Gossip girl you know you love me

2,605 views

Published on

Published in: Entertainment & Humor
0 Comments
3 Likes
Statistics
Notes
  • Be the first to comment

No Downloads
Views
Total views
2,605
On SlideShare
0
From Embeds
0
Number of Embeds
2
Actions
Shares
0
Downloads
56
Comments
0
Likes
3
Embeds 0
No embeds

No notes for slide

Gossip girl you know you love me

  1. 1. TÚ SABES QUE ME ADORAS Cecily von Ziegesar Traducido por Mary Solari y Patricia Lightowler-Stahlberg
  2. 2. CosasdeChicas.net temas anterior siguiente • envía una pregunta respuestaTodos los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir, a mí. ¡Qué hay, gente! Bienvenidos al Upper East Side de Nueva York, don- de mis amigos y yo vivimos en enormes y fabulosos pisos y vamos a exclusivos colegios de pago. No siempre somos la mejor gente del mundo, pero lo compensamos porque somos guapos y tenemos buen gusto. Se aproxima el invierno. Es la estación favorita de la ciudad, y la mía también. Los chicos van a Central Park a jugar al fútbol o hacer lo que hagan los chicos en esta época del año y acaban con trocitos de hojas secas en el pelo y en el jersey. ¡Y las mejillas sonrojadas! ¡No hay nada más irresistible! Es hora de sacar las tarjetas de crédito y pasarse por Bendels y Barneys a comprar unas botas chulas, medias de red, falditas cortas de lana y deliciosos jerséis de cash- mer. La ciudad se siente un poco más chispeante en esta época del año y nosotros no queremos quedarnos atrás. Desgraciadamente, también es la época de rellenar nuestras solicitudes para la universidad. La gente que pertenece a nuestras familias y colegios tiene, sin lugar a otra opción, que entrar en las universidades de la Ivy League , las más prestigiosas del país, y no hacerlo sería 1 una vergüenza. Hay una gran presión, pero me niego a dejarme hundir por ella. Este es el último curso del colegio y vamos a disfrutarlo a tope, además de entrar 4
  3. 3. en la universidad que elijamos. Tenemos la sangre másazul de la Costa Este, estoy segura de que podremosencontrar la forma de ir a misa y repicar las campanas ala vez, como siempre lo hemos hecho. Conozco a un grupo de chicas que tampoco se deja-rá hundir por la presión... Visto por ahí B con su padre, comprando gafas de sol en el G u c c ide la Quinta Avenida. Como él no podía decidirse entrelas de cristales color rosa y las azul bebé, se compró lasdos. ¡No puede negar que es gayl N y sus colegas enBarnes & Noble, en la Ochenta y Seis con Lexington,buscando las mejores fiestas de cada universidad en LaGuía de la Información Privilegiada sobre las Universida-des. S haciéndose una limpieza de cutis en el Aveda delcentro. Y D, mirando soñador a los patinadores delRockefeller Center y escribiendo en una libreta. Unpoema sobre S, seguramente, ¡qué romántico es! Ade-más, B, depilándose las ingles en el J. Sisters Salón.Poniéndose guapa para... 1 Por si te quieres apuntar, aquí están. Se las llama la "Ivy League",la liga de la hiedra, probablemente porque sus edificios son de ladrillo vis-to recubierto de hiedra en algunos casos. • Brown University • Columbia University • Cornell University • Dartmouth College • Harvard University • University of Pennsylvania • Princeton University • Yak University 5
  4. 4. ¿ESTÁ B R E A L M E N T E P R E P A R A D A P A R AD A R E L S I G U I E N T E PASO? Lleva hablando de ello desde que acabó el verano yNy ella volvieron de las vacaciones. Luego se presentóS y los ojos de N comenzaron a mirar hacia otro sitio,por lo que B decidió castigarlo haciéndolo esperar.Pero ahora S tiene a D y N ha prometido serle fiel a B.Ya es hora. Después de todo, nadie quiere llegar a la universidadsiendo todavía virgen. Seguiré los acontecimientos con atención. Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla 6
  5. 5. Alguien va a misa, pero no pueden repicar las campanas - P o r Blair, mi Bear -dijo el señor Harold Waldorf, 1Esq. Elevó su copa de champán para chocarla contra lade Blair-. Sigues siendo mi pequeñina, aunque llevespantalones de cuero y tengas un novio cachas -le diri-gió una refulgente sonrisa a Nate Archibald, que se sen-taba junto a Blair ante la pequeña mesa del restaurante.El señor Waldorf había elegido Le Giraffe para aquellacena especial porque era pequeño e íntimo, estaba demoda, la comida era fabulosa y todos los camarerostenían un acento francés de lo más sexy. Blair Waldorf metió la mano bajo el mantel y leapretó la rodilla a Nate. La luz de las velas la estabaponiendo cachonda. "Si papá supiese lo que vamos ahacer después de esto", pensó como flotando. Chocó sucopa contra la de su padre y tomó un gran trago dechampán. -Gracias, papá -dijo-. Gracias por venir hasta aquísólo para visitarme. El señor Waldorf dejó su copa y se secó los labioscon unos golpecitos de la servilleta. Tenía las uñas bri-llantes y perfectamente arregladas. - O h , no he venido por ti, querida. He venido parafardar. —Poniendo la cabeza de lado, frunció los labioscomo una modelo que posa para una foto-. ¿No estoyguapísimo? 2 Oso. Aquí es un término cariñoso, como si el padre la llamase: miosito de peluche. 7
  6. 6. Blair le clavó las uñas en la rodilla a Nate. Tenía quereconocer que su padre estaba guapísimo. Había perdi-do unos diez kilos, estaba moreno, vestía una ropafrancesa divina, y parecía feliz y relajado. Sin embargo,se alegró de que él dejase a su novio en su chateau deFrancia. Todavía no estaba preparada para verle hacien-do demostraciones de afecto en público a otro hombre,por muy guapo que estuviese. - ¿ P o d e m o s pedir? -dijo, cogiendo la carta. - Y o voy a tomar carne -anunció Nate. Le daba unpoco igual qué comer. Lo que quería era que la comidase acabase pronto. No porque le molestase salir con elprovocador padre de Blair: era bastante divertido ver logay que se había vuelto. Pero Nate estaba ansioso por ira la casa de Blair. Finalmente, ella había accedido ahacerlo. Y ya era hora. - Y o también -dijo Blair, cerrando su carta sin mirarlaapenas-. Carne -no tenía intención de comer mucho,aquella noche no. Nate le había jurado que ya no existíanada entre él y Serena van der Woodsen, su compañe-ra de clase y ex amiga íntima. Estaba dispuesto a dedi-carse a Blair de lleno. A ella le daba igual si era carne,mejillones, sesos o lo que fuese, ¡por fin iba a perder suvirginidad! -Y yo también -dijo su padre-. Trois steaks au poivre-le dijo al camarero con perfecto acento francés-. Y elnombre de la persona que le corta el pelo. Tiene uncorte divino. A Blair se le subieron los colores. Cogió un colín de lacesta y lo mordió. La voz y el amaneramiento de su padreeran completamente diferentes de los que tenía hacíanueve meses. Antes era un abogado conservador y trajea-
  7. 7. do, siempre alerta y pulcro. Respetable. Ahora estabatotalmente afeminado, con aquellas cejas depiladas y lacamisa color lavanda a juego con los calcetines. La hacíamorirse de vergüenza. Después de todo, era su padre. El año anterior, la salida del armario del padre deBlair y su subsiguiente divorcio habían sido la comidi-lla de toda la ciudad. Ahora casi todos lo habían supe-rado y el señor Waldorf podía mostrar su guapo rostrodonde quisiese. Pero ello no quería decir que los otroscomensales de Le Giraffe no estuviesen prestándoleatención. Desde luego que lo estaban. - ¿ H a s visto sus calcetines? -una heredera entrada enaños le susurró a su aburrido esposo-. A rombos lilas ygrises. - ¿ N o te parece que se ha puesto demasiados potin-gues en el pelo? Pero ¿quién se cree que es, Brad Pitt?-le preguntó un famoso abogado a su mujer. - S u figura es mejor que la de su ex mujer, estoy segu-ro - c o m e n t ó uno de los camareros. Para todos era muy divertido, excepto para Blair. Porsupuesto que quería que su padre fuese feliz, y no habíaproblema con que fuese gay, pero, ¿era necesario quemostrase tanto el plumero? Blair vio por la ventana las luces de la calle parpadean-do en el fresco aire otoñal. Columnas de humo se eleva-ban de las chimeneas de las lujosas casas de la acera deenfrente, en la Sesenta y Cinco. Por fin llegaron sus ensaladas. - ¿ Q u é has decidido entonces, sigues pensando enYale para el año que viene? -dijo el señor Waldorf, pin-chando un trozo de endibia-. Allí es donde quieres ir,¿verdad, Bear? ¿A mi vieja alma mater?
  8. 8. Blair dejó el tenedor de la ensalada y se apoyó en elrespaldo de la silla, dirigiendo a su padre sus bonitosojos azules. -¿Adonde más podría ir? -dijo, como si Yale fuese laúnica universidad del planeta. Blair no podía comprender cómo alguien podía soli-citar admisión en seis o siete universidades, algunas deellas malísimas. Ella era una de las mejores alumnas delúltimo curso del Colegio Constance Billard para Niñas,un pequeño y elitista colegio de pago para chicas en lacalle Noventa y Tres Este. Todas las chicas del Cons-tance irían a buenas universidades. Pero Blair nunca secontentaba con algo que fuese sólo bueno. Tenía quetener lo mejor de todo, sin concesiones. Y la mejor uni-versidad, en su opinión, era Yale. -Entonces, supongo que esas otras universidadescomo Harvard y Cornell - r i ó su padre- tendrían quemandarte cartas de disculpa por atreverse a insinuarque estudies en ellas, ¿no? Blair se encogió de hombros y se miró las uñasrecién arregladas. -Quiero ir a Yale, eso es todo. Su padre le dirigió una mirada a Nate, pero Natebuscaba algo de beber. Odiaba el champán. Lo querealmente quería era una cerveza, aunque nunca pare-cía apropiado pedir una en un sitio como Le Giraffe.Montaban el numerito de traerte un vaso helado y lue-go te servían la Heineken como su fuese algo especial,cuando en realidad era la misma mierda que tomabas encualquier partido de baloncesto. - ¿ Y tú, Nate? - p r e g u n t ó el señor Waldorf-. ¿Adon-de piensas ir?
