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Atila: El azote de Dios

Tras el triunfo del cristianismo y la muerte del emperador Constantino, el Imperio Romano asistía a su inexorable final. Agotado, corrupto y pervertido tanto social, política y económicamente, su antiguo poderío había cedido ante la invasión de una lista innumerable de enemigos.

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Atila: El azote de Dios

  1. 1.  <br />Los campos cataláunicos: Atila, “el azote de Dios”<br />Tras el triunfo del cristnismo y la muerte del emperador Constantino, el Imperio Romano asistía a su inexorable final. Agotado, corrupto y pervertido tanto social, política y económicamente, su antiguo poderío había cedido ante la invasión de una lista innumerable de enemigos. En Occidente y Oriente, la situación era parecida. Centenares de pueblos y sus marejadas migratorias buscaban nuevos territorios en  las tierras romanas de Europa y Asia. Una de aquellas agitaciones fueron los famosos hiung nu o hunos, zafio pueblo de origen mongólico jefaturado por el legendario y sombrío Atila, “el azote de Dios”, como le llamaba la Iglesia Católica.<br />Aunque no se sabe exactamente cómo advinieron al infinito teatro de la historia occidental, las crónicas más antiguas parecen fecharlos entre el siglo II y III de nuestra era. Los hunos, pueblo nómada por naturaleza y guerrero por necesidad, debieron ser verdaderamente terribles. Si no lo cree, revisemos los testimonios de historiadores de su tiempo como el cronista godo Jornandes o más aún, los textos del escritor greco-sirio Amiano Marcelino, quien los describe así:<br />“Su fealdad supera todos los límites. Apenas nacen sus hijos, les hacen cortes profundos en las mejillas para destruir la raíz de las barbas. Son achaparrados y de vigorosa constitución; tienen el cuello ancho y su aspecto es monstruoso. Están en su físico tan endurecido, que no necesitan fuego, ni hierven ni cuecen sus alimentos; viven de raíces encontradas al azar y de carne, que colocan bajo la silla, sobre el lomo desnudo de sus caballos para tenerla más a la mano. Nunca pernoctan bajo techo, pues allí no se sienten con seguridad. Tampoco poseen viviendas fijas, ni tierras, ni leyes, ni usos constantes, sino que van de un lado a otro como fugitivos, viviendo siempre en sus carros de batalla, que parecen parte de su ser”<br />Aunque es bastante visible la exageración de Marcelino (este es apenas un extracto de una descripción que asustaría incluso hoy) lo cierto es que en efecto, su grado civilizatorio era bastante bajo. Todos los adelantos o tecnologías que usaban no eran  en su gran mayoría propias, sino prestadas o tomadas de sus pueblos conquistadas. Hoy, la arqueología moderna conoce que llegaron hasta las puertas del actual río Volga (en la Rusia Europea), tras realizar una extensa migración de casi un siglo desde la frontera Mongolia-China, pasando por las tierras del Macizo Altai (Asia Central), el río Yaxartes y el Turquestán (cerca del Mar Caspio).<br />Las expediciones de los hunosEl insaciable afán de riqueza de los hunos sería la motivación a sus primeras correrías en Europa. A mediados del siglo IV, el rey huno Balamber, atacó el reino alano (pueblo de origen iraní), que en esos momentos se extendía entre los ríos Volga y Don, y derrotó a este pueblo obligándole a huir hacia el suroeste. Posteriormente avanzaron hacia la cuenca del río Dnieper (Ucrania), donde vencieron a los ostrogodos en el año 370, obligando al vencido a servirles como esclavos y acompañarlos como parte de su ejército de apoyo. Sometidos ya los ostrogodos, les tocó el turno a los godos, pueblo que habitaba hacía casi un siglo en Dacia (hoy Rumania), al Norte del río Danubio. Los godos tampoco pudieron contra estas hordas de tropas a caballo y derrotados, pidieron al emperador romano vigente de Oriente, Valente (328 – 378), que los asilara. El mezquino Valente aceptó, no sin antes oponerle serias condiciones.<br />Muy pronto la imparable ola de pueblos germánicos pondría en vilo la supervivencia incluso, de la civilización romana. Tanto godos (que se rebelaron a Valente con la consiguiente victoria en la batalla de Adrianópolis en 378 d.C), como visigodos, vándalos y burgundios, se volvieron para los romanos un asunto de primer orden. Sin embargo, ya extremadamente fatigada, Roma no estaba militarmente capacitada para enfrentar sus diversas amenazas. Es allí cuando surge la idea de hacerse de los servicios de guerreros mercenarios a gran escala. Y ninguno mejor que el pueblo huno, cuya espectacular forma de guerrear y sembrar la destrucción había llenado de un pavor indescriptible toda la región euro-asiática.