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Yoshikawa eiji mushashi 2 - el arte de la guerra

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Yoshikawa eiji mushashi 2 - el arte de la guerra

  1. 1. Eiji YoshikawaMUSASHI 2. Elarte de la guerraEdiciones Martínez Roca, S. A.
  2. 2. Resumen del volumen anterior1. El camino del SamuraiTakezo y Matahachi, dos jóvenes con aspiraciones de con-vertirse en samurais, recobran el conocimiento en el desoladoescenario de la batalla de Sekigahara, en la que el ejército delque formaban parte ha resultado derrotado y Tokugawa Ieya-su se ha impuesto como nuevo shogun de Japón.Temerosos de ser hechos prisioneros, ambos jóvenes se re-fugian en casa de una viuda llamada Oko y de su hija Akemi, aquien conocen cuando ésta roba despojos del campo de ba-talla. Tras un altercado con un grupo de rufianes locales, Take-zo despierta, para descubrir que Matahachi, seducido por Okó,le ha abandonado y se ha marchado con las dos mujeres.Takezo regresa a su Miyamoto natal y, debido a su carácterviolento, se ve convertido en un forajido a quien una guarni-ción local intenta dar caza. Otsü, la prometida de Matahachi,que no ha dejado de esperar a su amado, sufre una gran decep-ción cuando recibe una carta suya en la que rompe su com-promiso. Osugi, la madre de Matahachi, culpa a Takezo dela pérdida de su hijo y hace lo que puede para que éste, nodemasiado popular entre los suyos, sea capturado. Pese a todo,
  3. 3. Takezó resiste los intentos de captura y se vuelve cada vez másviolento, llegando casi a aterrorizar la comarca.Takezó es finalmente capturado por un pintoresco perso-naje: Takuan, un monje budista cuya afilada lengua consigue loque no ha podido la fuerza bruta. El monje cuelga a Takezó deun árbol, teóricamente para que muera en presencia de todo elpueblo, pero buscando en realidad hacerle reflexionar sobre laforma en que ha condicionado su existencia. Otsü no puedeevitar sentir pena por él y le libera, deseando unir su vida a lasuya y huyendo de Miyamoto en su compañía. Por su parte,Osugi considera que el honor de su familia ha sido mancilladopor Takezó y, jurando venganza, emprende su persecución encompañía del tío Gon.Tras un infructuoso intento de rescatar a su hermana, quehabía sido detenida para presionarle, Takezó se dirige al casti-llo de Himeji, donde el señor local deja su juicio en manos deTakuan. Éste le condena a permanecer aislado y Takezó loestá por espacio de tres años, durante los cuales se dedica a lalectura y la reflexión. Al ser liberado decide consagrarse aaprender el Camino de la Espada y perfeccionarse como per-sona, recibiendo el nombre de Miyamoto Musashi como sím-bolo de su renacimiento.Takezó había quedado de acuerdo para reunirse con Otsüen el puente Hanada antes de su encierro y descubre que ella leha estado esperando todo ese tiempo. Sin embargo, no quiereque le estorbe en su periplo y la abandona pidiéndole dis-culpas.Takezó, ahora Musashi, viaja entregado al estudio del Ca-mino de la Espada. Tiempo después, aparece en la famosa es-cuela Yoshioka de Kyoto y desafía a su maestro Seijüró a unduelo. Luego de vencer a los estudiantes más aventajados, Mu-sashi espera el regreso de Seijüró, que se encuentra ausente.Seijüró, en compañía de su hombre de confianza Tóji, hapasado la noche en casa de Okó, instalada ahora junto conAkemi y Matahachi en un barrio de dudosa reputación de lacapital. Matahachi, por su parte, lleno de resentimiento por eldesprecio de que le hace objeto Okó, decide seguir su propiocamino.8
  4. 4. De regreso a la escuela, el grupo intenta tender una trampaa Musashi, pero éste la elude. Musashi tiene seguidamente unencuentro con la vieja Osugi, ante cuyo desafío no encuentraotra salida que huir, pues se siente incapaz de usar su espadacontra ella.A continuación se dirige a Nara, deseando aprender de losluchadores de lanza del templo Hózoin. Un joven deslenguadollamado Jótaró decide entretanto convertirse en su pupilo,pese a no considerarle un guerrero demasiado excepcional.Musashi sabe por el joven que Matahachi intenta encontrarsecon él y le envía hacia Kyoto con un mensaje para su amigo yun desafío formal para Seijüró y la escuela Yoshioka.Jótaró entrega ambos mensajes y en el camino de vueltaconoce a Otsü, que se gana la vida tocando la flauta mientrassigue buscando a Musashi, y a Shóda Kizaemon, un samurai alservicio de Yagyü Muneyoshi, señor de Koyagyü. Kizaemonconvence a Otsü de que acepte su invitación para ir a Koyagyü,y poco después ambos se despiden de Jótaro, sin que Otsü lle-gue a sospechar que el maestro del que habla éste es en reali-dad Musashi.Musashi llega al templo Hózoin, donde la presencia de va-gabundos que desean recibir una lección de los maestros de lalanza resulta bastante habitual. Musashi se enfrenta a uno delos discípulos y le mata durante el duelo. Nikkan, abad del tem-plo adyacente de Ozóin, interroga a Musashi y le previene desu propia fuerza, indicándole que no tiene nada que aprenderen Hózoin y que si quiere aprender más le mire a los ojos. Mu-sashi descubre que no es capaz de sostener la mirada de Nik-kan y siente que ha resultado perdedor de un duelo que no halogrado comprender.Entonces se hospeda en casa de una viuda para esperar lallegada de Jótaró. Su presencia en la localidad suscita gran ex-pectación, dada su reputación después del incidente en Hó-zóin. Es contactado por varios rónin del lugar, que pretendensacar provecho de su destreza en duelos con apuestas, pero seniega de plano y les ofende. Jótaró le entrega la respuesta de laescuela Yoshioka, que acepta un segundo duelo para dentro deun año.
  5. 5. Cuando Musashi está dispuesto a partir, le llegan rumoresde que han aparecido carteles firmados por él en los que seburla de las habilidades marciales del Hózoin y que, en conse-cuencia, los monjes buscan vengarse de él y le esperan en laplanicie de Hannya. El conflicto ha sido instigado por el grupode rónin ofendidos, que intentan unir sus fuerzas a las de losmonjes para acabar con él. Cuando se produce el encuentro,descubre que los monjes no tienen en realidad intención algu-na de enfrentarse a él y que han utilizado la situación comosubterfugio para acabar con el grave problema que suponía lapresencia de los rónin incontrolados en la zona. Jótaró, por suparte, se da cuenta de que su maestro no es el debilucho que élhabía imaginado.Tras las explicaciones que siguen al incidente, Musashi pidede nuevo a Nikkan que le aconseje. Éste le repite que no debeenorgullecerse de su fuerza, y que de seguir comportándosecomo lo ha hecho ese día, no vivirá para cumplir los treinta.10
  6. 6. Personajes y lugaresAKEMI, la hija de OkoCASA DE ARAKIDA, un temploSHISHIDO BAIKEN, herrero y artesano de espadasYOSHIOKA DENSHICHIRO, hermano de Yoshioka SeijüróCASTILLO DE FUSHIMI, residencia de Ieyasu, al sur de KyotoHIDEYORI, gobernador del castillo de Osaka y rival de IeyasuTOKUGAWA IEYASU, el shogun, dirigente de JapónJÓTARÓ, joven seguidor de MusashiMATSUO KANAME, tío de MusashiYOSHIOKA KEMPO, padre de Yoshioka SeijüróSHÓDA KIZAEMON, funcionario y samurai de la casa de YagyüSASAKI KOJIRÓ, joven samurai cuya identidad adopta Mata-hachi CASTILLO DE KOYAGYO, hogar de la familia YagyüKYOTO, ciudad al sudoeste de Japón, rival de OsakaDEBUCHI MAGOBEI, funcionario y oficial de la casa deYagyü HONIDEN MATAHACHI, amigo de infancia de MusashiMIMASAKA, provincia natal de Musashi SEÑORKARASUMARU MITSUHIRO, un noble de Kyoto MIYAMOTOMUSASHI, espadachín de fama creciente SHIMMEN OGIN, lahermana de Musashi OKO, una mujer lasciva11
  7. 7. OSAKA, ciudad al sudoeste de Japón, rival de KyotoHONIDEN OSUGI, la madre de Matahachi y enemiga acérrimade Musashi OTSO, joven enamorada de Musashi UEDARYOHEI, espadachín de la casa de Yoshioka YOSHIOKASEUÜRO, joven maestro de la escuela YoshiokaSEKIGAHARA, batalla en la que Ieyasu derrotó a los ejércitoscombinados de los daimyos occidentales para dominarJapón YAGYÜ SEKISHÜSAI, anciano maestro del estilo deesgrimaYagyü SHIMMEN TAKEZÓ, nombre antiguo de MusashiTAKUAN SOHO, un monje excéntrico AOKI TANZAEMON, unsacerdote mendigo TSUJIKAZE TEMMA, bandido muerto porMusashi GION TÓJI, samurai de la escuela Yoshioka ypretendiente deOkó CASA DE YAGYÜ, poderosa familia conocida por suestilo deesgrima AKAKABE YASOMA, persona sinocupación fija12
  8. 8. PrólogoPodemos decir sin temor a equivocarnos que este libro viene aser el equivalente japonés de Lo que el viento se llevó. EscritoporEiji Yoshikawa (1892-1962), uno de los escritores popularesmás prolífico y estimado de Japón, es una larga novela históricaque apareció primero señalizada, entre 1935 y 1939, en el AsahiShimbun, el periódico japonés de mayor tirada y más prestigioso.En forma de libro se ha publicado no menos de catorce veces, lamás reciente en cuatro volúmenes de las obras completas en 53tomos editadas por Kodansha. Ha sido llevada al cine unas sieteveces, se ha representado numerosas veces en los escenarios y confrecuencia ha sido presentada en seriales televisivos.Miyamoto Musashi fue un personaje histórico, pero gracias ala novela de Yoshikawa tanto él como los demás principalespersonajes del libro han pasado a formar parte del folklore vivojaponés. El público está tan familiarizado con ellos que a menudosirven como modelos con los que se compara a alguien, pues sonpersonalidades que todo el mundo conoce. Este hecho proporcionaa la novela un interés adicional para el lector extranjero. No sóloofrece un período de la historia japonesa novelada, sino quetambién muestra cómo ven los japoneses su pasado y a sí mismos.Pero el lector disfrutará sobre todo de un brioso rela-13
  9. 9. to de aventuras protagonizadas por espadachines y una discretahistoria de amor, al estilo japonés.Las comparaciones con la novela Shogun, de James Clavell,parecen inevitables, porque hoy, para la mayoría de los occiden-tales, tanto el libro como la serie de televisión Shogun compitencon las películas de samurais como su principal fuente de co-nocimiento sobre el pasado de Japón. Ambas novelas se ocupandel mismo periodo histórico. Shogun, cuya acción tiene lugar en elaño 1600, finaliza cuando Toranaga, que corresponde al To-kugawa leyasu histórico y pronto va a ser el shogun o dictadormilitar del país, parte hacia la decisiva batalla de Sekigahara. Elrelato de Yoshikawa comienza cuando el joven Takezo, que másadelante tomará el nombre de Miyamoto Musashi, yace heridoentre los cadáveres del ejército derrotado en ese campo de batalla.Con la única excepción de Blackthorne, el histórico WillAdams, Shogun trata sobre todo de los grandes señores y damas deJapón, que aparecen levemente velados bajo nombres que Clavellha ideado para ellos. Aunque en Musashi se mencionan muchasgrandes figuras históricas con sus nombres verdaderos, el autor seocupa de una gama más amplia de japoneses, en especial el grupobastante extenso que vivía en la frontera mal definida entre laaristocracia militar hereditaria y la gente corriente, los campesinos,comerciantes y artesanos. Clavell distorsiona libremente loshechos históricos para que encajen en su relato e inserta unahistoria de amor a la occidental que no sólo se mofaflagrantemente de la historia, sino que es del todo inimaginable enel Japón de aquella época. Yoshikawa permanece fiel a la historia,o por lo menos a la tradición histórica, y su historia de amor, quees como un tema de fondo a escala menor a lo largo del libro, esauténticamente japonesa.Por supuesto, Yoshikawa ha enriquecido su relato con muchosdetalles imaginarios. Hay suficientes coincidencias extrañas eintrépidas proezas para satisfacer a todo amante de los relatos deaventuras, pero el autor se mantiene fiel a los hechos históricos talcomo se conocen. No sólo el mismo Musashi sino tambiénmuchos de los demás personajes que tienen papeles destacados enel relato son individuos que han existido históri-14
