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A Alejandra que tiene un talento escon-     dido que espero que pronto descubra.   Y a mi mamá por haberme enseñado a     ...
No puedo dormir       8                 No avancé    15    No se trataba de Elliot   23El día sustituyó a la noche   31   ...
o puedo dormir.                        Ni el susurro de los búhos puede                     adormecerme en una noche como ...
invierno.      Algo se mueve a lo lejos, lo distingo fácilmente porquees de un color negro que contrasta con la nieve. Se ...
-ren volver a sacar la caja.                              Pero la marca está en clave,                              ¿qué s...
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– ¿Quién eres? –mi pregunta quedó en el aire pues nohubo respuesta de su parte.        – ¿Para qué quieres saberlo?       ...
– No puedes quedarte aquí –Elliot concluyó con firme-za.      – ¿Por qué? –pregunté con un poco de curiosidad.      – No e...
o avancé.                          Para un árbol como yo, no se podía                       esperar otro final.           ...
lentía de Elliot, pues siendo árbol descubrí que muy pocosson los que se adentran en el bosque cuando anochece.       ̶ La...
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da, debajo de ella relucían unos labios dibujados con muchagracia. Y el viento le mecía su cabello azabache alrededor desu...
Unos cuantos vestidos empezaron a formar parte de mi vani-dad, el cabello me lo recogía con broches y mantenía mi caralimp...
lo que sentía, pero me equivoqué.      ̶ Isolda si tanto querías que saliéramos podías haberlodicho antes.       ̶ Creí qu...
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cubierta de moretones.      Empecé a llamar desesperadamente a Elliot, pero norecibí ninguna contestación. Me recosté en e...
o se trataba de Elliot.                        Un hombre montado sobre un caba-                      llo apareció delante ...
rres de marfil. Los ventanales le proporcionaban un aspectocálido a pesar de las nubes negras que se mecían en su cres-ta....
te talladas. Me indicó dónde estaba la bañera y se marchó. Altiempo regresó y me encontró en el mismo lugar donde mehabía ...
̶ ¿Quién eres tú?        ̶ Olvidaba esa parte –rió y su cara se iluminó– yo soyConan, y soy sólo un príncipe más; que, por...
Me susurró que debía arrodillarme cuando estuvié-ra-mos delante del rey. Así lo hice, mantuve mi cabeza agachaday oí cómo ...
̶ ¿La princesa Simone? –se sobresaltó el príncipe Conany sus ojos desorbitados miraron a su padre.       ̶ Sí, la princesa...
y hubiera sido como tú, entonces hubiera muerto de la tris-teza.      ̶ ¿Hubieras calmado tu pena por la muerte de la prin...
l día sustituyó a la noche.                            Pero la noche me dejó muy marcada.                           Soñé c...
ayudarte.      Subimos las escalinatas del castillo hasta llegar a unaamplia habitación custodiada por dos guardias que se...
con sencillez.       ̶ ¿Cuál es el propósito por el que quieres saberlo?        ̶ Para hacer feliz a un amigo.         ̶ M...
so traía algunas novedades.      ̶ ¡Bruja!– se dirigió a mí –la princesa Simone está muer-ta y para quedarte con mi reino ...
misma que me sacó.      Un mensajero del rey apareció en el calabozo para ha-blar con la bruja.      ̶ En nombre del rey Z...
Una vez que estuve libre corrí desesperadamente hacialas colinas que se perfilaban a lo lejos, aunque estaba cons-ciente d...
í el correr del agua.                        Abrí los ojos y contemplé un hermoso                       paraíso ante mí. U...
Su tronco era agraciado pero sus músculos marcadosno dejaba duda de que se trataba de un ser salvaje que sehabía apropiado...
presa. Esto lo advirtió el segundo, pues le indicó que se hi-ciera a un lado para que yo pudiera levantarme, y así lo hizo...
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manos –indicó Tova.       - ¿Qué dices hermano? –ahora el confundido era Ce-seo– ¿quieres decir que Isolda no es humana?  ...
mprendí un nuevo rumbo.                      Aunque la dirección la elegí al azar te-                     nía el presentim...
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ntré a un nuevo mundo.                         Malco cumplió su promesa de ense-                        ñarme a montar, di...
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Tenía miedo de volver la cara atrás, podría arrepentir-me y olvidar a Elliot, así que dirigí mi mirada hacia el frente.   ...
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mí?      ̶ Una vez me preguntaron cómo le hacía para enfrentarmis sufrimientos y respondí que con los buenos recuerdos;eso...
...Me quedé a su lado toda mi vida…      …y la niebla que había endurecido el corazón de Elliotfinalmente se disipó.      ...
A través de la Niebla
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A través de la Niebla

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Isolda es una mujer que ha entrado al mundo de los humanos con propósito: recobrar la vista de su amado Elliot. Su misión la llevará a enfrentarse con personajes de lo más variados, desde un gran rey hasta de una flautista mágica.

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A través de la Niebla

  1. 1. A Alejandra que tiene un talento escon- dido que espero que pronto descubra. Y a mi mamá por haberme enseñado a jugar mi imaginación.
  2. 2. No puedo dormir 8 No avancé 15 No se trataba de Elliot 23El día sustituyó a la noche 31 Oí el correr del agua 37Emprendí un nuevo rumbo 45 Entré a un nuevo mundo 54 Guardé su secreto 61 Fátima no entendió 68
  3. 3. o puedo dormir. Ni el susurro de los búhos puede adormecerme en una noche como esta, donde los copos de nieve se amontonan a mis pies, cubriéndolo todo con unacapa blanquecina que quema con el más leve contacto. Este invierno ha venido cargado de helados vientos deloriente que arremeten contra todo lo que etncuentran a supaso. Y el sol se ha cansado de alumbrar, pues las nubes lohan destronado. Estoy sola en este gran paraje, ya que muchos han su-cumbido por la crudeza del frío; hasta la luna se ha tenidoque cobijar bajo las espumosas nubes para resguardarse del
  4. 4. invierno. Algo se mueve a lo lejos, lo distingo fácilmente porquees de un color negro que contrasta con la nieve. Se muevecon un ritmo constante al compás de una música lúgubreque sale de sus entrañas. A medida que se acerca resaltan unas tenues luces, queparecen ser las guías; y los peregrinos, son personas envuel-tas de negro. ¿Qué razón pudo traerlos al bosque cuando la oscuri-dad podría tragárselos vivos? Las mujeres llevan cubiertos sus rostros y los hombresvan detrás; y unos cuantos más cargan sobre sus hombrosuna caja bastante grande y la depositan delante de mí… quéserá, ¿acaso es una especie de tributo? Uno de ellos se adelanta y recita unas palabras mien-tras los demás hacen signos con las manos. Se trata de unrito muy peculiar donde el silencio sustituye a los cantos.Empiezan a cavar un agujero removiendo la tierra que haydebajo de mí, parece que no se dan cuenta de que eso haceque me dé más frío. Acomodan la caja ahí y devuelven la tie-rra a su lugar.Los humanos no tienen respeto por lo ajeno; invaden mi es-pacio para esconder aquel artefacto y ponen una marca, su-pongo que sirve para que puedan reconocer el lugar si quie-
  5. 5. -ren volver a sacar la caja. Pero la marca está en clave, ¿qué significará R.I.P.? Después de que se fueron volví a tener frío, pero esta vez siento cómo se congelan mis raíces, porque cuando re- movieron la tierra enfriaron la que ya estaba caliente. Tal vez si hundo mis raíces más al fondo podré encontrar el calor que necesito para sobrevivir; pero la caja me estorba, es demasiado grande para que mis pequeñas raíces la esquiven. Sin embargo, al encontrarme con ella tam-bién encuentro calor, dentro de la caja hay algoque arde. Fue complicado pero logré abrir la caja. Efectivamente, mis raíces se bañaron del calor queemanaba, pero no sólo había calor también había algo inerteque concentraba toda la energía. Por más que lo movía pa-recía no responderme. Pero cuando comprendí lo que teníadebajo de mí ya era demasiado tarde. Aprendí que la vida y la muerte son dos fases conti-
  6. 6. -nuas, de modo que no sé si morí o volví a nacer. Me convertí en el ser al que más temía. En lugar de raí-ces tenía piernas y mis ramas fueron sustituidas por manos. Cuando desperté no había nada familiar a mi alrede-dor; estaba recostada sobre algo acolchonado y un animalestaba echado en mi regazo, parecía inofensivo incluso medi la oportunidad de acariciar su pelaje. En cuanto me levan-té, éste me saludó con un sonido muy peculiar que atrajo aldueño de aquel lugar. Vi delante de mí a un hombre de gran estatura; no pa-recía haber vivido mucho, pues su cabello era aún castaño ysu andar firme. Sus ojos eran especiales porque parecían veral vacío, y un azul profundo se diluía alrededor de sus pupi-las… era como ver a través de la niebla. – ¿Ya despertaste? –me dirigió aquella pregunta conuna voz vibrante. – Creo que sí –en realidad no sabía qué contestar por-que no sabía si estaba viva o muerta. – En ese caso estás en deuda con Halcón porque él teencontró tirada en la nieve anoche. ¿Halcón? Había visto muchos halcones, pero éste noparecía uno de ellos; ni siquiera sus orejas alargadas podríanmantenerlo en el aire. Aún así, le agradecí aquel servicio conuna palmada en la cabeza.
