GOSSIPGIRL  Cecily von Ziegesar    Traducido por Mary Solari       EL PRIMER TÍTULO          DE LA SERIE    Cosas  de chicas
CosasdeChicas.net•oras ^ anterior siguiente • envía una pregunta                                       respuesta i as nomb...
Es una vida de lujo, pero a alguien le tiene que tocarvivirla.   Nuestras casas están todas a poca distancia delMuseo Metr...
desde el apartamento de sus padres al otro lado de lacalle. Ha adoptado la costumbre de morderse las uñas, locual nos pica...
Como la mayoría de las historias jugosas,                     comenzó en una fiesta    —Me pasé la mañana viendo Nickelode...
Por suerte, Blair y sus amigos pertenecían al tipo defamilias que consideran que beber es tan comían comosonarse la nariz....
che Blair tendría que tolerar a Cyrus Rose porque la cena de su madre era en honor a él, y todos los amigos de los Waldorf...
—¿Ya te has acostado con ella? —le preguntó Cyrus.    Nate se puso más rojo que el tapizado del diván fran-cés del siglo d...
nidoso. No podía evitar ser guapo, había nacido así. Pobrecillo.    Aquella noche Nate llevaba el jersey de cashmere ver- ...
Llevaba parándolo hasta el día de hoy. Hacía dosnoches, Nate había vuelto de una fiesta con una petacade whisky a medio be...
Una hora de sexo quema 360 calorías    —¿De qué habláis? —preguntó la madre de Blair,deslizándose hasta Na te y apretando ...
:    —No estoy segura —dijo la señora Archibald, devol-viéndole el susurro—, pero me parece que sí. —-Agarróun rollito de ...
gua por la garganta a su madre frente a todos sus amigos,ella podía comerse un jodido perrito caliente.    —Enseguida vuel...
padres se sentían avergonzados en público y orgullososen privado. Chuck era el tío más salido del grupo deamigos de Nate y...
En aquel momento, Nate se sintió esperanzado. Blair se comportaba de una forma sensual y sexy y quizá... ¿estaría a punto ...
¡S ha vuelto!   —¡Hola, hola, hola! —cloqueó la madre de Blair, a lavez que besaba las delgadas y suaves mejillas de cadau...
dad pasmosa. Todo lo que hacían: jugar al tenis, llamar a un taxi, comer espaguetis, ir al cuarto de baño, lo ha- cían de ...
marchó a la Hanover Academy en undécimo curso y ha estado viajando este verano. Fue muy duro para Blairno tenerte el año p...
en Ridgefield, Connecticut, cantando los estúpidos him-nos que cantaban en el colegio y comportándose comodos viejas chala...
Pero Serena apenas le escuchaba. Sus ojos oscuros recorrían la estancia, buscando a las dos personas que más quería ver: B...
botella de champán y llamaba a su hermana, en su yate enMontecarlo. El pobre Nate siempre estaba a punto dedecir lo que de...
Quizá se le haya pirado totalmente.    —Podía haber hecho su propio éxtasis —asintióKati—. Siempre fue buena en ciencias. ...
"¡He ido a Vermont en auto-stop para hacer snow-board y me pasé la noche bailando con unos tíos queeran superguapos i "   ...
tonteando con un chico de otro internado de New Hamp-shire. Tuvo un aborto —añadió.    —Apuesto a que no era el primero —d...
—Todo sucedió muy... repentinamente —dijo,haciéndose la interesante. Miró hacia abajo y jugueteócon la pequeña sortija de ...
SyN   Serena le sujetaba la mano a Nate y la mecía a un la-do y al otro.   —¿Te acuerdas de El Macho Desnudo? —le pregun-t...
padre, mientras el resto de los Archibald seguía en Mai-ne. Serena estaba en su casa de campo en Ridgefield,Connecticut, t...
Serena también tenía calor y se metió en la mente.Se sentó en el regazo de la Venus de Milo y se salpicócon agua hasta que...
Y la dejó allí un rato mientras se levantaba y llamabapara pedir un festín de comida china y vino blancobarato. Se quedaro...
Serena no pareció notar el silencio incómodo deNate. Suspiró y movió la cabeza para apoyarla en elhombro de él. Ya no olía...
los cócteles. Blair y tú estaréis juntos para siempre y yoseré dama de honor en vuestra boda. Y seremos felicesy comeremos...
te llamado antes de venir. Quería hacerlo, ¡pero, qué movida! ¡Tengo muchísimo que contarte, tía!    Chuck, Kati e Isabel ...
—Quizá —dijo, mirando por la ventana al puesto deperritos calientes—. Supongo que todavía no me heacostumbrado a él.    Se...
—Blair, he sido tan tonta, perdóname —le dijo, sacando la servilleta de lino del servilletero de platapara extenderla sobr...
con un grupo de prostitutas borrachas porque se habíaolvidado en qué hotel estaba alojada. Quería decirle aBlair el coñazo...
sa de arándanos. Se oyó el ruido de los platos y los cu- biertos y los comentarios de: "Delicioso". Blair apiló comida en ...
—¿Blair? —la llamó Serena. Se puso de pie—. Dis-culpad —dijo, y corrió tras ella para ver qué sucedía.No necesitó darse de...
—No teníamos secretos —dijo Blair, cogiendo elcepillo y la pasta. Comenzó a limpiarse los dientes conenergía. Escupió un c...
do estaba clarísimo que estaba de un humor de perros.Seguro que las cosas mejoraban al día siguiente, en elcolegio. Blair ...
CosasdeChicas .netB U S 4 anterior siguiente • envía una pregunta respuesta  i tméres reales de sitios, gente y hedías han...
P: Querida C C :    ¡Mi nombre empieza por S y tengo el pelo rubio!Además, acabo de volver de un internado a mi antiguaesc...
insisten en ir al 3 Guys Coffee Shop a tomar chocolatecaliente y patatas fritas. Yo misma fui para ver de qué ibala movida...
¡Oíd cantar a los ángeles!    —Bienvenidas, niñas —dijo la señora McLean, des- de el podio en el salón de actos del colegi...
marillas de ningún tipo y la señora M les recordaba a laschicas constantemente que no se encasillasen, porque silo hacían ...
—Espera a verla —dijo Isabel—. Está hecha un de- sastre.    —Sí —respondió Rain en un susurro—. He oído queha comenzado un...
Jenny Humphrey, una alumna de noveno, compartíacon su vecina uno de los libros de himnos que le habíanpedido que escribies...
to y tenía el cabello despeinado, las mejillas rosadas y los ojos brillantes de haber corrido las doce manzanas por la Qui...
a menudo —intervino Nicki Button—. Te quedas ciega y luego te mueres.     Blair sonrió al oír los retazos de las conversac...
"Qué guapo", pensó Jenny. Sin lugar a dudas, Sere-na van der Woodsen era la chica más guay del mundoentero, mucho más que ...
—¡Qué cono se ha puesto? —cuchicheó Kati Farkas.    —Quizá piensa que el granate hace que parezca dePrada o algo por el es...
Cuando salía del piso, su madre la había visto y lehabría hecho cambiarse de ropa si no hubiese sido tantarde.    —Este fi...
El otro W de S    Si Jennifer Humphrey hubiese podido oír lo que lascompañeras decían de Serena van der Woodsen, su ído-lo...
se saltó el semáforo. Sentía los calcetines húmedos den-tro de sus Hush Puppies de ante marrón.    Serena van der Woodsen....
so su padre, Rufus Humphrey, un célebre editor retira-do a quien también le gustaban las fiestas. Había publi-cado a poeta...
Comenzó a pasearse por la acera. La cabeza le iba amil por hora. Podía hacer otra fiesta. Podía escribirinvitaciones y hac...
chicos tomaban el autobús de la Setenta y Nueve quecruzaba Central Parle todas las mañanas desde el barriopijo del Upper E...
—Lo hacen si llevas la cuenta de cada chico con el quete has acostado y haces que se enganchen a las mismasdrogas que tú. ...
Dan no quiso oír más. Tiró su colilla a pocos centí-metros de los zapatos de Chuck y se dirigió a las puer-tas del colegio...
En el meollo de cada moda frustrada se         encuentra un romántico empedernido     —Lo que busco es tensión —explicó Va...
¿Quiere pasar un buen rato?                Llame a Serena v. d. Woodsen.                      ¿Pillas lo de v. d.?*   Vane...
princesas como Blair Waldorf? Era una pregunta queVanessa se hacía a diario.    Los padres de Vanessa eran artistas revolu...
Un beso,                  Serena v. d. Wbodsen   Se oyeron las risillas de Blair, Rain y Kati.   —¡Ya vale! —susurró el se...
Madison Square Park. ¿Le interesa a alguien? —pre-guntó.   Hizo la pregunta de coña, porque era obvio quenadie la escuchab...
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Cecily von ziegesar   gossip girl
Upcoming SlideShare
Loading in …5
×

Cecily von ziegesar gossip girl

9,559 views

Published on

Published in: Education
0 Comments
7 Likes
Statistics
Notes
  • Be the first to comment

No Downloads
Views
Total views
9,559
On SlideShare
0
From Embeds
0
Number of Embeds
2
Actions
Shares
0
Downloads
102
Comments
0
Likes
7
Embeds 0
No embeds

No notes for slide

Cecily von ziegesar gossip girl

  1. 1. GOSSIPGIRL Cecily von Ziegesar Traducido por Mary Solari EL PRIMER TÍTULO DE LA SERIE Cosas de chicas
  2. 2. CosasdeChicas.net•oras ^ anterior siguiente • envía una pregunta respuesta i as nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes, is d ¡Qué hay, gente! ¿Alguna vez os habéis preguntado cómo es en reali- dad la vida de los elegidos? Pues bien, yo os lo diré, porque soy una de ellos. Y no me refiero a modelos hermosas, actores, prodigios de la música ni a genios de las matemáticas. Hablo de quienes hemos nacido con la vida resuelta, los que tene- mos todo lo que uno podría desear y consideramos totalmente normal que así sea. Bienvenidos al Upper East Side de la ciudad de Nueva York, donde mis amigos y yo vivimos y vamos a clase, jugamos y dormimos —a veces con algún otro del grupo—. Todos vivimos en pisos enormes con nuestras propias habitaciones con cuarto de baño y línea de teléfono privada. No tenemos ninguna limita- ción ni de dinero ni de bebida, ni nada de lo que se nos ocurra, y nuestros padres casi nunca están en casa, así que disfrutamos de vida privada a mogollón. Somos listos, hemos heredado la belleza clásica, llevamos ropa fantástica y sabemos pasárnoslo bien. Todo eso no qui- ta que nuestra mierda siga oliendo, como la de cual- quiera, pero no se huele porque cada sesenta minutos una empleada pulveriza el cuarto de baño con una esencia purificadora que nos fabrica en exclusiva algún perfumero francés. 5
  3. 3. Es una vida de lujo, pero a alguien le tiene que tocarvivirla. Nuestras casas están todas a poca distancia delMuseo Metropolitano de Arte de la Quinta Avenida yde los colegios privados de chicas y de chicos, como elConstance Billard, donde vamos la mayoría de noso-tras. Aunque tengas resaca, la Quinta Avenida está her-mosa por la mañana con el cabello de los chicos del St.Jude, tan sexys, brillando al sol. Pero algo huele mal alrededor del museo... Visto por ahí B discute con su madre en un taxi frente a Takashi-maya. N se fuma un porro en las escalinatas del MET.C se compra los zapatos del colegio en Barneys. Y unarubia conocida, alta y de intrigante belleza se baja del trende New Haven en la Gran Estación Central. Edadaproximada, diecisiete. ¿Será posible? ¿S ha vuelto? LA CHICA Q U E SE MARCHA AL INTERNA-DO Y VUELVE PORQUE LA E C H A N Sí, S ha vuelto del internado. Su pelo está más largo ymás rubio platino que nunca y sus ojos azules poseen elmisterio de los secretos ocultos. Lleva la misma fabulosaropa vieja, hecha harapos ahora tras sufrir las tormentasde Nueva Inglaterra. Esta mañana la risa de S sonaba en 1las escalinatas del M E T , donde ya no podremos tomar-nos un capuchino y dar unas caladas sin verla saludarnos6
  4. 4. desde el apartamento de sus padres al otro lado de lacalle. Ha adoptado la costumbre de morderse las uñas, locual nos pica todavía más la curiosidad, y, aunque nosmorimos por preguntarle por qué la echaron del colegio,no lo haremos, porque en realidad hubiésemos preferidoque no volviese. Pero está clarísimo que S ha vuelto. Como medida de seguridad, deberíamos ponernoslas pilas. Si no tenemos cuidado, S se ganará a nuestrosprofesores, se pondrá el vestido ese que a nosotras no noscabe, se comerá la última aceituna, hará el amor en lacama de nuestros padres, derramará Campari en nues-tras alfombras, les robará el corazón a nuestros herma-nos o a nuestros novios y, en definitiva, nos joderá lavida bien jodida. Yo la estaré vigilando de cerca. Vigilaré a todo elmundo. Será un año loco y movidito. Me lo huelo. Con cariño, Chica Cotilla 7
