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W A L T E R   B E N J A M I Nmedios puros, nos conduciría demasiado lejos 3 . Porconsiguiente, basta con mencionar los med...
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W A L T E R        B E N J A M I N4 Sorel, Reflexions sur la violence. Va. edición, Paris, 1919, pág. 250.                ...
W A L T E R   B E N J A M I N  las empresas de las que el conjunto de la sociedad  debe soportar los gastos."   Mientras l...
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W A L T E R   B E N J A M I Nsión violenta, más inmoral que la huelga general po-lítica, similar al bloqueo económico, es ...
W A L T E R   B E N J A M I Nproducido formas y virtudes propias, que, aunque sehayan convertido en exteriores, no lo han ...
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W A L T E R   B E N J A M I Ndestino, lucha contra él con variada fortuna y el mitono lo deja del todo sin esperanzas de q...
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W A L T E R   B E N J A M I Npor el contrario, incluso si el vencedor dispone de lamáxima superioridad, se reconocen al ve...
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  1. 1. W A L T E R B E N J A M I N PARA UNA CRÍTICA DE LA VIOLENCIALa tarea de una crítica de la violencia puede definirsecomo la exposición de su relación con el derecho ycon la justicia. Porque una causa eficiente se con-vierte en violencia, en el sentido exacto de la palabra,sólo cuando incide sobre relaciones morales. La esferade tales relaciones es definida por los conceptos dederecho y justicia. Sobre todo en lo que respecta alprimero de estos dos conceptos, es evidente que larelación fundamental y más elemental de todoordenamiento jurídico es la de fin y medio; y que laviolencia, para comenzar, sólo puede ser buscada enel reino de los medios y no en el de los fines. Estascomprobaciones nos dan ya, para la crítica de laviolencia, algo más, e incluso diverso, que lo queacaso nos parece. Puesto que si la violencia es 1
  2. 2. W A L T E R B E N J A M I Nun medio, podría parecer que el criterio para su crí-tica esta ya dado, sin más. Esto se plantea en la pre-gunta acerca de si la violencia, en cada caso específi-co, constituye un medio para fines justos o injustos.En un sistema de fines justos, las bases para su críticaestarían ya dadas implícitamente. Pero las cosas noson así. Pues lo que este sistema nos daría, si sehallara más allá de toda duda, no es un criterio de laviolencia misma como principio, sino un criteriorespecto a los casos de su aplicación. Permaneceríasin respuesta el problema de si la violencia en general,como principio, es moral, aun cuando sea un mediopara fines justos. Pero para decidir respecto a esteproblema se necesita un criterio más pertinente, unadistinción en la esfera misma de los medios, sin teneren cuenta los fines a los que éstos sirven. La exclusión preliminar de este más exacto planteocrítico caracteriza a una gran corriente de la filosofíadel derecho, de la cual el rasgo más destacado quizáses el derecho natural. En el empleo de mediosviolentos para lograr fines justos el derecho naturalve tan escasamente un problema, como el hombre enel "derecho" a dirigir su propio cuerpo hacia la metahacia la cual marcha. Según la concepciónjusnaturalista (que sirvió de base ideológica pa- 2
  3. 3. W A L T E R B E N J A M I Nra el terrorismo de la Revolución Francesa) la vio-lencia es un producto natural, por así decir una ma-teria prima, cuyo empleo no plantea problemas, contal de que no se abuse poniendo la violencia al ser-vicio de fines injustos. Si en la teoría jusnaturalistadel estado las personas se despojan de toda su auto-ridad en favor del estado, ello ocurre sobre la basedel supuesto (explícitamente enunciado por Spinozaen su tratado teológico-político) de que el individuocomo tal, y antes de la conclusión de este contratoracional, ejercite también de jure todo poder que in-viste de facto. Quizás estas concepciones han sidovueltas a estimular a continuación por la biologíadarwinista, que considera en forma del todo dog-mática, junto con la selección natural, sólo a la vio-lencia como medio originario y único adecuado atodos los fines vitales de la naturaleza. La filosofíapopular darwinista ha demostrado a menudo lo fácilque resulta pasar de este dogma de la historia natu-ral al dogma aún más grosero de la filosofía del de-recho, para la cual aquella violencia que se adecuacasi exclusivamente a los fines naturales sería porello mismo también jurídicamente legítima. A esta tesis jusnaturalista de la violencia como dato natural se opone diametralmente la del derecho 3
  4. 4. W A L T E R B E N J A M I Npositivo, que considera al poder en su transforma-ción histórica. Así como el derecho natural puedejuzgar todo derecho existente sólo mediante la críticade sus fines, de igual modo el derecho positivopuede juzgar todo derecho en transformación sólomediante la crítica de sus medios. Si la justicia es elcriterio de los fines, la legalidad es el criterio de losmedios. Pero si se prescinde de esta oposición, lasdos escuelas se encuentran en el común dogma fun-damental: los fines justos pueden ser alcanzados pormedios legítimos, los medios legítimos pueden serempleados al servicio de fines justos. El derechonatural tiende a "justificar" los medios legítimos conla justicia de los fines, el derecho positivo a "garan-tizar" la justicia de los fines con la legitimidad de losmedios. La antinomia resultaría insoluble si se de-mostrase que el común supuesto dogmático es falso yque los medios legítimos, por una parte, y los finesjustos, por la otra, se hallan entre sí en términos decontradicción irreductibles. Pero no se podrá llegarnunca a esta comprensión mientras no se abandoneel círculo y no se establezcan criterios recíprocosindependientes para fines justos y para medios legí-timos. 4
  5. 5. W A L T E R B E N J A M I N El reino de los fines, y por lo tanto también elproblema de un criterio de la justicia, queda por elmomento excluido de esta investigación. En el cen-tro de ella ponemos en cambio el problema de lalegitimidad de ciertos medios, que constituyen laviolencia. Los principios jusnaturalistas no puedendecidir este problema, sino solamente llevarlo a unacasuística sin fin. Porque si el derecho positivo esciego para la incondicionalidad de los fines, el dere-cho natural es ciego para el condicionamiento de losmedios. La teoría positiva del derecho puede to-marse como hipótesis de partida al comienzo de lainvestigación, porque establece una distinción deprincipio entre los diversos géneros de violencia,independientemente de los casos de su aplicación.Se establece una distinción entre la violencia históri-camente reconocida, es decir la violencia sancionadacomo poder, y la violencia no sancionada. Si losanálisis que siguen parten de esta distinción, ellonaturalmente no significa que los poderes sean or-denados y valorados de acuerdo con el hecho de queestén sancionados o no. Pues en una crítica de laviolencia no se trata de la simple aplicación delcriterio del derecho positivo, sino más bien de juz-gar a su vez al derecho positivo. Se trata de ver qué 5
