costo de la vida sigue subiendo”. Confesión correcta: “Vivo por la Palabra segura de Dios: ‘Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús’ (Filipenses 4:19). Independientemente de la inflación, mi Dios suplirá todas mis necesidades. No ando en el consejo de los impíos, ni estoy en el camino de los pecadores, ni me siento en la silla de los escarnecedores. Me deleito en la Palabra de Dios; de día y de noche medito en ella. Soy como un árbol plantado junto a corrientes de agua; y estoy dando fruto. Como resultado, todo lo que haga prosperará. (Véase Salmo 1:1–3). Si el cos- to de la vida sigue aumentando, la prosperidad de Dios en mi vida aumentará. No temo a la inflación. El Señor es mi Provisión”. Confesión incorrecta:“Sabíaquehoyllovería.Siem- pre llueve cuando planeamos algo al aire libre”. Confesión correcta: “No me dejaré gobernar por una actitud pesimista. Vivo con una expectativa de éxito. Independientemente del tiempo que haga,
  33. 33. 36 confesaré: ‘Este es el día que hizo Jehová; nos gozare- mos y alegraremos en él’ (Salmo 118:24)”. Confesión incorrecta: “¿Por qué siempre tiene que pasarme esto a mí?”. Confesión correcta: “No espero que me suceda nada malo. Vivo por la Palabra de Dios, la cual pro- mete: ‘No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu mo- rada’ (Salmo 91:10). Dios me manda encomendar mi camino a Él y confiar en Él, ‘y él hará’ (Salmo 37:5). Espero que Él me traiga buenas cosas, y no malas. Como cristiano sincero, intento caminar en rectitud delante de Él, y así Él me asegura: ‘No quitará el bien a los que andan en integridad’ (Salmo 84:11) ¡Siem- pre me ocurrirá algo bueno!”. Confesión incorrecta: “Intentaré ir si las cosas salen bien, pero el panorama no es muy prometedor”. Confesión correcta: “Afronto la vida y sus retos con una confesión positiva, una confesión valiente. Estoy esperando en el Señor, y Él está renovando mi fuerza. (Véase Isaías 40:31). Estoy manteniendo mi mente centrada en el Señor, y Él me está guar- dando en perfecta paz. (Véase Isaías 26:3). Espero que las cosas me salgan bien, porque me deleito en el Señor, y Él me concede los deseos de mi corazón. (Véase Salmo 37:4). Jesús dijo: ‘Ve, y como creíste, te sea hecho’ (Mateo 8:13), y yo creo que todo me va a salir bien. Mantendré mis citas, porque así lo creo. Rechazo las confesiones negativas de duda, temor e incertidumbre. El Señor me está dando la victoria en todas las situaciones. ‘Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos’ (Éxodo 14:14)”.
  34. 34. 37 Confesión incorrecta: “Ni tan siquiera intentaré realizar esta tarea en concreto, porque no tengo la capacidad”. Confesión correcta: “Lo que determina la medida de mi capacidad es la capacidad de Dios. ‘Si Dios es por nosotros ¿quién contra nosotros?’ (Romanos 8:31). Dios está por mí, así que puedo hacer todas las cosas por medio de Aquel que es mi fuerza y suficiencia. (Véase Filipenses 4:13). Nunca subestimo mi capaci- dad, porque conozco la verdad, y la verdad me hace li- bre. (Véase Juan 8:32). Soy fuerte con Su fuerza: ‘diga el débil: Fuerte soy’ (Joel 3:10). Digo confiadamente ante una supuesta debilidad: ‘Soy fuerte; cuento con el Poderoso que da vida a mi cuerpo mortal. “El que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Romanos 8:11). Dios da vida a mi cuerpo mortal ahora por medio del mismo Espíritu que le- vantó a Jesús de los muertos, porque Su Espíritu mora en mí. Por tanto, puedo afrontar cualquier tarea con éxito por Su capacidad ilimitada dentro de mí’”. Confesión incorrecta: “Probablemente seré inca- paz de hacer eso, ya que dudo que para entonces ya tenga el dinero”. Confesión correcta: “No me dispondré a ser derro- tado prediciendo fracaso. No daré lugar el pesimis- mo sobre cualquiera de los planes de mi vida. Jesús me ha dado grandes promesas sobre mi vida, pues ha declarado: ‘porque todo aquel que pide recibe’ (Ma- teo 7:8). Eso me incluye a mí. Sé que estoy recibien- do esas cosas buenas y necesarias del Señor, porque
  35. 35. 38 se lo he pedido a Él. Estoy recibiendo, porque Su promesa no tiene excepciones. Estoy libre de afanes sobre el futuro, porque he depositado con gozo to- das mis preocupaciones sobre el que realmente cui- da de mí. (Véase 1 Pedro 5:7). Estoy seguro de que Dios suplirá todo el dinero que necesito con tiempo suficiente para suplir mis necesidades”. Confesión incorrecta: “Creo que voy a tener el ca- tarro de mi marido”. Confesión correcta: “¿Por qué voy yo a tener el ca- tarro de otra persona? No tengo temor a ningún catarro porque temo el nombre del Señor. ‘Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justi- cia, y en sus alas traerá salvación’ (Malaquías 4:2). No estoy atado al pensamiento tradicional que dice que una enfermedad debe seguir su curso en una famil- ia. Estoy sirviendo a Jesús y Él me ha asegurado: ‘Mas a Jehová vuestro Dios serviréis, y él bendecirá tu pan y tus aguas; y yo quitaré toda enfermedad de en medio de ti’ (Éxodo 23:25). La enfermedad es quitada de mí y de mi familia porque servimos al Señor”.
  36. 36. 39 Creer P orque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). El Padre entregó a Jesús al mundo, a los perdidos. Él entregó a Jesús a los hombres que le crucifica- ron. Él dio a Jesús a los hombres que hicieron una corona de espinos y la clavaron en la frente de Su Hijo. Él dio a Jesús a los hombres que le clavaron en la cruz. Él dio a Jesús a Pilato y a Caifás, un sumo sac- erdote cruel, malvado y egoísta. Extraño, ¿verdad? El hecho nos pone cara a cara con una extraña palabra. No verás que se use así en el Antiguo Tes- tamento, y se usa en referencia a Jesús sólo unas cuentas veces. La palabra es gracia. “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17). ¿Qué es gracia? Es amor en acción; amor que da; amor hecho para el que no lo merece y el indeseable. El regalo de Jesús fue un estallido espontáneo de amor. Dios lo llama gracia. 7 EWK
  37. 37. 40 Ahora bien, ¿qué significa creer en Jesús? Todos sabemos que la palabra creer es un verbo. Sabemos que fe es un nombre. Creer es una palabra de ac- ción; fe es el resultado de que una persona haya actuado o creído. Creer en el sentido del Nuevo Tes- tamento, en el sentido de la revelación paulina, sig- nifica posesión: acción que termina con posesión. Jesús nos dio la clave en Juan 6:47: “El que cree en mí, tiene vida eterna”. En la mente del Padre, creer es posesión, y para obtener posesión, actuamos so- bre Su Palabra. Por tanto, creer es actuar sobre lo que ha hablado el Padre. Cuando creo en Cristo, significa que he tomado posesión de lo que el Padre me ha dado. Jesús es mío. Él es mi Salvador, mi Señor, ¡y es mi Vida! En el momento en que tomamos posesión de Cristo, nos convertimos en nuevas criaturas. Somos naci- dos de arriba. (Véase Juan 3:3). Como puedes ver, creer es un acto de la volun- tad. Es una elección, una decisión, y significa que estoy dispuesto a darle la espalda a mi vida pasada y limpiarla, deshacerme de ella, y que deje de ser. Estoy listo para comenzar una nueva vida ahora sin ningún pasado: pasar a una nueva dimensión. Estoy listo para ser trasladado de la esfera de la muerte, la oscuridad y el pecado, a la esfera de la vida y el amor, donde me convertiré en un hijo de Dios. Creer significa que estoy listo para tomar pos- esión de lo que Dios me dio en Su gran amor. Él me dio a Cristo. Me hizo un regalo: la vida eterna.
