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1428 210 Calzado - u2

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Material de estudio de la UBA, Facultad de Ciencias Sociales, cátedra: CALZADO

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1428 210 Calzado - u2

  1. 1. l. . '1428/zo,¿ UNIVERSIDAD DE BUENOS AiRES FACULTAO DE CIENCIAS SOCIALES 1--· z u:: [l.. MATERIA: Sl~M. SEGl Tll.lD;J) _.J _J ,..-(' .... lJliiDAD 2 ALUMNO: $ www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 1 de 210
  2. 2. ALL PRINT- FRANKLIN 22 CATEDRA: CALZADO UNIDAD: 2 CONTENIDO AUTOR DE LOS DELITOS Y DE LAS PENAS BECCARIA LAS PALABRAS DEL ORDEN; PAG 39 a 72 MARTEAU LAS CÁRCELES DE LA MISERIA: LA TENTACIÓN PENAL EN EUROPA WACQUANT OUTSIDERS: INICIATIVAS MORALES BECKER APENAS UN DELINCUENTE: MALHECHORES OCULTOS Y PERSEGUIDORES MODERNOS CAlMARI LA LEY DE LOS PROFÁNOS: SUCESO DE CINEMATOGRÁFICOS ASPECTOS CAlMARI SOBRE CONSPIRACIONES MEDIÁTICAS Y ESTRATEGIAS DE CONTROL TISCORNIA www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 2 de 210
  3. 3. r -~- f : ~ ..• . '· ' ·-·~ •! (' 1> ~ ..:( .· l' ~ íf1 ~~ • ? ... ~· ':-;_,~~· a.:. , CESARE BECCARIA DE LOS DELITOS Y DE LAS PENAS EDICIONES ORBIS, S.A. Distribución exclusiva pon ,.,rgcnlln•. Chile. Paraguay y Urueuay HYSPAMERICA www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 3 de 210
  4. 4. .' DE LOS DELITOS Y DE LAS PENAS l. Introducción Los hombres abandonan generalmente la elaboración de las reglas más unponanres a la prudencia de cada día, o a la discreción de aqudlos cuyos intereses consisten en oponerse a las leyes más providentes, que por naturaleza hacen uruversales los beneficios y resisten al esfuerzo por el que ucnden a condensarse en unos pocos, coiOl;ando a una panc la totaJtdad del poder y de la fdicidad y a otra toda la debilidad y la mtsena. Por eso, sólo Jc~pues de haber pasado a través de mil errores en las cosu<, más esenctales .t la vtda y a la !Jbenad, s6Jo después de la fanga que da el sulrir los males hasta el extremo, se sienten mducidos a remedJar los desordl!nes que los opnmen y a reconocer las más palpables verdades; las cuales, precisamente por su propta stmphCJdad, escapan a las mentes vulgares, no avezadas a clnahtar los asuntos, smo a recíbir sus imprestoues todas de un golpe, má'> _ror tradtctón que por examen. _ r Abramos la htstoria y veremos que las Jeyes, que son o debieran ser pactos entre hombres libres, no han sido ge~eralmente tnás que el J iJlSfrumento de las pasiones de unos 12.~co~, o han nacido de una fortuita y ¡ pasaJera necesidad; no hanSído dictadas por un !rt_t? ~serva<!?r de la naturaleza humana, que concemrase en un punto las acciones de multitud 1 de hombres y las considerase desde este punto de vista: {a máXlma felicidad '• reparttda entre el mayor número. Felices aquellas poquísimas nacaones que -· ñOesperaron a que el lento movimien to de las combinaciones y vicisitudes humanas hiciese suceder a los males extremados una situación nueva encaminada hacia el bien, sino que aceleraron con buenas leyes las etapas intcrmedi;n,; y merece la gratitud de los hombres aquel filósofo que desde su oscuro y despreciado gabinete tuvo el valor de echar sobre la multitud las primeras serrullas - infructuosas durante mucho tiempO- de las verdades uttles. 43 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 4 de 210
  5. 5. 1 Se: han conocido las verdaderas relaclonel- entre el soberano y los f úbditos y entre las diversas naciones; el comerciO se ha animadu a la vista de las verdades filosóficas divulgadas por la unprenta; y se ha encendido .entre las naciones una sikncios2 guerra de laboriosidad,la m:ís humana y la más digpa de hombres razonables. Todos éstos son frutos que se deben a las f~ de nuestro s1glo. Pero muy pocos pensadores han examinado y éombaodo la crueldad de las penas y la irregularidad de los procedimientos criminales, parte tan pn'ñeij)alOela legiSlaciÓn y tan descu1dada en casi toda Europa; muy pocos han sido los que, remontándose a los principios generales, anularon los errores acumulados durante sjglos, frenando por lo menos, con la fueru que sólo UC'oen las verdades conocidas, el curso demasi2do übre del poder mal dirigido, que ha dado hasta ahora un largo y autorizado ejemplo de fria atrocidad. Y, sin embargo, los gemidos de los débiles, sacrificados a la cruel ignorancia y a la opulenta indolencia; los bárbaros tormenros multiplicados con pródiga e inútil sevendad por deli!os no probados o quiméricos; la desolación y los horrores de una prisión, aumentados por el más cruel verdugo de los desgraciados - la incertidum- bre-, hubieran debido inquietar a lo!i magistrados que guian las opiniones de las mentes humanas. El inmortal presidente Momesquieu ha discurrido brevemente sobre esta materia. La indivisible. verdad me ha obHgado a seguir las huellas luminosas de este gran hombre, pero los hombres pensadores -para lns cuales escribo- sabrán dislinguir rrus pasos de los suyos. ¡Afortunado sería yo si pudiese obtener como él el secreto agradecirruento de los oscuros y pacíficos seguidnres de la razón, y si lograse inspirar aquel dulce esuemecimiemo con el que responden las almas sensibles a quienes defienden Jos intereses de la humanidad! El orden nos conduciría ahora a examinar y dislinguir las diferemes clases de deütos y la manera cie-castigarlos, ~i no fuera porque tánau1ráTe7.a de éstos, variaolesegÚn las awcrsas élrcünstancias de tiempo y de lugar. nos obligaría a una minuciosidad inmensa y enojosa. Bástame indicar los principios más generaJes y los errores más funestos y comunes, para desengañar tanto a los que por un mal entendido amor a la libertad quisieran introducir la anarquía, como a los que quisieran reducir a Jos hombres a una regularidad propia de un claustro. Pero, ¿cuáles serán las penas convenientes a estos delitos? La muerte, ¿es una pena verdaderamente úri/ y necesaria para la seguridad y clb""uen . orden de la sociedad? La tortura vlos tormentos, ¿son juscos y obtienen el l fin que se proponen las leyes? ¿Cuál es la melor manera de prevenir los delitos? ¿Son las mismas penas igualmente útiles en todos los tiempos? ¿Qué influencia tienen sobre las costumbres? Estos prohlemas merecen ser resuellos con aquella preci~ión geométrica a la que no puedan resistir ni la 44 niebla de los sofismas ni la seductora elocuencia o la únúda duda. Si yo no tuviera ouo mérito que el de haber sido el primero en presentar en Italia con alguna mayor evidencia lo que otras naciones han osado escribir y comienzan a practicar, me senútia afortunado; pero si defendiendo los derechos de los hombres y de Lalmvencible verdad tonuibuyese a arrancar de los espasmos y angustias de la muerte a alguna desgraciada víctima de la tiranía o de la 1gnorancia -ig02lmenre fatales--, las bendiciones y las lágrimas de un solo inocente en los arrebates de la alegría me consolar1an del desprecio de los hombres. U. Origen de las penas. Derecho de castigar No hay que esperar ningún beneficio duradero de la poUtica moral si ésta no está fundada sobre los sentimientos indelebles del hombre. Cualquier ley que se desvíe de: éstos encontrará siempre una resistencia contraria, que vencerá al fin; de la misma manera que una fuerza, aunque sea mínima, vence si es aplicada continuamente a cualquier violento movinúento comunicado a un cuerpo. Consultemos el corazón humano y en él encontraremos los principios fundamentales del verdadero derecho del soberano a castigar los delitos. Ningún hombre ha hecho donación gratuita de parte de la prop1a libertad en atención al bien püblico; tal quimera sólo existe en las novelas. Si fuese posible, cada uno de nosotros querría que los-ti>á'ctos qÜe vinculan a los otros no nos vinculasen a nosotros; cada hombre se hace a si mismo centro de todas las combinaciones del universo. 1..a multiplicación del género humano, pequeña por sí núsma, pero muy superior a los med1os que la estéril y abandonada naturaleza ofrecía para satisfacer las neces1dades que cada vez más se imerponi2n entre ellos, reunió a los pnmeros salvajes. Las primeras umones hicieron que necesa- riamente se formasen otras para resistir a las primeras; y de esLe modo el estado de. uerra se trasladó del individuo a las naciones. ·t.a_·leyes on las-co diciones con que: hombres indeecndientes Y)Úslados se uñierorr en ~oc1edad, augados de vivir en un continuo estado/guerra' y de goz,ar una..~~--c~ñveru,da ~!1 mút![p_?r la lncerudumbré' de 1 conservru:la. ~rific~~2~-.l!.IJLP~.2.e.. ~l!! ..P!!a g~_!~!:..la_r~~...fQ!:l 1 )( seguridad y tranquilidad. La suma de todas estas porciones de libcnad ! sacril'icadás afbTeñaé-c'ácta uno constituye la soberanía 'de una nación, y el 1 1 ' ' - . - l 1.. tA ' J · ' :; • • _. - '"t' .. ~. 45..._.. ..,.... ' . -:;. :~....;:,.._ www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 5 de 210
  6. 6. "'{sobcnl!lo es el lega imo depositar~~.] adm~ntstrador de ellas". Mas no b.astaba c~n formar este depósito;era necc~riod ef;nderlo d;¡as usurpa- cm.nes pnvadas .de cad~ hombre .en pa~ucular, quien tnlla siempre de qunar del de(l6Sito.no solo la propta porctón, sino también la de los otrOl>. Se requenan mouvos sensibl~s que bastaran para desviar el ánimo despo~co de cada hom.bre de su uuención de volver a sumergir la~ leyc~ de la soctedad en el anuguo caos. Estos motivos sensibles son las ""nas csrablcctdas co t ' 1 • f · - .N;'='-. n.r,l .O!> m ractores de l.ts leyes. Dtgo .motrvos sens1bfei ~rque la expenencta .ha hecho ver que E!__ma~ no adopta priñcipio~ csrabl~s de conducta, nt se alc1a de :•que! principio universal de disolución que se. observa e.n el unive~n ft<,1co y en la moral, sino por mouvo:. que tnmt:dtatamente Impresionan lOS SCnLidos, y que S(! Ofreceñ COñllnUaOJente a la m~nte para co~pen::.u~ l:l~ fuert~s impresiones de las pasiones parciales, ' que se oponen al btcn umversal;. ru la elocuencia, ni las dedama<:iones, ni s~qu1era la má~ sublime. verdad son bastantes para frenar por [llucho uempo las ~astones excnadas por las vivas Impresiones de IOl> ob¡etnl> presentes. , [:r-Fue, ~ues, h1~~~id~ú la 4llc constriñó a los homhrcl. a ceder parte de la pro~~~ llbe~ta~: es, pues, Cierto que cada uno nu qu1erc poner de ella en el · deros~to publico má!. que h1 mínima pnrciün pos1ble, la 4Ue bas1e para mduc1r a los demá:. a defenderlo 1 · • . ·- d ·. . . ¿·• agrcgac1on e cMa:. mm•ma:. porc10oe~ ~s•bles conMnuve el derecho de pensar; wdo Jo dl·más es abtLO y no ¡us11c1a; es hecho, no va derecho*. f ~ ~~ ~C: tb UD ~'-'> ltÍ,:KU 111~, ~ o~puy,t d uhunu J(IOVtl II'HOUI del dC~J'<IIItnto llll~lr.IJot l:n e C<IU, ~~ In ~um• de IJ~ hhc:nadc> mdtvu.lu.ll~ r<'llllncutda' <.nns•nuvc la ""'hc:r~nu tk la n.tnctb, d munare~ es q!un llc: t· d • • drta, ~~~ • C:J'<•Stlolrttl v o~drn~tltMraduu l'crn '1"" <¡uc ha J · br.rlo> l!n otnl tu.:ar (o..ap VIl llcccuroa "''"'"~ t¡ue Jlltryuc a~• lo <¡utere 1., vul~ntaJ mIUo~l : ¡¡cnctal Jc: lll> ~ubluns l.uc:gu ~• '"'~ ,·;,ultht~>e y O<.'J!:;I:.C al ntull.lr<~ MI ~pd de ...Jc(l("lllllu Y adnllm~tradoor <lt: IJ ~<lhcrant,t nat~nn..loo, ~:esanu b l unu<ln de "" •~Y<'ll y Mt l><tdc; ,; thn quc:dudu Stn lund~lltc:ntu nt ¡u"tl..:.tt t•ln NaiUr::tlmc:nle, lkC'<.AfUI 1111 dilo nunu <'fe I"J"oln;¡tcu" f:n ciJ>cnsumtcntt! de lns te<~ncv:. pultlln" Jc: In llu>tl"~un11, c1 J'<ldcr r~aJ 1..,0,~e ,Jc u~ luho ¡:1 lthcr.U1"ntu 1111hucu de lunu ru,~<uuan.> k1 cono (cu rc.11ufaJ, Ro¡¡,"'"" publtw ~u ( •mll'uw 1~1~1 ~~17ól, e• dcctr, dt):l anos unte~ de 411<' llL-t:<.trtH CCrtlucr. >U hhml D··~ll<fH, •l~•puél., d 1 r.ut~IIIU dOUrtOWrll> 'IIIVIII W hacer "'!lltlthrn• ~n ~~ lll<'rt)4 nt J ( bt cntn: d n!' lll IHILton (Nma del traductnr.l o¡a e a""' ·nuu.t <umpJnKiá • Obsc:rvc>e que lo~ p.1lahr:a J~roJw un '" ~:nntmdt.:uma <1~ ¡ 1 I'JI'h-· fu ·r~1 0 1. b ' ' " ,.. t ..,.:t, M U <IUC: A pnrncru es ma~ <en uon mootricanrm J,· lu scguml:J. e:• dt'.lt, lu 11111J 1foL.tL-wrt 013, Ultl almayur numero. V la JUUICIO no cnucuJn '>lnu el vmculo ne.:c:o.lnu p;trJ rencr untd<~ lto• HltcrC~>e> p.t~tutlurc>, <¡uc ~~~~ el ~e dtM>IVcn~n en el antt¡.