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Edita el gato descalzo 8. la señora m. y otras historias germinales. andrés olave

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La señora M. y otras historias germinales de Andrés Olave:

textos en los que el autor desarrolla los más diversos ambientes, personajes, tramas y los finaliza con una escena de suspenso o cliffhanger.

Para resolver éstas interrogantes los invitamos a que lean las historias de Andrés y permitan que germinen gracias a su imaginación encontrando un posible desenlace.

http://elgatodescalzo.wordpress.com/2012/06/22/edita-el-gato-descalzo-e-book-8-la-senora-m-y-otras-historias-germinales-de-andres-olave/

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Edita el gato descalzo 8. la señora m. y otras historias germinales. andrés olave

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  5. 5. Edita El gato descalzo 8. Presentación En Edita El gato descalzo 8ofrecemos La señora M. y otrashistorias germinales de AndrésOlave. Textos en los que desarrolla losmás diversos ambientes, personajes,tramas y los finaliza con una escenade suspenso o cliffhanger. Por ejemplo: ¿La señora M.encontrará a Chesire?, ¿se cumpliráel último deseo de Lester del Rey? o¿la suerte de Jonas Herbert estádecidida?...La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  6. 6. Edita El gato descalzo 8. Para resolver éstas y muchas másinterrogantes los invitamos a quelean las historias de Andrés ypermitan que germinen gracias a suimaginación amigos. * El autor rinde homenaje con estelibro a Franz Kafka y a Ítalo Calvino(en especial a su libro Si una nochede invierno un viajero). Por nuestra parte en la editorialrealizamos con este título untributo al escritor Roald Dahl.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  7. 7. Edita El gato descalzo 8. La señora M. y otras historias germinales Andrés OlaveLa señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  8. 8. Edita El gato descalzo 8. La señora M. La señora M. salió de su apartamento en elbarrio de Marquiese a buscar a su gato. Chesirellevaba tres días sin venir a casa, ni siquierapresentándose a medianoche para pedir unsuculento y oloroso pote de Fancy Feast.Preocupada por el destino del que era el másviejo de sus 34 gatos, la señora M. salió en batade levantarse, una añosa bata que su marido, eldifunto W. le había regalado en su noche debodas cuarenta años antes. La bata le quedabaestrecha, estaba rasgada y diminutos agujerosproducto de las mordeduras de polillas laadornaban como si fuera un atuendo reciénsacado del ático, y no en verdad, la prendafavorita y más usada de la señora M. –Chesire, Chesire –gritaba a viva voz laseñora M. por las calles. La gente que se cruzaba con ella arrugabael ceño, producto quizás, del mal olor que laseñora M. despedía, algo que ellos podríanentender si alguna vez llegaran a vivir con 34La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  9. 9. Edita El gato descalzo 8.gatos. Pero la gente rara vez siente empatía porotras personas. La señora M. sabía esto y poreso le traía sin cuidado las miradas de reprocheo las arcadas apenas disimuladas que emitíanaquellos que se cruzaban en su camino. Mi gato, pensaba ella, es lo único queimporta. Caminó durante buena parte del día, y yaempezaba a anochecer cuando una ambulanciacomenzó a seguir sus pasos. ¿Acaso creerán que estoy loca? Dos enfermeros bajaron de la ambulancia altrote y sin apenas disimular su impacienciaflanquearon a la señora M. como fierosguardaespaldas. La ambulancia avanzó hastaponerse a la altura de la señora M. y de laventanilla del acompañante del conductor,emergió la cabeza peluquienta y nívea del viejodoctor F., siquiatra del Hospital Clínico deFernstein.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  10. 10. Edita El gato descalzo 8. –¿Dando un paseo estimada dama? –preguntó el doctor F. mientras sonreíaampliamente y sus ojos claros parecían brillardetrás de sus anteojos redondos. –Nada que a usted le incumba –contestó laseñora M. y a continuación, sin poder contenerla necesidad de explicase, dijo:– es mi gato quese ha perdido y he salido a buscarlo. –¿Un gato? –preguntó el doctor F. sin poderocultar su decepción en la voz–. ¿Solo es eso?