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Una abundancia de katherines l john green

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Libro interesante

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Una abundancia de katherines l john green

  1. 1. Una abundancia de Katherines John Green.
  2. 2. El principio (del fin) “¿Entonces en qué eres bueno exactamente? Ya sé que eres bueno en todo, pero ¿qué otra cosa se te dan tan bien aparte de los idiomas?” “Soy bueno con los códigos y esos temas. Y soy bueno en los juegos de palabras como los anagramas. Es una de mis cosas favoritas, en realidad. Puedo hacer un anagrama de cualquier cosa.” “¿De cualquier cosa?” “Night nay*,” respondió rápidamente, y ella se rió tras decir, “Katherine Carter.” “Um, vale. Her karate Cretin** –em, oh. Me gusta este: their arcane trek***.” Ella se rió, sacó su mano y la apoyó sobre su rodilla. Sus dedos eran suaves. Él pudo olerla claramente por encima de la humedad del sótano. Pero no se atrevió a mirarla, no todavía. Simplemente miraba la pantalla negra del televisor. Quería alargar momento tras momento – porque al igual que como el sentimiento de un beso, nada sienta mejor que los momentos anteriores. “¿Cómo haces eso?” preguntó ella. “Práctica, mayormente. Lo he estado haciendo durante mucho tiempo. Veo las letras y creo una primera palabra que sea mejor –como karate o cretin –y después intento usar las otras letras para hacer –Dios, esto es aburrido,” dijo, esperando que no lo fuera. “Vale, entonces anagramas. Ese es uno. ¿Tienes otro talento encantador?” preguntó, y ahora se sintió seguro. Finalmente, Colin se giró hacia ella, reuniendo en su garganta la medida justa de valentía de la que disponía, y dijo, “Bueno, soy un gran besador.” *Hace un anagrama de Anything, que es Night, nay (Noche nueva) ** Hace un anagrama de Katherine Carter, que es Her Karate cretin (su karate tonto) *** Otro anagrama de Katherine Carter: their arcane trek (su excursión de arcanos)
  3. 3. uno A la mañana siguiente de la graduación del famoso niño prodigio Colin Singleton y tras haber sido molestado diecinueve veces por una chica llamada Katherine, se dio un baño. Colin siempre había tenido baños privilegiados. Una de sus políticas generales en la vida era no hacer nada levantado que pudiera hacerse fácilmente tumbado. Se metió en la bañera cuando el agua salió caliente, se sentó y vio con una curiosa mirada en blanco cómo el agua lo iba alcanzando. El agua cubría sus piernas, que estaban cruzadas y plegadas en la bañera. Reconoció, aunque débilmente, que era demasiado alto, y demasiado grande para esa bañera –parecía una persona demasiado mayor jugando a ser un niño. Cuando el agua empezó a salpicar contra su delgado estómago sin músculos, pensó en Arquímedes. Cuando Colin tenía unos cuatro años, leyó un libro sobre Arquímedes, el filósofo griego que descubrió que el volumen puede medirse por el desplazamiento del agua cuando él se sentó en la bañera. Al hacer este descubrimiento, Arquímedes supuestamente murmuró “¡Eureka!”* y después corrió desnudo por las calles. El libro decía que muchos descubrimientos importantes tenían el “momento Eureka.” E incluso entonces, Colin ansiaba demasiado hacer descubrimientos importantes, así que le pidió opinión a su madre cuando llegó a casa esa tarde. “Mami, ¿voy a tener alguna vez un momento Eureka?” “Oh, cariño,” dijo, cogiéndole de la mano. “¿Qué pasa?” “Quiero tener un momento Eureka,” dijo, de la manera que quizás otro niño habría expresado anhelo por una Tortuga Mutante Ninja Adolescente. Ella acarició con la parte superior de la mano su mejilla y sonrió, su rostro estaba tan cerca que podía oler el café y el maquillaje. “Claro, Colin cariño. Claro que lo tendrás.” Pero las madres mienten. Está en la descripción del trabajo. Colin respiró profundamente y se deslizó, sumergiendo su cabeza. Estoy llorando, pensó abriendo los ojos para mirar fijamente a través de la espumosa y punzante agua. Siento que lloro, así que debo estar llorando, pero es imposible averiguarlo porque estoy bajo el agua. Pero no estaba llorando. Curiosamente, se sentía demasiado deprimido como para llorar. Demasiado dolido. Parecía que ella le había quitado la parte de él que gritaba. Quitó el tapón de la bañera, se levantó, se quitó la toalla y se vistió. Cuando salió del baño, sus padres estaban sentados juntos en su cama. Nunca había sido una buena señal cuando sus dos padres estaban en su habitación al mismo tiempo. Durante los años había significado: 1. Tu abuela/abuelo/Tia-Suiza-a-la-que-nunca-has-conocido-pero-creeme-era-amable-y-es- una-pena ha muerto. 2. Estás dejando que una chica llamada Katherine te distraiga de los estudios. 3. Los bebés se hacen de una forma que ahora mismo encontrarás intrigante pero que desde ahora te horripilará, y a veces la gente hace cosas que implican tener bebés que en realidad no implica tener bebés, como besarse en sitios que no están en la cara. Nunca significó: 4. Una chica llamada Katherine ha llamado mientras estabas en el baño. Lo siente. Aún te quiere, ha cometido un terrible error y te está esperando abajo. Pero a pesar de eso, Colin no podía hacer nada más que esperar que sus padres estuvieran en su habitación para darle noticias sobre su diversidad Número 4. Era una persona muy pesimista, pero parecía estar haciendo una excepción por las Katherines: siempre sintió que volverían a él. *En griego significa “¡Lo tengo!”
  4. 4. El sentimiento de quererla y que ella lo quisiera brotaba en él, y podía saborear la adrenalina en la parte posterior de la garganta, y quizás no se había acabado, y quizás podría sentir su mano en la suya otra vez y escuchar su alta y temeraria voz retorciéndose en un suspiro para decir te- quiero rápida y silenciosamente como siempre lo decía. Ella decía te quiero como si fuera un secreto, y uno grande. Su padre se levantó y caminó hacia él. “Katherine ha llamado a mi teléfono,” dijo. “Está preocupada por ti.” Colin sintió la mano de su padre sobre su hombro, después los dos se acercaron, y después se estaban abrazando. “Estamos muy preocupados,” dijo su madre. Era una mujer pequeña de pelo marrón rizado con un mechón blanco que le recaía por la frente. “Y confundidos,” añadió. ¿Qué ha pasado?” “No lo sé,” dijo Colin suavemente contra el hombro de su padre. “Ella simplemente – simplemente ha tenido suficiente conmigo. Se cansó. Eso es lo que dijo.” Y después su madre se levantó y hubieron muchos abrazos, brazos por todas partes, y su madre estaba llorando. Colin se libró de los abrazos y se sentó en su cama. Sintió una necesidad tremenda de sacarlos de su habitación inmediatamente, como si no se marcharan, fuera a estallar. Literalmente. Intestinos por las paredes; su prodigioso cerebro vaciado sobre su colcha. “Bueno, en algún momento tendremos que sentarnos y evaluar las opciones,” dijo su padre. Su padre era bueno evaluando. “No buscar resquicios, pero parece que vas a tener algo de tiempo libre este verano. ¿Qué te parecen unas clases de verano en el noroeste?” “Necesito estar solo, solo un día,” respondió Colin, intentando transmitir calma para que lo dejaran y pudiera estallar. “¿Lo evaluamos mañana?” “Claro, cariño,” dijo su madre. “Estaremos aquí todo el día. Baja cuando quieras, te queremos y eres muy muy especial, Colin, no puedes dejar que esa chica te haga pensar otra cosa porque eres el chico más brillante y magnífico-“ Y justo entonces, el chico más especial, magnífico y brillante se encerró en el baño y vomitó sus entrañas. Una explosión, más o menos. “¡Oh, Colin!” gritó su madre. “Necesito estar solo,” insistió Colin desde el baño. “Por favor.” Cuando salió, se habían ido. Durante las próximas catorce horas sin parar de comer y beber y vomitar de nuevo, Colin leyó y releyó su anuario, que había recibido cuatro días antes. Aparte de la típica basura del anuario, contenía sesenta y dos firmas. Doce eran solo firmas, cincuenta y seis hacían referencia a su inteligencia, veinticinco decían que ojalá lo hubieran conocido mejor, once decían que fue divertido tenerlo en la clase de inglés, siete incluían las palabras “esfínter pupilar,” y unas maravillosas diecisiete terminaban con “¡sigue molando!” Colin Singleton podía seguir molando tanto como una ballena azul podía seguir siendo delgada o como un Bangladés podía seguir siendo rico. Probablemente, esas diecisiete personas estaban bromeando. Reflexionó sobre esto –y consideró cómo podía ser que veinticinco de sus compañeros de clase, algunos de los cuales habían ido con él a clase durante doce años, podían querer “conocerle mejor.” Como si no hubieran tenido tiempo. Pero mayormente, durante esas catorce horas, leyó y releyó la inscripción Katherine XIX: Col, Aquí están todos los sitios a los que fuimos. Y todos los sitios a los que iremos. Y aquí estoy yo, susurrándote una y otra vez y otra y otra y otra y otra: tequiero. Yrs forever*, K-a-t-h-e-r-i-n-e *Tuya para siempre.
  5. 5. De pronto, encontró su cama tan cómoda para su estado de ánimo, que se tumbó de espaldas, sus piernas se estiraron por encima de la moqueta. Hizo un anagrama del “yrs forever” hasta que encontró uno que le gustaba: sorry fever*. Y después se quedó ahí tumbado en su fever of sorry, repitió la ahora memorizada nota en su cabeza, y quiso llorar, pero en lugar de eso solo sintió ese dolor tras el plexo solar. Llorar conlleva algo: llorar eres tú, y lágrimas. Pero el sentimiento que Colin tenía era horrorosamente lo opuesto a llorar. Eras tú, menos algo. Seguía pensando en una palabra –para siempre –y sintió el dolor ardiente justo debajo de la caja torácica. Dolió como la peor patada en el culo que le habían dado. Y le habían dado muchas. *Lo siento para siempre.
  6. 6. dos Dolió como ese momento anterior a las 10 P.M., en el que un chico desmelenado, más bien gordo, de descendencia libanesa irrumpió en la habitación de Colin sin llamar. Colin se giró y miro hacia arriba. “¿Qué coño es esto?” preguntó Hassan, casi gritando. “Ella se deshizo de mi,” respondió Colin. “Eso he oído. Escucha, sitzpinkler*, me encantaría ayudarte, pero podría apagar el fuego de una casa con el contenido de mi vejiga ahora mismo.” Hassan pasó por al lado de la cama y abrió la puerta del baño. “Dios, Singleton, ¿qué has comido? Huele a -¡AHHH! ¡VOMITO! ¡VOMITO! ¡AHHHG!” Y mientras Hassan gritaba, Colin pensaba, Oh. Vale. El baño. Debí limpiarlo. “Perdóname si he fallado,” dijo Hassan cuando volvió. Se sentó en el borde de la cama y delicadamente apartó el cuerpo postrado de Colin. “Tenía que sujetarme la nariz con las dos jotidas manos para que Rayobastón fluyera libremente. Es un fuerte péndulo, ese jotido.” Colin no se rió. “Dios, tienes que estar en algún trance porque (a) las bromas de Rayobastón son mi mejor material, y (b) porque ¿quién se olvida de limpiar su propia mierda?” “Solo quería arrastrarme hacia un agujero y morirme.” Colin habló sobre la moqueta color crema sin ninguna emoción audible. “Oh, tío,” dijo Hassan, exhalando lentamente. “Todo lo que quería era que me quisiera y hacer algo significativo con mi vida. Y mira. O sea, mira,” dijo. “Estoy mirando. Y te garantizo, kafir** que no me gusta lo que estoy viendo. Ni lo que estoy oliendo.” Hassan se tumbó en la cama y dejó la miseria de Colin en el aire durante un rato. “Soy –soy un desastre. ¿Y si esto es todo? ¿Y si de aquí a diez años estoy sentado en una jotida cabina descomponiendo números y memorizando estadísticas de baseball para que pueda salirme en mi liga fantástica y no la tengo a ella y no hago nunca nada significante y soy simplemente un completo desperdicio?” Hassan se levantó, puso sus manos sobre sus rodillas. “Mira, por eso tienes que creer en Dios. Porque yo ni siquiera espero estar en una cabina, y soy más feliz que un cerdo en una pila de mierda.” Colin suspiró. A pesar de que Hassan no era tan religioso, solía bromear intentando convertir a Colin. “Vale. Fe en Dios. Esa es una buena idea. También me gustaría creer que puedo volar hacia el espacio exterior a las espaldas de un blandito pingüino gigante y mandar a Katherine XIX a la gravedad cero.” “Singleton, necesitas creer en Dios más que cualquiera que haya conocido.” “Bueno, tú necesitas ir a la universidad,” Colin se calló. Hassan gruñó. Un año antes de que Collin fuera a la universidad, Hassan se había tomado “un año sabático” a pesar de que había sido admitido en la Loyola University de Chicago. Como no se había inscrito para empezar las clases del próximo otoño, parecía que su año sabático se convertiría en dos. “No le des la vuelta a la tortilla,” dijo Hassan sonriendo. “No soy yo el que está tan jotido como para quitarse de encima de la moqueta o limpiar mi propia mierda, tío. ¿Y sabes por qué? Encontré un Dios.” “Para de intentar convertirme,” gimió Colin, aburrido. Hassan saltó encima de Colin en el *Palabra alemana que se refiere a alguien endeble, literalmente significa “un hombre que se sienta para mear.” **Es una palabra mal sonante en árabe que significa “no-musulman”, usualmente traducida como “infiel.”
