Crímenes pitagóricos

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Texto extraído del prólogo de la novela "Crímenes Pitagóricos", elegido como lectura didáctica para los alumnos de Secundaria.

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Crímenes pitagóricos

  1. 1. CRÍMENES PITAGÓRICOS Las enredaderas, las glicinas, las madreselvas, las hiedras con sus guirnaldas colgando por doquier se preparaban para recibirla; anémonas, margaritas, camomilas, amapolas, entre todas habían extendido una gruesa alfombra multicolor para que caminara sobre ella; avispas, abejas, mariposas y prímulas tejían su etérea túnica. La naturaleza al completo se había vestido de gala para dar una vez más la bienvenida a la Tierra a Perséfone. Un poco más allá, en la costa, Hipaso también celebraba algo. Su largo período de aprendizaje en la escuela pitagórica había terminado. Una vez superadas todas las pruebas, incluso la más difícil, la insoportable prueba del silencio, le consideraron apto para ser recibido como miembro de pleno derecho de la hermandad. Sentado en medio de la arena con una ramita en la mano, era la primera vez que no tenía que esconderse para hacer lo que durante años su condición de “oyente” le había prohibido: intentaba resolver un problema geométrico propio. Llevaba tiempo rondándole la cabeza, aparecía en sus sueños, le condenaba a noches en vela. En varias ocasiones había probado, siempre a escondidas, a dibujar en la tierra algunas figuras para intentar hacer más tangible el problema. Aterrado, se apresuraba en borrarlas apenas oía unos pasos. La norma no admitía interpretaciones: ningún aprendiz tenía derecho a ejercer por su cuenta la geometría. El castigo por violarla era irrevocable: la expulsión definitiva. Ahora, en cambio, todo era diferente. Ya era matemático, debía investigar, tenía la obligación de descubrir verdades y de someterlas al juicio de la hermandad. Si el resto de miembros respaldaba sus descubrimientos, éstos irían a engrosar el vasto corpus de conocimientos pitagóricos que eran atribuidos al Maestro y que se guardaban en secreto, bajo siete sellos, para el exclusivo disfrute intelectual de los iniciados. Hipaso solía preguntarse –sólo para sí– si estaba bien mantener el conocimiento en secreto. Había oído que en Jonia, en la otra punta del mundo griego, las cosas se hacían de otra manera: el que creía poseer un retazo de verdad bajaba al ágora para pregonarlo. Allí, en las ágoras de Éfeso y Mileto, el filósofo defendía su verdad ante la multitud, oía las objeciones y las críticas, respondía y, a través del diálogo, el conocimiento, la verdad, se convertía en propiedad de aquel que quisiera aprenderla. Hipaso había estado dándole vueltas a todo esto pero se había asustado de sus profanos pensamientos y había intentado pensar en otra cosa. Y lo cierto es que hoy estaba pensando en otra cosa. Había trazado un cuadrado en la arena e intentaba encajar en su interior las distintas líneas: la diagonal, perpendiculares a la diagonal, otras perpendiculares. Llevaba horas y horas sumido en la desesperación, las borraba una y otra vez. Pasaba el pie por la arena y empezaba de nuevo. Había algo que no marchaba… El sol se ponía e Hipaso no se rendía. Enfrascado como estaba en sus pensamientos, no oyó que Hermolao se acercaba. — ¿Qué hacías? Te estábamos buscando. Creía que ahora que habías superado la prueba del silencio, querrías hablar. Hermolao era el penúltimo en la jerarquía pitagórica, justo por encima de Hipaso. Hacía apenas unos meses que había superado las pruebas y se había mudado de las dependencias de los aprendices a la residencia de los
