Gabriel Cebrián© STALKER, 2006.Info@editorialstalker.com.arwww.editorialstalker.com.arFoto de cubierta: Uxmal, Gabriel Ceb...
El espejo humeanteGabriel CebriánEl espejohumeante                       3
Gabriel Cebrián4
El espejo humeanteLos hombres blancos no saben de la tierra ni del marni del viento de estos lugares. ¿Qué saben ellos sin...
Gabriel Cebrián6
El espejo humeante                       Primera parte        Una suerte de temblor a medio camino con loinmaterial, refle...
Gabriel Cebriángirse, cuando estrictas necesidades así lo demandasen,para rastrear y bucear todos esos elementos que debía...
El espejo humeante        Disculpen si no me expreso bien o no hallo laspalabras adecuadas, lo cierto es que jamás pensé q...
Gabriel Cebriánporáneamente, y no compulsado por cuestiones detensión dramática, veleidades estilísticas o pruritosde esté...
El espejo humeantequienes sean capaces de ver, la oportunidad que des-de hace algunos años se esconde en algún rincón dela...
Gabriel Cebrián-Obediente soy, señor. Y no sé si seré muy despierto,pero le prometo hacer mi mejor esfuerzo si me tieneen ...
El espejo humeanteba una reproducción de El buey desollado, de Rem-brandt. Junto a él, y al lado izquierdo de la silla, un...
Gabriel Cebriánño, estuve exultante. Y más aún lo estuve cuandodespués de la primera semana de trabajo recibí unapaga de q...
El espejo humeanteran no más de cinco o seis, y todos hablaban españolcon dificultad, o con marcados acentos, diferentes e...
Gabriel Cebriánbre de ciencia, también era políglota. Y todo ello co-adyuvaba a excitar mi imaginación, aunque como yadije...
El espejo humeante         De camino al lugar del encuentro me sucedióalgo extraño, que aunque en el momento no le conferí...
Gabriel Cebrián        -No, pero...        -Mira, mozo, el artesano que me la dio lo hizocon la indicación que el primero ...
El espejo humeante        -Claro, y yo me quedaría más tranquilo si sela pago.        -Pues así sería, sí. Pero no se trat...
Gabriel Cebriánmé a extraer el menor sonido de aquel extraño ins-trumento.        Ya estaba anocheciendo cuando ingresé al...
El espejo humeantefuerte tendencia a devenir en su contrario, estallidomediante. Conteniéndome, le respondí:        -No es...
Gabriel Cebrián        -Oiga, está prejuzgando, y de una maneramuy insolente. Terminemos con este asunto.        -Por eso ...
El espejo humeante        -Primero tendrá que demostrarme que es con-fiable. Ya se lo dije.        -Szrebro no me habló re...
Gabriel Cebrián        Y se retiró, y eso fue todo. Allí quedé, algoconmocionado por tan singular personaje, con el mis-te...
El espejo humeantebían sido tensas, así que me arrojé de espaldas sobrela cama y creo que me quedé dormido con todo y za-p...
Gabriel Cebrián         <He’s got the stuff. ¿May I kill him, now? >         <No, not yet. We`ve wait for a while. >      ...
El espejo humeantevolver mentalmente sobre la hipótesis de la sugestión,y casi había logrado convencerme de que mi sistema...
Gabriel Cebriánmar en cuenta seriamente asuntos de esa índole, asíque contaba al menos con una disposición de ánimoque ten...
El espejo humeante        Arribé a la Estación Retiro ya pasada la me-dianoche, y me dirigí directamente hacia el domicili...
Gabriel Cebriánmi mente. –Aquí tengo lo que el extraño individuo éseme dio para usted –le informé, mientras abría mi mo-ch...
El espejo humeante        -No, claro, claro, eres un muchacho muy com-prensivo.        -Y sin embargo, hay cosas que no co...
Gabriel Cebrián        -No puedo decirte cómo y cuándo comenzó to-do este asunto; quizás, o mejor dicho seguramente,hace m...
El espejo humeante        -¿Estoy en problemas? –Pregunté, verdadera-mente alarmado.        -No sé qué decirte. Puede que ...
Gabriel Cebriánmodo alguno era del tipo étnico de los de por allí. Te-nía el cuerpo lleno de magulladuras y quemaduras, ya...
El espejo humeantemala manera y sin mediar explicación alguna, ni aúnante los reclamos y las argumentaciones del piadosoho...
Gabriel Cebriánbros de Consejo de Indias o los demás religiosos-, yapenas si pudo mantener al moribundo bajo sus cui-dados...
El espejo humeante        “Tal vez, tal vez...” concedió, con conniven-cia, respetando el desvarío febril, o senil, o ambo...
Gabriel Cebriánen vano he sido devuelto aquí, y has sido tú quien meha hallado. Espero que tengas bastante aceite en tulám...
El espejo humeanteNo era un hombre de talante espiritual, era un hom-bre práctico; y yo hubiera seguido sus pasos si no hu...
Gabriel Cebrián       “No sé cuánto tiempo estuve allí plañendo, lla-mando a mi padre a gritos, desesperando. Hasta queoí ...
El espejo humeante       “Esas fantásticas criaturas se llamaban a símismas Aluxes, y yo fui el primer hombre de este ci-c...
Gabriel Cebriánquiera imaginar podrías. Por un tiempo conseguimosque todo floreciera y que los dioses de la luz tuvieransu...
El espejo humeantebres son tan justos como aquí. Allende el agua saladagrande las cosas son muy distintas. Son tantas susb...
Gabriel Cebrián     hace uno con sus cuerpos superiores, el nagual ica-     laquini7 a punto está de desaparecer. Y casi n...
El espejo humeantevidentes que llegaron, como te conté, a aventurar susenergías a la propia guarida de Hun Ahau. Pudieront...
Gabriel Cebrián        “Así fue que volví a la tierra de los Aluxes,donde fui recibido con todos los honores. Pero no hu-b...
El espejo humeantezalcóatl, o Kukulcan, y Hun Ahau; simples piezas deun patolli11 cósmico.”        “Entre vorágines y adie...
Gabriel Cebriántemplo que los Aluxes habían levantado para la oca-sión, me senté y encontré mi grado máximo de con-centrac...
El espejo humeantetanear tus ojotes. Es un placer para mí ver la resolu-ción e ímpetu que ha tomado el fundador del linaje...
Gabriel Cebriánmostración de poder. Y comenzó a explicarme que: e-se flojo de Quetzalcóatl yace tranquilo con su sacer-dot...
El espejo humeanteagudo ingenio de tecolote urdió un plan impecable.Llegué a Tollan, con la apariencia de un anciano an-dr...
Gabriel Cebriánfrugales alimentos, estalló en un gozo inédito, y de e-llo me valí para seguir sirviéndole un cántaro tras ...
El espejo humeanteseñor de los muertos. Así fue como me apoderé delTollan, y que la gran comarca se convirtió en un in-men...
Gabriel Cebriánpuede llegar a ser la totalidad del saber que puedealcanzarse.”        “No me interesa el conocimiento que ...
El espejo humeantepeor pesadilla que la mente más febril imaginar pu-diera. No sé cuánto tiempo perdí en los serpenteantes...
Gabriel Cebriántu muerte? ¿Es que tu renacido nagual jamás tendrásuficiente?        Eres el amo de mi vida y de mi muerte,...
El espejo humeante        No me interesa ser dios. Solamente pretendoque dejes en paz a mi gente, a los Aluxes y a mí.    ...
Gabriel Cebrián        En este punto interrumpí al Prof. Szrebro, an-te la imposibilidad de contener una pregunta, o másbi...
El espejo humeante         -Bueno, pero no es lo mismo. De veras que meinteresa oír su historia, sobre todo lo que tiene q...
Gabriel Cebrián       -Tiene que ver con el frasco ése que le traje,¿no?        -Todo tiene que ver con todo, pero si quie...
El espejo humeantedica entrevista, pero no sabíamos bien cómo o cuán-do la amenaza iba a materializarse. Huitzilin me dijo...
Gabriel Cebrián        “Y aquí debo ingresar en un terreno que quizápueda zaherir tu espiritualidad, oh buen sacerdoteque ...
El espejo humeante        “Satán no tiene más poder que el que el pro-pio Dios todopoderoso le confiere”, señaló el jesuit...
Gabriel Cebriánenormes telas desplegadas al viento que lucían gran-des cruces. En un momento comprendí, gracias a mientend...
El espejo humeantede sorna en su monstruoso semblante. Puedo ver queno has fogueado lo suficiente a tus pobres tlacameh,ya...
Gabriel Cebrián        Sé muy bien cuál es mi responsabilidad, y a-ceptaré gustoso cualquier reproche que los buenos tla-c...
El espejo humeantechos tlacameh que, convencidos de que se trataba dedioses por toda aquella parafernalia que el Miserable...
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
El espejo humeante
Upcoming SlideShare
Loading in …5
×

El espejo humeante

1,973 views

Published on

Published in: Automotive
0 Comments
1 Like
Statistics
Notes
  • Be the first to comment

No Downloads
Views
Total views
1,973
On SlideShare
0
From Embeds
0
Number of Embeds
1
Actions
Shares
0
Downloads
41
Comments
0
Likes
1
Embeds 0
No embeds

No notes for slide

El espejo humeante

  1. 1. Gabriel Cebrián© STALKER, 2006.Info@editorialstalker.com.arwww.editorialstalker.com.arFoto de cubierta: Uxmal, Gabriel Cebrián2
  2. 2. El espejo humeanteGabriel CebriánEl espejohumeante 3
  3. 3. Gabriel Cebrián4
  4. 4. El espejo humeanteLos hombres blancos no saben de la tierra ni del marni del viento de estos lugares. ¿Qué saben ellos sinoviembre es bueno para quebrar los maizales?¿Qué saben si los peces ovan en octubre y lastortugas en marzo? ¿Qué saben si en febrero hay quelibrar a los hijos y a las cosas buenas de los vientosdel sur? Ellos gozan, sin embargo, de todo lo queproducen la tierra, el mar y el viento de estoslugares. Ahora nos toca entender, cómo y en quétiempo debemos de librarnos de este mal. Canek, leyenda Maya. 5
  5. 5. Gabriel Cebrián6
  6. 6. El espejo humeante Primera parte Una suerte de temblor a medio camino con loinmaterial, reflejo de sombras patinando al espejodesde el anochecer arrabalero, palillo en boca, tagar-nina entre los dedos, amargor de esputos a medio ca-mino, como el temblor. Crescendo en el silbido de la pava que indicaque el agua para el mate ya llegó al indeseado hervor,como siempre, como todo en la vida, a resultas de nosaber machacar la ocasión en caliente, como el fierro,según aquella copla tan vetusta como sus recuerdos. Al borde del abismo, así se sentía; con lamuerte escudriñándolo desde cualquier sombrío rin-cón del rústico cuarto, uno de los dos de la humildecasa en el barrio porteño del Abasto. Esa muerte quehabía ido acercándosele de a poco, como el animal te-meroso que va tomando confianza y al que inclusoalentamos, estirándole la mano. No como lobos quevan estrechando el círculo, rezumando sus pupilas fi-jezas asesinas, no. Su muerte se aproximaba lenta-mente, procesando domesticidades, casi amanceban-dosele. No era una idea angustiante, no lo era muchomás que ese departamento sombrío, que esa vida de-clinante y también cosida con puntos de oscuridad,que esos recuerdos que afloraban una y otra vez comomiasmas mentales, detritus de fantasmas ahogados enla incesante marea temporal. Pero aún debía dar unas cuantas brazadas enaquella ominosa marea memorística, y hasta sumer- 7
  7. 7. Gabriel Cebriángirse, cuando estrictas necesidades así lo demandasen,para rastrear y bucear todos esos elementos que debíadejar consignados, a modo de testamento público; yque se referían a ciertos sucesos ocurridos no hacetanto, cuyos trasfondos esenciales jamás habían sidotomados con la seriedad que merecían. Y no pensaballevárselos a la tumba, por más que ingresara a ellatomado románticamente del hombro de las parcas,bailoteando rondas o jugueteando manitas. No queríaabandonar el mundo sin al menos hacer el intento dedar forma al legado que su reporte podía constituir. Se incorporó de la dura banqueta sintiendo losrigores de rigor -que así lo pensó, anticipando esasincapacidades expresivas que, prurito tan pueril, eranquizá la causa principal por la que había postergadoesta casi póstuma labor para sus diez de última-, dese-chó un poco de agua hirviente -que se bifurcó, segúndensidades, en vapores ascendentes y fluidos descen-dentes-; agregó un poco de fría y arrimó pava y mateya cebado a la mesa, donde papeles y lapicera loaguardaban para comenzar una empresa que lo intimi-daba casi tanto como los recuerdos. Agregó azúcar ala infusión, que para amarga estaba la vida -y todasesas cosas ya dichas, como los recuerdos, los resabiosde tabaco rancio en la saliva, etcétera-. Tembloroso de pulso y ánimo, puso manos auna obra que le insumió casi la totalidad del tiempoconciente de sus últimos días en este mundo.8