  6. 6. W A L T E R B E N J A M I Nconsecuencias tiene, para la esencia de la violencia,el hecho mismo de que sea posible establecer res-pecto de ella tal criterio o diferencia. O, en otraspalabras, qué consecuencias tiene el significado deesa distinción. Puesto que veremos en seguida queesa distinción del derecho positivo tiene sentido,está plenamente fundada en sí y no es substituiblepor ninguna otra; pero con ello mismo se arrojaráluz sobre esa esfera en la cual puede realizarse dichadistinción. En suma: si el criterio establecido por elderecho positivo respecto a la legitimidad de la vio-lencia puede ser analizado sólo según su significado,la esfera de su aplicación debe ser criticada según suvalor. Por lo tanto, se trata de hallar para esta críticaun criterio fuera de la filosofía positiva del derecho,pero también fuera del derecho natural. Veremos acontinuación cómo este criterio puede ser propor-cionado sólo si se considera el derecho desde elpunto de vista de la filosofía de la historia. El significado de la distinción de la violencia enlegítima e ilegítima no es evidente sin más. Hay quecuidarse firmemente del equívoco jusnaturalista, parael cual dicho significado consistiría en la distinciónentre violencia con fines justos o injustos. Más biense ha señalado ya que el derecho positivo exige 6
  7. 7. W A L T E R B E N J A M I Na todo poder un testimonio de su origen histórico,que implica en ciertas condiciones su sanción y le-gitimidad. Dado que el reconocimiento de poderesjurídicos se expresa en la forma más concreta me-diante la sumisión pasiva -como principio- a sus fi-nes, como criterio hipotético de subdivisión de losdiversos tipos de autoridad es preciso suponer lapresencia o la falta de un reconocimiento históricouniversal de sus fines. Los fines que faltan en esereconocimiento se llamarán fines naturales; losotros, fines jurídicos. Y la función diversa de la vio-lencia, según sirva a fines naturales o a fines ju-rídicos, se puede mostrar en la forma más evidentesobre la realidad de cualquier sistema de relacionesjurídicas determinadas. Para mayor simplicidad lasconsideraciones que siguen se referirán a las actua lesrelaciones europeas. Estas relaciones jurídicas se caracterizan -en loque respecta a la persona como sujeto jurídico- por latendencia a no admitir fines naturales de las per-sonas en todos los casos en que tales fines pudieranser incidentalmente perseguidos con coherenciamediante la violencia. Es decir que este orde-namiento jurídico, en todos los campos en los quelos fines de personas aisladas podrían ser coheren- 7
  8. 8. W A L T E R B E N J A M I Ntemente perseguidos con violencia, tiende a estable-cer fines jurídicos que pueden ser realizados de estaforma sólo por el poder jurídico. Además tiende areducir, mediante fines jurídicos, incluso las regio-nes donde los fines naturales son consentidos den-tro de amplios límites, no bien tales fines naturalesson perseguidos con un grado excesivo de violencia,como ocurre por ejemplo, en las leyes sobre los lí-mites del castigo educativo. Como principio uni-versal de la actual legislación europea puede formu-larse el de que todos los fines naturales de personassingulares chocan necesariamente con los fines ju-rídicos no bien son perseguidos con mayor o menorviolencia. (La contradicción en que el derecho delegítima defensa se halla respecto a lo dicho hastaahora debería explicarse por sí en el curso de losanálisis siguientes.) De esta máxima se deduce que elderecho considera la violencia en manos de la per-sona aislada como un riesgo o una amenaza de per-turbación para el ordenamiento jurídico. ¿Como unriesgo y una amenaza de que se frustren los finesjurídicos y la ejecución jurídica? No: porque en talcaso no se condenaría la violencia en sí misma, sinosólo aquella dirigida hacia fines antijurídicos. Se diráque un sistema de fines jurídicos no podría mante- 8
  9. 9. W A L T E R B E N J A M I Nnerse si en cualquier punto se pudiera perseguir conviolencia fines naturales. Pero esto por el momentoes sólo un dogma. Será necesario en cambio tomar enconsideración la sorprendente posibilidad de que elinterés del derecho por monopolizar la violenciarespecto a la persona aislada no tenga como expli-cación la intención de salvaguardar fines jurídicos,sino más bien la de salvaguardar al derecho mismo. Yque la violencia, cuando no se halla en posesión delderecho a la sazón existente, represente para éste unaamenaza, no a causa de los fines que la violenciapersigue, sino por su simple existencia fuera delderecho. La misma suposición puede ser sugerida, enforma más concreta, por el recuerdo de lasnumerosas ocasiones en que la figura del "gran" de-lincuente, por bajos que hayan podido ser sus fines,ha conquistado la secreta admiración popular. Ellono puede deberse a sus acciones, sino a la violenciade la cual son testimonio. En este caso, por lo tanto, laviolencia, que el derecho actual trata de prohibir a laspersonas aisladas en todos los campos de la praxis,surge de verdad amenazante y suscita, incluso en suderrota, la simpatía de la multitud contra el derecho.La función de la violencia por la cual ésta es tantemida y se aparece, con razón, para el dere- 9
  10. 10. W A L T E R B E N J A M I Ncho como tan peligrosa, se presentará justamente allídonde todavía le es permitido manifestarse según elordenamiento jurídico actual. Ello se comprueba sobre todo en la lucha de cla-ses, bajo la forma de derecho a la huelga oficialmentegarantizado a los obreros. La clase obrera organizadaes hoy, junto con los estados, el único sujeto jurídicoque tiene derecho a la violencia. Contra esta tesis sepuede ciertamente objetar que una omisión en laacción, un no-obrar, como lo es en última instancia lahuelga, no puede ser definido como violencia. Talconsideración ha facilitado al poder estatal laconcesión del derecho a la huelga, cuando ello ya nopodía ser evitado. Pero dicha consideración no tienevalor ilimitado, porque no tiene valor incondicional.Es verdad que la omisión de una acción e incluso deun servicio, donde equivale sencillamente a una"ruptura de relaciones", puede ser un medio del todopuro y libre de violencia. Y como, según laconcepción del estado (o del derecho), con elderecho a la huelga se concede a las asociacionesobreras no tanto un derecho a la violencia sino másbien el derecho a sustraerse a la violencia, en el casode que ésta fuera ej ercida indirectamente por elpatrono, puede producirse de vez en cuando 10
  11. 11. W A L T E R B E N J A M I Nuna huelga que corresponde a este modelo y quepretende ser sólo un "apartamiento", una "separa-ción" respecto del patrono. Pero el momento de laviolencia se presenta, como extorsión, en una omi-sión como la antedicha, cuando se produce respecto ala fundamental disposición a retomar como antes laacción interrumpida, en ciertas condiciones que notienen absolutamente nada que ver con ella omodifican sólo algún aspecto exterior. Y en estesentido, según la concepción de la clase obrera -opuesta a la del estado-, el derecho de huelga es elderecho a usar la violencia para imponer determi-nados propósitos. El contraste entre las dos con-cepciones aparece en todo su rigor en relación con lahuelga general revolucionaria. En ella la clase obreraapelará siempre a su derecho a la huelga, pero elestado dirá que esa apelación es un abuso, porque -dirá- el derecho de huelga no había sido entendido enese sentido, y tomará sus medidas extraordinarias.Porque nada le impide declarar que una puesta enpráctica simultánea de la huelga en todas las empresases inconstitucional, dado que no reúne en cada unade las empresas el motivo particular presupuesto porel legislador. En esta diferencia de interpretación seexpresa la contradicción 11
