Faulkner william santuario

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Faulkner william santuario

  1. 1. WILLIAM FAULKNER SANTUARIO
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  3. 3. I Desde detrás de la hilera de arbustos que rodeaba el manantial, Popeye contem-pló al hombre que bebía. Una senda apenas marcada llevaba desde el camino hasta elmanantial. Popeye había visto cómo el forastero —delgado y alto, sin sombrero, conunos gastados pantalones grises de franela y una chaqueta de tweed cruzada sobre elbrazo— avanzaba por la senda y se arrodillaba para beber. El manantial brotaba al pie de un haya y corría después sobre un fondo de arenaque formaba remolinos y ondulaciones. Estaba rodeado por una espesa vegetación decañas y brezos, de cipreses y árboles de goma donde la luz del sol, sin origen visible,yacía, quebrada en mil reflejos. En algún sitio, escondido e imposible de precisar y, sinembargo, cercano, un pájaro cantó tres notas para callar luego. En el manantial, el forastero inclinó el rostro hacia los rotos reflejos multiplica-dos de su propio beber. Al erguirse de nuevo, aunque no había oído el menor ruido,vio aparecer entre ellos, también hecho añicos, el sombrero de paja de Popeye. Frente a él, al otro lado del manantial, se hallaba un hombre de estatura pordebajo de lo normal, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, y un cigarrillosesgado, que formaba un ángulo agudo con su barbilla. Llevaba un traje negro, con lachaqueta, de talle alto, muy ajustada. Se había remangado los pantalones con una sola vuel-ta y estaban manchados de barro; lo mismo les sucedía a los zapatos. Su rostro presentabaun extraño color exangüe, como iluminado por una luz eléctrica; enmarcado por aquel soleadosilencio, con el sombrero ladeado y los brazos levemente separados del cuerpo, tenía esa des-agradable falta de profundidad de la hojalata en relieve. Tras él, el pájaro cantó de nuevo: tres compases monótonamente repetidos; unsonido profundo y sin sentido que surgía de un silencio bostezante y lleno de paz quedaba la impresión de aislar aquel lugar y del que un momento después brotó el ruido deun automóvil que pasaba por la carretera y que acabó perdiéndose a lo lejos. El hombre que había bebido siguió arrodillado. —Supongo que lleva una pistola en ese bolsillo —dijo. Desde la orilla opuesta Popeye dio la impresión de contemplarlo con dos negros bo-tones de goma blanda. —Soy yo el que hace las preguntas —dijo Popeye—. ¿Qué es eso que tiene en elbolsillo? El otro llevaba aún la chaqueta cruzada sobre el brazo. Levantó hacia ella la mano li-bre: del bolsillo izquierdo sobresalía un aplastado sombrero de fieltro y del derecho un libro. —¿Qué bolsillo? —dijo. —No lo saque —respondió Popeye—. Dígame qué es. La mano del forastero se detuvo en el aire. —Es un libro.
  4. 4. —¿Qué libro? —dijo Popeye. —Un libro cualquiera. De los que lee la gente. Algunas personas, al menos. —¿Lee usted libros? —preguntó Popeye. La mano del otro se había inmovilizado por encima de la chaqueta. Los dos hombresse contemplaron desde los lados del manantial. La tenue columna de humo del cigarrillo,formando espirales delante del rostro de Popeye, le obligó a torcer la mitad de la cara,creando una máscara tallada en dos expresiones simultáneas. Del bolsillo de detrás del pantalón Popeye sacó un pañuelo sucio y lo extendió en elsuelo detrás de sus talones. Luego se sentó con las piernas cruzadas, frente por frente delforastero. Iban a dar las cuatro de la tarde de un día de mayo. Permanecieron así, unofrente a otro, por espacio de dos horas. De cuando en cuando el pájaro cantaba en el panta-no, como si se tratara del mecanismo de un reloj; dos veces más, automóviles invisibles pasa-ron por la carretera y el ruido terminó perdiéndose a lo lejos. El pájaro cantó de nuevo. —Y, por supuesto, no sabe cómo se llama —dijo el forastero—. No creo que seausted capaz de reconocer ningún pájaro, como no sea alguno que esté cantando en su jaulaen el vestíbulo de un hotel o se lo sirvan en un plato a cuatro dólares la pieza. Popeye no dijo nada. Siguió sentado con su ajustado traje negro, el bolsillo derecho dela chaqueta pesadamente abultado contra el costado, retorciendo y estrujando los cigarrillosentre sus manos delicadas, demasiado femeninas, y escupiendo en el manantial. Su piel teníauna palidez oscura, como de muerto. La nariz era vagamente aquilina pero le faltaba porcompleto el mentón. Su cara, sencillamente, dejaba de existir, como el rostro de un muñe-co de cera olvidado demasiado cerca del fuego. Una cadena de platino le cruzaba el pecho deun bolsillo a otro del chaleco, semejante a un hilo de telaraña. —Oiga —dijo el otro—. Me llamo Horace Benbow. Soy abogado y trabajo enKinston. Antes vivía en Jefferson y hacia allí me dirijo. Toda la gente del condado ledirá que soy inofensivo. Si se trata de whiskey, pueden ustedes hacer, vender ocomprar lo que les venga en gana. Me he parado aquí para beber agua. Lo único quequiero es llegar a Jefferson. Los ojos de Popeye parecían botones de goma, dispuestos a ceder si se tocabany a recuperarse luego sin haber perdido la huella del pulgar. —Quiero llegar a Jefferson antes de que oscurezca —dijo Benbow—. No puedeusted retenerme aquí. Sin quitarse el cigarrillo de la boca, Popeye escupió en el manantial. —No puede obligarme a que me quede —dijo Benbow—. Podría echar a correr. Popeye fijó en Benbow los botones de goma de sus ojos. —¿Quiere usted correr? —No —dijo Benbow. Popeye apartó la mirada. —De acuerdo. No lo haga, entonces. Benbow oyó de nuevo el canto del pájaro y trató de recordar el nombre que ledaban en aquella zona. Por la invisible carretera pasó otro coche y siguió su camino.Entre ellos y el ruido del motor el sol estaba a punto de desaparecer. Del bolsillo delpantalón Popeye sacó un reloj niquelado, lo miró y volvió a metérselo en el bolsillo
  5. 5. como si fuera una moneda. En el sitio donde la senda del manantial se unía al camino de arena, un árbolrecién cortado impedía el paso. Los dos hombres cruzaron por encima y siguieronadelante, dejando la carretera a su espalda. En la arena se advertían dos depresio-nes paralelas poco profundas, pero no había marcas de pezuñas. Y en donde elarroyo procedente del manantial cruzaba el camino, Benbow vio huellas de neumáticos.Popeye marchaba delante de él, y su traje ajustado y su sombrero rígido llenos de lí-neas quebradas le daban cierto aire de pie de lámpara modernista. El camino terminaba en la carretera, que surgía, formando una curva, de entre laespesura. Era casi de noche. Popeye volvió un instante la cabeza. —Vamos, Jack, dése prisa —dijo. —¿Por qué no hemos atajado subiendo la colina? —preguntó Benbow. —¿Entre todos esos árboles? —dijo Popeye. Su sombrero lanzó un desagra-dable destello al recoger la débil luz del crepúsculo, mientras se detenía a mirar colinaabajo, donde la espesura se había transformado ya en un lago de tinta—. Ni que es-tuviera loco. Era casi de noche. Popeye había moderado el paso. Caminaba ahora junto aBenbow y éste veía el continuo movimiento de su sombrero de un lado a otro mien-tras Popeye miraba a su alrededor con una especie de desagradable encogimiento. Elsombrero llegaba justamente hasta la barbilla de Benbow. Luego algo, una sombra agigantada por la velocidad, descendió sobre ellos y si-guió su vuelo, creando un remolino de aire delante de sus mismas caras, un silenciosoalboroto de alas en tensión; Benbow sintió que el cuerpo entero de Popeye se aplas-taba contra él y que con una mano se le aferraba a la chaqueta. —Es un búho —dijo Benbow—. No es nada más que un búho. Luego añadió: —A ese reyezuelo de Carolina lo llaman pájaro pescador por aquí. Era eso lo queno conseguía recordar allá atrás. Popeye seguía acurrucado junto a él, aferrándose a su chaqueta y bufandocomo un gato. «Huele a negro», pensó Benbow; «huele como aquella sustancia negraque salió de la boca de Emma Bovary y se extendió por su velo nupcial al levantarle lacabeza». Un momento después, sobre la oscura masa dentada de los árboles, la casa al-zó su cuadrada desnudez contra el cielo evanescente. El edificio era un esqueleto mondo y lirondo en el centro de un bosquecillo decedros sin podar, pero, al mismo tiempo, un lugar muy conocido entre las gentes dela zona: la llamaban la casa del Viejo Francés y había sido construida antes de la Gue-rra Civil; una típica casa de plantación, rodeada por sus tierras —campos de algo-dón, jardines y zonas de césped devueltas a la jungla desde hacía mucho tiempo—, quelas gentes de los alrededores habían ido desguazando durante cincuenta años paraconseguir algo de leña o en la que habían cavado con secretos y esporádicos optimis-mos, en busca del oro que el propietario, según todas las suposiciones, había enterradoen algún sitio cuando Grant atravesara el condado durante su campaña de Vicksburg. Tres hombres, sentados en sillas, ocupaban uno de los extremos del porche. Al
  6. 6. fondo del pasillo abierto brillaba una luz muy débil. El pasillo atravesaba la casa de la-do a lado. Popeye subió las escaleras del porche, mientras los tres hombres loscontemplaban a él y a su acompañante. —Aquí está el profesor —dijo, sin detenerse. Entró en la casa, pasillo adelante. Siguió hasta salir al porche trasero; luego torcióy entró en la habitación donde brillaba la luz. Era la cocina. Había una mujer delante delfogón. Llevaba un vestido de percal muy desteñido. Al moverse, el par de toscos zapa-tos de hombre que calzaba le golpeaban los tobillos desnudos. La mujer se volvió amirar a Popeye y luego otra vez hacia el fogón, donde estaba friendo carne en una sartén. Popeye se quedó en la puerta. Se había inclinado el sombrero hacia adelante. Extrajoun cigarrillo del bolsillo sin sacar el paquete, lo pellizcó y lo aplastó, se lo puso en la bocay encendió una cerilla con la uña del pulgar. —Tengo a un pájaro ahí fuera —dijo. La mujer no se volvió. Estaba dándole la vuelta a la carne; —¿Por qué me lo dices a mí? —preguntó ella—. Yo no me ocupo de losclientes de Lee. —Es un profesor —dijo Popeye. La mujer se volvió con el tenedor de trinchar en la mano. Detrás del fogón, lejosde la luz, había un cajón de madera. —¿Un qué? —Un profesor —dijo Popeye—. Tiene un libro. —¿Qué hace aquí? —No lo sé. No se me ocurrió preguntárselo. Quizá leer el libro. —¿Ha venido solo? —Lo encontré en el manantial. —¿Estaba buscando la casa? —No sé —dijo Popeye—. No se me ocurrió preguntárselo —la mujer seguía mirándo-lo—. Lo mandaré a Jefferson con el camión —añadió Popeye—. Dice que quiere ir allí. —¿Por qué me lo cuentas a mí? —dijo la mujer. —Tú cocinas. Querrá cenar. —Sí —dijo la mujer. Se volvió de nuevo hacia el fogón—. Cocino para tramposos, es-tafadores y deficientes mentales. Sí. Es cierto que cocino. Popeye la miró desde la puerta, mientras el humo del cigarrillo hacía espiralesdelante de su cara. Había metido las manos en los bolsillos. —Márchate, si quieres. Te llevaré a Memphis el domingo. Puedes hacer la ca-rrera otra vez —la estuvo mirando, vuelta de espaldas—. Te estás poniendo gorda.Eso te pasa por venirte a descansar al campo. Pero no se lo contaré a nadie en Ma-nuel Street. La mujer se volvió con el trinchante en la mano. —Canalla —dijo.