  9. 9. Blair ya se sentía nerviosa por la cuestión de perder suvirginidad, y aquella charla sobre la universidad sólo con-seguía empeorar las cosas. Empujó su silla y se puso de piepara ir al cuarto de baño. Sabía que era repugnante y quetenía que dejar de hacerlo, pero cada vez que se sentíanerviosa, se provocaba el vómito. Era su único vicio. En realidad, no es precisamente cierto, pero dejemoseso para más tarde. -Nate irá a Yale conmigo -le dijo a su padre. Luego,se dio la vuelta y se alejó con paso confiado por el res-taurante. Nate la vio marcharse. Estaba guapísima con su topnuevo de seda negra que le dejaba la espalda al aire, consu oscuro cabello liso cayéndole entre los omóplatosdesnudos y los pantalones de cuero ajustándole lascaderas. Tenía aspecto de haberlo hecho muchísimasveces. Los pantalones de cuero suelen dar esa sensación. -¿Así que tú también vas a Yale? -dijo el señor W a l -dorf cuando Blair se marchó. Nate miró su copa de champán con el ceño frunci-do. Tenía unos deseos enormes de tomarse una cerveza.Y tenía unas dudas enormes de que lo admitiesen enYale. U n o no puede levantarse, fumarse un peta, hacerun examen de cálculo y pretender entrar en Yale, esalgo imposible. Y aquello era lo que él había estadohaciendo últimamente. Y mucho. -A mí me gustaría ir a Yale -dijo-, pero creo queBlair va a tener un disgusto. Me refiero a que mis notasdejan mucho que desear. -Entre tú y yo -dijo el señor Waldorf, haciendo unguiño-, creo que Blair es un poco dura con las demás 11
  10. 10. universidades del país. Nadie dice que tengas que ir aYale. Hay muchas otras universidades. - S í -asintió Nate con la cabeza-. Brown parece guay.Tengo una entrevista allí la semana que viene -dijo-.Aunque también allí resultará difícil. En el último exa-men de matemáticas saqué un aprobado apenas, y esoque no estoy haciendo el Programa Avanzado -recono-ció-. Blair ni siquiera considera a Brown una universi-dad, ¿sabe? Porque piden menos nota y eso. -Blair es tremendamente exigente -dijo el señorWaldorf. Bebió su champán con el dedo meñique tie-so-. Se parece a mí. Nate miró de reojo a los demás clientes del restau-rante. Se preguntó si creerían que el señor Waldorf y éleran pareja. Para acallar semejantes especulaciones, seestiró de los puños y carraspeó de forma muy viril. Blairle había regalado el jersey el año anterior y él se lo habíapuesto varias veces recientemente para que no creyeraque deseaba romper con ella o engañarla o hacer algu-na de esas cosas que la preocupaban. - N o sé -dijo, cogiendo un panecillo de la cesta. Lopartió con violencia-. Sería guay tomarme un año sabá-tico e irme a navegar con mi padre, ¿sabe? Nate no comprendía por qué uno tenía que trazartoda su vida a los diecisiete años. Habría tiempo desobra para seguir estudiando después de tomarse unaño o dos para ir a navegar por el Caribe o ir a esquiara Chile. Y, sin embargo, todos sus compañeros delColegio St. Judes para Varones planeaban ir directa-mente a la universidad y luego hacer un posgrado.Nate opinaba que estaban entregando su vida sin pen-sar realmente en lo que querían hacer. Por ejemplo, a12
  11. 11. él le encantaba el ruido que hacía el frío Atlántico alchocar contra la proa de su barco y deshacerse en espu-ma. Le encantaba la sensación del sol caliente en suespalda cuando izaba las velas. Le encantaba la formaen que el sol lanzaba un relámpago verde antes de hun-dirse en el océano. Nate se imaginaba que habríamuchas cosas por el estilo en el mundo y quería expe-rimentarlas todas. Mientras ello no requiriese mucho esfuerzo. No se ledaba bien hacer esfuerzos. -Pues a Blair no le sentará nada bien enterarse deque piensas tomarte un tiempo -dijo el señor Waldorfcon una risilla ahogada-. Supuestamente, iréis a Yalejuntos y os casaréis y seréis felices y comeréis perdices. Nate siguió a Blair con la mirada cuando ésta volviócon la cabeza alta. Todos los demás clientes la mirarontambién. No era la mejor vestida, la más delgada o lamás alta del restaurante, pero parecía brillar un poqui-to más que el resto. Y lo sabía. Llegaron los filetes y Blair atacó el suyo, bajándolocon grandes tragos de champán y montones de puréde patatas con mantequilla. Observó la forma tan sexyen que le latía a Nate la sien cuando masticaba. Noveía el momento de marcharse de allí. No veía elmomento de hacerlo con el chico con el que planeabapasar el resto de su vida. ¿Podía haber algo mejor queeso? Nate no pudo evitar darse cuenta de la forma tanexaltada en que Blair blandía el cuchillo. Cortaba la car-ne en grandes trozos y los masticaba ferozmente. Lehizo preguntarse si ella sería igual de apasionada en lacama. Habían tonteado bastante, pero él siempre había 13
  12. 12. sido quien tomaba la delantera. Blair siempre se queda-ba quieta, haciendo todos los ruidos que las chicashacen en las pelis, mientras él la acariciaba. Pero estanoche Blair parecía más impaciente, más hambrienta. Por supuesto que estaba hambrienta. Acababa devomitar. - N o te sirven comida como ésta en Yale, Bear -ledijo el señor Waldorf a su hija-. Comerás pizza y ham-burguesas con patatas en el colegio mayor, con todo elmundo. Blair arrugó la nariz. No había comido hamburgue-sas con patatas en su vida. - ¡ Q u é va! -dijo-. Además, Nate y yo no viviremosen un colegio mayor. Vamos a tener nuestra propia casa-le acarició el tobillo a Nate con la puntera de la bota-.Aprenderé a cocinar. - ¡ Q u é suerte tienes! -le dijo el señor Waldorf aNate, arqueando las cejas. Nate sonrió y lamió el puré de su tenedor. No iba adecirle a Blair que el pequeño sueño de que ambosviviesen juntos en un apartamento fuera del campus enNew Haven era más absurdo que la idea de que ellacomiese hamburguesas con patatas. No quería decirnada que la alterase. -Calla, papá -dijo Blair. Les retiraron los platos. Impaciente, Blair giró una yotra vez la pequeña sortija con el rubí de su dedo meñi-que. Rechazó con un movimiento de cabeza el café y elpostre y se puso de pie para dirigirse al cuarto de bañode señoras nuevamente. Dos veces durante una mismacomida era una exageración, incluso para ella, peroestaba tan nerviosa que no podía evitarlo.14
  13. 13. Gracias a Dios que Le Giraffe tenía unos cuartos debaño tan agradables. Cuando Blair salió, todos los camareros aparecieronen fila por la puerta de la cocina. El maitre llevaba unatarta decorada con velitas titilantes. Dieciocho, porquehabía una extra para desear buena suerte. O h , Madre Santa. Blair volvió a la mesa taconeando sus altísimas botasde fina puntera y se sentó, lanzándole una mirada furio-sa a su padre. ¿Por qué tenía que montar el número?Faltaban tres putas semanas para que fuese su cumple-años. Se bebió otra copa de champán de un trago. Los camareros y los cocineros rodearon la mesa. -¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz...! Blair le cogió la mano a Nate y se la apretó con fuerza. - ¡ H a z que paren! -susurró. Pero Nate se quedó allí, sonriente como un gilipo-llas. Le gustaba cuando Blair se sentía avergonzada. Nole sucedía normalmente. Su padre fue más comprensivo. Cuando se dio cuen-ta de lo incómoda que se encontraba, aceleró el ritmo yacabó la canción rápidamente. Los empleados del restaurante aplaudieron cortes-mente y volvieron al trabajo. - S é que es un poco pronto -dijo el señor Waldorf,disculpándose-. Pero tengo que marcharme mañana ylos diecisiete son un cumpleaños muy importante. Nocreía que te fuese a molestar. ¿Molestar? A nadie le gusta que le canten en públi-co. A nadie. En silencio, Blair sopló las velitas y examinó la tarta.Estaba decorada de forma muy elaborada, con una 15
  14. 14. Quinta Avenida de azúcar y zapatitos de tacón de maza-pán pasando frente a H e n r i Bendel, su tienda favorita.Era una exquisitez. -Esto es para ti, que te fascinan tanto los zapatos-dijo su padre, esbozando una sonrisa radiante. Sacó unpaquete envuelto para regalo de bajo la mesa y se lo dioa Blair. Blair sacudió la caja, reconociendo por experiencia elsonido hueco que hace un par de zapatos nuevos cuan-do uno los sacude dentro de su caja. Arrancó el papel.M A N O L O B L A H N I K , ponía en grandes letras en latapa de la caja. Blair contuvo el aliento y levantó la tapa.Dentro había un par de maravillosos zapatos hechos amano, de piel color peltre con adorables taconcitos. Tres fabulous. -Te los compré en París -dijo el señor Waldorf-.Son de edición limitada. Seguro que eres la única quelos tiene en toda la ciudad. -Son fantásticos -exclamó Blair. Se puso de pie y rodeó la mesa para abrazar a supadre. Los zapatos compensaban que la hubiese humi-llado en público. No sólo eran ultraguapos, sino que,además, eran exactamente lo que se pondría más tarde,cuando se acostase con Nate. Lo único que se pondría. ¡Gracias, papá! 16
  15. 15. Para qué sirven de verdad las escalinatas del Museo Metropolitano de Arte -Sentémonos en el fondo -dijo Serena van derWoodsen a Daniel Humphrey cuando entró en el largolocal de Serendipity 3, en la calle Sesenta Este. La vie-ja hamburguesería estaba a rebosar de padres que lleva-ban a sus niños a comer la noche libre de la niñera. Elaire vibraba con los chillidos de los niños, mientras can-sadas camareras se afanaban con enormes copas de hela-do, chocolate caliente helado y perritos extralargos. Dan había planeado ir a algún sitio más románticocon Serena, que fuese tranquilo y con luz tenue. Unsitio donde se pudiesen tomar de las manos y hablar yconocerse sin que les interrumpiesen padres enfadadosque regañaban a niñitos de engañosa apariencia angeli-cal vestidos en Brooks Brothers. Pero Serena habíaquerido ir allí. Quizá ella tenía antojo de helado, o quizá sus expec-tativas no eran las mismas que las de él. - ¿ N o es genial? - e x c l a m ó ella, entusiasmada-.Mi hermano E r i k y yo siempre veníamos una vezpor semana y comíamos la copa de menta - c o g i ó unacarta y la e s t u d i ó - . Sigue siendo el mismo. Me en-canta. Dan sonrió y se apartó el desparejo flequillo de losojos. La verdad era que le daba igual donde estaba,mientras estuviese con ella. 3 El East Side es el lado más pijo de Nueva York, donde viven losmillonarios como Serena. El Upper West Side es más intelectual, dondeestán los artistas, actores y escritores, como el padre de Dan. 17
  16. 16. Dan era del West Side y Serena del East Side . Él 3vivía con su padre, que se autodefinía como un intelec-tual y era editor de poetas poco conocidos de la genera-ción Beat, y su hermanita, Jenny, que estaba en novenodel Constance Billard, la misma escuela donde iba Sere-na. Vivían en un cochambroso piso del Upper West Sideque no había sido reformado desde 1940. La única per-sona que hacía limpieza de vez en cuando era su enormegato, Marx, un experto en matar y comer cucarachas.Serena vivía con sus padres, unos millonarios que perte-necían a todos los consejos de las grandes institucionesde la ciudad, en un enorme ático decorado por un famo-so decorador, con vistas al Museo Metropolitano deArte y a Central Park. Tenía una criada y una cocinera aquienes les podía pedir que le hiciesen una tarta o lehiciesen un capuchino en cualquier momento. Enton-ces, ¿qué hacía ella con Dan? Sus vidas se habían cruzado hacía pocas semanas, alhacer una prueba para una película dirigida por la ami-ga de Dan y compañera de clase de Serena, VanessaAbrams. Serena no consiguió el papel, y Dan casi per-dió las esperanzas de volverla a ver, pero se habíanreencontrado en un bar de Brooklyn. Se habían visto yhablado por teléfono un par de veces desde entonces,pero ésta era su primera cita. Serena había vuelto a la ciudad el mes pasado,cuando la echaron del internado. Al principio, se sin-tió feliz de haber vuelto, pero luego descubrió queBlair Waldorf y todos sus otros amigos habían decidi-do pasar de ella. Serena todavía no sabía qué habíahecho tan terrible. Cierto era que no se había mante-nido en contacto con nadie y que quizá se había jacta-18