  12. 12. W A L T E R B E N J A M I Nobjetiva de una situación jurídica a la que el estadoreconoce un poder cuyos fines, en cuanto fines na-turales, pueden resultarle a veces indiferentes, peroque en los casos graves (en el caso, justamente, de lahuelga general revolucionaria) suscitan su decididahostilidad. Y en efecto, a pesar de que a primera vistapueda parecernos paradójico, es posible definir enciertas condiciones como violencia incluso unaactitud asumida en ejercicio de un derecho. Yprecisamente esa actitud, cuando es activa, podrá serllamada violencia en la medida en que ejerce un de-recho que posee para subvertir el ordenamiento ju-rídico en virtud del cual tal derecho le ha sido con-ferido; cuando es pasiva, podrá ser definida en lamisma forma, si representa una extorsión en el sen-tido de las consideraciones precedentes. Que el de-recho se oponga, en ciertas condiciones, con vio-lencia a la violencia de los huelguistas es testimoniosólo de una contradicción objetiva en la situaciónjurídica y no de una contradicción lógica en el dere-cho. Puesto que en la huelga el estado teme más queninguna otra cosa aquella función de la violencia queesta investigación se propone precisamente de-terminar, como único fundamento seguro para sucrítica. Porque si la violencia, como parece a prime- 12
  13. 13. W A L T E R B E N J A M I Nra vista, no fuese más que el medio para asegurarsedirectamente aquello que se quiere, podría lograr sufin sólo como violencia de robo. Y sería completa-mente incapaz de fundar o modificar relaciones enforma relativamente estable. Pero la huelga de-muestra que puede hacerlo, aun cuando el sen-timiento de justicia pueda resultar ofendido por ello.Se podría objetar que tal función de la violencia escasual y aislada. El examen de la violencia bélicabastará para refutar esta obligación. La posibilidad de un derecho de guerra descansaexactamente sobre las mismas contradicciones ob-jetivas en la situación jurídica sobre las que se fundala de un derecho de huelga, es decir sobre el hechode que sujetos jurídicos sancionan poderes cuyosfines -para quienes los sancionan- siguen siendo na-turales y, en caso grave, pueden por lo tanto entraren conflicto con sus propios fines jurídicos o natu-rales. Es verdad que la violencia bélica encara enprincipio sus fines en forma por completo directa ycomo violencia de robo. Pero existe el hecho sor-prendente de que incluso -o más bien justamenteencondiciones primitivas, que en otros sentidos apenastienen noción de los rudimentos de relaciones dederecho público, e incluso cuando el ven- 13
  14. 14. W A L T E R B E N J A M I Ncedor se ha adueñado de una posesión ya inamovi-ble, es necesaria e imprescindible aun una paz en elsentido ceremonial. La palabra "paz", en el sentidoen que está relacionada con el término "guerra"(pues existe otro, por completo diferente, entera-mente concreto y político: aquel en que Kant hablade "paz perpetua"), indica justamente esta sanciónnecesaria a priori -independiente de todas las otrasrelaciones jurídicas- de toda victoria. Esta sanciónconsiste precisamente en que las nuevas relacionessean reconocidas como nuevo "derecho", indepen-dientemente del hecho de que de facto necesitan más omenos ciertas garantías de subsistencia. Y si es lí citoextraer de la violencia bélica, como violenciaoriginaria y prototípica, conclusiones aplicables atoda violencia con fines naturales, existe por lotanto implícito en toda violencia un carácter decreación jurídica. Luego deberemos volver a consi-derar el alcance de esta noción. Ello explica la men-cionada tendencia del derecho moderno a vedar to-da violencia, incluso aquella dirigida hacia fines na-turales, por lo menos a la persona aislada como su-jeto jurídico. En el gran delincuente esta violencia sele aparece como la amenaza de fundar un nuevo de-recho, frente a la cual (y aunque sea impotente) el 14
  15. 15. W A L T E R B E N J A M I Npueblo se estremece aún hoy, en los casos de impor-tancia, como en los tiempos míticos. Pero el estadoteme a esta violencia en su carácter de creadora dederecho, así como debe reconocerla como creadorade derecho allí donde fuerzas externas lo obligan aconceder el derecho de guerrear o de hacer huelga. Si en la última guerra la crítica a la violencia militarse convirtió en punto de partida para una críticaapasionada de la violencia en general, que muestrapor lo menos que la violencia no es ya ejercida otolerada ingenuamente, sin embargo no se le ha so-metido a crítica sólo como violencia creadora de de-recho, sino que ha sido juzgada en forma tal vez másdespiadada también en cuanto a otra función. Unaduplicidad en la función de la violencia es en efectocaracterística del militarismo, que ha podido formarsesólo con el servicio militar obligatorio. El militarismoes la obligación del empleo universal de la violenciacomo medio para los fines del estado. Esta coacciónhacia el uso de la violencia ha sido juzgadarecientemente en forma más resuelta que el usomismo de la violencia. En ella la violencia aparece enuna función por completo distinta de la quedesempeña cuando se la emplea sencillamente para laconquista de fines naturales. Tal coacción con- 15
  16. 16. W A L T E R B E N J A M I Nsiste en el uso de la violencia como medio para finesjurídicos. Pues la sumisión del ciudadano a las leyes -en este caso a la ley del servicio militar obligatorioesun fin jurídico. Si la primera función de la violenciapuede ser definida como creadora de derecho, estasegunda es la que lo conserva. Y dado que el serviciomilitar es un caso de aplicación, en principio en nadadistinto, de la violencia conservadora del derecho,una crítica a él verdaderamente eficaz no resulta enmodo alguno tan fácil como podrían hacer creer lasdeclaraciones de los pacifistas y de los activistas. Talcrítica coincide más bien con la crítica de todo poderjurídico, es decir con la crítica al poder legal oejecutivo, y no puede ser realizada mediante unprograma menor. Es también obvio que no se lapueda realizar, si no se quiere incurrir en unanarquismo por completo infantil, rechazando todacoacción respecto a la persona y declarando que "eslícito aquello que gusta". Un principio de este tipo nohace más que eliminar la reflexión sobre la esferahistórico-moral, y por lo tanto sobre todo significadodel actuar, e incluso sobre todo significado de lo real,que no puede constituirse si la "acción" se hasustraído al ámbito de la realidad. Más importanteresulta quizás el hecho de que incluso la 16
  17. 17. W A L T E R B E N J A M I Napelación a menudo hecha al imperativo categórico,con su programa mínimo indudable -"obra en for-made tratar a la humanidad, ya sea en tu persona o en lapersona de cualquier otro, siempre como fin y nuncasólo como medio"- no es de por sí suficientepara esta crítica1. Pues el derecho positivo, cuando esconsciente de sus raíces, pretenderá sin más reco-nocer y promover el interés de la humanidad por lapersona de todo individuo aislado. El derecho po-sitivo ve ese interés en la exposición y en la conser-vación de un orden establecido por el destino. Y aunsi este orden -que el derecho afirma con razón quecustodia- no puede eludir la crítica, resulta impotenterespecto a él toda impugnación que se base sólo enuna "libertad" informe, sin capacidad para definir unorden superior de libertad. Y tanto más impotente sino impugna el ordenamiento jurídico mismo en todassus partes, sino sólo leyes o hábitos jurídicos, queluego por lo demás el derecho toma bajo la custodiade su poder, que consiste en que hay un solo destinoy que justamente lo que existe, y 1 En todo caso se podría dudarrespecto a si esta célebre fórmula no contiene demasiado poco, esdecir si es lícito servirse, o dejar que otro se sirva, en cualquiersentido, de sí o de otro también, como un m e d i o . S e p odr í an adu c iró p t im a s ra z o ne s e n f a vo r d e e st a d ud a . 17