  5. 5. Como la mayoría de las historias jugosas, comenzó en una fiesta —Me pasé la mañana viendo Nickelodeon en mihabitación para no tener que desayunar con ellos —lesdijo Blair Waldorf a Kati Farkas e Isabel Coates, sus dosmejores amigas y compañeras del colegio ConstanceBilliard—. Mi madre le hizo una tortilla francesa. Notenía ni idea de que supiese cocinar. Blair se enganchó el largo pelo castaño tras las ore-jas y le dio un sorbo al vaso de cristal tallado con whiskyañejo de su madre. Ya iba por la segunda copa. —¿Qué programas viste? —le preguntó Isabel, qui-tándole un pelo que le había caído en el chaqueta depunto de cashmere negra. —¿Qué más da? —dijo Blair, pateando el suelo conimpaciencia. Llevaba sus nuevas bailarinas negras, serias y pijas,pero ella se lo podía permitir, porque en cualquiermomento podía cambiar de opinión y ponerse sus lar-gas botas baratas de punta y aquella sexy falda metaliza-da que su madre no podía ver ni en pintura. ¡Pof.Convertida en un instante en una sexy gatita rockera.¡Miau! — E l tema es que me pasé la mañana atrapada en mihabitación porque a ellos les apetecía un burdo desayu-no romántico. ¡Los dos en bata de seda roja a juego y nisiquiera se ducharon! —Volvió a tomar un sorbo dewhisky. La única forma de soportar la idea de que sumadre se acostara con aquel hombre era cogerse unacogorza, una buena cogorza.8
  6. 6. Por suerte, Blair y sus amigos pertenecían al tipo defamilias que consideran que beber es tan comían comosonarse la nariz. Sus padres tenían la idea semieuropea deque cuanto más acceso tengan los chicos al alcohol, menosprobabilidades tendrán de abusar de él. Por lo tanto, Blairy sus amigos podían beber lo que quisiesen cuando quisie-sen, siempre que sacasen buenas notas, conservasen el tipoy no hiciesen el ridículo de vomitar en público, mearse enlos pantalones o dar voces en la calle. La misma regla seaplicaba a todo lo demás, como el sexo o las drogas: mien-tas guardasen las apariencias, todo iba bien. Pero no perdamos los papeles, que eso viene mástarde. El hombre que alteraba tanto a Blair era Cyrus Rose,el nuevo novio de su madre. En aquel preciso instante,Cyrus Rose estaba en el otro extremo del salón, saludan-do a los invitados a la cena. Tenía el aspecto de alguienque te ayudaría a elegir un par de zapatos en Saks: calvo,con un pequeño y poblado bigote y una tripa apenas disi-mulada por el brillante traje cruzado azul. Hacía tinti-near las monedas del bolsillo incesantemente y, cuandose quitó la chaqueta, tenía unas desagradables manchasde sudor en los sobacos. Daba grandes risotadas y eramuy tierno con la madre de Blair. Pero no era el padrede Blair. El año anterior, el padre de Blair se había mar-chado a Francia con otro hombre. Es verdad, viven en un castillo y se dedican a losviñedos juntos, lo cual, en realidad, si se piensa, molamogollón. Por supuesto que nada de eso era culpa de Cyrus Rose,pero a Blair eso le traía sin cuidado. Consideraba a Cyrusun gordo inútil y totalmente insoportable. Pero esta no- 9
  7. 7. che Blair tendría que tolerar a Cyrus Rose porque la cena de su madre era en honor a él, y todos los amigos de los Waldorf estaban allí para conocerle: los Bass, con sus hijos Chuck y Donald; el señor Farkas y su hija, Kati; el conocido actor Arthur Coates, su esposa Titi y sus hijas, Isabel, Regina y Camilla; el Capitán Archibald, su esposa y su hijo Nate. Los únicos que faltaban todavía eran el señor y la señora van der Woodsen, cuya hija, Serena, y su hijo, Erik, se encontraban estudiando fuera. Las cenas de la madre de Blair eran famosas y aquélla era la primera desde su tristemente célebre divorcio. Aquel verano habían redecorado el lujoso ático de los Waldorf de rojo oscuro y marrón chocolate, y estaba lle- no de antigüedades y cuadros que habrían impresionado a cualquiera con conocimientos básicos de arte. En el centro de la mesa del comedor había una enorme ensala- dera de plata llena de orquídeas blancas, flores de sauce yramas de castaño, un arreglo moderno de Takashimaya, latienda de artículos de lujo de la Quinta Avenida. Tarjetasdoradas en los platos de porcelana indicaban a cada unosu sitio. En la cocina, la cocinera Myrtle le entonaba can-ciones de Bob Marley al suflé y Esther, la desaliñada cria-da irlandesa, todavía no le había volcado el whisky a nadieencima, gracias a Dios. Blair se estaba emborrachando. Y si Cyrus Rose nodejaba de molestar a Nate, su novio, tendría que ir yderramarle el whisky en sus horteras mocasines italianos. —Blair y tú lleváis saliendo mucho tiempo, ¿verdad?—áCCÍa CyrUS, dándole un puñetazo a Nate en eí bra-zo. Intentaba que el chico se relajase un poco. Todos loschicos del Upper East Side eran unos mojigatos. Eso es lo que él cree. Dales tiempo.10
  8. 8. —¿Ya te has acostado con ella? —le preguntó Cyrus. Nate se puso más rojo que el tapizado del diván fran-cés del siglo dieciocho que tenía al lado. —Bueno, nos conocemos prácticamente desde quenacimos —tartamudeó—. Pero llevamos saliendo cosade un año. No queremos arruinar el tema, sabe, hacerloantes de que estemos preparados —dijo, repitiendo lo queBlair siempre le decía cuando le preguntaba si estabalista para hacerlo o no. Pero estaba hablando con el no-vio de la madre de su novia. ¿Qué se suponía que teníaque decirle: "Oye, tío, si hiera por mí, lo estaríamos ha-ciendo ahora mismo"? —Exactamente —dijo Cyrus Rose. Le apretó el hom-bro a Nate con una mano maciza. Llevaba uno de esosbrazaletes de Cartier que uno se ponía y no se quitaba más,muy populares en los ochenta y no tan populares ahora, amenos que se estuviese en la onda retro. ¿De qué iba? —Déjame que te dé un consejo —le dijo Cyrus aNate, como si Nate hubiese podido negarse—. Noescuches una palabra de lo que dice esa chica. A las chi-cas les gustan las sorpresas. Quieren que no se pierda elinterés, ¿me comprendes? Nate asintió con la cabeza, el ceño fruncido. Intentórecordar la última vez que había sorprendido a Blair. Loúnico que pudo recordar fue la vez que le compró unhelado al irla a buscar a la clase de tenis. De aquellohacía un mes y no había sido nada del otro mundo. Alpaso que iban, Blair y él no harían el amor nunca. Nate era uno de esos chicos que uno mira y que cuan-do los estás mirando sabes que están pensando: "Esa chi-ca no puede quitarme los ojos de encima porque estoybuenísimo". Sin embargo, no actuaba como si fuese va-
  9. 9. nidoso. No podía evitar ser guapo, había nacido así. Pobrecillo. Aquella noche Nate llevaba el jersey de cashmere ver- de musgo de escote en pico que Blair le regaló en Se- mana Santa, cuando el padre de ella los había llevado a esquiar a Sun Valley una semana. Blair le cosió en se- creto un pequeño corazón en el interior de una de las mangas, para que Nate siempre llevase el corazón de ella junto a su piel. A Blair le gustaba considerarse una romántica empedernida al estilo de las actrices de las pelis antiguas, como Audrey Hepburn y Marilyn Mon- roe. Se pasaba el día reinventando el argumento de la peli en que actuaba en aquel momento, la peli de su vida. —Te quiero —le había susurrado a Nate cuando le dio el jersey. —Yo también —le respondió Nate, aunque no esta- ba seguro de si aquello era cierto o no. Cuando se puso el jersey, le quedaba tan bien que Blair deseó gritar y arrancarse toda la ropa. Pero lepareció que no le iba gritar y dejarse llevar por el calordel momento, más del estilo de mujer fatal que del de chica-conquista-chico, así que se quedó callada e inten-tó parecer frágil y tierna como un pajarillo en los bra-zos de Nate. Se besaron largo rato, sus mejillas calientesy frías al mismo tiempo de estar todo el día bajando porlas pendientes. Nate enredó sus dedos en el cabello deBlair y la hizo acostarse en la cama del hotel. Ella levan-tó los brazos por encima de su cabeza y dejó que Natecomenzase a desvestirla hasta que se dio cuenta de dón-de acabarían y de que aquello no era una película, aque-llo era real. Así que, como una niña buena, se sentó degolpe e hizo que Nate se detuviese.12
  10. 10. Llevaba parándolo hasta el día de hoy. Hacía dosnoches, Nate había vuelto de una fiesta con una petacade whisky a medio beber en el bolsillo. —Te quiero, Blair —había murmurado, acostándosejunto a ella en su cama. Blair había deseado nuevamente tirárselo, pero secontuvo. Nate se quedó dormido, roncando suavemen-te, y Blair se quedó a su lado imaginando que Nate yella eran los actores de una película en la que estabancasados y él tenía un problema con la bebida, pero ellasiempre le apoyaba y le amaba eternamente, a pesar deque él de vez en cuando se meaba en la cama. Blair no intentaba jugar con él, lo que pasaba era queno estaba lista. Apenas había visto a Nate en verano por-que ella se había ido a aquella horrible escuela de tenis enCarolina del Norte y Nate se había ido a navegar consu padre por la costa de Maine. Blair quería asegurarsede que después de pasar todo el verano separados, se-guían queriéndose tanto como antes. Quería esperarpara acostarse con un chico hasta cumplir diecisiete años,el mes próximo. Pero estaba harta de esperar. Nate estaba más guapo que nunca. El jersey colormusgo hacía que sus ojos brillasen de un verde oscuro ycon chispitas, y su ondulado cabello castaño teníamechas doradas tras haberse pasado el verano en el mar. De repente, Blair supo que estaba lista. Tomó otrosorbo de whisky escocés. Sí, señor, desde luego queestaba lista. 13
  11. 11. Una hora de sexo quema 360 calorías —¿De qué habláis? —preguntó la madre de Blair,deslizándose hasta Na te y apretando la mano de Cyrus. —Sexo —respondió Cyrus, dándole un húmedobeso en la oreja. Puaj. —¡Oh! —chilló Eleanor Waldorf, tocándose lamelena cardada. La madre de Blair llevaba el vestido a medida de cash-mere color grafito con cuentas que Blair le había ayudadoa elegir en Armand y zapatos de terciopelo sin tacón. Unaño antes no habría podido ponerse aquel vestido, perohabía perdido diez kilos desde que empezó a salir conCyrus. Estaba guapísima. Todos lo decían. —Está más delgada —Blair oyó que la señora Bass lesusurraba a la señora Coates—, pero te apuesto a que seha hecho la liposucción en la papada. —Seguramente. Se ha dejado crecer el pelo, eso esun signo inequívoco. Esconde las cicatrices —susurró laseñora Coates. La estancia vibraba con el sonido de los cotilleos so-bre la madre de Blair y Cyrus Rose. Según Blair podíaoír, los amigos de su madre se sentían igual que ella, aun-que no usasen exactamente palabras como inútil, gordo oinsoportable. —Huelo Oíd Spice —le susurró la señora Coates a laseñora Archibald—. ¿No se habrá puesto Oíd Spice, verdad? Aquello habría sido lo mismo que llevar el spray parael cuerpo Impulso, que, como todo el mundo sabe, es suequivalente para mujeres y es un asco.14
  12. 12. : —No estoy segura —dijo la señora Archibald, devol-viéndole el susurro—, pero me parece que sí. —-Agarróun rollito de bacalao con alcaparras de la bandeja deEsther, se lo metió en la boca y lo masticó con vigor,rehusándose a decir nada más. No podía soportar queEleanor Waldorf las oyese. Cotillear y murmurar eradivertido, pero a costa de los sentimientos de una de susmejores amigas, no. "¡Gilipolleces!", habría dicho Blair si hubiese podidoleer sus pensamientos. "¡Hipócrita!". Toda aquella gen-te era tremendamente cotilla. Y si se es cotilla, más valedisfrutarlo, ¿no? En el otro extremo de la estancia, Cyrus agarró aEleanor y la besó en los labios frente a todo el mundo.Blair sintió vergüenza de que se comportasen como dosadolescentes agilipollados que han perdido la cabeza yapartó la mirada para ver por la ventana la Quinta Ave-nida y Central Park. El otoño había encendido de fue-go las copas de los árboles. Un solitario ciclista salió porla puerta del parque que da a la Setenta y dos y se detu-vo ante el puesto ambulante de la esquina a compraruna botella de agua. Blair no había visto al vendedorambulante de perritos calientes hasta ahora y se pre-guntó si siempre se detendría allí o si sería nuevo. Erasorprendente la poca atención que uno prestaba a lascosas que veía todos los días. De repente, Blair sintió un hambre devoradora y sedio cuenta de lo que quería: un perrito caliente. Y lo que-ría en aquel preciso momento: un humeante perritoSabrette con mostaza y ketchup, cebollas y repollo, y se loiba a comer en tres bocados y luego a lanzarle un eructoa su madre a la cara. Si Cyrus insistía en meterle la len- 15
