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Infinito de R. Pfeiffer

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Infinito de R. Pfeiffer

  1. 1. I N F I N I T O . Autora: R. Pfeiffer. "Mi amor por ti es infinito, como lo es el viento, como lo es el tiempo". I Sombras. "Cuando quieras encontrarme de nuevo estaré entre las sombras, sólo con oír tu voz me tendrás a tu lado. Pero creo que no volverás a repetir mi nombre y yo maldigo tu boca y te maldigo a ti, a tu sangre y hasta el aire que respiras sin querer compartirlo conmigo. Maldigo tus sueños si no estoy en ellos". V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Una ligera brisa apareció de repente, moviendo despreocupadamente los morenos cabellos de la guerrera. Estaba rodeada de muerte y se sentía extraña. Su corazón latiendo pausado, como si hubiera dejado de sentir cualquier cosa. Se sintió a sí misma pestañear con cierto abandono, sin prisa, había algo que no la dejaba respirar, dio la vuelta sobre sí misma mirando lo que la rodeaba pero sin verlo realmente. Se preguntó que era el destino, si existía y si ella algún día podría controlarlo... Se preguntó por qué este día era tan malditamente extraño... Ella estaba absorta, mirando a su alrededor, con el corazón abatido, con las palabras muertas incluso antes de llegar a su garganta. Cerró los ojos un instante, sólo un brevísimo instante, no quería perder de vista a Gabrielle. Apretó las mandíbulas para reprimir el intenso ansia de llorar que le sobrevino, hacia tanto tiempo, ni siquiera lo recordaba, que sus ojos habían llorado... Se juró a sí misma que no vería de nuevo la luz del Sol si era capaz de derrumbarse, nunca rendirse, nunca. Se mordió el labio con tanta fuerza que se hizo la sangre, la tragó y le supo tremendamente amarga. El humo aún rondaba sus cabezas, y las cenizas, en brazos de la brisa, tomaban su propio rumbo. Pensó en decirle algo a Gabrielle, pero seguramente, y sólo en el caso de que se reencontrara con su voz, sus palabras serían torpes, como siempre lo habían sido. En el transcurso de unos minutos Xena había notado el cambio gradual en el rostro de su amiga, a cada momento endureciéndose como el acero, perdiendo todo vestigio de luz en los ojos, a cada momento había notado su propio impulso de acercarse. Pero Gabrielle ya no la necesitaba, no necesitaba nada que ella pudiese ofrecerle, ni tan siquiera compasión. Ni una sola vez Gabrielle había levantado la vista hacia ella, no parecía importarle lo más mínimo que Xena estuviera allí, erguida en frente suyo, con el alma partida en dos, como la tenía ella. A Xena le pareció que no podría jamás deshacerse de aquel nauseabundo olor a piel chamuscada y a muerte. Aunque lo intentó, no pudo evitar reconocer todas las remembranzas que aquello le traía, el fuego, la destrucción, la superioridad. Le era tan familiar que se sintió culpable. Se pasó una mano por la cara, se frotó la frente con desesperación. Miró a Gabrielle, aún de rodillas, con la cabeza de su padre sobre los muslos, afanada en la inservible tarea de limpiarle la sangre que se empeñaba en salírsele de la boca. Todos estaban muertos. "Todos los que una vez amé", como había dicho Gabb. Por una maldita casualidad habían llegado a la aldea a tiempo para ver la masacre. Gabrielle se había empeñado, como si realmente temiera que algo espeluznante estuviera a punto de pasar. Demasiado tarde. Xena supo que ése era su sino. De repente, Gabrielle se levantó y echó a correr en dirección a su antigua morada, de la que ya no quedaba apenas nada en pie. Xena la oyó gritar el nombre de su hermana antes de echar a correr a su vez hasta alcanzarla e impedirle que entrara en el ruinoso habitáculo. Xena la agarró de un brazo y tiró de él hacia atrás. Gabrielle se revolvió, pero la guerrera la sujetó firmemente hasta crear un cerco con sus brazos y su peto. La bardo dejó de forcejear y sobrevino un profundo silencio que sólo Gabb se atrevió a romper. – ¿Qué se siente, Xena? Xena se sorprendió. No supo bien si fue por la inesperada pregunta o por el tono sombrío con que Gabb la formuló. – Dime qué placer se siente haciendo tanto daño.–prosiguió la bardo.– Eres la única persona que puede hacérmelo entender. Xena cedió en su abrazo, incapaz de contestar, incapaz de hacer cualquier cosa. Gabrielle se dio la vuelta para mirarla directamente a los ojos. – Sí, ya sé... –dijo Gabb con increíble ligereza.– Tú ya no eres así... Gabrielle levantó una mano cuando Xena intentó abordarla una vez más. – Nada de lo que digas o hagas servirá de nada, ahora soy yo en vez de tú quien lleva todo el dolor del mundo dentro, creo... –sonrió dolorosamente.– Empiezo a creer que es cierto... – Daría mi vida porque esto no hubiera sucedido nunca. –contestó la guerrera. – Lo sé, pero no es suficiente. – Dame una esperanza. –pidió Xena. – A ti te lo he dado todo y más, te he dado incluso lo que no poseía. – Voy a llevarte lejos de aquí... – ¿Para qué? Tú no has podido olvidar, cuanto más te apartabas más cerca estabas de caer. – ... quieras o no quieras... –replicó la guerrera firmemente ignorando la respuesta de Gabb. Gabrielle la observó, entrecerró los ojos como si hubiese descubierto algo de repente. Se acercó a Xena y le tocó el labio
  2. 2. inferior. – Tiemblas... –anunció con sorpresa.– Estás temblando. Xena le apartó la mano, pero la mantuvo asida a la suya. – Es por mí, ¿verdad? ¿Qué has visto en mí, Xena? ¿Tu propio reflejo, quizás? * Xena se dedicó el resto de la tarde a la ardua tarea de enterrar los cuerpos que habían quedado lo suficientemente enteros para ello. Gabrielle se había quedado al margen y durante todo aquel tiempo había permanecido de rodillas, alzando plegarias, hablando para sí. Xena se había dado tanta prisa que había terminado realmente agotada, con el cuerpo empapado de sudor y los músculos doloridos de tanto cavar. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Después del corto funeral, Xena trajo a Argo y se llevó a Gabrielle del lugar de su tormento. La bardo no había puesto ninguna objeción a nada de lo que Xena había hecho tras su corta conversación. Montó detrás y abrazó a la morena por la cintura, como siempre había hecho. Cuando llegó la noche, ambas mujeres habían acampado y hecho una fogata. Todo en completa circunspección y en un ambiente en el cual hasta respirar se había convertido en una difícil empresa. Xena se acercó a Gabrielle y la tomó de la mano, sentía ganas de abrazarla. Incluso mientras cavaba las fosas no había pasado un solo instante sin que pensara en como ayudar a Gabrielle, en cómo darle la vida de nuevo. Gabrielle dio un paso atrás, dejó que su mano resbalara de la palma de la mano de Xena suavemente. Tragó saliva, Xena presumió entonces que Gabb se preparaba para decir algo importante. La bardo torció la cabeza a un lado y habló sin mirar a su amiga. – Todos estos años, en esas ocasiones en que no marchaba todo tan bien como cabía esperar, encontré consuelo entre tus brazos, en tus palabras que, sin llegar a ser proféticas, tenían el don de suavizar mi alma. A decir verdad, en ti encontré todo lo que busqué con ahínco, incluso... –carraspeó.– ... incluso el amor. Xena abrió los ojos tanto como sus párpados se lo permitieron, implícitamente notó como se entreabrían lentamente sus labios, otra consecuencia más de su asombro. Gabrielle se volvió para contemplarla. – ¿Sorprendida? –continuó la rubia, que no parecía estar afectada lo más mínimo ante la cruda revelación de sus sentimientos, todo lo contrario que Xena, que no lograba recobrar su famosa compostura.– Y estoy segura que toda la culpa la tienen tus ojos. –sonrió levemente, pero aún así se pudo comprobar la profunda tristeza en su gesto.– Siempre me he preguntado dónde demonios habías aprendido a hechizar de esa forma con tan sólo una mirada. Una sola bastó conmigo y me lancé a conquistar el mundo que había detrás de esos ojos, sin saber que me quedaba demasiado grande... Xena intentó hablar, pero nuevamente Gabrielle se lo impidió levantando la palma de la mano hacia ella. – Déjame terminar, por favor, o no podré hacerlo nunca... ¡Oh, dioses! No te atrevas a decirme que ni tan siquiera lo sospechabas, todos: Lyla, incluso mi padre sabía que eras lo primero para mí. Imposible de ocultar. –por primera vez aquel día, Gabrielle permitió que una sola lágrima rodara por su mejilla.– No me preguntes por qué, ni tan siquiera desde cuándo, sólo sé que desde que te ví y por primera vez en mi vida sentí la necesidad de poseer algo por completo... Dime... –soltó un ligero suspiro antes de continuar– ... dime si he logrado tener algo de ti... – Has logrado mucho más que eso. Gabb la miró y sonrió con desdicha. – Eso es un consuelo, puesto que a cambio te he entregado mi vida por completo. Eso es más de lo que merecías, en realidad. ¿Por qué nunca hemos hablado de nuestros sentimientos? ¿Por qué ahora, cuando ya no hay esperanza?... Ambas se miraron, en silencio. – No son tus palabras, ni tu confesión lo que me hace sentir miedo, sino el porqué. –dijo Xena y suspiró antes de formular la siguiente pregunta.– Estás pensando en alejarte de mí, ¿no es cierto? – Sí. – Ya lo has decidido. Gabrielle asintió y Xena palideció. – No quiero que te alejes de mí. –confesó Xena en voz baja. – No se trata de ti, Xena, sino de mí, sólo siento ganas de abandonar... – Eso es exactamente lo que hubiera hecho yo en tu lugar. –soltó la guerrera.– No te conviertas en lo que un día fui. – Si algo estaba claro desde el principio era que acabaría amoldándome a ti, aunque te esforzabas, era algo que escapaba a tu control. Tú eres la del carácter fuerte y yo la débil. No era difícil suponer quien ganaría esta batalla. – Nunca has sido débil. – Quizás no del todo, pero lo suficiente para asimilarte... – Tú me salvaste. – No es cierto, ¡maldita sea! Te recuerdo que fue Hércules quien te indicó el camino, ni siquiera esa parte me corresponde a
