CRUZ Y                   L" U AL;                                       DAVI                                WLKERSO.      ...
LA      CRUZ          y EL   PUNAL   Por David Wilkerson      Con Juan y Elisabet SherriilVersión castellana: Benjamin E. ...
ISBN 0-8297-0522-8Edición en inglés   I!:)   David Wilkerson 1963Edición en español         I!:)   David Wilkerson 1965Déc...
La      C::I"UZ ",                t::1 punalEste es un extraordinario relato de las experien-cias de un hombre al penetrar...
THE CROSS ANO ¡HE SWITCHBLAOE       A mi esposa, Gwm
CAPITULO               1   Toda esta extraña aventura comenzó tarde una nochemientras sentado en mi despacho leía la revis...
6                   La cruz y el puñal   Lancé una ruidosa carcajada. "¿Yo? ¿Ir a Nueva York?¿Un predicador rural meterse ...
La c..uz y el puñal                    7   f así fue que Gwen continuó recorriendo sola el piso dearriba de la casa. Por l...
8                  La cruz y el puna»   -Usted puede salir por unos instantes y consultar consu esposa-e-me dijo el señor ...
La cruz y el puñal                      9  -Reverendo Wilkerson y señora-dijo. Hizo una pausay comenzó de nuevo-. Hermano ...
10                  La cruz y el puñalBonnie, nuestra nueva hijita. Pero yo me sentía intran-quilo. Comenzaba a experiment...
La cruz y el puñal                    11una señal que estaba destinada a cambiar mi vida. Impuse aDios una condición difíc...
12                  La cruz y el puñaloración: nunca había leído antes la Biblia de tapa a tapaincluyendo las genealogías....
La cruz y el puñal                    13comenzado a nevar. No fueron muchas las personas quevinieron esa noche a la iglesi...
14                   La cruz y el puñal  de mi iglesia. Di marcha atrás al coche y salí a la calle. Nadie nos vino a despe...
CAPITULO              2   Llegamos a las afueras de Nueva York a lo largo dela ruta 46 qué une la autopista de Nueva Jerse...
L6                  La cruz y el puñaLautomóviles, y todos de prisa. Me pasaban por los costadosy me tocaban bocina. Los f...
La cruz y el puñal                    17  -Busquemos un hotel en las cercanías-le sugerí a Miles.  Del otro lado de la cal...
18                  La cruz y el puñalReverendo. Por favor no nos llame más aquí. No podemosayudarle.   Intenté una llamad...
La cruz y el puñal                    19dio la espalda, como si hubiese aprendido hacía muchotiempo que ésta era la única ...
20                  La cruz y el puñalpersonal del tribunal, una cuarta parte por la prensa y sólouna pequeña sección en e...
La cruz y el   puñ~l                  21bre sentado a mi lad~. Una "muñeca" es una prostitutajoven.  Se le mostró un cuchi...
22                  La cruz y el puñal   Luego, vofviéndose a mí, dijo: -Muy bien, ¿dónde estáel arma?   Le aseguré que no...
La cruz y el puñal                    23algunas preguntas respecto del porqué estaba interesado enestos jóvenes que habían...
CAPITULO               3   -Miles-dije cuando ya el puente había quedado atrás,a unos 90 kilómetros de distancia-¿te opond...
La cruz y el puñal                    25   Mis padres me saludaron con cortesía, casi con formalismo.   -David-me dijo mi ...
26                  La cruz y el puñal pastoral por un callejón. Si es posible llegar furtivamente a la casa en un automóv...
La cruz y el puñal                    27..¿si es verdad que el quehacer de los seres humanos aquí enla tierra consiste en ...
28                  La cruz y el puñalde lo que debían. ¿Cómo podría explicarles a ellos, cuandoyo mismo no podía entender...
La cruz y el puñal                    29por la calle. No había caminado media cuadra cuando es-cuché a alguien que me grit...
30                  La cruz y el puñal   Mientras que el resto de nosotros conversábamos dos otres muchachas se nos plegar...
La cruz y el puñal.                    31   Los ojos de Guillermito seguían fijos en mí. Pero gradual-mente sentí que la p...
32                 La cruz y el puñalzón: que yo era un campesino rústico, que probablementeMaría no se había quitado sus ...
La cruz y el puñal                     33   No podía entenderla. -No la entiendo, María.  -Venga aquí.- María dio unos pas...
34                  La cruz y el puñal    Manejamos hacia el centro de la ciudad, y esta vez nosdirigimos personalmente a ...
La cruz y tI puñal                    35ba el automóvil, que era norte. Quedamos atrapados en ungigantesco embotellamiento...
36                  La cruz y el puñala las puertas mismas de la casa donde vivía Luis Alvarez.  -Te doy gracias, Señor-di...
La cruz y el puñal                     37mi primer permiso firmado. Salí del departamento del señorAlvarez preguntándome s...
38                  La cruz y el puñalmuelas. Me dijo que los muchachos no habían ido al parquecon ningún plan especial. H...
La cruz y el puñal                    39muchachos querían vernos, debía perrnitírsenos la entrada.   Fue en la cárcel mism...
40                  La cruz y el puñalción, y que no te encuentras en aprietos solo. Yo creo quequieres relacionarte de nu...
La cruz y el puñal                     41tura por un cordón. Si una señora arrepentida pasaba alaltar llevando una cinta e...
42                  La cruz y el puñaldad, simulando Que jamás había notado nada, continuóhablando del infierno, mientras ...
La cruz y el puñal                   43luego cometió un error. Le pidió a mi abuelo que predicarael siguiente domingo por ...
44                 La cruz y el puñal   -Diga, Reverendo Wilkerson.- El banquero lo invitóa que pasara y le dijo: -Anoche ...
La cruz y el puñal                    45   -David-me dijo mi abuelo mirándome fijamente y sinque se asomara esta vez el ch...
46                  La cruz y tI puñalhacer. Aun en aquel caso de extrema necesidad no podíaexponer mi fe al fracaso.   Pa...
La cruz y el puñal                    47te incrédula. Pero la sonrisa se tomó en perplejidad yluegoen asombro al inclinars...
48                  La cruz y el puñallargo. Y te diré el porqué. Porque si los ves ahora quizáresuelvas que has hecho tu ...
David wilkerson -_la_cruz_y_el_puã±al
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David wilkerson -_la_cruz_y_el_puã±al

  1. 1. CRUZ Y L" U AL; DAVI WLKERSO. -Si se me acerca - m e dijo hlicky con esa voz tor- turada- lo mato . -PodlÍas hace rio- le dije--. Pod rías cortarme on mil pedazos y arrojarlos a la calle, pero eso no camb ia- ría lo qu e siento por ti. ,A. veces se reían de él, otra s lo amenazaban. Pero ;:1 día ocurrió ni milagro . . . varios líderes de pandillas camorristas se arrod illaron en el pavimento ... r: · 0; 9n00 ayuda.. . Con pluma maestra David Wiikerson narra la histor ia dramática y verídica de su rr.tsión entre los droqad ic- tos, perdidos y enfan gados en los pecado s más borri-. bies que uno se pueda imaginar. [1 autor pasó horas amarqas, agonizantes en las caí.es de los bajos fondos de la ciL~~ad ~e N~~v¿¡ York, hablandd dereqenerac ón y renabilitación a Jovenes de pandillas pendencieras , . endurecidas y llenas de los vicios más viles. Cuando comience a leer LA CRUZ Y EL PUlJAL no lo podrá dejar de lado . Vivirá junto a los personajes mo- mentos de temor, angustia, dolor y emoción que lo llevarán de la tragedia a la aleqría, de las lágrimas a la soruca, con la lectura de los hechos auténticos que .aquí Sb elatan.
  2. 2. LA CRUZ y EL PUNAL Por David Wilkerson Con Juan y Elisabet SherriilVersión castellana: Benjamin E. MercadD Editorial lfíDA
  3. 3. ISBN 0-8297-0522-8Edición en inglés I!:) David Wilkerson 1963Edición en español I!:) David Wilkerson 1965Décima edición 1980Miami, Florida 33167Todos los derechos reservados según todos losconvenios internacionales y panamericanos.
  4. 4. La C::I"UZ ", t::1 punalEste es un extraordinario relato de las experien-cias de un hombre al penetrar en las partes másbajas y sombrías de la ciudad de Nueva York.Desde el comienzo, fue guiado por el EspírituSanto. Tal cerno Abraham, obedeció el mandatoy salió "sin saber a dónde iba." Los detalles delo que experimentó él y su familia son a vecesbrutales y hasta repugnantes, pere a través detodos los sucesos se observa una fe constante, queaunque a veces vacila, jamás fracasa. ,---EI Dr.. Daniel A. PeJinA, en "The Christian Herl!Jltl."
  5. 5. THE CROSS ANO ¡HE SWITCHBLAOE A mi esposa, Gwm
  6. 6. CAPITULO 1 Toda esta extraña aventura comenzó tarde una nochemientras sentado en mi despacho leía la revista Lije, y volvíuna página. A primera vista, no parecía que hubiera nada en la páginaque me interesara. Figuraba un dibujo a tinta de unproceso que se realizaba en la ciudad de Nueva York, aunos 560 kilómetros de distancia. No había estado jamásen Nueva York, ni había deseado ir allí nunca, excepto quizápara ver la estatua de la Libertad. Comencé a dar vuelta la hoja. Pero al hacerlo, mi aten-ción se concentró en la mirada de uno de los personajesdel dibujo. Era un muchacho. Uno de los siete muchachosprocesados por asesinato. El artista había captado unamirada tal de estupor, de odio y desesperación en su rostro,que abrí la revista cuán ancha era para observar con másdetenimiento. Y al hacerlo solté el llanto. "¿Qué me pasa?"me dije en voz alta enjugándome impacientemente unalágrima. Luego miré con más atención el dibujo. Los mucha-chos eran todos jovencitos. Eran miembros de una pandillallamada los Dragones. A los dibujos de los muchachos lesseguía la historia de cómo habían ido al parque Highbridgeen la ciudad de Nueva York, donde habían atacado brutal-mente y muerto a Michael Farmer, un joven de quinceaños de edad que sufría de polio. Armados de cuchillos, lossiete muchachos habían asestado a la víctima siete puñala-tIas en la espalda, para luego golpearlo en la cabeza con cin-turones de cuero reforzados. Y se fueron limpiándose lasmanos ensangrentadas en el pelo, diciendo: "Le dimos unabuena paliza." La historia me dio asco. Me revolvió elestómago. En nuestro pueblecito ubicado en las montañas,tales cosas eran misericordiosamente increíbles. Es por esoque quedé pasmado ante el pensamiento que nació de re-pente en mi cerebro, un pensamiento maduro, como siprocediera de alguna otra parte. • Ve a la ciudad de Nueva York y ayuda a esos muchachos.
  7. 7. 6 La cruz y el puñal Lancé una ruidosa carcajada. "¿Yo? ¿Ir a Nueva York?¿Un predicador rural meterse en une¡ situación que desconocepor completo?" Ve a la ciudad de Nueva YMk y eyuda a esos muchacnos.El pensamiento estaba aún allí, vívido como siempre y alparecer del todo independiente de mis propios sentimientose ideas. "Seré un necio si voy. No sé nada de muchachos comoésos. Y no quiero tampoco saber nada de ellos." Pero no había nada que hacer. La idea no se borraba demi mente: tenía que ir a Nueva York y además era im-prescindible que lo hiciera de inmediato, mientras se ven-tilaba el proceso. A fin de entender el cambio radical que esta idea repre-sentaba para mí, es necesario decir que hasta ese día quevolví la página de la revista, la mía había sido una vidacorriente. Corriente pero satisfactoria. La pequeña iglesiaubicada entre montañas en Philipsburg, Pensilvania, dela que yo era pastor, había crecido paulatinamente. Había-mos,construido un nuevo edificio para la iglesia, una nuevacasa pastoral y el presupuesto Para la obra misionera au-mentaba constantemente. Estaba! satisfecho de nuestro cre-cimiento, puesto que cuatro años antes, cuando Gwen y yoarribamos por primera vez a Philipsburg como candidatospara el púlpito vacante de la iglesia, ésta ni aún teníaedificio propio. La congregación, compuesta de cincuentamiembros, se reunía en una casa particular, empleando elpiso de arriba para casa pastoral y la planta baja paralos cultos de la iglesia. Cuando la comisión encargada de elegir el nuevo pastornos llevó para que viéramos la casa, recuerdo que el tacóndel zapato de Gwen atravesó el pise de madera de la casapastoral. -Se necesitan hacer algunas reparaciones-admitió unade las damas de la iglesia, una señora corpulenta que teníapuesto un vestido de algodón estampado. Recuerdo quenoté que esta mujer tenía en los nudillos de los dedos grietasllenas de tierra, a raíz de los trabajos agrícolas. -Los de-jaremos solos para que recorran la casa a su gusto-nosdijeron.
