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17. In Medio Orbe. Ponencia. Jesús Vegazo Palacios

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Jesús Vegazo Palacios, El derrotero magallánico de Bahía de Santa Lucía (1519). Consideraciones biogeográficas y antropológicas.

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17. In Medio Orbe. Ponencia. Jesús Vegazo Palacios

  1. 1. In Medio Or Sanlúcar de Barrameda y la I Vuelta al M be undo
  2. 2. “Puerta de la Sirena” Castillo de Santiago (siglo XV) Foto: Óscar Franco En la imagen aparece la Puerta de la Sirena, portada monumen- tal del Castillo de Santiago; es de destacar el elemento mítico (la sirena de doble cola) que pertenece al imaginario simbólico de la Casa Ducal de Medina Sidonia, el hada Melusina, un ser mítico de naturaleza acuática que presidía –amparando bajo sus brazos los escudos de la Casa Ducal- el acceso al interior del castillo y cuya mirada apuntaba hacia el exterior del mismo, hacia la ribera, hacia la orilla del Guadalquivir en su desembocadura, precisamente ha- cia esa misma ribera que vería hacerse a la mar a los barcos de la Expedición Magallanes-Elcano. Es un elemento característico del Patrimonio Histórico y Artístico de Sanlúcar de Barrameda, repre- sentativo del contexto cultural y cronológico (la transición de los siglos XV a XVI) al que pertenece el horizonte de los grandes via- jes oceánicos en el que se inserta la I Vuelta al Mundo (1519-1522).
  3. 3. In Medio Orbe Sanlúcar de Barrameda y la I Vuelta al Mundo Actas del I Congreso Internacional sobre la I Vuelta al Mundo, celebrado en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) los días 26 y 27 de septiembre de 2016
  4. 4. In medio Orbe Sanlúcar de Barrameda y la I Vuelta al Mundo Actas del I Congreso Internacional sobre la I Vuelta al Mundo, celebrado en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) los días 26 y 27 de septiembre de 2016 CONSEJERA DE CULTURA Rosa Aguilar Rivero VICECONSEJERA DE CULTURA Marta Alonso Lappí SECRETARIO GENERAL DE CULTURA Eduardo Tamarit Pradas Edita: JUNTA DE ANDALUCÍA. Consejería de Cultura Colabora: Ayuntamiento de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) © DE LA EDICIÓN JUNTA DE ANDALUCÍA Consejería de Cultura © DE LOS TEXTOS Sus autores o los titulares de los mismos © DE LAS OBRAS PLÁSTICAS Los titulares de las mismas FOTOGRAFÍAS Los autores DISEÑO GRÁFICO Artefacto Sevilla, 2016 ISBN: 978-84-9959-231-2 DEPÓSITO LEGAL: 1965-2016 IMPRIME: Escandón Impresores ALCALDE DE SANLÚCAR DE BARRAMEDA (CÁDIZ) Víctor Mora Escobar DELEGADO MUNICIPAL DE CULTURA Juan Oliveros Vega COORDINADOR CIENTÍFICO DEL CONGRESO Y EL LIBRO Manuel J. Parodi Álvarez AGRADECIMIENTOS A todas aquellas personas, entidades, instituciones y colectivos que han hecho posible este volumen, y que colaboran activa y decididamente en pro de la Conmemoración del V Centenario de la I Vuelta al Mundo.
  5. 5. 1 8 4 // E L D E R R OT E R O M AG A L L Á N I CO D E B A H Í A D E S A N TA LU C Í A ( 1 5 1 9 )
  6. 6. J E S Ú S V E G A Z O PA L A C I O S // 185 C EL DERROTERO MAGALLÁNICO DE BAHÍA DE SANTA LUCÍA (1519). Consideraciones biogeográficas y antropológicas Jesús Vegazo Palacios1 uando la armada de Fernando de Maga- llanes fondeó en la bahía de Santa Lucía el día 13 de diciembre de 1519 en busca de nuevos derroteros que abriesen el camino a las islas Molucas o islas de las Especias, no po- día imaginarse que esa escala técnica marcaría la génesis de una epopeya sin precedentes en la historia de la navegación humana: la primera circunnavegación planetaria, que demostraría científicamente la esfericidad de la Tierra. Sin embargo, no tuvo la trascendencia que en un principio se pensaba, ya que la ruta hacia Asia existía pero era casi impracticable. La solución estribaba en cruzar América por la región más estrecha, es decir, a través del istmo de Panamá, adquiriendo esa zona un valor geoestratégico nuclear en el devenir de los nuevos descubri- mientos geográficos2 . La costa de Brasil formaba parte del Novus Orbis, Nuevo Mundo3 . Fue avistada el 8 de diciembre de 1519. La flota surcó las aguas oceánicas navegando paralela al litoral sudame- ricano. Las tripulaciones de las naos Trinidad, Concepción, San Antonio, Santiago y Victoria avistaban exóticas playas arenosas y planas. Concluyó este cabotaje costero entrando en la bahía de Janeiro, el día 13 de diciembre, fes- tividad de Santa Lucía, con cuyo nombre fue bautizado. Diecisiete años antes, el 1 de enero de 1502, una flota portuguesa al mando de An- dré Gonçalves o de Gaspar de Lemos ancló en esta bahía, creyendo que había descubierto la desembocadura de un gran río, al que llamaron Río de Janeiro o Río de Enero. Fondeados en la rada, comerciaron con los amerindios para abastecer la flota y seguidamente continuar con el periplo atlántico. Fernando de Magallanes fue bien acogido por los indígenas, haciendo abundantes provisiones de patatas, piñas, cañas de azúcar, gallinas, gan- sos, carne de tapir o anta4 y pescado a cambio de trozos de espejos, cascabeles, cintas, naipes, vidrios, anzuelos y otros abalorios. Tuvieron la valentía de adentrarse en la frondosa selva tro- pical ombrófila, admirando atónitos especies de animales y plantas endémicas nunca vistas, de 1 Doctor en Historia. 2 DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. (1989): Historia Universal. Edad Moderna. Vives Universidad, Volumen III. Barcelona. p. 88. 3 Denominado desde el descubrimiento de América. 4 Variedad de cerdo amazónico grande y semisalvaje.
