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Jean-Louis Dubut de Laforest
Cuentos de Panurge
Traducción de José M. Ramos González
Título original: Contes à Panurge.
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Desde hacía diez años, todos
los domingos por la mañana y los
demás días festivos, la bella Mar-
guerite Dannier, llamad...
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su verde césped, sus arroyos de agua, sus macizos de rosas, de geranios y de
verbenas, un pórtico de gimnasio, una hamac...
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En ese mes de abril, Georges, un alto muchacho de diecisiete años,
preparaba el segundo curso del bachillerato de letras...
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olvidaba los hoteles amueblados, las insultos de los noctámbulos y las exi-
gencias de los clientes, y la Gata, lavada, ...
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Théodore examinaba una obra de tapicería y un par de tijeras.
–¡Vaya! ¡Una modistilla! Creía que era una mujer de mundo....
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La sangre manaba, y Théodore, expirante, se dejaba ir entre los brazos
del asesino.
–Está muerto… está muerto…
… Y sin ...
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Caballeros, yo conozco to-
dos los deportes cinegéticos, – dijo
Raoul de Mareuil, – pero si admiro
las cacerías señoria...
15
Con el fusil entre las manos, acompaño a Black, un soberbio perro de aguas:
mueve su cola con alegría y de pronto se qu...
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abracé y le di un beso… Bruscamente, las faldas descendieron y dos brazos
furiosos me enviaron rodando en medio de la f...
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La luna brilló todavía más… más… más… más…
En la mesa, en el castillo de Arvilly, expliqué mi ausencia con una de
esas ...
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maba que un artículo del Código estipulaba que la mitad del tesoro perte-
necía a aquellos que lo descubriesen en una p...
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Al vizconde Gaston de Malroy –
la alegría personificada – se le llamaba
«Panurge», desde el noble barrio hasta
el cuart...
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sonriente filosofía, consideraba que el placer es un trabajo que da derecho a
un salario a todas las criaturas para las...
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El ex discípulo no escuchaba en absoluto al mentor, y, durante los me-
ses de marzo y abril, entre el frío y el calor, ...
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–Repetiré con mucho gusto, pero me gustaría… ¿Tú sabes?
–No.
–¿El… gran regalo?
–Mañana temprano.
–¿Un adelanto?
–Yo so...
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I
A la una y cuarto, la Sra. Hor-
tense Piquet se apeaba del tren en la
estación de Saint-Lazare. Llegaba
de Vaucresson...
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II
esplendor de la primavera. Su tocado de invierno dejaba mucho que desear –
ya se verá eso después– pero tenía unos b...
31
Y poniéndose su viejo castorín, la pobre Hortense salió de allí, muy
afligida.
III
Precisamente, el tercer caballo de l...
32
pleado en su despacho, el Sr. Gaspard frecuentaba ese entresuelo, desde
donde acechaba a las damas inquietas y busconas...
33
Sobre la colina de Limou-
sin, cerca de Dournazac, se eleva
un castillo, una especie de granja-
modelo donde resplandec...
34
El padre, el Sr. Théobald de Coupechoses, era un hombre excelente,
de figura recia y rubicunda, un laureado en los comi...
35
Ahora bien, Héloïse florecía en plena eclosión virginal a sus diecisiete
años, cuando un día, apenas se sentó, tiró su ...
36
bellera de bohemio, su enorme barba y su chaleco remendado no atraían
demasiado a la rica clientela de los alrededores....
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–¿Cuánto os debo?
Nizol dudaba, enrojecía; ella repitió:
–¿Cuánto?
–Cinco francos, señora.
… Y Héloïse, liberada, miró ...
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41
La pasada noche, tía Zulime acariciaba al hijo del doctor, y comenta-
ba:
–Has de reconocer de todos modos que es basta...
43
A los quince años, la Srta. Rabier obtuvo su título de institutriz, y
Auguste Vignerolles volvió con las dos hermanas. ...
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Cierto domingo, Auguste llevó a cenar a un joven. Se llamaba Sulpice
Farinet, y su situación de huérfano le hizo obtene...
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–Le correspondía a usted, señora Hortense, informar a su hermana.
–¡Pobre criatura! Yo no me atrevía; temía turbarla, v...
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Casta, se ponía sus faldas, sus medias rosas; Farinet se vestía en un
rincón, muy apenado. Bajaron; las hermanas se bes...
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–Va tener un hijo, es hijo de usted.
–Yo no me acuerdo de nada, señora…
–¿Lo ve, señor?
–El mocoso será producto del ad...
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Las personas de buena reputa-
ción, educadas en los Oiseaux o simi-
lares, llaman «luna» a esa parte del
cuerpo que la ...
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La villa de los Domincourt, se llamaba Jeanne-Hachette, en recuerdo
de la noble muchacha que defendió Beauvais contra e...
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talento que por la apariencia, – llevar cabellos y barbas mal cuidadas, poner
un sombrero hongo, una chaqueta de tercio...
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A pesar de la presencia marital, un día los enamorados charlaron a so-
las tres minutos, y Flangibault propuso tembland...
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lámpara, llenando con sus reales blancuras el santuario embalsamado de
heliotropos y verbenas.
Precisamente, el pintor ...
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–¿Y entonces qué?
–Entonces, – dijo Saint-
Hélier, – como París se volvía
estúpido y ridículo, a pesar del
triunfo de l...
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ra y gloriosa, ni de un lado ni del otro, se apoderó de mí una angustia que,
desde mi regreso de los baños de mar, deci...
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Desde Paris a los Aubraies, mi vecina devoró sus periódicos; yo releí
un libro de nuestro maestro Honoré de Balzac.
Los...
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del momento, predico a favor el general Boulanger. Barón, quiero mostrarle
la propaganda.
La Sra. de La Motte extrajo d...
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Serio y misterioso, me incliné hacia el oído del hombre:
–Esta mujer es una miserable a sueldo de los boulangistas; la ...
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El pasado verano, después de
su viaje de bodas, el conde Adrien
y la condesa Juliette de Bresnes
fueron a terminar el v...
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presentaba la fuerza, ella la gracia, y ambos se amaban, rodeados del cariño
de la Sra. de Saint-Yves, la madre de Juli...
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Aterrorizada, la Sra. de Bresnes se resignó a sentarse cerca de la visi-
tante, al claro de luna. Unos rayos de plata q...
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acabado en Madrid su convalecencia, y la víctima, avergonzada de las fu-
nestas orgías, se elevó, mediante un matrimoni...
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Merodeaba alrededor de ellos, bromeaba, y Adrien, molesto, murmu-
raba al oído de Juliette:
–¡Qué pelma! ¡Qué pesada!.....
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Gustave encendió un cigarrillo y dijo:
–Durante los mejores días del verano que se acaba, he recorrido las
playas norma...
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Gustave encendió un cigarrillo y dijo:
Durante los mejores días del verano que se acaba, recorrí las playas
normandas, ...
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¡Mil millones de rayos! Se pregunta, se puede preguntar: «¿Y bien,
eso es todo?» a aquél que ya ha intentado algo; pero...
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pecho hinchado, tembloroso, sus cabellos dispersando sus rizos dorados
alrededor de los encajes de la almohada. Y ese c...
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-¿Y bien, eso es…
De rodillas, la cubrí de besos atrevidos, un largo beso de amor, y el:
«¿Y bien, eso es todo? » se me...
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Ese domingo, Thomas
Birou, un auvernés, un soldado
del 12 regimiento de coraceros,
salió del cuartel abrillantado,
puli...
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MISS PHYLLIS HOOTH
Doctora en medicina
–¿Qué ice ahí? – preguntó el auvernés, que era analfabeto.
–Que es una casa de p...
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–Ea, Mijotte, Mijotte.
Ahora, el coracero, sin el sable cruzando sus rodillas, permanecía in-
móvil en un salón contigu...
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–¡Hum!
–¡Más fueggte!
–¡Hum!, ¡Hum!
–¡Más fueggte todavía!
–¡Hum!, ¡hum!, ¡hum!
–¿No le hago daño, señogg?
–¡Oh, no, se...
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Cuando Birou apareció en el café, los normandos terminaban una par-
tida de billar; el enamorado evitó delatarse con ge...
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Se encontraban en la Co-
medie-Française, la noche de la
reposición del Demi-Monde.
Allí se encontraban toda la flor
y ...
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–El palco de ante escena… a la derecha…
–¡Una magnífica criatura!
–¿No la conoces?
–Intento adivinar.
–No te canses. Es...
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–Tienes razón. ¿Quieres conocer su historia?
–Desde luego.
Y, después del espectáculo, Monistrol se dispuso con diligen...
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–Sí, Emilio, sí, respondía la viuda, da, dará, pero tiene que mantener
dos servicios domésticos, y….
–¿Por qué no me co...
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La marquesa no comprendía nada al principio de esa escena, y creyó
que su amiga se había vuelto loca; pero, a los aulli...
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La pasada mañana su-
pe que mi amigo, el pintor
Olivier Arnault, había caído
gravemente enfermo al re-
greso de su viaj...
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la frente acababa de arrugarse; los cabellos comenzaban a encanecer, y los
ojos, rojos y secos, erraban lamentables.
A...
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luego volvía a comenzar, y muy a mi pesar, el mismo rostro y los mismos
vestidos reaparecieron bajo el carboncillo, ba...
Cuentos de Panurge
Cuentos de Panurge
Cuentos de Panurge
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Cuentos de Panurge

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Cuentos de Panurge

  1. 1. 1
  2. 2. 2 Jean-Louis Dubut de Laforest Cuentos de Panurge Traducción de José M. Ramos González Título original: Contes à Panurge. © Jean-Luis Dubut de Laforest Editorial Dentu. París.1981 Portada e ilustraciones de Fernand Besnier. © Por la traducción, José M. Ramos González. Pontevedra, 2015.
  3. 3. 3 Desde hacía diez años, todos los domingos por la mañana y los demás días festivos, la bella Mar- guerite Dannier, llamada Gata- Peleona, se vestía con un traje de modesta burguesa, para ir a buscar a su hijo Georges al Instituto Enri- que IV y conducirlo a Auteuil. Allí, en una casa de la calle la Fon- taine, la prostituta se convertía en una excelente madre y el colegial en el más feliz de los muchachos: dos criados, un jardinero y su es- posa los servían, ambos discretos y abnegados, sobre todo la mujer, la nodriza de Georges. La casa de Auteuil era co- queta, bien caliente en invierno, muy agradable en primavera o en verano, con sus bosques sombríos,
  4. 4. 5 su verde césped, sus arroyos de agua, sus macizos de rosas, de geranios y de verbenas, un pórtico de gimnasio, una hamaca, una pista de tenis, todo el lujo y confort de los parisinos en vacaciones. Evitando los encuentros eno- josos, Marguerite se las ingeniaba en procurar placeres al niño, lo divertía, acompañándolo en sus juegos, como una hermana mayor; luego, por la no- che volvían al Instituyo, él contento de su suerte, ella, siempre humilde, siempre seria, y nunca se hubiese podido sospechar que bajo el velo de la Sra. Dannier se ocultase el rostro de la Gata. Pasaron los años, y Georges creció, inteligente y trabajador. ¿Su na- cimiento? La madre no decía nada; el niño precoz adivinó la razón. Al prin- cipio se sintió humillado, afligido; pero pronto, a la idea de que la madre – sola en el mundo– hubiese podido desprenderse del mocoso, enviarlo al hospicio, perderlo, dejarle morir o vivir para otras personas, la amó y res- petó más, rodeándola de una ternura infinita. Antaño, el padre de Georges – un caballero casado y, en consecuencia, incapaz de reconocer y adoptar el fruto del adulterio – ese hombre de doble vida, incluso un hombre valiente, había concedido a Marguerite su vivienda en París, en la calle de Londres, y la villa de Auteuil. Cuando su padre mu- rió, Georges era todavía muy pequeño y no conservaba ningún recuerdo de su progenitor. En esa época, la Srta. Dannier cayó enferma, y, sin dinero, se vio en la obligación de conseguir otro amor; era un borracho. Ella lo aban- donó y tomó un tercero, Alphonse, lo dejó también, luego otro que ya cho- cheaba, y finalmente, experta, la Gata-Peleona subió al firmamento de la prostitución, nueva estrella de primera línea. Mientras el alumno del Enrique IV iba de las clases preparatorias a la retórica y a la filosofía, la Señora obtuvo muchos éxitos, auténticos triunfos. Incluso se llegaron a abofetear y a batir en honor de los bellos ojos de la Gata, dos gruesas gotas de fina moca, iluminados de oro, de su cabellera rubia y sedosa, de su pequeña nariz con aletas delicadas, de su piel intensa, de las rosas naturales de sus mejillas, de sus labios rojos y de un perfume delicioso, de su garganta, de sus líneas armónicas, de sus contornos, de los modales de actriz, que tomaba prestados de las más ilustres – la sonrisa de la Sra. Judic, la mirada asesina de Jeanne Granier, el gesto encantador de la Srta. Reichenberg, el brillo de la Sra. Samary, las redondeces de Théo, el adorable mohín de la Sra. Simon-Girard; Mirad por aquí, mirad por allá…
  5. 5. 6 En ese mes de abril, Georges, un alto muchacho de diecisiete años, preparaba el segundo curso del bachillerato de letras. La Gata llegaba a la cuarentena, y su tren de vida, sus instintivas prodigalidades y los gastos de la educación del hijo habían absorbido todos sus ingresos, por lo que debió hipotecar su villa de Auteuil, pues los enamorados ricos se mostraban cica- teros. A pesar del maquillaje, los polvos, los cosméticos y los licores, una pata de gallo deshonraba la sien derecha y otra atacaba la izquierda; a pesar de los tintes, su pelo rubio comenzaba a platearse; a pesar de sus pendientes de oro, cuatro dientes se movían; el torso y los miembros estaban demasiado gruesos, demasiado pesados, y, a pesar de las ballenas, el pecho, demasiado grueso, se caía. ¡Y tus senos Marguerite! ¡tus senos, antes tan redondos y tan firmes, tus senos, tristes candidatos, conocieron las angustias del escru- tinio de la segunda vuelta! Pero, la lucha por vivir, la lucha de la madre para hacer un hombre de su pequeño, es sagrada, aunque fuese abyecta, inmunda, criminal, y el astro en su declive merece piedad. La Gata-Peleona combatía sobre el somier y el colchón con todas sus fuerzas, con todo su ardor; bebía la ignominia y veía venir la muerte, tan valiente como los más aguerridos en el campo de honor de Waterloo. Mantenida por el amor todopoderoso de Georges, por la voluntad de llevarlo al límite de sus estudios y de proporcionarle una situación, la mamá se tragaba sus lágrimas, llevaba consigo un doloroso calvario, se vendía al primer hombre que pasaba, moría de asco y vergüenza. ¡Ah! se debe perdonar mucho a las mujeres que han amado mucho, es lógico, es humano perdonar aún más a aquellas que se entregan sin amor con la conciencia del deber y la fe robusta de los mártires. La Gata, despreciada en los Folies-Bergère, en el Edén, en las Mon- tagnes-Russes, la Gata, usada, marchita, enorme, –¡un paquete! – la Gata había vendido su villa de Auteuil, abandonado la calle de Londres, y se ocultaba en una casa decente del bulevar de los Batignolles, donde no recib- ía a nadie, aparte de Georges. Y por el día y la noche, a lo largo de los tugu- rios, a ambas orillas del Sena, trabajaba en su cuarto, un cuarto siniestro, el cuarto de las pobres féminas, ese cuarto de las condenadas en vida que falta en el Infierno de Dante. También, ¡qué alegría, qué santa alegría! La Sra. Dannier pagaba regularmente la pensión del hijo, le daba dinero para que su bolsillo nunca estuviese vacío, le trataba como un joven caballero, y la Gata
  6. 6. 7 olvidaba los hoteles amueblados, las insultos de los noctámbulos y las exi- gencias de los clientes, y la Gata, lavada, purificada; y la Gata, embellecida por un rayo maternal; y la Gata, embalsamada por el buen olor de las ma- dres, la Gata reía al futuro. Esa noche, Georges – era a finales de julio – acababa de aprobar el se- gundo examen del bachillerato de letras. La prostituta no se había atrevido a franquear las puertas de la Sorbona y esperar, en medio del patio, en com- pañía de papás y de mamás. Él regresaba. –Madre – dijo, – hemos hecho una colecta para una cena de compañe- ros, la cena de los elegidos; somos doce y… La Gata ahogó unas ganas de llorar. –Vamos, vete – dijo ella, besándole en la frente. – ¡Diviértete, mi amor, mi orgullo, mi alma! Tras una cena alegre y libaciones de champán y alcohol, los bachille- res salieron, ebrios, desde las nueve, y un externo del Instituto, Théodore Lespidac, arrastró al hijo de la Gata-Peleona. –Así que es cierto: ¿eres virgen? –Sí. –Conozco una casa y quiero presentarte a una bonita doncella. –Es tarde. Mi madre se enfadará. Adiós, Théodore. –¡Ven! –¡No! –¡Ven, hombre! Caminaron por la calle Bonaparte, se detuvieron. Ya, la víspera de ese día, Marguerite Dannier, – bajo el nombre de Thérèse, – se había entregado a Lespidac, prometiéndole regresar al día si- guiente. Pero Lespidac sabía encontrar otra en defecto de esta. –¿Señora Thérèse? – preguntó el bachiller Théodore. –Sí, señor, – respondió la portera. – Esa dama está libre… En el pri- mer piso, nº 8. En una habitación oscura, sobre una cama tormentosa, la Gata ofrecía la espalda. –Thérèse, te traigo un amigo, un guapo muchacho, de mi edad y mi al- tura, y, además, un… pardillo. Él comienza, así que le concedo los honores. Marguerite, avergonzada, no se movió, no habló. Le costaba entregar- se a ese nuevo crío.