  13. 13. gua por la garganta a su madre frente a todos sus amigos,ella podía comerse un jodido perrito caliente. —Enseguida vuelvo —les dijo Blair a Kati e Isabel. Se dio la vuelta de golpe y se dirigió al vestíbulo. Ibaa ponerse el abrigo, salir, comprar el perrito, comérse-lo en tres bocados, volver, eructarle a su madre en lacara, tomarse otra copa y luego acostarse con Nate. —¿Adonde vas? —le gritó Kati, pero Blair no sedetuvo; fue directamente a la puerta. Nate la vio aproximarse y se apartó de Cyrus y lamadre de Blair justo a tiempo. —¿Blair? —preguntó—. ¿Qué pasa? "Lleva tu corazón contra su piel", se recordó ella,olvidándose del perrito caliente. En la peli de su vida,Nate la levantaría en sus brazos y la llevaría hasta lahabitación para seducirla. Pero aquélla era la vida real, desgraciadamente. —Tengo que hablar contigo —dijo Blair, alargándo-le su copa—. ¿Me sirves otro primero? Nate aceptó su vaso y Blair le acompañó hasta el barde tapa de mármol junto a las puertas acristaladas quedaban al comedor. Nate llenó dos vasos de whisky y lue-go volvió a seguir a Blair al salón. —Eh, ¿dónde vais, chavales? —les preguntó ChuckBass con una mirada obscena al verlos pasar. Blair le hizo una mueca de irritación y siguió cami-nando, tomando un sorbo de su vaso a la vez. Nate lasiguió haciendo caso omiso de Chuck. Chuck Bass, el hijo mayor de Misty y BartholomewBass, era guapo, con cara de anuncio de loción paradespués de afeitarse. De hecho, había actuado en unanuncio de British Dakkar Noir, algo de lo que sus16
  14. 14. padres se sentían avergonzados en público y orgullososen privado. Chuck era el tío más salido del grupo deamigos de Nate y Blair. Una vez, durante una fiestacuando estaban en noveno, Chuck se había escondidoen el armario de una de las habitaciones de invitadosdurante dos horas, esperando para meterse en la camacon Kati Frakas, que estaba tan borracha que no dejabade vomitar en sueños. Y el tío se metió en la cama conella igual. Tenía una perseverancia ilimitada en lo que atías se refería. La única forma de tratar a un tío como Chuck erareírse de él en la cara, cosa que hacían las chicas que leconocían. En otros círculos, a Chuck le habrían echadopor ser un cerdo de primer orden, pero estas familiasllevaban generaciones siendo amigas. Chuck era unBass, así que no tenían otra que soportarlo. Hasta sehabían acostumbrado a la sortija de oro con sus inicia-les que llevaba en el meñique, la bufanda de cashmereazul marino con el monograma bordado que era su señade identidad y las copias de su retrato en foto que lle-naban las distintas casas de sus padres y que se caíancada vez que abría su taquilla del Colegio para VaronesRiverside Prep. —No os olvidéis de tomar precauciones —les gritóChuck, levantando la copa al ver que Blair y Nate sedirigían al largo pasillo alfombrado de rojo que llevabaal dormitorio de Blair. Blair cogió el pomo de vidrio y lo giró, sorprendien-do a su gata ruso azul, Kitty Minky, que se hallaba hechaun ovillo sobre el cubrecama de seda rosa. Blair hizouna pausa en el umbral y se apretó contra Nate, aga-rrándole de la mano. 17
  15. 15. En aquel momento, Nate se sintió esperanzado. Blair se comportaba de una forma sensual y sexy y quizá... ¿estaría a punto de pasar algo? Blair le apretó la mano y le hizo entrar en el dormi-torio. Cayeron juntos en la cama, derramando sus bebi-das sobre la alfombra de angora. A Blair le entró la risafloja: el whisky se le había subido a la cabeza. "Estoy a punto de acostarme con Nate", pensó,achispada. Y ambos acabarían el colegio en junio y semarcharían a Yale en el otoño y celebrarían una bodapor todo lo alto cuatro años más tarde y encontrarían unpiso hermoso en Park Avenue y lo decorarían de arribaabajo en terciopelo, seda y pieles y harían el amor encada una de las estancias de la casa de forma rotatoria. De repente, la voz de la madre de Blair resonó claray fuerte en el pasillo. —¡Serena van der Woodsen! ¡Qué agradable sor-presa! Nate soltó la mano de Blair y se enderezó como unsoldado al que llama un superior. Blair se sentó de gol-pe en el borde de la cama, dejó su vaso en el suelo yapretó el edredón, los nudillos blancos. Levantó la mirada hacia Nate. Pero Nate ya se daba la vuelta para marcharse a lar-gas zancadas por el pasillo para ver si era posible queaquello fuese verdad. ¿Había vuelto Serena van derWoodsen en serio? La peli de la vida de Blair dio un giro inesperado ytrágico. Blair se apretó el estómago, con un nuevo ata-que de hambre. Tendría que haber ido a por aquelperrito caliente.18
  16. 16. ¡S ha vuelto! —¡Hola, hola, hola! —cloqueó la madre de Blair, a lavez que besaba las delgadas y suaves mejillas de cadauno de los van der Woodsen. ¡Beso, beso, beso, beso, beso, beso! —Sé que Serena no estaba contada entre los invita-dos, querida! —susurró la señora van der Woodsen contono preocupado y confidencial—. Espero que no temoleste. —Por supuesto que no —dijo la señora Waldorf—.¿Has venido a pasar el fin de semana, Serena? Serena van der Woodsen sacudió la cabeza y le en-tregó su clásico abrigo Burberry a Esther, la criada. Seacomodó un mechón tras la oreja y sonrió a su anfi-triona. Cuando Serena sonreía, usaba sus ojos, aquellos ojososcuros, casi azul marino. Era un tipo de sonrisa queuno se sentía tentado a imitar, mirándose en el espejodel cuarto de baño como un imbécil. La sonrisa magné-tica, deliciosa, de "no puedes quitarme los ojos de enci-ma, ¿verdad?" que la mayoría de las supermodelos sepasaban la vida intentando perfeccionar, a Serena lesalía de aquella manera sin siquiera intentarlo. —No, estoy aquí para... —comenzó ésta a decir. —Serena ha decidido que el internado no es para ella—interrumpió la madre de Serena apresuradamente,arreglándose el pelo como si no pasase nada. Era la ver-sión entrada en años de la calma inalterable. La familia van der Woodsen al completo era así.Todos eran altos, rubios, delgados y con una ecuanimi- 19
  17. 17. dad pasmosa. Todo lo que hacían: jugar al tenis, llamar a un taxi, comer espaguetis, ir al cuarto de baño, lo ha- cían de aquella forma ecuánime. Serena en particular.Ella tenía el don de ese tipo de calma que no se puedelograr con sólo comprar el bolso ideal o los vaquerosperfectos. Era la chica que todos los chicos desean y quetodas las chicas desean ser. —Serena volverá al Constance mañana —-dijo el señorvan der Woodsen, lanzándole a su hija una mirada, y ensus ojos azul acero se reflejó una mezcla de orgullo y de-saprobación que le daba un aspecto más amenazador de loque era realmente. —Pues, Serena, estás preciosa, cielo. Blair estaráencantada de verte —trinó la madre de Blair. —Mira quién habla —dijo Serena, abrazándola—. ¡Estás delgadísima! Y la casa es una preciosidad. ¡Cie-los, tienes unas obras de arte fantásticas! La señora Waldorf sonrió, obviamente satisfecha, yrodeó con sus brazos la delgada cintura de Serena. —Cariño, quiero que conozcas a un amigo muyespecial, Cyrus Rose —dijo—. Cyrus, ésta es Serena. —Una preciosidad —dijo Cyrus con su vozarrón.Besó a Serena en ambas mejillas y la apretó un pelíndemasiado—. Además, abraza bien —añadió, dándoleuna palmadita en la cadera. Serena lanzó una risilla, pero no se alteró. Habíapasado mucho tiempo en Europa en los últimos dosaños y estaba acostumbrada a que la manoseaseninofensivos europeos salidos que la encontraban total-mente irresistible. Era un imán para los manoseadores. —Serena y Blair son amigas íntimas, íntimas, íntimas—le explicó Eleanor Waldorf a Cyrus—, pero Serena se20
  18. 18. marchó a la Hanover Academy en undécimo curso y ha estado viajando este verano. Fue muy duro para Blairno tenerte el año pasado, Serena —dijo Eleanor, conlos ojos llenos de lágrimas—. Especialmente con eldivorcio. Pero ya estás de vuelta. ¡Qué contenta se pon-drá Blair! —¿Dónde está? —preguntó Serena ansiosamente, supiel perfecta y clara enrojeciendo ante la idea de volvera ver a su vieja amiga. Se puso de puntillas y estiró elcuello para buscar a Blair, pero pronto se encontrórodeada de padres: los Archibald, los Coates, los Bass yel señor Farkas, que se turnaron en besarla y darle labienvenida. Serena los abrazó, feliz. Aquélla era su gente, y hacíamucho que no volvía a casa. Estaba deseando que todovolviese a ser como antes. Blair y ella irían juntas a clase,se pasarían la clase de fotografía en el Prado de las Ove-jas de Central Park, echadas boca arriba, sacando fotos alas palomas y las nubes, fumando y bebiendo coca cola ysintiéndose como artistas de renombre. Tomarían cócte-les en el Star Lounge del hotel Tribeca Star otra vez, y,como siempre, tendrían que quedarse a dormir en la sui-te que la familia de Chuck Bass tenía allí, porque acaba-rían tan bebidas que luego no podrían volver a casa. Sesentarían en ropa interior clásica en la cama con dosel deBlair a ver películas de Audrey Hepburn mientras bebí-an ginebra con zumo de limón. Copiarían en los exáme-nes de latín como siempre lo hacían; Serena todavía teníatatuada en la curva del brazo, con rotulador indeleble:amo, amas, amat, ¡Gracias a Dios que se llevaban las man-gas tres cuartos! Conducirían la vieja camioneta Buickdel encargado por la propiedad de los padres de Serena 21
  19. 19. en Ridgefield, Connecticut, cantando los estúpidos him-nos que cantaban en el colegio y comportándose comodos viejas chaladas. Harían pis en el portal de las casas desus compañeras de clase y tocarían el timbre para luegosalir corriendo. Se llevarían al hermano pequeño deBlair, Tyler, al Lower East Side y le dejarían allí para vercuánto tardaba en volver a casa. Una obra de caridad, enrealidad, porque Tyler era ahora el niño que más sabía decalles en St. George. Irían a bailar en grupo y perderíancinco kilos de tanto sudar con sus pantalones de cuero.Como si necesitasen perder peso. Volverían a ser las mis-mas, fabulosas. Serena no veía el momento en que estollegase. —Te he traído una copa —le dijo Chuck Bass, metién-dose a codazos entre los padres y dándole un vaso dewhisky—. Bienvenida —añadió, inchnándose para darleun beso en la mejilla a Serena pero errando a propósitopara que sus labios se posasen sobre la boca femenina. —No has cambiado nada —dijo Serena, aceptando lacopa. Tomó un buen sorbo—. ¿Y? ¿Me has echado en falta? —¿Si te he echado en falta? La pregunta es si tú mehas echado de menos a mí —dijo Chuck—. Venga,nena, confiesa. ¿Qué haces aquí? ¿Qué pasó? ¿Tienesnovio? —Oh, venga, Chuck —dijo Serena, apretándole lamano—. Sabes que he vuelto por lo mucho que tedeseo. Siempre te he deseado. Chuck retrocedió un paso y carraspeó, ruborizado.Le había cogido fuera de juego, una proeza. —Este mes lo tengo todo cogido, pero puedo ponerteen la lista de espera —dijo Chuck malhumorado, inten-tando recobrar la compostura.22
  20. 20. Pero Serena apenas le escuchaba. Sus ojos oscuros recorrían la estancia, buscando a las dos personas que más quería ver: Blair y Nate. Finalmente, los encontró. Xate se hallaba junto a la entrada al pasillo y Blair se encontraba detrás de él, jugueteando con los botones de su chaqueta de punto negra. Nate miraba directa- mente a Serena y cuando sus miradas se cruzaron, se mordió el labio inferior como siempre que se encontra-ba avergonzado. Y luego sonrió. Aquella sonrisa. Aquellos ojos. Aquella cara. —Ven aquí —le dijo ella en silencio, con el movi-miento exagerado de sus labios y un gesto de la mano. El corazón se le aceleró cuando Nate comenzó a an- dar hacia ella. Estaba más guapo de lo que recordaba.Mucho más guapo. El corazón de Nate comenzó a latir más rápido queel de ella. —¡Qué hay, tío! —susurró Serena cuando Nate laabrazó. Olía como siempre, como el chico más limpio ydelicioso del mundo. Los ojos se le llenaron de lágrimasa Serena y hundió el rostro en el pecho de Nate. Aho-ra sí que estaba en casa. Nate sintió que se ruborizaba. "Cálmate", se dijo, perono podía calmarse. Sintió deseos de levantarla en brazos yhacerla girar en redondo una y otra vez mientras la besaba."¡Te quiero!", deseó gritar, pero no lo hizo. No podía. Nate era el único hijo de un capitán de la marina y deuna conocida anfitriona francesa. Su padre era un exce-lente marino y extremadamente guapo, pero muy pocodado a los abrazos. Su madre era su extremo opuesto,siempre mimando a Nate y teniendo pataletas emociona-les durante las que se encerraba en su habitación con una 23
