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HegoBerriak 41 . diciembre 2005

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41ª entrega de la revistilla Hego Berriak con la actualidad del momento sobre Muunga-Sampwe de la República Democrática del Congo

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HegoBerriak 41 . diciembre 2005

  1. 1. ¡evo-Sur heg Parroquia San Vicente Mártir de Abando Grupo de Apoyo al Tercer Mundo iluminemos a ios que viven en la más profunda oscuridad, para dirigir nuesüos pasos por un camino de paz pobrararevr La-«hmcvxa, qáufko ¿amena ‘
  2. 2. El pasado mes de octubre, una llamada telefónica nos dejó helados: Alfonso Saiz, el Alfonso de Kansenia que todos conocíamos, nuestro Alfonso, estaba muy mal. Dos días después otra noticia, aún más demoledora corrió como la pólvora: el 13 de octubre Alfonso nos había dejado, y ya estaba DEFINITIVAMENTE BIEN. Alfonso ya no necesita de nosotros, pero nosotros sí necesitamos de él. Y la obra en la que durante tantos años trabajó en su “Kansenia, mon amour” necesita de todos nosotros. Había iniciado una Campaña de la Azada para que nadie dejara de ganarse su sustento por falta de herramienta: 6 € = 1 azada ¿Hay mejor recuerdo de Alfonso que perpetuarlo en donde depositó su amor? Puedes ingresar tu contribución en: Caja Laboral: 3035 0072 04 0720035104 Parr. San Vicente Mártir Abando-Azadas MMO-SUI ’ rrim u» 2°“ bei r ¡u 4U h e oviembre Parroquia San Vicenta Mártir de Abando GILOO CIBADONG 13% ¡latido ¡KANSENIA, MON AMOUR! ¡KANSENYA MUTEMWE WAMI¡ Nota. - El Grupo de Apoyo al Tercer Mundo de la Parroqu aiiooso Saiz eiiaao, sacerdote misionero Para trabajar apasionadamente hace falta mucha vocación y amor por la labor que realizas Una de las caracte- rísticas principales con la que pode- mos definir al sacerdote misionero AlfonsoSaiz era supasión por el désa- , , rrollo humano de los empobrecidos de Congo, concretada en los lialbitantes de Kansenia. Alfonso Saiz Bil- bao nació en_Algor- ta el 28 de julio de 1937. Ordenado sa- cerdote en 1960, par- üó como misionero diocesano a África en 1966. Alos trein- ta años pasó al que sería su destino definitivo, el pueblo de Kansenia. eri plena selva katariguesa. Además del francés, pronto aprendió la lengua local. el kisanga. Sencillo, austero, contri- buyó a mejorar la vida de sus habi- tantes gracias a ¿los proyectos que PÍVJÏEÜLÜS como la Hogaria de aigua potable, financiada por el Gobier- ndvasco, que permitió que la gente dejara d_e ¡agua contaminada. Últi- marh pies-gracias a la colaboración ' ica de muchas personas, rie "Aarrocjúiás y del Ayunta- miento de se habíancoesïruï- do para lar-ésoblárïïepión del sector No sólo Dado que’ inásde 2,000 niños se iban a qué- -da. r sin‘ el gobierno local no" pagabaa los profesores, - hubo qiie liaceise cargo de los de mas de Sojnaesn-gs, Con la muerte deAlfonso iio pqdemospreveiïciiál será el fixture educativo de éstospequeños. . _ Alfonso niíírió elpásado 13 de octu- bre Una üialariacerebral acabó con su vida. Ayer le enterraron en su que- rida lgansenia. Hoy le recordaremos en Algorta, eri la parroquia de S. Nico- lás, a las 19. 30'horas. El mensaje de condolencizïdel arzobispo de Lubum- bashi dice que la simiei-‘ite de Alfonso dará mucho frutos. Las personas cie Kansenia flotan hoy su pérdida. 'l‘ie- nen motivo para ello. lñigo Iriarte Leiarraga Director de Misiones Diocesanas Vasca; ia de San Vicente Mártir de Abando se apresuró el pasado mes en sacar un número especial de este boletín (el n“ 40) narrando las horas que siguieron al ‘fallecimiento de Alfonso. ‘Su distribución lia sido muy restringida, pero Sl alguien desea tenerlo solo necesita hacernoslo saber. Muchas gracias. i * ÏÉÏÏE CQÑRÉÏQFÏÁLÜLJÏLÜÓS i Í
