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El alma de america vista en un calabazo

  1. 1. EL ALMA DE AMÉRICA VISTA EN UN CALABAZO Por su ignorancia del cristianismo, de la escritura, del dinero, del hierro, de la rueda, de la pólvora, de la monogamia, de muchas plantas y animales, los indios aparecieron como bárbaros ante los españoles. Por su destrucción de andenes, caminos, terrazas, templos, ciudades, graneros y tributos; por su rapiña, su crueldad, su lascivia y hasta su superioridad guerrera, los españoles aparecieron como bárbaros ante los indios. Jorge Basadre. EN EL SIGLO XV NADIE DESCUBRIÓ LA AMÉRICA La afirmación de que los españoles descubrieron la América a finales del siglo XV y principios del XVI es inexacta y se funda en el vocabulario que por rutina heredamos de quienes se han consagrado a la tarea de escribir lo que en el lenguaje figurado solemos llamar "Libros de historia". Si digo que no hubo tal descubrimiento, no lo hago porque en este momento me preocupen ni las excursiones que practicaron los mongoles entrando por Alaska diez o veinte siglos antes que los españoles, ni las posibles invasiones de los polinesios que pudieron llegar a la costa de Chile, ni las naves escandinavas que seguramente tocaron los bordes de Groenlandia en los tiempos de Erik el Rojo. Me refiero al espíritu mismo del viaje de Colón, al hecho de que no es posible considerar como descubridores a quienes, en vez de levantar el velo de misterio que envolvía a las Américas, se afanaron por esconder, por callar, por velar, por CUBRIR todo lo que pudiera ser una expresión del hombre americano. Entre la posición que adopta el investigador de nuestro tiempo frente a lo desconocido, y la que adoptaba el hombre del siglo XV, hay dos criterios que se oponen fundamentalmente. Nuestra curiosidad se dirige a buscar el alma de las cosas; nosotros no tenemos la pretensión de hacer que el negro o el amarillo o el piel roja se expresen a nuestro modo; sólo queremos conocer el proceso espiritual que se produce en las razas que no nos son cercanas para formarnos una idea más universal del hombre y cerciorarnos de que el ser humano es múltiple en la manera de manifestarse. Para que se vea hasta dónde esta actitud difiere de la de los pretendidos descubridores de la América, bastaría detenerse a pensar lo que haría uno cualquiera de nosotros que fuese a descubrir un mundo en este propio instante en que vivimos. Yo pienso, por ejemplo, en un sector escondido de la ciudad en donde me encuentro, en una barriada pobre que, no por estar a diez pasos de las calles principales, deja por eso de ser un mundo totalmente desconocido para nosotros, los caballeros de cuello limpio. Se albergan allí mujeres de las que llamamos de mala vida, y grupos de obreros mal pagados y peor educados, que se
  2. 2. emborrachan el sábado y dejan para el domingo esa huella de sangre de que hablan los periódicos el lunes. Hay familias desventuradas, perros en las aceras, puercos en los solares y grupos de comunistas que sueltan su lengua los domingos en tribunas improvisadas. Si a mí me da la gana descubrir lo que hay en el fondo de esta barriada, no me presento como un conquistador para imponer mis maneras, mi idioma, mi religión y mis gustos. Todo lo contrario. Como una sombra me arrastraré contra las paredes, acallaré mis voces, abriré mucho los ojos del cuerpo y más aún los del alma, pondré el oído en acecho, me sentaré con los borrachos en la taberna, entraré a la casa de las vagabundas, iré buscando la imagen espiritual de los vecinos hasta tener de ella la copia más fiel. Pensemos ahora en lo que querían los españoles de América. Cuando ellos llegaron, había aquí una civilización que yo considero en muchos aspectos superior a la que existía en la península. Del fondo de los lagos emergían ciudades gigantescas, como en México; sobre el lomo de los Andes, la mano de los hombres había puesto esa estrella de piedra de las cuatro calzadas que arrancaban del Cuzco y ataban las más distantes provincias de los incas; el comercio empezaba a tender hilos que iban desde Alaska hasta Venezuela; las religiones habían alcanzado a labrar la imagen de sus dioses en estatuas y pirámides que todavía se conservan y que empiezan a descubrirse en las regiones mayas, en San Agustín, en Tiahuanaco, en Machu - Picchu, en la Isla de Pascua. Todo esto vino a ocultarlo el español. En primer término, ante sus propios ojos; y luego, ante los ojos del resto del mundo. Hay que ver cómo hasta las relaciones literarias de América se ocultaron en los Archivos de Indias, para que no llegaran a conocimiento de los europeos. Era la actitud natural de aquellos tiempos. Antes de venir a América, en la víspera del viaje de Colón, el mismo signo fatídico de los antidescubridores había guiado a los reyes de España, victoriosos de los moros en la toma de Granada. Supongo a mis lectores informados acerca, por ejemplo, de la obra de Carlos V en los palacios árabes. Allí ocurrió en toda su materialidad el "cubrimiento" de que vengo hablando. El piadoso emperador, para adaptar a sus necesidades los palacios que habían sido de los moros, cubrió la ornamentación de los palacios —hecha en ese estuco fabricado con polvo de mármol y que sólo conocieron los árabes—, en donde se perpetuaban versículos del Corán, cubrió todo el arte del pueblo vencido, con argamasa, y sepultó para cuatro siglos la más fina expresión de aquel pueblo de poetas y gustadores de la vida. Apenas ahora empiezan los descubridores a ver si es posible desenterrar la gracia que enterró el ilustre rey don Carlos. ¿Por qué el conquistador iba a ser descubridor? Descubrir y conquistar son dos posiciones opuestas en el hombre. Descubrir es una función sutil, desinteresada, espiritual. Conquistar es una función grosera, material, sensual. Yo advierto diferentes categorías entre los hombres que trajeron las naves españolas. Creo que hubo descubridores entre los estudiantes que venían por curiosidad a conocer el nuevo mundo. Creo que entre los cronistas no faltaron —como ya lo he dicho— sociólogos y observadores. Pero esos estudiantes y cronistas fueron eclipsados por los ricos negociantes, por los frailes y por los oficiales de la corona, en quienes no puede hallarse nada distinto del simple conquistador. Por este motivo el siglo XVI, que es el siglo en