  8. 8. La c..uz y el puñal 7 f así fue que Gwen continuó recorriendo sola el piso dearriba de la casa. Por la forma como cerraba las puertasme daba cuenta de que no se sentía feliz, pero la verdaderasorpresa se produjo cuándo abrió un cajón de la cocina.La oí dar un grito y corrí escaleras arriba. Allí estabantodavía procurando escabullirse: siete u ocho cucarachasgrandes, negras y gordas. Gwen cerró de golpe el cajón. -Oh, David, mo puedol-s-me dijo llorando. y sin esperar que le respondiera, salió corriendo por elpasillo y bajó a todo correr las escaleras, mientras que sustacones altos hacían un ruido estrepitoso. Me disculpécomo pude ante la comisión y seguí a Gwen hasta el hotel-el único hotel de Philipsburg-i-donde la encontré que yame esperaba con el bebé. -Lo siento, querido-me dijo Gwen->, ¡Es una gentetan buena! pero yo le tengo terror a las cucarachas. Gwen había ya empacado las valijas. Era evidente quepor lo que a Gwen tocaba, Philipsburg, Pensilvania, tendríaque buscar otro candidato. Pero las cosas no sucedieron así. No podíamos irnosantes de la noche porque yo tenía que predicar en el cultovespertino. No recuerdo si mi sermón fue bueno. Y sinembargo había algo en ese sermón que pareció impresionara las cincuenta personas que asistían a esa pequeña casa-iglesia. Varios de aquellos agricultores de manos encalleci-das, sentados ante mí, se enjugaban las lágrimas con elpañuelo. Terminé mi sermón y mentalmente subí a miautomóvil y comenzaba a viajar alejándome a través delas colinas de Philipsburg cuando de repente un ancianocaballero se puso de pie en el culta y dijo: -Reverendo Wilkerson, ¿quiere venir a ser nuestro pastor? . Se trataba de una forma más bien desusada y tomó a todos por sorpresa, incluse a mi esposa y a mí. Hacía variassemanas que los miembros de esta pequeña iglesia de las Asambleas de Dios no podían ponerse de acuerdo respectode cuál candidato elegir. Y ahora el anciano Meyer tomabael asunto en sus propias manos y me invitaba directamente Pero en vez de oposición fue respaldado por cabezas queasentían y voces de aprobación.
  9. 9. 8 La cruz y el puna» -Usted puede salir por unos instantes y consultar consu esposa-e-me dijo el señor Meyer-. Hablaremos conustedes dentro de unos momentos. Afuera, en el coche a oscuras, Gwen guardaba silencio.Debbie estaba dormida en la cunita de mimbre, en el asientotrasero del coche, la valija apoyada junto a ella, empacaday lista. Y en el silencio de Gwen ee trasuntaba una calladaprotesta contra las cucarachas. -Necesitamos ayuda, Gwen-dije apresuradamente->.Creo que debemos orar. -Háblale respecto de esas cucarachas-dijo Gwen som-bríamente. ":-Bien, eso haré. Incliné la cabeza. Allí en la oscuridad, frente a aquellapequeña iglesia, hice un experimento en una clase especialde oración que busca hallar la voluntad de Dios medianteuna señal. Esta forma de hallar la voluntad del Señor seoriginó con Gedeón, quien al tratar de hallar la voluntadde Dios para su vida, pidió una señal con un vellón de lana.Puso un vellón de lana de cordero en el suelo y le pidió aDios que enviara rocío en todas partes menos en el vellón.Por la mañana, la tierra estaba humedecida de rocío peroel vellón de Gedeón estaba seco: Dios le había concedidola señal. -Señor-dije en voz alta-quisiera que me dieses ahorauna señal. Estamos dispuestos a hacer tu voluntad sipodernos descubrir cuál es. Señor, si quieres que nos quede-mós aquí en Philipsburg te pedirnos que nos lo hagas saberhaciendo que la comisión nos elija por unanimidad de votos.y que por iniciativa propia decidan refaccionar la casapastoral, poniendo una refrigeradora decente y una cocinaeconómica. - y Señor-dijo Gwen interrumpiéndome, porque en esemomento se abría la puerta del frente de la iglesia y lacomisión comenzaba a caminar hacia nosotros--que porpropia iniciativa maten las cucarachas. La comisión salió de la iglesia seguida de toda la con-gregación y se reunió alrededor del automóvil junto al cualahora Gwen y yo estábamos de pie. El señor Meyer seaclaró la garganta. En tanto que él hablaba Gwen me opri-mió la mano en la oscuridad.
  10. 10. La cruz y el puñal 9 -Reverendo Wilkerson y señora-dijo. Hizo una pausay comenzó de nuevo-. Hermano David, hermana Gwen.Hemos votado y todos estamos de acuerdo en que ustedessean nuestros nuevos pastores, La votación ha sido cien porciento. Si resuelven venir, repararemos la casa pastoral, pon-dremos una nueva cocina y otras cosas necesarias y la her-mana Williams me dice que fumigará el lugar. -Para librarnos de esas cucarachas-añadió la señoraWilliams dirigiéndose a Gwen. A la luz que bañaba el césped y que salía ce la puertaabierta de la iglesia, podía ver que Gwen lloraba. Más tarde,de vuelta en el hotel, después de haber estrechado la mano detodos los presentes, Gwen me dijo que se sentía muy feliz. y éramos felices en Philipsburg. La vida de un pastorrural me sentaba perfectamente. La mayor parte de misfeligreses eran agricultores u obreros de las minas de carbón,personas honradas, temerosas de Dios y generosas. Traían los Idiezmos de los productos que envasaban, de la mantequilla,huevos, leche y carne. Eran personas industriosas y felices,personas que uno podía admirar y de quienes se podíaaprender. Después de haber estado allí poco más de un año, com-pramos una vieja cancha de béisbol en las afueras de laciudad, en donde otrora Lou Gehrig había jugado a la pe-lota. Recuerdo el día que me puse en el jon pleit miréhacia el jardín central, y le pedí al Señor que nos edificarauna iglesia justamente allí, teniendo como piedra funda-mental el jon plei: y el púlpito más o menos en el sitieubicado entre la primera y segunda base. Y eso es lo queexactamente ocurrió. Construimos la casa pastoral contigua a la iglesia, y mien-tras Gwen fue señora de aquella casa ningún insecto pudojamás levantar la cabeza. Era un hermoso y pequeño chaletde cinco habitaciones, pintado de rosa desde donde sedivisaban por un lado las colinas y por el otro la cruz blancade la iglesia. Gwen y yo trabajamos con ahinco en Philipsburg y alcan-zamos cierto éxito. El día de año nuevo de 1958 habíadoscientas cincuenta personas inscriptas en la iglesia, incluso
  11. 11. 10 La cruz y el puñalBonnie, nuestra nueva hijita. Pero yo me sentía intran-quilo. Comenzaba a experimentar cierta clase de descon-tento espiritual, que no se aliviaba con mirar la nuevaiglesia edificada en un terreno de unas dos hectáreas, rodeadade colinas, ni con el creciente presupuesto misionero, ni conel aumento de asistencia a la iglesia. Recuerdo la nocheprecisa que lo reconocí de la misma forma que la genterecuerda fechas importantes en su vida. Fue el 9 de febrerode 1958. Esa noche decidí vender mi televisor. Era tarde. Gwen y las niñas estaban dormidas y yo mehallaba frente al televisor mirando un programa de me-dianoche. La historia que se desarrollaba ante mis ojos in-volucraba un número de danza en el cual varias coristascaminaban por el escenario en ropas escasas. Recuerdo quede repente pensé en lo monótono que. era todo aquello.-Te estás poniendo viejo, David-dije a modo de adver-tencia personal. Pero aunque lo procuraba, no podía concentrarme en lavieja historia gastada, y en la joven, -¿cuál era?- cuyodestino en las tablas debía ser asunto de palpitante interéspara todos los televidentes. Me levanté y apagué el televisor, observando a las jóvenesque desaparecían en un pequeño punto luminoso en el centrode la pantalla. Salí de la sala y fui a mi despacho y me sentéen la silla giratoria tapizada de cuero marrón. -¿Cuánto tiempo me paso todas las noches mirando esapantalla?-me pregunté-o Por, lo menos dos horas. ¿Quépasaría, Señor, si vendiera mi televisor y pasara ese tiempoorando? De todas maneras era el único de la familia que mirabatelevisión. ¿Qué ocurriría si pasaba dos horas en oración todas lasnoches? La idea era emocionante. "Substituye la televisiónpor la oración y verás lo que ocurre," me dije. De inmediato acudieron a mi mente objeciones a esa idea.Por la noche estaba cansado. Necesitaba relajar mis nerviosy cambiar el ritmo. La televisión era parte de nuestracultura social; no era bueno que un ministro evangélico seaislara de aquello que la gente veía y que era tema de con-versaciones. Me levanté de la silla, apagué las luces y meparé junto a la ventana mirando hacia las colinas bañadaspor la luz de la luna. Luego le pedí otra señal al Señor,
  12. 12. La cruz y el puñal 11una señal que estaba destinada a cambiar mi vida. Impuse aDios una condición difícil, según me parecía, puesto queen realidad no quería dejar la televisión. - ]esús-dije-necesito ayuda para decidirme, de maneraque he aquí lo que te pido. Voy a poner un aviso en eldiario ofreciendo en venta mi televisor. Si tú apoyas la ideahaz que un comprador aparezca de inmediato. Que aparezcadentro de una hora ... dentro de media hora de haber salidoel diario a la calle. Cuando le hablé a Gwen respecto de mi decisión a lamanana siguiente, no pareció impresionada. -¡Media ha-ra!~xc1amó-. Me parece, David Wilkerson, que en reali-dad no quieres orar. Gwen estaba en lo cierto, pero de cualquier manera puseel aviso en el diario. Era un cuadro cómico en nuestra saladespués que apareciera el diario. Yo me hallaba sentadoen el sofá con el televisor que me miraba desde un lado ylas niñas y Gwen desde el otro. Y mis ojos fijos en ungran reloj despertador junto al teléfono. Pasaron veintinueveminutos. -Bien, Gwen-c-dije-s-parece que tienes razón. Yo creoque no vaya tener que ... Sonó el teléfono. Tomé el auricular lentamente, mirando a Gwen. -¿Tiene un televisor para la venta?-me preguntó unhombre del otro lado de la línea. -Sí. Es un RCA, en buenas condiciones, con pantallade cuarenta y ocho centímetros. Lo compré hace dos años. -¿Cuánto quiere? -Cien dólares-le dije rápidamente. Ni había pensadocuánto pedir hasta ese momento. -Trato hecho-dijo el hombre sencillamente. -¿Ni lo quiere ver siquiera? r -No; téngalo listo en quince minutos. Llevaré conmigoel dinero, Desde entonces mi vida no ha sido la misma. Todaslas noches a medianoche, en vez de hacer girar botones yperillas, entraba en mi despacho, cerraba la puerta y co-menzaba a orar. Al principio las horas parecían marcharlentamente y me ponía intranquilo. Luego aprendí a in-tegrar la lectura sistemática de la Biblia con mi vida de
  13. 13. 12 La cruz y el puñaloración: nunca había leído antes la Biblia de tapa a tapaincluyendo las genealogías. Y aprendí lo importante que esestablecer el equilibrio entre la oración que pide y la oraciónde alabanza. ¡Qué maravilloso es pasar una hora enteradándole gracias a Dios! Esta práctica sitúa la vida en unaperspectiva distinta. Fue durante una de esas noches de oración que toméal azar la revista Lite. Me había sentido extrañamenteintranquilo esa noche. Estaba solo en la casa; Gwen y lasniñas se hallaban en Pittsburgh visitando a los abuelos.Había estado orando durante largo tiempo. Me sentíaparticularmente cerca de Dios, y sin embargo, por razonesque no podía entender, sentía que pesaba sobre mi corazónuna tristeza grande, profunda. Esa tristeza cayó sobre micorazón de repente y comencé a preguntarme lo que podríasignificar. Me puse de pie y encendí las luces de mi des-pacho. Me sentía intranquilo, como si hubiese recibidoórdenes, sin poder entender en qué consistían. -¿Qué es lo que quieres decirme, Señor? Dí unas vueltas por mi oficina, procurando entenderlo que me estaba ocurriendo. Sobre mi escritorio había unejemplar de la revista Lije. Estiré la mano para tomarlo yluego me detuve. No, no iba a caer en esa trampa: leeruna revista cuando debía estar orando. Comencé a caminar de nuevo por la oficina y cada vezque me acercaba al escritorio, mi atención convergía en larevista. -Señor, ¿hay en la revista algo que tú quieres que yovea?-dije en alta voz. Mis palabras retumbaron en elsilencio de la casa. Me senté en la silla giratoria tapizada de cuero y con el corazón palpitante, corno si estuviera en los umbrales mismos de algo portentoso que no podía entender, abrí la revista. Momentos más tarde mi vista se había fijado en aquel dibujo a tinta de los siete muchachos, y las lágrimas comenzaban a correrme por el rostro. La noche siguiente era miércoles, noche de culto de ora- ción en la iglesia. Decidí informar a la congregación respecto de mi experimento de oración de las doce a las dos de la mañana y acerca de la extraña sugerencia que había resul- tado de ese experimento de oración. La noche de aquel miércoles era fría. Era a mediados del invierno y había
