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20 11 vida con el_lama www.gftaognosticaespiritual.org

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20 11 vida con el_lama www.gftaognosticaespiritual.org

  1. 1. Introducción Est e lib r o, escr it o p or m i col ega la señ or a Fif í B ig ot e s -gr ises, es un trabajo m uy or iginal. El jefe lo pasó a m á -q u i n a p o r q u e l o s d e d o s d e l a p o b r e F e e f er a n d e m a s i a d ocor tos. Dios sabe que lo intentó, y por poco se car ga lam á q u i n a . A s í e s q u e e l v i e j o l e d a b a a l t e c l a d o p or e l la .¡ L a s p a r t e s h e c ha s p or m í s on m u y b u e n a s ! Todo el mundo me conoce, claro. Mi fotografía ha dadol a v u e l t a a l m u n d o e n l a P r en s a . A s í e s q u e n o h a b l e m o sde mí; dejen que les cuente algo de Feef, el jefe y elilustrador. La señora Fifí Bigotesgrises es una vieja (dicho seac l a r o ) g a t a s i a m e s a f r a n c e sa d e u n a r a z a p u r a c o n u npedigree tan largo como el cuello de una jirafa. Se vino av iv i r c o n n o s o t r o s d e s p u é s d e u n a d u r a , d u r í s i m a v i d a .¡Jo!, era un v iejo pelacho cuando la v i por primera v ez.Su pelo erizado como los mechones de una vieja escoba,p e r o l a h e m o s p u l i d o y p u e s t o e n f o r m a ; a h or a l a v i e j aBiddy es inferior tan sólo a mí. Éste es su libro , su obra ys i n o c r e e n q u e u n g a t o s i a m é s p u e d a e s c r i b ir u n l i b r o ,corran (no tienen tiempo de andar) al psiquiatra más pró -x i m o y d í g a n l e q u e t i e n e n u n a g u j e r o e n l a c a b e z a p or e lq u e s e l e s e s c a p a e l c er e b r o . El jefe es un genuino lama del Tibet. Ahora es viejo,g o r d o , ca lv o y b a r b u d o , p er o n o e s n e c e sa r i o a n u n c i a r l e c o n t r o m p e t a . L e a n E l t e r c er o j o , E l m é d i c o d e L h a s a e Historia de Rampa. Son libros v erídicos. Si no creen en e l l o s l l a m e n a l e n t er r a d o r m á s p r ó x i m o , p u e s d e b e r á n d e e s t a r m u er t o s , h o m b r e , m u e r t o s . B u e n o e l p o b r e t i p o ( e l j e f e , n o e l d e la f u n e r a r ia ) e sc r i b i ó e s t e l i b r o b a j o e l d i c t a d o d e la v i e ja ga t a . ¡ P o r p o c o l e m a t a t a m b i é n ! Buttercup hizo la cubierta y las ilustraciones. Butter - 9
  2. 2. cup es en realidad Sheelagh M. Rouse, una alta y cim -b r ea nt e r ub ia q ue ha b la co n a cent o i nglé s, q ue n o d e ja d easombrar de la noche a la mañana a los canadienses ya m er ica nos d e p or a q uí. Ha hech o u na s il ust r a cion e s m u ybuenas, pero claro yo le di consejos. Si no entiende ellenguaje gatuno peor para ella. A pesar de todo, trabajómucho y la señora Bigotesgrises está satisf echa con losdibujos. De todos modos es ciega y no puede verlos,¡Deberían ustedes dejar que Buttercup ilustrara su pró -ximo libro! Ma, claro está, es mi Ma. Nos ama, y sin Ma todosnosotros estaríamos ya en la perrera. Este libro estádedicado a ella. Sus antepasados eran escoceses, peronunca lo diría con lo generosamente que reparte lacomida. La vieja gata come como un caballo. Yo comopoquito. Ma nos alimenta a las dos. Bueno, amigos, a sí es. Ahora a leerlo ustedes solos.¡Ta! ¡Ta! LADY KUEI
  3. 3. Prólogo «Te has vuelto loca, Feef —dijo el lama—. ¿Quiénva a creer que tú escribiste un libro?» Me sonrió concondescendencia y me acarició debajo de la barbilla delm od o q ue m á s m e gust a b a , ant es d e sa lir d e la ha b it a c ió npara algún recado. Yo me senté a deliberar. «¿Por qué no iba a podery o e s c r i b i r u n l i b r o ? » , p e n s é. E s v e r d a d q u e s o y u n g a t o ,pero no un v ulgar gato, ¡oh no!, soy una gata siamesaque ha v iajado y v isto mucho. «¿Visto?» Bueno, c laro,ahora estoy completamente ciega y tengo que confiar enel lama y lady Kuei para que me expliquen el presenteescenario, pero tengo mis memorias. C l a r o e s t á q u e s o y v i e j a , m u y v i e j a d e sd e l u e g o , y n opoco enferma, pero ¿no es ésta una buena razón par adejar escritos los hechos de mi v ida, mientras pueda?Aquí está, pues, mi versión sobre la vida con el lamay los chas más felices de mi vida, días de sol después deuna vida de sombras. FIFÍ BIGOTESGRISES
  4. 4. Capítulo primero L a f u t ur a m a d r e gr i t a b a a p u nt o d e es t a l la r . « ¡ Q u ie r oun gato! —chillaba—. ¡Un bonito y fuerte gato!» Elruido, dijo la gente, era terrible. Pero, claro, a madrese la conocía por su altísima voz. Ante su persistented em a nd a , la s m e j or es ga t er í a s d e P a r ís f u er on r e p a s a d a sen busca de un buen gato siamés con el necesario pe-dig r e e. Cuanto más aguda se v olv ía la v oz de la futuramadre, más se desesperaban las personas mientras se -guían la búsqueda incansablemente. Finalmente se encontró un candidato muy presenta -ble y él y la futura madre fueron presentados formal -mente. De este encuentro, a su debido tiempo, aparecíyo, y sólo a mí se me permitió vivir; mis hermanos yhermanas fueron ahogados. Madre y yo vivíamos con una vieja familia francesaque tenían una espaciosa f inca en las afueras de París.El hombre era un diplomático de alto rango que iba a laciudad casi todos los días. A menudo no volvía porla noche y se quedaba con su amante. La mujer, quevivía con nosotras, madame Diplomar era una mujermuy dura, superficial e insatisfecha. Nosotros los gatosno éramos «personas» para ella (como en cambio sí losomos para el lama) sino meros objetos para ser mos -trados en los tés. Ma d r e t e n ía un g l or i os o t i p o , c on e l m á s n e gr o d e l osrostros y una recta cola. Había ganado muchos premios.Un día, antes de que yo dejara de mamar, estaba can -tando una canción más alto que de costumbre. A mada -me Diplomar le dio un ataque y llamó al jardinero.«Pierre —gritó--, llévala al lago inmediatamente, nopuedo soportar más el ruido.» 13
  5. 5. Pierre, un franc és de corta estatura y rostr o chupado, que nos odiaba porque a veces nosotras ayudábamos en el jardín inspeccionando las raíces de las plantas para ver si crecían, recogió a mi preciosa madre, la metió den tro de un viejo saco de patatas y se alejó en la distancia. Esa noche, sola y atem orizada, lloré hasta caer dorm ida en un frío cobertizo donde no podía estorbar a madame Diplomat con mis lam entos. Iba dando v ueltas nerviosamente, enfebrecida en m i fría cama hecha con viejos periódicos de París echados sobr e el suelo de cemento. Retortijones de hambre es - tremecían m i pequeño cuerpo y me preguntaba cóm o iba a arreglármelas. Cuando los pequeños rayos del alba se colaron con desgana a través de las ventanas cubiertas de telarañas del cobertizo, me sobresalté a l oír el r uido de pesados pasos que subían por el camino. Dudaron ante la puer ta y entonces la empujar on y abrieron. «¡Ah! —pensé con alivio—, es sólo madame Albertine, la mujer de limpieza.» Crujiendo y con la r espiración entrecortada, bajó su ma - siva forma hasta el suelo, metió un gigantesco dedo en un bol de leche caliente y poco a poco m e persuadió par a que bebiera. Durante días m e m oví en el valle del dolor, penandc por mi madre asesinada, asesinada únicamente por su gloriosa voz. Durante días no sentí el calor del sol, ni m e emocioné ante el sonido de una voz bien amada. Pasé hambre y sed y dependía absolutamente de los buenos oficios de madame Albertine. Sin ella me habría m uerto de hambre ya que era dem asiado joven para comer sin ayuda. Los días f uer on convirtiéndose en semanas. Fui aprendiendo a cuidar de mí misma, pero las durezas de mis primer os tiempos me dejaron con una constitución14 bastante débil.
  6. 6. La finca era enorme y a menudo paseaba por ella,alejándome de la gente y de sus patosos y m al dirigidospies. Los árboles eran mis favoritos, me subía a ellosy me estiraba a lo largo de una amistosa rama, tomandoel sol. Los árboles susurraban anunciándome los díasmás felices que m e llegar ían en el oca so de mi vida. En -tonces no los entendí pero confié en ellos y siempreretuv e las palabras de los árboles ante mí, incluso enlos momentos más oscuros de mi vida. Una mañana me desperté con extraños deseos, difí -ciles de definir. Solté un quejido interrogante que des -graciadamente madame Diplomat oyó. «¡Pierre! —gri-tó—. Busca un gato cualquiera, para empezar ya ser -virá.» Más tarde durante el día, me cogier on y me metie -ron bruscamente en un cajón de madera. Antes de quepudiera darme cuenta de la presencia de alguien, unv iejo gato de mal aspecto se subió a mi espalda. Madreno había tenido mucho tiem po de explicarme «los hechosde la v ida», así es que no estaba preparada para lo quesiguió. El viejo y apaleado gato se deslizó sobre mí ysentí un espantoso golpe. Por un momento pensé queu na d e la s p er s ona s m e ha b í a d a d o u na p a t a d a . S e n t í u ncegante dolor y como si algo se rompiera. Di un gritode agonía y terr or y m e v olv í f ier am ente contr a el v iejogato. Salió sangre de una de sus orejas y sus gritos sesumaron a los míos. Como el rayo, la tapade ra de lacaja fue retirada y unos ojos asombrados espiaron. Medeslizé fuera, al escapar vi al viejo gato escupiendo yrev olcá nd ose, sa ltar der echo a Pierr e q ue ca yó ha cia a trá s alos pies de madame Diplomat. Corrí a través del césped y me dirigí al refugi o deu n a m i st o s o m a n z a n o. Me en ca r a m é s ob r e el a m a b le t r o n -co, llegué a uno de sus miembros y me eché a lo largocon la respiración entrecortada. Las hojas susurrabanen la brisa y me acariciaban dulcemente. Las ramas se 15
  7. 7. mecían y crujían y despacio me llevaron al sueño del agotamiento. Durante el resto del día y toda la noche estuve e c h a d a e n l a r a m a , h a m b r i en t a , a t e r r a d a y e n f er m a , p r e - guntándome por qué los humanos son tan crueles, tan sa lv a jes, t a n p oco cuid a d oso s p or los s ent im ie nt os d e lo s p eq ueño s a nim a les q u e d ep e nd en a b so lut a m ent e d e e l los . La noche era fría y caía una ligera llovizna proveniente de París. Estaba empapada y temblando, sin embargo me aterrorizaba bajar y buscar refugio. L a f r ía l uz d e l a m a n ec er d i o p a s o p o c o a p oc o a l gr i s de un día cubierto. Nubes de plomo se deslizaban pre - cipitadamente a través del bajo cielo. De vez en cuando caían unas gotas de lluvia. Hacia media mañana una figura familiar apareció a la vista; venía de la casa. Madame Albertine, tambaleándose pesadamente y e mi- t iend o s on id os a m ist oso s, se a cer có a l á r b ol y m ir ó ha c i a ar r iba con su m ir ada de cor ta de v ista. La llam é débil - mente y alargó su mano hacia mí. «Mi pobre pequeña Fif í, v en a m í corr iendo, que tengo tu com ida. » Me des - lizé de espaldas por el tronco. Se arrodilló sobre la hierba junto a mí, acariciándome mientras yo bebía la leche y comía la car ne que había traído. Al terminar m i comida, me restregué contra ella con gratitud, sabiendo que no hablaba mi lengua y yo no hablaba francés (aunque lo comprendía perfectamente). Subiendo a su a nc h o h om b r o m e l lev ó a la c a sa y a s u ha b i t a ci ó n. Mir é a m i alr ededor con los ojos abier tos de sor pr esa e inte r és. Ésta era una habitación nueva para mí y pensé lo apropiada que sería para estirar las patas. Conmigo todav ía sobre su hombro, madame Albertine se dirigió pesadamente hacia un ancho asiento en la ventana y miró hacia fuera. «¡Ah! —exclamó suspirando pesada - mente—. ¡Qué lástima! Entre tanta belleza, tanta cruel - dad.» Me subió a su anchísimo regazo y me miró a la16
