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Sin cubiertas, cosas que pasan.
Disfrutadlo.
Fancine de Marcelo Ortega y Miguel Ventayol creado con motivo de la celebración del Reto Fancine 2010.

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  1. 1. 24 ÍNDICES24 RELATOS En este parte del monte La conspiración de los vampiros. El secreto Deferr El último día de Yuri Luhman Menuda noche24 ENTREVISTAS Entrevista a Miguel Ventayol Entrevista a Marcelo Ortega24 ENSAYOS Porqué Seinfield se mea en todos 1
  2. 2. 2
  3. 3. 24 RELATOS: La conspiración de los vampiros. El secreto Deferr Cuento de Miguel Ventayol El llanto resonó desde el otro lado del pasillo, atravesando lasparedes de la casa de Mauricio: era la hora de despertarse. Lafalta de sueño no era culpa del niño, el insomnio aparece en elmomento más insospechado y se queda. Las consecuencias erantremendas para la salud. No era culpa del bebé. Sus motivostendría: hambre, suciedad, o un mal giro en la cuna. Bajó de lacama. Lunes 13 de febrero del siglo XXI, un lunes cualquiera pero nootro lunes más. El trabajo de Mauricio era tan específico que cadasemana suponía novedades, suponía cambios, incluso dedespacho. Anochecía. Nadie te prepara en la Facultad deDerecho para estos trabajos: empresa X, del tipo secreto, rayanolo delictivo, busca abogados sin escrúpulos, familia niobligaciones. Remuneración según valía. Fase dos: conocer tu entorno. Era indispensable conocer losmovimientos de los vecinos, los puntos flacos, si daban papilla opecho al bebé, si hacían el amor a medio día o de madrugada.Trabajos, ingresos mensuales, marca de coche, hipotecas, losdetalles. Mauricio no tardó ni seis meses en convertirse en personal deconfianza en el organigrama de la empresa, el poder que tenía ensus manos superaba lo que él mismo podía imaginar. De hechono era un aliciente, se conformaba con tener un trabajo en unaempresa con proyección. A veces se conformaba con tener unaocupación diaria. Tomó un atajo para ir al edificio de oficinas. Al entrar sintió unligero cambio que no supo apreciar, lo cual no era bueno. Elespinazo se le estiró de manera espontánea, los tics y reaccioneseran resultado del entrenamiento. Entró al edificio de oficinas, saludó al guardia de seguridad sinpistola, sin sombrero pero con una tremenda carga de dignidad,miró de reojo, un sistema simple de comprobación, nadie leseguía, nadie se atrevería, nadie podría. En la puerta el gorila le dio las buenas noches. 3
  4. 4. Pulsó el número doce. Antes de que las puertas del ascensorse cerrasen una mano las sujetó impidiendo que el aparatosubiera. El tipo detrás de aquel brazo vestía un traje oscuro queno sorprendió a Mauricio, pero sí que detrás de él viniese uno delos directivos, Mr. Younghead. —Buenas noches, señor –dijo. —Buenas noches –murmuró. El ascensor comenzó el trayecto de subida, no cruzaron ni unapalabra, ni una mirada. El número doce se marcó en rojo en el frontal del ascensor. —Éste es mi piso, aquí me bajo. Buenas noches –dijo sinobtener respuesta, consciente de que los directivos no entablanconversación con nadie. No había dado ni cuatro pasos hacia su despacho cuandosintió que los dos hombres le seguían, sabía cómo reconocerlo.Pero no podía girarse, a fin de cuentas se trataba de un directivo,no debía cometer la torpeza de girarse por la sospecha de que loseguían. Entró en su despacho y el guardaespaldas se quedó enla puerta vigilando, mientras su jefe entraba detrás de Mauricio yse sentaba sin quitarse las gafas de sol ni el sombrero. —Señor Younghead, qué agradable sorpresa, ¿en qué puedoayudarle? –Preguntó Mauricio. —Evite los formulismos, Deferr, sabe que venía detrás deusted y no tenemos tiempo de entablar una conversación. Hevenido a informarle de su nuevo destino, del cual le darán másdetalles en la planta undécima. Ahora suba conmigo, el ComitéDirectivo tiene que mostrarle algunas de las peculiaridades de sucargo. Mauricio supo que no tenía nada más que decir ni alegar, salvovolver a ponerse la chaqueta y cerrar la puerta. Les esperaban enla planta undécima, a la que no accedía más que personal delrango A. No había botón para la planta undécima, Mauricio conocía elprocedimiento, sólo mediante un percutor similar a una llave deseguridad se podía subir a la planta destinada a los directivos ysus cuerpos de seguridad. Fue su pequeño descubrimiento y de hecho no le sorprendióque fuese el guardaespaldas el encargado de presionar elpercutor, arrellanarse en la parte trasera y un momento antes dellegar, colocar con suavidad un pañuelo alrededor de los ojos deDeferr. Determinadas medidas de seguridad eran tan obvias que 4
  5. 5. no se cuestionaban. Un olor acre penetró al abrirse las puertas.La oscuridad era evidente a pesar del pañuelo y tuvo la inciertasensación de caminar sobre tierra. —Buenos días, señor Deferr, le hemos estado investigandoestos últimos meses y hemos decidido ofrecerle un ascenso.Antes de continuar con esta entrevista, ¿está usted encondiciones de aceptar el reto que supone avanzar un paso másen nuestra organización, a sabiendas de lo que ello conlleva? –Elque hablaba era de sobra conocido para Mauricio Deferr, aquellavoz ronca e inconfundible que apenas se había dirigido a él en losúltimos años pero que cualquiera en la empresa debía conocer. Su respuesta fue concisa y rápida. —Por supuesto, señor. —A partir de este momento, su compromiso con nuestracomunidad es total y absoluto. Un compromiso que sellará con susangre. Estire su brazo derecho si es tan amable, y súbase lamanga de la camisa. Una persona se le acercó con sigilo y pinchó varias partes desu antebrazo. Creyó notar como si se deleitase en la manera desujetarle el brazo. El perfume que emanaba de su cuello era unamezcla de jazmín y orquídeas nada empalagosa. Sería unrecuerdo que albergaría en su mente para siempre, para el restode sus días. Sintió un pinchazo, estaba acostumbrado. Luego elperfume a flores giró y se colocó detrás de él. Lo siguiente fue untremendo dolor en la garganta después de que aquella mujer, letirase con fuerza de la cabellera y la frente hacia atrás e hincasesus dientes mucho más allá de lo que Mauricio estaba dispuestoa imaginar. —Ella es la señora Morgan, a partir de este momento y pordecisión del consejo, estás unido a ella hasta que ella mismadecida dejarte en libertad. A partir de este momento debes dejarque la sangre pura sustituya tu sangre inferior. No te resistas,todas las sensaciones que vas a empezar a notar harán que tuvida anterior apenas tenga sentido. Pero la parte fundamental esque desde este momento formas parte de una comunidad a laque le debes la más absoluta obediencia y pleitesía, unacomunidad que te ofrecerá todo aquello con lo que hubierassoñado en tu vida anterior. Déjate llevar, el resto de respuestasllegarán solas. Sintió un calor que no sentía desde niño, un calor enfermizoque le provocó visiones. Pasó de estar de rodillas a tumbarse, 5