  7. 7. 186 // E L D E R R OT E R O M AG A L L Á N I C O D E B A H Í A D E S A N TA LU C Í A ( 1 5 1 9 ) las que seleccionarían algunas para llevarlas a bordo. Magallanes prohibió con la pena capital a quienes esclavizaran a estos indios brasileños o que se ejerciera la violencia porque era cons- ciente de que aquellos territorios pertenecían a los dominios de Portugal, pese a que este país no había tomado posesión militar, ni levantado fac- torías comerciales o fortificaciones de defensa. Zarparía el día 27 de diciembre de 15195 . La bahía de Santa Lucía sería más tarde co- nocida con el nombre de Guanabara6 , ya que no era deseable relacionar el nombre de la santa con bandoleros, piratas, prófugos de la justicia, maleantes y bandidos, asiduos visitantes de es- tas aguas, que eran recibidos con entusiasmo por los indígenas, deseosos de intercambiar pro- ductos exóticos por cuentas de vidrio, espejos, peines y baratijas varias7 . Biocenosis de la Bahía de Santa Lucía: geo- morfología y sistemas La bahía de Santa Lucía, hoy de Río de Janeiro, está enclavada en el borde suroriental del deno- minado escudo brasileño (zócalo precámbrico, 450-700 millones de años), con presencia de un gran escarpe de falla. Adopta la típica estructu- ra germánica en bloques levantados y hundidos, paralelos a la costa atlántica o en bloques que se han ido levantando progresivamente en escalera de fallas hasta los 2.000 y 3.000 metros de alti- tud8 . Este enorme zócalo o relieve horizontal es una gran llanura originada en la Era Primaria o Paleozoica como resultado del arrasamiento por erosión de cordilleras plegadas en la orogénesis de esa era. Los materiales precámbricos y pa- leozoicos de esta área geográfica y alrededores donde estuvo Magallanes y sus hombres eran rocas graníticas y silíceas, sometidas a un me- tamorfismo extremo: granitos, pizarras, cuarci- tas, amfibolitas y esquistos verdes. De enorme rigidez, ante nuevos empujes orogénicos, no se pliegan sino que se fracturan, formando bloques de fallas. En las áreas donde se depositaron se- dimentos clásticos, comenzó la laterización del subsuelo9 . A poco menos de 100 kilómetros de la bahía, se aprecia una depresión tectónica o cuenca se- dimentaria del Cenozoico entre dos conjuntos de bloques de fallas de la Serra dos Orgâos (Sie- rra de los Órganos, ya que sus formaciones ro- cosas en forma alargadas recuerdan los tubos de los órganos de las iglesias) y los pequeños macizos antiguos de la costa atlántica. El clima litoral dominado por los alisios de la costa oriental brasileña está integrado en el tropical húmedo con matices ecuatoriales, por las abundantes lluvias durante casi todo el año y las elevadas temperaturas medias10 . La combi- nación de estos elementos climáticos configura endémicos ecosistemas en el entorno de la bahía de Santa Lucía, llamando la curiosidad del geó- grafo de la expedición Antonio Pigafetta. Lacoste y Salanon incluyen este bioma o pai- saje bioclimático en el llamado Imperio Neotro- pical terrestre de América del Sur. Taxonomía uniforme y genérica que no contempla la singu- laridad de su biocenosis. A nivel subcontinental, se desarrollaría una biodiversa flora o fitoceno- sis de cactáceas (cactus), tropeoláceas (capuchi- nas)11 y bromiláceas (piña americana)12 . La fau- na o zoocenosis la compondrían desdentados xenartros (perezosos, osos hormigueros, tatús), 5 FERNÁNDEZ NAVARRETE, M. (1837): Colección de los viages y descubrimientos, que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Expediciones al Maluco. Viages de Magallanes y de Elcano. Tomo IV. Madrid., pp. 31 y 210. 6 El término Guanabara proviene del dialecto tupí-guaraní Guanapará que significa “seno del mar” o “parecida al mar”. 7 PIÑÓN, N. (2013): La república de los sueños. Alfaguara. 8 MÉNDEZ, R. y MOLINERO, F. (1984): Espacios y sociedades: Introducción a la geografía regional del mundo. Edito- rial Ariel. Barcelona 9 En el dominio de la selva tropical, la degradación continua de la roca por la persistencia del calor y la humedad crea la laterización de los suelos, produciendo suelos ferralíticos característicos de la selva costera de la bahía de Santa Lucía. 10 Ibidem. 11 Plantas tropicales anuales que florecen de junio a octubre, con propiedades culinarias. 12 LACOSTE, A. y SALAMON, R. (1981): Biogeografía. Elementos de Geografía. Oikos-Tau. Barcelona., pp. 40-41.