  38. 38. 41 Me dio todo lo que era Cristo, todo lo que Él hizo y todo lo que es hoy. Acepto esa verdad, tomo posesión del regalo, y miro arriba y digo: “Padre, gracias por Jesús y por el regalo de la vida eterna que viene con Jesús. Gra- cias por la remisión de todos mis pecados, por hab- er borrado mi pasado. Gracias porque ahora soy una nueva criatura. Gracias Padre, que Efesios 1:3 se ha convertido en una realidad: ‘Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo’”. Dios me escogió en Cristo antes de la fundación del mundo (véase versículo 4), y ahora he respon- dido a ese llamado y me he convertido en su propie- dad. Ahora estoy entrando en mi herencia. Durante todos estos años, el descanso y la paz de corazón me pertenecían, pero yo no lo sabía. El nombre de Jesús, con todo su poder y sus derechos, ha sido mío, pero nunca tomé posesión de él. Tengo una gran herencia en Cristo, pero escogí vivir en pobreza teniendo a la vista mi herencia y riquezas. Ahora estoy tomando posesión. He vivido en de- bilidad cuando me pertenecía la fuerza. He vivido en desesperación cuando la capacidad de Dios era mía. He vivido en ignorancia cuando la sabiduría y el conocimiento del Hijo de Dios eran míos. Me pertenecían (me habían sido dados), pero ignoré el regalo y nunca le di gracias al Dador. Al menos, mis ojos están abiertos. Veo mis derechos y los tomo.
  39. 39. 42 Como ves, creer es tomar posesión. Es simple- mente actuar sobre la Palabra del Padre, y eso es algo hermoso, ¿no es así? Es muy simple. Le digo al mundo lo que soy en Cristo. Le digo al mundo que Cristo es mi Señor y Salvador. Grito con fuerza que no hay condenación para mí, porque es- toy en Cristo Jesús. La posesión no vino hasta que hice mi gozosa confesión. Cuando la hice, todo pasó a ser mío en realidad. No hay posesión sin confesión. La comprensión sigue a la confesión. Comienzo a actuar sobre la Pa- labra, y la posesión se convierte en algo real para mí. Luego “hago efectivo” lo que me ha dado la gra- cia. Nunca fue un problema de fe o emoción, sino un problema de no apropiarme de lo que Dios ya me había dado.
  40. 40. 43 Grandes confesiones L a palabra confesión en la Biblia significa afir- mar lo que Dios ha dicho en Su Palabra. Es testificar de la declaración de la Palabra. Es testificar de las verdades reveladas en la Biblia. Afirmaciones de verdad Hemos sido divinamente instruidos para “retener nuestra profesión” (Hebreos 4:14). El escritor del li- bro de Hebreos además dijo: “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” (Hebreos 10:23). No sólo ten- emos que retener nuestra confesión de la Palabra, sino que también tenemos que afirmar constante- mente esas cosas que Dios nos ha revelado. (Véase Tito 3:8). Confesar es decir lo que Dios ha dicho en Su Pa- labra sobre algo en particular. Es estar de acuerdo con Dios. Es decir lo mismo que dice la Escritura. Retener tu confesión es decir, una y otra vez, lo que Dios ha dicho hasta que el deseo de tu corazón y lo 8 DG
  41. 41. 44 prometido en la Palabra de Dios se manifiesten por completo. No existe la posesión sin la confesión. Cuando descubrimos nuestros derechos en Cris- to, tenemos que afirmar esas cosas constantemente, testificarlas, ser testigos de esos hechos tremendos de la Biblia. El apóstol Pablo dijo: “Para que la par- ticipación de tu fe sea eficaz en el conocimiento de todo el bien que está en vosotros por Cristo Jesús” (Filemón 6). Las afirmaciones de la verdad deberían salir de nuestros labios constantemente. Tenemos que reten- erlas sin vacilar. El castigo por vacilar a la hora de nuestra confesión es que nos negamos a nosotros mismos la promesa de Dios y el desenlace de la mis- ma. “Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Se- ñor” (Santiago 1:6–7). El salmista dijo: “Díganlo los redimidos de Je- hová” (Salmo 107:2), y de nuevo: “Y digan siempre los que aman tu salvación: Engrandecido sea Dios” (Salmo 70:4). ¿Qué cosas tenemos que afirmar con- stantemente? Afirmar las Escrituras que revelan las buenas cosas dentro de nosotros en Cristo. Hay cientos de afirmaciones poderosas que hacer constantemente al hablar el lenguaje de las Escrituras. Por ejemplo, algunas de las cosas que tenemos que afirmar constantemente son: Dios es quién Él dice ser.• Yo soy quien Dios dice que soy.•
  42. 42. 45 Dios puede hacer lo que dice que puede hacer.• Yo puedo hacer lo que Dios dice que puedo• hacer. Dios tiene lo que dice que tiene.• Yo tengo lo que Dios dice que tengo.• Sabemos que en Jesucristo hemos recibido sal- vación, no sólo para nuestra alma sino también para nuestros cuerpos en nuestra salud, nuestras finan- zas, nuestra paz de mente, y nuestra libertad de la esclavitud y el temor. Palabras que obran maravillas Si consiguiéramos darnos cuenta del poder de nuestras palabras, nuestras vidas serían muy difer- entes. Se dice que “la pluma es más poderosa que la espada”. ¡Cuánto más poderosas son las palabras de nuestra pluma y de nuestra boca cuando nues- tras palabras son la Palabra de Dios! “El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios” (Salmo 50:23). Algu- nas palabras que pueden obrar maravillas son… Palabras de alabanza. “Bendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca” (Salmo 34:1). Proponte ser un “alabador” valiente a partir de ahora. Como alabador, alaba al Señor, no tanto por los regalos que has recibido, sino ensalza al maravilloso Dador mismo. Palabras de edificación y gracia. Proponte ordenar tus conversaciones, para que “ninguna palabra cor- rompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena
  43. 43. 46 para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Efesios 4:29). Palabras de firme autoridad que vencen el poder de Satanás. “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos” (Apocalipsis 12:11). Palabras de confesión de la Palabra de Dios. La confesión siempre precede a la posesión. La pa- labra confesar significa “decir lo mismo”. Atrévete a decir exactamente lo que Dios dice en Su Palabra. Ponte de acuerdo con Dios declarando Su Palabra en cada circunstancia. Cuando ordenamos nuestras palabras correcta- mente, Dios manifiesta los beneficios de Su gran salvación. “Con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10). Y recuerda que cuando hacemos una confesión para salvación, incluye sanidad, lib- eración y todas las bendiciones espirituales y físicas provistas para nosotros en la expiación de Cristo. Como la confesión siempre precede a la pos- esión, una mala confesión, una confesión negativa, precede a la posesión de las cosas incorrectas. Tu lengua, usada erróneamente, puede causarte mu- chos problemas. “El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias” (Proverbios 21:23). “Te has enlazado con las palabras de tu boca, y has quedado preso en los dichos de tus labios” (Proverbios 6:2). Re- húsa hacer una mala confesión. Recuerda que tus palabras pueden producir mar- avillas. Por tanto, pronuncia palabras de alabanza,
  44. 44. 47 palabras de canto, palabras de fe en la Palabra de Dios, y palabras de firme autoridad, expulsando así el poder de Satanás. Verdaderamente, las palabras son la moneda del reino, ¡y puedes decir confiada- mente palabras que obren maravillas para ti!