  2. 2. matemáticos. Durante el tiempo que ambos fueron oyentes, los dos jóvenes se habían unido en una sólida amistad. El “ascenso” de uno de ellos los había separado temporalmente. Pero ahora que volvían a estar en el mismo nivel, Hermolao deseaba reavivar la amistad. Hipaso lo miró como perdido. — Todo es número –pensó en voz alta, y no sabrías decir si le hablaba a su amigo o al vacío–. Todo es número –repitió mirando al otro con ojos inquisitivos. — ¿Y bien? Ya lo sé, Él mismo lo dijo –respondió Hermolao, empleando con cierta dosis de ironía la frase con la que los pitagóricos atribuían todo conocimiento al Maestro. — ¿Y entonces…? –dijo Hipaso señalando con desesperación la figura que había trazado en la arena. Preocupado, Hermolao se acercó para verla mejor. Hipaso empezó a explicárselo atropelladamente mientras el otro le escuchaba con atención. Al final, asintió. — Estás en lo cierto –dijo con voz trémula–. Pero ¿entiendes lo que significa eso? Te aconsejo que no hagas nada de momento. Debes pensar muy bien si hablarás y, en ese caso, qué dirás. Pero ante todo no te apresures. Venga, vamos. Llegamos tarde a la cena. — ¿Qué hay de comer? –preguntó Hipaso, más por decir algo que porque realmente le importase. — Habas seguro que no –respondió Hermolao. Los dos rieron, uno incómodo; el otro, por inercia. Lisipo, el cuarto arcano de la escuela pitagórica, un respetable anciano con una barba de un blanco níveo y apenas un pelo sobre la cabeza, recibió a Hipaso en el lugar donde solía ir cuando quería meditar a solas o trabajar en absoluta calma. — Has pedido verme. Te escucho. La audiencia privada con el arcano de la escuela era un privilegio que rara vez solicitaban los miembros más jóvenes, pues sabían que no debían abusar de él. Además, los pitagóricos no eran amigos de las palabras superfluas. Hipaso reunió todo su valor y fue directamente al grano. — Todo es número. — Él mismo lo dijo –corroboró Lisipo pronunciando la frase ritual con particular respeto. — Considero un cuadrado con lados igual a 1. Lisipo lo animó a seguir con un movimiento de cabeza. — Según nuestros principios, la medida de la diagonal tiene que ser un número. El anciano pareció turbarse pero conservó la calma. — ¿Y bien? — Para hallar este número, la proporción entre la diagonal y el lado del cuadrado, debo hallar una unidad común de medida para el lado y la diagonal. — ¿Y? — He demostrado que esta unidad común de medida no existe. El lado y la diagonal del cuadrado son cantidades inconmensurables. No hay número que pueda expresar la proporción entre la diagonal y el lado del cuadrado. En otras palabras, la diagonal es… irracional.
  3. 3. Titubeaba al hablar, temeroso, consciente de la gravedad de sus palabras. La última frase la dijo casi en un murmullo. Para mayor inquietud, excepto por su turbación inicial, el anciano no dio muestras de sorpresa. Tras un rato en silencio, empezó a hablar lentamente, mirando al joven a los ojos. — Ya me enseñarás tu demostración. Quiero ver si es igual que la mía. Pero de momento tenemos otras cosas más importantes de las que hablar. Hizo una pausa, notó la perplejidad en los ojos del joven discípulo, sonrió y continuó: — Sí. Hace ya dos años que sé que el lado y la diagonal de un cuadrado son cantidades inconmensurables. En lo más hondo de mi ser albergaba la esperanza de que mi demostración contuviese algún error oculto, pero por desgracia has venido a confirmar mis temores. Sea como fuere, creo que comprenderás la importancia de un descubrimiento como éste y las consecuencias de su formulación, sea errónea o, como por desgracia parece, correcta. El Maestro decía que la esencia de los números es la esencia de los seres. Él descubrió que rigen la armonía de los sonidos y nos mandó que descubriésemos nosotros cómo rigen asimismo la armonía del universo. Si la confianza en los números se tambalea, también se tambalea la confianza en la armonía del universo. Todo valor moral y espiritual se derrumba. ¿Acaso un conocimiento que construye figuras pero no puede medirlas, que define números que no pueden contarse, podrá alguna vez sustentar la visión de una armonía universal? Si se tambalea la fe en la fuerza de los números, se tambalearán los fundamentos del pitagorismo y entonces peligrará la paz, el bienestar, la propia vida. La visión de la sociedad de los mejores se borrará como el viento borra las figuras profanas que hacemos sobre la arena para demostrar que la diagonal de un cuadrado es irracional. No puedo permitir que ocurra tal cosa. Olvidarás, a partir de hoy mismo, tu demostración. No le hablarás de ella a nadie, ni a los iniciados ni a los no iniciados. Nuestra generación no respaldará un descubrimiento