LOS PEQUEÑOS MONSTRUOS                            ANTOLOGÍAÍNDICEEl metrónomo, August W. Derleth                          ...
EL METRONOMOAugust W. Derleth   Mientras permanecía en la cama, envuelta en aquella agradable y encubridoraoscuridad, sus ...
Jimmy. Por un momento pensó en Margot. Debía sentirse contenta de que le enviara aJimmy junto a ella... en el supuesto de ...
En aquel preciso instante, volvió a escuchar los pasos, ahora rápidos y lejanos. Eldébil sonido parecía proceder del piso ...
Pero el niño estaba allí antes de que ella llegara.    Trató de elevar la ventana, corriendo el cerrojo con su otra mano. ...
Parece como sí hubiera sido ahogada por... sí, por unas ropas húmedas... pero no haynada parecido por aquí. Y, por otra pa...
JUGUEMOS A LOS VENENOSRay Bradbury   -¡Te odiamos! -Gritaron los dieciséis chicos y chicas, apretándose alrededor deMichae...
Se detuvo y colocó su elegante trasero sobre la silla situada detrás de la mesa,limpia, sin una mota de polvo.   -Vivís en...
-Mr. Kelly y Mr. Terrill -dijo, leyéndolos-. Entonces, ¿esto no son tumbas? ¿Mr. Kellyy Mr. Terrill no están enterrados aq...
Eran las ocho de la noche de un jueves. Había sido una semana muy larga, conestallidos de cólera y acusaciones. Había teni...
LA COMPAÑERA DE JUEGOCynthia Asquith    Laura Halyard se preguntó si se acostumbraría alguna vez al encanto de su nuevohog...
-Posiblemente -admitió el vicario-. Pero hubiera deseado verle por aquí. Podríahaber significado un gran cambio en la situ...
cansada y con frío. Cuando el sacerdote volvió a entrar en la habitación, se le quedómirando, asombrada. El pidió disculpa...
Tras deslizarse de entre los brazos de su padre, subió por la oscura escalera de dostramos y, haciendo un saludo con la ma...
asociaciones de ideas eran demasiado fuertes para Claud. Debería haber recordadocómo se recogía sobre sí mismo ante cualqu...
estuviéramos acostados. ¡Figúrate el frío que debía hacer! No me quiso decir por quésalió, y cuando le pedí que me prometi...
estuviera rodando. Abrí la puerta y... ¿qué crees que vi? El caballo de cartón sebalanceaba de un lado a otro…, galopando ...
regocijo en su pequeño rostro... Entonces, me vio y pareció asustarse y entristecerse...sí, muy apenada por haberme visto....
-¡Oh, sí, lo hice! -gritó Hyacinth, en tono triunfante-. Y ella aún se subió más arriba,pero, claro, eso es porque sus pie...
Aunque Hyacinth estaba llena de extraños deseos, lo que a su madre le pareció másextraño fue su insistencia en que le traj...
Viendo a Hyacinth tan sobreexcitada, Laura dijo con firmeza:   -Ahora no sigamos hablando más del asunto.   Después empezó...
-¡No me importa tu corbata! -dijo ella, riendo-. ¡Oh, papá, querido papá! Gracias,muchas gracias por esa maravillosa caja ...
En la vida de Claud existía una hora de la que trataba de olvidarsedesesperadamente. Por mucho que se esforzara, se veía a...
-¡No he podido encontrarla! -balbució ante las horrorizadas personas allí reunidas-.No está en la habitación. Tiene que ha...
dormían. El piso superior ya se había convertido en una furiosa llamarada. Unamultitud miraba hacia arriba, con las caras ...
FINGIDA ERA LA ARBOLEDAHenry Kuttner   No vale la pena intentar describir ni Unthahorsten ni lo que le rodeaba porque, por...
Una vez terminada su provisión de queso, chocolate y pasteles, y después de vaciarla pequeña botella de soda hasta la últi...
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
Upcoming SlideShare
Loading in …5
×

Varios autores ciencia ficcion los pequenos monstruos

243 views

Published on

0 Comments
0 Likes
Statistics
Notes
  • Be the first to comment

  • Be the first to like this

No Downloads
Views
Total views
243
On SlideShare
0
From Embeds
0
Number of Embeds
1
Actions
Shares
0
Downloads
2
Comments
0
Likes
0
Embeds 0
No embeds

No notes for slide

Varios autores ciencia ficcion los pequenos monstruos

  1. 1. LOS PEQUEÑOS MONSTRUOS ANTOLOGÍAÍNDICEEl metrónomo, August W. Derleth 2Juguemos a los venenos, Ray Bradbury 8La compañera de juego, Cynthia Asquith 13Fingida era la arboleda, Henry Kuttner 31El antimacasar, Greye La Spina 60Ropas viejas, Algernon Blackwood 71Cuánto temor surgió de la galería larga, E. F. Benson 94Ellos, Rudyard Kipling 104 Para Jonathan Frid, que retrata a Barnabás en «Sombras oscuras» como «el mayor monstruo de todos».
  2. 2. EL METRONOMOAugust W. Derleth Mientras permanecía en la cama, envuelta en aquella agradable y encubridoraoscuridad, sus labios se entreabrieron ligeramente dibujando una sonrisa, únicaexpresión de su tremendo alivio por el hecho de que el funeral hubiera terminado deuna vez. Nadie había sospechado que ella y el chico no habían caído accidentalmenteal río ni que ella hubiera podido salvar a su hijastro si hubiera querido. -¡Oh! Pobre Mrs. Farewell, ¡qué terriblemente mal debe sentirse! Podía escuchar las palabras debilitándose, cada vez más lejanas en la opresivaoscuridad de la noche. Ya hacía tiempo que había desaparecido el fugaz remordimiento que sintió cuando,por fin, el niño se hundió; cuando desapareció bajo la superficie del agua por últimavez y cuando ella misma quedó tendida y exhausta sobre la orilla. Había dejado depensar cómo podía haber hecho aquello. Llegó incluso a convencerse a sí misma deque el banco de la orilla se sumergió accidentalmente, de que olvidó lo débil que eraen aquella parte y la profundidad y la rapidez de la corriente en aquel trozo. Su esposo se movió en la habitación contigua. El, pobre autómata, no sospechabanada. -Ahora sólo te tengo a ti -le dijo a ella, con la pena reflejada en las desfiguradaslíneas de su rostro. Le había sido muy difícil soportar aquellos primeros días, pero el entierro definitivodel cuerpo de Jimmy alivió y finalmente disipó las débiles dudas que la atormentaban. Y, sin embargo, pensándolo fríamente, le resultaba difícil concebir cómo podíahaberlo hecho. Fue algo impulsivo, desde luego, pero también irritación ante el niño, yodio a consecuencia del parecido con su madre. Todo eso unido fue lo que motivó sudeseo. Y aquel metrónomo. A los diez años de edad, un chico ya debería haberolvidado cosas tan infantiles como un metrónomo. Si hubiera tocado el piano y lohubiera necesitado para marcar el compás, habría sido diferente. «¿Lo habría sido?» -se preguntó a sí misma. Pero tal y como estaban las cosas... No, no, demasiado paraella. Sus nervios no lo habrían podido soportar un día más. Recordaba cuánto la habíaencolerizado cantándole continuamente aquella absurda cancioncilla que escuchó aWalter Damrosch durante uno de los programas infantiles del viernes, el día en queella le ocultó el metrónomo. Se trataba de una explicación al apodo de SinfoníaMetrónomo de la Octava de Beethoven. Sus palabras, aquellas palabras absurdamenteinfantiles que Beethoven envió al inventor del metrónomo, se cruzaron en su mentehaciendo resonar todas las recámaras de su memoria. ¿Qué tal estás? ¿Qué tal estás? ¿Qué tal estás? Mi querido, mi querido míster Mel-zo. O algo parecido. No podía estar segura. Las palabras sonaban insistentemente en sumemoria, acompañadas por la melodía del segundo movimiento de la Octava,golpeándole el cerebro sin parar, como el metrónomo: tic-tac, tic-tac. Después detodo, el metrónomo y la canción habían cristalizado sus verdaderos sentimientos haciael hijo de la primera esposa de Farewell. Apartó la canción de su memoria. Después, de repente, comenzó a preguntarse dónde había guardado el metrónomo.Era un objeto bastante bonito y moderno, con una pesada base de plata y un pequeñomartillo sobre una varilla de acero acanalada que se extendía hacia arriba, sobre unfondo en forma de triángulo curvo de plata. No sucumbió a su primer impulso dedestruirlo porque pensó que, una vez desaparecido el chico (¿acaso no lo había visto yamuerto?), sería un bonito adorno, aun cuando hubiera pertenecido a la madre de
  3. 3. Jimmy. Por un momento pensó en Margot. Debía sentirse contenta de que le enviara aJimmy junto a ella... en el supuesto de que, en el otro mundo, hubiera un lugar paraél. Recordó entonces que Margot fue creyente. ¿Podría haber puesto aquel trasto en una de las estanterías de su armario? Quizá.Resultaba extraño no poder recordar algo que seguía siendo uno de sus actos másimportantes durante los últimos días anteriores a aquel en el que Jimmy perecióahogado. O quizá lo había ocultado detrás de alguno de los libros de la biblioteca. Estaba allí, echada, pensando en todo esto. Y en lo decorativo que quedaría sobre elgran piano: únicamente aquel adorno, la plata contrastando con el negro amarronadodel piano. De repente, el tic-tac del metrónomo se introdujo en su mente. Qué extraño, quesonara precisamente ahora, pensó cuando sus pensamientos se ocupaban de él. Elsonido le llegaba con bastante claridad, tic-tac, tic-tac, tic-tac. Pero al tratar dedescubrir el lugar de donde procedía el sonido, no lo consiguió. Parecía oscilar. Elsonido aumentaba, haciéndose más alto, y después se desvanecía, una y otra vez, loque le pareció muy poco normal. Reflexionó sobre el hecho de que nunca lo habíaescuchado así durante todo el tiempo en que Jimmy le acosó con su metrónomo. Todossus sentidos se agudizaron, escuchando con mayor atención. De pronto, pensó en algo que estremeció todo su cuerpo. Por un momento contuvola respiración y fue incapaz de moverse. ¿No había ocultado el metrónomo después deque Jimmy se lo entregara para darle cuerda? A menos que le fallara la memoria, así lohabía hecho. Y, en tal caso, ahora no podía estar sonando, pues se le había acabado lacuerda y ella no se la había vuelto a dar; además, era terriblemente difícil que aquelobjeto se pusiera en marcha por sí solo. Por un instante, se preguntó si no lo habríaencontrado Henry, y le habría dado cuerda para gastarle una broma dejándolo enmarcha en aquellos momentos. Echó un vistazo a su reloj de pulsera. Era la una menoscuarto. Se necesitaba tener una buena imaginación para pensar que Henry fuera capazde gastarle una broma como aquélla. Más bien le habría colocado el objeto delante y lehabría dicho: «Mira. Creí haberte oído decir que Jimmy lo había perdido, y me loencuentro ahora en tu estantería; probablemente, él no hubiera podido llegar allí.» Escuchó. Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. ¿Estaría Henry oyendo aquello?, se preguntó. Probablemente no. Siempre dormíabastante profundamente. Tras un momento de duda, se levantó, extendió una mano para coger la linterna yse dirigió hacia el armario. Abrió la puerta, introdujo la mano y la linterna en el interiory escuchó. No, el metrónomo no estaba allí. Sin embargo, no pudo evitar el hacer a unlado uno o dos sombreros para asegurarse. Casi siempre ocultaba cosas allí. Se apartó del armario y permaneció apoyada contra su puerta cerrada, con las cejasfruncidas en una expresión de enfado. ¡Dios! ¿Estaba destinada a escuchar aquelinfernal tic-tac incluso después de la muerte de Jimmy? Se dirigió resueltamente haciala puerta de su habitación. Pero su conciencia escuchó un nuevo ruido. Al otro lado de la puerta, alguien estaba andando hacia alguna parte, con pisadassuaves y apagadas. Naturalmente, lo primero que hizo fue pensar en Henry, pero casi al mismo tiempoescuchó o creyó escuchar el crujido de su cama. Quiso imaginar que, por alguna razón,la doncella o la cocinera habían vuelto a casa. Pero no pudo aceptar esta absurda ideade su regreso a la una de la madrugada. Su mano dudó ante el pomo de la puerta. El instinto le advertía: «No salgas. Nocruces esa puerta.» Abrió la puerta casi con enojo y miró hacia el vestíbulo, elevando el haz de lalinterna. Allí no había nada. «¡Qué absurdo!», pensó.