  7. 7. —No te preocupes —dijo Popeye—. No le contaré a nadie que Ruby Lámarestá en el campo, con un par de zapatos viejos de Lee Goodwin y que tiene que cor-tar ella misma la leña para el fuego. No. Les diré a todos que Lee Goodwin tiene muchodinero. —Canalla, más que canalla —dijo la mujer. —Claro —dijo Popeye. Luego volvió la cabeza. Se oyó un arrastrar de pies que cruzaba el porche y enseguida entró un hombre. Avanzaba encorvado y llevaba puesto un mono. Iba descal-zo; era el ruido de sus pies descalzos lo que habían oído. Su pelo, descolorido por el sol,estaba sucio y enredado. Tenía ojos claros extrañamente furiosos y una barba peque-ña y suave, como de oro deslustrado. —Que me aspen si no es todo un caso —dijo. —¿Qué quieres? —le preguntó la mujer. El hombre del mono no contestó. Al pasar, lanzó a Popeye una mirada llena dedesconfianza y de viveza al mismo tiempo, como si estuviera a punto de reír un chiste,esperando tan sólo el momento oportuno. Cruzó la cocina balanceándose pesada-mente, como un oso, y, sin perder el aire de regocijada desconfianza, levantó una tablasuelta del piso a la vista de los otros dos y sacó una garrafa de un galón. Popeye se loquedó mirando, con los pulgares en el chaleco y el humo del cigarrillo (se lo había fu-mado sin tocarlo ni una vez con la mano) formando espirales delante de la cara. Su expresiónera feroz, ominosa quizá; pero contempló reflexivamente cómo el hombre del mono volvía acruzar la cocina con aquella especie de desconfianza llena de viveza, ocultando torpemente lagarrafa contra el costado; también él estuvo mirando a Popeye, con su expresión despierta yregocijada, hasta que salió del cuarto. De nuevo se oyeron sus pies descalzos sobre el suelodel porche. —No te preocupes —dijo Popeye—. No le diré a nadie en Manuel Street que RubyLámar cocina para un mudo y también para un idiota. —Canalla —dijo la mujer—. Hijo de perra.
  8. 8. II Cuando la mujer entró en el comedor con una fuente de carne, Popeye, el hom-bre que había ido a buscar la garrafa a la cocina y el forastero estaban ya sentados al-rededor de una mesa hecha con tres tablones clavados sobre dos caballetes. Alacercarse a la luz de la lámpara colocada en la mesa, pudo apreciarse que el rostro dela mujer no estaba marcado por la edad sino por el mal humor, y se hizo también pa-tente la frialdad de sus ojos. Mientras la observaba, Benbow no advirtió que lo mirara niuna sola vez mientras dejaba la fuente y se detenía un momento con esa expresión au-sente con que las mujeres pasan una última inspección a la mesa, para luego agacharsesobre un cajón de embalaje situado en una esquina de la habitación y sacar de allí otroplato, cuchillo y tenedor que llevó a la mesa y colocó delante de Benbow con aire.decidido —bruscamente pero sin precipitación—, rozándole el hombro con la mangadel vestido. Mientras la mujer se ocupaba de la mesa entró Goodwin. Llevaba un monomanchado de barro. Tenía un rostro descarnado, curtido por la intemperie, una barbanegra a medio crecer y canas en las sienes. Traía del brazo a un anciano con una largabarba blanca, manchada alrededor de la boca. Benbow vio cómo Goodwin sentaba alviejo en una silla mientras el otro le dejaba hacer con la indecisa y abyecta ansia de unhombre a quien no le queda más que un placer y a quien sólo le llega el mundo exte-rior a través de un sentido por ser al mismo tiempo ciego y sordo; un hombre bajo y cal-vo, con un rostro redondo, carnoso y sonrosado en el que sus ojos con cataratas parecí-an dos coágulos de flema. Benbow le vio sacar un trapo sucio del bolsillo, regurgitar so-bre él una masa casi incolora de lo que había sido anteriormente tabaco de mascar yvolverse a guardar el trapo después de doblarlo. La mujer le sirvió de la fuente. Losotros ya estaban comiendo, en silencio y sin hacer pausas, pero el viejo se quedóquieto, con la cabeza inclinada sobre la mesa, moviendo débilmente la barba. Con unamano temblorosa y desconfiada inspeccionó el contenido del plato hasta encontrar untrozo pequeño de carne; luego se puso a chuparlo hasta que regresó la mujer y ledio un manotazo en los nudillos. El viejo soltó lo que había cogido y Benbow estuvoviendo cómo ella le cortaba la carne, el pan y todo lo demás y luego le echaba mela-za de sorgo por encima. Después Benbow apartó la vista. Al terminar la comida,Goodwin se llevó al viejo. Benbow les vio cruzar la puerta y oyó el ruido de sus pa-sos por el corredor. Los hombres volvieron al porche. La mujer quitó la mesa y llevó los platos a lacocina. Los dejó amontonados, se acercó al cajón situado en la zona menos iluminaday estuvo en pie a su lado durante un rato. Después se sirvió su propia cena, comiósentada a la mesa, encendió un cigarrillo con la llama de la lámpara, fregó los pla-tos y los guardó. Luego echó a andar por el pasillo, pero no llegó a salir al porche. Sequedó dentro de la casa, junto a la puerta, oyéndoles hablar, oyendo hablar al forastero yel ruido apagado de la garrafa mientras pasaba de mano en mano. —Qué querrá ese imbécil… —murmuró la mujer. Siguió escuchando la voz del forastero; una voz precipitada, vagamente estrafala-
  9. 9. ria, la voz de un hombre que se pasa mucho tiempo hablando y apenas hace otra cosa. —Beber no, desde luego —dijo la mujer en voz muy baja desde dentro de lacasa—. Será mejor que siga su camino y llegue a donde sus familiares puedan aten-derlo. Volvió a escuchar lo que decía. —Desde mi ventana veía la parra, pero en invierno no quedaba más que el arma-zón del emparrado. Por eso sabemos que la naturaleza es femenina; por esa conniven-cia entre la carne de mujer y la estación femenina. De manera que todas las primaveraspresenciaba cómo la vieja sabia, renovándose, ocultaba el armazón del emparrado; có-mo fabricaba de nuevo su verde señuelo, promesa de intranquilidad. Y no es que puedahablarse de una gran floración tratándose de parras: no es más que un céreo ydesordenado desangrarse, más de hoja que de flor, que va ocultando más y más elarmazón, hasta que a finales de mayo, al atardecer, su voz, la de la pequeña Belle,era cómo el murmullo de la misma parra silvestre. Nunca decía, «Horace, éste esLouis o Paul o quienquiera que fuese», sino «Sólo es Horace». Sólo, ¿se dan cuenta?Ella con un vestidito blanco al atardecer, los dos muy recatados y muy cuidaditos y unpoco impacientes. Y no me hubiera podido sentir más ajeno a su carne si la hubiera en-gendrado yo mismo. »Así que esta mañana (no; fue hace cuatro días; era jueves cuando volviódel instituto y estamos a martes) le dije: »—Querida, si lo has encontrado en el tren, es probable que pertenezca a lacompañía del ferrocarril. No se lo puedes quitar a la compañía; es ilegal, como lle-varse los aisladores de los postes. »—Vale tanto como tú. Va para Tulane. »—Sí, cariño, pero en un tren… —dije yo. »—Los he encontrado en sitios peores. »—Ya lo sé —dije—. Yo también. Pero no hay que traerlos a Gasa. Se pasapor encima y se sigue adelante. No hay por qué mancharse los zapatos. »Nos hallábamos en la sala de estar; era justo antes de la cena; y no estábamosmás que nosotros dos en la casa. Belle había ido al centro. »—¿Qué más te da a ti quién viene a verme? No eres mi padre. Eres sólo…,sólo… ¿Qué? —dije—. ¿Sólo qué? ¡Díselo a mamá, entonces! Díselo. Eso es loque vas a hacer. ¡Decírselo! »—Lo malo es el tren, querida —dije—. Si entrara en tu habitación en un hotel,lo mataría. Pero en el tren… me resulta repugnante. Vamos a decirle que se vaya ya empezar de nuevo. »—¡Como si tú pudieras hablar de encontrar cosas en el tren! ¿Qué me dicesde las gambas? —Está loco —dijo la mujer, sin moverse, junto a la puerta. La voz del forastero siguió fluyendo y tropezando consigo misma, rápida e ince-sante. —Pero en seguida dijo, ¡No! ¡No!, y yo la abracé y ella se agarró a mí. ¡Noquería decir eso! ¡Horace! ¡Horace! Y yo estaba oliendo las flores asesinadas, las deli-
  10. 10. cadas flores muertas y las lágrimas, hasta que vi su rostro en el espejo. Había un es-pejo detrás de ella y otro detrás de mí: ella se veía en el que estaba detrás de mí,olvidada del otro, en el que yo podía verle la cara, verla contemplando mi nuca, ydescubrir todo su fingimiento. Por eso la naturaleza es ella y el progreso es él; lanaturaleza hizo la parra, pero el progreso inventó el espejo. —Está loco —dijo la mujer desde dentro de la casa, escuchando. —Pero no fue eso, realmente. Pensé que era quizá la primavera lo que mehabía perturbado o el tener ya cuarenta y tres años. Pensé que tal vez me pondríabien si tuviera una colina donde tumbarme…, que la culpa la tenía aquella zona, tanllana, tan fértil y tan maloliente que hasta el mismo viento parece sacar dinero deella. Como si a uno ya no le pudiera sorprender que llegaran a presentarse en losbancos las hojas de los árboles para recibir dinero a cambio. Es ese Delta. Cinco milmillas cuadradas sin otra altura que los montones de tierra que los indios hicieron parasubirse encima cuando se desbordaba el río. »Por eso pensé que me bastaría con una colina; no fue la pequeña Belle quienhizo que me marchara. ¿Saben qué fue? —No hay duda de que lo está —dijo la mujer junto a la puerta—. Lee no debi-era permitir… Benbow no había esperado a que le respondieran. —Fue un trapo manchado de carmín. Supe que iba a encontrarlo antes de entraren el cuarto de Belle. Y allí estaba, escondido detrás del espejo: un pañuelo con el quese quitaba el exceso de pintura al arreglarse y que luego guardaba allí. Lo puse enel cesto de la ropa sucia, cogí el sombrero y salí de la casa. En la carretera me recogióun camión antes de que me diera cuenta de que no llevaba dinero. Eso también influyó,¿comprenden? No podía cobrar un cheque. Tampoco podía bajarme del camión y volvera la ciudad a por dinero. De manera que he estado andando y haciendo auto-stop des-de entonces. Una noche dormí en un montón de serrín en una fábrica, otra en lacabaña de unos negros y otra en un vagón de mercancías que estaba en una vía muer-ta. Sólo quería una colina donde tumbarme, ¿se dan cuenta? En seguida me sentiríabien/Cuando uno se casa con una soltera, se empieza desde el principio..,, aunquehaya dificultades. Pero cuando uno se casa con la mujer de otro, se empieza tal vezdiez años más atrás, en el punto de partida de otro y con sus dificultades. Sólo queríauna colina para tumbarme durante algún tiempo. —Pobre imbécil —dijo la mujer, sin moverse de su sitio junto a la puerta. Popeye atravesó el pasillo, procedente de la parte de atrás. Pasó junto a ellasin decir una palabra y salió al porche. —Vamos —dijo—. Hay que cargarlo. La mujer oyó marcharse a los tres, pero siguió donde estaba. Luego oyó cómo elforastero se levantaba, inseguro, de su silla, y cruzaba el porche. Entonces lo vio, dé-bilmente silueteado contra el cielo, como un trozo de oscuridad menos intensa: unhombre delgado con la ropa muy arrugada; con el pelo ralo y muy mal cuidado; y com-pletamente borracho. —No le dan bien de comer —dijo la mujer. Seguía inmóvil, apoyada apenas contra la pared y él estaba frente a ella. —¿Le gusta vivir así? —dijo el forastero—. ¿Por qué lo hace? Todavía es jo-
  11. 11. ven; podría volver a la ciudad y mejorar su situación sin tener que mover un dedo. La mujer no cambió de postura, apoyada apenas contra la pared y con los bra-zos cruzados. —Pobre imbécil asustado —dijo la mujer. —Me falta valor, ¿comprende? —dijo el forastero—: el valor se quedó fueracuando me hicieron. La maquinaria está toda aquí, pero no funciona —le pasó torpe-mente la mano por la mejilla—. Todavía es usted joven. Ella no se movió, sintiendo la mano sobre su cara, notando que el forastero latocaba como si estuviera tratando de averiguar la forma y posición de sus huesos y laconsistencia de su carne, —Le queda toda la vida por delante, prácticamente. ¿Cuántos años tiene? No hacumplido los treinta —la voz del forastero era casi un susurro. Ella, al hablar, no redujo en absoluto el volumen de su voz. Seguía sin moverse,con los brazos cruzados sobre el pecho. —¿Por qué ha abandonado a su mujer? —dijo. —Porque comía gambas —dijo el forastero—. No podía… Era viernes, ¿com-prende?, y pensé que al mediodía tendría que ir a la estación a recoger la canasta delas gambas y volver a casa con ellas, contando cien pasos para cambiar de mano, yque… —¿Tiene que hacerlo todos los días? —preguntó la mujer. —No. Sólo los viernes. Pero llevo diez años haciéndolo, desde que nos casa-mos. Y todavía sigue sin gustarme el olor de las gambas. Llevar la canasta a casa nome importaría mucho. Lo malo es que gotea. Durante todo el camino gotea y gotea, hastaque al cabo de un rato me sigo a mí mismo a la estación y me paro a ver cómo Ho-race Benbow recoge la canasta del tren y echa a andar camino de casa, cambiando demano cada cien pasos, y yo lo voy siguiendo, pensando «Aquí yace Horace Benbow enuna serie de manchas malolientes que van desapareciendo poco a poco sobre una acerade Mississippi». —Ah —dijo la mujer. Respiraba tranquilamente, con los brazos cruzados. Cuando echó a andar, el fo-rastero retrocedió y luego fue siguiéndola por el pasillo. Entraron en la cocina, donde habíauna lámpara encendida. —Tendrá que disculpar mi aspecto —dijo la mujer. Se acercó a la caja de maderaque estaba detrás del fogón, la arrastró hacia la luz y se quedó mirándola con las manosocultas en el delantero del vestido. Benbow se había parado en el centro de la habitación—.En el cajón está más protegido de las ratas. —¿Qué? —dijo Benbow—. ¿De qué me habla? Se acercó para ver el interior de la caja. Dentro dormía un niño que aún no habíacumplido el año. Benbow contemplo calmosamente su rostro demacrado. —Ah —exclamó—. Tiene usted un hijo. Los dos contemplaron el rostro demacrado del niño dormido. Desde fuera llegó hastaellos un ruido; se oyeron pasos en el porche de atrás. La mujer empujó la caja hacia el rincóncon la rodilla al mismo tiempo que Goodwin entraba en la cocina.