  17. 17. do un poco sobre lo mucho que se había divertido enEuropa durante las vacaciones. Tanto, que no habíavuelto a tiempo para el primer día de clase en la Acade-mia Hanover de N e w Hampshire. El colegio se habíanegado a readmitirla. Su antiguo colegio, el Constance Billard, era máscomprensivo, aunque las chicas no. Serena ya no teníani un solo amigo en Nueva York, así que le había cau-sado mucha ilusión conocer a Dan. Era divertido cono-cer a alguien tan diferente de ella. Dan quería pellizcarse cada vez que miraba los oscu-ros ojos azules de Serena. Estaba enamorado desde laprimera vez que posó la mirada sobre ella, en una fies-ta en noveno curso, y tenía la esperanza de que ahora,dos años y medio más tarde, ella también se enamora-se de él. -Pidamos las copas más grandes de la carta -dijoSerena-. Podemos intercambiarlas cuando hayamoscomido la mitad para no aburrirnos. Ella pidió la copa triple de menta con extra de salsade chocolate y él pidió un banana split de café. Dancomía cualquier cosa que tuviese café. O tabaco. - ¿ Q u é tal? -dijo Serena, señalando el libro que aso-maba por el bolsillo del abrigo de él-, ¿es bueno? El libro era Sin salida de Jean Paul Sartre, un relatoexistencialista de inadaptados en el purgatorio. - S í . Es, no sé, divertido y deprimente -dijo D a n - .Pero tiene muchas cosas que son verdad, supongo. ;De que va: - E l infierno, ¡Anda hombre! -exclamó Serena riendo-. ;Siem-pre lees libros así? 19
  18. 18. Dan sacó un cubito de hielo de su vaso de agua y selo metió en la boca. -¿Así cómo? -Pues, no sé, sobre el infierno -dijo ella. - N o , siempre no -dijo él. Acababa de terminar deleer Las desventuras del joven Werther, que iba de amor. Ydel infierno. A Dan le gustaba considerarse un alma atormentada.Prefería las novelas, obras de teatro y libros de poesíaque revelaban el trágico absurdo de la vida. Eran lacompañía perfecta del café y el tabaco. -A mí me cuesta trabajo leer -confesó Serena. Llegaron sus copas. Apenas si se podían ver por enci-ma de las montañas de helado. Serena hundió la largacucharilla en la copa y sacó un trozo enorme. A Dan lemaravilló el largo y delgado ángulo de su muñeca, eltenso músculo de su brazo, el dorado brillo de su cabe-llo rubio platino. Ella estaba a punto de ponerse las botas con unacopa de helado que daba asco de lo grande que era,pero para él era una diosa. - M e refiero a que puedo leer, obviamente -continuóSerena-, lo único es que tengo dificultad en concentrarme.Se me va la olla y pienso en lo que haré por la noche, o enalgo que necesito comprar, o en algo gracioso que sucedióhace un año o cualquiera de esas cosas -tragó la cucharadade helado y miró los comprensivos ojos de Dan-. No ten-go capacidad de concentración -dijo con tristeza. Aquello era lo que más le gustaba a Dan de Serena.Tenía la habilidad de estar triste y feliz a la vez. Eracomo un ángel solitario, flotando encima de la superfi-cie de la tierra, riéndose regocijada porque podía volar,20
  19. 19. pero llorando porque se sentía sola. Serena convertíatodo lo ordinario en extraordinario. Las manos de Dan temblaron al cortar la punta delplátano bañado en chocolate con la cuchara. Masticó ensilencio. Deseaba decirle a Serena que él le leería. Queél haría lo que fuese por ella. El helado de café se derri-tió y chorreó por el borde de su copa. Dan intentó queel corazón no se le escapase del pecho. - E l año pasado tuve un profesor genial de Inglés enRiverside -dijo cuando recobró el control-. Decía quela mejor forma de recordar lo que lees, es leer un pococada vez. Saborear las palabras. A Serena le encantaba la forma de hablar de Dan. Suforma de decir las cosas le producía deseos de recordar-las. Sonrió y se pasó la lengua por los labios. -Saborear las palabras -repitió, y sus labios se curva-ron en una sonrisa. Dan tragó un trozo de su plátano sin masticarlo ycogió su vaso de agua. Dios, era hermosa. -Seguro que tú eres, no sé, de sacar todo sobresa-lientes y has presentado tu solicitud a Harvard por ade-lantado, ¿a que sí? -dijo Serena. Cogió un trozo debastón de menta y lo chupó. - ¡ Q u é va! -dijo Dan-. No tengo ni idea. O sea, sí quequiero ir a algún sitio que me ofrezca un buen programade escritura, pero todavía no sé dónde. El asesor del cole-gio me dio una lista larguísima y tengo todos los foñetosde las universidades, pero aún no sé lo que voy a hacer. -Yo tampoco. Pero seguramente iré a visitar Brownpronto -dijo Serena-. Mi hermano está allí. ¿Quieres venir? Dan ahondó en la profundidad de los ojos femeninos,intentando darse cuenta si ella sentía tanta pasión por él 21
  20. 20. como la que él sentía por ella. Cuando ella dijo "¿Quieresvenir?", ¿quería decir en realidad: "Pasemos el fin de sema-na juntos, tomados de la mano, mirándonos a los ojos ybesándonos durante horas", o quería decir: "Vayamos jun-tos porque estaría bien y sería divertido que me acompaña-se un amigo"? No podía negarse fuese lo que fuese. Lehabría dado igual que ella dijese Brown o Universidad dePerdedores de Imbecilandia. Serena lo había invitado a ir yla respuesta era sí. Iría a donde fuese con ella. - B r o w n -dijo, como si estuviese reflexionando-. Sesupone que tienen un buen programa de escritura allí. Serena sonrió, peinándose el largo cabello rubio conlos dedos. -Entonces, ven conmigo. Iría, claro que iría. Se encogió de hombros. -Se lo diré a mi padre -dijo, simulando indiferencia.No se atrevía a mostrarle a Serena que por dentro esta-ba saltando y corriendo en círculos como un cachorri-llo emocionado. Le dio miedo asustarla. - D e acuerdo, ¿preparado? Cambiemos -dijo Serena,empujando su copa hacia Dan. Cambiaron las copas y cada uno probó el helado delotro. En cuanto las papilas gustativas registraron losnuevos sabores, sus rostros se contorsionaron en sendasmuecas de asco y ambos sacaron la lengua. La menta yel café no casaban. Dan esperaba que aquello no fueseuna señal. Serena recobró su copa y clavó la cucharilla paraemprender la última etapa. Dan tomó un par de cucharadas más y dejó la cucharilla. -¡Madre de Dios! -dijo, apoyándose en le respaldo ycogiéndose el estómago-. Ganas tú.22
  21. 21. La copa de ella estaba medio llena, pero Serena dejóla cucharilla también y se desabrochó el botón de losvaqueros. -Estamos empatados -dijo, con una risilla. -¿Quieres que demos un paseo? -propuso Dan.Cruzó los dedos de las manos y de los pies y los apretótan fuerte que se le pusieron azules. -Genial -dijo Serena. La Sesenta estaba silenciosa para ser viernes. Se diri-gieron hacia el Oeste, hacia Central Park. En Madison sedetuvieron en Barneys y miraron el escaparate. Todavíaquedaba alguna gente tras los mostradores de la secciónde cosméticos, preparándolo todo para el aluvión decompradores del sábado por la mañana. - N o sé lo que haría sin Barneys -suspiró Serena,como si la tienda le hubiese salvado la vida. Dan sólo había estado en los famosos almacenes unavez en su vida. Se había dejado llevar por su imaginacióny se había comprado allí un esmoquin de marca carísimocon la tarjeta de crédito de su padre, fantaseando que selo pondría para bailar con Serena en una fiesta de postín.Pero luego había vuelto a la realidad. Odiaba las fiestasde postín, y hasta hacía dos días había pensado que Sere-na nunca cruzaría ni dos palabras con él. Así que habíadevuelto el esmoquin. Ahora sonrió al recordarlo. Serena había cruzado másde dos palabras con él, desde luego. Le había invitado apasar el fin de semana con ella. Se estaban enamorando.Quizá acabasen yendo a la misma universidad y pasandoel resto de la vida juntos. 23
  22. 22. Cuidado, Dan, que la imaginación se te ha desatadonuevamente. En la Quinta Avenida, cerca de la esquina del par-que, subieron hacia el centro, en dirección al PierreHotel, donde los dos habían ido a un baile formal enel décimo curso. Dan recordó haber contemplado aSerena, deseando conocerla, mientras ella reía consus amigos alrededor de una mesa. E l l a llevaba unvestido verde sin tirantes que le daba a su pelo rubioreflejos iridiscentes. Estaba enamorado de ella desdeentonces. Pasaron frente a la consulta del ortodoncista deSerena y de la vieja mansión Frick, que ahora era unmuseo. Dan deseó entrar y besar a Serena sobre una delas hermosas camas antiguas del interior. Quería vivirallí con ella, como refugiados en el paraíso. Siguieron caminando por la Quinta Avenida, másallá del edificio de Blair Waldorf, en la calle Setenta yDos. Serena elevó la vista. Conocía a Blair desde primergrado y había ido al piso de los Waldorf cientos deveces, pero ahora ya no era bien recibida allí. Serena sabía que ella tenía parte de la culpa. Lo quehabía molestado a Blair más que nada no era solamen-te que Serena hubiese perdido el contacto con su anti-guo grupo de Nueva York , ni que estuviese de fiesta enfiesta en Europa mientras los padres de Blair se divor-ciaban. Lo que realmente había avinagrado su amistadera que Serena y Nate se hubiesen acostado juntos elverano anterior a que Serena se fuese al internado. Habían pasado casi dos años y Serena sentía como siaquello le hubiese pasado a otra chica en una vida total-mente distinta. Serena, Blair y Nate habían sido un trío24
  23. 23. inseparable. Serena tenía la esperanza de que Blair loconsiderase como una de esas cosas locas que sucedenentre amigos y la hubiese perdonado. Había sido unasola vez y nunca más. Además, Blair seguía con Nate.Pero Blair se había enterado de ello hacía poco y noestaba dispuesta a perdonarla. Sacó un cigarrillo de su bolso y se lo metió en laboca. Se detuvo y encendió el mechero. Dan esperó aque ella lanzase una nube de humo gris al frío aire. Ellase envolvió más en el gastado abrigo Burberry a cua-dros. -Vamos a sentarnos frente al M e t un rato -dijo-.Venga. Tomó a Dan de la mano y rápidamente recorrieron lasdiez manzanas hasta el Museo Metropolitano de Arte.Serena subió con Dan de la mano hasta llegar a la mitadde las escalinatas y se sentó. Al otro lado de la calle seencontraba el edificio donde estaba su casa. Como siem-pre, sus padres habían salido a alguna función de benefi-cencia o inauguración de arte, y las ventanas estabanoscuras y solitarias. Serena soltó a Dan de la mano y él se preguntó sihabría hecho algo equivocado. No podía leerle la men-te y aquello le estaba volviendo loco. -Blair, Nate y yo nos sentábamos en estos escalonesdurante horas a hablar de tonterías -dijo Serena connostalgia-. A veces habíamos quedado para salir y Blairy yo nos poníamos guapas, con maquillaje y todo. Lue-go Nate se presentaba con alguna botella de algo ycomprábamos cigarrillos y pasábamos de la fiesta y nossentábamos aquí -levantó la vista hacia las estrellas consus grandes ojos brillantes llenos de lágrimas-. A veces 25