  6. 6. sentía la necesidad del frescor del suelo, pero el suelo era dearena, una arena fina similar a la de la playa. —Es parte del proceso, déjate llevar –susurró la voz de lamujer que aún permanecía detrás de él–. La fiebre pasará pronto,el calor desaparecerá. —Tengo sed. –Fue lo último que acertó a decir antes dedesmayarse presa de los temblores, el calor y las pesadillas. Unavoz tranquilizadora susurraba: “Desaparecerá pronto”. Abrió los ojos. Se encontró en una sala llena de espejos,similar a las que hay en ferias y atracciones infantiles. A sualrededor, decenas de personas contemplaban el proceso conseriedad, sin aspavientos, algunos fumaban, otros se limitaban aobservar. Supuso que en aquella sala encontraría más enemigosque amigos. Se incorporó con lentitud observando a losobservadores. Estaba rodeado de los miembros del Comité Ejecutivo pero noencontró su imagen en los espejos. Ni siquiera se sorprendió, nose dejaba llevar por las emociones desde que tenía 17 años. Losobservadores estaban pendientes, él erguido, estirando sucolumna vertebral, aguzando los sentidos, giró su cabeza desdela izquierda hasta el punto en el que se encontraba la señoraMorgan. —¿Entiendes de qué formas parte? Sin llegar a pensarlo, y fijando su mirada en aquella mujer aquien estaba ligado de manera permanente, respondió: —Sí, del todo. Su respuesta ágil y sencilla hizo que los más antiguos delcomité se removieran en los asientos. Mauricio seguía buscandoalguna sombra en los espejos, pero ni siquiera la suya. “¿Sería posible la transformación? Necesito, al menos, vermelos colmillos”, pensó, confiando en las viejas historias del colegio,las películas en blanco y negro. —Tu primera misión es sencilla, tienes que ir a Albacete,dentro de varios días se celebrará una reunión de la máximaimportancia y no queremos sorpresas, no queremos imprevistos.Las noticias que llegan desde la comunidad no son negativaspero tampoco tranquilizadoras. Debes conocer el terreno ydisponer la reunión. Por supuesto, sin que nadie sospeche de ti,la comunidad manchega no debe imaginar que interferimos ensus rutinas. ¿Queda entendido? 6
  7. 7. —Está claro —respondió Mauricio, con la entereza de quiencomprende un plan del que no tiene la menor idea. Mientraspensaba de manera algo confusa: “¿Albacete? ¿Acaso era unabroma, una prueba, un mal chiste? ¿No era aquello unascenso?”. La última vez que oyó hablar de aquel pueblo fue alrespecto de cómo un tipo llamado El Cazador libró a unadolescente de una muerte sangrienta.La parcela—Lo que voy a hacerte no te va a doler. Al menos no demomento. —Antes de que se diera cuenta tenía los labios en sucuello. Lo único que pudo hacer el funcionario fue desmayarse.No llegó a notar la ironía del comentario del ladrón que entró ahurtadillas en su despacho.—Es lo que les pasa a todos. Ni siquiera tú te comportaste demanera distinta —dijo Armando sonriendo con la caradescompuesta antes de darse el festín. —¿Acaso piensas que eres gracioso? —Escupió el forasterodejando el cuello a un lado y mirándole a los ojos enrojecidos. Elforastero odiaba que las noticias corrieran más que él. Sobre todolas noticias relacionadas con su traspaso a la vida eterna. —No pienses ni por un momento que por ser el nuevo chicomimado tu condición va a cambiar lo más mínimo. Para míseguirás siendo un simple recadero. Antes de que terminase aquella frase, Mauricio había soltado alfuncionario y había golpeado con fuerza a su compañero,lanzándolo contra la pared del despacho del abogado. Uno de loscuadros, imitación de un paisaje de Degas, cayó al suelo a diezcentímetros de su rostro. No se había levantado aún cuandoMauricio se colocó encima de él sujetando su cuello con toda lafuerza que la rabia le daba. Le dio a entender que cualquierpalabra que dijese a partir de ese momento, tendría que ser síseñor, no señor. —Vale, vale, ya sé quién es el jefe —dijo Armando limpiándosela sangre de la boca. —Creo que en provincias os hace falta más disciplina. Así notendríamos que venir de fuera a solucionar vuestros errores. Armando se dejó el comentario en el paladar. Nadie le habíahablado así desde que saliera del Nuevo Continente. Se lanzócon rabia al cuello del funcionario muerto, destrozando más piel ymúsculos de los necesarios. 7
  8. 8. A Mauricio no le importó. Dejó claro quién mandaba, pero lefastidiaba recurrir a métodos tan obvios para demostrarlo denuevo. Vivían en el siglo XXI, pero algunos seguían anclados encomportamientos del siglo XIX. Si eso era lo que querían enprovincias, lo tendrían. No es sencillo lanzar contrincantes contrala pared a cada momento, o cada vez que te llevan la contraria,pero cuando la situación lo merece, incluso desahoga. Poco después miraron cómo se desangraba Andrés MartínMartín, abogado a tiempo parcial y funcionario del Ayuntamientode Albacete. El despacho estaba bien iluminado a pesar de serlas nueve de la tarde. Ni siquiera lo apreciaron, la luz artificialapenas les molestaba. El funcionario terminó de golpear el suelo con los talones. Losintrusos se afanaron rebuscando entre cajones unos dosieres querelacionaban la venta de unos terrenos de propiedad municipal aun grupo de empresarios privados. —Aquí lo tengo. No busques más —dijo Armando balanceandouna carpeta color crema en su mano derecha. —Buen trabajo, chico. Buen trabajo —reconoció Mauricio aquien no le quedó más remedio que apreciar el cambio de actitud.Un buen chico con demasiado temperamento si había sangre pordelante. Un tipo que sabía dónde buscar y cómo no perder eltiempo. Un chico a quien no le gustaba que apareciese demanera repentina alguien de la empresa central a explicarle qué ocómo tenía que hacer las cosas. —¿Nos largamos ya? —No, hagamos las cosas bien. Que parezca un robo —ordenóMauricio. Armando hizo un gesto con la cabeza, comprendió queiban a poner patas arriba el despacho de aquel desgraciado. Loúltimo en destrozarse contra el suelo fue una fotografía delfuncionario abrazando al presidente de la Comunidad. En lamesa, sin tocar, dos fotografías enmarcadas en plata, del muertocon sus hijas y su amante en un viaje a París, saludando subidosen la Torre Eiffel. Las manos enguantadas evitaron rastros de huellas. Eraimportante que el crimen pareciera un crimen, era importante quenadie conociese el objeto robado ni lo sospechase. Por esamisma razón se habían llevado con ellos el ordenador portátil, lacartera y parte del dinero de la caja de seguridad. En la calle olíaa verano, la gente marchaba de camino a las terrazas y al paseode la Feria. 8
  9. 9. —Oye, perdona lo de antes. No estamos acostumbrados a quevengan de fuera a decirnos cómo hay que hacer las cosas. —Armando trataba de seguir el paso del forastero, que seesforzaba por caminar deprisa, como les sucede a todos losmadrileños. A punto estuvo de decirle que en Albacete no hacefalta tener prisa pero todavía no tenía confianza con él, a pesarde la paliza. —Tranquilo, está olvidado. Pero deberíais acostumbraros, losacontecimientos de estos meses han demostrado que algosucede y arriba creen que necesitáis ayuda —contestó suacompañante sin decelerar ni mirar a Armando. —Ya, ya, supongo que las explicaciones de Ventayovski nosurtieron el efecto deseado. —Supongo que no. El hecho de que yo esté aquí lo prueba.Pero no dispongo de esa información —mintió el forastero.Armando entendió la mentira y asintió con la cabeza, sin dejar demirar a un lado y a otro, reconociendo compañeros y víctimas. Elverano dejaba poco margen para satisfacer impulsos, pocashoras de oscuridad y demasiada gente por todas partes. Se encaminaron hacia un garaje cercano. Subieron al coche yArmando enfiló las afueras. Los jefes estaban esperando en unacasa de campo cercana, o como la llaman en Albacete: unaparcela. Mauricio se sorprendió pero no dijo nada. Apenas unaverja a la entrada, algo inexplicable en Madrid, un caminillo queconducía a una casa de campo con desconchones en la pared,una pista de tenis y una piscina. ¿Dónde estaba la seguridad? En su mente apareció el búnkermadrileño, similar al que existía en Barcelona o los que podíaencontrar en las comunidades británica y francesa. Pero, ¿unacasa de campo con desconchones? Desde luego, la gente deAlbacete necesitaba un buen correctivo. Por un instante creyóque la tarea le quedaba demasiado grande, se hacía necesaria laintervención de los responsables de Madrid. Tantos fallos de organización y seguridad debían atajarse loantes posible. 9