  21. 21. botella de champán y llamaba a su hermana, en su yate enMontecarlo. El pobre Nate siempre estaba a punto dedecir lo que de verdad sentía, pero no quería montar elnúmero o decir algo de lo que pudiese arrepentirse mástarde. En vez de ello, se mantenía callado y dejaba que losdemás timoneasen mientras él se echaba hacia atrás y dis-frutaba del rítmico mecer de las olas. Por más que pare-ciese un semental, en realidad era bastante débil. —¿Y? ¿Qué es de tu vida? —le preguntó a Serena,intentando respirar con normalidad—. Te hemos echadode menos. Daos cuenta de que no tuvo siquiera el valor dedecir: "Te he echado de menos". —¿Qué es de mi vida? —repitió Serena. Lanzó unarisilla—. Si lo supieras, Nate. He sido mala, muy mala. Nate apretó los puños involuntariamente. Dios,¡cómo la había echado de menos!*** Sin que nadie le hiciese caso, como siempre, Chuckse apartó de Serena y Nate y se acercó a Blair, quien sehallaba nuevamente con Kati e Isabel. —Apuesto mil dólares a que la echaron —les dijo—.¿Y no tiene aspecto de que la hayan follado? Bien folla...le dicen la bien folla... Quizá tuviera una red de prostitu-ción montada allí arriba. La Alegre Alcahueta de la Hano-ver Academy —añadió, riéndose de su estúpido chiste. —Creo que tiene aspecto de colgada también —dijoKati—. Quizá esté metiéndose heroína. —O algún medicamento —dijo Isabel—. Algo comoValium o Prozac, ¿sabéis?24
  22. 22. Quizá se le haya pirado totalmente. —Podía haber hecho su propio éxtasis —asintióKati—. Siempre fue buena en ciencias. —He oído que se unió a algún tipo de secta —dijoChuck—. Como si le hubiesen lavado el cerebro y aho-ra en lo único que piensa es en el sexo, y es como situviese que hacerlo todo el tiempo. Blair se preguntó cuándo estaría lista la comida, ais-lándose de las ridiculas conjeturas de sus amigos. Sehabía olvidado de lo bonito que era el pelo de Serena,lo perfecta que tenía la piel, lo largas y delgadas queeran sus piernas. El aspecto que tenían los ojos de Natecuando miraba a Serena, como si no quisiera pestañearnunca más. Nunca la miraba a ella de aquella forma. —Oye, Blair, Serena te habrá dicho que volvía —dijoChuck—. Venga, cuéntanoslo. ¿De qué va la movida? Blair se lo quedó mirando sin saber qué decir y surostro pequeño y delicado enrojeció. La verdad era quellevaba un año sin hablar con Serena. Al principio, cuando Serena se fue al internado des-pués del segundo año de secundaria, Blair la habíaextrañado de verdad. Pero pronto se dio cuenta de queera mucho más fácil brillar sin que Serena estuviese porallí. De repente, Blair era la más mona, la más lista, lamás fashion, la chica más superinteresante. Se convirtióen la chica que todos miraban, así que dejó de extrañari Serena. Se sintió un poco culpable por no mantenerel contacto, pero hasta eso había ido desapareciendo alrecibir los e-mails impersonales y arrogantes de Serena, rescribiendo lo bien que se lo estaba pasando en elinternado. 25
  23. 23. "¡He ido a Vermont en auto-stop para hacer snow-board y me pasé la noche bailando con unos tíos queeran superguapos i " "Anoche me lo pasé genial. ¡Joder, cómo me duele lacabeza!" La última noticia que Blair había recibido era unapostal el verano pasado. Ponía: "Blair: He cumplido los diecisiete el Día de la Basti-lla. ¡Toda Francia está de fiesta! ¡¡¡Te echo de menos!!!Te quiero. Serena." Blair había metido la tarjeta en su vieja caja dezapatos Fendi con todos los demás recuerdos de suamistad. Una amistad que guardaría para siempre,pero que hasta aquel momento pensaba que se habíaacabado. Serena había vuelto. Le habían quitado la tapa a lacaja de zapatos y todo volvería a ser lo que era antes deque se marchase. Como siempre, serían Serena y Blair,Blair y Serena, y Blair pasaría nuevamente a ser la ami-ga más bajita, más gorda, más sosa y menos ingeniosade la superchica rubia, Serena van der Woodsen. O no, si Blair podía evitarlo. —¡Estarás tan ilusionada de que Serena esté aquí! —di-jo Isabel, pero al ver la expresión del rostro de Blair cam-bió el tono—. Desde luego que el Constance la aceptónuevamente. Típico. Están tan desesperados que no pue-den perdernos a ninguno de nosotros —Isabel bajó lavoz—: He oído que la primavera pasada Serena estovo26
  24. 24. tonteando con un chico de otro internado de New Hamp-shire. Tuvo un aborto —añadió. —Apuesto a que no era el primero —dijo Chuck—.Basta con mirarla. Y eso fue lo que hicieron. Los cuatro miraron aSerena, que seguía charlando alegremente con Nate.Chuck veía a la chica con la que llevaba intentandoacostarse desde que recordaba desear acostarse con chi-cas, ¿primer curso, quizá? Kati veía a la chica que lleva-ba copiando desde que comenzase a comprarse supropia ropa, ¿tercer curso? Isabel veía a la chica quehabía llegado a ser el ángel con alas hechas con plumasde verdad en la función de Navidad de la Iglesia delEterno Descanso, mientras que Isabel sólo había logra-do ser pastorcilla y tuvo que llevar un saco de arpillera.Tercer curso otra vez. Isabel y Kati vieron a la chica queinevitablemente les robaría a Blair y las dejaría a las dostuntas, un prospecto tan aburrido que mejor no pensar enello. Y Blair veía a Serena, su mejor amiga, la chica aquien siempre amaría y odiaría. La chica con la quenunca podría compararse y que había hecho todo elesfuerzo por reemplazar. La chica que había deseadoque todos olvidasen. Durante unos diez segundos Blair pensó en decirles asus amigos la verdad: no sabía que Serena volvía. Pero,¿qué iban a pensar? Supuestamente Blair sabía de qué ibael tema, ¿y cómo iba a parecerlo si reconocía que no teníani idea de que Serena volvía, mientras sus amigos parecí-an saber tanto? Blair no podía quedarse ahí parada sindecir nada. Además, ¿quién quería oír la verdad cuando laverdad era tan increíblemente aburrida? A Blair le fasci-naba el drama. Allí tenía la oportunidad. Carraspeó. 27
  25. 25. —Todo sucedió muy... repentinamente —dijo,haciéndose la interesante. Miró hacia abajo y jugueteócon la pequeña sortija de rubíes que llevaba en el dedocorazón de la mano derecha. La peli había comenzado aproyectarse y Blair comenzó a entrar en ambiente—.Creo que Serena está hecha un lío, pero le prometí queno diría nada —añadió. Sus amigos asintieron con la cabeza como si com-prendiesen todo completamente. Parecía algo serio yjugoso, y más todavía si daba la impresión de que Serenase lo había confiado a Blair. Ojalá Blair pudiese escribirel resto del guión de la peli. Seguramente acabaría con elmuchacho y Serena podría hacer el papel de la chica quese cae del acantilado y se rompe el cráneo contra unaroca para ser devorada por buitres hambrientos y nun-ca saberse más de ella. —Ten cuidado, Blair —advirtió Chuck, señalandocon una cabezadita en dirección a Serena y Nate, queseguían hablando en voz baja sin apartar la vista el unodel rostro del otro—. Parece que Serena ha encontradosu próxima víctima.28
  26. 26. SyN Serena le sujetaba la mano a Nate y la mecía a un la-do y al otro. —¿Te acuerdas de El Macho Desnudo? —le pregun-tó, riendo suavemente. Nate lanzó una risa ahogada. Le seguía dando ver-güenza después de tantos años. El Macho Desnudo erael alter ego de Nate, que inventaron durante una fiestaen octavo, cuando la mayoría de ellos se había emborra-chado por primera vez. Después de tomarse seis cerve-zas, Nate se quitó la camisa y Serena y Blair le dibujaroncon rotulador negro una cara graciosa de dientes protu-berantes. Por algún motivo, el dibujo le sacó a Nate eldiablo que llevaba dentro y comenzó un juego: todos sesentaron en círculo y él se puso de pie en el centro con unlibro de latín. Comenzó a lanzarles verbos para que con-jugasen. El primero que se confundiese tenía que beber ybesar al Macho Desnudo. Todos se equivocaron, tanto loschicos como las chicas, así que el Macho tuvo muchaacción aquella noche. A la mañana siguiente, Nateintentó simular que no había sucedido, pero la pruebaestaba allí, en tinta sobre su piel. Le llevó semanas qui-társelo en la ducha. —¿Y el Mar Rojo? —dijo Serena. Se quedó mirán-dole el rostro. Ninguno de los dos sonreía. — E l Mar Rojo —repitió Nate, ahogándose en loslagos profundos de los ojos femeninos. Por supuestoque se acordaba, ¿cómo iba a olvidarlo? Un caluroso fin de semana de agosto, el verano des-pués de décimo curso, Nate había ido a la ciudad con su 29
  27. 27. padre, mientras el resto de los Archibald seguía en Mai-ne. Serena estaba en su casa de campo en Ridgefield,Connecticut, tan aburrida que se había pintado las uñasde las manos y de los pies todas de diferentes colores.Blair estaba en el castillo Waldorf, en Glengales, Escocia,en la boda de su tía, pero ello no había impedido que susdos mejores amigos se divirtiesen sin ella. Cuando Natela llamó, Serena se montó inmediatamente en el tren queiba a Estación Central. Nate la esperaba en el andén. Cuando se bajó deltren con aquel vestido recto azul pálido y chanclas decolor rosa, el pelo rubio suelto apenas llegándole a loshombros desnudos, sin nada en las manos, ni siquieraun bolso o una cartera, le pareció un ángel. Qué suertetenía. Había sido lo mejor que le había pasado en lavida: Serena anduvo por el andén con sus chanclas, leechó los brazos al cuello y le besó en los labios. Aquelbeso maravilloso y sorprendente. Primero tomaron Martinis en el pequeño bar del segun-do piso de la Estación Central, junto a la entrada por la Ave-nida Vanderbilt. Luego cogieron un taxi por Park Avenuehasta la casa de Nate, en la calle Ochenta y Dos. Su padretenía una reunión con unos banqueros extranjeros y no vol-vería hasta muy tarde, así que Serena y Nate estarían solos.Qué curioso, era la primera vez que estaban solos y eranconscientes de ello. No les llevó mucho hacerlo. Se sentaron en el jardín y tomaron cerveza y fuma-ron. Nate llevaba un polo de manga larga y hacíamucho calor, así que se lo quitó. Tras pasarse horas enel puerto trabajando en el barco que construía con supadre en Maine, tenía el torso musculoso y bronceado,con unas diminutas pecas por los hombros.30
  28. 28. Serena también tenía calor y se metió en la mente.Se sentó en el regazo de la Venus de Milo y se salpicócon agua hasta que se le empapó el vestido. No resultaba difícil ver cuál de las dos era la verda-dera diosa. Venus parecía una pila de mármol amorfacomparada con Serena. Nate se metió en la fuente tam-bién y pronto se hallaron los dos arrancándose la ropa.Después de todo, era agosto. La única forma de sopor-tar el calor en agosto es desnudarse. A Nate le preocupaban las cámaras de seguridad queconstantemente vigilaban la casa de sus padres pordelante y por detrás, de modo que llevó a Serena aden-tro, a la habitación de sus padres. El resto ya se sabe. Fue la primera vez para los dos. Fue extraño y doloro-so y emocionante y divertido. Tan dulce que se olvidaronde la vergüenza. Fue exactamente como desearías quefuese tu primera vez, y ninguno de los dos se arrepintióde haberlo hecho. Después encendieron la tele, queestaba puesta en el canal Historia, y vieron un docu-mental sobre el Mar Rojo. Serena y Nate se quedaronen la cama abrazados mirando las nubes por la clarabo-ya encima de sus cabezas mientras oían al narrador delprograma hablar sobre Moisés abriendo las aguas delMar Rojo. A Serena le hizo mucha gracia. —¡Tú has abierto mi Mar Rojo! —exclamó, riendo3 carcajadas, y la emprendió contra Nate con las al-mohadas. Nate se rió y la envolvió en la sábana como unamomia. —¡Te quedarás aquí como ofrenda a la Tierra Pro-metida! —dijo, con voz grave, como en una película deterror. 31
