Dios y el Estado
                                                  Mihail Bakunin


     ¿ Qui´nes tienen raz´n, los ideal...
a su hijo unico a fin de que fuese muerto por los hombres. Eso se llama el misterio de la redenci´n, base de
            ´ ...
Se concibe perfectamente el desenvolvimiento sucesivo del mundo material, tanto como de la vida org´nica,         a
animal...
vida, y artificialmente mantenidas en su seno por una multitud de envenenadores oficiales de toda especie,
sacerdotes y laic...
consecuencias pr´cticas de ella. Han hablado de ella todos como de un hecho universalmente aceptado y como
               ...
salvaci´n; y si es permitido, si es util y necesario volver nuestra vista al estudio de nuestro pasado, no es m´s
       o...
la naturaleza, la propia esencia de todo sistema religioso, que es el empobrecimiento, el sometimiento, el
aniquilamiento ...
´l si es un Dios personal o impersonal, si ha creado o si no ha creado el mundo; no hablar´n siquiera de
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y de aplicarlas cada vez m´s, conforme al fin de la emanaci´n o de la humanizaci´n, tanto colectiva como
                  ...
He ah´ una ley social que no admite ninguna excepci´n, y que se aplica tanto a las naciones enteras como a
        ı      ...
mentirosas, arbitrarias, desp´ticas y funestas.
                               o
    Reconocemos la autoridad absoluta de ...
He ah´ en pocas palabras, toda su filosof´ filosof´ de sentimientos, no de pensamientos reales, una
             ı,         ...
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Dios y el Estado - Mihail Bakunin

  1. 1. Dios y el Estado Mihail Bakunin ¿ Qui´nes tienen raz´n, los idealistas o los materialistas? Una vez planteada as´ la cuesti´n, vacilar se hace e o ı o imposible. Sin duda alguna los idealistas se enga˜an y/o los materialistas tienen raz´n. S´ los hechos est´n n o ı, a antes que las ideas; el ideal, como dijo Proudhon, no m´s que una flor de la cual son ra´ a ıces las condiciones materiales de existencia. Toda la historia intelectual y moral, pol´ ıtica y social de la humanidad es un reflejo de su historia econ´mica. o Todas las ramas de la ciencia moderna, concienzuda y seria, convergen a la proclamaci´n de esa grande, o de esa fundamental y decisiva verdad: el mundo social, el mundo puramente humano, la humanidad, en una palabra, no es otra cosa que el desenvolvimiento ultimo y supremo -para nosotros al menos relativamente ´ a nuestro planeta-, La manifestaci´n m´s alta de la animalidad. Pero como todo desenvolvimiento implica o a necesariamente una negaci´n, la de la base o del punto de partida, la humanidad es al mismo tiempo y esen- o cialmente una negaci´n, la negaci´n reflexiva y progresiva de la animalidad en los hombres; y es precisamente o o esa negaci´n tan racional como natural, y que no es racional m´s que porque es natural, a la vez hist´rica y o a o l´gica, fatal como lo son los desenvolvimientos y las realizaciones de todas las leyes naturales en el mundo, o la que constituye y crea el ideal, el mundo de las convicciones intelectuales y morales, las ideas. Nuestros primeros antepasados, nuestros adanes y vuestras evas, fueron, si no gorilas, al menos primos muy pr´ximos al gorila, omn´ o ıvoros, animales inteligentes y feroces, dotados, en un grado infinitamente m´s a grande que los animales de todas las otras especies, de dos facultades preciosas: la facultad de pensar y la facultad, la necesidad de rebelarse. Estas dos facultades, combinando su acci´n progresiva en la historia, representan propiamente el ”factor”, o el aspecto, la potencia negativa en el desenvolvimiento positivo de la animalidad humana, y crean, por consiguiente, todo lo que constituye la humanidad en los hombres. La Biblia, que es un libro muy interesante y a veces muy profundo cuando se lo considera como una de las m´s antiguas manifestaciones de la sabidur´ y de la fantas´ humanas que han llegado hasta nosotros, a ıa ıa expresa esta verdad de una manera muy ingenua en su mito del pecado original. Jehov´, que de todos los a buenos dioses que han sido adorados por los hombres es ciertamente el m´s envidioso, el m´s vanidoso, el a a m´s feroz, el m´s injusto, el m´s sanguinario, el m´s d´spota y el m´s enemigo de la dignidad y de la libertad a a a a e a humanas, que cre´ a Ad´n y a Eva por no s´ qu´ capricho (sin duda para enga˜ar su hast´ que deb´ de ser o a e e n ıo ıa terrible en su eternamente ego´ ısta soledad, para procurarse nuevos esclavos), hab´ puesto generosamente a ıa su disposici´n toda la Tierra, con todos sus frutos y todos los animales, y no hab´ puesto a ese goce completo o ıa m´s que un l´ a ımite. Les hab´ prohibido expresamente que tocaran los frutos del ´rbol de la ciencia. Quer´ ıa a ıa que el hombre, privado de toda conciencia de s´ mismo, permaneciese un eterno animal, siempre de cuatro ı patas ante el Dios eterno, su creador su amo. Pero he aqu´ que llega Satan´s, el eterno rebelde, el primer ı a librepensador y el emancipador de los mundos. Averg¨enza al hombre de su ignorancia de su obediencia u animales; lo emancipa e imprime sobre su frente el sello de la libertad y de la humanidad, impuls´ndolo a a desobedecer y a comer del fruto de la ciencia. Se sabe lo dem´s. El buen Dios, cuya ciencia innata constituye una de las facultades divinas, habr´ a ıa debido advertir lo que suceder´ sin embargo, se enfureci´ terrible y rid´ ıa; o ıculamente: maldijo a Satan´s, al a hombre y al mundo creados por ´l, hiri´ndose, por decirlo as´ en su propia creaci´n, como hacen los ni˜os e e ı, o n cuando se encolerizan; y no contento con alcanzar a nuestros antepasados en el presente, los maldijo en todas las generaciones del porvenir, inocentes del crimen cometido por aquellos. Nuestros te´logos cat´licos y o o protestantes hallan que eso es muy profundo y muy justo, precisamente porque es monstruosamente inicuo y absurdo. Luego, recordando que no era s´lo un Dios de venganza y de c´lera, sino un Dios de amor, despu´s o o e de haber atormentado la existencia de algunos millares de pobres seres humanos y de haberlos condenado a un infierno eterno, tuvo piedad del resto y para salvarlo, para reconciliar su amor eterno y divino con su c´lera eterna y divina siempre ´vida de v´ o a ıctimas y de sangre, envi´ al mundo, como una v´ o ıctima expiatoria, 1
  2. 2. a su hijo unico a fin de que fuese muerto por los hombres. Eso se llama el misterio de la redenci´n, base de ´ o todas las religiones cristianas. ¡Y si el divino salvador hubiese salvado siquiera al mundo humano! Pero no; en el para´ prometido por Cristo, se sabe, puesto que es anunciado solemnemente, que o habr´ m´s que muy ıso a a pocos elegidos. El resto, la inmensa mayor´ de las generaciones presentes y del porvenir, arder´ eternamente ıa a en el infierno. En tanto, para consolarnos, Dios, siempre justo, siempre bueno, entrega la tierra al gobierno de los Napole´n III, de los Guillermo I, de los Femando de Austria y de los Alejandro de todas las Rusias. o Tales son los cuentos absurdos que se divulgan y tales son las doctrinas monstruosas que se ense˜an en n pleno siglo XIX, en todas las escuelas populares de Europa, por orden expresa de los gobiernos. ¡A eso se llama civilizar a los pueblos! ¿No es evidente que todos esos gobiernos son los envenenadores sistem´ticos, a los embrutecedores interesados de las masas populares? Me he dejado arrastrar lejos de mi asunto, por la c´lera que se apodera de m´ siempre que pienso en los o ı innobles y criminales medios que se emplean para conservar las naciones en una esclavitud eterna, a fin de poder esquilmarlas mejor, sin duda alguna. ¿Qu´ significan los cr´ e ımenes de todos los Tropmann del mundo en presencia de ese crimen de lesa humanidad que se comete diariamente, en pleno d´ en toda la superficie ıa, del mundo civilizado, por aquellos mismos que se atreven a llamarse tutores y padres de pueblos? Vuelvo al mito del pecado original. Dios dio la raz´n a Satan´s y reconoci´ que el diablo o hab´ enga˜ado a Ad´n y a Eva prometi´ndoles la o a o ıa n a e ciencia y la libertad, como recompensa del acto de desobediencia que les hab´ inducido a cometer; porque ıa tan pronto como hubieron comido del fruto prohibido, Dios se dijo a s´ mismo (v´ase la Biblia): ”He aqu´ que ı e ı el hombre se ha convertido en uno de nosotros, sabe del bien y del mal; impid´mosle, pues, comer del fruto a de la vida eterna, a fin de que no se haga