EL ABAD REBELDE- Brian Moore

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Novela sobre el último bastión de la Misa tradicional: un islote de Irlanda

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EL ABAD REBELDE- Brian Moore

  1. 1. l r l BRiÉxN MOORE ¿M44 Enviado por Roma, el padre James Kinsella llega en heli- cópfero a la Abadía de Muck, sifuada en _una árida isla de la cosla de lrlanda. Su delicada misión consisle en lrafar de que los monies acepfen las nuevas práclicas lilúrgicas, abandonando los rilos rradicionales que han converlido el lugar en sanluario y punlo de peregrinaie. Vesfido con ¡eans azules y clnaquela de cuero, hablan- do con acenlo norlearnericano. Kinsella es el profotipo del sacerdole moderno. Eslá convencido de que la revo- lución debe exlenderse a lravés de la esfruciura de la Iglesia. Sin embargo. de su fe sin-Dios. Kinsella encuen- fra alguna coincidencia con el Abad de Muck, el anciano monie a quien el liempo y las dudas iransformaron en seglar. Ambos cubren su falla de le baio el manlo rifual. La exigencia de la Iglesia —4:¡ue el Abad cambie milagros por SlYHbOlOS-— significa enlrar en un abismo terrible del que no puede haber relorno. La frama lle- ga a desarrollarse hasla l980, en pleno Concilio Ecu- ménico lV. Premio W. S. Smifh Award a la maior novela inglesa del año.
  2. 2. BRIAN MOORE EL ABAD REBELDE EMECÉEDITORES
  3. 3. i! En. Título original inglés (mn-xo ucs © 1972 by Brian Maore Diseño de tapa FRANCISCO 1-". ma]. cuan. IMPRESO EN ARGENTINA »— PRINTED IN ARGENTINA Queda hecho el depósito que previene la ley número 11.725 © EMECÉ EDITORES, s. A. - Buenos Aires, 1974 Uno
  4. 4. La niebla se levantó. La isla estaba allí. ‘El visitante se encaminó hasta el extremo del mue- lle abandonado y la divisó a través de cinco ki- lómetros de océano, montada sobre las aguas como una barca pesquera volcada. El sol de la mañana se movía a lo largo de una pared de montañas, sobre valles tan negros como los cas- cos alquitranados de una embarcación. Pensó en Roma. Sorprendentemente, la Or- den misma poseía escasa información descrip- tiva. En el Lungotevere del Vaticano le fue entregado un libro de edición agotada: Guía Weir de Monumentos Religiosos. "ABADÍA MUCK, Kerry, Irlanda. En una pequeña isla en las afueras de la panorá- mica costa rocosa del Océano Atlántico, conocida como El Anillo de Kerry. El mo- 11
  5. 5. nasterio (orden Albanesa)‘, fundado en 1216 y reconstruido en 1400-70, tiene una dependencia o célula, fuera de la isla, el Priorato de la Santa Cruz, en el monte Coom, cerca de la aldea de Cahirciveen. Este Priorato, saqueado por las tropas de Cromwell, era, en época de la represión, lugar de misas clandestinas, oficiadas al aire libre en un altar improvisado sobre una llamada ‘Roca de Misa’. -La Abadía (en la isla Muck) se salvó del despojo cromwe- lliano y se yergue sobre el declive oeste de la isla, frente al esplendor del mar: desde la torre de la Abadía el visitante tiende su mirada sobre las olas grises que se rizan en la roca desnuda. Los monjes pescan y recogen algas marinas”. Había telefoneado otra vez antes del desayu- no. La bonita muchacha que atendía el mos- trador, en su hotel, le dio a la manivela de un aparato increíblemente antiguo, para hacer el llamado. —Quiero una comunicación con la isla Muck. No, Sheilagh, no pasa nada; es para ese sacer- dote que habló a la isla anoche. p —Ahí tiene, padre. —Él tomó el auricular. Una Campanilla sonaba y sonaba. 1 “Albany", céltico de Escocia. (N. de la T. ) 12 —Isla Muck Uno —dijo una voz cascada, allá lejos, en el océano. El visitante dio su nombre. Explicó que se le había pedido que llamara para verificar el esta- do del tiempo. —¿Cómo dijo que se llamaba? —Kinsella. El Padre james Kinsella. —Había aprendido la lección. —¡Ah, Padre Kinsellal Le enviaremos un bote, desde luego. Baje al muelle ahora, que Padraig no tardará en llegar. Las gaviotas, buscando restos de pescado, pa- saban en vuelo rasante y se zambullían en las pútridas aguas. Detrás de él, en un extremo del camino que conducía al muelle, había tres cobertizos de concreto para guardar botes, des- provistos de techo, invadidos por la maleza, que hedían a orina y excremento de ovejas. En uno de ellos había un automóvil de modelo antiguo, que supuso abandonado. El día anterior, cuan- do por primera vez viajó hasta allí escudriñando la niebla para tener una visión de la isla, se acercó a mirar dentro del coche. Habia una estola de seda púrpura en el asiento de adelan- te. ¡En el hotel, después de la comida, preguntó quien había construido ese muelle. No, le respondieron; no lo construyeron los monles sino el gobierno irlandés, años atrás, antes de que la pesca se contaminara. En aquel 18
  6. 6. tiempo vivían cerca de veinte familias en la isla. —Casi todas se fueron. Están ahora desparra- madas por los cuatro rincones de la tierra. —Aguas contaminadas —repitió él—. ¿Signi- fica eso que los monjes ya no pescan más? —¡Ah, no! La pesca es buena otra vez. Puri- ficaron las aguas al cabo de un tiempo. Lo malo es que ya era demasiado tarde para la gente de Muck. Ahora sólo quedan cuatro fami- lias en la isla. Y los monjes. El viejo automóvil que él había visto en el cobertizo de los botes, ¿pertenecía al monas- terio? —Sí, en efecto. Los monjes lo utilizan para trasladarse a Cahirciveen los domingos. Son más de treinta kilómetros, padre. -—Pero, ¿qué pasa cuando el mar está picado, o hay niebla, y no pueden cubrir la distancia en bote desde la isla? —En ese caso no hay misa en Cahirciveen. ¿No se oficiaba misa? Las escenas del día anterior llenaron la mente del visitante: las ca- lles de esta‘ aldea Kerry, las grises fachadas del siglo diecinueve, la plaza del mercado, la gris iglesia gótica, calles construidas mucho an- tes e impasables hoy con el tránsito actual. Ahora existían en permanente confusión coches, autobuses, camiones, camionetas, casas rodan- 14 tes, ue se des lazaban en una interminable q“ P procesron embotellada ida y vuelta en las an- gostas callejuelas, mientras en las afueras más vehículos se amontonaban en la fangosa confu- sión de improvisadas playas de estacionamiento y aldeas enteras formadas por carpas. Y por todas partes, en Cahirciveen, agolpados en tien- das tabernas, em uados hacia la laza rin- Y P l P P cipal y apiñados allí como bestias en día de ' feria, los peregrinos. Nadie habría sabido decir con exactitud cuán- tos había en un determinado fin de semana, pero hacía meses que no quedaba una sola habi- tación o una cama para alquilar en cincuenta kilómetros a la redonda. Eran irlandeses, na- turalmente, aunque parecía haber un número igual de ingleses y escoceses. Otros llegaban con sus coches en el ferry, y hasta en vuelos charter desde el continente; sobre todo france- ses, pero también muchos alemanes, y hasta algunos peregrinos de la propia Roma. Los ame- ricanos del norte habían hecho el viaje en char- ter, en dos grupos, compuestos por una mayoría de pobres viejos que nunca antes cruzaron el Atlántico. Llegaban, al parecer, simplemente para asistir por lo menos a una misa y rezar . un rosario, y luego se marchaban. Las incómodas y escasas facilidades locales no alentaban una permanencia prolongada. 15
  7. 7. Era un fenómeno, aun en la historia del pere- grinaje. No se producían milagros, no había escenas de histerismo, y ni siquiera se advertían muestras de un fervor especial. El ambiente era nostálgico. Los peregrinos se levantaban temprano el domingo a la mañana, se traslada- ban en autobuses y coches hasta el pie del Monte Coom, a siete kilómetros de la aldea. Una vez allí subían la montaña a pie, para arrodillarse sobre las laderas barrosas, o en salientes de roca, a menudo bajo la persistente lluvia irlandesa. La mayoría sólo podía ver la Roca de la Misa y al sacerdote oficiante a distancia, pero todos oían frases en latín, vociferadas por los alto- parlantes colocados en sitios estratégicos por los lugareños. ' En latín. Y la Campanilla de la Comunión. Los monjes, como monaguillos, respondiendo en latín. Incienso. Como antes. -¿No se oficia misa? —repitió el visitante mi- rando al hotelero—. Pero, cuando la mayoría realiza un viaje tan largo para llegar hasta aquí, ¿qué hacen si no hay misa? —¡Ah, Padre, eso es algo grande de ver! Los peregrinos se quedan en el lugar arrodillados y rezando el rosario. Permanecen el día entero, esperando y rezando. —Pero, ¿no intentan algunos llegar hasta la isla? 16 El hotelero rió, mostrando una encía desden- tada. y —¡No hay temor! Ninguna embarcación pue- de acercarse a Muck sin peligro, a menos que la gobieme alguien que sepa bien la maña. Y los botes de la isla no desembarcan a nadie sin permiso del Abad. Además —agregó el hotelero, otra vez serio—, esos peregrinos son buena gente. Cuando el Abad puso un cartel aquí, en la igle- sia de Cahirciveen, con una advertencia: “Con- fesión Sólo para los Feligreses de la Parroquia”, la mayoría de ellos dejaron de molestar a los monjes. Sin embargo, todavía se forman largas filas. Después de la misa, los domingos, suele haber hasta tres monjes en la iglesia dale que dale a las confesiones hasta el momento de em- barcarse de regreso a la isla. —Pero, ¿por qué llevan las confesiones tanto tiempo? ¿Aquí todavía tenemos confesiones privadas. Una persona a la vez en el confesionario. Confesiones privadas. Esto no se sabía en Roma. —¿Y qué hay de las confesiones públicas? —¿Confesiones públicas, Padre? —Aquellas en que toda la congregación se pone de pie antes de la misa y hace en voz alta acto de contrición. -—¡Ah, eso nunca ocurrió aquíl 17
  8. 8. La ira, súbita y fría, obligó a Kinsella a ex- clamar: ——¡Pues así se hace en todas partes! —Aver- gonzado vio cómo el hotelero ínclinaba la cabe- za, obediente, censurado, pero no muy conven- cido. El día anterior, cuando llegó en coche desde Shannon, Kinsella llevaba un portafolio, una bolsa marinera, y tenía puesto un traje de fajina gris verdoso. En el mostrador del Hotel Hem, la empleada fue brusca y concisa. El hotel es- taba lleno; había gente que esperaba una reser- va desde dos meses atrás; hacía días que no se hacían más reservas. , —Pero ustedes aceptaron mi pedido —protes- tó él—. Confirmaron la reserva, y la confirma- ción fue transmitida por telex desde Dublin al Centro Ecuménico de Amsterdam. Éste es el hotel Hem, ¿no es así? -—¿Quiere repetirme su nombre, señor? —james Kinsella, sacerdote católico —respon- dió, a la manera ecuménica. —-¡Ah, Padre Kinsellal j0h, por favor, per- done, Padre! Tenemos habitación reservada para usted, claro está. “Padre”. En el atestado hall del hotel, todos 18' los asientos disponibles estaban ocupados. La gente daba vueltas desconsoladamente alrede- dor de los aparatos donde se exhibían tarjetas postales y de los estantes con libros en rústica. “Padre”. Rostros bronceados por el sol se vol- vían para mirarlo fijamente, ceñudos y despre- ciativos de su acento americano, de sus ropas seglares. La mayoría de esos peregrinos era mayores que él; de bastante edad para recordar la misa en latín. Pero los había jóvenes también, ex católicos pentecostales, hoy ansiosos de experien- cia como los penitentes actuales. Su desprecio. hacia él, su propio desprecio hacia ellos, lo envolvieron mientras se dirigía hacia la escalera y la habitación privilegiada. - Su amigo Visher, un partidario del “conduc- tismo”, había realizado un estudio de las acti- tudes comunes actualmente entre los católicos hacia el clero. —La gente es como ovejas —sostenía Visher—. No han cambiado en absoluto. Siguen querien- do a esos viejos curas de parroquia y esos viejos médicos de familia. El rebaño necesita a los perros ovejeros dominantes que les mordisqueen las patas desde el nacimiento hasta el funeral. La gente no quiere la verdad ni la justicia so- cial; no quiere esta tolerancia ecuménicamQuíere 19