  29. 29. Y la dejó allí un rato mientras se levantaba y llamabapara pedir un festín de comida china y vino blancobarato. Se quedaron en la cama comiendo y bebiendo yél separó una vez más las aguas de su Mar Rojo antes deque se hiciera de noche y las estrellas brillasen a travésde la claraboya. Una semana más tarde, Serena se fue interna a laHanover Academy mientras Nate y Blair se quedabanen Nueva York. Desde entonces, Serena había pasadotodas sus vacaciones fuera: los Alpes austríacos en Navi-dades, la República Dominicana en Semana Santa, el ve-rano viajando por Europa. Era la primera vez que volvía,la primera vez que veía a Nate desde la separación de lasaguas del Mar Rojo. —Blair no lo sabe, ¿no? —le preguntó ahora Sere-na a Nate en voz baja. "¿Qué Blair?", se preguntó Nate, sufriendo unamomentánea amnesia. Sacudió la cabeza. —No —dijo—. Si tú no se lo has dicho, no lo sabe. Pero Chuck Bass lo sabía, lo cual era casi peor. Natese lo confesó en un momento de total estupidez hacíaapenas dos noches en una fiesta en la que, tomandochupitos, se habían pillado una buena cogorza. —Dime, Nate, ¿cuál ha sido el mejor polvo de tuvida? Es decir, si ya te has estrenado... —Me tiré a Serena van der Woodsen —había alardea-do Nate como un gilipollas. Y Chuck guardaría poco tiempo aquel secreto. Eramuy jugoso y útil. Chuck no necesitaba leer Cómoganar amigos e influir en la gente. Había escrito el jodi-do libro, aunque no le iba muy bien en el tema de lasamistades.32
  30. 30. Serena no pareció notar el silencio incómodo deNate. Suspiró y movió la cabeza para apoyarla en elhombro de él. Ya no olía a Cristalle, de Chanel, comoantes. Olía a miel, a madera de sándalo y a lilas, su pro-pia mezcla de aceites esenciales. Una fragancia que leiba muy bien, totalmente irresistible. Seguramente, sialguien más intentara usarla olería a caca de perro. —Joder. Te he extrañado un huevo, Nate —le dijoella—. Ojalá hubieses visto la que monté. Me porté muymal. —¿Qué quieres decir? ¿Qué hiciste que estuviese tanmal? —preguntó Nate con una mezcla de miedo y exci-tación. Durante un segundo, se la imaginó montandoorgías en el colegio mayor de la Hanover Academy yacostándose con hombres mayores en hoteles de París.Ojalá la hubiese visitado en Europa aquel verano. Siem-pre deseó hacerlo en la habitación de un hotel. —Y, además, he sido una amiga horrible —prosiguióSerena—. No he hablado casi nada con Blair desde queme marché. Han pasado tantas cosas. Se ve que estáenfadada. Ni siquiera me ha saludado. —No está enfadada —dijo Nate—. Quizá lo que lepasa es que siente timidez. —¡Venga, tío! —dijo Serena, lanzándole una mira-da—. ¿Blair, tímida? ¿Desde cuándo? —Te digo que no está enfadada —insistió Nate. —Vale, pues —dijo Serena y se encogió de hom-bros—. Estoy tan fiipada de encontrarme aquí con vo-sotros, tío... Haremos todo lo que hacíamos antes.Blair y yo haremos pellas y te veremos en la terrazadel M E T y luego nos iremos al cine ese junto al HotelPlaza que pone pelis viejas hasta que llegue la hora de 33
  31. 31. los cócteles. Blair y tú estaréis juntos para siempre y yoseré dama de honor en vuestra boda. Y seremos felicesy comeremos perdices, como en las películas. Na te frunció el ceño. —No pongas esa cara, Nate —rió Serena—. Noparece una mala perspectiva, ¿no? —No —se encogió de hombros Nate—, supongoque está bien —dijo, aunque estaba clarísimo que no selo creía. —¿Qué es lo que está bien? —preguntó alguien conrudeza. Sorprendidos, Nate y Serena separaron sus miradascon esfuerzo. Era Chuck, y con él estaban Ka ti, Isabely Blair, por fin, que en verdad parecía muy tímida. —Lo siento, Nate —dijo Chuck, dándole una pal-mada en la espalda—, pero no puedes quedarte a la vander Woodsen toda la noche para ti, ¿sabes? Nate lanzó un resoplido y bebió de su vaso. Sólo lequedaba el hielo. Serena miró a Blair, o, al menos, intentó hacerlo.Blair simuló acomodarse las medias negras, subiéndo-selas desde los huesudos tobillos hasta las rodillas hue-sudas y más arriba, en los muslos, firmes por el tenis.Serena besó primero a Kati, luego a Isabel y luego sedirigió hasta Blair. Esta no podía pasarse la vida entera acomodándoselas medias sin hacer el ridículo, así que cuando tuvo aSerena a unos centímetros, levantó la vista y simulósorprenderse. —Hola, Blair —dijo Serena, ilusionada. Le apoyó lasmanos en los hombros porque era más alta que ella y seinclinó a besarla en ambas mejillas—. Siento no haber-34
  32. 32. te llamado antes de venir. Quería hacerlo, ¡pero, qué movida! ¡Tengo muchísimo que contarte, tía! Chuck, Kati e Isabel se dieron codazos y se quedaronmirando a Blair. Fijo que les había mentido. No tenía niidea de que Serena volvía. Blair se ruborizó. ¡Vaya putada! Nate notó la tensión, pero pensó que se debía a unmotivo totalmente distinto. ¿Ya se lo habría dicho Chuck a Blair? ¿Le habría hecho la putada a él? Nateno lo supo en realidad porque Blair ni siquiera lemiraba. Se hizo un silencio extraño, no el tipo de momentoque esperarías compartir con tus amigos más íntimos. Lamirada de Serena pasó veloz de uno a otro. Estaba claroque había metido la pata y rápidamente se dio cuentade lo que era. "¡Qué gilipollas que soy!", se dijo. —Quiero decir que siento no haberte llamado ano-che. Acabo de volver de Ridgefield. Mis padres me hantenido enclaustrada allí hasta ver qué hacían conmigo.¡Qué muermo! ¡Salvada! Esperó que Blair sonriese agradecida por la forma enque lo había arreglado, pero lo único que hizo Blair fuemirar a Kati e Isabel para ver si se habían dado cuenta dela metedura de pata. Actuaba de una manera extraña ySerena intentó controlar el pánico que comenzaba a inva-dirla. Quizá Nate estuviera equivocado, quizá Blair esta-ba enfadada con ella de verdad. Serena se había perdidomuchas cosas. El divorcio, por ejemplo. Pobre Blair. —Seguro que sin tu padre es una mierda —dijo—.Pero tu madre está muy bien y Cyrus es simpático unavez que uno se acostumbra a él —lanzó una risilla. Pero Blair no sonreía. 35
  33. 33. —Quizá —dijo, mirando por la ventana al puesto deperritos calientes—. Supongo que todavía no me heacostumbrado a él. Se hizo un largo y tenso silencio. Lo que necesitabantodos era una buena copa. —¿Quién se apunta? —preguntó Nate haciendo tin-tinear el hielo de su vaso—. Voy a por ellas. —Gracias, Nate —dijo Serena, alargándole su vaso—.Tengo una sed de cojones. En Ridgefield le echaban lallave al maldito mueble de las bebidas. ¿No es increíble? —No, gracias —dijo Blair, negando con la cabeza. —Si tomo otro, mañana tendré resaca —dijo Kati. —Siempre estás resacosa en clase —rió Isabel y le dioa Nate su vaso—. Toma, yo compartiré el mío con Kati. —Yo te ayudo —se ofreció Chuck, pero antes de quepudiesen alejarse, la señora van der Woodsen se acercó ytocó el brazo de su hija. —Serena —dijo—, Eleanor quiere que nos sentemosa la mesa. Te ha puesto junto a Blair para que podáisponeros al día. Serena le lanzó una mirada ansiosa a Blair. Esta ya se había dado la vuelta y se dirigía a la mesa.Se sentó junto a su hermano, Tyler, de once años, quellevaba una hora en su sitio leyendo la revista RollingStone. E l ídolo de Tyler era el director de cine CameronCrowe, que con sólo quince años había seguido a LedZeppeling en sus giras. Tyler se negaba a escuchar CDsy decía que los discos de vinilo eran la única forma deescuchar música. Blair tenía miedo de que su hermanose convirtiese en un pasota. Serena hizo de tripas corazón y acercó una silla alespacio junto a Blair.36
  34. 34. —Blair, he sido tan tonta, perdóname —le dijo, sacando la servilleta de lino del servilletero de platapara extenderla sobre sus rodillas-—. La separación detus padres habrá sido una mierda. Blair se encogió de hombros y agarró un panecillo fresco de una cesta que había en la mesa. Lo partió en dos con las manos y se metió una mitad en la boca. Los otros invitados todavía estaban decidiendo dónde sen-tarse. Blair sabía que era de mal gusto comenzar acomer antes de que todos se sentasen, pero si tenía laboca llena no podría hablar y, la verdad era que no teníaganas de hablar. —Ojalá hubiese estado aquí —dijo Serena, mirandoa Blair untar la otra mitad del panecillo con una gruesacapa de mantequilla francesa—. Pero ha sido un añoalucinante. Tengo un montón de cosas superfiipantesque contarte. Blair asintió con la cabeza y masticó el pan con lenti-tud, como una vaca rumiando. Serena esperó a que lehiciese alguna pregunta, pero Blair no dijo nada y siguiómasticando. No quería oír las fabulosas cosas que Serenahabía hecho mientras ella tuvo que tragarse a sus padrespeleándose por unas antiguallas de sillas en las que nadiese sentaba, juegos de té que nadie usaba y pintaras feas yvaliosas. Serena habría querido hablarle de Charles, el únicorastafari de la Hanover Academy, que le había pedidoque huyese con él a Jamaica; de Nicholas, el chico delinternado francés que nunca llevaba ropa interior yque había seguido el tren de ella desde París a Milán enun diminuto Fiat; de la vez que había fumado hachís enAmsterdam y acabó pasando la noche en un parque 37
  35. 35. con un grupo de prostitutas borrachas porque se habíaolvidado en qué hotel estaba alojada. Quería decirle aBlair el coñazo que había sido que la Hanover Aca-demy no la admitiese en su último año simplementeporque se había pirado un par de semanas al principiode curso. Deseó hablarle a Blair del miedo que tenía devolver al Constance al día siguiente porque no habíadado ni golpe durante el año y sentía que no daría latalla en absoluto. Pero a Blair le daba igual. Cogió otro panecillo y ledio un gran bocado. —¿Vino, señorita? —preguntó Esther, de pie con labotella a la izquierda de Serena. —Sí, gracias —dijo Serena. Ver el Cote du Rhoneverterse en su copa le hizo recordar el Mar Rojo nueva-mente. "Quizá Blair lo sepa", pensó. ¿Se trataría deeso? ¿Por eso actuaba de aquella manera tan extraña?Le lanzó una mirada a Nate, sentado a cuatro sitios a suderecha, pero estaba enfrascado en una conversacióncon el padre de ella. Seguramente hablaran de barcos. —¿Tú y Nate seguís juntos, verdad? —dijo, decidi-da a arriesgarse—. Apuesto a que acabáis casados. Blair se bebió su vino de un trago y su sortija con elpequeño rubí chocó contra la copa. Alargó la mano y vol-vió a untar el pan con otra gruesa capa de mantequilla. —Oye, ¿Blair? —dijo Serena, tocándole el brazo—.¿Te encuentras bien? —Sí —dijo Blair, más por decir algo mientras untabael pan que como respuesta a la pregunta de Serena—.Estoy bien. Esther llegó de la cocina con el suflé de calabacinescon bellota y el pato con su guarnición de acelgas y sal-38
  36. 36. sa de arándanos. Se oyó el ruido de los platos y los cu- biertos y los comentarios de: "Delicioso". Blair apiló comida en su plato y comenzó a engullirla como si lle-vase semanas sin probar bocado. Le daba igual que le sentase mal, con tal de no tener que hablar con Serena. —¡Joder, tía! —dijo Serena, al verla atiborrarse—, parece que tienes hambre. Blair asintió con la cabeza y se llenó la boca de guar-nición. Bajó el bocado con un trago de vino. —Estoy muerta de hambre —dijo. —Serena —llamó Cyrus Rose desde la cabecera dela mesa—. ¿Qué tal Francia? Tu madre dice que estu-viste en el sur de Francia este verano. ¿Es cierto que laschicas francesas van en topless por la playa? —Sí, es verdad —dijo Serena. Arqueó una ceja,Juguetona—. Pero las chicas francesas no son las únicas.Yo tampoco llevaba sujetador en la playa. ¿Cómo, si no,iba a ponerme morena sin marcas? Blair se atragantó con un enorme trozo de suflé y loescupió dentro de su vino, donde quedó flotando comoun trozo de pan hasta que Esther se llevó la copa y letrajo una limpia. Nadie se dio cuenta. Serena acaparaba la atención dela mesa con las anécdotas de sus viajes por Europa has-ta que llegó el postre. Cuando Blair acabó su segun-do plato de pato, se comió un enorme cuenco depudín de tapioca con chocolate, haciendo oídos sordos ala voz de Serena mientras engullía cucharada tras cucha-rada del postre. Finalmente, el estómago de Blair serebeló, obligándola a enderezarse de golpe y a arrastrarla silla hacia atrás para correr por el pasillo a su dormi-torio y meterse en el cuarto de b a ñ o contiguo. 39