  24. 24. deseo - l a voz de Serena se ahogó. No sabía exactamen-te lo que deseaba, pero estaba cansada de sentirse malcon Blair y Nate- Perdona -sorbió las lágrimas y semiró los zapatos-. Espero no estar poniéndote triste. - N o , no lo estás -dijo Dan. Deseaba tomarle la mano nuevamente, pero ella lahabía metido en el bolsillo. Entonces, le tocó el codo ySerena se volvió hacia él. Aquélla era su oportunidad.D a n deseó poder pensar en algo hermoso y apasiona-do que decir, pero la emoción le impedía hablar.Antes de que los nervios le paralizasen, se inclinó y labesó en los labios suavemente. La Tierra se sacudió ensu eje. Se alegró de estar sentado. Cuando se apartó,Serena tenía los ojos radiantes. Ella se secó la nariz con el dorso de la mano y le son-rió. Luego levantó la barbilla y besó a Dan. Apenas unbesito en el labio inferior antes de inclinar la cabeza yapoyarla contra el hombro de él. Dan cerró los ojospara calmarse. "Dios mío, ¿en qué estará pensando?", se preguntódesesperado. "¿Por qué no me lo dirá?". -Oye, ¿adonde vais los chicos del West Side? -pre-guntó Serena-. ¿Tenéis un sitio como éste? - E n realidad, no -dijo Dan, con su brazo rodeándola.No quería hablar en aquel momento. Quería tomarle lamano y zambullirse desde el borde del acantilado y flo-tar de espaldas en un mar iluminado por la luna. Queríabesarla otra vez. Y otra. Y otra-. Voy al estanque duran-te el día, a veces. Por la noche sólo salimos a andar. - E l estanque -repitió Serena-. ¿Me llevarás allí? Dan asintió con la cabeza. La llevaría adonde fuese.Esperó a que Serena levantase nuevamente la cabeza26
  25. 25. para volverla a besar, pero ella la mantuvo contra suhombro, inhalando el aroma a humo del abrigo de Danhasta que se le calmaron los nervios. Estuvieron así un rato más. Dan estaba tan nervioso,feliz y aturdido que ni se le ocurrió encender un ciga-rrillo. Tenía la esperanza de que se quedasen dormidosv se despertasen a la rosada luz de la aurora, unidos enun abrazo. Unos minutos más tarde, Serena se apartó. -Será mejor que me marche antes de quedarme dor-mida -dijo, poniéndose de pie. Se inclinó y le dio a Danun beso en la mejilla. Le rozó la oreja con su pelo y élse estremeció-. Nos vemos, ¿vale? Dan asintió con la cabeza. "¿Tienes que marchar-te?". No abrió la boca por miedo a que se le escapasenlas palabras que llevaban toda la noche amenazando conescapársele. "Te quiero". Aún tenía miedo de asustarla. M i r ó a Serena cruzar la calle corriendo, el rubiocabello ondeándole por detrás. El portero abrió lapuerta del edificio, la sujetó, y ella desapareció dentro. Serena subió en el ascensor haciendo tintinear lasllaves en el bolsillo del abrigo. Hacía unas semanashabría estado sentada en casa la noche del viernes, vien-do la tele y sintiendo pena de sí misma. Tenía suerte dehaberse hecho amiga de Dan. Dan se quedó unos minutos más en las escalinatasdel Met, hasta que se encendieron las luces del últimopiso del edificio de enfrente. Se imaginó a Serena qui- 27
  26. 26. tándose las botas en la entrada y tirando el abrigo sobreuna silla para que lo recogiese la criada. Se pondría uncamisón largo de seda blanca y se sentaría frente a un espe-jo de marco dorado para cepillarse el cabello rubio comouna princesa de cuento. Dan se tocó el labio inferiorcon el dedo índice. ¿Le había besado de verdad? Lohabía hecho tantas veces en sueños que era casi imposi-ble pensar que había sucedido en realidad. Se puso de pie, se frotó los ojos y estiró los brazosalto, por encima de la cabeza. Dios, qué bien se sentía.Q u é curioso. De repente se había convertido en el per-sonaje que siempre odiaba en las novelas: el tío másfeliz del mundo.28
  27. 27. ¡Segundo intento! - N o sé por qué tienes que irte a Brown el mismo finde semana en que yo voy a Yale -le dijo Blair desde den-tro del cuarto de baño a Nate. Este estaba echado en lacama de ella, arrastrando un cinturón de Blair sobre la col-cha para jugar con Kitty Minky, el gato ruso azul de Blair.La habitación sólo estaba iluminada con las velas, se oíaa Marcy Gray en el estéreo y Nate se había quitado lacamisa. -¿Nate? -repitió Blair, impaciente. Comenzó a qui-tarse la ropa y a dejarla apilada en el suelo del cuarto debaño. Había planeado que los dos fuesen a N e w Havenjuntos ese fin de semana. Podrían alquilar un coche yquedarse en un hotelito romántico, como si estuviesende luna de miel. - S í -respondió finalmente Nate-. No lo sé. Fueronlos de Brown los que me pusieron la entrevista este finde semana. Lo siento. Le quitó el cinturón de entre laszarpas a Kitty Minky de un tirón y lo hizo restallar en elaire sobre su cabeza, haciendo que la gata se metiesecorriendo en el armario. Luego se puso boca arriba y sequedó mirando el techo, esperando. La última vez que Blair y él habían estado a punto deacostarse juntos, Nate le había contado que lo habíahecho con Serena el verano antes de que ella se fuese alinternado. Le había parecido muy rastrero acostarsecon Blair sin que ella supiese que: A) no era la primeravez que él lo hacía y B) que lo había hecho con su exmejor amiga. Por supuesto, cuando lo confesó, Blair nohabía querido hacerlo. Se había puesto furiosa. 29
  28. 28. Gracias a Dios, todo aquello había pasado. Bueno,casi. Blair acabó de atarse las tiras de sus nuevos zapatos yse echó perfume. Cerró los ojos y contó hasta tres. Uno,dos, tres. En esos tres segundos, proyectó en su cabezauna breve película, imaginándose la noche increíble queNate y ella estaban a punto de pasar. Se amaban desde lainfancia, estaban destinados a estar juntos, entregándo-se por completo el uno al otro. Abrió los ojos y se pasóel cepillo por el pelo una vez más, mirándose crítica-mente al espejo. Parecía confiada y lista. Parecía alguienque siempre conseguía lo que quería. Era la chica queiba a ir a Yale y se casaría con el muchacho. Ojalá losagujeros de su nariz no fuesen tan grandes y sus pechostan pequeños, pero qué se le iba a hacer. Empujó la puerta del baño. Nate miró y le sorprendió lo rápido que se excitó.Quizá fuese el champán o el filete. Cerró los ojos y losvolvió a abrir. N o , Blair realmente estaba fantástica. Latomó de la mano y tiró de ella hasta ponérsela encima.Se besaron, y sus labios y lenguas jugaron a los mismosjuegos que llevaban dos años jugando. Pero esta vez eljuego no sería como una sesión de cuatro horas delMonopoly, en que los jugadores acaban abandonandode puro aburrimiento. Este juego tenía un objetivo y nose detendrían hasta que comprasen cada terreno al quepudiesen echarle mano. Blair cerró los ojos y se imaginó que era AudreyHepburn en Amor por la tarde. Le encantaban las pelisviejas, especialmente en las que actuaba Audrey H e p -burn. Nunca mostraban a los personajes en la cama enaquellas películas. Las escenas de amor siempre eran30
  29. 29. románticas y de buen gusto, con besos larguísimos lle-nos de amor, un vestuario maravilloso y peinados chu-lísimos. Blair intentó mantener los hombros bajos y elcuello estirado para sentirse alta, delgada y sensual enbrazos de Nate. Sin querer, Nate le dio un codazo en las costillas. -¡Ay! -dijo Blair, apartándose. No había sido suintención parecer que tenía miedo cuando lo dijo, perolo tenía, un poquito. Cary Grant nunca le daba codazosa Audrey Hepburn, ni siquiera sin querer. Siempre latrataba como a una muñequita de porcelana china. - L o siento - m u r m u r ó Nate-. Toma -cogió unaalmohada y se la puso a ella por debajo para que sushombros y su cabeza estuviesen más cómodos. Blairlevantó la cabeza sacudiendo el pelo para que le enmar-case el rostro. Luego se acercó y mordió a Nate en elhombro, dejándole una 0 de huellas blancas de dientesen la piel. - M i r a , eso es lo que te mereces por hacerme daño-le dijo, batiendo las pestañas. -Te prometo tener cuidado -dijo Nate con seriedad,deslizándole la mano por la cadera y bajando por supierna. Blair hizo una profunda inspiración e intentó relajarel cuerpo. Aquélla no era como ninguna de las escenasde amor de sus viejas pelis favoritas. No se le habíaocurrido que sería así de real ni que resultaría tan incó-moda. Nunca las cosas son tan buenas como las muestranlas películas, pero deberían ser agradables también. Nate la besó suavemente y ella le acarició la nuca einhaló el conocido olor de Nate. Alargó la otra mano
  30. 30. valerosamente e intentó desabrocharle la hebilla delcinturón. - E s t á atascada -dijo, tironeando del enredo de metaly cuero. Se ruborizó, incómoda. Nunca se había senti-do así de torpe. -Déjame a mí -se ofreció Nate. Rápidamente des-abrochó la hebilla mientras Blair recorría la habitacióncon la vista. Sus ojos se posaron en un viejo retrato alóleo de su abuela cuando era niña llevando una cesta depétalos de rosa. De repente, se sintió muy desnuda. Se volvió hacia Nate, mirándolo mientras él se qui-taba los pantalones tironeando para que se le desengan-chasen de los tobillos y los pies. La entrepierna de susbóxer a cuadros rojos y blancos le sobresalía como unatienda de campaña. Blair contuvo el aliento. Luego la puerta de entrada del piso se abrió con unchirrido y se cerró con un fuerte golpe. -¿Hola? ¿Hay alguien? Era la madre de Blair. Blair y Nate se quedaron petrificados. Su madre yCyrus, el nuevo novio de su madre, se habían ido a laópera. Se suponía que tardarían horas en volver. -¿Blair, cariño? ¿Estás ahí? ¡Cyrus y yo tenemos algoemocionante que decirte! -¿Blair? -reverberó la voz de Cyrus contra las paredes. Blair le dio un empujón a Nate para quitárselo deencima y se cubrió con el edredón hasta la barbilla. - ¿ Y ahora qué hacemos? -susurró Nate. Deslizó lamano por debajo del edredón y le tocó a Blair la tripa. M a l hecho. Jamás le toques la tripa a una chica amenos que ella te lo pida. Hace que se sienta gorda.32
  31. 31. Bair se apartó de él y se dio la vuelta, bajando los pies al suelo. -¿Blair? -se oyó la voz de su madre del otro lado de la puerta-. ¿Puedo entrar un momento? Es importante. ¡Madre de Dios! - ¡ U n momento! -gritó Blair-. Vístete -le susurró a Nate. Corrió al armario y sacó un pantalón de chándal. Se quitó los zapatos Manolos y se puso el chándal y unavieja sudadera de Yale de su padre. Nate se puso los pantalones y se ajustó el cinturón. Segundo intento de acostarse juntos. -¿Listo? -susurró Blair. Decepcionado, Nate asintió con la cabeza. Blair abrió la puerta de su habitación. Su madre laesperaba en el pasillo. Eleanor Waldorf sonreía feliz, lasmejillas sonrosadas de vino y excitación. - ¿ N o ves nada diferente? - p r e g u n t ó , moviendo losdedos de su mano izquierda. Un enorme diamanteengastado en oro brillaba en su dedo anular. Tenía elaspecto de una sortija de compromiso tradicional, perocuatro veces más grande. Era ridículo. Blair se le quedó mirando, petrificada en el vano dela puerta de su dormitorio. Sentía el aliento de Nate ensu oreja, ya que estaba detrás. Ninguno de los dos dijonada. -¡Cyrus me ha pedido que me case con él! -exclamósu madre-. ¿No es maravilloso? Blair la miró fijamente, incrédula. Cyrus Rose se estaba quedando calvo y tenía unpequeño bigote hirsuto. Llevaba una pulsera de oro yfeos trajes cruzados. Su madre lo había conocido la pri-mavera anterior en el departamento de cosméticos de 33