  3. 3. mí. No necesitabas una compañera, tú no has necesitado a nadie en tu vida. A pesar de la negrura, Gabrielle tuvo la certeza de que el azul de los ojos de Xena se había congelado. – Eso no es justo. –dijo la morena entre dientes. – Tal vez, pero injusto en todo caso para mí. –contrarrestó Gabb con firmeza. Xena se revolvió en su propio círculo, intentaba mantener la calma, pero los broncos movimientos de sus manos evidenciaban que no lo lograría. – No importa lo que tenga que hacer, te ataré a un árbol durante días, semanas incluso, hasta lograr que olvides esa aberrante idea y te aseguro que no tendré compasión de ti. – No puedes hacer eso. – Espera y verás. –Xena la miró con total desafío en los ojos. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m – Ni por un momento dudes que lucharé con todas mis fuerzas. – No esperaba menos. –contestó la guerrera sin perder un ápice de fuerza en su voz. Gabrielle se dio la vuelta con un bufido. – ¿Crees que no sé lo que intentas? –siguió Xena.– La sed de venganza puede más incluso que todo el amor que puedas sentir por mí, más que tus propias convicciones... – La venganza, Xena, –intervino Gabrielle cortando en seco a su amiga.– es lo único que puede darme algo de aliento para seguir, tú sabes bien cómo funciona, sabes que viviré para ello, como viviste tú y como vivió Callisto. Nunca lo entendí, pensaba que tenía el poder de perdonar, pero qué equivocada estaba, sin embargo... cuánta razón tenías tú, y no sabes como odio reconocerlo. – Irás directa hacia una muerte segura. – No. –respondió Gabrielle a media sonrisa mientras negaba con la cabeza.– No, no moriré, he aprendido de la mejor. Soy capaz de fingir lo que no soy... – Como ahora, por ejemplo. –interrumpió la morena. Gabrielle sonrió. Xena trataba por todos los medios desalentarla, pero ella ya se había dado cuenta hacía rato. – ¿Quieres venganza? –prosiguió la guerrera.– Yo te daré venganza, acabaré con ellos, pondré sus cabezas a tus pies, derramaré toda esa sangre que deseas ver correr, si con eso consigo enmendar tu dolor... Xena desenfundó su espada y la lanzó hacia Gabrielle que la recogió por la empuñadura al vuelo. Sobre sus cabezas el ruido estremecedor de un trueno anunció una inminente tormenta. – ¿Qué estás haciendo? –dijo relegando la espada a un lado mientras seguía con la mirada a Xena, que ahora, de un talonazo recogía una rama gruesa del suelo. – Vamos a ver cuánto has aprendido de la mejor... –Xena utilizó las propias palabras de la bermeja para ponerla en evidencia. – No quiero hacer esto. Xena desestimó la petición de su amiga y se acercó a ella a grandes zancadas. – ¡Vamos! –la instó con furia–. Sé que lo deseas, igual que cuando murió Pérdicas... No sabes qué hacer con esos sentimientos que se agolpan dentro de tí y qué no sabes cómo espantar... – ¿Has oído lo que te he dicho?, ¿me escuchas alguna vez? –gritó Gabrielle. Xena le dio un golpe con la rama en el hombro, lo que hizo que Gabb retrocediera. Seguramente el tiento le había dolido, pero la bardo no hizo ningún gesto de lástima. Levantó la espada y la blandió por debajo de la nariz de Xena. – ¿Te ha dolido, eh? –dijo ésta divertida, lo cual exacerbó más a Gabrielle. Acto seguido, la guerrera golpeó con el pilote la espada consiguiendo casi que Gabrielle la soltara. – Tienes que aferrarla más fuerte–la instruyó Xena–. No es tu maldito cayado lo que estás sujetando. – Basta–anunció la bardo, cansada de aquel juego. Xena se agachó y atizó los tobillos de Gabrielle, haciéndola caer hacia atrás. Oyó que la rubia soltaba una indecente maldición y sonrió al tiempo que la observaba incorporarse con celeridad. Gabrielle levantó la espada y asestó una rápida embestida que fue anulada sin dificultad por parte de la morena. Hizo otra tentativa desde el ángulo opuesto, pero nuevamente la guerrera esquivó el empuje fácilmente. Más intentos, más bloqueos. – ¡Vamos! –animaba Xena. Gabrielle se estiró y echó los hombros atrás. Esta vez embistió con toda el brío de su cuerpo, Xena puso el palitroque frente a su cara y atajó el golpe, aunque tuvo que dar varios pasos atrás para seguir manteniendo el equilibrio. Gabb sonrió ufana y se dirigió nuevamente hacia la morena con nuevos ánimos. Xena dejó que se acercara un poco para luego dar una voltereta y aterrizar detrás de Gabb, que intentó darse la vuelta aunque una patada en su trasero tuvo el efecto inverso,
  4. 4. haciéndola caer de bruces. La bardo se irguió tan pronto como pudo y fue en busca de la cimitarra que había rodado algunos centímetros más allá. – ¿No sonríes ahora? –se oyó decir a Xena muy irónica. Gabrielle le dedicó su mirada más austera. Las nalgas aún le escocían, pero estaba decidida a no amedrentarse, así que nuevamente dio varios pasitos hacia la morena, que la esperaba con su pertinaz media sonrisa. Se paró justo en frente y le hizo una señal a Xena con la cabeza para que atacase primero. La guerrera no la hizo esperar y lanzó un inesperado ataque por el flanco izquierdo que Gabb desvió con destreza, levantando la pierna y asestando un talonazo alto al estómago de Xena. – Vaya... –dijo ésta después de un ahogado ¡uff!. – Ya basta. –señaló Gabrielle. – ¿Por qué?, ¿no te diviertes? V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m – No. – Pero aún estás furiosa. – No lo estoy contigo. –señaló la bardo. – No es cierto, sientes cólera hacia todo el mundo, en realidad quieres hacerme daño, eso te reconforta... – De acuerdo. –terció Gabb colérica– ¿Quieres que te haga daño?... Nuevas acometidas volvieron a romper el silencio de la noche. Xena tiraba una y otra vez a Gabrielle al suelo, pero ésta se enderezaba deprisa. La espada pesaba demasiado y pronto Gabrielle tuvo los músculos de los brazos amargamente doloridos. Su furia seguía cegándola, pero desgraciadamente ésta no se traslucía en sus cada vez más débiles acometidas. Xena aprovechó un segundo en que Gabrielle bajó la guardia para golpearla una vez más, esta vez en un costado, lo que hizo que la rubia se doblara de dolor. Xena se dio cuenta de que quizás la había golpeado demasiado fuerte y se recriminó por ello. Dio dos pasos adelante para acercarse a Gabrielle, que aún agachada, se dolía del mazazo. Gabb observó que Xena se acercaba y casi sin pensarlo levantó la espada sin moverse y la giró. Supo que había cortado algo más que el aire, pues notó una suave resistencia. Se incorporó de nuevo, a toda prisa y miró a Xena, allí clavada en su sitio mirándola a su vez, con una expresión en la cara indescriptible. Gabrielle sintió cómo se deslizaba la empuñadura de la espada, la dejó caer y ésta rebotó un par de veces antes de posarse definitivamente en el suelo. La guerrera se llevó una mano lentamente al vientre. Gabrielle siguió el recorrido de su mano con la vista y contempló a la tenue luz de la hoguera como bajaban por el cuero sendos hilillos opacos. La mano allí puesta se convirtió en una cascada por la cual rodaban gruesas líneas de sangre. Gabrielle había abierto el cuero y atravesado la carne de Xena. Las dos se miraron fijamente. La bardo se sentía clavada al suelo. Había deseado hacerle daño a su amiga, ni siquiera sabía lo que sentía en esos instantes, viendo cómo su sangre se derramaba resbalando por su cintura, hasta sus piernas. Xena parecía ignorar su precaria situación y sólo miraba a Gabrielle como queriendo grabar su rostro en algún lugar de su memoria donde aún no estuviera. Un ligero contoneo adelante y atrás indicaron que estaba a punto de desplomarse. Cayó primeramente de rodillas. La brusquedad del golpe hizo que salpicara de sangre las botas de Gabrielle, que se las miró un instante antes de devolver la última mirada a Xena, que cayó sobre el terreno con el rostro de lado. Gabrielle la vio pestañear una vez más antes de que cerrara los ojos definitivamente. Tras unos breves instantes, Gabrielle obligó a sus piernas a moverse. Llegó hasta Xena y se arrodilló. El ligerísimo latido de una de las venas del cuello de ésta le advirtió que aún seguía viva. Gabrielle empujó el casi inerte cuerpo hasta ponerlo boca arriba. Llamó a Argo. No tenía tiempo de hacer una camilla, así que con un tremendo esfuerzo acarreó a Xena hasta la yegua. La puso en pie pasando sus brazos bajo sus axilas e izándola. La colocó de bruces sobre la grupa del animal, con medio cuerpo a cada lado. Montó ella misma, cogió las riendas de Argo con una mano en tanto que con la otra sujetaba a Xena firmemente por la cintura para que no se escurriera. Arreó a la yegua e inició el galope en busca de ayuda.   Sigue -->
  5. 5. continuación... II Magia. "Puedo otros mundos imaginar con los ojos cerrados y puedo en cambio al despertar no ver nada". **   V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m La lluvia hizo su aparición momentos después de que Gabrielle se pusiera en marcha. Lo que en un principio parecía una tenue llovizna se había convertido en una tormenta. Gabb se dirigía ahora hacia un chamizo solitario en lo alto de una cima. No lo habría visto de no ser por la intermitente luz de una vela a través de una ventana. Gabrielle obligó a Argo hasta casi extenuarla a subir por aquel pedregoso camino. La yegua se quejaba, pero Gabrielle seguía espoleándola sin ninguna compasión. La rubia se apeó del animal en cuanto estuvo lo suficientemente cerca de la cabaña. Tocó en la puerta. No obtuvo ninguna respuesta. Volvió a aporrear la cancela con el mismo resultado, un silencio absoluto. – ¿Hay alguien ahí dentro? –gritó.– ¡NECESITO AYUDA! – ¿Quién es? –se oyó al fin, y a juzgar por la voz, pensó Gabrielle, parecía ser un anciano. – ¡NECESITO AYUDA! –volvió a repetir, esperanzada. – ¡VÁYASE! –fue la fría respuesta. Gabrielle se enfureció. – ¡ABRA LA MALDITA PUERTA O LA ECHARÉ ABAJO! Gabb percibió un extraño rumor desde el interior de la casa. La lluvia no la dejaba oír con claridad, pero le pareció que el viejo intentaba poner una traba a la puerta ante la amenaza de ella de echarla abajo . Gabrielle dio unos pasos atrás y con la pierna derecha y el hombro golpeó con furia la puerta tantas veces como fue necesario hasta que la rancia madera cedió ante sus ataques. Lo primero que vio la bardo fue al viejo dueño de la casa apartándose de ella como de la peste. – ¿¡Por qué ha hecho eso!? –chilló el viejo. – ¡¡¡Cállese de una vez y ayúdeme!!! El anciano pareció dimitir de sus esfuerzos en contra de aquel vendaval de mujer, pequeña a simple vista, pero más poderosa que aquella tormenta que entraba ahora en su casa por el hueco de la ya inexistente puerta en forma de agua. Llegaron hasta la yegua y el viejo la ayudó a descargar el cuerpo de Xena. Entre ambos la metieron en el interior hasta echarla sobre el pobre camastro. El viejo se inclinó en seguida hacia la guerrera y observó la lesión de su vientre introduciendo varios dedos en ella. – ¿Puede hacer algo? –preguntó diligente Gabrielle. – No lo sé. –dijo fríamente el anciano. Inmediatamente después, comenzó a desvestirla. Gabrielle tuvo que ayudarlo con las hebillas, pues no sabía la forma de soltarlas. "Está muy mal", lo oyó decir. Gabrielle estaba de espaldas. Era incapaz de ver la herida de Xena. – Ella sobrevivirá, siempre lo hace. –soltó escuetamente. El hombre la miró, ella aún estaba de espaldas, con lo cual no pudo ver la expresión de compasión de él. Se incorporó y pasó delante de la bardo. – ¿Adónde va? –dijo ésta. – Prepararé un ugüento para desinfectar la herida, luego habrá que coserla. Gabb observó el encorvado pero ágil cuerpo del hombre moviéndose por toda la estancia. Supo, cuando lo vio sacar todas aquellas hojas y especias, que el extraño olor de aromas mezclados que inundaban la casa provenían de aquellas plantas que tan bien parecía conocer. Aquel vetusto hombre debía de tener, a su juicio, más de ochenta años, que se notaban sobre todo en su cargada espalda y en los profundos pliegues de su cara. El pelo, completamente blanco, lo había dejado crecer descuidadamente y ahora tapaba la totalidad de sus hombros. El hombre levantó la vista y la sorprendió espiándole. Gabb apartó la vista prestamente. – Dígame que podrá salvarla. –su voz se tornó en súplica sin ella pretenderlo. – ¿Crees que puedo hacer magia? Haré todo lo que esté en mis manos y luego sólo quedará esperar. Parece una mujer fuerte, quizás lo logre. – No me das muchas esperanzas.
