La celda

556 views

Published on

"Antonio despierta en una habitación que él llama CELDA. Ha perdido la memoria por recibir una bala en la cabeza... Emprende un trabajo doloroso y sorprendente para reconstruir su vida. Redescubre habilidades, pensamientos... Su pasión por los cómics y también por pintar, le ayudan a reinventarse..."

Published in: Education
0 Comments
0 Likes
Statistics
Notes
  • Be the first to comment

  • Be the first to like this

No Downloads
Views
Total views
556
On SlideShare
0
From Embeds
0
Number of Embeds
6
Actions
Shares
0
Downloads
5
Comments
0
Likes
0
Embeds 0
No embeds

No notes for slide

La celda

  1. 1. ¡Gracias, Tommy, por tu paciencia conmigo, tu lectura y entusiasmo! 1
  2. 2. La celda Lo peor no es que no recuerde mi nombre. He cumplido ya los 30 y mehan advertido que perdí parte del cerebro. Una bala se incrustó de mala manerano sé dónde y precisó de cinco horas de quirófano para ser extraída. Mi guardiánme llama Antonio y no me desagrada. Él, Miguel. No sé qué hacía yo en eseconcierto de balas para merecerme la herida. A menudo, me acurruco entre las sábanas de mi catre y oprimo mi cabezacon la escuálida almohada. Con todas mis fuerzas, cierro los ojos y me concentroen recordar quién era, qué fue mi vida antes de esta reclusión. Pero no sirve demucho cuanto me estruje los sesos: mis recuerdos empiezan cuando por primeravez despierto en esta celda, oscura y sin ventana. Después, la memoria seestanca como el agua residual y putrefacta de las ciénagas. Cuando meobsesiono por recordar más, una migraña terrible se apodera de mi mente y lainvaden sonidos estridentes, pitidos escandalosos de sirenas de policía y deambulancias. Llegado a ese punto, abandono mi investigación y pido unanalgésico a Miguel y duermo, convencido de que cuando despierte, amaneceréigual. Por eso, cada vez hago menos esfuerzos por recordar tanto es mi pánico aldolor. Hoy he tenido una visita. La primera desde que estoy aquí. Una mujer,entre lágrimas y tartamudeos, me ha llamado Antonio también. Dice ser mi madrey que no me desespere. Me ha traído tabaco y un álbum ilustrado, “La casadorada de Samarkanda”, de un tal Hugo Pratt. Ha dicho que me gustaban muchoesos relatos en forma de dibujos llamados cómics, sin precisar nada más; sóloconfiaba en que, leyendo, empezara a recordar. Después de abrazarme con unaternura rara y entre lágrimas, a la hora, se fue. 2
  3. 3. Abro el cómic. Me sorprenden agradablemente las 57 primeras páginas. ¡Vayainformación tan interesante sobre el contexto histórico en el que se desarrollará laacción! Me quedo clisado leyendo parte de la historia de una parte del mundo deprincipios del siglo XX, los Balcanes: sus guerras, sus uniformes, sus líderes.Quedo más que satisfecho y parece que ya conociera yo mismo los Balcanes.Me pregunto dónde estaré yo. Cuando se lo pregunto a Miguel, sólo me dice queestamos en 2011 y muy lejos de esa parte del mundo. Y ya está. ¡Y es que,cuando este tío no quiere soltar prenda, no hay manera! El héroe de la aventura es un tipo extraño, que se llama Corto Maltés. El talCorto es un marinero pero no trabaja en ningún barco. Parece que busca tesorospor la tierra en vez de por el mar. Este hombre no se involucra, no toma partidoabierto por ninguna de las fuerzas a las que se ve enfrentando. De lo que sí seencarga es de una niña armenia que queda sin familia, una integrante más delcirco de locos que protagonizan esta historia. También hay una mujer, una talMarianne, actriz mediocre con delirios de grandeza. Otro de los personajes raroses un tal Rasputín que, por salvarle el pellejo al Maltés, mata a un hombrediciendo: “¡Un balazo y a otra cosa!”. “Un balazo y a otra cosa”, esa es mi sórdida historia... Este camarote, con sus tinieblas e invariabilidad, sin ventanas, hace queme asalte un sentimiento nuevo, unas ganas de llorar por lo que intuyo, he dejadoatrás. Y ahora, aunque mi memoria sea más frágil que una hoja de papel, deboseguir intentando recordar sin dejarme amilanar por el dolor ni los pitidos delcerebro. Ahora sé que hubo algo antes de esta celda, una vida llena de hombresy mujeres, de lugares y olores que es preferible a este vacío de mi cabeza... 3
  4. 4. El pasillo He descubierto que mi celda está contigua a muchas otras. Hilera depuertas cerradas a lo largo de un pasillo desierto o casi, porque alguien se paseade arriba a abajo todo el día: oigo sus pasos. Hasta la visita de la mujer que diceser mi madre, no sabía de su existencia pero, desde ese día, me atormenta.¿Quién estará detrás de esas puertas y por qué? Ayer le pregunté a Miguel peropareciera que mi guardián es sordo mudo. No hubo respuesta. No lo culpo pero élno llega a entender que las puertas, el pasillo, el cómic, su persona en uniforme yel rostro de mi madre, es cuanto poseo en recuerdos. El arcón es demasiadogrande para contener tan poco y con ese poco me duermo cada noche. Entoncesme asalta un mal sueño... Siempre el mismo... Voy hacia el portón de mi cámara y se abre sin esfuerzo. Salgo al pasillo.Todo está oscuro pero yo llevo una linterna en la mano. Empujo una a una laspuertas que ceden con un simple puntapié. Enfoco el interior de la estancia y, encada una, un bulto agazapado en la oscuridad de un rincón, de prontodeslumbrado, se levanta lentamente y me encara. No conozco ese rostro pero leinvito a acompañarme hasta la segunda celda con un gesto de la mano. A partirde ahí el dolor se va adueñando de mis sienes: todos los hombres que deslumbroson el mismo y me veo de pronto a la cabeza de un ejército de clones avanzandopor el siniestro corredor... Los clones se aguantan la cabeza con la manos pero yono puedo, a pesar del dolor ascendente, porque llevo la maldita linterna en lasmías. Llegamos en procesión silenciosa ante un gran espejo al final de la galería.Compruebo, aterrorizado, que mi cara es igual a la de ellos, que yo soy elrecluso de todas las celdas. Despierto con un grito y ya no hay forma de volver adormirme. Espero el tintineo metálico de las vasijas del desayuno como una 4
  5. 5. liberación y vuelvo a dormir después, sin pesadillas esta vez, hasta el almuerzo.No puedo compartir con nadie mi sueño reiterativo. Me sumerjo en la lectura delcómic. Básicamente, Corto Maltés está buscando algo en un contexto adverso. Suintención principal es la de ir a rescatar a su amigo Rasputín, que hadesaparecido en busca del tesoro de Ciro el Grande. Por amistad, Corto seinterna en un infierno de batallas y muertes, de donde ambos salen sin oro perocon vida. “Con vida”. Yo estoy con vida también. A ver cuando me acuerdo de laaventura de donde salí sin recuerdos. 5
  6. 6. Las tizas Miguel me trae un paquete junto a la bandeja del almuerzo. No tieneremitente. Lo abro ante sus ojos, con delicadeza, para conservar el envoltorio,cuestión de engrosar mis pertenencias. Contiene un frasco con una sustancianauseabunda, otro paquete de tabaco (no sé por qué ya que probé con el de mimadre y decididamente, no me gusta fumar) y palitos de colores (tizas, meinforma mi guardián). Miguel me confisca la loción porque dice no estar permitidapor tratarse de cristal. La verdad es que tampoco sé nada a cerca de su utilidad.Me informa que sirve para después del afeitado. Si bien dispongo de un retrete yde un lavamanos, no dispongo de espejo ni de enseres para llevar a cabo laoperación que Miguel me explica. Supongo que la barba que llevo es el resultadodel encierro y de la prohibición a usar cuchillas ni frascos... Por eso él me recortala barba una vez a la semana. Se lleva la botella, deja las tizas que miro sincomprender pero él dice que son para pintar... Las aparto y vuelvo a mi lectura, laúnica que tengo. Al ser un mundo en viñetas, los personajes conversan cada cualcuando le toca y yo me siento como el espía invisible de sus vidas. No se explica en la historia cuales son las razones por las que Rasputínestá preso en una de las prisiones más terribles del mundo, La Casa Dorada deSamarkanda, en Turkestán. Mientras sobrevive robándole el pan a su compañerode celda, su amigo Corto busca el medio para rescatarlo, al tiempo que debeexplicar por todos los medios posibles que él no es Chevket Pachá, unsanguinario líder turco con el que mantiene un gran parecido... Se me ocurre queCorto podría sufrir las mismas pesadillas de clones. ¿Y si yo estuviera preso poruna confusión? ¿Y si yo no fuera ese alguien a quién llaman Antonio si no sudoble? ¿Qué sé de mí? Dicen que me gustaba leer cómics, fumar y perfumarme 6
  7. 7. con esa loción fétida... ¿Por qué estas tizas de colores? Sólo existe una manerade saberlo, la única prueba fehaciente. Cojo las tizas y me aplico en copiar, sobrelas paredes, una de las viñetas de Hugo Pratt. En cuatro trazos, emerge la silueta de Rasputín. Cuatro más y es Mariannecon su sonrisa maléfica... Pero soy consciente de que es pura copia. Necesito unaprueba más objetiva. Observo mi mano izquierda y la dibujo en una superficienueva de la celda. Trazo sombras, mezclo colores: todo está fielmente plasmado,hasta parece en movimiento. Decididamente, sé dibujar y compruebo que esadestreza no precisa del respaldo de los recuerdos para hacerse evidencia si no deuna coordinación ojo-mano que, sin lugar a dudas, ha sido entrenada para ello enel pasado. Me llamo Antonio, tengo una madre y alguien anónimo que me envíacolonia, tabaco y tizas de colores. Sé pintar y un cómic me transporta a paíseslejanos donde sus personajes me incitan a relacionarme con ellos: no conozco anadie más. ¡Y estoy en una puta celda! 7
  8. 8. La mujer desnuda Llevo unos días en la tarea frenética de dibujar sobre las paredes. A mimano izquierda le han sucedido caras, animales, flores, aves y un cuerpodesnudo de mujer cuyos rasgos han ido perfilando mis dedos, no mi cabeza.Ojos grandes y azules, sonrisa angelical, labios carnosos...Media melena rojizacoronada por una diadema de flores diminutas, todas blancas y esparcidas conuna simetría armónica. Cuerpo de líneas sugerentes reposando sobre un lechode hierba fresca al pie de un árbol frondoso. ¿Quién es esa mujer? Me miracomplaciente, como a la espera de una simple orden mía para hacerse real. ¿Ylas otras caras? ¿Por qué van surgiendo de mis dedos sin esfuerzo pero sinaportarme dato alguno sobre sus identidades? Me duermo, cansado de emborronar las paredes de la celda. Cuando medespierto, le pido a Miguel que me sugiera un sistema para borrar algunos dibujosy conseguir más espacio para los nuevos que me rondan. Trae un cubo con aguay una esponja, pero me advierte que no vaya a borrar a la mujer. Está demasiado“buena”, dice. ¿Demasiado buena para qué? Con la mano derecha, se agarra laentrepierna y se frota de arriba para abajo con una carcajada. No entiendo elgesto, ese vaivén rítmico y, ante mi expresión atónita, sale con un “¡Para unabuena manola, joder!”. Me quedo igual. Me aplico en lavar las paredesrespetando la petición de Miguel. Me canso y vuelvo a tumbarme en la cama,cómic en mano. Me entretengo con otro de los personajes inquietantes de esta historia:Venexiana Stevenson. Está embarazada y enamorada de Corto Maltés pero sinmuchas probabilidades de lograr su amor, creo yo. Termina uniéndose aMarianne, esa aventurera que me cae tan mal, yendo siempre juntas, como si 8
