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  1. 1. LA SIMIENTEJosé Maria Vargas Vila
  2. 2. 2
  3. 3. PREFACIO PARA LA EDICIÓN DEFINITIVA Un largo Pasado Literario, impone a todoEscritor que se respete, el deber de una Revisión de su Obra; una Revisión, ya que la palabra Rectificación,no se ha escrito para ciertos hombres y ciertasvidas, y la palabra Retractación carece de sentidoy es inexistente, frente al HermetismoIncorruptible de sus almas; revisar, purificar, fijar los lineamientosartísticos de su Obra, he ahí el deber que seimpone, a los autores que han ejercido unainfluencia decisiva sobre los espíritus de suépoca, cuando les llega esa hora serena y diáfana,en que el horizonte se ensancha ante ellos conperspectivas de Infinito y se anuncia laaproximación de la divina Noche Definitiva;aquella tras de la cuál no hay auroras, porque ensí las lleva a todas; ese deber, no de auto-Crítica, sino de auto-Historia, es el que me he impuesto, al emprenderla Edición Definitiva de mis OBRASCOMPLETAS; y, no por divertimiento espiritual, tareaextraña en esta hora de derrumbamiento de todolo que vivía bajo los cielos combos, tanmiserablemente bellos de la Ilusión; hora del desmoronamiento de los más bellossueños, hechos polvo bajo el abismo profundo deun firmamento desnudo de toda estrella deConsolación... 3
  4. 4. en el Silencio Inmutable, que sigue a la muertede todas las ambiciones, y, es uno como gestoimperioso de los labios augustos de la Eternidad,esos labios sin palabras que se extienden hacianosotros para besarnos antes de entrar en laTiniebla insondable, donde se siente con elagotamiento de los Huracanes el morir de lasTempestades, en el funeral de las estrellasextintas, caídas en el Espacio como un torbellinode margaritas deshojadas... no; es avizorando al Porvenir, que Yo, la Historiade mis libros hago; y, en estos Prólogos, la hora obscura de susgénesis, relato-ante el único Tribunal de Arte queReconozco: mi Conciencia Estética; la Génesis de todo libro es luminosa, como lade todo amanecer sobre los cielos límpidos; claridades de auroras han caído sobre laspáginas vírgenes, antes de hacerse hoscas y tristescomo un morir de días; toda Obra de Arte, es de por sí, esotérica,porque es del Silencio, incontaminado aún, de laSimiente del Verbo, que recibimos el rayo de laIniciación, que ha de producir la Obra; toda Obra de Arte, es, una Confidencia de laDivinidad, dicha a los oídos del Hombre, para surealización; aquel que fué besado por los labios de la luzInterior, ése, Obra de Belleza, hará; salido de los limbos musicales de su Espíritu,él, la dirá al Mundo, en las suaves cadencias de 4
  5. 5. su Estilo, si es un Poeta, o, en la fulguraciónradiosa de su verbo, si es un Apóstol; y, la Revelación se hará; nada impedirá a la Creación, salir del cerebrodel Creador, una vez que éste, fue fecundado porla Visión, y, ella le dijo el Alma de la Obra; es por eso de un apasionante interés, laRevelación que un Artista hace, de cómo la Obrade Arte, hubo de serle revelada y, dónde losgérmenes de su Creación hallados fueron; exteriorizarían de paisajes misteriosos, quesoles interiores alumbraron o hicieron nacer enlos continentes vírgenes de la Mentalidad; surgimiento de islas mordoradas ymaravillosas en los mares inabarcables delPensamiento; el mostrar eso, y el decir cómo la formación yla expresión de esas cosas espiritualescumpliéronse, es una solicitación imperiosa delánima, que llega a adquirir la actitud clamorosade un Deber; ese Deber impúseme, y lo cumplo escribiendoestos Prefacios para la Edición Definitiva de misOBRAS COMPLETAS; bien triste Deber, este Deber de Recordación; es letal el vaho que se escapa de las praderasmelancólicas del Pasado, en esta tarea deEvocación; el rosario de las horas se desgrana en lasmanos temblantes del Recuerdo; tiembla la voz del Alma, musitando laspáginas de los días ya muertos; 5
  6. 6. evocar el Pasado es revivirlo; es revivir la gran Tristeza, que habíamosquerido sepultar bajo la mortaja del Olvido; siempre el Pasado es triste, porque siempre elPasado es la historia de un Gran Dolor vivido,que exhumamos de la tumba al evocarlo; mirar nuestro Pasado, es mirar la llagamiserable de nuestro corazón, y poner sobre ellala mano; estremecimiento trágico, de la víscera sensibley lastimosa; y, esa hora sin Misericordia es necesariovivirla; y, yo la vivo; ¡cómo he vivido tantas!... porque todos mis libros escritos fueron y,escritos son en horas de Dolor; las tragedias de mi Espíritu les dieron vida, yla sal de mis angustias regó el prado en quenacieron esas rosas violentas y líricas, llenas deun perfume de Desolación; de ahí que recordar sus génesis sea revivir,horas bien tristes de mi Soledad Inabarcable; pero, me he propuesto decir dónde y, cómoesos libros fueron hechos; y, de decirle he; pese a mi propio Dolor... hoy toca el turno a la simiente; y, su génesis relato. * * Era en 1904. 6
  7. 7. Regresaba yo, de Nueva York, a donde habíaido para lidiar en mi Revista Némesis, unacampaña clamorosa y romántica, contra lasdictaduras analfabetas y sombrías que devastabanciertos países de la América Latina y contra laHidra del Imperialismo Yanqui, que asomaba sucabeza entre dos alas de águila bajo la banderaestrellada que ondeaba al viento sobre el frontónsemigriego del Capitolio de Washington. Bizancio, había enviado desde el fondo de suspantanos letales, la hez de sus escribas parainsultarme; y sus embajadores Rabian pedido alos Césares plutócratas de Cartago, que meimpusieran Silencio; y, Cartago me lo impuso, feliz de romper unapluma, que el oro acumulado en sus sótanos, nopodía comprar; yo, regresaba a París, vencido; y, triste, como todos los vencidos; me acompañaban las últimas procelarias demis Sueños rebeldes, que hacían escolta a esosgestos postreros de mi Juventud batalladora yproscripta; para distraer las tristezas de mi vencimiento,me haba puesto al trabajo, que es el único deleitede mi Espíritu, y había escrito El Alma de losLirios, esas tres novelas que en un solo volumenmonumental, se publicaron por entonces en París-ese trabajo exasperó mis neurosis, en vez decalmarlas, y, cuando lo terminé, el estado de mi salud erainquietante- 7
  8. 8. la hiperestesia de mis nervios, tomó formasgraves, y la más torturante era la motofobia, elhorror a todo vehículo en locomoción; me inmovilizaba al verlos; y, un auto, estuvo a punto de aplastarme alatravesar la rué Pierre Charron; debí la vida, a la pericia de un agente y, a lafuerza de su brazo; esta aventura, limitando mis paseos, me sumíaen la desesperación, y, la exacerbación de misnervios no hacía sino aumentar; entonces, los médicos y, yo, pensamos en unlugar donde no hubiera camiones, ni autos, nicoches; ¿cuál es, en Europa, ese lugar feliz, libre deltráfago de la locomoción rodada? Venecia; y, a Venecia, fui; yo, conocía ya el mágico joyel insular, dondebrillan al Sol, en el encanto del azul difuso, lasmás bellas gemas del collar Adriático; mis plantas incansables de viajero solitariosediento de emociones, se habían posado ya otrasveces, sobre aquellos sillares de la Magnificencia,y, había amparado mis tristezas nómadas, bajolos arcos de oro de aquella arquitectura deEnsueño; mi corazón se había reposado a la sombra deaquel dosel divino de cielos empurpurados,buscando horas de calma en el letargo armoniosode los canales reminiscentes; y, volví con encanto a la Ciudad-Náyade; 8
  9. 9. y penetré en el corazón de sus islotes, como enun grupo de ibis pensativas, inclinadas sobre elcristal de las aguas sonoras; y, mi alma imploró algunas horas de paz, aaquel Milagro de belleza, estratificado en elSilencio, en el oro vivo de sus mirajes lacustres,bajo sus cielos de perla; y, amparé la desnudez de mis heridas a lasombra misericordiosa de aquellos cielos violeta,que inspiran el deseo voluptuoso de morir; el Hotel de la Luna, donde me albergué alprincipio, me fastidió al fin, con el vaivéncosmopolita de sus turistas, muchos de los cualesme parecían fantasmas de Mí Mismo, quepaseaban como yo, una alma enferma del Tediodoloroso de la Vida, y, fui a refugiarme en una Pensión Tudesca,sita detrás de la Academia, en una fondamenta,lejana y tranquila, sobre la cual el Silencioparecía extender sus grandes alas de Olvido y deMisericordia. mi espíritu hosco y herido permanecía reacio atoda tranquilidad; la crisis física y moral que atravesaba erademasiado aguda para que cediese súbitamente aaquellos analgésicos de encanto; la Soledad, que yo buscaba como un refugio,no estaba allí, donde gente amable y discreta, meperturbaba con su presencia; el contacto de las otras almas, que siempre meha sido desagradable, se me hacía entoncesodioso; 9
  10. 10. como en todas mis grandes horas de neurosisde solitario, él sonido de la voz humana me eraun tormento insoportable. ¿dónde hallar el silencio completo que melibrara de ese martirio?... leí entonces en un diario local, el anuncio de:un piccolo appartamento daffittare in Palazzosignorile; y, fui a verlo; era en el Palacio de los conde Bálbi-Valier, devieja estirpe de Dux, que habían reinado sobreVenecia; un pequeño apartamento, dependiente del granPalacio y, al cual se ascendía por una escaleraprivada, que daba sobre un patio lateral; dos habitaciones enormes, amuebladas con unlujo arcaico y, con los techos altísimos decoradospor el Tiepolo; lo alquilé sin vacilar; y, me refugié allí, como si me hundiese en unpozo de Silencios; mi Soledad, se hizo completa; los condes, pasaban el Otoño en suspropiedades lejanas; un portero viejo y, ceremonioso cuidaba elPalacio, y, se ofreció para cuidarme a mí; me instalé en esa quietud cenobitica, en eseSilencio impresionante, interrumpidoúnicamente, por él chapotear de las aguas de uncanal cercano, golpeando contra los diques; 10
  11. 11. mis nervios permanecían rebeldes a calmarse,y mi dispepsia exacerbada aumentaba mistorturas; sufría atrozmente; durante el día pasaba largas horas tendidosobre un sofá, presa de crueles dolores,entreteniéndome para olvidarlos, en contemplarlas decoraciones del techo, donde ninfasencantadoras, perseguían a un Sátiro fugitivo; mis noches eran de inenarrables angustias; atacado de insomnios pertinaces, las pasaba,ora, asomándome a una de las grandes ventanasque daban sobre el patio, donde las blancas columnatas del más puroestilo arquitectónico, se veían en la obscuridadcomo estalactitas maravillosas en el fondocristalino de un lago, ora, acodándome alantepecho de una de las otras, que daban sobre elpequeño canal, en cuyo estancamiento taciturno,no se sentía ni el estremecimiento de las olas,rotas por la quilla de una barca; ¿qué hacer de aquellos días sin calma y deaquellas noches sin sueño? ¿qué hacer de aquellas horas de Dolor,Abandono y Soledad? para entretenerlos, me puse a escribir estelibro; y, lo escribí febrilmente, obsesionado por lavisión de recientes dolores, con los ojospertinazmente fijos en el rostro inmutable de laMuerte; 11