•U<t ,.,1.Ju de 111~x:whtlidaJ · · & ."e•·.esanu IC'flo:n:~td;ulo de n<• atnbutr a e<.t~ p.ilahr¡¡ fUIIIlllJ la tdcd de gJ¡;¡H r....-.1, .:omt, un:t rucrta IISica o un >cr C).llcncc, e• 1111.1 sunplc muncra de UlllCC'btr de lu~ homhrc:s m;uu:ra uc mnuyc uúiuuamcntc snbrc ,.. lclot:tdad U< <11<.1.o UM, IJOIJ'l<l<ll me rcri··rn a aqucll•·.u... dJM.qllc fUSIIC:Ia quo: e:mana de rltt" y qu~ tocflc Mtl> mmcdlal." rda~uHtC> «111 14~ J>ena' V rc~o>m.....n•. d la Vtd.. (UI Uni ,~ -> ( 46 " 1 ) f 1i 1. 1 ,;- . '-d' .'- 1 • .. ' 11 ... ,.'1. Las pena;Jquc sobrepasan la necesidad de conservar eJ depósito de la saCl!Q_p~büca son injusta~1 por su propia naturaleza; y tanto más justas son cuanto mássagradá e ióviolable es lu seguridad y mayor la libertad que el soberano conserva a sus !>ubdHos. 111. Consecuencias La primera consectJencia de estos prmcipios es que sólo las leyes pueden decretar las penas sobre los delnos; y esta autoridad no puede residir m:is que en ef legisladot-,' que representa a toda la sociedad líñida por un ~onLraro~I.-Ñingún magistrado (que es parte de la sociedad) puede justamente mlligir penas contra otro miembro de la misma sociedad. Ahora bien: una pena aumentada más allá del limite fijado por las leyes es la pena justa más otra pena¡ por tanto, un magistrado no puede bajo ningun pretexto de celo o de bien público aumemar la pena~ establecida contra un ciudadano dc:lincueme. La segunda consecuencia es que el soberano, que represema a +a misma sociedad, no puede formar sino leyes generales que obliguen a todos los miembros, pero no puede juzgar sobre si uno ha violado el contrato social, puesto que entonces la nación se dividiría en dos parres, una representada por el soberano que afirma la VIolación del comrato, y~ ot.ra por el acusado, que la niega; es, por tanro, necesario que un¡tercerO) !?:gue sobre, lu verdad del hecho. l le aquí la necesidad de un Qlagistrado, cuy~ sentencias sean inapelables y consistan en meras afirmaciones o negaciones de hechos paniéltla;es. - - - --r:a-tercera consec~encia es que si se probase que la atrocidad de las pena~ ya que no inmediatamente opuesta al bien público y al fin mismo de unpcdtr los delitos, fuese por Jos menos inútil, también en taJ caso sería no sólo comraria a las virtudes benéficas (que son el efecto de una razón ilustrada, que prefiere mandar a hombres felices más que a un rt:baño de ' En c:l I:Xr«ho pern~l del Antiguo Ré¡pmcn oo hahi~ UM serie de: ~lc:nuamc:s y agravamc:s lcgalmc:ncc rcronuctdu y valoradas en orden ala peM en u!rmtnos gencnlrs, 1al romo sucrdc: c:n cualqutcr Códi¡;o ~nal ~c:rual. J>or lo gencntl, cada dclho tenia una prna establecida por la ley: era la pcn~ legal u ordinana. Pero en vmud del pnnctpío dclarbttrio jud•cial, tus ¡u~ podían valorar c:n cada caso concreto las circunstancias l.'OncurreniC:Il en la comisión del ddi1o, y c:n atc:ncl()n a ellas podtan Jtsmmu•r la pena legal (i! a umaban favoa btcs al I'C() dc:1cnnma<bs ctrcunstanct~S) o aumemarla.s (c:n c:l ca.so comrano). A u ta pena no lc:gal, uu or<linarill, impuc:sta ror el ¡ua según )U arbnno, se: la llalllllba arb1trana o «1raord1.11ana, tanlo SI unpticaba um ~mi noración u una agravaaón de la pena legal. Eslo: mc:canismu ro:ducla c:l valor de la pen a c:stablroda por la ley, Stc:odo en dcrinntva cl ~meno dcl tua, '" arbilno, el que imponla w pruas efc.:uvas. Com ra es1o c~lal d tn¡;u.lo d pensamiento crhico de Bc:ccaria (Nota dc:J uadu~tor ) 47 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 6 de 210
  7. 7. esclavos entre los que se establezca una perpetua circulación de temor y de crueldad), sino que sería también contraria a la justicia y a la naturaleza del mismo contrato social. IV. Interpretación de las leyes · f Cuarta consecuencia. T~o la auto~¡dad de interpretar_ las ley~ , , ~es puede residir en los jueces de lo criminal, por la misma razón ~e ¡gue no s~n legisladores. Los jueces no han recibido las leyes de nuestros antepasados como una tradición doméstka o como un testamento que no dejase a los sucesores más que el cu1dado de obedecer; sino que las reciben de la sociedad viviente, o del soberano representante de ella, como legitimo depositario del actual resultado de la voluntad de todos. Las reciben no como obligaciones de un antiguo juramento•, que sería nulo, puesto que vincularía voluntades no existentes, e inicuo, porque reduciría a los hombres dd estado de sociedad al estado de rebaño, sino como efectos de un juramento tácito o expreso que han hecho al soberano las voluntades reunidas de los súbditos viviemes, como vínculos necesarios para frenar y regir el fermento intestino de los imereses particulares. Ésta es la autoridad física y real de las leyes. ¿Quién será, pues, el legítimo intérprete de la ley? ¿El soberano, esto es, el depositario de las actuales voluntades de todos; o el juez, cuyo oficio es sólo examinar si un hombre ha hecho o no una acción contraria a las leyes? En todo delito debe hacerse por el juez un silog_ismo ~-rfecto: la premisa mayor debe ser la ley general; la menor, la acción conforme o n~ con la ley; la consecuencia, la libertad o pena. Cuando d juez sea constreñido, o cuando quiera hacer aunque sea sólo dos silogismos, se abre la puerta a la incertidumbre. No hay cosa más peligrosa que aquel axioma común de que es necesario consultar el espíritu de la ley. Esto es un dique roto al torrente de las opiniones. Esta verdad que parece una paradoja a las mentes vulgares, más impresionadas por un pequeño desorden actual que por las funestas pero remotas consecuencias que nacen de un falso principio arraigado en uoa • Si cada miembro panicular cst' vinculwdn a la socc~dad , bu estA cgWmente vinculada con cacb miembro panicular por un contrato que por su naturaleu obliga a las dos partes. Esta obligación que desccendc desde cltronu hbca l~s ca b~>cias , que liga cgualmenre al mú grande y al nW mi2rable de los hombres, no slgncfica otra cosa sino que cn1eresa a todos que los pactos lltiles a la mayorla s.:an observados La vol oblcgacr6n es uno ,,. ~qudlu, mucho m•s frecuentes en moral que en cualqui~r otra ciencia, que son un scgno abreviado de un raciocinio y no de una idea; buscad un.a tdea a la poüabra oblígaci6n y no la encontrarl!cs; haced un n ciocinio y entendertis vosotros mismos y sc:r6s entendidos. 48 nación, me parece demostrada. Nuestros conocimtentos y wdas nuestras ideas tienen una recíproca conexión; cuanto más complicadas son, tanto más numerosos son los caminos que a ellos llegan y de ellos parten. Cada hombre tiene su punto de vista, y cada hombre en tiempos diferentes tiene uno distinto. El espíritu de la ley sería, pues, el resultado de la buena o mala lógica de un juez, de una buena o mala digestión; dependerla de la violencia de sus pasiones, de la debilidad del que sufre, de las relaciones del juez con el ofendido, y de todas aquellas pequeñas fuerzas que cambian las apariencias de cada objeto en el ánimo fluctuante del hombre. De aquf que veamos cambiarse muchas veces la suerte de un ciudadano en su tránsito por diversos tribunales, y ser la vida de los desdichados víctimas de falsos raciocinios o del ocasional fermento de los humores de un juez, que toma por legítima interpretación el vago resultado de toda aquella confusa serie de nociones que se le agitan en la mente. De aquí que veamos ser castigados los mismos delitos por un mismo tribunal de modo diverso en diversos tiempos, todo ello por haber consultado no la constante y fija voz de la ley, sino la movediza inestabiJidad de las interpretaciones. Un desorden que nace de la rigurosa observancia de la letra de una ley penal no puede compararse con los desórdenes que nacen de la interpreta- ción. Tal momentáneo inconveniente induce a hacer la fácil y necesaria corrección de las palabras de la ley que son causa de la incertidumbre; pero impide la fatal licencia de razor.ar6, de la cual nacen arbitrariedades y venales controversias. Cuando un código fijo de leyes que deben observarse literalmente no deja al juez más incumbencia que la de examinar las acciones de los ciudadanos y juzgarlas conformes o disconformes con la ley escrita; cuando la norma de lo justo o de lo injusto, que debe regir las accciones tanto del ciudadano ignorante como del {ilósofo, no es un asunto • No deja de sc:r¡orpn:ndcmc que un ftlósofo iluscndo, rac:consli$ta, hable de •la (ata! hcencca de ruooar-. Sin embargo, en el c.oncexto 1cnúticode este capitulo el Kntcdo del pcn~~am•ento de Becaria es claro y nada extraño c.o tl. Dado el uceso de uburio judic:cal ( véase la anterior noca mJa) y el uso cas• accmpre rcnsurabk que del mismo hadan los jueces, Bcccaria qucerc reducirlos, hnutarlos, sonKterlos a la ley. Cimo es que ma1nc m la ingenua crccnc•• de que la ley (esa ley clara, sencilla y breve por la que él abo¡a) es susc:epuble de apbcaccón autom6tica y ailogfruca, rllflcb y ain matices. Todo eiJo es consecuencia de su afio de aun«Uir ese: •poder úrtnico interm«<..OJo que en entonces el Judicial. Y tambiEn se rdleja aqul su fe ab$01uta en la ley, como obra n cional de un legi¡lador ilustrado. Lo que Bcccana pmiica aquí (como lu~go lo hari it~ual.tnentc en relación con la clemencia o facultad de indultar) es el ejercicio de la razón J)(lr d lcscslador y la obediencia mcctnica y liu~raJ de los magcstrados a esa ley racional e Inmejorable. Con tale¡ leyes, el olicio de juzpr consiste_meramente en la verifieadón de hechos • los que 1plic:a.r la norma legal. Y &la n una tarea tan sencilla que puede su descmpc~ada por cualquier ecudadano medio. Por ahl desemboca Bcccaña en $U defensa del scSttma de jurados en matena pcnaJ; los RlCIOI"e3 ÍUCCC3 para a son hombres del pu~blo, no lécnicos del Ocrtcho, viciados ya 1 por sus afanes mtcrpretativos y doc:t.nnarios. Pan Bcccaria es la razón natural y no la razón técnica la que debe sc:r fuente e instrumento del Derecho. Por eso Uegari a aclamar (cfr. cap. VIl): o¡Fcliz aquella nación en le que las leyes no fueran una ciencia!• (NOla del traductor.) 49 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 7 de 210
  8. 8. de controverssa, s1no de hecho; entonces, los subduos no estan su¡etos a las pequeóas uranías de muchos, tanto mas crudes cuanto menor es la distancia emre el que sufre y el que hace sufnr, más fatales que lali de uno solo, ya que el despousmo de muchos no es corn:g1ble mas que por el despousmo de uno solo, y la crueldad de un déspota es proporc1onal no a la fuerza, sino a los obstáculos. Así adqUirirían los c1udadanos aquella segundad de sr m1smos que es La justa, puesto que es el fin por el que los hombres están en soc1edad; que es la útil, porque los pone en la tesuura de tener que calcular exactamente los inconvenientes de un dehto. b verdad tamb1én que adqusnnan un espímu de Independencia, pero no ya d1scuudor de las leyes o recalcitrante contra lo~ supremos mag1strados, sino contra aquellos que han osado llamar con el ~agrado nombre de vinud la dcb1hdad de ceder ame sus interesadas o caprichosas op1ruones Estos princ1pios desagradarán a quienes ~e atribuyen el derecho de transmitir n sus mferiores los golpes de tiraní~t que han rec1b1do de los supcriorcl>. De ellos debería yo temerlo todo, si el espíritu de tiraníw fuese compatible con el espintu de lectura. V. Oscuridad de las leyes St la mterpretación de las leyes es un mal, es evsdentemenre otro malla oscundad qu~rrastra consigo necesariamente la interpretación, y lo será mu_y gra.nde loi las Leyes ~~tán escru9:s~a legua extra~a al-pueblo, que lo sttue ba¡o la dependencta de unos pocos, no pudiendo juzgar por sr mismo cuál puede ser la suerte de su libertad o de sus miembros; en una lengua que haga de un hbro solemne y público otro casi pnvado y domésrsco. Cuanto mayor SC!