  8. 8. El espejo humeante Disculpen si no me expreso bien o no hallo laspalabras adecuadas, lo cierto es que jamás pensé quealgún día podía serme necesario contar con faculta-des gramaticales. Haré mi mejor esfuerzo, pero sobretodo en función de la claridad, que en este caso escrucial. El resto es solo crepitar agónico de antiguasvanidades, que se me han ido impregnando como lapropia miseria, como el barro de las oscuras compo-nendas de un destino que jamás comprenderé, aunqueya, a estas alturas, poco me importa. Sé que hay unmás allá, he podido comprobarlo; lo que no he podi-do despejar es esa absurdidad que signa esta existen-cia y la próxima, y las siguientes, si es que hay, cosaque ya no me consta. Mi nombre, si bien poco importa, es EliseoBlanchard. Crecí en el barrio porteño del Abasto, ypoco original fue mi infancia, así como mi primerajuventud. Así es que los hechos que motivan al presentereporte, comienzan cuando, al quedar imposibilitadomi padre por un desafortunado accidente, me vi obli-gado a buscar empleo; y lo hallé prontamente, lo queme hizo pensar que grande había sido mi fortuna.Nunca una presunción más inexacta, aunque el hechode que no haya sido afortunado a ultranza, se debepura y exclusivamente a mis incapacidades persona-les. Mas no debo adelantarme, o me daré de brucescontra los fantasmas que quiero exorcizar, haciendoasí fracasar esta catarsis in extremis, ya de por sífunambulesca, tanto en modo como en intención. Esmenester que cada elemento haga su aparición tem- 9
  9. 9. Gabriel Cebriánporáneamente, y no compulsado por cuestiones detensión dramática, veleidades estilísticas o pruritosde estética; todo cuanto haga aquí su aparición sinpuntual meticulosidad, sin una muy merituada dosisde oportunismo y ubicuidad, podría constituirse en elelemento caótico capaz de derrumbar este incipienteedificio hasta sus cimientos y dejarme sin siquiera laposibilidad de comunicar el prodigio del que fui tes-tigo una vez y que, agazapado en los vericuetos de u-na realidad inestable al punto de la desesperación,quizá pueda dar a otro la oportunidad que tan estúpi-damente desperdicié cuando estuvo a mi alcance. Y en función de tales preceptivas, he aquí queadvierto que estoy dejando una puerta abierta a eseelemento caótico tan temido, por cuanto su conjuroexige una cierta aclaración previa, y es la de quemuchos, al momento de la eventual publicación delpresente, argüirán que es el producto de una menteaberrada, e incluso podrían llegar a agregar cróni-cas judiciales e historias clínicas que, presuntamente,vendrían a demostrar la insania de Eliseo Blanchardy su tendencia morbosa y paranoide respecto de cier-tos tópicos, que lo arrojaron a un estado alucinatoriocasi irreversible. En respuesta a ello, básteme decirque, cansado de predicar en el desierto de una huma-nidad inconsciente y consiguiendo a cambio sólo re-cetas represivas (cuando no lisa y llanamente anula-tivas), decidí fingir la aceptación de mi delirio y laconsecuente sanación del ficticio enajenamiento.Hasta hoy día, cuando con un pie ya en la tumba,nada queda de mí más que la voluntad de mostrar, a10
  10. 10. El espejo humeantequienes sean capaces de ver, la oportunidad que des-de hace algunos años se esconde en algún rincón dela selva misionera, o en un cenote yucateco, o en al-gún lugar entre ambos pero situado en otra dimen-sión; oportunidad que temo haber perdido para siem-pre y a la que seguramente estoy alejando aún máscon el rumor de esta pluma, con la que no obstanteintentaré dejarla latente sobre estos papeles amari-llentos. Conocí al Profesor Neftalí Szrebro una plo-miza mañana de otoño, no recuerdo exactamente lafecha. Apremiado por las circunstancias económicasque afectaban a mi familia –compuesta por mis pa-dres y una hermana menor-, leía los avisos de ofertade trabajo en el diario que alguien había abandonadoen un banco de la Plaza Miserere, cuando un hombreque entonces me pareció anciano, de escaso metrosesenta de altura, cabello y barbas canos, algo en-trado en kilos y enfundado en un traje gris, se plantófrente a mí y me observó a través de los gruesoscristales de sus gafas.-Buenos días –saludé, algo incómodo. El hombre a-quél fue directamente al grano:-¿Estás buscando trabajo?-Sí, señor. ¿Sabe de alguno?-Claro que sí. Verás, necesito un asistente personal,un muchacho despierto y obediente. ¿Sabes tú de al-guno, que cumpla con esos requisitos? 11
  11. 11. Gabriel Cebrián-Obediente soy, señor. Y no sé si seré muy despierto,pero le prometo hacer mi mejor esfuerzo si me tieneen cuenta.-Es una buena respuesta, por cierto. Casi te diría queestás contratado. La paga que pienso ofrecerte esmuy buena, seguramente estarás de acuerdo con ella.Haríamos la prueba durante una semana, y si al caboambos estamos conformes, pues bien, el puesto serátuyo.-Muchas gracias, señor.-Si no tienes nada que hacer en lo inmediato, iremosa mi estudio, así lo conoces y vas poniéndote al tantode tu tarea. Es acá nomás, a unas pocas cuadras. Caminamos en silencio, al ritmo del paso can-sino de mi empleador -que no se compadecía en lomás mínimo con mi estado de ansiedad, y me obliga-ba a esforzarme para no dejarlo atrás-. No pude evi-tar, en ese contexto, dar voz a una pregunta, que eraexpresión de mi zozobra: -¿Podría decirme en qué consistirá mi laborcomo asistente? -No te apresures. Tal vez sería bueno que an-tes de ello nos presentáramos formalmente, ¿no cre-es? Nos dijimos entonces nuestros respectivosnombres, y eso fue todo. Hasta que ingresamos en unedificio de oficinas, atravesamos un largo pasillo eingresamos en la número 21. Constaba de una pe-queña sala de espera, dotada de mesa, silla y lám-para. De la pared frente a la puerta de ingreso colga-12
  12. 12. El espejo humeanteba una reproducción de El buey desollado, de Rem-brandt. Junto a él, y al lado izquierdo de la silla, unteléfono amurado. Más allá, la puerta hacia un am-plio despacho central; el que además del consabidoescritorio -particularmente suntuoso-, contaba con u-na especie de laboratorio químico, dispuesto de modoque la luz que entraba por el amplio ventanal dierade lleno sobre él. Todo ese gran ambiente estaba pre-sidido por una voluminosa reproducción lujosamenteenmarcada de El alquimista, de Joseph Wright ofDerby, dato éste del que, obviamente, iba a enterar-me más tarde. Apenas me permitió un soslayo de esa oficinaprincipal, tanto como para cumplir con una mínimaformalidad. Tampoco me explicó cosa alguna respec-to de su actividad, o del propósito tanto de su bufetecomo del laboratorio. Szrebro simplemente me indicóque ocupara la mesa del antedespacho, en la que notendría mucho que hacer. Sólo apersonarme a susllamados -que efectuaría con una campanilla de ma-no-, atender las esporádicas llamadas telefónicas yconsultar con él si serían o no tomadas, y hacer losrecados que me indicara. Fuera de ello, debería efec-tuar cortos viajes en busca de elementos que nece-sitaría para su trabajo. Me despreocupó en el sentidoque todos estos viajes serían a sitios cercanos, quepodían realizarse en el día. Agregó que como tendríabastante tiempo ocioso, sería bueno que lo aprove-chase estudiando cualquier cosa que me agradara. No voy a negar que en aquel momento, comotambién durante los primeros tiempos de mi desempe- 13
  13. 13. Gabriel Cebriánño, estuve exultante. Y más aún lo estuve cuandodespués de la primera semana de trabajo recibí unapaga de quinientos pesos, lo que indicaba que seríanalrededor de dos mil al mes. Sólo por permanecerallí, leyendo novelas de aventuras, atendiendo espo-rádicas llamadas telefónicas o yendo a hacer lascompras y trámites del simpático y generoso ProfesorSzrebro. Al cabo del primer mes todo había transcu-rrido apaciblemente. Tenía suficiente dinero comopara aportar significativamente a las magras arcasfamiliares, y aún me quedaba resto para darme algu-nos pequeños gustos, los que con el correr del tiempoy si lograba conservar ese interesante empleo, iban aser menos pequeños, ello en cuanto algunos déficitshistóricos fueran siendo saldados. Así fue que mi le-altad al profesor y mi contracción a las escuetas ta-reas que me habían sido asignadas, fueron absolutas,signadas por una especial gratitud. Tanto así que co-mencé a experimentar cierta culpa por una incipientecuriosidad que comenzaba a crecer en mi interior, yque estaba dirigida al propósito de las actividadesque desarrollaba mi empleador en su laboratorio. Pe-se a que trataba de reprimirla -diciéndome que noera asunto de mi incumbencia, y que el profesor pro-bablemente pagaba tan bien para asegurarse una dis-creción tan tácita como absoluta-, inconcientementemi pensamiento recurría a especulaciones sin mayorasidero, y que se disparaban sobre todo ante cadallamada telefónica. Los interlocutores de Szrebro e-14
  14. 14. El espejo humeanteran no más de cinco o seis, y todos hablaban españolcon dificultad, o con marcados acentos, diferentes en-tre sí. Podía reconocer a uno con acento alemán, otroparecía de tipo árabe, y por supuesto, el infaltableangloparlante. Otros dos o tres me resultaban incla-sificables, de plano. No parecían en modo alguno a-fricanos, nórdicos ni orientales. Más bien sonaban aalguna lengua de nativos americanos; pero claro, eraésta una presunción absolutamente infundada, al me-nos por entonces. No es difícil colegir entonces quesemejante babel tirada al castellano se constituyese,como de hecho lo hizo, en motivo más que suficientepara azuzar la curiosidad de alguien que por sobretodas las cosas, estaba interesado en conservar aqueltrabajo tan ventajoso. Ello, mas el aparente hermetis-mo que parecía rodear a las actividades del Profesor,me llevaban a barajar hipótesis que más que nadatendían a establecer fundamentos sobre los cuales a-poyar las seguridades de mi continuidad laboral.Mas, como es evidente, no poseía los mínimos datosque me permitieran articular teorías ciertas al res-pecto. Así, todo lo que pude sacar en limpio fue que alos únicos que atendía en cada oportunidad que lla-maban era a los de acento aborigen. Y en orden de-creciente, al germano, al árabe y luego al inglés, aquien se dignaba a atender cíclicamente, y solamenteal cabo de numerosas negativas previas, más o menoscada cuatro o cinco. Por lo poco que podía oír desdeel antedespacho, mantenía las conversaciones en el i-dioma propio de sus interlocutores, lo que demostra-ba que además de sus aparentes quilates como hom- 15
  15. 15. Gabriel Cebriánbre de ciencia, también era políglota. Y todo ello co-adyuvaba a excitar mi imaginación, aunque como yadije, experimentaba esas lucubraciones como estig-matizadas de deslealtad, casi pecaminosamente. Ya llevaba dos meses de desempeño cuando elProfesor me dijo que debía emprender mi primer via-je. Así fue que me dirigí a San Ignacio, Provincia deMisiones, con la indicación de esperar a alguien queme contactaría en una especie de almacén-bar queestaba situado cerca de la entrada a las ruinas de lasantiguas misiones jesuíticas. Me apeé del ómnibus, luego de casi trece ho-ras de viaje, y me maravillé frente a esos caminos detierra color sangre que se internaban entre el verdeprofundo de la selva. Hacía mucho calor, pero la e-moción frente a semejante marco natural, adunado ala circunstancia de que nunca antes había emprendi-do un viaje más lejos de Buenos Aires que alguna in-cursión por la costa atlántica, hicieron que tanto elclima como el largo viaje fueran detalles nimios, irre-levantes de frente a la novedosa experiencia. Como elencuentro con el misterioso contacto estaba progra-mado para algo así como tres horas después de mi a-rribo, tuve tiempo para asegurarme el boleto de vuel-ta a Buenos Aires y de recorrer la pintoresca locali-dad, deteniéndome especialmente en la casa-museodonde vivió Horacio Quiroga. Y por supuesto, visitélas históricas ruinas durante un crepúsculo particu-larmente bello. Sí, aquel trabajo había sido una espe-cie de regalo de Dios. Eso era lo que pensaba enton-ces; y tal vez haya sido así, de cualquier modo.16