  8. 8. J E S Ú S V E G A Z O PA L A C I O S // 187 gimnótidos (anguilas eléctricas), caimanes y rhamphastos (tucanes), entre otros. El clima cálido ecuatorial en su transición al subtropical húmedo característico de esta bahía brasileña permite el crecimiento de un bosque perennifolio ombrófilo (rain forest o lluvio- so -higrófilo-) de árboles fanerófitos13 , de talla superior a 10 metros de altura. Exuberancia, frondosidad bajo cubierta arbórea elevada pero sin estratificación aparente, prolifera vegetación anárquica de lianas, enormes plantas herbáceas de epífitos, matorrales mezclados con un abiga- rrado y desordenado manto de ramas y troncos en descomposición orgánica. La intensidad lu- mínica es muy baja y la troposfera se encuentra permanentemente en su punto de saturación. Se trata de la denominada Mata Atlántica o selva tropical húmeda de Río de Janeiro compuesta de manglares, lagunas, restinga y pantanos. Pro- bablemente los expedicionarios magallánicos contemplaron gigantescos árboles de más de 50 metros altura, recubiertos de raíces adventicias aéreas que se precipitaban perpendicularmente hasta penetrar en el suelo (raíces-zancos o patas de araña de los Pandanus). Esta selva tropical húmeda se extiende más allá de la Serra do Mar, cubriendo los macizos hercinianos costeros y las partes más bajas, in- cluida la histórica bahía de Santa Lucía. El gra- diente térmico altitudinal14 , como factor climá- tico, posibilita que la vegetación se disponga en pisos, dependiendo de la altura: Por encima de los 1.500 metros sobre el nivel del mar se desarrolla el bosque ombrófilo15 , ne- buloso (presencia permanente de nieblas), con bajas temperaturas, por lo que las plantas no llegan a superar los 10 metros de altura. Pre- sentan morfológicamente troncos y ramas del- gadas, cortezas rugosas salpicadas de hojas muy próximas entre sí. Plantas endémicas de esta área geográfica serían: Ipe-Amarelo (flor símbo- lo de Brasil), Fedegoso, Jacarandá-Mimoso, Pa- neira o Barriguda (conocida como palo borra- cho), Quaresmeira con hermosas flores de color malva, Embaubá o árbol del perezoso, cedro, canela así como un gran variedad de bromelias, heliconias y musgos. En las áreas escarpadas de las laderas de los morros,16 situadas entre los 500 y 1.500 metros sobre el nivel del mar, crece la Floresta de Mon- taña, conjunto biogeográfico de árboles que alcanzan los 25 metros de altura, aderezados con un sotobosque medio denso: Vochysia Lau- rifolia, Clethra Brasilensis, palmeras, brome- liáceas (Tillandsia) y proliferación de epífitas17 (Schlumbergera Truncata o flor de mayo), espe- cies esciófilas18 como los helechos (Platycerium) y aráceas. Es el biotopo de epífitos estrangula- dores, constructores de una tupida red de pode- rosas raíces aéreas que llegan a aniquilar a su soporte (Clusia). Muchas especies vegetales pre- sentan particularidades morfológicas únicas que les permiten aprovechar al máximo las aguas de lluvia (hojas en forma de copa o enrolladas a modo de cucurucho) o el vapor de agua (raíces aéreas de las orquídeas). La parte más baja de la Mata Atlántica brasi- leña es conocida como Floresta Submontañosa, entre los 50 y 500 metros sobre el nivel del mar, perteneciente a la biocenosis terrestre de la zona intertropical. La Floresta destaca por la concen- tración de árboles que pueden alcanzar los 40 metros de altura, acompañada de una densa ve- getación arbustiva. Plantas como el Pau-Brasil19 , árbol que da nombre al país, empleado en época colonial para obtener el colorante rojo para te- ñir textiles, abundan por doquier. Completa este ecosistema tropical una flora compuesta por la palmera cocotera, la palmera del Açai o palma manaca, la Jaboticaba (Myrciaria caulifloria), helechos, orquídeas, bromelias y una amplia va- riedad de plantas trepadoras. 14 O GTA. Factor que determina el descenso térmico a razón de 0.61 ºC por cada 100 metros de altura. 15 De ombros: lluvia, también denominado pluvisilva: selva lluviosa. Vegetación con hoja ancha pero perenne. 16 Peñasco próximo al litoral con relieves curvilíneos debido a la acción erosiva. 17 Planta que crece sobre otro vegetal, empleándolo como soporte físico. 18 Planta que vive o se desarrolla mejor en ambientes de penumbra. 19 O “ibira pitanga”, en lengua tupí (madera roja).