  7. 7. – ¿Quién eres? –mi pregunta quedó en el aire pues nohubo respuesta de su parte. – ¿Para qué quieres saberlo? – Porque si ya conozco uno de los nombres de quienme salvó me gustaría conocer el nombre del que me falta. – Sólo soy un hombre errante. – ¿Y cómo se llama ese hombre errante? –insistí. – Elliot –cedió malhumorado. – Muchas gracias, Elliot. – ¿Piensas quedarte aquí o qué? ¿No vas a marchartea tu casa? –mientras decía esto atizaba el fuego sin siquieravoltearme a ver. – Antes de que me vaya, ¿no quisieras saber mi nom-bre? –aunque no tenía uno, creí que sería fácil inventarlo. – No –respondió desinteresado. ̶ En ese caso, contestaré a tus preguntas: No puedo marcharme. ¿A dónde podía ir un “humano” acos- tumbrado a vivir de pie?
  8. 8. – No puedes quedarte aquí –Elliot concluyó con firme-za. – ¿Por qué? –pregunté con un poco de curiosidad. – No es de tu incumbencia. – Tienes razón. Y más vale que me vaya antes de que seponga el sol. – Espera –colocó algo al pie de la cama– te conseguíalgo de ropa, ya que no puedes andar de esa forma por ahí. Nunca me había cubierto con algo que no fuera mi pro-pia piel; pero él era el humano y tenía sus razones para ad-vertírmelo. Tomé el atuendo que era bastante ligero y lo ceñía mi cuerpo con un cordón, al final me cubrí con un pesadoabrigo que iba a juego con unas botas. Halcón me acompañó hasta la reja que había en aque-lla diminuta cabaña, pero no traspasó el límite de la barre-ra; miré hacia el horizonte y decidí cuál sería el camino paraemprender mi aventura.
  9. 9. o avancé. Para un árbol como yo, no se podía esperar otro final. Me desperté nuevamente bajo el te-cho de la casa de Elliot; lo encontré sentado al lado de micama, con la cabeza baja y los brazos cruzados. – ¿Cómo me encontraste? –mi entusiasmo se dejó en-trever por el tono de mi voz. – No estabas muy lejos y al parecer Halcón ya se acos-tumbró a tu olor, fue fácil para él seguir tu rastro- lo oí máscalmado que en la mañana, incluso su rostro era más amablebajo la luz de las velas.- Pero estaba oscuro, ¿no fue peligroso? –me asombró la va-
  10. 10. lentía de Elliot, pues siendo árbol descubrí que muy pocosson los que se adentran en el bosque cuando anochece. ̶ La oscuridad no es un problema… porque la luz no esuna solución para mí. ̶ La oscuridad no es un problema… porque la luz no esuna solución para mí. ̶ ¿Qué quieres decir? ̶ ¿Acaso no te has dado cuenta? –parecía sorprendido. ̶ ¿Darme cuenta de qué? ̶ De que no me sirven mis ojos… hace mucho tiempoque decidieron apagarse para siempre. Aquel día descubrí lo que era ser ciego. Elliot era unode ellos. Me quedé con él, a pesar de que se negaba a ello, peroal final de cuentas le fui siendo de ayuda.Nunca me preguntó sobre mi nombre, porque él mismo mebautizó como Isolda, que significa batalla en la nieve; lo re-cibí con agrado y desde entonces yo misma me identifiquécon él. Al principio fue difícil la convivencia, porque Elliot nodejaba de reclamarme que me aprovechaba de él y de su hos-pitalidad, con ironía me recordaba que él mandaba mientraspermaneciera dentro de su casa; lo acepté… Quizás fue estolo que acabó por ablandar su corazón, ya que le demostré
  11. 11. que si me lo propongo puedo ser tan resistente como el ace-ro. A pesar de mi fortaleza tenía muchas carencias porquetodavía necesitaba conocerme. De modo que tuvieron quepasar varios sucesos para que lo lograra. Un día Elliot me pidió que fuera por agua a un estan-que que había cerca de la cabaña, esta vez sí me acompañóHalcón porque ya me consideraba como su dueño. El aire era fresco, y la primavera estaba cosechandouna gran variedad de flores que pintaban las colinas de bri-llantes tonalidades. Tomé la cubeta entre mis manosy la eché al agua; cuando me incli-né para levantarla vi una cara en elestanque. Solté de inmediato la cu-beta y caí de espaldas; pero mi cu-riosidad era mayor a mi temor, asíque volví a mirar en el estanque yencontré de nuevo aquel rostro. Su piel era morena, ysus ojos color avellana esta-ban contorneados por unasfrondosas pestañas. Su na-riz era recta y proporciona-
  12. 12. da, debajo de ella relucían unos labios dibujados con muchagracia. Y el viento le mecía su cabello azabache alrededor desu cuerpo. Le conté a Elliot mi experiencia y me sorprendió surespuesta. ̶ Esa eres tú, Isolda. ̶ ¿Yo? –pregunté incrédula. ̶ Bueno, no sé cómo eres porque no te puedo ver, perosi dices que viste tu reflejo en el agua entonces eras tú. ̶ Nunca me imaginé así –dije consternada. ̶ ¿No te gusta? –parecía divertirle aquella situación. ̶ No lo sé. ¿Tú qué piensas? –esperaba una especie deconsuelo de su parte. ̶ Estoy seguro que si pudiera verte superarías la ima-gen que tengo en mi cabeza –mientras decía esto una sonrisase trazó en sus labios y reclinó su barbilla en sus nudillos. No sabía el significado de aquellas palabras pero, aun-que no me dirigía su mirada, sabía que si lo hubiera podidohacer lo hubiera hecho. Pasó el tiempo y descubrí que además de ser humanoera una mujer. Elliot me calculaba alrededor de diecisiete años, po-cos para alguien que está acostumbrada a contar la edad porsiglos.
  13. 13. Unos cuantos vestidos empezaron a formar parte de mi vani-dad, el cabello me lo recogía con broches y mantenía mi caralimpia y perfumada. Sabía que Elliot no lo notaba, más bien era yo quien sedaba cuenta que lo hacía por él. Sin embargo, ¿por qué ha-cerlo por él? ¿Acaso me lo había pedido? No. Le confesé que quería salir a pasear con él por los alre-dedores. ̶ ¿Salir? ¿Para qué? –fue su respuesta ante mi petición. ̶ Quisiera conocer lo que hay más allá del lago –mentícon picardía. ̶ Olvidas un pequeño detalle –me mostró sus ojos nu-blados. ̶ Lo sé. Pero aún así puedes hacerlo. ¡Vamos!... hazlo pormí –supliqué. ̶ Muy bien, pero en cuanto lo indique volveremos a casa. Me arreglé especialmente, por eso me puse el vestidoque más me gustaba de colores vivos y sedosos. Elliot metomó del brazo y atravesamos el umbral de la casa. El sol untaba sus rayos en nuestras ropas. La emoción me torturaba por dentro, mi corazón seaceleraba a cada paso que dábamos y mi respiración se en-trecortaba. Ingenuamente pensé que él no estaría al tanto de
  14. 14. lo que sentía, pero me equivoqué. ̶ Isolda si tanto querías que saliéramos podías haberlodicho antes. ̶ Creí que te negarías –me sonrojé. ̶ Me hubiera negado, pero sabes que acabaría hacién-dolo. Aunque no entiendo por qué lo disfrutas tanto. ̶ Porque soy parte de todo esto. Si pudieras verlo sa-brías a lo que me refiero. ̶ No tengo más remedio que resignarme –escupió estasúltimas palabras seguidas de un breve suspiro. ̶ Ni hablar, ¿resignarte? –no daba crédito a lo que aca-baba de oír– ... Elliot…Elliot ̶ ¿Si…? ̶ He estado pensando que tal vez exista una forma dedevolverte la vista. ̶ No recuerdo la última vez que se me ocurrió esa locura–replicó con desdén. ̶ Hablo en serio –me molesté. ̶ Yo también. ̶ ¿No quisieras volver a ver? ̶ No es necesario que me tientes, eso es algo que ni si-quiera me planteo. ̶ Pero… ̶ Isolda, el día que yo vuelva a ver, será el día de mi
  15. 15. muerte. Después de eso medeprimí y algunas lágrimasme resbalaron por el ros-tro. El cielo me acompañóen mi pena: empezó a llo-ver a cántaros y la tierrase convirtió en barro quese nos pegó a los zapa-tos. Se avecinaba unatormenta por lo quenos apuramos pararegresar. Halcón nos di-rigía al frente, pues niElliot ni yo logramosreconocer el camino.Llegó un punto en elque nos separamos,caminé hacia el fren-te, pensando que melo encontraría, pero enlugar de eso caí por unacolina empinada y acabé
  16. 16. cubierta de moretones. Empecé a llamar desesperadamente a Elliot, pero norecibí ninguna contestación. Me recosté en el césped mojadoy esperé desconsolada a que llegara por mí. Oí a lo lejos unas pisadas, así que volví a llamarlo, yel sonido empezó a pronunciarse, estaba cerca. Pero no eraquien esperaba.