  10. 10. comente. Por ejemplo, Takuan, que actúa como luz orientadora ymentor del joven Musashi, fue un famoso monje zen, calígrafo,pintor, poeta y maestro de la ceremonia del té en aquella época,que llegó a ser el abad más joven del templo Daitokuji de Kyoto,en 1609, y más adelante fundó un monasterio principal en Edo,pero a quien hoy se recuerda más por haber dado su nombre a unpopular encurtido japonés.El Miyamoto Musashi histórico, quien pudo haber nacido en1584 y muerto en 1645, fue un maestro de la esgrima, como supadre, y se hizo famoso porque usaba dos espadas. Era un ardientecultivador de la autodisciplina como la clave de las artes marcialesy escribió una célebre obra sobre esgrima, el Gorin no sho.Probablemente participó de joven en la batalla de Seki-gahara, ysus enfrentamientos con la escuela de esgrima Yoshio-ka deKyoto, los monjes guerreros del templo Hózóin de nara y elafamado espadachín Sasaki Kojiró, todos los cuales ocupan unlugar destacado en esta obra, ocurrieron realmente. El relato deYoshikawa finaliza en 1612, cuando Musashi era todavía un jovende unos veintiocho años, pero es posible que posteriormenteluchara con el bando perdedor en el asedio del castillo de Osaka en1614 y que en los años 1637 y 1638 participara en la aniquilacióndel campesinado cristiano de Shimabara en la isla occidental deKyushu, acontecimiento que señaló la extirpación del cristianismoen Japón durante los dos siglos siguientes y contribuyó alaislamiento de Japón del resto del mundo.Resulta irónico que en 1640 Musashi se hiciera servidor de losseñores Hosokawa de Kumamoto, los cuales, cuando eran losseñores de Kumamoto, habían sido protectores de su principalrival, Sasaki Kojiró. Los Hosokawa nos hacen volver a Shogun,porque es el Hosokawa mayor, Tadaoki, quien figura de unamanera totalmente injustificable como uno de los principalesvillanos de esa novela, y es la ejemplar esposa cristiana deTadaoki, Gracia, la que aparece plasmada, sin un ápice de vero-similitud, como Mariko, el gran amor de Blackthorne.La época en que vivió Musashi fue un periodo de gran tran-sición en Japón. Tras un siglo de guerra incesante entre pequeñosdaimyos, o señores feudales, tres líderes sucesivos habíanreunificado finalmente el país por medio de la conquista. Oda15
  11. 11. Nobunaga había iniciado el proceso pero, antes de completarlo,murió a manos de un vasallo traidor, en 1582. Su general máscapacitado, Hideyoshi, que se había elevado desde simple soldadode infantería, completó la unificación del país pero murió en 1598,antes de que pudiera consolidar el dominio de la nación a favor desu heredero. El vasallo más fuerte de Hideyoshi, Toku-gawaIeyasu, un gran daimyo que gobernaba en gran parte del Japónoriental desde su castillo en Edo, la moderna Tokyo, consiguióentonces la supremacía al derrotar a una coalición de dai-myosoccidentales en Sekigahara. Esto ocurrió en 1600, y tres añosdespués Ieyasu adoptó el título tradicional de shogun, quesignificaba su dictadura militar sobre todo el territorio, teórica-mente en nombre de la antigua pero impotente línea imperial deKyoto. En 1605, Ieyasu transfirió la posición de shogun a su hijo,Hidetada, pero siguió sujetando él mismo las riendas del poderhasta que hubo destruido a los seguidores del heredero deHideyoshi en los sitios del castillo de Osaka, que tuvieron lugar en1614 y 1615.Los tres primeros dirigentes Tokugawa establecieron uncontrol tan firme de Japón que su dominio se prolongó durantemás de dos siglos y medio, hasta que finalmente se hundió en1868, tras los tumultos que siguieron a la reapertura de Japón alcontacto con Occidente, una década y media atrás. Los Tokugawagobernaron por medio de daimyos hereditarios semiautóno-mos,cuyo número era de unos 265 al final del periodo, y los daimyos, asu vez, controlaban sus feudos por medio de sus servidoressamurai hereditarios. La transición desde la guerra constante a unapaz estrechamente regulada provocó la aparición de fuertesdiferencias de clase entre los samurais, que tenían el privilegio dellevar dos espadas y tener apellido, y los plebeyos, a los cuales,aunque figuraban entre ellos ricos comerciantes y terratenientes, seles negaba en teoría el derecho a todo tipo de armas y el honor deusar apellidos.Sin embargo, durante los años sobre los que Yoshikawa es-cribe, esas diferencias de clase aún no estaban nítidamente defi-nidas. Todas las localidades contaban con un remanente decampesinos luchadores, y el país estaba lleno de ronin, o samuraissin amo, en su mayor parte restos de los ejércitos de dai-16
  12. 12. myos que habían perdido sus dominios tras la batalla de Seki-gahara o en guerras anteriores. Fue necesaria una generación, o talvez dos, antes de que la sociedad quedara totalmente clasificada enlas rígidas divisiones de clase del sistema Tokugawa, y entretantohubo considerables fermento y movilidad sociales.Otra gran transición en los inicios del Japón del siglo xvn fuela naturaleza del liderazgo. Restaurada la paz y con el fin de lasgrandes guerras, la clase guerrera dominante descubrió que lapericia militar era menos esencial para dominar con éxito que eltalento administrativo. La clase samurai inició una lentatransformación: de guerreros con armas de fuego y espadas pa-saron a ser burócratas con pincel de escribir y papel. El dominio desí mismo y la disciplina en una sociedad en paz iban siendo másimportantes que la habilidad guerrera. El lector occidental quizá sesorprenda al constatar lo extendida que estaba la alfabetización yaa principios del siglo xvn y las constantes referencias que losjaponeses hacían a la historia y la literatura chinas, al modo comolos europeos nórdicos de la misma época se referían continuamentea las tradiciones de Grecia y Roma antiguas.Una tercera transición importante en la época de Musashi fuela del armamento. En la segunda mitad del siglo xvi, los mosquetesde mecha, introducidos recientemente por los portugueses, sehabían convertido en las armas decisivas en el campo de batalla,pero cuando reinaba la paz en el país los samurais podían dar laespalda a las desagradables armas de fuego y reanudar sutradicional relación amorosa con la espada. Florecieron lasescuelas de esgrima. Sin embargo, como habían disminuido lasprobabilidades de usar las espadas en combates verdaderos, lashabilidades marciales fueron convirtiéndose gradualmente en artesmarciales, y éstas recalcaron cada vez más la importancia deldominio de uno mismo y las cualidades de la esgrima para laformación del carácter, más que una eficacia militar que no sehabía puesto a prueba.El relato que hace Yoshikawa de la época juvenil de Musashiilustra todos estos cambios que tenían lugar en Japón. Él mismoera un ronin típico de un pueblo de montaña, y sólo llegó a ser unsamurai al servicio de un señor en su madurez. Fue el17
  13. 13. fundador de una escuela de esgrima. Lo más importante de todo esque, gradualmente, se transformó y pasó de ser un luchadorinstintivo a un hombre que perseguía fanáticamente los objetivosde la autodisciplina similar a la del zen, un completo dominiointerior de sí mismo y el sentido de la unión con la naturalezacircundante. Aunque en sus años mozos todavía podían darsejustas a muerte, parecidas a los torneos de la Europa medieval, elMusashi que retrata Yoshikawa da un giro consciente a sus artesmarciales, las cuales dejan de estar al servicio de la guerra paraconvertirse en un medio de formación del carácter en tiempo depaz. Las artes marciales, la autodisciplina espiritual y lasensibilidad estética se fundieron en un todo indistinguible. Esposible que esta imagen de Musashi no esté muy lejos de la verdadhistórica. Se sabe que Musashi fue un hábil pintor y notableescultor además de espadachín.El Japón de principios del siglo xvil que encarna Musashi hapermanecido muy vivo en la conciencia de los japoneses. El largoy relativamente estático dominio del período Tokugawa preservógran parte de sus formas y su espíritu, aunque de una manera untanto convencional, hasta mediados del siglo xix, no hace muchomás de un siglo. El mismo Yoshikawa era hijo de un ex samuraique, como la mayoría de los miembros de su clase, no logróefectuar con éxito la transición económica a la nueva era. Aunqueen el nuevo Japón los samurais se difuminaron en el anonimato, lamayoría de los nuevos dirigentes procedían de esa clase feudal, ysu carácter distintivo fue popularizado por el nuevo sistemaeducativo obligatorio y llegó a convertirse en el fondo espiritual yla ética de toda la nación japonesa. Las novelas como Musashi ylas películas y obras teatrales derivadas de ellas contribuyeron aeste proceso.La época de Musashi está tan cercana y es tan real para losmodernos japoneses como la guerra de Secesión para los nor-teamericanos. Así pues, la comparación con Lo que el viento sellevó no es en modo alguno exagerada. La era de los samurais estáaún muy viva en las mentes japonesas. Contrariamente a la imagende los japoneses actuales como «animales económicos» orientadoshacia el grupo, muchos japoneses prefieren verse como Musashisde nuestro tiempo, ardientemente individualis-18
  14. 14. tas, de elevados principios, autodisciplinados y con sentido es-tético. Ambas imágenes tienen cierta validez, e ilustran la com-plejidad del alma japonesa bajo el exterior en aparienciaimperturbable y uniforme.Musashi es muy diferente de las novelas altamente psicológi-cas y a menudo neuróticas que han sido sostén principal de lastraducciones de literatura japonesa moderna. Sin embargo, per-tenece de pleno a la gran corriente de la narrativa tradicional y elpensamiento popular japoneses. Su presentación en episodios noobedece sólo a su publicación original como un folletín deperiódico, sino que es una técnica preferida que se remonta a losinicios de la narrativa nipona. Su visión idealizada del espadachínnoble es un estereotipo del pasado feudal conservado en cientos deotros relatos y películas de samurais. Su hincapié en el cultivo deldominio de uno mismo y la fuerza interior personal por medio dela austera disciplina similar a la del zen es una característicaprincipal de la personalidad japonesa de hoy, como también lo esel omnipresente amor a la naturaleza y el sentido de proximidad aella. Musashi no es sólo un gran relato de aventuras, sino que vamás allá y nos ofrece un atisbo de la historia japonesa y una visiónde la imagen idealizada que tienen de sí mismos los japonesescontemporáneos.EDWIN O. REISCHAUER1. Nacido en Japón en 1910, desde 1946 fue profesor de la Universidad deHarvard, la cual le nombró posteriormente profesor emérito. Entre 1961 y1966 dejó la universidad para ocupar el cargo de embajador norteamericanoen Japón, y es uno de los más célebres conocedores a fondo de ese país. Entresus numerosas obras destacan Japan: The Story of a Nation y The Japanese.19
