© Para Leer en LibertadOctubre 2010Esta es una publicación del Partido de la RevoluciónDemocrática del Distrito Federal (P...
De los cuates pa´ la raza       Antología
ÍNDICEPaco Ignacio TaiboGato Culto...................…………………………….…..7José AgustínNo pases esa puerta.........................
Mónica LavinEl desconocido.Más tarde.Despistada.PretextoTestigo......99Guadalupe LoaezaEl cristal con que se mira…………….......
AntologíaGato Culto             Paco I. Taibo
Antología               No pases esa puerta                                         José AgustínCuauhtémoc había escapado ...
De los cuates pa’ la razachos había fuentes, jardineras y una vista formidablede los volcanes y de las puestas de sol. All...
Antologíaque conducía al sótano. En realidad era una sober-bia escalinata de mármol que descendía hasta un arcode portón. ...
De los cuates pa’ la razaque los velaba, apenas se distinguía algo que semejabamaquinaria por los mortecinos destellos met...
Antologíadestellantes y hacían más negra la oscuridad aldesaparecer.       De pronto Cuauhtémoc detuvo lo que para eseento...
De los cuates pa’ la razay poderosísima a la vez, había algo rotundo y con-mocionante en su perfección, algo insoportablem...
Antología                Tiempo de carnaval                                     Armando BartraCuando las Torres Gemelas ca...
De los cuates pa’ la razaotros cadáveres ilustres como su primo, el Estado debienestar. Hoy, que se proclama el “fin de la...
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De los cuates pa’ la razaresultado automático del crecimiento y la felicidad output de una matriz econométrica. Entonces, ...
Antologíaunos y otros descifraban el porvenir en las entrañasdel sistema económico.      “El Capital”, de Carlos Marx, fue...
De los cuates pa’ la razadefinitiva, fue el campesinado —desahuciado por laeconomía— quien protagonizó las grandes rebelio...
Antología     El socialismo realmente existente —de cuál otropodríamos hablar con verdadero provecho los pre-suntos materi...
Antología       Desembarco. A la manera de Esopo.                Mis calcetas                                       Sabina...
De los cuates pa’ la raza                    Mis calcetasMe desperté hoy como día a día me despierto: con eldespertar de E...
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De los cuates pa’ la razalos perros aullaban de frío; y su principal preocupa-ción era que los túneles del Metro fueran a ...
Antologíatación Tlatelolco para interceptar a mamá que ahí sebajaba con la intención de hacer un nuevo transbordo.Discutía...
De los cuates pa’ la razatornos y fresadoras descompuestas, todo un cemen-terio ferroviario, y entre esas maravillas traba...
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De los cuates pa’ la razalos ajolotes en el agua verdosa de los charcos; pasárse-la jugando avión o escondidas en su club ...
Antologíamuchos días, tantos, que casi se llenaron las páginasde ejercicios de los libros de texto, los últimos de lavida,...
De los cuates pa’ la razagritar. “No te asustes, soy Lalo”, dijo una voz gravede adulto. “¿Qué pasa?”, preguntó Marcela y ...
Antologíara, a ir hasta la construcción que durante el día habíaavanzado un poco.        Como si estuvieran en la casa de ...
Antología           La máscara de Muerte Roja                            Gerardo de la Torre—Tenía encendida una vela a Di...
De los cuates pa’ la razaviernes acudía a la Arena México y luego se llevaba aMuerte Roja a jugar dominó y beber cubalibre...
Antología       —Pero ni una ni otra vela surtieron efecto— re-fiere Dionisia—, y lo curioso es que en esto intervinoun en...
De los cuates pa’ la razacómo vas a reconocerme?, inquirió el luchador. Puesmuy fácil, te enrollas esta mascada en el pesc...
Antologíaquedarse a la función, y en el borde del atardecer elenmascarado, que un par de veces tuvo que detenersea firmar ...
De los cuates pa’ la razaauténtica. De pie, Muerte Roja, sosegado, comenzó adesatar la cinta de la máscara.        Duró el...
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De los cuates pa’ la razacomandante Cansinos y algunos compañeros del ofi-cio conocían por ese apelativo. Buenas tardes, s...
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Antología              Están aventando gente                                      Germán DehesaILa realidad es, además de ...
De los cuates pa’ la razame) de que un jovencito con el que ella cultivaba unaincipiente pero tórrida pasión y con el cual...
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De los cuates pa’ la razaprevisión de que, en cualquier momento, caiga algunade sus abuelas o su tía Maruca.        La peq...
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De los cuates pa’ la razame jalaba a mí al grito de “tú no, mi rey, a ti te va a daralgo”. Yo no soy tu rey, esto es una R...
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De los cuates pa’ la razadre era mucho más joven que yo y me daba muchomiedo que Apolonio la fuera a preferir a ella. Pero...
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AntologíaGato Culto             Paco I. Taibo                     .    63
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  1. 1. © Para Leer en LibertadOctubre 2010Esta es una publicación del Partido de la RevoluciónDemocrática del Distrito Federal (PRD-DF) yPara Leer en Libertad A.C.brigadaparaleerenlibertad@gmail.comCuidado de la edición: Santiago I. Flores y Alicia RodríguezDiseño de libro: Daniela CamperoDiseño de portada: Ulises Ortiz (PLasCK)www.plasck.blogspot.com
  2. 2. De los cuates pa´ la raza Antología
  3. 3. ÍNDICEPaco Ignacio TaiboGato Culto...................…………………………….…..7José AgustínNo pases esa puerta.........................…………………..9Armando BartraTiempo de carnaval……………….............................15Sabina BermanDesembarco. A la manera de Esopo. Mis calcetas..... 23Bernardo Fernández BEFCrononáuticas …………............................................25Óscar de la BorbollaLa madre del metro……………............................…..27Beatriz EscalanteEl club de la azotea………………..............................33Gerardo de la TorreLa máscara de Muerte Roja…………….................... 39Germán DehesaEstán aventando gente………….................................49Laura Esquivel¡Sea por Dios y venga más!.............. .........................57Paco Ignacio TaiboGato Culto………………………………....................63Santiago I. FloresEn un abrir y cerrar de ojos………………….............65Carlos FuentesLa post-revolución…………..................................... 75Juan GelmanSobre la poesía……………........................................83Enrique González RojoEl Hereje………………………..................................87Juan Hernández LunaPara que no te vayas………………........................... 93Agustín JiménezSin título……………..................................................95Eduardo LangagnePiedras……………...............................................…..97
  4. 4. Mónica LavinEl desconocido.Más tarde.Despistada.PretextoTestigo......99Guadalupe LoaezaEl cristal con que se mira……………......................103Sanjuana MartínezSicaro de profesión…………………….....................113Jorge MochCarne frita……………..............................................121Carlos MonsiváisEra nuestro futuro una red llena de agujeros ……....133Carlos MontemayorQuiero saber……………..........................................139Eduardo MonteverdeSoliloquio………………………..............................141Humberto MusacchioEl baile de las tabaqueras…………..........................147Thelma NavaLos Inquisidores……………....................................153Cristina PachecoEl viaje imposible……………………......................157José Emilio PachecoManuscritos de Tlatelolco…………..................….. 163Francisco Pérez ArcePalabritas…………………...................................... 169Elena PoniatowskaEl Chino……………….............................................171Víctor RonquilloTres rolas con la música por dentro...........................175Pedro SalmerónLucio Blanco…………. ...........................................177Benito TaiboGiordano Bruno……............................................... 183Paco Ignacio Taibo IIApaches en la colonia Granjas México………….....187Armando Vega- GilDesnudos en la calle…………..................................193José Luis ZárateInvasión zombie…………........................................201Rafael Barajas DuránEl Fisgón....................................................................205
  5. 5. AntologíaGato Culto Paco I. Taibo
  6. 6. Antología No pases esa puerta José AgustínCuauhtémoc había escapado a tiempo. Unos mesesantes Alba, su esposa, supo que la dictadura desata-ría el terror, y planearon huir. Ella lo hizo primero,para ver a sus amigos y encontrar un sitio adecuadoen el que pudiesen trabajar. Él se quedó, siempre conla idea de que Alba exageraba y de que las cosas noresultarían tan mal. Sin embargo, al poco tiempo ocu-rrieron los primeros secuestros: la gente desaparecía,ya no la volvían a ver nunca más y el terror dominabaa los pobladores. Cuauhtémoc comprendió entoncescuánta razón había tenido su mujer. Logró salir de laciudad la noche que empezaron los arrestos masivos ya duras penas logró evadir las tropas que marchabanpor todos los barrios. Su corazón se ensombreció alver que no había avisado a ninguno de sus familiares yamigos, que para esas alturas debían hallarse prisione-ros del tirano. Pero ya no había nada que hacer, salvoalegrarse de que al menos ellos se habían salvado. Alba se estableció en la ciudad de G, donde sufamilia tenía buenos amigos. Le fue muy bien, puesencontró ocupación para ella y para su marido, ade-más de que pudo hospedarse en la legendaria Casadel Sol Poniente, donde residían ancianos jubilados ygente joven que, como ellos, podían entender y apre-ciar el tipo de vida que se acostumbraba allí. La casaen realidad era un viejo e inmenso palacio. En los te-
  7. 7. De los cuates pa’ la razachos había fuentes, jardineras y una vista formidablede los volcanes y de las puestas de sol. Allí la gentemayor descansaba a la sombra de las enormes terra-zas. En la planta alta se hallaban los grandes salonesde la vida en común, los comedores, las salas de estary de juegos, las cabinas de proyección, las estanciasde los festejos y de las grandes reuniones, además delas oficinas de la administración. En la planta alta es-taban los pequeños departamentos en donde vivíanlos ocupantes, todos con recámaras amplias, estancias,cocina, baño y un pequeño jardín con su fuente. ¡Es perfecta!, exclamó Cuauhtémoc, radiante,cuando Alba le mostró la casa. Y aún no conoces losjardines, en realidad son un bosquecito con todo yarroyos y estanques. Y los sótanos, Cuau, son intermi-nables. Un verdadero laberinto. Dicen que en algunaparte, en lo más oscuro, hay una puerta con un cuatrode oro y que por ningún motivo puedes abrir, por nadadel mundo. ¿Por qué? No sé, pero esta prohibidísimo.Pues entonces no se diga más, afirmó él, vamos a bus-carla. ¿Ahora mismo? Sí, ¿por qué no? Bueno, suspiróAlba, pero nos vamos a perder, es que no los conozcobien, y una vez de plano me perdí. De pura suerte oíque alguien andaba cerca, me puse a pegar de gritos yme encontraron. Cuauhtémoc pensó que en realidad su mujersiempre había sido más bien torpe para orientarse“medio despistadilla”, decía, en cambio él se ubicabaa la perfección en cualquier parte. Salieron ambos deldepartamento en donde vivirían y llegaron a la puerta 10