  7. 7. 8 Théodore examinaba una obra de tapicería y un par de tijeras. –¡Vaya! ¡Una modistilla! Creía que era una mujer de mundo. ¡Para ti, compañero! Sonrojado y confuso, agitado y temblando como una rama joven bajo el empuje de la savia, Georges subió a la cama, y, en medio de la embria- guez y las emociones virginales, no se percató de que la desgraciada volvía el rostro, desvaneciéndose a su vista, y que abrazaba un cuerpo inerte en el paroxismo de sus deseos. De pronto, emitió un grito de horror: –¡Mamá! ¡Oh!... Luego, lívido, con los ojos desorbitados, los labios torcidos, abandonó la cama, huyendo de la mujer que se despertaba y sollozaba, mojada de un sudor glacial, medio muerta. –¡Georges! ¡Dios mío! ¡Dios mío! –¡Tú mamá! ¡Tú mamá! ¡Tu mamá! ¡Qué bueno! ¡Qué bueno! ¡Qué bueno! – vociferó Lespidac. George Dannier fue hacia él, sacudido por un espantoso dolor: –Ese monstruo es mi madre… No dirás nada; ¿me lo prometes, me lo juras? –¡Muy bueno! –¡No, cerdo, no, miserable, esto no tiene gracia! ¡Esto es atroz! ¡Has envenenado mi vida! Y usted, señora, usted… –Perdona, George, y mátame! – exclamó la madre. – Yo te quería rico, feliz, y me vendí porque somos pobres… Hijo, cuando te has acercado, un frío mortal me ha sacudido… ¡Dame el golpe de gracia! ¡No hace falta mu- cho!... ¡Oh!... ¡oh!... –Vístase, señora. Laspidac ajustaba su monóculo; Georges se lo arrancó violentamente. –¡Te prohíbo que la mires; te lo prohíbo! Y si hablas, eres hombre muerto ¿entiendes? –¡Nos divertiremos, viejo! Entonces, Dannier tomó las tijeras, y, agarrando a Lespidac del cabe- llo, le hundió el arma a través de la garganta, la giró, la volvió a girar…
  8. 8. 9
  9. 9. 11 La sangre manaba, y Théodore, expirante, se dejaba ir entre los brazos del asesino. –Está muerto… está muerto… … Y sin ruido, la Gata y su hijo desaparecieron y alcanzaron las som- bras lejanas.
  10. 10. 13 Caballeros, yo conozco to- dos los deportes cinegéticos, – dijo Raoul de Mareuil, – pero si admiro las cacerías señoriales, las grandes correrías de Chantilly, de Mello- Sagan o de Ferrières y sus piezas de caza mayor, las batidas en nuestras llanuras del Périgoud, con jinetes, amazonas, picadores, ojeadores, el jaleo de los campesi- nos, jaurías y toques de corneta, el inolvidable decorado del gran animal tumbado sobre un varal rodeado de verdor y que se trans- porta, a la luz de las antorchas; si bien admiro todo eso, me gusta mucho más la caza con perro en detención, la favorita de mi ilustre padrino el marqués de Cherville y de mi amigo Charles Diguet, en sus estudios pintorescos, vívidos e intensos.
  11. 11. 15 Con el fusil entre las manos, acompaño a Black, un soberbio perro de aguas: mueve su cola con alegría y de pronto se queda inmóvil ante los matorrales donde se esconde o duerme la liebre, con la mirada atenta. Disparo los per- digones que se dispersan entre los trigales. Apunto, disparo y mató. Lo im- portante es sacudirse el anquilosamiento de la ciudad, lubricar el resorte para futuros combates; lo fundamental es aislarse, soñar; lo importante es olvidar las partidas de mus y la danza del vientre, evitar respirar las emana- ciones de gas y llenar el pecho de aire puro. Camino a lo largo de las llanuras y del mar florido de las cosechas, trepo por las montañas, atravieso un bosque, escalo, piedra a piedra, un to- rrente que trepida, y aquí y allá, por todas partes, el incendio del cielo, la vibración del follaje, las canciones de los pájaros y los jornaleros, los milla- res de voces de la tierra y del espacio, la sencillez de los seres y las cosas, las eternas glorias de la creación, me proporcionan una renovación del espí- ritu, de los sentidos y del corazón, un bautismo y una sed de amor. ¡Y además, la caza con perro en detención es un vivero de aventuras galantes! Una tarde de octubre me dormí bajo los castaños y cuando desperté, la luna había salido, brillante, y un rumor del roce de faldas subió del barran- co. Black se disponía a ladrar; con un gesto lo detuve. Abajo, una alta y ru- bia mujer joven, muy bonita, con un sombrero de madrás multicolor, vestida con camisola blanca y un vestido azul, se dirigía con los pies descalzos y los zuecos en la mano hacia la fuente cercana, cuyo murmullo yo oía. Natural- mente, pensé que iba a buscar agua, pero no llevaba ningún utensilio. ¿Quería beber? No. Entonces, me dejé deslizar por el talud, y ordenando a mi amigo Black que guardase silencio, me dispuse a reptar con las manos en la hierba y agudizar la mirada. La hermosa campesina, en medio de la fuen- te, comenzaba a realizar unas abluciones íntimas con una coquetería embru- jadora: de vez en cuando reía con unos dientes preciosos, y yo comparaba el círculo rosado de sus carnes con la otra luna que también reía, bailaba, se reflejaba en las ondas como un disco apasionado. Sus ágiles dedos trabaja- ban, llenos de delicadeza y de ardor, y una especie de glotonería, el bienes- tar del frescor, la invadía por completo. Finalmente, se levantó con los pies aún mojados, la falda y la camisa atadas a la cintura, las piernas robustas y satinadas, como ofrecidas, de lo más apetitosas y deseables. De rodillas la
  12. 12. 16 abracé y le di un beso… Bruscamente, las faldas descendieron y dos brazos furiosos me enviaron rodando en medio de la fuente. –Perdón, señor conde, – gimió la campesina; – creía que era Tho- mas… –¿Qué Thomas? – suspiré yo levantándome. –Thomas, un vecino que me importuna. –¿Tenías otra cita? –¡Oh! ¡no! Estoy casada con Piquet; soy la hija de Léonard, uno de los granjeros de la Sra. marquesa de Arvilly. –¿Mi tía? –Sí, señor conde. –¿Así que me conoces? –Lo veo, señor, en la misa mayor del domingo. –¿Y te gusta refrescarte, antes de irte a la cama? –No me habría atrevido, ignoraba que el señor… –No hay problema… ¡Al contrario!... ¡Eres encantadora! ¿Cómo te llamas? –Antoinette… El Sr. se dignará a excusarme, pero debo regresar. –No, todavía no; estoy chorreando, incapaz de moverme, pues mi ropa se pega a mi piel, y yo… veamos… creo que me debes esto. Bajo el claro de luna, sobre la pradera, obtuve los favores de Antoinet- te. Esta campesina que había recibido educación en un convento vecino, esa campesina que cuidaba sus encantos y juzgaba demasiado pequeñas o de- masiado raras las jofainas del pueblo, esta campesina que sufría brutalidades de un rústico, se mostró amable, elocuente: se retorcía, se moría, arrojaba un : «¡Ah!» encantador, un «¡ah!» de duquesa, un «¡ah!» de placer y de orgu- llo, y era dulce, era voluptuosa, más voluptuosa que la danza de las almas y de las javanesas, más fina, más dulce que la brisa corriendo a través de los rosales. Le ofrecí oro, vestidos; ella los rechazó, dichosa de haberse entre- gado. … Ahora, unas nubes velaban el cielo, y nosotros escuchamos cantar a la fuente. Alrededor, todo dormía en la oscuridad, en la negrura, y solo allá, a lo lejos, una granja enlucida de un cal lechoso, la casa de Antoinette, bri- llaba con un punto rojo de luz y la extensión de sus blancuras sepulcrales…
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  14. 14. 19 La luna brilló todavía más… más… más… más… En la mesa, en el castillo de Arvilly, expliqué mi ausencia con una de esas mentiras comunes a todos los cazadores. Soñaba con Antoinette, y su desinterés me recordó una adorable historia de Tourgueneff. Se trataba de un noble ruso que, un día de caza, habiendo encontrado y amado a la hija de un molinero, quiso pagar sus nobles amores; dio a la muchacha a elegir dos ricos regalos: la bonita campesina pidió un jabón, a fin, decía ella, de que en el próximo viaje el gran señor le besase la mano como hacía con las damas de la Corte imperial. A Antoinette, a Dios gracias, no le faltaba jabón, y al día siguiente por la noche yo introduje en mi morral un frasco de perfume. Entregué el frasco a mi amante: –Para tu aseo, querida. Ella bajó la mirada. –Imposible, señor Raoul. ¿Qué diría mi esposo? –¡Tengo una idea, Antoinette! ¿Y si perfumase la fuente, eh? Ella sonrió y yo vacié el frasco, todo el licor color ámbar… Al día siguiente, mi tía y yo acabábamos de almorzar, cuando un cria- do anunció la visita inesperada de Léonard, el granjero, y de su yerno Pi- quet. –¡Ay, ay, ay! – exclamé. –¿Te encuentras mal, Raoul? – preguntó la vieja dama. –No, tía, no. –¿Te has puesto rojo? ¿Estás palideciendo? ¿Qué te ocurre? –Nada, tía. Pronto mis terrores se convirtieron en grandes alegrías. Léonard y Pi- quet aparecieron, vestidos con sus trajes de domingo, y el padre extrajo de su bolsillo una botella llena de agua que nos pasó a ambos y respetuosamen- te bajo la nariz. –¿Oléis esto, señora? ¿Oléis esto, señor? ¡Qué riqueza! La fuente acababa de sufrir una metamorfosis, de adqui- rir la virtud de un perfume, ¡al soplido todopoderoso del buen Dios o de la santa Virgen! Se olvidaban los destrozos de la filoxera. Esa agua encantada los embriagaba: ¡reemplazaría los jugos de las viñas muertas! Se guardaría el líquido en barricas; ¡oh, no! en botellas – ¡a precio de oro!– Nuestros granjeros ya habían consultado a un abogado del pueblo, y el abogado afir-
  15. 15. 20 maba que un artículo del Código estipulaba que la mitad del tesoro perte- necía a aquellos que lo descubriesen en una propiedad ajena. Puesto que la fuente era propiedad de las tierras de Arvilly, ellos eran los descubridores de la infiltración subterránea. Así pues, según los términos de la ley,…en los términos de… Pero nuestros campesinos se remitieron a la generosidad, de todos sabida, de la Sra. marquesa. –Huele muy bien eso. ¡Como un ramo de flores! Padre y marido me solicitaban escribir a París, llamar a un experto, por ejemplo a ese Sr. Pasteur que curaba a las gallinas del cólera, y a los hombres y a los perros de la rabia. Mi tía fruncía las cejas. Yo le suplicaba amablemente que no tratase de comprender. Durante toda la jornada, las gentes del pueblo agotaron el agua perfu- mada: llevaban a los enfermos, a las mujeres encinta, a los paralíticos; las muchachas lustraban sus cabellos, – y, por la noche, yo acariciaba a Antoi- nette sobre la llanura y sobre la colina, mientras su esposo, un viejo militar, montaba guardia, y, con un arma al brazo, protegía la maravillosa fuente gritando a todo pulmón: «¡Rediós! ¡No se os ocurra acercaros!»