inmortal como nosotros.” Dejemos ahora a un lado la parte fabulesca de este mito y consideremos su sentido verdadero. El sentido es muy claro. El hombre se ha emancipado, se ha separado de la animalidad y se ha constituido como hombre; ha comenzado su historia y su desenvolvimiento propiamente humano por un acto de desobediencia y de ciencia, es decir, por la rebeld´ y por el pensamiento. ıa Tres elementos o, si quer´is, tres principios fundamentales, constituyen las condiciones esenciales de todo e desenvolvimiento humano, tanto colectivo como individual, en la historia: 1o la animalidad humana; 2o el pensamiento, y 3o la rebeld´ A la primera corresponde propiamente la econom´ social y privada; la segunda, ıa. ıa la ciencia, y a la tercera, la libertad. Los idealistas de todas las escuelas, arist´cratas y burgueses, te´logos y metaf´ o o ısicos, pol´ ıticos y moralistas, religiosos, fil´sofos o poetas, sin olvidar los economistas liberales, adoradores desenfrenados de lo ideal, como o se sabe-, se ofenden mucho cuando se les dice que el hombre, con toda su inteligencia magnifica, sus ideas sublimes y sus aspiraciones infinitas, no es, como todo lo que existe en el mundo, m´s que materia, m´s que a a un producto de esa vil materia. Podr´ıamos responderles que la materia de que hablan los materialistas -materia espont´nea y eternamente a m´vil, activa, productiva; materia qu´ o ımica u org´nicamente determinada, y manifestada por las propiedades a o las fuerzas mec´nicas, f´ a ısicas, animales o inteligentes que le son inherentes por fuerza- no tiene nada en com´n con la vil materia de los idealistas. Esta ultima, producto de su falsa abstracci´n, es efectivamente un u ´ o ser est´pido, inanimado, inm´vil, incapaz de producir la menor de las cosas, un caput mortum, una rastrera u o imaginaci´n opuesta a esa bella imaginaci´n que llaman Dios, ser supremo ante el que a materia, la materia o o de ellos, despojada por ellos mismos de todo lo que constituye la naturaleza real, representa necesariamente la suprema Nada. Han quitado a la materia la inteligencia, la vida, todas las cualidades determinantes, las relaciones activas o las fuerzas, el movimiento mismo sin el cual la materia no ser´ siquiera pesada, ıa no dej´ndole m´s que la imponderabilidad y la inmovilidad absoluta en el espacio; han atribuido todas esas a a fuerzas, propiedades y manifestaciones naturales, al ser imaginario creado por su fantas´ abstractiva; despu´s, ıa e tergiversando los papeles, han llamado a ese producto de su imaginaci´n, a ese fantasma, a ese Dios que es o la Nada: ”Ser supremo”. Por consiguiente han declarado que el ser real, la materia, el mundo, es la Nada. Despu´s de eso vienen a decirnos gravemente que esa materia es incapaz de reducir nada, ni aun de ponerse e en movimiento por s´ misma, y que, por consiguiente, ha debido ser creada por Dios. ı En otro escrito he puesto al desnudo los absurdos verdaderamente repulsivos a que se es llevado fatalmente por esa imaginaci´n de un Dios, sea personal, sea creador y ordenador de los mundos; sea impersonal y o considerado como una especie de alma divina difundida en todo el universo, del que constituir´ el principio ıa eterno; o bien como idea indefinida y divina, siempre presente y activa en el mundo y manifestada siempre por la totalidad de seres materiales y finitos. Aqu´ me limitar´ a hacer resaltar un solo punto. ı e 2
  3. 3. Se concibe perfectamente el desenvolvimiento sucesivo del mundo material, tanto como de la vida org´nica, a animal, y de la inteligencia hist´ricamente progresiva, individual y social, del hombre en ese mundo. Es un o movimiento por completo natural de lo simple a lo compuesto, de abajo arriba o de lo inferior a lo superior; un movimiento conforme a todas nuestras experiencias diarias, y, por consiguiente, conforme tambi´n a e nuestra l´gica natural, a las propias leyes de nuestro esp´ o ıritu, que, no conform´ndose nunca y no pudiendo a desarrollarse m´s que con la ayuda de esas mismas experiencias, no es, por decirlo as´ m´s que la reproducci´n a ı, a o mental, cerebral, o su resumen reflexivo. El sistema de los idealistas nos presenta completamente lo contrario. Es el trastorno absoluto de todas experiencias humanas y de ese buen sentido universal y com´n que es condici´n esencial de toda entente u o humana y que, elev´ndose de esa verdad tan simple tan un´nimemente reconocida de que dos m´s dos son a a a cuatro, hasta las consideraciones cient´ ıficas m´s sublimes y m´s complicadas, no admitiendo por otra parte a a nunca nada que no sea severamente confirmado por la experiencia o por la observaci´n de las cosas o de los o hechos, constituye la unica base seria de los conocimientos humanos. ´ En lugar de seguir la v´ natural de abajo arriba, e lo inferior a lo superior y de lo relativamente simple ıa a lo complicado; en lugar de acompa˜ar prudente, racionalmente, el movimiento progresivo y real del mundo n llamado inorg´nico al mundo org´nico, vegetal, despu´s animal, y despu´s espec´ a a e e ıficamente humano; de la materia qu´ ımica o del ser qu´ ımico a la materia viva o al ser vivo, y del ser vivo al ser pensante, los idealistas, obsesionados, cegados e impulsados por el fantasma divino que han heredado de la teolog´ toman el camino ıa, absolutamente contrario. Proceden de arriba a abajo, de lo superior a lo inferior, de lo complicado a lo simple. Comienzan por Dios, sea como persona, sea como sustancia o idea divina, y el primer paso que dan es una terrible voltereta de las alturas sublimes del eterno ideal al fango del mundo material; de la perfecci´n o absoluta a la imperfecci´n absoluta; del pensamiento al Ser, o m´s bien del Ser supremo a la Nada. Cu´ndo, o a a c´mo y por qu´ el ser divino, eterno, infinito, lo Perfecto absoluto, probablemente hastiado de s´ mismo, se o e ı ha decidido al salto mortale desesperado; he ah´ lo que ning´n idealista, ni te´logo, ni metaf´ ı u o ısico, ni poeta ha sabido comprender jam´s ´l mismo ni explicar a los profanos. a e Todas las religiones pasadas y presentes y todos los sistemas de filosof´ transcendentes ruedan sobre ıa ese unico o inicuo misterio. Santos hombres, legisladores inspirados, profetas, Mes´ ´ ıas, buscaron en ´l la e vida y no hallaron m´s que la tortura y la muerte. Como la esfinge antigua, los ha devorado, porque no a han sabido explicarlo. Grandes fil´sofos, desde Her´clito y Plat´n hasta Descartes, Spinoza, Leibnitz, Kant, o a o Fichte, Schelling y Hegel, sin hablar de los fil´sofos hind´es, han escrito montones de vol´menes y han o u u creado sistemas tan ingeniosos como sublimes, en los cuales dijeron de paso muchas bellas y grandes cosas y descubrieron verdades inmortales, pero han dejado ese misterio, objeto principal de sus investigaciones trascendentes, tan insondable como lo hab´ sido antes de ellos. Pero puesto que los esfuerzos gigantes -como ıa de los m´s admirables genios que el mundo conoce y que durante treinta siglos al menos han emprendido a siempre de nuevo ese trabajo de S´ ısifo- no han culminado sino en la mayor incomprensi´n a´n de ese misterio, o u ¿podremos esperar que nos ser´ descubierto hoy por las especulaciones rutinarias de alg´n disc´ a u ıpulo pedante de una metaf´ ısica artificiosamente recalentadas y eso en una ´poca en que todos los esp´ e ıritus vivientes y serios se han desviado de esa ciencia explicable, surgida de una transacci´n, hist´ricamente explicable sin duda, o o entre la irracionalidad de la fe y la sana raz´n cient´ o ıfica? Es evidente que este terrible misterio es inexplicable, es decir, que es absurdo, porque lo absurdo es lo unico que no se puede explicar. Es evidente que el que tiene necesidad de ´l para su dicha, para su vida, ´ e debe renunciar a su raz´n y, volviendo, si puede, a la ingenua, ciega, est´pida, repetir con Tertuliano y con o u todos los creyentes sinceros estas palabras que resumen la quintaesencia misma de la teolog´ Credoquia ıa: absurdum. Entonces toda discusi´n cesa, y no queda m´s que la estupidez triunfante de la fe. Pero entonces o a se promueve tambi´n otra cuesti´n: ¿C´mo puede nacer en un hombre inteligente e instruido la necesidad de e o o creer en ese misterio? Que la creencia en Dios creador, ordenador y juez, maldiciente, salvador y bienhechor del mundo se haya conservado en el pueblo, y sobre todo en las poblaciones rurales, mucho m´s a´n que en el proletariado de a u las ciudades, nada m´s natural. El pueblo desgraciadamente, es todav´ muy ignorante; y es mantenido en a ıa su ignorancia por los esfuerzos sistem´ticos de todos los gobiernos, que consideran esa ignorancia, no sin a raz´n, como una de las condiciones m´s esenciales de su propia potencia. Aplastado por su trabajo cotidiano, o a privado de ocio, de comercio intelectual, de lectura, en fin, de casi todos los medios y de una buena parte de los estimulantes que desarrollan la reflexi´n en los hombres, el pueblo acepta muy a menudo, sin cr´ o ıtica y en conjunto las tradiciones religiosas que, envolvi´ndolo desde su nacimiento en todas las circunstancias de su e 3