  3. 3. donde empieza con propiedad a verse la gran empresa española en América, puede considerarse como el siglo del cubrimiento del nuevo continente. De esa fecha en adelante, el alma de América se esconde, las manifestaciones suyas i se ocultan, y pasarán siglos —dos, tres, cuatro, quizás cinco— antes de que resurjan nuestras naciones para expresarse con entera libertad. EL PROCESO DEL CUBRIMIENTO ¿Qué vinieron a hacer por estas tierras los capitalistas, los empresarios, los encomenderos, los gobernadores, los virreyes? Vinieron para imponer un sistema económico, un dogma religioso, un tipo de arquitectura, una raza, que eran otra cosa distinta de la economía, la religión, la arquitectura, la raza americana. Nosotros teníamos en la América meridional el ayllu peruano, la repartición anual de las tierras, el estado listo para sostener a la viuda y al hijo menor, a los desvalidos, a los estudiantes, a los sabios, a los guerreros y a los sacerdotes; una organización para favorecer a quienes perdían sus cosechas, un sistema democrático de trabajo. El conquistador, fraile o encomendero, trajo el latifundio, la economía del empresario, la muerte de las familias americanas, sistemas de préstamo reforzados por el repartimiento que culminaron en la esclavitud total de los pueblos sojuzgados; tributos, mita, alcabala, diezmo, almojarifazgo, cosas todas que correspondían a una concepción económica europea, colonial, entre cuyas manos desaparecieron y se olvidaron los sistemas típicos de América, los sistemas adecuados al desarrollo natural de estas naciones. La vieja arquitectura fue proscrita para inaugurar un tipo de edificaciones que rompía la tradición de estos pueblos. La cúpula reemplazó a la pirámide; el arco romano de medio punto a los bloques escalonados que usaron los mayas y a las puertas trapezoides de Cuzco; los viejos caserones de Castilla y los patios andaluces y el trazo de las calles españolas vinieron a reproducir aquí pueblos de la península, mientras la superstición y el afán de imponer el alma conquistadora derrumbaban ciudades de piedra, como la ciudad monumental de los aztecas, y consumían la expresión urbana de estos pueblos. Como se suprimió la arquitectura se suprimió al hombre mismo. No se ha podido suministrar una teoría exacta para explicar la desaparición de las razas que poblaron este continente. Las hipótesis que suelen presentarse son más ingeniosas que científicas. La trabazón de la sangre dio nacimiento al mestizo americano, que es uno de los casos más interesantes en la etnografía universal. Ese mestizo es el último depositario de lo que queda de una raza que el conquistador abatió, sin quererlo tal vez, por la necesidad de que le sirviese como esclavo. Pero el hecho real y casi material del drama de las razas en América al tiempo de la conquista fue un intento de yuxtaposición: la superposición de un nuevo grupo étnico que dominase todo el panorama de las tierras ganadas para la corona de España. Bien sabido es que los mayas tenían escrita en libros la historia de sus hechos más notables. Fray Diego de Landa, en su Relación de las cosas de Yucatán, escrita a mediados
  4. 4. del siglo XVI, dice: "Hallárnosles gran número destos sus libros, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio se los quemamos todos, lo cual a maravilla sentían y les dava pena". El papel que juegan los frailes en esta etapa de la vida de América es singularmente notorio, porque su poder era espiritual, y a ellos correspondía borrar las huellas del alma americana. Por eso vemos que en el reino de los chibchas quemaban todas las semanas piras de ídolos que los indios tenían labrados en madera. Siendo la altiplanicie un centro geográfico que podía alimentarse más fácilmente de maderas que de piedra, y que en la madera hallaba el material más adecuado para las construcciones, aquí los templos, las habitaciones y las esculturas se hicieron de madera. El templo más famoso, el de Sugamuxi, parece que estaba construido sobre vigas de guayacán y esterado con hilos de oro; en Tunja las casas eran techadas de paja, pero láminas de oro puestas a la entrada musicalizaban el paso de los vientos, como lo recuerdan los versos de Castellanos. Ese oro, claro está, fue fundido para transformarlo en monedas y en custodias, como los ídolos de madera se quemaron para ahuyentar al demonio. Así desapareció todo un sector de la plástica americana. Lo mismo que ocurrió en México. Porque en México, ya que destruir las piedras era asunto difícil y enojoso, se resolvió enterrarlas. Y por eso, una de las manifestaciones más estupendas del espíritu americano fue sepultada y apenas hace pocos años vino a descubrirse; me refiero al calendario azteca, que no fue un hallazgo para el siglo XVI, por obra de los frailes, sino para el XIX por arte de la casualidad. "NUNCA CRIÓ DIOS TAN CONOCIDA GENTE DE VICIOS"... Es interesante considerar la idea que del ser humano se tenía en España en el siglo XVI, para explicarse por ella mucho de