  16. 16. 21 Al vizconde Gaston de Malroy – la alegría personificada – se le llamaba «Panurge», desde el noble barrio hasta el cuartel de Europa; se le llamaba «Panurge», a causa de su talante, de su alegre humor y de sus aventuras galan- tes. Ciertamente, encarnaba al inmortal héroe de Rabelais, pero un héroe pasa- do por el tamiz del bulevar, por el fil- tro parisino, como una fábula de La Fontaine escrita por Aurélien Scholl. De alta talla, apuesto moreno, con un cuerpo hercúleo, los bigotes al estilo militar, ojos negros llenos de caricias, los labios húmedos y rosados de una sangre roja, Gaston no abusaba ni de sus bíceps, ni de sus encantos secretos en un cuerpo maravilloso. No era de esos embaucadores de jóvenes que, sobre las faldas amontonadas, prometen joyas, y, por la mañana, des- aparecen a la inglesa. ¡Oh! ¡no! En su
  17. 17. 22 sonriente filosofía, consideraba que el placer es un trabajo que da derecho a un salario a todas las criaturas para las que el placer es una profesión. Du- rante mucho tiempo se dedicó a sus locuras juveniles y a gastar su oro sin control. Un desmedido vigor le había obligado a tener que medir sus ofren- das a sus dispendios lujuriosos y buscaba un criterio considerado justo ¿Había que asumir los precios de la belleza, en detrimento de los demás? Todas las damas lo recibían, animadas de una idéntica pasión, de una igual ternura. ¿Debía colmar a las antiguas, a las mejor vestidas, las mejor insta- ladas, las rosas expansivas, en detrimento de los brotes frescos y graciosos? Las viejas se niegan a descender; las jóvenes tienen necesidad de subir. ¿Recompensar a la más experta? A menudo, una debutante le complacía más. ¿Coronar a aquella que se moría de voluptuosidad entre las sábanas, o aquella que no decía palabra? Todas sabían mentir con sus palabras, sus gestos, sus suspiros e incluso sus silencios y sus poses rígidas. Entonces, ¿por qué, siendo único juez, no reservar la moneda doble al beso más sabro- so? ¡Egoísmo! Malroy temía equivocarse, tener remordimientos, él, tan equitativo, – y creó un tablero del amor. El tablero semanal del hombre donde se podían leer las iníciales de los días, y en lugar de las partidas ganadas o perdidas, el número de las lujurias. No había truco, y el cero significaba descanso. Resultados de las cuatro semanas de febrero de 1889: D L M M J V S 3 2 0 4 0 6 2 0 5 3 0 0 7 0 0 4 0 2 0 8 0 2 0 3 2 0 9 3 Ante los resultados progresivos y extraordinarios de la noche de Vénus, Gastón exclamaba: «¡Soy bastante Don Juan!» ¡Dios mío! Sí, lo era bastante; era demasiado, al decir de su familia que quería casarlo con una gentil prima, y de su anciano protector, el abad Kérohën, un bretón testarudo e ingenuo que, de vez en cuando, suspiraba al oído del vizconde: La obra de la carne no desearás Excepto en el matrimonio.
  18. 18. 23 El ex discípulo no escuchaba en absoluto al mentor, y, durante los me- ses de marzo y abril, entre el frío y el calor, las nevadas y los soles, a la hora augusta donde, bajo el aguijón de la naturaleza, sube la sabia triunfante de los árboles, donde enrojecen las vírgenes y zumban los abejorros, el tablero de amor se enorgullecía con cifras cada vez más estupendas. Algunas veces, el tablero se caía del bolsillo de Gaston. –¿Frecuentas los garitos? – preguntaba severamente el conde de Mal- roy. –No, papá; ya no toco a la dama de picas. Las pérdidas de los demás no me interesan. Anoto ahí mis pérdidas en las Apuestas Mutuas. –¡Carreras! ¿Autorizamos las carreras? – preguntaba la madre. Se autorizaban las carreras, e incluso se alababa a Gaston por tener tan bien ordenada su contabilidad. Una noche de junio – un viernes –después de doce ceros (¡cosa rara!), el hombre merodeaba por el Bois. Había debido hacer de cicerone de una vieja tía en París y en la Exposición y, en esa renovación de libertad, el ver- dor, los cocheros, los vestidos claros, los perfumes de las mujeres, la brisa estival, los incendios del glorioso astro, encendían al jinete con un ardor que no podía controlar ni un segundo más. Indolentemente tumbada en su victoria, ofreciendo sus gracias, en vestido azul, guantes de negro a lo mosquetero, la cabeza rubia cubierta con un in- menso sombrero de paja dorada, con ojos lánguidos, nariz pícara y encan tadores dientecillos, Thérèse, también llamada la Gata-Peleona, disfrutaba de la sombra. Gaston de Marloy no la conocía aún, y el caballo del Sr. Panurge si- guió el coche de la Gata. Medianoche. – Puntual a la cita, el vizconde subía al piso de un pe- queño hotel en la avenida de Villiers. –¡Me siento realmente bien! –¡Tanto mejor, bebé! Se acostaron. … Después de la primera escaramuza, la prostituta preguntó mimosa: –¿Gastón, me he portado bien? –Sí, mi Thérèse, muy bien. Vamos a repetir.
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  20. 20. 27 –Repetiré con mucho gusto, pero me gustaría… ¿Tú sabes? –No. –¿El… gran regalo? –Mañana temprano. –¿Un adelanto? –Yo solo pagaré cuando salga de aquí. –¿La mitad? ¿La cuarta parte? –¿Cómo determinar la mitad o la cuarta parte? Yo no la sé. –¡Una ha sido robada tan a menudo! –Yo jamás robo. –En fin… Deseo conocer tus intenciones. –Las ignoro, ¡palabra de honor! –Señor… exijo… –¡Ah! eso ya es otra cosa, señorita. Voy a pagarte. Cuando acabó de vestirse, Gaston extrajo de su cartera el lúgubre bo- letín de las doce noches precedentes: D L M M J V S 0 0 0 0 0 0 0 0 0 0 0 0 Apuntó el décimo tercer cuadrado del tablero. –¿Qué es lo que apuntas? –Un uno. V 1 Y depositó un luís sobre la chimenea. –¡Un luís! ¿Por quién me toma usted? – preguntó Thérèse altiva. –Querida, – concluyó él – estaba en racha, y tú has cometido el error de detenerme. Yo contaba con diez: ibas a recibir diez luises. ¡Adiós!
  21. 21. 29 I A la una y cuarto, la Sra. Hor- tense Piquet se apeaba del tren en la estación de Saint-Lazare. Llegaba de Vaucresson (Seine-et-Oise) e iba a París a comprar un sombrero. El Sr. Julien Piquet, el marido de la señora, un gran y rico cultiva- dor de espárragos, no era muy gene- roso que digamos y Hortense debió mostrarse muy amable antes de ob- tener los dos luises que iban a per- mitirle, creía ella, satisfacer sus legítimas ambiciones. Morena y sonrosada, vestida de seda negra como una casada de pueblo al día siguiente de la boda, la Sra. Piquet caminaba, risueña, en el
  22. 22. 30 II esplendor de la primavera. Su tocado de invierno dejaba mucho que desear – ya se verá eso después– pero tenía unos bonitos botines, y, por un hábito de atravesar cuidadosamente por los caminos, aunque la acera estuviese seca, levantaba un poco su falda, descubría una bonita pantorrilla y blancuras de ropa interior, exhalando el perfume de las hayas recién brotadas. Quería gastar las dos monedas de oro en el sombrero. No le quedaría nada más que el dinero para pagar su billete de regreso, no, nada, ni siquiera con que azucarar una naranja ni refrescarse ante el hombre que pasa con la campanilla anunciando refrescos. ¡Poco le importaba! ¡Tendría un bonito sombrero de primavera! Hacía algunos minutos que Hortense, apostada ante un almacén de modas de la calle de los Mártires, admiraba una pamela florida, una joya, una obra maestra. Entró, y designando el objeto: –¿Cuánto? –¿La pamela, señora? –Sí, señora. –Sesenta francos. –¡Oh! Sin detenerse ante la interjección, la dependienta sacó la pamela del seductor pivote y lo tomó entre sus manos, cuidadosamente, graciosamente. El astro giraba de derecha a izquierda, y los dedos ligeros y expertos de la modista parecían acariciar el cráneo de un recién nacido en un laboratorio de teratología. La Sra. Piquet se probó el sombrero, y mientras las muchachas del al- macén exclamaban a coro: «¡Le sienta a la perfección!», la compradora pre- guntó: –¿Me daríais esta pamela por treinta francos? –¡Ni hablar!– respondió la modista. –¿Treinta y cinco? –No, señora. –¿Cuarenta? No tengo más. –¡Imposible! ¿Pero si la señora desea que se le reserve el sombrero? –Volveré por aquí. –A sus órdenes, señora.
  23. 23. 31 Y poniéndose su viejo castorín, la pobre Hortense salió de allí, muy afligida. III Precisamente, el tercer caballo de la calle de los Mártires ayudaba a los otros dos a tirar del ómnibus. Una comparación surgió en la mente de la Sra. Piquet, una de esas comparaciones que honran a los psicólogos. Necesi- taba no un tercer caballo, sino un tercer luís. ¿De dónde obtenerlo? A pesar de la tacañería del productor de espárragos, Hortense siempre había respetado su hogar. Hoy, bajo el sol de abril, incriminaba las largas virtudes, y, en plena ignorancia del vicio, frecuentaba un mal barrio. Se la veía pasar cerca de los hombres; quería hablar, pero no se atrevía, enrojecía, temblaba, bajaba la frente, y ya desesperaba del sombrero, cuando levantó la mirada y observó a un caballero que desde la ventana de un entresuelo le gritaba: «¡P’ssst! ¡P’ssst!...», haciéndole señas para que subiera. IV –¡Cuidado que esa muerde, señor Gaspar! – dijo una voz femenina. Ella subió... –¡Estoy maravillosamente fatigado! – declaró Gaspard.– Vamos, ¡va- lor! V –Hola, querida. –Señor… La Sra. Piquet recibió un beso; el hombre pasó el cerrojo y extrajo un cigarro. Era un rubio de nariz colosal, ojos azules, dientes soberbios, cabello abundante y bellos bigotes. Se enorgullecía de un magnífico par de zapati- llas y llevaba un batín de franela, – aunque trabajaba mucho. Cada día, en efecto, de doce a seis, y por la noche, de nueve a once, regular como un em-
  24. 24. 32 pleado en su despacho, el Sr. Gaspard frecuentaba ese entresuelo, desde donde acechaba a las damas inquietas y busconas. –¡Bebé, ponte cómoda! – sonrió Gaspard. Él mismo preparó las abluciones de la señora, se alejó y regresó enar- decido, muy fresco, muy perfumado. Hortense no había logrado desabrochar su corsé; él la ayudó desde arriba hasta la falda, y sus caricias hicieron sonar la bolsa con los dos luises. –¿Seréis amable?... Los tiempos son duros… –¡Oh! ¡sí! –Yo no soy zafio, y me comporto… ¿Quieres ir a cenar? –No… gracias… Debo regresar para el tren de las siete. –¿Estás casada? –Sí, señor. –¡Pues bien, coronaremos a tu marido! VI Una vez terminada la fiestecilla, el Sr. Gaspard abrió la cartera de la señora y tomo las dos monedas de oro. –¡Esto es para mí, encanto! Ella creyó que él bromeaba. –No tengo más, señor… Imagínese que en casa de la modista, un her- moso sombrero… –Entonces, marchemos… Hasta luego, hermosa mía… 175, calle… Ya son las seis… ¡Uf! El bajaba; ella exclamó: –¡Señor!… ¡Señor!... VII Una dama gruesa se acercó: –No te lamentes gatita… Volverás a verlo… El Sr. Gaspard siempre está ahí… De las doce a las seis, y por la noche de nueve a once… Luego, le tendió una mano elegante, zalamera. –Es un luís por la habitación.
  25. 25. 33 Sobre la colina de Limou- sin, cerca de Dournazac, se eleva un castillo, una especie de granja- modelo donde resplandece, entre el padre, la madre y una vieja tía, la Srta. Héloïse de Coupechoses, heredera de esas tierras. Alta y bronceada, con una oscura y magnífica cabellera, ojos negros aterciopelados y con bri- llos áureos, labios frescos y rojos, pequeños dientes blancos, un pe- cho dotado y resistente, caderas robustas, y el orgullo de unas de esas inmensas nalgas, como le gustaban al cura de Meudon, Héloïse no se divertía demasiado desde su salida de un pensionado de Limoges.
  26. 26. 34 El padre, el Sr. Théobald de Coupechoses, era un hombre excelente, de figura recia y rubicunda, un laureado en los comicios agrícolas; cebaba a los animales, y, con motivo de la última exposición bovina y porcina en los Campos Elíseos, se podía admirar un lote de cerdos, todos marcados a fuego para la matanza, así como antaño los presos para la cárcel, todos marcados con las iníciales del criador, dos mayúsculas enlazadas mediante un trazo de unión (T-C), signo cabalístico. Si el Sr. de Coupechoses y tía Zulime se mostraban familiares y dul- ces, la madre de Héloïse, de soltera Paulin, olvidaba el apellido que había adquirido al casarse con Théobald, y guardaba las distancias. Altiva, con la peluca despeinada, la boca torcida bajo una nariz aguileña, gruñía: –Yo solo soy un ama de casa, pero Héloïse se convertirá en la esposa de un noble… Los Coupechoses sí que eran nobles, y el origen de su nobleza no era común. Un antepasado, llamado Moreau, ejercía las funciones de barbero en la corte de Luís XIV, en tiempos en los que la Srta. de la Vallière perdió un perro que adoraba. Se le devolvió el animal que había escapado para saciar ciertos apetitos, y deseosa de no volver a perderlo, la favorita rogó a Moreau que… ¿ya me entendéis? El perro curó. Muy feliz del placer de su amante, el Rey Sol felicitó al barbero: «Mis felicitaciones, señor Coupechoses1 . –Sir, dijo Moreau,– ¿Vuestra Majestad me autoriza a llevar ese apellido? – Claro que sí, señor,– concluyó Luís, riendo.» En toda la región era conocida la aventura histórica y, las tardes de mercado unos individuos celebraban con un estribillo moderno el blasón de los Coupechoses. ¡Aquí llega el esquilador! ¡Aquí llega el cortador! Corderos, Corderos, Soy el terror; ¡Por todas partes doy miedo! ¡Aquí está el cortador! ¡Perros! 1 La traducción literal de Coupechoses, es Cortacosas. (N. del T.)
