Viento helado de Iggy

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Viento helado de Iggy

  1. 1. VIENTO HELADO, 1ª parte.     Autor: Ignacio       Nuremberg era una ciudad destruida, casi arrasada. Barrios enteros se veían reducidos a los esqueletos de lo que habían sido edificios, apenas reconocibles como tales. Para Sarah, aquella visión no era una novedad; desde el final de la guerra había visitado varias ciudades alemanas, y Nuremberg no se diferenciaba mucho de Bremen, Colonia o Maguncia, igualmente afectadas por los bombardeos aliados. Sin embargo, allí en Nuremberg sentía que se acercaba de alguna forma al núcleo, a la explicación de toda aquella destrucción. El juicio contra los más altos jerarcas del régimen nazi ya se venía desarrollando desde hacía varios meses, si bien a ella no la habían enviado hasta entonces a cubrirlo. V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m Mientras su coche se desplazaba entre las destruidas manzanas de edificios, se fijó en cómo el ambiente deprimente se agudizaba por los restos de la grisácea nieve que se acumulaba junto a las aceras, fundiéndose con lentitud. El final de aquel terrible invierno se acercaba, pero el sol seguía sin calentar, y las pocas figuras humanas que se veían caminaban abrigadas y encorvadas, como ateridas por el frío o tal vez por la desolación. Al fin se aproximaron al cúbico, masivo y horroroso palacio de justicia de Nuremberg, milagrosamente salvado de las bombas. Sarah se apeó del vehículo, sonriendo a su chofer, que se había bajado para abrirle la puerta. Sacando su identificación, la mostró a los marines norteamericanos. Estos custodiaban la entrada en traje de combate, con sus fusiles automáticos en ristre, como si temieran algo. Pero no era así; en cuanto se acercó a ellos, los dos que estaban más cerca de la entrada le sonrieron, con esa expresión tan típica de los soldados hacia las mujeres, sobre todo las rubias. Sarah nunca se había tenido por particularmente fascinante: su melena rubia-rojiza era unos de sus principales atractivos, junto a sus ojos verdes. Sin embargo, su escasa talla y su figura más fuerte que estilizada, junto a su cara redonda y algo ancha, contrastaba con el tipo de mujer a la moda, impuesto por la elegancia felina de Lauren Bacall. Aunque allí, en aquella Alemania ocupada y llena de soldados, casi cualquier mujer podía considerarse una belleza, dada la atención constante que despertaba. Sarah no hizo mucho caso, limitándose a mostrar su pase de prensa de la agencia Reuters: Sarah Cosgrave, periodista, nacionalidad británica, etcétera, etcétera. Al ser su primer acceso al lugar, hubo de esperar a que se realizaran inútiles comprobaciones, mientras el más diverso personal pasaba a su lado con tan sólo un saludo hacia los soldados. Al fin se le franqueó el paso al interior del siniestro edificio. Los largos pasillos estaban llenos de soldados también, que al menos servían para indicar dónde se encontraba cada sala. Había llegado algo tarde, y la sala del juicio casi estaba llena. Los murmullos llenaban aquel cavernoso recinto; algo desorientada, Sarah dio con un asiento vacío en la tribuna de prensa, tras lo que echó una ojeada al lugar. En la sala, de alto techo, se habían dispuesto cuatro estrados, formando una especie de plaza central por la que se movían los abogados y fiscales, en torno a sus mesas, cuchicheando y mostrándose papeles y documentos. El estrado a su izquierda, vacío, sería ocupado en breve por los cuatro jueces designados por los cuatro "grandes": las tres potencias vencedoras de aquella guerra, más Francia, que había logrado colarse a última hora en aquella selecta concurrencia gracias a la habilidad del general de Gaulle y al típico oportunismo francés. Frente a ella había un estrado similar al suyo, reservado a los observadores militares. Estaba lleno, ocupado por marciales individuos que hablaban en voz baja los unos con los otros. Además, se notaba por las agrupaciones de sus uniformes, tanto como por la actitud que mostraban, que había una cierta desconfianza entre los militares de los diversos países. En particular, la nutrida delegación soviética se mantenía aparte, hoscamente reacia a confraternizar con el resto de los aliados. Sarah, en la tribuna de prensa, se hallaba con mucho en la concurrencia más bulliciosa del lugar. Después de casi cuatro meses de juicio, parecía que todo el mundo ya se conocía allí, y los periodistas estaban en pie, formando corrillos y sin duda intercambiando información y hasta chismes. Sarah, nueva en el lugar y de todas formas poco interesada en aquellas cuestiones, se mantuvo sentada y aparte. Con un esfuerzo deliberado, no exento de morbosa fascinación, obligó al fin a su cuello a volverse hacia la derecha. Allí, en el estrado más largo, y custodiados por la policía militar tras ellos, se sentaban los acusados. Sarah no pudo dejar de sorprenderse por su aspecto normal, hasta banal. Algunos de entre ellos incluso se inclinaban para cuchichear entre sí, contándose tal vez anécdotas, como sus sonrisas parecían revelar. No parecían los monstruos que había producido aquellos horrores sobre los que Sarah se había documentado, y que llevaban nombres que ya se habían convertido en la expresión del horror: Auschwitz, Treblinka, Mauthausen... Sarah sacudió la cabeza, desorientada, al tiempo que escuchaba el aviso del oficial de la sala. Se puso en pie, viendo desfilar a los jueces con sus togas, tras lo que se volvió a sentar mientras el rumor en la sala se apagaba. Sarah reanudó su inspección de los acusados mientras las formalidades iniciales de la sesión se iban cumplimentando. Probó los auriculares de la traducción simultánea, pese a que gracias a su dominio del alemán y el ruso apenas los necesitaría, tan sólo para seguir las intervenciones del fiscal francés. Funcionaban correctamente, de modo que se los quitó, dejándolos a un lado. Poseía una buena información en su dossier acerca de todos los acusados, y la había estudiado a fondo, pese a que su misión allí no tenía ninguna relación real con ellos. Aunque dada su auténtica misión, el dossier contenía también informaciones que no se habían tratado en aquella sala, ni se tratarían. En realidad, y a falta de los grandes jerarcas nazis, como Hitler, Göbbels o Himmler, ya muertos, se había intentado formar una buena representación del régimen juntando en un extremo del estrado a los más conocidos jerarcas supervivientes, como Göhring, Hess o Ribbentrop, agrupados como para darles más relieve por pura acumulación. Sin embargo, criminales mucho más siniestros, con responsabilidades mucho más directas y evidentes, se hallaban dispersos en la doble fila, en un relativo anonimato proporcionado por su menor proyección pública, como Frank, Frick o Rosenberg. Sarah contempló a estos
  2. 2. últimos, meneando la cabeza ante su aspecto anodino. Particularmente, Hans Frank, gobernador general de Polonia en la época de los campos de exterminio, resultaba sorprendentemente vulgar, con su calva y su apariencia de funcionario de baja categoría. Sin embargo, no era aquello lo que la había traído hasta allí. Dirigió su mirada de vuelta al frente, a la tribuna de observadores militares. Su dossier contenía también una detallada descripción de quienes allí se sentaban, pues su verdadera misión los concernía a ellos. Pasó la vista por el apretado grupo de oficiales soviéticos, tan serios y concentrados, al tiempo que abría su carpeta. Repasó caras, comparándolas con las fotos de su dossier, uno a uno, concienzudamente. La información de que disponía incluía nombre, edad, graduación, historial y diversas recomendaciones realizadas por sus superiores, a las que debía ceñirse en la medida de lo posible. Siguió estudiándolos, fila tras fila, hasta que una mirada la sorprendió. Bajó su vista hasta el dossier. La foto en blanco y negro no revelaba la fuerza de aquella cara, sobre todo la intensidad de aquellos ojos azules. Ya era bastante raro encontrar a otra mujer en aquella sala, aparte de las secretarias y traductoras, y todavía más entre la delegación militar soviética, pero en aquella oficial había algo más. Seguía con una tremenda intensidad todo lo que se decía, y su mirada de hielo solía posarse sobre los acusados con una intensidad inusitada. V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m El dossier le reveló sus datos: teniente Nadia Ivánovich Von Kahlenberg, 31 años, observadora delegada por el mando militar de Berlín. A las órdenes directas ni más ni menos que de Zhúkov, comandante de la zona de ocupación soviética y junto a Koniev héroe oficial de la batalla de Berlín. Lo primero que llamó la atención de Sarah, aparte de la intensidad de aquella mirada, fue su apellido, alemán. Y no sólo alemán, sino aparentemente aristocrático. El dossier le dio una rápida explicación: era de origen estonio, perteneciente a la minoría de origen germánico que había formado la nobleza de aquel país ahora incorporado a la U.R.S.S. Sin duda su conocimiento del alemán y de las circunstancias de la guerra junto a Zhúkov explicaban su presencia allí, aunque su presencia en el Ejército Rojo no dejaba de resultar extraña, dados sus antecedentes nacionales. Su  historial, sin embargo, era particularmente anodino, con puestos de muy escasa relevancia durante la preguerra y la mayor parte de la guerra, hasta que extrañamente había sido destinada al estado mayor del general Zhúkov hacia el final del conflicto, ya durante la invasión de Alemania. Como Sarah sabía, los historiales anodinos acompañados de presencias poco explicables en lugares clave solían indicar con precisión a los agentes de inteligencia. Aquello era lo que realmente la había traído hasta allí, de modo que fijó su atención en aquella mujer en particular. Su seriedad era impresionante, sobre todo cuando se volvía hacia la tribuna de acusados; la intensidad de su mirada resultaba incluso turbadora. El resto de delegados soviéticos tampoco parecían muy distendidos, no allí en la zona de ocupación americana, desde luego, pero de vez en cuando sonreían y se daban codazos ante algún error de la traducción simultánea. No ocurría así con ella; su cara no cambiaba su expresión bajo ninguna circunstancia, sus finos labios jamás se estiraban en una sonrisa. Además, a diferencia del resto, apenas tomaba notas en su carpeta, lo cual no dejaba de ser interesante. Para no caer en el mismo revelador detalle, Sarah dedicó a partir de entonces algo de atención al desarrollo del proceso. Mientras tomaba superfluas anotaciones, el presidente del tribunal, el británico Lord juez Geoffrey Lawrence, anunció el receso de mediodía. Todo el mundo se puso en pie, al tiempo que los murmullos se reanudaban, comentando la sesión. Sarah contempló a quien ya había denominado como su objetivo primario. Sin hablar con nadie, había eludido los corrillos que habían formado los delegados soviéticos y abandonado la sala. Sin apresurarse, Sarah siguió a los grupos de periodistas hasta lo que resultó ser el comedor, dentro del mismo edificio de los juzgados. La sala poseía todo el ambiente de los comedores de oficiales, con la larga barra de acero tras la que se afanaban los cocineros sirviendo platos. Sarah imitó a los periodistas que la precedían y tomó una bandeja de metal, sumándose a la cola. Apenas optó por un plato de gulasch y un vino tinto, probablemente horroroso, tras lo que se plantó en medio de la sala, sosteniendo su bandeja con ambas manos y mirando a derecha e izquierda. Las diversas mesas se iban ocupando en medio del bullicio, aunque varias estaban aún vacías. Entonces vio a su objetivo, que se hallaba extrañamente solitaria, ya dando cuenta de su almuerzo. ¿Debería intentar una primera aproximación? No resultaba conveniente precipitarse, desde luego. Sin embargo, una demora tampoco serviría de mucho. Dudó, mientras un grupo de animados periodistas la adelantaban, sin hacerle caso. Entonces decidió que tanto su cobertura como periodista, como la condición de mujer de ambas, ella y su objetivo, le daría una buena excusa para una primera aproximación. Seguiría su papel como periodista femenina, necesariamente superficial según todos los estereotipos. Se acercó a la solitaria mesa de su objetivo con decisión, aunque justo antes de establecer contacto volvió a dudar. ¿La interpelaría en alemán, inglés o ruso? Su conocimiento del ruso tal vez despertase sus suspicacias. Aunque bien pensado, lo mejor era no ocultar nada; si lo hacía, posteriormente el hecho de que supiera hablar ruso supondría un motivo de desconfianza. Como se solía recomendar en los servicios de inteligencia: di siempre la verdad, salvo cuando suponga un problema evidente, y sobre todo si te sirve de algo. - Hola, ¿puedo sentarme aquí, por favor? - preguntó al fin en ruso, exhibiendo su mejor sonrisa de chica espontánea y banal. Su objetivo levantó la vista, con una expresión de evidente fastidio. Sin embargo, al establecer contacto visual, su cara cambió, y por un instante incluso pareció a punto de sonreír. Pero ello no ocurrió; su expresión volvió a cerrarse, aunque hizo un gesto con la mano, al tiempo que se encogía de hombros y decía, también en ruso: - ¿Por qué no? Sarah se sentó a su lado, alisándose la falda y dejando su bandeja sobre la mesa. Contempló la de su interlocutora, que ya casi había dado cuenta de su almuerzo, y empuñó su tenedor al tiempo que decía: - Me llamo Sarah, Sarah Cosgrave, y soy periodista de la agencia Reuters, acabo de llegar y no conozco a nadie. Pensé que tal vez, siendo casi las dos únicas mujeres por aquí, podríamos charlar un poco. Ella se volvió a encoger de hombros, reacia al parecer a iniciar una conversación. Sarah aprovechó para echarle un vistazo más de cerca. Había dejado su gorra de plato junto a su bandeja, revelando ahora su melena oscura, recogida tras sus orejas. Sus ojos eran todavía más impresionantes que vistos de lejos, de un azul intensísimo, fríos e implacables en aquella cara tan seria. Sarah decidió que iba a precisar de toda su insistencia para hacerla salir de su mutismo. - Me han enviado para que haga una serie de reportajes distintos, para que dé un punto de vista femenino. Y me ha sorprendido verla aquí, teniente...