  32. 32. Saks. El estaba comprando un perfume para su madre yEleanor le había ayudado a elegirlo. Blair recordabaque había vuelto a casa apestando a perfume y le habíaconfesado con una risilla que le había dado el n ú m e r ode teléfono, causándole náuseas. Para su consternación,Cyrus la había llamado y habían salido cada vez conmás frecuencia. Y ahora se casaban. En aquel momento, Cyrus Rose apareció al final delpasillo. - ¿ Q u é te parece, Blair? -le preguntó, guiñándole elojo. Llevaba un traje azul cruzado y brillantes zapatosnegros. Tenía el rostro enrojecido, una tripa enorme yojos saltones como los de un pez. Se frotó las rechon-chas manos con sus muñecas peludas y horteras joyasde oro. Su nuevo padrastro. Blair sintió una molesta opre-sión en el estómago. Adiós con perder la virginidad conel chico que amaba. La película de su vida real estabaresultando mucho más trágica y absurda. Apretó loslabios y le dio a su madre un seco besito en la mejilla. -Enhorabuena, mamá -le dijo. -¡Así me gusta! -exclamó Cyrus con su vozarrón. -Enhorabuena, señora Waldorf -dijo Nate, adelan-tándose. Se sentía incómodo participando en un momentofamiliar tan íntimo. ¿No le podría haber dicho Blair asu madre que esperase y que hablasen por la mañana? La señora Waldorf le abrazó y no le soltaba. - ¿ N o es maravillosa la vida? -dijo. Nate no estaba tan seguro. Blair lanzó un suspiro de resignación y, descalza, sedirigió a Cyrus. El olía a queso azul y sudor. Le crecía34
  33. 33. vello en la punta de la nariz. Iba a ser su padrastro. Nose lo podía creer. - M e alegro por ti, Cyrus -dijo Blair, con una sonri-sa forzada. Se puso de puntillas y acercó su suave y fres-ca mejilla a la boca con olor a whisky. -Somos los seres más afortunados del mundo -dijoCyrus, dándole un repugnante y húmedo beso. Blair no se sentía muy afortunada. - L o mejor de todo es que lo vamos a hacer rápido-dijo Eleanor, tras soltar a Nate. Blair la miró sin com-prender-. Nos casamos el sábado siguiente a Acción deGracias -prosiguió su madre-. ¡Faltan sólo tres sema-nas! Blair dejó de parpadear. ¿El sábado después deAcción de Gracias? Era su cumpleaños. Cumplía dieci-siete. -Será en el St. Claire. Y quiero muchas damas dehonor. M i s hermanas y tus amigas. Por supuesto, túserás mi madrina. ¡Qué divertido, Blair! -dijo su madresin aliento-. ¡Me encantan las bodas! - D e acuerdo -dijo Blair, con la voz sin pizca de emo-ción-. ¿Se lo digo a papá? Su madre hizo una pausa al recordarlo. - ¿ C ó m o está tu padre? - p r e g u n t ó , sin abandonar lasonrisa. No permitiría que nada le estropease su felici-dad. -Genial -Blair se encogió de hombros-. Me regalóun par de zapatos. Y una tarta fantástica. -¿Tarta? -preguntó Cyrus, entusiasmado. "Cerdo", pensó Blair. Por suerte su padre habíahecho una celebración, porque, por lo que se veía, suverdadero cumpleaños no iba a ser muy divertido. 35
  34. 34. -Perdona que no os trajese un trozo -dijo-. Se meolvidó. - D e todos modos, no podría comer -dijo Eleanor,pasándose las manos por las caderas-. ¡La novia tieneque cuidar su figura! -añadió, con una mirada a Cyrusy una risilla. -¿Mamá? -¿Sí, cariño? -¿Te molesta que Nate y yo volvamos a mi habita-ción y veamos un poco la tele? -preguntó Blair. -Desde luego que no. Iros tranquilos -dijo su madre,dirigiéndole una sonrisa de complicidad a Nate. -Que sueñes con los angelitos, Blair -dijo Cyrus,haciéndoles un guiño-. Que sueñes con los angelitos,Nate. -Buenas noches, señor Rose -dijo Nate, y entró trasBlair en la habitación. En cuanto Nate cerró la puerta, Blair se arrojósobre la cama boca abajo, la cabeza hundida entre losbrazos. -Venga, Blair -dijo Nate, sentándose a los pies de lacama. Le masajeó los pies-. Cyrus no está mal. No sé,podría ser peor, ¿no? Podría ser un gilipollas. - E s un gilipollas - m u r m u r ó Blair-. Le odio -derepente, sintió deseos de estar sola para poder sufrir agusto. Nate no comprendía, nadie lo comprendía. Nate se acostó a su lado y le acarició el cabello. - ¿ Y yo? ¿Soy un gilipollas? -le preguntó. -No. - ¿ M e odias a mí? - N o -dijo Blair, su voz ahogada por el edredón. - V e n aquí -le dijo Nate, tironeándole del brazo.36
  35. 35. La acercó y le deslizó las manos por debajo de lasudadera con la esperanza de que volviesen al punto enque lo habían dejado. La besó en el cuello. Blair cerró los ojos e intentó relajarse. Podía hacer-lo. Podía hacer el amor y tener un millón de orgasmosaunque Cyrus y su madre estuviesen en la habitacióncontigua. Podía. Pero no pudo. Blair deseaba que su primera vez fue-se perfecta y aquel momento era de todo menos perfec-to. Su madre y Cyrus seguramente estarían tonteandoen su dormitorio en aquel mismo instante. La meraidea le daba escalofríos, como si tuviese piojos portodos lados. Aquello estaba mal. Todo estaba mal. Suvida era un desastre completo. Se apartó de Nate y hundió el rostro en una almohada. - L o siento -dijo, aunque no lo sentía tanto. Aquélno era momento para los placeres de la carne. Se sentíacomo la Juana de Arco de Ingrid Bergman en la pelícu-la original: una hermosa e intocable mártir. Nate volvió a acariciarle el cabello y frotarle el naci-miento de la espalda con la esperanza de hacerla cam-biar de idea, pero Blair siguió con el rostro hundido enla almohada tercamente. Nate se preguntó si en reali-dad ella habría tenido intención de hacerlo con él enalgún momento. A los pocos minutos, dejó de frotarle la espalda y sepuso de pie. Era tarde. Estaba cansado y aburrido. -Tengo que irme a mi casa -dijo. Blair simuló no oírle. Estaba totalmente inmersa enel drama de su propia vida. - L l á m a m e -le dijo Nate, y luego se marchó. 37
  36. 36. S está decidida seguir con su buena racha El sábado por la mañana, Serena se despertó con lavoz de su madre. -¿Serena? ¿Puedo pasar? - ¿ Q u é ? -dijo Serena, sentándose de golpe. Aún noestaba acostumbrada a vivir con sus padres otra vez. Erauna mierda. La puerta se abrió unos centímetros. -Tengo que darte una noticia -le dijo su madre. A Serena en realidad no le importaba que su madrela hubiese despertado, pero no quería que ella pensaseque se le podía meter en la habitación sin permisocuando se le ocurriese. - D e acuerdo -dijo, pareciendo más enfadada de loque en realidad estaba. La señora Van der Woodsen entró y se sentó a lospies de la cama. Llevaba una bata azul marino de Óscarde la Renta y zapatillas a juego. Recogía su ondeadocabello con mechas rubias en un m o ñ o flojo en la coro-nilla y su clara piel tenía un brillo perlado de años deusar crema La Mer. Olía a Chanel n° 5. - ¿ Q u é hay? - p r e g u n t ó Serena, levantando las rodi-llas y cubriéndose las piernas con el edredón. -Eleanor Waldrof me llamó hace un momento -ledijo su madre-. ¿Y adivina qué? - ¿ Q u é ? - p r e g u n t ó Serena, tras un gesto de exaspe-ración ante los intentos de crear suspense de su ma-dre. - Q u e se casa. - ¿ C o n el Cyrus ese?38
  37. 37. -Sí, por supuesto. ¿Con quién más iba a hacerlo?-dijo su madre, quitándose migas imaginarias de labata. - N o lo sé -dijo Serena. Frunció el ceño, preguntán-dose cómo le habría sentado la noticia a Blair. Probable-mente no muy bien que digamos. Aunque Blair no habíaestado muy afectuosa con ella últimamente, Serena nopodía dejar de pensar en su vieja amiga. - L o raro es que -prosiguió la señora Van der Wood-sen-, lo van a hacer en un pispas -hizo sonar sus dedosensortijados. - ¿ A qué te refieres? -dijo Serena. - E l sábado siguiente al Día de Acción de Gracias-susurró su madre con las cejas arqueadas, indicandocon ello que era algo realmente inusual-. Esa es la fechade la boda. Y ella quiere que seas una de sus damas dehonor. Estoy segura de que Blair ya te dará todos losdetalles. Ella será la madrina. La señora Van der Woodsen se puso de pie y comen-zó a poner orden en los frascos de perfume Creed,pequeñas cajas de joyas de Tiffany y tubos de maquilla-je Stila sobre el tocador de Serena. -¡Déjalo ya, mamá! -gimió Serena, cerrando losojos. El sábado siguiente al Día de Acción de Gracias. Fal-taban tres semanas. Serena recordó que también era elcumpleaños de Blair. Pobre Blair. Le encantaba su cum-pleaños. Era su día. Estaba claro que este año no seríaasí. ¿Cómo resultaría ser dama de honor con Blair demadrina? ¿La haría ponerse un vestido que le quedasemal a propósito? ¿Le echaría alcohol en el champán? 39
  38. 38. ¿Pretendería que caminase hacia el altar del brazo deChuck Bass, el chico más asquerosamente salido de todossus amigos? No quería ni pensarlo. Su madre se volvió a sentar y le acarició el cabello. - ¿ Q u é te pasa, cielo? -le preguntó, preocupada-.Creía que te ilusionaría ser dama de honor. -Nada, me duele un poco la cabeza -suspiró, arrebu-jándose en el edredón-. Me parece que me voy a que-dar en la cama y ver un poco la tele, ¿vale? - D e acuerdo -dijo su madre, dándole unas palmadi-tas en el pie -le diré a Deidre que te traiga un poco dezumo y café. Creo que también ha comprado unoscruasanes. -Gracias, mamá -dijo Serena. Su madre se puso de pie, dirigiéndose a la puerta.H i z o una pausa y se dio la vuelta, esbozando unaradiante sonrisa. -Las bodas de otoño son siempre hermosas. Q u éemocionante. - S í -dijo Serena, sacudiendo la almohada-. Va a sergenial. Su madre se marchó y Serena se puso de costado ymiró un momento por la ventana. V i o cómo unos pája-ros emprendían vuelo desde los dorados árboles querodeaban el tejado del Met. Luego cogió el teléfono ypulsó el botón de marcado rápido para llamar a su her-mano Erik en Brown. Cada vez que necesitaba consue-lo, pulsaba aquel botón. C o n la otra mano encendió latele con el mando. Estaba en el canal Nickelodeon ycantaban SpongeBob SquarePants. M i r ó la pantalla sinver mientras oía el teléfono llamar tres, cuatro veces.Erik lo cogió al sexto tono.40
  39. 39. -¿Dígame? - H o l a , ¿qué haces levantado? - p r e g u n t ó Serena. - N o estoy levantado -respondió Erik. Tosió confuerza-. Ay, joder. - L o siento -sonrió Serena-. Noche movidita, ¿eh? Erik gimió por toda respuesta. -Oye, te llamo porque acabo de enterarme de que secasa la madre de Blair con el tío este, Cyrus. Me pare-ce que hace poco que se conocen, la verdad, pero bueno.La movida es que tengo que ser dama de honor y Blair esla madrina, lo cual quiere decir..., la verdad es que no sélo que quiere decir, pero estoy casi segura de que será unamierda -esperó que Erik le respondiese-. Supongo quetendrás una resaca de caballo y no puedes hablar, ¿no?-dijo, al ver que él no decía nada. -Algo por el estilo -dijo Erik. -Vale, de acuerdo, te llamaré luego -dijo Serena,decepcionada-. Oye, estaba pensando en ir a visitartepronto. ¿Te parece bien el fin de semana que viene? -Vale -bostezó Erik. -Vale. Adiós -dijo Serena, y colgó. Salió de la cama y se dirigió arrastrando los pies has-ta el baño, donde se contempló en el espejo. Los pan-talones bóxer grises que llevaba le colgaban del culo ytenía la camiseta M r . Bubble enroscada y caída por unhombro. El liso cabello rubio le había quedado aplasta-do en la nuca al dormir y en la mejilla tenía un hilillo debaba seca. Por supuesto, seguía estando guapísima. -Estás hecha una foca -se dijo, al verse en el espejo.Cogió el cepillo y comenzó a limpiarse los dientes len-tamente, pensando en Erik. Aunque parecía que iba de 41
  40. 40. juerga mucho más que ella, había logrado que no leechasen del internado y entrado en Brown. E r i k era elhijo bueno, mientras que Serena era la mala hija. Q u éinjusto. Se frotó las muelas, frunciendo las cejas en un gestode decisión. ¿Y qué si la habían echado, sus notas eranmediocres y su único extra era la película rara que habíahecho para el Festival Superior de Cine del ColegioConstance Billard? Les demostraría a todos que no eratan mala como pensaban. Se lo demostraría consiguien-do que la admitiesen en una buena universidad comoBrown y convirtiéndose en alguien. Y no porque no fuese alguien ya. Serena era la chicaque todos recordaban. La que a todos les encantabaodiar. No tenía que hacer ningún esfuerzo por brillar:ya brillaba más que el resto de ellos. Escupió la pasta enel lavabo. Sí, desde luego que iría a Brown el fin desemana siguiente, por más que fuese arriesgar mucho.Quizá tuviese suerte. Generalmente la tenía.42
