Spirit bound [richelle_mead][1]

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Spirit bound [richelle_mead][1]

  1. 1. 2
  2. 2. A todas nuestras maravillosas traductoras y traductores, les damos un inmensoagradecimiento, porque con este proyecto se superaron a sí mismos yterminaron en un tiempo record. Su trabajo es invaluable, ¡gracias por ser comoson! Muchísimas gracias también a todo el increíble staff de corrección, ¡songeniales chicas! Y un especial agradecimiento a todos los lectores que nossiguieron incansablemente de principio a fin. ¡Disfruten la lectura!>Alec Lentner >Marie Annabeth>AndreaN >Melo>Caty >Rania Belikov>cowdiem >Sawi>Clo >Steffanie Mirella>cYeLy DiviNNa >Sheilita Belikov>Dani >Tara Belikov>dark heaven >vampirabriin>elamela >veroniica>Ellie >Virtxu>Evelin >+DaRkGiRl+ 3>flochi >♥♥Clooooooo♥♥>Gry >*!!!BellJolie!!!*>lizeth
  3. 3. >Andrea >Kanon ♪♫♪>Andy_Parth >María José>Cyely DiViNNa >Selene>Ellie >Tibari> Ginabm >Vanille>Haushiinka >Virtxu >Ellie >AndreaN >Virtxu 4
  4. 4. Capítulo 1 Pág. 7Capítulo 2 Pág. 23Capítulo 3 Pág. 52Capítulo 4 Pág. 82Capítulo 5 Pág. 95Capítulo 6 Pág. 113Capítulo 7 Pág. 135Capítulo 8 Pág. 152Capítulo 9 Pág. 172Capítulo 10 Pág. 187Capítulo 11 Pág. 202Capítulo 12 Pág. 216Capítulo 13 Pág. 235Capítulo 14 Pág. 259Capítulo 15 Pág. 285Capitulo 16 Pág. 298Capitulo 17 Pág. 314Capitulo 18 Pág. 332Capitulo 19 Pág. 351Capitulo 20 Pág. 372Capitulo 21 Pág. 394Capitulo 22 Pág. 411Capitulo 23 Pág. 428 5Capitulo 24 Pág. 447Capitulo 25 Pág. 470Capitulo 26 Pág. 496Capitulo 27 Pág. 512Sobre la autora Pág. 533
  5. 5. Dimitri dio a Rose la última opción. Pero eligió mal... Después de un largo ydesgarrador viaje al lugar de nacimiento de Dimitri en Siberia, Rose Hathaway,finalmente ha vuelto a St.Vladimirs con su mejor amiga, Lissa. Es casi lagraduación, y las chicas no pueden esperar a que comience su vida real más alláde las puertas de hierro de la Academia. Pero el corazón de Rose todavía sufrepor Dimitri, y sabe que está ahí fuera, en alguna parte. No pudo matarlocuando tuvo la oportunidad. Y ahora sus peores temores están a punto dehacerse realidad, Dimitri ha probado su sangre, y ahora es presa de ello. Sóloque esta vez, no va a descansar hasta que Rose se una a él... para siempre. 6
  6. 6. Traducido por Caty y Rania (En Cosas de Caty y Nenas Belikov) Corregido por Ellie H ay una gran diferencia entre amenazas de muerte y cartas de amor, incluso si la persona que las escribe aún reclama que te ama. Aunque, considerando queuna vez traté de matar a una persona que amé, tal vez yo no tengaderecho a juzgar. La carta de hoy ha llegado perfectamentesincronizada, no es que hubiera esperado menos, ya la he leídocuatro veces y, aunque ya se me hacía tarde, no pude evitar leerlapor quinta vez. Mi querida Rose, Uno de los pocos inconvenientes de ser despertado es que ya nonecesitamos dormir, por lo tanto ya no soñamos. Es una lástima, porque siyo pudiera soñar, soñaría contigo. Soñaría con tu olor y cómo se siente tunegro cabello de seda entre mis dedos. Soñaría con la suavidad de tu piel y 7la fiereza de tus labios cuando nos besamos. Sin sueños, tengo que conformarme con mi propia imaginación, que escasi igual de buena. Puedo imaginar todas esas cosas a la perfección, aligual que cómo será cuando tome tu vida de este mundo. Es algo que
  7. 7. lamento tener que hacer, pero tú has hecho que mi decisión sea inevitable.Te negativa a unirte a mí en vida y amor eternos no me deja otra elección, yno puedo permitir que alguien tan peligroso como tú siga viviendo.Además, incluso si fueras convertida en contra de tu voluntad, ya tienestantos enemigos entre los Strigoi que uno de ellos te mataría. Así que, sidebes morir, será por mi mano. Y de nadie más. Sin embargo, te deseo lo mejor el día de hoy cuando tomarás tuspruebas, no es que necesites suerte. Si en realidad están haciendo que lastomes, y no tengo ninguna duda de que lo están haciendo, es una pérdidade tiempo para todos. Eres la mejor del grupo, y para esta noche ya llevarástu marca de La Promesa. Por supuesto, eso significa que serás aún másdesafiante cuando nos reunamos otra vez... y definitivamente voy adisfrutarlo. Y nos reuniremos de nuevo. Con la graduación, serás expulsada de laAcademia, y una vez que estés fuera de los guardianes, te encontraré. Nohay lugar en este mundo donde puedas esconderte de mí. Te estoyvigilando. Con Amor, Dimitri. A pesar de sus ‚buenos deseos‛, realmente no encontré la cartainspiradora, así que la arrojé sobre la cama y salí de la habitación.Traté de no permitir que sus palabras me afectaran, aunque era casi 8imposible no sentir escalofríos por algo como esto: ‚No hay lugar eneste mundo donde puedas esconderte de mí‛. Y yo no lo dudaba. Sabía que Dimitri tenía espías. Desde que miantiguo instructor/amante se convirtió en un malvado vampiro no-
  8. 8. muerto, también se había convertido en una especie de líder entreellos, algo que por cierto yo aceleré, al apresurarme a matar a suantigua líder. Yo sospechaba que muchos de sus espías eranhumanos, que estaban observándome, esperando el momento enque yo saliera de la escuela. Ningún Strigoi puede evitar la guardiade veinticuatro horas. Aunque los humanos pueden hacerlo, yrecientemente nos enteramos de que muchos estaban dispuestos aservir a los Strigoi a cambio de la promesa de ser convertidos algúndía. Esos humanos consideran que la vida eterna vale la pena acambio de corromper sus almas y matar a otros para sobrevivir.Esos humanos me hacían sentir enferma. Pero los humanos no eran lo que hacía que mis pasos vacilaranmientras caminaba a través del césped verde brillante por el toquedel verano. Era Dimitri. Siempre Dimitri. Dimitri, el hombre quehabía amado. Dimitri, el Strigoi que quería salvar. Dimitri, elmonstruo que muy probablemente tendría que matar. El amor quehabíamos compartido siempre quemaba dentro de mí, por muy amenudo que yo me dijera que siguiera adelante, por más que elmundo entero pensara que había continuado sin él. Él estabasiempre conmigo, siempre en mi mente, siempre haciendo quedudara de mí misma. —Parece que estás lista para enfrentarte a un ejército. Salí de mis oscuros pensamientos. Estaba tan obsesionada conDimitri y su carta, que había estado caminando alrededor delcampus, ajena al mundo, y no me había dado cuenta de la presencia 9de mi mejor amiga, Lissa, que se unía a mi paso, con una sonrisaburlona en su rostro. Que ella me haya sorprendido era extraño, yaque compartíamos un lazo psíquico, y eso siempre me mantenía altanto de su presencia y sus sentimientos. Tenía que haber estado
  9. 9. muy distraída para no haberla notado, y si existía una distracciónreal, esa sería alguien que quiera matarme. Le dí a Lissa lo que esperaba fuera una sonrisa convincente. Ellasabía lo que había ocurrido con Dimitri, mi ex tutor y ex novio,quien había sido convertido en Strigoi y ahora quería matarmedespués de que yo traté de matarlo pero fallé. Aún así, las cartas querecibía de él cada semana la preocupaban, y ella ya tenía suficientecon lo que lidiar, sin tener que añadir a mi acosador no-muerto a lalista. —De cierta forma, estoy por enfrentar a un ejército —señalé. Eratarde, pero el final del verano aún mantenía el sol alto en el cielo deMontana, bañándonos con una luz dorada mientras caminábamos.Yo lo adoraba, pero para un Moroi, un pacífico y viviente vampiro,Lissa eventualmente se volvería débil por ello y se incomodaría. Ella sonrió y echó su cabello platinado sobre un hombro. El soliluminaba su pálido color hasta darle un brillo angelical. —Supongo. No creí que realmente estarías tan preocupada. Yo podía entender su razonamiento. Incluso Dimitri habíadicho que esto era una pérdida de mi tiempo. Después de todo, yohabía ido a Rusia y me había enfrentado a Strigois de verdad, yhabía matado a muchos de ellos por mi cuenta. Tal vez no deberíatener miedo, pero de repente toda la habladuría y las expectativasde la gente me estaban presionando. Mi corazón latía muy rápido.¿Qué pasaría si no podía hacerlo? ¿Qué pasaría si no fuera tan 10buena como yo creía que lo era? Los guardias que me retarían aquíno eran Strigoi, pero eran muy calificados y habían estado luchandopor mucho más tiempo que yo. La arrogancia podría meterme enmuchos problemas y, si fallaba, lo haría frente a todas las personasque se preocupaban por mí. Toda la gente que tenía fe en mí.
  10. 10. Otra cosa también me preocupaba. —Estoy preocupada acerca de cómo estas calificacionesafectarán mi futuro —le dije. Era la verdad. Las pruebas eran el examen final para un novatoguardián como yo. Aprobarlas garantizaba que podría graduarmede la Academia St. Vladimir y tomar mi lugar con los guardianesverdaderos que defendían a los Moroi. Las pruebas decidíanbásicamente a qué Moroi sería asignado el guardián. A través de nuestra conexión, sentí la compasión de Lissa... y supreocupación. —Alberta cree que hay una buena probabilidad deque aún podamos estar juntas... que aún serás mi guardiana. Yo hice una mueca. —Creo que Alberta dijo eso paramantenerme en la escuela. —Había abandonado la escuela para ir acazar a Dimitri hace unos meses y luego regresé... y eso era algo queno se vería bien en tu expediente académico. También estaba elpequeño detalle de que la reina Moroi, Tatiana, me odiaba y queprobablemente tendría alguna influencia sobre a quién yo fueraasignada. Pero esa era otra historia—. Creo que Alberta sabe que laúnica forma en que me dejarían protegerte es si soy la últimaguardiana sobre la tierra. E incluso si así fuera, mis probabilidadesaún serían muy pocas. Delante de nosotros, la multitud se escuchaba más fuerte. Unode los muchos campos de deportes de la escuela se había 11transformado en una arena de lucha de alguna clase, como algo dela época de los gladiadores romanos. Las gradas habían sidotransformadas de simples asientos de madera a bancos lujosamenteacolchonados, con techos de tela para proteger a los Morois del sol.Había banderas rodeando el campo, con sus colores brillantes
  11. 11. azotándose con el viento. No podía verla todavía, pero sabía quehabía algún tipo de barrera construida cerca de la entrada delestadio para que los novatos esperaran ahí, con los nervios de punta.El mismo campo había sido convertido en una carrera de obstáculoscon trucos peligros. Y por el sonido estruendoso de los aplausos,sabía que muchas personas ya estaban ahí para presenciar el evento. —No desistiré en mis esperanzas —dijo Lissa con firmeza. Através de nuestra conexión, yo sabía que lo decía en serio. Era unade las cosas maravillosas acerca de ella, su fe inquebrantable y suoptimismo. Hacía que las pruebas más terribles parecieran nada. Eraun fuerte contraste con mi reciente cinismo—. Y tengo algo quepodría ayudarte hoy. —Ella se detuvo y buscó en el bolsillo de sus jeans, sacando unanillo de plata con piedras pequeñas que parecían piedras preciosas.No necesitaba de ninguna conexión para entender lo que ella meestaba ofreciendo. —Oh, Liss... no lo sé. No quiero ninguna, ehh, ventaja injusta. Lissa entornó sus ojos. —Ese no es el problema, y tú lo sabes.Este está bien, te lo juro. El anillo que ella me ofrecía era uno de encanto, con unainfusión extraña del raro tipo de magia que ella ejercía. Todos losMoroi tenían control sobre uno de los cinco elementos: tierra, aire,agua, fuego, o espíritu. El espíritu era el más raro... tan raro que 12había sido olvidado durante siglos. Pero Lissa y algunos otrosrecientemente habían conseguido dominarlo. A diferencia de losdemás elementos, que son más de naturaleza física, el espírituestaba vinculado con la mente y con todo tipo de fenómenospsíquicos. Nadie lo comprendía del todo.
