Reginald rose, doce hombres sin piedad

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Crítica, teatro

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Reginald rose, doce hombres sin piedad

  1. 1. Crítica de teatro ‘Doce hombres sin piedad’ de Reginald Rose (versión para TVE de Gustavo Pérez Puig) Herme Cerezo Quedan ya muy lejanas aquellas plantas bajas, pequeñas, con estanterías de madera rancia y un mostrador mínimo, alumbradas por una bombilla viuda y atendidas por un señor mayor, escuálido, de andar lento y mente lúcida, gafas de vista présbica, la colilla de Celtas pegada a los labios, al que sólo la muerte o la incapacidad jubilaba. Sobre su cabeza, como una tira de gallardetes, los periódicos del día: Marca, Pueblo, ABC, Las Provincias, Levante, Ya, El caso, sujetos con pinzas, como sábanas informativas, en verdes cuerdas de nylon; los tebeos de cada semana: Pulgarcito, TBO, Tiovivo, Hazañas Bélicas, el Capitán Trueno y el Jabato; el tercio del cotilleo rosa personificado en Corín Tellado, Diez minutos, Semana, Ondas y la revista Hola. Aparte se guardaba lo "selecto": el inagotable montón de novelitas del Oeste (aquellas que escribía entre otros Silver Kane, alias Francisco González Ledesma), que se cambiaban con unas pocas monedas por otras ya leídas, sin olvidarnos de lo alimenticio: los palitos de regaliz, el puro moro, los cigarrillos (por unidad), los chicles, los cacahuetes, los "kikos" o las pipas. Era ésta una estampa de los años sesenta y setenta, la de los kioscos de entonces. Otros tiempos. Ni mejores ni peores que los de ahora. Otros, simplemente. Mira lo que regala este periódico hoy, me dice Germán Fernández, un apasionado del básket y mi kiosquero habitual, mientras me señala un tupperware, unas chancletas, unos cubiertos, una bufanda o una piedra – sí, han leído bien, una piedra - que regala tal o cual revista o periódico. Su rostro dibuja la imagen de la duda sobre el futuro de su negocio, antes de añadir: No me queda espacio para nada más. Voy a tener que salir a la puerta a vender. Y tiene razón porque a todo lo que vendían los kioscos antiguos, ahora hay que añadir una infinidad de coleccionables: los Periódicos de la Guerra Civil, los libros sobre la II Guerra Mundial, las novelas de Stephen King, los textos del Psicoanálisis, deuvedés del Far-West, de Cine Fantástico y de las obras de teatro que TVE emitía en su famosa serie Estudio Uno. Precisamente del primero de los títulos que han aparecido por los kioscos dentro de esta colección teatral bautizada como "TVE, Gran Teatro Clásico – Estudio 1", quería hablarles hoy. Se trata de la versión televisiva rodada por Gustavo Pérez-Puig (Madrid, 1930), sobre la obra ‘Doce hombres sin piedad’, escrita por el estadounidense Reginald Rose. El argumento de esta pieza teatral trata sobre los doce miembros de un jurado que tienen que dictar sentencia en un caso de homicidio, en el que un muchacho es acusado de matar a su padre. Si todos los jurados, por unanimidad, encuentran culpable al joven, será condenado a la pena de muerte. Sin embargo, en la primera votación, el jurado número 8, inseguro de la culpabilidad del acusado, vota en contra y comienza su labor de discusiones y razonamientos con los otros miembros del jurado para esclarecer los hechos. Como ven la idea es sugerente, para qué andarnos con rodeos, francamente genial. Lo primero que llama la atención de ‘Doce hombres sin piedad’ es que estamos ante una obra creada ex profeso para la TV por su autor, Reginald Rose, en 1954, consiguiendo un Emmy, el equivalente televisivo de los óscars cinematográficos. Rose fue un autor caracterizado por su compromiso político y social, abordando en sus obras temas tan controvertidos como la pena de muerte, la eutanasia, el racismo o el aborto. Ante el éxito alcanzado por ‘Doce hombres sin piedad’, el guión fue llevado al cine por Sidney Lumet en 1957 y, finalmente, adaptado para el teatro y estrenado en 1964. Esta obra entra dentro de lo que se conoce como la Edad de Oro de la Televisión estadounidense, en la que se rodaron series tan famosas como la celebérrima ‘Alfred Hitchcock