  9. 9. fueran las mejores amigas del mundo. A mí, Marianne, con estatus de “aventurerasin patria, sólo interesada en el dinero y capaz de traicionar a sus mejoresamigos”, según dice Corto. Venexiana, que se me antoja como un personaje frágilque se encuentra en un paraje inhóspito, siempre anda buscando a Corto como sifuera un tutor más que un hombre a quién ama y que, según Marianne, hastapuede ser el padre del hijo que espera... Siento a Miguel como mi tutor de igual manera pero yo no preciso buscarlopues con llamarle por su nombre, acude siempre. Aparto el cómic y llevo unamano a mi entrepierna, imitando los gestos de mi guardián. Miro fijamente a lamujer desnuda. En mi cerebro, el pitido se interrumpe con un “clic” seco, comocuando se apaga una luz… Mientras, mi miembro se despierta con la agresión dela mano derecha. Me invade una desazón ascendente, unas visiones de bocacarnosa sobre mi propia boca. Llego así hasta un punto incontrolable, que se meescapa de la cabeza y del órgano. La mujer se ha subido encima de mí y ríe acarcajadas, se mueve a su ritmo, toma el control, se toca los pechos, se pasa lalengua por los labios mientras entorna los ojos. Este juego fantasioso culmina enuna explosión súbita, en un derrame de líquido entre mis dedos, caliente ypegajoso, que me mancha las perneras del pantalón. ¿Qué coño es esto? No meatrevo a levantarme… Me elevo del camastro y sobrevuelo la habitación duranteun buen rato, sin pitidos ni dolor. La mujer me mira y yo la miro a ella. ¿Qué podertiene ese cuerpo femenino para que experimente tal latigazo de bienestar? Decididamente, mi guardián no me aporta ninguna conexión con la vidaque no recuerdo pero sí con unas sensaciones que mi cabeza produce sobre miorganismo, gracias a sus indicaciones y que vencen los pitidos que me amargan. 9
  10. 10. Las acuarelas Miguel ha aparecido a media tarde con una gran carpeta y una caja deplástico cerrada en las manos. “Es un regalo – dice. Es una lástima que laves lasparedes y desparezca cuanto pintas. A mí me gusta. Aquí dentro, te he puestofolios grandes y se me ha ocurrido que puedes probar también con “esto” y meabre la caja. Contiene como pastillas de jabón de muchos colores. Me explicaque son “acuarelas” y que debo mezclarlas con agua. Me llena un vaso parahacer una demostración sobre el primer folio. Utiliza unos palitos delgadosacabados con pelos para pintar. Los llama “pinceles”. Me agradan los nuevosvocablos, “acuarela y pinceles”. Pronto les cojo el tranquillo y me río complacido.El pincel se desliza con suavidad y me subyuga el rastro que deja, pero no séqué puedo dibujar más. “Invéntate una historia – lanza el bueno de mi guardián. Omejor aún – añade- píntame una de esas tías buenas y me la regalas”. Vale,porque... ¿Qué historia podría inventarme yo si no sé ni la mía propia? – pienso...No hay nada de lo que haya dibujado hasta ahora que me haya aportado ni elmás mínimo dato sobre mi identidad. Complaceré a Miguel, sí, pero ahora no.Ahora me deleito con mi juguete nuevo investigando las posibilidades que meofrecen tantos matices y texturas. Cuando me canso, vuelvo a Corto, enfrascadoen una conversación con Casandra, muy lejos de esta celda, en Grecia,concretamente en la isla de Rodas. Esta mujer es muy bella y Corto se aloja en su casa, Su hermano se llamaNarciso y será el encargado de llevarle con su barco hasta Turquía. Sólo apareceal principio y su papel es inquietante: ¡predice el futuro leyendo los posos de café!Si se puede augurar el futuro, ¿se podría adivinar el pasado? Pero la historia no locuenta... Advierte al marinero que encontrase con su “doble” será peligroso, que 10
  11. 11. será como si se matara al él mismo... Pero a Corto no le asustan sus predicciones.Es más, intuyo que más bien él se encarga de buscarlas… Todas las informaciones sobre personajes, sobre el contexto geográfico ehistórico de la aventura por la cual Hugo Pratt hace pasar a Corto, vienen dadasal principio del cómic. Para mí es muy útil porque me enseñan mundos extraños,trajes de soldados, grabados de batallas y hasta leyendas. Sin embargo no sé silos acontecimientos documentados e ilustrados son historia reciente. No es queme preocupe en exceso pero deberé preguntarle a Miguel si se han resuelto yatodos los conflictos que se narran en este cómic: el greco-turco, el italo-turco, lasmatanzas de los Armenios, la Primera Guerra Mundial... Me llama particularmente la atención algo que leo a cerca del teatro desiluetas turco. Aprendo que hay otra manera de contar historias, no sólo enviñetas sino proyectando las sombras de personajes sobre una pantalla de telablanca... Supongo que la pared de la celda serviría. Dibujo monigotes y, consumo cuidado, rasgo la línea alrededor de su contorno con los dedos. Lasaproximo y las alejo de la pared: se hacen enormes y se desforman, o pequeñas yexactas, las muevo a mi antojo... El juego es apasionante. Me atrevo a más...Perfilo mi silueta, pene erecto. Luego la de la mujer tal como la visualicé en mifantasía sexual. El resultado sobre la pared me sobrecoge y me excito de nuevoviendo esos cuerpos negros en movimiento hasta el punto de sentir nuevamenteel “clic” en mi cabeza. Mis manos sueltan las siluetas y me pillo la polla hastaestallar en el mismo calambre que la vez anterior: ¡Orgasmo! Exhausto, me quedoen el camastro boca arriba, con la sensación de que el cuerpo de Casandra yacejunto a mí... 11
  12. 12. ¿Qué leerías es los posos de mi café, Casandra? - me escucho preguntarle envoz alta a la silueta de papel... Tengo mucho sueño. Mañana pintaré con las acuarelas a la mujer quequiere Miguel... Antes de caer en el coma profundo del sueño, resumomentalmente: me llamo Antonio, tengo una madre, sé pintar y cuando juego conmi fantasía, el pitido de la cabeza se va y la migraña me da un respiro. 12
  13. 13. Los Derviches Me paso la mañana con las acuarelas. Mi fantasía erótica pasea por lasmujeres de Corto, una a una, y me envuelven. El resultado es una hembra esbelta,de formas redondas y firmes. La blusa desabrochada, lo justo, como para dejarlos senos visibles hasta los pezones. Falda en vuelo libre ascendente hasta elempeine. Al descubierto, unas piernas perfectas dentro de unas medias de sedaretenidas por liguero de blonda. Mechones de cabello canela sobre el rostro,rebeldes evadidos de un recogido resbaladizo en cola de caballo, sujetada conlazo de raso azul marino. Ojos entornados, nariz pequeña, boca irradiandosuspiros de placer provocados por el juego de sus manos entre los frunces deuna braguita oculta… Mi primera mujer desnuda sobre la pared de la celda, se dala vuelta y se oculta, celosa, debajo del musgo fresco que le sirve de lecho.Cuando acabo con las últimas pinceladas, llamo a Miguel y, satisfecho, leofrezco la obra prometida. La enmarcaré – me dice. Él, tan elocuente decostumbre, no pronuncia más palabras y sale. Percibo su excitación. Yoexperimento una emoción nueva que me satisface: el acto de “regalar”. Analizo:leer, pintar, sentir placer y regalar me procura un estado de satisfacción similarporque dentro de una existencia donde mis obligaciones son nulas y misresponsabilidades inexistentes, administro sólo el tiempo de mis “placeres”.Intuyo que casi soy un privilegiado pues ahí fuera, estoy seguro, la vida se parecemás a la de Corto que a la mía. Me tumbo en el camastro, taza de café con lecheen las manos, sorbos de líquido frío y bocados a las tostadas crujientes deldesayuno olvidado en la bandeja. Retomo al cómic. Han llegado a su destino, Tarsos. Corto se despide de su amigo Narciso,el griego hermano de Casandra, prometiéndole que pronto regresará sano y salvo 13
  14. 14. a Rodas. Encamina sus pasos hacia la población, evitando las patrullas francesasque hacen la ronda. “Tumba ratatá, tumba ratatá, tumba-rara-táta-táta”. Unestruendo de tambores le guía hasta la puerta de una escuela de Derviches,trompos humanos girando hasta la extenuación, en plena danza frenética. Perocomo le explica el maltés al superior de los Derviches, no ha llegado hasta ellospara recuperar “la virginidad espiritual” sino para que le ayuden a rescatar a suamigo de Samarkanda. Mientras deliberan su repuesta en el consejo de ancianos,Corto se retira a descansar. En la habitación hay un narguile. Entiendo quecontiene una sustancia narcótica. Mi marinero sin barco fuma, pero no se duermesi no que entra en un trance onírico donde habla con su Yo, le visitan recuerdosde mujeres, todas a la vez, y conversa con su amigo Rasputín que se cuela en suviaje alucinógeno. Entiendo por qué la cárcel se llama “La casa dorada deSamarkanda”: uno sólo puede evadirse de su realidad de piedra y candadosgracias a los sueños dorados del hachís (que así me entero que se llama lo quefuma)... ¿Cómo me evado yo de este encierro cuyas causas desconozco? Cada vez que interrogo a Miguel, recibo la misma respuesta: hasta que teacuerdes. ¿De qué me debo acordar? Imitando los Derviches, me pongo en pieen medio de la celda y empiezo a girar sobre mí mismo. Entono al mismo tiempo,con la voz, los sonidos roncos de esos tambores “Tumba ratata, tumba ratata,tumbarara tata” que prorrumpían sus tambores. Giro y giro y giro: “Tumba ratata,tumba ratata, tumbarara tata, tumba ratata, tumba ratata, tumbarara tata”. Giro sinnoción del esfuerzo ni del tiempo hasta que caigo mareado; la tostada deldesayuno se debate entre las olas de café con leche de mi estómago y vomitojusto a tiempo, a un lado, sobre el suelo frío. Alcanzo, arrastrándome, el lecho 14