  8. 8. Antologíaque conducía al sótano. En realidad era una sober-bia escalinata de mármol que descendía hasta un arcode portón. Oye, es impresionante esto, ¿eh?, comentóCuauhtémoc. Te dije, sonrió Alba, un tanto nerviosa.Bajaron el portón, que se hallaba abierto, pero, an-tes de que pudieran traspasarlo, una muchacha de laadministración los alcanzó y les dijo que los coordi-nadores de la casa querían hablar con ellos. Otra vezserá, comentó Alba. Cuauhtémoc miró largamente laentrada de los sótanos, y se prometió explorar “ese fas-cinante subsuelo”. La ocasión se presentó pronto, y Cuauhtémocdescendió por la escalinata, franqueó el portón y llegóa una estancia de la que salían varios pasillos; tomóuno, al azar, y vio muchos cuartos llenos de libros ymesas para leer o trabajar; algunas personas lo ha-cían en ese momento y lo saludaron silenciosamenteal verlo pasar. Avanzó con buen paso por el pasillopoco iluminado, fascinado por los libros que tambiénhabía en el pasillo y por los cuadros de las paredes,encantado por la limpia humedad del aire y con lavaga aprensión, ¿a qué?, se preguntaba, pues a perder-me, claro, pues el pasillo condujo a nueva bifurcación,y el camino que tomó lo llevó a otra y él ya no sa-bía por dónde andaba. Se había perdido por comple-to, demasiado pronto, se quejaba, herido en su amorpropio. Por donde avanzaba todas las puertas estabancerradas, pero ya no sentía curiosidad por asomarse alos cuartos, sino, más bien, cierto temor. Lo hizo enalgunos y casi no vio nada por la oscuridad enrarecida 11
  9. 9. De los cuates pa’ la razaque los velaba, apenas se distinguía algo que semejabamaquinaria por los mortecinos destellos metálicos, oimprecisables muebles de madera oscura y húmeda.Pero nada de eso le importaba gran cosa, pues com-prendía que lo que quería era hallar el cuarto con uncuatro de oro en la puerta. La oscuridad era cada vez mayor. Cuauhtémocabría puertas y ya ni siquiera se asomaba. Una de ellasllevaba a un nuevo pasillo, más oscuro, y ante él se de-tuvo. Se quedó muy quieto y trató de que la intuiciónle dijera si el camino era correcto. El nuevo pasillose perdía en la oscuridad a los pocos pasos y el sóloenfrentarlos avivó la sensación de angustia calcinanteque desde momentos antes lo carcomía suavemente.Advirtió un silencio denso y cargado, solo a lo lejos leparecía oír un goteo y lo llenó una necesidad irracio-nal de cerrar la llave que goteaba. Comprendió, condesesperación creciente, que se hallaba al borde delpánico cuando, para su estupor, con toda claridad sin-tió que algo lo sujetaba de los hombros, lo hacía girarcuarenta y cinco grados y lo alejaba de ese camino.Avanzó con prisa entre la oscuridad total, rebasandolo que parecían nuevas puertas, penetró en otro corre-dor, casi corriendo, para entrar en calor porque se con-gelaba por dentro, se maldecía por haberse metido enese laberinto interminable. No quería detenerse por-que estaba seguro de que escucharía goteos y tictacs;con su estado de ánimo, la oscuridad y el silencio eranuna vía regia a las alucinaciones, y ya veía pequeñasexplosiones luminosas que se desgranaban en líneas 12
  10. 10. Antologíadestellantes y hacían más negra la oscuridad aldesaparecer. De pronto Cuauhtémoc detuvo lo que para eseentonces era una carrera frenética. El silencio. Era untenue zumbido que quién sabría de dónde llegaba,pero sí, emanaba de sí mismo, porque las cosas allítenían su propia forma de silencio. El de Cuauhtémochervía, era un estrépito sordo que por fuera, con mu-cho cuidado, podía percibir como un flujo uniformey denso. Estaba aterrado. Allí había algo terrible. Sucuerpo se había comprimido, y Cuauhtémoc lo sentíaespecialmente en una punción dolorosa en los testí-culos. Aguzó la mirada. Apenas se distinguía un nú-mero cuatro de oro en una de las puertas. Su cuerpono quería moverse pero se desplazó y sí, allí estaba elnúmero. Lo tocó y tuvo que retirar el contacto al ins-tante porque sintió una descarga que en fracciones desegundo lo llevaba a perder el sentido. El terror era muy vivo y a él sólo se le ocurríavomitar lo más posible y luego salir corriendo de allí.Con toda claridad escuchaba una voz ordenándoleque no pasara esa puerta. Sin embargo, Cuauhtémocconvocó las últimas fuerzas y tomó la perilla. ¡No lohagas!, decía la voz en su interior. Pero él abrió. Dentro encontró a una mujer completamentedesnuda, muy joven: el cabello se le ondulaba sobrelos hombros, se perdía en la espalda y realzaba la blan-cura y la suavidad de la piel, de los pechos, llenos dedureza, de la pendiente de la cintura, del pubis con sudulce vello, y de las piernas. Toda ella parecía frágil 13
  11. 11. De los cuates pa’ la razay poderosísima a la vez, había algo rotundo y con-mocionante en su perfección, algo insoportablementeglorioso que no se debía ver, y Cuauhtémoc apenaspodía retener un hilillo de vida ante la presencia dela mujer, que irradiaba su propia luz cegadora y cuyorostro perfecto parecía el de una joven y de una ancia-na, de la eternidad misma. Los ojos eran terribles, allí había un espacio ne-grísimo, el vacío total, pero también calor calcinante,una mirada muy dura y severa con una llama de com-pasión, esto lo vas a pagar, le decía la mirada, no sabeslo que te costará haberte atrevido. Cuauhtémoc cerró la puerta de golpe. Sabíaque estaba a punto de desplomarse como edificio decenizas si la continuaba viendo. Sintió que infinidadde fuerzas poderosísimas tiraban en todas las direc-ciones de su cabeza. Se iba a desintegrar. Se hallabasuspendido en una frontera fragilísima. En ese mo-mento de nuevo sintió que algo o alguien lo tomabay lo hacía girar ciento ochenta grados hasta quedarde espaldas al número cuatro. Cuauhtémoc salió co-rriendo a toda velocidad por la oscuridad, en mediode tropiezos y golpes. Conforme se alejaba advertíaque al fin cedía lo que le desgarraba su interior. Habíaun poco más de luz cuando de súbito tropezó y quedóbocarriba en un suelo helado, jadeando ruidosamente,aún con deseos de gritar, de aullar. Una profusión caó-tica hervía en él y lo hizo levantarse, correr de nuevopor los pasillos cada vez más iluminados hasta queencontró la salida del sótano. 14
  12. 12. Antología Tiempo de carnaval Armando BartraCuando las Torres Gemelas caen una y otra vez enobsceno replay televisivo mientras los muertos deManhattan siguen muriendo en Palestina, en Afga-nistán, en Irak, en Líbano... Cuando el capital virtualcoloniza el mundo por la red mientras los coloniza-dos colonizan a pie las metrópolis primermundistas.Cuando el único porvenir disponible se compra en los“contratos de futuros” de la bolsa de valores. Cuandola gran ilusión del siglo XX deviene ancien régime ylos integrismos envilecen causas que alguna vez fue-ron justas y generosas. Cuando los niños palestinosque perdieron familia, casa, tierra y patria pierden lavida, la guerra y el alma desmembrando niños judíos.Cuando por no cambiar, todo cambia en una suertede gatopardismo cósmico. Cuando lo que era sólidose desvanece en una mueca irónica como el gato deCheshire. Entonces, es hora de darle vuelta al colchóny a la cabeza. Es tiempo de enterrar a los muertos paraabrir cancha a los vivos. Es tiempo de carnaval. Porque a veces somos de izquierda por inercia,por rutina, por flojera de repensar los paradigmas. Ylos hay que siguen zurdos sólo para preservar el lookcontestatario que tantos desvelos les costó. Pero hoy,cuando el gran proyecto civilizatorio de la izquierdanaufraga y el socialismo tópico, que reveló sus íntimasmiserias, es ingresado en la morgue de la historia con 15
  13. 13. De los cuates pa’ la razaotros cadáveres ilustres como su primo, el Estado debienestar. Hoy, que se proclama el “fin de la historia”no anunciando el advenimiento del reino de Marxsino la llegada del mercado absoluto. Hoy, que se de-rrumban muros y mitos, estatuas y dogmas. Hoy, laizquierda apoltronada corre el riesgo de volverse reac-cionaria, conservadora, reculante; repetidora de caver-nosas consignas; defensora empecinada del dolorosofiasco social en que se convirtió la utopía realizada. Si izquierda significa riesgo y aventura, si es vi-vir y pensar en vilo, en el arranque del milenio hayque dejar de ser de izquierda para seguir siendo zurdo.Hay que desembarazarse de rancios usos y costum-bres, de fórmulas entrañables pero despostilladas. Hayque reordenar la cabeza, subvertir la biblioteca, vaciarel closet y el disco duro, airear la casa. Hay que disol-ver matrimonios caducos y enamorarse de nuevo. La izquierda necesita deshacerse de tilichesdesvencijados; abandonar sus ropajes envejecidos, sulenguaje de cliché, su modito de andar como arras-trando los dogmas. La izquierda necesita encuerarsepara avanzar “a ráiz” en el nuevo milenio. La izquierdanecesita una purga de caballo. Y si después de cuestionarlo todo, de subvertirlotodo, aún encontramos razones para ser zurdos, en-tonces —y sólo entonces— comenzará a nacer unanueva izquierda. Una izquierda burlona y con humor,porque para sobrellevar nuestros desfiguros y el pape-lazo que hicimos durante el siglo XX hace falta corajepero también sentido del ridículo y cierto desparpajo. 16
  14. 14. Antología Lo mejor de nosotros, los siniestros, ha empren-dido un magical mistery tour, un viaje catártico y pu-rificador con música de aquellos setenta. Llevamospoco equipaje, pero en el camino estamos descubrien-do prácticas y pensamientos heterodoxos antes sosla-yados. Aunque también revaloramos nuestra heredad,podamos el árbol genealógico y sin pasar por el divánnos vamos reconciliando con algunos episodios peno-sos del pasado. “Que la fantasía expulse a la memoria” escribióHerman Melville en “Moby Dick”. Buena consignapara una izquierda que aún alienta porque ha sido ca-paz de resistir al fatalismo, de exorcizar los fantasmasdel ayer. Pues si algo debemos rescatar del cajón delos trebejos jubilados es que la historia no es destino—ni inercia económica— sino hazaña de la libertad,es decir, de la imaginación. Cuando los catequistas del mercantilismo di-funden machacones los versículos de la teología dela neoliberalización. Cuando impera un nuevo fun-damentalismo economicista que ve en el mercado elterritorio neutral donde se resuelve el destino de lahumanidad por obra y gracia de las fuerzas ciegas,sordas y estúpidas de la libre concurrencia. Cuandose sataniza a la economía política y se rinde culto a laeconometría como presunta ciencia exacta. Cuandose proclama que la economía es dura y la sociedadblanda, de modo que las aspiraciones humanas de-ben ajustarse a los dictados de la máquina de producir.Cuando se nos quiere hacer creer que la buena vida es 1
  15. 15. De los cuates pa’ la razaresultado automático del crecimiento y la felicidad output de una matriz econométrica. Entonces, hay querevelarse contra el fatalismo, contra la inercia, contraun destino prefigurado en las cartas del Tarot de lasprospecciones financieras. Entonces, hay que reivin-dicar la socialidad y el proyecto. Si en la centuria anterior primó la desalmadaeconomía, en la nueva habrá de imperar la sociedadsolidaria. Más nos vale. La humanidad no aguan-ta otro siglo como el anterior. Pero para aplacar alautómata mercantil, para domesticar a la máquinaeconómica, es necesario reivindicar el porvenir comoproyecto; es de vida o muerte recuperar a la historiacomo afán, como invención, como aventura, comoutopía en movimiento. Y el combate no será sólo contra los intelectualesneoconservadores y los Chicago Boys, también habráque desembarazarse de los restos del fatalismo liber-tario, del determinismo económico de izquierda. Por-que, en las últimas dos centurias del milenio uno delos saldos de las pasmosas revoluciones industriales,fue la exaltación de la técnica y sus saberes, un cultoque se extendió al ámbito de lo social a través de laeconomía “científica”. Cuando el maquinismo fabrildevino corazón de una sociedad-máquina regida porlos dictados del costo-beneficio, surgieron apologistasdel sistema deslumbrados por el “todos ganan” de las“ventajas comparativas”, y también profetas de la “tasadecreciente de ganancia” y la crisis ineluctable. Pero 18