  10. 10. 10
  11. 11. 24 RELATOS. En esta parte del monte. Marcelo Ortega Sonríe. Hay guíscanos bajo la encina (haiku japonés del siglo XIII) —Pues por mi pueblo se llaman mizclos, aunque también seles llame guíscanos —dijo Marcelo, participando por cuarta vezen la discusión. Se trataba esta vez de los guíscanos, de los diferentesnombres que tienen (níscalos, guíscanos, mízcalos, rovellones).La cafetería Aqua empezaba a tener la clientela de cada noche,acaso algo más de lo habitual, aparte de que era viernes. En lamesa del fondo estaban los tertulianos: Ricardo, que presumía dellevar razón y atacaba cualquier receta culinaria con estos hongosque no llevara su firma; Alberto, también con razones imperiosaspara llevar razón por encima de Ricardo; Miguel, que era menoshabitual en las tertulias cerveceras, y Marcelo, el más joven, quehabía sacado el término de “mizclos”, más propio de Cuenca,para hacer ver que algo sabía de los guíscanos, además decomérselos. —¿Mizclos? Vamos, que en tu pueblo sois raros —contestócon guasa Miguel, haciendo poco caso a la conversación. —Sí, mizclos, es una palabra que usan en Cuenca, perovamos, es lo mismo. —No, qué va a ser lo mismo —apostilló Ricardo, dispuesto allevar la contraria— Traedme unos guíscanos y unos mizclos yveréis como no están igual. Yo cocino. —Vamos, que si eres capaz de distinguir un guíscano deotro... — alegó Alberto. —Que sí, coño, que no es lo mismo. Digo un guíscano de unmizclo. Que traigan guíscanos y os lo explico. La idea de que alguien trajera guíscanos empezó a ser seria.Alicia, la camarera, repuso cinco tercios de cerveza, y entoncestuvo la mejor ocurrencia. O tuvo la única ocurrencia útil de entrelas tonterías de aquellos parroquianos medio borrachos: —Puesvais mañana a por guíscanos. Los traéis y aquí los hago yo. Perovais al campo, nada de traerlos del mercado de Villacerrada. 11
  12. 12. Alberto y Marcelo se miraron. Miguel miraba el baloncesto queponían en La 2. Ricardo recogió el guante a su manera: —Yo mañana no puedo ir a ninguna parte, pero me ofrezco aestar aquí a las ocho, por la tarde, y hago de árbitro. Así osexplico porqué no es lo mismo un guíscano que un mizclo. Y allí iban ahora. La carretera a Molinicos no es demasiadocomplicada ni demasiado entretenida. O quizá no es entretenidaporque no es complicada. Molinicos, al fin y al cabo, es un puebloserrano con poca sierra alrededor de sus calles y vecinos.Todavía hay campo abierto, y el entorno abrupto del montecerrado sólo se intuye desde el camino. Por eso aquel viajeestaba siendo algo tortuoso, aunque bien mirado no más quecualquier viaje que se haga un sábado temprano, después de unanoche de cervezas. Miguel conducía y daba ligeros golpes en lapalanca de cambios, al son de las canciones de Kiko Veneno. Lacanción decía aquello de “nos matará el café, nos matará ladroga; nos matará, tal vez, un hombre bueno con su pistola”.Molinicos, tres kilómetros, apareció en un cartel. Y Marcelo, queparecía dormido, abrió los ojos como si hubiera percibido que erael lugar donde había que torcer para llegar dando un rodeo a LasHoyas. (Ricardo, Alberto, Marcelo y Miguel (de espaldas) discuten sobre guíscanos en el Aqua) 12
  13. 13. —Es por aquí, es este camino que casi no se ve. Giras y hastael final que verás una caseta de riego. —Esto esta muy cerca de la carretera, ¿seguro que va a habermaterial? — dijo Alberto, que ocupaba el asiento de delante. —Ya verás como sí —contestó Marcelo por tercera vez.Alberto ya había mostrado algo de escepticismo con el tema dellugar—. Nos vamos a volver con ocho o diez kilos de guíscanos,y si no pago yo la comida, putas. El sitio donde el Citroën C3 se quedó aparcado tenía pinta delugar idóneo para hacer fuego. Un claro desde donde se podíanver los últimos montes tras el pueblo. Miguel echó a andar elprimero hacia donde, según Marcelo, podía empezar el terrenoabonado de estas peculiares setas, una variedad que muchosbuscaban con ahínco en aquellas semanas de noviembre. A unos10 minutos de marcha, cuando ya se habían alejado por unarambla bastante accesible para los poco entrenados compañerosde excursión, Marcelo torció el gesto, porque iban apareciendoseñales de que el camino había tenido otros visitantes hacíapocos días, y quizá con sus mismas intenciones. Pero el tiempoera bueno, y mientras miraban al suelo buscando guíscanos ointentando no tropezar los tres amigos hablaban de historias de lasierra, sobre todo Miguel, que tenía a su novia en Riópar, yhablaba de lo bien que se pasaba los fines de semana, entreorujos y estufas de cáscara de almendro. Alberto daba lasprimeras chupadas a una pipa, renunciando a sus habitualescigarros, y de vez en cuando los tres reían al tiempo, a pococurioso o discurrido que fuera el disparate que cualquiera de ellossoltara. —Oye, si queréis, por si luego llueve, nos tomamos un caféahora —comentó Alberto, más bien distraído de la cosa de buscarsetas, y encargado de llevar el termo—. Total, luego vamos a ircargados y habrá que aligerar peso ahora, ¿no? —. De nuevo serieron, y en eso estaban cuando, casi sin darse cuenta, llegaron aun pequeño claro donde relucían unos cuantos guíscanos,grandes y naranjas como el sol que presidía la estampacampestre. —Mira, mira—espetó Marcelo, como si el campo le diera larazón. —Hombre, los primeros, a ver si sabemos cortarlos— señalóAlberto, al tiempo que sacaba la navaja. 13
  14. 14. El claro se cerraba por un lado con un par de encinas,mientras que al otro estaban repartidos los pinos por donde habíavenido la expedición. Mientras cortaban los primeros guíscanos, ymientras buscaban alrededor por si la zona fuera una “mina”, unacosa grande y parda salió desde dentro de las encinas,rompiendo ramas más anchas que la quilla de un barco. Aquellabestia del tamaño de un oso y recubierta de escamas seabalanzó sobre los tres, que sólo pudieron hacer una cosa: cerrarla gran boca que habían abierto y correr a cualquier parte, dondeno hubiera yetis abominables con garras y 150 kilos de peso. Alberto. Alberto tuvo mala suerte al tropezar. Había avanzado treintametros desde el lugar donde aquél peculiar habitante del bosquesalió de su escondrijo cuando cayó sobre las matas de tomilloque estampaban el suelo de aquella parte del monte. Vio correrpor delante a Marcelo y Miguel, cada uno hacia una parte, yapenas nada más. Llevaba aún abierta la navaja con la que habíallegado a cortar el primer guíscano del día, y se dio un tajo en lamano, al caer con el cuerpo de lado sobre uno de los brazos. Laescena de horror que tenía encima duró poco en sus ojos, porquefueron los ojos y parte de la nariz lo primero que la bestia le quitóde un zarpazo. El animal estaba recubierto de unas escamaspeludas. Entre hombro y hombro podía tener metro y medio, ybajo los ojos el pelo se le oscurecía, alrededor de la narizpequeña y la boca. Con los dientes ensangrentados, el monstruose dedicó primero a desmembrar el cuerpo muerto, como si lasangre le hubiese acentuado el ataque de furia. Despuéssimplemente se puso a engullir carne –también las gafas y lapipa- con los ojos mirando hacia delante, porque sabía que a lacomida le faltaban otros dos platos. Y no podían estar lejos. Marcelo. —Joder, eso era un jabalí, tiene que ser un jabalí —Marcelo serepetía esa idea desde lo alto de un árbol donde había llegadodespués de cinco minutos de carrera. Había perdido a los demás.Llegó a ver a Miguel corriendo como él había corrido, y sabía queAlberto venía con ellos, pero ahora, ahí arriba, no veía ni oía nadaque le dijera que en esta parte del monte ocurría algo fuera de lonormal. Y vaya si aquello no era normal. 14
