Edgar Allan Poe: cuentos

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Edgar Allan Poe: cuentos

  1. 1. CUENTOS 1Traducción de Julio Cortázar Edgar Allan Poe Edición original: Biblioteca_IRC http://biblioteca.d2g.com Esta Edición: Proyecto Espartaco (http://www.proyectoespartaco.com)
  2. 2. ÍNDICE Vida de Edgar Allan PoeInfanciaAdolescenciaJuventudMadurezFinal CUENTOS 1William WilsonEl pozo y el pénduloManuscrito hallado en una botellaEl gato negroLa verdad sobre el caso del señor ValdemarEl retrato ovalEl corazón delatorUn descenso al MaelströmEl tonel de amontilladoLa máscara de la Muerte RojaUn cuento de las Montañas EscabrosasEl demonio de la perversidadEl entierro prematuroHop-FrogMetzengersteinLa caja oblongaEl hombre de la multitudLa citaSombraEleonoraMorellaBereniceLigeiaLa caída de la Casa UsherRevelación mesméricaEl poder de las palabrasLa conversación de Eiros y CharmionEl coloquio de Monos y UnaSilencioEl escarabajo de oroLos crímenes de la calle MorgueEl misterio de Marie RogêtLa carta robada Notas William Wilson El pozo y el péndulo Manuscrito hallado en una botella El retrato oval
  3. 3. El corazón delatorUn descenso al MaelströmEl tonel de amontilladoLa máscara de la Muerte RojaUn cuento de las Montañas EscabrosasEl demonio de la perversidadEl entierro prematuroHop-FrogMetzengersteinLa caja oblongaEl hombre de la multitudLa citaSombraEleonoraMorellaBereniceLigeiaLa caída de la Casa UsherRevelación mesméricaEl poder de las palabrasLa conversación de Eiros y CharmionEl coloquio de Monos y UnaSilencioEl escarabajo de oroLos crímenes de la calle MorgueEl misterio de Marie RogêtLa carta robada
  4. 4. Vida de Edgar Allan Poe1InfanciaEdgar Poe, más tarde Edgar Allan Poe, nació en Boston el 19 de enero de 1809.Nació allí como podría haber nacido en cualquier otra parte, al azar delitinerario de una oscura compañía teatral donde actuaban sus padres, y queofrecía un característico repertorio que combinaba Hamlet y Macbeth condramas lacrimosos y comedias de magia. Extenderse en consideraciones sobre el parentesco de Poe no conduce anada sólido. Edgar era tan pequeño cuando desaparecieron sus padres que lainfluencia del teatro no lo alcanzó. Sus tendencias histriónicas de la madurezcoinciden con las de tantos otros genios cuyos padres fueron médicos ofabricantes de tejas. Parece preferible mencionar herencias más profundas. Porsu madre, Elizabeth Arnold Poe, el poeta descendía de ingleses (sus abuelosfueron también actores, del Covent Garden, de Londres), mientras su padre,David Poe, era norteamericano, de ascendencia irlandesa. Edgar habría defabricar en su juventud mitológicas genealogías, de las cuales la más notable(que muestra pronto su tendencia a lo truculento) lo presenta comodescendiente del general Benedict Arnold, famoso en los anales de la traición. Su sangre inglesa y norteamericana (todavía la misma, aunque serepelieran políticamente) le llegaba doblemente debilitada e impura por lamala salud de sus padres, tuberculosos ambos. David Poe, actor insignificante,sale rápidamente del escenario: murió o quizá abandonó a su mujer y a sustres hijos, el último por nacer. Mrs. Poe debió dejar al mayor en casa de unosparientes y trasladarse al Sur con Edgar, que apenas tenía un año, para seguiractuando en el teatro y ganar algún dinero. En Norfolk (Virginia) nació RosaliePoe; y si su madre había reaparecido en las tablas apenas tres semanasdespués de nacido Edgar en Boston, así se la vio en escena muy poco antes dedar a luz a Rosalie. La miseria y la enfermedad la doblegaron pronto enRichmond, donde la caridad de sus admiradores teatrales, en su mayoría1 Esta noticia de los hechos salientes de la vida de Poe sigue, en líneas generales, la biografía de Hervey Allen, Israfel,The Life and Times of Edgar Allan Poe, la más completa hasta la fecha junto con la de Arthur Hobson Quinn.
  5. 5. damas, alivió en parte sus sufrimientos. Edgar se encontró huérfano antes decumplir tres años; la noche en que su madre murió en una miserablehabitación, dos señoras caritativas se llevaron los niños a sus casas. El carácter del poeta no puede ser comprendido si se descuidan dosinfluencias capitales en su infancia: la importancia psicológica y afectiva quetiene para un niño saber que carece de padres y que vive de la caridad ajena(caridad sumamente peculiar, como se verá), y la residencia en el Sur. Virginia,en aquella época, representaba el espíritu sureño mucho más de lo que unaojeada casual al mapa de Estados Unidos haría suponer. La llamada «línea deMason y Dixon», que marcaba el extremo meridional de Pensilvania, valíatambién como límite del «Norte» y el «Sur», de las tendencias que prontofermentarían en el abolicionismo y el régimen esclavista y feudal sureño. EdgarPoe creció como sureño, pese a su nacimiento en Boston, y jamás dejó de serloen espíritu. Muchas de sus críticas a la democracia, al progreso, a la creenciaen la perfectibilidad de los pueblos, nacen de ser «un caballero del Sur», detener arraigados hábitos mentales y morales moldeados por la vida virginiana.Otros elementos sureños habrían de influir en su imaginación: las nodrizasnegras, los criados esclavos, un folklore donde los aparecidos, los relatos sobrecementerios y cadáveres que deambulan en las selvas bastaron paraorganizarle un repertorio de lo sobrenatural sobre el cual hay un tempranoanecdotario. John Allan, su casi involuntario protector, era un comercianteescocés emigrado a Richmond, donde tenía en sociedad una empresa dedicadaal comercio del tabaco y otras actividades curiosamente disímiles, pero propiasde un tiempo en que los Estados Unidos eran un inmenso campo de ensayo.Uno de los renglones lo constituía la representación de revistas británicas, y enlas oficinas de Ellis & Allan el niño Edgar se inclinó desde temprano sobre losmagazines trimestrales escoceses e ingleses y trabó relación con un mundoerudito y pedante, «gótico» y novelesco, crítico y difamatorio donde los restosdel ingenio del siglo XVIII se mezclaban con el romanticismo en plena eclosión,donde las sombras de Johnson, Addison y Pope cedían lentamente a lafulgurante presencia de Byron, la poesía de Wordsworth y las novelas ycuentos de terror. Mucho de la tan debatida cultura de Poe salió de aquellastempranas lecturas. Sus protectores no tenían hijos. Frances Allan, primera influenciafemenina benéfica en la vida de Poe, amó desde el comienzo a Edgar, cuyafigura, bellísima y vivaz, había sido el encanto de las admiradoras de ladesdichada Mrs. Poe. En cuanto a John Allan, deseoso de complacer a suesposa, no opuso reparos a la adopción tácita del niño; pero de ahí a adoptarlolegalmente había un trecho que no quiso franquear jamás. Los primerosbiógrafos de Poe hablaron de egoísmo y dureza de corazón; hoy sabemos queAllan tenía hijos naturales y que costeaba secretamente su educación. Uno deellos fue condiscípulo de Edgar, y Mr. Allan pagaba trimestralmente una doblecuenta de gastos escolares. Aceptó a Edgar porque era «un espléndidomuchacho», y llegó a encariñarse bastante con él. Era un hombre seco y duro,a quien los años, los reveses y finalmente una gran fortuna volvieron más ymás tiránico. Para desgracia suya y de Edgar, sus naturalezas divergían de lamanera más absoluta. Quince años más tarde habrían de chocarencarnizadamente, y ambos cometerían faltas tan torpes como imperdonables. A los cuatro o cinco años, Edgar era un hermoso niño de rizos oscuros, degrandes y brillantes ojos. Muy pronto aprendió los poemas al gusto del día
  6. 6. (Walter Scott, por ejemplo), y las damas que visitaban a Frances Allan a la horadel té no se cansaban de oírle recitar, grave y apasionadamente, las extensascomposiciones que se sabía de memoria. Los Allan cuidaban inteligentementede su educación, pero el mundo que lo rodeaba en Richmond le era tan útilcomo los libros. Su mammy, la nodriza negra de todo niño de casa rica en elSur, debió de iniciarlo en los ritmos de la gente de color, lo que explicaría enparte su interés posterior, casi obsesivo, por la escansión de los versos y lamagia rítmica de El cuervo, de Ulalume, de Annabel Lee. Y además estaba elmar, representado por sus embajadores naturales, los capitanes de veleros,que acudían a las oficinas de Ellis & Allan para discutir los negocios de la firma,y que bebían con los socios mientras narraban largas aventuras. El pequeñoEdgar debió de entrever, ansioso oyente, las primeras imágenes de ArthurGordon Pym, del remolino del Maelström, y todo ese aire marino que circula ensu literatura y que él supo recoger en velámenes que todavía impulsan a susbarcos de fantasmas. Un barco más tangible habría de mostrarle pronto el prestigio de lassingladuras, los atardeceres en alta mar, la fosforescencia de las nochesatlánticas. En 1815, John Allan y su mujer se embarcaron con él rumbo aInglaterra y Escocia. Allan quería cimentar de manera más amplia sus negociosy visitar a su numerosa familia. Edgar vivió un tiempo en Irvine (Escocia) yluego en Londres. De sus recuerdos escolares entre 1816 y 1820 habría denacer más tarde el extraño y misterioso escenario inicial de William Wilson.También el folklore escocés influiría en él. Como previendo el ansia deuniversalidad que habría de tener algún día, las circunstancias lo enfrentabancon paisajes, fuerzas, humores distintos. Agradecido, aunque ya con unasombra de desdén, él no perdió nada. Un día habría de escribir: «El mundoentero es el escenario que requiere el histrión de la literatura.» La familia volvió a Estados Unidos en 1820. Edgar, en la plenitud de suinfancia, desembarcaba robustecido y avispado por su larga permanencia enun colegio inglés, donde los deportes y la rudeza física eran más importantesque en Richmond. Por eso lo vemos muy pronto capitanear a los camaradas dejuego. Salta más alto y más lejos que ellos, y sabe dar y recibir una palizasegún sople el viento. No hay todavía en él signos que lo distingan de los otroschicos, salvo, quizá, que le gusta dibujar, que le gusta juntar flores yestudiarlas. Pero lo hace un poco a escondidas y pronto vuelve a los juegos.Protege al pequeño Bob Sully, lo defiende de los muchachos más grandes, loayuda en sus lecciones. A veces desaparece durante horas, entregado a unatarea misteriosa: escribe secretamente sus primeros versos, los copia con bellaletra, los atesora. Todo esto entre dos rebanadas de pan con mermelada.AdolescenciaHacia 1823 ó 1824, Edgar pone todas las fuerzas de sus quince años en esosversos. Algunas jovencitas de Richmond habrán de recibirlos, especialmentelas alumnas de cierta elegante escuela; su hermana Rosalie —adoptada porotra familia de Richmond— se encarga de hacer llegar los mensajes a lasagraciadas. Pero el precoz enamorado tiene tiempo para otras proezas. La