¿No está segura que un duende le ha dicho quedeba ir a buscar su tesoro? ¿Las voces que laacosan no le sugieren destruir a cualquiera quese le ponga por delante? –No sea absurdo –replicó la señora M.–.Solo soy una dama desastrada buscando a sumascota. No hay nada más allá de eso. Desastrada, pensó el doctor, he ahí lapalabra clave.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  11. 11. Edita El gato descalzo 8. –¿Quiere que la ayudemos con subúsqueda? Cubriríamos una extensión muchomás amplia de terreno yendo en la ambulancia. La señora M. detuvo su caminata, lo mismoque los enfermeros, quienes rígidos y alertaspermanecieron a su lado. –¿Promete no llevarme al manicomio? ¿Noamarrarme con una camisa de fuerza yencerrarme en una celda acolchada so pretextoque no me visto según los cánones de la modaestablecida? El doctor F. asintió muy serio. –Se lo prometo –aseguró mientras sellevaba la mano a la espalda y cruzaba losdedos. Los enfermeros condujeron a la señora M.delicadamente pero no sin cierta firmeza a laparte de atrás de la ambulancia. –Desde aquí no puedo ver la calle –dijo ellacomo en un ruego.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  12. 12. Edita El gato descalzo 8. Los enfermeros cerraron la puerta conviolencia. Uno de ellos le clavó un sedante a laseñora M. en el brazo que la hizo casi perder elsentido. Adelante el doctor F. sonreía satisfecho. –En marcha le ordenó al chofer, que hastaentonces había permanecido en lo invisible. Semi inconsciente, la señora M. fueconducida al Hospital. En delirios, pensó enChesire, se preguntó que le habría ocurrido.Pensó si después de dejarla en la clínica aqueldoctor se daría el tiempo de buscar a Chesire yrechazó la idea por ridícula. Se dio cuenta queya no volvería a casa y horrorizada consideróperdidos a todo el resto de sus gatos. –Chesire, nos condenaste a todos –dijoentre sueños. La ambulancia avanza silenciosa y rítmicapor las calles de la ciudad de Fernstein amedida que anochece para conducir a la señoraM. rumbo a su destino inevitable.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  13. 13. Edita El gato descalzo 8. Interior 1La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  14. 14. Edita El gato descalzo 8. Jonas Herbert Los aserraderos de Marden-North bullíande actividad frenética y desordenada; las sierraseléctricas no se detenían y largos troncoscrecidos durante siglos morían en cuestión desegundos bajo las órdenes de hombres derostros oscuros y fríos. Cierta mañana de junio,Jonás Herbert cayó por accidente en una de lassierras principales. Nadie se dio cuenta y solocuando vieron que la ultima carga de astillas dela tarde venía teñida de rojo presintieron lopeor. Las sierras por primera vez se detuvieron,los hombres, ahora de rostros pálidos ytemblorosos, bajaron a los canales a buscar losrestos de su malogrado compañero. No habíanada ya, bajo los filos de innumerables aceros,el cuerpo de Jonás Herbert había quedadoreducido a partículas. Los trabajadores nosabían que decirle a la familia. Alguien propusohacer un muñeco de madera de Jonás yentregárselo a sus seres queridos, pero la ideafue desechada, nadie en el aserradero tenía lahabilidad necesaria para esa clase de obra. EranLa señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  15. 15. Edita El gato descalzo 8.hombres que solo tenía talento para ladestrucción. Al final alguien llamó a la viuda,quien a toda carrera voló hasta al aserradero.Allí encontró a los hombres, todos de pie juntoa la entrada, los brazos cruzados y hablando envoz baja. ¿Dónde está mi marido? preguntó laviuda, un pañuelo entre los dedos quecontenían sus primeras lagrimas. El silencioparecía invadirlo todo.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  16. 16. Edita El gato descalzo 8. Interior 2La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  17. 