  45. 45. 48 El valor de testificar L a nación de Israel fue el testimonio de Dios mientras los israelitas vivían en Palestina. Todo el tráfico de la tierra entre Babilonia, Damasco y Egipto tenía que pasar a través de Pal- estina. Los israelitas eran los antiguos testigos de Dios. Fue un día triste cuando perdieron ese testi- monio y fueron llevados a la cautividad. Nosotros somos el testimonio de Dios el día de hoy. “Y me seréis testigos” (Hechos 1:8) significa que cada uno de nosotros somos un testimonio. Es sig- nificativo que nuestra fe nunca se levanta por en- cima de nuestros testimonios. Si temes testificar en voz alta, la fe muere o se hace débil. Tu testimonio es tu fe expresada. “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor…” (Romanos 10:9). Es una confesión de labios. Si con- fiesas delante del mundo y mantienes tu confesión, no abandonándola nunca, no cediendo nunca a una segunda confesión, estás expresando fe. Una segunda confesión puede contradecir la primera. Cuando el escritor de Hebreos nos dijo 9 EWK
  46. 46. 49 que retuviéramos nuestra confesión, estaba golpe- ando la raíz del cristianismo. (Véase Hebreos 10:23). Nunca crecerás más alto que tu confesión. “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos” (Apocalipsis 12:11). La conciencia de pecado tiene su propia con- fesión, como la conciencia de la justicia tiene su con- fesión. Satanás es el inspirador del testimonio de la conciencia de pecado, al igual que el Espíritu Santo es la inspiración del testimonio de la justicia. Cada testimonio de debilidad y fracaso glorifica al que te hace ser débil. Es el testimonio de Satanás a través de tus labios. Cuando confiesas que tus ora- ciones no son contestadas, estás acusando a Dios de falsedad, y le estás prestando tus labios al diablo para que dé su testimonio de su supremacía sobre Dios. Cuando dices: “Han orado por mí una y otra vez y no he recibido mi sanidad”, estás glorificando al adversario. Es tu testimonio de carencia, increduli- dad y fracaso lo que te ha mantenido en esclavitud. Si das un testimonio de fe y lo mantienes en la misma presencia de cada provocación, creyendo que la Palabra de Dios es verdad y que “por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5), serás sanado. Tu carencia monetaria, tu falta de fuerzas y tu carencia de utilidad en la causa de Cristo son pro- ducto de tu propio testimonio. Algunas personas tienen dos testimonios. Uno es para consumo público y el otro es un testimo- nio privado. Sus testimonios privados son fracaso y
  47. 47. 50 carencia. Sus testimonios públicos son poco convin- centes, debilitados y casi serviles, casi incapaces de decir que la Palabra de Dios es cierta. Es el testimonio franco y absoluto de las victorias en Cristo lo que da a luz la fe en los corazones de otras personas. Ten tan sólo un testimonio: el de la absoluta fidelidad de Dios y el de tu absoluta confi- anza en Su Palabra.
  48. 48. Fe atrevida
  49. 49. 52 Confianza Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios. (1 Juan 3:21) E l secreto de la victoria es agarrar tu dilema con ambas manos. El secreto de ganar es af- rontar la dificultad con la confianza de que no te puede azotar, porque no puede azotar a Dios. La forma de afrontar una situación imposible es darte cuenta de que estás ligado a Dios, y el que está ligado a Dios no puede fallar más de lo que Él puede fallar. La fe que Jesús tenía en Sí mismo, en Su minis- terio y en Su Padre le hizo afrontar la cruz con el espíritu de un vencedor. Cuando uno está ligado a Dios, los recursos de Dios son suyos. Dios respalda cada iniciativa a la que Él te envía. Puede que no sientas el entusiasmo y la emoción que creerías que sería lo natural cuando uno está ligado a la omnipotencia, pero no tienes que sen- tirlo. Lo único que necesitas es saber que mayor es el que está en ti, el que te da energías, que toda la 10 EWK
  50. 50. 53 oposición que pudiera venir. (Véase 1 Juan 4:4). Con una calma santa, puedes hacer frente a los proble- mas y dificultades de la vida. Una firme convicción Valentía no es arrogancia, bravata o pretensión, sino coraje, confianza, fe en Dios. Es esa firme convic- ción de que mayor es el que fortalece tu brazo y guía tu trabajo que cualquier fuerza que los seres humanos o los demonios puedan traer contra ti. Valentía es la seguridad silenciosa de que con Dios vas a prevalecer. Las raíces de tu ser van hasta el mismo corazón y seno de Dios. Desarraigarte a ti sería desarraigar el mismo corazón de Dios. Nuestra valentía nace de una unión consciente con Dios para hacer Su volun- tad, lograr Su deseo y llevar adelante Su programa. Todas las facultades de tu ser han sido alineadas con Dios. Dependes de Su sabiduría. Es Su gracia de donde bebes profundamente. Es Su poder lo que te fortalece en la lucha. La fe te ha capacitado para hac- er frente a los problemas de la vida con una sonrisa. La fe en Él, el Invisible, te ha levantado de tu de- bilidad y te ha llevado a Su esfera. Vives y caminas en la fortaleza de Dios. Estás en medio de Su fuerza. Ex- traes tu vida de Él. Su vida es tu vida. Estás escondido con Cristo en Dios. (Véase Colosenses 3:3). Acude confiadamente al trono de la gracia Las palabras de Jesús nos permiten conocerle. Dibujos silenciosos de Jesús no podrían retratarnos al
  51. 51. 54 verdadero Jesús, así que tenemos cuadros proclama- dos de Jesús. Le vemos actuando, oímos Sus palabras. Las palabras son las cosas que más viven en nues- tra mente. Su Palabra es Él mismo. Eso es algo llama- tivo cuando piensas en ello. Cuando Él dice: “Acer- quémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia” para que hagas tus peticiones (Hebreos 4:16), vamos con labios llenos de Su Palabra. Vamos en el nombre de Jesús. Vamos en la autoridad de Su propia promesa, la cual dice: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nom- bre, os lo dará” (Juan 16:23). Esa palabra es Su Pa- labra. Eso le hace a Él decir la oración que nuestros labios están diciendo: “Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos” (Mateo 18:19). Cuando yo cito esa Palabra, Su Palabra sube delante del Padre. Es Su Palabra, y no mía. Es Su oración, no la mía. Jesús dijo: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7). Estoy usando las palabras de Jesús. El Padre oye las palabras de Jesús que proceden de unos labios entregados al señorío de Su Hijo. Así que es realmente Su Hijo el que está orando a través de estos labios. Yo le recuerdo que la Palabra habita en mí, y que yo habito en Él. Nada queda inadvertido. Es el Maestro mismo el que está haciendo la obra.