  7. 7. enorme influencia de Byron, modelo de todo poeta joven en esta década, loinducía a emularlo en todos los terrenos. Ante la estupefacción de camaradas yprofesores, Edgar nadó seis millas contra la corriente del río James y seconvirtió en el efímero héroe de un día. Su salud era entonces excelente,después de una infancia algo enfermiza; y su cargada herencia sólo semanifiesta en detalles de precocidad, de talento anormalmente desarrollado,en un carácter donde el orgullo, la excitabilidad, la violencia que nace de unadebilidad fundamental, lo estimulaban a adelantarse en todos los caminos y ano tolerar competidores. En aquellos días conoció a «Helen», su primer amor imposible, su primeraaceptación del destino que habría de signar toda su vida. Decimos aceptación,y será mejor explicarse desde ahora. «Helen» es la primera mujer —en unalarga galería— de quien Edgar Poe habría de enamorarse sabiendo que era unideal, sólo un ideal, y enamorándose porque era ese ideal y no meramente unamujer conquistable. Mrs. Stanard, joven madre de uno de sus condiscípulos, sele apareció como la personificación de todos los sueños indecisos de la infanciay las ansiosas vislumbres de la adolescencia. Era hermosa, delicada, demaneras finísimas. «Helen, tu belleza es para mí como esas remotas barcasniceas que, dulcemente, sobre un mar perfumado, traían al cansado viajeroerrabundo de retorno a sus playas nativas», escribiría de ella un día en uno desus poemas más misteriosos y admirables. Su encuentro fue para Edgar elarribo a la madurez. El adolescente que acudía a casa de su condiscípulo sinotro propósito que el de jugar, fue recibido por la Musa. Esto no es unaexageración. Edgar retrocedió enceguecido frente a una mujer que le daba sumano a besar, sin comprender lo que ese gesto valía para él. Ignorándolo,«Helen» le exigió que ingresara definitivamente en la dimensión de loshombres. Edgar aceptó, enamorándose. Su amor fue secreto, perfecto y duró loque su vida, por debajo o por encima de muchos otros. Exteriormente, lasdiferencias de edad y de estado social condicionaron el diálogo, hicieron de esarelación un coloquio amistoso que continuó hasta el día en que Edgar no pudovisitar más la casa de los Stanard. «Helen» enfermó, y la locura —ese otrosigno siempre latente en el mundo del poeta— la alejó de sus amigos. Al moriren 1824 tenía treinta y un años. Hay una «historia inmortal» que muestra aEdgar visitando de noche la tumba de «Helen». Hay testimonios igualmenteinmortales aunque menos románticos, que prueban el desconcierto, el dolorcontenido, la angustia sin expansión posible. Edgar callaba en la escuela,rehuía los juegos, las escapatorias; todos sus camaradas lo notaron sinsospechar la causa, y muchos años más tarde, cuando el mundo supo quiénera él, lo recordaron en memorias y cartas. Refugiado en casa de los Allan (que para Edgar, despierto ya a la realidadsocial, no era su casa), poco consuelo le esperaba. Su madre adoptiva lo quisosiempre tiernamente, pero empezaba a ceder a un enigmático mal. John Allanse mostraba cada día más severo y Edgar cada día más rebelde. Quizáentonces se enteró el niño de que su protector tenía hijos naturales y sospechóque jamás sería adoptado legalmente. Parece seguro que su primera reaccióncontra Allan nació de su cólera por la ofensa que ese descubrimiento infería aFrances. También ésta lo supo y debió de confiarse a Edgar, que tomóresueltamente su partido. A esta crisis se agrega el que en aquellos días JohnAllan se convirtiera en millonario al heredar la fortuna de su tío.Paradójicamente, Edgar debió comprender que sus posibilidades de ser
  8. 8. adoptado, y por tanto de heredar, habían disminuido todavía más. Y suespecial inadaptación empezó a manifestarse tempranamente. Incapaz desuavizar asperezas o de conciliarse el afecto de su protector mediante unaconducta adaptada a sus gustos, emprendía ya un camino anárquico al que sutemperamento y sus gustos lo predisponían naturalmente. John Allan empezó asaber lo que es tener un poeta —o alguien que quiere llegar a serlo— en casa.Su intención era hacer de Edgar un abogado o un buen comerciante como él.No hay necesidad de abundar más sobre la razón fundamental de todos loschoques futuros. La crisis había madurado lentamente. Edgar era todavía el niño mimadode su «madre» y su bondadosa «tía», y el brillante alumno que dabasatisfacción a John Allan. Por aquellos días el marqués de La Fayette andabarecorriendo los campos de sus antiguas hazañas. Edgar y sus camaradasorganizaron una milicia uniformada y armada para rendir honores al viejosoldado francés. Entre ejercicio y ejercicio, Edgar leía vorazmente lo que caía asu alcance; pero no parecía feliz, y ni siquiera el traslado a una nueva ymagnífica casa que la flamante fortuna de su protector requería, y lacomodidad de una excelente habitación, bastaban para alegrarlo. Es hartoprobable que sus altaneras declaraciones a John Allan sobre sus propósitos dellegar a ser un poeta encontraran una fría, irónica respuesta en los ojos y laspalabras del comerciante. Edgar había crecido, y sus actividades «militares» lohabían aguerrido e independizado aún más. La anómala situación del hogar delos Allan apresuró el proceso. Su guardián veía ya un mozo en Edgar y susdiálogos eran de hombre a hombre. Si Edgar le reprochó alguna vez, ennombre de su «madre» Frances, las infidelidades conyugales, Allan debió a suturno replicar con algo capaz de herir al joven en lo más vivo. Sabemos hoycuál fue esa réplica: una velada referencia, deshonrosa para Mrs. Poe, acercade la verdadera paternidad de Rosalie, la hermana menor de Edgar. Bienpuede imaginarse la reacción de éste. Pero los lazos con los Allan eran todavíademasiado fuertes, y hubo otro intervalo de paz. Intervalo dulce, porque Edgaracababa de enamorarse de una jovencita de bellos rizos, Sarah Elmira Royster,que habría de representar un extraño papel en su vida, desapareciendotempranamente para surgir en los últimos tiempos. Pero ahora el amor eramatinal, y Elmira lo correspondía con toda la efusión compatible entonces conuna señorita virginiana. A John Allan no le gustó la idea de que Edgar llegara acasarse con Elmira, y además había que pensar en su ingreso en la Universidadde Virginia. Sin duda habló con Mr. Royster, y de esa conversación en beneficiode los hijos nació una torpe traición: las cartas de Edgar a Elmira fueroninterceptadas, y más tarde se obligó a la niña a que aceptara el presuntoolvido de su novio como prueba de desamor y se casara con un tal Mr. Shelton,que correspondía mucho mejor que Edgar a la idea que los Allan y los Roysterse hacen siempre de los esposos adecuados. Ignorante de lo que iba a ocurrir,Edgar se despidió de Frances y John Allan en febrero de 1826. En el caminoconfió una carta para Elmira al cochero que lo llevaba a Charlottesville; fueprobablemente el último mensaje que aquélla alcanzó a recibir de él. De la vidaestudiantil de Poe hay numerosos documentos que prueban el clima delibertinaje y anarquía de la flamante Universidad fundada con tantasesperanzas por Thomas Jefferson, y su influencia catalizadora de las tendenciashasta entonces latentes en el poeta. Los estudiantes, hijos de familiasadineradas, jugaban por dinero, bebían, disputaban y se batían en duelo,
  9. 9. endeudándose con la mayor extravagancia, seguros de que sus padrespagarían al final de cada período escolar. A Edgar le ocurrió algo previsible:John Allan se negó desde el primer momento a enviarle más dinero delestrictamente necesario para sus gastos escolares. Edgar se empecinó enmantener el nivel de vida de sus camaradas, por razones bien comprensiblesentonces y en Virginia. Hasta cierto punto, tenía razón: su protector lo habíacriado y educado en un nivel social que entrañaba determinadas exigenciaseconómicas. Proporcionarle con una mano la mejor educación de la época ynegarle con la otra el dinero necesario para no tener que avergonzarse ante loscamaradas sureños, revelaba no sólo falta de bondad, sino de sentido común einteligencia. Poe comenzó a escribir a «casa» pidiendo pequeñas sumas,haciendo minuciosos estados de cuenta para mostrar a Allan que lascantidades recibidas no bastaban para subvenir a sus gastos elementales. SiAllan maduraba ya el proyecto de buscar motivos de querella y desentendersefinalmente de Edgar, aprovechando la enfermedad cada vez más grave deFrances para librarse de ese molesto obstáculo en sus futuros proyectos, nohay duda de que la conducta de Poe en la Universidad le dio amplio motivopara resolverse. Exaltado e incapaz de reflexionar con calma en nada que nofueran materias intelectuales, Edgar lo ayudó insensatamente. Se sumaba aello su desesperación por no recibir respuesta de Elmira y sospechar que éstalo había olvidado, o que una intriga de los Royster y los Allan lo apartaba de sunovia —pues como tal la consideraba entonces—. Por primera vez oímosmencionar el alcohol en la vida de Edgar. El clima de la Universidad era tanfavorable como el de una taberna: Poe jugaba, perdía casi invariablemente, ybebía. Uno piensa en Pushkin, ese Poe ruso. Pero a Pushkin el alcohol no lehacía daño, mientras que desde el principio provocó en Poe un efectomisterioso y terrible, del que no hay una explicación satisfactoria como no seala de su hipersensibilidad, sus taras hereditarias, esa «maraña de nervios» aldescubierto. Le bastaba beber un vaso de ron (y lo bebía de un trago, sinpaladearlo) para intoxicarse. Está probado que un solo vaso lo hacía entrar enese estado de hiperlucidez mental que convierte a su víctima en unconversador brillante, en un «genio» momentáneo. El segundo trago lo hundíaen la borrachera más absoluta, y el despertar era lento, torturante, y Poe searrastraba días y días hasta recobrar la normalidad. Sin duda, esto era muchomenos grave a los diecisiete años; pasados los treinta, en los días de Baltimorey Nueva York, configuró su imagen más desgraciadamente popular. Como estudiante, Edgar fue todo lo sobresaliente que cabía esperar. Losrecuerdos de sus condiscípulos lo muestran dominando intelectualmente aquelgrupo de jeunesse dorée virginiana. Habla y traduce las lenguas clásicas sinesfuerzo aparente, prepara sus lecciones mientras otro alumno está recitandoy se gana la admiración de profesores y condiscípulos. Lee, infatigable, historiaantigua, historia natural, libros de matemáticas, de astronomía y,naturalmente, a poetas y novelistas. Sus cartas a John Allan describen convividas imágenes el clima peligroso de aquella Universidad, donde losestudiantes se amenazan con pistolas y luchan hasta herirse gravemente,entre dos escapatorias a las colinas y alguna francachela en las tabernas de losaledaños. El estudio, el juego, el ron, las fugas, todo es casi lo mismo. Cuandolas deudas de juego alcanzaron una cifra exasperante para John Allan y éste senegó una vez más a pagarlas, Edgar tuvo que abandonar la Universidad. Enaquel entonces una deuda podía llevar a cualquiera a la cárcel o, por lo menos,
  10. 10. vedarle el reingreso al Estado donde la había contraído. Edgar rompió losmuebles de su cuarto para encender un fuego de despedida (era en diciembrede 1826) y abandonó la casa de estudios. Sus camaradas de Richmond loacompañaban; para ellos empezaban las vacaciones, pero él sabía que novolvería más. Los acontecimientos se sucedieron rápidamente. El hijo pródigo encontróa Frances Allan cariñosa como siempre, pero el «querido papá» (como lellamaba Edgar en sus cartas) ardía de indignación por el balance de aquel añouniversitario. Para colmo, apenas llegado a Richmond descubrió Edgar loocurrido con Elmira, a quien sus padres acababan de alejar prudentemente dela ciudad. No hay que extrañarse de que en casa de Allan la atmósfera sevolviera tensa y que, apenas pasado el tácito armisticio de Navidad y lasfiestas de fin de año, la querella entre los dos hombres, que se miraban ahorade igual a igual, estallara en toda su violencia. Allan se negó a que Edgarvolviera a la Universidad y a buscarle un empleo, a la vez que le reprochaba suholgazanería. Edgar replicó escribiendo secretamente a Filadelfia en demandade trabajo. Enterado de esto, Allan le dio doce horas para que decidiera si sesometería o no a sus deseos (que entrañaban la obligación de estudiar Leyes oalguna otra carrera profesional). Edgar lo pensó todo una noche y repusonegativamente; siguió una terrible escena de mutuos insultos y, ante laexasperación de John Allan, su insubordinado protegido se marchó golpeandolas puertas. Después de errar durante horas, escribió desde una tabernapidiendo su baúl, así como dinero para viajar al Norte y mantenerse hastaencontrar empleo. Allan no contestó, y Edgar escribió otra vez sin resultado. Su«madre» le hizo llegar el baúl y algún dinero. Con no poca sorpresa, Allan debióconvencerse de que el hambre y la miseria no doblegaban al muchacho, comohabía supuesto. Edgar se embarcó rumbo a Boston para probar fortuna, y entre1827 y 1829 se abre en su vida un paréntesis que los biógrafos entusiastasllenarían más tarde con fabulosos viajes a ultramar y experiencias novelescasen Rusia, Inglaterra y Francia. Naturalmente, Edgar los ayudaba desde más alláde la vida, pues siempre fue el primero en inventar detalles románticos quesalpimentaran su biografía. Hoy sabemos que no se movió de Estados Unidos.Pero hizo, en cambio, algo que prueba su determinación de vivir conforme a suestrella. Apenas llegado a Boston, la amistad incidental de un joven impresor lepermitió publicar Tamerlán y otros poemas, su primer libro (mayo de 1827). Enel prólogo sostuvo que casi todos los poemas habían sido compuestos antes delos catorce años. Cierto vocabulario, cierto tono de magia, ciertas fronterasentre lo real y lo irreal mostraban al poeta; el resto era inexperiencia y candor.Ni que decir que el libro no se vendió en absoluto. Edgar debió de verse en unamiseria espantosa que sólo atinó al magro recurso de engancharse en elejército como soldado raso. Y mientras sobrevivía, melancólicamente, mirabaen sí mismo y a veces en torno; fue así como reunió el material para el futuroEscarabajo de oro, aprovechando el pintoresco escenario que rodeaba al fuerteMoultrie, en la Carolina, donde pasó la mayor parte de ese tiempo y donde laadolescencia quedó irrevocablemente atrás.