  6. 6. – Yo nunca miento, y te mentiría al darte esperanzas. He visto muchas heridas y he curado algunas, tantas como las que mis hierbas han sido capaces de sanar. Gabrielle lo miró nuevamente con interés renovado. – ¿Eres médico? – No. Simplemente ayudo a los que tienen la desgracia de caer heridos y que llegan a duras penas hasta aquí. – Sin embargo, a mí no quisiste ayudarme. – No parecías estar herida. –terminó de machacar aquel conjunto de hojas y se acercó nuevamente a Xena para aplicárselo.– ¿Querrías ayudarme? – No. –contestó Gabb. El añoso hombre no insistió una segunda vez. – Que grandes pueden ser los sentimientos de culpa, ¿verdad?... –dijo en cambio. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Gabrielle lo miró y decidió ignorar sus palabras. – Sé que harás todo cuanto esté en tus manos para salvarla, aún así, afuera está su yegua. –dijo Gabrielle.– Es un animal excepcional. Si ella muere... –por un momento se le atragantaron las palabras de sólo pensar en esa posibilidad.– ... podrás quedártela. Eso será suficiente para pagar tus servicios. – ¿Piensas irte ahora? –preguntó el viejo estupefacto. – Ya nada me retiene aquí. –fue la escueta respuesta que dio ella. Dio unos pasos hacia delante antes de volver a pararse en seco. – Siento mucho lo de tu puerta. –confesó, y desapareció tras la cortina de agua y la negrura de la noche. Se alejó lentamente de la choza, luchando contra la mitad de su ser que le pedía a gritos regresar. Comenzó a correr, cada vez más rápido, "corre, Gabrielle, corre". Las gotas de lluvia le azotaban el rostro, se mezclaban con sus propias lágrimas. "Xena... , Xena... , Xena... ". Parecía que el pecho se le iba a partir en dos, tanta desazón la estaba extenuando. Exhausta se detuvo de repente, miró alrededor, giró sobre sus talones. No había nada. Levantó los brazos hacia el cielo. El agua azotándole el rostro. Gritó con todas las fuerzas que fue capaz el nombre. El de ella. El de Xena, y su plañido se pudo escuchar incluso más allá de aquel yermo valle. Y así fue como logró sacarla de su corazón. III Abismo. "Mataré si debo, te ayudaré si puedo. Sólo dime qué he de hacer y si recuerdas tu sueño... , dime, ¿estoy en él? ". **   Después de aquella noche, Gabrielle había seguido su travesía hacia ningún sitio apenas parando para beber agua de un riachuelo o recoger alguna fruta silvestre con la que alimentarse. Ahora mismo se había permitido descansar unos instantes a la orilla de un pequeño estanque para limpiar los numerosos rasguños que adornaban su cuerpo, algunos de los cuales aún sangraban. Se quitó las botas para refrescar los hinchados pies y se fijó en que en el derecho se había creado una llaga sangrante. Habían pasado tres días y en esos tres días no le había dado un respiro a su cuerpo. Se había castigado como jamás sospechó que pudiera hacerlo. Observó cómo el agua, hasta entonces serena, comenzaba a ondularse levemente en múltiples circulitos. Levantó la vista hacia el cielo y vio que las nubes habían convergido entre sí para regalarle nuevamente una buena descarga de agua. Apenas había dejado de llover desde que inició su viaje y ni siquiera sus ropajes se habían secado del todo desde la última vez. Con resignación decidió buscar un refugio más adecuado, hacer fuego y devolverle el calor a sus entumecidos músculos. Se levantó, dispuesta a seguir su camino cuando un ruido, como de cascos de caballos la hizo voltear. En dos trancadas se abrió paso colina arriba y se agazapó en lo alto para otear desde allí el camino lodoso y lleno de rocas desprendidas. Por él, y aún lo bastante lejos como para apreciar de cuántos se trataba, se acercaba un grupo a caballo, con paso lento, lo cierto era que el estado del camino no permitía que fuera de otra manera. Lo que más le llamó la atención fue aquel enorme artilugio de madera a modo de jaula, con ruedas como las de una carreta y enganchada a dos caballos como tal. Sólo cuando pasaron por debajo de sus ojos, pudo comprobar que la jaula llevaba en su interior numerosos cuerpos semidesnudos y arracimados entre sí, como tratando de darse calor los unos a los otros. Aquellos hombres a caballo eran esclavistas. Esclavistas y asesinos. El dibujo de sus petos, azul, con un águila púrpura al centro era idéntico a aquel estandarte que pendía tan ajeno y victorioso, justo en medio de Potedaia. Aquel descubrimiento logró que su corazón se detuviera. Cuando se hubieron alejado, Gabrielle se deslizó colina abajo sobre sus nalgas dispuesta a seguirlos . Le pareció que si pretendía seguirles el rastro, lo mejor sería esconderse a una distancia prudencial, así que en cuanto atisbó el inicio de una fronda no lo dudó un instante y se adentró en ella. Al principio temió que el crujir de sus pisadas en el suelo cubierto de hojas secas pudiera alertar a los hombres, pero se dijo que el rechinamiento de las ruedas de la jaula junto con el sonido de los cada vez más frecuentes truenos eran suficientes para disfrazar los suyos.
  7. 7. Instantes después, un enorme estruendo la hizo parar en seco. A continuación bramidos y voces a pares, y de entre toda aquella multitud una más alta que dijo: – ¡POR ALLÍ, RÁPIDO! Antes de que ella pudiera descubrir lo que estaba ocurriendo, se oyeron nuevas pisadas, y esta vez parecían estar demasiado cerca. Uno o más hombres se habían adentrado en la arboleda. ¿La habían descubierto? Gabrielle inició a su vez la carrera para alejarse del lugar. Nuevos gritos llegaron a sus oídos. Unos metros más adelante, agradeció el hallazgo de la cuenca de un árbol lo bastante ancha y profunda como para albergar la totalidad de su cuerpo y darle así el escondite perfecto. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Esperó mientras contenía la respiración, demasiado revolucionada aún. Se atrevió a levantar la cabeza. Tan desmesurada era su curiosidad que no lo pudo evitar, y vio a un indiduo, a uno de aquellos que antes iba en la jaula. Corría a duras penas, lo que las cadenas alrededor de sus tobillos le permitían, aunque más bien parecía ser aquel tobillo dislocado e hinchado hasta tal punto que parecía que reventaría en cualquier momento lo que languidecía su maltrecha carrera. Apenas tuvo tiempo para fijarse más en él, pero la agitación en su respiración le indicó que estaba al borde de sus fuerzas. Sin pensar lo que hacía, se abalanzó hacia él cuando pasó lo suficientemente cerca y lo atrajo hacia su propia guarida. No le fue difícil hacerlo, y aunque el individuo se resistió, no pudo menos que sucumbir a la fuerza de ella y a la presión que ejercía con su propio cuerpo puesto encima de él. Gabrielle le tapó la boca y se acercó a su oído. – ¡Schhh! ¿Quieres que nos descubran? El hombre pareció convencerse de las buenas intenciones de la mujer, más porque no le quedaba otro remedio que por otra cosa. Tras unos breves instantes, pasaron por encima de sus cabezas dos seres armados con sus respectivas espadas. Gabb sintió que el hombre se estremecía debajo de ella, luego, desaparecieron por entre la espesura de los árboles varios metros más allá. Sólo para entonces, Gabrielle se permitió apartar la mano de la boca del hombre y se incorporó lo suficiente como para apoyarse sobre sus rodillas. Él seguía tumbado, casi inerte. Ella supuso que estaba a la espera del próximo movimiento por su parte. Le dio tiempo a columbrarlo. Tenía la espalda y los hombros anchos, por lo que imaginó que su porte era altivo, "como el de Xena", se dijo. La largura de su cuerpo, sin embargo, hacía evidente aún más su extrema escualidez. Aunque no podía verla, él sintio los ojos de ella escrudiñándole, de no haber sido porque la muchacha le había susurrado aquellas palabras instándole a guardar silencio, nunca hubiera imaginado que se trataba de una mujer a juzgar por la destreza de la que había hecho gala al reducirlo como si de un muñeco de trapo se tratase. No resistió más la tentación y giró el cuello hasta lograr encuadrarla por el rabillo del ojo. Sus miradas se encontraron y Gabrielle ensanchó las cuencas de los suyos, lo había reconocido. – ¿Darius? –preguntó sin creerlo aún. El hombre dio un respingo al escuchar su nombre y a Gabrielle no le quedó duda alguna, aquel era Darius, su antiguo compañero de juegos infantiles. Se levantó y lo ayudó a ponerse en pie. – Gabrielle... –dijo él muy quedamente, como si aún estuviera presa del pánico. – ¿Qué ha pasado? – Nuestra jaula... La jaula volcó, el camino estaba muy mal y... Se dio cuenta de que no había tiempo para explicaciones. No ahora. – Debemos marcharnos de aquí o terminarán por cazarte como a un perro. –decidió ella interrumpiéndolo. Darius la tomó de un hombro y la instó a mirarlo. – ¿Sabes lo de Potedaia? – Sí. –y una vez más tiró del brazo de él para intentar sacarlo de allí. – No es a ti a quien buscan, deberías dejarme aquí... – ¿Crees que tienes alguna posibilidad con ese tobillo? –se lo señaló.– Y eso sin nombrar las cadenas. El mutismo de Darius fue suficiente respuesta. – Entonces no pierdas más tiempo en discutir algo que con total seguridad tienes perdido. –sentenció la rubia. Una voz los alertó de repente. – ¡Ahí está! Gabb se dio la vuelta y vio que dos de los perseguidores los habían encontrado. Intentó apurar el paso y tiró de la mano de Darius que aún sostenía entre la suya, casi lo llevaba en volandas. Aún así supo que no había escapatoria y un violento tirón hacia atrás terminó por confirmar sus recelos. Cayó al suelo después de que lo hiciera Darius, a quien habían alcanzado y agarrado por los tobillos. Darius le soltó la mano y ahora estaba siendo arrastrado hacia abajo. Gabrielle se revolvió justo a tiempo para darse cuenta de que uno de los hombres venía hacia ella. – Vaya, vaya... –lo oyó decir. Gabrielle se arrastraba hacia atrás, con ayuda de manos y pies, intentando poner cierta distancia entre ella y el filo de la espada. En su retroceso, encontró un pedrusco entre las hojas secas. Sin pensarlo, lo agarró con extremada fuerza y lo lanzó con más exasperación aún. El proyectil dio de lleno en la cara de su atacante, que inmediatamente se ocupó de su propio dolor en un acto reflejo que fue aprovechado por Gabrielle que, de un puntapié, lo hizo caer al suelo. Le sustrajo la espada y lo amenazó con ella, aunque insegura, intentando alejarse de él, pero el matón no tenía nada más lejos de su intención, así que se movió en círculos intentando buscar un hueco por donde atacarla.
