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Cabecita loca

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Novela de Jean Louis Dubut de Laforest (Tête à l'envers)
Literatura francesa del siglo XIX

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Cabecita loca

  1. 1. Jean-Louis Dubut de Laforest Cabecita loca Título original: Tête à l’envers © Jean-Louis Dubut de Laforest. Charpentier editor. París 1882. © Por la traducción: José M. Ramos González. Pontevedra 2015
  2. 2. 5 I –Te digo, mujer, que Rosette nos va a comer por los pies con lo que gasta. El hombre que pronunciaba estas palabras era un pequeño aldeano cuyo cuerpo, debido a su trabajo, se doblaba en ángulo recto y parecía rendir un continuo homenaje a la tierra a la que debía su fortuna. ¿Su nombre? François Bérias. Rozaba la cincuentena. Cuando quiso sentar cabeza eligió a una compañera pragmática, una muchacha de amplia sonrisa, labios rojos y unas caderas sólidamente establecidas para permi- tirle parir hijos con gallardía. François y Jeanneton no tenían vida para sí mismos: solo vivían para su hija, la señorita Rosette, que acaba de obtener el título de institutriz en el pensionado de las damas Castel de Saint-Cyprien. La señorita Rosette había salido del internado hacía apenas dos meses y le surgían pretendientes por todas partes. ¡Hombre! Es que los Bérias eran unos ricachones. Los Bérias, apodados «Gran-Cartera», eran los reyes del pueblo de la Croix-du-Jarry. Ese sobrenombre, que se explica prácticamente solo, procedía de que François tenía por costum- bre introducir sus escudos en una inmensa cartera de cuero. Su casa estaba situada en lo alto del pueblo. El mes de ju- lio tocaba a su fin, y la vivienda adoptaba un coqueto aspecto rodeada por las vides seculares que la enlazaban con vigoroso abrazo. Esas ramas verdes son bebedoras de sol; tal vez estén brutalmente enamorados; no tienen ese aspecto lánguido de las plantas ornamentales de follaje barnizado; no saben adoptar el aire de los arbustos con flores carentes de vigor; pero se puede sentir su intensidad vital; están vivas como su amo, y, al igual que su amo, no temen las quemaduras del sol.
  3. 3. 6 Los grandes jardines, entre cuyos setos recortados se muestran aquí y allá los nísperos de un verdor primaveral, esa extensión de terreno antaño cubierto de brezos, hoy plantado de viñas en su totalidad, es todo propiedad de los Bérias, los ricos campesinos que habitan sobre el margen izquierdo de la carrete- ra provincial. ¿Y los escudos? 50.000 francos al menos, invertidos en todos los bancos de la región. La infancia de Rosette transcurrió en su pueblo. Asistió a la escuela de las hijas de la Croix-du-Jarry antes de convertirse en la vivaracha pensionista de las damas Castel. Antaño era una insignificante aldeanita: en la época de las cosechas seguía a los jornaleros y cazaba a pedradas los pajari- llos que venían a robar los granos de trigo. Durante el verano, pinchaba por la cabeza a las pobres mariposas y quedaba impa- sible ante el doloroso estremecimiento de las blancas alas que se descomponían sobre el empapelado de su habitación. La hija de los Bérias era cruel. Entre otros detalles, se recordaba que a menudo, en lugar de ir a la escuela, se detenía ante los puestos de los estañadores ambulantes, cuyas visitas tenían lugar cada seis meses. Durante varias horas le gustaba ver fundir los calderos de estaño, escuchando los golpes de martillo que resonaban sobre los yunques de cobre. Desde el carromato de los vendedores de feria, la vieja ca- rretilla de dos ruedas cubierta por una tela gris, hasta los calde- ros deteriorados que se amontonaban en la tartana, resultado de los intercambios con los cobres nuevos, Rosette lo había visto y observado todo. La mayoría de esos estañadores eran alemanes que, una vez acabado el trabajo, se iban a las tabernas cercanas a la igle- sia a bailar al son de los tambores y de los trombones para con- seguir algunos centavos. A la chiquilla le resultaba divertido ver a las mujeres con vestidos multicolores y a los hombres con largas barbas brillan-
  4. 4. 7 tes como la cerveza dorada, ponerse a bailar en la plaza de la Croix, mientas la música sonaba. Cierto día se divertía contemplando a un joven y apuesto estañador tumbado al sol. Los mercaderes, llamados para almor- zar, la dejaron sola en compañía de un perro gordo, Porthos, que dormía al calor de los carbones de la estufa. El estaño permanec- ía líquido. Rosette se adelantó, miró en torno suyo y no vio a nadie. Una sonrisa iluminó su rostro: levantó el cucharón repleto de líquido ardiente y lo arrojó a la cabeza del chucho. El pobre perro se despertó emitiendo unos aullidos espan- tosos: ella se fue a refugiar a casa de su padre. Pero por la noche, habiendo trascendido el incidente, Ro- sette recibió unos azotes. Miró a todo el mundo, con los ojos fijos, sin turbarse, con una risa beatífica: –Quería comprobar lo que ocurriría. Las viejas del pueblo sacudieron la cabeza con tristeza; y, como no podían creer en una crueldad reflexiva, la niña fue tra- tada de inocente. Se quería decir que la chiquilla no tenía con- ciencia de sus actos y que había actuado bajo el impulso de un genio malsano. En otra ocasión, las hijas del guardia la habían sorprendido robando fruta en su jardín, ella les golpeó y mordió en la mejilla a la mayor. Tantos hechos denotaban un carácter indomable, un deseo imperioso de observación y de dominación, una sed de venganza y de crueldad poco común. Con todo eso, era mimosa, zalamera, bonita como un amor y dispuesta a echar toda la carne en el asador para hacer perdo- nar sus escapadas. Pero el paso de los años amortiguó sensiblemente los ma- los instintos de la campesina, y la antigua pensionista de las da- mas Castel, que ojea en este momento un álbum, nada tiene que ver con la aldeana de antaño. La señorita Rosette Bérias es hija única. Algún día se le llamará señora, pues se casará con un caballero.
  5. 5. 8 La madre Jeanneton no ha sentido ira cuando el hijo de Pi- tois, un pequeño granjero, un trabajador, se ha tomado la liber- tad de pedir la mano de su hija. Desde luego los Bérias no des- precian a los aldeanos: ellos mismos los son; pero son de la opi- nión que en este mundo uno debe tratar de prosperar, de elevar- se; esperan un partido conveniente. Penetremos en el interior de la casa. Todo está limpio y muy bien ordenado. Ramas de boj bendecidas cuelgan en la chimenea de la cocina y rodean un grupo de fotografías. Dos grandes camas al estilo duquesa, recubiertas de cortinas en cre- tona roja, ocupan las esquinas de la cocina; Rosette no dará nin- guna tregua a su madre en tanto las camas permanezcan allí: Una cocina es una cocina y no un dormitorio. He aquí una gran habitación de invitados al lado del cuarto de la señorita Bérias. La pensionista de las damas Castel ha diri- gido ella misma las recientes reparaciones: las paredes están tapizadas de papel blanco con flores de prados entre las que des- tacan peonías y rosas. La joven es robusta, morena y fresca como el nombre que le dio su madrina. Sus manos están un poco rojas: ha empleado todos los polvos y todos los jabones de los perfumistas más re- nombrados, pero las manos, por desgracia, no pierden su color. Rosette es bonita y ella lo sabe. Hoy, sábado, es día de mercado en Saint-Cyprien. La señorita deja de ver su álbum para ponerse el traje de los días de fiesta. La Jeanneton ya está lista, y el padre Bérias se impacienta al ver que su hija todavía no ha acabado de acicalarse. –No puedo salir vestida como una criada… Madre, no en- cuentro mi chal. –Hace mucho calor; no lo necesitas. –Te repito que no quiero ir de cualquier manera. –Aquí están las llaves del armario de la ropa. La joven abre las puertas del armario, sube a una silla y se alza para encontrar el chal. –Está arriba, muy arriba, a lado de los sacos de trigo.
  6. 6. 9 –¿Cómo es posible guardar un chal al lado de los sacos de trigo?... Y Rosette, impaciente, arroja por tierra los sacos y las sábanas de la cama que la madre vuelve a doblar sobre la mesa sin ni siquiera emitir una queja. La señorita tiene un vestido gris claro, un sombrero de pa- ja con flores azules y un pequeño velo blanco. Echa una última ojeada al espejo, sonríe y mira a su madre: –¿Vas a vestirte, no? ¿mamita? –Para ir al mercado no… no vale la pena… –¿Y tu vestido violeta? –Lo reservo para tu boda… –Hoy veremos a mucha gente… ¿Madre, hazme caso y pon el vestido violeta! –Rosette… –¡Te lo ruego! –Bueno, dado que lo exiges… Y la madre Jeanneton se viste. –Siempre con esos zapatos planos… –¡Ah! por favor, no me obligues a poner mis botines… No estoy acostumbrada… me quedan los pies desollados durante una semana. –¿Vais a acabar de una vez? – acaba de decir François Bérias que ha tomado su chaqueta, su bonita chaqueta de boto- nes de cobre para hacer honor a su hija. El jumento está atado a la jardinera del patio; el criado de la granja ayuda a sus amos a subir al coche, y la buena de Pou- lotte parte a trote lento. Siguen la ruta bordeada de grandes robles, y el padre está feliz de mostrar a su hija sus propiedades. Le da explicaciones sobre tal fosa que va a llenar, sobre tal terreno que separa la viña de un vecino de su plantación de alfalfa y que pronto será reco- lectada a medias. –Desde que estudias, Rosette, hemos comprado este ro- bledal al Sr. Beaugrand, así como ese bosque que bordea el
  7. 7. 10 río… ¿Ves ese prado, al lado del gran roquedal de Ropescia, donde jugabas con tus amigas cuando eras niña?... –¡Ah! sí, el Ropescia; habrá que hacer allí un cenador. –¿Qué es eso? –¡Cómo! ¿No sabes lo que es un cenador?... Un abrigo contra la lluvia y el sol… un lugar de diversión. –¿Algo así como una cabaña? –Más bonito que una cabaña… Se venden ya hechos en París por mil francos… El de la señorita Levallois cuesta esa cantidad… –¡Mil francos!, pero eso es lo que vale un buen par de bueyes de labor… el Gran Rojo y Billia ya valen novecientos ochenta y cinco, e incluso no los vendería… El prado, que tiene más de cuarenta áreas, no cuesta ni mil francos… A Rosette no le gustaban los números, y ya no escuchaba a su padre. Jeanneton, que se había encasquetado un gorro florido y tan almidonado como la mitra de un obispo, tomó la palabra: –Y además, necesitaremos dinero para tu dote cuando en- contremos alguien como Dios manda… El hijo de los Pitois ha venido ayer: lo he recibido de buenos modos. La joven trataba de ponerse unos guantes un poco estre- chos: –Debería comprender de una vez que no seré para él… Llegaban a la cima del Puy-des-Reinetes. Bérias puso pie en tierra pasando las riendas a la madre Jeanneton. –Vamos Rosette, ¿me prometes ser razonable? Se trata de un partido para ti… –¿Un aldeano? –No, no… Escucha. Hablemos en voz baja… Un caballe- ro… un notario…. La hija de los Bérias quedó deslumbrada. –¿Un notario? cuéntame, mamita, te lo ruego… –¿Conoces al Sr. Faure?
  8. 8. 11 –Sí, el hombre que lleva los negocios de la señora Dupré… el gestor de bienes… Oh!... continúa… estoy impa- ciente… –Pues bien, quiere que te cases con el Sr. Prosper Parent, el joven que debe comprar el estudio del viejo notario Cour- net… Lo malo es que el Sr. Prosper no tiene fortuna; pero es prudente, ordenado y es todo un tiparrón…. –No es guapo. –La belleza no es para los hombres… es de una buena fa- milia. –Será notario… –Y, como dices, será notario… en Saint-Cyprien, muy cerca de nosotros… –¡Eso consumiría de envidia a la Blanchette, que se ha ca- sado embarazada!... –Sí; pero me temo que tu padre se niegue a consentir ese matrimonio… El Sr. Parent no tiene fortuna. El jumento se detuvo antes de tomar el descenso. –Qué bien conoce Poulotte mis costumbres. – dijo Bérias estrechando la mano a tres o cuatro paisanos que conducían unos bueyes tirados de una cuerda… – Os invitaría a subir… Pero, ya veis, somos tres… –Gracias, señor Bérias, gracias, ¡Señor Bérias!... Se comenzaba a decir señor Bérias. François se henchía de satisfacción: –¡Lo que es la fortuna!... Hace veinticinco años yo era un mozo en la granja del conde de Galleur… Me llamaban François a secas… Más tarde, los envidiosos me pusieron el mote de Gran-Cartera… Hoy, se dirigen a mí como señor Bérias. ¡Lo que es la fortuna!... –Papá, no deberías recordar siempre que has sido mozo de granja… Pueden escucharnos… –Pero, hijita, al contrario, estoy muy orgulloso de haberlo sido… No he robado lo que tengo… Te garantizo que lo he ga- nado.