  18. 18. W A L T E R B E N J A M I Nsobre todo lo que amenaza, pertenece irrevocable-mente a su ordenamiento. Pues el poder que con-serva el derecho es el que amenaza. Y su amenaza notiene el sentido de intimidación, según interpretanteóricos liberales desorientados. La intimidación, ensentido estricto, se caracterizaría por una precisión,una determinación que contradice la esencia de laamenaza, y que ninguna ley puede alcanzar, puessubsiste siempre la esperanza de escapar a su brazo.Resulta tan amenazadora como el destino, del cual enefecto depende si el delincuente incurre en susrigores. El significado más profundo de laindeterminación de la amenaza jurídica surgirá sólo através del análisis de la esfera del destino, de la que laamenaza deriva. Una preciosa referencia a esta esferase encuentra en el campo de las penas, entre lascuales, desde que se ha puesto en cuestión la validezdel derecho positivo, la pena de muerte es la que hasuscitado más la crítica. Aun cuando los argumentosde la crítica no han sido en la mayor parte de loscasos en modo alguno decisivos, sus causas han sidoy siguen siendo decisivas. Los críticos de la pena demuerte sentían tal vez sin saberlo explicar yprobablemente sin siquiera quererlo sentir, que susimpugnaciones no se dirigían a un de- 18
  19. 19. W A L T E R B E N J A M I Nterminado grado de la pena, no ponían en cuestióndeterminadas leyes, sino el derecho mismo en suorigen. Pues si su origen es la violencia, la violenciacoronada por el destino, es lógico suponer que en elpoder supremo, el de vida y muerte, en el que apareceen el ordenamiento jurídico, los orígenes de esteordenamiento afloren en forma representativa en larealidad actual y se revelen aterradoramente. Con elloconcuerda el hecho de que la pena de muerte seaaplicada, en condiciones jurídicas primitivas, incluso adelitos, tal como la violación de la propiedad, para loscuales parece absolutamente "desproporcionada".Pero su significado no es el de castigar la infracciónjurídica, sino el de establecer el nuevo derecho. Puesen el ejercicio del poder de vida y muerte el derechose confirma más que en cualquier otro acto jurídico.Pero en este ejercicio, al mismo tiempo, unasensibilidad más desarrollada advierte con máximaclaridad algo corrompido en el derecho, al percibirque se halla infinitamente lejos de condiciones en lascuales, en un caso similar, el destino se hubieramanifestado en su majestad. Y el intelecto, si quierellevar a término la crítica tanto de la violencia quefunda el derecho como la de la que lo 19
  20. 20. W A L T E R B E N J A M I Nconserva, debe tratar de reconstruir en la mayormedida tales condiciones. En una combinación mucho más innatural que enla pena de muerte, en una mescolanza casi espectral,estas dos especies de violencia se hallan presentes enotra institución del estado moderno: en la policía. Lapolicía es un poder con fines jurídicos (con poderpara disponer), pero también con la posibilidad deestablecer para sí misma, dentro de vastos límites,tales fines (poder para ordenar). El aspecto ig-nominioso de esta autoridad -que es advertido porpocos sólo porque sus atribuciones en raros casosjustifican las intervenciones más brutales, pero pue-den operar con tanta mayor ceguera en los sectoresmás indefensos y contra las personas sagaces a lasque no protegen las leyes del estado- consiste en queen ella se ha suprimido la división entre violencia quefunda y violencia que conserva la ley. Si se exige a laprimera que muestre sus títulos de victoria, lasegunda está sometida a la limitación de no deberproponerse nuevos fines. La policía se halla eman-cipada de ambas condiciones. La policía es un poderque funda -pues la función específica de este últimono es la de promulgar leyes, sino decretos emitidoscon fuerza de ley- y es un poder que conserva 20
  21. 21. W A L T E R B E N J A M I Nel derecho, dado que se pone a disposición de aque-llos fines. La afirmación de que los fines del poderde la policía son siempre idénticos o que se hallanconectados con los del derecho remanente es pro-fundamente falsa. Incluso "el derecho" de la policíamarca justamente el punto en que el estado, sea porimpotencia, sea por las conexiones inmanentes detodo ordenamiento jurídico, no se halla ya en gradode garantizarse -mediante el ordenamiento jurídico-los fines empíricos que pretende alcanzar a todacosta. Por ello la policía interviene "por razones deseguridad" en casos innumerables en los que nosubsiste una clara situación jurídica cuando noacompaña al ciudadano, como una vejación brutal,sin relación alguna con fines jurídicos, a lo largo deuna vida regulada por ordenanzas, o directamenteno lo vigila. A diferencia del derecho, que reconoceen la "decisión" local o temporalmente determinadauna categoría metafísica, con lo cual exige la crítica yse presta a ella, el análisis de la policía no encuentranada sustancial. Su poder es informe así como supresencia es espectral, inaferrable y difusa por do-quier, en la vida de los estados civilizados. Y si bienla policía se parece en todos lados en los detalles, nose puede sin embargo dejar de reconocer que su es- 21
  22. 22. W A L T E R B E N J A M I Npíritu es menos destructivo allí donde encarna (en lamonarquía absoluta) el poder del soberano, en el cualse reúne la plenitud del poder legislativo y ejecutivo,que en las democracias, donde su presencia, noenaltecida por una relación de esa índole, testimoniala máxima degeneración posible de la violencia. Toda violencia es, como medio, poder que funda oconserva el derecho. Si no aspira a ninguno de estosdos atributos, renuncia por sí misma a toda validez.Pero de ello se desprende que toda violencia comomedio, incluso en el caso más favorable. se hallasometida a la problematicidad del derecho en general.Y cuando el significado de esa problematicidad noestá todavía claro a esta altura de la investigación, elderecho sin embargo surge después de lo que se hadicho con una luz moral tan equívoca que se planteaespontáneamente la pregunta de si no existirán otrosmedios que no sean los violentos para armonizarintereses humanos en conflicto. Tal pregunta noslleva en principio a comprobar que un reglamento deconflictos totalmente desprovisto de violencia nopuede nunca desembocar en un contrato jurídico.Porque éste, aun en el caso de que las partescontratantes hayan llegado al acuerdo en 22
  23. 23. W A L T E R B E N J A M I Nforma pacífica, conduce siempre en última instancia auna posible violencia. Pues concede a cada parte elderecho a recurrir, de algún modo, a la violenciacontra la otra, en el caso de que ésta violase el con-trato. Aun más: al igual que el resultado, también elorigen de todo contrato conduce a la violencia. Pese aque no sea necesario que la violencia esté inme-diatamente presente en el contrato como presenciacreadora, se halla sin embargo representada siempre,en la medida en que el poder que garantiza elcontrato es a su vez de origen violento, cuando no essancionado jurídicamente mediante la violencia enese mismo contrato. Si decae la conciencia de lapresencia latente de la violencia en una instituciónjurídica, ésta se debilita. Un ejemplo de tal proceso loproporcionan en este período los parlamentos. Losparlamentos presentan un notorio y triste espectáculoporque no han conservado la conciencia de lasfuerzas revolucionarias a las que deben su existencia.En Alemania en particular, incluso la últimamanifestación de tales fuerzas no ha logrado efectoen los parlamentos. Les falta a éstos el sentido de laviolencia creadora de derecho que se hallarepresentada en ellos. No hay que asombrarse por lotanto de que no lleguen a decisiones dignas de 23