  3. 3. Calló, invitándola a presentarse de una vez. El truco la hizo dudar, pero el fin respondió: - Teniente Von Kahlenberg. Su ruso es muy bueno, señorita Cosgrave. Señorita, supongo. - Oh, muchas gracias, y sí, desde luego que señorita, pero llámeme Sarah, por favor. - rió ella, aprovechando la ocasión para intentar distender el ambiente, tan tenso. - Me gustaría hacerle algunas preguntas para mi reportaje, sería interesante conocer su punto de vista sobre este juicio, y de paso dar a conocer que también hay mujeres por aquí, no sólo esos estirados jueces y fiscales... Algo de interés humano tal vez... - No creo que sea una buena idea. Desde luego, no voy a concederle una entrevista, no es mi función ni mucho menos. Tras decir esto, se echó hacia atrás en su asiento. - De todas formas, tengo mucho que hacer. Ahora, si me disculpa... Sarah levantó la vista, puesto que la teniente se había puesto en pie. En un último intento, le dijo: - Está bien, pero al menos concédame la posibilidad de charlar un rato con usted. ¿Hay algún lugar al que suelan acudir los oficiales soviéticos en Nuremberg después del trabajo? Ya de pie, la teniente pareció dudar, mirando hacia un lado y otro, como si pensase en marcharse sin más. Al fin, bajó la vista y dijo, con cara de estar ya arrepintiéndose de hacerlo: - Sí, a veces vamos a cenar a la Rauchstube. V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m Dicho esto, dio media vuelta y se marchó, sin siquiera haberle dicho su nombre de pila, que Sarah ya sabía que era Nadia gracias a su dossier. Debería recordar no mencionárselo hasta que ella se lo dijera, para no levantar sospechas. Bueno, al menos era un primer contacto. Tal vez consiguiera algo después de todo, pensó. Con este magro éxito se concentró de nuevo en su comida, antes de que tuviera que volver a la sala de juicio para la sesión de la tarde. Nadia no apareció por la sala de juicio en toda la tarde, de modo que Sarah se limitó a reflexionar acerca de su misión. Desde luego, no era que el gobierno británico no estuviera en buenos términos con el soviético, sobre todo desde la llegada al poder de los laboristas del primer ministro Atlee. Sin embargo, el MI6 prefería tener todos los cabos atados, sin cerrarse ninguna puerta. A nadie se le escapaba que la alianza con los soviéticos había sido dictada por las necesidades de la guerra, y que fácilmente podía abrirse un período de confrontación, aunque de momento la colaboración era franca. Debía recordar aquello; sus instrucciones del servicio de espionaje exterior británico enfatizaban la necesidad de evitar provocaciones con los "amigos" soviéticos, al menos de momento. Su aproximación debería ser discreta, andando siempre sobre seguro, aunque sin olvidar su misión: abrir canales de información dentro de la NKVD, la policía secreta soviética. Tal vez la teniente Von Kahlenberg sirviera a aquel propósito, si realmente formaba parte de ella.   sigue -->...
  4. 4. VIENTO HELADO, 10ª parte.     Autor: Ignacio       Las nieblas de Londres la recibieron de vuelta, y aquella fue su única bienvenida. Eso, si exceptuamos un mensaje que la esperaba, y que le fue entregado en mano por un lacónico mensajero justo al pie de la escalerilla del avión. El mensaje apenas era más expresivo que su portador, que tras un gesto hacia su gorra desapareció en la niebla como una visión. Sarah no pudo evitar un temblor en las manos mientras rasgaba con dedos nerviosos el sobre sin destinatario ni remite. Con escuetas palabras se le comunicaba que disponía de una semana de vacaciones, tras las que debía presentarse ante su superior. Ni una palabra acerca de sus éxitos en Berlín, ni tampoco sobre la vigilancia a la que la había sometido ese malparido de Rumsfeld. Nada. V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m Bueno, al menos no la habían arrestado nada más pisar tierra. Iban a dejarla cocerse en su propia salsa, por lo visto. No se podía descartar que la fueran a expulsar, por violación del código interno de la casa. Relaciones con agente enemigo, ese era el artículo, pleno de sobreentendidos, que había infringido. Sin embargo, ese código no solía aplicarse jamás. No convenía dejar suelta y cabreada a una agente que conocía tanto del MI6. Lo normal era, o bien echar tierra sobre el asunto, o... se podían fabricar acusaciones por traición que dieran con sus huesos en la cárcel. A esa alternativa se enfrentaba. Y la iban a tener una semana pendiente de ese hilo. Aunque tal vez estén todavía decidiendo qué hacer con ella, pensó en el interior del taxi que la conducía a casa. El coche se detuvo con un siniestro crujido, y al levantar la vista comprendió que había llegado. Pagó, demasiado ensimismada para responder a la pregunta del chófer acerca de su maleta, y la recogió ella misma. Su casa se le hizo aún más vacía y oscura que nunca, mientras dejaba caer su equipaje junto a la puerta, fatigada. Apenas era media tarde, pero se sentía exhausta. No hizo sino desvestirse y acostarse, tras lo que se halló a sí misma tumbada boca arriba en la oscuridad de su dormitorio, pero incapaz de cerrar sus ojos. Estaba demasiado nerviosa como para dormir. De forma inevitable, sus pensamientos derivaron hacia Nadia. Recordó su última noche juntas, lo que tampoco hizo nada por permitirle conciliar el sueño. Nadia. ¿Se habría metido ella también en un lío semejante? ¿Dónde estaría, qué cama le daría cobijo aquella misma noche? Sacudió la cabeza. Aquellos pensamientos tampoco le iban a permitir alcanzar el sueño, y lo necesitaba. La tensión se había acumulado sobre sus hombros, y la aplastaba contra el blando colchón, como si fuera a acabar atravesándolo, hasta el suelo y más allá. De alguna forma, sus pensamientos empezaron a divagar libremente, como ocurre cuando te hallas al borde del sueño. Recordó la pregunta que Nadia le hizo, aquella que tanto le extrañó. Había querido a una mujer antes, bueno, a una niña apenas, cuando las dos eran unas chiquillas inexpertas. Sally O’Connally. Desde el terrible incidente en que las pillaron besándose a escondidas, y que había supuesto su definitiva separación, apenas había vuelto a pensar en ella. En realidad, no lo había hecho en su vida adulta, hasta que Nadia le preguntó. Habían extirpado aquel suceso, pese al tremendo trauma que aquella violenta separación supuso para la chiquilla que había sido. ¿Qué habría sido de la joven y dulce Sally? Ya en pleno duermevela, decidió que aprovecharía sus enojosas vacaciones para tratar de averiguar qué era de ella.   * Para una espía como ella, dar con el paradero de una persona de la que conocía el nombre no debía presentar el menor problema, se dijo a la mañana siguiente, ya mucho más animada. La cocina se encontraba iluminada por los rosados rayos del alba. Había dormido durante horas, puesto que se había acostado muy temprano. En consecuencia, era apenas de día, pero se sentía lista y dispuesta para lanzarse a su investigación privada. Saboreó pensativa su té, mientras decidía los pasos a dar para localizar a Sally, aún sin el apoyo del MI6. Una corta serie de llamadas la dejó a la expectativa, pendiente de una respuesta. Paseó de un lado a otro, incómoda. Su preocupación no venía de la espera, sino de esa tensión a la que la sometía el servicio secreto. Notaba el cuello rígido; había dormido mal, en tensión, incapaz de abstraerse de sus preocupaciones. Debía preparar una argumentación, una defensa ante el previsible interrogatorio. Por supuesto, su mejor defensa era la exposición de sus resultados: el éxito se defendía solo, en el espionaje tanto como en cualquier otra actividad. ¿Acaso no había logrado informes valiosísimos? Poco debía importar la forma de obtenerlos. No iba a ser la primera agente que violase la ley para cumplir con su deber, de eso había precedentes en abundancia. El problema, sin embargo, no era si había violado el código interno de moral victoriana, acostándose con una agente enemiga. El problema era que, a esas alturas, sin duda ya habrían descubierto la desaparición del expediente de Nadia. Hasta el más estúpido, y de esos había en abundancia en el MI6, sumaría dos y dos y concluiría quién era responsable de esa sustracción. Y entonces tendría algo más que justificar, sumado – multiplicado más bien – a su relación con la soviética... El timbre del teléfono la sacó de sus cavilaciones, asustándola. Había estado caminando de un lado a otro, como un tigre enjaulado, y se había detenido casi con un pie en alto. Tan ensimismada había estado que apenas era consciente de sus anteriores actos. Se forzó a salir de su parálisis y descolgó el teléfono. - Sí... Sí... Muy bien, muchas gracias. - dijo tan sólo. Como era de esperar, la búsqueda había sido sencilla. Sally vivía en Birmingham, con una dirección y un número de teléfono a su nombre. Ahora, ¿qué hacer? Si cogía el tren, llegaría allí a media tarde. Sin embargo, no parecía una buena idea presentarse así, por las buenas... Qué demonios, se dijo Sarah. Ya era hora de hacer algo impulsivo por una vez. Había sentido el impulso de saber qué había sido de ella, y lo mejor sería seguir siendo impulsiva. Había pasado mucho tiempo y sin duda sería un reencuentro agradable. Las dos eran ya adultas.