  9. 9. 12 –Tu hija tiene razón. – interrumpió con viveza la madre… – No vale la pena hablar siempre de lo mismo… Está bien que todo el mundo se acostumbre a decir «¡Señor Bérias!». –Adiós, Gran-Cartera y señoras, – exclamó un jinete que pasaba al galope y cuyo caballo cubrió de polvo los rostros de los viajeros. –Es ese maleducado de Benoist – dijo Rosette… – Una educación de aprendiz de carnicero… François frunció las cejas: –Tiene una deuda con Mouvy: la asumiré y me encargaré de hacerlo bailar… Eso le enseñará educación a ese antiguo arti- llero. Llegaban a Saint-Cyprien, un bonito pueblo con un cam- panario puntiagudo, de calles bien alineadas, casas muy blancas y jardines llenos de sol y verdor. Las señoras se apearon delante del pensionado de las da- mas Castel, situado frente al hotel El Carro de Oro. –Bien, hemos llegado – dijo Bérias; – id a hacer vuestras visitas; yo subo a la feria… ¿A qué hora acabaréis vuestros re- cados? –Hacia las cinco. –¿Las cinco?... eso es muy tarde… Si Girou y la Fanchon olvidan dar de comer a los bueyes… –Siempre estás preocupado, – dijo Rosette con acritud…– Das la impresión de que es imposible servirte a tu gusto. –Hija mía, lo digo más por ti que por nosotros… Es por tu bien por lo que vigilo y desconfío…. No hay porque reprochár- melo. Decía eso con frases cortadas, siempre desenganchando su jumento con precauciones infinitas, con el collar nuevo y los arneses de cuero encerados. Su hija lo miraba. –Llama al criado sin tantos miramientos… Las personas que pasan van a pensar que tú mismo haces el trabajo para evitar dar propinas. Rosette cambió el tono enseguida, y con voz dulce:
  10. 10. 13 –¿Papito, no te enfadarás si mamá me compra un vestido en la tienda de la señora Julie?... ¿Quieres que te deje quedar bien, verdad? Bérias se dejaba engatusar; su rudeza desaparecía: –Ella tiene la cartera. –¡Ah! ves mamá, papi está contento de que me haga con un vestido parecido al de Gabrielle Levallois… Y mientras el mozo del albergue echaba una mano a Bérias, las señoras entraron en el patio de las damas Castel. Terminada su tarea, – pues lejos de su hija no hubiese que- rido por nada del mundo dejar a Poulotte al cuidado de otra per- sona, – François subió al campo de la feria, tanteó los bueyes más gordos y distribuyó saludos entre los viejos conocidos. Su hija le hacía honores, sin duda; pero él se sentía in- cómodo en su presencia: no era su mundo; no había aprendido los buenos modales en esos librejos que él hubiese querido saber a todo trance. Lamentablemente, comprendía perfectamente cual debía ser su actitud: conversar poco, mostrarse lo menos posi- ble; su lenguaje grosero, su espalda arqueada, sus manos arruga- das y callosas, todo eso no estaba hecho para llevar caballeros a su casa. La Jeanneton aún se mantenía en forma: esas diablesas de mujeres siempre se las arreglaban con sus « antifaces » y, por lo demás, la burguesa todavía era hermosa, aunque se había vuelto triste. Todavía podía pasear por la calle con su hija: las había mucho más feas. Bérias era rico. Preocupado por que su hija estuviese bien situada, no miraba demasiado la fortuna: por lo demás, un hom- bre sin un centavo jamás se atrevería a presentarse. En el campo de la feria se encontró con Mouvy, un tende- ro retirado de los negocios, el que había prestado dinero al inso- lente Benoist. Mouvy, que había colocado en una mala inversión unos fondos de Bérias y que había obtenido sus pequeños beneficios, no escatimaba en cumplidos.
  11. 11. 14 El pez gordo de la Croix-du-Jarry dudaba. Sentía que iba a hacer una mala acción; pero, de repente, su frente se iluminó y recordó que su hija, cuando lo había dejado, le había recordado su promesa en relación con la deuda de Benoist. –¿Usted hizo un préstamo a Benoist? –Sí, señor Bérias. –¿Desde cuándo? –Venció hace ocho días, e iba al banco del Sr. Lechamps a protestar el pagaré… Ese Benoist es un mal pagador… –Yo le compro el pagaré. Mouvy creyó haber escuchado mal y le hizo repetir la fra- se. –¡Oh! con mucho gusto… cuatrocientos veinte francos con los intereses… Incluso le perdono los ocho días. Los dos hombres se apartaron de la vista de todo el mun- do, y Bérias extrajo su cartera, su famosa cartera ennegrecida por el tiempo. Contó cuatro billetes de cien francos y entregó el resto en monedas. Bérias dobló el pagaré. Algunos minutos después de esa entrevista, Benoist se en- contraba con su acreedor: –Mire usted, ya no tengo su valor. –¿Cómo? –Necesitaba dinero y se lo he vendido a Gran-Cartera. –Pero, usted me había prometido… –Querido, arrégleselas con Gran-Cartera. Bérias ya había encargado a un alguacil vengar a Rosette. Jeanneton y su hija se encontraban todavía con las damas Castel. Rosette había ido al patio a reunirse con sus viejas amigas. –Y bien, señora Bérias, ¿estará pensando en casar pronto a su hija? – acababa de decir la señora Armantine Castel, una vie- ja dama con gafas. –Dios mío, sí, habrá que ver, pero no hay prisa… Siempre es demasiado pronto si se va a hacer mal.
  12. 12. 15 –Eso sería una lástima, señora… Rosette es una muchacha encantadora que hará muy feliz a su marido… ¿Entonces, no ha hecho usted ninguna elección? Jeanneton inclinó la cabeza sin responder. –Vamos, vamos, me está ocultando algo… Eso no está bien, señora Bérias: usted sabe que yo soy una segunda madre para su hija. –Es que no hay nada decidido, señora… El Sr. Faure… –¡Ah! El Sr. Faure, un excelente hombre… Tiene muy buena mano. –Señora Castel, sea discreta. Se trata del Sr. Parent… –El Sr. Prosper Parent, ese joven que nos seguía en nues- tros paseos dominicales… Pero, no tiene fortuna… –En eso está la dificultad… Sin embargo se dice que es un muchacho muy serio y responsable… –Muy serio y muy bueno… Se dejará llevar por la punta de la nariz. –De hecho no hay nada decidido, señora. –Entonces Rosette vendría a vivir a Saint-Cyprien… El Sr. Cournet dejaría el estudio a su yerno… Eso sería estupendo… Hay que ver eso, señora Bérias… Usted sabe el interés que ten- go por mi antigua pensionista… Si nos necesita para algo, mi hermana y yo estamos por entero a su disposición. Los gritos de «¡Rosette! ¡Rosette!» resonaban en el patio. Unas muchachas en vestido negro y delantal gris acompañaban a su amiga a la sala de visitas. Cuando las damas hubieron salido, la señora Castel no pu- do guardar el secreto. –Señoritas, Rosette se casa. –¡Rosette se casa!... ¿Con quién? –Misterio, señoritas… –¡Oh! señora Armantine, – dijo dulcemente la señorita Chambreau, la hija del consejero general del municipio… – dígamelo solo a mí. –No, señorita Clémence, ni a usted ni a las demás. –Seré muy discreta…
  13. 13. 16 –No, no, no… –Rosette se casa. La «Gran Cartera» va a ser señora… ¡Oh! ¡qué contenta estará! Esas señoritas, que habían formado un círculo, pasaron re- vista a todos los jóvenes del pueblo. La Señorita Clémence murmuró un nombre. ¿El Sr. Prosper Parent? La Señora Castel dejó a las jóvenes muchachas riendo; y, desde ese instante, el próximo matrimonio de Rosette fue sabido por todo el pensionado. Las dos mujeres habían seguido por la calle Froide que conducía a la plaza de la Halle. Rosette caminaba recta, con pie firme, y la Jeanneton se arrastraba tratando de imitar los andares de su hija. La buena voluntad de la campesina no detenía las observaciones de la señorita: –Mamá, no te mantengas tan cerca de mí… No es así co- mo se anda… Haces que me avergüence. La madre Jeanneton acababa de entrar en la tienda de la señora Julie. Había mucha gente. Tres o cuatro empleados interinos cir- culaban en medio de la multitud. Uno de ellos se presentó. Era un recién llegado, con rostro turbado, un muchacho honesto que alimentaba a su madre con su trabajo y cuya maliciosa mirada brilló con la idea de que iba a realizar una buena venta. –No – dijo Rosette – Llame al Sr. Antoine. –Pero, señorita, el Sr. Antoine está ocupado en su sec- ción… –¿Qué más te da que sea este u otro? – observó la madre. –Me importa mucho… los nuevos siempre te atienden mal… –¡Sr. Antoine! – gritó el empleado con voz estrangulada. –Ya viene. Ese Antoine era pura zalamería. En la tienda del pueblo de Saint-Cyprien, los empleados recibían un sueldo fijo y un porcentaje sobre el precio de las
  14. 14. 17 ventas que hacían personalmente. El patrón, antiguo empleado de un gran almacén de París, había importado el sistema de la capital. El Sr. Antoine, un joven de bigotes rubios y cabellos rizos, se presentó saludando respetuosamente a las señoras. Es que el Sr. Antoine tenía una manera especial de ofrecer el artículo. Con graciosas inclinaciones y una sonrisa más graciosa todavía, alababa las tallas más deformes y hacía cumplidos a los corsés más vacíos. Luego de darse cuenta de la importancia del pedido, el Sr. Antoine llamó a su patrona la Sra. Julia, especialmente encarga- da de la confección de los vestidos. Se desplegaron las telas, y Rosette eligió un vestido azul con rayas blancas destinado a hacer palidecer de envidia a todas las señoritas de Saint-Cyprien. La madre consintió en sustituir el viejo corsé de la pensionista y aceptó un pedido de una docena de pañuelos con figuras que Rosette bordaría ella misma. La madre Jeanneton vació su portamonedas. La Sra. Julie no quería dinero; no era costumbre pagar los vestidos antes de ser entregados. Sobre este punto, la señora Bérias fue inflexible. Incluso dio ocasión a los empleados de reírse al plantarse ante la caja: –¿Deudas nosotras?... ¡Jamás!... Hay con que pagar y se paga. Rosette trataba de detener esa verborrea; pero, en el fondo, no estaba en absoluto molesta al escuchar hablar de su fortuna. El Sr. Antoine, el propio patrón, y el mozo excluido, salu- daron ceremoniosamente a tan buenas clientas. Jeanneton tomó el brazo de su hija. –Si pasamos por delante del estudio del notario Cournet en la calle del Norte, quizás veamos… –¿Al Sr. Parent?... Es una idea… ¿Saber si siempre es tan feo?... –No es feo.
  15. 15. 18 –Bueno, mamá, has de reconocer que hay muchachos más guapos que él… El hijo del marqués de Jamaye… –Sí, pero el señor conde no es para nosotros, querida. –Ya lo sé, – dijo Rosette con aire sombrío. – Después de todo, más vale ser la señora Parent, esposa de un notario, que la mujer de un imbécil ocioso. Los aldeanos circulaban por las calles, deteniéndose en las tiendas, y sus mujeres los seguían con grandes cestas vacías y los bolsillos llenos de monedas. Largas carretas con aperos de labranza, anunciando la próxima cosecha, desplegaban en el aire sus yugos, y los vendedores de tortas calientes y pasteles de to- das clases eran la alegría de los niños que se colgaban de las faldas de sus madres. Rosette no dejaba de observar: –No me hables más… No es conveniente hablar en la ca- lle… Las damas como Dios manda no cuchichean. La madre y la hija llegaron al final de la calle del Norte y advirtieron los rótulos dorados que resplandecían al sol. El estudio estaba lleno de aldeanos, y las damas Bérias no vieron al Sr. Prosper. –En cualquier caso, – dijo Rosette – no seré yo quien viva en este edificio. –Sin embargo la casa no está mal, y si la boda tiene lugar creo que sería bueno entenderse con el Sr. Courdet. –A ti no te sería difícil. La madre Jeanneton y Rosette regresaban al hotel El Carro de Oro, llenas de pequeños paquetes envueltos en papel amari- llo. –Aquí están sus damas. – dijo al padre Bérias el Sr. Faure, que gesticulaba detrás de la larga fila de carretas y carromatos de la feria. El Sr. Faure, el abogado del pueblo del Puy, era un viejo bajito, sano y esbelto. Era querido y estimado en la región. Fue el primero en pensar en hacer del pasante de notario un marido para la señorita Rosette.