  27. 27. 35 Ahora bien, Héloïse florecía en plena eclosión virginal a sus diecisiete años, cuando un día, apenas se sentó, tiró su bordado y comenzó a emitir gritos de dolor: –¡Mamá! ¡Mamá! ¡Tía Zulime! ¡Ay!... ¡Ay!... ¡Ay!... ¡Oh!... Las damas acudieron. –¿Qué te ocurre? – preguntó la madre. –Mamá… allí… sobre… la silla… una aguja me ha pinchado… Se ha clavado… ¡Ay!... ¡ay!... –¡Mira que eres tonta!… ¡Nunca prestas atención! La tía Zulime, una solterona bastante alegre y misericordiosa, ajustó sus gafas: –Vamos a examinar eso. Las dos mujeres levantaron las faldas, el pantalón y la camisa de la señorita, y, una vez apartadas las prendas íntimas blancas, vieron la huella de la aguja, un punto de sangre, un arañazo benigno en medio de deslum- brantes esplendores. Una, con sus uñas, la otra con unas tijeras, perseguían la pequeña cabeza del metal: la aguja se deslizaba, en ocasiones se hacía invisible. Llamaron al Sr. Théobald y, ante la gravedad de la situación, el padre quiso enviar a la chiquilla a ser curada por el médico de Dournazac; la madre se indignó y exclamó hecha una fiera: –¿El doctor Nizol? ¡Un médico de pueblo, llegado a la comarca hace cuatro meses! ¿Es solamente doctor, esa especie de bohemio? Voy a telegra- fiar a Limoges, llamar a un profesor de la Escuela de medicina, pues no quiero que mi hija reciba los tocamientos de ese ostrogodo. Zulime y Théobald manifestaban que no había tiempo que perder, y el criador llevó a su esposa aparte para explicarle los desordenes que habían ocasionado otras agujas circulando por el interior del cuerpo humano. –Mamá, –exclamó Héloïse, tumbada sobre su cama, con el rostro con- tra la almohada;– ¡mamá, eso hincha! Mamá, ¿quieres dejarme morir? ¡Eso hincha! ¡Eso hincha! La Sra. de Coupechoses debió decidirse, y el criado se dirigió en ca- briolé a Dourzanac. El doctor Hercule Nizol acababa de almorzar cuando advirtió el coche de los Coupechoses. Era un gran mozo de unos treinta años, un poco abandonado. Acababa de terminar sus estudios en París, habiendo repetido griego y latín, y su ca-
  28. 28. 36 bellera de bohemio, su enorme barba y su chaleco remendado no atraían demasiado a la rica clientela de los alrededores. En Dourzanac, el ayunta- miento le proporcionaba vivienda gratis y tenía una asignación de un cente- nar de francos a primeros de enero: vivía así, más miserable que un pavi- mentador de caminos, ante la imposibilidad de renovar su vestuario, pues los aldeanos de esas tierras jamás pagan al médico con dinero contante y sonante, y creen que lo pueden hacer ofreciendo legumbres o gallinas. A pesar de tanta miseria, el humilde galeno no cobraba sus servicios, y elevaba su profesión a la altura de un sacerdocio. Era querido y estimado. Ser solicitado en casa de los Coupechoses, los reyes de la comarca, lo elevó más a los ojos de los campesinos y los paisa- nos le saludaron y gritaron: –¡Buena suerte, señor doctor! ¡Buena suerte, señor Nizol! Héloïse desplegaba sus gracias posteriores; el médico entró, se quitó el sombrero, se inclinó, abrió su estuche. –¿Están limpios esos instrumentos? – preguntó la madre. Ante la pregunta iba a retirarse, pero el hombre de deber se impuso al insultado. Suavemente, Hercule palpaba las carnes. –¿Es aquí, señorita? –No, señor, más abajo. –¿Aquí? –Un poco más abajo, doctor. –¿Aquí? –Sí, señor… ¡Ay!...¡Ay!... El bisturí se abría paso en el tejido. –¡Está haciendo daño a mi hija! – aulló la Sra. de Coupechoses. En vano, el padre y la tía intentaban calmar a la mamá. –¡Este no es un médico! ¡Es un carnicero! – seguía gruñendo aún. Desde el momento en que las pinzas mordieron la aguja, se produjo un silencio. ¡Crac!... La aguja se rompió. La Sra. de Coupechoses saltaba al cuello del doctor, lo estrangulaba: –¡Villano, canalla! Théobald y la tía Zulime se llevaron a la madre, y la operación se con- sideró un triunfo. Entonces, se vio llegar de nuevo a la dueña de la casa.
  29. 29. 37 –¿Cuánto os debo? Nizol dudaba, enrojecía; ella repitió: –¿Cuánto? –Cinco francos, señora. … Y Héloïse, liberada, miró salir al pobre doctor todo avergonzado, bajo la insolente mirada de la horrible fémina. Transcurridos algunos días del suceso, la Srta. de Coupechoses se in- flamó de pasión. Escribía a Nizol y Nizol no respondía. En sus paseos a ca- ballo, ella lo buscaba, él la rehuía; pero, una mañana, ella lo detuvo, y mien- tras la montura mordisqueaba la hierba de la cuneta, la amazona y Hercule se perdían en lo profundo de un matorral. –Ahora, – juraba la damisela, – quiera o no quiera mi madre, ¡yo seré tu esposa! Decidida, ardiendo de amor, Héloïse mantuvo su secreto hasta los primeros síntomas del embarazo; y tras una desesperada lucha, la castellana farfulló al oído del yerno: –Espero que mi hija haga de usted un cornudo; deseo que Héloïse haga de usted un nuevo Abelardo… Evidentemente, la mujer sufría el atavismo del antepasado de los Coupechoses. Transcurrió un año. En el castillo, los jóvenes esposos se adoraban, bendecían la aguja, y el doctor que había cortado sus largos cabellos y su barba de bohemio, recitaba a la dama los admirables versos de de Mery: Un extraño suceso ha acontecido: Dicen que en medio de un sillón emboscada, Una aguja pinchó tu carne sonrosada En un lugar a la vulgar mirada sustraído. Señora, perdone ese crimen sin intención, Un crimen no cometido con ánimo libertino; Sin duda, ella creía cumplir su destino Y no ser culpable, pinchando el pantalón. ¡Ah! señora, ¡qué triste aventura y que desastre! ¡Qué duelo para su esposo si falla la acupuntura, Y la aguja, creada para el oficio de los sastres, En lugar de hacer un punto, hace costura!
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  31. 31. 41 La pasada noche, tía Zulime acariciaba al hijo del doctor, y comenta- ba: –Has de reconocer de todos modos que es bastante raro un matrimonio que comienza por una aguja. –¡Bah! – respondió el grueso Théobald, el Sr. Laffitte2 comenzó su fortuna recogiendo un alfiler… Es cierto que no fue en el mismo lugar… 2 Jacques Laffitte (1767 – 1844) banquero y político francés. (N. del T.)
  32. 32. 43 A los quince años, la Srta. Rabier obtuvo su título de institutriz, y Auguste Vignerolles volvió con las dos hermanas. Tenía unos treinta años, y era un apuesto macho de dientes risueños y enormes bigotes, inteligente, trabajador, pero bromista, alegre, con esa alegría socarrona y ruidosa de los barrios y los cuarteles. Le gustaban las faldas. La Sra. de Vignerolles, muy bigotuda, poco sensual, asumía el placer si el hombre deseaba el placer; pe- ro ella no buscaba el amor, no lo adornaba con ninguna floritura, ninguna ornamentación, no toleraba ninguna maniobra ilícita, cumplía lealmente el deber conyugal, como una auténtica hija de tendero. Ya en la época en la que Zoé aprendía la ortografía y el cálculo, Au- guste soñaba con las pantorrillas de su cuñada. La pelirroja se entregó al cuñado, evitando el embarazo, para honor del hogar y el mantenimiento de los encantos juveniles. Hortense permanec- ía al abrigo de la menor sospecha. El rol de hermana mayor la disponía a una extrema indulgencia y a una ceguera idiota: ¡Amaba a la pequeña Zozó como el fruto de sus propias entrañas! Mientras la Sra. Vignerolles se ocupaba de los tres mocosos colgados de las faldas maternas, y daba órdenes a sirvientes y criadas, los amantes se la pegaban en el fondo del patio, cerca del granero. No se aburrían, se ence- rraban, ambos hábiles en disimular el adulterio, él, con sus alegrías de obre- ro burgués, ella con sus ternura de jaranera hipócritas. Escapados de un ca- napé, de una silla, de una tabla o de una cama, regresaban con toda la ama- bilidad del mundo. Zozó besaba a Hortense, acariciaba a los pequeñuelos; a su vez, Auguste trataba a Zozó como una chiquilla, la sentaba en sus rodi- llas, la hacía saltar, girar, bailar; luego, jugaban al escondite o a la gallinita ciega y, siempre, una misma frase brotaba de los labios y del corazón de la víctima: –¡Tan niño el uno como el otro! La burguesa dijo, una noche a Vignerolles: –Deberíamos casar a Zoé. –En eso pensé yo. Preguntaron a la Srta. Rabier; esta se arrojó al cuello de Hortense: –¡No quiero abandonarte, no! –Pues bien, concluyó el enamorado, yo te buscaré un marido que vi- virá con nosotros. La Srta. Zoé Rabier todavía se encontraba en el internado, cuando su hermana Hortense se casó con el Sr. Auguste Vignero- lles, un negociante de maderas al por mayor de la avenida Jemmpes. Esas dos huérfanas, hijas de un tendero de Montmartre, no se pa- recían en nada: Hortense, alta y sosa, la cintura deformada por la maternidad, tenía un rostro de ma- donna primitiva, una cabellera ne- gra en bandas sobre su frente, unos ojos muy dulces, muy humildes, angélicos; Zoé, pelirroja regordeta, con la nariz al viento, de formas intrépidas, de mirada azul e inten- sa, la boca rosada, golosa. Su cu- ñado la llamaba Zozó; las amigas de la pensión le llamaban: Cola de Vaca.
  33. 33. 44 Cierto domingo, Auguste llevó a cenar a un joven. Se llamaba Sulpice Farinet, y su situación de huérfano le hizo obtener las simpatías de la Sra. Vignerolles. Ese Farinet, alto y delgado, con la figura grisácea y banal, no podía inspirar un flechazo en Zozó, pero tenía algún dinero, se aburría solo, y no pedía otra cosa que introducirse en el negocio de las maderas. Se le volvió a ver los domingos siguientes; Zoé lo estudiaba, reía con motivo de sus bellas frases de asiduo a los clubs populares, lo juzgaba fanfarrón e in- genuo. –¡Tiene una buena cabeza, Gugusse!... ¡Oh! ¡has elegido bien! –¡Una frente dispuesta por adelantado, Zozó! –¡Es mi tipo! ¡Ay! ¿Qué dirá si se da cuenta que la corona de aza- har?… –¡Chsst!... ¡Yo me encargo de ello! –¿Tú? –¡Sí! –¡Habla! –No. Las mujeres son demasiado cotillas. A pesar de su confianza en Gugusse, la Srta. Rabier temblaba de in- quietud. La boda tuvo lugar en el domicilio de los Vignerolles, una amplia ca- sa, el Hotel del Trabajo, así como lo declamaba el bravo Sulpicie. A la hora solemne, los invitados fueron partiendo; Auguste y Zoé charlaban en voz baja; se levantaron, desparecieron, subieron al primer piso; Farinet quiso seguirlos; Hortense lo detuvo. –Todo a su tiempo, señor Sulpice, todo a su tiempo… –¿Qué es esta broma, señora? –¿Qué broma, Sr. Farine?... –Su marido y Zoé… arriba… abren la habitación… ¡Santo Dios!…. Yo… –No se enfade, señor. Un poco de paciencia. ¡Zoé es tan inocente! Auguste la acompaña; él le está dando el discurso. –¿El discurso? –Sí, señor Sulpice, el discurso. Zozó debe conocer las obligaciones del matrimonio, y Vignerolles, que es un padre para Zozó, reemplaza a nuestra difunta madre.
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  35. 35. 47 –Le correspondía a usted, señora Hortense, informar a su hermana. –¡Pobre criatura! Yo no me atrevía; temía turbarla, verla enrojecer. Los hombres tienen más libertad. Vignerolles es un padre, ya se lo dije, un padre. –¡Ah! ¿Le da el discurso? ¡Ella está tensa y yo no la disfruto, ¡vaya faena! Sulpice, al principio había creído que la cuñada se burlaba de él. Pero no. Estaba en presencia de una mujer muy piadosa, honrada e ingenua, cuya inocencia rayaba la estupidez y que, incapaz de comportarse mal, estimaba a los demás según su propia personalidad. En la habitación nupcial, Vignerolles desnudaba a Zozó, encendido por un ardor nuevo ante el vestido de novia: Zozó le parecía algo nuevo y más bonita que nunca. –Tengo miedo – suspiraba. –Tranquila, querida. El orador estrechaba las manos de Sulpice, y Hortense dejaba a su cu- ñado, deseándole una buena noche. Entonces, como el joven hombre, pálido de ira, se dirigía hacia la puerta, Auguste llenó dos tazas y mezcló un narcótico en la bebida del re- cién casado. –¡Sulpice, para animarte! –Gracias. –¡Necesitas tomar fuerzas! Para desprenderse del importuno y satisfacer una antigua afición de borracho, Farinet volvió sobre sus pasos. –A tu salud, Sulpice. –A la suya, señor Auguste. Bajo las mantas, Zozó, que se retorcía de risa, escuchó al marido bos- tezar, luego dormir, roncar con un sueño profundo. Por la mañana, ella lo despertó: «Te amo Sulpice. ¡Ah! ¡qué feliz me has hecho!» Ella lo besaba en la frente y él la miraba, con la mirada extraviada, los cabellos erizados. ¿La había poseído o no? Trataba de recordar. –¡Repitamos, mi hermosa! –Estoy rota… Y es la hora del almuerzo…
  36. 36. 48 Casta, se ponía sus faldas, sus medias rosas; Farinet se vestía en un rincón, muy apenado. Bajaron; las hermanas se besaron, y Vignerolles feli- citó al feliz esposo: –¿Lo habéis pasado bien, eh? Zozó está un poco ojerosa… Farinet temía ser ridículo, y con tono despreocupado, dijo: –¡Sí…sí… de maravilla! La comedia se repitió toda la semana. Cada noche, Sulpice ingería tanto un potaje soporífero, como una ciruela adormidera. Deseoso de vencer el sueño, abusaba del café, pero el café no lograba nada, pues el terrible Gu- gusse le echaba opio. El recién casado exigió el deber conyugal a mediodía o a las tres de la tarde. –¿En pleno día? –exclamaba Zozó – ¡Nada de rarezas! ¡Por lo demás, imposible! Me has lastimado las primeras noches. Esa herida desconocida era muy lenta en cicatrizarse, y, desde el fin de mes, Farinet, escuchando a la esposa que se declaraba embarazada, deci- dió partir. Precisamente, el cuñado y la cuñada merodeaban por los graneros mientras Sulpice acababa de hacer sus maletas, y ordenaba a los criados que las llevaran al hotel. La Sra. de Vignerolles le cortó el paso. –Señor, ¿qué hace? –Me voy, señora. –¿Abandona a su esposa? –La abandono. –¡Pero, es horrible! Con un gesto, echó de allí a los criados, y, con las manos en oración, la actitud recogida, devota, iluminada por un rayo misterioso, semejante a las santas de vitral, murmuró con voz grave y dulce: –¿Por qué, señor Sulpice? –¡Porque ya me harté bastante de las porquerías de Zoé y de Auguste! –Se divierten, señor Farinet, ellos se divierten… –¡Yo no me divierto! ¿Qué piensa usted, señora, si le digo que desde hace cuatro semanas que cometí la locura de casarme con esa granuja de Zoé, todavía ignoro el color de su sexo? –Ella dice que le falta a usted memoria. –¡Sí que tiene cuajo, la Cola de vaca!