  8. 8. cara al decir: «Mi pobre preciosa y pequeña Fifí, ma -d a m e Dip l om a t es u na m uj er d ur a y cr u el. Una a s p ir a nt e ,si la hubo nunca, a subir en la escala social. Para ellano er es más que un juguete para ser m ostrado; para mítú eres una de las pobres criatu ras de Dios, pero clarono entenderás lo que te estoy diciendo, gatita». Yo ron -roneé para demostrar que sí la entendía y le lamí lasmanos. Me dio unas palmaditas y dijo: «Oh, tantoamor y afecto desperdiciados. Serás una buena madre,pequeña Fifí». Mientras me enroscaba cómodamente en su regazom ir é p or la v ent a na . La v ist a er a t a n int er esa nt e q ue t uv eque levantarme y pegar la nariz contra el cristal paratener mejor vista. Madame Albertine me sonrió amistosa -mente al tiempo que jugueteaba con mi cola, p ero lav ista ocupaba toda mi atención. Volv iéndose se levantóde golpe y, con las mejillas juntas, observamos. Debajode nosotros los bien cuidados céspedes parecían una lisa al -fombra verde bordeada de dignos cipreses. Girando sua -vemente hacia la izquier da, el suave gris de la avenidase prolongaba hacia la distante carretera de donde lle -gaba el sordo ruido del tráfico rodado procedente y endirección hacia la metrópolis. Mi viejo amigo el man -zano estaba solitario y erguido junto al pequeño lagoartificial, cuya superficie reflejaba el pesado gris delcielo y brillaba com o el plomo. Al borde del agua, crecíauna cinta de cañas que me recordaba la franja de pelodel viejo cura que venía a ver al «duque», el maridode madame Diplomat. Volv í a mirar el esta nque y penséen mi pobre madre que la habían matado allí. «¿Y acuántos otros?», me pregunté. Madame Albertine me miró repentinamente y dijo:«Pero mi pequeña Fifí, si creo que estás llorando. Sí,has vertido una lágrima. Es un mundo muy cruel peque -5a cruel para todos nosotros». En la distancia se 17
  9. 9. v ieron de repente pequeños puntos negros que yo sabía que eran coches, los cuales entraron en la avenida y se acercaron a gran velocidad hacia la casa frenando entr e una nube de polvo y un gran rechinar de neumáticos. La campana sonó fur iosamente haciendo que se me er izase el pelo y que mi cola se esponjara. Madame cogió una cosa que yo sabía que se llamaba teléf ono y oí la aguda voz de madame Diplomar, agitada: «Albertine, Alber - tine, ¿por qué no atiendes a tus deberes?». La v oz paró de golpe y madame Albertine suspiró frustrada: «¡Ah! Que la guerra me haya llevado a esto. Ahora trabajo dieciséis horas al día por pura pitanza. Tú descansa, p eq ueña Fif í; a q uí t ien es u n ca jón d e t ier r a » , Sus p ir a nd o otra vez volvió a darme unas palmaditas y salió de la habitación. Oí crujir la escalera bajo su peso, luego silencio. La terraza de piedra bajo mi ventana estaba llena de gente. Madame Diplomat iba y venía inclinando la c a b e z a s um i s a m e n t e, a s í q ue s u p u s e q u e e r a n p e r s o n a s i m p o r t a n t e s. A p a r e c i er o n , co m o p o r a r t e d e m a g i a , m e s i - tas cubiertas de finos manteles blancos (yo usaba pe - riódicos —el Pa ri s Soi r — como mantel), y criadas que iban sirv iendo com ida y bebidas en pr of usión. Me v olví para enroscarme cuando un pensamie nto repentino me h iz o en d er ez a r l a co la c o n a la r m a . Ha b í a o lv id a d o la m á s el em en t a l d e la s p r e ca uc i o n es; ha b ía o lv i d a d o la p r im e r a cosa que mi madre me había enseñado. «Siempre inv es - tiga una habitación extraña Fifí —había dicho—. Re- córrelo todo minuciosamente. Asegúrate de todos los cam inos. Desconf ía de lo poco cor r iente, lo inesperado. Nunca descanses hasta conocer la habitación.» Sintiéndome llena de culpa me puse sobre mis pies, h u s m e é e l a i r e y d e c i d í c ó m o p r o c e d e r . T o m a r ía l a p a r e d izquierda pr imero y daría la vuelta. Salté al suelo, miré bajo el asiento de la ventana husmeando por si había algo18
  10. 10. esp ecia l, em p ez a nd o a r econ ocer la s it ua ci ón, l os p e ligr o sy las ventajas. El papel de la pared era floreado y gas -tado. Grandes flor es amarillas sobre un fondo púrpura.Altas sillas escrupulosamente limpias pero con el rojoterciopelo del asiento gastado. Los bajos de las sillas ymesas estaban Impíos y no tenían telarañas. Los gatosven los bajos de las cosas, no solamente lo de encima ylos humanos no reconocerían las cosas desde nuestr opunto de vista. Un alto arm ar io se er igía contra una de las par edes yyo m e moví hacia el centr o de la habitación para estu -diar cóm o subirm e a lo más alto. Un r ápido cálculo memostró que podía saltar de una silla a la mesa —¡ohcómo resbalaba!— y llegar a lo alto del armario. Duranteu n r a t o e s t uv e a l l í l a m i é n d om e l a ca r a y l a s or e j a s m i e n -tras iba pensando. Casualmente miré detrás mío y porpoco caí alarmada; una gata siamesa me m iraba, eviden -temente la había estorba do mientras se lavaba. «Raro— p en s é — , n o e sp er a b a e n c o nt r a r a q uí u na ga t a . Ma d a m eA l b e r t i n e d e b í a d e t e n er l a se c r e t a m e n t e . L e d ir é " h o l a - . »Me volví hacia ella, y ella al parecer tuvo la misma idea yse volvió hacia mí. Nos miramos con una especie dev enta na entre nosotras. «¡Extraordinario! —murmuré—,¿cómo puede ser?» Cautelosamente, anticipando unatrampa, observé alr ededor de la parte tr aser a de la v en -t a na . N o ha b ía n a d ie a l l í. C ur i osa m e nt e ca d a m ov im ie nt oque yo hacía ella lo copiaba. Al final caí en la cuenta.Esto era un espejo, u n r a r o a r t ef a c t o d e l q u e m i m a d r em e había hablado. Ciertamente éste era el pr imer o queyo veía, ya que ésta era mi primera visita dentro de lacasa. Madame Diplomat era muy particular y a los gatosno se les p er m it ía est a r d entr o d e la ca sa a m enos d e q uequisiera mostrarlos. Yo hasta el momento me había es -capado de esta indignidad. «De todos modos —me dije a mí misma— debo con- 19
  11. 11. tinuar con mi inv estigación.» El espejo puede esperar Al otr o lado de la habitación v i una gr an estr uctura de m e t a l c o n t ir a d or e s d e b r o nc e e n c a d a e s q u i n a y t o d o e l espacio entre los t iradores, cubiertos con un mante l. Rápi - d a m e nt e m e d es l iz é d e l a r m a r i o a l a m esa , p a t i na nd o u n p oco sobr e el encera d o y sa lté d ir ecta sobr e la es tr uc t ur a de metal cubierta por un mantel. Aterrizé en el medio y ante mi horror la cosa me lanzó al aire. Al volver a aterrizar eché a correr mientras decidía qué hacer. P or unos inst ant es m e sent é en el centr o d e la a lf om. bra roja y azul de un dibujo como de «remolinos» que aunque escrupulosamente limpia, había visto mejores días en otros lugares. Parecía ser perfecta para estirar las patas, así es que le di unos suaves estirones y parecía ayudarme a pensar más claramente. ¡Claro! Esa gran estructura era una cama. Mi cama cra de viejos perió- dicos echa d os sobr e el suelo d e cem ent o d e un c ob ert iz o Madame Albertine tenía como un viejo mantel echado sob r e una esp eci e d e est r uct ur a d e hier r o. R onr one a nd o d e pla cer p or ha b er resuelt o el pr ob lem a, m e d ir igí ha c ia é s t a y e x a m i n é l a p a r t e i n f e r i o r c o n g r a n i n t e r é s . I n mens os muelles cub ier t os p or lo q ue obviam ent e era una e s p e c i e d e t r e m e n d o s a c o r a s ga d o , s o p o r t a b a n l a c a r g a a m ont o na d a s ob r e é st o s. P od ía v er c la r a m en t e d o nd e e l p e s a d o c u e r p o de madame Albertine había destrozado algunos de los muelles que colgaban. Con espíritu de investigación científica tiré de una tela a rayas que colgaba de una esquina al otro lado cerca de la pared. Ante mi increíble horror, salieron plu ma s v olando. «¡Por todos los gatos! —exclam é yo—. Guarda pá jaros muertos aquí. No me extraña que sea tan enorme, debe comérselos durante la noche.» Unos cuantos rápidos husmeas alrededor y había ya agotado todas las posibilidades de la cama. Mientras observaba a mi alrededor y me pregun.20
  12. 12. t a b a d ó n d e m i r a r l u e g o , v i u n a p u e r t a a b i er t a . D i m e d iadocena de pasos y sigilosamente me agaché junto a unposte de la puerta, inclinándome un poco hacia delantepara que un ojo pudiera echar un primer v istazo. A pri -mera v ista el cuadro era tan extraño que no podía com -prender lo que estaba v iendo. Algo brillante en el sueloc on un d ib u j o b la n c o y n e gr o. C on t r a u na d e la s p a r e d e suna especie de abrev ader o (sabía lo que er a por que loshabía cerca de los establos), mientras que contra otrapared sobre una plataforma de madera, había la taza dep or ce la na m á s gr a n d e q ue j a m á s ha b r ía p o d i d o im a gi na r .Estaba sobre la plataf or ma de m ader a y tenía una tapa -dera de madera blanca. Mis ojos se iban agrandando ytuv e que sentar me y r ascarm e la or eja der echa m ientrasd e l i b e r a b a . Q u i é n b e b e r í a e n a l g o d e s e m e ja n t e t a m a ñ o ,me preguntaba. En aquel momento oí el ruido de madame Albertinesubiendo las crujientes escaleras. Apenas parándome aver si mis mostachos estaban en orden, corrí hacia lap u e r t a p a r a sa l u d a r la . A nt e m is gr it o s d e j ú b i l o, ll e na d econtento, dijo: «¡Ah!, mi pequeña Fifí, he robado lo me -jor de la mesa par a ti. Esos cerdos se están har tando,¡uf! ¡Me dan ganas de vomitar!». Se agachó y me pusolos plat os, ¡verdaderos platos!, d ela nte m ío, pero no te níatiempo para la comida todavía, tenía que decirle lo mu -cho que la quería. Ronroneé mientras ella me acogía ensu ancho pecho. Esa noche dormí a los pies de la cama de madameAlbertine. Echa un ovillo en la inmensa colcha, estuvemás cómoda que nunca desde que me habían separadode mí madre. Mi educación fue en aumento; descubrí larazón de lo que en mi ignorancia había creído que erauna taza de por celana gigante. Me hizo enr ojecer r ostroy cuello al pensar en mi ignorancia. A la mañana siguiente madame Albertine se vistió 21