  16. 16. El espejo humeante De camino al lugar del encuentro me sucedióalgo extraño, que aunque en el momento no le conferíimportancia, con el devenir de los acontecimientos,llegó a adquirir singular importancia. El hecho fueque camino al bar pasé por un puesto de venta de ar-tesanías cuyo fuerte parecían ser las ocarinas -esaespecie de instrumentos aerófonos de barro a los quelos guaraníes, entre otras etnias, eran tan afectos-.Todos eran de forma ovoide, como aplastados longi-tudinalmente, y la mayoría pintados con motivos zoo-lógicos, representando insectos y reptiles, además deotros decorados con signos de tipo tribal, de caracte-rísticas aborígenes. Pero había una diferente, conforma de pájaro, con las alas extendidas hacia atrásy cogote y pico estirados hacia delante. Era puro ba-rro cocido, sin pintura alguna, sólo relieves que in-sinuaban el plumaje. Nada tenía de especial más quesu morfología diferente, que debe haber sido lo quellamó mi atención. La tomé para observarla mejor –cosa que no suelo hacer, debido a mi timidez consti-tutiva-, ante la mirada curiosa del anciano de ojosclaros y biotipo europeo que estaba detrás del impro-visado mostrador. -¿Cuánto cuesta? -Buena pregunta. –Me respondió, y añadió e-nigmáticamente: -Aunque hubiera sido mejor pregun-tar cuánto vale. Vale muchísimo, sí señor. Tiene unvalor superlativo. Pero no te costará nada, al menosen dinero. -¿Cómo dice? -Que puedes llevarla, nomás. Es un obsequio. 17
  17. 17. Gabriel Cebrián -No, pero... -Mira, mozo, el artesano que me la dio lo hizocon la indicación que el primero que la tocase seríasu dueño, porque era la persona que eventualmenteiba a necesitarla. Y esa persona has sido tú. -No, pero no puedo aceptarla –casi balbuceé,no entendiendo del todo lo que estaba sucediendo,aunque una parte de mí se mostraba oportunista ycodiciosa frente a una pieza que parecía ostentar unasuerte de valor agregado de tipo espiritual -¿Y porqué se supone que podría llegar yo a necesitarla? -Me haces preguntas cuya respuesta desco-nozco. -Tal vez pudiera hablar con el artesano que lahizo, entonces. -Es un mago poderoso. No tiene tratos con lagente, quienquiera que sea. Yo sólo recojo el materialy a cambio le dejo mercaderías. Ni siquiera yo puedoverlo. Y si te digo adónde hallarlo, probablementesería tu fin, y ciertamente el mío. Así que no tienesalternativas, la tomas o la dejas. -Usted está burlándose de mí –le espeté, en u-na actitud casi inédita a tenor de las característicasanímicas que ya señalé; pero ello a cuento de que lasituación, por alguna razón, me había alarmado bas-tante. -Como broma, se trataría de una bastante es-túpida, ¿no crees? No solamente no le encuentro mu-cha gracia, sino que además comporta una pérdidapara mí. Podría habértela vendido por unos pocospesos, los que, por otra parte, buena falta me hacen.18
  18. 18. El espejo humeante -Claro, y yo me quedaría más tranquilo si sela pago. -Pues así sería, sí. Pero no se trata de eso. Terepito, la tomas o la dejas. Y si me permites un conse-jo, simplemente te diré que será mejor en todo casoque la tengas y no la necesites, que llegues a nece-sitarla y no la tengas. -¿Y para qué se supone que podría yo necesi-tarla? -Eso no lo sé, y tampoco es asunto mío. Lo ú-nico que puedo informarte es que se trata de un “lla-mador”. -¿Un llamador? ¿Para llamar qué cosa? -Originalmente, los llamadores se utilizabanpara imitar el canto de determinadas aves con el pro-pósito de darles caza. Pero luego los chamanes desa-rrollaron otros, que se supone que llaman espíritus, oentidades que no son de este mundo. -Entonces éste, sería uno de esos, ¿verdad? -Hombre, supongo que sí, pero no es cuestiónmía averiguarlo. -Y yo supongo que tampoco es cuestión mía. -Sin embargo, tú has sido el primero en tocar-lo. Y por lo que yo sé, este hechicero jamás se equivo-ca. Por eso te digo, tómalo o déjalo. Es tu decisión ytu responsabilidad. Lo tomé, esperando fervorosamente que todasesas habladurías fueran sólo eso, habladurías. Elsentido común y cualquier pauta de cordura estabana favor de esa hipótesis. De todos modos, no me ani- 19
  19. 19. Gabriel Cebriánmé a extraer el menor sonido de aquel extraño ins-trumento. Ya estaba anocheciendo cuando ingresé al al-macén. Solo estaban el dueño -o encargado, quizás- ytres parroquianos que bebían vino acodados sobre elmostrador. Ocupé una de las escasas mesitas y pedíun sándwich de jamón y una cerveza. Pese a la an-siedad que me causó el episodio con el vendedor deocarinas, y a la expectativa por el encuentro que so-brevendría, tenía bastante apetito. Ya había termina-do de comer cuando hizo su llegada mi contacto, dequien no sabía yo ni su nombre de pila. Vino directohacia mi mesa y se sentó sin pedir autorización, sinsiquiera saludar. -Usted viene de parte del Profesor Neftalí –a-firmó. Se trataba de un individuo de rasgos amerin-dios, aunque vestía un traje gris de neto corte occi-dental, camisa blanca y corbata oscura. Era enjuto,tenía pelo largo y renegrido al igual que sus ojos,sesgados, que sostenían una dura mirada que se cla-vó en los míos y allí permaneció. -Sí -contesté, algo apabullado por la fijezacon la que me miraba, que le daba un aire casi alo-cado. -Entonces estará al tanto de que el asunto quenos traemos en muy delicado. Su actitud comenzó a molestarme. Y todos sa-bemos que las personalidades apocadas tienen una20
  20. 20. El espejo humeantefuerte tendencia a devenir en su contrario, estallidomediante. Conteniéndome, le respondí: -No estoy al tanto de nada; solamente de queusted debe darme algo para el Profesor Szrebro, y ya. -No es tan fácil, jovencito. -Mire, el profesor me indicó que viniera acá yesperara a alguien que me daría un recado para él.Nada más que eso. Y no encuentro por qué deberíaser complicado. -Porque por ejemplo, debería yo estar segurode que usted es lo suficientemente confiable antes deentregarle un material sumamente valioso. -No he venido hasta aquí para dar pruebas deconfiabilidad. Vengo de parte del Profesor Szrebro, yeso debería ser suficiente, mi amigo. -No soy su amigo, ni lo quiero ser. -Es una forma de decir, nada más. Y tengapor cierto que de acuerdo a su actitud, yo tampocotengo el más mínimo interés en su amistad. -Ya lo creo. Usted es blanco, de la Capital, yyo solamente soy un indio infeliz que vive en las afue-ras de un pueblo de mala muerte. -Oiga, no salga con eso... ¿de dónde saca se-mejante ocurrencia? En ningún momento pensé... -Ése es otro de los problemas, ¿ve? –Me inte-rrumpió. –Que no piensa lo que piensa. -¿Cómo dice? -Digo que yo puedo ver lo que piensa, en unnivel profundo, y usted no. Y más allá de eso, no pa-rece ser un sujeto que piense mucho, o al menos, co-rrectamente. 21
  21. 21. Gabriel Cebrián -Oiga, está prejuzgando, y de una maneramuy insolente. Terminemos con este asunto. -Por eso le dije, no es tan fácil. -Pero es usted quien... -Claro, claro. Los indios tenemos la culpa detodo. Somos complicados, salvajes, incultos... -¡Deje de poner en mi boca cosas que nuncadije! –Lo interrumpí ahora yo, realmente ofuscado. -...y cuando las cosas no marchan a su modo,según los códigos establecidos por los europeos o susdescendientes, adquieren ese tono autoritario con elque acaba de increparme. -Mire, amigo... -Ya le dije que no soy su amigo. -...indio, o lo que sea, con usted no se puedehablar. No entiende razones. -Déle, nomás, siga discriminando. -Yo no discrimino. Es usted quien me ha enre-dado en todo este asunto en el que no tengo arte niparte. -Conozco ese argumento: “Yo no tengo la cul-pa si estos indios de mierda se discriminan solos”. En ningún momento había dejado de taladrar-me con su mirada, pero ya no me incomodaba tanto.Llamé al encargado y le pedí una ginebra con hielo,sin siquiera preguntar a mi contacto si deseaba tomaralgo. -Bueno –le dije, copa en mano-, creo que nome interesa continuar hablando con usted. ¿Va a dar-me o no lo que sea que tiene para el Profesor Szre-bro?22
  22. 22. El espejo humeante -Primero tendrá que demostrarme que es con-fiable. Ya se lo dije. -Szrebro no me habló respecto de ningunaprueba que yo debiera dar. -Eso a mí no me importa. Ésta es una cuestiónentre usted y yo. -Ve, está muy equivocado. Es una cuestión en-tre Szrebro y usted. Yo solamente soy el encargado derecoger lo que sea que usted traiga, y llevárselo. Esoes todo. -No, jovencito. Eso no es todo. Si eso fuera to-do, ya le habría dado el asunto y adiós. ¿O a pococree que me hace feliz estar perdiendo mi tiempo conun porteño arrogante y racista? Finalmente, el estallido anímico por fin seprodujo, tal vez catalizado por el par de impetuosostragos de ginebra que me había echado sobre el litrode cerveza: -Mire, tal vez lo que voy a decirle sustente suidea de que soy racista, pero si sigue en esa vena, meveré obligado a patearle su sucio culo aborigen. El moreno sonrió ampliamente, por primeravez en nuestra entrevista. A continuación, y sin dejarde mirarme a los ojos, dijo: -Está bien, jovencito. Ha pasado la prueba.Tal vez sea un poco pusilánime, pero tiene garras quemostrar si las circunstancias lo requieren. –Estiró unobjeto con forma de botella, o algo así, envuelto enpapel madera y lo depositó frente a mí. –Ésta es unasustancia muy valiosa como para dejarla en manosde un flojo –añadió. 23
  23. 23. Gabriel Cebrián Y se retiró, y eso fue todo. Allí quedé, algoconmocionado por tan singular personaje, con el mis-terioso paquete sobre la mesa, frente a mí. Tomé unpar de ginebras más, y pregunté al bolichero por al-gún albergue para pasar la noche. No tenía ómnibussino hasta el mediodía siguiente. Iba de camino, se-gún su indicación, por una callejuela bastante oscuray solitaria, cuando oí pasos detrás de mí. Me volví,ligeramente alarmado, pero no vi a nadie. Tal vezhabía entrado en alguna de las antiguas casas de lacuadra. Continué, y volví a oírlos. Esta vez me volvíraudamente, en pleno escalofrío, y tampoco vi a na-die. Y como en la anterior oportunidad, el sonido depasos cesó de inmediato. Quienquiera que fuese, nohabría tenido tiempo de ingresar en ninguna vivien-da. Me agité, me quedé parado allí unos segundos,expectante, y luego emprendí nuevamente la marcha,agudizados mis sentidos por la alarma. Llegué alalbergue canturreando, para evitar oír nuevamente elominoso sonido del caminante fantasma; y debo ha-berlo conseguido, o quizá fue que había cesado, o a-caso todo había sido solamente producto de mi ima-ginación, just my imagination runnin’ away with me,-precisamente fue ese clásico del rock & roll que en-toné casi como un conjuro-. Renté un cuarto rústicopero que contaba con una cama muy cómoda y unpequeño escritorio de estilo campestre muy antiguo,sobre el cual deposité el objeto que me había dado elmisterioso indígena. Estaba cansado, un poco por elviaje y sobre todo por las últimas dos horas, que ha-24
  24. 24. El espejo humeantebían sido tensas, así que me arrojé de espaldas sobrela cama y creo que me quedé dormido con todo y za-patos. Y con la boca abierta, en orden a lo que su-cedió luego, y que vino a hilvanarse en lo que sería u-na retahíla de sucesos angustiosos. En la frontera en-tre sueño y vigilia tuve la pavorosa sensación de quealguien estaba soplando dentro de mi boca. La cerrétan fuerte que mis dientes se entrechocaron, y me do-lió bastante. Me incorporé agitado, pero en la pe-numbra del cuarto no parecía haber nadie, igual quehabía sucedido en la callejuela rato antes. Me dijeque aquella sensación había sido producto de un sue-ño, al menos de una ensoñación, pero había sido tanvívida que tal argumentación no conseguía afirmarseen mi conciencia. Es más, un regusto amargo muyfuerte e inexplicable crecía en mi boca. Encendí laluz y traté de convencerme de que todo aquello erasólo producto de sugestión, trampas de una menteestimulada por la novedad del viaje y los sucesos quehabían tenido lugar desde mi arribo a San Ignacio. Me conminé a tranquilizarme, toda vez que elnerviosismo bien podía inducirme a otras experien-cias alucinatorias, arrojándome así a una vorágineque podía desembocar en pánico. De hecho jadeaba,mi ritmo cardíaco estaba por demás acelerado y ade-más sudaba frío. Así que respiré profundo e intentévolver a la normalidad, aunque más no fuera misprocesos fisiológicos. Pero ese intento duró apenas u-nos instantes, sólo hasta que oí las voces y me quedétieso como una estaca: 25