  15. 15. —Un oso, igual es un oso, porque era una mole. Joder peroqué era eso—. Marcelo se miraba las piernas, las manos, quetemblaban como si no fueran suyas. Se buscaba y rebuscabaalgún rastro de herida, porque estaba seguro que el bicho lehabía tocado. Quería ver sangre, quería ver al menos la ropadestrozada, para tener conciencia de que todo era real, que habíaocurrido. Que no estaba soñando, sino que se encontraba en loalto de un árbol, solo, sin saber donde estaban los doscompañeros de excursión, y con una bestia color marrón,escamas y grandes garras rondando alrededor con muy malospropósitos. O sólo con hambre, que venía a ser lo mismo. Había pasado media hora del ataque, pero Marcelo no sabíacuánto tiempo llevaba allí subido. Empezó a darse cuenta de queera una encina, y se alegró, porque el tronco y las ramas tenían lasuficiente consistencia. O eso pensaba, porque “la mole” parecíacapaz de derribar una montaña tan grande como el Padrastro deBogarra. —Puta excursión, me cago en diez, joder—. Marcelo seguíahablando para él solo—. Si lo contamos no nos van a creer. Esosi lo contamos. Entonces tuvo la idea de que quizá era el momento de gritar.De saber si Miguel y Alberto estaban cerca, aun con el riesgo deque la bestia los localizara. Pensó que un bicho así tenía quetener un gran sentido del olfato, y que localizarlos allí arriba seríafácil de todos modos. Además, bajar y gritar era mucho máspeligroso. Así que gritó. Llamó a Miguel. Llamó a Alberto. Lorepitió justo cuando el sol estaba en todo lo alto. Miguel. —¡Estoy aquí, Marcelo, encima de un árbol! — Miguel se giróde inmediato al escuchar los gritos. Se apartó la media melena delas orejas para intentar escuchar mejor, y se puso un coletero. Sí,estaba también en lo alto de un árbol, como si hubieran tenido elmismo pensamiento, y de hecho habían estado todo el tiempo a25 metros de distancia. En su media hora de experienciapostraumática apenas había podido serenarse, y seguíapensando que tenía que haber una explicación para todo. Se lorepetía, y poco después pensaba en qué mierda de explicaciónpodía haber allí. Una fiera de dos metros y medio, más fuerte yferoz que los osos de los documentales había aparecido de lanada con unos ojos inyectados en sangre, con unas garras del 15
  16. 16. tamaño de un cuchillo jamonero de Arcos. Y ellos sólo estabancogiendo guíscanos en Molinicos, hostia. Si salía de ésta, novolvía al campo ni en pintura. A la mierda Riopar. Miguel y Marcelo. —Yo también estoy en un árbol. ¿Qué mierda era eso? ¿EstáAlberto contigo? —gritó Marcelo primero, aunque notó que Miguelhacía preguntas parecidas al mismo tiempo. —¡No, Alberto no está aquí! ¡Madre mía, joder, espero queesté bien! ¿Entonces has visto eso? ¿Era un jabalí o qué? Yo nopienso volver a mirar—. Soltó desesperado Miguel. Uno y otro sehabía encontrado, pero la situación no había mejorado mucho. —Tenemos que bajar, pero cualquier baja—dijo Marcelo, máscalmado—. Si seguimos aquí no sabremos lo que pasa, podemosestar en el árbol hasta dios sabe cuando. Uno de los dos tieneque bajarse, y correr al pueblo a buscar a alguien. Si tenemossuerte, a lo mejor Alberto ha ido. Él tiene menos miedo. Él dominamejor estas situaciones. —¡No me jodas! —respondió enseguida Miguel—. ¿Quésituaciones? ¿Un bicho más grande que un jugador debaloncesto, eso lo domina? ¡Me cago en la puta, joder! Los dos estuvieron en silencio durante un rato. Al cabo de unrato hablaron con más calma, y acordaron esperar a que Albertoapareciera, quizá con los del Seprona. Cada uno en su árbolrepasaban otra vez el momento en que aquella cosa salió deentre las carrascas para aplastarlos como si fueran muñecos deplastilina. Ahora parecía tan lejano el coche, las risas, el café queno se tomaron, las cervezas del día anterior. Miguel miraba a sualrededor procurando fijarse en cualquier ruido. Marcelo no hacíanada, con la cabeza hundida entre las manos. No había nada quehacer. Sólo bajar y jugársela, pero de momento el árbol era lamejor opción. Los árboles. Una encina puede alcanzar más de 20 metros de altura. Hastacerca de 30 pueden medir algunas. La corteza se va poniendoparda conforme cumplen años, como si fueran viejecetes al sol enuna plaza. En las primeras semanas de noviembre es cuando elfruto, la bellota, está en plena maduración. Aquella encina estaba dando sus primeros frutos, porque notenía más de 15 años. Pero ningún otoño más iban a salir bellotas 16
  17. 17. de aquél árbol. Como si fuera el tallo de un cardo, la bestia partióen dos el tronco, y de la copa cayó un ser humano, todavía vivo. Marcelo y la bestia. Gritó porque lo oyó venir, gritó porque lo estaba viendo otravez, y gritó porque a modo de trofeo la bestia se había rodeadode jirones de la ropa de Alberto. Gritó porque sabía que estabavendido allí arriba, que aquella cosa subiría a por él, o tiraríaabajo todo el árbol. No gritó porque viera acabada su vida,aunque así la vio. Siguió gritando porque se vino abajo al primergolpe que esa especie de yeti escamado le dio a la encina. Luegono sintió nada. La bestia empezó a devorar todo aquello sindistinción de persona o cosa. En el ataque, como si estuvieraciega, masticaba hasta las ramas mientras deshilachaba tiras decarne. Luego volvía a por esas tiras, y se comía también elramaje rociado de sangre humana. La bestia estuvo más de diezminutos para apurar el segundo plato del día. Quedaba otro.Aunque se escapaba a todo correr camino de Molinicos. Miguel. Decidió que no podía ser buen compañero. Que quizá Albertoestaría cerca, y entre los dos tendrían redaños a volver y ayudara Marcelo. Igual se había salvado Marcelo, había saltado a otroárbol, o el árbol había aplastado a esa especie de oso. Miguelsólo oyó los gritos, vio caer el árbol, y supo que era su únicaoportunidad de acabar con vida. Así que corría y corría, endirección al pueblo y a la carretera, con la poca orientación quepodía tener a estas alturas. Estaba seguro de que si llegaba a lacarretera se salvaría. Aquella cosa no podía salir a campoabierto, Si alguna vez lo hubiera hecho, la habrían descubierto, yél no tenía noticias de que en Molinicos existiera un animal tanpintoresco. Seguía corriendo, sin mirar atrás. No le quedaban más de 100metros para llegar a un camino, y ese camino llevaba a lacarretera. Para los humanos eran las dos de la tarde, la hora decomer. Para otros seres del lugar, la comida había empezado doshoras antes. El tercer excursionista se quedó helado cuando el osoescamado le cortó el paso. El animal demostró tener astucia,porque no le persiguió por detrás, sino que dio un rodeo, para quea Miguel no le quedara más remedio que huir de nuevo hacia el 17