  13. 13. y bajó la escalera. Se oían los ruidos de mucha conmo - c i ó n , m u c h a s v o c e s a l t a s. De s d e l a v e n t a n a v i a G a s t o n , el chófer, limpiando el gran Renault. Al poco rato d e s a p a r e c i ó p a r a v o lv e r d e sp u é s c o n s u m e j o r u n i f o r m e . L l ev ó el c o ch e a la en t r a d a d e la ca sa y lo s cr ia d os l le na - ron el portaequipaje de maletas y paquetes. Me agaché más, monsieur el duque y madame Diplomat se diri - g i e r o n a l c o c h e y f u e r o n c on d u c i d o s p o r G a s t o n a v e n i d a abajo. El ruido debajo mío creció, pero esta vez era como d e ge n t e ce l eb r a nd o a l g o. M a d a m e A lb er t i ne s ub i ó r ui d o - sam ente la s escaler as con el rostr o reb osa nte d e fe lic id ad y rojo por el vino. «Se han ido, pequeña Fifí —gritó, aparentemente creyendo que yo era sorda —. Se han ido, durante toda una semana estaremos libres de su tiranía. Ahora nos div er tirem os. » Estr ujándom e contra el la m e l lev ó a b a j o d on d e se ce le b r a b a un a f i es t a . T od os los cr ia d os p a r ecía n m á s co nt ent o s a hor a , y yo m e s e nt í a or g ul l o sa d e q ue m a d a m e A lb er t in e m e ll ev a r a e n b r a z os a pesar de que temía que mi peso de cuatro libras la cansara. Por una semana todos ronroneamos juntos. Al final de esa semana lo arreglamos todo y asumimos la más m iser able de nuestr as expresiones pr epar ándonos para la v uelta de madame Diplomat y su marido. Él no nos preocupaba, solía pasearse por ahí tocándose su Legión d e Ho nor en e l b ot ón d e la sola p a . Sea com o f uer e e s t a b a siempre pensando en el «servicio», no en los criados ni gatos. El problema era madame Diplomat. Era una mujer regañona, desde luego, y fue como el perdón de la guillotina cuando oímos el sábado que volverían a irse una semana o dos, ya que tenían que verse con lo «mejorcito». El tiempo pasaba rápidamente. Por la mañana ayu - daba a los jardineros levantando una planta o dos para22
  14. 14. ver si la s ra íces cr ecía n sat isfa ct oriam ent e. P or la s tar d e sm e r et ir a b a a u na c óm o d a r a m a d el v i e j o m a nz a n o s o ña n -do en climas más cálidos y antiguos templos donde lossacerdotes v estidos con túnicas amarillas daban v ueltassilenciosamente siguiendo sus oficios religiosos. Repen -tinam ent e me d esp er t a ba el sonid o de av iones d e la s F uer -zas Aéreas francesas rugiendo locamente a través delcielo. Estaba empezando a ponerme pesada ahora y misgatitos empezaban a moverse dentro de mí. No me eraf á ci l m ov er m e a h or a , t e n ía q u e m e d ir m i s p a s os. D ur a nt elos últimos días cogí el hábito de ir a la lechería a mirarcómo ponían la leche de las vacas dentro de una cosaque daba v ueltas y producía dos chorros, uno de leche yotro de crema. Me sentaba sobre un estante bajo parano molestar. La lechera me hablaba y yo le contestaba. U n a t a r d e c er e s t a b a s e n t a d a s o b r e e l e s t a n t e a u n o sseis p ies d e un c ub o lle no d e leche. L a lecher a m e e s t a b ahablando de su último nov io y yo le ronroneaba asegu -rándole que todo iría bien entre ellos. De repente se oyóu n c h i l l i d o q u e a t r a v e s a b a el t í m p a n o c o m o c ua n d o a u ng a t o m a c h o s e l e p i sa l a c o la . M a d a m e D i p l o m a t e n t r ó e nla lechería corriendo y gritando: «Te dije que no tuvierasgatos aquí, nos e nv e n e n a r á s » . Cogió lo p r im e r o queencontr ó a m ano, una m edida de cobr e y m e la tir ó c o ntoda su fuerza. Me dio en el costado con muchaviolencia y me hizo caer en el cubo de la leche. El dolorfue terrible. Apenas podía chapotear para mantenerme af lot e. Sent í sa lír sem e la s en t r a ña s. El suel o se t a m b a le óbajo pesados pasos y madame Albertine apareció. Rápi-damente inclinó el cubo y tiró la leche manchada desangre. Pasó suavemente sus manos sobre mí. «Llamaal señor v eterinario», ordenó. Yo me desmayé. Al despertar estaba en la habitación de madameAlbertine en un cajón forrado y caliente. Ten ía tres 23
  15. 15. cost illa s r ot a s y ha b ía p er d id o m is ga t it os. Dura nt e a lgún tiempo estuv e muy enferma. El señor v eterinario venía a verme a menudo y me dijeron que le había dicho p a la b r a s d ur a s a ma d a m e Dip lom a r . « C r ueld a d . C r ue ld ad innecesaria», había dicho. «A la gente no le gustará. Dirán que es usted una mujer mala.» «Los criados me han dicho —dijo él— que la futura madre gatita era m uy lim pia y m uy honr ada. No, madam e Diplom at, f ue muy malvado de su parte.» Ma d a m e Al b er t i n e m e m o ja b a l o s la b i o s c o n a g ua , y a que ta n sólo p ensar en leche me ha cía p a lid ecer . Día tr a s día intentaba convencer me para que com iera. El señor veterinario dijo: «Ahora no hay esperanza, morirá, no puede vivir otro día sin comer». Pasé a un estado com a - t o s o. D e sd e a l g ú n l u ga r m e p a r e cía o ír e l s u s ur r o d e l o s árboles, el crujir de las ramas. «Gatita —decía el man- zano—, gatita, esto no es el fin.» Extraños ruidos me z um b a b a n e n la c a b ez a . V i u na b r i l la nt e l uz a m a r il la , v i maravillosos parajes y olí placeres celestiales. «Gatita —susurraba n los árboles—, esto no es el fin, come y vive. No es el fin. Tienes una razón para vivir, gatita. Tendrás días felices en el ocaso de tu vida. No ahora. Esto no es el fin.» Abrí los ojos pesadamente y levanté algo la cabeza. M a d a m e A l b e r t í n e c o n gr a nd e s l á g r im a s c o r r i é n d o l e p o r las mejillas, se arrodilló junto a mí aguantando algunos finos pedazos de pollo. El señor v eterinario estaba de p i e j un t o a la m e sa l le na nd o u na j er i n ga c on a lg o d e u n a botella. Débilmente tomé uno de los pedazos de pollo, lo retuve un instante en la boca y lo tragué. «¡Milagro! ¡Milagro!», dijo madame Albertine. El señor veterinario se v olv ió con la boca abierta y poco a poco fue dejando la jeringa y vino hacia mí. «Es como usted dice, un milagro —remarcó--. Estaba llenando la jeringa para administrarle el golpe de gracia y ev itar así más sufri -24
  16. 16. miento.» Les sonreí y emití tres ronroneos, todo lo quepude. Mientras volvía a adormecerme les oí decir: «Serecuperará». Durante una semana continué en un pobre estado;no podía respir ar hondamente, ni podía dar más queu n o s p o c o s p a s o s . M a d a m e A l b e r t i n e m e h a b ía t r a í d o m icajón de tierra muy cerca, ya que madre me había ense -ñado a ser muy cuidadosa con mis necesidades. Una se -mana más tarde madame Albertine me llev ó abajo. Ma -dame Diplomat estaba de pie ante una habitación conuna mirada burlona y de desaprobación. «Hay que lle -varla a un cobertizo, Albertine», dijo madame Diplomat.«Con perdón, señora —dijo madame Albertine —, toda-v ía no est á lo suf icient em ent e b ien, y si se la m a ltr a t a, yoy otros criados nos iremos.» Con un altiv o resoplido ymirada, madame Diplomat volvió a entrar en la habi -t a ción. Ab a jo en la s coci na s a lguna s d e la s v ieja s m uje r e svinieron a hablarme y dijeron que se alegraban de queestuviera mejor. Madame Albert ine me dejó en el suelosuav em ente para que pudier a m ov erm e y leer todas lasn o t i c i a s d e c o s a s y d e l a g e n t e . P r o n t o m e c a n s é , y a q ueaún no me encontraba bien, y me dirigí a madame Alber -tine, levanté la mirada hacia su rostro y le dije quequería ir a la cama. Me cogió y volvió a lo más altode la casa. Estaba tan cansada que me dorm í pr of unda -mente antes de que me metiera en la cama.
  17. 17. Capítulo II E s f á ci l ser s en sa t o d e sp u é s d e l os a c o nt e cim i e n t os . Escribir un libro trae recuerdos. A través de la dureza de los años, pensé a menudo en las palabras del viejo manzano: «Gatita, esto no es el fin. Tienes un propósito en la vida». Entonces pensé que no era más que una amabilidad para animarme. Ahora lo sé. Ahora en el oca so d e m i v ida t engo m ucha felicida d; si est oy a use nt e, aunque no sea más que unos minutos, oigo: «¿Dónde está Fifí? ¿No le ha pasado nada?». Y sé que soy amada p or m í m ism a no s ól o p or m i a p a r iencia . En m i j uv e nt ud era distinto, no era más que una pieza de escaparate o com o d ir ía la gent e m od er n a una « pieza d e conver sa c ión» . Los americanos dirían un «juguete ingenioso». Madame Diplomar tenía sus obsesiones. Tenía la obsesión de ascender más y más en la escala social de Francia, y mostrarme en público era un seguro amuleto para el éxito. Me odiaba , ya que odiaba a los gatos (ex - cepto en públic o) y no se me permitía entrar en la casa a menos de que hubiera invitados. El recuerdo de mi primera «presentación» lo tengo vívido en mi mente. Estaba en el jardín un día caluroso y soleado. Du - r a nt e un r a t o ha b ía est a d o m ir a nd o a la s a b eja s lle v a ndo p o l en s ob r e s u s p a t a s. E nt o nc e s m e m ov í p a r a e xa m i na r el p ie d e un c ip r és. E l p er r o d e u n v e c in o ha b ía r e c i e nt e - mente estado allí y dejado un mensaje que yo quería l e e r . E c h a n d o f r e c u e n t e s m ir a d a s s o b r e m i h o m b r o p a r a ver si estaba a salvo, dediqué mi atención al mensaje. Poco a poco me fui interesando más y más y fui per - diendo la conciencia de cuanto me rodeaba. Inesperada - mente unas á speras ma nos m e agarraron y m e d espertaron de mi contemplación del mensaje del perro. Pzzt, silbé26
  18. 18. mientr a s m e liber aba d a nd o un f uer t e golp e hacia a trá s a lhacer lo. Subí al árbol y mir é hacia abajo. Siempre corr eprimero y mira luego —había dicho madre —. Es mejorcorrer sin necesidad que parar y no poder volver a correr.» M ir é h a c ia a b a j o. Es t a b a P i e r r e, el ja r d i ner o, a ga r r á n -dose la punta de la nar iz, un reguerillo de sangr e le ibacorr iendo por entr e sus dedos. Mirándom e con odio, seagachó, cogió una piedra y la tiró con toda su fuerza.Di la vuelta al tr onco del árbol, pero a sí y todo la vibra -ción de la piedra contra el tronco casi me hizo caer.Volv ió a agacharse para coger otra piedra en el mismom o m e n t o q u e m a d a m e A l b e r t i n e a n d a n d o s i l e n c i o s a m e n tesob re el m usgoso t err eno ad ela nt ó un pa so. R ecogie nd o l ae s c e n a e n u n a m i r a d a , a d el a n t ó á g i l m e n t e l a p i e r n a yPierre cayó al suelo cara abajo. Le cogió por el cuelloy lo levantó sacudiéndolo. Lo agitó con violencia, no eramás que un hombre pequeñito, y le hizo tambalear.«Dañas a la gata y te mato, ¿me oyes? Madame Diplo -mat te envió a buscarla, hijo de perra, no para que ladañaras.» «La gata se me escapó de las manos y mecaí contra el árbol y me sangra la nariz —balbucióPierre—, perdí los estribos a causa del dolor.» MadameAlbertine se encogió de hombros y se volvió hacia m í.«Fifí, Fifí, ven con mamá», llamó. «Ya voy», grité mien -tras ponía mis brazos alrededor del tronco y me desli -zaba de espaldas. «Ahora tienes que comportarte lo me -j o r q u e p u e d a s , p eq u e ñ a F i f í — d i j o m a d a m e A l b e r t i n e — .La señora 1 quiere mostrarte a sus visitas.» La palabras e ñ o r a s i e m p r e m e d iv e r t í a . E l s e ñ o r d u q u e t e n í a u n a s e -ñora en París así que, ¿cómo era madame Diplomatla señora? De todos modos, pensé, sí quieren que tam -bién se la llam e «señora», por mí no hay pr oblema. Estaera gente muy rara e irracional. 1. En inglés mistress significa señora y amante. (N. de la T.) 27