_el numero de los que entiendan y tengan entre In~ manos , el sagrado códtgo de leyes, tanro menos frecuentes seran ~~~ dc:luos, porque .. no hay duda de que la ignorancia yla incertidumbre de las penas favorecen la elocuenc1a de las pasiones7 • ¿Quédebl:remos pensar de los hombre!. si 1 Esre es orro de lo.s pUtllos mis acenados dd penunurnro de Bcccana en romo al Derecho de su uernpo. Derecho que K h1b!a convcrudo m marena caso misrcnosa y sacra!, rnllh&Jblc aólo para lns rnroados en el drfícil ane de dC$C1fnr textos y c:oleccronar crtas csc:ntas en lengua no popular, sino en la!In (lengua usual hasra el srglo XVII de los hbros de Derecho en cur roda Europa), ac:c:csJblc aólo para quienes pudJeran mtne1ar una técnict enrevesada, farraiJOS& y fre~ucnremcnlc distanciada y distanciadora de la realidad. Sectaria defiende un Ouq:~o al alcance de tod~ en cuamo a su conocurucnlo, umh¡iblc por el ciudadano medro al que 111 dmg1d0, y cree en la eliaCla de la claridad, esto es, en la clandad raaonal de Jaley como ..~ de pohuca lesulauva Aunque su desprecio haaa jueces y profe5ton&lcs del Oere.:ho es UCOIYO, no olv1de nunct el lector que lkccana esli rearoonando conrn abusos de tales jurmu, y que en la ccniura snevrtablcmcnte hab•• de caer en eugcracionc que compensaran d abusavo poder que: de he..ho detenllban .qutllos (Nota dd traductor.) so reflexionamo!> que esta es la costumbre wveterada de buena parte de la culta e ilustrada Europa? Una consecuencia de esta últtma reflextón es que sin la escrnura una sociedad no alcanzará nunca una forma estable de gobierno, en que la fuerza sea un efecto del todo y no de las panes, y en que las leyes, sólo alteraoles por la voluntad general, no ~e corrompan al pasar por la multitud de los mteres~ pnvados. La cxpenencta y la razón nos han hecho comprender que la probabtlldad y la certeza de las tradJctones humanas dismmuyen a med1da que se alejan de su fuente. Si no extsuera un momento estable del pacto soctal, ¿cómo reslsunan las leyes a la fuerza inevnable del tiempo y de las pastones? De alú ..c::mos cuán útil es la imprentaJ.. que hace al público, y no sólo a unos pocos, depositarios de las santas leyes, y cuánto ha d~sipado ella el espíritu tenebroso de cábala y de inmgas que va desaparectendo ante. las luces y las ciencia!., aparentemente uesprecmdns, pero realmente temidas por los segwdores de tal esp1ritu. Esta es la causa por la que vemos disminuir en Europa la atrocidad de los dcliOS, que hacían gemu a ~uestros antcpbados, los cuales se converuan, segun las circunstancias, en tiranos o en ~clavos. Quten conozca la histona de hace dos o tres s1glos Yla nuestra podra ver como del seno dellu¡o y de la blandura nacseron las más dulces virtude<.. la humansdad, la beneficencta, la tolerancia de los errores, . humanos. Vera cuáles fueron los efectos de la que equtvocadamente se Uama antigua senctllez y buena fe:: la humarudad gtrruente bajo lú implacable supersuc1ón; la avancta; la ambic1ón de unos pocos tiñendo de sangre humana las arcas del oro y los trono!> de los reyes; los mirustros de la verdad evangélica manchando de sangre las manos que cada día tocaban al Dios de la mansedumbre; todo esto no es obra de este ~1glo ilustrado, que 'd 8algunos llaman corrompt o . VI. De la prision Un error no menos común que contrano al fin social, que es la convicción de la propta seguridad, consiste en de¡ar al arbitrio del magistrado ejecutor de las leyes el prender a un ciu~dan~, el q~itarle la libertad a un enemigo por frívolos pretextos o el de¡ar sm casugo a un • Éste es unu de: lo' pJrrafos mh duros de Bcu:ana contra la lusroria. Cuando ~e cree en la progresiva marcha esclurcedora de la razóo a travt~ de los siglm;, y se ve el presente ilustrado como momento en que la rnon alumbra desde la crma las II!IIOranu~t~ Ylos errores heredados,~ lógu:o extraer la condus10n de que cuah.tuu:r uempo palldu luc peor Bc:ccana, como otros mu~ho~ progtcslsta), no m~t1:un a csrc resptcto Son .an rad1calcs en su enlulco;unW,mo del pssadu como lu lucroo en d Rc:naormcntu quocne~ ranro exalurun pasadu ..cdadc. de oro• N1 un...s ru 011~ eran hrston<kforcs, conocedores CfHICOi de la Hrstorw Nota dd traductor ) 51 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 8 de 210
  9. 9. amigo a pesar de los más fuertes indicios de crinúnalidad. La prisión•es u pena que nece~riamente debe preceder, a diferencia de cualquier otra, a declaración del delito; pero este carácter distintivo no le priva de ot también esencial, esto es, ~ue sólo;J~~ey -de~ermine los casos en que 1 hombre es merecedor de pena. La'.ley, pues, señalará los indicios de l deüto que mep:zcan la cu;todia del re6,-que lo sometan a una investigad( y a una pena.(La pública fama, la huida, la confesión extrajudicial, la de l compañero dedéüto, las amenazas y la constante enemistad con ofendido, el cuerpo del delito y otros indicios semejantes, son prueb1 suficientes para proceder a la prisión de un ciudadano. Pero estas prueb~ deben ser establecidas por la ley y no por los jueces, cuyas decisiones so siempre opuestas a la libertad politica, si no se Lirrutan a ser proposicione particulares derivadas de una máxima general contenida en el códig- públi~oj A medida que las penas vayan siendo moderadas, que se elimine• la miseria y el hambre de las cárceles, que la compasión y la humanida( penetren más allá de las rejas, inspirando a los inexorables y endurecido: ministros de la justicia, las leyes podrán contentarse con indicios cada ve¡ más débiles para proceder a prisión. . Un hombre acusado de un de1ito, encarcelado y absuelto, no debiera llevar consigo ninguna nota de infamia. ¡Cuántos romanos acusados de gravrsimos delitos y encontrados luego inocentes fueron reverenciados por el pueblo y honrados con la magistratura!¿Por qué causa es tan distinto en nuestro tiempo el triunfo de un inocente? Porque parece qué en c:l actual sistema crirninal, según la opinión de los hombres, prevalece la idea de la fuera~ y de la prepotencia a la de la justicia; porque se arroja confusamen- te en la misma caverna a los acusados y a los convictos; porque la prisión es más bien un supücio que una custodia del reo, y porque la fuerza interna, tutora de las leyes, está separada de la externa, defensora del trono y de las naciones, cuando debieran estar unidas. Si así fuera, la primera estaría, por medio del apoyo común de las leyes, combinada con la facultad judicial, aunque no dependiendo de ésta con potestad inmediata; y la gloria que acompaña a la pompa y el fasto de un cuerpo militar borraría la infamia, que como todos los sentimientos populares afecta más aJ modo que a la cosa: lo que se prueba por el hecho de ser las prisiones militares, según común opinión, no tan infamantes como las forenses. Aún persisten en el pueblo, en las costumbres y en las leyes, siempre más de un siglo atrasadas en bondad a las luces actuales de una nación, aún persisten, las bárbaras huellas y las feroces ideas de nuestros antepasados, Jos cazadores del Norte. 52 r l l r [ www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 9 de 210
  10. 10. q~~ los ~untos humanos. ¿Por qué comprometer, pues, los unos con los ou-os? ¿Por qué poner al hombre en la terrible contcadic~ón de o faltar ~ Dios o contribUir a la propia ruina? De este modo, la ley que manda tal !Uramen~ ,9phga! ser o mal cri!.ti~ o mártir. El juramento se convierte poco a f>OCC! en una simple formalidad, desi;.uyéndose d~esta ~era la fuera <!e los sentimientos.d~ la re~í60,Uruca sárantrade lahOñeiliruid de l l~ mayor parte de los hombres. La experiencta ha hecho ver cuán inútiles , ~on los juramentos, pues cualquier juez puede ~rme testigo de que ru;;gún ¡ur~enw ha hecho jamas decir la verdad a mngun reo; lo hace ver la razon, que declara inúulc~> y, por consecuencia, dañosas todas las leyes que se opongan a los sentimientos naturales del hombre. Sucede a estas leyes lo que a los diques mmedJUtamente opuestos al cur:.o de un río· o son i~ediatamente abalidos y desbordados, o un torbellino formado ~r eUos rrusmos los corroe y los mina insensiblemente. Xll. De la tortura . Una crueldad consagrada por el uso en la mayor parte de las naciones es la tQtJ!lta del reo m1entra:. se forma el proce!>O, bien para consu-eñirlo a ~nfesar un delito, b1en por las coÓtrad'jccJOn~ en que hubiere incumdo, ?ten para ~escubnr a los cómphces, bien por no sé qué metafísica e mcomprens1ble purgación de mfamia, o bien, fmalmente, por ottos deütos ~ los que pudiera ser culpable, pero de los que no está acusado. . Un ho~bre no puede ser llamado culpable antes de la sentencia del juez, ru 1~ _soc1edad p.uede quitarle la protección pública sino cuando se haya dec1dido que v1oló los pactos con los que aquella protección le fue acordada. ¿Cuál es, pues, c:l derecho, sino el de la fuerza, que concede poder a un juez para aphcar una pena a un cmdadano tmenu-as se duda sj es culpable o inocente? No es nuevo este dilema o el delito t!> cieno o incierto; si es cierto, no le corresponde otra pena que la establecida por las leyes, Ylos tormentos on mutiles en tal caso, como anútil es la confesjón del ~eo; si es incJerto, no se debe: atormentar a un inocenre, porque tal es segun las leyes un hombre cuyos delitos no están probados. ~ v ¿~uá!.~ ~fin P911tico {le.l~s penªs? El terror de los otros hombres. Pero ¿~ué_iwcio debere~os emitir sobre los suplicios secretosy prh.ados que la ~uarua del uso ~¡erce sobre los culpables y sobre los inocentes? ~s unponante qu.e rung_ún ~ehto pa~ente quede impune; pero es int!_ti! qu~. se descubra a q~ren comeuó un deht9 ql!e está sepultado en !as tinjeblas. Un ma~ ya comeu?o Ypara el que no hay remedio no puede ser castigado por la soc1ed.ad poliuca más que en cuanto influya sobre Jos otros hombres con el atractivo de la impurudad. Puesto 9..!!_e Ciertamente es mayor el número de 60 f" los homEres que, o por temor o por vinud, respetan las leyes que el de Jos que las infnngen, el riesgo de atormentar a un inocente debe estimarse tanto mayor cuanto mayor es la probabilidad de que un hombre en igualdad de circunstancias las haya respetado en vez de infringido. Pero yo añado, además, que es querer confund1r todas las relaciones, c:x.igu que un hombre sea al miS!JlO tiempo acusador-y acusado; que el dolor se convierta ep cnsol de la verdad, como si el criterio de: eUa residiera en los músculos y en los nervios de un desgrac~ado. La ley que Impone la tortura es una ley que d.Jce· J/ombrts, rtnsnd al dolor; sr la naturaleza Ita creado tn vosotros un mexungurble amor prop1o, n os Ita dado un inalrtnuble dtrtclto a vuestra defensa, yo creo tn oosotros un afecto completamente contrano, es decir, un odio lttroJCo contra oosotros mrmws, y os mando que os acuseiS y que drgárs la verdad tncluso tntre el desgarramrento de vuestros músculos y el descoyuntamiento de vuestros huesos. Este infante crisol de la verdad es un monumento todavía subsistente de ~ anligua t_~~~aje legisla~ió.n, cuando eran llamadas jurc1os de Dros las pruebas del fuego y del agua hirviente y la incierta suerte de las armas; como si los anillos de la eterna cadena que est.á en el seno de la Primera Causa debre.ran a cada momento desordenarse o separuse por las frívolas deClsion.es de los hombres. La unica d.iferenc1a que hay emrc: la tortura y las pruebas del fuego y del agua rurvieote es que el resultado de la primera parece depender de la voluntad del reo y el de las segundas de un hecho puramente fisico y extnnseco; pero esta d1ferencia es sólo aparente y no real. H~~ tan ~a libertad ab9ra p~ dec1r la verdad entre espasmos y d_e~sarro~ como la había entonces para impedir sin fraude los efectos dd fuego y del agua hirviente. Todo acto de nuesu-a voluntad es ltJCmpre · proporcionado a la fu~rza de la impresión sensible que es su fuente; y la 1 ~Sll>ilidad de todo hombre es l~r!mada. Por ello, la impresión d~: dolo• puede crecer hasta tal punto que, ocupándolo todo, no deje mas libc:nad al torturado que la de escoger eJ camino más corto en el momento presente para sustraef!>e a la pena. La respuesta del reo es entonces tan necesana como antes las 1mpres1ones del fuego y deJ agua. Y as1, elmocente sensibl_e se declarara culpable SI cree hacer cesar con ello el tormento. Toda diferencia entre ellos --elmocente y el culpable-- desaparece por el nusmo medio que se pretende emplear para encontrarla. Éste es un medio seguro para absolver a los criminales robustos y c9pdenar a los inocentes ~ébiles. He aquí los falsos inconvenientes de este pretendido criterio ~e verdad: criterio digno de un caníbal, y que los romanos - bárbaros tambien eUos por más de un lítulo- reservaban exclusivamente a los esclavos, víctimas de una feroz y demasiado alabada virtud. De dos hombres igualmente inocentes o igualmente culpables, será absuelto el robusto y valeroso, será condenado el naco y lim1do, en vJrtud 61 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 10 de 210