  8. 8. El soldado sacó un cuchillo corvo de su cinturón y lo blandió delante de su cara, entonces, creyendo que la cogería desprevenida, se abalanzó con la hoja afilada por delante. Gabrielle se apartó y cerró los ojos antes de que su espada se le clavara en el pecho. El fortachón aulló y se encogió. Con la boca abierta, cogiendo aire, intentó abrazarse un poco más a esta vida. Con ambas manos tocó el filo de la hoja que le salía de dentro para después y tras una convulsión, abandonarse al sueño eterno. Gabrielle se giró violentamente hacia el otro perseguidor, que tenía a Darius acorralado contra el tronco de un árbol, con los ojos cerrados, esperando que el frío metal se mezclara con su sangre. Gabb se abalanzó sobre el hombre cargándose sobre su espalda. – ¡Maldita sea! –gritó él mientras daba vueltas sobre sí mismo para sacársela de encima. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Corrió hacia atrás y descargó con fuerza un golpe contra un tronco. Esto tuvo el efecto esperado, y Gabrielle, sin remedio soltó el cuello del hombre resbalando muda la espalda por la madera. No contento con esto, volvió a cogerla y con una inmensa crueldad, la estrelló de nuevo contra el mismo tronco, que se había convertido en aliado fortuito de su torturador. Gabrielle pensó que ni uno sólo de sus dientes debía de quedar sano. La boca se le inundó de sangre en cuestión de segundos. No se había dado cuenta de la más que estimable envergadura del individuo hasta que con ambas manos alrededor de su cuello la levantó como a una pluma. La presión era demasiado fuerte y Gabb sintió los primeros síntomas de asfixia. Pataleó sin nada bajo sus pies excepto el aire, incluso intentó quitarle las manos con las suyas, pero debido a su desesperación, sólo conseguía que resbalaran en cuanto conseguía ponerlas encima de las del otro. Se sentía más débil a cada instante, y casi pudo jurar que sus ojos se le daban la vuelta sin su permiso. – ¡Maldita zorra, acabaré contigo! –chilló el individuo indignado. Darius, apenas conseguida la posición vertical, intentó ayudar a Gabrielle, pero el hombre adivinó sus movimientos por el rabillo del ojo y con una soberbia patada hacia atrás en el estómago lo devolvió a su antigua posición, que no era otra que estirado grotescamente en el suelo. "Gabrielle... ", pudo oír. Intentó abrir los ojos, o quizás ya los tenía abiertos. La cara enrojecida del hombre y sus ojos inyectados en sangre parecían volverse borrosos, incluso parecía que los sonidos que la rodeaban se apagaban para que ella pudiera oír con claridad su interior. "¿Gabrielle?... ", se repitió una vez más. – ¿Gabrielle? – Estoy despierta, Xena. –dijo Gabb y se movió hasta quedar tendida de costado frente a la guerrera. Probablemente Xena había vuelto a tener otra de sus habituales pesadillas y la había despertado en plena noche en busca de consuelo. Siempre lo hacía, y siempre lo encontraba. Gabb alargó una mano y le apartó un mechón de pelo de la frente. Luego, con el dorso de la misma trazó una leve caricia a través de la mejilla. – Recuerdo que al principio retrocedías cada vez que intentaba acariciarte. –soltó la bardo a media sonrisa.– Ogro... – Nadie me había acariciado nunca de ese modo, no así. – ¿Cómo así? – Sin esperar nada a cambio. –sentenció la morena. Los ojos de Gabrielle se anegaron de lágrimas, intentó mantenerlas ahí, esperando que pasaran desapercibidas incluso a la tenue luz de la ya agonizante hoguera, pero al recordar la clase de gente con la que su amiga había tratado durante todo ese tiempo, lo difícil que le había resultado conseguir que su sensibilidad se abriera paso entre su coraje y su rudeza, le fue imposible lograrlo. – ¿Por qué lloras? –preguntó Xena al observar cómo dos lágrimas escapaban furtivamente de los ojos de su compañera. – Porque me alegro muchísimo de tenerte a mi lado y porque... – ¿Por qué? –inquirió nuevamente la guerrera ávida de conocer la respuesta. – Porque te quiero más que a nada en este mundo. Xena se quedó sin habla unos segundos mientras miraba fijamente a Gabrielle. – Vaya. –soltó la guerrera gratamente sorprendida y la empujó hasta sí para abrazarla." Gabb volvió a la realidad y a la precaria situación en la que se encontraba. Con las pocas fuerzas que le quedaban puso sus manos sobre las de él, le enlazó ambos dedos meñiques e hizo presión hacia fuera. Poco a poco separó las manos de su atacante de su cuello, que, sorprendido ante la inesperada fuerza de ella, optó por echar todo su peso hacia delante para aprisionarla aún más contra el tronco. Gabrielle le asestó un golpe en la ingle con un pie. Lo hizo encoger de dolor y la soltó. La rubia cayó al suelo de rodillas y comenzó a tragar largas y ruidosas bocanadas de aire con la esperanza de que asistieran rápidamente a sus pulmones. – ¡TE MATARÉ! –gritó el hombre al tiempo que volvía abalanzarse sobre ella. Gabrielle reaccionó al ataque tirándose en busca de una de las tizonas que habían quedado olvidadas en el suelo. Estiró todo lo que pudo el brazo y la rozó con las yemas de los dedos. Se arrastró un poco más y la asió por la empuñadura. Se dio la vuelta justo cuando el hombre se tiraba a por ella. Sólo tuvo que colocarla verticalmente sobre su estómago. El cuerpo de su
  9. 9. captor cayó desplomado sobre ella, atravesado de lado a lado. Gabrielle sintió la sangre tibia empapar sus manos. Miró al cielo. Había dejado de llover. Se lo quitó de encima como pudo y se irguió, frotándose el cuello suavemente en un intento por aliviar el intenso dolor que allí se había cimentado de repente. Darius la aguardaba aún tumbado en el suelo, doliéndose de sus propias heridas. Lo ayudó a levantar. – Deprisa. –indicó ella.– Es probable que hayan oído los gritos. Si es así , es cuestión de segundos que los tengamos encima. – ¡Sálvate tú! Yo no podría aunque quisiera. – ¿Qué... ? –intentó decir Gabrielle, pero entonces se fijó en su tobillo, ya no estaba dislocado, sino roto. La carrera había sido demasiado esfuerzo para él.– Es igual, no puedo abandonarte aquí... V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m – ¡Tienes que hacerlo! – ¡NO! Multitud de pisadas los alertaron, ya se acercaban y apenas quedaba tiempo. – ¡Vete Gabrielle! ¡TE LO SUPLICO! Quizás aún estés a tiempo de salvar a tu hermana... –vio la súplica en los ojos de la bermeja.– Me pareció ver cómo se la llevaban, junto con las otras... Gabb lo miró a los ojos y se apartó de él. Se dio la vuelta e inició la carrera, pero fue demasiado tarde pues oyó claramente como alguien delataba su posición. Giró una sola vez la cabeza hacia atrás y comprobó que el grupo se dividía para seguirla. Una lanza silbó cerca de su oído al pasar. Una visión de sí misma atravesada por varias alabardas la hizo correr más aprisa, alejando los entimientos de impotencia que la frenaban, tenía que conservar la favorecedora distancia que los separaba de ellos, pero estaba cansada y demasiado magullada. No había ni un solo músculo de su cuerpo que no se quejara en esos momentos. El agudo dolor, como puñaladas que sentía en el vientre hacía que cada zancada fuese no menos que un sacrificio. Apretó las mandíbulas en un intento por hacerse olvidar sus sufrimientos. Sintió las mejillas arder por el esfuerzo y la boca seca, incapaz de segregar saliva. Otra tentativa lanza le pasó rozando. Una extraña sensación de miedo y de vacío la invadió. No le quedó más remedio que respirar a través de la boca, puesto que le escocían las aletas de la nariz. Su desgastada esperanza se hundió aún más al darse cuenta de que había tomado por azar una dirección que la llevaba directamente hacia una loma y que era demasiado tarde para rectificar. En su estado sería como una montaña. Decidió asaltarla con fuerza, así que trató de ganar terreno con un salto, pero, como con todo lo que había emprendido ese día, también resultó en vano. Sólo logró caer de rodillas. Se irguió lo más rápido que pudo. Ascendió de puntillas, puesto que la inclinación no le dejaba alternativa. Oyó el inconfundible sonido de una nueva pica y se arrojó al suelo, consciente de que ésta sí daría en el blanco. Miró hacia arriba y comprobó que con un poco de esfuerzo alcanzaría la cumbre. Arremetió con fuerza los últimos metros ayudándose de todo lo que tenía a su disposición, que no era otra cosa que sus manos, codos, rodillas y pies. Una espesa niebla hizo acto de presencia en el escenario y Gabrielle dio gracias a los dioses por aquella oportuna aparición. – ¿Dónde demonios se ha metido? –se oyó decir. – ¡Maldita niebla, no me deja ver apenas nada! – ¡Tened cuidado de donde pisáis, esto está lleno de despeñaderos! –comentó una tercera. Mientras, Gabrielle había encontrado refugio detrás de unos matorrales. Intentaba pensar cuál sería el siguiente movimiento mientras tomaba pequeñas y sordas bocanadas de aire. Ya los tenía casi encima, rezó para que no la descubrieran. – Debe de estar escondida, no ha podido ir lejos... – ¿Qué es eso? –alguien se acercó. No cabía duda de que se acercaba hasta su escondrijo. La habían descubierto. El individuo se agachó hacia delante para observar desde un punto más cercano. Sus respectivos ojos se encontraron, pero antes de que pudiera dar la voz de alarma, Gabrielle le tiraba ya de la solapa hasta hacerlo tambalear y echaba a correr. – ¡POR AQUÍ! Todos parecieron acudir a la llamada. Dedujo que ya los tenía encima y era cierto, podía sentir sus alientos en la nuca. En un impulso miró hacia atrás. Al volver la cabeza, una rama esquivada tardíamente hizo que cayera de lado rodando varios metros. Intentó erguirse, pero rápidamente se dio cuenta de que le iba a ser imposible. Su cuerpo descendía vertiginosamente. Maldita su suerte. Había caído por uno de aquellos despeñaderos. Intentó asirse a cualquier cosa, buscó a tientas, pero lo único que conseguía era arrastrar consigo tierra y pequeños arbustos que cedían al instante ante el grave tirón de su cuerpo. Mientras, a su lado pasaban cuerpos aullantes que habían tenido la desgracia, debido a la obcecación de la persecución, de caer con ella. Por fin logró agarrarse a una zarza lo suficientemente fuerte como para detener su empuje. Alguien pasó tan cerca que logró atrapar una de sus piernas. Gabb sintió la desmedida presión que ejercía el peso del hombre, excesivo para ella y aún más para el arbusto, que cedió un poco. Se revolvió para tratar de quitárselo de encima. Esto hizo que su oponente se enfureciera aún más. – ¡Estáte quieta, maldita sea, o caeremos los dos! Ella hizo caso omiso de sus palabras y siguió empeñada en su arrebato. El hombre comenzó a trepar por su pierna. Gabb
  10. 10. pataleó y trató de darse la vuelta, pero el individuo era muy fuerte y con una mano en la cintura la mantuvo sujeta. – Creo que aquí no hay sitio para los dos... –indicó el fulano mientras le tiraba del pelo. La bardo gritó cuando sintió su cuello doblarse hacia atrás. Se aventuró a soltarse de una mano y le propinó un codazo con la mano libre. El hombre cayó de lado, pero se olvidó de soltarla y se la llevó consigo. Una vez más, Gabb intentó frenar la caída hundiendo los dedos con desesperación en la tierra húmeda. El hombre la había soltado y ahora luchaba también por su supervivencia. Antes de caer al vacío y cuando la mitad de su cuerpo colgaba, logró asirse a una hiedra. Quedó con el cuerpo balanceante, con sus propios brazos sosteniendo todo el peso. Sólo cuando su cuerpo dejó de moverse y se pegó a la pared se atrevió a mirar hacia abajo. Una gran masa de agua, alimentada por una enorme cascada la esperaba en caso de caer. Pensó en saltar, pero la distancia podría ser insalvable. Hincó la planta de los pies en la pared, buscando bajo la densa hiedra huecos donde incrustar la punta de sus botas. Encontró uno para el pie derecho. Alivió con ello la carga de sus maltrechos brazos. Movió el pie libre unos centímetros más arriba hasta encontrar un vano donde apoyarlo. Enredó los brazos en el bejuco y se impulsó hasta lograr agarrar la tierra de encima de su cabeza. Pensó que lo había logrado hasta que sintió un tirón en el pie. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Su antes atacante también había logrado burlar su destino gracias a la hiedra y ahora intentaba alcanzar tierra firme a costa de su cuerpo. Gabrielle decidió que esta vez no se lo permitiría, así que movió furiosamente los pies, dando patadas al aire. El hombre no pareció amedrentarse, más bien consiguió que se aferrara aún más a uno de sus muslos. Lo oyó respirar con dificultad, estaba tan o más fatigado que ella. Supo que no aguantaría por más tiempo ambos pesos justo cuando sus manos comenzaron a resbalar. Sin remedio se soltó y cayó con el hombre aferrado a su pierna. "Ya está", pensó "pronto acabará todo". Luego, la extraña sensación de estar flotando, sólo que no flotaba sino que su cuerpo caía líbremente. Cerró los ojos y se abandonó, deseando tener una muerte rápida e indolora. Sintió el agua incluso antes de tomar contacto directo con ella, puesto que el hombre se hundió primero y la salpicó. Segundos más tarde comprobó, muy a su pesar, que su cuerpo era capaz de hundirse tan rápido como una piedra. Algo blando, sin duda otro cuerpo, el cuerpo de quien la había agarrado, amortiguó la caída y la expulsó nuevamente a la superficie. No se dio cuenta de la suerte que había tenido hasta que abrió los ojos de nuevo y se notó de una pieza, viva y rodeada de cuerpos inertes, flotantes y con el cuello roto. Gabrielle dejó que su cuerpo fuera arrastrado por la corriente adoptando la postura de la cruz. Poco después alguien la sacaría zafiamente del agua. A ella ya no le importó que, después de todo lo que había luchado, le dieran caza por fin. No sabía cuál iba a ser su destino a partir de ese momento, tal vez la muerte. Lo único que sí sabía era que ya no dependía de ella. sigue -->
  11. 11. continuación... IV Contracorriente. "Pero sé que si me das un poco de tu cariño, lo demás no va a importar". **   V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Xena despertó por primera vez tres días más tarde. Durante todo ese tiempo había estado sumida en un estado de completa divagación, repitiendo una y otra vez el nombre de Gabrielle, exaltada en sus propios sueños. El viejo había estado durante todo ese tiempo cuidándola, rebajándole la fiebre y cambiándole constantemente los vendajes para que no se infectara la herida, que parecía remitir e incluso comenzaba a cicatrizar. La primera tentativa de abrir los ojos pereció tan pronto como hubo comenzado, pero poco a poco sus ojos se fueron adaptando a la luz del día que inundaba la estancia. No reconoció el lugar y trató de incorporarse con los codos, pero su precario estado no se lo permitió. Sintió en cambio una intensa punzada en el vientre y se conformó con echarse de nuevo. – ¿Gabrielle? –llamó quedamente con la esperanza de que pronto la bardo le regalaría su compañía. – Veo que ya te has despertado. Xena giró la cabeza en dirección a la voz. Vio al viejo en una esquina, sentado a la pequeña mesa. – Dime, ¿te sientes mejor? Xena tragó saliva, tenía la garganta reseca y sentía mucha sed. – Quizás con un poco de agua. . –dijo con voz ronca. – Desde luego. El anciano se apresuró en acercarle un cuenco con agua fresca. La guerrera bebió a pequeños sorbos mientras lo observaba por encima del cuenco sin perder detalle. – Me llamo Xena. –dijo cuando terminó de beber. – Lo sé. – Eso nos ahorra entonces las consabidas presentaciones. –señaló la morena al tiempo que se acomodaba nuevamente al amparo del colchón. Recorrió con la mirada el resto de la pobre casa. Apenas una mesa y dos butacas componían el mobiliario que completaba el camastro donde ahora descansaba ella además de una pequeña chimenea, muchas grietas y una puerta que ya no lo era. Siguió indagando con ojos ávidos, buscando algo. – Se ha ido. –anunció el viejo. – Se fue la misma noche que te trajo. Xena lo miró. – ¿Hacia dónde? –no pudo evitar el tono ávido al formular la pregunta. – No lo sé. – ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? –preguntó ella. – Tres días. – Necesito levantarme de aquí... – Me temo que eso sería una locura, la herida comienza a cicatrizar y podría abrirse de nuevo. Xena resopló. Tenía que darle la razón al viejo, empeorar su estado no la ayudaría en absoluto. Se llevó una mano al vientre y tocó el emplasto con el que estaba cubierta la herida. – Me temo. –siguió el anciano. –que la cicatriz se quedará ahí para siempre. Xena arqueó una ceja y sonrió, pero evitó decirle al provecto hombre lo poco que le importaba que quedara una nueva señal, por muy grande que ésta fuera, en su cuerpo. – En un primer momento temí que el corte te hubiera rebanado las tripas.... – prosiguió él y la guerrera comenzó a preguntarse si alguna vez se callaba. –A primera vista parecía profunda, gracias a los dioses fue superficial aunque mortal. Si Gabrielle no te hubiera traído habrías muerto desangrada. – ¿Te dijo su nombre? – No.