  12. 12. El hacer encantos con el espíritu era algo con lo que Lissaapenas había comenzado a experimentar... y ella no era muy buenaen eso. Su mejor habilidad de espíritu era la de curación, así que ellaseguía tratando de hacer hechizos de curación. El último había sidoun brazalete que había quemado la superficialmente de mi brazo. —Este funciona. Sólo un poco, pero te ayudará a mantener lejosa la oscuridad durante la prueba. Ella lo dijo a la ligera, pero ambas conocíamos la seriedad desus palabras. Todos los dones del espíritu tenían un costo: unaoscuridad que se manifestaba ahora como ira y confusión, y quefinalmente llevaba a la locura. Una oscuridad que a veces metransmitía a través de nuestra conexión. A Lissa y a mí nos habíandicho que con encantos y su curación, podríamos combatirla. Esotambién era algo que aún no teníamos dominado. Le lancé una pequeña sonrisa, conmovida por su preocupación,y acepté el anillo. Este no quemó mi mano, lo que tomé como unaseñal prometedora. Era pequeño y sólo entró en mi dedo meñique.No sentí nada en lo absoluto mientras lo deslizaba en mi dedo. Enocasiones eso sucedía con los encantos de curación. O podríasignificar que el anillo era totalmente ineficaz. De cualquier manera,no habría ningún daño. —Gracias —le dije. Sentí la alegría extenderse a través de ella, ycontinuamos caminando. 13 Levanté mi mano delante de mí, admirando la forma en que laspiedras verdes brillaban. Las joyas no eran una gran idea en la clasede desafíos físicos que yo estaría enfrentando, pero iba a tenerguantes cubriéndolo.
  13. 13. —Es difícil de creer que después de esto, habremos terminado yestaremos libres en el mundo real. —Lo dije en voz alta, sinconsiderar realmente mis palabras. A mi lado, Lissa se congeló, y yo inmediatamente me arrepentíde haberlo dicho. ‚Estar libres en el mundo real‛ significaba queLissa y yo íbamos a llevar a cabo una tarea con la que ella,infelizmente, había prometido ayudarme hace un par de meses. Mientras estuve en Siberia, me enteré de que podría existir unaforma de convertir de nuevo a Dimitri en un dhampir como yo. Erabastante improbable, y posiblemente una mentira, y considerando laobsesión que él tiene con matarme, no me hacía ilusiones en cuantoa tener alguna opción excepto matarlo si llegaba al punto de tenerque elegir entre él y yo. Pero si había alguna forma en la que yopudiera salvarlo antes de que eso pasara, tenía que encontrarla. Desafortunadamente, la única oportunidad de convertir estemilagro en una realidad era a través de un criminal. Y no se tratabade cualquier criminal tampoco: Víctor Dashkov, un Moroi de larealeza que había torturado a Lissa y había cometido todo tipo deatrocidades que habían convertido nuestras vidas en un infierno. Lajusticia había entrado en acción, y Victor estaba encerrado enprisión, lo que complicaba las cosas. Ahora sabíamos que mientrasél estuviera destinado a una vida tras las rejas, no vería ningunarazón en compartir lo que sabía a cerca de su medio-hermano, laúnica persona que una vez había supuestamente salvado a un 14Strigoi. Yo había decidido, probablemente sin lógica alguna, queVíctor tal vez nos entregaría la información si nosotros le ofrecíamosla única cosa que nadie más podía darle: su libertad. Esta no era una idea a prueba de tontos, por más de una razón.Primero, yo no sabía si funcionaría. Esa era una razón bastante
  14. 14. grande. Segundo, no tenía idea de cómo propiciar un escape deprisión, eso sin contar que no sabía dónde estaba su prisión. Y,finalmente, estaba el hecho de que estaríamos liberando a nuestroenemigo mortal. Eso era lo suficientemente devastador para mí, sincontar lo que le haría a Lissa. Aún así, sabiendo lo mucho que laidea la afectaba, y créanme que lo hacía, ella había juradosolemnemente ayudarme. Yo le había ofrecido liberarla de supromesa docenas de veces durante los últimos meses, pero ella semantenía firme. Por supuesto, considerando que no teníamos ideade cómo encontrar la prisión, su promesa podría no ser importanteal final. Yo trataba de llenar el incómodo silencio entre nosotras,explicándole que realmente me refería a que seríamos libres paracelebrar su cumpleaños a lo grande la próxima semana. Mis intentosfueron interrumpidos por Stan, uno de mis instructores. —¡Hathaway! —Ladró, acercándose desde el campo—. Graciaspor unirse a nosotros. ¡Venga aquí ahora! Los pensamientos sobre Víctor se desvanecieron de la mente deLissa. Ella me dio un rápido abrazo. —Buena suerte —susurró—.No es que la necesites. La expresión de Stan me decía que nuestra despedida de diezsegundos, fue diez segundos demasiado larga. Yo le agradecí a Lissacon una sonrisa, y entonces ella se marchó para encontrarse connuestros amigos en las graderías, mientras yo me apresuraba detrás 15de Stan. —Tienes suerte de no haber estado entre los primeros —gruñóél—. La gente incluso estaba empezando a apostar acerca de si ibas apresentarte o no.
  15. 15. —¿De verdad? —le pregunté alegremente—. ¿Como están lasprobabilidades? Porque aún estoy a tiempo de cambiar de opinión yapostar en mi contra. Hacerme de un poco de dinero. Sus ojos entrecerrados me dieron una advertencia que nonecesitaba palabras mientras entrábamos al área de espera adjuntaal campo, debajo de las graderías. Yo siempre había estadoasombrada en los años pasados por todo el trabajo que requeríanestas pruebas, y no estaba menos impresionada ahora que las veíade cerca. Las barracas en la que los novatos esperábamos fueronconstruidas de madera, con un techo que la completaba. Laestructura se veía tan fuerte como si hubiera sido parte del estadiodesde siempre. Había sido construida con una rapidez remarcable, ysería desmontada de la misma forma, una vez que las pruebasterminaran. Una puerta de cerca de tres personas de ancho daba unavisión parcial de lo que pasaba en el campo, donde una de miscompañeras de clase esperaba ansiosamente a que llamaran sunombre. Todo tipo de obstáculos esperaban allí, retos pensados paraprobar el equilibrio y la coordinación de los estudiantes mientrasesquivaban a los guardianes adultos que estarían escondidosalrededor de objetos y en las esquinas. Pasillos de madera habíansido construidos al final del campo, creando un oscuro y confusolaberinto. Redes e inestables plataformas estaban repartidasalrededor de otras áreas, diseñadas para ver qué tan aptos éramospara luchar bajo condiciones difíciles. Algunos de los otros novatos estaban amontonados en la 16puerta, esperando obtener alguna ventaja al ver a los que ibanprimero que ellos. Yo no. Yo saldría sin saber qué iba a pasar,dispuesta a enfrentarme con cualquier cosa que ellos prepararan
  16. 16. para mí. Estudiar el campo ahora, simplemente me haría pensardemasiado y asustarme. Calmarme era lo que necesitaba ahora. Así que me recosté contra una de las paredes de la barraca yobservé la gente a mi alrededor. Parece que yo realmente fui laúltima en presentarme, y me preguntaba si alguien había perdidodinero al apostar en mi contra. Algunos de mis compañeros de claseestaban reunidos en pequeños grupos. Algunos estaban haciendoestiramientos y otros ejercicios de calentamiento. Otros estaban conlos instructores que habían sido sus mentores. Esos profesoreshablaban intensamente con sus estudiantes, dándoles consejos deúltimo minuto. Yo escuchaba constantemente palabras como‚concéntrate‛ y ‚mantén‖la‖calma‛. Verlos hizo que mi corazón se encogiera. No hace muchotiempo, así era como me imaginaba este día. Me imaginaba a Dimitria mi lado, mientras él me decía que me tomara esto en serio y queno perdiera mi calma cuando saliera al campo. Alberta había hechouna buena labor como mentora desde que regresé de Rusia, perocomo capitana, ella estaba afuera en el campo, ocupada con todassus responsabilidades. Ella no tenía tiempo para venir y sostener mimano. Mis amigos que hubieran podido venir a ofrecerme su apoyo,Eddie, Meredith, y otros, estaban envueltos en sus propios miedos.Yo estaba sola. Sin ella o Dimitri, o, bien, cualquiera, sentí un sorpresivo ataquede soledad fluyendo a través de mí. Dimitri debería haber estado 17aquí conmigo. Así es como se suponía que fuera. Cerrando mis ojos,me permití imaginarme que él estaba realmente aquí, a unos pocoscentímetros mientras hablábamos. —No te preocupes, camarada. Yo puedo hacer esto con los ojosvendados. Infiernos, a lo mejor de hecho debería hacerlo así. ¿Tienes algo
  17. 17. que pueda usar? Si eres amable conmigo, hasta podría dejarte amarrármelo.—Dado que esta fantasía hubiera tomado lugar después de quedormimos juntos, había una fuerte posibilidad de que él me hubieraayudado luego a quitarme esa venda… entre otras cosas. Yo podía imaginarlo perfectamente sacudiendoexasperadamente su cabeza ante ese comentario. —Rose, lo juro,algunas veces pienso que cada día que paso contigo es mi propia pruebapersonal. Pero yo sé que él habría sonreído de cualquier forma, y lamirada alentadora y llena de orgullo que me hubiera dado mientrasme dirigía hacia el campo, hubiera sido todo lo que necesitaba parapasar las pruebas… —¿Estás meditando? Abrí mis ojos, sorprendida por esa voz. —¿Mamá? ¿Qué estáshaciendo aquí? Frente a mí estaba Janine Hathaway, mi madre, quien era unospocos centímetros más baja que yo, pero tenía la suficiente fuerza ensu interior para luchar contra alguien del doble de mi tamaño. Lamirada peligrosa en su bronceado rostro retaba a cualquiera que ladesafiara. Ella me dio una sonrisa torcida y puso una mano en sucadera. —¿Honestamente pensabas que no iba a venir a verte? 18 —No lo sé. —Admití, sintiéndome casi culpable por dudar deella. Ella y yo no hemos tenido mucho contacto durante los años, yfueron sólo los eventos recientes, la mayoría de ellos malos, los quecomenzaron a restablecer la conexión entre nosotras. La mayor partedel tiempo, no sabía qué sentir por ella. Yo oscilaba entre un poco de
  18. 18. necesidad infantil por su madre ausente y el resentimientoadolescente por su abandono—. Pensé que tenías, ya sabes, cosasmás importantes que hacer. —No había nada que pudiera hacerme perder esto —dijo ellafirmemente. Ella inclinó su cabeza hacia la puerta, haciendo que susrizos rojizos se balancearan—. A tu padre tampoco. —¿Qué? Me apresuré hacia la puerta y eché un vistazo al campo. Mivista no era fantástica, gracias a todos los obstáculos en el camino,pero era lo suficientemente buena. Allí estaba: Abe Mazur. Él erarealmente fácil de encontrar, con su barba y bigote negro y con subufanda verde esmeralda anudada alrededor de su camisa de vestirnegra. Yo incluso podía entrever el brillo de su arete de oro. Debíade estar derritiéndose en este calor, pero al parecer se necesitabaalgo más que un poco de sudor para calmar su llamativo sentido dela moda. Si mi relación con mi madre era incipiente, mi relación con mipadre simplemente no existía. Lo conocí en mayo, e incluso así, nofue hasta que regresé que me enteré que era su hija. Todos losdhampirs tenemos un padre Moroi, y él era el mío. Yo aún no estabasegura de cómo sentirme al respecto. La mayor parte de su pasadoera un misterio, pero había bastantes rumores de que estabaenvuelto en negocios ilegales. La gente también actuaba como sifuera del tipo rompe-rodillas, y a pesar de haber visto pocas 19evidencias de esto, no me sorprendería. En Rusia era conocido comoZmey: La serpiente. Mientras lo miraba anonadada, mi mamá se acercó a mi lado. —Él va a ponerse feliz de que hayas llegado a tiempo —dijo—. Estaba
