El viejo cura yacía muriendo en el hospital. Por años, él había servido fielmente a la gente en los campos y pueblitos de San Luis. Le hizo señas a su enfermera que se acercara.
"Sí, Padre?" dijo la enfermera. "Yo realmente quisiera ver al Gobernador Rodríguez Saá y a su hermano Adolfo antes de morir," susurró el cura. "Veré qué puedo hacer, Padre," respondió la enfermera. La enfermera envió el pedido a Adolfo –al que le tenía más confianza - y esperó una respuesta. Pronto el aviso llegó: los Rodríguez Saá estarían gustosos de visitar al cura.
En el camino al hospital, Alberto le dice a Adolfo, "Yo no sé por qué el viejo cura quiere vernos, pero seguro me va a ayudar a mejorar nuestra imágen con la iglesia... Siempre andamos a los tirones con ellos! Adolfo estuvo de acuerdo, era una gran cosa para su imagen una vez que sacaran una declaración de prensa sobre la visita.
Cuando llegaron a la habitación, el viejo cura le tomó la mano a Adolfo con su mano derecha y la mano de Alberto en la izquierda. Hubo un silencio y una mirada de serenidad en la cara del viejo cura. Finalmente Adolfo - el más confianzudo - habló. "Padre, de todas las personas que podría haber elegido, ¿por qué nos eligió a nosotros para estar a su lado en el final?"
El viejo cura lentamente respondió, "Siempre he tratado de moldear mi vida siguiendo a la de nuestro Señor y Salvador Jesucristo." "Amén" dijo Adolfo "Amén" dijo Alberto –no de buena gana-. El viejo cura continuó.... "El murió entre dos ladrones mentirosos. Yo quisiera hacer lo mismo..."
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