  9. 9. seguridad. El viejo sacerdote de parroquia’ la prometía. Tú no puedes, Jim. Las olas lamían los gastados escalones del muelle. Un nuevo rumor llegó a oídos de Kin- sella, el pulso de un motor. Miró hacia el mar pero no vio embarcación alguna. El sonido, pre- cediendo a la visión, llegaba con claridad sobre las olas orladas de espuma blanca. Un pulso. Se acercaba, se acercaba; la penosa confronta- ción. Él, y el Abad de Muck. —Esta no será su primera visita a Irlanda —le dijo el Padre General, levantando la vista de sus papeles. Era una afirmación, no una pregunta, pero el srntro que debía contestar. . ——No, señor. Durante mi último año en Har- vard me traslade‘ a Irlanda para asistir a los cursos de una escuela de verano. La escuela Yeats, en Slrgo. Mis ascendientes eran irlande- ses, oriundos del condado Mayo, creo. Queda en el oeste, donde está esa Abadía. —-William Butler Yeats —el Padre General sonrió con su débil sonrisa prusiana—. “Qué bruta bestia; al fin sonó su hora”. Muy apro- piado. Quiero que usted entierre a la bestia. Y pienso que para lograr ese resultado lo mejor es que le conceda plenos poderes, un status de 20 plenipotenciario. Los emisarios obligados a vol- ver al cuartel general para presentar sus infor- mes, sobre todo los jóvenes, les parecerán a esos viejos mastodontes simples novicios. Le acla- raré bien a ese Abad que usted es yo. Lo que usted decida será el edicto final de la Orden. —¿Y qué me dice del Padre Provincial de Dublín, señor? El Padre General suspiró. —Parece ser que el Abad de Muck y él tu- vieron un desacuerdo hace ya muchos _años; fue durante el papado de Pablo VI. Como usted sabe, desde el Vaticano IV, los obispos ya no están sujetos a las órdenes de los padres pro- vinciales. Estos obispos irlandeses son mitrados y tienen rango episcopal. Cada uno es un pre- latus nullius. ‘ Éste optó por ignorar las reco- mendaciones del Padre Provincial. Con todo, no puede ignorar las mías. El Padre General tomó una hoja Xerox, un facsímile de un viejo registro de sala capitu- lar, microfilmado, cuyo original había sido des- truido. —El recalcitrante Abad de Muck —dijo—. Vea- mos. Es un tal Tomás O’Malley, que debe con- tar en la actualidad unos sesenta y nueve años, ‘ Prelatus nullius: Prelado que no depende de nadie. En latín en el original. (N. de la T. ) 21
  10. 10. hijo de un verdulero. ¿Qué es un verdulero, me pregunto? —Un vendedor de verduras al menudeo, señor. -—¡Ahl_ El Abad es el producto de un semi- nario irlandés, nn lugar llamado Kilcoole. Obtu- vo premios en Latín. jOh, lá lál Doctorado en —no alcanzo a descifrar esta escritura; debe ser uncial—, pero no tiene importancia. Cuatro años en la Abadía de Baclcmore, en Kent. Lue- go Irlanda, Dublín, hum. . . hum. . . , y su desig- nación como Abad de Muck. Enviado a una islita remota y abandonado allí siendo aún rela- tivamente joven: puede deducirse que la Orden no tenía grandes esperanzas en él. Subsiguiente vida de pobreza, treinta monjes todos pesca- dores, el único ingreso proveniente de la venta de algas marinas comestibles —¿qué es eso? — y estiércol para abono. Bueno, creo que es sufi- ciente. Puede usted leer esto a su comodidad. El Padre General tomó un papel del escri- torio, un formulario para datos de la Orden. —Aquí figuran todos los datos. Antigüedad de la Abadía, detalles de privilegios concedi- dos, ,etcétera. Creo comprender por qué el vul- go está tan interesado, ansioso como todos lo estamos hoy por un pasado que nunca conoci- mos. El monasterio fue fundado en mil doscien- tos dieciséis. . . El Padre General se reclinó en su silla Eames '22 y miró hacia afuera por los altos ventanales de su despacho. Abajo se extendía el nuevojpaselo peatonal del Lungotevere Vaticano y, mas illa, la oscura, barrosa corriente del Tíber. VOlVIO la mirada a la izquierda fijándola en los techos del Vaticano y la cupula de San Pedro, mmensa aun a distancia. _ —En el año mil doscientos dieciséis —repi- tió—. Piense un poco en ello. El cuarto CODCÍlJO de Letrán terminaba. Inocencio Tercero ocu- paba el sillón de Pedro. Y faltaban aun trescien- tos años para que se construyera esa enorme monstruosidad de allí abajo. Miró otra vez el papel con los datos. _En un principio la Abadía no era nuestra. Fue fundada por algún rey 1009-1» a rfquer" miento de Patrick, un santo obispo iIlandeS- LOS célticos de Escocia pidieron hacerse cargo “de ella en mil cuatrocientos seis. Doscientos anos ‘después eran dueños de la mitad de las ‘nenas de Kerry, que es la razón por la que tienen ese priorato fuera de la isla. Siempre fue privilegio del Abad de Muck designar al Superior del Priorato de Santa Cruz, en Cahirjciveen. y —Creo que ya no hay prior alli, senor. —-Tiene razón. . . , no lo hay -el Padre Ge- neral volvió a consultar el papel con 105 ¿ams-- Hay parroquias en las proximidades, natural- mente; pero los monjes siguen cruzand0 a “¿"3 23
  11. 11. firme para oficiar misa y cumplir deberes sacer- dotales. Y los cambios que tuvieron lugar en todas partes del mundo en nuestra época han sido simplemente pasados por alto en Cahirci- veen. Nuestro Provincial irlandés hizo “sugestio- nes” en cuatro ocasiones distintas, pero este abad sigue ciego y mudo. Y yo me pregunto, ¿hasta cuándo se hubiese prolongado la cosa si no hubiera sido por los turistas? De todas maneras, fue una delegación de la B. B.C. la que agitó el avispero. Misa en latín. Imagínese usted —el Padre General sonrió—. En cierto modo, me gustaría volver a asistir a una misa así. ¿A usted no? —En realidad, señor, no recuerdo cómo era. —El oficiante de espaldas a la congregación, vestiduras sagradas, introibo ad altere dei. ‘ ¡Y la Campanilla! ¡El Sanctusl ¡Oh, lá lá, cómo olvida unol Y ahora está atrayendo multitudes. Escuche esto: travesías en feny desde Liver- pool y Fishguard; vuelos charter desde Leeds, Boston, Nueva York; peregrinos de Francia, ¡hasta de la bella Italia! La diversión del Padre General fue interrum- pida por un ataque de estomudos. Utilizó un inhalador nasal y luego volvió a posar la mirada en las aguas morenas del Tíber. ‘ En latin en el original. (N. de la T. ) 24 —Es un lugar común afirmar que tal cosa era de esperarse. Ni siquiera el Vaticano IV puede enterrar dos mil años en unas décadas. Pero yo lo hubiera supuesto de España. O tal vez de alguna posesión portuguesa —el Padre General suspiró—. Somos tan infaliblemente falibles, ¿verdad? ¿No fue Chesterton quien dijo algo sobre una cosa demasiado grande para ser vista? Irlanda. ¡Pero, claro! Bueno, aquí‘ tiene. Llé- vese la carpeta con los datos. Comuníquele su itinerario a mi secretario. Yo le sugeriría que se embarcara en un supersónioo esta misma noche y se trasladara directo a Amsterdam. Es una simple formalidad, desde luego, pero en un asunto de esta clase todo debe ser estrictamente formal —ahora sonrió—. Advertiré al Consejo que es usted mi plenipotenciario. Después de Amsterdam, trasládese a Irlanda. Recuerde, quiero que esto quede arreglado para fin de mes! —Sí, señor. —Saque a ese viejo idiota de aquella montaña, James. Y si le causa algún problema. . . ¡muér- dalol Repentinamente surgió a la vista una barca pesquera, suspendida sobre las crestas espumo- sas de las olas, como si en el momento en que Kinsella apartó la vista una mano mágica la 25
  12. 12. hubiese pintado en el paisaje. Prevista de nn motor Diesel, la barca estaba construida para trepar y deslizarse sobre esas grises paredes de olas. Al aumentar la fuerza del viento, arrojó un torrente de agua sobre el borde del muelle. Una negra nube de tormenta cubría el horizon- te. Mientras la barca pesquera se aproximaba a través del estrecho, Kinsella aferró su porta- folios en el que llevaba la carta del Padre Ce- neral y una Orden Plenipotenciaria con poder pleno firmada en Amsterdam por los cuatro miembros de tumo del Consejo Ecuménico Mundial. Se acercó a los escalones de piedra mientras la barca detuvo el motor y se balanceaba más allá del banco de arena. Apareció en cubierta un hombre con un sombrero de tweed y anduvo por la proa. Otro estaba de pie en la timonera, un joven corpulento con una tricota blanca de cuello alto. No eran monjes, como creyó, sino isleños, de las pocas familias de pescadores que seguían viviendo en los dominios del Abad. El hombre del sombrero de tweed había des- atado una canoa negra que flotaba liviana como una cáscara de nuez paralela a la proa de la barca. Acercándola, saltó a su interior, levantó sendos remos largos y remó con vigor hacia el muelle. La canoa giraba y se desplazaba como una de esas góndolas de los parques de 26 diversiones, ora suspendida sobre los altos picos espumosos, ora descendiendo vertiginosamente para posarse en el seno entre dos olas. La barca madre escoraba. Con un rechinar de cadenas, un ancla se desparramó como entrañas de su proa, penetrando hondo en el mar. El joven corpulento salió de la limonera y permaneció en cubierta mirando a Kinsella a través del agua que los separaba. Con sus cabellos rojos y riza- dos, su piel pecosa, su nariz roma y la tricota blanca de pescador, se parecía a Dylan Thomas. La canoa, avanzando fácilmente ahora que había penetrado en el refugio del muelle, se acercó a los escalonesdonde aguardaba Kin- sella. El remero estaba de espaldas. Hábilmen- te dejó los remos en su, lugar mientras la canoa se deslizaba y su mano, con la ciega seguri- dad de la práctica, hallaba el único poste de amarre al pie de la escalera. Al volverse el remero del sombrero de tweed para mirar hacia el muelle, una sonrisa curvó los labios de Kinsella; la sonrisa característica del americano, la moneda corriente de la salu- tación. Pero los ojos del remero le pasaron por encima como si él fuese algún pájaro marino que se hubiera posado un momento allí para descansar. Su mirada recorrió el muelle, los co- bertizos, el camino más allá; luego, de mala gana, se volvió a él. 27
  13. 13. —-Buenos dias ‘—dijo el barquero. —Hola. —Kinsella, sonriente, descendió con- fiado los últimos escalones para entrar a la ca- noa. Pero el barquero meneó la cabeza a modo de advertencia para que no subiera. El hombre era joven, tenía la expresión ladina y la gracia de un cachorro salvaje. Sus ojos gri- d ses miraban fijo, como miran los ojos de un animal desde detrás de las rejas en la jaula de un zoológico. -—Soy James Kinsella, sacerdote católico —se presentó Kinsella por la fuerza del hábito ecu- memco. Apareció la lengua del botero, redonda como una tetilla entre sus dientes. El hombre la suc- cionó, siempre con su mirada fija, silencioso. -El Padre Kinsella —se corrigió entonces. —Ah, vamos, basta ya —dijo el barquero, con el suave acento isleño. —¿Cómo dice? No entiendo. —Vine en busca de un sacerdote. No puedo llevar a nadie más. Lo siento. —¡Pero yo soy el hombre a quien vino a bus- carl Soy un sacerdote. El barquero volvió a succionarse la punta de la lengua. Otra vez su mirada resbaló sobre él y recorrió el muelle, los cobertizos, el camino que se extendía más allá. Luego dio vuelta la cabeza para mirar hacia la barca pesquera an- 28 clada detrás del banco de arena. En cubierta, Dylan Thomas levantó la cabeza interrogativa- mente. —¡Aún no está aquí! —gritó el de la canoa. El de la cubierta se volvió y dirigió su mirada a la mole distante de la isla. La voluminosa nube negra se había tomado inmensa y se mo- vía como una lente oscura a través del cielo. El del bote también miró hacia arriba. —¿Viene tormenta? ——preguntó Kinsella. —Así es. -Bueno, partamos entonces. ¿Quiere que le muestre mis papeles, o qué? ’ —Basta —repitió el barquero. Se dio vuelta, como si Kinsella ya hubiese desaparecido. Sentado en la liviana, larga canoa, con la mano en el poste de amarre para contener su balanceo en el oleaje que lamía los costados del muelle, se chupó una vez más la punta de la lengua y luego gritó a través del agua. —¡No haaay ningún cooche! En la cubierta de la barca, el muchacho de la tricota blanca señaló el cielo. —¡Volvaamos, Padraaigl —gritó. Las sílabas de sonido se separaban en su tránsito a través de las olas. Bruscamente el barquero soltó el poste de amarre y volvió a empuñar los remos. Irritado, Kinsella se inclinó y aferró la proa de la canoa. 29
