El fin de la URSS‏

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El fin de la URSS‏

  1. 1. El 8 de diciembre de 1991 se firmó el tratado de Belovesh entre Rusia Bielorrusia y Ucraniadando por finalizada la URSS.El parto fue complicado y lo narra en DavidRemnick,corresponsal del Washington Post,en La Tumba de Lenin,que acaba de apareceren español.La crónica es de Ángel Páez y apareció ayer en Domingo de La República. Ocaso soviético Gorbachov. Últimos días en el poderEn 1991, David Remnick, corresponsal de The Washington Post en Moscú, fuetestigo del golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov y de la disolución del podersoviético. Lo que vio e indagó quedó magistralmente retratado en La tumba deLenin, libro que se publica por primera vez en español, justo cuando se cumplen20 años del colapso de la Unión Soviética.Por Ángel PáezAnatoly Lukyanov era uno de los pocos jerarcas de la Unión Soviética quedisfrutaban de la amistad del presidente Mijaíl Gorbachov. Eran amigos desde losaños cincuenta, cuando se conocieron en la Universidad Estatal de Moscú.Presidente del Soviet Supremo y poeta con libros publicados, a Lukyanov leencantaba expresar su lealtad a Gorbachov escribiéndole versos cargados deexaltadas referencias a su liderazgo. Por eso, cuando le contaron a Gorbachovque uno de los conspiradores que buscaban derrocarlo era Anatoly Lukyanov,dudó mucho antes de aceptarlo; creía que un poeta era incapaz de tamaña felonía.Equivocado estaba: nada exime a un poeta de uno de los mayores lastres de lacondición humana: la traición.El episodio de Gorbachov y Lukyanov lo relata el periodista David Remnick enel libro La tumba de Lenin: los últimos días del imperio soviético (1993), quedescribe la desintegración de la Unión Soviética. Muchos años antes, en 1917,otro reportero norteamericano, John Reed, fue testigo de la revolución de octubreque condujo al poder a los comunistas liderados por Vladimir Ilich Lenin. Sulibro Diez días que estremecieron al mundo (1919), una vibrante narración deaquella gesta revolucionaria, se convirtió en un clásico del periodismo. Setenta ycinco años después de la victoria bolchevique descrita por Reed, a DavidRemnick, corresponsal de The Washington Post, le tocó informar sobre ladisolución del más grande imperio comunista. Es irónico: dos reporteros nacidosen el país que fue el más fiero enemigo del poder soviético escribieron los
  2. 2. mejores relatos sobre el apogeo y debacle del primer régimen comunista de lahistoria.De la emoción al espantoLa gran ventaja de ambos fue haber estado en el mismo lugar de los hechos yhablar con sus protagonistas. A Reed le fue más fácil porque era un partidario dela revolución. El propio Lenin escribió el prólogo de su libro. Pero en la época enque Remnick se encontraba en Moscú, fines de los ochenta, el trabajo de unreportero yanqui era difícil, más aún si los servicios secretos lo consideraban unespía camuflado. No obstante, Remnick estableció contactos en la“nomenklatura”, la élite soviética. Allí se enteró de que el ala derecha del partidose negaba a aceptar la “glasnot” y la “perestroika”, las reformas que Gorbachovestaba impulsando. También se oponía a la suscripción de un nuevo tratado de launión de las repúblicas socialistas soviéticas, lo que iba a desatar un proceso dedemocratización. Los enemigos de Gorbachov advertían que si firmaba eldocumento el poder centralista en que se sustentaba la URSS se disolvería. Enese trance se encontraba el país cuando el 18 de agosto de 1991 Remnick partióde regreso a Nueva York. Su misión de corresponsal en Moscú había terminado.Pero ni bien aterrizó en su país escuchó una noticia estremecedora: Gorbachovhabía sido víctima de un golpe de Estado. Remnick tomó el primer avión aMoscú y llegó a tiempo para ser testigo del colapso del totalitarismo soviético.Vería con espanto lo que John Reed vivió con emoción.“Ningún buen reportero es tan vanidoso como para suponer que la historia se estácristalizando únicamente ante sus ojos; sin embargo, ninguno de los periodistasque trabajaban en Moscú durante los años del derrumbe del comunismo pudodejar de sentir estupefacción ante la situación que le tocaba presenciar”, escribeRemnick en la primera edición en español de La tumba de Lenin (2011), alcumplirse veinte años del fin de la URSS. Nadie podía creer que un puñado dejerarcas civiles y militares, ancianos y borrachos, temerosos de perder privilegiosmontaran el más incompetente de los golpes de Estado que registra la historia.Pero así fue.El 18 de agosto de 1991 el vicepresidente de la URSS, Gennadi Yanayev, depusoa Mijaíl Gorbachov. Yanayev estaba ebrio. Los conjurados, que maquinaban susplanes hacía más de un año, aprovecharon que Gorbachov vacacionaba en elbalneario de Foros, Crimea, para expectorarlo.Reunidos en un local del KGB, en las afueras de Moscú, bebieron como cosacosy luego se trasladaron al despacho del primer ministro, Vladimir Pávlov. Allíconvencieron a Yanayev. Debía declarar el estado de emergencia y asumir lasatribuciones de jefe de Estado. Tiempo después, durante el proceso judicial a losgolpistas, el ex ministro de Defensa Dimitri Yazov reveló a los fiscales que en elmomento en que resolvieron deponer a Gorbachov, “Yanayev ya se encontrabaabsolutamente borracho”. Yazov también contaría que en realidad nunca hubo un
