ROSAS DE LA TARDE...    José Maria Vargas Vila
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¡Oh, cuán bello, en la                      calma del paisaje, leer la                      última estrofa del Poema, a   ...
tenebrosos, un país grave de leyenda, unhorizonte pensativo de Idilio...   Y, al frente, las luces de la bahía lejana, com...
Todo, hasta esos prólogos didácticos ysonoros, que se abrían como portadas de Arte enpalacios de sueños prodigiosos    Tod...
Hacia la palidez de los horizontes póstumos,perdidos en la óptica lejana; hacia esos soles sinenvidia y que no serán visto...
Las rosas que agonizan más blancas que unsepulcro...   las rosas que se mueren más tristes que eldolor...   Sueño de amor ...
Horacio, aquella luz difusa y purpúrea hacíareventar rosas mágicas, rosas de fuego, queiluminaban de un resplandor feérico...
viniera a poner sobre su frente de Apóstol lacorona sangrienta de los reyes...   Y, allá, al frente, bajo un amas de nubes...
En la penumbra rumorosa, en un seno desombra de la llanura adormecida, el VillinoAugusto, se envolvía en una como caricia ...
Resplandecía en la sombra su belleza soberbia,pomposa y magnífica como una selva lujuriante ala luz de un crepúsculo de Ot...
interrumpiendo el silencio, sonó lenta y grave, enla melopea de esa tarde moribunda:    —Vuestro libro es desolador y tris...
sus luces moribundas. Esa afonía es causada porel grito desolador de todas las angustias. ¡Ay,amigo! la ceniza atestigua e...
dilema en que nos coloca a las mujeres en esedrama doloroso del Amor.   —Eso prueba, dijo él con una crueldadinadvertida, ...
ventura de la vida. En el seno de ellos el dolor setransfigura en esa extraña forma de dichadolorosa: el martirio. Creer y...
salvaje de las águilas, a la visión perpetua delprodigio. Sí, amigo mío, sen pasiones heridas lasque llevan a ese esceptic...
Los priváis del beso de los espíritus sensibles yde los corazones tiernos. ¡Oh, el análisis, elcáncer intelectual del sigl...
como el centellear de un astro muy lejano, unamelancolía resignada se reflejaba en su rostrocomo si se arrastrase por él l...
La soledad inconmensurable del desiertoparecía rodearlos.    En la noche extraña, la luz de la luna levantabacastillos mis...
Sin embargo, los volvió piadosos, al amigorendido que tenía a sus pies.   —Perdóname, alma mía — le decía él.   Ella murmu...
fulguraba aún, con la persistencia de un Amortardío, en la calma serena de la noche.   el sueño de la Vida brillante en su...
de los labios divinos venía a posarse sobre suslabios mustios.    La acuidad de sus sensaciones diluía hasta loinfinito, e...
Amaba la soledad, como a una madre, encuyos senos inextinguibles se bebe el néctarlácteo de la quietud suprema.   Sólo los...
adornaba sus pasiones y sus sueños, en esadecoración espléndida, en la cual el Dolor pasabacomo una águila marina, lanzand...
bermejas de Azrael! ¡Horas de la desesperanza,en que los pueblos, cansados de aguardar al Diossalvador, buscan al Hombre, ...
El desdén es una cima.    En su altura formidable no bate su ala el dolor.    Y aquel gran desdeñoso, aquel luchador, aque...
Una gran sombra de tristeza vagaba sobre surostro, y se refugiaba como el ala de un pájaronegro, en la comisura de sus lab...
propia pasión, como el klepté al águila: come micorazón, crecerás de un palmo.   Una alma es un símbolo. Y, aquella alma d...
Había apenas desaparecido en el salón cercanola figura marcial y blanca del Rey y la siluetablonda y sonriente de la Reina...
lo que la conquista hacía dentro de los murosderruidos de la Ciudad Eterna.   Adaljisa Rocca, rebelde a consumirse en aque...
Su nombre, su infortunio, su belleza, lamantenían siempre en la más alta sociedad, sobrela cual ejercía la influencia de s...
El alma de ella, como una rosa enferma, seabrió al sol divino leí Amor.   Y, el cuerpo de él, como el de un toro salvaje,s...
Y, comprendía aquella alma generosa y triste,solitaria en la vida, altiva y melancólica.   Y, hubiera querido amarla, con ...
¿Cómo llegar hasta esta cima de su deseo,hasta el perfume de esta rosa otoñal, inaccesible?Por el camino del sentimiento ú...
Y, Tántalo soberbio, veía a lo lejos el aguabullidora, y tendía a ella los labios, ardidos deldeseo.   Y, dejaba volar sus...
Y los ánades místicos plegaron las alas, enseñal de adoración.   Pasó la nota gaya en la floresta, pasó como uncántico de ...
formas, en plena eflorescencia, diseñaban losencantos de su cuerpo de virgen cananea.   Traía, entre los brazos y el seno,...
pero era el tipo distinguido y puro, el tipo noblede la raza de quirites antiguos.   Hijo de los condes Sparventa, y por e...
y terrible, y le parecía sentir sobre ella la miradacruel del domador, y la tristeza de su sonrisaamarga, y la caricia bru...
Era en su vida la hora del Tramonto, la hora dela tristeza augusta, en que se ven hundir en elhorizonte todos los ideales,...
¡Y, había retrocedido asombrada!   Pero, la fascinación poderosa la retenía allí, alborde del Abismo.   Sí, ella había ama...
Ella lo sabía inútil para la lucha infame de lavida, y desdeñoso de ella. El Genio destruye sufortuna, como el cóndor desg...
¡Y, al confesarse su pasión, no se ocultaba losescollos del presente, la gran tristeza de la horaformidable!   Sí, era la ...
Una tristeza profunda la invadió, besó la rosacon pasión, como si besase su propia vida, y laaspiró con vehemencia, como s...
Guido Sparventa no amaba a Hugo Vial.   Aquel orgullo desmesurado, que no tenía elartificio de ocultarse; aquella correcci...
boca, como el extraño camafeo, el raro anáglifode bronce, que lucía en el dedo pálido del Mago.Era en efecto raro aquel an...
desiertas del jardín, bajo el fulgor de un cielotranquilo, como un damasco blancorrosa,sembrado de lilas, y el nombre de é...
Ella se acercó instintivamente a Guido, inclinósobre su hombro su cabeza negra, cerró las doslibélulas de esmeralda de sus...
eucarística, como un rayo de luna en un campo derosas.    —Guido, Guido, ¿has visto? exclamó lavirgen pálida, temblorosa e...
entera rumorosa, sobre la cual los árboles tendíanla amarillenta sombra de sus copas, como unbouquet de flores de topacio....
como enjambres de abejas ignescentes, tropel demariposas incendiadas.    Y, prosternado ante el ídolo, se extasiaba en elm...
el bajel que trae la Noche. ¡Tenebroso comoun muerto!   ¡oh, las tardes del Otoño, precursoras delInvierno, cómo brillan, ...
¡oh, la Amada! ¡oh, Bien Amada! ven, reclinatu cabeza, tu cabeza triste y blonda como el halode una estrella; ven, reclína...
y una flor que se abre augusta, con sus pétalossoberbios, una flor en holocausto ante Ti: MiPensamiento;   ¡oh, los lirios...
hay sangre en nuestras venas y palpitan nuestrosbesos...   son las tardes del Otoño, precursoras delInvierno... ven, tus o...
Temblaba en su blancura de azucena, pálidabajo las alas del Encanto.    Y sonaban en su oído alucinado losfragmentos del P...
—Oh, no, no, murmuró angustiada yrechazándolo con fuerza.    Su palidez de lirio brillaba en la penumbra.    —Ada — murmur...
l’amour ne fait-il done que des malheureux?   Y ella partió, abatida, humillada, bajo aqueldesprecio del Amado, mientras l...
Parece que el rayo se agitara encadenado enlas manos de Dios en el espacio, pronto a caersobre un mundo en ignición,    e ...
la Omega de aquel Alfa formidable, cerrandoel Alfabeto de los siglos;   el gran sello del Hacedor, con la palabra: Fue,sob...
el árbol do la cruz, y han devorado el cadáver deaquel que había sido la esperanza y el Amor;   el mundo moral se sumerge,...
las águilas desdeñosas no quieren ya esta presanauseabunda;    y, faltos de ser devorados, los hombres sedevoran entre sí....
los exegetas palidecen sobre sus librosabiertos, sin ver de dónde viene, ni adivinar adónde va esa onda lúgubre y fría, qu...
La Libertad ha sido asesinada por los pueblos,después de haber sido violada por los reyes. Sucadáver ha sido profanado. La...
A la claridad brutal de ese sol de sangre, laBestia Multitud ruge en el fango, y las alturastiemblan...   El Mundo, de acu...
la insensatez soplando sobre el cerebro delmundo, impulsándolo en siniestra orientación a lacatástrofe ...   el torbellino...
fenómeno de regresión de las masas sociales a losinstintos bestiales; el atavismo inflexible delprimato destructor; el imp...
Y, así su alto espíritu permanecía indiferente,desdeñoso, ante esas explosiones del crimen;erguido ante el paso de esos fl...
región hostil al genio, una barrera de odios ymiserias ...    Así, un mundo que no había de servir a suambición, no era su...
la Autoridad es el último amor de las almassuperiores;   es la ardiente Sulamita, que calienta el lechoreal, ya vacío para...
buscando la garganta de la Bestia paraestrangularla...   Había ya incubado bastante el sueño de laAcción, debía principiar...
…………………………………………………………………………    Y empezaban a llegar a él voces lejanas yfuertes...    El olvidado comenzaba a ser deseado...