  7. 7. suelo, le sujetó los brazos y empezó a gritar, “¡No hay más Dios que Dios, y Mohamed es Su Profeta! ¡Dilo conmigo sitzpinkler! ¡La ilaha illa-llah!* Colin empezó a reír casi sin respiración bajo el peso de Hassan, y Hassan se rió también. “¡Estoy intentando salvar tu culo arrepentido del infierno!” “Quítate o iré ahí muy pronto,” murmuró Colin. Hassan se levantó y abruptamente se puso serio. “¿Entonces, cuál es el problema exactamente?” “El problema exactamente es que me ha dejado. Que estoy solo. Oh Dios mío, estoy solo otra vez. Y no solo eso, sino que soy un desastre total en el caso de que no te hayas dado cuenta. Estoy lavado, soy un ex. El ex de Katherine XIX. Ex-prodigio. Ex-lleno de potencial. Actualmente lleno de mierda.” Como Colin le había explicado a Hassan incontables veces, hay una clara diferencia entre las palabras prodigio y genio. Los prodigiosos pueden aprender rápidamente lo que otras personas han descubierto; los genios descubren lo que nadie había descubierto previamente. Los prodigiosos aprenden; los genios hacen. La gran mayoría de niños prodigio no se convierten en genios adultos. Colin estaba casi seguro de que pertenecía a esa desafortunada mayoría. Hassan se sentó en la cama y se estiró de la barba durante unos segundos. “¿El verdadero problema es el tema de los genios o el tema de Katherine?” “La quiero demasiado,” fue la respuesta de Colin. Pero la verdad era que, en la mente de Colin, los problemas estaban relacionados. El problema era que este chico especial, magnífico y brillante era –bueno, no. El problema en sí era que Él no importaba. Colin Singleton, conocido niño prodigio, conocido veterano en los Conflictos de Katherine, conocido empollón y sitzpinkler, no le importaba a Katherine XIX, y no le importaba al mundo. De repente, no era el novio de nadie ni era ningún genio. Y eso –usando el tipo de palabra compleja que esperas de un prodigio –apesta. “Porque el tema de los genios,” dijo Hassan como si Colin no hubiera profesado su amor, “no es nada. Eso simplemente es por querer ser famoso.” “No, no lo es. Quiero importar,” dijo. “Vale. Como he dicho, quieres fama. La fama es la nueva popularidad. Y tú no vas a ser El Siguiente jotido Top Model Americano, eso tenlo por seguro. Quieres ser El Siguiente Top Genio Americano y ahora te estás –y no te tomes esto personalmente –quejando de algo que no ha pasado aún.” “No me estás ayudando,” susurró Colin hacia la moqueta. Colin giró la cara para mirar a Hassan. “Levántate,” dijo Hassan, ofreciéndole una mano. Colin la cogió, se levantó, y después intento soltar la mano de Hassan. Pero Hassan se la apretaba. “Kafir, tienes un problema muy complicado con una solución muy simple.” *La declaración de fe del islam, en árabe transliterado: no hay más Dios que Dios.
  8. 8. tres “Un viaje,” dijo Colin. Tenía una bolsa de tela demasiado llena a sus pies y una mochila que solo contenía libros. Él y Hassan estaban sentados en un sofá de cuero negro. Los padres de Colin se sentaron frente a ellos en un sofá idéntico. La madre de Colin meneó su cabeza rítmicamente, como un metrónomo desaprobador. “¿A dónde?” preguntó. “¿Y por qué?” “Sin ofender, Señora Singleton,” dijo Hassan, poniendo el pie en la mesita de café (algo que no está permitido hacer), “pero no está pillando el sentido. No hay dónde ni por qué.” “Piensa en todo lo que podrías hacer este verano, Colin. Podrías aprender sánscrito,” dijo su padre. “Sé que querías aprender sánscrito.* ¿Serás feliz conduciendo por ahí sin rumbo? No es propio de ti. Francamente, suena a abandono.” “¿Abandonar qué, papá? Su padre hizo una pausa. Siempre hacía una pausa tras una pregunta, y después cuando hablaba, eran frases completas sin ums o como tal o uhs –como si memorizara su respuesta. “Me duele decir esto, Colin, pero si quieres continuar creciendo intelectualmente, tienes que trabajar ahora mucho más de lo que lo has hecho nunca. Si no, te arriesgas a perder tu potencial.” “Técnicamente,” respondió Colin, “Creo que ya lo he desperdiciado.” Quizás era porque Colin nunca había decepcionado a sus padres: no bebía, ni tomaba drogas, ni fumaba cigarrillos, ni llevaba una línea negra en los ojos, ni salía hasta tarde, ni sacaba malas notas, ni se hizo un piercing en la lengua, ni tenía las palabras “KATHERINE AMOR DE POR VIDA” tatuadas en la espalda. Quizás se sentían culpables, como si de alguna manera le hubieran fallado y lo hubieran llevado a este momento o quizás solo querían pasar unas semanas a solas para reavivar el romance, pero cinco minutos después de reconocer su potencial desperdiciado, Colin Singleton estaba tras el volante de su largo Oldsmobile gris, conocido como el Coche Fúnebre de Satán. Dentro del coche, Hassan dijo, “Vale, ahora todo lo que tenemos que hacer es ir a mi casa, coger algo de ropa, y milagrosamente convencer a mis padres de que me dejen ir de viaje.” “Puedes decir que tienes un trabajo de verano. Como, por ejemplo, en un campamento o algo,” propuso Colin. “Cierto, excepto que no voy a mentir a mi madre, porque ¿qué cabrón mentiría a su propia madre? “Hmm.” “Bueno, suficiente, alguien más podría mentirle. Podría vivir con eso.” “Bien,” dijo Colin. Cinco minutos después aparcaron en doble fila en el vecindario de Chicago llamado Ravenswood, y salieron del coche juntos. Hassan irrumpió en su casa con Colin en el camino. En la bien equipada sala de estar, la madre de Hassan estaba sentada en un sillón, durmiendo. “Ey, mamá,” dijo Hassan. “Despierta.” Se sobresaltó, sonrió, y saludó a los dos chicos en árabe. Colin respondió en árabe, diciendo, “Mi novia me ha dejado y estoy muy deprimido, así que Hassan y yo vamos a ir a, a, uh, vacaciones donde conduzca. No sé cómo se dice en árabe.” La señora Harbish meneó la cabeza y frunció los labios. “¿No te había dicho,” dijo con un acento inglés, “que no te juntaras con las chicas? Hassan es un buen chico, no hace eso de “salir” con ellas. Y mira lo feliz que es. Deberías aprender de él.” *Lo que patéticamente era verdad. Colin de verdad había estado queriendo aprender sánscrito. Es como el Everest de las lenguas muertas.
  9. 9. “Eso es lo que va a enseñarme en este viaje,” dijo Colin, a pesar de que nada podía estar más lejos de la verdad. Hassan volvió de la habitación llevando una mochila de tela con media cremallera rebosante de ropa. “Ohiboke,* mamá,” dijo, agachándose para darle un beso en la mejilla. De repente, en pijama, el señor Harbish entró en la sala de estar y dijo en inglés, “No vas a ir a ningún sitio.” “Oh, papá. Tenemos que hacerlo. Míralo. Está destrozado.” Colin miró al señor Harbish e intento parecer lo más destrozado que podía. “Va a ir con o sin mí, pero conmigo al menos podré vigilarlo.” “Colin es un buen chico,” le dijo la señora Harbish a su marido. “Te llamaré todos los días,” dijo Hassan. “No nos iremos mucho tiempo. Solo hasta que se ponga mejor.” Colin, ahora de forma completamente improvisada, tuvo una idea. “Voy a conseguirle a Hassan un trabajo,” le dijo al señor Harbish. “Creo que los dos necesitamos aprender la importancia de trabajar duro.” El señor Harbish gruño en aprobación, después se giró hacia Hassan. “Tienes que aprender la importancia de no ver ese horrible programa de La Juez Judy, para empezar. Si me llamas en una semana y tienes un trabajo, puedes quedarte donde quieras todo el tiempo que quieras, por lo que a mí respecta.” Hassan parecía no haberse dado cuenta de los insultos, solo murmuró dócilmente, “Gracias, papá.” Besó a su madre en las dos mejillas y se apresuró hacia la puerta. “Qué idiota,” dijo Hassan una vez estuvieron a salvo dentro del Coche Fúnebre. “Una cosa es acusarme de vago. Pero otra es maldecir el buen nombre del mejor programa de América de jueces –eso es pasarse de la raya.” Hassan se quedó dormido alrededor de la una de la mañana y Colin se medio bebió en una gasolinera un café y la estimulante soledad de un camino libre durante la noche, condujo hacia el sur por la I-65 a través de Indianápolis. Era una noche cálida para ser principios de junio, y desde que el aire acondicionado del Coche Fúnebre de Satán no funcionaba hacía milenios, las ventanas se dejaban abiertas. Y lo bueno de conducir era que se llevaba la mayoría de su atención –coche aparcado fuera, quizás un policía, reducir la velocidad, hora de pasar ese camión, poner el intermitente, comprobar la vista trasera, girar el cuello para comprobar el punto muerto y sí, vale, carril de la izquierda –para distraerse del punzante agujero de su vientre. Para mantener su mente ocupada, pensó en los agujeros de otros estómagos. Pensó en el Archiduque Franz Ferdinand, asesinado en 1914. Cuando miró hacia el sangrante agujero en medio de su estómago y el Archiduque dijo, “No es nada.” Estaba equivocado. No había duda de que el Archiduque Franz Ferdinand importaba, aunque nunca fue un prodigio ni un genio: su asesinato provocó la Primera Guerra Mundial –así que su muerte conllevó la de otras 8.528.831. Colin la echaba de menos. Echaba de menos que lo mantuviera despierto más que el café, y cuando Hassan le preguntó que si conducía una hora, Colin dijo que no, porque conducir lo ayudaba a seguir –mantenerse bajo los setenta; Dios, mi corazón se acelera; odio el sabor del café; pero te echaba un cable; vale, y aclaraba la carretera; vale, sí; todo recto; y ahora solo están mis propias luces contra la oscuridad. Hacía que la soledad del aplastamiento no fuera enteramente demoledora. Conducir era un tipo de pensar, el único tipo que entonces podía *En árabe: te quiero.