  25. 25. Gabriel Cebrián <He’s got the stuff. ¿May I kill him, now? > <No, not yet. We`ve wait for a while. > <We can kill the boy and take his money, tosimulate a robbery… > <Shure, but I told you, is not the time. Be pa-tient. > <Okay, as you said. You’re in charge.> Si bien pude oírlos con total claridad, mi de-ficiente inglés me permitió interpretar lo que acabode transcribir, palabra más, palabra menos. No creonecesario consignar la zozobra que tales voces meprovocaron, aunque sí quiero destacar la circunstan-cia de que no supe entonces desde dónde provenían.Sonaban claras y distintas, pero no por ello pudedistinguir a ciencia cierta si me llegaban desde elpasillo, o estaban en mi cabeza, o dentro del cuarto.Ésta última posibilidad era desquiciante, pero pare-cía ser la más probable, a tenor de la claridad e in-mediatez con la que las había percibido. Y además talposibilidad se compadecía con el extraño soplido enmi boca. Para colmo habían hablado de liquidarme,por lo que el asunto tomaba un cariz desesperante.Examiné cada rincón del cuarto, esperando ver algúnagujero en la mampostería, o cualquier otra cosa quepermitiese inferir recovecos acústicos que eventual-mente causaran esa escucha tan fidedigna de vocesque por fuerza no debían haberse oído del modo quelo hice. No hallé nada anormal. Así que fui al baño alavarme la cara y beber un poco de agua, más quenada para tranquilizarme. Mientras bebía, traté de26
  26. 26. El espejo humeantevolver mentalmente sobre la hipótesis de la sugestión,y casi había logrado convencerme de que mi sistemanervioso excitado estaba jugándome una mala pasa-da, cuando me enderecé y tuve una visión que casi memata del susto: en el espejo, justo detrás de mi hom-bro derecho, vi un rostro en sombras; un rostro cuyaexpresión, a pesar de lo sombrío, ostentaba una ma-lignidad evidente, una especie de odio, locura y de-terminación asesina conjugados en un rictus pavoro-so. Se desvaneció de inmediato, pero no así el sobre-salto que me produjo y que casi me hace orinar en lospantalones. ¿Estaba volviéndome loco, así, de repen-te, y sin una razón definida? ¿O era acaso que elProfesor Szrebro me había metido en un atolladerode alcances insospechables? Ya no me parecía aquelviejo bonachón y generoso, y tampoco mi trabajo lu-cía, de buenas a primeras, como la bendición que ha-bía supuesto. Ahora parecía encajar todo: las reser-vas del viejo respecto de la índole de su trabajo, lagenerosa paga, la confidencialidad... al parecer erayo un agente tan inconciente como descartable. El te-mor cedió su espacio a la ira, y deseé fervorosamenteir a encararme con el viejo, exigirle precisiones acer-ca de lo que estaba ocurriendo y de paso, cantarlecuatro frescas. De nuevo en el cuarto vi los dos extraños pa-quetes que había depositado sobre el pequeño escri-torio. El desarrollo de los acontecimientos parecíadarle la razón al individuo que me había obsequiadoel supuesto llamador de entidades espirituales. Nun-ca, hasta ese momento, había sido yo proclive a to- 27
  27. 27. Gabriel Cebriánmar en cuenta seriamente asuntos de esa índole, asíque contaba al menos con una disposición de ánimoque tendía a minimizar las posibilidades esotéricas, yeso me inducía a parapetarme detrás de pautas racio-nalistas que, gracias a la falta de nuevos avatares,ganaban terreno en mi mente. Al cabo de unos minu-tos me estaba fustigando a mí mismo, reprochándomepor ser tan sugestionable y abandonarme sin más asupercherías pueriles, llegando al punto de alucinarde puro cobarde. Al día siguiente estaría de nuevo enBuenos Aires, entregaría el paquete a Szrebro y lecontaría si no todo, buena parte de lo que había ex-perimentado, tratando de ese modo de averiguar sihabía o no algo anormal en sus investigaciones. Peroaún así, me cuidaría mucho de poner en riesgo micontinuidad laboral en función de albures tan trucu-lentos. Bastante más tranquilo, y casi definitivamenteconvencido de haber reaccionado desmesuradamentea estímulos imaginarios, producidos por una extrañaconcatenación de experiencias novedosas y circuns-tancias atípicas, volví a arrojarme sobre la cama; esosí, dejando la lámpara encendida, recostado sobre elflanco y con la boca bien cerrada. Luego de un ratode rumiar los eventos del día, por fin el agotamientome indujo al sueño. Un sueño plagado de fantasma-gorías tan profusas como difusas, tanto más inquie-tantes cuanto indefinidas.28
  28. 28. El espejo humeante Arribé a la Estación Retiro ya pasada la me-dianoche, y me dirigí directamente hacia el domicilioparticular de Szrebro. Sabía adónde vivía por habervisto su dirección innumerables veces en las facturasde bienes y servicios cuyo pago estaba a mi cargo, yno era lejos, tanto de la Estación como de sus ofi-cinas. El impacto de los sucesos de San Ignacio habíasido mayor durante el viaje de regreso, cuando tuveoportunidad de analizarlos con más tiempo y mayortranquilidad. No podía ni quería aguardar hasta eldía siguiente para hablar con el Profesor. Toqué a lapuerta de una casa de estilo colonial, de aspecto se-ñorial pero sobrio. A poco descorrió la mirilla y lue-go abrió la puerta; no parecía haber estado durmien-do, puesto que estaba vestido y visiblemente despabi-lado. No se sorprendió de verme, sino que, por elcontrario, pareció alegrarse. Me hizo pasar a la sala-también austera pero amueblada con muy buen gus-to y decorada con reproducciones de pinturas tan a-gradables como las de su estudio-, y me ofreció café.Acepté, ciertamente me hacía falta uno. -Disculpe que me haya tomado el atrevimientode venir a su casa, y más aún a estas horas de la no-che –comencé a explicarme. -Has hecho muy bien, Eliseo. No hay ningúninconveniente. Es más, esperaba ansiosamente volvera tomar contacto contigo. ¿Cómo te ha ido en tu via-je? ¿Ha salido todo bien? –No pudo evitar que suspreguntas denotaran cierta urgencia. -Sí, creo que sí –respondí, dejando un resqui-cio por el cual infiltrar las cuestiones que atosigaban 29
  29. 29. Gabriel Cebriánmi mente. –Aquí tengo lo que el extraño individuo éseme dio para usted –le informé, mientras abría mi mo-chila y buscaba el recipiente. -Ah, qué bien. ¿Un individuo extraño, dices? -¿Acaso no lo conoce? -No demasiado; pero tanto personalmente, co-mo por teléfono o por correspondencia, me ha pare-cido una persona de lo más común. -Pues créame que no lo es. El poco tiempoque estuve con él se comportó de modo muy extraño –dije, mientras estiraba hacia él el paquete, que tomócon sumo cuidado, como temiendo que fuera a caér-sele o quién sabe qué cosa. Mientras iba a depositar-lo sobre un escritorio junto a la ventana, preguntó: -Ah, ¿sí? ¿Qué hizo? -Fustigarme, insolentarse, acusarme de imbé-cil, racista y toda suerte de cosas que no tenían másasidero que su imaginación, febril por cierto. Inclusopretendió someterme a prueba. -¿Dudó que hayas ido de mi parte? -No, o al menos no dijo eso. En realidad, pusoen duda mi capacidad para ocuparme de una sub-stancia extraordinaria como parece ser esa que letraje. No fue sino hasta que me hizo estallar que dejóde recaer en sus comentarios denigrantes. -Lamento que eso haya ocurrido. En ningúnmomento pensé que fuera capaz de una actitud seme-jante. -No lo lamente, Profesor, no es para tanto. Selo comento simplemente para que esté al tanto, no meestoy quejando ni mucho menos.30
  30. 30. El espejo humeante -No, claro, claro, eres un muchacho muy com-prensivo. -Y sin embargo, hay cosas que no comprendo. Szrebro me clavó sus ojillos azules durante u-nos instantes, como sopesando los alcances de mi in-sinuación. Luego me preguntó: -¿A qué te refieres? -Mire, Profesor, voy a ser muy franco con us-ted. Le aseguro que soy una persona leal y que valoromucho el trabajo que me ha dado; no quisiera quepor ventura vaya a tomar a mal lo que me gustaríadecirle. No se trata de curiosidad, ni de intromisión.Es sólo que... -Te entiendo perfectamente –me interrumpió.–Y seguramente vas a ser tú quien deba perdonarme.Verás, necesitaba de tus servicios, y por eso me atrevía contratarte, pero mi intención fue y aún es mante-nerte al margen de ciertas cuestiones, pero veo quegracias al imbécil ése de Albarracín, tal vez ya seademasiado tarde. Está de más que consigne aquí la profundaimpresión que me causó aquella especie de exordio,formulado desde el más sensible abatimiento. Quisepedirle que dijera de una buena vez en qué demoniosme había involucrado, pero no hallé mi voz, turbadocomo estaba. Sin embargo Szrebro, tal vez conscientede mi atormentado interior, sirvió los cafés y prosi-guió con una serie de explicaciones, las que cierta-mente me debía: 31
  31. 31. Gabriel Cebrián -No puedo decirte cómo y cuándo comenzó to-do este asunto; quizás, o mejor dicho seguramente,hace miles de años. Lo cierto es que para nosotroscomienza hace alrededor de cuatrocientos cincuen-ta... -¿Tiene alguna bebida fuerte? -Sí, brandy. -Sírvame un buen tanto, si no es molestia. -Está bien, también tomaré un poco. Me ayu-dará a dar orden y sentido a un relato tan extrañoque si no fuera por las evidencias, lo asimilaría a unafantasía aberrada. -Mire, después de lo que me ocurrió en SanIgnacio, creo que podré prestar mejores oídos a esahistoria. -Tal vez será mejor, entonces, que me cuentestú primero qué fue lo que te ocurrió. -Temo que así condicionaré su reporte, y sien-to necesidad de que sea usted absolutamente francocon lo que tiene que decirme. -Supongo que a contrario, porque de ese mo-do tal vez tenga menos reservas, aún inconscientes,para trasmitirte el asunto tal y como es, al menosdesde mi perspectiva. Le conté todo con lujo de detalles, y escuchóatentamente, mostrando claros signos de preocupa-ción en los tramos más álgidos. Cuando hube con-cluido, meneó la cabeza, y ese gesto me confirmó quehabía ingresado yo en un terreno de difícil, sino im-posible, retorno.32
  32. 32. El espejo humeante -¿Estoy en problemas? –Pregunté, verdadera-mente alarmado. -No sé qué decirte. Puede que sí, puede queno sea para tanto. El hecho es que no sé a cienciacierta si la cuestión comporta un peligro mortal, oqueda en la superficie de una vieja superchería neo-lítica. Mas de algún modo, todo en la vida parece a-justarse a problemáticas análogas. Esta misma copade brandy puede ser sólo un trago inocente, o un estí-mulo para el ánimo decaído, o para infundir coraje;pero también puede ser el primer peldaño de una es-cala descendente hacia el alcoholismo, la decadenciay la cirrosis. -Claro, profesor, pero ésos son enemigos mu-cho más concretos y manejables que fuerzas espiri-tuales desconocidas, ¿no lo cree? –Relativicé su ar-gumento, desde la nueva posición menos dependientey sumisa a la que el derrotero de los acontecimientosme había elevado. -Puede ser como tú dices, pero el hecho dehaber vivido en peligro durante mucho tiempo me hallevado a tomar las cosas de otro modo. Uno se acos-tumbra a todo. Pero voy a ir poniéndote en tema,aunque sea un poco, para que consideres por ti mis-mo si el asunto es tan grave o no lo es. Verás, hacemuchos años, en la misión cuyas ruinas acabas devisitar, uno de los sacerdotes jesuitas que cumplíacon su labor evangelizadora entre los guaraníes, ca-minaba por la selva en busca de setas cuando oyó u-nos quejidos en la espesura. Se dirigió hacia el lugardesde el que provenían y halló un aborigen que en 33
  33. 33. Gabriel Cebriánmodo alguno era del tipo étnico de los de por allí. Te-nía el cuerpo lleno de magulladuras y quemaduras, yardía en fiebre. Sin dudarlo ni un instante, y en fun-ción de los valores morales de su orden, lo cargó y lollevó a la misión. Fue nomás ingresar que toda la in-diada dejó de lado los quehaceres propios de la horay se arracimó en torno a ellos. Ninguno, ni siquieralos ancianos, había visto jamás a individuos como a-quél, un moreno de pequeña estatura y ojos más ses-gados aún que los de los guaraníes. Tampoco habíanvisto jamás ropas coloridas como las que cubrían elmaltratado cuerpo. El hombrecillo, a pesar de los do-lores y la fiebre, los escudriñaba con especial deteni-miento. El sacerdote lo llevó hasta sus aposentos, lodepositó sobre su propia cama y le dio de beber aguacon una cucharilla, con muchísimo cuidado y esmero.Temía que el extranjero fuera a morirse deshidrata-do. Luego, descorrió los ropajes y vio que la piel es-taba estragada varios lugares, y que el dibujo queformaban las heridas sugería que había sido víctimade quemaduras realizadas intencionalmente; daba laimpresión de que el pobre diablo había sido sometidoa torturas inhumanas. Lo lavó con aplicación, tratan-do de evitar que la infección ya declarada continuaraagravándose. A poco advirtió que sus escasas medi-cinas y su limitado conocimiento de las artes curati-vas probablemente no alcanzarían para salvarlo, asíque dejó al pequeño enfermo temblando y convulsio-nando en su cama, y fue a pedir ayuda al médico bru-jo de la tribu. Grande fue su sorpresa al recibir deéste una negativa total e irreductible, formulada de34