  12. 12. Xena frunció el ceño, odiaba los acertijos. El viejo notó su impaciencia y decidió entrar en la única conversación que parecía tener importancia para la mujer. – La fiebre te provocaba delirios y no dejaste de mencionar ese nombre. Vaya... –dijo refiriéndose al vendaje.. –Está empapado, será mejor que lo cambie... – Aún no sé el tuyo. – Es Nylos, pero se me conoce como el Brujo. – ¿Brujo? –hizo una mueca que denotaba incredulidad. –¿Lo eres? – No, pero eso me evita visitas desagradables... Hizo sonreír a Xena. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m El anciano se levantó y recogió un nuevo apósito de la mesa antes de regresar a la cama. Le retiró la manta con la que estaba cubierta y expuso su desnudez. Xena sintió que se le erizaba la piel al contacto con el aire. – Sólo será un momento. –dijo él observando la incomodidad de ella. Xena se relajó. Cerró los ojos. Su mente se ocupó de recordarle momentos amargos. Giró con violencia la cabeza y abrió los ojos nuevamente. – No sólo deliraste, sino que parecías tener continuas pesadillas. –repuso el viejo como si supiera de sus tormentos.La miró y en ese instante supo que él había podido escuchar sus pensamientos. Tal vez, después de todo, realmente era un brujo capaz de hacer magia. * Gabrielle se frotó los tobillos. Los grilletes le hacían daño y allí donde estaban podía sentir la carne viva. Había sido un largo viaje, afinada en aquella jaula junto con cinco prisioneros más entre los que se incluía Darius. Uno de los rehenes había muerto bastante camino atrás y los guardias lo habían abandonado a la orilla del paso. El camino estaba en tan mal estado que la carreta no había dejado de dar tumbos ni un momento. A ella le parecía que debía tener todos los huesos desencajados. No tenía la menor idea de lo que le esperaba, pero con toda probabilidad sería vendida como esclava. Miró a Darius, que la observaba también. No habían cruzado ni una sola palabra. Gabrielle pensó que sería lo mejor. A pesar de todo, tenía que estrangularse las palabras para no preguntarle por Lyla, él le había dado una esperanza, tal vez ella aún seguía viva. Darius le indicó con la mirada que mirara detrás suyo. Ella se volvió. Parecía que ya habían llegado a su destino. Más de un centenar de carpas se erguían en medio de una llanura. Sin duda aquel debía de ser el campamento. Algunos de los hombres esperaban ya impacientes la llegada del nuevo cargamento. Cuando llegaron los oyó saludarse. Alguien abrió la machacada portezuela de la jaula y la sacaron a trompicones. Aterrizó ridículamente en el suelo, aunque se irguió tan pronto como le fue posible. Tanto tiempo agazapada en aquel habitáculo, sin apenas moverse le había entumecido los músculos. – Habéis tardado demasiado. Hace dos días que os esperábamos. . –una voz profunda sonó desde detrás de la carreta. Gabrielle alzó la vista para averiguar de donde provenía, pero estaban tapados por la carreta y los caballos.. –Las demás mercancías llegaron mucho antes que vosotros. – Tuvimos problemas, Axis, volcamos en un punto del camino, la lluvia nos hizo desplomarnos y tardamos algo en ponernos en marcha. "¿Axis?", pensó Gabrielle. Así se llamaba. – Espero que haya merecido la pena. . –una breve pausa. –¿Dónde está Xerón? Otra breve pausa antes de que el otro respondiera. – Muerto. . –dijo al fin. –A decir verdad, hemos perdido a varios de los nuestros. – ¿Cuántos exactamente? – Siete. – ¿Siete? ¿Cómo? –la voz se volvió insolente. – Una mujer... Le debió indicar algo, puesto que el hombre de la voz profunda apareció de repente. Gabrielle no le retiró la mirada cuando él la miró. Era alto, quizás sobrepasaba los dos metros. El cabello, color castaño y largo hasta la mitad del cuello, lo llevaba ligeramente desmañado. Vestía de cuero negro como la noche. Los brazos desnudos dejaban entrever los poderosos músculos de los que era poseedor. No cabía duda de que era el líder, Gabrielle había visto muchos y sabía que todos tenían en común el porte envanecido y orgulloso, incluso Xena lo conservaba aún después de tantos años. Era un hombre llamativo, pero lo que más atrajo a Gabrielle fueron sus ojos azules, tan azules como los de Xena, aunque más apagados. – ¿Es ésta? –dijo con incredulidad en la voz.
  13. 13. Le parecía inédito que una mujer tan pequeña como aquella hubiera sido capaz deacabar con la vida de siete de sus hombres, todos ellos entrenados para matar. Aquella mujer parecía incapaz de hacerle daño a una mosca. Se acercó a ella. Lo estaba mirando con descaro, como haciéndole ver que no le temía. Levantó una mano y tocó el cabello corto y rubio de Gabby. – Tal vez nos den algo por ella. – Eso mismo pensé yo. . –dijo el que parecía ser su lugarteniente. –No es gran cosa, pero es salvaje como una pantera. Sé de muchos a los que les gustaría domarla. El hombre pareció sonreírle y le mostró a Gabrielle su perfecta dentadura. – Me has hecho perder a alguno de mis mejores hombres, ya veremos la manera de que me compenses... . –dijo y se apartó para registrar el resto del cargamento. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Recorrió lentamente la improvisada hilada, admirando a todos y cada uno de sus miembros. Se fijó en Darius y se lamentó. Aquel muchacho hubiera podido ser una buena inversión. – Pasado mañana tendremos la visita de los mercaderes, enciérralos a todos menos a éste. . –señaló a Darius y añadió fríamente. –Deshazte de él, no se puede hacer nada, de todas formas quedará cojo. Gabb volvió la cabeza inmediatamente hacia Darius y lo vio temblar mientras se acercaban hacia él varios hombres a cumplir con el cometido. – ¡No, por favor! . –dijo el muchacho en súplica. –¿Qué vais a hacer? Se lo llevaron a rastras a pesar de la débil resistencia que opuso él. Gabrielle cerró los ojos y deseó poder cerrar también los oídos para no escuchar los gritos de su amigo, a quien, sin duda alguna, había visto por última vez. No podía hacer nada por salvarlo y eso la hundió aún más en su propia miseria. Sintió que la empujaban desde la espalda. Ya la llevaban a su nuevo encierro. Los afinaron en un compartimiento ancho y largo hecho de madera por cuyas rendijas pasaba la tenue luz que iluminaba ligeramente la estancia. Como recuerdo de otros inquilinos, había un intenso olor a excrementos y humedad. Gabrielle sintió náuseas nada más entrar. Y siguió teniéndolas mucho más tarde, cuando les trajeron algo de pan y de agua y no hizo ningún esfuerzo por reclamar su parte. No recuperaría el apetito hasta que su estómago se hubiese asentado y le parecía que eso no iba a ocurrir hasta que saliera de allí. Encontró por casualidad una rendija bastante amplia. Miró a través de ella y lo vio, alto y hermoso, dando órdenes a uno de sus hombres. El odio que sentía hacia aquel hombre le revolvió sus ya inestables entrañas y no pudo evitar vomitar sobre el sucio suelo. En ese instante, cuando peor se sentía, alguien abrió la portezuela. Intentó recomponerse, pero el otro fue más rápido y la sacó fuera de un tirón. Casi la llevó en volandas hasta la que parecía ser la tienda más grande de todas. Gabrielle no tuvo duda de a quien pertenecía. Su "devoto acompañante" entró con ella y le soltó el brazo. – Aquí está. . –dijo sin darse cuenta de que la rubia se deslizaba torpemente hasta llegar al suelo. Axis se acercó. – Tiene un aspecto horrible... . –opinó al tiempo que observaba el color amarillento de la tez de Gabb, que estaba a punto de soltar más de su bilis. Así lo hizo, y un segundo después vomitaba sobre las brillantes y pulidas botas de guerrero de Axis. Podía haberse girado, pero tenía tan cerca aquella pequeña venganza que no quiso desaprovecharla sea cual fuera el castigo por ello. – Trae agua caliente para la tina y algo decente para comer. . –fue la única respuesta que hubo a cambio. – Sí señor. . –contestó el otro reprimiendo una sonrisa y salió. Gabb levantó la cabeza lo suficiente como para mirarlo a la cara. Se limpió las comisuras de los labios con el dorso de la mano. – Lo siento. . –dijo, pero aquello no sonó ni por un momento a disculpa. – No lo sientas tanto. . –indicó él. –Cuando te recuperes, y yo me ocuparé de ello personalmente, tendrás que limpiarlas tú misma. Se apartó de ella y se sentó en sus silla para sacarse las botas intentando no tocar el líquido viscoso que las cubría. Gabb por su parte, trataba de incorporarse y recuperar, si eso era posible, algo de decencia. Axis la miró. Estaba totalmente exhausta. Apenas podía ponerse en pie, pero aún así seguía intentándolo. Parecía, a juzgar por su crudo aspecto, estar más cerca del hades que del mundo de los vivos. Había algo en ella que lo tentaba. Casius entró nuevamente con dos cubos de agua a cada mano. Los vertió en la tina y se volvió a a marchar a por más. Axis se levantó, descalzo, y se aproximó hasta Gabrielle. Con poco esfuerzo la recogió del suelo y la echó sobre la cama para desvestirla. No opuso ninguna resistencia y él agradeció que estuviera tan cansada, pues estaba seguro que de lo contrario le habría sacado los ojos al menor intento de acercamiento no permitido por parte de él. La levantó de nuevo, ya desnuda, y la introdujo en el barreño de agua caliente. Se quejó un poco al notar que el agua le quemaba la piel, pero pronto sintió que se le relajaban los músculos ante ese mismo contacto. Apoyó la cabeza en la pared de la tina y suspiró de placer. Axis llevó una mano hasta su cara y se la restregó para quitarle la mugre que allí se había instalado. Gabrielle no dejó de mirarlo un segundo mientras él se empleó arduamente a la tarea de frotarle todo el cuerpo.