  17. 17. o se trataba de Elliot. Un hombre montado sobre un caba- llo apareció delante de mí. ̶ ¿Estás herida? –me preguntó con unacento extraño. Enmudecí a falta de explicación, pero él ac-tuó de inmediato; me cargó sobre sus brazos y me subió alcaballo. Anhelaba encontrarme a Elliot para quedarme a sulado, pero el caballo iba a toda prisa y la lluvia empezabaa calarme los huesos, la única protección que encontré fueacobijarme entre los brazos del jinete. Pasamos a través de valles y aldeas, hasta que divisé alo lejos una fortaleza de cuyo corazón nacían unas altas to-
  18. 18. rres de marfil. Los ventanales le proporcionaban un aspectocálido a pesar de las nubes negras que se mecían en su cres-ta. Se abrió un portón por el que nos dirigimos al interiordel monumento. Las casas se erigían a derecha e izquierda,arropadas por una cubierta de cristal que canalizaba el aguade la lluvia hacia una enorme fuente que definía el perímetrodel castillo, ubicado en el centro del poblado. Bajamos del caballo en cuanto llegamos a la puertaprincipal del castillo. ̶ Llegamos –señaló el extraño como si se tratara de unlugar familiar para ambos– mandaré que te traigan algo seco,pero primero te llevaré a una habitación para que puedasdarte un baño. Me acercó su brazo con tal solemnidad que no pudenegarme. Finalmente pude ver su rostro y me sorprendió lajovialidad de sus facciones, podríamos tener la misma edad,pero la vestimenta lo robustecía de tal manera que engaña-ba a la primera impresión; me hechizaron sus ojos castañospues por sí solos sonreían, además, su tez bronceada los ha-cía relucir cálidamente, y tanto su nariz como su barbilla es-taban bien delineadas. Subimos una escalinata de mármol que nos condujo aun largo pasillo que recorría todo el nivel de forma circular. Abrió una de las tantas puertas de obsidiana finamen-
  19. 19. te talladas. Me indicó dónde estaba la bañera y se marchó. Altiempo regresó y me encontró en el mismo lugar donde mehabía dejado. ̶ ¿No vas a bañarte? Puedes resfriarte si no lo haces –me advirtió, aunque yo no sabía qué debía hacer, pues estabaacostumbrada a bañarme en el río– el agua está caliente…qué tonto soy, enseguida voy por una criada para que te ayu-de. ̶ No, muchas gracias –me negué pues me incomodabasu insistencia. ̶ Entonces, ¿no eres muda? ¿cómo te llamas? ̶ Isolda. ̶ ¿Estabas perdida Isolda? ̶ No, estaba con Elliot. ̶ ¿Quién es Elliot? ̶ Elliot es el amo de Halcón. ̶ ¿Y quién es Halcón? ̶ Su perro. ̶ Pero, ¿qué relación tienes con Elliot? ̶ Nunca me lo había preguntado. ̶ Bueno, en ese caso creo que estás a salvo aquí –comovio que no iba a llegar a ninguna parte con el interrogatoriomejor lo abandonó. ̶ ¿Quién eres tú?
  20. 20. ̶ ¿Quién eres tú? ̶ Olvidaba esa parte –rió y su cara se iluminó– yo soyConan, y soy sólo un príncipe más; que, por cierto, tiene eldescaro de no presentarse antes de pedir referencias a suinvitada. Isolda, te presento el castillo del rey Ziquem. ̶ Es la primera vez que estoy en un castillo y nunca hevisto a un rey –contesté emocionada. ̶ Pues hoy mismo lo conocerás, pero antes debes darteun baño, traeré a Teresa de inmediato. Después de que me bañé me ofrecieron un vestido muydistinto a los que Elliot solía darme. Estaba bordado con per-las, además de los muchos encajes. Mi cabello lo rizaron y trenzaron con unos listones deseda. Pero lo más fascinante fue ver mi reflejo en el espejo, loque había visto en el agua se repetía en aquel artefacto. Eramágico. Por otro conducto llegué a un recinto de grandes di-mensiones donde el suelo resplandecía y las columnas com-petían en grandeza con los ventanales. Nuevamente Conan me ofreció su brazo. Caminamoshacia el trono que se alzaba con majestuosidad frente a no-sotros. Caminé con temor, me encontraba ante algunas mira-das curiosas que me incomodaban, el único que me sugeríaconfianza era el príncipe.
  21. 21. Me susurró que debía arrodillarme cuando estuvié-ra-mos delante del rey. Así lo hice, mantuve mi cabeza agachaday oí cómo se acercaba el rey hacia mí, me temblaban las ma-nos pero tomé coraje y seguí en mi lugar sin moverme. El rey tomó mi barbilla con su mano y alzó mi rostro,nuestras miradas se cruzaron y el horror se dibujó en susojos. Se trataba de un hombre de edad madura con una bar-ba muy bien cortada; su altura imponía especialmente porlas joyas que lo ataviaban de los pies a la cabeza. ̶ ¿Quién es esta niña, Conan? –preguntó perturbado elrey. ̶ Es Isolda, padre. Estaba sola bajo la lluvia –contestó elpríncipe sin entender la razón de la agresividad del rey. ̶ ¿Isolda? Nunca había oído ese nombre –el rey parecíaestar buscando algún dato en su memoria. ̶ No es de aquí, padre. ̶ De eso estoy seguro. Isolda, dime, ¿qué edad tienes? ̶ Creo que diecisiete, majestad –me sugirió Conan quelo llamara así. ̶ ¿Crees?... Para el caso da lo mismo. ¿Sabes? Eres muyparecida a una persona que conocí, sólo que tu piel es másoscura que la de ella. ̶ ¿Quién es esa persona, majestad? ̶ Era la futura esposa del príncipe Conan.
  22. 22. ̶ ¿La princesa Simone? –se sobresaltó el príncipe Conany sus ojos desorbitados miraron a su padre. ̶ Sí, la princesa Simone. No lo habías notado, Conan,porque nunca la conociste, pero son las mismas facciones…esos ojos. ̶ Pero, padre, ella está… ella está muerta. ̶ Yo sólo digo lo que veo, pero también sé que no se pue-de tratar de la misma persona… a menos que… –dejó incon-clusa su idea y volvió a mirarme fijamente– llévala a conocerel reino, necesito estar solo para pensar. Pasé toda esa tarde con el príncipe. Monté por primera vez un caballo. Su pelaje era sedosoy brillaba con la luz del sol. Recorrimos senderos descono-cidos para mí, cruzamos por debajo de cascadas y admiré elpaisaje desde una gran montaña donde divisé a lo lejos elcastillo del rey Ziquem. Los pastos empezaron a bañarse del atardecer y laluna se perfiló en lo alto del cielo. Un halcón surcó entre lasnubes… y mi corazón suspiró por el hombre errante. ¿Qué estaría haciendo Elliot en estos momentos? ̶ Es gracioso –Conan interrumpió mis pensamientos–cuando murió la princesa Simone no sentí nada, para mí fueun suceso más, pero ahora pienso que si la hubiera conocido
  23. 23. y hubiera sido como tú, entonces hubiera muerto de la tris-teza. ̶ ¿Hubieras calmado tu pena por la muerte de la prince-sa con tu propia muerte? ̶ Así es. ̶ No lo entiendo. Eres la segunda persona que conozcoque ve la solución a sus problemas en la muerte. ̶ ¿Y tú cómo solucionas tus sufrimientos? ̶ Con los buenos recuerdos. ̶ Creo que los demás somos tan cobardes que con cual-quier obstáculo queremos dejar de luchar, pero tú sabes sa-car el coraje de tu interior, –mientras decía esto se acercó aun gran árbol– así son los árboles, hunden sus raíces en lomás profundo de la tierra y aunque los azote el viento se afe-rran al suelo para no caer. Conan había descubierto mi velo. Sus ojos penetraron en los míos, había en ellos algo deenigmático. Y su sonrisa transmitía tal paz que hubiera de-seado grabarla eternamente en mi memoria. ̶ Es hora de regresar, –montó en su caballo– va a empe-zar a oscurecer. Tomamos el camino de regreso ayudados de las lucesdel castillo como punto de referencia.