<br />Para entonces, los hunos habían fundado un gran imperio cuyas fronteras estaban delimitadas desde el Cáucaso hasta el Rin (Alemania), y desde el río Danubio, hasta las proximidades del Mar Báltico. El último gobernante huno, de nombre Rúa (que no dejó herederos), había fallecido y el trono había quedado destinado o bien para Atila, o su hermano Bleda, hijos de su hermano Mundzuck. Bleda, sospechosamente, acabó muerto luego de una cacería en 445, quizás asesinado por Atila. El nuevo gobernante huno, un monumental guerrero que había vivido toda su existencia encima de un caballo, ambicionaba aprovechar las continuas disensiones entre romanos y bárbaros en su favor. Sin embargo,  nunca pensó que un hecho inusual le brindaría la posibilidad de reclamar aquellas extensas tierras. Veamos<br />Enamorada de uno de los ayudas de cámara del emperador, Honoria (hermana del emperador en ejercicio, Valentiniano), cede a sus bajas pasiones. Descubierto el hecho, la augusta es enviada a Constantinopla donde durante casi una década se dedica solo a la  práctica religiosa y la meditación. Harta de la vida piadosa,piensa que casándose con un emperador ateo (en realidad Atila no conocía el concepto de religión) podría librarse de su yugo. En un arranque de audacia y soslayando el terror que le daba el poco atractivo huno, le envía una sortija en oferta de matrimonio. El eunuco que llevaba el encargo con la respuesta es atrapado y la indignación de Valentiniano es tal, que a punto estuvo de consumarse una tragedia. Naturalmente, el romano deniega a Atila su pretensión y éste, en represalia, invade las Galias. Aquí habría de surgir la figura del patricio Flavio Aecio, notable general que sabía perfectamente cómo tratar a este indeseable expoliador.<br />En efecto, la convulsa y caótica situación de Roma había motivado al noble Flavio Aecio, “el último de los romanos”, a querer rescatar a su pueblo de la ignominia bárbara: Conocedor perfectamente del “lejano” peligro huno, pero mucho más preocupado por la “cercana” amenaza visigoda, había contactado años atrás a Atila para contratar a 60 mil de sus hombres en una campaña de limpieza en sus fronteras. Durante años, el oro romano sirvió para impone el orden y la calma momentánea en Italia; empero, Aecio vivía siempre intranquilo. Tenía razones fundadas para ello: De continuar esta incómoda “huno-dependencia”, el único resultado posible sería darle mayores libertades a la apetencia de Atila, quien para entonces ya recibía fabulosas sumas en tributo anuales (2,100 libras por año, unos 650 kg en oro). Sus temores se hicieron realidad: Alegando ir en “nombre de los intereses romanos” (aunque ya sabemos lo ocurrido), Atila partió de la Panonia (Hungría) con dirección a las Galias (Francia), con un ejército que la tradición calcula en 500,000 hombres.<br />Los campos cataláunicosEn momentos tan desesperados, sólo la decisión de hombres con temple de acero podría salvar la situación. Convertido en el verdadero defensor del imperio durante años, su aparición fue una absoluta bendición para una generalada romana débil e incapaz. Completamente distinto a Valentiniano, Aecio siempre sumó a su talento de militar, la habilidad diplomática. Consciente del “monstruo” que había creado, la situación exigía que sus anteriores enemigos, los visigodos, se unieran con él para hacer causa común al poder huno. No fue tarea fácil. Pero su astucia y persuasión convencieron al viejo rey Teodorico de sumarse. Hacia la primavera del 451a.C se unieron a los romanos no solamente los visigodos, sino también los francos y los alanos, que también odiaban con el mismo ímpetu el terrible peligro de un triunfo huno en Occidente.