  12. 12. no lo había aún concluido, cuando unacontecimiento inesperado, vino a turbar miquietud y a romper mi Soledad; el Conde Balbi, regresó solo, para arreglarasuntos suyos, y pasar unos días en su palacio; el portero me lo hizo saber así, al llevarme unamañana el café, añadiendo que el Conde deseabaconocerme; no pude evitar la entrevista; y, nos vimos; gentilhombre hasta la medula de los huesosaquel descendiente de Doges, fue muy amableconmigo, mostrándose encantado de hallarme encasa suya, y, prometiéndose que habíamos dematar el Tedio de Venecia, en jiras y reuniones; temblé ante esta perspectiva que iba a rompermi Soledad; engañado por mi aspecto, por mi equipaje y,por mi indumentaria, el Conde creyó, que yo eraun Clubman como él, y, me presentó en él másgrande Círculo Aristocrático Se Venecia, al cualpertenecía; para aumentar mi consternación y, acabar dedesconcertarme, y, engañado tal vez por ver queyo viajaba con pasaporte diplomático por habersido hasta hacía poco Ministro de un paísamericano ante el Rey de Italia, me presentaba atodos sus amigos en calidad de Excelencia,adjudicándome, para mi mayor tortura el título deMarqués; —Comprendo, comprendo, pero entrenosotros no hay necesidad de esas cosas; 12
  13. 13. y, sonreía, persistiendo en creer, que yoguardaba el incógnito, tal vez por economía; una tarde, yendo hacia la Mercería, y muycerca a Santa María In Zóbenigo, encontramos aDon Carlos de Borbón, Pretendiente al trono deEspaña, que venía, seguido de dos hermososgalgos, únicos cortesanos de su destierro; el Conde quiso presentármelo, y yo rehusé; los dos aristócratas se saludaron; yo, seguí mi camino; dióme alcance el Conde, quien al ver mirehusa de ser presentado al Borbón en Exilio, mecreyó un alfonsino apasionado y me felicitó, porese rasgo de fidelidad a MI REY; no me digné aclarar el equívoco; me contenté con sonreír; y, esa noche escapé de Venecia; escapé, fingiéndome llamado con urgencia,por telégrafo; todavía en el tren, me parecía que el fantasmade mi marquesado iba conmigo; y, enrojecía ante ese ridículo; llegué a París y, allí encontré una de tantasleyendas absurdas como han perseguido mi vida; la fábula de mis millones estaba otra vez encirculación; se decía que un Déspota venezolano, que enaquella época titereteaba desde el Poder, habíacomprado para mí, un Palacio en Venecia, y melo había obsequiado para pagar con él, misilencio... 13
  14. 14. y, se hablaba de mis góndolas, de mis pajes,de mis fantasías derrochadoras... Sonreí de nuevo; y, concluí la simiente; la leyenda pasó; y, el libro queda; tres lustros de Éxito, lo han consagrado; y, hoy vuelve a mis lectores inagotables,coronado por ese triple laurel. Inmarcesible.. VARGAS VILA. En 1919. —¡Él también! ¡Él también! — murmurótristemente Leonardo Bauci, dejando caer sucabeza entre las manos, con un gesto lento, deimpenetrable angustia; y, quedó así anonadado, silencioso, inerte,hundido en el crepúsculo, que bajaba sobre él,como una gran caricia de manos beatíficas ytiernas; 14
  15. 15. y, el grande hombre vencido, semejaba el leónde mármol de una columna volcada, extendiendoal infinito la fascinación de sus garras truncas, enla tristeza desoladora de la derrota definitiva; la tiniebla terrificante de la hora, enorme ylenta, parecía gozarse en la crucifixión dolorosade aquella alma de orgullo y de voluntad... muda,ante la desgracia que encadenaba su gustotumultuario de borrasca, y ahogaba el gran ritmobélico, la sonoridad heroica de su verbolibertador... y, aquel silencio, estremecido, era como elplegamiento prodigioso de las alas de una águila,enorme y fantástica, rotas por la tempestad; ni una lágrima brotaba en aquellos ojosacerados, fulgentes e implacables, como undesierto de desolación; ni un sollozo, salía de aquel pecho, que seadivinaba lleno de emociones, como las olas deun mar subterráneo gimiendo bajo la tierra; como un altar de sacrificios, sin víctima y sinfuego, como una cima ríspida de donde ha huidotoda vibración de vida, los labios del gran tribunoestaban mudos, desiertos de las águilas del verbo,plegados en un gesto de insondable angustia,amplio y triste, como una soledad; fue después de largo rato, que de sus labiossalieron las dos palabras, que encerraban todo sudolor. —¡Mi hijo! ¡mi hijo!... y, volvió a callar, envolviéndose en el duelode su corazón, herido en el otoño de la vida; 15
  16. 16. y, quedó inmóvil, la cabeza entre las manos,sobre la gran mesa llena con los despojos de supensamiento fecundador... …………………………………………………………………………… Leonardo Bauci, acababa de atravesar una delas grandes crisis de su vida tumultuosa y bravía,que era como un gran clamor de tempestad; sembrador de conmociones, terrible agitadorde conciencias y de hombres, estaba aúnestremecido, lleno del estupor de los últimoscombates que su palabra profética había lidiado,de pie, sobre las demencias de los pueblos; las llanuras desoladas, que dormían bajo lanoche, habían gritado desgarradas por el arado deaquel pensamiento que ansiaba renovarlo todo; las aguas estancadas de los viejos lagosmeditativos, soñadores bajo la bruma, se habíanalzado mugidoras, cuando el huracán de aquelverbo, pasó agitándolas, hasta en lo más profundode sus limos tenebrosos; todo lo que dormía fue despertado; todo lo que vegetaba fue llamado a la vida; todo lo letal y lo fatal, herido por su palabra,gruñía contra él, como una inmensa marenfurecida; todo lo que el relámpago había alumbrado,arrojaba sobre el rayo bocanadas de sombra; nada de eso había lastimado ni inquietado sucorazón; su genio épico, cabalgaba sobre las tormentascomo en un hipogrifo de fuego, y volaba sobre 16
  17. 17. los mares en cólera, como un inmenso pájaro deluz; sus pensamientos vibraban como mergosenormes, combatiendo en una nube, sobre un marequinoccial, y descendían y deslumbraban elocéano enfurecido de las almas, produciendo enellas el dolor luminoso del deslumbramiento, elatractivo poderoso e irresistible de las grandesvisiones, cercanas y gemelas del Misterio; cerca de él, la gran multitud de los espíritussentía la vecindad innombrada del prodigio, laatracción vertiginosa de un océano; la inacorde ebullición de las pasiones,continuaba, allá, lejos de él, pero siempre entorno de su nombre, con un vuelo circular debuitres enfurecidos, desgarrando su pensamiento,picoteando sobre el blanco impoluto de suescudo, que desaparecía casi bajo la mortajanegra, que formaba, al plegarse sobre él, aquellúgubre aluvión de alas negras, que se abrían y secerraban enfurecidas, en una contracciónmembranosa de vampiros; su espíritu, estremecido, cual un océanodespués de la tormenta, vibraba aún, en una comoindomable marejada de fuerzas, impetuosas eirresistibles; su poderosa musculatura intelectual, sedistendía apenas en la calma creciente, como unleón que estira al sol sus miembros poderosos, ylimpia de sus garras las últimas huellas de lasangre; no hay grande sino el Dolor; v 17
  18. 18. ante este sol de desolación que ahora lo abatía,miró su vida toda, pasando ante él, como un granrío tumultuoso; pero, no quiso remontarlo; ¿a qué el recuerdo?¿a qué el clarobscuro indefinible de su niñez,soñadora y fantástica, y el poema rojo de suadolescencia, en que bajo un viento de tempestadse había abierto la terrible flor de su vidaheroica? él, amaba el recuerdo, gustaba de susvoluptuosidades dolorosas, como de un lejano,inviolable refugio, donde brotara un manantial defuerzas; el recuerdo era para él, una zona agreste,donde se recogía su pensamiento parafortalecerse; era como la roca contra la cual laságuilas rompen el pico ya gastado, cuandosienten nacer otro nuevo, más voraz y más fuerte,más hecho a los combates despiadados; pero, ahora, ¿a qué el recuerdo? la enormidadde su dolor lo llenaba todo... su hora presenteahogaba su pasado... tiritaba en su soledad, como un león herido,bajo la luna triste del desierto... ¡solo! ¡solo! no tenía patria, no tenía familia, no teníahogar... había visto arder, desaparecer, morir tododetrás de él... su vida era un desierto, alumbrado por un solde sangre; las tormentas que él mismo producía,habían arrojado las tablas disjuntas de su barca; 18
  19. 19. su vida era un naufragio; pedazos de sucorazón flotaban sobre esa mar de furia... y, se encorvaba, un momento, al peso de suvida, cargada de escombros, en la inanidaddolorosa de su gesto heroico, hecho a remover elcromatismo complejo de las almas, la concienciaversicolor de las multitudes, que seguían lossenderos parabólicos de su palabra hacia la luz... todo, todo, había desaparecido del cielotempestuoso de su vida, como esas bestiasquiméricas de jaspe, que el crepúsculo finge,acurrucadas, en el lejano horizonte, bajo el cielonocturnal, y el viento de la tarde esfuma en ungesto, lento y abrumador, de muerte inexorable; todos los que él amaba habían muerto, para lavida o para su corazón... la tumba o el Olvido loshabía tragado a todos... sólo su hijo, Germán Bauci, un pecado dejuventud, cuasi de adolescencia, vivía en sucorazón y al lado de él, siendo el único ser enquien se complacía todo el amor de su alma,violenta y temeraria; aquel amor era para él, todos los amores; su pasado, su presente, su porvenir, sesintetizaban en él, y vivían para él; el desierto moral principiaba y rodeaba aquellapasión única y absorbente; su gloria misma,estaba de rodillas ante ella ¡no se es nuncabastante fuerte contra el amor!... ¡se reencarnapara vencer, como un mito de viejas teogonías!...¡la madre, la mujer, el hijo!... ¡siempre el amor!¿es que no se puede vivir sin él? ¿no puede 19
  20. 20. vencerse su maldita esterilidad? nuestra intensamiseria interior está desarmada ante él; todo corazón es una llaga; y, Leonardo Bauci, pensaba en toda su vida deabnegación, de sacrificios, de ternura, consagradaa aquel ser, que había engrandecido bajo sus ojos,como una planta idolátrica ante la cual su vidaatea, había sido como una oración perpetua,como una palabra enorme de adoración; y, recordaba el largo y estremecido proceso,que había debido sostener para arrancarlo al amory a la codicia maternales, que soñaban atar con éluna pasión fugitiva, o asegurarse una venturamonetaria... y, le parecía aun verlo, cuando por ministeriode la ley le había sido entregado, viniendo a sucasa en brazos extraños, dormido entre encajes,blondo como una estrella; entrando en su vidacomo una aurora de oro, para disipar lamonotonía magnífica, de su existencia austera ysolitaria, y embellecer esa brutal soledad, dondegerminaba la poemización difusa de sus sueños; su paternidad había sido impetuosa y ardientecomo todas sus pasiones; aquel niño llenó suvida; se aisló en el culto íntimo de su amor, como enun dominio misterioso y deslumbrador, donde sualma de lucha venía a reposar, a la sombra de esacuna; y fueron las grandes fiestas silenciosas desu corazón... la infancia de Germán había sido robusta yfeliz, y su alma había sido guiada por él, en sus 20