  16. 16. Antologíaunos y otros descifraban el porvenir en las entrañasdel sistema económico. “El Capital”, de Carlos Marx, fue la Biblia delnuevo socialismo. Un socialismo que se pretendía“científico” por trascender la pura condena moral dela sociedad burguesa desplegando una crítica rigurosadel sistema económico del gran dinero. Y más allá delas intenciones de su autor, el libro canónico tuvo lec-turas fatalistas según, las cuales el desarrollo produc-tivo del capital sería la antesala de un comunismo tanemancipador como ineluctable, que avanzaba monta-do en las galopantes fuerzas de producción. Así, pesea que el filósofo revolucionario concebía a la libertadcomo conciencia crítica y como práctica transforma-dora, su profesión de fe materialista se asimiló al de-terminismo metafísico de Hegel. Paradójicamente, las revoluciones del muy revo-lucionario siglo XX —consumadas varias de ellas ennombre del visionario alemán— fueron un mentís asus más caras predicciones. El asalto al cielo no se dioen los países industrializados de Europa, donde lasembarnecidas fuerzas productivas debían reventar lascosturas de las relaciones de producción, sino en lasorillas del sistema. Aunque pronosticada por el aná-lisis económico, la Revolución metropolitana no es-talló. En cambio la excéntrica y voluntarista Revolu-ción rusa fue el puente con insurrecciones igualmenteprecoces en países semicoloniales de Oriente. Y si elproletariado industrial era la clase económicamentepredestinada a encabezar las luchas por la liberación 1
  17. 17. De los cuates pa’ la razadefinitiva, fue el campesinado —desahuciado por laeconomía— quien protagonizó las grandes rebelionesdel siglo pasado. Y el marxismo se adaptó de grado opor fuerza a las insurgencias realmente existentes. Llamado a suceder al capitalismo monopolistaen los países más desarrollados, el socialismo resultóen la práctica un curso inédito a la modernidad neo-capitalista, una vía de industrialización y urbanizaciónrecorrida casi siempre por pueblos mayoritariamentecampesinos en países económicamente demorados.Anunciado como el principio del fin del Estado dic-tatorial de clase, el socialismo devino hiperestatismoautoritario. La Revolución resultó una aventura fra-casada en sus pretensiones liberadoras radicales y elnuevo orden acabó siendo inhóspita estación de trán-sito. Pero, en otra lectura, el socialismo fue igualmenteun proyecto social de largo aliento, una heroica aven-tura civilizatoria protagonizada por los trabajadoresindustriales, aunque también, y sobre todo, por loscampesinos y otros orilleros. Una excursión históricaemprendida a contrapelo de la bola de cristal de laspredicciones económicas. Leer su fracaso como evi-dencia de que la Revolución ocurrió donde no debía,de modo que los insurrectos pagaron con la derrota desus ilusiones libertarias la osadía de haber emprendidoel asalto al cielo en las orillas y no en el centro; decir,a estas alturas, que la Revolución fracasó porque nosucedió en Europa es desechar un siglo de historia. 20
  18. 18. Antología El socialismo realmente existente —de cuál otropodríamos hablar con verdadero provecho los pre-suntos materialistas— no fue la obra infame de unpuñado de malvados ni tampoco un error históricoproducto de insurrecciones prematuras o desubicadas.Rescatar de los escombros de las revoluciones fácti-cas un socialismo irreal, una utopía marxiana que secumplirá indefectiblemente cuando por fin madurensus premisas y —entonces sí— tenga lugar la verda-dera Revolución, es catalogar de extravío y valorar enmuy poco el esfuerzo de millones de seres humanosque dejaron sangre, sudor y lágrimas en la prodigiosaempresa de edificar un orden económico y social máshabitable. Si los predestinados alemanes no supieronhacer la Revolución —que sí hicieron los rusos y lue-go otros orilleros— pues ellos se lo perdieron. ¡Hic Rodhus, hic salta! Buenas, malas o feas, ésasfueron las revoluciones del siglo XX. Probemos ahí lafuerza explicativa de nuestras teorías. 21
  19. 19. Antología Desembarco. A la manera de Esopo. Mis calcetas Sabina Berman DesembarcoEstán tus lienzos, tus pomos de pintura, tus pinceles,tu cuerpo. Tu mano toma carboncillo, medita un ins-tante: traza un barco. Te vuelves a mirarme: desem-barcas. A la manera de EsopoHabía una vez una niña sentada en la playa. El solblanco del mediodía quemaba tanto, que la niña sen-tía cómo le arrugaba la cara y se la convertía en otra,como de rana. Se dijo a sí misma: ¡Oh, qué desdicha: tener una cabeza de rana yun cuerpo de humana! Entonces el sol también empezó a quemarle elcuerpo, hasta volverlo cuerpo de rana. ¡Oh, qué desdicha exclamó más la niña: teneruna cabeza y un cuerpo de rana y una mente de hu-mana! Entonces el sol ardiente la invadió de golpe y letocó hasta la mente. ¡Oh felicidad murmuró la rana conmovida: te-ner cuerpo y mente unidos! 23
  20. 20. De los cuates pa’ la raza Mis calcetasMe desperté hoy como día a día me despierto: con eldespertar de Ernesto: un súbito graznido, un sentarsesobre la cama rotundo, un canturreo idiota mientrasbusca entre las sábanas sus calcetas y hasta que se laspone. Se duerme vestido. Llega noche a noche can-sado, harto de llegar noche a noche cansado, se tirasobre la cama, dice que se pondrá la pijama en cuan-to recobre un poco de fuerzas, se duerme. Durantela noche pierde las calcetas. Se soba el pie derechocon la planta del izquierdo y viceversa. Se despiertade golpe, sacudido en un solo movimiento del sueño,se sienta sobre la cama con un graznido (mis calcetas,mis calcetas), revuelve las sábanas cantando no sé quétierna canción de un negrito y una negra jacarandosahasta que encuentra y se pone las calcetas. Yo, entreuna pestaña y otra, lo observo, me digo: me desper-té hoy como día a día me despierto: con el despertarde Ernesto: un súbito y eso y lo demás hasta llegara cansarme de describir paso a paso el despertar deErnesto; y decir simplemente que me desperté hoycomo día a día me despierto: con el despertar de Er-nesto: un súbito y eso y lo demás y me voy sumiendonuevamente en mi sueño que trata de un hombre quese despierta graznando vestido y sin calcetas. 24
  21. 21. Antología Crononáuticas Bernardo Fernández, Bef“Ayer moriré. Lo supe pasado mañana”, me dirá eltipo, esperando que yo me sorprenda. Desde luego, leobservaré inexpresivo. “Caeré por accidente en el cretácico, donde undinosaurio me aplastó el cráneo cuando salgo de lamáquina”, continuará diciendo. Luego dará un largotrago, con el que terminará de beberse la cerveza queorinó la semana pasada. “Vine al último mañana, al que ya no vi. Jamássabré qué pensé en el momento de morir. ¿Es inevi-table?”, y yo asentiré, sabiendo que al tipo no le sirvióde nada. “En fin, ayer todo valdrá madre, así que al malpaso darle prisa”, y dicho esto se levantará, subirá a sumáquina y saldrá hacia ayer, de donde partirá al cretá-cico. No será fácil ser crononauta, pero para eso es-tarán puestas esas estaciones atemporales, donde losnavegantes podremos detenernos a echar unos tragosy recordar el futuro. Si no, nos volveríamos locos. 25
  22. 22. Antología La madre del metro Óscar de la BorbollaYo fui el primer niño que nació en el Metro, un díacomo hoy, hace casi veinte años. Nací en la Línea 1,entre las estaciones Sevilla e Insurgentes. Mi madre,hija de ferrocarrileros y nieta de los hombres que hi-cieron nuestra Revolución desde los trenes, se empeñóen conocer el Metro a pesar de las advertencias de mistías de que con esa panza no era bueno ir a inaugura-ciones tumultuarias. Se fue de madrugada contra viento y marea y,cuando por la noche, regresó conmigo entre los brazosy yo con un chipote en la mollera, mis tías muy alarma-das, me desvistieron los folletos con los qué mi madreme había improvisado una chambrita y unos pañalesde papel. Le recriminaron su imprudencia: echarmeal mundo en un subterráneo, sin la ayuda aséptica deuna partera y todo por no poder aguantarse las ganasde visitar el Metro en esa ocasión: esa fue la defensade mamá. Las tías soltaron unas palabrotas injuriosas,me exprimieron unos limones en los ojos para preve-nir una infección y, como mis alaridos terminaron deenojarlas, mi madre y yo fuimos expulsados a la calle.Yo, por supuesto, no me acuerdo de nada; pero mi ma-dre me contó mil veces los pormenores de esa calami-tosa noche en que vagamos por las calles de México,de zaguán en zaguán, buscando un techo para pro-tegernos de la lluvia, porque llovía a cántaros rotos y 2
  23. 23. De los cuates pa’ la razalos perros aullaban de frío; y su principal preocupa-ción era que los túneles del Metro fueran a inundarse,porque si eso ocurría se iban a oxidar los flamantesvagones anaranjados y los rieles se mancharían conlamparones de salitre. Llovió toda la noche, pero lostúneles amanecieron secos y los vagones impecablescomo el día anterior. Ella y yo, en cambio, desperta-mos ensopados debajo de unas hojas de periódico enlas que se había deslavado la noticia de la inaugura-ción del Metro. Yo estaba muy pequeño y me faltaban fuerzaspara exigir mi desayuno de calostro, para oponerme ala decisión de mi madre de acudir, en cuanto abrieran,a comprobar el estado del Metro, a revisar si de verasfuncionaba el drenaje, a ver si todo seguía en orden y,por eso, la acompañé en ayunas, llore y llore, de unaestación a otra hasta que unos usuarios, hartos de misberridos, intercedieron por mí pidiéndole a mi madreme tapara la boca con algo. Fue mi primera comidaen este mundo, y me atraganté cuanto quise porquemamá, distraída con el paso de la pared de afuera de laventanilla, me dejó hacer y deshacer. A media mañanaera un bebé feliz, un bebé sano, contento y encueradoque por la noche iba a volver a casa de sus tías juntocon una madre arrepentida que juraba portarse biende ahí en adelante y obedecer a sus hermanas mayo-res. También en el Metro conocí a mi padre: ten-dría diez años por aquel entonces, y diariamente alsalir de la escuela iba a pararme en el andén de la es- 28
  24. 24. Antologíatación Tlatelolco para interceptar a mamá que ahí sebajaba con la intención de hacer un nuevo transbordo.Discutíamos porque ya eran las tres, hora de la co-mida, y ella deseaba seguir paseando, cuando reparéen un hombre con overol de mezclilla y gorro de fo-gonero que en el andén contrario gritaba el nombrede mi madre y nos hacía unas señas con un paliacaterojo. Allá enfrente hay un señor que te habla, le dije ami mamá, y ella, al verlo, se puso a lanzar besos con lamano y a gritar que este escuincle, refiriéndose a mí,es tu hijo, ¡míralo!, me cargó hasta el peligroso bordedel andén para que el hombre me viera mejor, y a míme dijo con los ojos arrasados de lágrimas: Ése queestá allí es tu padre. Yo, confundido, levanté la mano para saludar-lo; pero en ese momento llegó un convoy anaranjadoy se interpuso entre nosotros: mi padre entró al va-gón que nos quedaba justo enfrente, sacó la cabezapor la ventanilla y sólo alcancé a oír la frase “muchogusto”, pues en ese instante arrancó el tren y se lo lle-vó para siempre y no volví a mirarlo nunca, aunquemi madre me prometió que a la primera oportunidadiríamos a platicar con él a su trabajo, porque era unmayordomo de vía en Buenavista, un ferrocarrileromuy amable que a ella, cierta vez, le había mostradoun carro Pullman, y porque el lugar era hermoso:una especie de museo a la intemperie, un deshue-sadero de chatarra donde había las cosas más lindasdel mundo: locomotoras, ruedas de tren y ejes, clavosenormes para clavar durmientes, rieles amontonados, 2