  34. 34. El espejo humeantemala manera y sin mediar explicación alguna, ni aúnante los reclamos y las argumentaciones del piadosohombre de fe. Ante tal situación, pidió ayuda al caci-que, pero tampoco halló resultados, aunque sí ciertasexplicaciones, que no resultaron nada tranquilizado-ras. El cacique le dijo que el hombrecillo era un bru-jo poderoso, y que había llegado allí desde el lugarde donde nadie retorna. “¿Qué lugar es ése?” Preguntó el sacerdote. “Nunca estuve allí”, respondió el cacique,“pero creo que es el lugar al que ustedes llaman in-fierno”. -Tras lo cual, y a pesar del esfuerzo, no pudoel piadoso hombre de fe precisar nada más. Cons-piraban contra ello las diferencias radicales de suscosmovisiones y, por supuesto, las barreras idiomáti-cas. Ni siquiera pudo aclarar cómo había sabido elcacique lo que creía saber, aunque consideró que setrataba de meras suposiciones, propias del pensa-miento supersticioso de aquellas gentes. Por tres días el buen jesuita cuidó del miste-rioso hombrecillo, desatendiendo toda otra cuestiónque no fuese ésa, a la que consideraba una obliga-ción insoslayable de caridad. Y en las pocas ocasio-nes que salió de sus aposentos advirtió que los indiosdel asentamiento lo miraban con recelo, sin preocu-parse en lo mínimo por disimularlo. Luego de esostres días, la fiebre había cedido, el paciente lucía mu-cho mejor y hasta era capaz de ingerir caldo de car-ne. Pero la situación lo obligó a varios conciliábuloscon sus superiores –ya fuera el Corregidor, los miem- 35
  35. 35. Gabriel Cebriánbros de Consejo de Indias o los demás religiosos-, yapenas si pudo mantener al moribundo bajo sus cui-dados, a base de argumentaciones humanitarias casiimposibles de contrariar sin entrar en contradiccióncon los principios fundamentales de su Orden. Al anochecer del tercer día, cuando el sacer-dote tomaba la cena frugal de costumbre, oyó que elhombrecillo a sus espaldas decía: “Gracias, buen hombre.” -Dio un respingo y trató de domeñar el galopecardíaco que la frase, dicha en perfecto español, lehabía provocado. “¿Acaso... hablas español?” preguntó anona-dado. “Sí, lo he aprendido de los hombres de metalque llegaron desde el mar, allí, en mi tierra, muy alnorte de aquí.” “Veo que estás mucho mejor...” “Tal vez, desde tu punto de vista.” “¿Qué quieres decir?” “Que seguramente estaría mejor si pudieramorir de una vez, y ya.” “¿Cómo puedes hablar de tal suerte?” “Tal vez lo entenderías luego de vivir más dedos milenios, como yo lo he hecho.” -Entonces el sacerdote pensó que la fiebre y elsufrimiento habían sido demasiado para aquel pobrehombre anciano y enclenque.36
  36. 36. El espejo humeante “Tal vez, tal vez...” concedió, con conniven-cia, respetando el desvarío febril, o senil, o ambos ala vez. “No me tengas la cuerda” observó el anciano,con rudeza. “Lamentablemente para mí, estoy en ple-no uso de mis facultades.” -Entonces el jesuita recordó todos los prodi-gios y leyendas que había visto y oído en esas nuevasy extrañísimas tierras, y por un momento cruzó por sumente la alocada idea de que el viejo podía estar di-ciendo la verdad. Dios se mueve en modos misterio-sos, se recordó a sí mismo, abriendo su corazón alextraño con una inocencia que no dejó de sentir comosagrada. “Parece que tienes mucho que contar” dijo alfin, habilitándole tal posibilidad. -El pequeño anciano levantó su torso, dejó suspies colgando al borde del camastro, se estiró comoquien acaba de gozar de un descanso reparador, yrespondió: “Tal vez tenga mucho que contar, sí; peroquien oiga mi historia puede verse inmerso en undrama de proporciones universales. Y justo tú, hom-bre benévolo y piadoso, pareces ser quien debe oíralgo de lo que cualquier mortal, por cabal o valerosoque sea, huiría como de la peste. Déjame verte” dijo,mientras concentraba sus ojos semicerrados en lapersona del Jesuita. “Sí, pues. Has cargado poca ba-sura en tu vida, y la poca que llevas apenas si con-siste teniendo en cuenta la grandeza de tu alma. No 37
  37. 37. Gabriel Cebriánen vano he sido devuelto aquí, y has sido tú quien meha hallado. Espero que tengas bastante aceite en tulámpara. Lo que tengo para contarte puede llevar unbuen rato.” -Y a continuación, el anciano comenzó acontar su historia. “Casi he olvidado ya mi nombre, perdido enlas brumas de una extensa memoria. Soy Tezcatlipo-ca1, fundador de la estirpe de los Toltecas. Tal vez e-so no te diga nada, pero ha sido mi linaje el que hallevado la llama del conocimiento a lo largo de másde dos mil años, y ha sido también depositario de lallave que sella la puerta del mundo de los demonios.” -El jesuita pensó entonces que el hombrecilloo bien desvariaba, o bien era una suerte de Jesucristoamericano. Se dispuso a seguir escuchándolo con a-tención plena, a fin de dilucidar cuál de los supuestosera el correcto. Si bien era un hombre cuya fe se ha-bía cimentado según los cánones más ortodoxos, eltrato con las culturas americanas había conferido asus estructuras mentales una elasticidad impensableaños atrás, en su tierra natal. “Nací entre los Olmecas, en el centro ceremo-nial de Tres Zapotes. Mi padre, Ometeotl, era unhombre poderoso, y sobre sus espaldas pesaba la res-ponsabilidad del bienestar material de nuestra gente.1 Espejo humeante.38
  38. 38. El espejo humeanteNo era un hombre de talante espiritual, era un hom-bre práctico; y yo hubiera seguido sus pasos si no hu-biese sucedido lo que sucedió. Cierto día, cuando yocontaba con cinco años, más o menos, mi padre de-cidió llevarme en un viaje de negocios hacia el orien-te, en busca de sal, la que obtenía a cambio de frijo-les, cacao y estatuillas de jade. La sal de esa zona erala mejor, y mucho muy apropiada para fijar las tintu-ras de las fibras vegetales con las cuales teñíamosnuestros ropajes. Mientras mi padre estaba ocupadoentre protocolos y regateos, un ave portentosa llamómi atención. Me miraba, mientras se contoneaba co-mo voluptuosamente, provocando iridiscencias hip-notizadoras sobre su plumaje negro brillante. Fue de-masiado para mí. No pude menos que seguirla cuan-do se escabulló entre la maleza, siempre perdiéndolade vista y volviéndola a ver unos pasos más allá, co-mo si desapareciese y volviera a aparecer, cada vezmás bella, cada vez más mágica, onírica, irreal. Nosé cuánto tiempo perseguí, embelesado, a la portento-sa ave; lo cierto es que cuando de alguna maneraconseguí romper el embrujo, temí haberme alejadodemasiado de mi padre y sus ayudantes, por lo queme volví y grande fue mi sorpresa cuando no pudever el pueblo, ni referencia alguna del lugar en elcual había estado sólo unos cuantos segundos antes.Estaba solo, en medio de un chaparral que se exten-día hasta el horizonte en cualquier dirección que mi-rase. La sorpresa dio lugar al miedo, de modo querompí en llanto y comencé a llamar a mi padre.” 39
  39. 39. Gabriel Cebrián “No sé cuánto tiempo estuve allí plañendo, lla-mando a mi padre a gritos, desesperando. Hasta queoí unas risillas y volví a espantarme. Parecían risasde niños, pero no podía ver a nadie por allí. Luego sesumaron escarceos en el matorral, a mi derredor, alparecer provocados por remolinos de aire. Presa delpánico, ahora sólo sollozaba quedamente, mientraslos remolinos y las risas arreciaban. Sentí un impactoen la espalda. Alguien me había aventado una piedra.Me volví y vi a un individuo de mi misma estatura,vestido como los campesinos de la zona. Era de mitamaño, pero adulto. Pero eso no era lo más extraño,lo más extraño era su rostro. Estaba cubierto por unpelaje corto, tupido y grisáceo, y sus ojos muy redon-dos y puro iris, junto a una especie de hocico, le da-ban expresión gatuna. Hubo otros remolinos, y a po-co varios de aquellos duendes me rodearon. Me escu-driñaban, con grandes sonrisas dibujadas en esosrostros que yo hallaba antinaturales, monstruosos. Elque apareció primero me tomó de la mano y me con-dujo hasta un cerro, en el que había varias cavernasque eran sus hogares. Fue entonces que me di cuentaque siguiendo a la portentosa ave había ingresado enotro cemanahuatl2, ya que momentos antes, cuandohabía mirado en derredor tratando de hallar el lugaradonde había dejado a mi padre, aquel cerro no ha-bía estado allí. Sólo había visto planicie y chapa-rral.”2 Mundo.40
  40. 40. El espejo humeante “Esas fantásticas criaturas se llamaban a símismas Aluxes, y yo fui el primer hombre de este ci-clo en recibir su enseñanza. Pasé mucho tiempo conellos, aunque no podría decir cuánto, porque mi exis-tencia en ese plano se parecía mucho a un sueño. Noobstante fui instruido en varias artes y ciencias, al-gunas de ellas vedadas a los hombres comunes pormás esfuerzo o voluntad que pongan, tanto ellos co-mo quienes pretendan instruirlos. Luego fue tiempode volver a vivir entre los hombres, y llevarles los te-soros de conocimiento que aprendí entre los Aluxes.Créeme si te digo que cada persona que traté luegode este maravilloso e iniciático entrenamiento, mepareció inconsistente, vana, pueril, en comparacióncon los maravillosos hombrecillos de aquellos para-jes de ensueño. Todo eran egoísmos, pasiones, bruta-lidad, avaricia, en fin... sin embargo pude fundar yestablecer un linaje de sabios, a quienes llamé Tolte-cas, y en cuya compañía este mundo parecía menossalvaje y horrendo. Fui adorado y temido por mi gen-te, tanto así que me dieron el nombre que aún llevopor cuanto mi mera presencia les arrojaba el reflejode su imperfección, instando a los mejores a superar-se y emprender la senda del conocimiento, pero arro-jando a la mayoría a verdaderas simas de desespe-ranza.” “Mi linaje creció, en número y calidad, y pron-to no hubo pueblo de la gran comarca que no tuvieracomo guía a uno o varios de los nuestros. Emprendi-mos viajes por reinos de conciencia desconocidos ytomamos contacto con seres tan extraños que ni si- 41
  41. 41. Gabriel Cebriánquiera imaginar podrías. Por un tiempo conseguimosque todo floreciera y que los dioses de la luz tuvieransus veneraciones apropiadas, tanto así que erigimosuna esplendorosa ciudad en su honor en el que luegose llamaría Valle de Teotihuacán, en un todo de a-cuerdo con las instrucciones que nos habían sidoimpartidas por las jerarquías más altas en nuestroperegrinar por los confines del infinito. Y todo conti-nuó de esa suerte, los videntes atestiguaban la volun-tad de lo Alto y las gentes, piadosa y benévolamente,evolucionaban y mejoraban día a día su relación conla tierra.” “Hasta que un buen día, luego de oficiar sacri-ficio a Tláloc, me dirigía a descansar cuando el airecomenzó a arremolinarse a mi paso. Mi corazón brin-có de júbilo, ya que pude ver a Huitzilin, el Alux queme había abierto las puertas del conocimiento. Perola alegría del reencuentro duró muy poco, por cuantotraía consigo malas noticias.” El Señor Tláloc ha sido magnánimo conmigo,le dije, ya que luego de elevarle ofrenda me permitever a mi buen amigo Huitzilin. Pequeño habitante de Olman, ahora llamadoTezcatlipoca, igualmente feliz estaría yo de verte, sino me trajeran hasta ti vientos de muerte. ¿De qué hablas? Nunca los hombres han esta-do mejor, y rinden cuidadosamente los debidos hono-res a los dioses. Mira la ciudad que hemos construidoen su nombre. ¿Por qué habrían ellos de castigarnos? Éste vuestro mundo es muy grande, pequeñohabitante de Olman, y no en todos los sitios los hom-42