  11. 11. de este exacto raciocinio: Yo, JUtZ, tlehía encontraros reos de tal delato; tú, vtgoroso, has sabido reststir al dolor y, por tanto, te abruelvo; tú, débtl, has cedido o il y, por tanto, ce condeno. Si que lo confesión arrancada entre tomtentos 110 llene fuerzo alguna, pero os atormentaré de nuevo si no conjirmáu lo que habhs umfesado. El rcs11ltado, pues, de la tortura es un asumo de temperamento y de clilculo, que varia en cada hombre en proporción a su robustez y sens1hllidad; tan es así, que con este método un matemático resolverla me¡or 'lliC un juez este problema: dada la fuerza de los músculos y la sens1hdidad de los nervios de un inocente, encuéntrese el grado de dolor que le hará confesarse culpable de un delito determinado. El imerrogatono de un reo se hace para conocer la verdad; pero si esta verdad se descubre difícilmente en el aire, en el gesto, en la fisonomja de un homhrc tranquilo, mucho menos se descubrirá en un hombre en quien las convulsiones del dolor alteran todos los signos por los cuales del rostro de la mayor parte de los hombres se trasluce -a veces a pesar suyo-- la verdad. Toda acción violenta confunde y hace desaparecer las mínim:1s diferencias de los objetos por las que se distingue a veces lo verdadero de lo falso. Una extraña consecuencia que se deriva necesariamente del uso de la tortura es que al inocente se le coloca en peor condición que al culpable; pues, si a ambos se les aplica el tormento, el primero tiene todas las combinaciones contrarias; porque o confiesa el delito, y es condenado, o es declarado inocente, y ha sufrido una pena indebida. Pero el culpable tiene una posibilidad a su favor; pues, en efecto, cuando habiendo resistido con finneza la tortura debe ser absuelto como inocente, ha cambiado una pena mayor por otra menor. Así pues, mientras el inocente no puede más que perder, el culpable puede ganar. Finalmente, esta verdad es comprendida aunque confusamente por los mismos que se apartan de ella. No vale la confesión hecha durante la tortura si no está ratificada bajo juramenro después de cesar aquélla; pero si el reo no confirma el delito, es de nuevo torturado. Algunos doctores y algunas naciones no permiten esta infame petición de principio más que por tres veces; otras naciones y otros doctores la dejan al arbitrio del juez. Es superfluo reiterar los argumentos citando los annumerablcs ejemplos de inocentes que '>e confesaron culpables por causa de los espasmos de la tortura; no hay nac1ón ni época que no cite los suyos; pero ni los hombres cambian ni sacan ~.:onsecuencias. No hay hombre e va llevado sus ideas más allá de las necesidades de la vida, sin que a >!Z haya corrido hacia la naturaleza que lo llama con voces secretas y e' .sas; pero el uso, tirano de las mentes, lo rechaza y lo ahuyenta asustado. El segundo motivo es la tortura que se da a los supuestos culpables 62 cuando en su Interrogatorio caen en contradicciones; como si el temor de la pena, la incertidumbre del juicio, el aparato y majestad del juez, la ignorancia común a casi todos los criminales y los inocentes, no debieran hacer caer probablemente e.n contradicción tanto al inocente que teme como al culpable que trata de encubrirse; como si las contradicciones, frecuentes en los hombres cuando están tranquilos, no debieran multipli- carse en el ámmo turbado, completamente absorto por el pensamiento de salvarse del mminentc peligro. ~~da la tortura_.Rara descul?.dr si _eLculpa~l~ lo es por otros deUtos al marg~n de aql!ellq_s_P.QUQ.L que ~s__a<;_usado; Jo cual equivale a este raciocinio: Tú eres culpable de w1 delito; por tanto, es posible que lo seas de otros CJento; esta duda me pesay qwero cerctorarme con mi criterio de verdad: las leyes te atormeman porque eres reo, porque puedes ser reo, porque quiero que seas reo. Se da la tortura a un acusado para descubrir los cómplices de su delito. Pero si está dem06trado que no es un medio oportuno para descubrir la verdad, ¿cómo podrá servir para desvelar a los cómplkes, que es una de las verdades a descubrir? Como si el hombre que se acusa a sí mismo no acusase más fácilmeme a los otros. ¿Es justo atormentar a los hombres por el delito de otro? ¿No se descubrirán los cómplices por el interrogatorio de los testigos, por el interrogatorio del reo, por las pruebas y el cuerpo del delito, en suma, por todos los mismos medios que deben servir para imputar con certe7.a el delito al acusado? Los cómplices huyen, por lo general, inmediatamente después de la prisión del compañero; la incerti- dumbre de su suerte los condena por sí sola al exilio, y übera a la nación del peligro de nuevas ofensas, m1entras la pena del reo que está en la cárcel logra su único fin, que es apanar con el terror a los demás hombres de un delito semejante. Otro ridículo motivo de la tortura es la purgación de la infamia~ decir, que un hombre juzgado infame por las leyes debe confirmar-sude~tlfración con el dislocarniento de sus hueso-;!Este abuso no debiera rolerarse en el siglo XVIII. Se cree que el dolor, c(ue es una sensación, purga la infamia, que es una mera relación moral. ¿Es acaso un crisol? ¿Y la infamia es quizá un cuerpo mixto impuro? Por el contrario, la infam1a es un senlimiento no sujeto ni a las leyes, ni a la razón, sino a la opinión común. La tortura misma causa una infamia real a quien es su víctima; de modo que con este método se quitará la infamia dando la infarrua. No es difícil remontarse al origen de esta ridícula ley, porque los mismos absurdos que son adoptados por una nación entera guardan siempre alguna relación con otras ideas comunes y respetadas ¡}or la nación misma. Este uso parece lomado de las ideas religiosas y espirituales que tanta influencia tW:nen sobre los pcnsamjentos de los hombres, sobre las naciones y sobre 63 .. www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 11 de 210
  12. 12. las épocas. Un dogma infalible nos asegura que las manc:has contr;ud.ts por la humana debtlldad y que no hayan merecido la tra eterna del Gran Ser deben ser purgadas por un fuego incomprensible¡ ahora bten la mfamia es una mancha CIVJI, y ast como el dolor y el fuego quttan las manchas espimuaJes e mcorpóreas, ¿por qué los espasmos de la tortura no han de qunar la mancha CIVIl que es la mfamia? Creo que la confestón del reo, que en algunos tribunales se exige como esencial para la condena, uene un origen semeJante; porque en el mistenoso tribunal de la penJtenua la confes1on de los pecados es parte esencial del sacramento lle aqu1 cómo los hombres abusan de las más seguras luces de la Revelactón; y como éstas son las únicas que subsisten en los uempos de tgnorancta, a ellas recurre la dóc1l humarudad en todas las ocastones, hactendo de las mtsmas las más absurdas y remotas aplicaciones. Estas verdades fueron conocidas por los legisladore) rumanos, entre los cuaJes no se encuentra aphcada tortura alguna más que sobre los esclavo~·, a quienes se les privaba de toda personalidad; esllin adoptadas c:n Inglaterra, nación en que la gloria de las letras, la superiondad del comercio y de las riquezas y, por tanto, dd poder, y los ejemplos de virtud y de valor no nos permiten dudar de la bondad de sus leyes. La tortura ha sido aboltda en Suecia: abolida por uno de los más sabtos monarca:, de Europa, que habiendo llevado la filosofía hasta el trono, legtslador amigo de su!> súbditos, lo~ ha hecho iguales y libres en la dependencia de las leyes, que es la úruca tgualdad y libertad que Jos hombres razonables pueden eXJglr en el presente estado de cosas. La tortura no es constderada necesaria por las leyes de los ejércitos, compuestos en su mayor parte por la hez de las naciones, en los que por ello parecería que debiera scrvtr me1or que en cualqu1er otra parte. ¡Extraña cosa es, para quien no considere cuán grande es la tiranía del uso, que las pacíficas leyes deban aprender de los árumos endurecidos en las matanzas y en la sangre el más humano método de JUZgar! 1 '. 11 He aqul uno de loo cap1tulos mis c:cnuos, mh famMOS y mh eficaces del hbro dt: Bttcana J'oco 1mporn al lector no erudito que fM1rtc de los datos y ar¡¡umcntos encerrados en estos párrafos pro.e.Jan (como afirman algunos crfuc<» 1tahanos actuales) Jc P1ctro Vcm, el mentor de Bcccana En todo caso, qu1cn lO$ .d1vulg6, qu1cn construyó con ellos un capnulo coherente, apuionado, smtéúco y noblemente efecusca, fue Becan• Otro ac1erto suyo consuuó en no de~ga1ar la c.ensun contnla tonun de 1dcnuco JUICIO condenatono contntodo el SIStema procesal penal. Era Imposible sustituir la topun PQ{ otra~ pruebas mh obJetivas, stn SUiiiiUtr ~al mismo uempo todo el proceso penal (of~s~vo,' -<omo lo llama lkc:can.e en el cap. XL,- por otro de ClráCtcr meramente rt(lfomuuv~· Beccana fue, qwzí, d "nmero en comprcnllcrlo asl y en asl escribirlo En e$te punto, su vehemente y ra;:Clllada condena ¡upera en mucho al comentarto que sobr«: la tortura cscnbió Montesqu1eu, de quten tantas otru 1deu tomó B~aJta Sobre 11 tonura como 1nsutuc1ón IUrídta procesal, recomiendo al lector mtcrcsado la SIJUtcntc btbltognfla btita. FtOitELLI, Plcro; lA 1cmna l'~a Atl D1n11D Com~m~. Ci1ufr~, 64 Procesos y prescripciones ConOCidas las prueb;b y avenguada la certela del dehtu es necesario conceder al reo el uempo y Jos med1os oportunos para iuMJfi~arse; pero tiempo tan breve que no perjudique a la prontuud de la pena, que se ha comprobado es uno de los pnnc1pales freno~ de los dehtos. Un mal entendido amor a la humurudad parece contrario a eMa brevedad de Ut:mpo; perO toda duda Se de~vanece SI Se renextOna q~c Jo~ pehgroS que corre la inocencia aumentan ~:on loo, deft:cto~ de la lcgtslaCión. Pero las leye~ deben f11ar un ClértO plazo de uempo tanto para la defensa del reo, como para las pruebas de los dduos; y el JUCt. se converu na en un legislador s1hubu:se de decidir el uc:mpo necesario para probar un dehto Del mismo modo, los dchtol> atroces, de lo~ cuales queda larga m~m~~Ja en los hombres, cuando sean probJdos, no merecen ninguna prescnpCJon c:n favor del reo que se haya sustratdo con su huida; pero los dchtol> menorel> Y oscuros deben quuar con la prescripctón la mcertidumbre acerca de la suerte de un ciudadano, porque la oscundnd en que hayan esta~o cnvu.dtos durante largo ·tiempo los dclitol> chnuna el atracuvo de la 1mpuntdnd, mientras que permanece en el reo la po&ib1hdad de mc¡orar. ~astcmc senalar estos prtncipios; porque no es posible fijar un límite pr:c1so, más que para una leg1slación dada y en las dctermma.das circunstancias de una sociedad· añadire solamente que, ptobada la uuhdad de las penas modera- das en u~a nac1ón, las leyes que rcdulcan o aumenten en proporción a lo~ dehtos elllllJTlpo de la prescnpción o el plazo de las prueba~. formando aSJ de la misma carccl o del desuérro volunumo una parte de la pena, ~uministrarin una fácil divtstón de unas pocas penas suaves para un gran numero de dehtos. Pero estos plazos no aumentarán en proporc1on exacta a la atrocidad de los delitos, porq1.1c la probartiltdad de los delitos esta en razón mve~ _a su atrocidad. Debera, pues, d1sminUJr~e el período de la mves~1g~~ton Y aumentar el de la presc.npc.tón¡ lo cual parecería estar en concradicCJon ~on Jo que he dicho, es decir, que pueden dar~e pena~ t~u..Jes a ~elíto~ desiguales valorando eluempo de la cárcel o de la prescnpctón, antenores a la sentencta, como una pena. Para exphcar al lector nu idea, distingo dos cd., M11an, 1, 1953, y 11 , 19H. MFILOR, /lec· l.u ID<Iwrl, París, 19-19, F. CAl~, vo:t • fonura», en Elllteloptdro uoltDna, v:JI XXXIV , ahorl rc¡mlduoda en len AnnDit dr.StoniJ dtl D.nuo, IX, 196S, p:lg~ 402·06 1'4n tu rrl~uvo 1 los Derechos h1spán1cos, cfr MARTtNEZ Dtu• Gonulo: aLa tonur~ tlldlclll en la leg1d¡cu>n !llStOn¡;4 cspGnola•, «=n d Anuano dt /lli11Jnll ,J,t Duulw tspan~~l, XXXII , 1962, 223 lOO Tamhten puede vcnc m1 trabajo e(..¡¡ tihuN e11pa Y~a aboliciÓn de la tonurJ 1ud1CtJI en E;paruo, en los 1nalts Jt lo Unll•tutdud dt La lAguna. • 1963· 1964, pegmas 2S S9. (Nota dd tradut~or ) 65 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 12 de 210