  5. 5. * Varias horas de tren después, y mientras caminaba por las calles de un barrio obrero de Birmingham, tan similar al suyo propio, Sarah sintió que su determinación flaqueaba. ¿Qué había ido a hacer allí? Sobre todo, ¿qué le iba a decir a Sally, después de tanto tiempo, de aquella despedida que no fue tal? Sus pasos se demoraron solos, dubitativos. Tal vez debía analizar qué impulso la había llevado hasta allí. Desde luego, la pregunta de Nadia había devuelto a Sally a su memoria, enterrada por largos años de olvido forzado por el dolor. Pero el simple hecho de recordarla no la había lanzado en su busca, no era eso. ¿Así pues? Torció el gesto, al tiempo que sus pasos se aceleraban de nuevo, decididos al fin. Demasiado autoanálisis tampoco era bueno. Iría, se saludarían como viejas amigas, y ya estaba. Aquel amor adolescente, real o no, estaba superado. Tan sólo quería saber qué había sido de ella desde aquel día, años atrás, en que las habían separado a la fuerza. V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m Dudó de nuevo ante la puerta, una puerta estrecha que al final de una corta escalera daba a una casita encajonada entre muchas más, idénticas. Parecía un hogar modesto aunque arreglado y limpio, con macetas ante las ventanas. Sin duda la pequeña Sally había crecido, se había casado y hasta criaba un buen puñado de hermosos hijos. Hijos parecidos a ella... Sarah la recordó entonces, de cuando habían sido dos adolescentes uniformadas, controladas por las aquellas monjas severas. Sally había sido una muchacha sonrosada como una manzana, llena como ellas de jugos y vida, y también de alegría. Pese a ello, o tal vez a causa de eso mismo, también una joven soñadora, romántica y con un curioso deje de tristeza. Había sido esa combinación lo que la había atraído hacia ella. Parecía necesitar ser abrazada, tan tierna y vulnerable parecía. Y la había abrazado, y besado y dicho cosas que sólo una adolescente, inconsciente de los avatares que depara la vida, podía decir. Aquello quedaba ya muy lejos. Llamaría, saludaría y se marcharía con su conciencia tranquila. Al poco de llamar se abrió la puerta. Una mujer alta, delgada y morena se la abrió. Por un instante, Sarah quedó desconcertada. ¿Tanto había cambiado Sally? ¿Había renunciado a su magnífico cabello pelirrojo? - ¿Sí? ¿Qué desea? - le preguntó la desconocida con acento netamente escocés. Desde luego, no se trataba de ella. - Buenas tardes. Busco a Sally O'Connally, creía que era aquí... La mujer se volvió de inmediato hacia adentro, aunque sin dejar su lugar obstruyendo el paso. - ¡Sally! - exclamó. - Alguien pregunta por ti. Entonces otra mujer, más baja y vestida con unos pantalones holgados y camisa blanca con los puños sueltos se acercó por el pasillo. Tampoco le pareció ella, hasta que vio su sonrisa, todavía la misma, y su rebelde pelo rojo, ahora más corto. Ella no pareció reconocerla, sino que se quedó ante el vano de la puerta, mirándola desconcertada. Sólo tras unos instantes su sonrisa se iluminó, al tiempo que exclamaba: - ¿Sarah? ¿Sarah Cosgrave? ¿Eres tú, verdad? Sarah, mientras su interlocutora se debatía en la duda, no pudo evitar fijarse en la actitud de la otra mujer. Estaba al lado de Sally, hombro con hombro en el vano de la puerta, cerrándole el paso. En ese momento no hacía otra cosa que mirarla de reojo, con aspecto algo suspicaz. En eso se fijaba cuando, tras musitar un quedo "sí, soy yo", sintió el impacto de un fuerte y decidido abrazo. - ¡No me lo puedo creer! ¡Sarah! ¡Después de tanto tiempo! ¿De verdad eres tú? La última pregunta la hizo ya apartándose un poco de ella, mirándola a los ojos. Pese a su inicial duda, Sarah sintió cómo la alegría de Sally la embargaba, aquella contagiosa y arrolladora alegría que tan bien conocía. - Sí, yo soy, Sally... - sonrió, algo tímida todavía. - Ha sido mucho, mucho tiempo, pero he querido saber qué fue de ti, y ya ves, he tenido la osadía de venir sin avisar ni nada... - Vamos, pasa, no te quedes ahí. - la condujo entonces, pasando un brazo tras su cintura y transformando el abrazo en invitación. La otra mujer, aún en silencio, le abrió paso con renuencia. Las tres fueron hasta la cocina, un lugar cálido y acogedor aunque pequeño y modesto. Se sentaron a una pequeña mesa, salvo la tercera mujer, que sin preguntar se puso a preparar un té. - Es Chris. - dijo Sally por toda presentación. La aludida apenas hizo un gesto en dirección a ambas, como si la cosa no fuera con ella. La expresión de Sarah debió parecer interrogadora, porque añadió: - Estamos juntas. Entonces las dos mujeres intercambiaron una significativa sonrisa, que aclaró todo lo que había que aclarar. Sarah no pudo evitar una cierta sensación de sorpresa. Así que después de todo Sally, la pequeña y vulnerable Sally, no se había dejado torcer... - Me alegro de conocerte, Chris. - dijo entonces. Pese a que trataba de ser cordial, pudo captar que aquella mujer desconfiaba. ¿Le habría hablado de ella... de ellas? Probablemente. Encontrarse de repente en tu cocina a una antigua novia de tu pareja, y no a una cualquiera, sino a la primera, debía resultar inquietante... Sarah sonrió, secretamente divertida. - ¿Qué ha sido de tu vida, Sarah? - El interés de Sally la sacó de su ensimismamiento. ¿Qué decirle? ¿Que había tenido su primera experiencia con una mujer desde aquella aventura juvenil que compartieron, y que se encontraba desorientada? Un poco repentino, sin duda... - Oh bueno, me hice periodista. - Era una lástima no poder ser sincera en eso, pero no tenía más remedio que usar su tapadera. Su propia familia tampoco sabía a qué se dedicaba en realidad. - Es un buen trabajo. - ¿Y de pareja? ¿Hay alguien...? - Sally parecía querer averiguar si su compartida experiencia había sido el inicio de algo, aunque sin llegar a preguntarlo directamente. Era una buena manera de iniciar aquella conversación. Sarah sonrió, divertida
  6. 6. e incómoda a la vez. - Aquí os dejo esto. - Chris posó con una cierta brusquedad la bandeja con el té, las tazas y el azúcar entre ellas. Se volvió hacia Sally, dándole la espalda. - Me voy al Ryan’s. Te espero. No tardes. - Muy bien, iré enseguida. - contestó Sally sin tanta sequedad. - Hasta ahora, cariño. - Hasta ahora. - respondió la otra mujer, ya marchándose sin mirar atrás. En cuanto hubo sonado la puerta de la calle al cerrarse, Sally sonrió, meneando la cabeza. - Discúlpala, por favor. Ella no es así. Pero le he hablado de ti, y... - Dejó la frase inconclusa, sonriendo aún más. - Oh. - Sin saber qué responder, optó al fin por la cortesía. - No tiene importancia. Soy yo quien debe disculparse por presentarme aquí sin avisar antes. Supongo que una ex-novia de tu pareja, apareciendo de repente, puede poner nerviosa a cualquiera. Supongo... No he tenido mucha experiencia en... Tampoco logró concluir la frase, sintiéndose cada vez más confusa. ¿A qué había ido allí? V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m - Ya veo. No te preocupes. Lo que pasó, pasó, y no hay razón para que te sientas incómoda. - Sally extendió su mano sobre la mesa, acercándola a la suya, pero sin tocarla, como en una muda invitación. En un impulso, Sarah agarró aquella mano, al tiempo que respondía. - No... Lo cierto es que creo que he venido para ver qué había sido de tu vida, y compararla con la mía. No hubo nadie... ninguna otra quiero decir, después de que nos separaran... hasta ahora... - Ah... - Sally estrechó con delicadeza su mano en la suya. Su expresión parecía decir que comprendía. - Cuéntamelo, si quieres. - Yo... - Maldición, apenas iba a poder darle detalles; casi todo era secreto. - Sí, he conocido a una mujer... Me he enamorado, quiero decir. Por... por razones de trabajo - eso era del todo cierto - nos hemos tenido que separar. La hecho mucho de menos, y no sé... Aquella frase también quedó inconclusa. No tenía muy claro qué quería de Sally en aquel momento. - No te preocupes. - dijo ella, mirándola con intensidad, como si viera a través suyo. - Si la quieres, si os queréis, no habrá nada que pueda interponerse. No es fácil, te lo aseguro, pero si lo quieres, lo consigues. Lo sé. Te lo aseguro. Sarah deseó fervientemente que la esperanza que le transmitía Sally tuviera alguna base. Tal vez fuera así. ¿Por qué no? Pasaron el resto de la tarde tomando el té y conversando. Sally jamás se había dejado vencer. Aquella chica tierna y vulnerable se había hecho dura y resistente. Independiente. Durante la guerra había trabajado en una fábrica de munición, llegando a capataz. Sabiendo que la guerra acabaría y que el destino de todas sería volver a sus hogares con sus maridos, había ahorrado y ahora era dueña del pub al que Chris había marchado, y que llevaban juntas. Sarah, por su parte, se medio inventó su carrera como periodista, con los interesantes viajes a que la conducía, su errática vida amorosa... Todo lo contrario de Sally: llevaba con Chris varios años. Se conocieron en la fábrica, al principio de la guerra. No pudo evitar comentar la confianza que Chris demostraba, dejándolas a solas. - Es fantástica. - sonrió Sally. - No te dejes engañar por su actuación de hoy. - Sarah pudo leer el amor en su mirada, mientras evocaba a su pareja. Al fin, ya tarde, decidió que ya había tenido bastante. De alguna forma, había encontrado lo que fue a buscar. Sally insistió en que las acompañara en el pub, pero ella rechazó firmemente el ofrecimiento. Ya había abusado bastante de la confianza y paciencia de Chris. Se despidieron con un largo abrazo, prometiéndose mutuamente que seguirían en contacto. Ya en el vacío tren nocturno, Sarah decidió que, fuera lo que fuera, se sentía mucho mejor. Sonrió a la oscuridad, todavía sin saber qué hacer pero decidida a no dejar escapar la ocasión, si se presentaba. * Extrañamente, la ocasión se presentó casi de inmediato, y de la manera más sorprendente e inesperada. Al día siguiente, sin dirección ni sello, encontró en su buzón una carta. Extrañada, abrió la puerta para ver si quien la había echado al buzón estaba aún por allí. Nada, la calle estaba desierta. Incapaz de superar el suspense, rasgó el inmaculado sobre asomada a la húmeda mañana. Tras echarle apenas un vistazo, y con el corazón martilleando en su pecho, volvió a meter la hoja en el sobre y entró de nuevo. Cerró la puerta tras ella y se encaminó a la cocina. Allí, sus temblorosas rodillas agradecieron que se sentara, tras lo que recomenzó la interrumpida lectura de la carta, escrita en inglés con una hermosa y estilizada caligrafía. "Cariño, te envío esto por medio de un amigo. Al final te daré algunos detalles, pese a que me temo que no podré ser demasiado explícita. Aunque al despedirnos en Berlín supuse que no íbamos a poder seguir en contacto, lo cierto es que, como ves, he encontrado la forma. Ahora mismo no querría agobiarte, pues conozco algo de tus actuales dificultades. Más adelante tendrás noticias mías más claras. Perdóname por no poder expresarme ahora con toda la claridad que mereces. Lo primero y más importante es el método por el que me he puesto en contacto contigo. Como te decía, un amigo ha depositado esto a tu alcance, desconozco exactamente por qué métodos. A este respecto, debo pedirte que no trates de averiguar su identidad ni trabes contacto con él. Tampoco podrás responder a este mensaje, me temo, pese a lo mucho que