  12. 12. —Todo listo —dijo Goodwin—. Tommy le acompañará hasta el camión. Luego se marchó, entrando de nuevo en la casa. Benbow miró a la mujer, que seguía con, las manos escondidas en el delantero delvestido. —Gracias por la cena —dijo—. Tal vez, algún día… —la miró; ella también le obser-vaba con una expresión menos malhumorada aunque siguiera siendo fría y distante—. Quizápueda hacer algo por usted en Jefferson. Enviarle algo que necesite… La mujer sacó las manos del pliegue del vestido con un tembloroso movimiento girato-rio, para volver a esconderlas en seguida. —Con tanto lavar y fregar platos…, podría mandarme una varilla de naranjo de las queusan las manicuras —dijo. Desde la casa, Tommy y Benbow bajaron la colina en fila india, siguiendo el ca-mino abandonado, Benbow volvió la vista atrás. Sobre los apretados y enmarañados ce-dros, se alzaba, contra el cielo —sin luz, desolada e insondable— la solitaria casa enruinas. El camino era una cicatriz demasiado profunda para ser un camino y dema-siado recta para ser una zanja, erosionada por las riadas del invierno y ahogada des-pués por los helechos, las ramas y las hojas secas. Siguiendo a Tommy, Benbow camina-ba por una tenue senda donde el roce de los pies había desgastado la podrida vegeta-ción hasta dejar la arcilla al descubierto. Un seto de árboles formando arco se acla-raba contra el cielo por encima de sus cabezas. La pendiente se hizo más marcada en una curva del camino. —Fue por aquí donde vimos el búho —dijo Benbow. Delante de él, Tommy lanzó una risotada. —Apostaría cualquier cosa a que también eso le asustó —dijo. —Sí —respondió Benbow. Iba siguiendo la imprecisa silueta de Tommy, y trataba de andar y de hablar cuida-dosamente, con esa peculiar pertinacia en los propósitos que produce la borrachera. —Que me aspen si no es el blanco más asustadizo que he visto nunca —dijoTommy—. Como aquella vez que venía por la senda hacia el porche, salió el perrode debajo de la casa y fue a olerle los zapatos igual que haría cualquier perro; que measpen si no reculó como si fuera una serpiente venenosa y él estuviera descalzo; sacóde repente esa pistolita automática que lleva siempre encima y lo dejó muerto en elsitio. Vaya si lo hizo. —¿De quién era el perro? —dijo Horace. —Era mío —dijo Tommy, con una risa ahogada—. Un perro viejo que no haría dañoa una mosca aunque pudiese. El camino descendía y se allanaba; los pies de Benbow susurraban sobre la arena,avanzando cuidadosamente. Ahora veía mejor a Tommy, cuya silueta se recortaba contra lamayor claridad de la arena y que arrastraba los pies como de mala gana, igual que hacen lasmulas para caminar sobre la arena, pero sin esfuerzo aparente, con un suave rozar de suspies desnudos que producía débiles erupciones de arena con cada movimiento hacia atrásde los dedos. La voluminosa sombra del árbol derribado había echado un borrón sobre el camino.
  13. 13. Tommy pasó por encima y Benbow le siguió, siempre cauteloso, tirando de sí mismo paraatravesar la masa de follaje sin secar, que todavía olía a verde. —Otra de… —dijo Tommy. Se dio la vuelta—. ¿Puede pasar? —Estoy bien, no se preocupe —dijo Horace. Recuperó el equilibrio. Tommy siguióadelante. —Otra de las ideas de Popeye —dijo Tommy—. No sirve para nada cegar así elcamino. Sólo ha conseguido que tengamos que andar una milla para llegar a los camiones. Ledije que la gente viene desde hace cuatro años a comprar aquí su whiskey y que a Leenunca le ha molestado nadie. Además, algún día tendrá que sacar de aquí ese coche suyo,con lo grande que es. Pero tampoco eso lo detuvo. Estoy seguro de que tiene miedo de supropia sombra. —A mí me pasaría lo mismo —dijo Benbow—, si su sombra fuera la mía. Tommy rió en voz baja. El camino se había convertido en un túnel oscuro alfombradocon el impalpable resplandor mortecino de la arena. «Era más o menos aquí donde empe-zaba la senda que lleva al manantial», pensó Benbow, tratando de encontrar el corteen el muro de la jungla. Siguieron adelante. —¿Quién conduce el camión? —dijo Benbow—. ¿También son gente deMemphis? —Claro —dijo Tommy—. Es el camión de Popeye. —¿Por qué esos tipos no se quedan en Memphis y les dejan hacer su whiskeyen paz? —Es donde está el dinero —dijo Tommy—. Aquí no se gana nada vendiendoun cuarto a uno y medio galón a otro. Lee lo hace como un favor y para sacarse unpar de dólares extra. Lo que trae cuenta es hacer una partida y darle salida cuantoantes. —Creo que preferiría morirme de hambre a tener que tratar con ese tipejo. Tommy lanzó una carcajada. —No hay que exagerar. Popeye es un poco especial, nada más —siguió an-dando, un bulto informe contra el apagado resplandor del camino arenoso—. Pero queme ahorquen si no es todo un caso, ¿eh? —Sí —dijo Benbow—. No cabe la menor duda. El camión esperaba donde el camino, otra vez con firme de arcilla, empezaba asubir hacia la carretera de grava. Dos hombres fumaban, sentados en el guardabarros;por encima, los árboles clareaban bajo un cielo cubierto de estrellas. Era ya más demedianoche. —Os lo habéis tomado con calma —dijo uno de los hombres—. Tendríamosque haber hecho ya la mitad del camino. Me está esperando una mujer. —Seguro —dijo el otro—. Con las piernas abiertas. El primero le lanzó una maldición. —No hemos podido venir más de prisa —dijo Tommy—. Y vosotros, ¿por quéno encendéis una linterna? Si fuéramos de la policía, os habríamos cogido de todas, to-das.
  14. 14. —Vete al infierno, cara de mono —dijo el primer hombre. Tiraron los cigarrillos y se subieron al camión. Tommy rió en voz baja. Benbow se diola vuelta y extendió la mano. —Adiós —dijo—. Y muchas gracias, míster… —Me llamo Tommy —dijo el otro. Su mano áspera buscó torpemente la de Benbow, la estrechó una vez solemnementepero sin fuerza y volvió a soltarla. Se quedó inmóvil —una imprecisa silueta rechoncha contrael débil resplandor del camino—, mientras Benbow levantaba el pie hacia el estribo. Hora-ce tropezó y tuvo que hacer un movimiento brusco para recuperar el equilibrio. —Tenga cuidado, doctor —dijo una voz desde la cabina. Benbow subió al camión. El segundo hombre estaba colocando una escopeta detrásdel asiento. El camión se puso en marcha, subió la pendiente entre terroríficos jadeos hastallegar a la carretera de grava y luego tomó el camino de Jefferson y Memphis.
  15. 15. III En la tarde del siguiente día Benbow estaba en casa de su hermana. La fincase hallaba en el campo, a cuatro millas de Jefferson; era el hogar centenario de lafamilia de su cuñado. Su hermana, viuda, tenía un hijo de diez años y vivía con él enaquella casa enorme, en compañía de la tía abuela de su marido: una nonagenaria quenunca abandonaba su silla de ruedas y a la que todo el mundo llamaba Miss Jenny.Benbow y ella estaban asomados a una ventana, contemplando a Narcissa, que paseabacon un joven por el jardín. Habían transcurrido diez años desde que Narcissa perdiera asu esposo. —¿Por qué no ha vuelto a casarse? —dijo Benbow. —Eso te pregunto yo —dijo Miss Jenny—. Una mujer joven necesita unhombre. —Pero no ése —dijo Benbow. Estuvo un momento contemplándolos. El hombrellevaba pantalones de franela y una chaqueta azul; era un joven ancho de hombros, unpoco regordete, con aire fanfarrón, vagamente universitario—. Parecen gustarle los ni-ños. Quizá porque ya tiene uno. ¿Quién es ése? ¿El mismo del último otoño? —Gowan Stevens —dijo Miss Jenny—. Tienes que acordarte de Gowan. —Sí —dijo Benbow—. Ya me acuerdo. En octubre del año pasado. Horace había pasado por Jefferson camino de su casa y fue a hacer una visi-ta a su hermana. Desde la misma ventana, Miss Jenny y él habían contemplado aaquellas mismas dos personas paseando por el mismo jardín, donde por entonces seestaban abriendo las tardías flores de octubre, llenas de colorido y con olor a polvo.Gowan Stevens iba vestido de marrón y Horace no lo conocía. —Sólo la visita desde que volvió de Virginia la primavera pasada —dijo MissJenny—. El de antes era el chico de los Jones; Herschell. Sí. Herschell. —Ah —dijo Benbow—. ¿Miembro de una de las familias importantes de Virginiao simplemente una estancia poco afortunada? —Fue allí a la universidad. Tú no lo recuerdas porque todavía llevaba pañalescuando te marchaste de Jefferson. —Que no le oiga Belle decir eso —dijo Benbow. Contempló a los que paseaban. Se estaban acercando a la casa y pronto desapa-recieron detrás de ella. Un momento después subieron 4as escaleras y entraron en lahabitación. Stevens se adelantó, con su cabeza acicalada y su cara regordeta, muy segu-ro de sí mismo. Miss Jenny le ofreció la mano y él se inclinó pesadamente para besár-sela. —Más joven y más bonita cada día que pasa —exclamó—. Ahora mismo le esta-ba diciendo a Narcissa que si se levantara usted de esa silla y quisiera ser mi novia,no habría competencia posible.