  15. 15. donde me tiendo con los ojos abiertos, pues cerrarlos se convierte en tortura denoria. ¡Ahora, ahora o nunca! – me encorajo agarrándome a ese trance que creonecesario para recordar. Pitido por respuesta, cabeza vacía, ojos llenos con los dibujos de unapared que yo mismo he ido rellenando... Igual es que necesito hachís, como losderviches, para alcanzar el estado que me proporcione visiones del pasado, no sé.La experiencia ha fallado. Continúo sabiendo lo mismo de mí y me encuentro fatal. 15
  16. 16. Carla La mujer que le dibujé a Miguel me obsesiona. La estoy creando en todaslas emociones que puedo diseccionar del cómic de Hugo Pratt: triste, severa,arrogante, austera, recatada, complaciente... De pronto le doy nombre, Carla...¿Por qué no? ¿Quién es Carla? ¿Por qué Carla oye el mismo “clic” que yo oigo y seabandona al mismo gozo que yo, al ansia de placer sexual en cualquier lugar,con cualquier hombre? Entiendo que no sólo debo dibujar sino escribir la historia con palabras,esos códigos adicionales y necesarios para las mentes inferiores. ¿Por qué“inferiores”? ¡Qué cosas se me ocurren! En fin… Mejor empiezo: “Carla es una mujer muy recatada, austera en sus emociones y severa enlos juicios. Su repugnancia respecto al sexo delata sus ansias de gozar. Eso es almenos lo que siente un médico amigo de su marido, un magnate de los negocios,que sueña con sus curvas, con poseerla y gozarla, pero que ella rechaza sinmiramientos, fiel a su esposo. Entonces, Diego, que así se llama el médicodesdeñado, idea un micro chip y se lo implanta en el cerebro, simulando unsecuestro. Ese chip tiene la particularidad de que en cuanto se activa con un “clic”desde el mando a distancia (en su poder), libera las ansias de lujuria sexual deCarla en cualquier lugar y circunstancia. Diego gozará activando su demoniacoinvento y asistiendo, como Voyeur, a los impulsos sexuales y controlados por élde Carla… ”. Lo qué no sé es cómo acabaré la historia pero no me importa, igualno tendrá final. 16
  17. 17. Cuadriculo los folios. Segmento acciones. Dibujo deseos. Coloreosituaciones. Reproduzco el miedo y la felicidad en los rostros que me inventogracias a la historia de Corto. ¡Estoy creando un cómic! Dibujo escenas donde Carla se masturba en la cabina de unos almacenes,le chupa la polla al dependiente hasta que el “¡Yaaaaaaa!” del tío la apartan…Carla, en el cine, con un tipo que la sodomiza por primera vez, delante de sumarido y demás espectadores de camino a los lavabos. “¡Oh síiii!”. Cuando mecanso de tanta escena morbosamente excitante, vuelvo al cómic que me inspira.¡Lo que dibuja Pratt es tan correcto en comparación con lo que yo voy sacando demi cabeza sin memoria! Sólo cuento con este cuerpo, que sí parece tenerla, conestas manos que sí saben pintar y escribir… ¿Y qué más? Vuelvo a mi lectura… Corto Maltés se encuentra con el pasado. Una mañana, un camión consoldados kurdos que van a reunirse con el comandante Chevket, lo deja en laspuertas de Van. Segunda experiencia mística para el Maltés: la adoración alDiablo. Un Diablo que, desde luego, no le pide que le pruebe su fe ciegasacrificando a su hijo sino ayudando a una chiquilla armenia. Corto no puedenegarse ni disentir. A estas alturas del cómic, he entendido que este hombre,aunque raro, es de los que se comprometen aunque no lo parezca… ¿Qué he hecho yo en mi pasado que me tenga condenado al estado deDerviche y no en el papel de Corto Maltés? ¿Dónde está mi chiquilla armenia paraderramar mis alforjas de ternura? ¿Será la historieta imaginaria de Carla, el “clic”del encendido? ¿Dejará mi cabeza de dar vueltas en los recovecos de mi no-memoria y desmayarse, como los derviches, para encontrar respuestas? 17
  18. 18. Hugo Pratt Miguel se ha quedado flipando con las primeras tiras que he dibujado de lahistoria de Carla. Le comento que me siento estancado, que tengo pocainformación para continuar… “Pues vamos a remediarlo. Ya que te gusta tantoese cómic del maltés, te voy a traer la biografía del tío ese que la escribió, HugoPratt” - me dice. Y sale. Al reto, vuelve con un maravilloso libro sobre la vida delautor, de sus amigos, de sus acuarelas... Empiezo a leer: “Hugo Pratt nació el 15de Junio 1927 en una localidad muy cercana a la ciudad italiana de Rimini, masse consideraba veneciano, por pasar su infancia en esa ciudad. No hay más queleer un par de obras del autor para descubrir la fascinación que le producíaVenecia, seguramente asociada a las imágenes de su infancia llena de aventurase imaginación vividas en cada rincón de la ciudad, junto a la lectura de libros ycómics.” O sea que Hugo Pratt es italiano, dibujante y ha viajado por mediomundo... ¡Ahora entiendo todo ese extenso dossier sobre el mundo que precisapara situar las aventuras de su héroe al principio del cómic que me trajo mimadre! Una persona que ha tenido una vida tan interesante (el pobre murió decáncer de intestino - ¿qué será eso? -, el 20 de agosto de1995, en Lausanne,Suiza, a los 68 años) por narices tiene algo que contar… ¿Pero yo, aquíencerrado? Yo, tan sólo tengo a su héroe, a sus uniformes, a sus paisajes, a susmujeres… Cuando leo la lista con todas sus obras publicadas, entiendo que paraproducir tal volumen de títulos, primero se ha tenido que vivir mucho… Y yo,¿qué voy a poder contar si no me acuerdo de nada si no que todo lo quedescubro responde a instintos? Instintos tan básicos y perversos como los quedejo en cada trazo de mi propio cómic, aunque Miguel me intente convencer conargumentos tales como que “el sexo es un componente determinante de cualquier 18
  19. 19. cultura… que cuando vives plenamente tu sexualidad, rompes con elembrutecimiento social… que cuando yo dibujo escenas eróticas provocanemociones... que eso debe transmitir una obra: ¡emociones!”, mi historia no dejade ser de sexo puro y duro, por mucho que a él le guste… Al fin se va. Vuelvo aLa Casa Dorada de Samarkanda… Corto contempla la sonrisa angelical en la cara de una gitanilla a quien leregala una granada. Sí, bonita anécdota la de la granada... Ahí había dejado micómic cuando Miguel me trajo el libro, cuando Corto conseguía la ayuda de losDerviches. Mientras esperaba el contacto de esa organización en un rincón de laciudad, una gitanilla lo interpela con esta canción:”Como el tulipán de laprimavera, toma en tu mano la copa redonda. Si la fortuna te ha concedidomejillas de granada bebe, alegremente, antes de que el cielo viejo y cruelconvierta, de un plumazo, tu noble corazón en polvo miserable.” Y claro, el héroelleva en su mochila una granada... ¡que le regala a la niña! “El sexo es un componente determinante de la cultura.” – dice Miguel… Osea que yo también tengo una cultura. Si el segundo descubrimiento, después desaber dibujar, fue aprender a desencadenar una reacción placentera, fantasear ysentir el primer pepinazo del orgasmo, ya me va bien seguir un “sin memoria”, laverdad. Me siento más atraído por lo que aún no sé que cargar con lapreocupación de comparar el “qué sabía” de un “antes” que me ha traído estedesconcierto. 19
  20. 20. El guarda espaldas Dibujo con la misma rapidez con que surge la historia de Carla en micabeza. Su marido y ella, consultado un eminente especialista, descubren lacausa de su furor sexual sin límites. Pero no el mando a distancia que lo activa niel lugar de implantación del chip en el cuerpo de ella. No obstante, alejando elsujeto del control remoto, pareciera la única manera de ganar tiempo para dar contan satánico invento. Carla es enviada en un crucero que no tiene amarre enningún puerto más de un día. Mas huye en la primera escala. Presa de su delirio,corre en medio de un bosque y huye de las garras de un hombre imaginario, elmismísimo Señor Deseo. Se arranca las ropas, se araña con las ramas hasta que,vencida, abandona sus manos a la entrepierna y a los pechos en un frenético actomasturbatorio. En plena faena, unas manos de hombre la asen de repente, por lasnalgas y cuando Carla se abre a la polla del macho que ansían sus instintosincontrolados, no hay tal. Ese hombre la levanta, la viste, la llama Sra. X (aún nosé qué apellido elegir). Dice que lo ha contratado su marido para seguirla yprotegerla de ella misma. Que la había perdido en medio del bosque y que suertede su perro, Rasputín (es el nombre que le he dado a ese perro, el nombre delamigo de Corto), que ha dado con ella. Carla sigue en celo, le tiende todas lastrampas posibles hasta que, harto, el guarda espaldas la inmoviliza, atándole lasmanos juntas y toda ella a un árbol. Le hace hasta tragarse media botella dealcohol y se aleja de ella, para descansar (no deja de ser una tortura, para elhombre que es, no ceder a los reclamos de Carla en medio del bosque, allí solos,pero el deber es el deber.). Poco le dura la tranquilidad. ¡Alertado por unosgemidos en la oscuridad, descubre a Carla follando con Rasputín, el perro! 20
  21. 21. ¿Llegará a devolvérsela al marido, sana y salva? No le faltan ganas deestrangularla y enterrarla allí mismo, sin más testigos que el perro, ¡por cochina! Debo parar y escuchar mi propio “clic” sexual. Me dedico a la fantasía conesa Carla en todas las poses donde la he dibujado, manos e imaginación a la par.Después, me quedo dormido. Cuando vuelvo a abrir los ojos, compruebo queMiguel ya trajo el desayuno y que no me ha despertado. Está helado, por lo cualdeduzco que he producido viñetas y que me quedé dormido de madrugada. Medespejo echándome un par de garfadas de agua sobre la cara. Bebo el café conleche frío y trago dos magdalenas resecas. Me siento en el retrete y cago con “Lacasa dorada de Samarkanda” sobre las rodillas. Corto persigue su viaje hacia la cárcel donde está su amigo y, en el camino,se le han sumado las dos mujeres, Marianne y Venexiana. Ahora comprendo porqué esta heroína se llama así, por el amor de Pratt a Venecia; de Venecia,Venexiana… Mientras, su amigo Rasputín es conducido al despacho del directorde la cárcel donde sigue preso. ¡Cual es su sorpresa al encontrarse a “Corto”ejerciendo de director! ¡Mas no es Corto sino su doble, el comandante Chevket enpersona! Esclarecido quién es quién para Rasputín - ya que el comandante nolleva la oreja izquierda perforada como la lleva Corto, Chevket le esclarece lasituación: o acepta la misión de ser instructor voluntario del ejército del emir, a lasórdenes de Enver Pachá y sale de aquel infierno de Samarkanda o muerequemado, a la mañana siguiente. ¡Rasputín no se lo piensa! Más aún con laconvicción invisible de que su amigo el maltés no anda lejos, viene a sacarlo deallí… pero ¿dónde está Corto? Brilla una inmensa luna llena, a pesar de no sernoche de luna llena según el calendario lunar… Dos hombres la miran con dos 21
