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Arias Juan. Devolvednos a cristo

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Arias Juan. Devolvednos a cristo

  1. 1. JUAN ARIAS DEVOLVEDNOS A CRISTO. EDICIONES SÍGUEME - SALAMANCA- 1979. PRESENTACIÓN. De todas las reacciones provocadas por mi libro anterior El Dios en quien no creo en los diversos sectores religiosos y culturales, dos de ellas me han impresionado de un modo particular. La primera es la opinión de un cura amigo que me dijo personalmente después de haber leído el libro: «Te confieso que lo he leído con gusto y con no poca curiosidad. Lástima, sin embargo, que des por descontado desde la primera página que aceptas a Cristo como Dios. Precisamente es ésta la duda que me atormenta desde hace muchos años. Más aún, te confieso que no creo ya en esta verdad. Por eso tu libro, aun siendo muy valiente, no me sirve. Espero, no obstante, que pueda hacer mucho bien a otros. No te oculto que hubiese leído algunos años antes hoy seguiría creyendo. ¡Paciencia!» La otra es una carta de un grupo de jóvenes no creyentes de ideología marxista pero que aceptan un diálogo con los cristianos bajo la base de la dinámica revolucionaría del evangelio. Me escribieron a las pocas semanas de haber sido publicado el libro diciéndome: «Te damos las gracias en grupo por tu libro. Apreciamos de un modo particular tu "falta de vergüenza" en confesar abiertamente tu fe y tu pasión por Cristo sin que ello te haya impedido desenmascarar tantas caricaturas de Dios como corren por tu Iglesia. Aun no compartiendo tu misma fe en un Cristo más que hombre, te confesamos que de muchas de las dimensiones que tú presentas de Cristo y de su carga revolucionaria y creativa es aún posible hablar juntos en favor de una liberación completa del hombre». Estas y tantas otras reacciones parecidas, junto al grito reciente del comunista Roger Garaudy: «Hombres de Iglesia restituidnos a Cristo», me han empujado a preparar esta nueva publicación que, bajo el título de Devolvednos a Cristo, recoge una serie de conferencias y artículos que pueden servir como un principio de reflexión entre creyentes y no creyentes, no a nivel de ideologías sino más bien a nivel existencial y de intercomunión personal. He pensado sobre todo en los jóvenes porque son los más limpios de prejuicios culturales y de ideologías. Y también en los que, sin ser ya jóvenes, no han perdido el coraje de la búsqueda y creen todavía en la posibilidad de crear un trozo de historia nueva y auténtica. A los satisfechos en su fe, a los que están plenamente convencidos de haber encontrado toda la verdad, a quienes están seguros de tener a Cristo en el bolsillo y que nada nuevo se puede ya descubrir en él, estas páginas ciertamente no les dirán nada: si acaso, les irritarán. Ni por desgracia dirán tampoco nada a quienes en la práctica se han sacudido su fe de encima, no porque se les haya quedado estrecha sino porque les pesa demasiado y les compromete haciéndoles incómoda su vida. Son los nuevos burgueses del espíritu, quizá a los únicos a quienes habría que llamarles ateos aun cuando siguen oficialmente en las filas de los creyentes. Es doloroso decirlo pero no puedo dejar de confesar que precisamente para esta categoría de «creyentes-ateos», mi libro El Dios en quien no creo supuso una verdadera desilusión. Lo habían recibido con un cierto gozo morboso esperando que un cura les dijera que realmente Dios no existe, para liberarse de un peso que les resulta demasiado incómodo. Los demás, los que quizá se siguen llamando ateos porque sienten el dolor y la rabia de un Cristo que les ha sido presentado como freno y alienación para sus exigencias de creatividad y de compromiso personal en la construcción de un mundo muy distinto al actual, no han
  2. 2. perdido todavía la esperanza de descubrir en Cristo palabras «verdaderas», capaces de dar un sentido a la nueva revolución que se está llevando a cabo sobre nuestra tierra. Por eso Devolvednos a Cristo es un nuevo esfuerzo por abordar algunos problemas que tantos consideramos como una promesa urgente e indispensable para poder construir una historia con un rostro más humano y por tanto más divino. Dos imágenes de Dios, de la Iglesia, de la religión han ahogado en muchos la esperanza de que Dios tenga aún sentido en nuestro mundo; en un mundo en que, paradógicamente, mientras sigue alienando y encadenando al hombre, descubre cada vez con mayor fuerza que el hombre es el centro de la historia y el verdadero responsable de la creación Bitas dos imágenes son las de una Iglesia sólo divina, sin el sabor de la tierra, que reniega de la encarnación y la olvida, y la de una Iglesia sólo angélica o satánica, sin rostro humano, que tampoco deja espacio para las esperanzas más profundas del hombre, que desea ser dios pero sin dejar de ser hombre verdadero; es decir, que no renuncia a ser Cristo, el hombre amigo de Dios y el Dios amigo del hombre. Al presentar esta nueva publicación no puedo olvidar a tantos grupos de jóvenes que he encontrado en estos últimos meses: jóvenes vivos que sólo aceptan una historia a la medida del hombre y que sufren porque no saben todavía cómo crear algo nuevo, hecho por ellos mismos, pues sienten aún el peso de toda la alienación que han heredado. Todos ellos me han ayudado a reflexionar sobre sus mismos problemas y a ser honrado en mi búsqueda. Juntos caminamos en la búsqueda de una imagen nueva del hombre, y queremos creer que no es imposible. ¿QUE DIOS ES EL QUE HA MUERTO?. LA MUERTE DE DIOS EN EL HOMBRE. Antes de empezar creo que es mi obligación advertir, para excusarme de la aparente dureza de algunas expresiones, que tengo una experiencia de catorce años de sacerdocio transcurridos casi por completo en contacto con los que no creen. Durante catorce años he estado oyendo casi constantemente: «No puedo creer en ese Dios». Y he sufrido, he sufrido de verdad amargamente al ver cómo mi prójimo me miraba y me decía: «¿Eres capaz de dar alguna razón a mi ateísmo?» Podéis comprender muy bien que, cuando durante tantos años he estado al lado de los que sufren porque no creen, me resulta tremendamente difícil hablar de una manera académica, con ínfulas de doctor. Más fácil es que vengan a mis labios las expresiones de los profetas, expresiones que pueden parecer amargas, que pueden sonar a «contestación». Me gustaría que a través de esas expresiones lograseis vislumbrar el tremendo amor que uno lleva dentro cuando, al creer, ve a otros hombres que sufren por no poder creer, incluso cuando quieren creer. En estos momentos os estoy mirando; detrás de mí hay un gran cartel blanco con inscripciones negras: me han dicho que es un muro, una especie de muro simbólico que tenemos que derribar para poder encontrarnos con Dios. En ese muro yo estoy viendo otra cosa. Detrás de ese muro yo estoy viendo otro público que no está con nosotros, un público que nos preguntaría en estos momentos: «¿Qué es vuestro Dios? ¿de qué me sirve vuestro Dios?» Todo ese mundo que está a nuestro lado, pero que no está con nosotros; todo ese mundo que ni cree en nosotros ni cree en nuestro Dios. Para mí, en estos momentos, el poder dirigiros la palabra resulta una satisfacción, una especie de paréntesis, porque sé que estoy hablando a unos hombres que son como yo, a unos cristianos que, de alguna manera, creen como yo. Pero no puedo olvidarme, y lo tendré presente cada vez que os mire y que os hable, de ese otro mundo que está detrás de nosotros, escondido, que camina en estos momentos por las calles de todo el mundo y que sigue preguntándonos: «¿Para qué sirve vuestro Dios?»
  3. 3. Hemos leído un trozo del evangelio de san Lucas que nos permitirá adentrarnos en la conversación de esta tarde: «La muerte de Dios en el hombre». ¿Qué Dios es el que ha muerto en el hombre? No aceptamos a un Dios, al que no podamos encontrar en el hombre. No aceptamos a un Dios al que no podamos encontrar en lo más profundo de nosotros mismos, en nuestra propia conciencia. No aceptamos a un Dios, al que no podamos encontrar en el amor. No podemos aceptar a un Dios, al que no seamos capaces de encontrar en la convivencia humana, en el abrazo fraterno, en el estar juntos. No podemos aceptar a un Dios, al que no podamos descubrir en la dimensión social, en la dimensión política de nuestro ir creando la historia junto con los demás. Y no podemos creer en un Dios, que no se revele a través de una Iglesia de rostro verdaderamente humano. Vamos a reflexionar todos juntos en ese Dios que no puede existir para nosotros cuando no somos capaces de encontrarlo en el hombre. Hemos escuchado un trozo del evangelio. Me gustaría que en estos momentos tuvieseis presente la escena, porque es muy importante. Frente a Cristo está un hombre con una mano seca desde hace muchos años. Es un día de sábado. Cristo quiere curarlo, pero le dicen que no se puede curar en sábado, que lo prohíbe la ley. A pesar de todo, Cristo lo sana. Al presenciar esta escena, se me ocurre preguntarle a Cristo: «¿Por qué te empeñas en hacer este acto de provocación? ¿Por qué te empeñas en ir contra la ley? ¿No te das cuenta de que este hombre ha estado muchos años con la mano seca? ¿Por qué quieres curarlo precisamente hoy? ¿Por qué no esperas a mañana? Así evitarías toda esa exasperación de los que creen que la ley está por encima del hombre. ¿Por qué no lo tomas aparte y le dices que espere un poco, que lo curarás mañana, que de esta manera se evitará el escándalo? ¿No sería una medida de prudencia aguardar un día más? ¡Hace tanto tiempo que está enfermo!» Pero Cristo no aguarda al domingo. Lo cura, a pesar de la exasperación de los que —como dice el evangelio- estaban rabiosos contra él y buscaban la manera de eliminarlo. ¿Quién es ese hombre tan importante al que Cristo, sólo por curarle una mano seca desde hace años, es capaz de atender en contra de la ley, presentándose como un provocador y un «contestador»? ¿Quién es ese hombre? ¿Quién es mi hermano? Ya al principio de la humanidad Caín se lo echó en cara a Dios: «¿Quién es mi hermano?» Pero esta pregunta no es sólo de entonces, de los albores de la historia; es una pregunta de hoy, de este mismo instante. Nos estamos preguntando constantemente: ¿qué es el hombre? ¿Quién es un hombre? ¿Vale la pena un hombre? ¿Vale la pena luchar por un hombre (no digo por la humanidad, fijaos bien, sino por un hombre)? ¿Qué es ese hombre? Hemos oído decir durante muchos siglos: «El hombre está lleno de pecados. ¿El hombre? ¿Qué vale un hombre? El hombre es incapaz de hacer nada. Sin Dios, el hombre no es nada». Durante toda la historia hemos mantenido una desconfianza casi total ante el hombre. Incluso nosotros, los católicos, hemos experimentado esa tentación continuamente. Casi me atrevería a decir que hemos explotado el mismo pecado original —que yo no niego y que no puedo negar con mi fe— para decir a todo el mundo que el hombre vale poco. Y con esto hemos justificado muchas veces el hecho de poder ir en contra del hombre. ¿Qué es un hombre? ¿Pero es posible, me pregunto, que después de veinte siglos de cristianismo, después de la encarnación, nos sigamos preguntando todavía: «¿Qué es un hombre?»; que podamos seguir desconfiando del hombre, que tengamos miedo del hombre, que tengamos miedo de ser hombres, de aceptar hasta el fondo todas las consecuencias del dogma de la encarnación? Lo sabéis muy bien: para la Biblia, Adán y Eva, aunque los consideramos solamente como símbolos, sintieron la tentación de ser como Dios, de convertirse en dioses. E intentaron hacerlo de una manera mágica, sin esfuerzo alguno. Pero al querer ser como Dios, lo único que consiguieron fue que ni siquiera llegaran a ser hombres. Descubrieron que habían dejado de ser hombres, porque su pecado consistía en el hecho de no haber comprendido que ya eran