  16. 16. —Lo haré mañana mismo —dijo Miss Jenny—. Narcissa… Narcissa era una mujer corpulenta, de pelo oscuro y un rostro ancho, estúpido ysereno. Vestía de blanco, como de costumbre. —Horace, éste es Gowan Stevens —dijo—. Gowan, mi hermano. —¿Qué tal está? —dijo Stevens, dándole un apretón decidido y enérgico, con elbrazo muy levantado. En aquel momento entró Benbow Sartoris, el sobrino de Hora-ce—. He oído hablar de usted. —Gowan estudió en Virginia —dijo el niño. —Ah —dijo Benbow—. He oído hablar de su universidad. —Gracias —dijo Stevens—. No todo el mundo puede ir a Harvard. —Gracias —dijo Benbow—. Pero fue en Oxford donde yo estuve. —Horace siempre le dice a todo el mundo que estudió en Oxford para quecrean que habla de la universidad del estado y poder explicarles después que se hanconfundido —dijo Miss Jenny. —Gowan va mucho a Oxford —dijo el niño—. Tiene una novia y la lleva a bailar.¿No es cierto, Gowan? —Así es, jovencito —dijo Stevens—. Una pelirroja. —Bory, no molestes —dijo Narcissa. Miró a su hermano—. ¿Cómo están Belley la pequeña Belle? Dio la impresión de querer añadir algo, pero no lo hizo, aunque siguió miran-do a su hermano con una expresión que reflejaba preocupación e interés. —Si sigues esperando que abandone a Belle, acabará por hacerlo —dijo MissJenny—. Terminará por dejarla un día u otro. Pero Narcissa tampoco se quedará satis-fecha entonces —añadió—. Algunas mujeres no quieren que un hombre se case conuna mujer determinada. Pero todas se enfadan si un buen día va y la deja. —Bueno, cállese ya —dijo Narcissa. —Sí, señor —dijo Miss Jenny—. Ya lleva algún tiempo dando tarascadas para qui-tarse el ronzal. Pero será mejor que no tires demasiado fuerte, Horace. Puede que no estésujeto por el otro extremo. A través del vestíbulo les llegó el sonido de una campanilla. Tanto Stevens comoBenbow se acercaron a la silla de Miss Jenny. —¿Me permite usted, ya que parece que soy yo el invitado? —dijo Benbow. —Vamos, Horace —dijo Miss Jenny—. Narcissa, ¿quieres decir que suban al arcóndel ático y traigan las pistolas de duelo? —se volvió hacia el niño—. Y tú ve delantepara decirles que empiece la música y tengan dos rosas preparadas. —¿Que empiece qué música? —dijo el niño. —Hay rosas en la mesa —dijo Narcissa—. Las ha mandado Gowan. Vamos a cenar. Benbow y Miss Jenny contemplaron a la pareja por la ventana: Narcissa, todavía de
  17. 17. blanco, y ,Stevens, con pantalones de franela y una chaqueta azul, paseando por el jardín. —El virginiano que nos contó aquella noche durante la cena cómo le habían enseñadoa beber como un caballero. Basta poner un escarabajo pelotero en alcohol para conseguir unescarabajo sagrado; y si se pone en alcohol a un hombre de Mississippi se obtiene un caba-llero… —Gowan Stevens —dijo Miss Jenny. Los vieron desaparecer detrás de la casa. Pasó algún tiempo antes de que oyeran lospasos de dos personas en el vestíbulo. Cuando entraron en la habitación, era su hijo elque acompañaba a Narcissa en lugar de Stevens. —No ha querido quedarse —dijo Narcissa—. Va a Oxford. Hay un baile en launiversidad el viernes por la noche. Se ha comprometido a llevar a una joven. —Allí tendrá amplias posibilidades de practicar el arte de la bebida al modo ca-balleresco —dijo Horace—. Y otras muchas cosas. Supongo que es ése el motivo deque quiera llegar con tanta anticipación. —Va a bailar con una chica —dijo el niño—. Y el sábado a Starkville, al partidode baseball. Gowan dijo que me llevaría, pero mamá no ha querido dejarme ir.
  18. 18. IV La gente de Oxford que iba a pasear en coche por los terrenos de la universidad des-pués de la cena, algún profesor ensimismado o los estudiantes a punto de licenciarse cami-no de la biblioteca, eran los que tenían ocasión de ver cómo Temple, convertida en siluetaveloz contra las ventanas iluminadas del Gallinero (nombre popular de la residencia femenina),el abrigo apenas prendido bajo el brazo y las piernas descoloridas por la carrera, desaparecíaentre las sombras junto a la pared de la biblioteca y entraba de un salto —con un remoli-no final de faldas y bragas con puntillas o algo parecido— en el coche con el motor enmarcha que estuviera esperándola. Los coches pertenecían a muchachos de la ciudad, A losuniversitarios residentes no se les permitía tener coches, y con sus cabezas descubiertas, suspantalones bombachos y sus jerseys de colores brillantes, despreciaban —conscientes de susuperioridad pero muy enfadados— a los muchachos de la ciudad que llevaban sombrerosrígidos sobre cabezas embadurnadas de brillantina, chaquetas un poco demasiado ceñidas ypantalones un poco demasiado anchos. Esto sucedía los días de entresemana. En sábados alternos, con motivo de los bai-les del Letter Club, o con ocasión de los tres bailes oficiales que se celebraban anual-mente, los muchachos de la ciudad, con su aire de beligerante indiferencia y sus sombrerosy sus cuellos altos idénticos entre sí, veían entrar a Temple en el gimnasio del brazo de al-gún universitario con smoking y desvanecerse en un remolino resplandeciente bajo el torbelli-no de la música, la delicada cabeza muy erguida, la pintada boca y la suave barbilla en abier-to desafío, mientras sus ojos —fríos, rapaces y discretos— miraban sin expresión a dere-cha e izquierda. Más tarde, cuando la música gemía detrás de los cristales, la veían a través de lasventanas mientras pasaba en veloz rotación de un par a otro de mangas negras, su talle es-belto lleno de urgencia durante el intervalo, supliendo la ausencia de ritmo con el movimientode los pies. Agachándose, los chicos de la ciudad bebían de los frascos de whiskey quellevaban en el bolsillo y encendían cigarrillos; luego, otra vez erguidos, inmóviles contra la luz,los cuellos altos y las cabezas ensombreradas eran como una hilera de bustos embozados,recortados en hojalata negra, y clavados en el alféizar de las ventanas. Cuando la orquesta tocaba Hogar, dulce hogar, siempre quedaban aún tres o cuatroharaganeando cerca de la salida, lanzando miradas de fría hostilidad, con las facciones un po-co contraídas por la falta de sueño, para ver salir a las parejas, convertidas ya en la descolori-da espuma de un mar de movimientos y de ruido. En aquella ocasión fueron tres los que pre-senciaron cómo Temple y Gowan Stevens se enfrentaban con el frío presagio de un amane-cer de primavera. El rostro de la muchacha estaba muy pálido, recién empolvado, y su ca-bello se desmayaba en fatigados bucles rojos. Sus ojos —todo pupila— se posaron sobreellos sin expresión por un momento. Luego Temple alzó la mano en un lánguido gesto quenadie podría haber dicho si estaba dirigido a ellos o no. Los muchachos no respondieron; nitan siquiera un parpadeo turbó la fría expresión de sus ojos. Vieron cómo Gowan la toma-ba del brazo y la fugaz revelación de su muslo al entrar en el coche. Era un coche deporti-vo, largo y aerodinámico, con un faro de mano, —¿Quién es ese hijo de perra? —dijo uno de ellos.
  19. 19. —Mi padre es juez —dijo el segundo, con mordaz tono de falsete. —Que se vaya al infierno. Volvamos a la ciudad. Echaron a andar. En una ocasión gritaron a un coche que pasaba, pero no se detuvo.En el puente sobre la cortadura del ferrocarril se detuvieron a beber de una botella. El últimohizo ademán de tirarla por encima de la barandilla. El segundo le sujetó el brazo. —Dámela a mí —dijo. La rompió cuidadosamente y extendió los fragmentos por la carretera. Los otros le mi-raron hacer. —Te falta educación para ir a un baile universitario —dijo el primero—. No eres másque un pobre palurdo. —Mi padre es juez —dijo el otro, afianzando sobre la carretera los pedazos con bor-des más cortantes. —Ahí viene un coche —dijo el tercero. El automóvil tenía tres faros. Los muchachos de la ciudad se recostaron contra la ba-randilla, inclinando el sombrero para evitar la luz, y vieron pasar a Temple y a Gowan. La ca-beza de la chica estaba muy baja y muy cerca de Gowan. El coche avanzaba muydespacio. —No eres más que un pobre palurdo —dijo el primero. —¿Sí? —dijo el segundo. Se sacó algo del bolsillo y lo enarboló, pasándoles latransparente prenda, suavemente perfumada, por delante de la cara—. ¿Estás seguro? —Eso es lo que tú dices. —Doc consiguió esas bragas en Memphis —dijo el tercero—. Se las quitó auna putilla de tres al cuarto. —Eres un cerdo mentiroso —dijo Doc. Vieron cómo el resplandor de los faros y el rojo cada vez más tenue de la luz delfreno se detenían delante del Gallinero. Las luces se apagaron. Al cabo de un rato laportezuela del coche se cerró de golpe. Se encendieron de nuevo las luces; el coche sepuso en movimiento. Venía otra vez hacia ellos. Se recostaron contra la barandilla enhilera, con los sombreros inclinados para evitar el resplandor. Los cristales rotos lanza-ban destellos de cuando en cuando. El coche se acercó hasta detenerse a su lado. —¿Van a la ciudad, caballeros? —dijo Gowan, abriendo la portezuela del coche. Siguieron apoyados contra la barandilla hasta que el primero dijo «Muy agradeci-dos» desganadamente y subieron al coche: los otros dos en el asiento trasero, y el pri-mero al lado de Gowan. —Váyase hacia el otro lado —dijo—. Alguien ha roto ahí una botella. —Gracias —dijo Gowan. El coche se puso en marcha—. ¿Van ustedes mañana aStarkville a ver el partido? Los del asiento de atrás no contestaron. —No sé —dijo el primero—. Me parece que no. —Soy forastero —dijo Gowan—. Me he quedado sin whiskey y tengo una citamuy temprano, mañana por la mañana. ¿Podrían decirme ustedes dónde conseguir un
  20. 20. cuarto? —Es tardísimo ya —dijo el primero. Se volvió hacia los otros—. Doc, ¿sabes dealguien que pueda atenderle a estas horas? —Luke, quizá —dijo el tercero. —¿Dónde vive? —preguntó Gowan. —Siga adelante —dijo el primero—. Yo le indicaré el camino. Cruzaron la plaza y se alejaron de la ciudad cosa de media milla. —¿No es ésta la carretera para Taylor? —preguntó Gowan. —Sí —dijo el primero. —Tengo qué estar allí muy temprano por la mañana —dijo Gowan—. Antes deque llegue el tren especial. Me han dicho que ustedes no van al partido, ¿no es cierto? —Creo que no —dijo el primero—. Párese aquí —delante de ellos se alzabauna loma muy empinada, con un penacho de robles enanos—. Espéreme —Gowanapagó la luz. Oyeron cómo el otro trepaba por la ladera. —¿Es bueno el whiskey de Luke? —preguntó Gowan. —No está mal. Tan bueno como cualquiera, diría yo —dijo el tercero. —Si no le gusta, no se lo beba —dijo Doc. Gowan se volvió pesadamente para mirarlo. —Es tan bueno como el que tenías hoy —dijo el tercero. —Tampoco tenías que bebértelo —dijo Doc. —Parece que por aquí no hacen tan buen whiskey como donde yo estudié —dijo Gowan. —¿De dónde es usted? —preguntó el tercero. —De Virgi…, bueno, de Jefferson. Estudié en Virginia. Allí le enseñan a uno abeber. Los otros dos no dijeron nada. El primero regresó, precedido por un diminutodesprendimiento de tierra. Traía un tarro grande de mermelada. Gowan lo alzó para vermejor el contenido. El líquido era casi incoloro y con un aspecto muy inofensivo. Quitóla tapa y alargó el brazo ofreciéndolo. —Beban. El primero se lo pasó sin probarlo a los de atrás. —Bebed. El tercero bebió, pero Doc no quiso. Gowan bebió a continuación. —Santo cielo —dijo—, ¿cómo son ustedes capaces de beber esto? —No hemos probado el matarratas de Virginia —dijo Doc. Gowan se volvió para mirarlo. —Cállate, Doc —dijo el tercero—. No le haga caso. Lleva toda la noche con do-lor de estómago. —Hijo de perra —dijo Doc.