  52. 52. 55 Él ora a través de mí. Yo cito Juan 14:13 ante el Padre: “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo”. Yo le digo al Padre: “Deseo que seas glorificado a través de Jesús, así que te pido en el nombre de Jesús que se haga esto”. La palabra pedir puede significar “demandar”. Estoy demandando que el dolor se vaya del cuerpo de esta persona. Sé que cuando eso ocurre, el Padre está siendo glorificado. Me estoy poniendo del lado de Jesús de este asunto, y estoy haciendo lo que glo- rificará al Padre. Cuando adoptamos esa actitud, la oración se convierte en un asunto del tamaño de Dios. Esta- mos entrando en la plenitud de Cristo en la vida de oración. Sentados en nuestros hogares, o dondequi- era que estemos, podemos tocar las islas más remo- tas de la tierra. Podemos enviar fuerzas angelicales a ministrar a los que están en necesidad. Su Palabra se convierte en la moneda del reino. Su nombre en nuestros labios es como si el Maestro mismo estuviera presente. Entremos en esta pode- rosa relación en toda su plenitud.
  53. 53. 56 El poder de la línea de sangre Quéhacescuandoestásenunasituacióndeses- perada? Por ejemplo, ¿hay alguna solución para tratar con los robos y los ladrones? Sí, hay poder en la sangre de Jesús que vencerá cualquier cosa y todo lo que el enemigo pueda traer contra nosotros. Apocalipsis 12:11 se hizo real en mi vida, mi familia y nuestro ministerio para vencer una gran adversidad. Dice: “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos”. Durante más de cuarenta años, hemos vivido de una forma nueva bajo la protección de la aplicación de este versículo. Hemos vivido libres del peligro de ser víctimas de un enemigo malvado y sin sen- timientos, y de su malvada obra: “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir” (Juan 10:10). En 1969, nuestras oficinas evangelísticas en Surrey, Canadá, estaban sitiadas por el enemigo. Repetidamente, los ladrones entraban en nuestras oficinas durante la noche para robar y devastar las 11 DG
  54. 54. 57 instalaciones. Usamos todos los medios naturales para detener las arremetidas, incluyendo aumentar las luces, los cerrojos, la seguridad y la vigilancia policial, pero nada funcionó; los ataques persistían. Había noches en que me despertaba con un su- dor frío con la premonición de que estaban roban- do en nuestras oficinas en ese momento. Saltaba de la cama y me dirigía hacia las oficinas. Más de una vez, descubrí que cuando las luces de mi auto iluminaban el frente del gran edificio, los ladrones escapaban por la puerta de atrás. Era frustrante y perturbador. Entonces, un evangelista llamado Stevens vino a Canadá para ministrar. El Señor le usó para ganar almas para Cristo y para derribar fortalezas en las vidas de las personas. El diablo se puso furioso y le dijo al hermano Stevens: “Voy a matar a tus hijos en tu granja en Tennessee”. El hermano Stevens se rió del diablo y le re- spondió: “Satanás, tú no puedes tocar a mis hijos. ¡Le pertenecen a Jesús!”. Pero Satanás respondió: “He puesto la rabia en los zorros que rondan por el bosque que hay cerca de tu granja. Ellos cruzarán tu vaya para morder a tus hijos e infectarles la rabia. Luego morirán”. El hermano Stevens tenía experiencia en luchar con el diablo, y sabía que esa amenaza del adver- sario no era un llamado para que él fuera a com- prar un billete de avión, volar a Tennessee e ir a
  55. 55. 58 cazar zorros con su pistola. En cambio, discernió que era un ataque espiritual, y fue totalmente con- sciente del poder de la sangre, como enseña Éxodo 12:23: “Y cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará Jehová aquella puerta, y no dejará entrar al heridor en vuestras casas para herir”. Les pidió a tres creyentes que se unieran con él para aplicar Apocalipsis 12:11 a esta situación: “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cord- ero y de la palabra del testimonio de ellos”. Cada uno de ellos alzó su dedo índice y, en fe, dibujaron una línea de sangre alrededor de su granja, específica- mente alrededor de los límites. A los diez días, el hermano Stevens recibió una carta de su hermano, que estaba cuidando de la granja. Decía: “Iba caminando por la parte trasera de tu tierra, y llegué al lindero, y me encontré a cin- co zorros muertos en el suelo. Examiné sus cabezas, y los cinco tenían la rabia”. ¡Gracias a Dios que esos zorros no pudieron cru- zar el lindero! En el ámbito del Espíritu, esa era la línea de sangre. La sangre de Jesús había sido apli- cada por “la palabra de su testimonio”, y todos los zorros murieron. Cuando oí esa historia, supe que esa era la re- spuesta para nuestras oficinas. Llamé a mi familia y a mi equipo de trabajo. Todos levantamos nuestro dedo índice y, por fe, dibujamos una línea de san- gre alrededor de nuestras oficinas. Sabíamos que la autoridad estaba en la sangre y en las palabras que
  56. 56. 59 salieron de nuestra boca. Mover el dedo fue algo simbólico de nuestra afirmación. Declaramos: “Diablo, ya has hecho tu maldad contra nosotros. Ahora, aplicamos la sangre de Jesús contra ti. Ya no puedes hacer hombres malos entren a robar en nuestras oficinas. La sangre de Jesús está contra ti, ¡y te derrotamos!”. Por el poder de la sangre de Jesús, esos intrusos nunca volvieron a entrar en nuestras oficinas. Si lo han intentado, no habrán podido cruzar el límite establecido. Hay poder, un poder asombroso, ¡en la sangre del Cordero! Todas las medidas que había- mos intentado antes fracasaron. Poner luces nuevas e instalar cerrojos nuevos no detuvo a los ladrones. Aumentar la vigilancia policial no capturó a los lad- rones. Fue sólo el poder de la preciosa sangre de Jesús, dicha a través de nuestra afirmación en un acto de fe, lo que detuvo a los ladrones. En todas las décadas que han pasado desde en- tonces, nunca nos han vuelto a robar. Hemos aumen- tado ese acto de fe para incluir no sólo nuestras ofi- cinas, sino también nuestros hogares, nuestros autos, nuestros muebles, nuestra ropa, nuestras posesiones y nuestros viajes misioneros. Y por encima de todo, hemos aplicado el poder y la protección de la sangre sobre los miembros de nuestra familia. Mi esposa y yo a menudo viajamos más de 150.000 kilómetros al año haciendo la obra del Señor y lle- vando el evangelio a las naciones. Siempre que subi- mos a un avión, abrochamos nuestros cinturones de
  57. 57. 60 seguridad e inmediatamente dibujamos una línea de sangre alrededor del avión, los motores, la tripu- lación y nuestro equipaje. Estamos convencidos de que somos la gente más segura del mundo, protegi- dos por la sangre de Jesús. Te desafío a hacer esto: levanta tu dedo índice y haz un círculo que cubra tu vida, tu vehículo, tu casa y a tus seres queridos con la preciosa sangre de Jesús. Durante más de cuarenta años, Dios ha hon- rado de forma maravillosa nuestra fe en la sangre de Jesús. No estamos entre aquellos a los que Satanás vence con sus trabajos sucios, sino que le hemos vencido con la sangre del Cordero y la palabra de nuestro testimonio. ¡Qué vida de confianza pro- duce este acto de fe!
