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Comunicación: María discipula de cristo y misionera
 

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Congreso Mariano 2010

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    Comunicación: María discipula de cristo y misionera Comunicación: María discipula de cristo y misionera Document Transcript

    • 1
 MARÍA,
DISCÍPULA
DE
CRISTO
Y
MISIONERA
 “La
evangelización
es
un
llamado
a
la
participación
de
la
comunión
trinitaria”,
afirma
el
 Documento
de
Puebla,
en
el
nº
218.
 “Imagen
espléndida
de
configuración
al
proyecto
trinitario,
que
se
cumple
en
Cristo,
es
 la
Virgen
María.”,
nos
lo
recuerda
el
Doc.
de
Aparecida
en
el
nº
141.
En
efecto,
desde
 su
 Concepción
 Inmaculada
 hasta
 su
 Asunción,
 nos
 recuerda
 que
 la
 belleza
 y
 alta
 dignidad
 del
 ser
 humano
 está
 toda
 en
 el
 vínculo
 de
 amor
 con
 la
 Trinidad,
 y
 que
 la
 plenitud
de
nuestra
libertad
está
en
la
respuesta
positiva
que
le
damos.
 Constatamos
con
claridad
y
gozo
que
en
América
Latina
y
El
Caribe
muchos
cristianos
 desean
 vivamente,
 esperan
 fuertemente
 configurarse
 con
 el
 Señor
 al
 encontrarlo
 en
 las
 comunidades
 orantes
 de
 la
 Palabra,
 recibir
 su
 perdón
 en
 el
 Sacramento
 de
 la
 Reconciliación,
y
su
vida
en
la
celebración
de
la
Eucaristía
y
de
los
demás
sacramentos,
 en
 el
 culto
 tan
 espontáneo
 y
 generalizado,
 como
 sentido
 y
 filial
 a
 la
 Sma.
 Virgen,
 madre
 de
 Dios
 y
 madre
 nuestra,
 en
 la
 entrega
 solidaria
 a
 los
 hermanos
 más
 necesitados
y
en
la
vida
de
muchas
comunidades
que
reconocen
con
gozo
al
Señor
y
a
 María
en
medio
de
ellos.
 María,
discípula
y
misionera.
 El
 Documento
 de
 Aparecida
 en
 el
 nº
 266,
 nos
 dice
 con
 acierto
 teológico
 que
 “la
 máxima
 realización
 de
 la
 existencia
 cristiana
 como
 un
 vivir
 trinitario
 de
 “hijos
 en
 el
 Hijo”
 nos
 es
 dada
 en
 la
 Virgen
 María
 quien,
 por
 su
 fe
 (Lc.
 1,45)
 y
 obediencia
 a
 la
 voluntad
de
Dios
(Lc.
1,38),
así
como
por
su
constante
meditación
de
la
palabra
y
de
las
 acciones
de
Jesús
(Lc.
2,19‐51),
es
la
discípula
más
perfecta
del
Señor”
(Lam,
Gen,
53),
 Interlocutora
del
Padre
en
su
proyecto
de
enviar
su
Verbo
al
mundo
para
la
salvación
 humana.
 María,
 con
 su
 fe,
 llega
 a
 ser
 el
 primer
 miembro
 de
 la
 comunidad
 de
 los
 creyentes
 en
 Cristo
 y
 también
 se
 hace
 colaboradora
 en
 el
 renacimiento
 espiritual
 de
 los
discípulos.
 María
es
santa
porque
fue
permanentemente
discípula
que
vivió
una
vida
de
fidelidad
 al
 Señor
 Jesús.
 Hacerse
 discípulo
 de
 Jesús
 es
 aceptar
 la
 invitación
 a
 pertenecer
 a
 la
 familia
 de
 Dios,
 a
 vivir
 en
 conformidad
 con
 su
 manera
 de
 vivir.
 “El
 que
 cumple
 la
 voluntad
de
mi
Padre
celestial,
ése
es
mi
hermano,
mi
hermana
y
mi
madre
(Mt
12,49).
 La
 oración
 de
 fe
 no
 consiste
 solamente
 en
 decir
 “Señor
 señor”,
 sino
 en
 disponer
 al
 corazón
 para
 hacer
 la
 voluntad
 del
 Padre
 (Mt.
 7,21).
 Jesús
 invita
 a
 sus
 discípulos
 a
 llevar
a
la
oración
esta
voluntad
de
cooperar
con
el
plan
divino
(Mt.
9,38).
 “La
oración
de
María
se
nos
revela
en
la
aurora
de
la
plenitud
de
los
tiempos.
Antes
de
 la
 Encarnación
 del
 Hijo
 de
 Dios
 y
 antes
 de
 la
 efusión
 del
 Espíritu
 Santo,
 su
 oración
 coopera
de
manera
única
con
el
designio
amoroso
del
Padre:
en
la
anunciación,
para
la