  3. 3. Comunicación Alkarren Barri N° 134 Crónicas Habiendo del Con josé Antonio Bascatan. (Eibar 1954-) Lleva Z1 años en El Congo . Antes de ser misionero seglar fue empleado de banca en Eibar. ¿Cómo se llega a la R. D. del Congo de repente? En un momento dado de mi vida, me sentí empujado a hacer algo por los demás, empecé a bus- car y contacté con un movimiento seglar misionero, que es la Obra Misionera Ekumene. En el 84, me fui al Congo. Alli tenemos un Proyecto de Desarrollo Integral de la persona. Los dos primeros que fueron se habían instalado en el año 81 en un pequeño poblado de 200 habitan- tes. Nuestra idea era trabajar con la gente del poblado, en pequeños grupos, tipo cooperativas, nosotros les llamamos Empresas Sociales, y esto es que trabajen varias familias poniendo todo en común, el trabajo, los proyectos, y el estilo de funcio- namiento es que a la mañana hay una pequeña reunión, en la que ofrecemos el día por el bien de todos, en fin, tratar de crear un poco la conciencia de que lo que están haciendo es de ellos, les pertenece a ellos; porque una de las cosas que se ve en Africa, y yo creo que en todo el Tercer Mundo, es que la gente no tiene una motivación. Después de tres años de experiencia con la gente vimos que trabajar con la azada era un poco limitado, y había que buscarotra alternativa que nos diera un empuje y poder ampliar todo lo que se estaba haciendo. Pro- pusimos los bueyes. Ellos en un principio decían que no, que eso del buey. .. ellos el tracton Claro, se veía por allí algún tractor que otro, en alguna granja, o de algún blanco. ..Y bien, tal vez se podía hacer un pro- yecto y conseguir el tractor, pero luego, cuando había que echar el gas-oil, conseguir las piezas de repuesto, cambiar las ruedas. .. pues a ver cómo. Hicíeron la experiencia de domar cuatro bueyes, dos pare- jas, y lo consiguieron y los trajeron al poblado. Se llegó a formar un grupo de doma que todos los años se dedica de julio a septiembre a preparar parejas. Normalmente esto lo hacemos en forma de crédi- to: lo pagan en tres años con el maíz que han cultivado. Hoy en día pode- s mos decir que habremos domado unas 650 parejas. Estamos hablando de un país que ha sufrido, y que sigue sufrien- do. .. porque está al borde de unas elecciones pero todavía ha habido una matanza el otro día. .. Exactamente, tenemos que decir también que se habla del genocidio de Rwanda, en el que se habla de un millón de muertos, pero en el Congo -reconocido por la ONU- se habla ya de 3,5 millones de muer- tos, y eso se deja pasar sin decir nada. Es triste. Y Rwanda tiene mucho que ver con la violencia del Congo, hay guerrilleros hutus y tam- bién ha actuado movido por las grandes potencias. Estamos hablando de una situación en la que occidente tiene mucha responsabili- dad, yo creo que casi toda, no se puede decir toda porque también hay gente implicada de allí, pero según les empujan del exterior. .. hay que darse cuenta que la R. D. del Congo es un país muy rico, tiene mucho cobre, cobalto, uranio —por ejemplo, nosotros vivimos cerca de donde se extrajo el uranio de las dos primeras bombas atómicas, Naga- saki e Hiroshima, está en Likasi- dia- mantes, y este nuevo metal que han sacado, el coltán, una aleación que se usa para los satélites, los móvi- les. ..y que es un mineral que Rwan- da exporta, y sale como exportador en las estadísticas mundiales, y sin embargo no tiene un gramo de este mineral, y lo que exporta es el que roba en el Congo. ¿Cómo es posible que un país tan rico tenga una población tan pobre? Congo Por eso, porque es rico. Todos los países de Africa que tienen mine- rales, o bien petróleo, o bien dia- mantes, todos tienen conflictos. Suelo poner como ejemplo Tanza- nia; Tanzania como no tiene minera- les, vive de la agricultura y el turis- mo, nunca ha tenido conflictos. ..Ahí tenemos Angola, veintitantos años de conflicto y ahora se ha parado un poco porque ha aparecido petróleo. Porque al final son también nuestras transnacionales las que está allí. ¿Note hierve la sangre? Pues sí, te sientes impotente, haces lo que puedes, en influir un poco y en ayudar a los que tienes a tu alrededor, y Io que también trata- mos es que ellos sean los artífices de lo que se vaya