  41. 41. Uno del West Side tiene suerte, otro está solo - F r i k i -le dijo Jenny Humphrey a su imagen. Se encontraba de pie frente al espejo, conteniendo elaliento y empujando la tripa hacia fuera todo lo quepodía. Sin embargo, no logró que sobresaliese tantocomo sus pechos, que eran enormes para una chica decatorce años. El camisón de color rosa le caía rectohacia abajo desde el busto hasta las rodillas, como unatienda de campaña, tapándole la tripa que sacaba y laspiernecillas cortas. Había crecido a lo ancho en vez dea lo alto, al contrario que Serena van der Woodsen, suídolo, que iba al último curso de su colegio, el Constan-ce Billard. Las tetas de Jenny anulaban cualquier espe-ranza de que alguna vez llegase a ser lo remotamenteguapa que era Serena. Eran la cruz de su existencia. Jenny soltó el aire y se quitó el camisón por encimade la cabeza para poder probarse el palabra de honornegro que se había comprado en Urban Outfitters des-pués de clase el día anterior. Se lo pasó por los hombrosy tironeó hasta ponérselo. Luego se miró al espejo. Yano tenía dos tetas gigantes, sino una monstruosa unite-ta. Parecía deforme. Colocándose el castaño cabello rizado tras las orejas,se apartó del espejo, asqueada. Se puso el pantalón de unviejo chándal del Constance Billard y fue a la cocina ahacerse un té. Su hermano mayor, Dan, acababa de salirde la habitación. Siempre tenía un aspecto espantosopor la mañana, con el pelo horrible y los ojos llorosos.Pero aquella mañana sus ojos estaban enormes y brillan-tes, como si se hubiese pasado la noche tomando café. 43
  42. 42. -¿Y? -dijo Jenny cuando entraron en la cocina. Le miró poner café instantáneo en una taza y echar-le agua caliente del grifo. No era particularmente exi-gente en lo que a café se refería. Se quedó de pie juntoal fregadero, revolviendo silenciosamente la bebida conuna cuchara y mirando la espuma girar y girar. - S é que saliste con Serena anoche -dijo Jenny, cru-zándose de brazos con impaciencia-. ¿Qué pasó? ¿Fuegenial? ¿Qué ropa llevaba ella? ¿Qué hicisteis? ¿Quédijo? Dan tomó un sorbo de café. Jenny siempre se excita-ba mucho cuando se trataba de Serena y él disfrutabahaciéndola sufrir. -Venga, cuéntamelo. ¿Qué hicisteis? -insistió Jenny. -Comimos helado -dijo Dan, con un encogimientode hombros. Jenny puso los brazos en jarras. -¡Vaya! ¡Qué cita más guay! Dan se limitó a sonreír. Le daba igual que su her-mana se enfadase; no pensaba decirle nada sobre lanoche anterior. Era tremendamente precioso, particu-larmente la parte de los besos. Justamente acababa deescribir un poema sobre eso para poder conservaraquel momento para siempre. Había titulado al poemaDulce. -¿Y qué más? ¿Qué hicisteis? ¿Qué dijo ella? -insis-tió Jenny. Dan llenó la taza con más agua caliente. - N o sé - c o m e n z ó a decir, pero luego llamaron alteléfono. Dan y Jenny corrieron a atender, pero Dan fue másrápido.44
  43. 43. - H o l a , Dan. Soy Serena. Dan apretó el auricular contra su oreja y salió de lacocina, dirigiéndose al asiento de la ventana del cuartode estar. A través de los cristales cubiertos de polvo veíaa chicos patinando por Riverside Park. Más allá, el bri-llante sol de otoño rielaba en el Hudson. H i z o una pro-funda inspiración para calmarse. - H o l a -dijo. - M i r a -dijo Serena-, sé que lo que te voy a pedir esalgo extraño, pero dentro de tres semanas tengo que serdama de honor en una boda por todo lo alto. Me pre-guntaba si no podrías venir conmigo, ¿sabes?, como miacompañante. - C l a r o -dijo Dan, antes de que ella pudiese decirnada más. - E s la boda de la madre de Blair Waldorf-dijo Sere-na-. ¿Recuerdas a esa chica que era mi amiga? - C l a r o -dijo Dan nuevamente. Parecía que Serenaquería que él fuese con ella, pero además lo necesitabapara que él le diese apoyo moral. Hacía que Dan se sin-tiese importante y le daba valor. Bajó la voz hasta con-vertirla en un susurro apenas audible, no fuera a serque Jenny estuviese escuchando desde la cocina-.También me gustaría ir a Brown contigo -le dijo-, si teparece bien. -Desde luego -Serena hizo una pausa-. Ejem, creoque iré este viernes después de clase. Los viernes sali-mos a mediodía. ¿Y tú? Actuaba como si hubiese olvidado que ella era quienle había pedido a Dan que la acompañase. Pero Dandecidió que había oído mal. -Salgo a las dos los viernes -le dijo. 45
  44. 44. - D e acuerdo, podríamos quedar en Grand Central.Voy a coger el tren hasta nuestra casa de campo y lue-go el coche de los guardeses -dijo ella. - M e parece bien -dijo Dan. -Genial -dijo Serena, que parecía un poco más entu-siasta-. Y gracias por venir conmigo a la boda. Puedeque sea divertido. -Espero que sí -dijo Dan, que no podía concebir nopasárselo bien con ella. Pero tendría que encontrar algodecente que ponerse. Tenía que haberse quedado con elesmoquin de Barneys después de todo. -Ejem, será mejor que cuelgue. Me llaman a desayu-nar -dijo Serena-. Te llamaré más tarde y podemoshacer planes para el fin de semana que viene, ¿vale? -Vale -dijo él. -Hasta luego. -Hasta luego -dijo Dan. Colgó antes de decirle algomás. "Te quiero". - E r a ella, ¿a que sí? - p r e g u n t ó Jenny cuando él vol-vió a la cocina. Dan se encogió de hombros. - ¿ Q u é ha dicho? -Nada. -Venga, anda, pero si te he oído susurrar -le acusóJenny. Dan sacó un bollito bagel de una bolsa de papel quehabía en la encimera y lo miró. Qué novedad, estaba moho-so. A su padre no se le daba muy bien ocuparse de la casa.Es difícil acordarse de hacer la compra cuando estás ocupa-do escribiendo ensayos sobre porqué un poeta ignoto seráel próximo Alien Ginsberg. La mayoría del tiempo Dan yJenny sobrevivían a base de comida china para llevar. 46
  45. 45. T i r ó los bollitos mohosos y encontró unas patatasfritas sin abrir en un armario. Abrió la bolsa y se metióun puñado de patatas en la boca. Algo es algo. - ¿ E s necesario que seas tan idiota? -le dijo Jenny,haciendo una mueca-. Ya sé que era Serena. ¿Por quéno puedes decirme lo que te dijo? -Quiere que la acompañe a una boda. La madre desu amiga Blair se casa y Serena será una dama de honor.Quiere que vaya con ella -explicó Dan. -¿Vas a la boda de la señora Waldorf? -dijo Jenny,pasmada-. ¿Dónde es? - N o sé -se encogió de hombros D a n - . No se lo hepreguntado. - N o me lo puedo creer -dijo Jenny indignada-. Osea, todo el tiempo papá y tú estabais en contra de laspijas de mi colegio y de sus familias poderosas. Yahora eres tú quien sale con la reina de todas ellas yademás te invitan a bodas fabulosas. ¡No es justo! Dan se metió otro puñado de patatas en la boca. - L o siento -dijo con la boca llena. -Pues espero que no te hayas olvidado de que fui yola que te dijo que quizá tuvieses una oportunidad conSerena -farfulló Jenny. Enfadada, tiró la bolsita de téque acababa de usar en el fregadero-. ¿Te das cuenta de queesa boda probablemente aparecerá en el Vogue? No mepuedo creer que vayas tú. Pero Dan apenas la oía. Se imaginaba montado en untren de la mano con Serena, su mirada hundida en lasprofundidades de sus ojos azules. -¿Te ha dicho algo de lo de mañana? -le preguntóJenny. Dan se la quedó mirando sin comprender. 47
  46. 46. -Serena, Vanessa y yo nos vamos a reunir en el bardel novio de Vanessa, en Williamsburg, para ver la pelique le ayudamos a hacer a Serena para el festival de cinedel colegio. Para ver si está lista para mandarla. Otra mirada de incomprensión. - P e n s é que quizá te invitaría. Respuesta cero. Jenny lanzó un suspiro de exasperación. Dan era uncaso perdido. Estaba tan enamorado que mejor seríaque dejase de intentar sonsacarle. Ni siquiera le habíapreguntado qué hacía con un palabra de honor negropor la casa un sábado por la mañana. De repente, Jennyse sintió tremendamente sola. Siempre se había apoya-do en su hermano, pero ahora él estaba en otro mundo. Estaba claro que ella necesitaba hacer nuevos amigos.48
  47. 47. CosasdeChicas.net temas ^ anterior siguiente • envía una pregunta respuestames los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir, a mí. ¡Qué hay, gente! L A B O D A D E L AÑO Esta época del año generalmente es un poco aburri- da, sin que pasen muchas cosas hasta las fiestas, pero la madre de B nos ha dado tema de conversación. Me refiero a que ¿cuánto hace que se conocen ella y su novio, eh? ¿Dos o tres meses? Si yo fuese a pasar el res- to de mi vida con alguien, o, aunque no fuera más que un fin de semana, me gustaría conocerle un poco más. También he oído que él es superhortera, así que segu- ramente la boda resultará un espectáculo. Y ¿cómo va a hacer B para pasárselo bien si tendrá que ocuparse de S? Huelo una riña de gatos, y no resultará algo bonito. ¡Me muero por ver qué pasa! Vuestro e-mail P: Hola, C C : No sé si ya lo sabías, pero B va a tener un hermanas- tro. Estoy en su clase en el colegio y es un personaje. Pero también es mono. ;) -BronxKat 49
  48. 48. R: Querid® BronxKat: ¡Lo único que puedo decir de esta boda es que cadavez se está poniendo más sabrosa! -CC P: Querida C C : He oído que el padre de B ha donado alrededor deun millón de dólares a Yale, así que ella no tendrá queesforzarse mucho para entrar. De todas formas, estoysegura de que N y B no van a acabar en la misma uni-versidad el año que viene, ¿qué te apuestas? -bookwrm R: Querid® bookwrm, Por ahora, no quiero apostar por nadie. B es másimpredecible de lo que parece... -CC Hablando de la universidad... Ha llegado el momento en que se supone que todosestamos de los nervios, mirando las fotos de los catálo-gos que hemos pedido, imaginándonos con chicos gua-písimos en el césped frente a sólidos edificios de ladrillovisto cubiertos de hiedra. Ahora es el momento en quetendríamos que arrepentimos de no haber sacado bue-na nota en aquellos exámenes o no hecho el voluntaria-do que pudimos hacer, y darnos de patadas en el culopor haber sido tan vagos y estúpidos. Es el momento enel que los lameculos hacen la preinscripción y nosotros,la gente normal, sentimos que somos una mierda pin-chada en un palo. ¡Pero bueno!, me niego a que eso me50
  49. 49. deje por los suelos. Aquí va mi receta para superar los últi-mos meses del último curso con éxito: mezclar un chicohiperguapo con un par de botas nuevas de piel, un jerseyde cashmer nuevo, una salida hasta las tantas y bastantescopas. Añadir una mañana durmiendo hasta tarde, cho-colate caliente en la cama y revolver bien. Poneos conlas solicitudes a las universidades cuando estéis biendispuestas para ello. ¿Veis? No hay necesidad de estre-sarse. Visto por ahí N en Asphalt Gree, jugando al tenis con su padre. Ben el cine de la Ochenta y Seis, viendo una peli deacción con su hermanito. Supongo que prefiere ver atíos emprendiéndola a balazos con todo dios desde heli-cópteros en llamas que quedarse en casa con mamá,hablando de vestidos y tartas y servicios de catering. Scomprando perfume en Barneys. Os lo digo de verdad,esta chica está allí prácticamente todos los días. D apun-tando en una libreta junto al estanque de la calle Seten-ta y Nueve. ¿Otro poema de amor a Serena, quizá? J devolviendo un palabra de honor negro en UrbanOutfitters. ¡Pronto más! Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla 51