  24. 24. W A L T E R B E N J A M I Neste poder y de que se consagren mediante el com-promiso a una conducción de los problemas políti-cos que desearía ser no violenta. Pero el compromi-so, "si bien repudia toda violencia abierta, es sin embargo un producto siempre comprendido en la mentalidad de la violencia, pues la aspiración que lleva al compromiso no encuentra motivación en sí misma, sino en el exterior, es decir en la aspiración opuesta; por ello todo compromiso, aun cuando se lo acepte libremente, tiene esen- cialmente un carácter coactivo. «Mejor sería de otra forma» es el sentimiento fundamental de to- do compromiso". 2 Resulta significativo que la decadencia de losparlamentos haya quitado al ideal de la conducciónpacífica de los conflictos políticos tantas simpatíascomo las que le había procurado la guerra. A los pa-cifistas se oponen los bolcheviques y los sin-dicalistas. Estos han sometido los parlamentos ac-tuales a una crítica radical y en general exacta. Pese atodo lo deseable y placentero que pueda resultar, a 24
  25. 25. W A L T E R B E N J A M I N2 U n g e r , Politik und Metaphysik, B e r l i n 1 9 2 1 , p . 8 . 25
  26. 26. W A L T E R B E N J A M I Ntítulo de comparación, un parlamento dotado degran prestigio, no será posible en el análisis de losmedios fundamentalmente no violentos de acuerdopolítico ocuparse del parlamentarismo. Porque loque el parlamentarismo obtiene en cuestiones vitalesno puede ser más que aquellos ordenamientos jurí-dicos afectados por la violencia en su origen y en sudesenlace. ¿Es en general posible una regulación no violentade los conflictos? Sin duda. Las relaciones entrepersonas privadas nos ofrecen ejemplos en cantidad.El acuerdo no violento surge dondequiera que lacultura de los sentimientos pone a disposición de loshombres medios puros de entendimiento. A losmedios legales e ilegales de toda índole, que sonsiempre todos violentos, es lícito por lo tanto opo-ner, como puros, los medios no violentos. Delica-deza, simpatía, amor a la paz, confianza y todo loque se podría aun añadir constituyen su fundamentosubjetivo. Pero su manifestación objetiva se halladeterminada por la ley (cuyo inmenso alcance no esel caso de ilustrar aquí) que establece que los mediospuros no son nunca medios de solución inmediata,sino siempre de soluciones mediatas. Por consi-guiente, esos medios no se refieren nunca directa- 26
  27. 27. W A L T E R B E N J A M I Nmente a la resolución de los conflictos entre hombre yhombre, sino solo a través de la intermediación de lascosas. En la referencia más concreta de los conflictoshumanos a bienes objetivos, se revela la esfera de losmedios puros. Por ello la técnica, en el sentido másamplio de la palabra, es su campo propio y adecuado.El ejemplo más agudo de ello lo constituye tal vez laconversación considerada como técnica deentendimiento civil. Pues en ella el acuerdo noviolento no sólo es posible, sino que la exclusión porprincipio de la violencia se halla expresamenteconfirmada por una circunstancia significativa: laimpunidad de la mentira. No existe legislación algunaen la tierra que originariamente la castigue. Ellosignifica que hay una esfera hasta tal punto noviolenta de entendimiento humano que es porcompleto inaccesible a la violencia: la verdadera ypropia esfera del "entenderse", la lengua. Sólo ulte-riormente, y en un característico proceso de deca-dencia, la violencia jurídica penetró también en estaesfera, declarando punible el engaño. En efecto, si elordenamiento jurídico en sus orígenes, confiando ensu potencia victoriosa, se limita a rechazar la violenciailegal donde y cuando se presenta, y el engaño, porno tener en sí nada de violento, era con- 27
  28. 28. W A L T E R B E N J A M I Nsiderado como no punible en el derecho romano y en el germánico antiguo, según los principios res-pectivos de ius civile vigilantibus scriptum est y "ojo aldinero", el derecho de edades posteriores, menosconfiado en su propia fuerza, no se sintió ya encondición de hacer frente a toda violencia extraña. Eltemor a la violencia y la falta de confianza en símismo constituyen precisamente su crisis. El derechocomienza así a plantearse determinados fines con laintención de evitar manifestaciones más enérgicas dela violencia conservadora del derecho. Y se vuelvecontra el engaño no ya por consideraciones morales,sino por temor a la violencia que podríadesencadenar en el engañado. Pues como este temorse opone al carácter de violencia del derecho mismo,que lo caracteriza desde sus orígenes, los fines de estaíndole son inadecuados para los medios legítimos delderecho. En ellos se expresa no sólo la decadencia desu esfera, sino también a la vez una reducción de losmedios puros. Al prohibir el engaño, el derecholimita el uso de los medios enteramente no violentos,debido a que éstos, por reacción, podrían engendrarviolencia. Tal tendencia del derecho ha contribuidotambién a la concesión del derecho de huelga, quecontradice los intereses 28
  29. 29. W A L T E R B E N J A M I Ndel estado. El derecho lo admite porque retarda yaleja acciones violentas a las que teme tener queoponerse. Antes, en efecto, los trabajadores pasabansúbitamente al sabotaje y prendían fuego a las fábri-cas. Para inducir a los hombres a la pacífica ar-monización de sus intereses antes y más acá de todoordenamiento jurídico, existe en fin, si se prescindede toda virtud, un motivo eficaz, que sugiere muy amenudo, incluso a la voluntad más reacia, la necesi-dad de usar medios puros en lugar de los violentos, yello es el temor a las desventajas comunes que po-drían surgir de una solución violenta, cualquiera quefuese su signo. Tales desventajas son evidentes enmuchísimos casos, cuando se trata de conflictos deintereses entre personas privadas. Pero es diferentecuando están en litigio clases y naciones, casos en queaquellos ordenamientos superiores que amenazancon perjudicar en la misma forma a vencedor yvencido están aún ocultos al sentimiento de la ma-yoría y a la inteligencia de casi todos. Pero la bús-queda de estos ordenamientos superiores y de loscorrespondientes intereses comunes a ellos, que re-presentan el motivo más eficaz de una política de 29
  30. 30. W A L T E R B E N J A M I Nmedios puros, nos conduciría demasiado lejos 3 . Porconsiguiente, basta con mencionar los medios purosde la política como análogos a aquellos que gobier-nan las relaciones pacíficas entre las personas priva-das. En lo que respecta a las luchas de clase, la huelgadebe ser considerada en ellas, en ciertas condicio-nes, como un medio puro. A continuación defini-remos dos tipos esencialmente diversos de huelga,cuya posibilidad ya ha sido examinada. El mérito dehaberlos diferenciado por primera vez -más sobre labase de consideraciones políticas que sobre consi-deraciones puramente teóricas- le corresponde a So-rel. Sorel opone estos dos tipos de huelga comohuelga general política y huelga general revolu-cionaria. Ambas son antitéticas incluso en relacióncon la violencia. De los partidarios de la primera sepuede decir que "el reforzamiento del estado se halla en la base de todas sus concepciones; en sus organizaciones actuales los políticos (es decir, los socialistas mo- derados) preparan ya las bases de un poder fuerte, centralizado y disciplinado que no se dejará 3 Sin embargo, cfr. Unger, pág 18. y 30
  31. 31. W A L T E R B E N J A M I Nsigs. 31