  9. 9. 188 // E L D E R R OT E R O M AG A L L Á N I C O D E B A H Í A D E S A N TA LU C Í A ( 1 5 1 9 ) En la Floresta da Tijuca de la bahía de Santa Lucía coexistían más de 200 especies de anima- les a comienzos del siglo XVI: serpiente de co- ral, iguanas, calangos, aves coloridas como la saira, rendeira, tagará, jacupembas, gavilanes, tucanes, papagayos, cotorras, garzas o beijaflor (colibrí). Mamíferos como el macaco-estrela o tití, macaco-prego o mono capuchino, cao- tíes. Esta compleja zoocenosis se completaba con el jacaré de papo amarelo (caimán de 6 a 9 pies de largo), tortugas, capibaras, perezosos o bicho-preguiça, cachorro do mato20 , gato do mato21 , tatú o armadillo, tamanduá-mirim u oso melero/hormiguero, etc.22 Complementada por insectos fitófagos (mariposas, ortópteros), hormigas, miriápodos, gusanos de tierra, mos- quitos, dípteros y ranas. El manglar representa el ecosistema dominan- te del bioma pluviselva atlántica, característico de la bahía de Santa Lucía junto a los panta- nos. Los limos litorales salados y móviles de este enclave geográfico fueron colonizados por una formación singular: manglar. Es un bosque bajo (10 a 15 metros) constituido por mangles (Rhizophora), arbustos ramificados y provistos de raíces-zancos o patas de araña. Otro arbus- to como la Avicennia sonneratia está dotado de raíces rastreras provistas de pneumatóforos (ór- ganos respiratorios que emergen del agua). La viviparidad del mangle (desarrollo de la plán- tula sobre la planta madre) asegura la disemi- nación de estas especies en este medio biótico regularmente invadido por el agua salada del océano Atlántico, puesto que la joven planta puede enraizar directamente en el fango durante la bajamar. El manglar consolida los limos blan- dos y desempeña un papel en la edificación del bosque denso. La restinga es un bioma de la Mata Atlántica, presente en la bahía de Santa Lucía, cercana al océano Atlántico, de suelos arenosos, ácidos y pobres en nutrientes y cubierta por una vege- tación espesa de arbustos y árboles bajos con muchas epífitas, especialmente bromelias. Las dunas de arenas a veces encierran lagunas. Esta vegetación herbácea tolera la sal y es xerofítica. Especies endémicas del biotopo son lagartos y la Liolaemus lutzae o lagartija de arena. Antropología indígena: organización religiosa, social, política y económica El desembarco de Fernando Magallanes el 13 de diciembre de 1519 en la tierra de Verzin23 , según terminología de Pigafetta, encarnaba la colisión de dos culturas o civilizaciones antagónicas, dos formas de ver el mundo, con códigos morales y éticos diametralmente opuestos: una inferior, la indígena anquilosada en sus tradiciones atávi- cas, teniendo a la naturaleza como común de- nominador y la otra superior, la europea basada en el principio de la superioridad militar24 , reli- giosa, tecnológica y científica, ungida por Dios para evangelizar a estos salvajes infelices. El encuentro de los hombres de Magallanes con los amerindios se ajustó al protocolo visual de gestos, miradas y alocuciones ininteligibles. El avizor e inquieto Antonio Pigafetta recogió con la hábil pluma su modus vivendi, cromáti- cas observaciones y descripciones que retratan la forma de entender la vida y la espiritualidad indígenas. Entre ellas, las técnicas quirúrgicas que empleaban para combatir las enfermedades: Cuando están enfermos del estómago se me- ten una flecha hasta media vara, garganta abajo, lo cual les hace vomitar bilis verde y sangre. Su remedio para los dolores de ca- beza no es menos espectacular: se hacen un corte en la cabeza y así libran la sangre de 20 Zorro cangrejero de la bahía de Santa Lucía de pequeño porte (Cerdocyon thous). 21 Leopardus tigrinus. Felino silvestre moteado que mide aproximadamente 50 centímetros. Pigafetta lo describe como “gatos amarillos muy hermosos, que parecen leoncillos”. 22 En imaginariodejaneiro.com 23 Por este nombre se conoce a la madera roja que antes los europeos importaban de África y Asia, muy abundante en Brasil. 24 Portaban coseletes con armaduras de brazos y espaldas, capacetes, petos con barbotes y casquetes, ballestas, saetas y escopetas.