  16. 16. 19 Saludó a la señora Bérias con una fina sonrisa que daba a entender que François no había cedido a sus razones. –¡No hay medio de convencer a nuestro hombre! –¿Un muerto de hambre?... Nunca jamás – decía Bérias – prefiero un aldeano. –Vamos, vamos, papá, ya arreglaremos eso mañana. Re- gresemos a la Croix-du-Jarry. Rosette jugaba con su sombrilla detrás del coche y partici- paba poco en la conversación. –Hablaremos mañana, – dijo el Sr. Faure – Trataremos un pequeño asunto a la que no es ajena del todo la señorita Rosette. –¿Lo qué, Sr. Faure? – preguntó la joven. –Nada… Lo verás más adelante… No te digo más que eso… ¿Es que la oreja izquierda no te ha pitado esta mañana? –No… –Sin embargo, yo conozco alguien que habla muy bien de la señorita Bérias… Me haces ser un charlatán… El padre Bérias estaba rojo como un gallo, y permaneció durante un buen rato sobre el pescante del coche sin despegar los labios. –¿Qué le ocurre a nuestro hombre? – preguntó Jeanneton. –¿Qué me pasa? Que el Sr. Faure es un canalla o un imbé- cil. –¿El Sr. Faure?... –A mí me gusta mucho; tiene un gran corazón, – observó Rosette. El aldeano continuó: –¿Lo que me pasa?... Faure quiere nuestra desgracia… nuestra ruina… Pero yo soy el que manda, yo… Eso no ocu- rrirá… –¿Lo qué?... Habla… ¿Qué te ocurre?... –Quiere casar a nuestra única hija con un joven que no tiene un pataco… que no tiene ni un metro cuadrado de tierra… Ese Parent… –El Sr. Parent es un joven muy formal. – dijo Rosette. –Sí, muy formal – repitió la madre Jeanneton.
  17. 17. 20 –¿Entonces, tú lo sabías? –Sabíamos todo y nos proponíamos comentártelo esta no- che. –Pues bien, vive Dios que no se hará. Él, el hombrecillo encorvado, tan cariñoso de ordinario con su Poulotte, la fustigó con un golpe de látigo tal, que el po- bre animal se encabritó y a punto estuvo de caer hacia atrás. –¿Es que has perdido la cabeza, esposo? –Mamá, toma las riendas. Pasaron ante las tierras de Bérias, y el campesino tuvo el corazón encogido con la idea de que un yerno los arruinaría a todos un día. François era religioso, y se dijo que el buen Dios lo casti- gaba por su mala acción en relación con el asunto de Benoist. Y mientras la madre y la hija charlaban en voz baja en el umbral de la puerta después de la cena, él se fue a la cama pen- sando en voz alta. –Sí, vale cien veces más tener por yerno un campesino que un hombre sin un centavo… Es imposible que un hombre que nunca ha tenido dinero sea capaz de conservar el que se le da… ¡Oh! sería muy bonito que un trabajador que ha sufrido toda su vida tenga por yerno un manirroto que dilapide lo que tanto es- fuerzo le costó conseguir… Sin duda pensaba en medrar, en mirar más allá, en una persona bien educada; pero al menos era necesario que esa per- sona no ignorase lo que valía una moneda de cien centavos…. Decididamente, la Jeanneton estaba loca… ¿Acaso Rosette no era bastante joven y bastante bonita para esperar un buen espo- so? Apenas salidas del pensionado, las jóvenes deseaban situar- se, poseer hermosos vestidos e incrementar sus ajuares… Desde luego, él no se oponía a que su hija recibiese instrucción; pero cometía un error al tener ideas propias de otras gentes y querer convertirse en una dama… Lo que él quería era que su familia fuese feliz; que sus nietos – si Dios se los daba – no tuviesen que soportar escaseces… Rosette se casaría con el hijo de los Pitois, un mozo bien plantado que se valdría por su cuenta. Har-
  18. 18. 21 ía las mejoras que él había soñado toda su vida: se cambiarían las tierras de la Rouclée por las viñas de la Fontaine-du-Prince; se ampliaría la casa, y cada uno tendría su propia vivienda… No había necesidad de ir a buscar la felicidad en la ciudad…. ¿Ro- sette, la esposa de un notario de Saint-Cyprien? … Jamás, jamás…Él era el cabeza de familia; él, Bérias, lo demostraría…. Las dos mujeres estaban solas en el pueblo prolongando la velada durante un buen rato. Los aldeanos – los que no habían ido a la feria –habían hecho bailar los mayales sobre las balas de trigo durante toda la jornada. Las casas blancas estaban dormidas, y sobre ese reposo del pueblo, fruto de las duras labores que solamente turbaban las canciones de los grillos, atravesaba como una tormenta de sue- ños diciendo a todos que el vino sería generoso y que una buena vendimia haría ceder con su peso las tablas de los graneros. –Mamá, me gusta el Sr. Faure. –Tienes razón, hija mía; hay que ser agradecidos con aquellos que se interesan por nosotros… ¿Entonces, el Sr. Parent no te disgustaría demasiado? –No… Tiene un aspecto dulce; creo que sería feliz con él… Pero, madre, yo no puedo vivir en el campo; necesito code- arme en sociedad… –¿Pero no temes que las damas de Saint-Cyprien tengan hacia ti todo tipo de reticencias?... Cuando paseamos por la calle algunas personas se burlan de nosotras… –Sí, personas envidiosas… Pero yo las haré callar… –Después de todo, hija mía, no te lo puedo reprochar… Haces bien en aprovecharte de tu fortuna… yo no podría acos- tumbrarme a ser una señora… Tú, en cambio, eres otra cosa; has recibido educación… eres una señorita… Se hacía tarde, Jeanneton volvió a meter las sillas en la co- cina, y Rosette ya se había acostado cuando su madre todavía daba una última vuelta por la casa para asegurarse de que el fue- go quedaba bien apagado.
  19. 19. 22 Por la noche, la madre soñó con la felicidad de su hija. La veía convertida en una gran dama de Saint-Cyprien, recibiendo al alcalde, al subprefecto; y la mujer sonreía con la idea de tener un día nietos que serían unos perfectos caballeros. Rosette también pensaba en su futuro. Se decía que, una vez casada, su felicidad no conocería límites… Se reía de Saint- Cyprien, de los días de mercado, cuando estrenaba vestidos nue- vos; demostraría a todos que una dama tiene derecho a vestirse como le plazca cuando tiene fortuna y su marido es un caballe- ro… ¿La señora Parent?... No era un apellido feo, no; sonaba mejor que Bérias… Todo se reducía a una cuestión de observa- ción y paciencia. Durante los primeros tiempos se encontraría un poco incómoda adquiriendo los modales de las damas de la alta sociedad, pero se habituaría poco a poco mirando como se com- portaban las demás.
  20. 20. 23 II Al día siguiente del mercado de Saint-Cyprien, el pasante del estudio del Sr. Cournet parecía ansioso. –Y bien, mi querido Prosper, esta mañana tienes aspecto soñador. – le dijo el notario al joven muchacho que reflexionaba con la frente entre sus manos. Prosper levantó la cabeza. Parecía, en efecto, salir de un sueño. Sus ojos se encontraron con los de su patrón y pareció avergonzado de haberse dejado sorprender. –¡Oh!, tranquilo muchacho… Es lícito relajarse un poco durante algunos minutos cuando uno está a punto de casarse… ¿No es así?... ¿Acaso hay que ocultarlo?... Tienes suerte, ¡qué diablos!... Y además hay parné… La Sra. Cournet y yo estamos muy contentos, ya lo creo; el estudio no podía caer en mejores manos… Puedes tomarte todo el tiempo que necesites para pa- gar…. El padre François tiene recursos… La señorita Bérias es algo aldeana… ¡Bah! ha estado interna; se formará…. Bonita como un ramo de flores y rosadita…Mi buen Prosper, vas a ser feliz como un gallito tratado a cuerpo de rey… El joven no intentó interrumpir. El Sr. Cournet era un de- rroche de palabras. Lleno de tacto, fuerte en derecho, pero elo- cuente hasta no poder más; de talla corta, ventrudo, un rostro afeitado y provisto de unos quevedos de oro, ropa muy blanca y un chaleco oscuro, ejercía su profesión hacía veinticinco años, y en ese momento era el presidente de la Cámara de Notarios. Una vez vendido su estudio, estaba seguro de ser nombrado juez de
  21. 21. 24 paz del cantón de Saint-Cyprien, y, como no tenía hijos, iría a vivir muy tranquilo con su esposa a su propiedad del Retol, si- tuada a tan solo algunos cientos de metros de la ciudad. Una audiencia por semana y el resto del tiempo para ocuparse de la agricultura; sería magnífico. Desde hacía tiempo, el Sr. Cornudet había querido ceder su estudio a su pasante; pero Parent deseaba darle garantías y se mantenía en sus trece aunque el notario lo interrumpía a cada instante: –Vamos ya, hombre… ¿Acaso la señora Parent y yo tene- mos herederos?... Ya podrás pagarme algún día, mi buen Pros- per… Gracias a la combinación ideada por el Sr. Faure, al casar- se Parent con la señorita Bérias, este pagaría el estudio con la dote y ya no conservaría esos escrúpulos. Prosper Parent era el hijo de un viejo maestro muerto de pena. No había conocido a su madre, y el Sr. Cournet, que, en su calidad de notable, lo había coronado doce veces con motivo del premio de la escuela comunal, se convirtió en su protector. El joven aprendiz era inteligente y ahorrador, y las buenas mujeres decían de él: –Es un muchacho decente; morirá rico. Un grave acontecimiento había estrechado los lazos de amistad que unían al notario con el laureado de la escuela. Un día, el caballo del Sr. Cournet se había encabritado en el mo- mento de la partida; el notario iba a ser irremediablemente des- pedido de su cabalgadura contra una pared, cuando el joven pa- sante se arrojó valientemente a la cabeza del caballo entre las aclamaciones de toda la multitud. Prosper había salvado la vida a su patrón. Era un gran muchacho, incluso demasiado alto, de fiso- nomía tímida y dulce; sus ojos azules denotaban bondad y recti- tud, sus manos huesudas revelaban una fuerza física poco común. Su porte era un poco pesado; y, – cosa singular, – sus hombros, hombros de atleta, parecían debilitarse bajo el peso de
  22. 22. 25 algún fardo invisible. Se hubiese dicho que el gigante intentaba disimular su ruda musculatura. Las mejillas estaban intensamente coloreadas; la barba era rala. Por encima de unos grandes dientes blancos aparecía sola- mente un fino bigote castaño del mismo color que el de los ca- bellos cortados a cepillo. Prosper tenía veintiséis años, y desde su salida de la escue- la trabajaba en el estudio en compañía del viejo Clapier, un mo- delo de puntualidad y abnegación. Clapier estaba allí hacía die- ciocho años; quería mucho a Prosper y juraba a sus grandes dio- ses que desearía servirlo como amo. Eran aproximadamente las tres de la tarde, cuando el Sr. Faure se presentó en el estudio del Sr. Cournet. Prosper estaba solo. Mientras escribía sobre el papel tim- brado, recordó la conversación de la mañana y se sumió por completo en sus recuerdos. Volvía a ver la iglesia y la plaza donde podía contemplar a la señorita Bérias. Pensaba en los pa- seos de las internas de la pensión Castel, durante los que seguía a las jóvenes que se dirigían en fila por el sendero del bosque de los Eglaniers. Y entre todos aquellos vestidos y movimientos de sombrillas que arrojaban al sol sus deslumbrantes matices, lo- graba distinguir el objeto de sus sueños. ¡Cuántas veces, una vez que la larga hilera de vestidos había desaparecido en el camino polvoriento y que ella parecía confundirse con la negrura de los sauces, él se había sentado tembloroso sobre el talud de una cu- neta!... De regreso, se alzaba sobre los verdes montículos para ver, una vez más y desde la lejanía, los ojos de su adorada, bri- llantes como zafiros y profundos como el azul del cielo. Lamentablemente, no tenía suerte. Su sueño era una locu- ra. Por todo ello, su emoción se intensificó cuando el Sr. Fau- re se sentó a su lado con aire serio y benevolente a la vez. –Prosper, puedes ponerme una vela… El asunto va sobre ruedas. Parent se puso pálido.