  50. 50. B ha decidido lograr que N la desee - V e n a comer tortitas, cariño -llamó la señora W a l -dorf en el pasillo, esperando sacar con ella a Blair de suhabitación-. Le he pedido a Myrtle que las haga bienfinas, como a ti te gustan. - U n segundo -dijo Blair, abriendo la puerta de suhabitación y asomando la cabeza-, que me estoy vis-tiendo. - N o es necesario, cariño. Cyrus y yo todavía estamosen pijama -dijo la madre de Blair, alegre. Se volvió aatar el cordón de la bata de seda verde. Cyrus llevabauna igual. Las habían comprado el día anterior en Saksdespués de ir a medirse las alianzas de boda en Cartier.Luego habían ido al oscuro y acogedor bar K i n g Coléen el Hotel St. Regis a beber champán. Cyrus inclusohabía dicho bromeando que podían pedir una habita-ción. Todo muy romántico. Q u é horror. -Espera un momento -repitió Blair con obstinación, ysu madre volvió al comedor. Blair se sentó en el borde dela cama y se miró en el espejo del armario. Le había men-tido a su madre. La verdad era que llevaba horas despiertay estaba completamente vestida con vaqueros, un jersey decuello alto negro y botas. Hasta se había pintado las uñasde color marrón oscuro para hacer juego con su ánimo. Espejito, espejito mágico que cuelgas de mi pared,dime ya: ¿quién es la más bella mujer? Blair, al menoshoy, no. Se había pasado el sábado entero cabreada. Luego sehabía ido a la cama cabreada y se había levantado cabreada52
  51. 51. el domingo por la mañana. La verdad era que parecíaque se iba a pasar el resto de la vida cabreada. Nate nohabía intentado verla desde el viernes por la noche, asíque estaba claro que estaba molesto por lo que habíasucedido. Ella seguía siendo virgen. Su madre se iba acasar con un tío pesado e imbécil, y la fecha que habíanelegido para la boda coincidía con el cumpleaños másimportante de Blair de toda su vida. Decididamente, la vida era una mierda. Como las cosas no podían ponerse peor de lo queestaban, y porque tenía hambre, Blair se puso de piey se dirigió al comedor a comer tortitas con su madre yCyrus. -¡Ahí está! -exclamó Cyrus con su vozarrón. Dio unaspalmaditas en la silla junto a la suya-. Ven, siéntate. Blair obedeció. Cogió la fuente de las tortitas y sesirvió dos o tres. - N o cojas la del agujero en el centro -dijo su herma-no Tyler, de once años-, que es mía. Tyler llevaba una camiseta de Led Zeppelín y unpañuelo rojo atado a la cabeza. Quería ser un periodis-ta de rock y su modelo era Cameron Crowe, el directorde cine que había hecho un tour con Led Zeppelincuando tenía algo así como quince años. Tyler tenía unagran colección de discos de vinilo y escondía una anti-gua pipa hookah bajo la cama, aunque nunca la habíausado. A Blair la preocupaba que Tyler se estuvieseconvirtiendo en un friki y luego le costase hacer ami-gos. Sus padres pensaban que eso estaba bien, siempreque él se pusiese su traje de los Brooks Brothers para iral St. Georges todas las mañanas como un niño buenoy luego entrase en un buen internado. 53
  52. 52. En el mundo en que vivían Blair y sus amigos, lospadres de todos eran iguales: mientras sus hijos no lajodierán y les hiciesen pasar vergüenza, podían hacerbásicamente lo que quisiesen. En realidad, ése era elerror que había cometido Serena. La habían pillado, yque te pillen no es una opción. Tendría que haber teni-do más cuidado. Blair vertió sirope de arce en sus tortitas y las enro-lló como si fuesen burritos, como a ella le gustaban.Su madre arrancó una uva del frutero y se la metió aCyrus en la boca. El canturreó feliz mientras mastica-ba y tragaba. Luego frunció los labios como los de unpez, pidiendo más. La señora Waldorf lanzó una risi-lla y le dio otra. Blair siguió enrollando las tortitas,haciendo caso omiso de sus desagradables muestras decariño. - M e he pasado la mañana al teléfono con el hombredel St. Claire -le dijo su madre-. Es muy extravagantey está muy preocupado por la decoración. Es muy gra-cioso. -¿Extravagante? Querrás decir gay. No pasa nada siuno dice gay, mamá -dijo Blair. -Sí, pues... - t a r t a m u d e ó su madre, incómoda. No legustaba decir la palabra gay. Después de haber estadocasada con uno, no. Era humillante. -Estamos intentando decidir si deberíamos reservarun par de suites en el hotel -dijo Cyrus-. Vosotras, laschicas, podríais usar una para vestiros y arreglaros elpelo. Y, nunca se sabe, si alguien bebe demasiado, podrádormir la mona hasta la mañana siguiente - r i ó y le gui-ñó el ojo a la madre de Blair. ¿Suites? 54
  53. 53. De repente, Blair tuvo una idea. ¡Nate y ella podríanreservar una suite! ¿Acaso hay un sitio y un momento másperfectos para perder tu virginidad que una suite del St.Claire el día en que cumples diecisiete años? Dejó eltenedor, se secó delicadamente las comisuras de la bocacon la servilleta y esbozó una dulce sonrisa dirigida a sumadre. -Puedes reservar una suite para mí y mis amigos-preguntó. - P o r supuesto que sí -dijo Eleanor-. Es una buenaidea. -Gracias, mamá -dijo Blair, sonriendo excitada den-tro de su taza de café. No veía el momento de decírse-lo a Nate. - H a y tantas cosas que hacer -dijo su madre, ansio-sa-. He estado haciendo listas en sueños. Cyrus le tomó la mano y se la besó. El diamante bri-lló en el dedo femenino. - N o te preocupes, pimpollo -le dijo, como si estu-viese hablando a una niña de dos años. Blair cogió una tortita chorreante de sirope con losdedos y se la metió entera en la boca. - P o r supuesto, quiero tu opinión sobre todo, Blair-dijo su madre-. Tienes muy buen gusto. Blair se encogió de hombros y masticó con la bocarepleta. -Y estamos deseando que conozcas a Aaron -dijoEleanor. Blair dejó de masticar. - ¿ Q u i é n es Aaron? - p r e g u n t ó con la boca llena. - M i hijo, Aaron -dijo Cyrus-. Sabías que tenía unhijo, ¿no, Blair? 55
  54. 54. Blair meneó la cabeza. No sabía nada de Cyrus,como si hubiese entrado de la calle y pedido a su madreque se casase con él. Cuanto menos supiese de él,mejor. -Está en el último curso del Bronxdale Prep. Es unchico muy listo. Se saltó el décimo curso. Tiene sólodieciséis años y ya acaba, ¡derecho a la universidad!-anunció Cyrus con orgullo. - ¿ N o es extraordinario? -intervino la madre deBlair-. Y también es guapo. -Sí, no se le puede negar -asintió Cyrus-. Te dejarásin aliento. Blair se sirvió otra tortita de la fuente. No queríaescuchar a Cyrus y a su madre dale que te pego sobreun imbécil con un aerosol de bolsillo que se lo pasababien saltándose cursos. Se imaginaba a Aaron con pre-cisión: una versión delgada de Cyrus con granos, el pelograsiento y ropa horrible. La niña de los ojos de supadre. -¡Eh, que ésa es la mía! -se quejó Tyler atacando eltenedor de Blair con su cuchillo-. Devuélvemela. Blair vio que la tortita que había cogido tenía unagujero del tamaño de un dedo en el centro. - L o siento -dijo y le pasó su plato a Tyler-. Toma. -¿Y? ¿Te quedarás hoy en casa a ayudarme? -pre-guntó su madre-. Tengo una pila de libros y revistassobre bodas para que veamos. Blair retiró su silla abruptamente. No se le ocurríaforma peor de pasar el día. - L o siento -dijo-, he quedado. Era mentira, pero Blair estaba segura de que encuanto acabase de hablar con Nate, desde luego que56
  55. 55. tendría planes. Podrían ver una película, dar un paseopor el parque, ir a la casa de él, hacer planes de cómo selo montarían en el St. Claire... Pues va a ser que no. - L o siento, he quedado con Anthony y los chicos enel parque para jugar al fútbol -dijo Na te-. Te lo dijeayer. - N o , no me lo dijiste. Ayer me dijiste que tenías quesalir con tu padre, que quizá pudiésemos hacer algo hoy-se quejó Blair-. Nunca te veo. -Pues justamente me iba ya -dijo N a t e - Lo siento. -Pero quería decirte algo -dijo ella, intentando pare-cer misteriosa. -¿Qué? -Prefiero decírtelo en persona. -Venga, Blair -dijo Nate con impaciencia-. Tengoque irme. - D e acuerdo. Vale. Lo que quería decirte es que mimadre y Cyrus van a reservar suites en el St. Claire parala boda. Y como coincide con mi cumpleaños y eso,pensé que sería el momento perfecto para que... yasabes... lo hagamos. Nate no dijo nada. -¿Nate? -preguntó Blair. -¿Sí? - ¿ Q u e qué te parece? - N o lo sé -dijo él-. Me parece bien. M i r a , me tengoque ir, ¿vale? Blair apretó el teléfono. -Nate, ¿me quieres todavía? 57
  56. 56. Pero Nate ya colgaba. -Te llamo luego, ¿vale? -dijo-. Adiós. Blair colgó y se quedó mirando la alfombra persa delsuelo de su dormitorio. Las tortitas se le revolvían en elestómago, pero antes de que pudiese siquiera pensar enmeterse el dedo en la garganta, tenía que idear un plan. No vería a Nate hoy. Probablemente, entre sus tro-pecientas optativas y los deportes de él, no volvería averle en toda la semana y el fin de semana ella iría a Yaley él a Brown. No podía esperar una semana entera con Nate enfa-dado porque ella había pasado de él el viernes por lanoche, y ella preocupada porque él estuviese enfadadocon ella. Tenía que hacer algo. Ojalá Nate y ella pudiesen tener las peleas románti-cas de las parejas de las películas. Primero se gritaríande todo, hasta que ella se echase a llorar. Cogería subolso y su abrigo, intentando abrochárselo sin poderhacerlo, de lo alterada que estaba. Luego, cuando tré-mula se encontrase abriendo la puerta de la calle, dis-puesta a marcharse para siempre, él se acercaría a ellapor detrás y la estrecharía fuertemente entre sus brazos.Ella se daría la vuelta y elevaría la mirada hacia él unmomento, intentando comprenderlo, y luego se besaríanapasionadamente. Finalmente, él le rogaría que se que-dase y luego harían el amor. La realidad era muchísimo más aburrida, pero Blairsabía cómo darle su propio toque personal. Se imaginó yendo hasta la casa de Nate a pie, vesti-da con un largo abrigo negro con un pañuelo de sedacubriéndole el cabello y su rostro disimulado tras unasenormes gafas de sol de Chanel. Dejaría un regalo58
  57. 57. especial para Nate y luego desaparecería en la oscuranoche. Al abrir el paquete y oler su perfume, él añora-ría su presencia. Blair se puso de pie y cogió su bolso, dispuesta a ir aBarneys y, por una vez, se olvidó totalmente de provo-carse el vómito. Pero ¿qué le compras a un chico para recordarle quete quiere y que te desea más que nunca? Mmm. Lo tenía chungo. 59
  58. 58. ¡Al ladrón! -¿Se puede saber para qué me vuelves a llamar?-preguntó Erik, enfurruñado. - Y o también me alegro de oírte - b r o m e ó Serena-.Llamo para decirte que lo de ir a Brown el fin de sema-na próximo es definitivo. Me han citado a una entrevis-ta para el sábado a las doce. -Vale -dijo E r i k - . Generalmente hay juerga el sába-do por la noche, espero que no te moleste. -¿Molestarme? - r i ó Serena-. Me parece prefecto.A h , y probablemente vaya con un amigo. - ¿ Q u é tipo de amigo? -dijo Erik. - U n chico que se llama Dan, con el que he estadoeste último tiempo. Te gustará, te lo prometo -dijo. - G e n i a l -dijo E r i k - . Oye, que estoy un poco ocupa-do, tengo que colgar. Serena se dio cuenta de que probablemente E r i k noestuviese solo. Siempre tenía al menos tres novias conlas que dormía de forma rotativa. - Q u é semental que eres. Vale. Hasta pronto -dijoSerena y colgó. Se puso de pie y se dirigió a su armario,y abrió la puerta para vestirse. Dentro estaba la misma ropa aburrida que se poníasiempre. Pero si se iba a la universidad el próximoaño, quizá incluso a Brown, ¿acaso no se merecía algonuevo? Se puso unos gastados vaqueros Diesel y un jersey decashmer negro, preparándose para el sitio que le gusta-ba más en el mundo: Barneys.60