logrando, porque se corre el peligro de que se vayan haciendo cosas, y cuando llegue el momento o las circunstancias de tener que dejarlo, si se cae aquello, al final no has conseguido nada, has logrado que ellos coman pero en definitiva poco has hecho. Por eso tratamos de que en todo se impli- quen ellos. Allí en nuestro poblado hay un poquito de desarrollo, está la escuela, hay un dispensario, una maternidad, hay un molino que es del pueblo y lo gestionan ellos, y da beneficio, y con el beneficio se ayuda a pagar a los maestros. En fin, y este molino lleva ya funcionando quince años, y con sus defectos, como todo el mundo, siguen toda- vía. Y poco a poco van creando cosas sociales en beneficio del pue- blo. Pero si deberíamos sumergir- nos en eso. .. Siempre digo que losjóvenes, cuando terminan los estudios, igual que antes se hacía el Servicio Militar, podrían pasarun año en un país del Tercer Mundo. Creo que eso haría cambiar mucho la forma de vivir en este mundo. Ahí llegaría la revolu- ción que necesita Occidente, porque al ver las necesidades, muchas cosas que aquí se ven necesarias se verían de otra forma. * Extracto de la entrevista realizada en el programa "El Crisol” de Herri Irratia Octubre ‘
  4. 4. l l Alfonso nos ha contado muchas cosas a lo largo de sus años de z misionero. Incansable observador, lector empedernido, su afán por l ‘ conocer le había hecho profundizar en la cultura, ritos y manifestaciones de aquellos con los que vivía. La revista Los Ríos, de Misiones Diocesanas, tiene publicados incontables artículos suyos. ‘ Como homenaje a él hemos buscado alguno que le reflejara en su saber, en su trabajo, en sus sentimientos. Y creemos haberlo y, encontrado. Es de hace casi 19 años-su dilatada estancia en África no J se puede reducir a unas pinceladas, pero ahora más que nunca su contenido tiene actualidad al retroceder el país a lo más oscuro de su l. pasado ante la falta de medios actuales. ' Que no nos quepa duda del abrazo en que se fundieron el pasado 13 de ‘ octubre Alfonso y Constantino Mambwe. Un reportaje escalofriante éste de Alfonso, misionero en el Zaire. A través de un aconte- cimiento: el Iinchamiento de un vecino, Constantino Mambwe, se destapa todo el submundo africano de miedos. brujería, ta- lismanes y amuletos. Submundo tupido, amasado, impenetrable, que se convierte en Paré el coche y un escalofrío me re- corrió todo el cuerpo al contemplar el paisaje: Una cadena de montañas descendia por mi izquierda hasta el mismo lago ocultando uno de sus ex- (remos, la luz del sol jugaba a hacer guiños en las tranquilas aguas, unas piraguas se deslizaban plácidamente no lejos de las orillas, el bosque, siempre inmenso, descendia de las montañas y llegaba hasta las mismas aguas, y allí, a mi derecha, siguiendo otra línea de colinas en paralelo al lago, se distiguía varios pueblecitos camuflados entre la hierba seca. Di- ríase que Ia Naturaleza estaba en paz consigo misma. De nuevo otro escalofrío me reco- rrió el cuerpo al mirar aquellos pue- blecitos de pescadores: Yo conocia a sus habitantes, siete años visitando- les, siete años hablándoles de Jesús. Qué había pasado? Por qué en uno de ellos. tres dias antes. sus habitan- tes habían matado entre todos al hombre que más querían? Por qué ese grito homicida «que muera, que muera» tantas veces repetido desde la creación del horribre, había resonado en aquel lugar paradisíaco? ona Esa misma mañana, temprano, uno de los catequistas de la Misión había mixioak Lo; Rio; 413/37 " H“'Ï°/ GDF un muro ante el cual choca el misionero. Le pedi un artículo sobre el miedo (sus manifes- tacrones. fuerza _y efectos) en Africa. Pero esta historia ——mas bien drama— vale por mil conferencias. Con razón lo titula ¿Cristo de nuevo crucificadol llegado a mi casa llorando: Habían matado hacía tres días a Constantino Mambwe allí en uno de los puebleci- tos de la Misión de KANSENlA a unos noventa kilómetros de donde habitamos. ——Pero, quién? Quién le ha mata- do? Los policías, los soldados? —No, no. Su familia, sus amigos, todos los del pueblo! !! —-F'ero, por qué? Si era un hombre bueno, si todos le querían! !! Y yo, ahora, en mi «jeep» rojo, acompañado por dos catequistas, ahora que ya estabamos cerca, no te-