  58. 58. 61 Nuestro frente sólido en Cristo N uestro frente sólido en Cristo” significa una confesión intrépida en presencia de circunstancias que parecen abrumadoras. Tu valentía será una señal de la destrucción inme- diata de tus enemigos, pero para ti será una señal se- gura de tu salvación de Dios. (Véase Filipenses 1:28). Una posición firme e intrépida en presencia de la der- rota trae la victoria. Una confesión valiente de la su- premacía de Dios sobre toda opresión de enfermedad trae la victoria. Dios no puede mentir, y Su Palabra nunca puede fallar. Él dice: “Yo apresuro mi palabra para ponerla por obra” (Jeremías 1:12). No necesitamos nada más. Romanos 10:11 es el mensaje de Dios para nuestros corazones: “Todo aquel que en él creyere, no será aver- gonzado”. Como puedes ver, Dios y Su Palabra son una, así que atrévete a tomar tu lugar sin temor como uno de los suyos con Cristo. “Porque aunque estoy ausente en cuerpo, no obstante en espíritu estoy con vosotros, gozándome y mirando vuestro buen orden y la firmeza de vuestra fe en Cristo” 12 EWK
  59. 59. 62 (Colosenses 2:5). La traducción Weymouth dice: “…el frente sólido presentado por vuestra fe en Cristo”. Otra traducción dice: “…vuestra firmeza y frente sólido en Cristo”. El testimonio vacilante, titubeante y dudoso gen- era incapacidad y fracaso, pero el que se atreve a hac- er frente al adversario valientemente es el ganador. Esto significa ser osado en medio de cada problema para retener tu confesión. (Véase Hebreos 4:14). No es tu profesión, sino tu confesión de quién es Él para ti y de lo que significa para ti Su Palabra en tu cami- nar diario. Conocemos la Palabra, y es necesario que actu- emos en base a ella para convertirnos en hacedores de la Palabra y gente que practica la Palabra. (Véase Santiago 1:22–25). Nuestra confesión y nuestra con- ducta deben concordar. Seguro que este pasaje del libro de Santiago te resulta familiar: Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si algu- no dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?...Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. (Santiago 2:14, 18) El que consiente sólo mentalmente no tiene ac- ciones correspondientes; el que “espera” no tiene acciones correspondientes. Es el que cree el que actúa en base a la Palabra, dándole gloria al Padre, y dándole gozo a Jesús.
  60. 60. 63 Como puedes ver, en cada lugar debe haber una acción correspondiente. Nunca debemos olvidar ni por un instante qué clase de personas somos. So- mos la “nueva creación”, somos gente en la que Dios habita, gente vencedora, y debemos recordar lo que somos en Cristo. “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:27). Somos señores de las circunstancias. El hombre que es independiente de las circunstancias te dirá que, en la pobreza, actúa como si fuera rico; en prisión, se comporta como hombre libre. Las cir- cunstancias no pueden gobernarle. Los demonios han aprendido a temerle. Dios le honra. Jesús se goza con él. Es un señor. Si la enfermedad le llega, él recuerda que es señor de la enfermedad y alaba al Padre por su perfecta salud. Si surgen dificultades económicas, recuerda: “Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad pri- meramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:32–33). Tal hombre ha buscado el reino, y lo ha encon- trado. Ha encontrado su lugar como hijo de Dios; por consiguiente, es señor sobre la necesidad. Cul- tiva la conciencia de que “Dios está dentro”. Tu caminar con Dios puede ser controlado si cultivas la conciencia de tu unidad con Cristo, de tu victoria en Él sobre las fuerzas de la oscuridad. Cultiva una conciencia de dominio total del nombre de Jesús. Recuerda que Él dijo: “En mi nombre echarán fuera
  61. 61. 64 demonios” (Marcos 16:17), y: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará” (Juan 16:23). Si tienes acceso al Padre en ese nombre, eso te sitúa en el lado ganador para la eternidad. Ahora eres un maestro. Recuerda qué clase de hombre eres, y no vuelvas y vivas como un hombre común. Vive como lo hizo el Maestro en Su caminar terre- nal, porque tienes a Dios en ti. Tienes el derecho le- gal de usar Su nombre, el cual tiene toda autoridad. Eres un maestro. Alábale por ello, y vívelo ahora.
  62. 62. 65 Cómo se edifica la fe E s, pues, la fe la certeza de lo que se espera” (Hebreos 11:1). Le damos certeza a la esper- anza cuando actuamos en base a la Palabra de Dios. La esperanza es siempre futura. La fe es ahora. Creer es actuar en base a la Palabra. Santiago dijo: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mis- mos” (Santiago 1:22). Un “hacedor” es un “vividor”. La Palabra vive en mí en la medida en que la hago. Hacer la Palabra es, entonces, vivir la Palabra. Esto significa que Dios está viviendo en mí. Yo vivo en la Palabra hasta la medida en que ésta funciona en mi vida diaria. Jesús dijo: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros…” (Juan 15:7). Con esta re- alidad, la oración se convierte en algo muy simple. ¿Por qué? Porque la Palabra en mis labios será la Palabra de Dios. Dios está hablándose a sí mismo a través de mis labios. A través de mis labios, Dios puede pedir lo que quiere, y me será dado. 13 EWK
  63. 63. 66 Su Palabra se convierte en algo vivo en mis la- bios, como fue algo vivo en los labios de Jesús. En la tumba de Lázaro, Jesús dijo: “Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes” (Juan 11:41–42). Cuando la Palabra habita en ti como vive en Jesús, puedes decirle lo mismo al Pa- dre. Esa Palabra puede habitar en nosotros, puede vivir en nosotros, como vivió en Jesús. Cuando recibimos a Cristo, recibimos la vida eter- na. Eso nos llevó a la familia de Dios, donde tenemos que asumir el lugar de hijos e hijas. Ahora, temeos que actuar como hijos de Dios. Tenemos que tomar nuestro lugar y asumir nuestras responsabilidades. No tienes que intentar ser un hijo de Dios, porque ya eres uno. No tienes que intentar obtener fe, porque todas las cosas te pertenecen por estar en Su familia. Estás haciendo la voluntad de tu Padre como lo hizo Jesús, y el Padre te está respaldando como respaldó a Jesús. Estudias para conocer al Padre. “Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). ¿Te habías dado cuenta de lo que acabas de leer? Que conozcas al Padre. Que conozcas a Jesús. Que puedes conocer a tu Padre a través de Jesús. Quizá le conozcas a través de los cuatro Evange- lios hasta cierto grado. Quizá le conozcas en más pro- fundidad con la revelación paulina. Pero realmente le conoces cuando comienzas a practicar la Palabra.
  64. 64. 67 Cuando te conviertes en un “hacedor” de la Pa- labra, realmente le conoces. Cuando oras con los que están enfermos; cuando aprendes a no dar crédito a la evidencia sensorial que contradice la Palabra; cuando estudias la Palabra como si fuera el mensaje de Dios para ti; entonces le conocerás. Habla con Él. Relaciónate con Él como lo harías con un ser querido que vive contigo. Entonces cono- cerás al Padre. Resultados de la oración Debería haber escuelas para enseñarles a los hombres a orar. La oración es más importante que la predicación. Me refiero a ese tipo de oración que involucra a Dios en nuestro bienestar, la que trae una respuesta divina y respuestas auténticas. Tenemos a mucha gente que ora, pero los resul- tados no demuestran que sus oraciones tengan valor alguno. Debemos orar para obtener beneficios. Los grandes hombres de negocios buscan hacer empresas que den beneficios. Las grandes industrias del acero demandan la mejor educación técnica y científica, y lo mismo ocurre en cada sección de la industria. La oración es de suma importancia. Hablar simplemente al aire no es orar. Tomar unos veinte minutos el domingo por la mañana, darle a Dios una homilía sobre cuáles son Sus tares para nuestra nación no es orar. Darle a la congregación una clase sobre el abrigo de Dios no es orar.