  18. 18. monte. Miguel miró con horror a aquella cosa que ahora se habíadetenido, y le contemplaba de nuevo meterse en su terreno.Miguel hizo un rápido repaso y supo que no tenía escapatoria. Enun árbol le encontraría. En el suelo no podría escapar, a juzgarcómo el bicho le había tomado la delantera. Pensó que podíacorrer y correr. Quizá el animal se cansaría. De momento, elbicho no estaba detrás. Quizá sólo le sacaba treinta metros, peroera una opción que permitía pensar en seguir con vida.Despistarlo. Esconderse en alguna cueva, a lo mejor. Miguel y Marcelo. Entonces se dio de bruces con el árbol caído. La escena quesus ojos tenían delante no era apta ni para los caníbales másexquisitos. Ahí estaban las vísceras repartidas alrededor delramaje de la encina. Antes la fiera había advertido que seescapaba el tercer plato y había dejado a medias el segundo, conlo que allí estaban los restos de Marcelo. La cara de Miguelestaba blanca, la coleta del pelo se le había deshecho, y sintióganas de vomitar. Vomitó. También se meó en los pantalones. Yaquélla cosa, la que se había comido a Marcelo y quizá también aAlberto, apareció por detrás para mandarle al otro barrio de unzarpazo. Miguel tardó dos o tres segundos en morir. Sólo vio lasgarras afiladas sobresalir por su pecho. Deseó estar muerto justoun segundo antes de estarlo. A la bestia le llevó más de media hora acabar con él y limpiarlas sobras de antes. Acabó con la cabeza de Marcelo en unamano. Le sacaba los dientes uno a uno y también los engullía,como si fuesen piñones en una piña seca. Una espléndidacomida en esta parte del monte. Un buen lugar para cazar. Algopeor para buscar guíscanos. Cafetería Aqua. Eran casi las nueve de la noche. Había pocos clientes en lacafetería para ser sábado, pero el partido de fútbol Valencia-Barcelona daba comienzo a la hora en punto. Quizá vendría másgente. En la primera mesa del lado izquierdo del local estabaRicardo, apurando la segunda cerveza. —Me parece que no nos vamos a empachar de guíscanos— legritó Alicia desde la barra. —Bah, si es que son unos moñas. No saben encontrarlos, vana saber cómo se llaman— contestó Ricardo. ¿Sabes que he 18
  19. 19. soñado con que les perseguía una especie de oso? A Alberto lomataban el primero. Los otros se subían a un árbol. En fin, a versi llegan. Se terminó la cerveza y pidió patatas fritas para acompañar ala siguiente. El altavoz empezó a cantar la alineación del Barça. 19
  20. 20. 24 RELATOS: Menuda Noche Cuento de Marcial Sarrión de Albolote —Dame otra cerveza porque si no, creo que me voy adeprimir de escuchar tanta jilipollez. — Con estas palabras mequería deshacer de Paco, pinchadiscos de La Estrella, uno de losbares más escondidos de Granada, donde un grupo de genteselecta y escogida se juntaba para olvidar que los días pasabandemasiado despacio o demasiado deprisa. La música está bien escogida, se adecua a tu estado deánimo. Aunque, claro, Paco a veces me tocaba los cojones conhistorias del Sacromonte que yo ni podía ni quería creer. Además,tenía la estúpida manía de usar la coletilla sabes lo que quierodecir, me entiendes, o no sé si me entiendes, como si la personaal otro lado fuera J-i-l-i-p-o-l-l-a-s o no entendiera nada y a cadamomento hubiera que cerciorarse de que no es tonto o sigue elhilo de tan elevada conversación. Me puso la cerveza encima de la barra, junto a los cascosvacíos de las otras dos. No había demasiado trabajo aquellanoche de martes y prefería dejar las cervezas a mi lado para noperder la cuenta de mi consumo y luego recochinearme que mehabía perdonado dos o tres. Siempre lo hacía. Como para que ledebiera favores, pero Paco era consciente de que yo no pagabafavores, para favores estaba después de escuchar aquellaridícula historia de las niñas desaparecidas en lo alto del barrio delos gitanos de Granada. No, ni una broma al respecto, todos sabían que con esascosas no bromean ni los andaluces que aseguran que soncapaces de matar a su madre por una buena broma. Hasta enGranada hay cosas con las que no se puede bromear, y un saltode la risa al navajazo te hiela la sonrisa en el rostro. Y dos forasteros como Paco y yo no podíamos permitírnoslo. — ¿Quieres que te lo cuente o no? —Insistió Paco cuando micerveza estaba en las últimas. —No, creo que tú y yo vamos a cerrar este puto bar y nosvamos a ir a ver qué pillamos—contesté para ver si se dabacuenta de que aquello no me interesaba en absoluto. —¿Sabes que te digo? Que tienes razón, que para lo que nosqueda aquí, nos largamos al Paseo de los Tristes, a ver siencontramos a David y nos pasa algo. Además, no tengo ganas 20
  21. 21. de seguir aguantándote, que me llevas una noche… Cómo senota que no follas en tres meses. Si algo odiaba de mi mejor amigo, era que me conocieramejor de lo que yo mismo lo hacía. Aunque esa misma parte erala que él odiaba de mí. Por eso no podíamos dejar de estarjuntos, cuando a uno le fallan los instintos, las supersticiones, lasmiradas de reojo, o los puñetazos al aire, alguien aparece paraechar una mano. Y me niego a seguir en esta línea de quiero a mimejor amigo, porque Paco podría pensar que soy un jilipollas ydejarme solo y largarse con David a La Herradura, a bañarse enpelotas con cuatro danesas borrachas. —¿En qué sueñas cuando sales del trabajo? —Las llaves deLa Estrella siempre se atascaban a la hora del cierre, una verjademasiado vieja, demasiado oxidada y unas manos alteradas porel alcohol y las horas de trabajo. Paco dejó a un lado las llaves y me preguntó si ya meencontraba en ese punto porque a lo mejor era el momentoexacto de largarnos a casa, preparar algo de cenar (aunquefueran las tres de la mañana) y dejarnos llevar por el humo de lanostalgia. —Te lo digo en serio —expliqué conmovido por una estrellaen lo alto del cielo granaíno—, me refiero a que llevamos sieteaños aquí, sabemos dónde nos encontramos pero no tenemos niidea de dónde vamos a terminar. A veces quisiera creer que todoesto tiene sentido. Coño, la gente se va largando, nos dejan aquísolos y las tías a las que echamos los tejos cada vez son másjóvenes. —Y más tontas —se carcajeó Paco, consciente de que lanoche había dado un tumbo radical y no habría sexo conadolescentes. —Va, no te cachondees, joder, sabes a lo que me refiero. Aveces me dan ganas de largarme al pueblo, ponerme decamarero, o en la obra y a tomar por culo. —Sí, claro, y te casas y te hipotecas. Y yo de padrino en laboda —contestó dejando de reír mientras la puerta se cerraba alfin y Paco me agarraba del brazo. Me juró que David tendría lasolución a mi melancolía repentina o sino, al menos él le salvaríade soportarme—. Porque de verdad me estás dando la noche. Cogimos el camino hacia el Paseo de los Tristes, dejando aun lado Plaza Nueva y sus cuatro enamorados ficticios,obnubilados por las luces de la Alambra y los destellos de la 21