  14. 14. La cruz y el puñal 13comenzado a nevar. No fueron muchas las personas quevinieron esa noche a la iglesia. Los agricultores, según creo,temían ser sorprendidos por una tormenta de nieve en elpueblo. Hasta las gentes del pueblo que asistían al culto lle-garon tarde y ocuparon los últimos asientos de la iglesia, quees siempre una mala señal para el predicador. Significabaque tendría una congregación "fría" a la cual dirigir lapalabra. No intenté siquiera predicar un sermón esa noche. Cuandome puse de pie tras el púlpito pedí que todos pasaran asentarse en las primeras bancas, "porque tengo algo quequiero enseñarles," les dije. Abrí la revista Lije y se laenseñé. -Miren bien la cara de esos muchachos-les dije yluego les narré cómo el llanto había acudido a mis ojos ycómo había recibido instrucciones claras de ir yo mismoa Nueva York y procurar ayudar a esos muchachos. Misfeligreses me miraban impasibles. No me daba a entender yme daba cuenta del porqué. El instinto natural de cual-quiera sería de aversión hacia esos jóvenes, y no de simpatía. Ni aún yo podía entender mi propia reacción. Luego ocurrió algo maravilloso. Le informé a la congre-gación que quería ir a Nueva York pero no tenía dinero.A pesar de que había tan pocas personas presentes esanoche, y de que no entendían lo que yo trataba de hacer, mis feligreses se pusieron de pie en silencio, avanzaron hacia el frente de la iglesia, Yo uno por uno colocaron su ofrenda sobre la mesa de la comunión. La ofrenda alcanzó a setenta y cinco dólares, más o menos, lo suficiente para un viaje de ida y vuelta en auto- móvil a Nueva York. El jueves estaba listo para partir. Llamé por teléfono a Gwen y le expliqué, temo que sin éxito, lo que trataba de hacer. -¿Crees sinceramente que es el Espíritu Santo quien te dirige?-me preguntó Gwen. -Sí, querida. Lo creo sinceramente. -Bien, entonces, no te olvides de llevar medias abrigadas. En las primeras horas de la mañana del jueves subí a miviejo automóvil con Miles Hoover, el director de los jóvenes
  15. 15. 14 La cruz y el puñal de mi iglesia. Di marcha atrás al coche y salí a la calle. Nadie nos vino a despedir, otro indicio de la faIta total de entu- siasmo que acompañaba al viaje. Y esa falta de entusiasmo no se podía achacar simplemente a los demás. La sentía yo mismo. Continuamente me preguntaba qué era lo que me llevaba hasta Nueva York, con una página arrancada de la revista Lije. Me preguntaba incesantemente por qué el rostro de aquellos muchachos me hacía llorar aun ahora cuando los miraba. -Tengo miedo, Miles, tengo miedo--confesé finalmente mientras corríamos a lo largo de la autopista de Pensilvania. -¿Miedo? -Temo que esté haciendo algo temerario. Quisiera saber si hay alguna manera de estar seguro que Dios es quien dirige mis pasos y que no es algún capricho alocado de mi propia cabeza. Manejé un rato en silencio. -¿Miles? -¿Qué? Mantenía los ojos fijos en la carretera y no me atrevía a mirarle de frente. -Quiero que hagas algo. Saca la Biblia y ábrela al azar y léeme el primer pasaje sobre el cual pon- gas el dedo. Miles me miró como si me acusara de practicar cierta clase de rito supersticioso, pero hizo lo que le pedí. Tomó la Biblia que estaba en el asiento trasero del coche. Por el rabillo del ojo lo observé que cerraba los ojos, inclinaba la cabeza hacia atrás, abría el Libro y señalaba con determina- ción un cierto lugar de la página. Luego lo leyó para sí. Lo observé que se daba vuelta para mirarme pero no me dijo nada. -¿Y?- le pregunté. El pasaje se encontraba en el Salmo 126, versículos 5 y 6. -"Los que sembraron con lágrimas"-leyó Miles-"con regocijo segarán. Irá andando y llorando el qt.re lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo- sus gavillas." Estos versículos nos animaron profundamente mientras viajábamos hacia Nueva York. Y era una buena cosa, puesto que sería el último consuelo que íbamos a recibir du- rante un tiempo largo, muy largo.
  16. 16. CAPITULO 2 Llegamos a las afueras de Nueva York a lo largo dela ruta 46 qué une la autopista de Nueva Jersey con elpuente Jorge Wáshington. Una vez más tenía que lucharcon la lógica. ¿Qué iba a hacer una vez que pasara al otrolado del puente? No lo sabía. Necesitábamos gasolina, de manera que nos detuvimosen una estación de servicio ubicada cerca del puente. Mien-tras Miles se quedó en el coche, yo tomé el artículo de larevista Lije, fui a una cabina telefónica y llamé al fiscalde distrito mencionado en el artículo. Cuando finalmentelogré comunicarme con la oficina que correspondía, tratéde hablar como un pastor evangélico de importancia, in-vestido de una misión divina. La persona que me atendióen la oficina del fiscal de distrito no quedó impresionada. -El fiscal de distrito no tolerará ninguna interferenciaen este caso. Adiós, señor. y la comunicación quedó cortada. Salí de la cabina tele-fónica y me quedé de pie por unos momentos junto a unapirámide de latas de aceite, tratando de captar de nuevo elsentido de la misión que me impulsaba. Nos hallábamos a560 kilómetros de mi casa y estaba oscureciendo; el cansan-cio, el desánimo, y un vago temor se habían apoderado demí. Me sentía solo. Por alguna razón, mientras me hallabade pie junto a la luz crepuscular de los avisos de neón deaquella estación de servicio, después de haber experimentadoel desaire que esperaba, la dirección divina que había reci-bido en la tranquilidad de mi iglesia en las montañas no meparecía tan convincente. -Eh, David-s-era Miles el que me llamaba-e-estamosbloqueandola salida. Partimos de la estación de servicio y entramos de nuevoen la carretera. Al instante nos sentimos apresados en unagigantesca marea de tráfico; no podríamos habemos vuelto silo hubiéramos querido. Jamás en mi vida había visto tantos
  17. 17. L6 La cruz y el puñaLautomóviles, y todos de prisa. Me pasaban por los costadosy me tocaban bocina. Los frenos hidráulicos de los gigantes-cos camiones silbaban amenazadores. ¡Qué cuadro presentaba el puente! Era un río de lucesrojas a la derecha-las luces traseras de los coches queiban delante-y el resplandor blanco del tráfico que avanza-ba en dirección opuesta y la inmensa línea de los rascacielos que se recortaba en lontananza, surgiendo de la noche.Comprendí de pronto que era un rústico campesino. -¿Y qué hacemos ahora?-le pregunté a Miles a lasalida del puente, en donde una docena de luces verdes nosseñalaban distintas carreteras cuyos nombres nada significa-ban para nosotros. -Cuando se encuentre en duda-dijo Miles-siga al co-che que va adelante. El coche que iba adelante, según resultó, se dirigía alManhattan superior. Y así 10 hicimos nosotros. -¡Mire!--dijo Miles, después de pasar yo dos lucesrojas sin detenerme y de casi atropellar a un policía que sequedó sacudiendo tristemente la cabeza-o ¡Allí se ve un-iombreque conozco! ¡Broadway! El nombre conocido de esta calle era como un rostrofamiliar en medio de una multitud de, desconocidos. Segui-mos la calle Broadway, pasando por calles cuyos númerosdescendían paulatinamente desde un número superior aldoscientos hasta menos de cincuenta, y repentinamente nosencontramos en Times Square. Pensamos en noches serenasen Philipsburg mientras Miles leía ahora las palabras de lasmarquesinas de los teatros y cines: "Secretos desnudos,""Amor sin cariño," "La jovencita de la noche," "Vergüenza."Grandes letras blancas en uno de los teatros decían: "Paramayores solamente," mientras un hombre vestido de uni- forme rojo mantenía en línea a una fila de niños inquietos que se empujaban. Unas cuadras más adelante llegamos a la tienda de Macysy luego Gimbels. Mi corazón me dio un salto a la vista deellas. He aquí nombres que conocía. Gwen había encargadoartículos de estas tiendas. Las medias abrigadas que mehabía hecho prometer que llevaría, procedían, pensé, de Gimbels. Establecía un punto de contacto con 10 viejo y familiar. Yo quería quedarme cerca de esos comercios
  18. 18. La cruz y el puñal 17 -Busquemos un hotel en las cercanías-le sugerí a Miles. Del otro lado de la calle se encontraba el hotel Martínique,Decidirnos hospedamos allí. Pero ahora surgía el problemadel estacionamiento. Había una playa de estacionamientoenfrente del hotel, pero cuando el encargado en el portónde entrada me dijo: -Dos dólares por noche--di de in-mediato marcha atrás y me volví a la calle. -Es porque somos de afuera-v-le dije a Miles mientrasme alejaba a una velocidad con la que esperaba demostrarmi indignación-o Se creen que se pueden aprovechar porqueuno es forastero. Media hora más tarde nos encontrábamos de nuevo en laplaya de estacionamiento. -Bueno, salió con la suya-ledije al hombre, que ni siquiera esbozó una sonrisa. Minutosmás tarde nos hallábamos en nuestra habitación en el pisonúmero doce del hotel Martinique. Estuve de pie junto a laventana por largo tiempo, mirando hacia abajo a la gentey los automóviles. De vez en cuando una ráfaga de vientolevantaba en la esquina nubes de polvo y de pedazos dediarios. Un grupo de muchachos se acurrucaba alrededorde un fuego del ótro lado de la calle. Había cinco. Bailabande frío, calentándose las manos sobre el fuego y preguntán-dose sin duda qué iban a hacer. Palpé la página de la revistaLije que tenía en el bolsillo y pensé en qué forma unoscuantos meses antes otros siete muchachos, quizá parecidosa éstos, caminando a la deriva, envueltos en una nube deira y hastío, se habían encontrado de repente en el parqueHighbridge. -Voy a tratar de nuevo de comunicarme con la oficinadel fiscal del distrito-le dije a Miles. Con sorpresa descubríque estaba abierta todavía. Sabía que me estaba convir-tiendo en una molestia pero no se me ocurría otra manerade comunicarme con esos muchachos. Llamé dos veces másy luego la tercera vez. Y al final fastidié a alguien tantoque me suministró alguna información. -Mire--se me respondió con sequedad-la única persona que le puede dar permiso para ver a esos muchachos es el mismo juez Davidson. -¿Y cómo puedo ver al juez Davidson? La voz denotaba fastidio. -Asistirá al proceso mañana por la mañana. Calle Court número cien. Y ahora, adiós,
  19. 19. 18 La cruz y el puñalReverendo. Por favor no nos llame más aquí. No podemosayudarle. Intenté una llamada más, esta vez al juez DavidsonPero la telefonista me dijo que su línea había sido desconectada. Añadió que lo lamentaba pero que no era posiblecomunicarse con el juez Davidson. Fuimos a la cama pero yo, por lo menos, no pude dormir.Para mis oídos no acostumbrados a la vida de la ciudad,cada ruido que se producía en la noche era una amenaza.La mitad de la noche la pasé en vela preguntándome quéera lo que hacía aquí, y la otra mitad la pasé elevandooraciones fervientes de agradecimiento que, cualquiera fue-se la causa, no me podía retener aquí mucho tiempo. A la mañana siguiente, poco después de la siete, Miles yyo nos levantamos, nos vestimos y salimos del hotel. Notomamos desayuno. Ambos sentíamos instintivamente queuna crisis nos esperaba, y consideramos que este ayuno nospermitiría hallarnos en condiciones óptimas, tanto físicas co-mo mentales. Si hubiésemos conocido a Nueva York mejor, hubiéramostomado el subterráneo para ir a los Tribunales, pero comono conocíamos a Nueva York, sacamos el coche de la playade estacionamiento, preguntamos la dirección de la calleCourt y una vez más nos dirigimos hacia Broadway, El número cien de la calle Court pertenece a un edificiogigantesco y aterrorizador al cual acuden personas quesienten odio y que buscan la venganza. Todos los días atrae a centenares de personas que tienen asuntos legítimosque ventilar, pero también atrae a espectadores curiosos yestúpidos, que vienen a compartir-sin peligro-e-la ira que allí se desencadena. Ese día un hombre en particular hacía comentarios en voz alta fuera de la sala del tribunal en donde el proceso por la muerte de Michael Farmer iba a proseguir más tarde esa mañana. -La silla eléctrica no es castigo suficiente para ésos-dijo dirigiéndose al público en general. Luego volviéndose al guardia uniformado que estaba estacionado junto a las puer- tas cerradas dijo: -Hay que enseñarles una lección a esos matones. Hay que hacer un ejemplo de ellos. El guardia se metió los dedos pulgares en el cinturón y le