  15. 15. 1 El feudo deKoyagyüEl valle de Yagyü se encuentra al pie del monte Kasagi, alnordeste de Nara. A principios del siglo xvn existía allí unapequeña y próspera comunidad, demasiado amplia para consi-derarla un mero pueblo, pero no tan populosa o bulliciosa parapoder llamarla ciudad. Habría sido llamada con naturalidad elpueblo de Kasagi, pero sus habitantes se referían a su hogarcomo la Heredad Kambe, nombre heredado de la antigua épo-ca en que dominaban las grandes fincas solariegas privadas.En medio de la comunidad se alzaba la Casa Princial, uncastillo que servía como símbolo de la estabilidad guberna-mental y, al mismo tiempo, como centro cultural de la región.Una muralla que recordaba las antiguas fortalezas rodeaba laCasa Principal. Las gentes de la zona, así como los antepasadosde su señor, se habían instalado cómodamente allí desde el si-glo x, y el actual dirigente era un hacendado rural en la mejortradición, que extendía la cultura entre sus subditos y siempreestaba preparado para proteger su territorio aun a costa de suvida. A la vez, sin embargo, evitaba cuidadosamente toda in-tervención seria en las guerras y querellas de los señores deotros distritos. En una palabra, era aquél un feudo pacífico,gobernado de una manera ilustrada.Allí no se veían señales de la depravación o degeneración21
  16. 16. asociadas a los samurais sin trabas ni obligaciones. Era total-mente distinto a nara, donde los antiguos templos celebradosen la historia y la cultura popular se estaban echando a perder.Sencillamente, no se permitía que los elementos perturbadoresingresaran en la vida de la comunidad.El mismo entorno militaba contra la fealdad. Las montañasde la sierra de Kasagi no eran menos asombrosamente hermo-sas al anochecer que con el alba, y el agua era limpia y pura, unagua ideal, según decían, para hacer té. Los ciruelos de Tsuki-gase crecían cerca, y los ruiseñores cantaban desde la estaciónen que se funde la nieve hasta la de las tormentas, sus tonos tancristalinos como las aguas de los arroyos de montaña.Cierta vez un poeta escribió que «en el lugar donde ha naci-do un héroe, las montañas y los ríos son frescos y claros». Deno haber nacido ningún héroe en el valle de Yagyü, las pa-labras del poeta podrían haber estado vacías, pero era en ver-dad un lugar natal de héroes, y de ello nadie podía ofrecer me-jor prueba que los mismos señores de Yagyü. En aquella grancasa incluso los servidores pertenecían a la nobleza. Muchosprocedían de los arrozales, se habían distinguido en combate yascendido hasta convertirse en leales y competentes ayudantes.Yagyü Muneyoshi Sekishüsai había instalado su residencia,después de retirarse, en una casita de montaña a cierta distan-cia de la Casa Principal. Ya no evidenciaba el menor interéspor el gobierno local ni tenía idea de quién ostentaba el poderen aquellos momentos. Tenía varios hijos y nietos capacitados,así como servidores dignos de confianza para ayudarle y guiar-le, y no erraba al suponer que el pueblo estaba siendo goberna-do de la misma manera que cuando él estaba al frente.Cuando Musashi llegó al distrito, habían transcurrido unosdiez días desde la batalla en la planicie de Hannya. A lo largodel camino había visitado algunos templos, el Kasagidera y elJoruriji, donde había visto reliquias de la era Kenmu. Se alojóen la posada local con la intención de descansar un poco, tantofísica como espiritualmente.Un día, vestido de manera informal, fue a dar un paseo conJótaró.—Es sorprendente —dijo Musashi, deslizando la mirada22
  17. 17. por los campos cultivados y a los agricultores dedicados a sustareas—. Sorprendente —repitió varias veces.Finalmente Jotaró le preguntó:—¿Qué es lo sorprendente? —Para él, lo más sorprendenteera el modo en que Musashi hablaba consigo mismo.—Desde que salí de Mimasaka, he estado en las provinciasde Settsu, Kawachi e Izumi, en Kyoto y Nara, y nunca he vistoun lugar como éste.—Bueno, ¿y qué? ¿Qué hay aquí tan diferente?—En primer lugar, hay muchos árboles en las montañas.Jotaró se echó a reír.—¿Árboles? En todas partes hay árboles, ¿o no?—Sí, pero aquí es distinto. Todos los árboles de Yagyü sonviejos, y eso significa que aquí no ha habido guerras ni tropasenemigas que quemaran o talaran los bosques. También signi-fica que no ha habido hambrunas, por lo menos durante mu-chísimo tiempo.—¿Eso es todo?—No. Los campos también son verdes, y la cebada nuevaha sido bien pisoteada para reforzar las raíces y hacer que crez-ca bien. ¡Escucha! ¿No oyes el sonido de los tornos de hilar?Parece provenir de cada casa. ¿Y no has observado que cuandopasan viajeros con buenas ropas los agricultores no les dirigenmiradas de envidia?—¿Algo más?—Como puedes ver, hay muchas mujeres jóvenes trabajan-do en los campos. Eso significa que el distrito es rico y que aquíla vida transcurre con normalidad. Los niños crecen sanos, alos ancianos se les trata con el debido respeto y los hombres ymujeres jóvenes no huyen para llevar una vida incierta en otroslugares. Está claro que el señor del distrito es acaudalado, y sinduda las espadas y armas de fuego de su armería se mantienenpulidas y en la mejor condición.—No veo nada tan interesante en todo eso —se quejó Jó-taro.—Humm, me extrañaría que lo vieras.—En fin, no has venido aquí para admirar el paisaje. ¿Novas a luchar con los samurai de la casa de Yagyü?23
  18. 18. —Luchar no lo es todo en el arte de la guerra. Los hombresque lo creen así y se dan por satisfechos con tener comida y unsitio donde dormir son meros vagabundos. A un estudiante se-rio le interesa mucho más adiestrar su mente y disciplinar suespíritu que desarrollar las habilidades marciales. Tiene queaprender toda clase de cosas, geografía, irrigación, los senti-mientos de la gente, sus modales y costumbres, sus relacionescon el señor de su territorio. Quiere saber lo que ocurre dentrodel castillo, no sólo lo que sucede en el exterior. En esencia,quiere ir a todos los lugares que le sea posible y aprender todocuanto pueda.Musashi comprendía que esta explicación probablementesignificaba poco para Jótaro, pero sentía la necesidad de sersincero con el muchacho y no darle respuestas a medias. Nomostraba impaciencia por las numerosas preguntas que le ha-cía, y a lo largo del camino siguió dándole respuestas medita-das y serias.Tras haber visto el exterior del castillo de Koyagyü, comose conocía apropiadamente a la Casa Principal, y examinadocon detenimiento el valle, regresaron a la posada.Había una sola posada, pero era grande. El camino era unasección de la carretera de Iga, y mucha gente que peregrinabaal Jóruriji o el Kasagidera pernoctaba allí. Por la noche siem-pre se encontraban diez o doce caballos de carga atados a losárboles cerca de la entrada o bajo los aleros frontales.La sirvienta que les siguió a su habitación les preguntó:—¿Habéis ido a dar un paseo? —Llevaba unos pantalonesde escalar montañas y, de no haber sido por su obi rojo femeni-no, podría haber sido confundida con un chico. Sin esperar res-puesta, añadió—: Ahora podéis bañaros si queréis.Musashi se encaminó al baño, mientras Jótaro, notandoque allí había una nueva amiga de su misma edad, le pre-guntó:—¿Cómo te llamas?—No lo sé —respondió la muchacha.—Debes de estar loca si no conoces tu propio nombre.—Me llamo Kocha.—Es un nombre gracioso. —Jótaro se echó a reír.24
  19. 19. —¿Qué tiene de gracioso? —quiso saber Kocha, al tiempoque le golpeaba con el puño.—¡Me ha pegado! —gritó Jótaro.La ropa doblada en el suelo de la antesala indicó a Musashique había otras personas en el baño. Se desnudó y abrió lapuerta de la pieza llena de vapor. Había allí tres hombres quehablaban jovialmente, pero al ver su cuerpo fornido se inte-rrumpieron, como si un elemento extraño hubiera hecho irrup-ción entre ellos.Musashi se sumergió en el baño comunal exhalando un sus-piro de satisfacción, y su corpulencia hizo que el agua calienterebosara. Esto, por alguna razón, sobresaltó a los tres hom-bres, y uno de ellos miró fijamente a Musashi, el cual habíaapoyado la cabeza en el borde de la piscina y permanecía conlos ojos cerrados.Gradualmente reanudaron su conversación en el punto enque la habían interrumpido. Se estaban lavando en el exteriorde la piscina; la piel de sus espaldas era blanca y sus músculosflexibles. Parecían hombres de ciudad, pues su manera de ha-blar era pulida y urbana.—¿Cómo se llamaba... el samurai de la casa de Yagyü?—Creo que dijo llamarse Shoda Kizaemon.—Si el señor de Yagyü envía un servidor para que transmi-ta su negativa a un encuentro, no puede ser tan bueno comodicen que es.—Según Shoda, Sekishüsai se ha retirado y ya no luchanunca con nadie. ¿Crees que eso es cierto o se lo ha inven-tado?—No, no creo que sea cierto. Es mucho más probable quecuando supo que el segundo hijo de la casa de Yoshioka ledesafiaba, prefiriese ser prudente.—Bueno, por lo menos ha tenido tacto al enviarnos fruta ydecir que confía en que disfrutemos de nuestra estancia.¿Yoshioka? Musashi alzó la cabeza y abrió los ojos. Puestoque, cuando estuvo en la escuela Yoshioka oyó mencionar aalguien el viaje de Denshichiró a Ise, Musashi supuso que los25
  20. 20. tres hombres se dirigían de regreso a Kyoto. Uno de ellos debíade ser Denshichiró. ¿Cuál sería?«No tengo suerte con los baños —pensó tristemente Mu-sashi—. Primero Osugi me tendió una trampa en un baño, yahora, de nuevo desnudo, tropiezo con uno de los Yoshioka.Sin duda se habrá enterado de lo que sucedió en la escuela. Sisupiera que me llamo Miyamoto, saldría por esa puerta y vol-vería con su espada en menos que canta un gallo.»Pero los tres hombres no le prestaban atención. A juzgarpor su conversación, nada más llegar habían enviado una cartaa la Casa de Yagyü. Al parecer, Sekishusai había tenido algunaconexión con Yoshioka Kempo en la época en que éste eratutor de los shogunes. Por este motivo, sin duda, Sekishusai nopodía permitir que el hijo de Kempó se marchara sin acusarrecibo de su carta y, en consecuencia, había enviado a Shódapara que les hiciera una visita de cortesía en la posada.Como respuesta a esta deferencia, lo mejor que aquellosjóvenes de la ciudad podían decir era que Sekishusai tenía«tacto», que había «preferido ser prudente» y que no podía ser«tan bueno como dicen que es». Parecían satisfechos de sí mis-mos en grado sumo, pero a Musashi le parecieron ridículos. Encontraste con lo que él había visto del castillo de Koyagyü y elenvidiable estado de los habitantes de la zona, no parecían te-ner nada mejor que ofrecer que una conversación inteligente.Esto le recordó un proverbio sobre la rana en el fondo de unpozo, incapaz de ver lo que sucedía en el mundo exterior. Pensóque a veces se daba el caso contrario. Aquellos mimados hijosde Kyoto estaban en condiciones de ver lo que sucedía en loscentros del poder y saber lo que pasaba en todas partes, pero nose les había ocurrido pensar que mientras contemplaban el granmar abierto, en otro lugar, en el fondo de un profundo pozo, unarana se iba haciendo continuamente más grande y fuerte. Allí,en Koyagyü, muy lejos del centro político y económico del país,los robustos samurais habían llevado durante décadas una salu-dable vida rural, preservando las virtudes antiguas, corrigiendosus puntos débiles y aumentando en estatura.Con el paso del tiempo, Koyagyü había producido a YagyüMuneyoshi, un gran maestro de las artes marciales, y a su hijo,26