  10. 10. J E S Ú S V E G A Z O PA L A C I O S // 189 impurezas. Y en cuanto perciben los prime- ros fríos del invierno, se atan cuerdas de ma- dera para que el miembro genital quedara oculto en el cuerpo25 . En la caracterización fisonómica de estos nati- vos se aprecia ciertos prejuicios de índole religio- sa y moral, y una contenida superioridad racial: de color aceitunado más bien que negros, tanto las mujeres como los hombres, se pin- tan el cuerpo, especialmente la cara, de ma- nera extraña y en diferentes estilos. Tienen los cabellos cortos y no tienen barba ni vello alguno en todo el cuerpo. Van desnudos sin cubrir siquiera sus partes naturales, pero sí la parte posterior del cuerpo, debajo de la cin- tura, con un cerco de plumas de papagayos, uso que nos pareció por demás ridículo26 . Los aborígenes a los que se refiere Pigafetta debían ser tamoios o tamoyos, es decir, “los an- cianos” o “el que llegó primero”, traducido de la lengua común tupí. Formaban parte de una etnia común, los tupinambá, nación indígena compuesta de tamoios, temiminós, los tupini- quims o paulistas y los tupinambás, que comba- tían en cruentas guerras dinásticas. Otros pue- blos indígenas próximos a los tamoios fueron los potiguares, los caetés, los aimorés y los goi- tacás. Los tupís dominaban la región donde es- taba enclavada la bahía de Santa Lucía en 1519, teniendo sometidas a otras comunidades indias fronterizas como los botoludos, los goitacás y los guarus27 . Los indios tupis usaban muchos adornos y pinturas corporales. Sus complementos eran confeccionados con plumas de aves como papa- gayos, gaviotas, loros, tucanos, guarás, tenien- do una significación ritual y conmemorativa. Se esmeraron en el arte del uso de las plumas. Habían aprendido con habilidad la técnica de tejer hilo de algodón28 . Este adorno de plumas era un privilegio de los hombres de la tribu. Las mujeres usaban fragmentos de plumas pegadas al cuerpo con resina o leche viscosa, creando un mosaico a su alrededor. La pintura epidérmica de estos indígenas que tanto llamó la atención a Pigafetta encerraba un código criptográfico de jerarquización so- cial a quien la portaba junto con otros aspectos estéticos. Lenguaje geométrico-simbólico que le distinguía dentro de la comunidad tupí. Las tintas procedían de colorantes vegetales (bayas, raíces, cortezas de árboles tropicales, etc.) como el urucum (rojo); el azul marino con tendencia al negro obtenida del jenipapo; el polvo de carbón impregnaba el cuerpo sobre una camada de jugo de pau de leite (cáscara de un árbol), combinado con el color blanco de la piedra caliza29 . El canibalismo como brecha cultural infran- queable, apostasía religiosa. Según le narró su piloto Juan Carvallo, un espantado Pigafetta anotaba: […] algunas veces comen carne humana, pero solamente de sus enemigos. Lo que no ejecutan por deseo ni por gusto, sino por costumbre […] 30 . Los rituales antropofágicos eran práctica ha- bitual entre los tamoios y otros pueblos ama- zónicos. Reforzaban la unidad de la tribu: por medio de la guerra perpetraban la venganza de los parientes muertos. Devoraban a los enemi- gos y auguraban que, comiendo el cuerpo, ad- quirían su poder. El ritual de la degustación hu- mana incluía un periodo de engorde en el cual la víctima era bien tratada y alimentada. Antes 25 SÁNCHEZ SORONDO, G. (2010): Magallanes y Elcano: Travesía al fin del mundo. La escalofriante epopeya de la primera vuelta al mundo. Ediciones Nowtilus, S.L. 26 PIGAFETTA, A.: Viaje alrededor del Mundo. Incluido en la obra titulada En busca de las especias. La primera vuelta al mundo. Francisco Pacheco Isla (ed.). Fundación Puerta de América. 2015. Sanlúcar de Barrameda, pg. 106. 27 Los antropólogos admiten que se trata de pueblos indígenas de origen mongólico (mongoles siberianos) que habían atravesado el estrecho de Bering, pasando al continente americano desde Canadá hasta Tierra de Fuego. Las diferencias de estatura y de cabello se explican por factores medioambientales en los que los indígenas brasileños de la bahía vivieran y su régimen alimenticio. La mejor protección ante la colonización portuguesa fue la espesura de la floresta. 28 […] duermen sobre redes de algodón, llamadas hamacas […], en PIGAFETTA, A., op. cit., pg. 105. 29 GASPAR, L. (2011): Trajes y adornos de indios brasileños. Fundaçao Joaquim Nabuco, Recife. Brasil. 30 Ibidem, pg. 105.