  14. 14. —Suelte eso. . ' —Le digo que soy el Padre Kinsella. El Abad me está esperando. Padraig, el barquero, soltó uno de los remos, levantó el soporte de acero que estaba debajo y rápido como un perro al ataque golpeó los nudillos de la mano que sujetaba la canoa. Con un gemido ahogado Kinsella retiró la mano. El soporte volvió a su lugar, el remo sobre él, y con dos rápidos enviones el barquero puso la canoa fuera de su alcance. —No tienes el aspecto de un sacerdote. No puedo imaginarte como tal. Su madre había dicho eso muchos años antes, cuando, cursando el segundo año en la univer- sidad, decidió estudiar con Hartmann. Ella era agnóstica, pero continuó con la educación re- ligiosa de su hijo después que su esposo ca- tólico murió. Sabía cumplir sus promesas. El futuro de su hijo era algo muy distinto, como el propio James descubrió cuando le anunció su propósito de convertirse en sacerdote católico. Inútil mencionar que su nuevo héroe, Gustavo- Hartmann, se consagró sacerdote y se convirtió; en monje de la Orden Albany por razones pare-j: oídas a las que habían llevado a Malraux a con- ‘ vertirse en ministro de Estado de la Quinta República, no por la condición obvia sino como medio para la acción social. Lo cual, en el caso de Hartmann, lo transformó en un Bolívar del siglo veinte para esta generación de revolucio- narios sacerdotes y monjas latinoamericanos. La Iglesia, enseñaba Hartmann, a pesar de su historia y su dependencia del mito y el mila- gro, existe hoy como la estructura depuradí- sima a través de la cual la revolución social puede ser llevada a ciertas regiones del mundo. Pero la madre de Kinsella, . una liberal nacida en la década del treinta, no creía en la combi- _ nación del Orden Sagrado y la teoría revo- lucionaria. Ella, como el pescador que se ale- jaba de él remando, no podía ver las cosas como en realidad eran. La canoa fue amarrada al costado de la barca pesquera. El motor comenzó a funcionar nue- vamente y el ancla subió rechinando de las aguas. Mientras la embarcación giraba y en- vuelta en espuma retomaba hacia el mar abier- to, Kinsella se encontró corriendo por el muelle hacia su automóvil alquilado. Saltó adentro y a velocidad vertiginosa lo condujo hacia Cahir- civeen y un teléfono. Él era un sacerdote y no lo reconocieron como tal porque los sacerdotes que conocían llevaban trajes negros o el ropaje 31
  15. 15. propio de mujeres viejas: largos hábitos marro- nes, sandalias, gruesos cinturones anudados con grandes cuentas de rosario, y él debía telefonear y ordenarles que volvieran inmediatamente con esa embarcación a buscarlo de una vez. A unos seis kilómetros del muelle, mientras atravesaba el chato paisaje de un pantano de turba, llegó inesperadamente a un cruce de ca- minos. En una esquina se levantaba una casa blanqueada a la cal, y otra que parecía más grande, también blanqueada y con un amplio cobertizo detrás, la enfrentaba en la esquina opuesta. En la puertade la casa más grande había un letrero: P. MOGINZN’. AUTORIZADO A VEN- DER vnvos Y uoomas. Un cartel más chico anun- ciaba en gaélico: Teléfono. Varias gallinas se dispersaron asustadas cuan- do penetró con el coche en el patio empedrado. Un gallo cruzó corriendo, un ojo clavado en el vehículo, presa de violenta alarma. En el inte- rior de la taberna estaba oscuro como la noche. Había dos jornaleros irlandeses vestidos con viejos y grasientos trajes negros, algtma vez sus mejores ropas domingueras y ahora su atavío cotidiano, con las camisas blancas abiertas en el cuello y botas de goma hasta la rodilla. Sus 32 caras color dulce de frutilla se levantaron sobre las grandes copas de cerveza negra. Tras el pe- queño bar un hombre, redondo como una barri- ca, con un blanco sweater de cuello alto, lirn— piaba copas con un lienzo. —Buen día —saludó a Kinsella-. T’a por llo- ver, yo diria. —Quiero telefonear a la isla Muck. -—No le contestarán. —Soy sacerdote. Me están esperando. Las caras de color frutilla de los jornaleros se movieron de arriba abajo uniformemente a guisa de saludo, tal como si Kinsella terminase de entrar a la taberna. —Buen día, Padre —cantaron al unísono. Metiendo la mano por debajo del mostrador, el propietario retiró un viejo aparato telefónico con su soporte, le dio a la manivela, y habló en una lengua que Kinsella juzgó era gaélico. Luego dijo: —Ahí tiene, Padre. Ya está. La voz cascada respondió desde la isla. —¿Qué? . . . ¿Qué? . . ¿Padraig no quiso traerlo? jAh, seguro, eso es undesastrel —y a través del hilo telefónico se oyó una risa asmá- tica—. ¿No sabía que usted era un sacerdote? jOh, Dios nos asistal Lo siento, Padre, pero 33
  16. 16. ya ve cómo está el tiempo por ahi; me temo que no podremos traerlo hoy. . . ¿Qué? . . ¿Qué? . . Kinsella tuvo que gritar. Tres pares de ojos lo observaban en ese pequeño local con su fuer- te olor a lúpulo. —jEnvíe la barca de vueltal Tengo que llegar allí hoy mismo. Es urgente. —Sí, claro, Padre, el minuto mismo en que aclare el tie-em-eempo. . . ¿Me ó-me o-me oye? me o-ye. . . ? Hubo un crujido de estática, seguido de un silencio. Luego se oyó una voz femenina. —La comunicación se cortó, Padre. Aun con el mejor tiempo, la conexión es mala. Podría intentar más tarde, si usted quiere. —La llamaré —dijo Kinsella, y dejó el au- ricular. Tres rostros se volvieron hacia él. A diferen- cia de gente de otros lugares más civilizados, no fingieron no haber oído. Las caras color fru- tilla se inflaron en sonrisas. —De modo que Padraig se negó a llevarlo —comentó el propietario—. ¿No es un buen chiste? Los tres rieron. Era un buen chiste. —-Esos muchachos de la isla, ya lo ve —siguió 34 explicando el propietario—, nunca salen de allí; no tienen idea de que hoy día los sacerdotes que andan por estos lugares son como el resto de nosotros. Perdón, Padre, ¿es usted ameri- cano? —Sí. —Un gran pais el suyo. Podrá cruzar a la isla mañana. Yo diría que va a aclarar. —Va a aclarar —prometió uno de los joma- leros. —¿Cuánto le debo por el uso del teléfono? —¡Absolutamente nada, Padrel —Bueno, gracias. Muchas gracias. —Buen día, Padre. —Buen dia, Padre —repitieron como un eco los otros dos. —Gracias otra vez —dijo Kinsella. Afuera, en el patio empedrado, las gallinas picoteaban cautamente alrededor de sus pies. Kinsella miró en dirección del cruce de cami- nos y allí, borrando sus contornos, estaba el ex- tremo de un arco El arco iris alzaba su arco desde ese lugar hasta desaparecer tras la cresta de una montaña. Gotas de lluvia chis- porroteaban advertencias. Las gallinas se pu- sieron a cubierto. Llegó la lluvia convirtiéndose en un diluvio. 35
  17. 17. Al retroceder Kinsella para refugiarse en la puerta de la taberna, el trueno resonó sobre su cabeza. Nubes de tormenta, en masa so- bre las montañas distantes, avanzaban para tomar posesión del cielo. Tenía frío. Pensó en Hartmann, en las selvas lluviosas del Brasil. Miró buscando otra vez el arco iris, pero ya había desaparecido, rielan- do, en el súbito aguacero. Había aparecido y luego desaparecido en ese paraje solitario, un lugar que ahora, en la oscuridad torrnentosa de ese mediodía, lo hacía pensar en un pai- saje de Beckett; ese lugar en el cual Vladimir y Estragon pudieron haber esperado a Godot. El arco iris pareció terminar allá abajo, en el centro de la cruz blanca formada por las dos cintas de concreto del camino. Alguna vez, en fenómenos de esa naturaleza, la gente veía seña- les de la mano de Dios. Dio media vuelta y volvió a entrar en la ta- bema. 36
  18. 18. El helicóptero sobrevoló el cruce de caminos, la taberna, el patio empedrado. Luego, incli- > nada la trompa ligeramente hacia adelante, des- cendió hasta posarse en un campo al borde del pantano. Las palas del rotor seguían girando a la velocidad del despegue cuando Kinsella corrió hacia la máquina bajo la persistente llo- vizna dela tarde, agachándose para pasar deba- jo de las grandes hélices mientras el piloto hacía a un lado la puerta corrediza y tendía una ma- no para ayudarlo a subir. Se sentó, ajustó el cinturón de seguridad. Cerró la puerta. El helicóptero verde y blanco se levantó se- mejante a una gigantesca libélula y el viento provocado por las palas del rotor agitaron las matas de aliagas del campo. Sus patas, dobla- das sobre bisagras debajo se atiesaron y re- trajeron cuando el aparato tomó altura. Eso equilibraba, al inclinarse hacia adelante, el mo- 39
  19. 19. vimiento de ascensión y partida. Fuera, debajo, se levantaban tres rostros embobados: los joma- leros y el tabemero. Como niños, los tres agi- taron las manos en el aire mientras el heli- cóptero parecía balancearse sobre ellos. Y ya partieron. _ Kinsella miró al piloto, un joven como él, de cabellos oscuros, _ sonriente, con la mirada atenta fija en la niebla y la lluvia. Tenía puesto un uniforme enterizo negro, pero con vistosas incrustaciones de alamares dorados en mangas y hombros, y con una cresta también dorada en la visera de su gorra. Emperifollado como un almirante de otra época, parecía un personaje de importancia. Kinsella reflexionó sobre los cambios de los tiempos modemos: los carde- nales vestían como paisanos andrajosos, y los asalariados de toda clase habían acrecentado su falsa panoplia de rango. —¿Estuvo usted alguna vez en la isla? —pre- guntó a gritos al piloto. —No, aunque muchas veces pasé volando so- bre ella. Truenos. Los relámpagos envolvían el cielo. En menos de tres minutos estaban sobre el '40 océano, un mar áspero hollado por gruesos go- tones de lluvia aunque adelante, hacia el oeste, brillaba un rayo de sol como el haz de luz ‘ de un foco en el escenario oscuro de un teatro. El piloto_lo señaló sonriendo y guiñando un ojo para expresar que era una buena noticia. Kin- sella asintió con un movimiento de cabeza. Había esperado el helicóptero tres horas, ner- vioso, preocupado, temiendo que el piloto no ubicara la solitaria encrucijada. En acción una vez más, pasajero de un transporte aéreo, via- jando a toda velocidad, volvía a sentirse confia- do, seguro de si mismo. Se mostraría diplomá- tico, pero firme. Con un poco de suerte, habría obtenido el-acuerdo antes de la noche. Ahora estaban sobre la isla. Abajo se extendía una playa desierta de finas arenas grises, cu- biertas de vegetación. En un extremo de la faja arenosa había un pequeño puerto con un muelle de piedra y dos barcas pesqueras amarradas al mismo. Una era la misma en la que se negaron a cruzarlo esa mañana. Detrás del muelle se levantaba un ruinoso castillo medieval, cons- truido estratégicamente en un promontorio, des- de donde se dominaba la entrada del mar. Kin- sella lo señaló y el piloto, asintiendo, levantó 41