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  1. 1. ROSAS DE LA TARDE... José Maria Vargas Vila
  2. 2. 2
  3. 3. ¡Oh, cuán bello, en la calma del paisaje, leer la última estrofa del Poema, a la lumbre del Véspero Autumnal! las rosas de los cielos, las hijas delCrepúsculo... las rosas de la tarde, las huérfanas del Sol... Las rosas de los cielos abriéndose en la altura;las rosas de la tierra abriéndose en los prados; yel pálido azul, lleno de estremecimientosdormidos, ¡bañando en luz blonda el paisajeestivo, en el silencio conmovido de nochesadorables! A lo lejos ciudades tentaculares, campiñasalucinadas, perspectivas gloriosas de mares enagonía... Y más cerca, silenciosos praderales, estepassolitarias, aguas misteriosas y obscuras, juncos ynelumbos, flores pálidas sobre espejos 3
  4. 4. tenebrosos, un país grave de leyenda, unhorizonte pensativo de Idilio... Y, al frente, las luces de la bahía lejana, comoluciérnagas en las riberas negras de un ríointerminable... Ante ese horizonte, en esas noches mágicas deestío, en una comarca florecida de la ItaliaMeridional, escribí este libro. Y surgió así, herido del dolor que ensangrientay que redime. Y lo entrego así, blanco y triste, como unaalba de invierno, blanco y triste como una rosamuerta, al anhelo doliente de las almas que sabende la pena y del Amor. * * Libro sentimental y no trascendental. Libro estéril, de una esterilidad desoladora,como todo lo que viene del corazón, y ha sidogerminado en el dolor, en el ruin estercolero delos sueños amorosos. Libro solitario, que no osa ser sublime. No es como hermano de los libros míos. No sale armado y de pie, tendido el Arcomatador, pronto lo combate. Nace como un Efeboenfermo y melancólico, reclinado en un bosquede camelias. ¡Pobre sombra pálida de un sueño! La Propaganda, el Arte, la Polémica, elApostrofe, el Estilo y la Belleza y la Fuerza,cuanto hizo odiados y temidos mis otros libros,sus hermanos, ha sido intencionalmentesuprimido o atenuado en él. 4
  5. 5. Todo, hasta esos prólogos didácticos ysonoros, que se abrían como portadas de Arte enpalacios de sueños prodigiosos Todo podado fue, en las frondas lujuriantesdel Pensamiento y del Estilo. Y murió el enjambre de las abejas de oro,sobre el sudario purpúreo de las corolas cerradas. Y surgió el libro del corazón: Amer comme les songes et doux commelespoir. * * y vive algo en este libro que yo hubieraquerido hacer estéril como la rosa del desierto: laconcepción ondeante y misteriosa de la Vida; y algo grita en estas páginas que yo hubieraquerido hacer silentes como la Muerte y elOlvido: grita el Amor, esa partícula de infinitoque reside en cada alma y la turba y la conmueve; y algo arde en este libro que yo hubiera"querido hacer solitario, como un templo enruinas: arde el incienso del alma, invisible a losdioses desconocidos... …………………………………………………………………… Va el libro lentamente, por los grandes parajessolitarios, constelados de soles convulsos,sembrados de plantas venenosas, que le bordancomo riberas de odio, en medio de florestasmedusarias. Va el libro lentamente, al asalto delas siniestras hostilidades. Va el libro lentamente. 5
  6. 6. Hacia la palidez de los horizontes póstumos,perdidos en la óptica lejana; hacia esos soles sinenvidia y que no serán vistos ya por los ojos dequien escribe; hacia esas serenidades augustas;hacia esas cimas innonbradas, hacia esos cielosfulgentes… Va el libro... * * Va el libro triunfalmente hacia los grandesmirajes solitarios. Va el libro gloriosamente... J. M. VARGAS VILA. 6
  7. 7. Las rosas que agonizan más blancas que unsepulcro... las rosas que se mueren más tristes que eldolor... Sueño de amor autumnal, en pradera de rosasmoribundas. Pasaste como un miraje, en el paisaje gris deuna vida soñadora, sobre la cual EL DOLOR DEVIVIR extiende un matiz glauco de aguasestancadas, y cuyo horizonte se abre en el rojocegador de una Visión de Gloria, ilimitada... ¡Oh, tú la peregrina de ese Sueño, la generosadel Perdón, atraviesa el desierto de estas páginas,donde la gran flor de una pasión triste, el nenúfardoloroso, quiso abrir su cáliz pálido, y murióvirgen del Sol, en el limbo inviolado, en el anheloardiente de la Vida! Pasa en la tristeza lenta de este crepúsculocomo el estremecimiento vesperal de la granquietud tardía, como el ala roja del Sol, que serecoge castamente en el Misterio... * * El valle pensativo dormido en la penumbra... Era la hora del Tramonto. Sobre las cumbres lejanas, la gran luz tardíaalzaba mirajes de oro en la pompa triste de unaperspectiva desmesurada. ... Toda una floración áurea y rosa, de flores dequimera, se abría sobre el perfil luctuoso de losmontes. Sobre las crestas lejanas del Soratte, en lascumbres de las Sabinas, sobre el Lucretilus, de 7
  8. 8. Horacio, aquella luz difusa y purpúrea hacíareventar rosas mágicas, rosas de fuego, queiluminaban de un resplandor feérico, la calmasomnolienta, la quietud augusta de la campiñaromana... Los montes Albanos, la cima del Cova, lasilueta de Testaccio, se borraban en lasperspectivas brumosas, en el confín ilimitado dela llanura. Brumas espesas, como preñadas demiasmas, se inclinaban sobre la desoladaquietud del Agro Romano, diseñándose en elconfín lívido de la sombra, como las formasdolorosas de la enfermedad y de la muerte. El Tíber amarillo, silencioso, flabus, Tiberisdel Poeta, ceñía, como un anillo de oro, la CiudadEterna. Las siete colinas desaparecían en laperspectiva, y el sol poniente hacía salir de lasombra, iluminándola, hiriéndola como un rayo,la cúpula de San Pedro, cuya mole gris con tonosáureos, semejaba el huevo gigantesco de unpájaro mitológico, caído de los cielos. Cerca de ella, la arquitectura irregular delVaticano, alzaba la mole de sus construccionesaglomeradas, y más lejos las verdes perspectivasde los jardines ilimitados donde la forma blanca yaugusta del Pontífice nonagenario vagaba comoun sueño de Restauración, nostálgico de Poder,rebelde a morir, en espera de la hora roja, la horatrágica, en que un cataclismo formidable,conmoviendo los cimientos del mundo político 8
  9. 9. viniera a poner sobre su frente de Apóstol lacorona sangrienta de los reyes... Y, allá, al frente, bajo un amas de nubescárdenas, que se extendían y se esfumaban comoflámulas de un combate, la colina enemiga, elQuirinal, diseñaba la mole pesada del PalacioReal, en cuyos muros, un rey generoso yguerrero, hecho para la leyenda caballeresca yépica, languidecía en el papel monótono de unJefe de plebe confusa y exigente, entre losartificios de una burocracia insaciable y lastormentas de un Parlamento insumiso, anhelante,con el oído atento, como si aguardara cerca a sucaballo de guerra enjaezado, el toque de clarínpara volar al combate, a defender la patria, con elgrito de guerra en los labios y el escudo en lasmanos: mientras la Soberana, extraña flor deBelleza y de Piedad, suave y triste, en elcrepúsculo opulento de su hermosura legendaria,pasaba coronada de perlas, como visión blonda yradiosa, como el perfume y el encanto, el sueño yla Poesía de un pueblo de Artistas y Poetas. Y, sobre esas dos cimas, una mole brillante ycegadora hacía mirajes de transfiguración en elGianicolo: el Monumento de Garibaldi, la estatuaecuestre del gran guerrero, con la mano extendidasobre la ciudad, como para empuñarla,protegerla, repetir su juramento formidable:Roma o Morte. En la nueva encarnación de bronce luminoso,parece que sueña el héroe en la eternidad de suconquista. 9
  10. 10. En la penumbra rumorosa, en un seno desombra de la llanura adormecida, el VillinoAugusto, se envolvía en una como caricia deverdura, alzándose como una gran flor blanca,en- el fondo triste de la llanura hecha silente. En la calma infinita de la tarde, sobre lapradera verde como una esmeralda cóncava, a lacual los montes de la Sabina le formaban unocomo borde ideal de valvo desgarrado, la lunavertía su luz, como en el cáliz profundo de unaflor mortuoria. Cual un lampadóforo eléctrico, iluminado desúbito, las estrellas aparecían en el esplendorprofundo de los cielos luminosos. La púrpura y el oro, en una profusiónportentosa de cuadro veneciano habían decoradoel horizonte de un último fulgor, y habíandesaparecido en la esfumación lenta y dolorosade un Adiós. El último rayo blanco de la tarde se deslizabaen la penumbra densa de los bosques, sobre lospinos negros del Monte Mario, como un algamuerta, sobre la onda obscura de una lagunasombría. Había en la selva sopor de somnolencia. Y, la tierra gemía en aquel celibato de la luz. Blonda y sonriente como una visión de Gloria,en el esplendor extraño de su belleza opulenta, lacondesa de Larti veía morir la tarde, con unapiedad fraternal y triste, con una noblemelancolía, llena de pensamientos severos. 10
  11. 11. Resplandecía en la sombra su belleza soberbia,pomposa y magnífica como una selva lujuriante ala luz de un crepúsculo de Otoño. Y, en la luz difusa, amortecida, en el corredorsilencioso cerca a la enredadera de jazmines quela habían protegido de los últimos rayos solares,reclinada en un sillón, la mano puesta sobre laúltima página del libro, y el pensamiento vagandoen torno a la última frase del autor amado, suhermosura irradiaba con una extraña aureola, quehacía como blanquear la tiniebla que acariciabasu silueta soñadora. Los bucles de sus cabellos blondos caían sobresu frente, como estrellándola de un aluvión decrisólitos abiertos, en una irradiación astral.Flores de la enredadera cercana, caídas sobre sucabeza hierática, formaban uno como anademode zafiros, en torno a su faz imponente y seriacomo un anáglifo lidio. Una como avalancha de rosas de Tirreno y dejazmines del Cabo, habían venido hasta sus pies yhasta su veste, y subían sobre su seno florido,como aspirando a besarla sobre los labios. En su boca grande y sensual vagaba el últimoresplandor de una sonrisa extraña, comoarrancada en mudo coloquio con las páginas dellibro, y una luz de pasión intensa tenían sus ojos,indescifrables en su color transparente de ágata. En la onda crepuscular expiraban los sonidos,en un descenso rítmico, en una moribundasinfonía vegetal, y, la voz de la condesa, 11
  12. 12. interrumpiendo el silencio, sonó lenta y grave, enla melopea de esa tarde moribunda: —Vuestro libro es desolador y triste, ¡pobreamigo mío! Es una flor de dolor. Su cólera eshecha de ternura. Esa energía es hecha de caídas.Esa amargura es hecha de la última gota de lospanales extintos. Hugo Vial, a quien eran dirigidas esaspalabras, y que en un sillón cercano contemplabaa la condesa, con una persistencia ávida, comohambriento de esa belleza pomposa ymelancólica, que tenía para él la poesía y elencanto de la última rosa que muere en un jardínabandonado, cuando el invierno llega, alzó elmentón soberbio de su faz voluntariosa y grave, ymiró a su interlocutriz, con la tenacidadvoluptuosa de un beso enamorado. —¿Lo creéis? —Sí, es un libro blasfemo, y la blasfemia es laplegaria de los que no pueden orar. Esa fortalezaes hecha del dolor de las debilidadesirremediables. Esa dureza es formada, como lasrocas, de restos de un cataclismo. Esa frialdad eshecha de cenizas, como la lava petrificada delvolcán. Esa negación del amor es la confesión delamor mismo. Esa impotencia de amar, es elcastigo de haber amado mucho. No se llega a esainsensibilidad sino después de haber agotadotodos los espasmos del sentimiento. El diamantenegro de ese Odio no se halla, sino después dehaber trepado las últimas cimas de la pasión,donde los diamantes blancos del Amor arrojaron 12
  13. 13. sus luces moribundas. Esa afonía es causada porel grito desolador de todas las angustias. ¡Ay,amigo! la ceniza atestigua el poder de la llama,no la niega... Hugo Vial no tenía ningún deseo de discutirlas teorías de su libro con su bella amiga, ymenos de engolfarse en la psicología escabrosade su pasado, y en el génesis doloroso de aquellaobra suya, que había sido obra de Escándalo,porque era obra de verdad, y con una voz velada,fuerte y acariciadora, como el ruido de las aguasen la soledad, murmuró: —¿Quién cerca de vos, amiga mía, podrádefender las paradojas de este libro? En presenciade una mujer así, se siente el Amor, no se discute.¡Se llega larde a él, pero se llega! ¡Oh, vosotraslas vengadoras! dijo, y una sonrisa triste y fría,que desmentía la caricia de sus frases, vagó porsu boca elocuente y sensual, por sus labioshechos para nido del apostrofe, salientes, comouna peña donde se posan las águilas, como laroca de donde se precipita un torrente: en aquellaboca esquiliana moraba la elocuencia como elcóndor en su nido, como la tempestad en el senode la nube. La condesa, como si no hubiese oído laconfesión apasionada de su amigo, o cual siquisiese eludir una respuesta, continuó comohablando consigo misma: —¡Cuánta razón tiene María Deraimais,cuando dice: el hombre asesina a la mujer porquele resiste, o la desprecia porque cede. Tal es el 13