  13. 13. humanidad no puede ser más que un pasajero furor, pero nunca un sistema constante, como deben serlo las leyes; que, si en verdad son crueles, o se cambian, o nace la impunjdad· fatalmente de ellas mismas. Concluyo con esta reflexión: la magnüud de las penas debe ser relativa al estado de la nación rllisma. Deben ser más fuertes y sensibles las impresiones sobre los ánimos endurecidos de un pueblo apenas salido del estado salvaje: se requiere un rayo para abatir al feroz león que se revuelve al golpe del fusil. Pero a medida que los árumos se suavizan en el esr,ado de sociedad, crece la sensibilidad y, creciendo ésta, debe disminuirse la fuerza de las penas si quiere mantenerse constante la relación entre el objeto y la sensación. XVI. De la pena de muerte Esta inútil prodigalidad de los suplicíos que no ha hecho nunca mejores a los hombres, me ha impulsado a examinar si la pena de muerte es verdaderamente útil y justa en un gobierno bien organizado. ¿Cuál puede ser el derecho que se atribuyan los hombres para matar cruelmente a sus semejantes? No ciertamente aquel del que se derivan la soberanía y las leyes. Éstas no son más que una suma de mínimas porciones de la libertad privada de cada uno, y representan la voluntad general, que es el agregado de las voluntades particulares. ¿Quién ha querido jamás dejar a otros hombres el arbitrio de matarlo? ¿Cómo en el mírumo sacrificio de la libertad de cada uno puede incluirse el del máximo entre todos los bienes, la vida? y si así fuese, ¿cómo conciliar tal principio con el otro, según el cual el hombre no es dueño para matarse? Debería serlo, para que hubiera podido conceder a otros, o a la sociedad entera, este derecho. _ No es1 pues, la pena de muerte U!l.tf!.r~..f~!''- y~q!!~.~-~9_e_!ll~str~_q qu~ ~~ .P.,Uede serlo, si11_<! un.a g!Jerr!i_d~Jª-I!a!:_Íq~~o~ ~~ ~!~~?_<!.~~~_, -~~g~~jlf~ga (t :t_ecesaria o útil 1~ des_!!'ucc!óru!_e_!;!Q._s_c:_~:- pero si demuestro que la muerte no es ni útil ru necesaria, habré ganado la causa de la humanidad. No puede considerarse necesaria la muerte de un ciud.adano más que por dos morivos. El primero, cuando aun privado de tiberrad tenga todavía tales relaciones y tal poder, que interese a la seguridad de la nación; cuando su existencia pueda producic..-unl revolución peligrosa en la forma de ,...-gobierno establecida. ~a-~uene )de -~~ciudadan~-':.Í~E.=...a ser,_puest !.!~~i~..c~ando_!~ Qasión_r.ei;o;bfá P.P.ierde su ~~rta_Q, _O.:.@ elJ!.~~P.9 si~tª n , ' .f narc¡uJ;i).. ~~~-do_l..~-~ór~q~~ll!os h~~en_~I_ P.~.P.~l~e._!e>.:_es; per~ -<"f; . /' ) durante"el tranquilo reinado aelas leyes, en una forma de gobierno en pro - ''de la .cual esiáñ n~·unidos los VOtOS de la ñadón: bien- provista h;i"cTa ~~ -· - e'Xleñürfhacia adentiode la fuerza y·de-la opiruón -<!üiifinás-eficazque ~ --·-~- !L~()~V , ~-1JI:. f'l -:;(',.,. '' ..¡ , ..1 J ( •._ , 71 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 13 de 210
  14. 14. r f . '11 ¡ .11 1 la fuerza misma-, donde el mando no reside sino en el verdadero sober~no, donde las riquezas compran placeres y no autoridad, no veo yo neccs1dad alguna de destruir a un ciudadano, sino cuando su muene fuese el verdadero Yúnico freno para disuadir a los demás de cometer delitos· lo que constituye el segundo motivo por el que puede considerarse just~ v necesaria la pena de muerte. • Si la ex~eriencia de todos Jos siglos, en los que el último supücio jamás ha cont~rudo a los hombres decididos a ofender a La sociedad; si el ejemplo de los CIUdadanos romanos y el de veinte años de reinado de la emperatriz Jsabel de Rusia, en los cuales dio a los padres de los pueblos este ilustre ejemplo que equivale por lo menos a muchas conquistas compradas con la sangre de los hijos de la patria; si todo esro no persuadiese a los hombres para ~uienes el lenguaje de la razón es siem pre sosprchoso, y eficaz el de L~ autondad, bastaría consultar la naturaleza del hombre para comprender la verdad de mi afirmación . No es la in~nsidad de la pena lo que hace mayor efecto sobre el ánimo huma~o> sino su .duración¡ I?Orque nuestra sensibilidad es más fácil. y establemente movida por mínimas pero repetidas impresiones que por un fuerre pero pasajero impulso. El imperio de la coslUmbre es universal sobre tOdo ~er que siente; Y así como el hombre habla y anda y atiende a sus neces1d~des con ·la ayuda de ella, así las ideas morales no se graban en la , men~e smo por_duraderas y reiteradas impresiones. J:-Jo es .el terrj~J~_, pero P.~~aJ~ro e~pectaculo de la muerte de un criminal, sino el largo y penoso ejemplO de Un hombre privado de libertad, que COnvertido en b~estia d'f servi~io recompensa con sus fatigas a la-sociedad que ha ofendido, lo que consutuye el freno más fuerte contra los delitos. Aquel estribillo frecuenti- siman;tente re~tido ~entro de nosotros mismos, y por ello eficaz, que dice: - ' Yo .mmno sere redUCidO a tan larga y mísera condiCIÓn SI cometo semejames 1 dehto~, es mucho más poderoso que la idea de la muene, que los hombres ven Siem pre en una oscura lontananza. La pena de muerte produce una impresión que con su fuerza no suple al rápido olvido, naLUral en el hombre incluso en reladón con las cosas más e~enciales, y acelerado por las pasiones. Regla general: 1ª-L.P_~it?Qes Y.!ole~.~aLsorprenden a los hombres, péro no duranre largo tiempo, y por ello son aptas para hacer aquellas revoluciones que transfo~man a· los hom bres vulgares en persas o en lacedemonios; pero en un libre y tranquilo gobierno las impresiom:s deben ser más fre.cuenres que fuertes. La ~eoa de muerte llega a ser una espectáculo para la mayor parte, y un ~bJ~lo de compasión mezclada con desdén para algunos: estos dos senUffi.lentos ocupan el ánimo de Jos espectadores más que el saludable terr~r que la l~y _pretende inspirar. Pero en las penas moderadas y conunuas el seounuento predominante es el último, porque es el único que 72 inspiran. Ellúnite que debiera fijar el kg1slador al rigor de las penas parece consistir en el senúmiento de compasión, cuando comienza a prevalecer sobre todos los demás en el ánirno de los espectadores de un suplicio, aplicado más en atención a ellos que por el reo. Para que una. pena sea justa no debe tener más srados de imensidad que " los suficientes para apanar de los delitos a los hombn:s. Ahora bien: no hay nadie que, reflex.ionándolo, pueda elegir La total y perpetua pérdida de la propia libertad, por muy ventajoso que pueda serie un delito. Por tamo, la intensidad de la pena de la esclavimd perpetua sustituyendo a la pena de muerte: bastá ·para disuadir a~ualquier ánimo resuello. Añado que hay más aún. -Muc!lis.íiños--miran ta muene ~con rostro tranquilo y firme; algunos por fanatismo, Olros por vanidad, que casi stempre acompaña al hombre más allá de la tumba, otro~ por un úllimo y desesperado intento de no vi,•ir más o salir de la miseria; pero ni el fanatismo ni la vanidad permanecen enrre los grillos o las cadenas, bajo el palo, bajo el yugo, en una jaula de hierro; el desesperado r.o termina sus males, sino que Jos empieza. Nl,_l_(;~Jro ánimo resiste mejor a la violencia y a los dolores extremados pero pasajeros que aJ tiempo y a la incesante molestia; porque, por decirlo así, puede condensarse tOdo él durante un momento para rechazar los primeros, pero su vigorosa elasticidad no basta para resistir a la larga y repetida acción de los segundos. Con la pena de muerte, cada ejemplo que se d:t a la nación supone un delito; en la pena de esclavüud perpetua un solo delito da muchísimos y duraderos ejemplos: y puesto que es importante que los hombres vean a menudo el poder de las leyes, las penas de muerte no debieran ser muy distantes entre sí; por tanto, suponen la frecuencia de los deutos; luego para que este supl.ici<fsea útil es preciso que no haga sobre los hombres toda la impresión que debiera hacer, es decir, que~ sea útil y no útil al mismo tic.:mpo. A quien dijese que la esclavitud perpetua es tan dolorosa como la muene y, por tanto, igualmen- te cruel, le respondería que quizá incluso lo sea más sumando tOdos los momentos infelices de la esclavitud; pero éstos están repartidos durante toda la vida y aquélla ejerce toda su fuerza en un momento: y ésra es la veptaja de la pena de esclavitud , que atemoriza más a quien la ve que a quien la sufre; porque el primero considera toda la suma de los momeotos desdichados, mientras que el segundo, por la desgracia del momenro presente, queda distraído de la futura. Todos los males se agrandan en la imaginación; y quien sufre encuentra compensaciones y consuelos no conocidos ni creídos por los espectadores, que sustituyen su propia sensibilidad en el ánimo encallecido del desdichado. He aquí aprox.imadamenre el razonamiento que hace un ladrón o un asesino que no tiene orro freno para no violar las leyes que la horca o la rueda. Sé bien que el desarrollar los sentimientos del propio ánimo es un 73 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 14 de 210
  15. 15. • arte que se aprende con la educación; pero porque un ladrón no sepa expresar b1en sus pnnc1p1os, no por eso obran menos en él. ~·Qué leyes son estas r¡ue debo yo respetar, pero qul' deJall una tan gran drsta11rw entre el neo y yo? Hl me mega el solano que :yo le p1do, y se excusa co11 encommdarme 1m trabaJO que no conOC"e. ¿QUién ha hecho estas leyes? Hombres ricos_v poderosos que no se han d1gnad() nunca VIS11arlas tnstes caboltlls del pobte, que nunca han repamdo un pan enmoheCido entre los gntos ~nocentes de los hombnentos hiJitos y las lágnmas de la esposa. Rompamos estos vitu-ulos fatales para la mayorla y útiles para unos pocos e mdolemes manos; ataquemos la InJUStiCia err su ongen Regresaré o 1111 estado de mdependene~a natural, VIVIré libre y feliz durante algun t1empo con los fnuos de m1 valory de m1 mgemo: llegará cal ve:: el día del dolory del arrepemwuento; pero será breve ese 1iempo y tendré u11 d(a de pena a camb10 de muchos años de libertad y de placeres. Converrrdo en rey de unos pocos, corregrré los errores de la fortuna y veré a estos tira11os empalrdecer y temblar en presencia de quien ron un Insultante fausto posponían a sus caballos. a sus perros. Emonce! la religión se presenta a la mente del criminal que de todo abusa, y ofreciéndole un fácil arrcpentimiemo y una casi certidumbre de eterna felicidad, disminuye en mucho el horror de aquella liltima tragedJB. 'rero qu1en ve anre sus ojos un gran número de años o incluso todo el transcurso de la vida que pasaría en la esclavitud y en el dolor en presencia de sus conciudadanos con los cuales vive libre y sociable, esclavo de aquellas leyes por las cuales era protegido, hace una útil comparación de todo eso con la 1ncenidumbre del éxito de sus delitos y con la brevedad del uempo en que gozaria de sus frutos. El ejemplo continuo de los que actualmente ve v1ctimas de la propia irreflexión le produce una impresión mucho más fucne que el espectáculo de un supJjc1o que lo endurece más que lo corrige. No es útil la pena de muerte por el ejemplo de atrocidad que da a los hombres. Si las pas1ones o la necesidad de la guerra han enseñado a derramar la sangre humana, las leyes, moderadoras de la conducta de los hombres, no debieran aumemar el fiero ejemplo, tanto más funesto cuanto que la muerte legal se da con estudio y con formalidades..Me parece un absurdo que las leyes, que son la expresión de la voluntad pública, que d-etestan y casugan el homicidio, lo cometan ellas mismas y, para aíejar a los ciudadanos del ase~in~t.2L.?.rdenen un_ó e~blic?