  19. 19. organizando una gran apuesta acerca de si te ibas a presentar o no.Puso su dinero a tu favor, si eso te hace sentir mejor. Yo gruñí. —Por supuesto. Claro que él tenía que ser elorganizador de la apuesta. Debería haberlo sabido tan prontocomo… —Mi mandíbula cayó abierta—. ¿Está hablando conAdrian? Síp. Sentado junto a Abe estaba Adrian Ivashkov, mi casi-novio.Adrian era un Moroi de la realeza, y otro usuario del espíritu comoLissa. Él había estado loco por mí (y‖a‖menudo‖sólo‖‚loco‛)‖ desdeque nos conocimos, pero yo sólo tenía ojos para Dimitri. Después defallar en Rusia, yo regresé y le había prometido a Adrian unaoportunidad. Para mi sorpresa, las cosas habían salido... bien entrenosotros. Incluso fantásticas. Él me había escrito una propuesta depor qué salir con él era la decisión correcta. Incluía cosas como‚Dejaré los cigarrillos a menos que de verdad, de verdad, necesiteuno‛, y ‚Prepararé sorpresas románticas cada semana, como: unpicnic repentino, rosas o un viaje a París, aunque no realmenteninguna de las anteriores, porque ahora no serían una sorpresa‛. Estar con él no era como había sido estar con Dimitri, perosupongo que dos relaciones no pueden ser exactamente iguales.Eran dos hombres diferentes, después de todo. Yo todavía medespertaba en mitad de la noche, sacudida por la pérdida de Dimitriy de nuestro amor. Me atormentaba a mí misma por haber falladoen Siberia al intentar matarlo, y liberarlo de esta existencia no-viva. 20Aún así, esa desesperación no significaba que mi vida románticahabía terminado… algo que me tomó un tiempo aceptar. Adrian mehacía feliz. Y, por ahora, eso era suficiente. Pero eso tampoco significaba que yo lo quisiera cerca del piratamafioso de mi padre.
  20. 20. —¡Él es una mala influencia! —Protesté. Mi madre resopló. —Realmente dudo que Adrian puedainfluenciar tanto a Abe. —¡No Adrian! Abe. Adrian está intentando comportarse mejor.Abe lo arruinará todo. —Además de dejar de fumar, Adrian habíajurado dejar de beber, entre otros vicios, en su propuesta. Yobizqueé entre la multitud de las graderías para verlo a él y a Abe,tratando de adivinar qué tema podría ser tan interesante—. ¿De quéestán hablando? —Creo que esa es la menor de tus preocupaciones en estemomento. —Janine Hathaway no era otra cosa más que práctica—.Preocúpate menos por ellos y más por ese campo. —¿Crees que estén hablando sobre mí? —¡Rose! —Mi mamá me dio un ligero golpe en el brazo, y yoarrastré mis ojos de vuelta a ella—. Tienes que tomarte esto en serio.Mantén la calma y no te distraigas. Sus palabras se parecían tanto a lo que imaginé que diríaDimitri, que una pequeña sonrisa se instaló en mi cara. No estabasola después de todo. —¿Qué es tan gracioso? —Me preguntó ella con cautela. —Nada —dije yo, dándole un abrazo. Ella estaba rígida alprincipio, pero entonces se relajó, abrazándome brevemente antes 21de retirarse—. Me alegra que estés aquí. Mi madre no era del tipo afectivo, y la sorprendí fuera deguardia. —Bien —dijo ella, obviamente aturdida—. Te dije que nome lo perdería.
  21. 21. Yo miré de nuevo hacia las graderías. —Abe, por otro lado, noestoy tan segura. O... espera. Una extraña idea se me ocurrió. No, no tan extraña,de hecho. Turbio o no, Abe tiene conexiones… algunas losuficientemente extensas como para mandarle un mensaje dentro deprisión a Víctor Dashkov. Abe le había pedido información sobreRobert Doru, el hermano controlador del espíritu de Victor, comoun favor para mí. Cuando Víctor le envió un mensaje de vueltadiciendo que no tenía ninguna razón para ayudarle a Abe, rechacédemasiado pronto a mi padre y me apresuré con la idea del escapede prisión. Pero ahora… —¡Rosemarie Hathaway! Fue Alberta quien me llamó, su voz sonando fuerte y clara. Eracomo una trompeta, una llamada a la batalla. Todos lospensamientos sobre Abe y Adrian, y sí, incluso Dimitri, sedesvanecieron de mi mente. Creo que mi madre me deseó buenasuerte, pero las palabras exactas se perdieron mientras meapresuraba hacia el campo donde me esperaba Alberta. Laadrenalina corría por mis venas. Mi pulso se aceleró de nuevo. Todami atención estaba ahora en lo que tenía adelante: la prueba quefinalmente me convertiría en una guardiana. 22
  22. 22. Traducido por Alec, Vampirabriin, Veroniica, Rania, Caty y Sheillita Corregido por Ellie M is pruebas pasaron en un remolino borroso. Pensarías que, como eran la parte más importante de mieducación en St. Vladimir, recordaría todo con detalles perfectos ycristalinos. Y aún así mis pensamientos anteriores se hicieronrealidad. ¿Cómo podía esto calificar lo que ya había vivido? ¿Cómopodían estas peleas ridículas compararse a una horda de Strigoisinvadiendo nuestra escuela? Donde tenía que hacerle frente a lasabrumadoras posibilidades, sin saber si aquellos a los que amabaestaban vivos o muertos. ¿Y cómo podía temer a una pelea con uno de los instructores dela escuela después de haber peleado contra Dimitri? Él había sidoletal como dhampir, pero aún más como Strigoi. 23 No es que quisiera restar seriedad a las pruebas, eran serias. Los graduados fallaban todo el tiempo, y me negaba a ser unode ellos. Era atacada por todos lados por guardias que habíandefendido Moroi desde antes de que yo naciera. La arena no era
  23. 23. plana, lo que complicaba todo, la habían llenado con trampas yobstáculos, vigas y pasadizos que probaban mi balance, incluyendoun puente que dolorosamente me recordaba la última vez que vi aDimitri. Lo había empujado después de clavarle una estaca de plataen el corazón, una estaca que se había salido mientras él caía al ríoque estaba abajo. El puente de la arena era un poco diferente del de maderasólida sobre el cual Dimitri y yo habíamos peleado en Siberia. Esteestaba desvencijado, una mala construcción de piso de madera sonsólo pasamanos de cuerda como apoyo. Cada paso hacía que elpuente entero se balanceara y temblara, y hoyos en las tablas memostraban donde mis compañeros (desafortunadamente para ellos)ya habían descubierto puntos débiles en la madera. El examen queme asignaron en el puente fue probablemente el peor de todos. Mimeta era alejar a un ‚Moroi‛ de un grupo de ‚Strigois‛ que loperseguían. Mi ‚Moroi‛ era Daniel, un nuevo guardián que habíavenido con otros a la escuela para reemplazar a los que habían sidoasesinados en el ataque. No lo conocía bien, pero para este ejercicio,estaba actuando completamente dócil e indefenso, aun un pocoasustado, como cualquier Moroi que yo cuidara se comportaría. Se resistió un poco a pasar por el puente, y usé mi voz máscalmada y persuasiva para lograr que caminara delante de mí.Aparentemente, estaban probando las habilidades con las personastanto como las habilidades de combate. No muy atrás de nosotros enel recorrido, sabía que los guardianes actuando como Strigoi se 24acercaban. Daniel caminó y yo lo seguí, aun calmándolo mientras todosmis sentidos continuaban alerta. El puente se balanceó fuerte,diciéndome con una sacudida que nuestros perseguidores nos
  24. 24. habían alcanzado. Vi hacia atrás y conté tres ‚Strigoi‛ siguiéndonos.Los guardianes que los interpretaban estaban haciendo un buentrabajo, moviéndose con tanta destreza y rapidez como losverdaderos Strigoi. Nos alcanzarían si no nos apresurábamos. —Lo estás haciendo bien —le dije a Daniel. Era difícil mantenerel tono correcto en mi voz. Gritarle a un Moroi lo podía poner enshock, demasiada gentileza los haría creer que no era real—. Sé quepuedes ir más rápido. Necesitamos tomarles ventaja, se estánacercando. Sé que puedes hacerlo. ¡Vamos! Seguramente pasé la parte de convencimiento de la prueba,porque él realmente apresuró el paso, no tanto como paracompararse con la de nuestros perseguidores, pero era un comienzo.El puente se movió fuertemente de nuevo. Daniel gritóconvincentemente y se congeló, aferrándose a las cuerdas. Adelantede él vi a otro guardia/Strigoi esperando en el lado contrario delpuente. Creo que su nombre era Randall, otro nuevo instructor.Estaba atrapada entre él y el grupo a mi espalda. Pero Randall sequedó inmóvil, esperando en la primera tabla del puente para podersacudirlo y dificultárnoslo. —Sigue —apuré, con la mente girando—. Puedes hacerlo. —¡Pero hay un Strigoi ahí! ¡Estamos atrapados! —gritó Daniel. —No te preocupes, yo me encargo de él, sólo muévete. 25 Mi voz fue más dura esta vez, y Daniel avanzó, empujado pormi orden. Los siguientes instantes requerían un cronometrajeperfecto de mi parte. Tenía que vigilar a los Strigoi de ambos lados ymantener a Daniel en movimiento, todo mientras monitoreaba en
  25. 25. qué parte del puente estábamos. Cuando estábamos a casi trescuartos del camino, grité en un susurro: —¡Agáchate sobre tuspiernas y brazos ya! ¡Apúrate! Él obedeció, deteniéndose al instante. Inmediatamente mearrodillé y susurré: —Te voy a gritar, ignórame —y en una voz masfuerte dije— ¿Qué estás haciendo? ¡No podemos detenernos! Daniel no se movió, y de nuevo hablé en un susurro: —Bien,¿ves donde las cuerdas conectan la superficie con los pasamanos?Agárralas, agárralas tan fuerte como puedas y no las sueltes, noimporta lo que pase, enrédalas al rededor de tus manos si tienes quehacerlo. ¡Hazlo! Él obedeció, el reloj seguía avanzando y no desperdicié otrosegundo. En un movimiento, mientras seguía agachada, me volví yrompí la cuerda con una navaja que me habían dado junto a miestaca. La hoja estaba filosa. Gracias a Dios, los guardias que hacíanlas pruebas no jugaban, la navaja no cortó las cuerdas al instante,pero las corté tan rápido que los Strigoi a cada uno de nuestroslados no tuvieron tiempo de reaccionar. Las cuerdas cedieron en el momento en el que le recordaba aDaniel que se sujetara, las dos mitades del puente se balancearonhacia un lado de las maderas acarreadas por el peso de la gentesobre ellas. Bueno, las nuestras sí lo hicieron por lo menos. Daniel yyo estábamos preparados. Los tres perseguidores a uno de los ladosno lo estaban. Dos cayeron y uno logró apenas sujetarse de un 26peldaño, resbalándose un poco antes de asegurar su agarre. La caídaera de 2 metros, pero me habían dicho que la tomara en cuentacomo de 15, una distancia que nos mataría a Daniel y a mí sicaíamos.