  25. 25. De los cuates pa’ la razatornos y fresadoras descompuestas, todo un cemen-terio ferroviario, y entre esas maravillas trabajaba mipadre. Jamás fuimos porque yo no debía faltar a la es-cuela y porque mi madre, aunque yo tuviera vacacio-nes, prefería sus acostumbrados recorridos en Metro:las nuevas líneas, la red subterránea que surca haciatodos los rumbos el subsuelo de México, los ríos degente que contagiaban a mi madre con su ímpetu y sudecisión de llegar, las estaciones terminales con su bu-llicio de combis y trolebuses, las horas pico en las queno cabe un alfiler y uno se siente soldado a los demás;los tubos para detenerse, tibios y resbalosos, barniza-dos y rebarnizados con infinitas capas de sudor quelos convierten en lo más liso de cuanto existe en elUniverso y, muy en especial, los espectáculos artísticosgratuitos a cargo de la legión de limosneros cantoreseran, sumados a la velocidad del Metro, unos atracti-vos que hacían que mamá no fallara nunca, que se lapasara yendo y viniendo hipnotizada desde tempranohasta que yo aparecía para convencerla de que ya erahora de volver a casa. Y sucedió lo previsible, lo vaticinado por mistías, lo que yo mismo temí cuando las interconexionesde las líneas multiplicaron las alternativas del andarerrático de mi madre: Un día, precisamente el día enque muy ufano me presenté en el andén de Tlatelolcocon mi certificado de secundaria, mi madre no llegó:la esperé toda la tarde y la noche hasta que el guardiame dijo que debía desalojar porque la estación estaba 30
  26. 26. Antologíaa punto de cerrarse. Regresé al otro día y al siguientey durante un mes entero estuve ahí buscando a mimadre entre la multitud. Han pasado cinco años desde que la perdí, ycada que puedo vengo al Metro con la esperanza deencontrarla. A veces creo verla en un vagón que sealeja en sentido contrario de aquél en el que voy, y aveces también, cuando salgo por la boca del Metroentre los apretones y los empujones, siento que nazcoa la intemperie de México, siento que me asomo almundo por primera vez, y eso me la recuerda. 31
  27. 27. Antología El club de la azotea Beatriz EscalanteBajen ese domo gritó la señora Lupita mientras secubría el cuerpo enjabonado con una toalla de floresque el chorro de la regadera empapó inmediatamente.Por el rectángulo de cielo recién abierto en el techodel baño, asomaban dos pares de ojos infantiles y unafrente pequeña sobre la que se agitaba un fleco laciode color café. ¡Vuelvan a poner el domo, escuincles desgra-ciados! Ninguno obedeció. Corrieron entre los tan-ques de gas, esquivando las mortales zotehuelas, lasantenas de televisión y los cables que manchaban todocon su óxido; se descolgaron por la escalera que dabaal patio de la casa de Araceli y, después de recibir aLalo, que era muy pequeño para saltar solo, y de bajarel switch de la luz para que no pudiera verlos el esposode la señora Lupita, se escondieron junto al refrigera-dor. ¿A él nunca lo han visto? preguntó Lalo. Sólo en el excusado dijo Araceli y las carcajadasno se hicieron esperar. En cambio, el esposo de la señora Lupita sí sehizo esperar: no estaba de humor para vestirse e ir auna casa donde jamás hallaba a un maldito adulto conquien quejarse. Para Marcela y Araceli, todos los díaseran idénticos: meterse al jardín de la casa abandona-da a cazar chapulines o a mirar la transformación de 33
  28. 28. De los cuates pa’ la razalos ajolotes en el agua verdosa de los charcos; pasárse-la jugando avión o escondidas en su club de la azotea:un solitario cuarto de servicio situado al final de suterritorio, en el límite de esa geografía gris de tende-deros y tanques de gas, que era casi el paraíso. Pero esatarde ellas no querían estar en el club, sino en la callemirando lo que parecía ser una casa en obra negra. Ahora sí vamos a entrar a los cuartos de la casaabandonada le dijo Marcela en secreto a Araceli,quien veía en esa construcción la azotea que tanto ne-cesitaban, el puente indispensable entre sus dominiosy la casa abandonada y, por eso, aunque unos perrosse pusieron a copular a media calle, Araceli y Marcelano se rieron, ni se sonrojaron, ni se dieron de codazoscomo otras veces. ¿Hasta qué horas empieza el juego? se quejóLalo. Nosotras vamos a hacer un plan dijo Araceli,tú vete. Si no me dejas quedarme te acuso con mimamá. Si tú me acusas, yo le cuento que te castigarontoda la semana sin recreo por burro. ¡Ay, Lalo!, ya lár-gate con los niñitos de tu edad, ¿no ves que queremosestar solas? Y Lalo, con la capa de Batman que susabuelos le acababan de regalar por su cumpleaños, sefue a la banqueta de enfrente, a ver a los niños quejugaban a las canicas y que no le permitían participarporque “siempre andas con viejas, maricón”. Los alba-ñiles fueron vigilados por Marcela y Araceli durante 34
  29. 29. Antologíamuchos días, tantos, que casi se llenaron las páginasde ejercicios de los libros de texto, los últimos de lavida, pues en secundaria “no hay libros de texto, nitareas, ni horarios, ni quién se fije en si te vuelas unaclase o si te vas de pinta”, aseguraba Araceli con lospárpados semicerrados, para que esa visión de libertadno fuera a fugársele. Por fin, el cemento fresco de la construcciónalcanzó el nivel de las azoteas: ya no había separaciónentre el territorio continuo y la zona prohibida. Esamisma noche, cuando el reloj de la sala marcó las diez,Lalo y Araceli ascendieron por la escalera del patio.En cuanto estuvieron arriba, él se dedicó a brincar uncable de un lado para el otro ininterrumpidamente; encambio, Araceli se sentó en el tanque estacionario degas y, con la vista a lo lejos, esperó a su amiga casi unahora. Ojalá mi mamá también trabajara en un hospi-tal dijo Marcela justificando su retraso cuando al finapareció. Llevaba una linterna. Desde la nueva construc-ción, sembrada de varillas y costales, proyectaron elcono de luz sobre la azotea de la casa abandonada, porfin podían alcanzarla, abrir la puerta y entrar uno trasotro muertos de miedo y de risa, “porque en esta casatodo suena distinto”, dijo Araceli. “Es sólo el eco”, res-pondió Marcela. “No, no es cierto, me quiero ir, mesiento mal, la ropa me aprieta”, dijo Araceli, mejor vá-monos, insistió, y al tomar de la mano a su hermani-to sintió unos dedos anchos, grandes, que la hicieron 35
  30. 30. De los cuates pa’ la razagritar. “No te asustes, soy Lalo”, dijo una voz gravede adulto. “¿Qué pasa?”, preguntó Marcela y tambiéndesconoció su voz. “Vámonos”, gritaron los tres y, alcorrer hacia la azotea, descubrieron que tampoco suspasos medían lo de antes. Marcela dirigió la luz de lalinterna hacia su propio cuerpo y aterrada miró queya no tenía el pecho plano. Tropezando y entre gritossalieron de la casa abandonada, saltaron de una azoteaa otra hasta llegar a sus dominios y ni siquiera ahí sedetuvieron, tenían que refugiarse en la casa de Araceli,esconderse a un lado del refrigerador. Al verse pálidospor el susto y la cal empezaron a reír. “Crecimos”, dijo Marcela. “No, no es cierto,sólo nos asustamos”, dijo Araceli. “Crecimos repitióMarcela , por eso reventó nuestra ropa”. “Mentira, serompió cuando corríamos.” Para Araceli ser grandeno tenía ventajas: equivalía a convertirse en enfermeracomo su mamá; a cuidar enfermos que invariablemen-te terminaban muriendo. Le costó trabajo dormirse;soñó que atravesaba de un cuarto a otro un hospitalen forma de pasillo, un tren cuyos vagones desembo-caban en un anfiteatro. “Yo no quiero volver a esa casa”, dijo Araceli lanoche siguiente cuando, otra vez en la azotea, Marcelay Lalo estaban decididos a aclarar el misterio. “Porqueyo crecí, yo sí crecí”, dijo Lalo deseoso de ser grandepara bajar a la calle y desquitarse de los niños que noquerían jugar con él y lo llamaban maricón. Pero, pormás que intentaron convencerla, Araceli se quedó enla zona segura de las azoteas, sin aventurarse siquie- 36
  31. 31. Antologíara, a ir hasta la construcción que durante el día habíaavanzado un poco. Como si estuvieran en la casa de los espejos,pero sin risas, cada uno observó la transformación enel otro. Marcela acarició la cara de Lalo y, por prime-ra vez, lo áspero de una barba no le resultó desagra-dable. Lalo, al mirar que el vestido de Marcela casino la cubría, descubrió que esas piernas de muslosbien formados provocaban en él una sensación des-conocida que lo hacía acercarse y buscar el contacto.Marcela sintió que se erizaba. Afuera, arriba, des-de la escalera, sin atreverse a descender, Araceli lesgritaba que volvieran, que llevaban horas allá abajo,que iría a pedir ayuda si no subían cuanto antes. Yregresaron: callados, sin mirarse. Araceli les reclamósu silencio: se pierden y encima no quieren contarmenada. “Les juro que la próxima vez yo también en-tro.” Pero, aunque los tres lo desearon y no hicieronotra cosa que pensar en volver a la casa abandonada,no lo lograron: al día siguiente y al siguiente y du-rante varias semanas, la construcción que les habíapermitido cruzar fue vigilada todo el tiempo por unacuadrilla de albañiles que les impidió el paso. Le-vantaron otro piso y otro más hasta que acabaron ar-mando un edificio frente al que, una tarde, Marcelay Lalo comprendieron que ese atajo para encontrarsesiendo adultos se había perdido. 3
  32. 32. Antología La máscara de Muerte Roja Gerardo de la Torre—Tenía encendida una vela a Dios y otra al Diablo—dice Dionisia Primera. Y en seguida procede a explicarque Muerte Roja (de nombre real José Luis Domín-guez, originario de Acayucan, Veracruz, 32 años en elmomento de su muerte) se hallaba decidido a con-vertirse en el número uno, el luchador que arrastraríamultitudes a la taquilla, y en consecuencia pasaba lashoras en el gimnasio levantando pesas, fatigando lacaminadora y la bicicleta fija, dándole a la pera y elcostal, estudiando las posibilidades de la acolchadapalestra porque para ser el más grande no bastabanlas capacidades atléticas y la astucia en el combate, eranecesario darle vuelo a la imaginación y arrastrar alpúblico a escenarios inesperados. Seré el más amadode los luchadores, afirmaba Muerte Roja. Y Dionisiale decía que era ya el más amado, ningún otro recibíade ella tanto amor. La vela encendida a Dios tenía la encomiendade asegurar para Muerte Roja los triunfos en el enlo-nado, incluidas lucrativas presentaciones en arenas deLos Ángeles, Houston, Chicago y quizás en las remo-tas tierras del sol naciente. Y si Dios le fallaba, el recurso del Diablo consis-tiría en proporcionarle una plaza en la policía judicial,prometida por el comandante Cansinos, en sus tiem-pos de luchador conocido como La Bestia, que cada 3
  33. 33. De los cuates pa’ la razaviernes acudía a la Arena México y luego se llevaba aMuerte Roja a jugar dominó y beber cubalibres, o bieniban a los cabaretuchos de la colonia Obrera donde losmeseros, los músicos, las empingorotadas damas y aunel gerente atendían al comandante a cuerpo de rey:cuando se le ofrezca bailar, ya sabe, comandante, ¿letocamos la de siempre, comandante?, ¿una de güisqui,comandante? Pero decía Cansinos que el güisqui era paramaricones y demandaba buen ron jamaiquino y todoslos viernes, al filo de la tercera ronda, fuese en la ta-berna del dominó o en el ámbito lúgubre del salón debaile, colocaba el índice impetuoso, un dedo grueso ytorcido como todos sus dedos, en el pecho del jovengladiador y proclamaba: cuando te retires, Muerte,cuenta con esa chamba, te voy a hacer un investigadorchingón, mi brazo derecho. Y Muerte Roja le agradecía y luego, en el de-partamento que compartía con Dionisia, alegre se pa-voneaba ante la reina pueblerina, alardeaba de las ex-pectativas de su vida: sería el más grande en los encor-dados o el mejor en la corporación. Dionisia Primerameneaba la cabeza de arriba abajo y de abajo arriba,jamás puso en duda ni una cosa ni otra, aunque desdeluego se inclinaba por el éxito deportivo y, como sifuese dueña de premoniciones, sentía cierta aversióna la salida policiaca. Aunque el comandante Cansinosse empeñara en negarlo, mucho tuvo él que ver con lamala vida y la mala muerte de José Luis. 40