  7. 7. desearía leer tus letras. Tal vez pueda darte explicaciones más claras en el futuro; de momento sólo puedo pedirte que confíes en mí, como otras veces has hecho. En segundo lugar debo comentar algo de tus presentes dificultades, de las que algo sé. Sin duda debes estar pasando por difíciles momentos, y me gustaría estar a tu lado para darte mi apoyo. Me consta que tu situación profesional y tu carrera misma se halla ante un difícil momento... Aunque no conozco todos los detalles ni qué va a ocurrir, confío en que todo salga bien. Pronto sabrás a qué me refiero. Si es así, en breve tendrás noticias mías. Hasta entonces, no me queda más que despedirme de ti con un beso, Nadia". Estrechando la carta contra su pecho, Sarah lanzó un profundo suspiro. Se sentía superada por la sorpresa, el desconcierto, y también por la añoranza de Nadia. Desde luego, no era una sorpresa saber que había agentes soviéticos actuando en el país, pero... Todo aquello resultaba un tanto inquietante. Sobre todo, lo que se refería a aquel misterioso agente averiguando lo que a ella le ocurriese. Eso llevaba a deducir que no era un simple agregado de la embajada, sino que tenía medios, probablemente, para conocer detalles internos del MI6. Aquello sí que era inquietante. Por otra parte, ¿en qué situación estaba ella misma, colaborando con una agente del NKVD? Pretender que no surgiera un conflicto de lealtades de todo aquello era sin duda más de lo que cabía esperar. V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m El resto de la mañana lo pasó en casa. Paseaba inquieta por el pasillo, volvía a la cocina, releía la carta una y otra vez, volvía a ponerse nerviosa sin lograr estarse quieta. A media mañana releyó por última vez la carta, se acercó al fogón y lo encendió. La carta y el sobre ardieron en la pila, dejando apenas unas negras cenizas que piadosamente se llevó el agua. * Durante el resto de la semana apenas pudo controlar sus nervios. Cumplió con lo que Nadia le solicitara, y se abstuvo de vigilar si algún desconocido se acercaba al buzón de su puerta a depositar una carta sin franqueo. A duras penas logró ceñirse a ello; sin embargo se lanzaba todas las mañanas, muy temprano, a abrir su buzón. No recibió más cartas. A todo ello se añadía la incertidumbre provocada por aquella decisiva entrevista que la esperaba al reincorporarse al trabajo. Habría deseado poder dar una respuesta a Nadia, contarle sus inquietudes, su visita a Sally, sus dudas, sus resoluciones, cuánto la añoraba. Tampoco podía ceder a aquello. En definitiva, pasó el resto de la semana presa de los nervios, que trató de mitigar con largos paseos por los parques londinenses. Por su cabeza pasaban todo tipo de especulaciones: ¿A qué se debía la reserva de Nadia en su carta? ¿Cómo se había puesto en contacto? ¿Se trataría de un empleado de la embajada soviética? Pero entonces, ¿a qué tanto misterio sobre su identidad? Sarah sacudió la cabeza, incapaz de dar una respuesta a todas aquellas incógnitas. Su paseo de aquella mañana la había llevado hasta lo más profundo de Hyde Park. Allí, rodeada de enormes árboles y en completa soledad, se sentó en un banco. Su dudas no harían otra cosa que ponerla aún más nerviosa. Debía concentrarse en lo práctico, y de ello, lo más importante sin duda sería el infame de Rumsfeld. Esa rata... Sarah sintió que perdía su autocontrol al pensar en él. Sin duda habría elaborado un informe sobre sus relaciones con Nadia. ¿Qué respondería ante semejantes acusaciones? Su mejor estrategia era el éxito, sin duda. Había hecho cosas inadecuadas, de acuerdo, pero había logrado valiosísimos informes. No sería la primera agente que se acostaba con el enemigo para conseguir sus propósitos... Sarah no pudo evitar una sonrisa ante aquella imagen suya de Mata-Hari lésbica. No conseguía componer una imagen suya de taimada seductora de agentes enemigas, extrayéndoles información gracias a sus encantos... Aquello le resultaba ridículo incluso a sí misma, o tal vez sobre todo a sí misma. Difícilmente funcionaria. La idea borró la sonrisa de su rostro. El informe de Rumsfeld podría ser el final de su carrera, si no de algo peor. Definitivamente, no sabía qué hacer.   * La mañana de la entrevista con Ashcroft llegó al fin. Sarah salió de casa arreglada al máximo, tratando de causar una buena impresión. Un aspecto femenino y pulcro la haría parecer inocente e inofensiva. Iba a tener que dar muchas explicaciones. Primero, las acusaciones que ese cerdo de Rumsfeld sin duda habría hecho llegar en su informe. Luego, más complicado aún, la desaparición del informe de Nadia, que sin duda ya debería haber sido descubierto. Tenía algunos argumentos que aportar en el primer caso, pero el segundo era muy grave. El éxito parecía ser ahí su única coartada. Había cometido un gravísimo delito contra la seguridad, y el resultado había sido un enorme éxito para el servicio y para el país. ¿Sería suficiente? En todo caso, sentía un persistente temblor en sus rodillas, que apenas logró controlar. Esperaba que la dejaran cocerse un poco en su salsa obligándola a hacer antesala. Para su sorpresa, la secretaria del jefe para Europa la hizo pasar de inmediato a su despacho. Ashcroft, siempre con aspecto de huraño, resultó en esta ocasión prácticamente inescrutable. Sin decir palabra le señaló un asiento ante su escritorio, al tiempo que enarbolaba ante él dos carpetas, una en cada mano y ambas con el rótulo de "alto secreto". Se concentró en una, mirándola a ella por encima del papel, como a hurtadillas. Musitó un "uhmm", como indeciso, hasta que le clavó una dura mirada. - He recibido un informe sobre su actuación en su última misión un tanto... uhm... esto... - Ashcroft no conseguía, evidentemente, dar con la palabra adecuada, hasta que al fin lo logró: - "inusual". - Las comillas en torno al vocablo al fin hallado se hicieron notar en su perfecta dicción. Desde luego, Sarah no hizo el menor comentario, manteniéndose en una tensa espera. No iba a echarle una mano, no. - Uhm... - prosiguió al fin este, claramente incómodo - Conoce usted bien la política de la casa respecto a... ejem... relaciones con agentes enemigos... uh... - Pese a la tensión, Sarah tuvo que reprimir una risita. Ashcroft no encontraba la manera de decirle que no estaba nada bien eso de que una agente británica se acostara con una agente soviética. Desde luego que no le iba a ayudar a decirlo.
  8. 8. - Este asunto es sumamente inusual e imprevisto. - se lanzó al fin su jefe, decidido al parecer a usar un tono oficial para lidiar con aquella incómoda situación. - ¿Puede dar alguna explicación acerca de su actuación? Tampoco Ashcroft estaba dispuesto a ponérselo fácil a ella, por lo visto. No la había acusado de nada en concreto. ¿Qué debía responder? - Señor, las circunstancias de la misión dictaron mi actuación. - replicó ella al fin, tan oficial y distante como su interlocutor. No iba a negar nada. Estaba resuelta a no dar más explicaciones de las necesarias, y tampoco pediría disculpas. - Las directrices de las misiones de campo siempre han sido flexibles en torno a cuestiones de reglamento. Sí, he mantenido relaciones con una agente enemiga, - en este punto Ashcroft miró a otro lado, claramente incómodo - pero mi lealtad ha quedado demostrada. Acepto las medidas disciplinarias que se me puedan aplicar, aunque no acepto que se ponga en duda mi lealtad. Mientras decía estas palabras, Sarah no pudo evitar que imágenes de aquellas "relaciones" pasaran por su mente. Nadia... La necesitaba tanto a su lado, sobre todo ahora, dándole esa confianza y seguridad que ella siempre le aportaba... Por otra parte, no quiso recurrir a la línea de defensa de los éxitos logrados. Aquella última bala la necesitaría en cuanto Ashcroft volviera su atención hacia el segundo informe. Además, si tenía que caer, al menos caería con dignidad. V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m - Uhmm, bueno... Ya hablaremos de eso. Ahora... - y su jefe dejó la primera carpeta sobre la mesa y volvió su vista hacia la segunda. - Ahora tengo que felicitarla con toda efusividad. Los documentos que ha aportado al expediente de la agente Von Kahlenberg son de lo mejor que he visto en mi carrera. - Sarah se sintió completamente desorientada. ¿De qué hablaba aquel hombre? Los documentos e informes que había aportado a la misión sin duda se habrían incorporado al expediente de Nadia. De hecho, eso era lo que acababa de decir él. ¿Cómo no se habían dado cuenta de la sustracción? - La felicito, agente Cosgrave. - estaba diciendo este, al tiempo que se ponía en pie. Sarah, tras un instante de duda, hizo lo mismo, casi tambaleándose. Le fue extendida una amplia mano a través de la mesa, que ella estrechó desmayadamente. Como sabe, - prosiguió Ashcroft, cordial y como aliviado - este es habitualmente un trabajo en equipo. Pocas veces se encuentra uno resultados de esta categoría por obra de un solo agente. Enhorabuena. Desde luego, su, uhm, asunto privado será pasado por alto. Casi mareada por el extraño e imprevisto desenlace, Sarah no respondió palabra, sino que se marchó por donde había venido. Ya se encontraba atravesando la puerta cuando la voz de Ashcroft la detuvo de repente y la hizo volverse. - Ah, Cosgrave, espere. Tenga el expediente Von Kahlenberg. Sin duda lo necesitará para elaborar su informe final de misión. - Se lo tendió. - Y enhorabuena de nuevo. Sarah no pudo reprimirse el tiempo suficiente como para alcanzar su propio despacho, y ojeó nerviosamente la carpeta caminando a la vez por los pasillos. Estaba todo, todo. Bueno, casi todo. Alguien había devuelto el expediente de Nadia a su lugar, si bien con algunas correcciones menores. Aquello... aquello era increíble. Al cerrar tras de sí la puerta de su despacho, se dio cuenta del temblor en sus rodillas. El alivio, los nervios y la sorpresa la habían dejado tan exhausta que tuvo que apoyarse contra la puerta. Sonrió, aliviada, todavía sin comprender pero feliz. De alguna forma había salido con bien de aquello... Entonces, al fin su vista se posó sobre la mesa de su escritorio. Allí, un solitario sobre de tamaño y aspecto familiar llamó de inmediato su atención. No tenía sello ni remite ni nada escrito, idéntico en todo a otro que recibiera la semana anterior en su buzón.     Sigue -->