  14. 14. dilema en que nos coloca a las mujeres en esedrama doloroso del Amor. —Eso prueba, dijo él con una crueldadinadvertida, que el amor es un espasmo que seagita entre el Pecado y el Hastío, la Esperanza yel Olvido. La condesa se hizo roja, como el reflejo deuna llama sobre una lámina de acero, y clavandoen él la mirada de sus ojos hechos opacos yglaucos, pareció interrogarle, con el acentoamargo de un reproche. —Condesa, dijo él, comprendiendo ladolorosa brutalidad de su expresión, sólo hequerido decir que en el Amor, cada celaje es unailusión, cada flor una mentira, cada beso unatraición. Serenándose, como si hubiese estadohabituada a aquellas explosiones de escepticismo,que sabía bien eran generadas por su resistenciaque exasperaba hasta la brutalidad eltemperamento de su amigo, continuó: —Hacéis mal en proclamar así la mentira delIdeal y la nada del Amor. El mundo está llenoaún de almas sensibles, atraídas por esos dospolos imantados, hacia los cuales tenderáeternamente el vuelo doloroso del espírituhumano. Hacia esas dos cimas consolatricesvolarán siempre las almas puras: el Amor y Dios.He ahí los puntos culminantes, la últimapalingenesia del Ideal... Fuera de eso, no hay sinoel fango de la vida, y nada más. Dios y el Amorno engañan. Comprenderlos y sentirlos: he ahí la 14
  15. 15. ventura de la vida. En el seno de ellos el dolor setransfigura en esa extraña forma de dichadolorosa: el martirio. Creer y amar; he ahí loúnico alto, lo único digno de la vida. La Fe y elAmor, únicas zonas en que alumbra esa hoguera:el Sacrificio, y, se abre el lirio blanco: elHolocausto. El Amor es de esencia divina, comoel Genio, y vino de los cielos, como el fuego.Creer es una necesidad del espíritu: amar es unanecesidad del corazón. Una alma sin Dios y unpecho sin Amor, templos vacíos, la negación, lasoledad, la muerte... Y él la dejaba hablar, exponer la candidez desus teorías sentimentales, la inocente Teología desu alma de mujer. ¡Alma de Amor y de Fe! Él, a quien Dios y el Amor no visitaban consus prodigios ni sus incendios, que no creía casien ellos, que estaban distantes de su cerebro y desu corazón, escuchaba sin contradecir el místicoarrebato, el lirismo pasional de esa alma ingenua. Y ella continuaba: —Hacéis mal en predicar la bancarrota delsentimiento, porque eso sería declarar la derrotadefinitiva del Bien y de lo Bello. El triunfo delPlacer sería la muerte del Ideal. El reinado delcerdo aún no ha venido. No, el Genio no puedenegar el Amor, como la cima no puede negar elrayo. Haber sido herido por ellos es una razónpara odiarlos, no para negarlos. Las cimas y losgenios son tristes, porque el rayo y el Amor alvisitarlos, ardiendo toda la savia de su vida, loscondenaron a la soledad aterradora, a la caricia 15
  16. 16. salvaje de las águilas, a la visión perpetua delprodigio. Sí, amigo mío, sen pasiones heridas lasque llevan a ese escepticismo, como llevaban alascetismo en los siglos primitivos. No se puedenada contra el Amor. Él, lo puede todo. Sucedecon él, lo que con Dios: negarlo es una forma deconfesar que existe. —Yo no he negado el Amor, lo he descrito.Lo que yo he querido probar es que: hay en elAmor un fondo de engaño y de miraje queconduce a aquellos que se dejan dominar por él, ala mayor desgracia a través de la esperanza de lamayor ventura. —Es una rebeldía estéril. ¡Ay, no se puedenada contra ese incendio completo del corazón,que se llama Amor! —Lo sé; sé que ni las alas de los místicoslibran de ese incendio formidable. Tomás deAquino mismo, arrepentido de su vida estéril, sehizo leer para morir, el Cantar de los Cantares.Lo que yo he combatido es: la tiranía del Amor. Yo he condenado los amores racinianos, elAmor irracional, Amor del sentimiento, Amorque mata y no fecunda. He proclamado elimperio de la pasión, generatriz y augusta: elreinado de la Carne. Yo he proclamado labancarrota del Sentimiento, frente a los queproclaman la bancarrota del Sexo. —Amigo mío. No sois hecho para la inmensay soñadora multitud de las almas. Vuestros librossin corazón no se adhieren a la tierra. Loscondenáis a la soledad despreciativa y soberbia. 16
  17. 17. Los priváis del beso de los espíritus sensibles yde los corazones tiernos. ¡Oh, el análisis, elcáncer intelectual del siglo! No hagáis vuestroslibros para alimento de águilas, dadlos como unconsuelo a las pobres almas sangrientas, quesufren y que lloran... Humanizad vuestro genio.No os conforméis con hacerlo grande, hacedlobueno. —Hacerlo bueno, pensaba él, es hacerlosimple. Seguir el consejo del Poeta: rentre enfin dans la vérité de ton cœur. ¡Oh, si yo quisiera —pensaba para sí—, yoharía también obras sentimentales, obras decorazón! Yo escribiría tu historia, ¡pobre mujerdolor osa y soñadora! Yo escribiría este Amor deOtoño, que germina en nosotros, ¡pobresvencidos de la Vida!... Y, esas páginasautumnales irían como palomas escapadas de unincendio, con las alas en llamas, a prender enfuego los corazones doloridos. Yo haría un librode esta puesta de Sol de nuestras almas. Y, luego, como respondiendo a la condesa,dijo en alta voz: —Los grandes libros son aislados como losgrandes montes y los grandes mares. La majestades la reina de la Soledad. Hay aves de la cima yaves de los valles. Un águila al posarse, romperíala rama de un arbusto en que un jilguero cantafeliz y enamorado... Las águilas no cantan. La condesa calló, abstraída en su pensamiento.Una tristeza sideral y augusta reinaba en sumirada, sus párpados al moverse la oscurecían 17
  18. 18. como el centellear de un astro muy lejano, unamelancolía resignada se reflejaba en su rostrocomo si se arrastrase por él la sombra de todas lascosas que morían en su alma. Él la contemplaba en silencio, lleno de unadolorosa amargura, sintiéndose incapaz de igualaren intensidad la extraña pasión de aquella almade mujer, vaso melancólico, vaso de Tristeza y deAmor. Y, miraba el fondo de su alma, donde elcadáver de una gran pasión lo llenaba todo... Con la palidez de un Cristo, al fulgor de unalámpara votiva, veía él, a la luz de su recuerdo,aquel su Amor, su primero y único amor,exangüe, sacrificado y muerto... Como la celda de un solitario, abierta a losvientos del desierto, así había quedado sucorazón, después que aquella pasión hubopartido. Del fondo de su vida, se alzaba aquelrecuerdo, como una luna eucarística en el lejanocielo, como una niebla matinal sobre las olas deun lago, como una isla misteriosa en los maresbrumosos del recuerdo, y algo como la caricia deun ala tocó su corazón. ¡Oh, lo Indestructible! Como el rostro de una Medusa, el fantasma deaquella gran pasión llenaba todo su pasado,horrorizándolo. Y, veía con dolor, al lado suyo, esa pobremujer, resignada y triste, con la tristeza de ciertasflores de Otoño, que apenas tienen color y apenasperfume. 18
  19. 19. La soledad inconmensurable del desiertoparecía rodearlos. En la noche extraña, la luz de la luna levantabacastillos misteriosos en las lontananzas mágicasde un panorama de ensueño. Sinfonías exultantesde la Naturaleza, himnos a la potencia creadora, ala fuerza animal, infinita, desbordaba en la selva. Las estrellas parecían azahares deshojadossobre el manto de duelo de una viuda. Morían las rosas en la tibia calma nocturna,llenando el ambiente de un perfume suave ycasto, mientras el viento llevaba lejos sus pétalosinmaculados, onda de blancura estremecidafugitiva en el seno del silencio. En la calma profunda, en el espejo tenebrosode la sombra flores de lujuria abrían sus cálicesrojos, como labios sedientos de la sed divina delos besos. El aire que hace centellear las pupilas de losleones del desierto y arrullan las palomas de laselva, pasaba, por sobre el campo ardido,somnoliento, en la canícula de esa noche estival. Se acercó suavemente a la condesa, ytomándole la mano, la estrechó con pasión y lacubrió de besos. —Perdóname, Ada, dijo muy paso, llamándolapor su nombre como un arrullo. Ella abrió los ojos, y una sonrisa se dibujó ensus labios, como un alba de resurrección y devida. Había en sus sienes palideces de nimbo,como de un resucitado. Sus ojos estupefactosparecían haber visto el fondo del Abismo. 19
  20. 20. Sin embargo, los volvió piadosos, al amigorendido que tenía a sus pies. —Perdóname, alma mía — le decía él. Ella murmuraba palabras de paz, sobre aquellaalma atormentada. ¡Cáliz de ópalo, ánfora de diamante, aquelcorazón estaba lleno de la ambrosía divina delperdón! Viendo serenarse aquella alma detempestad, ella le hablaba paso, muy paso; lemurmuraba extrañas cosas, y de su bocaperfumada como una urna llena de cinamomo, seescapaban las palabras consolatrices, comotorcaces enamoradas, y fulgía la sonrisa comouna alba de ventura. Él se inclinó hasta el lirio de su rostro, parabesar sus labios aromados. Y ella le devolvió el beso amigo. Su beso no tenía la sonoridad cantante de laorgía, era un beso grave y melancólico, como elbrillo de una luna de invierno; era un besopudoroso y crepuscular, cargado de recuerdos ydolores. Él quiso traerla violentamente sobre sucorazón, y ella lo rechazó poniéndose de pie. Una rosa blanca, que se abría sobre ellos,reacia a caer, enamorada acaso de un lucero, sedeshojó al estremecimiento de sus cuerpos, y loscubrió con sus pétalos enfermos, como con unmanto de perfume. Y, allá, lejos, sobre la última cima de laSabina, un rayo de luz rebelde a desaparecer, 20
  21. 21. fulguraba aún, con la persistencia de un Amortardío, en la calma serena de la noche. el sueño de la Vida brillante en su fulgor. En la eflorescencia blanca del crepúsculo, lapalidez hialina de la aurora, daba tintes de ámbaral cielo somnoliento. La noche recogía su ala tenebrosa de misterio,y la mañana surgía en una irradiación deblancuras del natalicio fúlgido del Sol. Hugo Vial, apoyado de codos en la verandadel balcón de su aposento, que daba sobre eljardín, meditaba, cansado por aquella noche deinsomnio, perseguido por la visión radiosa delDeseo. El alma y el cuerpo fatigados, se sentía presade una laxitud melancólica, y se entregaba apensamientos austeros, como siempre quereplegaba las alas de su espíritu en la regiónobscura del pasado. La magnificencia de sus sueños lo aislabasiempre de las tristezas de la vida. Se refugiaba en su pensamiento, como en unastro lejano... Y, el mundo rodaba bajo sus pies,sin perturbarlo... Las armonías divinas de su cerebro serenabanlas borrascas terribles de su corazón. Las músicasestelares pasaban por sobre las ondas rumorosasy las calmaban. Sentía que la Soberbia y la Esperanza, sus dosgrandes diosas, venían a reclinarse sobre sucorazón, tan lacerado, y le parecía que el dulzor 21
  22. 22. de los labios divinos venía a posarse sobre suslabios mustios. La acuidad de sus sensaciones diluía hasta loinfinito, este placer intelectual del ensueñoluminoso. La voluptuosidad misma de su temperamento,tan poderoso, no llegaba a irrespetar la purezamística y bravía de sus ideales. La animalidad, que sacudía sus nervios ycirculaba por sus venas, como el agua en loscanales sin olas de una ciudad lacustre, nollegaba a manchar el alba, la inmaculada purezade sus ideas, refugiadas en la torre de marfil de sucerebro, altanero y aislado, como una fortalezamedioeval. Cuando la mediocridad ambiente de la vida loacosaba, como una jauría de perros campesinos aun gato montes, se escapaba a la selvaimpenetrable de su aislamiento y era feliz. Iba a la soledad como un león a la montaña:era su dominio. En el silencio, poblado de visiones, supensamiento vibraba y fulgía, como las alas de unáguila hecha de rayos de Sol. Su ideal, como el templo de Troya, siete vecesardido y siete veces reconstruido, volvía aalzarse, en el esplendor de su belleza insuperable. El aislamiento es la paz. Flores de consuelo, flores desmesuradas ybalsámicas, extienden allí su fronda misteriosa, yel juego de esas plantas da el brebaje salvador delDesprecio y del Olvido. 22