  4. 4. como Dios. ¿No es eso lo que quiere decirnos la Biblia cuando nos dice que Dios acudía todas las tardes a conversar con ellos, a sentarse con ellos a la mesa? Se olvidaron de que eran como Dios y quisieron conocer también el mal, quisieron conocer el mal para ser Dios, olvidándose de que Dios no puede conocer el mal, que si uno quiere conocer el mal no solamente no es Dios, sino que ni siquiera es hombre, porque el mal no existe. Lo que existe es el hombre que hace ese mal. Y en el momento en que Adán y Eva quisieron ser Dios descubrieron que ya no eran hombres, se llenaron de miedo, se sintieron solos, avergonzados el uno del otro, y se dieron cuenta en un momento de que estaban desnudos. Se trata de algo simbólico, si queréis: sintieron la soledad, la vergüenza de sí mismos, no se sintieron ya hombres. Y empieza entonces una larga historia, una larga peregrinación para poder encontrarse de nuevo como hombres. Pero llega un momento en el que Dios quiere que el hombre pueda ser verdaderamente Dios. Dios quiere librar al hombre de esa nostalgia que siente en lo más profundo de sí mismo, una vez que su mano creadora lo tocó en sus entrañas. El hombre quiere ser Dios. Y Dios hace que el hombre pueda ser Dios. Dios envía a su Hijo que se hace hombre con todas las consecuencias. Y desde el momento en que Dios se hace hombre, el hombre se convierte en Dios, también con todas las consecuencias. Pero precisamente en el momento en que Dios le ofrece al hombre esa posibilidad de ser verdaderamente Dios, de insertarse en la familia de Dios, de poder sentarse a la mesa de Dios, de poder llamarle a Dios padre y amigo siempre que quiera, porque se hace de su misma raza, porque puede de veras tratar de «tú» a Dios, porque Dios ha entrado ya en la esfera del hombre y el hombre en la de Dios, en ese mismo momento el hombre siente miedo de ser Dios. El hombre tiene miedo de cargar con su responsabilidad y de aceptar todas las consecuencias del hecho de ser Dios. El hombre tiene miedo de poder continuar la obra de la creación que Dios le ha confiado. Y este miedo de ser Dios le empuja a dejar al Dios creador la responsabilidad de todo, mientras que él toma el camino de la evasión. Y prefiere que Dios le vaya resolviendo sus problemas, poniendo en sus manos la responsabilidad y el esfuerzo de la historia y de su propia historia. Porque tiene miedo de enfrentarse con su responsabilidad y de aceptar esa maravilla y esa grandeza que todavía nosotros somos incapaces de aceptar. Porque tiene miedo de aceptar ser Dios. ¿Qué es lo que significan aquellas palabras de Cristo a sus discípulos: «Vosotros haréis cosas mayores que las que yo he hecho»? ¿Acaso se pueden hacer cosas mayores que las que ha hecho Cristo? ¡Es él el que lo ha dicho! Pero si negamos esta realidad, esta grandeza del hombre, de la que siempre hemos sentido miedo, estamos negando el cristianismo. No podemos aceptar nuestra fe si no aceptamos de verdad que el hombre es algo inmensamente grande, mucho más de cuanto podemos soñar. No la humanidad, sino el hombre, el hombre concreto, un hombre cualquiera. Y esto por el mero hecho de ser hombre. No por ser tal hombre, ni porque representa tal cosa, ni porque tiene, ni porque produce, ni porque posee tal dignidad, sino porque es hombre. Porque, si es hombre, es Cristo. Y, si es Cristo, es Dios. Pero ¿por qué nos resulta tan difícil aceptar que el hombre vale más que toda la historia; que un solo hombre, un hombre cualquiera, el último borracho con quien tropiezo por la calle, es más importante que toda la historia, que toda la creación, que todo el dinero del mundo? ¿Por qué no logramos comprender que la última prostituta que me encuentro por la calle es inmensamente más importante que cualquier ideología del mundo? Es el hecho de ser hombre lo que me hace comprender y sentir la presencia de Cristo. Porque Cristo, es lo que nos dice la teología, habría muerto por un solo hombre. Nos resulta difícil aceptar semejante grandeza en el hombre. Porque no hemos sido capaces de descubrirnos a nosotros mismos, porque no nos aceptamos no ya sólo como Dios, sino ni siquiera como hombres. Hemos repetido muchas veces que hemos de amar a los demás como a nosotros mismos. Pero todavía no hemos comprendido qué es lo que significa amarnos a nosotros mismos. Qué es lo que significa aceptarnos a nosotros mismos, tener confianza en nosotros. Hemos tenido demasiado miedo de nuestras posibilidades.
  5. 5. Hemos renegado de la parábola de los talentos, porque hemos tenido miedo del riesgo. Porque no hemos creído hasta el fondo que Dios nos ha concedido todas las posibilidades de crear nuestra historia. Y si yo no soy capaz de reconocer lo que Dios ha hecho en mí, si no soy capaz de aceptar la responsabilidad —y también la alegría— de saber que soy Cristo, de saber que soy Cristo con una capacidad de crear, de llevar adelante la misma obra que Dios comenzó el primer día, será imposible que pueda aceptar el valor del otro. Esta falta de confianza en nosotros mismos, este pesimismo es el que nos induce a no aceptar al otro. Y por eso nos sentimos siempre tristes al lado de aquellos otros que, aunque no tengan a Dios, tienen confianza en sí mismos y creen más que nosotros en la posibilidad que tiene el hombre de hacer algo, de liberar a la humanidad. Nosotros, que decimos que somos Cristo y que afirmamos que tenemos una fuerza más grande que cuanto se puede imaginar, sentimos sin embargo miedo de nosotros mismos. No creemos en nuestros recursos. No somos capaces de imaginar que podemos verdaderamente crear más de lo que pensamos. Y como no tenemos confianza en nosotros mismos, tampoco tenemos confianza en nuestro prójimo, en nuestro hermano, en un hombre cualquiera. Yo tengo necesidad de un hombre para poder descubrirme a mí mismo, para poder saber que soy un hombre, para comprender que soy algo que vale la pena, que vale más que toda la creación. Tengo necesidad de otro hombre, y solamente a través de otro podré descubrirme a mí mismo. Adán tuvo necesidad de los ojos de Eva para poder ver su rostro. ¿Habéis pensado alguna vez que, cuando hablamos entre nosotros, es el otro el que ve nuestro rostro y no nosotros, y que somos nosotros los que vemos su cara y no él? ¿Habéis pensado alguna vez en esto? Parece una vulgaridad, pero encierra algo muy profundo. Yo, durante toda mi jornada, no veo mi propia cara; son los otros los que la ven. Y soy yo el que ve la cara de los demás. Soy yo el que puedo decir de los demás cómo son. Soy yo el que ayudo a los demás a que descubran lo que son: no sólo su cara, sino todo lo que tienen dentro de sí. Y sólo cuando yo miro al otro, cuando soy capaz de amar al otro, es cuando el otro es capaz de descubrir lo que es. Vosotros comprendéis muy bien y sabéis lo que quiero decir; ¡cuántos de vosotros han dicho alguna vez: «Hasta que no encontré a una persona que me amó, no comprendí lo que era»! Yo empiezo a sentirme hombre, empiezo a sentirme persona, a sentirme importante, a sentir confianza en mí mismo, empiezo a darme cuenta de que puedo hacer algo en la vida, cuando me encuentro con una persona que me ama y que me dice que soy capaz de hacer algo. Uno no puede descubrirse por sí mismo: tiene necesidad de otro. Nosotros, encerrados en nuestro individualismo, negándonos a descubrirnos a nosotros mismos a través del otro, renegando del valor fundamental del hombre, sin querer aceptar en nuestra fe que el hombre es el centro de todo, que el hombre es verdaderamente un absoluto, que toda nuestra fe gira en torno a ese hombre, que sin el hombre no puede haber cristianismo, no nos hemos dado todavía cuenta de que el cristianismo más que una religión es una fe, una fe en el hombre concreto, que nace de una revelación de Dios hecho hombre y que afirma que el hombre es lo más importante de toda nuestra historia. Al no aceptar todo esto, hemos negado prácticamente a Cristo, hemos renegado de Dios. Y Dios se ha vengado de nosotros. Se ha vengado de nosotros en el sentido de que ha tenido que ir a buscar a otro sitio, para que otros hombres que no aceptaban a Dios descubriesen el valor fundamental del hombre. Aquel que dijo un día: «Vendrán del oriente y del occidente y ocuparán los primeros puestos», es el mismo que dijo: «Los publícanos y las meretrices os precederán en el reino de los cielos». Hoy ese mismo Cristo podría decir: «Vendrán del este, vendrán de otros lugares, vendrán de otras religiones, vendrán de otras ideologías, y quizá sean ellos los primeros en comprender lo que es la encarnación, lo que es un hombre». Quizá sean ellos los que, a pesar de no tener Dios, logren descubrir al hombre mejor que nosotros mismos. Nosotros nos hemos refugiado en Dios y nos hemos olvidado del hombre, hemos renegado de Cristo. Ellos, a pesar de haberse quedado sin Dios, en la soledad tremenda de
  6. 6. saber que quizá no haya nada después, han fijado su mirada en el hombre, han descubierto que el hombre es algo que vale la pena de arriesgar la vida por él. Y nosotros no tenemos más remedio que aceptar la humillación de ver que han sido ellos los que nos han empujado al encuentro del dogma fundamental de nuestra fe: la encarnación y la fe en el hombre. Hace poco pudimos leer la declaración del comunista francés Garaudy. El, un comunista, ha gritado con todas sus fuerzas: «¡Hombres de la Iglesia, devolvednos a Cristo!» Ya antes había dicho: «El evangelio todavía tiene que decir algo a la humanidad». Hay muchos hombres honrados que no se han encontrado con Dios en su camino, pero que han creído en el hombre, que han hecho del hombre su propia religión; es posible que algún día puedan comprender mejor que nosotros a ese Cristo que también es suyo. Hace un año pude ser testigo, en un congreso de escritores en el que casi todos eran ateos, del inmenso respeto con que pronunciaban el nombre de Cristo. No puedo terminar sin recordar la parábola del juicio final. Os decía que, mientras os dirigía la palabra, tenía delante de mis ojos a toda esa otra gente que está detrás de nosotros, que nos juzga y nos ayuda a que hagamos un examen de conciencia. Vamos, pues, a recordar la parábola del juicio final, esa parábola que yo he leído tantas veces y que, si no la hubiese dicho Jesucristo, no la habría aceptado jamás nuestra censura eclesiástica. Delante de Cristo se presenta toda una multitud de hombres, a los que Cristo dice: «Venid, benditos de mi Padre, porque me habéis dado de comer, porque estaba en la cárcel y me habéis visitado...» Y ellos: «¿Qué es lo que dices? ¿qué es lo que te hemos hecho? ¡Pero si no te conocíamos! ¡Pero si hemos luchado contra ti! ¡Pero si no hemos querido saber nada de tu Iglesia!...» «Venid». «¡Pero si nunca hemos hecho nada por ti!» «Todo lo que hacíais por el hombre, lo hacíais por mí». Y a los otros les dirá: «¡Fuera, no os conozco». «Pero ¿cómo? ¿qué no nos conoces? ¡Pero si te hemos conocido en las plazas! ¡si te hemos predicado tantas veces!...» «No os conozco, porque cuando tenía hambre, no me disteis de comer; cuando estaba desnudo, no me vestísteis». «Pero ¿qué dices, Señor? Acuérdate de aquel dinero que di para comprarte un sagrario... Y de aquella limosna que hice para edificarte una Iglesia... Y de las veces que he predicado tu nombre... Y de los años que he pertenecido a la Acción católica... Y de lo mucho que he hecho para darte a conocer». «No os conozco; ¡fuera! Porque no habéis ayudado al hombre que estaba a vuestro lado; y mi religión es la religión del hombre. El hombre soy yo. Lo que le hacéis al más pequeño, al último, me lo hacéis a mí». Durante la eucaristía, cuando se pronuncian aquellas palabras: «esto es mi cuerpo y ésta es mi sangre», nos recogemos profundamente porque son palabras de Cristo, que no pueden pasarse por alto. Pero pregunto si aquellas palabras no son también palabras del mismo Cristo, con la misma fuerza, con la misma verdad que estas últimas. El ha dicho que sus palabras no pasarán. Por eso, sus palabras serán las que nos juzguen. Y frente a esta parábola, aquellos que están detrás de nosotros, aquellos que no nos escuchan en este momento, aquellos que no creen, vuelven a preguntarnos: «¿De qué nos sirve ese Dios vuestro?» LA MUERTE DE DIOS EN LA CONCIENCIA. Después de la charla de ayer resultaba para mí una auténtica incógnita el saber si de alguna manera habían tocado mis palabras algo sustancial en vuestra vida. Porque si una palabra no toca hoy nuestra propia vida, no nos interesa: el hombre de hoy es capaz de escuchar únicamente las palabras que le dicen algo. Por eso siento hoy un gran consuelo especialmente al ver aquí a tantos jóvenes. Sé muy bien que resulta muy difícil en estos momentos el poder hablar a los jóvenes de ciertas cosas. Por eso, quiero que mis primeras palabras sean para agradecer vuestra presencia. ¿En qué sentido podemos decir que Dios ha muerto en la conciencia? Repito, lo mismo que ayer, que mientras me dirijo a vosotros, no puedo olvidarme de todo ese mundo que no cree en nosotros y que está al otro lado de la pared. No puedo olvidarme del mitin que en estos mismos momentos, mientras hablo, se está celebrando en la plaza, el mitin comunista. No puedo olvidarme de aquellos que siguen diciéndome: «¿Para qué sirve vuestra Iglesia, si no nos