  20. 20. altura y revoloteó con el helicóptero sobre la imponente masa del castillo sin techo. —El fuerte de Granuaile —gritó el piloto. —¿Cómo? —Es muy antiguo. Grace O'Malley lo cons- truyó y vivió en él. —¿Quién? —Grace O’Malley. La Reina del Mar. Gra- nuaile. Circundando el promontorio, el helicóptero fue descendiendo gradualmente por la espina dorsal de la isla y voló sobre la aldea contigua al fuerte. La aldea consistía en una calle con una do- cena de casitas blanqueadas, cada una con un fondo lleno de gallinas y cobertizos de pie- dra rústica destinados a los animales y a las herramientas. Al mirar Kinsella hacia abajo, dos chiquillos salieroncorríendo, contemplaron absortos el aparato, y luego agitaron las manos en el aire. Cuatro de la docena de casas en esa calle estaban abandonadas, con los vidrios de las ventanas rotos y agujeros en el tejado. El helicóptero cobró nuevamente altura entre ráfagas de tormenta y sobrevoló pequeños 42 campos divididos en cuadrados irregulares por muros de grandes piedrasapiladas descuida- damente. Un camino, jamás pavimentado, lle- vaba a otras dos granjas abandonadas desde tiempo atrás. Utilizando el camino como guía, el helicóptero giró a través de «la bahía, se elevó por sobre una colina hasta un paso en la mon- taña, se sumergió en el paso, quedó rodeado por paredes de grises rocas góticas, y volvió a salir a la luz y la bellezaen el declive occidental de la isla. Allí estaba la Abadía, tal como lo des- cribía la vieja guía Weir, “frente al esplendor del mar. Desde la torre de la Abadía, el visi- tante tiende su mirada sobre las olas grises que seyrizan en la roca desnuda”. El helicóptero, extraña libélula, dio una vuel- ta y descendió sobre un campo a la izquierda del monasterio, con las palas del rotor agitando el césped y sus extrañas patas extendiéndose y doblándose para acomodar su peso mientras tocaba tierra. La puerta de vidrio irrompible se deslizó abriéndose. Las palas del rotor se tomaron visibles, girando cada vez con menos fuerza. —¿Eran las zarzamoras en los frascos de vidrio y las grosellas en los potes de barro cocido? ¿O fue lo contrario lo que usted me indicó? 43
  21. 21. —¿No lo oíste aproximarse hace unos minutos? Paul enrojeció. Era un poco sordo, se aver- gonzaba de ello, y además mentía mal. y —¿Cómo podía oírlo si estaba en el cuarto de las estufas sacando los tronquitos de las zarza- moras? _ —Vuelve ahora abajo —dijo el Abad, súbita- mente cansado de Paul—. Será mejor que yo vaya a ver a nuestro visitante. Pero Paul se demoraba, con la cabeza pró-- xima a la del Abad en el pequeño hueco de la angosta ventana medieval. —¿Seguramente no es ése el sacerdote que , viene de Roma? l i, —Yó diría que si. r-Tendrían que llevar ropas especiales para subir en una de esas cosas —afirmó el hermano Paul. No salía de la isla desde hacía una dé- cada, y jamás había viajado por aire. —Sí -el Abad se apartó de la ventana—. Vete ahora y dice al hermano Martín que traiga al visitante‘ directamente aquí. No tiene sentido que yo suba esa escalera dos veces. l —Así lo haré -asintió el hermano Paul. El Abad volvió a la ventana. El motor del helicóptero verde y blanco aumentó su ruido; las palas se movieron tomándose borrosas y casi invisibles. El Abad murmuró entre dientes algo que sonaba como “monstruo fureante”. Las pa- El hermano Paul, presa del exigente apremio ‘que infecta las reflexiones de las mentes peque- ñas, penetró en la salita privada del Abad, so- bre las dependencias oficiales de la Abadía sin llamar a la puerta ni pedir permiso. El Abad mirando. hacia afuera a través de la angosta _ « abertura de una ventana del siglo trece, no con l testó en seguida. Cuando lo hizo, respondió: —Zarzamoras. En los frascos. —¡Ah, yo tenía razón, claro que sil Pensé que eran las zarzamoras en los frascos de vidrio y no al revés. ¿Bajará usted ahora para echar una mirada a la fruta? f -Tenemos un visitante —replicó el Abad. ' —¿Un visitante? —-el hermano Paul se alar mó—. jAh, nol ¿Acaso Padraig no salió conlla barca esta mañana y volvió sin traer a nadie Y ninguna otra embarcación pudo cruzar co este tiempo. Pero el Abad pareció no oír. --“Su espada flamígera hendía el aire a dere cha e izquierda, arriba y abajo" —musitó—. E . una buena descripción para ese helicóptero alli ‘ abajo. —¿Ese qué? —el hermano Paul se abalanzó la ventana—. 10h, es ese aparato de Dinglel- Lo ví muchas veces pasando sobre la isla. ¿S rompió o qué? ¿Por qué descendió aquí? El Abad lo miró. 45 44
  22. 22. L? anna IS '—Pvqv 19 swndm- ou mb 091o- ¿e9od9 eno ua opgo -eu 19qeq fo[3;s 9;s9 9p opgpupsmd . I9qeH? — ¿9nb op[19_; [9J¿? - ¿peqv 91p2¿ ‘os9 opp9ga1d e19[c[nH? —— "eoodgw 9p someaoAmbe sou 9115 n99p Á soga u9[9 soump} so[ 0J, [‘e 10d Jesed someppod amb eqesuad oÁ op «reno msn]: 'o[8ps [ap o[oqur[s [9 p9;sn opyen ‘eq soN ¿qonm u9 29mm opesod eq 9s anb 119m -d[19s9p Jambpano 9p e1op'e[oA numbgm 219m 11d e[ s9 m9 amb ‘mpeg ‘9qes? ‘1op9pu91du19 ganó "ong/ x psnsn ‘semutw sapo; 9p ‘o19¿-— '91op199es un e19 oÁ 9nb 9p emana 9gp es ON "oqoeqomn [ap ed[n9 an} ON- "sensapm sume; asxewo; amb opyue; eÁeq 9nb 0111911121 [oqoeqonm 9s9 echo; s9 ‘¡[0! ‘9[[9nu1 [9 U9 9.[9p o[ Bpaxpaq 9nb OPOIII 9Q- peqv mpeg ‘o[19A 9p oxfiape 9m ' ' "pa; -sn 9x9 ounpg ' ' '9uop19¿ ' ' 'o; u9[s 0'1- v '9Aens ¡{nur ‘e19 peqv [9p ZOA 'e[_— mpeg ‘pensn ¡ps9 w193?- ‘nseo 9p oganp [9p ‘epypua; oumn 'e[ U9 ‘muamom Jauïpd tm 119 ‘xemdax 9[1n[u1 49d ou 9p onmd [9 ‘eqseq ‘opyputquoo ‘ope9rem 9[9p o[ amb epu9p9dx9 mm Qogyufigs ‘peqv [9p ¡ames 1a[ u9 9s1enuo9u9 Á euand eqsofiue aun 9p [exqum [9 19uodsen ‘exp9gd 9p 911o; ep; esa u9 smpm Á seqan/ s mp ‘eussum 219g 917 "mp3 ZOA (19 peqv [9 ohp- arpa‘; ‘mbu 10(1- 'u9z9don un exagp ‘BIIIOH 9nb ounfipe opour u9 eyuaAuoa ON "uagg ‘s219[e9s9 9p amen optmfias [9p w119 e[ uomzueqe sosed s01 'ouo;9[9; [9 1x9 op; o ‘qqeq peqv [9 9nb 0311992 oulsml [9 Á ZOA emsgm 'e[ ‘oueopmne o; 41999 ns uoo axumgspx [9 ggpuodsm- supus- 'op'ep; n9 28119; 9nb [sv -“oz9[do1;[9p u9[ -29s9 [9” ueqeuxen o[ 506m9}; sono ug '91pe¿ ‘sono so[ 9nb mp2 sgm s9 ogeppd ou9Aou [g- ‘¡WVW 9P epuanmxpe 9p sexqefed se[ ‘eqmadsa qmoo ‘pÁo ‘ío1[9uo['es ns 9p oheq9p mp9gd 9p [ooerea 'e. I9[ -e9s9 e[ 10d ueyqns 9nb somfiesu; sosed 9Á0 -19Ao[[ e e[19A[oA ‘semen; ‘eqmqoo omapx [9 ‘pe9H e9[s Egoeq ‘alarga Jem 019d ‘eqenapn o[919 [g “"eun3e[ e[ 9p ugmpas un anbes sou 9nb snuew mp9‘; [e gngpad 91 '—[s ‘amd peqv [9 pgpyaep- 9q9ou 1a[ ¡used e g1ep9nb 9g” ‘mm [9 egoeq Á eqyne epeq 9sopú9yxom ‘edmon e[ emauxexafiq 99mm ‘opnxuapo e}; ‘uggoosnp mm 9se9snq gs ouroa Q; ÜBIIÜÉA ‘eqx9gq 9p oumq —no o[9ns [9p epumsyp w109 e optm; [A9[ ‘m8 -9ds9p [a ‘exotfe 9;u9uI[u91 ‘spend magma; Á ‘aguvamj ns ueqemxo; azuvaumq Á osounj se1qu[
  23. 23. semos vivido en el siglo xvm, por ejemplo, ha- bríamos visto nuestra religión interdicta por los ingleses. Y el siglo xrx no fue mucho mejor. A menos que uno aspire a convertirse en mártir, el pasado no era una época propicia para un sacerdote católico en estos lugares. ‘—Sí, claro. Lo habia olvidado —respondió Kinsella—. A propósito, traigo una carta del Pa- dre General para usted. Y ésta es mi Orden Ecuménica de Misión. ¿Tal vez desea verlas ahora? Por cierto que lo deseaba. Extendió la mano. —Tiene usted un apellido irlandés —comentó, mientras Kinsella abría el portadocumentos. —Sí. —Es un apellido del condado Mayo. —El Abad tomó las cartas, manipulándolas como un . cartero mientras se acercaba a su escritorio. Se sentó, puso las cartas sobre el pupiüe, las abrió con un cortapapel y leyó con atención. Entre tanto Kinsella trataba de "leerlo" a él, reparando en primer término en las botas que asomaban debajo del pesado ropón de burda lana marrón: botas negras de campesino, con suelas dobles claveteadas, y medias de lana blanca con los puños dobladas sobre los bordes de la caña de esas formidables botas. Natural- mente, los monjes no usaban sandalias con ese frío. Y, por lo mismo, había un impermeable y 48 un sombrero encerado similares a los usados por los pescadores, colgados detrás de la puerta. Esas botas, ese sombrero. Un hombre prác- tico el Abad. Sus manos, torpes sobre las pá- ginas de la Orden Ecuménica de Misión, eran las manos de un trabajador, marcadas con viejas cicatrices, las uñas gruesas y de bordes azules. Un cuello flaco, una nuez prominente que se movia en el hueco demasiado grande del cuello del ropón. Sus cabellos canosos estaban muy cortos, y con sus ojos grises muy al fondo de las órbitas, separados de su rostro curtido por el aire y el sol, se asemejaba a un extraño pájaro marino, o tal vez a un gavilán. Sin embargo, al dejar a un lado la Orden Ecu- ménica y comenzar a leer, atentamente, la carta del Padre General, Kinsella creyó ver algo más. Había, en ese viejo monje humildemente ves- tido, una presencia, un poder, que traia a la memoria de su visitante una pintura vista en Venecia: el retrato de Bastiani, del Dux Fran- cesco Foscari, noble comerciante, consumado político. No. Esto no sería fácil. —Éste es un día señalado para mí —comentó el Abad alegremente levantando la carta del Padre General para poder leerla mejor a la cla- 49
  24. 24. ridad que entraba por la ventana-r He sido un monje de la Orden Albany durante cuarenta y siete años y sin embargo es la primera vez que tengo en mis manos la firma de nuestroPadre General. Un día de fiesta, realmente. Lástima que haya debido ser una carta de censura. —No fue redactada en ese espiritu, se lo ase- guro. — stoy de acuerdo. El tono no está despro- visto de benevolencia —replicó el Abad—. Pero si a uno le prestan atención desde el cuartel general y se encuentra en un lugar como éste, no cuesta mucho adivinar que está metido en un lío. Kinsella rió. —¿Sabe cómo llamamos a un lugar como éste en Irlanda? —prosiguió el anciano—. El fondo del fondo. Alli es donde se encuentra usted ahora. En el fondo del fondo. —Es una gran frase. —Fíjese usted —prosiguió el Abad—. Hace unos pocos siglos, lugar de la cristian- dad era el fondo del pasado. _En aquellos dias el Papa tenía realmente el brazo largo. Le mostraré algo que apareció aquí hace unos veinte años, entre una cantidad de objetos que habían sido guardados y olvidados. Es posible ue lo divierta. Me refiero a su contenido. El Abad tiró de la manija de un cajón al cos- 50 tado de su escritorio, que se abrió al fin con un crujido insólito. De su interior extrajo una latita cbata que ostentaba la figura en colores de un marinero británico de otros tiempos. Y una leyenda: Players Navy Cut Cigarettes, --En los días en que la gente de aquí fuma- ba cigarrillos —se cansaron de ir a buscarlos a Irlanda-, teníamos un viejo hermano lego a quien le gustaba mucho fumar, y así, cuando descubrió esa lata, pensó que se habia hecho el dia. “Cincuenta cigarrillos, Padre”, me dijo, alegre como unas castañuelas. Y cuando la abrió, ¡oh, sorpresal, esto es lo que encontró adentro. El Abad retiró algo envuelto en papel de se- da. Lo desenvolvió, poniendo al descubierto un sello de cera. —Observe usted esto, Padre. Kinsella tomó el sello y lo manipuló suave- mente, como si fuese algo quebradizo, Trazadas en cera marrón, las letras: PIUS PAPA I 1 En el año mil cuatrocientos sesenta y tres lle- gó aqui este. sello en una carta —prosiguíó el Abad—. Hicimos que alguien nos averiguara 51