  4. 4. vida, y artificialmente mantenidas en su seno por una multitud de envenenadores oficiales de toda especie, sacerdotes y laicos, se transforman en ´l en una suerte de h´bito mental moral, demasiado a menudo m´s e a a poderoso que su buen sentido natural. Hay otra raz´n que explica y que legitima en cierto modo las creencias absurdas del pueblo. Es la situaci´n o o miserable a que se encuentra fatalmente condenado por la organizaci´n econ´mica de la sociedad en los pa´ o o ıses m´s civilizados de Europa. Reducido, tanto intelectual y moralmente como en su condici´n material al m´ a o ınimo de una existencia humana, encerrado en su vida como un prisionero en su prisi´n, sin horizontes, sin salida, o sin porvenir mismo, si se cree a los economistas, el pueblo deber´ tener el alma singularmente estrecha y ıa el instinto achatado de los burgueses para no experimentar la necesidad de salir de ese estado; pero para eso no hay m´s que tres medios, dos de ellos ilusorios y el tercero real. Los dos primeros son el burdel y la a iglesia, el libertinaje del cuerpo y el libertinaje del alma; el tercero es la revoluci´n social. De donde concluyo o que esta ultima unicamente, mucho m´s al menos que todas las propagandas te´ricas de los librepensadores, ´ ´ a o ser´ capaz de destruir hasta los mismos rastros de las creencias religiosas y de los h´bitos de desarreglo en el a a pueblo, creencias y h´bitos que est´n m´s ´ a a a ıntimamente ligados de lo que se piensa; que, sustituyendo los goces a la vez ilusorios y brutales de ese libertinaje corporal y espiritual, por los goces tan delicados como reales de la humanidad plenamente realizada en cada uno de nosotros y en todos, la revoluci´n social unicamente o ´ tendr´ el poder de cerrar al mismo tiempo todos los burdeles y todas las iglesias. a Hasta entonces, el pueblo, tomado en masa, creer´, y si no tiene raz´n para creer, tendr´ al menos el a o a derecho. Hay una categor´ de gentes que, si no cree, debe menos aparentar que cree. Son todos los atormentadores, ıa todos los opresores y todos los explotadores de la humanidad. Sacerdotes, monarcas, hombres de Estado, hombres de guerra, financistas p´blicos y privados, funcionarios de todas las especies, polic´ carceleros u ıas, y verdugos, monopolizadores, capitalistas, empresarios y propietarios, abogados, economistas, pol´ ıticos de todos los colores, hasta el ultimo comerciante, todos repetir´n al un´ ´ a ısono estas palabras de Voltaire: Si Dios no existiese habr´ que inventario. Porque, comprender´is, es precisa una religi´n para el pueblo. ıa e o Es la v´lvula de seguridad. a Existe, en fin, una categor´ bastante numerosa de almas honestas, pero d´biles, que, demasiado in- ıa e teligentes para tomar en serio los dogmas cristianos, los rechazan en detalle, pero no tienen ni el valor, ni la fuerza, ni la resoluci´n necesarios para rechazarlos totalmente. Dejan a vuestra cr´ o ıtica todos los absurdos particulares de la religi´n, se burlan de todos los milagros, pero se aferran con desesperaci´n al absurdo prin- o o cipal, fuente de todos los dem´s, al milagro que explica y legitima todos los otros milagros: a la existencia de a Dios. Su Dios no es el ser vigoroso y potente, el Dios brutalmente positivo de la teolog´ Es un ser nebuloso, ıa. di´fano, ilusorio, de tal modo ilusorio que cuando se cree palparle se transforma en Nada; es un milagro, un a ignis fatuus que ni calienta ni ilumina. Y, sin embargo, sostienen y creen que si desapareciese, desaparecer´ ıa todo con ´l. Son almas inciertas, enfermizas, desorientadas en la civilizaci´n actual, que no pertenecen ni al e o presente ni al porvenir, p´lidos fantasmas eternamente suspendidos entre el cielo y la tierra, y que ocupan a entre la pol´ ıtica burguesa y el socialismo del proletariado absolutamente la misma posici´n. No se sienten con o fuerza ni para pensar hasta el fin, ni para querer, ni para resolver, y pierden su tiempo y su labor esforz´ndose a siempre por conciliar lo inconciliable. En la vida p´blica se llaman socialistas burgueses. u Ninguna discusi´n con ellos ni contra ellos es posible. Est´n demasiado enfermos. o a Pero hay un peque˜o n´mero de hombres ilustres, de los cuales nadie se atrever´ a hablar sin respeto, y n u a de los cuales nadie pensar´ en poner en duda ni la salud vigorosa, ni la fuerza de esp´ a ıritu, ni la buena fe. Baste citar los nombres de Mazzini, de Michelet, de Quinet, de John Stuart Mill. Almas generosas y fuertes, grandes corazones, grandes esp´ ıritus, grandes escritores y, el primero, resucitador heroico y revolucionario de una gran naci´n, son todos los ap´stoles del idealismo y los adversarios apasionados del materialismo, y por o o consiguiente tambi´n del socialismo, en filosof´ como en pol´ e ıa ıtica. Es con ellos con quienes hay que discutir esta cuesti´n. o Comprobemos primero que ninguno de los hombres ilustres que acabo de mencionar, ni ning´n otro u pensador idealista un poco importante de nuestros d´ se ha ocupado propiamente de la parte l´gica de ıas, o esta cuesti´n. Ninguno ha tratado de resolver filos´ficamente la posibilidad del salto mortale divino de las o o regiones eternas y puras del esp´ ıritu al fango del mundo material. ¿Tienen temor a abordar esa insoluble contradicci´n y desesperan de resolverla despu´s que han fracasado los m´s grandes genios de la historia, o o e a bien a han considerado como suficientemente resuelta ya? Es su secreto. El hecho es que han dejado a un lado la demostraci´n te´rica de la existencia de un Dios, y que no han desarrollado m´s que las razones y las o o a 4
  5. 5. consecuencias pr´cticas de ella. Han hablado de ella todos como de un hecho universalmente aceptado y como a tal imposible de convertirse en objeto de una duda cualquiera, limit´ndose, por toda prueba, a constatar la a antig¨edad y la universalidad misma de la creencia en Dios. u Esta unanimidad imponente, seg´n la opini´n de muchos hombres y escritores ilustres, y para no citar sino u o los m´s renombrados de ellos, seg´n la opini´n elocuentemente expresada de Joseph de Maistre y del gran a u o patriota italiano Giuseppe Mazzini, vale m´s que todas las demostraciones de la ciencia; y si la idea de un a peque˜o n´mero de pensadores consecuentes y aun muy poderosos, pero aislados, le es contraria, tanto peor, n u dicen ellos, para esos pensadores y para su l´gica, porque el consentimiento general, la adopci´n universal y o o antigua de una idea han sido considerados en todos los tiempos como la prueba m´s victoriosa de su verdad. a El sentimiento de todo el mundo, una convicci´n que se encuentra y se mantiene siempre y en todas partes, o no podr´ enga˜arse. Debe tener su ra´ en una necesidad absolutamente inherente a la naturaleza misma ıa n ız del hombre. Y puesto que ha sido comprobado que todos los pueblos pasados y presentes han cre´ y creen ıdo en la existencia de Dios, es evidente que los que tienen la desgracia de dudar de ella, cualquiera que sea la l´gica que los haya arrastrado a esa duda, son excepciones anormales, monstruos. o As´ pues, la antig¨edad y la universalidad de una creencia ser´ ı, u ıan, contra toda la ciencia y contra toda l´gica, una prueba suficiente e irreductible de su verdad. ¿Y por qu´? o e Hasta el siglo de Cop´rnico y de Galileo, todo el mundo hab´ cre´ que el Sol daba vueltas alrededor e ıa ıdo de la Tierra. ¿No se enga˜´ todo el mundo? ¿Hay cosa m´s antigua y m´s universal que la esclavitud? La no a a antropofagia quiz´. Desde el origen de la sociedad hist´rica hasta nuestros d´ hubo siempre y en todas partes a o ıas explotaci´n del trabajo forzado de las masas, esclavas, siervas o asalariadas, por alguna minor´ dominante; la o ıa opresi´n de los pueblos por la iglesia y por el estado. ¿Es preciso concluir que esa explotaci´n y esa opresi´n o o o sean necesidades absolutamente inherentes