  7. 7. ayuda a ser más hombres, más responsables, si no nos ayuda a construir un mundo más justo, más hermoso, más verdadero?» Por eso, mientras hablo, y me gustaría repetirlo siempre que os hable, resuenan dentro de mi corazón las palabras de angustia de todos los que no creen, de los que no creen en nosotros. Dios ha muerto en cierto modo en la conciencia, porque nosotros no sabemos encontrarlo dentro de ella, porque hemos tenido miedo de nuestra conciencia, porque tenemos miedo de nuestras responsabilidades y hemos preferido cambiar nuestra conciencia por cualquier otra cosa que nos venga de fuera. Sin embargo, Dios tiene que estar presente para un cristiano en la conciencia. Más todavía: allí, y solamente allí, es donde podremos encontrar de verdad la realidad más profunda de nuestro Dios. Estoy convencido de que, al hablar de esto, estoy tocando uno de los temas más fundamentales y más atrevidos de nuestra fe, uno de los más actuales, de los más urgentes, de los más graves. No podremos reconquistar toda la fuerza del evangelio, toda la fuerza de nuestra fe, y la Iglesia será incapaz de ser una fuerza dinámica, creadora, que diga algo al mundo que no cree, si no tenemos ideas suficientemente claras de lo que es nuestra conciencia y de hasta dónde llega nuestra responsabilidad ante Dios. Tengo que manifestarlo abiertamente: durante los catorce años de mi sacerdocio me he encontrado frente a muchos creyentes, que verdaderamente no saben ni han comprendido hasta qué punto son responsables de su propia conciencia y hasta qué punto esta conciencia les exige que creen su propia vida y su propia historia. Muchos han tenido que sufrir por creer que tenían que renunciar a su propia conciencia para ser verdaderamente cristianos, a pesar de que la Iglesia no ha afirmado nunca que haya venido a reemplazar a la conciencia, sino a ayudarla y servirla. Todos los sacerdotes tenemos una experiencia muy clara en nuestras confesiones de hasta qué punto nos hemos olvidado de lo que es verdaderamente la conciencia, de hasta qué punto resolvemos nuestros problemas con Dios, no ya partiendo de lo más profundo de nosotros mismos sino de fuera, de lo que nos dicen, de lo que hemos leído. ¡Cuántas veces viene la gente a confesarse y nos dice: «No he ido a misa los domingos». «¿Y por qué?» «Porque no podía ir, porque tengo un niño pequeño». «Entonces, ¿por qué te confiesas?» «Es que me han dicho que tenía que hacerlo». «Pero tu conciencia ¿qué es lo que te decía?» «Mi conciencia me decía que no podía ir». «¿Entonces?» Viene un joven que me dice: «Me acuso de haber dado un beso a mi novia». «Pero, ¿eso es para ti un pecado?» «No, padre». «Entonces, ¿por qué lo confiesas?» «Es que me lo han dicho, me ha dicho un sacerdote que es pecado». «Pero tú ¿lo sientes como pecado?» «No, ni mucho menos». «Entonces, ¿por qué lo confiesas?» Y así otros muchos ejemplos. Juzgamos las cosas desde fuera, pero Dios quiere que nos juzguemos desde dentro. Ha sido Cristo el que ha dicho que no son las cosas que entran en el hombre, las que vienen de fuera, sino lo que nace del corazón, de dentro, de la conciencia, lo que provoca los homicidios, los adulterios, las mentiras y todos los pecados. Por eso mismo Cristo ha dicho que, si uno comete adulterio sólo con el pensamiento, dentro de sí mismo, comete un pecado. Pero la verdad es que de ordinario hacemos el examen de conciencia partiendo, no ya de una confrontación, de una comprobación con nuestra conciencia, sino de las cosas de fuera. Me acuerdo de que, cuando era seminarista, nuestro examen de conciencia no era una revisión de la profundidad de uno mismo ante la realidad, sino más bien una revisión de nuestra conducta frente a una ley puramente exterior; teníamos que hacer el examen de conciencia diciendo: «He pecado, porque está escrito en el reglamento». Pongamos un ejemplo bien sencillo: tenía que guardar silencio durante cierto tiempo, pero he hablado; nunca se nos ocurría preguntarnos si acaso habíamos hablado en aquella ocasión porque nuestra conciencia nos pedía que ayudásemos a un compañero: teníamos que hablar. Luego comprendí que, si las cosas eran así, Cristo tendría que haber hecho también un examen de conciencia del mismo modo: tendría que haberse acusado a sí mismo y sentirse pecador. Debería haber hecho algún día este examen de conciencia: «He pecado por haber defendido a un mujer sorprendida en adulterio: tenía que haberla apedreado y la he defendido,
  8. 8. no he permitido que la mataran, a pesar de que la ley mandaba que la apedreasen. Me acuso de haber violado el sábado, porque en sábado no se puede curar y yo he curado. Me acuso de haber dado mal ejemplo a los apóstoles, porque me han encontrado una tarde hablando con una mujer, yo solo, y se quedaron extrañados». Pero Cristo no podía acusarse de estas cosas porque obraba según su propia conciencia, según lo profundo de su alma, que es mucho más importante que todo lo que viene de fuera. ¿Qué es la conciencia para nosotros, los cristianos? En el evangelio no encontramos ni una sola vez la palabra «conciencia». Para Cristo, «conciencia» era lo mismo que cumplir la voluntad de su Padre. Decía continuamente: «Yo he venido para hacer la voluntad de mi Padre». Pero también decía: «Quien me ve, ve al Padre». Para él, cumplir la voluntad del Padre en cada momento, incluso contra la ley externa, significaba ser fiel a sí mismo, ser fiel a su conciencia, a lo más profundo de uno mismo. San Pablo, que utiliza sólo una vez la palabra «conciencia», indica con ella la capacidad radicada en el centro del alma de la que todos pueden disponer, incluso los paganos. Es una luz que legisla sobre las acciones concretas; es algo que posee autoridad porque está garantizada por Cristo y porque se nos ha concedido en unión con el Espíritu Santo. Pero la novedad para san Pablo está en lo que podríamos llamar la «conciencia previa», esto es, una conciencia distinta de aquella otra que después de haber hecho una cosa me dice que he obrado bien o mal, que es como se entiende de ordinario la palabra «conciencia». San Pablo va más allá. Para san Pablo la conciencia es un a priori, o sea, la conciencia obliga por sí misma, incluso a obrar, ya que es la voz misma de Dios. No sólo después de una acción, sino también antes de ella, la conciencia puede impulsar a hacer una cosa, por ser Dios el que habla en mí a través de dicha conciencia. Esta es una novedad que revoluciona el campo de la moral, según san Pablo. La conciencia es la guía del hombre en el uso de la propia libertad, según él. Según san Pablo, esta conciencia puede estar en contraste con la ley que viene de fuera, por estar determinada por el amor y el bien. Puede haber para san Pablo una conciencia errónea, una conciencia inmadura, pero que obliga lo mismo ante Dios, incluso cuando se decide por el mal, porque cree que entonces obra bien. El ir en contra de dicha conciencia, incluso cuando se hace el mal creyendo hacer el bien, sería pecado para san Pablo. La conciencia débil, inerte, dudosa, tiene obligación de resolver sus decisiones tomando como base las propias convicciones, porque san Pablo dice que «todo lo que no nace de una convicción personal es pecado». En el bautismo —digo esto porque no se trata de una tesis teológica más o menos discutida, sino que es doctrina de san Pablo— la conciencia ha quedado purificada y consagrada a Dios y ligada por el amor con los hermanos. Con san Pablo —Cristo lo había dicho sobre todo con sus gestos, mientras que Pablo lo dice más abiertamente con sus palabras— se da el salto de la ley escrita a la conciencia personal. Habéis sido llamados a al libertad, sois libres, sois hijos de la libertad, la letra mata y la conciencia da vida. En la Biblia la conciencia es el corazón, lo cual es muy importante porque así se une la conciencia con el amor. Según los viejos israelitas, el hombre es justo si sigue las inclinaciones del corazón. Pero hay que decir que para la Biblia, para los semitas, el corazón no era solamente el centro del sentimiento sino que era toda la personalidad del hombre. Para un semita, y por tanto para Cristo, decir corazón era lo mismo que decir personalidad, profundidad del ser, conciencia. Por eso, cuando Cristo dice en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios», quiere decir que son bienaventurados los que tienen la conciencia limpia, porque ellos descubrirán a Dios. Pero el hombre, según la Biblia, siente la tentación de tener un corazón doble, una conciencia doble; siente la tentación, sin Dios, de servir al mismo tiempo a dos señores. Por eso Dios le da al hombre un corazón nuevo, o sea, una conciencia nueva, y escribe su ley en ese corazón nuevo. Dios escribe su ley en el corazón del hombre, pero la escribe incluso antes de que venga Cristo. Dios, cuando crea al hombre, escribe en su corazón su ley fundamental del amor, que será durante toda su vida la guía seria, profunda y última de sus decisiones y de sus
  9. 9. responsabilidades ante Dios. Por eso dice san Pablo que esto sirve para todos, incluso para los paganos, porque ha sido el mismo creador el que ha hecho a todos los hombres sin distinción, haciéndose presente en cada uno de ellos y dejando esta huella de su ley fundamental que nos lleva hacia el amor. Dios está presente en este corazón nuevo, en esta conciencia del hombre, infundiéndole un deseo irresistible de gozo, de felicidad, y que, para ser total, tiene que estar siempre ligado al bien. Todo hombre sincero, normal, todo hombre auténtico siente que desde lo más profundo de sí mismo nace un anhelo irresistible de felicidad. No me he encontrado jamás a un hombre que me haya dicho que no siente la vocación a la alegría, a la dicha, que no quiera ser feliz, plenamente feliz. Pero también es verdad que, si este hombre es sincero, tendrá que afirmar que esta felicidad no puede prescindir de lo que constituye una exigencia profunda de su conciencia, la de probar esta felicidad hacia el bien. Y cuando busca esta felicidad separada de dicho bien, siente que le falta algo y que no podrá nunca ser felÍ2 de verdad. Un ejemplo muy concreto: un hombre puede desear la mujer de otro hombre, la puede desear como un principio de gozo, como algo que lo haría feliz, pero al mismo tiempo la conciencia le hace ver que, si toma a esa mujer, esto significa arruinar a otro hombre, hacer desgraciados a sus hijos: esa felicidad no podrá ser nunca plenamente completa. Podrá tomarla, podrá quizá tener una parte de gozo, pero jamás tendrá un gozo completo, total y absoluto. Hay algo dentro de él, más poderoso que él, algo que lo desborda y que en todo momento le dice: me falta algo para que esta dicha sea total. En este caso mi conciencia no ha escogido el bien, a la par con la felicidad. La conciencia está libre de toda ley, está por encima de toda ley; y la última decisión del cristiano frente a Dios es su propia conciencia. Por eso la verdadera autoridad, la única autoridad, incluso la de la Iglesia, parte de la conciencia. Solamente cuando la Iglesia habla a la conciencia del hombre, y habla en nombre y sólo en nombre de aquel que ha creado esa conciencia, y con la palabra que coincide exactamente con la conciencia que él ha creado y que está presente en ella, solamente entonces es cuando la Iglesia tiene autoridad. Y el que recibe esta autoridad, se da entonces cuenta de que se trata de una autoridad verdadera. Pero cuando la Iglesia habla, no ya a la conciencia sino a otras categorías, cuando habla en un nombre distinto del de aquel que ha creado la conciencia, cuando habla con palabras distintas de las de Cristo, o sea, con sus propias palabras, con palabras mundanas, entonces la conciencia se resiste quizá, porque siente que la Iglesia no le habla a su propia conciencia, que no le habla en nombre de aquel Dios que no se puede contradecir y que es el mismo Dios presente en la Iglesia y en la profundidad de nosotros mismos. Esto no lo ha negado nunca la Iglesia. La doctrina de la Iglesia no ha negado jamás que el hombre es el que tiene que decidir, en definitiva, según su propia conciencia. Pondré solamente unos cuantos ejemplos. Santo Tomás (no citaré a ningún teólogo moderno, que siempre se podrá discutir) dice que es mejor dejarse excomulgar por la propia Iglesia que ir en contra de la propia conciencia. Y dice también que, si uno confiesa la fe en Cristo y en la Iglesia, a pesar de reconocer que es falsa, peca en contra de su conciencia. Y el cardenal Newman escribía estas palabras: «Siempre he defendido que la obediencia a la conciencia, incluso a la conciencia errónea, es el mejor camino para llegar a la luz». Me imagino que me preguntáis: «Si esto es verdad, ¿por qué hemos tenido tanto miedo de decidir según nuestra conciencia? ¿por qué nos hemos cansado tanto? ¿por qué hemos renunciado a crear nuestra propia historia? ¿por qué no nos han dejado muchas veces que decidiésemos según lo que sentíamos en nuestro interior honradamente, cuando decíamos, a veces entre lágrimas: ¡pero si yo siento que tengo que obrar así, si yo siento que esto no lo puedo admitir!...? ¿por qué hemos sentido miedo tantas veces de decidir frente a Dios, quizás incluso en contra de una ley que nos venía de fuera, sin pensar que de este modo renunciábamos a ser nosotros mismos y abdicábamos de nuestra misión de hombres y de cristianos? ¿por qué hemos sentido miedo no ya de la teoría, ya que la Iglesia no ha negado jamás esta doctrina, pero sí de la práctica?» Las acusaciones de este tipo se repiten sin cesar.