  26. 26. Contra todas las probabilidades, él continuaba aferrado a lacuerda. Yo también estaba colgando, y una vez que las cuerdas y lamadera estaban descansando de lleno en la estructura, empecé asubirla como si fuera una escalera. No fue fácil trepar sobre Daniel,pero lo hice, dándome una oportunidad más de decirle queresistiera. Randall, que había estado esperando frente a nosotros, nose había caído, tenía los pies en el puente cuando corté las cuerdas, yle había tomado tanto por sorpresa como para que perdiera elequilibrio, pero era rápido para reponerse y ahora estaba aferrado alas cuerdas, tratando de trepar a la superficie sólida de arriba.Estaba mucho más cerca que yo, pero logré agarrar su pierna ydetenerlo. Lo jalé hacia mí, pero mantuvo su agarre en el puente yluchamos, sabía que probablemente no podría hacerlo caer, pero eraposible seguirme acercando. Por último dejé, caer el cuchillo quetenía en la mano y logré extraer la estaca de mi cinturón, algo quepuso a prueba mi equilibrio. La posición desgarbada de Randall medio una posibilidad para alcanzar su corazón y la tomé. Para las pruebas teníamos estacas con puntas redondas, que noperforarían la piel pero que podían ser usadas con suficiente fuerzapara convencer a nuestros oponentes de que sabíamos lo quehacíamos, mi posición era perfecta, y Randall, accediendo a que esehubiera sido un golpe mortal, aflojó su agarré y se soltó del puente. Eso me dejó con la dolorosa tarea de presionar a Daniel para 27que trepara. Nos tomó bastante tiempo, pero su comportamiento noestaba fuera de personaje de cómo un Moroi asustado actuaría. Sóloestaba agradecida de que no hubiera decidido que un verdaderoMoroi perdería su agarre si hubiera caído.
  27. 27. Después de ese reto vinieron muchos más, pero seguí luchando,nunca disminuyendo la marcha o dejando que el cansancio meafectara. Entré en mi modo de combate, con mis sentidos enfocadosen los instintos básicos. Pelea, esquiva, mata. Y mientras estaba sintonizada a estos, tenía que ser innovadoray no caer en la rutina, de otra manera no sería capaz de reaccionar auna sorpresa como la del puente. Lo manejé todo, peleando sin máspensamientos que completar las pruebas frente a mí. Traté de nopensar en mis instructores como personas que conocía. Los tratécomo Strigoi. No escatimé en golpes. Cuando por fin terminó, casi no me di cuenta, estabasimplemente parada en el medio del campo sin más atacantes.Estaba sola. Lentamente, empecé a notar los detalles del mundo.Multitudes en las gradas, apoyando. Algunos instructoresasintiendo a otros mientras se acercaban. El ruido de mi corazón. No fue hasta que una Alberta sonriente jaló mi brazo que me dicuenta que había terminado, la prueba por la que había esperado mivida entera terminó en un abrir y cerrar de ojos. —Vamos —dijo, poniendo su brazo alrededor de mis hombrosy guiándome hacia la salida—. Necesitas un poco de agua ysentarte. Confundida, la dejé sacarme del campo alrededor del cual lagente aún gritaba mi nombre. Tras nosotros, oí a gente decir que 28tendrían que tomar un descanso para repara el puente. Alberta meregresó al área de espera y me sentó en una banca. Alguien más sesentó a mi lado y me dio una botella con agua. Volteé y vi a mimamá. Tenía una expresión en su rostro que nunca antes habíavisto: orgullo puro y radiante.
  28. 28. —¿Eso era todo? —pregunté al fin. Me sorprendió con una risa de verdadera sorpresa. —¿Eso eratodo? —repitió—. Rose, estuviste ahí afuera por casi una hora,pasaste esa prueba con colores brillantes, probablemente es una delas mejores pruebas que esta escuela jamás ha visto. —¿En verdad? Me pareció... —fácil no era la palabra correcta—.Fue muy rápido, eso es todo. Mi mamá apretó mi mano. —Estuviste asombrosa, estoyorgullosa de ti. La realización de todo realmente me llegó entonces, y sentí unasonrisa propia inundar mis labios. —¿Qué pasará ahora? —pregunté. —Ahora te conviertes en un guardián. Había sido tatuada varias veces, pero ninguna de esas veces secomparaba a la ceremonia y bombos que ocurrieron mientrasobtenía mi marca de la promesa. Antes, había recibido marcas molnija por matar encircunstancias trágicas e inesperadas: combatiendo Strigois enSpokane, el ataque y rescate de la escuela, eventos que eran causa depena, no celebración. Después de todas esas muertes, de ciertomodo habíamos perdido la cuenta, y mientras los artistas de tatuajes 29de los guardianes trataron de contar cada muerte, finalmente mehabían dado una marca en forma de estrella, que era maneraelegante de decir que habían perdido la cuenta.
  29. 29. Los tatuajes no son un proceso rápido, aún si estás recibiendouno pequeño, y mi clase entera de graduación tenía que tenerlos. Laceremonia tuvo lugar en lo que normalmente era el comedor de laacademia, una habitación que podían transformarse en algo tangrande y elaborado como lo que encontraríamos en la corte real. Losespectadores, amigos, familia y guardianes, llenaban el lugarmientras Alberta nos llamaba por nombres de uno en uno y leíanuestras puntuaciones mientras nos acercábamos al tatuador. Laspuntuaciones eran importantes, se publicarían y, junto con nuestrascalificaciones generales, influirían nuestras asignaciones. Los Moroipodían pedir ciertas calificaciones de sus guardianes. Lissa me habíasolicitado a mí, claro, pero ni aún las mejores calificaciones delmundo compensarían todas las marcas negras de malcomportamiento en mi expediente. Aunque no había Moroi en esta ceremonia, aparte de los pocosque habían sido invitados como huéspedes por los nuevosgraduados. Todos los demás eran dhampir: guardianes establecidoso los que se convertirían en guardianes como yo. Los invitados sesentaron en el fondo, y los guardianes graduados cerca del frente.Mis compañeros y yo estuvimos de pie todo el tiempo, tal vez comoun tipo de examen de resistencia final. No me importó, había cambiado mis ropas rotas y sucias porunos simples pantalón y sweater, un conjunto que se veía elegantepero reteniendo algo de solemnidad. Fue una buena elección,porque el aire del salón se había vuelto denso con tensión, todas las 30caras llenas de felicidad por nuestro éxito, pero también llenas deansiedad por nuestros papeles mortales en el mundo. Vi con ojos brillantes mientras mis amigos eran llamados,sorprendida e impresionada por muchas de las puntuaciones.
  30. 30. Eddie Castile, un amigo cercano, obtuvo una puntuaciónparticularmente alta en ‚protección Moroi uno a uno‛. No pudecontener una sonrisa mientras veía al tatuador darle a Eddie sumarca. —Me pregunto cómo logró pasar a su Moroi por el puente —murmuré. Eddie tenía muchos recursos. A mi lado, otra amiga mía, Meredith, me lanzó una miradacuestionante. —¿De qué hablas? —su voz también era un murmullo. —Cuando nos siguieron por el puente con un Moroi. El mío eraDaniel —ella seguía luciendo confundida—, con Strigois a cadalado. —Yo crucé el puente —susurró—. Pero sólo yo era perseguida,me tocó pasar a mi Moroi por un laberinto. Una mirada de un compañero cercano nos cayó, y yo oculté unamueca. Tal vez yo no era la única que había pasado por la prueba enconfusión. Meredith confundía los hechos. Cuando me llamaron, oí algunos suspiros mientras Alberta leíami puntuación. Tenía las más altas de la clase por mucho. Estabaalgo feliz de que no hubiera leído mis calificaciones académicas.Definitivamente hubieran opacado algo de la gloria del resto de miactuación, siempre me había ido bien en mis clases de combate, pero 31en matemáticas e historia... bueno, esas sí estaban deficientes,particularmente porque parecía que siempre estaba yendo yviniendo de la escuela. Mi cabello estaba recogido fuertemente en un moño, con cadacabello rebelde sostenido por pasadores para que el artista no
  31. 31. tuviera nada que interfiriera en su trabajo. Me agaché para darle unamejor vista y oírlo gruñir de sorpresa. Con mi nuca cubierta enmarcas, tendría que ser cuidadoso. Normalmente, un nuevoguardián proveía un lienzo en blanco. Este tipo era bueno, y aun asílogró plasmar delicadamente la marca de la promesa en el centro demi nuca. La marca de la promesa se veía como una ‚S‛ grande yestirada con terminaciones curveadas. La puso entre las marcasmolnija, dejando que las rodeara como en un abrazo. El procesodolió, pero mantuve mi cara sin expresión, resistiéndome amoverme. Me mostraron los resultados finales en un espejo antes deque me cubriera con un vendaje para que sanara limpiamente. Después de eso, regresé con mis compañeros y vi cómo el restode ellos recibía sus tatuajes. Requirió seguir de pie dos horas más,pero no me importó, mi cerebro aún estaba lidiando con todo lo quehabía pasado hoy. Era una guardiana. Una verdadera guardianadedicada al bien. Y con eso venían las preguntas. ¿Qué pasaríaahora? ¿Mis puntuaciones serían suficientes para rebasar mis notaspor mal comportamiento? ¿Me convertiría en la guardiana de Lissa?¿Qué pasaría con Victor? ¿Qué pasaría con Dimitri? Me removíinquieta mientras me golpeaba de lleno el impacto de la ceremonia.Esto no se trataba sólo de Dimitri y Victor, esto se trataba de mí, delresto de mi vida. La escuela había terminado. No habría másprofesores viendo cada movimiento y corrigiéndome si meequivocaba. Todas las decisiones las tomaría yo cuando protegiera aalguien. Los Moroi y los dhampir más jóvenes me verían como una 32autoridad. Y nunca más tendría el lujo de practicar combate unminuto e irme a mi habitación al siguiente. No había más eso desaltarse las clases, estaría en deber todo el tiempo. La idea eraincomodante, la presión era casi demasiada, siempre había pensadoen la graduación como libertad. Ahora no estaba tan segura. ¿Qué
  32. 32. nuevo giro tomaría mi vida? ¿Quién lo decidiría? ¿Y cómo vería aVictor si me asignaban a alguien además de Lissa? A través del salón, vi los ojos de Lissa entre la audiencia, ardíancon un orgullo que igualaba el de mi mamá, y sonrió cuandonuestras miradas se encontraron. Quita esa mirada de tu cara —me regañó por nuestra conexión—.No deberías verte tan ansiosa, hoy no. Necesitas celebrar. Sabía que tenía razón, podía manejar lo que venía. Mispreocupaciones, que eran muchas, podían esperar un día más,particularmente porque el humor exuberante de mi familia y amigosaseguraban que celebraría. Abe, con esa influencia que siempreparecía tener, había preparado un pequeño salón de banquetes yuna fiesta para mí, que parecía más adecuada para un debut real, yno para imprudentes Dhampir humildes. Antes del evento, me cambié una vez más. Ropa de fiesta másbonita ahora parecía más apropiada que el conjunto formal de lacelebración molnija. Me puse un vestido color verde esmeralda demanga corta y colgué mi nazar alrededor de mi cuello, aunque nocombinara. El Nazar es un pequeño colgante que parecía un ojo, condiferentes tonos de azul que ‚rotaban‛. En Turquía, de donde veníaAbe, se cree que ofrecen protección. Se la había dado a mi madrehace años, y ella a su vez me la había dado a mí. Para el momento me había puesto el maquillaje y acomodado 33mi pelo en oscuras y largas ondas (porque mi tatuaje vendado noiba con el conjunto para nada), casi no me parecía a alguien capaz deluchar contra monstruos, o incluso lanzar un puñetazo. Lo que noera del todo cierto, me di cuenta un momento después. Mirándomeen el espejo, me sorprendió ver una mirada embrujada en mis ojos