  22. 22. cerveza barata. Al fondo se escuchaba jaleo, motos queaceleraban desvergonzadas a las tres de la mañana y ningúncoche de policía cerca. Pero no nos sorprendió, a aquellas horassólo aparecían para multar hosteleros: una buena manera derecaudar sin que el Ayuntamiento arriesgara, al tiempo quealgunos policías aprovechaban su momento de poder paraobtener algo a cambio. No nos importaba el tejemaneje económico, nos preocupabaque David no estuviera dispuesto a darnos palique ysolucionarnos la noche. Dos semanas antes, con el primer calor de junio y lashormonas revolucionadas por un grupito de estadounidenses deveintidós años, David se atrevió a preguntar si nos apetecíabajar a la Herradura, una playita nudista que se encuentra amenos de una hora de Granada en la que se camuflan resacas ysexo mágico. A las neoyorkinas aquello debió sonarles de lo mástradicional y típico, lo habrían leído en la guía de viajes del LonelyPlanet, o quizás sencillamente el alcohol y el chocolate habíanhecho su trabajo en nuestro favor. Al final encontramos a David acodado en la barra, nossonrió al entrar, como hacía siempre que no había demasiadotrabajo. Llevó su mano derecha al bolsillo del pantalón y nos dijoque éramos bienvenidos, las personas que estaba esperando. Dejó una bolsita de plástico con gominolas de colores en labarra y se fue a la puerta del bar a cerrar. A la vuelta nos dijo: ¿Habéis visto que noche más buena para darse un baño a laluz de la luna? —Menuda noche me vais a dar entre los dos, joder. Menudanoche me vais a dar –dijo Paco llevándose la mano a la frente. 22
  23. 23. 24 RELATOS: El último día de Yuri Luhman (leer con música de Scott Joplin) Marcelo Ortega Yuri Luhman no se llamaba Yuri Luhman. A saber de dóndesacó el nombre aquél bribón. Había llegado a aquél lugar hacíaunos tres meses, muy viejo y muy cansado, sin explicar a nadiecuál había sido su anterior domicilio. Ahora se estaba muriendo.Estaba sordo, y no veía apenas. Aunque nadie en aquel pueblo losupiera, había sido uno de los hombres más buscados del país.Hizo fortuna en los viejos tiempos como estafador, siempreelegante, siempre un escalón por encima del más sofisticado delos timadores. Consiguió algo grande en Chicago, donde sacópasta de verdad a un tipo de peso, y tuvo que salir pitando deaquella ciudad. Años y años de cambiar de casa, ayudado porunos pocos amigos y colaboradores. Había venido a Otherville ahacer lo último que un hombre tiene que hacer en esta vida:morirse. Aquella noche era la última. Desde su llegada aOtherville se alojaba en el Hotel Salino, donde su propietario,Mickey, era el único que se preocupaba de él. Mickey era un viejoamigo de Yuri, de los tiempos de Chicago. Tampoco llevabamucho tiempo en Otherville, aunque era algo más joven.Regentaba el Salino, un hotelucho que antes se llamabasimplemente Rooms, pero al que Mickey, -el señor Norbet para lagente de Otherville- puso el nombre medio italiano de Salino.Igual que Yuri Luhman, a saber porqué aquél exótico capricho. En cualquier caso allí estaba ahora Yuri Luhman, el másgrande, muriéndose en la habitación 121 de la primera planta deun hotel de tercera, en un pueblo en el que nadie sabía quién era,con 87 años y una sola maleta. Era ya la madrugada y Mickey le subió un caldo, pero elmoribundo ni siquiera movió los labios al tacto del borde de lataza. Mickey también sabía que Yuri Luhman se iba morir enpocas horas. No se apartó ni un segundo del lado de la camaaquella noche, donde sólo la maleta casi sin deshacer dabacuenta de que allí hubiera un huésped. La diferencia entre unhuésped y un cadáver era mínima en un sitio como aquél.Aunque Luhman todavía fuera lo primero. 23
  24. 24. Las horas pasaron sin más novedad. Estaba amaneciendo, yYuri respiraba cada vez con más dificultad, cuando a Mickey lepareció oír el timbre en recepción. Mickey era el único empleadodel Salino a esas horas. Al fin y al cabo, sólo había hospedado unmatrimonio en la habitación 112. Mickey se asomó a la escalera ysólo acertó a ver la silueta de alguien frente al mostrador. Ojaláno hubiera habido nadie, pensó, pues los 35 escalones eran 35castigos para sus piernas y sus caderas. Empezó a bajar. Elprimero; el segundo; otros dos más. Con casi 70 años le dolíahasta la nariz. Aún conservaba algo de su atractivo, el pelo rubio,los ojos azules y vivos, y todos los dientes como si no hubierafumado sin parar desde que era poco más que un niño. Por fin llegó al último escalón. —Buenos días, perdone que tardara, pero estaba atendiendouna habitación. ¿Qué desea? El desconocido no dijo nada. Se quedó mirando de arribaabajo a Mickey. El susurro apagado de un disparo a través delsilenciador sacó a Mickey de la incógnita sobre qué quería elvisitante. Ya lo sabía. Tenía un agujero en la pierna. Mickey sedobló hacia delante y cayó de lado sobre la primera mesa del bardel hotel. Entonces el desconocido sí habló. —Hola Hooker, por fin te veo. Casi 40 años, sucio miserable.Recuerdos de Lonegan. Se fue al otro barrio dándome el recadode encontrarte y mandarte con él. Ya ajustaréis cuentas en dondevayan los sucios mentirosos como tú. —¡Corre, Henry, huye, corre! —Hooker gritó casi sin fuerzas asu inquilino, en dirección al piso de arriba. Después una segundabala se le metía entre los ojos. El desconocido actuaba con calma. Dio la vuelta al cuerpo deMickey, en realidad llamado Hooker, para comprobar queestuviera muerto. Una vez hechas las comprobaciones empezó asubir los escalones. A medio camino, el hombre y la mujer de la112 salieron al pasillo, pero volvieron a meterse en la habitaciónal ver al hombre subir con un revolver en la mano. El desconocidollamó a la 112; nadie abrió, así que tuvo que abrir de un empujón.El hombre y la mujer estaban en el baño, intentado cerrar esapuerta, pero no pudieron. Cayeron a la bañera casi al tiempo, conuna bala en la cabeza cada uno. El pistolero llegó a la habitación de Yuri. El moribundo no sehabía movido. Oyó los gritos como si vinieran desde 20 millas. 24
  25. 25. Apenas escuchó que Hooker le había llamado por su verdaderonombre. —¡Hola Henry Gondolf! Cuánto tiempo sin verte, canalla —dijoel pistolero, con una gran sonrisa en los labios—. No me digasque no te alegras de verme, ahora que te vas a morir. Unaemoción más, al fin y al cabo. Y una muerte como tú mereces, ala altura de tu cara dura. Henry no se movió; no abrió los ojos. Nada. Sólo un leve pulsoindicaba que seguía con vida. —Dime, Henry, ¿qué mierda de vida has llevado? —Elpistolero habló casi con un susurro, mientras arrimaba el taburetea la cama, despacio, sin ninguna prisa—. Vaya, el gran HenryGondolf, de un sitio a otro, con los hombres de mi padre detrás.Lo siento, Henry, soy un mal visitante; debes perdonarme. SeñorGondolf, tengo el placer de presentarle a William Lonegan.Timaste a mi padre medio millón hace 40 años junto con esecarterista venido a menos al que acabo de liquidar. Qué pena queno abras esos ojos de hijo de puta, para que vieras a un Loneganque no se va a dejar engañar. Eh, Henry, toma esto, antes de quete mueras de viejo. Los disparos volvieron a sonar apagados. Gondolfd no semovía. 40 años después del golpe de su vida no tenía ningunarazón para abrir los ojos. Lonegan había apretado el gatillo tresveces. Gondolf murió. Era como disparar a un saco de hollín.Algo de sangre salió por sus labios. El pistolero salió al pasillo. Limpió el revolver, abrió lahabitación contigua y lo tiró sobre la cama. Luego bajó lasescaleras, salió a la calle y cruzó la acera. Mirando a las ventanasdel Salino desde en frente, dijo para sí que nada hacía pensarque en aquél hotel hubiera cuatro muertos. Se dio prisa parallegar a la estación y se montó en el primer tren. A mediodíaestaría en Chicago. Quizá podría comer con Marie y los chicos. 25