  10. 10. Una de tantas acusaciones que han lanzado contra nosotros los que no creen es ésta: «Vosotros, los cristianos, no podréis construir nunca nada, porque siempre estáis esperando que os venga desde fuera la respuesta; vosotros no tenéis fuerza creadora, no podréis jamás crear la historia; tenéis que esperar siempre a que otro decida por vosotros; no sois capaces de asumir vuestra propia responsabilidad; no podréis ser nunca hombres completos». Esta crítica que nos dirigen es muy seria y nos obliga a reflexionar. Debería suceder todo lo contrario. Precisamente el cristiano, convencido de que su conciencia es igual a Dios, debería tener un dinamismo, una fuerza mucho mayor que los demás, una esperanza ilimitada, para poder enfrentarse con cualquier riesgo, sin tener miedo a nada, porque estamos seguros de que, aunque nos equivocásemos con la convicción de nuestra honradez, no podríamos nunca fallar, ya que detrás de nosotros está Cristo. ¿Por qué nos hemos empeñado en aferramos a una ley externa, volviendo así a los tiempos antes de Cristo, siendo así que Cristo ha venido a liberarnos de la ley? Cristo es el que nos dice: «No es la ley lo que salva; soy yo el salvador; yo estoy presente en vosotros y vosotros sois yo mismo cuando tomáis vuestras decisiones con honradez, con justicia, a la luz de mi verdadera palabra y a la luz del magisterio de mi Iglesia, cuando ella habla en mi nombre, cuando es una maduración, seria de la comunidad cristiana». En parte este miedo ha nacido de una confusión muy seria y muy grave, que hoy empezamos a descubrir con mayor claridad: hemos confundido el concepto bíblico de conciencia, que es igual a Dios, con el concepto griego-aristotélico según el cual la conciencia es igual a la razón. Para los griegos, para la filosofía aristotélica, el principio de vida, la fuente de la vida es el espíritu. Para el cristiano y para la Biblia la fuente de la vida es Dios, y la conciencia es igual a Dios y, si hay algo que sea seguro, es precisamente la conciencia, ya que en ella es donde Dios está presente de una manera existencial, de una manera real. Es difícil que nos podamos equivocar. Esta desconfianza es la que nos ha llevado a decir: «¡Atención a la conciencia, porque la conciencia puede ser errónea, porque la conciencia puede ser falsa! ¡Hay que formar la conciencia!» Pero, si la conciencia es Dios, yo no puedo formarla; lo que tengo que hacer es descubrirla, ayudarle a cada uno a que descubra cuál es la voz de Dios en su interior. Pero no puedo formarla, porque no puedo formar a Dios. Dios es el que está presente en mí. Entonces me diréis: «¿Para qué sirve la Iglesia? ¿De qué nos sirve? ¿Para qué vale la ley de la Iglesia?» Sé muy bien que el drama es grande y la tensión difícil, porque todavía no hemos comprendido que la Iglesia no viene a sustituir las conciencias que Cristo ha instituido a la Iglesia como un servicio, precisamente como un servicio en este santuario sagrado de nuestra conciencia, que la Iglesia nos ayuda para que no puedan corromperse las verdades fundamentales que nosotros sentimos ya en nuestra conciencia. Una de las verdades que no pueden negarse ni corromperse es precisamente ésta: que Dios está presente en la conciencia y que el hombre tiene que decidir según su propia conciencia y que la Iglesia tiene que garantizar la defensa continua de esta verdad, para que no quede falseada o corrompida. La Iglesia, incluso con sus leyes, tiene que estar al servicio de esta conciencia y nunca jamás podrá legislar nada que esté en contra de la conciencia personal o comunitaria, ya que en ese caso iría en contra del mismo Cristo. La Iglesia, que somos todos y que es la comunidad, sirve para madurar, para descubrir cada vez mejor, para que no nos conformemos con decir: «Aunque me equivoque, aunque elija mal, estoy siempre en regla con Dios». No nos basta con esto: con haber buscado la verdad. Quiero que, cuando hago una opción, además de estar en regla con Dios, por haber elegido según mi conciencia, pueda sentirme cierto de haber encontrado la verdad, de no haberme equivocado. Y esta maduración tiene que ser hecha por toda la comunidad ayudada por el Espíritu Santo, cada uno según su carisma: la jerarquía, para confirmar que esta verdad está en consonancia con la palabra de Cristo, con su mensaje; los demás, cada uno según su carisma, unos con su carisma de profetismo, otros con la inspiración que les viene del Espíritu Santo, que obra en cada uno de nosotros. Cuando se ha llevado a cabo toda esta maduración y sale fuera una ley,
  11. 11. esta ley tiene que responder perfectamente a aquello que nosotros sentimos como algo fundamental en nuestra conciencia. Es una ayuda, que no puede ser nunca un sustitutivo ni una imposición a la conciencia. Por eso mismo hoy nos damos cuenta, cada vez con mayor claridad, que incluso las leyes de la Iglesia tienen que ir madurando, mediante la comprobación y la creación de la misma comunidad, de toda la comunidad. De esta forma, teniendo en cuenta que la Iglesia hace un servicio a nuestra conciencia, tiene que quedar en claro que la conciencia es el lugar de encuentro más serio y más real de Dios con cada uno de nosotros. Esta desconfianza frente a la conciencia nos ha inducido a caer en un gran miedo. Uno de los pecados de que más nos acusan a los creyentes es ese miedo frente al peligro: no nos gusta arriesgarnos. Por eso mismo nos acusan tantas veces de que nuestra fe es alienante, de que nuestra fe, en vez de ayudarnos a crear nuestra historia y a realizar algo verdaderamente positivo, es un freno, porque tenemos siempre miedo a equivocarnos, porque estamos demasiado acostumbrados a que la respuesta nos venga siempre de fuera, y no hemos sido capaces de escuchar esa voz profunda de Dios que, como dice san Pablo, obliga por sí misma. Es Dios el que nos empuja desde dentro y el hombre se constituye por dentro: de lo contrario, sería fabricado por los demás, desde fuera, y no podría nunca ser hombre de verdad. Y un cristiano no podrá ser verdaderamente cristiano si se deja construir desde fuera; tiene que construirse por sí mismo, con la atención al Dios que está dentro de él y con la comprobación de su conciencia a través de la comunidad en escucha de la palabra de Dios, a través de la oración, a través de la celebración de la eucaristía. Por eso este miedo no es del evangelio, este miedo al peligro no es de Cristo. Me gustaría recordar, para terminar, solamente dos cosas muy concretas del evangelio. Todos conocemos la parábola de los talentos, pero quizá se nos ha escapado un pequeño detalle muy importante. Cristo da talentos a cada uno: a uno cinco, a otro diez, a otro uno. Los que reciben cinco o diez talentos procuran hacerlos fructificar, hacen algo, y Cristo los alaba porque han hecho algo. El que recibió solamente un talento, tuvo miedo de perderlo y, diciéndose que su amo era exigente, lo escondió; cuando el amo volvió, se quejó del siervo, lo condenó y le dijo: «Has tenido miedo, no has querido arriesgar nada; tú no eres de los míos, no has comprendido la dinámica de mi fe». Resulta dramático que hayamos presentado tantas veces como modelo y prototipo del cristiano precisamente al personaje que condenó Cristo: al prudente, al que tiene siempre miedo de Dios, porque sabe que «es un amo exigente». Pero hay un detalle en el que quizá no habéis pensado: en esta parábola falta un personaje, aquel que, después de haber recibido cinco o diez talentos, se pone a trabajar con ellos y los pierde, y cuando llega el amo tiene que decirle: «Lo arriesgué y lo perdí todo». ¿Por qué no ha introducido Cristo este personaje? Mi respuesta personal es que no era necesario, ya que con Cristo, aunque uno arriesgue la vida, si la pierde, no la pierde. Y aquí entramos en el misterio profundo de la fe y en el dinamismo más grande de la Iglesia. Y, para terminar, el ejemplo de Pedro. Algunos se habrán preguntado seguramente por qué hemos leído este trozo del evangelio, el trozo de la traición de Pedro. Es un ejemplo, para mí maravilloso, que me ha dado mucho que pensar como sacerdote. Imaginaos la escena: Cristo está a punto de ser traicionado; en el momento decisivo todos los apóstoles sienten miedo y se van, se esconden; el evangelio nos dice que huyeron. Sólo Pedro toma una decisión que, según los demás apóstoles, es imprudente y arriesgada: lo sigue, aunque de lejos, con cierto miedo, con cierta desconfianza, porque sabe que es peligroso, pero lo sigue, se arriesga y traiciona a Cristo. Es el primer apóstata de la Iglesia. Ha tomado una decisión según su propia conciencia, una decisión que lo ha llevado al riesgo más grande que se puede correr con la fe, y que es la apostasía: ¡renegar por tres veces de Cristo! Hemos hablado muchas veces de esta traición de Pedro, hemos hablado seriamente de este pecado de Pedro; pero yo me he preguntado y os lo pregunto ahora a vosotros: ¿cuál ha sido un pecado más grande, el miedo de los otros, de los que se escondieron para no pecar, o el
  12. 12. atrevimiento de Pedro que, por amor, porque no podía soportar dejar solo al Maestro aquella noche, aceptó el riesgo de seguirlo, aunque luego lo traicionase? Mi conclusión es que, si yo tuviese que escoger en aquel momento entre ser un apóstol que, por prudencia, por no correr el riesgo de traicionar al Maestro, se esconde lejos de Cristo, o ser como Pedro que, por amor, lo sigue, aun a riesgo de poderlo negar, yo hoy escogería el riesgo de Pedro, porque creo que es más cristiano y porque, en el fondo, el mismo Cristo lo confirmó. Después de su traición, quizá porque Cristo, que sabía leer en el corazón de Pedro, comprendía que lo había amado por encima de su debilidad y que lo había amado incluso cuando lo traicionaba, una vez llegado el momento de poner en sus manos el gobierno de su Iglesia, de ponerlo a la cabeza de la Iglesia para confirmar a los demás en la fe, le escogió a él precisamente, haciéndole una pregunta: «¿Me amas más que los demás?» Pero aquélla no era una pregunta, sino que era un modo delicado de reparar una herida en el corazón de Pedro y de decirle: «Yo sé muy bien que me amas más que los demás, porque me lo has demostrado incluso con el riesgo de traicionarme». LA MUERTE DE DIOS EN EL AMOR. «Si amamos sin producir amor, si por medio de nuestra vida no nos convertimos de personas que aman en personas amadas, entonces nuestro amor es impotente». Estas palabras no son de ningún santo, son de Karl Marx. Si amamos sin producir amor, nuestro amor es impotente; estas palabras podrían ser también de Cristo, estas palabras las hago mías como hombre, como cristiano y como sacerdote. Y entonces digo que, si existe un Dios, hemos de decir que donde el amor es impotente, donde no produce amor, donde las personas no consiguen ser amadas, no hay Dios. Y los jóvenes de hoy, que sienten la necesidad y la urgencia de sentirse amados, para reconocerse y descubrirse a sí mismos, están diciendo de alguna manera que quieren a Dios en su amor, porque no quieren que su amor sea impotente. El evangelio dice que el que no ama está muerto, que el que no ama no conoce a Dios, que el que no ama es un ateo, el único ateo de verdad. Y entonces podemos preguntarnos si es posible aceptar la imagen de Dios que ellos están negando públicamente con su vida, con su mismo amor, la imagen que nos ofrecen aquellos que nos impiden amar. Es una pregunta seria y profunda: ¿podemos aceptar a ese Dios que profesan públicamente aquellos que con su vida reniegan del amor, que tienen miedo del amor? Es verdad que nadie ha sido capaz de definir qué es el amor. Muchos pretenden saber lo que es el amor y quieren imponer su definición, pero nadie en toda la historia ha sido capaz de dar una definición del amor aceptada por todos, lo mismo que tampoco ha sido nadie capaz de definir a Dios. Pero todos sabemos que ciertas cosas no son el amor (y cuando hablo de ciertas cosas, algunos de los más maduros están ya pensando en lo que hacen los jóvenes y que a ellos no les gusta: no hablo de eso), sabemos que ciertas cosas no tienen nada que ver con el amor. Por ejemplo, todo lo que es explotación del hombre en cualquier dimensión, la instrumentalización de Dios y de la Iglesia misma por fines e intereses personales, el negar a los demás el derecho a ser personas. Todo esto no tiene nada que ver con el amor. Quizás no lleguemos nunca a saber qué es Dios, pero sabemos con toda certeza que Dios no se puede identificar con una política y que su justicia no podrá jamás coincidir con la nuestra y que, como decía el papa Juan, quizá tampoco su teología coincida con nuestra teología. De la misma forma nadie podrá imponernos una imagen del amor, ni siquiera la propia fe, porque el cristianismo no es una moral, ni una filosofía, ni una cultura, ni tampoco una religión. Mi fe cristiana me impide salirme, en la búsqueda del amor, de un solo carril: el hombre. El amor es inconcebible sin el hombre, lo mismo que también el hombre es inconcebible sin el amor. Un hombre que no ama, no es un hombre. Hemos dicho muchas veces que no es cristiano; pero ni siquiera es hombre. Considerando en bloque a nuestra generación cristiana