  25. 25. la fecha en Roma, En ese año, el Papa Pío Segundo le escribió a Walter Tobar, el entonces Abad de Muck, informándole que había un deanato en Kerry que, según noticias, era ejer- cido por un hombre sin título canónico. El Papa quería que el Abad cayera sobre el hombre ‘en cuestión y le diera una lección. Y el Abad hizo lo que ‘se le ordenaba. Una risa que se convirtió en un ataque de tos. —Ya ve, pues, cuando la palabra llega tan abajo desde tan a. lto, generalmente significa pro- blemas para alguien. ¿Eh, Padre? d Kinsella sonrió y cuidadosamente devolvionel sello papal. El Abad lo guardó en su capta de lata. —¿Una taza de té? —¡Oh, no, gracias! Muy a la irlandesa, el Abad consideró la res- puesta y, muy a la irlandesa, decidió que la negativa era una simple fórmula de cortesia. ) —-¡Ah, pero claro que la tomará! —exclamo el Abad. Llamó abajo desde la puerta. —¿Hermano Martín? —¿Ahá? —Tráiganos una taza de té, ¿quiere? —D0s tés —retumbó abajo la voz profunda del hermano Martín. Arreglado el asunto, el Abad volvió a recoger la carta del Padre General. 52 —Soy de la clase de personas que necesita leer las cosas importantes por lo menos dos veces. —Adelante. Mientras el anciano releía la carta, Kinsella observó la habitación a su alrededor. Era un recinto bastante amplio, con un techo alto, em- plazado en algima parte sobre la sacristía. Tres ventanas angostas se abrían al mar. Las piezas de moblaje, talladas por los monjes, eran utili- tarias, sin estilo. Las paredes estaban cubiertas de libros apilados contra ellas, cientos de libros que rebosaban el espacio y llenaban sillas, an1on- tonados por los rincones. Como detalle sorpren- dente había una mesa especial, cubierta de vie- jos libros verdes “Penguin”, de misterio. En la pared, a la derecha del Abad, había tres paneles de piedra, con santos o apóstoles célticos del siglo XVII grabados en sus caras, figuras de belleza cuya simplicidad acentuaba un horrible óleo que ocupaba el lugar de honor detrás del escritorio del Abad: un cuadro de la época victoriana, de un barco con las velas desplegadas en un mar agitado por la tormenta, debajo de cielos rasgados por la Virgen María envuelta en ropajes azules y blancos y con las manos unidas implorando a su Hijo Celestial por la seguridad de la nave. Sobre el antepecho de una ventana, vio cinco grandes cajas de madera, de distintos juegos, 53
  26. 26. cada una con su correspondiente rótulo en letras de imprenta: AJEDREZ (l) AIEDREZ (2) DAMAS (2 juegos) DoMrNó (1) DOMINÓ (incompleto) —¿Tienen ustedes televisión aquí? —preguntó Kinsella. El Abad interrumpió su lectura. _ —A veces, cuando está ocurriendo algo deam- portancia en el mundo, tiramos a suertes y 011100 de nosotros atravesamos la isla en bicicleta has- ta el negocio de Doran, en la costa- AHÍ bene“ televisión. Una pausa. —Nunca más de cinco, sin 6205918“ Dm“ es un lugar reducido. —Usted sabe, naturalmente, Padre Abad, _que la misa en el Monte Coom y los P6169100! que llegan a Cahirciveen fueron ampliamente publicitados en un programa de televisión de la B. B.C. , hace un par de meses. j _ —Desde luego que sí. Como que recibunos cientos de cartas a propósito de esa transmision. No tenía idea de que la misa en latín fuera tan popular. Sabe, ese hecho nos ha dado una nue- 54 va penitencia. Cuando uno de nosotros se acusa de algún error ante el capítulo, está obligado a contestar algunas de esas cartas. Rumor de pasos. El corpulento, estertoroso ‘hermano Martín, emergió dela escalera. En una bandeja de madera traía dos pesados bols de loza, grandes como soperas, llenos de té fuerte; leche, azucar, un cuchillo, un frasco de dulce de zarzamoras. Y dos platos, con una gruesa tajada de pan blanco en cada uno. —¿Quiere un huevo con el té? —preguntó el hermano Martín, depositando la bandeja sobre el escritorio del Abad. —No. Tendremos salmón para la cena, si el hermano Manus puede encontrar algunos en la lagxma. —¿Salmón? —Sí, salmón. El Padre Kinsella viene desde Roma. Éste es un acontecimiento, hermano Martin. El hermano Martin se volvió hacia Kinsella. —Ese pan lo amasamos nosotros. Pan irlan- dés —dijo, y salió para volver al piso bajo. —Pobre Martín, está envejecieudo. Todos lo estamos, aquí. Recuerdo que el año pasado le dije al Padre Matthew, nuestro maestro de no- vicios: "Cuando se retire, retiraremos al mismo tiempo su cargo”. Porque no he visto aparecer un solo recluta. Pero, sabe usted, después de 55
  27. 27. ese programa de televisión recibimos toda clase de consultas. Le digo que podria reclutar ahora suficientes jóvenes como para completar un re- gimiento. ——Supongo que eso significa un alivio. —¿Un alivio? —El Abad hizo una pausa, rni- rando el espacio sobre el borde de su tazón de té. Lo sostenía con el índice curvado sobre el asa, a la manera del siglo xvm. —Me refiero a la perspectiva de poder con- seguir reclutas. —No lo es -negó el abad, dejando el tazón y dedicándose al pan y al dulce. —¿No está ansioso de recibir nuevos reclutas? —No. La vida es muy dura en esta isla. Pes- car, secar algas marinas, cultivar un poco de papas. Llueve mucho. El monasterio es un lu- gar frío y no hay manera de caldearlo apropia- damente. Y además rara vez podemos cubrir nuestras necesidades. —Pero ¿no están las dificultades y penalida- des en el orden natural de las cosas? Quiero significar que los hombres lo aceptarán, si con- sideran que es por una causa justa o noble. —Exacto —el Abad untó su pan con dulce—. Pero la vida monástica, como usted debe saber, Padre, suele ser otra cosa. Yo dividiría el clero en dos grupos: los que hacen proselitismo y los que oran. 0, si lo prefiere, misioneros y monjes. 56 —¿Los monjes no pueden ser también misio- neros, acaso? —No en la isla Muck. Se requiere una voca. 36” esPecial Pará Vivir en un lugar como éste. no ‘muchos la tienen. A veces pienso que ni yo mismo la tengo. —¡Pero usted vivió en esta isla la mayor parte de su vida adultal —Ese no significa que me agrade, —¿Preferiría estar en algún otro lugar? -No he dicho eso. —Perdone. Claro que no lo dijo. —Éste dulce de zarzamoras —dijo el Abad—. es del año pasado. El hermano Paul está ahora en cocma preparando el dulce de este año. Él piensa en su dulce. No piensa en ninguna otra cosa. Yo diría que el Padre Paul posee ver- dadera vocacion para esta vida. Kinsella mordió su pan. -Y es un dulce delicioso. —Lo es. _ jïmagino que yo soy del tipo misionero. —pro- siguió Kinsella—. Mi gran deseo era ser enviado a Sudamérica. —Ah, donde está el Padre Gustav Hartmann. Debe ser un gran hombre. —Lo es. —¿Así que fue usted a Sudamérica? —No. Pero estudié con el Padre Hartmann 57
  28. 28. en sucátedra, en BostonxYa sabe que ahora está lisiado. —No; no lo sabía. --Fue torturado tantas veces. El pau de 07010- Finalmente, los militares brasileños le quebm’ ron la espalda. . —Me gustaría encontrarme con él —muS1tÓ el Abad—. Dígame, ¿habla mucho de Dios? —¿En qué sentido, Padre Abad? __Ah, en realidad no lo sé. Olvídelo. No, lo que quiero significar es. . . —el Abad se detuví’), como sí reflexionase—. ¿Son almas lo que el bus- ca? ¿O el bien de la humanidad? —Yo diría que lo segundo. El anciano asintió- —Eso me pareció. Por supuesto, yo H0 95?)’ muy al tanto de esas cosas. Nunca tuve el 1m- pulso misionero. —Pero su fervor por la misa antigua; el ÏICCÏÏO de que continúe con el ritual latino, ¿no podfla interpretarse fuera de toda duda como propios de un espíritu misionero? _E5taba seguro de que llegaría a eso, Padre . _dijo el Abad, y rió—. Vamos, daremos un pa- seíto por afuera. Ya no llueve y quiero pedlr ese salmón para nuestra cena. ¿Se quedará a pasar la noche? Kinsella vaciló. 58 —¡Al1, sí que sequedarál —insisfió el Abad—. ¿Qué le dijo al hombre del helicóptero? —Que le telefoneafia cuando estuviera listo para partir de la isla. Puede llegar aquí en una hora aproximadamente. —Tiempo de sobra, entonces, para telefonearle por la mañana —el Abad se puso de pie y retiró la capa y el sombrero impermeables de la per- cha detrás de la puerta—. Tenga cuidado con el escalón alto cuando descienda. A] pie de la escalera, una puerta llevaba a la sacristía. La atravesaron y salieron al claustro. El Abad se movía con rapidez y soltura, y sus botas claveteadas resonaban sobre las lajas del patio. Pasó a través de una arcada y penetró en el refectorio, una enorme estancia desnuda con rústicas mesas y bancos junto a las paredes. En la cocina contigua, dos viejos monjes pela- ban patatas que sacaban de una gran pila. Sobre el fogón colgaba una olla de hierro, grande como las de los caníbales en las historietas. El fuego de turba expandía un agradable aroma. Uno de los viejos monjes levantó la cabeza y sonrió al visitante. A] parecer sólo le queda- ban dos dientes superiores. ' —Buen día —dijo—. Yo diría que va a aclarar. —¡Oh, sil —asintió el otro viejo monje. 59
  29. 29. —¿Dónde está el Padre Manus? —Oí decir que está buscando un par de peces ——respondió un viejo Iïwnle" El 0m) delo o“ una risita cascada. —Esta bien —asintió el Abad—. Iremos a ver ué consiguió. ' q Una Puerta, Pesada y de goznes endurecidos, se abrió y se encontraron afuera, en una ladera, mirando hacia esas grises rocas de abajo, hacia ese esplendor del mar. Un sendem Cfmdflma a una pequeña caleta. Cuatro canoas negras estaban sujetas a un saliente de la roca. Un hombre con impermeable y una Cesta de Pesca’ dor caminaba lenta y trabajosamente P0’ la orilla. l , Bajemos —-invitó el Abad a sn huesped-. Creo que ya tenemos nuestro pescado. ‘ M Mientras bajaban por el sendero siguio ha- blando. —-El hombre con la cesta es el Padre Marini, muy buena persona. Es el sacerdote que 05010 la misa aquel domingo cuando vino la gente de la televisión. Ahora los otros monjes se bur- lan de él. Los reporteros trataron de eniregrlrs- tarlo para la television, pero se nego a a ar —el abad pateó una piedra fuera del camm0-- r Pero no tema, que a usted le hablara. Se muere 60 A A. .-. ... ... —4.. A_-. ’ u; , . . _'. -»f_. _¿A—-; —>-'r‘-. t _ . ... Ni4 de ganas de tener esa oportunidad, se lo ase- guro. Con todo, supongo que es por eso por lo que usted se encuentra aquí, Padre. Explica- ciones, ¿no es así como lo definió el Padre Ce- neral? —En efecto. —¡Maaa. . . nus! ¿Conseguiste un pescado? A los gritos, su voz elevada y perdida en el viento. Implacable, el mar ruidoso seguía ba- tiendo las rocas gris verdosas. El hombre del impermeable oyó, y levantó en alto la cesta. —Tenemos nuestro pescado —expresó el Abad con satisfacción. —Mag'nífic0. Cuando Manus pesca un sahnón, lo pone en una de las lagimas formadas por el océano y al día siguiente, cuando la barca hace el cruce, lo vendemos en tierra firme. El sahnón se pa- ga bien. De modo que lo de esta noche es una ocasión especial. Comer salmón nosotros mismos. Son las cosas como ésta —el Abad se volvió en el sendero, miró desde su posición ligeramente superior a su acompañante, y sus ojos de gavilán escrutaron el rostro de Kin- sella—, son esas pequeñas cosas las que nos sos- tienen y nos permiten seguir aquí. Como el dulce del que le estuve hablando. ¿Me inter- preta, Padre? Ése es el dulce de nuestras vidas. Luego se volvió otra vez y siguió cuesta abajo, 61