  19. 19. Andamos juntas a través del césped, madame Alber - tine m e lleva ba p ara q ue m is pies est uviera n lim p ios para la s v isit a s. Sub im os los a nc hos p eld a ñ os d e p ied r a d ond e vi un ratón escurriéndose en un agujero junto a un arbusto y atravesamos la galería. Al otro lado de las puertas abiertas del salón vi a una multitud de gente sentada y charlando como un grupo de gorriones. «He traído a Fifí, señora», dijo madame Albertine. La «se - ñor a» se levantó de un salto y me tomó con cuidado de los brazos de mi amiga. «¡Oh, mi querida dulce y chi - quit ina Fifí! », exclamó mient ras daba la vuelta tan apr is a q ue m e m a r eé. La s m ujer es se lev a nt a r on y se a gr up a r on cerca d e m í p r of ir iend o exclama ciones d e a dm ira c ión. L os gatos siam eses en Francia eran una rareza en aquellos t i em p o s. I n cl u s o l o s h om b r e s a l l í p r e se nt e s se m ov i e r o n p a r a m ir a r . M i n e gr o r o st r o y b la n co c uer p o t er m i na nd o e n una cola negra, pa recía intr igar les. « Excep ciona l e ntre l o excep c ion a l — d ij o la s eñor a — . Un m a gníf ico pedigree; costó una fortuna. Es tan cariñosa, a veces duerme con - migo por la noche.» Yo grité protestando ante tales men - tiras y todo el mundo retrocedió alarmado. «Está ha - blando», dijo madame Albertine, a quien se le hab ía ordenado que se quedara en el salón «por si acaso». Como el mío, el rostro de madame Albertine reflejaba s or p r e sa d e q u e la s eñ or a d i jer a t a n t a s f a ls ed a d e s . « A h, Renée —dijo una de las invitadas —, deberías llevarla a A m é r i c a c u a n d o v a ya s . L a s m u j e r e s a m e r i ca n a s p u e d e n ser una gran ayuda en la carrera de tu marido si les gustas y la gatita ciertamente llama la atención.» La señora apretó sus delgados labios de modo que su boca desapareció por completo. «¿Llevarla? —preguntó—. ¿C óm o l o h a r ía ? Ar m a r ía ja l e o y t e nd r ía m o s d if i c ul t a d e s cuando volviéramos.» «Tonterías, Renée, me sorpren - des —replicó su amiga—. Conozco a un veterinario que te dará una droga con la que dormirá durante todo d28
  20. 20. vuelo. Puedes arreglártelas para que vaya en una cajaa c o l c h a d a c o m o eq u i p a j e d ip l o m á t i c o . » L a s e ñ o r a a s i n t iócon la cabeza: «Sí, Antoinette, tomaré esta dirección». Durante un rato tuve que quedarme en el salón.Hacían comentarios sobre mi tipo, se admiraban de lolargo de mis piernas y la negrura de mi cola. «Yo creíaque todos los mejores tipos de gato siamés tenían lacola enroscada», dijo una. «Oh no —contestó la seño-ra—, gatos siameses con colas enroscadas no están demoda ahora, cuando más recta la cola mejor el gato.Pr ont o enviarem os a ést a a juntar se y ent onces t e ndr em osgatitos para dar.» Finalmente madame Albertine dejóel salón. «¡Puff! —exclamó—. Dame gatos de cuatropatas en cualquier momento antes que esta variedad dedos patas.» Rápidamente di una ojeada a mi alrededor;n o ha b ía v i st o n u nca ga t os c o n d o s p a t a s a n t e s y n o c om -prendía cómo podían arreglárselas. No había nada de -trás mío excepto la puerta cerrada, así es que meneé lacabeza con un gesto de extrañeza y seguí andando junto amadame Albertine. Esta ba oscureciend o y una ligera llov iz na golpe ab a la sv e n t a na s c u a n d o e l t e l é f o n o e n l a h a b i t a c i ó n d e m a d a m eAlbertine sonó irritablemente. Se levantó para contes -tarlo y la aguda voz de la señora rompió la paz. «Alber -tine, ¿tienes a la gata en la habitación?» «Sí, señora,todavía no está bien», replicó mad ame Albertine. La vozde la señora subió un octavo de tono: «Te he dicho,Albertine, que no la quiero en la casa a menos de quehaya v isitas. Llévala al cobertizo inmediatamente. ¡Measom br o d e m i b ondad dejánd ot e q ued ar; er es ta n inút il!» .Muy a pesar suyo madame Albertine se puso un gruesoabrigo de punto, se metió dentro de un impermeable yse enroscó un pañuelo en la cabeza. Cogiéndome en bra -zos m e arropó con un chal y me bajó por la escalera tra -sera. Se paró en la sala de los criados para coger una lin- 29
  21. 21. terna y fue hacia la puerta. Un v iento tempestuoso me dio en la cara; una s nubes b ajas corrían a través de l cielo nocturno; desde un alto ciprés un búho ululó desma - ya d a m ent e, ya q ue nu est r a p r esencia ha b ía esp a nt a d o a l ratón que había estado caza ndo. Ramas cargadas de lluvia nos rozaban y echaban su carga de agua sobre n os o t r a s. E l ca m i no er a r es b a la d iz o y t r a i d or e n la o s c u - ridad. Madame Albertine se arrastraba cautelosamente escogiendo sus pasos a la tenue luz de la linterna mur - m ur a nd o im p r e ca c i o ne s c on t r a m a d a m e Di p l om a t y t od o lo que ésta representaba. Ant e n os ot r a s a p a r eció el c o b er t iz o, com o u na m a r c a más negra en la oscuridad de los sombríos árboles. Em - pujó la puerta y entró. Hubo un golpe tr emendo al des - li z a r s e a l s u e lo u na m a c et a q u e ha b ía q ue d a d o c og i d a a sus volum inosas faldas. Muy a mi pesar se me erizó la cola d e m ied o y se m e f or m ó un a gud o t r a z a d o a l o la r go de mi espinazo. Iluminando con su linterna un semi - círculo delante de ella, madame Albertine se adentr ó en el cober tizo y f ue hacia el m ontón de v iejos per iódi - cos que eran mi cama. «Me gustaría ver a esa mujer encerrada en un lugar como éste —murmuró para sus adentr os—. Ya le bajarían un poco los humos.» Me dejó con cuidado en el suelo, se asegur ó de que tenía agua, nunca beb ía leche a hor a, sólo a gua, y p uso unos c ua nt os pedacitos de pata de rana a mi lado. Después de darme u n a s p a l m a d i t a s e n l a ca b ez a , f u e r et r o c e d i e n d o p o c o a poco y cerró la puerta tras ella. El difuso sonido de sus pa sos f ue a hogá nd ose ba jo el morda z v ient o y el c hap ot e o d e la l luv ia sob r e el ga lv a niz a d o t eja d o d e hier r o. Od ia b a este cobertizo. A menudo a la gente se le olvidaba mi existencia por completo y yo no podía salir hasta que abr ía n la p uert a. C on dema siada frecuencia me ha b ía q ue - d a d o a llí s in c om id a ni b eb id a d ur a nt e d os o inc lus o t r e s días. Los gritos no servían de nada, ya que estaba dema-30
  22. 22. siado lejos de la casa, escondida en un bosquecillo deá r b o l es, l ej o s, d e t r á s d e t od o s lo s r es t a nt es ed if ic i o s . M eestiraba hambrienta poniéndome más y más arrugada es-perando a que alguien de la casa se acordara de que nose m e había v isto por ahí por algún tiem po y v iniera, ainvestigar. ¡Ahora es tan distinto! Aquí me tratan como a unser humano. En vez de casi morir de hambre tengo siem -pr e com ida y bebid a y duerm o en un dorm itor io con mipropia cama de verdad. Mirando hacia atrás a través delos años, parece como si el pasado fuera un viaje cru -zando una larga noche y como si ahora hubiera salidoa la luz del sol y al calor del amor. En el pasado teníaq ue est a r a ler ta a los p a sos p a t osos, a hor a t od o e l m und ovigila por si yo estoy ahí. Los muebles no se cambiannunca de lugar a menos de que se me enseñe su nuevositio porque soy ciega y v ieja y ya no puedo cuidar demí misma; como dice el lama soy una que rida viejaabuela que goza de paz y felicidad. Mientras dicto estoestoy sentada en una cómoda silla donde los calientesrayos del sol se posan sobre mí. Pero todo a su debido tiempo, los días de las som -bras estaban todavía conmigo y todavía el sol tenía queaparecer después de la tormenta. Sentía extraños movimientos dentro de mí. En vozba ja, ya q ue me sent ía insegura , cant é una ca nción. Dea m -bulaba por el terreno en busca de algo. Mis deseos eranvagos y sin embargo apremiantes. Sentada junto a unaventana abierta, sin atreverme a entrar, oí a madameDiplomat usando el teléfono. «Sí, está llamando. La en -viaré inmediatamente y la recogeré mañana. Sí, quierovender los gatitos tan pronto como sea posible.» Pocodespués Gaston vino a mí y me puso en una ca ja demadera donde no se podía respirar con la tapa biencerrada. El olor de la caja, aparte del ambiente irrespi- 31
  23. 23. rable, era de lo má s interesa nte. Había servid o para llev a r comida, patas de rana, caracoles, carnes crudas y ver - duras. Estaba tan inte resada que apenas noté cuando Gaston cogió la caja y me llev ó al garaje. Durante un rato dejó la caja sobre el suelo de cemento. El olor a aceite y gasolina me daba ganas de vomitar. Por fin Gaston volvió a entrar en el garaje, abrió las grandes puertas de entrada y dio el contacto a nuestro segundo coche, un v iej o C it r oen. T r as echa r m i ca ja con b a s t a nte r ud ez a en el p or t a eq uip a jes ent r ó d ela nt e y sa lim os . F ue un viaje terrible, tomábamos las curvas tan aprisa que mi caja rodaba con violencia y paraba con un golpe. A la próxima curva volvería a repetirse el proceso. La oscuridad era intensa y los humos del tubo de escape me ahogaban y me hacían toser. Creí que el viaje no t er m i na r ía nu n ca . D e r ep en t e el c o c ha se d esv i ó, s e o y ó un espantoso chirrido de los n eumáticos al patinar, y cuando el coche volvió a p onerse rect o y siguió corriend o, m i ca ja d io la v uelta y se q ued ó b oca aba jo. Me d i contra una aguda ast illa y m i nariz em pezó a sangrar. El Citroé n s e t a m b a leó a l p a r ar y p r ont o oí v oces. Ab r ier on e l p or t a - equipajes y por un momento hubo silencio y entonces «Mira, hay sangre!», dijo una voz extraña. Levantaron mi ca ja, la sent í ba lancear se m ientra s a lguien la llev ab a. Subieron unos peldaños, se veían sombras a través de las rendijas de la caja y adiviné que estaba dentro de una ca sa o cob er t iz o. Se cer ró una p uer ta, me lev antar o n más alto y me colocaron sobre una mesa. Desmañadas m a nos a r a ña b a n la sup er f ici e ext er na y a b r ier on la c a ja . Yo guiñé los ojos ante la repentina luz. «Pobre gatita», dijo una voz de mujer. Alargando los brazos puso la m a n o d e b a j o m í o y m e c o g i ó . Y o m e s e n t í a e n f e r m a , c on ganas de vom itar y mar eada por los hum os del tubo de e s c a p e , m ed i o i d a p o r l a v i o l e n c i a d e l v i a j e y s a n g r a n d o bastante por la nariz. Gaston, allí, de pie, estaba blanco32