  4. 4. En aquel preciso instante, volvió a escuchar los pasos, ahora rápidos y lejanos. Eldébil sonido parecía proceder del piso inferior. El tic-tac del metrónomo se había hechomás insistente; sonaba ahora con tal fuerza que, por un momento, temió que pudieradespertar a Henry. Y entonces llegó hasta ella un sonido que llenó su cuerpo de un terror helado... elsonido de la voz de un niño cantando, en algún lugar lejano. ¿Qué tal estás? ¿Qué tal estás? ¿Qué tal estás? Mi querido, mi querido míster Mel-zo, Retrocedió, tropezando con la jamba de la puerta y se agarró a ella con la manolibre. Su mente estaba completamente confusa. Pero la voz se debilitó enseguida ymurió, mientras el tic-tac del metrónomo se hacía más fuerte que nunca. Cuandoescuchó cómo su sonido se superponía al de la voz, no pudo dejar de sentir un ciertoalivio. Se quedó allí unos momentos, recuperándose. Después apretó los dedos alrededorde la linterna y comenzó a caminar lentamente a lo largo del pasillo, muy cerca de lapared. Poco antes de llegar al descansillo de la escalera, colocó la mano alrededor delpequeño haz de luz de la linterna, de modo que no pudiera ser vista por lo que hubieseallá abajo. Descendió las escaleras, con el recelo de que pudieran crujir y delatar su presencia. En el vestíbulo de abajo no había nada. Abrió suavemente la puerta de la biblioteca y el sonido del metrónomo surgió de lahabitación, envolviéndola. Sus ojos no distinguieron inmediatamente lo que había másallá del umbral. Sólo después de haber penetrado en la estancia captaron sus ojos unavaga y pequeña sombra recortada contra la pared opuesta; era una cosa confusa quese movía a lo largo de la pared, mirando detrás de los muebles, en las estanteríasllenas de libros, extendiendo unas manos fantasmales hacía los rincones... ¡Jimmy,buscando su metrónomo! Se quedó inmóvil mientras su respiración parecía quedar contenida por el horror.¡Jimmy, el difunto Jimmy, a quien ella misma había enterrado aquella mañana!Únicamente la fortaleza de su voluntad le impidió desvanecerse y perder el equilibrio. El niño espectral se acercó. Se acercó y pasó junto a ella, buscando, fisgoneandocada uno de los lugares donde pudiera estar escondido el metrónomo. Una y otra vez,dando vueltas por la habitación. Con gran esfuerzo, consiguió encontrar su voz. -Márchate -murmuró con dureza-. ¡Oh, márchate! Pero el niño no la escuchó. Continuó su búsqueda fantasmagórica, removiendo losmismos lugares donde ya había buscado tantas veces. Y el insistente tic-tac, tic-tac delmetrónomo seguía sonando, como los golpes de un martillo, en aquella opresivahabitación hundida en la noche. Su mano se apartó del haz de luz en el instante en que el niño pasaba junto a ella.Le vio el rostro, vuelto hacia ella. Sus ojos, normalmente tan amables, le lanzaban unamirada malévola, mientras la boca dibujaba una mueca petulante y enojada, con suspequeños puños apretados. Ella se volvió frenética, estaba ansiosa por escapar de allí. Pero la puerta no se abrió. Después de tres intentos inútiles por abrirla, miró para ver si existía algún obstáculoque la impidiera moverse. El niño estaba a su lado, apoyando ligeramente la manocontra la puerta. Aquello era suficiente para mantenerla inamovible. Ella lo volvió aintentar. El pomo giró en su mano, como antes, pero la puerta se negó a moverse. Laexpresión del niño adquirió un aspecto tan maligno, que ella dejó caer la linterna en unrepentino sobresalto. Retrocedió rápidamente hacia la ventana, en la pared opuesta adonde se hallaba la puerta.
  5. 5. Pero el niño estaba allí antes de que ella llegara. Trató de elevar la ventana, corriendo el cerrojo con su otra mano. No se movió.Incluso antes de mirar, sintió la mano del niño sosteniendo la ventana. Allí estaba,vagamente blanco, transparente, apoyado ligeramente contra el cristal. Echó a correr. Sucedió lo mismo con la otra ventana de la habitación. Cuando trató de levantar lamano, dispuesta a romper el cristal, descubrió que el niño sólo tenía que permanecerante la ventana para evitar que su mano pudiera penetrar la atmósfera que le rodeabay llegar al cristal. Entonces se volvió y caminó hacia la oscura esquina, detrás del piano, sollozando deterror. Inmediatamente, el niño se situó allí. Sintió cómo emanaba de él un frío cadavéricoque penetraba a través de sus delgadas ropas de noche. -¡Márchate! ¡Márchate! -sollozó. Sintió el rostro del niño apretándose muy cerca de ella, buscando su mirada con susojos acusadores, mientras extendía sus dedos fantasmales para tocarla. Volvió a huir, lanzando un sálvate grito de terror. Una vez más, se dirigió hacia la puerta, pero el niño estaba allí antes de que sumano pudiera tocar el pomo. Y, sin llegar a girarlo siquiera, supo que su esfuerzo erainútil. Entonces trató de encender la luz, pero la misma fuerza que le había impedidoromper antes el cristal de la ventana, actuaba de nuevo contra ella. Sintiéndose acosada buscó de nuevo la relativa seguridad de un rincón oscuro. El niño volvió a encontrarse junto a ella, acercándose suavemente a su cuerpo,como un animal. Echó a correr de una esquina a otra de la habitación. Pero el niño estaba en todas partes. De pronto, las puertas de su mente se cerraron y bloquearon toda su capacidad pararazonar. Sintió un profundo y desquiciado pánico apoderándose de su cuerpo. Empezóa golpear las paredes con los puños cerrados. Descubrió entonces que su voz y susgritos aliviaban el horror que se encerraba en su interior. Lo último de lo que se dio cuenta fue del estirón que las manos espectrales del niñodieron a su cintura. Entonces se desmoronó; quedó acurrucada como un ovillo contrala pared. Algo lanzó un fuerte y agudo golpe contra su sien y, en el mismo instante, elfrígido cuerpo fantasmagórico del niño se apretó sobre su rostro. Henry Farewell encontró a su esposa acurrucada contra la pared, cerca del granpiano. Cerca de su cabeza estaba el metrónomo. Se dio cuenta inmediatamente de quehabía caído por detrás de un enorme cuadro que ahora colgaba, doblado, sobre ella. Alcaer, le había dado contra la sien. Estaba muerta. Durante un minuto permaneció asombrado, mirando fijamente su cuerpo. Después,su bien ordenada y metódica mente de hombre de negocios, se aseguró de la certezade sus suposiciones y finalmente llamó al juez. Cuando éste llegó, se lo encontró en la puerta. -Ha ocurrido un terrible accidente -dijo-. Evidentemente, estaba andando en sueños,víctima del sonambulismo, y chocó contra la pared cuando un metrónomo, ocultadopor mi hijo detrás de un cuadro, poco antes de su muerte, cayó golpeándola en la sien.Está allí, muerta. Después, Henry Farewell se sentó, pues el impacto de la muerte de su esposaempezaba a alterar incluso su serenidad, deliberadamente fría. Se retorció las manos yesperó a que el juez terminara su inspección. Al cabo de unos minutos, el juez salió de la biblioteca, con aspecto muy serio. -Mire aquí, Farewell -dijo-. No comprendo esto -y sin esperar a que Henry Farewellle hiciera ninguna pregunta, siguió diciendo-: Ese golpe no fue suficiente para matarla.
  6. 6. Parece como sí hubiera sido ahogada por... sí, por unas ropas húmedas... pero no haynada parecido por aquí. Y, por otra parte, no comprendo cómo su hijo pudo haberescondido ese metrónomo detrás de ese cuadro. Está demasiado alto para que élpudiera alcanzarlo, aunque se subiera a una silla o al piano. Y hay algo más que meextraña. Venga, por favor. Penetraron juntos en la biblioteca. -Mire eso -dijo el juez, señalando con su dedo extendido la línea formada por lapared y el suelo a lo largo de toda la habitación. Había allí un gran número de pisadas que se extendían por la pared, húmedas ybrillantes a la luz que iluminaba ahora la habitación. -Como un niño pequeño con los pies húmedos -dijo Farewell, en un tono de voz queindicaba su poca predisposición a creer lo que decía-. Parece como si hubiera estadochapoteando en el agua, ¿verdad? -preguntó. -No, no -dijo el juez, con voz tensa-. Parece más bien un niño que hubiera estadocompletamente empapado, ropas y todo -se arrodilló, se puso las gafas y dijo-: Mire,gotas... como las gotas de agua que caen de las ropas mojadas. Siguen la línea de laspisadas. Y mire aquí, estos extraños recorridos del camino... hacia las esquinas...detrás de las cosas. Farewell, debo decir que, francamente, no entiendo esto. Y Henry Farewell, a quien la Naturaleza había olvidado de proporcionar un grano deimaginación, dijo: -Yo tampoco, señor juez. Únicamente sé lo que le he dicho.
  7. 7. JUGUEMOS A LOS VENENOSRay Bradbury -¡Te odiamos! -Gritaron los dieciséis chicos y chicas, apretándose alrededor deMichael en el aula. Michael gritó. El recreo había terminado, pero Mr. Howard, el maestro, aún no habíallegado. -¡Te odiamos! Y los dieciséis chicos y chicas juntos, agolpándose y resollando, abrieron unaventana. Había tres pisos de altura hasta la acera. Michael se debatió. Cogieron entre todos a Michael y lo empujaron por la ventana. Mr. Howard, su maestro, entró en aquel momento en el aula. -¡Esperad! -Gritó. Michael cayó desde tres pisos de altura. Michael murió. Nada se pudo hacer. La policía se encogió de hombros de forma elocuente. Todosaquellos niños tenían ocho o nueve años; no comprendían lo que estaban haciendo. Asíes que... El colapso de Mr. Howard se produjo al día siguiente. Se negó a volver a enseñar ensu vida. -Pero ¿por qué? -Le preguntaron sus amigos. Mr. Howard no dio ninguna razón. Permaneció en silencio y una luz terrible llenó susojos. Más tarde, les dijo que si les contaba la verdad, creerían que se había vuelto loco. Mr. Howard abandonó Madison City. Se marchó a vivir en un pequeño pueblocercano, Green Bay, donde permaneció durante siete años, manteniéndose con losingresos que conseguía de escribir historias y poesía. No se casó nunca. Las pocas mujeres a las que se aproximó siempre deseabantener... hijos. En el otoño de su séptimo año de autoforzado retiro, cayó enfermo un buen amigode Mr. Howard, un maestro. Ante la falta de un sustituto adecuado, Mr. Howard fueconvocado y convencido de que su deber era hacerse cargo de la clase. Dándosecuenta de que el compromiso no podía durar más de unas pocas semanas, Mr. Howardaceptó, desgraciadamente. -A veces -dijo Mr. Howard aquella mañana de un lunes de setiembre mientrascaminaba lentamente por los pasillos laterales de la clase-, a veces creo realmente quelos niños son como invasores procedentes de otra dimensión. Se detuvo, y sus brillantes ojos negros pasaron de un rostro a otro de sus pequeñosoyentes. Mantenía una mano en la espalda, cerrada y apretada. La otra, como unpálido animal, se posaba en la solapa de la chaqueta mientras hablaba; después aúnsubió más para jugar con las gafas. -A veces -siguió diciendo, mirando a William Arnold y a Russell Newell, y a DonaldBowers y a Charlie Hencoop-, a veces creo que los niños son pequeños monstruossurgidos del infierno porque ni siquiera el demonio puede soportarlos. Y, desde luego,creo que se debe hacer todo lo posible por reformar sus pequeñas mentes incivilizadas. La mayor parte de sus palabras sonaron muy poco familiares en las orejas limpias ysucias de Arnold, Newell, Bowers y los demás. Pero el tono de su voz les hacía sentirmiedo. Las niñas estaban apoyadas en los respaldos de sus asientos, aprisionando sustrenzas, para que él no estirara de ellas como si fueran cuerdas de campanas, con elpropósito de llamar así a los ángeles negros. Todos ellos miraban a Mr. Howard como siestuvieran hipnotizados. -Sois otra raza completamente distinta, con vuestros motivos, vuestras creencias,vuestras desobediencias -siguió diciendo Mr. Howard-. No sois humanos. Sois... niños.En consecuencia, y hasta que no seáis adultos, no tenéis ningún derecho a exigirprivilegios, ni a preguntar a vuestros mayores, que saben mejor que vosotros lo que sedebe hacer.