  21. 21. primeros tanteos hacia la vida y hacia la luz;ninguna influencia extraña había deformadoaquella alma, que se alzaba recta hacia la verdad,como la flecha de un templo, en la claridad de uncielo matinal; y, había sentido el orgullo de su obra, porquesu hijo, había llegado a los veinte años, bellocomo un Apolo, uniendo a la grande armoníaexterior de su belleza, el tesoro enorme de unaalma fuerte, pertinazmente imantada hacia losaltos sueños de la vida; él, había tratado sobre todo, de vigorizar sualma, despertando en él, la fiebre heroica quehace de la vida un poema cantante, del cual cadaestrofa es una acción... y he ahí, que esa fiebre heroica, que habíahecho la desgracia y la esterilidad de su vida, learrebataba ahora su hijo... ¡ahora, que él, se apoyaba sobre su corazóncomo en una fuerza! ¡ahora, en el crepúsculo desu vida, cercano ya a la hora triste de las grandestinieblas! ¡era ahora, que ese único astro de suvida desaparecía en el horizonte!... ¿la noche, pues, sería completa? a esta sola idea, el padre pensó, con un rencorferoz, en la diosa insaciable que le habíaarrebatado su hijo; ¡la diosa implacable y brutal,a cuyo culto había él consagrado su vida toda!...¡esa diosa, que enloquecida por su palabra, habíadevorado los hijos de los otros, se vengaba hoy,devorándole su propio hijo! era del contagio desu verbo, que su hijo había sido herido, ¿por qué 21
  22. 22. quejarse? si él, lo había preparado para lademencia del sacrificio, ¿por qué desesperarseante el holocausto realizado? la ley inflexible secumplía; su hijo había sido un héroe rebelde, ¿por quégritar ante ese heroísmo, él, el cantor de esasheroicidades y el sembrador de esas rebeldías?:todo lo fructificaba bajo su palabra; todo: hasta ese inmenso dolor... —Sufrir, sufrir, sufrir — gritó su corazón, quesentía el naufragio de toda su vida en eseflorecimiento de su verbo; y, una sensibilidad desconocida hastaentonces, tocó vagamente su alma, como el alafría de un pájaro marino; como unestremecimiento de la muerte; y, su grande alma temblaba, como bajo laimpresión de su corazón puesto al desnudo... ¡sucorazón tenebroso, que tendía al enternecimiento,como a la caricia luminosa de una debilidad! el dolor hace más lúcido, más visible nuestropasado, y se siente urca sensación voluptuosa decontemplarlo, como en un vértigo,desmesuradamente; y, él veía toda su vida de amor paternal, vidade sacrificio, porque, ¿qué cosa es el amor sinoun sacrificio? sacudida, por este gran viento deinfortunio, como un harapo de miseria; y, temblaba ante ella, como ante una soledad; y, le parecía ver a su hijo, dormido en la cuna,bajo la red luminosa de sus cabellos de oro; y, el 22
  23. 23. poema blanco de su infancia, y el florecimientode sus sonrisas, que llenó su vida entera... su adolescencia grave y suave como un primerdía de primavera; las noches de estudio inclinadosobre los libros y sobre la vida; y, luego eldespuntar de aquella juventud, alegre y sana,llena de una lealtad desmesurada; y, creía verlo, como meses atrás, vagar poraquel apartamento hoy desierto, llenándolo con elruido de su juventud, entusiasta y gozosa; y, le parecía sentir aún la impresión de losbrazos fuertes y de los ojos tristes, cuandoestrechándolo sobre su corazón, le había dicho¡adiós! en la Gare Saint-Lazare, al separarse paraese funesto viaje, al Continente lejano; ¿por qué lo había dejado partir?... era él, quienlo había enviado, para ver de salvar los restos desu exiguo patrimonio. .. y, cuando lo esperaba de regreso, habíarecibido la primera carta, anunciándole que partíapara la guerra, en defensa de la Libertad, que él:le había enseñado a amar profundamente. y, días después, el laconismo trágico deltelégrafo diciéndole: Germán ha muerto en labatalla de "Las Rosas", como un héroe... ¡como un héroe!... ¡su verbo hecho carne, se expandía en unflorecimiento de muerte! y, su corazón sombrío, veía claramente laexpiación, y no se rendía, desafiando aun aldolor, como a otra divinidad; 23
  24. 24. y, su cólera contra el Destino, engrandecíaconfusamente, en el silencio profundo, en elritmo neutro de las cosas que morían en elcrepúsculo, bajo el camafeo taciturno de loscielos, como en una transubstanciación; y, se erguía, en una especie de inmensidad, enla palpitación netamente humana de la noche,como en un recogimiento... y, quedó como deslumbrado, a causa delesplendor mismo que había en su corazón... ¡Solo, ante el silencio de las estrellas! …………………………………………………………………………… …………………………………………………………………………… …………………………………………………………………..……….. En la insondable acritud de su dolor, se pusode pie; anduvo como un sonámbulo, se acercó ala ventana, y reclinó su frente fatigada contra elcristal... sobre horizontes dramáticos, la tarde habíasucumbido gloriosamente, en cielos bituminosos,como cielos de castigo; una calma rumorosa, oceánica, se desprendíade la gran ciudad, movible bajo la niebla; las cúpulas plomizas se alzaban bajo elreflector estelar, y carecían dilatarse aún, en uninmenso sueño, alzado a lo infinito: eran comouna fuga de quimeras, escapadas a la taciturnidadtriunfal; 24
  25. 25. los campanarios se perfilaban en el vastosilencio, como grandes juncos lagunarios, prontosa inmergirse en las tinieblas, y se esfumaban, enla tristeza ilúcida de los cielos, teñidos de un tintede agonía; grandes calmas cristalinas, como deestanques/lunares, adormecían las cosas, en lalenta transfiguración de la hora; y, el último rayo del sol, pálido como unensópalo, brillaba con una luz argentada, sobrelos árboles cercanos del Luxembourg,acariciando las cornisas del Palacio, con unacaricia blanca, y adornando, como una corona deargento, la vetustez austera del Odeón; las manchas de nubes sardónicas fingíanpelículas de naranja, sobre el cielo, de un grisentibiecido, que se extendía en una vaguedadondulosa, fugitiva, sin horizontes... la última luz solar, moría bajo la lluvia, unalluvia menuda y lenta, que envolvía las cosas enla opacidad confusa y traslúcida de una gasaopalina, llena ya de los colores de la noche; la plaza del Odeón, casi desierta, parecíatemblar con su pavimento negro, bajo los focosde luz eléctrica, que fingían en el suelo húmedoun tapiz de abejas de oro; y, en el extraño fervor de su pena, y la realidadnetamente humana, su dolor se alzaba ante él,distinto y claro, como un gran cuerpo sangriento,en el salvaje horror de las cosas indiferentes,como muertas, llenas de una incurable atonía; 25
  26. 26. y, en la inclemencia hostil de la nochedevoradora, sintió venir hacia su corazón, un granviento de inquietudes, cual si el cielo estuvieselleno de amenazas superiores; y, no tembló; en lo absoluto de su dolor, su alma permanecíaerecta ante lo Infinito; solitaria como una cima;amarga como una imprecación; en esa alma, altanera y hermética, la tristezatenía el ademán imperativo y soberbio de un grangesto de cólera; el pavor del ánimo, el miedo a las perspectivasen desolación de la vida moral, no asaltaban suespíritu, hecho a las obscuridades de la pena y delmisterio; su tristeza, no era la fluidez brumosa de ciertasalmas; era una como sensación roja,desplegándose en el manto imperial de losgrandes corajes; él, no sabía del sollozo; amanera de los leones, no sabía sino rugir;ignoraba el gemido; no poseía sino el gritoestridente de las grandes águilas; su corazón, como un pelícano inmortal,manaba sangre, pero no se rendía ante el Dolor;¡el Dolor! ¿es que él ignoraba algo del Dolor?¡oh, si lo dijera su corazón! en ese Calvario, elocuente y luminoso quehabía sido su vida, ¿qué peripecia de la angustiahabía faltado en su ascensión estoica ydesdeñosa, por la cuesta agrietada y sombría?¿qué grito de plebe no había desgarrado susoídos? ¿qué insulto fariseo no había caído sobre 26
  27. 27. su nombre? ¿qué maldición de sacerdote, quésentencia de escriba no lo habían perseguido?¿qué saliva de sayón, no había sido lanzadacontra su rostro? ¿qué mano de sicario, no sehabía tendido amenazante hacia él?... de Judas, había recibido cien veces, el besotedioso y frío: Juan, cuya cabeza efébica, se habíadormido sobre su hombro, lo había vendidotambién, y con su boca de Evangelistaadolescente, había insultado a su Maestro... todoslo habían abandonado en su ascensión lúgubrehacia la Gloria; y, él, había vencido; había, ascendido por los senderos de eseCalvario, más agresivo que las turbas mismas,apagando los gritos de la plebe, con el tumulto desus propios gritos, sellando con el puño los labiosdifamadores, cortando con la espada de Malthus,las manos agresivas, que osaban amenazarlo, ehiriendo en la cabeza, con los brazos de su cruz, aaquellos mismos que habían querido crucificarlo; no, él, era un temperamento de Apóstol, perono un temperamento de Mártir: era el Cristo en susiglo, un Cristo apasionado y viril, hecho para elcampo de batalla, y no para el holocausto delmartirio; un Cristo-león, para el combate, no unCristo-oveja para el sacrificio; Cristo de agresión,no Cristo de resignación; era hecho para imperar,y para castigar, para ser aclamado y no para sercrucificado; él, moriría combatiendo, no moriríaperdonando; eso no; él, era un Cristo deVenganza, no era un Cristo de Perdón; su sangre, 27
  28. 28. era sangre de victoria; no sería sangre de derrotaestéril; así, era una cólera sorda y tenaz, la queinvadía su espíritu, en esta hora de dolor, y, mudoante la inmensidad de su pena, expiaba el crimende haber amado; el amor de su hijo lo torturaba; hostigado por el frío, que penetraba de fuera através de los cristales, se retiró de la ventana, yencendió el gas; la luna de un grande espejo,reflejó su figura en el fondo del salón; su silueta,aún grácil, de hombre elegante y cuidadoso, seproyectó en el cristal hecho luciente, lleno dematices áureos, por el reflejo de la luz; se miró,asombrado de su inmensa palidez; una rara persistencia de juventud, loacompañaba aún en su cuarentena, que nadie ledaría: el rostro joven, la cabellera legra, ladentadura admirable, ayudados del esmero y elgusto exquisito en el vestir, disminuían lo menosen una docena sus años verdaderos; frente a su propia imagen, se irguió, como unleón, que se airara en las ondas de un río; su combatividad nativa rugió en él; no, a él no lo vencería el dolor: no lo venceríanadie, ni nada; sería el Irreducible; y, como su reciente dolor, gritaba en sucorazón, con su odio ciego a la Vida, fue directohacia su mesa, tomó el retrato de su hijo, lo besóen la frente, y sobre aquellas cenizas lejanas, juróel odio a su simiente; sí, aquél sería el primero y el último; el únicohijo de su ser; no florecería más su simiente; 28
  29. 29. con el gesto de Antipa, él, condenaría a lamuerte, todos los gérmenes de su vida. la simiente del hombre es simiente de Dolor; él, no la dejaría florecer en vientres extraños; con la mano tendida hacia la muerte, iría porla vida, en un gesto de perpetuo infanticidio; dar la muerte, antes que dar la vida: Guerra a su simiente; tal fue su juramento; y, lo selló con un beso sobre la frente de suhijo, que pareció sonreírle, bajo un nimbo decosas rojas y gloriosas; y, sereno ya, con uña tenebrosa serenidad, quehacía pensar en una mano negra, que tronchaserosas candidas, en un jardín de muerte, se dirigióa su alcoba; arregló su tocado, se cubrió con un grandeabrigo, y salió a la calle. * * La noche era negra y roja, pesada deelectricidad; la armonía artística de un duelo inmenso,parecía haber dibujado los tintes de ese cielo;óxidos violentos teñían el límite del horizonte,conglomerado de rayos ocres, bermejos, conamarilleces de cinabrio, que hacían pensar en lapiel de una cebra inmensa, tendida sobre la playanegra: un dibujo a tinta china, hecho por Borrell; la Plaza del Odeón estaba casi desierta; sucuadrilátero negro, parecía engrandecersedesmesuradamente con el reflejo de losreverberos, que comenzaban a encenderse bajo 29