los fenómenos que caracterizaron la conquista española. Nosotros le damos hoy al dato humano un valor muy grande. Creemos que hay algo valioso hasta en las más recónditas, en las más obscuras manifestaciones de los seres que no han gozado o sufrido las maravillas y tonterías de nuestra civilización. Hay en la actualidad coleccionadores de música negra; poetas que encuentran en las leyendas de las tribus raudales de ternura; sociólogos que estudian con cariño las más rudimentarias manifestaciones sociales. Estas delicadezas quedan fuera de la inquietud intelectual de España en el siglo XVI. El español tenía formado un arquetipo del individuo, a cuya imitación debían dirigirse todos los afanes del hombre. Ese hombre modelo era el que podía vivir más cerca de la divinidad. El pobre mortal tenía que no apartar los ojos de la aureola de los beatos para alcanzar la plenitud de la consideración social. Esta concepción radical de la vida condujo a extremos de exclusivismo, de exclusión, que hoy podrían desconcertarnos. Entre el cristiano y el no cristiano se abrió un abismo imposible de cruzar, ni aun en alas de la caridad. El infiel era un perro maldito; el fiel gozaba de privilegios que lo autorizaban hasta para hacer esclavos a los infieles.
  5. 5. Deshumanizada así la idea del hombre, los americanos que adoraban el sol, que le rendían culto al agua en las lagunas, se tuvieron por irracionales, y el mayor conflicto teológico surgido en las academias de España a raíz del descubrimiento de América, ya lo he dicho anteriormente, fue el que ocasionaron los defensores de los indios delante de quienes sostenían que éstos carecían de alma. Esta controversia —que nunca está demás el recordar— nos ha demostrado, cuando menos, la posibilidad de que a los infieles se les tuviese por animales, con todas las consecuencias que de aquí suelen deducir quienes no alardean de ser protectores de bestias. Hoy los ingleses, por ejemplo, estiman en más a un perro o a un caballo que a un hombre. La protección de animales es una de las modalidades del pueblo inglés, que se ha sentido más próximo de las bestias que ningún otro pueblo de la tierra. La doctrina de Darwin pudo prosperar hasta con ternura en el alma de muchos de los hijos de la Isla. Pero, piénsese ahora en el abismo que existe entre un punto de vista como el de los ingleses de hoy, que todavía son crueles con los aborígenes, y el punto de vista español del siglo XVI. El español, que nunca ha sentido piedad para las bestias, extendía entonces el radio irracional de la zoología hasta invadir zonas anchísimas de la humanidad. Los toros y las hogueras de la Inquisición eran un par de fiestas que tenían idéntico brillo e importancia. Cuando los españoles llegaron por primera vez a las Antillas, vieron una muchedumbre que no estaba purificada por las aguas del bautismo: luego era una muchedumbre de bestias. Y siendo una muchedumbre de bestias, podía tratársela con el rigor consiguiente al impiadoso criterio de esos tiempos. Pocas cosas hay tan decisivas como la correcta formación de un silogismo... Tomás Ortiz, el célebre fraile dominico, presentó al Consejo de Indias aquel memorial que trae la historia de López de Gomara, y que reza así: "Los hombres de tierra firme comen carne humana, y son sodomésticos más que generación alguna. Ninguna hay entre ellos; andan desnudos; no tienen amor ni vergüenza; son como asnos, abobados, alocados, insensatos. No tienen en nada matarse y matar; no guardan verdad si no es en su provecho; son inconstantes; no saben qué cosa sea consejo; son ingratísimos y amigos de novedades; précianse de borrachos; contienen vinos de diversas yerbas, ramas, raíces y grano; emborráchanse también con humo y con ciertas yerbas que los saca de seso; son bestiales en los vicios; ninguna obediencia ni cortesía tienen mozos a viejos, ni hijos a padres; no son capaces de doctrina ni castigo; son traidores, crueles y vengativos, que nunca perdonan; inimicísimos de religión, haraganes, ladrones, mentirosos, y de juicios bajos y apocados; no guardan fe ni orden; no se guardan lealtad maridos a mujeres, ni mujeres a maridos; son hechiceros, agoreros, nigrománticos; son cobardes como liebres, sucios como puercos; comen piojos, arañas y guzanos crudos donde quiera que los hallan; no tienen arte ni maña de hombres; cuando se olvidan de las cosas de la fe que aprendieron, dicen que son aquellas cosas para Castilla y no para ellos, y que no quieren mudar costumbres ni dioses; son sin barbas, y algunas les nacen, se las arrancan; con los enfermos no usan piedad ninguna, y aunque sean vecinos y parientes los desamparan al tiempo de la muerte, o los llevan a los montes a morir con sendos pocos de pan y agua; cuanto más crecen se hacen peores; hasta diez o doce años parece que han
  6. 6. de salir con alguna crianza y virtud; de allí adelante se tornan como brutos animales; en fin digo que nunca crió Dios tan conocida gente de vicios y bestialidades, sin mezcla de bondad o policía. Juzguen ahora las gentes para qué puede ser cepa de tan malas mañas y artes. Los que los hemos tratado, esto habernos conocido de ellos por experiencia, mayormente el padre Fray Pedro de Córdoba, de cuya mano tengo escrito todo esto, y lo platicamos en uno muchas veces con otras cosas que callo". EL MUNDO VISTO A TRAVÉS DE SUS BORRACHOS Basta leer cualquiera de las historias o relaciones de viajes o crónicas de la conquista, para ver en seguida que hasta los teólogos más piadosos hallaban tal grado de bestialidad en los indios que hubiera sido una aventura romántica, como lo fue la del padre Las Casas, probar que el indio era al menos una persona en potencia. Tan