  10. 10. tolerar. Pero aún así, el pensamiento lo acechaba, más allá del alcance de sus faros: se habían deshecho de él. Una chica llamada Katherine. Por decimonovena vez. Cuando se trata de chicas (y en el caso de Colin, ocurría a menudo), todo el mundo tiene un tipo. El tipo de Colin Singleton no era físico sino lingüístico: le gustaban las Katherines. No las Katies, o Kats, o Kitties, o Cathys, o Rynns, o Trinas, o Kays, o Kates o ni nombrar las Catherines. K-A-T-H-E-R-I-N-E. Había salido con diecinueve chicas. Todas ellas se llamaban Katherine. Y todas y cada una de ellas se habían deshecho de él. Colin creía que el mundo contenía exactamente dos tipos de personas: Deshechores y Deshechos. Muchas personas tienden a ser ambos, pero esas personas pierden el interés totalmente: Estás predispuesto a uno o a otro. Los Deshechores no siempre son los rompecorazones, y los Deshechos no siempre son los que tienen el corazón roto. Pero todo el mundo tiene una tendencia*. No obstante, entonces, Colin debería haber crecido acostumbrado a los ascensos y descensos de las relaciones. Salir con alguien, a fin de cuentas, solo termina de una forma: mal. Si lo piensas, Colin a menudo lo hacía, todas las relaciones románticas terminan en, o bien (1) ruptura, (2) divorcio, o (3) muerte. Pero Katherine XIX había sido diferente –o parecía haber sido diferente. Ella lo había querido, y él la había querido también, ferozmente. Y él aún lo hacía –se dio cuenta de que estas palabras le rondaban la mente mientras conducía: Te quiero, Katherine. El nombre sonaba diferente en su boca cuando se lo decía a ella; no parecía el nombre con el que había estado tanto tiempo obsesionado, sino una palabra que la describía solo a ella, una palabra que olía como los lirios, que capturaba el azul de sus ojos y la longitud de sus gafas. Mientras el viento se colaba por las ventanas abiertas, Colin pensó en los Deshechores y los Deshechos y en el Archiduque. En el asiento Hassan gimió y sollozó como si estuviera soñando que era un pastor alemán, y Colin sintió el incesante fuego en su tripa, pensando, Todo esto es tan INFANTIL. PATÉTICO. ERES VERGONZOSO. PARA YA PARA YA PARA YA PARA YA PARA YA. Pero ni se imaginaba lo que “esto” era. *Quizás sea de ayuda pensar en esto gráficamente. Colin veía la dicotomía de los Deshechores y los Deshechos en una curva de campana. La mayoría de la gente está englobada en algún punto del medio; es decir, son pequeños Deshechores o pequeños Deshechos. Pero después tienes los Katherines y los Colins.
  11. 11. Katherine I: El principio (del principio) Los padres de Colin nunca lo consideraron algo más de lo normal hasta una mañana de junio. Un Colin de veinticinco meses estaba sentado en una silla gigante, desayunando una indeterminada comida de origen vegetariano mientras su padre leía el Chicago Tribune en la pequeña mesa de la cocina. Colin era delgado para su edad, pero alto, con fuertes rizos castaños que irrumpían de su cabeza con una imprevisibilidad Einsteniana. “Tres deed en el West Side,” dijo Colin tras un mordisco. “No querer más verdes,” añadió, refiriéndose a su comida. “¿Qué has dicho, colega?” “Tres deed al West Side. Quiero patatas fritas por favor gracias.”11 El padre de Colin le dio la vuelta al periódico y miró el gran titular de la portada. Ese era el primer recuerdo de Colin: su padre bajando lentamente el periódico y sonriéndole. Los ojos de su padre estaban abiertos de sorpresa y placer, y su sonrisa era incontenible. “¡CINDY! ¡EL NIÑO ESTÁ LEYENDO EL PERIÓDICO!” gritó. Sus padres eran el tipo de padres que de verdad, de verdad disfrutan leyendo. Su madre enseñaba francés en la prestigiosa y cara Kalman School del centro de la ciudad, y su padre era profesor de sociología en la Northwestern University, al norte de la ciudad. Así que tras las tres muertes en el West Side, los padres de Colin empezaron a leer con él, en cualquier sitio y a todas horas –principalmente en inglés, pero también libros con dibujos en francés. Cuatro meses después, los padres de Colin lo enviaron a un colegio de preescolar para niños prodigio. El colegio dijo que Colin era demasiado avanzado para su colegio y que de todos modos no aceptaban a niños que aún llevaban pañales. Enviaron a Colin a un psicólogo de la Universidad de Chicago. Y pronto la momentánea incontinencia de prodigio terminó en una pequeña oficina sin ventanas del sur, hablando con una mujer con gafas de pasta que le hacía encontrar a Colin patrones en cadenas de letras y números. Le dijo que tirara polígonos. Le preguntó qué pintura no cuadraba con las demás. Le hizo un sinfín de preguntas maravillosas, y Colin la quiso por ello. Hasta el momento, muchas de las preguntas que le había hecho a Colin se centraban en si se había o no se había enfadado consigo mismo, o si podía dar un bocado más a esas miserables verduras. Tras una hora de preguntas, la mujer dijo, “quiero darte las gracias por tu extraordinaria paciencia, Colin. Eres una persona muy especial.” Eres una persona muy especial. Colin escucharía esto mucho, y aún –de alguna forma –no podía escucharlo lo suficiente. La mujer de las gafas de pasta trajo a su madre a la oficina. Mientras la profesora le decía a la señora Singleton que Colin era brillante, que era un niño muy especial, Colin jugaba con un alfabeto de madera. Se dio a sí mismo un respiro reordenando p-o-t-s a s-t-o-p* –el primer anagrama que recordaba haber hecho. La profesora le dijo a la señora Singleton que el don de Colin debe ser fomentado pero no presionado, y le advirtió, “no deberían tener expectativas irrazonables. Los niños como Colin procesan la información muy rápido. Demuestran una remarcable habilidad para centrarse en los ejercicios. Pero no es más propenso a ganar un Nobel que cualquier oro niño razonablemente inteligente.” 11Como un mono inteligente, Colin poseía un extenso vocabulario, pero muy poca gramática. Además, tampoco sabía que “dead” (muerto) se pronunciaba ded. Perdónale. Tenía dos años. *pots = ollas / stop = para
  12. 12. Esa noche en casa su padre le compró un nuevo libro –La Pieza Perdida, de Shel Silverstein. Colin se sentó en el sofá al lado de su padre y sus pequeñas manos pasaban las grandes páginas mientras leía rápidamente, parándose solo para preguntar si “lookin” era lo mismo que “looking.”* Colin cerró enfáticamente el libro cuando terminó de leer. “¿Te ha gustado?” le preguntó su padre. “Sep,” dijo Colin. Le gustaban todos los libros, porque le gustaba el mero hecho de leer, la magia de convertir las líneas de una página en palabras dentro de su cabeza. “¿De qué va?” le preguntó su padre. Colin puso el libro encima de las piernas de su padre y dijo, “Al círculo le falta una pieza. La pieza perdida tiene forma de pizza.” “¿De pizza o de una porción de pizza?” Sonrió su padre poniendo sus grandes manos en la cabeza de Colin. “Vale, papi. Una porción. Así que el círculo va buscando su pieza. Encuentra un montón de piezas equivocadas. Después encuentra la correcta. Pero entonces la deja. Y ahí termina.” “¿A veces te sientes como un circulo que ha perdido una parte?” preguntó su padre. “Papi, no soy un circulo. Soy un chico.” Y la sonrisa de su padre se desvaneció un poco –el prodigioso podía leer, pero no podía ver. Y si Colin hubiera sabido que estaba perdiendo una parte, que su inhabilidad de verse a sí mismo en la historia como un circulo fuera un problema irremediable, quizás hubiera sabido que el resto del mundo se pondría al día con él conforme el tiempo pasaba. Tomando prestada otra historia que memorizó pero que no llegó a pillar: si hubiera sabido que la historia de la tortuga y la liebre era mucho más que una tortuga y una libre, quizás se hubiera evitado a sí mismo un problema considerable. Tres años más tarde, entró en primaria –gratis, porque su madre enseñaba ahí –en la Kalman School, apenas un año más joven que cualquiera de sus compañeros de clase. Su padre lo presionó para estudiar más y más duro, pero no era el tipo de niño prodigio que va a la universidad a los once. Los dos padres de Colin querían mantenerlo en una educación semi- normal por el bien de lo que ellos llamaban su bienestar sociológico. Pero su bienestar sociológico nunca fue tan bien. Colin no sobresalía haciendo amigos. Él y sus compañeros no disfrutaban de las mismas actividades. Lo que más le gustaba hacer en el recreo, por ejemplo, era pretender ser un robot. Se acercó a Robert Caseman a pasos cortados y balanceando los brazos rígidamente y con una monótona voz Colín dijo, “SOY UN ROBOT. PUEDO RESPONDER CUALQUIER PREGUNTA. ¿QUIERES SABER CUÁL FUE EL CATORCEAVO PRESIDENTE? “Vale,” dijo Robert. “Mi pregunta es, ¿por qué eres tan retrasado, Colon Cancer?” A pesar de que el nombre de Colin se pronunciaba como call in,** el juego favorito de Robert Caseman en primaria era llamar a Colin “Colon Cancer” hasta que Colin lloraba, para lo que no hacía falta mucha cosa, porque Colin era lo que su madre llamaba “sensible.” Él solo quería jugar a ser un robot, por Dios santo. ¿Era tan malo? En segundo, Robert Caseman y su carácter maduraron un poco. Finalmente al descubrir que las palabras nunca duelen, pero que las patadas y las piedras podían romper huesos, inventaron el Muñeco de Nieve Abdominal12. Le ordenaron que se tumbara en el suelo (y por alguna razón él accedió), y después cuatro chicos estirando de él no fue tan malo, simplemente vergonzoso y *Lookin/looking = ver/mirar **llamar 12 A lo que, para que conste, Colin le puso nombre. Los otros lo llamaban “El Estiramiento,” pero entonces un día en el que se lo iban a hacer, Colin gritó, “¡No me hagáis un muñeco de nieve abdominal!” Y el nombre fue tan bueno que se quedó.
  13. 13. estúpido. Le hizo sentir que no le gustaba a nadie, y de hecho, no lo hacía. Su única consolación era que un día, él importaría. Sería famoso. Y ninguno de ellos lo sería. Por ello su madre le decía que se reían de él. “Están celosos,” decía. Pero Colin lo entendía mejor. No estaban celosos. Simplemente no les gustaba. A veces es así de simple. Y por ello, Colin y sus padres se sintieron totalmente agradecidos y aliviados cuando, justo al empezar tercero, Colin Singleton probó su bienestar sociológico (brevemente) ganándose el corazón de la chica de ocho años más guapa de todo Chicago.
  14. 14. cuatro Colin se detuvo en una parada de descanso cerca de Paducah, Kentucky, alrededor de las tres de la mañana, echando su asiento hacia atrás hasta que dio con las piernas de Hassan en el asiento trasero, y durmió. Cuatro otras después, se despertó –Hassan estaba golpeándole el asiento. “Kafir –estoy atrapado aquí atrás. Tira esa mierda para adelante. Tengo que rezar.” Había estado soñando con sus recuerdos de Katherine. Colin se agachó y le dio a la palanca, su asiento se tiró hacia delante. “Joter,” dijo Hassan. “¿Se murió algo en mi garganta anoche?” “Um, estoy durmiendo.” “Porque mi boca sabe como una tumba abierta. ¿Cogiste algo de pasta de dientes?” “Hay un nombre para eso, en realidad. Fector hepaticus. Pasa durante la–” “No me interesa,” dijo Hassan, lo que dice siempre que Colin empieza a irse por la tangente. “¿Pasta de dientes?” “Kit de aseo en la bolsa del maletero,” respondió Colin13. Hassan dio un golpe con la puerta, después golpeó el maletero, y cuando Colin se quitó el sueño de los ojos, pensó que quizás sería mejor despertarse. Mientras Hassan se arrodillaba concretamente fuera, fac-ingMecca*, Colin fue al baño (el grafiti del retrete decía: LLAMA A DANA PARA UNA MAMADA. Colin se preguntó si Dana ofrecía felaciones o cocaína, y después, por primera desde que había estado derrumbado sobre la moqueta de su habitación, satisfizo su gran pasión. Hizo un anagrama: Call Dana for a blow; Ballad for a clown**). Salió fuera entre el calor de Kentucky y se sentó en una mesa de picnic frente a Hassan, que parecía estar atacando a la mesa con la navaja de su llavero. “¿Qué estás haciendo? –Colin se cruzó de brazos y bajó la cabeza. “Bueno, mientras tú estabas en el baño, me senté en esta mesa de picnic aquí en atomarporculo, Kentucky, y me di cuenta de que alguien había grabado DIOS ODIA A LOS MARICONES, lo que, además de ser una pesadilla gramaticalmente, es totalmente ridículo. Así que lo estoy cambiando a “Dios odia las Baguettes.” Es difícil no estar de acuerdo en eso. Todo el mundo odia las baguettes.” “J’aime les baguettes,” murmulló Colin. “Tú aime un montón de cosas estúpidas.” Mientras Hassan trabajaba en hacer el Dios odia las baguettes, la mente de Colin corrió de la siguiente forma: (1) baguettes (2) Katherine XIX (3) el collar de rubíes que le compró hace cinco meses y diecisiete días (4) muchos rubíes venían de la India, algo que (5) solía tener bajo control Reino Unido, del que (6) Winston Churchill era el primer ministro, y (7) no es interesante que muchos buenos políticos, como Churchill y también Gandhi, estaban calvos mientras (8) muchos dictadores malísimos, como Hitler, Stalin y Saddam Hussein, tenían bigote. Pero (9) Mussolini solo llevaba bigote a veces, y (10) muchos buenos científicos tenían bigote, como el italiano Ruggero Oddi, quien (11) descubrió (y llamó con su nombre) el tracto intestinal del esfínter de Oddi, que es uno de los esfínteres menos conocidos como (12) el esfínter pupilar. 13 Pero de todos modos, se llama fector hepaticus, y es un síntoma avanzado de que el hígado falla. Básicamente, lo que pasa es que tu aliento huele literalmente como un cadáver podrido. *Juego de palabras con facing Mecca (cara a la meca), que al modificarlo de esa forma (fac-ing) sonaría como “fucking”, osea, “puta Meca”. **Llama a Dana para una mamada; Balada para un payaso.
