Cultura popular, ciencia y tecnología

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Cultura popular, ciencia y tecnología

  1. 1. El neandertal listo Manuel Rodríguez Rivero El País 13 ENE 2010 Como se sabe, la cultura popular es una categoría inventada por intelectuales. De repente, hacia finales del XVIII, las clases cultivadas empezaron a demandar a las que no lo eran algo más que el respeto, la obediencia y el trabajo que les habían exigido hasta entonces: ahora querían que, además, les suministraran sus pequeños tesoros ocultos, las canciones que cantaban, los cuentos que se contaban al amor de la lumbre, los utensilios de factura barata que fabricaban para facilitar o adornar sus existencias. Los folcloristas los recogían y los clasificaban: los exponían como riqueza de todo el pueblo (ahora ellos eran también el pueblo). Las clases medias que abanderaron los nacionalismos románticos comenzaron a mostrar un insólito interés por lo "auténtico", por lo no contaminado por la influencia exterior. Lo "suyo" seguía siendo sólo suyo, pero ahora, y en el marco sacrosanto de la nación, también podían enorgullecerse de una herencia que pertenecía a todos: lo popular. En todo caso, la obsesión de los intelectuales por marcar las diferencias entre "alta" y "baja" cultura fue bastante posterior. Coincide con ese hecho definitorio de la primera modernidad del que advertía Ortega con esa pizquita tan suya de paranoia de clase que hoy resulta enternecedora: el advenimiento de las "aglomeraciones". Así lo explica: "La muchedumbre, de pronto, se ha hecho visible, se ha instalado en los lugares preferentes de la sociedad". A partir de entonces, las masas que protagonizan esa "hiperdemocracia" impusieron sus propias formas de cultura, mucho más extensivas e integradoras, por medio de nuevos instrumentos técnicos: el cine sería durante mucho tiempo el más eficaz. Tener una cultura común significa compartir los significados que constantemente creamos y de los que estamos hechos. Y, por tanto, compartir inevitablemente prejuicios y puntos de vista ("opiniones") alimentados desde esos masivos dispensadores de "cultura popular" que terminan amueblando buena parte de nuestro imaginario. La ciencia se encarga a veces de desmentirlos o puntualizarlos, pero el poder de persuasión de la verdad científica requiere más tiempo. Los mitos suelen expresar sentimientos ocultos: por eso son más atractivos. Últimamente he seguido con interés dos de esas "puntualizaciones" de la ciencia que me han servido para calibrar la intensidad con que mis "saberes" de no especialista se hallan condicionados por los mitos de la cultura popular. El descubrimiento y posterior análisis de nuevas tumbas de trabajadores que intervinieron en la construcción de la Gran Pirámide de Giza viene a apuntalar lo que, al parecer, los egiptólogos conocían hace tiempo (véase el entretenido El secreto de la esfinge, de Charlotte Booth, Crítica): que los que levantaron aquellas moles eternas no eran esclavos, sino obreros asalariados más o menos orgullosos de participar en la construcción de la tumba de su faraón. Hollywood -¿recuerdan, por ejemplo, Los diez mandamientos?-, que se inspiró en la opinión de Herodoto, nos impuso la convicción de la mano de obra esclava. La otra "revelación" se refiere a nuestros primos neandertal. Recientes descubrimientos en Cueva Antón (Murcia) vienen a confirmar lo que algunos arqueólogos ya sabían: que aquellos antepasados nuestros no eran tan brutos como imaginábamos. Ahora resulta que se adornaban con conchas pintadas, y que para hacerlas más bellas fabricaban pigmentos, que probablemente también utilizaban como cosméticos. La idea del neandertal simiesco, brutal y de inteligencia más que limitada, transmitida por la cultura popular (desde las historietas al cine) comienza a desvanecerse.