· ¿Cuáles son las verdaderas y más útiles leyes? Aquellos pactos y condicíones que todos querrían observar y proponer cuando calla la voz, siempre escuchada, del interés privado, o se combina con la del interés público. ¿Cuáles son los sentimientos de cada uno sobre la pena de muerte? Leámoslos en los actos de indignación y de desprecio con que cada cual mira al verdugo, que es, sin embargo, un mocente ejecutor de la voluntad pública, un buen 74 ciudadano que contribuye al bien púbhco, el instrumento necesario para la seguridad pública en el interior, com.o los valerosos solda~os) lo son respecto al exterior. ¿Cuál es, pues, el ongen de esta contrad1cc1ón. ¿Y por qué es indeleble en los hombres este sentimiento en detrimento de La razón? Porque los hombres, en lo más secreto de sus .al_mas (parte <:'~e mejor que ninguna otra conserva todavía la forma ongmal de la v1e1a naturaleza), han creído siempre que sus propias vidas no est~ bajo. el poder de nadie, a excepción de la necesidad que con su cetro de hierro nge el umverso. ·Qué han de pensar los hombres al ver a los sabios magistrados Y a los gr~ves sacerdotes de la justicia, que con indiferente tranquili~ad hacen arrastrar con lento aparato a un reo a la muene, y que ouentras un desgraciado se agita en las últimas angustias esperando el golpe fatal, .pasa el juez con insensible frialdad e incluso quizá con secreta complacencia de su propia autoridad a gozar de las comodidades y placeres de la vida?_;Ah! -41irán ellos- estas leyes no son más que pretextos de la f uerza; las meduadas y crueles formalidades de la just~cia no son más.que un l~rrguaje conve~ci~al para inmolamos con mayor segundad, como vfcumas destinadas ~n sacrificw al ídolo insaciable del despotismo. El asesinato, que nos es pred1cado como un temble cnmen, lo vemos, sin embargo, empleado por ellos sm repugnanciaY sin f uror. Va{gámonos del ejemplo. La mutrte violenta nos pareda una escena temble en las descnpctones que de ella se nos hacían, pero ahora la vemos como cueSilón de un momento. ¡Cuánto menos lo será en quien, no esperándola, se ahorra COS! codo la que tiene de doloroso! Tales son las funestas comparaciones que si no con claridad sí al menos confusamente se hacen los hombres predispuestos a cometer delitos, en los cuales, como hemos visto, el abuso de la religión puede más que La religión misma. Si se me opone el ejemplo de casi todos los siglos y de casi toda~ las naciones que han establecido pena de muerte para algunos delitos, responderé que eso se anula ante la verdad contra la que no hay pres- cripción: que la historia de los hombres nos da la idea de un inmenso piélago de errores entre los que flotan pocas y confusas verdades, separadas entre sí por grandes intervalos. Los sacrificios humanos fueron comunes a casi todas las naciones; ¿y quj~n osará disculparnos por eso? Que algunas pocas sociedades y solamente durante poco t~empo se hayan abstenido .de establecer la pena de muerte me es más b1en favorable 4ue contran o; porque ello es conforme a la suerte de las grandes verdades, cuya duración no es más que un relámpago, en comparación con la larga y tenebrosa noche que envuelve a los hombres. No ha llegado todavfa la época afortunada en que la verdad, como hasta ahora el error, pertenezca a la mayoría; y de esta ley universal sólo se han eximido hasta ahora las 75 1 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 15 de 210
  16. 16. verdades que la Sabiduría infinita ha querido separar de las otra!>, al revelarlas. La voz de un filósofo es demasiado débil contra los tumultos y los gritos de tantos que son guiados por la ciega costumbre; pero los pocos sabros que están esparcidos sóbre la faz de la tierra me harán eco en lo íntimo de sus corazones; y sr la verdad pudiera, entre los infinitos obstáculos que la alejan de un monarca (a pesar suyo), Uegar hasta su trono, sepa que le llega con los votos secretos de todos los hombres; sepa que callará ante él la sangrienta fama de los conquistadores; y que La justa posteridad le asignaría el primer lugar entre los pacíficos trofeos de los Titos, Antoninos y Trajanos. ¡Fehz humanidad sr por primera vez se le dictasen tales leyes, ahora que vemos sentarse sobre los tronos de Europa monarcas benefactores, alenta- dores de las vinudcs pacíficas, de las ciencias, de las artes, padres de sus pueblos, ciudadanos coronados, el aumento de cuya autoridad constituye la feücidad de sus súbditos, porque suprime aquel despotismo intermedio, más cruel por menos seguro, por el cual eran sofocados los votos siempre sinceros del pueblo, y siempre faustos cuando pueden llegar hasta el trono! ~ Si ellos, digo, dejan de subsistir Jas antiguas leyes es por consecuencaa de la dificultad infinita de suprimir de los errores la venerada herrumbre de muchos siglos. He aquí un motivo más para que los ciudadanos alustrados esec:n con mayor ardor el continuo acrecentamiento de su autondad 17 • 11 Según Calamandrca (cd y uad. cu , nota 2, pág. 155), •basta lec:r >10 prc¡uacaos tcndcn~aosos el capnulo que aquí comentamos.•., para advcrllr que la fama que "onsadcra 1 Bcccana como el pnmcr absoluto neg4dor de la lcgitimi.Ud de la pena de muerte esti baen fundada• Estas palabra} de Calarnandrea son exageradas. Nt Bcccana fue el opruncr• negador de la pena de muerte na la negó en térmanos realmente ~bsolutos• Bcccana t'lita tnscrto en una hnca de pcnsamaento abohctt~nasra , o por lo menos obferador, de la pena de muerte (cfr. sobre ello GRAVEN, J . •Le probleme de la peine de mort el sa r~appamion en Suissc:a, en la Rlllue d' Cnmano~ " tÜ Polau rulanu¡au, VI, 1152, págs 1-124, t'lipccialmcnte, ~gs 1·33; y mis rectcntementc, cfr PREISI:R, Wolfg.tng. •Dae Gcschacbtc der Todesstrafe scu der Aulklaruns•. en Dat l•ro¡t dtr Todtsmo{t lfJ)()/f Ann.oonm, R. Piper, Vcrlag, Munich, 1962, ~~' 35-4!1, cspecaalmente sobre Occcana, la pág. 42). Por otra parte, es evadentc que el p4rrafo cuarto de este capitulo tmpade caltficar a Occcaria como negador •absoluto• de la pena de muerte Pero más evadente todavía es que Beccaria coml!auó la pena apnal y negó su leguurudad en los térmmos que acaba de ver el lector de este capitulo. Y, sm embargo, autores atahanos de la década de 1930, esto es, en plena ltaha fascista, que seguramente habían leido tarnba~n a Bcccuria, se esforzaron por ocuh:u la actitud abolicionista de tal escritor y, aprovechando fraudulcnt¡mente esos dos mouvos adrrutidos por Oecc:uia en 1764 como cxcepctonales JUStificacaoncs de la pena capnal,lo eliminaron de la serie de penslldorcs enemigos de la pc:llll de muene. El comentario de Uilamandrea arriba c11ado hay que entenderlo como reacción contra esa corriente de pcnala11as fasctstas como Alfredo Rocco. La nusma acutud de Rocco adoptó en 1934 Vincenzo Man1.101 en su Trorroro da Danrro Ptnu/t arolwno stcondo a/ Codau dtl 1930 (vol. lll, Turín, 1934, págs. 55-60, cspccialmctHe, ~~s. S6 S7). La 11/11mo rorw de tales penalista. al uuliur innobkmenre el nombre d~ Geccana y su• 76 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 16 de 210
  17. 17. sJempre contradiclorto cons&gu masmo, ora mvita a la conftanza a los árumos suspicace!'i de los hombres, ora c<;parcc la desconfianza en todos los corazones: en vez de prevenir un dehto, hace nacer ciento. Éstos son los procedimientos de las naciones débiles, cuyas leyes no son más que reparaciones momentancas de un delito rumoso que se derrumba por todas partes. A medida que aumentan las luces en una nación, la buena fe y la confianza recíprocas se hacen necesanas, y cada vez más úenden a confundirse con la verdadera políuca. Los arlificios, las cábalas. los caminus oscuros e indirectos, son generalmente prev1stos y la sensibilidad de todos embota la sensibilidad de cada uno en parucula.-1°. Los mismos siglos de ignorancia. en los que la moral pública obliga a los hombres a obedecer a la privada, sirven de instruccaón y de expenencta a lus siglos ilustrados. Pero las leyes que premian la trau.:ión y que fomentan una guerra clandesuna esparciendo la recíproca sospecha entre los ciudadanos, se oponen a esta tan necesaria reunión de la moral y la política, a la cual los hombres deberían su felicidad, las naciones la paz y el univer so algún intervalo más largo de tranquilidad y de reposo en Jos males que sobre él gravitan. XXDI. Proporción entre los delitos y las penas 't'/o sólo es interés general que no se come1an dchtos, sino que sean mas / raros en prop_orción del mal qu~ acarr; an a la SOCte<fa~~ror tanto, los • obstáculos que aparten a los hombres de los delitos deben ser más.[ucn~ a 1 medida que los delitos sean más contranos al bien púQlico y e~ proporción 1 a los esúmulos que impulsen a ellos. Por ello debe cxtStir una proporción entre los delitos y las penas. Si el placer y el dolor son los motores de los seres sensibles, si entre los motivos que impulsan a los hombres incluso a las más subümes operaciO- nes fueron dispuestos por el invisible Le~islador cl premio y la pena, de la inexacta distribución de éstas naccra aquella contradicción, tanto menos observada cuanto más común, que consiste en que las penas castiguen los delitos que eiJas han hecho nucer. Si una pena igual está establecida para dos Jeljtos que ofenden desigualmente a la sociedad, los hombres no encontrarán un más fuene obstáculo para cometer el mayor delito, si encuentran unido a él un bcneficto mayor. Qt~~en vea establecida la misma 11 ' He a4uí uno de c:~<K pJrrafos de AeHa11.1 rclat•v:Hncnte frecuentes pur desgr-dc:ia- de muv fécd traduccl<m literal. pc:ro de u~curu ~•¡;mfi~.1du. A mi nwdn <.k '•er, lu que qutso decores 4ue rn una nadun en la que ~d re•nntln de la~ luces• estt r~almcntl:' cxtcndodo, son inutile~ los artifictt>< ,..:ahai.IS, portjuc al sc1 J'ICVJIU v¡>rJC•h•dos wdo~ ello~ detan de sereficaces cada unu en rar11cular. n~wn por la cual C >mponen In bucru1 fe ' h:t confiQoza reciprocas, es dcc•r, b (IIIIM de la moral pnvada con la ptlbt.ca u f'<lHt•ta. ( NHia del traductor.) 86 ''."' ".~-·vi)·' ' pena de muerte, por e1cmplo, para quJen mata un faisán y para qu1en a<;csinc a un hombre o fals1fica un es<:rito tmponante, no habrá ninguna diferencia entre es1os tres deütos, destruyéndose de esta manera los :>Cntimienlos morales, obra de muchos siglos y de mucha sangre que lenta y dtftcilmcme se producen en el espíritu humano, para hacer nacer los cuales :.e consideró necesana la ayuda de los más sublimes motivos y tan gran aparato de ~raves formalidades. E!> imposible prevenu- todos los desórdenes en el universal combate de las pasiones humanas. Estas crecen en razón compuesta de la población y del cntrecruLanliento de los mtereses particulares, que no es posible dirigir geométricamente a la pública utilidad. En la aritmética potrtica es necesario sustituir la exactitud matemática por d cálculo de probabilidades. Échese "'" una m1rada o la historia y se verán crecer los desórdenes junto con las fronteras de los imperios; y disminuyendo en la misma proporctón el sentim1en1o nacional, el impulso hacia los delitos crece en razón del interés que cada unu 1oma en los de~órdenes m1smos; por este motivo, la necesidad de agravar las penas va siempre en aumentu. Aquella fuert.a semejante a la de la gravedad que nos impulsa a nuestro btenestar, no se detiene sino a medida de los obstáculos que se le oponen. Lus efectos de esta fuerza constituyen la confusa serie de las acciones humanas: si éstas chocan y se ofenden recíprocamente, las penas --que yo lhlmaré obsráculns polftJCos- impiden su mal efecto sin destruir la causa impulsora, que es la sensibilidad misma inseparable del hombre; y el lcgi'llador hace como el hábil arquitecto, cuyo oficio consiste en oponerse a la!. direcciones ruinosas de la gravedad y en hacer coincidir las que cuntnhuycn a la fuerza del edificio. Dada la necesidad de la reunión de los hombres, dados los pactos que ncccsartamente resultan de la oposición misma de los intereses privados, cncucntrase una escala de desórdenes cuyo primer grado consiste en los que dcstruven Inmediatamente la sociedad, y el último en la mínima injusucta postble hecha a los miembros particulares de ella. Entre estos extremos quedan comprendidas todas las acciones opuestas al bien públi- co, que se llaman dchtos, y todas van decrectendo por grados insensibles desde el más elevado hasta el fnfuno. Si la geometría fuese adaptable a las infinuas y oscuras combmaciones de las accmnes humanas, debiera haber una escala correspondiente de penas que descendiese desde la más fuerte hasta la mas débil; si hubiese una escala exacta y universal de las penas y de los delitos, tendríamos una medida probable y común de los grados de tiranra y de (jbertad, del fondo de humanidad o de malicia de las diversas nacmnes: pero al sabio legislador le bastará con señalar los puntos pnncipales sin perturbar el orden, no decretando para los delitos del pnmcr grado las penas del ultimo. 87 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 17 de 210