  20. 20. La cruz y el puñal 19dio la espalda, como si hubiese aprendido hacía muchotiempo que ésta era la única manera de defensa contra losque se nombraban a sí mismos guardianes de la justicia.Cuando nosotros llegamos-a las ocho y media-habíacuarenta personas esperando en fila para entrar en la saladel tribunal. Descubrí más tarde que ese día había disponi-ble solamente cuarenta y dos butacas en la sección paralos espectadores. Con frecuencia he pensado que si noshubiéramos detenido a tomar el desayuno, todo lo que meha ocurrido desde aquella mañana del 28 de febrero de 195~, hubiese tomado una dirección distinta. Durante una hora y media esperamos en fila, no atrevién-donos a irnos, puesto que había otros esperando la oportuni-dad de ocupar nuestro lugar. En cierto momento, cuandoun empleado del tribunal pasó junto a la fila yo le señaléuna puerta que estaba a cierta distancia en el corredor yle pregunté: -¿Es aquélla la oficina del juez Davidson? Por toda respuesta asintió con la cabeza. -¿Cree usted que podría entrevistarme con él? El hombre me miró y se rió. No me respondió, sino queemitió una especie de gruñido, entre despreciativo y burlón,y se alejó. Alrededor de las diez de la mañana un guardia abrió las puertas del tribunal y entramos a un vestíbulo en dondecada uno de nosotros fue brevemente inspeccionado. Levan- tamos los brazos; supuse que buscaban armas. -Han amenazado la vida del juez-dijo el hombre en frente de mí, velviendo la cabeza mientras era palpado. La pandilla de los Dragones. Dicen que le agarrarán en el Tribunal. Miles y yo ecupamos los dos últimos asientos. Me hallé sentado junto al hombre que pensaba que la justicia debía ser más sumaria. -Esos muchachos debían estar ya muertos, ¿no es así?-me dije aun antes de que nos hubiésemos sen- tado y luege, velviéndose a la otra persona que estaba sentada junto a él le formuló la misma pregunta antes de que yo tuviera oportunidad de responderle. Me sorprendió el tamaño de la sala del tribunal. Yo me había imaginado una sala impresionante con centenares de asientos, pero me imagino que esa idea procedía de Holly- wood. En realidad la mitad de la sala estaba ocupada por
  21. 21. 20 La cruz y el puñalpersonal del tribunal, una cuarta parte por la prensa y sólouna pequeña sección en el fondo estaba destinada al público.Mi amigo sentado a mi derecha hizo un comentario sininterrupción respecto de los procedimientos que seguía eltribunal. Un grupo numeroso de hombres penetró en eltribunal desde atrás, y se me inform6 que eran los abogadosdesignados por el tribunal. -son veintisiete-me dijo mi amigo-. Los tiene que pro-porcionar el Estado. Ningún otro defendería a estos cana-llas. Además no tienen dinero alguno. Son muchachos dehabla hispana. No lo sabía, pero no dije nada. -Tuvieron que decir que eran inocentes. Son las leyesdel Estado por asesinato de primer grado. Debían sercondenadosa la silla eléctrica, todos. Luego entraron los muchachos. Yo no sé lo que había estado esperando. Hombres, meimagino. Después de todo se trataba éste de un proceso porasesinato, y jamás había pensado en realidad que hubieseniños que pudiesen cometer un asesinato. Pero esos eranniños. Siete muchachitos encorvados, asustados, pálidos, en- flaquecidos, procesados por un asesinato brutal. Cada unoestaba esposado al guardia, y cada guardia, según me pare-cía, era extraordinariamente corpulento, como si se los hu- bieseescogido deliberadamentepara hacer contraste. Los siete muchachos fueron escoltados a un sitio ubicado a la izquierda de la sala, se los hizo sentar y se les quita- ron las esposas. -Esa es la forma de tratarlos-me dijo mi vecino-. No hay que descuidarse en lo más mínimo. Dios, ¡cómo los odio! -Dios parece ser el único que no los odia-le dije. -¿Qué? Alguien comenzó a golpear en un pedazo de madera, abriendo la sesión al entrar el juez con paso rápido, mientras todo el tribunal se puso de pie. Observé los procedimientos en silencio, pero no así mi vecino, Se expresó en forma tan enfática que varias veces la gente se dio vuelta para mirarlo. Una muchacha era interrogada esa mañana. -Esa es la "muñeca" de la pandilla-me dijo el hom-
  22. 22. La cruz y el puñ~l 21bre sentado a mi lad~. Una "muñeca" es una prostitutajoven. Se le mostró un cuchillo a la joven y se le preguntó silo reconocía. Ella admitió que sí, que era el cuchillo delcual había limpiado sangre la noche del asesinato. Se tardótoda la mañana para conseguiresa simple declaración. y de repente, el procedimiento terminó. Me tomó desorpresa, lo que puede, en parte, explicar lo que ocurriódespués. No tuve tiempo de pensar lo que iba a hacer. Vi al juez Davidson que se ponía de pie y anunciabaque el tribunal levantaba la sesión. Con los ojos de miimaginación lo vi que salía de la sala, pasaba por la puertay desaparecía para siempre. Me pareció que si no lo veíaahora, jamás lo vería. -Voy allí a hablar con él-le susurré a Miles. -¿Ha perdido la razón? - y si no ...-. El juez estaba recogiendo su túnica ypreparándose para partir. Musité una rápida oración, aga-rré la Biblia en mi mano derecha, esperando que me identifi-cara como ministro evangélico, hice a un lado a Miles,penetré en el pasillo y corrí hacia el frente de la sala. - -Su Excelencia-grité. El juez Davidson dio media vuelta, molesto y airadopor haberse violado la etiqueta de la corte. -Su Excelencia, le ruego tenga en consideración que soyun ministro evangélico y concédame una entrevista. Para entonces los guardias me habían alcanzado. Supongo que el hecho de que la vida del juez había sido amenazada fue responsable por parte de la brusquedad que siguió. Dos de ellos me tomaron de los codos y me empujaron por el pasillo, mientras que se produjo un repentino remolino ygritos en la sección de prensa, en circunstancias que los fotógrafos emprendían veloz carrera hacia la salida procuran- do sacar fotografías. Los guardias me entregaron a dos personas vestidas de uniformes azules que se hallaban en el vestíbulo. -Cierren esas puertas-ordenó uno de los oficiales-. Que nadie salga.
  23. 23. 22 La cruz y el puñal Luego, vofviéndose a mí, dijo: -Muy bien, ¿dónde estáel arma? Le aseguré que no.tenía arma alguna. Una vez más se mepalpó. -¿Quién estaba con usted? ¿Quién más está allí? -Miles Hoover. Es nuestro dirigente de los Jovenes. Trajeron a Miles. Creo que temblaba más de ira y ver-güenza que de temor. Algunos periodistas lograron entrar en la sala mientrasla policía nos interrogaba. Le enseñé a la policía mis creden-ciales de ordenación para que supieran que era un clérigoverdadero. Discutían entre sí respecto de las acusacionesque debían formulárseme. El sargento dijo que consultaríacon el juez Davidson. Mientras ee había ido, los periodistasnos formularon a mí y a Miles numerosas preguntas. ¿Dedónde éramos? ¿Por qué habíamos procedido así? ¿Estába-mos con los Dragones? ¿Habíamos robado esas cartas cre-dencialesde la iglesiao las habíamos falsificado? El sargento regresó diciendo que el juez Davidson noquería formular cargo alguno y que se me dejara ir siprometía no volver jamás. -No se preocupen-s-dijo Miles-. Nunca volverá. Me escoltaron bruscamente hasta el corredor. Allí ensemicírculo los periodistas nos esperaban con sus cámaraslistas. Uno de ellos me dijo: -Eh, Reverendo, ¿Qué libro tiene en la mano? -Mi Biblia. -¿Se avergüenza de ella? -Seguro que no. -¿No? ¿Entonces, por qué la esconde? Levántela en alto,así la podernos ver. y yo fui lo suficientemente ingenuo como para levantarlaen alto. Resplandecieron los fogonazos y de repente supecómo iba a aparecer en los diarios: Un predicador rural enarbolando la Biblia, con los pelos de punta, interrumpe un procesopor asesinato. Uno, simplemente uno de los periodistas, procedió conmás objetividad. Se trataba de Gabe Pressman, del servicionoticioso de la Nstiona! BrtMdctlSting C6mpany. Me formuló
  24. 24. La cruz y el puñal 23algunas preguntas respecto del porqué estaba interesado enestos jóvenes que habían cometido un crimen tan horrendo. -¿Ha observadola cara de esosmuchachos? -Sí, naturalmente. -¿Y todavía me formula esa pregunta? Gabe Pressman esbozó una débil sonrisa. -Ya sé lo queme quiere decir. Bien, Reverendo, de cualquier manera,usted es diferente de los curiosos. Era sin duda diferente. Tan diferente como para pensarque me animaba alguna misión divina, mientras que todo10 que hacía era el papel de necio. Tan diferente como paratraer oprobio a mi iglesia, a mi pueblo y a mi familia. Tan pronto como nos dejaron ir, nos trasladamos apresu-radamente a la playa de estacionamiento donde tuvimosque pagar dos dólares extra por estacionamiento. Miles nodijo ni una palabra. En cuanto entramos en el coche ycerrarnos la portezuela, bajé la cabeza y lloré durante veinteminutos. -Vámonos a casa, Miles.Salgamos de aquí de inmediato. Al pasar por el puente Jorge Wáshington volví la cabezay miré una vez más los rascacielos de Nueva York. Derepente recordé el pasaje de los Salmos que me había ani-mado tanto: "Los que sembraron con lágrimas, con regocijosegarán." ¿Qué clase de dirección divina había seguido? Comencé a dudar de que existieran instrucciones precisas de Dios. ¿Cómo me podría presentar ante mi esposa, mis padres, y mi iglesia? Me había puesto de pie ante mi congregación y le había dicho que Dios había inspirado mi corazón, y~ora debía volver a casa y decirles que había cometido un error y que no sabía cuál era la voluntad de Dios en el asunto.
  25. 25. CAPITULO 3 -Miles-dije cuando ya el puente había quedado atrás,a unos 90 kilómetros de distancia-¿te opondrías a que deregreso a casa pasáramos por Scranton? Miles sabía lo que le quería decir. Allí vivían mis padres.Deseaba francamente que mis padres fueran el paño delágrimas; quería que me consolaran y se condolieran de mí. Cuando llegamos a Scranton a la mañana siguiente, lanoticia había aparecido en los diarios. El proceso relaciona-do con Michael Farmer había sido bien abarcado por laprensa, pero las noticias habían comenzado a escasear. Lasfacetas espeluznantes del asesinato habían sido exploradasy agitadas mediante editoriales, hasta que el último vestigiode horror había sido extraído. El aspecto psicológico, so-ciológico y penológico del caso había quedado agotado hacíamucho tiempo. Y ahora, en el momento en que el correr dela tinta amenazaba cesar, aparecía aquí un aspecto que aun-que incidental era fantástico como para animar el corazóndel director de un diario, y los periódicos habían aprovecha-do la circunstancia. Nos hallábamos en las afueras de Scranton antes que seme ocurriera preguntarme cómo afectaría todo esto a mis padres. Había estado ansioso de verlos, como un niñito cuando se lastima, pero ahora que había llegado en reali- dad a Scranton temía el momento del encuentro. Después de todo, el nombre que había puesto en ridículo era el de ellos también. -Quizá-dijo Miles al enfilar la entrada para los coches -no hayan visto la noticia en los diarios. Pero la habían visto. Un diario estaba abierto sobre la mesa de la cocina en la página donde aparecía la noticia enviada por la Prensa Unida relativa al joven predicador de mirada extraviada que enarbolando una Biblia había sido arrojado de la sala del tribunal en donde se ventilaba el juicio por el asesinato de Michael Farrner.