  14. 14. Axis no dejó de pensar por un momento que aquella mujer era poseedora de un cuerpo bellísimo, con cada una de sus líneas perfectamente delineadas. Disfrutó inmensamente aseándola, tanto que tuvo que parar en un momento dado puesto que su cuerpo comenzaba a reaccionar de manera autónoma. Desde el primer momento en que puso los ojos sobre ella la había deseado. Aquello le había pasado en un par de ocasiones y siempre había tenido el placer de conquistarlas, de hacer que lo deseasen tanto como él a ellas. Y es que para él, el juego de la seducción era más importante que el acto en sí. Casius entró en ese instante y Axis le hizo un gesto con la mano para que se retirase. No iba a necesitar más agua. Volvió a mirarla. Sus preciosos ojos verdes se habían cerrado y su respiración se había hecho pausada y profunda. Dormía.La sacó del agua y la recostó en su cama. No pudo evitar sonreír ante la sensación de sentir el peligro que rezumaba aquella mujer.   *   V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Dos días después de que recuperara la consciencia, Xena se levantaba decidida de la cama. Aunque la herida comenzaba a cerrar, aún sentía agudos pinchazos que amenazaban con empeorar su estado. Se alegró a sobremanera cuando se enteró por boca del viejo que Gabrielle le había dejado a su yegua. Le pidió al añoso aguja e hilo para coser el cuero abierto de su vestido y se entregó a este quehacer. – ¿Cuándo piensas partir? –preguntó el Brujo mientras removía el oloroso guiso que estaba cocinando. – Mañana, en cuanto amanezca. El Brujo cabeceó negativamente. – Sigo diciendo que es una locura. . –dijo. – Quedarme más tiempo sería peligroso incluso para ti si alguien llegara a descubrirlo... – Esa herida necesita más tiempo. – Justo lo que yo no tengo. . –repuso Xena con algo de sorna en la voz. El viejo la miró con cara de disgusto y pensó que era imposible negarle algo a aquella mujer, tan voluntariosa y firme en sus decisiones. – ¿Has visto alguna vez un estandarte azul con un águila púrpura al centro? . –inquirió Xena de súbito. El Brujo la miró y no le hizo falta hacer memoria para contestar. – Los Salvajes, ¿no es así como los llama la gente? –hizo una mueca mostrando desagrado. –Esclavistas... Últimamente parecen surgir de todas partes. Esto se está convirtiendo en un gran negocio. La morena recordó que había oído hablar levemente de ellos alguna vez. Tenían un ejército poderoso y absolutamente eficaz. Bueno, eso ya lo habían demostrado. – Al parecer, . –continuó el viejo. –se han convertido en un ejército temible. Arrasan con todo a su paso. Xena seguía inmersa en sus pensamientos, sabía que probablemente debía ir hacia el sur, allí era el centro neurálgico de las transacciones de esclavos. Golpeó el cuero con furia. No dejaba de pensar en Gabrielle un solo instante y comenzaba a odiarse por ello. No tenía ni mucho menos la cabeza despejada como solía ser, sino más bien parecía que su cerebro se negaba a elucubrar, asemejándose a una madeja, sin orden ni concierto. El viejo calló un momento para fijarse en el gesto confundido de ella. – La impaciencia es el peor enemigo del hombre. . –dijo con conocimiento en la voz. Sus palabras arrancaron un largo suspiro de parte de la guerrera. – Empiezo a creer que mi habitual compostura y mi mente fría me han abandonado para siempre . –repuso Xena. – ¿Qué es lo que hace que no puedas pensar con claridad? – Aún no lo sé, y créeme, desearía poder averiguarlo. –terminó de coser y cortó el hilo con los dientes. – ¿Siempre es así? – ¿El qué? –inquirió ella con curiosidad. – ¿Siempre eres tú la que lleva todo el peso de la situación? Xena lo miró. Ella no recordaba haberle contado nada a aquel anciano que no fueran cosas banales sobre sí misma, pero él parecía conocer toda su historia. Incluso parecía dispuesto a encontrar y hurgar en sus heridas. – Debe de ser mi carácter. –dijo restándole hierro al asunto. No se fijó demasiado, pero le pareció que el encorvado hombre sonreía levemente. – Yo creo que las personas que aman demasiado raramente son felices... –soltó el viejo. A Xena se le escapó un "¿Qué?" de la boca casi sin querer decirlo, casi como por arte de magia.
  15. 15. El Brujo la miró incrédulo de que hubiera reaccionado de aquella manera. Por un momento se había olvidado de que aquella no era una mujer cualquiera, ella escondía sus sentimientos de tal manera que a veces parecía que carecía de ellos y hablarle de los mismos podría tener consecuencias inesperadas, como aquel extraño mutismo y aquellos párpados entrecerrados por entre los cuales le observaba ahora. – Tenemos la maravillosa tendencia a darlo todo cuando conocemos a la persona adecuada. Porque, créeme, sólo hay una que sea capaz de hacernos temblar con un solo gesto. –continuó el anciano. –A veces, lo único que nos mantiene vivos es una única razón, una sola. Y, casi siempre, ésta tiene que ver con los sentidos. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m No era, pensó Xena, revelador lo que el viejo le decía. Ella sabía muy bien de sus sentimientos y de lo que sentía por Gabrielle, algo tan profundo y entregado que no tenía otra palabra con qué describirlo que no fuera amor. Su alerta por las palabras de él se debía a que parecía conocer sus secretos más íntimos y que con una sola mirada era capaz de averiguar cualquiera que fuera su pensamiento en ese instante. – Pareces saber mucho de esto. –indicó Xena. – Yo también consagré mi vida a alguien, y llevo sobreviviendo día a día desde entonces. Llevo conmigo los recuerdos, todos y cada uno y es extraño, muchas cosas he dejado olvidadas en el camino, algunas, incluso, intencionadamente, pero ni un solo momento de los que pasé a su lado se ha podido borrar de aquí. –se tocó la frente. Tenía la mirada perdida, como si de repente le asaltaran de nuevo aquellos recuerdos de los que hablaba. – ¿Hubieras muerto por ella? –preguntó Xena. – Sin dudarlo. –contestó él. – Entonces entenderás por qué es vital que reinicie mi camino. El viejo cabeceó con una mal disimulada sonrisa, ella había puesto sus propias palabras en su contra. Definitivamente aquélla no era una mujer cualquiera. Deseó en ese instante tener un par de décadas menos. – Supongo que no puedo rebatir eso. Xena partió, como había predicho, al amanecer. El Brujo le había puesto un emplasto atado fuertemente a la cintura para sujetar en algo la herida. Le entregó un zurrón con comida suficiente para al menos tres días y le recomendó que no cabalgase muy seguido. Ella asintió una sola vez y él vio en sus ojos la gratitud que la morena le profesaba. No hubo palabras de despedida. El anciano esperó en el quicio de la puerta a que ella desapareciera colina abajo. Antes de montar a Argo, se volvió hacia él y pronunció las únicas palabras que saldrían de su boca ese día:"Te llevo en el pensamiento", le dijo y fue como una promesa. No miró ni una sola vez atrás, tal como lo hiciera aquella aciaga noche la rubia. Estaba seguro de que aunque el pasado las persiguiera a ambas toda la vida, ninguna miraría atrás.Ya lo habían demostrado. * . –Trae más paños húmedos, le ha subido la fiebre, ¡MUÉVETE! Casius salió de la tienda como alma que lleva el diablo. Axis estaba arrodillado al pie de su cama. Intentaba rebajarle la fiebre a Gabrielle, que ya incluso deliraba. Seguramente la continúa exposición a la humedad y el cansancio había provocado que cayese enferma. Tosía sin parar y no dejaba de moverse. – Vamos pequeña, cálmate. –dijo Axis con voz suave intentando paliar las convulsiones de la mujer. Le hubiera rezado a Asclepio, pero hacía tiempo que había roto toda conexión con los dioses, cosa que había pagado muy cara. Muy pronto regresó Casius con varios paños empapados de agua fría. Seguramente la impaciencia en la voz de su líder le había hecho darse prisa. – Tendrás que ir al pueblo más cercano y traer al curandero, su estado empeora y ya no sé qué hacer... – Sí, señor. . –dijo Casius manteniéndose de pie, justo detrás de Axis. – Ahora. . –dijo éste último con voz grave. Casius salió nuevamente maldiciéndose por lo bajo. Aunque, después de pensarlo un instante, viajar hasta el pueblo le daría la oportunidad de pasar por el burdel y descargar así la tensión que se le había acumulado tras la llegada de la mujer pequeña. Se frotó las manos satisfecho y se fue a preparar el periplo. Axis le aplicó un nuevo paño en la frente. Ella buscaba fervientemente con las manos algo con lo que abrigarse. Axis se sentó al borde del colchón y le agarró las manos esperando que se calmara. Se fijó en que movía los labios sin parar. Acercó el oído para escucharla mejor, pero ella parecía hablar en algún dialecto extraño para él, lo cierto es que no alcanzaba a entender aquellos vocablos. Se preguntó dónde habría aprendido a hablar así y eso sumó aún más curiosidad por ella. "Aquella era una noche maravillosa. El cielo parecía haber quedado en el olvido tras la densa capa de estrellas que lo poblaban. Las dos yacían tumbadas sobre un improvisado lecho en el suelo, a punto de dormirse.
  16. 16. – Xena... . –susurró Gabb. – ¿Qué? – ¿Eres feliz? Xena la miró extrañada. Supo al hacerlo, que una profunda conversación estaba a punto de iniciarse. – Supongo que sí. – ¿Supones? – Bueno. –replicó la guerrera. –no es que me queje... – ¿No echas de menos tener a alguien... . –dudó. –a alguien especial? V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Gabrielle no dejó que la guerrera contestara, sino que prosiguió con su inédito monólogo. – Aunque si tenemos en cuenta tu carácter... Vamos, que si no fueras tan salvaje tendrías a un ejército de hombres detrás de ti esperando eternamente. Xena frunció el ceño con disgusto. – ¿Salvaje? –repitió incrédula. –¿Crees que soy salvaje? – No es cuestión de si lo creo o no, simplemente lo eres. La guerrera abrió la boca para protestar, pero calló nuevamente ante la interrupción de su amiga. – ¿Sabes lo que es una mantis religiosa? Es un insecto cuya hembra devora al macho mientras copulan, creo que en cierta manera los hombres te ven como una mantis... – No hablarás en serio... –terció Xena cada vez más ceñuda. – Es una absoluta contradicción, yo creo que el macho sabe que va a ser devorado, pero aún así, se arriesga a unirse a la hembra y... – Gabrielle. –cortó Xena. –me importa una mier... –se frenó a tiempo–... me importa poco lo que pasa con las mantis religiosas, a decir verdad, no me importa en absoluto, yo me refería a que si es cierto esa..., esa comparación, si crees de verdad que los demás, o sea... –resopló– ... si los hombres me ven así. – Sí. –fue la escueta y precisa respuesta de Gabb. Xena apretó los labios. Esperaba que la respuesta de su amiga hubiese sido más generosa, ¡qué diablos!, esperaba que Gabrielle hubiese dicho:¡oh, no, Xena, simplemente exageraba! Pero la bardo parecía estar completamente convencida en sus afirmaciones. – Gracias por tu sinceridad. –dijo una Xena molesta y le dio la espalda a Gabrielle dando por terminada la conversación. – Te has disgustado, sabía que no lo encajarías bien, siempre lo haces cuando se trata de críticas. Xena resopló y volvió a tenderse boca arriba. – De acuerdo. –dijo. –Ya que esta es la hora de la sinceridad y tú pareces más que dispuesta a participar, ¿qué me dices de ti?, porque, lamento tener que recordártelo Gabrielle, pero tu experiencia con los hombres es más bien limitada y hay que hacer mucha memoria para recordar..., para recordarlo. –puntualizó. Gabrielle se mostró decidida a ignorar los comentarios insidiosos de Xena. Sabía que ésta intentaba devolverle la moneda. – A decir verdad nunca me has hablado de ello. – ¿Y por qué tendría que hacerlo? –inquirió Gabby un tanto exasperada. – Porque somos amigas y se supone que no hay secretos entre nosotras..., ¿o sí? Xena la desafiaba, Gabb lo sabía, pero aún así no pudo evitar entrar en el juego. Emitió un suspirito y contestó intentando parecer segura en sí misma. – Fue maravilloso... Xena soltó un bufido a modo de risa irónica. – ¿Comparado con qué? –dijo la guerrera. Gabb la miró con los ojos entrecerrados esperando que su mirada fuera capaz de trasmitir todo el malestar que su amiga le había causado. Como siempre, supuso que ni por asomo lo había conseguido, y la risa de medio lado de Xena lo confirmó. – ¿Insinúas que no lo fue? – No. – Pero no estabas allí, no puedes saberlo. – ¡Por los dioses, Gabrielle! –sacudió la cabeza. –Lo único que digo es que la primera vez nunca es satisfactorio.