  37. 37. 49 –Va tener un hijo, es hijo de usted. –Yo no me acuerdo de nada, señora… –¿Lo ve, señor? –El mocoso será producto del adulterio. –¡Oh! ¿Zoé? ¿Auguste? Le juro… –¡Los muy cerdos! Se han burlado de mí, y usted es una tonta, señora Hortense, una tonta! Gugusse acudió. –¿Qué es lo que sucede aquí? ¿Qué te pasa, bribón? –Usted va a darme explicaciones, especie de… –¿Explicaciones? ¡Aquí están tus explicaciones! Le puso la bota en sus posaderas: Sulpice trató de responder; las da- mas se interponían. –¡Qué se vaya! – gritaba Zozó. Se le entregó el dinero de la asociación; Farinet salió de la casa con un «¡uf!» de alivio. –En verdad, – gemía Hortense,– los jóvenes de hoy se alejan del buen Dios, y el buen Dios los maldice. Ese muchacho no tenía familia: Auguste le abre la nuestra y él deserta de su felicidad. Va, mi Zozó, ¡no creo nada de sus mentiras! Nosotros criaremos a tu bebé; te consolaremos; ¿verdad, Au- guste? –Por supuesto… por supuesto… Y retomaron su tranquila vida.
  38. 38. 51 Las personas de buena reputa- ción, educadas en los Oiseaux o simi- lares, llaman «luna» a esa parte del cuerpo que la más elemental de la decencia nos ordena ocultar. Por des- gracia, la tierra es redonda como la luna, y ¿quién sabe?: si el astro noc- turno tuviese habitantes – ¡para ellos, hermosas señoras, la luna sería la «tierra»! Jules Flangibault, pintor realis- ta, joven y ya célebre, se había acos- tumbrado a pasar la última quincena de agosto en casa de los Domincourt, en su casa de campo a orillas del Oi- se. Ese año, tomó el tren muy emo- cionado, muy alegre, con el pensa- miento de encontrar a una de las invi- tadas habituales, su prima, la Sra. Sophie Bousquet, esposa de un rico propietario del Beauvoisis.
  39. 39. 53 La villa de los Domincourt, se llamaba Jeanne-Hachette, en recuerdo de la noble muchacha que defendió Beauvais contra el más temerario de los Carlos, y las recepciones allí eran cordiales, magníficas, dignas de la fortuna del amo, un antiguo agente bursátil retirado de la Bolsa antes del crac. Tanto Geneviève y el tío Alcibiade se enorgullecían de su sobrino Flangibault, lo mostraban a la admiración de invitados y vecinos tras haberle predicho la miseria, la vergüenza y el hospital. Jules quería a sus viejos parientes, aun- que no esperaba de ellos ni los zapatos de los muertos: ¡Ah! ¡los penosos comienzos! Rechazado en el Salón por motivos de inmoralidad; amenazas de persecuciones judiciales por un cuadro expuesto en las galerías de un artístico y valiente marchante que protegía a los grandes maestros, Courbet, Manet, Claude Monet, Rodin. ¿La obra de Jules? Un episodio de 1870, una escena íntima. En medio de la noche, un oficial de móviles, un oficial heri- do, sangrando, con el cráneo envuelto en una venda, aparecía ante la cama de su esposa, y la esposa se levantaba, tendiendo los brazos y llorando. Esta obra sencilla y robusta, animada del aliento de la patria, arrancaba lágrimas. La esposa estaba en camisa de fina batista; pero, levantando los brazos, mostraba pelos bajos las axilas. ¿Pelos? ¡Una mujer! ¿Un militar en túnica y una dama en camisa? ¿Uno desnudo y otro vestido? ¡Qué horror! ¡Qué abominación! ¡Qué sadismo! Los jurados de pintura se aliaron, le cortaron la carrera y el artista a punto estuvo de morir. Sin embargo, Flangibault continuó pintando rosa y blanco allí donde veía blanco y rosa, y pintó paisajes frondosos y sombríos allí donde los jue- gos de luz exigían sombras y frondosidades. Los filisteos se indignaban, vomitaban insultos; él los dejó indignarse y vomitar, hasta que se pusieron de manifiesto sus hipocresías e impotencias. En la villa Jeanne-Hachette, el pintor trabajaba en el retrato de la pri- ma Sophie, más seductora que nunca con su cabeza de diosa griega, los ri- zos rubios de su cabellera, el estallido de sus bellos ojos negros y el encanto infinito de sus lánguidas poses. Los primos recordaban su infancia pasada, codo con codo, en Beauvais, en casas burguesas de la calle San Salvador. Aún joven, Sophíe parecía un poco delgada, un poco pálida, y si Jules la declaraba soberbia de rostro, de encarnación y formas, ella lo encontraba cambiado, guapo. Realmente, no quedaba nada del bohemio calificado de pornógrafo, del lamentable villano que, en las horas de tristeza, imaginó, como otros artistas, distinguirse del común de los hombres, menos por el
  40. 40. 54 talento que por la apariencia, – llevar cabellos y barbas mal cuidadas, poner un sombrero hongo, una chaqueta de terciopelo e incluso pantuflas, con una pipa en la boca, a lo largo de las aceras. Desde la calle de los Mártires al palacete de la calle Jouffroy, ¡qué metamorfosis! Hoy, el pintor elegante, con barba rubia impecable, con el ojal adornado con un delgado alfiler rojo, despierta a la bella prima somno- lienta. El Sr. Edgard Bousquet, el marido de Sophie, un propietario gordo y ventrudo, poseedor de unos enormes bigotes pelirrojos, no se resistió al de- seo de espiar al pintor y su modelo. Simulaba una salida, regresaba brusca- mente, se situaba a derecha o a izquierda de la tela o bien detrás de la seño- ra. –¡Es insoportable este animal! – gruñaba Flangibault. –¡Ridículo, enervante, ofensivo! – suspiraba la modelo. –¿Y cornudo? –Todavía no. Fue en vano que Jules transportase su caballete al fondo del parque; en vano peregrinaba a través de las avenidas y los setos: Bousquet le seguía a todas partes. –Querido primo, cuando el retrato de Sophie esté terminado, ejecutará mi cara, ¿de acuerdo? –Ya veremos. –Jules, usted halaga a mi mujer. Así, la nariz… –Permítame … –La boca… –¡Qué animal! –¿Eh? –Digo que los árboles tienen hojas raras… Por la mañana y la noche, en la mesa, Edgard tenía una manera de po- sicionarse que le permitía analizar lo que ocurría debajo del mantel: Sophie y Jules debían tener sus piernas quietas. Edgard no toleraba ni el baile ni los juegos inocentes, y la señora miraba a las otras mujeres bailar y divertirse, con el corazón dolido y el sexo ardiente para las voluptuosas revanchas
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  42. 42. 57 A pesar de la presencia marital, un día los enamorados charlaron a so- las tres minutos, y Flangibault propuso temblando una cita nocturna. Sophie enrojeció cuando supo el singular y fatal lugar adoptado por Jules, Sin que pueda mirar Ese celoso de Edgard ¡Ah! no tembléis, no os sonrojéis, queridas lectoras, pues os digo que el amor todopoderoso tiene privilegios de gracias inmortales. Uno adora en las chozas, en los graneros: no es nada cómodo, es cierto, ni más a los veinte años que a los sesenta. Pero un verdadero amor se burla del decorado, y por todas partes arden las llamas del buen fuego, y por todas partes espumea la buena lujuria, pues las vacilaciones y los desfallecimientos no son más ex- clusivos del pajar que del somier, ni de la humilde y poética silla de paja sustituyendo al mullido diván. Sophie y Jules no buscaban en absoluto los inmundos placeres de los viejos, y el pequeño local donde se amaron estaba limpio, encerado, barni- zado, perfumado de ámbar y benjuí, iluminado con una luz de vitral, con todo el confort moderno de las dmas inglesas. Cada noche, so pretexto de una necesidad natural, la Señora Bousquets dejaba el lecho nupcial y se di- rigía en faldas de preciosas encajes, calzada con unas chinelas rosas, hacia ese buen retiro: Jules la esperaba allí, donde se reunían aprisa. De entrada, imitaban a los pájaros, temiendo ser sorprendidos; a continuación, se dieron cuenta que nadie los molestaría. Los Domincourt y los huéspedes tomaban sin duda sus precauciones, antes de subir a acostarse, y Jules y Sophie se dieron al corazón alegre para, al acabar, regresar por desgracia, él, a su habi- tación de soltero, ella, a su marido roncando. Cuando un artista joven está enamorado, se establece, entre el arte y la pasión, un torneo de aficionados, una lucha encantadora de coqueterías y galanteos recíprocos, según los señores oficiales franceses, en Fontenoy: – ¿Señor artista, pintad el primero? – No, responde el artista, no haré nada; después de vos, señor enamorado.» Entre su arte y su pasión, – después del amor, Flangibault soñaba con una obra maestra. Trajo telas, pinceles, colores, y se puso a pintar a la aman- te de pie sobre el banco… cubierta de flores: la luna descendía de la alta
  43. 43. 58 lámpara, llenando con sus reales blancuras el santuario embalsamado de heliotropos y verbenas. Precisamente, el pintor acababa el esbozo de la luna celeste, cuando el Sr. Bousquet sacudió la puerta. La Sra. Bousquet se sintió desfallecer; quiso gritar; Jules le suplicó que callase y respondió: –¡Está ocupado! –¡Abra! –¡Le digo que está ocupado! Si tiene apuro, hágalo en el jardín. –¡Abra, cerdo! Edgard amenazaba con romper la cerradura. Entonces, Flangibault murmuró algunas palabras al oído de su amante, y, precipitándose, con su amplia camisa cubrió la cabeza del Sr. Bousquet, dando así a la señora tiempo de huir, sin ser observada. –¡Es una broma de taller, amigo mío! – se reía Jules. –¿Una broma?... ¡Miserable! Usted… Como los Domincourt, los invitados y los criados preguntaban: «¿Qué sucede? ¿Dónde está el ladrón?» Edgard penetró en los excusados y no vio más que ramos floridos y el retrato de la verdadera luna. –Estoy seguro de que mi esposa… –Está enfermo, está loco, – gemía Sophie. –Señora, usted está con… –¿Sí, Señor? Imbécil, tenía migraña y tomaba el aire en la ventana de nuestra habitación! –Je… je… Perdón, mi pollita… Una pesadilla… –¡Caramba! Todo se arregló lo mejor que se pudo: el pintor regaló al Sr. Bousquet el esbozo de la otra luna y guardó en sus cofres misteriosos la luna de Sop- hie.
  44. 44. 59 –¿Y entonces qué? –Entonces, – dijo Saint- Hélier, – como París se volvía estúpido y ridículo, a pesar del triunfo de la Exposición, con sus periódicos vomitando injurias, con sus políticos charlatanes y sus arengas, con sus miles de carteles, oremus de ambiciosos indocumen- tados y políticos vulgares, sus mi- llares de prospectos pegados, todos sus papeles deshonrando las pare- des, las verjas, los árboles, las es- calinatas de los templos y los tea- tros; como las ciencias, las letras y las artes se eclipsaban; en fin, co- mo sentía todo lo odioso y todo lo criminal de esas cosas, sin entre- ver, por desgracia, la fecunda auro-
  45. 45. 60 ra y gloriosa, ni de un lado ni del otro, se apoderó de mí una angustia que, desde mi regreso de los baños de mar, decidí volver a marcharme. ¿A dónde ir? No lo sabía. ¡Al diablo! Hacia las ocho de la noche, en la estación de Orleáns, compré un billete para Périgueux, así como lo hubiese comprado para Toulouse o Burdeos, pues me proponía continuar el viaje y establecer un itinerario durante la ruta. Casi todos los vagones estaban abarrotados. Sin embargo, encontré un rincón; con mi bastón y un libro, ocupé una plaza; descendí, y cuando re- gresé vi a un señor gordo que, tranquilamente, arrojaba el bastón y el libro a la redecilla portaequipajes del 0.479 y se sentaba. –Perdón, caballero, – le dije, – esa es mi plaza. –¡Me da igual! –¿Cómo dice? –Digo que me da igual; aquí estoy y seguiré estando. –¡Le aseguro que no! –¡Le garantizo que sí! Los demás viajeros – hombres – me dieron la razón: se presentó un empleado y no me vi obligado a vérmelas tiesas con el grueso caballero. Ese ostrogodo desapareció y yo conservé mi rincón, con la cabeza so- bre una almohada. Una dama subió por la escalerilla. Uno es francés o no lo es. Le ofrecí mi rincón; la dama me lo agradeció con una simpática sonrisa, y yo me instalé cerca de ella. ¿Bonita? Si usted quiere. Rubia, de un rubio pajizo, con los ojos ne- gros, regordeta, la nariz griega, una boca fresca y encantadora. Estaba en- guantada de gris a lo mosquetero, tocada de un sombrero redondo con enca- jes negros plegados y adornados con azaleas rosas, y vestida, bajo una piel de armiño, con una chaqueta de lana de lo más elegante. Ninguna joya. Un porte distinguido, aristocrático. En su cintura, unos claveles rojos. Extendió una manta de viaje sobre sus rodillas, la dejó deslizar, apenas descubrió con una mano ligera los interiores de blancos encajes donde florecían verbenas: luego, en un montón de periódicos ilustrados y diarios de la mañana y la noche, la Vie Parissienne, el Charivari, el Journal amusant, el Figaro, el Gil Blas, el Intransigeant, la Autorité, la Bataille, la France, el París, etc., eligió la Cocarde. De inmediato, adiviné la identidad de la gran dama: la vizcondesa del Faubourg.