empapados se hallaron los conquistadores de su verdad católica que solían, delante de una nación nueva, enviar a un heraldo para que les preguntase a los indios, en el diáfano lenguaje de Castilla, si ellos aceptaban al Dios eterno, uno y trino, concebido de la virgen María, que había resucitado de entre los muertos y que vendría a juzgar a los vivos y a los muertos a la hora del juicio final. Y los conquistadores se sorprendían de que los indios no absolviesen en seguida la cuestión, de que no comprendiesen un idioma tan claro y de que se mirasen unos a otros con un aire de estupor, que era la más indubitable prueba de su estulticia. Hay algo más. Los cronistas no se detienen en la demostración de que los indios fuesen animales. Para ellos eso es tan patente que no exige comentarios. Les basta presentar algunos aspectos de la bestialidad, como para darles más colorido a sus relatos. De esta manera se dice, de paso, que hay algunas naciones de indios con hocicos de perros, o que los tutamuchas de California "tienen las orejas tan largas que les arrastran hasta el suelo y que debajo de una de ellas caben cinco y seis hombres". Que en Jamocohuicha, "por no tener vía ordinaria para expeler los excrementos del cuerpo, se sustentaban con oler flores, frutas, y yerbas, que guisan sólo para eso". Pero lo decisivo para el cronista es ver sus cultos, la manera cómo adoran al diablo y las orgías y borracheras que marcan el cénit de sus ceremonias pavorosas. No he podido explicarme con toda exactitud la sorpresa de los españoles por las borracheras de los indios, los borrachos incurren en necedades semejantes en todos los pueblos de la tierra, desde Inglaterra hasta Alemania y desde Noé hasta nuestros contemporáneos. Naturalmente, cada pueblo se emborracha con lo que puede. El que tiene uvas a la mano, exprime las uvas y hace que el vino fermente en los odres. El que sólo dispone de cebada, penetra las entrañas de este grano de cándido aspecto eucarístico y le arranca algún zumo de donde brote la rubia cerveza. Hasta de la cascara de los árboles han podido los hombres sacar algo que les lleve ardores alcohólicos al cuerpo. Ignoro si ha nacido el pueblo que no se haya emborrachado. O el que no haya aprovechado
  7. 7. la oportunidad de una fiesta religiosa para hundir su espíritu en los filtros báquicos. Tengo entendido que la misma torpeza y cierto estupor de idiotas que veía de cuando en cuando Hornero en los borrachos de la Ilíada, son los que se reproducen en Los Borrachos de Velázquez. Y quienquiera que haya entrado en contacto con los indios de América, que todavía podemos ver ebrios de chicha, está conforme conmigo en que esas caras estúpidas que se inclinan con risa maliciosa sobre las totumas, son las propias caras del lienzo de Velázquez. Es así como puede trazarse un itinerario espiritual que vaya de los griegos a los indios de América. Como es obvio, en la carta alcohólica del mundo, América tenía que presentarse con un licor propio. Si algo caracteriza, más que la lengua, más que la religión, más que la indumentaria, a un pueblo, es su cerveza, o su vino, o su whisky, o su vodka, o su chicha; es decir: su licor. Al decir: Vodka, cerveza, vino, whisky, ya hemos trazado un mapa, una carta geográfica inconfundible. Si vosotros tomáis este criterio y pensáis en la cerveza, tendréis ya a la Europa central vista de cuerpo entero. ¿Quién puede decir, dentro de un pequeño reino híbrido como Bélgica, hasta dónde llega la influencia de Alemania y en dónde principia la de Francia? Si no es viendo hasta dónde llega la cerveza y desde dónde principia el vino, es poco menos que imposible precisar el límite. Es el vodka lo que ha modelado el alma de los rusos; suprimid el vodka, y la mitad de la literatura de ese país resulta incomprensible. Las jornadas francesas en todas las revoluciones, la formación de los ejércitos napoleónicos al regreso de Elba, la marcha del pueblo de París hasta el palacio de Versalles, la traída del rey Luis XVI en medio de una manifestación hostil desde el remoto pueblo de Varennes hasta París, todo, hasta la última caída del gabinete, es una manifestación del vino, que produce tal suerte de reacciones. América fue así. América se emborrachaba con moras, con pulque, con chicha de maíz. Los españoles estaban creyendo que todas las borracheras debían desenvolverse bajo los emparrados del Mediodía. Imposible una interpretación más limitada del alma de un pueblo... —-La verdad es que los españoles, emborrachándose lejos de los indios, y viendo a los indios borrachos mientras ellos gozaban del uso de sus cinco sentidos, hallaron una bestialidad diabólica en los pueblos conquistados. Bernal Díaz del Castillo se rinde ante la perplejidad que le causa el ver que haya un pueblo en donde la bacanal dure lo que dura la cosecha de las moras. La mora es una fruta tan bella como la misma uva: en una sola frutilla hay tanta perfección como en todo el racimo de la vid, perfección que encierra en una miniatura de burbujas henchidas de sangre negra. El labio que exprime las moras se tiñe de alegría y las manos que desgranan los racimos quedan pintadas, como si hubiesen asistido a la orgía donde se exprimiera el corazón de las montañas. Yo no sé si emborracharse sea una virtud o un vicio. Pero esos pueblos errabundos que se detenían durante un mes en el país de las moras para embriagarse con su jugo, se me ocurre que, si mucho, pueden ser juzgados como más libres, más amigos de la luz y del sol, que los otros, los pueblos de la taberna, que se acomodan en los bodegones para apurar licores a la sombra, en la sombra sórdida que hace bailar sin tino la llama rojiza del petróleo.