  24. 24. y asustado. «Debo telefonear a madame Diplomat», dijoun hombre. «No me haga perder mi trabajo —dijo Gas-ton—, conduje con mucho cuidado.» El hombre cogióel teléfono mientras la mujer me secaba la sangre de lanariz. «Madame Diplomat —dijo el hombre—, su gatitae s t á e nf e r m a , e st á d e s n u t r id a y ha s i d o e s p a n t o s a m e n t ea git a d a p or est e v ia je. P er d e r á su ga t a , m a d a m e, a m e nosde que se la cuide mejor.» «Por Dios —oí que replicabala voz de madame Diplomat —, tanto jaleo por un gato.Ya la cuidamos. No la tenemos consentida y mimada,q u ier o q ue t en ga ga t it o s. » « T ie n e u st ed u na ga t a s ia m e s am uy valiosa, del m ejor tipo en toda Francia. Descuidar aesta gata es un mal negocio, como usar sortijas dediamantes para cortar cristal.» «Ya la conozco —con-testó madame Diplomat—. ¿Está el chófer aquí?, quierohablar con él.» El hombre pasó el teléf ono a Gaston ensi l en c i o. P or a l g u n os i ns t a nt es e l t or r e nt e d e p a la b r a s d el a s e ñ o r a f u e t a n gr a n d e, t a n v i t r i ó l i c o q u e n o p o d í a p e r -seguir su fin, simplem ente atontaba los sentidos. Final -m e n t e , d e s p u é s d e m u c h o e s t i r a r l l e g a r o n a u n a c u e r d o.Yo tenía que quedarme ¿dónde estaba yo?, hasta queestuviera mejor. Gaston se fue temblando todavía al pensar en ma -d a m e D i p l o m a t . Y o s e g u í e c h a d a s o b r e l a m e sa m i e n t r a sel hombre y la mujer me atendían. Tuve la sensaciónde un ligerísimo pinchazo y casi antes de que pudieradarme cuenta m e quedé dor mida. Fue una sensación delo más peculiar. Soñé que estaba en el cielo y que mu -c h o s g a t o s m e h a b l a b a n , p r eg u n t á n d o m e d e d ó n d e v e n í a yq u ié n es er a n m i s p a d r e s. H a b la b a n e n el m e j or f r a n c é sgatuno siamés además. Levanté la cabeza pesadamente yabrí los ojos. La sorpresa ante el lugar donde estabacausó el erizamiento de mi cola y un escalofrío en miespinazo. A pocos centímetros de mi rostro había unapuerta de red de hierro. Yo estaba echada sobre paja lim- 33
  25. 25. pia. Detrás de la puerta de alambre había una gran habitación que contenía todo tipo de gatos y algunos perritos. Mis vecinos a cada lado eran gatos siameses. «Ah, la desgraciada está mov iéndose», dijo uno. «¡Uf! ¡Cómo te colgaba la cola cuando te trajeron!», dijo el otro. «¿De dónde vienes?», chilló un persa desde el otro lado de la habitación. «Estos gatos me ponen en - fermo», gruñó un pequeño poodle d e sd e u n a ca j a e n e l suelo. «Yeh —murmuró un perrito justo fuera de la ór b it a de m i vista —, a est as dama s les d ar ía n una b ue na p a l i z a e n m i E s t a d o. » « O í d a e s t e p er r o ya n q u i d á n d o s e aires —dijo alguien cerca —, no lleva aquí el tiempo suficiente como para tener derecho a hablar. No está más que a pensión, eso es!» «Yo soy Chawa —dijo la gata de mi derecha —. Me han sacado los ovarios.» «Yo soy Sang Tu —dijo la gata de mi izquierda —. Yo luché con un perro, pequeña, d eb er ía s v er a ese p err o, d esd e lueg o p oc o q ued a d e é l. » «Yo soy Fifí —respondí tímidamente—. No sabía que había más gatos siameses aparte de mí y de mi desapa - recida madre.» Por algún tiempo se hizo el silencio en la gran habitación y entonces surgió un gran rugido al entrar el hombre que traía la comida. Todo el mundo ha b la ba a la vez. L os per r os ped ía n q ue se les a lim e nt an pr im er o, los ga t os llama ba n a los p err os cerd os e goíst as . Se oía el entrechocar ruidoso de los platos de comida y e l g o r j e o d e a g u a a l l l e n a r l o s b o t e s p a r a b e b er y l u e g o el glup glup de los perros al comenzar a comer. El hombr e se acercó a mí y me mir ó. La mujer entró y atravesó v iniendo hacia mí. «Está despierta», dijo el hombre. «Preciosa gatita —dijo la mujer —. Tendremos q u e f o r t a l e c e r la , n o p u e d e t e n e r g a t i t o s e n s u p r e s e n t e e s t a d o . » M e t r a j er o n u n a a b u n d a n t e p o r c i ó n d e c o m i d a y siguieron con los otros. Yo no me encontraba denla. siado bien, pero pensé que sería de mala educación no34
  26. 26. comer, así es que me lo propuse y pronto lo hube ter -minado todo. «¡Oh! —dijo el hombre cuando volvió —,e s t a b a h a m b r i e n t a . » « V a m o s a p o n e r l a e n e l a n e x o — d i jola mujer—, tendrá más luz solar allí, creo que todosestos animales la molestan.» El hombre abrió mi jaula y me acunó en sus brazosmientras me llevaba a través de la habitación y a travésde una puerta que no había podid o v er antes. «Adiós»,chilló Chawa. «Encantada de conocerte —gritó SangTu—. Dales recuerdos míos a los gatos machos cuandoles veas.» Cruzamos el umbral de la puerta y entramosen una habitación iluminada por el sol, donde había unag r a n j a u l a e n e l c e n t r o . « ¿ V a a m e t er l a e n l a j a u l a d e l o smonos, jefe?», preguntó un hombre a quien no habíavisto antes. «Sí —replicó el hombre que me llevaba —,necesita cuidados, ya que no llev aría en su presente es -tado.» ¿Llevaría? ¿L l e v a r í a ? ¿Qué es lo que suponíanque iba a llevar? ¿Creían que iba a trabajar yo aquíllevando platos o algo parecido? El hombre abrió lapuerta de la jaula grande y me metió. Se estaba bienaparte del olor a desinfectante. Había tres ramas y es -tantes y una agradable caja de paja forrada de te la paradormir. Me paseé alrededor con cautela, ya que madrem e ha b ía e ns e ña d o a q ue i nv es t i ga r a c om p l et a m e nt e c ua l -quier lugar extraño antes de instalarme. Una rama deárbol me inv itaba, así es que saqué mis pezuñas para de -m o s t r a r q u e y a m e s e n t í a i ns t a l a d a . A l e n c a r a m a r m e p orla rama v i que podía mirar sobre un pequeño cercado yver más allá. Había un gran espacio cerrado con alambre todoalrededor y por encima. Pequeños árboles y arbustosllenaban el terreno. Mientras observaba, un gato siamésde lo más magnífico salió a la vista. Tenía un tipo fan -tástico, largo y delgado con pesados hombros y la másnegra de las colas negras. Mientras atravesaba despacio 35
  27. 27. el terreno iba cantando la última canción de amor. Yo escuché ext asiada , p er o p or el m om ent o t enía d em as ia da vergüenza para contestar cantando. Mi corazón latía y t u v e u n a s e n s a c i ó n d e l a s m á s e x t r a ñ a s. S e m e e s c a p ó un gran suspiro mientras él desaparecía. Durante un rato me quedé sentada en lo más alto d e esa r a m a , l le na d e s or p r e sa . M i c ol a s e m o v ía e s p a s . m ó d i c a m e n t e y m i s p i er n a s t e m b l a b a n t a n t o d e l a e m o - ción que apenas podían soportarme. ¡Qué gato!, ¡qué tipo más formidable! Podía imaginármelo llenando de gracia un templo en el lejano Siam, con sacerdotes de amarillas t únicas saludá ndole mient ras d ormitaba al s ol. ¿Y m e eq uiv oca b a ? S ent ía q u e ha b ía m ir a d o en m i d ir e c - ción, que lo sabía todo de m í. Mi cabeza era un tor be - llino con pensamientos sobr e el futur o. Despacio, tem - b la nd o, d es ce n d í d e la r a m a , e nt r é en la ca j a d e d or m ir y me eché para seguir pensando. Esa noche d orm í inq uieta; al d ía siguient e el hom br e d ijo q ue y o t en ía f ieb r e a ca usa d el m a l v ia je en c o c he y los hum os del tubo de escape. ¡Yo sabía por qué tenía fiebre! Su bello rostro negro y su larga cola arrastran. dose se habían apoderado de mis sueños. El hombre dijo q ue m e encont rab a déb il y q ue t enía q ue des ca nsar, Durante cuatro días viv í en esa jaula descansando y comiendo. A la mañana siguiente me condujeron a una ca s it a d e nt r o d e l cer ca d o c o n r ed es. A l i n st a la r m e m ir é a mi alrededor y vi que había un m uro de red entre m i com par t im ent o y el d el gua p o ga t o. Su ha b it ación e sta ba cuidada y arreglada, su paja estaba limpia y vi que su bol de agua no tenía polv o flotando sobre la superficie. No estaba dentro en aquel momento, adiviné que esta- ría en el cercado jardín dando un vistazo a las plantas. L l e n a d e s u e ñ o , c er r é l o s o j o s y d i u n a s c a b e z a d a s . Una poderosa v oz me hizo saltar despertándome y miré tímidamente al muro de red. « ¡Bueno! —dijo el gato36
  28. 28. sia m é s — , e n ca nt a d o d e co n o c er t e, d es d e l ue g o. » S u gr a nrostro negro estaba contra la red, y sus vívidos ojosazules disparaban sus pensamientos hacia mí. «Nos va -mos a casar esta tarde —d i j o é l — . M e g u s t a r á , ¿ y a t i ? »Enrojeciendo toda yo escondí mi cara entre la paja.«Oh, no te pr eocupes tanto —exclamó él—. Estamosh a c i e n d o u n n o b l e t r a ba j o ; n o h a y l o s s uf i c i e n t e s den o s o t r o s e n Fr a nc ia . T e g u s t a r á , y a v er á s» , r i ó m ie n t r a sse se nt a b a a descansar después de su paseo matinal. A la hora de comer, vino el hombre y rió al vernossentados cer ca el uno del otro con sólo la red entre nos -ot r o s y ca nt a n d o u n d ú o. E l ga t o se a lz ó s ob r e s u s p a t a s yle rugió al hombre: «¡Saca esa... puerta de en medio!»,usando algunas palabras que me hicieron enrojecer todaotra vez. El hombre sacó despacio la clavija, volvió acolgarla fuera de peligro, dio la vuelta y nos dejó. ¡ Oh ! E s e g a t o, e l a r d or d e s u s a b r a z o s, la s c os a s q u eme d ijo. Desp ués nos q ueda mos echa d os uno junt o a l ot roe n u n d u l c e c a l o r y e n t o n c e s t u v e e l e s c a l o f r ia n t e p e n s a -miento: yo no era la primera. Me levanté y volví a mihabitación. El hombre entró y v olv ió a cerrar la puerte -cilla entre nosotros. Por la noche vino y me volvió allevar a la jaula grande. Dormí profundamente. Por la mañana, v ino la mujer y me llev ó a la habita -ción en la que había estado al ingresar en este edificio.Me colocó sobre una mesa y me aguantó fuertementemientras el hombre me examinaba a fondo cuidados a -mente. «Tendré que ver al dueño de esta gata porquela pobrecita ha sido muy maltratada. ¿Ves? —dijo indi-cando mis costillas izquierdas y tocando donde todav íame dolía —. Algo espantoso le ha pasado y es un animaldemasiado valioso para que se le descuide.» «¿Damosun paseo en coche y nos acercamos a hablar con la due -ña?» La mujer parecía estar realmente inter esada enmí. El hombre contestó diciendo: «Sí, la recogeremos, y 37
  29. 29. d e p a so q uiz á p od r em os cob r a r nuest r os honor a r ios t a m - bién. La llamaré y le diré que devolveremos la gata y r ecoger em os el d iner o» . De sc olg ó el t e léf on o y ha b ló c on m a d a m e Dip lom a t . L a s ola p r eocup a ci ón d e é st a p a r e c ía ser q ue « el par t o de la ga ta» p ud iera costar le unos p oc os f r a nc o s d e m á s. C o nv e n ci d a d e q u e n o ser ía a sí, e s t uv o de a cuer d o en pa gar la cuent a ta n pr ont o com o m e d ev ol - v i er a n . Y e s o f u e l o q u e d e ci d i e r o n : m e q u e d a r í a ha s t a la tarde siguiente y luego me dev olv erían a madame Diplomat. «Eh, Georges —gritó el hombre —, devuélvela a la jaula de m onos, se queda hasta mañana.» Georges, un v iejo encor v a d o a q uien no ha b ía v ist o a nt es, v ino ha c ia mí tam ba leá nd ose y m e cogió con sorpr e ndent e c uida d o. M e p u s o s ob r e s u h om b r o y em p ez ó a a nd a r . Me l l e v ó a l a g r a n h a b i t a c i ó n s i n p a r a r p a r a p o d er h a b l a r c o n l o s otros. La habitación donde estaba la jaula de monos y cerró la puerta tras nuestro. Durante unos segundos a rra s tr ó un p ed az o d e c uer da de la nt e d e m í. « P obr e c i ta — m ur m ur ó p a r a sí — , ¡est á cla r o q ue na d ie ha ju ga d o contigo en tu corta vida!» S o l a o t r a v e z , s u b í a l a e m p i n a d a r a m a y m ir é m á s allá del cercado metálico. Ninguna emoción se mov ía d e nt r o m í o a h or a , sa b ía q u e el ga t o t en ía ca nt id a d e s d e R eina s y y o n o er a m á s q ue una d e t a nt a s. L a ge nt e q u e conoce a los gatos, llama siempre a los gatos machos «Toms» y a las hembras «Reinas». No tiene nada que ver con el pedigree, no es más que un nombre ge- nérico. Una r ama solit ar ia se mecía cur vá nd ose ba jo un pe s o considerable. Mientras estaba mirando, el gran Tom salt ó del árbol y se plantó en el suelo. Se encaramó a toda velocidad por el árbol y volvió a hacer lo mismo una y otra vez. Yo m ira ba fa scina da y ent onces se m e oc urr ió que estaría haciendo sus ejercicios matinales. Perezosa.38