  13. 13. occidental, hemos de confesar que en gran parte Dios ha muerto en el amor, ya que el hombre no ama a los demás hombres; quizás ame a Dios, quizás ame a los objetos, quizás ame una ideología, quizás ame el dinero, pero no ama al hombre. No sé si conocéis aquellas palabras de Tagore cuando, visitando en cierta ocasión occidente, dijo: «Occidente es semejante a una piedra que ha estado durante veinte siglos dentro del agua de un río; la tomamos y por fuera está limpia, bien pulida, fresca; pero, si la rompemos, por dentro está seca». Occidente ha estado sumergido en el agua del cristianismo durante veinte siglos, pero si rompemos su corazón, dentro está seco, porque no ama al hombre, sino que ama el dinero. Para el cristiano, Dios, después de la encarnación, será siempre un fantasma y una evasión si carece de rostro y de un nombre concreto. No basta con afirmar que el hombre es Cristo, hay que decir que Cristo es el hombre. No sé si habéis pensado alguna vez en el hecho de que Cristo, cuando se aparece después de la resurrección, no tiene nunca su misma cara, su rostro. Por eso precisamente no lo reconocen; no lo conoce ni siquiera María Magdalena (¡figuraos si una mujer no va a conocer al hombre a quien ama!); ni lo reconocen los discípulos de Emaús después de haber recorrido varios kilómetros con él. Esto significa ciertamente que se aparecía con un rostro que no era el suyo. Me he preguntado muchas veces el porqué de este hecho; ¿no será quizás porque, después de la resurrección, cualquier rostro humano es el rostro de Cristo mismo? ¿Qué es el amor? Debemos recordar un trozo de carta de san Pablo, muy importante para mí, en el que se nos dice que, aunque uno tenga una fe capaz de mover las montañas, aunque tenga todas las profecías y el don de lenguas, aunque entregue todo su dinero a los pobres, si no tiene amor no es nada. Pero no nos dice qué es el amor: ni siquiera san Pablo sabe decirnos qué es el amor. El amor ciertamente no es igual al bienestar: si así fuera, Dios estaría más presente y visible en Alemania o en los Estados Unidos que en la India o en las favelas del Brasil. Pero tampoco basta con hacerse pobre para encontrar el amor. Nos lo dice san Pablo: aunque les dé todo mi dinero a los pobres, si no tengo amor no tengo nada. Entonces, ¿qué es ese amor? El amor no es igual al sexo porque, si fuese igual al sexo, entonces Dios estaría más presente en Suecia que en las monjitas que trabajan con los leprosos. Dios estaría entonces más presente en una casa de prostitución que en un Camilo Torres. El amor no es el sexo, pero el sexo es una cosa santa, el sexo es una realidad y una riqueza hecha por Dios mismo, que no solamente no podemos negar sino que tenemos que bendecir. Y aquí sería menester hacer un examen de conciencia, todos juntos, comprendida la Iglesia. No basta con afirmar que a los jóvenes les gusta hacer lo que les da la gana; aquí tendríamos que escuchar seriamente también a los jóvenes, ya que han sido ellos los que nos han hecho comprender que habíamos condenado una cosa que Dios mismo dijo que era buena, ya que todo lo que Dios ha hecho está bien hecho y es una riqueza para el hombre. La sexualidad es una fuerza preciosa que Dios ha hecho para que el hombre pueda ser hombre. El amor no es igual a fiesta y algazara, porque entonces Dios estaría más presente en los night-clubs que en las cárceles, los hospitales, las trincheras y la guerra. Pero el amor es también alegría y felicidad, y el cristianismo es un mensaje de gozo. El amor no es sacrificio, como tantas veces nos han dicho, porque, si es algo, el amor tiene que ser creativo, tiene que engendrar amor, como decía Karl Marx. Y la creatividad es de suyo gozo, es vida y la vida siempre produce gozo. Pero al mismo tiempo, todo gozo, toda creatividad lleva en su propio seno una parte de dolor, ya que no se puede engendrar sin dolor. Y los jóvenes también saben todo esto: saben que, si quieren construir un amor verdadero y profundo, si quieren llegar hasta la raíz más profunda de la alegría, tienen que conquistarla a base de dolor, mucho más de lo que se imaginan las personas maduras. Porque saben que incluso la búsqueda de la sexualidad, incluso ese diálogo humano, ese diálogo a través de la carne que Dios mismo ha querido, resulta sumamente doloroso y difícil, aun cuando produzca gozo.
  14. 14. La verdad es que sólo aquel que acepta la dinámica del amor se siente libre y sufre si hay un solo esclavo en el mundo. El que quiera saber si ama, tiene que preguntarse si siente la angustia de las cadenas de sus hermanos. Yo sé que Cristo me ha amado porque me ha hecho libre. Yo me pregunto si los jóvenes de hoy aman quizá menos que nosotros, si no sienten quizás ellos mejor que nosotros la angustia de la esclavitud que perciben, cada vez más fuerte, en torno a ellos. Si Dios es el amor, el amor es Dios. Y sólo donde encuentro amor, encuentro a Dios. Pero el Dios cristiano que hemos identificado con el Dios del amor es un Dios que no se contenta con «querernos bien». Desde el momento que hemos limitado la dinámica de nuestro amor cristiano a un simple «querernos bien», ha sido posible que nazca un libro titulado El amor no basta, que me ha hecho, como título, un mal tremendo, porque yo siento en mi carne que el amor debe bastar, ese amor que es una dinámica que puede construir de verdad un mundo nuevo. Si hay alguno que diga que el amor no basta, quiere decir que nosotros hemos presentado un amor que no es amor. Cristo, que es para mí el hombre que ha amado hasta el fondo, no se ha contentado con «querernos bien». Llamó Satanás a Pedro, cuando éste quiso desviarle de su camino; llamó zorro a Herodes, que era la autoridad constituida; llamó víboras a los fariseos y murió como un agitador político. Cristo vino a traer la guerra y no la paz, a traer la espada y no las sonrisas estériles; dijo que amar significaba estar dispuesto a dar la vida por cualquier hombre, incluso por nuestro enemigo. Y nosotros, con nuestro «querernos bien», no somos capaces muchas veces ni siquiera de colaborar con un hombre, por el mero hecho de que nos resulta antipático o de que no piensa como nosotros en política. El amor de Cristo nos parece paradójico y hemos procurado interpretarlo, porque realmente trajo a la historia un soplo de amor verdadero, el amor que cree en el hombre como en un valor real, el amor que ama la vida, una vida no prostituida, la vida verdadera, esa vida que de alguna manera empiezan a vislumbrar las nuevas generaciones. Y cuando hablo de los jóvenes, hablo de los jóvenes auténticos, de los que quieren crear algo, no de los jóvenes muertos, aburguesados, drogados, envenenados no sólo por la droga, sino drogados en el corazón, drogados en el espíritu. ¡Esos son viejos! Y yo hablo de los jóvenes de verdad. Por consiguiente, un amor que ama la vida, pero una vida que responda a las exigencias más profundas de felicidad, y de felicidad para todos, no para algunos privilegiados solamente; Cristo fue el hombre que no aceptó jamás la contradicción de la historia y por eso mismo nos resulta paradójico. Nosotros, personas maduras, hemos intentado muchas veces explicar, traducir a Cristo, porque decíamos que no puede concebirse un Cristo que llama bienaventurados a los pacíficos y nos dice luego que ha venido a traer la guerra: un Cristo paradójico no nos va. Y hemos echado mano de las tijeras, lo hemos adaptado a nuestra lógica, una lógica puramente aristotélica. ¿Pero es Cristo una paradoja, una contradicción? ¿Es él o nosotros? El no ha aceptado nunca la contradicción de la historia, él ha dicho siempre que no a toda clase de alienación, incluso a la alienación que venía desde fuera, él no aceptó jamás lo más mínimo que pudiese alienar al hombre. Nosotros, por el contrario, aceptamos y mascamos continuamente la contradicción de la historia, y por eso no hacemos historia, sino antihistoria. Quizá el único trozo verdadero de historia creado en la humanidad sea aquel trozo creado por Cristo y por aquellos que con él dicen que no a toda clase de contradicción que niega al hombre. Quizá por eso, porque estamos nosotros en una continua contradicción, nos parece que es Cristo el que constituye una contradicción y una paradoja. Por esta razón el amor cristiano se encuentra con cualquier otro amor que acepta el amor como creatividad, como capacidad de compromiso, como riesgo, como locura, como heroísmo; se encuentra con todos los que aman al hombre por sí mismo y no por complacer a Dios o para evitar el infierno; se encuentra con todos los que son capaces de ponerse de acuerdo en luchar
  15. 15. con todos los medios humanos para que el hombre logre ser verdaderamente hombre y capaz de realizar su propia historia; yo diría, de realizar su propio amor. Todo esto lo entienden muy bien los jóvenes, porque quieren una historia verdadera, programada por todos y no sólo por los privilegiados o los arrivistas o los tiranos; una historia de amor hecha por todos, hasta por las mujeres; y también aquí se pretende una inmensa liberación, porque la mujer sigue todavía siendo esclava, todavía no se siente capaz, no tiene todavía la posibilidad de realizar un trozo de su verdadera, historia. Y en esto yo soy muy severo. Hablamos de crisis en el matrimonio y en la familia; pero no basta con hablar de crisis, sino que es necesario llegar hasta la raíz. Decimos que hoy los jóvenes no quieren casarse, que están buscando formas nuevas; pero no basta con decir que andan buscando formas más fáciles. Hay que preguntarse cuál es verdaderamente la condición de la mujer, después de haber aceptado la familia. Si la familia tiene que ser también un medio de liberación para que uno pueda ser más hombre, yo me pregunto si la mujer, después de casarse, consigue ser más libre, más ella misma, o se convierte más bien de ordinario, y permitidme la expresión, en una criada, en una criada que ni siquiera tiene una tarde libre ni un jornal. Se trata de un problema serio, en el que habría que profundizar. El cristianismo no es el monopolio del amor, ni es un amor distinto, nuevo o meramente espiritual: es un amor. Si puede presentar alguna novedad, esa novedad consiste en la esperanza secreta que lleva en sus entrañas, por el hecho de que el amor no es una flor que muere con el tiempo, sino que vivirá para siempre por ser más fuerte que la muerte. Pero no es un amor distinto. Y también en esto los jóvenes sienten una especie de rebelión, cuando les decimos que para ser cristianos tienen que aceptar un amor que no es amor, un amor desencarnado, puramente espiritual, un amor que jamás podrán comprender, porque el amor es único y ellos saben que tienen que amar como personas, como hombres, con toda su personalidad. Así, pues, si la novedad de ese amor consiste en la esperanza, en que es un amor que no muere, nuestro amor tendría que ser más dinámico, alegre en la lucha, desinteresado, más paradójico, más unido. Pero yo me pregunto si todo esto es verdad, o si más bien encontramos ese amor en aquellos que no llevan en las venas esa esperanza de un amor inmortal. Y siento un inmenso respeto ante aquellos que, aunque no crean que su amor continuará por encima del tiempo, son los más valientes en la lucha por la liberación de los demás. Para el cristiano el amor tiene siempre un nombre y un rostro y el cristiano ofrece la vida por ese hombre con el que se ha identificado Cristo. Ofrecer la vida por ese hombre no debería ser heroísmo, sino exigencia; yo diría que casi no debería merecer ni una línea en los periódicos. Pero para uno que no cree que haya nada después de esta vida, el ofrecimiento de su vida puede merecer una página entera del periódico. Para uno que dice que cree que el amor es inmortal, el ofrecer la vida debería ser lo más normal del mundo. Pero ¿sucede así o todo lo contrario? Cristo sólo nos ha dado una señal para que podamos reconocernos: «En esto conocerán que sois de los míos, en el amor», en un amor que es capaz de llegar hasta el sacrificio de la vida. Todas las demás tarjetas de identidad, las demás etiquetas no sirven para nada: éste es el único desafío que podemos lanzar, aunque no me gusta la palabra, a un ateísmo histórico, para el cual ciertamente podría ser un heroísmo el ofrecer la vida. El cristianismo debería tener menos miedo del amor que todos los demás sistemas, porque la fe en la libertad y en el amor libera al hombre. Pero en la práctica damos muchas veces a entender que el amor encadena: y esto es renegar del cristianismo. El amor es liberador. Un hombre que ama, un hombre que se encuentra con el amor, se hace libre. Pero quizá por eso mismo es por lo que tenemos miedo de que los hombres amen: porque resulta más fácil gobernar a los que no han encontrado la libertad que a los hombres libres. Pero cuando un joven encuentra el amor, se hace libre y empieza a resultar incómodo para los demás, porque empieza a convertirse en él mismo, en un hombre.