  8. 8. TEORÍA DEL CALABAZO El hecho es que España conquistadora consideró a los indios no cristianos, bestias, y fue borrando la obra de esas bestias hasta el extremo de que hoy, para rehacer lo que fue el panorama americano anterior a la llegada de los europeos, tenemos que acudir a los cacharros de tierra cocida que dejó abandonados la codicia en los cementerios de indígenas. No hace muchos días tuve entre mis manos cierto calabazo traído del Amazonas por algunos curiosos. Una serie de dibujos —tropeles de llamas, figuras de indios, una linda ornamentación de flores enmarcando las figuras— me dio la más emocionada representación de la vida americana. Sobre las paredes de la vasija estaba pintada toda una escena del Perú incaico. Tal vez el calabazo fue a llegar hasta el Amazonas cruzando la cordillera ecuatoriana, y con él se repitieron jornadas que eran frecuentes hace cuatro siglos. Yo he leído cosas extraordinarias de las misiones de jesuitas en el Amazonas. Conozco mapas como el del padre Samuel Fritz o como el que trazó en las "cárceles de Lisboa" el padre Weigel, que me indican la grandeza de las obras culturales hechas en la Colonia por los hijos de la Compañía. Pero ¿qué quedó de aquello? ¿No retrocedió el mundo amazónico con las misiones hasta quedar convertido otra vez en el infierno verde? ¿Qué fue de las culturas indígenas que ahora mismo tratan de volver a la vida los arqueólogos? En una de las primeras relaciones que tenemos de las culturas amazónicas encuentro que topó el conquistador pedazos de loza tan lindamente esmaltada, que el cronista dijo sería envidiada por la loza de España. ¿Reparáis en lo que esto significa? ¿Sabéis que hoy mismo no ha podido la ciencia descubrir de qué procedimientos maravillosos se valieron los ceramistas de España, contemporáneos a la conquista, para dar esos fondos metálicos en el azul esmalte de los platos de Talavera? Todavía, en la relación del padre Joseph Chantre, que corresponde a la última época de las misiones, encuentro estas líneas: "Es peculiar en las mujeres omaguas hacer la loza necesaria, pues son, por lo común, olleras a mano; y sin torno y con grande tino, hacen todo género de utensilios: ollas, cazuelas, píalos, tinajas, tales cuales han menester para los usos de casa. Sacan estas piezas tan bien figuradas, tersas y templadas Como los mejores alfareros. Las encabelladas hacen loza más fina y delicada que las omaguas; pero son éstas más hábiles para piezas grandes, como cántaros y tinajas. Unas y otras saben dar a la loza un barniz permanente, vistoso y lino, de manera que se limpian las piezas con mucha facilidad". De todo esto, que ya pertenece al dominio de la leyenda, no queda nada. Con la rica lengua de Castilla —como dice la historia— llegó también a la selva el sarampión. Los indios, que no conocían esta enfermedad, al sentir calenturas, se echaban al agua. Así desaparecieron tribus enteras. El Amazonas o Marañón, pasó de ser un río cuyas márgenes estaban muy pobladas a ser inhabitado por el hombre. Y hoy, para tomar el hilo de la historia, hay que mirar sobre la superficie de un calabazo pintado, y desentrañar de allí el misterio de la vida que fue, y aun algo de pronósticos para el futuro de América.