  30. 30. un viejo pesado cubierto con una negra capa encerada y la cabeza oculta por un sombrero. No obstante que las necesidades de su con- gregación en particular parecerían ser gratifi- cadas por la retención de la misa en latin, su acción al continuar empleando las viejas formas de la liturgia en este momento es, como el pa- dre Kinsella le explicará, particularmente sus- ceptible de ser interpretada en otras partes del mundo como una deliberada contravención al espiritu de aggíornamento. Podrá dársele tal interpretación, y se le dará no sólo dentro de los concilios de la propia iglesia sino en concilios más amplios del movimiento ecuménica. Esto nos resulta especialmente penoso en esta época, en insta de la apertura, tal vez el hecho histó- rico más significativo de nuestro siglo, cuando la compenetración entre la fe cristiana y la bu- dista está a punto de convertirse en una realidad. Por todas estas razones, en conclusión, sólo añadirá que, si bien el Padre Kinsella está entre ustedes para oír explicaciones, deseo quede bien establecido que su decisión es la mía pro- pia y, como tal, irrevocable. r ¡’Y El idioma inglés no era, naturalmente, la lengua materna del Padre General. El término explicaciones no había sido una elección afor- tunada. Kinsella observó al Abad que saltaba desde la roca a laplaya, aterrizando con pesa- dez pero con pies firmes, y avanzaba luego a grandes trancos sobre la arena mojada de lluvia, para encontrarse con el otro monje cuyo hábito colgaba pesado de agua bajo la negra capa en- cerada. “Yo me habría ofendido y enoolerízado por el tono de ese último párrafo de la carta —pensó—. Y éste es un Abad que ignoró a su propio Provincial durante una docena de años. ¿Qué pasa si me ignora a mí? En Brasil, cuando el Obispo de Manaos denunció a Hartmann como falso sacerdote, éste fue arrojado de la ciudad y, mientras seguía su camino por la orilla del río, los pobladores le negaron comida. Pero se quedó, alímentándose de raíces silvestres, esperando en la húmeda selva hasta que logró minar el poder del Obispo. ¿Qué podría hacer “yo” en este lugar dejado de la mano de Dios? ” —¡Holal El otro monje, sonriente, abrió su cesta mien- tras el Abad se acercaba. Tres grandes salmones de escamas plateadas reposaban sobre un le- cho de musgo verde. sonriente, detenido en el movimiento corno en una vieja instantánea de escuela, el viejo monje parecía en cierta forma 63
  31. 31. haber retenido la gracia natural, un poco des- mañada, de su adolescencia. —Bien, Padre Abad, ¿cómo le sentarán éstos? —dijo, y luego se volvió para saludar y sonreír a Kinsella, como invitándolo a compartir, un gran chiste obvio. —Servirán —replicó el Abad, desempeñando su papel con marcada deliberación mientras sos- tenía la cesta en alto—. Sí, tengo que decir que nos vendrán muy bien, Manus. Y éste es el Padre Kinsella, que ha hecho el viaje desde Roma. El Padre Manus, nuestro campeón de pesca. —Hola, qué tal —dijo Kinsella. —¿Viene de Roma? De modo que es usted el hombre que nos envían de Roma. Nunca lo hubiera pensado. —¿Qué esperaba usted? —Bueno, a alguien de más edad. Un verda- dero sargento mayor. Y probablemente a un italiano, o algo en ese orden. Usted es ameri- cano, ¿verdad? —Sí. —De todas maneras, estoy encantado de cono- cerlo. ¡Oh, Dios, perdónamel No me siento encantado en lo más mínimo. Por cierto esta- mos todos temblando y temerosos de lo que irá usted a hacer aquí. —-¡Manusl —divertido, el Abad dio al Padre Manus un golpecito en el hombro-. Retén tu 64 lengua, hombre. ¿No te consideras el Alfa y Omega? Cuando Manus era pequeño le dijeron que era pecado mentir. Yo creo que no cometió ese pecado desde entonces. . —¡Ah, pero en serio, Padre Kinsellal’ —excla- mó el Padre Manus—. Tengo que hablar con usted. Quiero decir que es algo extraordinario lo que sucedió aquí. Yo cruzo a tierra firme todos los domingos. Y debería usted ver la for- ma en que reacciona la gente. —Esta empezando a llover —advirtió el Abad—. Si quieres hablar con el Padre Kinsella, sugiero que vayamos adentro. Vamos, pues; adelante. Se volvió y con paso vivo los precedió cuesta arriba por el sendero que subía desde la playa. La pesada puerta del monasterio se cerró áspera- mente tras ellos cuando llegaron al claustro. Pri- mero pasaron por la cocina, donde el Padre Manus dejó los pescados en manos de los viejos monjes cocineros. Luego, obedeciendo a una señal del Abad, Manus y Kinsella lo siguieron a una pequeña habitación cuyo moblaje lo cons- tituían tableros de dibujo y banquillos altos. —Muy bien —dijo el Abad—, yo seré el árbitro de este encuentro. Vamos, Manus, ésta es tu oportunidad. Allí lo tienes. ¿Qué era lo que ibas a decir? 65
  32. 32. —¿Qué era lo que quería decirle? Qué era lo que quería. . . jAh, Señor, no lo sé! Le aseguro, Padre Kinsella, desde que me enteré de que usted vendría, he permanecido despierto noches enteras, discutiendo el asunto conmigo mismo, diciéndome esto y lo otro. . . Escuche, está tan claro como la nariz en su cara que nosotros nada hicimos para iniciar todo esto. Nosotros decíamos misa allá, en Cahirciveen, como siem- pre se hizo, como siempre oficiamos misa, como nos enseñaron a hacerlo. ¡La misa! La misa en latín, con el sacerdote de espaldas a la congre- gación, porque tanto él como la congregación daban la cara al altar donde estaba Dios. Ofre- ciendo el diario sacrificio de la misa a Dios. Convirtiendo el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, tal como Jesús dijo a sus discípulos que hicieran en la Última Cena. “Éste es mi cuerpo y ésta es mi sangre. Haced esto en memoria mía”. Dios envió a Su Hijo para redi- mimos. Su Hijo vino al mundo y fue crucificado por nuestros pecados, y la misa conmemora esa crucifixión, ese sacrificio del cuerpo y la sangre de Jesucristo por nuestros pecados. Es el sacer- dote y el pueblo orando a Dios, asistiendo a un milagro por medio del cual Jesucristo vuelve a bajar entre nosotros, cuerpo y sangre, en la forma del pan y el vino en el altar. Y la misa se decía en latín porque el latín era el lenguaje 66 de la Iglesia, y la Iglesia era una y universal. Y un católico podía entrar en cualquier iglesia del mundo, aquí o en Timbuktu, o en la China, y oír la misma misa, la única misa que había, la misa dicha en latín. Y si la misa se decía en latín y la gente no hablaba latín, eso formaba parte del misterio, porque la misa no era hablar al vecino, sino hablar a Dios. .. ¡Dios Todo- poderosol Y así lo hicimos durante casi dos mil años, y en todo ese tiempo la iglesia era un lugar de paz y respetable, porque Dios estaba allí: Dios en el altar, en el tabernáculo bajo la forma de una hostia de pan y un cáliz de vino. Era la casa de Dios, donde tenía lugar el milagro diario. Dios descendiendo entre nosotros. Un misterio. Así como esta nueva misa no es un misterio sino un remedo, una cantinela; no es hablar a Dios, es hablar al vecino, y por eso se dice en inglés, en alemán, en chino, o en el idioma cualquiera que hablen los feligreses. “Es un símbolo”, dicen, pero ¿un símbolo de qué? Yo digo que es un simple espectáculo para entretener, eso es lo que es. Y la gente se da cuenta. ¡Se da cuenta! Ésa es la razón por la que vienen al Monte Coom; ésa es la razón por la que llegan en aeroplanos y barcos, y que los coches abarrotan los caminos, y los viajeros acampan a cielo abierto, Dios los proteja. Y ésa es la razón por la que permanecen inmóviles 67 ; ur—wu= ..n_x. -g—zang_uugenuwaa_—re. y
  33. 33. bajo la lluvia, y cuando suena la Campanilla del Sanctus, en el momento de la Elevación, cuan- do el sacerdote se arrodilla y eleva la hostia —sí, ese pequeño trozo redondo de pan que es ahora el cuerpo de Nuestro Bendito Salvador—; cuando eleva la hostia, ¡Dios Todopoderosol, y la congregación se arrodilla a espaldas del sacerdote oficiante, con las cabezas inclinadas para adorar a su Dios. .. ¡Ah, Padre, Padre, si usted viese a esa gente con las cabezas descu- biertas, la lluvia bañando sus caras; cuando ven elevar la hostia, ese trozo de pan ázimo que a través del misterio y milagro de la Misa es ahora el cuerpo y sangre de Jesucristo, nues- tro Salvador, entonces, Padre, se avergonzaría. Se avergonzaría de arrasar con todo eso y poner en su lugar lo que han puesto en otras partes: cantos y guitarras, y el contacto directo con el vecino, puro teatro y fruslerías, ¡todo destinado a que la gente vaya a la iglesia como solía ir al salón de reuniones de la parroquia para jugar bingo! 1 Clarísimo: el desafío. Los ojos brillantes de ira, una leve espuma de saliva en las comisuras cuando, turbado, llegó al final de su tirada. ‘ Un juego de azar comparable a la lotería dc cartones. (N. ¿le la T. ) 68 El Abad se interpuso entre los adversarios. —Desearía tener todo ese fuego y convic- ción, Manus. En cuanto a usted, Padre Kin- sella, sin duda acaba de descubrir que tenemos muchos sermones entre nosotros aquí, en el fondo del fondo. —Lo siento —el Padre Manus miraba a Kin- sella como miraría a un hombre a quien hubiera golpeado inadvertidamente en la boca—. Pero, aun así, lo que acabo de decir es sólo la verdad de Dios. El Padre Abad lo confirmará. —Yo no sé cuál es la verdad de Dios —replicó el Abad—. ¿Lo sabe alguno de nosotros? Si lo supiésemos, no habría discusiones o disenciones entre nosotros. Pero sí es verdad que muchos creyentes parecen compartir los sentimientos de Manus respecto a la antigua misa. Usted lo sabe, naturalmente, Padre Kinsella. Por eso se encuentra aquí. —De todas maneras —terció el Padre Manus levantando la voz otra vez—, pienso que sería un crimen contra la fe de esa gente que nos obligasen a renunciar aquí a la antigua liturgia. —Manus —interpuso el Abad con suavidad—, me pregunto si- tendrías a bien pedir al Padre Colum que diera comienzo a la bendición. Qui- siera llevar al Padre Kinsella a dar un vistazo por aquí. ¿Lo harás ahora mismo, como un buen muchacho? 69 _, ,-s e , ,- “¡a su ___ L ha. s- “:4 . “ana-iguan-
  34. 34. —Sí, Padre Abad. Al punto. —Volverán ustedes a verse a la hora de la comida —prometió el Abad. Impulsivamente, el Padre Manus tomó a Kin- sella del brazo. —No era nada personal, Padre. -—Lo sé. Aprecio haber oído su punto de vista. Un monje muy sucio, con cara y manos man- chados de tierra, apareció en la puerta, sin ad- vertir que interrumpía. —jEncontramos al corderol —gritó, y en se- guida, con los ojos muy abiertos y la boca floja miró al visitante. —¡Buen hombre! ——exclamó el Abad—. ¿Dón- ' de estaba? —Pero ésa es la historia, Padre Abad. Estaba en un viejo pesebre abandonado; junto a las rui- nas de lo que fue la casa de los Cullen. Y ten- dido allí, para conservar el calor, bien pegado a un potrillito. —¿Un potrillito? —Tal como se lo digo. Un potrillíto que per- tenece a Taig Murtagh. —¿Y al potrillito no pareció molestarle? —Ní por asomo. —Ahí tiene una prueba del poder de la ora- 70 ción —comentó el Padre Manus, recuperado el buen humor. —Se necesitó algo más que la oración —replicó el monje sucio—. Me llevó el día entero encon- trarlo. —Vayan ahora -ordenó el Abad, y el monje sucio salió con el Padre Manus. —¿Le interesa lo románico, Padre Kinsella? —preguntó el Abad a Kinsella. ' —Mucho. —Bueno, le mostraré un par de cosas, enton- ces. Claro que viniendo de Roma resultará muy difícil impresionarlo. jOh, qué magnífico es- pectáculo aquél! Estuve allí hace años, en la época del Papa juan, que descanse en paz. —¿Fue a estudiar? —¡Ah, no! Sólo de vacaciones. Había estado enfermo, de modo que me enviaron para que me repusiera. Viajé a Londres, luego a Roma, y por fin a Lourdes, en Francia. Mi primera y última visita al Continente, espero. —La disfrutó usted. —Oh, sí, lo pasé muy bien. Fue grandioso ver otra vez Inglaterra. Serví mi noviciado allí, en la Abadía Buckmore, en Kent. —Lo sé. —Ah, sí, claro; probablemente usted sabe todo sobre mí. ¿Le hicieron hacer bien sus deberes allá, en el Lungotevere Vaticano? 71 . -s; z-sew-9e7_. .-*-a: —-—-