  11. 11. JuventudEl soldado Edgar A. Perry —pues con ese alias se había enganchado— secondujo irreprochablemente en las filas y no tardó en ser ascendido a sargentomayor. El tedio insoportable de aquella mediocre compañía humana, con lacual se veía obligado a alternar y su invariable resolución de consagrarse a laliteratura, para la cual requería tiempo, bibliotecas, contactos estimulantes, loforzaron finalmente a reanudar relaciones con John Allan. Poe se había alistadopor cinco años y aún le faltaban tres; pidió entonces a Allan que escribiera asus jefes manifestando su conformidad en caso de que lo relevaran de supuesto. Allan no le contestó, y poco después Edgar fue transferido a Virginia.Muy cerca de su casa, ansioso por ver a su «madre», cada vez más enferma,comprendió que Allan no toleraría su baja si continuaba hablando de unacarrera literaria. Optó entonces por un compromiso momentáneo, pensandoque quizá Allan apoyara su ingreso a la academia militar de West Point. Erauna carrera, y una bella carrera. Allan aceptó. Pero en aquellos días Poe iba asufrir el segundo gran dolor de su vida. «Mamá» Frances Allan murió mientrasél estaba en el cuartel; un mensaje de Allan llegó demasiado tarde paracumplir la voluntad de la moribunda, que había reclamado hasta el fin lapresencia de Edgar. Ni siquiera le fue dado a éste ver su cadáver. Frente a sutumba (tan cerca de la de «Helen», tan cerca ambas en su corazón), no pudoresistir y cayó inanimado; los criados negros debieron llevarlo en brazos hastael carruaje. El ingreso de Edgar en West Point fue precedido por una visita a Baltimoreen busca y reconocimiento de su verdadera familia, que, frente a la malavoluntad de su guardián, asumía para él una importancia creciente. Implacableen su secreta decisión, buscaba asimismo publicar Al Aaraaf, largo poema en elcual depositaba infundadas esperanzas. Puede decirse que es éste unmomento crucial en la vida de Poe, aunque sus biógrafos no lo hagan notarquizá porque no es dramático ni teatral como tantos otros. Pero en mayo de1829, solo, con el escaso dinero que le ha dado Allan para vivir y tramitar el nofácil ingreso a West Point, Edgar se lanza a establecer los primeros contactossólidos con editores y directores de revistas. Como era de suponer, no pudoeditar su poema por falta de fondos. En medio de las más angustiosasapreturas, acabó yéndose a vivir a casa de su tía María Clemm, donde tambiénresidían Mrs. David Poe, abuela paterna de Edgar, el hermano mayor de éste(personaje borroso que moriría a los veinticuatro años y en quien la herenciafamiliar se acusó más rápida y violentamente) y los hijos de Mrs. Clemm, Henryy la pequeña Virginia, que habría de constituir el complejo y jamás resueltoenigma de la vida del poeta. De Mrs. Clemm es casi innecesario adelantar que fue en todo sentido elángel guardián de Edgar, su verdadera madre (como habría de decirlo en unsoneto), la «Muddie» de las horas negras y de los años tortuosos. Edgar seincorporó al mísero hogar que María Clemm sostenía con labores de aguja y lacaridad de parientes y vecinos, sin aportar más que su juventud y susesperanzas. «Muddie» lo aceptó desde el primer momento como sicomprendiera que Edgar la necesitaba en más de un sentido, y se encariñó conél a un punto que el resto de este relato mostrará cabalmente. Gracias a labuhardilla que compartía con su hermano, tuberculoso en último grado, pudoEdgar escribir en paz y establecer relaciones con editores y críticos. Bien
  12. 12. recomendado por John Neal, escritor muy conocido en esos días, Al Aaraafencontró por fin editor, y apareció en unión de Tamerlán y los restantespoemas del ya olvidado primer volumen. Satisfecho en este terreno, Edgar volvió a Richmond para esperar en casade John Allan —que todavía era «su» casa— la hora del ingreso en West Point.Resultaba difícil imaginar la actitud de Allan en estas circunstancias; se habíanegado a financiar la edición de los poemas, pero los poemas aparecían apesar suyo. Edgar hablaría, sin duda, de sus esperanzas literarias y distribuiríaejemplares del libro a sus amigos virginianos (que no entendieron palabra,incluso los de la Universidad). Por fin, alguna referencia de Allan a la«holgazanería» de Edgar provocó otra violenta querella. Pero en marzo de1830, Poe fue aceptado en la academia militar; a fines de junio aprobaba susexámenes y pronunciaba el juramento de ingreso. Huelga decir con quétristeza debió de entrar en West Point, donde le esperaban actividades aúnmás penosas y desagradables para él que las simples tareas del soldado raso.Pero la alternativa era la misma que tres años antes: o la «carrera» o morirsede hambre. El prestigio pasajero de las galas militares había terminado con laadolescencia. Edgar sabía de sobra que no estaba hecho para ser soldado, nisiquiera en el orden físico, porque su excelente salud de los quince añosempezaba a resentirse tempranamente, y el entrenamiento severísimo de loscadetes no tardó en resultarle penoso, casi insoportable. Pero su cuerpoobedecía en gran medida al desgano, a la tristeza que lo invadía en unambiente donde pocos minutos diarios podían consagrarse a pensar (a pensarfuera de los textos, es decir, a pensar poesía, a pensar literatura) y a escribir.John Allan, por su parte, iba a seguir la misma línea de conducta que en laetapa universitaria; pronto descubrió Edgar que no recibiría dinero ni para susgastos más indispensables. Inútil quejarse por carta, mostrar que estabahaciendo el ridículo ante sus camaradas, provistos de fondos. Edgar se refugióentonces en el prestigio que le daba el ser un «viejo» al lado de sus bisoñoscompañeros, y en su facilidad para mentir imaginarios viajes, aventurasnovelescas que muchos creyeron y que plagarían medio siglo después tantasbiografías del poeta. Su orgullo, su humor sardónico, lo ayudaron no poco, peroestos rasgos tienen sus desventajas, y él lo supo pronto. Ahogado por laatmósfera vulgar, ramplona, carente hasta la náusea de imaginación ycapacidad creadora, se defendió encerrándose, meditando ya los elementos desu futura poética (con gran ayuda de Coleridge). Entretanto, le llegaron desde«casa» noticias del segundo matrimonio de John Allan y comprendió, ya sinsombra de engaño, que toda esperanza de una futura protección debía serabandonada. No se equivocaba: Allan habría de tener los hijos legítimos quedeseaba, y la nueva Mrs. Allan se mostró desde el primer día hostil hacia eldesconocido «hijo de actores» que estudiaba en West Point. Edgar había calculado cumplir el curso en seis meses, confiando en supreparación universitaria y militar precedentes. Pero, una vez en la academia,descubrió que ello era imposible por razones administrativas. No debió devacilar mucho. Escéptico por lo que concernía a Allan, poco podía importarleque éste se disgustara o no de su decisión, y decidió hacerse expulsar, únicaforma posible de salir de West Point sin violar el juramento pronunciado. Fuemuy simple; como era alumno brillante, eligió la parte disciplinaria paraponerse en falta. Sucesivas y deliberadas desobediencias, tales como noconcurrir a clase o a los servicios religiosos, le valieron una expulsión en regla.
  13. 13. Pero antes, y dando una de sus raras muestras de auténtico humor, Poe habíaconseguido, con ayuda de un coronel, que los cadetes costearan porsuscripción su nuevo libro de versos, compuesto durante la breve permanenciaen West Point. Todo el mundo imaginaba un librito lleno de versos satíricos ydivertidos acerca de la academia; se encontraron en cambio con Israfel, AHelena y Lenore. Pueden inferirse los comentarios. La ruptura con Allan parecía definitiva y se complicó por un grave error deEdgar, quien, en un momento de ofuscación, había escrito a uno de susacreedores excusándose por no pagar a causa de la tacañería de su tutor, yagregando que éste estaba pocas veces sobrio. La afirmación, indudablementecalumniosa, llegó a manos de Allan. Su carta a Edgar se ha perdido, pero debióde ser terrible. Edgar le contestó ratificando su aseveración y vertiendo por fintoda su amargura, sus reproches y su desesperanza. El 19 de febrero de 1831se embarcaba, envuelto en su capa de cadete, que lo acompañó hasta el fin desus días, rumbo a Nueva York y a sí mismo. En marzo, hambriento y angustiado, pensó en engancharse como soldadoen el ejército de Polonia, sublevada contra Rusia. Su solicitud no tuvo éxito, yentretanto apareció su primer libro importante de poemas, «respetuosamentededicado al colegio de cadetes». Edgar Poe está ya allí de cuerpo entero. Enesos versos (que sufrirán más adelante infinitas modificaciones) los rasgoscentrales de su genio poético brillan inequívocos —salvo para los escasoscríticos que se ocuparon entonces del volumen—. La magia verbal donde, porlo menos en lo que a su poesía se refiere, se ahínca lo más asombroso de sugenio, irrumpe como portadora de un oscuro mensaje lírico, sea el de lospoemas amorosos en que desfilan las sombras de Helen o de Elmira, sea el delos cantos metafísicos y casi cosmogónicos. Cuando Edgar Poe volvió aBaltimore perseguido por el hambre y se refugió por segunda vez en casa deMrs. Clemm, llevaba en el bolsillo la prueba palpable de que su decisión habíasido justa y de que, al margen de todas las debilidades, los vicios y lasflaquezas, había sido y era «fiel a sí mismo», por más caras que fuesen lasconsecuencias presentes y futuras. A poco de llegar a Baltimore, murió su hermano mayor, y Edgar pudoinstalarse y trabajar con relativa comodidad en la buhardilla que habíacompartido con el enfermo. Su atención, hasta entonces dedicadaíntegramente a la poesía, va a volverse hacia el cuento, género más«vendible» —lo cual en esos momentos constituía un argumento capital—, yque interesaba además como género literario al joven escritor. Poe advirtiómuy pronto que su talento poético, debidamente encauzado, podía crear en elcuento una atmósfera especialísima subyugadora, que él debió de atisbar elprimero con irreprimible emoción. Todo estaba en no confundir cuento conpoema en prosa, y sobre todo no confundir cuento con fragmento novelesco.No era Edgar hombre de incurrir en esos fáciles errores, y su primer relatopublicado, Metzengerstein, nació como Palas armado de punta en blanco contodas las cualidades que habrían de alcanzar perfección unos años después. La miseria y Mrs. Clemm se conocían de antiguo. «Muddie» pedíaprestado, salía con una cesta donde sus amigas ponían siempre algunalegumbre, huevos, fruta. Edgar no encontraba manera de publicar, y los pocosdólares ganados aquí y allá desaparecían en seguida. Se sabe que en todo esteperíodo se condujo sobriamente, y que hizo lo posible por ayudar a su tía. Perouna vieja deuda (quizá su hermano) surgió de pronto, con la consiguiente