  23. 23. 26 –¿Entonces no me encuentra demasiado feo, ni demasiado alto… ni demasiado pobre? –¿Demasiado feo?... Estás soberbio. ¿Demasiado alto?... Ya me gustaría a mí tener tu talla. ¿Demasiado pobre?... Ga- narás diez mil francos anuales… Mi querido notario, la boda tendrá lugar dentro de seis semanas. Bérias dará el brazo a tor- cer… –¡Ah! ¿El Sr. Bérias no me quiere de yerno?... –No he dicho eso… François solamente objeta que no tie- nes fortuna; pero la señora Jeanneton y yo le haremos ver que tu profesión de notario reporta más que sus tierras… En cuanto a Rosette, no cabe en sí de gozo… –¡Pero la señorita Rosette no me conoce!... –Te conoce como su bolsillo; te ha visto cien veces en la iglesia… –Creo que podría hacerla feliz… –¡Caramba! El viejo Clapier acababa de entrar. –Hombre, Clapier, asistirá a la boda, ¿verdad? –¿Así que es cierto lo que se dice en Saint-Cyprien?.... ¡Oh! ¡Estupendo! ¡mil veces estupendo!... En toda su vida, Clapier jamás había sido tan elocuente; estrechó vigorosamente la mano de su futuro jefe y se entregó a su tarea, alienando las minutas en los gruesos archivadores de madera de castaño, sintiéndose tranquilo, pues temía ver el estu- dio pasar a manos extrañas. El Sr. Faure y Prosper Parent charlaron algunos minutos más y se citaron para el día siguiente en la Croix-du-Jarry. Bérias se había calmado un poco. Su mujer le había dicho tantas cosas durante la noche, insistiendo sobre el dinero que reportaría la notaría y sobre la vida ordenada del Sr. Prosper, que François no encontraba nada que responder. Jeanneton le recordaba que el Sr. Cournet daría toda su fortuna a su sucesor. ¿Todos estarían celosos?... ¿Qué es lo que él podía hacer?... Después de todo, ella tenía derecho a hablar, ella, la mujer que
  24. 24. 27 durante toda subida había ahorrado para dar un porvenir a su hija. ¿Quién podría calcular todo lo que había obtenido con las ventas de aves, de huevos, de frutas, de legumbres del pequeño huerto, todas esas cosas que en el campo constituyen el premio de los campesinos a su trabajo? En lugar de dedicar ese dinero a sus vestidos, como lo hacían varias vecinas, lo había ahorrado a plazo fijo. Sería la sorpresa del contrato… El Sr. Faure era un hombre de orden y si el partido no fuese conveniente no lo hubiese propuesto. El Sr. Faure sabía de eso más que ellos y se le consideraba siempre como un experto en transiciones comer- ciales y en las estimaciones del capital… Por lo demás, la pe- queña no se atrevía a confesarlo, pero estaba encaprichada de Prosper: ella quería a este y no a otro. Bérias no tenía más que esa hija, y no era hombre para dejarla morir de amor como la hija de Mathurin… La hija de Mathurin se había prendado de un criado de la granja y, en una noche fría de invierno, el padre había echado de su casa a los dos enamorados. ¡Pobre Blanchet- te! había arrastrado su fardo durante seis meses, y luego acudió furtivamente a casa de la Binchoune, la abortista, y había muerto por falta de cuidados!... ¡Ah! A Dios gracias, no era el caso de Rosette; su Rosette era una muchacha decente y su galán digno de ella… No habría que educarla como señorita si no quisiera casarse con alguien de su rango… Por añadidura, les darían la dote y tanto peor para los casados si no eran ahorradores… Todos esos razonamientos, unidos a los de Rosette, habían vencido la resistencia de Bérias. Tanto fue así, que al día siguiente, cuando el Sr. Faure y Prosper llegaron a la Casa-Blanca, quedaron felizmente sor- prendidos de la calurosa acogida del dueño de la granja. Se les esperaba para el almuerzo del mediodía. Los cubiertos se habían dispuesto en la habitación que precedía al apartamento de Rosette, y esta alineaba flores sobre la mesa mientras los hombres se calentaban la espalda en la enorme llama que hacía resplandecer las lozas y los viejos co- bres de las alacenas.
  25. 25. 28 La joven llegó a la cocina con un hermoso vestido, la mi- rada modestamente baja; el Sr. Faure la besó en la frente y Pa- rent la saludó sonrojándose. Se sentaron. Bérias habló mucho del oídium que arrasaba las viñas. El Sr. Faure dio indicaciones precisas sobre los trata- mientos con fosfatos y los numerosos modos de mejorar la ferti- lidad en los suelos calcáreos. En los postres, el Sr. Faure ofreció unos cigarrillos, y François tomó uno. –Papá, eso te hará daño… ¿Usted no fuma, Sr. Parent? –No, señorita. –Ya ve usted, – dijo el Sr. Faure;– ni un defecto. Bérias miraba su cigarro. –Esto cuesta un centavo… Un centavo es un centavo… Los dos jóvenes se paseaban por el jardín. –¿Usted trabaja mucho en casa del Sr. Cournet? –¡Oh! sí, señorita. –¿Y la señora Cournet ofrece veladas? –No, señorita. La señora Cournet vive muy retirada. –¿Fue usted al último baile de la subprefectura?... ¿Se di- virtió? –No me gusta bailar, señorita. La ropa de la colada estaba extendida sobre los setos del jardín, y la madre Jeanneton recogía por aquí y por allá una ca- misa, un pantalón, una blusa. –¡Qué olor más agradable!... –¿Le gusta, señor? –¡Oh! sí, señorita. Y Prosper se embriagaba de la fragancia de la ropa recién lavada, y cerrando a medias los ojos, se decía que sus anhelos de felicidad comenzaban a realizarse y que su novia era tan dulce como hermosa. Llegaron así hasta el gran roble cuyo ramaje bajo formaba un lecho de descanso. Era el orgullo del pueblo ese roble secular que el padre Bérias había dispuesto de ese modo podándolo gra- dualmente año tras año con paciencia y esmero.
  26. 26. 29 Rosette hizo sentar a Prosper sobre las verdes ramas y el joven se dedicó a contarle sus sueños, tímidamente al principio, hasta que los grandes ojos de su novia lo enardecieron. En el umbral de la puerta, Bérias masticaba su cigarro que había vuelto a encender diez veces sin éxito y que finalmente decidió tirar. Jeanneton recogió el cigarro: –Esto ahuyenta las polillas. –Pues bien, mi viejo François, – decía el Sr. Faure – ya ves que esto irá por sí solo. –¡Habrá que ver, qué diablos!... El Sr. Prosper tiene un buen tipo, pero no se le conoce a pie levantado. Detrás de los setos del jardín, se oían las voces de los dos jóvenes cuya conversación se animaba. Regresaron todos a la cocina. La madre Jeanneton vertió un dedo de licor de grosella in- clinándose hacia su esposo. –Invítale al menos a regresar…. La petición está en regla. –Siempre será un placer cuando quiera volver a visitarnos, señor Parent. Prosper se volcó en agradecimientos, y los Bérias acom- pañaron a los visitantes hasta la Croix-du-Jarry. Era muy antigua esa cruz de roble colocada en la encrucijada de cuatro caminos, pero el pueblo le debía su nombre y por eso era respetada. El pasante del Sr. Cournet regresó a menudo a la Croix- du-Jarry, y cierta tarde se encontró allí con el cura de la parro- quia y sus testigos. Acababa de ser titulado notario y las amonestaciones hab- ían sido hechas. Ahora se trataba de decidir las invitaciones para la boda. Rosette convenció a su madre de que no podían invitar a todos los aldeanos del pueblo, y se restringió el compromiso a algunas familias íntimas de Saint-Cyprien. Esta boda sería legendaria en la región al quedar excluidos hermanos, tíos y sobrinos. François quiso protestar: se le dijo que las burdas chaquetas de pana no formaban parte del mundo
  27. 27. 30 al que pertenecían el subprefecto y su esposa, el consejero gene- ral del cantón, el alcalde de Saint-Cyprien, las damas Castel, el comandante Benjamin y el arcipreste Lambert. El hermano de Bérias, Pierre, padrino de Rosette y exclui- do de la lista de invitados, apenas pudo contener su rabia. El tiempo, que había aparecido magnífico esa mañana, se tornó de repente en una lluvia torrencial y retrasó la salida del cortejo. François Bérias, en levita estrecha ajustada a su cuerpo delgado y nervioso, y la madre Jeanneton, obligada en esta oca- sión a llevar un sombrero de dama, daban sus órdenes. ¡Cuántas protestas cuando Émilie la modista trajo el sombrero! –¡Jamás me atreveré a llevar eso! –Pero, señora, es la moda. Ella se burlaba de la moda, la valiente mujer que de ordi- nario vestía con pañuelos de color. Si cedió a las súplicas de la recién casada, no fue más que por condescendencia hacia la so- ciedad de abolengo: se quitaron las plumas de avestruz y se sus- tituyó el terciopelo rosa por una banda sencilla de seda negra, y no quedó del tocado más que una sombra de sombrero cuyos lazos anudados en el cuello se desplegaban a modo de inmensas mariposas pinchadas en un marco. Llegaron los coches de alquiler con sus grandes caballos percherones que se hundían en los surcos. El Sr. Faure condujo al novio en un coche de capota que había pedido prestado para la ocasión a un médico de la ciudad. La alcaldía estaba situada sobre un montículo, a la derecha del camino departamental y solamente a algunos cientos de me- tros del pueblo. Se hizo observar que no valía la pena subir en coche; pero el aire compungido de Rosette fue motivo de los reproches de Bérias, y todo el mundo comprendió que se debía un cierto respeto al vestido inmaculadamente blanco de la novia. Prosper vestía un traje. El Sr. Cournet había tomado en su armario un viejo frac cuyas arrugas cuidadosamente planchadas todavía conservaban el recuerdo de las viejas alegrías de su ju- ventud.
  28. 28. 31 Todos estaban engalanados y lustrosos. La granja había sido decorada con telas blancas sobre las que se destacaban las guirnaldas de boj. Los grandes bueyes habían sido llevados a otros establos, y las ovejas, cansadas del ruido, balaban como jamás habían balado. Una mesa con patas de hierro rodeaba las grandes bodegas. En la entrada aparecían dos toneles tapados, ellos también con un paño inmaculado, y coronados de ramas verdes. En toda esta puesta en escena había un aire de fiesta que contrastaba singularmente con las caras de mal humor de los habitantes del pueblo. Aquí y allá se formaban grupos, y se di- rigían las bromas más crueles a esa Rosette a la que los viejos habían hecho bailar en sus rodillas y que ahora los miraba como si fuesen perros. En la fuente, las mujeres hablaban acerca de la injustica del destino; y a veces, delante la granja abierta, iban a instalarse jóvenes muchachos de gran vientre, con la camisa por fuera del pantalón, que permanecían absortos ante todo ese ele- gante mundo. Se llegó a la alcaldía en coche. La novia en su largo vesti- do blanco, con los ojos llenos de llamaradas, estaba feliz. Sobre todo se felicitaba de no haber hecho el trayecto a pie: se habría visto obligada a dar el brazo a su padre. Desde luego no era en absoluto que no quisiese a su viejo padre, pero temía parecer ridícula del brazo de un anciano encorvado, y se decía que ya era suficiente con tener que atravesar la iglesia en su compañía. En la alcaldía, el Sr. Fouquel, grueso granjero de la familia de los Jamaye, se mantenía serio, con la cinta tricolor y henchi- do de dignidad. La joven pronunció el sí sacramental con tono firme, y, una vez consagrada la unión, salió tan deslumbrante que el alcalde no se atrevió a reclamar sus derechos. Se dirigie- ron a la iglesia. Las campanas repicaban por doquier, y los críos colgados de las cuerdas se elevaban en el coro de la iglesia a alturas prodigiosas. La señorita Levallois, una amiga de Rosette, tocaba el armonio, un viejo armonio cuyo teclado de tan usado que estaba no producía más que piadosos quejidos.