  15. 15. Y hablando de esto: cuando Hassan Harbish llegó a la Kalman School en décimo curso tras una década de enseñanza en casa, era listísimo, aunque no tan prodigioso. Ese otoño, estaba en primero de cálculo con Colin, que era un estudiante de noveno grado. Pero nunca hablaron, porque Colin había renunciado a perseguir amistades con personas que no se llamaban Katherine. También odiaba a todos los estudiantes del Kalman, lo que estuvo bien porque ellos le odiaban también a él. A las dos semanas de clase, Colin levantó la mano y la señorita Sorenstein dijo, “¿Sí, Colin?” Colin sostenía su mano bajo sus gafas, contra su ojo izquierdo, con una incomodidad obvia. “¿Puedo ausentarme un momento?” preguntó. “¿Es importante?” “Creo que tengo una pestaña en mi esfínter pupilar,” contestó Colin, y la clase rompió a reír. La señorita Sorenstein lo envió de camino, y después Colin fue al baño y, frente al espejo, se quitó la pestaña del ojo, dónde se encuentra el esfínter pupilar. Después de las clases, Hassan encontró a Colin comiendo manteca de cacahuete y no un sándwich de gelatina en la gran escalera de piedra de la entrada trasera del colegio. “Mira,” dijo Hassan. “Este es mi noveno día de colegio en toda mi vida, y de alguna manera ya he aprendido lo que puedes y no puedes decir. Y no puedes decir nada de tu propio esfínter.” “Es parte del ojo,” dijo Colin a la defensiva. “Estaba siendo inteligente.” “Escucha, tío. Tienes que conocer a tu audiencia. Eso casi podría encajar en una convención de oftalmólogos, pero en clase de cálculo, todo el mundo se pregunta cómo demonios tienes una pestaña ahí.” Y se hicieron amigos. “Tengo que decir, que no opino mucho acerca de Kentucky,” dijo Hassan. Colin levantó su cabeza, apoyando la barbilla sobre sus brazos. Examinó la parada de descanso durante un momento. Su pieza perdida no estaba en ningún sitio para que la encontrara. “Todo aquí me recuerda a ella también. Solíamos hablar de ir a Paris. O sea, ya no quiero ir a París, pero sigo imaginándome lo emocionante que sería estar en el Louvre. Iríamos a restaurantes fantásticos y quizás beberíamos vino rojo. Incluso miramos hoteles en internet. Podríamos haber hecho eso con dinero KranialKidz.14 “Tío, si Kentucky va a recordarte a Paris, estamos en un infierno de escabeche.” Colín se levantó y miró a través del césped mal cuidado de la parada de descanso. Y después miró hacia abajo, a la genial obra de Hassan. “Baguettes,” explicó Colin. “Oh, Dios mío. Dame las llaves.” Colin buscó en su bolsillo y lanzó las llaves perezosamente por la mesa. Hassan las cogió mientras permanecía de pie, después se fue hacia El Coche Fúnebre de Satán. Colin lo siguió, desamparado. Cuarenta millas por la carretera, aún en Kentucky, Colin se había acurrucado contra la ventanilla del copiloto y estaba empezando a quedarse dormido cuando Hassan anunció, “¡El crucifijo de madera más largo del mundo –siguiente parada!” “No vamos a pararnos a ver el crucifijo de madera más largo del mundo.” “Claro que sí, joder,” dijo Hassan. “¡Tiene que ser enorme!” 14 Más sobre esto después, pero básicamente: hace un año más o menos, Colin había conseguido algo de dinero.
  16. 16. “Hass, ¿por qué íbamos a parar para ver el crucifijo de madera más largo del mundo?” “¡Es un viaje! ¡Es aventura!” Hassan golpeó el volante para enfatizar su emoción. “No es que tengamos algún sitio al que ir. ¿De verdad quieres morir sin haber visto el crucifijo de madera más largo del mundo?” Colin lo pensó. “Sí. Primero, ninguno de los dos es cristiano. Segundo, pasar el verano persiguiendo atracciones idiotas de la carretera no va a arreglar nada. Tercero, los crucifijos me recuerda a ella.” “¿A quién?” “A ella.” “¡Kafir, era atea! “No siempre,” dijo Colin suavemente. “Solía llevar uno hace tiempo. Antes de que saliéramos.” Empezó mirando por la ventana, pasando los pinos. Su inmaculada memoria lo llamaría el crucifijo de plata. “Tu ñoñería me da asco,” dijo Hassan, pero le dio al Coche Fúnebre un poco más de gas y pasó la parada.
  17. 17. cinco Dos horas después de haber pasado el crucifijo de madera más largo del mundo, Hassan dio marcha atrás. “¿Sabías ya que el crucifijo de madera más largo del mundo estaba en Kentucky?” gritó, su ventanilla estaba bajada y agitaba su mano izquierda a través del aire. “No hasta hoy,” respondió Colin. “Pero sabía que la iglesia de madera más larga del mundo está en Finlandia.” “No me interesa,” dijo Hassan. Los desintereses de Hassan le ayudaban a Colin a imaginarse lo que las otras personas disfrutarían y no disfrutarían oyendo. Colin nunca había tenido nada así antes de Hassan, porque todo el mundo se reía de él o lo ignoraba. O, en el caso de las Katherines, se reían y después lo ignoraban. Gracias a la lista de Colin de las cosas que no eran interesantes15, podía mantener una conversación medio normal. Tras doscientas millas más y una parada para reponer, se marcharon sin peligro de Kentucky, estaban a mitad camino entre Nashville y Memphis. El viento pasaba a través de las ventanillas abiertas secando su sudor sin enfriarlos demasiado, y Colin se estaba preguntando cómo podrían llegar a un sitio con aire acondicionado cuando vio un cartel pintado a mano que sobresalía por encima de un campo de algodón, maíz, soja o algo16. SALIDA 212 –LA TUMBA DEL ARCHIDUQUE FANZ FERDINAND –EL CADAVER QUE EMPEZÓ LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL. “No parece convincente,” añadió Colin templadamente. “Solo digo que deberíamos ir a algún lado,” dijo Hassan, sin escucharlo. “A ver, me gusta este inter-estado tanto como al tipo de al lado, pero contra más al sur vamos, más calor hace, y ya estoy sudando como una puta en una iglesia.” Colin giró su dolorido cuello, pensando que nunca pasaría otra noche en el coche cuando tuviera el suficiente dinero como para pagar un hotel. “¿Has visto esa señal?” preguntó. “¿Qué señal?” “La de la tumba del Archiduque Franz Ferdinand.” Con poca consideración por la carretera, Hassan se giró hacia Colin, sonrió en general, y le golpeó suavemente en el hombro. “Excelente. Excelente. De todos modos, es la hora de comer.” Cuando Colin bajo del asiento del copiloto en el estacionamiento del Hardee’s de la Salida 212 en Carver Country, Tennessee, llamó a su madre. “Eh, estamos en Tennessee. “¿Cómo estás, cielo?” “Mejor, supongo. No lo sé. Hace calor. ¿Ha, em, ha llamado alguien?” Su madre hizo una pausa, y pudo sentir su miserable pena. “Lo siento, cariño. Le diré a, em, a cualquiera que llame a tu teléfono.” “Gracias, mamá. Voy a comer en Hardee’s.” “Suena fantástico. ¡Ponte el cinturón! ¡Te quiero!” “Yo también.” Tras una implacable y grasosa Monster Thickburger en el vacío restaurante, Colin le preguntó a una mujer dependienta, cuyo cuerpo parecía haber sufrido quizás demasiadas comidas en su lugar de trabajo, cómo llegar a la tumba de Franz Ferdinanz. 15 Aparte de otras muchas, muchas otras, las siguientes eran definitivamente no interesantes: el esfínter pupilar, mitosis, arquitectura barroca, bromas que tengan ecuaciones físicas como las líneas de fuerza, la monarquía británica, gramática rusa, y la importancia que la sal ha tenido en la historia de la humanidad. 16 La identificación del cultivo no estaba entre los talentos de Colin.
  18. 18. “¿Quién?” preguntó. “El archiduque Franz Ferdinanz.” La mujer lo miró fijamente durante un momento, y después sus ojos se abrieron. “Oh, estáis buscando Gutshot. Chicos, ¿estás a cargo de los palos, no?” “¿Gutshot?” “Sí. Ahora lo que tienes que hacer es salir del estacionamiento y girar a la derecha –lejos de la carretera, quiero decir, y después a las dos millas más o menos, la carretera se vuelve una T. Hay una estación de petróleo cerrada. Giras a la derecha en ese camino y después pasas un montón de nada durante diez o quince millas. Subes algo como una colina y después ahí está Gutshot.” “¿Gutshot?” “Gutshot, Tennessee. Ahí es donde tienen al Archiduque.” “Así que a la izquierda y después a la izquierda.” “Sep. Os divertiréis, ¿me oyes?” “Gutshot,” repitió Colin para sí mismo. “Vale, gracias.” Desde la última carretera pavimentada, las diez o quince millas de camino en cuestión parecieron haber estado en el epicentro del terremoto. Colin condujo cautelosamente, pero aún así, el parachoques deteriorado del Coche Fúnebre crujió y gimió en los últimos baches y ondulaciones del pavimento. “Quizás no tengamos que ver al Archiduque,” dijo Hassan. “Estamos en un viaje. Es una aventura,” imitó Colin. “¿Crees que la gente de Gutshot, Tennessee, ha visto alguna vez un árabe vivo?” “Oh, no seas paranoico.” “¿O por el contrario crees que han visto alguna vez un judío-afro? Colin pensó eso durante un momento, y después dijo, “Bueno, la mujer del Hardee’s fue amable con nosotros.” “Sí, pero la mujer del Hardee’s llamó a Gutshot ‘los palos,’ dijo Hassan, imitando el acento de la mujer. “Quiero decir que si Hardee’s es urbano, no estoy seguro de querer ver lo rural.” Hassan se giró con su ataque, y Colin se rió y sonrió a todos los lugares acertados, pero siguió conduciendo, calculando las posibilidades de que el Archiduque, que murió en Sarajevo hace más de noventa años, y que surgió al azar en la cabeza de Colin la noche anterior, terminara entre Colin y dondequiera que se dirigía. Era irracional, y Colin odiaba pensar irracionalmente, pero no podía hacer nada excepto preguntarse si quizás estar en la presencia del Archiduque igual le revelaría algo a Colin sobre su pieza perdida. Pero por supuesto, el universo no conspira para ponerte en un lugar en lugar de otro, Colin lo sabía. Pensó en Demócrito: “Cada vez que el hombre culpa a la naturaleza y al destino, su destino es más aún el eco de su carácter y sus pasiones, sus errores y sus debilidades.”17 Y si no fue el destino, fue el carácter y las pasiones de Colin Singleton, sus errores y sus debilidades, finalmente los que lo llevaron a Gutshot, Tennessee –POBLACIÓN 864, como decía la señal de la carretera. Al principio, Gutshot parecía como todo lo anterior, solo que con una carretera mejor pavimentada. A ambos lados del Coche Fúnebre, campos abajo, plantas verdes iluminadísimas terminaban en un gris para siempre, rotos únicamente por el ocasional pasto de los caballos, establos o grupos de árboles. De pronto, Colin vio ante él al lado de la carretera un edificio de hormigón de dos pisos pintado de un rosa horrible. 17 La cita original en griego, para los curiosos: πυττuκατηγρετησηκαιτημρα, όμωςημρατυεναισυνήθωςαλλ ηηχώτυχαρακτήρακαιτωνπαθώντυ,των λαθώνκαιτωναδυναμιώντυ