  5. 5. nía ganas de llegar porque yo ya sabía el por qué. Le habían matado por miedo, Sentía yo un dolor punzante en el corazón, porque yo quería a Constantino y él me quería. Pero este dolor se agrandaba como una ola y me hacía sollozar encima del volante porque sabia que le habían matado entre todos, paganos, católicos y pro- testantes. Y. .. le habían matado por miedo. Más que nunca en esos mo- mentos me pregunté: (rüué. hago yo aqui? Qué mensaje les he traído? Para qué les sirve el Evangelio? No soy yo un extraño en sus creencias? » oq- Bajamos al nivel del lago y atrave- samos el primer pueblo. ‘ Tímidas son» risas, tímidos saludos. Se diria que la tragedia vivida no lejos de alli hacia algunos dias, oscurecía la vida africa- na siempre parloteame, siempre son- riente. Por fin llegamos a Kisumpa, el pue- blo de Constantino. Pocos pueblos hay tan bonitos: una doble hilera de chozas de adobe rojo y cubiertas de paja y en medio, la pista que va des- cendiendo hasta el lago y a un lado ‘y a otro de las dos filas de casas; gran- des y magnificos árboles. Es un pai- saje que da sensación de paz y sosie- go. Y sin embargo“, Cosa rara: no había gente. Algún niño, alguna mujer delante de alguna de las chozas y ningún hombre. Nin- gún saludo tampoco. Rarisimo. Siem- pre que yo llegaba allí, era la gran fiesta. Era yo, hombre blanco, un in- truso en algo que no me concernía y que no podía comprender? O quizás, un acusador en un drama que se que- ría ya olvidar? Llegamos a la casa de Constantino. lJna bonita casa construida por él, donde yo habia dormido tantas ve- ázsrA’ ENFERMO ru bxgpxx‘? ' ENsVOZ- HQUEFTENCWO, = UNENFEQMQ EN CASA v ces‘ Ahora no había nadie ni nunca jamás habrá nadie. Nadie se atreverá . . , , a habitarla y al final se desmoronara. Delante de la casa, a la otra parte de la pista, estaba la iglesia que él mismo había construido y delante de la iglesia la cruz que todos los cris- tianos habían allí plantado en señal de reconciliación pocos meses atrás: Otro vuelco del corazón por tanta iro- níal! Continuamos la pista un poco más y por fin encontramos debajo de un árbol de mangos a unas cuantas mu- ¡eres pelando raices de mandioca. Allí paramos. Tristeza en los saludos. Alli me senté. Tristeza en el ambiente. «Contadme lo que pasó». Y alli, de boca de aquelas sencillas mujeres, con sus ojos bajos, con una inmensa e impotente tristeza, mientras pelaban diestramente las raices de mandioca, oí yo todas las circustancias espeluz- ¿TU MAMÁ; gmoncasa nantes de la pasión y muerte de Constantino. Circunstancias todavia más espeluznantes a causa de los motivos que las originaron, cu. —-—«Tata (Padre), ya sabes que Va- lentin, el primo de Constantino, esta- ba muy enfermo desde hace mucho tiempo. Tú mismo, hace un año, le llevaste al Hospital de la Misión en Kansenia. Pero allí no se curó. Volvió de nuevo al pueblo y aquí se puso mucho peor, Sus hijos le llevaron en una piragua a la otra parte del lago donde un adivino. El adivino, des- pués de hacer sus encantaciones, dijo que el que le estaba matando era su primo Constantino. Vueltos al pue- blo, toda la familia comenzó a acusar violentamente a Constantino. Cons- tantino una y otra vez negó que tuvie- se talismanes o amuletos u otros pro-