  11. 11. 190 // E L D E R R OT E R O M AG A L L Á N I C O D E B A H Í A D E S A N TA LU C Í A ( 1 5 1 9 ) de su muerte, recibía el privilegio de pasar una noche desenfrenada con una de las mujeres de la tribu. Si concebía un hijo fruto de la relación, éste también era sacrificado pasado un tiempo. Al prisionero, perteneciente a una tribu enemi- ga, le daban trozos de cerámica para lanzarlos contra sus captores, jurando que sus hermanos vendrían a vengar su muerte. Al amanecer del día escogido para la ejecución, el condenado era lavado, afeitado y amarrado por la cintura con una gruesa cuerda de algodón llamada mussu- rana. El verdugo o algoz totalmente afeitado recibía ceremonialmente la ibirapema o porra ceremonial, con la que danzaba alrededor del cautivo, imitando las evoluciones de un ave de rapiña. Terminada la gesticulación, el ejecutor mantenía una última conversación con el conde- nado, al final de la cual por detrás le destrozaba el cráneo. Después de muerto, descuartizaban el cuerpo: la parte más dura se ahumaba con destino a alimentar a los guerreros; las vísceras, las tripas y los sesos se empleaban para elaborar caldos y cocidos que luego tomaban las mujeres; y finalmente, la sangre, aún tibia, la bebían los niños en cuencos de madera. La significación antropológica de la ingestión de carne humana en su dimensión metafísica no residía tanto en el acto de devorar al enemi- go como incorporar al ser querido fallecido en el propio cuerpo, a fin de aligerarle el equipaje en su paso a la otra dimensión. Los expedicionarios de la armada de Fernando de Magallanes decidieron no erradicar a estas prácticas porque deseaban llevarse bien con los tamoios y garantizar la paz durante esos días de asentamiento en la bahía. La escenografía y teatralidad de las danzas tribales servían para conmemorar todos los acontecimientos sociales como el matrimonio, la guerra, la muerte, la elección de un cacique o rey, la maduración de las frutas, una buena pes- ca, la pubertad de adolescentes, el homenaje a los muertos o el canibalismo ritual fúnebre. No se trataba de un fenómeno religioso, stricto sen- su, sino más bien de un rito puramente social, ligado a un rito de iniciación de los jóvenes gue- rreros, quienes sacrificando un prisionero, mos- traban su madurez tribal. Aunque, en ocasiones, se ha asociado el canibalismo a un fenómeno socioeconómico, pues surge cuando la caza o la pesca escaseaban y eran insuficientes para ga- rantizar la subsistencia de la comunidad31 . Pigafetta acusaba a estos tupinambás de no profesar la fe cristiana y de carecer de las míni- mas normas de moralidad. Sin embargo, lo que no tenían era un modelo tangible y reconocible de creencias. Estas tribus cultivaban una trama ancestral de rituales especialmente en relación con la muerte, asumiendo la organización de va- lores simbólicos y espirituales: Sus habitantes no son cristianos, ni tienen religión alguna porque no adoran nada; el instinto natural es su única ley […] estos pueblos son crédulos y buenos y fácilmente se convertirían al cristianismo32 . Apreciación errónea. Pigafetta desconocía el ancestral sistema religioso indígena, encuadrado en formas estereotipadas de animismo, totemis- mo o chamanismo. Elementos chamánicos como la creencia en un Ser Superior, de carácter celeste y al igual que los espíritus intervenían en la or- ganización de la vida de los hombres y en la dis- tribución de las actividades económicas: ritos de caza, de pesca, de guerra, advirtiendo la ausencia de un culto específico a alguna figura divina. Sus creencias religiosas no necesitaban ni tem- plos ni imágenes que venerar. Defendían la exis- tencia de un Padre Grande de todos los hom- bres, origen y principio del universo, divinidad concebida como intangible, eterna, omnipresen- te en la naturaleza y omnipotente. Padre bon- dadoso, generador de vida, guardián del orden cósmico. Una entidad espiritual concreta y vi- viente que podía relacionarse con los hombres. Frente ella, estaba la otra dimensión de la rea- lidad espiritual: la fuerza maléfica, responsable de la muerte, de las enfermedades, de las gue- rras, del hambre y de las catástrofes naturales. 31 En www.mortesubitainc.org: “A religiâo dos indios brasileiros”. 32 PIGAFETTA, A., op. cit., pp. 104 y 107.