  17. 17. – Nunca es una de esas palabras que no debieran de utilizarse bajo ningún concepto. Xena volvió a recostarse, vencida. Después de tanto tiempo debía saber que era imposible discutir con Gabrielle, llevarle la contraria podría originar un agudo dolor de cabeza a quien se atreviera a intentarlo y ella ya empezaba a sentir los primeros síntomas. Notó que Gabrielle se movía hasta quedar cerca de ella y que le pasaba un brazo por la cintura al tiempo que apoyaba su cabeza en el hombro. – Mantis... . –la oyó murmurar Xena antes de que se quedara dormida." – ¡Mira Axis!, ¿está sonriendo? – Eso parece. –dijo Axis observando el rostro pálido y sonriente de una inconsciente Gabrielle. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m sigue -->
  18. 18. sigue -->ción. V Derivas. "Te he pedido demasiada atención y tienes cosas en que pensar, sólo te quería recordar que sin ti yo no soy nadie". ** Después de un día entero de viaje, de cabalgar sin apenas descanso, Xena decidió parar para tomar algo caliente y reposar. Tanto ella como Argo estaban extenuadas. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Dejó a la yegua atada y entró en la taberna del pequeño pueblo. Al instante, distintas cabezas se volvieron para investigar al recién llegado. Ella siguió andando, despacio, sin mirar a nadie en concreto y se sentó en una butaca frente a la barra. Pidió vino en cuanto el tabernero se acercó y éste, sin mediar palabra, le colocó inmediatamente una copa con lo que había pedido. Le dio un trago largo y sintió bajar el alcohol por su garganta casi quemándola. Pronto la audiencia, que hasta entonces le había dedicado su atención, volvió a sus respectivas tareas, cualesquiera que éstas fueran. Xena ya se había acostumbrado a despertar aquel interés, sobre todo porque muchos de ellos la reconocían y recelaban de sus intenciones. Pronto volvieron a sus respectivos asuntos fueran cuales fueran estos, aunque siempre con un ojo dirigido a ella. – Hola... –una vocecilla sonó desde el otro extremo de la barra. La guerrera lo miró. Era un hombre alto aunque delgado en extremo y de barbilla tan afilada como un cuchillo. No era a simple vista llamativo, ni tan siquiera atractivo, aunque había algo en él que lo hacía agradable. Pronto Xena descubrió que era su sonrisa. Él la miraba con evidente fascinación y pareció que la indiferencia que Xena mostró hacia su persona lo alentó y dio unos pasos tentativos para acercarse a ella. Por una vez, la morena dejó que uno de aquellos tipejos de taberna se le acercaran, no se sentía con ánimos de iniciar una pelea que se podría complicar mucho y pensándolo bien, incluso aquel hombre podría darle alguna que otra información. . – No eres de por aquí, ¿verdad? –volvió a preguntar el individuo. – No. – ¿Estás de paso? – Sí. – Y supongo que viajas sola. – Supones bien –fue la escueta respuesta de ella. – Y supongo que no necesitas compañía. Lo miró. – Otra vez has acertado. El hombre rió por lo bajo. Le encantaban las conquistas difíciles y aquella mujer parecía ser muy dura. – Me llamo Celsus. – Xena –dijo ella y mentalmente se hizo una nota con lo siguiente que preguntaría él: "¿la Princesa Guerrera?" No se hizo esperar demasiado. – ¿La Princesa Guerrera? – ¿Acaso hay otra? –fue la insidiosa réplica de la guerrera. Otra risita por parte de él y una vez más volvió a mostrar sus bien alineados dientes. – Las guerrera más famosa de la historia, una auténtica diosa... –la escudriñó de arriba abajo –Y ya veo que no mentían... Debí haberlo imaginado, no conozco a ninguna mujer que vista así ni que se mueva con la agilidad de un gato. – Tampoco yo –dijo seria y tomó el último sorbo de su bebida. Celsus le hizo una seña al tabernero quien inmediatamente volvió a llenar ambas copas de vino. Xena se dejó invitar sin mediar palabra. – ¿Qué buscas por aquí? –preguntó y en su voz se pudo notar un claro tono de interés. – ¿Has oído hablar de Los Salvajes? Xena observó por el rabillo del ojo como él abría los ojos de par en par. – He oído de lo que son capaces y me parece suficiente como para evitar incluso hablar de ello.
  19. 19. – ¿Tan temibles te parecen? – No, simplemente habla mi sentido común. Xena levantó la copa y tomó un largo trago. – ¿Por qué los buscas? – ¿Yo he dicho eso? –preguntó ella. – No creo que estés interesada en comprar o vender esclavos... , ¿me equivoco? –no obtuvo ninguna respuesta por parte de Xena, aún así siguió hablando. –Quizás lo hubiera creído antes, pero no ahora, sé que ya no te dedicas a eso. Lo sabe todo el mundo. – Tienen algo que me pertenece y pienso recuperarlo. –zanjó ella la cuestión. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m – Si es cierto que lo tienen entonces ya no es tuyo. Por primera vez, Xena lo miró con intención de verlo. Él le devolvió la mirada con igual frialdad. – Al menos tendrás un plan. –prosiguió Celsus. – Pareces realmente interesado... – Soy un mercenario y me ofrezco al mejor postor, siempre que la recompensa valga la pena. Yo podría ayudarte... Si tú quisieras... – Dudo mucho que me seas de gran ayuda –soltó ella echándole un vistazo de arriba abajo y menospreciándolo con la mirada. – Sé dónde tienen su campamento... – Eso es algo fácil de averiguar, un ejército de doscientos hombres es difícil de ocultar, ¿no crees? – Cierto, lo que me lleva a una segunda cuestión... ¿Piensas enfrentarte a un ejército así? – No. – Por lo que supongo que tendrás un plan, y ese plan tratará ni más ni menos que en infiltrarte entre ellos sin levantar ningún tipo de sospecha. –tomó un nuevo sorbo de vino. – En realidad aún no tengo ningún plan... –rebatió Xena. – No es cierto. Ella lo miró con una sonrisa de medio lado. En ese mismo instante alguien gritó desde atrás. – ¡CELSUS! Xena se giró al mismo tiempo que su compañero de tertulia. Cinco hombres habían hecho su aparición en la taberna armados con sus respectivas espadas y más que dispuestos a usarlas. La gente comenzó a arremolinarse en una esquina de la sala para evitar entrar en la incipiente riña. – Creo que preguntan por ti. –dijo Xena burlonamente y regresó su atención a la bebida. Celsus le dedicó una mueca de disgusto y se deslizó del taburete. – ¡Melas! –dijo con falsedad en la voz. –¡Qué sorpresa! El aludido rechinó tanto los dientes que se pudo oír el sonido en toda la taberna, que se había quedado muda de repente. – ¡Voy a matarte! –lo amenazó el hombre aún desde la entrada. Xena giró la cabeza hacia Celsus y la movió negativamente. – Creo que va en serio –ironizó ella sobre lo evidente. – Y parece enfadado –indicó Celsus. En ese instante, Melas arremetió contra Celsus, que desenvainó la espada rápidamente y apartó la hoja afilada de la tizona del otro de su cuerpo. Los cuatro restantes hicieron lo propio y atacaron desde diferentes flancos. Celsus repartía sablazos, puñetazos y patadas por doquier, pero una y otra vez los volvía a tener encima. Xena miraba divertida la escena. Un sonoro puñetazo hizo que Celsus cayera sobre la barra. – ¿No vas a ayudarme? – No. – Estupendo... –alcanzó a decir antes de que alguien lo cogiera por detrás y le diera la vuelta. – ¡SUJETADLO! –gritó Melas limpiándose la sangre de la boca con una de sus desgastadas mangas. Celsus se desquitó de dos hombres que intentaban sujetarlo por los brazos dando una voltereta hacia atrás y corrió a buscar su espada que había caído algo lejos desde donde estaba.
  20. 20. – ¡Venid a por mí! –urgió y su espada se clavó en el pecho del primero de los cinco que respondió a su llamada. – ¡CIEN PIEZAS DE ORO PARA EL QUE LO MATE! –vociferó Melas. La recompensa prometida tuvo su efecto y rápidamente algunos hombres que se habían mantenido al margen desenvainaron. Celsus miró a Xena suplicante, sabía que de allí era la única que se mostraría dispuesta a auxiliarlo. – ¿Hoy por ti y mañana por mí? – ¿Cien piezas de oro? Interesante... –fue la respuesta de Xena, e incluso hizo gesto de pensar en ello seriamente. – No lo dirás en serio... V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Xena sonrió y saltó de su asiento, sabía que era hora de intervenir. Comenzó una ardua lucha, Xena junto a Celsus despachó a varios hombres intentando que su espada no se convirtiera en el final de ninguno de ellos. Un hombre alto y fornido decidió enfrentarse a ella. Xena esquivó con destreza todas y cada una de sus tentativas, pero él era muy persistente y sobre todo ágil, tanto que incluso consiguió asestarle un golpe con el pie en el vientre. La morena se dolió de su herida y cayó al suelo. La espada rodó lejos de su alcance, pero a cambio consiguió una botella medio llena. La recogió del suelo y poniéndose en pie de un salto la estrelló contra su cabeza. El hombre pareció marearse por el golpe, pero seguía en pie, así que ella no tuvo más remedio que regalarle un puñetazo en la cara que lo dejó inconsciente y yerto en el suelo. De un salto llegó hasta Melas que parecía esperar a que alguien acabara el trabajo por él y le puso un cuchillo en el cuello. – ¡BASTA! –gritó, y de inmediato la audiencia se concentró en ella –Si lo mato ya no habrá recompensa, ¿queréis morir por nada? Todos parecieron captar el mensaje y tras observar los cuerpos inertes de los que yacían en el suelo decidieron que era mejor acabar aquello. Xena retiró el cuchillo del cuello de Melas y lo guardó. Necesitaba salir de allí, el dolor que la herida le estaba proporcionando casi no la dejaba respirar. Se dio la vuelta dispuesta a irse cuando oyó el silbido de un cuchillo atravesar la estancia, se volvió con rapidez justo para ver como Melas caía muerto a sus pies con una daga incrustada en su espalda. Al llegar al suelo, un puñal se escapó de su mano. Había tratado de matarla por la espalda. Miró a Celsus que se acercaba para recoger su daga. – Creo que ha llegado tu mañana. –dijo el guerrero en tono jocoso. Xena salió de la taberna e inmediatamente sintió el frío aire dándole en la cara. Llegó hasta Argo y se apoyó en ella. "¡Maldita sea!", se dijo al tiempo que llevaba una mano a su vientre. Volvía a sangrar, estaba segura. El esfuerzo de la pelea y el golpe recibido habían sido demasiado para su frágil estado. Descansó la cabeza en la grupa del animal y su mirada se fijó en el morral de Gabrielle. Ni siquiera se había llevado su inseparable bolsa, ni sus escritos. Estiró un brazo y alcanzó a rozar las cintas del morral con la punta de los dedos. – ¿Un gracias será suficiente? No hizo falta que se diera la vuelta para saber que Celsus estaba detrás de ella. – Supongo que sí. Oyó los pasos de él acercándose. – Gracias. Xena asintió. – No tienes buen aspecto. – Tú tampoco. –dijo la guerrera y él supo que se refería a sus múltiples moratones en la cara. – Definitivamente no tienes buen aspecto –resumió nuevamente Celsus y con un movimiento de cabeza le indicó a Xena que mirara hacia abajo. Ella obedeció y agachó la cabeza lo suficiente para observar las líneas de sangre que corrían por sus piernas. – Será mejor que te lleve a un sitio seguro para que puedas echarle un vistazo a eso. –fue la sentencia del hombre. Celsus llevó a Xena hasta un establo y la obligó a echarse sobre una de las balas de heno. Soltó los enganches de su vestido con destreza. – Debo avisarte de que esto no se me da demasiado bien... –anunció el guerrero. – Por ahora no puedo quejarme. Descartó la armadura a un lado y la obligó a elevar la espalda a fin de quitarle el traje de cuero. Seguidamente le subió el fino taje de lino hasta justo debajo de los pechos y descubrió el emplasto, totalmente empadado. Celsus arrugó la nariz al ver la fea cara de la herida.