  22. 22. ópticas análogas: mala suerte para el ruso Rasputín y extrañeza, de entrada,para el maltés. Una misma conclusión: mala suerte. No puedo ver la luna desde la celda porque no tiene ninguna ventana si noson las que yo dibujo a mi antojo y que se van paseando por las paredes… Aveces imagino que es la bombilla pero sé, por las acuarelas de Pratt, que nipunto de comparación. Mi luna artificial sólo tiene dos fases: nueva cuando laapago, llena cuando la enciendo. O sea que la contemplo a mi antojo hasta quedecido apagarla… Corto está a punto de encontrase con su doble, lo presiento. Loextraño es que tengo ese mismo presentimiento respecto a mí. ¿Tendré yo undoble exacto en algún lugar y seremos diferentes por dentro, como lo son estosdos? Si la diferencia física entre Chevket y Corto radica en el agujero de zarcillode una oreja, la cicatriz de bala de mi cerebro, seguramente, sería mi signodiferencial de identidad, ¿no? Por narices debe haber un “yo” propio paseándose por esta cárcel, a pesarde los Chevket y de los Corto. Y tampoco soy un doble de Pratt. Pero soy, sinduda, alguien de sus mismas aficiones aunque no con el mismo trazo ni estilo depincel. Y desde luego, sus mujeres no follan con los perros, como mi Carla... Suspersonajes se pasean por lugares exóticos… Su aventura me aporta informacióny curiosidad por pedirle a Miguel un libro de historia. Y algo tengo que ver yo conese mundo del cómic, de eso estoy ahora convencido. 22
  23. 23. La esposa ¡He conocido a una mujer de carne y hueso es decir, a Matilde, mi esposade verdad! Miguel me condujo, nuevamente, por ese pasillo que había olvidado,hasta una puerta sin pasador, a una sala blanca sin nada en los muros, sinbarrotes en las ventanas, llena de luz de verdad y no eléctrica y con unos sillonesconfortables. De pie, frente a una de las ventanas y de espaldas a mí, una mujerpelirroja de melena ondulada, esbelta, dentro de un vaporoso vestido de gasafloreada, piernas enfundadas en medias ocres y pies calzados por eleganteszapatos de piel a tiras y medio tacón. Me flaquearon las piernas y me dejé caersobre uno de los sillones, mirando esa visión con espanto y a la vez conglotonería primitiva. Cuando se dio la vuelta, paseó sus ojos azules de arriba abajo por mi persona para, finalmente, clavarlos en los míos mientras avanzabason sus brazos extendidos y decía con voz de flauta dulce: “¡Amor mío, amor mío!¿Cómo estás, Antonio? ¿Me reconoces? Soy tu esposa, Matilde”. Por unosinstantes, viéndola de espaldas, creí que se trataba de Carla pero no, su rostro noes el de mi personaje por mucho que su cuerpo me indujera a esa confusión. Meha llamado Antonio, como mi madre, pero no me ha referido en ninguna ocasiónlas circunstancias que me han conducido a la bala ni al encierro, por más que yohaya insistido... Ha querido saber cuándo dibujo, cuánto y qué leo… Yo le hablo,de una manera natural que me desconcierta, de mi historieta nueva, de Carla, deMiguel, de Hugo Pratt… - Así me gusta - añade - que te redescubras poco a poco. Seguro que esahistorieta en la que trabajas es sólo la primera de muchas más… ¡No te agobies! Luego, ha pegado su cuerpo sublime al mío y ha iniciado un baile demanos y lengua que se ha gravado en esta piel de hombre sin memoria que soy 23
  24. 24. como recuerdos inolvidables en espera de futuras visitas. Se va sonriente. Vuelvoa mi celda en una nube de colores. No vuelvo a la aventura de Corto hasta quepasa un buen rato… El marinero sin barco utiliza sus influencias para viajar hasta la fronteraafgana y entrar en Kafiristán, pasando por el emirato de Bukhara (debo retrocedera las páginas de mapas y nombres del inicio del cómic para enterarme de que setratan de estados en Asía, más allá del mar Caspio, a principios del siglo XX). Seembarca junto a las dos mujeres, Venexiana y Marianne. Mientras, Rasputín sedesgañita en su nuevo oficio de Instructor militar y le es presentado Enver Pachá(el loco que quiere reunir a todos los turcos de Asia). Le informa de que loshombres que prepara están destinados a batallar contra el ejército ruso. Rasputínse da cuenta de que no es más que otro loco romántico... ¿Qué será “romántico”?Pasadas otras cuantas viñetas, el encuentro con Corto se produce al fin: ¡Buenastardes, Rasputín! – le lanza. Al igual que Miguel, Corto no contesta a las miles depreguntas del ruso. Está ahí porque es su amigo. Y porque es su amigo, havenido a liberarlo. Mi madre, Miguel, Matilde vienen a visitarme aquí porque, como Corto aRasputín, me van a liberar de esta cárcel que en realidad no es tal, pues empiezoa entender que gozo de ciertos privilegios si comparo mi situación con la de lospresos de verdad en Samarkanda… No sé qué papel desempeñarán en mi viajehacia la memoria perdida si bien, saber que existen, me llena de ternura yseguridad… 24
  25. 25. Le “docteur” Un hombre joven y rubio, con una impecable bata blanca y un maletínnegro en la mano derecha, ha entrado con Miguel en la celda esta mañana. Noha querido decir su nombre pero ha dicho que es “mi médico”. Otro “mi” más enla “no recordada” historia de “mi” vida: mi guardián, mi madre, mi esposa, mispinceles, mis dibujos… ¡Esto se va llenando de “mis” sin que esta condenadamemoria los sitúe en algún lugar del tiempo y del espacio! En cuanto Miguel ha salido, el médico se ha sentado y me ha entrado conuna primara frase que, para mi sorpresa, he entendido sin dificultad: “Commentvous sentez-vous, Antonio?” (¿Cómo se encuentra usted, Antonio?), a lo que hecontestado de una manera natural, sin pensarlo, un “Bien dans mon corps, maispas trop dans ma tête, docteur!” (Bien del cuerpo, pero no en la cabeza). ¡Tomaya! He descubierto que hablo y entiendo otro idioma diferente con el que mecomunico con los diferentes “mis” que he conocido este tiempo de encierro… “Jeparle quoi?”, me oigo preguntarle (¿en qué hablo?). Me contesta que en francés,pero tampoco le saco a este por qué lo hablo o si hablo alguno más. Empiezo aimpacientarme con tanto hermetismo sobre mi persona… Ordena que me tienda en la cama y desnude el torso. Mientras me toca yretoca, yo lo asedio con mis preguntas. ¡No parece oír ninguna! ¿Será por elcacharro raro que lleva en los oídos? Cuando acaba con sus rarezas sobre micuerpo, me manda sentar y vestirme. Obediente, como esperando unarecompensa por haberme dejado manosear, me pongo la camiseta y me siento enel borde del catre, en espera de alguna respuesta… “Docteur” - que así debollamarle, me indica - alcanza la única silla de mi estancia y se sitúa frente mí,mirándome ahora los ojos con otro aparato… Finalmente, saca un tercero para 25
  26. 26. medirme, dice, la presión arterial. A continuación, anota no sé qué números y meanuncia triunfante: “¡Estás muy bien, Antonio!” en perfecto castellano. “Tusconstantes son normales; no has olvidado el francés; me cuentan que dibujas yque lees mucho. Te volveré a ver dentro de una semana.” Cuando le hemanifestado mi sorpresa por el hecho de que no me ha inspeccionado para nadala cabeza, es decir, la herida de bala, me ha contestado con evasivas, como si leestuviese hablando en un tercer idioma que él desconociera… Y eso ha sido todo.No ha servido de nada que le suplique, que le amenace con destruir las viñetas sino me daba una pista más sobre quién soy… Sólo me ha recomendado quecontinúe “re-aprendiendo”, que deje salir mis “habilidades naturales” y que confíeen que todo ello me conducirá a descubrir mi identidad real. ¡Cómo si eso no eslo que hiciese desde que me desperté dentro de esta pesadilla y de estahabitación sin luz natural, sin más entretenimiento que mis colores, mismajaderías y la lectura de lo que otros han escrito y dibujado! ¿Qué debe undesmemoriado como yo “re-aprender”? Por el contrario, yo tengo la sensación deque dentro de mí, llevo un bagaje de habilidades que van saliendo poco a poco yque no me disgustan, como saber escribir y dibujar yo también, a mi estilo,además de conocer dos idiomas (tal vez más, aún no lo sé)… Tengo casi laseguridad de que lo que “he aprendido” en esa otra vida de la cual no meacuerdo, va a salir sin necesidad de que “recuerde” los “cómo” lo he aprendido…Cuanto más avanzo en la lectura del cómic de Pratt, más asumo que poseo unconocimiento previo sobre las emociones humanas. Me maravilla la destreza desus acuarelas, la sencillez de su trazo capaz de transmitir información sobre unpersonaje suyo; con un simple rasgo, me hace adivinar y sentir su tristeza o suternura o su miedo o su amor… Y no importa que esos mundos y personajes 26
  27. 27. sean archipiélagos desconocidos donde se narran conflictos históricos de unpasado que empiezo a conocer con el libro que le pedí a Miguel: la historia de losafectos es intemporal. Y eso lo voy constatando a medida de que avanzo en lamaraña de sentimientos y situaciones en las que el Maltés se ve envuelto y en lamía propia. Cuando abro los ojos, la luz sigue encendida. No sé cuánto tiempo hedormido ni hasta donde he llegado en la lectura. No sé si lo que he soñado es loque he leído o viceversa, pero el cómic yace cerrado a mi lado. ¿Lo habréacabado? ¡Me muero de hambre! - ¡Miguel! Y Miguel entra con una bandeja y una gran sonrisa. 27
  28. 28. Milo Manara Mi madre volvió a visitarme… Esta vez, no trajo tabaco pero sí otro cómic…¡Cual fue mi sorpresa al abrirlo! ¡Si ya el título me impactó, “El Click”, las primeraspáginas de la historia ni te cuento! No, no era que el estilo de dibujos secorrespondiera, ¡pero era mi historia! Y era mi heroína, Carla, con apellido, el delmarido… ¡Soy un maldito plagiador de historias! ¿O este dibujante me ha robadomi historia! No sé quién demonios es Milo Manara, el autor, pero no soy yo. ¡Yono pinto así! Nerviosamente, indignado casi, cierro el libro y leo la contratapa.¡Resulta que “El Click” es la obra más célebre del tal Manara! Y, por lainformación que sigue, ese hombre tiene 66 años y publicó su historia en 1984,cuando yo, según sé, nací en el 1978 y es poco probable que, con 6 años, idearayo tales aventuras… Me siento avergonzado, más confuso aún que el primer díaque desperté en esta celda… ¿Cómo es posible que no recuerde mi identidad, nimi nombre, ni a mi madre ni esposa y, sin embargo, soy capaz de recordar uncómic que, por mucho que yo también sepa dibujar, no es ni mío? ¿Será porplagiar la obra de ese historietista italiano que me pegaron un tiro? Me sientoagotado por ese diálogo sordo y mudo dentro de mi cabeza. Por la tarde, mevuelve a visitar mi madre. - Madre, por favor, ¿quién soy? ¿Por qué vivo encerrado? ¿Por qué no te recuerdo? - Eres Antonio Povedano. Eres mi único hijo y tienes 33 años. ¡Y eres un genio! Igual pintas, que escribes novelas, canciones y poemas o tocas la guitarra… Lo que pasa es que aún no lo recuerdas bien, bien… Sientes demasiada pasión por las cosas que te interesan y debes aprender a priorizar, hijo. No me dejan otra manera de ayudarte que 28