  12. 12. J E S Ú S V E G A Z O PA L A C I O S // 191 Este monoteísmo ancestral condicionaba el sistema de vida indígena: factores como el me- dio ambiente hostil o el nomadismo por las ex- tremas condiciones climáticas y por las perma- nentes luchas tribales, impedirán la elaboración intelectual de un código moral de creencias y del desenvolvimiento de un culto divino especí- fico. La concepción de un Ser Supremo, creador del mundo (de la Tierra, del Sol, de la Luna, de los hombres y de los animales) y fundador de las costumbres humanas forjará esa tendencia manifiesta al monoteísmo. El Ser Supremo da- ría existencia a dos gemelos que asumirían fun- ciones de “héroes-civilizadores”, identificados como el Sol y la Luna. La solarización (fenóme- no de identificación del Ser Supremo con el Sol) será un constante en la mitología indígena de la bahía de Santa Lucía. Los tupís conservaban la creencia de que descendían de un Ser Antiguo, manifestado en tres grandes divinidades: - Guaripuru: protector de los pájaros. - Anhangá: protector de la caza en los campos. - Caaporá: protector de la caza en el bosque exuberante33 . El chamán34 en las tribus tupís poseía pode- res sobrenaturales y ejercía el papel de médi- co, de psiquiatra, de curandero, de hechicero, dirigía las ceremonias religiosas, aconsejaba lo que había que hacer, utilizaba brebajes de hier- bas medicinales, iniciaba el trance estático para entrar en contacto con los espíritus benignos y malignos en beneficio de sus clientes. La creen- cia en el alma humana como entidad espiritual trascendente que no se extingue con la muerte corporal, transformándose en una fuerza que emprende el viaje en búsqueda de la Tierra sin mal, estaba profundamente arraigada en tiem- pos de Magallanes. Construyeron toda una mitología alrededor del origen y la existencia de los dioses, los hom- bres y la naturaleza. La Tierra sin mal no puede entenderse como un mito. Era un lugar concre- to, lejos del Gran Mar (océano Atlántico). Los tamoyos y el resto de los tupinambás levan- taron aldeas en el área geográfica deforestada, próxima a la bahía de Santa Lucía. De economía autárquica o autosuficiente, conformaban una auténtica unidad tribal. Vivían en cabañas alar- gadas (boi, según terminología de Pigafetta) o en casas comunales ancestrales denominadas ma- locas35 . Podían tener planta ovalada, circular o rectangular. Cada tribu tupinambá se componía de cerca de 6 a 8 malocas. El número de habitan- tes por maloca variaba de 100 a 500/60036 . Estos indios demostraban su virtuosismo en la cons- trucción de aldeas, protegidas por empalizadas o cercados. Las malocas eran montadas sobre una elaborada estructura de traviesas y barrotes de madera o de palma. Cada una albergaba a 30 o más familias con sus redes suspendidas en filas de pilares de madera37 . El interior de esta vivienda colectiva estaba di- vidido en estancias específicas para cada grupo familiar, destacando el lugar ocupado por el jefe o la autoridad. La zona de cada familia venía delimitada por su propio fogón y por sus hama- cas. El centro, lugar del fuego sagrado, estaba vacío, reservado a acontecimientos comunales o actos rituales periódicos, con extensión entre 40 y 160 metros de superficie. Allí estaban los dioses protectores, los ancestros, por lo que el fuego no podía apagarse nunca y toda la vida del grupo rotaba en torno a él. Este tipo de construcción comunal fue el resul- tado de un proceso evolutivo, pasando de una situación nómada (economía predadora: caza, pesca y recolección) a otra semi-sedentaria (eco- nomía productiva: agricultura itinerante y gana- dería). Por ello, necesitaban construir un abrigo que reprodujera las condiciones de protección de la cueva paleolítica: presencia de fuego, pro- tección de fieras o grupos humanos enemigos, proximidad a fuentes de abastecimiento, abrigo contra las inclemencias meteorológicas de la sel- va tropical. La maloca, sede del grupo, simbo- lizaba en la época de Magallanes la actuación 33 En www.mortesubitainc.org: “A religiâo dos indios brasileiros”. 34 Influencia de los chamanes mongoles siberianos. 35 Significa cultura, orden, principio y protección. Símbolo de la unión entre el mundo físico y el mundo sobrenatural. 36 COUTO, R. (2009): Manifestaçoes culturais dos tupinambás, pg. 30. 37 Brasil. 500 anhos. IBGE. Gobierno do Brasil.
  13. 13. 192 // E L D E R R OT E R O M AG A L L Á N I C O D E B A H Í A D E S A N TA LU C Í A ( 1 5 1 9 ) del ser humano sobre la naturaleza, considerada como un acto de creación que asimila a la cultu- ra misma. La maloca y sus componentes repre- sentan realidades sobrenaturales (por ejemplo, la estructura de la maloca se identifica con la del Cosmos). El mundo físico y el mundo sobre- natural conforman un todo armónico, simbióti- co, una noción de permanencia en el tiempo, un acto de conocimiento que aproxima al hombre al principio de todas las cosas. Su organización social estaba encabezada por un cacique, cuya autoridad era hereditaria. Se encargaba de administrar el trabajo comunal y de distribuir equitativamente los bienes de con- sumo. Vivían de la caza, recolección de frutos silvestres, pesca y practicaba una agricultura itinerante por cremación de tubérculos como la mandioca y la horticultura. La división del tra- bajo era por sexos: los hombres se dedicaban a la primera actividad y las mujeres a plantar, a recolectar, a hilar lienzos y redes, a confeccionar vasos de arcilla, a preparar las comidas, excepto cuando practicaban la técnica de la tierra que- mada para obtener claros en la selva para plan- tar, tarea exclusivamente masculina38 . Todos los bienes eran comunales por lo que no existe el concepto de propiedad privada. El pro- ducto de la pesca, de la caza o de los frutos reco- lectados era distribuido equitativamente entre los miembros de la comunidad, atendiendo al grado de parentesco o linaje. Bienes privados o persona- les podían ser únicamente los arcos, las flechas, las hachas, las lanzas, las mazas, los artefactos de guerra (todos de madera y piedra), las hamacas y algunos utensilios cerámicos. La tierra cultivable era comunitaria al igual que las fuentes de aprovi- sionamiento de agua, el monte, la selva, con todos sus recursos potencialmente explotables. La institución tribal del matrimonio y la fami- lia constituían el núcleo básico que vertebraba la sociedad indígena. Entre los tamoyos, el ma- trimonio avuncular (tío materno con sobrina) o entre primos cruzados era el más deseado. Para casarse, el joven debía superar ciertos rituales de iniciación: el principal, hacer un cautivo de gue- rra para el sacrificio, que fortalecía el andamiaje institucional de la tribu. La poligamia represen- taba un status social de suma importancia, privi- legio reservado a jefes y a héroes guerreros. Es- tablecían una jerarquización matrimonial entre la esposa principal y la secundaria. El resto de la comunidad tribal practicaba la monogamia. Finalmente, Pigafetta relataba que las embar- caciones de los tupinambás eran canoas fabri- cadas a partir de un tronco de árbol ahuecado conseguido con hachas y punzones de piedras cortantes, que reemplazaban al hierro. Por tanto, nadie duda de que fueran maestros de la nave- gación y excelentes pescadores, de que conocie- ran cada palmo de la selva tropical húmeda y de que practicaran la agricultura itinerante por cre- mación. Cada familia podía cultivar un huerto en las explotaciones agrarias comunitarias. Los cultivos más destacados eran: la mandioca (man- di´ó, la mandioca dulce (poropí), la batata (jety), la calabaza (andaí), el zapallo (kurapepé), el maíz (avatí), el poroto (kumandá), el maní (mandubí) y el algodón (mandiyú), completados con hierbas medicinales, frutos como la guayaba (arasá), la banana (pakova) y la yerba mate (kaá)39 . 38 Tipo de agricultura de subsistencia orientada a producir todo lo necesario para la supervivencia de la comunidad indíge- na. Las técnicas de cultivo son rudimentarias, neolíticas. El indio trabajaba con sus propias manos, con pocas herramientas (azada de mano y arado) todas de madera o de piedra ya que desconocían la siderurgia del hierro. La explotación constante de las tierras, las ineficientes técnicas de cultivo y la mala calidad de las semillas hacen que el rendimiento y la productividad sean bajos. La agricultura itinerante por cremación se basa en la obtención de claros convertidos en campos de cultivo a partir de la quema del bosque tropical. Se cortan los matorrales y los árboles y, seguidamente, los indígenas les prende fuego. El campo queda limpio y las cenizas sirven de abono para el suelo, que se remueve con azadas o palos de punta afilada. Finalmente, se introducen las semillas (tubérculos, batatas, mandiocas, etc.) en pequeños agujeros en el suelo. Los campos son productivos durante tres, cuatro o cinco años, ya que los suelos se erosionan y se agotan. Por lo tanto, los agricultores selváticos deben abandonar las tierras y buscar otras próximas e iniciar el proceso. 39 Brasil. 500 anos. IBGE. Gobierno do Brasil.
  14. 14. J E S Ú S V E G A Z O PA L A C I O S // 193 BIBLIOGRAFÍA ABRANCHES VIOTTI, H. (1993): O Anel e a pedra: disseitaçoes histó- ricas. Gobierno do Brasil. DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. (1989): Historia Universal. Edad Moderna. Vives Universidad, Volumen III. Barcelona. FERNÁNDEZ NAVARRETE, M. (1837): Colección de los viages y des- cubrimientos, que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Expediciones al Maluco. Viages de Magallanes y de Elca- no. Tomo IV. Madrid. GASPAR, L. (2011): Trajes y adornos de indios brasileños. Fundaçao Joaquim Nabuco, Recife. Brasil. HEMIMING, J. y MARCONDES DE MOURA, C.E. (2007): A conquista dos indios brasileiros. Volumen 27. LACOSTE, A. y SALAMON, R. (1981): Biogeografía. Elementos de Geo- grafía. Oikos-Tau. Barcelona. MÉNDEZ, R. y MOLINERO, F. (1984): Espacios y sociedades: Introduc- ción a la geografía regional del mundo. Editorial Ariel. Barcelona PIGAFETTA, A. (2015): Viaje alrededor del Mundo. Incluido en la obra titulada En busca de las especias. La primera vuelta al mundo. Francisco Pacheco Isla (ed.). Fundación Puerta de América. San- lúcar de Barrameda. PIÑÓN, N. (2013): La república de los sueños. Alfaguara. SÁNCHEZ SORONDO, G. (2010): Magallanes y Elcano: Travesía al fin del mundo. La escalofriante epopeya de la primera vuelta al mun- do. Ediciones Nowtilus, S.L. VERISSÍMO SERRAO, J. (1965): O Rio de Janeiro no século XVI. Co- missâo Nacional das Comemoraçoes do IV Centenario de Río de Janeiro. Río de Janeiro.

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