  21. 21. —¿Me lo dice usted a mí? —preguntó Gowan. —Claro que no —dijo el tercero—. Doc es un buen chico. Vamos, hombre. Echaun trago. —Me importa un rábano —dijo Doc—. Pásame el frasco. Regresaron a la ciudad. —La Choza estará abierta —dijo el primero—. Junto a la estación. El local era al mismo tiempo restaurante y confitería. Estaba vacío si se excep-túa a un hombre con un delantal muy sucio. Pasaron a un reservado en la parte deatrás, con una mesa y cuatro sillas. El camarero les trajo coca-colas y cuatro vasos. —También necesitamos azúcar, agua y un limón, si es tan amable —dijo Gowan. El camarero le trajo lo que había pedido. Los otros vieron cómo Gowan preparaba unwhiskey sour. —Me enseñaron a beberlo así —dijo. Los otros lo miraron mientras bebía—. No pareceque pegue mucho —comentó, llenándose el vaso directamente del tarro de mermelada.También se lo bebió. —No lo hace usted nada mal —dijo el tercero. —Tuve buenos profesores. Había una ventana cerca del techo. El cielo, al otro lado, empezaba a palidecer, pre-sagiando el nuevo día. —Tómense otra copa, caballeros —dijo Gowan, llenando de nuevo su vaso. Los otrosse sirvieron con moderación—. En mi universidad está mejor visto caerse redondo que an-dar con paños calientes —dijo. Los otros lo miraron mientras apuraba el vaso. Las aletas de la nariz se le cubrieronrepentinamente de gotas de sudor. —Es todo para él —dijo Doc. —¿Quién lo ha dicho? —preguntó Gowan. Se sirvió un dedo de whiskey—. Sifuera mejor… Hay un tipo en mi condado, un tal Goodwin, que hace… —¿Es eso lo que llaman un buen trago en Virginia? —dijo Doc. Gowan se le quedó mirando. —¿Le parece a usted que sí? Fíjese. Vertió más whiskey en el vaso. Vieron cómo subía el nivel. —Tenga cuidado, amigo —dijo el tercero. Gowan llenó el vaso hasta el borde, lo alzó y fue bebiendo hasta vaciarlo. Se acor-daba de haber dejado el vaso sobre la mesa con mucho cuidado, pero en seguida tomóconciencia simultáneamente de encontrarse en la calle, del aire frío y gris del amanecer, deuna locomotora jadeando en el desvío, a la cabeza de una oscura hilera de vagones, y deque estaba intentando decirle a alguien que había aprendido a beber como un caballero.Aún seguía tratando de decirles —en un lugar oscuro y muy estrecho que olía a creosota ya amoníaco, donde estuvo vomitando en un receptáculo— que tenía que estar en Taylor alas seis y media, cuando llegara el tren especial. Al desaparecer la náusea se sintió extra-ordinariamente cansado, débil, con un gran deseo de tumbarse, pero se lo impidieron por la
  22. 22. fuerza y, a la luz de una cerilla se inclinó hacia la pared, concentrando lentamente la miradaen un nombre escrito a lápiz. Cerró un ojo, se apoyó contra la pared, tambaleándose, ba-beando, y leyó el nombre. Luego miró a los otros, moviendo la cabeza. —Nombre de chica… Nombre de chica que conozco. Buena chica. Muy simpática.Citado con ella para llevarla a Stark…, Starkville, Sin carabina, ¿comprenden? Apoyado contra la pared, babeando y murmurando palabras ininteligibles, se quedódormido. Inmediatamente empezó a luchar consigo mismo para despertarse. Le pareció quehabía empezado a luchar en seguida y, sin embargo, se daba cuenta de que seguía pasan-do el tiempo y de que el tiempo era un factor importante en su urgencia por despertarse;que de lo contrario tendría que lamentarlo. Durante un buen rato supo que tenía los ojosabiertos, y que estaba esperando a que recuperaran la capacidad de ver. Después empezó aver de nuevo, pero sin darse cuenta inmediatamente de que estaba despierto. Yacía completamente inmóvil. Le pareció que con salir del sueño había logrado ya elpropósito que lo impulsara a despertarse. Estaba en una posición muy incómoda dentro delcoche, mirando hacia la fachada de un edificio que no conocía, por encima del cual navega-ban unas nubéculas, rosadas por la luz del sol, completamente desprovistas de sentido. Susmúsculos abdominales completaron la basca que había dejado sin terminar al perder elconocimiento y, al intentar erguirse, Gowan se cayó del asiento, dando con la cabezaen la portezuela. El golpe lo despejó por completo, pero al abrir la portezuela estuvootra vez a punto de caerse; logró incorporarse y echó a correr hacia la estación con pa-so vacilante. Se cayó. Apoyándose en las manos y en las rodillas contempló las de-siertas vías del tren y el cielo iluminado por el sol con incredulidad y desesperación. Selevantó y siguió corriendo, con el smoking manchado, el cuello desgarrado y el pelo endesorden. Me he desmayado, pensó con rabia, me he desmayado. Me he desmayado. El andén estaba desierto, con la excepción de un negro con una escoba. —¡Santo cielo! —dijo—. ¿Qué le ha pasado? —El tren especial —dijo Gowan—. El que estaba en esa vía. —Salió hace cosa de cinco minutos. Con la escoba todavía inmovilizada en el gesto de barrer, el negro vio cómo Go-wan se daba la vuelta, corría hacia el coche y se dejaba caer pesadamente en su inter-ior. El tarro de mermelada estaba en el suelo. Lo apartó con el pie y puso el motoren marcha. Necesitaba meter algo en el estómago, pero no había tiempo. Lanzó unamirada al tarro. Sintió un escalofrío en las entrañas, pero alzó el tarro y bebió a grandessorbos, tragándose el whiskey a la fuerza y poniéndose un cigarrillo en la boca paracortar la incipiente náusea. Casi inmediatamente se sintió mejor. Atravesó la plaza a cuarenta millas por hora. Eran las seis y cuarto. Tomó la ca-rretera de Taylor, aumentando la velocidad. Volvió a beber whiskey sin aminorar la mar-cha. Cuando llegó a Taylor el tren salía ya de la estación. Gowan se metió con granímpetu entre dos vagones mientras pasaba el último coche. Se abrió la puerta de la pla-taforma de atrás, Temple saltó del tren y fue corriendo unos cuantos pasos junto al va-gón mientras un funcionario de la universidad se asomaba por una ventanilla y la amena-zaba con el puño. Gowan se había apeado del coche. La chica se dio la vuelta y echó a andar ha-
  23. 23. hacia él, caminando muy de prisa. Luego hizo una pausa, se detuvo y avanzó de nuevocon la mirada fija en su rostro desencajado y en sus cabellos; en el cuello desgarrado yen la camisa. —Estás borracho —dijo—. Cerdo, más que cerdo. —He tenido una noche muy movida. No te imaginas ni la mitad. Temple contempló la desolada estación amarillenta, los hombres enfundados ensus monos, mascando con parsimonia y mirándola fijamente, la vía y el tren que sealejaba, las cuatro nubéculas de vapor que casi habían desaparecido ya cuando llegóhasta ellos el silbido de la locomotora. —Cerdo asqueroso —dijo—. No puedes ir así a ningún sitio. Ni siquiera te hascambiado de ropa. Al llegar junto al coche se detuvo de nuevo. —¿Qué es eso que tienes ahí detrás? —Lo uso como cantimplora —dijo Gowan—. Sube. Temple lo miró, la boca desafiantemente roja, los ojos fríos y vigilantes bajo elsombrero sin ala, que coronaba un ondulado derramamiento de pelo rojo. Contempló denuevo la estación, inmóvil y desolada en la mañana todavía incipiente. Entró de unsalto en el coche y dobló las piernas, sentándose encima de ellas. —Vámonos de aquí —Gowan puso el coche en marcha y dio la vuelta—, Serámejor que me lleves otra vez a Oxford —dijo ella. Miró de nuevo hacia la estación, aho-ra bajo la sombra de una nube muy alta que avanzaba a toda prisa—. Más te vale. A las dos en punto de la tarde, cuando marchaba a buena velocidad por una zonacubierta de pinos susurrantes, Gowan abandonó la carretera de grava para metersepor un estrecho camino de orillas erosionadas, en dirección a un lecho seco cubierto decipreses y de árboles de goma. Llevaba una camisa azul barata debajo del smoking.Tenía los ojos hinchados e inyectados en sangre y las mejillas cubiertas de una sombraazulada, y, mirándolo, mientras intentaba mantener el equilibrio y se agarraba al asientoporque el coche brincaba y rebotaba sobre los desiguales surcos del camino, Templepensó: «Sus patillas han crecido desde que salimos de Dumfries.» Fue crecepelo lo quese bebió. Compró una botella de crecepelo y se la bebió. El se volvió a mirarla, al notar sus ojos fijos en él. —Vamos, no te enfades. Será cosa de un momento llegar a casa de Goodwin yconseguir una botella. No tardaremos más de diez minutos. Dije que estaríamos enStarkville antes de que llegara el tren y voy a cumplirlo. ¿Acaso no me crees? Temple no dijo nada, pensando en el tren adornado de banderolas que estaría yaen Starkville; en los graderíos, llenos de color; en la banda de música y en el bostezan-te resplandor de los trombones; en el césped de forma romboidal sembrado de jugado-res que se agacharían y que lanzarían breves gañidos, semejantes a los de las aves delas marismas, asustadas por un caimán, que no saben dónde está el peligro y se quedaninmóviles, en perfecto equilibrio, animándose unas a otras con breves gritos sin sentido,lastimeros, circunspectos y desesperanzados. —¡Tratando de engañarme con tus aires inocentes! ¿Por qué crees que me hepasado la noche con un par de esos vaqueros de peluquería amigos tuyos? No te ima-gines que les he dejado beberse mi whiskey porque tengo un gran corazón. Eres muy
  24. 24. lista, ¿no es cierto? Crees que puedes irte de juerga toda la semana con cualquierpalurdo relamido que tiene un Ford y engañarme los sábados, ¿verdad? ¿Piensasque no he visto tu nombre escrito en la pared del retrete? ¿Es que no me crees? Ella no dijo nada, ocupada en no perder el equilibrio mientras el coche daba ban-dazos por el camino a una velocidad excesiva. Gowan seguía mirándola, sin ocuparse delvolante en absoluto. —¡Quisiera yo ver a la mujer capaz de…! El camino se hizo llano y arenoso, cerrándose completamente por encima de suscabezas, con densos muros laterales de cañas y brezos. El coche seguía dando bandazossobre surcos que habían perdido ya su consistencia. Temple vio el árbol que cegaba el camino, pero no hizo otra cosa que prepararsepara lo inevitable. Tuvo la impresión de que se trataba del lógico y desastroso final de laserie de circunstancias en que se había visto envuelta. Siguió inmóvil, con el cuerpo entensión, contemplando cómo Gowan, con la mirada fija al parecer en lo que tenía de-lante, se lanzaba contra el árbol a veinte millas por hora. El coche chocó, salió despedidohacia atrás, volvió a embestir el árbol y cayó de lado. Temple sintió que salía despedida por el aire, llevándose consigo un hombro in-sensibilizado por el golpe y la imagen de dos individuos que atisbaban entre la cortina decañas al borde del camino. Se incorporó como pudo, mirando hacia atrás, y los vioavanzar, uno de ellos con un traje negro muy ceñido y sombrero de paja, fumandoun cigarrillo, y el otro destocado, con mono, empuñando una escopeta y el barbado ros-tro distendido en una lenta expresión de asombro boquiabierto. Sin dejar de correr, Tem-ple notó que sus huesos se licuaban y cayó de bruces, todavía corriendo. Sin detenerse, giró muy de prisa y se incorporó, la boca abierta en un gemido in-audible, totalmente sin aliento. El hombre del mono seguía mirándola, con la boca abiertaen inocente asombro, dentro de una suave barba recortada. El otro hombre se inclinabasobre el coche volcado, con la ceñida chaqueta formándole crestas sobre los hombros.Luego el motor se detuvo, aunque la rueda delantera que había quedado en el aire si-guiera girando, perezosa, cada vez más lentamente.