17. Edita El gato descalzo 8. Afueras del hipódromo El señor Schovolomit, empresario circenseya retirado, se encontró afuera del hipódromode Hide Park con August Roserville, un antiguotragafuegos de su fenecido circo MagicFestival. August, que antaño pesaba 112 kilos yademás de devorar fuego doblaba barras deacero de 12 pulgadas de diámetro se encontrabaahora en un estado deplorable. Habíaadelgazado violentamente y los músculos de lacara se le habían aflojado de modo que el señorSchvolomit tuvo la impresión de estar hablandocon un viejo muñeco de cera. –Vaya, vaya –dijo Schvolomit–, así queaquí terminaste. Pidiendo limosnas a las afuerasdel hipódromo –agregó y sacando su bolsa echóuna moneda, de las más pequeñas, en elsombrero que August Roserville ofrecía a lostranseúntes. –No necesito su dinero –respondió Augustcon un hilo de voz, algo que parecía un ruego,un tono adquirido posiblemente tras muchosaños de mendigar en las calles.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  18. 18. Edita El gato descalzo 8. –Lo necesitaste en el pasado, y lo mismoahora –dijo Schovolomit y se ajustó la bufandaal cuello en un gesto no exento de teatralidad.Tenía ganas de marcharse y volver al confortdel hogar. Sin embargo, no podía dejar decontemplar al hombre más fuerte que algunavez vio, reducido casi a cenizas–. Hay gentesincapaces de mirarse al espejo condetenimiento. Ya ves, sin mi ayuda hasdescendido un par de peldaños más en la escalasocial. De fenómeno de circo a pordiosero,mírate. Había odio en la voz de Schvolomit,también una poderosa excitación. –Sus insultos apenas me rozan, señor.Demasiadas pellejerías he tenido que cruzardesde la última vez que nuestros destinos secruzaron, demasiado dolor. Puede que ustedsiempre haya estado por encima mió… –Y lo sigo estando –interrumpióSchovolomit–, por los siglos de los siglos.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  19. 19. Edita El gato descalzo 8. –…pero eso no le da derecho a venir hastaaquí y creer que puede humillarmesimplemente porque en el pasado yo estuve asu servicio. Eso fue un error. Un hombre nuncadebería estar bajo la tutela o el poder de otro. Schvolomit se echó a reír a carcajadas. –¿Acaso te has vuelto cristiano? ¿Omormón? –preguntó entre risas–. Porque hablascomo uno, eso tenlo por seguro. Rosenville movió pesadamente la cabeza. –Ni monje, ni filosofo, ni asceta. Nada deeso. No me interesan los consuelosextraterrenos, apenas acaso, el consuelo quealguna vez abandonare esta cruenta tierra. –¡Ja! –exclamó triunfalmente Schvolomit–¡Un poeta! ¡Es en eso en lo que te hasconvertido! Un poeta estoico posiblemente,como Pindaro o Egeo. Rosenville parpadeó repetidas vecestratando de entender.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  20. 20. Edita El gato descalzo 8. –¿Por qué busca encasillarme? ¿Qué es loque pretende? Si acaso ese es su deseo y demodo alguno puede resistirse al impulso, pienseen mi como un desdichado, uno más de losmillones de hombres que pasan los días sinesperanza y sin una pizca de amor. Schvolomit lamentó estas últimas palabras.No tiene sentido molestar a alguien cuyo egoyace destrozado. A estas alturas ya nada puedeherirlo, es casi invencible. Sin embargo, unaidea luminosa vino a su mente. –Dime, mi buen August. ¿Has pasadohambre en esta última época? ¿O frío? ¿Quéhay del frió? Supongo que con las lluvias denoviembre la has visto negra. Rosenville se encogió de hombros. –Es lo que me espera hasta el fin de misdías, nada puedo hacer. –Claro que puedes hacer algo al respecto –dijo Schvolomit y rebuscando en su carteraextrajo un grueso fajo de billetes–. Mira esto –La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  21. 21. Edita El gato descalzo 8.dijo y le paso los billetes frente a los ojos deAugust–. Hoy tu vida, toda tu fortuna puedendar un giro radical. Te propongo esto: ponte encuatro patas sobre el piso y ladra como perropor diez minutos seguidos y todo este dineroserá tuyo. Los ojos de August brillaron dejandoentrever una leve muesca de esperanza y unasonrisa satánica brilló en el rostro deSchvolomit.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  22. 22. Edita El gato descalzo 8. Interior 3La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  23. 