  23. 23. Amaba la soledad, como a una madre, encuyos senos inextinguibles se bebe el néctarlácteo de la quietud suprema. Sólo los hombres de un individualismo muypronunciado pueden amar la soledad; y él laamaba. El Genio se basta y se completa a sí mismo. Él, como Goethe, se había hecho una religión:la de su Orgullo. Y, desde aquel castillo encantado, gozaba lavoluptuosidad de sentir los pies sobre la frente dela multitud. Su estilo lo aislaba de la muchedumbre, comosu carácter. Aquel su estilo, señorial y extraño, torturado yluminoso, exasperaba las medianías, enradiaba lacrítica y hacía asombrar las almas cándidas,pensativas, al ver cómo la Gloria besaba aquellacabeza tormentosa, engendradora de monstruos.Había en aquellas frases lapidarias, llenas deelipsis y sentencias, de sublimidades obscuras yde apostrofes bíblicos, tal cantidad de Visión, queasombraba las almas débiles incapaces decomprenderlas, que retrocedían asombradas,como a la aproximación de lo sobrenatural o alcontacto del Prodigio. Y, las almas artistas se deleitaban con aquellapompa regia, aquellas perspectivas orientales,donde la dialéctica fingía el miraje, donde seveían, como estatuas de pórfido rosa, esfinges degranito rojo, lontananza de turquesa pálida, en lainmensa floración de imágenes y colores con que 23
  24. 24. adornaba sus pasiones y sus sueños, en esadecoración espléndida, en la cual el Dolor pasabacomo una águila marina, lanzando un grito dehorror, al entrar en la tiniebla... Se aislaba, esperando la victoria inevitable delGenio sobre la vulgaridad ambiente, sobre lamiseria imperante y poderosa de su época. Su aislamiento no era el Ocio. Su vida era el combate. Combatía desde su soledad, como desde unafortaleza. Y, arrojaba sus ideas, como granadasincendiadas, sobre los campamentos enemigos. Sus libros, perturbadores y austeros, ibancomo Cristos pálidos, insultados por la estulticiade la multitud y el odio fariseo, lapidados einmortales, esperando desde la altura de su cruz,su resurrección inevitable, su reinadoinextinguible. A su palabra, en el silencio de una admiracióndecorosa, las almas grandes se abrían, como unagerminación de rosas al viento primaveral. Su verbo fecundaba como el sol y como elaire. Y, muchas veces, los oprimidos se habían idotras ese verbo rojo a la contienda, como tras unestandarte de triunfo, en esas horas tristes de laHistoria, en que siendo vanas todas las llamadasal Derecho, se opta por las soluciones vengadorasde la Fuerza y el Hecho, sangriento y pavoroso,aparece sobre la roca formidable. ¡Horas tristes, en que sobre el horizonte seextienden como dos madres de carmín las alas 24
  25. 25. bermejas de Azrael! ¡Horas de la desesperanza,en que los pueblos, cansados de aguardar al Diossalvador, buscan al Hombre, salvador, y viendoque el cielo no se abre y el Cristo no desciende,bajan ellos mismos, sangrientos, a la arena, y elsuelo se hace rojo, y a la oración sucede eltrueno... Habituado a mirar en el fondo túrbido de lamultitud, para encontrar en ese fango humano lascosas infinitas, de que hablaba Leonardo a susdiscípulos, lanzaba sobre ella su palabra defuego, seguro de su efecto. Él sabía que laelocuencia verdadera debe producir sobre lospueblos el efecto del huracán sobre las olas, de lallama sobre el heno seco, de la chispa sobre lapólvora, debe producir la tormenta, el incendio, laexplosión, la tragedia irremediable... Llegaba al espíritu de la multitud, como undomador entre las fieras, y le arrojaba suelocuencia como una cadena. Su verbo piadosocaía sobre aquel mundo en desgracia, sobreaquella mártir anónima, como un bálsamosalvador, como un grito de esperanza. Y, recibía el aliento enfermo, la confesión deaquella alma llagada, como los sacerdotes de SanMiníato, con las manos ligadas, confesando lospestíferos de Florencia... Y, se refugiaba después en su soledad, y seenvolvía en su manto de nubes: el Desdén. No quería, como el Federico Moreau deFlaubert, ser castigado por no haber sabidodespreciar. 25
  26. 26. El desdén es una cima. En su altura formidable no bate su ala el dolor. Y aquel gran desdeñoso, aquel luchador, aquelApóstol, se refugiaba en su fortaleza, esa mañana,y se volvía hacia el pasado, como si su almaentrase en el reino silencioso de la sombra y de lamuerte. Miraba el periplo de su vida dolorosa. Sonaba en esa vida la hora del Tramonto. Había pisado el séptimo lustro de su edad.Pocos pasos más, otro lustro, y su juventud iba adesaparecer en el crepúsculo de la cuarentenaflorida y radiosa. Su juventud agonizaba en una apoteosis desueños y dolores. Y, su pobre alma herida y triste, sollozaba enel fondo de esa nube luminosa. En el estuario de esa juventud moribunda, lasolas turbulentas se retiraban, dejando endescubierto sobre la playa triste, ruinas de sueñosy de pasiones como esqueletos de crustáceosdesmesurados. Los ruidos de aquella edad le llegaban comomurmullos de un mar lejano. Con una melancolía profunda, miraba la mareade la vida alejarse de su corazón, y allá, en elhorizonte, como naves empavesadas, veía lajuventud de otros marchar hacia la vida. Y, allá, más lejos, sobre cimas muy remotas,el sol de la Gloria, rojo y fúlgido, iluminando suhorizonte, en esa hora de la tarde, en que el sol dela juventud se eclipsaba para siempre. 26
  27. 27. Una gran sombra de tristeza vagaba sobre surostro, y se refugiaba como el ala de un pájaronegro, en la comisura de sus labios, en el rictusdoloroso de su boca elocuente y melancólica, endonde el desdén habitual de la vida había impresoun sello triste, perenne, como un desafío a la risay al Amor. ¡El Amor!... He ahí lo que preocupaba en eseinstante su alma extrañamente turbada, ante elproblema pavoroso... La imposibilidad de amar, que acorazaba sucorazón, lo laceraba también. Aquella fortaleza que había sido el Orgullo yla fuerza de su vida, se le hacía dolorosa en aquelmomento. Y, llevaba las manos a su pecho, comobuscando el corazón, bajo la malla invulnerable. ¿No latía al reclamo del Amor? León dormido ¿no despertaría sino al rugidodel contrario o al estallido del trueno formidable?¿el arrullo de las palomas no perturbaba su sueño,poblado de visiones de combate y vuelo deáguilas rojas? Y, hubiera querido amar, hubiera querido sersusceptible de la pasión sentimental y tierna,hubiera querido tener un corazón, para darlo encambio de aquel corazón que se le ofrecía,sangriento y doloroso, con sed de inmolación,resignado y triste, en su crucifixión estéril,corazón que tenía el valor de renunciar a laesperanza, y, sin embargo, desgarrándose a símismo, con sed divina de holocausto, decía a su 27
  28. 28. propia pasión, como el klepté al águila: come micorazón, crecerás de un palmo. Una alma es un símbolo. Y, aquella alma demujer se abría ante él, profunda en su misterio,luminosa en su angustia; y de su seno de florceleste salía, blanco y doliente, como un niñomarchando hacia las fieras del Circo, la negaciónperpetua de su vida: el Amor. ¿Y su corazón permanecería insensible ante ladolorosa inmolación de un alma, sereno como elsacerdote que sacrificaba las antiguas víctimas, ycomo el dios que recibía el holocausto? ………………………………………………….………………… Un año hacía que se agitaba, queriendo hacerhablar su corazón, mudo, impenetrable... Un año hacía que había conocido a la condesaAdaljisa Larti, en el baile que el Embajador deuna gran Potencia daba en honor de un huéspedreal. Displicente, taciturno, como siempre que eldeber de su puesto lo obligaba a concurrir aaquellas fiestas, había ido, como muchos,dispuesto a aislarse, a perderse en medio de aquelmundo brillante, del cual él sabía bien que era unátomo galoneado, venido como la mayoría de suscolegas, a hacer fondo de tapicería, al poderosorepresentante de un Amo Omnipotente, en elcuadro deslumbrador de aquella fiesta casi regia. Formaba de los últimos en una de las alas quese abrían reverentes, al paso de los soberanos quepartían. 28
  29. 29. Había apenas desaparecido en el salón cercanola figura marcial y blanca del Rey y la siluetablonda y sonriente de la Reina, cuando allevantarse de todas aquellas cabezas inclinadas,se alzó frente a él, majestuosa y rubia, como laestela de la belleza real, que acababa de ocultarse,una dama prodigiosamente hermosa, vestida denegro, cuya cabeza áurea, constelada de perlas,semejaba una flor de oro, en un mar de estaño.De sus ojos verdes, medio entornados, de sugarganta maravillosa, de su seno desnudo ypulcro, como el de una estatua, de su cabellera,recogida en ondas luminosas, sobre su frenteestrecha y pensativa, de toda su belleza,eminentemente sugestiva, se desprendía unextraño poder de atracción, una sensualidadmisteriosa, irresistible, que llamaba como unabismo, y atraía como una vorágine, en las ondasviolentas del deseo. Era la condesa Larti. Belleza otoñal, belleza en el tramonto, se lehabrían dado apenas veinticinco años, tal era latersura de su piel, tal el esplendor de sus formascasi núbiles, el perfume de juventud y de frescuraque emanaba de toda ella, en el prestigio turbadorde su belleza. Última de las tres hijas del Duque de Rocca-Estella, gran Señor romano, irreductible, quedespués de la caída del Poder temporal del Papase había retirado a su castillo señorial en losmontes Albanos, no queriendo ver ni oír nada de 29
  30. 30. lo que la conquista hacía dentro de los murosderruidos de la Ciudad Eterna. Adaljisa Rocca, rebelde a consumirse en aquelnido medioeval, entre la malaria y el hastío, habíacasado a los diez y seis años con el conde Larti,noble maltes, apasionado servidor de la nuevadinastía, y rabiosamente adverso a la tradiciónpapal. El duque no perdonó nunca a su hija aquelmatrimonio, que el creía una abdicación de suraza. La duquesa murió de soberbia, en un golpede apoplejía, como herida de un rayo, entre lasblondas y los encajes negros de su dueloinconsolable. Adaljisa no fue feliz. El conde Larti era un verdadero beduinoblasonado. Corrompido hasta la medula de loshuesos, cínico, insustancial, libertino de bajaestofa, agotado, incurable, gastando su fortuna,debida toda a la política, en la embriaguez, eljuego y las queridas nominales, dejó a su pobremujer en un abandono ultrajante, del cual ella,demasiado altiva, no pidió nunca cuenta. Un escándalo deshonroso del marido hizo a lacondesa pedir la separación que le fue concedida,con la guarda de su hija. Desde entonces vivía sola, inaccesible a lamurmuración, en el duelo de todos sus afectos. El duque murió sin perdonar, pero, gran Señorhasta la hora de la muerte, no dejó a su hija endesamparo, y Adaljisa gozaba de una gran renta,a la cual no podía alcanzar la torpe avidez de sumarido. 30
  31. 31. Su nombre, su infortunio, su belleza, lamantenían siempre en la más alta sociedad, sobrela cual ejercía la influencia de su talento superiory de su hermosura enigmática y triste. Hugo Vial se hizo presentar a ella, por undiplomático amigo suyo. Y, el encuentro de aquellas dos almas fuedecisivo. Ella sintió en su naturaleza tierna y herida, laimpresión poderosa de un alma superior, algocomo la sombra de las alas de un águila, sobre elnido de una paloma enamorada. Sintió como lacaricia de una garra, sobre su corazón; algoextraño, divinamente dominador, que la poseía yla exaltaba. Sintió el hálito de fuego de aquellapalabra voluptuosa y alta, pasar sobre el desiertode su alma cargada con el polen de extrañospensamientos. Y, sintió el verbo anunciador de cosasirreveladas vibrar en un limbo confuso, como eleco augural de divinas evocaciones. Y amó al Iniciador. Y, él sintió el aliento tibio de aquella carneotoñal, el brillo glauco de aquellas pupilas tristes,el aliento de aquella boca desdeñosa y sensual,subirle al cerebro, perturbándolo, y pasar por susnervios, en todos los espasmos del deseo. Y, anheló aquella madurez florida, como unbosque en octubre, aquellas pupilas tristes, comovésperos invernales, aquel seno que lo atraíacomo imán irresistible. 31