a la existencia misma de la sociedad humana?. He ah´ ejemplos ı que muestran que la argumentaci´n de los abogados del buen Dios no prueba nada. o Nada es en efecto tan universal y tan antiguo como lo inicuo y lo absurdo, y, al contrario, son la verdad la justicia las que, en el desenvolvimiento de las sociedades humanas, son menos universales y m´s j´venes; lo que a o explica tambi´n el fen´meno hist´rico constante de las persecuciones inauditas de que han sido y contin´an e o o u siendo objeto aquellos que las proclaman, primero por parte de los representantes oficiales, patentados e interesados de las creencias universales .antiguas”, y a menudo por parte tambi´n de aquellas mismas masas ¨ 2 e populares que, despu´s de haberlos atormentado, acaban siempre por adoptar y hacer triunfar sus ideas. e Para nosotros, materialistas y socialistas revolucionarios, no hay nada que nos asombre ni nos espante en ese fen´meno hist´rico. Fuertes en nuestra conciencia, nuestro amor a la verdad, en esa pasi´n l´gica que o o o o constituye por s´ una gran potencia, y al margen de la cual no hay pensamiento; fuertes en nuestra pasi´n ı o por la justicia y en nuestra fe inquebrantable en el triunfo de la humanidad sobre todas las bestialidades te´ricas pr´cticas; fuertes, en fin, en la confianza y en el apoyo mutuos que se prestan el peque˜o n´mero de o a n u los que comparten nuestras convicciones, nos resignamos por nosotros mismos a todas las consecuencias de ese fen´meno hist´rico, en el que vemos la manifestaci´n de una ley social tan natural, tan necesaria y tan o o o invariable como todas las dem´s leyes que gobiernan el mundo. a Esta ley es una consecuencia l´gica, inevitable, del origen animal de la sociedad humana; ahora bien, o frente a todas las pruebas cient´ ıficas, psicol´gicas, hist´ricas que se han acumulado en nuestros d´ tanto o o ıas, como frente a los hechos de los alemanes, conquistas de Francia, que dan hoy una demostraci´n tan brillante o de ello, no es posible, verdaderamente, dudar de la realidad de ese origen. Pero desde el momento que se acepta ese origen animal del hombre, se explica todo. La historia se nos aparece, entonces, como la negaci´n revolucionaria, ya sea lenta, ap´tica, adormecida, ya sea apasionada y poderosa del pasado. Consiste o a precisamente en la negaci´n progresiva de la animalidad primera del hombre por el desenvolvimiento de su o humanidad. El hombre, animal feroz, primo del gorila, ha partido de la noche profunda del instinto animal para llegar a la luz del esp´ ıritu, lo que explica de una manera completamente natural todas sus divagaciones pasadas, y nos consuela en parte de sus errores presentes. Ha partido de la esclavitud animal y despu´s e de atravesar su esclavitud divina, t´rmino transitorio entre su animalidad y su humanidad, marcha hoy a la e conquista y a la realizaci´n de su libertad humana. De donde resulta que la antig¨edad de una creencia, de una o u idea, lejos de probar algo en su favor, debe, al contrario, hac´rnosla sospechosa. Porque detr´s de nosotros e a est´ nuestra animalidad y ante nosotros la humanidad, y la luz humana, la unica que puede calentarnos a ´ e iluminamos, la unica que puede emanciparnos, nos hace dignos, libres, dichosos, y la realizaci´n de la ´ o fraternidad entre nosotros no est´ al principio, sino, relativamente a la ´poca en que vive, al fin de la historia. a e No miremos, pues, nunca atr´s, miremos siempre hacia adelante, porque adelante est´ nuestro sol y nuestra a a 5
  6. 6. salvaci´n; y si es permitido, si es util y necesario volver nuestra vista al estudio de nuestro pasado, no es m´s o ´ a que para comprobar lo que hemos sido y lo que no debemos ser m´s, lo que hemos cre´ y pensado, y lo que a ıdo no debemos creer ni pensar m´s, lo que hemos hecho y lo que no debemos volver a hacer. a Esto por lo que se refiere a la antig¨edad. En cuanto a la universalidad de un error, no prueba m´s que u a una cosa: la similitud, si no la perfecta identidad de la naturaleza humana en todos los tiempos y bajo todos los climas. Y puesto que se ha comprobado que los pueblos de todas las ´pocas de su vida han cre´ e ıdo, y creen todav´ en Dios, debemos concluir simplemente que la idea divina, salida de nosotros mismos, es un ıa, error hist´ricamente necesario en el desenvolvimiento de la humanidad, y preguntarnos por qu´ y c´mo se ha o e o producido en la historia, por qu´ la inmensa mayor´ de la especie humana la acepta a´n como una verdad. e ıa u En tanto que no podamos darnos cuenta de la manera c´mo se produjo la idea de un mundo sobrenatural o y divino y c´mo ha debido fatalmente producirse en el desenvolvimiento hist´rico de la conciencia humana, o o podremos estar cient´ ıficamente convencidos del absurdo de esa idea, pero no llegaremos a destruirla nunca en la opini´n de la mayor´ En efecto: no estaremos en condiciones de atacarla en las profundidades mismas o ıa. del ser humano, donde ha nacido, y, condenados una lucha est´ril, sin salida y sin fin, deberemos contenta- e mos siempre con combatirla s´lo en la superficie, en sus innumerables manifestaciones, cuyo absurdo, apenas o derribado por los golpes del sentido com´n, renacer´ inmediatamente bajo una forma nueva no menos in- u a sensata. En tanto que persista la ra´ de todos los absurdos que atormentan al mundo, la creencia en Dios ız permanecer´ intacta, no cesar´ de echar nuevos reto˜os. Es as´ como en nuestros d´ en ciertas regiones de a a n ı ıas, la m´s alta sociedad, el espiritismo tiende a instalarse sobre las ruinas del cristianismo. a No es s´lo en inter´s de las masas, sino tambi´n en de la salvaci´n de nuestro propio esp´ o e e o ıritu debemos forzarnos en comprender la g´nesis hist´rica de la idea de Dios, la sucesi´n de las causas que desarrollaron e o o produjeron esta idea en la conciencia de los hombres. Podremos decirnos y creernos ateos: en tanto que no hayamos comprendido esas causas, nos dejaremos dominar m´s o menos por los clamores de esa conciencia a universal de la que no habremos sorprendido el secreto; y, vista la debilidad natural del individuo, aun del m´s fuerte ante la influencia omnipotente del medio social que lo rodea, corremos siempre el riesgo de volver a a caer tarde o temprano, y de una manera o de otra, en el abismo del absurdo religioso. Los ejemplos e esas conversiones vergonzosas son frecuentes en la sociedad actual. He se˜alado ya la raz´n pr´ctica principal del poder ejercido a´n hoy por las creencias religiosas sobre n o a u las masas. Estas disposiciones m´ ısticas no denotan tanto en s´ una aberraci´n del esp´ ı o ıritu como un profundo descontento del coraz´n. Es la protesta instintiva y apasionada del ser humano contra las estrecheces, las o chaturas, los dolores y las verg¨enzas de una existencia miserable. Contra esa enfermedad, he dicho, no hay u m´s que un remedio: la revoluci´n social. a o Entre tanto, otras veces he tratado de exponer las causas que presidieron el nacimiento y el desenvolvimien- to hist´rico de las alucinaciones religiosas en la conciencia del hombre. Aqu´ no quiero tratar esa cuesti´n de o ı o la existencia de un Dios, o del origen divino del mundo y del hombre, m´s que desde el punto de vista de a su utilidad moral y social, y sobre la raz´n te´rica de esta creencia no dir´ m´s que pocas palabras, a fin de o o e a explicar mejor mi pensamiento. Todas las religiones, con sus dioses, sus semidioses y sus profetas, sus Mes´ y sus santos, han sido creadas ıas por la fantas´ cr´dula de los hombres, no llegados a´n al pleno desenvolvimiento y a la plena posesi´n de ıa e u o sus facultades intelectuales; en consecuencia de lo cual, el cielo religioso no es otra cosa que un milagro donde el hombre, exaltado por la ignorancia y la fe, vuelve a encontrar su propia imagen, pero agrandada y trastrocada, es decir, divinizada. La historia de las religiones, la del nacimiento, de la grandeza y de la decadencia de los dioses que se sucedieron en la creencia humana, no es nada m´s que el desenvolvimiento a de la inteligencia y de la conciencia colectiva de los hombres. A medida que, en su marcha hist´ricamente o regresiva, descubr´ ıan, sea en s´ mismos, sea en la naturaleza exterior, una fuerza, una cualidad o un defecto ı cualquiera, lo atribu´ a sus dioses, despu´s de haberlos exagerado, ampliado desmesuradamente, como lo ıan e hacen de ordinario los ni˜os, por un acto de su fantas´ religiosa. Gracias a esa modestia y a esa piadosa n ıa generosidad de los hombres creyentes y cr´dulos, el cielo se ha enriquecido con los despojos de la tierra y, e por una consecuencia necesaria, cuanto m´s rico se volv´ el cielo, m´s miserable se volv´ la tierra. Una vez a ıa a ıa instalada la divinidad, fue proclamada naturalmente la causa, la raz´n, el ´rbitro y el dispensador absoluto de o a todas las cosas: el mundo no fue ya nada, la divinidad lo fue todo; y el hombre, su verdadero creador, despu´s e de haberla sacado de la nada sin darse cuenta, se arrodill´ ante ella, la ador´ y se proclam´ su criatura y su o o o esclavo. El cristianismo es, precisamente, la religi´n por excelencia, porque expone y manifiesta, en su plenitud, o 6