    • 2
 concepción
de
Cristo
(Lc.
1,38);
en
Pentecostés
para
la
formación
de
la
Iglesia,
Cuerpo
 de
 Cristo
 (Hech.1,
 14).
 En
 la
 fe
 de
 su
 humilde
 esclava,
 el
 don
 de
 Dios
 encuentra
 la
 acogida
 que
 esperaba
 desde
 el
 comienzo
 de
 los
 tiempos.
 La
 que
 el
 Omnipotente
 ha
 hecho
“llena
de
gracia“
responde
con
la
ofrenda
de
todo
su
ser:
“he
aquí
la
esclava
del
 Señor,
hágase
en
mí
según
tu
palabra”.
Fiat,
ésta
es
la
oración
cristiana:
ser
toda
de
El,
 ya
que
Él
es
todo
nuestro”

Cat.Igle.Cat.
nº
2617
 El
 Evangelio
 nos
 revela
 cómo
 María
 ora
 e
 intercede
 en
 la
 fe:
 en
 Caná
 (Jn.
 2,1‐12),
 la
 Madre
de
Jesús
ruega
a
su
Hijo
por
las
necesidades
de
un
banquete
de
bodas,
signo
de
 otro
banquete,
el
de
las
bodas
del
Cordero
que
da
su
Cuerpo
y
su
Sangre
a
petición
de
 la
 Iglesia,
 su
 Esposa.
 Y
 en
 la
 hora
 de
 la
 Nueva
 Alianza,
 al
 pie
 de
 la
 Cruz,
 María
 es
 escuchada
como
la
Mujer,
La
nueva
Eva,
la
verdadera
“Madre
de
los
que
viven”.
 La
 oración
 de
 la
 Virgen
 María,
 en
 su
 Fiat
 y
 en
 su
 Magníficat,
 se
 caracteriza
 por
 la
 ofrenda
generosa
de
todo
su
ser
en
la
fe.
Cat.
(2622)

 “El
discípulo
de
Cristo
acepta
llevar
la
cruz
cada
día
cargar
con
ella
en
la
actividad
que
 está
llamado
a
realizar,
nos
dice
el
Cat.Igle.Cat.
en
el
mismo
2427.
 María
 tuvo
 una
 misión
 única
 en
 la
 historia
 de
 la
 salvación,
 concibiendo,
 educando
 y
 acompañando
a
su
hijo
hasta
su
sacrificio
definitivo.
Desde
la
cruz,
Jesucristo
confió
a
 sus
discípulos
el
don
de
la
maternidad
de
María,
que
brota
directamente;
de
la
Hora
 Pascual
 de
 Cristo.
 Perseverando
 
 junto
 a
 los
 apóstoles
 a
 la
 espera
 del
 Espíritu
 Santo,
 como
asimismo
con
los
hermanos.
D.A,
267.
 Este
 mismo
 documento
 nos
 hace
 notar
 que:
 “Como
 en
 la
 familia
 humana,
 La
 Iglesia‐ familia
 se
 genera
 en
 torno
 a
 una
 madre,
 quien
 confiere
 “alma”
 y
 ternura
 a
 la
 convivencia
 familiar.
 María,
 Madre
 de
 la
 Iglesia,
 además
 de
 modelo
 y
 paradigma
 de
 humanidad,
es
artífice
de
comunión”.

 María
es
la
gran
misionera,
continuadora
de
la
misión
de
su
Hijo,
y,
además
formadora
 de
misioneros.
Los
señores
obispos,
en
Aparecida,
nos
dicen
que
“Ella
(María)
así
como
 nos
 dio
 a
 luz
 al
 Señor
 del
 mundo,
 trajo
 el
 Evangelio
 a
 nuestra
 América.
 En
 el
 acontecimiento
 guadalupano,
 presidió,
 junto
 al
 humilde
 Juan
 Diego,
 el
 Pentecostés
 que
 nos
 abrió
 a
 los
 dones
 del
 espíritu.
 Desde
 entonces,
 son
 incontables
 las
 comunidades
que
han
encontrado
en
ella
inspiración
más
cercana
para
aprender
cómo
 ser
discípulos
y
misioneros
de
Jesús
nº
269.
 Vale
 recordar,
 a
 propósito
 del
 “acontecimiento
 guadalupano”
 al
 que
 hacen
 alusión
 nuestros
obispos,
que
durante
los
primeros
90
años
después
de
la
llegada
de
la
imagen
 histórica
 a
 la
 doctrina
 de
 los
 indígenas
 chayalamas
 (hoy
 parroquia
 de
 El
 Cisne)
 se
 la
 invocaba
 tiernamente
 y
 se
 le
 rendía
 culto
 alborozadamente
 bajo
 la
 advocación
 de
 Ntra.
Sra.
de
Guadalupe
de
El
Cisne.
A
solicitud
de
los
obispos
mejicanos,
la
Santa
Sede