  32. 32. El alma de ella, como una rosa enferma, seabrió al sol divino leí Amor. Y, el cuerpo de él, como el de un toro salvaje,se agitó al liento enervante del deseo. El Amor se alzaba en ella, como el nimbo deun astro. El deseo se alzaba en él, como la niebla de unpantano. Y esta opuesta psicología de su pasiónformaba la lucha dolorosa de sus almas. Ella, a alzarlo hasta su sueño. Él, a bajarla hasta su deseo. Alma delicada, como las alas de una crisálida,suave, como los pétalos de una flor, la condesano ignoraba qué diferencia había entre el Amorde su corazón, ardiente, inmaterial, como unaplegaria, y aquel Amor de deseo que ellainspiraba, amor ardiente como una llama, brutal,como la caricia de un león. Y amaba a aquel Dominador. Amaba de susojos ]a mirada extraña y sugestiva; amaba aquellavoz que tenía toda la gama de la elocuencia, yamaba aquella alma única, solitaria y alta,tempestuosa y bravía. Y, él amaba aquella carne tentadora yfulgente, aquellos ojos de luces fosforescentes,luminosos y profundos, aquel seno, aquellascurvas, todo aquel cuerpo, que hablaba a sudeseo, que lo fascinaba como un sortilegio decarne, como una vibradora admonición ainterminables horas de placer. 32
  33. 33. Y, comprendía aquella alma generosa y triste,solitaria en la vida, altiva y melancólica. Y, hubiera querido amarla, con un amor puro,alzarse hasta ella, en ese éxtasis venturoso, ircomo ella, hasta la inmolación del deseo, ensacrificio al sentimiento. Pero ¡ay! el amor inmaterial le eradesconocido. Su corazón no latía para estasbeatitudes supremas. Su cerebro, ardiente comouna fragua, consumía toda su vida. El éxtasis delYo, su solo culto, lo ensordecía para el arrullotenue de la pasión vulgar. Sólo los grandes ruidosdel aplauso y del combate, el espectáculoneroniano de las multitudes en delirio, las fiestasdionisíacas de las democracias en orgía, las furiasdel tremendo mar humano, hacían despertar en sucerebro las águilas fulgentes. ¡Y la deseaba, y sufría, y era torturado, poresta sed carnal de la pasión! ¿Cómo llegar hasta ella, hasta la posesión desu cuerpo perfumado, que era para él todo elpoema del Amor? Sí, porque él la amaba a su manera. Si le hubieran dicho que esa mujer iba adesaparecer de su vida, a dejarlo para siempre,habría sentido un dolor profundo y verdadero, uneclipse de sol en su espíritu, la soledad de unnáufrago que se siente morir entre las olas y elcielo, en la salvaje inclemencia de la dunasolitaria. Habría dado todo por salvarla, todo pordetenerla: todo menos la inmolación de su sueño. 33
  34. 34. ¿Cómo llegar hasta esta cima de su deseo,hasta el perfume de esta rosa otoñal, inaccesible?Por el camino del sentimiento único abierto enaquella alma noble, soñadora de quimeras. E iba así, por este sendero de rosas, bajo estecielo de nubes fúlgidas, entre este vuelo demariposas áureas, él, el soñador de nubes rojas yde cóndores bravíos. Iba así, en pos de su deseo, en peregrinaciónhacia el Amor él, que no creía en el ídolomaldito. Y se perdía en los senderos bucólicos,tras el vuelo de las palomas, él, hecho a trepar lascimas abruptas del pensamiento, bajo el ala de loshuracanes tras el vuelo vertiginoso de las águilas. Y, odiaba esa comedia sentimental, y, sinembargo, la seguía, y, temía mancillar la purezainmaculada de aquella alma, descubriendo anteella la llaga brutal de su deseo. Y, ese deseo lo torturaba más que el Amorsagrado de la carne. Y, allí estaba ese día, exasperado y violento,torturado por la angustia, pensando en losdomingos, que durante ese estío le era dado ir alVillino Augusto, y estar al lado de Adaljisa, yenvolverla en la llama triunfal de su deseo. Y, allí estaba, insomne y triste, como unenamorado romántico, él, el gran apóstata delsentimiento y del Amor. ¡Y, hubiera querido tener un corazónsentimental! ¡Y, hubiera querido amar como las almastiernas y sensibles! ¡Y era tarde para amar! 34
  35. 35. Y, Tántalo soberbio, veía a lo lejos el aguabullidora, y tendía a ella los labios, ardidos deldeseo. Y, dejaba volar sus sueños rojos en la quietudinmaculada de esa mañana serena, y sus ojosdeslumbrados con la visión cantante de la Gloria,veían, allá, sobre las cimas azuladas, inaccesibles,alzarse como un halo de misterio, en símbolo desacrificio, en su blancura eucarística, el pan delespíritu, la hostia divina del Amor. Agnus Dei... las rosas matinales más blancas que la nieve. El bosque perfumado, como una rosa abierta;el aire embalsamado de nardos y jazmines; elsuelo tapizado de flores de naranjos; y tantasrosas blancas abiertas en la frondas, y tantastuberosas y tantos alelíes, y tantos lirios cándidos,gardenias y claveles, abriendo sus blancuras enmedio de la selva, que se diría haber llovidonieve, tanto así las blancuras tamizaban losprados del jardín. El cielo azul, con un azul de zafiro, con unatransparencia de cristal; una calma de bosque dela Arcadia, un silencio magnífico de selva... De pronto, ese silencio interrumpido por unanota gaya y vibradora... Algo como un arpegio misterioso, como elcanto de un pájaro divino, pasó como caricia dearmonía, despertando el dormido florestal... Y las flores blanquísimas se irguieron, en unanhelo casto de perfume. 35
  36. 36. Y los ánades místicos plegaron las alas, enseñal de adoración. Pasó la nota gaya en la floresta, pasó como uncántico de Amor. La condesa Larti, que en un banco del jardínaspiraba el aire matinal, alzó su cabeza,soberbiamente bella, bajo el sombrero blanco quela envolvía en una nube de encajes, y prestóatención. Era Irma, su hija, que reía. Reía, y su carcajada tenía notas del aguafugitiva. Como una corza blanca, escapada a loszarzales de una selva, Irma apareció, radiante yfeliz, rompiendo una enredadera cercana,deslumbrante, en su hermosura de canéfora,luminosa, como la Aurora de Guido Reni,guiando el carro del Sol. ¿En qué país de sueños había nacido aquellaflor de Belleza? ¿Bajo qué cielo, en qué fronda, en quécrepúsculo mágico, se había abierto aquella rosaincomparable y soberbia? ¡Divina flor de adolescencia, flor de nubilidad,sugestiva, delicada y triunfal! Sus cabellos negros, de un negro tenebroso,lucían al sol matinal con la radiación difusa deuna lámina de acero. Sus grandes ojos verdes,más claros que los de su madre, sombreados porgrandes cejas y pestañas negras, semejaban dosgemas, contornadas de zafiros. Su boca se abría,como un alvéolo, picado por un pájaro. Sus 36
  37. 37. formas, en plena eflorescencia, diseñaban losencantos de su cuerpo de virgen cananea. Traía, entre los brazos y el seno, un aluvión derosas blancas, húmedas de rocío, y sobre aquelnido de alburas perfumadas, se posaba su rostro,radiante, como una flor de pétalos de luz. Su madre la besó en la frente, sonriendo antetanta juventud, tanta vida, tanta alegríadesbordante y ruidosa. —¡Ay, mamá, qué susto he tenido! —dijo laniña—. Si vieras qué malo es Guido, ha soltado aTula, para que viniera tras de mí. ¡Me ha hechocorrer tanto! Y, deponiendo las rosas sobre el banco depiedra, comenzó a arreglarse los cabellos y eltraje, descompuestos por la carrera Y las cariciaslocas de la perra de caza. Vestido en traje de campo, trayendo ya unainmensa galga blanca, Guido Sparventa llegóriendo, hasta el banco donde estaba la condesa, yse sentó a su lado, mientras Tula, desesperada,pugnaba por saltar de nuevo sobre Irma, que huía. Guido era el tipo clásico del joven romano, dealto rango, ese tipo serio, aun en los niños,reservado sin frialdad, digno sin pedantería,soberbio sin despotismo, afable, altivo, decorosoen todo. Alto y delgado, imberbe, pálido, con faccionesacentuadas, hechas como para encanto de uncincelador de bustos, cabellos castaños lacios,boca grande, imperativa, dientes blanquísimos,no era lo que el vulgo llamaría un hombre bello, 37
  38. 38. pero era el tipo distinguido y puro, el tipo noblede la raza de quirites antiguos. Hijo de los condes Sparventa, y por endeemparentado con los Larti, era mirado por lacondesa casi como un hijo suyo, pues vivía en suintimidad, y enamorado de Irma desde niño, seamaban con tal ternura que su matrimonio erauna cosa tácitamente pactada entre las dosfamilias. Guido reía del susto de Irma, y la condesa reíatambién. Hubo un breve coloquio de minutos, y losjóvenes partieron de nuevo, en busca de rosas, demás rosas, tan blancas como las que nacían en laprimavera gloriosa de sus almas. La condesa quedó sola. Viendo partir esa pareja enamorada, joven yfeliz, que tenía ante sí todo el porvenir de la vida,aquella pobre mujer abandonada, aquella pobrealma sensitiva, sintió que una gran tristeza leinvadía el ánimo, una sed inquieta de llorar sobresu corazón desesperado. Como bajo un íncubo doloroso, su corazóngimió bajo el recuerdo. Un hálito de sublime melancolía arrastraba suspensamientos, como el viento invernal las nubesde los cielos, y pasaba sobre su corazón, comosobre una cosa muerta... ¡Ah, tenía un corazón! ¡Y, ese corazón desnudo le daba horror! Almirar en el fondo de él, como por un conjuroevocador, la imagen del Amado surgía magnífica 38
  39. 39. y terrible, y le parecía sentir sobre ella la miradacruel del domador, y la tristeza de su sonrisaamarga, y la caricia brutal de aquella palabraconquistadora, que pasaba sobre su ternuradesolada, como un viento del desierto, como elaliento de aquella alma árida y triste. La sumisión de aquel genio rebelde, lapurificación de aquel corazón bravío, eran elsueño y el tormento de su vida. Inflexible consigo misma, acusaba su corazóncon una violencia inusitada y rabiosa, y no queríaocultarse la verdad de su pasión. Sí, lo amaba conuna admiración y una ternura superiores a todo lohumano. Su amor estaba hecho de todas las pasionesgrandes y nobles, de todos los sentimientosdelicados, que crecen en los senos recónditos, enlos parajes inaccesibles y sagrados del almahumana. Era un castillo hecho con los fragmentosde las rocas más recias, en las cimas más altas, adonde sólo llegaban los sueños de grandes alasinmaculadas y tristes. Como ahogada bajo aquella honda pasión quele subía a la garganta y a los ojos, provocando elsollozo y las lágrimas, se abrazaba al dolor de surecuerdo, al secreto bendito de su corazón. Sí, amaba; y amaba por primera vez. Su amor era hecho de todas las virginidades,de todas las alburas de su alma inmaculada. Su corazón llegaba al Amor. Pero ¡ay, llegabatarde! 39
  40. 40. Era en su vida la hora del Tramonto, la hora dela tristeza augusta, en que se ven hundir en elhorizonte todos los ideales, como underrumbamiento de estrellas. Era la puesta de sol, magnífica y grandiosa, desu juventud soberbia. Y, su belleza misma setransfiguraba en esta hora, en una melancólicaradiación de lumbre vesperal, en una comoapoteosis de astros moribundos. ¡Oh, si el Amor pudiese hacer el milagro deJosué! ¡Si pudiese detener el sol de la vida en elhorizonte, una hora, un instante, el instante deamar y de morir! No. El crepúsculo avanzaba silencioso, comouna onda negra, y lo ahogaba todo, y tododesaparecía... ¡Oh, la vida! ¿Por qué habíallegado su corazón tan tarde a la hora deliciosadel Amor? ¿Cuánto duraría ese sol moribundo iluminandoel horizonte? ¡Aun era bella! Su belleza triunfal y tentadorahabía deslumbrado los ojos del Amado. Pero, esemismo deslumbramiento la asustaba. Su alma, exquisita como un perfume, delicadacomo un pétalo, se resentía de inspirar aqueldeseo brutal, que contrastaba con la idealidad desu Amor. Ella se había asomado a aquella alma obscuracomo el Abismo, tempestuosa como el mar, áridacomo el desierto, y había visto allí, no el Amorturbador y casto, que purifica y engrandece, sinoal Amor brutal, que seduce y que mancilla. 40
  41. 41. ¡Y, había retrocedido asombrada! Pero, la fascinación poderosa la retenía allí, alborde del Abismo. Sí, ella había amado la idealidad de aquelGenio, su rebeldía dolorosa, su amargura hostil,la elegancia del Águila, la fuerza del Cóndor y laarmonía de la Alondra. Y, más que todo, amaba aquella palabra queera la música, el reflejo, la imagen de aquellaalma. Amaba en él su soberbia, esa conciencia de supersonalidad, la primera condición de quienquiere tenerse en pie, en la lucha de la vida. Amaba su egoísmo, ese egoísmo que laasesinaba, porque su alma era hecha deinmolaciones, materia purísima de Sacrificio,como la mirra y como el cirio. Amaba el orgullo indomable de aquelpensamiento, que lo hacía mantenerse siempre enlo alto, porque descender es una tristeza para losgenios como para las águilas. Lo amaba como la multitud: por su grandeza. Y, lo amaba por sus dolores. Ella lo había visto replegar el ala en lasoledad, como un cóndor herido, y lo había oídosollozar en silencio, en el misterio casto de susgrandes pesares. Las águilas no se arrastran ni enla agonía, caen sobre la roca, inmóviles, plegandolas alas pudorosas, con la nostalgia inmensa delespacio, y sus pupilas no se hacen turbias sinorojas, con un fulgor del sol en el ocaso. 41