  26. 26. La cruz y el puñal 25 Mis padres me saludaron con cortesía, casi con formalismo. -David-me dijo mi madre---¡qué... sorpresa más agra-dable! -¿Cómo te va, hijo-s-me saludó mi papá. Me senté.Miles, con mucho tacto se había ido "a dar una vuelta,"sabiendo que aquellos primeros momentos debían pasarse enprivado. -Yo sé lo que ustedes están pensando. -Hice un movi-miento de cabeza hacia el diario-s. Lo siento por ustedes.¿Cómo podrán jamás soportar todo esto? -Bueno, hijo---dijo mi padre-no es tanto por nosotros.Es la iglesia. Y tú, naturalmente. Puedes perder tus docu-mentosde ordenación. Al comprender cuánto se preocupaban por mí, guardésilencio. -¿Qué vas a hacer cuando llegues de vuelta a Philips-burg, David?-me preguntó mamá. -No he pensado en eso todavía. Mi mamá fue al refrigerador y sacó una botella de leche. -¿Quieres que te de un consejor-e-me dijo, llenando unvaso de leche. (Siempre procuraba darme algo que meengordara.) Con frecuencia, cuando mamá estaba lista paradarme algún consejo, no se detenía a pedirme permiso.Esta vez, sin embargo, esperó con la botella en la manohasta que yo asintiera con la cabeza para que continuara.Era como si ella reconociera que se trataba ahora de una batalla que debía librar por mí mismo, y que quizá noquisiera, los consejos de la madre. -Cuando regreses a tu casa, David, no procedas precipita- damente a decir que te has equivocado. "El Señor procede en forma misteriosa para llevar a cabo sus maravillas." Es posible que todo esto sea parte de un plan que tú no puedes ver desde donde te encuentras. Siempre he creído en tu buen criterio. De camino a Philipsburg reflexionaba sobre esas palabrasde mi madre. ¿Qué cosa buena podría resultar de estefiasco? Llevé a Miles a su casa y luego me dirigí a la casa
  27. 27. 26 La cruz y el puñal pastoral por un callejón. Si es posible llegar furtivamente a la casa en un automóvil, luego eso fue lo que hice yo. Cerré silenciosamente la portezuela del automóvil para que no hiciera ruido y casi en puntillas entré a la sala de mi casa. Allí estaba Gwen. Se me acercó y me puso los brazos alrededor del cuello. -Pobre David-me dijo. Fue sólo después de un largo silencio y de estar simple- mente a mi lado que finalmente me preguntó: -¿Qué pa-.so. ? Le comuniqué en detalles lo que había acontecido desde que la había visto por última vez y luego le manifesté el pensamiento de mi madre de que quizá nada había ido mal. -Tendrás dificultad en convencer a la gente de este pueblo, David. El teléfono había estado llamando continuamente. Y se mantuvo llamando durante los tres días subsiguientes. Uno de los funcionarios de la ciudad me llamó para censurarme. Mis colegas en el ministerio no vacilaron en decirme que yo había hecho todo eso para conseguir publicidad barata. Cuando por fin me atreví a caminar por la ciudad, la gente daba vuelta la cabeza para mirarme. Cierto hombre que procuraba siempre incrementar los negocios de la ciudad me estrechó efusivamente la mano y me palmeó las espaldas diciéndome: -Eh, Reverendo Wilkerson, ahora sí que todos saben dónde está Philipsburg. Lo más difícil fue enfrentarme con mis propios feligreses ese domingo. Eran corteses y guardaban silencio. Desde el púlpito aquella mañana hice frente al problema lo más directamente que pude. -Yo sé que todos ustedes deben estar formulándose preguntas-dije hablando a doscientos rostros impávidos-. Primero de-todo ustedes se conduelen de mí y yo lo aprecio. Pero asimismo deben de estar preguntándose: "¿Qué clase de egoísta tenemos de predicador? ¿Un hombre que piensa que todos los caprichos que siente son mandatos de Dios?" Es una pregunta legítima. Parecería como si hubiese con- fundido mi propia voluntad con la de Dios. He quedado avergonzado y humillado. Quizá fue para que aprendiera una lección. Y sin embargo, preguntémonos honradamente:
  28. 28. La cruz y el puñal 27..¿si es verdad que el quehacer de los seres humanos aquí enla tierra consiste en hacer la voluntad de Dios, no debemosesperar de alguna manera que él nos haga conocer su volun-tad?" Los rostros seguían aún impasibles. Nadie respondía. Midefensa del caso en favor de una vida bajo la direccióndivina no hacía impresión alguna. Pero la congregación se mostró extraordinariamente bon-dadosa. La mayoría manifestó que a su entender yo habíacometido una tontería, pero que mi corazón era recto. Unabuena señora me dijo: "Todavía lo queremos, aunque ningúnotro lo quiera." Después de aquella memorable declara-ción esa señora se tomó un tiempo considerable para expli-carme que en realidad no había querido decir lo que suspalabras significaban a simple vista. Luego ocurrió algo extraño. En mis sesiones de oración durante las noches, un versoparticular de las Sagradas Escrituras acudía constantementea mi memoria. Acudía vez tras vez: "Y sabemos que a losque aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien." Acudió con gran fuerza y con un sentido de certeza yconfianza, aunque la parte consciente de mi intelecto nohabía recibido esa confianza. Pero junto con el versículonació una idea tan descabellada que durante varias nochesla rechacétan pronto como aparecía. Vuelve a Nueva York. Cuando traté de no hacer caso a esta idea durante tresnoches seguidas y descubrí que continuaba con la persisten- cia de siempre, me propuse hacer algo al respecto. Estavez estaba preparado. Nueva York, en primer lugar, no me cautivaba. No megustaba el lugar. Y era evidente que no estaba adaptadopara la vida en dicha ciudad. Revelaba mi ignorancia a cada paso y el nombre mismo "Nueva York" era para mísímbolo de turbación. Sería un error desde todo punto devista dejar a Gwen y a las niñas de nuevo, tan pronto.No iba a manejar ocho horas de ida y ocho horas de vueltapor el privilegio de hacer de nuevo el papel de tonto. Y conrespecto a solicitar a la congregación dinero de nuevo, era imposible. Estos agricultores y mineros contribuían ya más
  29. 29. 28 La cruz y el puñalde lo que debían. ¿Cómo podría explicarles a ellos, cuandoyo mismo no podía entender siquiera esta nueva orden deretornar al escenario de mi derrota? No se me presentaría es-ta vez una oportunidad mejor de ver a los muchachos. Ten-dría menos oportunidad, porque ahora era considerado comoun lunático a los ojos de las autoridades municipales. Nicon una yunta de bueyes me podrían haber arrastrado a laiglesiacon una sugerencia semejante. y sin embargo tan persistente era esta nueva idea, que elmiércoles por la noche solicité desde el púlpito a mis feligre-ses más dinero para retornar a Nueva York. La forma como respondió mi gente fue en realidad mara-villosa. Uno por uno se pusieron de pie de nuevo, camina-ron por el pasillo y colocaron una ofrenda en la mesa de lacomunión. Esta vez había mucha más gente en la iglesia,quizá ciento cincuenta. Pero lo interesante es que la ofrendafue casi exactamente la misma. Cuando los centavos fuerontodos contados con algún billete ocasional, la suma erasuficiente para ir a Nueva York y regresar. La ofrendaconsistía en setenta dólares. A la mañana siguiente Miles y yo estábamos de caminoa las seis de la mañana. Tomamos la misma ruta, nos detuvi-mos en la misma estación de servicio y entramos a NuevaYork por el mismo puente. Al cruzarlo musité una oracióndiciendo: "Señor, no tengo la menor idea del porqué tú has permitido que las cosas hayan ocurrido así la semanapasada, o por qué regreso a esta situación confusa. No tepido que me des a conocer tu propósito, sólo que dirijas mispasos." Una vez más encontramos la calle Broadway y doblamos hacia el sur, a lo largo de la única ruta que conocíamos. Marchábamos con lentitud, cuando de repente me invadió la más increíble sensación de.que debía bajarme del coche. -Voy a buscar un lugar para estacionar el coche-e-le dije a Miles-. Quiero caminar un rato y dar una vuelta. Hallamos un lugar vacío para estacionar. -Estaré de vuelta dentro de un rato, Miles. Yo no tengo ni la menor idea de lo que busco. Dejé a Miles sentado en el coche y comencé a caminar
  30. 30. La cruz y el puñal 29por la calle. No había caminado media cuadra cuando es-cuché a alguien que me gritaba: -Eh, David. No me di vuelta al principio, pensando que algún mu-chacho llamaba a un amigo. Pero los gritos continuaron.-Eh, David, predicador. ,~ Esta vez me di vuelta. Era un grupo de unos seisjóvenes que estaban recostados contra un edificio, debajode un letrero que decía: "Prohibido vagabundear aquí. Or-den policial." Estaban vestidos con pantalones ajustados, debotamangas estrechas y chaquetas con cierre relámpago. To-dos, con excepción de uno, fumaban, y todos parecían hastia-dos de la vida. Un séptimo muchacho se separó del grupoy caminó hacia mí. Me gustó su sonrisa al decirme: -¿No es usted el predicador que echaron del tribunaldonde se realizaba el juicio por la muerte de MichaelFarmer? -Sí. ¿Cómo lo sabes? -Su fotografía estaba en todas partes. Su cara es fácilde recordar. -Bueno, gracias. -No es un cumplido. -Sabes cómo me llamo yo, pero yo no sé cómo te llamastú. -Yo soy Tomasito. Soy el presidente de los Rebeldes. Le pregunté a Tomasito, presidente de los Rebeldes sieran sus amigos aquéllos que estaban recostados bajo el letre- ro que decía "Prohibido vagabundear aquí." Tomasito seofreció presentarme. Mantuvieron su estudiada expresión de hastío hasta que Tomasito les reveló que yo había tenido un encuentro con la policía. Eso obró como arte de magia en los muchachos. Era mi "carta blanca" entre ellos. Tomasito me presentó con profundo orgullo. -Eh, muchachos-les dijo-aquí está ese predicador que echaron del proceso por la muerte de Michael Farmer. Uno por uno los muchachos se "despegaron" de la pared del edificio y vinieron para inspeccionarme. Sólo uno de ellos no se movió. Abrió una navaja y comenzó a cincelar un vocablo obsceno en el marco metálico del letrero que decía "Prohibido vagabundear aquí,"
  31. 31. 30 La cruz y el puñal Mientras que el resto de nosotros conversábamos dos otres muchachas se nos plegaron. Tomasito me preguntó delproceso, y le manifesté que estaba interesado en ayudar a losjóvenes, especialmente a aquéllos que formaban pandillas.Todos los muchachos, con excepción del que cincelaba pala-bras en el letrero, escucharon atentamente y varios deellos mencionaron que yo era "uno de los nuestros." -¿Qué quieren decir "uno de los nuestros"?-les pre-gunté. Su lógica era simple; la policía estaba en contra de mí;la policía estaba en contra de ellos. Luego entonces noshallábamos en iguales condiciones y yo era uno de ellos.Fue ésta la primera vez, pero no la última, que oí estaclase de lógica. De repente capté una vislumbre de mímismo arrastrado por aquel pasillo de los tribunales, yaquella vislumbre arrojó nueva luz sobre el asunto. Sentíel leve estremecimiento que siempre experimento en la pre-sencia del plan perfecto de Dios. No tuve que pensar más en ello en ese momento puestoque el muchacho con la navaja dio unos pasos hacia mí.Sus palabras, aunque estaban dichas en la fraseologíadel muchacho solitario de la calle, me traspasaron el cora-zón, más de lo que podría haberlo hecho la navaja. -David-me dijo el muchacho-. Levantó los hombros pa-ra que su chaqueta se ajustara con más firmeza en suespalda. Cuando lo hizo noté que los otros muchachos retro-cedían. Con estudiado detenimiento cerró la navaja y luegola abrió de nuevo. La extendió y en forma casual, delibera-da, la pasó por encima de los botones de mi saco tocandocada uno de ellos. Hasta que no terminara este pequeño"rito" no habló de nuevo. -David--dijo por fin mirándome fijamente por primeravez-usted es una buena persona. Pero, David, si alguna vezse pone en contra de los muchachos en esta ciudad ...-.Sentí la presión suave de la navaja sobre el estómago. -¿Cómo te llamas, muchacho? Se llamaba Willie, (Guillermito) pero fue otro muchachoel que me lo dijo. -Guillermito, yo no sé por qué Dios me ha traído a esta ciudad. Pero perrniteme que te diga una cosa. Diosestá de tu parte. Eso puedo asegurarte.