  2. 2. Detrás quedan, y también para siempre, creaciones de la cultura popular que habían alimentado nuestros prejuicios interpretando a su modo lo que (aún) no sabíamos. En el imaginario almacén de nuestra cultura tendrán que compartir espacio, como siempre lo hicieron, doxa y ciencia. La brillantez de Hollywood y la testaruda rotundidad de los hechos. De modo que vayámosle haciendo un hueco al neandertal listo. El nuevo líder de la tribu JORDI SOLER. El País 10-Nov-2013 En el primer libro de su célebre tetralogía, Carlos Castaneda narra su encuentro con Don Juan, un viejo chamán del norte de México que, durante cuatro libros apasionantes, le enseña a vivir como un brujo yaqui. Carlos Castaneda es antropólogo y sus libros se debaten entre la ciencia y la ficción literaria o, como bien apuntó Octavio Paz en el prólogo de Las enseñanzas de don Juan: “Su tema es la derrota de la antropología y la victoria de la magia”. En su primer encuentro Don Juan le pide al narrador que busque su sitio, el punto en el que se sienta mejor física y mentalmente, dentro de un habitáculo de ocho metros cuadrados. Desde ese punto, le explica el chamán, podrá abordar cualquier reflexión o actividad con mayor energía. Castaneda, dispuesto a dejarse adiestrar por el viejo, que después de la escueta explicación lo ha dejado solo, comienza a desplazarse de un lado a otro del cuarto, se recarga en una pared, luego se recuesta en el suelo y al cabo de un rato comienza a rodar de un lado a otro hasta que percibe algo, cierto bienestar, y para no extraviar la coordenada pone ahí su chaqueta. Más adelante experimenta otra oleada de bienestar, en otro sitio, que señala con uno de sus zapatos. El antropólogo pasa toda la noche rodando de un lado a otro del cuarto hasta que, súbitamente, encuentra su sitio y arrastrado por la oleada de bienestar definitiva se queda dormido. Durante esos cuatro libros Castaneda, con una tolerancia y una paciencia de dimensiones orientales, se deja aleccionar por el viejo chamán; además del triunfo de la magia que observaba Paz, esta historia es un monumento a la sabiduría de los viejos, y a la importancia que esta tiene en la vida de los más jóvenes. Hace unos días, al entrar en una Apple store en Barcelona, contemplé una escena que era la antítesis de ese monumento a la sabiduría de los viejos: en un improvisado salón, que se extendía entre las mesas que exhibían ordenadores y tabletas, dos docenas de viejos atendían las perlas informáticas que soltaba, con gran desparpajo, un joven que debía tener la misma edad que los nietos de los viejos que lo escuchaban, que intentaban aprender los rudimentos de los ordenadores, cosas simples como enviar mails o husmear en Google o apuntarse a una red social. Hasta hace muy poco era el joven el que tenía que esforzarse para estar a la altura de la sabiduría del viejo, y hoy ocurre precisamente lo contrario, los viejos tienen que esforzarse para estar a la altura de los jóvenes, se acercan con un temor reverencial, casi religioso, a ordenadores y tabletas mientras que los más jóvenes, incluso los niños, bucean con gran destreza y mucho descaro en las profundidades de la Red. Estamos pues ante un clásico salto generacional, pero este es de proporciones insondables y de una magnitud todavía desconocida. De manera casi insensible, el mundo se ha reorientado y hoy la sabiduría de los viejos, ese referente del que se había echado mano desde el principio de los tiempos, ha sido sustituida por Google, la herramienta con la que puede accederse a toda la información. ¿En qué momento cambió todo de manera tan radical? El sabio de la tribu ha sido reemplazado por el joven técnico que conoce las claves para acceder a la información, para transmitirla, multiplicarla y manipularla; el viejo sabio habla desde su experiencia, desde su memoria que ha cultivado durante muchas décadas, mientras que al joven técnico le basta con tener wifi al alcance para conectarse a Internet. Hoy manda quien tiene más información y la gente de cierta edad se ha quedado al margen, el periódico de papel, el correo de sobre y sello y el telediario de las nueve se han hecho súbitamente viejos, la información corre por otros cauces, precisamente por esos aparatos que ellos no saben manejar. […]

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