  29. 29. 32 El regalo de los novios consistía en dos sofás de flores ro- sas y fondo azul. La madre Jeanneton quería dar al cura un man- tel de altar; pero Rosette, previsora en todo, jamás hubiese con- sentido en sentarse sobre las viejas sillas tapizadas de la parro- quia. El cura dirigió algunas palabras a los recién casados, y eran las doce cuando salieron de la iglesia. Los coches estaban esperando a los novios, rodeados de algunas mujeres curiosas. De regreso a la casa, los invitados se dispersaron unos por el jardín, otros por los campos donde los vecinos se ocupaban de la cosecha. Solo las damas tomaron posesión de las habitaciones para ordenar sus equipajes, y tuvieron que responder a las pre- guntas de Rosette sobre los muebles que debía comprar y las reparaciones que se proponía realizar para decorar conveniente- mente la casa del Sr. Cournet. La novia repetía a cada instante que había convenido con su marido que se haría construir una casa para recibir a la socie- dad. Jeanneton iba y venía en la cocina, y François tomaba desvíos, avergonzado de atravesar el pueblo con los dignos ca- balleros que lo acompañaban. Las parrillas se combaban bajo el peso que soportaban; las marmitas silbaban sus canciones, y las criadas de mejillas escar- latas, arremangadas, con un gran delantal de tela, servían al jefe de cocina que fumaba cigarrillos y era, con su uniforme blanco, la admiración de los muchachos plantados en las encrucijadas. Los cubiertos estaban dispuestos sobre un mantel de da- masco, un regalo de la familia Cournet. Las damas deshojaban cuadernos de papel de cartas y escribían los nombres de los invi- tados por edad, por situación social o más bien según el buen criterio de una de las damas Castel. Durante la comida, se con- versó suavemente, y el champán fue impotente en reanimar los espíritus. No había baile: hubiese sido necesario bailar en la sala del albergue del pueblo, y Rosette quería que todos aconteciese como en el gran mundo. Se jugó al tute, y aquellas damas que no comprendían nada de los triunfos, las cuarenta y las diez de
  30. 30. 33 últimas, se pasearon silenciosamente detrás de los árboles del jardín, divirtiéndose mucho con las bromas de la novia. Al día siguiente de la boda, se celebró un desayuno tras el cual se asistió a una misa de Difuntos y los invitados volvieron a tomar los coches de alquiler. En cuanto a los novios, todavía permanecieron dos días en la Croix-du-Jarry, dos días que les parecieron muy largos: a ella, que quería estar por completo en su nuevo domicilio de Saint- Cyprien; a él, que, ardiendo de amor, deseaba con toda su alma encontrarse a solas con su compañera. Rosette era amable con su marido, que la precedía paso a paso como un perro temeroso. Cuando paseaban, Prosper tomaba la delantera para evitar que las zarzas, que ella conocía mejor que él, no obstaculizasen su paso. En sus proyectos de organización, la recién casada plan- teaba cien ideas a cada cual más loca, que provocaban las expre- siones de asombro de su madre. Parent intervenía. –Tú eres la ama de casa. Entonces ella lo miraba con complacencia y él le tomaba las manos sintiéndose el más feliz de los hombres. Sus ojos se agrandaban en su brillo y venían a su recuerdo esas horas dema- siado cortas de la gran misa de Saint-Cyprien y de los paseos de la pensión Castel. Él se decía que su sueño se había hecho realidad, y en la profundidad del cielo azul dejaba subir una mirada llena de re- conocimiento y de amor. Por fin, la gran carriola salió de la granja: se amontaban las maletas de la esposa, las sábanas de cama de Rouen que se habían comprado para la novia y una infinidad de objetos que la madre de Rosette acababa de colocar ella misma con una solici- tud emocionante: eran botes de confitura de pavo, conservas de legumbres, quesos de Jamaye muy bien empaquetados. La dama protestaba, pero la madre siempre tenía razón. –Sé lo que es la ciudad y lo caro que es todo. La arrojada campesina sabía mejor que nadie los precios del mercado al que había asistido durante veinte años, haciendo
  31. 31. 34 a pie la larga ruta y regresando por la tarde, con telas blancas que amontonaba en sus cajones con una sonrisa de legítimo or- gullo. El Sr. Faure había ido a buscar a los recién casados en el coche de bodas, y la carriola del padre Bérias los seguía hacien- do crujir los guijarros del camino. Jeanneton subió hasta el alto de la colina de la Gruta, y cuando perdió de vista a su hija se dijo que ese era su trabajo y al que debía consagrarse, y se feli- citó pensando que Rosette se convertiría en una gran dama. La carriola marchaba siempre al trote: era todo lo que pod- ía hacer Poulotte con la enorme carga que llevaba. Rosette tenía prisa por llegar. Deslizó algunas palabras al oído de Parent. Este pareció resistirse: –¡Oh! no, eso le apenaría demasiado. –No es así como debemos entrar en Saint-Cyprien. Y sin detenerse ante las objeciones del Sr. Faure, ella gritó: –Padre, vamos a tomar la delantera… Preparemos la cena para cuando llegues… ¿No te importa verdad? La garganta del viejo se vio un poco oprimida en su res- puesta: –No, no… Tienes razón, hija mía… Seguiré al paso… El Sr. Faure fustigó su caballo, y Bérias hizo frenar a su Poulotte. Su frente se ensombreció; y luego, tranquilamente, como buen aldeano, soltó las riendas y bajó para aliviar a su animal. El notario alquilaba su casa con los muebles, y Rosette debió conformarse con las cortinas de calicó como velas y las camas pasadas de moda de las habitaciones. No iba a ser por mucho tiempo, pues Prosper acababa de adquirir un magnífico terreno situado en uno de los sitios más hermosos de la ciudad. Mientras tanto, la recién casada se hizo un nidito para ella en la habitación más bonita de la casa, y, confiada en el futuro, se dispuso a realizar sus sueños.
  32. 32. 35
  33. 33. 37 III Transcurrieron cuatro años. Una encantadora niñita llama- da Andrée – un nombre elegido por la madre – había venido a alegrar el matrimonio de los Parent. El notario adoraba a su esposa; buscaba toda ocasión de escapar de sus clientes para subir rápidamente la escalera y sor- prenderla, si la puerta de su habitación estaba abierta, con un prolongado beso de amor. A menudo era bien acogido; pero como Rosette a veces lo rechazaba, él bajaba a su estudio de un modo sombrío, y Clapier comprendía que su joven patrón co- menzaba a no ser feliz. Se tenía gran confianza en Parent; su matrimonio le daba crédito; su carácter serio lo ayudaba a conquistar todas las sim- patías. Cada domingo, los paisanos acudían al estudio portando sumas para depositar, y concedían todo el poder al nuevo nota- rio. El Sr. Cournet había sido nombrado juez de paz del cantón de Saint-Cyprien, y después de las audiencias del jueves, si dis- ponía de tiempo antes de regresar a su casa de campo, se dirigía al estudio para saludar los viejos legajos que dormían en sus archivos de madera. Los esposos Parent estaban instalados en su nueva resi- dencia. La casa de construcción moderna, al estilo turco, con una única ala adelantándose al cuerpo de la edificación, estaba aho- gada en las sombras y el verdor. Habían tenido la buena idea de elegir un terreno donde los árboles ya estaban completamente desarrollados, donde los setos del camino estaban plantados y donde bajo el ramaje se extendían inmensas praderas. El plano había sido ejecutado según un modelo que había obtenido un premio en la Exposición Universal de 1855. Pero si los paisanos admiraban la entrada de piedra con columnas es-
  34. 34. 38 culpidas, si permanecían absortos ante la balaustrada de hierro que precedía al invernadero de flores de todos los matices, se reían entre ellos de ese castillo que todavía no estaba terminado. –¡Una única ala en una casa, es como un perro con tres pa- tas!... Un arroyo discurría al fondo del jardín y, del lado opuesto al arroyo, una única casa ocupada por el alcalde de la ciudad, Sr. Loudois. Los cedros del Líbano, las tuyas doradas y plateadas, los macizos de rododendros, las yucas de espinas puntiagudas, los geranios de abigarrados colores, todas las plantaciones tenían muy buen aspecto y esperaban la llegada de la primavera para exhibirse. A lo lejos, perdido a medias entre los árboles de resis- tente follaje, un cenador construido al estilo de una mezquita. La vida real de Rosette comenzó cuando se sintió bien en su casa en medio del lujo que la embriagaba. El notario no articulaba palabra cuando los pesados coches de los camioneros llevaban los muebles encargados a los más prestigiosos carpinteros de París. Bérias estaba estupefacto; en cuanto a Jeanneton, decía que Rosette tenía razón; que no había de que preocuparse; que los notarios ganaban dinero a espuertas. Rosette se prodigaba en dulces zalamerías para convencer a su marido cuando por casualidad este trataba de resistirse. –Pero querida, ya tienes un armario de espejo y un chifo- nier… –Prosper, deja hacer a tu mujercita a su guisa… Podemos recibir a la gente de alcurnia; no debemos permitir que nuestros invitados estén peor sentados que en un albergue… En los primeros tiempos, la habitación de los esposos era común; pero la señora Parent había hecho observar que era con- veniente que una mujer tuviese una estancia privada. Las lectu- ras de algunas novelas le calentaban la imaginación, y sobre todo experimentaba un intenso placer con las aventuras de la reina Margot, que recibía a sus amantes por todos los rincones de la casa ante las propias narices de su esposo. Se amuebló una habitación para el señor.
  35. 35. 39 Esa noche, la señora Parent ofrecía una cena a algunas personas. En el gran salón que daba frente el invernadero, se observaban dos cuadros debidos al pincel de un amigo de la ca- sa, el Sr. Moulineau, que se dedicaba a la pintura en sus horas libres: una de las telas representaba un peregrino caminando hacia el desierto: una copia bastante mala del «El Naufragio de la Medusa »1 . El fuego ardía sin crepitar como conviene a un fuego con buena compañía. Los criados, ambos nuevos – se les cambiaba a menudo – colocaban sobre la mesa unos candelabros sin estilo cuya luz se reflejaba en los cristales y en los rostros de los invi- tados. Parent quiso saber si se invitaría a la familia Bérias. Rosette zanjó la cuestión: –Mi padre y mi madre se sentirían molestos en presencia de personas que no conocen. El Sr. Parent no insistió más, y Rosette convenció a los Bérias de que el invierno era riguroso y que, en su interés, har- ían bien permaneciendo en casa. Transcurría el mes de enero. La nieve caía hacía algunos minutos, y el polvo de blanca escarcha danzando en el aire que- daba adherido a los cristales de los altos ventanales, cuando Lavérie, un muchacho que había servido en uno de los primeros hoteles de Burdeos, vino a anunciar: –La Señora está servida. La conversación, un poco apagada al principio de la cena, pareció animarse a los postres. Prosper, sentado frente a su esposa, tenía a su diestra a la señora Gavier, la esposa del subprefecto; a su izquierda, una vecina, la señora Loudois. Luego se encontraban el Sr. Cournet, el Sr. Faure, el comandante Benjamin, un anciano retirado que 1 Óleo realizado por Géricault entre 1818 y 1819, que encarna a la perfección la corriente romántica por el tema elegido (el naufragio de la fragata Medusa) y el carácter dramático de la representación. (Nota del T.)
  36. 36. 40 había obtenido la autorización para llevar su uniforme militar a cualquier hora y en cualquier lugar. A ambos lados de Rosette, el subprefecto de Saint-Cyprien, el alcalde Sr. Loudois, el Sr. Victor Moulineau, pintor y poeta, y finalmente un joven alto, pálido y rubio que había acudido, sin ceremonia, en chaqueta azul, pantalón gris y pañuelo de seda por encima del bolsillo. Era el Sr. Georges, el hijo del alcalde. Su familia le había rogado que se pusiese algo más formal: se había conformado con res- ponder que uno no se aburría en casa de los Parent. El joven hablaba mucho y, siempre acariciando su fino bi- gote, había tratado varias veces de cruzar su mirada con la de Rosette; pero esta, completamente volcada en los trasiegos del servicio, había evitado sonreír. El Sr. Georges mantenía una conversación muy animada con la esposa del subprefecto, bas- tante orgullosa de sentirse cortejada de ese modo. El diálogo tenía lugar por encima de los hombros del comandante, que se bajaba de vez en cuando para dejar pasar las lisonjeras palabras que él también trataba de comprender. –Los negocios parecen repuntar – acababa de decir el Sr. Faure. –Sí, – dijo el Sr. Moulineau– pero estamos invadidos por la producción extranjera. –Es el progreso – añadió el notario. –El mercado libre – exclamó el subprefecto – no hay otra cosa… El mercado libre es la gran idea del siglo… Su Majestad el emperador… El café estaba servido. Pasaron al salón, y la propia señora Parent hizo los hono- res con una gracia encantadora. El Sr. Victor Moulineau pronunciaba a cada instante unos juegos de palabras para regocijo del comandante Benjamín. El alcalde de Saint-Cyprien era un anciano serio, un gigan- te de la estatura de Prosper. Su hijo decía de él: –Tiene todo lo que hace falta para actuar. Lo importante es imponerse por la altura. En el comedor, los criados charlaban:
  37. 37. 41 –Buena casa,– decía uno de los criados vaciando los fon- dos de las botellas… – Son ricos, pero no son del mundo chic… Fijaos, cuando yo estaba en Burdeos… –Son buena gente, – respondía Léonard, un infeliz joven que Prosper había recogido en la calle…– La Señora es un poco brusca, pero es buena… –¿Léonard, no tienes hambre? –Vamos a comer a la cocina… –Sí, pero eso no impide… Esos trocitos de turrón… Sonó un timbre. –Ya voy yo… Y, ampuloso, el criado se dirigió a la llamada de su ama. –Me has hecho esperar. Como un profesional, Lavérie permaneció impasible. –Prepara las mesas de juego. Que te ayude Léonard. En el corredor los dos criados conversaban a frases cortas: –Siento frío en la espalda cuando la señora Parent me mi- ra… ¿Y el padre?... Completamente jorobado… –Un buen hombre… –Sí, un buen hombre, pero aldeano, ¿no?... Al ver las costumbres de la señora no hay duda… Hay que ver lo rápido que se acuesta… Como para pasar un buen invier- no…. Aquí se acuestan a la misma hora que las gallinas… Se propusieron varios juegos, pero finalmente se decidie- ron por el bacarrá. Las damas también intervinieron en el juego. Moulineau, que llevaba la banca, sacaba ocho o nueve a cada mano y la señora Gavier, roja de pesar, hacía chasquear sus dedos, pedía dinero prestado a derecha e izquierda. El subpre- fecto se divertía excitando los nervios de su esposa. –Blanche, vas a arruinar a la administración. La velada continuó con juegos inocentes que divirtieron enormemente a los asistentes. La conversación entre la servidumbre continuaba, y Mar- guerite, la cocinera, tomaba parte en ella. –¿Así que la Croix-du-Jarry no está lejos?