  19. 19. “Creo que eso es Gutshot,” dijo, señalando el edificio. En el lado del edificio, una señal pintada a mano decía EL REINO DE GUTSHOT –LUGAR DE ETERNO DESCANSO PARA EL ARCHIDUQUE FRANZ FERDINAND / CERVEZA FRÍA / SODA / CARNADA. Colin se detuvo en el camino de grava de la tienda. Se quitó el cinturón y le dijo a Hassan, “me pregunto si tienen al Archiduque con la soda o con la carnada.” La gran carcajada de Hassan llenó el coche. “Joder, Colin haciendo una gracia. Este sitio es mágico para ti. Una pena que vayamos a morir aquí. Lo digo enserio. Un árabe y un medio judío entrando en una tienda en Tennessee. Es el principio de un chiste, y la palabra final es “sodomía.” Sin embargo, Colin escuchó los pies de Hassan arrastrándose por la carretera del estacionamiento tras él. Atravesaron la puerta verde de la Tienda General de Gutshot. Tras el mostrador, había una chica con una delgada y larga nariz y ojos marrones del tamaño de algunos planetas pequeños, levantó la mirada de la revista de La Vida de las Celebridades y dijo, “¿Cómo lo lleváis?” “Estamos bien. ¿Y tú?” preguntó Hassan mientras Colin intentaba pensar si algún alma que valiera la pena en toda la historia de la humanidad había leído antes una sola copia de La Vida de las Celebridades18. “Bien,” dijo la chica. Durante un rato, se pasearon por la tienda, paseándose por el polvoriento y barnizado suelo, pretendiendo estar considerando comprar varias papas, bebidas y pececillos nadando en tanques con cebo. Medio agachado detrás de un estante a la altura del pecho de patatas fritas, Colin tiró de la camiseta de Hassan, cubrió con su mano su oreja y susurró, “Habla con ella.” Excepto que, en realidad, Colin no susurró, porque nunca había controlado el arte de susurrar –solo habló con una voz más bajita directamente en el tímpano de Hassan. Hassan hizo una mueca y negó con la cabeza. “¿Cuál es el área total, en millas cuadradas, del estado de Kansas?” –susurró. “Em, sobre unas 82.000, ¿por qué?” “Es divertido que sepas eso pero no puedas imaginar una forma de hablarle a una chica sin usar tus cuerdas vocales.” Colin empezó a explicarle que incluso susurrar implica usar las cuerdas vocales, pero Hassan puso los ojos en blanco. Así que Colin se llevó la mano a la cara y se mordió la parte interior de su pulgar mientras miraba a Hassan esperanzadoramente, pero Hassan había volcado su atención en el paquete de patatas, así que finalmente le tocó a Colin. Caminó hacia el mostrador y dijo, “Hola, estábamos buscando al Archiduque.” La lectora de La Vida de las Celebridades le sonrió. Sus mejillas hinchadas y su nariz demasiado larga desaparecieron. Tenía ese tipo de sonrisa extensa y engañosa de la que no te puedes fiar pero sí esperar –solo querías hacerla feliz así que seguías mirándola. Pero pasó rapidísimamente. “Los recorridos empiezan cada hora a la hora, cuesta once dólares, y francamente, no vale la pena,” respondió con monotonía. “Pagaremos,” dijo Hassan, rápidamente por detrás. “El chico necesita ver al Archiduque.” Y después Hassan se inclinó hacia adelante y medio susurró, “Está pasando por una dolorosa 18 Poniéndolo en un Diagrama de Venn, Colin habría argumentado que el mundo era así:
  20. 20. ruptura.” Hassan puso veintidós dólares en el mostrador, los que la chica deslizó rápidamente hacia el bolsillo de sus pantalones, sin tener en cuenta descaradamente la caja registradora que tenía detrás. La chica se retiró de un soplido el pelo color caoba de la cara y suspiró. “Seguro que hace calor fuera,” señaló. “¿Esto es, más o menos, una guía turística?” preguntó Colin. “Sí. Y para mi siempre amoroso disgusto, yo soy vuestra guía.” Salió del mostrador. Bajita. Delgada. No era muy guapa pero si parecía interesante. “Soy Colin Singleton,” le dijo a la guía turística/empleada de la tienda de comestibles. “Lindsey Lee Wells,” respondió ella, ofreciendo una mano pequeña con las uñas desconchadas de un color rosa metálico. Él se la dio, y después Lindsey se giró hacia Hassan. “Hassan Harbish. Suní musulmán. No terrorista.” “Lindsey Lee Wells. Metódica. Yo, tampoco.” La chica sonrió de nuevo. Colin no estaba pensando nada, solo en sí mismo, la K-19 y la pieza de sus entrañas que había perdido –pero no se podía negar su sonrisa. Esa sonrisa podía terminar con guerras y curar el cáncer. Durante un buen rato, anduvieron silenciosamente por el camino de hierba tras la tienda, que irritaba la piel expuesta y sensible de Colin, pensó en mencionarlo y decir que quizás había otro tipo de camino reciente por el que podrían ir, pero sabía que Hassan pensaría que era un “sitzpinklery,” así que se mantuvo callado conforme la hierba le cosquilleaba la piel. Pensó en Chicago, donde puedes estar días sin pisar ni una sola vez un solo trozo de tierra real. Ese mundo de tierra pavimentada le atraía, y lo echó de menos conforme su pie sentía irregulares hierbajos sucios que amenazaban con torcer sus tobillos. Mientras Lindsey Lee Wells caminaba delante de ellos (típica mierda de lectora de La Vida de las Celebridades; evitando hablar con ellos), Hassan se puso al lado de Colin, y a pesar de que aún no le había llamado a Colin sitzpinkler por ser alérgico a la hierba, Colin sabía que lo habría hecho, lo que le cabreó. Así que Colin volvió a mencionar el tema favorito de Hassan. “¿Te he mencionado hoy que deberías ir a la universidad?” preguntó Colin. Hassan puso en blanco sus ojos. “Vale, lo sé. Mira la academicidad excelente que tienes.” Colin no sabía cómo devolvérsela. “Bueno, pero deberías este año. No puedes huir para siempre. No tienes que matricularte hasta el quince de julio.” (Colin miró hacia arriba.) “En realidad no puedo huir para siempre. Ya lo he dicho antes y lo volveré a decir: me gusta estar sentado sobre mi culo, viento la televisión, y poniéndome gordo. Es el trabajo de mi vida, Singleton. Por eso me encantan los viajes, tío. Es como hacer algo sin hacer nada en realidad. De todos modos, mi padre no fue a la universidad, y es rico como sus pelotas.” Colin se preguntó cómo serían unas pelotas ricas, pero solo dijo, “Vale, pero tu padre no se sienta sobre su culo. Trabaja como cien horas a la semana.” “Cierto. Cierto. Y es gracias a él que no tengo que trabajar ni ir a la universidad.” Colin no tenía respuesta para eso. Pero no entendía la apatía de Hassan. ¿Cuál es el sentido de vivir si no intentas hacer algo remarcable? Qué pena creer que Dios te dio la vida y no pensar que la vida pide más de ti que ver la televisión. Pero cuando estás de viaje para escapar de los recuerdos de tu decimonovena Katherine y estás atravesando tranquilamente el sur en Tennessee para ir a ver la tumba de un archiduque austrohúngaro muerto, quizás no tienes derecho a pensar qué pena.
  21. 21. Y estuvo ocupado haciendo un anagrama de anything odd -any odd night, handly dog tin, doing thy DNA** -cuando Colin hizo su prodigioso ADN: se tropezó con una madriguera y se calló. Se desorientó tanto por lo rápido que se acercaba el suelo que ni puso sus manos para frenar la caída. Simplemente se calló hacia delante como si le hubieran disparado por la espalda. Lo primero en chocar contra el suelo fueron sus gafas. Seguidas muy de cerca por su frente, que se golpeó contra una pequeña roca áspera. Colin rodó sobre su espalda. “Me he caído,” anunció muy bajito. “¡Mierda!” gritó Hassan, y cuando Colin abrió los ojos, vio borrosamente que Hassan y Lindsey Lee Wells estaban de rodillas mirándolo. Ella olía mucho a un perfume de frutas, que Colin creía que se llamaba Curve. Lo compró una vez para Katherine XVII, pero no le gustaba19. “Estoy sangrando, ¿no?” preguntó Colin. “Como un cerdo atascado,” dijo ella. “No te muevas.” Se giró hacia Hassan y dijo, “Dame tu camiseta,” y Hassan enseguida dijo que no, lo que Colin se figuró que tendría algo que ver con las tetas de hombre de Hassan. “Tenemos que presionar,” le explicó Lindsey a Hassan, y después Hassan tranquilamente dijo que no otra vez, y después Lindsey dijo, “Dios santo – vale,” y se quitó la camiseta. Colin entrecerró los ojos tras la borrosidad sin sus gafas pero no pudo ver mucho. “Deberíamos dejar esto para la segunda cita,” dijo Colin. “Cierto, pervertido,” respondió ella, pero pudo escuchar su sonrisa. Limpió su frente y presionó delicadamente con la camiseta, después presionó fuerte en el lugar sensible por encima de su ceja, siguió hablando. “Menudo amigo tienes, por cierto. Para de mover el cuello. Los dos asuntos que tenemos aquí podrían ser algún daño vertebral o un hematoma subdural. O sea, opciones leves, pero tienes que tener cuidado, porque el hospital más cercano está a una hora.” Él cerró sus ojos e intentó no quejarse del dolor cuando presionó fuerte contra el corte. Lindsey le dijo a Hassan, “presiona con la camiseta aquí. Volveré en ocho minutos.” “Deberíamos llamar a un médico o algo,” dijo Hassan. “Soy paramédico,” respondió Lindsey mientras se iba. “¿Qué edad tienes tu?” preguntó. “Diecisiete. Vale. Bien. Una paramédico en formación. Ocho minutos. Lo juro.” Se fue corriendo. No era el olor a Curve lo que le gustaba a Colin –no exactamente. Era la manera de la que olía el aire cuando Lindsey empezó a alejarse de él. El aroma que el perfume dejaba tras de sí. No hay una palabra para eso en inglés, pero Colín sabía la palabra en francés: sillage. Lo que a Colin le gustaba de Curve no era su olor sobre la piel, sino su sillage, el olor dulce de la fruta cuando se alejaba. Hassan se sentó al lado de él en la hierba, presionando fuerte la herida. “Siento no haberme quitado la camiseta.” “¿Tetas de tío?” preguntó Colin. “Sí, bueno. Creo que debería conocer a una chica un poco más antes de enseñarle mis tetas de tío. ¿Dónde están tus gafas?” “Me estaba preguntando justo eso cuando la chica se ha quitado la camiseta,” dijo Colin. “¿Así que no la has visto?” “No he podido verla. Solo que su sujetador era morado.” “Siempre lo es,” contestó Hassan. * anything odd -any odd night, handly dog tin, doing thy DNA = que pena –noche extraña, perro extraño de mano, hacer tu ADN. 19 “Olía como si te frotas un chicle Bubblicious de frambuesa masticado en el cuello,” dijo, pero no era así, exactamente. Olía como un perfume de chicle de frambuesa sazonado, olía muy bien.
  22. 22. Y Colin pensó en K-19 sentada sobre él en su cama llevando su sujetador morado cuando lo dejó. Y pensó en Katherine XIV, que llevaba un sujetador negro y también otra cosa más negra. Y pensó en Katherine XII, la primera que llevó sujetador, y todas las Katherines cuyos sujetadores él había visto (cuatro, a no ser que cuentes los tirantes, en ese caso siete). La gente pensó que él era un glotón como escarmiento, que le gustaba que se deshicieran de él. Pero no era así. Simplemente no veía nada venir, y cuando estaba tumbado sobre el sólido suelo con Hassan presionando demasiado fuerte su frente, la distancia entre Colin Singleton y sus gafas lo hizo darse cuenta del problema: miopía. Era miope. El futuro pasaba por delante suya, inevitable pero visible. “Las he encontrado,” dijo Hassan, y patosamente intentó ponerle las gafas. Pero es complicado ponerle las gafas a alguien, así que finalmente Colin las cogió y las empujó hacia el puente de su nariz, y ya pudo ver. “Eureka,” dijo delicadamente.