  3. 3. plan. Mientras Gorbachov disfrutaba con su esposa Raisa de los baños del sol enCrimea, los conspiradores creyeron que era la oportunidad de deshacerse de él.“No estoy seguro de poder describir cuán difícil es ganarse la fama de borracho”,escribió Remnick sobre Gennadi Yanayev, el hombre que salió a dar la cara portelevisión para informar que él era el nuevo número uno de la URSS: “Era unhombre vanidoso y de escasa inteligencia, mujeriego y alcohólico. Pero no eratan solo un borracho, también era un bufón”.El golpe de los tontosPara Remnick el colapso soviético fue una sucesión de equivocaciones. SiYanayev era un ebrio como todos los conspiradores, Gorbachov era despistado eincompetente. En Moscú se hablaba de lo que estaba tramando el ala derechistadel partido, pero él no quería aceptarlo. Suponía que por ánimo de sobrevivencialo respaldarían. “Fue el primer golpe de Estado anunciado por la prensa”, escribeRemnick. En efecto, los periódicos contrarios a Gorbachov amenazaban con unarebelión si continuaba otorgándoles autonomía a las repúblicas soviéticas, unaexigencia que lideraba Boris Yeltsin. Todos miraban con asombro cómo alguienserruchaba un círculo bajo los pies de Gorbachov.Pero él no quería aceptarlo.Las advertencias llegaron incluso desde los Estados Unidos. El Secretario deEstado, James Baker, confió a su contraparte soviética, Alexander Bessmertnij,que sus servicios secretos detectaron que se preparaba una asonada contraGorvachov y le pidió entregarle el mensaje. Baker dio los nombres de losimplicados: el primer ministro, Valentín Pávlov; el ministro de Defensa, mariscalDmitri Yazov; y el jefe del KGB, Vladimir Kryuchkov, entre otros. Lainformación llegó a Gorbachov. Semanas después Baker preguntó a Bessmertnijqué hizo el Presidente con los instigadores. Respondió que convocó a Pávlov,Yazov y Kryuchkov, les pidió a gritos que dejaran de jugar a los conspiradores.Y los dejó en sus puestos.Apresado Gorbachov en Foros, los golpistas organizaron el control de Moscú.Pensaron en asaltar la Casa Blanca, como se llama a la sede del Parlamento,desde donde Yeltsin erosionaba el poder de los jerarcas soviéticos. Pero comotodo había sido improvisado, ni siquiera los golpistas estaban seguros de lo quehacían. Eso minó su precaria unidad. Por eso, cuando el Comité de Emergenciase reunió en el Kremlin con Yanayev a la cabeza, preguntó: “¿realmente hayalguien entre nosotros que desee tomar por asalto la Casa Blanca?”. “No huborespuesta”, relata Remnick: “Cuando Kryuchkov (el jefe del KGB) dijo quesegún los informes recibidos de todo el país el comité contaba con un amplioapoyo, Yanayev dijo que no, que había estado recibiendo telegramas que decíanexactamente lo contrario. El golpe fracasaba”.En un intento por revertir la situación se propuso detener a Boris Yeltsin. Pero yaparecía demasiado tarde para hacerlo. El 21 de agosto Yeltsin encabeza la
  4. 4. marcha contra los derechistas. Si lo detenían o mataban, estallaría una rebelión deincalculable dimensión. Yazov, ante la evidencia de que solo quedaba imponer laviolencia si deseaban continuar en el poder y lo que eso significaba en vidashumanas, optó por renunciar y ordenar que las tropas regresaran a sus cuarteles.“No seré otro Pinochet”, dijo. Era el fin del golpe.El fin del imperioGorbachov recibió la noticia en Foros y preparó su retorno al poder. Otra vez, seequivocaba. Así como no les dio la dimensión que les correspondía a las fuerzasque se oponían a las reformas, tampoco supo medir las consecuencias delfrustrado “putsch” de la derecha comunista. Gorbachov volvió a la presidenciasin percatarse de que el fin estaba cerca. ”Regresó con su familia a Moscú, dondelo esperaba una gélida recepción de su rescatador y rival, Yeltsin. Él creía quehabía vuelto al poder; en realidad, había regresado a la capital para presenciar latransformación del mundo tal como él lo había conocido hasta entonces”, escribeRemnick.El 8 de diciembre de 1991 se formó la Comunidad de Estados Independientes(CEI), que representó la liquidación de la Unión de Repúblicas SocialistasSoviéticas (URSS). Gorbachov renunció a la presidencia el 25 de diciembre. “LaCorte Constitucional de Rusia dictaminó que los comunistas podían reunirse aescala local, pero que, como entidad nacional, el Partido Comunista era ilegal”,narra Remnick. “Los bienes y propiedades del Partido permanecerían bajo elcontrol del gobierno de la Federación Rusa. La era que comenzó en 1917 con larevolución bolchevique acababa de terminar… en virtud de un simple decreto”.La historia que John Reed relató con encendida emoción en Diez días queestremecieron al mundo, sobre la toma del poder comunista, terminaba sin penani gloria, con aires fúnebres, en las páginas de La tumba de Lenin, escritas porDavid Remnick.

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