  30. 30. mente, porque no tenía nada mejor que hacer, seguíechada en mi cama y afilando mis pezuñas hasta quebrillaron como las perlas alrededor de la garganta demadame Diplomat. Luego aburrida, me dormí bajo elreconfortante sol del mediodía. Algún tiempo después cuando el sol ya no estabajusto encima mío sino que se había ido a calentar algúnotr o lugar de Francia, me despertó una dulce, maternalvoz. Observé con cierta dificultad por una ventana casifuera de mi alcance y vi una vieja reina que había vistomuchos veranos. Estaba decididamente llenita y mien -t r a s e st a b a a l l í e n l a r e p i sa d e l a v e n t a na l a v á n d o s e l a sorejas, pensé lo agradable que sería charlar un rato. «¡Ah! —dijo ella—. Ya estás despierta. Espero quesea d e t u a gra d o la est a ncia a q uí; nos enor gulle c e p e ns a rque ofrecemos el mejor servicio de Francia. ¿Comesbien?» «Sí, gracias —contesté—. Me cuidan muy bien.¿Es usted la señora propietaria?» «No —contestó—, a pesar de que mucha gente creeque lo soy. Tengo la r esponsable tar ea de enseñar les alos nuev os Toms sementales sus deberes; yo les sirvode prueba antes de que sean puestos en circulación ge -n e r a l . E s u n t r a b a j o m u y im p o r t a n t e , m u y p r e c i s o . » N o squedamos un rato absortas en nuestros propios pe nsa-mientos. «¿Cómo se llama?», pregunté. «Butterball»,replicó ella. «Yo estaba muy llenita y mi pelo brillabacomo la mantequilla, pero esto era cuando era muchom ás jov en», añadió. «Ahor a hago var ios trabajos aparted e e s e d e q u e t e ha b l é , ¿ s a b e s ? T a m b i é n h a g o d e p o l i c íaen l o s a lm a ce ne s d e la c om i d a p a r a q u e n o n os m o l e s t e nlos ratones.» Se relajó pensando en sus deberes y luegodijo: «¿Has probado ya nuestra carne cruda de caballo?¡Oh! tienes que probarla antes de que te vayas. Es real- 1. Bola de mantequilla. N. de la T.) 39
  31. 31. mente d eliciosa, la mejor car ne d e ca ba llo q ue se p ued e com prar en lugar a lguno. Cr eo q ue a lo mejor la t e ndr e. mos para cenar, v i a Georges, el ayudante, cortándola hace poco». Después de una pausa dijo con voz satis. fecha: «Sí, estoy segura de que hay carne de caballo para cenar». N os q uedam os senta d as p ensa nd o y nos lav am os un poco y entonces madame Butterball dijo: «Bueno, tengo que irme, ya miraré de que te den una buena r a ci ó n; cr e o q ue p u ed o o l er a G e or ge s q u e t r a e la c e na ahora». Salt ó de la ventana. En la gran habitación detrás mío, podía oír gritos y chillidos. «Carne de caballo», « d a m e a m í p r i m er o » , « ¡ e s t o y h a m b r i e n t o , a p r i s a G e o r - g e s ! » , p er o G e o r g e s n o s e i n m u t a b a ; a l c o n t r a r i o , a t r a - vesó la gra n ha bita ción y vino d ir ect o a m í, sirviénd om e a m í p r i m er o . « T ú p r i m er o , g a t i t a — d i j o é l — , l o s o t r o s p u ed e n es p er a r . T ú er es l a m á s ca l la d a d e t od o s , o s e a que tú prim ero.» Ronroneé para demostrarle que apr e ciaba completamente el honor. Me p uso dela nte una gra n cantidad de carne. Tenía un perfume maravilloso. Me froté contra sus pier nas y emití uno de mis más altos ronroneos. «Tú no eres más que una gatita pequeña — d ij o é l — , t e la c or t a r é. » M u y ed u ca d a m e nt e c or t ó t od a la pieza en pequeños trocitos y entonces con un «que comas bien, gata», se fue a atender a los otros. La carne era sencillamente maravillosa, dulce al pala - dar y tierna a los dientes. Finalmente me senté hacia atrás y me lavé la cara. Un ruid o como de arañaz os me hizo mirar hacia arriba justo cuando un negro rost ro con ojos relampagueantes apareció en la ventana. «Buena, ¿verdad?», dijo madame Butterball. «¿Qué te dije? Servimos la mejor car ne de caballo que aquí pueda en - contrarse. Pero espera. Pes cado para desayunar. Algo d e li c i os o, a ca b o d e p r o b a r l o yo. B u en o, q ue t e ng a s un a buena noche.» Al decir esto se dio la vuelta y se marchó ¿Pescado? Yo no podía pensar en comida ahora,40
  32. 32. estaba llena. Esto era un cambio tan grande en compa -ración a la comida de casa; allí me daban trozos que loshumanos dejaban, porquerías con salsas tontas que amenudo me quemaban la lengua. Aquí los gatos viv íancon un verdadero estilo francés. La luz iba desapareciendo al ponerse el sol en elcielo o ccid e nt a l. L os p á ja r os v olv ía n a ca sa a let ea nd o, v ie -jos cuerv os llamaban a sus com pa ñer os y discutían lossucesos d el día. Pr ont o la oscur ida d se hiz o m ás pr of unda yllegaron los murciélagos batiendo sus afelpadas alasm i e n t r a s i b a n y v e n í a n p er si g u i e n d o a l o s i n s e c t o s d e l anoche. Encima de los altos cipreses aparecía la lunanaranja, tímidamente, como dudosa de meterse en laoscuridad de la noche. Suspirando de satisfacción, me subíperezosamente a mi cajón y caí dormida. S o ñ é y t o d a s m i s e s p er a n z a s s a l i e r o n a la s u p e r f i c i e .Soñé que alguien me quer ía simplemente por mí misma,simplemente como compañía. Mi corazón estaba llenod e a m or , a m o r q u e t e n í a q u e s e r r e p r i m i d o p o r q u e n a d ieen m i ca sa sa b ía na d a d e la s es p er a nz a s y d e se o s d e u n ajoven gatita. Ahora, gata vieja, estoy rodeada de amory doy el mío también. Ahora conocemos momentos du -r o s , p er o p a r a m í esto es la v ida perfecta donde familia yyo somos uno, y soy amada como una persona real. La noche pasó. Estaba ner viosa e incóm oda porqueme iba a casa. ¿Volv ería a sufrir penalidades otra v ez?¿Tendr ía una cam a de paja en v ez de viejos y húm edosp er i ód ic o s ?, m e p r e g u nt a b a . A nt es d e q u e p u d ier a d a r m ecuenta, era de día. Un perro ladraba penosamente en laha b it a c i ó n gr a nd e. « Q u ier o s a l ir , q u i er o sa l ir » , d ec ía u na yo t r a v e z . « Q u i e r o s a l i r . » P o r a h í c e r ca u n p á j a r o e s t a b ar ega ña nd o a s u c o m p a ñer a p or ha b er r et r a sa d o el d e s a yu -n o. Gr a d ua l m e nt e i b a n a p a r ec i en d o l o s s o ni d os n or m a le sdel día. La campana de una iglesia tañía con su ásperavoz llamando a los humanos a algún servicio. «Después 41
  33. 33. d e la m isa v oy a l p ueb lo a c om p r a r m e una b lusa nu e v a , ¿ M e a c om p a ñ a r á s ? » , p r e g u n t a b a un a v oz f e m e n in a . S i. guieron su camino y no pude oír la respuesta del hombre. E l e nt r ec h o ca r d e c ub o s m e r e cor d a b a q ue p r o nt o s e r ía la h or a d e d e sa y u na r . De sd e el cer ca d o d e r e d e l g ua p o Tom alzó la voz con una canción d e saludo al nuevo día. La m ujer v ino con mi d esa yuno. « Hola, gat a —d ijo—, com e b ie n, ya q ue t e v a s a c a sa est a t a r d e. » Yo e m it í un ronr oneo y me froté contra ella para demostrar que la ent end ía . L lev a b a r op a s nueva s y con v ola nt es y p a r e c ía est a r m uy a nim a d a . A menudo me sonr ío p a r a m is a d e n no s c ua n d o p i e ns o e n c óm o no s ot r o s, l os ga t o s, v er n o s l a s cosas. Solemos saber el humor de una persona por s u r o p a i n t e r i o r . N u e s t r o p u n t o de vista es distinto, ¿entiendes? El pescado era muy bueno pero estaba cubierto de una comida, algo como de trigo, que tuve que sacar. «Bueno, ¿verdad?», dijo una voz desde la ventana. «Buenos días, madame Butterball», repliqué. «Sí, esto es muy bueno pero ¿qué es esta especie de cubierta de trigo que hay?» Madame Butterball rió con benevolencia. «¡Oh! —exclamó—, debes de ser una gata de campo. Aquí siempre, pero siempre, tomamos cereales por la mañana para tener vitaminas.» «¿Pero por qué no me las dieron antes?», persistí. «Porque estabas bajo tratamiento y te las daban en forma líquida.» Madame Butterball suspiró: «Tengo que irme ahora, hay tanto que hacer y tan poco tiempo. Intentaré verte antes de que te vayas». Antes de que pudiera contestarle había saltado de la ventana y pude oír su crujir por entre los arbustos. Se oía un confuso murmullo procedente de la habitación grande. «Sí —dijo el perro americano—, así que le digo a él, no quiero que metas las narices en mi lamparilla, ¿ves? Siempre está vagando por ahí para ver lo42
  34. 34. q u e p u ed e h u sm ea r . » T o n g F a , u n ga t o sia m é s q u e ha b íallegado la tarde anterior, estaba hablando con Chawa.« D í g a m e , s e ñ o r a , ¿ n o n o s p e r m i t e n i nv e s t i g a r e l t e r r e n opor aquí?» Yo me enrosqué y eché un sueñecillo; todaesta charla me estaba dando dolor de cabeza. «¿La metemos en un cesto?» Me desperté con unsobr esalto. El hombr e y la m ujer habían entr ado en mihabitación por una puer ta lateral. «¿Cesta? —preguntóla mujer —, no necesita que se la ponga en una cesta,la llevaré sobre mi regazo.» Se dirigieron a la ventana yse quedaron hablando. «Ese Tong F a —murmuró lamujer—, es una lástima acabar con él. ¿No podemosha c er n a d a p a r a ev it a r l o ?» E l hom b r e se m ov i ó i nc óm od o yse acarició la barbilla. «¿Qué podemos hacer? El gato e sviejo y casi ciego. Su dueño no quiere perder eltiempo con él. ¿Qué podemos h acer?» Hubo un largosilencio. «No m e gusta —dijo la m ujer—, es un crim en. »El hombre siguió silencioso. Yo me hice tan pequeñacomo me fue posible en una esquina de la jaula. ¿Viejo ycieg o? ¿Er a n é st a s r a z ones p a r a una sent enc ia d e m ue r t e ?Ningún recuerdo de los años de amor y devoción;matar a los v iejos cuando no se pueden cuidar ellos mis -mos. Juntos, el hombre y la mujer entraron en la habi -tación grande y cogieron al viejo Tong Fa de su caja. La mañana fue pasando lentamente. Yo tenía pensa -mientos sombríos. ¿Qué me pasaría a mí cuando fuesevieja? El manzano me había dicho que sería feliz, peroc ua n d o u n o es j ov e n e i ne x p er t o, es p er a r p a r ec e a l g o s i nfin. El viejo Georges entró. «Aquí tienes un poco decarne de caballo, gatita. Cómela que te vas a c asa pron-to.» Yo ronroneé y me froté contra él, y él se agachópara acaric iarme la ca beza. Ape nas h ube t ermi nad o d ecomer y hacer mi toilette cuando la mujer vino pormí. «B ue no, v amos, F if í —e xc lam ó, a casa con madameDiplomat (la vieja perra).» Me cogió y me llevó a través 43
  35. 35. de la puerta lateral. Madame Butterball estaba esperando,«Adiós, Feef —gritó---, ven a vernos pronto.» «Adiós,m a d a m e B u t t er b a l l — r e p l iq u é y o — , m uc ha s gr a c ia s p orsu hospitalidad.» La mujer fue hacia donde estaba el hombre espe.rando junto a un enorme y viejo coche. Ella entró y seaseguró de que las ventanas estuvieran casi cerradas; en.t onces entr ó el hom br e y conect ó el m ot or. Arr a nc am ostomamos la carretera que conducía a mi casa.