  65. 65. 68 Creo que deberíamos orar para obtener resulta- dos; si oramos y no pasa nada, deberíamos buscar cuál es el problema. Las cosas más grandes del cris- tianismo son las sobrenaturales, y si las cosas no se hacen, eso demuestra que tenemos la forma pero no el poder. (Véase 2 Timoteo 3:5). Todas las cosas se nos ofrecen a través de la oración, y si no las ten- emos es porque no hemos establecido una conex- ión de oración. Sabemos que Dios ha oído la oración. Tú lo sa- bes, y yo lo sé. He visto miles de almas salvadas como respuesta a la oración. He visto conseguir miles de dólares como respuesta a la oración. He visto de- monios expulsados y miles de enfermedades sanadas como respuesta a la oración. He visto el poder mila- groso de Dios manifestado cientos de miles de veces. He ido de iglesia en iglesia y he encontrado desde veinte a cien cristianos en cada lugar. En muchos de ellos, no se ha salvado ni un alma durante años, y no se ha obtenido ni una sola respuesta llamativa a la oración, y aun así siguen orando. ¡No hay resultados! ¿Por qué no volver a los primeros principios y descubrir qué está pasando? ¿Acaso Dios es falso? ¿Se ha terminado el día de la oración? ¿El que ha hecho estas promesas es un Dios en bancarrota? Puede que sea que no nos conocen en el banco del cielo. ¡Nos iría mejor si Jesús nos presentara e identificara allí! Jesús nos ha dado los poderes para usar Su nombre en oración ante el Padre. Sus palabras son
  66. 66. 69 definitivas: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará” (Juan 16:23). Sabemos que Jesús y el Padre hicieron en un pacto de sangre maravil- loso con nosotros, y sólo eso nos garantiza respues- tas a nuestras oraciones. Luego, Jesús nos dio la gran comisión y dijo que estaría con nosotros hasta el fin del mundo. (Véase Mateo 28:18–20). Si Él nos envía, Él nos respaldará, porque ningún soldado marcha bajo sus propias órdenes. Jesús debe responder nuestras oraciones y suplir nuestras necesidades. Nos encontramos con grandes necesidades por todas partes. Los hombres se mueren por su necesi- dad de Cristo. Los enfermos necesitan sanidad y los débiles necesitan fuerza. ¿Estás en Su voluntad? ¿Estás haciendo lo que Él quiere que hagas? ¿Está bien tu vida con Dios? ¿Te condena tu corazón? Si es así, ¡arréglalo! Arrodíllate bajo el Poderoso y ábrete camino orando entre el ejército de demonios que quiere obstaculizar tus oraciones. Ora para obtener la victoria. Si estás orando por el enfermo, sigue haciéndolo y no abandones. Si es- tás orando por dinero, ordena que llegue en el po- deroso nombre de Jesús. Si estás orando por almas, permanece preparado hasta que veas la respuesta.
  67. 67. 70 Confiado como un león C uando yo era joven, experimentaba temores que me atormentaban en muchas áreas de mi vida. Era reticente, dudoso y temeroso. Después, el Señor me llamó al ministerio, y me transformó milagrosamente de ese joven temeroso a un siervo emocionado de Dios. Durante muchos años, viví libre del temor en todas sus formas. En- tonces, experimenté una crisis que me llevó a en- frentarme nuevamente cara a cara con la diferencia entre una vida de temor y derrota y la victoria de una vida bíblica atrevida. Durante años, tuve un lunar en un lado de mi cara. Era liso, del tamaño de la uña de mi dedo. Cuando el lunar comenzó a cambiar de color y tamaño, obtuvo una fea apariencia. En febrero de 1976, mi esposa Joyce y yo nos estábamos preparan- do para salir a un viaje misionero. Estábamos des- ayunando con nuestros hijos cuando mi hijo hizo de portavoz de todos ellos: “Papá, estamos preocu- pados por el brote de ese lunar en el lateral de tu cabeza. Antes de que te vayas de viaje, nos gustaría que fueras al doctor para que lo examine”. 14 DG
  68. 68. 71 Accedí a la petición de mis hijos, y esa misma tarde fuiaveraldoctor.Eldoctorexaminómeticulosamente el brote y luego me preguntó con un tono serio de voz: “Reverendo Gossett, ¿cuál es el menor tiempo posible en el que podría estar listo para una intervención?”. “¿Intervención?”, indagué. “No tenía ni idea de que usted tuviera eso en mente”. El doctor respondió: “Es indispensable que se opere lo antes posible. No debemos retrasarlo”. Le informé al doctor de que estaríamos fuera hasta el 1 de marzo. Él miró su calendario y programó mi intervención para el 4 de marzo. Me informó del posible peligro de ese tumor, y que la operación no se debía retrasar más de la fecha estipulada. Cuando Joyce y yo llegamos a nuestro destino unos pocos días después, tuve que batallar con unos temores intensos por el veredicto del doctor. De hecho, me estaba compadeciendo a mí mismo. ¿Por qué me tiene que ocurrir esto a mí? ¿Por qué tengo que ser yo la “victima” de esta amenazante situación? Un día, estaba de pie mirándome en el espejo, tocando ligeramente el tumor y recordando las ad- vertencias del doctor de su posible peligro. Joyce me vio ahí de pie y me dijo: “Alguien que yo conozco está realmente asustado”. “Sí, es cierto, cariño”, admití. Joyce cruzó la habitación hacia donde yo es- taba, y pensé que venía para darme unas palabras de ternura y preocupación, pero cuando estaba a sólo unos pasos de mí, me miró fijamente y me dijo: “¡Pues peor para ti!”.
  69. 69. 72 “¿Peor para mí? ¿Por qué has dicho eso?”, le pre- gunté. “Tú eres el predicador que ha escrito libros so- bre cómo vencer el temor; has compartido doce- nas de mensajes de radio por todo el mundo sobre cómo vivir libre del temor todos los días de tu vida, y ahora, aquí estás todo asustado”. “Pero, cariño, esto es de verdad…”. Mi esposa valientemente pasó a la acción y me dijo: “Don, hay tres cosas que debemos recordar. Primero, puede que la operación sea la manera de Dios de proveerte para esta situación. En segundo lugar, la operación puede que no sea necesaria, porque el Señor puede sanarte en su soberanía. Y tercero, pase lo que pase, no debemos darle lugar al temor, porque eso sería darle lugar al enemigo”. Con esas palabras, Joyce puso su mano firme- mente sobre mi pecho y comenzó a reprender al espíritu de temor en el nombre de Jesús. ¡Esa fue una de las liberaciones más destacadas de mi vida! De repente, el temor se fue. Fue como si unos gril- letes se hubieran roto en mi pecho. Me sentí libre para respirar profundamente sin ningún temor en mi corazón. El tumor persistió e incluso se hizo más grande y feo en los días siguientes, pero nunca más me asustó. El Señor me había liberado totalmente de los espíritus atormentadores de temor, y yo era libre para alabar a Dios, confesar Su Palabra y anticipar valientemente el milagro del Señor para mi vida.