  42. 42. Ella lo sabía inútil para la lucha infame de lavida, y desdeñoso de ella. El Genio destruye sufortuna, como el cóndor desgarra su nido. Sugrandeza lo hace inhábil y sus cualidades, comolas alas del Albatros, son remos en la altura, yrémora en el suelo. El Genio es tenebroso y norampante: ignora las habilidades abyectas. Lo sabía perseguido. Ella lo había visto inmóvil, de pie, en mediode las ruinas de sus sueños, no resignado comoJob el de Idumea, ni triste, como Mario el deMinturnes, sino soberbio, como Satán el de lafábula, mirando descrecer el sol, y desafiando elcielo. Ella lo sabía odiado. Él, gustaba de hacerle oír cuanto la Envidia yel Despecho decían contra su Gloria. Y, hacía vibrar la frase insultadora, como uncordel hecho de nudos de vísperas, y, a cuanto lamediocridad decía contra su grandeza, gozaba enponerle la música de su palabra, como un últimohomenaje de su desdén. Lo amaba así, como aparecía en la nubeblanca de sus sueños; soberbio, irreductible,misterioso y extraño, con el gesto del desdén enla boca, elocuentísima, y el verbo musical y gestotrágico, que se unían en él, en amalgamaincomparable. Sí; lo amaba con todo el corazón, con toda elalma. 42
  43. 43. ¡Y, al confesarse su pasión, no se ocultaba losescollos del presente, la gran tristeza de la horaformidable! Sí, era la del Poniente. La declinación da la vida comenzaba para ella,en una pendiente florecida de plantas otoñales,perfumada aún por la flor augustal de su belleza. Pero, era el descenso, era el crepúsculo, elabismo y la sombra... la Noche que venía... Sus sueños de Amor, detenidos como avesincautas, tendrían que huir pronto, que plegar elala, que dormir, ¡ay! para siempre. ¡Oh, lo Ineluctable! ¿Por qué se envejece en plena vida? ¿Por qué se va la juventud y queda el alma? ¿Por qué el Amor no es flor de adolescencia, ycrece aún en la zona triste que empieza a helar elviento de la tumba? ¿Por qué esa flor matinal, ebria de sol, creceaún en las sombras de la tarde? ¡Oh, amores vesperales, cosas tristes! ¡Oh,corazones vivos en la Muerte! Absorta, desoladamente bella, en la agonía deesa hora, la condesa extendió maquinalmente lamano, y arrancó una gran rosa blanca, de la cualalgunos pétalos estremecidos rodaron sobre elbanco. —Está marchita — murmuró, trayéndola a suslabios, como a una hermana cariñosa. —¡Y es aún bella! Una hora más, y nadaquedará de tanto encanto. 43
  44. 44. Una tristeza profunda la invadió, besó la rosacon pasión, como si besase su propia vida, y laaspiró con vehemencia, como si el perfume deaquella rosa casi muerta, diera fuerzas a sucorazón desfallecido. Y, así, maravillosamente bella, parecía unagran flor de duelo, en aquel jardín en fiesta. A lo lejos, la risa de Irma formaba ritmos dealegría, y el agua murmuraba en el jardín, comoebria de amor con el beso del Sol. Todo Vida y Amor en torno de ella, sólo en sucorazón había la Muerte. Y, las voces del huerto florecido parecíanhablarle de Esperanza. —Aun es tiempo, le decían, aun es tiempo deamar. Y, la voz sensual y rumorosa del Amadoparecía subir hasta ella, irresistible, inapelable,diciéndole: —Aun es la hora de amar. Aun eres bella. —Déjame detenerme en el sendero de tucorazón. Déjame amarte... Se estremeció, como si escuchase la vozaugusta del Deseo. Y, al temblor de su mano, la rosa marchitacayó en pétalos al suelo. La condesa bajó la frente y lloró sobre aquellarosa muerta símbolo de su juventud y de su vida. Y un sollozo profundo pasó sobre el jardín enfiesta, como una sinfonía de angustias, como elhimno de las rosas moribundas. las almas virginales soñando en el Amor. 44
  45. 45. Guido Sparventa no amaba a Hugo Vial. Aquel orgullo desmesurado, que no tenía elartificio de ocultarse; aquella corrección fríacomo la hoja de un puñal; aquella urbanidaddesdeñosa; aquella elegancia exótica yseveramente personal; aquella afabilidadartificial, que no alcanzaba a ocultar todo eldesprecio que aquella alma huraña sentía por loshombres y las cosas, disgustaba, y, humillaba elalma exquisita y altiva del joven patricio. Y, sin embargo, cuando se hallaba cerca de él,sufría como todos, la extraña fascinación de esainteligencia, la rara sugestión de esa mirada, elinflujo de ese tacto exquisito, y aun la altaneradisplicencia de aquella tristeza olímpica, quedesbordaba en frases amargas, por esos labios,ungidos para la Verdad, por el beso de todos losdolores. Y, no podía libertarse de admirarlo. Y, habíamomentos en que lo admiraba todo en él, perocon uno como terror supersticioso, como siadmirase las vestiduras brillantes de un sacerdoteSacrificador de víctimas sangrientas, o lassortijas, de un Sortilegio, en el acto de laEvocación. Y, a pesar de eso, venía a buscar el conceptode aquel hombre extraño, en los diariosacontecimientos de la política y de las letras, suconsejo en asuntos de etiqueta, y aun su aplausoen el gusto de sus vestidos de joven dandy. Y, admiraba, con igual ingenuidad, la fraseincisiva, la sentencia profunda que salían de su 45
  46. 46. boca, como el extraño camafeo, el raro anáglifode bronce, que lucía en el dedo pálido del Mago.Era en efecto raro aquel anáglifo tosco, compradoa un viejo árabe, vendedor de antigüedades, enuna calle de Corfú. Era una cabeza hierática, sinduda de una Emperatriz, según las bandas lidiasque encuadraban el rostro, un rostro sereno deEsfinge, enigmático como el misterio. Y, eserostro inmutable parecía fulgir, resplandecer, casianimarse, cuando su dueño lo agitaba, en elmovimiento rítmico y grave con que solíaacompañar la música de sus frases. Pero, cuando quedaba solo, libre del sortilegio,sentía una impresión repulsiva hacia aquelparvenu, hacia aquel bárbaro, porque para eljoven quirite, aquél era un parvenu de ladiplomacia, raro y suntuoso, como un príncipe deAnam, un bárbaro de mucho talento, unEncantador, venido de muy lejos pleno de cienciaoriental y sortilegios fatales. Y, se vengaba entonces diciendo lo que queríaa la condesa, que lo escuchaba sin responderle, ya Irma, que asentía a todo, porque ella tambiénodiaba a aquel intruso, a aquel desdeñoso, que latrataba como a una niña y le robaba en parte elcariño de su madre. Y, lo temía, como a un ídolomalo, como a un hechicero, que con un conjuropodía tornarla en piedra, como a las princesas desus libros de cuentos. Así esa tarde, en que lejos de la madre, en latibieza tardía de esos crepúsculos de verano,paseaban los dos sus amores por las alamedas 46
  47. 47. desiertas del jardín, bajo el fulgor de un cielotranquilo, como un damasco blancorrosa,sembrado de lilas, y el nombre de él, del odiado,surgió entre los dos, sus almas se vieron y secomprendieron, a través de ese odio, hecho departículas de su amor. —¿Tú lo odias? dijo ella con su voz de cánticoy de ritmo. —Sí; mucho, ¿y tú? —Mucho. —Y él no nos ama. —Ese hombre no ama a nadie. —¿A nadie? La joven bajó la cabeza, sonrosada, como uncopo de nieve, teñido por un rayo de sol. Él calló, como temeroso de mancillar con suspalabras algo sagrado para ellos, de ajar con susideas el pudor que temblaba en aquellas carnesblondas, que tenían el esplendor del lys bajo laspalideces lunares. Y tomó en las suyas, las manos temblorosas dela virgen, y las llevó a sus labios, con un respetoreligioso, como si besase un icono votivo. Amor verdadero, amor que tiembla. Amor esPoesía. Y vagaron así, bajo los grandes árboles,silenciosos, como si un aliento de tristeza o demuerte los circuyera, cual si aquel nombre odiadohubiera pasado entre ellos para separarlos, paraacabar con su ventura, como un viento dedesolación y de exterminio. 47
  48. 48. Ella se acercó instintivamente a Guido, inclinósobre su hombro su cabeza negra, cerró las doslibélulas de esmeralda de sus ojos verdes, de unverde pálido, color de aguas marinas. Él tuvo como un presentimiento de desgracia,estrechó fuertemente las manos de Irma, y unresplandor de orgullo y de fuerza brilló en susojos desafiadores del Destino y de la Muerte, —Tengo miedo del porvenir, mucho miedo,dijo ella. —Los nervios; la tarde anuncia borrasca, dijoél, contemplando el cielo, que se hacía brumoso,oscureciendo en el confín la última irradiación,rosa-gloria, del crepúsculo, donde como en unviejo satín, color de paja, bordado de abejas deoro, vagaban las últimas luces blondas, en el airecoloreado de un carmín pálido de rosas. Estaban cerca al grande estanque, donde en labasca limosa y verde, un cisne hierático bañabasus alas de plata, y paseaba las nostalgias de suspupilas de zafiro, más obscuras en el discomístico de su blancura inmaculada de hostia. —Veamos a Luc, dijo Irma, es mi pájaroagorero, él me porta siempre ventura. Tú sabesque el Amor de los cisnes salva del mal. Y seacercó al estanque. El pájaro asustado, abrió las grandes alas,como abanicos de nieve, ensayó volar, y huyóhacia la selva, y se perdió en la arboleda obscura,dejando en pos de sí algo como una palpitaciónde alas, un estremecimiento de onda, una estela 48
  49. 49. eucarística, como un rayo de luna en un campo derosas. —Guido, Guido, ¿has visto? exclamó lavirgen pálida, temblorosa en el horror de susuperstición. —Sí, respondió él, con voz que ocultaba malsu emoción: Caprichos del animal. —No, Guido, algo nos amenaza. Ese es unaugurio fatal; ¡Dios tenga piedad de nosotros! Elvuelo de los cisnes ¿tú sabes lo que significa elvuelo de los cisnes? Y cerró los ojos, como si temiera ver en elcielo los signos del Augurio pavoroso. Un viento de borrasca agitó los árboles, unrelámpago iluminó el horizonte, y retumbó eltrueno, tras de las cimas lejanas. Y regresaron silenciosos, pensativos, cual sivibraran sobre ellos las grandes alas trágicas deun cisne en vuelo, proyectando su sombra demisterio en la albura muriente de las rosas... los gritos del Deseo, lebrel encadenado... El ónix de los cielos se incendiaba, como unáguila de oro, agonizante en la quietud serena delespacio. Procelarias fugitivas hacia la costa oscura deun mar de ópalo, las nubes vagabundas parecían,con sus orlas teñidas de carmín. Inmóviles lasotras, semejaban, en la densa, infinitaperspectiva, Ibis melancólicas, soñando en la rivasilente de un Océano. El parque, como estanque silencioso, con lasaguas dormidas, verdinegras, hacia la fronda 49
  50. 50. entera rumorosa, sobre la cual los árboles tendíanla amarillenta sombra de sus copas, como unbouquet de flores de topacio... Del jardín entenebrecido, subía la sombra a lasterrazas, donde nubes de noctículosfosforescentes semejaban en las enredaderasoscuras una extraña floración de lilasincendiadas. En el salón hundido en las tinieblas, la sombrade los cielos pacíficos hacía profundidadesmisteriosas. Allá, tras un biombo, donde un Gobelinoantiguo diseñaba un hemiciclo de canéforas,como hecho para un Decamerón, una lentaprocesión de vírgenes linearías, como pintadaspor Burnes Jones; a la sombra de grandescortinajes orientales, donde grandes macetas delirios blancos daban su perfume, como pebeterosde ámbar sobre vasos etruscos; en el sofá, dondepájaros acuáticos meditaban, entre juncos ynenúfares, sobre un fondo crema pálido, como unjirón de cielo rosaté, Adaljisa y Hugo platicaban,en la desolación suprema de la hora... La sombra se extendía reverente, en torno alídolo, rodeado de Misterio. Los últimos rayes de la luz habían quedadocomo prisioneros, sobre aquella cabeza nimbada,fingiendo como flores astrales, en esa cabellerade crepúsculo, en el oro vivo de esos cabellos,donde el Amado hundía sus labios, como en unafuente luminosa, llena de irradiaciones metálicasde incendio, sobre la cual, los besos voloteaban, 50
  51. 51. como enjambres de abejas ignescentes, tropel demariposas incendiadas. Y, prosternado ante el ídolo, se extasiaba en elmiraje de la carne adorada, huerto cerrado, desdecuya verja, toda una floridez de sueños carnales,promesas de divinas realizaciones, se extendíancomo un florestal de corolas cerradas, prontas aabrirse al contacto del beso iniciador. Como ante un reposorio de Madona, susdeseos estaban en plegaria, delante de aquella florde Tabernáculo... Y llovían los besos y los pétalos, como enfiesta de abejas y corolas, y velaba el silenciopudoroso, el ópalo muriente de los cielos. ……………………………………………………………………………………………………... Y sonaba en la sombra del crepúsculo eldiálogo vibrante de su Amor. —Oh, dime tu Poema, Amado mío; el últimoque has hecho para mí. —Oye pues el Poema, ¡oh Bien Amada! elPoema que he hecho para Ti. Y, en el silencio de la estancia, su vozmodulada y grave, haciendo de su prosa unhimno, recitó la sinfonía otoñal de su Poema queél llamaba: Balada del Deseo. * * En el Mar de lo Infinito, boga y llega elMensajero, el bajel que trae la noche... tenebroso como un muerto, lentamente vaavanzando con sus velas de Misterio. 51