  14. 14. amenaza de arresto y prisión. Edgar escribió a John Allan con el tono másangustiado y lamentable que cabe imaginar. «Por el amor de Cristo, no medejes perecer por una suma de dinero cuya falta ni siquiera notarás...» Allanintervino de manera indirecta —y por última vez—; el peligro de prisión quedódescartado. Al criticar la formación literaria y cultural de Poe no deberíaolvidarse que en los años 1831 y 1832, cuando su carrera de escritor quedódefinitivamente sellada, Edgar trabajaba acosado por el hambre, la miseria y eltemor; el hecho de que pudiera seguir adelante y remontar día a día nuevospeldaños hacia su propia perfección literaria prueba toda la fuerza quehabitaba en ese gran débil. Pero a veces Edgar perdía los estribos. No se sabeque bebiera entonces más de la cuenta (aunque para él la menor dosis erasiempre fatal). Habíase enamorado de Mary Devereaux, joven y bonita vecinade los Clemm. Para Mary, el poeta representaba el misterio y, en cierto modo,lo prohibido, pues corrían ya rumores sobre su pasado, en gran medidasembrados por él mismo. Y además, Edgar tenía esa presencia que habría desubyugar siempre a las mujeres que cruzaron por su vida. La misma Mary,muchísimos años después, lo recordaba así: «Mr. Poe tenía unos cinco pies yocho pulgadas de estatura, cabello oscuro, casi negro, que usaba muy largo ypeinado hacia atrás como los estudiantes. Su cabello era fino como la seda; losojos, grandes y luminosos, grises y penetrantes. Tenía el rostro completamenteafeitado. La nariz era larga y recta, y los rasgos muy finos; la boca,expresivamente hermosa. Era pálido, exangüe, de piel bellamente olivácea.Miraba de manera triste y melancólica. Era sumamente delgado... pero teníauna fina apostura, un porte erguido y militar, y caminaba rápidamente. Lo másencantador en él, sin embargo, eran sus modales. Era elegante. Cuando mirabaa alguien parecía capaz de leer sus pensamientos. Tenía una voz agradable ymusical, pero no profunda. Vestía siempre una chaqueta negra, abotonadahasta el cuello... No seguía la moda, sino que tenía su propio estilo.» Con semejante retrato no sorprenderá que la niña quedara fascinada porsu cortejante. El idilio duró apenas un año, y la gazmoñería de la época hizo losuyo. «Mr. Poe no valoraba las leyes de Dios ni las humanas», dirá Mary en susrecuerdos de vejez. Mr. Poe era celoso y provocaba violentas escenas. Mr. Poese propasaba. Mr. Poe se consideró ofendido por un tío de Mary, que seinmiscuía en su noviazgo, y, luego de comprar una fusta, fue a buscar a dichocaballero y le dio de latigazos. Sus parientes contestaron golpeándolo ydesgarrándole de arriba abajo la chaqueta. La escena final es digna de la mejorescena romántica: Mr. Poe atravesó tal como estaba la ciudad, seguido de unaturba de chiquillos, armó un escándalo en la puerta de Mary, se metió en sucasa y acabó tirándole la fusta a los pies, mientras decía: «¡Toma, te regaloesto!» Pero la anécdota es importante: por primera vez vemos a Edgar con lasropas destrozadas, perdido todo dominio de sí mismo; se exhibe al desnudo,como tantas veces más adelante, en un patético testimonio de su fundamentalinadaptación a las leyes de los hombres. La familia de Mary hizo el resto, y Mr.Poe perdió a su novia. Consuela pensar que no lo lamentó demasiado. En julio de 1832, Edgar supo que John Allan había hecho testamento y queestaba gravemente enfermo. Fue inmediatamente a Richmond, por razonesdonde el interés y los recuerdos del pasado se mezclaban confusamente. Nadielo había invitado, pero él llegó tempestuosamente y se coló de rondón,dándose de boca con la segunda Mrs. Allan, que no tardó en hacerle entenderque lo consideraba un intruso. No es difícil imaginar la violenta reacción de
  15. 15. Edgar bajo ese techo que guardaba el recuerdo de su «madre» y toda suinfancia. Volvió a perder la serenidad de la manera más lamentable, sobre todoporque no tuvo el valor de enfrentar a Allan, y salió de la casa en el precisomomento en que aquél, presurosamente reclamado, acudía con el estado deánimo imaginable. La visita acababa en el más completo fracaso, y Edgar sevolvió a Baltimore y a la miseria. En abril de 1833 escribiría su última carta a su «protector». Contiene unpárrafo que lo dice todo: «En nombre de Dios, ten piedad de mí y sálvame dela destrucción.» Allan no le contestó. Pero en el intervalo Edgar había ganadoel primer premio (y 50 dólares) en un concurso de cuentos del BaltimoreSaturday Visiter. Sus cuentos, al menos, eran más eficaces que sus cartas. El año 1833 y gran parte del siguiente fueron tiempos de penoso trabajoen la más horrible miseria. Poe era ya conocido por los círculos cultivados deBaltimore, y su cuento vencedor, Manuscrito hallado en una botella, le valía nopocas admiraciones. A comienzos de 1834 le llegó la noticia de que Allanestaba moribundo y, sin pensarlo dos veces, se lanzó a una segunda einsensata visita a «su» casa. Rechazando al mayordomo, que debía de tenerinstrucciones de no dejarlo entrar, voló escaleras arriba para detenerse en lapuerta de la habitación donde John Allan, paralizado por la hidropesía, leía eldiario en un sillón. Al verlo, el enfermo fue presa de un acceso de furor, y seenderezó bastón en mano profiriendo terribles insultos. Los sirvientesacudieron y echaron a la calle a Edgar. En Baltimore, poco después, se enteróde la muerte de Allan. Éste no le dejó ni un centavo de su enorme fortuna.Digamos de él que, si Edgar hubiera seguido alguno de los sólidos caminosprofesionales o comerciales que su protector le proponía, nada hace dudar deque Allan lo hubiera ayudado hasta el fin. Edgar tuvo plena razón en seguir sucamino, y por su parte Allan no puede ser culpado más allá de lo razonable. Suverdadera falta no fue tanto no «entender» a Edgar, sino mostrarsedeliberadamente mezquino y cruel, obstinándose en acorralarlo y dominarlo. Alfin y al cabo, Mr. John Allan perdió la partida contra el poeta en todos losterrenos; pero la victoria de Edgar se parecía demasiado a las de Pirro para nodesesperar en primer término al vencedor. Se abre ahora el «episodio misterioso», el incitante tema que ha hechocorrer ríos de tinta. La pequeña Virginia Clemm, prima carnal de Edgar, habríade convertirse en su novia y, poco después, en su mujer. Virginia tenía apenastrece años y Edgar veinticinco. Si en aquel tiempo no era insólito que lasmujeres se casaran a los catorce años, el hecho de que Virginia no estuvieramentalmente bien desarrollada, y diera hasta su muerte la impresión de unaniña, agrega un elemento penoso al episodio. «Muddie» consintió en elnoviazgo y en la boda (aunque ésta tuvo lugar secretamente para no provocarla cólera harto imaginable del resto de la familia), y el consentimiento tiene suimportancia. Si la madre de Virginia la confiaba a Edgar, no puede dudarse deque se sentía moralmente tranquila. Virginia, que adoraba al «primo Eddie»,debió de consentir con su puerilidad habitual, llena de maravilla a la idea decasarse con aquel muchacho prestigioso. En cuanto a él, ése es el misterio.Que quiso siempre a «Sis» con un cariño entrañable, los hechos van a probarlo.Que la amó, que la hizo su mujer, es y sigue siendo materia de discusión. Lahipótesis más sensata parece ser la de que Poe se casó con Virginia paraprotegerse en su relación con otras mujeres y mantenerlas en el plano de laamistad. Lo probaría el hecho de que sólo después de la muerte de «Sis» sus
  16. 16. amores adquirieron nuevamente un carácter apasionado aunque siempreambiguo. ¿Pero de qué se protegía Edgar? Aquí es donde se abren lascompuertas y empieza a correr la tinta. No hagamos nosotros de afluente. Loúnico verosímil es suponer una inhibición sexual de carácter psíquico, queobligaba a Poe a sublimar sus pasiones en un plano de ensueño e ideal, peroque a la vez lo atormentaba al punto de exigirle por lo menos una fachada denormalidad, provista en este caso por su casamiento con Virginia. Se hahablado de sadismo, de atractivo malsano hacia una mujer impúber o apenasnúbil. El tema da para infinitas variaciones2. En marzo de 1835, en plena fiebre creadora, Edgar carecía de un trajecomo para poder aceptar una invitación a comer. Así tuvo que escribirlo,avergonzado, a un bondadoso caballero que buscaba ayudarlo literariamente.La honradez de aquella confesión vino en su ayuda. Su anfitrión lo vinculó deinmediato con el Southern Literary Messenger, una revista de Richmond. Allíapareció Berenice, y meses más tarde Edgar regresaría, una vez más, a «su»ciudad virginiana para incorporarse a la redacción de la revista y asumir suprimer empleo estable. Pero, entretanto, la mala salud se había manifestadoinequívocamente. Hay testimonios de que en el período de Baltimore, Edgartomó opio (en forma de láudano, como De Quincey y Coleridge). Su corazón noandaba bien y necesitaba estímulos; el opio, que le había dictado tanto deBerenice y que le dictaría muchos otros cuentos, lo ayudaba a reaccionar. Sullegada a Richmond significó un resurgimiento momentáneo, la posibilidad depublicar sus trabajos y, sobre todo, de ganar algún dinero, ayudar a «Muddie»y a «Sis», que esperaban en Baltimore. Los habitantes de Richmond quehabían conocido al niño Edgar, al mozo de turbulenta fama, encontraban ahoraa un hombre prematuramente envejecido a los veintiséis años. La madurezfísica le sentaba bien a Edgar. Sus pulcras si bien algo raídas ropas,invariablemente negras, le daban un aire fatal en el sentido byroniano,presente ya en los fetichismos de la época. Era bello, fascinador, hablabaadmirablemente bien, miraba como si devorara con los ojos, y escribíaextraños poemas y cuentos que hacían correr por la espalda ese frío deliciosoque buscaban los suscriptores de revistas literarias al uso de los tiempos. Lomalo era que Edgar sólo ganaba diez dólares semanales en el Messenger, quesus amigos de juventud andaban cerca y que en Virginia se bebe duro. Lalejanía de «Muddie» y de Virginia hacía también lo suyo. Edgar bebió la primeracopa y el resto fue la cadena inevitable de consecuencias. Esta caída,alternada con largos períodos de salud y temperancia, va a repetirse ahoramonótonamente hasta el fin. Uno daría cualquier cosa por refundir todos losepisodios en uno, evitar esa duplicación infernal, ese paseo en círculo delprisionero en el patio de la cárcel. Al salir de una de sus borracheras, Edgarescribe desesperado a un amigo —mientras le oculta con típica astucia laverdadera razón—: «Me siento un miserable y no sé por qué... Consuéleme...pues usted puede hacerlo. Pero que sea pronto... o será demasiado tarde.Escríbame inmediatamente. Convénzame de que vivir vale la pena, de que esnecesario...» Esta vaga alusión a un suicidio habrá de materializarse añosdespués. Por supuesto, perdió su empleo, pero el director del Messenger estimabaa Poe y volvió a llamarlo, aconsejándole que viniera con su familia y que viviera2 Es sabido que el psicoanálisis aplicado a los relatos de Poe proporciona sorprendentes resultados en este terreno. Véaseel libro de Marie Bonaparte, y, en un plano meramente deductivo, el de Joseph Wood Krutch.