  30. 30. los portales de las galerías, los libreros seapresuraban a recoger y encerrar sus libros, condolor de los últimos bibliófilos peripatéticos, quevagaban aún bajo las arcadas, hojeando losvolúmenes,- con caricias de dedos voluptuosos yternuras de ojos ávidos; la calle Monsieur le Prince, extendía ante él lalínea ondulosa de sus tenduchas sombrías, y elrumor gozoso de sus posadas de estudiantes,mientras la calle Casimir Delavigne, se mostrabaa la izquierda, con una negrura eclesiástica,prolongándose hasta la masa dentada de laEscuela de Medicina; y, a la derecha, comocontinuando la arquitectura basáltica del Teatro,la calma soñadora de las arboledas delLuxembourg, extendían su verdura húmeda, trasde las rejas negras, en una dulce quietud de sueñovegetal; el viento soplaba fuertemente, y LeonardoBauci, perseguido por él, ¿hacia dónde sedirigiría?; tenía horror al Boul Mich, tan deshonrado hoypor el snobismo estudiantil y la alegría macabra yenfermiza de los descendientes degenerados deMugger; el espectáculo de aquellos estudiantescosmopolitas, trajeados y pomadeados comococottes, salidos corrió un modelo de las manosde los costureros de la Avenue de lOpéra o de losgrandes Bulevares, donde viejas horizontales yburguesas histéricas, pagan las cuentas de don 30
  31. 31. Juanes soñadores de conquistas sin estocadas yasaltos sin peligro; la vista de los souteneurs, que hechos falsosestudiantes, infestan el quartier y otean la presapara sus robos y sus asesinatos, desde elLuxembourg hasta el Sena; el escuadrón dehetairas envejecidas y degradadas, hechas amarchitar en sus brazos tantas adolescencias; lasmodistillas chirles, empeñadas en sersentimentales, y preocupadas únicamente deperseguir el franco, con la anemia lasciva de suscuerpecillos ambiguos y viciosos; todo eseespectáculo de Cafés y Brasseries, pestilentes devicio y necedad, lo enervaba y lo disgustaba hastala náusea; la sola idea de encontrarse con él, en esta horamiserable de su corazón, le era tan dolorosa,como si hubiese entregado su cuerpo desnudo, alas inclemencias del cielo, en una estepagranizante; y, le pareció que por una colución sarcástica yprofanadora, todas aquellas manos se posabaninsolentes, sobre la llaga profunda y recatada desu dolor; enamorado de lo absoluto en todo, lo amabahasta en su pena; su tenaz voluntad deaislamiento, permanecía firme en esta hora; y ensu implacable dominación sobre sí mismocuidaba con admirable seguridad, de que su vasode angustia, no rebosase, no se vertiese, sobre elalma profana de los otros; 31
  32. 32. la espantosa disciplina moral de sussentimientos, le hacía conservar intactas en estahora todas las fuerzas dominatrices sobre símismo, el raro privilegio de posesión fría de suyo, el dominio de su espíritu libre, de esa palabrahelada, que según Nietzsche, a todo da calor yfuerza; la acuidad y el poder de su visión interior,intensificaban el cruel escozor de su propiapesadumbre y le daban la triste voluptuosidad deverse sufrir a título de experiencia, y analizabalas fases multicolores de su pena, como habríapresenciado la autopsia de su hijo, si hubiesemuerto al lado suyo; con su facultad visual superior, que convertíasu cerebralidad, en una especie de cualidadóptica, él asistía a su propio dolor, con unaapreciación total y refinada de su intensidad,como un noble artista neroniano, viendo en elCirco la belleza salvaje del león devorando labelleza núbil de su esclava preferida; así su alma compleja y contradictoria, llena deanfractuosidades luminosas, para la cual elespectáculo de su vida interior, con sus ilogismosaparentes, y la discontinuidad superficial de susmatices, era la más bella visión que podíanabarcar sus ojos espirituales, de analista voraz; su alma de excepción, singularmente rica enfuerzas agresivas, entablaba el duelo interno consu débil sensibilidad, y la vencía; 32
  33. 33. no quería sufrir, y su enorme fuerza moral ibatoda a ese fin; a la supresión de esa conmocióndolorosa, por la reflexión y al análisis; la vida no es más que una apariencia, y nadaresiste al estudio detenido de la irrealidadcompleta de los fenómenos físicos y morales, quenos rodean; amamos porque no pensamos; sufrimosporque no inquirimos; criatura de exceso y de excepción, él sededicaba a matar su dolor, con un refinamientoorgulloso, como había matado en su vida al amor,por el deseo obscuro, y la curiosidad devoradoradel análisis, y, a eso se dirigía todo su esfuerzo,ahora, que pasado el primer choque de lasensación dolorosa, la inteligencia volvía a tomarsu predominio frío, y la conciencia reaccionaba,con todas sus energías, en la integralidad de sumundo interior; él, no había sido nunca un sentimental, nisiquiera un sensitivo; la atrofia de su corazón eracasi completa, pero, había amado y había sufrido; nadie se libra de la vida; la vida es eso: undolor profundo. el mal está en la vida, como en la muerte; esimposible vivir sin ellos; se les sufre siempre;pero, se les debilita, se les desarma, se les vence,con la enorme y firme voluntad de analizarlos; lamirada profunda los paraliza; y, puesto que nadaes real en la vida, ¿por qué la omnipotencia deldolor pudiera serlo? no sufrir voluntariamente, esun deber, exaltar su dolor es la demencia; hay 33
  34. 34. anestésicos morales que lo duermen y loanonadan; la reflexión es uno de ellos. ¡Matadvuestro dolor! la Eternidad no es una cosa de latierra; así pensaba Leonardo Bauci, retrocediendobruscamente en su camino, para evitar elBoulevard Saint-Michel, en el cual le parecía vertodos aquellos ojos y aquellas manos, posarsesobre su corazón doloroso; su gran corazón enfermo palpitaba en laenormidad de la noche, como si su imperiohubiese sido estrecho a la seguridad de suvictoria; y, el ardiente soplo de su vida heroica pasó enel silencio ardiente de su alma, como una músicamarcial, llamándolo a la gran batalla despiadada;gloriosamente, maravillosamente, como unasalutación del Triunfo; y, su dolor palideció, como una rosa, en elánfora de su corazón; atravesó la Plaza del Odeón en sentidoinverso; se dirigió por la Rué Conde hacia elBoulevard Saint-Germain; ganó por Saint-Germain des Prés, la Rué Bonaparte y por elpuente de Saint-Pères, atravesó el río; bajo el cielo acerado, de un gris sucio deóxido, las líneas rectas del Louvre, parecíandormidas en un ritmo de reposo, en una comolúgubre discreción de sus secretos violentos; en el triunfo nocturno desaparecían las líneasgeométricas del edificio, y las luces eléctricas loenvolvían en una como germinación de ópalos; 34
  35. 35. entró bajo los pórticos, y atravesó la Place duCarrousel, donde la estatua de Gambetta,diseñaba su gesto enfático, bajo la lividez delcielo verdealga, y el fondo ondulante del jardín,en cuyos árboles la lluvia reciente había dejadouna como irisación de perlas; la Place de la Comedie, blanca en la sombranocturnal, era como una gran concha marina,iluminada por una luna hiperbórea; en un centelleo luminoso de sardónica laAvenue de lOpéra, se extendía como infinitaperspectiva irreal a las líneas severas del Teatro,que la lejanía hacía alzarse como un dijeimperial, bajo un cielo de calcedonia, hechoprofundo; en una opacidad de matices misteriosos, laRué de Saint-Honorat se veía a su izquierda,mientras a su frente la Rué de Richelieu, estrechay negra, se extendía como una serpiente hacia losgrandes bulevares; en aquel flujo y reflujo humano, queengrandecía lentamente, se sintió como serenado;se palpó solo, en una como soledad triunfal, enaquel océano envolvente de humanidad difusa, enaquel hormigueamiento de debilidades yhostilidades, que eran como formas de huracán;todo el huracán del crimen desencadenado; el aire, creador de bestias gigantescas en lasnubes, soplaba frío, bajo las escuadras luminosasde los reverberos, en el ahoga-miento obtuso delas penumbras lejanas; 35
  36. 36. ¿adonde ir? ¿adonde refugiarse contra laintemperie? él, era un habituado de Vaufour, perono tenía aún apetito, y la idea de hallarse allí conconocidos suyos, que pudieran acaso adivinar sudolor, o que le preguntaran por Germán, puestodos lo conocían, lo hizo desistir de orientarsehacia el Plais-Royal; amaba la soledad soberanade su corazón; no tenía amigos; no tenía querida; ningúnsentimiento espontáneo lo llevaba hacia los otrosseres; su soledad, su gran soledad, llena de lamelodía lírica de su verbo, lo llenaba todo, y loaislaba de todos; él, no amaba la sociedad, losplaceres, el ruido, que devoran y disipan laenergía del genio y matan o envilecen elsentimiento alto y heroico de la vida; detestabalas coteries, agencias-punías de difamación adomicilio: él, no amaba los gestos cortosl lasfrases sin elocuencia, que se desarrollan enaquella atmósfera de boudoir; selva de sierpessonoras, su gran gesto apostólico pedía lamajestad del ágora; su verbo bíblico, pedía parano atronar, las cimas del Sinaí; ¿qué haría él,entre las parvadas domésticas del diletantismopreciosista y estéril? el solo movimiento de susalas, bastaría para espantarlas; él, no sabía embriagarse de esa sensación fácily pérfida del aplauso intelectual; sabía bien laenvidia lírica que pasa, como la sombra de lamuerte, en el fondo de esas almas; no amaba sinoel aplauso violento, caluroso, cuasi brutal de las 36
  37. 37. masas populares; él, las sabía inconstantes; sabíaque ese mismo gesto de apoteosis, se tornaría engesto de muerte, si un viento de pasión mala,pasaba por el corazón de la muchedumbre; pero,asimismo la amaba, como un beluario ama susleones; la gran pasión de su vida, era la sinceridad: erapor eso que amaba las multitudes, porque lassabía sinceras; ¿cómo hallar, cómo encontrar, esagran pasión viril de la sinceridad, en las almasafinadas, complicadas, detracadas o atrofiadas dela mayoría de aquellos que se dan al trabajoobscuro de pensar? así, huía de ellos, temeroso deaquel contagio de inercia, de sutilidades, derefinamientos, que se traducían por un temor acrea la vida, un ascetismo o, mejor dicho, unareclusión de arte, estéril y suicida, un odio ciegoa la acción, al tumulto, a la lucha, a las cosasaltas, grandes y sonoras de la Vida; en elfermento de sus innumerables energías, él nobuscaba y no amaba sino los motivos de acción; exegeía tormentoso del pensamientorevolucionario, era de ese arte rojo y nutrido, quesabía los secretos convulsos y maravillosos; y, elpensamiento de la Justicia por hacer, habíadevastado como una muerte, el jardín de susquimeras; esa triste miseria del Arte por el Arte, se lehacía odiosa; esa teoría cobarde y hermética quehacía del Arte, un Ugolino delicuescente,devorando sus propios hijos, le era de unaespectralidad repugnante, que se oponía a todas 37