    • 3
 pidió
al
obispo
de
Quito,
hacia
1684,
que
se
la
honrara,
en
adelante,
bajo
el
título
de
 “Ntra.
Sra.
de
El
Cisne”.
 Las
 numerosas
 advocaciones
 marianas
 en
 nuestra
 América
 Latina
 junto
 con
 tantos
 santuarios
levantados
a
lo
largo
y
ancho
del
continente
nos
demuestran
la
presencia
 cercana
 de
 María
 a
 nuestra
 gente.
 Y
 nuestro
 pueblo
 es
 muy
 consciente
 de
 esta
 cercanía
y
le
agradece
emocionada
y
devotamente
rindiéndole
un
culto
como
Madre,
 Reina,
 Hermana
 y
 Compañera
 de
 camino;
 y
 esta
 piedad
 mariana,
 tan
 nítidamente
 expresada
 por
 nuestro
 pueblo,
 y
 en
 el
 caso
 de
 nuestra
 gente
 sencilla
 y
 pobre,
 tan
 delirante
y
espontánea,
constituye
un
precioso
tesoro
de
la
Iglesia
de
América
Latina.
 En
esa
devoción
a
la
Madre
de
Dios
aparece
el
alma
de
los
pueblos
latinoamericanos.
 No
nos
extrañemos
que
en
Loja
y
Ecuador
haya
ciertas
expresiones
de
amor
a
María,
 quizás
sorprendentes
para
gente
de
otros
países,
de
otras
culturas,
cuando
quieren
ver
 a
 la
 histórica
 imagen
 vestida
 sea
 de
 peregrina
 o
 sea
 de
 Reina;
 sea
 de
 shuar
 o
 de
 saragura,
sea
de
militar
o
de
policía,
de
mujer
de
la
frontera
o
de
emigrante,
de
obrera
 o
 de
 compañera
 de
 los
 choferes.
 Y
 es
 que
 esta
 tiernísima
 y
 cercanísima
 “Mamita
 Virgen”,
 como
 la
 llaman
 los
 más
 sencillos
 devotos
 suyos,
 al
 decir
 de
 los
 obispos
 de
 Aparecida,
“se
ha
hecho
parte
del
caminar
de
cada
uno
de
nuestros
pueblos,
entrando
 profundamente
 en
 el
 tejido
 de
 su
 historia
 y
 acogiendo
 los
 rasgos
 más
 nobles
 y
 significativos
de
su
gente”
nº
269.”
 Ahora,
 cuando
 la
 iglesia
 en
 América
 Latina
 enfatiza
 el
 discipulado
 y
 la
 misión
 y
 en
 la
 Iglesia
particular
de
la
Inmaculada
Concepción
vamos
a
conmemorar,
el
próximo
mes
 de
 septiembre,
 los
 80
 años
 de
 la
 coronación
 de
 la
 imagen
 de
 Ntra.
 Sra.
 del
 El
 Cisne,
 volvamos
confiadamente
la
mirada,
la
mente
y
el
corazón
a
María
y
reconozcamos
que
 ella
es
“imagen
acabada
y
fidelísima
de
discipulado
misionero.
 Acojamos
 con
 docilidad
 y
 emoción
 piadosa
 el
 llamado
 del
 Papa
 Benedicto
 XVI
 en
 Aparecida:
 “Permanezcan
 en
 la
 escuela
 de
 María
 e
 Inspírense
 en
 sus
 enseñanzas.
 Procuren
acoger
y
guardar
dentro
del
corazón
las
luces
que
ella,
por
mandato
divino,
 les
envía
desde
lo
alto”.
 María
Santísima
es
la
presencia
materna
indispensable
y
decisiva
en
la
gestación
de
un
 pueblo
de
hijos
y
hermanos,
de
discípulos
y
misioneros
de
su
Hijo.