  32. 32. La cruz y el puñal. 31 Los ojos de Guillermito seguían fijos en mí. Pero gradual-mente sentí que la presión de la navaja disminuía. Y luegodesvióla vista. Se hizo a un lado. Tomasito con habilidad cambió el tema de la conversa-ción. -David, si desea conocer a otros miembros de las pandi-llas ¿por qué no comenzamos aquí? Estos muchachos sontodos Rebeldes, y puedo enseñarle algunos GBI también. -¿GBI? -Grandes Bandoleros, Incorporados. Hacía apenas media hora que me hallaba en NuevaYork y ya había sido presentado a la segunda pandillacallejera. Tomasito me dio direcciones de calles pero yo nopodía entenderlas. -¡Hombre, usted sí que es un campesino rústico! [Nan-cy!-dijo llamando a una de las muchachas que estabacerca-lleva al predicador al cuartel de los GBI, ¿quieres? Los GBI se reunían en un sótano de la calle 134. Parallegar a la "sala del club," Nancy y yo bajamos un tramode una escalera de cemento abriéndonos paso por entre ta-chos de basura y desperdicios, sujetos con cadenas al edificio,junto a gatos flacos de pelaje duro y sucio, por entre unapila de botellas vacías de vodka, hasta que finalmenteNanoy se detuvo y dio dos golpes rápidos y cuatro lentosen una puerta. Una muchacha la abrió. Al principio penséque estaba haciendo un chiste. Era la imagen perfecta yestereotipada del vagabundo. Estaba descalza, sostenía en lamano una botella de cerveza, el cigarrillo le colgaba de uncostado de la boca, estaba despeinada y el vestido de-jaba al descubierto uno de los hombros en forma reveladora.Dos cosas impidieron que soltara la risa. El rostro de lajovencita estaba serio. Y era solamente una pequeñuela,una adolescente. -¿María?-dijo Nancy-. ¿Podemos entrar? Quiero pre-sentarte a un amigo. María se encogió de hombros. El hombro que sostenía elvestido, y abrió un poco más la puerta. La habitación estabaa oscuras y tardé un tiempo en darme cuenta que estaballena de parejas. Muchachos y chicas de edad de la escuelasecundaria, sentados juntos en aquella habitación fría y ma- loliente y comprendí con sobresalto que Tomasito tenía ra-
  33. 33. 32 La cruz y el puñalzón: que yo era un campesino rústico, que probablementeMaría no se había quitado sus zapatos ni se había descubier-to ella misma el hombro. Alguien encendió una luz morte-cina. Los muchachos comenzaron a desligarse y levantaronla vista reflejando el mismo hastío que había observado enlos rostros de los Rebeldes. -Este es el predicador que echaron del tribunal duranteel juicio por la muerte de Michael Farmer-dijo Nancy. De inmediato se fijaron en mí. Más importante aún, secompadecían de mí. Esa tarde se me presentó la oportunidadde predicar mi primer sermón a una de las pandillas deNueva York. No traté de predicarles un sermón complicadosino simplemente decirles que eran amados. Se les amabatal como eran, allí, entre las botellas de vodka y en mediode la aburrida búsqueda del placer sexual. Dios sabía loque buscaban cuando bebían bebidas alcohólicas y se entre-gaban al placer sexual, y Dios anhelaba ardientemente que hallaran lo que realmente buscaban: el estímulo y el rego-cijo y el fntime conocimiento de que se les necesitaba. Pero ni ese estímulo ni ese regocijo debía proceder del alcohol barato en un frío sótano de una casa de departamentos. Dios tenía esperanzas mucho más elevadas para ellos. En cierta oportunidad, cuando hice una pausa, uno de los muchachos dije: Siga, predicador, le captamos la onda. Era la primera vez que oía la expresión. Significaba que llegaba a sus corazones, que me comunicaba con ellos y era el cumplido más elevado que podían hacer a un predica- dor. Media hora después hubiera dejado esa guarida muy animado, excepto por una cosa. Allí entre los GBl tuve mi primer encuentro con estupefacientes. María, que resultó ser la presidenta del grupo auxiliar de mujeres jóvenes adseripto a los GBl me interrumpió cuando dije que Dios podía ayudarlos a comenzar una nueva vida. -A mí no, David. A mí, no. María había dejado el vaso, se había levantado el vesti- do cubriéndose el hombro. -¿Y por qué no, María? Por toda respuesta, se arremangó la manga del vestido y me enseñó la parte interior del brazo, junto al codo.
  34. 34. La cruz y el puñal 33 No podía entenderla. -No la entiendo, María. -Venga aquí.- María dio unos pasos y se puso debajodel foco de luz eléctrica y estiró el brazo. Podía observarpequeñas heridas como si fueran picaduras infestadas demosquitos. Algunas eran viejas y estaban azules. Otras erannuevas y rojas. Repentinamente comprendí lo que estajovencita quería decirme. Era adicta a las drogas. -Soy una mainliner, David. No hay esperanzas para míni aun de Dios. Eché una mirada en la habitación para ver si podíacaptar en los ojos de los demás jóvenes la idea de queMaría procedía en forma melodramática. Nadie sonreía. Almirar por un instante los rostros de aquel círculo de jóvenessupe lo que más tarde leería en las estadísticas policiales yen los informes de los hospitales: la medicina aun no tieneuna cura para el adicto a las drogas. María había expresadola epinión de los expertos: no hay virtualmente esperanzaspara el mainliner, el enviciado que se inyecta la heroína di-rectamente en las venas. y María era una de esas adictas. CAPITULO 4. Cuando regrese al automóvil, estacionado todavía en lacalle Broadway, Miles pareció muy contento de verme. Tenía miedo que se hubiese enredado en su propioproceso por asesinato, con usted como cadáver-me dijo. Cuando le hablé de las dos pandillas con las que mehabía encontrado a la hora de haber sentado pie en NuevaYork, acudió a la mente de Miles el mismo pensamientofantástico que se me había ocurrido a mí. --Comprende, naturalmente, que no hubiera tenido ja-más probabilidad alguna entre ellos si no hubiera sido ex-pulsado de aquel tribunal y si no le hubieran sacado unafotografía--me dijo.
  35. 35. 34 La cruz y el puñal Manejamos hacia el centro de la ciudad, y esta vez nosdirigimos personalmente a la oficina del fiscal de distrito,no porque tuviésemos ilusión alguna de que seríamos bienrecibidos, sino porque de esa oficina dependía de que viéra-mos a los siete jóvenes en la cárcel o no. -Quisiera que hubiese alguna forma-dije-de conven-cerle que no me anima otro motivo que el bienestar deesos muchachos al pedirle que me deje verlos. -Reverendo Wilkerson, si cada una de sus palabrasprocediera directamente de esa Biblia que usted tiene en lamano, aun así no podríamos permitirle que los visite. Laúnica manera de que usted pueda ver a esos muchachossin el permiso del juez Davidson es mediante un permisoescrito por cada uno de los padres. ¡Aquí se me abría otro camino de posibilidades! -¿Me podría dar los nombres y las direcciones? -Lo lamento. No estamos autorizados para hacerlo. De nuevo en la calle saqué del bolsillo la página ahorabastante ajada de la revista Lije. Aquí figuraba el nombredel jefe de la pandilla: Luis Alvarez, Mientras Miles se quedó en el automóvil fui a una confitería y cambié un billete de cinco dólares-era casi todo el dinero que me quedaba-por monedas de diez centavos. Luego, con ese dinere comencé a llamar a todos los Alvarez de la guía telefónica. Había como doscientos solamente en Manhattan. -¿Es ésta la casa de Luis Alvarez, el que figura en el juicio por la muerte de Michael Farmerr-s-preguntaba yo. Se producía un silencio de persona ofendida. Seguían palabras airadas. Y colgaban el teléfono de un golpe ha- ciendo estrépito en mis oídos. Había usado ya cuarenta monedas de diez centavos, y era evidente que nunca podría comunicarme con los muchachos de esta manera. Salí afuera y me uní a Miles en el automóvil. Ambos estábamos desanimados. No teníamos la- menor idea de lo que haríamos luego. Allí en el automóvil, entre los rasca- cielos del Manhattan inferior que se erigían a nuestro alrededor, incliné la cabeza. "Señor," dije erando, "si esta- mos aquí por mandato tuyo, tú debes guiarnos. Hemos lle- gado al límite de nuestras humildes ideas. Dirígenos adonde debemos ir, puesto que no lo sabemos." Comenzamos a manejar al azar en la dirección que lleva-
  36. 36. La cruz y tI puñal 35ba el automóvil, que era norte. Quedamos atrapados en ungigantesco embotellamiento de tráfico en Times Square,Cuando finalmente logramos salir de esta congestión, fuepara perdemos en Central Park, Dimos vueltas y másvueltas antes de comprender que allí los caminos formabanun círcule. Finalmente enfilamos hacia una salida, cual-quiera, una que nos sacara simplemente del parque. Noshallamos manejando por una avenida que nos llevaba alcorazón misme del barrio español del Harlem. Y de re-pente tuve la misma sensación incomprensible de bajarmedel coche. -Busquemos un lugar de estacionamiento-le dije aMiles. Nos detuvimos en el primer sitio de estacionamientovacante. Me bajé del coche y di unos cuantos pasos por lacalle. Me detuve ceníuso. Ese anhelo, esa sensación interiorhabía desaparecido. Un grupo de muchachos estaban sen-tados en la escalinata de entrada de un edificio. -¿En dónde vive Luis Alvarez?-le pregunté a uno deellos. Los muchachos me miraron con hosquedad y no respon-dieron. Caminé un poco más adelante sin rumbo fijo. Unmuchacho de color vino corriendo por la vereda. -¿Usted busca a Luis Alvarez? -Sí. Me miró con extrañeza. -¿El que está preso ·por el mu-chacho lisiado? -Sí. ¿Lo conoces? El muchacho me seguía mirando fijamente. -¿Es ésesu automóvil?-me preguntó. Me estaba cansando de las preguntas. -Ese es mi coche,¿por qué? El muchacha se encogió de hombros. -Hombre-me di- jo-ha estacionado el coche enfrente mismo de su casa. Sentí un estremecimiento. Señalé hacia el viejo edificio de departamentos frente al cual había estacionado el coche. -¿Vive allí?-le pregunté casi con un susurro. El muchacha asintió. A veces le he formulado preguntas a Dios cuando las eraciones no han sido centestadas, Pere la oración contestada es aún más difícil de creer. Le había- mos pedide a Dios que nos guiara. Y él nos había llevado
  37. 37. 36 La cruz y el puñala las puertas mismas de la casa donde vivía Luis Alvarez. -Te doy gracias, Señor-dijo en voz alta. -¿Qué dijo? . --Gracias-respondí dirigiéndome al muchacho.- Gracias,muchísimas gracias. El nombre "Alvarez" se hallaba escrito en el buzón en eloscuro y sórdido vestíbulo, tercer piso. Subí las escaleras co-rriendo. El pasillo del tercer piso era oscuro y olía a orín ypolvo. Las paredes de un marrón oscuro estaban hechas delata con dibujos en relieve. -Señor Alvarez-s-dije en voz alta, después de hallar unapuerta con el nombre pintado en letras claras. Alguien habló en castellano desde el interior del departa-mento, y suponiendo que fuera una invitación para entrarabrí la puerta unos treinta centímetros y miré hacía adentro.Allí, sentado en una silla roja de cojines estaba un hombredelgado, de tez trigueña, sosteniendo un rosario en la mano.Levantó la vista del rosario y me miró. Su rostro se iluminó. -Usted, David-dijo lentamente-i-, Usted es el predica-dor. Los policías lo echaron del tribunal. -Sí, sí-dije. Y entré. El señor Alvarez se puso de pie. -He rezado para que usted venga-me dijo-. ¿Va aayudar a mi hijo? -Quiero hacerlo, señor Alvarez, Pero no me dejan ver aLuis. Necesito un permiso escrito por usted y los demáspadres. -Se lo daré. El señor Alvarez tomó un lápiz y papel del cajón de lacocina. Lentamente escribió que me daba permiso paraver a Luis Alvarez, Luego dobló el papel y me lo entregó. -¿Tiene los nombres y direcciones de los padres de losotros muchachos? -No-dijo el padre de Luis y agachó levemente lacabeza.- Como usted ve ésa es la dificultad. No somos muy unidos con mi hijo. Dios lo ha traído a usted aquí, yDios lo llevará hasta donde están los otros padres. Así que, unos minutos después de que hubiésemos esta-cionado el coche al azar en una calle de Harlem, conseguí
  38. 38. La cruz y el puñal 37mi primer permiso firmado. Salí del departamento del señorAlvarez preguntándome si era posible que Dios hubieradirigido literalmente mi automóvil a esa dirección en res-puesta a la oración de este padre. Mi mente buscó otraexplicación. Quizá hubiese visto la dirección en un diario enalguna parte y la había retenido en mi subconciencia. Pero mientras meditaba sobre esto, al bajar aquellas es-caleras oscuras, recubiertas de lata ocurrió otro acontecimien-to que no podía haber explicado mi memoria subconsciente.Al doblar un recodo de la escalera casi me llevo por delantea un muchacho de unos diecisiete años que subía a todocorrer. -Perdone-le dije sin detenerme. El muchacho me miró, tartamudeó algo e iba a seguirsubiendo. Pero al pasar yo por debajo de una de las lucesque alumbraban la escalera, el joven se agachó y me miróde nuevo. -¿El predicador? Me dí vuelta. El muchacho hacía esiuerzos por reconocer-me en la oscuridad. -¿No es usted el tipo que expulsaron de los tribunalesdurante el procesocontra Luis? -Yo soy David Wilkerson, sí. El muchacho me tendió la mano. -Bueno, soy AngeloMorales, Reverendo Wilkerson: Pertenezco a la pandilla deLuis. ¿Ha visitado a los Alvarez? -Sí. Le dije a Angelo que necesitaba el permiso de los padrespara ver a Luis. Y entonces, de repente, ví la mano de Diosen aquel encuentro. -¡Angelo!-le dije-s-necesito el permisode cada uno de los padres de los muchachos. El señorAlvarez no sabe dónde viven los padres de los otros mu-chachos, pero tú lo sabes, ¿verdad ... ? Angelo nos acompañó por todo el barrio español deHarlem localizando a las familias de los otros seis acusadosen el proceso por la muerte de Michael Farmer, Mientrasviajábamos Angelo nos reveló algo de su vida: él hubieraestado con los muchachos aquella noche que "le dieron lapaliza a Michael" si no hubiera sido porque tenía dolor de