presenta’. La idea alumbró en la mente de Rose al ser designado como jurado en un juicio por homicidio en Estados Unidos. El debate entre los miembros del jurado duró doce horas. El escritor salió asombrado de aquella experiencia y pensó "Vaya, qué estupenda localización para un drama". Aunque el tema de la pena de muerte se toca de modo colateral, lo que importa de ‘Doce hombres sin piedad’ es que, por su desarrollo, se convierte en una llamada de atención a la responsabilidad social, un convincente aviso sobre el peligro de la demagogia y los prejuicios y sobre todo una defensa del sistema democrático y judicial, como dice en un momento de la obra uno de los
  2. 2. jurados, el número 3: "Todos tenemos derecho a un juicio justo". El otro aspecto central de la obra radica en la existencia de la "duda razonable", que mueve todos los cimientos de la acción. La sala donde se reúnen los jurados, cada uno de su "padre y de su madre", es un pequeño mundo, en el que se dan cita tipos muy diversos: desde el joven que sólo piensa en acabar pronto para asistir a un partido de béisbol hasta el publicista que pasa el tiempo dibujando reclamos publicitarios, pasando por un padre frustrado por los problemas con su hijo, el dueño de un par de garajes, que está convencido de la absoluta culpabilidad del chico, y un arquitecto, el motor de la duda razonable, que repasará y rebatirá cada uno de los argumentos escuchados durante la vista. La versión en deuvedé que ha salido a la venta en los kioscos es la que, dirigida como se ha dicho anteriormente por Gonzalo Pérez-Puig, se estrenó en Televisión Española, por aquel entonces la única televisión del país, el 16 de marzo de 1973, dentro del espacio dramático ‘Estudio 1’, en contra de lo que dice el libreto del deuvedé que señala como fecha del estreno el 6 de octubre de 1965. Manuel Alexandre, Pedro Osinaga, José Bódalo, José María Rodero, Luis Prendes, Jesús Puente, Antonio Casal, Carlos Lemos, Ismael Merlo, Sancho Gracia, Rafael Alonso y Fernando Delgado constituyeron el magnífico elenco de actores, todos primeras figuras, con los que contó el realizador madrileño. Dado que se trataba de una obra con jurado, realizada en España durante la dictadura franquista, Pérez Puig dejó bien patente que la acción se desarrollaba en los EE.UU. para lo que colocó la bandera de las barras y estrellas en la sala de deliberaciones. La diferencia fundamental entre la versión televisiva de Gustavo Pérez Puig y la cinematográfica de Sidney Lumet radica en que el español quiso hacer teatro, mientras que el norteamericano se alejó todo lo posible de ello, dejando bien patente que se trataba de una película, lo que consiguió mostrando otros escenarios además de la sala de deliberaciones del jurado. Pérez Puig utilizó primeros planos de uno o dos actores, que son los más televisivos, así como los inevitables planos generales cuando la acción lo requería. En resumen, que los amantes del teatro televisado, entre los que me incluyo, tienen una espléndida oportunidad de recrearse una y otra vez con el visionado de un clásico de la televisión y del teatro norteamericano y español. Gracias a que la obra se grabó en blanco y negro, les recuerdo que el color todavía tardaría algunos años en funcionar en España a pleno rendimiento, al contemplarla uno tiene el placentero y contradictorio sabor de boca de mezclar una obra de teatro con el color del mejor cine negro de época, un género del que "Doce hombres sin piedad" no se aleja demasiado, al contrario, más bien se le acerca. Y como dice con gesto resignado Germán Fernández, el kiosquero, "ya veremos qué me envían los distribuidores la semana que viene". Ojalá sea algún otro título de esta espléndida serie teatral de Estudio 1, apunto yo, que recién ha comenzado y que contiene, según lo previsto, una relación de obras más que notables: ‘El médico a palos’ de Molière, ‘Casa de muñecas’ de Ibsen, ‘La importancia de llamarse Ernesto’ de Óscar Wilde, ‘Don Gil de las calzas verdes’ de Tirso de Molina o ‘Cyrano de Bergerac’ de Edmond Rostand entre otros títulos.

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