  46. 46. 61 Desde Paris a los Aubraies, mi vecina devoró sus periódicos; yo releí un libro de nuestro maestro Honoré de Balzac. Los viajeros fueron bajando, y en nuestra compañía no quedo más que un viejo burgués roncador. Bruscamente, la dama de los claveles rojos me preguntó: –¿Sois bulangista3 , señor? –No me gusta la política, señora. –Pues bien, yo soy boulangista. Debe usted convertirse. Adorablemente, con una zalamería mundana, muy al margen del ilu- minismo de esta joven predicadora del Ejército de Condena, de la Atroz Miss Maud que (ya os he contado), exigía mi «desvirilización», antes de nuestro matrimonio, – adorablemente, la dama de los claveles rojos se lanzó a un elogio del bravo general. Después de Chäteauroux quedamos solos; llegamos al Subterráneo, y las confidencias continuaban. –Sí, barón, con toda la vizcondesa que soy, voy a apoyar en Limousin a un candidato del general. Mi marido, el Sr. de la Motte, ama los caballos, las carreras y el club; a mí me gustan también las carreras, los caballos, el baile, y ese pobre vizconde, además de otros… añadidos. ¡Me burlo de ello! La política me divierte, y es un deporte. ¡Señor, no me mire de ese modo! No tiene ante usted ni a una pedante ni a una cotilla ni a una pelma, ni a una nueva militante feminista solicitando para nuestro sexo el derecho de voto y de elegibilidad. ¡Oh! sé muy bien que el Sr Magnard, defendiendo en el Fi- garo la causa de las mujeres contra mi amigo Jean Tolbiac4 , dijo un día: «Las duquesas podrían votar, pues tienen más espíritu que sus palafrene- ros.» –Las vizcondesas, igualmente. –Sin duda. Pero el Sr. Magnard es un filósofo amargo, e imagínese que de la teoría a la práctica debe sugerirnos crueles reflexiones. Luchadora 3 Georges Ernest Jean Marie Boulanger, general y político francés (1837 - 1891). Militar, ministro y político, tuvo un gran protagonismo en los primeros años de la Tercera república francesa. 4 Jean Tolbiac era el pseudónimo utilizado por Jean Louis Dubut de Laforest cuando ejercía como periodista. (N. del T.)
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  48. 48. 65 del momento, predico a favor el general Boulanger. Barón, quiero mostrarle la propaganda. La Sra. de La Motte extrajo de un gran neceser unas terracotas colo- readas, miniaturas de cuerpo completo del general. –Observe el sombrero, el penacho, los ojos de esmalte azul, la barba rubia, el cordón rojo, la placa diamantada, la espada, el pantalón blanco, las botas barnizadas, las espuelas. ¿Es bastante artístico? –¡Es encantador! –¡Y de un parecido! Al principio, los había ordenado ecuestres; se me hizo observar que serían demasiado frágiles. Tengo aquí una docena, y mis equipajes contienen veinticinco mil, con los que adornar todas las chimene- as de la periferia de Bellac. ¿Quiere uno? –Con mucho gusto. –Imagínese que en casa de la duquesa de Uzès… –¡Ah! señora, ¡la política! –No hablemos más de ello, barón. Yo la miraba con los ojos en sus ojos; ella sonrió; le besé la mano, y nuestros labios se unieron. Tras haber corrido el pequeño cortinaje verde sobre la luminosa copa del techo, dispuse nuestras dos almohadas blancas y los cuatro cojines a modo de cama de amor. Una delicia, una embriaguez, un olor de verbena, ¡el Paraíso! …. –¿Gustave, más? –¡Mi Caroline, siempre! …. De pronto, durante la marcha del tren, la portezuela del 0.479 se abrió, y apareció un empleado. –Señor y señora, ¿sus nombres? Esto es un atentado a las costum- bres… en lugar público… voy a denunciarles. Había tenido tiempo de volverme, de vestirme en medio de las som- bras y susurrar: «Señora, no se mueva… Cierre los ojos…» –¿Su nombre, señor? – aulló el empleado que apartaba la cortina y nos iluminaba. –¡Chsss!... –¿Su nombre? –¡Chsss!...
  49. 49. 66 Serio y misterioso, me incliné hacia el oído del hombre: –Esta mujer es una miserable a sueldo de los boulangistas; la he dor- mido; no la despertéis. –Ambos hacían cochina… –¡Chsss!... Se la vigilaba, ya la tengo, la estaba registrando… –Señor… –¡Chsss!... he cubierto la lámpara y amontonado los cojines a fin de que nadie me moleste… He aquí unos claveles rojos, aquí unos retratos del general extraídos de su blusa y de sus faldas… –Usted la… Usted exhibía… –¡Chsss!... –He visto… –Una terracota. ¡Chsss!... Pasa panfletos clandestinos, panfletos de In- glaterra en esas figuras del general, como antaño se pasaba de Bélgica a Francia La Linterna de Rochefort5 en los bustos de Napoleón III… Le he aplicado un fuerte narcótico bajo la nariz, y no he acabado de verificar… No me moleste… Se está jugando su puesto de trabajo… Cumplo funciones absolutamente delicadas… –¿El señor es de la Prefectura de Policía? –¡Chsss!... Si la despierta, informaré de esto. –Disculpe, señor… –¡Chsss!... El empleado ya levantaba su casquete engalanado, cerrando el vagón 0,479. … Y el tren de los amores rodó a través de los silenciosos campos. 5 Victor Henri Rochefort, Marqués de Rochefort-Luçay (1830 –1913), periodista, político y autor teatral francés, nació en Paris. La Lanterne era una publicación clandestina que se imprimía en Ginebra, donde Rochefort se encontraba exiliado. (N. del T.)
  50. 50. 67 El pasado verano, después de su viaje de bodas, el conde Adrien y la condesa Juliette de Bresnes fueron a terminar el verano al casti- llo de Saint-Yves, a orillas del río Loira. Jamás luna de miel alguna fue tan deslumbrante y dulce para unos enamorados tan perfectamen- te unidos. Tanto la hombría como el orgullo del aristócrata, el brillo de sus ojos y sus jóvenes bigotes ponían de relieve muchos atracti- vos viriles, al igual que la esbeltez de la dama, sus cabellos color maíz, el azul de su mirada, el en- canto de su pequeña nariz de aletas vibrantes, el rojo húmedo de sus labios, el rosado de sus carnes, los delicados contornos de su garganta y su torso dejaban entrever multi- ples seducciones femeninas. Él re-
  51. 51. 68 presentaba la fuerza, ella la gracia, y ambos se amaban, rodeados del cariño de la Sra. de Saint-Yves, la madre de Juliette, una amable anciana, dichosa con la felicidad de sus hijos. Un día que el conde y la condesa regresaban de un paseo a caballo, un criado anunció a los amos: –La Sra. marquesa de Arlandès está en el castillo. Adrien no se percató en absoluto de la palidez y la agitación de su es- posa, y se conformó con decir: –Nuestra prima habría podido demorar su visita. Desde lo alto de la escalinata, la visitante sonreía a la amazona y al ji- nete. Era una alta y bonita morena, un poco delgada, con una cabellera riza, una boca encantadora y unos ojos de un verde luminoso, dorados o rojos, como dos gruesas gotas de licor verde, atravesados por pequeñas llamas de oro o fibrillas sangrientas. La marquesa Paule d’Arlandès se disculpó por molestar a los nuevos enamorados; se dirigía a España y había dado un rodeo con el deseo de be- sar a su querida Juliette. En sus palabras y en el beso que dio a la Sra. de Bresnes, había una ironía velada de la que solo la condesa comprendía el significado. Tras la cena, mientras el conde y algunos vecinos de los alrededores jugaban a las cartas con la dueña del castillo, Paule arrastró a su prima al fondo del parque: –Desdichada – reprochó – te has casado, has olvidado nuestros jura- mentos. –¡Juramentos odiosos! –¿Amas a tu marido? –Lo adoro. –Ya lo veremos. Vengo a buscarte. –¿A buscarme? ¿Estás loca? ¿Con qué derecho? La marquesa, con fuego en la mirada, los labios secos de deseo, abra- zaba a Juliette, pero la condesa la rechazó: –¡Vete! ¡Vete! ¡Déjame!... ¡Vete o grito! –¡Atrévete! – dijo socarrona la Sra. d’Arlandès– ¡atrévete y cuento al conde nuestras aventuras!
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  53. 53. 71 Aterrorizada, la Sra. de Bresnes se resignó a sentarse cerca de la visi- tante, al claro de luna. Unos rayos de plata que descendían del cielo azul iluminaban la tierra, los bosques y las aguas: una fragante brisa, cargada del perfume embriagador de los henos cortados, y refrescada con las húmedas caricias del cercano río, hacía mover alegremente los rizos rubios y morenos de las primas; el césped se cubría con el blanco de sus faldas, con el tesoro de sus encajes, con los matices de sus vestidos estivales, y, más allá, en la cima de los árboles y a lo largo del vergel florido, los pájaros cantaban un himno de triunfo. Paule relataba las angustias de la separación, las noches sin dormir, los días sin esperanza; manifestaba su asco por los hombres, su hastío de los placeres y desenfrenos con numerosos amantes – todos iguales; ella recordaba, furiosa de pasión, los antiguos amores, las horas de embria- guez; clamaba su sed de besos, y Juliette la escuchaba con los dientes apre- tados, más verde que la hierba. –Sí, has aprovechado mi enfermedad para casarte. Pensabas: « Paule va a morir y yo seré libre!...» Ahora estoy curada de mis crisis nerviosas; es preciso que me acompañes a España. –Jamás. –¡Es preciso! –Jamás. –Soy inmensamente rica, y… –¡Qué me importa! –En mi palacio de Madrid mandarás como una reina, y yo te adoraré y serviré como la más fiel de las amigas y la más humilde de las sirvientas. –¡No! ¡no! –¡Entonces, el Sr. de Bresnes conocerá nuestra historia! – vociferó la marquesa, insensible a las lágrimas de Juliette. –¡Él no te creerá, miserable! –Claro que me creerá, porque tengo mis papeles, tus cartas. Reflexio- na, querida. Y las dos jóvenes se miraron, una aterrorizada, la otra burlona y ar- diente. Las aventuras de las primas databan de la época en la que la Sra. d’Arlandès, viuda de un noble español, encontraba hospitalidad materna en París, en casa de su tía, la Sra. de Saint-Yves. Soltera, Juliette siguió a la corruptora. Pronto sus nobles instintos se fueron al traste: la lesbiana había
  54. 54. 72 acabado en Madrid su convalecencia, y la víctima, avergonzada de las fu- nestas orgías, se elevó, mediante un matrimonio por amor, hasta el cielo de la redención. Desde que Paule se había instalado en Saint-Yves, en un pabellón del castillo, el conde observaba el extraño comportamiento de Juliette. –No estás alegre, querida. –Amigo mío, te equivocas. –Has llorado. –No, te aseguro que no. La Sra. de Bresnes trataba de sonreír, pero las rosas de sus mejillas pa- lidecían, y un cáncer la devoraba, la corroía, le destruía en cuerpo y alma. ¿Qué hacer? ¿Qué decisión tomar? ¿Expulsar al monstruo? El monstruo la deseaba, el monstruo la denunciaría a su marido, el monstruo evocaría las escenas de las ilícitas lujurias – y la joven de antaño, tan bella y tan casta en su vestido blanco, con su velo inmaculado y su ramo de azahar, y la esposa de hoy tan adorable y virtuosa, esa gran dama, esa patricia, esa mujer sola- mente sería a los ojos de su esposo una cualquiera, una falda mancillada, una enferma o una criminal, ¡un objeto de piedad o de horror! ¿Apoderarse de las cartas? ¡Imposible! El monstruo las ocultaba en su corsé y se enorgu- llecía de sus formas, suspiraba, con voz pérfida: «Ven a cogerlas». En vano, la Sra. d’Arlandès se devanaba los sesos y urdía estratage- mas; en vano amenazaba, en vano imploraba; la Sra de Bresnes siempre evitaba los cara a cara y huía, desde que se hacía de noche, de la presencia de la enemiga. Entonces, Paule volvió su ira contra el marido seductor; odiaba los en- cantos del esposo y veía en él el único obstáculo a la posesión de Juliette. Pensó en desfigurarlo con ácido, luego, su locura – así como ocurrió a dos sirvientas parisinas «nativas de Lesbos» – aumentó con un curioso misti- cismo. Por la noche, sacudida por una rabia lúbrica, rogaba a los ángeles y al diablo, mezclaba sus devociones con horribles blasfemias, mancillaba imágenes santas con innobles grabados, y nada lograba calmarla. Había sus- traído las fotografías del conde y la condesa; mataba al marido en efigie, le hundía una aguja en el lugar del corazón y luego cubría de besos el retrato de la viuda. Por la mañana gozaba de su libertad y admirable hipocresía sa- ludando al aristócrata y a su dama: –Os queréis mucho. ¡Oh, qué encantador es quererse así!