  8. 8. Se detuvo y colocó su elegante trasero sobre la silla situada detrás de la mesa,limpia, sin una mota de polvo. -Vivís en vuestro mundo de fantasía -dijo, frunciendo el ceño-. Bien, aquí no habráfantasías. Pronto descubriréis que un reglazo en la mano no es ningún sueño, ningúnadorno, ninguna excitación a lo Peter Pan -lanzó entonces un resoplido y preguntó-:¿Os he asustado? Lo he conseguido. ¡Bien! Bien y bueno. Os lo merecéis. Quiero quesepáis dónde estamos. Yo no os temo, recordadlo. No tengo miedo de vosotros -depronto su mano tembló y empujó atrás su silla, mientras todos los ojos estaban fijosen él-. ¡Eh! -lanzó una penetrante mirada a través de la habitación-. ¿Qué estáismurmurando por ahí atrás? ¿Algo sobre nigromancia o alguna otra cosa? -¿Qué es nigromancia? -Preguntó una niña pequeña, levantando la mano. -Discutiremos eso cuando nuestros dos jóvenes amigos, los señores Arnold y Bowersexpliquen qué estaban murmurando. ¿Y bien, jovencitos? Donald Bowers se levantó. -No nos gusta usted. Eso es todo lo que dijimos. Después volvió a sentarse. Mr. Howard elevó las cejas. -Me agrada la franqueza, la verdad. Gracias por vuestra honestidad. Pero, al mismotiempo, debo deciros que no tolero la rebelión poco seria. Esta tarde, después de lasclases, os quedaréis una hora y lavaréis las pizarras. Después de las clases, mientras se dirigía a casa, con las hojas de otoño cayendo asu alrededor, Mr. Howard se encontró con cuatro de sus alumnos. Dio un golpe seco yagudo con su bastón sobre la acera. -¡Eh! ¿Qué estáis haciendo? Los dos chicos y las dos chicas, sorprendidos, retrocedieron como sí hubieran sidogolpeados con el bastón sobre sus espaldas. -¡Oh! -exclamaron. -¿Y bien? -pidió el hombre-. Explicádmelo. ¿Qué estabais haciendo antes de llegaryo? -Jugando a los venenos -explicó William Arnold. -¡Veneno! -exclamó el maestro, con el rostro contraído; después dijo con unestudiado sarcasmo-: Veneno, veneno, jugando a los venenos. Bien. ¿Y cómo se juegaa los venenos? De mala gana, William Arnold echó a correr. -¡Vuelve aquí! -le gritó Mr. Howard. -Sólo voy a demostrarle cómo jugamos a los venenos -dijo el chico, saltando sobreun bloque de cemento que había en la acera-. Cada vez que llegamos ante un hombremuerto, saltamos sobre él. -¿Lo hacéis de veras? -preguntó Mr. Howard. -Si salta uno sobre la tumba de un hombre muerto, queda envenenado, cae y semuere -explicó Isabel Skelton con prontitud. -Hombres muertos, tumbas, envenenamientos -dijo burlonamente Mr. Howard-. ¿Dedónde habéis sacado esa idea del hombre muerto? -¿No lo ve? -preguntó Clara Parris señalando con su regla-. En este cuadrado estánlos nombres de dos hombres muertos. -¡Ridículo! -replicó Mr. Howard, mirando de soslayo-. Eso son simplemente losnombres de los albañiles que mezclaron y colocaron el cemento de la acera. Isabel y Clara abrieron la boca y se volvieron acusadoramente hacia los dos chicos. -¡Dijisteis que eran lápidas de tumbas! -gritaron las dos, casi al unísono. -Sí -dijo William Arnold, mirándose los pies-. Lo son. Bueno, casi. Da igual -levantóla mirada y añadió-: Es tarde. Tengo que marcharme a casa. Hasta luego. Clara Parris miró los dos pequeños nombres grabados en la acera.
  9. 9. -Mr. Kelly y Mr. Terrill -dijo, leyéndolos-. Entonces, ¿esto no son tumbas? ¿Mr. Kellyy Mr. Terrill no están enterrados aquí? ¿Lo ves, Isabel? Es lo que te he dicho unadocena de veces. -No lo hiciste -dijo Isabel, de mal humor. -Mentiras deliberadas -dijo Mr. Howard, pegando golpecitos con su bastón, en ungesto de impaciencia-. Falsificación del más alto calibre. ¡Buen Dios! Señores Arnold yBowers, no harán más estas cosas, ¿comprenden? -Sí, señor -murmuraron los chicos. -¡Hablad más alto! -Sí, señor -replicaron de nuevo. Mr. Howard se alejó rápidamente por la calle. William Arnold esperó hasta haberleperdido de vista antes de decir: -Espero que algún pájaro deje caer algo justo en su nariz... -Vamos, Clara, sigamos jugando a los venenos -dijo Isabel, ilusionada. -Se ha echado a perder todo -comentó Clara, poniendo mala cara-. Me voy a casa. -¡Estoy envenenado! -gritó de pronto Donald Bowers, tirándose al suelo y haciendocomo que echaba espumarajos por la boca-. ¡Mirad! ¡Estoy envenenado! ¡Ahhhh! -¡Oh! -exclamó Clara, enojada y echó a correr. El sábado por la mañana, Mr. Howard miró por la ventana que daba a la calle ylanzó un juramento al ver a Isabel Skelton haciendo señales de tiza sobre la acera ysaltando después sobre ellas, al mismo tiempo que contaba una monótona cancioncilla. -¡Deja de hacer eso! Abalanzándose al exterior, casi la tiró al suelo en su agitación. La agarró, la sacudióviolentamente y después la dejó en el suelo; permaneció en pie sobre ella y sobre lasmarcas de tiza. -Sólo estaba jugando a la pata coja -dijo la niña, lloriqueando y pasándose lasmanos por los ojos. -No importa. No puedes jugar aquí -declaró él; después, inclinándose sobre lasmarcas de tiza, las borró con su pañuelo, murmurando-: Eres una pequeña bruja.Pentagramas. Rimas y conjuros, y todo como si fuera perfectamente inocente. ¡Dios,qué inocente! ¡Eres un pequeño diablo! Hizo un gesto, como si fuera a golpearla, pero se detuvo. Isabel echó a correr,lamentándose. -¡Adelante, pequeña tonta! -gritó él con furia-. Ve corriendo y dile a tus pequeñascohortes que has fracasado. Tendrán que intentarlo de alguna otra manera. No loconseguirán conmigo. No lo conseguirán. ¡Oh, no! Volvió a entrar en su casa, se sirvió un vaso lleno de brandy y se lo bebió. Duranteel resto del día, estuvo oyendo a los niños jugando al tú-la-llevas, y los gritos y sonidosproducidos por los pequeños monstruos en cada arbusto y sombra no le dejarondescansar. -Otra semana como ésta -se dijo a sí mismo-, y me volveré loco de atar -se llevóuna mano a su dolorida cabeza-. ¡Por el amor de Dios! ¿Por qué no podremos nacertodos adultos? Y transcurrió otra semana. Y, entretanto, el odio fue creciendo entre él y los niños.El odio y el temor crecían juntos. El nerviosismo, las rabietas repentinas por nada, ydespués... la silenciosa espera. La forma en que los chicos se subían a los árboles paramirarle mientras comían manzanas, el olor melancólico del otoño posándose por todala ciudad, los días cada vez más cortos, las noches que llegaban con mayor prontitud. -Pero no me tocarán, no se atreverán a tocarme -se dijo Mr. Howard a sí mismo,bebiéndose un vaso de brandy detrás de otro-. En cualquier caso, todo esto es unatontería; no hay nada detrás. No tardaré en estar lejos de aquí y... de ellos. Notardaré... Había un cráneo blanco en la ventana.
  10. 10. Eran las ocho de la noche de un jueves. Había sido una semana muy larga, conestallidos de cólera y acusaciones. Había tenido que ahuyentar continuamente a losniños de la zanja de la tubería del agua en construcción que estaba frente a su casa. Alos chicos les encantan las excavaciones, los lugares ocultos, las tuberías, lasconducciones y las zanjas, y siempre estaban subiendo y bajando, entrando y saliendopor los agujeros donde colocaban las nuevas tuberías. Gracias a Dios, todo habíaterminado y, al día siguiente, los trabajadores rellenarían de tierra la zanja, laapisonarían y colocarían una nueva capa de cemento, dejando la acera como estaba.Eso eliminaría a los niños. Pero, justamente ahora... ¡Había un cráneo blanco en la ventana! No cabía la menor duda de que la mano de un niño sostenía el cráneo, apoyándolocontra el cristal, golpeándolo y moviéndolo. Se escuchaba una risa infantil procedentedel exterior. Mr. Howard salió precipitadamente de la casa. -¡Eh, vosotros! -explotó en medio de los tres chicos que empezaban a correr. Echó a correr detrás de ellos, sin dejar de gritar. La calle estaba oscura, pero vio lasfiguras moviéndose precipitadamente por delante y por debajo de él. Las vio como siestuvieran unidas y no pudo recordar la razón de ello, hasta que fue demasiado tarde. La tierra se abrió bajo él. Cayó y quedó en un pozo, dándose un golpe terrible en lacabeza con una tubería y, mientras perdía la conciencia, tuvo la impresión de que seponía en marcha una verdadera avalancha, provocada por su caída, y que montones detierra húmeda y fría caían sobre sus pantalones, sus zapatos, su chaqueta; sobre suespalda, sobre su nuca y sobre su cabeza, llenándole la boca, las orejas, los ojos, lasventanillas de la nariz... La vecina, con los huevos envueltos en una servilleta, llamó a la puerta de Mr.Howard al día siguiente. Estuvo llamando durante cinco minutos. Cuando finalmenteabrió la puerta y se introdujo en la vivienda, no encontró más que pequeñas motas depolvo flotando en el aire iluminado por el sol: las habitaciones estaban vacías, elsótano olía a carbón y a escorias de hulla, y en el ático no había más que una rata, unaaraña y una carta descolorida. -Una cosa muy curiosa lo que le sucedió a Mr. Howard -dijo muchas veces durantelos años siguientes. Y los adultos, siendo como son, muy poco observadores, no prestaron atención a losniños que jugaban a los venenos en la calle Oak Bay durante todos los otoñossiguientes. Ni siquiera cuando los niños saltaban sobre un bloque cuadrado y extrañode cementó, miraban a su alrededor y observaban después las marcas que había en elbloque y que decían: Mr. HOWARD - R.I.P. -¿Quién es Mr. Howard, Billy? -¡Ah! Supongo que será el tipo que puso aquí el cemento. -¿Y qué significa eso de R.I.P.? -¡Ah! ¿Quién lo sabe? ¡Estás envenenado! ¡Lo has pisado! -Vamos, vamos, niños. ¡No os crucéis por delante de mamá! ¡Vámonos ya!
  11. 11. LA COMPAÑERA DE JUEGOCynthia Asquith Laura Halyard se preguntó si se acostumbraría alguna vez al encanto de su nuevohogar. Aún sentía la necesidad de restregarse los ojos cada vez que miraba aquellacasa de ensueño. Comparados con el estruendo y la luminosidad de Nueva York, la suave belleza y elverde silencio de Lichen Hall se le aparecían a la nueva dueña como un hechizo. Hacíasólo un año que, tras la desaparición de su hermano mayor, muerto sin hijos, suesposo, Claud Halyard, había heredado la propiedad. Desde su matrimonio, losnegocios habían mantenido a Claud en América; así pues, Laura nunca se encontró consu pobre y paralizado cuñado. Sin embargo, pensó en él a menudo a causa de laprofunda impresión que produjo en su imaginación su trágica historia: la pérdidaprecoz de su adorada esposa, el accidente que le convirtió en un lisiado sin esperanzasy finalmente la horrible tragedia de su única hija de diez años, muerta en el incendioque, doce años antes, destruyó un ala de Lichen Hall. La casa había sido restaurada tan hábilmente que resultaba difícil creer que sehubiera producido aquel incendio fatal, y, al principio, su nueva dueña se sintió tancautivada por aquella atmósfera de paz que le resultó casi imposible asociar el lugarcon algo tan terrible como la muerte de aquella pobre niña. ¿Podría haber ocurrido allíalgo así y tan sólo doce años antes? Laura Halyard tenía toda la notable adaptabilidad de las mujeres de su país y,cuando se sentaba en el gran vestíbulo, con su fina y delicada belleza brillando alparpadeo del fuego de la chimenea, tenía un aspecto maravilloso, perfectamenteacorde con todo lo que la rodeaba. Había invitado a tomar el té al viejo vicario, cuyosojos debilitados parpadeaban con admiración ante la gracia y la belleza de suanfitriona. Deseaba que no llegara el momento de terminar una visita tan agradable. -Si me permite decirlo así, lady Halyard -dijo, arrastrando de mala gana sus rígidosmiembros y elevándolos de las profundidades del sillón donde había estado sentado-,es muy agradable volver a tomar aquí un chátelaine. Lichen Hall ha sido un lugar muytriste durante estos últimos doce años. -Sí -admitió Laura-. Creo que mi pobre cuñado nunca consiguió superar la terribletragedia de esa pobre niña. -«Un hombre roto» es una frase que uno escucha a menudo -dijo el sacerdote-,pero, afortunadamente, en el transcurso de toda mi vida sólo he podido conocer a unhombre a quien se pudiera aplicar justamente esa frase. Ese hombre fue su cuñado.Cumplió con su deber en este lugar. Nadie lo habría hecho mejor. Pero tras la muertede su pequeña Daphne, las deudas fueron todo lo que le quedó en el mundo. No lequedó nada más. Para mí representó un gran dolor ver unas cenizas tan grises y serincapaz de distinguir en ellas ni siquiera una pequeña chispa. ¡Vivió tan sólo! Durantetodos aquellos últimos años apenas si hubo alguien que se acercara por aquí. Sólounos pocos y viejos amigos, pero siempre tuve la impresión de que él únicamente lossufría por consideración a sus sentimientos. Laura emitió un murmullo de simpatía. -Me pregunté a menudo por qué su esposo nunca vino por aquí, lady Halyard -siguiódiciendo el anciano-. A pesar de los veinte años de edad que les separaban, siemprehabían sido hermanos muy compenetrados. Parece extraño que no regresara ni unasola vez a su propia casa hasta que la heredó. -Lo sé -dijo Laura-. Mi esposo estaba muy atado por los negocios, pero, a pesar detodo, se las podría haber arreglado. Le pedí a menudo que viniéramos a hacer unavisita, pero él siempre creía que el año siguiente sería mejor. No sé por qué pensabaasí. Desde luego, Mr. Claud, mi esposo es muy sensible. Se encoge ante las desgracias.A veces pienso que, quizá, lo que le sucedía es que era incapaz de ver por sí mismo lamiseria en que se encontraba su hermano.