  26. 26. 24 ENTREVISTAS: Entrevista a Marcelo Ortega por M.V. Marcelo Ortega es el fundador del extinto Club dei Singoli, unsupuesto club de amigos solteros que nació al amparo de unasbecas Erasmus, aunque realmente escondía uno de los thing tankmás importantes de la década pasada y que provenía de lasuniversidades de Castilla-La Mancha, Nápoles, Milán y París. Elproyecto, según se hizo público en su momento, fue clausurado,lo cual no quiere decir que los componentes del mismo no hayanseguido ejerciendo su influencia en diversos ámbitos culturales,artísticos y empresariales. Nos acercamos al perfil vital deMarcelo Ortega, conocido como Presidente en ciertos ámbitos yconvertido en articulista radical, azote de mentes adormecidas,cuentistas, crítico literario y musical. Aunque lejos de ocuparnosde la vertiente política y de grupos de presión de M. Ortega,interesa más su versatilidad cultural, literaria, musical e inclusocómica. Para romper el hielo preguntamos sobre este aspectonada conocido de su pasado. ¿Es cierto que te tentaron de la Paramount Comedy parahacer monólogos por el país y luego disponer de unprograma propio en el canal, como ha sucedido con otroscolegas de Albacete? Sí, por ahí van los tiros pero yo pretendía hacer un humormezcla de Gila y Seinfield que no supieron entender. Aunrecuerdo la prueba en Madrid frente a los directivos del canal.Algunos rieron con esa mezcla de cortesía e idiotez de losejecutivos, pero en sus caras pude notar que reían sin entender.No se entiende el humor inteligente. Y en ese mismo instantedecidí que no era lo mío, dejé los chistes para otro ámbito máspersonal. Aunque todavía en mi pueblo, los mayores del lugar medicen que les cuente algún chiste de los que contaba en elautobús cuando era chaval. Buena gente, sí. ¿Los ejecutivos? Las personas mayores de los pueblos, hombre. 26
  27. 27. El Reto Fanzine ha supuesto el aldabonazo definitivo paraque artistas de la ciudad, escritores y artistas plásticos, dena conocer su trabajo, ¿cómo ve el Reto? ¿Te puedo hablar con sinceridad? Las dos primeras edicionessurgieron como una broma, una reunión de amigos dondeexponíamos la mejor literatura de la ciudad. Empezamos apensar en la posibilidad de extenderlo a la región, al resto deEspaña, pero todos sabemos como funciona el circuito literarioespañol. No se puede salir de Albacete con facilidad, así que, dehecho, tras unos años de menor proliferación fruto del pesimismo(y de la paternidad de algunos de los componentes del Reto),hemos vuelto a la reunión de amigos, borrachera y cena incluida.Aunque seguimos siendo conscientes de que los integrantes delReto son los mejores literatos y artistas de la ciudad. Pero algunos como Alberto López Aroca (ALA) o JuanGarcía Rodenas (Cizalla) sí están reconocidos a nivel estataly de ventas. Prueba de lo que te digo al respecto de los integrantes delReto, ¿me estás escuchando? Sí, sí, disculpa. Tu amistad con ALA ha contagiado tumanera de escribir, de hecho, en tus últimos relatos todo elmundo muere de manera drástica. No voy a decir que Alberto no me haya influido pero tampococreo que los asesinatos sean exclusividad de un artista, ¿no? Decualquier manera, suelo mostrar lo que veo. En mis años italianosaprendí cierta manera de ver, entender y contar las cosas.Además, esta pregunta es malintencionada y prueba de que no tehas documentado suficiente. Sin desmentir que Alberto, el mejorescritor albaceteño de su año, es buen amigo y ejerce influenciaen todo el entorno del Grupo Eldritch, años antes ya escribía yosobre la mafia. Y creo que no se caracteriza precisamente por supacifismo ni número de supervivientes. Una de las cuestiones que más preocupan a nuestroslectores es de de dónde saca las ideas para los relatos demafiosos. Existe un cierto rumor de que son todo historiasreales obtenidas de su periplo italiano. Incluso hay un rumorque insinúa su pertenencia a estos grupos. No sé de dónde surgen los rumores pero son totalmenteinciertos. Si no reconduces la entrevista me veré obligado adejarlo en este mismo instante. 27
  28. 28. (El entrevistador, presa del pánico -había oído deltemperamento del autor y de ciertas relaciones con los bajosfondos- tomó la decisión de apagar la grabadora y hacerfrente a la situación de manera más diplomática). Es conocida tu afinidad con James Ellroy, hasta dondellega tu amistad. Es sabido que el autor de Los Angeles sedesplazó desde Madrid a algún lugar de España, ¿visitó elPalacio de los Gosálvez en Villalgordo? Es cierto que vino a España, es cierto que coincidimos y escierto que estuvo en más lugares aparte de Madrid. Pero, ¿noesperarás que te cuente mis entrevistas personales o las de misamigos? No, no por supuesto. Cambiando de tema, tu tradiciónmusical es claramente rockera y blusi, ¿de dónde saleentonces esa vertiente cantautora y afín a tu amigo JavierKrahe? La versatilidad es una cualidad que deberían tener todos losartistas y en cuestiones musicales más aun. Javier es el mejorartista de su generación, un genio del cual podríamos hablarhoras. De todas formas no entiendo bien esta pregunta. —Unapausa para mirar la puerta del bar. —Ah, por ahí llegan. En ese instante cuatro individuos con traje azul marino ycorbata roja, con gafas de sol y pañuelo en el bolsillo deltraje se colocaron a la entrada de la cafetería. Saludaron aM.O.P. y permanecieron de pie. Uno de ellos murmuró algo aloído del literato. Apenas pude entender dos palabras: “Todosolucionado”. Con un gesto cortés y rápido Marcelo selevantó de la mesa, dejó un billete de diez euros sobre lamesa para pagar dos cafés solos y me dijo: “Confío en quecon lo que le he contado tenga suficiente. Me requierenciertos asuntos, demandan mi presencia en otro lugar”. Los cuatro tipos miraron a ambos lados de la calle antesde ceder el paso a Marcelo Ortega y de abrirle la puerta delMercedes negro con chófer. 28
  29. 29. 24 ENTREVISTAS: Entrevista a Miguel Ventayol por M.O. Una charla con Miguel Ventayol lleva inevitablemente a ciertostemas. Aunque el motivo de la charla sea el nuevo 24 cervezas.Este joven adulto se empeña en hablar de Granada y de Japón(dos de sus referentes en todo lo que escribe). Aun asíconseguimos hacerle hablar de otras cosas. Este es el resultado. ¿Qué tiene este 24 cervezas que no tuviera el anterior? Pues esta entrevista, por ejemplo, pero es un poco absurdoque lo preguntes, cuando la entrevista aparece en el mismofanzine, y quien lo hojee puede buscar las siete diferencias. Empiezo otra vez, si te parece, ¿por qué es mejor este 24cervezas que el anterior? Lo de que es mejor lo dices tú, a mí me parece bastante peor,ya que nos sinceramos. Los cuentecillos del año pasado eranmás de nosotros. La verdad, estamos escribiendo bastante peor.Y eso que hacemos selección, porque si la gente leyera todo loque vamos poniendo en el papel... En este fanzine se adivinan unos autores sociopatas.Pringados, a lo mejor. Pringados sociopatas, si me apuras. Si es que hay mucho caféa las siete de la mañana –que es cuando me levanto yo- muchosueño de cultureta, y mucha presión social que mediatizan alescritor a la hora de ponerle delante de la hoja de papel. Hemosquerido profundizar en ese rollo enfermizo. A mí me gusta muchoBukowski, no voy a mentir. Bukowski y el flamenco. Y Japón, que estuve de viaje una vez. Son algunas influencias.Como el disco de Morente y Lagartija Nick. A mí ese disco me da dolor de cervicales. Pero estamos hablando de mí. Por favor, no interesan tusopiniones de entrevistador en una entrevista con M.V. 29