  24. 24. l día sustituyó a la noche. Pero la noche me dejó muy marcada. Soñé con Elliot. Soñé que sus ojos me veían. Recordé la ilusión que me habíahecho proponerle buscar una solución a su ceguera; todavíano era demasiado tarde… ¿podría hacer algo por él? ̶ Conan, ¿sabes cómo curar a un ciego? –acudí al prínci-pe que estaba viendo unos libros de la biblioteca. ̶ ¿Es una adivinanza? –preguntó sorprendido. ̶ No. Es una duda, ¿hay alguna cura? ̶ Posiblemente la hay. ̶ ¿Y dónde la encuentro? ̶ No lo sé, pero puedo llevarte con alguien que puede
  25. 25. ayudarte. Subimos las escalinatas del castillo hasta llegar a unaamplia habitación custodiada por dos guardias que se apar-taron al ver llegar al príncipe. Cuando abrieron las puertas vi a una mujer recostadaen una cama. Se le veía un poco demacrada por la enferme-dad pero aún así sus facciones proclamaban su nobleza. Eramuy guapa aunque la edad parecía haberle cobrado algunascuentas. ̶ Madre, quisiera presentarle a Isolda –le susurró Conanal oído. Me miraron los dos y yo saludé con una reverencia,pues se trataba de la mismísima reina de Ziquem. ̶ Isolda, acércate… –me coloqué al lado del príncipe yla reina tomó mi mano entre las suyas– el príncipe no sueletraer a cualquier persona para que conozca a su madre, pue-do sentir que tienes un co-razón bondadoso, pequeña. ̶ ¿Cómo puede saber eso? ̶ Porque puedo ver las intenciones de las personas… tucorazón es puro, no está envenenado por la ambición. ̶ Por eso la traje, madre; porque sé que sus intencionesson buenas –intervino el príncipe. ̶ Y una anciana como yo, ¿en qué puede ayudarte, Isol-da? ̶ Quiero saber la cura para la ceguera –respondí con
  26. 26. con sencillez. ̶ ¿Cuál es el propósito por el que quieres saberlo? ̶ Para hacer feliz a un amigo. ̶ Muy bien. Pero debo advertirte que esta cura implicaun riesgo. Hace mucho tiempo compré un pergamino a unagitana cuyo contenido me costó descifrar. Cuando finalmentelogré transcribirlo a un lenguaje más sencillo, me di cuentaque tenía en mis manos la cura para todas las enfermedades;pero había un pequeño detalle, no puede ser usado en bene-ficio de uno mismo, y hay dos posibilidades: que sirva comocura o como veneno; porque, como sabes, muchos antídotosson el mismo veneno pero sin aquello que lo hace dañino. Loque yo te puedo proporcionar es la cura, pero si tus intencio-nes no son nobles el antídoto se volverá un veneno que ma-tará poco a poco… y de forma irreversible–hizo una pausa yse acercó a mi oído– eso fue lo que me pasó. Sacó una pequeña botella debajo de su almohada y mela entregó. ̶ Úsala con sabiduría, Isolda. No pude dormir aquella noche. Todo parecía ir bien. Tenía la cura y Elliot volvería aver… pero las cosas se salieron de control. El rey Ziquem viajó para visitar otro reino, y a su regre-
  27. 27. so traía algunas novedades. ̶ ¡Bruja!– se dirigió a mí –la princesa Simone está muer-ta y para quedarte con mi reino planeaste casarte con el prín-cipe tomando su forma para engañarnos. Delante de la gente nos dijo que había ido con el reyGalahl, padre de la princesa Simone, para hablarle acercade una extraña que se había presentado como Isolda y queguardaba un gran parecido con su hija difunta, a excepciónde su piel morena. ̶ Padre, Isolda no es ninguna bruja –Conan salió en midefensa. ̶ Tú no lo ves porque te ha hechizado; pero eso lo arre-glaremos con su muerte. Pasé unos días en un calabozo, estaba frío y húmedo;pero mientras tuviera la cura de Elliot conmigo nada measustaba. Unos días después, debido al murmullo de los guar-dias, me enteré de que el príncipe Conan se había contagiadode una grave enfermedad, por lo que el reino temía por suvida. Quise estar a su lado para poder acompañarlo, pero lascadenas me habían arrebatado esa posibilidad. Y la causa que me encerró en esas cuatro paredes fue la
  28. 28. misma que me sacó. Un mensajero del rey apareció en el calabozo para ha-blar con la bruja. ̶ En nombre del rey Ziquem vengo a hacerle una oferta.A cambio de la vida de su hijo se le devolverá la libertad. ̶ Pero yo no soy una bruja. ̶ Esa no es la cuestión, ¿quiere o no salir del calabozo ysalvarse de morir en la hoguera? Acepté. Cuando vi al príncipe se me destrozó el corazón y llo-ré amargamente a su lado; pero mi desconsuelo fue mayorcuando utilicé la cura de Elliot para salvar la vida del prínci-pe. La cura hizo efecto al instan- te, su pielvolvió a verse saludable y por última vezvi aquella sonrisa en sus labios. Por más agradecidos que es-tuvieran sabía que no podía que-darme, pues pronto reviviría suodio hacia mí, yaque las sospechasde que era una “bru-ja” se confirmaron.
  29. 29. Una vez que estuve libre corrí desesperadamente hacialas colinas que se perfilaban a lo lejos, aunque estaba cons-ciente de que de esa forma no podía llegar a ninguna parteno había más por hacer. Ahora era yo quien se había rendidoante la muerte. Me desplomé en el suelo, después del gran recorridoque había hecho, pensé que ese sería mi último suspiro. Hubiera esperado quedarme allí eternamente hastamarchitarme, como lo vi hacer muchas veces a las hojas ca-ducas que una vez en tierra morían.
  30. 30. í el correr del agua. Abrí los ojos y contemplé un hermoso paraíso ante mí. Una bella cascada ali- mentaba a un río que se mecía tranqui-lamente en su regazo.Reuní fuerzas para acercarme a la orilla y beber de aquellaagua, su frescura me reanimó incluso mi paladar detectó untoque dulzón en ella.Un presentimiento me obligó a volver mi cara hacia adelante.Parado al otro lado del río había un enorme animal, el cualse había percatado de mi presencia y me miraba fijamentecomo si fuera un intruso. Su respiración era forzada y de sunariz salía aire en espumaradas.
  31. 31. Su tronco era agraciado pero sus músculos marcadosno dejaba duda de que se trataba de un ser salvaje que sehabía apropiado de estas tierras. Se fue acercando a mí, creí que la corriente interna delrío lo detendría, pero sus pisadas lo clavaban al suelo, por loque decidí que era tiempo de actuar. Corrí. Pero me detuve. Había aparecido un segundo animal, igual al que habíadejado atrás, caí de bruces. Quedé debajo de él y cuando elanterior me encontró estaba resguardada debajo de su ami-go. El segundo acercó su hocico a mí y olfateó mi cabello,mientras que el primero intentó lanzarse contra mí, pero elotro no lo dejó, pues con un sonoro rugido lo amenazó, locual fue suficiente para que se quedara quieto en su lugar. No entiendo bien lo que pasó, pero cuando me atrevía voltear el animal me miraba mansamente esperando unaespecie de presentación. Cuando comprendí que no había nada que temer leacaricié tímidamente sus orejas y éste me lo agradecí con untierno resoplido. El primero seguía petrificado en su lugar pero su mi-rada me indicaba que en cualquier paso en falso me haría su
  32. 32. presa. Esto lo advirtió el segundo, pues le indicó que se hi-ciera a un lado para que yo pudiera levantarme, y así lo hizo.Cuando me levanté el segundo me examinó detenidamente,dio tres vueltas a mi alrededor y se detuvo frente a mí. Observé con agrado sus formas estilizadas que me re-cordaban a los cisnes pero con la constitución de los ciervos.Y cuando menos me lo esperaba desapareció el animal y ensu lugar apareció un joven, y lo mismo le sucedió al primero.Dos jóvenes de unos quince años reemplazaron a los extra-ños animales. - No se asuste dama. Somos Tova y Ceseo, los guardia-nes del Río Fallon –hizo una reverencia– Disculpe la agresi-vidad de mi hermano, pero tenemos que custodiar las aguasdel río como si se trataran de nuestras propias vidas. - No tenía idea. Perdónenme, si hay alguna forma enque pueda remediarlo… - Con un perdón no basta, ¿no se da cuenta de lo quepudo haber ocasionado? –replicó Ceseo que seguía enfadadoconmigo. - ¿Tan grave fue el que haya tomado agua? - Pudiste haberlo arruinado todo. - ¿Por qué es tan importante este río? - No lo entenderías, los humanos son tan estúpidos. - Ceseo no insultes a… –Tova me miró– ¿cuál es tu nom-
  33. 33. bre? - Isolda. - Nuevamente Isolda, disculpa a mi hermano, pero noes la primera vez que ocurre. Este río es especial, sus aguasson las mismas desde el principio de la creación del mundo,así que si cayeran en manos de algún malvado… seguramen-te haría mal uso de ella. - Descuiden, mis intenciones son buenas. - Eso dicen todos –se mofó Ceseo. - No, pero yo digo la verdad. - Lo sé Isolda, por eso te protegí –me confesó Tova– Mihermano es un poco bruto, pero yo sé que tienes un buencorazón. - Ya había oído eso por parte de otra persona, tal vez túpodrías ayudarme. - ¿Yo? No sé en qué podría ayudarte –hizo una ligerareverencia– pero haré todo lo que esté en mis manos porayudarte. - Te lo agradezco, Tova. He estado buscando la curapara un amigo que es ciego. - ¿Y de qué cura estamos hablando? ¿Qué enfermedadtiene? - Pues…. es ciego. - ¿Y… qué más?