  34. 34. Antología —Pero ni una ni otra vela surtieron efecto— re-fiere Dionisia—, y lo curioso es que en esto intervinoun enmascarado de nombre Utopía. Mucho antes de que el pasante de arquitectu-ra Utopía, campeón universitario de lucha olímpicaen la categoría de los pesos medios, decidiera hacerseluchador profesional, mucho antes de que se diseñaraun atuendo azul pálido, decorada la máscara con elsímbolo del infinito, Dionisia Primera fue coronadareina de las fiestas de la sidra en Acaxochitlán, Hidal-go, y esa noche, en el baile que siguió a la gran fun-ción de lucha, tres combates preliminares y titánica(así lo anunciaba el programa) batalla campal en laque salió vencedor Muerte Roja, el luchador se acercóa la reina y le pidió la siguiente pieza. Bailaron dos,luego Dionisia cedió al acoso de los admiradores y sefue a bailar cumbias, merengues y danzones, mientrasen una mesa los luchadores, cuatro de ellos enmasca-rados, arrogantes concedían autógrafos y, sin desairarcervezas y cubalibres, se preguntaban si la soberanatendría bonitas piernas, ocultas esa noche bajo un lar-go vestido de suave color verde. Muerte Roja logró averiguarlo dos semanasdespués. Durante la última tanda de piezas que habíabailado con la reina, concertó cita para la tarde de unsábado en la cercana Tulancingo, donde lucharía esanoche. Dionisia aceptó el encuentro, a condición deque Muerte Roja se presentara en su carácter de JoséLuis Domínguez, es decir, sin máscara. ¿Pero entonces 41
  35. 35. De los cuates pa’ la razacómo vas a reconocerme?, inquirió el luchador. Puesmuy fácil, te enrollas esta mascada en el pescuezo, dijola reina y ofreció un pañolón de color naranja que lle-vaba al cuello. Habían quedado de verse en un cafecito en elcentro de la población, a un costado de la iglesia pa-rroquial. Muerte Roja, en efecto, llevaba puesto el pa-ñuelo, pero también la máscara. Dionisia, ataviada conun vestido corto y ajustado, zapatos altos, las lindaspiernas al desnudo, mostró un gesto de decepción ode molestia. Es que no me hallo sin este trapo, dijo elenmascarado a manera de disculpa. Y Dionisia, sagaz,irrespetuosa, replicó: lo que pasa es que seguro eresmuy feo. Muerte Roja soltó la carcajada, un estallidovivaz y contundente que agradó a la reina. Desde elbaile le había gustado la voz del luchador, la risa alta-nera, y lo poco que dejaba ver la máscara, unos oscurosojos briosos, labios abultados, inmaculada dentadura. Prometió Muerte Roja que esa noche, sin fal-ta, después de la función se despojaría de la máscara.Pero tiene que ser en un lugar privado, íntimo, fuerade las miradas de la gente. Abrió Dionisia unos ojosdesmesurados, dejó ver luego una sonrisa de mujerastuta. Qué dijiste, ya cayó la tonta, ni creas que voya entrar al hotel contigo. Trabajo le costó a MuerteRoja, a lo largo de un par de cafés, convencerla de queno era esa su intención, lo único que en verdad desea-ba, juró por lo más sagrado, era proteger su anonima-to. De cualquier modo dijo Dionisia que no pensaba 42
  36. 36. Antologíaquedarse a la función, y en el borde del atardecer elenmascarado, que un par de veces tuvo que detenersea firmar autógrafos, la acompañó a la salida de auto-buses. Unos segundos antes de subir al que la depo-sitaría en Acaxochitlán, Dionisia puso en manos delluchador, cuyo rostro no podemos saber si mostrabaindignación o desconcierto, un trozo de papel con susseñas: Dionisia Villada, calle Topiltzin 47. Ya sabesdónde encontrarme, se despidió. —La noche del accidente, un viernes, me des-pertó el teléfono a eso de la una de la mañana —diceDionisia. Era el comandante Cansinos. Tenía yo queir de volada al Centro Médico, donde habían inter-nado a José Luis. ¿Pues qué le pasó? No me lo quisodecir. Que estuviera lista, en diez minutos pasaríanpor mí. No había transcurrido una semana y ya MuerteRoja estaba tocando a la puerta del número 47 de lacalle Topiltzin. Era una casita de dos pisos —arriba,tres dormitorios y un baño; abajo, cocina grande, bañoy una sala comedor donde se apretujaban los mue-bles— pintada de un azul desteñido. Abrió una mu-jer de cuarenta y tantos, enjuta, cuyos rasgos hacíanrecordar, lejanamente, los de Dionisia: la nariz rectay fina, semejantes ojos castaños. Pásele, la Nicha notarda en bajar. Como si lo esperasen, como si fuera unvisitante asiduo o la reina hubiese adivinado que setrataba de él. Siéntese, no demora. Y minutos despuésDionisia Primera bajó la escalinata como una reina 43
  37. 37. De los cuates pa’ la razaauténtica. De pie, Muerte Roja, sosegado, comenzó adesatar la cinta de la máscara. Duró el noviazgo nueve semanas justas, al cabode las cuales el gladiador y la reina se casaron en la ofi-cina municipal en presencia de Fermín Villada, tabla-jero, Engracia Pérez, hogar, y dos hermanos de la no-via. Y, por la parte del contrayente, tres luchadores quehabían prescindido de las máscaras y el comandanteCansinos, quien al cabo pagó el banquete en el mejorrestaurante acaxochiteco: sopa de hongos, mixiotesde carnero y abundantes tequilas, cervezas y cubali-bres. Viajaron esa noche marido y mujer a Cuernava-ca, donde al día siguiente Muerte Roja participó enuna contienda de parejas, y luego se instalaron en eldepartamento repleto de trofeos, tapizados los muroscon diplomas y fotografías, que el luchador poseía enla colonia Tabacalera, el mismo departamento en elcual una noche, dos años después, Dionisia Primerarecibiría la llamada que anunciaba el golpe que el des-tino asestó al enmascarado. En el hospital la esperaba el comandante fati-gando un pasillo en el que ni siquiera le permitían fu-mar. Nada grave, informó el sudoroso judicial, pero loestán sometiendo a una operación larga y complicada.El accidente había ocurrido durante el combate este-lar, un mano a mano entre Muerte Roja, campeón depeso semicompleto de la estirpe de los malvados, y ellimpio y elegante Utopía. Se disponía a saltar enarde-cido Muerte Roja de lo alto de un poste y un resbalónlo echó a tierra en una caída para la que no estaba pre- 44
  38. 38. Antologíaparado. Fractura múltiple y expuesta de la articulaciónde la cadera, dictaminaron los médicos y acto seguidolo introdujeron al quirófano. Dos meses permaneció Muerte Roja en elhospital. Lo único que preocupaba al luchador era siquedaría bien. Decían los médicos que dependía de lapaciencia, de la constancia, de la voluntad que pusieraen su rehabilitación, hidroterapia, masajes, medica-mentos, un largo y tedioso programa de ejercicios. Aveces, pesimista, Muerte Roja apoyaba la cabeza enel hombro de Dionisia, que iba a visitarlo todas lastardes, y prorrumpía en llanto: no voy a quedar bien,tengo el presentimiento de que no volveré a luchar.Ya verás que sí, lo consolaba la reina, y si no, tienes eltrabajo que te ofreció Cansinos. —Pero no quedó bien y las dos velas se le apa-garon de manera simultánea —dice Dionisia. Porquetullido, cojo, no pudo regresar a las luchas ni lo acep-taron en la corporación. Sólo una vez más usó Muerte Roja la máscaraescarlata con el monograma MR bordado en negrosobre la frente. Al final, el último día de su existencia.Los casi cuatro años que mediaron entre su retiro y elmomento fatal, si bien mustios, transcurrieron apaci-bles, o al menos así lo suponía Dionisia. La verdad lareveló después el comandante. El luchador retirado había abierto un nego-cio de alquiler de videos. Por la mañana lo atendíauna empleada y todas las tardes, después de la siesta,se presentaba Muerte Roja, a quien ya solamente el 45
  39. 39. De los cuates pa’ la razacomandante Cansinos y algunos compañeros del ofi-cio conocían por ese apelativo. Buenas tardes, señorDomínguez, hoy fue un día flojo, señor Domínguez.Se ponían a hacer cuentas y el agreste propietario sequedaba en el local hasta las nueve o diez de la no-che. Todos los viernes pasaba a recogerlo Cansinos y,como si nada hubiese cambiado, iban a la cantina y alos cabarés de los días de gloria. Una vez, a eso de me-dianoche entró al teléfono móvil una llamada urgentepara el comandante. Ni modo, dijo Cansinos en cuan-to cerró el aparato, hay que ir a la comandancia, pareceque ya tienen a los secuestradores del banquero, ¿nosacompañas, Muerte? Dijo Muerte Roja que no teníanada mejor que hacer y subió al auto con ellos. En la comandancia entraron a un cuarto deparedes desnudas, sin ventanas y sin más mobiliarioque un par de sillas. En una se hallaba sentado el queseñalaban como cabecilla de una banda de plagiarios.¿Eres devoto de la virgen de Guadalupe?, le preguntóCansinos. El detenido dijo entre dientes algo indes-cifrable y el comandante le asestó un bofetón que loderribó de la silla. Conmigo vas a hablar claro, cabrón.Media hora después, el detenido había dicho todo loque Cansinos deseaba saber. Es tuyo, Muerte, inte-rrógalo, invitó el comandante.¿Pero qué le pregunto?Pues pregúntale quién se anda cogiendo a su ma-macita. Hubo una risotada y José Luis Domínguez,arrastrando la pierna derecha, se acercó al prisionero,tomándolo de la cabellera mantuvo unos segundos lacabeza echada atrás, expuso el rostro lacerado a la bri- 46
  40. 40. Antologíallante luz del techo. Luego, con la mano libre descargóun bofetón en la mejilla, otro, un puñetazo que abrióla piel sobre el pómulo. Le tomó gusto a la calentada, reveló el coman-dante en el interrogatorio de Dionisia Primera. Se-mana a semana pedía Muerte Roja que lo invitaran alas mazmorras y al menos un viernes de cada mes elcomandante le permitía ensañarse con algún deteni-do miserable. Eso le hacía bien, pensaba Cansinos, leayudaba a desahogar tanta amargura. Pero una nochede alcoholes, a dos semanas de su fin, le dijo MuerteRoja que no podía más con ese fardo y estaba dis-puesto a confesar a Dionisia su perversidad. Segura-mente te lo platicó y lo mataste, dijo el comandanteen el interrogatorio, lo considerabas un cerdo, no sólole gustaba golpear a aquellos pobres diablos, a ti tam-bién te maltrataba. No, comandante, para nada, JoséLuis nunca me hizo daño, y juro que nunca supe delas golpizas. ¿Entonces por qué lo mataste? Fue unaccidente, sucedió como le dije. ¿Y crees que vamos aaceptar esa versión descabellada? Inusitadamente, aquella noche José Luis se ha-bía puesto el viejo atuendo de luchador. Zapatillas ne-gras y medias deportivas rojas, calzón negro, máscaradel color de la sangre viva. Llevaba en la mano unapistola. Se sentó en la cama al lado de Dionisia y leofreció el arma. Ten, tómala. No quiero, no me gustanesas cosas. Tómala. Se apoderó de la mano de la reinade las fiestas de la sidra, la obligó a asir el arma. Quépequeña es la muerte, dijo el luchador, cabe en este pe- 4
  41. 41. De los cuates pa’ la razadazo de metal. Tengo miedo, no me gustan las armas,dijo ella. Muerte Roja sacó el cargador de la pistola.Ya no tienes por qué temerle. La devolvió a Dionisia,guió sus movimientos. Levántala, eso es, apunta a mifrente, tira del gatillo. Vio la reina por última vez losojos intensos de Muerte Roja. Hubo un estruendo, unfogonazo. —Fue como si nos hubiéramos muerto juntos—dice Dionisia. No agrega más. Se repliega en la vastedad delcatre y, encogida, ausente, permanece con la vista fijaen un rugoso muro del aposento. Una de las reclusasque han estado escuchando tiende la mano hacia lasuave cabellera oscura de Dionisia Primera. 48