  9. 9. DE LA ESPAÑA GÓTICA AL MÉXICO PRECOLOMBINO Lo que falta por saber es si esas supuestas culturas precolombinas merecían alguna consideración. Si el trabajo de estos indios borrachos tenía algún valor que hubiera merecido la atención de los europeos. Si todo se reduce a esa apreciación, tal vez exagerada, del cronista que comparó los cacharros del Amazonas con la bella cerámica peninsular. Desde luego, para mí tanto vale una expresión elemental de la vida que empieza, como la plenitud del proceso cultural. El niño, como niño, es una obra maestra: posiblemente más henchida de la emoción de las potencias que el propio nombre realizado. Naturalmente, el europeo no lo advierte así y sólo estima su propia culminación en este horror de su cultura que ahora mismo nos espanta. Pero lo que el europeo vino a cubrir en América no fue una cultura elemental, incipiente. Lo que él destruyó con sus caballos, su pólvora, sus conquistadores y ÑUS frailes, no era nada inferior a lo de España. La guerra del siglo XVI entre peruanos o mexicanos y españoles, puede considerarse como una guerra internacional, lo mismo que la guerra contra los árabes, en donde la nación que obtuvo la victoria no fue precisamente la menos bárbara como suele ocurrir a veces en las guerras. La España goda y visigoda, la España que realizó la guerra de las cruzadaS contra los moros era una nación ruda, bravía, cruel, en donde no había logrado el hombre levantar una ciudad hermosa de que pudiera ufanarse. Frente a los árabes de la mezquita de Córdoba, de la Alhambra, del Generalife, los españoles eran cavernarios. Recorred ahora, al menos usando de una guía, la planta de una ciudad como Toledo, o Salamanca; fijaos en las flechas, reconstruid el paisaje urbano de esos centros en vísperas de la conquista de América, y llegaréis al convencimiento de que allí no existían entonces sino malas cascaras de pueblos pobres; hacinamientos de labriegos y de hidalgos que vivían todos en cueros. Nada de seda ni damascos; nada de joyas ni palacios; nada de tapices ni encajes. Piedra y hierro, castillos y armaduras, toros y rejones. Las catedrales, hasta el día del descubrimiento, se proyectaron modestamente y no lograron levantar el vuelo. Por muchas razones el gótico español no alcanzó en la Edad Media altura tan grande como el gótico de Francia, de Alemania o de Inglaterra. Las iglesias sólo surgen con el oro de América. El súbito enriquecimiento de España, y particularmente de la Iglesia española, hace que se modifiquen en el siglo XVI todos los planos primitivos de las iglesias, que se ensanche la planta, que se conciban construcciones gigantescas. Por eso las ciudades que dejaron a sus espaldas los hombres de la conquista de América eran todas pobres y estrechas. Tardarían muchos años para que Toledo coronara su catedral, para que Salamanca construyera su plaza y para que los nobles —ahora adinerados— entraran por los halagos del lujo y enriquecieran sus palacios. El siglo de oro de España se llama así porque lo nutrió el oro de América. En cambio, América tenía en aquellos lejanos entonces, cuando menos dos grandes ciudades más ricas, más populosas, más espléndidas que todas las de España y de buena parte de Europa. Para hallar algo comparable a la ciudad de México, los conquistadores que han viajado y que conocen algo de Italia, y del mundo, tienen que fijar los ojos en
  10. 10. Constantinopla o en Ve-necia. "Tornamos a ver la gran plaza de México —dice Bernal Díaz del Castillo, el gran cronista de Cortés— y la multitud de gente que en ella había, unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y el zumbido de las voces y palabras que allí había sonaba más que de una lengua, y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo y en Constantinopla y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto y tamaño, y llena de tanta gente no la habían visto". La más bella reconstrucción de México la ha hecho en estos años don Alfonso Reyes. Leed su precioso libro Visión de Anáhuac, y decidme si ese mundo mexicano que conoció Hernán Cortés no puede enfrentarse a todo lo europeo del siglo XV. La comparación que hace el escritor con lo español contemporáneo y lo europeo es constante y va siempre apoyada en dos documentos fundamentales: las cartas de Cortés y la crónica de Díaz del Castillo. "Esta plaza principal está rodeada de portales, y es igual a dos de Salamanca". "Los hilados de algodón para colgaduras, tocas, manteles y pañizuelos recuerdan la alcaicería de Granada". 'Los mercaderes rifadores, los joyeros, los pellejeros, los alfareros, agrupados rigurosamente por gremios como en las procesiones de Alsloot". La ciudad de México se alzaba en medio de un lago. "Como una inmensa flor de piedra, comunicada a tierra firme por cuatro puertas y tres calzadas, anchas de dos lanzas jinetas". Era al propio tiempo el mercado más grande de América, la residencia de los emperadores y el asiento de las más altas dignidades sacerdotales. La sola descripción del mercado indica que era una feria monumental, en donde se comerciaban todos los productos de una gran parte de América. "Las cosas que allí se vendían, dice el cronista, eran tantas y de diversas calidades, que para que lo acabáramos de ver c inquirir, copio la gran plaza estaba llena de tanta gente y toda cercada de portales, en los días no se viera todo". Desde el mercado de esclavos, hasta las ventas de piel y melcochas y otras golosinas, la diligencia de los mercaderes se había ingeniado para ofrecer a los compradores cuanto tenía algún valor en el mundo mexicano. La industria, por su parte, ofrecía papel, cañutos de olores con liquidámbar llenos de tabaco y otros ungüentos amarillos, navajas de pedernal, zapatos, plata labrada, obras de madera, cueros curtidos, hachas de latón y cobre y estaño, etc. La lectura detenida del minucioso recuento que hace Díaz del Castillo del mercado, bastaría para dejar satisfecho al más exigente de los estudiosos, pero pasando del mercado al templo mayor, al gran cu, se tiene la impresión de que aquello es mucho más grande que cualquiera de los templos de España. Llegamos, dice Díaz del Castillo, a los grandes patios y cercas donde está el gran cu: y tenía antes de llegar a él un gran circuito de patios, que me parece que eran más que la plaza que hay en Salamanca, y con dos cercas alrededor de calicanto, en el mismo patio y sitio, todo empedrado de piedras grandes, de losas blancas y muy lisas y donde no había de aquellas piedras estaba encalado y bruñido y todo muy limpio, que no hallaran una paja ni polvo en todo él... Al subir las gradas, que eran ciento y catorce, le iban a tomar en los brazos a Cortés para ayudarle