  34. 34. - Eso es todo, quiero que deje de ser ciego. - ¿Para qué quieres eso niña? –se burló Ceseo– Estásloca. - Déjame ver si entiendo –Tova hizo una pausa– ¿tuamigo no ve y quieres que vuelva a ver? - Sí, ¿puedes ayudarme? - ¿Y por qué quieres hacer semejante cosa? –Tova pare-cía confundido. - Porque así va a ser feliz. - ¿Volver a ver, lo hará una persona feliz?—preguntóCeseo. - Seguramente –contesté pensativa. - Qué curioso –Tova se rascó la cabeza. - ¿Por qué? –pregunté extrañada. - Porque en realidad tú lo que buscas es la felicidadpara él, pero te has dedicado a buscar una cura a su ceguera,cuando eso no quiere decir que por dejar de ser ciego seafeliz. - Pero, ¿cómo va a ser feliz así? - Puedo asegurarte que mucha gente más que tiene vis-ta es infeliz –dijo Tova– Pero si eres capaz de comprobarmeque por devolverle la vista lo hará un hombre feliz te entre-garemos lo necesario para que él vuelva a ver.Dejaron su forma humana y volvieron a convertirse en ani-
  35. 35. males. Se perdieron a los lejos. Repasé lo que me acababan de proponer. Nunca me ha-bía cuestionado aquello, ¿realmente cuál era mi propósitopara devolverle la vista a Elliot? Yo lo veía como una persona desdichada, su única com-pañía era un perro y nunca lo oí hablar de su familia, pero,¿por qué relacioné esa carencia con su ceguera? ¿Acaso sepierden los seres queridos por dejar de ver? Los árboles siempre vivimos juntos, nunca nos sepa-ramos de nuestros allegados. Nuestro sentido de lealtad estan fuerte que a falta de uno de los nuestros acabamos pordesaparecer todos, pues nos erosiona la nostalgia del re-cuerdo del familiar perdido. Posiblemente Elliot estaba desapareciendo debido a lapena de haber perdido a su familia, y lo primero que desapa-reció en él fue la vista. ¿Y si recobrara la vista recobraría a su familia? Aparecieron a la misma hora. - ¿Qué pensaste? –me preguntó Tova. - Pasé el día pensando en eso y por más que in-tentéhallar una razón por la que Elliot sería feliz por ver, no la en-contré.
  36. 36. - ¿Cómo? ¿Te das por vencida? –Ceseo inquirió. - Supongo, pero mientras no encuentre esa razón nopuedo decir lo contrario. - ¿Qué vas a hacer Isolda? –intervino Tova. - Seguir buscando. - ¿Buscar qué? - La razón. Estaba segura que había una razón y yo la encontra-ría, no iba a abandonar a Elliot. - Tal vez ya la encontraste –sugirió Tova– pero no tehas dado cuenta. - Escucha a mi hermano –agregó Ceseo– Sabe lo quedice. - No puedo volver con las manos vacías –me entristecí. - No lo harás, toma esto –me entregó un frasco– aun-que Ceseo está en contra de que te lo dé, estoy seguro que noabusarás de este obsequio. - ¿Agua del Río Fallon? –me quedé en silencio. - Niña, ¿no te das cuenta de lo que eso significa? –dijoCeseo con cierto enojo. - No. No sé qué significa, porque yo tomé de esa agua yno ocurrió nada. - Obviamente no te iba a ocurrir ningún cambio, puesel efecto del agua del Río Fallon sólo hace efectos en los hu-
  37. 37. manos –indicó Tova. - ¿Qué dices hermano? –ahora el confundido era Ce-seo– ¿quieres decir que Isolda no es humana? - Así es –clavó su mirada en mí– ¿me equivoco, Isolda? - No soy humana, pero… –titubeé– ¿cómo supiste? - Tú y yo somos parte de la naturaleza, es fácil recono-cer a los míos, lo que todavía es un misterio para mí es hastacuándo piensas mantener esa forma, ¿no te es desagradabletener que ser humana tanto tiempo? - No me desagrada en absoluto –reflexioné lo que iba adecir –el tiempo que vaya a seguir como humana yo tambiénlo desconozco, pero espero que sea lo suficiente como paraverlo a él por última vez. Antes de irme, me explicaron que el agua que llevabaen el frasco tenía el poder para devolver lo perdido a unapersona; de modo que Elliot recobraría la vista si tomaba deesa agua.
  38. 38. mprendí un nuevo rumbo. Aunque la dirección la elegí al azar te- nía el presentimiento de que esta vez me llevaría a mi destino. La luminaria del cielo se fue apagan-do poco a poco. A pesar de que ya estaba acostumbrada a la oscuridadnecesitaba reconocer el lugar, pues no había dado con el ca-mino correcto. Mis ojos me eran inútiles, y yo misma sentía inútil. Re-cordé la facilidad con la que Elliot se movía como si tuvieraun mapa trazado en la mente. Tanteé el terreno, tropecé con algunas rocas y ensuciémi vestido de lodo.
  39. 39. Cuando uno de los sentidos falla entonces los demásestán más activos. Agucé el oído. Percibí una música a lo lejos, se trataba de una dulcemelodía que susurraba a los árboles y a las flores para ador-mecerlas. Incluso el mismo viento ululaba en un intento deacompañar el ritmo de la sonata. Me dejé llevar por la música y vi a una mujer sentadaen una piedra con una flauta entre sus manos. Su cabello do-rado ondeaba en la penumbra y su piel inmaculada resplan-decía por su blancura. Sus dedos se movían ágilmente para hacer vibrar lasnotas. Miraba de cuando en cuando a la luna buscando el ali-vio de alguna pena escondida en su alma. Cometí el error de pisar unas ramas, ya que ocasionóque el cántico se esfumara. -¿Quién anda ahí? –preguntó consternada. -Soy yo, Isolda. No quería interrumpirte, pero no puderesistirme a esa melodía, debía averiguar de dónde procedía. -Eres muy curiosa Isolda. No son horas para andar me-rodeando. -Siempre me gana la noche. - A mí también me gana, llevo todo el día tocando estacanción y todo parece igual.
  40. 40. - ¿Y qué tendría que cambiar? - Más bien, tengo la esperanza de que algún día volveréa verlo. - ¿A quién? - A Bastián. - ¿Huyó? - No –suspiró– se fue a la guerra. Es mi prometido. - ¿Qué te ha prometido? - Pues casarnos –río entre dientes la doncella– pero esosucederá hasta que termine la guerra. Y le toco esta canciónpara darle fuerzas, para recordarle que lo estaré esperandoaquí cuando vuelva, pues aquí mismo nos despedimos. - ¿Hace cuánto se fue? - Cuando la estación empezó. Pero eso es lo de menos,porque él va a regresar. Caminamos juntas por un sendero, me contó que vivíacon su familia en una pequeña chabola instala-da a unos pa-sos de donde nos encontrábamos. Se llamaba Fátima. Era la menor y tenía cinco hermanos varones. Su prometido la había conocido en un pueblo cercano,ya que su familia se dedicaba a la crianza de caballos queluego vendían en los distintos reinos que visitaban. Bastián la había visto mientras cepillaba a uno de sus
  41. 41. mejores corceles, uno de crines plateadas. Estuvieron rega-teando el precio del animal, hasta que ella acabó por vendér-selo al doble de la cantidad original, pues sólo lo entregaría aquien estuviera dispuesto a pagar una buena cantidad. El joven reconoció en Fátima unas cualidades que nohabía encontrado en las damas de la corte, esto se debía aque ella se había educado en el seno de una familia virtuosa,gustaba de la buena lectura y tenía un gran celo por la tradi-ción familiar, al grado de manejar un talento especial para elarte equino. El caballero volvió un par de veces pidiendo consejopara tratar bien a su nuevo caballo. Fátima ponía todo de suparte para que Bastián comprendiera la importancia de queel jinete se identificara con su corcel. - Tienes que darle un nombre –dijo Fátima. -Lo llamaré Strategos –rió Bastián– que significa gene-ral. - Creo que le gusta. - Y, ¿volverás, Fátima? - No lo sé, hemos estado mucho tiempo aquí, y papáquiere volver a casa, pues dejamos sola a mi madre. - No puedo quedarme con la incertidumbre, ¿podría vi-sitarte yo? - ¿A mi casa?
  42. 42. - ¡Claro!, montaré a Strategos por ir a verte. - Me haría muy feliz verlos a los dos. Pero no puedodecirte cómo llegar. - ¿Por qué? –preguntó alarmado. - Papá tiene los mejores corceles de los alrededores ysiempre han querido robárselos, para evitarlo nuestro hogarestá oculto para los mapas e incluso para los viajeros despis-tados con un poco de magia, sólo nosotros sabemos cómollegar. - Pero yo no robaría sus caballos –Bastian tomó la manode Fátima y la besó– sabes que iré solamen-te por ti. Fátima lo miró a los ojos, buscando la verdad en ellos.Comprobó que su corazón era sincero y por más que lo qui-siera negar ella también quería verlo. - Hay una solución. - ¿Cuál es? - Cada estación lunar tocaré una flauta mágica, la can-ción te indicará el camino y la cúpula mágica que cubre nues-tro hogar la inmunizaré para que puedas llegar, pero lo harécuando la luna esté en lo alto del firmamento, para que nin-gún intruso dé con el lugar. Y así fue como Fátima volvió a ver a Bastian. Tuvieron que mantenerlo en secreto porque su padreno soportaría que su hija se viera con un hombre extranjero,
  43. 43. y menos que lo hubiera dejado entrar. Las estaciones pasaron y Bastian sólo pensaba en lapróxima vez que volvería a ver a Fátima. - Fátima sabes que estoy enamorado de ti –le declaróBastián un día– Y ya no soporto separarme una vez más deti. Cada vez que veo la luna pienso en tu blanca piel y en tuslabios rosados tocando esa dulce melodía para mí, pero megustaría que ahora pudiera oír esa música eternamente… Fá-tima, no me equivoco al decirte que sería el hombre más felizdel mundo si fueras mi esposa, ¿te casarías conmigo?Fátima derramó algunas lágrimas pero su rostro son-reía,pensaba en sus padres y a la vez en cuánto amaba a Bastian. - Bastián, te amo, pero ¿qué les diremos a mis padres? - Les confesaremos todo, he estado esperando el mo-mento en que dejemos de vernos en secreto. - ¿Crees que lo acepten? - Les hablaremos de nuestro amor, ¿podrán negarse aque dos personas se amen? - Tienes razón. Pero el corazón de Fátima estaba oprimido por la an-gustia de tener que enfrentarlos. Bastian la abrazó y despuésse arrodilló. - Entonces, querida Fátima, ¿te casarías conmigo? - Sí, Bastián, me casaré contigo.