  42. 42. El espejo humeantebres son tan justos como aquí. Allende el agua saladagrande las cosas son muy distintas. Son tantas susblasfemias y sus maldades que los demonios del in-framundo están a punto de violentar el Miquiztli Ca-lacoayan3. ¿Qué cosa dices? Digo que luego de observar toda clase de ma-sacres, pestes y guerras de codicia, el Dios de DiosesHunab-Ku les envió en carne y sangre a Itzám-Ná, suhijo, para intentar enderezar las cosas, y estos impíosno tuvieron mejor idea que someterlo a torturas yluego acabar con su cuerpo terrenal. Entonces los vi-dentes de mi raza se reunieron y concentraron su e-sencia, hasta que consiguieron comunicarse con HunAhau, el Príncipe de los demonios del Mictlán4. Lue-go de beber ceremonialmente licores de texometl yfumar apipiltzin cuidadosamente preparados pornuestros maestros yerberos, Hun Ahau se dignó a in-formar a las proyecciones astrales de nuestros sabiosvidentes, así que les dijo: ‘Pequeños guardianes de la milpa humana, creo a- divinar por qué han emprendido un viaje tan inde- seado por vosotros, y ciertamente azaroso. Vienen a pedir por los tlacameh5. Sólo una cosa puedo de- ciros: mientras que el nagual iquizayo6 crece y se3 Portal de la muerte.4 Infierno.5 hombres.6 Nagual oriental. El nagual sería -entre otras muchas funcionesy atributos- el componente universal que se asimila a la bestia 43
  43. 43. Gabriel Cebrián hace uno con sus cuerpos superiores, el nagual ica- laquini7 a punto está de desaparecer. Y casi ni pue- do controlar a mis Tzitzimine8, que arden en dese- os de conquistar los últimos vestigios de voluntad que les resta a vuestros tlacameh.’ Eso dijo Hun Ahau a los videntes Aluxes, pe-queño habitante de Olman. Y ellos llegaron a la con-clusión que la pérdida del nagual de nuestro pueblo sedebe a las enseñanzas que te encomendamos difundir.Como has dicho muy bien, las gentes son piadosas,serviciales a los dioses y justas, pero se están que-dando sin voluntad. En tiempos como éstos el nagualcordero será fácilmente borrado de la faz de la tierra.Y con él, se irá el conocimiento. Y con él, los Tzitzi-mine y todos los monstruos del Mictlán devorarán lamilpa humana y abonarán con las heces todo su mun-do de pesadilla. Mi querido Huitzilin, le dije entonces, muchome perturban tus noticias, y mucho más la responsa-bilidad de haber contribuido a la pérdida del nagualde mi gente. No es tu responsabilidad, es consecuencia delextravío del juicio de nuestros videntes, que te envia-ron a difundir la cultura tolteca en el momento menosadecuado para ello. Tan desolados estaban nuestrosdepositaria de todas las pasiones bajas e instintivas, a la vez quede la voluntad que motoriza toda obra.7 Occidental.8 Monstruos infernales con forma de esqueletos que causarán elfin de este ciclo.44
  44. 44. El espejo humeantevidentes que llegaron, como te conté, a aventurar susenergías a la propia guarida de Hun Ahau. Pudierontraer de nuevo sus cuerpos de luz, eso sí, pero ello fuedespués de que les fuera requerida una prenda. Unaprenda muy dolorosa, a la que primero se negaron,pero luego la dejaron a tu criterio, pequeño habitantede Olman, hoy llamado Tezcatlipoca. ¿A mi criterio? Le pregunté, sorprendido.¿Qué podría sugerir yo a los videntes Aluxes, que hansido precisamente quienes me han enseñado lo pocoque sé? Tú eres esa prenda, Tezcatlipoca. Hun Ahau tereclama. Caso contrario, vendrá por las concienciasde nuestros videntes. En caso que aceptes ofrendarte,deberás volver a mi tierra a prepararte para el aciagoviaje, que tendrá lugar en el día fuera del tiempo denuestro Tzolkin9, cuando podrás alcanzar la octavaque te elevará a las dimensiones superiores. ¿Qué me esperará entonces, mi buen Huitzi-lin? Inquirí, ahora abatido. Ojalá lo supiera, aunque sospecho que el mali-cioso Hun Ahau nada bueno debe traerse. No puedo negarme, tú lo sabes. Tu destino, pequeño habitante de Olman, hoyllamado Tezcatlipoca, es destino de grandeza, Eso sílo sé, y lo saben nuestros videntes. Pero también sa-bemos que un destino como el tuyo sólo se realizacon sacrificios dignos de un verdadero Dios.9 Calendario Sagrado Maya. 45
  45. 45. Gabriel Cebrián “Así fue que volví a la tierra de los Aluxes,donde fui recibido con todos los honores. Pero no hu-bo mucho tiempo para ello. Los sabios videntes, a-provechando el impulso que mi energía cobraba en a-quellos parajes de ensueño, me dieron de fumar api-piltzin y me mostraron mi nagual, que resultó ser te-colote10 y ello explicó una de las razones por las cua-les el Maligno Hun Ahau me reclamaba. Mientrasaprendía a manejar mejor mis cuerpos superiores, re-cibí las enseñanzas y la información que necesitabapara cumplir con mi destino. Supe que mi nagual ha-bía mermado tanto o más que el de las gentes a lasque había brindado enseñanza, así que tuve que re-constituirlo alocadamente, sin pausa, entre viajes queaún hoy, depués de milenios de visión, casi ni puedoimaginarlos, mucho menos recordarlos. Y supe tam-bién que los seres oscuros que incitan al nagual delos hombres muy pronto avivarían la flama egoísta devarios de mis sacerdotes, que iniciarían guerras tansólo para apropiarse de mi legado espiritual; tal exa-cerbación funcionaría como las hierbas que en prin-cipio te envenenan para más luego curarte. Y aprendíademás que los hombres nos creemos dueños absolu-tos de nuestra conciencia y decisiones, cuando en re-alidad somos meros instrumentos en manos de Quet-10 Búho, mensajero del mundo tenebroso. Quien lo tiene pornagual muestra especial facilidad para hechicería y nigromancia.46
  46. 46. El espejo humeantezalcóatl, o Kukulcan, y Hun Ahau; simples piezas deun patolli11 cósmico.” “Entre vorágines y adiestramientos vislumbréel futuro de los hombres de la comarca. Orgías desangre se desatarían en los sacrificios, propios de loscultos naguálicos violentamente renacidos; miles ymiles de desdichados serían abiertos por las hojas deobsidiana y arrancados sus corazones palpitantes,otros morirían ahogados o arrojados al fuego, algu-nos más víctimas de flechamientos o despellejados. Seiniciarían guerras con el sólo fin de alimentar de san-gre y entrañas a los dioses desbocados. Y supe tam-bién que todo aquel desvarío sería el resultado de misacciones futuras. Y aunque fuesen necesarias parapreservar un equilibrio superior, no dejaban de ator-mentar una conciencia espiritual que mi nagual aúnno había conseguido extinguir totalmente. Sería yoquien iniciaría el ciclo de bestialización del pueblo dela gran comarca, quien desharía lo que durante mu-chos años había luchado por conseguir, de una ma-nera drástica y completa. Aunque aún no sabía cómoiba a hacerlo.” “Pero pronto llegó el momento de saberlo. Mevestí ritualmente con ropajes tejidos por las mujeresAluxes, tan magnificentes que me veía como un dios,comí todos los frutos sagrados y bebí y fumé carne ysangre de los dioses. Luego fui al pilar central del11 Especie de juego de la oca, en el que se utilizaban un tableroen forma de cruz, piedras de colores y frijoles pintados a modode dados. 47
  47. 47. Gabriel Cebriántemplo que los Aluxes habían levantado para la oca-sión, me senté y encontré mi grado máximo de con-centración, mientras los videntes, dispuestos en tornoa mí, me prestaban su energía para guiarme en elviaje al Mictlán. De pronto todo se oscureció, y voléen mis alas de tecolote a través de un inmenso y ser-penteante tun zaat12 de cuevas tenebrosas, tapizadascon las sombras más dolientes que imaginar se pue-da. Llegué hasta el cenote más sombrío que existe,nadé a través de él, y también de ríos de pus y sangre,salí indemne de la casa de los murciélagos, y así,cegado de oscuridades que sin embargo resultabangratas a mi excitado nagual, de pronto me hallé fren-te a Hun Ahau, el Maligno. Sus ojos amarillos de ser-piente eran tan feroces que ningún humano sería ca-paz de resistir su poder, pero yo no era ya un huma-no, o quizá mi humanidad se hallara entonces a cui-dado de los Aluxes, no lo sé. Tampoco me afectabanlos vapores sulfúricos que emanaban de sus babean-tes fauces, ni las brumas de los huesos que pulveri-zaba todo el tiempo con sus colosales garras. Todo a-llí rezumaba oscuridades miasmáticas, y si algo pudever fue gracias a mis enormes y sensibles ojos de te-colote. Entonces, el Príncipe de la Oscuridad me ha-bló de esta suerte:" Bienvenido al Mictlán, tlacatecolotl13. Veoque eres valeroso, has llegado hasta aquí casi sin pes-12 Laberinto.13 Hombre búho. También cierta especie de demonio.48
  48. 48. El espejo humeantetanear tus ojotes. Es un placer para mí ver la resolu-ción e ímpetu que ha tomado el fundador del linaje delos Toltecas, en tan poco tiempo. No he llegado hasta aquí para ser objeto de tusburlas, oh Señor de la noche y de la muerte, respondícon inesperado orgullo y altivez naguálicos, sino a li-berar a los videntes Aluxes de tu dominio. Dime quédebo hacer, y ya. Podría devorarte ya mismo, y antes que te die-ras cuenta tu tetonalli14 pasaría a adornar el cojín demi trono, osado tlacatecolotl. Sin embargo, haré todolo contrario: dispondré que tu energía jamás pueda u-nirse a la energía de la muerte. Tal vez me lo agradez-cas, tal vez me odies por el resto de los tiempos, peroeso solamente dependerá de ti. Sólo dime cómo tengo que hacer para desper-tar el nagual de mi gente y a la vez salvar los cuerpossuperiores de los videntes Aluxes. Sólo dímelo, y loharé. Lo que pase después, será un asunto entre tú yyo, le espeté, presa de un desbordado temperamentoque me llevaba a ignorar la diferencia esencial quehabía entre el dios de la muerte y un simple hombre,ciertamente esclarecido, pero con el nagual en llamasy en absoluto control. Entonces Hun Ahau rió, y desus fauces surgieron tal calor y hediondez que a pun-to estuve de terminar mis días allí, víctima de aque-llos horribles efluvios. Está bien, tlacatecolotl, será como tú digas, re-plicó con sorna, luego de aquella incuestionable de-14 Alma. 49
  49. 49. Gabriel Cebriánmostración de poder. Y comenzó a explicarme que: e-se flojo de Quetzalcóatl yace tranquilo con su sacer-dotisa Quetzalpétlatl, desde que tú y toda esa inmun-dicia alux de toltecatl y pendejadas le hicieron todo eltrabajo, en tanto nos dejaban sin nuestro merecido tri-buto de sangre. Poco le importa a él, que se hace lla-mar padre de los hombres, que éstos pierdan su na-gual y queden alelados, sin voluntad, a merced dequienquiera que venga a avasallarlos. Pues bien, tla-catecolotl, si quieres que tu pueblo recupere su na-gual, y los videntes Aluxes sus cuerpos superiores,irás a verlo y pondrás las cosas en su lugar. La ser-piente emplumada, señor de Tollan, debe abandonarsu reino con humillación, y verse condenado a unalarga estancia aquí, en el Mictlán. Si debo hacerlo, oh Señor de la noche y de lamuerte, lo intentaré, pero... ¿cómo podría yo engañara un dios tan poderoso? Mictlántecuhtli, el heraldo de la muerte, ya nopuede tocarte, y ello así por mi designio. Eso sólo yacasi te convierte en dios. Veremos si tienes el coraje yel ingenio suficiente para ser uno cabal. “Así me habló Hun Ahau, el Maligno. Enton-ces mi nagual, alentado por los Aluxes, por mí mismoy sobre todo por el Señor de la noche y de la muerteque me había elevado casi al rango de un dios, tomóabiertamente las riendas de mi ser total y se lanzó ala elaboración de una estrategia para engañar albuen dios Quetzalcóatl, a quien había dedicado todami devoción hasta hacía muy poco. Y mi oscuro y50
  50. 50. El espejo humeanteagudo ingenio de tecolote urdió un plan impecable.Llegué a Tollan, con la apariencia de un anciano an-drajoso y desvalido para que el buen dios no fuese areconocer a quien supo ser el más fiel y ferviente desus sacerdotes -aunque todo el tiempo mi tecolote an-cestral me repetía que en verdad la vieja serpiente sehabía reblandecido, y merecía y necesitaba volver afoguearse un poco en la fragua del Mictlán-. Así quesin dudarlo me presenté ante él, dispuesto a abusarde su misericordia.” ¿Qué deseas, buen anciano? Me preguntó, ydesprecié su tono melifluo. Honrarte, oh Señor de Señores, con el elixirmás noble que ha sido destilado en tu honor, respondícon malicia. Desde muy lejos he venido, desafiandolos peligros del camino, sólo para agasajarte como lomereces, y después poder morir en paz. Puede que te conceda larga vida, oh viajero,solamente por tu devoción. Y si tu elixir es tal y comodices, tal vez hasta te integre a mi consejo de sabios. Sólo que me dirijas tu santa palabra es un ho-nor mayor a cualquiera que pudiera haber soñado, in-signe señor. ¿Y de qué se trata ese prodigio, buen anciano? Se trata del octli, zumo de la sagrada plantamayahuel, el que convenientemente preparado setransforma en esta bebida que creo, sin temor a ofen-derte, que es digna de un dios como tú. Veamos si es cierto, dijo, y bebió el primercántaro. Su paladar, adormilado como lo estaba de 51