  17. 17. junto a ella lejos de cualquier lugar donde hubiera vino en la mesa. Edgarsiguió el consejo y Mrs. Clemm y Virginia se le reunieron en Richmond. Desdelas columnas de la revista la fama del joven escritor empezaba a afirmarse. Susreseñas críticas, ácidas, punzantes, muchas veces arbitrarias e injustas, perosiempre llenas de talento, eran muy leídas. Durante más de un año Edgar semantuvo perfectamente sobrio. En el Messenger empezaba a aparecer enfolletín la Narración de Arthur Gordon Pym. En mayo de 1836 Poe se casó porsegunda vez, pero ahora públicamente y rodeado por sus amigos, con lasiempre maravillada Virginia. Aquel período —en el que sin embargoempezaban las recaídas en el alcohol, cada vez más frecuentes—, se tradujoen reseñas y ensayos de una fertilidad extraordinaria. Afirmada su fama decrítico, los círculos literarios del norte, para quienes el sur no había significadojamás nada importante en el orden intelectual, se mostraban tan ofendidoscomo furiosos contra aquel «Mr. Poe» que osaba denunciar sus cliques, susbombos, y desollaba vivos a sus malos escritores y poetas, sin importársele unardite de la reacción que provocaba. Más se hubieran irritado de saber queEdgar acariciaba cada vez con mayores deseos la posibilidad de abandonar elcampo demasiado estrecho de Virginia y probar su suerte en Filadelfia o NuevaYork, los grandes centros de las letras norteamericanas. Su alejamiento delMessenger se vio precipitado por las deudas, el descontento del director y lascontinuas ausencias provocadas por el aplastante efecto que en él provocabala bebida. El Messenger lamentó sinceramente prescindir de Poe, cuya plumahabía octuplicado su tirada en pocos meses. Edgar y los suyos se instalaron precariamente en Nueva York, en unpésimo momento para encontrar trabajo a causa de la gran depresióneconómica que caracterizó la presidencia de Jackson. Este intervalo de forzosaholganza fue, como siempre, benéfico para Edgar desde el punto de vistaliterario. Libre de reseñas y comentarios periodísticos, pudo consagrarse delleno a la creación y escribió una nueva serie de cuentos; logró asimismo queGordon Pym se publicara en volumen, aunque la obra fue un fracaso de ventas.Pronto se vio que Nueva York no ofrecía un panorama favorable y que lo mejorera repetir la tentativa en Filadelfia, el primer centro editorial y literario deEstados Unidos a esa altura del siglo. A mediados de 1838 hallamos a Edgar ya los suyos pobremente instalados en una casa de pensión de Filadelfia. Lamejor prueba de la situación por la que pasaban la da el hecho de que Edgar seprestó a publicar bajo su nombre un libro de texto sobre conquiliología, que nopasaba de ser la refundición de un libro inglés sobre la materia y que preparóun especialista con la ayuda de Poe. Más tarde ese libro le trajo un sinfín dedisgustos, pues lo acusaron de plagio, a lo cual habría de contestarairadamente que todos los textos de la época se escribían aprovechandomateriales de otros libros. Lo cual no era una novedad ni entonces ni hoy endía, pero resultaba un débil argumento para un denunciador de plagios tanencarnizado como él.
  18. 18. MadurezEn 1838 aparecerá el cuento que Poe prefería, Ligeia. Al año siguiente naceráotro aún más extraordinario, La caída de la casa Usher, en el que los elementosautobiográficos abundan y son fácilmente discernibles, pero donde, sobre todo,se revela —después del anuncio de Berenice y el estallido terrible de Ligeia—el lado anormalmente sádico y necrofílico del genio de Poe, así como lapresencia del opio. Por el momento, la suerte parecía inclinarse de su lado,pues ingresó como asesor literario en el Burton’s Magazine. Por ese entonces leobsesionaba la idea de llegar a tener una revista propia, con la cual realizar susideales en materia de crítica y creación. Como no podía financiarla (aunque elsueño lo persiguió hasta el fin), aceptó colaborar en el Burton’s con un sueldomezquino pero amplia libertad de opinión. La revista era de ínfima categoría;bastó que Edgar entrara en ella para ponerla a la cabeza de las de su tiempoen originalidad y audacia. Aquel trabajo le permitió al fin mejorar la situación de Virginia y su madre.Aunque se separó por un tiempo del Burton’s, pudo trasladar su pequeñafamilia a una casa más agradable, la primera casa digna desde los días deRichmond. Estaba situada en los aledaños de la ciudad, casi en el campo, yEdgar recorría diariamente varias millas a pie para acudir al centro. Virginiacon sus modales siempre pueriles, lo esperaba de tarde con un ramo de flores,y nos han quedado numerosos testimonios de la invariable ternura de Edgarhacia su «mujer-niña», y sus mimos y atenciones para con ella y «Muddie». En diciembre de 1839 apareció otro volumen, donde se reunían los relatospublicados en su casi totalidad en revistas; el libro se titulaba Cuentos de logrotesco y lo arabesco. Aquella época había sido intensa, bien vivida, y de ellaemergía Edgar con algunas de sus obras en prosa más admirables. Pero lapoesía estaba descuidada. «Razones al margen de mi voluntad me hanimpedido en todo momento esforzarme seriamente por algo qué, encircunstancias más felices, hubiera sido mi terreno predilecto», habría deescribir en los tiempos de El cuervo. Un cuento podía nacer al despertar de unade sus frecuentes «pesadillas diurnas»; un poema, tal como Edgar entendía sugénesis y su composición, exigía una serenidad interior que le estaba vedada.En eso, más que en otra cosa, hay que buscar el motivo de la desproporciónentre su poesía y su obra en prosa. En junio de 1840, Edgar se separó definitivamente del Burton’s Magazinepor razones de incompatibilidad asaz complejas. Pero la refundición de estarevista con otra, bajo el nombre de Graham’s Magazine, le permitió, despuésde un período penoso y oscuro, en el que estuvo enfermo (se sabe de uncolapso nervioso), reanudar su trabajo como director literario, en condicionesmás ventajosas. Poe especificó ante Graham, propietario del Magazine, que nohabía abandonado el proyecto de fundar una revista propia, y que llegado elmomento renunciaría a su puesto. Su empleador no tuvo motivos paralamentar el aporte que Edgar trajo al Graham’s, y que puede calificarse desensacional. Cuando tomó la dirección había apenas cinco mil suscriptores; alirse dejó cuarenta mil... Y esto entre febrero de 1841 y abril del año siguiente.Edgar ganaba un sueldo mezquino, aunque Graham se mostraba generoso enotros sentidos y admiraba su talento y su técnica periodística. Pero para Poe,
  19. 19. obsesionado por la brillante perspectiva de editar por fin su revista (sobre lacual había enviado circulares y requerido colaboraciones), el trabajo en eldespacho del Graham’s debía resultar mortificante. A un amigo que le buscabaen Washington un empleo oficial que le permitiera al mismo tiempo escribircon libertad, le dice en una carta: «Acuñar moneda con el propio cerebro, auna señal del amo, me parece la tarea mas dura de este mundo...» Entretanto, había que ganar esos pocos dólares, y ganarlos bien. Edgaratravesaba por una época brillantísima. Se ha dicho que inició la serie de sus«cuentos analíticos» para desvirtuar las críticas de quienes lo acusaban dededicarse solamente a lo mórbido. Lo único seguro es que este cambio detécnica, más que de tema, prueba la amplitud y la gama de su talento y laperfecta coherencia intelectual que poseyó siempre, y de la que Eureka habríade ser la prueba final y dramática. Los crímenes de la calle Morgue pone enescena al chevalier C. Auguste Dupin, ese alter ego de Poe, expresión de suegotismo cada día más intenso, de su sed de infalibilidad y superioridad quetantas simpatías le enajenaba entre los mediocres. Tras él apareció El misteriode Marie Rogêt, sagaz análisis de un asesinato que apasionaba entonces a losamigos de un género considerado años atrás por De Quincey como una de lasbellas artes. Pero el lado macabro y mórbido corría paralelo al frío análisis, yPoe no renunciaba a los detalles espeluznantes, al clima congénito de susprimeros cuentos. Este período creador se vio trágicamente interrumpido. A fines de enerode 1842, Poe y los suyos tomaban el té en su casa, en compañía de algunosamigos. Virginia, que había aprendido a acompañarse en el arpa, cantaba congracia infantil las melodías que más le gustaban a «Eddie». Súbitamente, suvoz se cortó en una nota aguda, mientras la sangre manaba de su boca. Latuberculosis se reveló brutalmente en una hemoptisis inequívoca, a la queseguirían otras muchas. Para Edgar, la enfermedad de su mujer fue la máshorrible tragedia de su vida. La sintió morir, la sintió perdida y se sintió perdidoél también. ¿De qué fuerzas espantosas se defendía junto a «Sis»? Desde esemomento, sus rasgos anormales empiezan a mostrarse desnudamente. Bebió,con los resultados sabidos. Su corazón fallaba, ingería alcohol para estimularse,y el resto era un infierno que duraba días. Graham se vio precisado a llamar aotro escritor para que llenara los frecuentes vacíos de Poe en la revista. Eseescritor era el reverendo Griswold, de ambigua memoria en los analespoeianos. Una famosa carta de Edgar admite que sus irregularidades sedesencadenaron a consecuencia de la enfermedad de Virginia. Reconoce que«se volvió loco» y que bebía en estado de inconsciencia. «Mis enemigosatribuyeron la locura a la bebida, en vez de atribuir la bebida a la locura...»Empieza para él una época de fuga, de marcharse de su casa, de volvercompletamente deshecho, mientras «Muddie» se desespera y trata de ocultarla verdad, limpiar las ropas manchadas, preparar una tisana para el infeliz, quedelira en la cama y tiene atroces alucinaciones. En aquellos días el estribillo deEl cuervo empezó a hostigarlo. Poco a poco, el poema nacía, larval, indeciso,sujeto a mil revisiones. Cuando Edgar se sentía bien, iba a trabajar al Graham’so a llevar artículos. Un día, al entrar, vio a Griswold instalado en su despacho.Se sabe que giró en redondo y que no volvió más. Y hacia julio de 1842,perdido por completo el dominio de sí mismo, hizo un viaje fantasmal deFiladelfia a Nueva York, obsesionado por el recuerdo de Mary Devereaux, la
  20. 20. muchacha a cuyo tío había dado de latigazos. Mary estaba casada, y Edgarparecía absurdamente deseoso de averiguar si amaba o no a su marido.Después de cruzar y recruzar el río en ferryboat, preguntando a todo el mundopor el domicilio de Mary, llegó por fin a su casa e hizo una terrible escena.Luego se quedó a tomar el té (uno imagina las caras de Mary y su hermana, aquienes les tocó recibirlo a la fuerza, pues se había metido en la casa en suausencia), y por fin se marchó, no sin antes desmenuzar con un cuchilloalgunos rábanos y exigir que Mary cantara su melodía favorita. Pasaron variosdías hasta que Mrs. Clemm, desesperada, logró la ayuda de vecinosbondadosos, que encontraron a Edgar mientras vagaba por los bosquespróximos a Jersey City, perdida, momentáneamente, toda razón. En una carta, Poe se defendió alguna vez de las acusaciones que lehacían, señalando que el mundo sólo lo veía en los momentos de locura, peroque ignoraba sus largos períodos de vida sana y laboriosa. Esto no es hipócritay, sobre todo, es cierto. No todos los críticos de Poe han sabido estimar laenorme acumulación de lecturas de que fue capaz, su voluminosacorrespondencia y, sobre todo, el bulto de su obra en prosa, cuentos, ensayosy reseñas. Pero, como él lo señala, dos días de embriaguez pública lo volvíanmucho más notorio que un mes de trabajo continuo. La cosa no puedeextrañar, naturalmente; tampoco extrañará que Poe, sabiendo que lasconsecuencias eran menos sórdidas, volviera siempre que podía al opio paraolvidarse de la miseria, para salirse del mundo con más dignidad por algunashoras. Durante un breve período, la amistad de escritores y críticos importantesy su propio optimismo, casi siempre mal fundado, hicieron creer a Poe que surevista alcanzaría a materializarse. Terminó por encontrar a un caballerodispuesto a financiarla, y entonces sus amigos de Washington lo llamaron a lacapital, a fin de que pronunciara una conferencia, recogiera suscripciones a larevista y fuera presentado en la Casa Blanca, de donde, sin duda, saldría conun nombramiento capaz de ponerlo al abrigo de la miseria. Duele pensar quetodo ello pudo ocurrir exactamente así, y que Edgar tuvo la culpa de que noocurriera. Al llegar a Washington aceptó unas copas de oporto, y el resto fue lode siempre. Sus amigos no pudieron hacer nada por un hombre que insistía enpresentarse ante el presidente de los Estados Unidos con la capa negra puestadel revés, y que recorría las calles querellándose con todo el mundo. Hubo quemeterlo en un tren de vuelta, y la peor consecuencia fue que el caballero quepensaba financiar la revista se atemorizó muy explicablemente y no quisovolver a oír hablar del asunto. Edgar enfrentó el doble peso del remordimiento(que lo hundía en la desesperación durante semanas enteras) y la miseria,frente a la cual Mrs. Clemm debía acudir a los más tristes recursos paramantener a la familia. Pero aquel año aciago debía hacerle subir otro peldañode la fama. En junio, Edgar ganó el premio instituido por el Dollar Newspaperpara el mejor relato en prosa. Este cuento llegaría a ser el más famoso de lossuyos, el que todavía tiene en suspenso el aliento de todo adolescenteimaginativo. Era El escarabajo de oro, mezcla felicísima del Poe analítico con elde la aventura y el misterio. A fines de año encontramos a Edgar pronunciando una conferencia sobrepoesía y poetas. Poco público, poco dinero. Su período de Filadelfia terminabatristemente después de haber estado a punto de llevarlo a una fama definitiva.Dejaba muchos amigos fieles, pero una gran cantidad de enemigos: los autores