  11. 11. a subir... E ansí como llegamos salió el Montezuma de un adoratorio... y con mucho acato que hicieron a Cortés e a todos nosotros, le dijo: "Cansado estaréis, señor Malinche, de subir a este nuestro gran templo". Y luego le tomó por la mano y le dijo que mirase su gran ciudad y todas las demás ciudades que había dentro en el agua, y otros muchos pueblos alrededor de la misma laguna en tierra, y que si no había visto muy bien su gran plaza que desde allí la podría ver mucho mejor, e ansí lo estuvimos mirando, porque desde aquel grande y maldito templo estaba tan alto que todo lo señoreaba muy bien... Y víamos el agua dulce que venía de Chapultepec, de que se proveía, y en aquellas tres calzadas, las puertas que tenían hechas de trecho en trecho, por donde entraba y salía el agua de la laguna de una parte a otra; e víamos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas que volvían con cargas y mercaderías; e víamos que cada casa de aquella ciudad, y de todas las más ciudades que estaban pobladas en el agua, de casa a casa no se pasaba sino por unas puentes levadizas que tenían hechas de madera; y víamos de aquellas ciudades cues y adoratorios a manera de torres e fortalezas, y todas blanqueando, que era cosa de admiración, y las casas de azoteas, y en las calzadas otras torrecillas e adoratorios que eran como fortalezas...". Es difícil encontrarse en la literatura con un relato tan lleno de la emoción de lo imprevisto, de lo monumental, de lo fantástico, como éste de Díaz del Castillo, o cualquiera de los que narran las primeras escenas de la conquista. Y al propio tiempo nada deja una impresión tan real de la mano dura que borró todas estas cosas, como reconstruir en la imaginación a la ciudad incomparable, llena de movimiento y de color, abigarrada y al propio tiempo solemne, con algo de Cartago y algo de Marsella o de Tartessos, puerto alzado sobre una cordillera adonde se clavaban como agujas millares de canoas. Mano dura, repitamos, la del soldado católico y la del fraile aguerrido que todo lo destruyeron para las generaciones futuras. Valiente descubrimiento, descubrimiento al revés, éste que se complacía en quemar los libros en donde los mexicanos habían escrito o la historia de su pueblo, o poemas tan henchidos de belleza como ese raro ejemplo del Ninoyolnotza, salvado milagrosamente del fuego, con estrofas de esta calidad: "Condujéronme entonces al fértil sitio de un valle, sitio floreciente dónde el rocío se difunde con brillante esplendor, donde vi dulces y perfumadas flores cubiertas de rocío, esparcidas en derredor a manera de arco iris. Y me dijeron: Arranca las flores que desees, oh cantor, ojalá te alegres, y dalas a tus amigos que puedan regocijarse en la tierra". "...El dolor llena mi alma al recordar en dónde yo, el cantor, vi el sitio florido...". DE MÉXICO AL CUZCO Hay una fundamental diferencia entre las dos culturas mayores que había en América a tiempo de la llegada de los españoles. México representaba un tipo de organización romana. Las castas de la nobleza y del sacerdocio ejercían un dominio cruel sobre los
  12. 12. desposeídos. Existía la esclavitud y el comercio de los esclavos. Había moneda, o al menos un tipo de unidad de cambio. Los comerciantes cruzaban todo el imperio, con aire de conquistadores o capitanes. La ciudad correspondía exactamente a esta concepción del estado, que es ya más avanzada que el sistema feudal español. El gran templo, el palacio gigantesco de Montezuma, la plaza del mercado, son los tres centros de atracción de la ciudad, en donde se representan el sacerdocio, la nobleza y el comercio. El imperio de los incas tiene una manera de ser completamente distinta, casi opuesta. Entre los incas no hay moneda, no hay mercado, no hay esclavitud. La organización es comunista. El estado es dueño de las tierras, que distribuye anualmente; dueño de los principales productos industriales, como la lana y los tejidos, que reparte entre el pueblo. Los caminos son caminos de dominación militar y de colonización, pero no vías comerciales. En vez de mercados, lo que llama la atención en el Perú son los almacenes de depósito en donde los incas guardan granos y mantas, para atender a las provincias que puedan sufrir escaseces por malas cosechas. El Perú ha llegado a un grado de civilización que no es inferior en nada al de México. El desarrollo del imperio es gigantesco, como lo prueban esos caminos de piedra que van, desde lo que hoy es la frontera norte de Chile, hasta tierras que pertenecen en la actualidad a la república de Colombia. La organización del estado es tan admirable, que aun hoy podemos recordarla con envidia. Pero esta civilización incaica es opuesta a la civilización azteca. La disparidad entre las dos grandes organizaciones políticas de la América precolombina demuestra que los desarrollos sociales pueden ser muy diferentes y estar acondicionados a las circunstancias geográficas de cada nación. El comunismo del