  52. 52. el bajel que trae la Noche. ¡Tenebroso comoun muerto! ¡oh, las tardes del Otoño, precursoras delInvierno, cómo brillan, copio cantan, en un ritmode colores, en los mares y en los cielos, ¡oh, lastardes del Otoño, las auroras del Invierno! ya el Crepúsculo se muere en la Sombra y elSilencio. ¡oh, la muerte del Crepúsculo, el Poeta delEnsueño! * * ya se besan en la sombra, en divinoEpitalamio, las estrellas soñadoras y los pálidosgeranios, cuyos pétalos muy tristes, van cayendolentamente, como sueños que se mueren, en sunítida blancura. ¡oh, los sueños de las flores! ¡oh, la muerte delos sueños! *….* a la luz del Plenilunio, albas rosas de la Tardevan abriéndose como almas que escucharan en suangustia, el coloquio formidable de la Sombra yel Misterio. ¡oh, las rosas de la Tarde! ¡oh, las rosas delSilencio! *….* ¡oh, la Amada de mi vida! ¡oh, la Aviada demis sueños! ¡Ilumina este crepúsculo con lalumbre de tus besos, que son astros!... y el perfume de tus labios caiga en mi almacomo un bálsamo de ventura y de sosiego. *….* 52
  53. 53. ¡oh, la Amada! ¡oh, Bien Amada! ven, reclinatu cabeza, tu cabeza triste y blonda como el halode una estrella; ven, reclínala en mi pecho. ¡tu cabeza perfumada por los místicosensueños! ¡oh, tu pálida cabeza! ¡oh, mi reina,coronada con las rosas entreabiertas en praderasignoradas y en silencio de las selvas que teguardan su perpetua primavera, de las selvasdonde viven mis ensueños de Poeta! Tu cabeza con un nimbo de jazmines yvioletas. *…* que me toque la caricia de tus grandes ojostiernos, algas verdes, que se mecen en los maresmuy remotos de la Gloria y del Ensueño. que me toquen con sus alas tus libélulas defuego. ¡oh, los ojos de mi Amada, misteriosos yserenos; playas tristes, donde mueren las oleadasdel Deseo! *…* que los lirios de tus manos, cual capullosentreabiertos; como brisas perfumadas, comorayos de un lucero, se deslicen en la selvaautumnal de mis cabellos, y serenen mis pasionestempestuosas y soberbias, y dominen laimplacable rebeldía de mi cerebro. mi cerebro que es tu Ara; mi cerebro que es tuTemplo; mi cerebro, donde imperas tú, mi Diosa,entre la mirra que te queman mis pasiones, y loscirios del Deseo, y mis himnos amorosos, y elperfume que te brindan las corolas de mis versos. 53
  54. 54. y una flor que se abre augusta, con sus pétalossoberbios, una flor en holocausto ante Ti: MiPensamiento; ¡oh, los lirios de tus manos, domadoras delDeseo! ¡oh, los cirios de mi templo y las rosas demis versos! *…* Por las flores del Crepúsculo; por las rosas delSilencio; por las algas de tus ojos; por las frondasde tus besos; ven, reclina tu cabeza en lassombras de mi pecho. *…* ¡Bien Amada! ¡Bien Armada! ven, te esperanya mis besos, que revientan como flores, en lasfrondas del Silencio. ¡Bien Amada! ¡Bien Amada! ven, responde ami deseo; ven, unamos nuestros labios en un besoque sea eterno... ven y uñarnos nuestros cuerpos cual dosllamas de un incendio ... ……………………………………………………………………….. ¡ven, mi amada, que es la hora! ¡ven, mi Aviada, que es aún tiempo! ¿tú no sientes cómo pasa la caricia delmomento? ¡Ven y amemos! Aun es hora. ya declina en el silencio con la tarde nuestravida. ven y amemos, que aun es tiempo; aun hayflores en el bosque; aun hay luces en el cielo; aun 54
  55. 55. hay sangre en nuestras venas y palpitan nuestrosbesos... son las tardes del Otoño, precursoras delInvierno... ven, tus ojos agonizan en las ansias delDeseo; aprisione yo tus manos, y tus labios, y tussenos, y te brinden sus perfumes las corolas de misversos. *.* es la hora del Crepúsculo. Todo se hunde enel silencio, es la tarde en nuestras almas; y lanoche avanza presto. nuestras vidas ya se pierdenen los valles del Misterio, aun dibuja la venturaun miraje en nuestro cielo, es la hora de la muerteo la hora de los besos. ………………………………………………………………………. Ven y unamos nuestras bocas en un beso quesea eterno. Ven y unamos nuestros cuerpos, cual dosllamas de un incendio. ………………………………………………………………………. Ada alzó la cabeza, prisionera en la cadena debrazos del Amado. —¡Oh, piedad!, murmuró, cuasi vencida,apartando la mano violadora. Y él de rodillas leimploraba quedo. —Piedad para mi amor ¡oh mi Adorado! Tenpiedad de los dos, ¡oh, mi Poeta! 55
  56. 56. Temblaba en su blancura de azucena, pálidabajo las alas del Encanto. Y sonaban en su oído alucinado losfragmentos del Poema. Y le decían: Ven y reposa tu cabeza blonda sobre miardiente pecho de Poeta. Ven y reposa tu cabeza blonda, como unamariposa en una flor. y que me bese de tus ojos verdes la cariciaprofunda y tentadora. ¡oh, la caricia de tus ojos verdes, la cariciafurtiva de la ola! deja que estreche los capullos blancos de tuspálidas manos de azahar. y deja que en el lirio de tu rostro la sombra demis labios se proyecte. y que caigan mis besos en tus labios como elnido de un pájaro en el mar. que me bañe la Gloria del Crepúsculo queirradia tu opulenta cabellera. y deja que a tu paso, amada mía, deshoje comopétalos mis versos. deja que te aprisione entre mis brazos, y dejaque te cubra con mis besos... Antes de que se pierdan nuestras almas en lasdensas penumbras del Olvido... ………………………………………………..……………………….. Despertada por la presión formidable delcuerpo de su amigo, Ada se puso de pie. 56
  57. 57. —Oh, no, no, murmuró angustiada yrechazándolo con fuerza. Su palidez de lirio brillaba en la penumbra. —Ada — murmuró él, con una voz denaufragio, salida de lo más hondo del deseo. —Las rosas se respiran, no se comen, ¡oh, miAmado! —Pero hay rosas sagradas, hay rosas del altar. —Las rosas del Otoño se mueren muy aprisa.Ya estamos en Otoño, Invierno viene ya, dijo, yfue hacia la Adorada. Ella movió el manubrio de la luz eléctrica, y aliluminarse la estancia, apareció de pie en supalidez lilial, como una azucena mística en elfondo de un altar iluminado. ¡Augusta Vencedora de la Carne! ¡Domadora triunfal de los deseos! él, a sus pies, aun murmuraba quedo: —¡Oh, las pálidas rosas del Otoño! ¡oh, lapálida lumbre vesperal! Y, ante aquella llamada del Olvido y de laMuerte, ella sintió la angustia renacer en sucorazón, temió por el Amor de aquel hombre,burlado en su deseo, y vino hacia él, y lo besó enla frente. —¡Oh, mi Amor! ¡oh, mi Poeta! una tregua,una tregua, nada más, dijo, besándolo en loslabios. Él la rechazó de sí, no le devolvió aquel beso,no estrechó sus manos, no respondió a su adiós,no la miró siquiera. ¡Quedó allí vencido, rencoroso y triste! 57
  58. 58. l’amour ne fait-il done que des malheureux? Y ella partió, abatida, humillada, bajo aqueldesprecio del Amado, mientras los cantos delPoema extraño rumoreaban en su almavencedora, algo como el Excelsior de la Vida. ¡Victoria estéril, a la cual respondían en sucorazón como voces de agonizantes, las palabrasde la Admonición tremenda!: es la hora del Crepúsculo. Todo se hunde en elSilencio; es la tarde en nuestras almas, y la nocheavanza presto; nuestras vidas ya se pierden en losvalles del Misterio; es la hora de la muerte, o lahora de los besos. ………………………………………………………………………… Y se abrían ante ella como rosas, y fulgían ensu alma como estrellas, los cantos exultantes delAmado, las frases ardorosas del Poema. visiones pavorosas y grito de ambición... Y he ahí que los días trágicos han llegado, losdías de la desolación y de la ruina; he aquí que los tiempos tristes han venido; he ahí los días de la cólera santa, que causabanel pavor de los grandes visionarios; he aquí llegada la hora que anunciaron losprofetas, muertos al dar la última vuelta en tornoa la muralla; y el muro vacila y cae, y llegan de la sombralos vengadores de las cóleras ocultas; ………………………………………………………………… 58
  59. 59. Parece que el rayo se agitara encadenado enlas manos de Dios en el espacio, pronto a caersobre un mundo en ignición, e incendiar las entrañas del planeta, larvaenloquecida, en el torbellino de los mundossiderales... Dios acaricia el rayo final: brutam fulminen. y se diría que los videntes, los últimos locosvisionarios, los descendientes del Soñador deÉfeso, esperan estupefactos, ver surgir en elespacio, las estrellas coléricas, dementes, losastros vengadores, los carros fúlgidos con rodajesde pupilas humanas, los menstruos aladospoliformes, los caballeros de Apocalipsis,venidos para herir el corazón del Sol con susespadas, y sobre el cadáver de ese sol, arrojar lascenizas de este globo infinitesimal, hechofragmentos... La alucinación de Paros y el delirio de Patmospriman sobre el mundo. Y se diría llegado el día: oú la Terre étonnée portait comme un fardeaul’ écroulement des cieux. ¡El crepúsculo de los mundos! la hora siniestra en el cuadrante trágico; la gran madre Agonía, generatriz de la palabraenigma Muerte; y el soplo del Pavor, y el Verbo extinto,vagando en el vacío de la esperanza; la hora antípoda del Fiat lux; el Verbo que mata y no el que crea; 59
  60. 60. la Omega de aquel Alfa formidable, cerrandoel Alfabeto de los siglos; el gran sello del Hacedor, con la palabra: Fue,sobre los mundos; y el diálogo profético, entre el Diluvio y elCaos, que se disputan el Planeta, y se le arrojanuno a otro como jirones de un sudariopolvoriento... y el mundo, como una urna en el mar, con uncadáver putrefacto en las entrañas, oscilandoentre las olas que lo rechazan, las nubes que loescupen, las costas de la Nada, que no quierenrecibirlo... la nube invasora del Caos, bajando negra, laonda silenciosa del Averno, subiendo pálida y laconjunción formidable, pronta a hacerse en elintersticio lívido de esas dos alas de la muerte,donde agoniza la vida, como una luciérnagaexpirante en la última partícula de luz. …………………………………………………………………………. sobre los altares, huérfanos de la silueta delblondo Nazareno, el Becerro de Oro, Baalth, alzasu torso áureo y sus pezuñas de bestia; ¡ya no hay mirra, ni cirios, ni azucenas! los versículos de Esdras pasan como aves.1ciegas, por sobre los templos en ruinas; de la cruz solitaria, pende un harapo; elcadáver de la Fe; los humildes se han hecho rabiosos, y comochacales hambrientos, han tumbado a dentelladas 60
  61. 61. el árbol do la cruz, y han devorado el cadáver deaquel que había sido la esperanza y el Amor; el mundo moral se sumerge, como una isla enlas soledades del mar; las ondas llevan como maderos secos lospueblos desaparecidos, ¿a dónde? la ola silenciosa de la muerte baja de lasalturas y sube de los llanos. Un olor de cadáverllena el mundo; lúgubres avalanchas de desesperación pasanpor sobre el espíritu de los pueblos en duelo, y laspasiones más viles, como larvas venenosas,devoran en silencio las almas solitarias; el odio de la Vida mata al mundo; lahumanidad aborrece la fecundidad: el lecho delAmor se hace estéril. la madre, la forma divina de la carne, tiende adesaparecer; los senos de la hembra son ya para la cariciade los machos, no para el labio sitibundo delinfante; Venus asesina a Cibeles, y desgarra su vientreproductor; Malthus triunfa. La sed de la desaparición y de la muerteagobia a los hombres, en la noche de sudesesperanza; el alma humana se borra, y una larvagigantesca sale del seno de los abismos irritados; la sombra se disuelve en horror, y borra loscontornos de la Vida; 61
  62. 62. las águilas desdeñosas no quieren ya esta presanauseabunda; y, faltos de ser devorados, los hombres sedevoran entre sí. Nulla es Redemptio. El Salvador no viene; su silueta luminosa nopasa ya, iluminando las llanuras, a la hora delcrepúsculo, como en el suave esplendor de lastardes galileas; ya no se le espera a la orilla de los caminossolitarios; ya no se cree verlo pasar blanco ytriste, como un rayo de luna, por entre los trigalesreverentes, y los campos de rosas en botón. Murió el Iniciador. ya pasó el reinado de aquel cuya espada sellamaba AMOR, y cuyo grito de guerra era:PIEDAD; la sombra extraordinaria del Profeta, ya noextiende su mano sobre el Universo, como unavisión de Paz. Ya no ilumina la Tierra con sutriste mirada pensativa. Pasó el Anunciador. ya se borró para siempre la figura mística yblonda, se esfumó como una nube de candidezinefable, en la cima lúcida de un nuevo Tabor.Desapareció su frente melancólica hundiéndoseen los cielos, sus pies desnudos apoyados sobreun campo de lirios en rocío. y el ojo misterioso de los videntes no traspasala muralla formidable donde el Destino guarda elEnigma; 62