  9. 9. VIENTO HELADO, 11ª parte.     Autor: Ignacio       "Sarah, mi amor," decía la carta, "espero que cuando leas esto todo haya salido bien. Debo pedirte disculpas por haberte hecho pasar tan mal rato. Pero no sabía si mis planes podrían llevarse a cabo o no. De todas formas, si esta carta llega a tus manos querrá decir que mi amigo ha tenido éxito, y que mi plan ha salido como esperaba." "Desde luego, ya habrás deducido que tenemos un infiltrado." Ya lo creo, pensó Sarah, torciendo el gesto, aunque continuó leyendo. V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m "Es él quien me ha ayudado y ha hecho posible todo esto. Por razones que no se te escaparán, debo pedirte que ni informes sobre él ni trates de desenmascararlo por tu cuenta. Parece que aquí pueden entrar en conflicto tu conciencia y tu deber. Sin embargo, estoy segura que harás lo correcto. Nada en sus actividades te afecta, y teniendo en cuenta cómo has sabido de su existencia, bien puedes pasarlo por alto." "A causa de la necesaria discreción al respecto, será mejor que no trates de ponerte en contacto conmigo. Yo sí podré hacerlo, de esta misma forma, tantas veces como la prudencia aconseje." "Te echo tanto de menos. Tus besos y tus caricias las deseo cada día, mi amor. Ojalá podamos vernos pronto, y aunque no sea así, seguirás en mis pensamientos y deseos." "Te amo," "Nadia" La carta ardía ya en la papelera, aunque sus palabras seguían grabadas en su corazón, cuando Sarah alzó la vista. Creyó haber escuchado un ruido fuera de su despacho. Abrió de repente la puerta, para encontrarse con un pasillo desierto. Volvió adentro, más despacio. Aquella, la del "amigo", era la parte más inquietante de lo que Nadia le había contado. Un espía soviético infiltrado en el mismo núcleo de la contrainteligencia británica. Uno con capacidad para cambiar informes, reemplazarlos y quién sabía qué más. Uno... al menos. * Las cartas de Nadia no se hicieron menos frecuentes con el tiempo, pese a lo que Sarah había supuesto. La inquietud que le provocaba aquella extraña situación aumentó, sin embargo. Sólo ella conocía una infiltración soviética en el núcleo de los servicios secretos, y nada podía hacer al respecto. La situación le provocaba dudas e insomnio, aumentados por la espera entre una carta y otra, tan deseadas. Además, el no poder responderle le ocasionaba más inquietudes. Deseaba tanto contestar a sus cartas, hacerle saber cómo le iban las cosas... Con el tiempo, decidió que era extraño que Nadia no urdiese algún método para estar al corriente de los avatares de su vida. Leyendo una de aquellas cartas lo comprendió: Nadia no necesitaba sus palabras para saber de ella. Su confidente, u otro infiltrado más, la mantenía al tanto. Comenzó a sentirse vigilada, expuesta. Sospechaba de sus compañeros de trabajo, de sus subordinados, de sus superiores. Comprendió que la infiltración era extensa, no episódica. Nadia había dispuesto de un infiltrado al instante, en el lugar y momento adecuados. Demasiada casualidad. En su trabajo no existían las casualidades, de modo que sólo cabía una conclusión: existían diversos infiltrados, a todos los niveles, y Nadia había echado mano del más conveniente. Todo aquello debería haberla animado a romper aquella turbia relación. Sin embargo... Las cartas la mantenían con vida. No se observaba en ellas la menor disminución en la pasión. Antes bien, la añoranza que trasmitían desde la lejanía se fueron intensificando con el tiempo, con los años. Parecía imposible que una mujer como Nadia pudiera mantener una relación como aquella, a distancia y platónica. Pese a todo, así parecía ser. Sarah misma lo comprendía de alguna forma, pues ella tampoco se sintió tentada a reemplazarla por una relación más cercana, con hombres ni con mujeres, pese a que alguna ocasión tuvo. Fueron precisamente aquellas ocasiones las que la convencieron; Nadia debía sentirse como ella. No le cupo la menor duda, pese al resto de dudas y recelos. Aquellos recelos se transformaron en paranoia profesional. Su desconfianza aumentó, y sin embargo su carrera subió como la espuma. Bien visto, parecía lógico; la paranoia es un valor añadido en el trabajo de espía. Además, fueron años muy activos para el servicio de espionaje exterior. Crisis como la guerra de Grecia, la de Corea, el gran shock que produjo la explosión de la primera bomba atómica soviética... En todo ello tuvo parte Sarah, y sus méritos la hicieron ascender de forma meteórica. Las dudas provocadas por su relación con Nadia quedaron sepultadas bajo un expediente lleno de éxitos y menciones honoríficas. Tan discretos los honores como siempre, pero con la solidez del trabajo bien hecho. Y llegado el momento, su relación con Nadia se convirtió en un insospechado activo para sus superiores, cuando la mayor crisis de la posguerra llenó de inquietud los pasillos del servicio secreto. *
  10. 10. El despacho de Ashcroft había mejorado mucho en todo aquel tiempo. Tres años de mejoras presupuestarias para el espionaje habían sustituido las sillas de madera por cómodas butacas tapizadas de cuero. Sarah se sentó sobre el confortable asiento, posando sus manos sobre los apoyabrazos, también en cuero, apreciado la diferencia como si la disfrutara por vez primera. Todo había mejorado, incluida su posición en el servicio. Todo, menos las posibilidades de volver a ver a Nadia. De forma casi insensible, durante aquellos frenéticos tres años un telón de acero había caído sobre Europa, tal como denunciara Churchill en el Parlamento. Un telón de acero que la había separado de Nadia. Ya sólo el helado viento del este que soplaba aquel gélido invierno las unía ahora. Y sin embargo, la vida seguía, por no mencionar a su jefe, que le estaba hablando. Sarah salió de su ensimismamiento para seguir sus palabras. - ... como sabe, la situación en Moscú es cada vez más inestable. Los informes... V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m Ashcroft, con el paso del tiempo y el aumento de sus responsabilidades, había tendido cada vez más a los circunloquios y las obviedades. Lo que le decía era bien sabido. Hacía meses que llegaban inquietantes informes desde la U.R.S.S. sobre la salud de Stalin. En los pasillos del MI6 no se hablaba de otra cosa, mezclando los pocos informes seguros con especulaciones más o menos traídas por los pelos. Dentro del hermético régimen soviético, los movimientos sobre la sucesión se habían disparado, y las inquietudes sobre el rumbo que tomaría el archienemigo provocaban más histeria que cosa alguna. Sarah volvió a prestar atención a su jefe, pues parecía haberse centrado al fin. Sus palabras eran, ahora, muy interesantes, tanto como para sacar de golpe a Sarah de sus reflexiones. - ... así pues, se ha decidido poner en marcha cualquier operativo capaz de adelantarse a los acontecimientos, Cosgrave, y eso la implica muy en particular a usted. No he podido evitar recordar su, uhmm... "especial" relación - Sarah pudo escuchar con toda claridad las comillas - con aquella agente, uhmm, ¿cómo se llamaba...? - Nadia, - se precipitó a responder ella - Nadia Von Kahlenberg - concluyó, más despacio y tratando de no ruborizarse. - Sí, eso, Von Kahlenberg... - Ashcroft desvió la mirada, cada vez más incómodo. - Vamos a enviar a Moscú a todo aquel agente que pueda ser capaz de enterarse de algo, lo que sea, y uhm, por el procedimiento que sea. El gobierno quiere estar informado acerca de la salud de Stalin y los posibles sucesores, su planes, etcétera. Sarah sintió que su corazón se aceleraba. Con todos sus circunloquios, Ashcroft le estaba diciendo que iba a volver a ver a Nadia. Y que su misión sería sacarle información... Debían estar realmente desesperados en las altas esferas para enviarla a una misión semejante. Después de todo, una relación tan "especial" como la que ella tenía con Nadia se consideraba más un peligro para la seguridad que una ventaja, pensó Sarah, con su cinismo profesional puesto al máximo. Magnífico si así era, se dijo, mientras Ashcroft le explicaba los detalles. Sarah apenas podía mantenerse sentada; sus dedos tamborileaban sobre los apoyabrazos, su sonrisa mostraba sus deseos de partir cuanto antes. * Los preparativos, ya de por sí precipitados, se aceleraron de repente. Sarah, al pie del avión, se sentía expuesta. Jamás se había embarcado en una misión con tan poca preparación. Normalmente, se requería una compleja trama: agentes de apoyo, cobertura, una tapadera bien preparada y aprendida... Todo aquello había saltado por los aires el día anterior. Por fin, los rumores se habían confirmado, y la muerte de Stalin se había anunciado públicamente en Moscú. Hacía ya una semana que se le daba por muerto, y sin duda así había sido, aunque el anuncio se había demorado hasta entonces. Las dudas sobre la sucesión seguían sin aclararse, sin embargo, y la misión por tanto resultaba aún más urgente. Apenas había habido tiempo para buscarle una tapadera, y se había echado mano de su antigua personalidad como periodista de la agencia Reuters. No era mala solución, sin embargo. El avión hacia Moscú estaba atestado de periodistas acreditados para el gran funeral de Estado. Sarah miró a la gente en torno a ella, preguntándose cuántos de todos serían verdaderos periodistas. Tenía sobre su regazo una carpeta, de aspecto inocente, pero cuyo contenido debía destruir antes de llegar a Moscú, de hecho mejor antes de la escala técnica en Berlín. Era una dispar colección de informes de inteligencia sobre la posible sucesión. Sarah ya los había leído, pero les dio un último repaso. Casi todos apuntaban a lo mismo: el candidato número uno era Lavrenti Beria. El jefe del espionaje, el jefe último de Nadia por tanto, disponía de todos los triunfos. En un régimen tan oscurantista como el soviético, sólo él disponía de la información y el poder necesarios para hacerse con el puesto. Exministro del interior, vicepresidente del Consejo de Ministros, había acumulado poder a manos llenas. Las atribuciones de su servicio de inteligencia, el NKVD, le permitían arrestar a miembros del partido, procesarlos el secreto y ejecutarlos del mismo modo, cosa que se había hecho en el pasado. Su capacidad de intimidación dentro de las estructuras del poder soviético eran indudables. Todos los informes coincidían en ello. Sin embargo, en aquella carpeta había un informe que, aunque coincidía en todo ello, discrepaba en lo fundamental. Se trataba de un pequeño análisis de un agente de la CIA, obtenido gracias a la habitual colaboración con los americanos. El informe llamaba la atención acerca de una posible conjura de todos los miembros del partido atemorizados por el enorme poder acumulado por Beria. Aunque sin mucha convicción, apuntaba a la posibilidad de una gran coalición contra el todopoderoso jefe de los servicios secretos. Incluso arriesgaba la hipótesis de que esa coalición cristalizara en torno a un oscuro y desconocido ex-ministro de agricultura, un tal Nikita Khruschev. El informe había sido descartado y sus conclusiones dadas por ridículas. Sin duda sólo por un error debido a la precipitación había sido incluido en aquella carpeta. *