  33. 33. marrones. Había dolor en ella, dolor y pérdida que incluso losmejores vestidos y el maquillaje no podían ocultar. Lo dejé pasar y me eché hacia atrás, y tan pronto como di unpaso fuera de mi habitación, me choqué con Adrian. Sin decir unapalabra, me atrapó entre sus brazos y me asfixió con un beso. Mecogió totalmente por sorpresa. Era sabido. Las criaturas no-muertasno podían sorprenderme, pero un impertinente Moroi real sí podía. Y era un verdadero beso, uno que casi me hacía sentir culpablepor hundirme en él. Había tenido muchas preocupaciones conAdrian al principio, pero muchas de ellas habían desaparecido conel tiempo. Después de verlo coquetear descaradamente y no tomarnada en serio durante tanto tiempo, nunca había esperado ver tantadevoción de él en nuestra relación. Asimismo, no esperabaencontrar que mis sentimientos eran cada vez mayores hacia él...parecía tan contradictorio, teniendo en cuenta que todavía amaba aDimitri y estaba tratando de inventar maneras imposibles parasalvarlo. Me reí cuando Adrian me soltó. Cerca de allí, unos pocos Moroijóvenes habían estado mirándonos. Dhampirs y Moroi juntos no erararo a nuestra edad, ¿pero una Dhampir notoria junto con elsobrino-nieto preferido de la reina Moroi? Eso era un pococomplicado, sobre todo desde que se conocía ampliamente cuánto laReina Tatiana me odiaba. Hubo pocos testigos de mi últimoencuentro con ella, cuando ella me gritó que me mantuviera alejada 34de Adrian, pero la palabra de ese tipo de cosas siempre corre. —¿Les gustó el espectáculo? —Les pregunté a nuestrosobservadores. Al darse cuenta de que habían sido descubiertos, loschicos Moroi rápidamente siguieron su camino. Me volví a Adrian y
  34. 34. le sonreí—. ¿Qué fue eso? Era un beso algo grande para ser dado enpúblico. —Eso —dijo con grandilocuencia—, fue tu recompensa porpatear muchos culos en el entrenamiento. —Hizo una pausa—.También fue porque te ves totalmente caliente con ese vestido. Le di una mirada irónica. —Recompensa, ¿eh? El novio deMeredith le dio unos pendientes de diamantes. Él agarró mi mano e hizo un indiferente encogimiento dehombros mientras comenzamos a caminar hacia la fiesta. —¿Quieresdiamantes? Yo te daré diamantes. Te colmaré de ellos. Maldita sea,te conseguiré un vestido hecho de ellos. Pero va a ser muy corto. —Creo que me conformo con el beso, después de todo —le dije,imaginando a Adrian vistiéndome como una modelo de traje debaño. O una bailarina de barra. La referencia a la joyería me trajo ala memoria recuerdos no deseados. Cuando Dimitri me teníacautiva en Siberia, llevándome a una calmosa complacencia con susmordeduras, él también me había colmado de joyería. —Sabía que eras una chica mala —continuó Adrian. La brisa delcaliente verano le rizaba el pelo castaño, que tan laboriosamentepeinaba cada día, y con su mano libre, distraídamente trató devolverlo a su lugar—. Pero no me había dado cuenta de lo muchoque lo eras hasta que te vi abandonando a los guardianes ahí fuera. —¿Eso significa que vas a ser más agradable conmigo? —Me 35burlé. —Ya estoy siendo agradable contigo —dijo con altanería—.¿Sabes lo mucho que deseo un cigarrillo ahora mismo? Pero, no. Yovalientemente sufro a través de la nicotina retirada... todo por ti.
  35. 35. Pero creo que verte por ahí fuera me hará ser un poco máscuidadoso a tu alrededor. Ese loco padre tuyo también me hacevolverme más cauteloso. Gemí, recordando cómo Adrian y Abe habían estado sentadojuntos. —Dios. ¿De verdad tienes que salir con él? —Hey, él es impresionante. Un poco inestable, peroimpresionante. Nos llevamos muy bien. —Adrian abrió la puertadel edificio que estábamos buscando—. Y es también un chico maloa su manera. Quiero decir, ¿qué otro tío lleva pañuelos como esos?Se habrían reído a carcajadas de él en esta escuela. No Abe. Élgolpearía a alguien casi tan gravemente como tú lo harías. Dehecho... —la voz de Adrian se volvió nerviosa. Le di una mirada desorpresa. —De hecho, ¿qué? —Bueno... Abe dijo que yo le gustaba. Pero también me dejó enclaro lo que me haría si alguna vez te hería o te hiciese alguna cosamala. —Adrian hizo una mueca—. De hecho, me describiógráficamente lo que me haría. Entonces, justo de igual forma,cambió al azar a algún otro tema feliz. Me gusta el tío, pero me damiedo. —Él está fuera de lugar. —Llegué al alto en frente de la fiestadel cuarto. A través de la puerta, oía el rumor de las conversaciones.Al parecer, éramos de los últimos en llegar. Supuse que eso 36significaba que debía hacer una gran entrada digna de un invitadode honor—. Él no tiene derecho a amenazar a mis novios. Tengodieciocho años. Soy adulta. No necesito su ayuda. Yo puedoamenazar a mis novios por mí misma.
  36. 36. Mi indignación divirtió a Adrian, y me dio una sonrisaperezosa. —Estoy de acuerdo contigo. Pero eso no quiere decir queno voy a tomar su ‚consejo‛ en serio. Mi cara es demasiado bonitapara arriesgarla. Su cara era bonita, pero eso no me impidió sacudir mi cabezapor la exasperación. Alcancé la manija de la puerta, pero Adrian metiró de nuevo hacia él. —Espera —dijo. Él me llevó a sus brazos una vez más, nuestroslabios se encontraron en otro beso ardiente. Mi cuerpo se apretó másal suyo, y me encontré confundida por mis propios sentimientos, ycomprendí que estaba llegando a un punto donde yo podría querermás que sólo un beso. —Bien —dijo Adrian cuando nosotros finalmente nos habíamosseparado—. Ahora podemos ir. Tenía el mismo tono ligero en su voz, pero en sus ojos verdeoscuro, yo vi encenderse la pasión. Yo no era la única que queríaalgo más que besos. Hasta ahora, nosotros habíamos evitado hablar sobre sexo, y enrealidad él había sido muy bueno sobre no presionarme. Creo que élsabía que yo aún no estaba preparada después de Dimitri, pero enmomentos como estos, podía ver lo difícil que era para Adriancontenerse. Eso ablandó algo dentro de mí y me puse de puntillas, y le di 37otro beso. —¿Qué fue eso? —preguntó unos momentos después. Sonreí. —Tu recompensa.
  37. 37. Cuando finalmente llegamos a la fiesta, todos en la sala nossaludaron con gritos alegres y sonrisas orgullosas. Hace muchotiempo, yo habría estado feliz de ser el centro de atención. Ese deseose había desvanecido un poco, pero ahora, puse confianza en micara y acepté las alabanzas de mis seres queridos, con arrogancia yfelicidad. Levanté mis manos triunfales, ganando más aplausos yaprobación. Mi fiesta pasó casi tan borrosa como mis pruebas. En realidad,nunca te enteras de cuántas personas se preocupan por ti hasta quetodas se juntan para apoyarte. Eso me hizo sentir humilde y casi unpoco llorosa. Guardé esto para mí misma, sin embargo. No podíacomenzar a llorar en mi propia fiesta de victoria. Todo el mundo quería hablar conmigo, y me sorprendió yestaba encantada de cada nueva persona que se me acercaba. No eraalgo frecuente que yo pudiera tener a todas las personas que másamaba en un solo lugar, y con inquietud comprendí que estaoportunidad tal vez no vendría otra vez. —Bueno, tú finalmente conseguiste una licencia para matar. Yaera tiempo. Me di vuelta y me encontré con los divertidos ojos de ChristianOzera, quien anteriormente era una molestia, pero que se habíaconvertido en un buen amigo. Tan bueno, de hecho, que en miestado emocionado, me extendí y lo abracé, algo que él claramenteno esperaba. Yo estaba sorprendiéndolos a todos hoy. 38 —Wow, wow —dijo él, ruborizado—. Es lógico. Tú eres la únicachica que se emociona con la idea de matar. Yo ni siquiera quieropensar en lo que sucede cuando tú e Ivashkov están solos.
  38. 38. —Hey, mira quién habla. Tú estás ansioso por salir de aquíahora mismo. Christian se encogió de hombros en acuerdo. Era una reglaestándar en nuestro mundo: Los guardianes protegían a los Morois.Los Moroi no se involucran en las batallas. Aunque después de losrecientes ataques Strigoi, muchos Moroi, aunque estaban muy lejosde ser una mayoría, habían comenzado a argumentar que era elmomento de que los Moroi se reforzaran y comenzaran a ayudar alos guardianes. Usuarios del fuego como Christian eranparticularmente valiosos porque quemar era una de las mejoresmaneras de matar a un Strigoi (junto con la estaca y la decapitación).La campaña para enseñar a un Moroi a luchar estaba ahoraestancada deliberadamente por el gobierno Moroi, pero eso no habíaimpedido a algunos Moroi practicar en secreto. Christian era uno deellos. Parpadeó con asombro, mirando a su lado. Había alguien conél, alguien de quien apenas me había percatado. Jill Mastrano estaba cerca de él como una sombra. Unaestudiante Moroi de primer año, que pronto será una estudiante desegundo año, Jill se había presentado como alguien que tambiénquería pelear. De hecho, ella se había convertido en algo así como laaprendiz de Christian. —Hey Jill —dije, dándole una cálida sonrisa—. Gracias porvenir. Jill se sonrojó. Estaba decidida a aprender a defenderse, pero 39ella se ponía nerviosa, cuando estaba junto a otros, particularmentealrededor de ‚celebridades‛ como yo. La confusión era su reacciónnerviosa. —Tenía que hacerlo —ella dijo, cepillando su largo pelorubio de su cara. Como siempre, era una maraña de rizos—. Yo…quiero decir que estuviste genial en las pruebas. Todo el mundo
  39. 39. estaba asombrado. Escuché a uno de los guardianes diciendo quenunca había visto nada como tú, y cuando Christian me preguntó siquería venir, por supuesto que tenía que hacerlo. ¡Ah! —Sus ojosverdes se iluminaron—. Yo ni siquiera te he felicitado. Lo siento.Felicitaciones. A su lado, Christian luchaba por mantener un rostro serio. Yono hice ningún intento parecido y, riéndome, le di un abrazotambién. Yo estaba en peligro de volverme cálida y difusa.Probablemente conseguiría revocar el estado que tenía como unduro guardián si seguía haciendo esto. —Gracias. ¿Están los doslistos para acabar con un ejército de Strigoi ya? —Pronto —dijo Christian—. Pero podríamos necesitar turefuerzo. —Sabía tan bien como yo que los Strigois estaban muyfuera de su liga. Su magia de fuego me ayudó mucho, pero, ¿lopodría hacer él por su cuenta? Pero esa es otra historia diferente. Ély Jill aprendían a utilizar la magia de manera ofensiva, y cuando yohabía tenido un poco de tiempo entre las clases, les enseñabaalgunos movimientos de combate. La cara de Jill se apagó un poco. —Eso ya no pasará una vezque Christian se vaya. Me volví hacia él. No era una sorpresa que él se marcharía.Todos nosotros lo haríamos. —¿Qué será de ti? —Le pregunté. Se encogió de hombros. —Voy a la Corte con el resto de 40ustedes. Mi tía Tasha dice que vamos a tener una ‚charla‛ sobre mifuturo. —Él hizo una mueca. Independiente de cuáles fueran susplanes, parecía que no eran los mismos de Tasha. La mayoría Moroireales se marchaban a colegios de élite. No estaba segura de lo queChristian tenía en mente.