  12. 12. -Posiblemente -admitió el vicario-. Pero hubiera deseado verle por aquí. Podríahaber significado un gran cambio en la situación. Laura detectó un tenue matiz de reproche en la voz amable del anciano. -No es que no le guste este sitio -le aseguró-. No le puedo decir cuánto significapara él. -Lo sé, lady Halyard, lo sé. ¿Cree que no le recuerdo de cuando era un chico? Suamor por esta casa era casi motivo de chanzas entre los miembros de su familia. Encierta ocasión le puso morado un ojo a otro chico por atreverse a decir que su casa eramás hermosa que ésta. Buenos tiempos aquellos en los que él y todas sus hermanaseran jóvenes. Los pálidos ojos del anciano vicario se abrieron mucho mientras miraba tristementehacia el pasado. -Siempre he pensado que lo que necesita este jardín son niños. Se le desperdiciacuando no hay nadie en él. Se lo puedo asegurar; es una verdadera alegría ver a suhija pequeña rompiendo y arrancando la hierba de las terrazas. -No le puedo decir lo feliz que Hyacinth se siente aquí -exclamó Laura-. Se pasatodo el día como si estuviera en éxtasis. -¡Bendígala! -dijo el sacerdote-. ¡Qué maravillosa es y qué parecido tanextraordinario con... -¿Parecido? ¿Con quién? -Con su pobre prima... con la pobre y pequeña Daphne. Seguramente, esasemejanza habrá impresionado a su esposo, ¿verdad? -No... no. Al menos no me lo ha dicho así, aunque quizá, de ser cierto, no me lodiría. Ni siquiera después de todos estos años puede soportar el hablar de su sobrina.Nunca menciona el nombre de Daphne. -Sé que le causó una terrible impresión -admitió el vicario-. Se sentía tan orgullosode ella. Recuerdo que siempre estaba jugando con ella. Pero en realidad, la queríamostodos. Sí, existía una verdadera fascinación alrededor de la pequeña Daphne. -¿Y era realmente como nuestra Hyacinth? -¡Vaya si lo era! -exclamó el sacerdote-. ¡Es el parecido más asombroso que hevisto! Le aseguro que la primera vez me dejó muy asombrado, cuando la viobservándome a través de unos arbustos. Sí, el verla me hizo volver doce años atrás.Ahora tiene diez años, ¿verdad? Laura asintió. -¿Lo ve? La pobre Daphne tenía exactamente la misma edad la última vez que lavi... el día antes de... sí, sí, aún la puedo ver... el mismo pelo rubio rodeando la palidezde su cara, los ojos grandes y la misma mirada de enojo... algo extraordinariamentevivaz. -¿De veras? -dijo Laura. Su voz tembló y el vestíbulo se nubló ante sus ojos, perturbada su visión por unaslágrimas. -Sí, un parecido realmente extraordinario -siguió diciendo el anciano-. Las vocestambién eran muy similares. Y su Hyacinth parece tener la misma pasión por el juego.Nunca vi a un ser con tal capacidad como Daphne para llenar el día. Siempre parecíadesear poner más diversión de la que podía en cada hora. Era casi como si supiera deantemano que no tenía tiempo que perder. ¿Recuerda usted el pasaje de Maeterlincksobre aquellos a quienes él llama Les Avertis? -Sí, lo recuerdo -la voz de Laura era pesada. -Bien, bien, me tengo que marchar ahora. Gracias, querida señora, por la tarde tanagradable. Dé mis más queridos recuerdos a Daph... quiero decir a Hyacinth. -Buenas tardes, Mr. Claud. Vuelva pronto -dijo Laura, aunque de una formabastante mecánica. Volviéndose hacia el fuego, removió uno de los grandes troncos con el pie, ydespués removió las ascuas con el atizador, hasta que estallaron en llamas. Se sintió
  13. 13. cansada y con frío. Cuando el sacerdote volvió a entrar en la habitación, se le quedómirando, asombrada. El pidió disculpas por haberse olvidado los guantes. -¡Oh! ¿De qué color son? -preguntó Laura con un aire ausente, como si en elvestíbulo pudiera existir una gran variedad de pares de guantes-. Espere un momento,Mr. Claud -dijo, cuando el vicario hubo encontrado sus guantes-. Había algo quedeseaba preguntarle. ¿Qué aspecto cree usted que tiene mi esposo? -Bueno, lady Halyard. Siempre fue un tipo magnífico. Sí, creo que tiene un aspectobastante bueno. Pero, ya que me lo pregunta, lo único que le he notado es unaexpresión especialmente tensa en los ojos, más bien, como si estuviera haciendosiempre un gran esfuerzo mental... como si estuviera tratando de recordar algo. -¿Tratando de recordar algo? -Sí. No cabe la menor duda de que eso es a consecuencia de lo mucho que trabajaen el despacho. Me siento muy contento de no verle allí. De algún modo, no puedoimaginarme a ningún Halyard en un despacho. ¡Oh, sí! Claud siempre estuvo hechopara la vida en el campo. Buenas noches, lady Halyard, buenas noches. Una vez sola, Laura se acurrucó junto al fuego de la chimenea. ¿Claud hecho para lavida en el campo? Sí, así lo había pensado siempre. En América parecía un exiliadoañorando siempre su país natal. Y, sin embargo, ahora que se encontraban en suquerido hogar, el cual había demostrado ser mucho más maravilloso de lo que suspropias alabanzas le habían hecho esperar, ¿qué andaba mal? En su crecientedesilusión, no tuvo más remedio que admitir que el ánimo de su esposo -siempreinconstante- era ahora mucho más bajo de lo que solía ser. Parecía estar abrumado poruna atmósfera sofocante. Y, además, estaba aquella mirada tensa que el vicario yahabía notado. Otras personas también lo habían comentado. ¿Cuál podría ser la causaahora, cuando el presente y el futuro parecían tan favorables? ¿Preocupaciones por losnegocios?, se preguntó Laura, casi con la esperanza de hallar allí la respuesta. ¡No!¿Qué preocupaciones de negocios podría tener? El se lo contaba todo. ¿Acaso ahora nolo hacía?, se preguntó Laura, echándose a reír casi en voz alta. Este mismo día sehabía vuelto a encontrar con aquella terrible frase. La heroína de una mala novela queestaba leyendo, una mujer que no sabía nada con respecto a su esposo, habíaafirmado confidencialmente: «El me lo cuenta todo.» ¿Cómo puede un ser humanocontárselo todo a otro? Sin duda alguna, Claud tenía algo en mente. Desde que llegaron a casa, ella se diocuenta de la existencia de una barrera cada vez más gruesa entre ellos. Tiempo atrás,si se le planteaba la cuestión admitía a menudo encontrarse un poco deprimido. Ahora,en cambio, parecía tomarse mal cualquier pregunta sobre su salud o su estado deánimo. Si ella le preguntaba: -¿Ocurre algo? -¿Algo? -contestaba él, casi con enojo-. No, no ocurre nada. Y no inventes cosas. Laura no permaneció sola con sus reflexiones durante mucho tiempo. Alto, y conbuen aspecto, su esposo entró en la habitación, con su hija Hyacinth sentada sobre sushombros. Sus mechones de pelo rubio brillaban sobre el pelo moreno de él. Los tres se sentaron alrededor del fuego. Con las piernas cruzadas, la barbillaapoyada en una rodilla, y los ojos mirando fijamente hacia las llamas, Hyacinthaparentaba escuchar el Ivanhoe, que su padre le estaba leyendo. En cuanto terminó elcapítulo, saltó sobre las puntas de sus zapatos moviéndose como una llama liberada. -¿Puedo marcharme ahora? -preguntó ansiosamente. Impresionado de nuevo por su deslumbrante hermosura, su padre la miróamorosamente. ¡Aquella vitalidad incontenible! ¿Quizá no tenía compañeros de juegode su misma edad? -¿Te sientes sola, pequeña hada? -preguntó cariñosamente. -¡Sola! ¡Oh, no! Nunca estoy sola aquí, ¡nunca! ¡Y menos aquí! -había un acento dejúbilo en la risa feliz de la niña-. ¡Tengo que marcharme ahora! -dijo excitada.