  6. 6. ductos" mágicos para matar a su primo. La familia, entonces, le exigió que pasase por el adivino. No tuvo otro remedio que ir. Ya alli, el adivino ¡e hizo beber una botella entera de aceite de palma, diciendo que si vo-- miraba inmediatamente, que efectiva- mente él era quien causaba la enfer- medad de su primo. Pero Constantino no vomitó. Como la familia no esta de acuerdo con la prueba, el adivino le hizo beber una segunda botella de aceite. Y lo mismo: Constantino no vomitó. Lo que si consiguió el aceite fue darle unas diarreas impresionan- tes y continuas. Toda la familia volvió al pueblo. pero a Constantino le dejaron en la otra orilla. Alguien compasivo le dejó una piragua y, sólo y deshecho por las cotinuas diarreas, pudo atravesar los cinco kilómetros de lago, Al día siguiente el primo Valentin murió y la vela al muerto comenzó en un ambiente tenso entre lloros y gri- tos: rtBarïiudya, bamudya» («le han comido, le han comido»: con esta ex- presión los africanos de nuestras zo- nas rechazan que la muerte haya sido natural y señalan que alguien le ha matado). Constantino fue a ofrecerse para hacer el ataud. Toda Ia família empe- zó a gritar que él era quien le habia matado; pero al final aceptaron. Constantino cortó una piragua suya y con ella fabricó el ataud; pero a la hora del entierro le prohibieron ir al cementerio. De vuelta del cementerio todo el pueblo se reunío en la casa del muer- to para el duelo. Allí estuvo Constan- tino rezando». En los pueblecitos africanos, cuan- do alguien muere, la muerte paraliza todo, la muerte invade todo. Por eso el pueblo entero «vive» la muerte, ex- perimenta la muerte. Por eso, aquella tarde todo el pueblo estaba alli lloran- do y gritando, como si la muerte fuese un director de orquesta que mira te- dos los rostros y dijese «si lo hacéis bien, me iré». Pero la muerte invade tambén las inteligencias como si dije- se: «Yo he venido porque entre voso- tros hay uno que me ha llamado y se- guiré viniendo mientras no le quitéis los poderes sobre mi». _Y asi, en aquel atardecer rutilante, mientras la naturaleza ¡ba quedando en paz consigo misma, los humanos iban a proseguir representando los papeles de un drama y de una pasión. nao ————«Tata (Padre), mientras nosotros estábamos en el duelo llorando, los hijos de Valentin cogieron sus pira- guas y pasaron a la otra parte del lago y trajeron a los militares. Vino un sar- gento con cinco soldados. Ya había caido la noche. Se habian encendido las hogueras cerca de la casa del difunto. Los lloros y los gri- tos seguían. Los cristianos se habian agrupado alrededor de una hoguera y rezaban. Al llegar los militares todo fue si- lencio, salvo el crepítar de las llamas y el lloriqueo de los niños. El sargento llamó a Constantino: «Te acusan de que tienes talismanes y amuletos que han dado muerte a tu primo Valen- tin». «Yo no tengo nada. yo soy cris- tiano». Un rumor como de ola que se acerca y luego explota, se levantó de toda la gente que asistía. Los hijos de Valentin, envalentonados, empezaron a insultar, a empujar, a golpear a Constantino: «Tú le has matado, tú le has matado». Los militares cogieron a Constantino y a empujones y porra- zos le llevaron a su propia casa. Enfebrecidos, locos de odio y de ira; pero, sobre todo, locas de miedo toda la gente les seguimos. Los mili- tares empezaron a pegarle, a patearle, a aporrearle. «Danos los talismanes». «Yo no tengo nada, yo soy cristiano». Noche de locos. Estábamos locos. Los militares pidieron fuego. Lo des- nudaron. Su propia hermana, como enajenada, trajo un haz de paja ar- diendo. Los militares cogieron el haz ardiente y, como a un cerdo, le que- maron todo el vello del pecho, del pubis, de las partes, de los muslos- Y sobre todo las plantas de los pies. Si, alli estaban presentes sus sobrinos, sus hermanas y hermanos. .. «Qué ha- cía Gerarda, su mujer? » Su mujer, loca de dolor y de miedo y de impo- tencia, huyó a la selva. Practicamente todo el pueblo estaba alli fuera voci- ferante. Pero la pasión de Constanti- no no habia hecho nada más que em- pezar. Los militares pidieron una cuchilla de afeitar y le afeitaron la cabeza y luego le hicieron incisiones por toda la cabeza. Sí, muchas incisiones. Por todas ellas manaba sangre. Y noso- tros reiamos. No, en aquellos mo- mentos no sentíamos horror. Solo odio“ Reiamos e insultábamos: Nfwi- ti. nfwiti (Brujo, brujo)” Después? Después los militares pidieron pili-pili (pequeñas guindillas que pican como fuego)“ Y con ellas le