  32. 32. W A L T E R B E N J A M I N perturbar por las críticas de la oposición que sabrá imponer el silencio, y promulgará por decreto sus propias mentiras" 4 . "La huelga general política nos muestra que el estado no perdería nada de su fuerza, que el po- der pasaría de privilegiados a otros privilegiados, que la masa de los productores cambiaría a sus patrones." Frente a esta huelga general política (cuya fórmulaparece, por lo demás, la misma que la de la pasadarevolución alemana) la huelga proletaria se planteacomo único objetivo la destrucción del poder delestado. La huelga general proletaria "suprime todas las consecuencias ideológicas de cualquier política social posible, sus partidarios consideran como reformas burguesas incluso a las reformas más populares". "Esta huelga general muestra claramente su indiferencia respecto a las ventajas materiales de la conquista, en cuanto declara querer suprimir al estado; y el estado era precisamente (...) la razón de ser de los grupos dominantes, que sacan provecho de todas 32
  33. 33. W A L T E R B E N J A M I N4 Sorel, Reflexions sur la violence. Va. edición, Paris, 1919, pág. 250. 33
  34. 34. W A L T E R B E N J A M I N las empresas de las que el conjunto de la sociedad debe soportar los gastos." Mientras la primera forma de suspensión del tra-bajo es violencia, pues determina sólo una modifi-cación extrínseca de las condiciones de trabajo, lasegunda, como medio puro, está exenta de violencia.Porque ésta no se produce con la disposición deretomar -tras concesiones exteriores y algunas mo-dificaciones en las condiciones laborables- el trabajoanterior, sino con la decisión de retomar sólo untrabajo enteramente cambiado, un trabajo no im-puesto por el estado, inversión que este tipo dehuelga no tanto provoca sino que realiza directa-mente. De ello se desprende que la primera de estasempresas da existencia a un derecho, mientras que lasegunda es anárquica. Apoyándose en observacionesocasionales de Marx, Sorel rechaza toda clase deprogramas, utopías y, en suma, creaciones jurídicaspara el movimiento revolucionario: "Con la huelga general todas estas bellas cosas desaparecen; la revolución se presenta como una revuelta pura y simple, y no hay ya lugar para los sociólogos, para los amantes de las reformas so- 34
  35. 35. W A L T E R B E N J A M I N ciales o para los intelectuales que han elegido la profesión de pensar por el proletariado." A esta concepción profunda, moral y claramenterevolucionaria no se le puede oponer un razo-namiento destinado a calificar como violencia estahuelga general a causa de sus eventuales con-secuencias catastróficas. Incluso si podría decirse conrazón que la economía actual en conjunto se asemejamenos a una locomotora que se detiene porque elmaquinista la abandona, que a una fiera que seprecipita apenas el domador le vuelve las espaldas;queda además el hecho de que respecto a la violenciade una acción se puede juzgar tan poco a partir desus efectos como a partir de sus fines, y que sólo esposible hacerlo a partir de las leyes de sus medios. Esobvio que el poder del estado que atiende sólo a lasconsecuencias, se oponga a esta huelga -y no a lashuelgas parciales, en general efectivamenteextorsivas- como a una pretendida violencia. Pero,por lo demás, Sorel ha demostrado con argumentosmuy agudos que una concepción así rigurosa de lahuelga general resulta de por sí apta para reducir elempleo efectivo de la violencia en las revoluciones.Viceversa, un caso eminente de omi- 35
  36. 36. W A L T E R B E N J A M I Nsión violenta, más inmoral que la huelga general po-lítica, similar al bloqueo económico, es la huelga demédicos que se ha producido en muchas ciudadesalemanas. Aparece en tal caso, en la forma más re-pugnante, el empleo sin escrúpulos de la violencia,verdaderamente abyecto en una clase profesional quedurante años, sin el menor intento de resistencia, "hagarantizado a la muerte su presa", para luego, en laprimera ocasión, dejar a la vida abandonada por unasmonedas. Con más claridad que en las recientesluchas de clases, en la historia milenaria de los estadosse han constituido medios de acuerdo no violentos.La tarea de los diplomáticos en su comercio recíprococonsiste sólo ocasionalmente en la modificación deordenamientos jurídicos. En general deben, enperfecta analogía con los acuerdos entre personasprivadas, regular pacíficamente y sin tratados, casopor caso, en nombre de sus estados, los conflictosque surgen entre ellos. Tarea delicada, que cumplenmás drásticamente las cortes de arbitraje, pero queconstituye un método de solución superior comoprincipio, que el del arbitraje, pues se cumple más alláde todo ordenamiento jurídico y por lo tanto de todaviolencia. Como el comercio entre personas privadas,el de los diplomáticos ha 36
  37. 37. W A L T E R B E N J A M I Nproducido formas y virtudes propias, que, aunque sehayan convertido en exteriores, no lo han sidosiempre. En todo el ámbito de los poderes previstos por elderecho natural y por el derecho positivo no hayninguno que se encuentre libre de esta grave pro-blematicidad de todo poder jurídico. Puesto que to-da forma de concebir una solución de las tareashumanas -para no hablar de un rescate de la es-clavitud de todas las condiciones históricas de vidapasadas- resulta irrealizable si se excluye absolu-tamente y por principio toda y cualquier violencia,se plantea el problema de la existencia de otras for-mas de violencia que no sean las que toma en con-sideración toda teoría jurídica. Y se plantea a la vez elproblema de la verdad del dogma fundamentalcomún a esas teorías: fines justos pueden ser alcan-zados con medios legítimos, medios legítimos pue-den ser empleados para fines justos. Y si toda espe-cie de violencia destinada, en cuanto emplea medioslegítimos, resultase por sí misma en contradiccióninconciliable con fines justos, pero al mismo tiempose pudiese distinguir una violencia de otra índole,que sin duda no podría ser el medio legítimo o ile-gítimo para tales fines y que sin embargo no se ha- 37
  38. 38. W A L T E R B E N J A M I Nllase en general con éstos en relación de medio, ¿enqué otra relación se hallaría? Se iluminaría así la sin-gular y en principio desalentadora experiencia de lafinal insolubilidad de todos los problemas jurídicos(que quizás, en su falta de perspectivas puede com-pararse sólo con la imposibilidad de una clara deci-sión respecto a lo que es "justo" o "falso" en laslenguas en desarrollo). Porque lo cierto es que res-pecto a la legitimidad de los medios y a la justicia delos fines no decide jamás la razón, sino la violenciadestinada sobre la primera y Dios sobre la segunda.Noción esta tan rara porque tiene vigencia el obsti-nado hábito de concebir aquellos fines justos comofines de un derecho posible, es decir no sólo comouniversalmente válidos (lo que surge analíticamentedel atributo de la justicia), sino también como sus-ceptible de universalización, lo cual, como se podríamostrar, contradice a dicho atributo. Pues fines queson justos, universalmente válidos y universalmentereconocibles para una situación, no lo son para nin-guna otra, pese a lo similar que pueda resultar. Unafunción no mediada por la violencia, como esta so-bre la que se discute, nos es ya mostrada por la ex -periencia cotidiana. Así, en lo que se refiere al hom-bre, la cólera lo arrastra a los fines más cargados de 38
  39. 39. W A L T E R B E N J A M I Nviolencia, la cual como medio no se refiere a un finpreestablecido. Esa violencia no es un medio, sinouna manifestación. Y esta violencia tiene mani-festaciones por completo objetivas, a través de lascuales puede ser sometida a la crítica. Tales mani-festaciones se encuentran en forma altamente signi-ficativa sobre todo en el mito. La violencia mítica en su forma ejemplar es unasimple manifestación de los dioses. Tal violencia noconstituye un medio para sus fines, es apenas unamanifestación de su voluntad y, sobre todo, mani-festación de su ser. La leyenda de Níobe constituyeun ejemplo evidente de ello. Podría parecer que laacción de Apolo y Artemis es sólo un castigo. Perosu violencia instituye más bien un derecho que nocastiga por la infracción de un derecho existente. Elorgullo de Níobe atrae sobre sí la desventura, noporque ofenda el derecho, sino porque desafía aldestino a una lucha de la cual éste sale necesaria-mente victorioso y sólo mediante la victoria, en to-docaso, engendra un derecho. El que esta violenciadivina, para el espíritu antiguo, no era aquella -queconserva el derecho- de la pena, es algo que surge delos mitos heroicos en los que el héroe, como porejemplo Prometeo, desafía con valeroso ánimo al 39