  14. 14. Tras deslizarse de entre los brazos de su padre, subió por la oscura escalera de dostramos y, haciendo un saludo con la mano, desapareció de la vista de sus padres.Mucho después de que hubiera doblado la esquina, que la ocultó de la vista de suspadres aún pudieron éstos escuchar sus pasos rápidos y ligeros y su voz vibrante: -Vamos, chicos y chicas, dejad a vuestros padres. -Cómo se adapta la voz de Hyacinth a su rostro, ¿verdad, Claud? -preguntó Laura-.Eso no les sucede a muchas personas. La de ella tiene ese tono penetrante propio de lajuventud alegre. Es como el agua fría, o como la sensación de morder una manzana. Claud se levantó para colocar otro leño en la chimenea. -Laura, ¿qué quiere dar a entender Hyacinth cuando dice que nunca está sola aquí? -No lo sé, Claud. Pero, ahora que lo preguntas, ¿no has notado lo diferente que esdesde que llegamos? ¿Recuerdas lo apática que era a veces? Solía preocuparse poreso, y pensaba que quizá tendría que contratar a algún niño inteligente para que lehiciera compañía. Pero ahora, se siente muy feliz durante todo el día. Si quieres que tediga la verdad, no puedo evitar el echar de menos su estado de ánimo habitual... o almenos su dependencia de mí. Solía necesitarme mucho. ¿No recuerdas cómo siempreme estaba pidiendo que le contara historias? -¿Te lo pide ahora? -preguntó Claud. -No; ahora, apenas si puedo convencerla para que se quede un rato conmigo.Siempre está tratando de marcharse, como si tuviera algo mejor que hacer. La veomuy poco, a excepción de sus talones y de su cogote. ¡Se muestra tan extrañamenteautosuficiente! Entre nosotros, Claud, creo que es casi inquietantemente feliz. -¿Inquietantemente feliz? ¿Qué quieres decir, Laura? -Bueno... quiero decir... ¿no es extraño? En realidad, no sé muy bien cómoexpresarlo con palabras, pero es... es como si dispusiera de algún recurso desconocidopor nosotros. Parece estar siempre tan ocupada. Sí, eso es... ocupada. Parece bastantetonto, pero es como si, estando consigo misma, no estuviera sola del todo.Últimamente ha desarrollado una nueva forma de sonreír, una sonrisa como desoslayo, y la aparición o desaparición de esa sonrisa no tiene nada que ver con lo quela gente dice o hace. ¿No te has dado cuenta...? ¿Recuerdas lo que esa fantasmalamiga mía decía sobre Hyacinth? -No, no lo recuerdo -contestó Claud-. Por lo poco que sé de ella, estoy seguro deque será algo absurdo. -Ella decía: «He aquí a una niña que verá cosas.» Su «actitud de decaimiento» noes lo bastante grande como para «encerrarla en sí misma». Decía que tenía lo que ellallamaba «ojos escrutadores», y los párpados más transparentes que jamás había visto.En aquel tiempo pensé que no tenía ningún sentido, pero ahora, Claud, me pregunto aveces si no habrá algo de cierto en ello. Este viejo lugar... -¡Oh, Dios! Por el amor del cielo, no empieces con esas tonterías de los espíritus. Sorprendida por el tono de irritación en la voz de su esposo, Laura se echó a reír. -Querido, sé que piensas que ningún americano puede acercarse a ninguna casaantigua de Inglaterra sin llenarla de fantasmas, pero te aseguro que no he sentidonada siniestro aquí. Al contrario, soy consciente de que hay algo que es feliz, alegre...no sé muy bien cómo llamarlo, pero parece existir una especie de vitalidad en laatmósfera de esta casa... especialmente arriba y, sobre todo, en esa habitación queHyacinth insistió en ocupar como habitación de juego. Me refiero a la habitación de laantigua niñera. -No hubiera querido que utilizara esa habitación -dijo Claud de mal humor. -Lo sé, querido, lo sé -contestó su esposa, turbada por el tono de su voz-. Pero ellainsistió. ¡Pobre Claud! ¡Qué dolorosamente sensible era! Desde luego, aquella habitación fuela que su pequeña sobrina Daphne utilizó para sus juegos. Lo más probable es queestuviera retozando en ella poco antes de la tragedia. Laura se lo reprochó a sí misma.No debía haber permitido nunca que Hyacinth se apropiara de aquella habitación. Estas
  15. 15. asociaciones de ideas eran demasiado fuertes para Claud. Debería haber recordadocómo se recogía sobre sí mismo ante cualquier cosa que le recordara a aquella pobreniña. Laura se estremeció ante el pensamiento de su horrorosa muerte. Diez años deedad. ¡La misma edad que Hyacinth! -Te prometo que no hay nada... siniestro en esa habitación -repitió Laura-. Pero...por favor, no pienses que soy una tonta... siento en ella una atmósfera feliz y juvenil.Cada vez que estoy sentada allí, surgen del pasado recuerdos de mi propia niñez queme envuelven. Siento entonces cómo los años se van deslizando, alejándose de mí -seechó a reír-. No creas que estoy loca, pero a veces siento unos curiosos impulsos deponerme a jugar... a bailar... a saltar. Los dedos de mis pies empiezan a moverse. Sí,es como si existiera una especie de invitación al juego en esa habitación. Pensarás quees demasiado absurdo, pero es como si esperara ver aparecer a alguien con quienpoder jugar. Y, sin embargo, sé durante todo el tiempo que Hyacinth está en la cama,durmiendo. A veces, también siento deseos de montarme en el viejo caballo de cartóny dar una buena galopada. Lo haría, si no tuviera miedo a ser descubierta por una deesas agrias criadas. En cierta ocasión, podría haber jurado que escuché unos pasosligeros y apagados, y una especie de risa suave, ¡Imaginaciones, claro! Y, sin embargo,supongo que generaciones y generaciones de niños han jugado en esa habitación,¿verdad? -Sí -contestó Claud. El tono de su voz era lúgubre. Tras contestar, levantó el Times y lo mantuvo comoun muro de separación entre él y su esposa, para evitar cualquier otro tipo deconfidencias. Consciente de haberle irritado, Laura se marchó para decirle a Hyacinthque era hora de irse a la cama. Tardó media hora en encontrarla. Estaba en el henil yle resultó muy difícil engatusarla para que entrara en casa. Finalmente se la entregó aBessy, la doncella. En el momento en que regresó al salón, su esposo se levantó y sedirigió a las habitaciones de arriba para desearle las buenas noches a Hyacinth. -Me temo que no encontrarás en la cama a esa pequeña casquivana -le dijo-. Me hacostado mucho trabajo hacerla entrar en casa. Todas las noches sucede lo mismo. Pormuy tarde que la deje, siempre protesta diciendo que apenas si ha tenido tiempo parajugar. -¿Que no tiene tiempo suficiente para jugar? -preguntó Claud-. No será ella quiendice eso, ¿verdad? ¿No será Hyacinth? -Sí, lo dice ella, ¿por qué no habría de decirlo? -preguntó Laura, extrañada por lavehemencia de su esposo. Pero Claud se marchó del salón sin contestarle. Durante la cena, le preguntó por quése había extrañado tanto ante las palabras de Hyacinth. El contestó que no tenía niidea de a lo que se estaba refiriendo, y que no podía recordar las palabras dichas porHyacinth. Tenía que ser una de sus «tontas suposiciones». Extrañada y dolorida, Laura abandonó la cuestión. Claud no tenía buen aspecto yahora se le notaba mucho aquella expresión tensa. ¿Con qué palabras lo había descritoel vicario? ¡Ah, sí! «Como si estuviera tratando de recordar algo.» No, no creía quefuera eso lo que sugerían aquellos ojos grises y cavernosos de Claud. Pero cuando tratóde definirlo para sí misma, se sintió completamente desconcertada. Unos pocos días después, los Halyard se paseaban por el jardín. Soplaba un vientofuerte, los árboles estaban desnudos, y las hojas crujientes, del color del pelo deHyacinth, alfombraban el camino a sus pies. Como siempre, sus pensamientos sevolvieron hacia su adorada hija. -Creo que Hyacinth tenía un color muy pálido durante el almuerzo -dijo Claud. -Sí -contestó su esposa-. Está comportándose como una niña traviesa. Anoche salió. -¿Salió? -Sí. Bessy descubrió esta mañana que sus zapatos y calcetines estaban empapados,y el pequeño diablillo confesó que había salido de casa mucho después de que nosotros
  16. 16. estuviéramos acostados. ¡Figúrate el frío que debía hacer! No me quiso decir por quésalió, y cuando le pedí que me prometiera no volverlo a hacer, estalló en sollozos. -¡Pequeña hada! -exclamó Claud, echándose a reír-. Aún piensa que dormir esdesperdiciar el tiempo. Me pregunto si... ¡Por el cielo! Laura, mírala ahora. ¿Qué estáhaciendo? ¡Nunca he visto a una niña correr tan deprisa! Hyacinth, con el rostro salvajemente contraído, pasó junto a ellos, corriendo a todavelocidad sobre sus largas y delgadas piernas. Su velocidad, sorprendente para suedad, no disminuyó hasta que, extendiendo los brazos para tocarla, llegó junto a unaacacia, a cuyos pies se dejó caer después, resollando y riendo. Sus padres se le acercaron. -¡Bien hecho, Hyacinth! ¡Has corrido muy rápida! -¡Casi he ganado esta vez! -balbució la excitada niña, brillándole los ojos verdes-.¡Oh casi, casi! -¡Casi has ganado! ¿Qué quieres decir con eso de que «casi has ganado»? ¿Acasoenfrentabas una pierna con la otra? Hyacinth enrojeció, sonrió nerviosamente, se puso en pie y echó a correr de nuevo.Instantes después se perdía de vista por detrás del gran tejo. -¡Qué niña más curiosa! -exclamó su madre con una sonrisa algo intranquila-.Siempre está corriendo, como si tuviera que acudir a alguna cita en alguna parte.Ahora no parece necesitarme nunca. ¿Recuerdas lo extraordinario que le parecía poderdormir conmigo? Ahora ya no quiere. Ya sabes, Claud, parece ridículo, pero a veces,cuando entro en su habitación, me siento como si estuviera... interrumpiendo algo...como una intrusa. Mientras hablaba, Laura sintió un ligero estremecimiento. Sus propias palabrasparecían cristalizar unos vagos recelos de los que apenas si se había dado cuenta ellamisma. -¿Interrumpiendo? -preguntó Claud-. ¿Interrumpiendo qué? -No lo sé -contestó ella desesperada. Después, suspirando, se volvió hacia la casa. Claud silbó, llamando a sus perros y disponiéndose a dar un largo paseo. Aquella noche, Laura fue a ver a Hyacinth en la cama. -Querida -dijo mimosamente-, ¿no quieres venir a dormir esta noche con mamá?Mañana por la mañana tomaremos el té y jugaremos encima de mi almohada grande. Sobre el rostro dulce pero serio de la niña se extendió una expresión de ansiedad. -Gracias, mamá -contestó con astucia, pero añadió decidida-: De todos modos, mesiento muy bien en mi querida habitación. Me gusta mucho y creo que no me gustaríadejarla. Un intenso alivio traslucieron sus brillantes ojos cuando, mostrándosesilenciosamente de acuerdo, su madre la besó y le deseó las buenas noches. -Eres muy buena y dulce, mamá -dijo ella. Se removió un poco y volvió su rostroradiante hacia la ventana. Era ya muy tarde cuando, después de cenar, Laura se reunió con su esposo. La granventana salediza del salón no tenía cortinas y la luz de la luna penetraba por ella,mezclando sus tenues rayos verdes con el brillo rojizo del gran fuego ante el queestaba sentado Claud, con un libro cerrado sobre las rodillas. -¿Dónde has estado todo este tiempo, Laura? -le preguntó, escudriñando su rostro-.Espero que Hyacinth no haya cometido otra de sus travesuras. -No -contestó Laura con rapidez-. Esta vez la travesura la he hecho yo misma. -¿Qué quieres decir? -Me he comportado de una forma que tú llamarías tonta. ¿Recuerdas que tecomenté algo sobre esas curiosas sensaciones que tenía cuando me encontraba en lahabitación de juego? Bueno, pues inmediatamente después de dejarte tomando el café,tuve la necesidad de ir allí. No pongas mala cara, Claud, no lo pude evitar.Simplemente tenía que ir. Fueron mis pies los que me llevaron hasta allí. Bueno, puesmientras caminaba por el largo pasillo, escuché un sonido débil... como si algo