  51. 51. Gabriel Cebriánfrugales alimentos, estalló en un gozo inédito, y de e-llo me valí para seguir sirviéndole un cántaro tras o-tro. Al cabo de varios, el dios, ebrio ya, me indicó be-ber con él, a lo que mi nagual accedió con beneplá-cito. Cuando ya la serpiente lucía desplumada por losefectos del pulque, y mi nagual se había entonado losuficiente, lo dejé abrazado al recipiente e irrumpí ensus aposentos, donde hallé a la sorprendida Quetzal-pétlatl y la poseí por la fuerza. Eso al principio, cla-ro, por cuanto del mismo modo que había ocurridocon Quetzalcóatl, a poco su nagual tomó el gusto delmío y despertó de una manera que, si no hubiera es-tado dominado yo por un salvajismo primario, proba-blemente me hubiese visto abrumado. Entonces, sinperder un instante, cegado de vicio y del poder queme confería haber derrotado al propio Quetzalcóatl,hice honor al nombre que me habían dado los hom-bres. Tomé mi espejo humeante, que me fue alcan-zado por uno de los demonios que había venido aasistirme, y enfrenté al dios con la denigrante imagende su absoluta beodez. No acababa de reaccionar delespanto que le causaba la visión su debilidad, cuandocon cruel malevolencia dirigí el espejo para mostrar-le la imagen de Quetzalpétlatl en violenta unión car-nal con otro de los demonios que Hun Ahau habíaenviado en mi apoyo. Eso fue demasiado, el golpe degracia. Los vi arder a ambos en un fuego que el pro-pio dios encendió, para ir a precipitarse voluntaria-mente con su sufrimiento y su oprobio al Mictlán, endonde los esperaba un exultante Hun Ahau, para en-tregarlos sin más a Mictlántecuhtli, el descarnado52
  52. 52. El espejo humeanteseñor de los muertos. Así fue como me apoderé delTollan, y que la gran comarca se convirtió en un in-menso caldero de sangre y fuego. “Pero ésta es sólo una parte de mi larga his-toria, buen sacerdote que te has ocupado de mi mal-trecho cuerpo planetario. Sé que piensas que soy sóloun viejo loco y enfermo; y tal vez lo sea, pero recuer-da que una cosa no quita la otra. Antes de demos-trarte que todo cuanto digo realmente ocurrió, megustaría que supieras qué fue de mí desde entonces,bajo el influjo de mi nagual y el dominio del MalignoHun Ahau.” “Mucho me conmueve tu historia, venerableanciano” dijo el buen jesuita, “pero deberás conce-der que no se trata de una que puede asumirse comoverdadera sin gran esfuerzo.” “Por supuesto, noble misionero. Pero ten encuenta que si no fuese por la desinteresada ayuda queme has brindado, ya mi nagual hubiese puesto patasarriba todas tus ideas acerca de lo que es o no real.” “Sin embargo, creo que mi buen juicio res-ponde a la inspiración del único Dios, Amo del uni-verso.” “Y todo lo demás son aberraciones produci-das por el demonio, ¿no es eso lo que crees?” “Probablemente, gran parte de ese ‘todo lodemás’ lo sea. Pero el saber humano no es suficientepara afirmarlo rotundamente.” “El saber humano con el que intentas con-frontar es solamente una parte, casi ínfima, de lo que 53
  53. 53. Gabriel Cebriánpuede llegar a ser la totalidad del saber que puedealcanzarse.” “No me interesa el conocimiento que puedealcanzarse contrariando la Sagrada Ley de Dios.” “Finalmente vas a lograr impacientarme...¿qué puedes saber tú de las leyes sagradas, si estásfrente a un dios y ni siquiera te atreves a reconocer loque tu esencia ya sabe?” “Mi esencia sabe que estoy frente a un ancia-no sabio, y probablemente entrenado en muchas artesy ciencias espirituales cuyos secretos desconozco. Pe-ro no me dice en lo mínimo que esté yo frente a undios, como afirmas.” “Eso lo único que demuestra es que has perdi-do gran parte del contacto con tu esencia, sino todo.Pero demos tiempo al tiempo, ya volveremos sobreesto. Ahora es tiempo de contarte, como ya dije, quéfue de mí bajo el influjo de mi nagual y el dominio delMaligno Hun Ahau.” “Cuando Quetzalcóatl y Quetzalpétlatl estu-vieron en poder del Dios de la muerte y su energía sehizo una con él, mi sabio nagual me dijo que me espe-raba una trampa. El Maligno, ciego de un poder tangrande como nunca había tenido, no soltaría ningunade las presas que había cobrado. Supe que tanto miconciencia como la de los videntes Aluxes serían laspróximas gemas de su corona, así que eché mano ami temple guerrero e intenté volver al Mictlán, paramorir luchando por mi libertad y la de mis amigos.Pero el trayecto que casi sin el menor esfuerzo habíarecorrido aquella primera vez se transformó en la54
  54. 54. El espejo humeantepeor pesadilla que la mente más febril imaginar pu-diera. No sé cuánto tiempo perdí en los serpenteantese intrincados senderos del Tun Zaat, los ríos de san-gre putrefacta me envenenaron, no hallé referenciaalguna en la encrucijada de los cuatro caminos, porlo que logré tomar el correcto recién después derecorrer tres de ellos; los murciélagos fueron tantos ytan agresivos que atravesé su cueva a costa de jiro-nes de mi carne, y así, debilitado y enfermo, tuve queenfrentarme con Xochitonal, el dios caimán que pro-tege la morada del Maligno, en su propio y pestilentepantano. Conseguí derrotarlo, pero ello fue a costade mis últimas energías. Llegué al palacio de Hun A-hau desfalleciente, tanto que creo que hubiese muertode no haber sido porque el Maligno había sellado esapuerta, dado que tenía otros planes para mí. Y gran-de fue mi desazón cuando lo hallé sonriente, su es-pantoso rostro reluciendo de gozo, y dos nuevas y ru-tilantes gemas sobre su frente, y lo peor, tras de él,agrupadas en perfecto orden de combate, las tropasde Zotzilaha Chimalman, el general de las tropas dela oscuridad. La visión acabó con las escasas ener-gías que me quedaban, de modo que no pude hacerotra cosa que acatar los designios del maldito HunAhau, que habló de esta suerte:” Bienvenido otra vez, valeroso tlacatecolotl.Has cumplido muy exitosamente el cometido que teconvertirá en un dios, pero... ¿qué es esta actitud devenir a mis dominios, ultimar a mis criaturas y pre-tender hacer lo mismo conmigo, amo de tu vida y de 55
  55. 55. Gabriel Cebriántu muerte? ¿Es que tu renacido nagual jamás tendrásuficiente? Eres el amo de mi vida y de mi muerte, comobien dices, respondí entre estertores de fatiga perocon belicosidad, pero también eres el amo de la trai-ción y la mentira. Puede que lo sea, valeroso tlacatecolotl, y pen-sándolo bien, seguramente lo soy. Sin embargo, vien-do cómo te has comportado con tu dios Quetzalcóatl,tales artes no parecen serte ajenas en modo alguno,respondió con sorna. Bien sabes que lo hice porque necesitaba pro-teger a mi pueblo y a mis amigos Aluxes. Sí, por cierto. Como también es cierto quecuando la bestia se desata y toma el gusto de la san-gre, resulta muy difícil, sino imposible, ponerle cotode nuevo, ¿no es así? Parece que así es, oh Hun Ahau, como el pa-dre celestial y dios de dioses, el grandioso puro deesencia Téotl, dispuso las cosas, luego de separar lanaturaleza en macho y hembra, bien y mal, nagual yespíritu, dejándonos a los hombres a mitad de caminopara que al final de los tiempos, y luego de grandesesfuerzos y purificaciones, volvamos a ser uno con él. Bonita reflexión, valeroso tlacatecolotl, perohas dado voz a una grosera equivocación. Como ya telo dije, ya no eres un hombre. Los hombres mueren,tú ya no podrás hacerlo. Y tu nagual, inspirado por laenergía de la muerte, ha ultimado a más de un dios,por lo que con total legitimidad, puede decirse quecompartes con creces esa condición divina.56
  56. 56. El espejo humeante No me interesa ser dios. Solamente pretendoque dejes en paz a mi gente, a los Aluxes y a mí. O sea, pretendes que la existencia en el Nahui-Ollin15 continúe apaciblemente su evolución hastavolver a integrarse con el Supremo Téotl... dijo enton-ces el Maligno, con aire de estar rumiando algo. No parece una pretensión desmesurada pedirteque me ayudes en tal sentido, ya que acabo de pres-tarte un gran servicio al entregarte al buen Quetzal-cóatl y a su hembra. No me has prestado servicio alguno, simple-mente has saldado la deuda que contrajeron conmigolos videntes Aluxes. No quiero manifestar dudas sobre la veracidadde tu palabra, oh Señor de las Tinieblas, pero bien sa-bes que esa deuda es solamente el resultado de tusmalas artes y tu prepotencia. No sé si eres temerario o estúpido, tlacateco-lotl, pero en todo caso tu coraje o tu estupidez pare-cen ser tan grandes como tu amor por los hombres... Y por los Aluxes, claro. ...eso iba a decir. En ese caso... sopló su hálitopestífero directamente hacia mi boca, y sentí cómo seasimilaba a mi ser de modo permanente... voy a en-cadenarte al Miquiztli Calacoayan, la puerta entre tumundo y éste, y serás tú quien determinará cuántos demis demonios son necesarios para mantener con viday despiertos a tus miserables tlacameh y a tus enanosy peludos amigos.15 Mundo actual, dominado por Tonatiuh (Dios del sol). 57
  57. 57. Gabriel Cebrián En este punto interrumpí al Prof. Szrebro, an-te la imposibilidad de contener una pregunta, o másbien una observación, relativa a la analogía entre e-sos efluvios del Maligno hacia las fauces del supuestodios y el extraño soplido en el interior de mi boca enel hotel de San Ignacio. -Yo también lo pensé cuando me contaste loque te había ocurrido, pero no quise hablar de ello.Básicamente porque quizás vayas a pedirme respues-tas que no tengo. -Hábleme lo que sepa, con total franqueza, yno escatime, que a mi vez sabré entender cuando nopueda responderme. -Pero así puede que el orden de mi exposiciónse vea alterado, Eliseo. -Mire, profesor, no quiero que se ofenda, peroel disparate que me está contando no parece tenermucho orden que digamos. Quiero decir, como fábu-la, todo bien, pero no me va a decir que algo comoeso puede haber ocurrido... -¿Entonces por qué te inquieta tanto la analo-gía con el soplido en tu boca? Está bien, tómalo co-mo sandeces, que tal vez la razón te asista. Yo, a es-tas alturas, no estoy muy seguro de que lo sean. Encualquier caso, lamento haberte involucrado, sande-ces o no. -Yo no dije que fueran sandeces. -Dijiste disparate. ¿o no?58
  58. 58. El espejo humeante -Bueno, pero no es lo mismo. De veras que meinteresa oír su historia, sobre todo lo que tiene quever con esos “soplidos”. -Lo único que puedo decirte es que algunoshechiceros lo llaman Camapotoniliztli, que significamal hálito. Dicen que ocurre cuando un demonio delinframundo reclama a la persona a la cual sopla pa-ra una tarea determinada. -Oiga, no estará inventando todo esto paraluego reírse de mi credulidad, ¿verdad? -Ojalá fuera eso. Estaría mal, pero en el con-texto tal vez no sería lo peor, ¿no lo crees? -No sé qué creer. Y toda esa cuestión de dio-ses, y naguales... usted porque sabe y está acostum-brado a ese tipo de cosas, pero póngase en mi lugar...usted me explica, y todo, pero tiene que darse cuentaque esas cosas son nuevas para mí. -Claro que me doy cuenta, y celebro que seasun muchacho inteligente y despierto como para oírmesin perder los estribos. Pero también debes creermecuando te digo que estoy siendo absolutamente seriomientras hablo esto contigo. Bien dices que son temasy cuestiones que estudio desde muchísimo antes deque nacieras, y te aseguro que no son paparruchadasino que son verdaderamente peligrosos; y como tedije, no pensé que te arrastraría hacia ninguna clasede conflicto. Lo menos que puedo hacer, a partir deallí, es ser honesto contigo. Y ayudarte en lo que estéa mi alcance. Ahora quiero que conozcas el resto dela historia, para bien o para mal, y después sólo nosrestará esperar a ver qué sucede. 59