  29. 29. recordándote a tus maestros, esos dos artistas del cómic en particular y mira, te traje otros libros… Para ti, no sólo era pintores si no que son también poetas, filósofos, historiadores… ¡Ten confianza en ti! ¡Pronto recordarás! Y se marcha al cabo de una hora, dejándome peor, con otro cómic y máslibros en las manos… No sé si es la rabia, la impotencia o la decepción, pero mevoy a buscar mis folios y los rompo en mil pedazos. ¿De qué me sirven esascreaciones si sólo son copias de estilos y de historias de otros? Ya no meinteresa continuar con las aventuras de Corto Maltés, ni con las del Click. Algome hace entender que las conozco demasiado, que se han apoderado de mimente y que debo “vaciarme” antes de arriesgarme con las mías propias… Quesólo es cuestión de poner mis ideas en orden, de atar cabos sueltos… Susfantasías han dejado una huella en las mías, no hay duda alguna, pero deboconfiar en mí, como me ha dicho mi madre. Hasta ahora, sólo he probado dibujary me ha salido bien. Mi madre dice que toco la guitarra, que escribo canciones,poemas… ¿Sería un poema antes que canción popular lo que la gitanilla lecantaba a Corto en el cómic de Pratt? “Como el tulipán de la primavera, toma en tu mano la copa redonda. Si la fortuna te ha concedido mejillas de granada bebe, alegremente, antes de que el cielo viejo y cruel convierta, de un plumazo, tu noble corazón, en polvo miserable…” 29
  30. 30. Poco a poco, se han ido apilando por el suelo de la celda, los libros que heido peticionando a Miguel o que mi madre me ha traído. No tardo en encontrar eldiccionario que me da una definición de “poema” que me deja igual: “Obra poéticanormalmente en verso”. Busco “verso”… “Palabra o conjunto de palabras sujetasa medida y cadencia, o sólo a cadencia, que forman un poema” Me quedo igual.Llego por fin a “Poesía”, no sé cómo, de palabra en palabra, supongo… ¡Ahora sí!“Manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, enverso o en prosa”. O sea que la gitanilla canta un poema que habla, bellamente,de la brevedad de la vida y que aconseja disfrutarla plenamente, más aún cuandola suerte nos sonríe, porque nunca sabemos cuando vamos a morir… Endefinitiva, así pasa su vida el marinero sin barco, el tal Corto, subiéndose a lostrenes que la fortuna le brinda y aceptando lo que se le presenta, sin traicionar asu ética personal, por supuesto… ¿Será ese le mensaje que debo aprender?¿Con ese propósito se van introduciendo, uno a uno y en orden, en mi existenciaactual sin recuerdos, los afectos, las inclinaciones, las habilidades? ¿Quién dirigeen realidad esta pantomima donde me creo envuelto? Casi sin darme cuenta,empiezo a consignar mis pensamientos y sentimientos, no con pinceles como enlas ocasiones anteriores, si no en “peoma”… Matilde y sus ojos azules, lospaisajes marinos de Pratt son el único punto de referencia que tengo de labelleza… “Purísimo, transparente como tus ojos, veo con los míos un estanque, bella Matilde, azul y quieto, bordeado de prados verdes. Sin escollos, sus ondas suaves me llevan al remanso de tu corazón y me guías, 30
  31. 31. entre espesas algas y nenúfares al mar de los “ayeres” que debo recordar. Mas como un pez de las profundidades, ciego, nado expuesto a invisibles depredadores que sólo tú espantas con tus ojos claros. ¡De la noche y de mi memoria, eres la barca! …Yo, una sombra de agua oscura en sus remos…”Mañana, se lo enseño a Miguel, a ver si opina, como dice mi madre, que tambiénsoy poeta… 31
  32. 32. El estanque Miguel deja de leer y me lanza una mirada que no le había visto antes,visiblemente emocionado porque necesita respirar profundamente dos o tresveces antes de hablar… - ¿Lo que has escrito no tiene título? - No se me había ocurrido… ¿Qué te parece “El estanque”? Pareciera un mal juego de palabras, ¡Jajajaja! “Estanque” de “estancar”, que es el estado real en que me encuentro… - ¡No seas dramático, por favor! El poema que has escrito es precioso y conmovedor… Espero que se lo regales pronto a Matilde. Eso la hará feliz… ¡Se lo merece! - ¿Qué quieres decir con “se lo merece”? ¿Acaso yo la hice muy desgraciada? - Eso, amigo mío, pregúntaselo a ella… Total, como no te acuerdas de nada, te servirá para saber cómo le gusta que la trates. ¡Aprovecha la segunda oportunidad que te da la vida, machote! Y se va, no sin antes pedirme permiso para enseñárselo al “Docteur”, queparece estaba esperando “leer algo mío que no fueran en viñetas” me dice… Notengo tiempo de protestar que ya ha cerrado la puerta y salido. Otra vez solo conmigo mismo, los libros que se amontonan por el putosuelo, pliegos de papel en blanco, tizas, acuarelas… ¿Qué esperan de mí estagente que me tiene encerrado? ¿Estoy realmente en una cárcel por el merohecho de que me cierran la puerta con llave? Un dolor nuevo no me deja respirar,un pinchazo en el pecho, casi me desmayo… Alcanzo la cama, me desabrocho lahebilla del cinturón, me obligo a respirar despacio y profundamente… Cierro los 32
  33. 33. ojos y círculos azules y rojos se mezclan, se separan, se achican, se agrandan,se diluyen sobre un fondo negro, terriblemente negro, hasta que se puebla delucecitas brillantes, titilantes como las estrellas, pero no lo son. ¡Se unen! ¡Sehacen una sola esfera blanca que avanza hacia mis ojos, cegadora! No sé cómopero me engulle y caigo en espiral descendiente hacia su centro, rojo y diminuto,y me convierto yo mismo en círculo rojo o azul, como al principio, y todo vuelve acomenzar, una y otra vez. No sé cuánto tiempo me quedo así, quieto a merceddel juego maldito de las luces, de los círculos y de las esferas, pero cuando denuevo abro los ojos, sigo en el mismo lugar, en esta maldita habitación, sobre lamisma asquerosa cama, con ganas de vomitar pero sin fuerzas para llegar alretrete; sólo consigo girarme y vaciar, al pie de la cama, la última comida,insípida como todas las que me han servido hasta ahora, obedeciendo una dieta,según me contó Miguel cuando protesté la primera vez por la falta de sabores…¡Que alivio siento! Me incorporo. Limpio el suelo con papeles y los camuflo entreel resto de los que contiene la papelera. No quiero importunar a Miguel con algotan desagradable. Vuelvo a la cama esperando dormir un poco; me duelen laspiernas, los ojos, las manos, el estómago… ¡Y el pito de la cabeza ha vuelto másfuerte que nunca! ¡Ni con las manos taponando los oídos consigo que se calle!Hasta que, con un esfuerzo mental y de voluntad consciente, lo acompaso al“Tumba ratatá, tumba ratatá, tumba-rara-táta-táta” de los tambores que se tocanpara que bailen los derviches. Poco a poco, conforme se muta el pitido por lamusiquilla rítmica y repetitiva de las percusiones, entro en un trance desconocidoy agradable, como si mi cuerpo flotara boca abajo, por encima del agua, sinmover piernas ni brazos, ligero como una pluma, sin rozar la superficie líquida…Pronto me elevo un poco más y cojo velocidad… puedo sentirlo por el viento que 33
  34. 34. me empuja por detrás e infla mi camiseta. El viaje acaba pronto en una playa.Estaría desierta si no fuera por cuatro barcas en la orilla y un pequeño bosque depalmeras al fondo. No puedo resistir la atracción del suelo, mi necesidad depermanecer tumbado por el malestar que aún no ha desaparecido del todo y meecho sobre la arena fina, boca arriba esta vez, mirando el cielo por encima de mí,salpicado de nubes deshilachadas y tan azul como los ojos de Matilde. Meimagino que está a mi lado, huelo su perfume; pero cuando quiero acercarme aella, abrazarla, no puedo moverme. Estoy anclado, boca arriba, sobre una playadesierta, sin más ojos que para las nubes ni más movimientos que los de mispestañas. Empiezo a experimentar un sentimiento de pánico. Vuelve el “Tumbaratatá, tumba ratatá, tumba-rara-táta-táta” de los Derviches para salvarme de unacrisis segura. La respiración vuelve a calmarse. Sobrevuelo nuevamente playas ymar. Me quedo por fin dormido y lo siguiente que recuerdo es a Docteurabriéndome los ojos y enfocándomelos con una luz molesta que casi me devuelveal mundo de los círculos de colores. - ¡Estaba preocupado, Antonio! ¡Llevas dos días durmiendo sin parar! - Creo que he estado enfermo. He vomitado. He estado viajando por el aire, como un pájaro. He llegado a una playa y ya no recuerdo más… ¿Va a volver Matilde pronto? Como de costumbre, nadie contesta a mis preguntas. Miguel me trae decomer y de beber, cambia las sábanas del catre, me acompaña a lasdependencias de las duchas y me deja disfrutar del calor del agua sin metermeprisas. Siento con alivio como el agua hirviendo – pues tengo mucho aguante – vacalmando los pitidos enervantes. Recuerdo el placer del viaje y la angustia de la 34
  35. 35. parálisis de mis miembros… Y pienso que debe ser terrible verlo todo, oírlo todoy no sentir nada, no poder tocar nada… ¡Qué angustia! 35
  36. 36. El hipnotizador ¡Otro “mi” ha entrado en la celda! Se llama Tomás y se ha presentadocomo “el psicólogo que me va a ayudar”. Ha hecho que me tumbe en el catrecomo lo hiciera Docteur pero no me ha puesto la mano encima. Me ha preguntadoque si he oído hablar de la hipnosis. Le contesto que no me acuerdo ni de quiénsoy ni en el mundo que vivo. Me habla de los Derviches, de ese estado de tranceque consiguen con sus giros. Eso me anima a hablarle de las experiencias que hetenido girando y, sobre todo, de la más reciente, esa que me acalló el pitido de lacabeza por un rato y me llevó, volando entre las nubes, hasta me dormí… Mecae bien, mejor que el otro, aunque me moleste sus constantes “¡ajá, ajá!” queemite cada vez que acabo una frase porque respiro antes de continuar. Le hablotambién de la confusión no sólo de personalidad que me atormenta, sino tambiénde las ilusiones que me nacen por aprender cosas, así, poco a poco, a medidaque algo despierta mi curiosidad. Sonríe satisfecho cuando oye la última palabra,“curiosidad”, lo sé. Por esa palabra empieza su discurso: - La curiosidad es un componente esencial en tu acto de aprender yredescubrirte. Es una emoción muy fuerte que debes sentir en el estómago y nodejar escapar… Un cosquilleo por “saber más a cerca de algo que te interesa” ypoder aplicar lo aprendido, cuando sepas quién eres, para algo útil, o bonito, orico… ¡Está bien que hayas entendido que es la mejor forma de aprender, el quea uno le interese un tema! Pero no he venido a eso, aunque también. Quierosometerte a una sesión de hipnosis; nada que ver con caer el trance ni nada deeso. Tú sólo escucharás mi voz y una música y estarás consciente en todomomento. Vamos a intentar viajar en el tiempo, lo más lejos posible, hasta tunacimiento… Yo estoy a tu lado en ese viaje pero no puedo ver lo que tú, por eso 36