  70. 70. 73 Cuando volábamos de regreso a casa el 1 de mar- zo, acerqué mi mano y accidentalmente me toqué el tumor. Cuando lo hice, se cayó como la mitad en mi mano; después, durante la noche del 3 de marzo, ocurrió un gran milagro. Me levanté temprano esa mañana, me toqué la cabeza y me alegré al descu- brir que donde había estado la otra mitad del tu- mor, ¡no había nada! Corrí al espejo para exami- narlo más de cerca y descubrí que el tumor se había ido por completo. Al volver a mi cama, pude ver los restos del tumor esparcidos por la almohada. Con gozo, desperté a Joyce y compartí con ella la maravillosa noticia. “Cariño, este es el día pro- gramado para la operación, ¡y no hay nada que ‘operar’!”. Nos gozamos juntos por lo que el Señor había hecho. En el desayuno, decidimos que debíamos man- tener la cita con el cirujano, y pregunté con algo de curiosidad: “¿Qué le voy a decir hoy al doctor? Nunca me había pasado algo así”. Mi hijo dijo con voz firme: “Papá, cuando veas hoy a esos doctores, ¡simplemente diles lo que ocurrió!”. Cuando llegué a la clínica para la operación, me recibió una enfermera. Me llevó hasta la sala donde teníaquedejarmiropayesperarhastaqueestuvieran listos para realizar la intervención. En el momento en que llegamos a la habitación, dije: “Enfermera, quizá no se haya dado cuenta, pero ya no tengo nada”. Ella me miró sorprendida. “¿Ya no está el tumor? ¿Qué le ha ocurrido?”.
  71. 71. 74 Con gozo en mi corazón, le respondí: “¡El Señor Jesucristo me ha sanado completamente!”. Al mencionar que el Señor me había sanado, la enfermera me miró bastante asustada y rápida- mente dijo: “Debo informar a los doctores de inme- diato”. Se apresuró por el pasillo, alejándose de la habitación. En unos minutos, el primer doctor regresó con mi cuadro médico en la mano. Estudió el cuadro y luego examinó cuidadosamente mi cabeza. Repitió el proceso varias veces y luego explicó: “Será mejor que avise al otro doctor. Él ha estado llevando su caso más de cerca que yo”. Después de un rato, llegó el segundo doctor. El doctor estaba algo dudoso de mi relato sobre que el Señor había hecho un milagro en mí. Me miró con curiosidad y me preguntó: “¿Qué es eso que he oído de que hizo un milagro en usted mismo?”. “Doctor, yo no lo hice. Fue el Señor quien lo hizo, ¡y le doy a Él las gracias y la gloria!”. Durante los siguientes veinte minutos, esos médicos estuvieron discutiendo el asunto conmigo. Compartí con ellos mi experiencia tal y como había sido: cómo casi sucumbí al espíritu de temor, cómo Joyce había orado por mí y como el Señor había comenzado el proceso de sanidad en las siguientes setenta y dos horas antes de la hora de la interven- ción. Mientras hablaba, los doctores parecían rela- jados y estaban mucho más abiertos en su actitud.
  72. 72. 75 Después de un rato, el primer doctor se giró ha- cia el segundo y le preguntó: “¿Es posible que esto haya sido obra de la naturaleza?”. Pero el otro doc- tor sólo respondió: “¿Qué es la naturaleza?”. Para terminar nuestra conversación, ambos doctores pronunciaron que mi caso estaba terminado. Re- conocieron que ellos no habían hecho nada en la sanidad que se había producido. ¡El Señor recibió toda la gloria! Este milagro ha soportado la prueba durante más de cinco años ya. No ha vuelto a reaparecer ningún indicio del tumor. Le he dado gracias al Se- ñor cien veces por la sanidad, por la victoria sobre el temor y por la continua demostración del poder de una vida bíblica atrevida. Han pasado muchos años desde que Dios nos guió por primera vez a ser pioneros con el mensaje de llevar una vida bíblica atrevida en nuestros pro- gramas de radio. Ha significado mucho para mi pro- pia vida, porque ha sido a través de este conocimien- to de la Palabra de Dios como he aprendido a vivir como dice la Biblia en Romanos 8:37, como “más que vencedores por medio de aquel que nos amó”.
  73. 73. 76 Caminar en fe A ntes creía que si podía confiar en Dios re- specto mis finanzas, realmente podría estar entre la gente de fe. Con el paso de los días y la multiplicación de los años, la fe comenzó a tomar un rango más amplio, y comencé a ver qué poca cosa era confiar en Dios sólo en cuanto al dinero. Luego, confié en Dios con respecto a mi cu- erpo. Vi que “por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). Fue un alegre sentimiento de alivio de los temores que me habían atrapado en el pasado. Después, un día, vi que mi Dios era un Dios de fe, y toda la vida era fe. Me di cuenta del poco es- pacio que queda para el conocimiento sensorial en el ámbito de las cosas. Vi sus limitaciones, y tras sus limitaciones, vi la ausencia de límites de la fe. Luego, las Escrituras que había leído durante años y pensaba que entendía se iluminaron con una luz que me emocionaba. Vi que en la obra termi- nada de Cristo, cada necesidad del hombre había sido suplida. 15 EWK
  74. 74. 77 No se trataba de obtener mi sanidad. Mi sanidad ya se había conseguido. No se trataba de conseguir fuerza para realizar las obligaciones del día, pues esa fuerza ya era mía. No se trataba de adquirir sa- biduría, porque Jesús se hizo para mí sabiduría de Dios. (Véase 1 Corintios 1:30). Ya no se trataba de oraciones de desesperación, sino que era hablar con quietud y confianza de las obras del día. No era decir: “Señor, dame dinero para pagar mis facturas”. Yo sabía que Él supliría cada una de mis necesidades. No era orar por fuerza, sino que Él era “la fuerza de mi vida” (Salmo 27:1). Descubrí que el siguiente pasaje en Santiago 5 se refería a los cristianos que caminaban en el ám- bito de los sentidos, que nunca habían aprendido a caminar en el ámbito del Espíritu. “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la ig- lesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor” (Santiago 5:14). “Llame a los ancianos” era en el ámbito de los sen- tidos. Yo he salido de los sentidos para adentrarme en la esfera del Espíritu. Ahora puedo caminar en las obras preparadas para mí. Sanidad y bendición, romper el poder de los demonios sobre los cuerpos de los hombres, todo fue preestablecido y logrado. Lo único que yo tenía que hacer era usarlo. Es como ir al armario a por un traje que está ahí colgado. Simplemente me lo pongo y salgo a traba- jar. Ahora, me pongo las capacidades, la gracia, la
  75. 75. 78 fuerza, la sabiduría y el amor necesarios para resolv- er los problemas de la vida. ¿Es cierta esta promesa? Marcos 9:14–27 contiene la historia del padre con el hijo epiléptico. Los discípulos no pudieron llevar a cabo la liberación, y el padre se lo llevó a Jesús diciendo: “‘Pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos.’ Jesús le dijo: ‘Si puedes creer, al que cree todo le es posible’” (versículos 22–23). Aquí está lo ilimitado del asunto; aquí está el reto para todo aquel que lee Su Palabra. Parece algo lastimoso que intentemos tener fe. Muestra cómo el cristianismo teórico nos ha dominado y mantenido en debilidad, en la esfera de la teoría y la especu- lación, en la esfera de la mente del mundo en vez de acudir a la Palabra de Dios como niños. Los hombres han formulado sus credos y han encerrado a Jesús en ellos, así que lo único que tienen es un Cristo de credo, o un Cristo teórico, o quizá un Cristo histórico. Ahora podemos acercar- nos al Jesús vivo, ilimitado por el credo, que ahora susurra a nuestro corazón: “Todo es posible para ti”. La palabra creyente significa realmente “uno que cree”. Esto aporta algo más de luz. “Alguien que cree” es un hijo de Dios. Entonces, todo es posible para los hijos de Dios. Todas las cosas nos pertenecen ahora. Cuando nacimos de nuevo, entramos a formar parte de la familia y nos convertimos en coherede- ros con Cristo. Esto es de gran valor para nosotros.