23. Edita El gato descalzo 8. Abdulla Mandrullah, afilador de cuchillos Grinus Panuch, panadero de profesión,jugaba con la masa mientras aguardaba que supan acabara de cocerse en su horno de barro, enlas afueras de Madras. A esa hora temprana,los pájaros de la noche recortaban su siluetasobre las torres y los templos; las primerascampanas que llamaban a la oración resonabana lo lejos y la bruma de la mañana mezcladacon la contaminación del aire, le daba al cieloun color ceniciento. El sol, si bien seanunciaba, aún no se decidía a aparecer tras elhorizonte. Un ruido como de bronces tintineantesllegó hasta los oídos de Panuch. Vio doblar laesquina, directo hacia él, la figura de AbdullaMandrullah, el afilador de cuchillos. –¡Mi buen amigo! –exclamó Panuch ycorrió al encuentro de su cuñado, a quien nohabía visto desde hacía más de un año.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  24. 24. Edita El gato descalzo 8. –Grinus –dijo con voz cansada Abdulla, aquien también llamaban Bokor, que ensanscrito significa: aquel que le da filo a lomellado–, mi hermano, mi más caro amigo: hecruzado océanos de tiempo para volver aencontrarte. El panadero se detuvo en seco ante esaspalabras y estudio el rostro de su amigo: estabagris y largas ojeras le deformaban la cara.Había adelgazado unos cuantos kilos y Panuchpudo leer en los ojos de su cuñado, el avanzarinexorable de una enfermedad fatal. –¿Cuándo ocurrió? –preguntó el panadero–.¿Cuánto es lo que falta? El Bokor meneó la cabeza y fue a tomarasiento junto al horno de barro de Panuch.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  25. 25. Edita El gato descalzo 8. Interior 4La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  26. 26. Edita El gato descalzo 8. Calzoncillos largos Jefrey Combs, conocido pianistaheroinómano del circuito de artistas rodantes deBullet Hill, salio de su apartamento, en el sextopiso de Harlem avenue. Combs llevaba puestala bata de levantarse y un viejo sombrero azulcon una flor. Iba mal afeitado y sin bañarse ycargaba en el regazo una bolsa de papel llenade objetos desconocidos. La señora Parker viopasar al pianista heroinómano junto a suventana y meneó la cabeza, decepcionada. Aratos, la bata de Combs se abría por el fríoviento de agosto, solo para dar paso a unoscalzoncillos largos de color blanco y rayasverticales de color rojo. Con su ropadesafortunada y olorosa y sus cachivaches, elpianista heroinómano se internó en el parqueMeadows sin dejar, por un segundo, de pensar,de estar completamente seguro que había vistoa Dios hace cinco minutos. Lo había visto alsalir de la ducha, junto al espejo, una pequeñaluz mortecina reflejada sobre los azulejos de subaño.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  27. 27. Edita El gato descalzo 8. –Dios –decía–, Dios –repetía–, oh, Dios, ohDios, oh Dios Mío.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  28. 28. Edita El gato descalzo 8. Interior 5La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  29. 29. Edita El gato descalzo 8. Clarice Clarice abrió la puerta de su ventana.Hacía un día esplendoroso: el sol brillaba, elrocío impregnaba el césped, el viento corríasuave y frío por los campos. De reojo miró lasilla que tenía junto a su cama: el uniformeescolar que mamá le había preparado, la odiosatarea aún junto al escritorio, los zapatos bienlustrados a sus pies. Tantas cosas que seoponían a que ella atravesara la ventana yfuese, libre y pura, en busca de la belleza.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  30. 30. Edita El gato descalzo 8. Interior 6La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  31. 31. Edita El gato descalzo 8. Actor Retirado Hueders Nicholson, actor retirado, paseabaocioso por los amplios jardines de VillaBorguese, su quinta en el sur de Francia, la quehabía comprado tras las ingentes gananciasobtenidas por En Busca del Reino, ganadora de8 premios oscar, entre las que se contaba porsupuesto Mejor Actor. Habían pasado 16 añosdesde entonces y Hueders tras una carrera quelenta pero inexorablemente fue decayendo, seencontró a los 60 años prácticamente retirado,con una abultada cuenta corriente por supuesto,pero más bien solo. Su esposa, la exuberanteCatalina Rivas, una modelo brasileña de 22años acababa de pedirle el divorcio tras un añoy medio de apasionado matrimonio. Contra loque la intuición podría dictar, la ruptura habíasido culpa de Hueders: su joven esposa lo habíaencontrado en el jacuzzi con la aún más jovenJacqueline Folliet, 18 años, estudiante queHueders había conocido y seducido en uno desus paseos a Orly, la ciudad más cercana aVilla Borguese.