  18. 18. XXIV. Medida de los deütos - r, e~ ¡o He~os ~:s·~ cuál es la verdadera medida de los deVtos, es dec.ir' eL1.~.a j J·[a soc1edaj . Esta es una de esas palpables verdades que, a pesar de que no 1 son necesarios para descubrirlas ni cuadrantes ni telescopios, sino que están al alcance de cualquier mediocre inteligencia, sin embargo, por una maravillosa combinación de circunstancias, no son conocidas con firme seguridad más que por unos pocos pensadores, hombres de todas las naciones y de todos los tiempos. Pero las opiniones asiárjcas22, las pasiones revestidas de autondad y de poder han disipado -la mayoría de las veces por impulsos insensibles, orras pocas por v1olemas impresiones sobre la úmida credulidad de los hombres-- las nociones sencillas que qUJZá formaban la primera filosofía de las nacientes sociedades, y a la cual parece que nos reconducen las luces de este siglo, con la mayor firmeza que puede ser suministrada por un examen geométrico, por mil funestas experiencias y por los obstáculos mismos. Erraron quienes creyeron verdadera medida de los delitos la intención de quien los comete. Ésta depende de la impresión actual de los objetos y de la precedente disposición de la mente, las cualc.:s varían en todos los hombres y aun en cada hombre, con la velocísima sucesión de las ideas, de las pasiones y de las circunstancias. Sería, pues, necesario formar no sólo un código particular para cada ciudadano, sino una nueva ley para cada delito. Alguna vez los hombres, con la mejor intención, hacen el mayor mal a la sociedad, y otras con la peor voluntad, le hacen el mayor bien. Otros miden los delitos más por Ja dignidad de la persona ofendida que por su importancia respecto al bien público.· Si ésra fuese la verdadera medida de los delitos, una irreverencia al Ser de los seres debiera castigarse más atrozmente que el asesinaro de un monarca, siendo en tal caso la superioridad de la naturaleza una compensación infinita a la diferencia de la ofensa. Fínalmente, algunos pensaron que la gravedad del pecado interviniese en la medida de los delitos. La falacia de esta opinión saltará a los ojos de un ínruferente observador de las verdaderas relaciones entre los hombres, y entre los hombres y Dios. Las primeras son relaciones de igualdad. La sola 11 Remito al lector a mi n01a 15, en el cap. XV. (Nota del traductor.) 12 •Opiniones despóticas» y •opiniones asullicas• son para 13cccaria expresiones sinónimas: lu asiático es lo tirinico por antonomasia. Europa es el centro del mundo, la cuna y sede de las naciones tlustradas; lo demás es el mundo exterior, ocios patscs bárbaros•, en el mismo stnudo en que lo enn para la Roma impc:riallos que se extendían má$ att3 de los limues dd orbe romano. Por eso, lo pc:rtenc:ciente a esos países es oscuro, no ilum.Jnado todavía por la ra:tón. La expresión se repite varias veces a lo largo del libro, siempre con el mismo sentido dc:specuvo: así, en los capítulos XXI y XL. (Nota dc:l traductor.) 88 necesidad ha hecho nacer del choque de las pasiones y de las oposiciones de intereses laj_d~a de la uti{jdflt! fOmqr¡,.que es la base de la jusúcia humana; las segundas son relaciones de dependencia de un Ser perfecto y creador, qut: se ha reservado a sí solo el derecho de ser legislador y juez al mismo tiempo, porqut: sólo Él púede serlo sin inconveniente. Si ha establecido penas eternas para quien desobedece a su omnipotencia, ¿quién será el insecto que ose suplir la divina justicia, que qu1cra vengar al Ser que se basra a sí mismo, que no puede recibir de los ObJetos impresión alguna de placer o de dolor, y que es el único entre todo:; los seres que obra s1n resistencia? La gravedad del pecado depende de la inescrutable malicia del corazón, la cual no puede ser conocida por los ~eres fmitos sin revelación: ¿cómo, pue:., se la tomará por norma para castigar los delitos? Podrían en este caso lo!. hombres castigar cuando Dio:-. perdona y perdonar cuando Dios castiga. Si los hombres pueden estar en contradicción con el Omnipotente al ofenderlo, también put:den estarlo al casúgar. XXV. División de los delitos Algunos delitos dt:s~~yen inmediaramente la sociedad o a quien la representa; otros ofenden la privada seguridad de un ciudadano en la vida, en los bienes o en el honor; algunos otros son acciones contrarias a lo que cada u.no está obligasJo a h~cer o no hacer en arención al bien público. Cual4uier acci~n no comprendida entre los dos an[cdichos límites no puede ser llamada delito, o punida como ral, sino por quienes encuenrran su inrerés en llamarla así. La incertidumbre de estos límires ha producido en las naciones una moral que conrradice a la legislación; actuales legislaciones que se excluyen recíprocamente; una muJtirud de leyes que expo~c:n al más sabio a las penas más rigurosas; y, como consecuencia, el hacerse vagos y Ouctuanres los conceptos de vicio y virtud, de donde nace la incertidumbre de la propia existencia, que produce el letargo y el sueño fatal en los cuerpos políticos. La opínión de que cada ciudadano debe rener poder para hacer todo lo que no es contrario a las leyes, sin temer por ello otro inconveniente que d que pueda nacer de la acción misma, es el dogma político que debiera ser creído por los pueblos y predicado por los supremos magistrados junto con la incorrupra custodia de 13s leyes; dogma sagrado sin el cual no puede haber legítima sociedad; justa recompensa al sacrificio hecho por los hombres de aquella acción universal sobre rodas las cosas, que es común a todo ser sensjblc y está limitada solamente por las propias fuerzas. Esto hace a los ánimos Jjbres y vigorosos y a las mentes arriesgadas; hace a los hombres virtuosos, pero con aquella virtud que sabe 89 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 18 de 210
  19. 19. del juet; para que uno pruebe ser inocente debe ser pruneramcntc dcdarado reo, eso lhimase hacer un proceso oferuiw: y así son los procedimu.:nros crammaJes en el siglo XVIII en casi todos los lugares de la ilustrada Europa. El verdadero proceso, el mfomuwvo, es decir, la investigación indiferente del hecho, el que la razón manda; el que emplean las leves militares, usado incluso por el despotismo asiático en los casos o;cnc.illos e indiferentes, es muy poco usado en los tribunales europeos. ¡Que complicado labcrmto de extraños absurdos, sin duda increíbles para la más feliz fXl'>lcridud! SóiCllos úlósofos de aquel tiempo futuro leerán en la nawralc7.a del hombre la posible verificación de tal sistema. XLI. Cómo se previenen los delitos Es mejor prevenir los delitos que punirlos35 • Éste es el fin principa! de ~..1~ -_..__ --~ - .. . . ,, toda buena le~f!!tación, que es el arte de conducir a los hombres al máximo · de felicidad o al mírúmo de infelicidad posible, por hablar según todos los cálculos de los bienes y de los males de la vida. Pero los medios empleados hasta ahora ()Oll generalmente falsos y opuestos aJ fin propuesto. No es posible .reducir la turbulenta actividad de los hombres a un orden ~eométnco, sin irregularidad y confusión. Así como las constantes y simplicísimas leyes de la naruraleza no impiden que los planetas se perturben en sus movinuentos, del mismo modo las leyes humanas no pueden unpedir las perturbaciones y el desorden en las mfinitas y muy opuestas atracciOnes del placer v del dolor. Y, sin embargo, ésta es la qu1mera de los limitados hombres. cuando tienen el poder en la mano. Prohibir una muhnud de acciones indiferentes no es prevenir los deLitos que de ellas puedan nacer, sino crear otros nuevos: es definir caprichosa- mente la virtud y el vicio, que nos han sido preclicados como eternos e inmutables. ¿A qué seríamos reducidos si hubiese de prohibírscnos todo lo que puede inducirnos al delito? Sería preciso privar al hombre del uso de sus sentidos. Por cada motivo que impulsa a los hombres a cometer un verdadero dehto, hay mil que nos impulsan a cometer a4uellas acciones indiferentes que son definidas como delitos por las malas legisl.acioncs; y si la probabilidad de los dehtos es proporcional al número de los motivos, " Esl~ e~ ntro tic IO'l pumos fundamentales del pensamjemo pcn~thsta d~ Bcc<:ana. Pan l!l la tc¡,rc"on n<' u 111 In única nt In mejor forma de evitar que se cometan delitos; hay que procurar cvlanrlo~ por otros medlos, stempre prefcrtblcs al castigo. A m¡ ¡utclo, éste es uno d~ los mc¡orc:s caphulns del hbro; por ~u fe en la rnón yen el progreso, por ~u optimismo. por$U alaban1.a de la hhcrtad polluca, de la ciencia ... podría pasar justamente a uJU amolngfa de textos de . pensadnru d~ In •lustración. (Nota del traductor.) 111 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 19 de 210
  20. 20. -. ampliar la esfera de los delitos equivale a aumemar la probabilidad de que se cometan. La mayor parte de las leyes no son más que privilegios, es decir, un tributo de todos a la comodidad de unos pocos. ¿Querª2..E!~Y.c~r los delitos? ~~ed_gue las)ne~ s~~ claras, s~n~illa§, _y_g~~d~ fuerz~_de la naci~!l esté concentrada en su defensa y ninguna ~~_Ee aquélJa sea empleada para de~truirlas. Haced que las leyes favorezcan menos a las clases de hombres que a los hombres mismos. Haced que los hombres las teman y que teman sólo a ellas. El remar de las -· leyes es saiudable, pero el de hombre a hombre es fatal y engendra abundantes deüros. Los hombres esclavos son más voluptuosos, más libertinos, más crueles que los hombres Ubres. Éstos meditan sobre las ciencias, sobre Jos intereses de las naciones, conremplan grandes objetos y los imitan; pero aquéllos, contentos con el día presente, buscan entre el estrépito del libertinaje una distracción del anonadamiento en que se ven; acostumbrados a la incertidumbre del resultado de cada asunto, el resultado final de sus delitos llega a ser problemático para ellos, con ventaja para la pasión que los determina a cometerlos. Si la incertidumbre de las leyes recae sobre una nación indolente a causa de su clima, mantiene y aumenta su indolencia y esrupidez; si recae sobre una nación voluptuosa pero activa, disipa su actividad en un infinito número de cábalas e intrigas que esparcen La desconfianza en codos los corazones, y que hacen de la traición y el engaño la base de la prudencia; si cae sobre una. nación valerosa y fuene, la incertidumbre acaba por ser suprimida, pero formando primeramente muchas oscilaciones de la libenad a la esclavitud, y de la esclavitud a la libertad. &!leréis R~~eqir los delüos? Hac;eq qye las luces acompañen a !a libertad. Los males que nacen de los conocimientos, están en razón inversa , ~~-d.if~siÓn, y Jos bienes lo están en razón directa. Un osado impostor, que es siempre un hombre no vulgar, se gana la adoración de un pueblo ignorante y la rechifla de un pueblo jlustrado. Los conocimientos, al facilitar las comparaciones entre los objetos y al multiplicar los puntos de vista sobre ellos, contraponen muchos sentimientos unos contra otros, los cuales se modifican recíprocamente y tanto más fáciLmente cuanto que se