  11. 11. La llegada a Moscú tuvo algo de festiva para el pasaje del avión. La primavera parecía haberse adelantado, y el sol brillaba alegre en un cielo despejado, aunque frío. Sarah parpadeó, embutida en su abrigo largo hasta los tobillos. Se sentía desorientada, en una misión sin objetivos claros ni plan establecido. Sin embargo, su corazón latía con fuerza. Volver a ver a Nadia, tras tanto tiempo, era una perspectiva tan alegre como inquietante. Y sin embargo, no estaba claro cómo iba a ponerse en contacto con ella. Perdió miserablemente el tiempo acreditándose para el funeral como periodista, presentándose ante su embajada, tanto en su condición de presunta periodista como ante los agentes del MI6 allí instalados. Las formalidades burocráticas tuvieron el efecto de exasperarla, llevándola a un estado de nerviosismo creciente. Parte de él, sin embargo, se debía a la perspectiva de encontrarse con Nadia, se reconoció a sí misma. Y a las dudas acerca de cómo hacerlo. Pero había algo más, se dijo. * V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m De nuevo, el tiempo era excelente, como correspondía para un día tan señalado. Los rumores más ridículos entre la prensa occidental decían que los soviéticos podían diseñar el clima según les conviniera para la ocasión. Y el funeral de Stalin iba a ser un acontecimiento grandioso; por las calles de Moscú se vivía un inquieto y nervioso ajetreo. La Plaza Roja había sido habilitada para un desfile imponente, muestra del poderío soviético incluso – o más bien sobre todo – en aquellos momentos de inquietud. Los periodistas habían sido destinados a una inmensa gradería levantada en el extremo opuesto al muro del Kremlin. Frente a ellos, las autoridades más destacadas ocupaban el balcón de honor en la lejanía. Las especulaciones acerca de sus ocupantes provocaban un animado murmullo entre la legión de periodistas congregados a su alrededor. Todos coincidían en lo mismo: la destacada posición de Beria en aquel selecto grupo. Sarah se había provisto de unos prismáticos, decidida a aprovechar la ocasión para echar un vistazo a fondo al grupo. Pronto comenzó el impresionante desfile militar, muestrario del tremendo armamento que había acumulado la U.R.S.S. bajo Stalin. Banderas rojas con crespones negros flanqueaban toda la plaza, dándole un insólito aire festivo con su flamear al suave viento. Mientras pasaban tanques y misiles, Sarah esgrimió sus prismáticos en dirección a la muralla del Kremlin. Las autoridades se mantenían firmes y serenas, sin dejar traslucir la lucha de poderes que sin duda se mantenía. Sarah desvió su visión. En inmensas gradas alzadas bajo la muralla del Kremlin, funcionarios de segundo rango asistían al desfile, colocados como serios bombones expuestos en hileras idénticas. Militares con sus uniformes de gala se apretaban allí, sus serias miradas apuntando todas en la misma dirección. Sarah pasó la vista de sus prismáticos por aquellas hileras, impresionada por la marcialidad idéntica, casi indistinguible, de sus componentes. De repente, detuvo su barrido, su corazón acelerado. Volvió atrás su mirada, y sí, allí estaba. Seria, con su pardo uniforme cuajado de medallas y rodeada de anónimos militares, bajo la enorme gorra de plato, pudo distinguirla. Nadia... Se sintió tentada a hacerle señas con el brazo, saltando, pero se contuvo. No podría verla desde allí, y aunque así fuera, nada podría ser más ridículo en semejantes circunstancias. Sin embargo, concentró su mirada en ella a través de los prismáticos. Se la veía magnífica, su mirada de hielo clavada en algún punto ante ella, seria y marcial. Estaba situada en una gradería de alto nivel, próxima al balcón de autoridades. La profusión de medallas sobre su pecho era imponente, y su uniforme era ya de general, se dio cuenta con asombro. Aquella novedad no se la había contado en sus cartas, que solían contener pocas revelaciones sobre su carrera. Sin embargo, el ascenso podía ser reciente. De lo que no cabía duda era de su éxito e influencia en el NKVD. Sarah se preguntó, no por primera vez, cómo contactar con ella. Allí estaba, tan cerca y sin embargo tan lejos. De repente, como un solo hombre – pues hombres eran todos los que rodeaban a Nadia – la fila de militares que observaba hicieron el saludo militar. Sarah alzó su vista de los prismáticos y allí, por la Plaza Roja, sobre un armón de artillería tirado por un tanque, desfilaba el féretro. En medio de aquella escena histórica, sintiendo una repentina inquietud, sintió que una época terminaba. * Tras muchas dudas, Sarah llegó a una conclusión: puesto que había usado una tapadera bastante vieja, Nadia debía haberse enterado de su llegada. Por tanto, su única posibilidad de ponerse en contacto con ella consistía en dejarle a ella la iniciativa. Jugaba en su terreno, y sería ella la que tendría más capacidad de acción. Lo mejor que podía hacer era ponérselo fácil. En consecuencia, y pese a lo poco que le apetecía, decidió que lo mejor era dejarse ver en un lugar obvio y público, en el que su asistencia estuviera anunciada previamente. Por tanto, había aceptado la invitación a una recepción en la embajada suiza, aquella misma noche tras el funeral. Era un lugar habitual para encuentros casuales entre occidentales y soviéticos, dada la condición neutral de Suiza. Eso por no mencionar que aquellas recepciones eran un interesante acontecimiento social para el cuerpo diplomático acreditado en Moscú. Pese a lo fúnebre de los acontecimientos, la recepción iba a ser de gala, y Sarah se había resignado a vestirse para la ocasión. Se había puesto en manos de los asistentes de protocolo de la embajada británica, lo que había tenido como consecuencia el acabar embutida en un vestido de seda rosa, largo y sin mangas. Le habían arreglado el pelo hacia arriba, con los peluqueros de la embajada exasperados ante su corto cabello. Habían hecho un aceptable trabajo, se dijo Sarah, contemplándose en el barroco espejo de cuerpo entero. Joyas prestadas lucían alrededor de su cuello y en sus pendientes. Se sentía algo ridícula en aquellas ropas, con aquella incómoda falda larga que había que guiar con expertos tirones. Expertos si tenías experiencia, se dijo, torciendo la expresión. Tendría que resignarse a aquello, pensó.     sigue -->
  12. 12. VIENTO HELADO, 12ª parte.     Autor: Ignacio       V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m El coche la dejó ante unas puertas dignas de un palacio más que de una embajada, y el interior tampoco desmerecía la comparación. Aquellos suizos rentabilizaban su neutralidad, por lo visto. La gran sala relucía de dorados, arañas de cristal y candelabros. Por lo visto, una cuidadosamente controlada relajación del luto oficial había permitido la presencia de una orquesta, situada sobre una plataforma al fondo de la sala. El lugar se hallaba semiabarrotado de elegantes hombres en esmoquin, junto a damas vestidas con tanta o mayor elegancia que la suya colgadas de sus brazos. Las joyas competían con el brillo de los dorados que enmarcaban enormes cuadros y grandes espejos barrocos. El luto se manifestaba apenas en el bajo volumen del murmullo de las conversaciones, lo suave de la música de la orquesta y en las bandas negras alrededor de los brazos izquierdos de los escasos militares soviéticos presentes. Por lo demás, el ambiente era relajado, formal y levemente animado junto a la espectacular mesa del buffet frío. El centro de la sala se hallaba curiosamente vacío, como si nadie quisiera ser el centro de atención, o se hubiera reservado para la pista de un baile que nadie quería iniciar. Sarah se dirigió discretamente hasta el lado opuesto al buffet, más descongestionado, desde donde pudo echar un amplio vistazo. No se veía a Nadia por ninguna parte. Se sintió decepcionada, pese a que se había dicho a sí misma que era improbable su presencia, después de todo. En ese instante, varios oficiales se abrieron paso a través del gentío junto a las puertas. El grupo parecía serio, y hasta intimidante, a juzgar por cómo les abrían paso los civiles. Sarah se volvió, y sí, allí, entre aquel grupo con sus altas gorras de plato con galones dorados, estaba ella. Miraba hacia los lados, como buscando a un asistente que al fin se materializó a su lado. Le entregó a éste su gorra, después se sacó lentamente los guantes y se los tendió, murmurando alguna orden. Sólo entonces alzó la vista, con la que recorrió la sala de un extremo a otro, como la luz de un faro. Aunque no se detuvo en ella, sí la vio, y la reconoció. Sarah logró a duras penas contenerse y no le hizo gesto alguno, aunque fue bien consciente de cómo su sonrisa se había apoderado de su propia expresión. Nadia, sin embargo, seguía seria. Por alguna razón, la orquesta se había arrancado con un vals, y al menos a Sarah le pareció que ahora tocaban más alto. Tal vez era la sangre que fluía más deprisa en sus venas. El latir de su corazón se aceleró aún más cuando Nadia, sin abandonar su expresión imperturbable, clavó en ella la vista y cruzó, recta como una flecha, la gran sala en su dirección. Sarah no pudo evitar fijarse en lo bien que le sentaba el uniforme de gala. Parecía habérselo entallado a su medida, otorgándole un aspecto sorprendentemente femenino en un uniforme tan severo como aquel. Sus altas botas negras relucían a medida que captaban la dorada luz del centro de la sala, al ritmo de las amplias zancadas que la dirigían recto hacia ella. - ¿Quiere bailar, señorita? -le preguntó de súbito, en cuanto estuvieron frente a frente. La pregunta le resultó tan absurda que no llegó a responder. Aquello no impidió que Nadia la agarrara por el talle y la sacara al centro de la sala, vacía de gente. Sarah sintió más que vio cómo todas las miradas se clavaban en ellas dos. Nadia alzó su mano en la suya, y la llevó, girando a los compases del vals de Strauss que sonaba en sus oídos. Estaban muy juntas, pegadas, pues Nadia la mantenía firmemente agarrada de la cintura. De esta forma la hizo bailar, en exactos y acompasados pasos, de precisión militar. Sarah sentía que el corazón se le iba a salir por la boca, que si Nadia no la sujetara con tanta fuerza se derrumbaría, se derretiría sobre el pulido suelo. Pensó, como en una ráfaga, que aquella exhibición era de lo más imprudente, pero ni aún así se resistió ni impidió que la llevara. Nadia tenía sus ojos clavados en ella y, ahora sí, sonreía levemente. Después de lo que pareció una eternidad, y cuando los giros y las luces empezaban a marearla, Nadia la condujo hasta el buffet, donde el mundo se detuvo de repente. Pudo comprobar entonces que, siguiendo su ejemplo, algunas otras parejas se habían lanzado a la pista. Para su sorpresa, apenas nadie se fijaba ya en ellas. - Nadia... -Habría querido decirle que aquello había sido una locura. Aunque también lo mucho que la había echado de menos, el buen aspecto que tenía... Al final, todo se agolpó en su mente, de forma que nada más logró decir. - Sarah... -Nadia sonreía ahora abiertamente, mientras la miraba como si fuera uno de aquellos exquisitos platos sobre la mesa.- He sabido que habías venido a Moscú. Lo supe desde que llegaste, pero no pude ponerme en contacto contigo antes. Ha habido mucho trabajo... Pero eso no importa ahora. Ven. Confundida, la siguió. Comprobó que esta vez sí trataba de pasar desapercibida. Sus movimientos eran casuales, y apenas saludaba con una marcial inclinación de cabeza a algunos oficiales, sin comprometerse en ninguna conversación pero sin eludir a nadie de forma evidente. De alguna forma acabaron las dos en una sala pequeña y vacía. Antes de poder darse cuenta de que estaban realmente solas, Nadia ya la había rodeado con sus brazos y la estaba besando. Sarah se abandonó a aquel beso tanto como lo había hecho a la guía de sus brazos en el baile. - Nadia... -susurró de nuevo, abrazada a ella. Esta vez logró proseguir.- Al fin. Te he echado tanto de menos... -entonces recobró el sentido común y dio un vistazo alrededor. - ¿Cómo se te ha ocurrido hacer eso? - la abofeteó ligeramente en el hombro, simulando exasperación.- ¿Estás loca? ¡Nos ha visto todo el mundo! Nadia sonrió con tolerancia. - No te preocupes por eso. Ha sido un baile inocente. No será la primera vez que dos chicas bailan juntas... -su sonrisa se hizo entonces más pícara. - ¡Estás loca! -insistió ella, sin mucha convicción.- Un baile inocente... A mí no me lo pareció...