  42. 42. Antología Están aventando gente Germán DehesaILa realidad es, además de inverosímil, molestísima. Yollevo 45 años tratando de evitarla, pero no hay mane-ra. Terca, tenaz y emperrada me alcanza esté yo dondeesté. Ahí tienen, por ejemplo, el lunes 26 de febrero;salvo el inusual y pelado frío que reinaba, esa fieraque es la realidad parecía dormitar en calma. El día loconsumí en mis habituales faenas y ya hacia la noche,y faltándome todavía una junta de trabajo, me comu-niqué a la humilde casa de ustedes nada más porquesoy decente y para que se vea que estoy atento a lo queocurre en el hogar. Lo que ni yo ni nadie podía preverera que en ese exacto momento se estuviera desen-cadenando en mi hogar una tragedia que, según unrápido análisis, tiene elementos de Las troyanas, LaCelestina, Romeo y Julieta y todo esto en versión deJosé Alfredo Jiménez. La heroína (to say the least) se llama Lola (nom-bre pasional y sospechosísimo) y trabaja, en calidad deauxiliar doméstica, en la casa que está junto a la mía.Según se desprende de las primeras averiguaciones,la arrebatada Lola tenía hasta el momento una fojade servicios intachable: cumplida, ordenada y “muyacomedida” es lo que declara de ella su patrona. Todoesto fue así hasta el domingo 25, fecha en la cual laferoz Lola recibió la infausta nueva (el cochino chis- 4
  43. 43. De los cuates pa’ la razame) de que un jovencito con el que ella cultivaba unaincipiente pero tórrida pasión y con el cual ya habíatenido, como diría mi abuela, sus dares y sus tomares,le era ostensible y bellacamente infiel con otra joven-cita cuyo nombre no ha podido obtener este cronista.Pongamos que se llama Enedina. Saber esto y caer enel negro y profundo pozo de la melancolía fue todouno para la hipersensible Lola. Las primeras luces del día lunes la sorprendie-ron ojerosa y en calidad de quelite hervido. Todavía,en un último y heroico alarde de servicio, bajó a servirel desayuno, tender las camas, darle “una alzadita” ala casa (todo esto fue tomado de la pintoresca decla-ración de la patrona) y preparar y servir la comida.Al término del refrigerio, y mientras acumulaba lostrastos en el fregadero, anunció su decisión de reti-rarse a sus habitaciones y ya no bajar a servir la cena(“por rotura de sonaja me retiro de la danza”, comodiría Sonia Amelio). Su enigmática explicación paratan extraña conducta fue: “es que me siento muy tris-te”. Los patrones, que son más bien poco inquisitivos,aceptaron tal declaración y se olvidaron del asunto.Lola no. Lola se trepó a la azotea, se atrinchiló en sucuarto y de su buró extrajo una novísima botella deBacardí que procedió a ingerir entera con la calma, laatención y la concentración que un menester así re-quiere. Entre vaso y vaso tarareaba aquello de que nosentierren juntos y en la misma tumba. Ya con la uvatotalmente a su favor (en este caso la caña y la quími- 50
  44. 44. Antologíaca) la ferocísima Lola decidió hacer la prueba. No ladel añejo, no la del viento, sino la de la resistencia delpiso en directa colisión con su muy extraño cuerpo.Ejecutiva como es, la gran Lola se trepó a la barda dela azotea. Desde allí se contemplan dos posibilidades:caer al patio común, que es de durísimo adoquín, ocaer en el jardín de los Dehesa, cubierto por un fino ycostosísimo pasto inglés amorosamente cuidado porla Tatcher. Dejemos a Lola en el pretil. Si ustedes quierensaber dónde azotó Lola y todo lo que de ahí siguió, nose pierdan el próximo capítulo de esta desgarradoraserie. Marzo 7, 1990IILola está en el pretil. Pasión y ron doméstico. Si suintención era arrojarse contra el patio y quedar ahíestampada en calidad de calcomanía de verificación,su fracaso fue absoluto. Ahora bien, si su intenciónfue, desde un principio, caer en el jardín de los Dehesacon un extraño sonido como de aguayón cuando loablandan, su éxito fue total. La pequeña Carlos, queya ha presenciado aguaceros, granizadas y un eclipseparcial de luna, tuvo ahora oportunidad de ampliar surepertorio de experiencias viendo el nada majestuosovuelo de Lola, que surcó los aires cual meteorito ma-zahua y se incrustó toda ella unos veinte centímetrosen nuestro cuidadísimo césped. Todavía hoy la peque-ña sigue mirando insistentemente hacia los cielos en 51
  45. 45. De los cuates pa’ la razaprevisión de que, en cualquier momento, caiga algunade sus abuelas o su tía Maruca. La pequeñísima veía a Lola incrustada en elpasto como bajorrelieve maya, volteaba hacia arribay algo intuía de que las cosas no estaban marchandonormalmente. No tuvo tiempo de elaborar más. Entromba aparecieron Josefina, Juana Inés y la Tatcherque —esto me lo explicó después— providencial-mente se le había hecho tarde (sólo se le hace tar-de 300 días hábiles al año). Josefina quería llevarse ala pequeña Carlos para que no viera el espectáculo ypara darle un migajón que le recogiera la bilis. JuanaInés estaba petrificada y, víctima del síndrome de Fe-rriz, no sabía si reír o llorar. La Tatcher se disponía ahablarle a la Cruz Roja y las cuatro féminas estabanrealmente descontroladas. La única tranquila, con esaserena catatonia que sólo las bebidas nacionales pro-porcionan, era Lola. Se levantó no sin cierto tambaleo,apreció el horizonte no sin algún desconcierto y actoseguido emprendió el camino escaleras arriba. “¡Se vaa tirar otra vez!”, gritó Josefina, que siempre ha tenidola oculta vocación de Casandra. La Tatcher soltó el teléfono (y miren que se ne-cesita), la púber reaccionó de su marasmo, la pequeñaCarlos palmoteaba presintiendo el bis y todas corríandetrás de Lola en una maniobra que en el futbol ame-ricano es conocida como “tacleo pandilla”. Mientrasesto sucedía en la casa 6, en la casa 4 el patrón deLola, el único responsable ante Dios, ante el estado yante la sociedad civil del destino de Lola, estaba en su 52
  46. 46. Antologíacamita enfundado en una bata azul de seda que com-pró a plazos disponiéndose a ver en la tele El hombredel brazo de oro. Brazo de oro fue el que necesitó larobusta Tatcher para, más o menos, reducir al orden ala enloquecida Lola, que se retorcía como almeja conlimón y gritaba lo mejor del hit parade de las lepera-das nacionales. Llegó la Cruz Roja. La Tatcher dejó a Lola enmanos de los ambulantes y se retiró discretamente a“darse una arregladita”. No era cosa de que los am-bulantes la vieran “de cara lavada”. El panorama cadavez era más sombrío. Los ambulantes se negaban allevarse a Lola porque no tenía ninguna herida. Adestiempo comenté que si la hubieran dejado tirarseotra vez, ese impedimento hubiera sido superado. Lomalo es que yo no estaba ahí y en mi ausencia (sinmi freno moral) la Tatcher discurre puras insensate-ces. En vista de que los ambulantes no querían recibirla mercancía, la Tatcher no halló mejor solución queacomodar a la frustrada suicida en una recámara y queahí los ambulantes la amarraran a la cama, mientrasLola canturreaba vigorosamente las obras completasde José Alfredo y citaba párrafos enteros de Picardíamexicana. Los ambulantes se retiraron. Treinta segundosdespués, llegué yo. De las tremendas e inesperadas co-sas que sucedieron a partir de mi llegada se enteraráel paciente y avisado lector que lea el tercer y finalcapítulo de este drama doméstico. Marzo 10, 1990 53
  47. 47. De los cuates pa’ la razaIIITodavía no termino de narrar la increíble y triste his-toria de Lola la voladora y ya los parientes y vecinos,azuzados por la Tatcher, se han dedicado a desauto-rizar mi versión. Que no, que no fue así; que no fuea esa hora; que sí tomó Bacardí, pero no alcanzó aterminarse la botella. Minucias. Para efectos de lainteligibilidad de la crónica, los hechos, tal como loscuento, son esencialmente verdaderos. Estábamos conLola amarrada y vociferante en una recámara de lahumilde casa de ustedes. Yo vengo llegando, la Tat-cher está en la cocina preparando dos hectolitros de téde tila, mis hijas parecen anuncio de Beetlejuice conlos pelos erizados y la mirada extraviada. Desde la parte superior se oyen unos aullidosterribles como de señora que acaba de leer el recibodel agua. Es Lola, la tengo amarrada en la recámarade Ángel, comenta la Tatcher con esa serenidad quele envidiaría el almirante Nelson. Instintivamente yobusco mi frasco de Frisium, que es un estupefacientelegal que mi cardiólogo me ha recetado para cuandome ponga muy locochón. Quiero tomarme una pasti-lla (o quizás un puñito) y, acto seguido, comentarle ala canciller de hierro mi total desacuerdo con la con-ducción que hasta ese momento se le ha dado al affai-re Lola. De nada me da tiempo. En el umbral de micasa se ha materializado el doctor Evadyne, afamadoneurólogo que había sido convocado telefónicamentepor la Tatcher. Dentro de la mejor tradición médicamexicana, el doctor Evadyne lo primero que hace es 54
  48. 48. Antologíaregañarnos: todo lo hemos hecho mal (yo acababa dellegar); se trata de un caso extremo de angustia y, enesos casos, lo menos indicado es amarrar al pacien-te. Yo por mí —pensé— también amarraba al doctorEvadyne, pero no dije nada. Él iba a hacerse cargo dela situación. Profesional y resuelto subió la escalera segui-do por la familia y por un representante oficioso decada una de las familias que pueblan esta unidad ha-bitacional. En mi libro de Historia sagrada recuerdoque había una ilustración titulada: “Daniel entrandoa la cueva de los leones”. Hagan de cuenta. El doctorEvadyne se enfrentó a Lola y, poco a poco, los gritosfueron cediendo hasta llegar al punto en el que sólo seoía la voz del doctor Evadyne, que era como la de esosseñores que hipnotizan tigres en los centros noctur-nos. Después, el silencio. Con gran majestad, el doctorEvadyne abandonó el cuarto y miró a la boquiabiertamultitud. Ya está —dijo con su voz de mago—, ya ladesamarré y se quedó dormida; mañana va a desper-tar sintiéndose muy mal. Yo quería gritar ¡to-re-ro! Yconcederle una oreja de Lola, pero preferí callar. En silencio bajamos la escalera y en silencio ledimos nuestro emocionado y agradecido adiós al doc-tor Evadyne. Treinta segundos después se oyó el ho-rrísono alarido de Lola; ahí te vamos hechos la mochaescaleras arriba. Cuando llegamos, Lola ya se habíatrepado otra vez al pretil (alféizar sería la palabra) dela ventana. Apenas alcanzamos a pepenarla. Comen-zó un forcejeo horrible: yo jalaba a Lola, la Tatcher 55
  49. 49. De los cuates pa’ la razame jalaba a mí al grito de “tú no, mi rey, a ti te va a daralgo”. Yo no soy tu rey, esto es una República, alcancéa decir en el momento mismo en que sentí que Lolase me iba a zafar. Ese fue el instante de la gran deci-sión. Yo nunca le había pegado a una mujer (y no porfalta de ganas, sino por tara educativa). No creo queni siquiera Julio César Chávez logre superar esa com-binación de gancho de izquierda y recto de derechacon el que envié a la lona a la terrible Lola. Ahí quedó,hecha una seda y lista para ser entregada a su legítimopatrón, cosa que hice de inmediato. Hace unos díasvino Lola por su ropa y traía un pómulo tipo volcán.Dice que recuerda que alguien la golpeó, pero no seacuerda quién. Yo ya le hice jurar a Josefina que esesecreto nos lo llevaremos a la tumba. Marzo 14, 1990 56
  50. 50. Antología ¡Sea por Dios y venga más! Laura EsquivelToda la culpa de mis desgracias la tiene la Chole.Apolonio es inocente, digan lo que digan. Lo que pasaes que nadie lo comprende. Si de vez en cuando mepegaba era porque yo lo hacía desesperar y no porquefuera mala persona. Él siempre me quiso. A su ma-nera, pero me quiso. Nadie me va a convencer de queno. Si tanto hizo para que aceptara a su amante, eraporque me quería. Él no tenía ninguna necesidad dehabérmelo dicho. Bien la podía haber tenido a escon-didas, pero dice que le dio miedo que yo me enterarapor ahí de sus andanzas y que lo fuera a dejar. Él nosoportaba la idea de perderme porque yo era la únicaque lo comprendía. Mis vecinas pueden decir misa,pero a ver, ¿quiénes de sus maridos les cuentan de labola de amantes que tienen regadas por ahí? ¡Ningu-no! No, si el único honesto es mi Apolonio. El únicoque me cuida. El único que se preocupa por mí. Conesto del sida, es bien peligroso que los maridos andende cuzcos, por eso, en lugar de andar con muchas de-cidió sacrificarse y tener sólo una amante de planta.Así no me arriesgaba al contagio de la enfermedad.¡Eso es amor y no chingaderas!, ¡pero ellas qué van asaber! Bueno, tengo que reconocer que al principio amí también me costó trabajo entenderlo. Es más, porprimera vez le dije que no. Adela, la hija de mi coma- 5