  55. 55. 73 Merodeaba alrededor de ellos, bromeaba, y Adrien, molesto, murmu- raba al oído de Juliette: –¡Qué pelma! ¡Qué pesada!... ¿No podría abreviar su visita?... Esa noche, de pie ante una de las ventanas del pabellón, la marquesa acechaba al Sr. de Bresnes. –Juliette está aquí conmigo – dijo; – marcho al instante. Sube a despe- dirte, mi querido primo. El conde, encantado de esa determinación, subió las escaleras, y cuan- do entraba en el recibidor la Sra. de Arlandès surgió detrás de unas cortinas y, armada con un puñal, golpeó al aristócrata en pleno pecho: –¡Muere, canalla, por robar a mi amor! A la caída del cuerpo, ella hizo saltar el peine de sus cabellos, des- garró su blusa, adoptando todos los ademanes de una heroína que acaba de luchar por su virtud; en presencia de la Sra. de Saint-Yves, de la Sra. de Bresnes y de los criados que acudieron, la asesina se puso a rugir, mostran- do el cadáver: –Se ha introducido… Ha querido… ya comprendéis… Ha querido.. ha querido… –¡Miente! ¡miente!– sollozaba Juliette, – desafiando a la manipulado- ra. …Obligada a responder ante la justicia y justificar su crimen en legí- tima defensa, la marquesa de Arlandès abandonó el castillo, y, por la noche, a las luces de los cirios que iluminaban al muerto amado, la condesa de Bre- nes leía una nota rosa impregnada de enloquecedoras fragancias: « Querida mía, « Vendré a buscarte, y estarás más bella de luto! « PAULE. »
  56. 56. 75 Gustave encendió un cigarrillo y dijo: –Durante los mejores días del verano que se acaba, he recorrido las playas normandas, bretonas e inglesas, pero la alta sociedad se volvía hacia nuestra Kermesse. No me he divertido mucho en ninguna parte, y a menudo hice la NAVETTE entre Dieppe, Dinard o Brighton y la esplanada de las En casa de Thérèse, tras una alegre cena, se pasó al jardín de invierno lleno de flo- res, iluminado por los rayos de la electricidad y de farolillos venecianos. Bajo la sombra plateada de los plumeros y la sombra verde de las grandes plantas, al murmullo de los cho- rros de agua, un chaleco negro rodeado de otros chalecos y de escotes, rosas o blancos, se sentó a horcajadas en una silla. Era el narrador de la velada, el barón Gustave, un Mefisto siempre alegre, siempre amable, gracias a usted, mi querido Besnier, gracias a su humorísti- co talento mis lectores lo han admirado en la portada de un libro, y a caballo sobre la nariz de la Luna.
  57. 57. 77 Gustave encendió un cigarrillo y dijo: Durante los mejores días del verano que se acaba, recorrí las playas normandas, bretonas e inglesas, pero la alta sociedad se volvía hacia nuestra Kermesse. No me divertí mucho en ninguna parte, y a menudo fui de aquí para allá entre Dieppe, Dinard o Brighton y la explanada de las Inválidos para aplaudir a las javanesas. ¡Oh! Esas bailarinas con casco de oro y fulares de seda, medio vestales y medio bacantes, cuyas gruesas y primitivas figu- ras, con los torsos delgados y las piernas cortas, los cabellos rizados, los ojos almendrados, los enormes labios en arco, las sonrisas ingenuas o volup- tuosas, me han a su vez inflamado y helado! Con la danza de los vientres sé a qué atenerme desde el primer momento. Pero, con la danza de los dedos, el baile de las dos manos tan llenas de lentitud, con el Baile de las Perezas (a usted, Sr. Jules Klein, le doy el título: Háganos con él un romance); con sus poses hieráticas, sus gestos inocentes o de desenfreno, las javanesas – esas mimas de la religión o del placer – me turban y me confunden. ¿Es esto la corrupción suprema o la virginal aurora? ¡Damas de harén o ídolos vivos de templos misteriosos, yo las saludo una última vez, y las beso a todas en la frente antes de devolverlas al príncipe que nos las ha prestado! Una mañana, en Cabourg, en una habitación del Gran Hotel, soñaba con las javanesas. Los besos del sol me despertaron, y, deseoso de dormir y soñar un poco más, bajaba las cortinas cuando escuché una voz de mujer murmurar: –¿Y bien, eso es todo? La dulce frase atravesaba un tabique y un ruido de suspiros amorosos vino a convencerme de que eso no era todo. Al día siguiente y a la misma hora fui despertado por el traqueteo del somier de mi vecina; el tercer día, ya no dormía, y escuché de nuevo: –¿Y bien, eso es todo? –No, mi Berthe amada, - declaraba el visitante matinal. Desde el octavo día, el: «¿Y bien, eso es todo?» comenzaba a irritar- me, a exasperarme, a convertirse en una auténtica obsesión. Me acostaba jurando: ¡No quiero escucharlo!... ¡Pam! La cantinela de siempre, el «¿Y bien, eso es todo?» estallaba en medio del silencio y anticipaba el estrépito de la cama.
  58. 58. 78 ¡Mil millones de rayos! Se pregunta, se puede preguntar: «¿Y bien, eso es todo?» a aquél que ya ha intentado algo; pero no se interroga de esa manera a un recién llegado, a un enamorado que todavía no ha hecho nada. Una mujer del servicio doméstico me informó. Mi vecina, la vizcondesa Berthe de Gisors, vivía en el hotel bajo un nombre falso, lejos del conde y de los criados instalados en Bretaña, y que la creían en París; ella recibía al Sr. Ernest de Mélize, un joven de Calvados. Creí deber respetar el incógnito de la dama, y, entre cacerías norman- das y un viaje a las costas inglesas, olvidé a mi vecina; pero, la mañana de mi regreso al hotel, una vez más –la misma voz encantadora – susurró con timbre de oro: –¿Y bien, eso es todo? Naturalmente, la pregunta fue seguida del ruido de las sábanas y el edredón, de la canción de las caricias tumultuosas y del final de las olas agi- tadas y perfumadas al vino de Chipre y a la cerveza rosa: ¡Gluglú! ¡gluglú! El cuerpo a cuerpo me había parecido de los más enérgicos y de los más sabrosos, y pensé: «La vizcondesa tiene lo que quiere, y eso acaba con el terrible misterio.» Lamentablemente, el trigésimo séptimo día, el enervante exordio, alu- cinante, horripilante, volvía a repetirse una vez más, implacable: -¿Y bien, eso es todo? Durante la jornada, aproveché la ausencia de mi vecina para hacer un agujero en el delgado tabique, y por la mañana, un poco antes de la llegada del joven Ernest, allí pegué el ojo. Damas y caballeros, se equivocan concluyendo que soy un voyeur. Ni mis hábitos ni mis gustos me inducen a la contemplación de escenas en vivo y las locuras del libertinaje senil. Me gusta el placer natural, delicado, boni- to, ameno; me gusta a dos – ella y yo – y si ella acepta todo, yo no niego nada a la dama que me apasiona. Lo único que quería saber era la razón del maquiavélico: «¿Y bien, eso es todo? » – No anhelaba otra cosa. Berthe de Gisors estaba sobre su cama, rubia y regordeta, de un rubio paja, los ojos negros, gentil, deseable, en camisa de fina batista, su hermoso
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  60. 60. 81 pecho hinchado, tembloroso, sus cabellos dispersando sus rizos dorados alrededor de los encajes de la almohada. Y ese cuerpo maravilloso me pare- ció un raso rosa que permanecía casi desnudo y como ofrecido, en el mo- mento que vi entrar al Sr. Ernest de Mélize, un moreno de dieciocho años, bastante guapo, bastante correcto. Ernest saludó, enrojeció, miró; Berthe sonreía al muchachito, langui- decían sus ojos de terciopelo, pero el chico, en lugar de avanzar, la contem- plaba en éxtasis. –¿Y bien, eso es todo? – dijo ella. –¿Berthe, qué significa ese: «¿Y bien, eso es todo?». Le demuestro re- gularmente lo contrario, mi querida amante. ¿Qué es lo que… –¿Qué es lo que sé? He aquí unos «que», y según la gramática de los «que» suprimidos y a suprimir! Tontito… Pequeño bobo… ¡Ay! Se mataron. Y yo canturreaba, en honor a mi vecina: Junto a mi rubia Qué bien se está Qué bien se está Junto a mi rubia Qué bien se está. ¿Dormir? ¡Oh, no, jamás de la vida! Ese mismo día entregué una cantidad a la sirvienta del hotel, encarga- da del servicio de la Sra. de Gisors. –Juliette, mañana por la mañana, usted esperará la llegada del Sr. de Mélize y, franqueándole las puertas a ese joven, le anunciará que su madre le reclama en su villa. –Sí, señor barón. –Él va, regresa, se enfada, y usted se disculpa. Lo ha confundido con otro. –Perfectamente, señor barón. Juliette venía de alejar al Sr. Ernest, y en su lugar y a su hora yo me deslizaba en el cuarto de la vizcondesa que, desesperada sin duda, ni siquie- ra volvió el rostro.
  61. 61. 82 -¿Y bien, eso es… De rodillas, la cubrí de besos atrevidos, un largo beso de amor, y el: «¿Y bien, eso es todo? » se metamorfoseó en : –¡Ah! ¡Mi bebe, mi bebé, mi bebé!... Ah, ah, ah… De pronto, la Sra. de Gisors se levantó, amenazante: –¿Señor?... ¿Señor?... ¿Señor? …Creí que iba a quitarme los ojos, a arrancarme los bigotes; se contu- vo, observando, muy graciosa: –Dieciocho años, Ernest, ¡dieciocho años! Hubiera debido pensar que no podía ser él, que es demasiado joven, muy joven… ¿Qué edad tiene us- ted, caballero?
  62. 62. 83 Ese domingo, Thomas Birou, un auvernés, un soldado del 12 regimiento de coraceros, salió del cuartel abrillantado, pulido, encerado, con uniforme de gala, entre el brigada Lou- vard y su camarada Galumot, dos normandos bromistas que le pasearon por París. Los tres diablos habían vaciado botella tras botella y reían. Marchaban con sus sono- ras botas y sus sables tintinea- ban alegres, cuando Louvard les detuvo en la calle de la Chaussée de Antin, ante un inmueble y junto a una placa en cobre que destacaba en la pa- red. Allí podía leerse:
  63. 63. 85 MISS PHYLLIS HOOTH Doctora en medicina –¿Qué ice ahí? – preguntó el auvernés, que era analfabeto. –Que es una casa de putas – respondió Louvard. –Mi brigada, no veo la linterna roja. –Los establecimientos distinguidos de la capital están exentos de ella, muchacho. –¡Oh! Sí, un sitio muy elegante. Y no es caro: ¡veinte centavos! – añadió Galumot. –¡Aentro, amigos, aentro! –¡Imposible!– respondió el superior. En estos barrios solo se recibe un cliente a la vez. Después de un mes de acuartelamiento, Thomas, un joven enorme, bi- gote pelirrojo y rizado, se veía privado de los placeres del amor. Acostum- brado a retozar con las mozas, de la bodega al granero, o en medio de las hierbas, el auvernés ardía de inmensas ganas. –¡Teo aún ochenta centavos! Bien pueo divertirme… Entonces, los normandos le hicieron todo tipo de recomendaciones e indicaron que miss Hooth era la reina del lupanar. Esta magnífica criatura se hacía pasar por médico para engañar a la policía de costumbres: el cliente debía hacerse el enfermo, esperar su vez, y lo demás llegaba por sí solo… ¡Una astuta conejita, Miss Hooth! –Thomas, nos encontrarás en el café. A un gesto de la portera, Birou subió al primer piso. Una criada fue a abrir. –¿Es para una consulta? –Ea, es pa consultar con la Sra. Mijotte, la méico. –El domingo, la señorita no recibe a nadie. Mañana, de dos a cuatro. –Toy enfermo, toy muy enfermo. Tenga la bondá davisar a la señoita Mijotte. –Miss Hooth.
  64. 64. 86 –Ea, Mijotte, Mijotte. Ahora, el coracero, sin el sable cruzando sus rodillas, permanecía in- móvil en un salón contiguo al despacho de la doctora. Muy rubia y rosada, graciosa y bonita en su larga falda de seda negra y su pequeño cuello recto, la cabellera cortada con raya masculina, el rostro de un puro ovalo con ojos azules, una naricilla encantadora, una boca fresca, pero demasiado grande, miss Phyllis dudó en recibir al cliente. Aparte de que la clientela que reclutaba siempre eran mujeres, la joven inglesa se hab- ía acostumbrado – tanto en Inglaterra como en Francia – al Descanso del día del Señor. Una voz suspiró: –Toy muy enfermo… Entreabriendo su puerta, la doctora observó a un militar cuyos gruesos dedos se agitaban estremecidos en torno a una cabeza roja y congestionada; luego escuchó una retahíla de sufrimientos. ¿Dejar morir a ese hombre? ¿Y el deber? ¿Y la humanidad? Miss Hooth ordenó introducir al visitante, y Birou se presentó con las mejillas escarlatas, hinchando y removiendo su vientre a semejanza de las bailarinas de la Exposición. –¿Tiene usted cólicos, señoggg? –No, señoita. –¿Dónde le duele, señoggg? –Acabajo, señoita. –¿Una enfeggmedá sexual? Yo no sé de eso. Hay que consultagg al médico de su ggegimiento o a un doctogg especialista. –No teo una enfemedá sexuá. –¿Qué tiene entonses? –Una hernia, señoita. –¿Heggnia? –Sí, señoita Mijotte, una hernia… –¡Oh! ¡Tal vez sea una heggnia estgangulada! ¡Pero eso mata súbita- mente! Desnúdese, señogg. El coracero estaba desnudo como un enorme San Juan; miss Hooth se bajó, con el monóculo en el ojo, mientras su mano ligera presionaba con suavidad: –¡Tosa!