  36. 36. Capítulo III El coche iba zumbando por la ca rretera. Altos ci-preses se erguían orgullosos al lado de la carretera confrecuentes huecos en sus filas como testimonio de losd esa st r es d e una gr a n guer r a , una guer r a q ue yo c o noc í asólo por haber oído hablar de ella a los humanos. Se -guim os cor r iendo, par ecía no tener f in. Me pr eguntabacómo funcionaban estas máquinas, cómo corrían tantoy durante tanto rato; pero no era más que un pensa -miento intermitente, toda mi atención estaba puesta enlas vistas del campo que iba pasando. Durante la primera milla o así había ido sentadasobre el regazo de la mujer. La curiosidad me ganó ycon pasos inseguros me dirigí a la parte trasera delcoche y me senté sobr e un estante al mism o nivel de lav ent a na t r a ser a d on d e ha b ía u na g u ía M ic he l í n, m a p a s yotras cosas. Podía ver la carretera detrás nuestro. Lam u j e r s e m o v i ó m á s c e r ca d e l h o m b r e y s e m u r m u r a b a ndulzuras. Me preguntaba si ella también iría a tenergatitos. Al sol le faltaba una hora a través del cielo cuandoel hombre dijo: «Deberíamos estar casi allí». «Sí —re-p l i c ó l a m u j e r — , cr e o q u e e s l a c a sa gr a n d e a u n a m i l l a ym edia de la i gle sia. Pr ont o l a enco ntr ar em os. » Seg ui mosconduciendo más despacio ahora, disminuyendo lav elocidad hasta parar al girar hacia el camino y encon -t r a r e l p or t a l c er r a d o. Un d i scr e t o b o c ina z o y u n h om b r esa lió corr iend o de la p or t er ía y se acer có a l coche. V ie nd o yreconociéndome, se volvió y abrió el portal. Sentí unagran emoción al darme cuenta de que yo había sido elmotiv o de que se abrieran las puertas sin que tuv ieranque dar ninguna explicación. 45
  37. 37. Cruzamos el portal y el portero me saludó grave. m e nt e a l p a sa r. Mi v id a ha b ía sid o m uy ext r a ña , d e c id í, ya que ni sabía la existencia de la portería o el portal Ma dam e Dip lomat esta ba a l lad o d e uno d e los c é sp e d es ha b la nd o a u n o d e l os a y ud a nt es d e P i er r e. S e v olv i ó a l acercarnos y and uvo despa cio hacia nosotr os. El hombre p a r ó e l c o c h e , sa l i ó e i n c l i n ó l a c a b e z a e d u c a d a m e n t e . «Hemos traído su gatita, madame —dijo él—, y aquí tiene una copia certif icada del pedigree del gato semen- ta l.» L os ojos d e ma dam e Diploma t se ab rier on a s om bra. dos cuando me vio sentada en el coche. «¿No la en - cerraron en una caja?», preguntó. «No, madame —re- p licó el h om b r e — , es una ga t it a m uy b uena y ha e s t a d o quieta y com portándose todo el tiempo que ha estado con nosot r os. C onsider am os que es una gat a q ue s e c om - p o r t a e x c e p c i o n a l m e n t e b i en . » M e s e n t í e n r o j e c e r a n t e tamaños cumplidos y fui lo suficiente maleducada para ronronear cumplidos dando e entender que estaba de acuerdo. Madame Diplomat se volvió imperiosamente al jardinero ayudante y dijo: << Corre a la casa y dile a m a d a m e Alb er t i n e q u e l a q u i e r o v e r inmediatamente». «¡Pub! —gritó el gato del portero de sd e d etr á s de u n ár b o l — , ya s é dónde has estado. N o s o t r o s l o s g a t o s d e c l a s e b a j a n o som os suf ic ie nte para-ti, tienes q ue tener niños bonit os!» « D i o s m í o — d i j o la mujer en el coche —, ha y un gato. Fifí no debe tener contacto con Tom s. » Madame Diplo mat se g ir ó en r ed o nd o y t ir ó u n p a l o q ue a r r a nc ó d e la tierra. Pasó a un pie de distancia del gato de l portero «J a, ja —r i ó mientras corría —, no podrías dar con la aguja de una iglesia, con un cepillo de la ropa a seis pulgadas de di s ta nc ia... v i e ja !», v o lv í a e nr o je c er. El lenguaje era terrible y sentí un gran descanso al ver a m ada me Alber t ine anda nd o p a t osam ente a t oda prisa p or el c am ino con su r ostr o ra d ia nt e en seña l d e b ienvenida. Le grité y46 salté derecha a sus brazos, diciéndole lo mucho
  38. 38. que la quería, cómo la había encontrado a faltar y todolo que m e había pasado. Por unos m om entos nos olv id a-m o s d e t o d o e xc ep t o d e n os o t r a s, e nt o n ce s la r a s p os a v o zde madame Diplomat nos hizo volver al presente. «Al -bertine —chilló ásperamente—, ¿se da cuenta de queme estoy dirigiendo a usted? Haga el favor de atender.» «Madame —dijo el hombre que me había traído—,es t a ga t a ha si d o m a l t r a t a d a . N o h a c om id o lo s uf i c ie nt e .Las sobras no son lo suficient ement e b uena s para gat os s ia -meses con pedigree y d eb e r í a t e n e r u n a ca m a c a l i e n t e ycómoda.» «Este gato es valioso —siguió diciendo—, ysería una gata de concurso si se la tratara mejor.» Madame Diplomat fijó su mirada altanera. «Esto noes más que un animal, hombre, le pagaré su cuenta,pero no intente enseñarme lo que tengo que hacer.»«Pero, madame, estoy intentando salvar su valiosa pro -piedad», dijo el hombre, pero lo redujo al silenciomientras leía la cuenta, cloqueando con desaprobaciónde todo lo que veía. Luego, abriendo su monedero,sacó su talonario de cheques y escribió algo en un trozode papel antes de dárselo. Madame Diplomat se v olviócon r udeza y se f ue con paso airado. «Tenem os que viviresto cada día», le susurró madame Albertine a la mujer.Asintieron con simpatía y se fueron conduciendo des -pacio. Había estado fuera casi una semana. Mucho debíade haber pasad o durante m i ausencia. Pasé el rest o de l d íayendo de un lado a otro renov ando asociaciones pasadasy leyendo todas las noticias. Durante un rato descansésegura y recogida sobre una rama de mi viejo amigo elm anzano. La cena f uer on las acostumbradas sobr as, debuena calidad, pero así y tod o sobras. Pensé lo mara -v il l os o q u e ser ía t e ner a l g o c om p r a d o e sp ec ia lm e n t e p a r amí en vez de siempre tener «restos». Al llegar el cre -púsculo Gaston vino a buscarme, y al encontrarme me 47
  39. 39. a r ra ncó d el sue lo y c or r ió a l cob er t iz o co nm igo. Em p uj ó la p u er t a ha st a a b r ir la y m e ec h ó en e l os c ur o in t e r i or , dio un portazo tras él y se fue. Siendo francesa yo misma, me d uele m ucho t ener q ue ad mit ir q ue los hum a nos ha n - ceses son, desde luego, muy duros con los animales. Pasaron días y semanas. Gradualmente mi tip o se convirtió en el de una matrona y mis movim ientos fueron más lent os. Una noche cuand o estaba ca si a l final, P ierre me tiró con rudeza al cobertizo. Al aterrizar en el duro suelo de cemento, sentí un dolor terrible, como si me est uvieran romp iendo. Dolo rosamente, en la oscuridad d e ese cobert izo, nacier on mis cinco bebés. Cuand o me hub e recuperado un poco, rompí un poco de papel y les hice un nido caliente y los llevé allí uno a uno. Al día si - guiente nadie vino a verme. El día fue pasando lenta - mente pero tenía trabajo alimentando a mis bebés. La noche me encontr ó mar ead a de ha mbr e y comp le tam e nt e seca, ya que no había ni comida ni bebida en el cober. tizo. El nuevo día no trajo alivio, no vino nadie y las h o r a s s e a la r ga r o n m á s y m á s . M i s e d er a ca s i i n s o p o r - table y m e preguntaba por qué tenía que sufr ir tanto. Al caer la noche los búhos ululaban y se precipitaban sobre los ratones que habían cogido. Yo y mis gatitos es t á b a m o s e c ha d o s j un t os y y o m e p r e g u nt a b a c óm o ib a a seguir viviendo el próximo día. El d ía si gui ent e ha b ía ya a va nz a d o cua nd o o í p a s os . Se abrió la puerta y allí, de pie, estaba madame Alber - tine, pá lida y enf erma. Se ha bía leva nta d o esp ecia lm e nt e de su cama porque había tenido «visiones» de mí en a p ur os. C om o lo s i nt ió, t r a ía com id a y a gu a . Uno d e m is bebés había muerto durante la noche y madame Alber - tine estaba demasiado furiosa para poder hablar. Su furia era tal al ver la manera como me habían tratado que fue y trajo a madame Diplomat y al señor duque. Ma- dame Diplomat sintió haber perdido un gatito y el dinero48
  40. 40. que eso representaba. El señor duque sonrió desampara -damente y dijo: «Quizá tendríamos que hacer algo. Al -guien tendría que hablar a Pierre». Poco a poco mis gatitos fueron cogiendo fuerzas,gradualmente iban abriendo sus o jos. Vino gente a v er -los, el dinero cambió de manos y antes de que dejarad e a m a m a n t a r l o s m e l o s s a ca r o n . Y o d iv a g a b a p o r l a f i n c ad e sc o ns o la d a m e n t e. M i s l a m en t os e st or b a b a n a m a d a m eDiplomat y ordenó que me encerraran hasta quecallara. Ahora ya me hab ía acostumbrado a ser exhibida enl a s r e u n i o n e s s o c i a l e s y n o d a b a n i n g u n a i m p o r t a n c ia queme sacara n d e m i tr aba jo p or el jar d ín par a pa searm e p o rel salón. Un día fue distinto. Me llevaron a unahabitación pequeña donde madame Diplomat estaba sen -tada ante un escritorio y un hombre extraño estaba sen -tado en fr ente. «¡Ah! —exclam ó él, cuando me entrar onen la habitación—, así que ésta es la gata.» Me examinóen s i le n ci o, t or c i ó e l sem b l a nt e y se r e st r eg ó una d e s u sorejas. «Está algo descuidada. Drogarla para que se lapueda llev ar como equipaje en un av ión puede dañar suconstitución.» Madame Diplomat frunció el ceño enfa -dada: «No le pido un sermón, señor veterinario —dijoe l l a — , s i n o ha c e l o q u e l e p i d o m u c h o s o t r o s l o h a r á n » .Postuló furiosamente: «¡C uánta tontería por un merogato!». El señor v eterinario se encogió de hombros im -potente. «Muy bien, madame —replicó—, haré lo queusted quiera, ya que tengo que ganarme la v ida. Llameuna hor a o a sí a nt es d e coger el a v ión. » Se leva nt ó, b us c ó at i e n t a s s u c a r t er a y sa l i ó t r o p e z a n d o d e l a h a b i t a c i ó n .Madame Diplomat abrió el balcón y me envió al jardín. Había un aire de reprimida animación en la casa.Sacaban el polvo y limpiaban las maletas y pintaban enel la s e l n u ev o r a ng o d e l se ñ or d uq ue. L la m a r o n a u n c a r -pintero y le dijeron que hiciera una caja de viaje de ma- 49