  21. 21. el señor Munenori de Tajima, cuyo valor había sido reconocidopor el mismo Ieyasu. Estaban también los hijos mayores deMuneyoshi, Gorózaemon y Toshikatsu, famosos en todo el te-rritorio por su valentía, y su nieto Hyógo Toshitoshi, cuyas pro-digiosas hazañas le habían valido una posición altamente re-munerada a las órdenes del renombrado general KatóKiyomasa de Higo. En fama y prestigio, la casa de Yagyü noestaba a la altura de la casa de Yoshioka, pero desde el puntode vista de la habilidad, la diferencia era cosa del pasado.Denshichiró y sus compañeros estaban cegados por su propiaarrogancia. Sin embargo, Musashi sentía cierta lástima porellos.Fue a un rincón donde estaba la cañería del agua. Se desatóla cinta de la cabeza, cogió un puñado de arcilla y empezó arestregarse el cuero cabelludo. Por primera vez en muchas se-manas, se regalaba con el lujo de un buen champú.Entretanto, los hombres de Kyoto estaban finalizando subaño.—Ah, qué grato ha sido.—En efecto. ¿Por qué no pedimos ahora que unas chicasvengan a servirnos el sake?—¡Espléndida idea! ¡Espléndida!Los tres terminaron de secarse y salieron. Tras un lavado afondo y otro remojón en el agua caliente, Musashi también sesecó, se ató la cabellera y regresó a su habitación. Allí encontróa Kocha, la chiquilla que parecía un muchacho, anegada en lá-grimas.—¿Qué te ha pasado?—Es ese chico vuestro, señor. ¡Mirad dónde me ha pegado!—¡Eso es mentira! —gritó Jótaró, airado, desde el rincónopuesto.Musashi estaba a punto de regañarle, pero Jótaro protestó.—¡Esta incauta ha dicho que eres débil!—Es mentira, no he dicho tal cosa.—¡Sí que lo has dicho!—Señor, no he dicho que ni vos ni nadie sea débil. Estemocoso empezó a jactarse diciendo que sois el espadachín másgrande del país, porque habéis matado a docenas de rónin en la27
  22. 22. planicie de Hannya, y le he dicho que no hay nadie en Japónmejor con la espada que el señor de este distrito. Entonces laha emprendido a bofetadas conmigo.Musashi se echó a reír.—Ya veo. No debería haber hecho eso, y le daré una buenareprimenda. Espero que nos perdones. ¡Jó! —dijo en tono se-vero.—Sí, señor —respondió el chico, todavía enfurruñado.—¡Ve a bañarte!—No me gustan los baños.—Ni a mí tampoco —mintió Musashi—. Pero estás tan su-dado que apestas.—Mañana por la mañana iré a nadar al río.El muchacho se estaba volviendo cada vez más testarudo amedida que se iba acostumbrando a Musashi, pero a éste no leimportaba realmente. De hecho, le gustaba bastante esa facetade Jótaro. Al final el niño no fue a bañarse.Poco después Kocha trajo las bandejas con la cena. Comie-ron en silencio, Jótaro y la doncella intercambiando miradasfuribundas mientras ella les servía.Musashi estaba absorto, pensando en su objetivo particularde entrevistarse con Sekishüsai. Considerando su baja catego-ría, quizá eso era pedir demasiado, pero tal vez, sólo tal vez,sería posible«Si he de batirme con alguien —se decía—, debe ser al-guien fuerte de veras. Vale la pena que arriesgue la vida paraver si puedo superar el nombre del gran Yagyü. No tiene senti-do seguir el camino de la espada si no tengo el valor de inten-tarlo.»Musashi era consciente de que la mayoría de la gente sereiría abiertamente de él por acariciar semejante idea. AunqueYagyü no era uno de los daimyos más prominentes, era el due-ño de un castillo, su hijo estaba en la corte del shogun y la fami-lia entera estaba empapada en las tradiciones de la clase gue-rrera. En la nueva era que ahora despuntaba, cabalgaban en laola de los tiempos.«Ésta será la prueba verdadera», se dijo Musashi, e inclusomientras comía el arroz se preparaba para el encuentro.28
  23. 23. 2 LapeoníaLa dignidad del anciano había ido en aumento con elpaso de los años, hasta que ahora a lo que más se parecía eraa una grulla majestuosa, mientras que al mismo tiempo con-servaba el aspecto y las maneras de un samurai cultivado.Tenía los dientes sanos y una mirada de extraordinaria agude-za. «Viviré hasta los cien», aseguraba con frecuencia a todo elmundo.Sekishüsai estaba convencido de que así sería.—La familia Yagyü siempre ha sido longeva —le gustabaobservar—. Los que murieron a los veinte y treinta años caye-ron en combate. Todos los demás vivieron hasta mucho másallá de los sesenta.Entre las innumerables guerras en las que él mismo habíaparticipado figuraban varias importantes, entre ellas la revueltade los Miyoshi y las batallas que señalaban el ascenso y caída delas familias Matsunaga y Oda.Incluso aunque Sekishüsai no hubiera nacido en semejantefamilia, su modo de vida, y sobre todo su actitud cuando llegó ala vejez, daban motivos para creer que llegaría en efecto a loscien años. A los cuarenta y siete, y por razones personales, de-cidió dejar de guerrear. Desde entonces nada había alteradoesta resolución. Había hecho oídos sordos a los ruegos del sho-29
  24. 24. gun Ashikaga Yoshiaki, así como a las repetidas solicitudes porparte de Nobunaga y Hideyoshi para que se uniera a sus fuer-zas. Aunque casi vivía a la sombra de Kyoto y Osaka, se nega-ba a enredarse en las frecuentes batallas de esos centros depoder e intriga y prefería permanecer en Yagyü, como un osoen una cueva, y atender a su finca de quince mil fanegas de talmanera que pudiera transmitirla a sus descendientes en buenascondiciones. Cierta vez observó:—He hecho bien en conservar esta finca. En esta época in-cierta, cuando los dirigentes se levantan hoy y caen mañana,resulta casi increíble que este pequeño castillo haya logradosobrevivir intacto.Esto no era ninguna exageración. De haber apoyado a Yos-hiaki, habría caído víctima de Nobunaga, y si hubiera apoyadoa Nobunaga muy posiblemente se habría indispuesto con Hi-deyoshi. Si hubiera aceptado los factores políticos de Hideyos-hi, habría sido desposeído por Ieyasu después de la batalla deSekigahara.La perspicacia, que la gente admiraba en él, era uno de losfactores, mas para sobrevivir en unos tiempos tan turbulentosSekishüsai debía poseer una fortaleza interior de la que care-cían los samurais ordinarios de la época, los cuales tenían unanotable tendencia a ponerse un día al lado de un hombre yabandonarle descaradamente al siguiente, en busca de sus pro-pios intereses, sin dedicar un solo pensamiento al decoro o laintegridad, e incluso mataban sin escrúpulos a sus mismos fa-miliares si obstaculizaban sus ambiciones personales.«Soy incapaz de hacer esa clase de cosas», se limitaba a de-cir Sekishüsai. Y decía la verdad. Sin embargo, no había renun-ciado al arte de la guerra. En el lugar de honor de su sala deestar colgaba un pergamino con un poema compuesto por élmismo, que decía:No poseo ningún método inteligentepara tener éxito en la vida.Tan sólo confíoen el arte de la guerra.Es mi refugio definitivo.30
  25. 25. Cuando Ieyasu le invitó a visitar Kyoto, Sekishüsai se vioobligado a aceptar y puso fin a décadas de serena reclusiónpara efectuar su primera visita a la corte del shogun. Llevó con-sigo a su quinto hijo, Munenori, que tenía veinticuatro años, y asu nieto Hyogo, que por entonces sólo contaba dieciséis. Ieya-su no sólo confirmó al anciano y venerable guerrero en sus te-nencias de tierras, sino que le pidió que fuese tutor de artesmarciales para la casa de Tokugawa. Sekishüsai declinó el ho-nor aduciendo su edad y solicitó que Munenori fuese nombra-do en su lugar, cosa que obtuvo la aprobación de Ieyasu.En opinión de Sekishüsai, el arte de la guerra era, desdeluego, un medio para gobernar a la gente, pero era también unmedio para controlar el yo. Esto lo había aprendido del señorKoizumi, de quien le gustaba decir que era la deidad protectorade la familia Yagyü. El certificado que el señor Koizumi le diopara demostrar su dominio del estilo de esgrima Shinkageestaba siempre en un estante de la habitación de Sekishüsai,junto con un manual en cuatro volúmenes de técnicas militaresque le regaló su señoría. En los aniversarios de la muerte delseñor Koizumi, Sekishüsai nunca descuidaba colocar unaofrenda de alimentos junto a esas preciadas posesiones.Además de unas descripciones de las técnicas de la espadaoculta propias del estilo Shinkage, el manual contenía ilustra-ciones realizadas por la mano del .señor Koizumi. Incluso en suretiro, a Sekishüsai le complacía abrir los rollos y examinarsu contenido. Constantemente le sorprendía descubrir de nue-vo la habilidad con que su maestro había empuñado el pincel.Las ilustraciones mostraban gentes luchando y batiéndose a es-pada en todas las posiciones y posturas concebibles. CuandoSekishüsai las contemplaba, tenía la sensación de que los espa-dachines estaban a punto de bajar del cielo para reunirse con élen su casita de montaña.El señor Koizumi llegó por primera vez al castillo de Koya-gyü cuando Sekishüsai tenía treinta y siete o treinta y ochoaños y aún estaba rebosante de ambición militar. Su señoría,acompañado de dos sobrinos, Hikida Bungoro y Suzuki Ihaku,estaba recorriendo el país en busca de expertos en las artesmarciales, y un día llegó al Hozoin. Era la época en que Inei31
  26. 26. visitaba a menudo el castillo de Koyagyu, e Inei habló aSekishüsai acerca del visitante. Ése fue el comienzo de surelación.Sekishüsai y Kóizumi realizaron encuentros de esgrima du-rante tres días seguidos. En el primer asalto, Kóizumi anunciódónde atacaría, y entonces llevó a cabo el encuentro exacta-mente como había dicho.Lo mismo sucedió el segundo día, y Sekishüsai, herido ensu orgullo, se concentró en idear un nuevo enfoque para el ter-cer día.Al ver su nueva postura, Koizumi se limitó a decirle:—Eso será inútil. Si lo haces, yo haré esto.Y, sin más, atacó y derrotó a Sekishüsai por tercera vez.A partir de entonces, Sekishüsai abandonó el enfoque egoístade la esgrima. Como más adelante recordaría, en aquella oca-sión tuvo por primera vez un atisbo del verdadero arte de laguerra.Atendiendo a las vehementes instancias de Sekishüsai, elseñor Kóizumi permaneció seis meses en Koyagyü, y duranteese tiempo Sekishüsai estudió con la resuelta dedicación deun neófito. Cuando por fin se separaron, el señor Kóizumi ledijo:—Mi método de esgrima es todavía imperfecto. Tú eres jo-ven y deberías tratar de llevarlo a la perfección. —Entonces lepropuso un acertijo Zen—: ¿Qué es la lucha a espada sin unaespada?Durante años, Sekishüsai reflexionó en esa adivinanza,considerándola desde todos los ángulos, y finalmente obtuvouna respuesta que le satisfizo. Cuando el señor Kóizumi le visi-tó de nuevo, la mirada de Sekishüsai al saludarle era clara yserena, y le sugirió que tuvieran un encuentro. Su señoría leescrutó durante un momento y le dijo:—No, sería inútil. ¡Has descubierto la verdad!Entonces entregó a Sekishüsai el certificado y el manual encuatro volúmenes, y de esta manera nació el estilo de esgrimaYagyü, el cual, a su vez, originó la apacible manera de vivir deSekishüsai en su vejez.Que Sekishüsai viviera en una casa de montaña se debía a32
  27. 27. que ya no le gustaba el imponente castillo con su complicadoboato. A pesar de su amor casi taoísta por la vida retirada, leagradaba tener la compañía de la muchacha que le trajo ShodaKizaemon para que le entretuviera tocando la flauta, pues erasolícita, cortés y nunca molestaba. No sólo su música le agrada-ba mucho, sino que también ponía un toque de juventud yfemineidad en la casa. De vez en cuando la muchacha habla-ba de marcharse, pero él siempre le pedía que se quedase unpoco más.Mientras daba los toques finales a la única peonia que es-taba disponiendo en un florero de Iga, Sekishüsai preguntó aOtsü:—¿Qué te parece? ¿Está vivo mi arreglo floral?La muchacha, que estaba detrás de él, replicó:—Debéis de haber estudiado intensamente las técnicas dearreglo floral.—En absoluto. No soy un noble de Kyoto y nunca he estu-diado con maestros ni el arreglo floral ni la ceremonia del té.—Pues parece como si lo hubierais hecho.—Uso con las flores el mismo método que uso con la es-pada.Otsü pareció sorprendida.—¿De veras podéis arreglar las flores de la misma maneraque usáis la espada?—Sí. Verás, todo es cuestión de espíritu. Las reglas no mesirven para nada..., torcer las flores con las yemas de los dedoso ahogarlas por el cuello. Lo que importa es tener el espírituapropiado, ser capaz de hacer que parezcan vivas, tal comoeran cuando fueron cortadas. ¡Mira esto! Mi flor no estámuerta.Otsü tenía la sensación de que aquel anciano austero le ha-bía enseñado muchas cosas que necesitaba conocer, y puestoque todo había comenzado con un encuentro casual en la ca-rretera, se consideraba muy afortunada. «Te enseñaré la cere-monia del té», le decía él, o: «¿Compones poemas japoneses?Si lo haces, enséñame algo sobre el estilo elegante. El Maríyds-33