  38. 38. 42 –Una hora y media caminando. –¿Los viejos vienen a menudo a Saint-Cyprien? –Parece que no: la señora se avergüenza de ellos… – murmuró Léonard. –Escuchad, – decía Marguerite – es que hay de qué aver- gonzarse… Es irritante tener aldeanos en la mesa… pero se equivocan en no tener aquí a la pequeña Andrée. –¿La hija de la señora? –Sí, a la señora no le gusta oír gritos, y la niña está con los Bérias desde hace ocho días, con su criada… –¿Una princesa?... –Lavérie, tienes una mala lengua… Se volverán contra ti todas esas ideas. –En Burdeos… –Tú, y tu Burdeos…. –Marguerite, ¿el alcalde da propinas? –¡Oh! un cáncer… diez centavos. –¿Y el subprefecto? –Una miseria, cinco… seis centavos… –¿Y el Sr. Georges? –Cuando está lleno es muy gentil, y si yo fuese joven… –¿Y Faure?... ¿El comandante? –Jamás dan nada. –¡Ah!... –Aquí las propinas no son cuantiosas… Conformémonos con atrapar algunos centavos… Dorinde, la ama de llaves del Sr. Berck de Villemont, dice que en París los invitados nunca dan nada… ¡Que estúpidos son los parisinos!... –¡Qué descarada es esa vieja Loudois!... –No me hables de ella; ha cambiado cuatro veces de sir- vienta en dos meses; va a condenar al Sr. Georges. –Es fea y vieja; si no fuese así no tendría que envidiar a los demás, el Sr. alcalde… –El parece más joven que ella. El ruido del piano llegaba hasta la cocina. –¿Bailan?
  39. 39. 43 –¿Quién toca? –La Señora Gavier… –¿La reciben a menudo? –Cada ocho días. –¿Y nuestros amos salen alguna vez? –Sí, van a casa del alcalde, a la del subprefecto… –Bueno…. a la primera de cambio organizamos una parti- da con los vecinos…. –¡Caramba! incluso podríamos distraernos… Tendremos a Léveillé, Bernireayu, Cavantou…. Nuestra amiga Marguerite asará una buena gallina… Yo me encargo de los dulces… y unas botellas… Las damas tomaron sus abrigos, y Rosette, que tenía nece- sidad de aire, las acompañó. Georges tomó del brazo a la señora Parent, que había in- sistido en ir hasta la subprefectura. –¿No teme usted al frío, señora? –No, señor… –Su velada fue deliciosa. –Es usted demasiado indulgente. –Su vestido le sienta de maravilla. Diciendo eso, él la estrechaba de cerca y ella se sentía temblar. –No vaya más lejos, señora Parent, – dijo la señora Lou- dois… – Hace un tiempo espantoso… Está comenzando a ne- var… Rosette tomó el brazo de Prosper y ganó rápidamente la puerta. –¡Qué desorden! – observó el Sr. Parent cuando atravesó el comedor. –Siempre has de quejarte de algo. Él la siguió hasta su habitación, y mientras ella se desanu- daba los cabellos, él quiso besarla en el cuello. –No me molestes… Estoy cansadísima…
  40. 40. 44 Él se había sentado humildemente sobre el sofá, admiran- do los largos cabellos que caían en cascada sobre el camisón bordado. –¡Qué hermosa eres! –Por favor. –Anda, bésame… aquí, en la frente… –Se razonable. Vete ya. Él salió y de inmediato ella giró dos veces la llave en la cerradura. Durmió mal, o más bien no durmió. La vela se consumió sobre su mesilla de noche mientras el viento hacía temblar los marcos de la ventana y la nieve se convertía en lluvia que caía con un fuerte crepitar. Apoyada sobre una almohada de encajes, Rosette leía un folletín y, tras haber vuelto la página, volvía a poner sus manos bajo la cubierta. Su pequeño gorro de dormir, de un rojo intenso, le daba el aspecto de una de esas madonas que se ven en las iglesias italianas; y, al igual que las mandonas, su mirada trascendía más allá de las cosas de este mundo y as- cendía más alto que las pinturas del techo donde unos ángeles desplegaban sus alas en una nube de oro. Su imaginación se colmaba de aventuras galantes que había leído, desde la leyenda de la admirable Safo hasta las novelas contemporáneas. No hab- ía sospechado que su vida habría de ser tan tranquila, y casi la- mentaba haberse casado. La joven mujer volvió entonces a recordar los años pasa- dos en su pueblo, cuando iba por los caminos sombríos, ignoran- te aún de las cosas que ahora la turbaban. Se volvía a ver, vestida con su vestido de indiana, con un gran sombrero de paja de Italia, sentándose en el borde de un prado, con la mirada perdida en las altas ramas de los robles, escuchando las canciones de los cuidadores de bueyes interrum- pidas por el rodar de las grandes carretas; oía las risas alegres de su viejo padre, cuando la cosecha amenazaba con hundir las tablas de los graneros y el vino desbordaba de los barriles. Ahora era mujer y otras quimeras embargaban su alma… Le hubiese gustado sin embargo revivir el pasado…
  41. 41. 45 Escuchó unos pasos. –¿Eres tú, Prosper? –Sí; he visto luz en tu habitación; casi es día… ¿te encuen- tras mal? –No… ya pasó… ¿Quieres entrar?... Se levantó, puso su bata de terciopelo azul, calzó sus zapa- tillas y entreabrió la puerta. El ruido de la bata arrojada al suelo y el roce del edredón, advirtieron a Prosper que ya podía entrar en la habitación de su esposa. Entró, embriagado por ese olor que se desprende del cuerpo de la mujer. Prosper no había dormido nada, y mil ideas confusas hab- ían bullido en su cerebro. Ya no era el mismo hombre. Desde hacia tiempo su gorro de algodón de doble fondo había desapa- recido; de ordinario, ponía un fular de seda. En este momento se presentaba con los cabellos largos, la raya en medio de la cabe- za, en chaqueta de franela blanca, después de haberse mirado veinte veces en el espejo. Llegó al lado de la cama, recogió la bata, la depositó sobre un sillón y encendió una vela para reemplazar la que acababa de consumirse. –Da la sensación de que te doy miedo – suspiró Rosette pasando sus brazos alrededor del cuello de su marido. –¡No me detestas, entonces! –Pero, amigo mío… –Es que tengo que confesarte algo… ¿Me perdonarás? He escuchado a tu puerta… Hablabas con mucha exaltación… –¿Yo?... No me acuerdo. –Mira, Rosette, la vida no es tal como la describen los li- bros; todas las novelas están escritas a placer… todas mien- ten…. La existencia feliz es la que se pasa junto a una esposa amada y a la que se ama siempre… una compañera que tiene derecho al respeto de la gente… Hay que ser decente y arrojar los sueños insensatos… En eso consiste todo…
  42. 42. 46 –Es cierto, Prosper. Leo demasiadas novelas; mi imagina- ción se dispara… Tú eres el mejor de los esposos y me arrepien- to de haberte echado tan bruscamente… –Hay que dejar a un lado las novelas y retomar el piano; eso te distraerá… –Estoy un poco oxidada con la música… –Las damas Castel dicen que tienes muy buena disposi- ción…. Sería conveniente tomar algunas lecciones…. A la seño- rita Millaud no le importaría venir aquí…y además, te verías obligada a impartir lecciones a nuestra pequeña Andrée. –Lo intentaré si es lo que quieres. –Tu marido no es despreciable, Rosette; harías mal en preocuparle. ¡Hemos sido felices durante cuatro años!... –Seguiremos siéndolo… –¿Qué quieres? Dime. Yo siempre he estado ocupado con los papeles y no se adoptar buenos modales. –Te quiero como eres, Prosper. –¿En serio? –Claro. Y ella lo abrazó con una irritación súbita que se disipó en- seguida. –Todavía no me encuentro muy bien, Prosper… No es culpa mía, vete… Adiós, el sueño me vence; adiós… –Adiós; te quiero. Él se retiró con pasos lentos, volviéndose de ven en cuan- do para contemplarla en su abandono. La mujer se había ador- mecido, con los brazos indolentemente caídos, la cabeza amoro- samente inclinada, la boca sonriente: Prosper se dirigió a su es- tudio con el corazón tranquilo y lleno de ardor por el trabajo. Desde que el matrimonio Parent habitaba en su nueva ca- sa, los Bérias raramente acudían a Saint-Cyprien. François no podía olvidar que cierto día de mercado, su hija Rosette le había llevado suavemente a la mesa de la cocina diciéndole que esta- ban en los postres, que había invitados y que no sería de buen gusto para todo el mundo ver reaparecer la sopa. El campesino
  43. 43. 47 se había sentado con los criados y se le había reservado una es- quina de la mesa cubierta con un mantel. La Jeanneton enrojecía por el modo en que trataban a su esposo. –¡Eres un cobarde! Habrías debido presentarte en el salón y montar una escena a todos esos caballeros y a todas esas bellas damas. ¡Esto es una infamia! ¡Nosotros, que nos hemos arranca- do los mendrugos de la boca para dar un futuro a nuestra hija! Es por ella que quien nos hemos deslomado, esposo mío. El buen Dios la castigará… Pero Rosette volvió a la Croix-du-Jarry, y la cólera de su madre se disipó. El instinto de la maternidad había introducido razón en las fogosas aspiraciones de la joven mujer. Adoraba a su hija, era feliz al vestirla ella misa y de representar su rol de madre. En el pueblo llevaba vestidos muy sencillos, abotonados hasta el cue- llo, y las gallinas que la gran dama había abandonado se encon- traban con la amiga de antaño y luchaban con aleteos y cacare- os. Rosette hacía preguntas a Andrée, daba ella misma las re- puestas con voz infantil; y, feliz de haberse evadido del estrépito de la ciudad, las conversaciones, las visitas, en esa Casa-Blanca que contrastaba con el lujo de su apartamento de Saint-Cyprien, no veía más allá del canto de los pájaros que excitaba y las flo- res de los campos con las que hacía su collar. La señora Parent recibía cada mañana unas palabras de amor de su marido, privado de su ausencia pero feliz de saberla dichosa. Las cartas de ese hombre honrado le hacían bien: ella prometía volverse ahorradora, ocuparse de la educación de su hija… Bastaba una invitación a un baile para que todos su pro- yectos de mujer honesta se desvaneciesen: escribió diez cartas a Paris para su vestido, inquieta de saber como serían los vestidos de las damas, con la única intención de brillar en la primera fila de las asistentes. –Nuestra hija sienta cabeza. – decía Bérias a su esposa. –¿Tú crees?... Mira.
  44. 44. 48 Y el viejo aldeano miraba, en efecto, a su hija Rosette, que corría ante ellos febril: –Regreso a Saint-Cyprien… Va a celebrarse un baile; y si faltase esas damas estarían muy satisfechas.
  45. 45. 49 IV Llevando indistintamente la blusa negra o la chaqueta con botones de cobre, el Sr. Faure era reputado a dos leguas a la re- donda por su habilidad en las ventas de bienes. Los notarios lo invitaban a su mesa y tomaban precauciones muy particulares con su nerviosa persona. Tenía negocios en Marny, en Lamète, pero reservaba los más importantes para el estudio de Saint- Cyprien. El Sr. Cournet le había gustado por su eficacia y ama- bilidad; en cuanto a Prosper, era sabido el afecto que le profesa- ba el jefe de la cinta negra. Siempre por montes y por valles, alentando los intercam- bios de terrenos, excitando a los vendedores, reclutando a los compradores, pero actuando siempre con lealtad, el Sr. Faure era una excepción a esa horda poco respetada que va a través de los campos engañando a los aldeanos crédulos sobre las condiciones de las ventas. Por añadidura, no actuaba por sí mismo: tenía mucha con- fianza en su hombre de negocios Le Challier, que se veía obli- gado, en todos los aspectos, a moderar sus ardores. El Sr. Faure había vendido tierras a François Bérias, y se había hecho rápidamente amigo de la Casa-Blanca. Animó a la familia a ingresar a Rosette en la pensión de las damas Castel. Además, la señorita, al haberle parecido inteligente y bonita, había decidido que sería la esposa de Parent, el hijo del querido camarada que él había perdido y del que decía: –El instructor ha muerto, pero Parent tiene dos padres: el Sr. Cournet y yo. En el estudio, Rosette encontró al Sr. Faure que venía a anunciar al notario que la venta de las Thermettes tendría lugar al día siguiente, en al Châtre des Vergnes.