  40. 40. La práctica habitual después de la graduación de los nuevosguardianes era ir a la Real Corte Moroi y conseguir sus asignaciones. Nosotros teníamos un par de días de permiso. Por la miradaChristian, vi a su tía a través del salón, y gracias a eso vi que ellaestaba hablando con Abe. Tasha Ozera estaba casi en sus treinta años, con el mismo pelonegro y brillante y ojos azul claro que Christian tenía. Sin embargo,su hermoso rostro se veía estropeado, por algunas terribles cicatricesa un lado, por el resultado de las lesiones infligidas por los propiospadres de Christian. Dimitri se había convertido en un Strigoi encontra de su voluntad, mientras que los Ozera habían elegido esto apropósito para conseguir la inmortalidad. Irónicamente, esto lescostó la vida cuando los guardianes los cazaron. Tasha se habíahecho cargo de Christian (cuando él no estaba en la escuela) y erauna de los principales dirigentes en el movimiento de apoyo a losMoroi que querían luchar contra los Strigoi. Cicatriz o no, yo la admiraba y seguía considerándola hermosa.Y por la actitud de mi caprichoso padre, estaba claro que él tambiénlo pensaba. Él le sirvió una copa de champaña y le dijo algo que lahizo reír. Ella se inclinó hacia adelante, como si fuera a decirle unsecreto, y él se rió en respuesta. Mi mandíbula cayó. Incluso desdeesta distancia, era obvio que ellos estaban coqueteando. —Dios santo —dije, con un escalofrío, girándome de nuevohacia Christian y Jill. Christian parecía indeciso entre burlarse de mi 41incomodidad y su propio rechazo al ver a la mujer que considerabasu madre ser cortejada por un tipo mafioso. Un momento después,la expresión de Christian se suavizó cuando miró de nuevo a Jill ycontinuó su conversación.
  41. 41. —Oye, tú no me necesitas —dijo él—. Encontrarás a otros aquí.Tendrás tu propio club de superhéroes antes de darte cuenta. Me encontré a mí misma sonriendo de nuevo, pero misagradables sentimientos desaparecieron de repente, substituidos porun ataque de celos. Sin embargo, no eran míos. Eran los celos deLissa, que yo sentía a través del lazo. Desconcertada, miré alrededory la vi al otro lado del salón, dándole a Christian una mirada mortalmientras él hablaba con Jill. Vale la pena mencionar que Christian y Lissa solían salir. Másque eso. Ellos habían estado profundamente enamorados, yhonestamente, aún lo estaban. Desafortunadamente, eventosrecientes habían herido su relación, y Christian había terminado conella. Él la amaba, pero había perdido su confianza en ella. Lissa se salió de control cuando otra usuaria del espíritullamada Avery Lazar, había tratado de controlarla. Eventualmentedetuvimos a Avery, y ella estaba actualmente encerrada en unainstitución mental, según lo último que escuché. Ahora, Christianconocía las razones del horrible comportamiento de Lissa, pero eldaño estaba hecho. Lissa había estado deprimida al principio, pero su pena seconvirtió en rabia. Ella decía que ya no quería tener nada que vercon él, pero el vínculo la desmentía. Siempre estaba celosa decualquier chica con la que él hablara, particularmente Jill, con quienhabía pasado mucho tiempo últimamente. Yo sabía, de hecho, que 42no había nada romántico entre ellos. Jill lo idolatraba como a algúnmaestro sabio, nada más. Si ella estaba enamorada de alguien, erade Adrian, quien siempre la trataba como a una hermanita pequeña.De hecho, todos lo hacíamos, realmente.
  42. 42. Christian siguió mi mirada, y su expresión se endureció.Dándose cuenta de que tenía su atención, Lissa inmediatamente sedio la vuelta y comenzó a hablar con el primer chico que encontró,un dhampir bien parecido de mi clase. Ella canalizó ese encantocoqueto que se les daba tan bien a los usuarios del espíritu, y pronto,ellos dos estaban riéndose y conversando de una manera muysimilar a Abe y Tasha. Mi fiesta se había convertido en algún tipo deservicio de citas rápidas. Christian me miró de nuevo. —Bueno, parece que ella tienebastante con qué mantenerse ocupada. Puse mis ojos en blanco. Lissa no era la única que estaba celosa.Al igual que ella se ponía histérica cuando él estaba con otras chicas,Christian se molestaba cuando ella hablaba con otros chicos. Erainsoportable. En lugar de admitir que aún tenían sentimientos el uno por elotro y tratar de arreglar las cosas, estos dos idiotas seguíanmostrando más y más hostilidad entre ellos. —¿Podrías parar y tratar de hablar con ella como una personaracional algún día? —Gruñí. —Claro —dijo él amargamente—. El mismo día que ellacomience a actuar como una persona racional... —Oh, Dios mío. Ustedes dos van a lograr que me arranque micabello. 43 —Sería un desperdicio de buen cabello —dijo Christian—.Además ella ha dejado su actitud perfectamente clara.
  43. 43. Comencé a protestar y a decirle qué tan estúpido era, pero él notenía intenciones de quedarse para escuchar el mismo discurso queya le había dado una docena de veces. —Vamos Jill —dijo él—. Rose necesita seguir atendiendo susinvitados. Él se alejó rápidamente, y estuve medio tentada de golpearlohasta hacerle entender las cosas cuando una nueva voz habló. —¿Cuándo vas a arreglar eso? —Tasha estaba parada al ladomío, sacudiendo su cabeza ante la retirada de Christian—. Esos dosnecesitan volver a estar juntos. —Lo sé. Tú lo sabes. Pero ellos parecen incapaces de metérseloen sus cabezas. —Bueno, será mejor que te apures —dijo ella—. Si Christian seva a la universidad al otro lado del país, será demasiado tarde. —Había un seco, y exasperado, tono en su voz cuando mencionó lapartida de Christian a la universidad. Lissa iba a asistir a Leigh, una universidad cerca de la Corte,gracias a un trato que hizo con Tatiana. Lissa podría asistir a unauniversidad más grande que a las que los Moroi usualmenteasistían, a cambio de pasar tiempo en la Corte y aprender adesenvolverse entre la realeza. —Lo sé —dije exasperada—. Pero, ¿por qué soy yo la que tiene 44que arreglarlo? Tasha sonrió. —Porque tú eres la única lo suficientementefuerte para hacerlos ver la razón.
  44. 44. Decidí dejar pasar la insolencia de Tasha, sobretodo porque,que ella estuviera hablando conmigo, significaba que no estabahablando con Abe. Mirando alrededor del salón, me quedé tiesa de repente. Ahoraél estaba hablando con mi madre. Pedazos de su conversación sefiltraban a través del ruido. —Janine —dijo él seductoramente—, no has envejecido un sólodía. Podrías ser la hermana de Rose. ¿Recuerdas aquella noche enCapadocia? Mi mamá realmente soltó una risita tonta. Nunca antes la habíaescuchado hacer eso. Decidí que no quería volverlo a hacer. —Porsupuesto. Y recuerdo lo dispuesto que estabas a ayudarme cuandose rompió el tirante de mi vestido. —Dios santo —dije yo—. Él es incansable. Tasha me miró confundida hasta que vio a que me refería. —¿Abe? En realidad es bastante encantador. Yo gruñí. —Discúlpame. Me dirigí hacia mis padres. Yo aceptaba que ellos hubierantenido un romance, uno que dio como resultado mi concepción,pero eso no quería decir que estuviera dispuesta a verlos revivirlo.Ellos estaban recordando alguna caminata en la playa cuando losalcancé. Inmediatamente toqué el brazo de Abe. Él estaba parado 45demasiado cerca a ella. —Oye. ¿Puedo hablar contigo?
  45. 45. Él pareció sorprendido, pero se encogió de hombros. —Ciertamente. —Le dio a mi madre una sonrisa conocedora—.Seguiremos hablando más tarde. —¿Acaso no hay ninguna mujer a salvo aquí? —Nos detuvimosal lado de la mesa del ponche—. ¡Has estado coqueteando con cadamujer en este salón! Mi reprobación no parecía importarle. —Bueno, hay tantasmujeres adorables aquí... ¿eso es lo que querías decirme? —¡No! quería hablar contigo sobre amenazar a mi novio. Notenías derecho a hacer eso. Sus oscuras cejas se levantaron. —¿Qué, eso? Eso no fue nada.Simplemente un padre cuidando a su hija. —La mayoría de los padres no amenazan con desmembrar a losnovios de sus hijas. —Eso no es cierto. Y, de todos modos, eso no es lo querealmente dije. Era mucho peor. Suspiré. Él parecía deleitarse en mi exasperación. —Piensa en ello como un regalo de graduación. Estoy orgullosode ti. Todo el mundo sabía que serías buena, pero nadie sabía queserías tan buena. —Me guiñó un ojo—. Ciertamente no esperabanque destruyeras su propiedad. 46 —¿Qué propiedad? —El puente. Fruncí el ceño. —Tuve que hacerlo. Era la forma más eficiente.Dios, ese fue un desafío tremendo. ¿Qué hay de los demás
  46. 46. graduados? Ellos en realidad no lucharon en medio de esa cosa,¿verdad? Abe negó con la cabeza, amando cada minuto de suconocimiento superior. —Nadie más fue puesto en esa situación. —Por supuesto que sí. Todos nos enfrentamos a las mismaspruebas. —No tú. Durante la planificación de las pruebas, los guardianesdecidieron que necesitabas algo... extra. Algo especial. Después detodo, has estado afuera peleando en el mundo real. —¿Qué? —El volumen de mi voz llamó la atención de algunosotros. Lo bajé, y las palabras anteriores de Meredith volvieron amí—. ¡Eso no es justo! Él no parecía interesado. —Eres superior a los otros. Dejartehacer cosas fáciles no habría sido justo. Me había enfrentado a un montón de cosas ridículas en mi vida,pero esto estaba bastante cerca. —¿Así que me pusieron ese locotruco del puente en su lugar? Y si les sorprendió que lo cortara,entonces, ¿qué otra cosa en el infierno esperaban que hiciera? ¿Dequé otro modo se suponía que debía sobrevivir a eso? —Hmm. —Él se acarició el mentón distraídamente—.Honestamente, no creo que lo supieran. —Por el amor de Dios. Esto es increíble. 47 —¿Por qué estás tan enfadada? Pasaste. —Porque me pusieron en una situación en la que ni siquierasabían cómo salir. —Le di una mirada sospechosa—. ¿Y cómo sabesincluso sobre esto? Todo esto es asunto de guardianes.