  59. 59. Gabriel Cebrián -Tiene que ver con el frasco ése que le traje,¿no? -Todo tiene que ver con todo, pero si quieresentender algo, déjame tratar de ser claro, que ya bas-tante me cuesta transmitirte una historia semejante.Había llegado a contarte que el malvado Hun Ahau,mediante un poderoso sortilegio, encadenó a Tezca-tlipoca al Miquiztli Calacoayan, uno de los portalesdimensionales que separan nuestro mundo del Mic-tlán, encomendándole la tarea de regular el flujo dedemonios necesarios para mantener despierto el na-gual de la gente de la gran comarca. Y le concedió lagracia de contar con el buen Alux Huitzilin para quelo mantuviese informado acerca del desarrollo de losacontecimientos en el mundo de los hombres, lugaren el que ya era reverenciado como el dios malévoloy tramposo que había conducido a la ruina al buenQuetzalcóatl, tanto así que hasta habían desarrolladorituales de sacrificio aberrantes para granjearse susfavores, o al menos para aquietar su ira. “Así permanecí durante un tiempo que me pa-reció espantosamente largo” continuó relatando Tez-catlipoca al buen jesuita, “aunque en el tenebrosoportal no había referencias para poder determinarcuánto, recibiendo los reportes periódicos del buenHuitzilin, y dejando pasar las energías maléficas queconsideraba necesarias para mantener activo el fue-go animal de nuestros guerreros. Sabíamos que el pe-ligro venía desde el oriente, por lo que había dejadotraslucir Hun Ahau a los videntes Aluxes en su fatí-60
  60. 60. El espejo humeantedica entrevista, pero no sabíamos bien cómo o cuán-do la amenaza iba a materializarse. Huitzilin me dijoque los videntes toltecas anunciaban que el propioQuetzalcóatl retornaría desde esa dirección, pero acontrario, él y yo coincidíamos en que ya no habíaposibilidades para la buena serpiente en este ciclo” “Dediqué toda aquella anodina existencia acalcular exactamente cuánta energía oscura necesita-ban los hombres para mantener ese salvajismo na-guálico que les permitiera defenderse, a la vez queresignando la menor cota de espiritualidad posible. Apesar de lo que puede interpretarse como brutalidadlisa y llana, o incluso crueldad injustificada e injusti-ficable, los hombres de la gran comarca mantuvieroncelosamente su actitud reverente para con los diosesy la naturaleza; y pese al caudaloso tributo de sangreque las deidades del inframundo exigían como tribu-to a cambio de mantenerlos con sus defensas en alto,jamás perdieron de vista la necesidad de elevarse,fueran o no agradables los modos y la forma en quecreían que debían hacerlo. No digo que estaba orgu-lloso de mi labor en este sentido, pero realmente sentíque estaba haciéndolo del mejor modo posible, dadaslas circunstancias. Mas cometí un error, un errorgrave, como por otra parte mal podría ser de otramanera tratándose de cuestiones tan serias y de equi-librios tan sutiles. Y ese error consistió en tomar co-mo cierta la palabra del gran falsario, Hun Ahau. ElMaligno me utilizó para cebar el inmenso animal desacrificio que terminó siendo mi gente.” 61
  61. 61. Gabriel Cebrián “Y aquí debo ingresar en un terreno que quizápueda zaherir tu espiritualidad, oh buen sacerdoteque te has apiadado del viejo Tezcatlipoca. Mas debohacerlo, pues, ya que de otra manera falsearía elmensaje que tengo para ti. Seguramente conocerásmejor que yo las aberraciones que han cometido y si-guen cometiendo los tuyos en nombre del buen Té-otl.” “¿A qué se refiere?” inquirió con expresiónde desagrado el jesuita, intuyendo ciertamente pordónde venía la crítica. “Sabes muy bien a lo que me refiero. Mi gentepuede haber cometido sacrificios atroces, pero, equi-vocada o no, siempre los ha ejecutado en función deuna demanda espiritual. Los tuyos, en cambio, conti-núan aún hoy día desatando verdaderas masacres apartir de cuestiones relacionadas con la avidez y ladominación política, anteponiendo sin embargo el sa-grado nombre de Téotl para justificar su infamia, sulascivia y su avaricia, que nada tienen que ver con él.Han llevado a la máxima expresión de la carnalidadlo que en un momento les fue conferido como unabendición desde lo Alto. Y eso, claro, hizo que Hun A-hau los encontrara mucho más adecuados para eje-cutar su obra de corrupción. Así que mientras yo cus-todiaba celosamente el Miquiztli Calacoayan, comote he dicho, intentando regular el flujo de energíasoscuras para que los tlacameh no perdieran ni su a-nimal ni su espíritu, el Maligno dejó que sus demo-nios actuaran con entera libertad en el campo fértilque la venalidad de los de tu raza ofrecía.”62
  62. 62. El espejo humeante “Satán no tiene más poder que el que el pro-pio Dios todopoderoso le confiere”, señaló el jesuitamuy molesto, sobre todo porque sentía que en su es-tancia en el nuevo mundo muchas veces no habíaconseguido dejar de establecer comparaciones entrela humilde espiritualidad de los aborígenes y la arro-gancia inflexible de sus cofrades. “Bien sabes que existen jerarquías, no te ha-gas el tonto. El grandioso Téotl no va a estar todo eltiempo ocupándose de asuntos que definió en el mo-mento mismo de la creación. Y dispuso las cosas demodo tal que sus criaturas tuviesen oportunidad de e-legir, pues de otro modo no habría posibilidad algu-na de evolución. E hizo cargo a Quetzalcóatl del espí-ritu, en tanto encargó la bestia a Hun Ahau. Y los tla-cameh llevan en sí el germen de ambos, por lo que seconstituyen en el campo de batalla entre estos dosextremos. Pero mi visión me dice que no estoy ha-ciendo otra cosa que afirmar ideas que en tu fuerointerno conoces perfectamente, aunque tu fe y tu for-mación te impidan asumir tales conocimientos. Locierto es que los seres oscuros azuzaron la codicia delos hombres blancos del oriente hasta el punto de lle-varlos a atravesar el agua salada grande en busca depoder y riquezas. Y para servir a los designios deHun Ahau, exterminando la simiente de espirituali-dad que, aún a pesar de todas las asechanzas del Ma-ligno, continuaba floreciendo.” “Fue entonces que se presentó ante mí el buenAlux Huitzilin, agitado y presa del pánico, a anoti-ciarme que se veían naves en la costa occidental, con 63
  63. 63. Gabriel Cebriánenormes telas desplegadas al viento que lucían gran-des cruces. En un momento comprendí, gracias a mientendimiento fogueado en tantos años de ejercita-ción mística durante aquel encadenamiento al portalde la oscuridad, que el destino había dado un vuelco.Huitzilin me informó que los videntes toltecas creíanque era el propio Quetzalcóatl que regresaba de superiplo por el inframundo, en tanto que los videntesAluxes no acordaban con ello, por cuanto estaban se-guros de que se trataba de hombres comunes, aunqueesencialmente perversos y sanguinarios. Al punto ad-vertí que eran los Aluxes quienes estaban en lo cierto.Y luego, a sabiendas de las atrocidades que los hom-bres barbudos de allende el agua salada grande co-menzaban a ejecutar contra mi gente, intuí la nuevatraición de Hun Ahau, que se hizo patente cuando a-brí de par en par las compuertas del Miquiztli Cala-coayan, esperando que los seres oscuros acudieranen tropel para dotar a los tlacameh del salvajismonecesario para su defensa; pero grande fue mi sor-presa al ver que la nefasta energía iba a aunarse conla de los hombres blancos, y no con la de mi desdi-chado pueblo. Ante tal situación, me apresuré a ce-rrar la puerta maldita, pero no pude. De entre la le-gión de demonios surgió Mictlántecuhtli, el descarna-do señor de los muertos, y me lo impidió, para queluego, entre vapores sulfurosos y hediondez de ultra-tumba, hiciera su aparición el Propio Hun Ahau.” Volvemos a encontrarnos, tlacatecolotl, me di-jo, entre alientos infernales y con esa típica expresión64
  64. 64. El espejo humeantede sorna en su monstruoso semblante. Puedo ver queno has fogueado lo suficiente a tus pobres tlacameh,ya que se han desmoronado ante apenas un puñado dehombres blancos. Un puñado de demonios, dirás, especialmentecebados en tu miserable veneno, le espeté, a sabien-das de que bien podía estarme granjeando terriblessufrimientos. Sigues desconcertándome, tecolote piojoso, yate dije una vez que no sabía si eras temerario o estú-pido, y créeme si te digo que aún no he podido dilu-cidarlo. Pero ya es hora que empieces a pagar el pre-cio de tu arrogancia. Si tanto quieres a tus enclenquestlacameh, muy bien, volverás a ser uno de ellos. Claroque no voy a devolverte tu mortalidad, porque un cas-tigo que se precie de tal no debe durar un suspiro. An-da, pues, y trata de enfrentar a los orientales, ya quetu pueblo es incapaz de hacerlo. Muéstrate ante ellosy diles que es inútil que imploren a su serpiente, por-que su piel tapiza mi trono, gracias a tu traición. Ve yenfréntate con el oprobio de reconocer ante ellos quehas sido tú quien los ha dejado tan indefensos que unpuñado de guerreros está dando fin a su mundo. Un puñado de demonios, como te dije, alimen-tados por el fuego de tu pestilente averno. Tal vez sea como tú digas, pero a quienes de-bes convencer de tal cosa es a ellos. No creo que es-tén dispuestos a aceptar que quien entregó a su diosbondadoso es inocente y nada tiene que ver con sudesgracia. 65
  65. 65. Gabriel Cebrián Sé muy bien cuál es mi responsabilidad, y a-ceptaré gustoso cualquier reproche que los buenos tla-cameh tengan que formularme. Nada me hace más fe-liz que dejar de servir a tus designios, de manera con-ciente o inconsciente. Tarde o temprano, el misericor-dioso Téotl, el esencialmente puro, pondrá las cosasen su lugar. ¿Y qué es lo que te hace pensar, presuntuosotlacatecolotl, que eso y no otra cosa es lo que Él estáhaciendo? ¿Acaso supones que con tu escasa cienciapuedes desentrañar los asuntos de Téotl? ¿Acaso cre-es que eres mejor que yo, el Señor del Mictlán, parainterpretar su voluntad? No me atrevería a afirmar tal cosa, pero sí séque estoy más cerca de Él que tú y toda tu cohorte deseres miserables. “Mi argumento fue tan incuestionable que de-jó al Maligno sin otra respuesta que la de su ira. Surostro se contrajo en una espantosa mueca de odio, ysopló hacia mí con tal violencia que me vi transpor-tado por un huracán de pestilencia y fui a dar conmis adoloridos huesos a la formidable ciudad que losMexicas habían construido sobre un gran lago y a laque habían llamado Tenochtitlán, sólo para ver cómose convertía en ruinas humeantes, y ríos de sangrecorrían por sus calles. Caminé entre el humo, lamuerte y la desolación, como ebrio, viendo a losblancos y barbudos demonios enfundados en trajes demetal, montados sobre bestias y diseminando muertecon el fuego del Mictlán. Y lo peor, asistidos por mu-66
  66. 66. El espejo humeantechos tlacameh que, convencidos de que se trataba dedioses por toda aquella parafernalia que el Miserableles había proporcionado, se habían aliado a ellos pa-ra ayudarlos a desatar aquella orgía de muerte y des-trucción. Ya que no podía morir, me senté y traté deelevar mi conciencia para comunicarme con los vi-dentes Aluxes, para que me ayudaran a decidir quéacciones debía tomar en medio de aquel holocausto.A poco lo conseguí, y así fue que me enteré que elGüey Tlatoani16 Moctezuma estaba ya en poder de losinvasores, y probablemente ya había muerto. Y queun sobrino suyo, un guerrero llamado Cuauhtémoc,al comprobar -luego de ultimar a unos cuantos- quese trataba de hombres y no de dioses, continuabadándoles dolores de cabeza; pero ello sería por pocotiempo, porque algunos demonios invisibles que losorientales habían traído consigo envenenarían susangre y lo matarían de una enfermedad contra lacual nada podrían los más poderosos tepatl17. Y así,el imperio más poderoso de la Gran Comarca llega-ría a su fin. Ya ves que nada puedes hacer, pequeñohabitante de Olman, me dijeron finalmente. Lamenta-mos haberte arrojado a un destino tan cruel, pero asíha sido dispuesto desde lo Alto. Sólo te resta preser-var la sabiduría Tolteca para que en tiempos futuroslos tlacameh puedan abrevar de tal conocimiento ydesarrollarlo cabalmente, cuando los astros y los dio-ses abonen la milpa humana de gérmenes propicios.”16 Gran Orador, el emperador Azteca.17 Sanadores. 67

×