  16. 16. Donde no hay amor reina satanás, aunque estén allí todas las demás virtudes, aunque haya por medio un sacramento. Donde hay amor, allí está Dios, aunque los profesionales de la virtud nos llamen pecadores. Donde hay amor, hay cristianismo, aunque uno sea ateo; donde no hay amor, no hay cristianismo, aunque esté allí el crucifijo y la eucaristía. Y desafío a todas las teologías para que me digan si esto va en contra de nuestra fe y de nuestro cristianismo, y si la auténtica Iglesia ha negado alguna vez esta verdad. LA MUERTE DE DIOS EN LA COMUNIDAD. Está escrito en el evangelio que de la boca de los niños proviene la verdad. Me ha gustado mucho la sencillez de ese muchacho que espontáneamente ha aplaudido las palabras del evangelio. Lo ha hecho espontáneamente y me ha impresionado de verdad el hecho de que sólo él haya aplaudido. Es un gesto de creatividad muy hermoso que nos viene como anillo al dedo, ya que hoy vamos a hablar de esa creatividad del hombre. Y me ha gustado sobre todo porque he estado toda la tarde pensando en ese problema muy serio que vamos a exponer a continuación. Su gesto ha sido una cosa nueva: es la primera vez que he visto cómo aplaudían a un trozo del evangelio. Para mí se trata de un hecho nuevo, creativo. La muerte de Dios en la comunidad. Voy a hablaros hoy de este tema a vosotros, que habéis acudido por cuarta vez a escucharme: estamos ya tan cerca que deberíamos de alguna manera sentirnos como una comunidad. Sin embargo, tengo que empezar haciendo una confesión sincera: siento profundamente que en gran medida Dios ha muerto en la comunidad, por el simple hecho de que la comunidad no existe. La comunidad hoy es un sueño, una utopía, algo que debe ser o, si preferís, una esperanza del mañana; pero hoy todavía no existe la comunidad. He dicho que es una esperanza y quiero repetirlo, porque no me gustaría nunca tener que renunciar a esta palabra; una esperanza, porque nunca como hoy se experimenta la urgencia de crear un mundo distinto, un mundo nuevo, y de crearlo juntamente entre todos. Y esta urgencia, hemos de reconocerlo, la experimentan de manera especialísima las nuevas generaciones, los jóvenes. Yo me pregunto si esta urgencia no será acaso el último grito del miedo del hombre o quizás el último esfuerzo del amor escondido en su ánimo, aquello que lleva a las nuevas generaciones a querer programar juntamente nuestra historia precisamente en el momento en que está en peligro la misma supervivencia de la humanidad. Pero tanto si es miedo como si es el último destello de amor en el corazón del hombre, lo importante para mí es que existe, que empezamos a palpar, a vivir esta urgencia y esta necesidad de crear todos juntos algo nuevo, algo más limpio. Para mí la esperanza en un mundo distinto, en una historia nueva, y también más nuestra, más hecha por cada uno de nosotros, nace de esa exigencia de comunidad que no sabemos cómo ha brotado de repente en los cinco continentes del mundo. Es un hecho que actualmente esta urgencia no es solamente nuestra, ni de España, ni del occidente: es de todo el mundo. Casi de golpe toda la humanidad ha experimentado esta urgencia, y las nuevas generaciones sienten toda su necesidad. ¿Miedo o amor? No me interesa; en estos momentos lo que importa es que sintamos toda la fuerza de la realidad. ¿Pero qué es esa comunidad de la que tanto hablamos, especialmente en los momentos actuales? Sé muy bien que esta palabra resulta antipática e incluso a veces irritante, para las viejas generaciones. A veces me preguntaban con irritación: «¿Pero qué es lo que queréis con esa comunidad? ¿Qué es esa comunidad? ¿Para qué sirve esa comunidad? ¡Que piense cada uno en sus cosas! ¿Qué es lo que andan tramando esos jóvenes? ¿Qué es lo que pretenden con esa comunidad?» Pero para las nuevas generaciones, y para todas las de ayer que todavía no han rendido las armas de la esperanza, no se trata únicamente de una palabra de moda: es una palabra de orden, un programa, un mensaje nuevo. Casi me atrevería a decir que es su nueva fe.
  17. 17. Yo, que por mi edad me siento a caballo entre las dos generaciones, creo que puedo comprender un poco al menos a los unos y a los otros, aun cuando mi corazón y mi esperanza caminen con aquellos que ya no aceptan como valor la soledad humana ni la soledad religiosa. Digo que me parece comprender a las dos generaciones porque comprendo que la historia ha sido dura y nos ha ido llenando de desilusiones. La primera lucha contra la esclavitud nos llevó a la defensa del individuo, una defensa tan enérgica que nos condujo al extremo del individualismo. La historia sabe cuánto hemos sufrido por culpa de ese individualismo y todos conocemos muy bien cuál ha sido el tributo que ha tenido que pagar la misma Iglesia a esa plaga del individualismo: ha llegado casi a traicionar por completo el verdadero mensaje de Cristo, por presentar la fe en una sola dimensión. Este individualismo ha sido una desilusión. En un momento determinado la religión ha sentido miedo del egocentrismo y ha exasperado la generosidad, haciéndonos olvidar que Cristo nos había mandado amar a los demás como a nosotros mismos. Por una parte el individualismo, por otra ese miedo a reconocernos a nosotros mismos como un valor fundamental. Ahora finalmente empezamos a descubrir que no es posible amar a los demás si antes no nos amamos a nosotros mismos, ya que no podemos dar una cosa que no amamos; y si el cristianismo es donación y oferta, yo tengo que ofrecer algo que ame profundamente, y la riqueza más grande soy yo mismo. Tengo que amarme a mí mismo, esa riqueza que Dios ha depositado en mí, ese «Dios» que yo soy, para podérselo dar a los demás. Por eso Cristo ha dicho que hemos de amar a los demás como a nosotros mismos. El individualismo nos llevó a la búsqueda de la comunidad, pero perdimos a la persona y se cayó en el comunitarismo y en el colectivismo. Este fue otro drama más de la historia, un drama que las viejas generaciones han sentido duramente como un golpe demasiado duro; han sentido todo el drama de perder los valores de la persona, de caer en ciertos comunitarismos, en ciertos colectivismos en los que la persona no contaba ya para nada, y se rebelaron entonces volviendo de nuevo al individualismo y quizás a un individualismo más feroz. Se encerraron dentro de sí mismos y frente a la palabra «comunidad» se sienten ahora amargados y dicen: «¡Basta ya de esa comunidad que no me deja ser yo mismo, que me impide ser persona!» Hasta ahora, hemos de confesarlo, la historia de todos los intentos de comunidad ha sido prácticamente un fracaso Hagamos un brevísimo examen con tremenda sinceridad y hablemos únicamente desde el punto de vista cristiano, que es el que de momento nos interesa de manera especial. Hemos llamado comunidad a la familia. Yo me pregunto y os pregunto a vosotros si es una comunidad esa familia de hoy. Si tuviese que decir con la mano sobre el evangelio cuántas familias, de los muchos millares que he conocido, son comunidad, una verdadera comunidad, no sólo una comunidad de amor sino una comunidad de personas, donde se está creando algo continuamente, donde el uno ha logrado entrar verdaderamente en la personalidad del otro, donde se crea juntamente, donde no sólo se soportan, donde no sólo se aceptan, donde no sólo comulgan carnalmente, donde de verdad se va creando algo nuevo día tras día, debería decir con toda sinceridad que podría contarlas casi casi con los dedos de la mano. Entonces se explica perfectamente por qué está en crisis la misma familia, la institución familiar, y por qué es tan agudo el problema del divorcio. ¿Y la escuela? ¿es una comunidad? ¿es una comunidad en la que se reúnen los niños para poder crear, para poder recibir un espacio de creatividad, para que cada uno dé a los demás algo de su propia riqueza, para que empiecen a expresarse, a ser ellos mismos, o es más bien el lugar en donde empiezan a aprender el egoísmo más feroz, donde empiezan a nacer las selecciones más odiosas, donde se considera como un pecado aquello que debería ser una generosidad? Pongamos solamente un ejemplo muy vulgar: le decimos al niño que no deje que los demás le copien, porque es un pecado. La escuela es precisamente todo lo contrario de lo que debería ser
  18. 18. una comunidad, donde cada uno tiene que dar a los demás lo que tiene. Por el contrario, en la escuela es donde los niños empiezan a aprender a no ser comunidad y a ponerle el día de mañana la zancadilla a los otros en todas las profesiones. ¿Serán acaso comunidad las comunidades religiosas, que han nacido como un esfuerzo de comunidad? ¿son comunidades o son hoteles? ¿o son a veces peor que hoteles? Estamos en un momento de profunda revisión, y nosotros, los religiosos, hemos de decir que ciertamente no os hemos dado buen ejemplo a vosotros, comunidades familiares, de lo que es una verdadera comunidad. Hemos de confesarlo abiertamente: también ha fracasado esta experiencia de comunidad. Por ello andamos en busca de nuevos caminos, radical y profundamente distintos. ¿Y la Iglesia, por lo menos la Iglesia, la Iglesia que es por esencia el prototipo, o debería serlo, de la comunidad? ¿es una comunidad la Iglesia? ¿incluso la Iglesia más pequeña, la Iglesia local, la parroquia? ¿es una comunidad la parroquia? No tenemos más remedio que reconocer nuestro fracaso: la Iglesia no guarda ninguna semejanza con lo que es o debería ser una comunidad. Fijaos, bastará con un ejemplo, con un ejemplo muy significativo. En el mismo momento en que la liturgia se ha reformado un poco (un poco, porque todavía queda mucho por hacer), con una reforma en la línea de la comunidad, de una participación comunitaria en el rito, nos ha dejado al descubierto, nos ha colocado contra la pared, nos ha hecho comprender que nos reuníamos en la misa del mismo modo como nos reunimos en el cine o en otros lugares. Y un sencillo gesto que nos pedía la liturgia, el gesto de un abrazo de paz, nos ha hecho ver con toda claridad que no somos comunidad. No os juzgo a vosotros, porque no os conozco; pero he ido por muchos sitios y he visto que todavía no es posible en las parroquias ver en ese gesto de paz una exigencia normal y espontánea de la comunidad. Me acuerdo que, una de las primeras veces, en mi misma parroquia, cuando llegamos a aquel momento de la liturgia, les dije abiertamente: «Ahora os voy a decir que os deis fraternalmente la paz. Sé que no lo vais a hacer; pero quiero verlo con mis ojos y quiero que públicamente confesemos delante de Dios que no somos comunidad». Porque si no somos capaces de darnos un apretón de manos o un abrazo, nosotros que nos llamamos comunidad de cristianos, prototipo de todas las comunidades del mundo, estamos demostrando de ese modo el fracaso de la Iglesia como comunidad. Pero esto no tiene que hacernos perder la esperanza. Un hombre tiene siempre la fuerza de volver a comenzar, porque lleva sangre de Dios y, a pesar de todas las desilusiones, tiene siempre la fuerza de analizar sus obras y de intentar mejorarlas. Hoy nos encontramos en la mejor situación para comprometernos de nuevo en la construcción de la comunidad sobre unas bases nuevas. Nos hemos preguntado por qué han fracasado esos intentos históricos y queremos llegar hasta el fondo, hasta la raíz de la cuestión: vamos buscando, se trata solamente por ahora de una primavera que apenas ha empezado a asomar. Queremos ser realistas. Pero quizá ya hemos encontrado algo de bueno. Os puse ese ejemplo de la liturgia por poneros un ejemplo muy pequeño, muy vulgar, si queréis. Sin embargo, esa misma dificultad que experimentamos en nuestras viejas comunidades no existe ya entre los jóvenes. Y me pregunto por qué a ellos les resulta tan normal, por qué en las comunidades de jóvenes, en la eucaristía de los jóvenes, se ha recibido este gesto no como algo chocante, sino como una cosa espontánea, normal, gozosa. Sé muy bien que los mayores dicen: «Sí, a los jóvenes les gusta darse un abrazo». Es demasiado simplista esta afirmación: la razón es más profunda y hemos de confesarlo. Un análisis claro y sangrante nos lleva a admitir que hasta ahora no hemos descubierto todavía de verdad el valor y la necesidad del otro: se trata de la búsqueda que realizamos en estos momentos para construir de nuevo la comunidad. No hemos descubierto hasta el fondo la originalidad de la naturaleza del hombre, su riqueza única, su palabra inédita, su belleza irrepetible. Hemos tomado al hombre como una ficha, como un individuo, pero no como una persona que tiene una originalidad única, propia, que nadie es capaz de cambiar. Hasta que no aceptemos con todas sus consecuencias el hecho de que todos y cada uno de los hombres es plena y profundamente distinto de los demás, que lo