restregaron toda la cabeza que ya estaba en carne viva. Constantino lloraba de dolor. Pero nosotros seguíamos insú| tando- le: Nfwiti, nfwiti! !, danos tus talisma- nes y amuletosll «Yo no tengo nada, soy cristiano». Quién trajo el pili-pili líquido? No sabemos. Los militares le hicieron beber el pili-pili líquido (una especie de tabasco) y también se lo metieron por las narices. Que pasó? Constantino, caido en tierra, comen- zó a convulsionarse: grandes y fre- cuentes convulsiones al principio, más pequeñas y espaciadas después. Si, alli quedó Constantino como un animal moribundo. Nosotros poco a poco nos fuimos retirando a nuestra chozas charlando y riendo para es- pantar nuestro miedo, ¿Qué pasaría más tarde durante la noche? No sabe- mos. Los militares revolvieron todo y robaron todo lo que pudieron». w-«Y a la mañana siguiente? » —-«Los militares nos llamaron a to- dos delante dela casa del difunto Va- lentin. ‘Trajeron a Constantino que es- taba medio inconsciente. Entonces el sargento empezó de nuevo el interro- gatorio público: «Dinos dónde tienes los talismanes». «No tengo nada, soy cristiano». Esta era la única respuesta de Constantino. De nuevo ernpeza- mos a gritar: Miente, mientel! Los mi- Iitares preguntaron: «Qué hacemos? » «Afwe, afwell (Que muera, que mue- rail)». Fue el grito de todos. De nuevo
  7. 7. empezaron a aporrearle y a pegarle patadas. Y Constantino no se podia sostener y yacia por tierra como un gusano. Si, allí estaban también nuestros niñós. Aquel día no fueron a la escuela. Entonces el sargento pidió unos papeles en blanco y empezó a decir que los que querían la muerte de Constantino que firmasen. Muchos firmamos, muchos fueron obligados a porrazos, algunos se escaparon. En- tonces pidieron la puerta de una casa para que hiciese de camilla y allí le pusieron a Constantino, pues ya no podía sostenerse. Varios sobrinos co- gieron aquella improvisada camilla y seguidos por todo el pueblo riendo y gritando se dirigieron a la orilla del lago. Alli, entre otras, estaba la pira- gua nueva de Constantino. A Cons- tantino le metieron en un saco hasta algo más arriba de la cintura. Así que la cabeza y el pecho los tenía fuera; pero el tronco y las manos y los pies dentro, y le ataron. Le metieron den- tro de su propia piragua y al sargento y un sobrino con él. Todos estábamos en la orilla gritando: Afwe, afwe (Que muera, que muera)l! Se separaron de la orilla unos quince metros donde el agua llegaba hasta la cintura. Y allí. .. en medio de los insultos dectodo el pueblo empezaron a bambolear la pi- ragua. Como Constantino no podía agarrarse a nada, cayó al agua. .., alli se ahogó delante de nuestros ojos. Sacaron su cuerpo sin vida y lo pusie- ron de nuevo sobre la puerta y lo tra- jeron al pueblo y lo echaron, despata- rrado. delante de su casa. .. Pero no lo lloramos, Tata, no lo Iloramos. .. Nos fuimos retirando a nuestras chozas. .. Obligados por los militares, los fami- Iiaren fueron al cementerio y cavaron la fosa; pero una fosa superficial (unos treinta centimetros de profun- didad). como se entierra a los crimi- nales, para que los perros y las ali- mañas puedan comer el cuerpo. Después, los militares obligaron a los familiares a llevar el cuerpo. No lo la- vamos, no. Ni le vestimos bien: le pu- sieron la chaqueta sin camisa ni nada. Sí, como un criminal. Tampoco fui- mos a llorarle. Le enterraron junto a su primo Valentin, a quien le había- mos enterrado el día anterior. Si, le enterraron sin cantos y sin rezos. Y luego, no le hemos hecho el duelo». La voz calló. Con la vista baja aquellas mujeres continuaban pelan- do las raices de mandioca. Esperaban ahora tristemente sumisas mi veredic- to. Yo estaba vacio, Angustiosamente vacio. Porque le quería a Constantino y les quería a aquellos que le habían matado. ——«Y vosotros también gritasteis: Afwe, afwe (Que muera, que mue- ra)! !?» “ -—«Si Tata, nosotras también. To- dos, todos gritamos lo mismo». ——«Nadie trató de defender a Cons- tantino? » —«Sólo