  38. 38. sus teorías de vida fuerte y fecunda, a todos sussueños tumultuarios de acción y redención; nadapodía velar a sus ojos el esplendor de su sueñoinmisericorde; con una ebriedad de orgullo, que era como elfondo de su carácter, miraba con un acre desdén,ese arte, de sutilidades y refinamientos, que paraguardar el deslumbramiento de su propia luz yescapar a la bajeza ambiente, se aísla en lasoledad de sus visiones, como en el senomaravilloso de los crepúsculos, lejos delespectáculo portentoso de las multitudesestridentes, en cuyo fondo, vasto y profundo,canta la vida como un mar... sumergido en la lucha, como si hubiese fijadoel sol de sus sueños, entre esas dos inmensidades:la Libertad y el Pueblo, le parecía extraña y vil,toda forma de Arte, que no concurriese a larealización de ese sueño utópico y vago, como elvuelo azorado de un pájaro, en la vastitud de loscielos; ¡el Arte! ¿qué vale él, qué significa él fuera dela audacia orgullosa, la fiereza obstinada, lavoluntad tesonera de la lucha? ¡cortinajes de oroy seda, telas ornamentales, cálices y orfebrerías,hechas para el altar y el sacerdocio, de un cultoestéril y magnífico! ¿qué valen?; el dolor colectivo, el gran dolor humano, alcual cada corazón es un altar, el dolor torrencial ymiserando, de la grande alma humana que gritaen los desheredados de la tierra, ese dolortumultuoso y afrentoso, cuyo lamento llena el 38
  39. 39. mundo como el ruido de mares infinitos en lanoche... ¿quién lo canta? ¿qué vasos de oro,robados al templo de la Piedad, se ponen bajoesos ojos anónimos e inagotables, para recogersus lágrimas, que son la condenación inapelablede los dioses y de los hombres?; ¡el dolor de los miserables de la tierra! ¿dónderecibe culto? ¿qué asclepiadeos se juntan paraauscultar su enorme corazón en duelo? ¿sobrequé altar de entusiasmos, se vendan y se ungen,con el óleo aromal de las misericordias, sus llagasportentosas? ¿qué almas pecadoras vienen a besarsus pies? ¿qué cabelleras de oro los enjugan,como caricias de aurora fulgurante? ¿dónde estánlos labios y las liturgias, que cantan el ¡hosanna!de ese verbílocuo peripatético que va por losmontes y los valles cantando su dolor, cuyonacimiento sólo fue anunciado por la estrella delas desolaciones, lívida como un astro muerto, ypor el rugido de los leones exangües, que guardanen su boca negra, el misterio de los grandesveredictos?; a ese dolor, hecho carne y llamado: el Pueblo;a ese mito hecho de cicatrices y de harapos, conlas manos atadas por la iniquidad de todas lasleyes, hechas en su nombre, y la boca sellada porel silencio de las grandes piedras blasfematorias,puestas sobre ella, como las garras de una esfingede mármol; a ese nuevo Cristo, multílocuo ypolimorfo, cuya cabeza divina se bambolea,como un astro ebrio, con una ebriedad delágrimas, pues que debe su propio llanto, que 39
  40. 40. corre por la cuenca de sus maceraciones, comouna tierra ardida por todos los espantos, bebe losmanantiales y los ríos, que corren sobre ella; aese gran Nazareno de las desolaciones, ¿quépueden consolarlo los cantos saduceos, las lirasde oro, los plectros armoniosos, que cantan lasglorias de un dios hostil o indiferente a susmiserias?; esos grandes lampadarios versicolores, nodisipan su tiniebla ascensional hacia la cumbredel Vértigo, a la cual asciende a tropezones; esoscantos litúrgicos de la Belleza, no apagan el gritofariseo de los perseguidores; esas rimas blancas,o incoloras, no vienen como manos de hermanasanémicas, a estancar la sangre que vierte sucabeza lapidada; si no ha de ser el consuelo del miserable, laalegría del pobre, la protesta del oprimido, ¿paraqué el Arte? Arte que no es lucha, que no esVenganza y no es Justicia, ¡estéril Arte!... ese Arte, ¿Sardanápalo, no lo agotó con susprodigios? ¿qué déspota oriental, no lo contóentre sus útiles de domesticidad, cerca a sus avescanoras y a sus tigres domesticados? ¿no lo fatigóCalígula? ¿no lo cultivó Nerón? ese arte es unperfume de serrallo; así pensaba él, con dolor, recordando lalejanía, la indiferencia, el desdén, de los grandesartistas por las muchedumbres ciegas y violentas,que su genio desdeña conquistar; ¡cómo es vil ese arte! exclamabainteriormente, pensando que en esa ciudad 40
  41. 41. dormida en la tiniebla, bajo el terciopeloazafranado de los cielos, como en un estuche conreflejos de oro, por una sola estatua de VíctorHugo, que era el genio, se alzaban a centenareslas efigies del primer Bonaparte, que fue sólo lafuerza aventurera; había dejado atrás el arco del Carrousel, consu cuadriga de Victorias, guiadas por César-Apolo, alada y blanca, bajo los cielos afelpados,en medio a los jardines florecidos, en el fondo delas grandes líneas horizontales del Louvre... y,allá, lejos, en la profundidad tenebraria de loscielos, por sobre las casas y los techos, cuyosdomos de malaquita, semejaban inmensaspústulas, prontas a reventar bajo las manos de lanoche, el Arco de Triunfo, se perfilaba agresivo yescueto, con la imagen del Conquistador,soberbio y dominante, en sus múltiples gestos dematanza; y, allá, hacia el puente de Alejandro,como el huevo colosal de una águila de bronce, laCúpula de los Inválidos, se alzaba, amparando dela inclemencia del cielo, la tumba de aquelgrande asesino de hombres; ¿por qué teníatemplos, aquel dios aciago del Espanto y de laMatanza? ¿qué había hecho aquel aventurerovoraz, nacido en tierras de Italia, para dormir allí,deificado, dentro de los muros de aquella mismaciudad ,que había oído el aullido formidable delos lobos hambrientos de la Convención? ¿qué?conquistar, oprimir, asesinar... sorprender aquelpueblo, rendido, uncirlo a su carro de triunfotriturarlo con los cascos de su caballo de batalla, 41
  42. 42. dispersarlo por el planeta como un puñado depolvo, regar sus huesos por todos los senderos dela Europa, y diezmado, agotado, brutalizado porsu furia, entregarlo vencido al poder delextranjero... y, dormía allí, en su acre gesto de barbarie,amparada la ruda cabeza, por las alas de broncede sus águilas, que dos veces, volando decampanario en campanario, han marcado elcamino al extranjero... ¡y duerme allí, guardadopor sus granaderos de mármol, que parecenperdurar el alma entusiasta y servil de aquellosque murieron por él, ebrios de coraje, ante elgesto de aquella mano exterminadora, que tras labrecha abierta por su orgullo, les mostraba elsendero de la muerte! y triste ante aquel monumento de la fuerzaopresora y brutal, cuyas moles globulares, comoinmensas avutardas de cinc, se alzaban allí, entreárboles de formas arácnidas, que extendían susramas tentaculares, en gestos desesperados alvacío, bajo la catalepsia divina de los cielos, quepesaban sobre la ciudad dormida como inmensascogitaciones de un conjuro; pensé, por qué elSena misericordioso y justiciero, no habíaengullido esa tumba con el pueblo que laguardaba de rodillas... pero, no, aquella cadena de miserias iba aromperse, la tempestad que purificaría esaatmósfera, se sentía ya venir bajo los cielos; elmundo iba hacia la Revolución: París a la cabeza; 42
  43. 43. ya el grito de la Revancha, brotaba de lasprofundidades de la tierra, como un himno decristianos de la antigua Roma, ahogando en lanoche, el clamor de los leones del desierto,traídos para devorarlos... el hacha de la Revolución, se alzaba tajante ysangrienta bajo el cielo zodiacal... las trescientasmil cabezas que pedía Marat, se alzaban aúnsobre los cuellos, como flores mustias deagotamiento y de crimen... ya venía el huracánque iba a troncharlas... ya venía... él, aventaríalejos, las cabezas miserables, y las cenizasdespreciables...; el Sena, hecho rojo, las llevaríajuntas, hacia el mar, y hacia la Nada... y, una secreta y terrible alegría, se apoderóentonces de su alma solitaria y violenta; unainmensa ventura, le llenó el corazón, como unaebriedad de sangre; el alma de Leonardo Bauci, era compasiva yferoz, como la de todos los revolucionarios; comoen un órgano multicorde, y magnificente, sejuntaban en ella las aleluyas aladas y losmisereres profundos; su conmiseración erarabiosa y su cólera enternecida; como todos los pensadores originales yaudaces, había encontrado ante sí, todo un murode obstrucciones, alzado para ahogarlo y paradetenerlo; con un golpe de ala furioso lo habíasaltado; como ante todos aquellos que representan unapotencia y son infrangibies, por la fuerza de suinteligencia y su actitud dominadora, su patria 43
  44. 44. misma se le había hecho hostil; él, le volvió laespalda, para constituir definitivamente suindependencia fuera de ella; su superioridad lo hacía disidente, su genio lohacía disolvente; el genio no se amalgama, ni sedisuelve; la impetuosidad de su inteligencia era,en él, una fuerza de segregación, que lo llevaba alaislamiento, en cuyo extraordinario dominio, eradonde mejor desplegaba las maravillosascualidades de su genio; él, excedía en el don dehacer la soledad en torno suyo; sólo en lasoledad, hallaba el apaciguamiento de su alma:era viéndose vivir, que él veía la vida; sólo en elsilencio, veía la maravilla de las cosas próximas; el sentimiento de su fuerza, lo hacía clementehacia la humanidad, pero no lo hacía amorosohacia ella; todo contacto con el mundo exterior leera doloroso; la resolución inmediata de aislarse,le venía a la sola vista de sus horrores; ¿cómo asíhabía podido ser un revolucionario? esta claustración voluntaria, no la guardabapara con sus ideas, que iban por el mundo,dolorosas e inquietas, sembrando en otros lasextrañas rebeldías de su corazón; era éste underivativo poderoso a su pensamiento; el lazomental que lo ataba a la vida; sin él, ¿cómohubiera podido dominar su cerebralidad aguda, suintelectualidad impetuosa y combativa? en la fiereza obstinada, de la solafrecuentación de sí mismo, él, se daba a lamultitud en pensamiento y dispersaba su esfuerzo 44
  45. 45. sobre la inmensa masa estancada de los cerebrosanónimos; hay un goce verdaderamente experto en probarla fuerza de sugestión del pensamiento, así, desdela lejanía, sin el artificio del verbo hablado y elamplio ritmo del gesto, e iba hasta el fin, en eserefinamiento de crueldad consigo mismo, que esel fruto de toda cultura superior; así vivía, en eseretiro del mundo que incuba toda originalidad,ese que Nietzsche llama: el desierto, Y que segúnél, es: "la mejor escuela para todo espíritu libre yfuerte, para toda naturaleza independiente yresuelta"; no por ser solitaria, la vida deja de ser ardientey esparcirse desde su austeridad meditativa,persistente en su frenesí de apostolización; la existencia catilinaria, de que habla elfilósofo, desenvuelta, amplificada, con unpersistente vigor y una asombrosa profundidad,había hecho de él el hombre verdadero, elrevolucionario armado y ferrado, lleno de unafuerza desproporcionada y enorme,superabundante de ideal, superior a su tiempo,enervado y cobarde, a la miserable bajeza de suscontemporáneos, en su patria inculta, encadenadae inerme como una tribu asiática; sus periódicos y sus libros, eran como grandesgestos pátmicos en el esplendor de una soledad...un grito de angustia, en la noche infinitamenteestéril y lamentable de las almas... su verbo fulgurante, atrajo sobre él, el odio delos topos; su energía terrible, como una 45