  37. 37. me lo irás contando, a tu ritmo, como te surjan las imágenes, las escenas, lascaras… ¿Preparado? ¿Qué dices? ¡Qué puedo decir yo! Suena una música muy suave que no sé de dónde hasalido. Supongo que trajo un reproductor con él. Mi atención se centra en lamúsica. Poco a poco, su melodía entra por los oídos y va derecha al corazón.¡Qué preciosidad! Se me ocurre preguntarle por el nombre de la pieza y el autor,mas no me da tiempo: su propia voz se mezcla con las notas… - Ahora te encuentras tumbado, con los ojos cerrados y en una posición cómoda… Y voy a ir contando del uno al diez… Con los números impares, abrirás tus ojos y mirarás un punto en el techo, fijamente, intentando pestañear lo menos posible… Con los números pares, cerrarás los ojos, relajando los párpados por completo… Al final de la numeración, llegarás a diez… en un estado de relajación física y… mental muy agradable… Y Tomás empieza a contar, del uno al diez, meciéndome su voz y lamúsica… Doy vueltas en espirales, ascendentes esta vez, cada vez más altopero sin velocidad que me maree como lo hiciera el baile de los monjes turcos.Salgo de la espiral lentamente y me encuentro en un camino soleado, flanqueadode amapolas y trigales. Llevo una mochila en la espalda. Es verano, lo sé: ¡hacemucho calor! Me encuentro bien, como si supiera dónde me conduce el sendero yme alegrara por ello. A medida que avanzo, sopla una leve brisa que me trae unolor inconfundible: ¡el del mar! ¿Cuál es este lugar tan verde y tan cercano alagua? Me acerco a una casa de piedra. Me veo abrir la verja pero no soy yo: ¡Esun adolescente! ¡Soy yo cuando era adolescente! Sale al encuentro un hombre,demacrado pero sonriente. En ese instante preciso, abro la boca y grito un “¡Hola 37
  38. 38. papá! ¡Ya estoy aquí! ”. La voz de Tomás me pregunta que dónde me encuentro,que quién está conmigo. Le contesto que mi padre, que dejo la mochila y salimosa pasear sin más demora: mi padre quiere ponerme al corriente de todas lasnovedades del jardín desde mi última visita. Tomás me pregunta por su aspecto.Le digo que parece tener un mal color de cara, como muy pajizo… ¡De pronto,sin poder controlarlo, irrumpo en llanto! Mi padre desaparece en el momento enque lo abrazo; se derrite y, en unos instantes, tan sólo queda un montículo decera fundida y fría que intento desesperadamente modelar en cuerpo humano…¡Papá, vuelve! ¡No te vayas! ¡Eso es lo que grito entre sollozos! Me duele muchoel pecho. ¡Mi padre ha muerto! ¡Ya no tengo padre! ¡Papá, papá! Vuelve a dominar la música; la información que quería sobre su autor ytítulo ya no la necesito, me viene sola: son los “Adagios para violín”, deSchubert… Era una de las piezas favoritas de mi padre. Decía que los violinescasi hablaban… Aunque Schubert no era su preferido, si no Bach. Siempre decíaque primero estuvo Bach, después, Bach y un poco después los “otros”. Asciendonuevamente en espiral y me envuelve la orquestra entera… Creo que me duermoporque lo siguiente que oigo es la voz de Tomás, por encima del adagio: - Ahora, vamos a regresar lentamente… Contaré del 10 al 1, donde abrirástus ojos y te sentirás muy bien, cada vez mejor… porque has podido despedirtede tu padre… 10, volviendo poco a poco… 9, 8, sintiéndote cada vez mejor… 7,6, 5, ahora sabes más sobre ti… 4, 3, le has abrazado por fin… 2, ahora yaconoces parte de ese pasado que te atormenta…1, ya puedes abrir tus ojos… Lasesión ha terminado… Te sientes muy bien… Cuando los abro, me escuecen… Me quedo callado… Muy tranquilo… Mipadre se llamaba como yo, Antonio. Era pintor… Un bohemio de quién mamá se 38
  39. 39. separó, al poco de nacer yo, no por no amarle con locura –siempre la he oídorepetir eso – si no porque sus creaciones artísticas no se vendían, no llegaba atener suerte encontrando ese mecenas que todo artista busca y, claro, ella secansó de esperar y dejó de creer en él… Él se mudó de la gran ciudad donderesidíamos a una casita pequeña que le correspondía por haber conseguido untrabajo de guarda, en una gran propiedad con preciosa mansión incluida, cercadel mar, en Asturias. Al estar lejos, yo no podía verle como los demás niños depadres divorciados, cada 15 días… ¡Mas pasaba con él todas las vacacionesescolares! Pintábamos, leíamos, tocábamos la guitarra, escuchábamos músicasde todo el mundo, de todo tipo… La casa de mi padre no contaba con ninguna de las modernidades queacostumbraban a invadir los demás hogares y el mío propio, es decir, el quecompartía yo con mamá… ¡No había televisión! ¡Pero no la echaba en falta! Mipadre había organizado la sala principal, “por ambientes”. Me explico. Estaba elambiente de la música: un rincón de la estancia con un viejo pero excelenteequipo estéreo, una cristalera rebosante de discos, de instrumentos de percusióny de cuerda, de partituras, un sillón confortable, unos cascos… Otro ambiente erael del arte: mesa, lápices, caballete, pinceles, trapos manchados de colores,lienzos acabados contra la pared, lienzos en blanco apilados… El tercero - y másexcitante para mí - era el de la lectura: sus 1324 libros queridos, clasificados porgénero y autor, por orden alfabético, me pertenecían por el espacio de dosmeses y medio. Los había en diferentes idiomas, de diferentes tamaños ygéneros… Pero donde yo me perdía literalmente era con su maravillosa colecciónde cómics. ¡Los había infantiles, juveniles, para adultos! Cada uno estaba enaquel lugar por alguna razón y yo… ¡me las sabía todas! ¡Mi padre y yo no 39
  40. 40. teníamos secretos! Cuando cumplí los 16 años, me regaló mi primer cómic: ¡Lacasa dorada de Samarkanda! Ese fue el primero de mi colección propia... Mellega su risa, me llegan sus palabras… Un día, mientras él retocaba uno de suslienzos cuyo azul del cielo marino “se le resistía” – como decía él cuando noestaba satisfecho de su obra -, yo garabateaba en una libreta hasta que lacuadriculé y, entre trazo y bocadillo, creé una de mis tiras cómicas… Se laentregué, orgulloso, como en veces anteriores. Esta vez, él me miró a los ojos,muy serio, como cuando quería que mi atención no se dispersara y, con vozcalmosa dijo que ya era hora de crear por mí mismo, de encontrar mi propiotrazo… que no podía continuar copiando el estilo de los grandes historietistas…¡Y mi padre fue mi mentor, mi guía, mi amigo, mi ejemplo! Sé que el dolor en elpecho que no se ha ido es porque lo sé muerto, aunque nadie me lo haya dichooficialmente… Y mis recuerdos se paran aquí… No sé ni cuándo, ni cómo muriómi padre… Tomás asegura que no debo preocuparme. Que cada sesión llevará ahilvanar mejor el patchwork de mi vida… Me encuentro muy relajado porque medoy cuenta que para buscar mi identidad, era necesario empezar por situarmeentre un padre y una madre. Tengo más suerte que el pobre Corto Maltés. ¡Jamásconoció el suyo si no fue por lo que su madre le contó! Ahora sé que yo crecí allado del mío y que fue especial y maravilloso. Que me amaba profundamente yyo a él también… 40
  41. 41. Los mundos de la plata Anoche tuve un sueño nuevo. Vagaba por unos barrios sórdidos, en unaciudad que no reconocí, de noche o al menos me lo parecía por la luz mortecina yamarillenta… Caminaba a paso ligero, por callejones poco hospitalarios, hasta unportal enmugrecido cuya puerta de madera carcomida, entreabierta, me permitióentrar sin empujarla más, debido a mi extrema delgadez. Subía unas escaleras atientas, hasta el primer piso. Giraba a la derecha y golpeaba la primera puerta. Meabría un niño pero le seguía una mujer joven, desaliñada, cuyo embarazo casireventaba los botones delanteros que le quedaban a una bata floreada, barrigahacia delante. Sacaba dinero de un de mis bolsillos del tejano y ella me entregabaunas bolsas diminutas que hasta que no las tuve en la mano y las abrí, noentendía lo que eran: ¡caballo! En la escena siguiente – pues ya se sabe que en los sueños, eso de saltarde una escena a otra, es normal – muy satisfecho, desando el recorrido hastallegar a un coche aparcado en un barrio de casas blancas y elegantes, bastantealejado de las callejas donde conseguí la droga. Lo abro con un mando adistancia, subo con prisas, arranco y me dirijo hacia las afueras de la ciudad; losé porque cada vez más desparecen los edificios y el paisaje se va tornando másluminoso, asomando los primeros árboles frondosos a ambos lados de lacarretera. Paro en el primer parking que encuentro a la derecha. ¡Menos mal, nohay ningún coche ni camión aparcado! Abro la ventanilla, dejo el motor en ralentí,no me bajo… sólo quiero probar el material… “pegar” el chino en la plata… luegoseguiré… será sólo un momento… Alcanzo el rollo de papel de plata que escondo debajo de mi asiento y cortocon precisión el trozo que voy a usar… Lo divido en dos partes, una cuadrada, 41
  42. 42. que reservo; con el resto del aluminio, envuelvo un bolígrafo que da forma al tubode plata que uso para aspirar… Saco el mechero. Coloco la roca diminuta deheroína en una esquina del cuadrado primero y, tubo en boca, cuadrado de plataen horizontal en al mano izquierda y encendedor en la derecha, caliento pordebajo del aluminio la droga, que pronto hierve y que se desliza a lo largo delmetal artificial y desprende el humo blanco que aspiro y calma toda la ansiedad,todo el dolor… Entorno los ojos y dejo caer la cabeza hacia atrás… En esas hedespertado… Beodo, feliz, con una sensación nueva y placentera por haberpasado una buena noche de sueño a pesar de la pesadilla… Mis músculos noparecen anquilosados… Mi cerebro siente la paz que dan las respuestas… Losrecuerdos empiezan a reconstruirse… ¡Tengo un pasado, no tan sólo con unpadre muerto, una madre, una esposa, un guardián y unos médicos sino tambiéncon el mundo de las adicciones! 42