  63. 63. los exegetas palidecen sobre sus librosabiertos, sin ver de dónde viene, ni adivinar adónde va esa onda lúgubre y fría, que sube, ysube, y amenaza llegar a las más altas cimas,ahogar el mundo en su caricia helada; La conciencia humana sufre un eclipse. Diosha muerto en las almas; y el Mito, al desaparecer en las convulsionesde un dragón herido, tocándola con la punta desus alas, desorbitó la tierra; y hubo la sombra; en el horizonte de las almas aquel nombre eraun Sol; y los templos y los espíritus sin diosesproducen en su soledad, un olor de tumba. Cuando Pan, el gran dios, desapareció tras lasoledad de los mares de Sicilia, saludado por elhimno de los marineros, como un sol que sehunde en el Ocaso, otro dios, triste, se alzabacomo una estrella, tras las colinas de Judea, alrumor de los gritos de la Plebe, como un astroque sube hacia el Oriente; ¡y, hoy, este dios desaparece, y el otro no seanuncia! ¿Esterilizada quedó la matriz genitorade los mitos? estéril como el desierto en cuya vecindad pusola cuna de su última creatura; y el Derecho ha desaparecido con el Símbolo; la Fe y la Libertad, las dos rivales, han hechobancarrota al mismo tiempo; El Derecho ha sido engullido por misteriososFaraones; 63
  64. 64. La Libertad ha sido asesinada por los pueblos,después de haber sido violada por los reyes. Sucadáver ha sido profanado. La plebe anárquica leha hecho sufrir los últimos ultrajes; como no se ve de qué lado está el Derecho, nose sabe de qué lado está el crimen; los reyes y los pueblos igual mente culpablesse miran y se desprecian, se acusan y se matan. Imperios sin grandeza, democracias sinvirtudes, devorándole entre sí, como en lucha deserpientes en un pantano de Escitia; y algo más triste: un aprisco de pueblos,temblando ante el puñal del vandalismo, salido desu seno tempestuoso; todo vacila, todo se hunde, bajo este viento deDolor y de Miseria. Y, en esta extraña noche, la Vida se abre sobreel mundo como una cicatriz sangrienta. ………………………………………………………………… Así meditaba Hugo Vial, ante el espectáculodesolador de la época en que le había tocadovivir; época de ofrendas banales, perturbadoras ytrágicas; pequeña, aun en el esfuerzo de subrutalidad aplastadora... Hora roja, hora sombría de la Historia, en queel Anarquismo, como un astro lívido deApocalipsis, se alza en el horizonte, como parailuminar la agonía de un mundo, irredimible,condenado ya, por la boca muda de lo Eterno. 64
  65. 65. A la claridad brutal de ese sol de sangre, laBestia Multitud ruge en el fango, y las alturastiemblan... El Mundo, de acusado se ha hecho acusador, ypide razón a Dios de su reinado. ¡Hora de confusión! ¡Hora de Caos! Y el orgullo ciego, arriba; la cólera sorda,abajo; lo que era servil haciéndose vil; lo que era inservible haciéndose terrible; el esclavo cumpliendo el trágico periplo;precipitándose de la esclavitud en el crimen, delergástulo al cadalso; el idiotismo haciéndose demencia; la Esperanza haciéndose la Venganza; lo que era Poder haciéndose insurrección; la oscilación haciéndose cataclismo; el deliriohaciéndose orgasmo; los abismos tocados de locura, ganando lascimas heridas de la demencia; el crimen haciéndose mártir; la embriaguez,apellidándose Redención. Espartaco degenerado en Luchessi; la plebe insumisa, emigrando con sus ídolos,como una tribu bárbara, fuera de la Libertad,fuera del Derecho, fuera de la Civilización, haciaun soñado y quimérico Canaán de Reivindicacióny de Justicia, hacia un miraje sangriento, alzadoen el desierto, por la histeria tenebrosa desoñadores pérfidos; 65
  66. 66. la insensatez soplando sobre el cerebro delmundo, impulsándolo en siniestra orientación a lacatástrofe ... el torbellino rodando en la ceguedad confusade la Noche. El Misterio y el Hombre contemplándose; loInescrutable frente a lo Indomable. Se explicaba en su criterio de pensador sereno,el fenómeno de psicología colectiva que seefectuaba a su vista; la enfermedad tenebrosa queinvadía el alma ondeante y fúlgida de la Multitud. Él sabía del misterio indescifrado de lasturbas, y no equivocaba la diagnosis de esasmuchedumbres en delirio. La epidemia psíquica, con sus causas y susfenómenos, la fuerza misteriosa, que duerme enel alma de las multitudes y se despierta al gritodel contagio, le explicaban la psicología de lahora dolorosa que vivía el mundo. Y veía, sereno, cumplirse la inflexible ley deuna dinámica social aterradora. Despreciaba mucho el crimen de su época, quele parecía el suicidio de una selva de monos, eldelito de un orangután en cólera. Había leído en un extraño libro de Obolensky,Rouskaria Mysl, uno de esos fascículos deEvangelio y de pasión, que el alma viril y místicade Rusia arroja sobre el mundo transcau-cásico,la comprobación de la irredención del hombrecomo animal carnicero, la persistencia y elpredominio del bruto en el hombre colectivo; lasupervivencia indestructible del asesino en él; el 66
  67. 67. fenómeno de regresión de las masas sociales a losinstintos bestiales; el atavismo inflexible delprimato destructor; el imperio de la raza; el poderde la casta, sanguinario y brutal. Todas las teorías de Tarde, de Mantegazza, deScipio Sighele, de Güimplowitz, sobre el crimende las sectas y sobre la teoría psicosociológica;todos los esfuerzos de los criminalistas,antropólogos, por explicar o atenuar los crímenessombríos de las clases irredentas, no alcanzaban adesarmar su odio y su desprecio por esa turbacanallesca de asesinos, por esa secta estúpida ybrutal, que proclama la adoración del instinto, yel reinado de la fuerza anónima, la venganzamiseranda analfabeta, la omnipotencia de lamuerte, y convertida en un dominador másdespreciable que los otros, tiene al mundotembloroso, de rodillas ante un puñal. ¡El mismo sueño que perturbó la mente delbruto en la noche de sus cuevas ancestrales! ¡Desperezos de la Bestia domadora y asesina! ¡El sueño de la conquista y de la muerte! Él sentía un desprecio profundo por todos loshombres de la fuerza. Asesinos con púrpura o asesinos con harapos,conquistadores o vengadores; bandidoscoronados o bandidos maniatados; Napoleón oVaillant; los que han muerto sobre un trono o losque han muerto sobre un cadalso; todos estostrágicos soñadores de la fuerza, estos símbolos dela muerte, le eran igualmente despreciables yodiosos. 67
  68. 68. Y, así su alto espíritu permanecía indiferente,desdeñoso, ante esas explosiones del crimen;erguido ante el paso de esos flageles vencedores. Y del cataclismo actual ¿qué podía importarlesi no tocaba siquiera la orla de sus sueños? el anarquismo ¿que tenía que ver con él? noera rey ni príncipe siquiera: las bombas de laplebe no le amenazaban. El hambre de los trabajadores, la miseria delos desheredados. .. ¿y qué? ¿es que losmiserables sabían algo de los inmensos doloresde él, de sus luchas internas, de su hambreinsaciable del Ideal, de su sed infinita de bellezay de gloria? ¿qué debía importarle a él la suerte política delmundo, fuera de las regiones abruptas, donde a laNaturaleza le había placido hacerlo nacer, ydonde las leyes bárbaras de los hombres,haciéndole ciudadano, encadenaban su ambición,limitando sus sueños a un horizonte de montañasignoradas? ¿qué podía importarle la suerte de unaparte del mundo que no era para él? que sufriera o desapareciera, que revistieraformas extrañas de gobierno o de dolor, que fueraoprimido o libre ¿qué le importaba un escenarioque otros y no él habían de llenar con supresencia? Para la noble ambición desmesurada, lo queno sirve no vive. La patria misma, esa entelechia abrumadora,cuando no llega a dominarse, no pasa de ser unacircunscripción geográfica, egoísta y cruel, una 68
  69. 69. región hostil al genio, una barrera de odios ymiserias ... Así, un mundo que no había de servir a suambición, no era su mundo; lo que no vivía para él, no vivía en él; el mundo terminaba en las fronteras de sussueños ambiciosos; el resto, que sufriera ¿qué le importaba? quedesapareciera ¿qué perdía? ni una lágrima habría dado por ese mundo; su muerte lo habría dejado tranquilo, como suinfortunio. En su egoísmo olímpico, aislado en la torre demarfil de su soberbia ¿qué le importaba todo loque caía, moría o se hundía bajo sus pies si nohabía de ser pedestal suyo? Para él, el mundo era él, y más allá de suambición, el desierto de las almas... La Ambición, he ahí el alma, el objeto, lamedula de su vida. y ella abría dentro de él, sobre él, al frente deél, sus alas desmesuradas, y lo llenaban todo; de todas sus pasiones, era la única que vivíacon vida poderosa, inextinguible; había domadoel Amor, desdeñaba la riqueza; la Gloria, era unaquerida demasiado dócil, que lo hastiaba. Era hacia la Autoridad que volvía sus ojosdominadores; todos sus sueños hoscos se cernían sobre supueblo, como una bandada de buitres sobre unaprisco. 69
  70. 70. la Autoridad es el último amor de las almassuperiores; es la ardiente Sulamita, que calienta el lechoreal, ya vacío para el Amor; el desdén se diluye en esta aspiración acre yviolenta hacia el dominio, el desprecio se hacecólera, y el Dominador, el deseado, se alza, surgede la misma crisálida rota, donde ha muerto elSoñador, el pobre soñador desencantado ... el bramido bestial de la multitud en cólera, esel único rumor capaz de halagar el alma y losoídos del fuerte, del hombre superior, nacido paraser el Domador, de ese monstruo somnoliento. La Anunciación viene a las grandes almas, enla hora suprema del dolor. Cuando todo cae, todo vacila, todo se hunde, yel alma misma de la Patria va a morir, y tendidoslos brazos al cielo pide un Salvador, unSalvador... el gran Anunciador, el arcángel con las alas desueños, baja a la roca agreste, donde medita elsolitario, absorto ante el desastre, y mostrándoleel campo en ruinas, le murmura: Tu es ille vir. Tues ille vir. Tú eres ese hombre... y le muestra consu espada de fuego el camino augural de laVictoria. …………………………………………………………………………… Al contacto de ese sueño, su Ambición sediluía en cólera, en una cólera voluptuosa ytiberiana, y a la visión de las manos tendidas paraaplaudirlo, tendía él la suya, pálida y fría, como 70
  71. 71. buscando la garganta de la Bestia paraestrangularla... Había ya incubado bastante el sueño de laAcción, debía principiar para él: la acción delSueño. La victoria del Esfuerzo sería suya. Vibraba en su alma el himno del combate. Iba hacia la multitud, como un tigre hacia elrebaño. Su culto estéril y ardiente por la libertad sehabía convertido, después de sus grandesdesilusiones, en la cólera santa de un asceta, queperdiera la fe en su Dios, después de haberleconsagrado su vida toda. El yugo dogmático del Principio se había rotoen él. Y su sueño se había condensado en estafórmula: dominar Vara libertar. Iba hacia su sueño, como un león hacia supresa. Sólo hay un hombre capaz de dar la libertad,aquel que ha sabido conquistarla para sí. Él habíaconcentrado en sí toda la libertad, y podía darla,¿darla? no: imponerla. No tenía el alma bastante simple, paraentregarse a la multitud en holocausto; la boca de la muchedumbre no era bastantepara darle su corazón a devorar. Llegar por la Autoridad a la Libertad: tal erasu Ideal. Ser el libertador, después de haber sido eldominador. 71
  72. 72. ………………………………………………………………………… Y empezaban a llegar a él voces lejanas yfuertes... El olvidado comenzaba a ser deseado; elperseguido comenzaba a ser comprendido. El solitario que había visto correr en el olvidodel dolor los largos lustros pitagóricos de quehabla Èmerson, veía llegar hasta él ondasrumorosas de admiración y de recuerdos. Vientos de frondas florecidas venían hasta eldesierto de la Esfinge. Y el pensador miraba inquieto ese vertiginosomovimiento de la rosa náutica del día. —Todo llega, todo pasa, decía él, todo estriste. ¡Oh dolor de la nada de la vida! ………………………………………………………………………… Y las voces continuaban en llegar, exultantesy sonoras, llamando a la acción el grande espíritu,que había sembrado el germen de sus sueñosredentores en los cerebros aptos para lafecundación prodigiosa del Bien. Todos los que habían bebido en la ondaluminosa y ardiente de su prosa evangelizadora yviril, se volvían hacia él, diciendo: —¡Maestro! henos aquí. Somos los seducidosde tu genio. Todos los que habían aprendido en latempestad de su cólera y en la noche negra de susodios santos, a aborrecer los conculcadores delDerecho, le gritaban: 72

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