  76. 76. 79 Todo es posible para los hijos e hijas de Dios, para los que han venido a formar parte de la familia. Sé fuerte en el Señor El éxito en la vida divina y el éxito en la vida comercial son ambos aventuras de fe. Nadie sabe lo que traerá el mañana en el mundo comercial. Puede que un fuego incendie tu edificio, o que el banco que tiene tu dinero entre en bancarrota, o un cliente que te debe lo suficiente como para hun- dirte se declare insolvente. Pero si confías en el Señor, no fracasarás. “Fortale- ceos en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Efesios 6:10). No te dice que seas fuerte en tus propios recursos sino en la fuerza del poder de Dios. “Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos” (1 Corintios 16:13). Este es el reto de amor. Tienes que descolgarte libremente de las teorías de los hombres y descansar totalmente en la Palabra de Dios, “para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu” (Efesios 3:16). Fortalecido con la fuerza de Dios, capacitado con la capacidad de Dios en el hombre interior, permanecerás firme e inmovible. (Véase 1 Corintios 15:58). “Fortalecidos con todo poder, conforme a la poten- cia de su gloria, para toda paciencia y longanimi- dad” (Colosenses 1:11). Esa persona no puede fallar. Esa persona es un vencedor desde el comienzo de la batalla.
  77. 77. 80 Regresemos a nuestro primer versículo: “For- taleceos en el Señor” (Efesios 6:10). Consigue toda la educación y el entrenamiento que puedas, pero recuerda que tu fortaleza está en el Señor. “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13). Estás confiando en el Dios que está en tu interior.
  78. 78. 81 Una vida bíblica confiada Qué es una vida bíblica atrevida? ¿Qué sig- nifica? Primero,unavidabíblicaatrevidasignifi- ca vivir con V mayúscula. “El que tiene al Hijo, tiene la vida” (1 Juan 5:12). Cuando recibimos a Cristo como Señor y Salvador, Dios nos da vida abundante (véase Juan 10:10) y eterna. (Véase Juan 3:16). Segundo, vivimos según la Biblia. Jesús nos ense- ñó cómo vivir realmente: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Mi llamado constante en el min- isterio es vivir por la Palabra de Dios. Eso es vivir bíblicamente. En tercer lugar, el Señor nos llevó claramente a enfatizar la vida bíblica atrevida. Al estudiar las Es- crituras con relación a la vida bíblica atrevida, des- cubrimos una promesa tremenda de Dios: ¡todos podemos ser confiados como un león! ¿Por qué? Porque “mas el justo está confiado como un león” (Proverbios 28:1). ¿Quiénes son los justos? Todos los cristianos nacidos de nuevo ¿Cómo? ¡Por 16 DG
  79. 79. 82 la fe en Jesucristo! No tenemos nuestra propia jus- ticia con la que agradar a Dios, pero Dios hizo que Jesús se convirtiera en pecado por nosotros, para que pudiésemos ser la justicia de Dios en Cristo. (Véase 2 Corintios 5:21). Sí, somos la justicia del Se- ñor, y los justos están confiados como leones. ¿Qué significa estar “confiado como un león”? Pri- meramente, significa tener cuatro cosas: confianza, valor, ausencia de temor y osadía. La confianza en Cristo, no en nosotros mismos, es lo que nos capacita para gritar: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Valor, el mismo valor bíblico que caracterizó a todos los justos de la Biblia. Considera los hechos de hombres como Daniel, David, Elías, Abraham, Josué y Moisés, por nombrar sólo unos pocos. La ausencia de temor, la capacidad de Dios que nos capacita para vivir libres del temor todos nue- stros días. “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). Osadía para actuar en base a la Palabra de Dios, para hacer lo que Dios dice que podemos hacer. Estas son cuatro cualidades distintas; sin embar- go, armonizan entre ellas. Es difícil tener una y no tener las cuatro. La Palabra está llena de principios desafiantes para asegurarnos que Dios nos da estas cualidades, y luego espera que las usemos. El Señor promete:
  80. 80. 83 No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo. (Isaías 41:10) En quietud y en confianza será vuestra fortaleza. (Isaías 30:15) Mira que te mando que te esfuerces y seas va- liente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas. (Josué 1:9) Esto es vivir con confianza: ser valiente ante cual- quier adversidad y aprender que el triunfo es para los que practican esta verdad. Es ser capaz de decir con David: “Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado” (Salmo 27:3). En mayo de 1967 me encontraba en Israel. Cuan- do llegamos a esa zona donde los israelitas estaban formados contra los filisteos, mi imaginación re- cordó gráficamente el gran evento. Si un hombre alguna vez ha mostrado valor ante el fuego, ese fue David en esa hora. Todo el ejér- cito de Israel estaba aterrado por el gigante Goliat. Ningún hombre podía hacerle frente. De hecho, to- dos se acobardaron en su presencia y en presencia de sus humillantes insultos contra Israel. El ejército israelí tenía tan pocas probabilidades de éxito que ningún hombre se atrevía a “salvar la cara” en ese momento de crisis.
  81. 81. 84 Sin embargo, vemos a David saliendo de ese cam- po de batalla y retando al gigante que se reía de él. David no fue cobarde. Dios le había dado victorias en el pasado contra enemigos formidables como un león y un oso. Este joven tenía valor, y el valor era la cualidad que se necesitaba aquí. Con la ayuda de su Dios, David venció al gigante ese día. ¿Cuáles fueron sus secretos? Primero, creyó en su corazón que podía vencer a Goliat, y así lo de- claró confiadamente. Nosotros también debemos confesar nuestra fe, confesar las Escrituras, y afirmar confiadamente que lo que Dios ha dicho es nuestro. En segundo lugar, el valor de David fue por el nom- bre del Señor. David declaró: “mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos” (1 Samuel 17:45). NuestrafortalezaestáenSunombre.Recuerda:“Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado” (Proverbios 18:10). Un evangelista amigo mío me contó una historia sorprendente de un hombre que exhibió una vida bíblica confiada y un valor en el Señor bajo unas cir- cunstancias muy adversas. La historia es la siguiente: “Hace años, en una terrible ventisca, un gran- jero lleno del Espíritu se había quedado tirado a muchos kilómetros de distancia de su hogar. El parabrisas de su auto se estaba congelando, y los limpia-parabrisas no funcionaban, al igual que la calefacción, que no funcionaba. Se encontraba en una condición desesperada.

×