  7. 7. la naturaleza, la propia esencia de todo sistema religioso, que es el empobrecimiento, el sometimiento, el aniquilamiento de la humanidad en beneficio de la divinidad. Siendo Dios todo, el mundo real y el hombre no son nada. Siendo Dios la verdad, la justicia, el bien, lo bello, la potencia y la vida, el hombre es la mentira, la iniquidad, el mal, la fealdad, la impotencia y la muerte. Siendo Dios el amo, el hombre es el esclavo. Incapaz de hallar por s´ mismo la justicia, la verdad y la ı vida eterna, no puede llegar a ellas m´s que mediante una revelaci´n divina. Pero quien dice revelaci´n, dice a o o reveladores, Mes´ profetas, sacerdotes y legisladores inspirados por Dios, mismo; y una vez reconocidos ıas, aquellos como representantes de la divinidad en la Tierra, como los santos institutores de la humanidad, elegidos por Dios mismo para dirigirla por la v´ de la salvaci´n, deben ejercer necesariamente un poder ıa o absoluto. Todos los hombres les deben una obediencia ilimitada y pasiva, porque contra la raz´n divina o no hay raz´n humana y contra la justicia de Dios no hay justicia terrestre que se mantengan. Esclavos de o Dios, los hombres deben serlo tambi´n de la iglesia y del Estado, en tanto que este ultimo es consagrado e ´ por la iglesia. He ah´ lo que el cristianismo comprendi´ mejor que todas las religiones que existen o que han ı o existido, sin exceptuar las antiguas religiones orientales, que, por lo dem´s, no han abarcado m´s que pueblos a a concretos y privilegiados, mientras que el cristianismo tiene la pretensi´n de abarcar la humanidad entera; y o he ah´ lo que, de todas las sectas cristianas, s´lo el catolicismo romano ha proclamado y realizado con una ı o consecuencia rigurosa. Por eso el cristianismo es la religi´n absoluta, la religi´n ultima, y la iglesia apost´lica o o ´ o y romana la unica consecuente, leg´ ´ ıtima y divina. Que no parezca mal a los metaf´ ısicos y a los idealistas religiosos, fil´sofos, pol´ o ıticos o poetas: la idea de Dios implica la abdicaci´n de la raz´n humana y de la justicia humana, es la negaci´n m´s decisiva de la o o o a libertad humana y lleva necesariamente a la esclavitud los hombres, tanto en la teor´ como en la pr´ctica. ıa a A menos de querer la esclavitud y el envilecimiento de los hombres, como lo quieren los jesuitas, como lo quieren los monjes, los pietistas o los metodistas protestantes, no podemos, no debemos hacer la menor concesi´n ni al dios de la teolog´ ni al de la metaf´ o ıa ısica porque en ese alfabeto m´ ıstico, el que comienza por decir A deber´ fatalmente acabar diciendo Z, y el que quiere adorar a Dios debe, sin hacerse ilusiones pueriles, a renunciar bravamente a su libertad y a su humanidad. Si Dios existe, el hombre es esclavo; ahora bien, el hombre puede y debe ser libre: por consiguiente, Dios no existe. Desaf´ a quienquiera que sea a salir de ese c´ ıo ırculo, y ahora, escojamos. ¿Es necesario recordar cu´nto y c´mo embrutecen y corrompen las religiones a los pueblos? Matan en a o ellos la raz´n, ese instrumento principal de la emancipaci´n humana, y los reducen a la imbecilidad, condici´n o o o esencial de su esclavitud. Deshonran el trabajo humano y hacen de ´l un signo y una fuente de servidumbre. e Matan la noci´n y el sentimiento de la justicia humana, haciendo inclinar siempre la balanza del lado de los o p´ıcaros triunfantes, objetos privilegiados de la gracia divina. Matan la altivez y la dignidad, no protegiendo m´s que a los que se arrastran y a los que se humillan. Ahogan en el coraz´n de los pueblos todo sentimiento a o de fraternidad humana, llen´ndolo de crueldad divina. a Todas las religiones son crueles, todas est´n fundadas en la sangre, porque todas reposan principalmente a sobre la idea del sacrificio, es decir, sobre la inmolaci´n perpetua de la humanidad a la insaciable venganza o de la divinidad. En ese sangriento misterio, el hombre es siempre la v´ ıctima, y el sacerdote, hombre tambi´n, e pero hombre privilegiado por la gracia, es el divino verdugo. Eso nos explica por qu´ los sacerdotes de todas e las religiones, los mejores, los m´s humanos, los m´s suaves, tienen casi siempre en el fondo de su coraz´n -y a a o si no en el coraz´n en su imaginaci´n, en esp´ o o ıritu (y ya se sabe la influencia formidable que una otro ejercen sobre el coraz´n de los hombres)- por qu´ hay, digo, en los sentimientos de todo sacerdote algo de cruel y de o e sanguinario. Todo esto, nuestros ilustres idealistas contempor´neos lo saben mejor que nadie. Son hombres sabios e a conocen la historia de memoria; y como son al mismo tiempo hombres vivientes, grandes almas penetradas por un amor sincero y profundo hacia el bien de la humanidad, han maldito y zaherido todos estos efectos, todos estos cr´ ımenes de la religi´n con una elocuencia sin igual. Rechazan con indignaci´n toda solidaridad o o con el Dios de las religiones positivas y con sus representantes pasados y presentes sobre la Tierra. El Dios que adoran o que creen adorar se distingue precisamente de los dioses reales de la historia, en que no es un Dios positivo, ni determinado de ning´n modo, ya sea teol´gico, ya sea metaf´ u o ısicamente. No es ni el ser supremo de Robespierre y de Rousseau, ni el Dios pante´ ısta de Spinoza, ni siquiera el Dios a la vez trascendente e inmanente y muy equ´ ıvoco de Hegel. Se cuidan bien de darle una determinaci´n positiva o cualquiera, sintiendo que toda determinaci´n lo someter´ a la acci´n disolvente de la cr´ o ıa o ıtica. No dir´n de a 7
  8. 8. ´l si es un Dios personal o impersonal, si ha creado o si no ha creado el mundo; no hablar´n siquiera de e a su divina providencia. Todo eso podr´ comprometerlos. Se contentar´n con decir: ”Dios nada m´s. Pero, ıa a 2 a ¿qu´ es su Dios? No es siquiera una idea, es una aspiraci´n. e o Es el nombre gen´rico de todo lo que les parece de, bueno, bello, noble, humano. Pero, ¿por qu´ dicen e e entonces: ”hombre¿ ¡Ah! es que el rey Guillermo de Prusia y Napole´n III y todos sus semejantes son o igualmente hombres; y he ah´ lo que m´s les embaraza. La humildad real nos presenta el conjunto de todo ı a lo que hay de m´s sublime, de m´s bello y de todo lo que hay de m´s vil y de m´s monstruoso en el mundo. a a a a ¿C´mo salir de ese atolladero? Llaman a lo uno divino y a lo otro bestial, represent´ndose la divinidad y la o a animalidad como los dos polos entre los cuales se coloca la humanidad. No quieren o no pueden emprender que esos tres t´rminos no forman m´s que uno y que si se los separa se los destruye. e a No est´n fuertes en l´gica, y se dir´ que la desprecian. Es eso lo que los distingue de los metaf´ a o ıa ısicos y de´ıstas, y lo que imprime a sus ideas el car´cter de un idealismo pr´ctico, sacando mucho menos sus inspira- a a ciones del desenvolvimiento severo de un pensamiento, que de las experiencias, casi dir´ de las emociones, e tanto hist´ricas y colectivas como individuales de la vida. Eso da a su propaganda una apariencia de riqueza o y de potencia vital, pero una apariencia solamente porque la vida misma se hace est´ril cuando es paralizada e por una contradicci´n l´gica. o o La contradicci´n es ´sta: quieren a Dios y quieren a la humanidad. Se obstinan en poner juntos esos dos o e t´rminos, que, una vez separados, no pueden encontrarse de nuevo m´s que para destruirse rec´ e a ıprocamente. Dicen de un tir´n: ”Dios y la libertad del hombre”; ”Dios y la dignidad, la justicia, la igualdad, la fraternidad o y la prosperidad de los hombres”, sin preocuparse de la l´gica fatal conforme a la cual, si Dios existe todo o queda condenado a la no-existencia. Porque si Dios existe es necesariamente el amo eterno, supremo, absoluto, y si amo existe el hombre es esclavo; pero si es esclavo, no hay para ´l