  37. 37. —¿Blair? —la llamó Serena. Se puso de pie—. Dis-culpad —dijo, y corrió tras ella para ver qué sucedía.No necesitó darse demasiada prisa: Blair no iba a nin-gún lado. Cuando Chuck vio que Blair salía disparada y Sere-na tras ella, asintió con expresión de comprender. Ledio un codazo a Isabel. —A Blair le está dando algo —susurró—. ¡Quéfuerte! Nate siguió a las chicas con la vista sintiendo unacreciente inquietud. Estaba casi seguro de que en elbaño las chicas hablaban solamente de sexo. Y la mayoría del tiempo tenía razón. Blair se arrodilló junto al váter y se metió el dedo enla garganta lo más adentro que pudo. Los ojos lecomenzaron a lagrimear y tuvo una arcada. Era algoque había hecho antes, muchas veces. Era asqueroso yhorrible y sabía que no debería hacerlo, pero al menosse sentiría mejor cuando acabase. La puerta del cuarto de baño estaba entreabierta ySerena podía oír las arcadas de su amiga. —Blair, soy yo —le dijo en voz baja—. ¿Te encuen-tras bien? —Enseguida salgo —dijo Blair cortante, pasándosela mano por los labios. Se puso de pie y tiró de la cade-na. Serena abrió la puerta y Blair se dio la vuelta y lelanzó una mirada de furia—. Estoy bien —dijo—. Deveras. Serena bajó la tapa del váter y se sentó. —No seas así, Blair —dijo, exasperada—. ¿Se puedesaber qué te pasa? Soy yo, ¿recuerdas? No hay secretosentre nosotras.40
  38. 38. —No teníamos secretos —dijo Blair, cogiendo elcepillo y la pasta. Comenzó a limpiarse los dientes conenergía. Escupió un chorro de espuma verde—. Ade-más, ¿cuándo fue la última vez que hablamos, eh? ¿Enel verano anterior al último? Serena bajó los ojos hacia sus deslucidas botas marro-nes de piel. —Tienes razón. Lo siento. Soy una mierda —dijo. Blair aclaró su cepillo y volvió a colocarlo en su sitio. >c miró al espejo. —Pues te has perdido mucho —dijo, limpiándoseuna manchita de rímel con la yema del meñique—. Osea, que el año pasado fue... diferente. —Había estadoa punto de decir "difícil", pero "difícil" la haría pareceruna víctima, como si apenas hubiese podido sobrevivirsin Serena a su lado. "Diferente" quedaba mejor. Lelanzó una mirada con una súbita sensación de poder—.Nate y yo estamos muy unidos, ¿sabes? Nos contamostodo. Vale, tía. Las dos chicas se miraron un segundo con inquietad. —Bueno, no te preocupes por Nate y por mí —dijoluego Serena, con un encogimiento de hombros—.Sólo somos amigos, ya lo sabes. Y, además, estoy hartade los chicos. Blair esbozó una sonrisa. Estaba claro que Serenaquería que ella le preguntase por qué estaba harta de loschicos, pero no iba a darle esa satisfacción. Se tironeódel jersey y se miró al espejo una vez más. —Hasta luego —dijo, y se marchó abruptamente. "¡Mierda!", pensó Serena, pero se quedó donde esta-ba. No tenía sentido seguirla en aquel momento, cuan- 41
  39. 39. do estaba clarísimo que estaba de un humor de perros.Seguro que las cosas mejoraban al día siguiente, en elcolegio. Blair y ella tendrían una de sus famosas sesio-nes de confesiones íntimas en el comedor mientrascomían lechuga y tomaban yogur de limón. Una amis-tad como la de ellas no desaparecía de la noche a lamañana. Serena se puso de pie y se observó las cejas en elespejo. Con las pinzas de Blair se arrancó uno o dospelos. Sacó del bolsillo un tubo de brillo labial UrbanDecay Gash y se dio otra capa. Luego cogió el cepillodel pelo de Blair y comenzó a cepillarse el cabello.Finalmente, hizo pis y volvió a la reunión olvidándoseel brillo labial en el lavabo. Cuando Serena se sentó, Blair comía una segundaración de pudín y Nate le estaba dibujando a Cyrus sufantástico barco en el reverso de una caja de cerillas.Frente a ella, Chuck levantó su copa para brindar. Sere-na no supo por qué brindaban, pero ella siempre estabadispuesta a hacerlo.42
  40. 40. CosasdeChicas .netB U S 4 anterior siguiente • envía una pregunta respuesta i tméres reales de sitios, gente y hedías han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir, a mí ¡Qué hay, gente! V E N A S E N LAS ESCALINATAS DEL M E T ¡No es un mal principio, no señor! Me habéis man- dado toneladas de e-mails y me lo he pasado pipa leyén- dolos. Muchas gracias. ¿No es genial ser malas? Vuestro e-mail P: Oye, Chica Cotilla: He oído que la policía encontró en New Hampshire a una chica desnuda rodeada de un montón de pollos muertos, o sea, que pensaron que estaría metida en una movida de vudú o eso. ¿Crees que sería S? Me refiero a que parece su estilo, ¿a que sí? SaludoS —catee3 R: Querida catee3: No lo sé, pero no me sorprendería. A S le gustan mucho los pollos. Un día, en el parque, la vi comerse mogollón de pollo frito en un pispas. Pero al parecer estaba bien colocada aquel día. —CC. 43
  41. 41. P: Querida C C : ¡Mi nombre empieza por S y tengo el pelo rubio!Además, acabo de volver de un internado a mi antiguaescuela en N Y C . Estaba hasta los huevos de las reglas,como que no te dejasen fumar o beber, ni tampoco lle-var chicos a tu habitación. Pues vale, ahora tengo mipropio apartamento y el sábado próximo doy una fies-ta. ¿Quieres venir? J. —S969 R: Querida S969: La S sobre la que escribo todavía vive con sus padrescomo la mayoría de nosotras, las chicas que tenemosdiecisiete años. Mira que tienes suerte, cabrona. —CC P: ¿Qué passa, Chica Cotilla? Anoche unos tíos que conozco compraron un puña-do de pastillas a una tía rubia en las escalinatas delMuseo Metropolitano de Arte. Tenían la letra S por to-dos lados. ¿Coincidencia o qué? —Sinnombre R: Querida Sinnombre: ¡Qué fuerte! Es lo único que se me ocurre decir. —CC 3 TÍOS Y 2 TÍAS Iy K tendrán un poco de dificultad para caber dentrode los vestidos tan monos que se compraron en Bendel si44
  42. 42. insisten en ir al 3 Guys Coffee Shop a tomar chocolatecaliente y patatas fritas. Yo misma fui para ver de qué ibala movida y supongo que se puede decir que el camareroque me atendió era mono, si te gustan los pelos en las ore-jas, pero la comida era peor que la del Jacksons Hole yla media de edad de la gente era como de cien años. Visto por ahí Han visto a C en Tiffany eligiendo otro par degemelos con iniciales para una fiesta. ¿Y yo qué? ¡Toda-vía estoy esperando mi invitación! La madre de B estu-vo en Cartier con su nuevo novio, los dos de la mano.jAjá! ¿Cuándo será la boda? También se ha visto a unachica con un enorme parecido a S salir de una clínica deenfermedades venéreas en el Lower East Side. Llevabauna peluca negra y grandes gafas oscuras. Vaya disfraz.Y anoche, muy tarde, se la vio a asomada por la venta-na de su dormitorio en la Quinta Avenida con aspectode estar un poco perdida. No te impacientes, cielo, que las cosas comienzan aponerse interesantes. Esto es todo por ahora. Nos vemos en el colegiomañana. Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla 45
  43. 43. ¡Oíd cantar a los ángeles! —Bienvenidas, niñas —dijo la señora McLean, des- de el podio en el salón de actos del colegio—. Espero que hayáis pasado un buen fin de semana largo. Yo he estado en Vermont, y fue maravilloso. Las setecientas alumnas del Colegio ConstanceBilliard para Niñas, desde Infantil hasta el último cur-so, sumadas a las cincuenta personas que componían elpersonal, emitieron unas risitas discretas. Todo el mun-do sabía que la señora McLean tenía una novia en Ver-mont. Se llamaba Vonda y conducía un tractor. Laseñora McLean tenía un tatuaje en la cara interior delmuslo que ponía: "Móntame, Vonda". Que me muera ahora mismo si no es verdad. La señora McLean, o la señora M, como la llamabanlas chicas, era la directora. Su trabajo era sacar la cremede la creme de cada curso: que sus chicas se marchasen alas mejores universidades, los mejores matrimonios, lasmejores vidas que pudiesen vivir. Y se le daba bienhacerlo. No tenía paciencia con las pasotas y si pillabaalgún comportamiento pasota entre sus chicas: que fal-tase mucho a clase o no sacase buenas notas en la pre-paración para los exámenes de acceso a la universidad,se ponía en contacto con psiquiatras, consejeros y tuto-res y se aseguraba de que la niña recibiese toda la aten-ción personal que necesitara para sacar buenas notas,obtener calificaciones altas y ser recibida con los brazosabiertos en la universidad que hubiese elegido. Además, la señora M no toleraba la mezquindad. Sesuponía que en el Constance no había prejuicios ni ca-46
  44. 44. marillas de ningún tipo y la señora M les recordaba a laschicas constantemente que no se encasillasen, porque silo hacían quedaban como tontas y la hacían quedarcomo una tonta a ella. La más ligera calumnia era cas- I gada con un día de aislamiento y, como deber, unensayo realmente difícil. Pero la señora M recurría atales castigos muy poco. Vivía en la feliz ignorancia yno tenía ni idea de lo que sucedía en realidad en laescuela. Desde luego que en aquel momento no podíaoír lo que se murmuraba al fondo del salón de actos,donde se sentaban las mayores. —Creía que habías dicho que Serena volvía hoy —lesusurró Rain Hoffstetter a Isabel Coates. Aquella mañana, Blair, Kati, Isabel y Rain se habíanreunido en su garito habitual a la vuelta del colegio paratomar café y fumarse un cigarrillo antes de entrar en cla-se. Llevaban dos años haciendo lo mismo y suponían queSerena se uniría a ellas. Pero las clases habían comen-zado hacía diez minutos y Serena todavía no se habíapresentado. Blair no pudo evitar enfadadarse con Serena por crearuna mayor expectativa todavía sobre su retorno al cole-gio. Sus amigas estaban inquietas, deseando ser las pri-meras en ver a Serena, como si ella fuese algún tipo decelebridad. —Seguro que está tan colocada que no puede venir alcolegio hoy —susurró Isabel—. Te lo juro, se pasó másde una hora en el cuarto de baño en casa de Blair. Quiénsabe lo que estaría haciendo. —He oído que se dedica a vender pastillas con una Sestampada. Es completamente adicta a ellas —le dijoKati a Rain. 47
  45. 45. —Espera a verla —dijo Isabel—. Está hecha un de- sastre. —Sí —respondió Rain en un susurro—. He oído queha comenzado una secta de culto vudú en New Hamp- shire. —Me pregunto si nos pedirá que nos unamos a ella—dijo Kati con una risilla. —¡Qué dices! —dijo Isabel—. Por mí que baile des-nuda con pollos si quiere, pero que conmigo no cuen-te. Ni loca. —Oye, ¿dónde se conseguirán pollos vivos en la ciu-dad? —preguntó Kati. —¡Qué asco! —exclamó Rain. —Me gustaría comenzar cantando un himno. Porfavor, poneos de pie y abrid vuestros libros en la páginacuarenta y tres —dijo la señora M. La señora Weeds, la profesora de música de cabellofosco y aspecto hippy, arremetió al piano con los prime-ros acordes de un himno conocido y las setecientasniñas se pusieron de pie y comenzaron a cantar. Cuando sus voces resonaron por la calle Noventa yTres, daba la vuelta a la esquina Serena van der Wood-sen, maldiciendo porque se le había hecho tarde. Des-de sus exámenes finales en Hanover, en junio, no selevantaba tan tarde y se había olvidado de lo mal queuno se sentía. Oíd cantar a los ángeles heraaaaaldos Gloria al Rey que acaba de naceeeeer Paz sobre la tierra y hermanaaaados El Señor perdona nuestros pecaaaaados.48