<br />Por su parte, Atila había reunido bajo su mando además de las huestes hunas, los ejércitos ostrogodos, burgundios, gépidos y hérulos. El memorable encuentro se realizó en la extensa llanura de la Champaña francesa, en los campos de Chalons (Chatalan o catalán) en la margen izquierda del río Marne. Cuando Atila llegó, tras devastar Orleáns, ya las tropas comandadas por Aecio estaban formadas en el lugar. Atila, desafiante, desplegó sus tropas alrededor de los campos vastos y los rostros fieros de sus guerreros helaron hasta la sangre del más valiente. No era para menos. Enfrente no tenían cualquier ejército; tenían a los hunos, los amos de la rapidez y la caballería, cúmulos de divisiones pequeñas pero compactas que atacan con la velocidad de un rayo y diestros absolutos en el arte de la persecución. Cuando tenían la iniciativa, casi nadie podía resistir sus embates; a los que fugaban, los atrapaban con el lazo; y a los que quedaban, los asesinaban sin piedad… Con el sol pálido de la mañana, iniciaron las hostilidades.<br />El estruendo del choque fue pavoroso. Pocas veces, se ha visto un odio tan feroz en un campo de batalla. El furor, que exasperaba la naturaleza, duró todo el día, sin tregua. Las divisiones de Aecio, a la izquierda, y los visigodos de Teodorico, a la derecha, resistieron con valor los ataques que Atila enviaba. Los alanos (al mando de Sangiban) y los francos, que estaban al centro, y de los que Aecio desconfiaba, se batieron con honor y pese a la espantosa cantidad de bajas, no fueron dispersados. La fortaleza del centro permitió a visigodos y romanos avanzar en movimientos combinados hacia las líneas de Atila, cuya movilidad nunca pudo aprovechar su ventaja. Los detalles de la batalla han llegado a nosotros a través de testimonios parciales y pocos datos arqueológicos, pero es posible reconstruirla en sus mayores lineamientos.<br />Hacia la tarde, los combatientes resbalaban con la sangre y los miles de cadáveres diseminados. Según la tradición, 20 mil hombres habían perecido ya en la lucha pero el combate lejos de cesar, se afanó aún más. Las miles de flechas, espinando cada centímetro de tierra, impedían libertad de tránsito. Sin poder romper sus líneas, la inquietud colmó a los hunos, que enloquecidos, se lanzaban sin precauciones hacia el enemigo, facilitando su tarea. Atila, peleando entre las primeras líneas enemigas, presionó hacia el atardecer con las tropas de la retaguardia. El impacto fue brutal. Incluso el propio rey visigodo Genserico murió en el ataque, pero la derrota nunca se consumó.<br />Cuando cayó el ocaso de la tarde, era evidente que el ala derecha del ejército de Atila estaba debilitada y con seguridad, podía ser rebasado. Atila, viendo la debacle consumada, ordenó la retirada y cayendo la noche, se dirigieron a toda prisa hacia los valles del río Sena y el Aube, muchos más despejados que la Champaña francesa. Ahí dejó una guarnición especial, la de los gépidos, para oponerse al enemigo en caso que éste haya decidido perseguirlos. Sin embargo, ocurrió algo imprevisto: Con la victoria consumada, Aecio impidió que los godos ultimaran a Atila, quien guarecido tras su campamento de carro, espero en vano el ataque, algo inconcebible para él.<br />La realidad de los hechos futuros parece estimar que Aecio obró así más con finalidad práctica. Perfectamente consciente que de eliminar a los hunos, el peligro pasaría a manos godas, quiso salvar a los vencidos creyendo que quizás, los necesitaría con el tiempo. Además, desconfiaba de Torismundo. No se sabe a ciencia cierta a cuánto ascendieron las bajas: El historiador Jordanes asegura que ambos perdieron unos 165,000 hombres, sin incluir los 15,000 hombres muertos o heridos la noche anterior a la batalla. Otro historiador hispanorromano, Idacio, dice que los muertos ascendieron a 300,000 muertos. Aunque ninguna de las cifras anteriores es real, parece ser que las pérdidas fueran cuantiosas.<br />La derrota del hasta el entonces invencible Atila, marcó un precedente gigantesco. Nuevamente las ambiciones de hombres asiáticos por conquistar Occidente, una constante en la historia, quedarían truncadas. La muerte de Atila 3 años después (según la tradición asesinado por Brunequilda, hija de un rey burgundio) si bien dio respiro al Imperio, también significó la muerte de Aecio, asesinado por el propio emperador Valentiniano III que lo veía como un gran peligro para su trono. La muerte de tan querido general no le duró mucho: Al año siguiente, los fieles del general muerto asesinaron al emperador durante un desfile militar, quizás auspiciados por el rico senador Petronio Máximo, que aspiraba al trono. La agonía de Roma desde entonces, se agudizó. Las últimas murallas del orgulloso Imperio, estaban por caer.<br />

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