  21. 21. – ¿Se han saltado los puntos? –preguntó Xena. – No todos. – Bien, habrá que volver a coserlos. – No entiendo como sigues viva. –dijo él a media sonrisa. – Créeme, yo tampoco. Lo hizo reír. Xena apoyó la cabeza sobre el heno y dejó que él le retirara el resto del emplasto. – ¿Un paño limpio y algo de aguardiente será suficiente para desinfectarla? – Supongo que sí. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Él se levantó y fue hacia su caballo. Sacó un botellín transparente de una de las alforjas y volvió junto a Xena. Rasgó una de las mangas de su camisa. – Me debes una buena camisa –la miró al tiempo que empapaba el trozo de tela con el fuerte licor. Xena se retorció cuando sintió el agudo escozor. – ¿Por qué me ayudaste antes en la taberna? – Veinte contra uno me parecía una auténtica canallada... –contestó Xena haciendo una mueca de dolor con la boca. – Sí, también he oído que ahora luchas por la justicia... Aunque sigues siendo igual de temible. – ¿Por qué te buscaba ese hombre? Celsus la miró con su habitual sonrisa. – Un asunto familiar, algo muy sórdido, no querrás saber los detalles... –alegó él. – ¡Oh, sí, ya lo creo! – Cree que seduje a su mujer... – Bueno, ahora puedes hacerlo, la has dejado viuda. – Lo cierto es que tendría que haber dejado esta aldea atrás, en vez de eso, entré en esa taberna, ¿crees en las casualidades? – A decir verdad no. Xena le arrebató la botella y dio un largo trago, el dolor la estaba matando. – ¿Quieres que llame a alguien para que te cosa la herida? – No será necesario, lo haré yo misma. No sería la primera vez. Él admiró la herida que circundaba su estómago. – Quedará cicatriz... – ¿En serio? –se burló ella. Parecía que a los demás les afectaba el hecho de que su estómago quedara marcado. – ¿Siempre eres así? –inquirió Celsus. – ¿Así cómo? "Como una mantis...". – Tan esquiva, parece no importarte nada. – ¿Y si así fuera? – No lo creo. –dijo él a media sonrisa. –A todos nos importa algo, aunque sea lo más banal del mundo. – Tarde o temprano se acaba perdiendo todo lo que se ama –zanjó Xena fríamente aunque no supo por qué su respuesta había sido tan apocalíptica. – Sé que no eres tan pesimista, así que no te esfuerces...Xena lo miró por última vez antes de echarse de nuevo sobre el heno y relajar el cuerpo. Sonreía para sí, aunque evitó que él lo notara. Él siguió curando la herida con sumo cuidado y Xena pensó que tenía un toque especial. * – Puede que simplemente se trate de unas fiebres pasajeras producidas por la humedad y la hambruna. –el curandero terminó de revisar a Gabrielle y la tapó nuevamente con la manta. Axis se encontraba detrás de él, observando cada
  22. 22. movimiento. – ¿Sólo eso? –preguntó. – Sí. –respondió el sanador –Es una muchacha aparentemente sana, lo que me lleva a pensar que su enfermedad debe de ser pasajera. Este brebaje será suficiente para combatir la fiebre –le extendió el oscuro botellín de cristal. A cambio, Axis le entregó unas cuantas monedas que el viejo guardó con avidez en su roído bolsillo. –Si le vuelve a subir la calentura excesivamente sería conveniente que le aplicaras friegas de alcohol. – Lo recordaré. Gracias viejo, siempre me sirves bien –le palmeó un hombro. El anciano salió de la tienda y Axis volvió a quedarse solo con la mujer. Se acercó hasta su cama y se sentó a un lado. Ella parecía haber mejorado e incluso parecía que los delirios la habían abandonado. Hasta esa misma noche anterior lo había despertado con sus continuos rumores inconscientes. Le apartó un rebelde mechón de la frente. Ella pareció notar el leve contacto y ladeó la cabeza incómoda. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m – Pronto estarás bien. –dijo en un susurro. Destapó el frasco e inmediatamente se escapó de él un agrio olor que le hizo arrugar la nariz. – Aunque antes deberás pasar por esto. –resumió al tiempo que le entreabría los labios para dejar escurrir dentro de la boca de ella un poco del espeso contenido. Gabrielle respondió tensando el cuerpo a modo de desagrado, pero pronto volvió a caer rendida. – Eso es, te estás portando muy bien... En ese instante entró Casius. – Axis... – ¿Qué ocurre? – Los mercaderes... , ya han llegado. – Muy bien, diles que estaré con ellos en un instante. Y ordena a alguien que prepare la mercancía. Casius desapareció tras la cortina tan rápido como había aparecido. Axis se levantó de la cama, no sin antes asegurarse de que la enferma estaba bien arropada, y compuso y alisó su camisa antes de salir a recibir a los nuevos invitados. Gabrielle abrió un ojo levemente y miró entre sus pestañas para asegurarse de que estaba sola. Así era. Se levantó con ayuda de los codos y escupió a un lado de la cama el líquido amargo que había mantenido en su boca largo rato. La alfombra pareció absorberlo del todo. – Será una suerte si muero... –dijo en voz baja– Jamás dejaría que me salvaras. Apartó las mantas que la cubrían y se deslizó por el lateral de la cama hasta que las plantas de sus pies tocaron el frío suelo. Se levantó y por un momento pareció que sus rodillas serían incapaces de sostenerla. Inmediatamente su vejiga le avisó con un intenso pinchazo. Buscó con la mirada el bacín, pero no halló rastro de él. "Tal vez debajo de la cama", pensó y se arrodilló con urgencia. Allí estaba. Alargó el brazo y lo atrajo hasta ella. Era un enorme y plateado bacín. Se subió la camisola y se sentó sobre él. Suspiró de alivio cuando comenzó a sentir que la presión en su vientre desaparecía. "¡Maldita sea!", se dijo al notar que la cabeza seguía dándole vueltas y la necesitaba despejada para poder escapar de allí. Estaba segura de que aunque le permitieran estar a solas en la tienda, habría alguien, quizás dos personas, vigilando la entrada. Pensó en lo que haría Xena en su lugar. Miró al techo de la tienda y se dijo que quizás ella ya hubiera hecho un agujero y de un salto escapado por allí. Gabrielle reconoció con pesar que sus saltos apenas le permitían despegar dos palmos del suelo. Terminó de realizar su tarea de evacuación y se irguió. Recogió el bacín y con cuidado lo llevó hasta la tina. Vació el contenido allí, que se mezcló con la poco agua que quedaba al fondo. – Para tu baño. –dijo con rabia. Volvió a meter el recipiente en su sitio debajo de la cama. Su mente le sugirió que tal vez fuera conveniente revisar la estancia, seguramente encontraría algo de utilidad. Lo primero que encontró fueron sus ropas pulcramente dobladas descansando sobre una de las sillas, debajo de la cual se escondían sus botas. Gabrielle pensó en la posibilidad de vestirse, pero se dijo con ironía que era más que probable que no saldría a ningún sitio esa tarde. La tienda de Axis era digna de su cargo. No se podía decir que vivía rodeado de lujo, pero sí con cierta ostentosidad. Los candelabros que sostenían las distintas velas que iluminaban la estancia eran de metal noble. El suelo estaba cubierto casi en su totalidad por alfombras de piel de inmejorable calidad. Numerosos objetos de oro macizo adornaban la superficie de la gran mesa, (seguro que en aquella misma mesa era donde se fraguaban todos sus planes de ataque). Se acercó hasta uno de los estandartes que se posaba hermoso en una de las esquinas. Lo palpó con la mano, delineó con los dedos el trazo del águila. Oyó voces que provenían del exterior y se acercó hacia una de las paredes de lona. Un pequeño orificio le permitió observar cómo sacaban a la gente de aquella enorme jaula y cómo les ponían las cadenas en los pies. Aquella seguramente era la mercancía a la que antes se había referido Axis. Seguramente tendría contactos con mercaderes de todas partes del mundo, así que pensó que su hermana podría estar en cualquier lugar, lejano o no, pero igualmente desconocido.
  23. 23. Reparó en una lanza tallada que pendía de la pared. "Esto puede servir", pensó y trajo una banqueta para alcanzar a descolgarla. Con ayuda de una de las ligas de sus botas ató el pequeño espejo de mano que había visto sobre la mesa al extremo romo de la lanza. Se acercó a la entrada. Echó el cuerpo boca abajo y deslizó el espejo ligeramente por debajo de la cortina levantándola lo suficiente para poder ver por el espejo. Como esperaba, dos hombres vigilaban la tienda y de paso a ella El campamento era inmenso y se perdía más allá de lo que alcanzaba a observar a través del cristal. No había la más mínima posibilidad de que pudiera escapar de allí, al menos no con vida. A decir verdad, tampoco es que le preocupara mucho. Tenía otras muchas cosas en las que pensar, como por ejemplo en Lyla. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Metió de nuevo su improvisado invento y volvió a colocar cada cosa en su sitio. Se sentó sobre la cama. No había nada que pudiera hacer. Se dejó caer de espaldas sobre el colchón. Cerró los ojos intentando concentrarse, intentando mantener la cabeza despejada para pensar, pero como siempre, sólo una cosa se atrevía a asomarse por sus desordenados pensamientos. Sus labios se unieron para formar la primera de las letras de su nombre, pero evitó pronunciarlo, en vez de eso, un intenso ataque de tos la hizo girar de costado. No se sentía nada bien e incluso a veces le costaba respirar. – Estupendo... –Gabrielle dejó escapar un ligero ronroneo de complacencia. –¡más fuerte Xena! –instó. Xena le frotaba la espalda mientras tomaban un baño en un lago. – ¿Está bien así o Su Majestad lo prefiere de otra forma? –dijo Xena con gran carga sarcástica. –Mmm... –contestó Gabrielle ignorándola por completo.– Está pero que muy bien... – De acuerdo. –decidió la guerrera –Mi turno... – ¿Tu turno? –protestó Gabb –¡Pero si apenas llevas cinco minutos! Xena le dio la espalda y relajó los hombros mientras esperaba las manos de Gabrielle, que se acercó murmurando maldiciones por lo bajo. – Empieza por los hombros, hace tiempo que los noto tensos... –dijo Xena apartando el pelo húmedo de su espalda. Gabrielle obedeció sin rechistar esta vez y comenzó a masajear los doloridos hombros de su amiga. Xena echó la cabeza hacia atrás. – Debo admitir que tienes manos mágicas... –murmuró extasiada. –¡Ahí, justo ahí...! – Tienes un buen nudo. –anunció Gabrielle y suspiró en respuesta a sus pensamientos. –En ocasiones echo de menos una buena cama mullida y una almohada blanda y esponjosa, ¿tú no? –Intento no pensar en ello... Gabrielle continuó con el masaje y bajó unos centímetros las yemas de su dedos, justo debajo de los omóplatos. –Supongo que eso sería lo mejor, pero a veces no puedo evitar sentir añoranza de mi antigua cama, y, ¿sabes algo? – ¿Mmmm...? – Lo que más añoro es ese olor a lavanda de las sábanas recién puestas. – ¿Tanto te disgusta dormir en el suelo? – Sabes que no se trata de eso, simplemente creo que deberíamos darle un respiro a nuestras respectivas espaldas y permitir que descansaran de vez en cuando en una buena cama. – Ya lo hacemos... – No te estarás refiriendo a esas posadas de mala muerte a las que me obligas ir, ¿verdad? –cortó Gabby –En esas ocasiones te aseguro que echo de menos el suelo. Xena suspiró. – Míralo por el lado bueno –dijo –. Si tuvieras un buen sitio para dormir sería mucho más difícil, aunque de por sí ya lo es, lograr que te despertaras temprano. Gabrielle sonrió. Xena tenía razón. Tenía que admitir que era una dormilona sin remedio. Sus dedos habían recorrido casi la totalidad de la espalda de Xena, y ahora los mantenía a la altura de la cintura. Gabrielle no supo si fue intencionado o no, lo cierto es que atrapó un poco de carne en la palma de su mano de uno de los costados de la guerrera. Ciertamente aquello no parecía ser un método nuevo para masajes, sino más bien una caricia. Y Gabrielle lo supo en el mismo instante en que sintió que el cuerpo de Xena se estremecía y cómo se erizaba toda su piel. Xena se apartó algo avergonzada. – Voy a salir del agua, empiezo a tener frío –anunció súbitamente. Gabrielle la observó mientras paseaba su desnudez hasta llegar a la orilla. – Xena... –la llamó quedamente. – ¿Qué?

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  • mjsol

    Dec. 2, 2015

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