  19. 19. que me da un hombre no puede dármelo otro de ninguna manera, que cada persona tiene una palabra suya que decir enla historia y que, si no la dice, la historia queda manca en alguna cosa, que cada uno tiene una originalidad y una riqueza que no pueden tener los otros, «que Dios nos ha creado absolutamente distintos el uno del otro», hasta que no aceptemos esa verdad, será imposible crear una comunidad verdadera, una comunidad de personas. Por eso los jóvenes no aceptarán ya una comunidad que los instrumentalice, que les impida ser ellos mismos, que no les deje decir esa palabra que sólo ellos conocen y que nadie puede traducir, porque tienen que pronunciarla ellos con su propia originalidad, aun cuando sepan que la creación de esa comunidad es lenta y dolorosa como una gestación. Estos jóvenes nuestros de hoy no aceptarán jamás una comunidad, en la que a la entrada se sientan como una obra original y a la salida como una imitación, como una copia horrorosa de otro. Ellos empiezan a vislumbrar que son un valor original, una auténtica obra de arte, y se rebelan y no quieren convertirse en la imitación de ningún otro, porque han empezado, no sé si a descubrir o a intuir, que nadie tiene el derecho de hacer a los demás según su propia imagen. Para un cristiano solamente Dios tiene derecho a hacer a los demás según su propia imagen, como dice la Biblia, porque Dios, al ser infinito, puede realizar obras originales infinitas, totalmente diversas entre sí; pero cuando un hombre quiere hacer a otro según su imagen y semejanza, entonces no consigue más que una mala copia y no hará nunca una obra original. Y aquí, en la Iglesia, hemos de admitir que hemos pecado gravemente al intentar suplir la conciencia personal, al intentar hacer a los demás a nuestra imagen y semejanza, imponer nuestra espiritualidad, una manera única de encontrar a Dios, un rostro único de Dios, de un Dios que es infinito, al intentar hacer a los demás a imagen quizá de mi cristianismo, que luego resulta que no es el cristianismo. ¡Cuántos errores y equivocaciones hemos cometido, con toda la buena voluntad del mundo, en muchas de nuestras direcciones espirituales! De todo esto se dan cuenta los jóvenes y nos lo echan en cara, y hemos de tener el coraje de aceptarlo. Hoy los jóvenes se dan cuenta de que el maestro no es el que hace discípulos, sino el que deja a los demás sitio para que también ellos se conviertan en maestros. Si la comunidad no es creativa y liberadora, será una cárcel, será un montón de cadenas; pero si es creativa, el cúlmen de la creatividad está en conceder a cada uno la posibilidad de poderse realizar a sí mismo, y esto en todos los niveles, incluso a nivel de Iglesia. Si aceptamos que la Iglesia es creativa, si creemos en el Espíritu Santo que se manifiesta a través de cada uno, hemos de aceptar en la Iglesia esta realidad, la sinceridad de esta creatividad, y dejar que cada uno se vaya haciendo a sí mismo, ayudado desde luego por el Espíritu Santo, pero por su propio esfuerzo y sin dejarse hacer por los demás. Por eso la principal exigencia de una comunidad auténtica es el respeto a los demás, de forma que la estructura esté siempre al servicio del individuo y no viceversa. Esto es hoy actual para la Iglesia y para el cristianismo: si sujetamos los hombres a las estructuras y los ponemos a su servicio, en vez de poner las estructuras al servicio del hombre e incluso de derribarlas cuando están en contra del hombre, estamos en contra de Cristo. Porque Cristo ha dicho claramente, definitivamente, que el sábado ha sido creado para el hombre y no el hombre para el sábado. Pero, para llegar a esto, se necesita una fe nueva en el hombre en el hecho de que cualquier hombre es enormemente más rico y más grande que lo que realiza. Hemos de darnos cuenta de la realidad vivida, de la necesidad que todos tenemos de los demás, incluso para poder respirar. Resulta una paradoja el que nosotros, en nuestro feroz individualismo, digamos continuamente que nos bastamos a nosotros mismos, nos encerremos en nuestro mundo y no nos demos cuenta de que sin los demás no podemos ni siquiera salir de nuestra casa, ni tomar el automóvil, ni siquiera respirar. No nos damos cuenta de los otros, no percibimos la necesidad que tenemos de tantas y tantas personas que están continuamente a nuestro servicio para que podamos vivir.
  20. 20. Pongamos un ejemplo trivial: voy con mi coche al taller, tengo prisa y le exijo al mecánico que me lo arregle en seguida, porque tengo que marchar, porque he de hacer un viaje, porque necesito el coche. Y siento desde luego la necesidad de los demás, pero de los demás como objeto, como una cosa que está a mi servicio y sobre la que tengo pleno derecho. No se me ocurre pensar que detrás de aquella cosa hay una persona igual que yo, un hombre que tiene también derecho a vivir, a ser persona, y que no podrá nunca ser persona si yo no soy capaz de demostrarle y de darle a comprender que me es necesario, que no puedo vivir sin él y que su trabajo es tan importante como el mío. Solamente podremos comprender, por ejemplo, la importancia de los barrenderos cuando se les ocurra hacer una huelga de tres meses: entonces comprenderemos lo importante que es un barrendero. Y no pensamos nunca en ello. Pero él tiene necesidad, siente la urgencia, para sentirse persona, de darse cuenta de que nosotros comprendemos que es necesario para nuestra misma vida. Esto vale a escala de las personas, pero es lo mismo a escala de las razas y de los pueblos. Hoy ya no hay fronteras, no podemos vivir sin los demás pueblos, hoy todos los pueblos tienen algo que decirnos y sobre todo tienen necesidad de sentirse necesarios. Pero no basta con reconocer y con respetar la riqueza y la originalidad de los demás: con eso sólo no se hace la comunidad, se hace todo lo más una bonita sociedad o un grupo de verdaderos amigos. Para crear la verdadera comunidad, se necesita la comunicabilidad de las propias riquezas, se necesita que nos abramos a los demás, se necesita la fe en nuestras riquezas personales, la fe en la riqueza de los demás, la fe de que el otro puede darme su riqueza en todo momento. Si no somos capaces de comunicarnos profundamente a nivel de personas, no se creará nunca una verdadera comunidad y nos quedaremos siempre a nivel de una sociedad. En el fondo, eso que ha sido hasta ahora prácticamente la misma Iglesia: una sociedad —así la hemos llamado siempre—, una sociedad pero no una comunidad. En una sociedad las personas no se comunican mutuamente lo más profundo de su propio ser. Pero para crear una comunidad, es necesario que yo, mis riquezas, lo que tengo de personal, de irrepetible, de único, sea capaz de comunicarlo a los demás y tenga el coraje de hacerlo, tenga la esperanza y la fe de que el otro tiene algo dentro de sí, algo que yo necesito para poder ser yo mismo. Y no es justo criticar a los jóvenes solamente porque quieren, de alguna manera, intentar entre ellos ese diálogo profundo en todos los niveles. Andan en busca de algo: no saben qué es lo que tienen que hacer, porque ha sido demasiado larga la historia de la incomunicabilidad entre los hombres, y ellos mismos lo han visto en sus familias: han visto cómo quizás durante años enteros su padre y su madre no se han comunicado entre sí las cosas más íntimas, más profundas de su ser, cómo su padre y su madre son personas que conviven, pero sin entrar el uno en el otro, en la profundidad de su personalidad. Ellos han vivido todo esto, y no quieren seguir viviéndolo: no saben cómo encontrarlo, pero quieren algo nuevo y van intentándolo todo, cualquier cosa, cualquier diálogo, porque se dan cuenta de que esto es verdaderamente lo único que puede crear una comunidad. Pero se trata de un esfuerzo duro, del esfuerzo más tremendo, de la cosa más difícil. Yo ya sé que las viejas generaciones renuncian y dicen: «Para nosotros resulta imposible ese comunicarnos algo de nosotros mismos; no podemos»; están acostumbrados a hablar de las cosas externas, y no de sí mismos, de su persona, ni siquiera entre marido y mujer. Pero los jóvenes de hoy sienten que esto es necesario para construir algo que sea comunidad y para poder crear luego todos juntos algo para la historia; si no hacemos más que vivir juntos, sin conocernos profundamente, entonces será inútil intentar hacer algo entre todos, porque en seguida sería destruido. Y la historia nos lo confirma: las rupturas, las divisiones, las herejías por cualquier cosa sin importancia, los celos, las envidias, todo eso puede nacer donde no existe esa comunicabilidad profunda, que es lo que crea la verdadera amistad, la verdadera hermandad, esa comunicabilidad a nivel de persona, que es única, porque solamente el hombre es capaz de realizar ese diálogo profundo personal. Sin eso no se logrará jamás la unidad. Cuando leo en el