Perú no tiene nada de ese comunismo primitivo que suele encontrarse en las tribus, cuando apenas divagan por las etapas inferiores de la organización social. Es un comunismo perfeccionado, calculado pa4 una gran nación, para un imperio de verdad. Si la fertilidad de las regiones que rodeaban al imperio azteca, en donde la lucha por la vida no .n penosa, condujo a la forma de gobierno que hemos comparado a la del imperio romano, y si favoreció un lujo que hoy llamaríamos burgués y si estimuló las guerras, la meseta peruana, que Waldo Frank encuentra como colocada bajo el signo de las rocas, y el desierto de las costas occidentales obligaron a una organización colectiva, fuertemente disciplinada, como la única manera de explotar la tierra. El imperio de los incas es el imperio de una disciplina para realizar la conquista de la tierra. La guerra es allí una contingencia excepcional. La muchedumbre indígena se organiza para convertir en terrazas cultivables las ásperas pendientes de la cordillera. Mientras el imperio azteca es una afirmación militar, el incaico es una afirmación agraria. Dentro de un período de años que es más o menos de igual duración, cada una de esas dos naciones americanas produjo una civilización diferente. Pero una civilización verdadera. Cualquiera de las descripciones del antiguo Cuzco bastaría para mostrar la importancia que tuvo, de que son testigos las pocas ruinas que aún quedan de su grandeza. En la Crónica del Perú que publicó por allá en 1553, en Sevilla, don Pedro Cieza de León, está
  13. 13. pintada la ciudad en breves trazos, que algo dirán al lector para refrescarle la memoria: "Por el cerro de Carmenga salen a trechos ciertas torrecillas pequeñas, que servían para tener cuenta con el movimiento del sol, de que los ingas mucho se preciaron. En el comercio cerca de los collados della, donde estaba lo más de la población, habían una plaza de buen tamaño, la cual dicen que antiguamente era tremedal o lago, y que fue los fundadores, con mezcla y piedra, lo allanaron y pusieron como ahora está. Desde plaza salían cuatro caminos reales; en el que llaman Chichasuyo se camina a las tierras de los llanos con toda la serranía, hasta las provincias de Quito y Pasto; por el segundo camino que nombran Condosuyo, entran las provincias que son subjetas en esta ciudad y a la de Arequipa. Por el tercero camino real, que tiene por nombre Andesuyo, se va a las provincias que caen en las faldas de los Andes y a algunos pueblos que están pasada la cordillera. En el último camino destos, que dicen Collasuyo, entran las provincias que llegan hasta Chile. El río que pasa por esta ciudad, tiene sus puentes para pasar de una a otra parte. Había grandes calles, salvo que eran angostas, y las casas, hechas de piedra pura, con tan lindas junturas que ilustra la antigüedad del edificio, pues estaban piedras tan grandes muy bien asentadas. Lo demás de las casas todo era madera y paja o terrados, porque teja, ladrillo ni cal no vemos reliquia dello. En esta ciudad había en muchas partes aposentos principales de los reyes ingas, en los cuales el que sucedía en el señorío celebraba sus fiestas. Estaba así mismo en ella el magnífico y solemne templo del sol, al cual llamaban Curicanche, que fue de los ricos de oro y plata que hubo en muchas partes del mundo. Había gran suma de plateros, de doradores, que entendían en labrar lo que era mandado por los ingas". Lo más admirable en la civilización incaica no es la ciudad. Por encima del brillo que pudiera haberse admirado en el palacio de Atahualpa, por maravillosas que hubieran podido parecerles a los españoles las obras de plateros y aurífices que allí encontraron, está, para dignificarlo todo, la organización social del imperio. En todo el vasto territorio dominado por los incas no hubo un pobre ni un esclavo. La instrucción pública era extendida por los amautas a todas las comarcas. La incorporación de nuevas naciones se ha- cía no propiamente por conquista, sino por persuasión. Cuzco era una universidad, en el mismo grado en que México era una feria. El sistema federal estaba consagrado, dejándoles a los distintos pueblos un amplio radio de autonomía, y el culto libre para sus propios dioses. La ingeniería y la agricultura ofrecieron a los españoles sorpresas de perfección. Eran mejores los caminos de los incas en el siglo XV, que los que cien años más tarde tenían los españoles. La industria minera, que vino a reemplazar a la agricultura, más que de medios de comunicación, necesitaba el celoso aislamiento de las minas. En Chile, para que los indios no se huyeran de las minas, les cortaban dos dedos del pie los españoles. ¿A qué, preguntará el lector, este dolorido recuento de lo que fue la grandeza americana? ¿A qué este rastrear por los subterráneos de la historia, cuando todo aquello se fue a tierra y no tenemos a la vista sino la realidad de una cultura fundada en los principios europeos? No. Nuestra cultura no es europea. Nosotros estamos negándola en el alma a cada instante. Las ciudades que perecieron bajo el imperio del conquistador, bien muertas están. Y rotos los ídolos y quemadas las bibliotecas mexicanas. Pero nosotros
  14. 14. llevamos por dentro una negación agazapada. Nosotros estamos descubriéndonos en cada examen de conciencia, y no nos es posible someter la parte de nuestro espíritu americano, por más silenciosa que parezca. Por otra parte, es cuestión de orgullo. De no practicar un entreguismo que nos coloque como serviles imitadores de una civilización que por muchos aspectos nos satisface, pero por muchos nos desconsuela o desengaña. La lección del calabazo será una lección permanente, y esa llama americana de la meseta andina seguirá mirándonos con impertinente dulzura que acabará por convencernos.

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