  35. 35. nando ahora entre los arcos del claustro, Abad y forastero, objeto de constante y secreta curio- sidad. Los monjes, sumidos en meditación o leyendo sus oficios, recorrían el corredor te- chado en silencio. Una ligera llovizna caía afuera, en el patio del claustro rectangular. Es- tos monjes, este lugar. La mayoría de ellos no conocerían otro. H artmann en el aula, sentado en su silla orto- pédiba especialmente construida, frente a la ven- tana abierta al río Charles, en Boston, mirando hacia abajo, los ojos protegidos por los dedos cubiertos de pecas. Habia un bote para dos en el agua. l j —La clave —dijo Hartrnann- apareció cuan- do descubrimos que nadie, o casi nadie, en toda la jerarquía de Brasil, Chile y Argentina, se sentía verdaderamente feliz con su pues-to o su posición. Una vez que captamos esa verdad, pudimos abrir cualquier puerta. ¿Ven ese bote alli abajo? Apostaria a que uno de esos dos remeras cree que el otro tiene el mejor lugar. Apostaria mi vida. A veces, para dar fuerza a un argumento, debemos estar dispuestos a apos- tar la vida a cosas como ésas: cosas de las que nada sabemos. 72 Kinsella, sonriente, meneó la cabeza. Camï- ' x —Por aqui —indicó el Abad, guiándolo al in- y terior de la iglesia. _ ‘Ahora, de pie en la nave de la Abadía, Kin- sella volvió a experimentar esa súbita, vivida emoción, ese júbilo en silencio de la enorme y desnuda iglesia en Vézelay, la más bella de todas las abadías románicas francesas, más im- ponente aún que Autun. Aquí, en esta remota islita irlandesa en el borde del mundo gótico, como en Vézelay, ese silencio, esa desnudez que contiene toda la belleza de la fe. Por encima de su cabeza, la piedra gris se arqueaba en el símbolo gótico de manos unidas en oración. Lo mismo que Vézelay, era un edificio vacío como el silencio, grave como la gracia. En el presbiterio, el altar: una desnuda plan- cha de piedra sobre la cual se levantaba un pe- queño tabernáculo con la puerta de oro irlandés batido. Los únicos adornos eran dos candelabros de madera. No había un segundo altar, observó Kinsella, nada que se ajustara al cambio litúr- gico de 1966. En el crucero sur, un pequeño altar dedicado a la Virgen, y, sobre el altar mayor, un crucifijo románico, colocado muy alto en la pared del presbiterio, un famélico Cristo de piedra clavado a una cruz de lignito de encina irlandesa. 73
  36. 36. m: Las botas del Abad resonaban enla nave. ’ —La mayor parte es del siglo doce. Pero esta puerta y estas ventanas son del siglo trece, una transición del románico irlandés al gótico. Este motivo de la Cruz es similar al del monasterio de Cong, de la orden de-San Bernardo. Pero éste es mejor. Probablemente el mejor en toda Irlanda, según nos dicen. —Es realmente hermoso. —Una iglesia muy grande ésta, si se consi- , dera el lugar en donde se encuentra ubicada. Por supuesto en un tiempo vivían más familias en Muck. La construcción principal es la estruc- tura de origen. También había un pozo de aguas benditas en la isla; en su época cosas como ésas eran populares. La gente cruzaba en botes para visitarla. Pequeñas embarcaciones, hechas de cuero sobre armazones de madera, que llamá- bamos “coracles”. Esa gente tenía fe. —¿También Buckmore es una hermosa aba- día, según me dijeron? - El Abad se dio vuelta, con la cabeza doblada extrañamente a un costado. —Lo es. Distinta, por supuesto. Esta abadía es más antigua y jamás fue quemada. Es una de las pocas de Irlanda que se salvó tanto de Enri- que Octavo como de Cromwell. Tiene sus ven- tajas estar tan lejos de todo. 74 L l Antes de abandonar Roma, recordando el con- sejo de Hartmann aquella tarde en el aula, Kin- sella habia mencionado al Padre General la po- sible salida consistente en un traslado. A veces una posición más ventajosa trae aparejado un cambio en el corazón, argumentó. El Padre Ge- neral estuvo de acuerdo. Pero sólo como último recurso. A A utilizar si es absolutamente necesario. —La otra cosa que quería mostrarle está allá arriba, en el crucero sur —prosiguió el Abad—. Venga por aquí. Haciendo genuflexiones pasó delante de los bancos donde cuatro monjes oraban, arrodilla- dos, las cabezas cubiertas con las capuchas, los rostros ocultos. —Tod0s los abades de Muck están enterra- dos bajo este muro. ¿Se imagina? Hasta don- de sabemos la cosa viene de lejos, desde la fun- dación de la abadía. De acuerdo a los registros hay cincuenta y uno alineados allí abajo como botellas de vino. Y Dios mediante, yo seré el número cincuenta y dos. Es raro que se dé se- pultura a los abades en esta forma. Nuestra abadía en Santiago de Compostela es la única, que yo sepa, que tiene tal prerrogativa. —Sí fuese usted designado Abad en otro lu- gar, ¿no enviarían su cuerpo aquí para ser en- terrado? 75
  37. 37. —No. La regla tiene vigencia sólo si el Abad muere aquí. Yo diría que tengo una buena po- sibilidad. Así lo espero, al menos. Es una clase de ambición idiota, si se quiere, pero la tengo. Es gracioso. Esta isla no es exactamente un lugar de recreo, pero, sabe usted, en la actuali- dad, cuando cruzo a tierra firme no paso la noche allá si hay alguna manera de regresar. Aqui me siento en mi hogar. Y no me siento cómodo en ninguna otra parte. Kinsella observó a su anfitrión. La cuestión del traslado había sido prevista y prevenida. ¿Es que este anciano no dejaba nada librado al azar? "Y ahora, como si continuase una visita guiada, el Abad lo alejó del lugar mientras mon- jes, de a dos y de a tres, con las capuchas echa- das, entraban por todas las puertas hasta que unos veinticinco de ellos llenaron las dos pri- meras filas de bancos. De la sacristía salió un sacerdote con la capa pluvial de seda, ricamente bordada con hilos de oro por manos de monjas muertas años antes. Detrás de él, un hermano lego con incensario y cadena. Bendición. El Abad, apresurándose a sacar a su hués- ped de esa escena de irregularidad, abrió em- pujándola una pesada puerta a un costado de la nave. Salieron al exterior bajo un cielornegro de tormenta. 76 —Tenemos una casita para huéspedes; no es muy grande pero hay una bañera y agua calien- te. Comeremos a las siete. Eso nos dejará un buen margen de tiempo después, si desea usted que charlemos, Padre Kinsella. —Gracias. Kinsella siguió al Abad a lo largo de un sen- dero de bordes barrosos, contra la pared oeste del monasterio, hacia un edificio que se levan- taba como una dependencia accesoria en el cen- tro de un campo. —Es completamente independiente, como us- ted puede apreciar. El Abad hizo girar una llave en la cerradura. La puerta se abrió a un hall estrecho con un hogar y un montículo de turba dispuesta para ser encendida. Había además un perchero, un libro para firmas de visitantes sobre una mesita de madera, y en la pared pintada a la cal blanca un crucifijo hecho de cañas entretejidas. Contigua al hall estaba el dormitorioicon un angosto lecho de monje, una silla de madera y una piel de cordero en el suelo. El cuarto de baño era primitivo pero adecuado, con una ba- ñera, el lavabo, y el resto de los implementos, todo dispuesto en un espacio reducidísimo. —Vendremos a buscarlo a las dieciocho y treinta. Si siente frío, no tiene más que apli- car un fósforo a ese hogar. 77
  38. 38. l‘ La puerta se cerró. Kinsella se movió como un prisionero en esos ambientes semejantes a celdas hasta que, decidiéndose, se quitó la ro- pa y abrió la canilla sobre la antigua bañera. Allí se quedó, escuchando el grito de las gavio- tas mientras el vapor del agua tomaba borrosos el espejo y los vidrios de la ventana, y su mente, laxa como su cuerpo acarieiado por el agua ca- liente, aflojaba sus tensiones. El Abad parecía la cabeza pensante de esa pequeña comunidad. Sin duda el padre Manus había sido autorizado a presentarse antes que los demás, para preparar el impacto emocional. Habría probablemente otros tan persuasivos co- mo él. El Abad utilizó al Padre Manus para expre- sar lo que él mismo es demasiado astuto para decir. La carta del Padre General es lo que en realidad le interesa: la leyó lo menos tres veces. No intriga para lograr privilegios o po- der. Se muestra razonable en sus manifestacio- nes; es capitán de su barco. Si esa carta de los dueños le impone desprenderse de una carga de ritual, mi pálpito es que hará lo que le or- denen. Pensó en Hartmann mientras observa- ba ese bote con dos hombres en el río Char- les, diciendo que uno debe estar preparado para jugarse entero por un pálpito. ¿Me jugaré por el Abad, si él me da su palabra? ¿O hay una 78 eminencia gris aquí, un Mmm im Schatten, al que aún no he enfrentado? Kinsella se levantó de la bañera chorreando agua. Al aire del atardecer, frío ya, el reducido lugar se nublaba como un baño de vapor. La toalla era áspera contra su piel. Pensó en las confesiones: nadie había mencionado las con- fesiones. En ellas residía, no lo ignoraba, el mayor peligro. u Cuarenta minutos después, cuando llamaron a la puerta, ya estaba esperando, vestido con su traje de fajina gris verdoso y su campera. Con su vieja cara sonriente de colegial, aferran- do con ambas manos su sombrero de lluvia pa- ra mantenerlo firme sobre sus largos mechones grises, el Padre Manus entró al hall y se sa- cudió el barro adherido a la suela de sus botas. —¡Terrible vientol Pedí que me permitieran venir a buscarlo, padre. Tengo el corazón do- lorido. —¿Qué dice? —Ofrecí oraciones durante la Bendición, co- mo penitencia por haberle gritado como un salvaje de Borneo. Como señaló el padre Abad, 79
  39. 39. con razón, no le di oportunidad de abrir la boca. —Esta bien. —No; no está bien. Es una vergüenza. —El Padre Manus enrojeció hasta el nacimiento del cuello, volviéndose para ocultar su turbación y asomándose a la lluvia arrachada- Cae a to- rrentes. Tendremos que correr. Están todos reunidos en el refectorio para conocerlo. Kinsella cerró tras él la puerta de la casita y se mantuvo cerca de su guía, casi corriendo ambos hasta que llegaron a la puerta del mo- nasterio. Atravesaron rápidamente el claustro hasta el refectorio donde la comunidad estaba reunida, en grupos de dos y tres como delega- dos a una conferencia, todo murmullos y son- risas tímidas, mientras el padre Manus condu- cía al visitante. Les tomaron los abrigos y los colgaron. El Abad se adelantó, afable, y to- mando del brazo a Kinsella, lo llevó de un lado a otro para presentarlo. —Padre Iohn, Padre Colum, Hermano Kevin y Hermano Sean. . . Éste es el Padre Kinsella, de Roma. ¿No es un nombre irlandés? Sí. —¿Es cierto lo que oímos, de que Padraig se negó a traerlo con la barca esta mañana? ¿Es cierto? ¡Oh, Gloria a Dios! —Y éste es el Padre Terence. El Padre Kin- sella, de Roma. Terence tiene a su cargo nues- 80 ¡Ia granja. El Padre Alphonsus; el Padre Kin- sella. —¿Vino desde Roma en ese aparato tan extra- ño que aterrizó hoy aquí? ¿Toda la distancia desde Roma? —¡Vaya! ¡Oiga lo que el Padre Alphonsus quiere saber! ¡Oh, por el amor del Cielo, ignora que ése es un helicóptero, que no puede hacer el largo viaje desde Roma! -'-¡Ah! ¿De modo que vino usted en un aero- plano más grande? Ya veo. Desde Amsterdam a Shannon, y luego desde Shannon en automó- vil. X el helicóptero fue sólo a causa de Padraig. —Así fue la cosa. —Sabe, Padre Kinsella, oí decir que no hay una aldea en Irlanda que no tenga algrma espe- cie de campo de aterrizaje cerca. ¿No es sor- prendente? Sí, sí. . . —-Y éste es el Padre Matthew, nuestro maes- tro de novicios. —De qué novicios habla usted, Padre Abad. Sería mejor que me presentara como aprendiz de todo y maestro de nada. —No sería la verdad, Padre Matthew. De todas maneras, quiero que conozca al Padre Kinsella, de Roma. —En verdad, ya sé que viene de Roma. Todos lo sabemos. Está usted aquí por las cosas que suceden en Cahirciveen, ¿no es cierto? Es ma- 81
