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Tres epifanías

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Tres sabios de aAsia y África buscando sin saber...ni estar perdidos.

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Tres epifanías

  1. 1. TRES EPIFANÍAS Una historia alternativa con sabios de Asia y África buscando sin saber… y sin estar perdidos Véanse este mapa (por Kaidor) y este otro (por PHGCOM) Irún, 7 de enero de 2018 José Gregorio del Sol Cobos
  2. 2. Carta primera. Estimado Melchor, amigo de la Ruta de la Seda: Cuando nos separamos en Dura Europos creo que los tres quedamos con la misma pregunta en la cabeza, o que de las muchas que nos podían rondar, al menos coincidimos en una: ¿por qué le dejamos a aquella familia aquellos regalos y no otros? Pero perdóname, me enredo yo solo. Disculpa mi impaciencia y falta de educación y rigor. Te pregunto, pues, primero de entrar en detalles, por tu viaje. ¿Cómo te has encontrado tu ruta, amigo Melchor? ¿Sigue habiendo merodeadores amigos de lo ajeno?¿Se refuerzan los caravasares? ¿Os fue todo bien a ti y a tus cientos de amigos? ¿Cómo has encontrado tu ciudad, Wuwei, a la vuelta? Pido a los dioses por que nada os pasase a ninguno ni a vuestras mercancías y que tu familia esté bien. Pero soy un pobre parto egoísta, y también pido para que vuelvas y nos veamos aquí en Dura, o donde sea menester. Nadie sabe cuánto más permaneceremos, cada año es más difícil controlar los tres caminos, y aunque ninguna se mueve del sitio, me parece cada vez que los transito que los caminos a Damasco, Antioquía y Ctesifonte son más lentos, más largos, más difíciles. Al menos para caravanas del tamaño de las de la Ruta de la Mirra, no tan potentes como las vuestras. Y dependemos de nuestros compradores -qué te voy a contar a ti-, y si un día los romanos deciden que son suficientemente hábiles y fuertes en el mar como para ir ellos mismos a por las esencias de Oriente, la ruta marítima por la que se mueve Baltasar será también el comienzo del fin de nuestra buena ventura. Desde que Hípalo descubrió hace unas décadas la ruta marítima a la India, nuestro modo de vida está amenazado. Te contaba que ya sé, o creo saber, por qué les dejé mirra y semillas del árbol de la mirra a aquella familia a la que nos llevó tu estrella. Tuve un sueño hace unas pocas semanas, después de que ambos partierais hacia vuestro hogares. O mejor dicho, una pesadilla. No había acción, no había palabras, sólo imágenes fijas que cambiaban a lo largo del sueño, como los papiros pintados que nos regalaste, pero con partes borrosas y otras de extraordinario detalle. La primera, tres cruces altas y ominosas en la cumbre de un monte; la segunda, una madre llorando a su hijo, recostado sobre sus rodillas, muerto. Era la madre que encontramos en Belén, el efecto del sueño me hizo ver su rostro como si no hubiera envejecido, como si no hubiese de morir. La tercera, un rabí esenio envolviendo el mismo cadáver y perfumándolo con mirra. El sueño se me ha repetido varias veces, sin casi variación, y cuando me despierto, pese a no haberla en mi hacienda, el aroma a mirra inunda mi nariz. A raíz de ese sueño entendí que mi regalo era para un futuro a largo plazo. Una consolación sensorial que adormezca la tristeza infinita de la muerte de un hijo. Y no puedo parar de pensar que entre tantos cientos de malhechores y de personas honestas que son ajusticiadas por igual en nuestros días, el asunto de tu estrella, nuestro encuentro y ahora este sueño sin duda hacen destacar a ese aún niño. Voy a estudiar con los esenios, ahora que los asuntos de mi familia están encauzados. Mi hermano mayor, Orodes, gobernará y tenerme lejos será lo mejor para ambos dado su carácter irascible. Llámalo locura, o revelación – a la que son tan aficionados desde Tiro hasta Alejandría- , pero algo en el corazón tira de mí hacia esa pequeña secta a orillas del Mar Muerto. Quizás tengan las llaves que abran las muchas puertas cerradas que me he encontrado en mis estudios de las realidades que nos rodean. Gaspar
  3. 3. Carta segunda. Saludos desde Rhapta, mi noble amigo Melchor. Recuerdo con algo de sorpresa aún aquellas aventuras que junto al parto Gaspar el destino nos hizo pasar mientras nuestras rutas se cruzaron en Palestina. Un concepto griego, el de destino, que abrazo con demasiada alegría para el gusto de mi familia. Quizás piensen que los días de los faraones volverán, pero a mí me gusta pensar que tiempos más suaves, basados en el conocimiento y el comercio, llegarán. ¿Cómo te ha ido?¿Continúan tus tribulaciones interiores acerca del Universo?