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  66. 66. 89 –¡Hum! –¡Más fueggte! –¡Hum!, ¡Hum! –¡Más fueggte todavía! –¡Hum!, ¡hum!, ¡hum! –¿No le hago daño, señogg? –¡Oh, no, señoita Mijjotte! Bruscamente la rodeó con un brazo, mientras con el otro le levantó las faldas: –Ya no pueo más… –¡Shocking!... ¡Quieto soldado!– gritó ella desprendiéndose – Escri- biggé al coggonel y seggá usted castigado. –¡Oh! No voy a irme sin pagá, señoita. Acatán ochenta centavos, y an- todavía no empezamos. Él extraía de su pantalón todas las monedas. –¡Oh!; ¿qué se cggee usted, miseggable? –¡Pardiez! .Ecushee: dos amigos, dos normandos, se han burlao de mí. Thomas le contó la broma. Tenía un aire tan cómico, tan apurado, y al mismo tiempo tan sincero, que la doctora rompió a reír. Pronto, ella reflexionó, admirando al muchacho, sus formas de atleta y sus atributos de Hércules Farnesio. –No se vista señogg. Estudio su maggavillosa anatomía… y tan lim- pio… –Eta mañana mé bañao. El ministro de la guerra nos hace bañá cada quince días. Phyllis temblaba de lujuria. –¿Es usted discggeto, señogg? –¡Una tumba, señoita, una tumba! Si usted escribe al coronel iré a pri- sión… –No, señogg Thomas; usted me gusta, mucho, mucccho… Vamos, come on, come on… Después de una batalla de amor, la doctora y el coracero se separaron, encantados el uno del otro. –Hasta el domingo, señogg Thomas. –Sí, señoita Mijotte, sí, sí…
  67. 67. 90 Cuando Birou apareció en el café, los normandos terminaban una par- tida de billar; el enamorado evitó delatarse con gestos de satisfacción. –Amios míos,– dijo,– tais confundíos. No hay trajín, la dama es médi- co: me auscultó y recomendó no beber ni fumar. Louvard y Galumot quedaron decepcionados, con el taco en la mano. Birou disfrutó de agradables domingos; pero un día, el brigada arrancó una confesión completa al subalterno. –¿Cómo lo haces? –Mi brigada, yo entro; me esnúo. La Mijotte lee o escribe recetas, sin mirarme, y luego… ala… ¡Eugh!... –Muy bien. Este infame Louvard pensaba: «Puesto que acepta a un simple corace- ro, a un auvernés, mejor recibirá todavía al superior, a un normando.» Ahora bien, un domingo, miss Hooth vio entrar al desconocido con galones; lo dejó desnudarse dominando una legítima cólera. –¡Ah! ¿Quién es usted señogg? –El superior de Birou,– dijo el normando lleno de orgullo. –¡Allright! La señorita ajustó su monóculo: –¿Cuál es su gggaduación, señogg? –Brigada. –¿Bggigada? No. Su anatomía es pequeña, ggidícula, talla de niño, eso no se llama «bggigada», eso se llama «cabo». Y despreciando al enclenque sustituto, la doctora puso a Louvard de patitas en la calle.
  68. 68. 91 Se encontraban en la Co- medie-Française, la noche de la reposición del Demi-Monde. Allí se encontraban toda la flor y nata de la nobleza e incluso una bonita variedad de «meloco- tones a doce centavos.» No fue necesario mucho tiempo para convencerme de que la observa- ción de Alexandre Dumas hijo representa a la perfección la obra maestra del teatro moderno y que la sátira de la Sra. de An- ge permanece por siempre viva, vibrante y mordaz. Durante un entreacto, di- rigí mis gemelos hacia los pal- cos, e iba de la baronesa Suzan- ne a la vizcondesa de Vernières y a la Sra. de Santis, cuando Monistrol me tocó en el codo:
  69. 69. 93 –El palco de ante escena… a la derecha… –¡Una magnífica criatura! –¿No la conoces? –Intento adivinar. –No te canses. Es la condesa de Sabactani. –¿Lamma Sabactani? –No… Julieta… El « lamma » en cuestión, el « ¿Por qué me has deja- do? » debería ser dicho por una ausente, la esposa de ese gran caballero del- gado. –¿El caballero de patillas salpimentadas? –El mismo. –¿Quién es? –El marqués Désiré de Haut-Brion. –¿El amante de la condesa? –Sí. –¿Y el otro caballero, el del bigotito negro que brilla? –El hermano de la dama. –¿Cómo se llama? –Se llama chevalier Emilio Taffano. –¿Está casada la condesa Sabactani? –¡Hum! –¿Viuda, pues? –Ella lo afirma. Los miré mejor a los tres. Los dos hombres, mediocres, un amo y su criado, un ciego y su perro, el ciego enamorado… y pagando las gracias al caniche – el chevalier. La patricia, muy curiosa. Era morena, alta y esbelta, rosa y fresca, con ojos azules, de un azul dorado, nariz delicada, labios en- cantadores y blancos hombros desnudos que parecían enrojecer de pudor, como le ocurre a la carne de flor de lys de una inmortal de Balzac; guantes negros, amplio vestido rojo de oscuros encajes, un abanico rojo y negro, todo ese empurpurado de duelo añadido al grave brillo de la señora: se hubiese dicho que acababa de desertar de las galerías de un templo de la Roma clásica o de descender de un cuadro antiguo, en tanto había en ella de majestad y de unción en sus menores gestos, en sus menores movimientos. –¿Qué te parece? – me preguntó Monistrol. –Bella… y astuta.
  70. 70. 94 –Tienes razón. ¿Quieres conocer su historia? –Desde luego. Y, después del espectáculo, Monistrol se dispuso con diligencia a hablar: Hace tres años, la condesa Sabactani y su hermano el chevalier Taffa- no llegaban de Italia al corazón del barrio Saint-Germain. Ante las puertas cerradas de las aristócratas residencias, el chevalier hablaba de montar una rulot clandestina en el barrio de Europa. La dama se opuso y habiendo enga- tusado al cura y los vicarios de la parroquia, se dedicó a liderar obras de caridad. Ella decía ser viuda de un almirante de la flota italiana, y que ofrec- ía coronas y flores de duelo en el Campo Santo de Nápoles. Obligaba al chevalier a cumplir sus deberes religiosos si este quería vivir bien – y él lo quería; luego, por la noche, trabajaba su cuerpo, lejos del palacete, y en total misterio. Armada con todas las apariencias de una viuda inconsolable, de una noble y santa esposa de Cristo – con una lista y una limosna en la mano, bajo el ejido y a la gloria de Dios – Juliette pudo franquear las puertas de los Haut-Brion, en la calle de Varennes. En ese palacio ancestral, el marqués Désiré y la marquesa Hélène viv- ían felices, él, en el declive de la vida, ella, joven, tierna, graciosa. ¿No viste en la Exposición de Artistas Independientes, el hermoso cuadro alegórico de Henri Dumont: La Primavera? Se trata de un cielo os- curo donde galopan las nubes. ¿Será la tierra inflamada por los rayos de abril o vencida por las tinieblas?... Pasa una virgen con las manos llenas de lilas… Así, una damisela pobre y de gran nobleza aporta la esperanza al corazón del viejo aristócrata. Ella lo sabía agradecido por haberle evitado una suerte funesta; él la amaba, la adoraba, porque ella era la alegría y el orgullo de su casa. En el viejo, la bestia dormida se despertó ante los ojos de la italiana; la Sra. de Haut-Brion recibió amablemente a la devoradora, cuyas virtudes romanas admiraba, y pronto, como el hermano no se molestaba por los amo- res de su hermana, se estableció una intimidad entre el matrimonio y los hermanos. –¡Julietta, exprime al señor! – ordenaba Emilio.
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  72. 72. 97 –Sí, Emilio, sí, respondía la viuda, da, dará, pero tiene que mantener dos servicios domésticos, y…. –¿Por qué no me convertiré en el amante de la marquesa? Estaríamos mantenidos ambos. Nos comeríamos toda la pasta. –La marquesa no tiene ni un centavo. –La Señora siempre puede sacar algo de su ajuar. –Sin duda. Pero el chevalier no tuvo éxito. Entonces, hermano y hermana, animado de un mismo deseo de lucro, intentaron el mejor medio de separar al anciano de su joven esposa. –¡Muy fácil! – declaró un día Emilio – Yo voy a esperar a la Sra. de Haut-Brion, a la salida de la iglesia; tú entretienes al marqués; yo bajo los estores del coche, o bien secuestro a la fuerza a la señora; la retengo tres noches en el diván de un palacete amueblado, eh? –Tengo algo mejor que eso. –¿Una puñalada? –No. –¿La receta de los Borgia? –Tampoco. –Ya lo adivino, Julietta. Te vas a disfrazar y arrojarle vitriolo. Desfi- gurada, horrible, ciega, la marquesa – si logra escapar – no volverá a salir, y Désiré no te abandonará jamás. –No se trata de eso, Emilio. –¿Entonces qué es? Una noche del invierno pasado, los Haut-Brion acabaron de cenar, en la calle de Saint-Dominique, en casa de los italianos. Se había servido té. Los caballeros fumaban sus cigarros, cuando la condesa arrastró a la mar- quesa a su dormitorio, bajo el pretexto de mostrarle el nuevo mobiliario. De repente, la viuda se quitó el sombrero, y adoptando los ademanes de una mujer que se violenta, comenzó a gritar: –¡Señora marquesa, no me toque!... ¡Señora, es abominable!... ¡Seño- ra, esto es innoble!... ¡Señora, déjeme!... ¡Señora, le prohíbo que se acer- que!... Se mojaba el rostro con su saliva para simular besos, y continuaba: –¡Es usted un monstruo!... ¡Auxilio!... ¡auxilio!... ¡auxilio!...
  73. 73. 98 La marquesa no comprendía nada al principio de esa escena, y creyó que su amiga se había vuelto loca; pero, a los aullidos de la condesa, apare- cieron el Sr. de Haut-Brion y el chevalier. –¿Qué sucede? Vamos, ¿qué ocurre? – preguntaron al unísono los dos hombres. Se despidió a los criados ya reunidos, y atronadora, soberbia de pudor, blandiendo un crucifijo, la devota italiana estigmatizó a la marquesa en es- tos términos: –¡No!... ¡no!... ¡La pasión no es excusa!... La Señora ha querido… ha querido… ¡Dios mío, protégeme!... ¡Santa Virgen maría, vela por tu sier- va!... ¡Ella ha querido!...¡ha querido!... ¡ha querido!... Luego prorrumpió en palabras contra Lesbos. –¡Oh!, ¡hermana mía¡ ¡mi pobre hermana! – gimió el chevalier. Verde como la hierba, la Sra. de Haut-Brion se levantó. –Señor, – dijo a su marido – esta extranjera miente, y yo soy vuestra esposa. ¡Juzgad! El viejo Désiré guardó silencio. Hélène salió, mientras el italiano mordisqueaba sus bigotes negros y puntiagudos y le arrojaba desdeñosamente: –¡Ah! señora, ¡tiene suerte de ser mujer!... ¡Si fuese un hombre!... Hoy, todo está arreglado. La Sra. de Haut-Brion llora en el fondo de un claustro, y la bella Sabactani y su querido Emilio devoran al viejo y ver- gonzoso millonario.
  74. 74. 99 La pasada mañana su- pe que mi amigo, el pintor Olivier Arnault, había caído gravemente enfermo al re- greso de su viaje a Charente, y me apresuré a visitarle. Lo encontré de pie, en el gran taller de la calle de Prony, de pie, pero inerte, lúgubre, a él, que antes era tan vital y alegre. Había dejado crecer su barba, y no se preocupaba como antaño de mantenerse acicalado y rizar sus bigotes rubios. Todo parecía des- plomarse alrededor de ese joven y maravilloso artista, ya ilustre, ausente en los dos Salones de 1890. El torso y los miembros bailaban en un traje demasiado amplio;
  75. 75. 101 la frente acababa de arrugarse; los cabellos comenzaban a encanecer, y los ojos, rojos y secos, erraban lamentables. Arnault me tendió una mano temblorosa: –Estoy perdido. –Vamos, mi querido Olivier… –Es así. –¿Dónde está tu mal? –En el corazón y en el cerebro. –¿Has llamado a un médico? –¿Para qué? Los médicos no curan este tipo de sufrimiento. En efecto, se sentía la muerte planear por encima de los lienzos inaca- bados de la sala abandonada por los modelos, a pleno día, en el amplio es- pacio que el sol bañaba de oro, sin aportar a mi pobre Olivier el calor y la vida. –Ella está ahí – gimió estremeciéndose. –¿Quién? –¡Está ahí, por todas partes! –Pero, ¿quién? –Su alma, el alma de Julie. –¿Estás loco? –Todavía no, por desgracia. Y comenzó a hablar: –Desde hace diez años, a base de trabajo y placer, había logrado olvi- dar a mi primer amor, cuando una noche, registrando unos esbozos en mi carpeta, encontré el retrato de la amada, un mal pastel de un pintor de aldea. Tuve la idea de acabar en el acto, según mis recuerdos exactos, el grosero bosquejo, y habiendo encendido la mirada y coloreado el rostro de Julie Laroche, hoy Sra. Delangle, soñé con ella toda la noche. Cosa extraña, tanto la veía muerta como la veía viva, siempre bella, siempre casta. Por la maña- na, tenía sesión. Algunas muchachas de Montmartre si instalaron en pose de náyades, y hete aquí que me sorprendía dándoles la belleza de Julie y cu- briendo las carnes desnudas con el vestido azul de la ausente. Lo borraba;
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  77. 77. 104 luego volvía a comenzar, y muy a mi pesar, el mismo rostro y los mismos vestidos reaparecieron bajo el carboncillo, bajo el color. Una vez que se hubieron ido las modelos, me quedé solo. De repente, entre las sombras del taller, vi avanzar una forma luminosa; reconocí a Julie y escuché su voz natural y muy dulce: –Olivier, soy yo, soy tu Julie. Acabo de morir; te amaba, te amo. Hazme el favor de ir a Saint-André y seguir mi cuerpo al cementerio… Yo quedé jadeante; el espíritu se alejó. ¡Bah!, me dije, ¡No es nada!, las ciencias ocultas han pasado de moda y resistiré a la obsesión. El aire marino me reconfortará. Me dirigí o creí dirigirme hacia la estación Saint- Lazare y me presenté ante una taquilla de la estación de Orleáns. Allí, se me entregó un billete para Angoulême. Llegué a las nueve de la mañana; y en traje de luto, me hice conducir a Saint-André. –¿Sabe usted a qué hora debe tener lugar el entierro de la Sra. Delan- gle? – murmuré al oído del cochero. –No, señor. Pero… ¿ha muerto la Sra. Delangle? –Sí, ha muerto. –¿La esposa del notario? –Sí, la esposa del notario. –¡Vaya, es curioso! He visto esta mañana a la Sra. Delangle en la calle Basse-des-Remparts, en Angoulême. –¿Está seguro? –Absolutamente. El conductor me miró como se mira a un loco: –Ahí está la Sra. Delangle y su hijita. Dominando mi emoción, saludé al paso, y durante la jornada, hice una visita a la señora. Julie me acogió, muy confusa, pensando en nuestros amo- res tempraneros y rotos por el convencionalismo de los suyos. ¡Un pintor! ¡un artista! ¿Es que acaso vas a casarte con un bohemio?... La maternidad no la había afeado, y todavía conservaba la esbeltez de su torso, la opulencia de sus cabellos negros de reflejos azulados, el rosado de sus labios, el brillo metálico de sus ojos. Evocamos los seres y las cosas, nuestros vecinos, nuestras charlas amorosas, allá, entre los jardines, cerca de un muro donde florecían unas enredaderas.

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