ni justicia ni igualdad ni fraternidad e ni prosperidad posibles. Podr´n, contrariamente al buen sentido y a todas las experiencias de la historia, a reventarse a su Dios animado del m´s tierno amor por la libertad humana: un amo, haga lo que quiera y por a liberal que quiera mostrarse, no deja de ser un amo y su existencia implica necesariamente la esclavitud de todo lo que se encuentra por debajo de ´l. e Por consiguiente, si Dios existiese, no habr´ para ´l m´s que un solo medio de servir a la libertad humana: ıa e a dejar de existir. Como celoso amante de la libertad humana y consider´ndolo como la condici´n absoluta de todo lo que a o adoramos y respetamos en la humanidad, doy vuelta a la frase de Voltaire y digo: si Dios existiese realmente, habr´ que hacerlo desaparecer. ıa La severa l´gica que me dicta estas palabras es demasiado evidente para que tenga necesidad de desarrollar o m´s esta argumentaci´n. Y me parece imposible que los hombres ilustres a quienes mencion´, tan c´lebres a o e e y tan justamente respetados, no hayan sido afectados por ella y no se hayan percatado de la contradicci´n o en que caen al hablar de Dios y de la libertad humana a la vez. Para que lo hayan pasado por alto, a sido preciso que hayan pensado que esa inconsecuencia o que esa negligencia l´gica era necesaria pr´cticamente o a para el bien mismo de la humanidad. Quiz´ tambi´n, al hablar de la libertad como de una cosa que es para ellos muy respetable y muy a e querida, la comprenden de distinto modo a como nosotros la entendemos, nosotros, materialistas y socialistas revolucionarios. En efecto; no hablan de ella sin a˜adir inmediatamente otra palabra, la de autoridad, una n palabra y una cosa que detestamos de todo coraz´n. o ¿Qu´ es la autoridad? ¿Es el poder inevitable de las leyes naturales que se manifiestan en el encadenamiento e y en la sucesi´n fatal de los fen´menos, tanto del mundo f´ o o ısico como del mundo social? En efecto; contra esas leyes, la rebeld´ no s´lo est´ prohibida, sino que es imposible. Podemos desconocerlas o no conocerlas siquiera, ıa o a pero no podemos desobedecerlas, porque constituyen la base y las condiciones mismas de nuestra existencia; nos envuelven, nos penetran, regulan todos nuestros movimientos, nuestros pensamientos y nuestros actos; de manera que, aun cuando las queramos desobedecer, no hacemos m´s que manifestar su omnipotencia. a S´ somos absolutamente esclavos de esas leyes. Pero no hay nada de humillante en esa esclavitud. Porque la ı, esclavitud supone un amo exterior, un legislador que se encuentre al margen de aquel a quien ordena; mientras que estas leyes no est´n fuera de nosotros, nos son inherentes, constituyen nuestro ser, todo nuestro ser, tanto a corporal como intelectual y moral; no vivimos, no respiramos, no obramos, no pensamos, no queremos sino mediante ellas. Fuera de ellas no somos nada, no somos. ¿De d´nde proceder´ pues, nuestro poder y nuestro o ıa, querer rebelamos contra ellas?. Frente a las leyes naturales no hay para el hombre m´s que una sola libertad posible: la de reconocerlas a 8
  9. 9. y de aplicarlas cada vez m´s, conforme al fin de la emanaci´n o de la humanizaci´n, tanto colectiva como a o o individual que persigue. Estas leyes, una vez reconocidas, ejercen una autoridad que no es discutida por la masa de los hombres. Es preciso, por ejemplo, ser loco o te´logo, o por lo menos un metaf´ o ısico, un jurista, o un economista burgu´s para rebelarse contra esa ley seg´n a cual dos m´s dos suman cuatro. Es preciso e u a tener fe para imaginarse que no se quemar´ uno en el fuego y que no se ahogar´ en el agua, a menos que se a a recurra a alg´n subterfugio fundado aun sobre alguna otra ley natural. Pero esas rebeld´ o m´s bien esas u ıas, a tentativas esas locas imaginaciones de una rebeld´ imposible no forman m´s que una excepci´n bastante ıa a o rara; porque, en general, se puede decir que la masa de los hombres, en su vida cotidiana, se deja gobernar de una manera casi absoluta por el buen sentido, lo que equivale a decir por la suma de las leyes generalmente reconocidas. La gran desgracia es que una gran cantidad de leyes naturales ya constadas como tales por la ciencia, permanezcan desconocidas para las masas populares, gracias a los cuidados de esos gobiernos tutelares que no existen, como se sabe, m´s que para el bien de los pueblos... Hay otro inconveniente: la mayor parte a de las leyes naturales inherentes al desenvolvimiento de la sociedad humana, y que son tambi´n necesarias, e invariables, fatales, como las leyes que gobiernan el mundo f´ ısico, no han sido debidamente comprobadas y reconocidas por la ciencia misma. Una vez que hayan sido reconocidas primero por la ciencia y que la ciencia, por medio de un amplio sistema de educaci´n y de instrucci´n populares, las hayan hecho pasar a la conciencia de todos, la cuesti´n de la o o o libertad estar´ perfectamente resuelta. Los autoritarios m´s recalcitrantes deben reconocer que entonces no a a habr´ necesidad de organizaci´n pol´ a o ıtica ni de direcci´n ni de legislaci´n, tres cosas que, ya sea que emanen de o o la voluntad del soberano, ya que resulten de los votos de un parlamento elegido por sufragio universal y aun cuando est´n conformes con el sistema de las leyes naturales -lo que no tuvo lugar jam´s y no tendr´ jam´s e a a a lugar-, son siempre igualmente funestas y contrarias a la libertad de las masas, porque les impone un sistema de leyes exteriores y, por consiguiente, desp´ticas. o La libertad del hombre consiste unicamente en esto, que obedece a las leyes naturales, porque las ha ´ reconocido ´l mismo como tales y no porque le hayan sido impuestas exteriormente por una voluntad extra˜a, e n divina o humana cualquiera, colectiva o individual. Suponed una academia de sabios, compuesta por los representantes m´s ilustres de la ciencia; suponed a que esa academia sea encargada de la legislaci´n, de la organizaci´n de la sociedad y que, s´lo inspir´ndose en o o o a el puro amor a la verdad, no le dicte m´s que leyes absolutamente conformes a los ultimos descubrimientos de a ´ la ciencia. Y bien, yo pretendo que esa legislaci´n y esa organizaci´n ser´n una monstruosidad, y esto por dos o o a razones: La primera, porque la ciencia humana es siempre imperfecta necesariamente y, comparando lo que se ha descubierto con lo que queda por descubrir, se puede decir que est´ todav´ en la cuna. De suerte que si a ıa quisiera forzar la vida pr´ctica de los hombres, tanto colectiva como individual, a conformarse estrictamente, a exclusivamente con los ultimos datos de la ciencia, se condenar´ a la sociedad y a los individuos a sufrir ´ ıa el martirio sobre el lecho de Procusto, que acabar´ pronto por dislocarlos y por sofocarlos, pues la vida es ıa siempre infinitamente m´s amplia que la ciencia. a La segunda raz´n es ´sta: una sociedad que obedeciere a la legislaci´n de una academia cient´ o e o ıfica, no porque hubiere comprendido su car´cter racional por s´ misma (en cuyo caso la existencia de la academia a ı ser´ in´til), sino porque una legislaci´n tal, emanada de esa academia, se impondr´ en nombre de una ıa u o ıa ciencia venerada sin comprenderla, ser´ no una sociedad de hombres, sino de brutos. Ser´ una segunda ıa, ıa edici´n de esa pobre rep´blica del Paraguay que se dej´ gobernar tanto tiempo por la Compa˜´ de Jes´s. o u o nıa u Una sociedad semejante no dejar´ de caer bien pronto en el m´s bajo grado del idiotismo. ıa a Pero hay una tercera raz´n que hace imposible tal gobierno: es que una academia cient´ o ıfica revestida de esa soberan´ digamos que absoluta, aunque estuviere compuesta por los hombres m´s ilustres, acabar´ ıa a ıa infaliblemente y pronto por corromperse moral e intelectualmente. Esta es hoy, ya, con los pocos privilegios que se les dejan, la historia de todas las academias. El mayor genio cient´ ıfico, desde el momento en que se convierte en acad´mico, en sabio oficial, patentado, cae inevitablemente y se adormece. Pierde su espontaneidad, su e atrevimiento revolucionario, y esa energ´ inc´moda y salvaje que caracteriza la naturaleza de los grandes ıa o genios, llamados siempre a destruir los mundos caducos y a echar los fundamentos de mundos nuevos. Gana sin duda en cortes´ sabidur´ utilitaria y pr´ctica, lo que pierde en potencia de pensamiento. Se corrompe, ıa, ıa a en una palabra. Es propio del privilegio y de toda posici´n privilegiada el matar el esp´ o ıritu y el coraz´n de los hombres. o El hombre privilegiado, sea pol´ ıtica, sea econ´micamente, es un hombre intelectual y moralmente depravado. o 9