  47. 47. Una expresión que no me gustó en absoluto se apoderó de surostro. —Ah, bueno, estaba con tu madre anoche y... —Whoa, está bien. Alto allí —lo interrumpí—. No quiero oír loque tú y mi madre estaban haciendo anoche. Creo que eso sería peorque el puente. Él sonrió. —Ambos están en el pasado, por lo que no haynecesidad de preocuparse ahora. Disfruta de tu triunfo. —Lo intentaré. Pero no me hagas más favores con Adrian, ¿deacuerdo? Quiero decir, me alegra que vinieras a apoyarme, pero esoes más que suficiente. Abe me dirigió una mirada astuta, recordándome que, debajode esa fanfarronería, él era en realidad un hombre astuto ypeligroso. —Estuviste más que feliz de que te hiciera un favordespués de que regresaste de Rusia. Hice una mueca. Tenía un punto, notando que se las habíaarreglado para entregar un mensaje en una prisión de altaseguridad. Incluso si no hubiera conducido a nada, él seguíateniendo puntos. —De acuerdo —admití—. Eso fue bastante sorprendente. Yestoy agradecida. Todavía no sé cómo lograste eso. —De pronto,como un sueño que recuerdo un día después, me acordé de la ideaque había tenido justo antes de mis pruebas. Bajé mi voz—.Realmente no fuiste allí, ¿verdad? 48 Él soltó un bufido. —Por supuesto que no. No pondría los piesen ese lugar. Simplemente puse a trabajar mi red. —¿Dónde está ese lugar? —Pregunté, esperando que sonarasuave.
  48. 48. No se dejó engañar. —¿Por qué quieres saber? —¡Porque soy curiosa! Los criminales convictos siempredesaparecen sin dejar rastro. Soy un guardián ahora, y ni siquiera sénada sobre nuestro sistema penitenciario propio. ¿Hay una solaprisión? ¿Hay un montón? Abe no respondió de inmediato. Me estaba estudiandocuidadosamente. En su negocio, todo el mundo sospechaba de lassegundas intenciones. Como su hija, probablemente era doblementesospechosa. Estaba en los genes. Él debe haber subestimado mi potencial de locura, porquefinalmente dijo: —Hay más de una. Víctor está en una de las peores.Se llama Tarasov. —¿Dónde está? —¿En este momento? —Él reflexionó—. En Alaska, creo. —¿Qué quieres decir con ‚en este momento‛? —Se mueve durante todo el año. En este momento está enAlaska. Después, estará en Argentina. —Él me dio una sonrisamaliciosa, aparentemente preguntándose cuán astuta era—. ¿Sabespor qué? —No, espera. La luz del sol. —Tenía perfecto sentido—. Alaskatiene luz del día casi continua en esta época del año, pero nochecontinua en el invierno. 49 Creo que estaba más orgulloso de mi comprensión que de mispruebas. —Cualquier prisionero que intente escapar, tendría unmomento difícil. —En pleno sol, ningún fugitivo Moroi llegaría muy
  49. 49. lejos—. No es que nadie pueda escaparse en ese nivel de seguridad,de todos modos. —Traté de ignorar cuán premonitorio sonaba eso. —Parece que la han puesto muy al norte de Alaska entonces —le dije, con la esperanza de sonsacar la ubicación real de formaindirecta—. Consigues más luz de esa manera. Él se rió entre dientes. —Ni siquiera yo puedo decirte eso. Esaes información que los guardianes mantienen reservada y enterradaen su cuartel general. Me quedé helada. Cuartel general... Abe, a pesar de ser generalmente observador, no se dio cuentade mi reacción. Sus ojos estaban viendo algo en la habitación. —¿Esesa Renee Szelsky? Vaya, vaya... ella se ha puesto hermosa con losaños. Lo despedí con un gesto a regañadientes, en gran parte porquequería seguir este nuevo plan en mi mente, y porque no habíaninguna Renee que yo conociera muy bien, lo que hizo que meafectara en una manera menos terrible—. Bueno, no dejes que tedetenga. Ve a atraer más mujeres a tu telaraña. Abe no necesitó mucha insistencia. Sola, dejé que mi cerebrodiera vueltas, preguntándome si mi plan en desarrollo tendríaalguna posibilidad de éxito. Sus palabras habían despertado unnuevo plan en mi mente. No era mucho más loco que la mayoría delos otros. Al otro lado de la habitación, me encontré con los ojos jade 50de Lissa otra vez. Con Christian fuera de vista, su estado de ánimohabía mejorado. Ella se estaba divirtiendo y estaba entusiasmadacon las aventuras que nos esperaban, ahora que éramos libres en elmundo. Mi mente volvió a la ansiedad que había sentido más
  50. 50. temprano en el día. Podríamos ser libres ahora, pero la realidad nosalcanzaría pronto. El reloj seguía corriendo. Dimitri estaba esperando, observando.Me pregunté brevemente si todavía recibiría sus cartas semanales,ahora que me iría de la escuela. Le sonreí a ella, sintiéndome un poco mal porque arruinaría suestado de ánimo cuando le dijera que ahora podría tener unaoportunidad muy real de ayudar a escapar a Victor Dashkov deprisión. 51
  51. 51. Traducido por Melo y Cyely Divinna Corregido por María José L os días siguientes fueron extraños. Los otros novatos y yo podríamos haber tenido la graduación más llamativa, pero no éramos los únicos en terminar nuestraeducación en el St. Vladimir. Los Morois tenían su propia ceremoniade graduación, y el campus se fue llenando de visitantes. Luego, casitan rápido como llegaron, los padres desaparecieron, llevando a sushijos e hijas con ellos. Los Morois ‚Reales‛‖pasaba‖el‖verano‖con‖sus‖padres en haciendas de lujo, muchos en el hemisferio sur, donde losdías eran más cortos en esta época del año. Los Morois ‚Normales‛‖lo pasaba con sus padres también, en sus modestos hogares,posiblemente consiguiendo trabajos de verano antes de launiversidad. Y, por supuesto, con la escuela en medio del verano, todos losdemás estudiantes la dejaban también. Algunos, sin familia a la cualvisitar, por lo general dhampirs, permanecían durante todo el año, 52tomando optativas especiales, pero eran la minoría. El campus fuevaciándose cada día mientras mis compañeros y yo esperamos el díaen que seríamos llevados a la Corte Real. Hicimos nuestra
  52. 52. despedida de los demás, viendo a los Moroi pasar o a dhampirsjóvenes que pronto estarían siguiendo nuestros pasos. Una persona por la que estaba triste por su partida era Jill. Laencontré mientras caminaba hacia el dormitorio de Lissa el día antesde mi viaje a la Corte. Había una mujer con Jill, presumiblemente sumadre, y ambas llevaban cajas. La cara de Jill se iluminó al verme. —¡Hey, Rose! Me despedí de todos los demás, pero no pudeencontrarte —dijo con entusiasmo. Sonreí. —Bueno, me alegro de que me encontraras. Yo no podía decirle que le estaba diciendo adiós también. Mehabía pasado mi último día en St. Vladimir caminando por todos lossitios conocidos, empezando por el campus de primaria, dondeLissa y yo nos conocimos por primera vez en el kinder. Exploré lospasillos y rincones de mis dormitorios, pasé por delante de misaulas favoritas, e incluso visité la capilla. Me pasé también unmontón de tiempo en áreas llenas de recuerdos agridulces, como lasáreas de entrenamiento donde por primera vez había llegado aconocer Dimitri. La pista en la que antes me hacía dar vueltas. Lacabaña en la que finalmente nos tuvimos el uno al otro. Había sidouna de las noches más increíbles de mi vida, y pensar en ellasiempre me había traído alegría y dolor. Aunque Jill no tenía por qué cargar con nada de eso. Me volvíhacia su madre y empecé a ofrecerle mi mano hasta que me di 53cuenta que ella no podía moverla mientras maniobrara con la caja.—Yo soy Rose Hathaway. Aquí, déjeme ayudarla. La tomé antes de que pudiera protestar porque estaba segura deque lo haría.
  53. 53. —Gracias —dijo, amablemente sorprendida. Cogí el paso conellas cuando comenzaron a caminar de nuevo—. Soy EmilyMastrano. Jill me habló mucho de ti. —Ah, ¿sí? —Pregunté, dándole a Jill una sonrisa burlona. —No mucho. Sólo que pasábamos el rato algunas veces. —Hubo una ligera advertencia en los ojos verdes de Jill, y se meocurrió que Emily probablemente no sabía que su hija practicabaprohibidas formas de magia para matar Strigoi en su tiempo libre. —Nos gusta tener a Jill cerca —le dije, sin ponerla aldescubierto—. Y uno de estos días, vamos a enseñarle a dominar esepelo. Emily se rió. —Lo he estado intentando durante casi quinceaños. Buena suerte. La madre de Jill era impresionante. Las dos no se parecen entresí mucho, al menos no por encima. El cabello lustroso de Emily erarecto y negro, sus ojos azul profundo y largas pestañas. Se movíacon una gracia esbelta, muy diferente a Jill, siempre consciente alcaminar. Sin embargo, pude ver los genes que compartían aquí yallá, la forma de sus rostros y la forma de corazón de sus labios. Jillaun era joven, y cuando su rostro cambiara, algún día romperíacorazones, algo que probablemente le era ajeno ahora mismo. Ojaláque su autoestima crezca. —¿Dónde está su casa? —Le pregunté. 54 —Detroit —dijo Jill, haciendo una mueca. —No es tan malo —se rió su mamá. —No hay montañas. Sólo carreteras.
  54. 54. —Soy parte de una compañía de ballet allí —explicó Emily—.Así que nos quedamos en donde podemos pagar las cuentas. —Creoque estaba más sorprendida de saber que la gente iba al ballet enDetroit, que de saber que Emily era una bailarina. Tenía muchosentido, observándola, y realmente, con su altura y delgadez, losMoroi eran bailarines ideales en lo que humanos se refería. —Hey, es una gran ciudad —le dije a Jill—. Disfruta de laexperiencia mientras puedas antes de que regreses a la aburridarutina. —Por supuesto, el entrenamiento de combates y ataquesilícitos a Strigoi era poco aburrido, pero yo quería hacer que Jill sesintiera mejor—. Y no será tanto tiempo. —Las vacaciones de veranode los Moroi eran apenas de dos meses. Los padres estaban ansiosospor regresar a sus hijos a la seguridad de la Academia. —Supongo, —dijo Jill, no sonando convencida. Llegamos a sucoche, y puse las cajas en el maletero. —Te enviaré correos electrónicos cuando pueda —le prometí—.Y apuesto a que Christian también. Tal vez incluso puedo hablar conAdrian sobre esto. Jill se iluminó, y me sentí feliz de verla volver a su normalsobreexcitación. —¿En serio? Eso sería genial. Quiero escuchar todolo que sucede en la Corte. Probablemente llegarás a hacer todo tipode cosas interesantes con Lissa y Adrian, y apuesto a que Christianencontrará toda clase de cosas... sobre las cosas. 55 Emily no parecía darse cuenta del lamentable intento decorrección de Jill, y en su lugar me mostró una linda sonrisa. —Gracias por tu ayuda, Rose. Fue genial conocerte. —Tú‖también…‖¡umf!