  44. 44. Fueron con sus padres esa misma noche para darles lanoticia. Las cosas no fueron como lo esperaban. Bastián tuvoque dejar a Fátima para que las aguas se calmaran, pero encuanto hubiera un poco de paz regresaría. - Ni siquiera puede mantenerte –gritó su padre. -Nos apoyaremos mutuamente, podemos sacar ade-lante una familia entre los dos. - No sé cómo se atreve a pedir tu mano cuando no pue-de ofrecerte un buen hogar; míralo, Fátima, ¿acaso se ha es-forzado por conseguir unas buenas tierras? Mientras no seposicione en la sociedad no voy a permitir que se casen; túeres libre de hacer lo que quieras, nunca te he coartado tulibertad, pero piensa si estás dispuesta a perderlo todo porél. Fátima lloró amargamente el rechazo por parte de suspadres, pero el apoyo de sus hermanos la ayudaba a supe-rarlo. Siguió tocando para Bastian y él no faltaba. - Lo haré –Bastián concluyó cuando Fátima le contó lacondición que le había puesto su padre para que se casaran–me posicionaré entre los nobles del reino y entonces vendrépor ti. - Bastian, no es necesario, deja que pase el tiempo yverás como mi padre lo olvidará y acabará por ceder.
  45. 45. - No. No pienso cruzarme de brazos, les de-mostraréque soy digno de ti. Pero merecer ese reconocimiento supuso un des-pren-dimiento mayor para Fátima, pues Bastian se fue a la guerra,era la oportunidad para ser nombrado caballero de la Cortedel Rey, pero para ganarse el título debía arriesgar su vida. - He tocado la flauta desde que se fue, pienso que talvez oirá la música aunque esté muy lejos. Si no hubiera toca-do esta noche seguirías vagando por ahí. - ¿Volverás a tocar? - Sí. Bastian me dijo que volvería de la guerra antes deque iniciara esta estación, por eso he tocado tres noches con-tinuas, mañana será la última; espero que sea la definitivapara que vuelva. Llegamos a su casa. Las luces eran tenues, pero la familia salió para reci-birnos. Fátima les dijo que me había encontrado perdida en elbosque y que me había ofrecido un lecho para pasar la no-che. Me saludaron cariñosamente, pues me veían todavíamuy pequeña. Sus padres se llamaban Naím, aunque no esta-ba porque había viajado para vender caballos, y Sara; retuvecon dificultad los nombres de sus hermanos: Aron, Malco,
  46. 46. Ulises, Robbi y Saúl. - ¿Y a dónde vas, Isolda? –me preguntó su ma-dre. - A casa. - Tendrás que reponer fuerzas, y me tendrás que dartiempo para que lave tu vestido. - Muchas gracias, pero no se moleste… - No es ninguna molestia, es más, Fátima te puede daruno de los suyos, tiene tantos, como es la única mujer la he-mos consentido un poco. - No me quejo –reconoció Fátima. - ¿Tienes hermanas, Isolda? –preguntó Aron. - No. - Lástima. - ¿Sabes montar a caballo? –me preguntó Malco. - No, parece difícil. - Es facilísimo, con un día te enseñaría a mon-tar comoel mejor jinete. - Has de tener hambre, te traeré del pan que mamáhorneó –se ofreció Ulises. - Yo te traeré leche –agregó Robbi. - Muchas gracias –sonreí. - Nos alegra tenerte aquí, Isolda, recibimos muy pocavisita, ojalá te puedas quedar un tiempo con nosotros –Saúlera el más emocionado con mi llegada.
  47. 47. ntré a un nuevo mundo. Malco cumplió su promesa de ense- ñarme a montar, dijo que lo hacía muy bien; y antes de que anocheciera había aprendido la técnica. Saúl se ofreció a acompañarme para que agarrara con-fianza a una mayor velocidad. Llegamos a una colina cuyapendiente era llana, así que a una indicación suya la descen-dimos, aunque él fue el primero en llegar le pisé los talonespor mucho tiempo. Ahora podría recorrer más rápido la tierra en busca deElliot. - Quiero un caballo –le confesé a Saúl. - Es tuyo.
  48. 48. - No, eso nunca. Quiero ganármelo. - Muy bien, ¿qué me darías a cambio de él? ¿Qué podía darle?... No le iba a dar el agua del Río Fa-llon. - ¿Qué quieres a cambio de él? - Cinco días. - ¿Cómo? - Sí, quiero que me des cinco días para que quieras que-darte aquí. - ¿Por qué me quedaría aquí? - Dame cinco días para demostrártelo. - Trato hecho. Llegó la noche y me escabullí. Vi a Fátima tocar la flauta a la luz de la luna. Pasó untiempo considerable y empezó a hacer frío. - Fátima es tiempo de volver. - Pero… pero él dijo que vendría –dijo con tris-teza. - Tal vez está en camino, mañana lo vuelves a intentar. - Hoy era el día. Oímos a lo lejos el trote de un caballo. - Es él –se le abrieron los ojos. El jinete se detuvo delante de nosotras. - ¿Saben dónde puedo encontrar a Fátima? - Soy yo –Fátima estaba confundida.
  49. 49. - Esta carta está a su nombre, temo que son malas no-ticias. Los dedos le temblaron, rasgó el sobre y desplegó lahoja. No tuve tiempo para asimilar lo que estaba pasando,pues de pronto encontré a Fátima en el suelo sumida en unprofundo llanto. - ¿Qué…? ¿De quién es la carta? - De… de él, de Bastian –gimió. Me la entregó y la leí. Mi muy querida Fátima, la guerra está menguando el número de los nuestros. Todo parece indicar que pronto se aca- bará esta agonía, pero no sé si me en- cuentro en el bando de los vencedores. Temo más por ti, que por mí; por eso sería injusto pedirte que me espera- ras por más tiempo. He escrito esta carta para que llegue a ti en caso de que muera. Tienes que ser fuerte, por ti; porque por mí puedes estar tranquila, muero sabiendo que te amé hasta el último de mis suspiros. Bastian
  50. 50. La abracé para consolarla, pero su pena era tan grandeque parecía consumirse a cada segundo que pasaba. Comopude la llevé de vuelta a casa. Pasó la noche en vela, no pudo conciliar el sueño y dejóde derramar lágrimas cuando sus ojos se secaron de tantollorar, su cara se demacró y su blancura se convirtió en unapalidez sepulcral. El día llegó, y no me separé de ella. Ni siquiera yo podía creer lo que había ocurrido. Pen-séque todavía cabía la posibilidad de que fuera un error, peroella había perdido la esperanza, me recordó a Elliot. Sin embargo, tomé su flauta sin que ella lo supiera, y latoqué aquella noche… nada pasó. Lo hice dos noches más, y a la tercera me descubrió. - Deja de hacerlo –me suplicó. - Pero… - Por favor, es una tortura para mí. Dame la flauta. - ¿Qué harás con ella? - ¡Dame la flauta! –gritó enojada. - ¿La vas a destruir? - Lo que haga con ella no es de tu incumbencia. Cada vez me recordaba más a Elliot. El trote de un caballo nos interrumpió. Fátima miróasustada en la dirección del sonido. Era un caballo sin jinete.
  51. 51. Un hermoso caballo albino que relinchó al ver a Fátima. - ¡Strategos! –lo acarició y bañó su pelaje de abundan-tes lágrimas. - ¿Qué hace aquí? –cuestioné. - Viene a avisarme. ¡Bastian está vivo! - ¿Y por qué no vino con él? - No lo sé, pero está vivo. Esperamos, por si venía Bastian detrás, pero no apa-reció. Decidimos regresar. Todos se alegraron al ver que Fátima estaba mejor,pero no coincidían con ella sobre la resurrección de Bastian. - ¿Cómo puedes estar tan segura? –preguntó Aron. - Puede haber sobrevivido solo a la guerra –sugirióMalco. - ¿No hubiera venido él mismo si estuviera vivo? –com-pletó Robbi. - ¡Qué necios son! Ustedes mejor que nadie saben quenuestros caballos nunca abandonan a sus amos, prefierenseguir la misma suerte que su dueño… es una señal. - Sea lo que sea, tienes que descansar Fátima –senten-ció Ulises. Esta vez Fátima no durmió pensando en que volvería aver a Bastian.