  10. 10. He ah´ una ley social que no admite ninguna excepci´n, y que se aplica tanto a las naciones enteras como a ı o las clases, a las compa˜´ como a los individuos. Es la ley de la igualdad, condici´n suprema de la libertad nıas o y de la humanidad. El objetivo principal de este libro es precisamente desarrollarla y demostrar la verdad en todas las manifestaciones de la vida humana. Un cuerpo cient´ ıfico al cual se haya confiado el gobierno de la sociedad, acabar´ pronto por no ocuparse a absolutamente nada de la ciencia, sino de un asunto distinto; y ese asunto, como sucede con todos los poderes establecidos, ser´ el de perpetuarse a s´ mismo, haciendo que la sociedad confiada a sus cuidados se vuelva a ı cada vez m´s est´pida, y por consiguiente m´s necesitada de su gobierno y de su direcci´n. a u a o Pero lo que es verdad para las academias cient´ ıficas es verdad igualmente para todas las asambleas constituyentes y legislativas, aunque hayan salido del sufragio universal. Este puede renovar su composici´n, o es verdad, pero eso no impide que se forme en unos pocos a˜os un cuerpo de pol´ n ıticos, privilegiados de hecho, o de derecho, y que, al dedicarse exclusivamente a la direcci´n de los asuntos p´blicos de un pa´ acaban o u ıs, formar una especie de aristocracia o de oligarqu´ pol´ ıa ıtica. Ved si no los Estados Unidos de Am´rica y Suiza. e Por tanto, nada de legislaci´n exterior y de legislaci´n interior, pues por otra parte una es inseparable de o o la otra, y ambas tienden al sometimiento de la sociedad y al embrutecimiento de los legisladores mismos. ¿Se desprende de esto que rechazo toda autoridad? Lejos de m´ ese pensamiento. Cuando se trata de ı zapatos, prefiero la autoridad del zapatero; si se trata de una casa, de un canal o de un ferrocarril, consulto la del arquitecto o del ingeniero. Para esta o la otra, ciencia especial me dirijo a tal o cual sabio. Pero no dejo que se impongan a m´ ni el zapatero, ni el arquitecto ni el sabio. Les escucho libremente y con todo ı el respeto que merecen su inteligencia, su car´cter, su saber, pero me reservo mi derecho incontestable de a cr´ ıtica y de control. No me contento con consultar una sola autoridad especialista, consulto varias; comparo sus opiniones, y elijo la que me parece m´s justa. Pero no reconozco autoridad infalible, ni aun en cuestiones a especiales; por consiguiente, no obstante el respeto que pueda tener hacia la honestidad y la sinceridad de tal o cual individuo, no tengo fe absoluta en nadie. Una fe semejante ser´ fatal a mi raz´n, la libertad y al ıa o ´xito mismo de mis empresas; me transformar´ inmediatamente en un esclavo est´pido y en un instrumento e ıa u de la voluntad y de los intereses ajenos. Si me inclino ante la autoridad de los especialistas si me declaro dispuesto a seguir, en una cierta medida durante todo el tiempo que me parezca necesario sus indicaciones y aun su direcci´n, es porque esa autoridad o no me es impuesta por nadie, ni por los hombres ni por Dios. De otro modo la rechazar´ con honor y enviar´ ıa ıa al diablo sus consejos, su direcci´n y su ciencia, seguro de que me har´ pagar con la p´rdida de mi libertad o ıan e y de mi dignidad los fragmentos de verdad humana, envueltos en muchas mentiras, que podr´ darme. ıan Me inclino ante la autoridad de los hombres especiales porque me es impuesta por la propia raz´n. Tengo o conciencia de no poder abarcar en todos sus detalles y en sus desenvolvimientos positivos m´s que una a peque˜a parte de la ciencia humana. La m´s grande inteligencia no podr´ abarcar el todo. De donde resulta n a ıa para la ciencia tanto como para la industria, la necesidad de la divisi´n y de la asociaci´n del trabajo. Yo o o recibo y doy, tal es la vida humana. Cada uno es autoridad dirigente y cada uno es dirigido a su vez. Por tanto no hay autoridad fija y constante, sino un cambio continuo de autoridad y de subordinaci´n mutuas, o pasajeras y sobre todo voluntarias. Esa misma raz´n me impide, pues, reconocer una autoridad fija, constante y universal, porque no hay o hombre universal, hombre que sea capaz de abarcar con esa riqueza de detalles (sin la cual la aplicaci´n de la o ciencia a la vida no es posible), todas las ciencias, todas las ramas de la vida social. Y si una tal universalidad pudiera realizarse en un solo hombre, quisiera prevalerse de ella para imponemos su autoridad, habr´ que ıa expulsar a ese hombre de la sociedad, porque su autoridad reducir´ inevitablemente a todos los dem´s a ıa a la esclavitud y a la imbecilidad. No pienso que la sociedad deba maltratar a los hombres de genio como ha hecho hasta el presente. Pero no pienso tampoco que deba engordarlos demasiado, ni concederles sobre todo privilegios o derechos exclusivos de ninguna especie; y esto por tres razones: primero, porque suceder´ a ıa menudo que se tomar´ a un charlat´n por un hombre de genio; luego, porque, por este sistema de privilegios, ıa a podr´ transformar en un charlat´n a un hombre de genio, desmoralizarlo y embrutecerlo, y en fin, porque ıa a se dar´ uno a s´ mismo un d´spota. ıa ı e Resumo. Nosotros reconocemos, pues, la autoridad absoluta de la ciencia, porque la ciencia no tiene otro objeto que la reproducci´n mental, reflexiva y todo lo sistem´tica que sea posible, de las leyes naturales o a inherentes a la vida tanto material como intelectual y moral del mundo f´ ısico y del mundo social; esos dos mundos no constituyen en realidad m´s que un solo y mismo mundo natural. Fuera de esa autoridad, la unica a ´ leg´ ıtima, porque es racional y est´ conforme a la naturaleza humana, declaramos que todas las dem´s son a a 10
  11. 11. mentirosas, arbitrarias, desp´ticas y funestas. o Reconocemos la autoridad absoluta de la ciencia, pero rechazamos la infabilidad y la universalidad de los representantes de la ciencia. En nuestra iglesia -s´ame permitido servirme un momento de esta expresi´n que e o por otra parte detesto; la iglesia y el Estado mis dos bestias negras-, en nuestra iglesia, como en la iglesia protestante, nosotros tenemos un jefe, un Cristo invisible, la ciencia; y como los protestantes, consecuentes a´n que los protestantes, no quieren sufrir ni papas ni concilios, ni c´nclaves de cardenales infalibles, ni u o obispos, ni siquiera sacerdotes, nuestro Cristo se distingue del Cristo protestante y cristiano en que este ultimo es un ser personal, y el nuestro es impersonal; el Cristo cristiano, realizado ya en un pasado eterno, ´ se presenta como un ser perfecto, mientras que la realizaci´n y el perfeccionamiento de nuestro Cristo, de la o ciencia, est´n siempre en el porvenir, lo que equivale a decir que no se realizar´n jam´s. No reconociendo la a a a autoridad absoluta m´s que ciencia absoluta, no comprometemos de ning´n momento nuestra libertad. a u Entiendo por las palabras ¸iencia absoluta”, la unica verdaderamente universal que reproducir´ ideal- c ´ ıa mente el universo, en toda su extensi´n y en todos sus detalles infinitos, el sistema o la coordinaci´n de o o todas las leyes naturales que se manifiestan en el desenvolvimiento incesante de los mundos. Es evidente que esta ciencia, objeto sublime de todos los esfuerzos del esp´ ıritu humano, no se realizar´ nunca en su plenitud a absoluta. Nuestro Cristo quedar´, pues, eternamente inacabado, lo cual debe rebajar mucho el orgullo de sus a presentantes patentados entre nosotros. Contra ese Dios hijo, en nombre del cual pretender´ imponernos ıan autoridad insolente y pedantesca, apelaremos al Dios padre, que es el mundo real, la vida real de lo cual El no es m´s que una expresi´n demasiado imperfecta y de quien nosotros somos los representantes inmediatos, a o los seres reales, que viven, trabajan, combaten, aman, aspiran, gozan y sufren. Pero aun rechazando la autoridad absoluta, universal e infalible de los hombres de ciencia, nos inclinamos voluntariamente ante la autoridad respetable, pero relativa, muy pasajera, muy restringida, de los represen- tantes de las ciencias especiales, no exigiendo nada mejor que consultarles en cada caso y muy agradecidos por las indicaciones preciosas que quieran darnos, a condici´n de que ellos quieran recibirlas de nosotros o sobre cosas y en ocasiones en que somos m´s sabios que ellos; y en general, no pedimos nada mejor que ver a a los hombres dotados de un gran saber, de