  46. 46. Jenny Humphrey, una alumna de noveno, compartíacon su vecina uno de los libros de himnos que le habíanpedido que escribiese con su excepcional caligrafía ysimulaba cantar. Le había llevado todo el verano y loslibros habían quedado hermosos. Dentro de tres añoslos del Instituto Pratt de Arte y Diseño se la rifarían,desesperados. A pesar de ello, a Jenny le daba tanta ver-güenza cada vez que usaban los libros, que no podíacantar. Cantar en voz alta le parecía una bravuconada,como si estuviese diciendo: "¡Miradme, canto con ellibro que yo misma he hecho, ¿no soy fantástica?". Jenny prefería ser invisible. Era bajita y de pelo rizado,así que no le resultaría difícil serlo. En realidad, habríasido más sencillo si no tuviese unos melones tan increíble-mente enormes. Con catorce años usaba un 90 D. ¿Te la imaginas? Oíd como proclaman los ángeles de cieeelo, Cristo el Salvador ha nacido en Beleeeeeeen. Jenny se encontraba de pie al final de una fila desillas plegables, junto a la gran cristalera que daba a laNoventa y Tres. De repente, un movimiento en la callele llamó la atención. Cabello rubio ondeando al viento.Abrigo Burberry a cuadros, botas de ante marrones.Lmiforme nuevo, color granate —una elección extraña,pero quedaba bien. Parecía... no era posible... ¡No!...¿Era o no era? ¡Sí, lo era! Segundos más tarde, Serena van der Woodsenempujaba la pesada puerta del salón de actos y se dete-nía en el umbral, buscando a su clase. Estaba sin alien- 49
  47. 47. to y tenía el cabello despeinado, las mejillas rosadas y los ojos brillantes de haber corrido las doce manzanas por la Quinta Avenida hasta el colegio. Era todavía más perfecta de lo que recordaba Jenny. —Oh, Dios mío —le susurró Rain a Kati—. ¿Qué ha hecho? Es como si de camino aquí hubiese elegido la ropa en un centro de acogida. — N i siquiera se ha peinado —rió Isabel—. ¿Dóndehabrá dormido anoche? La señora Weeds acabó el himno con un estruendoso acorde. —Y ahora —dijo la señora M, tras carraspear—,hagamos un momento de silencio por quienes son me-nos afortunados que nosotros, especialmente por losnativos americanos que fueron aniquilados durante lafundación de nuestro país, a quienes les pedimos que nonos odien por la celebración del Descubrimiento deAmérica que festejamos ayer. Se hizo silencio en el auditorio. Bueno, casi. —Mira, ¿ves cómo Serena se apoya las manos sobreel estómago? Seguro que está embarazada —le susurróIsabel Coates a Rain Hoffstetter—. Solamente haceseso cuando estás embarazada. —Habrá ido a abortar esta mañana. Quizá por esollega tarde —respondió Rain. — M i padre dona dinero a Phoenix House —le dijoKati a Laura Salmón—. Voy a averiguar si Serena haestado allí. Apuesto a que por eso ha vuelto a mitad detrimestre. Ha estado en rehabilitación. —He oído que hacen algo en los internados: mez-clan Comet con canela y café instantáneo y la esnifan.Es como speed pero se te pone la piel verde si lo haces50
  48. 48. a menudo —intervino Nicki Button—. Te quedas ciega y luego te mueres. Blair sonrió al oír los retazos de las conversaciones de sus amigas. La señora M se giró a sonreírle a Serena. —Niñas, quiero que deis la bienvenida a nuestra querida Serena van der Woodsen, que se incorpora hoy a la clase de las mayores —sonrió—. ¿Por qué no te sientas, Serena? Serena se dirigió con paso ligero al pasillo central del salón de actos y tomó asiento junto a Lisa Grader, unaniña de segundo que estaba constantemente sacándosemocos de la nariz. Jenny no cabía en sí de la excitación. ¡Serena van derWoodsen! Estaba allí, en la misma estancia que ella, aunos metros, en carne y hueso y con aquel aspecto demayor. "Me pregunto cuántas veces lo habrá hecho", se dijoJenny. Se imaginó a Serena y a un rubio de la Hanover Aca-demy apoyados contra el tronco de un gran árbol año-so, él envolviéndolos a los dos con su abrigo. Serenahabía tenido que salir del colegio mayor sin abrigo.Tenía mucho frío y se le había manchado el pelo con laresina del árbol, pero valió la pena. Luego Jenny vio aSerena y a otro chico imaginario en el telesquí. El tele-silla se les había quedado atascado y Serena se sentó enel regazo del chico para entrar en calor. Comenzaron abesarse y perdieron el control. Cuando acabaron dehacerlo, el telesquí había comenzado a moverse otra vezy habían montado un lío con los esquís, así que no sebajaron de la silla y volvieron a hacerlo. 51
  49. 49. "Qué guapo", pensó Jenny. Sin lugar a dudas, Sere-na van der Woodsen era la chica más guay del mundoentero, mucho más que cualquiera de las otras mayores.Y qué guapo llegar tarde, a mitad de trimestre, conaquellas pintas. Da igual lo rica y fabulosa que seas: el internadologra que parezca que no tienes casa. En el caso deSerena, con glamour. Hacía más de un año que Serena no se cortaba elcabello. La noche anterior se lo había peinado haciaatrás, pero hoy lo tenía suelto y bastante desgreñado.La camisa Oxford de chico que llevaba estaba gastadaen el cuello y los puños y dejaba traslucir el sujetadorcolor púrpura. Calzaba sus botas con cordones favori-tas y sus medias negras tenían un gran tomate detrásde la rodilla. Lo peor de todo era que se había tenidoque comprar un uniforme nuevo porque había tiradoel viejo a la basura al irse al internado. Su uniformenuevo era lo que más llamaba la atención. Los uniformes nuevos eran lo que más odiaban las chi-cas de sexto, el año en que pasaban de pichi a falda. Lasfaldas nuevas estaban hechas de poliéster y llevaban unastablas increíblemente rígidas. La tela tenía un brillo terri-blemente hortera y era de un color nuevo: granate. Erahorrible. Y Serena había elegido ponerse aquel uniformenuevo de color granate su primer día en el Constance.Además, ¡le llegaba por la rodilla! Todas las mayores lle-vaban las mismas faldas viejas de lana desde sexto. Habíancrecido tanto que les quedaban cortísimas. Y cuanto máscorta era la falda, más guay era quien la llevaba. Blair no había crecido mucho y se había hecho acor-tar la suya en secreto.52
  50. 50. —¡Qué cono se ha puesto? —cuchicheó Kati Farkas. —Quizá piensa que el granate hace que parezca dePrada o algo por el estilo —dijo Laura con una risilla. —Creo que intenta hacer como una declaración, ¿sabes? —dijo Isabel—: "Miradme, aquí estoy, soy Se-rena. Soy hermosa y puedo ponerme lo que me dé lagana". "Y puede", pensó Bair. Esa era una de las cosas quela indignaban de Serena: todo le quedaba bien. Pero el aspecto de Serena era lo de menos. Lo queJenny y todas las demás querían saber era: "¿Por qué havuelto?". Todas estiraron el cuello para mirarla. ¿Tenía un ojonegro? ¿Estaba embarazada? ¿Parecía colgada? ¿Le fal-taba algún diente? ¿Había algo diferente en su aspecto? —¿Qué es eso, una cicatriz en la mejilla? —susurróRain. —La rajaron una noche en que traficaba con drogas—le respondió Kati—. He oído que le hicieron la ciru-gía en Europa este verano, pero no se la hicieron muybien. La señora M leía en voz alta. Serena se apoyó en elrespaldo de la silla, se cruzó de piernas y cerró los ojos,disfrutando de la conocida sensación de estar en aquellaestancia llena de chicas oyendo la voz de la señora M. Nosabía por qué había estado tan nerviosa aquella mañanaantes de venir al colegio. Se había dormido y vestido encinco minutos. Al ponerse las medias, las había engan-chado con la uña de un pie y se habían roto. Había ele-gido la camisa vieja de su hermano Erik porque olía a él.Erik había ido al mismo internado que Serena, pero aho-ra estaba en la universidad y le extrañaba muchísimo. 53
  51. 51. Cuando salía del piso, su madre la había visto y lehabría hecho cambiarse de ropa si no hubiese sido tantarde. —Este fin de semana —le dijo su madre—, iremosde compras y te vienes a mi peluquería. No puedes irpor ahí con esas pintas, Serena, me da igual lo que tedejen ponerte en el internado. —Luego le había dadoun beso en la mejilla y se había vuelto a la cama. —Oh, Dios mío —le susurró Kati a Laura—, creoque se ha dormido. —Estará cansada —respondió Laura—. He oído quese lo montó con todos los chicos de su internado. Habíamuescas en la pared junto a su cama. Su compañera dehabitación se chivó, por eso la echaron. —Además de tanto trasnochar con las fiestas de lospollos —añadió Isabel, haciendo que las chicas estalla-sen en risas. Blair se mordió los labios, intentando contener larisa. Era para partirse.54
  52. 52. El otro W de S Si Jennifer Humphrey hubiese podido oír lo que lascompañeras decían de Serena van der Woodsen, su ído-lo, se habría arrancado los ojos. En cuanto las soltaron,Jenny salió corriendo hacia uno de los pasillos a haceruna llamada. Su hermano Daniel iba a alucinar en colo-res cuando se lo dijese. —¿Si? —respondió Daniel Humphrey a la tercera lla-mada. Estaba en la esquina de la Setenta y Siete y WestEnd, frente al Riverside Prep, fumándose un cigarrillo.Entrecerraba sus ojos castaño oscuro, intentando prote-gerlos del brillante sol de octubre. A Dan no le iba el sol. Se pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación,leyendo morbosa poesía existencialista sobre el amargosino del ser humano. Estaba pálido, llevaba el pelo des-greñado y era delgado como una estrella de rock. El existencialismo te quita el apetito. —¿Adivina quién ha vuelto? —oyó Dan que le decíasu hermana menor, excitada. Al igual que Dan, Jenny era un poco solitaria y cuan-do necesitaba hablar con alguien, siempre le llamaba.Fue ella quien compró los móviles para los dos. —Jenny, no puedes esperar... —comenzó a decirDan, irritado como sólo suelen estar los hermanosmayores. —¡Serena van der Woodsen! —le interrumpióJenny—. Serena ha vuelto al Constance. La acabo dever. ¿No te parece increíble? Dan vio cómo rodaba una tapa de plástico por la ace-ra. Un Saab rojo pasó veloz por la West End Avenue y 55
  53. 53. se saltó el semáforo. Sentía los calcetines húmedos den-tro de sus Hush Puppies de ante marrón. Serena van der Woodsen. Le dio una larga chupadaal Camel. Le temblaban tanto las manos que casi no selo pudo meter en la boca. —¿Dan? —chilló su hermana por el móvil—. ¿Me oyes?¿Has oído? Serena ha vuelto. Serena van der Woodsen. Dan contuvo la respiración un segundo. —Sí, te he oído —dijo, simulando indiferencia—. ¿Yqué? —¿Y qué? —repitió Jenny con incredulidad—. Bien,vale, como si no te hubiese dado un miniparo cardíaco.Eres un imbécil. —No, en serio —dijo Dan, enfadado—. ¿Para quéme llamas? ¿Y a mí qué más me da? Jenny lanzó un suspiro. Qué plasta era Dan. ¿Porqué no podía estar contento por una vez en la vida?Estaba harta de que se las diese de poeta pálido, triste yensimismado. —Vale —dijo—, no te he dicho nada. Hasta luego. Cortó y Dan volvió a meterse el móvil en el bolsillode sus desteñidos pantalones negros de pana rayada.Sacó un paquete de tabaco del bolsillo trasero y encen-dió un cigarrillo con la colilla del que estaba fumando.Se quemó la uña, pero ni siquiera se dio cuenta de ello. Serena van der Woodsen. Se habían conocido en una fiesta. No, eso no era ver-dad. Dan la había visto en una fiesta, su fiesta, la única quehabía hecho en el piso de su familia en la Noventa y Nue-ve y West End. Fue cuando estaba en octavo, en el mes de abril. Lafiesta había sido idea de Jenny y les había dado permi-56
  54. 54. so su padre, Rufus Humphrey, un célebre editor retira-do a quien también le gustaban las fiestas. Había publi-cado a poetas de la generación beat poco conocidos. Sumadre se había marchado a Praga hacía unos años para"centrarse en su arte". Dan invitó a toda su clase y lesdijo que invitasen a quien quisiesen. Se presentaronmás de cien chavales y Rufus se ocupó de que no falta-se la cerveza, que servía de un barril en el cuarto debaño. Muchos de ellos se emborracharon por primeravez. Fue la mejor fiesta a la que había asistido Dan, aun-que quedaba mal que lo dijese. No por la bebida, sinoporque Serena van der Woodsen se encontraba allí. Ledaba igual que ella se emborrachase y acabase partici-pando en un estúpido juego de beber en el que decíanverbos en latín y luego le tenían que besar a un tío elestómago lleno de dibujos hechos con rotulador. Danno podía quitarle los ojos de encima. Luego, Jenny le dijo que Serena iba a su colegio, elConstance, y desde entonces Jenny se había convertidoen su pequeña emisaria, que le contaba todo lo quehabía visto a Serena hacer, llevar, decir, etc., y le infor-maba de dónde podría volverla a ver. Aquellas ocasio-nes eran escasas, no porque no hubiese muchas fiestas,sino porque había pocas a las que pudiese asistir Dan.Dan no habitaba en el mismo mundo de Serena, Blair,Nate y Chuck. Era un don nadie, un chico del montón. Durante dos años, Dan había seguido a Serenaanhelante, a la distancia. Nunca le había hablado.Cuando ella se marchó interna intentó olvidarla, segu-ro de que no volvería a verla, a menos que por arte demagia acabasen en la misma universidad. Y ahora habíavuelto. 57