prevén en los demás las mismas mlras y las mismas resistencias. Ame las luces esparcidas con profusión en una nación, calla la calumniosa ignoran- cia y tiembla la au10ridad desarmada de razones, permaneciendo inmóvil la vigorosa fuerza de las leyes; porque no hay hombre ilustréldO que no ame los públicos, cLaros y útiles pactos de la seguridad común, comparando lo poco de inútil libertad ror él sacrificada, con la suma de todas las liberrades sacrificadas por los otros hombres, que si no fuera por las leyes podrían llegar a conspirar contra él. Cualquiera que tenga un alma sensible, al lanzar una mirada sobre un código de leyes bien hechas y encontrar que no 112 ha perdido más que la funesta libertad de hacer el mal a los otros, se verá obligado a bendecir el trono y a quien lo ocupa. No es verdad que las ciencias sean siempre dañosas para la humanidad, y aunque lo fueran, sería un mal inevitable para los hombres. La multiplica- ción del género humano sobre la faz de la tierra introdujo la guerra, las artes más rudimentarias, las primeras leyes, que eran pactos momentáneos que nacían con la necesidad y con ella perecían. Ésta fue la primera filosofía de los hombres, cuyo escaso contenido era suficiente, porque la indolencia y la poca sagacidad los preservaba del e:-ror. Pero las necesida- des se multiplicaban cada vez más al multiplicarse· los hombres. Eran, pues, necesarias impresiones más fuertes y más duraderas que los disuadie- sen de sus reiterados retornos al primitivo estado de insociabilidad, que se hacía cada vez más funesto. Hicieron, pues, gran bien a la humanidad (quiero decir gran bien político) aquellos primeros errores que poblaron la tierra de falsas divinidades, y que crearon un universo invisible regulador del nuestro. Fueron benefactores de los hombres aquellos que osaron sorprenderlos y arrastraron a los altares a la dócil ignorancia. Presentándo- les objetos situados más allá de los sentidos, objetos que huían delante de ellos cuando creían alcanzarlos, objetos nunca despreciados porque nunca fueron bien conocidos, reunieron y condensaron las divididas pasiones en un solo objeto que llenaba su atención cumplidamente. Éstos fueron los primeros cambios en rodas las naciones que se formaron a partir de pueblos salvajes; ésta fue la.época de la constitución de las grandes sociedades, y éste fue su vinculo necesario y quizá único. No hablo de aquel pueblo elegido de Dios en el cual los milagros más extraordinarios y Las gracias más destacadas ocuparon el lugar de la humana poLítica. Pero corno quiera que es propio de error el subdividirse hasta el infinito, las ciencias que de él nacieron hicieron de los hombres una fanática multitud de ciegos, que en un lalierinto cerrado chocaban y se perturbaban de raJ modo que algunos espíritus sensibles y filosóficos sintieron envidia incluso de aquel antiguo estado salvaje. Así fue la primera época, en la cual los conocimientos - o mejor dicho, lo que se tenía por tales- fueron perjudiciales. La segunda consiste en el difícil y terrible tránsilo de los errores a la verdad, de la oscuridad no conocida a la luz. El choque inmenso de los errores (útiles a unos pocos poderosos) contra las verdades (útiles a los numerosos débiles), la proximidad y el fermento de las pasiones que se despiertan en tal ocasión, produjeron infinitos males a la misera humani- dad. Cualquiera que reflexione sobre las rustorias de las naciones --que a lo largo del tiempo se asemejan en cuanto a sus épocas principales- encontrará muchas veces una generación entera sacrificada a la felicidad de las que la siguieron en el luctuoso pero necesario tránsito desde las tinieblas de la ignorancia a las luces de la ftlosofía, y desde la tiranla a la libertad, 113 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 20 de 210
  21. 21. que: son sul' consecuencias respectivas. Pero cuando, calmados los ánimos y extinguido el inct>ntlio que ha purgado a la nación de los males que la oprimían, In verdad - cuyos progresos son lentos al principio y después acelerados-- se asienta como compañera en el trono de los monarcas y recibe culto y altar en los parlamenr.os de las repúblicas, ¿quién podrá afirmar que la luz que ilumin;t a la mulritutl sea más dañosa que las tiniehlas, y que las verdaderas y sencillas relaciones de las cosas, bien conocidas por los hombres, les sean funestas? Si la ciega ignorancia es menos fatal que el mediocre y confuso saber - puesto que éste añade a los males de la primera los del error, inevitable para quien tiene una visión restringida aliado de acá de los confines de la verdad-, el hombre ilustrado es el don más precioso que puede hacer a la nación y a si mismo el soberano, que lo hace depositario y custodio de las santas leyes36 . Acostumbrado a ver la verdad y a no temerla; pnvado de la mayor parte de las necesidades de la opinión, nunca bastante satisfechas y que ponen a prueba la virtud de la mayoría de los hombres; acostumbrado a contemplar a la humanidad desde los puntos de vista más elevados, la propia nación llega a ser para él una familia de hombres hermanos, y la distancia entre los poderosos y el pueblo le parece tanto menor cuanto mayor es la masa de la humanidad que tiene ante sus ojos. Los filósofos adquieren necesidades e intereses no -.:onocidos por los hombres vulgares, principalmence el de no desmentir a la luz pública los principios que han predicado en la oscuridad y adquieren el hábito de amar la verdad por sí misma. Una selección de taJes hombres forma la felicidad de una nación; pero felicidad momentánea si leyes buenas no aumentan de tal manera su número que disminuyan la probabilidad siempre grande de una mala elección. Otro medio de prevenir los delitos es el de interesar a la corpo~ación de los ejecutores de las leyes más en la observancia de éstas que en su corrupción. Cuanto mayor es el número de quienes la compongan, menos peligrosa es la usurpación de las leyes, porque l.a venalidad es más difícil entre miembros que se observan recíprocameme, y que están menos interesados en acrecer su autoridad, cuanto menor es la porción de eUa que a cada uno corresponde, sobre todo comparándola con el riesgo de la empresa. Si el soberano, con aparato y pompa, con la austeridad de sus preceptos, con permitir las querellas -justas o injustas- de quien se crea oprimido, acostumbra a sus súbditos a temer más a los magistrados que a * Alabanza indirecta al soberano y autoalabanza para el hombre: Ilustrado. El esquema político de Bcccaria (ya aludido por mi en la nota 24} queda aqul muy bien s1ntet¡¿ado: el buen soberano debe rodl'arse de filósofos ilustrados; éstos harin buenas lc)·es, con las cuales ayudarán al ~oberano en el gobierno, y de: todo ello se benelidar:l positivamente la nación, que l'nconuará a.sf su felicidad (Nota del traductor.) 114 ' 1 ¡1 las leyes, ésws se aprovecharán más de este temor, de lo que saldrá ganando la seguridad propia y la pltblica31 . Otro medio de prevenir los delitos es el recompensar la vinud. Acerca de este punto observo un silencio universal en las leyes de todas las naciones de la actualidad. Si los premios propuestos por las academias para los descubridores de verdades útiles han multiplicado tanto los conocimientos y Jos buenos líbros, ¿por qué los premios distribuidos por la benéfica mano del soberano no habrlan de multiplicar del mismo modo las acciones virtuosas? La moneda del honor es siempre inagotable y fructífera en manos de su prudente distribuidor. Finalmente, el más seguro, pero más difícil, me~iio de pre!.ef!!~ Jos •• delitos es perfeccionar la educación; asunto demasiado amplio y que excede 1 ~ los-üffiites que m~ he impuesto; asunto - me atrevo a decirlo- que afecta ' ' demasiado inrrínsecamente a la naturaleza del gobierno, para que no sea siempre, hasta los más remotos siglos de la pública feücidad, un campo estéril y sólo cultivado aquf y allá por unos cuantos sabios. Un gran hombre38 que ilumina a la humanidad que lo persigue, ha hecho ver detalladamente cuáles son las máximas principales de educación verdadera- mente útiles a los hombres; esto es, las que consisten menos en una estéril multitud de asuntos que en la selección y precisión de éstos, en sustituir las copias por los originales en los fenómenos morales y en los físicos, que el acaso o la industria presentan a los noveles ánimos de los jóvenes; en impulsar a la virtud por la fácil vía del sentimiento, y en desviarla del mal por la vía infalible de la necesidad y de Jo inconveniente, y no por la incierta del mando, que no obtiene más que una simulada y pasajera obediencia. XLII. Conclusión De todo cuanto se ha visto basta aqui puede extraerse un teorema general muy útil, pero poco conforme con el uso, legislador más frecuente~. de las naciones: Para que cada pena no se_a_!!_I}Q vfo~~~.!.~ 4!Jl'l'!..!!...!I.IU!!.~chos _, co111ra un ciudadano privado, debe ser esencialmente príblica, rápida, neces~.ri~, L..!.. lg me~or de las posibles en lasclréÜnscancias dadas, proporcionada a los delicos, ' diccada por las (ejes. _,. 17 Vuelve aquí Bc.ccaoa a una de sus más ins1stcntes preocupaciOnes: el magistrado debe que<hr someudo a la ley y no a la invusa. Nada de poder discrecional concedido a los íueces. El prm.:1p1n de lc:gahdad, tantas veces repetido por Beccaria, uenc: aquí otra nueva manafestación. (Nota del traduc1or ) '" Se refiere a J. J. Rousseau, cuyo Em1le apareció c:n 1762. (Nota del traductor.) www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 21 de 210
  22. 22. www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 22 de 210
  23. 23. "".. ~. t• •.,•• 1 ' " .· ~'JI (( J..., •• ~·· ~., ..~ :'~'!,....,:,... Cs '! "'.............. .~. . ,.._ .. ,-· . 1 i Las palabras del orden Proyecto republicano y cuestión criminal en Argentina (Buenos Aires: 1880-1930) Juan Félix Marteau ·• www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 23 de 210
  24. 24. JI. la formación de la racionalidad penal moderna ·No hay delito smo cuando se viola la ley penal: no hay pena sino cuando se comete un delitO. Las g;wmtias y derec.:hos Individuales el orden sodal serian completamentt.• ilusorios. si pudieran apli· carse penas no previstas y e)tablecidas por las ley~·. .'vtanuel 0BARRI0, 1884. 1. .El problema de la racionalización jurídica del campo punitivo. Una introducción conceptual En la Argentina de la República posible se produjo una importante radona- lizaclón de las prácticas punitivas que tuvo como resultado la formación del sis· tema penal moderno. Por un l¡¡do. mientras el programa alberdiano romaba for- ma definitiva, algunos juristas argentinos comenzaron a consolidar el campo de conocimiento de la dogmática penal. un territono conceptual fértil en el que sur- ge una interesame serie de cuestiones sobre el significado de las acciones delic- tivas y los límncs de la intervención punlllva del Estcldo. Por otro. se organizan una serie de dispositivos punitivos orientados a hacer operativas las prescripdo- nes comenidas en este nuevo pensamiento. Justamente, el objetivo de este..ca- pítulo es presentar los rasgos más característicos de este proceso de modo que pueda comprenderse cómo se produjo la autonomía teónco-prácttCtl del campo ju- rídico penal en la Argentina. Sin embargo para ingresar c1 este núdeo problemático parece necesario re- cordar qué s1gmfica pensar al derecho punitivo en el registro de la racionalidad. Cómo indiqué en la Introducción. pensar en la raCIOnalidad del derecho punitivo significa indagar en la coherencia lógica de sus enunciados y rcprcsemadones abstractas y generales (racionalidad teórica), y en la previsibilidad de sus soludo· nes en los casos en los que mterv1ene (raczonalidad práctica) Pero además, pen- '>ar en la racionalidad del derecho punitivo 1mplica indagar con qué tipo de ele- memos se alcanza esta coherencia lógica y esw previsibilidad. Con WEBER se 39 www.apuntesallprint.com.ar c o n s t i t u c i o n @ a p u n t e s a l l p r i n t . c o m . a r Página 24 de 210

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