  28. 28. hu* está muy bien, pero al vivir aquí, en este lugar retirado,preferiría escuchar poemas sencillos sobre la naturaleza».A cambio, ella hacía por él pequeñas cosas en las que nadiemás pensaba. Por ejemplo, el anciano estuvo encantado cuan-do Otsü le confeccionó un gorrito de paño como el que usabanlos maestros de la ceremonia del té. Ahora se lo ponía muy amenudo, y lo apreciaba como si no hubiera nada más eleganteen ninguna parte. También su manera de tocar la flauta le satis-facía inmensamente, y en las noches de luna llena, el sonido deinolvidable belleza de la flauta solía llegar muy lejos, inclusohasta el castillo.Mientras Sekishüsai y Otsü conversaban sobre el arreglofloral, Kizaemon llegó discretamente a la entrada de la casa demontaña y llamó a Otsü. Ésta salió y le invitó a pasar, pero éltitubeó.—¿Harás saber a su señoría que acabo de regresar de mimisión? —le preguntó.Otsü se rió.—Debería ser al revés, ¿no crees?—¿Por qué?—Tú eres aquí el servidor principal y yo sólo una forasterainvitada para tocar la flauta. Eres mucho más íntimo de él queyo. ¿No deberías verle directamente en vez de transmitirle elmensaje a través de mí?—Supongo que tienes Tazón, pero aquí, en la casita de suseñoría, eres especial. En cualquier caso, te ruego que le des elmensaje.También Kizaemon estaba satisfecho por el giro que ha-bían dado las cosas: Otsü era una persona que gustaba muchísi-mo a su maestro y señor.La muchacha regresó de inmediato para decir a Kizaemonque Sekishüsai deseaba que entrara. El anciano estaba en lasala del té, tocado con el gorro de paño que Otsü le habíahecho.—¿Ya has vuelto? —le preguntó Sekishüsai.* Literalmente, «colección de diez mil hojas», la antología poética más an-tigua de Japón (siglo IX). (N. del T.)34
  29. 29. —Sí. Les visité y entregué la carta y la fruta, siguiendovuestras instrucciones.—¿Se han ido?—No. Apenas había regresado aquí, cuando llegó un men-sajero desde la posada con una carta. Decía que, puesto quehabían venido a Yagyü, no querían marcharse sin ver el dójó.Si es posible, les gustaría venir mañana. También han dichoque quisieran verte y presentarte sus respetos.—¡Patanes insolentes! ¿Por qué han de ser tan molestos?—Sekishüsai parecía irritado en extremo—. ¿Les has explica-do que Munenori está en Edo, Hyogo en Kumamoto y que nohay nadie más disponible?—Así es.—Desprecio a esa clase de gente. Incluso después de haber-les enviado un mensaje diciéndoles que no puedo verles, inten-tan presentarse aquí.—No sé que...—Parece ser que los hijos de Yoshioka son tan incompe-tentes como dicen de ellos.—El que está en la Wataya es Denshichiró. No me ha im-presionado.—Me sorprendería que lo hubiera hecho. Su padre fue unhombre de considerable carácter. Cuando fui a Kyoto con elseñor Koizumi, le vimos dos o tres veces y tomamos sake jun-tos. Desde entonces la casa ha ido cuesta abajo. El joven pa-rece creer que ser hijo de Kempó le da derecho a entrar aquí, ypor eso insiste en su desafío. Pero desde nuestro punto de vista,no tiene sentido aceptar el desafío y luego enviarle a su casaderrotado.—Ese Denshichiró da la impresión de tener mucha con-fianza en sí mismo. Si tanto desea venir, tal vez yo mismo po-dría aceptar el reto.—No, de ninguna manera. Esos hijos de gente famosa sue-len tener una elevada opinión de sí mismos y, además, tiendena tergiversar las cosas en su propio beneficio. Si le derrotaras,puedes estar seguro de que trataría de destruir nuestra reputa-ción en Kyoto. Personalmente no me importa, pero no quierocargar a Munenori o Hyogo con una cosa así.35
  30. 30. —¿Qué podemos hacer entonces?—Lo mejor sería apaciguarle de alguna manera, hacerlecreer que se le trata como debe ser tratado el hijo de una grancasa. Tal vez ha sido un error enviar a un hombre a verle. —Elanciano miró a Otsü y añadió—: Creo que una mujer sería me-jor. Probablemente Otsü es la persona adecuada.—De acuerdo —dyo ella—. ¿Quieres que vaya ahora?—No, no hay prisa. Puedes ir mañana por la mañana.Sekishüsai escribió una carta sencilla, con el estilo propiode un maestro de la ceremonia del té, y se la entregó a Otsüjunto con una peonía como la que había colocado en el florero—Dale esto y dile que vas en mi nombre porque estoy res-friado. Veremos cuál es su respuesta.A la mañana siguiente, Otsu se puso un largo velo sobre lacabeza. Aunque los velos ya no estaban de moda en Kyoto, nisiquiera entre las clases altas, las mujeres de clase alta y mediaen las provincias todavía los apreciaban.En el establo, que se encontraba en el exterior del castillo,pidió que le dejaran un caballo.El encargado del establo, que lo estaba limpiando, le pre-guntó si iba a alguna parte.—Sí, he de ir a la Wataya con un recado de su señoría.—¿Quieres que te acompañe?—No es necesario.—¿Estarás segura?—Naturalmente. Me gustan los caballos. Los que montabaen Mimasaka eran casi salvajes.Al cabalgar, el viento hacía flotar tras ella el velo marrón-rojizo. Montaba bien, sujetando la carta y la peonia, que empe-zaba a perder ligeramente su frescura, en una mano y manejan-do diestramente al caballo con la otra. Los agricultores y bra-ceros que se encontraban en los campos la saludaban, pues enel breve tiempo que llevaba allí ya estaba familiarizada con lasgentes del lugar, cuyas relaciones con Sekishüsai eran muchomás amistosas de lo que era habitual entre señor y campesinos.Todos sabían que una hermosa joven había llegado para dis-36
  31. 31. traer a su señor tocando la flauta, y la admiración y respeto quesentían por él se extendió a Otsü.Llegó a la Wataya, desmontó y ató su caballo a un árbol deljardín.—¡Bienvenida! —le dijo Kocha, que salió a recibirla—. ¿Tequedas a pasar la noche?—No, sólo vengo del castillo de Koyagyü con un mensajepara Yoshioka Denshichiro. Aún está aquí, ¿verdad?—Aguarda un momento, por favor.Durante el breve tiempo que Kocha estuvo ausente, Otsücreó cierta expectación entre los ruidosos viajeros que se es-taban poniendo polainas y sandalias y se ataban el equipaje a laespalda.—¿Quién es? —preguntó uno.—¿A quién creéis que ha venido a ver?La belleza de Otsü, su airosa elegancia difícil de encontraren el campo, hizo que los huéspedes a punto de marcharse su-surraran y la mirasen hasta que ella siguió a Kocha y la perdie-ron de vista.Denshichiro y sus compañeros, que habían bebido hastamuy tarde la noche anterior, acababan de levantarse. Cuandoles dijeron que había llegado un mensajero del castillo, supu-sieron que sería el mismo hombre que se había presentado eldía anterior. Al ver a Otsü con su peonia blanca se llevaron unasorpresa.—¡Perdona el estado de la habitación, por favor! ¡Es undesastre!Tras deshacerse en disculpas, enderezaron sus kimonos y sesentaron sobre sus talones de una manera formal y un pocorígida.—Entra, entra, por favor.—Me envía el señor del castillo de Koyagyü —se limitó adecir Otsü, depositando la carta y la peonia ante Denshichiro—. ¿Serías tan amable de leer la carta ahora?—Ah, sí..., ¿ésta es la carta? Sí, la leeré.Abrió el rollo, que no tenía más de un pie de longitud. Lacarta estaba escrita en tinta tenue, sugeridora del aroma ligerodel té, y decía: «Perdóname por enviarte mis saludos en una37
  32. 32. carta en vez de recibirte en persona, pero por desgracia tengoun ligero resfriado. Creo que una peonia blanca y pura te pro-porcionará más placer que la nariz goteante de un viejo. Teenvío la flor por medio de una flor, con la esperanza de queaceptes mis disculpas. Mi viejo cuerpo descansa al margen delmundo cotidiano, y no podría mostrarte mi rostro sin vacila-ción. Por favor, sonríe piadosamente a un anciano».Denshichiró hizo una mueca despectiva y enrolló la carta.—¿Es eso todo? —preguntó.—No, también ha dicho que, aunque le gustaría tomar unataza de té contigo, vacila en invitarte a su casa, porque allí nohay más que guerreros que ignoran las sutilezas de la ceremo-nia del té. Como Munenori está lejos, en Edo, cree que el servi-cio del té sería tan rudo que haría reír a personas procedentesde la capital imperial. Me ha encargado que te pida perdón y tediga que confía en verte en alguna ocasión futura.—¡Ja, ja! —replicó Denshichiró, con una expresión de sus-picacia en el semblante—. Si te entiendo correctamente, Se-kishüsai cree que nos ilusiona contemplar las sutilezas de laceremonia del té. A decir verdad, puesto que somos de familiassamurais, no sabemos nada del té. Teníamos la intención depreguntar personalmente a Sekishüsai por su salud y persua-dirle para que nos diera una lección de esgrima.—Por supuesto, él lo comprende perfectamente, pero estápasando su vejez en retiro y tiene la costumbre de expresarmuchos de sus pensamientos por medio de la ceremonia del té.—Bien, no nos ha dejado más opción que abandonar nues-tro propósito —dijo Denshichiró sin disimular su disgusto—.Ten la bondad de decirle que, si volvemos otra vez, nos gusta-ría verle.Dicho esto, devolvió la peonia a Otsü.—¿No te gusta? Mi señor ha creído que podría alegrarte enel camino. Dijo que podrías colgarla en el ángulo de tu palan-quín o, si viajas a caballo, colocarla en la silla.—¿Pretendía que fuese un recuerdo? —Denshichiró bajólos ojos como si se sintiera insultado y añadió en tono desabri-do—: ¡Esto es ridículo! ¡Puedes decirle que tenemos nuestraspropias peonias en Kyoto!38
  33. 33. Otsü se dijo que, si eso era lo que aquél sentía, sería inútilinsistir para que se quedase con el regalo. Prometió que trans-mitiría su mensaje y se despidió con tanta delicadeza como siquitara el vendaje de una lesión abierta. Sus anfitriones, de malhumor, apenas respondieron a su despedida.Una vez en el pasillo, Otsü se rió para sus adentros,mirando el reluciente suelo negro que conducía a la habi-tación que ocupaba Musashi, se volvió y se alejó en la otra di-rección.Kocha salió de la habitación de Musashi y corrió hasta darlealcance.—¿Ya te marchas? —le preguntó.—Sí, he finalizado mi cometido.—Vaya, qué rapidez. —Y mirando la mano de Otsü, le pre-guntó—: ¿Es una peonia? No sabía que son de color blanco.—Sí. Es del jardín del castillo. Si te gusta, puedes quedár-tela.—Sí, por favor —dijo Kocha, tendiendo las manos.Tras despedirse de Otsü, Kocha fue al aposento de los sir-vientes y mostró a todos la flor. Puesto que nadie se sentía in-clinado a admirarla, fue a la habitación de Musashi.Musashi, sentado ante la ventana, con las manos en la bar-billa, miraba en dirección al castillo y cavilaba en su objetivo:primero, cómo lograría ver a Sekishüsai, y luego cómo le ven-cería con su espada.—¿Te gustan las flores? —le preguntó Kocha al entrar.—¿Flores?Le mostró la peonia.—Humm. Es bonita.—¿Te gusta?—Sí.—Creo que es una peonia, una peonia blanca.—¿De veras? ¿Por qué no la pones en ese florero de ahí?—No sé arreglar flores. Hazlo tú.—No, no, hazlo tú. Es mejor hacerlo sin pensar en el aspec-to que va a tener.—Bueno, iré a buscar agua —dijo ella, llevándose elflorero.39