  46. 46. convulsión planetaria, su entusiasmo contagioso,como una fiebre, exaltaron contra él todas lasdebilidades ... y, su nombre fue arrastradobrutalmente por la asnalidad triunfal de suscoetáneos y conterráneos, temerosos de quemarsecon el fulgor solar que despedía el gran nombre,caído y blasfemado... pero, una élite, luminosa, silenciosa y grave, lehizo cortejo; su admiración respetuosa y enternecida, lovengó del insulto de los establos; los espíritusjóvenes, se agruparon ante la tempestad, hicieronescudo de su nombre, pulverizaron la legión defalóforos, que lanzaban gritos de odio... pero, su palabra, quedaba así, en las crestas dela montaña, sobre las altas cimas, como un pájaroextraño: ¿por qué? porque él, tenía el almarevolucionaria, pero, no tenía la vidarevolucionaria; no vivía su verbo; su aislamiento cenobítico parecía hostil a lasmultitudes; él, no iba a ellas, no se mezclaba conellas, y amándolas las huía; su verbo era comouna sinfonía muy alta, sonando en la noche sobrela Ciudad Terrible, la ciudad ululante del Dolor; pensativo, ardiente, lleno de una vitalidadinterior, hecha como de la acumulación de siglosde revuelta, daba su verbo a la vida desconocidade las multitudes, guardando su persona en elsilencio significativo, en la decoración taciturnade una vida de soledad, viviendo en lo Infinitopor la contemplación violenta y tenaz de los altosy graves problemas de humanidad que la Vida 46
  47. 47. levantaba ante él, como un muro alzado en elhorizonte, para cortar el vuelo recto y grandiosode sus sueños; la dulce melancolía de la soledad, era suatmósfera y en ella se desarrollaba el dramapoderoso de su vida de aislamiento y sacrificio; envuelto como en un manto en ese silencionegro y rojo de que habla Nobolensko, era almismo tiempo que el Apóstol, el exegetaformidable del pensamiento ácrata; nada ignoraba él de cuanto escrito habían losgrandes visionarios de la Revancha; y su verbo,hermano angélico de aquellas otras vocesanunciatrices, había pasado también, por aqueljardín de sueños heroicos, haciendo florecer losgrandes nardos de la Esperanza, bajo los cielosnucidos de la Desesperación; del socialismo de ocasión de los Bernstein ylos Kausky, al oportunismo socialista deMillerand y el parlamentarismo elocuente deJaurés; de la intransigencia de Bebel y de Guesdeal dulce estetismo de los Janson y losVandervelde, él, sabía todo de los grandessoñadores del socialismo, y su espíritu había idohasta los antros profundos, donde los grandeslidiadores de la anarquía, buscadores armados dela Gran Quimera, forman con ritmos extraños elhimno colosal de la Reivindicación; amaba las visiones nitráceas, de aquellosvisionarios inquietos e inquietantes, muriendo deldeseo de iluminar con su ternura lunar laobscuridad rebelde; 47
  48. 48. las prosas sonoras y estallantes de Bakunin, enel Antiteologismo y Dios y el Estado, lo seducíansin encadenarlo a su verbo inconsistente. Guglielmo Ferrero y Enrico Ferri, sus amigos,le parecían dos Tindáridas gemelos, guiando loscaballos encabritados de un carro de desastres yvictorias; la prosa operaría y triste de Jean Grave, ledaba melancolía; la Psicología del Anarquismo de Hamon,como Los Anarquistas de John Henry Mackay, leparecían la más triste clínica de almas enfermas,que pudieran florecer sobre la tierra, bajo un acresol de inhumanidad; ese sagitario armado que es Reclus, le parecíaun San Pablo rojo, con mansedumbres de Cristoapesadumbrado; la alta probidad intelectual de Max Stirner, sulógica acerada y fuerte lo deslumhraban. Séverine, pintoresca y genial, y Carlos Malato,abigarrado y, difuso, Sebastián Faure, de unadureza hercúlea, todos ellos visiones rojas ymelancólicas, como de cristianos primitivos,yendo dulcemente ilusionados hacia el confusoblanquear de una alba nueva, le eran familiarespor el verbo y por el espíritu, y poblaban susoledad como almas amigas, heridas de un mismodolor, bajo la colosal injusticia de la vida; pero, por sobre todo el candor lapidario deaquellos grandes iluminados, por sobre todoaquel profetismo melancólico y severo, el, amabay reverenciaba, como digno de una gloria 48
  49. 49. inmortal, a aquel grande utopista obstinado yaustero que es: KROPOTKIN; su prosa roja, que semeja un sol asiático sobreun espejo de acero, lo deslumbraba, y loencantaba; el follaje metálico de sus apostrofes sonoros,montaba como onda de armonías, hacia el sueñosagrado de su corazón; la luz brutal de sus aliteraciones y susmetáforas, iluminaba como un perpetuo rayo deDamasco los más obscuros y tenebrosos senos desu espíritu; sus brazos se habían abierto a su soledad, yhabía sido su amigo; él, no podía olvidar nunca, el día y la hora enque había visto la figura mosaica y redentor al delGrande Ácrata; su perfil tártaro de visionario hirsuto, se lehabía aparecido entre la selva capilar de la barbay las melenas abundosas y fluviales, como la fazde un león de Apocalipsis, soñador en las zarzasdel- Oreb; había sido en una de sus habituales estadías enLondres, cuando como un enamorado loco deinfidelidades, huía de Roma, temeroso de que elencanto continuado, invencible de la Gran Maga,pudiese encadenar su pensamiento, que habíaconocido al célebre anarquista, presentado a él,en un mitin libertario, por una dama francesa,encantadora y espiritual, escritora de undiletantismo vertiginoso, momentáneamenteenamorada entonces de cosas revolucionarias, y 49
  50. 50. que se ocupaba con una deliciosa gravedad, delos acres problemas sociales, con la mismainfantil operosidad con que devoraría una caja debombones; El Príncipe Kropotkin había entrado de losúltimos, envuelto en un inmenso abrigo deastracán; hostilizado por la luz, que lastimaba suspupilas, heridas de cecidad, se detuvo vacilante;descubrió su cabeza calva; la luz de loslampadarios brilló en su cráneo pulido: le hizo unhalo; se le quiso llevar a la Presidencia y serehusó cortésmente: buscó un asilo oculto en lasúltimas filas de asientos, y, se refugió allí; veníaacompañado de un joven alto y blondo, de unabelleza misteriosa y siniestra, como de un Luís deBaviera adolescente; de un hombre magro,diminuto, cuasi negro, como la miniatura de undon Quijote húngaro; y de dos damas, con aire deinstitutrices, graves y tristes, como dosdesesperanzas; el joven blondo, era Admeo Palowsky, elpoeta revolucionario y visionario, el exegetaevocador de los esplendores asirlos y las tristezashebraicas; aquel a quien el Príncipe mira como unhijo, y cuyo último drama: Tanmanasés, habíaocasionado la ejecución de cinco jóvenes que enMoscú lo declamaban juntos, en una posada deestudiantes; y de los cuales el mayor tenía diez yocho años... la figura del poeta, inquietante y tenebrosa,como el alma profunda de la noche, era refinaday exquisita, con un vago tinte de esnobismo 50
  51. 51. idealista y señorial, que recordaba los últimosdiscípulos de Wilde, de los cuales fue el másbrillante espécimen aquel pomposo y exótico lordAdhell, cuya vida fue como un cuento depedrerías, escrito con el cincel de Benvenuto enla diadema de un Rajah; su perfil acentuado dehalcón finlandés, se encuadraba en su cabellerade un blondo selénico, peinada sobre las sienesen largas bandas nazarenas; alto, enjuto, era, conel azul sereno de sus ojos de crepúsculo y lablancura hiperdulia de su tez de eslavo crecido aorillas del Támesis, semejante al retrato de unEstuardo adolescente, pintado por Van Dyck; el enano negro, diminuto y nervioso, era aquelbenio caricatural, cuya terrible ironía, sedesbordaba en un renacimiento bélico, por todaslas hojas ácratas de Londres, y cuyo lápiz eracomo una espada de un arcángel rubio, que rieradeformemente en el umbral de lo infinito; eseaborto intrépido y deforme, respondía al extrañonombre de Serafeo Reuss; en aquel cuerpo de bufón pisano, hecho paradivertir el tedio de un Borgia esplinético, sealbergaba y centelleaba la más heroica yluminosa llama humana, hecha de divinasviolencias y de humanas piedades, de bélicoscorajes y luminosas melancolías. Serafeo Reuss, era un santo intrépido ybelicoso, un asceta mendigo, en cuya alma sejuntaban las más trágicas pasiones, a las másencantadoras humildades, y cuyas cóleras de 51
  52. 52. coloso cedían ante las lágrimas, desarmadas,infinitamente dulces; él, juntaba en el cuerpo deforme de Leopardi,el espíritu implacable de Dante, y su amplio gestocolérico; sus santas perversidades gráficas, eran ellassolas, todo el río amargo y voraz de la ironía; suverbo pictórico —porque este hombre hacíahablar al lápiz— llegaba a tal posesión delsentido cómico, a tal dominio de la humanadeformidad, que el arte caricatural, podríallamarse en sus manos: la divina epopeya delridículo; y, ese genio, que habría podido ser rico, si sehubiese refugiado en la vileza para escapar a lavoracidad de la vida; que habría sido ilustre ymillonario como tantos otros, si hubiese optadopor el fácil camino de trabajar para la prensaburguesa al servicio de politicastros simios,arrastraba una vida de miseria, de dolor y deprivaciones, porque había consagrado como unvoto, su lápiz formidable a la venganza de losdesheredados de la tierra; y, había arrastrado sucuerpo magro y contrahecho, de la bohardilla altaller, del taller al hospital, del hospital alpretorio, y del pretorio a la prisión, con elmovimiento ondulante y tenaz, de un gusano deluz, en el cual se hubiese posado el foco del Sol; acababa de cumplir tres años de hard labourpor su terrible caricatura The King-Cook, en lacual los jueces de su graciosa Majestad, la reina, 52
  53. 53. habían creído encontrar alusiones al extrañocariño de Su Majestad por su jefe de cocina; y, había vuelto a la libertad y a la vida, másimplacable, más resuelto, más fuerte en susantidad, con su acre y terrible voluntad dispuestaa llenar de figuras crueles y grotescas las hojaslibertarias; y, sus Gang of Convicts, typs,llenaban a Londres de un horror semejante al dela noche; las dos mujeres eran la viuda y la hija delcoronel Livitchov, fusilado en Wilna, por haberprotestado violentamente contra el asesinato delos estudiantes; desterradas y despojadas, arrastrando unamiseria nueva para ellas, la madre, ajena alconsuelo de las ideas agonizaba en ladesesperación, mientras la hija, ya nutrida con lasavia leonesca, resistía heroica en la actitud deuna Victoria alada, que desafía las tormentas,apoyada la punta del pie sobre el plinto degranito; ella, habría de ser después, aquella formidableIva Sharacov, que bajo ese nombre de guerra,haría temblar la autocracia, dejando cortar sumano asesina, antes de denunciar a sus cómplicesde Plevna; muriendo en la horca, abrazada a susecreto, como una madre muerta en el puerperio,estrechando contra su corazón el hijo que le hadado la muerte; terminada la reunión, la noble dama queacompañaba a Leonardo Bauci, la presentó aKropotkin; 53