  17. 17. estuviera rodando. Abrí la puerta y... ¿qué crees que vi? El caballo de cartón sebalanceaba de un lado a otro…, galopando furiosamente... ¡sin jinete! -Bueno -dijo Claud-, no cabe la menor duda de que Hyacinth te escuchó llegar y,sabiendo que debía estar en la cama, saltó del caballo y salió corriendo por la otrapuerta. -¡Eso es lo que pensé!... ¡Eso era lo que esperaba! Pero me dirigí rápidamente a suhabitación y la encontré casi dormida. -Entonces, ha tenido que ser una de las doncellas. -No, no había ninguna por allí. Estaban todas cenando. Cuando regresé a lahabitación de juego, el balanceo del caballo disminuía poco a poco. Me quedéobservándolo y no tardó en quedarse quieto. -¿De veras? ¡Me sorprendes! -se burló Claud. -Lo más curioso de todo -siguió diciendo Laura con solemnidad-, fue que mientras elcaballo galopaba furiosamente, los estribos vacíos no oscilaban. Estaban bastantetirantes... extendidos hacia adelante... como si... -¿Adónde vas a parar, Laura? -preguntó Claud de repente, con enojo- ¿Qué hasestado leyendo últimamente? ¿Qué has estado comiendo? ¡Un caballo galopando solo!¡Querrás decir una pesadilla! Ni siquiera sabía que Hyacinth tuviera un caballo de esaclase. ¿Quién se lo regaló? -Nadie. Lo encontramos aquí. Era de Daphne. Seguramente tienes que recordarlo.Con unas narices de color rojo, y una cola algo menos roja. Pero, Claud, ¿quieresdecir... no has estado nunca en la habitación de juego desde que vinimos? -No. -¡Qué extraordinario! -¿Y por qué iba a ir? La voz de Claud era feroz y miraba fijamente a su esposa. -¡Tranquilo, tranquilo! -dijo Laura con cierto nerviosismo, asombrada por laexpresión de su rostro. Por un instante, la había mirado como si la odiara. ¡Claud! Su marido, siempre tanamable y cortés, cuya devoción por ella era tan palpable. -¡Oh! Me he olvidado las gafas -dijo, sintiéndose confundida-. Iré arriba a cogerlas.No tardo ni dos minutos. Con esta débil excusa, volvió a subir arriba, dejando a su esposo de mal humor, conla vista fija en las gafas que ella misma había dejado ostensiblemente sobre la mesa. Regresó cinco minutos después. Al verla, Claud se dio cuenta de que, a pesar dehaberse ruborizado, estaba muy pálida. -¿Qué pasa ahora ahí arriba? Volviéndole la espalda, Laura permaneció de cara al fuego de la chimenea. Hablócon rapidez, en un tono de voz muy bajo, como si temiera escuchar sus propiaspalabras. -Al acercarme a la habitación de juego, escuché el gramófono. También creí oír elarrastrarse de unos pies bailando. Pero al abrir la puerta, no vi a nadie en lahabitación. No me creerás, Claud, pero no había nadie en la habitación. ¡Nadie! Y, sinembargo, alguien acababa de poner un disco. Su título era Vamos, chicos y chicas,dejad a vuestros padres. Antes de encontrar el interruptor de la luz, tuve la sensaciónde que algo me rozaba muy ligeramente. Pero casi antes de que me diera cuenta deello, se había marchado. ¡Oh, con tanta rapidez...! Fue como un ligero soplo de aire.Para asegurarme, me dirigí a las habitaciones de todas las doncellas, pensando quealguna de ellas podía haber puesto en marcha el gramófono... pero todas se habíanacostado ya. Entonces, me dirigí a la habitación de Hyacinth. Tuve mucho cuidado parano despertarla en caso de que estuviera dormida, y me la encontré... sí,profundamente dormida. Pero mientras la miraba, escuché unos golpecitos en laventana. Podría haber sido una rama. En cualquier caso, aquello la despertó. Saltó dela cama en un segundo, completamente despierta y con tal expresión de alegría y
  18. 18. regocijo en su pequeño rostro... Entonces, me vio y pareció asustarse y entristecerse...sí, muy apenada por haberme visto. ¡Oh, Claud! ¡No pude soportar la mirada de surostro cuando me vio! Las últimas palabras de Laura surgieron de ella como un grito y, como sí estuvierainvocando contra no se sabía qué, se volvió hacia Claud con los brazos extendidos. -¡Condenación! -exclamó él, poniéndose en píe de un salto-. ¡Ya no puedo soportarmás esto! Mira, Laura, querida, mañana mismo nos marcharemos de aquí. Es evidenteque necesitas un cambio. Ya hemos estado aquí demasiado tiempo. Después de todo,no estás acostumbrada a permanecer siempre en un mismo lugar, como un árbol.Además, será muy divertido llevar a Hyacinth a Londres, ¿no crees? Laura, querida,dime que apruebas el plan. -Claro que me gustaría -murmuró Laura, refugiándose entre sus brazos. En la alegría de sentirse envuelta en su ternura, y de volver a estar en el nido deamor en el que se había sentido tan segura hasta hace tan poco, cualquier proposiciónle habría parecido bien. Siempre y cuando él continuara mirándola con aquella expresión tan apasionada ensus ojos, ¿qué importaba adónde fueran? Y, sin embargo, aún percibiendo la intensidadde su alivio, Laura se daba cuenta de la ironía en el deseo de su esposo: deseabaabandonar la casa que siempre había descrito casi como un paraíso terrenal. Se decidió que se marcharían al día siguiente, pero, al llegar la mañana, nopudieron llevar a cabo su propósito. Hyacinth se había torcido el tobillo y era incapazde posar el pie en el suelo. Una vez enterada de la noticia, Laura acudió presurosa a lahabitación de su hija. La encontró sentada en la cama. Tenía el rostro ligeramenteruborizado y parecía un poco atemorizada. -¡Pobre pequeña! Eso sí que es un contratiempo. ¿Cuándo ocurrió? -Lo siento, mamá -Hyacinth habló con precipitación y nerviosismo-. Pero me temoque he vuelto a ser una niña traviesa. No te enfades mucho conmigo, pero la pasadanoche volví a salir y... -¿Saliste otra vez? ¡Oh, Hyacinth, querida! Me prometiste que no lo harías. -Lo siento, mamá, pero es que era una noche tan maravillosa... tan clara a la luz dela luna. Me hizo olvidar que no debía hacerlo y simplemente no pude decir que no. -Cuanto antes aprendas a decirte «no» a ti misma, tanto mejor. Ahora ya no podréconfiar más en ti. Te has hecho daño, así que no te castigaré, pero no debes volver ahacer una cosa así, nunca más. De todos modos, ¿qué te ocurrió? ¿Cómo te hicistedaño tú misma? -Me caí. -¿Cómo? ¿Estabas corriendo? -No -contestó Hyacinth con recelo-. Estaba subiéndome a un árbol. -¿Subiendo a un árbol? ¡Por el amor de Dios! Te podrías haber roto la pierna yquedarte allí toda la noche. ¿Qué árbol fue? -El olmo grande. Ese en el que papá se hizo una casa cuando era pequeño. Serompió una rama... -Bueno, has recibido lo que las niñeras llaman «un castigo de Dios». Así es que note voy a decir nada más. Y ahora, quédate quieta hasta que venga el médico. Después de que el médico vendara el tobillo de Hyacinth, su madre fue a echarle unvistazo al olmo. Quedó aterrada al comprobar la altura a la que se encontraba la ramarota. Casi parecía un milagro el que la niña no se hubiera hecho más daño. Regresó a la casa para interrogarla. -¿No me irás a decir que te caíste desde donde se rompió esa rama, casi en la cimadel árbol? -Sí, pero, ¿sabes?, al caer me golpeé con tantas ramas que, en realidad, sólo sentíel último golpe. -No tenía la menor idea de que pudieras subir tan alto. Seguramente no habráspodido subir tanto sin ayuda.
  19. 19. -¡Oh, sí, lo hice! -gritó Hyacinth, en tono triunfante-. Y ella aún se subió más arriba,pero, claro, eso es porque sus piernas son un poco más largas que las mías. -¿Ella? ¿Quién es «ella»? Las mejillas de Hyacinth enrojecieron. Ocultando su rostro, echó los brazosalrededor del cuello de su madre. Después, la miró furtivamente y, echando un rápidovistazo por la habitación, se llevó el dedo índice a los labios. -No se lo digas a papá. ¡Oh, mamá!, por favor, no se lo digas -rogó en un tono devoz sobresaltado y anhelante. No quiso decir una sola palabra más. Después de aquel instante en el que descubrióun poco su secreto, todo su ser se encogió en el silencio. Al principio, su madre tratóde sonsacarle una explicación, pero, alarmada por la excitación de su rostro teñido derubor, controló la temperatura de la niña. Laura no dijo nada a su esposo sobre el extraño desliz de Hyacinth. «¿Ella subió aún más arriba?» ¿Cómo le podía decir una cosa así? Temía que suesposo volviera a dirigirse a ella de aquel modo insólito y agresivo tan impropio de él. Después de todo, una caída como aquélla debió suponer una conmociónconsiderable para su hija. Sin duda alguna, la niña no supo lo que estaba diciendo. Al día siguiente, Hyacinth parecía sentirse mejor y Laura emprendió un nuevointento para sonsacarle algo sobre el accidente. Pero en cuanto hizo la primerapregunta, la boca de la niña dibujó una línea delgada y dura, y en sus ojos aparecióuna expresión que reflejaba un deseo de querer levantar un muro entre ella y sumadre. Durante los días siguientes, la niña se mostró afectiva, pero, de algún modo,recelosa, y Laura se sintió extrañamente alejada de ella. Cada vez que hablaba conalguien, suspiraba por un cambio de escenario, mostrando su desilusión por el forzadoretraso. En cuanto a Claud, aunque su actitud parecía ser ahora de una amabilidadmás estable, también se sentía cada vez más deprimido. Laura estaba decidida amarcharse de allí a la primera oportunidad, pero, desgraciadamente, la herida deHyacinth demostró ser mucho más seria de lo que había supuesto, y su tobillo tardómucho tiempo en recuperarse. Ningún niño obligado a permanecer en cama dio nunca menos problemas. De hecho,parecía sentirse casi contenta, aunque de un modo muy poco espontáneo. Mientras sumadre le leía algo en voz alta toda ella era amabilidad. Pero su actitud era bien la dequien está haciendo una concesión necesaria y espera con toda la paciencia que puedareunir. En cuanto se cerraba el libro, su contento era evidente. Y cuando su madre sevolvía, dispuesta a dejar la habitación, ella le saludaba agradecida con la mano,mientras le dirigía una mirada de alivio y una suspendida sonrisa de feliz expectación,al mismo tiempo que se incorporaba ligeramente sobre las almohadas. Aunque Lauratrataba de no pensar en la impresión que la conducta de Hyacinth provocaba en ella,no podía conseguirlo del todo. En cierta ocasión, y abandonando su habitualautocontrol, preguntó, casi gritando: -¿Qué te pasa, Hyacinth? ¿Por qué siempre estás esperando... esperando a que mevaya? Sobre el sensible rostro de la niña apareció una mirada de temor. -¿Esperando? ¿Qué quieres decir, mamá? ¿Por qué crees que estoy esperando a quete marches? Después, en un intento poco hábil por soslayar el tema, comenzó a hablar de cosassin importancia... los gatitos pequeños de la gata, el nuevo jardinero, el pony quehabía coceado al mozo de caballos... cualquier cosa que le venía a la cabeza.Notándose el corazón pesado y con una sensación de estar viviendo una situaciónabsurda, Laura consintió en mantener la conversación con la niña cuyas confidenciashabía poseído por completo con anterioridad.
  20. 20. Aunque Hyacinth estaba llena de extraños deseos, lo que a su madre le pareció másextraño fue su insistencia en que le trajeran a su habitación el caballo de cartón. -Pero, querida, ocupará mucho espacio. ¿Y de qué te va a servir si no lo puedesmontar? Pero el rostro pálido de Hyacinth mostró un gesto de obstinación. -Lo quiero. Lo necesito -fue todo lo que pudo decir. Así pues, el viejo y estropeado caballo de cartón fue transportado a lo largo delpasillo y quedó con sus patas delanteras elevadas e inmóviles a los pies de la cama dela niña. Aquella noche, cuando Laura entró en la habitación. Hyacinth le lanzó unaperceptible mirada de sobresalto y, volviéndose hacia su madre con una inquietudevidente, preguntó en tono quejoso: -Mamá, ¿no soy ya lo bastante mayor como para que las personas llamen a lapuerta antes de entrar en mi habitación? Tú siempre me dices que debo llamar a lapuerta antes de entrar en tu habitación. Extrañada y dolida al mismo tiempo, Laura miró a su hija, normalmente amable,dándose cuenta de que su preocupada mirada estaba posada sobre el caballo decartón. Al mirar ella misma hacia allí, sus propios ojos se quedaron clavados en eljuguete. ¿Eran ilusiones suyas, o estaba realmente balanceándose de forma ligera, casiimperceptible? -¿Te has levantado de la cama, Hyacinth? -¡Oh, no, mamá! ¿Por qué? -Pensé que habías vuelto a ser traviesa y te habías subido al caballo. Al llegar, creíque se estaba moviendo un poco, como si hubiera estado balanceándose antes y nohubiera tenido tiempo para detenerse del todo. Pero, desde luego, tiene que haber sidomi imaginación. Con una impaciencia que no deseaba demostrar, Hyacinth preguntó: -¿Me vas a leer ahora algo, mamá? -Sí, querida. Pero antes de empezar tengo que darte unas buenas noticias. Elmédico dice que te podrás levantar dentro de una semana, y al día siguiente tellevaremos a Londres. -¿Llevarme a Londres? La voz de Hyacinth parecía desmayada. -Sí, querida. ¿No crees que será divertido? Hyacinth estalló entonces en sollozos. -¡Oh, no, mamá! ¡No, no, no! Por favor, no me saquéis de aquí. ¡No puedomarcharme! ¡No sería justo! -¿Qué quieres decir con todo eso, niña? Pasarás una temporada muy bonita enLondres. Iremos al zoológico y al establecimiento de madame Tussaud y tomaremoshelados de vainilla en el establecimiento de Gunther. Disfrutaremos de todas lasdiversiones que solía contarte en Nueva York. Los ojos de Hyacinth estaban hinchados por las lágrimas. -¡Oh, por favor, mamá! -imploró-. No me apartes de aquí. -Pero, querida, me agrada que te guste este sitio, pero no podrás permanecer aquípara siempre. Después será mucho más divertido regresar -Laura trató de suavizar latensión de la niña-. Al fin y al cabo, patito, nuestro hogar no se va a mover de aquí porel hecho de que lo dejemos durante una temporada. Cuando volvamos, todo estaráexactamente igual. -No lo sé, mamá -dijo Hyacinth, entre sollozos-. Eso nunca se sabe. Tengo miedo demarcharme. Además, no sería justo. -¿No sería justo? ¿Qué quieres decir? -preguntó Laura, ya completamente fuera desí. -¡Oh! ¡No lo sé, mamá! Pero me siento tan feliz aquí. ¿Puedo quedarme? ¡Por favor,por favor, por favor!