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  32. 32. Edita El gato descalzo 8. Los pasos de Nicholson se marcaban consuavidad sobre la hierba mojada de los jardines.Hueders sabía que era uno de sus últimospaseos, menos porque hubiese empezado apensar en la muerte, por la certeza que losabogados de Catalina le exigirían la VillaBorguese. Le quedaría la casa en Los Ángelespor supuesto, y la mansión en Los Callos, peroHueders no soportaba el calor de ninguna de lasdos, lo que lo hacía sentirse como undesposeído, casi un hombre sin hogar. Algunavez había interpretado a un vagabundo, unhombre que perdía la memoria y vagaba unatemporada entre los menesterosos hasta que lahija con la ayuda de una parasicóloga lorescataba de ese bajo infierno, un final felizcomo corresponde a Hollywood. Ahora,Hueders no estaba tan seguro que pudieseacabar bien, salir airoso de este trance. Acasopodría instalarse en New York, volver un parde temporadas a Broadway pero el ruido, elajetreo de aquella ciudad infinita lo abrumó poranticipado. Acaso había encontrado mi hogar,La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  33. 33. Edita El gato descalzo 8.pensó, estos aburridos y lentos días en VillaBorguese eran lo mejor que me habíansucedido y solo ahora, cuando estoy a punto deperderla, es que me doy cuenta. Meneó lacabeza, ofuscado ante su torpeza. Quizás,Catalina se apiade de mí, pensó y giró rumbo ala amplia casa de ladrillos, avanzó hasta la queantes era la alcoba de ambos y ahora solo deCatalina (él se había mudado al cuarto deinvitados). La puerta estaba cerrada, porsupuesto. Hueders tocó la puerta con suavidad,le dijo a su mujer (o ex mujer) que deseabapedirle algo, un mínimo favor: que si ellaquería podía quedarse con la casa en LosAngeles, la mansión de Los Callos, elapartamento en Manhattan, pero que por favorle dejara Villa Borguese. Un largo silencio vinodesde el interior. Hueders iba a insistir cuandola puerta se abrió de golpe. Catalina se asomó,los ojos hinchados de tanto llorar, la caradescompuesta por la pena, por los remolinos deinfinita soledad a los que había descendido.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  34. 34. Edita El gato descalzo 8. Interior 7La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  35. 35. Edita El gato descalzo 8. El Cretino Feliz La fabrica el Cretino Feliz cerraba losmartes para dar descanso a sus trabajadores, loque siempre desesperaba a Madame Leverage.Urgida, atenazada por la angustia de no poderadquirir sus productos ese día, Madame sedirigía al prostíbulo de Ender, en las cercaníasdel puerto, y se ponía a disposición de losnumerosos crápulas y vagabundos del barrio,quien hacían con ella toda clase de atrocidades,lo que en cierto modo, mermaba en MadameLeverage, su profunda angustia. Al díasiguiente, usualmente con un ojo en tinta, o lacicatriz fresca de un navajazo en la pierna,medio cojeando y toda despeinada, MadameLeverage se dirigía a la entrada del CreminoFeliz a comprar sus productos. –Quiero medio pocillo de crema para lasmanos –decía con una sonrisa resplandeciente. La vendedora meneaba la cabeza. –Ya se lo he dicho incontables vecesMadame. Puede llevar toda la crema queLa señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  36. 36. Edita El gato descalzo 8.quiera, no es necesario que venga aquí cada díaa comprar. Madame Leverage arrugó la nariz. Pensó entodos los marineros que habían saltado sobreella la noche anterior, en sus brazos gruesos ybruscos, en su olor inaguantable, en el sudor, enel calor de las sabanas, en la terrible y oscurapasión, mientras contestaba, muy seria: –Prefiero que las cosas sean de este modo.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  37. 37. Edita El gato descalzo 8. Interior 8La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  38. 