El vendedor de sombreros

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El vendedor de sombreros

  1. 1. EL VENDEDOR DE SOMBREROS • EEEEEEE Érase una vez un señor sombrerero que se paseaba por un hermoso bosque, llevando en su • maleta una preciosa colección de sombreros que tenía intención de vender en la más famosa de • las ferias del condado. Cansado de su larga caminata se echó a descansar debajo de un frondoso árbol. Pero él no sabía que en aquel bosque vivía una familia de monos que imitaba a todo aquel que pasara por allí. Aprovechando que el señor estaba dormido y bien dormido, los animales bajaron de los árboles en los que estaban encaramados, abrieron la maleta, sacaron los sombreros y se los pusieron en la cabeza y de esta guisa se volvieron a subir a su casa . (Los participantes hacen lo mismo subiéndose a las sillas). Cuando el sombrerero despertó a la mañana siguiente se sintió extrañado, pues no recordaba dónde se había dormido, así que dedicó un rato a mirar a su alrededor, desperezarse, rascarse la barriga, tocarse la cabeza y emitir unos cuantos bostezos que fueron imitados (sin que él lo sospechara) por toda aquella familia de monos. Pero grande fue su sorpresa cuando al acercarse a su maleta dispuesto a continuar su viaje se encontró con que no había ni un solo sombrero. Muy sorprendido, se mesó los cabellos, dio vueltas a su bolsa una y otra vez, pensó, volvió a pensar, hasta que lanzó un aullido de rabia mientras gritaba: ¿¿¿DÓNDE ESTÁN MIS SOMBREROS??? Grande fue su sorpresa al escuchar los lamentos y aullidos que dieron aquella jauría de monos en lo alto de su cabeza, por lo que descubrió quiénes habían sido los autores de tamaña fechoría. Durante un rato se inició un baile extraño; nuestro vendedor amenazó a los monos, chilló, pataleó, rabió, les pidió que bajaran de allí, que le devolvieran sus sombreros y poco le faltó para ponerse de rodillas –tal era su desesperación-, pero, para su asombro, los monos, sin inmutarse, seguían paso a paso todos sus movimientos, y si bien es verdad que no podían hablar, ya que los monos no hablan, imitaban los sonidos que les parecían oportunos.
  2. 2. Nuestro hombre pasó gran parte de la mañana desgañitándose, llorando, chillando, siendo incapaz de conseguir que sus preciados sombreros bajaran a sus manos. (Aquí se puede alargar la historia a gusto de cada uno) Incluso sacó un plátano de su bolsillo y se lo comió con toda la parsimonia de que fue capaz, teniendo en cuenta su estado de ánimo, mientras los monos imitaban impertérritos sus movimientos. Por fin tuvo una idea: se sujetó el sombrero que llevaba en la cabeza (y que por supuesto no se quitaba ni para dormir), echó una ojeada a los monos, y cogiendo la visera del mismo la lanzó al aire con todas las fuerzas de que fue capaz. Y, claro está, los monos imitaron paso a paso sus movimientos y así una nube de sombreros bajó desde lo alto de los árboles y cayó con delicadeza a su alrededor, por lo que, presuroso, se dedicó a recoger y guardar en su maleta tanto modelito. Se propuso no olvidar poner un buen candado en su maleta, eso sí, diciendo que nunca, pero nunca, contaría a nadie lo que le había pasado. FIN

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