  43. 43. ¿Y ahora, qué hago yo con todo eso? Le pregunto a Miguel directamente, sin preámbulos, cuando me trae eldesayuno si en mi clausura, las drogas tienen algo que ver… Como no contesta yeso cada día me pone más nervioso, le cuento el sueño que he tenido, sin omitirni un detalle. Su silencio y su mirada perdida en unos de mis últimos dibujos entizas de colores sobre la pared, ese paisaje de mi infancia que la hipnosis merecordó, me provocan más desconcierto. Un rato de silencio que a mí me pareceuna eternidad pasa hasta que, por fin, decide hablar, señalando con el dedo lapared: - Creo que ese paisaje te va a traer más respuestas que unos sueños estrambóticos que sólo son eso, sueños… Vuelve a esa casa que has dibujado cerrada; entra… averigua por qué recubriste las bellas piedras de su fachada con hiedra invasora que las oculta… No hay otra forma… Sólo te diré que cuantos te rodeamos, tu madre, Matilde, Docteur, Tomás, yo mismo, te queremos, somos tus amigos y tenemos la esperanza de que lo recordarás todo. La importancia es volver a levantarse, con ayuda de muletas o no… Y los que lo consiguen, desde luego, encuentran la verdadera libertad, que es no depender de nadie ni de nada. ¡Ni de uno mismo! Se marcha, no sin invitarme a que relea la biografía de Hugo Prattpensando en mi padre - que ahora recuerdo a la perfección pero sólo hasta mis16 años y ya está - lo cual ejecuto pues sé que cuando Miguel me anima a algo,siempre sale mi curiosidad satisfecha. De momento no parece evidente. Leo yrecuerdo los datos de la biografía de Pratt sin necesidad de ir más allá, pero comosoy disciplinado, sigo la lectura hasta que me agrede “cáncer de colon”. El clic de 43
  44. 44. los primeros tiempos resetea lo dormido… El ruido infernal se instala como unatortura, mi corazón se acelera, me cubro las orejas con las manos pero esta vez eldolor me provoca un grito y otro y otro, y muchas lágrimas que brotanincontroladas y ruedan mejilla abajo hasta la barba, pronto húmeda de llanto ybabas… ¡Ahora llega el pasado a borbotones, me ahoga! ¡Mi madre dominante yprotectora! ¡El cáncer de colon, la agonía y muerte de mi padre! ¡Matilde, midulce y paciente compañera! Vomito… Vomito caras, vomito las pastillas que medieron con el desayuno, me vacío de un pasado que no puedo cambiar para quequepa lo que de verdad quiero para mi futuro. El dolor redime poco a poco, dando paso a un estado de relajación quesólo puede sentir aquel o aquella que ha recibido una gran alegría. Me sirvo unvaso de agua, me siento en la cama a la manera india y empiezo a escribir lahistoria breve de mi vida. Desde la sesión de hipnosis, apunté que era hijo de padres separados.Ellos se querían mucho, apasionadamente, pero el sentido práctico de la vida demi madre ganó al enamoramiento… Vivir con un artista estuvo bien mientras eranestudiantes universitarios… Acabadas las carreras respectivas – ella Derecho y él,Bellas Artes - , mi madre fue la primera en trabajar por ganar una oposición en elministerio de Justicia. Él pintaba y ella trabajaba… Entonces nací yo y continuó lasituación igual: mamá trabajaba fuera y papá se quedaba en casa cuidándome ypintando… Al ver que el cuadro de su vida iba por ese camino, pues a mi padreparecía serle suficiente, mi madre empezó a pasar de ser tierna y cariñosa con éla arisca y siempre de mal humor. Las discusiones entre ellos se hacíaninsoportables hasta que, un día, mi padre se fue… El resto, es exacto a lo queaverigüé bajo hipnosis… A partir de ese cambio de situación familiar, mi 44
  45. 45. personalidad se hizo doble. Había un niño que crecía, de verano en verano, en elarte, la música, los libros, los cómics, el mar, la naturaleza… Y había otro niñoque también crecía, que sacaba buenas notas en todo lo que se proponía y cuyaadmiración y respeto hacia su madre, le hicieron optar, a los 20 años, porconvertirse en abogado. Nunca me planteé otra opción que no fuera seguir lospasos de esa madre, en ese bufete que estaba levantando con esfuerzo ysacrificio, para mí… O sea que tenía una mitad “responsable” y otra que eracapaz de seguir a mi padre tan lejos en los pensamientos, como lejos estaban lasestrellas que contemplábamos juntos, las noches sin luna de verano… A pesar delo aburrido y poco motivador que me parecían las leyes, me esforcé por llevar losdos mundos paralelos y eso me equilibraba… Bueno, o eso creía, hasta que mipadre enfermó, a los pocos meses de empezar a trabajar yo con mi madre, títulosen mano… Se mudó a vivir con nosotros; pagamos cuantas visitas deespecialistas precisó… ¡No había remedio! ¡Todo era inútil y lo haría sufrir muchomás! ¡Qué injusticia tan grande! ¿Por qué le tocó a él? ¿Cómo podía ayudarle?Me sentía tan impotente… Los dolores eran cada vez más intensos, la morfina yano bastaba. Lo atendí día y noche pero murió en el único rato que yo no estuvecon él, por haber salido a la farmacia a por sus medicinas… Y murió solo… Mimadre, a quién dejé encargada de asistirle mientras yo permanecía fuera, selevantó de su lado en cuanto cerré la puerta para atender otra cosa que le pareciómás urgente… De eso hace cuatro años, en 2005… Yo dejé de hablar, detrabajar… Me diagnosticaron una depresión; me medicaron. A los pocos mesesde tratamiento, me reincorporé al bufete y al trajín de las leyes; pero algopermanecía roto dentro de mí y no me dejaba disfrutar de las cosas pequeñas,como me había enseñado mi padre… Empecé a gastar cuanto ganaba, a salir por 45
  46. 46. las noches, a conocer mujeres de reputación dudosa, a probar las drogas… Mimadre me reprendía pero siempre tapaba los agujeros tanto económicos como deausencias en el trabajo… Sólo Miguel – que ahora sé, es el segundo marido demi madre – me alertó e intentó que me diera cuenta de los problemas donde meiba metiendo. ¿Cómo podía un abogado joven como yo, relacionarse ydesenvolverse por la noche, entre los delincuentes que de día mandaba a lacárcel? Al poco tiempo, perdí el control total. ¡Colgué la toga! ¡Me bajé del tren dela justicia! Mi madre y Miguel, me cerraron su puerta y el grifo. Alquilé unahabitación en una pensión de mala muerte. Los cuatro cuartos que pudearrancarle a mi madre, me los fumé y esnifé… Lo que saqué de la venta de uncoche que robamos entre dos, me dio para comprar pinceles, lienzos, libretas yun billete a París… ¡Quería conocer esa vida bohemia de la cual mi padre tantome habló! Vivir en ese país cuya lengua él se había preocupado en enseñarme yque luego yo perfeccioné. Pronto me movía por los barrios de Montmartre y dePigalle como por mi propia ciudad. Siempre iba colocado, trapicheando con losturistas, con sus caricaturas que dibujaba a carboncillo y casi nunca conseguíavenderles, para comprar un chino, una raya, una birra, un vaso de vino… Me hiceamigo de las putas y hasta tenía un mote, “L’avocat” (el abogado). Me deslizabaentre el hampa, los emigrantes, los poetas y pintores, cargado con mis cuadros,mis libretas de poemas, como una anguila escurridiza. Cuando necesitaba dinerourgentemente, mis amigas putas me buscaban “trabajitos”. La Rousse (Lapelirroja), una puta entrada en años y con mucha experiencia, era como mi“protectora”. Me buscaba buenas clientas y siempre me comía el coco con “¡quépena que un tío tan guapo como tú, artista y abogado, no aproveche más susencantos y se forre con las viajas qui ont du pognon (que tienen dinero)! A mí, 46
  47. 47. nunca me gustó follar por dinero… ¡Ni pagando yo, ni que me pagaran! No meacostumbraba a esa manera de ganarme la vida. Por eso debía estimularme –para que sus vejeces no me repugnaran - y “El click” de Milo Manara, era mi libropreferido para entrar a lidiar con damas que otrora fueron bellas. Tomé lacostumbre de presentarme, en sus lujosos apartamentos del distrito XVI parisino,con mi bloc de dibujos y mis carboncillos. Antes de entrar en el asunto, les pedíaque posaran para mí en una actitud sensual y, copiando al maestro Manara, altiempo que dibujaba, recordaba el cómic y podía superar con éxito el “trabajitoextra” de hacerlas gozar. No hay nada que recordar de esos tiempos quemerezca la pena si no es mi encuentro con Matilde, que aún no sé ni qué hace enesta patraña… ¿Cómo no iba a acabar alguien, si no era con una bala en lacabeza, con esa mala vida? ¡O lo que sea! Y ahora que he llegado ahí, dondetodos querían, ¿qué hago yo con todo eso? 47
  48. 48. La trabajadora social El proceso de recordar ya no lo puedo parar… Tomás viene una vez porsemana y en cada sesión, no sólo me acuerdo si no que también, de algunamanera, selecciono los que le quiero contar y los que me guardo… La primera vez que vi a Matilde fue en un centro de dispensación demetadona, al cual acudía desde hacía algunas semanas, cerca de Belleville.Tuvimos una pelea unos colegas y yo, con un camello que nos vendió “Speed”por coca y nos empapelaron: ¡dejamos al tío moribundo de la paliza! Meadjudicaron un abogado de oficio y su condición para sacarme – ya que no teníaantecedentes - era que me sometiera a un programa de desintoxicación… No erala primera vez. La verdad es que yo también quería salir del infierno del caballo yla farlopa pero era difícil dentro de los ambientes donde me movía… o no teníavoluntad. O sea que hacía trampas y consumía… menos, ¡pero consumía!…Mientras las enfermeras nos preparaban las dosis, ella repartía folletos sobreactividades gratuitas dirigidas a los drogodependientes. Me quedé atrapado consus ojos – azules como el mar - y con su voz. ¡Me encantó su acento! Era del surde Francia y esa manera de hablar francés – perdón si la comparación esexagerada- es como la de los andaluces, que si no eres de allí, manda huevosentenderles… Presté atención a lo que contaba, mas era el rollo de siempre: tallerde esto, taller de lo otro… Me aparté rápido y volví a estar pendiente de la cola, aver cuando llegaba mi turno, pues iba de mono y no estaba para gaitas. Me tocó,me tomé mi dosis, me firmaron la ficha de control. Antes de volver a la calle, fui amear. Debía cruzar la sala de espera hasta los lavabos y allí estaba ella,revisando papeles y anotando cosas en una libreta. - ¿Te llamas Antonio Povedano, verdad? ¿Me concedes dos minutos? 48