Balduino, el jefe de cris- tianos; pero no pudo hacer nada y le aporrearon». ——«Y el catequista que vive en el pueblecito de al lado? » —-«No se presentó». ——«Y las comunidades cristianas de los pueblos cercanos? » —«No se presentaron». En aquellos momentos los trazos de la Pasión de Cristo y los trazos de la pasión de Constantino se entre- mezclaban en mi imaginación. Y los hechos de aquella noche de locura me aplastaban provocando en mi una sensación de vacío. .. —-«Ya que no le habéis llorado ni rezado, vamos a ir al cementerio los dos catequistas, el jefe de cristianos y yo». Nos sentamos por tierra. Lloramos y rezamos y cantamos entre sollozos largo tiempo. Yo sentía aquel cuerpo enterrado bajo una capita de tierra. Si, lo sentia. Yo hablaba y dialogaba con él. Si, yo sabía el por qué de la muerte de aquel hombre: de aquel hombre grande y bueno que era Constantino de aquel hombre que se emborracha. ’ ba con munkoyo (bebida hecha con maiz fermentado) y que tenia unas borracheras simpáticas y bonachg. nas, de aquel hombre que se arrepen. tia humildemente y aceptaba las penitencias que le imponía la comu. nidad. .. Constantino era bueno, muy bueno. Ayudaba a todos. Al sobrino que había influido más en su muerte le habia ayudado muchisimo econo- micamente. Todos acudian donde él cuando tenían problemas. Constanti- no era pescador: tenia varios kilóme- tros de redes y dos piraguas. AI cabo de muchos años de trabajo habia puesto chapa ondulada a su casa y había comprado una máquina de co- ser y una bici; habia comprado unas sillas y unas mesas y armarios para su casita. Se entendía bien con su mujer y se querian. Una época larga de su vida había sido presidente de los pes- cadores y cuando los militares, como aves rapaces, llegaban al pueblo, Constantino era quien les recibía y con cerveza y munkoyo pagados de su bolsillo conseguía defender a la gente de su pueblo. Constantino era el hombre naturalmente sabio y bue- no. Cuánto hizo para que se constru- yeran las escuelas al borde del lagol! Cómo me gustaba sentarme junto a su casa y hablar y hablar. .. y yo le to- maba el pelo. .. y él reía y reía con su risa fuerte y sonora. ..! ! Y ahora yo, sentado junto a su cabeza, mientras rezábamos el rosario, no hacia más que preguntarle: ¿por qué te han en- terrado como a un perro? ¿Por qué, por qué? Sí, yo sabía el por qué. Pero detrás de este «por qué» estaba otro «por qué» para mi más estremecedor: ¿Por qué el mensaje del Evangelio no había logrado entrar en aquellos co- razones? ¿Por qué le habían matado? Todo había comenzado hacía muchísimos años, cuando Constantino era joven. Era un chico hábil y buen pescador y siempre conseguía buenas capturas con sus redes y nasas. Ya entonces la gente empezó a pensar que tenia ta- lismanes o amuletos para hacerse rico. Más tarde Constantino se casó con Gerarda, pero no tenían hijo; a causa de ello la gente comenzó a Pensar que tenían poderes para matar
  8. 8. [ash fetos y los niños pequeños. Más tarde hubo un problema en su matri- monio: su primo Valentin segacosto con Gerarda, su mujer. En Africa esto entra en la categoría de escándalo gravísimo (por ser dentro de la misma familia, es decir, hay que limpiarlo con ritos especiales. Y aún más, Constantino debía maldecir a su pri- mo y expulsarlo del pueblo. Pero, para entonces, Constantino se habia hecho cristiano y perdonó a su primo Valentin. Todo ello había hecho creer al pueblo de Constantino tenia talis- manes y amuletos y podere mágicos. Y así, siempre que en la familia había una muerte. enfermedad o desgracia, - siempre se acusaba a Constantino. De nada servía su bondad, su des- prendimiento, su ayuda. su sabiduría y su cristianismo: en la mentalidad de la gente Constantino era «nfwiti» (brujo), causaba la muerte. Alli sentados, junto a aquella tum- ba, cantábamos a voz en grito cánti- cos de esperanza. Llantas y cantos por un hombre bueno al que nadie en su pueblo lloró y cantó cuando mu- rió. Volvimos al pueblo después de