38. Edita El gato descalzo 8. Extraños deseos Lester del Rey, viejo escritor de cienciaficción pidió antes de morir que sus restosfueran enterrados en el desierto de Atacama, elque alguna vez había sido declarado el desiertomás árido del mundo. Los herederos del buenode Lester del Rey menearon la cabeza,pensaron: otra chochería más del viejo. Laagonía del viejo escritor se había prolongadodemasiado y sus codiciosos herederos estabandeseosos ya de echarle mano a la fortuna quedel Rey había amasado escribiendo cienciaficción, como para prestar atención a esosúltimos y extraños deseos.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  39. 39. Edita El gato descalzo 8. Interior 9La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  40. 40. Edita El gato descalzo 8. Justo derecho –Golpéenlos con fuerza –ordeno MagnusHefferson, presidente ejecutivo. –Señor –protestó su secretario, Lisergicus–,los obreros están en su justo derecho, hanpedido 15 minutos más para almorzar, yconsiderando que apenas les damos 5 minutosal día, la petición parece más que justa. Magnus se sacó del bolsillo un pañuelo deseda con sus iniciales bordadas en oro y se secóla frente perlada de sudor. El calor del desiertoera insoportable. –Malditos científicos –masculló–. No hallola hora que inventen robots que reemplacen atodos estos esclavos –dijo y con un amplioademán mostró el patio de cemento dondemiles de obreros, el puño alzando, coreabancantos en su contra.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  41. 41. Edita El gato descalzo 8. Interior 10La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  42. 42. Edita El gato descalzo 8. Fragilidad humana Grievorius Malher se sentía cansado ymalherido cuando volvió a casa. Durante ladura jornada de trabajo, su jefe, el señorBrontius lo había humillado repetidamente yaún más, amenazado con despedirlopróximamente. Malher se sentía deprimido. Notenía expectativas ni a corto ni a largo plazo deencontrar un trabajo mejor que en la fabrica delseñor Brontius, y aún ahí, era profundamenteinfeliz. ¿Qué puedo hacer? se preguntaba,mientras esperaba que Alday, su mujer, lesirviera la cena. –¿Tuviste un buen día? –le preguntó sumujer mientras ponía frente a él un plato desopa, con un único apio flotando en el mediocomo único aderezo. –Un día horrible –bufó Malher y comenzó atomar la sopa, pues tenía hambre y quería irsepronto a la cama. Dejo el apio para el final, amodo de postre. Cuando acabó la sopa y vio lasolitaria y delgada rama de apio, pensó deLa señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  43. 43. Edita El gato descalzo 8.pronto en sí mismo, que él no se diferenciabamucho de aquella rama escaldada por el aguahirviendo, que ahora estaba presta para serdevorada. –¡Ay fragilidad humana! –exclamóconmovido mientras su mujer lo mirabafijamente preocupada porque su marido al finparecía haber perdido el juicio.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  44. 44. Edita El gato descalzo 8. Interior 11La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  45. 45. Edita El gato descalzo 8. Despedida Ansa Rotten, dueña de una distribuidora deproductos alimenticios, llego a las oficinascentrales, ansiosa por despedir a MadameCrushinski, empleada hace 14 años de uno desus locales, y de quien se decía ahora, estabaempeñada en espantar a los clientes. Madame llevaba casi una hora esperando suentrevista con la señora Rotten, quien a su vez,hacía esperar a Madame, como parte de sucastigo. No solo la despediré, pensaba la señoraRotten, la humillare, la haré sentir mal y meencargaré que no encuentre otro trabajo enningún negocio a 200 kilómetros a la redonda. Finalmente Ansa se presentó ante Madame,quien despreocupadamente, se estaba limandolas uñas. La señora Rotten se sentó frente a su futuraex empleada y puso cara de repugnancia.+La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  46. 