  23. 23. Katherine XIX: El final (del final) Lo dejó el octavo día del doceavo mes, solo a veintidós escasos días de su primer aniversario. Ambos se habían graduado esa mañana, aunque en institutos diferentes, así que los padres de Colin y Katherine, que eran viejos amigos, les organizaron una comida para celebrarlo. Pero esa tarde era solo de ellos. Colin se preocupó de afeitarse y ponerse ese desodorante Wild Rain que tanto le gustaba a ella y por el que se cobijaba en su pecho para captar la esencia. La recogió con el Coche Fúnebre de Satán y condujeron hacia el sur por Lakeshore Drive, con las ventanillas bajadas para que pudieran escuchar, por encima del ruido del motor, las olas del lago Michigan chocando contra las rocas de la costa. Ante ellos se alzaba el horizonte. A Colin siempre le había encantado el horizonte de Chicago. Aunque no era una persona religiosa, ver el horizonte le hacía sentir lo que se llamaba en latín el mysterium tremendum et fascinans – ese giro de estómago mezclado con un miedo atemorizador y una encantadora fascinación. Condujeron hacia el centro, pasando a través de los altísimos edificios del centro de Chicago, y ya llegaban tarde, porque Katherine siempre llegaba tarde a todo, y tras diez minutos buscando un sitio para aparcar, Colin pagó dieciocho dólares por el garaje, lo que cabreó a Katherine. “Solo estoy diciendo que podríamos haber encontrado un sitio en la calle,” dijo al pulsar el botón del ascensor en el garaje. “Bueno, tengo dinero. Y llegamos tarde.” “No deberías gastar dinero que no necesitas gastar.” “Estoy a punto de gastarme cincuenta dólares en sushi,” respondió. “Por ti.” Las puertas se abrieron. Exasperado, se apoyó en la barra de madera del ascensor y suspiró. Apenas hablaron hasta que estuvieron dentro del restaurante, sentados en una mesa pequeña cerca del baño. “Por la graduación, y por un magnífica cena,” dijo ella, levantando su vaso de Coca-Cola. “Por el final de una vida que hemos conocido,” replicó Colin, y brindaron. “Dios, Colin, no es el fin del mundo.” “Es el fin de un mundo,” corrigió. “¿Preocupado por no ser el chico más inteligente en el Northwestern?” sonrió y después suspiró. Él sintió una repentina punzada en el estómago –en retrospectiva, era el primer indicio de que alguna parte de él se perdería. “¿Por qué suspiras?” preguntó. El camarero vino y los interrumpió con un plato rectangular de maki californiano y salmón ahumado negiri. Katherine apartó sus palillos y Colin cogió su tenedor. Sabía mantener una pequeña conversación en japonés, pero los palillos se le resistían. “¿Por qué has suspirado?” preguntó otra vez. “Dios, por nada.” “No, dime por qué,” dijo. “Eres tan –te pasas todo el tiempo preocupándote por perder tu ventaja o que te dejen o cualquier cosa y nunca, ni por un segundo, eres agradecido. Eres el primero de la clase. Vas a ir a una clase estupenda el año que viene, gratis. Quizás no seas un niño prodigio. Está bien. Al menos ya no eres un niño. O se supone que no deberías serlo.” Colin masticó. Le gustaba el alga que envolvía el sushi: lo difícil que era de masticar, la sutileza del agua del océano. “No lo entiendes,” dijo. Katherine puso sus palillos contra el bol que contenía la salsa y se quedó mirándolo con algo más que frustración. “¿Por qué siempre tienes que decir eso? “Es verdad,” dijo simplemente, y ella no lo entendió.
  24. 24. Aún era preciosa, graciosa y excelente con los palillos. Pero prodigio era lo que Colin tenía, del mismo modo que el lenguaje tiene palabras. Con todo el rencor hacia delante y hacia atrás, Colin luchó contra el impulso de preguntarle a Katherine si aún lo quería, porque lo único que más odiaba de él aparte de que le dijera que no lo entendía, era que le preguntara si aún lo quería. Lucho contra el impulso y lucho, y luchó. Durante siete segundos. “¿Aún me quieres?” “Oh Dios mío, Colin. Por favor. Nos acabamos de graduar. Estamos felices. ¡Celébralo!” “¿Qué, tienes miedo de decirlo?” “Te quiero.” Nunca –nunca –le volvería a decir esas palabras otra vez. “¿Se puede hacer un anagrama del sushi?” preguntó ella. “Uh, sis,*” respondió el automáticamente. “Sis tiene tres letras; sushi tiene cinco,” dijo. “No. ‘Uh, sis.” El uh y el sis. Hay otros, pero no tienen sentido gramaticalmente. Ella sonrió. “¿Te cansas alguna vez de mis preguntas?” “No. No. Nunca me canso de nada que tú hagas,” dijo, y después le quiso decir que estaba preocupado, pero solo porque a veces se sentía incomprendido y a veces se preocupaba cuando discutían y ella estaba un rato sin decir que lo quería, pero se contuvo. “Además, me gusta como el sushi se convierte en ‘uh, sis.” Imagina una situación.” “Imagina una situación” era un juego que ella inventó cuando Colin hacía anagramas y después Katherine se imaginaba una situación de ese anagrama. “Vale,” dijo. “Vale. Un chico va a pescar al muelle, y pesca una carpa, y por supuesto está contaminadísima de pesticidas y aguas residuales y de toda la mierda del lago de Michigan, pero se la lleva a casa de todos modos porque se imagina que si pescas una carpa lo suficientemente larga, no importaría. La limpia, la hace filetes, y entonces el teléfono suena, así que la deja en la mesa de la cocina. Habla por teléfono durante un rato, y después vuelve a la cocina y ve que su hermana pequeña tiene un gran pedazo de carpa cruda del lago de Michigan en la mano, y que está masticando, ella mira a su hermano y dice, “¡Sushi!” y él dice, “Uh, sis…” Se rieron. Nunca la había querido tanto como lo hacía entonces. Después, entraron de puntillas en el apartamento y Colin subió las escaleras para decirle a su madre que estaba en casa, dejando de lado la posibilidad relevante de que estaban solos, y tras subir por las escaleras y llegar a la cama, y que ella se quitara la camiseta y la de él, y que se besaran hasta que sus labios estuvieran entumecidos a excepción del hormigueo, ella dijo, “¿De verdad te sientes triste por haberte graduado?” “No lo sé. Si lo hubiera hecho de forma distinta –si hubiera ido a la universidad a los diez o algo –no hay forma de saber si mi vida sería mejor. Probablemente no nos habríamos conocido. No habría conocido a Hassan. Y muchos niños prodigio que son presionados y presionados y presionados y presionados terminan mucho más jotidos que yo. Pero unos cuantos terminan como John Locke20 o Mozart o algo así. Y mis oportunidades de convertirme en un Mozart están acabadas.” *Uh, sis = Uh, hermana. 20 Un filósofo británico y político científico que podía leer y escribir en latín y en griego antes que el resto pudiera atarse los zapatos.
  25. 25. “Col, tienes diecisiete.” Suspiró de nuevo. Suspiraba un montón, pero nada podía estar mal, porque era tan bueno tenerla acurrucada contra él, su cabeza en su hombro, su mano acariciándole el suave pelo rubio de la cara. Miró hacia abajo y pudo ver el tirante del sujetador morado. “Es la tortuga y la liebre, K19. Aprendo más rápido que otras personas, pero ellos siguen aprendiendo. Yo voy decayendo, y ahí vienen. Sé que tengo diecisiete. Pero se me está acabando la ventaja.” Ella rió. “Enserio. Hay estudios sobre esta mierda. Los niños prodigio tienden a alcanzar su cima a los doce o trece. ¿Qué he hecho yo? ¿Ganar un jotido juego hace un año? ¿Esa es mi marcha imborrable en la historia de la humanidad? Ella se levantó, mirándolo. Él pensó en sus otros suspiros, los mejores y más diferentes de su cuerpo moviéndose en su contra. Durante un buen rato ella estuvo mirándolo, y después se mordió su labio inferior y dijo, “Colin, quizás el problema somos nosotros.” “Oh. Mierda,” dijo. Y ahí empezó. El final se dio más que nada entre los susurros de ella y el silencio de él –porque él no podía susurrar y no querían despertar a los padres de Colin. Decidieron estar en silencio, en parte porque parecía que le habían sacado el aire. Paradójicamente, sintió que esa ruptura era lo único que estaba pasando en todo el oscuro y silencioso planeta, y también como si no estuviera pasando para nada. Sentía como se iba a la deriva en esa conversación unilateral entre susurros, preguntándose si quizás algo grande y descorazonador e incomprensible era una paradoja. Era un hombre moribundo tumbado ante los cirujanos que intentaban salvarlo. Con la afortunada distancia que tenía el asunto en sí mismo y como realmente era, Colin pensó en el estúpido mantra: palos y piedras quizás rompan mis huesos, pero las palabras nunca me herirán. Que puta basura. Eso, justo ahora, era el auténtico Muñeco de Nieve Abdominal: sentía que algo se estaba congelando en su estómago. “Te quiero demasiado y solo quiero que me quieras como yo te quiero,” dijo lo más calmado que pudo. “No necesitas una novia, Colin. Necesitas un robot que no diga nada más que ‘te quiero’” Y sintió como lo apaleaban y le tiraban piedras desde el interior, un aleteo y después un fuerte dolor en la caja torácica, y después sintió por primera vez que esa pieza de su estómago se había desprendido de él. Ella intentó irse lo más rápido e indoloramente posible, pero cuando dijo que se tenía que ir, él empezó a llorar. Sujetó su cabeza contra su cuello. Y aunque se sentía lamentable y ridículo, no quería que terminara, porque sabía que su ausencia dolería más que cualquier otra ruptura. Pero se fue igualmente, y él se quedó solo en su habitación, buscando anagramas para mymissingpiece* en un vano intento por quedarse dormido. *mipiezaperdida 19Además que no te quema duda de que Colin aún no acababa de pillar lo que significaba la historia de la tortuga y la liebre, se había imaginado ahora que era algo más que una tortuga y un conejo.
  26. 26. seis Siempre pasaba así: buscaba y buscaba las llaves del Coche Fúnebre de Satán y finalmente se rendía y decía, “Vale. Cogeré el jotido autobús,” y de camino hacia la puerta, veía las llaves. Las llaves aparecían cuando te reconciliabas con el autobús; las Katherines aparecían cuando empezabas a aceptar que el mundo no tenía otra Katherine; y, por supuesto, el momento Eureka llegó justo cuando él empezó a aceptar que nunca llegaría. Sentía como la emoción resurgía en él, sus ojos pestañeaban rápidamente cuando luchó por recordar la idea en su totalidad. Tumbado ahí de espaldas en el pegajoso y denso aire, el momento Eureka supuso como mil orgasmos en uno, solo que no fue tan confuso. “¿Eureka?” preguntó Hassan, con un entusiasmo evidente en su voz. Él también lo había estado esperando. “Necesito escribirlo,” dijo Colin. Se incorporó. Le dolía muchísimo la cabeza, pero buscó en su bolsillo y sacó de él una pequeña libreta que siempre llevaba, y un lápiz, que se había partido por la mitad en la caída, pero que aún escribía bien. Esbozó: Donde x = tiempo, y = felicidad, y = 0 principio de una relación y ruptura, y negativo = ruptura por un m, y positivo = ruptura por f: mi relación con K-19. Aún estaba haciendo el esquema cuando escuchó a Lindsey Lee Wells venir y abrió sus ojos para verla con una camiseta (se leía ¡GUTSHOT!) y llevando un botiquín de primeros auxilios con un fiel-a-Dios en rojo escrito en él. Se arrodilló a su lado y le quitó la camiseta delicadamente de la frente, y después dijo, “Esto va a escocerte,” y hurgó en el corte con un bastoncillo en el que parecía que había salsa de pimienta de cayena. “¡JOTER!” gritó Colin, haciendo una mueca, y miró hacia arriba y la vio a ella, de ojos marrones pestañeando continua y dulcemente mientras trabajaba. “Lo siento. Lo siento. Vale, hecho. No necesitas puntos, pero se te quedará una pequeña cicatriz, supongo. ¿Estás bien?” “¿Otra cicatriz?” dijo distraídamente mientras le ponía una gasa ancha alrededor de la frente. “Me siento como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el cerebro.” “Posible conmoción cerebral,” señaló Lindsey. “¿Qué día es hoy? ¿Dónde estás?” “Es martes, y estoy en Tennessee.” “¿Quién fue el senador de New Hampshire en 1873?” preguntó Hassan. “Brainbridge Wadleigh,” respondió Colin. “No creo que tenga una conmoción.” “¿Es cierto?” preguntó Lindsey. “O sea, ¿de verdad puedes recordar eso?” Colin asintió lentamente. “Sí,” dijo. “Conozco a todos los senadores. Además, ese es uno fácil de recordar, porque siempre pienso en lo jotidamente poco que te tienen que querer tus padres para llamarte Brainbridge Wadleigh.” “En serio,” dijo Hassan. “Ya tienes como apellido Wadleigh*. Eso ya es una putada, ser un taco-light. Pero entonces tienes Wadleigh y lo elevan al poder de Brainbridge** -ni mencionar que el pobre nunca se convirtió en presidente.” *Sonaría a taco-light. **Cerebro de novia.