  34. 34. Musashi fijó la mirada en el extremo cortado del tallo de laflor. Ladeó la cabeza, sorprendido, aunque no podía determi-nar qué era lo que atraía su atención.Cuando Kocha regresó, su interés fortuito se había conver-tido en un minucioso escrutinio. La muchacha puso el floreroen el lugar de honor de la estancia e intentó introducir la peo-nia, pero el resultado fue escaso.—El tallo es demasiado largo —le dijo Musashi—. Tráelaaquí y lo cortaré. Entonces, cuando la pongas erguida, parece-rá natural.Kocha le tendió la flor. Antes de que supiera lo que habíasucedido, la flor había caído de sus manos y ella estaba lloran-do. No era de extrañar, pues en aquel breve instante Musashihabía desenvainado su espada corta y, lanzando un grito vi-goroso, cortó el tallo entre las manos de la muchacha, envai-nando a continuación la espada. A Kocha, el destello del aceroy el sonido de la espada al quedar de nuevo envainada le pa-recieron simultáneos.Sin hacer el menor intento de consolar a la aterrada mucha-cha, Musashi recogió el trozo de tallo que había cortado y sepuso a comparar un extremo con el otro. Parecía totalmenteabsorto. Por fin, percatándose de la inquietud de Kocha, le pi-dió disculpas y le dio unas palmaditas en la cabeza.Cuando logró tranquilizar a la muchacha y ésta dejó de llo-rar, le preguntó:—-¿Sabes quién cortó esta flor?—No, me la han dado.—¿Quién?—Una persona del castillo.—¿Uno de los samurais?—No, una mujer joven.—Humm. ¿Crees entonces que la flor procede del castillo?—Sí, eso dijo ella.—Siento haberte asustado. Si luego te compro unos pasteli-llos, ¿me perdonarás? El cualquier caso, ahora la flor debe detener la medida justa. Intenta colocarla en el florero.—¿Te parece bien así?—Sí, muy bien.40
  35. 35. Musashi le había gustado a Kocha desde el primer momen-to, pero el destello de su espada la había helado hasta la médu-la. Salió de la habitación, dispuesta a no volver hasta que susdeberes lo hicieran absolutamente inevitable.Musashi estaba mucho más fascinado por el largo tallo quepor la flor. Estaba seguro de que el primer corte no había sidorealizado ni con tijeras ni con un cuchillo. Puesto que los tallosde peonia son ligeros y flexibles, el corte sólo podía haber sidoefectuado con una espada, y únicamente un golpe muy deter-minado habría hecho un corte tan limpio. Quienquiera que lohubiese hecho no era una persona ordinaria. Aunque él mismohabía intentado reproducir el corte con su espada, al compararambos extremos comprendió en seguida que el suyo era conmucho el inferior. Era como la diferencia que existe entre unaestatua budista tallada por un experto y otra hecha por un ar-tesano de habilidad corriente.Se preguntó qué podía significar aquello. «Si un samuraique trabaja en el jardín del castillo puede hacer un corte comoéste, entonces el nivel de la casa de Yagyü debe de ser aún mássuperior de lo que creía.» De repente le abandonó su confian-za: «Todavía no estoy preparado ni mucho menos». Sin embar-go, gradualmente fue superando esa sensación. «En cualquiercaso, los de la casa de Yagyü son dignos adversarios. Si perdie-ra, podría echarme a sus pies y aceptar la derrota de buen ta-lante. Ya he decidido que estoy dispuesto a enfrentarme acualquier cosa, incluso a la muerte.» Entonces cobró valor ypoco después sintió renacer sus esperanzas.Pero ¿cómo iba a hacerlo? Parecía improbable que, aunqueun estudiante llegara a su puerta con una carta de presentaciónapropiada, Sekishüsai accediera a un encuentro de esgrima.Así se lo había dicho el posadero, y, como Munenori y Hyogóestaban ausentes, no había nadie a quien retar si no era al mis-mo Sekishüsai.De nuevo intentó imaginar el modo de entrar en el cas-tillo. Su mirada volvió a posarse en la flor que descansabaen la pequeña tarima del takonoma, el lugar de honor de laestancia, y empezó a tomar forma la imagen de alguien aquien la flor le recordaba inconscientemente. Ver el rostro de41
  36. 36. Otsu en su mente apaciguó su espíritu y le tranquilizó losnervios.Otsü se dirigía de regreso al castillo de Koyagyü cuando, deimproviso, oyó un grito estridente a sus espaldas. Se volvió yvio a un niño que salía de una agrupación de árboles al pie deun risco. Era evidente que se dirigía a su encuentro, y, puestoque los niños de la zona eran demasiado tímidos para acercarsea una mujer joven como ella, detuvo su caballo y aguardó porpura curiosidad.Jotaró estaba en cueros, tenía el pelo mojado y llevaba susropas enrolladas bajo el brazo. En absoluto avergonzado porsu desnudez, le dijo:—Tú eres la dama de la flauta. ¿Aún te alojas aquí? —Trasexaminar el caballo con disgusto, miró directamente a Otsü.—¡Eres tú! —exclamó ella—. El chiquillo que lloraba en lacarretera de Yamato.—¿Lloraba? ¡Yo no lloraba!—No importa. ¿Desde cuándo estás aquí?—Llegué el otro día.—¿Tú solo?—No, con mi maestro.—Ah, claro. Dijiste que estudiabas esgrima, ¿no es cierto?¿Qué estás haciendo desnudo?—No creerás que voy a bañarme en el río con la ropa pues-ta, ¿verdad?—¿El río? Pero el agua debe de estar helada. La gente sereiría si supiera que nadas en esta época del año.—No estaba nadando, sino dándome un baño. Mi maetsrome dijo que olía a sudor, así que fui al río.Otsü soltó una risita.—¿Dónde os alojáis?—En la Wataya.—No me digas, acabo de salir de ahí.—Lástima que no hayas ido a vernos. ¿Por qué no vienesconmigo ahora?—Ahora no puedo. Tengo que hacer un recado.—¡Bueno, adiós! —dijo él, volviéndose para marcharse.—Jótaro, ven a verme alguna vez al castillo.42
  37. 37. —¿Puedo ir de veras?Otsü apenas había pronunciado esas palabras cuando em-pezó a lamentarlas, pero dijo:—Sí, aunque no se te ocurra venir vestido como lo estásahora.—Si eso es lo que sientes, no quiero ir. No me gustan lossitios donde se preocupan por bagatelas.Otsü se sintió aliviada y aún sonreía cuando cruzó el portaldel castillo. Tras devolver el caballo al establo, fue a informar aSekishüsai.El anciano se echó a reír.—¡De modo que estaban enfadados! ¡Muy bien! Que se en-faden. No van a hacerme cambiar de idea. —Al cabo de unmomento pareció recordar algo más—. ¿Tiraste la peonia?—le preguntó.Ella le explicó que se la había dado a la doncella de la po-sada, y él anciano hizo un gesto de aprobación.—¿Cogió el muchacho Yoshioka la peonia y la examinó?—Sí, cuando leyó la carta.—¿Y bien?—Se limitó a devolvérmela.—¿No miró el tallo?—No vi que hiciera tal cosa.—¿No lo examinó ni dijo nada al respecto?—No.—He hecho bien en negarme a recibirle. No merece la penaun encuentro con él. Creo que la casa de Yoshioka terminó conKempo.El dójo de Yagyü podría calificarse apropiadamente degrandioso. Situado en el terreno que rodeaba el castillo, habíasido reconstruido cuando Sekishüsai contaba unos cuarentaaños, y la fuerte madera utilizada en su construcción lo hacíaparecer indestructible. El brillo de la madera, adquirido con elpaso de los años, parecía reflejar los rigores sufridos por loshombres que se habían adiestrado allí, y el edificio era lo bas-tante amplio para haber servido como cuartel de samurais entiempos de guerra.—¡Ligeramente! ¡Con la punta de la espada no, con vues-43
  38. 38. tras entrañas! —Shóda Kizaemon, sentado en una plataformaalgo elevada y vestido con una túnica interior y hakama, im-partía airadas instrucciones a dos aspirantes a espadachines—.¡Repetidlo! ¡No lo hacéis nada bien!El blanco de la reprimenda de Kizaemon era un par de sa-murais de Yagyü, los cuales, aunque estaban aturdidos y empa-pados en sudor, seguían luchando tenazmente. Tomaron posi-ciones, prepararon sus armas y los dos volvieron a enfrentarsecomo fuego contra fuego.—¡Aóoh!—¡Yaaaaa!En Yagyü no se permitía a los principiantes emplear espa-das de madera, sino que usaban un palo diseñado específica-mente para el estilo Shinkage. Era una bolsa de cuero larga ydelgada, llena de tiras de bambú, un verdadero palo de cuerosin empuñadura ni guarda de espada. Aunque menos peligrosoque una espada de madera, de todos modos podía cortar unaoreja o convertir Una nariz en una granada. No había restric-ción alguna con respecto a las partes del cuerpo que el comba-tiente podía atacar. Estaba permitido derribar al contrario gol-peándole horizontalmente en las piernas, y no había ningunaregla que impidiera golpear a un hombre cuando estaba en elsuelo.—¡Manteneos así! ¡Sin decaer! ¡Igual que la última vez!—Kizaemon seguía dirigiendo a los estudiantes.Era costumbre no permitir que un hombre abandonarahasta que estuviera a punto de caerse. A los principiantes se lestrataba con especial dureza, sin alabarles nunca ni escatimarlos insultos. Debido a ello, el samurai corriente sabía que en-trar al servicio de la casa de Yagyü no era algo que pudieratomarse a la ligera. Los recién llegados no solían durar, y loshombres que ahora servían a las órdenes de Yagyü eran el re-sultado de una criba minuciosa. Incluso los soldados rasos deinfantería y los mozos de establo habían hecho algunos progre-sos en el estudio de la esgrima.Ni que decir tiene, Shóda Kizaemon era un espadachín con-sumado que había dominado el estilo Shinkage a edad tempra-na y, bajo la tutela del mismo Sekishüsai había aprendido los44
  39. 39. secretos del estilo Yagyu, al que había añadido algunas téc-nicas personales, por lo que ahora hablaba orguUosamente del«verdadero estilo Shóda».El adiestrador de caballos de Yagyü, Kimura Sukekuro, eratambién diestro, así como Murata Yózó, del cual, aunque es-taba empleado como encargado del almacén, se decía que eraun buen contrincante para Hyogó. Debuchi Magobei, otro em-pleado de categoría relativamente baja, había estudiado la es-grima desde su infancia y blandía realmente un arma poderosa.El señor de Echizen había intentado persuadir a Debuchi paraque entrara a su servicio, y los Tokugawa de Kii intentaronatraer a Murata, pero ambos prefirieron permanecer en Ya-gyü, aunque los beneficios materiales fuesen menores.La casa de Yagyü, que ahora se encontraba en la cima de suprosperidad, estaba produciendo un torrente al parecer inter-minable de grandes espadachines. Del mismo modo, los samu-rais de Yagyü no eran reconocidos como espadachines hastaque habían demostrado su capacidad sobreviviendo al régimenimplacable.—¡Eh, tú! —gritó Kizaemon, llamando a un guardián quepasaba por el exterior. Le había sorprendido ver a Jotaro, queseguía al soldado.—¡Hola! —dijo el chiquillo, amigable como de costumbre.—¿Qué estás haciendo en el castillo? —le preguntó Kizae-mon severamente.—El hombre de la entrada me ha hecho pasar —replicósinceramente Jótaró.—¿Ah, sí? —Entonces se dirigió al guardián—. ¿Por quéhas traído a este chico aquí?—Ha dicho que quería verte.—¿Quieres decir que has traído aquí a este niño filándotetan sólo de su palabra?... ¡Muchacho!—Sí, señor.—Esto no es un campo de juegos. Vete de aquí.—Pero no he venido a jugar. Traigo una carta de mi maes-tro.—¿De tu maestro? ¿No dijiste que era uno de esos estu-diantes errantes?45
  40. 40. —Lee la carta, por favor.—No tengo necesidad de hacerlo.—¿Qué ocurre? ¿Es que no sabes leer?Kizaemon soltó un bufido.—Bien, si puedes leerla, léela.—Eres un mocoso astuto. La razón por la que he dicho queno necesito leerla, es que ya sé lo que dice.—Aun así, ¿no crees que sería más cortés leerla?—Los estudiantes de guerrero pululan por aquí como mos-quitos y lombrices. Si dedicara tiempo a ser cortés con todosellos, no podría hacer ninguna otra cosa. No obstante, como losiento por ti, te diré lo que dice la carta. ¿De acuerdo?»Dice que al firmante le gustaría que se le permitiera vernuestro magnífico dójó, que quisiera estar, aunque sólo fuerapor un minuto, a la sombra del más grande maestro del país, yque por el bien de todos los sucesores que seguirán el caminode la espada, agradecería que se le concediera una lección. Su-pongo que ése es en sustancia el contenido de la carta.Jótaro le miró con los ojos muy abiertos.—¿Es eso lo que dice la carta?—Sí, de modo que no hace falta que la lea, ¿no crees? Peroque no se diga que la casa de Yagyü rechaza insensiblemente aquienes la visitan. —Hizo una pausa y, como si hubiera ensaya-do sus palabras, siguió diciendo—: Pide al guardián que te loexplique todo. Cuando llegan a esta casa los estudiantes deguerrero, entran por la puerta principal y pasan a la del medio,a la derecha de la cual hay un edificio llamado Shinindó, iden-tificado por una placa de madera. Si lo solicitan al encargado,pueden descansar ahí durante algún tiempo, y hay los serviciosnecesarios para que pasen una o dos noches. Cuando se mar-chan, se les da una pequeña suma de dinero para ayudarles ensu viaje. Pues bien, lo que has de hacer ahora es entregar estacarta al encargado del Shinindó. ¿Entendido?—¡No! —replicó Jótaro. Sacudió la cabeza y alzó ligera-mente el hombro derecho—. ¡Escuchad, señor!—¿Y bien?—No debéis juzgar a la gente por su aspecto. ¡No soy el hijode un mendigo!46