  54. 54. aquella masa de pelos humanos, erguida entrelas pieles caucásicas del abrigo, se inclinó comouna montaña de musgos, ante el escritor joven,cuya elegancia severa debió serle sospechosa, ycuyo nombre exótico, debió sonar a sus oídossármatas, con la pompa sinfónica de una lejanaselva tropical; las frases banales de la presentación, norompieron el hielo entre aquellas dos almas,llamadas después, a comprenderse y aun aamarse. Kropotkin —lo dijo meses más tarde a suamigo— había recelado, creyendo ver en él, unode esos terribles diletantes de la revolución quepor un esnobismo histérico, se adornan de lasideas anarquistas, como si prendiesen una florroja en el ojal de su levita; dos visitas posteriores, bastaron para acercarhasta la intimidad, aquellas dos almas, de unadinámica tan semejante, en las cuales parecíapalpitar la palabra de un dios, y el esplendorluminoso del abismo. * * Y, Leonardo Bauci, recordaba con un placerintenso, con una exaltación cariñosa, las largasdisertaciones, las pláticasardientes, las rojasrevertes justicieras, que había gozado en laintimidad del gran proscripto; y, aún le parecía ver las tonalidades obscurasde aquel cuarto de estudio, donde flotaban comoun perfume, extraños sueños de nostalgia y derevuelta, y los matices rojos, cuasi negruzcos, de 54
  55. 55. los cortinajes y de los muebles, parecían cantar acada crepúsculo una sinfonía de cosassangrientas, una dolorosa v sutil ópera deañoranzas exquisitas y lejanas. sí, porque allí, sobre aquel bufete, atestado delibros y folletos clamadores y destructores, alzabasus livideces de astro soñador sobre alturaslejanas, el retrato de una mujer, cuyos ojos de unvioleta intenso, como una enorme expansión decielos occidentales, parecían reflejarse en todo,como una larga caricia astral, como la luz de unaestrella en el agua estremecida; tenía esa mujer un rostro armónico y bello,como una sinfonía de blancuras, dondedurmiesen muchas tristezas y temblasenimplacablemente las quejas de muchasdesolaciones; belleza opaca, como vista en unespejo veneciano, donde se retratara el almaglauca y taciturna de las lagunas dormidas; rostrode palideces siderales, con nitideces de pétalos,como de una joven rosa prematuramente muertade languidez; imposible pintar bien la refracción delamatista intenso y fosforescente de esas pupilas,sobre las blancuras vagas y vaporosas, de eserostro sin morbideces, lleno de una gracia otoñal,como venida del lejano imperio del silencio; una sugestión, inquietante y conmovedora, sedesprendía de aquel cuadro, en la cima del cualbrillaban, como un halo de cirio, como untriángulo esférico de luz, los deslumbradorescabellos rubios, con matices fluidos, extendidos 55
  56. 56. como una cimera sobre la curva divina de lafrente, levantada bajo aquella ala de oro, comouna espiral mística; y, la mirada tierna de esosojos, parecía caer en ritmos lentos, sobre la frentetenebrosa del gran rebelde, toda aureolada denimbos rojos, mientras el Electo de lasmultitudes, con voz ágil y penetrante decía elcanto de su idealidad absoluta de vidente, en unlenguaje acre y policromo, de corte evangélico,sembrado de parábolas, violento como unhuracán en la estepa; obscuro de cosas profundas,con una terrible y fecunda obscuridad de bosqueindostánico; el clamor atormentado y siniestro de todos lossiglos, la queja vindicativa de las dolorosas ymagníficas generaciones, de todos los martirios,cantaban en aquella voz que salía de entre labarba tumultuosa como un rugido de rayos, queincendiasen la barba bifurca de Moisés; la convulsión de la cólera sinaica, agitabaaquella cabeza, que tronaba y fulgía bajo losdivinos ojos de heliotropo, con la negrura difusay sonora, de un volcán bajo las estrellas; pero, labelleza real y suprema, que coronaba aquellasperoraciones fúlgidas, aparecía y culminabacuando el príncipe, vencido por la divinaembriaguez de sus propias palabras, loco deconmiseración ante el dolor de los desvalidos dela tierra, ahogado de emociones torturadoras,terminaba en un largo y profundo gemido, quesemejaba un grito de selvas, y sobre el zarzal desu barba blanca, se deslizaba un hilo de 56
  57. 57. lágrimas... y, quedaba así, absorto, silencioso,imponente, como la estatua de un río, sobre cuyabarba de líquenes brillara el rocío, divinamente; y, todos entraban con él en la fuerza cuasipanteísta del invencible silencio... Admeo Palowsky, inmóvil en la sombra, comoen el umbral de una Visión, dibujaba apenas en lapenumbra su perfil de dios escandinavo, tal unHamlet redivivo, soñador en los parques deElsinor; él, no abandonaba nunca al Maestro,siguiéndolo doquiera, con la ternura apasionada yfilial, de aquel Fedón, de Elio, sobre cuyacabellera florestal, se enredó, para morir, la manodel divino Sócrates; su belleza frágil, que parecíacomo detenida en ese limbo de la divinaadolescencia, que es como una exquisitafeminidad, y hace el encanto de los Hermesalígeros y de los Apolos lirófilos, parecíaprolongar y obscurecer la dulce belleza delretrato, que lo miraba con ojos acariciadores ytenaces, llenos de esa insaciable voracidad quesólo tienen los ojos de las madres. Serafeo Reuss se presentía más que se veía,hundido, cuasi desaparecido, en el amplio sillónde cuero rojo, en la negrura de su vestimentasórdida, de la cual, apenas se destacaba su palidezenfermiza y exangüe, como un feto, arrebatado auna clínica de ginecología... era allí, que elsublime aborto se nutría de santas cóleras, paratraducirlas luego en furia gráfica, con aquel lápiz, 57
  58. 58. que trazaba sobre el papel las curvas rojas de unsolsticio sobre el abismo; otros, muy pocos, asiduos, concurrían aaquellas veladas íntimas, que eran para el almaardiente y solitaria de Leonardo Bauci, unaexcelsa eucaristía de espíritu, horas de éxtasis yde fiereza, regalo de la vida enorme en la abruptadesolación de cosas lamentables y violentas; a lasombra de esa cólera reposaba su alma sedientade Muerte, de Verdad y de Gloria; no hay sino el amor de humanidad; todo va yviene a él, como un flujo y reflujo doloroso demar; eso ha sido, eso es, eso será, en la Verdad yen la Vida; es el milagro de pensar, lo que engendra lagloria de vivir; el martirio de luchar, he ahí lo único quecalma la encarnizada sed de Infinito; marchar a loAbsoluto: he ahí el más bello gesto de las almas;la vida es un pasaje inmenso hacia la Nada; la franqueza voluntariosa y ruda de LeonardoBauci, la seriedad impecable de su vida,conquistaron pronto el alma tierna y esquiva, deldemoledor ruso, hecha cautelosa por la suma deingratitudes y de dolores recibidos; la sorpresa del gran Refractario fue inmensa,cuando halló en aquel que él creía un rastaquoèreelegante, curioso simple y exótico de cosasanarquistas, otro refractario de grandes vuelos yhondas profundidades como él; lleno de latristeza luminosa y amarga de las cosas presentes 58
  59. 59. y el sentimiento alto y doloroso de las cosasfuturas y lejanas; no fue el saberse leído, sino el sabersecomprendido, por aquel espíritu exquisito yrebelde, lo que hizo en Kropotkin más altoefecto; y, él, también se puso a amar la prosabatalladora y lapidaria de Leonardo Bauci, de lacual Madame de Laurie, que los habíapresentado, le tradujo fragmentos, tomados deaquellos libros que ella ensayaba traducirentonces, para hacer conocer en Francia, alescritor heteróclito, desde las columnas de unaRevista cosmopolita, que comenzaba ya a hacersefamosa; la caudalosidad fluvial y estruendosa de lalengua ibera, hecha portentosamente musical ysonora bajo la pluma de Leonardo Bauci, habíade perder, y perdió, sin duda, un caudal debelleza al pasar por el doble tamiz del francésmodernista y el inglés incipiente de Madame deLatirie; pero, aun así, las cláusulas sonoras delestilo, guardaron bastante fuego, para encantar elalma épica de Kropotkin, que se gozaba enrepetirlas con una amabilidad exquisita, con suvoz cantante de eslavo domador de idiomas; ni Kropotkin ni él, tomaban muy en serio lasveleidades revolucionarias de Madame de Laurie,cuya alma adorable se empeñaba en penetrar enlos obscuros senos del anarquismo, como unalucióla, en el fondo de una mina; su alma ligera ysensitiva buscaba un consuelo a su 59
  60. 60. désoeuvrement, en las emociones terribles de laacracia; divorciada muy joven; separada de su hijo,había buscado compensación al naufragio de esosamores, en el amor del pueblo y poemizabaconfabulaciones enternecedoras, esta pasiónobscura que venía a su alma como una luz decrepúsculo sobre campos devastados; sus sensaciones, cerradas a todo análisis, no lepermitían acaso a ella misma, definir la mayorparte de sus emociones a ese respecto, ni buscarlas raíces de sus aficiones, en su modo personal,en su pasado afectivo tan rudamente tronchado,que la había arrojado de súbito en el vacío de lavida y la lamentable soledad del corazón; casadacasi niña con un hombre de mundo mucho mayorque ella, célebre por el horror de sus liviandades;divorciada de él, poco tiempo después, huyendo alas brutalidades monstruosas y al espectáculorepugnante de una satiriasis en decrepitud, sehabía refugiado en el manoir de sus padres enProvence, con su hijo único, entonces muypequeño; pasados pocos años y colocado éste en uncolegio, ella vino a París, atraída por la CiudadLuz, como una mariposa hacia la llama; y, entró de lleno en la vorágine; el raro cromatismo de sus ideas, la llevó deescuela en escuela; pájaro extraño, picoteando entodos los sistemas; con la fraternidad voluble de un ecleticismoinconsciente, ella ensayó todos los métodos 60
  61. 61. literarios, perteneció a todos los cenáculos, y fueamiga intelectual de todos los escritores, desdelos parnasianos de Catulle Méndes, a losbohemios líricos de Verlaine y los adolescentescerofarios de la Rosa-Cruz; un raro espíritu de sacrificio y de justicia, lallevó al estudio de las cuestiones sociales, y sualma, en un vértigo de conmiseración, se inclinósobre el gran tumulto y la inmensa sombra: fueácrata; su gracia exquisita, su belleza botticelliana, elencanto de su talento poético y vibrador,iluminaron los antros de la Revolución, y comoEurídice raptada por Vulcano, ella llenó decandidos rayos, los grandes infiernos donde vivela humana Desesperación; era con Madame Adams, Séverine y MadameDerval, una de las figuras femeniles másinteresantes, que se disputaban entonces laatención del París intelectual. Leonardo Bauci la había conocido en unaPensión de Famille en Boulogne-sur-Mer,durante un estío, en que, enfermo del alma y delcuerpo, había ido a aquella playa a buscar airesalobre a sus pulmones debilitados, un descanso asu mente obsesionada de visiones, un consuelo asu dolor, frente a la calma brutal del inmenso marsereno; las primeras conversaciones en la table dhôtel,revelaron bien pronto en él, al puro y rarointelectual que era, y Madame de Laurie, vinohacia él, sin preámbulos, con una franqueza 61
  62. 62. señorial envidiable, llena de distinción; vencidapor su invencible altruismo, sabiéndoloextranjero y solo, adivinándolo enfermo y triste; y, se hablaron en nombre de una fraternidadintelectual, que por entonces fue de una seriedadperfecta; solos, aislados los dos en ese medio cuasihostil a su intelectualidad, entregados a lainclemencia de sus vidas tan dolorosas, a lacrueldad de sus sueños tan rudamentemartirizadores, al poder de sus visionesigualmente alucinantes, a la impotencia de suscóleras laceradoras, sus almas se aproximaroncomo en un naufragio, y se abrieron a laconfidencia en una ternura sin mancilla, en unapaz de sueño, como fuentes de serenidad, bajo losgrandes bosques de encinas, sobre las pálidasplayas, frente al inabarcable mar abierto... una verdadera fraternidad los unió, uno deesos sentimientos de espontánea bondad, quenacen en las almas delicadas y fieras, quecaminan solas hacia la muerte. Leonardo Bauci, atravesaba una de esas crisisdolorosas y tormentosas, de que estaba sembradasu vida; se contorsionaba bajo el fracaso; su grangesto, trágico y atormentado, que había levantadolas muchedumbres, como las olas un viento deborrasca, había sido encadenado por la derrota; elexilio, había coronado su esfuerzo... y, un gran silencio de apaciguamiento, demiedo, de complicidad, se había hecho en tornode su nombre, antes denunciado por los grandes 62