  21. 21. Viendo a Hyacinth tan sobreexcitada, Laura dijo con firmeza: -Ahora no sigamos hablando más del asunto. Después empezó a leer en voz alta, para unos oídos que se negaban a escucharla. Al día siguiente, Hyacinth parecía estar mucho más tranquila. Laura le dijo que supartida estaba prácticamente arreglada, y la niña hizo un evidente esfuerzo por aceptarlo inevitable con toda la paciencia posible, pero tenía un aspecto pálido y tenso y suactitud era mucho más melancólica de lo normal. -Parece como si estuviera tratando de reconciliarse -explicó Laura a su esposo. -¿Tratando de reconciliarse? ¡Qué frase más absurda! -exclamó él, riendo-. ¡Quéideas tienes sobre esa niña! -No tengo ninguna idea sobre ella -dijo Laura, asombrada ante la vehemencia de supropia voz. Laura se pasó la mayor parte de la Nochebuena decorando un pequeño árbol paraHyacinth. Cuando, todo lleno de relucientes oropeles, nueces doradas y brillantesadornos, lo llevó a la habitación de Hyacinth, la niña aplaudió encantada. Laura dejó elárbol sobre la mesa, diciéndole que venía en seguida a encender las velas. Al regresar, quedó sorprendida al encontrar la habitación suavemente iluminada porla trémula luz de las pequeñas velas. Hyacinth parecía dormida, pero se sentó en lacama en cuanto se abrió la puerta. Al suponer que la niña había persuadido a Bessy, ladoncella, para que le encendiera las velas, Laura se limitó a decir: -Bueno, después de todo lo que me ha costado, creo que al menos podrías habermeesperado. No importa. Y ahora vamos a poner los pequeños regalos. Sintiéndose avergonzada, Hyacinth señaló las figuras coloreadas de dos docenas depequeños objetos. Su cama estaba cubierta de gorros de papel, pequeñas trompetillasy silbatos. -Lo siento, mamá, no pude esperar -murmuró-. Me gustan tanto las velas. Lasllamas son muy divertidas, ¿verdad? ¿Puedo quedarme con algunos fuegos artificialesde los pequeños? ¡Por favor, mamá! ¡Me gusta tanto ver las llamas! -No sé. Creo que los fuegos artificiales son demasiado peligrosos. -¡Oh, no, mamá! ¡No lo son! Por favor, dime que puedo quedarme con algunos. ¡Yasé! Le pediré a papá que me dé algunos. Me dijo que se lo pidiera cuando lo deseara. Laura se marchó, dispuesta a reprender a Bessy. -Tendría que haberme preguntado a mí antes de encender las velas del árbol deNavidad -le dijo, con severidad-. No ha sido muy prudente dejar a la señorita Hyacinthsola en la habitación, con todas esas velas encendidas. Siempre tiene que haberalguien cerca con una esponja húmeda. Me sorprende usted, Bessy. -No he encendido ninguna vela, señora -contestó la asombrada doncella-. No heestado en la habitación de la señorita Hyacinth desde hace por lo menos dos horas. Laura se apresuró a regresar a la habitación de Hyacinth. -No quiero regañarte el día de Nochebuena, pero ha sido una acción muy traviesapor tu parte levantarte de la cama para encender las velas, cuando sabesperfectamente que se te ha prohibido poner el pie en el suelo. Por otra parte, ¿no teparece bastante egoísta poner los regalos tú sola? -Lo siento, mamá -dijo la niña-. Lo siento tanto... Impetuosamente arrojó los brazos alrededor del cuello de su madre y la besó conrapidez y cariño, como solía hacer en los días en que estaba sola. Finalmente, el tobillo de Hyacinth estuvo lo bastante bien como para permitir a losHalyard hacer todos los preparativos para marcharse al día siguiente. Aquella noche, Claud tenía que cenar con un antiguo compañero de escuela quevivía a unos seis kilómetros de distancia. Antes de marcharse, subió a la habitación deHyacinth para desearle las buenas noches. Su baúl, medio empacado, estaba abierto yella se encontraba muy atareada, yendo de un lado a otro de la habitación. Echó acorrer hacia él y le rodeó el cuello con sus brazos. -¡No me estropees la corbata! -gritó él.
  22. 22. -¡No me importa tu corbata! -dijo ella, riendo-. ¡Oh, papá, querido papá! Gracias,muchas gracias por esa maravillosa caja de fuegos artificiales. ¿No te parecenmagníficos? Mira esas maravillosas imágenes de la tapa. ¡Petardos, ruedas catalinas ytodo! -¡Oh! Ya han llegado. Bueno, ya sabes que no debes tocarlos por nada del mundo.Te los encenderé la primera noche que volvamos a casa. Ahora, me los llevaré y losdejaré bien guardados en algún lugar seguro. -¡Oh! ¿No se pueden quedar aquí, papá? Me gusta mucho mirar los dibujos de latapa. -Desde luego que no. No puedo estar seguro de que no los vayas a tocar. Hyacinth se ruborizó y puso mala cara. De pronto se volvió hacia la ventana. -¡Oh, mira, papá! -exclamó, señalando el cielo-. Mira la gran lechuza blanca. ¡Oh!¡Qué maravillosa casquivana!... No, papá. No estás mirando hacia donde yo te señalo.¿No la puedes ver? Ha volado ahora sobre la torre de la iglesia. ¡Allí! Pero, por mucho que miró, Claud no pudo ver la lechuza. Aún estaba intentandodistinguirla, dejándose guiar por el dedo errático de Hyacinth cuando llegó elmayordomo, anunciándole que su coche estaba listo. -Bueno, no tengo más remedio que dejar tranquila a esa lechuza -dijo-. Mi amigo esun gran amante de la puntualidad. Y dando un beso a Hyacinth, que no hizo ningún esfuerzo por detenerle, se marchórápidamente, olvidando por completo su regalo, la caja de fuegos artificiales, quequedó sobre la mesa. Cuando estaba a punto de subirse al coche escuchó una voz: -¡Hasta lueguito! Recordando entonces una de las habilidades de Hyacinth (podía imitar a una lechuzasilbando a través de las manos), levantó la mirada, hacia la ventana. Sí, allí estaba,asomada al exterior, a la luz de la luna, con la cabeza brillante y el rostro rodeado porun extraño y mágico hálito. Claud quedó sorprendido por su belleza. -Vete a la cama, diablillo -le gritó. Hyacinth le saludó con sus delgados y blancos brazos. -Buenas noches, papá. iHasta mañana! Aunque hacía un frío cortante, la noche, tranquila y llena de estrellas, era tanhermosa que Claud decidió regresar a pie a casa. El y su amigo tenían muchas cosasque decirse, y cuando emprendió el camino de regreso ya era más de medianoche.Mientras caminaba a través de los campos helados, empezó a sentir la falta de sucoche. El silencio, frío y claro, sólo se veía interrumpido por sus propios pasos, el cantoocasional de una lechuza, y el lejano ladrido de algún perro solitario. Se sintiódemasiado solo en aquel mundo blanco y abandonado. El presente, en el que Claud siempre trataba de instalarse cómodamente, se alejabay se desvanecía. Sin poder alguno para protegerle del pasado, se fue convirtiendo enuna neblina que poco a poco se disolvía. Siendo un hombre afectado por un recuerdo, dependía del contacto con las cosasinmediatas y extrañas que le preocupaban, que debían atraer su atención lo suficientecomo para que sus sentidos no se vieran asaltados por las visiones y los sonidos delpasado. Precisamente ahora, se sentía impulsado hacia el pasado, completamenteindefenso, a pesar de todos los años transcurridos. Después de todo, ¿qué eran elespacio y el tiempo sino simples modos del pensamiento? No puede existir ningunadistancia artificial entre uno mismo y su experiencia. ¿De qué le había servido a él elllamado paso del tiempo? De nada. Claud Halyard había pagado muy duro su herencia. Aquella expresión tensa que susamigos notaban en su rostro no se debía al esfuerzo por recordar, sino al esfuerzo porolvidar... por arrojar de su conciencia recuerdos que no le dejaban ningún respiro. Y si busco el olvido de una hora, acorto la estatura de mi alma.
  23. 23. En la vida de Claud existía una hora de la que trataba de olvidarsedesesperadamente. Por mucho que se esforzara, se veía ahora atrapado en aquellahora, forzado a revivir cada uno de sus angustiosos instantes. Se impuso a supresente, y todas las vivencias de los doce años transcurridos no tuvieron ningún poderpara disminuir toda su intensidad... ¡Hacía doce años! Una noche en la que brillaba la luz de la luna y en la que, comoahora, se encontraba caminando, en dirección a Lichen Hall, el hogar de su niñez, elhogar que había obsesionado tanto su imaginación que lo había convertido en el centrodel mundo entero. Tenía la sensación de que aquel amor debía justificar el derecho depropiedad, pero Lichen Hall no sería heredado por la línea masculina, y la muerte de supropietario, su hermano viudo y lisiado, haría que la propiedad pasara a manos de laúnica hija de éste, Daphne, quien, sin duda alguna, con el tiempo se casaría,transfiriendo así toda aquella belleza a personas extrañas. Meditando tristemente, llegó al borde del parque. De repente, algo le hizo salir deentre sus pensamientos. Quedó petrificado. ¡Qué sonidos tan extraños y terroríficos!¡Dios! La campana de alarma de la gran torre estaba tocando... estaba tocandofuriosamente. -¡Fuego! ¡Fuego! -escuchó gritar a alguien. Enfermo de terror, echó a correr hacia la casa. Se detuvo de pronto, horrorizado. Vionubes de humo elevándose hacia el cielo. De una de las alas del edificio llegaron hastaél crujidos, y de la pequeña torreta que dominaba aquella parte, vio surgir llamaradasque se elevaban hacia la luna. Llegó al prado casi sin respiración. Los frenéticos sirvientes acababan de sacar aalguien de la casa. ¡Su hermano! Claud se abalanzó hacia él. Esforzándose por elevarsu cuerpo paralizado, el hombre agonizante se agarró a Claud y, señalando hacia lacasa, gritó: -¡Daphne! ¡Daphne! Claud captó todo el horror del instante. Los bomberos aún no habían llegado y supequeña sobrina, que dormía en la torreta del ala incendiada, no había salido aún de lacasa. Apenas se acababa de dar la alarma, pues sólo hacía unos pocos minutos que sehabían despertado los criados. El fuego había adquirido grandes proporciones antes deque nadie se diera cuenta. Hasta el momento, sólo habían tenido tiempo para sacar deallí a su desamparado dueño. Confiaban en que la niña se habría despertado y habríahuido por su propia cuenta. Esperaban hallarla por allí fuera, pero, ante sudesesperación, no la pudieron encontrar por ningún lado. Lanzando gritos de aliento, Claud penetró en la casa. La escalera que conducía al alaincendiada ya estaba envuelta en un humo denso. Claud rompió una ventana y,respirando con dificultad, se abrió paso hacia arriba, llegando finalmente a la sofocantehabitación, donde vio a Daphne en el suelo... cerca de la ventana. El humo la envolvía.Estaba inconsciente, pero aún respiraba. Había llegado a tiempo. Le resultaría bastantefácil cargar aquel cuerpo ligero sobre el hombro, bajar corriendo las escaleras y ponera salvo a la niña permitiéndole respirar el aire fresco. Claud se vio con claridad a símismo haciendo esto, y vio también la alegría en los ojos de su hermano. Pero, simultáneamente, en su mente se dibujó otra imagen. La niña abandonadaallí, tal y como estaba... inconsciente, sin sufrir, sin horror alguno, sin saber nada, sindespertarse, ignorándolo todo... ¿Su propio futuro? ¿Lichen Hall? Su cuerpo parecía actuar sin consciencia, sin voluntad propia. Algo se apoderó desus miembros. «¡Nunca decidí hacerlo! ¡Nunca lo decidí!» ¡Cuántas veces acudieron aquellas mismas palabras a su mente, después de aqueldía! Tras reclinarse, elevó el cuerpo de su sobrina. El pelo rubio y quemado le rozó lamejilla. En un instante, escondió el cuerpo; lo dejó debajo de la cama. Después tuvoque bajar de nuevo las humeantes escaleras. Salió del edificio tosiendo.