  21. 21. evangelio las palabras de Jesús: «¡Que sean una sola cosa para que el mundo pueda creer que tú me has enviado», me pregunto cómo podemos exigir que el mundo crea en la venida de Cristo si nosotros no solamente no nos hacemos ver como unidos, sino que estamos profundamente divididos en todos los niveles, empezando por los mismos sacerdotes. Estamos poco acostumbrados a esta comunicabilidad. Sin embargo, hemos de confesado, es la única manera de poder crear alguna cosa: • cuando le doy a otro algo de mí mismo, no ya un discurso, ni una muestra de erudición, ni una careta de mi propio yo, sino cuando hablo de mí mismo, de mi persona, entonces se crea algo, aunque resulte violento, aunque choque. Los jóvenes de hoy vislumbran mejor todos estos elementos que pueden crear una nueva y verdadera comunidad, y los aman aunque a veces no consigan realizarlos; pero al menos están en camino para ello, andan en su busca y por eso tenemos que respetarlos y amarlos. Los criticamos, decimos que se trata de una moda, que es una falta de personalidad, que no son capaces de estar solos, y que por eso quieren estar siempre juntos. Decimos que son descarados, que son paradójicos. Lo he oído decir hace poco, porque por una parte nos parecen unos terribles egoístas, hasta el punto de que llegan a olvidarse de la familia para crear la comunidad, su comunidad, mientras que por otra parte nos parecen ultragenerosos ya que no quieren aceptar ciertos estudios y ciertas carreras porque dicen que no les interesa el dinero, que desean estudiar algo que sea útil a los demás, aun cuando ganen mucho menos. Y no comprendemos esta ultragenerosidad, decimos que es paradójica, que no puede estar de acuerdo con eso otro que llamábamos egoísmo feroz, desde el momento en que se olvidan hasta de su padre y de su madre. Pero me pregunto si no estarán ellos más cerca del evangelio que nosotros, si no serán ellos, con su aparente repulsa de la misma Iglesia, los que nos preparen la verdadera Iglesia del futuro. Cristo la instituyó como una comunidad, una comunidad sencilla, casi diría que como una comunidad de jóvenes; una comunidad espontánea en cierto modo, una comunidad de amigos. El mismo Cristo lo dijo con toda claridad: «Os llamo amigos, porque os he revelado todos mis secretos». Al amigo es a quien se le revelan los secretos. El se reveló por completo a su primera comunidad, no tuvo secretos para ella: de esta forma empezó a crear su primera y auténtica comunidad con la tarea de que ella empezara a crear una nueva historia humana. Para terminar, os pregunto si no serán los jóvenes los que nos ayuden a ir haciendo un poco menos misterioso, abstracto e incomprensible, el dogma que jamás hemos sido capaces de hacerles intuir un poco, un dogma que nunca les ha conmovido, un dogma que nunca les ha dicho nada a ellos. Y quizá tampoco a nosotros. Quizá sean ellos los que nos ayuden a comprenderlo un poco mejor. Hablo del dogma de la trinidad. Si yo le preguntase a un joven qué es lo que significa para él el dogma de la trinidad, me contestaría riendo: «¡Nada! ¿Qué interés tiene eso para mi vida?» Pero yo, que vivo muy cerca de los jóvenes, que palpo muy de cerca estas exigencias, este algo que van madurando poco a poco, me pregunto si este dogma que nosotros creemos demasiado abstracto, no se podría en el fondo traducir de esta manera: nuestro Dios cristiano no puede ser un Dios solitario; es un Dios que o es comunidad o deja de ser Dios. Y es precisamente la comunidad lo que, de alguna manera, sueñan y anhelan los jóvenes: una comunidad tan perfecta, tan unida, que en ella puedan sentirse verdaderamente una sola cosa, en todos los campos, donde se sientan tan profundamente amigos que sean capaces de comunicarse incluso sus miserias; una unión que nosotros no hemos comprendido, y al mismo tiempo un respeto tan grande a la persona, a la propia personalidad, que nadie se atreva a cambiarla, ni a tocarla, ni a instrumentalizarla. En el fondo, ¿qué es ese Dios, que al mismo tiempo es un solo Dios y tres personas completamente distintas, hasta el punto de no poderse confundir unas con otras? ¿no es una comunidad? Pues bien, si el mismo Dios nos ha dicho en la Biblia que ha creado al hombre a su imagen y semejanza, si este Dios es verdaderamente uno y tres, yo me pregunto si es posible que un hombre sea verdaderamente hombre si no es al mismo tiempo comunidad.
  22. 22. ¿No es esto quizá lo que empiezan a intuir las nuevas generaciones? Y entonces me pregunto si esto es una moda, o no es más bien un grito del Espíritu, que viene desde lejos, que viene desde lo más profundo, un grito del Espíritu que se sirve de esta maduración para darnos a comprender algún día aquellas cosas de nuestra misma fe, que nunca habíamos logrado hacer entender a los jóvenes, y que nosotros mismos considerábamos demasiado abstractas. Al menos, deberíamos pensar seriamente en ello. LA MUERTE DE DIOS EN LA POLÍTICA. Por lo que se refiere al tema de esta charla, sé muy bien que en algunos hay cierta curiosidad, y en otros cierta perplejidad. ¿Qué es lo que se puede decir de la muerte de Dios en la política? Estoy bastante convencido de que para muchos esta charla va a ser una desilusión, mientras que para otros podrá ser una sorpresa y un motivo de profunda reflexión. Una persona me ha dicho: «No se puede hablar de muerte de Dios en la política, porque Dios no ha estado nunca presente en ella». Entendida la política tal como solemos entenderla de ordinario, o sea, como una cosa que no está verdaderamente al servicio del hombre para su liberación total, sino más bien como algo que se sirve del hombre, es evidente que allí no puede estar Dios. Desgraciadamente hemos de confesar que en eso que llamamos política no podemos decir que hasta ahora haya habido una presencia de Dios, en el sentido de que haya estado totalmente al servicio de esta liberación total e integral del hombre. Hemos de confesarlo, hemos de tener el coraje de decir que nos encontramos frente a una sociedad en la que la represión, la falta de verdadera libertad y (sabéis muy bien que me gusta subrayar ciertos adjetivos para no generalizar) la falta de auténtica libertad está en cualquier rincón de la calle, en cualquier rincón del mundo. Estamos convencidos de que no existen islas privilegiadas, de que hoy prácticamente toda la sociedad del mundo es opresiva y represiva. La sociedad está enferma en todas partes, aunque en diversos grados. Es verdad que ciertas sociedades modernas han alcanzado al menos en algunas dimensiones una libertad que nosotros desgraciadamente no tenemos todavía. Pero se trata solamente de diferencia de grado: no hay ningún país en el mundo que pueda alzar la mano para decir: «Nosotros hemos encontrado la libertad total del hombre, hemos hecho la sociedad no opresiva, estamos de veras al servicio de los demás, le hemos dado al hombre el espacio suficiente para que pueda ser finalmente hombre; nosotros somos libres y liberadores». Si hubiese una sociedad en el mundo capaz de levantar la mano, le diríamos que es una embustera. ¿Por qué? Porque en el mundo, en vez de la fuerza del derecho, se ha impuesto el derecho de la fuerza. Tiene más razón el que tiene más poder y el que tiene más poder es el que impone su verdad. Todavía sigue viva, más actual que un periódico, aquella frase que hemos leído en el evangelio, cuando Cristo dice que él es la verdad, y Pilato le pregunta: «¿Qué es la verdad?» Cada vez que un hombre honrado habla de verdad, le miran desde todos los rincones de la calle como a un marciano y le preguntan: «¿Pero qué es la verdad? ¡No hay más verdad que el poder!» En tiempos del fascismo en Italia se veían inscripciones que decían: «Mussolini siempre tiene razón». Hoy sería inconcebible para nosotros una inscripción semejante, pero hemos de tener la sinceridad de confesar que el fascismo, y por fascismo entiendo todo eso que sabéis, no ha desaparecido y puede adquirir colores diversos bajo diversas formas. El fascismo está todavía vivo, terriblemente vivo. Ese fascismo entendido no solamente en sentido político, menudo, sino en un sentido más profundo, el fascismo que es falta de liberación del hombre. Diría, y he de decirlo, que ni siquiera ha muerto en la Iglesia. Para muchos católicos sería todavía válida la inscripción: «El papa siempre tiene razón. El obispo siempre tiene razón. El cura siempre tiene razón. El catolicismo siempre tiene razón», aunque se empeñe en hablar de cosas que no le pertenecen. También esto es una opresión. Sin embargo, la verdad no se identifica con el poder, con la fuerza; lo sabemos perfectamente y la misma Iglesia lo proclama: Cristo, que era la verdad, renunció al poder para dejar sitio a las conciencias, para poder permitirle al hombre su propia liberación. Es del evangelio aquella
  23. 23. frase que dice: «Cristo habla como quien tiene autoridad». ¿Por qué? Porque hablaba a las conciencias. Pero la misma Iglesia ha contribuido en gran parte, como estructura, a hacer que la sociedad se haga opresiva. El derecho de la fuerza se impone lógicamente por la fuerza. Pero esto puede hacerse abiertamente o a escondidas. Hoy la represión es más oculta, más sutil, pero más peligrosa, porque se presenta vestida de cordero y muchos son incapaces de darse cuenta. Baste pensar en todos los medios de comunicación social, en la información a todos los niveles. Es peligroso el hecho de que una sociedad se imagine que es libre, cuando no lo es en realidad en sus raíces más profundas. Cuando me encuentro frente a una sociedad que abiertamente me niega incluso algunas de las expresiones fundamentales de la libertad, como la libertad de asociación, la libertad de expresión, etc., yo siento dentro de mí toda la fuerza para luchar, porque sé que me encuentro frente a una injusticia clara y manifiesta. Pero cuando puedo estar convencido, por el simple hecho de poder votar cada cuatro años y dejar que otros decidan en mi lugar, cuando con eso solamente me autoconvenzo de que soy libre, el peligro es terriblemente mayor. Basta con pensar en el mito del bienestar del mundo obrero y en la estrategia de la reivindicación social que contribuye a alienar al trabajador y a hacer cada vez más difícil la verdadera liberación. Basta con pensar en la política de partidos, puesta no ya al servicio del ciudadano sino al servicio de los intereses del propio partido. Basta con pensar en la alienación producida incluso en el ámbito religioso del paso de la fe a la religión, esto es, del dinamismo a la pasividad, de la creación a la sumisión, de la confianza en el hombre al temor. Mientras que ciertas formas y estructuras religiosas son alienantes, la fe es liberadora. Pero nosotros hemos convertido muchas veces la fe, nuestra fe liberadora, en una religión que nos lleva más a la pasividad que a la creatividad. También aquí el derecho de la fuerza se impone a la fuerza del derecho y el derecho de la ley prevalece sobre el derecho de la conciencia. El hombre-persona en la sociedad, y repito que no hay islas privilegiadas, ha dejado de ser el centro de la historia. Unos cuantos individuos se han apoderado del derecho de los demás a ser ellos mismos y los manejan de cualquier manera. Las personas, en sus manos, ya no son personas, sino cosas, números, objetos utilizables de mil maneras. Hoy el mundo está gobernado por sistemas que han corrompido y derribado los principios fundamentales de la conciencia humana. Y esta corrupción se encuentra en los llamados primer mundo y segundo mundo. Seamos sinceros: no hay excepciones; el mundo está dividido en dos grandes grupos, que podemos llamar primero y segundo grupo. El primer mundo para el que el hombre vale por lo que tiene, y el segundo para el que el hombre vale por lo que hace y por lo que crea. Pero solamente cuando el hombre se realice por lo que es, por su propio ser, un ser dinámico y creativo, pero fundamentalmente ser, podrá empezar a desaparecer todo resto de represión. Pero para ser lo que es, el hombre tiene que realizarse en una comunidad individual caracterizada por la libertad común, por la que la liberación de los demás es la manifestación de la propia libertad. Sólo cuando mi libertad comienza donde comienza la libertad del otro, y no donde termina, es cuando puedo hablar de libertad. Empiezo a ser libre cuando lo es mi prójimo, y no antes. Pero hoy ¿cuál es la realidad? Nos sentimos libres y seguros cuando hemos logrado encadenar a los demás. Cuanto más pequeño resulta el jardín de mi hermano, mayor es mi libertad. Pero esto es opresión: aquí no queda ningún lugar para Dios, él que es el maestro de la libertad, el verdadero libertador. Pero a nosotros no puede bastarnos con lamentar la represión de la que todos somos víctimas, y que todos vemos y palpamos. No nos gusta el masoquismo, no tenemos vocación de víctimas, no basta con una revolución, con una protesta que sea solamente un desahogo o que nos encadene finalmente a una represión más consciente: empezamos a darnos cuenta de que no es fácil la liberación y de que ciertos desahogos pueden llevarnos a un mañana más

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