  27. 27. Lindsey añadió, “Bueno, pero entonces, un tipo llamado Millard Fillmore* fue presidente. Ninguna madre que quisiera a su hijo le habría puesto Millard a un Fillmore, tampoco.” Se metió en su conversación tan rápidamente y de una forma tan natural que Colin estaba revisando su teoría de La Vida de Las Celebridades. Siempre había pensado que la gente de Ningunlado, Tennessee, sería, bueno, mucho más tonta que Lindsey Lee Wells. Hassan se sentó al lado de Colin y le quitó la libreta. La levantó para taparse el sol, que se había alzado por detrás de una nube para hornear aún más la porquería y resquebrajada tierra naranja. Hassan solo miró el papel antes de decir, “¿Me sacas de quicio y tu gran revelación es que te gusta que se deshagan de ti? Mierda, Colin, yo podría haberte dicho eso. De hecho, lo hago.” “¡El amor es graficable!” dijo Colin a la defensiva. “Espera.” Hassan miró el papel otra vez, y después miró a Colin. “¿Universalmente? ¿Estás afirmando que esto sirve para todo el mundo?” “Cierto. Porque las relaciones son predecibles, ¿no? Bueno, estoy buscando una forma de predecirlas. Coge a dos personas cualquiera, e incluso si nunca se han conocido, la formula nos enseñaría quién rompería con quién si alguna vez salieran, y aproximadamente cuánto tiempo duraría la relación.” “Imposible,” dijo Hassan. “No, no lo es, porque puedes ver el futuro si tienes una comprensión básica de cómo tiende la gente a actuar.” La exhalación larga y lenta de Hassan se rompió con un susurro. “Sí. Vale. Es interesante.” Hassan no podía hacerle un cumplido mejor a Colin. Lindsey Lee Wells se agachó y le cogió la libreta a Hassan. Leyó lentamente. Finalmente, dijo, “¿Qué demonios es K-19?” Colin puso una mano en la tierra seca y craqueada y se levantó. “El qué es un quién,” respondió. “Katherine XIX. He salido con diecinueve chicas llamadas Katherine.” Lindsey Lee Wells y Colin se miraron el uno al otro a los ojos durante un rato, hasta que finalmente su sonrisa terminó en una suave risa. “¿Qué?” preguntó Colin. Ella meneó su cabeza pero no podía dejar de reírse. “Nada,” dijo. “Vayamos a ver al Archiduque.” “No, dime,” dijo insistentemente. No le gustaba que no le contaran los secretos. Estar fuera era algo que le cabreaba –más de lo que debería, en realidad. “No es nada. Simplemente, que yo solo he salido con un chico.” “¿Por qué es tan gracioso?” preguntó Colin. “Es gracioso,” explicó, “porque se llamaba Colin.” *Millonada Llenamás.
  28. 28. La mitad (del principio) En tercer curso, su deficiencia en lograr tener un “bienestar sociológico” se había vuelto tan obvia para todo el mundo que Colin asistía de forma regular al colegio Kalman solo tres horas al día. El resto del día lo pasaba con su tutor de toda la vida, Keith Carter, quien conducía un Volvo con una matrícula plateada que ponía KRAZZZY. Keith era uno de esos chicos que nunca crecen más que su coleta. También tenía (o, como era el caso, no pudo mantener) un espeso y ancho bigote que se extendía por todo su labio superior cuando su boca estaba cerrada, algo muy raro en realidad. Keith disfrutaba hablar, y su audiencia favorita era Colin Singleton. Keith era amigo del padre de Colin y profesor de psicología. Su interés en Colin no era exactamente desinteresado –con el paso de los años, Keith publicó un buen número de artículos sobre el prodigio de Colin. A Colin le gustaba ser tan especial para que los estudiantes lo observaran. También, Krazy Keith fue lo más parecido que Colin tuvo a un mejor amigo. Cada día, Keith conducía hasta la ciudad y él y Colin iban a un trastero-oficina en la tercera planta del Kalman School. Colin solía tener que leer algo que quisiera en silencio durante cuatro horas, con Keith ocasionalmente entrando a discutir algo, y después los viernes pasaban el día hablando de lo que Colin había aprendido. A Colin le gustaba mucho más que un colegio normal. Por una cosa, Keith nunca le había hecho el Muñeco de Nieve Abdominal. Krazy Keith tenía una hija, Katherine, que estaba en el mismo curso que Colin pero que era ocho meses más mayor en realidad. Iba a un colegio del norte de la ciudad, pero muy a menudo los padres de Colin invitaban a cenar a Krazy Keith, a su mujer y a su hija para discutir el “progreso” y todo eso. Y tras esas cenas, los padres se sentaban en la sala de estar y se reían muy fuerte mientras el tiempo pasaba, Keith gritó que le sería imposible conducir a casa, que necesitaría una taza de café tras todo ese vino –vuestra casa es un álamo para enófilos, lloraba. Una noche de noviembre durante su tercer curso, cuando empezó a hacer frío y su madre puso la decoración de las vacaciones, Katherine fue. Tras una cena de pollo al limón y arroz integral, Colin y Katherine fueron a la sala de estar, donde Colin se tumbó en el sofá y estudió latín. Acababa de aprender que el presidente Garfield, que no era particularmente conocido por su inteligencia, había sido capaz de escribir simultáneamente en latín y en griego –latín con su mano izquierda y griego con su mano derecha. Colin intentó igualar esta hazaña 21. Katherine, una rubia delgadita con padres con coleta y una gran fascinación por los prodigios, se sentó a mirarlo silenciosamente. Colin era consciente de que estaba ahí, pero no lo distraía, porque la gente solía mirarlo cuando estudiaba, como si hubiera algún secreto en su acceso al mundo académico. El secreto, en realidad, era que pasaba más tiempo estudiando y prestaba más atención que el resto. “¿Cómo es que ya sabes latín?” “He estudiado mucho,” respondió. “¿Por qué?” preguntó, acercándose para sentarse a los pies del sofá. “Me gusta.” “¿Por qué?” preguntó. Se quedó callado durante un momento. No estaba familiarizado con el “juego del por qué,” se tomaba las preguntas seriamente. “Me gusta porque me hace diferente y mejor. Y porque soy bastante bueno en ello.” “¿Por qué?” preguntó, su voz cantaba el monosílabo, casi sonriendo. “Tu padre dice que es porque recuerdo las cosas mejor que otras personas porque presto muchísima atención y me preocupo mucho.” 21 Pero nunca lo hizo, porque por mucho que lo intentara, no era ambidiestro.
  29. 29. “¿Por qué?” “Porque es importante saber cosas. Por ejemplo, acabo de aprender que el emperador romano Vitellius una vez comió miles de ostras en un día, algo que muy probablemente sea un acto de abligurition22,” dijo, usando una palabra que sabía seguro que Katherine no conocería. “Y también es importante saber cosas porque te hace especial y puedes leer libros que la gente normal no puede leer, como las Metamorfosis de Ovidio, que está en latín.” “¿Por qué?” “Porque vivía en Roma cuando se hablaba y se escribía en latín.” “¿Por qué?” Y eso lo hizo tropezarse. ¿Por qué había vivido Ovidio en la Antigua Roma en el 20 A.E.C.23 y no en Chicago en el 2006 E.C.? ¿Ovidio habría sido Ovidio si hubiera vivido en América? No, no lo habría sido, porque habría sido un nativo americano o posiblemente un indio americano o un indígena, y no tendrían el latín ni ninguna otra lengua escrita entonces. ¿Así que Ovidio importaba porque era Ovidio o porque vivió en la Antigua Roma? “Esa,” dijo Colin, “es una pregunta muy buena e intentaré encontrar la respuesta para ti,” dijo, que era lo que Krazy Keith le decía cuando Krazy Keith no sabía la respuesta. “¿Quieres ser mi novio?” le pregunto Katherine. Colin se levantó rápidamente y la miró, sus brillantes ojos azules miraban hacia abajo a su falda. Pasaría a llamarla usualmente, La Fantástica. Katherine I. Katherine la Fantástica. Incluso sentada, era notablemente más bajita que él, y parecía muy seria y nerviosa, sus labios se escondieron hacia adentro cuando miró hacia abajo. Algo se le pasó por la mente. Los nervios explotaron en calofríos bajo su piel. Su diafragma se revoloteó. Y por supuesto, no pudo haber sido lujuria ni amor, y no era como gustar, así que tenía que ser lo que los chicos en el colegio llamaban gustar. Y dijo, “Sí, sí, lo seré.” Ella se giró hacia él, giró la cara, y sus mejillas pecosas y ella se acercaron a él, sus labios se fruncieron y le besó en la mejilla. Fue su primer beso, y sintió sus labios como la llegada del invierno –fríos, secos y rugosos –y se le ocurrió a Colin que el beso no fue ni la mitad de bueno como el sonido de ella diciéndole si podía ser su novia. 22 Una actual, y muy oculta, palabra inglesa que significa “gastar demasiado dinero en comida.” 23 Ya no se dice A.C. ni D. C. No es moderno ya. Ahora se dice E.C. (Era Común) o A.E.C. (Antes de la Era Común)
  30. 30. siete Cerca de la nada, sobre una pequeña pendiente, el campo herboso se transformó en un cementerio. Contenía cuarenta tubas, y estaba rodeado por una pared de piedra a la altura de la rodilla cubierta por un musgo resbaladizo. “Este sería el último y final lugar de descando del Archiduque Franz Ferdinand,” dijo Lindsey Lee Wells, su voz sonaba de repente con decadencia, esa con la que los aburridos guias turísticos que hace tiempo memorizaron el discurso. Colin y Hassan la siguieron a un obelisco de seis pies de altura –un tipo de miniatura del monumento de Washintong –antes de encontrarse con una plétora de rosas de seda rosas que no eran nuevas. A pesar de que eran obviamente falsas, las flores aún así parecían marchitas. Lindsey se sentó en la pared musgosa. “Ah, que le den al discurso. Probablemente ya lo sepáis de todos modos,” dijo, volviéndose hacia Colin. “Pero os contaré la historia: el Archiduque nació en diciembre del año 1863 en Austria. Su tío era el emperador Francis Joseph, pero ser el sobrino del Austro-Húngaro emperador no tenía demasiada importancia. A menos, dijo, que el hijo único del emperador muriera, Rudolph, se disparara en la cabeza –lo que pasó, de hecho, en 1889. De pronto, Franz Ferdinand era el siguiente en la línea del trono.” “Llamaron a Franz ‘el hombre más solitario de Vienna,” le dijo Colin a Hassan. “Sí, bueno, no le gustaba a nadie porque era un empollón total,” dijo Lindsey, “además que era uno de esos empollones que no eran demasiado listos. Tu tipo de cobarde con un promedio innato de noventa y seis dólares. Su familia pensó que era un cobarde liberal, la sociedad vienesa pensaba que era un idiota –el tipo de idiota que tiene la lengua fuera de la boca. Y después empeoró la situación casándose por amor. Se casó con una chica llamada Sophie en 1900, todo el mundo creía que era una pobre. Pero, ya sabes, en defensa del chico, hay que decir que la quería de verdad. Esto es lo que nunca digo en el tour, pero de todo lo que he leído de Franzy, él y Sophie tuvieron el matrimonio más feliz en toda la historia de la realeza. Es más o menos una historia bonita, excepto por el hecho de que en el catorce aniversario de su boda –el veintiocho de julio de 1914 –les dispararon a ambos en Sarajevo. El emperador lo enterró a las afueras de Viena. Ni siquiera se preocupó por ir al funeral. Pero se preocupaba lo suficiente por su sobrino como para empezar la Primera Guerra Mundial, declarándole la guerra a Serbia un mes después.” Se levantó. “Aquí termina el tour.” Sonrió. “Se aprecian las propinas.” Colin y Hassan aplaudieron correctamente, y después Colin caminó hacia el obelisco, que solo decía: ARCHIDUQUE FRANZ FERDINAND. 1863-1914. YACE TRANQUILAMENTE SOBRE SU TIERRA / CON MUCHAS CARGAS PESADAS SOBRE ÉL. Grandes cargas, de hecho –millones. Colin se acercó y sintió el granito, sin tener en cuenta el sol abrasador. ¿Qué habría hecho el Archiduque Franz Ferdinand si hubiera terminado de forma distinta? Si no se hubiera obsesionado con el amor, si no hubiera sido tan falto de tacto, tan quejumbroso, tan empollón –si no hubiera sido, pensó Colin, tan como yo… Al final, el Archiduque tuvo dos problemas: a nadie le importaba una mierda (al menos no hasta que su cadáver comenzó la guerra), y un día le quitaron una pieza de su mitad. Pero ahora, Colin llenaría su agujero y haría que la gente se levantara y se diera cuenta de que existía. Sería especial, usaría su talento para hacer cosas más interesantes que los anagramas y traducir del latín. Y sí, de nuevo la Eureka paso delante de él, la parte positiva de ella. Usaría su pasado –y el pasado del Archiduque, y todo tipo de pasado –para informar al futuro. Impresionaría a Katherine XIX –a ella siempre le había encantado la idea de que se convirtiera en un genio –y crearía un mundo más seguro para los deshechos en todo el mundo. Sería importante. Hassan lo despertó de su ensueño preguntando, “¿Y cómo narices terminó un total Archiduque Austriaco en Shitsberg, Tennessee?