  40. 40. ravílloso cómo responde la gente allá, en el Mon- te Coom. Maravilloso. Haría bien a su corazón ver la piedad de la gente común. Claro que sí. Y espero. . . -—A propósito, ¿ya le presenté al Padre Da- niel? Padre Daniel, el Padre Kinsella. El Padre Daniel es nuestro administrador. —Discúlpeme, Padre Matthew, ¿decía usted? —Decía que confío en que no esté usted pla- neando cambiar nuestras costumbres, Padre Kin- sella. —¿En qué sentido, Padre Matthew? —La misa, padre. Seré franco y le diré que durante semanas estuve haciendo una novena, con la esperanza de que se nos permita prose- guir con esta santa tarea. El Abad, cordial y diplomático, alejó a su visitante del peligro. —¿Si el Padre Kinsella tiene a bien sentarse aquí, a mi derecha? Y éste es el Padre Walter, mi lugarteniente. Siéntese a la derecha del Pa- dre Kinsella, ¿quiere usted, Padre Walter? En esa forma lo tendremos rodeado por la Plana Mayor de la Isla Muck, ja. . . ja. Mucho ruido de bancos mientras los veinti- séis monjes tomaban asiento a la larga mesa. Hubo un compás de espera. El Abad hizo sonar una Campanilla de mano. Inmediatamente to- das las miradas se dirigieron a la puerta de la 82 cocina, a tiempo que los dos viejos hermanos cocineros aparecían, con los rostros iluminados por sendas sonrisas triunfales, trayendo el sal- món. Tres pescados en tres bandejas de loza blanca. Luego, grandes fuentonas de humean- tes papas hervidas. Platillos con sal y manteca. Tres grandes jarras de yogurt. Cuando la comida estuvo en la mesa, el Abad se puso de pie. Todos se pusieron de pie. Todos oraron. —Bendícenos, oh, Señor, y estos ‘Tus dones, que de tu generosidad estamos a punto de reci- bir a través de Cristo Nuestro Señor. Amén. No era, observó Kinsella, la bendición ecumé- nica de la mesa, aprobada y común a todos los monasterios de la Orden. Después, en continuo anacronismo, los monjes se santiguaron. Toma- ron asiento. El Abad sirvió a su huésped, luego a sí'mism0. Los platos fueron pasando alrede- dor de la mesa. Todos comieron en silencio, rápidamente, las cabezas ‘inclinadas sobre los platos. Era la vieja regla. Cuando el Abad se levantó, todos se levantaron. -—Te damos las gracias, ,oh, Señor, por todos Tus beneficios, a Ti, que vives y reinarás por los siglos de los siglos. Amén. Que las almas de los fieles difuntos, por la gracia de Dios, des- cansen en paz. Amén. 83 Y’ ‘
  41. 41. 84 Después, la‘ comunidad los rodeó respetuosa- mente, a la expectativa, confiando en entablar nueva conversación con el visitante. Pero el Abad no se detuvo. -Subamos a mi saloncito para tomar una taza de té. Aquí nos acostamos y levantamos tem- prano. Pescadores y agricultores como somos, hasta cierto punto, debemos aprovechar la luz que Dios nos proporciona. Así que ¿si gusta seguirme, Padre? —Buenas noches, buenas noches. . . ¿Se retira tan pronto? —Buenas noches, Padre. Que duerma bien. Lo vieron irse, defraudados por esa brusca partida: tenían tan pocos visitantes. Sus largas filas se abrieron con renuente cortesía mientras el Abad, firme en su propósito, se llevaba a Kinsella a través del claustro, por la sacristía y la pétrea escalera de caracol, hasta su locu- torio. Sobre el escritorio del Abad, [el hermano _' Martín había dejado una tetera, e, íncongruen- ¿ temente, un plato con bollitos de limón. El Abad tomó uno levantándolo entre el índice y A‘ el pulgar. —Martín está tratando de sobornarlo —com- mentó-. Cuando quiere ablandar a alguien, se. ‘ desprende de algunos de éstos. Su hermana casada se los envía, desde Manchester. Mordisqueó el bollito y, siempre mordis- queando, se acercó para recoger la Orden de Misión. Una arruga le surcó la frente mientras volvía a leerla. . —Siéntese, Padre. Póngase cómodo. La Orden Ecuménica fue arrojada sobre el escritorio, descartada. Otra vez la carta del Padre General. Leida, ¿cuántas veces ya? Re- leída nuevamente, y luego levantada como si fuese un documento de prueba en un juicio. —¿Hay algo que yo podría decir que tuviera la virtud de hacer cambiar su opinión, y la del Padre General, respecto a los hechos de Cahir- civeen? —Bien —respondió Kinsella cautamente—-, ¿cómo saberlo si usted aún no ha dicho nada? El Abad rió, como si esas palabras contuvie- sen un chiste extremadamente sutil. —¿Sabe cómo lo llaman allá abajo, en el refec- torio, Padre? Kinsella aguardó, sonriendo a su anfitrión. —El inquisidor —el Abad volvió a reír—. Me pareció muy bueno. ——Difícilrnente podría ser un inquisidor, Padre Abad. —¿Por qué no? ¿Acaso la Inquisición no se dedicaba a descubrir nuestro error doctrinal y castigarlo? —Mi misión no es punitiva.
  42. 42. —Aún no. Pero ¿qué pasa si la herejía con- tinúa? _ —Escuche —dijo Kinsella ligeramente irrita- do—. Éste es el final del siglo veinte, no el co- mienzo del trece. ¿Cómo podemos siquiera defi- nir hoy qué es la herejía? —La ortodoxia de ayer es la herejía de hoy. —Yo no diría eso, Padre Abad. —Pues, entonces, ¿qué tiene usted en contra de que ofíciemos la misa con la antigua liturgia? —Estamos tratando de crear una postura uni- forme dentro de la Iglesia. Si cada uno decide profesar el culto a su manera. . . Bueno, es obvio que ello crearía una desunión. —Exacto —asintió el Abad—. Una ruptura, la pérdida del control. Escuche; estoy de acuerdo. Tiene que haber disciplina. ¿Una taza de té? —Sí, gracias. -¿Leche y azúcar? —No. Solo. El Abad llenó la taza y la pasó a su huésped. —Explicaciones —dijo—. El Padre General parece sentir ‘que deben darse explicaciones. Muy bien. Intentaré explicar por qué mantuvi- mos aquí la misa antigua. ¿Le digo por qué? —Sí, me agradaría mucho. Por favor, hable usted. 86 —¿Sabía usted que Irlanda era el único país de Europa donde todos los católicos asistían a misa los domingos? ¿Todos, incluso los hombres? -—Sí, lo sabía. Hace unos años estuve un tiem- po aquí. En Sligo. —¿De veras? Bien, de todos modos, cuando nos ‘impusieron la nueva misa, lo intentamos; hicimos lo que se nos ordenaba. Pero observa- mos que los hombres acudían a Cahirciveen con sus familias y se quedaban, fumando y conver- sando, fuera de la iglesia. Cuando la misa ter- minaba, se llevaban a sus mujeres de regreso a casa. Ahora bien: eso me pareció una mala señal. Quiero decir que, al fin de cuentas, ésta es Irlanda. Le escribi a nuestro Padre Provin- cial acerca de ello. Me contestó asegurándome que la nueva misa era popular en todos lados. Yo no supe qué hacer. Estábamos perdiendo a nuestra congregación, sin remedio. Me dije en- tonces que tal vez la gente de aquí era distinta de la gente de otros lugares, que tal vez no admitieran nunca ese cambio. Y al fin, ¿qué caso tiene hacer de sacerdotes los domingos allá, en Cahirciveen, si no logramos que la gente mantenga su fe en Dios Todopoderoso? Yo no soy un santo, y quizá porque no lo soy consi- deré que no tenía derecho a inmiscuirme. Pensé que era mi obligación no perturbar la fe de 87
  43. 43. esa gente. Y por esa razón, volví a la manera antigua. —¿Qué pasó entonces? —Nada pasó. —¡Pero tienen que haber notado algo! ¡Deben haber habido comentarios en la diócesis! —Supongo que los hubo. Pero la gente no está bien informada en materia de liturgia. Se me ocurre que la gente pensó que por ser la nuestra una orden antigua, teníamos una dis- pensa especial para hacer las cosas a la manera antigua. Sea como fuere, la vieja liturgia se hizo muy popular una vez que con-ió la voz. —Y pronto tuvieron ustedes miles de feligre- ses asistiendo a misa todos los domingos. —No es así, Padre —replicó el Abad—. Duran- te varios años no tuvimos mucha gente de más. Sólo algunas personas mayores de parroquias vecinas. Fue en los últimos tiempos que la cosa cobró fuerza. Hay turistas. Irlanda está ahora colmada de turistas durante los meses de verano. La culpa la tienen esos nuevos aeroplanos; esos supers o como se llamen. —¿De modo que fue sólo desde el verano que dejó usted el priorato de Cahirciveen y co- menzó a decir misa en el Monte Coom? —Esta usted bien informado. No me sorpren- de. Nuestro Padre Provincial, en Dublín, no es lo que usted definiría como un admirador mío. 88 —En el Monte Coom —prosig'uió Kinsella—. Decidió usted oficiar misa en la Roca de la Misa. Según mis lecturas, la Roca de la Misa se asociaba, en otros tiempos, con la rebelión. Allí oficiaban misa, en secreto, sacerdotes pros- criptos, mientras algunos miembros de la con- gregación montaban guardia en los alrededores para dar la voz de alarma en el caso de aparecer los soldados ingleses. —La Roca de la Misa fue un error —declaró el Abad—. En su momento no pensé en la co- nexión. Sólo pensaba en tratar-de acomodar a la multitud. —-Aceptó usted una donación de altoparlantes por parte de los comerciantes de Cahirciveen. —Es costumbre aceptar donaciones cuyo ob- jeto sea la propagación del culto. —Pero, altoparlantes —protestó Kinsella—. ¿Seguramente ya se le ocurrió a usted que el Monte Coom se ha convertido en lugar de pere- grinaje? . —¿Quiere usted decir una especie de Lourdes? —Tal como era Lourdes. Lourdes ya no está en actividad. —No hay razón alguna para comparamos con Lourdes. Acá no hay milagros. Nosotros sólo decimos misa. —Y oyen confesiones privadas. Lo cual es ig- norado, aún ahora, en Roma. Yo lo descubrí 89
  44. 44. für ‘v V ' ‘. w‘ ¿j f. sólo por casualidad, el otro día en Cahirciveen’. ' Como debe usted saber, las confesiones privadas han sido abolidas, excepto en casos de especial necesidad, cuando el pecado es tan grave que se hace necesario el consejo privado. El Abad frunció el ceño. —Todos los pecados mortales son mortales para el alma. Encuentro muy difíciles de apli- car estas nuevas reglas. 1,‘. i to de las confesiones. Pero recuerde, he tratado ‘ de limitar las confesiones privadas a los feli- greses de nuestra parroquia. Fue todo parte de lo mismo. No queríamos perturbar la fe de nues- tra gente. Con todo. . . —el Abad hizo una pausa, dirigiendo una mirada penetrante a su interlo- ’ cutor—. Usted mismo acaba de decir que en Roma no estaban enterados de que aquí se ha- cían confesiones privadas. ¿No fue enviado aquí _Para empezar, y como usted debe saber, la i ‘ a causa de eso, verdad? categoría de pecado mortal o venial ya no es ‘ —No. aplicable. —¿Por qué lo enviaron, Padre Kinsella? ¿Qué -Pero ¿qué he de hacer entonces? —el Abad k hecho, en particular, dio lugar a esto? —El Abad parecía súbitamente acongojado—. La gente señaló la carta del Padre General. aquí sigue pensando que es un pecado mortal i ‘ —La televisión americana está proyectando atacar a una criatura, robarle la mujer al pró- A un programa especial de una hora de dura- jimo, casarse en pecado. . . jah, una cantidad ‘ ción en base a todo lo sucedido aquí. ¿Lo sabía? de cosas! ¿Qué he de hacer si la gente sigue j —¡De modo que era eso! -—el Abad cerró su crayendo en el pecado mortal? ‘ , _ mano derecha y dejó caer el puño con fuerza —Comprendo que debe ser difícil. Pero la _ ' sobre el escritorio-a ¡La maldita televisión! Yo conservación de las confesiones privadas sería no quería televisión aquí. La prohibiré. La pros- un grave error. La idea de que los católicos cribiré. Estuve a muerte en contra de la tele- confiesen sus pecados en privado a un sacerdote " ‘- visión, desde un principio. ha disgustado a otros grupos dentro de la her- t‘ - A —Ni siquiera el presidente de los Estados Uni- mandad ecuménica. Ahora que la forma más . k‘ dos puede prescribir la televisión americana. simple ha sido sancionada por el Vaticano Cuar- ', y Si las cadenas de emisoras quieren televisar lo to. . . ¿supongo que leyó los debates? que está pasando aquí, lo harán. Y el programa —Por cierto que sí -—respondió el Abad—. Sé i ' será irradiado y visto en todo el mundo. muy bien que no estoy actualizado en ese asun- —Advertí a nuestros monjes y les dije a los 90 1 a 91

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