  30. 30. En este 24 cervezas se echa de menos una colaboraciónde Alberto López, en la onda de la del año anterior, con aquélcuento tan noir y tan serie B. Marcelo y yo lo estuvimos hablando, y la verdad es quedesechamos tirar por ahí. Parece que un fanzine del reto fanzinetiene que llevar algo que haya hecho Alberto, y después demeditarlo optamos porque no entrara nada. No sé el público, peroa nosotros nos parece que Alberto es ya un escritor comercial ycentrado en seguir alimentando los premios a sus librosholmesianos y candiciteros. No eres muy de Sherlock Holmes, ¿verdad? La verdad es que es un personaje muy sobredimensionado eldetective éste, y un poco cansino. ¿Crees que a Alberto se la ha subido a la cabeza poraquello de tener un sherlock ya en bibliografía? No hay más que verlo ahora, con ese ritmo de vida: limusinas,puros, mujeres... Hasta va menos al Acqua. Desde luego, no es eljoven barbudo que nos metió en esto y que nos invitaba acervezas todas las noches. ¿Ha habido alguna polémica personal? Qué va, seguimos juntándonos pero para cosas muypuntuales, ver al Madrid cuando lo echan por el plus, o parahablar mal de fernandogarcía. ¿Os juntáis para eso? Sí, es que en La Sexta casi nunca echan los partidos buenos. Decía lo de fernandogarcía. Claro, una vez cada tres meses, más o menos, y lo pasamosmuy bien. Marcelo viene también alguna que otra vez. Incluso undía vino Fernando a hablar mal de él mismo. Yo creo que eso yaes pasarse. Pero os podrías juntar para hablar mal de muchas otraspersonas. Sí, la verdad, pero me preguntabas por Alberto. Llevas razón, Miguel. ¿No crees que ya ha conseguidovolver a salir en el fanzine, con estas respuestas tuyas? Pues sí. Sí. No me gusta eso, quita esas preguntas, por favor. Tienes mi palabra de que así será. ¿Has quedado contentodel fanzine? Pues no, pero es que yo los cuentos que me molan lo saco enmi fanzine propio. Aquí meto el relleno. Sospecho que Marcelo 30
  31. 31. hace lo mismo, eso no lo pongas, pero creo que se guarda lomejor para un libro en ‘Que Vayan Ellos’. A día de hoy, ¿sabes cómo puede ser el próximo fanzineentre vosotros dos? Marcelo y yo estamos pensando meter en un fanzine todos loscorreos que nos hemos ido mandando para hacer este segundofanzine. Y con eso se puede hacer un gran fanzine. Es como elmetalenguaje, una cosa que me tiene muy intrigado. Es un temachulo para dedicarle, por ejemplo, el próximo Festival Tempo. Marcelo y tú habéis trabajado varios años en ese festival,¿hay algún punto de unión entre vuestra dimensión deprensa musical y las ocurrencias pseudoliterarias? Pues debe de haberla, si lo piensas, pero el Tempo es otracosa, desde luego, aunque algunos giros metafóricos sí damoscada año para huir de los organizadores. Y luego esos mismosgiros los dan ellos para pagarnos poco. ¿Sabéis algo de Norm Eldritch? Que fue un escritor raro que escribió varias cosas de las querescatamos unas cuantas y las publicamos el año pasado en elReto Fanzine. Bueno, quiero decir si se sabe algo del proyecto de librosobre Eldritch del que se ha hablado. Sé lo que tú, que estamos trabajando en ello, y que ValerianoBelmonte hará las ilustraciones. Saldrá la Virgen de Los Llanosluchando contra la momia de Billy el Niño. No, mejor, la momia dela Virgen de los Llanos luchando contra la momia de la Virgen delos Llanos. Todo ilustrado por Valeriano, claro. Volviendo a tu sugerencia anterior, la verdad es que suenabien: Festival Tempo 2011, el Metalenguaje. ¿Lo vas aplantear? Sí suena bien, es cierto, lo que no sé es si igual ya lo hanhecho algún año antes, porque son muy cuidados con esascosas. Los temas monográficos empiezan a escasear. Algún añose lo dedicarán a los patos. Eso es muy de Alberto, los patos. Ya estamos otra vez con Alberto. Dijiste que no lo ibas a sacarmás. Putaaaaaa. 31
  32. 32. 24 ENSAYOS: Porqué Seinfeld se mea en todos (M.O.) Sí, sí, ya sé. Que ahora hay unas series cojonudas. Que nospegamos unas sesiones maratonianas de Modern Family, TheBig Bang Theory, de Me llamo Earl o de Bob Esponja. Vale.Siento tener que ser yo quien frene el entusiasmo y recuerde queninguna de estas cosas más o menos frikis puede igualar todavíaa la sitcom que más dinero ha dado, y por tanto, como todo elmundo sabe, la mejor sitcom de todos los tiempos. Sí amigos,hablamos de Seinfeld, aquella serie que en su día daba Canal +,cadena que pensó que aquí iba a gustar tanto como en lasaméricas. Canal + se equivocaba. Los que entonces supimos verque estábamos ante una obra maestra no, y el tiempo nos hadado la razón. El binomio Jerry Seinfeld-Larry David resultó serun inacabable surtidor de ideas que se plasmaron en nuevetemporadas, en continuo incremento de genialidad y, a la vez, depremios y audiencia. A la altura de la novena temporada, allá por1998, el señor Seinfeld decidió echar el cierre. Rechazó unaoferta económica que debe de estar entre las de récord, unos 100millones de dólares por una temporada más (cinco millones porcapítulo, con un par). La serie se acabó en el momento idóneo.Lo que nos ha quedado son 180 episodios, muchos de ellosauténticas lecciones para cualquier guionista, y verdaderos retosde filmación para historias que duran 22 minutos. Nos quedan180 historias de trastornados como el propio Jerry, elindispensable George Costanza –escuela de vida para todos-, elvecino Kramer –más escuela de vida- y la ex novia Eleine, quizála más desequilibrada de los cuatro desequilibrados quecomponen el reparto. No voy a citar todos los premios ni los 76 millones deespectadores que reunía cada semana –no conozco sus 32
  33. 33. nombres. Sí diré que si queréis encontrar gente amable en NuevaYork por la calle o por el Metro caminad con una camiseta deSeinfeld. Los neoyorkinos se paran, te felicitan, te dicen lo muchoque les gusta la serie, o te preguntan dónde has comprado lacamiseta en cuestión. Ya sé, Miguel dirá que he escrito esta defensa de la serie paracontar que estuve en Nueva York. No es cierto. La he escrito paracontar que estuve en la ciudad donde vivían los personajes, allápor el Upper West Side. Y me traje dos camisetas de la tienda dela NBC. ¡Cabrones! 33
  34. 34. 24 CERVEZAS,EL FANZINE QUE NINGUNA ESPOSA PODRÁ QUEMAR 34
  35. 35. Marcelo y Miguel, nada más acabar el fanzine 35
  36. 36. AGRADECIMIENTOS Los autores quieren agradecer los consejos editoriales deA.L.A. sin el cual este fanzine no sería posible, a pesar de queeste año se le haya limitado la colaboración al meroasesoramiento debido a su intención de acapararlo. Por otro lado, es de agradecer la colaboracióndesinteresada del artista gráfico Jonas Ventayovski (nombreartístico de Juan Ventayol Sarrión, ideólogo de la portada). Miguel Ventayol quiere agradecer a Marcelo Ortega elvaivén de correos (del cual saldrá el fanzine que revolucionará elaño 2011) cargados de fina ironía periodística. Marcelo Ortega, por su parte, quiere agradecer a MiguelVentayol la madurez que aporta y la tontería. Ambos se quieren agradecer a sí mismos la capacidad parahacer dos cosas al mismo tiempo a pesar de las risas maliciosasde sus respectivas hienas mujeres quienes no sólo nocolaboraron sino que pusieron evidentes trabas a la creación(imperdonable fue esconder las grapas, pero peor fue limitar lashoras dedicadas a las series de referencia como Futurama,Seinfield, Los Simpson’s, Big Bang T., indispensables para elóptimo funcionamiento de las limitadas prodigiosas mentes de losautores). Finalmente, se agradece la buena intención de los críticosdel Aqua en la lectura de esta pequeña obra maestra del géneroen Albacete. Cabrones. 36

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