¿Cuántos inicios del mundo más has recopilado? Cuando nos separamos de Gaspar en Dura aún no sabía qué ruta seguiría, y de hecho tras tu partida desde Ctesifonte aún permanecí allí mercadeando unas jornadas más. El azar me devolvió al Norte por el mismo ramal de la Ruta de la Seda que espero te haya devuelto sano, salvo y rico a tu hogar. Pensaba que al pasar por Europos de nuevo vería a Gaspar, pero en su residencia me dijeron que había partido hacia el Mar Muerto. Espero que su espíritu inquisitivo encuentre allí sus respuestas. Desde la boyante Europos me uní a una caravana de comerciantes de perfumes (mirra, olíbano) hasta Tiro, donde me embarqué junto a los míos hacia Alejandría. Tenía intención de pasar por Arsinoe para llegar a Myos Hermes y comenzar la parte final de mi viaje cabotando la costa Este de mi querida África. Te cuento esto porque en Alejandría me encontré con una anormal cantidad de refugiados judíos. Era como si algo les hubiera hecho emprender al revés su tan afamado éxodo de siglos atrás. Y aún más extraño fue que tuve noticias de la familia que encontramos en Belén, bastante detalladas, de un comerciante de Jerusalén amigo mío. Comprendí que sin el oro que les regalé nunca habrían podido llegar a escapar de aquel tirano, Herodes. A lo largo del viaje fuimos comerciando: Berenice, Mundus, Mosylium, Pano… Luego, muchas jornadas después Sarapion y ayer mismo, aquí, Rhapta. Mi casa, mi hogar. Pero algo había cambiado en mí. Por primera vez había logrado algo para alguien con aquel oro, no algo para mí, y me sentía mil veces más satisfecho que si hubiera sido mi beneficio, y he sentido la necesidad de contártelo. Tuve la impresión durante nuestras jornadas de viaje común hasta Ctesifonte que tan largo viaje como habías emprendido desde esa ciudad, Wuwei, que de tan lejana casi la creo mítica, había tenido su colofón en aquella aldea, Belén, y que no había sido como tú esperabas al partir. Pienso como en Ctesifonte que las estrellas no se ponen en el cielo al azar para que un hombre como tú las siga si no es por un buen motivo. Siente conmigo, amigo mío, que de alguna forma, además de salvar a aquella criatura y su familia del dolor de la política, también a nosotros nos afectó. Ya ves: el sedentario Gaspar busca la Verdad muchas leguas lejos de su palacio, y el avaro Baltasar empieza a donar a todos en Rhapta -mi familia tampoco lo ve muy normal-. Quizás tú, sin avaricia ni miedos, hayas encontrado al menos el sentido a aquellos sueños en que el Universo se movía al compás de tus aflicciones, afligiéndote todavía más. No voy a dejar de viajar y comerciar y lo que más espero es encontrarme de nuevo con vosotros, a poder ser con más noches tranquilas de conversación y sabiduría y menos de huidas a medianoche. Baltasar
  4. 4. Carta tercera ¡Amigos! Os escribo a los dos, un criado copiará después la carta, debo confesaros que me siento débil. Vuestras cartas me han precedido y al llegar a casa su abrazo desde vuestra lontananza se ha sumado al de mis hijos, y sé que sólo por eso he logrado ponerme a escribir. Las leguas y los años no perdonan, mis jóvenes amigos, permitidme la advertencia. Ha sido un viaje… largo. No quiero ensombrecer vuestros recuerdos con mis tribulaciones, que un hombre mejor que yo sin duda habría afrontado más dignamente, pero sólo diré que no creo poder emprender un viaje más por la Ruta de la Seda. Los merodeadores, Gaspar, se han venido arriba y fueron, digamos, mis “anfitriones” un par de meses. Contar qué ocurrió daría como para una de esas historias épicas griegas que tanto te gustan, Baltasar. Incienso. Eso le regalé a aquel bebé judío de Belén de Judá. Y debo confesar simplemente que no sé aún por qué. Quizás escribir me ayude, veamos. Me contáis que vuestros regalos fueron o serán decisivos a corto y a largo plazo, que provienen del suelo o alzan el espíritu, que alegran o adormecen. Quizás el incienso sea el regalo para el medio plazo, la puerta al cielo, la ventana a paisajes místicos. Quédate con los esenios, Gaspar, te envío junto a tu carta, ¿cómo no?, más incienso, algo me dice que vosotros y esa resina estáis místicamente relacionados con la misma persona que ves morir en tu sueño. Tú, Baltasar, tienes razón en tu apreciación: me fui de Belén, luego de Dura y finalmente de Ctesifonte, con un cierto regusto a decepción. Me decía: “Uno no cruza Asia, uno no conoce cientos de pueblos, uno no se arriesga así, sólo para conocer a un niño”. Es cierto que como a vosotros me embargó el gusto a misticismo, el aroma sentido más que percibido a Divinidad en aquella cuadra, y que con vosotros me arrodillé y los adoré (la madre tenía la misma mirada que el niño), pero igual que vosotros, creo, mi regalo no lo decidí yo antes de entrar allí. De todos mis cofres fue el del incienso el que le di… Pero hoy aquí, ya cruzado el Norte del Himalaya, e incluso ya durante mi cautiverio, no pienso de esa manera. Cada uno me habéis contado vuestra revolución interna, vuestro cambio súbito, y ahora os contaré el mío: mis sueños desaparecieron una noche, y no los he vuelto a tener, como tampoco la ansiedad de las preguntas que suscitaban. Una noche a pocas jornadas de Ctesifonte, comprendí que aquel niño contenía todas las respuestas, y que simplemente mis sueños habían sido respondidos y no importaban ya. No he vuelto a verme como un gigante abrazando el Universo y poniéndolo a moverse ni por tanto me han atracado más años de vida las preguntas que después, despierto, me formulaba a mí mismo. Tampoco he vuelto a sentir que el Universo me aplastaba haciéndome diminuto, y ya no me da miedo el enorme vacío que sin embargo se abría bajo mis pies en tales pesadillas. Siento que realmente no importa. De algún modo, conocer a aquella familia le ha quitado toda su importancia a las preguntas que habían guiado mis búsquedas, pero ha sido ahora, al leer vuestras misivas, cuando he terminado de entender: nuestras epifanías son el premio de Dios porque como hombre, sin duda nos necesitó.Y de aquí en innumerables lunas quizá nuestro ejemplo sea la estrella para otros. Melchor

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