  13. 13. Se interrumpió en cuanto Nadia comenzó a besarle el cuello. La tenía arrinconada entre la pared y una puerta entreabierta, que al menos evitaba que las vieran desde el pasillo. Durante unos instantes, apenas pudo hacer más que lanzar profundos suspiros, hasta que logró reaccionar. - Nadia... ¡Nadia! -Ella tenía ambas manos sobre sus pechos, y el escote, sin mangas ni tirantes, corría serio peligro de caer. Logró detenerla apenas con una mano ante ella.- No me destroces otra vez el vestido. -sonrió con picardía.- No sabría qué explicar en la embajada si volviera con un mono de soldado raso del Ejército Rojo otra vez... - Disculpa. -se separó, si bien todavía la sujetaba por la cintura.- No es fácil contenerse. Ha sido mucho tiempo, y además estás muy guapa. - A ti tampoco te sienta mal este uniforme. Jamás imaginé que un general soviético pudiera resultar tan atractivo... ¿Y estos galones? -preguntó, pasando una mano por los dorados de su hombro. - Muy recientes. No hubo ocasión para que te lo contara... Por cierto, debo pedirte disculpas. Seguro que todo el operativo que monté para estar en contacto contigo te ocasionó algún problema... - Oh, yo... no te preocupes. Me gustó mucho poder leer tus cartas, aunque... V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m - Sí, me habría gustado poder leer las tuyas. Sin embargo, no podía poner en peligro a nuestros hombres allí. La espía profesional en el interior de Sarah no pudo pasar por alto aquel plural, "nuestros hombres"... Como había sospechado, había más de uno. Casi al instante se avergonzó de estar sonsacando a Nadia en aquellas circunstancias. - Lo comprendo. No tienes que darme explicaciones. -contestó. - Sí que debo, al menos hasta donde puedo darlas. No me siento orgullosa de haberte hecho vigilar... pero no podía vivir sin noticias tuyas. Te quiero. Perdóname. - No hay... -se detuvo, sonrió.- Yo también te quiero, Nadia. Te perdono. Un nuevo beso dio paso a otro abrazo que corría el peligro de descontrolarse de nuevo. Lograron separarse a duras penas. - No podemos vernos aquí. -Sarah fue muy consciente de a qué se refería Nadia con aquel eufemismo, "vernos". Sonrió. Al menos volvería a la embajada con el vestido entero, por lo que parecía.- Mañana enviaré a alguien a la embajada británica. Ahora... es mejor que nos separemos. - Está bien. -le dio un ligero beso sobre los labios.- Será mejor que volvamos a la sala. Separadas. - sonrió, alejándose de ella pese a que una fuerza parecía retenerla. Pese a todo, lo logró.   * Un enorme automóvil oficial se presentó, en efecto, a la mañana siguiente. Un empleado de la embajada acudió a la salita donde ella mataba el tiempo, nerviosa, para avisarla de su llegada. El joven parecía algo fuera de lugar, como si la situación se saliera de lo común. Sin duda lo hacía, pensó ella mientras bajaba al patio. Para la ocasión, se había liberado del aparatoso vestido, optando por una falda hasta la rodilla, jersey azul marino y una, esperaba ella, elegante boina gris echada de lado sobre su flequillo. Se dejó colocar sobre los hombros el imprescindible abrigo largo y salió. El coche era enorme, negro y de aspecto tan imponente como oficial. A su lado se hallaba un sargento, que se cuadró, le abrió la puerta y la saludó como si ella fuera un mariscal. Nada de todo aquello contribuyó a despejar sus nervios. El automóvil se fue alejando del centro de Moscú, aparentemente en dirección a algún lugar de su periferia. El chofer se mantenía imperturbable, hasta que al fin Sarah rompió el tenso silencio. - ¿Falta mucho, sargento? -le preguntó en ruso, incorporándose hacia delante. - Ensiguida llegarriemos, siñorrita. - masculló éste, en un chirriante inglés, al tiempo que sonreía por vez primera mientras la miraba por el retrovisor. Aquella sonrisa le hizo pensar a Sarah que el hombre sabía muy bien para qué iba a ver a Nadia. Ese pensamiento la hizo ruborizarse ligeramente, al tiempo que bajaba la vista. Decidió no preguntar nada más, mientras pensaba que, tal vez, aquel hombre había llevado a otras mujeres hacia el mismo destino. El arranque de celos que provocó aquel pensamiento la alteró aún más. Descartó aquello con un esfuerzo consciente. Tres años eran mucho tiempo, y nunca se habían prometido nada. Además, aquellas ideas no la iban a llevar a ninguna parte... El chirrido de las ruedas al detenerse el automóvil la sacó de su introspección. Habían llegado al fin. El coche se había detenido junto a un camino de grava. Este atravesaba un pequeño prado, rodeado de un denso bosque de abetos. Al final del camino se alzaba una pequeña casa de un solo piso, lo que los rusos llamaban una dacha. Tenía un aspecto elegante y discreto, adaptado al entorno. Sarah apenas la había contemplado cuando se abrió la puerta del coche. El chofer le sostenía la puerta de nuevo. Ella se apeó, algo confundida por la soledad del lugar. El hombre, muy serio, le mantuvo la puerta abierta mientras ella se apeaba, y en cuanto estuvo al frío aire exterior le realizó otro impecable saludo militar, haciendo entrechocar sus botas. El chasquido pareció reverberar en el quieto aire. Sarah lo contempló, pero el hombre estaba muy serio, sin el menor deje de ironía en su expresión. Viendo que su mirada interrogadora de nada servía, abrió la boca para preguntarle. En ese instante, el chofer se dio la vuelta, entró en el coche y se marchó sin más. Sarah contempló de nuevo la casa, con más interés al no haber ninguna otra cosa en qué fijarse. Era una curiosa combinación de estilos rústicos y modernos. Techo bajo de pizarra, muros de ladrillo, amplios ventanales que iban del techo al suelo. De una chimenea surgía un débil hilo de humo. Se encaminó hacia allá, siguiendo el crujiente camino de grava, sintiéndose visible y expuesta. También nerviosa, y por qué no, excitada. Apretó su bolso contra su pecho, y ya se encontraba bajo el estrecho porche cuando la puerta principal se abrió ante ella. Nadia iba vestida de forma similar a ella misma. Una falda negra, larga justo hasta debajo de las rodillas, un jersey gris de cuello alto, muy ajustado. Se la veía hermosísima.
  14. 14. Antes de darse cuenta estaba entre sus brazos. El jersey era de cachemir, cálido y suave, y Sarah estaba apretando su mejilla contra él, mientras sentía las caricias y los besos de Nadia sobre su frente y pelo, sus fuertes brazos alrededor suyo. Ese abrazo la llevó hacia adentro, y entonces se separaron. La sala era hermosísima, en forma de L con aquellos amplios ventanales en las dos paredes largas, que daban visión a un paisaje sereno. Bajos sofás rodeaban una sencilla mesita, a cuyo alrededor había dispuestas varias alfombras de piel de pelo largo. En el eje de la L había una pequeña chimenea en la que ardía un pequeño aunque cálido fuego. - Pasa, cariño, ponte cómoda. -le dijo Nadia, en ruso. Sarah se extrañó un poco, pues solían hablar en inglés o alemán, aunque le respondió en el mismo idioma. - Gracias, Nadia. Esto es muy acogedor. - Quería que fuera algo especial. Y compensarte por aquellas inmundas pensiones de Berlín. -sonrió, como evocando aquellos encuentros furtivos. V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m - Oh... sabes que no era eso lo que me importaba... -Sarah sintió que se ruborizaba un poco, a su pesar, también recordando. - Lo sé. Sin embargo, ahora... -dejó la frase colgando, mientras hacía un amplio gesto de invitación hacia la sala. Sarah se sentó sobre el sofá. Nadia, sin embargo, lo hizo a sus pies, usando el sofá como respaldo. En la mesita frente a ellas había una botella de Dom Perignon, en un cubo metálico de aspecto incongruentemente militar. Además, lo que parecía una pequeña cantidad de caviar descansaba en un lecho con más hielo, junto a una cucharita de plata. - Esto es excesivo, Nadia. -dijo Sarah, señalando hacia la mesita.- ¿Qué ha sido del igualitarismo proletario? -le preguntó, con ligera sorna. - Un día es un día. No siempre tengo la ocasión de estar contigo. -respondió ella, sin acusar la pulla ideológica. En cambio, había colocado una cucharada de caviar sobre una minúscula galletita. Tuvo que inclinarse hacia delante para aceptar su ofrecimiento, para lo cual Nadia se apoyó en sus rodillas. El intenso y salado aroma invadió el paladar de Sarah, cuando escuchó con una ligera sorpresa el golpe del tapón del champán. Le estaba ya ofreciendo una copa, tras lo que se sirvió la suya. Brindaron en silencio, devorándose con la mirada. Sarah no pudo evitar pensar que iba a ser la mejor ocasión de su vida. Casi sin darse cuenta, se había deslizado hasta el suelo desde el sofá, y Nadia la estaba abrazando y besando con pasión. Se separaron un instante, dispuestas a quitarse la ropa de una forma u otra. Sin embargo, Sarah logró reunir el aliento necesario para detener aquello por un instante. - Nadia, yo... -quería decirle muchas cosas, preguntas, dudas, todo lo que no había podido contarle en aquel tiempo. Nadia ya le había alzado a medias el jersey, al tiempo que recorría su vientre hacia arriba con sus labios. Sin embargo se detuvo y alzó la vista. - ¿Sí? - Olvídalo... -dijo ella, dejándose devorar por el tan aplazado deseo. La atrajo de nuevo hacia sí. Se dejó arrastrar hacia abajo, deslizándose del todo del sofá a la mullida alfombra de pieles. Alzó sus brazos cuando Nadia le hubo levantado el jersey hasta la barbilla. Tras un breve instante a oscuras, se vio liberada de él. A partir de entonces, con dedos ansiosos aunque civilizados, se fueron quitando la ropa la una a la otra. Había una mezcla de urgencia y parsimonia en sus movimientos, como si hubieran esperado mucho tiempo para aquello pero tuvieran mucho más por delante. Sarah se sorprendió un poco al comprobar la calidad de las medias de seda que Nadia llevaba. El tópico de la propaganda antisoviética de mujeres proletarias con basta ropa interior de lana saltaba así por los aires. Sarah se demoró en quitarle aquellas medias, deleitándose en aquella suavidad, que encerraba piernas firmes y poderosas. Nadia le hacía lo mismo, y pronto hubo adentrado su cara entre sus muslos. Sarah no tardó en hacer lo propio. El creciente placer que estaba recibiendo le impedía concentrarse en lo suyo. Sin embargo, hizo lo que pudo, con labios, lengua y dedos. Al fin su cara quedó atrapada entre aquellos muslos, sintiendo el roce contra sus orejas. Consiguió hacerla gozar antes, y entonces se montó encima suyo. Se abandonó a sus expertas caricias, que no tardaron en hacerle arquear la espalda, al tiempo que gemía y se agarraba con fuerza a las rodillas de su amada. Tras unos instantes de abandono, se encararon la una con la otra, aferrándose con fuerza. Se besaron largo rato, hasta que Sarah sintió una mano que le subía de la rodilla hacia arriba. Recorrió con la suya la magnífica espalda de Nadia, hasta abajo. Entonces casi la juntó con la otra mano, que había seguido el mismo camino entre los muslos. Se aferraron así la una a la otra, oscilando, navegando sobre olas que las recorrían de abajo a arriba. Al fin, Sarah echó la cabeza hacia atrás. Sintió entonces los labios de Nadia sobre su pecho, urgentes, ansiosos. Con la mano libre la atrajo hacia sí, y entonces volvió a perderse en el ansia del placer compartido. Abrió los ojos al sentir a Nadia separarle los muslos. Ella estaba tumbada, exhausta, pero Nadia se encontraba erguida de rodillas ante sus pies. Le había abierto las piernas, y se le acercaba entre ellas. - Mmmm... ¿otra vez, Nadia? -le preguntó, soñolienta y casi agotada. - Otra vez... Te he deseado demasiado tiempo, Sarah... Te necesito. Quiero verte, verte los ojos... -le respondió, seria, sus ojos brillando como nunca, urgentes, en absoluto saciados. Colocó entonces una rodilla entre sus muslos, al tiempo que los alzaba un poco, atrayéndola hacia sí. Alzó una pierna, rodeando con ella una de las suyas. La atrajo entonces con más firmeza, con fuerza. La sujetó por las caderas y empezó a mover las suyas adelante y atrás. Sarah se encontró al poco haciendo lo mismo, casi sin habérselo propuesto. Sintió que se
