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Resumen de la Charla: EL PLACER DE DESCUBRIR Y LA REIFICACIÓN INHERENTE A LOS PREMIOS

Este es el resumen de la próxima charla del Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas
Profesor Asociado, Universidad Nacional de Colombia
Miembro de la Sociedad Julio Garavito

El 22 de Octubre de 2016 desde las 11 am hasta la 1 pm en el Auditorio del Planetario de Medellín "Jesús Emilio Ramírez González"

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Resumen de la Charla: EL PLACER DE DESCUBRIR Y LA REIFICACIÓN INHERENTE A LOS PREMIOS

  1. 1. EL PLACER DE DESCUBRIR Y LA REIFICACIÓN INHERENTE A LOS PREMIOS Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas Profesor Asociado, Universidad Nacional de Colombia Miembro de la Sociedad Julio Garavito Con la oportuna y precisa frase “el placer de descubrir”, el celebérrimo Richard Phillips Feynman, uno de los más grandes científicos del siglo XX, estableció con claridad su postura escéptica frente a los premios en ciencia y tecnología. En otras palabras, pese a que Feynman fue un recipiendario del premio Nobel de Física en 1965, junto con Julian Schwinger y Sin-Itiro Tomonaga, en una elocuente entrevista que concedió al respecto, declaró, con su franqueza característica, lo siguiente: “… no sé nada sobre el premio Nobel, no entiendo qué es o para qué sirve, pero si las personas que hay en la Academia sueca deciden que x, y o z gana el premio Nobel, entonces así sea. No quiero tener nada que ver con el premio Nobel… es un grano en el… [risas]. No me gustan los honores. […] Yo ya he tenido mi premio. El premio está en el placer de descubrir, en la excitación del descubrimiento, en observar que otras personas lo utilizan: esas son cosas reales, los honores no son reales para mí. No creo en los honores, eso me fastidia, los honores son las charreteras, los honores son los uniformes. Así es como me educó mi padre. No puedo soportarlo, me duele”. Hasta aquí Feynman, cuyas elocuentes palabras son toda una lección de buena ética científica. La buena ciencia estriba en lo real, no en lo aparente. Figura 1. Richard Phillips Feynman (http://caltech.discoverygarden.ca/islandora/object/ct1%3A10048). Si revisamos con cuidado la Historia, vemos que los premios, en multitud de contextos, han tenido como fin primordial el manejo del poder y las voluntades. Botón de muestra, en el Imperio Bizantino, Isaac Asimov muestra que el propósito del otorgamiento de premios, títulos, canonjías y recompensas
  2. 2. pecuniarias por parte de los emperadores bizantinos era corromper a sus enemigos para así ponerlos de su lado. Es una situación de similar jaez a lo que vemos en el mundo de las historietas. Por ejemplo, con el personaje de Patán, obsesionado con las medallas, cuyo dueño usa bien para tenerlo contento o castigarlo. Por supuesto, el mundo de la ciencia y la tecnología, humano a más no poder, no se escapa a este respecto, salvo por algunas excepciones honrosas. Figura 2. Patán (http://es.warnerbros.wikia.com/wiki/Pat%C3%A1n). El problema de fondo subyacente es la reificación, la sobrecosificación, esto es, concebir una abstracción u objeto como si fuese humano o poseyera vida y habilidades humanas. Como afirma con sensatez Stephen Jay Gould en su primoroso libro La falsa medida del hombre, estamos ante una consecuencia inevitable del doble mito de la objetividad y de la marcha inexorable hacia la verdad, mito que sustenta la mística tecnocientífica. En otras palabras, los premios no garantizan en modo alguno idoneidad, estatura intelectual y ética, calidad humana, etc., etc. Más bien, como decía con tino años atrás un profesor de la Universidad Nacional de Colombia en el seno de una asamblea de profesores, los premios y los reconocimientos de diversa jaez se han convertido hoy por hoy en el sustituto del 90-60-90. Cabe ilustrar esto con lo sucedido en el Haití decimonónico. En 1849, cual imitación hilarante de las monarquías europeas, el general Faustin Soulouque, último emperador haitiano, organizó su corte con su nobleza y sus dignatarios, cuyos títulos incluían denominaciones chocantes como conde del Número Dos, barón del Agujero Sucio, barón de la Jeringa, conde de la Limonada y duque de la Mermelada. Sin ir más lejos, es el nefasto síndrome de visibilidad.
  3. 3. Figura 3. Faustin Soulouque (https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/3d/Faustin_I.jpg). Decía con sabiduría don Santiago Ramón y Cajal, máxima gloria científica por antonomasia del mundo hispano: “Preciso es convenir en que la gloria personal más brillante y ruidosa acaba siempre en el anónimo. […] Nada demuestra mejor la vanidad de la gloria que las inscripciones del pavimento de nuestras viejas catedrales. He aquí un personaje medieval que se propuso perpetuar su nombre y sus hechos cívicos o guerreros grabándolos en duro mármol; mas las pisadas de las nuevas generaciones, desgastando la lápida, borraron el epitafio. ¿Quién fue? Nadie lo sabe. Igual suerte espera a la inmensa mayoría de literatos, artistas y científicos. El ir y venir de las futuras generaciones acabará por borrar las huellas de la obra realizada y el recuerdo del constructor”. Por su parte, José Carlos Mainer contextualiza en forma sucinta el premio Nobel: “La concesión del premio Nobel es, incluso a la fecha de hoy, la más auténtica canonización del sabio, con un alcance popular único. Y con una significación patriótica que subraya, de nuevo, esa dimensión nacional (y nacionalista) de la ciencia moderna, en parámetros muy cercanos a los que —en aquellas fechas de comienzos del siglo XX— ofrecía el ranking internacional de las flotas de guerra o el que, no mucho después, tuvo el deporte de competición”. En otras palabras, los premios, como el poderío militar, pretenden mostrar, en algún grado, cuáles son las vacas que más hierba comen, más boñiga esparcen y más alambradas tumban. Ante todo, recordemos lo dicho en forma atinada y sabia por Feynman: el mayor y mejor premio que debe esperar el buen científico es el placer de descubrir. Todo lo demás son charreteras y uniformes, meras apariencias. Fuente: Sierra Cuartas, Carlos Eduardo de Jesús. (2016). Cajal y el síndrome de visibilidad. En: Revista Comarca (Asociación Promoción Integral de Ayerbe y Comarca), Nº 90, pp. 30-33.

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