  21. 21. maltratados en sus reseñas, los envidiosos profesionales, los Griswold, ytambién tantos que tenían fundados motivos de agravio contra él. Loscomienzos de 1844 son oscuros, y lo más interesante consiste en la aparicióndel Cuento de las Montañas Escabrosas, relato digno de los mejores. Pero yanada quedaba por hacer en Filadelfia y era preferible intentar otra cosa enNueva York. Tan pobres estaban los Poe que Edgar partió con Virginia, dejandoa «Muddie» en una casa de pensión a la espera de que aquél reuniera losdólares suficientes para mandarla llamar. En abril de 1844 la pareja llegaba aNueva York y otra vez se abría un interludio favorable, estrepitosamentesaludado por El camelo del globo. El título del relato dice bien de lo que setrataba. Edgar lo vendió al New York Sun, que publicó una edición especialanunciando que un globo tripulado por ingleses acababa de cruzar el Atlántico.La noticia provocó una conmoción extraordinaria y la muchedumbre se agolpófrente al periódico. No lejos de ahí, quizá en algún balcón, un caballero de airegrave, vestido de negro, debió de contemplar la escena con una sonrisaindefiniblemente irónica. Pero ahora «Muddie» podía reunirse con él. El período de Nueva York señala el resurgimiento del poeta en Edgar, aquien el tema de El cuervo seguía obsesionando de continuo. El poema habríade adquirir pronto forma definitiva, y las circunstancias fueron por una vezfavorables. El calor del verano hacía daño a la desfalleciente Virginia, y Edgarbuscó, reuniendo dinero con su trabajo periodístico, algún lugar en las afuerasde Nueva York donde pasar los meses de estío. Lo encontró en una granja deBloomingdale, que habría de convertirse para los Poe en un pequeño y efímeroparaíso. Allí había aire puro, praderas, alimento en abundancia, hasta alegría.Edgar halló un poco de paz lejos de Nueva York y su mundo inconciliable con elsuyo. El famoso busto de Palas, inmortalizado en El cuervo, estaba sobre unapuerta interior de la casa. Edgar empezó a escribir regularmente, y los cuentosy artículos se sucedían y hasta se publicaban en seguida, porque el nombre delautor bastaba para interesar a los lectores de todo el país. El entierroprematuro, mezcla de crónica y cuento, fue escrito en el «perfecto cielo» deBloomingdale y prueba la ambivalencia invariable de la mente de Poe; es unode sus relatos más mórbidos y angustiosos, lleno de una malsana fascinaciónpor los horrores de la tumba, que el pretexto del tema disfraza malamente. El cuervo alcanzó aquel verano su versión casi definitiva —pues losretoques de Edgar a sus poemas eran infinitos y se multiplicaban en tasdiferentes publicaciones de cada uno—. El autor lo leyó a muchos amigos, yhay anécdotas que lo muestran recitando el poema y pidiendo luego la opiniónde los presentes, con vistas a posibles cambios. Todo ello está muy lejos de supropia versión en el ensayo titulado Filosofía de la composición, aunque éstepueda estar más cerca de la verdad de lo que se suele creer. Que el poemapasó por diversos «estados» es cierto; pero la estructura central, a la que sealude en el ensayo, pudo nacer de un proceso lógico (poéticamente lógico,mejor, y todo poeta sabe que no hay contradicción en los términos) como elque se describe en el ensayo. Se acercaba el invierno y había que volver a Nueva York, donde Poeacababa de obtener un modesto empleo en el flamante Evening Mirror. El año1845 —Edgar tenía treinta y seis años— se abrió con su amistosa separacióndel Mirror y su ingreso en el Broadway Journal. De pronto, inesperadamentepara todos, pero quizá no para él, la fama habría de difundir su nombre másallá de las fronteras de su patria y convertido en el hombre del día. Hábilmente
  22. 22. preparada por Poe y sus amigos, la publicación de El cuervo conmovió loscírculos literarios y todas las capas sociales, hasta un punto que actualmenteresulta difícil imaginar. La misteriosa magia del poema, su oscuro llamado, elnombre del autor, satánicamente aureolado con una «leyenda negra», seconfabularon para hacer de El cuervo la imagen misma del romanticismo enNorteamérica, y una de las instancias más memorables de la poesía de todoslos tiempos. Las puertas de los salones literarios se abrieron inmediatamentepara Poe. El público acudía a sus conferencias con el deseo de oírle recitar Elcuervo —experiencia memorable para muchos oyentes y de la cual quedantestimonios inequívocos—. Las damas, sobre todo, estaban fascinadasoyéndolo hablar. Edgar lo hacía admirablemente, seguro de sí mismo, pisando,por fin, el terreno que durante tantos años había tanteado. «Su conversación —habrá de decir Griswold con florida retórica— alcanzaba a veces unaelocuencia casi sobrenatural. Modulaba la voz con asombrosa destreza y susgrandes ojos, de variable expresión, miraban serenos o infundían una ígneaconfusión en los de sus oyentes, mientras su rostro resplandecía o manteníaseinmutablemente pálido, según que la imaginación apresurara el correr de susangre o la helara en torno al corazón. Las imágenes que empleaba procedíande mundos que un mortal sólo puede ver con la visión del genio. Partiendobruscamente de una proposición planteada exacta y agudamente en términosde máxima sencillez y claridad, rechazaba las formas de la lógica habitual y, enun cristalino proceso de acumulación, alzaba sus demostraciones oculares enformas de grandeza tan lúgubre como fantasmal o en otras de la más aérea ydeliciosa belleza, tan detallada y claramente y con tanta rapidez, que laatención quedaba encadenada en medio de sus asombrosas creaciones; todoello hasta que él mismo disolvía el embrujo y traía otra vez a sus oyentes a laexistencia más baja y común mediante fantasías vulgares o exhibiciones de laspasiones más innobles...» Hasta por el mismo zarpazo final el testimonio es válido viniendo de quienviene. Edgar magnetizaba a su público, y su altanera confianza en sí mismopodía explayarse ahora sin provocar el ridículo. En cuanto a los rencoresajenos, se hicieron naturalmente más profundos. Él mismo colaboraba con losodios y las calumnias. En marzo de 1845, en plena apoteosis, se dejó llevarotra vez por el alcohol. La creciente agravación de Virginia y ese oscilar entreesperanza y desesperación que el poeta mencionó alguna vez como algo peorque la muerte misma de su mujer, podían más que sus fuerzas. En estemomento empieza para Poe una época de total desequilibrio anímico, deentrega a las amistades apasionadas con escritoras prominentes de NuevaYork, episodios que en nada afectan su tierno y angustioso cariño por Virginia.Esto no es embellecer los hechos: Edgar necesitaba embriagarse con algo másque alcohol. Necesitaba palabras, decirlas y escucharlas. Virginia no le dabamás que su infantil presencia, su cariño ciego de cachorro. Una FrancesOsgood, en cambio, poetisa y gran lectora, unía a su imagen llena de gracia lacultura capaz de medir a Poe en su verdadero valor. Y además Edgar huía de lamiseria, de los sucesivos y cada vez más lamentables cambios de domicilio, delas querellas en el Broadway Journal, donde su egotismo, pero también suprimacía intelectual, le creaban continuos conflictos con sus socios. Por un ladose publicaba una edición aumentada de los Cuentos; por otra, su amistadimprudente con Mrs. Osgood se veía comprometida por los rumores queobligaban a su amiga (enferma, a su vez, de tuberculosis) a retirarse de la
  23. 23. escena, dejándolo otra vez frente a sí mismo. El fin de 1845 es también el finde la gran producción de Poe. Sólo Eureka espera su hora, todavía lejana. Losmejores cuentos y casi todos los grandes poemas están escritos. Poe empiezaa sobrevivirse en muchos aspectos. Un episodio lo prueba: invitado por losbostonianos a pronunciar una conferencia, parece ser que bebió tanto los díasanteriores que, llegado el momento, se encontró sin material para ofrecer alpúblico. Poe había prometido un nuevo poema; leyó, en cambio, Al Aaraaf, obrade adolescencia, no sólo por debajo de su genio, sino la menos indicada para elrecitado. La crítica se mostró severa y él pretendió que lo había hecho exprofeso para vengarse de los bostonianos, del «estanque de las ranas»literarias que detestaba. A fin de año, el Broadway Journal dejó de aparecer yEdgar se encontró otra vez perdido. Si 1845 marca su momento más alto en lafama, es también el comienzo de una caída proporcionalmente acelerada. Porun tiempo, empero, brillará como las estrellas apagadas hace mucho. A lo largode 1846 va a circular activamente entre los literati, como se llamaba a lasmarisabidillas y escritores más conocidos de Nueva York. Aquel mundo eraharto mezquino y mediocre, con honrosas excepciones. Las damas se reuníana leer poemas, propios y ajenos, e intrigaban entre sonrisas y cumplidos,procurando críticas favorables de los colaboradores de las revistas literarias.Edgar, que los conocía perfectamente a todos, decidió un día ocuparse deellos. Publicó en el Godey’s Lady’s Book una serie de treinta y tantas críticas,casi todas implacables, que produjo terrible conmoción, réplicas furibundas,odios y admiraciones igualmente exagerados. Lo mejor que puede decirse deesta ejecución en masa es que el tiempo ha dado la razón al ejecutor. Losliterati duermen en piadoso olvido; pero es comprensible que en aquelmomento no pudieran preverlo, y que reaccionaran en consecuencia. Los Poe seguían mudándose de casa una y otra vez, hasta que, en mayode 1846, buscando aire puro para la moribunda Virginia, dieron con un cottageen Fordham, en las afueras de la ciudad. Edgar debió de refugiarse en él comoun animal acosado. Las semanas anteriores habían sido horribles. Querellas(una de las cuales acabó a golpes), acusaciones, deudas apremiantes y elalcohol y el láudano como vanos paliativos. Mrs. Osgood se había apartado dela escena. Virginia se moría y faltaba el dinero. La única carta que se conservade Poe a su mujer tiene acentos desgarradores: «Mi corazón, mi queridaVirginia, nuestra madre te explicará por qué no vuelvo esta noche. Confío enque la entrevista que debo sostener será beneficiosa para nosotros... Hubieraperdido yo todo coraje si no fuera por ti, mi mujercita querida... Eres mi mayory mi único estímulo ahora para batallar contra esta vida inconciliable,insatisfactoria e ingrata... Que duermas bien y que Dios te dé un agradableverano junto a tu devoto Edgar.» Virginia se moría. Edgar la sabía muerta, y así nació Annabel Lee, que esla visión poética de su vida junto a ella. Yo era un niño y ella una niña, en unreino a orillas del mar... El verano y el otoño pasaron sin que encontrarantranquilidad. Su fama traía numerosos visitantes al placentero cottage, y deellos quedan testimonios de ternura, la delicadeza de Edgar para con Virginia yde los esfuerzos de «Muddie» para darles de comer. Con el invierno la situaciónse volvió desesperada. Los círculos literarios de Nueva York supieron lo queocurría, y la muerte inminente de Virginia ablandó muchos corazones que, detratarse sólo de Poe, no se hubieran mostrado tan accesibles. La mejor amigaen ese trance fue Marie Louise Shew, vinculada indirectamente a los literati,