46. Edita El gato descalzo 8. –Has sido mala, Crushinski –dictaminó. Madame se encogió de hombros. –Estoy cansada, ya no puedo hacer más. Ansa Rotten resopló amargamente. –¿Qué no podías hacer más? ¡Les decías anuestros clientes que vendíamos mercaderíavencida, les pedías que fueran a otra parte acomprar! Madame se mordió los labios. –Pero es cierto… –¡Eso no importa! ¡Perra! –gritó la señoraRotten y le arrojó un cenicero a la cara aMadame, que por suerte le paso por el lado envez de darle de lleno en la arrugada frente–. ¡Siempre hemos vendido productos a punto devencer! ¿Cómo crees que si no ganaríamostanto dinero? Madame se había agachado por si la señoraRotten consideraba oportuno lanzarle un nuevoLa señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  47. 47. Edita El gato descalzo 8.objeto a la cara. Sin embargo, se atrevió acontestar: –Puede que usted haya ganado dinero, yopor mi parte nunca recibí nada más allá delsueldo mínimo… –¿Y cómo crees sino que yo hubieseganado dinero si te hubiera pagado unamillonada? Con que te alcanzara para comer,con que te alcanzara para que siguieras viva ypudieras seguir trabajando para mí, con esosiempre me ha bastado… –¡Perra codiciosa! –gritó entonces Madamey se puso de pie y le lanzó la silla sobre la quehabía estado sentada a Ansa Rotten quienrecibió el impacto de lleno y con silla y todo sefue al suelo. –¡Estás despedida! –gritó desde abajo delescritorio, y luego:– ¡Guardias! Tres guardias caribeños, negros de casi dosmetros se hicieron presentes de inmediato.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  48. 48. Edita El gato descalzo 8.Ansa se incorporó, tenía un horrible chichón enla frente. –¡Llévensela! ¡A las mazmorras paraempleados! ¡Que esa insolente no vuelva a vernunca más la luz del sol! –Pero yo… pero yo… –comenzó a protestarMadame, pero los fornidos guardias la tomaroncomo si fuera un muñeco de trapo, la estrujaroncon sus garras y la sacaron a viva fuerza de laoficina de Ansa Rotten. –¡Nooooo…!!! –gritó Madame Crushinski,y ya no se le oyó nunca más. Anda Rotten levantó su silla, la puso devuelta al lugar desde donde Madame se la habíalanzado, y pulsó el botón del intercomunicadorpara llamar a su secretaria. –Gertrudis, haga pasar a las postulantes. –De inmediato, señoría. Entraron cuatro jóvenes, serias ycircunspectas, casi como si fueran hermanas yLa señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  49. 49. Edita El gato descalzo 8.se hubieran puesto de acuerdo en poner lasmismas caras expectantes y levementeesperanzadas ante la posibilidad de conseguirun trabajo, el mismo que había conducido aMadame Crushinski a la soledad más cruenta, ala oscuridad de la mazmorra más fría y aciaga.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  50. 50. Edita El gato descalzo 8. Interior 12La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  51. 51. Edita El gato descalzo 8. Imágenes dulces y bellas Oscar Korteks, contador de profesión yaficionado a lo audiovisual en sus horas libres,regresaba a su casa en el distrito deHertenshbanks cerca de las nueve, cuando lanoche acababa de caer sobre la ciudad y unostímidos copos de nueve iluminaban el cielo.Korteks, maravillado por el pequeñoespectáculo, corrió hasta el piso cuarto de suapartamento para coger su cámara súper 8 yfilmar la primera nevada de ese invierno. Nohabía mucha luz en las calles y Kortkes acabóbajó una farola de gas intentando acaparar laluz suficiente para que los copos de nievequedaran registrados. La súper 8 no registrabasonido y Korteks se vislumbró a sí mismorevisando esas imágenes mudas en la soledadde su apartamento horas más tardes. –Imágenes dulces y bellas –dijo. Una pareja pasó a su lado, levementecuriosa por lo que hacía el contable. Lesaludaron y le preguntaron por su cámara, queLa señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  52. 52. Edita El gato descalzo 8.era una de las primeras que habían llegado aHertenshbanks. Korteks les explicó en detalleel funcionamiento del aparato, les hablo delblanco y negro, del esfuerzo que significabafilmar con ese tipo de cámara, pero la parejarápidamente perdió el interés y se alejaronriendo (probablemente del propio contable).Korteks se encogió de hombros, se dijo a símismo: no debe importarme y siguió filmando,aunque no podía dejar de pensar en aquellapareja y cotejarla con su propia soledad, yluego pensaba, al menos a ratos soy un artista,y luego pensaba: pero no sé si eso al finalpueda subsanar del todo mi soledad, y seguíafilmando, consciente de su precaria posición ypodía ser que aquella cámara fuera como unatabla de salvación que evitaba que el contablenaufragara en ese océano de desolación en quese había convertido el mundo.