  52. 52. La esperanza le había cambiado el semblante, hastasus mejillas estaban rosadas. Estaba feliz por ella, además siempre supe que él esta-ba vivo, como siempre he sabido que Elliot me está esperan-do. Fue imposible detenerla. En cuanto salió el sol, Fátima brincó de su cama paravestirse. Al salir decoró su cabello rubio con una flor delcampo que había recién abierto su capullo. - Tocaré hasta que la garganta me sangre, hoy vendráBastian, de eso estoy segura. Pero la noche no trajo a Bastian. - ¿Qué le habrá pasado? - Tal vez no quiere que le esperes, sino que tú vayas aél. - ¿Por qué lo dices? - Si mandó a Strategos será por algo. ¿No será que quie-re que cabalgues a donde te lleve Strategos? Si este caballoes tan fiel como tú dices, debe saber dónde está Bastian, élpuede llevarte a él. - Suena razonable, pero no puedo ir sola. - Iré contigo. - No, no te pido que hagas eso por mí. - No es necesario que me lo pidas, después de todo lo
  53. 53. que has hecho tú y tu familia por mí es lo menos que puedohacer para agradecerles. Esperamos al día siguiente para no caer en la trampade algún bandolero en la noche.llevaría hasta Bastian. - Estoy dispuesta a pasar la noche aquí hasta encontrara Bastian –declaró Fátima con firmeza. - Espero que no sea necesario porque pueden preocu-parse si no llegamos –le advertí.
  54. 54. uardé su secreto. Dijimos que íbamos a dar un paseo y dimos comienzo a nuestra aventura. - Strategos, necesito que me lleves a donde quiera que esté Bastian –le su-surró Fátima al oído del caballo. Strategos obedeció al acto y puso todo su empeño enavanzar lo más rápido que sus patas se lo permitie-ron. Yo laseguí, y más de una vez pensé que la había perdido de vista. Al llegamos a una aldea Strategos se detuvo. Bajamosde los caballos y caminamos entre las casas y tiendas. - ¿Sabe dónde encuentro a Bastian Cessal? –preguntó aun vendedor de fruta. - No conozco a ningún Bastian.
  55. 55. - ¿Ha sabido de algún Bastian? –preguntó a una señoraque jaloneaba a su hijo para que no se soltara de su mano. - ¿Bastian?... No - ¿Han llegado de la guerra algunos caballeros última-mente? –preguntó a unas damas que paseaban por la iglesia. - Me temo que no. Este es un pueblo bastante pacífico. Recorrimos la aldea varias veces, pero no nos dimospor vencidas, confiábamos en que la orientación de Strate-gos nos llevaría hasta Bastian. - Estoy dispuesta a pasar la noche aquí hasta encontrara Bastian –declaró Fátima con firmeza. - Espero que no sea necesario porque pueden preocu-parse si no llegamos –le advertí. - Mientras no lo encuentre no volveré. - No volveremos –le corregí y ella me miró con sus ojosrisueños para agradecer mi apoyo. Buscamos un lugar donde pasar la noche. Examinábamos los rostros de las personas que encon-trábamos en nuestro camino y no olvidábamos de pregun-tarles por el paradero de Bastian. Paramos a tomar una bebida y cuando Fátima estabaamarrando a Strategos, éste se soltó y se abalanzó hacia ungrupo de gente. - ¡Strategos! –gritó Fátima.
  56. 56. La gente corrió despavorida, pero el caballo se tran-quilizó gracias a una persona que se había enfrentado al ani-mal para calmarlo. - Tranquilo bonito –le decía mientras acariciaba su ho-cico. - Muchas gracias –le dijo Fátima que seguía aturdidapor el estrago causado por el caballo. - ¿Eres tú la dueña? - En realidad no –se excusó mientras examinaba quenadie hubiera salido herido. - Pues su dueño es una persona con suerte es un corcelmagnífico, ¿cómo se llama? - Strategos –respondió todavía asustada por lo sucedi-do. - Strategos –repitió pausadamente. Fátima había estado distraída en el accidente y ni si-quiera había visto al sujeto. Pero en cuanto oyó el nombredel caballo de sus labios no contuvo su emoción y sorprendi-da miró al hombre que tenía delante de sí. - ¿Bastian? –se leía en su mirada la conmoción por ha-berlo hallado. - ¿Disculpa? –le interrogó. - Bastian, ¿eres tú? - ¿Me preguntas a mí?
  57. 57. - Sí, tú eres Bastian. - No, no. Creo que te equivocas de persona. Mi nombrees Dorian. - No, tú eres Bastian Cessal. Estabas en la guerra, ¿porqué no me dijiste que estabas aquí? –no podía hablar porquesus ojos empezaban a llenársele de lágrimas. - Te digo que yo no soy ese tal Bastian. - Tengo la carta que me mandaste –la sacó de su bolsi-llo– ¿no es esta tu letra? - No lo creo, mujer –la retiró de su vista con la mano–Ya tengo que irme, me están esperando. - Soy yo quien llevo esperándote por mucho tiempo,¿ya me has olvidado? - Estás loca –clamó enojado– yo no te conozco y deja dearmar un escándalo… tú y yo no tenemos nada que ver. - Dorian, ¿qué ocurre? –una voz femenina se unió a laconversación. - Nada Michaela, esta mujer que tiene destro-zados losnervios porque su caballo se desbocó. - ¿Quién es ella? –preguntó Fátima indignada– ¿Y porqué te llama Dorian? - Vámonos Fátima –la tomé del brazo, pues estaba apunto de lanzarse contra ella. - ¡Suéltame! –se deshizo de mí y desapareció entre la
  58. 58. gente. La busqué por todos lados. No podía dejarla sola, enese estado sería capaz de cualquier locura. No descansé hasta que la encontré sentada en una roca,viendo únicamente su flauta. En cuanto le toqué el hombro se deshizo en llanto, notenía palabras para consolarla, sólo me quedé ahí, junto aella. - ¿Me estaré volviendo loca de verdad? ¿Me habré equi-vocado de persona y en realidad él no es Bastian?... pero separecían tanto. - Quisiera decirte lo contrario Fátima, pero me temoque él es Bastian. - ¿Cómo estás tan segura? - Lo que pasó hoy con Strategos no fue mera casuali-dad. Iba directo a Bastian, volvió junto a su dueño. - Pero, ¿por qué no me recuerda? –tragó saliva– ni si-quiera sabía mi nombre. - Podría ser que haya perdido la memoria. - ¿Cómo? - Bueno, en una guerra es posible todo, pudo haber re-cibido un golpe en la cabeza que le afectara a su memoria. - ¿Y cómo devolvérsela? No… de pronto me di cuenta que yo tenía la solución en
  59. 59. mis manos, en un pequeño frasco que guardaba en mi bolsi-llo, pero yo tenía reservado ese contenido para otra persona. Me sentía mezquina y traidora, me había prometidohacer lo que fuera por ella, pero ahora estaba en juego lo quetanto había deseado para Elliot. - Fátima, mírame a los ojos –le pedí –necesito que medigas una razón por la que Bastian sería feliz si recordaratodo, si recordara el compromiso que tenía contigo. - ¿Por qué? –sollozó. - Por favor, dímelo, sólo dímelo. Pensó un buen tiempo y la esperé mientras se me des-bocaba el corazón, no sabía si estaba haciendo lo correcto,pero mi conciencia me lo pedía. - Bastian y yo fuimos muy felices juntos, pero estuvepensando en Michaela, imagino que la razón que ella tienepara ser feliz con Bastian es tan válida como la mía. Si me pi-des una razón por la que Bastian sería feliz recordando nues-tro compromiso… es que yo estoy dispuesta a dar mi vidapor él, por dedicarle cada segundo de mi existencia, pero mirazón se vuelve egoísta si le pido que rompa su compromisocon otra mujer. - Dejemos que él lo decida –le propuse– toca la flauta,estoy segura que acudirá, aún sin saber por qué lo hará. Fátima tomó la flauta dudosa de que fuera a tener éxi-
  60. 60. to, pero no tenía nada que perder. Con temor dio inicio a lasprimeras notas, pero logró entonar la misma melodía que lahabía oído tocar para Bastian. Imploré para que Bastian apareciera, pues todo era unmero presentimiento. Terminó de tocar y Fátima cerró losojos dejando que la luna bañara su figura con su luz. - Es una música muy bella –murmuró Bastian que ha-bía aparecido de entre los árboles. - ¿Por qué has venido? –Fátima le preguntó con caute-la. - Siento que he oído esa música en algún lugar, es bo-rroso el recuerdo, ¿podrías volver a tocarla? La música silbó para él hasta que Fátima no pudo más. Él la miraba embelesado, no cabía duda de que se tra-taba de Bastian. Y si lo hubiera recordado se hubiera arroja-do a los pies de su amada. Sólo yo podía hacer que fuera realidad. - Toma, has de estar sediento –le ofrecí agua de mi fras-co. - Muchas gracias, pero creo que es hora de que me vaya. - No importa, llévatela –se la entregué– La tomarás a sudebido tiempo, además es medicinal. Se marchó. Mi alma se rompió en dos cuando él despareció.