  59. 59. Cuando llegó, Barneys ya estaba lleno de gente delUpper East Side que había entrado, incapaz de resistirse.La planta baja, brillantemente iluminada, hervía de gen-te. Sus exhibidores de cristal llenos de joyas inimitables,magníficos guantes y bolsos exclusivos, y los mostradoresrepletos de elegantes productos de belleza hacían quecada día pareciese Navidad. En el mostrador de Creed,Serena admiró las bonitas botellas de perfume con lamisma fascinación de un niño en una tienda de juguetes.Se acercó al mostrador de Kiehl, se dejó tentar por unbote de una mascarilla facial de arcilla natural para unalimpieza profunda de la piel. Por supuesto, tenía ya pro-ductos de belleza como para diez años, pero le encanta-ba probar nuevos. Era como una adicción. No tiene nada de malo. H a y adicciones que sondecididamente peores. Serena estaba a punto de preguntarle al dependientesi la mascarilla era para su tipo de piel, que era más bienseca, cuando vio una figura conocida que se dirigía condecisión al departamento de hombres. Era Blair Waldorf. Serena dejó el bote de mascarillay la siguió.Kf Blair no estaba segura de si Barneys tendría lo que ellabuscaba, pero eso se debía a que no sabía lo que buscaba.A Nate no le iba a impresionar un jersey nuevo o unbonito par de guantes de piel. Tenía que encontrar algorealmente especial. Sexy pero no grosero. Bien chulo. Ytenía que hacer que Nate recordase que la seguía que-riendo y deseando. Blair se dirigió directamente a lasección de ropa interior. 61
  60. 60. Primero encontró una mesa cubierta con una varie-dad de coloridos bóxer de algodón. Más lejos habíaalbornoces suaves y deliciosamente mullidos y camisasde dormir de franela, ropa interior blanca de toda lavida y tangas horteras. Nada de aquello le serviría. Lue-go Blair descubrió un perchero de pantalones de pijamade cashmer gris con cordón a la cintura. Sacó un par de la percha y lo levantó. En la etiquetaponía: "MADEINENGLAND. Precio: $360.00". Eraninformales pero sofisticados. Hermosos y tan suaves ydelicados a la vez, que la idea de que rozasen la piel des-nuda de Nate hizo que Blair se sintiese casi maternal.Los arrugó y hundió su rostro en ellos. El aroma de lafina cashmer le inundó la nariz y cerró los ojos, imagi-nándose a Nate sin camisa, con aquellos pantalones, superfecto pecho desnudo mientras servía dos copas dechampán en la suite del St. Claire. Eran decididamente sexy. No había ninguna duda.Tenía que comprarlos. Serena simuló estar muy interesada en un albornozde Ralph Lauren talla extragrande. Era tan grande quese podía esconder de Blair tras él y estaba colgado bas-tante alto, lo cual le permitía ver a Blair sin problemas.Se preguntó si ésta estaría comprándole algo a Nate.Probablemente. Q u é tío con suerte: los pijamas queestaba mirando eran fantásticos. Antes, en los buenos tiempos, Blair le habría pedido aSerena que la ayudase a elegir un regalo para Nate. Ya no. -¿Busca un regalo? - p r e g u n t ó un dependiente, acer-cándose a Serena. Parecía un culturista: bronceado por62
  61. 61. el sol, con la cabeza afeitada y reventando prácticamen-te las costuras del traje. - N o , yo... -titubeó Serena. No quería que el hom-bre la llevase de aquí para allá por la tienda mostrándo-le cosas por miedo a que Blair la viese-. Sí. Para mihermano. Necesita un albornoz nuevo. -¿Es su talla? - p r e g u n t ó el dependiente, señalandola que ella miraba. -Sí, es perfecta -dijo Serena-. Me la llevo -vio queBlair se acercaba al mostrador con el pantalón de pija-ma en la mano-. ¿Le puedo dar la tarjeta de créditoaquí? -preguntó, volviéndose hacia él para mirarlo consus ojos azules de largas pestañas. Sacó la tarjeta de sucartera y se la dio. -Sí, por supueto -dijo él. Descolgó rápidamente elalbornoz de la percha y cogió la tarjeta-. Enseguidavuelvo. - E s un regalo -dijo Blair al hombre del mostrador.Le alargó la tarjeta de crédito. La tarjeta tenía su nom-bre, pero en realidad no era suya. Era de la cuenta de sumadre. Los padres de Blair no le daban una asignación,la dejaban comprar lo que ella necesitase, dentro de unlímite. Un pantalón de pijama de casi cuatrocientosdólares para Nate cuando ni siquiera era Navidades nose podía considerar dentro de ese límite, pero Blair yaencontraría una forma de convencer a su madre de quela compra había sido absolutamente necesaria. - L o siento, señorita -dijo el dependiente-, pero sutarjeta de crédito ha sido rechazada -se la devolvió-.¿Quiere probar con alguna otra tarjeta? 63
  62. 62. -¿Rechazada? -repitió Blair, ruborizada-. ¿Estáseguro? -Sí. Totalmente -dijo el hombre-. ¿Quiere usar elteléfono para llamar a su banco? - N o , gracias -dijo Blair-. Volveré en otro momento. Guardó la tarjeta en su cartera, cogió los pantalonesy se dio la vuelta, dirigiéndose al perchero de donde loshabía cogido. La cashmer era suave como la mantequi-lla y le dio rabia tener que marcharse sin ellos. ¿Quéhabría pasado? Desde luego que a su madre no se lepodría haber evaporado el dinero así como así. Pero nopodía llamarla para preguntárselo, porque le habíamentido para poder marcharse; le había dicho que seiba al cine con Nate. Cuando estaba colgando los pantalones, Blair se diocuenta de que el hombre les había quitado el clip anti-rrobo. También vio que quedaban muchos más panta-lones de cashmer gris. ¿Se darían cuenta... si se losllevaba? Al fin y al cabo, había intentado pagarlos. Ade-más, con el dineral que se gastaba en Barneys, se mere-cía un regalito. Serena esperaba que el forzudo volviese con el albor-noz que no quería comprar y su tarjeta de crédito. V i ocómo Blair comenzaba a dejar los pantalones en el per-chero y luego se detenía. -Firme en la X, por favor -le dijo el dependiente aSerena. Ella se volvió y él le dio una gran bolsa negra deBarneys. Dentro estaba el albornoz metido en una caja. -Gracias -dijo Serena. Cogió el recibo y se arrodillóen el suelo, apoyándose en la caja para firmarlo.64
  63. 63. A lo lejos, vio cómo Blair se agachaba entre dos per-cheros de pijamas de franela y rápidamente metía en subolso el pantalón de pijama de cashmer. ¡Serena no po-día creer que Blair estuviese robando! -Muchas gracias -dijo, poniéndose de pie. Le dio elrecibo al dependiente, cogió su bolsa y se dirigió a lasalida. Aunque no había hecho nada malo, ver a Blair robarla hacía sentirse como si ella misma lo hubiese hecho.No veía el momento de estar fuera. Cuando se encon-tró en la calle, se dirigió a Madison andando a pasorápido. La bolsa con el albornoz le golpeaba la piernamientras inspiraba el fresco aire otoñal a grandes boca-nadas. Había ido a Barneys a buscar algo guay paraponerse, y salía con un albornoz enorme para hombre.Además, ¿qué hacía espiando a Blair? ¿Y qué diabloshacía Blair robando? Porque, desde luego, dinero no lefaltaba. Sin embargo, su secreto estaba seguro con Serena.No tenía a quien contárselo. Blair salió de Barneys y subió por Madison con elpulso acelerado. No había sonado ninguna alarma ynadie parecía seguirla. ¡Había salido impune! Porsupuesto, sabía que robar estaba mal, especialmentecuando tienes suficiente dinero para pagar las cosas,pero, sin embargo, era excitante hacer algo tan ilegal.Era como hacer el papel de la mala de la película en vezdel de la pura y fiable vecinita de al lado. Además, erapor una sola vez. No se iba a convertir por ello en unaladrona de tiendas ni en nada por el estilo. 65
  64. 64. Luego vio algo que la hizo detenerse. En la esquina,el rubio pelo de Serena van der Woodsen brillaba al solmientras ella esperaba en el semáforo para cruzar. L l e -vaba una gran bolsa negra de Barneys colgada del bra-zo. Y justo antes de comenzar a cruzar la calle, se dio lavuelta y miró directamente a Blair. Blair bajó la cabeza, simulando mirar su Rolex."Mierda", pensó. "¿Me habrá visto? ¿Me habrá vistollevarme el pantalón de pijama?". Manteniendo la vista baja, abrió el bolso y buscó uncigarrillo. Cuando volvió a levantar la cabeza, Serenahabía cruzado la calle y desaparecía en la distancia. "¡Qué más da que me haya visto!", se dijo Blair.Encendió un cigarrillo con dedos nerviosos. Serenapodría ir por ahí diciéndole a todo el mundo que habíavisto a Blair Waldorf robando en Barneys, pero nadie lacreería. ¿No es verdad? Mientras caminaba, Blair hundió la mano en su bol-so y acarició la suave cashmer de los pantalones. No veíael momento en que Nate se los pusiese. En cuanto selos pusiera, él se daría cuenta de lo que ella sentía y laquerría más que nunca. Le daba igual lo que dijeseSerena, nada interferiría en aquello. Un segundo, señorita: regalar cosas robadas trae malkarma. A ver si esto te trae malas vibraciones y se tejoroba el plan.66
  65. 65. Plantados en Brooklyn - ¿ Q u é haces aquí? -le preguntó Vanessa Abrams aDan cuando Dan y Jenny llegaron al Five and Dime. -Quería ver cómo había salido la peli de Serena-dijo él con un encogimiento de hombros, como si nole diese importancia. " S i , me lo voy a creer y todo", pensó Vanessa."Querrás decir que vienes a lamerle el huesudo culo aSerena". -Serena no está aquí -les dijo a Jenny y Dan, al ver-los mirar en derredor. El bar en penumbras estaba casivacío, con dos tíos veinteañeros sentados a una mesa delfondo leyendo el Sunday Times y fumando. -Pero es la una y media -dijo Jenny, mirando elreloj-. Se supone que teníamos que reunimos a la una. - Y a sabéis cómo es -dijo Vanessa con un encogi-miento de hombros. Era verdad, sabían que Serena siempre llegaba tardea todos sitios. Sin embargo, a Jenny y Dan no lesimportaba. Era un honor que ella les concediese su pre-sencia. Pero a Vanessa la sacaba de sus casillas. Clark se acercó y pasó sus dedos por el negro cabe-llo de Vanessa cortado al ras. -¿Queréis algo para beber, chicos? -ofreció. Vanessa le sonrió. Le encantaba que Clark la tocasefrente a Dan. Dan se lo tenía merecido. Clark era el bar-man del Five and Dime, el bar de la calle donde Vanessavivía con su hermana mayor, Ruby que vestía pantalonesde piel y tocaba el bajo en un grupo. Clark tenía veintidósaños, largas patillas pelirrojas y hermosos ojos grises, y era 67
  66. 66. el único tío que no la hacía sentir paliducha, rechoncha yrara. Vanessa siempre había creído que a Clark le molabaRuby que tocaba con su grupo en el bar, pero Clark lehabía confesado que era ella quien le gustaba. -Eres diferente -le dijo-, y eso me encanta. Desde luego que Vanessa era diferente, muy diferentede sus compañeras de clase del Colegio Constance Billardpara Niñas. Ellas vivían con sus padres ricos en fantásticosáticos de la Quinta Avenida. Ella vivía en un pequeño apar-tamento sobre una bodega española en Williamsburg, Broo-klyn. Había crecido en Vermont, pero cuando cumplióquince años lloró y pataleó hasta que sus padres, artistasambos, cedieron y le dieron permiso para que se fuese avivir a Nueva York con Ruby, con la única condición de quetuviese una buena y sólida educación en el conservadorColegio Constance Billard. Las compañeras de clase deVanessa no sabían cómo tomarla. Mientras ellas se dabanlas mechas y hacían compras en Barneys o Bendels, Vane-ssa se rapaba la cabeza con maquinilla eléctrica y comprabapantalones y camisetas negros que no mostrasen el logo deninguna marca y que no resultaran femeninos en absoluto. Vanessa conocía a Dan desde que, en décimo curso,ambos se quedaron atrapados en una escalera y nopudieron entrar a una estúpida fiesta, y eran buenosamigos desde entonces. El año pasado, Vanessa y Danhabían estado mucho tiempo juntos y Vanessa habíaperdido la cabeza por él. Pero Dan solo tenía ojos parauna chica: Serena van der Woodsen. Por suerte, Vanessa había comenzado a salir con Clarky estaba intentando superar el enamoramiento que sentíapor Dan, pero no le resultaba fácil. Cada vez que veíasu figura desaliñada, su pálido rostro y sus manos tré-68

×