como ése. Dejemos a las generaciones venideras la responsabilidad de llegar hasta el fondo. Hipaso se había quedado mudo. — Pero si la demostración es correcta, si la diagonal y el lado del cuadrado son inconmensurables… Lisipo lo interrumpió: — Unos pilares podridos pueden aguantar durante siglos, hasta que alguien encuentre la manera de sustituirlos. Pero si quitas de una vez los pilares de una edificación, se derrumba sin más. — Pero si el problema se mantiene en secreto, ¿cómo podrá alguien solucionarlo? — Te recuerdo el juramento de silencio que prestaste. En este momento lo extiendo a los iniciados, a los miembros de la escuela. Te prohíbo que hagas el más mínimo comentario sobre el tema. Te prohíbo que sigas con la investigación. Y te recuerdo que la desobediencia es motivo de expulsión de la hermandad. Retírate. Desesperado, Hipaso se volvió para irse. Al salir, encontró valor para murmurar: — ¿O sea que no hay matemáticos? ¿Somos y siempre seremos oyentes? Lisipo no respondió. Hundió su anciana cabeza entre las manos y se quedó un buen rato pensativo. Los pasos de Hierocles, su ayudante de confianza, lo sacaron de su letargo. — Como ves, no hay otra solución –le dijo sin más rodeos Hierocles. — Haz lo que debas –respondió con voz trémula el anciano.
  4. 4. Todos los miembros de la escuela, iniciados y aprendices, se habían reunido alrededor de la fuente, frente al edificio central. El emblema de la escuela, un pentágono regular circunscrito por un círculo y cuyas cinco diagonales formaban el famoso pentagrama –llamado “salud” por los pitagóricos–, adornaba la fachada. La proporción áurea, el cenit de la geometría pitagórica, la proporción divina, como la llamaban antiguamente, lo dominaba todo. Una cruel ironía: según la aritmética pitagórica, la , el número que representaba la proporción divina, ¡no era un número! Lisipo, cuarto arcano de la escuela pitagórica, tomó la palabra: — Hace unos meses –dijo en un tono que denotaba cansancio–, la asamblea de la escuela se vio en la obligación de expulsar para siempre a un miembro de la hermandad. Las repetidas violaciones del reglamento por parte de Hipaso, el hecho de que enseñara geometría a los no iniciados, su poco respeto por los secretos más sagrados de la escuela, pero, ante todo, el que osase poner en duda la sentencia del Maestro de que todo es número, dando pie a la falsa aseveración de que no hay un número que pueda expresar la división entre la diagonal y el lado del cuadrado, pusieron a la escuela entre la espada y la pared. No tuvimos otra elección. Según las disposiciones sobre los expulsados, le dimos a Hipaso el doble de lo que él aportó a la escuela durante el tiempo que perteneció a ella y le ordenamos que se exiliara. El impío zarpó en el barco que la escuela fletó y puso a su disposición rumbo hacia el Peloponeso. Esta mañana he recibido un mensaje. –Hizo una pausa, tomó aliento y continuó–: Al parecer los dioses han decidido castigar este sacrilegio a su manera. El barco ha naufragado en mar abierto e Hipaso se ha ahogado. A Mijaíl Mavroleos lo despiertan una mañana anunciándole que su mejor amigo Stéfanos ha sido hallado muerto, y que la última persona que lo vio con vida fue él. Ambos hombres se habían conocido muchos años atrás en el París de principios del siglo XX, cuando eran estudiantes de Matemáticas y acudieron a un congreso en la capital francesa. Allí vivieron con intensidad la efervescencia de la ciudad, disfrutaron de las tabernas de Montmartre y del Moulin Rouge y se codearon con personajes como Pablo Picasso, a quien supieron insuflar la pasión por las Matemáticas. Con los años, Mijaíl y Stéfanos volvieron a Grecia y sus caminos siguieron unidos por la amistad, el delirio por las ciencias y algunas relaciones peculiares con las mujeres. El inspector de policía que trata de esclarecer la muerte de Stéfanos se encontrará con un rompecabezas que mezcla problemas matemáticos que llevan siglos sin solución, extrañas relaciones sentimentales, un mafioso al acecho y el pacto de silencio que los pitagóricos hicieron en la antigua Grecia mil quinientos años atrás.

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