  49. 49. ¡No sólo le concedí dos si no que, a la semana, vivíamos juntos! Trasladémis bártulos junto a los suyos, en las golfas de un edificio, en el barrio de laBastille. Las vistas eran impresionantes y unas claraboyas, que ella limpiaba conesmero, nos dejaban contemplar el cielo estrellado, ese de Van Gogh que tantome sobrecogió la primera vez que lo veía de verdad y no en los libros, en elMuseo de Orsay. Matilde había llegado a la “ciudad de las luces” poco meses antes que yo.Acabada su carrera de psicología, las expectativas, en su sur natal, eran pocas ydecidió subir a la capital y probar fortuna. No tardó una semana en alquilar aquella“chambre de bonne” (que así llaman los franceses a esos pisos porque allídormían las criadas de las familias ricas de los pisos lujos de aquellos edificios),con la ayuda de amigos que ya estaban afianzados en la capital. A pesar de susbuenas recomendaciones, trabajaba aún de sustituta (una semana aquí, dos díasallá) en los diferentes Centros de Asistencia a las Drogodependencias de laregión parisina. Empezaba aquel día en Belleville, precisamente. Estaba leyendomi ficha cuando yo pasaba para el lavabo. ¡Fue un amor a primera vista, sintapujos! Ella mejor que nadie sabía quién era yo, mis dependencias… Pero yoestaba “desintoxicándome” y sabía que “con su ayuda y amor”, saldría de miinfierno… que había visto una luz dentro de mí que brillaba y clamaba por salirsin necesidad de drogas que la estimularan… que ella era el hada que me iba aguiar en una nueva vida sin adicciones… ¿Qué hago entonces aquí? Todavía hay una franja de tiempo que no consigo situar; un agujero tannegro como este habitáculo cerrado donde no consigo ver nada más queoscuridad si no enciendo la luz. 49
  50. 50. El Proyecto Se va desenmarañando mi pasado… Ya no necesito a Hugo Pratt, ni aManara, ni dibujar, ni escribir poemas… Vuelvo a París. Por mucha voluntad que le ponía Matilde y que le ponía yo, los progresosen mi lucha contra las adicciones era lentos y ambos nos desesperábamos: a ellale hacía llorar, a mí, ceder al consumo… Supongo que sus conocimientos ypreparación, además de buena persona y mujer enamorada “de ese hombremaravilloso que iba salir de todo esto”, hicieron que me convenciera para volver aponerme en contacto con mi madre. Vino a visitarnos y se hicieron muy amigas –ahora sé que confidentes. Poco después de esa visita, empezó a hablarme demarchar de París y volver a España. Al principio, me negué en rotundo. Pero unavez que había desaparecido dos días sin darle señales de vida y que me presentéen su casa con una “amiga” pintora, me lo puso claro: o empezábamos unproyecto juntos lejos de “mi ambiente de riesgo” o ella tiraba la toalla… Yentonces fue ella la que se marchó a casa de una amiga hasta que yo “le fueracon una decisión” – me dejó escrito en un papel sobre la cama… Tardé unasemana en volver a buscarla, el tiempo que precisé para disponer nuestro regreso. Si bien tuve la certeza de que la idea de Matilde era viable para salir de miinfierno de paraísos artificiales, también entendí que no quería volver a unaciudad ni volver a dedicarme – mi madre intentaría, seguro, en convencerme deello – a la abogacía. Si volvía, quería dedicarme, como mi padre, a una vidatranquila como la suya, a pintar, a escribir, a las plantas… Buscaríamos unpueblecito pequeño, en el Pirineo… Allí trasladaríamos las pertenencias de mipadre, que no pude empaquetar hasta ahora… Menos mal que sus patronos –unos señores pudientes de Oviedo -, le consideraban casi como un miembro de la 50
  51. 51. familia. Cuando murió, sé que no contrataron a nadie más para ocuparse de lapropiedad si no a una empresa de jardinería. Me tranquilizaron en que no iban atocar sus cosas, por eso tampoco me preocupé. Me arriesgué a llamarles porteléfono y obtuve más de lo que pretendía, que era poder volver a la casita deguarda de mi padre y recoger sus pertenencias: ¡Me propusieron su mismoempleo y sueldo! Pareciera que, si bien la finca cerca del mar estaba bienentretenida, habían entrado a robar en la mansión en varias ocasiones yañoraban los tiempos de “tu padre”. No sé cómo se lo iba a tomar Matilde, peroyo no lo dudé: ¡acepté! Y para mi felicidad, a ella le encantó la idea pues tambiénella era algo bohemia, si no, ¡de qué le iba a interesar yo! De eso hace ya más de un año. Supongo que, a pesar de todas lasbarbaridades y errores cometidos por este tío que soy hoy, en esta celda, hastaahora desmemoriado, mis problemas de adicción, como decía Matilde, habíansido provocados por “traumas emocionales” y debían curarse con “amor”… Es increíble cómo vas almacenando conocimientos toda tu vida, muchasveces sin saber ni por qué y, cuando las circunstancias te ponen donde te ponen,salen de manera natural. Desde los 6 años hasta su muerte, mi padre me habíaenseñado “haciendo”. Y ese “aprender haciendo”, se lo había enseñado, decía, unamigo pintor groenlandés, que conoció en sus años universitarios. “La diferenciaque existe - decía el groenlandés - entre tu cultura y la mía, la inuit, es que losniños de mi tierra aprenden de los mayores haciendo las cosas con ellos; en lavuestra, los niños aprenden en los libros de texto porque sus padres y la sociedaddonde vivís, les ha hecho creer que era más importante dedicarse a ganar dineropara comprar cosas prescindibles pero de moda, que enseñarles a sus hijos aplantar una flor, o escuchar el silencio… “ 51
  52. 52. Y, siguiendo esa manera de ver el aprendizaje y mi educación – al menoslos meses que le correspondían - igual me adiestraba el trazo en el dibujo,mientras él también dibujaba, que me explicaba la historia de los hombres enforma de cuentos, que me hacía amasar el pan que nos comíamos, que meilustraba sobre plantas, cultivos, plagas, podas, poemas, filósofos… Así pues, ycon Matilde colaborando a mi lado y en todo momento, mi rehabilitación resultóexitosa en la nueva manera de vivir que habíamos elegido. Nuestro amor, nuestra“slow life” - que no precisaba de gastos consumistas que no fueran los básicos -encaminaba nuestro futuro en esa Asturias de mi infancia y adolescencia.Pensábamos hasta en tener hijos… ¿Por qué no me acuerdo del suceso querompió esa vida que ambos disfrutábamos? ¿Quién me hirió con una bala quecasi me mata y que ha provocado tanto dolor? ¿Por qué, rodeado de gente queahora sé que me quieren y no son guardianes de ninguna cárcel - pues ahora sédonde estoy, en una ala de la mansión de los señores, no lejos de mi hogar - nooptaron, sencillamente por decirme la verdad? 52
  53. 53. El abrazo Hace dos meses que me trasladé de nuevo a nuestro hogar. Mi madre yMiguel regresaron a la ciudad en cuanto los médicos autorizaron el quereemprendiera mi vida normal. Ahora ya no visito con regularidad a Docteur -que en realidad es el cirujano autor del milagro – pero sí a Tomás, autor de la“terapia del regreso” como la llamo yo. Bueno, Tomás, Matilde, mi madre… Pensaron que si me daban toda la información de golpe y teniendo encuenta mis antecedentes depresivos, podía provocar el efecto contrario, es decir,negarme a ser quién me contarían que ara “antes de” y que la amnesia seconvirtiera en crónica. Matilde tuvo la idea de aprovechar el coma y la amnesiadel despertar, para llevar a cabo una de sus teorías: introducir mis sentimientosbásicos (madre, esposa), mi filosofía de vida ( Hugo Pratt y otros libros que leí enlos meses de negritud cerebral ya que, en realidad, con ellos crecí: Sartre,Vázquez Montalbán, Saramago, Matute, Coetzee), el amor versus sexo bruto(Manara) y, a la vez, mis “sensibilidades” artísticas, como las llama ella desdeque me conoció: ese aire artístico que me sale hasta cuando planto una lechugaen el huerto… Tomás, con más experiencia pero también algo curioso – qué se podíaperder por probar – condujo el concierto. Lo que ni él ni Matilde se explican escómo, habiendo recobrado tantos recuerdos (la mayoría), no he alcanzado aún aesclarecer el hecho que casi me mata… Ahora, ya han dejado de mencionarlo yyo, tampoco quiero sacarles de su ignorancia. ¿Para qué? No fue ni la hipnosis,ni los cómics, ni volver a casa de mi padre, ni el tiempo lo que me hizo recordar elepisodio... Fue la televisión que Matilde había conseguido, pactando en que semiraría de manera responsable y selectiva, lo que actuó de “clic” esta vez. 53
  54. 54. Fue una noche durante el telediario; levanté la cabeza para ver lasimágenes de la pantalla mientras la periodista, desde el lugar de los hechos,comentaba la noticia: “Un hombre armado ha irrumpido en un banco esta mañanay ha herido de bala a un cliente que intentó desarmarlo. El delincuente, que yaha sido arrestado, parece que era un drogodependiente, bajo estado deabstinencia. El joven herido, sin embargo, sigue en estado crítico según el últimoparte médico que nos ha facilitado el hospital donde lo trasladaron y donde losmédicos luchan por su vida, desde hace más de tres hora”. Y se hizo la luz. Supepor fin el por qué de la herida de mi cabeza... Aquella mañana, Matilde y yo habíamos ido al único banco del pueblocercano, a buscar dinero cash. Estábamos en la cola, cartilla en mano, cuando elindividuo delante de nosotros sacó una pistola y apuntó al Sr. Ángel, cajero ydirector de la pequeña sucursal. Al momento, supe que era un heroinómano enpleno mono, pues le temblaban las manos cuando nos amenazó a los demás ynos hizo recular hasta la pared, entre él y el mostrador. No sé qué me empujó, nosé en qué mala hora, pero me dirigí a él con paso lento, tranquilo y seguro de loque iba a hacer, sacándome lentamente el único billete de 50 € que llevaba: “Eh,tío, aquí hay poco dinero; es un bancucho de mierda en un pueblucho sin pelas.Escucha, yo sé lo que te pasa… mira, toma lo que tengo y no sufras más, tío”.Todo fue muy rápido. El ladrón pensó que iba a sacar también un arma ydisparó… ¡Eso fue todo! La lección que saco de todo ello es que, la vida, es siempre una gran telade araña invisible donde solemos caer como moscas unos y otros. Pude morir desobredosis, de accidente, de sífilis, de suicidio... Pero no. ¡Casi me muero porintentar ayudar y abrir mis brazos a un semejante! 54
  55. 55. Ahora ya no siento amargura ni resentimiento. Al fin y al cabo, todo pasapor alguna razón. Los “balazos” a los que nos enfrentamos durante toda nuestraexistencia pueden ser reales como el mío o metafóricos, pero debemos dedicarnuestro esfuerzo para salir de las cárceles donde a menudo nos colocan porquevivir encerrados, ¡es vivir a medias! Playa de San Lorenzo, Gijón, Verano 2010 55

×