  25. 25. V El hombre vestido con el mono también iba descalzo. Caminaba delante de Tem-ple y de Gowan, moviendo la escopeta con el ritmo de la marcha, y sus anchos pies avan-zaban sin aparente esfuerzo por la arena en la que Temple se hundía casi hasta eltobillo a cada paso. De cuando en cuando se volvía a mirar el rostro ensangrentado y laropa manchada de Gowan, y las dificultades y tropiezos de Temple con sus taconesaltos. —Cuesta trabajo andar por aquí, ¿eh? —dijo—. Si se quitara esos zapatos de ta-cones altos le resultaría más fácil. —¿Cree usted? —dijo Temple. Se detuvo, levantó los pies alternativamente apo-yándose en Gowan, y se quitó los zapatos. El hombre estuvo observándola, pendiente de lo que hacía. —Que me ahorquen si soy capaz de meter dos dedos en una de esas cosas —dijo—. ¿Puedo verlos? Temple le dio uno. El hombre del mono lo hizo girar lentamente entre los dedos. —¡Que el demonio me lleve! —dijo. Miró otra vez a Temple con sus ojos claros,sin expresión. Su pelo, pajizo y desordenado, se tornaba casi incoloro en la coronillapara oscurecerse alrededor de las orejas y del cuello en descuidados rizos—. Y tam-bién es alta, a pesar de esas piernas tan flacas. ¿Cuánto pesa? Temple extendió la mano. El otro le devolvió el zapato muy despacio, mirándoleel vientre y las caderas. —Su hombre no la ha preñado todavía, ¿verdad? —Vamos —dijo Gowan—. Hay que darse prisa. Tenemos que conseguir un co-che para poder estar en Jefferson hoy mismo. Al terminarse la arena, Temple se sentó y se puso los zapatos. Sorprendió alhombre mirándole el muslo que tenía levantado; se bajó la falda muy de prisa y sepuso en pie de un salto. —Siga adelante —dijo—. ¿Es que no conoce el camino? Por encima de un bosquecillo de cedros entre cuyos negros intersticios se veíabrillar al sol de la tarde un huerto de manzanos, apareció la casa. Estaba situada en elcentro de lo que fuera en otro tiempo una extensión de césped, y la rodeaban terrenosabandonados y dependencias en ruinas. No existía señal alguna de trabajos agrícolas: niarados, ni aperos de labranza, ni campos cultivados; tan sólo una desolada ruina maltra-tada por la intemperie, junto a un sombrío bosquecillo que la brisa atravesaba producien-do tristes murmullos. Temple se detuvo. —No quiero entrar ahí —dijo—. Vaya usted y consiga el coche —le dijo al hom-bre—. Nosotros esperaremos aquí. —Dijo que vinieran a la casa —explicó el otro.
  26. 26. —¿Quién lo dijo? —replicó Temple—. ¿Es que ese hombre vestido de negro secree que me va a decir lo que tengo que hacer? —Vamos, déjalo —dijo Gowan—. Tenemos que ver a Goodwin y conseguir elcoche. Se está haciendo tarde. Mrs. Goodwin estará aquí, ¿no es cierto? —Creo que sí —dijo el hombre. —Vamos —dijo Gowan. Siguieron avanzando hacia la casa. El hombre subió los escalones del porche ydejó la escopeta dentro del corredor, junto al quicio de la puerta. —Estará por aquí cerca en cualquier sitio —dijo. Miró de nuevo a Temple—.No hay razón para que su esposa se asuste. Imagino que Lee les llevará a la ciudad. Temple lo miró. Se miraron solemnemente el uno al otro, como dos niños o co-mo dos perros. —¿Cómo se llama usted? —Tommy —contestó el otro—. No tiene por qué asustarse. El pasillo atravesaba toda la casa. Temple entró. —¿Adonde vas? —dijo Gowan—. ¿Por qué no esperas aquí fuera? Temple no contestó. Siguió adelante por el pasillo. Detrás oía las voces de Go-wan y del hombre. El porche de atrás estaba al sol, era un fragmento de luz de solenmarcado por la puerta. Más allá, Temple veía una ladera cubierta de hierbajos y unenorme granero, con el techo hundido en el centro, en tranquilo y soleado abandono.A la derecha de la puerta veía la esquina de un edificio separado o de un ala de la ca-sa. Pero no oía otro ruido que las voces procedentes del porche delantero. Temple siguió adelante, muy despacio. Luego se detuvo. En el cuadrado de luzenmarcado por la puerta se recortaba la sombra de la cabeza de un hombre, y casi sedio la vuelta, dispuesta a echar a correr. Pero la silueta no llevaba sombrero, de ma-nera que fue de puntillas hasta la puerta y se asomó. De espaldas a ella, un hombreestaba sentado al sol en una silla de enea, un cerco de cabellos blancos alrededor de sucalva cabeza y las manos cruzadas sobre la empuñadura de un tosco cayado. Templesalió al porche. —Buenas tardes —dijo. El hombre no se movió. Temple avanzó de nuevo, y en seguida volvió la cabeza.Con el rabillo del ojo creía haber visto un hilo de humo saliendo por la puerta de la habi-tación independiente, situada donde el porche se doblaba en ángulo recto, pero ya noestaba. De una cuerda entre dos postes delante de aquélla puerta colgaban laciamentetres húmedos paños cuadrados, recién lavados al parecer, y una prenda interior feme-nina de descolorida seda rosa. Los muchos lavados habían conseguido que las puntillasparecieran los bordes deshilachados de la misma tela. Tenía un remiendo de percal muybien hecho. Temple miró de nuevo al anciano. Por un momento creyó que tenía los ojos cerrados, luego pensó que carecía deellos, porque entre los párpados se adivinaban dos sucias canicas de barro amarillento. —Gowan—susurró Temple; luego gimió—: ¡Gowan! —y echó a correr con la cabe-za vuelta, en el momento en que se oía una voz detrás de la puerta donde había creí-do ver el humo.
  27. 27. —No puede oírla. ¿Qué quiere? Temple giró de nuevo y, sin detenerse y todavía mirando al anciano, siguió co-rriendo hasta salirse del porche y caer de rodillas sobre un montón de cenizas, latas deconservas y huesos blanqueados; desde allí vio que Popeye la estaba mirando desdela esquina de la casa, las manos en los bolsillos y una voluta de humo saliendo delcigarrillo que pendía de sus labios. Sin llegar a detenerse, Temple subió otra vez al por-che y entró de un salto en la cocina, donde una mujer sentada junto a la mesa, con uncigarrillo en la mano, tenía la mirada fija en la puerta.
  28. 28. VI Popeye dio la vuelta alrededor de la casa. Gowan estaba inclinado sobre la baran-dilla del porche, palpándose cautelosamente la nariz ensangrentada. El hombre descalzose había puesto en cuclillas contra la pared. —Por los clavos de Cristo —dijo Popeye—, ¿por qué no lo llevas ahí detráspara que se lave? ¿Es que quieres que se pase todo ti día con ese aspecto de cerdodegollado? Tiró el cigarrillo entre la maleza, se sentó en el último escalón y empezó a qui-tarse el barro de los zapatos con un cortaplumas de platino que colgaba de la cadenadel reloj. El hombre descalzo se puso en pie. —Usted dijo algo sobre… —empezó Gowan. El hombre descalzo se llevó un dedo a los labios y empezó a hacer guiños ymuecas en dirección a Gowan, mientras movía la cabeza señalando a Popeye, vueltode espaldas. —Y después baja otra vez al camino —dijo Popeye—. ¿Me oyes? —Pensaba que había decidido usted vigilar allí —dijo el otro. —No pienses —dijo Popeye, rascándose con el cortaplumas las vueltas delpantalón—. Has sobrevivido cuarenta años sin hacerlo. Limítate a obedecer. Cuando llegaron al porche de atrás, el hombre descalzo dijo: —No aguanta a nadie… Es un tipo muy curioso, ¿verdad? Que me aspen si noes mejor que un circo para… No soporta que beba nadie, excepto Lee. No prueba elwhiskey y si me echo un trago parece que le va a dar un ataque. —Ha dicho que tenía usted cuarenta años —dijo Gowan. —No son tantos —respondió el otro. —¿Qué edad tiene? ¿Treinta? —No lo sé. Pero no soy tan viejo como ha dicho —el anciano seguía en la silla,tomando el sol—. No es más que Pap —dijo el hombre. La sombra azulada de los cedros había cubierto los pies del viejo y le subía ya casihasta las rodillas. Torpemente, adelantó una mano, chapoteando en la sombra; luego sequedó inmóvil, hundido en la semioscuridad hasta las muñecas. En seguida se alzó, aga-rró la silla y, golpeando delante de sí con el bastón, fue directamente hacia ellos arras-trando los pies a considerable velocidad, por lo que tuvieron que apartarse rápidamente.Colocó la silla a pleno sol y volvió a sentarse, con la cara levantada y las manos cruzadassobre la empuñadura del cayado, —Es Pap —dijo el hombre—. Ciego y sordo. No me gustaría verme en un apu-ro y no poder contarlo, y no sentir siquiera interés por la clase de comida que me di-
  29. 29. eran. Sobre un tablón sujeto entre dos postes había un cubo de hierro galvanizado,una jofaina de estaño y un plato rajado con un pedazo de jabón amarillento. —¡Al diablo con el agua! —dijo Gowan—. ¿Qué hay de ese trago? —Me parece que ya ha bebido usted más de la cuenta. Que me ahorquen si nose echó directamente contra el árbol. —Vamos. ¿No tiene usted un poco de whiskey escondido en algún sitio? —Puede que haya algo en el granero. Pero que no nos oiga él, porque loencontrará y lo tirará. Se acercó a la puerta y atisbo por el pasillo. Luego salieron del porche y se en-caminaron hacia el granero, cruzando lo qué había sido un huerto en otro tiempo, aho-gado ahora por retoños de cedros y robles. En dos ocasiones miró el hombre paraatrás. La segunda vez dijo: —Allí está su mujer que quiere algo. Temple se hallaba de pie en la puerta de la cocina. —Gowan —llamó. —Salúdela con la mano o haga un gesto —dijo el hombre—. Si no se calla, nosva a oír él. Gowan agitó un brazo. Siguieron adelante y entraron en el granero. Junto a lapuerta había una tosca escalera de mano. —Mejor espere a que suba —dijo el hombre—. Está muy estropeada; puedeque no nos sostenga a los dos. —¿Por qué no la arregla, entonces? ¿No la usa todos los días? —Hasta ahora no hemos tenido problemas —dijo el otro. Gowan subió detrás de él y, atravesando la trampilla del techo, le siguió por unapenumbra listada de amarillo donde un sol horizontal se introducía por las paredes y eltecho rotos. —Ponga los pies donde los pongo yo —dijo el hombre—. Podría pisar unatabla suelta y verse otra vez abajo en un abrir y cerrar de ojos. Fue tanteando el camino hasta desenterrar una garrafa de loza escondida en unrincón, entre unos montones de heno medio podrido. —Es un sitio al que no vendrá buscando whiskey —dijo el hombre descalzo—. Leda miedo estropearse esas manos de mujer que tiene. Bebieron. —Yo lo he visto a usted por aquí antes de ahora —dijo el hombre—. Pero norecuerdo cómo se llama. —Me llamo Stevens. Hace ya tres años que le compro whiskey a Lee. ¿Cuándoestará de vuelta? Tenemos que volver a la ciudad. —Volverá pronto. A usted lo he visto antes. Tuvimos aquí a otro tipo de Jeffer-son hace tres noches. Tampoco recuerdo su nombre. Ese sí que era hablador. No paróde contar que había dejado a su mujer. Eche otro trago —dijo; luego guardó silencio