  40. 40. W A L T E R B E N J A M I Ndestino, lucha contra él con variada fortuna y el mitono lo deja del todo sin esperanzas de que algún díapueda entregar a los hombres un nuevo derecho. Esen el fondo este héroe, y la violencia jurídica del mitocongénita a él, lo que el pueblo busca aún hoyrepresentarse en su admiración por el delincuente. Laviolencia cae por lo tanto sobre Níobe desde laincierta, ambigua esfera del destino. Esta violencia noes estrictamente destructora. Si bien somete a los hijosa una muerte sangrienta, se detiene ante la vida de lamadre, a la que deja -por el fin de los hijosmásculpable aún que antes, casi un eterno y mudo sosténde la culpa, mojón entre los hombres y los dioses. Sise pudiese demostrar que esta violencia inmediata enlas manifestaciones míticas es estrechamente afín, opor completo idéntica, a la violencia que funda elderecho, su problematicidad se reflej aría sobre laviolencia creadora de derecho en la medida en queésta ha sido definida antes, al analizar la violenciabélica, como una violencia que tiene lascaracterísticas de medio. Al mismo tiempo estarelación promete arrojar más luz sobre el destino, quese halla siempre en la base del poder jurídico, y dellevar a su fin, en grandes líneas, la crítica de esteúltimo. La función de la violencia en la creación ju- 40
  41. 41. W A L T E R B E N J A M I Nrídica es, en efecto, doble en el sentido de que lacreación jurídica, si bien persigue lo que es instauradocomo derecho, como fin, con la violencia comomedio, sin embargo -en el acto de fundar comoderecho el fin perseguido- no depone en modo al-guno la violencia, sino que sólo ahora hace de ella ensentido estricto, es decir inmediatamente, violenciacreadora de derecho, en cuanto instaura comoderecho, con el nombre de poder, no ya un fin in-mune e independiente de la violencia, sino íntima ynecesariamente ligado a ésta. Creación de derecho escreación de poder, y en tal medida un acto de in-mediata manifestación de violencia. Justicia es elprincipio de toda finalidad divina, poder, el principiode todo derecho mítico. Este último principio tieneuna aplicación de consecuencias extremadamentegraves en el derecho público, en el ámbito del cual lafijación de límites tal como se establece mediante "lapaz" en todas las guerras de la edad mítica, es elarquetipo de la violencia creadora de derecho. En ellase ve en la forma más clara que es el poder (más quela ganancia incluso más ingente de posesión) lo quedebe ser garantizado por la violencia creadora dederecho. Donde se establece límites, el adversario noes sencillamente destruido; 41
  42. 42. W A L T E R B E N J A M I Npor el contrario, incluso si el vencedor dispone de lamáxima superioridad, se reconocen al vencido ciertosderechos. Es decir, en forma demoníacamenteambigua: "iguales" derechos; es la misma línea la queno debe ser traspasada por ambas partescontratantes. Y en ello aparece, en su forma mástemible y originaria, la misma ambigüedad mítica delas leyes que no pueden ser "transgredidas", y de lascuales Anatole France dice satíricamente que prohi-ben por igual a ricos y a pobres pernoctar bajo lospuentes. Y al parecer Sorel roza una verdad no sólohistórico-cultural, sino metafísica, cuando plantea lahipótesis de que en los comienzos todo derecho hasido privilegio del rey o de los grandes, en una pala-bra de los poderosos. Y eso seguirá siendo, mutatismutandis, mientras subsista. Pues desde el punto devista de la violencia, que es la única que puede gar-antizar el derecho no existe igualdad, sino -en lamejor de las hipótesis- poderes igualmente grandes.Pero el acto de la fijación de límites es importante,para la inteligencia del derecho, incluso en otro as-pecto. Los límites trazados y definidos permanecen,al menos en las épocas primitivas, como leyes no es-critas. El hombre puede traspasarlos sin saber e in-currir así en el castigo. Porque toda intervención del 42
  43. 43. W A L T E R B E N J A M I Nderecho provocado por una infracción a la ley noescrita y no conocida es, a diferencia de la pena,castigo. Y pese a la crueldad con que pueda golpear alignorante, su intervención no es desde el punto devista del derecho, azar sino más bien destino, que semanifiesta aquí una vez más en su plena ambigüedad.Ya Hermann Cohen, en un rápido análisisde la concepción antigua del destino5, ha definidocomo "conoci"miento al que no se escapa" aquel"cuyos ordenamientos mismos parecen "ocasionar yproducir esta infracción, "este apartamiento". Elprincipio moderno de que la ignorancia de la ley noprotege respecto a la pena es testimonio de ese espí-ritu del derecho, así como la lucha por el derechoescrito en los primeros tiempos de las comunidadesantiguas debe ser entendido como una revuelta diri-gida contra el espíritu de los estatutos míticos. Lejos de abrirnos una esfera más pura, la mani-festación mítica de la violencia inmediata se nosaparece como profundamente idéntica a todo poder ytransforma la sospecha respecto a su problematicidad en una certeza respecto al carácter pernicioso 5 Hermann Cohen, Ethik des reinen Wilens, 2a. ed., Berlin 1907, pág.362. 43
  44. 44. W A L T E R B E N J A M I Nde su función histórica, que se trata por lo tanto dedestruir. Y esta tarea plantea en última instancia unavez más el problema de una violencia pura inme-diata que pueda detener el curso de la violencia mí-tica. Así como en todos los campos Dios se oponeal mito, de igual modo a la violencia mítica se oponela divina. La violencia divina constituye en todos lo spuntos la antítesis de la violencia mítica. Si la vio-lencia mítica funda el derecho, la divina lo destruye;si aquélla establece limites y confines, esta destruyesin limites, si la violencia mítica culpa y castiga, ladivina exculpa; si aquélla es tonante, ésta es fulmí-nea; si aquélla es sangrienta, ésta es letal sin derra-mar sangre. A la leyenda de Níobe se le puede opo-ner, como ejemplo de esta violencia, el juicio deDios sobre la tribu de Korah. El juicio de Dios gol-pea a los privilegiados, levitas, los golpea sin pre-aviso, sin amenaza, fulmíneamente, y no se detienefrente a la destrucción. Pero el juicio de Dios estambién, justamente en la destrucción, purificante, yno se puede dejar de percibir un nexo profundoentre el carácter no sangriento y el purificante deesta violencia. Porque la sangre es el símbolo de lavida desnuda. La disolución de la violencia jurídicase remonta por lo tanto a la culpabilidad de la des- 44