  51. 51. De los cuates pa’ la razadre era mucho más joven que yo y me daba muchomiedo que Apolonio la fuera a preferir a ella. Peromi Apo me convenció de que eso nunca pasaría, queAdela realmente no le importaba. Lo que pasaba, eraque necesitaba aprovechar sus últimos años de machoactivo porque luego ya no iba a tener chance. Yo lepregunté que por qué no lo aprovechaba conmigo, y élme explicó hasta que lo entendí, que no podía, que eseera uno de los problemas de los hombres que las mu-jeres no alcanzamos a entender. Acostarse conmigono tenía ningún chiste, yo era su esposa y me tenía a lahora que quisiera. Lo que le hacía falta era confirmarque podía conquistar a las muchachitas Si no lo hacía,se iba a traumar, se iba a acomplejar y entonces sí, yani a mí me iba a poder cumplir. Eso sí que me asustó. Le dije que estaba bien, que aceptaba que tu-viera su amante. Entonces me llevó a Adela para quehablara con ella, porque Adelita, que me conocíadesde niña, se sentía muy apenada y quería oír de mipropia boca que yo le daba permiso de ser la amantede Apolonio. Me explicó que ella no iba a quedarsecon él. Lo único que quería era ayudar en mi matri-monio y que era preferible que Apolonio anduvieracon ella y no con otra cualquiera que sí tuviera inte-rés en quitármelo. Yo le agradecí sus sentimientos yme parece que hasta la bendije. La verdad, yo estabamás que agradecida porque ella también se estabasacrificando por mí. Adela, con su juventud, bien podría casarse ytener hijos, y en lugar de eso estaba dispuesta a ser la 58
  52. 52. Antologíaamante de la planta de Apolonio, nomás por buenagente. Bueno, el caso es que el día que vino, hablamosun buen rato y dejamos todo aclarado. Los horarios,los días de visita, etc. Se supone que con esto yo debe-ría de estar muy tranquila. Todo había quedado bajocontrol. Apolonio se iba a apaciguar y todos contentosy felices. Pero no sé por qué yo andaba triste. Cuando sabía que Apolonio estaba con Adelano podía dormir. Toda la noche me pasaba imagi-nando lo que estarían haciendo. Bueno, no necesita-ba tener mucha imaginación para saberlo. Lo sabíay punto. Y no podía dejar de sentirme atormentada.Lo peor era que tenía que hacerme la dormida puesno quería mortificar a mi Apo. Él no se merecía eso. Así me lo hizo ver un díaen que llegó y me encontró despierta. Se puso furio-so. Me dijo que era una chantajista, que no lo dejabagozar en paz, que él no podía darme más pruebas desu amor y yo en pago me dedicaba a espiarlo, a ator-mentarlo con mis ojos llorosos, y mis miedos de quenunca fuera a regresar. ¿Qué, acaso alguna vez me ha-bía faltado? Y era cierto, llegaba a las cinco o a las seisde la mañana pero siempre regresaba. Yo no tenía por qué preocuparme. Debería es-tar más feliz que nunca y ¡sabe Dios por qué no loestaba! Es más, me empecé a enfermar de los colero-nes que me encajaba el canijo Apolonio. Daba muchocoraje ver que le compraba a Adela cosas que a mínunca me compró. Que la llevaba a bailar, cuando a 5
  53. 53. De los cuates pa’ la razamí nunca me llevó. Bueno, ¡ni siquiera el día de micumpleaños, cuando cantó Celia Cruz y yo le supli-qué que me llevara! De puritita rabia, los ojos se meempezaron a poner amarillos, el hígado se me hinchó,el aliento se me envenenó, los ojos se me disgustaron,la piel se me manchó y ahí fue cuando la Chole medijo que el mejor remedio en esos casos era poner enun litro de tequila un puño de té de boldo compuestoy tomarse una copita en ayunas. El tequila con boldorecoge la bilis y saca los corajes del cuerpo. Ni tarda niperezosa fui al estanquillo de la esquina, le compré aDon Pedro una botella de tequila y la preparé con suboldo. A la mañana siguiente me lo tomé y funcionómuy bien. No sólo me sentí aliviada por dentro, sino bienalegre y feliz, como hacía muchos días no me sen-tía. Con el paso del tiempo, los efectos del remediome fueron mejorando. Apolonio, al verme sonrientey tranquila, empezó a salir cada vez más con Adelay yo a tomarme una copita cada vez que esto pasaba,fuera en ayunas o no, para que no me hiciera dañola bilis. Mis visitas a la tienda de Don Pedro fueroncada vez más necesarias. Si al principio una botella detequila me duraba un mes, llegó el momento en queme duraba un día. ¡Eso sí, estaba segura de que notenía ni una gota de bilis en mi cuerpo! Me sentía tanbien que hasta llegué a pensar que el tequila con boldoera casi milagroso. Bajaba por mi garganta limpiando,animando, sanando, reconfortando y calentando todomi cuerpo, haciéndolo sentir vivo, vivo, ¡vivo! 60
  54. 54. Antología El día en que Don Pedro me dijo que ya no mepodía fiar ni una botella más creí que me iba a morir.Yo ya no era capaz de vivir un solo día sin mi tequila.Le supliqué. Al verme tan desesperada se compadecióde mí y aceptó que le pagara de otra manera. Al finque siempre me había traído ganas el condenado. Yola mera verdad, con tanto calor en mi cuerpo tambiénestaba de lo más ganosa y ahí sobre el mostrador fueque Apolonio nos encontró dando rienda suelta a lasganas. Apolonio me dejó por borracha y puta. Ahoravive con Adela. Y yo estoy tirada a la perdición. ¡Ytodo por culpa de la pinche Chole y sus remedios! 61
  55. 55. AntologíaGato Culto Paco I. Taibo . 63
  56. 56. Antología En un abrir y cerrar de ojos Santiago Flores DeachePataleó y pataleó. Todavía con la mitad del aire en suspulmones Bart emergió lo suficiente para ver hundirsela mata de pelo entre los brazos crispados de Federico.Éste se hundía más lentamente de lo que avanzaba lacorriente, Bart sintió, junto a la desesperación, que deespectador se trocaba en observado, y las un segundoantes, cristalinas aguas del arroyo lo cegaron con unaturbidez viscosa y pesada. La sensación de los lengüetazos de la Fanny so-bre su cara lo despertó. Yacía, lo supo, sobre su catrede hierro. Al abrir los ojos miró un cielo raso, ajeno,desconocido para él. Los cerró. Se tranquilizó al escu-char el canto de los canarios muy cerca de sus oídos,adivinó la enredadera del porche de la casa en EaglePass. Los volvió a abrir sólo para sentir que aquellasvigas se precipitaban sobre él. Para escapar Bart loscerró de nuevo. Los peligros del mundo de los ojos abiertosdesaparecían al cerrarlos. Probó abrirlos tapando lavisión con las cobijas. Penumbra verdosa, verdosa.Manchas negruzcas. Fue alejando la frazada paraenfocar mejor las manchas. Leyó U.S.A. ARMY. Le era insoportable estar sin combatir a las tro-pas del Kaiser. No recordaba haber sido herido, nisi habían llegado ya a las trincheras enemigas cer-canas a la ciudad de Nancy, ni si las habían tomado 65
  57. 57. De los cuates pa’ la razao los habían derrotado. Él y todos sus compañerosde la Primera División de Infantería, eran los mejorentrenados Doughboys de todas las Fuerzas Expe-dicionarias Americanas desde que desembarcaronen Bordeaux. Pero no recordaba haber participadoen alguna de estas acciones. Lo que le carcomía elalma era la muy tardía participación de los EstadosUnidos en una guerra desatada tres años antes. Elsentimiento de rechazo profundo lo extendió haciala guerra misma, hacia las guerras todas. El beso húmedo lleno de ternura y pasión duróuna eternidad en la que nunca acabó de abrir los ojos,aquella mujer al principio todo aroma y respiraciónvital, le dejó ver sus bellísimos ojos verdes acompa-ñados de mejillas sonrosadas, frente amplia, y aquellanariz que completaba el beso aspirando ansiosa comoqueriendo robarle el alma o librarlo del éter empon-zoñado. La cabeza se retiró un poco, giró para gritar“¡Isabel! ¡Ven, Isabel!” A unos metros, escuchó quela mujer llamada Isabel replicaba “¿Ya te reconoció,Rosa?”, “A mí, no estoy segura, pero a la Fanny sí.”Contestó Rosa pensando que el beso aceptablementeretribuido no garantizaba reconocimiento alguno. “¿Bart? ¡Bartolomé, soy tu madre! ¡Háblame!” Lesusurró la mujer llamada Isabel, y que decía ser su ma-dre. Mientras su mente aceptaba llamarse Bartolomé,sin dificultad sabía que Bartolomé Vanzetti, y NicolaSacco llevaban años en la cárcel del Commonwealthde Massachusetts injustamente acusados de asesinato,chivos expiatorios ideales por su pobreza y condición 66
  58. 58. Antologíade inmigrantes repudiados por el sistema. Todo elmundo los apoyaba. Los clubes anarcosindicalistas, olos obreros —sindicalizados o no—, las agrupacionesreligiosas, la gente de bien, los estudiantes, los em-pleados, amas de casa. Sandalio, su tío, narraba una y otra vez cómo losapresaron y fabricaron el juicio más puerco e injustode que se tuviese memoria en Massachusetts y en laUnión Americana en todo el siglo XIX y en lo que vadel XX, — que ya es un decir, si nos vamos a todas lamarrullerías que se vinieron realizando año con añodesde principios de siglo en contra de las huelgas obre-ras de los gremios que se nos ocurran, de las diversashermandades libertarias, y de sindicatos agrupados enla IWW. Estos pensamientos se le amontonaban enla cabeza, por momentos creía ser el mismo Vanzetti,otros ser víctima directa de aquellas criminales cam-pañas pro-belicistas, y aun ya declarada la guerra losprimeros días de abril de 1917, en Tulsa, Oklahoma,chusma pagada por chusma enriquecida desangró alatigazos a 17 o veinte trabajadores petroleros usandolos famosos látigos blacksnakes —esas víboras negrasde seis a doce pies de largo, capaces de romper la ba-rrera del sonido cuando la punta flagela el aire en lu-gar de la piel humana. En las primeras noches de invierno, a sus sieteaños, Sandalio, el magonista, le explicó por qué ciertotipo de gente de Arizona era lo peor de lo peor, ha-ciendo referencia a lo que cinco meses antes, en juliode 1917, había sucedido en la población de Bisbee, 6
  59. 59. De los cuates pa’ la razaArizona. “Vigilantes” armados secuestraron a dos milhuelguistas de las minas de cobre, los sacaron de suscamas y en camiones para ganado los transportaronal desierto donde los abandonaron sin alimentos niagua. El muchacho caviló sobre la lejanía de su in-fancia que coincidía con la guerra que pudo evitarse.Guerra que fue fomentada y declarada por unos paraque la pelearan los más. Muchachos como él... ¿Quéedad tenía en ese preciso instante?, ¿quién era? De-finitivamente no era Gabino Sotero, quien murió enlos campos de batalla franceses en 1918, se lo habíaasegurado Isabel, la que decía ser su madre, y la propiaviuda de Sotero, cuya casita se encontraba en la cimade la loma que está en el camino a... en la que vivíajunto con su hija con la pensión del Gobierno Federaldesde hacía diez años. Era 1928, vivía en Eagle Pass, pueblo texano, consus padres en esa modesta casa rentada, un... porche(vagas y múltiples imágenes), un gallinero, un cuartitocon tina de lámina galvanizada, una caseta con fosaséptica, un taller mecánico. Intentó varias veces detec-tar detalles, pero en vano, las imágenes se le movíany desaparecían sin que pudiera evitarlo. Le gustó elcielo raso ahora sosegado, y saber que su catre era unode los tres que se compraron al ejército al finalizarla Primera Guerra Mundial. Conforme fue cotejan-do, corroborando, sonriendo, se fue... durmiendo. Lapregunta fundamental que venía evitando, fuese quienfuese, viviese donde viviese era, qué hacía tirado en 68