  30. 30. y se acuclilló lentamente, la garrafa entre sus manos levantadas y la cabeza inclinada, es-forzándose por escuchar. Al cabo de un momento la voz se dejó oír de nuevo, des-de la entrada del granero. —Jack. El hombre miró a Gowan. Se le abrió la boca en una estúpida expresión dejúbilo. Entre la barba, suave y leonada, asomaron los dientes que le quedaban,manchados y desiguales. —Escucha, Jack —dijo la voz. —¿No le oye? —susurró el hombre, sacudido por silenciosas explosiones de júbi-lo—. Me llama Jack, pero mi nombre es Tommy. —Vamos —dijo la voz—. Sé que estás ahí arriba. —Será mejor contestar —dijo Tommy—. Podría darle por disparar a través delpiso. —¡Por los clavos de Cristo! —dijo Gowan—, ¿por qué no? ¡Estamos aquí! —gritó—. ¡Bajamos ahora mismo! Popeye se hallaba de pie junto a la puerta, con los pulgares en el chaleco. Se ha-bía puesto el sol. Cuando descendieron y aparecieron en la puerta, Temple bajó delporche de atrás. Se detuvo un momento, mirándolos, y luego siguió adelante, ladera aba-jo. En seguida empezó a correr. —¿No te dije que volvieras al camino? —preguntó Popeye. —Sólo hemos venido a estar aquí un minuto —dijo Tommy. —¿Te dije que volvieras al camino, sí o no? —Sí —respondió Tommy—. Me lo dijo. Popeye se dio la vuelta sin mirar a Gowan. Tommy le siguió. Las contracciones desu espalda continuaban denunciando su secreto regocijo. Temple se cruzó con Popeye amitad de camino hacia la casa. Sin dejar de correr dio la impresión de hacer una pausa.Aunque su abrigo siguió ondeando al viento, durante un instante miró a Popeye caraa cara, mostrándole los dientes en ,una tensa mueca de coquetería. El otro no se de-tuvo; el remilgado balanceo de su estrecha espalda no se modificó en absoluto. Templevolvió a correr. Pasó a Tommy y agarró a Gowan del brazo. —Gowan, estoy asustada. La mujer me ha dicho que no… Has vuelto a beber; nisiquiera te has limpiado la sangre… Dice que nos vayamos de aquí… —en la penumbrasus ojos eran completamente negros y su rostro pequeño y descolorido. Miró hacia lacasa. Popeye estaba doblando la esquina—. No le queda otro remedio que ir andando ala fuente a buscar agua; me ha dicho… Tienen un niñito precioso en una caja de trasdel fogón. Ha dicho que me vaya antes de que sea de noche. Dijo que le preguntáramos.Tiene un coche. Dijo que no creía… —¿Preguntarle a quién? —dijo Gowan. Tommy se había parado a mirarlos. Enseguida echó otra vez a andar. —Al hombre de negro. Dijo que no creía que lo hiciera, pero que quizá sí. Va-mos —se dirigieron hacia la casa. Una senda daba la vuelta alrededor. El coche estabaaparcado entre el camino y la casa, rodeado de maleza muy alta. Temple se volvió otravez hacia Gowan, con la mano apoyada en la puerta del automóvil—. No tardaría nada
  31. 31. con uno como éste. Conozco a un chico que tiene otro igual. Puede ir a ochenta. Todo loque tendría que hacer sería llevarnos a una ciudad, porque la mujer me preguntó si está-bamos casados y he tenido que decirle que sí. Bastaría con una estación de ferrocarril.Quizá haya alguna más cerca que Jefferson —susurró la muchacha, acariciando elborde de la puerta con la mano mientras le miraba. —Ya entiendo —dijo Gowan—; tengo que preguntárselo yo, ¿no es eso? Estáscomo una cabra. ¿Crees que ese simio va a decir que sí? Prefiero quedarme aquí unasemana a tener que ir con él a cualquier sitio. —La mujer dijo que lo hiciéramos. Dijo que no debía quedarme aquí. —Has perdido un tornillo. Ven aquí. —¿No se lo vas a preguntar? ¿No quieres hacerlo? —No. Vamos a esperar a que venga Lee. Ya verás cómo nos consigue un coche. Siguieron senda adelante. Popeye estaba apoyado contra uno de los pilares delporche, encendiendo un cigarrillo. Temple subió corriendo los decrépitos escalones. —Oiga —dijo—, ¿no quiere llevarnos a la ciudad? El otro volvió la cabeza con el cigarrillo en la boca y las manos ahuecadas alrede-dor de la cerilla. Los labios de Temple seguían ensayando la misma mueca aduladora.Popeye acercó el pitillo a la cerilla. —No —dijo. —Por favor —insistió Temple—. Sea comprensivo. No tardará nada con ese Pac-kard. ¿Qué le parece? Se lo pagaremos. Popeye aspiró el humo del cigarrillo. Luego arrojó la cerilla entre la maleza. —Haga que esa zorra suya me deje en paz —dijo fríamente, sin levantar lavoz. Gowan se movió pesadamente, como un caballo desmañado y pacífico al que seespolea de repente. —Eh, oiga —dijo. Popeye, al respirar, dejó que el humo saliera hacia, abajo endos chorros paralelos—. No me gusta eso que ha dicho —dijo Gowan—. ¿Sabecon quién está hablando? —siguió moviéndose pesadamente, tan incapaz al parecer dedetenerse como de completar el gesto—. No me gusta nada. Popeye se volvió para mirar a Gowan y luego recuperó su anterior postura sin ha-cer ningún comentario. Temple estalló de pronto: —¿En qué río se cayó con ese traje puesto? ¿Tiene que arrancárselo a tiraspor la noche? Después empezó a moverse en dirección a la puerta con la mano de Gowan en eltrasero, vuelta la cabeza y haciendo repiquetear los tacones. Popeye siguió inmóvil, apo-yado contra el pilar, con la cabeza vuelta, mostrando solamente el perfil. —¿Es que quieres…? —susurró Gowan. —¡Miserable, más que miserable! —exclamó Temple. Gowan la empujó hasta meterla dentro de la casa. .—¿Es que quieres que te vuele la tapa de los sesos? —dijo.
  32. 32. —¡Le tienes miedo! —dijo Temple—. ¡Estás asustado! —¡Cierra el pico! —dijo Gowan. Empezó a zarandeada. Arrastraron los pies por elsuelo como si estuvieran bailando torpemente y, entrelazados, llegaron hasta la pared—.Ten cuidado. Estás consiguiendo que se me suba otra vez la sangre a la cabeza. Temple logró zafarse y echó a correr. Gowan se apoyó contra la pared y la viosalir —recortada en silueta— por la puerta de atrás. Temple entró corriendo por la cocina. Estaba a oscuras, con la excepción deuna rendija de luz alrededor de la boca de carga del fogón. La muchacha giró en redondoy vio a Gowan ladera abajo, en dirección al granero. Va a seguir bebiendo, pensó; volve-rá a emborracharse. Tres veces en el mismo día. En el corredor la oscuridad se habíahecho más espesa. Temple se quedó allí de puntillas, escuchando, pensando tengohambre, no he comido en todo el día; pensando en la universidad, en las ventanasiluminadas, en las parejas dirigiéndose sin prisa hacia el sonido de la campana que lla-maba para la cena, y en su padre sentado en el porche de la casa de Jackson, con lospies sobre la barandilla, viendo cómo un negro segaba el césped. Temple avanzó depuntillas sin hacer ruido. En el rincón junto a la puerta descansaba la escopeta y ella seacurrucó a su lado y empezó a llorar. Pero en seguida se quedó inmóvil, dejando incluso de respirar. Algo se movía alotro lado de la pared contra la que estaba apoyada. Aquel algo cruzó la habitación conpasos breves y vacilantes, precedidos de un seco repiqueteo. Finalmente salió al pasi-llo y Temple gritó, sintiendo que los pulmones seguían vaciándosele mucho después dehaber expulsado todo el aire y que el diafragma seguía en tensión cuando el pecho yaestaba completamente vacío, y vio cómo el anciano avanzaba por el corredor a buen pasopero arrastrando los pies y con las piernas muy separadas, con el bastón en una manoy el otro codo en alto, formando un ángulo agudo con la cintura. Temple pasó corriendojunto a él —una incierta figura al borde mismo del porche—, se metió en la cocina y fue aesconderse a toda prisa en el hueco detrás del fogón. Agachándose, tiró del cajón y locolocó delante de ella. Tocó con la mano el rostro del niño, luego rodeó la caja con losbrazos, estrechándola contra sí y tratando de rezar mientras contemplaba el huecomenos oscuro de la puerta. Pero no se le ocurrió ningún nombre con que invocar al pa-dre celestial, de manera que empezó a repetir «Mi padre es juez; mi padre es juez» unay otra vez hasta que Goodwin entró corriendo ágilmente en la cocina. Encendió unacerilla, la alzó y estuvo mirando a Temple hasta que la llama empezó a quemarle los de-dos. —¡Vaya! —dijo. Temple le oyó dar dos pasos rápidos y elásticos, sintió su mano tocándole la meji-lla y cómo la sacaba de detrás del cajón agarrándola por el cogote, como si fuera ungatito. —¿Qué está usted haciendo en mi casa? —dijo.
  33. 33. VII Desde algún sitio más allá del corredor iluminado le llegaban las voces: una pala-bra suelta; de cuando en cuando las ásperas carcajadas burlonas de un hombre dis-puesto a reírse tanto de los jóvenes como de los ancianos, que se mezclaba con elruido de la carne friéndose en el fogón. En una ocasión Temple oyó a dos de los hom-bres recorrer el pasillo con pisadas resonantes y un momento después el chocar delcacillo contra la herrada del agua y cómo lanzaba un juramento la voz que antes riera. Ci-ñéndose el abrigo, Temple se asomó a la puerta con la indecisa pero inextinguible curio-sidad de un niño, y vio a Gowan y a otro hombre con pantalones de color caqui. Se va aemborrachar otra vez, pensó. Ya van cuatro desde que salimos de Taylor. —¿Es su hermano? —dijo. —¿Quién? —dijo la mujer—. ¿Mi qué? Le dio la vuelta a la carne en la sartén. —Se me ocurrió que quizá también estuviera aquí su hermano menor. —Cielo santo —dijo la mujer. Volvió a darle la vuelta a la carne con un tenedorde alambre—. Solo me faltaba eso. —¿Dónde está su hermano? —dijo Temple, mirando hacia afuera—. Yo tengocuatro. Dos son abogados y otro es periodista. El más joven está todavía en la univer-sidad. En Yale. Mi padre es juez. El juez Drake de Jackson —se acordó de su padresentado en la veranda, con un traje de lino y en la mano un abanico de hoja de palma,viendo cómo un negro cortaba el césped. La mujer abrió el horno y miró lo que había dentro. —Nadie le ha pedido que venga. Yo no le he dicho que se quede. Le dije que sefuera antes de que anocheciese. —Pero, ¿cómo? Se lo pedí. Gowan no quiso hacerlo, así que tuve que pedírseloyo. La. mujer cerró el horno, se volvió y miró a Temple, de espaldas a la luz. —¿Cómo? ¿Sabe de dónde saco el agua? Tengo que ir a buscarla a una millade aquí. Seis veces al día. Haga la suma. Y no es porque me dé miedo estar en estacasa. Se acercó a la mesa, cogió un paquete de cigarrillos y sacó uno. —¿Me permite? —dijo Temple. La mujer le pasó la cajetilla desde el otro lado de la mesa. Luego quitó la pantallade la lámpara y encendió el cigarrillo con la llama. Temple cogió el paquete y se quedóescuchando a Gowan y al otro hombre mientras regresaban a la casa. —Hay tantos hombres —dijo con tono quejumbroso, mientras aplastaba muy len-tamente el cigarrillo entre los dedos—. Aunque quizá, como son tantos… —la mujer
  34. 34. había regresado junto al fogón y le daba vuelta a la carne—. Gowan está otra vez embo-rrachándose. Ya van tres veces hoy. Estaba borracho cuando me apeé del tren en Tay-lor y como me han amenazado con expulsarme de la universidad a la menor cosa quehaga, le dije lo que iba a pasar y traté de que tirara el tarro con el whiskey y cuan-do nos paramos en un bazar para comprar una camisa volvió a emborracharse. De ma-nera que no habíamos comido y nos detuvimos en Dumfries. Gowan entró en el restau-rante pero yo estaba demasiado preocupada para comer y luego no lo encontraba porninguna parte, hasta que apareció por otra calle y toqué la botella que llevaba en elbolsillo antes de que me apartara la mano de un golpe. No hacía más que repetir queyo tenía su mechero y luego cuando lo perdió y le dije que había sido él, juró que nohabía tenido un encendedor en la vida. La carne seguía friéndose en la sartén. —Se ha emborrachado tres veces —dijo Temple—. Tres veces en un solo día.Buddy… Hubert, mi hermano menor, ha dicho que si me pilla con un borracho me rompela crisma. Y ahora voy con uno que se emborracha tres veces en un solo día. Con la cadera apoyada contra la mesa y aplastando el cigarrillo entre los dedos,Temple se echó a reír. —¿No le parece divertido? —preguntó. Luego dejó de reír conteniendo la res-piración y estuvo oyendo el débil gotear de la lámpara, el ruido de la carne en la sar-tén, el silbido de la cafetera sobre el fogón y las voces: los ásperos, los absurdos soni-dos masculinos procedentes de la casa—. Y tiene usted que hacerles la cena todas lasnoches. Todos esos hombres comiendo aquí, la casa llena por la noche, en la oscuridad… Dejó caer el cigarrillo. —¿Me deja que acune al niño? Sé cómo hacerlo; verá qué bien lo hago. Se acercó corriendo al cajón y, agachándose, alzó entre sus brazos al niño dor-mido, que en seguida abrió los ojos, lloriqueando. —Duerme mi niño, que Temple te acuna —lo meció, alzándolo desmañadamenteentre sus delgados brazos—. Oiga —dijo, con los ojos en la espalda de la mujer—,¿querrá preguntárselo?, a su marido, quiero decir. Puede conseguir un coche y llevarmea algún sitio. ¿Lo hará? ¿Querrá preguntárselo? —el niño había dejado de lloriquear.Los párpados de color plomizo, levemente entreabiertos, dejaban vislumbrar el blancode las córneas—. No es que tenga miedo —dijo Temple—. Cosas así no pasan, ¿verdad?Esos hombres son igual que otras personas. Usted es exactamente igual que otraspersonas. Y tiene un niño pequeño. Y además, mi padre es ju… juez. El go… gober-nador viene a co… comer a casa… Qué ni… niñito tan lindo —gimió, acercándose elniño a la cara—; si hombres malos hacen daño a Temple, se lo diremos a los soldadosdel gobernador, ¿verdad que lo haremos? —¿Igual que quién? —dijo la mujer, dándole la vuelta a la carne—. ¿Es quecree que Lee no tiene mejor ocupación que ir detrás de todas las golfas como usted? —abrió la boca de carga del fogón, tiró dentro el cigarrillo y cerró la puerta de golpe. Parahacer carantoñas al niño, Temple se había echado el sombrero hacia atrás, poniendouna nota de inestabilidad y de ambigüedad moral sobre sus rizos enmarañados—.¿Por qué ha venido usted aquí? —Ha sido culpa de Gowan. Nos habíamos perdido, pero le expliqué que si me lle-vaba a Starkville antes de que saliera el tren especial, nadie sabría que había faltado,porque los que me habían visto apearme no lo contarían. Pero no quiso. Dijo que sólo