  41. 41. —Debo admitir que, en efecto, tienes cierta habilidadverbal.—¿Por qué no echáis una mirada a la carta? Es posible quediga algo totalmente distinto a lo que creéis. ¿Qué haríais en-tonces? ¿Permitiríais que os cortara la cabeza?— ¡Espera un momento! —dijo Kizaemon, riéndose. Sucara, con la boca roja detrás de la barba erizada, parecía elinterior de una castaña rota—. No, no puedes cortarme lacabeza.—Bien, entonces leed la carta.—Ven aquí.—¿Por qué? —Jotaró tuvo la aprensiva sensación de quehabía ido demasiado lejos.—Admiro la determinación con que no estás dispuesto apermitir que el mensaje de tu maestro se quede sin entregar.La leeré.—¿Y por qué no habríais de hacerlo? Sois el oficial demayor rango en la casa de Yagyü, ¿no es cierto?—Blandes soberbiamente la lengua. Esperemos que pue-das hacer lo mismo con la espada cuando crezcas. —Rompió elsello de la carta y leyó en silencio el mensaje de Musashi. Amedida que lo hacía su expresión iba poniéndose seria—. ¿Hastraído algo junto con esta carta?—¡Ah, sí, se me olvidaba! —Rápidamente, Jotaro sacó delinterior de su kimono el tallo de peonía.Kizaemon examinó silenciosamente ambos extremos deltallo, con cierta expresión de perplejidad. No podía entenderdel todo el significado de la carta de Musashi.Éste explicaba que la doncella de la posada le había dado laflor, diciendo que procedía del castillo, y que al examinar eltallo había descubierto que el corte no había sido hecho por«una persona ordinaria». El mensaje seguía diciendo: «Trascolocar la flor en un florero, percibí en ella cierto espíritu espe-cial, y sentí que debía conocer a la persona que realizó el corte.Puede que la cuestión parezca trivial, pero si no os importadecirme qué miembro de vuestra casa lo ha hecho, os agrade-cería que me enviarais la respuesta por medio del muchachoque os entrega esta carta».47
  42. 42. Eso era todo... No mencionaba que el firmante fuese unestudiante ni solicitaba un encuentro de esgrima.«Qué cosa tan extraña ha escrito», se dijo Kizaemon. Miróde nuevo el tallo de peonía y volvió a examinar atentamentelos dos extremos, pero sin poder discernir si uno de ellos diferíadel otro.—¡Murata! —llamó—. Ven a ver esto. ¿Ves alguna diferen-cia entre los cortes en los extremos de este tallo? ¿Tal vez unode los cortes parece más afilado?Murata Yozo examinó el tallo por uno y otro lado, perotuvo que confesar que no veía diferencia alguna entre amboscortes.—Enseñémoslo a Kimura.Se dirigieron a la dependencia que estaba al fondo del edifi-cio y plantearon el problema a su colega, el cual se mostró tandesconcertado como ellos. Debuchi, que también se encontra-ba en la dependencia, dijo:—Ésta es una de las flores que el anciano señor en personacortó anteayer. ¿No estabas con él en esa ocasión, Shóda?—No. Le vi arreglar una flor, pero no cortarla.—Pues bien, ésta es una de las que cortó. Puso una en elflorero de su habitación y pidió a Otsü que llevara la otra aYoshioka Denshichiró junto con una carta.—Sí, lo recuerdo —dijo Kizaemon, mientras leía de nuevola carta de Musashi. De repente, alzó los ojos con una expre-sión de sorpresa—. El firmante de esta carta es «Shimmen Mu-sashi». ¿Creéis que este Musashi es el mismo MiyamotoMusashi que ayudó a los sacerdotes del Hóozóin a matar atoda aquella chusma en la planicie de Hannya? ¡Debe de serél!Debuchi y Murata se pasaron la carta una y otra vez, re-leyéndola.—La caligrafía tiene carácter —comentó Debuchi.—Sí —musitó Murata—. Parece tratarse de una personafuera de lo corriente.—Si lo que dice la carta es cierto —dijo Kizaemon— y real-mente ha podido distinguir que este tallo ha sido cortado porun experto, entonces debe de saber algo que nosotros ignora-48
  43. 43. mos. La cortó el anciano maestro en persona, y parece ser queeso está claro para alguien cuyos ojos saben ver a fondo.—Humm, me gustaría conocerle —dijo Debuchi—. Podría-mos comprobar esto y, de paso, pedirle que nos cuente lo queocurrió en la planicie de Hannya.Pero antes de comprometerse por sí mismo, pidió a Kimurasu opinión. Kimura observó que, puesto que no recibían a nin-gún shugyósha, no podían tenerle como huésped en el salón deprácticas, pero no había ningún motivo por el que no pudieraninvitarle a una comida y sake en el Shinindó. Allí los lirios yahabían florecido y las azaleas silvestres estaban a punto de ha-cerlo. Podrían celebrar una pequeña fiesta y hablar de esgrimay cosas por el estilo. Con toda probabilidad, a Musashi le satis-faría asistir, y con toda certeza el anciano señor no pondríaobjeciones "si se enteraba.Kizaemon se dio una palmada en la rodilla y dijo:—Ésa es una sugerencia espléndida.—También será una fiesta para nosotros —añadió Mura-ta—. Enviémosle la respuesta ahora mismo.Kizaemon tomó asiento para escribir la respuesta, pero an-tes dijo:—El chico está afuera. Hacedle pasar.Unos minutos antes, Jótaró había estado bostezando y gru-ñendo, preguntándose cómo podían ser tan lentos, cuando ungran perro negro percibió su presencia y se acercó para hus-mearle. Creyendo que había encontrado un nuevo amigo, Jó-taró habló al perro y, cogiéndole por las orejas, tiró de él haciaadelante.—Luchemos —sugirió, y acto seguido abrazó al perro y lotumbó en el suelo. El animal se mostró condescendiente, por loque Jótaró lo agarró de nuevo, tumbándolo dos o tres vecesmás. Entonces, cerrándole la boca con ambas manos, le dijo—:¡Ahora ladra!Esto enfureció al perro, que se zafó de él, cogió con losdientes la falda del kimono de Jótaró y tiró de ella tenazmente.Al muchacho le tocó el turno de enfurecerse.—¿Quién te crees que soy? —le gritó—. ¿Cómo te atrevesa hacer eso!49
  44. 44. Desenvainó su espada de madera y la alzó amenazante porencima de su cabeza. El perro, tomándole en serio, se puso aladrar ruidosamente para llamar la atención de los guardianes.Lanzando una maldición, J5tar5 descargó la espada sobre lacabeza del perro, produciendo un sonido como si hubiera gol-peado una roca. El perro se abalanzó contra la espalda del mu-chacho y, agarrándole por el obi, lo derribó al suelo. Antes deque pudiera incorporarse, el perro le atacó de nuevo y Jótarótrató frenéticamente de protegerse la cara con las manos.Intentó escapar, pero el perro le pisaba los talones, y losecos de sus ladridos reverberaban en las montañas. La sangreempezó a rezumar entre los dedos con los que se cubría el ros-tro, y pronto sus propios aullidos angustiados ahogaron los delperro.50
  45. 45. 3 Lavenganza de JótaróJótaró regresó a la posada, se sentó ante Musashi y, satis-fecho de sí mismo, le informó de que había llevado a cabo sumisión. Tenía varios rasguños en la cara, y su nariz parecía unafresa madura. Sin duda estaba dolorido, pero como no dio nin-guna explicación de su estado, Musashi no le hizo preguntas.—Aquí está su respuesta —dijo el chiquillo, entregando aMusashi la carta de Shoda Kizaemon. Añadió algunas palabrassobre su encuentro con el samurai, pero no dijo nada acerca delperro. Mientras hablaba sus heridas empezaron a sangrar denuevo—. ¿Deseas algo más? —inquirió.—No, eso es todo, gracias.Musashi abrió la carta de Kizaemon. Jótaro se llevó las ma-nos a la cara y salió apresuradamente de la habitación. Kochale dio alcance y examinó sus rasguños con preocupación.—¿Cómo ha ocurrido? —le preguntó.—Un perro se me echó encima.—¿De quién era ese perro?—Era uno de los del castillo.—Ah, ¿ese sabueso grande y negro llamado Kishü? Es muybravo. Estoy segura de que, por fuerte que seas, no podríasdominarlo. ¡Hombre, si ha mordido a algunos merodeadoreshasta acabar con ellos!51
  46. 46. Aunque no existían entre ellos las mejores relaciones, Ko-cha le condujo al arroyo que pasaba por detrás de la casa y ledijo que se lavara la cara. Entonces ella fue en busca de unungüento y se lo aplicó en los rasguños. Por una vez Jótaró seportó como un caballero. Cuando ella hubo terminado de cu-rarle, el muchacho hizo una reverencia y le dio reiteradamentelas gracias.—Deja de mover la cabeza arriba y abajo. Al fin y al cabo,eres un hombre, y eso parece ridículo.—Pero aprecio lo que has hecho.—Aunque nos peleemos mucho, te tengo afecto —le confe-só ella.—Tú también me gustas.—¿De veras?Las porciones del rostro de Jótaró que no estaban cubiertaspor el ungüento se volvieron carmesíes, mientras las mejillasde Kocha se cubrían de un tenue rubor. No había nadie a sualrededor. El sol brillaba entre las flores rosadas de melocoto-ñero.—Probablemente tu maestro se marchará pronto, ¿verdad?—le preguntó ella con un dejo de pesar.—Todavía estaremos aquí algún tiempo —replicó él demodo tranquilizador.—Ojalá pudieras quedarte uno o dos años.Entraron en el cobertizo donde se almacenaba el piensopara los caballos y se tendieron boca arriba en el heno. Susmanos se rozaron, y Jotaro experimentó un cálido cosqui-lleo. De improviso, cogió la mano de Kocha y le mordió undedo.—¡Ay!—¿Te he hecho daño? Lo siento.—No te preocupes. Vuelve a hacerlo.—¿No te importa?—No, no, ¡anda, muerde! ¡Muerde más fuerte!Él la obedeció, mordisqueándole los dedos como un cacho-rro. El heno caía sobre sus cabezas, y no tardaron en abrazarse.Ninguno de los dos se proponía pasar de ahí pero mientras es-taban abrazados entró el padre de Kocha, que la estaba bus-52
  47. 47. cando. Consternado ante aquella escena, su semblante adoptóla expresión severa de un sabio confuciano.—¿Qué estáis haciendo, idiotas? ¡Los dos, que aún soisunos niños! —Los sacó del cobertizo cogidos del pescuezo ydio a Kocha un par de azotes en el trasero.Durante el resto de aquel día, Musashi apenas habló connadie. Permaneció sentado, cruzado de brazos y sumido en suspensamientos.En una ocasión, en plena noche, Jotaró se despertó y, al-zando un poco la cabeza, miró a su maestro. Musashi estabatendido en la colchoneta con los ojos abiertos y examinaba eltecho, intensamente concentrado.Al día siguiente Musashi mantuvo la misma reserva. Jótaróestaba asustado, temiendo que su maestro se hubiera enteradode que le habían sorprendido jugando con Kocha en el coberti-zo. Pero no le dijo nada. Por la tarde Musashi envió al mucha-cho a pedir la cuenta, y estaba haciendo los preparativos parasu partida cuando el empleado se la trajo. Le preguntó si ce-narían y él respondió que no.—¿No volveréis esta noche a dormir? —quiso saber Kocha,que estaba en un rincón sin hacer nada.—No, te agradezco las atenciones que has tenido con noso-tros, Kocha. Estoy seguro de que te hemos causado muchasmolestias. Adiós.—Cuídate —le dijo Kocha, con las manos en la cara paraocultar las lágrimas.El posadero y las demás doncellas se alinearon en el portalpara despedirles. A todos les parecía muy extraño que los via-jeros se pusieran en marcha poco antes de la puesta del sol.Musashi había recorrido un corto trecho cuando se volvió aJótaro. Al no verle a su lado miró hacia la posada y le vio allí,debajo del almacén, despidiéndose de Kocha. Cuando se apro-ximó a ellos, se apresuraron a separarse.—Adiós —le dijo Kocha.—Adiós —gritó Jótaró mientras corría al lado de Musashi.Aunque temía la expresión de éste, el muchacho no podíadejar de mirar atrás, hasta que perdió de vista la posada.Empezaron a aparecer luces en el valle. Musashi, que no53