  24. 24. mujer sensible y sensata a la vez. Herido en su orgullo, Poe debió de rebelarseal comienzo; luego tuvo que aceptar los socorros y Virginia recibió loindispensable para no pasar frío y hambre. Murió a fines de enero de 1847. Losamigos recordaban cómo Poe siguió el cortejo envuelto en su vieja capa decadete, que durante meses había sido el único abrigo de la cama de Virginia.Después de semanas de semiinconsciencia y delirio, volvió a despertar frente aese mundo en el que faltaba Virginia. Y su conducta desde entonces es la delque ha perdido su escudo y ataca, desesperado, para compensar de algunamanera su desnudez, su misteriosa vulnerabilidad.FinalAl principio fue el miedo. Se sabe que Edgar temía la oscuridad, que no podíadormir, que «Muddie» debía quedarse horas a su lado, teniéndole la mano.Cuando se apartaba al fin de su lado, él abría los ojos. «Todavía no, Muddie,todavía no...». Pero de día se puede pensar con ayuda de la luz, y Edgar estodavía capaz de asombrosas concentraciones intelectuales. De ellas va anacer Eureka, así como del fondo de la noche, del balbuceo mismo del terror,rezumará la maravilla de Ulalume. El año 1847 mostró a Poe luchando contra los fantasmas, recayendo en elopio y el alcohol, aferrándose a una adoración por completo espiritual de MarieLouise Shew, que había ganado su afecto durante la agonía de Virginia. Ellacontó más tarde que Las campanas nacieron de un diálogo entre ambos. Contótambién los delirios diurnos de Poe, sus imaginarios relatos de viajes a Españay a Francia, sus duelos, sus aventuras. Mrs. Shew admiraba el genio de Edgar ytenía una profunda estima por el hombre. Cuando sospechó que la presenciaincesante del poeta iba a comprometerla, se alejó apenada, como lo habíahecho Frances Osgood. Y entonces entra en escena la etérea Sarah HelenWhitman, poetisa mediocre pero mujer llena de inmaterial encanto, como lasheroínas de los mejores sueños vividos o imaginados por Edgar, y que ademásse llama Helen, como él había llamado a su primer amor de adolescencia. Mrs.Whitman había quedado tempranamente viuda, pertenecía a los literati ycultivaba el espiritismo, como la mayoría de aquéllos. Poe descubrió deinmediato sus afinidades con Helen, pero el mejor índice de su crecientedesintegración lo da el hecho de que, en 1848, mientras por una partemantiene correspondencia amorosa con Mrs. Whitman, que aún hoy conmuevea los entusiastas del genero, por otra parte conoce a Mrs. Annie Richmond,cuyos ojos le causan profunda impresión (uno piensa en los dientes deBerenice), y de inmediato la visita, gana la confianza de su esposo, de toda lafamilia, la llama «hermana Annie» y descansa en su amistad, encuentra esealivio espiritual que requería siempre de las mujeres y que una sola era yaincapaz de darle3. Los movimientos de Edgar en estos últimos tiempos son3 Las relaciones amorosas de Poe integran una enorme bibliografía, iniciada por las memorias olas fábulas escritas posteriormente por varias de las protagonistas, quienes no hicieron más queaumentar la confusión sobre este tema. Edmund Gosse lo ha resumido con mucho humor: «QuePoe fue un pertinaz enamorado, constituye otro cargo irrefutable. Cortejó a muchas mujeres,pero sin acarrear daño a ninguna. A todas les gustó muchísimo. Hubo por lo menos una docena,
  25. 25. complicados, fluctuantes, a veces desconocidos. Dio alguna conferencia. Volvióa «su» Richmond, donde bebió terriblemente y recitó largos pasajes de Eurekaen los bares, para estupefacción de honestos ciudadanos. Pero también enRichmond, cuando recobró la normalidad, pudo vivir sus últimos días felicesporque tenía allí viejos y leales amigos, familias que lo recibían con afectomezclado de tristeza, y quedan crónicas de paseos, bromas y juegos en los que«Eddie» se divertía como un chico. Asoma entonces (parece que en una de susconferencias) la imagen de Elmira, su novia de juventud, que había quedadoviuda y no olvidaba al hombre de quien la apartara una conjura familiar. Edgardebió de verla y pensar en ella. Pero Helen lo atraía mágicamente y volvió alNorte con expresa intención de proponerle matrimonio. Helen era incapaz deresistir la fascinación de Poe, pero no se sentía muy dispuesta a casarse denuevo. Prometió reflexionar y decidirse. Edgar se fue a esperar su decisión acasa de Annie Richmond, lo cual es perfectamente característico. El resto se vuelve cada vez más brumoso. Poe recibe una carta indecisade Helen y, entretanto, su afecto por Annie parece haber aumentado tantoque, al separarse de ella, le arrancó la promesa de que acudiría a su lecho demuerte. Desgarrado por un conflicto entre imaginario y real, Edgar partiódispuesto a visitar a Helen, sin llegar a su destino. «No me acuerdo de nada delo sucedido», diría luego en una carta. Pero él mismo narra su tentativa desuicidio. Compró láudano y bebió la mitad del frasco en Boston. Antes de tenertiempo de tomar la otra mitad (que lo hubiera matado) sobrevino la reacciónde un organismo ya habituado al opio, y Edgar vomitó el exceso de láudano.Cuando más tarde llegó a casa de Helen tuvo lugar una escena desgarradora,hasta que ella consintió en el matrimonio si Edgar le prometía abstenerse parasiempre de toda droga o estimulante. Poe lo prometió, volviendo al cottage deFordham, donde Mrs. Clemm lo esperaba angustiada por su larga ausencia ylos rumores que llegaban sobre las locuras de «Eddie». Quien quiera asomarse al Poe de esos días deberá leer la correspondenciaenviada desde ese momento a Helen, a Annie, a algunos amigos; la miseria, lainquietud, una angustia que la promesa de Helen no alcanza a borrar —se diríaque todo lo contrario—, configuran el clima indefinible de las pesadillas. Edgarsabía que los literati batallaban para disuadir a Helen y que la madre de éstatemblaba por las consecuencias del matrimonio. Le disgustó profundamenteque en la redacción del contrato de bodas los escasos bienes de Mrs. Whitmanfueran puestos deliberadamente a salvo de su alcance, como si le creyeran unaventurero. En vísperas de la boda pronunció una conferencia que fueaplaudida con entusiasmo, pero simultáneamente Helen se enteró de lasvisitas de Edgar a casa de Annie y de los rumores, por lo demás perfectamentefalsos, que circulaban al respecto. Edgar había bebido con unos amigos,aunque sin embriagarse. Todo ello provocó a último momento la negativa deHelen. Edgar suplicó en vano. Ella volvió a decirle que le amaba, pero semantuvo firme, y el poeta retornó a Fordham en un infierno de desesperación. Quizá este mismo infierno le ayudó a levantarse una vez más, la última.Asqueado por los rumores, la maledicencia, la sociedad de los literati y susmezquinas querellas, se encerró en el cottage con Mrs. Clemm y luchó con losrestos de su energía para salir adelante, editar, por fin, su nunca olvidadarevista y reanudar el trabajo creador. De enero a junio de 1849 parecióy el orgullo que cada una muestra en sus memorias por las atenciones de Poe, sólo es igualadopor su odio hacia las otras once.»
  26. 26. agazaparse, esperar. Pero hay un poema, Para Annie, en el que Poe se describea sí mismo muerto, feliz y abandonadamente muerto, por fin y definitivamentemuerto. Era demasiado lúcido para engañarse sobre la verdad, y cuando iba aNueva York se entregaba al láudano con desesperada avidez. Un admirador leescribió entonces ofreciéndose a financiar la revista que tanto había deseado.Era la última oportunidad de su vida, era la última carta. Pero Edgar, comoPushkin, perdía siempre en el juego y también perdió esta vez. El finalcomprende dos terribles etapas con un interludio amoroso. En julio de 1849, Poe abandonó Nueva York para volver a su ciudad deRichmond. No se sabe por qué lo hizo, como no fuera movido por un oscuroinstinto de refugio, de protección. Lleno de presentimientos, se despidió de lapobre «Muddie», que no volvería a verlo. De una amiga se separó diciéndoleque estaba seguro de no regresar; lloraba al decirlo. Era un hombre con losnervios a flor de piel, que temblaba a cada palabra. No se sabe cómo llegó aFiladelfia, interrumpiendo su viaje al Sur, hasta que a mediados de julio,probablemente después de muchos días de intoxicación continua, Edgar entrócorriendo en la redacción de una revista donde tenía amigos y reclamódesesperadamente protección. La manía persecutoria estallaba en toda sufuerza. Estaba convencido de que «Muddie» había muerto; probablementequiso matarse a su vez, pero el «fantasma» de Virginia lo había detenido... Laalucinante teoría duró semanas enteras hasta que Edgar empezó a reaccionar.Entonces pudo escribir a Mrs. Clemm, pero el párrafo central de su carta decía:«Apenas recibas ésta ven inmediatamente... Hemos de morir juntos. Inútiltratar de convencerme: debo morir...» Sus desolados amigos reunieron algúndinero y lo embarcaron rumbo a Richmond; durante el viaje, sintiéndose mejor,escribió otra carta a «Muddie» reclamando su presencia. Lejos de ella, lejos dealguien que lo acompañara y cuidara, Edgar estaba siempre perdido. El mássolitario de los hombres no sabía estar solo. Apenas llegado a Richmondescribió otra vez. La carta es horrible: «Llegué aquí con dos dólares, de loscuales te mando uno. ¡Oh, Dios, madre mía! ¿Nos veremos otra vez? ¡Oh, VENsi puedes! Mis ropas están en un estado tan horrible y me siento tan mal...» Pero los amigos de Richmond le proporcionaron sus últimos díastranquilos. Bien atendido, respirando la atmósfera virginiana que, después detodo, era la única verdaderamente suya, Edgar nadó una vez más contra lacorriente negra, como había nadado de niño para asombro de sus camaradas.Se le vio de nuevo paseando reposadamente por las calles de Richmond,visitando las casas de los amigos, asistiendo a las tertulias y a las veladas,donde, claro está, lo asediaban cordialmente para que recitara El cuervo, queen su boca se convertía en «el poema inolvidable». Y luego estaba Elmira, sunovia lejana, convertida en una viuda de respetable apariencia, y a quienEdgar buscó de inmediato como quien necesita cerrar un círculo, completaruna forma imperfecta. Luego se diría que Edgar no ignoraba la fortuna deElmira. Sin duda no la ignoraba; pero es tan gratuito como sórdido ver en suretorno al pasado una maniobra de cazador de dotes. Elmira aceptó deinmediato su compañía, su amistad, su pronto galanteo. En la adolescenciahabía prometido ser su mujer; los años habían pasado y Edgar estaba otra vezahí, fatalmente bello y misterioso, aureolado por una fama donde el escándaloera una prueba más del genio que lo provocaba. Elmira aceptó casarse con él,y aunque hubo una etapa de malentendidos y algunas recaídas de Edgar, haciaseptiembre de 1849 el matrimonio quedó definitivamente concertado para el
  27. 27. mes siguiente. Decidióse que Edgar viajaría al Norte en busca de «Muddie», ypara entrevistarse con Griswold, quien había aceptado ocuparse de la ediciónde las obras del poeta. Edgar pronunció una última conferencia en Richmond,repitiendo su famoso texto sobre El principio poético, y la delicadeza de susamigos halló la manera de proporcionarle el dinero necesario para el viaje. Alas cuatro de la madrugada del 27 de septiembre de 1849, Edgar se embarcórumbo a Baltimore. Como siempre en esas circunstancias, estaba deprimido ylleno de presentimientos. Su partida a hora tan temprana (o tan tardía, pueshabía pasado la noche en un restaurante con sus amigos) parece haberobedecido a un repentino capricho suyo. Y desde ese instante todo es niebla,que se desgarra aquí y allá para dejar entrever el final. Se ha dicho que Poe, en los períodos de depresión derivados de unaevidente debilidad cardiaca, acudía al alcohol como un estimulanteimprescindible. Apenas bebía, su cerebro pagaba las consecuencias. Estecírculo vicioso debió cerrarse otra vez a bordo durante la travesía a Baltimore.Los médicos le habían asegurado en Richmond que otra recaída sería fatal, yno se equivocaban. El 29 de septiembre el barco atracó en Baltimore; Poedebía tomar allí el tren para Filadelfia, pero se hacía necesario esperar variashoras. En una de estas horas se selló su destino. Se sabe que cuando visitó aun amigo ya estaba ebrio. Lo que pasó después es sólo materia de conjetura.Se abre un paréntesis de cinco días, al final de los cuales un médico, conocidode Poe, recibió un mensaje presurosamente escrito a lápiz, informándolo deque un caballero «más bien mal vestido» necesitaba urgentemente su ayuda.La nota procedía de un tipógrafo que acababa de reconocer a Edgar Poe en unborracho semiinconsciente, metido en una taberna y rodeado por la peor raleade Baltimore. Eran días de elecciones, y los partidos en pugna hacían votarrepetidas veces a pobres diablos, a quienes emborrachaban previamente parallevarlos de un comicio a otro. Sin que exista prueba concreta, lo más probablees que Poe fuera utilizado como votante y abandonado finalmente en lataberna donde acababan de identificarlo. La descripción que más adelanteharía el médico muestra que estaba ya perdido para el mundo, a solas en suparticular infierno en vida, entregado definitivamente a sus visiones. El restode sus fuerzas (vivió cinco días más en un hospital de Baltimore) se quemó enterribles alucinaciones, en luchar con las enfermeras que lo sujetaban, enllamar desesperadamente a Reynolds, el explorador polar que había influido enla composición de Gordon Pym y que misteriosamente se convertía en elsímbolo final de esas tierras del más allá que Edgar parecía estar viendo, asícomo Pym había entrevisto la gigantesca imagen de hielo en el último instantede la novela. Ni «Muddie», ni Annie, ni Elmira estuvieron junto a él, pues loignoraban todo. En un intervalo de lucidez, parece haber preguntado siquedaba alguna esperanza. Como le dijeran que estaba muy grave, rectificó:«No quiero decir eso. Quiero saber si hay esperanza para un miserable comoyo.» Murió a las tres de la madrugada del 7 de octubre de 1849. «Que Diosayude a mi pobre alma», fueron sus últimas palabras. Más tarde, biógrafosentusiastas le harían decir otras cosas. La leyenda empezó casi en seguida, y aEdgar le hubiera divertido estar allí para ayudar, para inventar cosas nuevas,confundir a las gentes, poner su impagable imaginación al servicio de unabiografía mítica.