  46. 46. 50 –¿Es un buen negocio para nosotros, señor Faure? –Ya lo creo, pequeña… señora. Perdón… –¡Oh! Llámeme «pequeña Rosette» como lo hacía antaño, cuando yo bailaba sobre sus rodillas… Desde luego, me horrori- zan las familiaridades sin razón, pero estaría muy disgustada que un viejo amigo no las tuviese conmigo. Ella le tendió graciosamente la mano: –A la inglesa… Es la moda ahora… –¿Cuánto nos reportará la venta? –Mil doscientos francos, al menos, ¿no es así, Prosper? –Sí, si alcanzamos el precio que usted espera… –Todo irá bien con Le Challier, un vivo este muchacho, un valiente: no sabe leer ni escribir, pero no hay otro como él para ganarse a los aldeanos. Yo lo vigilo porque tengo que velar que todo el mundo nos estime… pero Le Challier es una inteligen- cia… tiene una elocuencia… –Dígale a Le Challier que no haga beber a los aldeanos an- tes del mercado – observó el Sr. Parent… –Las personas se exci- tan, y luego lamentan… –Le Challier jamás ha engañado a nadie. –¿Es divertida una venta? – preguntó Rosette. –Eso depende de los gustos – respondió el Sr. Faure; yo me siento feliz en medio de los griteríos, cuando veo a mi com- padre manos a la obra… ¡qué verborrea!… –Tengo ganas de ir con usted. ¿Es en la Chatre-des- Vergnes, verdad?... Aprovecharé el viaje para visitar a las damas Duméniaux… –Pero, – interrumpió el notario – regresaremos de noche… Eso sería exponerte… –Tengo que salir; eso arroja mis ideas negras… No hay más que hablar; estaré lista para partir. –Lo decía en interés de tu salud tan frágil… Partiremos un poco más tarde, hacia las once… –Muy bien. –Los Moreau, los Girou, los Jeandinet, el Sr. Poltin, los Leuïnard, los Puichou… ¡vamos a ver a un montón de gente!...
  47. 47. 51 Era un domingo. Después de la misa principal se debía vender la propiedad del Sr. de Lornant, la hermosa propiedad de las Thermettes. Todos los ricos de la comarca se habían dado cita en casa de Legrand, el propietario del albergue de la Châptre-des-Vergnes. El patio estalla lleno de aldeanos: habían llegado de todos los pueblos vecinos, de Mersay, de Charmeuil, de Narvon, de Ninard, de los Oseraies, de la Tremblade. Se hab- ían formado ya grupos cuando el notario, con el portafolio lleno de papeles timbrados, hizo su entrada. Rosette se había apeado ante la iglesia para rezar una oración antes de dirigirse a casa de las damas Duméniaux. Al lado del Sr. Faure, Le Challier – el famoso Le Challier – peroraba sobre una mesa con los planos de los terrenos a ven- der desplegados ante él. Todas las líneas, todas las letras, todos los números de los planos, constituían otros tantos misterios para el paisano analfabeto. Sin embargo, él lo pasaba por alto, y mientras el Sr. Faure se entretenía con los Mathurin y los Jean- dou, grandes de los pueblos, Le Challier tomaba aparte a los pequeños particulares. Uno por uno los arrastraba a las esquinas del patio; y con palabras lentas y mesuradas, miradas de descon- fianza arrojadas a derecha y a izquierda, decía a Pichou que Leuïnard quería la tierra de los Néfliers y que había que antici- parse. Cuando había acabado con Pichou, se acercaba a Morea- yu, alabándole las ventajas del prado de los Rebières, alabando bien alto los quintales de nueces que se recogían en el paraíso del Breuil. Las granjeras habían acompañado a sus maridos, y monta- ban una gran algarabía conversando sobre las probables conse- cuencias de la venta, sobre los precios de los terrenos y sobre las causas que motivaban al señor a deshacerse de su propiedad. Era una auténtica fiesta. Los hombres bebían vino y las muchachas limonada gaseosa cuyos tapones volaban por el aire para gran regocijo de los niños. El sol que se ponía hacía res- plandecer a las Jeanettes de oro, las faldas blancas atrevidamen- te arremangadas sobre los variopintos vestidos.
  48. 48. 52 Azules, blancos, amarillos, verdes, rojos, según las cabe- zas y según las edades, las telas pasaban y volvían a pasar en medio de los gorros de seda negra de los viejos parroquianos, de las boinas de lana de los aldeanos y los amplios sombreros de los abogados del pueblo. –Por la noche habrá que cenar, – pensaban los muchachos más vigorosos. –El Sr. Faure y Le Challier pagan la comida, pero ganan bastante con los 500 por adelantado, – decían a coro los paisa- nos. Aquellas mujeres que no eran maliciosas deploraban la ruina del propietario Sr. de Lornat. –¡Era un hombre tan generoso! –¡Sí, pero gastaba demasiado en París! –Cuando venía al castillo de Lornant arrojaba desde lo alto de su terraza monedas de veinte centavos a los hijos de los jor- naleros. –¿Cómo ha podido arruinarse este hombre que tenía tantas rentas? –Se dice que se divertía con mujeres de mal vivir, con ac- trices. –La condesa es bella como el día y dulce como un corderi- llo. –Bien tiene de que lamentarse la pobre mujer; está con su madre en el castillo de Champyans. –¿Y él? –La verdad es que no lo sé… Ha dado el poder para la venta al Sr. Faure. –He aquí lo que ocurre por gastar demasiado, y el Sr. Pa- rent es afortunado ganando oro a manos llenas… Su mujer lo desangra. –No me hables de esa… La «Gran Cartera» adopta aires de dama, una don nadie a la que he dado más de cien collejas porque siempre molestaba a mi cabra… Esa Rosette ya ni si- quiera se atreve a mirar a su anciano padre… ¡descasta- da!...¡bah!...
  49. 49. 53 –Acabará mal porque tiene menos corazón que nuestro pe- rro Lulú… ¡Cuando pienso que ha estado meses enteros sin ver a su hija!... ¡Si fuese hija mía, la abofetearía! Mientras el Sr. Parent, ayudado por su pasante, daba ex- plicaciones a sus clientes, Le Challier continuaba con su perora- ta en la reunión de aldeanos. –Yo os digo: un día la tierra pertenecerá a los que la traba- jan. Hoy, los terratenientes no quieren hacer nada: son menos ricos y se preocupan menos que sus padres… Se os aconsejará tal vez invertir vuestro dinero en Tesoro público. No escuchéis a los que hablan así: los plazos fijos sin duda son sólidos; pero no es lo mismo que la tierra… Esa es la verdad, la pura verdad… La tierra se toca; se pisa; los límites están bien defini- dos…Puede llegar una revolución… la tierra permanece…. Con los bancos siempre hay un montón de dificultades: Nada hay más sólido que la tierra… ¡Oh, la tierra!... Y Le Challier, con su voz más suave se dirigía a Jeandinet, aquél al que pensaba venderle el lote más importante: –Tú, Jeandinet, que eres tan rico, si añades los calveros a tu monte de los Georges, eso te proporcionaría unas fincas sin par. Estarás feliz al salir el sol y ver tus campos y tus prados acostándose con el astro… Cuando cases a tu hija, la señorita Aglaé, darás los calveros y tu yerno no querrá otra cosa que venderlos a peso de oro… Continuaba su charla, guiñando el ojo aquí y allá, hablan- do en voz baja. –¡Amigos míos, comprad tierras!.... Vamos a comenzar por los viñedos. –¿Y los prados? –Los prados llegarán en su momento. Se produjo un dédalo de explicaciones sobre los caminos, sobre los límites. –He aquí el sendero del Barrage, la ruta de los Trembles, el antiguo paso de los Corbeaux… Tío Jeandinet, decídase. Jeandinet consultaba con sus hijos, con su esposa, con su futuro yerno.
  50. 50. 54 –¿Mil francos de descuento? –De eso nada. –Entonces no hay trato…. Los Moreau… Los edificios estaban vendidos. –Esto marcha, esto marcha – exclamaba Le Challier frotándose las manos, mientras el pasante plegaba en cuatro las hojas de papel timbrado, las elevaba a la claridad del día para comprobar su ajuste y fijaba el margen con un golpe de uña de una precisión matemática. El Sr. Parent estaba triste. De vez en cuando, miraba hacia la gran puerta entreabierta. –¿Qué te ocurre, Prosper? – dijo el Sr. Faure – sudas como si hubieses caminado tres horas seguidas. –¡Oh!, nada. –Venga… –Bueno, estoy preocupado… Rosette no regresa… Son las cinco: ya no tengo la cabeza en las actas. –Tu esposa estará merendando con las damas Duméniaux. –Tengo un mal presentimiento…. sus malditas migrañas han vuelto… –¿Qué dice el doctor? –Como siempre aconseja bromuro de potasio… pero Ro- sette no está mejor… Me mata saberla enferma… –¿La quieres mucho, eh? –¡Sí, la amo! Todavía se oía la sonora voz de Le Challier. –Esta plantación de castaños da tanto al año… La tomáis o la dejáis…. Os dejo las viñas por la mitad de su valor. –¿Y el oídium?... –El oídium se irá como el mal de las manzanas. –Apúntame… –¿No queréis el prado de la Rouchonnieère?.... Oro en lin- gotes… –Apúntame… apúntame…
  51. 51. 55 Rosette acababa de aparecer, sostenida por las damas Duméniaux. Estaba muy pálida, y se dejó caer sobre la silla que le presentaba el Sr. Faure. Una de las damas contó al notario que su esposa había su- frido un desmayo, pero que se había recuperado enseguida con un vaso de agua azucarado con flor de azahar…. Se le ofreció una cama en la casa, pero ella se negó. Parent no quiso escuchar más. –Vámonos, vámonos de inmediato señor Faure, se lo rue- go, ordene enganchar. –¿Y la venta? –¿La venta?... Me da igual… Mi mujer, mi pobre mujer… Y ante los desconcertados aldeanos que retorcían sus grandes sombreros entre sus dedos, él mojó su pañuelo en un vaso de vinagre y, arrodillándose, frotó las sienes de Rosette. –Vayan a buscar si quieren otro notario; nosotros nos va- mos. Rosette pasó la jornada del día siguiente en su habitación, en bata, con las cortinas bajadas, en esa semioscuridad que para ella tenía tantos encantos. Se presentaron varias damas de Saint- Cyprien. Se negó a recibirlas a excepción de la señora Loudois, la esposa del alcalde. Cuando la amiga se fue, un golpe seco sonó en la puerta. Se inclinó dulcemente sobre el alfeizar: era el Sr. Georges que veía a ver como se encontraba. Ella miró al joven. Nunca le hab- ía parecido tan guapo. Iba hacia ella como uno de los héroes de los que estaba poblada su imaginación, y lo comparó con el hombre sin gracia que trabajaba en el estudio. Cerró los ojos para continuar con su visión, y le pareció que algo desconocido turbaba sus sentidos. La enferma se dirigió a paso lento hacia el espejo de su habitación: su frente estaba pálida, pero sus ojos negros y profundos le hicieron comprender que era digna de ser amada. No fue más que un momento de claridad. Luego, todo su pensamiento se dirigió hacia su marido, y la virgen en vestido azul que se encontraba en medio de la chimenea le dijo, por su sonrisa, que no había dejado de ser una mujer decente.
  52. 52. 56 Al salir de esta ensoñación, le trajeron una gran caja que procedía de París. Ella gritó: –¡Mi vestido! En efecto, era el vestido que había elegido la semana ante- rior y que el propio Prosper había encargado. –Marguerite, te lo ruego, di al Sr. Parent que suba. La criada no hizo más que dar un paso. Prosper esperaba detrás de la puerta para gozar con la sorpresa de su esposa. –¡Oh! ya me siento mejor… Qué bueno eres; estoy muy contenta, pero… ¿te arruino?... –No te preocupes, mi Rosette; he tenido unos ingresos con los que no contaba…. La liquidación de los hermanos Vanneau me ha ayudado especialmente…. Tendrás tus albornoces de ca- chemira; quiero que mi mujercita no tenga nada que envidiar a las demás. Ella le tomó las manos y las llevó a sus labios. Algunos días después, se vio a Prosper, con la cabeza des- nuda, atravesar la plaza con gestos febriles, golpeando a las puertas de los vecinos para pedir prestado el dinero que debía entregar para el registro de sus actas. Clapier lloraba en el estudio: –¡Esta mujer será su desgracia!