  60. 60. Antologíaese catre y por qué no se movía, y recorría la casa a suantojo. ¿Estaba herido?, ¿enfermo? ¿Desde cuándo? Dio de manotazos, más que brazadas, contra elagua tratando de alcanzar a Federico que... ¡no sabíanadar! Lo veía desaparecer en la corriente y él no po-día acercársele... Quería pero no podía, algo se lo im-pedía, algo... Lo abrazó la oscuridad toda. Esa madrugada Beatrice Slaughter despertó aBart, quien dormía en el porche metiéndosele entrelas cobijas: “Bart, te tengo dos sorpresas para hoy, laprimera es que conseguí cinco muchachos de los po-zos petroleros que firmarán las cartas contra la ejecu-ción de Sacco y Vanzetti; la segunda te la entrego sólosi me llevas al día de campo que organizaron tus her-manas para hoy”. Estaba a punto de adelantarle algode la sorpresa, y Bart de responderle, cuando Rosa lasacó a la fuerza. “Yo sólo trataba de despertarlo” —dijohaciéndose la mustia. “¿Cuál día de campo?, ¿quiénes van? Yo tengoque seguir convenciendo gente para que contribu-ya con las estampillas postales para Massachusetts yWashington.” “Tus hermanas y primas lo organizaron,invitaron a los hermanos González Rosas, Federico yCelso, convencieron a tu mamá al decirle que tambiéniban Miss Hester, la maestra de quinto año —a quienacompañaban Mr. Williams, su novio, y la pareja deamigos, Miss Lovelace y Mr. Simmons.” Cuando Bartle expresó su asombro —puesto que Federico y Celso,así como Ernestina y Cecilia estaban comprometidas 6
  61. 61. De los cuates pa’ la razacon él para solicitar apoyo— sólo recibió un guiñomalicioso de parte de Bety. La cita era, justo, en la esquina sur poniente for-mada por las calles Sheridan y Ceylan, a la sombra delenorme mezquite. Llegaron a la desvencijada puertade la cerca que trunca la calle James Madison, y deaquí se desviaron al poniente hasta la Thomas Jeffer-son, también truncada por las barracas de los ilega-les y siguieron; pasaron la tupida mezquitosa que seextendía por el lado del jardín derecho del diamantede béisbol. La comitiva continuó por la orilla de losriachuelos de aguas broncas afluentes del profundoarroyo El Callao. Llegaron a la vereda que zigzagueaba entre ca-rrizales y jarales compuesta de tres enormes escalonespor donde las vacas lecheras del viejo Rosendo gus-taban cruzar el arroyo, tomando posesión de terrenosdel viejo Robert Browning del Condado Maverick.Este par discutía por todo, terminando siempre me-dio borrachos contándose sus respectivas desgracias.Hacía muy poco que los encontraron a punto de mo-rir con quemaduras horrendas causadas por tequila ywhisky, se sabía que este acto criminal fue causado porcobardes del Ku Klux Klan, quienes odiaban ademásde los negros, a los grasientos “mexican”, y a los queconfraternizaban con ellos, los “white thrash”, la por-quería blanca. Al pie del último “escalón” se encontraba unalaguna mucho más larga que ancha cuya agua pre-sentaba una suave corriente. Más adelante aparecía 0
  62. 62. Antologíauna extensión de tierra, especie de isleta larguísimade unos cuarenta metros de ancho que daba paso a lacorriente principal. Bety se adelantó corriendo para apartar un buenlugar entre varios sauces llorones donde extender elpetate y colocar sobre éste el mantel. Una vez insta-lados Bart se dispuso a tenderse al sol, cuando escu-chó: “¡Se está ahogando! ¡Auxilio!” Corrió hacia abajodonde empezaba la corriente, sacaban el cuerpo de unmuchacho cuya parte de la cara y la cabeza habíansido destrozadas por las rocas. Dejó de ir al río pormucho tiempo. Rosa se adelantó corriendo para apartar un buenlugar entre varios sauces llorones donde extender elpetate y colocar sobre éste el mantel. Una vez instala-dos Bart se dispuso a tenderse al sol, cuando escuchójunto a él, el saludo de Miss Hester dirigido a todos,e inmediatamente después: “Bart, Mister Williamsdesea platicar contigo, si tú estuvieses de acuerdo”.No acababa Bart de girar para quedar boca arriba yser deslumbrado por los rayos solares que rodeabanlas sombras de su ex maestra y Mister Williams —aquien seguiría sin conocerle la cara—, cuando la vozde éste se escuchó: “Bart, te sugiero que abandones latarea inútil de enviar cartas ridículas al Gobierno deMassachusetts, como habías abandonado la costum-bre de venir al arrollo”. Bety se adelantó corriendo para apartar un buenlugar entre varios sauces llorones donde extender elpetate y la gruesa cobija de lana, y hacer el amor sin 1
  63. 63. De los cuates pa’ la razatestigos dominicales. Bart se dejaba llevar por el de-seo sexual disminuido tan sólo por el recuerdo de lasugerencia de Mister Williams dos días antes. Unavez instalados y encuerados, Bety y Bart retozaban alsol, cuando escucharon junto a ellos la voz de MissHester: “Bart, Mister Williams desea lo acompañes ala orilla del arroyo, mientras que yo le garantizo a tu“white thrash little whore” que no le rebanaré el cuellosi se queda quietecita”. No acababa Bart de abrir los ojos cuando lo to-maron de los cabellos arrastrándolo fuera de los mus-los de Bety. Mister Williams se lo llevó más allá dela isleta a base de golpes brutales en todo el cuerpo.Finalmente le soltó la cabellera y le gritó: “Eres unimbécil Bart, como todos los grasientos mexicanos,quiero que veas cómo muere uno de los que te siguie-ron en tus estupideces, que lo veas antes de que túmismo te vayas al infierno. Nuestra patriótica acciónla hacemos en nombre de los verdaderos ciudadanosblancos anglosajones a quienes queremos librar de ra-tas negras, amarillas, o prietas que infestan este her-moso país”. Williams, dando un giro soltó la cabellera deBartolomé, quien fue a clavarse en el agua no muy le-jos del centro de la corriente, donde dos personas jala-ban arrollo abajo, cada una, un talón de Federico. “¡Nosé nadar!” Fue lo último que el muchacho gritó, dadoque fue jalado hacia abajo, obligado a tragar y tragarmás líquido. Con su propia carga a cuestas Bart nadólo más rápido que pudo, sintió que lo jalaban hacia el 2
  64. 64. Antologíafondo, tomaba aire y alcanzaba a salir un poco, veía elpelo de Federico como una planta flotante. Sus bra-zos danzaban grotescamente. No los alcanzaría nuncaporque él mismo se estaba ahogando. Se abandonó al jalón de su asesino, tanto que elesbirro tuvo que soltarlo para salvarse a su vez. Ce-rrando los ojos vio su enredadera, cerrando los ojosse aferró a ella nadando hacia el fondo, nadó y nadóhacia la oscuridad. 3
  65. 65. Antología La post-revolución Carlos FuentesFederico Robles—Pueden criticarnos mucho, Cienfuegos, y creer queel puñado de millonarios mexicanos —por lo menosla vieja guardia, que por entonces se formó— nos he-mos hecho ricos con el sudor del pueblo. Pero cuan-do recuerda uno a México en aquellas épocas, se venlas cosas de manera distinta. Gavillas de bandolerosque no podían renunciar a la bola. Paralización de lavida económica del país. Generales con ejércitos pri-vados. Desprestigio de México en el extranjero. Faltade confianza en la industria. Inseguridad en el campo.Ausencia de instituciones. Y a nosotros nos tocaba, almismo tiempo, defender los postulados de la Revo-lución y hacerlos trabajar en beneficio del progreso yel orden del país. No es tarea sencilla conciliar las doscosas. Lo que sí es muy fácil es proclamar idealesrevolucionarios: reparto de tierras, protección a losobreros, lo que usted guste. Ahí nos tocó entrarle altorito y darnos cuenta de la única verdad política, elcompromiso. Aquello fue el momento de crisis dela Revolución. El momento de decidirse a construir,incluso manchándonos las conciencias. De sacrificaralgunos ideales para que algo tangible se lograra. Yprocedimos a hacerlo bien y bonito. Teníamos dere- 5
  66. 66. De los cuates pa’ la razacho a todo, porque habíamos pasado por ésas. A éstelo había agarrado la Acordada, a aquél le habían vio-lado a la madre, al otro robado las tierras. Y a todos,el porfirismo no nos abría caminos, nos había cerradolas puertas de la ambición. Ahora era la de armarnos,Cienfuegos, la nuestra, sí, pero siempre trabajando porel país, no gratuitamente como los del viejo régimen. De pie junto a la ventana, Robles señaló la ex-tensión anárquica de la ciudad de México. Cienfuegosprolongaba sus columnas de humo, silencioso. —Mire para afuera. Ahí quedan todavía mi-llones de analfabetos, de indios descalzos, de hara-pientos muertos de hambre, de ejidatarios con unamiserable parcela de tierras de temporal, sin maqui-naria, sin refacciones, de desocupados que huyen alos Estados Unidos. Pero también hay millones quepudieron ir a las escuelas que nosotros, la Revolu-ción, les construimos, millones para quienes se acabóla tienda de raya y se abrió la industria urbana, mi-llones que en 1910 hubieran sido peones y ahora sonobreros calificados, que hubieran sido criadas y aho-ra son mecanógrafas con buenos sueldos, millonesque en treinta años han pasado del pueblo a la clasemedia, que tienen coches y usan pasta de dientes ypasan cinco días al año en Tecolutla o Acapulco. Aesos millones nuestras industrias les han dado traba-jo, nuestro comercio los ha arraigado. Hemos creado, por primera vez en la historiade México, una clase media estable, con pequeños in-tereses económicos y personales, que son la mejor ga- 6
  67. 67. Antologíarantía contra las revueltas y el bochinche. Gentes queno quieren perder la chamba, el cochecito, el ajuar enabonos, por nada del mundo. Esas gentes son la únicaobra concreta de la Revolución, y ésa fue nuestra obra,Cienfuegos. Sentamos las bases del capitalismo mexi-cano. Las sentó Calles. Él acabó con los generales,construyó las carreteras y las presas, organizó las fi-nanzas. ¿Que en cada carretera nos llevamos un pico?¿Que los comisarios ejidales se clavaron la mitad de lodestinado a refacciones? ¿Y qué? ¿Hubiera usted pre-ferido que para evitar esos males no se hubiera hechonada? ¿Hubiera usted preferido el ideal de una hon-radez angelical? Le repito: nosotros habíamos pasadopor ésas, y teníamos derecho a todo. Porque nos ha-bíamos criado en jacales teníamos —así, sin cortapi-sas— derecho a una casota con techos altos y fachadaslabradas y jardines y un Rolls a la puerta. Lo demás es no entender qué cosa es una revo-lución. Las revoluciones las hacen hombres de carne yhueso, no santos, y todas terminan por crear una nue-va casta privilegiada. Yo le aseguro que si no hubierasabido aprovechar las circunstancias y todavía estu-viera labrando la tierra en Michoacán, igual que mipadre, no me quejaría. Pero el hecho es que aquí estoy,y le soy más útil a México como hombre de empresaque como campesino. Y si no yo, otros habrían surgi-do para exigir esas prebendas, ocupar el lugar que yoocupo, hacer lo que yo hago. Nosotros también éra-mos del pueblo, y en nuestras casas y nuestros jardinesy nuestros automóviles, triunfaba en cierta manera el
  68. 68. De los cuates pa’ la razapueblo. Además, éste es un país que se duerme muypronto, pero que también se despierta muy de repente:¿quién nos iba a decir, en aquellos días, qué cosa iba apasar mañana? Había que asegurarse. Y para obtenertodo eso, nos la jugábamos. Nada de esa politiquitafácil de ahora. Entonces se necesitaban, en primer lu-gar, güevos, en segundo lugar, güevos y en tercer lugargüevos. Para hacer negocios, había que estar metidohasta el cogote en la circunstancia política y ser muybragados. Entonces no había empresas de participa-ción norteamericana que protegieran contra cualquiereventualidad. Entonces nos la jugábamos cada día. Yasí inventamos el poder, Cienfuegos, el verdadero po-der mexicano, que no consiste en el despliegue de lafuerza. Ya ve usted qué falsa ha resultado esa imagendel mexicano sometido por la tiranía. No hace falta.Lo demuestra el hecho de que llevamos treinta añossin actos proditorios. Hacía falta otra cosa: trepárseleen el cogote al país, jorobar a los demás, no dejarse, serlos grandes chingones. Entonces, lejos de revueltas,hay admiración. Nada es más admirado en Méxicoque el gran chingón. Robles dejó caer el brazo. En la exaltación, sucolor era pizarra; volvía a ser su piel la piel del indio,tan cuidadosamente disfrazada por el casimir, los to-nos de la camisa y la corbata, los toques de loción enel pañuelo. —Nosotros tenemos todos los secretos. Sabe-mos lo que necesita el país, conocemos sus proble-mas. No hay más remedio que tolerarnos, o caer de 8

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