  45. 45. W A L T E R B E N J A M I Nnuda vida natural, que confía al viviente, inocente einfeliz al castigo que "expía" su culpa, y expurgatambién al culpable, pero no de una culpa, sino delderecho. Pues con la vida desnuda cesa el dominiodel derecho sobre el viviente. La violencia mítica esviolencia sangrienta sobre la desnuda vida en nombrede la violencia, la pura violencia divina es violenciasobre toda vida en nombre del viviente. La primeraexige sacrificios, la segunda los acepta. Existen testimonios de esta violencia divina nosólo en la tradición religiosa, sino también -por lomenos en una manifestación reconocida- en la vidaactual. Tal manifestación es la de aquella violenciaque, como violencia educativa en su forma perfecta,cae fuera del derecho. Por lo tanto, las manifesta-ciones de la violencia divina no se definen por elhecho de que Dios mismo las ejercita directamenteen los actos milagrosos, sino por el carácter no san-guinario, fulminante, purificador de la ejecución. Enfin, por la ausencia de toda creación de derecho. Enese sentido es lícito llamar destructiva a tal violencia;pero lo es sólo relativamente, en relación con losbienes, con el derecho, con la vida y similares, ynunca absolutamente en relación con el espíritu de loviviente. Una extensión tal de la violencia pura o 45
  46. 46. W A L T E R B E N J A M I Ndivina se halla sin duda destinada a suscitar, justa-mente hoy, los más violentos ataques, y se objetaráque esa violencia, según su deducción lógica, acuerdaa los hombres, en ciertas condiciones, también laviolencia total recíproca. Pero no es así en modoalguno. Pues a la pregunta: "¿Puedo matar?", sigue larespuesta inmutable del mandamiento: "No matarás."El mandamiento es anterior a la acción, como la"mirada" de Dios contemplando el acontecer. Pero elmandamiento resulta -si no es que el temor a la penainduce a obedecerlo- inaplicable, inconmensurablerespecto a la acción cumplida. Del mandamiento nose deduce ningún juicio sobre la acción. Y por ello ap ri ori no se puede conocer ni el juicio divino sobre laacción ni el fundamento o motivo de dicho juicio.Por lo tanto, no están en lo justo aquellos quefundamentan la condena de toda muerte violenta deun hombre a manos de otro hombre sobre la base delquinto mandamiento. El mandamiento no es uncriterio del juicio, sino una norma de acción para lapersona o comunidad actuante que deben saldar suscuentas con el mandamiento en soledad y asumir encasos extraordinarios la responsabilidad de prescindirde él. Así lo entendía también el judaísmo, querechaza expresamente 46
  47. 47. W A L T E R B E N J A M I Nla condena del homicidio en casos de legítima de-fensa. Pero esos teóricos apelan a un axioma ulterior,con el cual piensan quizás poder fundamentar elmandamiento mismo: es decir, apelan al principio delcarácter sacro de la vida, que refieren a toda vidaanimal e incluso vegetal o bien limitan a la vidahumana. Su argumentación se desarrolla, en un casoextremo -que toma como ejemplo el asesinatorevolucionario de los opresores-, en los siguientestérminos: "Si no mato, no instauraré nunca el reino de la justicia (...) así piensa el terrorista espiritual (...) Pero nosotros afirmamos que aún más alto que la felicidad y la justicia de una existencia se halla la existencia misma como tal"6. Si bien esta tesis es ciertamente falsa e incluso in-noble, pone de manifiesto no obstante la obligaciónde no buscar el motivo del mandamiento en lo que laacción hace al asesinato sino en la que hace a Dios yal agente mismo. Falsa y miserable es la tesis de quela existencia sería superior a la existencia justa, siexistencia no quiere decir más que vida des- 47
  48. 48. W A L T E R B E N J A M I N6 Kurt Hiller en un almanaque del "Ziel". 48
  49. 49. W A L T E R B E N J A M I Nnuda, que es el sentido en que se la usa en la reflexióncitada. Pero contiene una gran verdad si la existencia(o mejor la vida) -palabras cuyo doble sentido, enforma por completo análoga a la de la palabra paz,debe resolverse sobre la base de su relación con dosesferas cada vez distintas- designa el contextoinamovible del "hombre". Es decir, si la proposiciónsignifica que el no-ser del hombre es algo más terribleque el (además: sólo) no-ser-aún del hombre justo. Lafrase mencionada debe su apariencia de verdad a estaambigüedad. En efecto, el hombre no coincide deningún modo con la desnuda vida del hombre; ni conla desnuda vida en él ni con ninguno de sus restantesestados o propiedades ni tampoco con la unicidad desu persona física. Tan sagrado es el hombre (o esavida que en él permanece idéntica en la vida terrestre,en la muerte y en la supervivencia) como pocosagrados son sus estados, como poco lo es su vidafísica, vulnerable por los otros. En efecto ¿qué ladistingue de la de los animales y plantas? E incluso siéstos (animales y plantas) fueran sagrados, no podríanserlo por su vida desnuda, no podrían serlo en ella.Valdría la pena investigar el origen del dogma de lasacralidad de la vida. Quizás sea de fecha reciente,última abe- 49
  50. 50. W A L T E R B E N J A M I Nrración de la debilitada tradición occidental, mediantela cual se pretendería buscar lo sagrado, que taltradición ha perdido, en lo cosmológicamenteimpenetrable. (La antigüedad de todos los preceptosreligiosos contra el homicidio no significa nada encontrario, porque los preceptos están fundados enideas muy distintas de las del axioma moderno.) Enfin, da que pensar el hecho de que lo que aquí es de-clarado sacro sea, según al antiguo pensamiento mí-tico, el portador destinado de la culpa: la vida des-nuda. La crítica de la violencia es la filosofía de su his-toria. La "filosofía" de esta historia, en la medida enque sólo la idea de su desenlace abre una perspectivacrítica separatoria y terminante sobre sus datostemporales. Una mirada vuelta sólo hacia lo máscercano puede permitir a lo sumo un hamacarsedialéctico entre las formas de la violencia que fundany las que conservan el derecho. La ley de estasoscilaciones se funda en el hecho de que toda vio-lencia conservadora debilita a la larga indirectamente,mediante la represión de las fuerzas hostiles, laviolencia creadora que se halla representada en ella.(Se han indicado ya en el curso de la investigaciónalgunos síntomas de este hecho.) Ello dura 50
  51. 51. W A L T E R B E N J A M I Nhasta el momento en el cual nuevas fuerzas, o aque-llas antes oprimidas, predominan sobre la violenciaque hasta entonces había fundado el derecho y fun-dan así un nuevo derecho destinado a una nuevadecadencia. Sobre la interrupción de este ciclo que sedesarrolla en el ámbito de las formas míticas delderecho sobre la destitución del derecho junto conlas fuerzas en las cuales se apoya, al igual que ellas enél, es decir, en definitiva del estado, se basa unanueva época histórica. Si el imperio del mito se en-cuentra ya quebrantado aquí y allá en el presente, lonuevo no está en una perspectiva tan lejana e in-accesible como para que una palabra contra el dere-cho deba condenarse por sí. Pero si la violencia tieneasegurada la realidad también allende el derecho,como violencia pura e inmediata, resulta demostradoque es posible también la violencia revolucionaria,que es el nombre a asignar a la supremamanifestación de pura violencia por parte del hom-bre. Pero no es igualmente posible ni igualmente ur-gente para los hombres establecer si en un determi-nado caso se ha cumplido la pura violencia. Pues sólola violencia mítica, y no la divina, se deja reconocercon certeza como tal; salvo quizás en efectosincomparables, porque la fuerza purificadora de la 51
  52. 52. violencia no es evidente a los hombres. De nuevoestán a disposición de la pura violencia divina todaslas formas eternas que el mito ha bastardeado con elderecho. Tal violencia puede aparecer en la verdaderaguerra así como en el juicio divino de la multitudsobre el delincuente. Pero es reprobable todaviolencia mítica, que funda el derecho y que se puedellamar dominante. Y reprobable es también laviolencia que conserva el derecho, la violencia ad-ministrada, que la sirve. La violencia divina, que esenseña y sello, nunca instrumento de sacra ejecución,es la violencia que gobierna. 52

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