  24. 24. -¡No he podido encontrarla! -balbució ante las horrorizadas personas allí reunidas-.No está en la habitación. Tiene que haber salido. Su hermano lanzó un grito de desesperación. Dos minutos después llegó la brigada contra incendios. Claud se hizo cargo delcontrol, dirigiendo a los bomberos para que buscaran a Daphne en cada una de lashabitaciones del ala incendiada, excepto en la suya... en donde estaba la niña. Finalmente vio cómo el ardiente y destrozado techo de la torreta se desplomaba. El incendio no tardó en ser apagado. Se pudieron salvar todos los cuadros. El veredicto del juez fue: -Desgraciadamente, la pobre niña se refugió debajo de la cama y, por este motivo,su valiente tío fue incapaz de encontrarla. El padre de Daphne... ¡Dios, sus ojos! Una vez más, Claud revivió cada momento de aquella hora fatal, doce años antes.Temblando, chorreando sudor, regresó de nuevo al presente. Pero aún siguió viendolos ojos de su hermano. ¿Había amado él a su Daphne tanto como él amaba ahora a suHyacinth? Ante este pensamiento, el corazón de Claud se contrajo, sintiéndoseagonizar. Podía suponer que la había amado igual. ¿Por qué no? ¿No fue su sobrina tanencantadora, tan delicadamente dulce y joven como su hija? ¿Y su impaciencia? ¿Acasosu pequeña sobrina no le había querido igual? La «perfecta compañera de juego»,como él solía llamarla. Aquella misma noche, se había despedido de ella, deseándolelas buenas noches, en su pequeña cama. -Ya es hora de marcharse a dormir -le había dicho. -¡Oh, me molesta dormir! -trató de engatusarle, jugando con sus dedos sobre sumejilla, y pidiéndole que se quedara-. Si apenas he tenido tiempo para jugar. Una vez más, sintió el ligero peso en sus brazos, el pequeño cuerpo inconscienteque habría podido revivir con tanta facilidad para alimentar su ávido espíritu, para darla bienvenida a la vida que tanto amaba. -¡Si casi no he tenido tiempo para jugar! La mente de Claud regresó del pasado al presente, volvió después al pasado yregresó de nuevo al presente... «¡Si casi no he tenido tiempo para jugar!» ¿Y el caballo de cartón, moviéndose, sin ningún jinete? ¿Y Hyacinth haciendo salidasnocturnas, ella sola? ¿Y los extraños impulsos de su esposa? ¿Jugando al escondite?...Todas estas preguntas cruzaron por su pensamiento. Se encontraba ahora cerca de la casa, casi en el hogar, con Laura y Hyacinth, ymañana por la noche, los tres estarían muy lejos de allí. Pero, entretanto, se sentía tansubyugado por los viejos recuerdos de hace doce años, que le parecía escucharrealmente aquel terrible sonido de la campana de alarma y gritos de «¡Fuego!¡Fuego!». ¡Dios! ¡Qué reales, qué fuera de sí mismo parecían sonar aquellos ruidos! ¡Peroaquello sólo era el pasado! ¿Acaso estaba perdiendo la capacidad de sus sentidos?Aquel camino le podría conducir a la locura. Tenía que marcharse de allí... abandonarla casa... regresar a América. Los sonidos eran insistentes en sus oídos... y se hicieron más fuertes. Cada vez másfuertes. La ilusión era completa. ¡Dios! ¿No serían verdaderos? ¿No se estarían produciendo realmente ahora? Al doblar la esquina que dejaba la casa a la vista, Claud se detuvo, mirandofijamente. ¡Sí, era cierto! El presente y el pasado se habían unido. La campana -aquelsonar alocado-; sus sonidos eran actuales. ¡Estaban sonando ahora! Habían pasado doce años, pero Lichen Hall se había incendiado de nuevo...furiosamente. ¿Cómo podía el fuego haber adquirido tales proporciones? Se habíaninstalado en la casa los medios más modernos para extinguir cualquier incendio. Claud echó a correr. Subió la colina y llegó al prado. En esta ocasión era la otra aladel edificio la que se había incendiado, la occidental, en la que él, Laura y Hyacinth
  25. 25. dormían. El piso superior ya se había convertido en una furiosa llamarada. Unamultitud miraba hacia arriba, con las caras pálidas, enrojecidas por el resplandor delfuego. Aquella mujer que gritaba, tratando desesperadamente de librarse de los brazosque la sujetaban... ¿podía ser su propia esposa? De una forma inconexa, y a través de varias voces, Claud se enteró de la situación.El suministro de agua se había helado, y todas las tuberías estaban inutilizadas. Loshilos del teléfono se habían cortado, pero alguien había salido en coche para avisar alos bomberos. Debían llegar en cualquier momento. Mientras, la niña... su hija...seguía arriba... y no se podía pasar por la escalera de madera. Se había incendiadoantes de que nadie se diera cuenta de lo que ocurría. Su esposa no se había acostadoaún y, como sólo la familia vivía en aquella parte del edificio, no había nadie más allí.La niña estaba arriba completamente sola, atrapada en aquel horror en llamas, y nicon la escalera más larga se podía llegar a la ventana de su habitación. ¿Una segundaescalera? Sí, estaban tratando de atar con cuerdas dos escaleras, y varios hombres sehabían ofrecido ya para subir. No. Claud insistió en subir él mismo. ¡Gracias a Dios! Ahora, las dos escalerasestaban unidas con suficiente seguridad. Aún había tiempo, aunque no se podía perderni un segundo. El techo no tardaría en desplomarse. La escalera fue colocada contra la pared, bajo la habitación de Hyacinth. Los pies deClaud se encontraban ya en el segundo tramo cuando algo atraco su atención. En laventana, la tercera a la derecha de aquella hacia la que él subía, vio aparecer a unaniña. La ventana estaba abierta y sus largos y blancos brazos se extendían hacia elexterior, brillándole la cabeza a la luz de las llamas. -¡Muevan la escalera, rápido! -gritó Claud--. No está en su habitación. Está en lahabitación de juego. ¡Ahí! ¡Al otro lado! ¿Es que no la veis? ¡Allí, asomándose por laventana! Nadie vio nada, pero le obedecieron ciegamente. Algunos hombres se adelantaron yunos brazos ansiosos cumplieron sus órdenes. La escalera fue trasladada bajo laventana señalada por Claud. Sonaron unos gritos. Claud siguió subiendo, subiendo... Ya cerca de la cúspide, elevó la cabeza y se encontró mirando directamente el rostrosonriente de la niña que había perecido entre las llamas doce años antes. Mientrasmiraba, petrificado, la encantadora sonrisa, el rostro se difuminó y desapareció. Allí no había nadie. Después de lanzar un grito, que ninguno de los que estaban abajo olvidaría jamás,Claud volvió a bajar la escalera con toda rapidez. -¡La otra ventana! -balbució-, ¡De nuevo a la otra ventana! Con una increíble rapidez, la escalera fue llevada bajo la otra ventana. Pero no conla rapidez suficiente. Los pocos minutos de retraso fueron fatales. En el instante en quelos coches de bomberos enfilaban el camino de entrada a la casa, el techo sedesplomó. Una vez más, se salvaron todos los cuadros y se recuperó un pequeño cuerpo.
  26. 26. FINGIDA ERA LA ARBOLEDAHenry Kuttner No vale la pena intentar describir ni Unthahorsten ni lo que le rodeaba porque, porun lado, había transcurrido su buen millón de años desde 1942 Anno Domini, mientrasque, por otra parte, Unthahorsten no estaba en la Tierra, técnicamente hablando. Sehallaba en el equivalente de permanecer en el equivalente de un laboratorio. Se estabapreparando para comprobar el funcionamiento de su máquina del tiempo. Después de conectar la energía, Unthahorsten se dio cuenta de pronto de que laCaja estaba vacía, lo cual no la haría funcionar. El instrumento necesitaba un control,un sólido tridimensional que reaccionara a las condiciones de otra edad. De otro modo,a la vuelta de la máquina, Unthahorsten no podría decir dónde y cuándo había estado.Mientras que, con un sólido en la Caja, éste se vería sujeto automáticamente a laentropía y al bombardeo de rayos cósmicos de la otra era y, cuando la máquinaregresara, Unthahorsten podría medir los cambios, tanto cualitativos comocuantitativos. Entonces, los Calculadores se podrían poner a trabajar y terminarían pordecirle a Unthahorsten que la Caja había visitado brevemente una época 1.000.000Anno Domini, 1.000 Anno Domini, o 1 Anno Domini, fuera cual fuese. No es que eso importara, excepto para Unthahorsten. Pero él era infantil en muchosaspectos. Había poco tiempo que perder. La Caja empezaba a brillar y a estremecerse.Unthahorsten miró rápidamente a su alrededor y se lanzó rápidamente hacia lahabitación contigua, acercándose a un arcón de almacenamiento que allí había. Saliócon las manos llenas de cosas de aspecto muy peculiar. Eran algunos de los juguetesdesechados por su hijo Snowen, que el chico había traído consigo cuando llegó desdela Tierra, tras haber dominado la técnica necesaria. Bueno, Snowen ya no necesitabamás aquellos trastos viejos. Estaba condicionado, y comenzaba a desinteresarse porlas cosas infantiles. Además, aunque la esposa de Unthahorsten conservara losjuguetes por razones sentimentales, el experimento era mucho más importante. Unthahorsten salió de la habitación y amontonó los juguetes en el interior de laCaja, cerrándola justo en el instante en que se encendía la señal de advertencia. LaCaja desapareció. La forma en que se fue hizo que a Unthahorsten le dolieran los ojos. Esperó. Y esperó. Después abandonó y construyó otra máquina del tiempo con resultados idénticos.Snowen no se extraño ante la pérdida de sus viejos juguetes, ni tampoco su madre, demodo que Unthahorsten limpió el arcón y amontonó el resto de las reliquias infantilesde su hijo en la segunda Caja del tiempo. De acuerdo con sus cálculos, ésta tendría que haber aparecido en la Tierra durantela última parte del siglo diecinueve Anno Domini. Si era eso lo que había ocurridorealmente, el instrumento debía estar allí. Disgustado, Unthahorsten decidió no construir ninguna máquina del tiempo más.Pero el daño ya había sido hecho. Había dos de ellas y la primera... Scott Paradine la encontró mientras hacía novillos en la escuela elemental Glendale.Aquel día tenían un examen de geografía, y Scott no veía ningún sentido en memorizarnombres de lugares.... lo que en 1942 era una teoría muy avanzada. Además, hacíauno de esos cálidos días de primavera, con una brisa ligeramente fresca, que invitaba aun chico a permanecer echado en un campo y mirar fijamente las nubes ocasionalesque pasaban sobre él, hasta quedarse dormido. ¡Al diablo con la geografía! Scott sequedó medio dormido. Hacia el mediodía, sintió hambre, así es que sus fuertes y delgadas piernas lellevaron hasta una tienda cercana. Allí, invirtió su pequeño tesoro con un cuidadomiserable y una desconsideración sublime para con sus jugos gástricos. Bajó alarroyuelo para comer.
  27. 27. Una vez terminada su provisión de queso, chocolate y pasteles, y después de vaciarla pequeña botella de soda hasta la última gota, Scott se dedicó a recoger renacuajos ya estudiarlos con una considerable dosis de curiosidad científica. Pero no perseverómucho en su tarea. Algo cayó rodando por la ribera y se introdujo en un barrizal, juntoal agua. Scott, echando una cautelosa mirada a su alrededor, se acercó parainvestigar. Se trataba de una caja. En realidad, se trataba de la Caja. El artilugio atado a ellasignificaba muy poco para Scott, aunque se preguntó por qué tendría aquel aspecto demetal fundido y quemado. Lo consideró con serenidad. Utilizando su navaja, se afanó yprobó, mientras la punta de su lengua se asomaba por una esquina de su boca...Hmmm. No había nadie por los alrededores. ¿De dónde habría llegado aquella caja?Alguien tendría que haberla dejado allí y la tierra, al removerse, la habría hecho rodarhacia abajo desde su posición inicial. -Esto es una hélice -decidió Scott, bastante erróneamente. Tenía un aspecto helicoidal a causa de la deformación dimensional que se apreciaba,pero no era una hélice. Si el objeto hubiera sido un modelo de aeroplano, habría tenidomuy pocos misterios para Scott, independientemente de lo complicado que pudierahaber sido. Pero tal y como estaban las cosas, se le planteaba un problema. Algo ledecía a Scott que aquel objeto era algo mucho más complicado que el motor que habíadesmontado con habilidad el pasado viernes. Pero ningún chico ha dejado nunca una caja cerrada, a menos que se le obligara porla fuerza a hacerlo así. Scott probó con más ahínco. Los ángulos de este objeto eranmuy curiosos. Probablemente se había producido un cortocircuito. Eso lo explicaba...¡vaya! La navaja resbaló. Scott se chupó el pulgar y dio rienda suelta a las blasfemiasque conocía. Quizá fuera una caja de música. Scott no tenía por qué sentirse deprimido. Aquel artilugio hubiera dado más de undolor de cabeza al propio Einstein y hubiera vuelto loco a un Steinmetz. Naturalmente,el problema consistía en que la caja aún no había penetrado por completo en elcontinuum espacio-tiempo en el que Scott existía, por lo que, en consecuencia, nopodía ser abierta. En cualquier caso, no hasta que Scott utilizara una piedra adecuadapara martillear la especie de hélice helicoidal hasta situarla en una posición másconveniente. La golpeó, en efecto, desde su punto de contacto con la cuarta dimensión, liberandola torsión espacio-tiempo que había estado manteniéndola. Se produjo un chasquido.La caja se sacudió ligeramente y quedó inmóvil. Dejó de ser sólo parcialmenteexistente. Entonces, Scott pudo abrirla con facilidad. El suave casquete de tejido fue lo primero que llamó su atención, pero no tardó endescartarlo sin mucho interés. Sólo era una gorra. A su lado había un bloque de cristalcuadrado y transparente, lo bastante pequeño como para caber en la palma de sumano... demasiado pequeño para contener el laberinto de aparatos que había en suinterior. Scott solucionó aquel problema en un momento. El cristal era una especie decristal cóncavo, que aumentaba considerablemente el tamaño de las cosas situadas enel interior del bloque. Se trataba, de todos modos, de cosas bastante extrañas. Genteen miniatura, por ejemplo... Se movían. Como autómatas de relojería, aunque de forma mucho más suave. Eracomo estar observando una obra de teatro. Scott se interesó por sus ropas, pero quedóaún más fascinado por sus acciones. Los seres diminutos estaban construyendohábilmente una casa. Scott habría deseado que se produjera un incendio para vercómo se las arreglaba aquella gente para apagarlo. Las llamas se elevaron de la semiterminada estructura. Los autómatas, utilizandouna gran cantidad de extraños aparatos, extinguieron el fuego.

×