  28. 28. CUENTOS 1
  29. 29. William Wilson «¿Qué decir de ella? ¿Qué decir de la torva CONCIENCIA, de ese espectro en mi camino?» (CHAMBERLAYNE, Pharronida)Permitidme que, por el momento, me llame a mí mismo William Wilson. Establanca página no debe ser manchada con mi verdadero nombre. Demasiado hasido ya objeto del escarnio, del horror, del odio de mi estirpe. Los vientos,indignados, ¿no han esparcido en las regiones más lejanas del globo suincomparable infamia? ¡Oh proscrito, oh tú, el más abandonado de losproscritos! ¿No estás muerto para la tierra? ¿No estás muerto para sus honras,sus flores, sus doradas ambiciones? Entre tus esperanzas y el cielo, ¿noaparece suspendida para siempre una densa, lúgubre, ilimitada nube? No quisiera, aunque me fuese posible, registrar hoy la crónica de estosúltimos años de inexpresable desdicha e imperdonable crimen. Esa época —estos años recientes— ha llegado bruscamente al colmo de la depravación,pero ahora sólo me interesa señalar el origen de esta última. Por lo regular, loshombres van cayendo gradualmente en la bajeza. En mi caso, la virtud sedesprendió bruscamente de mí como si fuera un manto. De una perversidadrelativamente trivial, pasé con pasos de gigante a enormidades más grandesque las de un Heliogábalo. Permitidme que os relate la ocasión, elacontecimiento que hizo posible esto. La muerte se acerca, y la sombra que laprecede proyecta un influjo calmante sobre mi espíritu. Mientras atravieso eloscuro valle, anhelo la simpatía —casi iba a escribir la piedad— de missemejantes. Me gustaría que creyeran que, en cierta medida, fui esclavo decircunstancias que excedían el dominio humano. Me gustaría que buscaran afavor mío, en los detalles que voy a dar, un pequeño oasis de fatalidad en esedesierto del error. Me gustaría que reconocieran —como no han de dejar dehacerlo— que si alguna vez existieron tentaciones parecidas, jamás un hombrefue tentado así, y jamás cayó así. ¿Será por eso que nunca ha sufrido en estaforma? Verdaderamente, ¿no habré vivido en un sueño? ¿No muero víctima delhorror y el misterio de la más extraña de las visiones sublunares? Desciendo de una raza cuyo temperamento imaginativo y fácilmenteexcitable la destacó en todo tiempo; desde la más tierna infancia di pruebas dehaber heredado plenamente el carácter de la familia. A medida que avanzabaen años, esa modalidad se desarrolló aún más, llegando a ser por muchasrazones causa de grave ansiedad para mis amigos y de perjuicios para mí.Crecí gobernándome por mi cuenta, entregado a los caprichos másextravagantes y víctima de las pasiones más incontrolables. Débiles, asaltadospor defectos constitucionales análogos a los míos, poco pudieron hacer mis
  30. 30. padres para contener las malas tendencias que me distinguían. Algunosmenguados esfuerzos de su parte, mal dirigidos, terminaron en rotundosfracasos y, naturalmente, fueron triunfos para mí. Desde entonces mi voz fueley en nuestra casa; a una edad en la que pocos niños han abandonado losandadores, quedé dueño de mi voluntad y me convertí de hecho en el amo detodas mis acciones. Mis primeros recuerdos de la vida escolar se remontan a una vasta casaisabelina llena de recovecos, en un neblinoso pueblo de Inglaterra, donde sealzaban innumerables árboles gigantescos y nudosos, y donde todas las casaseran antiquísimas. Aquel venerable pueblo era como un lugar de ensueño,propio para la paz del espíritu. Ahora mismo, en mi fantasía, siento larefrescante atmósfera de sus avenidas en sombra, aspiro la fragancia de susmil arbustos, y me estremezco nuevamente, con indefinible delicia, al oír laprofunda y hueca voz de la campana de la iglesia quebrando hora tras horacon su hosco y repentino tañido el silencio de la fusca atmósfera, en la que elcalado campanario gótico se sumía y reposaba. Demorarme en los menudos recuerdos de la escuela y sus episodios meproporciona quizá el mayor placer que me es dado alcanzar en estos días.Anegado como estoy por la desgracia —¡ay, demasiado real!—, se meperdonará que busque alivio, aunque sea tan leve como efímero, en lacomplacencia de unos pocos detalles divagantes. Triviales y hasta ridículos,esos detalles asumen en mi imaginación una relativa importancia, pues sevinculan a un período y a un lugar en los cuales reconozco la presencia de losprimeros ambiguos avisos del destino que más tarde habría de envolverme ensus sombras. Dejadme, entonces, recordar. Como he dicho, la casa era antigua y de trazado irregular. Alzábase en unvasto terreno, y un elevado y sólido muro de ladrillos, coronado por una capade mortero y vidrios rotos, circundaba la propiedad. Esta muralla, semejante ala de una prisión, constituía el límite de nuestro dominio; más allá de élnuestras miradas sólo pasaban tres veces por semana: la primera, los sábadospor la tarde, cuando se nos permitía realizar breves paseos en grupo,acompañados por dos preceptores, a través de los campos vecinos; y las otrasdos los domingos, cuando concurríamos en la misma forma a los oficiosmatinales y vespertinos de la única iglesia del pueblo. El director de la escuelaera también el pastor. ¡Con qué asombro y perplejidad lo contemplaba yodesde nuestros alejados bancos, cuando ascendía al pulpito con lento ysolemne paso! Este hombre reverente, de rostro sereno y benigno, devestiduras satinadas que ondulaban clericalmente, de peluca cuidadosamenteempolvada, tan rígida y enorme... ¿podía ser el mismo que, poco antes, agrio elrostro, manchadas de rapé las ropas, administraba férula en mano lasdraconianas leyes de la escuela? ¡Oh inmensa paradoja, demasiadomonstruosa para tener solución! En un ángulo de la espesa pared rechinaba una puerta aún más espesa.Estaba remachada y asegurada con pasadores de hierro, y coronada de picasde hierro. ¡Qué sensaciones de profundo temor inspiraba! Jamás se abría, salvopara las tres salidas y retornos mencionados; por eso, en cada crujido de susfortísimos goznes, encontrábamos la plenitud del misterio... un mundo decosas para hacer solemnes observaciones, o para meditar profundamente. El dilatado muro tenía una forma irregular, con muchos espaciososrecesos. Tres o cuatro de los más grandes constituían el campo de juegos. Su
  31. 31. piso estaba nivelado y cubierto de fina grava. Me acuerdo de que no teníaárboles, ni bancos, ni nada parecido. Quedaba, claro está, en la parte posteriorde la casa. En el frente había un pequeño cantero, donde crecían el boj y otrosarbustos; pero a través de esta sagrada división sólo pasábamos en rarasocasiones, tales como el día del ingreso a la escuela o el de la partida, o quizácuando nuestros padres o un amigo venían a buscarnos y partíamosalegremente a casa para pasar las vacaciones de Navidad o de verano. ¡Aquella casa! ¡Qué extraño era aquel viejo edificio! ¡Y para mí, quépalacio de encantamiento! Sus vueltas y revueltas no tenían fin, ni tampocosus incomprensibles subdivisiones. En un momento dado era difícil saber concerteza en cuál de los dos pisos se estaba. Entre un cuarto y otro habíasiempre tres o cuatro escalones que subían o bajaban. Las alas laterales,además, eran innumerables —inconcebibles—, y volvían sobre sí mismas de talmanera que nuestras ideas más precisas con respecto a aquella casa nodiferían mucho de las que abrigábamos sobre el infinito. Durante mis cincoaños de residencia jamás pude establecer con precisión en qué remoto lugarhallábanse situados los pequeños dormitorios que correspondían a losdieciocho o veinte colegiales que seguíamos los cursos. El aula era la habitación más grande de la casa y —no puedo dejar depensarlo— del mundo entero. Era muy larga, angosta y lúgubremente baja, conventanas de arco gótico y techo de roble. En un ángulo remoto, que nosinspiraba espanto, había una división cuadrada de unos ocho o diez pies,donde se hallaba el sanctum destinado a las oraciones de nuestro director, elreverendo doctor Bransby. Era una sólida estructura, de maciza puerta; antesde abrirla en ausencia del «dómine» hubiéramos preferido perecervoluntariamente por la peine forte et dure. En otros ángulos había dos recintossimilares mucho menos reverenciados por cierto, pero que no dejaban deinspirarnos temor. Uno de ellos contenía la cátedra del preceptor «clásico», y elotro la correspondiente a «inglés y matemáticas». Dispersos en el salón,cruzándose y recruzándose en interminable irregularidad, veíanseinnumerables bancos y pupitres, negros y viejos, carcomidos por el tiempo,cubiertos de libros harto hojeados, y tan llenos de cicatrices de iniciales,nombres completos, figuras grotescas y otros múltiples esfuerzos delcortaplumas, que habían llegado a perder lo poco que podía quedarles de suforma original en lejanos días. Un gran balde de agua aparecía en un extremodel salón, y en el otro había un reloj de formidables dimensiones. Encerrado por las macizas paredes de tan venerable academia, pasé sintedio ni disgusto los años del tercer lustro de mi vida. El fecundo cerebro de unniño no necesita de los sucesos del mundo exterior para ocuparlo o divertirlo; yla monotonía aparentemente lúgubre de la escuela estaba llena deexcitaciones más intensas que las que mi juventud extrajo de la lujuria, o mivirilidad del crimen. Sin embargo debo creer que el comienzo de mi desarrollomental salió ya de lo común y tuvo incluso mucho de exagerado. En general,los hombres de edad madura no guardan un recuerdo definido de losacontecimientos de la infancia. Todo es como una sombra gris, unaremembranza débil e irregular, una evocación indistinta de pequeños placeresy fantasmagóricos dolores. Pero en mi caso no ocurre así. En la infancia debode haber sentido con todas las energías de un hombre lo que ahora halloestampado en mi memoria con imágenes tan vívidas, tan profundas y tanduraderas como los exergos de las medallas cartaginesas.

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