  35. 35. nos pararíamos aquí un minuto para comprar un poco de whiskey y ya estaba borrachoentonces. Se había vuelto a emborrachar después de salir de Taylor y a mí pueden ex-pulsarme de la universidad en cualquier momento y papá se moriría del disgusto. Pero noquiso llevarme. Volvió a emborracharse mientras le suplicaba que fuéramos a cualquierciudad y me dejara marchar. —¿Qué ha hecho para que estén a punto de expulsarla? —dijo la mujer. —Escaparme de noche. Sólo los chicos de Oxford tienen coches y si se sale con unchico de la ciudad un viernes o un sábado o un domingo, los chicos de la universidadno quieren ya salir contigo porque no les dejan tener coche. De manera que los días deentre semana tenía que escaparme. Y una chica que me tenía envidia se lo dijo a la di-rectora de la residencia, porque salí con un chico que le gustaba a ella y después yano ha vuelto a verle el pelo. Así que no tenía más remedio que escaparme. —Si no se escapaba no iba de paseo en coche —dijo la mujer—, ¿no es eso?Y ahora que se le ha ido la mano en las escapadas, empieza a protestar. —Gowan no es un chico de la ciudad. Ha nacido en Jefferson. Fue a la universi-dad en Virginia. Siempre está contando que allí le enseñaron a beber como un caballe-ro, y yo le supliqué que me llevara a cualquier sitio y me prestara dinero para el billeteporque sólo tenía dos dólares, pero él… —Sé muy bien de qué pie cojean ustedes, las mujeres decentes —dijo la otra—.Demasiado dignas para relacionarse con la gente vulgar. Se escapa por la noche conesos muchachitos, pero ya veremos lo que sucede cuando aparezca un hombre —le diola vuelta a la carne—. Usted se lleva todo lo que puede sin dar nada a cambio. «Soyuna chica decente; yo no hago eso.» Se escapa con los chicos, les gasta la gasolina yhace que la inviten a comer, pero basta que la mire un hombre para, que se desmayeporque quizá no le gustara a su padre el juez ni a sus cuatro hermanos. Pero cuandose ve en un aprieto, ¿a quién viene llorando a pedir ayuda? A nosotros, los que nosomos dignos de atarle los zapatos al juez. Con el niño en brazos, Temple seguía mirando la espalda de la mujer, y su rostroera una pálida máscara bajo el sombrero en equilibrio inestable. —Mi hermano dijo que mataría a Frank. No dijo que me daría una paliza si me pi-llaba con él —continuó la mujer—; dijo que mataría al muy hijo de perra con su ca-rricoche amarillo, y mi padre insultó a mi hermano y dijo que todavía estaba en condi-ciones de sacar adelante a su familia; luego me encerró en la casa y bajó al puente aesperar a Frank. Pero yo no tenía miedo. Me descolgué por el canalón, salí al encuen-tro de Frank y le dije lo que pasaba. Le rogué que se marchara, pero dijo que nosiríamos juntos. Cuando volvimos en el carricoche me di cuenta de que era la última vezque lo hacíamos. Estaba segura, y le pedí que se fuera, pero dijo que me llevaría a casapara que cogiera la maleta y que se lo diríamos a mi padre. Tampoco él tenía miedo. Mipadre estaba sentado en el porche. Dijo «Bájate de ese carricoche» y yo me apeé yle pedí a Frank que se marchara, pero él se bajó también y empezamos a andar haciala casa. Padre echó mano a la escopeta que tenía junto a la puerta, dentro de la casa.Yo me puse delante de Frank y padre dijo «¿Quieres que te mate a ti también?»; tra-té de seguir adelante pero Frank me obligó a ponerme detrás y a quedarme allí, y pa-dre le disparó y dijo «Ahora agáchate y sórbete tu propia porquería, zorra, más quezorra». —También a mí me han llamado eso —susurró Temple, sosteniendo al niño dor-mido con los brazos muy en alto, y mirando fijamente la espalda de la mujer.
  36. 36. —Pero ustedes, las mujeres decentes, calienta-pollas de tres ,al cuarto, no dannada, y luego cuando se ven cogidas… ¿Tiene idea del lío en que se ha metido? —lamiró por encima del hombro, con el trinchante en la mano—. ¿Cree que está tratandocon muchachitos? A estos de aquí les importa un comino lo que a usted le guste o de-je de gustar. Déjeme que le diga quién es el dueño de la casa en la que se ha presen-tado sin que nadie la llamara o deseara que viniera; quién es el hombre que, según usted,tendría que dejarlo todo para devolverla al sitio de donde nunca debiera haber salido.Cuando estaba de soldado en Filipinas mató a otro recluta por una de las mujeres deallí y lo mandaron a Leavenworth. Luego empezó la guerra y le dejaron salir para queluchara. Le dieron dos medallas, pero al terminar lo metieron otra vez en Leaven-worth hasta que el abogado consiguió que un miembro del Congreso lo sacara. En-tonces ya no tuve que seguir acostándome con todos y… —¿Con todos? —susurró Temple, con el niño en brazos, y dando ella misma laimpresión de no ser más que una criatura zanquilarga, con su vestido demasiado corto yel sombrero echado hacia atrás. —¡Sí, mosquita muerta! —dijo la mujer—. ¿Cómo cree que pagué al abogado?Y ése es el tipo de hombre que, según usted, va a preocuparse un tanto así —con eltrinchante en la mano se acercó y chasqueó lentamente los dedos delante de la cara deTemple con un gesto lleno de fiereza— por lo que le suceda. Y usted, con su carita demuñeca, convencida de que no puede entrar en una habitación donde haya un hombresin que… —bajo la tela descolorida, su pecho subía y bajaba con el ritmo agitado dela respiración. Las manos en las caderas, la mujer escudriñó a Temple con ojos fríos yrebosantes de enojo—. ¿Un hombre? Usted no ha visto nunca un hombre de verdad.No sabe lo que es verse deseada por un hombre de verdad. Y agradézcale a susuerte que no lo ha sabido ni lo sabrá nunca, porque entonces se enteraría de lo quevale en realidad esa carita de mosca muerta, y todas las otras cosas de las que creeestar tan orgullosa y que sencillamente le dan miedo. Y si es lo suficientemente hombrepara llamarla puta, usted dirá Sí Sí y se arrastrará desnuda por el polvo y por el fan-go para que se lo siga llamando… Déme el niño —Temple siguió abrazada a la criatu-ra, mirando a la mujer y moviendo la boca como si estuviera diciendo Sí Sí Sí. La mujertiró el tenedor sobre la mesa—. Suéltelo —dijo, tomando al niño, que abrió los ojos yempezó a gemir. La mujer acercó una silla y se sentó con el niño sobre el regazo—.¿Quiere alcanzarme uno de los pañales que están en el tendedero? —dijo. Templesiguió en el mismo sitio, sin dejar de mover los labios—. Le da miedo salir ahí fuera, ¿noes cierto? —dijo la mujer, levantándose. —No —dijo Temple—; se lo… —Ya lo traigo yo —atravesó la cocina levantando apenas los zapatos de hombresin atar que llevaba puestos. Al regresar acercó otra silla al fogón y extendió sobre ellael resto de la ropa del niño y el pañal; luego se sentó de nuevo y colocó al niño sobre suregazo. La criatura lloriqueó—. Ea —dijo—, ea, ea —mientras su, rostro, a la luz dela lámpara, adquiría una expresión serena, meditativa. Cuando terminó de cambiar alniño lo puso otra vez en el cajón. Luego cogió una fuente de una alacena que tenía untrozo de arpillera a modo de cortina, recuperó el trinchante que había dejado sobre lamesa y se acercó de nuevo a Temple mirándole a la cara. —Escuche. Si le consigo un coche, ¿se irá de aquí? —dijo. Los ojos fijos en ella,Temple movió la boca como si estuviera experimentando con las palabras, como si lasestuviera saboreando—. ¿Saldrá por la puerta de atrás, y se montará en el coche parano volver nunca?
  37. 37. —Sí —musitó Temple—; me iré a donde sea. Haré lo que sea. Sin dar la impresión de mover en absoluto los ojos, la mujer miró fríamente aTemple de arriba abajo. La muchacha sintió que se le encogían todos los músculos co-mo enredaderas cortadas bajo el sol del mediodía. —Pobre infeliz —dijo la mujer en voz baja y desapasionadamente—; hay que tenermás coraje para jugar así con fuego. —No era mi intención. Le aseguro que no. —Ahora tendrá algo que contarles cuando vuelva, ¿no es cierto? —frente a fren-te, sus voces eran como sombras sobre dos paredes desnudas y muy juntas—. No estan fácil jugar con fuego. —Cualquier cosa. Sólo quiero irme. A cualquier sitio. —No es Lee quien me da miedo. ¿Cree usted que se va detrás de la primeraperrita en celo que se le pone a tiro? Es usted la que me da miedo. —Sí. Me iré a donde sea. —Conozco muy bien a las de su especie. Todas corren, pero no muy de prisa. Notan de prisa que no sepan reconocer a un hombre de verdad cuando lo ven. ¿Cree ustedque tiene al único que hay en el mundo? —Gowan —susurró Temple—, Gowan. —He vivido como una esclava por ese hombre —musitó la mujer sin apenas mo-ver los labios, con su voz desprovista de inflexiones. Era como si estuviera repitiendo unareceta para hacer pan—. Trabajaba de camarera en un turno de noche para poder ir averlo a la cárcel los domingos. Viví dos años en una habitación, cocinando en un meche-ro de gas, porque se lo había prometido. Le mentí y gané dinero para sacarlo de lacárcel, y cuando le expliqué cómo lo había ganado me dio una paliza. Y ahora tieneusted que venir aquí donde no hace ninguna falta. Nadie le ha pedido que venga. Anadie le importa si tiene usted miedo o deja de tenerlo. Y además no tiene usted aga-llas para estar realmente asustada, como tampoco las tiene para enamorarse. —Le pagaré —susurró Temple—. La cantidad que usted diga. Mi padre me ladará —la mujer seguía mirándola, el rostro inmóvil, tan desprovisto de expresión comocuando hablaba—. Le enviaré ropa. Tengo un abrigo de pieles nuevo. Sólo lo he usadodesde Navidad. Es como si estuviera nuevo. La mujer se echó a reír. Su boca reía, pero sin producir sonidos y sin modificar laexpresión de su rostro. —¿Ropa? En una ocasión tuve tres abrigos de pieles. Uno se lo di a una mujerque me encontré en un callejón de un bar. ¿Ropa? ¡Cielo santo! —se dio la vueltabruscamente—. Le conseguiré un coche. Váyase de aquí y no vuelva nunca, ¿me oye? —Sí —susurró Temple. Inmóvil, pálida, como una sonámbula, vio cómo la mujerponía la carne en la fuente y echaba la salsa por encima. Sacó del horno una bandejade bollos y los puso en un plato—. ¿Puedo ayudarle en algo? —susurró Temple. Lamujer no dijo nada. Cogió la carne y los bollos y salió de la cocina. Temple se acercóa la mesa, sacó un pitillo de la cajetilla y se quedó absorta mirando la lámpara. Un ladodel tubo de vidrio estaba ahumado. En el otro, una grieta del cristal creaba la ilusiónde una sutil curva de plata. La lámpara era de estaño, y tenía el cuello recubierto con unacapa de grasa renegrida. Los enciende con la lámpara, pensó Temple, con el cigarrillo

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