  39. 39. 38 La cruz y el puñalmuelas. Me dijo que los muchachos no habían ido al parquecon ningún plan especial. Habían ido allí a buscar camorra.Si no hubieran encontrado a Farrner hubiera habido "gue-rra." "Guerra" según lo descubrí, significaba riña entre las pan-dillas. Angelo nos enseñó muchas cosas, y quedaron con-firmadas muchas de nuestras sospechas. Los muchachos deesta pandilla ¿eran todos así, hastiados de la vida, solita-rios, con una ira latente en el corazón? Buscaban aventurasen dondequiera que pudieran encontrarlas. Ansiaban profun-darnete el compañerismo y lo recibían en donde lo pudieranencontrar. Angelo tenía una manera extraordinaria de aclarar lascosas. Era un muchacho inteligente, atractivo y quería ayu-darnos. Tanto Miles como yo llegamos a la conclusión de queno obstante lo que ocurriera al futuro de nuestros planes,nos mantendríamos en contacto con Angelo Morales y leseñalaríamos otro camino. En el espacio de dos horas conseguimos todas las firmas. Nos despedimos de Angelo, después de conseguir sudirección y de prometerle que nos mantendríamos en con-tacto con él. Regresamos a la ciudad. Nuestro corazón en-tonaba una canción. En realidad cantábamos mientras lu-chábamos por abrimos paso a través de la congestión detráfico en Broadway. Cerramos las ventanillas del coche ycantamos a voz en cuello aquellas hermosas cancionesevangélicas que habíamos aprendido en nuestra niñez. Losmilagros innegables que habían ocurrido en las últimas ho-ras nos daban una nueva seguridad de que cuando avanza-mos en obediencia a la promesa de Dios de dirigimos, laspuertas se abrirán de par en par a lo largo de nuestrocamino. ¿Cómo podríamos tener alguna idea, mientras avan-zábamos lentamente por el congestionado tráfico cantando,que unos pocos minutos más tarde las puertas se cerraríande golpe en nuestras narices? Porque ni aun con esas firmaspudimos ver a los siete muchachos. El fiscal del distrito se sorprendió sobremanera de vernosde vuelta tan pronto. Y cuando le presentamos las firmassolicitadas, nos miró como un hombre que contempla loimposible. Hizo un llamado a la cárcel y dijo que si los
  40. 40. La cruz y el puñal 39muchachos querían vernos, debía perrnitírsenos la entrada. Fue en la cárcel misma donde un obstáculo elCtraño ytotalmente inesperado fue puesto en nuestro carnina, nopor parte de los muchachos, ni por los funcionarios munici-pales, sino por un colega en el ministerio. El capellán de laprisión que tenía a su cargo los muchachos consideró alparecer que sería "perturbador" para su bienestar espiritualpresentar una nueva personalidad. Cada uno de los mu-chachos había firmado un documento que decía: "Queremosconversar con el Reverendo David Wilkerson." El capelláncambió "queremos" por "no queremos" en la declaraciónfirmada por los muchachos y ningún ruego pudo persuadira las autoridades de que esta medida debía ser invalidada. Una vez más nos dirigimos a través del puente JorgeWáshington, muy, muy perplejos, ¿Por qué era que despuésde recibir un estímulo tan dramático nos encontrábamosde nuevo ante una muralla infranqueable? Fue mientras viajábamos a lo largo de la autopista dePensilvania, tarde esa noche, como a mitad de camino denuestro ~~queño ~m~blo rutal, que li de t~~ente un rayo deesperanza que alumbraba la oscuridad que nos envolvía. •-jAh!-dije en voz alta despertando repentinamente aMiles que dormía. -Ah, ¿qué? -Eso es lo que voy a hacer. -Bueno, me alegro que esté todo resuelto-e-dijo Milesarrellenándose en el asiento y cerrando los-ojos nuevamente. El rayo de esperanza tenía la forma de un hombre, unhombre extraordinario: mi abuelo. Mi esperanza consistíaen que me dejara visitarle a fin de exponerle mi perpleji-dad. CAPITULO 5 -¿Sabes lo que creo que estás hadendo?-me dijo GwenTomábamos juntos una taza de té en la cocina, antes deemprender yo el viaje para la granja de mi abuelo-e- Creoque necesitas sentir que formas parte de alguna gran tradi
  41. 41. 40 La cruz y el puñalción, y que no te encuentras en aprietos solo. Yo creo quequieres relacionarte de nuevo con el pasado y además creoque tienes razón. Remóntate hasta donde puedes, David.Eso es precisamente lo que necesitasahora. Había llamado telefónicamente a mi abuelo para decirleque quería verlo. -Ven de inmediato, hijo-me dijo- Conversaremos. Mi abuelo contaba setenta y nueve años de edad y estabatan fogoso como siempre. Había sido conocido en todo elpaís en su juventud. Corría por sus venas sangre inglesa,galesa y holandesa, y él mismo era hijo y nieto y quizátataranieto de un predicador. La tradición se pierde en losalbores de la historia de la Reforma protestante de laEuropa occidental y en las Islas Británicas. Según lo quesé, desde los días cuando los clérigos comenzaron a casarseen la iglesia cristiana, ha habido un Wilkerson en el ministe-rio, y por lo general un ministro fogoso, también. Fue un largo viaje el que realicé desde Philipsburg hastala granja ubicada en las afueras de Toledo, Ohío, en dondemi abuelo disfrutaba de su jubilación. Pasé la mayor partedel viaje, "relacionándome de nuevo con el pasado," segúnme lo había dicho Gwen. Era un conjunto de vívidos re-cuerdos, especialmente cuando entraba en juego mi abuelo. Mi abuelo había nacido en Cleveland, Tennessee. A losveinte años de edad era ya predicador. Y su juventud fueuna ventaja puesto que sn vida había sido dura. Mi abuelohabía sido un predicador que llevaba el evangelio de sitioen sitio, lo que significaba que tenía que pasar muchotiempo de su ministerio a caballo. Cabalgaba en una yeguallamada N ellie desde una iglesia a otra y por lo generalno solamente era el predicador sino el director del coro y el portero. Era el primero que llegaba a la iglesia: encendía el fuego en la estufa y barría todos los nidos de ratas y venti-laba el lugar. Luego llegaba la congregación a la que dirigía en viejos himnos, "Oh, que amigo nos es Cristo," "Gracia maravillosa." Y luego predicaba. La predicación de mi abuelo era muy inortodoxa, y algu- nas de sus convicciones escandalizaban a sus contemporá- neos. Por ejemplo, cuando mi abuelo era predicador joven, se consideraba pecaminoso llevar cintas y plumas. En al- gunas iglesias los ancianos llevaban tijeras sujetas a la cin-
  42. 42. La cruz y el puñal 41tura por un cordón. Si una señora arrepentida pasaba alaltar llevando una cinta en el sombrero, las tijeras entrabanen actividad junto con un sermón intitulado: "¿Cómo podráir al cielocon cintas en sus ropas?" Pero mi abuelo cambió de punto de vista respecto deEStas cosas. Al avanzar en años, desarrolló lo que él llamaba"evangelización de costilla de cordero." -Uno se gana a la gente como se gana a un perro-e-solíadecir-o Si ve pasar a un perro trotando por la calle con un viejo hueso en la boca, no se le quita el hueso dicién-dole que no es bueno para él. Lo que hará será gruñirle,Ese hueso seco y viejo es lo único que tiene. Pero si unole tira delante una chuleta gorda de cordero, con seguridadque va a dejar el hueso y agarrar la chuleta mientras queal mismo tiempo meneará rápidamente la cola. Y se habrá ganado un amigo. En vez de andar de aquí para allá qui-tándole huesos a la gente o cortando plumas yo voy tirán-doles costillas de cordero. Algo que tenga carne y vida.Les voy a decir cómo pueden comenzar una nueva vida. Mi abuelo predicó en carpas como así en iglesias y hasta hoy cuando viajo por el país oigo narraciones de cómo elviejito Jay Wilkerson solía mantener activas esas reuniones.Una vez, por ejemplo, predicaba en una carpa en Jamaica, Long Island. Asistía a la carpa una congregación numerosaporque era el fin de semana del 4 de julio, día de la indepen-dencia, y mucha gente estaba de vacaciones. Esa tarde miabuelo recibió la visita de un amigo que tenía un negocio de ferretería. El amigo de mi abuelo le mostró cierto tipo de co- hete que explotaba y desparramaba luces y echaba humocuando uno lo pisaba. Esperaba que esto fuera un artículoque se vendería mucho el 4 de julio. Mi abuelo quedóintrigado y compró algunos; los puso en una bolsita de -papel,se los metió en el bolsillo y se olvidó de todo. Mi abuelo predicaba de la nueva vida en Cristo, pero también predicaba del infierno, y a veces lo describía en forma muy vívida en lo que respetaba a lo que iba a sereste lugar. Hablaba mi abuelo sobre esta tema esa noche de julio cuando ocurrió que su mano tanteó el bolsillodel saco y palpó los cohetes que había comprado. Con mucho disimulo tomó un puñado y lo dejó caer detrás desí sobre la plataforma. Luego, con una perfecta ímpasíbili-
  43. 43. 42 La cruz y el puñaldad, simulando Que jamás había notado nada, continuóhablando del infierno, mientras que el humo se levantabade detrás de sí y sobre la plataforma estallaban los cohetes.Circuló la noticia de que cuando Jay Wilkerson hablaba delinfierno, uno casi POdía oler el humo y ver las chispas. La gente al pnncipio esperaba Que mi padre fuera elmismo tipo de predicador, de personalidad independientecomo mi abuelo. Pero mi padre era por completo diferente.Era más un pastor Que un evangelista. Dado Que mi abuelohabía predicado por todas partes del país, mi padre creció sinla seguridad Que ofrece un hogar fijo, y esta particularidadse reflejó en su carrera. Durante todo su ministerio ejercióel pastorado en sólo cuatro iglesias, mientras que mi abuelovisitaba una iglesia todas las noches. Mi padre fundó iglesiasestables, sólidas, en donde se le amaba y se le buscaba enépocas de dificultades. -Creo que se necesitan esas dos clases de predicadorespara fundar una iglesia-me dijo un día mi padre cuando vi-víamos en Pittsburgh-. Pero sí envidio la capacidad quetenía tu abuelo para despojar a la gente (le su orgullo.Necesitamos esa habilidad en esta iglesia. y la recibimos también la próxima vez Que mi abuelo esta-ba de paso. (Mi abuelo siempre "estaba de paso".) La iglesia en la cual ejercía el pastorado mi padre Be hallaba en un suburbio elegante de Pittsburgh, entre losbanqueros, abogados y médicos de la ciudad. Era una ubi-cación extraña para una iglesia pentecostal, puesto quenuestros cultos son por lo general un poquito ruidosos yen donde la gente se expresa con libertad. Pero en este casohabíamos moderado los cultos por deferencia a nuestros vecinos. Se necesitó a mi abuelo para demostramos queestábamos equivocados. Cuando mi abuelo nos hizo una visita, todos en la iglesia trataban de vivir de acuerdo a sus vecinos, muy sosegados y de buen tono. - y como muertos-dijo mi abuelo-. Vaya, tla religión del hombre debe comunicarle vida! Mi padre se encogió de hombros y tuvo que asentir. Y
  44. 44. La cruz y el puñal 43luego cometió un error. Le pidió a mi abuelo que predicarael siguiente domingo por la noche. Yo me hallaba en ese culto y jamás me olvidaré de lamirada en el rostro de mi padre cuando lo primero quehizo mi abuelo fue sacarse sus sucias galochas y colocarlasallí mismo, [sobre el altar de los penitentes! -y ahora-dijo mi abuelo poniéndose de pie y mirandofijamente a la congregación sorprendida, -¿qué es lo queles molesta? ¿Un par de galochas sucias sobre el altar? Heembadurnado su iglesita con barro. Les he herido el orgullo,y les apostaría cualquier cosa que si les hubiese pregunta-do, ustedes me hubieran dicho que no eran orgullosos. Mi padre se encogía de vergüenza. - y tú puedes retorcerte en tu asiento-dijo mi abuelovolviéndose a él-o Tú también necesitas esto. ¿Dónde estántodos los diáconos de la iglesia? Los diáconos levantaron la mano. -Quiero que abran todas las ventanas. Nos estamospreparando para hacer ruido y quiero que esos banquerosy abogados que están sentados en sus porches este domingopor la noche eepan lo que es sentirse feliz con la religión.Van a predicar un sermón esta noche, a los vecinos. Luego mi abuelo dijo que quería que todas las personasen la congregación se pusieran de pie. Y todos se pusieronde pie. Nos pidió luego que comenzáramos a marchar y abatir palmas. Nos hizo batir palmas durante quince minu-tos, y luego cuando comenzamos a dejar de hacerlo élsacudió la cabeza y empezamos a batir palmas de nuevo.Más tarde nos hizo cantar. Y ahora marchábamos batiendopalmas y cantando y cada vez que disminuíamos la intensi- dad de la marcha o del canto el abuelo iba y abría lasventanas un poco más. Miré a mi padre y supe lo que pensaba: "Jamás nos repondremos de esto, pero me alegro que esté sucediendo." Y luego él mismo comenzó a cantar más alto que los demás. Aquel sí que fue un culto memorable. Al día siguiente mi padre recibió las primeras reacciones de los vecinos. Fue al banco por asuntos de negocio y efectivamente, sentado detrás de su escritorio sin papeles sobre él, se encontraba uno de nuestros vecinos. Mi padre trató de esquivarlo pero el banquero lo llamó.