una gran experiencia, de un gran esp´ ıritu y de un gran coraz´n o sobre todo, ejercer sobre nosotros una influencia natural y leg´ ıtima, libremente aceptada, y nunca impuesta en nombre de alguna autoridad oficial cualquiera que sea, terrestre o celeste. Aceptamos todas las autori- dades naturales y todas las influencias de hecho, ninguna de derecho; porque toda autoridad o toda influencia de derecho, y como tal oficialmente impuesta, al convertirse pronto en una opresi´n y en una mentira, nos o impondr´ infaliblemente, como creo haber´ demostrado suficientemente, la esclavitud y el absurdo. ıa ıo En una palabra, rechazamos toda legislaci´n, toda autoridad y toda influencia privilegiadas, patentadas, o oficiales y legales, aunque salgan del sufragio universal, convencidos de que no podr´n actuar sino en provecho a de una minor´ dominadora y explotadora, contra los intereses de la inmensa mayor´ sometida. ıa ıa He aqu´ en qu´ sentido somos realmente anarquistas. ı e Los idealistas modernos entienden la autoridad de una manera completamente diferente. Aunque libre de las supersticiones tradicionales de todas las religiones as existentes, asocian, sin embargo, a esa idea de autoridad un sentido divino, absoluto. Esta autoridad no es la de una verdad milagrosamente revelada, ni la de una verdad rigurosa y cient´ ıficamente demostrada. La fundan sobre un poco de argumentaci´n casi o filos´fica, y sobre mucha fe vagamente religiosa, sobre mucho sentimiento ideal, abstractamente po´tico. Su o e religi´n es como un ultimo ensayo de divinizaci´n de lo que constituye la humanidad en los hombres. Eso es o ´ o todo lo contrario de la obra que nosotros realizamos. En vista de la libertad humana, de la dignidad humana y de la prosperidad humana, creemos deber quitar al cielo los bienes que ha robado a la tierra, para devolverlos a la tierra; mientras que esforz´ndose por cometer un nuevo latrocinio religiosamente heroico, ellos querr´ a ıan al contrario, restituir de nuevo al cielo, a ese divino ladr´n hoy desenmascarado -pasado a su vez a saco por o la impiedad audaz y por el an´lisis cient´ a ıfico de los librepensadores-, todo lo que la humanidad contiene de m´s grande, de m´s bello, de m´s noble. a a a Les parece, sin duda, que, para gozar de una mayor autoridad entre los hombres, las ideas y las cosas humanas deben ser investidas de alguna sanci´n divina. ¿C´mo se anuncia esa sanci´n? No por un milagro o o o o en las religiones positivas, sino por la grandeza o por la santidad misma de las ideas y de las cosas: lo que es grande, lo que es bello, lo que es noble, lo que es justo, es reputado divino. En este nuevo culto religioso, todo hombre que se inspira en estas ideas, en estas cosas, se transforma en un sacerdote, inmediatamente consagrado por Dios mismo. ¿Y la prueba? Es la grandeza misma de las ideas que expresa, y de las cosas que realiza: no tiene necesidad de otra. Son tan santas que no pueden haber sido inspiradas m´s que por Dios. a 11
  12. 12. He ah´ en pocas palabras, toda su filosof´ filosof´ de sentimientos, no de pensamientos reales, una ı, ıa: ıa especie e pietismo metaf´ ısico. Esto parece inocente, pero no lo es, y la doctrina muy precisa, muy estrecha y muy seca que se oculta bajo la ola intangible de esas formas po´ticas, conduce a los mismos resultados e desastrosos que todas las religiones positivas; es decir, a la negaci´n m´s completa de la libertad y de la o a dignidad humanas. Proclamar como divino todo lo que haya de grande, justo, noble, bello en la humanidad, es reconocer, impl´ ıcitamente, que la humanidad habr´ sido incapaz por s´ misma de producirlo; lo que equivale a decir que ıa ı abandonada a s´ misma su propia naturaleza es miserable, inicua, vil y fea. Henos aqu´ vueltos a la esencia ı ı de toda religi´n, es decir, a la denigraci´n de la humanidad para mayor gloria de la divinidad. Y desde el o o momento que son admitidas la inferioridad natural del hombre y su incapacidad profunda para elevarse por s´ fuera de toda inspiraci´n divina, hasta las ideas justas y verdaderas, se hace necesario admitir tambi´n ı, o e todas las consecuencias ideol´gicas, pol´ o ıticas y sociales de las religiones positivas. Desde el momento que Dios, el ser perfecto y supremo se pone frente a la humanidad, los intermediarios divinos, los elegidos, los inspirados de Dios salen de la tierra para ilustrar, dirigir y para gobernar en su nombre a la especie humana especie humana. ¿No se podr´ suponer que todos los hombres son igualmente inspirados por Dios? Entonces no habr´ ıa ıa necesidad de intermediarios, sin duda. Pero esta suposici´n es imposible, porque est´ demasiado contradicha o a por los hechos. Ser´ preciso entonces atribuir a la inspiraci´n divina todos los absurdos y los errores que ıa o se manifiestan, y todos los horrores, las torpezas, las cobard´ y las tonter´ que se cometen en el mundo ıas ıas humano. Por consiguiente, no hay en este mundo m´s que pocos hombres divinamente inspirados. Son los a grandes hombres de la historia, los genios virtuosos como dice el ilustre ciudadano y profeta italiano Giuseppe Mazzini. Inmediatamente inspirados por Dios mismo y apoy´ndose en el consentimiento universal, expresado a por el sufragio popular -Dio e Popo-, est´n llamados a gobernar la sociedad humana. a Henos aqu´ de nuevo en la iglesia y en el Estado. Es verdad que en esa organizaci´n nueva, establecida, ı o como todas las organizaciones pol´ ıticas antiguas, por la gracia de Dios, pero apoyada esta vez, al menos en la forma, a guisa de concesi´n necesaria al esp´ o ıritu moderno, y como en los pre´mbulos de los decretos imperiales a de Napole´n III, sobre la voluntad (ficticia) del pueblo; la iglesia no se llamar´ ya iglesia, se llamar´ escuela. o a a Pero sobre los bancos de esa escuela no se sentar´n solamente los ni˜os: estar´ el menor eterno, el escolar a n a reconocido incapaz para siempre de sufrir sus ex´menes, de elevarse a la ciencia de sus maestros y de pasarse a sin su disciplina: el pueblo. El Estado no se llamar´ ya monarqu´ se llamar´ rep´blica, pero no dejar´ de a ıa, a u a ser Estado, es decir, una tutela oficial y relarmente establecida por una minor´ de hombres competentes, de ıa hombres de genio o de talento, virtuosos, para vigilar y para dirigir la conducta de ese gran incorregible y ni˜o n terrible: el Pueblo. Los profesores de la escuela y los funcionarios del Estado se har´n republicanos; pero no a ser´n por eso menos tutores, pastores, y el pueblo permanecer´ siendo lo que ha sido eternamente hasta aqu´ a a ı: un reba˜o. Cuidado entonces con los esquiladores; porque all´ donde hay un reba˜o, habr´ necesariamente n ı n a tambi´n esquiladores y aprovechadores del reba˜o. e n El pueblo, en ese sistema, ser´ el escolar y el pupilo eterno. A pesar de su soberan´ completamente ficticia, a ıa continuar´ sirviendo de instrumento a pensamientos, a voluntades y por consiguiente tambi´n a intereses que a e no ser´n los suyos. Entre esta situaci´n y la que llamamos de libertad, de verdadera libertad, hay un abismo. a o Habr´, bajo formas nuevas, la antigua opresi´n y la antigua esclavitud, y all´ donde existe la esclavitud, est´n a o ı a la miseria, el embrutecimiento, la verdadera materializaci´n de la sociedad, tanto de las clases privilegiadas, o como de las masas. Al divinizar las cosas humanas, los idealistas llegan siempre al triunfo de un materialismo brutal. Y esto por una raz´n muy sencilla: lo divino se evapora y sube hacia su patria, el cielo, y en la tierra queda solamente o lo brutal. Si, el idealismo en teor´ tiene por consecuencia necesaria el materialismo m´s brutal en la pr´ctica; o, sin ıa a a duda, para aquellos que lo predican de buena fe -el resultado ordinario para ellos es ver atacado, de esterilidad todos sus esfuerzos-, sino para los que se esfuerzan por realizar sus preceptos en la vida, para la sociedad entera, en tanto ´sta se deja dominar por las doctrinas idealistas. e Para demostrar este hecho general y que puede parecer extra˜o al principio, pero que se explica general- n mente cuando se reflexiona m´s, las pruebas hist´ricas no faltan. a o Comparad las dos ultimas civilizaciones del mundo antiguo, la civilizaci´n griega y la civilizaci´n romana. ´ o o ¿Cu´l es la civilizaci´n m´s materialista, la m´s natural por su punto de partida y la m´s humana e ideal en a o a a a sus resultados? La civilizaci´n griega. o 12

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