ha- ber puesto en la tumba una cruz he- cha con ramas. En ella colgamos el rosario que solía rezar. En el pueblo se me acercaron las mujeres. Llora- ban. ——«Qué debemos hacer? » -—-«Este pueblo está maldito: vues- tros hijos han visto sangre derramada. Sois «bena Kaino» (de la raza de Cain)». —«Tata, no nos maldigas. Dinos cómo podemos conseguir el perdón de Dios». —«Los que no hayan gritado que muera, que le construyan a Constan- tino una tumba con piedras y cemen- to. que le hagan la mejor tumba del cementerio. La iglesia queda cerrada: Iréis a rezar al pueblo próximo. Culti- Varéis dos hectareas para los pobres. Y sobre todo cuando el gran jefe en- vie al hechicero para purificar el pue- blo dela sangre derramada, no debéis Pasar por los ritos de purificación aunque os cueste palos y cárcel». Me sangraba el corazón; pero lo te- nia que hacer asi. ¡oo También me sangraba el corazón cuando reuni a los cuatro jefes del pueblo y les dije: —«Malwa enu: Malditos seáis, por- que habéis permitido la muerte de Constantino, malditos seáis porque su sangre ha caído en medio de vues- tras chozas, malditos seáis porque vuestros nietos han visto esa sangre y seguirán pensando que matar está bien y seguirán ellos mismos matan- do pensando hacer un bien. No os puedo bendecir y retiro mi bendición de vosotros: malditos seáis porque habéis destruido una vida y la vida es de Dios». —«No nos retires tu bendición. Qué podemos hacer? » —«Ahora sólo hay este camino: que nunca más admitáis que se acuse a nadie de nfwiti (brujo), que nunca más se derrame sangre en este pue- blo, que cuando el gran jefe envíe al hechicero para los ritos de purifica- ción del pueblo no se derrame más sangre, y que los cristianos no sean obligados a pasar por los ritos de pu- rificación». no: Aquel año, en que murió Constan- tino, las cuatro comunidades cris- tianas del Lwalaba (correspondientes a cuatro pueblos) decidieron no tener la fiesta de los Sacramentos, es decir, no recibir el Bautismo, la Primera Co- munión y el Matrimonio todos los que durante dos años o más se ha- bían estado preparando. Decidieron postergarlos durante un año, Consi- deraban que no habían sido solida- rios v que habian, dado, un contreras- timonio. Decidieron no tener la Misa duran- te un año ya que ellos habían crucifi- cado o permitido crucificar a un her- mano, ’ Decidieron ir y fueron donde sus respectivos jefes para decirles que ellos no pasarían por los ritos de puri- ficación. Y efectivamente, más tarde muchos de ellos pasaron por enormes sufrimientos por negarse a ritos paga- nos. Al año de la muerte de Constantino se abria de nuevo la comunidad de Kisumpa (el pueblo de Constantino). En la Misa de reapertura se bautiza- ban varios adultos, se casaban varias parejas, y recibían la Primera Comu- nión varios jóvenes. Pero lo más emocionante fueron las confesiones de aquellos que en un día de locura colectiva dieron muerte a un hombre, Y todavia veo sus lágrimas y oigo sus oraciones acongojadas dirigidas a Constantino: «Witufwilepo Iuusa (perdónanos)». En una Misión cercana a la de Kan- senia mataron a cinco personas acu- sadas de brujos, en diversos pueblos y en diversos días del año 1985. loa Una gran tumba de cemento en medio de los árboles, mirando al gran lago de Lwalaba, protege a aquellos pescadores sencillos, que un día, in- vadidos por el miedo ancestral fueron capaces de repetir en toda su crudeza la Pasión de Cristo. De nuevo la brisa riza el agua, de nuevo se oyen las canciones de los pescadores, de nuevo las mujeres parlotean delante de sus marmitas, de nuevo los niños chillan y se persiguen en sus juegos; pero la gran tragedia de Constantino, aunque ya nadie ha- ble de ella, no ha sido olvidada. To- dos los domingos en las preces de la iglesia los cristianos del Lwalaba le rezan a Constantio como a su santo: «Tata Konstantino witwafwepo (ayú- danos)». Febrero de 1987 Alfonso Saiz Bilbao Misión de Kansenia Shaba-Zaire

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