  55. 55. Jill se había arrojado hacia mí con un abrazo. —Buena suertecon todo —dijo—. Eres muy afortunada, ¡vas a tener una gran vidaahora! Yo le devolví el abrazo, no puedo explicar cuánta envidia medio ella. Su vida era todavía segura e inocente. Ella se podría resistira pasar el verano en Detroit, pero la estancia sería breve, y prontoestaría de vuelta en el mundo familiar y fácil de St. Vladimir. Ella nose fijaba en lo desconocido y sus peligros. Fue sólo después de que ella y su madre se habían ido, que meatreví a responder a su comentario. —Espero que sí —murmuré,pensando en lo que se avecinaba—. Así lo espero. Mis compañeros de clase y Moroi escogidos volamos tempranoal día siguiente, dejando las montañas rocosas de Montana detrás delas colinas de Pensilvania. La Corte Real lucía como la recordaba,con el mismo imponente, aire antiguo que St. Vladimir trató dedifundir con sus altos edificios y la arquitectura de piedraintrincada. Pero la escuela también parecía querer mostrar un aireestudioso, mientras que la Corte era más ostentosa. Era como lospropios edificios tratando de asegurarse de que todos sabíamos quese trataba de la sede del poder y la realeza entre los Moroi. ElTribunal Real quería que nos sorprendiéramos, y tal vez que nossintiéramos un poco intimidados. 56 Y aunque yo había estado aquí antes, me sentí aunimpresionada. Las puertas y ventanas de los edificios de piedraestaban cinceladas y enmarcadas con una bella decoración dorada.Estaban muy lejos de la brillantez que había visto en Rusia, pero medi cuenta ahora que los diseñadores de la Corte habían diseñado sus
  56. 56. edificios de acuerdo a la edad Europea de las fortalezas y palaciosde San Petersburgo. San Vladimir tenía bancos y senderos en loscuádriceps y los patios, pero la Corte dio un paso más. Las fuentes yestatuas elaboradas de los gobernantes pasados adornaban elcésped, las exquisitas obras de mármol que habían estadopreviamente escondidos por la nieve. Ahora, en pleno verano, eranbrillantes y se exhibían. Y en todas partes, en cada lugar, había floresen los árboles, arbustos, caminos. Era deslumbrante. Era lógico que los nuevos graduados visitaran los tutorescentrales de la administración, pero se me ocurrió que ellos teníanotra razón para traer aquí nuevos guardianes. Querían que miscompañeros y yo viéramos todo esto, para que nos sintiéramosabrumados y agradecidos de la gloria por la que estábamosluchando. Por los rostros de los nuevos graduados, yo sabía que latáctica estaba funcionando. La mayoría nunca había estado aquíantes. Lissa y Adrian habían estado en mi vuelo, y los tres nosagrupamos mientras caminábamos con el grupo. Era tan calientecomo lo había sido en Montana, pero la humedad de aquí eramucho más gruesa. Yo estaba sudando después de sólo un poco deluz mientras caminaba. —Trajiste un vestido esta vez, ¿verdad? —preguntó Adrian. —Por supuesto —le dije—. Ellos tienen algunas cosas de lujoque quieren que nosotros visitemos, aparte de la recepción 57principal. Aunque pueden darme el blanco y negro para eso. Sacudió la cabeza, y me fijé que su mano empezaba a avanzarhacia su bolsillo antes de dudar y echarlo hacia atrás. Podía habervenido progresando en dejar de fumar, pero estaba bastante segura
  57. 57. de que el deseo subconsciente de tomar un paquete de formaautomática en el momento en que se encontraba al aire libre no sequitaba tan rápidamente. —Quiero decir para esta noche. Para la cena. Miré inquisitivamente a Lissa. Su horario en la Corte siemprehabía‖tenido‖una‖variedad‖de‖funciones‖que‖‚la‖gente‖promedio‛‖no‖atendía. Con mi nuevo e incierto estado, no estaba segura de si yoiría con ella. Percibí su perplejidad por el vínculo y podría decir queella no tenía ni idea sobre los planes de la cena especial. —¿Qué cena? —Le pregunté. —La que preparé con mi familia. —La‖ que‖ tú…‖ —me detuve abruptamente y me quedémirándolo con los ojos abiertos, no me estaba gustando la sonrisa desuficiencia en su rostro—. ¡Adrian! —Algunos de los reciéngraduados mostraban curiosidad y seguían caminando a nuestroalrededor. —Vamos, hemos estado saliendo por un par de meses. Lareunión con los padres es parte del ritual de citas. He conocido a tumadre. ¡Hasta conocí a tu atemorizante padre! Ahora es tu turno. Tegarantizo que nadie de mi familia va a hacerte el tipo de sugerenciasque tu padre me hizo a mí. Yo realmente había tenido una especie de encuentro con el 58padre de Adrian antes. O, bueno, lo había visto en una fiesta.Dudaba de que él tuviera la menor idea de quién era yo, echando miloca reputación a un lado. Yo no sabía casi nada sobre la madre deAdrian. En realidad hablaba muy poco de los miembros de sufamilia, bueno, de la mayoría de ellos.
  58. 58. —¿Sólo con tus padres? —Le pregunté con recelo—. ¿Algúnotro miembro de tu familia del que deba saber? —Bueno... —la mano de Adrian tembló de nuevo. Creo que estavez él quería un cigarrillo o algún tipo de protección frente a la notade advertencia en su voz. Miré a Lissa, quien parecía muy divertidacon todo esto—. Mi tía-abuela‖favorita‖podría‖pasarse‖por…‖ —¿Tatiana? —Exclamé. Por centésima vez, me pregunté cómohabía tenido tanta suerte como para tener algo con un hombrerelacionado con la líder de todo el mundo Moroi—. ¡Ella me odia!¿Sabes lo que pasó la última vez que hablamos? —Su Majestad sehabía acercado a mí, gritando acerca de cómo yo era muy poca cosapara‖ estar‖ con‖ su‖ sobrino‖ y‖ cómo‖ tenía‖ grandes‖ ‚planes‛‖ para‖ él‖ y‖Lissa. —Creo que ella está entrando en razón. —Oh, por favor. —No, en serio. —Casi parecía que estaba diciendo la verdad—.Hablé con mi mamá el otro día, y... no sé, tía Tatiana no pareceodiarte tanto. Fruncí el ceño, y los tres empezamos a caminar de nuevo. —Talvez ella admira tu reciente trabajo de guardiana —reflexionó Lissa. —Tal vez —dije. Pero realmente no lo creía. En todo caso, lo queyo hiciera me hacía más despreciable ante los ojos de la reina. 59 Sentí que de alguna forma, Adrian me traicionaba por haberpreparado esta cena para mí, pero no había nada que hacer alrespecto ahora. El único lado brillante era que yo tenía la impresiónde que me estaba haciendo una broma acerca de su tía pasándosepor aquí. Le dije que iría, y mi decisión lo puso de un estado de
  59. 59. ánimo tan bueno que no hizo muchas preguntas cuando Lissa y yole‖ dijimos‖ que‖ íbamos‖ a‖ hacer‖ ‚nuestras‖ cosas‛‖ para‖ la‖ tarde.‖ Mis‖compañeros de clase consiguieron un tour por La Corte y susterrenos como parte de su adiestramiento, pero yo lo había vistotodo antes y fui capaz de zafarme de ella. Lissa y yo dejamosnuestras pertenencias fuera de nuestras habitaciones y luego medispuse‖a‖ir‖a‖la‖parte‖de‖atr{s‖de‖La‖Corte,‖donde‖la‖gente‖‚no‖tan‖real‛‖vivía. —¿Vas a decirme ahora cuál es la otra parte de tu plan? —preguntó Lissa. Desde que Abe me había explicado acerca de la prisión deVictor, había estado haciendo otra lista mental de los problemas quetendría que afrontar al entrar en ella. Principalmente eran dos, queno tenía cuando había hablado inicialmente con Abe. No es que lascosas estuviesen realmente mucho más fáciles. En primer lugar, noteníamos idea sobre el lugar de Alaska en el que se encontraba. Ensegundo lugar, no sabíamos cómo eran las defensas de la prisión yel diseño. No teníamos idea de lo que teníamos que hacer parapoder entrar. Sin embargo, algo me dijo que todas estas respuestas podríanencontrarse en una fuente, lo que significaba que en realidad sólohabía un problema inmediato: cómo llegar a esa fuente.Afortunadamente, yo conocía a alguien que podría ser capaz deayudarnos con eso. 60 —Vamos a ver a Mia —le dije. Mia Rinaldi era nuestra antigua compañera Moroi, una viejaenemiga, en realidad. También era un modelo de niña para uncambio total de personalidad. Había pasado de ser una intrigante
  60. 60. puta dispuesta a aplastar y dormir con cualquier persona en subúsqueda de popularidad, a ser una chica segura, con los pies en latierra, dispuesta a aprender a defenderse a sí misma y a los demásde los Strigoi. Vivía aquí en la Corte con su padre. —¿Crees que Mia sabe cómo introducirse en una prisión? —Mia es buena, pero no creo que ella sea así de buena. Aunqueprobablemente puede ayudarnos a llegar a la inteligencia. Lissa gimió. —No puedo creer que hayas usado la palabra ‚inteligencia‛.Esto realmente se está convirtiendo en una película de espionaje. —Habló con ligereza, pero podía sentir la preocupación dentro de ella.El tono suave disimulaba su temor, la inquietud que aún sentía porla liberación de Victor, a pesar de la promesa que me hizo a mí. Los que no eran miembros de la realeza, trabajaban y hacíancosas ordinarias, vivían en apartamentos muy lejos del cuartel de lareina y de la sala de recepción. Yo había conseguido la dirección deMia por adelantado, y salimos a través del terreno perfectamentecuidado, gruñéndonos la una a la otra todo el camino por el calordel día. La encontramos en su casa, vestida informalmente conpantalones vaqueros y una camiseta con una paleta helada en lamano. Sus ojos se abrieron cuando nos vio afuera de su puerta. —Bueno, que me condenen —dijo. 61 Me eché a reír. Era el tipo de respuesta que yo daría. —Me alegro de verte también. ¿Podemos pasar? —Por supuesto. —Se hizo a un lado—. ¿Quieres un helado?
  61. 61. Como si tuviera que preguntarlo. Tomé una de uva y me sentécon Lissa y ella en la pequeña sala. El lugar estaba muy lejos de laopulencia de las casas de la Realeza, pero estaba limpio y resultabaacogedor, y sobre todo era muy querido por Mia y su padre. —Sabía que los graduados venían —dijo Mia, cepillándose losrubios rizos de su cara—. Pero no estaba segura de si estabas conellos o no. ¿Incluso te graduaste? —Sí —le dije—. Tengo la marca de la promesa y todo. —Levanté mi pelo para que ella pudiera ver el vendaje. —Me sorprende que te dejaran regresar otra vez después de tusasesinatos múltiples. ¿O te dan más crédito por eso? Al parecer, Mia había escuchado el mismo cuento de misaventuras que todos los demás. Eso estaba bien conmigo. No queríahablar de la verdad. No quería hablar de Dimitri. —¿Crees que alguien podría detener a Rose para que no haga loque ella quiere? —preguntó Lissa con una sonrisa. Estaba tratandode evitar entrar en muchos detalles sobre mi paradero pasado, porlo que estaba muy agradecida. Mia se rió y tomó un gran trozo de helado de limón. Fue unmilagro que no llegara a congelar su cerebro. —Cierto. —Su sonrisa se desvaneció mientras se tragó elbocado. Sus ojos azules, siempre sagaces, me observaron en silencio 62durante unos momentos—. Y Rose quiere algo ahora. —Oye, estamos felices de verte —le dije. —Te creo. Pero también creo que tienes un motivo ulterior.

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