  31. 31. “Lo compramos,” dijo Lindsey Lee Wells. “Sobre el 1921. El propietario del castillo en el que estaba enterrado necesitaba dinero y lo puso en venta. Y nosotros lo compramos.” “¿Cuánto cuesta un Archiduque muerto en estos días?” se preguntó Hassan. “Sobre unos trescientos cincuenta dólares, dijeron.” “Eso es mucho dinero,” dijo Colin, con su mano aún sobre el ganito del obelisco. “El dólar ha subido más de diez veces entre 1920 y ahora, así que es más de que treinta y cinco mil dólares hoy en día. Un montón de tours de once dólares por cabeza.” Lindsey Lee Wells puso en blanco sus ojos. “Vale, vale –estoy lo suficientemente impresionada. Ya tengo bastante. ¿Sabes una cosa? Tenemos esas cosas aquí –no sé si vosotros las tenéis allí de donde sois, pero aquí las llamamos calculadoras, y pueden hacer todo ese trabajo por ti.” “No estaba intentando impresionar a nadie,” insistió Colin a la defensiva. Y después los ojos de Lindsey se abrieron, puso sus manos alrededor de su boca y gritó, “¡Ey!” Tres chcos y una chica estaban caminando por la ladera, solo se les veía las cabezas. “Chicos del instituto,” explicó Lindsey. “Y mi novio.” Lindsey Lee Well fue corriendo hacia ellos. Hassan y Colin se quedaron parados, y empezaron a hablar rápidamente. Hassan dijo, “Soy un estudiante de intercambio de Kuwaiti; mi padre es un magnate del petróleo.” Colin negó con la cabeza. “Demasiado obvio. Yo soy español. Un refugiado. Mis padres fueron asesinados por Vasco separatistas.” “No sé si Vascos son una cosa o una persona ni tampoco creo que ellos lo sepan, así que no. Vale, yoo acabo de llegar a America desde Honduras. Mi nombre es Miguel. Mis padres han hecho una fortuna con las bananas, y tu eres mi guardaespaldas, porque los trabajadores de las bananas se han unido y me quieren muerto.” Colin retrocedió, “Eso está bien, pero no hablas español. Vale, yo fui abducido por unos esquimales en Yukon –no, eso es una mierda. Somos primos de Francia visitando los Estados Unidos por primera vez. Es nuestro viaje de graduación.” “Eso es aburrido, pero no tenemos tiempo. ¿Yo soy el que habla inglés?” preguntó Hassan. “Vale, bien.” Ahora, Colin podía escuchar al grupo hablando, y vio los ojos brillantes de Lindsey Lee Wells mirando al chico alto y musculoso que llevaba un jersey de los Tennessee Titans. El chico era una masa andante de músculos con el pelo de punta y con una sonrisa que era toda dientes y encías. El éxito de juego dependía de si Lindsey no hablaba de Colin y Hassan, pero Colin se imaginó que era una apuesta segura, cuando la vio muy cautivada con el chico. “Vale, ahí vienen,” Dijo Hassan. “¿Cómo te llamas?” “Pierre.” “Vale. Yo Salinger, pronunciado SalinSEI.” “Vosotros dos estáis aquí por el tour, ¿no?” dijo el novio de Lindsey. “Sí. Yo soy Salinsei,” dijo Hassan, su acento era pasable aunque no magnífico. “Este es mi primo Pierre. Estamos visitando esta ciudad por primera vez, y queríamos ver al Archiduque, - que empezó nuestra –como decís –Guerra Terrenal.” Colin miro a Lindsey Lee Wells, que suprimió su sonrisa mientras masticaba chicle de naranja. “Soy Colin,” dijo su novio, extendiendo la mano. Hassan se inclinó hacia Pierre/Colin y susurró, “Su nombre es “El Otro Colin.” Hassan entonces dijo, “Mi primo, habla muy poco inglés. Soy su hombre traductor.” El Otro Colin se rió, también lo hicieron los otros dos chicos, que rápidamente se presentaron como Chase y Fulton. (“Nosotros les llamaremos Chase, Vaqueros Muy Apretados, y Fulton podría ser El Corto que Mascaba Tabaco,” le susurró Hassan a Colin.)
  32. 32. “Je m’appelle Pierre,” espetó Colin después de que los chicos se presentaran. “Quand je vais dans le métro, je fais aussi de la musique de prouts.”24 “Tenemos un montón de turistas extranjeros aquí,” dijo la única chica aparte de Lindsey, que era alta y completamente Abercrombie en su ceñido top de camuflaje. La chica también tenía – como decir esto de forma correcta –unas carretas gigantes. Estaba tremendamente buena –en el sentido de chica-popular-con-dientes-blancos-y-anorexica, el tipo menos favorito de Colin de estar beuna. “Soy Katrina, por cierto.” Casi, pensó Colin, pero no. “¡Amour aime aimer amour!25” Anunció Colin lo suficientemente alto. “Pierre,” dijo Hassan. “ Tiene esa deficiencia al hablar. Con, eh, con malas palabras. En francia decimos El Toorette. No sé cómo lo decís en inglés.” “¿Tiene el Síndrome de Tourette?” preguntó Katrina. “¡MERDE!26”gritó Colin. “Sí,” dijo Hassan emocionadamente. “Misma palabra distinto idioma, como hemorroide. Eso lo aprendimos el otro día porque a Pierre le escocía el culo. Tiene el Síndrome de Toorette. Y la hemorroide. Pero es un buen chico. “Ne dis pas que j’ai des hémorroïdes! Je n’ai pas d’hémorroïde,27” gritó Colin, intentando seguir el juego y llevar a Hassan a un tema diferente. Hassan miró a Colin, meneando la cabeza, y después le dijo a Katrina, “Acaba de decir que tu cara es tan preciosa como la hemorroide.” Momento en el que Lindsey Lee Wells rompió a reir y dijo, “Vale. Vale. Suficiciente.” Colin se giró hacia Hassan y dijo, “¿Por qué tenían que ser hemorroides? ¿Cómo coño se te ha ocurrido esa idea?” Y entonces El Otro Colin (EOC), Vaqueros Muy Apretados (VMA), El Corto Que Mascaba Tabaco (ECQMT) y Katrina estuvieron ocupados, hablando, riéndose y haciéndole preguntas a Lindsey. “Mi tío fue a Francia el año pasado, tío,” explicó Hassan, “y nos contó la historia de que tuvo una hemorroide y tenía que señalarse el culo y decir la palabra francesa de escocer una y otra vez hasta que se acordó de que la palabra hemorroide era igual en ambos idiomas. Y no conocía otra jotida palabra francesa. Además es divertido, que tengas el Síndrome de Tourette y hemorroides.” “Lo que tu digas,” dijo Colin, su cara se ruborizó. Y después escucharon a EOC decir, “Esto es muy divertido. A Hollis le encantará, ¿eh?” y Lindsey se rió y se puso de puntillas para besarlo y después dijo, “Se lo que quieres decir, cariño,” y él dijo, “Bueno, ellos también,” y Lindsey fingió vomitar, y EOC se agachó para besarle la frente, y ella se ruborizó. La misma escena la había protagonizado Colin en su propia vida frecuentemente –aunque él solía ser el que fingía vomitar. Volvieron a través del campo en grupo, Colin tenía la camiseta pegajosa empapada de sudor y ceñida a su espalda y le palpitaba el ojo. La Teoría de la Subyacente Previsibilidad de Katherine, pensó. Incluso el nombre sonaba bien. Había esperado tanto para su progreso, y se había desesperado tantas veces, que solo quería estar solo un rato con un lápiz, algo de papel y una calculadora sin hablar. En el coche trabajaría. Colin tiró delicadamente de la camiseta de Hassan y le acechó con la mirada. “Necesito algo de bebida energética,” respondió Hassan. “Después nos iremos.” 24 “Me llamo Pierre. Cuando voy al metro, hago música con pedos.” 25 “El amor quiere querer al amor.” Una cita traducida al francés, del Ulises de James Joyce. 26 “¡Mierda!” 27 “¡No digas que tengo hemorroides! No tengo hemorroides.”
  33. 33. “Tendré que abrir la tienda por vosotros, entonces,” dijo Lindsey. Se giró hacia EOC. “Ven conmigo, cariño.” La dulzura pegajosa de su voz le recordó a K-19. “Lo haría,” dijo EOC, “pero Hollis está sentada en las escaleras. Se supone que yo y Chase tenemos que estar en el trabajo, pero nos hemos escapado.” EOC la levantó y se arrimó con fuerza, flexionando sus bíceps. Ella se revolvió un poco pero lo besó, con la boca abierta. Después la bajó, le giñó el ojo y se fue con su séquito en una camioneta roja. Cuando Lindsey, Hassan y Colin volvieron a la tienda Gutshot, una mujer alta vestida con un vestido rosa de flores estaba sentada en las escaleras hablando con un hombre de barba poblada y marrón. Cuando se acercaron, Colin pudo escuchar a la mujer contar una historia. “Starnes está fuera para cortar el césped,” decía. “Y apaga el cortacésped, mira alrededor, se percata de la situación durante un rato y me llama, “¡Hollis! ¿Qué narices pasa con ese perro?” y yo le digo que el perro tiene los testículos inflamados y se los acabo de vaciar, y Starnes lo asimila al rato y después finalmente dice, “Podrías dispararle al perro y conseguir otro con testículos normales, sería lo más sabio.” Y yo le digo, “Starnes, en esta ciudad no hay un peor amante, por eso quiero tanto a mi perro.” El hombre de la barba rompe a reír, y después la narradora mira a Lindsey. “¿Estabas en una guía?” preguntó Hollis. Cuando Lindsey asintió, Hollis dijo, “Bueno, seguro que Dios se ha tomado tu tiempo.” “Lo siento,” masculló Lindsey. Se giró hacia los chicos y dijo, “Hollis, estos son Hassan y Colin. Chicos, esta es Hollis.” “Más conocida como la madre de Lindsey,” explicó Hollis. “Dios, Hollis. No alardees de ello,” dijo Lindsey. Pasó por delante de su madre, abrió la tienda, y todo el mundo entró hacia el aire acondicionado. Cuando Colin pasó por delante, Hollis puso una mano en su hombro, lo giró y lo miró a la cara. “Yo te conozco,” dijo. “Yo no le conozco,” respondió Colin, y después añadió, a modo de explicación, “No olvido muchas caras.” Hollis Wells seguía mirándolo, pero él estaba seguro de que nunca se habían cruzado. “Lo dice enserio,” dijo Hassan, apareciendo tras una estantería de comics. “¿Tenéis el periódico aquí?” Tras el mostrados, Lindsey Lee Wells sacó el USA Today. Hassan miró la portada y después pasó las hojas delicadamente para enseñarles una pequeña foto en blanco y negro de un hombre de poco cabello blnco. “¿Conoces a este tipo?” preguntó Hassan. Colin se acercó al papel y pensó un momento. “No lo conozco personalmente, pero su nombre es Gil Stabel y es el Jefe Ejecutivo de una campañia llamada Fortiscom.” “Buen trabajo. Pero no es el Jefe Ejecutivo de Fortiscom.” Sí, lo es,” dijo Colin, muy confiada. “No, no lo es. No es el Jefe Ejecutivo de nada. Está muerto.” Hassan desplegó el papel, y Colin se acercó para leer el artículo: JEFE EJECUTIVO DE FORTISCOM MUERE EN UN ACCIDENTE DE TRÁFICO. “¡Kranialkidz!” gritó Hollis triunfante. Colin la miró, con los ojos abiertos. Suspiró. Nadie veía ese programa. Su audiencia era de 0.0. El programa estuvo en antena durante una temporada y ni una sola persona de los trescientos residentes de Chicago lo había reconocido nunca. Y aún así, aquí en Gutshot, Tennessee… “¡Oh, Dios mío!” Hollis gritó. “¿Qué estás haciendo aquí?” Colin se ruborizó durante un momento con un sentimiento de celebridad mientras lo pensaba. “La fastidié, después nos fuimos de viaje, vimos la señal del Archiduque, me corté la

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