  45. 45. 44 La cruz y el puñal -Diga, Reverendo Wilkerson.- El banquero lo invitóa que pasara y le dijo: -Anoche sí que cantaron en suiglesia. Ese es tema de las conversaciones de hoy. Se noshabía dicho que ustedes podían cantar, y desde hace tiempohabíamos estado esperando oirlos. Es lo mejor que hapasado en este vecindario. Durante los tres años siguientes se manifestó un verdade-ro espíritu de libertad y de poder en la iglesia, y con élaprendí una tremenda lección. - Tienes que predicar elmensaje pentecostal-s-dijo mi abuelo al hablar con mi pa-dre más tarde, respecto del culto en el cual había puestolas galochas embarradas. sobre el altar de los penitentes-oCuando se lo despoja de todo lo demás, Pentecostés represen-ta poder y vida. Es por eso que vino a la Iglesia cuandoel Espíritu Santo descendió el día de Pentecostés. -y-continuó mi abuelo golpeándose con el puño lapalma de la mano-euando uno goza de poder y vidademostrará robustez, y cuando uno es robusto probable-mente hará algo de ruido, que es bueno para uno, y cierta-mente se le embarrarán las botas. Para mi abuelo, el embarrarse las botas no significabasolamente ensuciarse la suela de las botas caminando por elbarro para ayudar a algún necesitado, sino también signifi-caba que se gastara la puntera al arrodillarse con frecuen-cia. Mi abuelo era un hombre dedicado a la oración, y en esteaspecto toda su familia era así. Educó a mi padre paraser hombre de oración, y mi padre a su vez implantó estavirtud en mí. -David-me preguntó mi abuelo cierta vez que estabade paso-¿te atreves a orar pidiendo ayuda cuando teencuentras en dificultades? Al principio me pareció una pregunta rara, pero cuandomi abuelo insistió descubrí que procuraba decirme algoimportante. Le agradecía a Dios con frecuencia por lasbendiciones que disfrutaba, padres y casa, alimentos y escue-la. Y oraba generalmente en forma evasiva que el Señor al-gún día, de alguna forma, escogiera trabajar a través demi vida. Pero rara vez oré solicitando ayuda específica.
  46. 46. La cruz y el puñal 45 -David-me dijo mi abuelo mirándome fijamente y sinque se asomara esta vez el chispeo característico de susojos--el día que aprendas a ser públicamente especifico entus oraciones ése será el día que descubrirás poder. No entendí bien lo que me quería decir, por una parteporque contaba sólo doce años de edad, y por otra porquetemía instintivamente la idea. "Ser públicamente específico,"me había dicho. Esto significaba decir mientras otros meoyeran: "Dios yo te pido esto y aquello," significaba correrel riesgo de que la oración no tuviera respuesta. Fue por accidente que me vi obligado a descubrir unespantoso día lo que había querido decirme mi abuelo.Durante toda mi niñez, mi padre había sido un hombremuy enfermo. Tenía úlceras duodenales y por espacio demás de diez años había sufrido constantemente. Cierto día, mientras regresaba a casa de la escuela, vi unaambulancia que pasó a toda velocidad y cuando me encon-traba a más de una cuadra de mi casa me dí cuenta endónde se había detenido. Desde esa distancia podía oir losgritos de dolor de mí padre. Un grupo de ancianos de la iglesia estaba sentado solem-nemente en la sala. El doctor no me dejaba entrar en lahabitación en dónde se encontraba mi padre de maneraque mi madre se reunió conmigo en el pasillo. -¿Se va amorir, mamá? Mi madre me miró fijamente y resolvió decirme la ver-dad. -El doctor cree que quizá viva dos horas más. En ese momento mi padre dio un grito particularmenteagudo de dolor y mi madre después de apretarme el hom-bro corrió rápidamente hacia el dormitorio. -Aquí estoy, Kenneth-c-dijo cerrando la puerta tras desí. Antes de que la puerta se cerrara, sin embargo, me dícuenta por qué el doctor no me dejaba entrar. Las ropas decama y el piso estaban bañados en sangre. En ese momento recordé la promesa de mi abuelo: "Eldía que aprendas a ser públicamente específico en tus ora-ciones es el día que descubrirás poder." Por un momentopensé en ir a la sala en donde estaban sentados los ancianosde la iglesia y anunciar que oraba por mi padre para quesanara de su enfermedad y dejara el lecho. No lo podía
  47. 47. 46 La cruz y tI puñalhacer. Aun en aquel caso de extrema necesidad no podíaexponer mi fe al fracaso. Pasando por alto las palabras de mi abuelo me alejécuánto pude de todos. Bajé corriendo las escaleras del sóta-no, me encerré en la carbonera y allí oré, tratando de que elvolumen de mi voz contrarrestara la falta de fe. De lo queno me dí cuenta era de .que estaba orando en una especiede megáfono o amplificador de la voz. La calefacción denuestra casa era a aire caliente, y gigantescos tubos comograndes trompetas, comunicaban la cámara de aire calientesituada junto a la carbonera, con todas las habitaciones dela casa. Mi voz era transmitida por esas tuberías, de maneraque los ancianos de la iglesia, sentados en la sala, oyeronde repente una voz fervorosa que salía de las paredes. Eldoctor oyó esa misma voz en el piso de arriba. Mi padre,acostado en su lecho de muerte, también la oyó. -Traigan aquí a David-dijo con un susurro. De manera que fui llevado a las habitaciones de arribay traido a la habitación en que estaba mi padre, despuésde pasar por la sala bajo la mirada insistente de los an-cianos de la iglesia. Mi padre le pidió al doctor Brown quesaliera por un momento de la habitación, y luego requirió ami madre Que leyera en voz alta el versículo 22 delcapítulo 21 de Mateo. Mi madre abrió la Biblia y pasó laspáginas hasta que encontró el pasaje. "Y todo lo que pidie-reis en oración, creyendo, lo recibiréis." Sentí un entusiasmo y excitación tremendos. -Mamá,¿podemos confiar en esa verdad y orar por papá? Y mientras mi padre estaba allí acostado, con el cuerpofláccido, mi mamá comenzó a leer el pasaje una y otra vez.Lo leyó como doce veces. Y mientras que lo leía, yo melevanté de la silla, me acerqué a la cama de mi padre y lepuse las manos sobre la frente. -Jesús-dije en oración-Jesús, yo creo lo que túdices en tu Palabra. Sana a mi papá. Yo necesitaba dar un paso más. Caminé hasta la puerta,la abrí y dije en voz alta y clara: -Doctor Brown, le ruego que venga. Yo he ... (me eradifícil), he orado creyendo que mi papá mejorará. El doctor Brown observó mi seriedad de doce años y mesonrió con una sonrisa cariñosa y compasiva, pero totalmen-
  48. 48. La cruz y el puñal 47te incrédula. Pero la sonrisa se tomó en perplejidad yluegoen asombro al inclinarse y examinar a mi padre. -Algo ha ocurrido-dijo. La modulación de su voz eratan baja que apenas podía oírlo. El doctor Brown tomósus instrumentos con dedos temblorosos y examinó la pre-sión arterial de mi padre. -Kenneth-dijo levantando lospárpados de mi padre y luego examinándole el abdomen yestudiando de nuevo su presión arterial-o Kenneth, ¿cómose siente? -Como si una nueva fuerza me corriera por el cuerpo. -Kenneth-dijo el médico-acabo de ser testigo de unmilagro. Mi padre pudo levantarse de la cama en ese milagrosomomento y al instante desaparecieron mis dudas respectodel poder de confiar implícitamente en Dios para salir deuna dificultad o aprieto. Ese día mientras manejaba el coche hacia la granja demi abuelo, tantos años después, era éste uno de los recuerdosque traía conmigo. Mi abuelo a quien yo me alegraba de ver, tenía unamentalidad tan alerta como siempre. La rapidez de susmovimientos había disminuído un tanto, pero su menteconservaba la energía de su juventud y estaba pletórico depenetrante sabiduría. Se encontraba sentado en una viejasilla de respaldo recto, pero puesta al revés. Y me escucha-ba con profunda atención mientras yo le narraba mis ex-trañas experiencias. Me dejó que hablara por una hora,interrumpiéndome solamente para formular preguntas. Ter-miné mi narrativa con una pregunta propia. -¿Qué sacas de todo esto, abuelo? ¿Piensas que sentíun verdadero llamado para ayudar a estos muchachos mez-clados en el procesopor asesinato? -No, yo creo que no-me dijo mi abuelo. -Pero hay tantas cosas ... -comencé a decir. -Yo creo-siguió diciéndome-que la puerta se ha ce-rrado con todo el hermetismo con que puede cerrarse unapuerta, David. Yo creo que el Señor no te va a dejar queveas a esos siete muchachos por un tiempo largo, muy
  49. 49. 48 La cruz y el puñallargo. Y te diré el porqué. Porque si los ves ahora quizáresuelvas que has hecho tu deber entre los jóvenes deNueva York. Y yo creo que Dios tiene planes mayorespara ti. -¿Qué me quieres decir? -Tengo el presentimiento, David, mi hijo, de que Diosnunca tuvo la intención de que vieras solamente a siete mu-chachos, sino a miles de muchachoscomo ésos. Mi abuelo dejó que esa idea penetrara profundamente.Y luegocontinuó: -Me refiero a todos los muchachos desorientados, teme-rosos y solitarios de Nueva York que pudieran terminarcometiendo asesinatos por el simple placer de hacerlos, amenos que tú los ayudes. Tengo el presentimiento David,de que la única cosa que necesitas hacer es ampliar tushorizontes. Mi abuelo tenía una forma de decir las cosas que meinspiraba. Aquel deseo de antes de alejarme de la ciudadde Nueva York tan pronto como me fuera posible fue reem-plazado ahora repentinamente por un intenso anhelo devolver de inmediato y comenzar a trabajar. Le dije algo asía mi abuelo, y simplemente me sonrió. -Es fácil decir eso, sentado en el ambiente cálido deesta cocina hablando con tu viejo abuelo. Pero esperahasta que te encuentres con más de esos muchachos antesde comenzar a tener visiones. El corazón de esos muchachosestará saturado de odio y de pecado y será peor de lo quetú jamás has oído. Son apenas muchachos pero ya saben lo que es el asesinato, la violación y la sodomía. ¿Cómovas a resolver esas cosas cuando te encuentres frente aellas? Honradamente no podía responder a la pregunta formu- lada por mi abuelo. -Permíteme la respuesta a mi propia pregunta, David. En vez de fijar tus ojos en estas cosas, tienes que mantener la mirada enfocada en el corazón mismo del evangelio. ¿Cuál será? Lo miré a los ojos. -He oído hablar a mi abuelo losuficiente sobre esta materia-le dije-que puedo darle una respuesta entresacada de sus propios sermones. El corazón

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