  55. 55. Comenzó a pasearse por la acera. La cabeza le iba amil por hora. Podía hacer otra fiesta. Podía escribirinvitaciones y hacer que Jenny le metiese una en lataquilla a Serena. Cuando Serena entrase en su piso,Dan se acercaría a ella, le cogería el abrigo y le daría labienvenida a Nueva York. "Ha llovido todos los días desde que te marchaste",le diría poéticamente. Luego se irían a hurtadillas al despacho de su padrey se quitarían la ropa para besarse en el sofá frente alfuego. Y cuando todos se hubiesen marchado, compar-tirían un helado Breyers de café, el favorito de Dan. Apartir de aquel momento, estarían todo el tiempo jun-tos. Hasta se cambiarían a un colegio mixto, como elTrinity, porque no podrían soportar estar separados.Luego se irían a Columbia y vivirían en un estudio quetendría sólo una enorme cama. Los amigos de Serenaintentarían convencerla de que volviese a su antiguavida, pero ninguna cena de esmoquin, ni fiesta exclusi-va, ni baile de caridad lograría tentarla. A Serena no leimportaría tener que perder su fideicomiso y los dia-mantes de su tatarabuela. Estaría dispuesta a vivir en lapobreza con tal de estar con Dan. —Joder, faltan cinco minutos para que suene la cam-pana —oyó Dan que decía una voz antipática. Dan se dio la vuelta y, tal como había imaginado, eraChuck Bass, o El Bufanda, como le había apodado Dan,porque Chuck siempre llevaba esa ridicula bufanda decashmere con monograma. Chuck se encontraba a vein-te pasos de Dan con sus amigos de clase del RiversidePrep, Roger Paine y Jeffrey Prescott. A Dan ni le habla-ron ni le saludaron. ¿Por qué iban a hacerlo? Aquellos58
  56. 56. chicos tomaban el autobús de la Setenta y Nueve quecruzaba Central Parle todas las mañanas desde el barriopijo del Upper East Side. Sólo iban al West Side para iral colegio o a alguna fiesta de vez en cuando. Estabanen la clase de Dan, pero desde luego que no pertenecíana la misma clase social. El no existía para ellos. Ni si-quiera se dieron cuenta de su presencia. —Tíos —dijo Chuck a sus amigos. Encendió uncigarrillo. Chuck fumaba los cigarrillos como si fuesenporros, cogiéndolos entre el índice y el pulgar y chu-pando fuerte al inhalar. Era patético. —Adivinad a quién vi anoche —dijo, echando unanube de humo. —¿Liv Tyler?—dijo Jeffrey. —Sí, claro. Y se te tiraba encima, ¿no? —rió Roger. —No, a ella no. Serena van der Woodsen —dijoChuck. Dan puso la oreja. Estaba a punto de entrar en el cole-gio, pero encendió otro cigarrillo y se quedó a escuchar. —La madre de Blair Waldorf hizo una pequeña fies-ta y Serena vino con sus padres —continuó Chuck—. Yella sí que se me tiró encima. Es la chica más zorra queconozco —volvió a chupar de su cigarrillo. —¿De veras? —dijo Jeffrey. —Sí, os lo juro. Primero, acabo de enterarme de quelleva follando con Nate Archibald desde décimo. Y des-de luego que ha aprendido cosas cuando estuvo interna,¿sabéis a lo que me refiero? Tuvieron que echarla de loguarra que es. —¡Venga, anda! —dijo Roger—. Tío, nadie te echapor ser una guarra. 59
  57. 57. —Lo hacen si llevas la cuenta de cada chico con el quete has acostado y haces que se enganchen a las mismasdrogas que tú. ¡Estaba en plan adueñándose del colegio!—dijo Chuck, cada vez más excitado. Tenía la cara roja yescupía al hablar—-. He oído que se ha pillado algo tam-bién —añadió—. Alguna venérea. Alguien la vio entraren una clínica en el East Village. Llevaba peluca. Los amigos de Chuck menearon las cabezas, lanzan-do gruñidos de aprobación. Dan nunca había oído semejante chorrada. Serenano era un putón; era perfecta, ¿no? ¿NO? Habrá que decidirlo todavía. —Oye, ¿habéis oído lo de la fiesta para el pájaro ese?—preguntó Roger—. ¿Vais a ir? —¿Lo de los halcones peregrinos de Central Park?—dijo Chuck—. Sí, Blair me estuvo hablando de ello.Es en la vieja tienda Barneys —le dio otra calada a sucigarrillo—. Tío, va todo el mundo. "Todo el mundo" no incluía a Dan, por supuesto,pero desde luego que incluía a Serena van derWoodsen. —Van a mandar las invitaciones esta semana —dijoRoger—. Tiene un nombre raro, no recuerdo, algo dechicas. —Es " E l Beso en los Labios" —dijo Chuck, apagan-do la colilla con sus odiosos zapatos marca Church ofEngland—. Es la "Fiesta del Beso en los Labios". —Ah, sí —dijo Jeffrey—. Y apuesto a que habrámucho más que besos —lanzó una risilla—. Especial-mente si Serena se encuentra allí. Los chicos se rieron, felicitándose de lo ingeniososque eran.60
  58. 58. Dan no quiso oír más. Tiró su colilla a pocos centí-metros de los zapatos de Chuck y se dirigió a las puer-tas del colegio. Al pasar a los tres chavales, dio la vueltaa la cabeza, frunció los labios e hizo ruido, como si lehubiese dado a cada uno de ellos un gran beso en loslabios. Luego se dio la vuelta y entró, dando un porta-zo tras de sí. Chupaos ésa, tontos del culo. 61
  59. 59. En el meollo de cada moda frustrada se encuentra un romántico empedernido —Lo que busco es tensión —explicó Vanessa Abrams al pequeño grupo de Estudios Avanzados de Cinema- tografía del Constance. Se encontraba de pie ante la cla- se, explicando la idea de la película que hacía—. Haré una toma de los dos hablando en el banco de una plaza de noche. Sólo que no se puede oír lo que dicen. —Vanessa hizo una pausa teatral, esperando que alguna de sus compañeras hablase. El señor Beckham, el profesor, siempre les decía que hiciesen que sus escenas cobrasen vida con los diálogos y la acción, y Vanessa deliberadamente hacía lo opuesto. —Entonces, ¿no tiene diálogo? —preguntó el señor Beckham desde donde se hallaba, de pie al fondo de la clase. Se había dado cuenta con pena de que nadie más escuchaba lo que decía Vanessa. —Escucharán el silencio de los edificios y el banco yla acera y verán las luces reflejadas en sus cuerpos. Lue-go verán sus manos moverse y sus ojos hablar. Final-mente los oirán hablar, pero no mucho. Es una obrapsicológica —explicó Vanessa. Agarró el mando del proyector y comenzó a mostrarlas diapositivas en blanco y negro que había tomado parademostrar lo que quería lograr en su corto. Un banco deparque. Una toma de la acera. La tapa de una alcantarilla.Una paloma picoteando un condón usado. Un chiclemascado pegado en el borde de un cubo de basura. —Ja! —exclamó alguien del fondo de la sala. EraBlair Waldorf, lanzando una carcajada al recibir la notaque le acababa de pasar Rain Holffstetter:62
  60. 60. ¿Quiere pasar un buen rato? Llame a Serena v. d. Woodsen. ¿Pillas lo de v. d.?* Vanessa le lanzó una mirada de odio a Blair. Cine-matografía era la clase favorita de Vanessa, el únicomotivo por el que iba al colegio. Se lo tomaba muy enserio, mientras que la mayoría de las otras chicas,como Blair, sólo cursaban Cinematografía como unrecreo del horror que eran las demás asignaturas:Cálculo Avanzado, Biología Avanzada, Historia Avan-zada, Literatura Inglesa Avanzada, Francés Avanzado.Avanzaban por la estrecha y recta senda hacia Yale,Harvard o Brown, donde sus familias habían ido du-rante generaciones. Vanessa no era como ellas. Suspadres ni siquiera habían ido a la universidad. Eranartistas y Vanessa sólo deseaba una cosa en la vida: ira la Universidad de Nueva York y hacer la carrera deCinematografía. En realidad, deseaba algo más. O a alguien más, paraser precisa, pero todo se andará. Vanessa era un bicho raro en el Constance, la únicachica en todo el colegio que tenía la cabeza casi afeita-da, llevaba jerséis negros de cuello alto, leía Guerra ypaz de León Tolstoy como si fuese la Biblia, escuchabaa Belle & Sebastian y tomaba té negro sin azúcar. Notenía ninguna amiga en el Constance y vivía enWilliamsburg, en Brooklyn, con su hermana Ruby, deveintidós años. ¿Qué hacía entonces en un pequeño yexclusivo colegio de chicas del Upper East Side con * N. de la T.: En inglés "V D." son las iniciales de "Venereal Desea-se" (enfermedad venérea). 63
  61. 61. princesas como Blair Waldorf? Era una pregunta queVanessa se hacía a diario. Los padres de Vanessa eran artistas revolucionarios yamayores que vivían en una casa en Vermont hecha de neu-máticos reciclados. Cuando la eternamente infeliz Vanessacumplió quince años, le permitieron que se mudase con suhermana mayor, que tocaba el bajo y vivía en Brooklyn.Como querían asegurarse de que tuviese una buena edu-cación, la mandaron al Constance. Vanessa lo odiaba, pero nunca les dijo nada a suspadres. Sólo le faltaban ocho meses para acabar. Ochomeses y se escaparía a la céntrica N Y U . Ocho meses más de la cabrona Blair Waldorf y,peor todavía, Serena van der Woodsen, que habíavuelto en todo su esplendor. Blair Waldorf parecíaestar excitadísima con el regreso de su mejor amiga. Enrealidad, la última fila de la clase estaba revolucionada,pasándose notitas que escondían en las mangas de susirritantes jerseys de cashmere. Que les den. Vanessa levantó la barbilla y prosiguió consu presentación. Estaba por encima de toda aquella mier-da. Ocho meses más. Quizá si Vanessa hubiese visto la nota que Kati Far-kas le acababa de pasar a Blair, habría sentido un pocode lástima por Serena. Querida Blair:¿Me puedes dejar cincuenta mil dólares? Esnif, esnif, esnif. Si no le pago a mi camello el dinero que le debo, me meteré en un follón. Joder, cómo me pica la entrepierna. Dime algo del dinero.64
  62. 62. Un beso, Serena v. d. Wbodsen Se oyeron las risillas de Blair, Rain y Kati. —¡Ya vale! —susurró el señor Beckham, lanzándolea Yanessa una mirada compasiva. Blair dio la vuelta al papelito y le garabateó la res-puesta detrás. Vale, Serena. Lo que quieras. Llámame desde la cárcel. He oído que la comida es realmente buena allí, re y yo te visitaremos cuando tengamos un momento libre, que será... No lo sé, ¿¿¿NUNCA??? Espero que te cures pronto de la v. d. Un beso, Blair Blair le pasó la nota a Kati nuevamente. Sintió un pelín de remordimiento por su mala leche. Había tantos bulos sobre Serena por ahí que ya no sabía qué creer. Además, Serena no le había dicho a nadie por qué esta-lla de vuelta, así que, ¿por qué iba a defenderla? Quizá hubiese algo de verdad en ello, quizá había sucedido de«erdad. Además, pasar notas era mucho más divertido. —Así que escribiré, dirigiré y rodaré esto. Y ya heelegido a mi amigo Daniel Humphrey, del Riverside Prep, para que haga del Príncipe Andrei —explicó Yanessa. Se ruborizó al mencionar el nombre de Dan—. Pero todavía necesito a una Natacha para laescena. Mañana haré las pruebas al atardecer en el 65
  63. 63. Madison Square Park. ¿Le interesa a alguien? —pre-guntó. Hizo la pregunta de coña, porque era obvio quenadie la escuchaba. Estaban muy ocupadas pasándoseno ti tas. —¡Yo dirigiré! —anunció Blair, levantando el brazo. Estaba claro que Blair no había oído la pregunta,pero estaba tan desesperada por causarle una buenaimpresión al responsable de admisión en Yale quesiempre era la primera en ofrecerse voluntaria para loque fuese. Vanessa estuvo a punto de hacerle el gestode "que te den", pero el señor Beckham le tomó la de-lantera. —Baja la mano, Blair —dijo con un suspiro de resig-nación—, Vanessa acaba de decirnos que ella mismaescribirá, dirigirá y rodará el corto. A menos que quie-ras hacer de Natacha, te sugiero que te concentres en tupropio proyecto. Blair le lanzó una mirada agria. Odiaba a los profe-sores como el señor Beckham. Era un resentido porquevenía de Nebraska a cumplir finalmente su estúpidosueño de estar en Nueva York, y había acabado dictan-do un curso inútil en vez de dirigir películas de van-guardia y hacerse famoso. —Da igual —dijo Blair, colocándose el liso cabellooscuro tras las orejas—. Supongo que no tengo tiempopara ello. No lo tenía. Blair presidía el Comité de Servicios Sociales y era lapresidenta del Club de Francés; ayudaba a las de terce-ro a leer; trabajaba en un comedor de beneficencia unanoche a la semana, tenía la preparación para el SAT los66

×