  61. 61. atima no entendió. Tuve que cargar con mi pena yo sola. Ella pensó que todo se había termina- do, pero le bastó verlo por última vez. Yo, en cambio, me corroía la incerti-dumbre de no saber si la tomaría o se la obsequiaría a al-guien más. Debí haberlo forzado a tomársela, pero él no hu-biera elegido; ahora debía confiar en Bastian. No perdimos ni un segundo más. Amaneció y montamos los caballos rumbo a casa. To-dos estaban preocupados por nosotras, nos dieron una bue-na regañiza pero Fátima lo tomó como parte del riesgo quehabíamos tomado al quedarnos. Estaba serena, era imposible saber los sentimientos
  62. 62. que guardaba en su corazón. Había madurado, desde que laconocí, y haber perdido a Bastian había sido una gran prue-ba que la había hecho crecer. - Y tú, Isolda ¿amas a alguien? –me preguntó una no-che. - ¿Amar? –no entendí– nunca me lo había preguntado. - Debe haber alguien, si no te das prisa creo que Saúl vaa exigir ese lugar. - ¿Saúl? ¿Exigir qué? - Eres muy inocente, Isolda; no te busca por simple pa-satiempo, le agrada tu compañía. - Pero yo no puedo quedarme. - Lo sé, pero él quiere que lo hagas. - Para eso eran los cinco días. - ¿De qué hablas? - Me pidió a cambio de un caballo cinco días para quequisiera quedarme; pero yo no puedo hacer eso. - Se le destrozará el corazón. - Lo siento. - No te preocupes, yo lo consolaré. - ¿Podrías tocar la flauta por última vez? - ¿A qué viene eso? –parecía enfadada. - Bueno, tengo planeado irme mañana mismo, y quisie-ra oírte tocar por última vez.
  63. 63. - Eres una caprichuda –rió. - Por favor –le imploré. Sacó la flauta y tocó para mí. Sentía que había pasadotanto tiempo desde que llegué, sabía que los iba a extrañarpero debía conseguir la cura para la ceguera de Elliot. Nuevamente nos sorprendió el trote de un caballo. Fátima cortó de inmediato la melodía. Un jinete galopó hasta nosotras y se bajó de su montu-ra para abrazar a Fátima que se había congelado en su lugar. - Mi querida Fátima –susurró. - Bastian –lloró en sus brazos. - He estado esperando desde hace unos días que toca-ras para mi, tenía miedo que lo hubieras olvidado; en cuantooí la flauta monté a mi caballo. - Bastian, ¿Cómo…? ¿Has venido…? - He venido por ti, una promesa es una promesa. Ade-más tu padre estará complacido de tener como yerno a uncaballero de la Corte del Rey. Fátima no podía dejar de llorar. - ¿Qué pasa Fátima? –dijo preocupado. - Creí que nunca volverías. - Perdona que me haya ausentado más de lo debido,pero ahora no nos separaremos nunca más. No cabía la alegría en mí.
  64. 64. El final que deseaba para ellos dos se había cumplido,ahora comprendía que no me había equivocado al entregarleel frasco, además Tova no me habría disculpado que lo guar-dara con recelo. - Bastian, te quiero presentar a Isolda. - Mucho gusto, Isolda. - El gusto es mío. Finalmente nos conocemos. - ¿Han hablado de mí? - Es el tema preferido de Fátima –le confesé. - Después de los caballos –bromeó. - Hablando de caballos, estoy preocupado por Strate-gos, lo perdí en la guerra. - Está aquí –lo calmó Fátima –está durmiendo en el es-tablo. Por cierto Bastian, creo que deberíamos regalarle Stra-tegos a Isolda, va a viajar mañana y necesita una montura. Hahecho mucho por mí en este tiempo que has estado ausente,y quisiera que se quedara con él como agradecimiento. Agradecí el detalle de Fátima, pero dudé que Bastianme lo entregara. - Desde ahora lo mío es tuyo, si tú lo crees conveniente,yo no me opondré. La noche me pareció larga, sabía que me esperaba unabuena cabalgada, tenía planeado regresar con Tova y Ceseopara pedirles un segundo frasco y des-pués regresar con
  65. 65. Elliot. Me despedí de todos con un nudo en la garganta noquería dejarlos, pero mi corazón me lo exigía. - ¿Volverás para nuestra boda? –me preguntó Fátima. - No lo sé, pero me hace feliz verlos juntos des-de aho-ra. - Aprecio mucho todo lo que has hecho por mí. - Hice lo que tenía que hacer. Saúl se entristeció cuando supo que me iba, aunque ledi más de cinco días para que me convenciera para quedar-me no había logrado nada. - Me quería despedir especialmente de ti –le dije. - ¿Por qué? –el tono de su voz era débil. - Porque me sentí en familia gracias a ti. - Lástima que no conseguí a cambio lo que quería –re-negó. - Saúl, te ganaste mi corazón, pero ya estaba ocupado. - ¿Por quién? ¿No soy tan bueno como él? - Eres muchísimo mejor que él, pero hay algo en mí queno puede dejarlo. - Isolda, cuando encuentre a una chica como tú, y sincompromiso, me casaré con ella. - La encontrarás. Los dejé atrás.
  66. 66. Tenía miedo de volver la cara atrás, podría arrepentir-me y olvidar a Elliot, así que dirigí mi mirada hacia el frente. Se pasó el día y no encontré señal alguna del Río Fa-llon, pero tenía que encontrarlo, si lo había encontrado unavez debía de volver a encontrarlo. No había planta ni árbol que reconociera. Me empecé a desesperar. Me encontraba en la mis-masituación de siempre, sola y sin saber a dónde ir. Bajé de Stratergos para inspeccionar el camino, deam-bulé entre los arbustos pero sólo conseguí algunos rasguños. Me tumbé exhausta en el césped, tenía miedo de no en-contrar a Tova y Ceseo, tenía miedo de que todo hubiera sidoen vano y de que Elliot nunca volviera a ver. Las estrellas se habían reunido en el firmamento paraacompañarme en mi angustia. Intenté calmar mi respiraciónque iba al compás de los rápidos latidos de mi corazón. Otra respiración se unió a la mía. ̶ ¿Isolda? –creí que no volvería a oír esa voz. Ahí estabaél junto a mí, con su cabello alborotado y su tez cobriza porel sol. ̶ Elliot –él me abrazó como nunca lo había hecho y nopude evitar unas lágrimas. Entonces comprendí que mi lu-gar estaba junto a él. ̶ ¿Por qué lloras Isolda? ¿No estás contenta porque nos
  67. 67. volvimos a encontrar? Después de que nos separamos estu-ve buscándote día tras día… sólo quería estar con mi Isolda. ̶ Lloro porque no sé cómo reparar lo que hice –ocultémi rostro entre mis manos Le conté toda mi travesía en el reino del rey Ziquem,cómo había obtenido la cura a su ceguera y la había usadopara salvar al príncipe Conan; y de cuando me había encon-trando con Tova y Ceseo quienes me habían entregado unfrasco del agua del Río Fallon que usé para que Bastian re-cordara su amor por Fátima. ̶ Estoy orgulloso de ti. ̶ ¿Orgulloso? ¿No acabas de oír lo que dije? Podías ha-ber vuelto a ver. ̶ ¿A costa de qué, Isolda? ¿De la vida de un hombre? ¿Odel amor de una pareja? Parece que no estoy hablando con lamisma Isolda que conozco. ̶ ¿Crees que hice bien? ̶ Por supuesto. Ahora yo te tengo que confesar algo,después de que te perdí me arrepentí de no habértelo dicho.Te amo, Isolda. ̶ ¿Qué quieres decir? ̶ Eso significa que yo daría la vida por ti y que si tú noestás a mi lado es como si estuviera muerto; y gracias a ti séque la muerte es peor que la ceguera… ¿Tú sientes algo por
  68. 68. mí? ̶ Una vez me preguntaron cómo le hacía para enfrentarmis sufrimientos y respondí que con los buenos recuerdos;esos recuerdos son los que he pasado a tu lado. No sé si elamor se parece algo a eso, si no se parece a esto que yo sien-to por ti, es porque tengo algo más grande que el amor. ̶ Isolda –lo miré a los ojos y aunque su vista seguía nu-blada sabía que me estaba viendo– ¿puedes ver con tus ojosmi amor por ti? ̶ No –respondí. ̶ Pero, ¿lo sientes? ̶ Sí. ̶ Entonces no necesito de la vista, porque lo más valiosoque tengo es invisible. Quería hacer de Elliot un hombre feliz curando su ce-guera, pero él me enseñó que la verdadera felicidad sólo seencuentra aceptando lo que uno es para poder entregarse ala persona amada. ...
  69. 69. ...Me quedé a su lado toda mi vida… …y la niebla que había endurecido el corazón de Elliotfinalmente se disipó. Envejecimos juntos, él murió antes que yo, y el mismodía de su muerte tarareé la canción que Fátima me había en-señado. Yo morí también ese mismo día, me hice cenizasque plantadas en tierra germinaron hasta convertirmeen un árbol que permaneció al lado de su tumba.

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