  63. 63. clamores de la celebridad y del escándalo; ¡ellargo paréntesis del olvido, que se abre ante losvencidos! jardín de quietud y de desolación, donde en ladulce beatitud del silencio, se abren las floresindóciles de la esperanza, dardeando al sol delporvenir sus flechas de oro... Heraldos de lasbatallas venideras; un librero benéfico le había confiado unastraducciones, y dos diarios que en una Metrópolilejana, habían permanecido amigos suyos, lepagaban sus escritos; de eso vivía, aletargando sualma revolucionaria, rumiando sus heroísmos,como un pobre animal vencido agonizando anteel crepúsculo magnifícente; atenaceado por la sorda, implacableenfermedad que minaba su vida, había salido deParís, y en esa playa discreta, buscaba un serenoapaciguamiento de su alma, en la atmósfera dedulce simplicidad que envolvía como un mantoimpalpable, las landas arborescentes. Madame de Laurie, con esa rara acuidad, quees fruto exquisito del alma femenina, comprendióel misterio doloroso, que se anidaba como unbuitre de tortura, en aquella alma de luz y detristeza, de violencia y de melancolía, y vino a élcon su dulce manía consoladora, extendiendo lasombra de su espíritu compasivo, sobre aquelcorazón en naufragio, con la suave tenuidad deuna caricia; sus palabras, como manos pacificadoras ylenitivas, tocaron la abierta herida, y el óleo 63
  64. 64. aromal de todos los consuelos, vertido fue delánfora fraternal, por esa bella samaritana, tocadadel culto de las inmolaciones; es verdad que el orgullo tenebroso deLeonardo Bauci, cerró su alma a toda confidenciaíntima, y, que rebelde a las humillaciones de lapiedad no dejó ver, sino la orla de su dolor moralsu incurable y monumental nostalgia de leónvencido; fue todo lo que Madame de Laurie vio; pero,eso bastó para apasionarla; y en el abismo informe de sus corazones,sintieron filtrar un lento rayo de ilusión que lostransfiguraba; se miraron sus almas y se sintieron comohermanas, a causa del gran dolor que vivía en suscorazones; y, la dulzura que gozaban de este acercamientoespiritual, los estremecía de una inmensaesperanza, en el fondo de la cual, dormía laavidez de un gran deseo; las pasiones sinceras, son graves, como ojosde adolescentes que empiezan a pensar, y,padecen hondas angustias, como si quisiesenahogar en su corazón, los latidos desmesuradosde un gran sueño... cercanas a la noche patética de ladesesperación, las pasiones de las almasdesgraciadas, que sienten el instinto violento demorir, tienen necesidad de la dulzuramisericordiosa de los grandes crepúsculosmentales, en cuya armonía grande y colmada, el 64
  65. 65. alma pide al alma el beso de las grandesconfidencias; ¡nada hay tan triste como la pasión de lasalmas que han vivido! la nada es el fondo de las cosas humanas; la Vida, es un miraje de la Muerte; la fraternidad de los dolores, acercó aquellasdos almas desnudas y friolentas, tocadas de unamisma idolatría; ¡pálidas visionarias del Misterio! las confidencias esparcidas en esa soledadcuasi maternal, aproximaron sus corazones, por elmilagro evocador de los dolores y lasdesesperanzas, que pesaban sobre sus vidas, conuna misma enormidad; y, se empeñaron, en olvidar y en soñar,inmensamente; y, la ilusión de las cosas, renació en suscorazones y se brindó a ellos, como una granlimosna de la Vida, cayendo profundamente en elespanto de sus soledades... y, entraron en la pasión, cargada depenumbras.- Madame de Laurie, fue allí la mujer vencida, aquien las tristezas del hombre, hacen aún máshumana; la acre soledad, que distendía sus pupilassobre la mar serena, los hacía presa fácil de lasensibilidad, que se retrataba lo mismo en loscandidos ojos de piedad y abnegación, que en losterribles ojos de orgullo y de poder; y, en las tardes expirantes, en las ] andasarborescentes, cerca a la gran bahía, llena de 65
  66. 66. claridades blondas y opalescentes luces estelares,aquellas dos miserias de almas se juntaban y serecalentaban, como dos niños friolentos sobre elseno de una madre, tocados de una sensibilidadmisteriosa, ante su amor, que veían nacer comouna flor en la gloria de su corazón, coronado deaureolas enemigas; la milagrosa criatura de sacrificio y desinceridad, que era Madame de Laurie, másamante de lo que adivinaba, que de lo que veía enaquella existencia solitaria, con la soledad acre deuna playa devastada por la tormenta, se dio alconsuelo y al embellecimiento de ella, con unaadhesión silenciosa y grave, que subía, como lasolas cariñosas de un océano en alta marea. Leonardo Bauci, vio venir hacia él, esesentimiento extraño y no lo rechazó; teníanecesidad material de él; su alma era incapaz de amar fuera de lasuntuosidad lujuriosa que formaba el poderlatente de su espíritu en las cosas del amor, pero,su cuerpo joven, abstinente por la misma seriedadtormentosa de su vida, vivificado por los sanosvientos oceánicos, y la atmósfera salitrosa que loimpregnaba, atenaceado por el morbo de lasensualidad, que lo aguijoneó toda su vida, sentíael deseo intenso de aquella belleza exquisita, quevenía hacia él con las palabras del consuelo enlos labios y una extraña y muda imploración enlas pupilas. Madame de Laurie, conservaba las frescurasjuveniles, cuasi virginales de su cuerpo, como en 66
  67. 67. un olvido absoluto de las desfloraciones maritalesy los desgarramientos sagrados de la maternidad; era bella, de una belleza radiante, hecha decosas blondas y luminosas, que hacían pensar enlos oros inalterables de antiguos relicarios; teníagrandes ojos azules, de un azul beatífico yprismático, azul de contemplación, como el deaquellos ojos de santas extáticas, de las vitelasdeliciosas de arte simple, que imploran en lasiluminaciones de Alberto de Treves; su rostro, de una pureza de líneasprerrafaelitas, evocaba el de las imágenes de lascartulinas iluminadas de Hugo Brevet; por laeuritmia y la dulzura ideal de sus facciones,encuadradas en los matices áureos de sucabellera, de un blondo maravilloso de aureola,rememoraba las iluminaciones claustrales, lasencantadoras miniaturas flamencas de los viejosprioratos neerlandeses; su gracia seria y contemplativa, el ritmoarmonioso de sus formas, su aparente fragilidadde cerámica y los matices argentados y lunaresque parecían envolverla en nimbos eirradiaciones de una tenuidad difusa, hacíanpensar en esos milagros de hagiografía pictórica,que duermen como en un cielo de liturgias, en losbellos libros de horas del siglo XVI, y en elcromatismo místico de los misales abaciales deMonte Cassino; un perfume exquisito de gracia, de juventud,de distinción aristocrática y mental, se escapabade ella, y la misma ternura de su alma, la 67
  68. 68. envolvía en uno como manto de sensualidadestenebrosas; todo eso, enardecía a Leonardo Bauci,encadenado a sus sueños interiores, ante la marfatal y resignada; y, sobre las playas luminosas, en los bosquesclaros, cerca al ímpetu doloroso de las olasarrulladoras, sus dos almas se buscaban, seconfundían, se saturaban de amor, de un amortriste, que en ella tenía el infinito de todos losdeseos; y, cuando esa emoción se hizo intolerable, sedieron el uno al otro, se poseyeron delirantes enuna noche suntuosa, bajo una conspiración deestrellas cómplices, en el jardín salobre, donde latierra y el cielo se besaban, escuchando la voz delas olas gritar en las tinieblas desesperadas, comosus dos pobres almas, enamoradas de la EternalQuimera; y, el vasto silencio que cubría las landas grisesy pensativas, cubrió también la intensidad de sugran beso definitivo, en el cual unieron el ardorde sus cuerpos fatigados, en la terrible esterilidadde una vida sin ventura; y, continuaron en amarse así, ante la quejalejana del mar, que parecía hablarles del eternoolvido, ebrios del vino almizclado y capcioso desu propia carne; en Madame de Laurie, el amor era una ternuraadmirable, hecho de adhesiones; en LeonardoBauci, era un frenesí loco, hecho de deseosterribles y de insondables lujurias, una rabiosa 68
  69. 69. sed de posesión de aquella mujer que habíavenido a él, como una aurora, llena de cosasapasionadas y turbadoras, que le daban la larga yprofunda emoción de la embriaguez; y, la poseía con amplios gestos voluptuosos,con extraños rituales, con sabias liturgiaspasionales, en que el beso era como un largomanto de caricias que ultrapasaba la sensibilidadcarnal, y lo disolvía en un múltiple océano devoluptuosidades paradisíacas; su amor era una llama priápica, un gestoviolento de inacabable concupiscencia; y, ella, se dejaba amar, feliz de aquellaposesión violenta que la martirizaba con extrañadelicia, como los calosfríos de una fiebre mortal; y, se empeñaban en aturdirse a besos, en nover ante ellos nada, más allá de su amor, y sudoble sueño de felicidad se hacía más ardiente ymás dulce, a medida que, cerrando los ojos sobreel pasado, ambos se empeñaban en engañar suvida; amándose así, con emociones tembladoras, enlas tardes entibiecidas, prendieron sobre el cieloborroso de su vida un nuevo sol; y, extraños estremecimientos de venturarecorrieron el gran crepúsculo doloroso queenvolvía sus corazones; y, refugiadas en esa hora de paz, sus almasturbadas hacían el gesto lento y calmado de lasgrandes mnemonías; pidiendo al olvidodominador, una hora de tregua, para embriagarse 69
  70. 70. del divino encanto de los besos, que brotaban ensus labios como una vida inagotable... y, desgranaban con una devociónconmovedora y fanática, el rosario interminablede las caricias, en la armonía divina de la hora, encuyas secretas vastitudes, la ventura, parecíahacer una gran señal de tregua y de consolación,sobre el azur sereno de la esperanza, en el enojobrusco y doloroso de sus vidas devastadas; la ventura no es sino eso: una interrupciónmomentánea del dolor... ¡el gesto de una limosna,ante la gran pobreza de nuestras almas,menesterosas, en la extensión de la vida inmensay abstracta!; y, ambos apuraron este instante de acalmia,con una sed de febricitantes, desfallecidos devoluptuosidades, ante los mares maravillosos ylos cielos resplandecientes del estío, en los cualesbrillaban como ráfagas de oro y azul, lasblondeces primaverales, y los divinos ojosultramar de Madame de Laurie; ¡sólo el dolor es verdadero! ¡aquel idilio de mar y de sol, tuvo su fin! al fin fue preciso, entrar a París; y, regresaron los dos, el uno después del otro,como dispersados por un gran viento de borrasca;inquietos de presentimientos, como ante fuerzasmisteriosas; empujados por el Destino, como poruna avalancha, dejando atrás ese principio deidilio, como el eco de una balada de pescadoressonando sobra la costa, en los remansoscómplices, bajo los grandes pinos hospitalarios; 70

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