  53. 53. 57 V Como ya se ha dicho, la casa del Sr. Loudois era contigua a la del notario. Los jardines estaban separados, por un lado por un pequeño arroyo y, por el otro, por unos muros muy antiguos. Los Parent mantenían tan buenas relaciones con los Loudois, que no pensaban en absoluto en levantar nuevos muros, aunque en un cierto lugar la lluvia u otra cosa hubiese disuelto el morte- ro y provocada una considerable brecha. Nadie se quejaba; al contrario. Antaño, para pasar los unos una velada en casa de los otros, se veían obligados a dar la vuelta por la calle, muy fría durante el invierno. Georges había dado el primer paso escalan- do el muro para ir a fumar un cigarrillo con Prosper en el jardín. Poco a poco, las piedras desaparecían como por arte de magia, los senderos acabaron unidos, y la damas, eso sí, protes- tando, se felicitaron de poder aprovechar la accidental apertura. El Sr. Parent ahorraba mucho tiempo cuando tenía que acudir al alcalde para legalizar firmas. –¿El muro es compartido, verdad? – decía el notario. –Creo que es nuestro, – decía el Sr. Loudois– debo tener una declaración de su vendedor el Sr. Planchetain. –Si es suyo, señor alcalde, – respondía Rosette – hágalo reparar. –Pero no hemos sido nosotros solos los que lo hemos de- molido, – añadía Georges: – la lluvia, el viento y todos los pe- queños genios perezosos que por la noche corren entre las tuyas y los sicomoros se han dedicado a ello… La señora Loudois intervenía en la discusión:
  54. 54. 58 –Por añadidura, no hay ninguna ventaja en afirmar que el muro es de uno…. Hay que enlucirlo, repararlo. –Perdón, señora,–concluía Prosper – se tienen algunas ventajas; si por ejemplo se quisiera construir o adosar alguna edificación nueva… Se conversaba, se discutía, y el muro permanecía siempre con su gran brecha, y las largas ramas de las glicinas y de las viñas vírgenes que crecían sobre las piedras dispersas, perma- necían insensibles a las cuestiones acerca de la titularidad de la medianera. Georges Loudois, acostumbrado a la vida parisina, se aburría a menudo en Saint-Cyprien, y el notario decía a su ami- go: –Ven a verme al estudio; eso te distraerá… Acabarás que- riendo poco a poco nuestra pequeña ciudad. El otro escuchaba y pensaba en sí mismo. –Tiene razón; iré a charlar con él… Mis malas ideas se calmarán; es sana la conversación de un hombre cabal; es rela- jante. Un domingo del mes de abril, durante las vísperas, Roset- te, aún delicada, se encontró con el hijo del alcalde en el fondo del jardín. Ella había acudido allí para respirar la fragancia de las lilas que comenzaban a florecer y sobre todo para huir del tumulto de palabras y el estrépito del estudio. Apoyado al muro, Georges leía un periódico cuando los pasos de Rosette hicieron crujir la arena del sendero. –¡Oh! Dios mío, no sabía que estaba usted aquí… ¡Qué susto me ha dado! El joven sonrió: –Señora, no he hecho nada para ello. –¿Ha ido su madre a la iglesia? –Sí, señora, mi padre, mi madre, los criados, toda la casa. –¿Y usted? –¡Oh!¡yo, no! –¿Cómo dice usted eso? ¿Piensa qué usted valdría menos si rezase cada día una oración? Mire usted, es un error de los
  55. 55. 59 jóvenes creer que pueden ser mejores que sus mayores… Perdón, no tengo derecho a decirle estas cosas. –Claro que sí, señora… Tan solo que la oración es un homenaje de gratitud o una súplica interesada que se dirige a Dios; para rezar hay que ser feliz; yo no lo soy… para rezar hay que solicitar algo; yo no puedo esperar que se me conceda… –¿Y de que carece usted? ¿No estaban con usted sus ami- gos la semana pasada, y no pasaron dos jornadas encantadoras tocando música, cantando?... –Estoy triste a rabiar. –¿A su edad? En ese momento, él levantó los ojos hacia Rosette. El ros- tro de la joven mujer estaba tranquilo, y bajo el gorro blanco que enmarcaba su perfil de madona, él entrevió seductoras prome- sas. –No es vida la que se lleva en el campo; es una carga que se arrastra. –Eso no es halagador para mí que he pasado toda mi ju- ventud en un pueblo. –Creo que la vida es odiosa cuando nadie te ama. –Debe usted casarse. –¿Casarme?... ¿casarme?... –Sin duda. ¿Acaso la juventud no debe tener un fin?... Su madre estaría muy contenta, ya lo creo, de tener una bonita nue- ra…. Pero, a propósito, ya se comenta algo de su boda. –¿Y con quién? –Con su encantadora prima, la señorita Varennes… –¿Marie?... Pobre niña, ella no tiene nada que hacer con- migo. –¿Teme usted no amarla? –Nunca ha habido entre nosotros más que una amistad de primo a prima… El amor es otra cosa. –Siempre se acaba por amar. –¿Usted cree? – dijo él palideciendo.
  56. 56. 60 –Sí lo creo, señor… Estoy segura – respondió ella apoyándose en una gran rama de lilas cuyas flores casi marchi- tas se dispersaron a sus pies. –¿Por qué no toca usted el piano, señora Parent? Nos gusta tanto escucharla… –En primer lugar porque he estado enferma y he interrum- pido mis lecciones, y luego, cuando el Sr. Parent trabaja, no le resulta demasiado agradable oír escalas. –Quizá no le guste la música. –Claro que sí. Le gusta la música cuando tiene tiempo pa- ra escucharla. Un ruido de voces de paisanos llegó hasta ellos. –Parece que discuten. –Todos los domingos es la misma historia. –El Sr. Parent tiene mucha paciencia. –Es que tiene que ganar dinero. –El dinero, siempre el dinero… ¡Qué cosa más estúpida! Me gustaría que no existiese. –No diga eso, usted, que es tan rico… Las campanas de la iglesia comenzaron a repicar. –Es la hora de la bendición… Hasta luego, señor Loudois. –Hasta luego, señora. – murmuró Georges rompiendo en- tre sus dedos un tallo de nogal que acababa de arrancar unos minutos antes. Georges no se había atrevido a confesar su amor. ¿Acaso ella no veía que él la adoraba? ¿Le estaba permitido ignorar que él permanecía largas horas en su habitación, muy triste, cuando veía brillar la luz en los ventanales de Parent? Cuando esa luz se apagaba, los celos le torturaban el corazón, y se decía que otro hombre no tenía el derecho de poseer a la que él amaba con toda su alma… Razonaba de ese modo largas horas, y su madre, por la mañana, trataba en vano de consolarlo. Rosette había tenido la audacia de hablarle de su matrimo- nio con su prima. ¡Cómo si no supiese que precisamente ella era un obstáculo para esa unión deseada por su familia! ¡Cómo si durante esa conversación tan corta, los ojos turbados de Geor-
  57. 57. 61 ges, su voz alterada, el embarazo de su actitud, no hubiesen sido un indicio evidente de su dolor y de su desesperación!... Georges atravesaba rápidamente la gran avenida del jardín. En un instante tuvo la idea de regresar al lado de la rama de lilas y recoger las flores que una mano adorada había disper- sado. Esa mujer, esa aldeana de la que se había burlado antes, le atraía con su mirada de bonito demonio. Georges era honesto. La idea de engañar al hombre que era su amigo y confidente le pareció de repente como la más horrible de las monstruosidades. Se sintió despreciable, y, en su imaginación desbocada, se presentó Marie, su novia dulce y bella, adornada con todas las cualidades. ¿Cómo había podido comparar a Marie Varennes, una señorita distinguida, con la «Gran-Cartera», de la que todos los paisanos se burlaban? Esa misma noche, se confió a sus padres: quería acabar con su vida de soltero; sería feliz casándose con su prima lo an- tes posible. La señora Loudois estaba radiante: –Mi Georges, mi querido hijo, eres bueno… Ya sabía yo que no había que desesperar contigo. El padre apretaba las manos de su hijo. –¡Es Marie la que va a ser feliz! –Pero, os lo ruego, que se haga todo pronto. –¡Eh! ¡eh! tienes buenas disposiciones, mi Georges… Pero has de dar tiempo para publicar las amonestaciones… ¡A partir de mañana, iremos juntos a las Bastides para ver a la tía Sim- éon!... Las cosas irán rápidas… Cuenta con ello. –Bien, no hablemos más de ello ahora. Esta seria determi- nación me ha turbado un poco aunque al mismo tiempo me re- gocija… No me siento cómodo. La señora Loudois se confió a Rosette: –Georges se casa. –¿Con la señorita Varennes? –Sí, querida, estamos en una nube… Se ha decidido brus- camente… Imagínese usted que desde hace algunas semanas, mi
  58. 58. 62 hijo tenía en la cabeza ideas descabelladas… Quería ir a la India y expatriarse para siempre… Una palabra mía lo ha traído al buen camino…. ¡Bravo Georges! es un corazón de oro… Mi sobrina Marie es encantadora… y de una dulzura... Un que- rubín… Partimos esta tarde para las Bastides… Avise al Sr. Pa- rent. El contrato…. dentro de algunos días… ¡Oh! qué feliz es- toy, señora Rosette… ¡Si supiese todo lo que he sufrido cuando veía a mi Georges agitado, febril, permaneciendo horas enteras sin hablar! Rosette se entregó a la oración. Buscaba una alternativa a sus penas en los oficios, mientras los órganos inundaban las bóvedas de armonía. En la iglesia, el olor del incienso, la vista del mantel del altar, completamente bordado, el amplio púlpito de madera donde unos ángeles de la guarda desplegaban sus alas, semejantes a guardianes vigilantes, relajaba su desbordante imaginación. Pero no se concentraba en nada. Hacia mediados de mayo se cansó de los sermones; no quiso mezclarse con la masa de fieles que llenaban la iglesia; le parecía que sus éxtasis secretos se veían turbados por la vista de los vestidos y las miradas de los asistentes. Y por la tarde, al caer la noche, cuando el jardín esta- ba lleno de sombras y silencio, se encaminaba lentamente hasta el macizo de árboles verdes donde su Mes de María estaba dis- puesto. La joven se arrodillaba ante la gran virgen de yeso, y mientras las llamas arrojaban su luz a través de los musgos en- guirnaldados y las ramas verdes, pedía a la Virgen que le diese fuerzas para amar a su marido y arrojar las locas ideas que ven- ían a acosarla hasta en su ruego. Prosper, preocupado por la desaparición de su esposa, abandonaba bruscamente el estudio y llegaba hasta la pequeña capilla: ella se levantaba, tomaba dulcemente el brazo de su ma- rido y lo arrastraba a través de los senderos. Y entonces le hablaba de la paz del hogar, del consuelo que proporciona la oración, del peligro que supone para las mu-
  59. 59. 63 jeres jóvenes leer novelas; planteaba proyectos para el futuro de su pequeña hija. Ya no estaba enferma… Muy alegre, se colgaba del cuello de Prosper con risas de chiquilla, y en sus ojos se ve- ían brillar lágrimas de paz. Pero lamentablemente no eran más que destellos de pru- dencia, y su desordenada existencia volvía a comenzar al cabo de algunas semanas. Cada sábado, el comedor de los Parent se transformaba en mesa de invitados. Entre estos, el juez de paz, Sr. Faure, el co- mandante Benjamin, el marqués de Jamaye, un rico cliente del despacho y el Sr. Victor Moulineau, el pintor-poeta que, con voz soberbia, recitaba las fábulas en verso del abad Foucauld. Ese Moulineau era un tipo sin parangón. En el colegio, su indisciplina le había atraído desengaños, y como había tomado la costumbre de decir a cada castigo: Pigé…Pigé…, le quedó el sobrenombre de Pigé. Su principal ocupación consistía en presidir la fanfarria de Saint-Cyprien; y lo hacía de una manera muy concienzuda. Un poco bajito, un poco ventrudo y con cabeza de rey; era el retrato vivo de Leopoldo II, rey de los belgas. Se creía amado por bellas mujeres, comprometía a algunas casadas giñando el ojo a todas y afirmando con imperturbable aplomo que la señora de Mersay, la propietaria de un castillo vecino, había querido pagar a su sustituto por razones de amor y por no haber conse- guido de él sus favores. Antiguo militar, afirmaba que no había más que una glo- ria, la de las armas, y que si había llegado al grado de cabo era porque su coronel sospechaba que cortejaba a su esposa, una rubia desbordante de pasión. No decía que su mala conducta lo había hecho expulsar tres veces de su grado y que sus jefes se consideraban felices de verlo llegar al final de sus permisos. A decir verdad, en todos sus chismes, había más vanidad que mala fe, pues no se daba cuenta en absoluto de las sonrisas de su audi- torio poco crédulo. El presidente de la fanfarria llevaba pantalones ajustados y botines de charol. Su chaqueta dejaba ver una camisa de peque-

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