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  53. 53. Edita El gato descalzo 8. Interior 13La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  54. 54. Edita El gato descalzo 8. Las mesas Tres mesas cayeron del cielo frente a lacasa del carpintero Hammels. Fruto delviolento impacto quedaron completamentedestrozadas. El carpintero examinó los restos ycreyó que podría componer una de ellas,usando los trozos de las otras tres. Se tardó unatarde entera hasta que finalmente lo logró y conlas tres mesas rotas, logró crear una mesaperfecta. El carpintero no acababa de secarse elsudor de la frente tras el arduo trabajo cuandovio que la mesa emprendía el vuelo, y seelevaba, hacia las alturas.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  55. 55. Edita El gato descalzo 8. Títulos de Edita El gato descalzo En nuestra biblioteca de e-books semana asemana encontrarás narrativa, poesía, novelas,ensayos, etc.1. Mudanza obligada: Cuento, Colección Lofantástico (4 de mayo).2. Más sabe el Diablo pordiablo: Cuento, Colección Lo fantástico (11 demayo).3. Alargoplazo. M i c r o f i c c i ó n: Selecciónde textos breves (18 de mayo).4. Los sobrevivientes: Antología de GermánAtoche Intili, Liliana Chaparro, Julio Meza Díazy Kevin Rojas Burgos, Colección Poesía (25 demayo).5. Infierno Gómez contra el Vampiromatemático: Novela, capítulo 1, Lagranja. Colección Lo fantástico (1 de junio).La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  56. 56. Edita El gato descalzo 8.6. Clase de Historia: Cuento de DanielSalvo, Colección CF (8 de junio).7. El abejorro negro: Relato de Max CastilloRodríguez (15 de junio).8. La señora M. y otras historias germinales:Textos de Sebastián Andrés Olave (22 de junio).9. Infierno Gómez contra el Vampiromatemático: Novela, capítulo 2, La aldea. Colección Lo fantástico.Lanzamiento: 6 de julio.10. Blind mind: Cuento de Raúl Heraud.Colección Lo fantástico.Lanzamiento: 13 de julio.11. Somos libres. Antología de literaturafantástica y de ciencia ficción peruana:Diversos autores. Colección Lo fantástico y CF.Lanzamiento: 20 de julio.y más...La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  57. 57. Edita El gato descalzo 8. Datos del autor Andrés Olave (Santiago de Chile, 1977).Sus mayores influencias son Robert Walser,Bruno Schulz, Thomas Pynchon y HunterThompson. Coautor de la novela de ciencia ficciónProyecto Apocalipsis (2011). Ese mismo añoparticipó en Lima del Coloquio Internacional:el orden de lo fantástico.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  58. 58. Edita El gato descalzo 8. Tiene en preparación las novelas Un MundoPerfecto y La Destrucción de Santiago. Actualmente reside en San Pedro deAtacama y colabora en la columna Linterna depapel para el diario Mercurio de esa ciudad, enla revista Cinosargo de Arica, en la revistaIntemperie de Santiago, entre otraspublicaciones.La señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  59. 59. Edita El gato descalzo 8. Anuncio importante En Edita El gato descalzo apostamos porpublicar semanalmente en e-book a autores decalidad, de forma gratuita y ecológica, a nivelmundial. Para sostener la realización de esteproyecto buscamos auspicios y donaciones deempresas - personas interesadas como nosotrosen democratizar el acceso a los libros,promover el hábito lector y desarrollar elbienestar personal. Esperamos sus comentarios, opiniones yotros al correo cosasquemepasan@gmail.comLa señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.
  60. 60. Edita El gato descalzo 8. ¡Nos leemos la próxima semana en Edita El gato descalzo! Encuéntrennos en Facebook y en Twitter:@El gato_descalzo. * Ahora también en Issuu, Scribd ySlideshare. elgatodescalzo.wordpress.comLa señora M. y otras historias germinales. Andrés Olave.

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