  48. 48. decía nada ni había mirado una sola vez atrás, avanzaba a gran-des zancadas. Jótaró le seguía taciturno.Al cabo de un rato, Musashi le preguntó:—¿Todavía no llegamos?—¿Adonde?—A la entrada del castillo.—¿Vamos al castillo?—Sí.—¿Nos alojaremos allí esta noche?—No lo sé. Eso depende de cómo vayan las cosas.—Ahí está. Ésa es la puerta.Musashi se detuvo ante el portal, con los pies juntos. Porencima de las murallas cubiertas de musgo, los árboles enor-mes producían un sonido susurrante. Había una sola luz, queiluminaba una ventana cuadrada.Musashi llamó y se presentó un guardián.—Me llamo Musashi y vengo invitado por Shóda Kizaemon—le dijo al tiempo que le entregaba la carta del samurai—.¿Quieres decirle que estoy aquí, por favor?El guardián ya estaba informado de que iba a venir.—Te están esperando —le dijo, haciéndole una seña paraque le siguiera.Además de sus otras funciones, el Shinindó era el lugardonde los jóvenes del castillo estudiaban el confucianismo, ytambién servía como biblioteca del feudo. Todas las habitacio-nes a lo largo del pasillo que conducía a la parte trasera deledificio tenían las paredes llenas de estanterías, y aunque lafama de la casa de Yagyü se debía a su destreza militar, Mu-sashi observó que también daba mucha importancia a la for-mación intelectual. Todo en el castillo parecía rezumar historia.Y todo parecía estar bien dirigido, a juzgar por la limpiezadel camino desde el portal al Shinindó, la cortesía de la guar-dia y la austera y apacible iluminación visible en las proximida-des del torreón.A veces, cuando un visitante entra en una casa por primeravez, tiene la sensación de que ya conoce el lugar y a sus mo-radores. Musashi tuvo esa impresión al sentarse en el suelo demadera de la gran sala en la que le hizo entrar el guardián. Tras54
  49. 49. ofrecerle un cojín duro y redondo de paja trenzada, que élaceptó dándole las gracias, el guardián le dejó a solas. Por elcamino habían dejado a Jótaro en la sala de espera de los sir-vientes.El guardián regresó al cabo de unos minutos y dijo a Mu-sashi que su anfitrión no tardaría en recibirle.Musashi deslizó el cojín redondo hasta un rincón y se apoyóen un poste. A la luz del farol bajo que brillaba en el jardín viounas espalderas de glicinas trepadoras, de colores blanco y azullavanda. Impregnaba la atmósfera el aroma dulzón de las flo-res. Le sobresaltó el croar de una rana, la primera que oíaaquel año.En algún lugar del jardín gorgoteaba el agua, una corrienteque, al parecer, pasaba por debajo del edificio, ya que despuésde haberse acomodado notó el sonido del agua desde los mu-ros, el techo e incluso la lámpara. Se sentía fresco y relajado.Sin embargo, en lo más profundo de sí mismo seguía viva unairreprimible desazón. Era su insaciable espíritu de lucha que lecorría por las venas incluso en aquella atmósfera serena. Desdeel cojín junto al poste, contempló inquisitivamente su entorno.«¿Quién es Yagyü? —se preguntó con insolencia—. Es unespadachín, lo mismo que yo. En este aspecto estamos al mis-mo nivel. Pero esta noche daré un paso adelante y dejaré aYagyü detrás de mí.»—Siento haberte hecho esperar.Shóda entró en la estancia con Kimura, Debuchi y Murata.—Bienvenido a Koyagyü —le dijo cordialmente Kizaemon.Después de que los otros tres hombres se hubieran presen-tado, los criados trajeron bandejas con sake y comida. El sakeera de fabricación local, espeso y con aspecto de jarabe, servi-do en anticuadas copas con un largo pie.—Aquí, en el campo, no podemos ofrecer mucho —le dijoKizaemon—, pero te ruego que te consideres en tu casa.Los demás también le invitaron con mucha cordialidad aque se pusiera cómodo y no hiciera cumplidos.A instancias de sus anfitriones, Musashi aceptó un poco desake, aunque no le atraía especialmente. No es que no le gusta-ra, sino que era todavía demasiado joven para apreciar la suti-55
  50. 50. leza de la bebida. Aquel sake era bastante aceptable, pero ejer-ció de inmediato su efecto sobre él.—Parece que sabes beber —observó Kimura Sukekuró,ofreciéndose para llenarle de nuevo la copa—. Por cierto, ten-go entendido que la peonia por la que preguntaste el otro día lacortó el señor de este castillo en persona.Musashi se dio una palmada en la rodilla.—¡Ya me lo parecía! —exclamó—. ¡Era espléndido!Kimura se acercó más a él.—Nos gustaría saber de qué modo supiste que el corte enese tallo blando y delgado había sido hecho por un maestro dela esgrima. A todos nosotros nos ha impresionado profunda-mente tu habilidad para percibir ese detalle.Musashi no estaba seguro del derrotero al que llevaría laconversación, y decidió ganar tiempo.—¿Ah, sí? ¿De veras?—¡Sí, es innegable! —dijeron Kizaemon, Debuchi y Mura-ta casi al unísono.—Nosotros no pudimos ver nada especial en él —dijo Ki-zaemon—, y llegamos a la conclusión de que sólo un genio pue-de reconocer a otro genio. Creemos que nos sería de gran ayu-da en nuestros futuros estudios si nos lo explicaras.Musashi tomó otro sorbo de sake.—Oh, no fue nada en particular..., sólo una suposición afor-tunada.—Vamos, no seas modesto.—No soy modesto. Es algo que sentí... por el aspecto delcorte.—¿Qué clase de sensación fue ésa?Tal como actuarían con cualquier desconocido aquelloscuatro discípulos veteranos de la casa de Yagyü intentabananalizar a Musashi y, al mismo tiempo, ponerle a prueba. Yahabían admirado su físico, admirando su porte y la expresiónde sus ojos. Pero su manera de sostener la copa de sake y lospalillos revelaban su crianza campesina que les hacía sentirseinclinados a mostrarse condescendientes con él. Tras sólo treso cuatro copas de sake, el rostro de Musashi se puso rojo cobri-zo. Azorado, se llevó la mano a la frente y las mejillas dos o tres56
  51. 51. veces. Era un gesto tan juvenil que hizo reír a sus anfitriones.—Esa sensación tuya —repitió Kizaemon—. ¿Puedes ha-blarnos más de ella? Mira, este edificio, el Shinindo, fue cons-truido expresamente por el señor Kóizumi de Ise para alojarseen él durante sus visitas. Es un edificio importante en la histo-ria de la esgrima, un lugar apropiado para que esta noche nosalecciones.Musashi comprendió que protestar por sus halagos no lesacaría del apuro.—Cuando sientes algo, lo sientes y ya está —les dijo—. Nohay manera de explicarlo. Si deseáis que os demuestre lo quequiero decir, tendréis que desenvainar la espada y enfrentarosa mí en un encuentro. No hay otro camino.El humo de la lámpara se alzaba negro como tinta de ca-lamar en el quieto aire nocturno. Volvió a oírse el croar de unarana.Kizaemon y Debuchi, los dos mayores, intercambiaron unamirada y se rieron. Aunque el muchacho había hablado sere-namente, su disposición a ser puesto a prueba era un desafíoevidente, y como tal lo reconocieron.Lo dejaron pasar sin hacer ningún comentario y hablaronde espadas, del zen, de acontecimientos en otras provincias yde la batalla de Sekigahara. Tanto Kizaemon como Debuchi yKimura habían participado en el sangriento conflicto, y paraMusashi, que estuvo en el bando contrario, las anécdotas quecontaban aquellos hombres tenían un amargo timbre de ver-dad. Los anfitriones parecían disfrutar muchísimo de la con-versación, y a Musashi, que se limitaba a escuchar, le parecíanfascinantes.Sin embargo, era consciente del rápido paso del tiempo, yen lo más hondo tenía la certeza de que si no conocía a Se-kishüsai aquella noche no le conocería nunca.Kizaemon anunció que era el momento de tomar la cebadamezclada con arroz, el último plato acostumbrado, y los servi-dores se llevaron el sake.Musashi se preguntaba cómo podría ver al señor del casti-llo. Cada vez resultaba más claro que se vería obligado a utili-zar alguna treta disimulada. ¿Debería aguijonear a uno de sus57
  52. 52. anfitriones hasta hacerle perder los estribos? Eso sería difícilcuando él mismo no estaba enfadado, y por ello decidió mos-trar en varias ocasiones su desacuerdo con lo que se decía, deuna manera ruda e insolente. Shóda y Debuchi se tomaron abroma esa actitud. Ninguno de aquellos hombres cedería a laprovocación y haría algo temerario.Empezó a sentirse desesperado. No soportaba la idea demarcharse sin haber logrado su objetivo. Quería poner en sucorona una brillante estrella de victoria, y deseaba que queda-ra constancia en los anales históricos de que Musashi había es-tado allí y se había ido tras haber dejado su impronta en la casade Yagyü. Quería poner de rodillas con su propia espada a Se-kishüsai, aquel gran patriarca de las artes marciales, aquel«dragón de antaño», como le llamaban.¿Le habrían conocido el juego por completo? Estaba consi-derando esta posibilidad cuando las cosas dieron un giro ines-perado.—¿Habéis oído eso? —preguntó Kimura.Murata salió a la terraza y, al regresar a la estancia, co-mentó:—Taró está ladrando, pero no como de costumbre. Creoque hay algo raro.Taró era el perro con el que se había peleado Jótaró. Nohabía duda de que los ladridos, que parecían proceder del se-gundo muro que rodeaba al castillo eran alarmantes, demasia-do ruidosos y terribles para que se debieran a un solo perro.—Creo que será mejor que eche un vistazo —dijo Debu-chi—. Perdóname por aguar la fiesta, Musashi, pero esto po-dría ser importante. Por favor, continuad sin mí.Poco después de que hubiera salido, Murata y Kimura seexcusaron, rogando cortésmente a Musashi que les perdonara.Los ladridos se intensificaron. Al parecer, el perro intenta-ba advertir de algún peligro. Cuando uno de los perros del cas-tillo actuaba de esa manera, era señal casi segura de que suce-día algo funesto. La paz de la que gozaba el país no era tanfirme como para que un daimyo pudiera permitirse relajar lavigilancia contra los feudos vecinos. Aún había guerreros sinescrúpulos que podían rebajarse a hacer cualquier cosa para58
  53. 53. satisfacer su ambición, y los espías vagaban por el territorio enbusca de blancos satisfechos de sí mismos y vulnerables.Kizaemon parecía alterado en extremo. Miraba fijamentela siniestra luz de la pequeña lámpara, como si contara los ecosde un ruido sobrenatural.Finalmente se oyó un gemido largo y lastimero. Kizaemongruñó y miró a su visitante.—Está muerto —dijo Musashi.—Sí, lo han matado. —Incapaz de seguir conteniéndose,Kizaemon se levantó—. No puedo entenderlo.Se dispuso a salir, pero Musashi le detuvo.—Un momento —le dijo—. ¿Sigue en la sala de espera Jo-taró, el muchacho que ha venido conmigo?Preguntaron a un joven samurai que estaba delante delShinindo, el cual fue en busca del muchacho y regresó dicien-do que no le veía por ningún lado.Una expresión preocupada ensombreció el semblante deMusashi, el cual se volvió a Kizaemon y le dijo:—Creo saber lo que ha ocurrido. ¿Te importaría que teacompañe?—En absoluto.A unas trescientas varas del dojó, se había reunido una mu-chedumbre con varias antorchas encendidas. Además de Mu-rata, Debuchi y Kimura, había varios soldados de infantería yguardianes, los cuales formaban un círculo negro. Todos elloshablaban y gritaban al mismo tiempo.Desde el borde exterior del círculo, Musashi examinó el es-pacio abierto en el centro, y el corazón le dio un vuelco. Talcomo había temido, allí estaba Jótaró, cubierto de sangre y conel aspecto de ser el mismísimo hijo del diablo, la espada demadera en la mano, los dientes apretados, los hombros subien-do y bajando al ritmo de su respiración entrecortada.A su lado yacía Taró, enseñando los dientes y con las patasextendidas. Los ojos sin vista del perro reflejaban la luz de lasantorchas. De la boca le brotaba sangre.—Es el perro de su señoría —dijo alguien tristemente.Un samurai se dirigió a Jótaró y le gritó:—¡Pequeño bastardo! ¿Qué has hecho? ¿Eres tú quien ha59

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