  41. 41. d er a q u e c up i er a e n u na m a l et a y ca p a z d e c on t e n e r u n gato. Madame Albertine corría de un lado para otro y tenía el asp ect o d e esp erar q ue ma dam e Dip lom at ca ye ra muerta. Una mañana, com o una semana más tarde, Gaston vino al cobertizo por mí y m e llevó al garaje sin darme desayuno. Le dije que tenía hambre, pero como de costumbre no me entendió. La doncella de madame Di - plomat, Yvette, esperaba en el Citroén. Gaston me metió en una cesta de c a ña con una tapadera con c orreas y me colocaron en el asiento de atrás. Arrancamos a gra n velocidad. «No sé por qué quieren que droguen al gato — d i j o Y v e t t e — , l a s r e g l a s d ic e n q u e s e p u e d e l l e v a r u n gato a USA sin ninguna dificultad.» «¡Uh! —dijo Gas- ton—. Esa mujer está loca, ya he dejado de intentar a d i v i na r l o q u e l e h a c e g r a c i a . » S e q u e d a r o n c a l l a d o s y se concentraron en conducir más y más aprisa. Los saltos er a n t er r ib les. Mi p oc o p es o no er a suf ici ent e p a r a a p r e - tar los m uelles d el a sient o y me iba p o niend o m ás y m ás morada dándome con los lados y la parte de arriba del cest o. Me concentré en est irar las patas y hund í las pez u - ñas en la cesta. Fue realmente una triste batalla para p r ev e n ir la p ér d id a d e l co n o cim i e nt o a ca usa d e l o s g o l - pes. Perdí toda noción del tiempo. Finalmente paramos patinando y rechinando. Gaston agarró mi cesta, subió unas escaleras y entró en una casa. Dejó caer la cesta sobre una mesa y sacó la tapadera. Unas manos me co - gier on y m e senta r on sobre la mesa. I nm ed ia tam e nte ca í, mis piernas ya no me soportaban, había estado agarrotada demasiado rato. El señor veterinario me miró horrori - z a d o y l le n o d e c om p a si ó n. « P o d r í a ha b er m a t a d o a e s t a ga t a — excla m ó enf a d a d o a Ga st on — , no p ued o d a r le una inyección hoy.» El rostro de Gaston se hinchó de furia. «Drogue al... gato, el avión sale hoy. Le han pagado, ¿no?» El señor veterinario descolgó el teléfono. «No50
  42. 42. puede telefonear —dijo Gaston—, la familia está en elaeropuerto de Le Bourget y tengo prisa.» Suspirandoel señor veterinario cogió una gran jeringa y se v olv ióh a c i a m í. S e n t í u n a g u d o y d o l o r o s o p i n c h a z o e n l o m á spr of undo de m is m úsculos y todo a m i alr ededor se v ol -vió rojo, luego negr o. Oí una lejana voz decir: «Ya está,esto la mantendrá ca llada durante...». Entonces el com -pleto y absoluto olvido descendió sobre mí. S e o y ó u n h o r r o r o s o r u g i d o , t e n í a f r í o y r e s p ir a r e r aun esfuerzo espantoso. Ni una pizca de luz en ningúnsitio; nunca había conocido una oscuridad semejante.Durante un rato temí haberme vuelto ciega. Mi cabez ap a r ecía q ue se est uv ier a p a r t iend o en p ed a z o s; nun c a m ehabía sentido tan enferma, tan maltratada, tan mise -rable. El horror oso rugido continuaba hora tras hora; creíque me iba a estallar la cabeza. Sentía extrañas pre -s i o n e s e n m i s o í d o s y l a s c o s a s d e d e n t r o h a c ía n click ypop. El r ugido cambió haciéndose má s fiero, luego unasacudida, un fuerte ruido metálico y fuí enviada conv io l en c ia co n t r a la t a p a d er a d e m i ca ja . Ot r a y o t r a s a c u -dida y el r ugido disminuyó. Ahora un extraño retumbarcom o las r ueda s de un coche rápido sobre una pista dec e m e n t o . M á s e x t r a ñ o s m ov i m i e n t o s y r e t u m b o s y e n t o n -ces el rugido murió. Otros ruidos aparecieron sin em -bar go, el ra scar d e m et a l, voces a hoga da s y un chug chugjusto debajo mío. Con un golpe perturbador se abrióuna gran puerta de m etal a mi lado y extraños hombresen t r a r on c o n gr a n e st r u e nd o en el c om p a r t i m i e nt o d o nd ey o e st a b a . R ud a s m a n os a ga r r a b a n m a l et a s y la s t ir a b a n aun cinturón moviente que se las llevaba fuera de lavista. Entonces me llegó el turno. Volé por el aire yaterricé con un golpe como para romper los huesos.Debajo mío algo daba tumbos y siseaba. Otro golpe y miviaje terminó. Me eché de espaldas y vi el cielo del ama- 51
  43. 43. necer a trav és d e a lgunos a gujer os p ara el a ir e. « Eh, a hí ha y u n ga t o » , d i j o u na e xt r a ña v oz . « Ok a y, B u d , n o n o s incum b e» , r ep licó el ot r o h o m b r e. Sin cer em onia a lguna agarraron mi caja y la echaron sobre una especie de v ehículo; apilar on otras maletas encim a y alr ededor y ese algo con mot or arrancó con un r uid o rum, rum, rum, Perdí el conocimiento, debido al dolor y al susto. Ab r í m is ojo s y m ir a nd o a t r a v és d e la t ela m e t á lic a v islum b r é una d esnud a b om b illa eléct r ica . Me m ov í c on d i f i c u l t a d y d é b i l m e n t e m e t a m b a l e é h a s t a u n p la t o d e agua que había cerca de allí. Era casi dema siado esfuerzo beber, casi demasiado problema seguir viviendo pero después de beber me encontré mejor. «Bien, bien, se - ñ or a , ¿ es t á s d e sp i er t a ?» Mir é y v i a u n v ie j o y p e q u e ñ o h om b r e n e gr o q u e e st a b a a b r ie nd o u na la t a d e c om i d a , «Sí, señora, tú y yo, los do s, tenemos caras negras, espero cuidarte bien, ¿eh?» Me metió la comida dentro y yo intenté un ronroneo para demostrarle que apre - cia b a su a m a b ilid a d . Me a ca r ició la ca b ez a . « Eh, ¿a q u e esto es algo? —murmuró para sí mismo—. Espera que le cuente a Saddie, ¡hombre, hombre!» Poder volver a comer era maravilloso. No podía co - mer mucho porque me sentía muy mal, pero lo intenté p a r a q ue e l h om b r e ne gr o n o se s i nt ier a i n s ul t a d o. Má s tarde di otro mordisquito y bebí un poco y luego me entró sueño. Había un trozo d e manta en la esquina así es que me enrosqué en ella y me dormí. Más tarde me di cuenta de que estaba en un hotel. El personal iba bajando al sótano para verme. «Oh, ¿v erdad que es lista?», decían las sirv ientas. «¡Caray! Mir a , h om br e, e so s o j os, so n be l lí s im o s», de cía n lo s h om b r es. U na d e la s v i s it a s f ue m u y b i e nv e ni d a , un chef f r a nc és. U n o d e m i s a d m ir a d or e s lla m ó p or u n t e lé f o n o: « E h , F r a n Ç o i s , b a j a a q u í , t en e m o s u n g a t o s i a m é s f r a n - cés». Unos minutos después un hombre gordo venía taro-52
  44. 44. baleándose por el corredor. «Tú eres el chat frarkaís ,¿no?», dijo mirando a los hombres que estaban de piealrededor. Yo ronroneé más y más alto, era como unlazo con Francia el verle. Se acercó y miró con ojos dem iop e y ech ó a ha b la r en un t or r ent e d e f r a ncés p a r is ino .Yo ronroneé y le chillé que le entendía perfectamente.«Ja —dijo una voz oculta—, ¿sabéis?, el viejo FranÇois yel gato se tocan en todos los cilindros.» El negr o abr ió mi jaula y yo salté directam ente a losbrazos de Francois, me besó y yo le di algu nos de mismejores lengüetazos y cuando me volv ieron a meter enla jaula tenía lágrimas en los ojos. «Señora —dijo elnegr o q ue se cui d a b a d e m í — , no d ud es d e q ue ha s he c houn ligue. Supongo que vas a com er bien ahora.» Me gus -taba mi asistente, como yo, t enía el rostro negro; perolas cosas agradables no duraron para mí. Dos días mástarde nos trasladam os a otra ciudad de los Estad os Unid os ym e d e j a r o n e n u n a h a b i t a c ió n s u b t e r r á n e a ca s i t o d o e lt iem p o. Dur a nt e l os a ño s sig uient es la v id a er a la m is m a,día tras día, mes tras mes. Me usaban para producirgatitos que me sacaban antes casi de que dejaran demamar. Finalmente el duque fue reclamado a Francia. Otravez me drogaron y no supe nada más hasta despertarmareada y enferma en Le Bourget. La llegada a c asaque yo había contemplado con placer fue, en cambio,un triste suceso. Madame Albertine ya no estaba allí,había muerto pocos meses antes de que volviéramos.Habían cortado el viejo manzano y habían hecho mu -chos cambios en la casa. D ur a nt e a lg u n o s m e se s v a g u é d es c o ns o la d a m e nt e p orahí trayendo algunas familias al mundo y v iendo cómome las sacaban antes de que yo estuviera preparada. Misalud empezó a empeorar y más y más gatitos nacíanmuertos. Mí vista fue volviéndose insegura y aprendí 53
  45. 45. a « s e n t i r » m i c a m i n o . ¡ N u n c a o l v i d é q u e a T o n g F a lo habían matado porque era viejo y ciego! C a s i d os a ño s d es p u é s d e h a b er v u el t o d e Am é r ic a , m a d a m e D ip l om a t q ui s o ir a I r la nd a p a r a v er s i e r a u n lugar a pr opiad o para v ivir ella. Tenía la id ea f ija de q ue yo le hab ía tra íd o suert e (a unq ue no p or eso m e tr ata ba m e j or ) y y o t uv e q ue ir a I r l a nd a t a m b i é n. Ot r a v e z m e ll ev a r on a u n s it i o d o nd e m e d r o ga r o n y p or u n t ie m p o l a vida dejó de existir para mí. Mucho más tarde des. p er t é e n u na ca ja f or r a d a d e t e la e n u na ca sa e x t r a ña , Se o ía u n c o ns t a nt e z um b id o d e a v i o ne s e n el c ie l o. E l olor de carbón quemado me cosquilleaba los orificios nasales y me hacía estornudar. «Está despierta», dijo una a b i e r t a v o z ir l a n d e sa . ¿ Q u é h a b í a p a s a d o ? ¿ D ó n d e e s . t a b a yo? Sent í p á nic o p er o e st a b a d em a sia d o d é b il p a t a moverme. Sólo más tarde oyendo voces humanas y explicándomelo un gato del aeropuerto comprendí la historia. El a v ión ha b ía a t er r iz a d o en el a er op uer t o ir la nd é s Los hombres habían sacado las maletas del departamento de equipajes. «Eh, Paddy, hay un viejo gato muerto aquí!», dijo uno de los hombres. Paddy, el capataz, se acercó a mirar. «Busca al inspector», dijo. Un hombre habló por el m icr o y pr onto apar eció un inspector del Departamento de Animales en escena. Abrieron mi caj a y m e c o gi er on c ui d a d o sa m en t e . « B u sca d a l d u e ño » , d i j o e l inspector. Mientras esperaba me exam inó. Madame Diplomat se acercó furiosa al pequeño grupo que me r od ea b a . E m p ez a nd o a b r a m a r y a c o nt a r lo im p or t a nt e que ella era, fue cortada m uy pr onto por el inspec tor. «La gata está m uerta —dijo el inspector —, por viciosa crueldad y falta de cuidado. Está embarazada y usted la ha drogado para evadir la cuarentena. Esto es una seria ofensa.» Madame Diplomat empezó a llorar di. ciendo que afectaría la carrera de su esposo si la llevaban54

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