  15. 15. aproximaba de nuevo, poco a poco, y cerró los ojos arqueando su espalda, en un gesto reflejo. - ¡Mírame! Quiero ver tus ojos... -escuchó de repente. Nadia seguía igual de seria, su mirada la taladraba, aunque era evidente que estaba también muy próxima al orgasmo. Sarah la contempló entonces, erguida sobre ella, intercambiando miradas intensísimas. Se sujetó a sus rodillas cuando sintió que se iba, y sólo entonces Nadia se derrumbó encima suyo. Se abrazaron, acunándose mutuamente, derrotadas al fin. Sarah se levantó tras un largo rato gozando tan sólo de la tibieza de sus cuerpos sobre las pieles, mirando en torno suyo. Sus ropas se hallaban dispersas todo alrededor, como si hubiera sido una explosión la que se las hubiera arrancado. Nadia estaba echada de lado, medio sumergida entre las mullidas pieles. Tenía apoyado un brazo en ángulo sobre el suelo, cuya mano sujetaba su cabeza. La contemplaba directamente, con una media sonrisa. - ¿Tienes un albornoz o algo? -le preguntó Sarah. - ¿Para qué necesitas un albornoz? -la sonrisa en su cara se ensanchó, su mirada se hizo intensa y pícara. - ¡Nadia! -exclamó. Le habría lanzado algo en respuesta, pero lo único que tenía a mano era un pesado cenicero. Lo descartó, no sin considerarlo por unos instantes.- ¡Estoy desnuda! -insistió, en cambio. V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m La obviedad no hizo mella en Nadia, desde luego. En cambio, frunció sus labios, al tiempo que giraba sus pupilas hacia arriba, en una parodia de concentración. - Mmm... ahora mismo no se me ocurre ninguna razón por la que prefiera que estés vestida en vez de desnuda, la verdad... - ¡Nadia! -repitió ella, riendo sin embargo. Al fin renunció, marchando con toda la dignidad que pudo reunir a la búsqueda de un cuarto de baño.   * No había encontrado bata ni albornoz, aunque por un rato una toalla había hecho su función. Ahora yacía junto al desperdigado conjunto de ropas. Ella había renunciado a su protección para sustituirla por la de los brazos de Nadia. Se estaba de maravilla allí, su cabeza reclinada sobre el pecho de ella, sintiendo su firme brazo en torno a su cuello, atrayéndola, cuidándola. La tibieza de su cuerpo contra el suyo se complementaba con la suavidad de la piel de algún animal que formaba la alfombra sobre la que se cobijaban. El fuego de la chimenea cerca de ellas proporcionaba el resto del calor, aunque el exterior iba pareciendo cada vez más gélido. El corto día de finales de invierno en aquellas latitudes iba tocando a su fin, despacio. Sarah trazó ociosos círculos sobre la piel del firme vientre de Nadia. Aquel parecía un excelente momento para hablar. - Seguro que traes aquí a muchas chicas. -Su corta exploración de aquella dacha le había proporcionado algunas pistas de a qué se dedicaba: una nevera limpia y vacía, una cocina apenas usada, ausencia total de fotos o recuerdos personales. - ¿Mmm? - Ahora que había alzado la vista hacia ella, pudo comprobar que Nadia había tenido los ojos cerrados. Tan sólo había abierto uno, con el que la miraba extrañada y algo somnolienta.- Oh, no... -ahora le sonrió, apretando su brazo en torno a su cuello.- No había estado aquí nunca. Es una dacha para visitantes ocasionales, no mi picadero, cariño. - ¿Seguro? Aunque no tienes que darme ninguna explicación, ¿eh? Tres años son muchos para estar sola, y tú no pareces la clase de mujer que hace voto de castidad... La repentina risa de Nadia la sacudió también a ella, estando como estaba casi encima suyo. Cuando el terremoto se calmó, Nadia respondió, todavía entre accesos de risa. - Bien, bien, cualquiera que me conozca mejor que tú habría dicho lo mismo, es cierto. Sin embargo... no ha habido nadie. Como dices, no tengo por qué decirte una cosa ni otra, pero así ha sido, lo creas o no. Es difícil estar con alguien cuando estás siempre pensando en otra persona... Sarah se sintió extrañamente conmovida. No se había esperado aquello. Tal vez una negativa menos convincente o profunda, algo menos... que implicara un compromiso menos fuerte. Por otra parte, se dio cuenta de que Nadia no le había hecho ninguna pregunta en ese sentido. Sin duda estaba al tanto de su vida, gracias a su misterioso colaborador. - Nadia, hay otra cosa... -no tenía muy claro cómo enfocar aquello.- Bien, yo... Bueno, la verdad es que me han enviado a sonsacarte... Ella sonrió como si hubiera estado esperando aquello, e interrumpió sus balbuceos. - ¿Ah, sí? Muy bien, adelante... sedúceme. Sonsácame todos mis secretos. Estoy a merced de tus encantos... Su actitud no era irónica, no del todo, se dijo Sarah. Juguetona, en todo caso. Así pues, decidió seguirle el juego. - Mmm, bien... -la besó en el cuello, despacio, al tiempo que murmuraba.- Exijo que me cuentes todo lo que sepas sobre la sucesión de Stalin... o dejaré de hacer esto... Sus caricias no eran como para hacer confesar a un culpable, aunque sintió que la respiración de la mujer a su lado se agitaba algo. - Mmmmm... no pares, confesaré... La verdad es que esperaba algo más misterioso... puestos a hacer que me seduzcan, creía que me sonsacarían algo más profundo. No todos los días el MI6 envía a mi cama a su agente más hermosa... Todo el mundo lo sabe, amor. Nuestro gran jefazo, Beria, será el sucesor. No hay vuelta de hoja. Eso lo saben hasta en los servicios secretos franceses. Puede que nombre a algún testaferro al principio, pero controla la situación. Te lo aseguro. Si es por eso, ya puedes volver a tu país... aunque no antes de acabar lo que traes entre manos, mmm...
  16. 16. Sarah la besó entonces en los labios. Sin embargo, al apartarse de ella le habló de nuevo. - ¿Estás segura? Hay algunos indicios... nada claro, pero... hay algunos detalles que me preocupan, Nadia. - No hay duda, Sarah. Está todo atado. ¿Qué te preocupa? - No es la sucesión lo que me preocupa, Nadia. Es... bueno, las consecuencias que la sucesión pueda tener para ti. Nadia frunció el ceño por toda respuesta. Esta vez sí parecía algo confusa. - Quiero decir... lo de Beria es seguro, dices. Sin duda, al ser tu jefe máximo, eso te beneficiaría. Pero, ¿y si no ocurre como esperáis? ¿Y si Beria no...? Nadia no le permitió terminar la frase. Sonrió de nuevo, con aquella expresión de seguridad en sí misma que tan atractiva la hacía. Negó con la cabeza, pasando su cálida mano por su brazo. - No hay ninguna razón para que te preocupes, Sarah. Todo está bien. V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m *     Sigue...
  17. 17. VIENTO HELADO, 13ª parte.     Autor: Ignacio       El mismo automóvil, con el mismo chofer, tan serio y marcial como siempre, la dejó de vuelta en la embajada. Ya era noche cerrada, aunque todavía era temprano. El frío y la ausencia dejada por Nadia la habían preocupado. Aunque tal vez hubiera algo más. V E FA R ht N SI ht tp FI ÓN tp :// C V E O :// O N R vo . IG co E .h S IN ol sa P A AL .e te Ñ s c O , a. L co m En su discreta habitación estuvo largo rato reflexionando, incapaz de dormir tras un día como aquel. Recordó el informe que leyera en el avión, el del agente de la CIA. Identificó entonces la fuente de su inquietud. Si no se equivocaba, el autor de aquel heterodoxo informe debía estar destacado en Moscú. Aunque, por supuesto, no sabía su nombre, sí existían procedimientos gracias a los cuales podía contactar con él. Salió de su habitación y realizó una serie de discretas gestiones entre sus compañeros de embajada. Al poco regresó, y esta vez se obligó a acostarse. Si todo iba bien, al día siguiente recibiría una contestación. Pensaba en eso, ya acostada, con los ojos muy abiertos en la oscuridad de la habitación sin ventanas. No creyó que pudiera dormir. * Lo hizo, sin embargo. Aunque ni mucho ni bien. Nadia le había prometido que se pondría en contacto con ella de nuevo tan pronto como pudiera. Aquello no era decir nada, pero no le hizo ningún reproche. Era mejor que se concentrara en sus obligaciones. Si no se equivocaba en sus inquietudes, Nadia debería estar bien alerta y dedicada a sus propios asuntos. En la cafetería de la embajada le esperaba un sobre cerrado junto a la bandeja con su desayuno. Su corazón se aceleró al instante, pensando que serían noticias de Nadia. Lo abrió, y en cambio encontró respuesta a sus gestiones de la noche anterior. Junto a un código identificativo –el mismo que había al pie del informe del avión– un mensaje decía tan sólo: "Gorki Park, entrada, 1200, hoy" Apenas le quedaban un par de horas para llegar allí. Por fortuna ya estaba lista, pues había querido estar preparada por si llegaban noticias de Nadia. Se pertrechó con el habitual abrigo largo, el típico gorro ruso, que esperaba resultara discreto, y su bolso. Sólo con eso fue al encuentro de un agente de la CIA cuyo nombre y aspecto desconocía del todo. El taxi la dejó justo frente a la enorme entrada con columnas del parque Gorki. Echó un vistazo a un lado y otro. Había caído una ligera llovizna, y el mármol del suelo brillaba lustroso a la grisácea luz. Pese a que animados grupos de personas entraban y salían del parque, nadie parecía fijarse en ella. Miró su reloj; las doce y cinco. Cada vez más inquieta, buscó el refugio de las enormes columnas del pórtico ante la amenaza de una nueva llovizna y el ya presente viento. De entre la sombra de las columnas surgió un hombre que le salió al paso. - Cosgrave. -no preguntó, afirmó. - Hola, esto... -pese a las novelas, los espías no tenían la costumbre de llamarse por ningún número de código. - No se preocupe. Alan estará bien. -sonrió él, mostrando sus dientes. Era un hombre delgado y joven, de aspecto anodino. Le hacía quizás un aire a Frank Sinatra, sobre todo cuando sonreía. Iba vestido con lo que los americanos entendían por elegancia: un entallado traje gris y sombrero del mismo color. Llevaba un ejemplar del Pravda doblado en una mano, y un cigarrillo encendido en la otra. - Alan, de acuerdo. -a Sarah no le pasó desapercibido el hecho de que él sabía más de ella que ella de él. La había reconocido, y sabía su apellido. Ella sólo conocía un nombre de pila, que tal vez ni siquiera fuera el suyo auténtico, y un código que no llevaba a ninguna parte. La relación entre americanos y británicos ya no era tan equilibrada como había sido. Carraspeó, descartando estas cuestiones por irrelevantes en aquellos momentos. Era ella quien quería su información, y tendría por tanto que someterse a sus condiciones. El hombre parecía consciente de ello; se mantenía a la expectativa, sonriendo apenas, sin prisas. - He leído un informe suyo. Me gustarían algunas ampliaciones. Él asintió, como si se esperara aquello. Por un instante pareció reflexionar, entonces se puso en marcha de repente. - Vayamos a un café al aire libre. Parece un día desapacible, pero los moscovitas lo encuentran primaveral, así que no llamaremos la atención. -la tomó del brazo, al tiempo que lanzaba el cigarrillo al suelo sin fijarse en él. La condujo a través de la entrada. En efecto, el parque parecía animado. De hecho, todos los senderos estaban helados y adultos y niños se divertían patinando por ellos. A ella, en cambio, la llevó hasta un café situado apenas junto a la entrada. El día despejaba, y unos rayos de sol filtrándose a través de las nubes animaron la escena. Pese a que la había llevado del brazo muy pegado a ella, como queriendo pasar por una pareja, él no se sentó a su lado, sino enfrente suyo. Ahí sonrió otra vez y encendió un nuevo cigarrillo. - Adelante. -dijo tan sólo, con un gesto de invitación. Ella adoptó su mejor pose de seriedad profesional, con su bolso apoyado sobre sus rodillas, juntas pero no cruzadas.

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